La película fue atroz: una serie de efectos especiales conectados por monosílabos, a veces gruñidos o muecas. Tres veces cabecee mientras explotaban edificios con la puntual asistencia del equipo de sonido. Iluminado súbitamente por la pantalla, lo vi devorar nachos, palomitas, beber un litro de coca cola. Era estúpido empezar así la noche del domingo, pero mis criterios se relajaban conforme pasaban los días de trabajo y hogar en Santa Teresa. Días inclementes e iguales entre sí, intercambiables. Días productivos y sobrios, ordenados, rutinarios en su presunta diversión, inflexibles. Días con espacio para la insatisfacción y minutos reservados para la añoranza del caos, de la pasión. Ansiaba compañía, sexo, variedad, pero también mis opciones parecían generadas por la misma maquinaria de los días. Círculo, desierto, luna. Y cine, claro. Mal cine.
Había sido advertido, si no por amigos, sí por personas que nada ganaban con mentir: era un error abandonar la gran ciudad para irse a meter en este agujero. Yo alegué el sueldo, balbucí algo relacionado con aspiraciones profesionales, defendí la talla demográfica de Santa Teresa. Pato me llamó pendejo y se embarcó en una discusión sobre la imposibilidad de curar ese mal. Devian elogió la cerveza del norte, pero aclaró incontestablemente que esa no era una ventaja cultural, sino un medio de alienación colectiva (siempre ha sido afecto a las teorías conspiratorias, entre más delirantes mejor). Chiquita se rascó la entrepierna y me dio a oler sus dedos: "Tu futuro", dijo. Y yo creo que se equivocó porque esta noche de domingo ignominiosa no me hacía acompañar de una mujer, sino de un chico de universidad al que me afanaba en follar sin mucha convicción, sorprendido, por lo pronto, del ritmo y voluntad con que daba cuenta de cuanta comida había en el cine y de las ocasionales risas locas que le producían las imágenes -llamar película a esa excrecencia hubiese sido un exceso.
Como si hubiese salido de mi cuerpo y asistiera a una representación de mí mismo en ánimo de filmar escenas bobas con un desconocido, me vi aceptando la descabellada proposición suya de ir a cenar apenas subimos al carro luego de terminada la película. Debo decir en su descargo que hablaba poco y a mi favor que no hice ningún esfuerzo por caerle bien o hacer la noche más llevadera. Un ejemplo de madurez, mi circunspección, que Pato se empeñaba en rechazar como signo de sabiduría por ser incompatible con su incontinencia verbal. Pero Pato no entendía de hombres. Tampoco de mujeres. "Es fácil ser bisexual si no te acuestas con nadie", le decía en tono burlón para arrepentirme en seguida por su torrente de argumentos y exégesis. A veces, durante la cena, volvía a mi cuerpo -o al menos a mi cabeza- y en verdad oía lo que mi invitado de esa noche me contaba. Cosas de una juventud transcurrida en territorios culturalmente vírgenes y ayunos de cinismo. Cosas directas, sencillas, desamparadas. El futuro y la libertad, por ejemplo. Las presuntas virtudes de la disciplina y el esfuerzo. El castigo que espera a los malos. Superación personal, religión, el deporte. Filosofías que gente muy importante concibió en lugares que algún día visitaremos como Europa o China. La importancia del inglés.
Fumé varias veces bajo su mirada ausente, concentrándome en su boca. Se parecía a la de Chiquita, con labios delgados y propios de un rostro cuadrado, casi marcial. Mientras hablaba de ayudar económicamente a sus padres me regodee pensando en si si sería capaz de mamar tan bien como lo hacía Chiquita y por un instante me reuní conmigo mismo para recordar que estaba ahí en busca de sexo, no de una terapia psicoanalítica. Debíamos irnos, tendría que probar mis viejas técnicas de sometimiento (todo acto sexual es así, una guerra), tendría que poner manos a la obra aunque la noche fuera densa y apeteciera más bien quedarse inmóvil, aunque los trayectos en la madrugada de Santa Teresa no excedieran los siete minutos de un extremo a otro y no fuese posible escuchar más de un par de canciones en cada viaje. "Vámonos", le dije de repente. Y él se puso de pie con agilidad pasando una mano por el vientre plano para mejor acomodarse la camisa. "Maldita juventud", pensé. Maldita.
Se hizo el silencio en la casa mientras bebíamos café. "¿Qué me pasa?", me dije, ¿tendría este congelamiento algo qué ver con lo que Devian definía como el crunch maturitas, a saber, el momento a partir del cual un hombre encuentra imposible conquistar a otra persona más joven? Devian afirmaba que las grandes compañías contaminaban los alimentos para inducir conductas más morales y dóciles en la población. Y me advirtió contra Santa Teresa: "Es obvio que no pueden empezar estos tratamientos masivamente en grandes centros urbanos. Es costoso. Empiezan por los pequeños y alejados. Ahí toda la gente está loca y aséptica y lobotomizada en la práctica", decía con los ojos muy abiertos. Me sacudí los malos pensamientos, me acerqué a él y le toqué el rostro con cualquier pretexto. Una espinilla, una mancha, una basurita. Un mostrarle el frío de mis manos. O su calor. Una telaraña que debió arrastrar mientras entraba por la puerta del patio, una marca dejada por la viruela, lo de costumbre. "Mi novia dice que tengo las mejillas muy rojas, ¿cierto?", me preguntó sonriendo...
Chiquita decía que las ciudades pequeñas -no los pueblitos, aclaraba- eran para los matrimonios y la gente decente. "Tu modo de vida, digamos, no puede descansar en los medios, sino en los extremos. Pero estás en crisis y cualquier cosa que haga para disuadirte es inútil. Idiota". Pato estaba de acuerdo con ella y aseguraba que me convertiría en uno de ellos: "No vas a cambiar, imbécil, no es eso lo que trato de decir, sólo vas a rendirte, terminarás creyendo que ese modo de vida ñoño a medio camino entre el alcoholismo y la depresión es el único, el auténtico". Lo dejé frente a la puerta de su casa, me apretó suavemente un hombro. "Gracias, fue una noche excelente", me dijo. Devian me habría recordado que el placer no puede rematar en agradecimientos. Pero no lo había.
domingo, octubre 23, 2011
sábado, septiembre 17, 2011
Dos levedades
'Un antes y un después nunca se sueldan'
–Tu rostro mañana, Javier Marías
–Tu rostro mañana, Javier Marías
En la honda madrugada de Santa Teresa, ya pasado el Grito y apagados por el alcohol los cada vez más escasos murmullos de remotos jolgorios, el Indio se sirvió, tambaleando, otro caballito de tequila y me miró de frente con ojos vidriosos. Me puso una mano en el hombro como quien va a confesar algo y trata de acercar al confidente, pero en el último momento se echó para atrás, se recargó en su silla tomando el caballito de hidalgo y encendió un cigarrillo.
–Como sabes, dos veces tuve oportunidad de quedarme en el extranjero.
–Sí.
–Y no me quedé.
–Ya veo- dije sonriendo y esperando que completara la frase, chiste o lo que fuera a soltar como solía hacer tras solemnes pausas. No fue así.
–Sé que ha sido una decisión imbécil desde el punto de vista práctico, pero ya sabes que mis razones eran sentimentales.
–Lo sé, lo sé... l'amour...
–Claro, l'amour, pero aun si no hubiese tenido pareja ni familia, habría vuelto. Se necesita conocer el hambre o el horror para irse definitivamente y yo, con todo y haber padecido necesidades, no conocía ninguno de ellos. Los iraníes y rusos en Praga sí los conocían. Los magrebíes, los congoleses y hasta los vietnamitas en Francia, los conocían. Sus recuerdos, con ser entrañables, también estaban teñidos de miedo: a la sharía, al racismo, a la guerra tribal, a la persecución política y religiosa, a la hambruna y al caos. Hasta los mexicanos del otro lado tienen que ser lo suficientemente pobres e ignorantes para preferir cortar jardines o lavar baños en vez de volver a padecer hambre en esta mierda de país...
