domingo, mayo 31, 2026

Memoria de Adriana

A principios de siglo, cuando yo era un joven maestro al que pagaban por horas en una universidad privada que simulaba ser al mismo tiempo confesional y progresista, ella y él fueron mis alumnos en el último curso de variable compleja que impartí. Nunca me caractericé por la prudencia, de modo que, en mi entusiasmo por los inminentes estudios de doctorado que haría en Europa gracias a una beca y animado por la escasa diferencia de edad en relación con mis estudiantes, compartí mucho de lo que pasaba por mi cabeza en esos días: en los pasillos mientras esperábamos a que se desocupara el aula para iniciar la clase, dentro de los salones con el pretexto de aligerar la exposición con anécdotas y opiniones, echado en el césped cuando había horas muertas y las pasaba leyendo a la sombra de los inmensos árboles primorosamente cuidados que poblaban el campus. Ella y él, como el resto, tomaron nota obligada de mis tonterías —las ventajas de tener un público cautivo—, pero alguna debió resonar dentro de ellos porque pronto me hicieron a su vez depositario de las suyas y propusieron encuentros fuera de la escuela que yo tuve a bien aceptar, complacido. 
Ella casi siempre estaba sola; él rodeado de sus amigos. Él se deshacía en carcajadas; ella reía más bien poco. No quiero decir con esto que ella fuera una mustia ni él el alma de las fiestas, pero me resultaba curioso hallarme en medio de ellos, solicitado cada vez más y a partes iguales desde mundos opuestos. ¿Era, como sucedió antes y sucedería después, consecuencia de mi estúpida costumbre de mostrar interés? ¿Una forma de cordialidad que acaso tenía por objeto ser incluido en la sociedad de los demás? ¿Carencias afectivas de esas que se pueden rastrear hasta la infancia? Posiblemente. Pero lo cierto es que a las frecuentes bromas hechas a él y sus amigos durante las clases y a los minutos arrebatados por ella en los pasillos y jardines para hablar de música y cine, siguieron invitaciones a reuniones etílicas con los primeros y a cafeterías del centro de la ciudad con la segunda.
Aunque con dificultades, las familias de ambos pagaban las considerables sumas que cobraba la universidad privada. Ella vestía como una hippie trasnochada y vivía con su familia en un costoso barrio de la ciudad; él, vestido despreocupadamente, compartía departamento con uno de sus amigos cuya familia, igual que la suya, poseía tierras y ganado cerca de la ciénega. La gente de dinero no suele exhibirlo, decía mi madre apoyada en los muchos años de convivencia con patrones millonarios. Yo no lo tenía claro entonces ni lo tengo claro ahora. Al ser el mayor —aunque por muy poco— insistía en pagar la cuenta en las cafeterías donde me reunía con ella y en pagar las botellas que nos bebíamos en las reuniones con él. Ella hacía ademán de rebuscar en su bolso, levantaba luego la cabeza para preguntarme retóricamente si estaba seguro de pagar y, tras oírme decir que sí, bajaba la mirada y levantaba una mano para expresar su resignado acuerdo. Él, junto con sus amigos, levantaba la voz en medio de aspavientos cuando llegaba el momento de pagar en la licorería, alegando con aparente vehemencia que no podían permitir que yo pagara todo. Ponían entonces un billete o dos y dejaban el resto en mis manos.
No me importaban aquellos pequeños desembolsos, no sólo por la circunstancia de hallarme eufórico ante mi próximo viaje a Europa, sino porque así creía aumentar mi escaso círculo de amistades. La fórmula tenía antecedentes y continuaría así por décadas, aunque perdiera finalmente toda su capacidad de engaño. ¿Me hacía perdonar de esa manera las mentiras que decía sobre mi vida privada? ¿La invención de Adriana, mi mujer, la médico con la que había formado un hogar —todavía sin hijos— sin sujetarme a las convenciones matrimoniales? ¿La misma chica —el amor de mi vida— que nadie había visto pero de la que todo el departamento de matemáticas había oído hablar? ¿La que se quedaría esperándome a que volviera de mi viaje porque así lo habíamos decidido? Sí, es posible que así fuera. A ninguno de ellos dije la verdad por algún tiempo, pero creí justo —a escasas semanas de mi partida, con el semestre concluido y las calificaciones entregadas— hacerles saber que Adriana era en realidad un hombre y que, como solía decir entonces, todo lo demás —el resto— era verdad.
La tarde lluviosa en que se lo dije, sentados a la mesa de una cafetería decorada con motivos estrafalarios, ella no pareció darle a mi confesión ninguna importancia. ¿Y qué? parecía interrogarme con una mirada a la vez risueña y evasiva. Yo deseaba explicarme luego del esfuerzo de abrir aquella puerta tanto tiempo cerrada; pintar, acaso con colores recargados, el cuadro de una felicidad idílica al margen de las convenciones sociales. Pero ella continuó con el programa que tenía trazado para esa tarde: sacó de su morral el desgastado tarot de Marsella y empezó a explicarme algunas cosas relacionadas con los arcanos. Así había quedado convenido desde que supo que yo admiraba el trabajo del chileno como cineasta y ella me dijo haber asistido a un curso de tarot impartido por él, no para adivinar el futuro, me aclaraba, sino como vehículo gráfico para proyectar pensamientos y emociones. Lo que yo pudiera decirle directamente no le interesaba tanto como lo que yo expresaba sobre aquellas cartas descubiertas una por una. ¿Qué ves aquí? La muerte. Es dejar atrás el pasado. ¿Qué ves aquí? La locura. Es la curiosidad por el mundo. El camarero iba y venía con tazas de café y té, sorteando la lluvia que caía sobre el patio del lugar. En algunos momentos, creyendo fijar así el instante, yo fumaba. Vas bien, me dijo ella hacia el final apoyando una mano sobre mi antebrazo; entonces creí oportuno aparentar que estaba emocionado.   
Cuando se lo dije a él, en cambio, era un mediodía soleado en el enorme estacionamiento de la universidad. Había acudido a hacer un trámite y ya iba de vuelta a casa cuando me crucé con él en uno de los pasillos. He quedado de encontrarme con mis amigos en una de las terrazas del otro lado de la avenida, frente a la universidad, explicó. ¿Querría acompañarlo? Sólo iban a tomarse unas cuantas cervezas. Acepté. En el camino algo laberíntico que recorrimos para llegar a mi coche, él empezó a hablarme de sus problemas con las chicas y a insistir en que le explicara este o aquel detalle de mi relación con Adriana. Me sentí cada vez más estúpido repitiendo lugares comunes sobre el carácter contradictorio y apasionado de las mujeres, de modo que en cuanto subimos al coche y aun sin encender la marcha, le solté a bocajarro que en realidad todo este tiempo les había mentido. Soy homosexual, expliqué. Adriana existe, pero no es ese su nombre. Con gestos exagerados él me dijo que no había ningún problema, que entendía perfectamente (¿el qué?), que la invitación a beber seguía en pie y que si deseaba que él me guardara el secreto, con gusto lo haría. No fue necesario. A la tercera cerveza, desde aquella terraza ajardinada desde la que se veía el tráfico intenso de la avenida y, más allá, los árboles que cubrían los edificios de la universidad, le confesé a sus amigos la verdad, no por sincerarme cuanto por creer que así sería el centro de su atención. No fue así. Luego de un par de minutos de expresar su solidaridad (¿con qué?), volvieron a la interminable repetición de sus aventuras y a hacer escarnio de los profesores y autoridades de la universidad, entre los que, aparentemente, no me contaban.
Fui a Europa. Regresé. Volví a irme. Regresé. En algún momento entre una y otra vuelta, ella viajó con la verdadera Adriana y conmigo hasta la capital, gratis. Durante todo el camino se limitó a dirigirse a mí, como si el otro no existiera. Visitamos las pirámides, comimos cerca de la estación de tren: lo mismo. Nosotros seguimos hacia el sureste y ella se quedó ahí para continuar sus vacaciones. Un par de años después la recibí en el piso que alquilaba en Praga. Bebimos y comimos. Paseamos a mis expensas. ¿Valía la pena todo ello por el placer de fumar en su compañía en las escaleras del edificio? Sólo la vi una vez más, cuando trató de enseñarme a andar en monociclo. Me hizo una foto, pero no tengo ninguna de ella. A finales de aquella primera década, mi ex-estudiante parecía más comprometida que nunca con diversas causas: salvar el bosque tropical, ayudar a los niños en situación de guerra, impartir talleres de psicomagia. Dejó de hablarme cuando le recordé en un foro sobre movilidad su idea de que los cholos reventaran todos los parquímetros de la ciudad. No vive más en la ciudad donde nos conocimos, sino en Graz, desde donde coordina un centro budista.
Esa tipa era una perra, me dijo él refiriéndose a ella cuando le relaté la desafortunada historia de nuestro distanciamiento. Nunca debió confiar en ella, puntualizaba. Él y yo seguimos reuniéndonos durante décadas, pero ya no con sus amigos a quienes jamás volví a ver. Le invitaba a cenas donde la comida era preparada por la verdadera Adriana y el alcohol era pagado por mí. No se dirigía apenas a mi pareja. Emigró a Ratisbona poco después, desde donde acudió en una ocasión a Praga para reunirse conmigo. Ambos estábamos acompañados de nuestras nuevas parejas, mucho más jóvenes que nosotros, él de una chica rubia de brillante sonrisa, yo de un muchacho musculoso de ojos adormilados. Cuando tuvimos oportunidad de hablar a solas, ambos nos quejamos amargamente de ellos. En poco tiempo, como es natural, ambos terminamos solos en nuestros respectivos exilios. Nunca nos volvimos a ver.

