domingo, mayo 03, 2026

La cola de la golondrina

A pesar de su progresiva inmovilidad, de su más extendido silencio, se acumulan los hechos y los personajes; se acumulan los nudos, las contradicciones, la deformidad que el tiempo añade continuamente a cualquier mirada. Capas y capas de olvido y desinterés no alivian, antes bien acrecientan, la estupefacción de quien ya no es capaz de organizar lo que tiene ante sí. En el ordenador se apilan archivos crudos de conversaciones sostenidas a través del móvil o las plataformas, cientos de cartas de la ya remota época de los correos electrónicos, dirigidas a familiares que son amigos que son colegas que son amantes. Ya habrá tiempo de escribir, se dijo muchas veces, creyendo que llegaría el día en que podría hacer síntesis del material reunido como quien extrae el jugo de frutos almacenados. Pero la fruta se ha podrido.
Desearía proceder como hacen los historiadores que, incapaces de montar experimentos para verificar el pasado, convencidos ya —la mayoría— de que no hay leyes que gobiernen la arbitrariedad humana, se amparan en lo que graciosamente llaman evidencia documental, que no es otra cosa que lo que dejaron escrito un puñado de personas cuya integridad intelectual se da por sentado. Pero, cuando no han muerto, su familia y amigos son todos ágrafos; sus colegas y amantes son amnésicos; los hay que son locos o imbéciles o malintencionados. Como en la historia profesional, no hay conversación ni registro que le permita escribir un relato completo, nada en sus archivos que lo salve de la multiplicidad de versiones y lo devuelva, intacto, a la interminable incertidumbre. 
Si lo reunido no puede servir ya a la verdad, piensa, si traído a la realidad no puede ser jamás definitivo sino fuente inagotable de interpretaciones, si no hay nada más patético que la autobiografía cuando se ha terminado la adolescencia, queda entonces la posibilidad de la ficción: cuentos, novelas, acaso una milagrosa vuelta a la poesía. No queda claro, sin embargo, si un enfoque semejante podría alcanzar siquiera la categoría de roman à clef, menos aún la de la literatura. Se multiplican los problemas: la falta de talento, su mente distraída, la convicción de que la suya no es una vida que merezca ser narrada. Si lo que busca es la liberación de problemas más hondos, o su continuación, al usar la palabra escrita como paliativo contra el caos, difícilmente habrá ahí una obra.
Vuelta al origen: aparcar la conciencia —ese monstruoso censor— y soltarse como a los trece años, cuando aún no estaba ahí; ignorar el por qué en favor de una expresión desvergonzada: no hay más lector que él mismo; deshacerse de los archivos crudos a los que guarda un indebido respeto como fuentes de fidelidad; despreocuparse de la trascendencia y de la obra, escribir por puro placer, sí, aunque sea otro engaño.