sábado, febrero 21, 2026

Historia de un vórtice

El dinero reunido durante las vacaciones escolares está a punto de agotarse. Su hermana y su cuñado podrán darle de comer y no le cobrarán renta por la habitación en que duerme, pero no habrá dinero para el transporte ni para el gimnasio al que apenas se había acostumbrado. La casa tiene dos habitaciones: en una duerme la pareja con la niña pequeña; en la otra duerme él con dos niños más grandes, hijos de un primer y un segundo matrimonio. También hay una perra, venida de nadie sabe dónde, a la que todos llaman Tuerta porque le falta un ojo. Tuerta pasa el día en el interior cuando hay gente en casa, pero por las noches la invitan amablemente a la cochera donde, luego de varias vueltas, se hace ovillo y vigila. No ladra tan fácilmente porque en esta colonia de vagos hay que escoger muy bien el momento de dar la alarma, y esta, pese a la preocupación de Miguel, es una noche tranquila. Echado en el montón de cobijas que todos los días extiende por el suelo del cuarto, mientras oye la quieta respiración de sus sobrinos que duermen juntos en la única cama de la habitación, cuenta una y otra vez el poco dinero que le queda. El semestre en la universidad está pagado y, de momento, no han pedido más material que el ordinario. Pero para llegar hasta el campus, en las afueras de la ciudad, hay que coger el autobús del valle, que no por venir tan lleno cobra menos. No puede permitirse ya ningún antojo desde las seis de la mañana en que sale de casa hasta las cuatro de la tarde en que vuelve. Precisamente por eso ya no puede saltarse el desayuno, aunque deba tomarlo en casa de madrugada mientras trata de aplacarse el pelo rebelde con gomina o ponerse un pantalón raído a toda prisa. Cuando aún cursaba el bachillerato, la dueña de la tienda de la esquina solía emplearlo por unas cuantas monedas para que le ayudara a acomodar mercancía. Pero ese es un trabajo de chamacos y él ya es un hombre. Los horarios de la marisquería donde trabajó durante las vacaciones no se avienen con los de la escuela; tampoco los de la maquiladora que emplea a varios de sus compañeros a los que no les importa perder clases a cambio de dinero. Se queda dormido sin poder hallarle forma a las sombras inestables que sobre las paredes proyecta la veladora del rincón. 
Al día siguiente, cuando sale de la escuela, aprovecha el ofrecimiento del maestro de dibujo para acercarlo al centro. En algún momento de la conversación, ambos se quejan de lo caro que está todo y de lo poco que pagan en cualquier empleo. Miguel aprovecha para preguntar, sin mucha esperanza, si el maestro de dibujo sabrá de algún trabajo que no interfiera demasiado con la escuela. No lo sé, contesta el maestro mesándose las barbas con una mano y sujetando el volante con la otra, la mirada perdida en el horizonte indefinido del tráfico. Yo te podría ayudar, balbucea inseguro, pero no lo sé. La luz verde obliga al maestro a maniobrar; las maniobras le exigen concentración; la concentración produce silencio. Miguel se queda callado a la espera de detalles que no llegan. En la siguiente luz roja el maestro se gira hacia él y sonríe. Quizá pueda ayudarte, pero no lo sé, concluye. Miguel apenas esboza una sonrisa, pero no se atreve a preguntar nada más. Una vez apeado en el centro, transcurren veinte minutos en la parada de autobús y veinte más de traslado hasta su casa. Detrás de la cerca de madera podrida