sábado, septiembre 20, 2008

Meridiana

Meridiana lo comprendió aquel día, mientras esperaba a que Xavier saliera del trabajo, metida en el coche, con las fotos reveladas y la vieja música que solía poner en su humor nostálgico. Como de costumbre, intervino un sueño, apenas cinco minutos después de mirar algunas imágenes de aquel rollo que esperó veinte años para ser revelado; un sueño instantáneo, de esos que vencen la vigilia apenas aflojar un músculo tras una semana de fatiga acumulada y obligada concentración.
Se había recargado en el asiento, de costado, cuando de pronto sus manos ya no tenían la decolorada foto del día en que terminó el bachillerato, sino el mango plateado de una puerta conocida. La abrió advirtiendo que la cerradura aun tenía el juego habitual con la manivela y que la puerta todavía se frenaba en el mismo ángulo, al contacto ligero con un relieve de la moqueta mal puesta. Ahí estaba su cama, su cabecera infantil con los ejemplares de la suscripción a la revista que pagaba su madre, su ropa doblada, su mesa-banco con la maquinilla de escribir de cinta rojinegra, la radio en forma de cubo donde además podía tocar los quince cassettes que tenía, el reloj con brújula que nunca funcionó…
Se acercó a la cabecera. Quiso escuchar una canción que había grabado del radio y supo exactamente en qué cinta estaba. La tomó, la puso en la rejilla, adelantó lo que hacía falta identificando la canción que estaba antes de la que deseaba (una capela ridícula de un grupo al que entrevistaban) y entonces la escuchó: el cubo reproducía el sonido apretándolo en los graves y desdeñándolo en los agudos, justo como eran las cosas, aunque ahora la cama se hundiera más al peso de su cuerpo de mujer de treinta y cuatro años, no de niña de trece…
No lo notó enseguida, si bien se miró las manos al pasarlas por la colcha azul de delgadas rayas blancas y las percibió muy grandes y rugosas, con venas azuladas y visibles, nada suficiente para distraerla del cuaderno de resúmenes que tenía al pie de la cama: las hojas enganchadas a sus pequeños aros y separadas en cinco secciones por laminillas plásticas de colores. Pasó las hojas con fascinación, recordando datos, encontrando dibujos, mirando el doblez de la última hoja –sobre los asirios- cuya esquina sufría al rozar con los bordes de la contraportada y despegaba lentamente la etiqueta de la orilla. ‘Yo sé que sé’ –se dijo en el sueño con el pensamiento- ‘y ahora sé lo que no sabía que sabía’.
Entonces fue al clóset y encontró sus blusas y los vestidos con holanes y los zapatos de charol, tres discos enormes envueltos en plástico, el sombrero de paja que le regaló su tía Benigna y la caja de música que ya no sonaba. Pensó en su diadema blanca y recordó que todavía no la compraba. Lo mismo pasó cuando abrió el último cajón de la cómoda sabiendo que encontraría cartas de su padre y perfumes en frasquitos diminutos, pero no el suéter olvidado de Septentrión al que todavía no conocía; destapó cada envase confirmando el olor y su circunstancia, acaecida o por venir, pero ya sabida.
Entonces levantó la vista y comprobó que ya era de noche. Se acercó a la ventana donde faltaba el tercer barrote y miró el cielo estrellado, luego escuchó al perro olfatear por ahí y pasearse haciendo sonar sus uñas, rascando la pared para que ella bajara una mano y le acariciara la cabeza. Una extraña angustia la invadió al comprobar que estaba a la altura del barrote faltante, que sus brazos eran tan largos y sus pechos tan grandes. Terminó la música en el cubo, buscó el interruptor de la luz. Frente al espejo lanzó un grito de espanto…
En el estacionamiento ya no había nadie. Se pasó una mano por la boca, se miró en el retrovisor y apagó el estéreo. Sonrió convencida de que no importaba el tiempo ni el lugar, porque ya habría estado allí, porque ya sabría dónde estaba cada cosa, porque al despertar también se reconocería. Xavier se acercaba por la explanada y, como de costumbre, ella fingió no darse cuenta de su aproximación para dejarlo creer que la sorprendía, abrirle la puerta hasta que él le señalara que los seguros seguían puestos, y entonces preguntarle “¿Cómo te fue?”.

lunes, septiembre 08, 2008

Querer

–¿Diga?- dije al contestar el teléfono luego de subir a toda prisa hasta el cuarto de los diccionarios (tengo muchos, una manía, ni siquiera los he abierto para consultas) donde llevaba ya un minuto sonando como si fuera urgente.
–Buenas tardes- dijo la voz incongruentemente: eran apenas las diez de la mañana –Le llamo para preguntarle si sabe lo que quiere...
Tardé unos segundos en responder, pensando que faltaba algo en su frase, luego creyendo que se trataba de un pedido mío que debía completar, pero no me vino ninguno a la memoria.
–¿Eh? ¿Lo que quiero? ¿De qué?
–Le he preguntado si sabe lo que quiere- repitió obstinado el individuo, una voz neutra con un posible rango de edades muy amplio, entre 25 y 50, me parecía. Pensé entonces que se trataba de una broma y le dije en tono de guasa:
–Quiero que me deje en paz, ¿qué le parece?
–¿Y de verdad se quedaría en paz? ¿es eso lo que quiere, es decir, le falta?
Con lo que venía ocurriendo en el país temí que se tratara de un secuestro, pero luego mi cerebro se inclinó por la simple idea de publicidad por teléfono. Quizá sólo debía contestar la pregunta y descubrir las últimas ofertas de Todotiendas o recibir el premio. Me atreví:
–No, no me falta paz. Y sí sé lo que quiero, naturalmente.
–Qué bien, le felicito. ¿Qué es lo que quiere?
Era una pregunta impertinente, desde luego. Recién acababa de intentar por todos los medios quedarme en el país, sin mucha convicción y sin éxito, y ahora estaba a sólo un día de largarme de nuevo a donde no quería: la bien conocida combinación de orden y progreso por un lado, y alienación, soledad y extranjería por el otro. Pero volvió a mi cabeza la idea de una promoción:
–Quiero ganarme el premio…- dije tímidamente, casi en forma interrogativa.
–Me temo que la vida no guarda más premios que el de su transcurso, señor, y eso ya es difícil de apreciar. ¿Se refiere al premio de estar vivo?
La idea me parecía insoportablemente ñoña. Y aun así alcancé a pensar: “Sí, prefiero estar vivo a morir. Prefiero que mañana no caiga el avión ni descarrile el tren. Prefiero la vida, pero….” Y entonces supe lo que contestaría:
–Oiga, la vida no puede ser premio porque ello implica nuestra existencia antes de ganarla: ¡es absurdo!
–Fue usted quien mencionó el premio, señor. Pero ya que lo aclara, ¿qué es lo que quiere, entonces?- dijo sin darme tiempo a celebrar mi escolástica antiteológica.
Estaba distraído y sosteniendo una conversación ridícula con un desconocido mientras Adriana arreglaba la cocina abajo y un improvisado jardinero cortaba el pasto del pequeño rectángulo verde, en el patio. Un humor melancólico anticipado, parecido al de quien sabe que pronto morirá, se instaló en mi cabeza y me hizo suspirar hondamente con el teléfono pegado a la cabeza. Me llegaba todavía el olor del desayuno de hace una hora, pasé una mano por los lomos de los diccionarios y me percaté de que se había nublado un poco.
–Usted gana- dije. –No sé todo lo que quiero, a veces deseo imposibles, cosas irreconciliables entre sí.
–Lo entiendo, caballero, lo entiendo. Pero querer imposibles también es saber qué es lo que quiere, ¿no le parece?
–¡Menuda victoria! ¿y de qué me sirve si no soy feliz?
–¿Felicidad? Esa es una idea peligrosa, señor, yo no me atrevería a tanto. En cambio saber lo que quiere le da voluntad, lo mueve, lo mantiene ocupado. ¿Está haciendo lo que quiere?
“Y lo que no quiero también”, pensé haciendo una mueca y contemplando en su totalidad los distintos actos de mis tres meses de forzadas vacaciones. “A cada hecho, a cada movimiento lo impulsaba el deseo de consumarse, pero también la esperanza de su rechazo, de su impedimento, de su frustración última”, pensé en breves segundos. Y dije:
–Indudablemente. Y me complace y no me complace.
–Entiendo, señor, es lógico… parece que efectivamente hace lo que quiere- aseguró mi interlocutor.
–Así parece- dije con nuevo aire de suficiencia. Ya había sol de nuevo, algunos rayos caían sobre el globo terráqueo iluminando mi destino.
–Que tenga buen viaje- completó el desconocido para enseguida colgar y dejarme preguntando:
–¿Cómo? ¿Quién le dijo que voy a viajar? ¿Oiga? ¡Oiga…!

Oí la voz de Adriana llamándome: el jardinero ya había terminado.

lunes, junio 02, 2008

Consistencia

–¿Qué le parece, no sé, las sectas en el Medio Oeste americano?
–¡Bah! Es de una aburrición extrema, por favor- dijo apartando la mirada de mí por unos segundos y dirigiéndola al ventanal que tenía a su izquierda. Luego volvió: –Estamos hablando de su tesis doctoral, no de un reportaje para CNN. El consejo ya está harto de sensacionalismo disfrazado de antropología.
–Pensé que sería interesante abundar en los mecanismos de alienación que investigué junto con usted…- agregué tímidamente. Él volvió a abstraerse en el ventanal por un lapso más amplio. Luego volvió la cabeza súbitamente y me miró con gran intensidad.
–¿De verdad le interesa el tema?- preguntó sin darme tiempo a contestar –Quizá tenga entonces algo para usted… déjeme ver…
Se levantó de su silla y retiró una carpeta negra de uno de los estantes. Abriéndola tomó asiento de nuevo mientras sacaba su fino bolígrafo Parker del que nunca se separaba. Subrayó un par de datos y me extendió la carpeta abierta por la mitad: apenas cuatro folios de descripciones hechas con máquina de escribir, una dirección y un nombre. Fue así que llegué a Chico, Wyoming, para adentrarme en la Real Science Society de John Pardon.

