sábado, febrero 21, 2026

Historia de un vórtice

El dinero reunido durante las vacaciones escolares está a punto de agotarse. Su hermana y su cuñado podrán darle de comer y no le cobrarán renta por la habitación en que duerme, pero no habrá dinero para el transporte ni para el gimnasio al que apenas se había acostumbrado. La casa tiene dos habitaciones: en una duerme la pareja con la niña pequeña; en la otra duerme él con dos niños más grandes, hijos de un primer y un segundo matrimonio. También hay una perra, venida de nadie sabe dónde, a la que todos llaman Tuerta porque le falta un ojo. Tuerta pasa el día en el interior cuando hay gente en casa, pero por las noches la invitan amablemente a la cochera donde, luego de varias vueltas, se hace ovillo y vigila. No ladra tan fácilmente porque en esta colonia de vagos hay que escoger muy bien el momento de dar la alarma, y esta, pese a la preocupación de Miguel, es una noche tranquila. Echado en el montón de cobijas que todos los días extiende por el suelo del cuarto, mientras oye la quieta respiración de sus sobrinos que duermen juntos en la única cama de la habitación, cuenta una y otra vez el poco dinero que le queda. El semestre en la universidad está pagado y, de momento, no han pedido más material que el ordinario. Pero para llegar hasta el campus, en las afueras de la ciudad, hay que coger el autobús del valle, que no por venir tan lleno cobra menos. No puede permitirse ya ningún antojo desde las seis de la mañana en que sale de casa hasta las cuatro de la tarde en que vuelve. Precisamente por eso ya no puede saltarse el desayuno, aunque deba tomarlo en casa de madrugada mientras trata de aplacarse el pelo rebelde con gomina o ponerse un pantalón raído a toda prisa. Cuando aún cursaba el bachillerato, la dueña de la tienda de la esquina solía emplearlo por unas cuantas monedas para que le ayudara a acomodar mercancía. Pero ese es un trabajo de chamacos y él ya es un hombre. Los horarios de la marisquería donde trabajó durante las vacaciones no se avienen con los de la escuela; tampoco los de la maquiladora que emplea a varios de sus compañeros a los que no les importa perder clases a cambio de dinero. Se queda dormido sin poder hallarle forma a las sombras inestables que sobre las paredes proyecta la veladora del rincón. 
Al día siguiente, cuando sale de la escuela, aprovecha el ofrecimiento del maestro de dibujo para acercarlo al centro. En algún momento de la conversación, ambos se quejan de lo caro que está todo y de lo poco que pagan en cualquier empleo. Miguel aprovecha para preguntar, sin mucha esperanza, si el maestro de dibujo sabrá de algún trabajo que no interfiera demasiado con la escuela. No lo sé, contesta el maestro mesándose las barbas con una mano y sujetando el volante con la otra, la mirada perdida en el horizonte indefinido del tráfico. Yo te podría ayudar, balbucea inseguro, pero no lo sé. La luz verde obliga al maestro a maniobrar; las maniobras le exigen concentración; la concentración produce silencio. Miguel se queda callado a la espera de detalles que no llegan. En la siguiente luz roja el maestro se gira hacia él y sonríe. Quizá pueda ayudarte, pero no lo sé, concluye. Miguel apenas esboza una sonrisa, pero no se atreve a preguntar nada más. Una vez apeado en el centro, transcurren veinte minutos en la parada de autobús y veinte más de traslado hasta su casa. Detrás de la cerca de madera podrida que delimita la cochera, encuentra a sus sobrinos más grandes y a otro par de niños, todos de cuclillas, rodeando a Tuerta. Tío, tío, la perrita ha tenido cachorros, le dice el mayor acercándole uno de color negro cubierto de una película brillante. Lo coge con las dos manos luego de dejar su mochila en el suelo y encuentra agradable la tibia humedad de aquella bola de pelo que chilla. Este se llamará Negro, dice. Y este otro Gris, completa el mayor de sus sobrinos acariciando a un cachorro que se halla pegado a las fláccidas tetas de Tuerta. Son todos machos, cuatro, dice su hermana que aparece de pronto junto a él cargando a uno blanco en una mano y a otro marrón en la otra, de modo que los nombres están decididos. Miguel y su hermana se alzan de hombros cuando se preguntan si alguno se dio cuenta de que Tuerta estaba embarazada. Sin prestar atención a la algarabía de los niños que siguen en la cochera, Miguel entra en casa, se encierra en su habitación y se echa en la cama de sus sobrinos unos minutos con los ojos cerrados. Cuando siente que empieza a quedarse dormido, se pone de pie para evitarlo y saca de entre su ropa el dinero que le queda para volver a contarlo. Se queda inmóvil mientras baraja mentalmente opciones cada vez más disparatadas para sacar dinero. Los pepenadores de latas y fierro viejo no le permitirían unirse a ellos para esculcar las bolsas de basura de los vecinos. Si lo hiciera a sus espaldas, correría el riesgo de que lo rajaran en mitad de la calle a la primera oportunidad. Por no hablar de los tiradores de droga que, aun siendo del mismo grupo y casi todos adolescentes, se mataban a tiros entre sí por tener más clientes o extender sus zonas de venta. Lo saca de su ensimismamiento el agudo chillido de uno de los perros. Eso es, comprende de inmediato: venderé los cachorros.
A pesar de las resistencias de su hermana y su cuñado, éstos acceden a que Tuerta y sus crías duerman en un rincón de la habitación de Miguel. Se morirán de frío si los dejamos afuera, alega éste sin revelar sus intenciones de vender a los cachorros. Los niños más grandes, que también duermen ahí, están encantados con la idea y son fácilmente manipulados por su tío para ayudar en la limpieza y cuidado de los animales. A la dueña de la tienda de la esquina ha debido pedirle fiadas croquetas para Tuerta y leche para las crías. Ella se resiste. En dos semanas máximo se lo pago, se compromete Miguel, improvisando con acierto la idea de trabajar los fines de semana como botarga para la cadena de farmacias o la compañía de teléfonos. Así lo hace los sábados y domingos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, metido en un traje pesado y hediondo, mientras la temperatura de la calle oscila hasta veinte grados entre el mediodía y las horas extremas. El dinero que recibe a cambio apenas cubre el alimento de los perros. Conforme transcurren los días, sus sobrinos se desentienden cada vez más de la limpieza de la habitación, por lo que debe ser él quien recoja excrementos y trapee orines, quien deba darles de comer y los saque de vez en cuando a la cochera para que hagan ejercicio. Los frecuentes chillidos de los cachorros apenas le permiten estudiar o dormir. Como duerme en el suelo, los perros suelen invadir su espacio y ensuciar sus cobijas, que apestan. Está exhausto, pero se consuela pensando que en un par de semanas podrá vender los cachorros y dejar atrás esta pesadilla.