que delimita la cochera, encuentra a sus sobrinos más grandes y a otro par de niños, todos de cuclillas, rodeando a Tuerta. Tío, tío, la perrita ha tenido cachorros, le dice el mayor acercándole uno de color negro cubierto de una película brillante. Lo coge con las dos manos luego de dejar su mochila en el suelo y encuentra agradable la tibia humedad de aquella bola de pelo que chilla. Este se llamará Negro, dice. Y este otro Gris, completa el mayor de sus sobrinos acariciando a un cachorro que se halla pegado a las fláccidas tetas de Tuerta. Son todos machos, cuatro, dice su hermana que aparece de pronto junto a él cargando a uno blanco en una mano y a otro marrón en la otra, de modo que los nombres están decididos. Miguel y su hermana se alzan de hombros cuando se preguntan si alguno se dio cuenta de que Tuerta estaba embarazada. Sin prestar atención a la algarabía de los niños que siguen en la cochera, Miguel entra en casa, se encierra en su habitación y se echa en la cama de sus sobrinos unos minutos con los ojos cerrados. Cuando siente que empieza a quedarse dormido, se pone de pie para evitarlo y saca de entre su ropa el dinero que le queda para volver a contarlo. Se queda inmóvil mientras baraja mentalmente opciones cada vez más disparatadas para sacar dinero. Los pepenadores de latas y fierro viejo no le permitirían unirse a ellos para esculcar las bolsas de basura de los vecinos. Si lo hiciera a sus espaldas, correría el riesgo de que lo rajaran en mitad de la calle a la primera oportunidad. Por no hablar de los tiradores de droga que, aun siendo del mismo grupo y casi todos adolescentes, se mataban a tiros entre sí por tener más clientes o extender sus zonas de venta. Lo saca de su ensimismamiento el agudo chillido de uno de los perros. Eso es, comprende de inmediato: venderé los cachorros.
A pesar de las resistencias de su hermana y su cuñado, éstos acceden a que Tuerta y sus crías duerman en un rincón de la habitación de Miguel. Se morirán de frío si los dejamos afuera, alega éste sin revelar sus intenciones de vender a los cachorros. Los niños más grandes, que también duermen ahí, están encantados con la idea y son fácilmente manipulados por su tío para ayudar en la limpieza y cuidado de los animales. A la dueña de la tienda de la esquina ha debido pedirle fiadas croquetas para Tuerta y leche para las crías. Ella se resiste. En dos semanas máximo se lo pago, se compromete Miguel, improvisando con acierto la idea de trabajar los fines de semana como botarga para la cadena de farmacias o la compañía de teléfonos. Así lo hace los sábados y domingos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, metido en un traje pesado y hediondo, mientras la temperatura de la calle oscila hasta veinte grados entre el mediodía y las horas extremas. El dinero que recibe a cambio apenas cubre el alimento de los perros. Conforme transcurren los días, sus sobrinos se desentienden cada vez más de la limpieza de la habitación, por lo que debe ser él quien recoja excrementos y trapee orines, quien deba darles de comer y los saque de vez en cuando a la cochera para que hagan ejercicio. Los frecuentes chillidos de los cachorros apenas le permiten estudiar o dormir. Como duerme en el suelo, los perros suelen invadir su espacio y ensuciar sus cobijas, que apestan. Está exhausto, pero se consuela pensando que en un par de semanas podrá vender los cachorros y dejar atrás esta pesadilla.