El maestro Pardon, como todo mundo lo llamaba, había logrado atraer a más de setecientas personas a los cursos impartidos por su sociedad. Gente de diversos puntos de la región se hospedaban en las instalaciones de una antigua granja en la orilla norte del pueblo, justo al comienzo de las Black Hills, no para recibir la bendición del maestro, no para esperar a Dios, no para proclamar el fin de los tiempos o rechazar a la sociedad. No. La gente ahí reunida lo hacía en la promesa de volverse inteligente para así arreglar sus problemas y vivir a plenitud.
En efecto, Pardon definía la inteligencia como la capacidad de argumentar en cualquier sentido, rechazando la verdad y la contradicción como conceptos vacíos desde un punto de vista lógico, o circunstanciales y relativos desde un punto de vista práctico. La historia de su sociedad comenzó en la Universidad de Sheridan, donde Pardon era nada menos que catedrático de Lógica en el Departamento de Matemáticas Puras. Luego de diez años como profesor investigador fundó un pequeño grupo en compañía de doce de sus antiguos estudiantes de tesis. El grupo sin nombre impartió cursos de lógica moderna a decenas de estudiantes y publicó una gran cantidad de trabajos en seminarios especializados, pero las actas de sus reuniones privadas no fueron conocidas sino hasta que uno de los miembros las envió a todas las computadoras del departamento. Esas actas causaron el cese inmediato de Pardon y de los ex estudiantes que ya tenían cargos en la universidad: en ellas se desmenuzaba por medio de la lógica el discurso lingüístico de varios colegas, incluido el rector y algunos altos cargos.
Como supe por el brevísimo expediente con que viajé a Wyoming, Pardon y su grupo habían desarrollado una poderosa técnica no sólo para analizar el lenguaje desde el punto de vista lógico, sino para construir un discurso de semántica definida y verdad irrefutable, en cualquier sentido deseado. Ello resultaba extraordinario por cuanto apuntaba a un problema lógico grave en el seno de cualquier lengua: era posible construir cualquier afirmación impecablemente verdadera... pero también su contraria. Pardon aseguraba que no había ningún motivo de escándalo en su técnica, puesto que “la retórica fue el primer intento del hombre por construir verdades arbitrarias, pero le faltaban matemáticas; Gödel nos proporcionó algunas pistas en esa dirección y nosotros concluimos el trabajo”.
En la granja de Chico no fue fácil entrar en contacto con Pardon, toda vez que él se ocupaba de los grupos avanzados y yo debía pasar forzosamente por algunos cursos de inducción a fin de tenerlo como maestro. Pero uno de sus acólitos le comunicó que hacía una tesis sobre el grupo y ello pareció entusiasmar al matemático. Me permitió la entrada a una de sus clases, un “grupo avanzado no especialista” (en matemáticas, se entiende). Abordaba entonces un asunto que encontré fascinante, si bien no tenía la menor idea de cómo podía traducirse ello en números y variables. Después de todo yo era antropólogo:
–¿Qué nos dice Gödel? ¿qué importancia tiene saber que hay afirmaciones sintácticamente correctas en el marco de la aritmética cuya verdad o falsedad no puede ser establecida? ¿qué tiene qué ver esto con el mundo en que vivimos?
Encendió el proyector y mostró algunas citas de Bush y su equipo cercano en relación con la ocupación norteamericana en Irak.
–Luego de meses de no dar con las armas de destrucción masiva que presuntamente tenía el gobierno iraquí, ¿qué les parece esta afirmación de Rumsfeld? ¿no es extraordinaria?
Y señaló con un gesto la famosa frase “El hecho de que no hayamos encontrado las armas de destrucción masiva no prueba que no las hubiera”. Todos reímos recordando aquel patético ex ministro de Defensa que terminó sus días en un sanatorio mental. Pardon continuó impasible:
–Veo que todavía no son personas inteligentes: Rumsfeld no miente en ningún sentido, ni lógica ni semánticamente- Se produjeron murmullos en la sala al tiempo en que Pardon hacía una pausa mirando hacia fuera. Luego se volteó hacia mí y continuó –El ex secretario de Defensa sólo utiliza un argumento que es tradicional en esa, digamos, área del conocimiento que son las ciencias sociales, y se funda en la ambigüedad gödeliana, ¿no es así?
–No veo cómo puede argumentarse con ambigüedades- dije luego de proporcionarle mi nombre. Y continué –Supongo que la lógica es respetada en las ciencias sociales tanto como en cualquier otra disciplina, ¿no?
–Si lo es tanto como en las matemáticas entonces estamos de acuerdo: Rumsfeld decía la verdad- y aquí se le dibujó una mueca irónica. –Pero también la decían los miles de manifestantes que en todas partes de Europa protestaban contra la guerra diciendo lo contrario, aunque no les constaba y, me temo, muchos de ellos querían decir “Protejan nuestro modo de vida” al mismo tiempo que “No a la guerra”… ¿es esto una contradicción?
Nuevas risas atravesaron el salón y por algún extraño motivo enrojecí de vergüenza, como si la risa la provocara yo. Pardon habló más alta y concentradamente, como tomando aire:
–El descubrimiento de Gödel demuestra que la consistencia es una verdad salpicada de huecos; en tanto que la contradicción es la completitud. A nivel físico esto está plenamente demostrado en el principio de incertidumbre: puesto que el mundo positivo no puede ser inconsistente, entonces es incompleto: da saltos, es cuántico, se ve afectado por el observador, incluso. Las ciencias exactas, sobra decirlo, fundan su evolución en la consistencia –desviando discretamente la mirada cuando se señala que se parte de axiomas- en tanto que las ciencias sociales –y de hecho cualquier otro conocimiento teórico- se fundan en el lenguaje. Y es gracias a ello que pueden aspirar a la completitud, o sea, a la contradicción selectiva…

He pasado dieciocho meses en la sociedad del maestro Pardon. Ya no sé si terminaré la tesis, quiero decir, he enviado dos tesis opuestas a mi director a fin de que escogiera la mejor y ello no le ha parecido bien, ni siquiera gracioso. Me ha contestado en una larga carta advirtiéndome que estaba “poniendo en grave riesgo” mi futuro profesional y explicando los motivos por los que debía abandonar la sociedad inmediatamente: “es el equivalente moderno de los sofistas”, concluía. Fui a hablar con Pardon sobre la misiva para pedirle consejo. “Creo que dice la verdad”, me dijo. Y ambos nos reímos de muy buena gana.

martes, mayo 06, 2008

San Bartolomé

Recibí esta mañana las diez cajas de papeles rescatados del último asalto aliado sobre Argel. Las envía el general Du Sautoy porque, como bien dice, “harán falta para reconstruir la historia de este malentendido”. Eso dice en la carta privada, desde luego, porque la pública es casi telegráfica: “Sírvase recibir en custodia el legajo en diez paquetes no clasificados provenientes del Cuartel General de La Hermandad. Acuse de recibo a la Comandancia Aliada en Londres”. Ahora que la guerra terminó las bibliotecas de toda Europa, pero sobre todo y como es costumbre, de las grandes capitales, vuelven a abrirse y llenarse de estudiosos y escritores que quieren emprender desde ahora la explicación de la Guerra de Civilizaciones que otros llaman Tercera Mundial y otros más, Gran Guerra de Religión por sugerencia de los círculos de derecha estadounidenses que, visto el precio pagado, quizá tengan derecho a nombrarla como mejor les parezca.
Lógicamente no he tenido demasiado tiempo de mirar dentro de las cajas –quedan siete sin abrir- pero la tercera me ha detenido el resto de la tarde por cuanto contiene nada menos que el diario intermitente de Higinio Ríos, estudiante peruano en la Francia de la preguerra que, lamentable e incomprensiblemente, fue una de las primeras víctimas del conflicto que entonces se consideraba sólo otro de esos brotes gratuitos de violencia en las periferias de las principales ciudades francesas.
A Ríos, igual que a toda Latinoamérica, el problema entre la civilización occidental y el mundo musulmán le tenía sin cuidado. No era estudiante de humanidades o política, ni siquiera de economía o negocios como para que estuviera al tanto de aquello a lo que, finalmente, le tocó enfrentarse, ingenuamente según parece desprenderse de las distintas entradas de su maltrecho diario donde consigna lo mismo problemas de matemáticas puras como los distintos problemas que le fueron cercando hasta la ahora conocida como Segunda Noche de Bartolomé (sin el “san”). Cito algunos párrafos de sus últimos días, apenas al inicio de su tercer año de estudios.
“23 de agosto de 2021. Hace dos años que llegué a Francia, parece increíble. No sé de qué estoy más decepcionado, si de mi incapacidad para resolver los problemas de matemáticas que plantea el doctorado (maldita sea la conjetura de Goldbach), si de mis colegas franceses que han resultado ser unos grandes cabrones o de los que creí que eran mis amigos musulmanes y han resultado ser un atajo de maricones en sentido estricto y figurado. Mañana toca reunión, qué fastidio…
25 de agosto de 2021. La reunión de ayer volvió a ser un fiasco. Los jefes han examinado con su habitual indiferencia cada una de las ecuaciones y argumentos que utilicé en mis diez minutos de exposición. No ha habido comentarios. En el brindis que siguió surgieron las conversaciones de costumbre: Guerlain utilizándome como comparsa de sus provocaciones sobre religión y política mientras el resto nos observa intercambiar bromas y razonamientos afilados sobre ellos. Obviamente él puede hacerlo con más desparpajo porque no vive en la residencia de estudiantes ni se ve obligado a escuchar las verdaderas opiniones de los musulmanes, porque habla francés fluidamente y es el jefe. Yo no. Mala suerte.
29 de agosto de 2021. No volveré a discutir con Hichem. Igual que El-Hadi parece que su cerebro funciona por departamentos: existe el departamento técnico con el que hace matemáticas (y no lo hace tan mal), pero también el religioso, el político y el social que funcionan a base de necedad, de sinsentido, de absurdos que me resulta intragable que sostenga. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Cómo puede nadie hacer un doctorado en ciencias creyendo en religiones? ¡Y más en esa patraña del Islam! Aunque bueno, la discusión de hoy no fue esa sino el hecho de que me dijera que en Túnez no hay homosexuales. Es bueno saberlo, le dije, considerando la cantidad de tunecinos que se quieren demasiado en la residencia de estudiantes. Es la influencia corruptora de Francia, se atrevió a decirme con la anuencia de El-Hadi luego de que le explicara la ironía y el sentido figurado. Son increíbles.
1º de septiembre de 2021. No parece posible que las amenazas inglesas y americanas frenen las intenciones de Irán para ocupar Irak en connivencia con la recién declarada República Islámica de Pakistán. Ni siquiera Francia ha reconocido a esta última y las tensiones con India son insostenibles. En el trabajo, los musulmanes no han disimulado su regocijo delante de mí porque yo no cuento, aunque han tenido buen cuidado de no ser vistos haciendo elogios de lo que llaman La Hermandad delante de franceses. Como no soportara la hipocresía brutal de estos guiñapos y me sobrara el tiempo por la tarde luego de enviar el artículo sobre problemas equivalentes a la conjetura de Goldbach, hice una caricatura recordando sin dificultad las clases de dibujo en Lima. El resultado fue espectacular: menos de una hora después de que la colgara en el tablero de avisos ya había caras largas en la oficina. Me reí con gusto de que El-Hadi, trabado de rabia, me dijera que eso no era de buen corazón, ¿qué habrá querido decir?
2 de septiembre de 2021. Durante el día han desfilado por mi oficina mis colegas musulmanes, pero también muchos otros a los que sólo conocía de vista. Salim ha querido que me disculpara públicamente por medio de otra caricatura, explicó que esa sería la única manera de salvarme. Riendo como a veces no tengo más remedio ante lo que considero grandes idioteces, le he dicho que no creo en la salvación, ni la católica ni la islámica. Murmuró unas palabras en árabe sin levantar la vista y moviendo la cabeza de un lado a otro. La caricatura desapareció y entonces fui convocado por Guerlain. Estaba furioso. Me explicó que no se puede ir por ahí ofendiendo las creencias de los demás, que las leyes francesas eran muy estrictas al respecto, que viera lo que estaba pasando en París –ya treinta y tres muertos y contando- y evitara más provocaciones, que me dedicara a trabajar. No pude evitar preguntarle, ¿pero Usted por qué lo sigue haciendo? No has entendido nada, me dijo.
4 de septiembre de 2021. Y ocurrió. Irak fue invadido esta mañana por una coalición irano-pakistaní. Siria y Líbano se apresuraron a hacer lo propio amenazando a Israel y forzando la neutralidad turca. En París los disturbios se han extendido peligrosamente. Ya comienzan, también, en otras ciudades de Francia. El-Hadi esbozó una torcida sonrisa cuando me mostró el vídeo de una convocatoria lanzada en todos los países árabes para implantar la sharia “por el fuego purificador de la yihad”: locos barbados con grandes túnicas y tenis deportivos de marca vociferaban por altavoces palabras ininteligibles e histéricas que El-Hadi rehusaba traducir. Tu religión es una mierda, le dije. Y ahora que reflexiono debí agregar que cualquier religión lo es, toda vez que el discurso conjunto de los presidentes norteamericano, francés e inglés repitió la palabra “Dios” ¡veintisiete veces! Sigo intrigado sobre a qué se refería Guerlain cuando me dijo que no he entendido nada. Será otra de sus frases contundentes y abusivas, ser jefe ha de hacerle creer que tiene razón en todo. Cabrón.
7 de septiembre de 2021. Desde los atentados de anteayer no ha habido manera de salir de noche y las actividades en la calle se han reducido enormemente. Sigue habiendo disturbios, según parece, pero ha entrado en vigor un estado de emergencia que incluye restricciones al acceso a la información. Prefiero creer lo que me han contado algunos brasileños en la residencia (los franceses se han ido) en el sentido de que los musulmanes preparan algo. Llevan ya treinta y seis horas encerrados en la mezquita que el estúpido gobierno francés, tan comprensivo, les construyó en el sótano de la residencia.”
No encuentro entradas posteriores a esta fecha, lo que me hace suponer que Felipe Dos Santos tenía razón cuando contó en Londres su hazaña de huir de Francia para refugiarse en Inglaterra de los horrores de la Segunda Noche de Bartolomé, como desde entonces se le llamó en Francia al 9 de septiembre, ignorando que lo mismo pasó en otros países occidentales con grandes poblaciones musulmanas. Felipe pudo escapar gracias a que se hizo pasar por árabe y mendigo, repartiendo “salamalekoms” a diestra y siniestra, echándose al canal de la Mancha en una barca de motor que se averió a unos cinco kilómetros de la costa.
Contaba Felipe que antes de salir de la residencia de estudiantes vio cómo sacaban a Higinio al patio iluminado sólo por fogatas (ya no había electricidad) mientras él se escondía detrás de espesos matorrales. Luego de tormentos atroces y de violarle sin mayor observancia de los preceptos antisodomitas del Corán, algunos tunecinos entre los que se encontraba Hichem recogieron el cadáver y lo llevaron al estacionamiento. Un automóvil esperaba con el motor encendido. La cajuela se abrió automáticamente, echaron el cuerpo, el chofer cruzó algunas palabras. Al arrancar y pasar muy cerca de otra de las fogatas, Dos Santos reconoció el rostro de Guerlain.
Y Dios reconoció a los suyos.

