domingo, agosto 16, 2026

Tránsito

In memoriam, flaco, 2003-2026

Baja del autobús adormilado, entumido. En los largos trayectos nocturnos no conciliaba el sueño y pegaba la cabeza al cristal de la ventanilla para mirar la oscuridad periódicamente interrumpida por las luces de algún poblado. Ha pasado frío, a pesar de la gruesa chamarra de plumas que le vendieron los fayuqueros de la frontera y el suéter de cuello alto que le regalaron sus amigos en anticipación de la Navidad que ya no pasará con ellos. Espera a que el ayudante le entregue las dos maletas que ha traído consigo. Son todas sus pertenencias. La mayoría es ropa y zapatos, pero ocupa mucho espacio la docena de peluches que le han ido regalando amigos y amantes en los últimos tres años. El ayudante le pasa las dos maletas y le mira con desagrado cuando comprende que no habrá ninguna propina. Arrastrándolas pesadamente sigue con titubeos el flujo de las personas que se dirigen a la salida. Nunca antes ha estado aquí, pero Cristina le asegura que puede quedarse en su casa hasta que consiga un lugar propio. El frío de la mañana sobre su cuerpo aterido, el olor de los puestos de comida en su nariz y las voces que dan los que ocupan la sala de espera en sus oídos, le hacen detenerse unos segundos. Cierra los ojos. Deshace el camino y está otra vez en la Colonia Libertad, subiendo pesadamente la colina que desemboca en la línea, con este mismo par de maletas negras con las que huyó de la capital y de su padre. Cuando empieza a sentir algo parecido a la nostalgia, abre los ojos porque ya está Cristina llamándolo por su nombre. Se saludan con pequeños insultos, se ríen con escándalo, avanzan finalmente a la salida y ella cree que deben pedir un Uber. 'Pero lo pagas tú', le advierte.
          
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La jefa de recursos humanos lo considera apto, aunque sepa que no durará mucho tiempo en el trabajo. Nadie lo hace. Chicos como este se presentan todas las semanas y todas las semanas se van. Los menos estudian, casi siempre en universidades periféricas que no tienen ningún prestigio. Los más han dejado de estudiar hace tiempo porque no les interesaba la escuela o porque hacía falta dinero en casa. A pesar de su corta edad, muchos ya tienen hijos, criaturas que con el tiempo, si tienen suerte, podrán venir a pedir empleo al mismo supermercado. No todo mundo puede tener buena suerte, pero él cree que la tiene cuando lo comisionan al área de carnicería, le entregan una cofia y una bata, y lo ponen a las órdenes de una mujer gorda de lentes: Sandra, su nueva jefa. Le brillan los ojos de entusiasmo como a un chiquillo que evalúan en la escuela cuando debe ejecutar lo que le acaban de explicar: cómo cortar la carne, cómo pesarla, cómo meterla en una bandeja de plástico y cubrirla de celofán para luego pegarle una etiqueta. Sandra está complacida y él se permite bromear con ella, aliviado de contar con su aprobación. Sus compañeros de área, sin embargo, apenas le dirigen la palabra y cuchichean entre sí mientras lo miran con burla. No le caen bien, de modo que siempre les pone cara larga. Ellos se alzan de hombros, continúan a lo suyo. Están acostumbrados a ver cholos así en las colonias donde viven, no importa que este vaya vestido de blanco ni que hable con acento capitalino. Están acostumbrados a ver drogadictos y homosexuales, travestidos y prostitutas. Todos se parecen a él: ángeles caídos que reclaman su dignidad violentamente.