Luego de intentar, sin éxito, que el gimnasio le devuelva una parte de la mensualidad porque sólo usó un par de días de la semana y no continuará más, llega a casa y se sorprende de hallar a uno de los cachorros suelto en la calle. Lo recoge con una mano y lo lleva dentro de prisa. La cerca está abierta, las puertas de la casa y de su habitación, también. Sobre la cama encuentra dormido al mayor de sus sobrinos. Hay restos de comida en el suelo, envolturas plásticas de alimentos, hormigas. Tuerta y un par de cachorros están echados en el rincón de siempre y ella levanta levemente la cabeza para reconocerlo. Pone al perro que lleva en la mano junto a Tuerta y enseguida despierta a su sobrino para que le ayude a buscar a Blanco, el que falta. Buscan debajo de la cama y en la cocina, detrás de los muebles y en el baño. Finalmente salen a la cochera y luego a la calle. No pasa mucho tiempo antes de que los niños que juegan en la esquina les informen que hace un par de horas atropellaron a un perrito en la avenida. Sobre el pavimento, Miguel y su sobrino encuentran una plasta de pelo blanco ensangrentado, cada vez más sucia e irreconocible porque los coches no dejan de pasarle por encima. El niño llora y se abraza a su tío. Perdón, dice, no me di cuenta de que estaba abierta la casa. Perdón. Esa noche, Gris chilla más de la cuenta y no deja dormir a nadie. Tuerta intenta calmarlo lamiéndolo repetidas veces y apretándolo contra ella, pero nada funciona. A la mañana siguiente, Miguel lleva al cachorro consigo hasta la veterinaria de la universidad, sin que sepa bien a bien cómo pagará la consulta ni cómo hará para asistir a sus clases con un perro enfermo. En el camino, éste llena de heces líquidas y sanguinolentas el suelo del autobús y parte de su ropa. La gente lo mira con asco y le insultan por llevar esa porquería en el transporte. En la consulta, por la forma del abdomen distendido y su reacción al dolor, le informan que el perro debió comer algún objeto contundente y le proporcionan medicamentos e instrucciones. No completa el dinero para pagar, pero el personal accede a dejar pendiente el saldo, considerando que, después de todo, es estudiante de la universidad. En medio de la clase de geometría proyectiva, rodeado de sangre y diarrea fétida, Gris agoniza. Saca el cuerpecito al pasillo y descubre en el ano del animal el plástico a medio salir de una envoltura idéntica a la de los dulces de su sobrino. Apenado, pero sin mayor ceremonia, echa el pequeño cadáver en uno de los contenedores de basura de la universidad y vuelve a clase.
El maestro de dibujo lo ha encontrado, al parecer por casualidad, a la salida de la universidad. ¿Qué es eso que huele? pregunta. Miguel le explica brevemente la muerte de Gris y la mancha en una de las bastillas de su pantalón. Qué pena, dice el maestro sin mucha convicción. Aunque tampoco a él le ha dicho nada sobre su intención de vender los cachorros de Tuerta, la conversación vuelve a girar en torno a las dificultades de obtener dinero, de estudiar y trabajar al mismo tiempo, de comprar y vender. Frente a una luz roja, luego del silencio más prolongado, el maestro se mesa las barbas y vuelve a su vieja muletilla mientras mira el horizonte del tráfico. Si quieres yo puedo ayudarte, no sé, quizá podamos entendernos, le dice el maestro mientras le pasa una mano por los hombros y le da un par de palmadas. Dios aprieta pero no ahorca, agrega sin venir mucho al caso. Sí ¿verdad? dice Miguel sonriendo nerviosamente. Pero una vez más, cuando llega el momento de apearse, ni uno ni otro han discutido detalles de nada. Tengo que vender ya los cachorros que quedan, se dice Miguel mentalmente en el camino del centro a casa. No hay tiempo que perder, se azuza una y otra vez asintiendo con la cabeza para desconcierto de los transeúntes que lo miran. Cogeré a Negro y Marrón y los llevaré al camellón de la avenida para venderlos a las familias que pasan los sábados y domingos camino del Parque Infantil. Los padres no podrán resistirse ante la insistencia de sus hijos. Es una lástima que a Tuerta le falte un ojo porque quizá pudiera venderla también a