–No vivimos mal, Indio, no exageres...
–No vivimos mal porque vivimos en otro país, no en el de ellos. Es a ese país inexistente al que volví dos veces del extranjero. Está hecho de bancos, escuelas, casas con rejas y alambrados cada vez más altos, cocheras con alarma donde se guardan carros asegurados, plazas comerciales donde una criba racial ha dejado sólo gente blanca o decentemente vestida, un barniz de ley y de gobierno, una ficción colectiva que pretende seguir festivamente encima de una multitud depredada y depredadora. Cuando nos encontramos –casi siempre trágicamente- con ese subpaís, lo maldecimos y ponemos cara de circunstancias, pero luego nos reponemos y volvemos a creer que el nuestro es el suyo, que es uno solo. Mentira: pronto no habrá sitio donde esconderse de ellos...
–Estás borracho.
–Sí, lo estoy... Pero en realidad no quería hablar de lo que, evidente o no, terminará por ser claro para todos llegado el momento, obviedades que el tiempo se encargará de manifestar despiadada y puntualmente. Sólo quería hablarte de las sensaciones, de las atmósferas que rodearon esos dos regresos al país. No pretendía embarcarme en una discusión política, sino sentimental.
–A ver, Indio, suéltalo.
–Dejar un país al que te has acostumbrado, aunque no sea el tuyo, tiene lo suyo de nostalgia y evocación, especialmente si es un país de verdad con una historia amplia y un mínimo de consistencia. Esos últimos meses, tanto en Praga como en Valenciennes, sabiendo que transcurría mi última temporada en cada caso, veía las cosas y personas, los paisajes y recuerdos, como un todo que se me iba alejando y cuya difuminación había empezado ya, cubriéndolo todo de cierta neblina y haciéndome vivir en medio de una ensoñación.
–Lo normal en estos casos, claro.
–Era más que lo normal. Porque justo en ese estado suspendido, en esa transición movediza, sentía una paz extraordinaria que me hacía ver todo con una perspectiva amplia, comprender –o creer comprender- tanto lo que dejaba como lo que venía. Bisagra del tiempo cargada de comprensión benevolente, serena e iluminada... Por ejemplo, el cine. Las películas mexicanas justo antes de volver me sabían cargadas de dolorosa precisión, pero ahí donde se colaba la corrupción, ahí donde permeaba el desorden y la decadencia, me deleitaba en la anticipación de juveniles placeres: el sexo y los viajes de equipaje ligero, los pies hundidos en una playa de cálidas arenas, las carreteras y los pueblos donde la comida era sabrosa y casi regalada. Aquí estaba mi juventud y podía volver a ella sin importar los años transcurridos, pensaba.
–Te entiendo.
–No, no lo entiendes. Nunca has vivido fuera más que de vacaciones o en viaje de trabajo. Vas, te tomas la foto en la seguridad de que al regreso estarán tu oficina, tu esposa y tus hijos donde mismo. Apenas deshaces la maleta, jamás te ves obligado a aprender otro idioma ni a cambiar ninguno de tus hábitos. Nunca haces amigos, sino colegas, nunca te comunicas, sólo rodeas... Por ejemplo, el cine. Vi muchas películas checas y francesas, desde luego, pero al final de mis dos estancias, enmedio de mi levedad, de mi flotar entre dos mundos, siempre aparecía una con carácter revelador y sintético que parecía subrayar mi calidad de outsider: Kolja en el caso checo, Il y a longtemps que je t'aime en el caso francés. Las películas son muy diferentes en su historia y hechura, pero comparten algunas características: muestran –no sé si intencionadamente- el país en el que están hechas, no sólo a través de obviedades como el fin del comunismo en la primera o los museos de Nancy en la segunda, sino también a través del señalamiento de hábitos y atmósferas (la civilización decimonónica y musical checa, la cosmopolita y filosófica francesa); tienen por protagonistas a personajes fracturados o en retirada que circunstancialmente se ven obligados a interactuar y cuya liberación es ambigua, quizá imposible; están cargadas de soledad mal admitida e incomprensión casi orgánica, como si los personajes centrales también estuvieran viviendo levedades impenetrables, flotando en el mundo, un tanto conscientes de que están de más...
–Y cuando volviste se te acabó todo eso, Indio, ¿no es así?
–No inmediatamente. Las películas parecían anticipar mi propio e inacabado proceso de reanudación, sus dificultades y su fracaso último. O quizá me equivoco y la adaptación tuvo lugar en ambos casos a las pocas semanas, cuando conseguí trabajo y el contacto continuado con imbéciles y fanfarrones, hijos de puta y malnacidos, me trajo de vuelta a la realidad. Y la realidad es que lo entrañable duraba el plazo de vivir en el país como de vacaciones, los pocos días de acostumbrarse de nuevo al noticiero y a las calles idealizadas, el tiempo de intimidad con la pareja y de saludar de nuevo a la familia, sintiéndose extranjero en el propio país como prolongación del verdadero tiempo fuera. Unos cuantos días, unas semanas, luego la levedad fue reemplazada por el peso...
–Es tarde, Indio, vámonos a dormir...
–Sí. Siempre queda el sueño.
viernes, septiembre 02, 2011
Fata Morgana
Harto de acumular noticias sobre secuestros y crímenes de la mafia, sobre la ineptitud gubernamental y el absoluto descaro con que la raza del país se dedicaba a saquearlo todo poco antes del Gran Colapso, al Director de Noticias Pompa le brillaron los ojos frente al monitor cuando leyó aquel correo. Se trataba de Dibú, su gran amigo de toda la vida, quien daba cuenta de su viaje de placer por Tierra Santa –naturalmente a cargo del erario- en compañía de su esposa Vivá: Muro de los Lamentos, Monte de los Olivos, Mezquita de Al-Aqsa, taxis de precios astronómicos, inexplicable excitación al pasar por los puntos de seguridad... y la gran noticia, motivo de su entusiasmo: Ericka Vexler vivía a media cuadra de su hotel, en una casita de dos plantas y terraza con balcón mudéjar: ¿querría entrevistarla?
Claro que quería. Llevaba casi dos décadas sin saber de ella, su jefa en tiempos de la Guerra del Golfo, cuando él era un divorciado camarógrafo de veintiocho años, regordete y medio calvo, de largas patillas y bigote espeso, renuente a llevar una de las máscaras de gas que el gobierno israelí repartió entre la población como parte de sus desplantes paranoicos. A ella le debía, si bien de manera involuntaria y lamentable, su vertiginoso ascenso a corresponsal titular, el primero y más importante paso de los varios que lo condujeron a su oficina en México, hasta hace poco lejos de las balas y el caos. Una deuda que no le agradaba ni podía agradecerse, aunque lo hubiera beneficiado, pues ella hubo de perder su empleo y desaparecer para siempre en el más profundo ostracismo, negándose por años a recibir visitas y siendo luego abandonada incluso por los más nostálgicos curiosos. Siempre había querido preguntarle qué pasó aquella noche en su piso de Tel Aviv, cuando los misiles Patriot y Scud ululaban en el cielo, cuando encerrada en el baño de su casa en compañía de él y su perrita Milka, enlazó con el satélite para la transmisión regular en vivo y se hizo escuchar y reproducir entre la estática de millones de televisores al otro lado del océano: "Nuclear... repito: ¡ataque nuclear!".
"No está de más intentar", se dijo Pompa mientras escribía a Dibú proporcionándole detalles sobre Vexler y los puntos que una eventual pero casi imposible entrevista debía incluir: lo relativo a la noche nuclear debía quedar al final en la esperanza de que otros datos fuesen revelados, convenía explorar aspectos poco conocidos de su trabajo previo como entrevistadora de líderes del Medio Oriente, su decisión de emigrar a México y la posterior –aunque más comprensible- de permanecer en Israel, tal vez datos sobre su vida en el retiro –¿o era reclusión?- de los últimos veinte años. Debía ser indulgente y no insistir, por ningún motivo debía irritarla porque en ese caso ella daría por terminada la entrevista con su aire amable y misterioso. Inapelable.