Luego de intentar, sin éxito, que el gimnasio le devuelva una parte de la mensualidad porque sólo usó un par de días de la semana y no continuará más, llega a casa y se sorprende de hallar a uno de los cachorros suelto en la calle. Lo recoge con una mano y lo lleva dentro de prisa. La cerca está abierta, las puertas de la casa y de su habitación, también. Sobre la cama encuentra dormido al mayor de sus sobrinos. Hay restos de comida en el suelo, envolturas plásticas de alimentos, hormigas. Tuerta y un par de cachorros están echados en el rincón de siempre y ella levanta levemente la cabeza para reconocerlo. Pone al perro que lleva en la mano junto a Tuerta y enseguida despierta a su sobrino para que le ayude a buscar a Blanco, el que falta. Buscan debajo de la cama y en la cocina, detrás de los muebles y en el baño. Finalmente salen a la cochera y luego a la calle. No pasa mucho tiempo antes de que los niños que juegan en la esquina les informen que hace un par de horas atropellaron a un perrito en la avenida. Sobre el pavimento, Miguel y su sobrino encuentran una plasta de pelo blanco ensangrentado, cada vez más sucia e irreconocible porque los coches no dejan de pasarle por encima. El niño llora y se abraza a su tío. Perdón, dice, no me di cuenta de que estaba abierta la casa. Perdón. Esa noche, Gris chilla más de la cuenta y no deja dormir a nadie. Tuerta intenta calmarlo lamiéndolo repetidas veces y apretándolo contra ella, pero nada funciona. A la mañana siguiente, Miguel lleva al cachorro consigo hasta la veterinaria de la universidad, sin que sepa bien a bien cómo pagará la consulta ni cómo hará para asistir a sus clases con un perro enfermo. En el camino, éste llena de heces líquidas y sanguinolentas el suelo del autobús y parte de su ropa. La gente lo mira con asco y le insultan por llevar esa porquería en el transporte. En la consulta, por la forma del abdomen distendido y su reacción al dolor, le informan que el perro debió comer algún objeto contundente y le proporcionan medicamentos e instrucciones. No completa el dinero para pagar, pero el personal accede a dejar pendiente el saldo, considerando que, después de todo, es estudiante de la universidad. En medio de la clase de geometría proyectiva, rodeado de sangre y diarrea fétida, Gris agoniza. Saca el cuerpecito al pasillo y descubre en el ano del animal el plástico a medio salir de una envoltura idéntica a la de los dulces de su sobrino. Apenado, pero sin mayor ceremonia, echa el pequeño cadáver en uno de los contenedores de basura de la universidad y vuelve a clase.
El maestro de dibujo lo ha encontrado, al parecer por casualidad, a la salida de la universidad. ¿Qué es eso que huele? pregunta. Miguel le explica brevemente la muerte de Gris y la mancha en una de las bastillas de su pantalón. Qué pena, dice el maestro sin mucha convicción. Aunque tampoco a él le ha dicho nada sobre su intención de vender los cachorros de Tuerta, la conversación vuelve a girar en torno a las dificultades de obtener dinero, de estudiar y trabajar al mismo tiempo, de comprar y vender. Frente a una luz roja, luego del silencio más prolongado, el maestro se mesa las barbas y vuelve a su vieja muletilla mientras mira el horizonte del tráfico. Si quieres yo puedo ayudarte, no sé, quizá podamos entendernos, le dice el maestro mientras le pasa una mano por los hombros y le da un par de palmadas. Dios aprieta pero no ahorca, agrega sin venir mucho al caso. Sí ¿verdad? dice Miguel sonriendo nerviosamente. Pero una vez más, cuando llega el momento de apearse, ni uno ni otro han discutido detalles de nada. Tengo que vender ya los cachorros que quedan, se dice Miguel mentalmente en el camino del centro a casa. No hay tiempo que perder, se azuza una y otra vez asintiendo con la cabeza para desconcierto de los transeúntes que lo miran. Cogeré a Negro y Marrón y los llevaré al camellón de la avenida para venderlos a las familias que pasan los sábados y domingos camino del Parque Infantil. Los padres no podrán resistirse ante la insistencia de sus hijos. Es una lástima que a Tuerta le falte un ojo porque quizá pudiera venderla también a ella. Pero al llegar a este pensamiento se censura como si hubiese cruzado un límite y ya entra en casa donde su cuñado lo recibe en mangas de camisa y con la cara larga. Los niños están enfermos, le informa. Tu hermana piensa que es por los perros de la habitación y me ha costado convencerla de que esperara a que llegaras para moverlos a la cochera; ella quería que lo hiciéramos cuanto antes. Ya me encargo yo, responde Miguel. En la habitación, los niños están en la cama, abrigados y sudorosos, mientras que Tuerta sigue en su rincón con Marrón y Negro pegados a sus tetas. Coge cuidadosamente a los cachorros y, aunque no es fin de semana y ya es algo tarde, quiere ir de una vez al crucero de la avenida para venderlos. Un olor pútrido sube hasta su nariz cuando levanta a los cachorros, pero la fuente no son ellos, sino la cola de Tuerta. Descubre entonces que la cobija que le puso está cubierta de sangre seca y que alrededor de la cola hay moscas de color verde.  ¿Hace cuánto que Tuerta no se levanta? ¿Ha comido? Con los cachorros en la mano, decide que primero va a vender a los críos y luego lidiará con lo que sea que a Tuerta le esté pasando. En el crucero, la mayoría de los que van en coche no se detienen a mirarlo. A partir de cierto momento, cada vez que toca la luz roja, pasea entre los carros con un cachorro en cada mano. Algunos cristales bajan y, desde los asientos traseros, varios niños gritan excitados estirando las manos para acariciarlos. No te voy a comprar nada porque no te has portado bien, dice una madre a su hija. Están muy feos y no son de raza, le espeta una mujer de excesivo maquillaje desde la ventanilla de una camioneta alta. Esto es ilegal, cruel e inhumano, ¿lo sabes?, le dicen un par de muchachas elegantes que cruzan a pie la avenida bebiendo granizados de café. Finalmente, un hombre gordo y acelerado le pregunta en cuánto los está vendiendo. Mira el semáforo, lo mira a él, hace sonidos muy fuertes como sorbiendo una cantidad inmensa de moco, pero no presta casi atención a los cachorros. Tres niños obesos pegan los cachetes al cristal para asistir, sin la menor expresión en sus rostros, a la transacción que conduce su padre. Miguel se sorprende de no haber pensado en un precio para los perros y, un tanto desconcertado, suelta la primera cifra que se le viene a la cabeza. Un tanto elevada, considera enseguida, arrepentido, pero el hombre gordo ha aceptado el precio y ya recoge a Negro y Marrón para ponerlos de inmediato en manos de los niños que los cogen con brusquedad. Miguel se prepara a recibir el dinero con una sonrisa involuntaria dibujada en el rostro, pero el hombre gordo mira el semáforo —luz verde—, lo mira a él —todo ojeras—, hace sonidos muy fuertes con la garganta y, sin más, acelera estruendosamente perdiéndose en el tráfico de la avenida, los tres niños gordos, inexpresivos, aplastados contra el cristal trasero de la camioneta donde todavía distingue, por un brevísimo instante, a Negro y Marrón.
Cuando llega a casa, luego de andar a pie y sin rumbo por espacio de una hora, se entera de que Tuerta ha muerto. Su hermana le exige de malos modos que eche al animal en una bolsa grande y lo saque de inmediato. Quita esa porquería de mi vista, dice. Lava el suelo de la habitación inmediatamente, que por eso están enfermos mis hijos, agrega. Me tienes que pagar la cobija de la perra, que ya no sirve, remata. Miguel va a la tienda de la esquina a por una bolsa negra para echar en ella a Tuerta. La dueña le recuerda lo que le debe de croquetas y leche. Él le dice que no se preocupe, que le pagará pronto, pero no se atreve a decirle que ya no queda ningún perro que alimentar. De vuelta a casa, echa a Tuerta en la bolsa recién comprada y sale con el cadáver hasta el contenedor, donde encuentra a varios pepenadores esculcando en la basura. En el camino de vuelta advierte la presencia de los tiradores de droga en las esquinas. Es una noche tranquila y dormirá desde temprano. Por la mañana, camino a la parada de autobús para ir a la escuela, volverá a encontrarse casualmente al maestro de dibujo. Esta vez, finalmente, podrán echarle una mano.