viernes, mayo 15, 2026

Podría

Yo podría coger ahora mismo el coche y cruzar la ciudad, si así lo quisiera, para acercarme a las polvorientas calles de la cuatrocientos diez con los vidrios arriba, la música adecuada, amparado por el aire acondicionado de los cuarenta grados a la sombra que gobiernan la ciudad, entrar por el así llamado boulevard, que no es otra cosa que una estrecha avenida con el pavimento reventado cada dos o tres manzanas, buscando con lentitud la calle correcta para girar a la izquierda, acaso la esquina de la escuela elemental rodeada de un cerco metálico al que remata un alambre de púas que jamás ha impedido los frecuentes robos de los drogadictos, tal vez el ángulo donde se levanta la torre que sostiene el oxidado tanque de agua desde cuyas alturas se arrojó la chica que creía estar embarazada, pasar a un costado del perro enano y pelirrojo que vigila la calle desde una casa siempre en construcción e ir hasta el fondo para doblar a la derecha y aparcar, como dicta la prudencia, bajo alguna de las escasas sombras de esa frontera oriental que por encerrar la colonia ha facilitado siempre el trabajo de los sicarios que ajustan cuentas, a veces de día y a veces de noche, con chicos desesperados que creen poder esconderse de ellos saltando entre las azoteas de las casas o haciéndose invisibles entre los montones de cacharros que pueblan los rincones oscuros de los patios, bajar del coche usando ahora una mano, ahora la otra, como visera para cubrirme del sol y, entornando los ojos, recorrer las fachadas de las casas hasta reconocer la suya, una cochera invadida de basura a la que una reja aherrumbrada y fuera de sus goznes pretende poner a resguardo, un segundo piso con una habitación enorme a la que falta la pared del frente como si se tratara de una desproporcionada casa de muñecas, luego de unos segundos absorto ante la contemplación del pasado que continuó su camino hasta un presente que no es el mío, procuraría salir de mi posición vulnerable en medio de la calle, desconcertado como un animal, para observar más impunemente desde un recodo sin preocuparme de llamar la atención de los vecinos, encendería un cigarro si no hubiera olvidado cómo fumar, si hubiera venido preparado, aunque sólo fuera para acercarme simbólicamente al periodo, mitad lúdico y mitad dramático, que presidió el lumpen sonorense que ahora mismo podría estar encerrado en alguna habitación de esta enorme ruina, pensativo, acaso considerando que siempre puede salir de la cuatrocientos diez con un pantalón ceñido y una blusa llamativa, el cabello relamido y unas zapatillas desgastadas, andar hasta el boulevard o un poco más allá, hasta la trescientos, para coger un taxi y acercarse a la laguna con el pretexto de pasear por la orilla y visitar el mercadillo de artesanías, comer algo ligero en alguno de sus puestos y fingir que no percibe el olor a cañería que despiden las aguas putrefactas, presuntamente asqueado alejarse por la única avenida en curva de la ciudad hasta dar por casualidad con la calle de una sola manzana donde tengo residencia, su pasado haciéndose presente de manera inopinada cerca del anochecer, los mismos ladridos de los perros miniatura de la esquina seguidos de otros nuevos de pastor alemán o ganadero australiano, a sólo unos pasos de la reja café oscuro donde el matorral espinoso ha crecido hasta la altura de la ventana de la sala y el color de la fachada, si la oscuridad no lo engaña, si el recuerdo no lo traiciona, el mismo tono insípido con que la dejó, no se atreve a detenerse por miedo a ser visto desde dentro, pero luego de llegar a la esquina da media vuelta y regresa por donde vino a paso lento para intentar ver por la ventana de la habitación donde sólo distingue el marco iluminado que encierra las persianas y cortinas ya corridas, de modo que seguramente está ahí, se dice, se diría, el que en otros tiempos fingiera acercarse al subsuelo de esta ciudad por nadie sabe qué razones, asistiendo a borracheras y zafarranchos, escuchando música estridente hasta altas horas de la madrugada, echando más desechos a una hoguera improvisada en mitad de un baldío, pero no aquí, desde luego, no a unos metros de la laguna donde las calles oscuras o iluminadas están siempre en silencio, sino en la cuatrocientos diez desde donde ya harto o servido volvía —volvíamos— para ponerme —ponernos— a salvo, yo en la biblioteca del fondo de esta casa de farolas apagadas, él en la habitación del frente donde era follado hasta perder la conciencia, los dos fingiendo que podíamos suprimir la geografía con nuestro acercamiento improvisado, ambos guardando silencio ante el camino graduado de supermercados y talleres, indigentes y empedrados, siempre puede hacer el lumpen sonorense todas estas consideraciones antes de alejarse de mi calle y volver a la suya, a saber si está ahora en alguna habitación de su mansión de juguete invadida de conejos, sería mejor moverme de mi escondite ahora que ha pasado el tiempo justo de fumar un cigarrillo que no he fumado, volver al coche y emprender el regreso a mi propia esquina, porque podría hacerlo de la misma manera que venir hasta aquí, podría subir al coche y conducir por la inmensa cuadrícula de regreso a casa, de vuelta al presente, no hacer más expediciones al pasado ni a sus vergonzosas extravagancias. Podría. Hasta que vuelva de nuevo la inquietud sembrada.

