A principios de siglo, cuando yo era un joven maestro al que pagaban por horas en una universidad privada que simulaba ser al mismo tiempo confesional y progresista, ella y él fueron mis alumnos en el último curso de variable compleja que impartí. Nunca me caractericé por la prudencia, de modo que, en mi entusiasmo por los inminentes estudios de doctorado que haría en Europa gracias a una beca y animado por la escasa diferencia de edad en relación con mis estudiantes, compartí mucho de lo que pasaba por mi cabeza en esos días: en los pasillos mientras esperábamos a que se desocupara el aula para iniciar la clase, dentro de los salones con el pretexto de aligerar la exposición con anécdotas y opiniones, echado en el césped cuando había horas muertas y las pasaba leyendo a la sombra de los inmensos árboles primorosamente cuidados que poblaban el campus. Ella y él, como el resto, tomaron nota obligada de mis tonterías —las ventajas de tener un público cautivo—, pero alguna debió resonar dentro de ellos porque pronto me hicieron a su vez depositario de las suyas y propusieron encuentros fuera de la escuela que yo tuve a bien aceptar, complacido.
Ella casi siempre estaba sola; él rodeado de sus amigos. Él se deshacía en carcajadas; ella reía más bien poco. No quiero decir con esto que ella fuera una mustia ni él el alma de las fiestas, pero me resultaba curioso hallarme en medio de ellos, solicitado cada vez más y a partes iguales desde mundos opuestos. ¿Era, como sucedió antes y sucedería después, consecuencia de mi estúpida costumbre de mostrar interés? ¿Una forma de cordialidad que acaso tenía por objeto ser incluido en la sociedad de los demás? ¿Carencias afectivas de esas que se pueden rastrear hasta la infancia? Posiblemente. Pero lo cierto es que a las frecuentes bromas hechas a él y sus amigos durante las clases y a los minutos arrebatados por ella en los pasillos y jardines para hablar de música y cine, siguieron invitaciones a reuniones etílicas con los primeros y a cafeterías del centro de la ciudad con la segunda.
Aunque con dificultades, las familias de ambos pagaban las considerables sumas que cobraba la universidad privada. Ella vestía como una hippie trasnochada y vivía con su familia en un costoso barrio de la ciudad; él, vestido despreocupadamente, compartía departamento con uno de sus amigos cuya familia, igual que la suya, poseía tierras y ganado cerca de la ciénega. La gente de dinero no suele exhibirlo, decía mi madre apoyada en los muchos años de convivencia con patrones millonarios. Yo no lo tenía claro entonces ni lo tengo claro ahora. Al ser el mayor —aunque por muy poco— insistía en pagar la cuenta en las cafeterías donde me reunía con ella y en pagar las botellas que nos bebíamos en las reuniones con él. Ella hacía ademán de rebuscar en su bolso, levantaba luego la cabeza para preguntarme retóricamente si estaba seguro de pagar y, tras oírme decir que sí, bajaba la mirada y levantaba una mano para expresar su resignado acuerdo. Él, junto con sus amigos, levantaba la voz en medio de aspavientos cuando llegaba el momento de pagar en la licorería, alegando con aparente vehemencia que no podían permitir que yo pagara todo. Ponían entonces un billete o dos y dejaban el resto en mis manos.
No me importaban aquellos pequeños desembolsos, no sólo por la circunstancia de hallarme eufórico ante mi próximo viaje a Europa, sino porque así creía aumentar mi escaso círculo de amistades. La fórmula tenía antecedentes y continuaría así por décadas, aunque perdiera finalmente toda su capacidad de engaño. ¿Me hacía perdonar de esa manera las mentiras que decía sobre mi vida privada? ¿La invención de Adriana, mi mujer, la médico con la que había formado un hogar —todavía sin hijos— sin sujetarme a las convenciones matrimoniales? ¿La misma chica —el amor de mi vida— que nadie había visto pero de la que todo el departamento de matemáticas había oído hablar? ¿La que se quedaría esperándome a que volviera de mi viaje porque así lo habíamos decidido? Sí, es posible que así fuera. A ninguno de ellos dije la verdad por algún tiempo, pero creí justo —a escasas semanas de mi partida, con el semestre concluido y las calificaciones entregadas— hacerles saber que Adriana era en realidad un hombre y que, como solía decir entonces, todo lo demás —el resto— era verdad.