lunes, abril 07, 2008

El entierro

Él se hubiera indignado, desde luego, pero sentí que no era del todo absurdo hacerle compañía a su cadáver antes de que descendiera a la tumba rodeado de tanto desconocido. No le veía muy a menudo en los últimos años, pero cuando coincidíamos no faltaban la partida de ajedrez y algún trago de coñac o whisky, según tuviera el ánimo. Entonces lo decía:
–La longevidad es una mierda, Jorge. Ya no están ni Eloísa ni Rafael, se acabaron los compañeros del Jardín Rembrandt y los del Parque Agua Azul. Ni siquiera Zúñiga ha quedado para consolarme. Tengo que soportar a los imbéciles de mis sobrinos y a sus todavía más estúpidos hijos.
Y era verdad que no debía sentarle bien verse obligado a escuchar conversaciones de aquellos educados por su fallecida hermana, pero ya no podía vivir solo, sin que le ayudaran a cambiarse de ropa, a bañarse, a prepararle de comer. Y como su situación económica no fuese lo suficientemente holgada como para pagarse una enfermera o encerrarse en una residencia de ancianos, aceptaba dar techo a dos de sus sobrinos –y sus familias- con tal de tener cerca todas sus cosas, especialmente sus libros, aunque ya leyera con suma dificultad. El mismo día en que cayó en cama por esa gripe que finalmente se complicó, me dijo:
–Como me hagan una misa o rosario o inviten a un pinche padre a mi entierro, te juro que hago realidad las fantasías mojigatas de esta gente y regreso convertido en espíritu diabólico para arruinarles la vida.
Sabía de lo que hablaba, evidentemente, pues en el entierro hubo cruces y rezos, hubo bendiciones y plegarias, hubo lectura de evangelios y hasta una extraña admonición del padre en turno para que “a diferencia de nuestro hermano fallecido” nos arrepintiéramos “a tiempo” de todos nuestros pecados, “especialmente de la falta de fe”. Encontré ese sermón de mal gusto, si bien imagino que a Dios no le faltaban razones para castigar a mi mejor amigo, aun dejando de lado su cólera antirreligiosa que tanta risa me daba. Sin ir más lejos ahí estaba su heterodoxa vida al lado de Zúñiga, pecado difícil de superar que ni a mí ni a mi esposa nos impidió tolerarlos. Nosotros éramos abiertos, por supuesto. Y aun sin Zúñiga seguí visitándolo porque era mi mejor amigo. Cuando empezó con la neumonía me dijo:
–No cabe duda de que la ignorancia es una bendición, Jorge, ni siquiera a ti te parecería mal que hicieran con mis restos lo que mejor permita comprar sus buenas conciencias, ¿verdad? Ay, cabrón, nunca vas a cambiar.- y nos reímos ambos como tantas otras veces mientras le traía un vaso de agua para calmar su tos horrenda. Continuó:
–Mira Jorgito, esa lasitud tuya es lo que permite a estos países ser al mismo tiempo inconsistentes y pacíficos. Los extranjeros entre quienes viví por muchos años veían sólo fanatismo, intolerancia, barbarie, pero no reparaban en que esta versión de su civilización occidental es mestiza en sus genes y en sus convicciones. Nadie sabe qué cree ni si cree realmente. Y a nadie le importa. Eso, con todo y nuestros grandes vicios, ha ahorrado tragedias como el totalitarismo europeo con sus guerras atroces o el flagelo del terrorismo nacionalista o islámico. Somos incapaces de tomar algo en serio. Pero a veces tanta frivolidad necia aturde, ofende, sobre todo cansa…
Pensé en intervenir aprovechando su pausa. Nunca estaba seguro de cuándo terminaba sus frases ni de cuál era su sentido exacto. Decidí apretarle suavemente el hombro, alzó la vista para mirarme y entonces siguió:
–Por estas razones deben ustedes creer que estoy un poco loco. Es una explicación no del todo inexacta y, sobre todo, cómoda. Ahorra pensar, discutir, aprender. Ya que no pude cambiar el mundo y ni siquiera la mentalidad de los más próximos como tú, cabrón- y me sonrió –por lo menos desearía irme sin agregar más ridículo, sin aspavientos ni más vulgaridad. Quiero que no haya velorio, que se me entierre sin pausas ni minutos de silencio ni tonterías de ninguna naturaleza. Supongo que mis sobrinos se ocuparán de todo tal y como lo he dispuesto, pero te lo comento a fin de que intervengas en caso de que no sea así. Si estuviera seguro de que cumplirán mi voluntad, ni siquiera te invitaría a mi muerte, ¿para qué te querría ahí si no seré más yo…?

Lo siento, amigo, de verdad. Hubiera querido ayudarte a cumplir tu última voluntad, pero ese día se me hizo tarde. Nada particular, desde luego, siempre llegaba con retraso a donde fuera y tu entierro no fue la excepción. Cuando entré al panteón me dijeron que estabas en la capilla, nada menos que en tu misa de cuerpo presente. Era ya tarde para todo y moverme con mi bastón no ayudó más. Por otra parte debo reconocer que no desapruebo la decisión de tus sobrinos para darte un entierro digno y unos auxilios religiosos que quizá nos agradezcas en la otra vida, quién sabe, nadie puede asegurar que no haya por ahí un Dios juzgando lo que hiciste con más benevolencia gracias a la Novena que tus sobrinas y las vecinas del coto organizaron para ti, ¿eh? Durante el café que sirvieron luego de tu entierro en la que fue tu casa, tu sobrina la llorona nos invitó a compartir recuerdos tuyos. Yo intervine:
–Pues nada más quiero decir que él no quería que le hicieran misa ni ceremonias, no sé…
Hubo un breve silencio en el que todos cruzamos miradas. Y terminó abruptamente cuando todos se echaron a reír mientras tu sobrina decía:
–¿Más café?

lunes, marzo 17, 2008

Andy Warhol entre nosotros

Esto sólo podía llegar como colofón irónico antes de cumplir la edad definitiva de Cristo, una confirmación adicional de esa caprichosa Ley de Murphy que no me ha negado ninguno de mis sueños, pero los ha puesto siempre en el lugar y tiempo precisos para que mi estoica soberbia filosófica –ni siquiera oximórica- me niegue su simple goce y clausure su continuidad. Así de enrevesadas son las veleidades que se disfrazan de ascetismo, la decepción del mundo y su consecuente amargura que disimulan mal un ego travestido de humildad y decencia. No puedo hacer como Nietszche para engañarme al respecto y equiparar el sufrimiento con la calidad de las personas (¿qué sufrimientos? ¿qué personas?), pero explicar con la verdad no es una declaración de intenciones de enmienda, ni siquiera un arrepentimiento, menos aun una manera de medir la calidad de nada. De modo que lo que sigue es un catálogo de curiosidades, pero no hay moraleja, acaso –deseablemente- tampoco sufrimiento.
El ego es fácil de explicar porque crecer de espaldas a los hombres (dicho sea en su acepción de humanidad –y a de espaldas le corresponde el sentido de rechazo- y no en su acepción de género masculino –y a de espaldas le corresponde el sentido de atracción… vale, dicho sea en todos los sentidos) y concentrarse en los libros produce la ilusión de ungimiento (Keanu Reeves, The Matrix, 1999), espejismo reforzado por el contraste progresivo entre lo que ofrecen los que escriben y lo que dicen los que hablan. Para un niño que crece convencido de que el mundo adulto es perfecto y sus compañeros unos salvajes, que los héroes patrios son ejemplos a seguir, que sacando dieces y declamando en concursos podrá aspirar alguna vez a la presidencia de su país, resulta cuando menos lamentable el paulatino –y cree él, deseable- descubrimiento de las personas que le rodean. Sobre un Atlas Turístico de México, escribo el 20 de mayo de 1987: Este libro me fue otorgado como Premio por ganar el Concurso de Conocimientos de la Zona 10.2. Escribo para mí mismo y el reconocimiento llega tarde: un mes después la educación primaria termina. Y la infancia no se sabe siquiera si ha empezado, pero la adultez ya lo hizo.
Me perdí a mis compañeros de primaria –luego no hay arraigo aunque se insista en que crecer en San Juan de Dios lo hace a uno verdaderamente tapatío- pero me invento amigos en la secundaria con los que no comparto más que poemas, patadas, enamoramientos inconfesados y refrigerios que nunca llegan a mi boca. Entonces aparecen las primeras personas perfectas. Mi maestra de matemáticas me deslumbra con un mundo de ciencia, arte, filosofía y libertad que roza el libertinaje. (Robin Williams, La sociedad de los poetas muertos, 1990). No consigo penetrar en todos sus misterios cuando la secundaria termina dejando como saldo un amigo intermitente que se solidifica y una maestra que emprende un larguísimo camino de vuelta a su ordinariedad. Y luego de una fallida iniciación sexual vuelvo a preguntarme si en verdad todo tiene su momento para ser. Y por qué mi momento está indefectiblemente después. One-word answer, me digo: Dios.
La educación media superior me encuentra más que nunca establecido en el terreno literario y científico (¿o no era ciencia ese feliz andar hacia el ateísmo?) a un grado tal que a mis quince años y profundamente afectado por la lectura del Quijote me acerco al vendedor de paletas para preguntarle cuál es su pregón. El hombre me mira atónito, murmura algo y se va, pero a este malentendido le sigue el descubrimiento de nuevas personas perfectas de quienes esperar la verdad, la salvación y la vida: otra profesora de matemáticas suavemente revolucionaria mientras desaparece la Unión Soviética y habita una hermosa y amplia residencia, y un escolástico con pata de palo que se persigna antes de comenzar cada clase llenando el borde inferior del pizarrón de colillas de cigarros y que se suicida cinco años después en su despacho. Dos personajes y un país, España, al que hago catálogo de mis fantasías erótico-intelectuales por puras razones literarias y cinematográficas. Y, como descubrí más tarde, no hay contradicción: la profesora y el profesor, la revolucionaria y el reaccionario son las dos versiones del concepto español que más admiraba: la fe apasionada que condujo a la Guerra Civil y que entonces se me escapaba como la sangre derramada de Antoñito el Camborio. Pérdida de la fe, decepción universal periódica y falsa (o era falso el entusiasmo): a periodos de obscuridad y rezos (¿o eran de luces y lecturas?) le siguen patéticas entregas totales y compromisos que mis adolescentes compañeros contemplan con indulgencia y risas. Algunos de ellos sufren de mi idolatría que los convierte en personas perfectas inalcanzables y malditas; tronos imaginarios a los que imagino subirlas para imaginar que las derroto. Sigo hablando conmigo mismo o ¿habíase visto algo más egoísta que quien da todo cantando reciprocidad?
Los estudios universitarios son la primera etapa de deconstrucción. Como ya lo explicaba al principio, la satisfacción del deseo es tardía y dichos estudios comienzan cuando ya se agotaron las energías para emprenderlos (una computadora que llega tarde para la preparatoria llega demasiado temprano para la universidad). Poco importa que los resultados académicos vuelvan a ser excelentes si se descree sistemáticamente de las notas, de los profesores –salvo de un par de ingenieros perfectos y muy católicos que, por fortuna, no se pegan un tiro- y finalmente de Dios. Tarde, insisto, porque de Dios ya se desconfiaba desde los trece y un espíritu generoso me habría ahorrado mucho tiempo, culpa y decepción… ¿pero es posible ahorrarle todo esto a quien cree firmemente en su superioridad?
A falta de mejores alternativas para seguir cultivando campos artificiales, se opta por el trabajo teórico, cuanto más alejado del mundo y de los hombres, mejor, aunque en todo momento se mire a éstos a través de esquemas, categorías, ideas y, otra vez, libros. La fraternité emite sus últimos estertores. Se atraviesa el amor y se comprende que hay que ir tras él sacrificando una carrera y una genialidad inexistente o deconstruida (Matt Damon, Mente indomable, 1998). Y se duda, se duda abundantemente mientras los años se acumulan y las experiencias escasean, no porque falten novedades objetivas (el paso de alumno a profesor casi instantáneo, un doctorado, nuevos países y lenguas, incluso algunas personas que por primera vez no son perfectas, el tan esperado contacto con una España que no se corresponde en absoluto a la imaginación, ¡ni siquiera a la historia!) sino porque ya no se aprende nada, sólo se deconstruye, se desmontan ambiciones al tiempo en que se llena el currículum sin comprender cómo puede ser el mundo tan paradójico… ¿o es el budismo?
Y luego de miles de páginas de diarios, artículos, disculpas disfrazadas de cuentos e intervenciones nihilistas en foros donde de vez en cuando se encuentran retóricos que no aburren; luego de diez años de tediosas e irrelevantes publicaciones sólo en sentido lato y piadoso llamadas científicas, lo único que puede causarme un falso orgullo se publica en forma de falso anatema verdadero (“Señor Director:”). Y entonces comprendo de golpe que la deconstrucción tocó fondo. ¿Qué sigue?