miércoles, enero 21, 2026

Perros

Poco después de la medianoche nos metimos todos entre las paredes de la casa abandonada. Sobre el suelo irregular cubierto de basura, algunos rascamos antes de dar un par de vueltas y hacernos ovillo. El aire es una mezcla de olores tan intensos que cuesta trabajo conciliar el sueño, por lo que la mayoría de nosotros mueve involuntariamente los párpados entrecerrados y arruga la nariz en una y otra dirección, estimulado por sutiles distinciones. Cuando por fin parecía que cada uno de nosotros se abandonaba a sí mismo, un hombre en harapos entró de repente en la casa y, dando tumbos, cayó sobre un montón de bolsas oscuras donde, al cabo de unos minutos, empezó a roncar con estrépito. Quizá por el desconcierto que nos causó, no fueron muchos los ladridos. Un par de nosotros nos pusimos en cuatro patas y con la cola enhiesta, la mayoría apenas levantó la cabeza y los cachorros se revolvieron muy cerca de las exangües tetas de su madre. Los dos que estábamos alzados nos acercamos a olisquear al hombre, pero un fuerte olor a alcohol hizo que nos apartáramos enseguida. Llevaba el cabello largo y tieso, la cara cubierta de costras negras y, pese al frío, iba descalzo. Desde los sitios a donde fuimos a echarnos de nuevo, ahora que la madrugada se había vuelto todavía más honda, oíamos con claridad el crujir de papeles y plásticos bajo las patas de innumerables cucarachas. Las ratas se desplazaban con desesperación por la orilla de las paredes, lanzando chillidos cuando peleaban por alguna inmundicia. Si las cosas seguían saliendo como hoy, pronto estaríamos peleando con ellas por esas sobras podridas. Pasamos casi todo el día alrededor del mercado, tratando de beber agua de los charcos que dejaban los viandantes luego de limpiar sus puestos y recogiendo la comida que caía al suelo. Algunos intentaron robar un pollo recién matado o pan que se habían dejado muy cerca de alguna ventana, pero esos intentos terminaron en persecuciones, palizas y atropellamientos. Encima, no éramos los únicos. La temida jauría de lomos negros de la colonia vecina también se acercaba al mercado a disputarnos lo que ya habíamos conseguido y, en época de celo, preñaban a nuestras hembras luego de dejarnos heridos a dentelladas. La mayoría de nosotros tiene así la piel surcada de cicatrices y alguna cojera que da cierta gracia a nuestra forma de andar. No nos ha ido tan mal, sin embargo, como a otros que se quedaron por el camino, reventados por un camión en mitad de la carretera o muertos de lenta agonía tras haber sido quemados por muchachos desaprensivos. No estamos muertos. Pero lo estaríamos dentro de poco si las cosas seguían siéndonos tan adversas como el día de hoy. Aumentados por el silencio de la última hora de la noche, los ruidos de motores nos hacían abrir los ojos de vez en cuando y contemplar, con las orejas aguzadas y expresión de azoro, luces que recorrían los desvencijados techos de la vivienda. Poco antes del amanecer, el hombre en harapos empezó a removerse en su sitio, gruñendo cada vez más alto. El mismo par de nosotros que lo olisqueó la noche pasada, se puso en cuatro patas y se acercó cauteloso al individuo. Un súbito alarido nos hizo retroceder un paso para luego ladrar vigorosamente. El hombre se sacudía, desesperado, ratas de la punta de sus dedos y de la entrepierna. Gemía sin prestarnos atención e intentó ponerse de pie varias veces antes de conseguirlo. Nosotros no parábamos de ladrar. Ahora se había unido toda la manada, salvo la madre de los cachorros que estaba demasiado exhausta como para hacer algo más que apretarse contra sus críos. Se oyó el crujir de vidrios rotos bajo los vacilantes pasos del hombre en harapos y los gritos se redoblaron. Nos lanzó algo recogido del suelo, sin éxito, mientras se encaminaba hacia la calle apoyando sus manos en los muros ennegrecidos. Subía tras él el olor a óxido de la sangre como una confirmación de nuestra vigilia. Un día más con hambre, sed y frío: había que ponerse en marcha. Uno de los cachorros no sobrevivió a la noche y debimos dejarlo ahí a merced de las ratas. En dirección al mercado pudimos beber agua limpia de una tubería rota y acechar a los comensales reunidos alrededor de los puestos callejeros. Mientras desayunaban apresuradamente, oficinistas y albañiles, secretarias y sirvientas, dejaban caer pedacitos de carne y cebolla, tortillas de maíz y trigo, algún pan dulce casi entero por accidente. Calmadas así nuestras necesidades más urgentes, nos echamos en los jardines pelados, casi terregales, que rodean las canchas de fútbol. El sol calentaba nuestros lomos y quienquiera que nos viera podía leer la placidez en nuestros rostros. La gente pasea a algunos perros sujetos con correas y les ladramos desganadamente. No comprendemos por qué algunos querrían andar cuando nosotros podríamos pasar el día entero echados en este páramo si no tuviéramos que buscar de comer. Pero el hambre llega y la sed lo hace todavía más pronto, de modo que nos encaminamos hacia el mercado cuando el sol ya ha pasado por encima. Una vez más, nos falta la suerte: la jauría de lomos negros no nos deja atravesar la calle para llegar al mercado. Desde el otro lado nos lanzan miradas feroces y hacen amago de cruzar entre los coches para liquidarnos. Harta de los ladridos, una empleada nos echa agua encima. Un hombre le da un palazo a la madre de los cachorros, que no puede andar deprisa porque aún está de parto reciente: sus aullidos nos erizan el pelo a los demás, pero no podemos hacer nada. Rodeando el mercado encontramos una pila de retazos con hueso que algunos llevamos a rastras por varias calles hasta la casa abandonada. Las moscas nos acompañan atraídas por el olor de la carne en mal estado. Feroces, muerden las piezas que traemos en el hocico lo mismo que nuestras heridas abiertas. No nos dejamos distraer tan fácilmente. Un rasquido rápido y continuamos royendo la carne y el hueso, incluso la madre de los cachorros come un poco más de lo habitual aunque luego pase horas con el vientre flojo llenando el ambiente de un hedor fétido. Atardece. Ahora que hasta los huesos nos hemos comido, advertimos que en una de las habitaciones del fondo hay un grupo silencioso de tres muchachos sentados en el suelo con agujas y pipas. De vez en cuando, la llama de un mechero les ilumina el rostro. No nos alarmamos particularmente, pero estamos atentos a sus movimientos. Cuando cae la noche, una vez más llega el hombre en harapos. Viene más agitado que el día de ayer y hace amago de pegarnos cuando pasa por un lado de nosotros. Ladramos, pero no le hacemos daño porque, después de todo, es claro que sólo desea pasar a las habitaciones del fondo. Cuando desaparece en la parte de atrás, nos echamos de nuevo, callados, pero no pasa ni un minuto cuando ya ha iniciado una conmoción. Se oyen piedras caer sobre otras piedras, el soplido de bolsas a las que un peso saca de golpe el aire pútrido, un arrastrar interminable de basura como marco de alaridos espantosos. Ladramos, primero levantando sólo la cerviz, luego poniéndonos en cuatro patas cuando vemos pasar varias ratas corriendo hacia la salida. Al asomarnos vemos una fogata que rápidamente se eleva hacia los desvencijados techos. Uno de los muchachos lanza una piedra grande sobre la cabeza del hombre en harapos; los otros dos le dan de patadas al cuerpo caído, tratando de no quemarse con el fuego que ya lo envuelve. Los alaridos cesan y crece el crepitar del fuego. Huele a piel quemada y leña ardiendo. Huele a grasa derretida y hules tóxicos. Los muchachos pasan a nuestro lado hacia la salida como si no advirtieran nuestra presencia. Uno lleva una jeringuilla colgando de su brazo, el otro una estopa; a ambos los empuja el tercero que, en cuanto se ve en la calle, abandona al grupo perdiéndose en el callejón. La madre de los cachorros está demasiado débil para moverse y, junto con los pequeños, arderá esta noche sin que nosotros podamos hacer nada. A la mañana siguiente, antes de que lleguen la policía o los bomberos a echarnos de mala manera, desayunaremos. Habrá carne y huesos suficientes para todos.

lunes, diciembre 01, 2025

Indigentes

De vez en cuando pensaba, y aún llegué a comentarlo a alguno de mis subordinados, que la ciudad estaba cada vez más poblada de indigentes de todo tipo: migrantes de paso, alcohólicos, drogadictos, trastornados mentales. Algunos utilizaban las cabinas de los cajeros automáticos para ponerse a salvo del calor, otros lo soportaban en descampados de los que no era infrecuente que los sacaran ya muertos por deshidratación o asesinato. Los encontraba casi a diario instalados en los cruceros camino al trabajo o de vuelta a casa, a veces usando estopas grasientas con las que pretendían limpiar los parabrisas de los coches a cambio de unas monedas, otras veces mendigando con escasa convicción sin detenerse siquiera cuando algún conductor bajaba la ventanilla para darles dinero. Hombres caídos, mentes exhaustas, no todos se hallaban al borde de las oscuras aguas que habrían de ahogarlos tarde o temprano, de modo que uno mismo, acaso sin saberlo, sin importar cuán alejado pareciera el destino, podía estar alineado haciendo fila, camino de su destrucción. Eso era lo que pensaba entonces con desagradable insistencia mientras esperaba la luz verde del semáforo, pero sobre todo los fines de semana en que bajaba a pie al centro de la ciudad para no padecer excesivamente la soledad de mi casa. Por entre los matorrales de terrenos baldíos o en el interior de casas abandonadas llenas de basura, distinguía cuerpos tendidos cubiertos de harapos o la débil llama de una pipa improvisada, un par de ojos en la oscuridad a los que, si la fugacidad del momento no era grande, podía unir la imagen de barbas pobladas o rostros hinchados. No me intimidaba aquel ejército de hombres de la calle que salía a mi encuentro en aquellos paseos poco recomendables, pero me agobiaba la idea de pertenecer a su clase de alguna manera. Yo veía entonces mi propia vida doblarse bajo el peso de sus fracasos e incompletitudes, no porque me faltara el trabajo, aunque mediocre, ni una apariencia razonable, aunque descuidada, sino porque hacía tiempo que me había quedado solo en esta ciudad, sin amigos ni pareja ni familiares, carente de finalidad propia, modesta o elevada. Acaso la ruta de estos hombres pasó algún día por este mismo lugar, me decía, donde las circunstancias o el propio actuar han construido un vacío alrededor que no es posible salvar de ninguna manera. Un toxicómano que no quiere ser salvado, un depresivo que no encuentra consuelo, un soberbio al que no basta nada ni nadie. Como en una espiral, estos hombres se mueven en círculos que descienden a las profundidades. Un día sencillamente renuncian a su trabajo o lo pierden, pero encuentran en la recogida de ropa abandonada, de cartón, vidrio y aluminio, una forma temporal de ocupar su tiempo y hacerse del dinero necesario para vivir. No obstante, lo que era transitorio se convierte, sin advertirlo, en permanente, y un buen día el hombre calvo que venía en un coche destartalado a llevarse mi vieja camisa turquesa de la basura, vuelve a pie y con el rostro enajenado para sacar los envases de entre las bolsas de desechos. Una advertencia, creía yo leer en aquellos momentos de fragilidad en que me hacía cargo de su deterioro como de un espejo. Una admonición gráfica contra un futuro posible, pensaba con escalofrío. Hacía esfuerzos por mantener rutinas como valladares —alimentación, sueño, horas de trabajo y ejercicio— pero quedaban las necesidades del cuerpo que a mi edad ya resultaban sospechosas. Había visto envejecer a distintos hombres como yo, en el supermercado y la peluquería, en la escuela y el taller, hombres condenados a vivir solos o con sus madres, a no desear ya cuerpos de su mismo sexo ni mucho menos jóvenes, hombres cabizbajos y ridículos, inseguros o nerviosos, que volvían a los años de infancia en que sentían vergüenza de sus pensamientos y temían todo el tiempo ser encontrados en falta, de modo que ahora hacían sus respectivos trabajos en silencio y con la mirada gacha, procurando no atraer sobre ellos la más mínima atención. No tiene que ser así, pensaba, pero así era para muchos que creyeron que en el juego de las sillas no se quedarían de pie. No tiene que ser así, me decía, descartando para mí la resignación con que las parejas más artificiales se encaminaban hacia la senectud. Ya que me había quedado solo, por abandono o por muerte, pero también por dolorosa elección, no me resignaba a convertirme en otro eunuco. Con frecuencia me acuciaba el deseo y lo aliviaba como podía, por mí mismo o con chicos aquiescentes, no tanto en espera de dar con la persona perfecta como de agotar esa inquietud —liquidarla— para por fin descansar de ella. No concebía entonces que esto durara mucho más, no desde luego el concurso de los jóvenes, pero tampoco la flama primigenia que lo explica todo. En esa llama —pensé motivado por la visión de un hombre de dientes muy separados y ojos pequeños que pasaba las mañanas lavando coches y masturbándose discretamente en diversos escondrijos alrededor del barrio— arden también no pocas de las vidas que luego terminan en la calle. ¿Qué distingue mis urgencias de las compulsiones de este hombre que no se atreve aún a ser un exhibicionista cabal?, me preguntaba. ¿Acaso el hombre de dientes muy separados y ojos pequeños fue alguna vez uno de esos seres de los que la ciudad exige celibato o castración? ¿Uno como yo, repentinamente solo y sin brújula? ¿Es posible que en algún punto —el momento de perder el trabajo, un escándalo mínimo pero suficiente, acaso un vicio poderoso y repentino— haya encontrado que sólo la indigencia es liberación, la condición para hacerse tolerar las excentricidades que los demás mantienen en secreto para mejor escandalizarse en público? Con el paso de los meses y alguna enfermedad, conseguí salvar la parte más difícil del abismo. No así el hombre de dientes muy separados y ojos pequeños al que, luego de meses de no verlo más por el barrio, encontré en uno de mis paseos asomándose por el umbral de una casa en ruinas del centro. Ya no se llevaba las manos a los genitales compulsivamente, como solía, pues ahora las tenía ocupadas en calentar un foco roto del que salía un vapor que inhalaba, profundamente abstraído.