ella. Pero al llegar a este pensamiento se censura como si hubiese cruzado un límite y ya entra en casa donde su cuñado lo recibe en mangas de camisa y con la cara larga. Los niños están enfermos, le informa. Tu hermana piensa que es por los perros de la habitación y me ha costado convencerla de que esperara a que llegaras para moverlos a la cochera; ella quería que lo hiciéramos cuanto antes. Ya me encargo yo, responde Miguel. En la habitación, los niños están en la cama, abrigados y sudorosos, mientras que Tuerta sigue en su rincón con Marrón y Negro pegados a sus tetas. Coge cuidadosamente a los cachorros y, aunque no es fin de semana y ya es algo tarde, quiere ir de una vez al crucero de la avenida para venderlos. Un olor pútrido sube hasta su nariz cuando levanta a los cachorros, pero la fuente no son ellos, sino la cola de Tuerta. Descubre entonces que la cobija que le puso está cubierta de sangre seca y que alrededor de la cola hay moscas de color verde.  ¿Hace cuánto que Tuerta no se levanta? ¿Ha comido? Con los cachorros en la mano, decide que primero va a vender a los críos y luego lidiará con lo que sea que a Tuerta le esté pasando. En el crucero, la mayoría de los que van en coche no se detienen a mirarlo. A partir de cierto momento, cada vez que toca la luz roja, pasea entre los carros con un cachorro en cada mano. Algunos cristales bajan y, desde los asientos traseros, varios niños gritan excitados estirando las manos para acariciarlos. No te voy a comprar nada porque no te has portado bien, dice una madre a su hija. Están muy feos y no son de raza, le espeta una mujer de excesivo maquillaje desde la ventanilla de una camioneta alta. Esto es ilegal, cruel e inhumano, ¿lo sabes?, le dicen un par de muchachas elegantes que cruzan a pie la avenida bebiendo granizados de café. Finalmente, un hombre gordo y acelerado le pregunta en cuánto los está vendiendo. Mira el semáforo, lo mira a él, hace sonidos muy fuertes como sorbiendo una cantidad inmensa de moco, pero no presta casi atención a los cachorros. Tres niños obesos pegan los cachetes al cristal para asistir, sin la menor expresión en sus rostros, a la transacción que conduce su padre. Miguel se sorprende de no haber pensado en un precio para los perros y, un tanto desconcertado, suelta la primera cifra que se le viene a la cabeza. Un tanto elevada, considera enseguida, arrepentido, pero el hombre gordo ha aceptado el precio y ya recoge a Negro y Marrón para ponerlos de inmediato en manos de los niños que los cogen con brusquedad. Miguel se prepara a recibir el dinero con una sonrisa involuntaria dibujada en el rostro, pero el hombre gordo mira el semáforo —luz verde—, lo mira a él —todo ojeras—, hace sonidos muy fuertes con la garganta y, sin más, acelera estruendosamente perdiéndose en el tráfico de la avenida, los tres niños gordos, inexpresivos, aplastados contra el cristal trasero de la camioneta donde todavía distingue, por un brevísimo instante, a Negro y Marrón.
Cuando llega a casa, luego de andar a pie y sin rumbo por espacio de una hora, se entera de que Tuerta ha muerto. Su hermana le exige de malos modos que eche al animal en una bolsa grande y lo saque de inmediato. Quita esa porquería de mi vista, dice. Lava el suelo de la habitación inmediatamente, que por eso están enfermos mis hijos, agrega. Me tienes que pagar la cobija de la perra, que ya no sirve, remata. Miguel va a la tienda de la esquina a por una bolsa negra para echar en ella a Tuerta. La dueña le recuerda lo que le debe de croquetas y leche. Él le dice que no se preocupe, que le pagará pronto, pero no se atreve a decirle que ya no queda ningún perro que alimentar. De vuelta a casa, echa a Tuerta en la bolsa recién comprada y sale con el cadáver hasta el contenedor, donde encuentra a varios pepenadores esculcando en la basura. En el camino de vuelta advierte la presencia de los tiradores de droga en las esquinas. Es una noche tranquila y dormirá desde temprano. Por la mañana, camino a la parada de autobús para ir a la escuela, volverá a encontrarse casualmente al maestro de dibujo. Esta vez, finalmente, podrán echarle una mano.

