Paso casi todo el día en casa de la Yolanda, alternando entre la pantalla del móvil y la de la televisión, que siempre está encendida. Nos interrumpimos cada dos por tres para contarnos un chisme, reír brevemente y volver a nuestras pantallas. El Gabriel, su pareja, sale desde temprano a trabajar en un taller de la ciudad y vuelve al ejido pasadas las seis de la tarde. Cuando vuelve, ella y yo le damos de comer y luego sacamos fuera un par de sillas y una cubeta para sentarnos los tres a la entrada de la casa a seguir platicando mientras tomamos cerveza. Él fuma entonces un par de cigarros y casi siempre le pido uno para acompañarlo. Yo tengo mi propia cajetilla, pero como el tabaco está muy caro me la guardo, especialmente en el ejido donde no faltan conocidos que, borrachos, drogados o simplemente sin quehacer, le piden a uno un cigarrillo apenas nos divisan. Luego de fumar me despido de ellos y ando hasta casa de mi amá, que algunas veces me echa en cara que huela a alcohol o tabaco, aunque no insiste demasiado en ello. Te vas a enfermar, me advierte, ya siéntate a cenar. En vez de sentarme al comedor lo hago en la sala, frente al televisor que siempre está encendido. No pienso en nada. Viene entonces mi sobrina y se me trepa a las piernas, chiquilla hermosa, qué has hecho el día de hoy, le digo, pero en vez de contestarme ella pasa sus pequeños dedos por las líneas de mis tatuajes —el que dice mi nombre, el de la virgen— con la boca entreabierta, pero sin balbucear nada. Deja ya a la niña y vente a cenar, insiste mi amá, pero yo le respondo que no, que me traiga la comida a la mesita de la sala. Aunque se queja de que le haré un cochinero en los sillones y de que la niña me va a tirar la comida al suelo, me pone el plato humeante frente a mí; luego trae las tortillas y un refresco. Se sienta pesadamente en el sillón de al lado y dice: pásame a la niña que ya va empezar la novela. Entonces me pongo a cenar, mirando de reojo el móvil cuya pantalla no ha dejado de iluminarse con nuevos mensajes. Como deprisa y sin terminarme el plato porque ya me figuro de quién se trata a estas horas y qué quiere. ¿Vas a dejar eso ahí? Termínatelo de una vez, que estás muy flaco, me dice mi amá cuando me levanto de repente. Yo pretexto que me ha servido demasiado y, sin recoger el plato ni el refresco ni las tortillas, me voy directo al baño a cepillarme los dientes y a leer los mensajes que se han acumulado. Tal y como imaginaba es el profe y no mi apá, que quiere que nos veamos esta noche y me manda imágenes suyas cascándosela. ¿Se te antoja? pregunta. Le respondo que sí y le envío a su vez un par de fotos que me hago allí mismo sin importar que aparezcan en ellas los papeles usados en el suelo o las manchas de hongos de la ducha. ¿Puedes pasar por mí a las diez? Él dice que sí. Quedamos en el terraplén de costumbre, al lado del expendio. No estaría mal ducharme, pienso. Ha hecho un calor horrible durante el día y, aunque Yolanda y yo hemos estado metidos en el aire acondicionado casi todo el tiempo, siento el cuerpo cubierto de grasa y humedad. Así que luego de estar en el retrete para hacerme un lavado con la ayuda de una botella de plástico que nadie ha preguntado qué hace ahí, me pongo bajo la ducha. El agua está caliente. Mientras me enjabono, entra mi apá a orinar y se pone a hablarme de negocios como si no estuviera yo desnudo al otro lado de la cortinilla. ¿No le había puesto el seguro a la puerta? Mañana necesito que rentes otro lugar, ya sabes cómo, dices que eres estudiante y que yo soy tu aval, el rollo de siempre y con el dinero por delante, te quitas los piercings que te hacen parecer malandro, por favor. ¿Pero no acabamos de dejar el departamento de la Urbi y antes el de Casablanca?, le digo fingiendo sorpresa mientras cierro la llave del agua. Así es el negocio, enano, me dice pasándome la toalla, recuerda que no quiero que andes hablando de esto con nadie. Los cargadores van a dejar ahí la mercancía uno o dos días después de que rentes y, en menos de una semana, vendrán otros a por ella. Luego nos vamos. ¿Entendido? Sí, apá, lo que usted diga, respondo del otro lado mientras me seco. A Yolanda le he contado que mi apá es comerciante de fayuca traída del otro lado, pero la verdad es que no lo he comprobado nunca porque he obedecido siempre la orden de no