domingo, mayo 31, 2026

Memoria de Adriana

¿Sabéis lo que sois? A éste le da igual porque este es un pijo, los pijos no tienen más que mirar a otro lado y les enseñan desde pequeños, así que, lo tiene hecho...
El método, 2005

A principios de siglo, cuando yo era un joven maestro al que pagaban por horas en una universidad privada que simulaba ser al mismo tiempo confesional y progresista, ella y él fueron mis alumnos en el último curso de variable compleja que impartí. Nunca me caractericé por la prudencia, de modo que, en mi entusiasmo por los inminentes estudios de doctorado que haría en Europa gracias a una beca y animado por la escasa diferencia de edad en relación con mis estudiantes, compartí mucho de lo que pasaba por mi cabeza en esos días: en los pasillos mientras esperábamos a que se desocupara el aula para iniciar la clase, dentro de los salones con el pretexto de aligerar la exposición con anécdotas y opiniones, echado en el césped cuando había horas muertas y las pasaba leyendo a la sombra de los inmensos árboles primorosamente cuidados que poblaban el campus. Ella y él, como el resto, tomaron nota obligada de mis tonterías —las ventajas de tener un público cautivo—, pero alguna debió resonar dentro de ellos porque pronto me hicieron a su vez depositario de las suyas y propusieron encuentros fuera de la escuela que yo tuve a bien aceptar, complacido. 
Ella casi siempre estaba sola; él rodeado de sus amigos. Él se deshacía en carcajadas; ella reía más bien poco. No quiero decir con esto que ella fuera una mustia ni él el alma de las fiestas, pero me resultaba curioso hallarme en medio de ellos, solicitado cada vez más y a partes iguales desde mundos opuestos. ¿Era, como sucedió antes y sucedería después, consecuencia de mi estúpida costumbre de mostrar interés? ¿Una forma de cordialidad que acaso tenía por objeto ser incluido en la sociedad de los demás? ¿Carencias afectivas de esas que se pueden rastrear hasta la infancia? Posiblemente. Pero lo cierto es que a las frecuentes bromas hechas a él y sus amigos durante las clases y a los minutos arrebatados por ella en los pasillos y jardines para hablar de música y cine, siguieron invitaciones a reuniones etílicas con los primeros y a cafeterías del centro de la ciudad con la segunda.
Aunque con dificultades, las familias de ambos pagaban las considerables sumas que cobraba la universidad privada. Ella vestía como una hippie trasnochada y vivía con su familia en un costoso barrio de la ciudad; él, vestido despreocupadamente, compartía departamento con uno de sus amigos cuya familia, igual que la suya, poseía tierras y ganado cerca de la ciénega. La gente de dinero no suele exhibirlo, decía mi madre apoyada en los muchos años de convivencia con patrones millonarios. Yo no lo tenía claro entonces ni lo tengo claro ahora. Al ser el mayor —aunque por muy poco— insistía en pagar la cuenta en las cafeterías donde me reunía con ella y en pagar las botellas que nos bebíamos en las reuniones con él. Ella hacía ademán de rebuscar en su bolso, levantaba luego la cabeza para preguntarme retóricamente si estaba seguro de pagar y, tras oírme decir que sí, bajaba la mirada y levantaba una mano para expresar su resignado acuerdo. Él, junto con sus amigos, levantaba la voz en medio de aspavientos cuando llegaba el momento de pagar en la licorería, alegando con aparente vehemencia que no podían permitir que yo pagara todo. Ponían entonces un billete o dos y dejaban el resto en mis manos.
No me importaban aquellos pequeños desembolsos, no sólo por la circunstancia de hallarme eufórico ante mi próximo viaje a Europa, sino porque así creía aumentar mi escaso círculo de amistades. La fórmula tenía antecedentes y continuaría así por décadas, aunque perdiera finalmente toda su capacidad de engaño. ¿Me hacía perdonar de esa manera las mentiras que decía sobre mi vida privada? ¿La invención de Adriana, mi mujer, la médico con la que había formado un hogar —todavía sin hijos— sin sujetarme a las convenciones matrimoniales? ¿La misma chica —el amor de mi vida— que nadie había visto pero de la que todo el departamento de matemáticas había oído hablar? ¿La que se quedaría esperándome a que volviera de mi viaje porque así lo habíamos decidido? Sí, es posible que así fuera. A ninguno de ellos dije la verdad por algún tiempo, pero creí justo —a escasas semanas de mi partida, con el semestre concluido y las calificaciones entregadas— hacerles saber que Adriana era en realidad un hombre y que, como solía decir entonces, todo lo demás —el resto— era verdad.