Decidió hacerse acompañar de Vivá por si debía dirigirse en hebreo a alguien y porque una mujer siempre suaviza la tosquedad de un hombre. Abrió la puerta de madera obscura una mujer morena, rolliza, que hablaba ese español suave de los indígenas centroamericanos. Los hizo pasar a una salita de alfombra roja y muebles de patas muy delgadas, pidió que la esperaran. Durante largos minutos ni él ni Vivá pronunciaron palabra. Luego volvió la doméstica para pedirles que la acompañaran a la terraza de arriba, para lo cual, extrañamente, había que cruzar un patio lleno de olivares y luego volver –ya en la segunda planta- por un costado del mismo. Mientras avanzaban, Dibú sintió inundarse de irrealidad, como si a lo largo de los pasillos y víctima de la incredulidad de que esta entrevista tuviese lugar, fuese perdiendo paso a paso el por qué de su visita alienado por el llamado a la oración desde remotos alminares de infinidad de mezquitas.
La terraza miraba al oriente, de modo que esa tarde ya le hacía sombra el resto de la casa. Justo en medio, descansando sobre un gran diván y rodeada de tres mesas con ámpulas abiertas de morfina, jeringas y un tanque de oxígeno, estaba Ericka Vexler muriendo de cáncer. Una vez que nos pusimos delante de ella en un par de sillas que acercó la doméstica, por fortuna de espaldas al deslumbrar de techos dorados de Jerusalén, pude verle la tenue y enigmática sonrisa que la caracterizaba. Llevaba gafas negras y hablaba con la hipnotizante monotonía de sus tiempos de periodista, un ritmo calcado del hebreo y parecido a un rezo, una letanía.
–Pompa los ha mandado a aquí, ¿eh?- dijo al abrir un diálogo para el que no estaba preparado, enmudecido como un principiante. –Me alegro, me alegro. No me queda mucho tiempo, como habrán comprobado. Hablaré poco, ya Rosita me está clavando su mirada, ¿ven? Me cuida como una generala y si no hubiese insistido, les habría echado como lo ha hecho con tantos otros...
–Podemos volver otro día, Señora Vexler, no quisiéramos...- dije extraviado. Vivá salió en mi rescate mirándome con la firme suavidad de quien pide silencio y no suelta la presa. Me callé.
–De ninguna manera. No hay tiempo. La entrevista está preparada... ¡Rosita! Tráeme por favor los documentos del expediente negro y dáselos a estos señores, por favor... Habrán de disculparme, no pensaba entregarlos a la prensa, pero ya que un buen amigo se ha acordado de mí seguramente podrá armar con ese material el reportaje que mejor le convenga. Confío en él. Ahórrenme las preguntas triviales (todas están en el expediente) y mejor charlemos de otras cosas, ¿quieren?
Vivá intervino y yo quise comérmela con los ojos apenas abrió la boca echando por tierra todos nuestros planes.
–Señora Vexler, ¿qué pasó esa noche?- Se hizo un breve silencio que acentuó el cese de los llamados de las mezquitas y el resplandor final del sol sobre los tejados. Se hizo la penumbra.
–Claro, claro... de eso podemos hablar. Por supuesto no está en el expediente y lo que les digo pueden compartirlo con Pompa, pero nadie más. Eran tiempos de una gran polarización y, aunque ahora les parezca que el mundo estaba de acuerdo en contra de Hussein, ello estaba lejos de ser así. El dictador tuvo el gran acierto de atacar Israel y ganar así el favor de millones de musulmanes y cristianos radicales. Israel no era inocente y vio en aquella coyuntura la oportunidad de ampliar todavía más el favor de los otros extremistas, los que veían en él a un país víctima y a un pueblo victimizado... por definición. Y a perpetuidad. Recordarán el temor que existía en todo el mundo por el inminente desmembramiento de la Unión Soviética y el destino de miles de armas nucleares. Israel aprovechó ese temor y exaltó la paranoia al acusar a Hussein de planear ataques bacteriológicos, químicos y, desde luego, nucleares.
–Pero los ataques no se produjeron...- intervine tímidamente.
–No, no se produjeron efectivamente. No sea ingenuo, Dibú. No hacía falta. A mí me pagaba el Servicio Secreto Israelí. El mayor sacrificio que me exigieron fue el de esa noche: sería retirada de los medios de comunicación y no volvería a trabajar en ellos luego de reforzar la especie de que un ataque nuclear se iba a producir, de cualquiera de las partes. El estruendo de los bombardeos –esos estúpidos Patriot que nunca consiguieron derribar ningún Scud y sí causaron más muertes civiles que los segundos- y la estática que arruinaba las transmisiones satélitales hicieron el resto. Quedó bien, ¿eh? "Nuclear, nuclear" en una época como esa en que todavía helaba la Guerra Fría...
La experiodista pareció caer en un extraño sopor. Dejó de hablar, emitió algunos gemidos, Vivá llamó a Rosita creyendo que tal vez Ericka necesitaba una nueva dosis de morfina, pero la doméstica se limitó a tomarle el pulso a su patrona y a pasarle una gasa húmeda por la frente. Luego nos pidió, perentoria, que abandonáramos la casa. Nos entregó el expediente. Al llegar al hotel, todavía aturdido, dejé a Vivá en la habitación y bajé al bar con el expediente en mano. Entre cientos de hojas en blanco había un certificado médico: Ericka padecía Alzheimer desde hacía siete años. Lo emitía el Hospital Militar Israelí, con sede en Haifa.
Claro que quería. Llevaba casi dos décadas sin saber de ella, su jefa en tiempos de la Guerra del Golfo, cuando él era un divorciado camarógrafo de veintiocho años, regordete y medio calvo, de largas patillas y bigote espeso, renuente a llevar una de las máscaras de gas que el gobierno israelí repartió entre la población como parte de sus desplantes paranoicos. A ella le debía, si bien de manera involuntaria y lamentable, su vertiginoso ascenso a corresponsal titular, el primero y más importante paso de los varios que lo condujeron a su oficina en México, hasta hace poco lejos de las balas y el caos. Una deuda que no le agradaba ni podía agradecerse, aunque lo hubiera beneficiado, pues ella hubo de perder su empleo y desaparecer para siempre en el más profundo ostracismo, negándose por años a recibir visitas y siendo luego abandonada incluso por los más nostálgicos curiosos. Siempre había querido preguntarle qué pasó aquella noche en su piso de Tel Aviv, cuando los misiles Patriot y Scud ululaban en el cielo, cuando encerrada en el baño de su casa en compañía de él y su perrita Milka, enlazó con el satélite para la transmisión regular en vivo y se hizo escuchar y reproducir entre la estática de millones de televisores al otro lado del océano: "Nuclear... repito: ¡ataque nuclear!".
"No está de más intentar", se dijo Pompa mientras escribía a Dibú proporcionándole detalles sobre Vexler y los puntos que una eventual pero casi imposible entrevista debía incluir: lo relativo a la noche nuclear debía quedar al final en la esperanza de que otros datos fuesen revelados, convenía explorar aspectos poco conocidos de su trabajo previo como entrevistadora de líderes del Medio Oriente, su decisión de emigrar a México y la posterior –aunque más comprensible- de permanecer en Israel, tal vez datos sobre su vida en el retiro –¿o era reclusión?- de los últimos veinte años. Debía ser indulgente y no insistir, por ningún motivo debía irritarla porque en ese caso ella daría por terminada la entrevista con su aire amable y misterioso. Inapelable.
Decidió hacerse acompañar de Vivá por si debía dirigirse en hebreo a alguien y porque una mujer siempre suaviza la tosquedad de un hombre. Abrió la puerta de madera obscura una mujer morena, rolliza, que hablaba ese español suave de los indígenas centroamericanos. Los hizo pasar a una salita de alfombra roja y muebles de patas muy delgadas, pidió que la esperaran. Durante largos minutos ni él ni Vivá pronunciaron palabra. Luego volvió la doméstica para pedirles que la acompañaran a la terraza de arriba, para lo cual, extrañamente, había que cruzar un patio lleno de olivares y luego volver –ya en la segunda planta- por un costado del mismo. Mientras avanzaban, Dibú sintió inundarse de irrealidad, como si a lo largo de los pasillos y víctima de la incredulidad de que esta entrevista tuviese lugar, fuese perdiendo paso a paso el por qué de su visita alienado por el llamado a la oración desde remotos alminares de infinidad de mezquitas.