domingo, mayo 03, 2026

La cola de la golondrina

A pesar de su progresiva inmovilidad, de su más extendido silencio, se acumulan los hechos y los personajes; se acumulan los nudos, las contradicciones, la deformidad que el tiempo añade continuamente a cualquier mirada. Capas y capas de olvido y desinterés no alivian, antes bien acrecientan, la estupefacción de quien ya no es capaz de organizar lo que tiene ante sí. En el ordenador se apilan archivos crudos de conversaciones sostenidas a través del móvil o las plataformas, cientos de cartas de la ya remota época de los correos electrónicos, dirigidas a familiares que son amigos que son colegas que son amantes. Ya habrá tiempo de escribir, se dijo muchas veces, creyendo que llegaría el día en que podría hacer síntesis del material reunido como quien extrae el jugo de frutos almacenados. Pero la fruta se ha podrido.
Desearía proceder como hacen los historiadores que, incapaces de montar experimentos para verificar el pasado, convencidos ya —la mayoría— de que no hay leyes que gobiernen la arbitrariedad humana, se amparan en lo que graciosamente llaman evidencia documental, que no es otra cosa que lo que dejaron escrito un puñado de personas cuya integridad intelectual se da por sentado. Pero, cuando no han muerto, su familia y amigos son todos ágrafos; sus colegas y amantes son amnésicos; los hay que son locos o imbéciles o malintencionados. Como en la historia profesional, no hay conversación ni registro que le permita escribir un relato completo, nada en sus archivos que lo salve de la multiplicidad de versiones y lo devuelva, intacto, a la interminable incertidumbre. 
Si lo reunido no puede servir ya a la verdad, piensa, si traído a la realidad no puede ser jamás definitivo sino fuente inagotable de interpretaciones, si no hay nada más patético que la autobiografía cuando se ha terminado la adolescencia, queda entonces la posibilidad de la ficción: cuentos, novelas, acaso una milagrosa vuelta a la poesía. No queda claro, sin embargo, si un enfoque semejante podría alcanzar siquiera la categoría de roman à clef, menos aún la de la literatura. Se multiplican los problemas: la falta de talento, su mente distraída, la convicción de que la suya no es una vida que merezca ser narrada. Si lo que busca es la liberación de problemas más hondos, o su continuación, al usar la palabra escrita como paliativo contra el caos, difícilmente habrá ahí una obra.
Vuelta al origen: aparcar la conciencia —ese monstruoso censor— y soltarse como a los trece años, cuando aún no estaba ahí; ignorar el por qué en favor de una expresión desvergonzada: no hay más lector que él mismo; deshacerse de los archivos crudos a los que guarda un indebido respeto como fuentes de fidelidad; despreocuparse de la trascendencia y de la obra, escribir por puro placer, sí, aunque sea otro engaño.