La tarde lluviosa en que se lo dije, sentados a la mesa de una cafetería decorada con motivos estrafalarios, ella no pareció darle a mi confesión ninguna importancia. ¿Y qué? parecía interrogarme con una mirada a la vez risueña y evasiva. Yo deseaba explicarme luego del esfuerzo de abrir aquella puerta tanto tiempo cerrada; pintar, acaso con colores recargados, el cuadro de una felicidad idílica al margen de las convenciones sociales. Pero ella continuó con el programa que tenía trazado para esa tarde: sacó de su morral el desgastado tarot de Marsella y empezó a explicarme algunas cosas relacionadas con los arcanos. Así había quedado convenido desde que supo que yo admiraba el trabajo del chileno como cineasta y ella me dijo haber asistido a un curso de tarot impartido por él, no para adivinar el futuro, me aclaraba, sino como vehículo gráfico para proyectar pensamientos y emociones. Lo que yo pudiera decirle directamente no le interesaba tanto como lo que yo expresaba sobre aquellas cartas descubiertas una por una. ¿Qué ves aquí? La muerte. Es dejar atrás el pasado. ¿Qué ves aquí? La locura. Es la curiosidad por el mundo. El camarero iba y venía con tazas de café y té, sorteando la lluvia que caía sobre el patio del lugar. En algunos momentos, creyendo fijar así el instante, yo fumaba. Vas bien, me dijo ella hacia el final apoyando una mano sobre mi antebrazo; entonces creí oportuno aparentar que estaba emocionado.   
Cuando se lo dije a él, en cambio, era un mediodía soleado en el enorme estacionamiento de la universidad. Había acudido a hacer un trámite y ya iba de vuelta a casa cuando me crucé con él en uno de los pasillos. He quedado de encontrarme con mis amigos en una de las terrazas del otro lado de la avenida, frente a la universidad, explicó. ¿Querría acompañarlo? Sólo iban a tomarse unas cuantas cervezas. Acepté. En el camino algo laberíntico que recorrimos para llegar a mi coche, él empezó a hablarme de sus problemas con las chicas y a insistir en que le explicara este o aquel detalle de mi relación con Adriana. Me sentí cada vez más estúpido repitiendo lugares comunes sobre el carácter contradictorio y apasionado de las mujeres, de modo que en cuanto subimos al coche y aun sin encender la marcha, le solté a bocajarro que en realidad todo este tiempo les había mentido. Soy homosexual, expliqué. Adriana existe, pero no es ese su nombre. Con gestos exagerados él me dijo que no había ningún problema, que entendía perfectamente (¿el qué?), que la invitación a beber seguía en pie y que si deseaba que él me guardara el secreto, con gusto lo haría. No fue necesario. A la tercera cerveza, desde aquella terraza ajardinada desde la que se veía el tráfico intenso de la avenida y, más allá, los árboles que cubrían los edificios de la universidad, le confesé a sus amigos la verdad, no por sincerarme cuanto por creer que así sería el centro de su atención. No fue así. Luego de un par de minutos de expresar su solidaridad (¿con qué?), volvieron a la interminable repetición de sus aventuras y a hacer escarnio de los profesores y autoridades de la universidad, entre los que, aparentemente, no me contaban.
Fui a Europa. Regresé. Volví a irme. Regresé. En algún momento entre una y otra vuelta, ella viajó con la verdadera Adriana y conmigo hasta la capital, gratis. Durante todo el camino se limitó a dirigirse a mí, como si el otro no existiera. Visitamos las pirámides, comimos cerca de la estación de tren: lo mismo. Nosotros seguimos hacia el sureste y ella se quedó ahí para continuar sus vacaciones. Un par de años después la recibí en el piso que alquilaba en Praga. Bebimos y comimos. Paseamos a mis expensas. ¿Valía la pena todo ello por el placer de fumar en su compañía en las escaleras del edificio? Sólo la vi una vez más, cuando trató de enseñarme a andar en monociclo. Me hizo una foto, pero no tengo ninguna de ella. A finales de aquella primera década, mi ex-estudiante parecía más comprometida que nunca con diversas causas: salvar el bosque tropical, ayudar a los niños en situación de guerra, impartir talleres de psicomagia. Dejó de hablarme cuando le recordé en un foro sobre movilidad su idea de que los cholos reventaran todos los parquímetros de la ciudad. No vive más en la ciudad donde nos conocimos, sino en Graz, desde donde coordina un centro budista.
Esa tipa era una perra, me dijo él refiriéndose a ella cuando le relaté la desafortunada historia de nuestro distanciamiento. Nunca debió confiar en ella, puntualizaba. Él y yo seguimos reuniéndonos durante décadas, pero ya no con sus amigos a quienes jamás volví a ver. Le invitaba a cenas donde la comida era preparada por la verdadera Adriana y el alcohol era pagado por mí. No se dirigía apenas a mi pareja. Emigró a Ratisbona poco después, desde donde acudió en una ocasión a Praga para reunirse conmigo. Ambos estábamos acompañados de nuestras nuevas parejas, mucho más jóvenes que nosotros, él de una chica rubia de brillante sonrisa, yo de un muchacho musculoso de ojos adormilados. Cuando tuvimos oportunidad de hablar a solas, ambos nos quejamos amargamente de ellos. En poco tiempo, como es natural, ambos terminamos solos en nuestros respectivos exilios. Nunca nos volvimos a ver.

