De vez en cuando pensaba, y aún llegué a comentarlo a alguno de mis subordinados, que la ciudad estaba cada vez más poblada de indigentes de todo tipo: migrantes de paso, alcohólicos, drogadictos, trastornados mentales. Algunos utilizaban las cabinas de los cajeros automáticos para ponerse a salvo del calor, otros lo soportaban en descampados de los que no era infrecuente que los sacaran ya muertos por deshidratación o asesinato. Los encontraba casi a diario instalados en los cruceros camino al trabajo o de vuelta a casa, a veces usando estopas grasientas con las que pretendían limpiar los parabrisas de los coches a cambio de unas monedas, otras veces mendigando con escasa convicción sin detenerse siquiera cuando algún conductor bajaba la ventanilla para darles dinero. Hombres caídos, mentes exhaustas, no todos se hallaban al borde de las oscuras aguas que habrían de ahogarlos tarde o temprano, de modo que uno mismo, acaso sin saberlo, sin importar cuán alejado pareciera el destino, podía estar alineado haciendo fila, camino de su destrucción. Eso era lo que pensaba entonces con desagradable insistencia mientras esperaba la luz verde del semáforo, pero sobre todo los fines de semana en que bajaba a pie al centro de la ciudad para no padecer excesivamente la soledad de mi casa. Por entre los matorrales de terrenos baldíos o en el interior de casas abandonadas llenas de basura, distinguía cuerpos tendidos cubiertos de harapos o la débil llama de una pipa improvisada, un par de ojos en la oscuridad a los que, si la fugacidad del momento no era grande, podía unir la imagen de barbas pobladas o rostros hinchados. No me intimidaba aquel ejército de hombres de la calle que salía a mi encuentro en aquellos paseos poco recomendables, pero me agobiaba la idea de pertenecer a su clase de alguna manera. Yo veía entonces mi propia vida doblarse bajo el peso de sus fracasos e incompletitudes, no porque me faltara el trabajo, aunque mediocre, ni una apariencia razonable, aunque descuidada, sino porque hacía tiempo que me había quedado solo en esta ciudad, sin amigos ni pareja ni familiares, carente de finalidad propia, modesta o elevada. Acaso la ruta de estos hombres pasó algún día por este mismo lugar, me decía, donde las circunstancias o el propio actuar han construido un vacío alrededor que no es posible salvar de ninguna manera. Un toxicómano que no quiere ser salvado, un depresivo que no encuentra consuelo, un soberbio al que no basta nada ni nadie. Como en una espiral, estos hombres se mueven en círculos que descienden a las profundidades. Un día sencillamente renuncian a su trabajo o lo pierden, pero encuentran en la recogida de ropa abandonada, de cartón, vidrio y aluminio, una forma temporal de ocupar su tiempo y hacerse del dinero necesario para vivir. No obstante, lo que era transitorio se convierte, sin advertirlo, en permanente, y un buen día el hombre calvo que venía en un coche destartalado a llevarse mi vieja camisa turquesa de la basura, vuelve a pie y con el rostro enajenado para sacar los envases de entre las bolsas de desechos. Una advertencia, creía yo leer en aquellos momentos de fragilidad en que me hacía cargo de su deterioro como de un espejo. Una admonición gráfica contra un futuro posible, pensaba con escalofrío. Hacía esfuerzos por mantener rutinas como valladares —alimentación, sueño, horas de trabajo y ejercicio— pero quedaban las necesidades del cuerpo que a mi edad ya resultaban sospechosas. Había visto envejecer a distintos hombres como yo, en el supermercado y la peluquería, en la escuela y el taller, hombres condenados a vivir solos o con sus madres, a no desear ya cuerpos de su mismo sexo ni mucho menos jóvenes, hombres cabizbajos y ridículos, inseguros o nerviosos, que volvían a los años de infancia en que sentían vergüenza de sus pensamientos y temían todo el tiempo ser encontrados en falta, de modo que ahora hacían sus respectivos trabajos en silencio y con la mirada gacha, procurando no atraer sobre ellos la más mínima atención. No tiene que ser así, pensaba, pero así era para muchos que creyeron que en el juego de las sillas no se quedarían de pie. No tiene que ser así, me decía, descartando para mí la resignación con que las parejas más artificiales se encaminaban hacia la senectud. Ya que me había quedado solo, por abandono o por muerte, pero también por dolorosa elección, no me resignaba a convertirme en otro eunuco. Con frecuencia me acuciaba el deseo y lo aliviaba como podía, por mí mismo o con chicos aquiescentes, no tanto en espera de dar con la persona perfecta como de agotar esa inquietud —liquidarla— para por fin descansar de ella. No concebía entonces que esto durara mucho más, no desde luego el concurso de los jóvenes, pero tampoco la flama primigenia que lo explica todo. En esa llama —pensé motivado por la visión de un hombre de dientes muy separados y ojos pequeños que pasaba las mañanas lavando coches y masturbándose discretamente en diversos escondrijos alrededor del barrio— arden también no pocas de las vidas que luego terminan en la calle. ¿Qué distingue mis urgencias de las compulsiones de este hombre que no se atreve aún a ser un exhibicionista cabal?, me preguntaba. ¿Acaso el hombre de dientes muy separados y ojos pequeños fue alguna vez uno de esos seres de los que la ciudad exige celibato o castración? ¿Uno como yo, repentinamente solo y sin brújula? ¿Es posible que en algún punto —el momento de perder el trabajo, un escándalo mínimo pero suficiente, acaso un vicio poderoso y repentino— haya encontrado que sólo la indigencia es liberación, la condición para hacerse tolerar las excentricidades que los demás mantienen en secreto para mejor escandalizarse en público? Con el paso de los meses y alguna enfermedad, conseguí salvar la parte más difícil del abismo. No así el hombre de dientes muy separados y ojos pequeños al que, luego de meses de no verlo más por el barrio, encontré en uno de mis paseos asomándose por el umbral de una casa en ruinas del centro. Ya no se llevaba las manos a los genitales compulsivamente, como solía, pues ahora las tenía ocupadas en calentar un foco roto del que salía un vapor que inhalaba, profundamente abstraído.
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