La terraza miraba al oriente, de modo que esa tarde ya le hacía sombra el resto de la casa. Justo en medio, descansando sobre un gran diván y rodeada de tres mesas con ámpulas abiertas de morfina, jeringas y un tanque de oxígeno, estaba Ericka Vexler muriendo de cáncer. Una vez que nos pusimos delante de ella en un par de sillas que acercó la doméstica, por fortuna de espaldas al deslumbrar de techos dorados de Jerusalén, pude verle la tenue y enigmática sonrisa que la caracterizaba. Llevaba gafas negras y hablaba con la hipnotizante monotonía de sus tiempos de periodista, un ritmo calcado del hebreo y parecido a un rezo, una letanía.
–Pompa los ha mandado a aquí, ¿eh?- dijo al abrir un diálogo para el que no estaba preparado, enmudecido como un principiante. –Me alegro, me alegro. No me queda mucho tiempo, como habrán comprobado. Hablaré poco, ya Rosita me está clavando su mirada, ¿ven? Me cuida como una generala y si no hubiese insistido, les habría echado como lo ha hecho con tantos otros...
–Podemos volver otro día, Señora Vexler, no quisiéramos...- dije extraviado. Vivá salió en mi rescate mirándome con la firme suavidad de quien pide silencio y no suelta la presa. Me callé.
–De ninguna manera. No hay tiempo. La entrevista está preparada... ¡Rosita! Tráeme por favor los documentos del expediente negro y dáselos a estos señores, por favor... Habrán de disculparme, no pensaba entregarlos a la prensa, pero ya que un buen amigo se ha acordado de mí seguramente podrá armar con ese material el reportaje que mejor le convenga. Confío en él. Ahórrenme las preguntas triviales (todas están en el expediente) y mejor charlemos de otras cosas, ¿quieren?
Vivá intervino y yo quise comérmela con los ojos apenas abrió la boca echando por tierra todos nuestros planes.
–Señora Vexler, ¿qué pasó esa noche?- Se hizo un breve silencio que acentuó el cese de los llamados de las mezquitas y el resplandor final del sol sobre los tejados. Se hizo la penumbra.
–Claro, claro... de eso podemos hablar. Por supuesto no está en el expediente y lo que les digo pueden compartirlo con Pompa, pero nadie más. Eran tiempos de una gran polarización y, aunque ahora les parezca que el mundo estaba de acuerdo en contra de Hussein, ello estaba lejos de ser así. El dictador tuvo el gran acierto de atacar Israel y ganar así el favor de millones de musulmanes y cristianos radicales. Israel no era inocente y vio en aquella coyuntura la oportunidad de ampliar todavía más el favor de los otros extremistas, los que veían en él a un país víctima y a un pueblo victimizado... por definición. Y a perpetuidad. Recordarán el temor que existía en todo el mundo por el inminente desmembramiento de la Unión Soviética y el destino de miles de armas nucleares. Israel aprovechó ese temor y exaltó la paranoia al acusar a Hussein de planear ataques bacteriológicos, químicos y, desde luego, nucleares.
–Pero los ataques no se produjeron...- intervine tímidamente.
–No, no se produjeron efectivamente. No sea ingenuo, Dibú. No hacía falta. A mí me pagaba el Servicio Secreto Israelí. El mayor sacrificio que me exigieron fue el de esa noche: sería retirada de los medios de comunicación y no volvería a trabajar en ellos luego de reforzar la especie de que un ataque nuclear se iba a producir, de cualquiera de las partes. El estruendo de los bombardeos –esos estúpidos Patriot que nunca consiguieron derribar ningún Scud y sí causaron más muertes civiles que los segundos- y la estática que arruinaba las transmisiones satélitales hicieron el resto. Quedó bien, ¿eh? "Nuclear, nuclear" en una época como esa en que todavía helaba la Guerra Fría...
La experiodista pareció caer en un extraño sopor. Dejó de hablar, emitió algunos gemidos, Vivá llamó a Rosita creyendo que tal vez Ericka necesitaba una nueva dosis de morfina, pero la doméstica se limitó a tomarle el pulso a su patrona y a pasarle una gasa húmeda por la frente. Luego nos pidió, perentoria, que abandonáramos la casa. Nos entregó el expediente. Al llegar al hotel, todavía aturdido, dejé a Vivá en la habitación y bajé al bar con el expediente en mano. Entre cientos de hojas en blanco había un certificado médico: Ericka padecía Alzheimer desde hacía siete años. Lo emitía el Hospital Militar Israelí, con sede en Haifa.
jueves, agosto 11, 2011
Detritus
Baby went to Amsterdam
she put a little money into traveling
now it's so slow, so slow...
-Amsterdam, Peter Bjorn
she put a little money into traveling
now it's so slow, so slow...
-Amsterdam, Peter Bjorn
Salí a fumar al patio y la encontré ahí, en medio de las recién lavadas losas de cemento como una inquietante joya articulada atenta a mis movimientos, sus inútiles alas de queratina a modo de carcasa, sus antenas desafiantes percibiendo el mundo. Un signo de dudosa pertinencia al final de un día de problemas elásticos. Una advertencia más de estar pisando un terreno que no es el propio. Gregorio Samsa, etcétera. La ofuscada noche de Santa Teresa.
Este no era un ejemplar de los ochentas. Aquellas eran cucarachas pequeñas imposibles de atrapar, veloces, escurridizas, menos repugnantes, pero evidentemente menos higiénicas. No había alimento o migaja que se les escapara y en ese sentido eran tan minuciosas como las hormigas, quizá por eso iban reduciendo su tamaño generación a generación en la esperanza de poder algún día confundirse con éstas y ganar desde luego la batalla. Porque un blátido es indestructible, decía mi abuela al cerrar la panera y limpiar -siempre por encima- los restos de la mesa. Luego por las noches ellas se apropiaban de todo mientras mis abuelos y mis tíos se refugiaban en sus camas y yo lo hacía en el viejo catre a los pies de la alcoba, angustiado por la posibilidad segura de ir al baño en la madrugada y verlas divertirse con la mierda (los baños también se limpiaban por encima) y los sabrosos detritus de la regadera.
Mi abuela era como yo, lectora. Revistas de suscripción, bestsellers, periódicos. Anunciaba las telenovelas como si se tratara de funciones de teatro: "Don, ya va a empezar la comedia", le decía a mi abuelo apurándole el cigarro. Nos llevábamos bien, mi abuela y yo, empeñados como estábamos en actuar la verdadera comedia de ser diferentes del resto de la familia, más refinados, más conservadores, también más hipócritas. Nos regodeábamos en el contenido afecto, en nuestra ñoñez, en pasar el trapo por encima de las pequeñas -y a veces no tan pequeñas- manchas familiares. Nunca limpiábamos del todo, como debe ser en las familias de alcurnia. No éramos gringos que desearan abrir las cortinas y desinfectar cada rincón para que muebles sosos y funcionales brillaran como en un quirófano. No. Lo nuestro eran las cortinas pesadas y los recovecos donde se acumula la mugre. El moderado olor a encierro y alquitrán, los muebles ovalados y barrocos en donde el metal acusaba ya cierto óxido y las maderas cierta podredumbre. Una casa, pues, en donde las cucarachas también proporcionaban plusvalía.
Durante el día era imposible verlas, salvo que la cocina quedara cargada de humores y nadie pasara por ahí en más de una hora. Dolly, la perra, solía mantenerlas a raya en el desagüe del patio cuando no estaba ocupada en morderse la cola. Conforme envejeció -y llegó demasiado lejos hasta que mi tío Roberto decidió envenenarla para no seguir limpiando su mierda- se volvió más histérica y dejó de prestar atención a cuanto animal salía por la coladera. Las cucarachas, que se cuentan entre los animales mejor adaptados del mundo, advirtieron pronto que Dolly ya no era un peligro, que podían ir y venir a donde fuera y disfrutar de una variedad de excrementos cuya tasa de producción jamás pudieron igualar a la de consumo. Mi tío Roberto, naturalmente, se los hubiera agradecido.