sábado, febrero 21, 2026

Historia de un vórtice

El dinero reunido durante las vacaciones escolares está a punto de agotarse. Su hermana y su cuñado podrán darle de comer y no le cobrarán renta por la habitación en que duerme, pero no habrá dinero para el transporte ni para el gimnasio al que apenas se había acostumbrado. La casa tiene dos habitaciones: en una duerme la pareja con la niña pequeña; en la otra duerme él con dos niños más grandes, hijos de un primer y un segundo matrimonio. También hay una perra, venida de nadie sabe dónde, a la que todos llaman Tuerta porque le falta un ojo. Tuerta pasa el día en el interior cuando hay gente en casa, pero por las noches la invitan amablemente a la cochera donde, luego de varias vueltas, se hace ovillo y vigila. No ladra tan fácilmente porque en esta colonia de vagos hay que escoger muy bien el momento de dar la alarma, y esta, pese a la preocupación de Miguel, es una noche tranquila. Echado en el montón de cobijas que todos los días extiende por el suelo del cuarto, mientras oye la quieta respiración de sus sobrinos que duermen juntos en la única cama de la habitación, cuenta una y otra vez el poco dinero que le queda. El semestre en la universidad está pagado y, de momento, no han pedido más material que el ordinario. Pero para llegar hasta el campus, en las afueras de la ciudad, hay que coger el autobús del valle, que no por venir tan lleno cobra menos. No puede permitirse ya ningún antojo desde las seis de la mañana en que sale de casa hasta las cuatro de la tarde en que vuelve. Precisamente por eso ya no puede saltarse el desayuno, aunque deba tomarlo en casa de madrugada mientras trata de aplacarse el pelo rebelde con gomina o ponerse un pantalón raído a toda prisa. Cuando aún cursaba el bachillerato, la dueña de la tienda de la esquina solía emplearlo por unas cuantas monedas para que le ayudara a acomodar mercancía. Pero ese es un trabajo de chamacos y él ya es un hombre. Los horarios de la marisquería donde trabajó durante las vacaciones no se avienen con los de la escuela; tampoco los de la maquiladora que emplea a varios de sus compañeros a los que no les importa perder clases a cambio de dinero. Se queda dormido sin poder hallarle forma a las sombras inestables que sobre las paredes proyecta la veladora del rincón. 
Al día siguiente, cuando sale de la escuela, aprovecha el ofrecimiento del maestro de dibujo para acercarlo al centro. En algún momento de la conversación, ambos se quejan de lo caro que está todo y de lo poco que pagan en cualquier empleo. Miguel aprovecha para preguntar, sin mucha esperanza, si el maestro de dibujo sabrá de algún trabajo que no interfiera demasiado con la escuela. No lo sé, contesta el maestro mesándose las barbas con una mano y sujetando el volante con la otra, la mirada perdida en el horizonte indefinido del tráfico. Yo te podría ayudar, balbucea inseguro, pero no lo sé. La luz verde obliga al maestro a maniobrar; las maniobras le exigen concentración; la concentración produce silencio. Miguel se queda callado a la espera de detalles que no llegan. En la siguiente luz roja el maestro se gira hacia él y sonríe. Quizá pueda ayudarte, pero no lo sé, concluye. Miguel apenas esboza una sonrisa, pero no se atreve a preguntar nada más. Una vez apeado en el centro, transcurren veinte minutos en la parada de autobús y veinte más de traslado hasta su casa. Detrás de la cerca de madera podrida que delimita la cochera, encuentra a sus sobrinos más grandes y a otro par de niños, todos de cuclillas, rodeando a Tuerta. Tío, tío, la perrita ha tenido cachorros, le dice el mayor acercándole uno de color negro cubierto de una película brillante. Lo coge con las dos manos luego de dejar su mochila en el suelo y encuentra agradable la tibia humedad de aquella bola de pelo que chilla. Este se llamará Negro, dice. Y este otro Gris, completa el mayor de sus sobrinos acariciando a un cachorro que se halla pegado a las fláccidas tetas de Tuerta. Son todos machos, cuatro, dice su hermana que aparece de pronto junto a él cargando a uno blanco en una mano y a otro marrón en la otra, de modo que los nombres están decididos. Miguel y su hermana se alzan de hombros cuando se preguntan si alguno se dio cuenta de que Tuerta estaba embarazada. Sin prestar atención a la algarabía de los niños que siguen en la cochera, Miguel entra en casa, se encierra en su habitación y se echa en la cama de sus sobrinos unos minutos con los ojos cerrados. Cuando siente que empieza a quedarse dormido, se pone de pie para evitarlo y saca de entre su ropa el dinero que le queda para volver a contarlo. Se queda inmóvil mientras baraja mentalmente opciones cada vez más disparatadas para sacar dinero. Los pepenadores de latas y fierro viejo no le permitirían unirse a ellos para esculcar las bolsas de basura de los vecinos. Si lo hiciera a sus espaldas, correría el riesgo de que lo rajaran en mitad de la calle a la primera oportunidad. Por no hablar de los tiradores de droga que, aun siendo del mismo grupo y casi todos adolescentes, se mataban a tiros entre sí por tener más clientes o extender sus zonas de venta. Lo saca de su ensimismamiento el agudo chillido de uno de los perros. Eso es, comprende de inmediato: venderé los cachorros.
A pesar de las resistencias de su hermana y su cuñado, éstos acceden a que Tuerta y sus crías duerman en un rincón de la habitación de Miguel. Se morirán de frío si los dejamos afuera, alega éste sin revelar sus intenciones de vender a los cachorros. Los niños más grandes, que también duermen ahí, están encantados con la idea y son fácilmente manipulados por su tío para ayudar en la limpieza y cuidado de los animales. A la dueña de la tienda de la esquina ha debido pedirle fiadas croquetas para Tuerta y leche para las crías. Ella se resiste. En dos semanas máximo se lo pago, se compromete Miguel, improvisando con acierto la idea de trabajar los fines de semana como botarga para la cadena de farmacias o la compañía de teléfonos. Así lo hace los sábados y domingos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, metido en un traje pesado y hediondo, mientras la temperatura de la calle oscila hasta veinte grados entre el mediodía y las horas extremas. El dinero que recibe a cambio apenas cubre el alimento de los perros. Conforme transcurren los días, sus sobrinos se desentienden cada vez más de la limpieza de la habitación, por lo que debe ser él quien recoja excrementos y trapee orines, quien deba darles de comer y los saque de vez en cuando a la cochera para que hagan ejercicio. Los frecuentes chillidos de los cachorros apenas le permiten estudiar o dormir. Como duerme en el suelo, los perros suelen invadir su espacio y ensuciar sus cobijas, que apestan. Está exhausto, pero se consuela pensando que en un par de semanas podrá vender los cachorros y dejar atrás esta pesadilla.