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Cristina tiene una niña. No sabe de quién es, le confiesa una noche mientras fuman un porro en el patio trasero, aprovechando que la abuela está ocupada con la bebé. Se ríen como tontos y él se propone como padre de la niña. 'No digas tonterías', le dice aclarándose la garganta que se le ha secado de golpe. 'Mi hija necesita un padre, no un joto drogadicto, no mames'. Él oficia ponerse serio, pero acaso por los efectos de la droga o por la placidez que le produce estar ganando dinero semana a semana para que no lo echen, escupe una risa incontenible. 'Pinche puta, ya quisieras', le dice alborotándole el cabello con una mano. Otra vez, los dos que se llaman hermanos sin serlo, ríen como tontos y tranquilizan a la abuela que ya los llama a voces pidiendo que apaguen esa maldita hierba que apesta. 'Ya pasó, mujer, qué escándalo hace por tan poco', le dice Cristina a la abuela una vez dentro de la casa de paredes despostilladas. Toma a la niña de los brazos de su abuela y va a sentarse en el sillón desvencijado junto a su presunto hermano. La abuela se aclara la garganta como si hubiera estado fumando con ellos y él, que ya conoce sus gestos, sabe lo que va a venir. Ayer fue el agua, antier la despensa, pero hoy la abuela le pide dinero para la luz; Cristina para los pañales. Ninguna de las dos trabaja, pero no se atreve a preguntar de qué viven exactamente. 'Nada es gratis, hijo, ya lo sabes', le dice la abuela mientras estira la mano para coger los billetes que él le ofrece. 'Pero somos familia', concluye. Él sonríe con cierta tristeza al oír esa palabra. La droga no es tan potente como para borrarle la memoria de su infancia en la capital ni los momentos más escabrosos de su vida en la frontera. Como ellas, mira hacia el televisor que pasa todo el día encendido, pero su cabeza no está en el programa humorístico. 'Quisiera tener un novio', piensa. 'Quisiera ser novio de alguien que me quiera', añade con cursilería. Sonríe. Cristina y la abuela ríen a carcajadas sin reparar en él.

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No les había creído al principio, pero es verdad que aquí no existe el invierno. '¿En serio quieres trabajar en el asador?', le preguntó Sandra cuando buscaba candidatos para sustituir al muchacho que lo hacía. '¿Vas a aguantar el calor, viniendo de donde vienes, el del asador y el de afuera?' Sus compañeros ríen a hurtadillas, pero la perspectiva de estar fuera de la tienda sin supervisión, lejos de ellos bajo un tenderete, le parece irresistible. Para mayor acierto, cuando finalmente queda a cargo del asador, se hincha la barriga a carne asada un día sí y el otro también. 'A cuenta de la merma', se dice. Pero no transcurrieron ni dos semanas cuando ya hacía un calor insoportable. Y todavía era febrero. En los tiempos muertos, mientras Sandra se afanaba dentro de la tienda y nadie pedía que se asara nada, le echaba un ojo al móvil para comunicarse con los tipos que en la aplicación lo buscaban para tener sexo. A veces eran chicos de su edad, pero no de su circunstancia: hijos de familias con horarios, que acudían regularmente a la universidad y al gimnasio. Se apartaban en cuanto se daban cuenta de las diferencias. A veces eran señores que ofrecían todo tipo de facilidades logísticas (casa, auto, incluso alguna cena o pequeño paseo), pero cuyo deterioro físico se veía obligado a disfrazar con eufemismos, hasta el punto de anunciar que sólo le interesaban los hombres maduros (una mentira). Ha utilizado las fotos que le hizo Raúl —otro hombre mayor— dos años atrás en su casa de la Colonia Libertad, cerca de la línea, porque tenía mejor aspecto que ahora: las mejillas más redondeadas, la figura esbelta, pero no tan flaca, la ropa buena, de marca, que aquel cocainómano y traficante del que estuvo enamorado le prestó para la ocasión. Pero hoy no lleva esa ropa, hoy no luce así. Muchas citas terminan intempestivamente porque su acento capitalino les causa desconfianza, porque su aspecto recuerda al de un cholo de navaja y tatuajes. 'Me ha surgido un imprevisto', le dicen a poco de haber subido al coche. 'No me acordaba que tenía que ir al médico', le inventa otro tartamudeando. Pero no es sólo su manera de hablar ni su aspecto lo que motiva estos desencuentros: es la visión del abismo en sus ojos lo que da miedo, la certeza de que a ese chico le basta una pequeña desavenencia para vengar infinitos agravios de la forma más violenta. Lo dejan ir, nerviosos. Él se resigna.