martes, noviembre 25, 2025

El salón de los muertos

En esta época del año, el Salón de los Muertos se ilumina tarde a tarde durante un par de horas desde la ventana alta trazando una diagonal de luz dorada y crepuscular. No siempre la aprovecha para tomar asiento en el sofá, leer sus libros o pensar en sus muertos, pero consigue detenerse unos segundos a contemplarla cuando, en su deambular de un lado a otro de la casa —y hacia esta ala norte se encamina mucho menos de lo que debería— la encuentra de pronto instalada como una aparición más allá del arco que la separa del Salón del Tiempo. Una luz alta enmarcada por la curvatura. Un llamamiento silencioso. La vida transcurre mientras tanto en el ala sur, en el patio, en la calle, sin que nadie preste sus ojos a la manifestación que tarde a tarde se produce en el Salón de los Muertos, actos sin testimonio, recreación de otros inviernos. Eso que llama vida —lo que transcurre allí fuera, lo que se mueve detrás de la pared— no siempre es una danza ni una comunión, no siempre es la belleza, a menudo es más bien sólo una espera. En su carácter provisorio, la vida en el ala sur no contiene apenas actos que la distingan de la vida en el ala norte, por más que a veces aquella se llene de aromas animales y la luz recorte la sombra de distraídos cuerpos. No puede ser invierno todo el tiempo, ni siquiera en el Salón de los Muertos al que la danza de los astros robará otra vez todo su esplendor, llegado el momento. Ya que los desaparecidos no deben volver, tan sólo ser evocados, ya que se recomienda viajar lo más ligero de equipaje, acepta reunir el peso muerto en este espacio al que la luz asiste tarde a tarde precisamente cuando más falta hace en el hemisferio. Allá afuera crece la oscuridad por encima de los árboles y en el interior de los coches: convive con su inquietud oponiendo tareas productivas a amenazas dibujadas. Allá afuera, apenas separado del Salón de los Muertos por una pared, se hincha y se encoge en la Alcoba Principal y en el Salón Comedor, rutinariamente, sin detenerse en más consideraciones que la transitoriedad de sus circunstancias. No siempre es la belleza, pero hay momentos en que el ala sur reivindica la ambrosía y el espejismo de otros tiempos y permite suponer que les asiste alguna verdad, aunque ésta no haya sido todavía enteramente revelada. En espera de ese momento, se sienta a la mesa del Salón Comedor y consume los alimentos que él mismo ha preparado. En espera de otro poco de certeza, conduce de la mano hasta la Alcoba Principal a mensajeros en cuyas entrañas aletean inquietas mariposas que él se afana en liberar. Mañanas en el ala sur pasando sus manos por el suave pelaje de mudas criaturas que —está seguro— algo saben: allá arriba el ligero susurro de las palmas y el avión de la mañana que gira justo encima. El olor del café. Nada de esto pueden sentir ya los desaparecidos a los que el Salón de los Muertos —la luz dorada en diagonal revelando una constelación de motas de polvo— faltará tarde o temprano en forma definitiva. Como la memoria. Cualquier memoria. Cierra los ojos un momento para imaginar el futuro más distante y desea sinceramente reunirse con los que, según la tradición, ya pueden mirar al interior de su corazón con absoluta transparencia y leer, mejor que él mismo, sus pensamientos, y conocer, sin la ambigüedad de su transcurso, sus sentimientos. Con ellos podrá asistir —imagina abriendo los ojos a la luz que parpadea insegura en el Salón de los Muertos antes de extinguirse una tarde más— a los misterios del universo. Omnisciencia. Omnipresencia. La aclaración de todo. El acceso a todo. Una promesa para los creyentes. Una ilusión para los románticos. Un bello pensamiento para los que, como él, ya cruzan la frontera de vuelta al ala sur para más espera de más espera.

viernes, noviembre 07, 2025

La inspiración rota: confesión y apología

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.

Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida

no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.

Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.

El remordimiento, Jorge Luis Borges

Ha cerrado con llave la puerta de su habitación y, apartando la ropa que cuelga de los ganchos, ha sacado la máquina de escribir color pistache que sobre relucientes teclas blancas lleva grabados oscuros caracteres que parecen de obsidiana, en su interior una cinta bicolor de la que utiliza el rojo para los encabezados y el negro para el cuerpo del texto; ha acercado a la ventana el mesabanco en el que ya casi no cabe y, una vez colocada la máquina de escribir sobre la mesilla, se ha sentado torpemente frente a ella sin poder evitar golpearse las rodillas con el propio mueble. Unos inventan historias, otros cuentan lo que les pasó, no valen aquí sutilezas sobre la presunta imposibilidad de relatar nada sin que lo deforme el propio lenguaje, ni la selección de unas palabras y el descarte de otras, ni la adopción de un punto de vista o la inclusión u omisión de un determinado aspecto: ha comenzado a escribir sobre los breves años de su vida, sobre su padre y su madre, sobre lo ocurrido en este mismo mes en el que ha habido tormentas casi todas las noches. La mañana es lenta, perezosa, detrás de la puerta de su habitación se alcanzan a escuchar los movimientos de su madre en la cocina y los de su hermana jugando con el perro, un poco más lejos los gritos de los vendedores de camote, los afiladores de cuchillos y los repartidores de agua. Nada lo distrae. Antes de la una de la tarde ha completado varias cuartillas con alguna interrupción para ir al baño, para sacar la basura por instrucciones de su madre, para recoger la caca del perro en el patio. ¿Qué tarea es esa que estás haciendo?, le preguntan. Es para la clase de redacción, miente. Ya sabes que no me gusta que tu puerta esté cerrada con seguro; ahora ve por las tortillas. Guarda las cuartillas escritas debajo de las nuevas, dentro de la bolsa de plástico en que se las vendieron. Sale a por las tortillas cuidando de cerrar la puerta a tiempo para que no se salga el perro, tarareando una canción por entre aquellas cuadras de casas bajas y jardines llenos de flores. En el camino se cruza con Doña Tina y su hijo Pipino. ¿Está tu mami en casa? pregunta la señora gruesa y alegre metida en un largo vestido de colores. Sí está, responde, sonriéndole abiertamente a Pipino, a quien le ha dedicado numerosos pensamientos y poluciones. El chico le devuelve la sonrisa, se despiden. En la tortillería de Licho, mientras hace fila, piensa en todo lo que no ha escrito esta mañana y hubiese deseado escribir. Una sombra ligera pasa por su rostro, pero se recompone enseguida cuando Licho le pregunta cuánto va a llevar. Un kilo, responde sonriente. Por la tarde, después de la comida, hace tarea, va al parque con su amigo Jorge, vuelve a casa cuando empieza a oscurecer. Antes de acostarse echa un ojo a las cuartillas escritas esta mañana: faltan algunas. De manera impulsiva revisa dentro del closet, pero sabe perfectamente que ahí no hay nada. No quiero que tu padre vea las cosas que escribiste, le dice su madre cuando él la cuestiona por las cuartillas faltantes. Hay cosas que no puedes escribir. Temblando de rabia, pero en silencio, vuelve a su habitación. Llora un poco, piensa en Pipino y se queda dormido poco después de eyacular.