Luego de intentar, sin éxito, que el gimnasio le devuelva una parte de la mensualidad porque sólo usó un par de días de la semana y no continuará más, llega a casa y se sorprende de hallar a uno de los cachorros suelto en la calle. Lo recoge con una mano y lo lleva dentro de prisa. La cerca está abierta, las puertas de la casa y de su habitación, también. Sobre la cama encuentra dormido al mayor de sus sobrinos. Hay restos de comida en el suelo, envolturas plásticas de alimentos, hormigas. Tuerta y un par de cachorros están echados en el rincón de siempre y ella levanta levemente la cabeza para reconocerlo. Pone al perro que lleva en la mano junto a Tuerta y enseguida despierta a su sobrino para que le ayude a buscar a Blanco, el que falta. Buscan debajo de la cama y en la cocina, detrás de los muebles y en el baño. Finalmente salen a la cochera y luego a la calle. No pasa mucho tiempo antes de que los niños que juegan en la esquina les informen que hace un par de horas atropellaron a un perrito en la avenida. Sobre el pavimento, Miguel y su sobrino encuentran una plasta de pelo blanco ensangrentado, cada vez más sucia e irreconocible porque los coches no dejan de pasarle por encima. El niño llora y se abraza a su tío. Perdón, dice, no me di cuenta de que estaba abierta la casa. Perdón. Esa noche, Gris chilla más de la cuenta y no deja dormir a nadie. Tuerta intenta calmarlo lamiéndolo repetidas veces y apretándolo contra ella, pero nada funciona. A la mañana siguiente, Miguel lleva al cachorro consigo hasta la veterinaria de la universidad, sin que sepa bien a bien cómo pagará la consulta ni cómo hará para asistir a sus clases con un perro enfermo. En el camino, éste llena de heces líquidas y sanguinolentas el suelo del autobús y parte de su ropa. La gente lo mira con asco y le insultan por llevar esa porquería en el transporte. En la consulta, por la forma del abdomen distendido y su reacción al dolor, le informan que el perro debió comer algún objeto contundente y le proporcionan medicamentos e instrucciones. No completa el dinero para pagar, pero el personal accede a dejar pendiente el saldo, considerando que, después de todo, es estudiante de la universidad. En medio de la clase de geometría proyectiva, rodeado de sangre y diarrea fétida, Gris agoniza. Saca el cuerpecito al pasillo y descubre en el ano del animal el plástico a medio salir de una envoltura idéntica a la de los dulces de su sobrino. Apenado, pero sin mayor ceremonia, echa el pequeño cadáver en uno de los contenedores de basura de la universidad y vuelve a clase.
El maestro de dibujo lo ha encontrado, al parecer por casualidad, a la salida de la universidad. ¿Qué es eso que huele? pregunta. Miguel le explica brevemente la muerte de Gris y la mancha en una de las bastillas de su pantalón. Qué pena, dice el maestro sin mucha convicción. Aunque tampoco a él le ha dicho nada sobre su intención de vender los cachorros de Tuerta, la conversación vuelve a girar en torno a las dificultades de obtener dinero, de estudiar y trabajar al mismo tiempo, de comprar y vender. Frente a una luz roja, luego del silencio más prolongado, el maestro se mesa las barbas y vuelve a su vieja muletilla mientras mira el horizonte del tráfico. Si quieres yo puedo ayudarte, no sé, quizá podamos entendernos, le dice el maestro mientras le pasa una mano por los hombros y le da un par de palmadas. Dios aprieta pero no ahorca, agrega sin venir mucho al caso. Sí ¿verdad? dice Miguel sonriendo nerviosamente. Pero una vez más, cuando llega el momento de apearse, ni uno ni otro han discutido detalles de nada. Tengo que vender ya los cachorros que quedan, se dice Miguel mentalmente en el camino del centro a casa. No hay tiempo que perder, se azuza una y otra vez asintiendo con la cabeza para desconcierto de los transeúntes que lo miran. Cogeré a Negro y Marrón y los llevaré al camellón de la avenida para venderlos a las familias que pasan los sábados y domingos camino del Parque Infantil. Los padres no podrán resistirse ante la insistencia de sus hijos. Es una lástima que a Tuerta le falte un ojo porque quizá pudiera venderla también a ella. Pero al llegar a este pensamiento se censura como si hubiese cruzado un límite y ya entra en casa donde su cuñado lo recibe en mangas de camisa y con la cara larga. Los niños están enfermos, le informa. Tu hermana piensa que es por los perros de la habitación y me ha costado convencerla de que esperara a que llegaras para moverlos a la cochera; ella quería que lo hiciéramos cuanto antes. Ya me encargo yo, responde Miguel. En la habitación, los niños están en la cama, abrigados y sudorosos, mientras que Tuerta sigue en su rincón con Marrón y Negro pegados a sus tetas. Coge cuidadosamente a los cachorros y, aunque no es fin de semana y ya es algo tarde, quiere ir de una vez al crucero de la avenida para venderlos. Un olor pútrido sube hasta su nariz cuando levanta a los cachorros, pero la fuente no son ellos, sino la cola de Tuerta. Descubre entonces que la cobija que le puso está cubierta de sangre seca y que alrededor de la cola hay moscas de color verde.  ¿Hace cuánto que Tuerta no se levanta? ¿Ha comido? Con los cachorros en la mano, decide que primero va a vender a los críos y luego lidiará con lo que sea que a Tuerta le esté pasando. En el crucero, la mayoría de los que van en coche no se detienen a mirarlo. A partir de cierto momento, cada vez que toca la luz roja, pasea entre los carros con un cachorro en cada mano. Algunos cristales bajan y, desde los asientos traseros, varios niños gritan excitados estirando las manos para acariciarlos. No te voy a comprar nada porque no te has portado bien, dice una madre a su hija. Están muy feos y no son de raza, le espeta una mujer de excesivo maquillaje desde la ventanilla de una camioneta alta. Esto es ilegal, cruel e inhumano, ¿lo sabes?, le dicen un par de muchachas elegantes que cruzan a pie la avenida bebiendo granizados de café. Finalmente, un hombre gordo y acelerado le pregunta en cuánto los está vendiendo. Mira el semáforo, lo mira a él, hace sonidos muy fuertes como sorbiendo una cantidad inmensa de moco, pero no presta casi atención a los cachorros. Tres niños obesos pegan los cachetes al cristal para asistir, sin la menor expresión en sus rostros, a la transacción que conduce su padre. Miguel se sorprende de no haber pensado en un precio para los perros y, un tanto desconcertado, suelta la primera cifra que se le viene a la cabeza. Un tanto elevada, considera enseguida, arrepentido, pero el hombre gordo ha aceptado el precio y ya recoge a Negro y Marrón para ponerlos de inmediato en manos de los niños que los cogen con brusquedad. Miguel se prepara a recibir el dinero con una sonrisa involuntaria dibujada en el rostro, pero el hombre gordo mira el semáforo —luz verde—, lo mira a él —todo ojeras—, hace sonidos muy fuertes con la garganta y, sin más, acelera estruendosamente perdiéndose en el tráfico de la avenida, los tres niños gordos, inexpresivos, aplastados contra el cristal trasero de la camioneta donde todavía distingue, por un brevísimo instante, a Negro y Marrón.
Cuando llega a casa, luego de andar a pie y sin rumbo por espacio de una hora, se entera de que Tuerta ha muerto. Su hermana le exige de malos modos que eche al animal en una bolsa grande y lo saque de inmediato. Quita esa porquería de mi vista, dice. Lava el suelo de la habitación inmediatamente, que por eso están enfermos mis hijos, agrega. Me tienes que pagar la cobija de la perra, que ya no sirve, remata. Miguel va a la tienda de la esquina a por una bolsa negra para echar en ella a Tuerta. La dueña le recuerda lo que le debe de croquetas y leche. Él le dice que no se preocupe, que le pagará pronto, pero no se atreve a decirle que ya no queda ningún perro que alimentar. De vuelta a casa, echa a Tuerta en la bolsa recién comprada y sale con el cadáver hasta el contenedor, donde encuentra a varios pepenadores esculcando en la basura. En el camino de vuelta advierte la presencia de los tiradores de droga en las esquinas. Es una noche tranquila y dormirá desde temprano. Por la mañana, camino a la parada de autobús para ir a la escuela, volverá a encontrarse casualmente al maestro de dibujo. Esta vez, finalmente, podrán echarle una mano.