viernes, febrero 29, 2008

Roberto, Joaquín y el Niño Caníbal (o Verde)

A Elvira

–¿Qué es una puta? ¿No tiene uno derecho a acostarse con cuanta gente se le dé a uno la gana? ¿No es sólo el dinero lo que hace la profesión? ¿Por qué?- me preguntó con una molestia cansada, no sé si porque aquélla era la séptima vuelta en el escarpado ascenso a Toledo o porque genuinamente estaba agotada de formular esas preguntas. O de contestarlas.
No estaba para aquella plática. La noche anterior yo había vuelto a soñar con el momento en que mis hermanos me vieron darle una bofetada a mi padre sin ningún motivo, justo cuando estaba sentada en sus piernas y él me preguntaba cosas de la escuela celebrando cada una de mis ocurrencias, sin imaginar siquiera que aprovecharía una brevísima pausa en sus risas, un súbito silencio en el salón, para propinarle una cachetada tan fuerte que me ardió la mano por varios minutos, como si en aquel acto hubiera tomado venganza de la obvia inconformidad que mis padres mostraban para con Simón, un hermoso niño rubio de seis años que no era la niña que ellos deseaban. O sí.
–Quiero decir, que al Niño Caníbal debería darle lo mismo con quién me meta siempre que le pague el dinero con que contrata guaruras y nos facilita el tripi. Es increíble, entre más viejo está, menos tolerante se vuelve hacia nuestra vida privada, como si no cobrarle a alguien fuese una barbaridad. Me ha hecho gracia que me llamara puta al teléfono, luego de que Joaquín se lo dijera.
–Joaquín es su amigo, bonita, ¿cómo se te ocurrió meterte con él…? Dios, cómo me duele la cabeza- le contesté bajándome un poco más la falda verde de plástico barato con que había salido desde ayer por la noche. El sol me hacía un daño terrible a pesar de las enormes gafas obscuras también de color verde. Yo era la Simonetta, con doble t por el tacón izquierdo y el derecho (verdes, faltaba más) y no estaba acostumbrada a beber.
–Joaquín no sería tan amigo suyo como amante mío. Ni siquiera se le ocurrió comprarme, no me consideraba una puta, quiero decir, no una a la que se le paga. Nos presentó el propio Niño Caníbal en su piso de La Montera, tú todavía andabas con Roberto, ¿te acuerdas?
Y cómo no me iba a acordar. Roberto había sido un amor verdadero construido sobre mentiras, empezando por mi nombre. Cuando lo conocí él estaba borracho y sólo hablaba de olvidar a una tal Zsofia, rumana me parece, de quien habló hasta el cansancio aquella noche sólo para no volver a mencionarla jamás. Subió a mi piso cuando lo encontré en la misma calle llorando lastimosamente. Y me di perfecta cuenta de que no se percataba de las hormonas que tomaba para mantenerme sin vello, de las cinco cirugías que me habían permitido tener cierta figura, del sospechoso tamaño de mis pies o el ancho de mis hombros (“¿Haces natación?”, me preguntó antes de quedarse dormido) y empezamos un romance de varios meses que acabó el día en que me mostró aquel anónimo gritando una y otra vez “¿Es verdad que no eres mujer? ¿Es verdad?”. También aquella noche de la despedida soñé con mi padre, pero esa vez la bofetada me la daba él como de hecho nunca ocurrió. O sí.
–Me acuerdo perfectamente- respondí. –Me asombra que el Niño Caníbal no se diera cuenta desde el primer momento, si a Joaquín se le iban los ojos nada más verte. Y te equivocas en que no eran tan amigos, claro que lo eran, desde niños. El Niño Caníbal lo conoció en Marruecos, durante su infancia, que aunque parezca mentira la tuvo- y reímos las dos en un gesto cómplice, quién sabe si de la misma cosa. Estábamos llegando al alcázar y saqué mis cigarrillos del bolso (verde, por supuesto).
–Algo había oído yo de Marruecos, pero creí que se habían conocido en el negocio del hachís, antes de que Joaquín tuviera la ciudadanía española. El Niño Caníbal sí era español, a pesar de tener esa pinta de magrebí ¡y esas nalgas de moro! ¡Madre mía!- y volvimos a reír con estrépito espantando las palomas que ya estaban ahí aunque apenas fueran las siete y media de la mañana. La luz oblicua del sol nos hacía sombras muy largas a nuestras espaldas. No había nadie en la plaza.
–No sé, yo al Niño Caníbal nunca lo probé, ya sabes que yo soy independiente, nada de chulos ni administradores ni ná de ná. Con ellos pura amistad aunque me propusieran varias veces incorporar locas y operadas en su negocio. Nunca acepté. Y conmigo sucedió al revés que contigo: fue Joaquín quien me presentó al Niño Caníbal, ¿lo sabías?- Ella movía la cabeza en sentido afirmativo mientras daba una larga chupada al cigarro mentolado long recién encendido luego de que yo hiciera lo propio. Cajetilla búlgara, nada menos. Nuestros contactos, bueno, los del Niño Caníbal, eran increíbles.
–Pues claro que sí. Joaquín me habló de Roberto y por cierto que yo tampoco sabía que no eras mujer, quiero decir, antes…- se interrumpió como lamentando esas palabras. Llegamos al mirador que da al Tajo y se apoyó sobre la baranda fumando lentamente. La cabeza me dolía terriblemente y no estaba dispuesta a que una sombra de mal humor se cruzara en nuestras risas. La tranquilicé:
–Bueno, no soy mujer tampoco ahora. Soy mucho mejor, más que un hombre, más que una mujer. Soy una diosa- y otra vez nos miramos sonriendo antes de reventar en risas y toser por la combinación del humo con el aire violento de la carcajada. Ambas nos referíamos a esa poetisa mexicana, Pita Amor, cuyos versos sabíamos de memoria. Una ridiculez. –¿Pero quién te habló de mí? ¿Por qué?- agregué pensativa, sinceramente intrigada.
–Fue Roberto… quiero decir, Joaquín, no recuerdo bien, no me preguntes, de eso hace tanto tiempo.
–Joaquín no sabía que yo era diosa, querida, sólo que era mujer. Y el Niño Caníbal no hace esas aclaraciones. Él y una puta que nunca conocí eran los únicos que lo sabían. Y fue esa puta quien le envió el anónimo a Roberto, aunque el Niño Caníbal nunca quiso decirme quién era ni por qué le confió aquello. Por toda explicación me dijo “También los lobos equivocamos las confianzas”. Y yo le creí porque es mi amigo. Quiero decir, le creo.
–¿Estás segura de que no fue él?- dijo sacando otro cigarrillo sin terminar todavía el que tenía en la mano. Ahora era su cajetilla: rumanos, como los que debió usar Zsofia, ¿los chulos y sus putas nunca compran cigarros en España?
–Sí, ¿pero entonces cómo supiste de mí? ¿por Roberto?
–Sí, sí, fue Roberto, ya lo recuerdo, llegó furioso a reclamarle al Niño Caníbal y a gritos le dijo lo que entonces no tuve más remedio que saber. El Niño Caníbal me estaba regañando por no cobrar a todos los clientes. ¡Ya desde entonces, joder!
–Pero yo ya te conocía cuando aun estaba con Roberto. ¿No lo sabías?
–No, no… Bueno, sospechaba, no sé… pero ya te digo que fui la última en enterarme, justo aquel día en que Roberto entró al piso de La Montera. Daba voces como un loco, no puedo creer que haya gente tan imbécil como para dejar un amor por tan poca cosa…
Otra vez pareció lamentar sus palabras. El Niño Caníbal la había desheredado justo anoche, cuando Joaquín le contó sus proezas indignado a su vez porque la había encontrado chupándosela a Pino en los baños. Era su venganza, la de Joaquín, denunciarla con quien sabía que le haría más daño: su dueño. ¿Era eso ser puta? ¿Tener dueño? ¿Cuántas mujeres casadas lo son, entonces?
–No fue lo único que decidió a Roberto a dejarme. Creo que la puta que envió el anónimo ya estaba liada con él. Él mismo me lo dijo en medio de sus gritos…
–Estaba ardido, seguro lo decía para hacerte daño- me dijo desviando la mirada hacia el Tajo y escupiendo por el balcón. Vi el escupitajo caer largamente hasta perderse de vista. Moví la cabeza pensando en lo desagradable que aquello era. Recuperé la conversación y fruncí el ceño.
–No. Roberto no estaba mintiendo. Me dijo que no le dolía dejarme porque ya tenía una mujer verdadera para olvidarme. Mentía en lo primero, decía la verdad en lo segundo. Y no me costó trabajo imaginar que era ella quien le había enviado el anónimo, ¿quién si no?
–Y el Niño Caníbal no te dijo nada, ¿verdad?- me preguntó mientras se sentaba en el barandal. No tenía vértigo a pesar de que había bebido tanto como yo. Mentira: mucho más.
–Nada. Me dijo que no podía decírmelo porque entonces me metería en problemas, no por haberme quitado al hombre de mi vida sino porque ese hombre murió a manos de ella una semana después. Sí, ya sé que vas a decirme que estoy loca, que la policía determinó que se suicidó con ese cóctel, pero yo estoy segura de que estaba con alguien. Estaba con ella.
Mi teléfono empezó a vibrar dentro del bolso. El aire se había enfriado y sin advertirlo ya varias nubes se habían reunido por el oriente, tapando el sol. Las palomas que hasta hace unos minutos poblaban la plaza parecían haberse esfumado. Encontré el teléfono entre mis chicles y un librito de rezos que era de mi madre. Era un mensaje. Del Niño Caníbal.
“Es ella”
Fue la segunda cachetada que di en mi vida. Como su propia saliva, ella se perdió entre las rocas. Y yo me perdí en el norte de Francia donde nunca pasa nada. Excepto el sueño.