abrir ninguna de las cajas ni hacer preguntas a los cargadores. Encima, vienen selladas. Cualquier intento de abrirlas quedaría al descubierto de inmediato. Cuando conocí al profe, una noche de enero en el departamento de la Casablanca, le dije que ayudaba a mi apá en el comercio de metales. ¿Metales?, me dijo extrañado, ¿eso es lo que tienen estas cajas? Pero su interrogatorio quedó interrumpido cuando me hinqué frente a él, que estaba sentado al borde de la cama, y volví a ponerme su sexo en la boca sin importarme que apenas hace unos minutos acabara de estar en mi culo. Él se quedó callado y mis mejillas se fueron hinchando poco a poco con su cuerpo turgente. Voy a casa de Yoli, le dije a mi amá al salir de la habitación luego de cambiarme. ¿Tan tarde? ¿Qué se te perdió allá? ¿Y para eso vas tan arreglado? Tu apá no tarda en dormirse y ya sabes que le encabrona que lo despierten, a ver cómo le haces. No tardo, dije mientras cerraba la puerta de la casa tras de mí. No era una mentira de verdad. Pasé por casa de Yolanda porque el terraplén del expendio quedaba apenas a media cuadra y porque de seguro los encontraría a Gabriel y a ella todavía pisteando, lo que me daría oportunidad de pedirles otro bote de cerveza para ir con el profe más entonado. Así fue y, cuando se iluminó la pantalla del móvil unos quince minutos después, anduve hasta el terraplén y me subí al coche del profe que, a diferencia de mí, no se había arreglado ni bañado, conforme a su costumbre: el pelo blanco desaliñado, la barba descuidada, los aros de grasa debajo de su camisa olorosa a sudor. Qué bien hueles, enano, me dijo. Yo sí me baño, no como otros, le dije riéndome, anda, invítame una cerveza y cómprame cigarros. Me alcanzó un billete y aproveché para comprar un seis de cerveza y unos Marlboro rojos de veinte cigarrillos, también unas papitas Flaming Hot y unos cacahuates, después de todo no había cenado bien. ¿Puedo poner música? Me alcanzó su móvil desbloqueado para que pudiera escoger canciones en Spotify y puse las mismas que me había pasado escuchando todo el día en casa de Yolanda, a veces nos daba la loquera de ponernos a bailar agitando el culo como si fuésemos putas, aunque yo creo que ella sólo se acostaba con Gabriel y yo, en cambio, con cualquiera. Encendí un cigarro y bajé la ventanilla de mi lado, luego abrí una cerveza. El profe conducía por la oscura carretera recta que conduce hasta la ciudad, charlando con despreocupación y con una mano sobre mi entrepierna que sólo retiraba cuando tenía que cambiar la marcha. ¿Quieres que te abra una cerveza? le pregunté luego de que le diera un largo trago a la que yo había abierto. No hace falta, me dijo, si nos coge la policía podré alegar que eras tú el que estaba tomando, no yo. Bien pensado, respondí dándole otra calada al cigarrillo. Por el espejo retrovisor alcancé a ver un par de luces altas todavía lejanas. Frente a nosotros no había ninguna luz, el valle convertido en una enorme boca negra. ¿Qué has hecho hoy, enano? Nada, respondí. Me la pasé cotorreando con Yolanda, ¿te acuerdas de mi comadre? Sí me acuerdo, dijo, ¿pero comadre de qué?, agregó en tono burlón, ni modo que hayas sido padrino de sus hijos ¿o sí? Se reía a carcajadas pero eso no me molestaba, al contrario, me contagiaba de su risa. No tiene hijos, verga, nomás digo que es mi comadre porque es mi mejor amiga, aunque me tiene apartado para ser padrino de bautizo de su primer niño: ella cree que está embarazada. Si cree que está embarazada ¿cómo es que se pasa el día tomando y fumando contigo? ¿no estará gorda nomás? Más risas. No me gustaba mucho que se riera de Yolanda, pero sabía que no lo decía por molestarme. No está más gorda que tú, viejito, reviré. Pero así me quieres, dijo metiendo su mano derecha por debajo de mis nalgas. Una intensa luz iluminó de pronto la cabina desde atrás, obligándonos a levantar la vista. Instintivamente, el profe abandonó mi entrepierna y sujetó el volante con ambas manos. Por un momento creí que era la policía, pero luego de acercarse hasta casi embestirnos, vimos a una camioneta adelantarnos a gran velocidad. Vaya imbécil, dijo el profe tratando de recuperar la calma. Nos volteamos a ver y nos reímos, pero su mano no volvió a mi entrepierna. Me pidió que le abriera una cerveza y casi se la bebió de un trago. Yo fumaba. En