El dinero reunido durante las vacaciones escolares está a punto de agotarse. Su hermana y su cuñado podrán darle de comer y no le cobrarán renta por la habitación en que duerme, pero no habrá dinero para el transporte ni para el gimnasio al que apenas se había acostumbrado. La casa tiene dos habitaciones: en una duerme la pareja con la niña pequeña; en la otra duerme él con dos niños más grandes, hijos de un primer y un segundo matrimonio. También hay una perra, venida de nadie sabe dónde, a la que todos llaman Tuerta porque le falta un ojo. Tuerta pasa el día en el interior cuando hay gente en casa, pero por las noches la invitan amablemente a la cochera donde, luego de varias vueltas, se hace ovillo y vigila. No ladra tan fácilmente porque en esta colonia de vagos hay que escoger muy bien el momento de dar la alarma, y esta, pese a la preocupación de Miguel, es una noche tranquila. Echado en el montón de cobijas que todos los días extiende por el suelo del cuarto, mientras oye la quieta respiración de sus sobrinos que duermen juntos en la única cama de la habitación, cuenta una y otra vez el poco dinero que le queda. El semestre en la universidad está pagado y, de momento, no han pedido más material que el ordinario. Pero para llegar hasta el campus, en las afueras de la ciudad, hay que coger el autobús del valle, que no por venir tan lleno cobra menos. No puede permitirse ya ningún antojo desde las seis de la mañana en que sale de casa hasta las cuatro de la tarde en que vuelve. Precisamente por eso ya no puede saltarse el desayuno, aunque deba tomarlo en casa de madrugada mientras trata de aplacarse el pelo rebelde con gomina o ponerse un pantalón raído a toda prisa. Cuando aún cursaba el bachillerato, la dueña de la tienda de la esquina solía emplearlo por unas cuantas monedas para que le ayudara a acomodar mercancía. Pero ese es un trabajo de chamacos y él ya es un hombre. Los horarios de la marisquería donde trabajó durante las vacaciones no se avienen con los de la escuela; tampoco los de la maquiladora que emplea a varios de sus compañeros a los que no les importa perder clases a cambio de dinero. Se queda dormido sin poder hallarle forma a las sombras inestables que sobre las paredes proyecta la veladora del rincón.
Al día siguiente, cuando sale de la escuela, aprovecha el ofrecimiento del maestro de dibujo para acercarlo al centro. En algún momento de la conversación, ambos se quejan de lo caro que está todo y de lo poco que pagan en cualquier empleo. Miguel aprovecha para preguntar, sin mucha esperanza, si el maestro de dibujo sabrá de algún trabajo que no interfiera demasiado con la escuela. No lo sé, contesta el maestro mesándose las barbas con una mano y sujetando el volante con la otra, la mirada perdida en el horizonte indefinido del tráfico. Yo te podría ayudar, balbucea inseguro, pero no lo sé. La luz verde obliga al maestro a maniobrar; las maniobras le exigen concentración; la concentración produce silencio. Miguel se queda callado a la espera de detalles que no llegan. En la siguiente luz roja el maestro se gira hacia él y sonríe. Quizá pueda ayudarte, pero no lo sé, concluye. Miguel apenas esboza una sonrisa, pero no se atreve a preguntar nada más. Una vez apeado en el centro, transcurren veinte minutos en la parada de autobús y veinte más de traslado hasta su casa. Detrás de la cerca de madera podrida que delimita la cochera, encuentra a sus sobrinos más grandes y a otro par de niños, todos de cuclillas, rodeando a Tuerta. Tío, tío, la perrita ha tenido cachorros, le dice el mayor acercándole uno de color negro cubierto de una película brillante. Lo coge con las dos manos luego de dejar su mochila en el suelo y encuentra agradable la tibia humedad de aquella bola de pelo que chilla. Este se llamará Negro, dice. Y este otro Gris, completa el mayor de sus sobrinos acariciando a un cachorro que se halla pegado a las fláccidas tetas de Tuerta. Son todos machos, cuatro, dice su hermana que aparece de pronto junto a él cargando a uno blanco en una mano y a otro marrón en la otra, de modo que los nombres están decididos. Miguel y su hermana se alzan de hombros cuando se preguntan si alguno se dio cuenta de que Tuerta estaba embarazada. Sin prestar atención a la algarabía de los niños que siguen en la cochera, Miguel entra en casa, se encierra en su habitación y se echa en la cama de sus sobrinos unos minutos con los ojos cerrados. Cuando siente que empieza a quedarse dormido, se pone de pie para evitarlo y saca de entre su ropa el dinero que le queda para volver a contarlo. Se queda inmóvil mientras baraja mentalmente opciones cada vez más disparatadas para sacar dinero. Los pepenadores de latas y fierro viejo no le permitirían unirse a ellos para esculcar las bolsas de basura de los vecinos. Si lo hiciera a sus espaldas, correría el riesgo de que lo rajaran en mitad de la calle a la primera oportunidad. Por no hablar de los tiradores de droga que, aun siendo del mismo grupo y casi todos adolescentes, se mataban a tiros entre sí por tener más clientes o extender sus zonas de venta. Lo saca de su ensimismamiento el agudo chillido de uno de los perros. Eso es, comprende de inmediato: venderé los cachorros.