miércoles, enero 21, 2026

Perros

Poco después de la medianoche nos metimos todos entre las paredes de la casa abandonada. Sobre el suelo irregular cubierto de basura, algunos rascamos antes de dar un par de vueltas y hacernos ovillo. El aire es una mezcla de olores tan intensos que cuesta trabajo conciliar el sueño, por lo que la mayoría de nosotros mueve involuntariamente los párpados entrecerrados y arruga la nariz en una y otra dirección, estimulado por sutiles distinciones. Cuando por fin parecía que cada uno de nosotros se abandonaba a sí mismo, un hombre en harapos entró de repente en la casa y, dando tumbos, cayó sobre un montón de bolsas oscuras donde, al cabo de unos minutos, empezó a roncar con estrépito. Quizá por el desconcierto que nos causó, no fueron muchos los ladridos. Un par de nosotros nos pusimos en cuatro patas y con la cola enhiesta, la mayoría apenas levantó la cabeza y los cachorros se revolvieron muy cerca de las exangües tetas de su madre. Los dos que estábamos alzados nos acercamos a olisquear al hombre, pero un fuerte olor a alcohol hizo que nos apartáramos enseguida. Llevaba el cabello largo y tieso, la cara cubierta de costras negras y, pese al frío, iba descalzo. Desde los sitios a donde fuimos a echarnos de nuevo, ahora que la madrugada se había vuelto todavía más honda, oíamos con claridad el crujir de papeles y plásticos bajo las patas de innumerables cucarachas. Las ratas se desplazaban con desesperación por la orilla de las paredes, lanzando chillidos cuando peleaban por alguna inmundicia. Si las cosas seguían saliendo como hoy, pronto estaríamos peleando con ellas por esas sobras podridas. Pasamos casi todo el día alrededor del mercado, tratando de beber agua de los charcos que dejaban los viandantes luego de limpiar sus puestos y recogiendo la comida que caía al suelo. Algunos intentaron robar un pollo recién matado o pan que se habían dejado muy cerca de alguna ventana, pero esos intentos terminaron en persecuciones, palizas y atropellamientos. Encima, no éramos los únicos. La temida jauría de lomos negros de la colonia vecina también se acercaba al mercado a disputarnos lo que ya habíamos conseguido y, en época de celo, preñaban a nuestras hembras luego de dejarnos heridos a dentelladas. La mayoría de nosotros tiene así la piel surcada de cicatrices y alguna cojera que da cierta gracia a nuestra forma de andar. No nos ha ido tan mal, sin embargo, como a otros que se quedaron por el camino, reventados por un camión en mitad de la carretera o muertos de lenta agonía tras haber sido quemados por muchachos desaprensivos. No estamos muertos. Pero lo estaríamos dentro de poco si las cosas seguían siéndonos tan adversas como el día de hoy. Aumentados por el silencio de la última hora de la noche, los ruidos de motores nos hacían abrir los ojos de vez en cuando y contemplar, con las orejas aguzadas y expresión de azoro, luces que recorrían los desvencijados techos de la vivienda. Poco antes del amanecer, el hombre en harapos empezó a removerse en su sitio, gruñendo cada vez más alto. El mismo par de nosotros que lo olisqueó la noche pasada, se puso en cuatro patas y se acercó cauteloso al individuo. Un súbito alarido nos hizo retroceder un paso para luego ladrar vigorosamente. El hombre se sacudía, desesperado, ratas de la punta de sus dedos y de la entrepierna. Gemía sin prestarnos atención e intentó ponerse de pie varias veces antes de conseguirlo. Nosotros no parábamos de ladrar. Ahora se había unido toda la manada, salvo la madre de los cachorros que estaba demasiado exhausta como para hacer algo más que apretarse contra sus críos. Se oyó el crujir de vidrios rotos bajo los vacilantes pasos del hombre en harapos y los gritos se redoblaron. Nos lanzó algo recogido del suelo, sin éxito, mientras se encaminaba hacia la calle apoyando sus manos en los muros ennegrecidos. Subía tras él el olor a óxido de la sangre como una confirmación de nuestra vigilia. Un día más con hambre, sed y frío: había que ponerse en marcha. Uno de los cachorros no sobrevivió a la noche y debimos dejarlo ahí a merced de las ratas. En dirección al mercado pudimos beber agua limpia de una tubería rota y acechar a los comensales reunidos alrededor de los puestos callejeros. Mientras desayunaban apresuradamente, oficinistas y albañiles, secretarias y sirvientas, dejaban caer pedacitos de carne y cebolla, tortillas de maíz y trigo, algún pan dulce casi entero por accidente. Calmadas así nuestras necesidades más urgentes, nos echamos en los jardines pelados, casi terregales, que rodean las canchas de fútbol. El sol calentaba nuestros lomos y quienquiera que nos viera podía leer la placidez en nuestros rostros. La gente pasea a algunos perros sujetos con correas y les ladramos desganadamente. No comprendemos por qué algunos querrían andar cuando nosotros podríamos pasar el día entero echados en este páramo si no tuviéramos que buscar de comer. Pero el hambre llega y la sed lo hace todavía más pronto, de modo que nos encaminamos hacia el mercado cuando el sol ya ha pasado por encima. Una vez más, nos falta la suerte: la jauría de lomos negros no nos deja atravesar la calle para llegar al mercado. Desde el otro lado nos lanzan miradas feroces y hacen amago de cruzar entre los coches para liquidarnos. Harta de los ladridos, una empleada nos echa agua encima. Un hombre le da un palazo a la madre de los cachorros, que no puede andar deprisa porque aún está de parto reciente: sus aullidos nos erizan el pelo a los demás, pero no podemos hacer nada. Rodeando el mercado encontramos una pila de retazos con hueso que algunos llevamos a rastras por varias calles hasta la casa abandonada. Las moscas nos acompañan atraídas por el olor de la carne en mal estado. Feroces, muerden las piezas que traemos en el hocico lo mismo que nuestras heridas abiertas. No nos dejamos distraer tan fácilmente. Un rasquido rápido y continuamos royendo la carne y el hueso, incluso la madre de los cachorros come un poco más de lo habitual aunque luego pase horas con el vientre flojo llenando el ambiente de un hedor fétido. Atardece. Ahora que hasta los huesos nos hemos comido, advertimos que en una de las habitaciones del fondo hay un grupo silencioso de tres muchachos sentados en el suelo con agujas y pipas. De vez en cuando, la llama de un mechero les ilumina el rostro. No nos alarmamos particularmente, pero estamos atentos a sus movimientos. Cuando cae la noche, una vez más llega el hombre en harapos. Viene más agitado que el día de ayer y hace amago de pegarnos cuando pasa por un lado de nosotros. Ladramos, pero no le hacemos daño porque, después de todo, es claro que sólo desea pasar a las habitaciones del fondo. Cuando desaparece en la parte de atrás, nos echamos de nuevo, callados, pero no pasa ni un minuto cuando ya ha iniciado una conmoción. Se oyen piedras caer sobre otras piedras, el soplido de bolsas a las que un peso saca de golpe el aire pútrido, un arrastrar interminable de basura como marco de alaridos espantosos. Ladramos, primero levantando sólo la cerviz, luego poniéndonos en cuatro patas cuando vemos pasar varias ratas corriendo hacia la salida. Al asomarnos vemos una fogata que rápidamente se eleva hacia los desvencijados techos. Uno de los muchachos lanza una piedra grande sobre la cabeza del hombre en harapos; los otros dos le dan de patadas al cuerpo caído, tratando de no quemarse con el fuego que ya lo envuelve. Los alaridos cesan y crece el crepitar del fuego. Huele a piel quemada y leña ardiendo. Huele a grasa derretida y hules tóxicos. Los muchachos pasan a nuestro lado hacia la salida como si no advirtieran nuestra presencia. Uno lleva una jeringuilla colgando de su brazo, el otro una estopa; a ambos los empuja el tercero que, en cuanto se ve en la calle, abandona al grupo perdiéndose en el callejón. La madre de los cachorros está demasiado débil para moverse y, junto con los pequeños, arderá esta noche sin que nosotros podamos hacer nada. A la mañana siguiente, antes de que lleguen la policía o los bomberos a echarnos de mala manera, desayunaremos. Habrá carne y huesos suficientes para todos.