Meridiano, único lugar donde teníamos que dar vuelta para coger la segunda y última recta a la ciudad, no parecía haber nadie. Poco alumbrado sobre las calles polvorientas y ningún perro que saliera al paso a perseguir las ruedas de los coches. Qué raro, murmuré al tiempo en que disparaba con un dedo la colilla del cigarro. Una nubecilla de polvo se levantó en el lugar donde había caído. Pero enseguida del puente que cruza el Canal Bajo la calle estaba cortada por una camioneta con las luces encendidas. ¿Era la misma de hace un momento? Tres hombres armados nos hicieron el alto. El profe no podía disimular su temor y casi se le apaga la máquina al frenar sin presionar el embrague. Abrió la ventanilla de su lado y escuchamos al más bajito de los tres decir que lo siguiéramos para inspección. Apuntó con su arma larga hacia un lado de la carretera y empezó a andar. Un poco más adelante, siga, dijo metiéndonos entre los arbustos de un terreno baldío mal cercado al fondo del cual se distinguía una construcción abandonada. Apaguen el carro y bajen, dijo. Allá en lo alto de la carretera la camioneta se había puesto en marcha hacia nosotros. No por estar tranquilo, sino precisamente por estar asustado, prendí otro cigarrillo al bajar del coche. El profe me pidió uno también y empezó a explicar que era ingeniero y que no sabía lo que buscaban, que revisaran el carro si querían, que nos estaban esperando en la ciudad. ¿Ingeniero? ¿No se supone que era maestro? ¿Y quiénes nos esperaban en la ciudad? El cigarro me daba cada vez más sed, pero las cervezas se habían quedado en el coche. El más bajito de los hombres no contestó nada y esperó a que llegaran sus compañeros en la camioneta. Apagaron el motor y las luces, se hizo la oscuridad completa y, guiados únicamente por las luces de los móviles y los cañones de sus armas, nos condujeron a la casa abandonada. A ver, muchachos, habló el más alto de los tres, llevamos meses observándolos y sabemos a lo que se dedican, pero no los vamos a matar. No, no los vamos a matar, repitió el tercero de ellos, un gordo que no dejaba de cegarnos con la lámpara de su móvil mientras un fusil colgaba a sus espaldas. El más bajito nos apuntaba con su arma y descuidaba así el foco de su lámpara, que unas veces iluminaba el tejado cuarteado de vigas expuestas, otras un rincón lleno de basura donde de pronto corría alguna rata, algunas más las paredes grafiteadas donde se había consumido una fogata improvisada. El aire de la habitación olía a animal muerto. No los vamos a matar, repitió el más alto de los tres, si nos dicen cuándo y dónde llegará el siguiente cargamento, así que empiecen a desembuchar porque no tenemos tanto tiempo. El profe, que se había quedado callado durante un rato luego de soltar su santo y seña, empezó a hablar un montón, de manera incontrolada. Que por qué nos detenían si no teníamos nada que ver con cargamentos ni mercancías, que qué íbamos a desembuchar si éramos nada más un ingeniero y un estudiante (pero yo no lo era; más bien era un nini, compadre de la Yolanda, amigo del Gabriel, hijo de mi amá y mi apá), que nos esperaban en la ciudad nuestros amigos, que éramos gente de bien. Al principio me alegré de que el gordo le diera un culatazo en la boca dejándonos un poco a oscuras, pero luego de ver la sangre corriendo por su barbilla y oír sus chillidos, tuve miedo de que me tocara a mí el siguiente chingadazo. Viejo cobarde. Y pensar que se las daba de macho en la cama llamándome putito o putita según se sintiera inclinado ese día, dándome nalgadas y apretándome el cuello como si fuera a ahorcarme. Tuve tentación de encender otro cigarrillo, pero no creí que fuera el momento. No vamos a estar jugando, pendejos, habló de nuevo el alto. Sólo para que vean que no estamos mamando les voy a enseñar la evidencia de que los dos han estado recibiendo y cuidando la mercancía. Hizo una seña y el más bajito se echó atrás el fusil con que nos apuntaba, buscó algo en su celular y enseguida aparecieron fotos y videos cortos de los cargadores dejando o recogiendo cajas en los domicilios de Casablanca y la Urbi, siempre conmigo fumando en la puerta de los departamentos, a veces recibiendo al profe o despidiéndolo. Pese a que sus labios se estaban hinchando con rapidez, el profe habló de nuevo deslindándose de lo que nos enseñaban. Esas