[...]

Como todos los sábados por la mañana, ha venido hasta el edificio sin nombre para hacer cuatro horas de entrenamiento. Esta vez le han acompañado sus amigos Dulcino y Bomar, aunque ellos todavía tendrán un año más para participar en la competición. Han sido recibidos por Maru, la entrenadora, pero el hecho de que él esté aquí debe mucho a otros entrenadores como Patricia, Leonardo y Lyanette, sus viejos maestros. Hasta hace algunos meses, antes de conocer a Dulcino primero y, por intercesión suya, a Bomar después, él dividía su tiempo entre los estudios de la escuela, por la mañana, y los estudios de casa, por la tarde: matemáticas, física, química, pero también historia, literatura, filosofía. Uno a uno, sus enamoramientos quedaban expresados no en noviazgos ni en citas, sino en poemas cargados de acrósticos; su atracción por este o aquel chico reducida a homenajes privados mientras sus compañeros tenían novias con las que se iban a la cama: concentración por circunstancias, espíritu elevado a la fuerza. Entonces su hermana llevó a Dulcino a casa y, poco después, Dulcino llevó a Bomar. Él les enseñaba matemáticas para la competición —su entrenador— y ellos le enseñaban a programar ordenadores —su pupilo—, pero la creciente amistad terminó por sacarlos de sus casas para explorar las afueras de la ciudad, prestar oídos al viejo rock británico y sus émulos locales, fumar cigarrillos a hurtadillas y pernoctar alternativamente en sus tres domicilios, así han llegado esta mañana hasta el edificio sin nombre para hacer cuatro horas de entrenamiento junto con el resto de la selección regional de matemáticas. Maru dirige la sesión y en mitad del Teorema de Menelao él piensa en el agua fría de las pozas de la Barranca de la que surge el torso desnudo de Dulcino; cuando se habla de congruencias y combinatoria su cabeza está en las canciones de La Maldita abrazado a Bomar mientras comparten un cigarrillo. Mis amigos, se repite mentalmente como si eso anulase el pasado más bien solitario. Mis amigos, sonríe sin reparar en las obvias diferencias entre su mirada y la de ellos. El día en que se decide la conformación de los que irán al evento nacional, él apenas reúne los puntos para ser incluido; el día en que se realiza la competición, sencillamente no clasifica. Su amistad con Dulcino es la primera en romperse: celos y envidias; la de Bomar tardará todavía un año entero en desaparecer: folie à deux. No volverá a ver a Maru en mucho tiempo. De sus viejos maestros llegarán noticias cada vez más espantosas: la enfermedad y suicidio de Leonardo, el fascismo recalcitrante de Lyanette, la locura ninfómana de Patricia.

[...]

Ha sido el primero en salir del examen. Con un descaro temerario, lo ha hecho después de circular la hoja de sus resultados por entre sus compañeros de jerga todavía alcoholizados y un par de amigas que en los últimos meses han dado en reunirse con ellos. Con desfachatez, se ha quitado las gafas de sol cuando el profesor se lo ha pedido, explicando que tenía jaqueca. Han calificado su examen ahí mismo y, como suele ser el caso, ha vuelto a recibir una nota alta, con apenas un par de mínimos errores. 'Felicidades', dice el profesor. Él no se molesta en contestar. Salvo los cursos del Ingeniero Aguilera, la carrera no ha sido ningún reto para él, no porque sea un genio como finge creer ahora, sino porque las exigencias son mínimas como es mínimo el esfuerzo que ha hecho todos estos años para cubrirlas. A pesar de haber copiado cuanto fue posible, todos sus compañeros de jerga han reprobado el examen, no así el par de amigas suyas que han conseguido aprobar aunque sólo fuera con notas mediocres. Los acompaña a la cafetería a desayunar, pero él no tiene dinero: le paga una de sus amigas. No tiene cigarrillos, pero el líder de sus compañeros de jerga le invita uno al terminar el desayuno, con el mismo tono desenfadado con el que anoche le invitara rayas de coca. Queda poco para egresar por fin de esta universidad decadente financiada por la ultraderecha a la que debe dinero por concepto de créditos, pues perdió la beca apenas transcurridos un par de semestres por ventilar sus opiniones en público. Aunque los años sesenta quedan ya tres décadas atrás, él se explica este hecho como un acto de rebeldía y heroicidad, no como la estupidez que fue. Baraja ya opciones para estudiar un posgrado en el extranjero, único destino posible para una inteligencia como la suya, haciendo caso omiso de las enormes lagunas en sus conocimientos y la cada vez más escasa atención que presta a todo. ¿A dónde van en realidad sus pensamientos? La poesía es cada vez más árida, las notas autobiográficas cada vez más insatisfactorias. En la Barranca descubre a hombres que se masturban entre sí: participa; ahí, cuando quedan ya sólo unas semanas para concluir sus estudios universitarios, permite que uno lo folle: cruza. El saldo de la escuela es haber reducido el mundo intelectual y artístico a pretensión; el de sus exploraciones privadas haber convertido la carne en sustituto del afecto; ninguna de sus amistades sobrevive al paso del tiempo.

[...]   

Sentado en las escalinatas de aquel granero improvisado como área de cubículos, ha leído a sus compañeros la carta que el secretario académico le ha dirigido instándole a dejar de publicar caricaturas de maestros y alumnos. Membrete, firmas, copia a archivo y secretaría. Indignado, ha cruzado la carretera frente al centro de investigación para beber unas cervezas con sus compañeros al pie de un depósito que les facilita sillas al aire libre. Bebe pronto mientras cae una lluvia ligera que se convierte en brisa al veloz paso de los autos. Nuevamente se encuentra fingiendo, acaso de forma más decidida y fanfarrona, que las altas notas con que está concluyendo su posgrado son producto de su inteligencia, que lo más importante para él es la amistad, que el médico con quien vive no es su pareja porque a él le gustan las mujeres, que en el fondo es un revolucionario censurado por autoridades fascistas. Sus compañeros, sin embargo, no están convencidos en absoluto y miran a través de él con facilidad, aunque no tengan ninguna prisa por aclarárselo ni compartírselo. Unos ven a un homosexual inconfeso que disfraza de amistad lo que debe ser una forma de homoerotismo. Otros ven a un alcohólico decadente y exagerado, un hombre sin sentido del ridículo. Algunos más sacan provecho de su propensión a compartir tareas y resultados. Cuando ya han bebido más de la cuenta, deciden separarse: esta vez no irán como en otras ocasiones a los puticlubs cercanos ni a las discotecas pobladas de chicas neumáticas. Él vuelve al centro de investigación, discute airadamente con el Físico y el Vikingo acerca de filosofía, política y neurociencia, luego se marcha a tomar el autobús, que a esa hora de la noche va atestado. Se aprieta contra los pasajeros que dan tumbos mientras cuida que no le abran la mochila. De pronto, un chico se acerca y le restriega el pantalón abultado: él aprovecha la confusión para tocar decididamente con la mano. Ambos se apean en la misma parada y, en silencio, andan hasta una construcción abandonada a pocos pasos del periférico donde se masturban torpemente hasta eyacular. Unas calles después llega a casa donde encuentra al médico preparando la cena. Hueles a alcohol, le dice éste con ternura. Tomé unas cervezas con los compañeros, le contesta, a que no sabes qué hizo ahora el secretario académico. Un par de horas después ambos duermen en la misma cama frente al ventanal que da al patio.       

[...]