miércoles, enero 21, 2026

Perros

Poco después de la medianoche nos metimos todos entre las paredes de la casa abandonada. Sobre el suelo irregular cubierto de basura, algunos rascamos antes de dar un par de vueltas y hacernos ovillo. El aire es una mezcla de olores tan intensos que cuesta trabajo conciliar el sueño, por lo que la mayoría de nosotros mueve involuntariamente los párpados entrecerrados y arruga la nariz en una y otra dirección, estimulado por sutiles distinciones. Cuando por fin parecía que cada uno de nosotros se abandonaba a sí mismo, un hombre en harapos entró de repente en la casa y, dando tumbos, cayó sobre un montón de bolsas oscuras donde, al cabo de unos minutos, empezó a roncar con estrépito. Quizá por el desconcierto que nos causó, no fueron muchos los ladridos. Un par de nosotros nos pusimos en cuatro patas y con la cola enhiesta, la mayoría apenas levantó la cabeza y los cachorros se revolvieron muy cerca de las exangües tetas de su madre. Los dos que estábamos alzados nos acercamos a olisquear al hombre, pero un fuerte olor a alcohol hizo que nos apartáramos enseguida. Llevaba el cabello largo y tieso, la cara cubierta de costras negras y, pese al frío, iba descalzo. Desde los sitios a donde fuimos a echarnos de nuevo, ahora que la madrugada se había vuelto todavía más honda, oíamos con claridad el crujir de papeles y plásticos bajo las patas de innumerables cucarachas. Las ratas se desplazaban con desesperación por la orilla de las paredes, lanzando chillidos cuando peleaban por alguna inmundicia. Si las cosas seguían saliendo como hoy, pronto estaríamos peleando con ellas por esas sobras podridas. Pasamos casi todo el día alrededor del mercado, tratando de beber agua de los charcos que dejaban los viandantes luego de limpiar sus puestos y recogiendo la comida que caía al suelo. Algunos intentaron robar un pollo recién matado o pan que se habían dejado muy cerca de alguna ventana, pero esos intentos terminaron en persecuciones, palizas y atropellamientos. Encima, no éramos los únicos. La temida jauría de lomos negros de la colonia vecina también se acercaba al mercado a disputarnos lo que ya habíamos conseguido y, en época de celo, preñaban a nuestras hembras luego de dejarnos heridos a dentelladas. La mayoría de nosotros tiene así la piel surcada de cicatrices y alguna cojera que da cierta gracia a nuestra forma de andar. No nos ha ido tan mal, sin embargo, como a otros que se quedaron por el camino, reventados por un camión en mitad de la carretera o muertos de lenta agonía tras haber sido quemados por muchachos desaprensivos. No estamos muertos. Pero lo estaríamos dentro de poco si las cosas seguían siéndonos tan adversas como el día de hoy. Aumentados por el silencio de la última hora de la noche, los ruidos de motores nos hacían abrir los ojos de vez en cuando y contemplar, con las orejas aguzadas y expresión de azoro, luces que recorrían los desvencijados techos de la vivienda. Poco antes del amanecer, el hombre en harapos empezó a removerse en su sitio, gruñendo cada vez más alto. El mismo par de nosotros que lo olisqueó la noche pasada, se puso en cuatro patas y se acercó cauteloso al individuo. Un súbito alarido nos hizo retroceder un paso para luego ladrar vigorosamente. El hombre se sacudía, desesperado, ratas de la punta de sus dedos y de la entrepierna. Gemía sin prestarnos atención e intentó ponerse de pie varias veces antes de conseguirlo. Nosotros no parábamos de ladrar. Ahora se había unido toda la manada, salvo la madre de los cachorros que estaba demasiado exhausta como para hacer algo más que apretarse contra sus críos. Se oyó el crujir de vidrios rotos bajo los vacilantes pasos del hombre en harapos y los gritos se redoblaron. Nos lanzó algo recogido del suelo, sin éxito, mientras se encaminaba hacia la calle apoyando sus manos en los muros ennegrecidos. Subía tras él el olor a óxido de la sangre como una confirmación de nuestra vigilia. Un día más con hambre, sed y frío: había que ponerse en marcha. Uno de los cachorros no sobrevivió a la noche