miércoles, enero 21, 2026

Perros

Poco después de la medianoche nos metimos todos entre las paredes de la casa abandonada. Sobre el suelo irregular cubierto de basura, algunos rascamos antes de dar un par de vueltas y hacernos ovillo. El aire es una mezcla de olores tan intensos que cuesta trabajo conciliar el sueño, por lo que la mayoría de nosotros mueve involuntariamente los párpados entrecerrados y arruga la nariz en una y otra dirección, estimulado por sutiles distinciones. Cuando por fin parecía que cada uno de nosotros se abandonaba a sí mismo, un hombre en harapos entró de repente en la casa y, dando tumbos, cayó sobre un montón de bolsas oscuras donde, al cabo de unos minutos, empezó a roncar con estrépito. Quizá por el desconcierto que nos causó, no fueron muchos los ladridos. Un par de nosotros nos pusimos en cuatro patas y con la cola enhiesta, la mayoría apenas levantó la cabeza y los cachorros se revolvieron muy cerca de las exangües tetas de su madre. Los dos que estábamos alzados nos acercamos a olisquear al hombre, pero un fuerte olor a alcohol hizo que nos apartáramos enseguida. Llevaba el cabello largo y tieso, la cara cubierta de costras negras y, pese al frío, iba descalzo. Desde los sitios a donde fuimos a echarnos de nuevo, ahora que la madrugada se había vuelto todavía más honda, oíamos con claridad el crujir de papeles y plásticos bajo las patas de innumerables cucarachas. Las ratas se desplazaban con desesperación por la orilla de las paredes, lanzando chillidos cuando peleaban por alguna inmundicia. Si las cosas seguían saliendo como hoy, pronto estaríamos peleando con ellas por esas sobras podridas. Pasamos casi todo el día alrededor del mercado, tratando de beber agua de los charcos que dejaban los viandantes luego de limpiar sus puestos y recogiendo la comida que caía al suelo. Algunos intentaron robar un pollo recién matado o pan que se habían dejado muy cerca de alguna ventana, pero esos intentos terminaron en persecuciones, palizas y atropellamientos. Encima, no éramos los únicos. La temida jauría de lomos negros de la colonia vecina también se acercaba al mercado a disputarnos lo que ya habíamos conseguido y, en época de celo, preñaban a nuestras hembras luego de dejarnos heridos a dentelladas. La mayoría de nosotros tiene así la piel surcada de cicatrices y alguna cojera que da cierta gracia a nuestra forma de andar. No nos ha ido tan mal, sin embargo, como a otros que se quedaron por el camino, reventados por un camión en mitad de la carretera o muertos de lenta agonía tras haber sido quemados por muchachos desaprensivos. No estamos muertos. Pero lo estaríamos dentro de poco si las cosas seguían siéndonos tan adversas como el día de hoy. Aumentados por el silencio de la última hora de la noche, los ruidos de motores nos hacían abrir los ojos de vez en cuando y contemplar, con las orejas aguzadas y expresión de azoro, luces que recorrían los desvencijados techos de la vivienda. Poco antes del amanecer, el hombre en harapos empezó a removerse en su sitio, gruñendo cada vez más alto. El mismo par de nosotros que lo olisqueó la noche pasada, se puso en cuatro patas y se acercó cauteloso al individuo. Un súbito alarido nos hizo retroceder un paso para luego ladrar vigorosamente. El hombre se sacudía, desesperado, ratas de la punta de sus dedos y de la entrepierna. Gemía sin prestarnos atención e intentó ponerse de pie varias veces antes de conseguirlo. Nosotros no parábamos de ladrar. Ahora se había unido toda la manada, salvo la madre de los cachorros que estaba demasiado exhausta como para hacer algo más que apretarse contra sus críos. Se oyó el crujir de vidrios rotos bajo los vacilantes pasos del hombre en harapos y los gritos se redoblaron. Nos lanzó algo recogido del suelo, sin éxito, mientras se encaminaba hacia la calle apoyando sus manos en los muros ennegrecidos. Subía tras él el olor a óxido de la sangre como una confirmación de nuestra vigilia. Un día más con hambre, sed y frío: había que ponerse en marcha. Uno de los cachorros no sobrevivió a la noche