Mi abuelo, hombre de buen juicio salvo cuando bebía (entonces le daba por amenazar con tomar el coche y largarse, si estaba con la familia; invitar a todos y reír con bromas procaces, si estaba con amigos) advirtió pronto el carácter pernicioso de la relación que yo tenía con mi abuela y tuvo a bien intentar compensarla llevándome a su taller de herrería. Abundaban ahí los trabajadores de todas las edades y de criterios sexuales laxos que no dejaban de tratarme con deferencia por ser nieto del patrón. Por ser rubio y blanco. Por tener manos delicadas y labios muy rojos. Por tener el culo fino. El inmueble era una casa invadida por el polvo metálico, la maquinaria, las piezas de metal pulido y sin pulir, las cajas de polvo para modelado y el patio de fundición donde estaban los crisoles. Unos a otros se agarraban las nalgas en medio de carcajadas, especialmente al momento de vaciar el metal líquido en los moldes, retándose. La radio nunca se apagaba sintonizando música ranchera en "Estéreo Voz". En las paredes se encontraban algunos dibujos obscenos que dejaron mis ojos rojos de tanto releerlos.
El baño del taller era entonces su único refugio. Las cucarachas no tenían ahí nada qué comer, excepto excrecencias, pues el agua faltaba permanentemente y los trabajadores tenían a bien acumular sus heces y meados con entera naturalidad. La primera vez que entré ahí salí con lágrimas en los ojos, asqueado. Creí que nadie me había visto y pensé en salir del taller, cruzar la acera y orinar en el amplio parque de enfrente, detrás de la estatua de Don Belisario Domínguez. Pero Luis, el más joven de los trabajadores, me interceptó y me llevó al baño de nuevo, con una media sonrisa y sin mediar palabra. Desde entonces el olor atroz y las cucarachas que también parecían aturdidas en la atmósfera cargada, me resultaron evocadores. Al final también oriné.
El insecto seguía ahí cuando terminé el cigarrillo, impasible, desprovisto de personalidad como cada forma vacía en este desierto. Sólo veo bultos en Santa Teresa. Noches siniestras recorridas por zombis. El infinito tiempo que resta cuando se acaba la historia. Y esa musiquilla que un borracho ha dejado repitiéndose una y otra vez en la madrugada... So slow, so slow...
jueves, agosto 04, 2011
Delincuentes
Apenas cerré la puerta tras de mí fui al lavabo a lavarme las manos y echarme agua en la cara, agitado, sudoroso aun pese al extraño frío de la madrugada. Tenía los nudillos hinchados, pero no había sangre, apenas un arañón en el brazo derecho, casi nada. A fuerza de verlo en las películas y creer en sus efectos tranquilizadores, me serví medio vaso de brandy e intenté beberlo haciendo gestos de repugnancia a cada trago. Me quité la camisa y me puse la bata por encima, sentándome en el único sillón de la sala y pasándome la mano repetidas veces por la barba, un viejo hábito que siempre reveló en mí nerviosismo y acopio de fuerzas para mentir. Pero esta vez no había interlocutor y el nerviosismo estaba -quizá- justificado: acababa de matar a alguien.
Poseído por el vértigo de la nueva situación -toda persona decente lo experimenta al momento de cruzar la línea, desde una pequeña falta de tráfico hasta aquella indecencia inconfesable- repasaba desordenadamente los detalles de aquella noche, haciendo y deshaciendo la historia como si aun pudiese agregarle o quitarle algo, modificar su curso con sólo concentrarme en el momento de inflexión (hubo varios) o explicarme frente a un juez invisible a fin de que me exonerara. Movía los labios, estoy seguro, quizá agitaba las manos ilustrando las sombras de la noche, tal vez sonreía de vez en cuando confiado en la legendaria impunidad de este país.
"Qué suerte", pensaba, "estar en un sitio así donde casi ningún delito termina por castigarse, aunque luego tenga que pasarse por muchas molestias y vicisitudes para ser abandonado. 'No se probó el delito', dirán, 'no hay elementos' y el caso se habrá caído aunque sea culpable. Qué suerte vivir aquí, después de todo, si estuviera en otro sitio quizá ya estarían deteniéndome y esta noche no me ha visto nadie, no hay evidencias que me inculpen y nadie me asocia a ese hijo de puta. Y quizá no esté muerto, después de todo. Pero aun si viviera no habría modo de encontrarme: él no conoce mi nombre, no recuerda sino vagamente el rumbo por el que vivo y en cuya única visita tuvo la mala idea de robar algo importante, fue él en todo caso quien se lo buscó, quien delinquió primero. En aquella ocasión le invité a subir al carro y aceptó gustoso, '60 euros', dijo, y lo cierto es que además del dinero se llevó mi regalo de aniversario, el hijo de puta, y ahora que lo encontraba otra vez en las calles no iba a desperdiciar la oportunidad de hacerme justicia. Qué bueno que vivimos en este país tan lleno de gentuza imbécil que ni siquiera se esconde. No me juzgarán por esto, nadie me castigará. El caso se archivará sin duda. No pasa nada."
Empezó a caer una llovizna persistente y ligera acompañada de relámpagos. "Está muerto", pensé, "¿para qué mentir?". Había matado a un hombre y ni siquiera me di cuenta cabal de cómo me dejé arrastrar a ello. Ahora no había proporción alguna entre su robo y el castigo que por él yo le había propinado, porque estamos educados en la convicción de que una vida humana vale más que cualquier bien material. Quizá. Sentía claramente una punzada en la boca del estómago recordándome el contagio irreversible de ese virus criminal cuya infección incurable no podría confesarse sin correr el riesgo de ser visto como un peligroso alienado. Había matado y los asesinos -aun los accidentales, aun aquellos cuya profesión lo exige- terminan por ser vistos con natural desconfianza por nuestras sociedades cada vez más bobas y simples, cada vez más incapaces de ver la relación entre lo que se llevan a la boca y los cazadores que cayeron consiguiéndolo. "Hipócritas", murmuré furioso.
Esta noche lo había encontrado en la misma esquina, recargado en la pared con ese bigotito fascista mal recortado. Me reconoció al instante y, extrañamente, no huyó, quizá porque desde el primer momento le sonreí dando a entender que requería nuevamente de sus servicios. Subió al auto y comprobé que me recordaba perfectamente: "¿Vamos a tu casa del Norte?", preguntó enseguida, "Porque si es así prefiero dormirme, ¡queda muy lejos!". Yo aproveché el momento para decirle que no, que prefería que fuéramos a un departamento que tenía ahí cerca, y entonces conduje varias calles de manera errática hasta detenerme en una que me pareció lo bastante obscura. Bajamos del carro y entonces me le acerqué golpeándolo en los bajos. No pudo hablar, claro, pero en sus ojos podía leer el terror, la incomprensión, la sorpresa aun a sabiendas del motivo de aquella golpiza que apenas comenzaba. Sin darle tiempo a más reacción la emprendí contra su cara y costados. Se derrumbó. Le di tiempo de que se levantara balbucenado "No sé de qué me hablas", "Te lo juro que yo no fui", y entonces comprendí el empeño de asesinos y golpeadores por evitar que la víctima hable, por amordazarla o callarla a golpes, por evitar que niegue su culpa y nos seduzca con su mejor tono inocente, impostado o no, pues a fuerza de su insidia llegan a sembrar la duda y entonces se pierde efectividad. Le golpee una vez más en el abdomen y le insté a que se largara de ahí, subí de nuevo al auto y entonces di una vuelta por varias calles hasta volver a dar con él.