A pesar de las resistencias de su hermana y su cuñado, éstos acceden a que Tuerta y sus crías duerman en un rincón de la habitación de Miguel. Se morirán de frío si los dejamos afuera, alega éste sin revelar sus intenciones de vender a los cachorros. Los niños más grandes, que también duermen ahí, están encantados con la idea y son fácilmente manipulados por su tío para ayudar en la limpieza y cuidado de los animales. A la dueña de la tienda de la esquina ha debido pedirle fiadas croquetas para Tuerta y leche para las crías. Ella se resiste. En dos semanas máximo se lo pago, se compromete Miguel, improvisando con acierto la idea de trabajar los fines de semana como botarga para la cadena de farmacias o la compañía de teléfonos. Así lo hace los sábados y domingos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche, metido en un traje pesado y hediondo, mientras la temperatura de la calle oscila hasta veinte grados entre el mediodía y las horas extremas. El dinero que recibe a cambio apenas cubre el alimento de los perros. Conforme transcurren los días, sus sobrinos se desentienden cada vez más de la limpieza de la habitación, por lo que debe ser él quien recoja excrementos y trapee orines, quien deba darles de comer y los saque de vez en cuando a la cochera para que hagan ejercicio. Los frecuentes chillidos de los cachorros apenas le permiten estudiar o dormir. Como duerme en el suelo, los perros suelen invadir su espacio y ensuciar sus cobijas, que apestan. Está exhausto, pero se consuela pensando que en un par de semanas podrá vender los cachorros y dejar atrás esta pesadilla.
Luego de intentar, sin éxito, que el gimnasio le devuelva una parte de la mensualidad porque sólo usó un par de días de la semana y no continuará más, llega a casa y se sorprende de hallar a uno de los cachorros suelto en la calle. Lo recoge con una mano y lo lleva dentro de prisa. La cerca está abierta, las puertas de la casa y de su habitación, también. Sobre la cama encuentra dormido al mayor de sus sobrinos. Hay restos de comida en el suelo, envolturas plásticas de alimentos, hormigas. Tuerta y un par de cachorros están echados en el rincón de siempre y ella levanta levemente la cabeza para reconocerlo. Pone al perro que lleva en la mano junto a Tuerta y enseguida despierta a su sobrino para que le ayude a buscar a Blanco, el que falta. Buscan debajo de la cama y en la cocina, detrás de los muebles y en el baño. Finalmente salen a la cochera y luego a la calle. No pasa mucho tiempo antes de que los niños que juegan en la esquina les informen que hace un par de horas atropellaron a un perrito en la avenida. Sobre el pavimento, Miguel y su sobrino encuentran una plasta de pelo blanco ensangrentado, cada vez más sucia e irreconocible porque los coches no dejan de pasarle por encima. El niño llora y se abraza a su tío. Perdón, dice, no me di cuenta de que estaba abierta la casa. Perdón. Esa noche, Gris chilla más de la cuenta y no deja dormir a nadie. Tuerta intenta calmarlo lamiéndolo repetidas veces y apretándolo contra ella, pero nada funciona. A la mañana siguiente, Miguel lleva al cachorro consigo hasta la veterinaria de la universidad, sin que sepa bien a bien cómo pagará la consulta ni cómo hará para asistir a sus clases con un perro enfermo. En el camino, éste llena de heces líquidas y sanguinolentas el suelo del autobús y parte de su ropa. La gente lo mira con asco y le insultan por llevar esa porquería en el transporte. En la consulta, por la forma del abdomen distendido y su reacción al dolor, le informan que el perro debió comer algún objeto contundente y le proporcionan medicamentos e instrucciones. No completa el dinero para pagar, pero el personal accede a dejar pendiente el saldo, considerando que, después de todo, es estudiante de la universidad. En medio de la clase de geometría proyectiva, rodeado de sangre y diarrea fétida, Gris agoniza. Saca el cuerpecito al pasillo y descubre en el ano del animal el plástico a medio salir de una envoltura idéntica a la de los dulces de su sobrino. Apenado, pero sin mayor ceremonia, echa el pequeño cadáver en uno de los contenedores de basura de la universidad y vuelve a clase.