lunes, febrero 04, 2008

El enfermo


Prefería no preguntarle cómo le iba, pero a veces lo olvidaba y hacía la pregunta apenas dar los buenos días. Venía entonces una larga letanía que comenzaba con un mal, un no muy bien con los ojos alzados al cielo y un suspiro; luego lamentaba la falta dinero, la presión de su familia en Túnez que pedía más y más para salvar un vago negocio familiar; y remataba obligadamente dándome pormenores de la salud que siempre le faltaba: a veces las piernas, a veces la espalda, el pecho, el corazón, la respiración, la cabeza, todo amenazaba con terminar esa vida a la que, mahometanamente, decía que no debíamos aferrarnos.
Al principio creí sinceramente que las calamidades le perseguían. Estuve a punto de prestarle una buena suma de dinero cuando me dijo que tenía una grave urgencia y se paseaba de un lado a otro de mi oficina con grandes pasos, llevándose las manos a las mejillas y a los ojos, como si quisiera detener un llanto que por suerte se limitó a lo verbal. Pero un periodo vacacional largo y el recuerdo de la exorbitante cantidad de cigarros que consumía me disuadieron de mis propósitos altruístas: los cigarrillos siempre han sido caros.
Nunca volvió a mencionar el préstamo, pero me hizo objeto de un extraño recelo que no impidió, desde luego, que apelara a mi buena voluntad para pagarle algunas comidas cuando salíamos todos al restaurante de la esquina.
–¿Por qué le prestas?- me preguntó el argelino con el que compartía cubículo.
–Porque puedo perder cinco o diez euros una vez al mes, no me importa. Y ello evita males mayores- le contesté no sin cierto aire de suficiencia.
Pero los males llegaron, ahora no sé bien si para él o para mí.
Fui yo quien esa mañana de enero descubrió que no podía caminar. Anduve con las piernas rígidas como Frankenstein tratando de ganar el ascensor. Caí varias veces. Descubrí que no había electricidad y bajé por las escaleras. Volví a caer y fueron el portero y una vecina quienes llamaron a una ambulancia y a mi oficina para pedir la presencia de alguien. Venía mi compañero, el argelino, pero también venía él, todavía con un cigarrillo al que le di una calada. Se subió a la ambulancia nervioso, casi crispado. Pensé que estaba preocupado.
–Esto no tiene importancia, seguro que salgo hoy mismo- le dije para tranquilizarlo.
–Sí, no puedes enfermarte. Eso a mí también me ha pasado, lo de las piernas, varias veces- contestó atropelladamente haciendo un ademán para restar importancia a lo que ocurría.
Pero ya desde entonces advertí en sus ojos un recelo aumentado que parecía envidiar directamente lo que me acababa de ocurrir, como si lamentara no ser él la víctima de la extraña falta de potasio que me tuvo dos días en el hospital. Salí, por fortuna de pie, y al ser recibido en la oficina por mis compañeros, recuerdo su extraña insistencia en que él ya había pasado por mi experiencia y que temía que volviera a ocurrirle. Volví a tranquilizarle un poco en son de broma:
–Esto no es contagioso, mi estimado, ni que fuera mariconez- Y pareció sonreír en la sombra.
Pero una semana después fue el argelino quien resultó hospitalizado por una infección gastrointestinal (decía que guardar la carne en su guardarropa era bueno para secarla) y quince días después el jefe se rodeó de médicos por una apendicitis aguda (hubo que sacarle de la oficina a la fuerza, decía que no tenía tiempo para ir al hospital a pesar de trabajar doblado de dolor sobre sí mismo). Y el tunecino crecía en ansiedad y fumaba todavía más al ver que todos conseguían ser víctimas, menos él, como si aquéllos lo hubieran buscado y fuera bueno. Ya no esperaba a que le preguntara cómo se sentía por las mañanas, pues sin importar la hora nos decía que no veía bien, que tenía palpitaciones, que en las noches no podía dormir sintiendo que se ahogaba. Pero ya no se le hacía caso, o bien, se le empezaba a hacer objeto de veladas bromas que no pareció haber comprendido.
Pero un día tocó su turno en la ruleta de la mala suerte. Yo estaba en la Biblioteca, sentado frente a una ventana desde donde se veía pasar el tranvía. Lo vi cruzar las vías y detenerse de pronto como si se acordara de algo. Dio la media vuelta y observó el suelo. Siguió fumando. Cuando el tranvía del centro se acercaba me puse de pie para comprobar lo que no creí haber visto: estaba poniendo la punta de su zapato izquierdo sobre la vía, sacó unas monedas y se puso a contarlas para fingirse distraído. Pensé que el tranvía se dentendría, pero no fue así. Pasó, le prendió el pie, pero también lo hizo caer de una manera extraña hasta convertirlo en un despojo sin vida.
Es una pena que no haya vivido para disfrutar de su calamidad suprema. Seguro estaría orgulloso de decir Me morí.

jueves, enero 31, 2008

Fe de erratas


Comprendo que el falso novelista mexicano Edgar Ludwing Kratz Godínez haya querido matarme aunque sea a través de un cuento tan vulgar como Novelista, verdadero ardid á la clef que no consigue dominar el recurso de la escritura en clave, menos aún refocilarse como acusadamente pretende en el contorsionismo sintáctico que tan caro es a mi estilo. No fui enterrado en el jardín de su casa –minúsculo cuadro de tierra en el patio de una vivienda de interés social donde sigue viviendo incluso ahora que ha ganado –y perdido- el Premio Sexenal- ni vagué por las calles del centro ni fui drogadicto ni amante suyo –homosexual embozado, él- sino que fui su colega en el bufete de abogados –ese sí tan real como la demanda que de ahí ha salido en su contra– y ahí descubrió algunos escritos míos que, reconozco, jamás debí llevar al despacho ni era correcto realizarlos durante la jornada laboral que se suponía pagada para dictar actas engorrosas o hacer el segumiento de querellas judiciales escandalosamente aburridas. Me robó dos pequeñas novelas que tenía ahí guardadas, quiero decir que las fotocopió, no sé cuánto tiempo le habrá llevado ni en qué momento se le ocurrió hacerlo, algo sabían sus amigos –yo nunca fui íntimo suyo- de que le gustaba la literatura y quería seguir intentando publicar sus cuentos que eran rechazados una y otra vez por razones que, a la vista de Novelista, me son diáfanas. Nunca me enteré de que mis obras habían sido publicadas bajo otros títulos ni que habían ganado los premios Guaralfa (¡y bien me había cuidado yo de no soñar siquiera con publicar en esa editorial para señoritos cuyos libros, por fortuna, jamás son leídos!) y fue sólo cuando Ludwing o Edgar o Godínez –que jamás era llamado de la misma manera y nunca como Kratz- me regaló un ejemplar de sus cuentos que por fin habían sido publicados en la misma Guaralfa, cuando empecé ya no a sospechar, sino a sentir una piadosa curiosidad por cualquier otra de sus publicaciones. Le confesé que yo también escribía y al desinterés inicial siguió su desdén cuando por fin le presté el borrador de Tianguis cultural, novela que no fue premiada en el inexistente concurso estatal como él ha dicho, sino en el mismísimo Premio Sexenal que le dio los veinticinco –no diez- millones de pesos con los que desapareció para siempre del despacho y, según la policía, también de su domicilio, aunque tengo para mí que está metido en algún escondrijo de su casa, tanta es la afección que tiene por los volúmenes que ahí guarda y que pude recorrer a gusto en la única ocasión en que me invitó a su piso para devolverme Tianguis cultural junto con siete hojas de presunta crítica demoledora. Fue justo su renuencia a mostrarme los ejemplares de sus propias novelas lo que me hizo buscar en las librerías lo que ya había sido devuelto a la editorial y distribuido en saldos a viejos que malvivían de sus ventas y que los metieron en estanterías mal clasificadas donde me fue imposible encontrarlos, por lo que hubieron de pasar meses antes de que encontrara paseando por el tianguis cultural un ejemplar de ¡Tianguis cultural! con las hojas medio desprendidas y, naturalmente, con otro título. Entonces Edgar o Ludwing o Godínez llevaba ya dos meses ausente del despacho y algunos elucubrábamos disparatadas teorías sobre su paradero. Nadie había reportado su desaparición porque había dejado su renuncia en el escritorio, sus papeles en orden y, para rematar, en su página blog mostró una foto suya con una hermosa playa al fondo y un breve texto donde nos deseaba suerte. Luego vino la denuncia, la búsqueda infructuosa y ese pésimo ejercicio narrativo de nula imaginación y menos audacia llamado Novelista, que escribió en su blog y que –pobre imbécil- me llevó hasta él.

Espero todo esto sirva para explicar por qué lo maté.

jueves, enero 24, 2008

Novelista

Tuve que dar vueltas por el centro por más de tres horas y pagar dinero a gente inmunda para dar con él. Mi ayudante era un drogadicto de treinta y dos años a fines de aquel enero en que se convocó al Premio Sexenal de Novela que daba diez millones de pesos a su ganador, una medida desesperada y ridícula de la Secretaría de Cultura para distraer la atención sobre su deporable rendimiento y la reiterada acusación de que los fondos para películas, pintura, danza y literatura se iban directamente a parientes y favoritos de los funcionarios. Yo estaba como loco, desde luego, pues era el mejor candidato para ese premio luego de ganar por dos años consecutivos el de literatura de la Editorial Guaralfa, que apenas daba ridículos diez mil pesos y la publicación de la obra, lo que por lo menos me puso en contacto con verdaderos escritores y me permitió codearme con el gobernador y algún funcionario federal. Pero de dinero, nada.
Lo encontré orinando debajo del puente de República con un grupo de borrachos y le llamé para que subiera al auto. No estaba tan sucio como aquella primera vez en que subió, cuando él tenía veintiséis años y yo lo confundí con alguno de los prostitutos de la calle Morelos, confusión que no obstó para que me lo llevara a mi cama luego de algún discurso más o menos ambiguo. En aquella ocasión, mientras se vestía husmeó en mi escritorio moviendo algunas hojas.
–No muevas eso, flaco, es un trabajo.
–¿Trabajas en tu casa?- inquirió con expresión de extrañeza.
–Sí, soy escritor y abogado, aunque sólo he publicado artículos en revistas. Mira, aquí tengo una de ellas.
–Ah, mira, yo también escribo historias, cosas, sobre todo cuando me pongo, tú sabes…
–¿De veras? Quizá no me expliqué bien, yo hago literatura, no cuentos psicodélicos- le contesté orgulloso de mi pedantería y torciendo los labios en una sonrisa burlona. Pero entonces me sorprendió citando de memoria un párrafo del Quijote que desde luego yo no conocía:
“–¿Por dicha hásele olvidado a vuestra merced como yo no soy caballero, o quiere que acabe de vomitar las entrañas que me quedaron de anoche? Guárdese su licor con todos sus diablos, y déjeme a mí.” Cervantes. Para que no me chingues con tu veneno, cabrón.
–¿Es verdad eso? ¿de dónde lo has sacado? Ahora mismo vamos a comprobarlo- y fui a mi biblioteca a sacar el grueso volumen, una edición de comienzos del franquismo que me regaló mi abuelo poco antes de morir arruinado por venir a este país. Y ahí estaba el diálogo, con la misma frase. Completa. En el capítulo del manteamiento de Sancho.
–Pero ¿tú eres escritor?- dije todavía aturdido.
–Pues escribo porque me gusta hacerlo, ahora sólo novelas o cuentos, ya no puedo hacer poesía desde que me fui de casa.
–Te llevo a donde vives y me enseñas algo, anda- le dije excitado.
–No. Si quieres te veo el próximo jueves, frente al Chivas, estaré ahí en punto de las ocho de la noche.
Así empezó aquella extraña relación nuestra que me permitió hacerme de sus cuentos por módicas cantidades y publicarlos como míos en concursos locales. Me di a conocer y algunas reseñas salieron en distintos periódicos sobre “el cuentista más cáustico que había dado el Occidente”, “maestro de la ironía”, “nuevo existencialista en la zona más anodina del mundo”, dijo todavía un chilango en un periódico de la capital cuando la primera novela, Tianguis cultural, ganó el Premio Estatal. Mi ayudante estaba al tanto, desde luego, y fue subiendo sus tarifas al mismo ritmo que la intensidad de su toxicomanía. Para las dos novelas ganadoras en Guaralfa tuve que pasar meses en correcciones de meros errores de dedo y suciedad en las páginas redactadas por mi ayudante en un domicilio que nunca me permitió conocer. Pero el recién inventado Premio Sexenal era otra cosa. Me permitiría consolidar mi prestigio, pero sobre todo, mi chequera. Después de eso podía animarme a publicar la novela que había estado escribiendo a espaldas de mi ayudante durante años, tratando de imitarle y aun superar sus fallas guiado por las reseñas de los críticos.
–Flaco, tienes que ayudarme, ha salido una gorda- le dije apenas subió al auto.
–¿Qué? Mira, tómate una copita conmigo, ándale, es mi cumpleaños, ¿ves?- me contestó con la lengua tropezándole entre las letras y acercándome a la boca la botella que tenía en la mano.
–Déjate de tonterías, necesito la nueva novela antes de marzo, ni siquiera me había dado cuenta de que la convocatoria del Premio Sexenal salió a mediados de diciembre pasado, eso me pasa por no leer el boletín de la Secretaría, ¡si hasta me lo mandan cada mes a mi cuenta de correo electrónico! ¡chingado!
–¿Antes de marzo? Supongo que podrás pagar el doble- me contestó recuperando un poco el orden sintáctico y la concentración en sus ojos: pupilas demasiado abiertas, quizá no sólo había bebido.
–¿El doble? ¡Por favor, flaco! ¡no tengo dinero y tú queriendo joderme más! Lo del Premio Sexenal es sólo porque eso tiene prestigio nacional, sabes que es muy importante para un intelectual porque…
–Tú no eres un intelecutal, no mames, eres un pobre diablo que por más libros que lea y más ejercicios que haga jamás tendrá una sola idea interesante, tú eres lo que yo he hecho de ti. Quiero el doble o no hay novela. Es más, el doble o le pruebo al mundo que yo soy el autor y te hundes todito- y rió con estrépito alcohólico insoportable. Fue entonces cuando un sudor frío me poseyó, no sé si de lo que acababa de decir o de lo que se me ocurrió hacer.
–Vamos a mi casa, flaco, creo que necesitas un baño. Y tranquilizarte. Tómate estas pastillas por ahora, anda, abre la boca- y saqué de la guantera las pastillas para dormir. Le di seis.
–Son de las de éxtasis que te sobraron la otra vez, ¿verdad?
–Sí flaco, las mismas.
Cuando llegamos a la casa me costó trabajo abrir la zanja en el jardín, jamás pensé que fuera tan difícil. Le eché paletadas de tierra a su cuerpo dormido, pensé que después de todo la asfixia le sobrevendría antes de despertar y así podría ahorrarme escenas desagradables o trabajos extra. Apagué la luz del jardín al terminar y me fui a dormir. Soñé que ganaba el Premio Sexenal luego de terminar y enviar la novela que tenía guardada en el cajón, tratando de seguir en todo el estilo de mi ayudante. Soñé con dinero, con un viaje, que anunciaba mi retiro en medio de flashes. Pero esta mañana me he encontrado la zanja desecha.
Y tengo miedo de abrir la puerta a la que están llamando desde hace un minuto.