lunes, diciembre 01, 2025

Indigentes

De vez en cuando pensaba, y aún llegué a comentarlo a alguno de mis subordinados, que la ciudad estaba cada vez más poblada de indigentes de todo tipo: migrantes de paso, alcohólicos, drogadictos, trastornados mentales. Algunos utilizaban las cabinas de los cajeros automáticos para ponerse a salvo del calor, otros lo soportaban en descampados de los que no era infrecuente que los sacaran ya muertos por deshidratación o asesinato. Los encontraba casi a diario instalados en los cruceros camino al trabajo o de vuelta a casa, a veces usando estopas grasientas con las que pretendían limpiar los parabrisas de los coches a cambio de unas monedas, otras veces mendigando con escasa convicción sin detenerse siquiera cuando algún conductor bajaba la ventanilla para darles dinero. Hombres caídos, mentes exhaustas, no todos se hallaban al borde de las oscuras aguas que habrían de ahogarlos tarde o temprano, de modo que uno mismo, acaso sin saberlo, sin importar cuán alejado pareciera el destino, podía estar alineado haciendo fila, camino de su destrucción. Eso era lo que pensaba entonces con desagradable insistencia mientras esperaba la luz verde del semáforo, pero sobre todo los fines de semana en que bajaba a pie al centro de la ciudad para no padecer excesivamente la soledad de mi casa. Por entre los matorrales de terrenos baldíos o en el interior de casas abandonadas llenas de basura, distinguía cuerpos tendidos cubiertos de harapos o la débil llama de una pipa improvisada, un par de ojos en la oscuridad a los que, si la fugacidad del momento no era grande, podía unir la imagen de barbas pobladas o rostros hinchados. No me intimidaba aquel ejército de hombres de la calle que salía a mi encuentro en aquellos paseos poco recomendables, pero me agobiaba la idea de pertenecer a su clase de alguna manera. Yo veía entonces mi propia vida doblarse bajo el peso de sus fracasos e incompletitudes, no porque me faltara el trabajo, aunque mediocre, ni una apariencia razonable, aunque descuidada, sino porque hacía tiempo que me había quedado solo en esta ciudad, sin amigos ni pareja ni familiares, carente de finalidad propia, modesta o elevada. Acaso la ruta de estos hombres pasó algún día por este mismo lugar, me decía, donde las circunstancias o el propio actuar han construido un vacío alrededor que no es posible salvar de ninguna manera. Un toxicómano que no quiere ser salvado, un depresivo que no encuentra consuelo, un soberbio al que no basta nada ni nadie. Como en una espiral, estos hombres se mueven en círculos que descienden a las profundidades. Un día sencillamente renuncian a su trabajo o lo pierden, pero encuentran en la recogida de ropa abandonada, de cartón, vidrio y aluminio, una forma temporal de ocupar su tiempo y hacerse del dinero necesario para vivir. No obstante, lo que era transitorio se convierte, sin advertirlo, en permanente, y un buen día el hombre calvo que venía en un coche destartalado a llevarse mi vieja camisa turquesa de la basura, vuelve a pie y con el rostro enajenado para sacar los envases de entre las bolsas de desechos. Una advertencia, creía yo leer en aquellos momentos de fragilidad en que me hacía cargo de su deterioro como de un espejo. Una admonición gráfica contra un futuro posible, pensaba con escalofrío. Hacía esfuerzos por mantener rutinas como valladares —alimentación, sueño, horas de trabajo y ejercicio— pero quedaban las necesidades del cuerpo que a mi edad ya resultaban sospechosas. Había visto envejecer a distintos hombres como yo, en el supermercado y la peluquería, en la escuela y el taller, hombres condenados a vivir solos o con sus madres, a no desear ya cuerpos de su mismo sexo ni mucho menos jóvenes, hombres cabizbajos y ridículos, inseguros o nerviosos, que volvían a los años de infancia en que sentían vergüenza de sus pensamientos y temían todo el tiempo ser encontrados en falta, de modo que ahora hacían sus respectivos trabajos en silencio y con la mirada gacha, procurando no atraer sobre ellos la más mínima atención. No tiene que ser así, pensaba, pero así era para muchos que creyeron que en el juego de las sillas no se quedarían de pie. No tiene que ser así, me decía, descartando para mí la resignación con que las parejas más artificiales se encaminaban hacia la senectud. Ya que me había quedado solo, por abandono o por muerte, pero también por dolorosa elección, no me resignaba a convertirme en otro eunuco. Con frecuencia me acuciaba el deseo y lo aliviaba como podía, por mí mismo o con chicos aquiescentes, no tanto en espera de dar con la persona perfecta como de agotar esa inquietud —liquidarla— para por fin descansar de ella. No concebía entonces que esto durara mucho más, no desde luego el concurso de los jóvenes, pero tampoco la flama primigenia que lo explica todo. En esa llama —pensé motivado por la visión de un hombre de dientes muy separados y ojos pequeños que pasaba las mañanas lavando coches y masturbándose discretamente en diversos escondrijos alrededor del barrio— arden también no pocas de las vidas que luego terminan en la calle. ¿Qué distingue mis urgencias de las compulsiones de este hombre que no se atreve aún a ser un exhibicionista cabal?, me preguntaba. ¿Acaso el hombre de dientes muy separados y ojos pequeños fue alguna vez uno de esos seres de los que la ciudad exige celibato o castración? ¿Uno como yo, repentinamente solo y sin brújula? ¿Es posible que en algún punto —el momento de perder el trabajo, un escándalo mínimo pero suficiente, acaso un vicio poderoso y repentino— haya encontrado que sólo la indigencia es liberación, la condición para hacerse tolerar las excentricidades que los demás mantienen en secreto para mejor escandalizarse en público? Con el paso de los meses y alguna enfermedad, conseguí salvar la parte más difícil del abismo. No así el hombre de dientes muy separados y ojos pequeños al que, luego de meses de no verlo más por el barrio, encontré en uno de mis paseos asomándose por el umbral de una casa en ruinas del centro. Ya no se llevaba las manos a los genitales compulsivamente, como solía, pues ahora las tenía ocupadas en calentar un foco roto del que salía un vapor que inhalaba, profundamente abstraído.