Cojeaba tratando de correr tan absorto en su terror que ni siquiera reparó en que era yo de nuevo. Cuando vio las luces del auto me miró por última vez, lo empujé derribándolo sobre aquella rampa -entrada de cochera- y tuve luego espacio para machacarlo con los neumáticos hasta salir de allí sintiendo cómo las llantas hacían golpear algo parecido a palos o piedras contra las salpicaderas del carro. No miré atrás, me largué. Por el camino, pretextando la compra de unos condones, me detuve en una farmacia para verificar el estado del cofre bajo la luz del estacionamiento: no tenía ningún golpe visible. Cerca de casa me crucé con dos o tres patrullas. En el camellón de la gran avenida, como es costumbre en las largas madrugadas de domingo, había un accidente.
Me quedé dormido en el sillón. Al alba, con el cielo todavía gris y la humedad en la calle, llamaron a la puerta, sobresaltándome. "¿Es suyo esto?", fue la pregunta que me hizo el oficial de policía apenas darle los buenos días mientras blandía una de las placas de mi coche. En efecto, me faltaba la delantera. "Pero esto no es una película americana", pensé. "Estaré libre hoy para la cena".
Poseído por el vértigo de la nueva situación -toda persona decente lo experimenta al momento de cruzar la línea, desde una pequeña falta de tráfico hasta aquella indecencia inconfesable- repasaba desordenadamente los detalles de aquella noche, haciendo y deshaciendo la historia como si aun pudiese agregarle o quitarle algo, modificar su curso con sólo concentrarme en el momento de inflexión (hubo varios) o explicarme frente a un juez invisible a fin de que me exonerara. Movía los labios, estoy seguro, quizá agitaba las manos ilustrando las sombras de la noche, tal vez sonreía de vez en cuando confiado en la legendaria impunidad de este país.
"Qué suerte", pensaba, "estar en un sitio así donde casi ningún delito termina por castigarse, aunque luego tenga que pasarse por muchas molestias y vicisitudes para ser abandonado. 'No se probó el delito', dirán, 'no hay elementos' y el caso se habrá caído aunque sea culpable. Qué suerte vivir aquí, después de todo, si estuviera en otro sitio quizá ya estarían deteniéndome y esta noche no me ha visto nadie, no hay evidencias que me inculpen y nadie me asocia a ese hijo de puta. Y quizá no esté muerto, después de todo. Pero aun si viviera no habría modo de encontrarme: él no conoce mi nombre, no recuerda sino vagamente el rumbo por el que vivo y en cuya única visita tuvo la mala idea de robar algo importante, fue él en todo caso quien se lo buscó, quien delinquió primero. En aquella ocasión le invité a subir al carro y aceptó gustoso, '60 euros', dijo, y lo cierto es que además del dinero se llevó mi regalo de aniversario, el hijo de puta, y ahora que lo encontraba otra vez en las calles no iba a desperdiciar la oportunidad de hacerme justicia. Qué bueno que vivimos en este país tan lleno de gentuza imbécil que ni siquiera se esconde. No me juzgarán por esto, nadie me castigará. El caso se archivará sin duda. No pasa nada."
Empezó a caer una llovizna persistente y ligera acompañada de relámpagos. "Está muerto", pensé, "¿para qué mentir?". Había matado a un hombre y ni siquiera me di cuenta cabal de cómo me dejé arrastrar a ello. Ahora no había proporción alguna entre su robo y el castigo que por él yo le había propinado, porque estamos educados en la convicción de que una vida humana vale más que cualquier bien material. Quizá. Sentía claramente una punzada en la boca del estómago recordándome el contagio irreversible de ese virus criminal cuya infección incurable no podría confesarse sin correr el riesgo de ser visto como un peligroso alienado. Había matado y los asesinos -aun los accidentales, aun aquellos cuya profesión lo exige- terminan por ser vistos con natural desconfianza por nuestras sociedades cada vez más bobas y simples, cada vez más incapaces de ver la relación entre lo que se llevan a la boca y los cazadores que cayeron consiguiéndolo. "Hipócritas", murmuré furioso.
Esta noche lo había encontrado en la misma esquina, recargado en la pared con ese bigotito fascista mal recortado. Me reconoció al instante y, extrañamente, no huyó, quizá porque desde el primer momento le sonreí dando a entender que requería nuevamente de sus servicios. Subió al auto y comprobé que me recordaba perfectamente: "¿Vamos a tu casa del Norte?", preguntó enseguida, "Porque si es así prefiero dormirme, ¡queda muy lejos!". Yo aproveché el momento para decirle que no, que prefería que fuéramos a un departamento que tenía ahí cerca, y entonces conduje varias calles de manera errática hasta detenerme en una que me pareció lo bastante obscura. Bajamos del carro y entonces me le acerqué golpeándolo en los bajos. No pudo hablar, claro, pero en sus ojos podía leer el terror, la incomprensión, la sorpresa aun a sabiendas del motivo de aquella golpiza que apenas comenzaba. Sin darle tiempo a más reacción la emprendí contra su cara y costados. Se derrumbó. Le di tiempo de que se levantara balbucenado "No sé de qué me hablas", "Te lo juro que yo no fui", y entonces comprendí el empeño de asesinos y golpeadores por evitar que la víctima hable, por amordazarla o callarla a golpes, por evitar que niegue su culpa y nos seduzca con su mejor tono inocente, impostado o no, pues a fuerza de su insidia llegan a sembrar la duda y entonces se pierde efectividad. Le golpee una vez más en el abdomen y le insté a que se largara de ahí, subí de nuevo al auto y entonces di una vuelta por varias calles hasta volver a dar con él.
Cojeaba tratando de correr tan absorto en su terror que ni siquiera reparó en que era yo de nuevo. Cuando vio las luces del auto me miró por última vez, lo empujé derribándolo sobre aquella rampa -entrada de cochera- y tuve luego espacio para machacarlo con los neumáticos hasta salir de allí sintiendo cómo las llantas hacían golpear algo parecido a palos o piedras contra las salpicaderas del carro. No miré atrás, me largué. Por el camino, pretextando la compra de unos condones, me detuve en una farmacia para verificar el estado del cofre bajo la luz del estacionamiento: no tenía ningún golpe visible. Cerca de casa me crucé con dos o tres patrullas. En el camellón de la gran avenida, como es costumbre en las largas madrugadas de domingo, había un accidente.
Me quedé dormido en el sillón. Al alba, con el cielo todavía gris y la humedad en la calle, llamaron a la puerta, sobresaltándome. "¿Es suyo esto?", fue la pregunta que me hizo el oficial de policía apenas darle los buenos días mientras blandía una de las placas de mi coche. En efecto, me faltaba la delantera. "Pero esto no es una película americana", pensé. "Estaré libre hoy para la cena".
jueves, julio 14, 2011
Vida de Ferrante, hijo
De tanto compartir su intimidad, pero también gracias a mis progresos, empezaba a sospechar que no era inalcanzable. Era posible rebasarlo porque intuía sus límites, aunque aun me faltaran años para llegar a ese punto y quizá no me apeteciera hacerlo (la coartada ideal para la pereza o la estulticia, nunca se sabe). Tomé nota del momento en que se asentó su espíritu, como una agitación que cesa y una inquietud que cae hasta formar un poso en el fondo de su vida, no exactamente una renuncia cuanto una resignación bien meditada, realista, casi pragmática. Una forma de alzarse de hombros, pero también de acomodarse en el mundo que por acuerdo entre el azar y su voluntad, le tocó en suerte. Sus rutinas fueron las mismas, pero sus entusiasmos y su aprensión dejaron de consumirle para volverse animales dóciles, domesticados. Yo era parte de su conformación, junto con su contrato indefinido de trabajo y su matrimonio. "Se hace lo que se puede", decía.