La tarde lluviosa en que se lo dije, sentados a la mesa de una cafetería decorada con motivos estrafalarios, ella no pareció darle a mi confesión ninguna importancia. ¿Y qué? parecía interrogarme con una mirada a la vez risueña y evasiva. Yo deseaba explicarme luego del esfuerzo de abrir aquella puerta tanto tiempo cerrada; pintar, acaso con colores recargados, el cuadro de una felicidad idílica al margen de las convenciones sociales. Pero ella continuó con el programa que tenía trazado para esa tarde: sacó de su morral el desgastado tarot de Marsella y empezó a explicarme algunas cosas relacionadas con los arcanos. Así había quedado convenido desde que supo que yo admiraba el trabajo del chileno como cineasta y ella me dijo haber asistido a un curso de tarot impartido por él, no para adivinar el futuro, me aclaraba, sino como vehículo gráfico para proyectar pensamientos y emociones. Lo que yo pudiera decirle directamente no le interesaba tanto como lo que yo expresaba sobre aquellas cartas descubiertas una por una. ¿Qué ves aquí? La muerte. Es dejar atrás el pasado. ¿Qué ves aquí? La locura. Es la curiosidad por el mundo. El camarero iba y venía con tazas de café y té, sorteando la lluvia que caía sobre el patio del lugar. En algunos momentos, creyendo fijar así el instante, yo fumaba. Vas bien, me dijo ella hacia el final apoyando una mano sobre mi antebrazo; entonces creí oportuno aparentar que estaba emocionado.
Cuando se lo dije a él, en cambio, era un mediodía soleado en el enorme estacionamiento de la universidad. Había acudido a hacer un trámite y ya iba de vuelta a casa cuando me crucé con él en uno de los pasillos. He quedado de encontrarme con mis amigos en una de las terrazas del otro lado de la avenida, frente a la universidad, explicó. ¿Querría acompañarlo? Sólo iban a tomarse unas cuantas cervezas. Acepté. En el camino algo laberíntico que recorrimos para llegar a mi coche, él empezó a hablarme de sus problemas con las chicas y a insistir en que le explicara este o aquel detalle de mi relación con Adriana. Me sentí cada vez más estúpido repitiendo lugares comunes sobre el carácter contradictorio y apasionado de las mujeres, de modo que en cuanto subimos al coche y aun sin encender la marcha, le solté a bocajarro que en realidad todo este tiempo les había mentido. Soy homosexual, expliqué. Adriana existe, pero no es ese su nombre. Con gestos exagerados él me dijo que no había ningún problema, que entendía perfectamente (¿el qué?), que la invitación a beber seguía en pie y que si deseaba que él me guardara el secreto, con gusto lo haría. No fue necesario. A la tercera cerveza, desde aquella terraza ajardinada desde la que se veía el tráfico intenso de la avenida y, más allá, los árboles que cubrían los edificios de la universidad, le confesé a sus amigos la verdad, no por sincerarme cuanto por creer que así sería el centro de su atención. No fue así. Luego de un par de minutos de expresar su solidaridad (¿con qué?), volvieron a la interminable repetición de sus aventuras y a hacer escarnio de los profesores y autoridades de la universidad, entre los que, aparentemente, no me contaban.
Fui a Europa. Regresé. Volví a irme. Regresé. En algún momento entre una y otra vuelta, ella viajó con la verdadera Adriana y conmigo hasta la capital, gratis. Durante todo el camino se limitó a dirigirse a mí, como si el otro no existiera. Visitamos las pirámides, comimos cerca de la estación de tren: lo mismo. Nosotros seguimos hacia el sureste y ella se quedó ahí para continuar sus vacaciones. Un par de años después la recibí en el piso que alquilaba en Praga. Bebimos y comimos. Paseamos a mis expensas. ¿Valía la pena todo ello por el placer de fumar en su compañía en las escaleras del edificio? Sólo la vi una vez más, cuando trató de enseñarme a andar en monociclo. Me hizo una foto, pero no tengo ninguna de ella. A finales de aquella primera década, mi ex-estudiante parecía más comprometida que nunca con diversas causas: salvar el bosque tropical, ayudar a los niños en situación de guerra, impartir talleres de psicomagia. Dejó de hablarme cuando le recordé en un foro sobre movilidad su idea de que los cholos reventaran todos los parquímetros de la ciudad. No vive más en la ciudad donde nos conocimos, sino en Graz, desde donde coordina un centro budista.
Esa tipa era una perra, me dijo él refiriéndose a ella cuando le relaté la desafortunada historia de nuestro distanciamiento. Nunca debió confiar en ella, puntualizaba. Él y yo seguimos reuniéndonos durante décadas, pero ya no con sus amigos a quienes jamás volví a ver. Le invitaba a cenas donde la comida era preparada por la verdadera Adriana y el alcohol era pagado por mí. No se dirigía apenas a mi pareja. Emigró a Ratisbona poco después, desde donde acudió en una ocasión a Praga para reunirse conmigo. Ambos estábamos acompañados de nuestras nuevas parejas, mucho más jóvenes que nosotros, él de una chica rubia de brillante sonrisa, yo de un muchacho musculoso de ojos adormilados. Cuando tuvimos oportunidad de hablar a solas, ambos nos quejamos amargamente de ellos. En poco tiempo, como es natural, ambos terminamos solos en nuestros respectivos exilios. Nunca nos volvimos a ver.