viernes, mayo 15, 2026

Podría

Yo podría coger ahora mismo el coche y cruzar la ciudad, si así lo quisiera, para acercarme a las polvorientas calles de la cuatrocientos diez con los vidrios arriba, la música adecuada, amparado por el aire acondicionado de los cuarenta grados a la sombra que gobiernan la ciudad, entrar por el así llamado boulevard, que no es otra cosa que una estrecha avenida con el pavimento reventado cada dos o tres manzanas, buscando con lentitud la calle correcta para girar a la izquierda, acaso la esquina de la escuela elemental rodeada de un cerco metálico al que remata un alambre de púas que jamás ha impedido los frecuentes robos de los drogadictos, tal vez el ángulo donde se levanta la torre que sostiene el oxidado tanque de agua desde cuyas alturas se arrojó la chica que creía estar embarazada, pasar a un costado del perro enano y pelirrojo que vigila la calle desde una casa siempre en construcción e ir hasta el fondo para doblar a la derecha y aparcar, como dicta la prudencia, bajo alguna de las escasas sombras de esa frontera oriental que por encerrar la colonia ha facilitado siempre el trabajo de los sicarios que ajustan cuentas, a veces de día y a veces de noche, con chicos desesperados que creen poder esconderse de ellos saltando entre las azoteas de las casas o haciéndose invisibles entre los montones de cacharros que pueblan los rincones oscuros de los patios, bajar del coche usando ahora una mano, ahora la otra, como visera para cubrirme del sol y, entornando los ojos, recorrer las fachadas de las casas hasta reconocer la suya, una cochera invadida de basura a la que una reja aherrumbrada y fuera de sus goznes pretende poner a resguardo, un segundo piso con una habitación enorme a la que falta la pared del frente como si se tratara de una desproporcionada casa de muñecas, luego de unos segundos absorto ante la contemplación del pasado que continuó su camino hasta un presente que no es el mío, procuraría salir de mi posición vulnerable en medio de la calle, desconcertado como un animal, para observar más impunemente desde un recodo sin preocuparme de llamar la atención de los vecinos, encendería un cigarro si no hubiera olvidado cómo fumar, si hubiera venido preparado, aunque sólo fuera para acercarme simbólicamente al periodo, mitad lúdico y mitad dramático, que presidió el lumpen sonorense que ahora mismo podría estar encerrado en alguna habitación de esta enorme ruina, pensativo, acaso considerando que siempre puede salir de la cuatrocientos diez con un pantalón ceñido y una blusa llamativa, el cabello relamido y unas zapatillas desgastadas, andar hasta el boulevard o un poco más allá, hasta la trescientos, para coger un taxi y acercarse a la laguna con el pretexto de pasear por la orilla y visitar el mercadillo de artesanías, comer algo ligero en alguno de sus puestos y fingir que no percibe el olor a cañería que despiden las aguas putrefactas, presuntamente asqueado alejarse por la única avenida en curva de la ciudad hasta dar por casualidad con la calle de una sola manzana donde tengo residencia, su pasado haciéndose presente de manera inopinada cerca del anochecer, los mismos ladridos de los perros miniatura de la esquina seguidos de otros nuevos de pastor alemán o ganadero australiano, a sólo unos pasos de la reja café oscuro donde el matorral espinoso ha crecido hasta la altura de la ventana de la sala y el color de la fachada, si la oscuridad no lo engaña, si el recuerdo no lo traiciona, el mismo tono insípido con que la dejó, no se atreve a detenerse por miedo a ser visto desde dentro, pero luego de llegar a la esquina da media vuelta y regresa por donde vino a paso lento para intentar ver por la ventana de la habitación donde sólo distingue el marco iluminado que encierra las persianas y cortinas ya corridas, de modo que seguramente está ahí, se dice, se diría, el que en otros tiempos fingiera acercarse al subsuelo de esta ciudad por nadie sabe qué razones, asistiendo a borracheras y zafarranchos, escuchando música estridente hasta altas horas de la madrugada, echando más desechos a una hoguera improvisada en mitad de un baldío, pero no aquí, desde luego, no a unos metros de la laguna donde las calles oscuras o iluminadas están siempre en silencio, sino en la cuatrocientos diez desde donde ya harto o servido volvía —volvíamos— para ponerme —ponernos— a salvo, yo en la biblioteca del fondo de esta casa de farolas apagadas, él en la habitación del frente donde era follado hasta perder la conciencia, los dos fingiendo que podíamos suprimir la geografía con nuestro acercamiento improvisado, ambos guardando silencio ante el camino graduado de supermercados y talleres, indigentes y empedrados, siempre puede hacer el lumpen sonorense todas estas consideraciones antes de alejarse de mi calle y volver a la suya, a saber si está ahora en alguna habitación de su mansión de juguete invadida de conejos, sería mejor moverme de mi escondite ahora que ha pasado el tiempo justo de fumar un cigarrillo que no he fumado, volver al coche y emprender el regreso a mi propia esquina, porque podría hacerlo de la misma manera que venir hasta aquí, podría subir al coche y conducir por la inmensa cuadrícula de regreso a casa, de vuelta al presente, no hacer más expediciones al pasado ni a sus vergonzosas extravagancias. Podría. Hasta que vuelva de nuevo la inquietud sembrada.