Por recomendación suya -una vez terminada la maestría y tal vez siguiendo sus pasos para mejor superarle- llegué a Francia. No me hacía ilusiones. Sabía que le había decepcionado durante la tesis y que aunque formalmente fuera mi coasesor de doctorado ya no me prestaría tanta atención, pretextando la distancia, sí, pero también confiado en que sus ex-colegas del laboratorio francés se ocuparan de mi trabajo por completo: Guerlain, su ex-jefe, con el pelo completamente blanco y el vicio del cigarro retomado con gusto; Lober, el maître de conférences por excelencia con su fino sentido de la ironía y un cuarto hijo que llegó demasiado tarde; Prats, divorciado, calvo, mejor programador que nunca. Jamás comprendí enteramente si seguían o no mi trabajo, especialmente Guerlain, para quien todo resultaba insuficiente mientras se hacía y muy defendible una vez publicado, pero también advertí que hacía ya mucho tiempo que ellos habían cruzado el punto de inflexión que mi antiguo mentor cruzó delante de mis narices: estaban asentados, tranquilos, rutinarios incluso en sus preocupaciones y exabruptos, convencidos de que no se pueden pedir peras al olmo y que insistir es tarea de necios. No se me escapaba que para ellos fui más olmo que peral. No se me escapaba que tenían razón. Aprendí así pues, forzosamente, a repartir la culpa de manera racional. O razonada, al menos.
Era sencillo, argumentaba, pues de tanto querer imitarlo he terminado por recorrer sus pasos sin recorrer el mismo camino. ¿Culpa mía? Puede ser. Parcialmente. Pero convengamos también en que no se pueden compartir maestros de una generación a otra. Los suyos fueron los míos, de acuerdo. Llevaban los mismos nombres. Trabajaban en las mismas escuelas. Pero habían pasado trece años entre tanto y lo que a mí me tocó no fue precisamente más experiencia o solidez, sino acomodamiento y parálisis, un grupo de hombres que de tanto participar del engranaje habían terminado por convertirse en la maquinaria misma: ciega, autómata, indiferente. Cínicos expertos o enajenados indisculpables, ya eran incapaces de verme a mí o a cualquier otro estudiante, por no hablar de las personas en general, bultos que acompañaban la decoración del mundo. Su mundo.
Quizá estoy siendo injusto con mi mentor. ¿Cómo puedo reprocharle que hace años hubiese aceptado quemar sus naves para quedarse en Santa Teresa luego de que sus entusiasmos le obligaron a errar por todo el mundo y sacrificar su vida personal? ¿Cómo echarle en cara que haya abrazado la serenidad luego de años de combate, un combate duro, amargo, condenado al fracaso desde sus inicios y que en vez de cambiar el mundo o mover consciencias sólo le trajo una mediocre fama de apestado? No puedo. Menos aun desde esta oficina en el norte francés donde yo mismo he decidido quemar mis naves. Menos cuando todo ha quedado atrás, incluyendo mis padres, mi hermano (¿dónde estará mi hermano?), mis antiguas novias y mis viejos amigos. En un momento más vendrá mi mujer con los niños para ir a hacer la despensa. Nunca han estado en mi país. Nunca, quizá, lo conozcan. Por la televisión miramos los crecientes disturbios que arrasaron sus ciudades, la sobrepoblación de este siglo que pasa factura, la marea de sur a norte que ni Escandinavia podrá parar. Sé que piensan que he ganado. Bien.
¿Hasta cuándo?
domingo, junio 19, 2011
El hombre
La conexión de vuelos me hubiera retrasado, de modo que preferí conducir hasta Gilroy cruzando los desiertos de la frontera hasta las colinas californianas, horas y horas de paisajes más o menos constantes bajo cielos abiertos, resplandecientes aun de noche, cuyo silencio completé de vez en cuando encendiendo una radio que balbucía estática. Llegué al alba, en medio de una obscuridad cerúlea que insinuaba el día. Hacía muy poco frío.
Bajé la velocidad al entrar en su calle, buscando el domicilio maquinalmente. La puerta de la casa estaba abierta y entre los carros estacionados se distinguía ya la carroza fúnebre: un vehículo alargado, de formas abombadas, con cortinillas blancas en los cristales traseros. Era la primera vez que yo estaba ahí, luego de más de dos décadas de no haberlo visto ni escuchado; tampoco ahora podría hablar con él porque el hombre estaba muerto, atendido por un par de ágiles empleados de la compañía funeraria que lo vestían de smoking y le introducían sendos algodones en nariz y oídos, que le lavaban el cabello con jarra y jofaina y le calzaban bostonianos. No aclararíamos nada. No nos causaríamos disgusto ni contento. No devolvería la suya a mi mirada ni sabría tampoco que yo estaba aquí, frente a él, en actitud más de notario que de familiar. No se enteraría de nada más porque estaba muerto.
En la puerta me recibió Isabel, su mujer, con los ojos hinchados y un abrazo que correspondí con dificultad. Agradecí que no me dijera nada y se limitara a señalarme la escalera. La casa estaba invadida de desconocidos que bebían café y conversaban calladamente, algunos de los cuales me siguieron con los ojos mientras susurraban palabras a sus vecinos. Subí lentamente y encontré a mi medio hermano recargado en el barandal, con los brazos tatuados y cruzados uno encima del otro; mi media hermana a sus pies, sentada en el suelo, sollozando. Me extendió la mano en un saludo que no supe completar, me habló en un inglés callejero, pero cordial, y le pregunté enseguida por el baño: ella levantó la cabeza fugazmente y la volvió a clavar entre las piernas; él me indicó la puerta con los dedos índice y corazón unidos, perentorios.
Me lavé la cara en el lavabo y el agua fría pareció sacarme del ensimismamiento. Me miré al espejo y me pasé la mano por las canas de la sien. Recordé aquella vez hace muchos años en que el hombre me sorprendió en el baño de madrugada, recién llegado de los Estados Unidos, cómo me lancé a sus brazos y me levantó del suelo con los suyos enérgicos, cómo me habló de los juguetes que traía y de la navidad que pasaría con nosotros esta vez. Ahora era yo quien llegaba a su casa desconocida y no podía esperar que apareciera a mis espaldas para levantarme del suelo y decirme "Cuando yo no esté tú serás el hombre de la casa; cuidarás de tu madre y tu hermana", ya no podría entrar en mi cama con su aliento alcohólico para decirme lo mucho que me quería ni escucharía con hartazgo mis palabras calcadas de las de mi madre pidiéndole que volviera a casa y abandonara su compulsiva poligamia. Sus navidades agotadas, sus brazos descomponiéndose, el hombre estaba muerto en la habitación contigua.
No había envejecido tanto, la frente un poco más arrugada, el cabello blanco tan bien arreglado como el bigote, su aire distinguido mientras el último empleado funerario le maquillaba la cara con una borla grisácea. La habitación estaba ordenada aunque invadida de cosméticos y perfumes, de figurillas femeninas y muebles de segunda mano que pretendían hacerlos pasar por acomodados en su concepción provinciana del mundo. Retratos de mis medios hermanos en Disneylandia, de Isabel montando a caballo, otro de mi desaparecida hermana cuando aun no abandonaba a su familia, otro más de mi padre con un fusil. Un crucifijo, una virgen de Guadalupe. Una botella de whiskey junto al buró, sobre el suelo. Medicinas para la jaqueca. Una Biblia pequeña.
Entró el otro empleado de la compañía funeraria y desplegó una camilla al lado de la cama. Con ayuda del primero, levantaron el cuerpo y lo colocaron en ella. De la cama desocupada subió un olor a quemado que me hizo restregarme la nariz y salir enseguida detrás de los hombres que maniobraban para llevar la camilla escaleras abajo. Les seguí hasta llegar a la calle e igual hicieron el resto de los visitantes y familiares que se hallaban en la casa. Mi media hermana se abrazó al cuerpo dejándole una flor entre sus manos, mi medio hermano la consoló. Isabel se limitaba a dar instrucciones a los empleados funerarios limpiándose de vez en cuando la orilla de los ojos húmedos. Todos empezaron a subir a los autos para seguir el cortejo hasta el panteón: Isabel había decidido enterrarlo ahí porque el costo de repatriar el cuerpo era excesivo.
Hacia las tres de la tarde fui a comer al restaurante italiano de la Main Street. Mi medio hermano me acompañaba, tranquilo y silencioso, con aire de estar resentido con el mundo. "No volverá", le dije cuando a los postres reparé en su presencia como si todo ese tiempo hubiera estado acompañado de una sombra. Sonrió relajado y confirmó: "No, no volverá". A la salida de Gilroy el hijo del hombre que mi padre asesinara hace treinta años me esperaba para volver a México. Subió al auto, nos saludamos, y encendiendo un par de cigarrillos con la radio a bajo volumen salimos al freeway rumbo al sur.
