Y mañana, vuelta a empezar
cumpliendo la misma regla que la víspera,
huyendo de grandes alegrías y pesares,
como un sapo que evita una piedra en el camino...
—Guy Charles Cros, citado en Indigno de ser humano de Osamu Dazai.
Cuando hube terminado de limpiar el patio y alimentar a las perras, volví al interior secándome el sudor con una toalla; a saber qué estaba pensando cuando decidí dejar el exterior para el final en vez de hacerlo desde temprano. Apenas hube cruzado la cocina, lo encontré en su silla de ruedas, sentado frente al ventanal de la puerta que comunica la cochera con el salón, abstraído y con los ojos más lacrimosos que de costumbre. Fingí sorpresa —qué susto me ha dado—, me desentendí de su expresión con una broma —a ver si se toma los baños de sol en el patio y no frente a una ventana, que así no cuentan—, pero él se volvió hacia mí como intentando sonreír, sin conseguirlo. Sin esperar a que yo le preguntara nada, empezó su discurso nostálgico y filosófico, un hábito ocasional por el que no se me compensaba ni en efectivo ni en especie. Qué paciencia hay que tener con este hombre, me dije.
Siempre he admirado a los jóvenes toxicómanos, comenzó, que para unirse a los demás entregan el propio cuerpo a los excesos, desean fundirse y no lo saben, desean ser uno con el resto y no volver a sentirse separados de los suyos, del amante, del amigo, del grupo reunido en una casa improvisada sobre tierra o agua, ruedas o raíles, una y otra vez lo intentan aunque luego no lo consigan o sólo por instantes fugacísimos imposibles de aprehender, las alas de la mariposa...
Aproveché su ligera pausa o extravío, su ceño fruncido como si se le hubieran escapado las palabras, para encender un mentolado de los que en casa no me permitía fumar mi marido: si iba a escuchar tonterías, mejor que lo hiciera con el aire concentrado que da un cigarrillo en vez de apoyando mi cara de boba en una de mis manos sin hacer nada. ¿Toxicomanía no eran también el alcoholismo y fumar tabaco? ¿O serían sólo las así llamadas drogas ilegales? Como quiera que sea, no veía en ningún caso real la menor intención de hacer comunión con nadie, al contrario, los toxicómanos que yo conocí sabían ser grandes cabrones egoístas. Mi marido lo supo mientras fue alcohólico, aunque ahora ya lo ha dejado. Pero no me complace del todo el hombre alelado que sustituyó al borracho que me abrazaba como si quisiera fundirse conmigo mientras oía música hasta altas horas de la noche.
Qué belleza era pasar la lengua por su boca hipersensible y entrar en su cuerpo alterado, continuó el hombre en la silla de ruedas, qué luz poderosa me hacía mirarle a los ojos y a él mirar dentro de los míos con una sed infinita aquella noche, nuestras risas cómplices, el fluir imperceptible de las horas de la madrugada, el juego de las naranjas que mondé con los dedos para ponerle gajos en la boca a los que luego arrancaba la otra mitad con la mía... La realidad... el amanecer...
Se había consumido ya la mitad de mi cigarrillo y me pareció inaceptable que otra vez el hombre se parara en seco cuando más a gusto me sentía con su verborragia, transportada sin querer a los primeros días de noviazgo con mi ahora marido. Qué tiempos, casi los había olvidado, pues nunca veía motivo para recordar aquel estado casi hipnótico en que me dejaron los primeros besos y las primeras palabras irresponsables: 'te quiero', 'eres lo mejor que me ha ocurrido' y otras cursilerías por el estilo. Cuánta vergüenza siento ahora que las recuerdo, si yo pudiera enmendar mi vida... por lo visto era muy escaso mi sentido del ridículo.