miércoles, diciembre 26, 2007

El club

–Deje de escribir- me dijo sin el menor atisbo de guasa o duda, apoyadas las dos manos en los descansabrazos de su sillón decimonónico y somnolientos aun los pocos rayos de sol que amarilleaban la atmósfera de aquél rincón –sala de té le llamaba- de su inmensa biblioteca personal. Don Apolonio pontificaba como todos los miembros de la Academia, pero a diferencia de aquéllos su palabra tenía mucho de gravedad y amargura, poca afectación y ninguna frivolidad, parecía querer arrancar de tajo un sufrimiento, un cáncer, más cirujano que filólogo aquella mañana de diciembre de mis veinticinco años meridianos. Abrí mucho los ojos y dije:
–¿Cómo dice? ¿por qué? ¿no le gustó la novela premiada Don Apolonio?- balbuceé sin poder evitar esa estupidez bien conocida de encadenar varias preguntas seguidas. Su ceja izquierda se levantó censurando aquella desmesura, y aclarando un poco su garganta –los viejos carraspean todo el tiempo- levantó una mano como si fuese un agente de tránsito pidiendo detener la marcha. Explicó:
–No debe escribir porque no está en Europa ni, para el caso, en alguno de esos países asiáticos que presumen a sus escritores luego de perseguirlos y exiliarlos, una vez que ganan notoriedad en ese mundo occidental del que somos mero apéndice o, si lo prefiere, soporte en bruto no exento de contradicciones.
–No le entiendo, Don Apolonio, ¿acaso México no ha tenido escritores? ¿no tenemos por ahí un Premio Nobel de Literatura?- contesté al tiempo en que advertía nuevamente mis encabalgamientos interrogatorios. Enrojecí o, mejor dicho dado mi evidente origen mesoamericano, ennegrecí.
–Por supuesto que ha habido escritores en México- dijo subrayando las dos últimas palabras al tiempo que levantaba el índice de su mano derecha, pontífice momentáneo sin mitra ni túnica, sacerdote de un culto secular. –También ha habido algunos ingenieros notables, periodistas, arquitectos, médicos, artistas de variadas disciplinas, todos ellos teniendo a México como marco, a veces como obsesión, pero salvo contadísimas excepciones no hay apenas lugar para mexicanos en la cultura y la ciencia en México- y volvió a subrayar las dos últimas palabras, esta vez con un gesto de su índice que gráficamente trazaba la línea horizontal por debajo de invisibles palabras.
–No sé a lo que se refiere, doctor- dije avergonzándome enseguida: de sobra era conocido que a Don Apolonio le irritaba que le llamaran por su título académico, o quizá deba decir títulos, toda vez que se había doctorado tres veces, en Filología, Lingüística y, nada menos, Psicología Lacaniana. Volvió a carraspear incómodo y tomó impulso para levantarse al tiempo en que me tomaba del brazo diciéndome:
–Sígame. Me parece que estamos en mal lugar. El salón de té está rodeado de autores extranjeros que nada tienen qué ver con nuestra discusión. Acompáñeme a la otra sala. Comprenderá, aunque duela, algunas cosas útiles.
Entramos a su colección de literatura mexicana o, como prefería llamarla, hecha en México. Con una mano hizo gesto de mostrar o recorrer aquellas estanterías que llegaban hasta el techo. Entonces me instruyó:
–Recuérdeme su apellido y el de cinco amigos escritores suyos, por favor.
–Eh, bueno, ya sabe que me apellido García- dije con timidez y sin saber qué buscaba el viejo que llevaba una incongruente pajarita al cuello. Detuve la mirada en ella y luego completé: –Amigos escritores o periodistas no creo que le sean conocidos.- Movió la cabeza de un lado a otro.
–Apellidos, dígame los apellidos.
–Bueno, eh… Ramírez, Mercado, Álvarez, López, Pérez…
–Muy bien. Podrá comprobar que hay pocos escritores con esos apellidos dentro de esta colección. La mayoría de esos pocos son del siglo diecinueve. Es extraño, ¿no le parece? Los cinco apellidos que usted ha citado, bueno, incluyendo el suyo, constituyen un enorme porcentaje de la población, ¿por qué no están proporcionalmente representados aquí? ¿acaso hay autores importantes fuera de esta colección? ¿ignoro yo algo?- Sus pregunta eran retóricas y sin embargo le interrumpí:
–Supongo que es casualidad, que los autores menores no los toma en cuenta, ¿qué quiere decirme, Don Apolonio? ¿qué tiene que ver esto con que yo deba dejar de escribir? ¿qué importa que yo me apellide García?- El filólogo –o acaso hacía más de psicólogo en aquel momento- hizo un esfuerzo por no mostrar su disgusto ante mi nueva escalada de preguntas. Habló un poco más fuerte:
–Señor García, ya le dije a usted lo que seguramente no ignoraba: que somos un apéndice del mundo occidental. Peor aún: el orden colonial nunca ha dejado de conducir los destinos de este país. ¿Qué ve en estos apellidos ilustres? Mírelos, recuerde las biografías, no tenga el miedo ñoño de esta época a hacer clasificaciones por raza o capacidad económica. No tenga miedo de ver.- Volvió a tomarme del brazo y casi me arrastró por las estanterías, señalando con el dedo de la mano libre los nombres de los lomos, aquí y allá. Parecía poseído.
–Se trata casi siempre de hombres blancos, señor García, hombres de clase media cuando no pudiente, no necesariamente malos, desde luego, ¿qué culpa tienen los pijos de serlo?- y aquí no pude menos que sonreír para mis adentros por aquella palabra gachupina, mis amigos decían fresa en su lugar, pero aquella palabra hubiera resultado grotesca en labios de Don Apolonio. Me enrojecí de sólo pensarla. –Mire a donde usted guste: los medios de comunicación, la arquitectura, el arte, incluso la ciencia que todo parece emparejar. Este es un pueblo interpretado por notables, no nos engañemos, ese club decide qué es mexicano, cuál es nuestra esencia, hacia dónde debemos ir, explica a los indígenas por quienes sienten fascinación teórica y dice que no hay racismo aunque la enorme masa mestiza que le rodea, que cuida de sus casas y conduce sus coches, le resulte indiferente o bien el resultado feliz de ese país imaginario en el que habitan.
–¿País imaginario? Todo depende del talento, Don Apolonio, y la nacionalidad mexicana es un papel, ¿qué impide que un extranjero interprete correctamente este país o que sea su mejor escritor?- dije algo enfadado por cuanto su dictamen parecía impedirme el desarrollo feliz de la que consideraba mi vocación. Decidí que era un racista a pesar de ser tan moreno como yo. A pesar de ser él mismo un notable.
–No me malentienda. Estoy señalando un hecho objetivo, verificable, que esteriliza sus esfuerzos o los limita a esa editorial barata en que ha publicado sus dos únicos libros, todavía inmaduros y aun más ingenuos. Le estoy sugiriendo el único camino posible para ser escritor mexicano: dejar de ser esto último. Váyase del país, vaya al mundo a recuperar los materiales de que está hecha nuestra mentalidad colonial, adéntrese efectivamente en los orígenes de esa fatal conformidad nuestra con los Quetzalcóatl que presuntamente nos representan. Si se hace escritor mexicano, no volverá. Como la rubia serpiente emplumada...
Aquella mañana salí deprimido de casa de Don Apolonio, envenenado y sin oportunidad de una segunda entrevista porque el pobre murió a los pocos meses.
Hoy compré en la tienda de antigüedades la primera edición de su Vocabulario moderno. Leer cuesta menos que escribir.

martes, noviembre 27, 2007

Aniversario

Oigo la misma música, pero estoy solo. Solo, sobrio. Al principio me envolvía la vergüenza y era incapaz de verlo completo, pero finalmente hoy, justo un año después, conseguí sentirme indiferente frente a mi imagen rodeada de esos tres efímeros amigos diez años menores que yo, todos borrachos y apenas coherentes, en el juego estúpido de intercambiar sinsentidos y comprensiones súbitas. No es que me avergonzara la borrachera o los comentarios afectados de una amistad que sólo vivió en mi imaginación por unos meses, sino que me apenaba la evidente fragilidad que emanaba mi persona, aun en medio de ese afán tantas veces tolerado de convertirme en el centro de tertulias, reuniones y aun meras conversaciones de pasillo, con mis colegas y estudiantes, con mis amigos y conocidos, no así con mi familia a la que evidentemente no podía tender esa cortina de humo de mi ingenio a fin de ocultar mi angustia enfermiza por ser aceptado y querido, quizá abrazado, toda vez que mis consanguíneos eran sin lugar a dudas el origen de tanto malentendido.
Aquella noche hubo abrazos, desde luego, y mucho llanto y perdón, y también traición al mismo tiempo porque naturalmente todo mundo olvidó que la cámara estaba registrando cuanto caía bajo su objetivo, suficiente para que aparecieran el Chino y el Gordo cruzando miradas y risas apenas disimuladas como muecas ante el desahogo sentimental de Costeño. Y sin embargo fueron aquellos dos los más leales, especialmente el primero que no cedió ni siquiera con varios vasos del más áspero vodka ni al patético lloriqueo confesional o afectivo ni al manoseo que por más de cuarenta minutos tuvo a Costeño y al Gordo sobándome brazos y espalda, mientras yo hacía un concentrado esfuerzo por mantener el ritmo e intensidad de mis gemidos al tiempo que liaba dos o tres frases contundentes sobre la amistad, el amor y la vida.
Porque efectivamente lo mío fue la reejecución de una vieja rutina cuyos interlocutores eran siempre los mismos con diferentes nombres, una triste manera de ganar el favor de los otros a través de la inmolación alcohólica cuya sinceridad se supone fuera de toda duda, motivaciones no muy distintas de las que inspiraron a Costeño a acaparar los primeros minutos de catársis emocional, aunque lo suyo era inconsciente –y no por ello menos falso- y terminó avasallado por la perfección de mis exhibiciones, éstas sí imperdonablemente asumidas e intencionadas con todo y mi gran capacidad para imbuir mi espíritu con tinglados mentales diversos. Y creerlos. O seguirlos hasta sus ultimas consecuencias. Y convencer, en lo cual no hubo apenas distingos: convencidos el Chino y el Gordo, aunque el primero decidiera no seguir la corriente de las lágrimas y sólo ofrecer sus hombros para cargarme al salir, convencido también Costeño aunque no quedara claro si lo estaba por mí o por él mismo, tan difíciles de distinguir son los motivos de los seres escindidos como él. Como nosotros.
¿Pero de qué se trata todo esto? ¿por qué buscar el cobijo ajeno de manera tan abyecta y desencaminada? El vídeo, aun dentro de su cabal ordinariedad, ofrece respuestas en ese cansino alternar de monosílabos y gimoteos: perdón, se escucha una y otra vez, perdónenme. Nunca explico por qué y mis tres compañeros no parecen inquietarse demasiado por ello, conformándose con preguntar de qué deben perdonarme sin esperar respuesta alguna. Automatismos. Cortesía, supongo. No me parece que el resorte de mi solicitud expiatoria haya sido el hacerme pasar por uno de ellos, sin serlo. No es la mentira lo que escuece, si algún escozor hay en lo que ya se ha señalado como falso performance verdadero, si bien dicho remordimiento forma parte del acto; es más bien un reconocimiento del abuso que significa considerarse superior a los demás por la posesión de un secreto y el creer –o saber, tanto da- que los otros, esos tres que se bambolean frente al lente y apagan la cámara, esos que pueden ser cualquier otro, cualquier nombre marchando hacia su extinción, son de alguna forma ignorantes e imbéciles, imperfectos en una palabra, y no vale la pena por tanto perder el tiempo intentando una verdad que les supera…
Un año ya. Estoy borrando el vídeo. Feliz aniversario.