martes, noviembre 25, 2025

El salón de los muertos

En esta época del año, el Salón de los Muertos se ilumina tarde a tarde durante un par de horas desde la ventana alta trazando una diagonal de luz dorada y crepuscular. No siempre la aprovecha para tomar asiento en el sofá, leer sus libros o pensar en sus muertos, pero consigue detenerse unos segundos a contemplarla cuando, en su deambular de un lado a otro de la casa —y hacia esta ala norte se encamina mucho menos de lo que debería— la encuentra de pronto instalada como una aparición más allá del arco que la separa del Salón del Tiempo. Una luz alta enmarcada por la curvatura. Un llamamiento silencioso. La vida transcurre mientras tanto en el ala sur, en el patio, en la calle, sin que nadie preste sus ojos a la manifestación que tarde a tarde se produce en el Salón de los Muertos, actos sin testimonio, recreación de otros inviernos. Eso que llama vida —lo que transcurre allí fuera, lo que se mueve detrás de la pared— no siempre es una danza ni una comunión, no siempre es la belleza, a menudo es más bien sólo una espera. En su carácter provisorio, la vida en el ala sur no contiene apenas actos que la distingan de la vida en el ala norte, por más que a veces aquella se llene de aromas animales y la luz recorte la sombra de distraídos cuerpos. No puede ser invierno todo el tiempo, ni siquiera en el Salón de los Muertos al que la danza de los astros robará otra vez todo su esplendor, llegado el momento. Ya que los desaparecidos no deben volver, tan sólo ser evocados, ya que se recomienda viajar lo más ligero de equipaje, acepta reunir el peso muerto en este espacio al que la luz asiste tarde a tarde precisamente cuando más falta hace en el hemisferio. Allá afuera crece la oscuridad por encima de los árboles y en el interior de los coches: convive con su inquietud oponiendo tareas productivas a amenazas dibujadas. Allá afuera, apenas separado del Salón de los Muertos por una pared, se hincha y se encoge en la Alcoba Principal y en el Salón Comedor, rutinariamente, sin detenerse en más consideraciones que la transitoriedad de sus circunstancias. No siempre es la belleza, pero hay momentos en que el ala sur reivindica la ambrosía y el espejismo de otros tiempos y permite suponer que les asiste alguna verdad, aunque ésta no haya sido todavía enteramente revelada. En espera de ese momento, se sienta a la mesa del Salón Comedor y consume los alimentos que él mismo ha preparado. En espera de otro poco de certeza, conduce de la mano hasta la Alcoba Principal a mensajeros en cuyas entrañas aletean inquietas mariposas que él se afana en liberar. Mañanas en el ala sur pasando sus manos por el suave pelaje de mudas criaturas que —está seguro— algo saben: allá arriba el ligero susurro de las palmas y el avión de la mañana que gira justo encima. El olor del café. Nada de esto pueden sentir ya los desaparecidos a los que el Salón de los Muertos —la luz dorada en diagonal revelando una constelación de motas de polvo— faltará tarde o temprano en forma definitiva. Como la memoria. Cualquier memoria. Cierra los ojos un momento para imaginar el futuro más distante y desea sinceramente reunirse con los que, según la tradición, ya pueden mirar al interior de su corazón con absoluta transparencia y leer, mejor que él mismo, sus pensamientos, y conocer, sin la ambigüedad de su transcurso, sus sentimientos. Con ellos podrá asistir —imagina abriendo los ojos a la luz que parpadea insegura en el Salón de los Muertos antes de extinguirse una tarde más— a los misterios del universo. Omnisciencia. Omnipresencia. La aclaración de todo. El acceso a todo. Una promesa para los creyentes. Una ilusión para los románticos. Un bello pensamiento para los que, como él, ya cruzan la frontera de vuelta al ala sur para más espera de más espera.