El maestro de dibujo lo ha encontrado, al parecer por casualidad, a la salida de la universidad. ¿Qué es eso que huele? pregunta. Miguel le explica brevemente la muerte de Gris y la mancha en una de las bastillas de su pantalón. Qué pena, dice el maestro sin mucha convicción. Aunque tampoco a él le ha dicho nada sobre su intención de vender los cachorros de Tuerta, la conversación vuelve a girar en torno a las dificultades de obtener dinero, de estudiar y trabajar al mismo tiempo, de comprar y vender. Frente a una luz roja, luego del silencio más prolongado, el maestro se mesa las barbas y vuelve a su vieja muletilla mientras mira el horizonte del tráfico. Si quieres yo puedo ayudarte, no sé, quizá podamos entendernos, le dice el maestro mientras le pasa una mano por los hombros y le da un par de palmadas. Dios aprieta pero no ahorca, agrega sin venir mucho al caso. Sí ¿verdad? dice Miguel sonriendo nerviosamente. Pero una vez más, cuando llega el momento de apearse, ni uno ni otro han discutido detalles de nada. Tengo que vender ya los cachorros que quedan, se dice Miguel mentalmente en el camino del centro a casa. No hay tiempo que perder, se azuza una y otra vez asintiendo con la cabeza para desconcierto de los transeúntes que lo miran. Cogeré a Negro y Marrón y los llevaré al camellón de la avenida para venderlos a las familias que pasan los sábados y domingos camino del Parque Infantil. Los padres no podrán resistirse ante la insistencia de sus hijos. Es una lástima que a Tuerta le falte un ojo porque quizá pudiera venderla también a ella. Pero al llegar a este pensamiento se censura como si hubiese cruzado un límite y ya entra en casa donde su cuñado lo recibe en mangas de camisa y con la cara larga. Los niños están enfermos, le informa. Tu hermana piensa que es por los perros de la habitación y me ha costado convencerla de que esperara a que llegaras para moverlos a la cochera; ella quería que lo hiciéramos cuanto antes. Ya me encargo yo, responde Miguel. En la habitación, los niños están en la cama, abrigados y sudorosos, mientras que Tuerta sigue en su rincón con Marrón y Negro pegados a sus tetas. Coge cuidadosamente a los cachorros y, aunque no es fin de semana y ya es algo tarde, quiere ir de una vez al crucero de la avenida para venderlos. Un olor pútrido sube hasta su nariz cuando levanta a los cachorros, pero la fuente no son ellos, sino la cola de Tuerta. Descubre entonces que la cobija que le puso está cubierta de sangre seca y que alrededor de la cola hay moscas de color verde. ¿Hace cuánto que Tuerta no se levanta? ¿Ha comido? Con los cachorros en la mano, decide que primero va a vender a los críos y luego lidiará con lo que sea que a Tuerta le esté pasando. En el crucero, la mayoría de los que van en coche no se detienen a mirarlo. A partir de cierto momento, cada vez que toca la luz roja, pasea entre los carros con un cachorro en cada mano. Algunos cristales bajan y, desde los asientos traseros, varios niños gritan excitados estirando las manos para acariciarlos. No te voy a comprar nada porque no te has portado bien, dice una madre a su hija. Están muy feos y no son de raza, le espeta una mujer de excesivo maquillaje desde la ventanilla de una camioneta alta. Esto es ilegal, cruel e inhumano, ¿lo sabes?, le dicen un par de muchachas elegantes que cruzan a pie la avenida bebiendo granizados de café. Finalmente, un hombre gordo y acelerado le pregunta en cuánto los está vendiendo. Mira el semáforo, lo mira a él, hace sonidos muy fuertes como sorbiendo una cantidad inmensa de moco, pero no presta casi atención a los cachorros. Tres niños obesos pegan los cachetes al cristal para asistir, sin la menor expresión en sus rostros, a la transacción que conduce su padre. Miguel se sorprende de no haber pensado en un precio para los perros y, un tanto desconcertado, suelta la primera cifra que se le viene a la cabeza. Un tanto elevada, considera enseguida, arrepentido, pero el hombre gordo ha aceptado el precio y ya recoge a Negro y Marrón para ponerlos de inmediato en manos de los niños que los cogen con brusquedad. Miguel se prepara a recibir el dinero con una sonrisa involuntaria dibujada en el rostro, pero el hombre gordo mira el semáforo —luz verde—, lo mira a él —todo ojeras—, hace sonidos muy fuertes con la garganta y, sin más, acelera estruendosamente perdiéndose en el tráfico de la avenida, los tres niños gordos, inexpresivos, aplastados contra el cristal trasero de la camioneta donde todavía distingue, por un brevísimo instante, a Negro y Marrón.
Cuando llega a casa, luego de andar a pie y sin rumbo por espacio de una hora, se entera de que Tuerta ha muerto. Su hermana le exige de malos modos que eche al animal en una bolsa grande y lo saque de inmediato. Quita esa porquería de mi vista, dice. Lava el suelo de la habitación inmediatamente, que por eso están enfermos mis hijos, agrega. Me tienes que pagar la cobija de la perra, que ya no sirve, remata. Miguel va a la tienda de la esquina a por una bolsa negra para echar en ella a Tuerta. La dueña le recuerda lo que le debe de croquetas y leche. Él le dice que no se preocupe, que le pagará pronto, pero no se atreve a decirle que ya no queda ningún perro que alimentar. De vuelta a casa, echa a Tuerta en la bolsa recién comprada y sale con el cadáver hasta el contenedor, donde encuentra a varios pepenadores esculcando en la basura. En el camino de vuelta advierte la presencia de los tiradores de droga en las esquinas. Es una noche tranquila y dormirá desde temprano. Por la mañana, camino a la parada de autobús para ir a la escuela, volverá a encontrarse casualmente al maestro de dibujo. Esta vez, finalmente, podrán echarle una mano.