lunes, noviembre 19, 2007

Sexenio trece

Era de esperarse que al cruzar la frontera, aun en medio de mi desesperación y con el ruido de explosiones detrás, recordara al Dr. Luna. ¿Cómo ignorar que fue él el primero en advertirnos del peligro aunque le costara no sólo la cátedra sino su propia sanidad mental? En aquellos días estaba yo en la ciudad contratado como profesor adjunto del Colegio Mexicano de Historia, contento de haber conseguido por fin aquella plaza que consideraba el culmen de mi carrera académica. El sexenio en que creíamos entrar al primer mundo estaba a poco menos de un año de tocar fin y el Dr. Luna ofreció aquella conferencia siendo director del Colegio. El futuro a partir del pasado había empezado bien y llevaba ya quince minutos pasando una transparencia tras otra frente a un auditorio a reventar, cuando el Dr. Luna hizo una pausa, encendió su segundo cigarrillo y dijo con toda seriedad:
–El primer condicionante de los males crónicos que aquejan al país está en la base elegida para el periodo presidencial: seis años es un mal número.
Hubo ligeras risas en el auditorio, gente esa de la academia que cree que debe reír de todo lo que parezca ironía, broma o comentario audaz a fin de subrayar su presunta inteligencia, que no se crea que se les escapa ninguna sutileza. Entonces el Dr. Luna colocó una diapositiva en que figuraban dentro de un círculo dividido en doce, signos parecidos a los del Zodíaco acompañados de los nombres de los distintos presidentes a partir de Lázaro Cárdenas. En los últimos dos sectores había sendos signos de interrogación. Y continuó:
–Seis es un mal número y la historia de México está desgraciadamente marcada por él desde 1934. Sé lo que están pensando: que el de Lázaro Cárdenas no fue el primer sexenio en la historia de México, que ya Porfirio Díaz había estrenado esa modalidad desde su penúltimo periodo presidencial y que bien hubiera cumplido un segundo mandato de esa naturaleza de no haberse cruzado el movimiento armado de 1910 o su propia muerte en 1915. De acuerdo, pero esa secuencia de sexenios quedó interrumpida y por lo tanto no cuenta en mi análisis. El problema es la secuencia del número seis que viene sucediéndose desde hace casi sesenta años, ¡sesenta! ¡otro seis!
Al silencio había seguido un ligero murmullo. No es que lo que dijera el Dr. Luna fuera todavía absolutamente descabellado, muchos creímos que todo el misterio se esclarecería en seguida y que aquel despliegue de metafísica era sólo un recurso retórico, pero ya había algunos que comenzaban a inquietarse. Aquel excurso, pero sobre todo aquella exclamación, eran notablemente extraños tratándose de un hombre que había estudiado la licenciatura en matemáticas al tiempo que la de historia, que había publicado casi treinta libros sobre asuntos diversos del México independiente, que había impartido conferencias y seminarios en distintos países en nada menos que cinco lenguas, incluido el yiddish. Luna empezaba a temblar cuando a la transparencia previa superpuso otra que encerraba con números al primer círculo. Y dijo:
–El uno representa la unidad, evidentemente, esa especie de apoteosis de la revolución que representó el primer sexenio bajo Lázaro Cárdenas. Todo bien hasta aquí y sin embargo el dos introduce ya una dualidad que sólo puede significar el mal, bien porque ya existía, bien porque recién se introduce. Manuel Ávila Camacho era un hombre pío, razón por la que el mal ya estaba presenta en esa primera unidad, ¿dónde? ¡en el hecho de que ya era seis! Pero ello lo explicaré en un momento más con el auxilio del texto de la Dra. Blavatsky.
Hablaba desaforadamente, con prisa, sus manos temblando mientras abría mucho los ojos. Yo me hallaba en la segunda fila y pude ver el sudor perlando su frente. Apenas consumió su segundo cigarrillo cuando encendió el otro. Se llevaba la mano derecha a la cabeza como si intentara rascarse mientras apoyaba la izquierda en la cadera, abriéndose el saco. Luego alzaba las dos manos como un predicador. Daba miedo.
–El tres representa una nueva forma de unidad como comprendieron los trinitarios y los antiguos, fue la refundación del PRI bajo Miguel Alemán, la refinación del sistema, en tanto que el cuatro vuelve a remitir a la ambigüedad, los elementos clásicos siempre en pugna por arrebatar el espíritu: agua de Ruiz Cortines, aire de Miguel Alemán, tierra del creyente Ávila Camacho y fuego del rojillo fundador de la maquinaria diabólica: Lázaro Cárdenas. El cinco es sinónimo de Satanás y no es casualidad que bajo la presidencia de Adolfo López Mateos ya esté en cargo quien rematará la crisis del sistema, el sexto, Gustavo Díaz Ordaz, cuyo peor año fue el de 1968. Claro: un sexenio, seis; el sexto, seis; y 1968 cuyas cifras suman 24 cuyas cifras suman seis. Tres seis. El Apocalipsis.
Ya no había risas. Algunos habían salido del auditorio y discutían si había que llamar a su esposa o bien dejarlo terminar. Yo no quería interrumpirlo. Su delirio empezaba a parecerme divertido.
–El siete es un buen número, desde luego, pero no en combinación del irremediable seis del sexenio. Echeverría hace creer que cambia de ropaje y resulta ser el mismo, no se diga del ocho, dos elevado al cubo, que resulta en esa catástrofe que fue López Portillo. Nuestro expresidente Miguel de la Madrid logra un mínimo avance por tratarse del noveno, un número bueno si no se enmarca en esa cifra maligna del seis sexenal.
–¿Y ahora, profesor? ¿qué hay del actual y de los que siguen? ¿qué dice su teoría numerológica?- interrumpió un joven estudiante que sonreía creyendo que el profesor bromeaba.
–A eso voy, jovencito, a eso voy. Sesenta años de sexenios terminarán el próximo año. Seis y seis, fatal. Inestabilidad segura. Y no se diga del año siguiente en que comienza el onceavo mandato sexenal porque la suma de las cifras de la suma de las cifras en 1995 es seis. Otra vez mal. Abran los ojos porque lo peor no está en el siguiente ni en el doceavo que cierra el círculo zodiacal, sino en el apocalíptico sexenio trece, cuyo principio del fin es 2006 -seis- y que incluye el paso por el imán histórico del 2010: bicentenario y centenario de la Independencia y la Revolución mexicana respectivamente. No llegaremos tan lejos, me temo, cuando todo incendiará el país, no habrá manera de salvarse cuando el fuego descienda sobre nosotros, cuando...

Ahora estoy en Guatemala y no he podido traerme ninguna de mis cosas. Recuerdo al Dr. Luna mientras se rompe el pacto federal, mientras los muertos se acumulan en la capital del país y en los Estados Unidos se discute urgentemente enviar una fuerza de intervención a México; lo recuerdo gritando a viva voz en aquel auditorio mientras todos intentábamos tranquilizarle. Y tengo miedo no tanto de lo que ocurre cuanto de empezar a ver cosas o escuchar voces donde los demás no encuentran nada...

miércoles, octubre 31, 2007

Renuncia

–Vengo a renunciar- dijo lo más tranquilamente que pudo, si bien no consiguió sostener la mirada de su jefe que ladeaba la cabeza en actitud concentrada.
–¿Cómo? ¿a renunciar? ¿por qué?- soltó el francés haciendo un esfuerzo por compensar su sorpresa con una indiferencia profesional.
Entonces comenzó a mentir. O a rematar sus viejas mentiras. Inventó motivos incontestables aun a sabiendas de que no serían creídos: su presunta mujer en Colombia, su madre que ya estaba desempleada y cuya enfermedad se agravaba, el próximo fin de su quinto contrato semestral. Tenían buen cuidado de no ofrecerle una plaza fija, los franceses, ahorrándose así compromisos engorrosos de lo que se denomina seguridad social. Fraternité, le llaman.
–Estoy muy agradecido con la oportunidad que me brindó, con el equipo del laboratorio y con la misma Francia, pero no puedo prolongar mi estancia más.
–¿Por qué no traes a tu familia?- volvió a preguntar el francés como tantas otras veces en reuniones y congresos, en la plática del café y al regreso de las vacaciones. Y tuvo, una vez más, la misma respuesta.
–Mi madre no soportaría el clima ni mi mujer querría cambiar de residencia. Lo siento, no tengo más remedio que irme.
Había resistido más allá de lo que su indolencia le autorizaba, de modo que ya era hora de correr la suerte que había tratado inútilmente de evitar desde que empezó a trabajar quince años atrás, cuando terminó la carrera. Entonces encontró trabajo fácilmente sólo para comprender enseguida que no estaba hecho para eso, que no soportaba el mundo ni sus reglas, que no había más que tareas idiotas esperando y compañeros cretinos en cualquier parte. Intentó negar la evidencia cambiando de trabajo, de país, de empresas, comprometiéndose al pago de una hipoteca en su natal Medellín sólo para largarse luego a Europa y nunca habitar el pequeño piso con terreza colgado de las montañas del oeste colombiano; había intentado hacer amistades duraderas o, por lo menos, sentirse a gusto en la compañía de los que el azar ponía a su lado en los distintos empleos, pero no pudo lograrlo en ninguna parte, ni entre sus compatriotas a quienes terminó detestando ni entre los extranjeros que le ignoraban cordialmente más allá del trato laboral; había hecho un esfuerzo por aceptar con naturalidad los saludos de cada mañana con las preguntas de siempre, por comprender y compartir el ánimo gregario de los demás sin reparar en la hipocresía o el sinsentido, pero luego de levantarse aquella mañana de lunes sólo sentía asco, un asco universal que no podía contener ni mitigar de ninguna forma, que no se redujo al vestirse para salir ni desapareció cuando por fin se instaló en su escritorio con vista a París. El día había llegado, comprendió: era hora de anunciar su retirada.
Una retirada que, sin embargo, nadie parecía entender como tal, ni siquiera su jefe que, recuperado de la sorpresa inicial, terminó deseándole éxito en lo que decidiera emprender. Emprender. Como si no hubiese advertido que su renuncia era no sólo a este trabajo, sino a cualquier trabajo. Como si no hubiese comprendido que su nuevo éxodo era sólo la superficie de una huida mayor, lejos del mundo y de los hombres que lo poblaban. Como si todavía hubiera manera de devolverle el sentido al hombre que salió ese mediodía de aquel edificio de La Défense con rumbo desconocido, a pie, sin que nadie más volviese a saber de él.