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'Es por comer tanta carne', le dice Cristina cuando se ve obligado a ir al médico de urgencia por un dolor de muelas. 'Claro que también puede ser por comer tanta verga', añade riéndose escandalosamente mientras se agarra con las dos manos a uno de sus brazos. Los asistentes a la consulta se vuelven hacia ellos con gesto de desaprobación. Hace días que se diluyó por fin el entusiasmo que le había producido uno de los viejos con los que había follado. 'No quiere tener pareja, Cristina, ¿puedes creerlo? Y el hombre está solo por completo, no tiene a nadie'. Fumaban un porro en el patio trasero como de costumbre. Él no paraba de toser. '¿Tiene dinero? Si no para qué chingados te metes con un pinche ruco, no mames'. Su hermana elegida será todo lo graciosa que uno quiera, pero a veces él se pregunta si de verdad entiende algo de lo que le dice, si alguna vez ha tenido sentimientos como los que tuvo él por Raúl. Mientras que el sucio rincón donde lo dejan dormir tiene los diez peluches con los que vino del norte, la cama de ella no tiene ninguno. 'No seas pendeja, o sea, sí tiene dinero el vato, pero no es eso lo principal, es que...'. Ella lo interrumpe: '¿Coge bien? Ya ni se le ha de parar, no mames'. Se ríen los dos, a él le corre un hilo de baba sanguinolenta. 'Sí coge bien, no mames, qué pinches cogidas, pero es que el vato me gusta y él no quiere tener pareja. Me dijo que si hubiera llegado tres años antes habría aceptado'. 'Es un pendejo, él se lo pierde. Y tú no insistas como un muerto de hambre'. Quizá sea la mota lo que le permite tolerarla, piensa mientras le sonríe misteriosamente sin decirle nada. Ella tira la bacha al suelo de repente y una luz hasta ese momento brillante se apaga. '¡Ay chingado, me quemé! ¿Ya viste que estás tirando sangre, güey. Y te apesta el hocico'. Él la abraza porque en ese momento no puede abrazar al viejo que no quiso ser su novio. 'Tiene una infección muy severa', le dice el dentista cuando finalmente lo recibe. 'Tiene que tomar antibiótico antes de poder extraer las piezas afectadas'. Al salir de la consulta, Cristina bromea con él haciendo caso omiso del gesto de sufrimiento y la sudoración fría de su pretendido hermano. 'Para mí que el dentista es joto', dice ella. 'No digas pendejadas', le contesta él.   

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La abuela no se anda con rodeos: si no tiene para pagar tiene que irse. Él les ha dado casi todos sus ahorros, pero la tos y la fiebre no le han permitido buscar trabajo debidamente. Hace tres semanas que se acabó lo del supermercado. Se disgustó con Sandra, tuvo un altercado con un cliente y se lio a golpes con uno de los empleados que le agarró las nalgas sin su permiso. Al menos la infección de muelas ha terminado. Cristina, que lo defendía al principio, ahora le echa en cara que 'esté de huevón' tirado en el rincón que le dieron para dormir. Antes de que se acaben sus ahorros, piensa, debe moverse, de modo que, aun en contra de su voluntad, llama a Raúl. 'Necesito que me contactes con alguien para trabajar. Tú conoces gente. Necesito irme de aquí'. Escucharlo al otro lado del auricular le remueve los malos recuerdos, los reunidos con él en la frontera, pero también los habidos en la capital con su padre. Después de colgar finge quedarse dormido en su rincón. Aguanta las ganas de llorar durante largos minutos hasta que se queda dormido de verdad. Un par de días después, aprovechando los contactos que le dio Raúl, se ve dentro de un autobús con rumbo al sur, aunque él hubiera deseado ir hacia el norte como quien vuelve al pasado. No es posible. Cristina no lo acompaña a la central: ni ella ni su abuela quieren saber más de él. Como no puede llevarse todas sus cosas, se reconcilia con Sandra y le pide que le guarde sus dos maletas, sus diez peluches. '¿Sigues con esa tos de perro? Estás más flaco. Deberías ver a un médico', le dice ella al despedirse. 'No hay tiempo', responde él.