son cajas de metales del negocio de su papá, dijo sujetándose la mandíbula con una mano y señalándome a mí con la otra, yo no tengo nada qué ver, soy ingeniero y nos esperan en la ciudad, les digo. Empezaba a cansarme eso de que nos esperaban en la ciudad, ahora más que trataba de limpiarse a costa de echarme tierra. Van a llegar el miércoles, dije de pronto, pero el domicilio está por verse, apenas voy a rentarlo. Se hizo un silencio sólo entrecortado por los pasos de ratas sobre la basura. Creí oportuno encender un cigarrillo porque, aunque la garganta ya me raspaba por la sed insoportable, el hedor a carne podrida me estaba dando náuseas. ¿Por qué les dices eso, enano? me dijo de pronto el profe con la voz deformada por la hinchazón y la baba sanguinolenta. De plano este pendejo no sabía quedarse en paz. Déjalo que hable, cabrón, le dijo el gordo dándole otro golpe, esta vez en la cabeza. Sí, el miércoles, les confirmé calando varias veces el cigarro, el domicilio lo sabré pasado mañana... ¿ya podemos irnos? El más alto habló. No me había dado cuenta de que fumaba hasta que distinguí la brasa de su cigarro más o menos en el mismo sitio de donde salía la voz. Sabes lo que les va a pasar si nos estás mintiendo, ¿verdad? A ti, a tu familia... el valle está lleno de canales y descampados, no hay mucho dónde esconderse, pero sobra dónde pudrirse. Pensé en la Yolanda y el Gabriel, en mi amá y mi apá, en la cerveza que quedaba en el carro y que a estas alturas ya estaría caliente por el aire sofocado de la noche. No se preocupen, pasado mañana me buscan y se los digo, confirmé. Nos vamos a ir ahora, dijo el más alto. Ustedes pueden irse ya que nos oigan arrancar. No vayan a hacer ninguna pendejada. Mientras se iban —tres lucecitas cada vez más pequeñas, rodeadas de sombras y crujidos— el profe y yo nos quedamos en silencio a oscuras. Escuchamos las puertas de la camioneta abrirse y cerrarse, el motor encenderse, los chirridos de las llantas raspando el pavimento. Fue en ese momento, curiosamente, en que sentí miedo. Llévame donde la Yolanda, le dije al profe, creo que por hoy ya fue suficiente. Como no me contestara nada, insistí. Llévame de nuevo al ejido, por favor. Ninguna respuesta. ¿Me oyes? Busqué el encendedor en la cajetilla de cigarros, pero al sacarla de mi bolsillo tiré todo por el suelo. Ayúdame a encontrar el encendedor, le dije al profe. Pero nadie respondió. Sólo distinguía los chillidos apagados de las ratas, como si desearan no llamar la atención, el sonido de los grillos allá afuera suplicando por una lluvia que no vendría. Oye, no estoy bromeando, vámonos de aquí, llévame a casa de la Yolanda por favor. Pero como nadie respondiera mientras rebuscaba en el suelo inútilmente, empecé a andar cagado de miedo para encontrar una salida. Estaba desorientado, asqueado por el olor y sin más cigarrillos, cuando tropecé con algo. De bruces, me volví para palpar al que sin duda alguna era el profe, que yacía en el suelo, rígido como un madero. ¿Eres tú? Oye, te estoy hablando. Lo sacudí, pero nadie respondió. Entonces no quise averiguar más y me puse de pie, di con una pared y recorrí su orilla hasta dar con una puerta. Por fin afuera, distinguí las estrellas allá arriba, más adelante la sombra recta y elevada de la carretera. El olor a podrido seguía metido en mi nariz aunque ya había llegado hasta el coche. No sabía conducir, de modo que sólo recuperé mi móvil, el par de cervezas que quedaban. Había un cigarrillo entero tirado en el asiento, de modo que lo cogí como si se tratara de un tesoro y usé el encendedor del coche para prenderlo. Me sentí mejor luego de la primera bocanada y el primer trago. No tardaría más de una hora en volver a pie hasta el ejido, a ver si ahora sí me aclaraba mi apá qué coño era eso de la mercancía que buscaban los hombres armados. A la Yolanda tendría que inventarle otra historia porque, si estaba de encargo, el susto podría hacerle daño. O eso dice mi amá, que cuando estaba embarazada de mí sufrió muchas angustias y que por eso prefiere verme en casa aunque no haga nada, con que ayude a mi apá es más que suficiente. Ya no tengo ganas de coger. Pero esas, a diferencia del profe de cuya misteriosa muerte nos enteraremos todos en el ejido al día siguiente, siempre vuelven.
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