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lunes, febrero 04, 2008

El enfermo


Prefería no preguntarle cómo le iba, pero a veces lo olvidaba y hacía la pregunta apenas dar los buenos días. Venía entonces una larga letanía que comenzaba con un mal, un no muy bien con los ojos alzados al cielo y un suspiro; luego lamentaba la falta dinero, la presión de su familia en Túnez que pedía más y más para salvar un vago negocio familiar; y remataba obligadamente dándome pormenores de la salud que siempre le faltaba: a veces las piernas, a veces la espalda, el pecho, el corazón, la respiración, la cabeza, todo amenazaba con terminar esa vida a la que, mahometanamente, decía que no debíamos aferrarnos.
Al principio creí sinceramente que las calamidades le perseguían. Estuve a punto de prestarle una buena suma de dinero cuando me dijo que tenía una grave urgencia y se paseaba de un lado a otro de mi oficina con grandes pasos, llevándose las manos a las mejillas y a los ojos, como si quisiera detener un llanto que por suerte se limitó a lo verbal. Pero un periodo vacacional largo y el recuerdo de la exorbitante cantidad de cigarros que consumía me disuadieron de mis propósitos altruístas: los cigarrillos siempre han sido caros.
Nunca volvió a mencionar el préstamo, pero me hizo objeto de un extraño recelo que no impidió, desde luego, que apelara a mi buena voluntad para pagarle algunas comidas cuando salíamos todos al restaurante de la esquina.
–¿Por qué le prestas?- me preguntó el argelino con el que compartía cubículo.
–Porque puedo perder cinco o diez euros una vez al mes, no me importa. Y ello evita males mayores- le contesté no sin cierto aire de suficiencia.
Pero los males llegaron, ahora no sé bien si para él o para mí.
Fui yo quien esa mañana de enero descubrió que no podía caminar. Anduve con las piernas rígidas como Frankenstein tratando de ganar el ascensor. Caí varias veces. Descubrí que no había electricidad y bajé por las escaleras. Volví a caer y fueron el portero y una vecina quienes llamaron a una ambulancia y a mi oficina para pedir la presencia de alguien. Venía mi compañero, el argelino, pero también venía él, todavía con un cigarrillo al que le di una calada. Se subió a la ambulancia nervioso, casi crispado. Pensé que estaba preocupado.
–Esto no tiene importancia, seguro que salgo hoy mismo- le dije para tranquilizarlo.
–Sí, no puedes enfermarte. Eso a mí también me ha pasado, lo de las piernas, varias veces- contestó atropelladamente haciendo un ademán para restar importancia a lo que ocurría.
Pero ya desde entonces advertí en sus ojos un recelo aumentado que parecía envidiar directamente lo que me acababa de ocurrir, como si lamentara no ser él la víctima de la extraña falta de potasio que me tuvo dos días en el hospital. Salí, por fortuna de pie, y al ser recibido en la oficina por mis compañeros, recuerdo su extraña insistencia en que él ya había pasado por mi experiencia y que temía que volviera a ocurrirle. Volví a tranquilizarle un poco en son de broma:
–Esto no es contagioso, mi estimado, ni que fuera mariconez- Y pareció sonreír en la sombra.
Pero una semana después fue el argelino quien resultó hospitalizado por una infección gastrointestinal (decía que guardar la carne en su guardarropa era bueno para secarla) y quince días después el jefe se rodeó de médicos por una apendicitis aguda (hubo que sacarle de la oficina a la fuerza, decía que no tenía tiempo para ir al hospital a pesar de trabajar doblado de dolor sobre sí mismo). Y el tunecino crecía en ansiedad y fumaba todavía más al ver que todos conseguían ser víctimas, menos él, como si aquéllos lo hubieran buscado y fuera bueno. Ya no esperaba a que le preguntara cómo se sentía por las mañanas, pues sin importar la hora nos decía que no veía bien, que tenía palpitaciones, que en las noches no podía dormir sintiendo que se ahogaba. Pero ya no se le hacía caso, o bien, se le empezaba a hacer objeto de veladas bromas que no pareció haber comprendido.
Pero un día tocó su turno en la ruleta de la mala suerte. Yo estaba en la Biblioteca, sentado frente a una ventana desde donde se veía pasar el tranvía. Lo vi cruzar las vías y detenerse de pronto como si se acordara de algo. Dio la media vuelta y observó el suelo. Siguió fumando. Cuando el tranvía del centro se acercaba me puse de pie para comprobar lo que no creí haber visto: estaba poniendo la punta de su zapato izquierdo sobre la vía, sacó unas monedas y se puso a contarlas para fingirse distraído. Pensé que el tranvía se dentendría, pero no fue así. Pasó, le prendió el pie, pero también lo hizo caer de una manera extraña hasta convertirlo en un despojo sin vida.
Es una pena que no haya vivido para disfrutar de su calamidad suprema. Seguro estaría orgulloso de decir Me morí.

7 comentarios:

  1. Regresó el autor de Novelista, mi hermana Coquillo preguntaría "¿qué no lo habían matado?"...

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  2. ¿Qué autor? ¿Kratz? ¿Edgar o Ludwing o Godínez? ¿o el Flaco? No entiendo bien, pero parece que nadie, salvo el tunecino, murió...

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  3. Anónimo9:13 a. m.

    Todos son uno y uno no es ninguno.
    (Pero como escribo desde acá tal vez debería decir "y uno sí es ninguno").

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  4. Creo haber leído ese argumento en los diálogos entre Jorge y Guillermo, quiero decir, monólogos a dos o el doble ninguno. Ambos cuatro.

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  5. Anónimo9:23 a. m.

    http://www.coparmex.org.mx/nuevositio/videoStream/eventos/enc_empr_denisseDresser_121007.htm

    más de media hora de redundancia. Puedes usarlo para presumirle a tus colegas europeanos que en México también hay intelectuales.

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  6. Le faltó un pedazo
    eventos/enc_empr_denisseDresser_
    121007.htm

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