Hace un par de años que ha dejado de escribir poesía o textos autobiográficos. En su lugar, ha redactado un primer borrador de lo que será su tesis doctoral. Ha publicado, asimismo, algunos artículos extremadamente malos en congresos locales y revistas desconocidas. Sabe perfectamente que este largo periodo en el viejo continente ha sido un desperdicio en casi todos los órdenes, desde luego en el profesional por el que se supone ha venido hasta aquí. Es inútil culpar a sus mentores porque él ha dispuesto de un tiempo largo que ha preferido emplear en ir de bar en bar recorriendo la ciudad con el Artista, imponer una relación doble con el médico y el iraní alegando ser un progresista de mente abierta, tolerar la continua presencia de la Eslava obsesionada con volverlo heterosexual y escribir correos electrónicos a mansalva para no estar ni allá ni aquí ni en ninguna parte. De la mano de Genoveva, paseando por las Afueras a donde ha venido a visitarla tanto como ha podido, admite tímidamente sus errores; ella los convierte en escalas filosóficas donde no existe el bien ni el mal, sólo un continuo devenir, un incesante conocimiento. Escribe, le aconseja ella; escribe, le aconseja el Artista. Ella lee, éste pinta, ¿pero qué hace él? Desde luego no ciencia, en cuyos terrenos ha naufragado por mucho que el sínodo reunido le conceda el grado de doktor; tampoco literatura aunque él crea que hacer cartas sofisticadas lo especializa en epistolografía. Se insinúa ya de manera decidida, indisimulable, su falta de talento, aunque la sustitución de una carrera científica por una carrera burocrática le proporcione todavía una fachada presentable. De vuelta a casa descubrirá, sin embargo, que si de burocracias se trata más valía no moverse de lugar persiguiendo experiencias vitales reconvertidas en títulos. A sus futuros empleadores, en casa, no les importan ni las competencias ni las coartadas, sólo la inmovilidad.

[...]       

Ha salido a pasear nuevamente por los jardines del campus acompañado de aquel hombre grueso cuyos ojos inquietos se mueven detrás de unas gafas de fondo de botella, un profesor visitante de su propio país, judío, nacido en la estepa soviética hará unos cincuenta y cinco años. No te conviene quedarte en Francia, le explica, porque aquí como en Estados Unidos nunca podrás tener tu propio equipo de trabajo: debes volver a tu país. El hombre grueso se ha puesto como ejemplo de las virtudes de trabajar entre indios, fingiendo no darse cuenta de que su piel blanca, su acento extranjero y su apellido impronunciable, constituyen la base sin la cual jamás habría podido ponerse a la cabeza de nada. Intenta convencerle de trabajar con él elogiando su desempeño en el laboratorio: eres líder nato, dice, la gente te sigue porque tienes ideas, pero te falta una dirección que yo puedo proporcionarte. Pronto sabrá que en su país tiene montada una estructura basada en favores, hecha de ayudantes y ayudantes de los ayudantes, con reglas no escritas que son indistinguibles de las de la mafia. Trabajar con él es trabajar para él a cambio de nada, resistirse es ser condenado al ostracismo. Han subido la suave pendiente de la colina en cuya cima se encuentra el laboratorio donde él ha pasado tres años a las órdenes del Negociador, otro gordo, otro bon vivant que, a diferencia del soviético, al menos paga por sus servicios. Soy un mercenario académico, ha dicho a cualquiera que le pregunte por su trabajo en el laboratorio casi desde el comienzo. Ha pretendido así sacudirse la vergüenza de tener una carrera académica absolutamente mediocre y, al mismo tiempo, transferir al Negociador la responsabilidad por la irrelevancia de sus trabajos: son tus ideas, parece decirle, yo sólo recibo dinero por programarlas y escribirlas, por venderlas a congresos y revistas. El hombre grueso que viene de su país no le dará nada a cambio de todo. El Negociador le dará lo que le sobra a cambio de mucho. Pronto trabajará con el Tigre que le dará y pedirá lo justo: con él descubrirá que ni su talento ni su moral están a la altura de lo equitativo. 

[...]

Han terminado de acomodar las últimas cosas y se encuentran agotados. Echados en la cama, junto a Perrita, han visto poco a poco oscurecer mientras hablan de cómo encajarán sus horarios a partir de septiembre, el médico en el hospital y él en la universidad. En doce años no ha habido uno en el que no se hayan separado con motivo de los estudios o el trabajo de él. Que no exista ya en el horizonte ningún plan para nuevos excursos no significa que no estén amenazados: la cama se ha secado, las enfermedades han aparecido, se acuerdan formas de relación abierta cada vez más inauditas. Hasta antes de su reunión, durante los casi tres años que él lleva trabajando en la universidad, sin apenas preocuparse por todo lo que cree deber en materia de estudios, conocimientos o investigación, sin que le quite demasiado el sueño que se acumulen años sin escribir el libro que Genoveva o el Artista le pedían, se ha dedicado a fungir de padre putativo del Crío —la casa— y padre académico de Ferrante, hijo —la escuela—, sin que en una u otra actividad haya mostrado siquiera talento o consistencia. Liberado al fin de la frigidez europea y del sutil yugo de sus antiguos amos, financiado por el erario público de su propio país, se ha divertido construyendo una familia postiza de la que se cree el patriarca, sin advertir que es sólo un tuerto alucinado rodeado de ciegos ambiciosos. Todavía es temprano para ello, pero no falta mucho para que compruebe que quien cree conseguir amistad y trabajo no consigue ninguno, tan sólo un amasijo de abalorios. Aún quedan unos años, pero no tantos para que en su repetida costumbre de enamorarse de los suyos encuentre a uno que le corresponda, destruyendo así su matrimonio y, por poco, su carrera burocrática disfrazada de profesional. Primero morirá Perrita; luego morirá el Crío; morirá entonces su relación muerta. Uno a uno, su familia postiza le abandonará, incluido Ferrante, hijo. Pero por el momento, mientras bajan a cenar seguidos por Perrita, ni siquiera se plantea una vida sin el médico: no ve contradicción en continuar con él y seguir acumulando años de exitosas cacerías nocturnas conduciendo su automóvil. Adaptarse y morir no son una disyuntiva, sino una secuencia.

[...]

Ha dejado la mascarilla sobre la mesa y lavado sus manos con un gel antiséptico que arde ligeramente. Antes de venir a casa, ha dejado en la de su madre la despensa que ella le ha pedido; ahora acomoda la suya en las alacenas. Además del pienso habitual para las dos perras a su cargo desde hace más de un lustro, ha comprado otro especial para los dos cachorros maltratados que abandonaron en el jardín frontal de su casa. Con motivo de la epidemia, hace casi dos años que trabaja desde una habitación; también por esa razón no ha podido volver al extranjero. Al aislamiento y soledad que imponen las circunstancias, se añade una relación que acaba de terminar por teléfono: del otro lado del océano, quien fuera su estudiante y vaporosa pareja durante casi un lustro, ha decidido que lo suyo —tres años de apasionada intermitencia seguidos de dos a distancia— no ha de continuar. Él sabe muy bien que, a pesar de haber sentido por el estudiante el mayor enamoramiento de su vida, a pesar de haber entrevisto una afinidad intelectual indiscutible, a pesar de haber alcanzado con él el placer sexual más alto, aquel intercambio siempre tuvo los días contados. Ahora que el plazo se ha cumplido —un término que esperaba con ansia para recuperar la concentración intelectual y artística presuntamente sacrificada por la alerta continua en que lo obligaba a vivir el deseo— se encuentra desorientado. Los libros y los cuadros, los discos y las películas, las monedas y el ordenador, parecen exigir de él una respuesta urgente: la ignora. Sus cada vez mayores recursos no le hacen compañía, tampoco el éxito de su carrera burocrática disfrazada de científica. Hace más de dos décadas que no es propiamente soltero. No sabe serlo. Ha sido esperado por largas temporadas mientras él ha estado fuera (el médico). Ha esperado también por largo tiempo el regreso de quien —ahora lo sabe— no volverá (el estudiante). Siempre solo, aunque acompañado; durante años libre, aunque dependiente; ahora está solo de verdad. Una noche se asoma a la aplicación de citas y la cacería pasa entonces del coche a la habitación. No volverá a conocer el enamoramiento.

[...]

Se ha propuesto no volver a tener pareja porque sigue creyendo que tener una es, antes que nada, deseo. Y lo único que desea son cuerpos jóvenes cuyas mentes, desgraciadamente, son también recientes. Su propio cuerpo decae; su mente, ayuna de conversación, también. Pronto la distancia entre él y el objeto del deseo será insalvable. ¿Dónde estará Pipino?

Frente al ordenador no sabe qué escribir, de modo que lo apaga y coge otro libro y lee. Casi todo le parece estúpido. Hace ejercicio porque debe cuidar la salud, pero tampoco le encuentra sentido. No existe ningún sitio a dónde ir, ninguna persona a la cual ver. Muchos amigos se han perdido ya, los pocos que quedan están a distancias insalvables. ¿Dónde estará Jorge?