y debimos dejarlo ahí a merced de las ratas. En dirección al mercado pudimos beber agua limpia de una tubería rota y acechar a los comensales reunidos alrededor de los puestos callejeros. Mientras desayunaban apresuradamente, oficinistas y albañiles, secretarias y sirvientas, dejaban caer pedacitos de carne y cebolla, tortillas de maíz y trigo, algún pan dulce casi entero por accidente. Calmadas así nuestras necesidades más urgentes, nos echamos en los jardines pelados, casi terregales, que rodean las canchas de fútbol. El sol calentaba nuestros lomos y quienquiera que nos viera podía leer la placidez en nuestros rostros. La gente pasea a algunos perros sujetos con correas y les ladramos desganadamente. No comprendemos por qué algunos querrían andar cuando nosotros podríamos pasar el día entero echados en este páramo si no tuviéramos que buscar de comer. Pero el hambre llega y la sed lo hace todavía más pronto, de modo que nos encaminamos hacia el mercado cuando el sol ya ha pasado por encima. Una vez más, nos falta la suerte: la jauría de lomos negros no nos deja atravesar la calle para llegar al mercado. Desde el otro lado nos lanzan miradas feroces y hacen amago de cruzar entre los coches para liquidarnos. Harta de los ladridos, una empleada nos echa agua encima. Un hombre le da un palazo a la madre de los cachorros, que no puede andar deprisa porque aún está de parto reciente: sus aullidos nos erizan el pelo a los demás, pero no podemos hacer nada. Rodeando el mercado encontramos una pila de retazos con hueso que algunos llevamos a rastras por varias calles hasta la casa abandonada. Las moscas nos acompañan atraídas por el olor de la carne en mal estado. Feroces, muerden las piezas que traemos en el hocico lo mismo que nuestras heridas abiertas. No nos dejamos distraer tan fácilmente. Un rasquido rápido y continuamos royendo la carne y el hueso, incluso la madre de los cachorros come un poco más de lo habitual aunque luego pase horas con el vientre flojo llenando el ambiente de un hedor fétido. Atardece. Ahora que hasta los huesos nos hemos comido, advertimos que en una de las habitaciones del fondo hay un grupo silencioso de tres muchachos sentados en el suelo con agujas y pipas. De vez en cuando, la llama de un mechero les ilumina el rostro. No nos alarmamos particularmente, pero estamos atentos a sus movimientos. Cuando cae la noche, una vez más llega el hombre en harapos. Viene más agitado que el día de ayer y hace amago de pegarnos cuando pasa por un lado de nosotros. Ladramos, pero no le hacemos daño porque, después de todo, es claro que sólo desea pasar a las habitaciones del fondo. Cuando desaparece en la parte de atrás, nos echamos de nuevo, callados, pero no pasa ni un minuto cuando ya ha iniciado una conmoción. Se oyen piedras caer sobre otras piedras, el soplido de bolsas a las que un peso saca de golpe el aire pútrido, un arrastrar interminable de basura como marco de alaridos espantosos. Ladramos, primero levantando sólo la cerviz, luego poniéndonos en cuatro patas cuando vemos pasar varias ratas corriendo hacia la salida. Al asomarnos vemos una fogata que rápidamente se eleva hacia los desvencijados techos. Uno de los muchachos lanza una piedra grande sobre la cabeza del hombre en harapos; los otros dos le dan de patadas al cuerpo caído, tratando de no quemarse con el fuego que ya lo envuelve. Los alaridos cesan y crece el crepitar del fuego. Huele a piel quemada y leña ardiendo. Huele a grasa derretida y hules tóxicos. Los muchachos pasan a nuestro lado hacia la salida como si no advirtieran nuestra presencia. Uno lleva una jeringuilla colgando de su brazo, el otro una estopa; a ambos los empuja el tercero que, en cuanto se ve en la calle, abandona al grupo perdiéndose en el callejón. La madre de los cachorros está demasiado débil para moverse y, junto con los pequeños, arderá esta noche sin que nosotros podamos hacer nada. A la mañana siguiente, antes de que lleguen la policía o los bomberos a echarnos de mala manera, desayunaremos. Habrá carne y huesos suficientes para todos.