Es posible que pienses que mi exilio es menos que el tuyo por ser el lugar donde naciste una ciudad con parques y librerías, a donde van a pasear jóvenes de apariencia más libre y sofisticada que allá donde tú radicas, que al fin y al cabo la ciudad de donde vengo tiene costumbres y clima, construcciones y vistas, muy semejantes a la que te vio nacer, de acuerdo, pero se te olvida o no mides correctamente la naturaleza y magnitud de nuestras respectivas nostalgias, ese sentimiento antiguo que nos acompañó desde el nacimiento como una pérdida anticipada y que acaso facilitó nuestra identificación y convivencia primeras, nuestro entendimiento y amistad casi inmediatos. A quien crece en medio de una familia grande como la mía se le multiplican los personajes entrañables y el tamaño del teatro original al que, en momentos de debilidad —y éstos, ya lo habrás comprobado, no cesan conforme pasa el tiempo; antes bien, aumentan—, se desea volver como quien corre emocionado hacia un escondite secreto, un recorrido que sólo puede hacerse con la recreación y la memoria, porque ni la geografía ni el tiempo acuden en nuestro auxilio, una travesía atemperada —qué suerte para nuestros contemporáneos, qué alivio para los que nos rodean— por la racionalidad que no nos permite la entrega sin reserva a nuestras ensoñaciones, de modo que mi familia grande y la tuya pequeña no resultan demasiado ideales a nuestra frecuente mirada retrospectiva. Somos realistas e imaginativos y así duele más la distancia entre el exilio en el que estamos y el mundo que perdimos, entre el horror del presente y la ausencia del pasado, siendo cada vez más claro que el territorio que dejamos atrás se transmuta inexorablemente en el que nos hospedará en el futuro: allá nos esperan los que ya se han ido, allá tal vez continúen las reuniones con sus comilonas y borracheras, allá el anecdotario repetitivo con su dulce abrigo de voces y afectos. Tiene que ser así porque no nos queda otra alternativa, incapaces como somos ahora de incorporarnos a la rueda del mundo, tanto da si es en esta tu ciudad que no ha esperado tu regreso para continuar creciendo y deformándose hasta hacerse irreconocible, como si es en esa cuadrícula endogámica en medio del desierto de la que no has tenido el valor ni la fuerza de escapar, pobre hombre lobo que habitó interminables ciudades obligado ahora a pasar por alelado pastor de silvestres rebaños. No creas que es muy diferente por aquí, consuélate con eso, ya nos decía ese amigo común que cruzó el umbral sin retorno a la primera oportunidad, que las instituciones que nos acogen —la mía con frondosos jardines separando los edificios, canales de sombra húmeda; la tuya poblada de cactus y piedras, polvorientos caminos de tierra seca— se parecen en casi todo y, por lo tanto, no ha lugar a miradas que se pierden en lontananza ni razón para echar de menos nada. Si después de todo ya en tiempos carecíamos de interés por la mayoría de las personas (o es que no encontrábamos ninguna), cómo podría ser distinto ahora que las calles —las tuyas rectilíneas y planas, las mías en curva y desnivel, ambas prestadas— están pobladas de autómatas incapaces de apartar la vista de sus pantallas, individuos presurosos por hacerse de una etiqueta psiquiátrica como sello de prestigio. No intentes persuadirlos de levantar la vista y seguirte, no intentes amar por mucho que creas desear la cercanía de una piel todavía tensa y una mente despejada, si ha quedado probado que no sabes lo que significa —amar—, no compliques tu exilio con más experimentos, conozco tus vicios y el poder de tu manipulación, capaz de seducirte a ti mismo antes que a nadie, olvídalo y piensa que el sexo no es tan malo como sustituto de una relación práctica y silenciosa, para ti aquello, para mí esto, para ti el incomprensible pueblo de provincias, para mí la ciudad que abandonaste o su sucedáneo. Dejemos las cosas como están mientras la salud va menguando y se agotan las alternativas, que es poca al fin y al cabo la diferencia entre el exilio del que ya fuimos objeto cuando éramos niños —por nuestras familias y compañeros de escuela, por nuestros vecinos y mentores— y el exilio presente que es mera extensión geográfica y material de aquel, poca también la diferencia entre el tuyo y el mío porque la profundidad del desarraigo y alienación no se mide en kilómetros ni en la diferencia de acentos, tampoco en que la casa se encuentre vacía al volver del trabajo u ocupada por una presencia que de constante se torna invisible. La resignación no se aconseja, se impone.
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