Imagina la falta de voluntad que es necesario reunir para llegar a la jubilación —el final de la carrera burocrática que vació su vida de ciencias y artes— y lo recorre un escalofrío. Debiera escapar, se dice, debiera escapar mientras todavía tenga fuerzas: huir de esta ciudad asesina, de esta universidad idiota, de esta gentuza gazmoña. Todavía es posible renunciar y encontrar una habitación pequeñita donde coger la máquina de escribir color pistache y llenar un folio tras otro, sin culpa ni objetivo, feliz, seguro de que nadie vendrá a censurar ninguna letra. ¿Dónde estará mamá?

domingo, septiembre 28, 2025

La casa de Dolly

Debieron ser más, pero hasta mí sólo han llegado once fotografías de lo que supongo fue una mañana soleada de mediados de los años setenta. Veo en una de ellas a mi abuelo como recién bañado, con una toalla al hombro y sin camisa, mirando de cuclillas a la izquierda de un enorme peluche al que se abraza , por la derecha, un niño desnudo de unos cuatro o cinco años de edad. A los pies de ellos, frente al peluche, la única que mira a la cámara es Dolly, la víctima. Han escogido para hacerse fotografiar el pequeño rincón que separa a una jardinera del umbral de un salón, acaso el comedor o la cocina, nunca conocí esa casa. Dolly también se hace fotografiar con mi madre, a la que aún faltan uno o dos años para parirme; con mi tío Jesús que lleva un suéter de colores oscuros, diseños geométricos y cuello de tortuga; con mi tía María Luisa que sonríe metida en una minifalda azul. Pero ellos no son los victimarios.   

[...]

Me hubiera gustado que mi madrina fuese la tía Carmela, médico, porque era la que más paga daba, pero mi padrino fue el tío Javier que sólo me inspiraba desconfianza y no hizo nunca nada por mí hasta la adolescencia. Cada domingo por la tarde me lo encontraba de visita en casa de mis abuelos, sentado en el mismo rincón de la sala al lado de su esposa, pero en vez de darme la paga, se limitaba a poner su cacariza mejilla para que le plantara un beso; luego, sin importarle si me quedaba o me iba, reanudaba la conversación con mi abuela ante la mirada ausente de su mujer a la que nadie parecía tomar en cuenta. No tardé en advertir, sin embargo, que mi tío Javier sí le daba dinero al chico desnudo de las fotografías que iba ahora vestido y ya no era un niño, sino un adolescente. ¿Por qué te da dinero si yo soy su ahijado? le pregunté un domingo por la tarde mientras veíamos desde la ventana a mi tío Javier partir junto con su esposa en un enorme coche negro de los años cincuenta. Un día lo sabrás, me dijo haciéndose el interesante.

[...]

Yo no vivía con mis abuelos, pero les visitaba todos los fines de semana. Cuando era un niño pequeño traído por mi madre me resistía a volver a casa haciendo rabietas desproporcionadas. Prométeme que no vas a hacer ningún berrinche, me advertía mi madre antes de ir a visitarles. Prométemelo. Y yo prometía. Pero luego de un par de horas, cuando mi madre anunciaba que ya nos íbamos y me pedía despedirme de todos, yo rompía la promesa y, gimoteando, le suplicaba que me dejara quedarme. Como ella se negara y yo insistiera, el conflicto escalaba no pocas veces hasta que me daba una buena paliza. Mis abuelos se disgustaban con mi madre por este motivo. Pronto, sin embargo, di muestras de saber orientarme sin problemas por la ciudad y mi madre accedió a que hiciera las visitas por mi cuenta. Los primeros años instalaba un catre a los pies de la cama de mis abuelos para dormir; después lo hacía en la única habitación de abajo, enseguida de donde también dormían Chas y Dolly, la víctima.

[...]

El chico desnudo que ahora iba vestido dormía al lado de la habitación de mis abuelos con mi tío Jesús. Ese cuarto olía a flatulencia. Yo prefería dormir en el cuarto de mis abuelos aunque oliera a cenicero. En el cuarto de las chicas olía a calcetín sucio. Para pasar el día leyendo prefería encerrarme en el cuarto de la tía Carmela, no sólo porque olía a perfume sino también porque el estudio de la planta baja, con ser el sitio más apropiado para la lectura, exhibía un cráneo lacado que me horrorizaba. Las tardes de fin de semana, a pesar de las visitas de mi tío Javier, mi abuelo se quedaba en el piso de arriba viendo la televisión, pero a mí, salvo las telenovelas de la noche, no me gustaba la programación de la tarde. Con todo, remoloneaba en su habitación porque no me gustaba la actitud ceniza que se le ponía al adolescente de al lado cuando venía mi tío Javier. Éste solía subir en algún momento a hablar brevemente con él y, naturalmente, a darle dinero. A mí no me daba nada.

[...]

Di cualquier cosa, me decía el adolescente acercando la grabadora de cintas a mi cara. Y yo imitaba los diálogos de los actores de la telenovela mientras mi primo Rogelio dramatizaba. Canta la canción de Hidalgo, me decía riendo. Y yo la cantaba mientras Rogelio hacía ademán de bailar. No fue mucho el tiempo que pasé con él, tampoco me gustaba estar en su habitación cada vez más decorada con motivos bélicos y símbolos soviéticos, algún retrato de Marx, algún otro de Castro. Estaba de moda una canción que me gustaba y cuya letra me parecía un misterio. Lo consulté. Cuando se disponía a explicarme mi abuela se asomó a la habitación. No debes contarle esas cosas al niño, no tiene edad para saberlas, le dijo sin importarle que yo asistiera a la admonición. Él obedeció a pesar de mi insistencia. Todo mundo se sentía con derecho a darle órdenes y a asignarle tareas varias, tal vez por ser el más joven de esa casa: que moviera los pies de donde los tuviera, que comiera sólo lo que le servían, que podara el jardín o lavara los coches. Yo, en cambio, pasaba los fines de semana haraganeandocomiendo lo que me daba la gana y festejado en mis gracias por todas mis tías. 

[...]

Sólo hasta que me mudé a la habitación del piso de abajo me di cuenta de que el ahora adolescente, al que ya no le sonreía mi abuelo como en las viejas fotografías, tenía entre sus obligaciones fregar el patio todas las mañanas a primera hora. A veces me despertaba y, corriendo la cortina, lo veía echando baldes de agua jabonosa y pasando la escoba con energía, siempre bajo la supervisión de Dolly y Chas. Yo me daba la media vuelta y, si me apetecía, seguía durmiendo hasta que mi abuela me llamaba a desayunar. Con todo, él no parecía tener envidia del trato que me dispensaban, como en cambio sí la tenía yo de él por el dinero que recibía del tío Javier, mi padrino. ¿A cuenta de qué? me preguntaba de vez en cuando sin explicármelo. Ya mi madre me había aclarado en alguna ocasión, un tanto molesta, que no, que él no era ahijado de su hermano. Javier sabrá en qué quiere gastar su dinero, me dijo, quizá no has sido todo lo amable que hay que ser con mi hermano para que él te premie. Yo respondí que Carmela me daba dinero por lo bien que me iba en la escuela, que me animaba a prepararme. Parece más mi madrina ella que Javier mi padrino, repliqué. No seas redicho y ni se te ocurra mencionar nada de esto con ellos, ¿me has oído?, me dijo mi madre con esa mirada que me atemorizó durante toda la infancia. Asentí.  

[...]  

No pasó mucho tiempo para que el adolescente dejara de obedecer a a mis abuelos y tuviera discusiones muy serias con los otros habitantes de la casa. Uno diría que no era más que rebeldía de juventud, si no fuera porque las injusticias que él padecía eran para mí evidentes. Pronto me iré de aquí, me dijo un día con los ojos inyectados de sangre, a medio camino entre la rabia y el llanto. Mi abuelo acababa de arrancar todos los afiches que colgaban de las paredes de su cuarto y le había dicho —oí con claridad sus gritos— que no olvidara que esta no era su casa, que estaba aquí como consecuencia de un acuerdo, que tuviera muy presentes los términos. Como nadie lo encontrara esa tarde, pensé que había cumplido su promesa el mismo día en que la había hecho. No era así. Luego de pasar media hora en la sala conversando con mis abuelos, mi madre, que como todos los domingos había venido a buscarme, se puso de pie y anunció que nos íbamos. Ya no era el tiempo de las pataletas, de modo que resignadamente tomé mis cosas y la acompañé hasta el coche. Apenas pisó el acelerador y sentimos como si una llanta se hubiera trepado a la banqueta. Oímos un grito. El adolescente que alguna vez posó desnudo a mediados de los setentas, se cogía la pierna con las dos manos, llorando. ¿Pero qué has hecho, idiota? le espetó mi madre ¿Qué hacías ahí debajo? Todos los que estaban en la casa salieron a mirar lo que ocurría. Entre mi abuelo y mi tío Jesús lo llevaron dentro, pero la verdad es que al poco rato ya podía andar. Carmela confirmó que no le había pasado nada y nosotros volvimos a casa en silencio: mi madre alterada por lo que había ocurrido, yo admirado de la determinación de quien —ahora estaba seguro— se iría pronto de ahí.