Yo ya no era joven, continuó de pronto él con aire sombrío, de modo que, aun en medio de aquella pasión necesariamente pasajera, entendía bien que no podía coger la mariposa multicolor que tenía posada en las manos sin desbaratarla, que por ningún motivo abriría mi garganta para que de ella salieran las palabras que todo enredan y tuercen, las promesas, los ofrecimientos, la eternidad en boca de mortales, de modo que me callaba besándole más y acariciando su barba, pasándole los dedos por entre el cabello rosa o naranja o amarillo o negro, feliz de comunicar lo único que podía en aquel momento con una sonrisa suspendida sobre la suya... ¿Sentía él lo mismo que yo desde aquella mitad de mi tiempo que era su edad? ¿No estaba más bien suspendido en la tramposa telaraña de mi presunta admiración, de su seguro egocentrismo? Aguanté como pude las ganas de buscarlo en los siguientes días, tal y como correspondía a mi dignidad o, mejor dicho, al juego eterno de los amantes que no quieren quedar al descubierto si el otro no recoge la flor envenenada que se le ofrece, pero no pude menos que celebrar que me buscara al cabo del poco tiempo para un segundo encuentro... Verlo saltar del coche a la calle, entrar en mi casa, besarnos y denudarnos enseguida, yo...
¿Está llorando? No, no está llorando. Sus ojos acuosos sólo brillan más porque se ha girado hacia la luz que atraviesa la ventana esmerilada. Voy a encender otro cigarrillo, el último de la cajetilla, porque este monólogo me está poniendo nerviosa. No se agite Usted tanto, hombre, he debido decirle cuando lo vi coger aire como si se ahogara. Tranquilícese y continúe, ya que tanto quiere hablar. ¿Qué más tiene que decir? A ver. Él bajó la mirada ligeramente. Suspiró. Es claro, pensé, que a este hombre lo dejó colgado el muchacho aquel, si es que esta historia es real y no otra de sus fantasías. Hombre senil, hombre medicado.
Enseguida me di cuenta de que no podía encontrar ya la ambrosía de la primera vez, pero no culpé de ello a la inconstancia de mis sentimientos ni a la superficialidad de mis gustos: me ofrecí explicaciones más simples y, si no más ciertas, más inmediatas, como el cansancio de mi cuerpo aquella noche lluviosa o el todavía más profundo de llevar medio siglo de vida a cuestas. Con todo, me impuse satisfactoriamente a mi debilidad y le ofrecí las consideraciones físicas y afectivas que exigía nuestro naciente trato. Pero yo ya estaba a salvo de mi locura. Había logrado dar con una distancia, aunque fuera mínima, para salvarme de su embrujo involuntario, una distancia racional, casi científica, que no diluyó la hierba que fumamos ni las muchas horas que en la cama compartimos. Él, que por edad no debía saber cómo conducirse, se cuidó siempre de decir barbaridades, limitándose a sonreír cuando yo le azuzaba para que se involucrase, acaso porque no sentía nada parecido, acaso porque lo sentía y no quería ser arrastrado por el huracán... Tengo suerte, pensé cuando se despidió al amanecer en medio de la lluvia, de que del cielo bajen de vez en cuando las más hermosas estrellas... Pero más suerte tengo, dije abriendo las cortinas de la casa, mi casa, de que sean estrellas fugaces...
Los segundos cigarros, igual que las segundas cervezas o las segundas partes, no saben ya igual que los primeros: tenía la boca amarga por el otro mentolado que me fumé y que hube de apagar sin consumir por completo, asqueada. ¿Volvió a verlo? le pregunté al anciano al tiempo en que me levantaba para coger una coca cola del refrigerador. Sonó el timbre de la puerta. Desde la cocina oí que él decía algo, pero no supe qué y ya no quise preguntar más. Ya está aquí su sobrina, le dije, de modo que yo ya me voy. No piense tanto que luego le hace daño. Le pasé una mano por el blanco cabello ralo y lo aparté cuidadosamente de la puerta. La luz del sol me cegó por un momento, obligándome a ponerme las gafas oscuras. Y me fui, como todos tarde o temprano.
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