At times he resigns his own for others’ good, but not in pity, not because he ought, but through some strange perversity of thought that sways him onward with a secret pride: to do what few or none would do beside him. And this same impulse, in tempting time, would mislead his spirit equally to crime. His madness was not of the head, but of the heart. For though he lives among us, he is not one of us. He is what he calls himself: a “thing”—that is, a monster, not possible to love, and condemned to solitude.
—Disgrace, J.M. Coetzee / J. Malkovich.
Mientras espera en aquella sala de juntas presidida por una mesa alargada rodeada por doce sillas, invaden sus pensamientos una y otra vez, a pesar de la resistencia que les opone, consideraciones negativas, por así decirlo, sobre aquellos que hasta hace un momento se hallaban con él reunidos y que ahora se han retirado a otro lugar del edificio para deliberar: cortos de entendimiento, hipócritas, provincianos holgazanes y acomodaticios. Los adjetivos se materializan en algún lugar de su cabeza, ilustrados por rostros concretos escogidos de entre los miembros de la comisión, que hacen gestos o muecas, o emiten palabras adecuadas a ellos. El sentimiento de superioridad moral o, cuando menos, de repugnancia, no permanece limpio, pues casi al mismo tiempo que aquellas consideraciones despectivas e incontrolables, aparece otra voz en su cabeza diciendo cada vez más alto que, a diferencia de ellos, que se sepa, él ha sido el único que ha infringido las normas de convivencia o, cuando menos, el que no ha tenido el cuidado suficiente para no ser encontrado en falta. No es útil en este momento recordar lo lejos que ha llegado profesionalmente mientras sus colegas dan vueltas en círculos en lo que bien puede llamarse mediocridad, pues está claro, dirían ellos, que la presunta inteligencia detrás de ese éxito (y él sabe que no se trata de eso, sino apenas de oportunidad, criterio y suerte) no puede justificar nunca que las convenciones y reglamentos, incluso los diques éticos que impone el sentido común, sean ignorados o deliberadamente pervertidos para servir a propósitos tan deleznables como la continua satisfacción del deseo. ¿Cómo no pensar, dirían animados, que la falta de una familia propia, la falta de una descendencia como la que ellos han procreado siguiendo el orden natural de las cosas —y que ya alimenta a la propia institución como una serpiente que se muerde la cola— es la manifestación más clara de la aberración que constituye su vida? Agregarían, piensa él, sin conceder al hacerlo que tengan toda la razón, pero admitiendo al mismo tiempo que alguna tienen, todavía en aquella sala de colores grises y blancos hasta la que no llega ningún murmullo, que las faltas son todavía más graves por hallarse ellos y él en calidad de guardianes de la juventud, guías no sólo intelectuales, sino también morales de los chicos que han sido confiados a su cuidado por los padres de familia, imbéciles, estúpidos, católicos rancios que han instilado en sus criaturas la esencia misma del doblez, se subleva así su primera voz contra la segunda y el rostro le arde ligeramente porque, a diferencia de los que ahora deliberan en algún otro lugar del edificio, él nunca ha creído en la minoría de edad de los adultos. 'Por no hablar —se desvía ahora hacia su pasado— de los propósitos aviesos que aun siendo niño perseguí y para los que fue necesario embaucar a los adultos, voz meliflua cuando terciaba, lágrimas falsas si concurría, con tanta o más perversidad que la de ellos para obtener una ganancia o un placer de naturaleza vedada. No había inocencia, sino ignorancia. No había bondad, sino manipulación. No había nada que proteger que no fuera al propio cuerpo de sus propios deseos.' Pero aquí, pese a no haber infancia de ningún tipo, unos y otros se acogen a los mismos principios que gobiernan el kindergarten, de modo que a veces siente que no serán los miembros de la comisión sino la policía misma la que vendrá a por él hasta esta sala de colores predominantemente grises, para extraerle de la sociedad como hacen los médicos o los exterminadores con los bichos enquistados que, finalmente expuestos a la luz, agitan sus patas frenéticamente para volver a sus escondrijos —una epidermis, un intestino, pero también una oficina o una casa de cristales ahumados. Ya su cabeza prepara argumentos para defenderse de funcionarios y jueces, ya se resiste al arresto airadamente o accede a él ofreciendo las manos para que le coloquen las esposas, su conciencia entretanto reniega de cada razón ofrecida y de su opuesto, nada la conforma, intenta atajarla burlándose de sus excesos: 'eres un paranoico', se dice, 'no has hecho nada malo', reduce. Siente que las doce sillas, pese a estar vacías, le miran con autoridad. 'Qué estupidez', murmura. La puerta se abre.