domingo, mayo 03, 2026

La cola de la golondrina

A pesar de su progresiva inmovilidad, de su más extendido silencio, se acumulan los hechos y los personajes; se acumulan los nudos, las contradicciones, la deformidad que el tiempo añade continuamente a cualquier mirada. Capas y capas de olvido y desinterés no alivian, antes bien acrecientan, la estupefacción de quien ya no es capaz de organizar lo que tiene ante sí. En el ordenador se apilan archivos crudos de conversaciones sostenidas a través del móvil o las plataformas, cientos de cartas de la ya remota época de los correos electrónicos, dirigidas a familiares que son amigos que son colegas que son amantes. Ya habrá tiempo de escribir, se dijo muchas veces, creyendo que llegaría el día en que podría hacer síntesis del material reunido como quien extrae el jugo de frutos almacenados. Pero la fruta se ha podrido.
Desearía proceder como hacen los historiadores que, incapaces de montar experimentos para verificar el pasado, convencidos ya —la mayoría— de que no hay leyes que gobiernen la arbitrariedad humana, se amparan en lo que graciosamente llaman evidencia documental, que no es otra cosa que lo que dejaron escrito un puñado de personas cuya integridad intelectual se da por sentado. Pero, cuando no han muerto, su familia y amigos son todos ágrafos; sus colegas y amantes son amnésicos; los hay que son locos o imbéciles o malintencionados. Como en la historia profesional, no hay conversación ni registro que le permita escribir un relato completo, nada en sus archivos que lo salve de la multiplicidad de versiones y lo devuelva, intacto, a la interminable incertidumbre. 
Si lo reunido no puede servir ya a la verdad, piensa, si traído a la realidad no puede ser jamás definitivo sino fuente inagotable de interpretaciones, si no hay nada más patético que la autobiografía cuando se ha terminado la adolescencia, queda entonces la posibilidad de la ficción: cuentos, novelas, acaso una milagrosa vuelta a la poesía. No queda claro, sin embargo, si un enfoque semejante podría alcanzar siquiera la categoría de roman à clef, menos aún la de la literatura. Se multiplican los problemas: la falta de talento, su mente distraída, la convicción de que la suya no es una vida que merezca ser narrada. Si lo que busca es la liberación de problemas más hondos, o su continuación, al usar la palabra escrita como paliativo contra el caos, difícilmente habrá ahí una obra.
Vuelta al origen: aparcar la conciencia —ese monstruoso censor— y soltarse como a los trece años, cuando aún no estaba ahí; ignorar el por qué en favor de una expresión desvergonzada: no hay más lector que él mismo; deshacerse de los archivos crudos a los que guarda un indebido respeto como fuentes de fidelidad; despreocuparse de la trascendencia y de la obra, escribir por puro placer, sí, aunque sea otro engaño.