viernes, septiembre 28, 2007

Descenso

-Es un Boeign 747, ¿comprende? Es prácticamente imposible que pierda el control una vez alcanzados los diez mil metros. Llevamos varias horas de vuelo y todo ha salido bien, por favor, trate de calmarse.
-Pero eso fue claramente una explosión, no puede negarlo- dije apartando la bolsa de papel que tenía sobre la boca para respirar mejor: lo hacían en esa serie de médicos tan de moda, quizá sirviera- Y esta turbulencia, perdón, no puede ser normal. No es la primera vez que viajo...
Una fuerte sacudida y los gritos de varios pasajeros me interrumpieron. Maldecía al capitán por no tener siquiera la gentileza de informar qué pasaba desde hace diez minutos cuando escuché el estallido. Por la ventanilla comprobaba la increíble flexibilidad del ala derecha: me ponía enfermo.
-¿Pero qué espera el capitán para dar una explicación? ¿qué está pasando?- dije tartamudeando al inglés sentado en el asiento del pasillo (el asiento entre nosotros estaba vacío) .
-Quizá el capitán sabe que esta es una situación completamente normal y no cree necesario importunarnos. Tranquilícese, no pasa nada.
-Pero mire el ala- dije apartándome un poco de la ventanilla para dejarlo entrever; él se agachó - ¡Esto no va a resistir mucho! Qué horror.
Él destapó una lata de refresco y dió un largo trago luego de derramar un poco por el piso. Me miró y me dijo:
-Señor, ¿no sabe que vamos a morir?
-¿Qué? ¿de qué está hablando?- dije al tiempo en que rompía la bolsa de papel contra el brazo del asiento tratando de sujetarme durante una sacudida. Afuera no veía nubes ni razón climática visible para semejante desorden. Empecé a tener náuseas.
-He preguntado si sabe usted que un día vamos a morir.
-¡Por supuesto! ¿qué se supone que significa esa pregunta?- dije visiblemente molesto. El portaequipaje del otro lado del pasillo se abrió de pronto y cayó pesadamente una pequeña maleta golpeando a una joven a la que inmediatamente sobó la cabeza una mujer de mi edad, probablemente su madre. Apenas escuché la última palabra pronunciada por el inglés, quien no había dejado de hablarme. Pensé que era una mierda morir en un avión al lado de un desconocido que encima de todo no hablaba tu propia lengua.
-...patético.
-¿Qué? Perdone, ¿puede repetir?
-Sí. Que su comportamiento me parece patético.- Tardé unos minutos en reaccionar. Un crujido espantoso produjo más gritos y el absurdo intento de un hombre calvo por abandonar su asiento sin que sus dos acompañantes se lo permitieran. ¿Qué pensaba hacer? ¿Abrir la puerta de emergencia y saltar? En segundos alcancé a pensar que aquello era ridículo y esta última palabra me recordó al inglés: patético, dijo.
-Óigame, yo no sé usted pero yo no tengo ganas de morir. Nadie lo desea- contesté.
-En efecto, nadie lo desea, pero toda vez que usted es un hombre y no un animal sabe que no puede vivir para siempre. Sabe que hay un final, ¿qué más da si es ahora o después?
-Tengo gente que me espera, proyectos, soy joven...
-¿Y esos le parecen motivos para vivir? ¿Ignoraba usted que la muerte puede llegar en cualquier momento? ¿Lo ignoran los suyos?
-¡No, no señor! No lo ignoro ni lo ignora mi familia, pero saber que uno muere no lo hace bueno.
-Vivir es lo importante, ¿no es verdad?
-Creo que me ha comprendido- le dije al tiempo en que el avión giraba hacia la izquierda descendiendo bruscamente. Una azafata pasó corriendo en dirección a la cabina con un equipo desfibrilador, razón por la cual pensé que quizá el piloto tuviera un infarto, pero en ese caso ¿por qué esperar hasta ahora para aplicarle electroshocks? Eso no podía ser la causa del problema, habría un copiloto capaz de hacerse cargo, siempre son dos ahí al frente, ¿no es verdad?
-Celebro que estemos de acuerdo- retomó el inglés -Pero dado que vivir es lo importante no hay razón para gastar energía en relación con la muerte. Mire nada más cómo se ha puesto. No cabe duda de que es usted un hombre de su tiempo: feliz a toda costa, incapaz de soportar no ya el fracaso o la tragedia, sino la mera contrariedad. Esto debe molestarle bastante porque nada puede salir mal en su vida, ¿no es así?
-He tenido fracasos- contesté haciendo de lado su insolencia. Me hacía bien ocuparme en esta conversación para no hacer caso a la cada vez más peligrosa inclinación de la nave que en su descenso ya había alcanzado una capa espesa de nubes. Las sacudidas violentas habían sido sustituidas por una vibración regular y un fuerte ruido en la parte de atrás. Continué: -No creo que mi vida deba ser perfecta, ignoro a qué se refiere o de dónde ha sacado semejantes conclusiones sobre mi persona. Tengo miedo, eso es todo.
-Yo también- dijo interrumpiéndome luego de dar otro sorbo a su refresco- pero creo que el origen de nuestros temores es bien distinto: el mío es enteramente animal, instintivo, impulso controlado de esa ley que obliga a todos los seres vivos a sobrevivir; el suyo, en cambio, me parece un miedo más elaborado, producto de su apego no ya a la vida, sino al espejismo que le sustituye: éxito, dinero, familia, amigos...
-¡Esa es la vida!
-Se equivoca.
-Usted está loco- alcancé a decir antes de que las pantallas de ruta GPS volvieran a encenderse indicando nuestra posición en el mapa: estábamos a punto de entrar en Terranova provenientes del Atlántico. El avión seguía atravesando espesas nubes mientras el altímetro descendía.
-Es posible, pero estoy cierto en que un buen filósofo sabría fundirse con el mundo sin miedos y sin esperanzas, participando de él sin esperar garantías de ninguna especie.
-Yo no busco garantías, yo...
El ruido aumentaba y habló el capitán:
Señores pasajeros, como ustedes han podido comprobar hemos perdido una de las turbinas izquierdas y estamos tratando de realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Saint-Pierre. Estén preparados para utilizar las salidas de emergencia y los toboganes tan pronto la aeronave se detenga. Mientras tanto, es muy importante que permanezcan sentados sobre sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado. Intentaremos alcanzar el aeropuerto en cinco o diez minutos. Gracias.
-Ya escuchó- dijo el inglés sonriendo.

No contesté. El ruido se había hecho ensordecedor y los GPS volvieron a apagarse, pero al menos las vibraciones seguían en el mismo nivel. Cuando la capa de nubes terminó descubrí que estábamos muy cerca del suelo.

Por debajo de mi ventanilla sólo veía el mar.

viernes, agosto 31, 2007

1989

Jorge Luis y yo nos detuvimos frente al aparato con expresión de asombro: nuestras bocas abiertas tardaron unos cuantos segundos en reaccionar con una exclamación ante el prodigio que Leonardo nos mostraba: un equipo modular todo en color negro con bocinas casi tan grandes como él que además de los consabidos cassette y tocadiscos incluía un módulo de disco compacto: láminas delgadas de color plateado que, a diferencia de los discos normales, se tocaban sin intervención de agujas y por un sólo lado.
–No veo las divisiones entre las canciones- dijo Jorge Luis.
–¡Buey! Inclinándolo contra la luz se pueden ver, ira- dijo Leonardo tomando el disco de Def Lepard por las orillas y poniéndolo contra la ventana que da al balcón. Pensé que él era afortunado de ser el primogénito de una familia de joyeros, de disponer de una casa tan grande, de conducir autos a sus catorce años, de tener para rematar un equipo modular como aquel en el cual escuchar Hysteria un domingo de febrero –¿o era abril?- de 1989. Una vez que Women se apoderó de las bocinas, con disimulada envidia, le espeté:
–¿Nada más tienes tres discos? ¡Y tan caros...!
–Bueno, el que está puesto ahorita es el único que compré. Descanso dominical me lo trajo mi jefe de España y no sé cuánto costó. El disco de Bon Jovi me lo compró un tío en el otro lado, en diciembre.
–No mames, cabrón, está bien chingón el sonido. ¿Dónde compraron el estéreo?- intervino Jorge Luis haciendo movimientos con las manos como si tuviera una batería frente a él.
–Mi papá tiene un amigo en la fayuca, no sé cuánto le costó pero el sensei del karate tiene uno igual- dijo Leonardo. Pensé que era un presumido, un déspota que no merecía nada de lo que tenía, un engreído al que el karate hacía todavía más prepotente. El único terreno en que podía derrotarlo era la escuela, bueno, más exactamente en las calificaciones pues mientras no hubiera un prefecto o un profesor a la vista él se imponía como rey en la zoología de la Secundaria 78. Luego de varias palizas opté por ayudarle en los exámenes y estar cerca de él, aunque ello me resultara a veces tan insoportable. Le dije:
–Pues no sirve de mucho un estéreo para el que casi no hay discos disponibles, ni siquiera puedes llevarlos en el carro como los cassettes. Son una mierda. Mira, parecen pedazos de plástico.
–Apenas salieron, dales chance, vas a ver que luego nadie va a querer los discos normales.
–Eso está cabrón, ¿no?- intervino Jorge Luis- Imagínate de aquí a que cambian todos los estéreos que hay en todo el mundo, ¡no mames!
–Claro que está cabrón- completé- Yo prefiero mis Walkman que sirven hasta para correr. Esta mañana me los llevé a la Barranca. ¿Edá, Jorge?
–Sí, buey, se oye la música bien chingón y casi nunca se traga la cinta. No como mi grabadora que ya me chingó dos cassettes, incluyendo uno de mi mamá.
–¿Oyes la música de tu mamá, cabrón? ¡No mames!- dijo Leonardo.
–Era un cassette de Rocío Durcal, el que tiene con Juan Gabriel. No está mal, cabrón- Jorge siempre tuvo gustos populares, aunque luego le dieran vergüenza.
–¿Tienes la tarea de Ciencias Sociales?- me dijo Leonardo con un empujón para que volteara a verle. No me caía bien.
–Sí, pero no encontré láminas para pegar recortes sobre los países del bloque comunista. Tendrás que dibujar algo.
–¿No eran socialistas?- dijo Jorge sin que nadie le hiciera caso.
–Pues hazlos tú, cabrón, ¿no te compré para eso el desayuno el viernes? Si vas a ayudar hazlo bien- me dijo Leonardo rompiendo a carcajadas con la estúpida complicidad de Jorge Luis. Miré los discos. Se me ocurrió una idea.
–Está bien, hombre, voy a hacer los dibujos, pero tendrás que darme a cambio el disco de Mecano. Te paso también el examen de matemáticas para el martes, ¿arre?
–¿Y para qué quieres un disco que no vas a poder oír? Además ya lo tienes en cassette, ¿no?
–Sí, pero hay dos canciones más en el disco- dije mostrándole la caja donde aparecían los títulos Hermano sol, hermana luna y Fábula. –En todo caso si puedo oírlo o no es cosa que no te importa.
Leonardo me tomó por el cuello de la camisa medio quitándome la respiración. Era más alto que él y por ello se ponía ligeramente de puntillas.
–Mira, pinche joto, vas a traerme la tarea el lunes y no te llevarás ni un pinche disco de aquí. ¿Estamos?
–Sí hombre, sólo bromeaba- dije frustrado y lleno de rabia.
La mamá de Leonardo nos llamó a la cena y entonces él me soltó la camisa. Durante toda la cena dejé que mi odio hacia el miserable chaparro se regodeara en absurdas fantasías de venganza. Me veía matándolo a él y a toda su familia, huyendo a pie para esconderme en la Barranca, pidiendo la complicidad de Jorge Luis para llevarme comida hasta las profundidades del cañón, enviando cartas sin firmar a mi madre y hermana... A los postres pedí permiso para ir al baño. Cruzaba el salón obscurecido cuando vi las luces del estéreo parpadeando con una hora falsa (5:13 me parece) y entonces concebí una venganza a la altura de mis circunstancias. Me acerqué a la obscuridad del estéro, le desconecté y entonces oriné detrás de él queriendo apurar el chorro ante el terror de ser descubierto. Algo debió quedar en la alfombra, algo dentro del estéreo, algo a los costados de las enormes bocinas. Abrí la caja de Descanso dominical y me eché entre los calzones el disco. Vi los otros dos y...

Leonardo era ingenuo. Me explicaba el lunes que su gato había orinado sobre el modular y arañado dos de los discos. Que el tocadiscos LP seguía funcionando, pero no así el de compactos. Mientras anotaba la lista de países comunistas pareció caer en cuenta de algo y levantó la cabeza para preguntarme:
Checoslovaquia, Hungría, Polonia... Oye, ¿no viste tú el disco de Mecano?
–¿Yo? ¿Ya se te olvidó que no quisiste dármelo a cambio del examen de matemáticas, cabrón?
Yugoslavia, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas... Decías que... ah, sí, pues por eso, ¿no te lo habrás llevado tú?
–No mames, si tú mismo decías que no tenía dónde escucharlo, no inventes pendejadas...
–...Vietnam del Norte, República Democrática Alemana, República Popular de China... Pero de cualquier manera querías llevártelo, cabrón, pero bueno, la caja está en la casa, puede que mi hermano lo haya agarrado.

En enero de 1994 por fin pude escuchar el compacto de Descanso Dominical en una pequeña grabadora. Ya no me gustaba.