Yo podría coger ahora mismo el coche y cruzar la ciudad, si así lo quisiera, para acercarme a las polvorientas calles de la cuatrocientos diez con los vidrios arriba, la música adecuada, amparado por el aire acondicionado de los cuarenta grados a la sombra que gobiernan la ciudad, entrar por el así llamado boulevard, que no es otra cosa que una estrecha avenida con el pavimento reventado cada dos o tres manzanas, buscando con lentitud la calle correcta para girar a la izquierda, acaso la esquina de la escuela elemental rodeada de un cerco metálico al que remata un alambre de púas que jamás ha impedido los frecuentes robos de los drogadictos, tal vez el ángulo donde se levanta la torre que sostiene el oxidado tanque de agua desde cuyas alturas se arrojó la chica que creía estar embarazada, pasar a un costado del perro enano y pelirrojo que vigila la calle desde una casa siempre en construcción e ir hasta el fondo para doblar a la derecha y aparcar, como dicta la prudencia, bajo alguna de las escasas sombras de esa frontera oriental que por encerrar la colonia ha facilitado siempre el trabajo de los sicarios que ajustan cuentas, a veces de día y a veces de noche, con chicos desesperados que creen poder esconderse de ellos saltando entre las azoteas de las casas o haciéndose invisibles entre los montones de cacharros que pueblan los rincones oscuros de los patios, bajar del coche usando ahora una mano, ahora la otra, como visera para cubrirme del sol y, entornando los ojos, recorrer las fachadas de las casas hasta reconocer la suya, una cochera invadida de basura a la que una reja aherrumbrada y fuera de sus goznes pretende poner a resguardo, un segundo piso con una habitación enorme a la que falta la pared del frente como si se tratara de una desproporcionada casa de muñecas, luego de unos segundos absorto ante la contemplación del pasado que continuó su camino hasta un presente que no es el mío, procuraría salir de mi posición vulnerable en medio de la calle, desconcertado como un animal, para observar más impunemente desde un recodo sin preocuparme de llamar la atención de los vecinos, encendería un cigarro si no hubiera olvidado cómo fumar, si hubiera venido preparado, aunque sólo fuera para acercarme simbólicamente al periodo, mitad lúdico y mitad dramático, que presidió el lumpen sonorense que ahora mismo podría estar encerrado en alguna habitación de esta enorme ruina, pensativo, acaso considerando que siempre puede salir de la cuatrocientos diez con un pantalón ceñido y una blusa llamativa, el cabello relamido y unas zapatillas desgastadas, andar hasta el boulevard o un poco más allá, hasta la trescientos, para coger un taxi y acercarse a la laguna con el pretexto de pasear por la orilla y visitar el mercadillo de artesanías, comer algo ligero en alguno de sus puestos y fingir que no percibe el olor a cañería que despiden las aguas putrefactas, presuntamente asqueado alejarse por la única avenida en curva de la ciudad hasta dar por casualidad con la calle de una sola manzana donde tengo residencia, su pasado haciéndose presente de manera inopinada cerca del anochecer, los mismos ladridos de los perros miniatura de la esquina seguidos de otros nuevos de pastor alemán o ganadero australiano, a sólo unos pasos de la reja café oscuro donde el matorral espinoso ha crecido hasta la altura de la ventana de la sala y el color de la fachada, si la oscuridad no lo engaña, si el recuerdo no lo traiciona, el mismo tono insípido con que la dejó, no se atreve a detenerse por miedo a ser visto desde dentro, pero luego de llegar a la esquina da media vuelta y regresa por donde vino a paso lento para intentar ver por la ventana de la habitación donde sólo distingue el marco iluminado que encierra las persianas y cortinas ya corridas, de modo que seguramente está ahí, se dice, se diría, el que en otros tiempos fingiera acercarse al subsuelo de esta ciudad por nadie sabe qué razones, asistiendo a borracheras y zafarranchos, escuchando música estridente hasta altas horas de la madrugada, echando más desechos a una hoguera improvisada en mitad de un baldío, pero no aquí, desde luego, no a unos metros de la laguna donde las calles oscuras o iluminadas están siempre en silencio, sino en la cuatrocientos diez desde donde ya harto o servido volvía —volvíamos— para ponerme —ponernos— a salvo, yo en la biblioteca del fondo de esta casa de farolas apagadas, él en la habitación del frente donde era follado hasta perder la conciencia, los dos fingiendo que podíamos suprimir la geografía con nuestro acercamiento improvisado, ambos guardando silencio ante el camino graduado de supermercados y talleres, indigentes y empedrados, siempre puede hacer el lumpen sonorense todas estas consideraciones antes de alejarse de mi calle y volver a la suya, a saber si está ahora en alguna habitación de su mansión de juguete invadida de conejos, sería mejor moverme de mi escondite ahora que ha pasado el tiempo justo de fumar un cigarrillo que no he fumado, volver al coche y emprender el regreso a mi propia esquina, porque podría hacerlo de la misma manera que venir hasta aquí, podría subir al coche y conducir por la inmensa cuadrícula de regreso a casa, de vuelta al presente, no hacer más expediciones al pasado ni a sus vergonzosas extravagancias. Podría. Hasta que vuelva de nuevo la inquietud sembrada.
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