[...]

Ese día desperté antes de lo usual en casa de mis abuelos. Ya el patio se hallaba teñido de la luz vacilante del alba, pero todavía no había bajado nadie. Empecé a tocarme la entrepierna como venía haciéndolo ya desde hacía algunos meses aprovechando el aislamiento de aquel cuarto, cuando me interrumpió el ruido de la puerta del patio. Parece que ha bajado antes de lo usual, pensé mientras lo espiaba por la ligera abertura que hice en las cortinas. Lo escuché maldecir a Dolly y Chas al comprobar que, como todas las mañanas, ellas habían sembrado de mierdas aguadas y charcos de pis todo el piso del patio. Lo vi servir el pienso y quedarse un minuto largo detenido. Se inclinó debajo del lavadero y examinó una caja de cartón que le cabía en una mano. La volvió de nuevo a su sitio en un gesto rápido y se dispuso a fregar aquella inmundicia. A los pocos minutos, una vez el patio quedó limpio, volvió a sacar la pequeña caja de cartón, pero al oír el llamado de mi abuela en la planta alta se deshizo rápidamente de ella colocándola en el quicio de la ventana de mi improvisado cuarto. Cerró detrás de sí la puerta del patio que daba a la cocina y entonces me acerqué a la ventana: la pequeña caja contenía raticida. Ignoraba lo que ocurría allá arriba, pero pronto oí los gritos de mi abuelo y los golpes de su cinturón, las maldiciones, los insultos, los aullidos de dolor de quien ya no gozaba del favor del patriarca como cuando era niño. Decidí hacerle un favor. Abrí la puerta de mi habitación, cogí la caja con los cebos y, sin pensarlo dos veces, vertí su contenido en los cuencos de Dolly y Chas, que comían.

[...]

Poco después de que se fue de casa de mis abuelos, me escribió desde el norte una carta que aún conservo y que, por fortuna, pude recoger sin que mi madre la interceptara, obligada como estaba ya a pasar largos periodos de tiempo fuera de casa, trabajando por el abandono de mi padre. Me daba las gracias porque sabía que yo lo había hecho con la intención de ayudarle, aunque todo mundo pensara que había sido él quien envenenó a Dolly —Chas sobrevivió— y él no lo negara. Me decía que ya tenía trabajo, que pronto ya no necesitaría dinero de mi tío Javier. También me pedía que le dejara de llamar tío. Soy tu primo, aclaraba, tus abuelos no son mis padres aunque yo les llamara así. Tengo una hermana que no conoces. Algún día te contaré más. Lo que sé, al menos. Lo que me contaron. ¿Acaso sabemos otra cosa?

martes, septiembre 16, 2025

Eros y Tánatos

En el breve camino de vuelta a casa no toma la salida habitual y continúa por la larga curva hasta la glorieta. Recién ha oscurecido. Las luces —unas fijas, otras en movimiento— iluminan por instantes a los que andan por las aceras: enfermeras y estudiantes, algunos oficinistas, indigentes. No se dirige a ninguna parte, tan sólo retrasa la vuelta a casa por la avenida recta y plana que conduce hasta el centro. El recorrido, sin embargo, no es azaroso: desemboca en los mismos sitios donde hace más de diez años daba vueltas en el coche para invitar a chicos a dar la vuelta y, con suerte, llevarlos a casa a follar. Pero la ciudad ha quedado inexplicablemente desierta de todos sus posibles invitados o su mirada ya no los distingue de entre las muchas sombras que la recorren. Una, dos, tres vueltas alrededor del parque y no distingue nada. Se estaciona. Gira la llave del interruptor y apaga el coche. Abre las ventanillas. El aire cálido y húmedo entra en la cabina, pero nadie se acerca hasta él como antaño para, con el pretexto de pedirle fuego para un cigarrillo, iniciar una conversación casual poblada de insinuaciones. Al otro extremo del parque distingue a los empleados del puesto de frituras y dulces despachando a los últimos clientes del día, los lavacoches recogiendo sus cubetas y echándose los trapos al hombro para perderse entre los callejones que dan a la plaza, los coches de oscuros cristales conducidos por seres invisibles que, como él, repasan lentamente los alrededores hasta que, decepcionados, se alejan acelerando súbitamente sólo para reaparecer a los pocos minutos. La visión del kiosco oscurecido al centro de la plaza y el suave agitarse de las palmas allá arriba, lo tranquilizan hasta quedarse dormido en medio del calor y la humedad. Se está tropezando con el empedrado camino a la escuela. Lleva el uniforme de la secundaria —un disfraz de cucaracha— hecho de miles de cuadros diminutos color negro, blanco y marrón. A pocos metros, sobre la curva, un enorme perro blanco yace patas arriba con un hilo de sangre coagulada saliendo del hocico hasta atravesar parte de su espeso pelaje camino del suelo, donde ha hecho un pequeño charco. Está muerto. Él aprieta su portafolios contra el pecho, estremecido, sin poder apartar la vista del animal. Vuelve a tropezar hasta casi caer al suelo cuando pasa más cerca de él y, mientras va quedando atrás, se vuelve repetidas veces para ver los dientes del perro que han quedado al descubierto con aspecto feroz, sus ojos cerrados con fuerza transmitiendo el dolor postrero. Acaso un camión de las ladrilleras cercanas o un borracho al que no ha detenido el empedrado en mal estado, ha acelerado en la curva por la noche hasta embestirlo. En el salón de clase mira los traseros de sus compañeros a los que el disfraz de cucaracha no obsta para subrayar sus formas. Algunos se cogen el pene con la mano a través de la tela para presumir sus erecciones, otros empujan hacia sí la cabeza de algún compañero simulando una felación, alguno más se restriega contra otro fingiéndose afeminado. Estruendo de risas, arrastrar de butacas, gritos desenfrenados. El director les llama la atención y pide respeto para el profesor que ha ido ido a por él para pedirle ayuda. Viene acompañado del orientador que mira a todos con ojos inquisitivos y ceño fruncido. 'Huele mal', dice el director de pronto. 'Huele a podrido', dice el profesor en sandalias. 'Huele a perro muerto', dice el orientador acercando su rostro al de él como si la peste saliera de su cuerpo adolescente, se acerca tanto que lo fuerza a cerrar los ojos para no mirar y entonces ve. Ve de nuevo al animal, ahora encalado, las patas aún apuntando al cielo y el vientre hinchado a punto de estallar. Algunos le lanzan piedras al pasar, otros lo remueven con palos recogidos de los maizales. Hoy lleva puestos los calzones magenta cuya suavidad le causa tanto placer que, involuntariamente, los mancha de poluciones. Están en el patio los del otro grupo, tomando la clase de educación física. Algunos están sin camisa o en pantaloncillos cortos, puede verles los calcetines de telas variadas o el borde de los calzoncillos asomar por la cintura. No se atreve a ir al baño para tocarse. Le quitan el bocadillo los más fuertes, le llenan de insultos los afeminados, alguno lo ha forzado a pegar la cara contra su entrepierna hasta que su desesperación —ahogamiento de cuadros blancos, marrones y negros atravesados por una bragueta— se convierte en un inexplicable placer. Un día el perro revienta y la rasgadura muestra un hervidero de gusanos en medio de líquidos multicolores, el sitio justo a donde ha ido a parar el portafolio que le han quitado entre varios a la salida de la escuela. Aguantando el llanto y la respiración se acerca para cogerlo, lo empujan. Una de las rodillas del pantalón se ha roto en el empedrado. El olor le causa arcadas irrefrenables. Risas salvajes, gritos. En torno a él se ha formado un corrillo que no deja de crecer. Mete su mano entre las vísceras podridas del animal y pone a salvo el portafolio engusanado. Entonces se da cuenta de que ya no tiene asco. Coge un pedazo y lo lanza a uno de los que se ríen. Coge otro pedazo y remata con él la cabeza de otro de los reunidos. Se desbandan profiriendo amenazas, tropezando en el empedrado. Él coge la carcasa del animal y, manchado de sangre y cal, se lanza contra la multitud que huye despavorida. Ya nada huele mal. Sus pantalones brillan de viscosidades: marrón, blanco y negro, pero también amarillos y rojos, verdes varios. El perro se ha desmembrado pero cree percibir su aliento sobre la cabeza. Una pata le acaricia el pelo. Es el aire cálido de la noche atravesando el parque con repentina fuerza. Allá arriba el ulular de palmeras, aquí abajo la desierta plaza. Gira la llave y enciende el interruptor, el coche abre los ojos de sus faros iluminando los matorrales. Avanza por la calle hacia el poniente, alejándose del centro. En el camino a casa la misma ceguera que el tiempo, adalid de la muerte, puso pacientemente en sus ojos.