y debimos dejarlo ahí a merced de las ratas. En dirección al mercado pudimos beber agua limpia de una tubería rota y acechar a los comensales reunidos alrededor de los puestos callejeros. Mientras desayunaban apresuradamente, oficinistas y albañiles, secretarias y sirvientas, dejaban caer pedacitos de carne y cebolla, tortillas de maíz y trigo, algún pan dulce casi entero por accidente. Calmadas así nuestras necesidades más urgentes, nos echamos en los jardines pelados, casi terregales, que rodean las canchas de fútbol. El sol calentaba nuestros lomos y quienquiera que nos viera podía leer la placidez en nuestros rostros. La gente pasea a algunos perros sujetos con correas y les ladramos desganadamente. No comprendemos por qué algunos querrían andar cuando nosotros podríamos pasar el día entero echados en este páramo si no tuviéramos que buscar de comer. Pero el hambre llega y la sed lo hace todavía más pronto, de modo que nos encaminamos hacia el mercado cuando el sol ya ha pasado por encima. Una vez más, nos falta la suerte: la jauría de lomos negros no nos deja atravesar la calle para llegar al mercado. Desde el otro lado nos lanzan miradas feroces y hacen amago de cruzar entre los coches para liquidarnos. Harta de los ladridos, una empleada nos echa agua encima. Un hombre le da un palazo a la madre de los cachorros, que no puede andar deprisa porque aún está de parto reciente: sus aullidos nos erizan el pelo a los demás, pero no podemos hacer nada. Rodeando el mercado encontramos una pila de retazos con hueso que algunos llevamos a rastras por varias calles hasta la casa abandonada. Las moscas nos acompañan atraídas por el olor de la carne en mal estado. Feroces, muerden las piezas que traemos en el hocico lo mismo que nuestras heridas abiertas. No nos dejamos distraer tan fácilmente. Un rasquido rápido y continuamos royendo la carne y el hueso, incluso la madre de los cachorros come un poco más de lo habitual aunque luego pase horas con el vientre flojo llenando el ambiente de un hedor fétido. Atardece. Ahora que hasta los huesos nos hemos comido, advertimos que en una de las habitaciones del fondo hay un grupo silencioso de tres muchachos sentados en el suelo con agujas y pipas. De vez en cuando, la llama de un mechero les ilumina el rostro. No nos alarmamos particularmente, pero estamos atentos a sus movimientos. Cuando cae la noche, una vez más llega el hombre en harapos. Viene más agitado que el día de ayer y hace amago de pegarnos cuando pasa por un lado de nosotros. Ladramos, pero no le hacemos daño porque, después de todo, es claro que sólo desea pasar a las habitaciones del fondo. Cuando desaparece en la parte de atrás, nos echamos de nuevo, callados, pero no pasa ni un minuto cuando ya ha iniciado una conmoción. Se oyen piedras caer sobre otras piedras, el soplido de bolsas a las que un peso saca de golpe el aire pútrido, un arrastrar interminable de basura como marco de alaridos espantosos. Ladramos, primero levantando sólo la cerviz, luego poniéndonos en cuatro patas cuando vemos pasar varias ratas corriendo hacia la salida. Al asomarnos vemos una fogata que rápidamente se eleva hacia los desvencijados techos. Uno de los muchachos lanza una piedra grande sobre la cabeza del hombre en harapos; los otros dos le dan de patadas al cuerpo caído, tratando de no quemarse con el fuego que ya lo envuelve. Los alaridos cesan y crece el crepitar del fuego. Huele a piel quemada y leña ardiendo. Huele a grasa derretida y hules tóxicos. Los muchachos pasan a nuestro lado hacia la salida como si no advirtieran nuestra presencia. Uno lleva una jeringuilla colgando de su brazo, el otro una estopa; a ambos los empuja el tercero que, en cuanto se ve en la calle, abandona al grupo perdiéndose en el callejón. La madre de los cachorros está demasiado débil para moverse y, junto con los pequeños, arderá esta noche sin que nosotros podamos hacer nada. A la mañana siguiente, antes de que lleguen la policía o los bomberos a echarnos de mala manera, desayunaremos. Habrá carne y huesos suficientes para todos.