Bajé la velocidad al entrar en su calle, buscando el domicilio maquinalmente. La puerta de la casa estaba abierta y entre los carros estacionados se distinguía ya la carroza fúnebre: un vehículo alargado, de formas abombadas, con cortinillas blancas en los cristales traseros. Era la primera vez que yo estaba ahí, luego de más de dos décadas de no haberlo visto ni escuchado; tampoco ahora podría hablar con él porque el hombre estaba muerto, atendido por un par de ágiles empleados de la compañía funeraria que lo vestían de smoking y le introducían sendos algodones en nariz y oídos, que le lavaban el cabello con jarra y jofaina y le calzaban bostonianos. No aclararíamos nada. No nos causaríamos disgusto ni contento. No devolvería la suya a mi mirada ni sabría tampoco que yo estaba aquí, frente a él, en actitud más de notario que de familiar. No se enteraría de nada más porque estaba muerto.
En la puerta me recibió Isabel, su mujer, con los ojos hinchados y un abrazo que correspondí con dificultad. Agradecí que no me dijera nada y se limitara a señalarme la escalera. La casa estaba invadida de desconocidos que bebían café y conversaban calladamente, algunos de los cuales me siguieron con los ojos mientras susurraban palabras a sus vecinos. Subí lentamente y encontré a mi medio hermano recargado en el barandal, con los brazos tatuados y cruzados uno encima del otro; mi media hermana a sus pies, sentada en el suelo, sollozando. Me extendió la mano en un saludo que no supe completar, me habló en un inglés callejero, pero cordial, y le pregunté enseguida por el baño: ella levantó la cabeza fugazmente y la volvió a clavar entre las piernas; él me indicó la puerta con los dedos índice y corazón unidos, perentorios.
Me lavé la cara en el lavabo y el agua fría pareció sacarme del ensimismamiento. Me miré al espejo y me pasé la mano por las canas de la sien. Recordé aquella vez hace muchos años en que el hombre me sorprendió en el baño de madrugada, recién llegado de los Estados Unidos, cómo me lancé a sus brazos y me levantó del suelo con los suyos enérgicos, cómo me habló de los juguetes que traía y de la navidad que pasaría con nosotros esta vez. Ahora era yo quien llegaba a su casa desconocida y no podía esperar que apareciera a mis espaldas para levantarme del suelo y decirme "Cuando yo no esté tú serás el hombre de la casa; cuidarás de tu madre y tu hermana", ya no podría entrar en mi cama con su aliento alcohólico para decirme lo mucho que me quería ni escucharía con hartazgo mis palabras calcadas de las de mi madre pidiéndole que volviera a casa y abandonara su compulsiva poligamia. Sus navidades agotadas, sus brazos descomponiéndose, el hombre estaba muerto en la habitación contigua.
No había envejecido tanto, la frente un poco más arrugada, el cabello blanco tan bien arreglado como el bigote, su aire distinguido mientras el último empleado funerario le maquillaba la cara con una borla grisácea. La habitación estaba ordenada aunque invadida de cosméticos y perfumes, de figurillas femeninas y muebles de segunda mano que pretendían hacerlos pasar por acomodados en su concepción provinciana del mundo. Retratos de mis medios hermanos en Disneylandia, de Isabel montando a caballo, otro de mi desaparecida hermana cuando aun no abandonaba a su familia, otro más de mi padre con un fusil. Un crucifijo, una virgen de Guadalupe. Una botella de whiskey junto al buró, sobre el suelo. Medicinas para la jaqueca. Una Biblia pequeña.
Entró el otro empleado de la compañía funeraria y desplegó una camilla al lado de la cama. Con ayuda del primero, levantaron el cuerpo y lo colocaron en ella. De la cama desocupada subió un olor a quemado que me hizo restregarme la nariz y salir enseguida detrás de los hombres que maniobraban para llevar la camilla escaleras abajo. Les seguí hasta llegar a la calle e igual hicieron el resto de los visitantes y familiares que se hallaban en la casa. Mi media hermana se abrazó al cuerpo dejándole una flor entre sus manos, mi medio hermano la consoló. Isabel se limitaba a dar instrucciones a los empleados funerarios limpiándose de vez en cuando la orilla de los ojos húmedos. Todos empezaron a subir a los autos para seguir el cortejo hasta el panteón: Isabel había decidido enterrarlo ahí porque el costo de repatriar el cuerpo era excesivo.
Hacia las tres de la tarde fui a comer al restaurante italiano de la Main Street. Mi medio hermano me acompañaba, tranquilo y silencioso, con aire de estar resentido con el mundo. "No volverá", le dije cuando a los postres reparé en su presencia como si todo ese tiempo hubiera estado acompañado de una sombra. Sonrió relajado y confirmó: "No, no volverá". A la salida de Gilroy el hijo del hombre que mi padre asesinara hace treinta años me esperaba para volver a México. Subió al auto, nos saludamos, y encendiendo un par de cigarrillos con la radio a bajo volumen salimos al freeway rumbo al sur.
martes, mayo 31, 2011
Una tumba (Ipiranga)

Envejecía de mala manera. Enfermedad y exilio al mismo tiempo en una de esas ciudades grises y llenas de pátina que tanto atraen a los subdesarrollados de todo el mundo para mejor curar sus neurosis tercermundistas y terminar en el mutismo más enajenante. Eran malos tiempos, no diría que terminales, sino de larga e inacabable agonía, transcurridos entre el comedor del barrio latino y las librerías contiguas donde se me veía cada vez con mayor sospecha: la barba demasiado crecida y sucia, la ropa hedionda con lamparones, la mirada vidriosa y angustiada. Ese día, encima, llovía como sólo suele ocurrir en el primer mundo: a escupitajos. En la desesperante parsimonia, tibia y desaseada de la tarde, entré por la cancela abierta de aquel cementerio con la mente en blanco y por ningún motivo.
"Consistencia", pensé para mis adentros, "esa es la marca de los países de verdad": sólo piedras grises y lisas, sólo granito salpicado de blanco o marrón, sólo flores de colores desvaídos entre mármoles solemnes. Me detenía a leer los nombres de algunas lápidas elegidas al azar con las manos cruzadas en la espalda, sólo de vez en cuando interrumpido por el cosquilleo de un hilillo de agua que me obligaba a mesarme las barbas con fruición. Y de pronto la tuve ahí delante, mientras me agachaba a recoger el tabaco que había caído del bolsillo sobre la banqueta húmeda, una tumba modesta y apartada, rematada con un águila verde y un nombre apenas visible: Porfiro Díaz.
"Otra víctima", pensé, "de la incomprensión universal". Hacía años que había zarpado en mi propio Ipiranga hinchado de soberbia y diciendo: "Ahí se quedan, cerdos compatriotas, ignorantes, estúpidos, caínes hijos de puta, tierra maldita que finalmente me escupe incapaz de asimilarme a su inmundicia". Hacía años que experimenté la superioridad de no verme mezclado con ellos, de ver pasar los años sin poner un pie en aquel lugar, de hablar otra lengua y adoptar otras costumbres, de jugar al meteco con relativo éxito sabiendo que me engañaba. Años de trabajo ordenado y de paciente labor, de mantener a raya el desorden y la mancha de los orígenes, de encontrarme al final escindido y abandonado por unos y por otros.
No quería enfurecer con estos pensamientos y me asomé por los cristales de la rejilla. Olía a orines. Entre varias cartas amarillentas e ilegibles había una misteriosa cartulina de factura reciente que decía: "Al Patriarca del exilio. Interior y exterior. Sus hijos centenarios". Quise recordar la fecha y sentí un leve mareo. Quise sentarme y me golpee con un árbol que ni siquiera había notado. Me vino a la mente la grabación que en un disco de pasta de setenta y ocho revoluciones por minuto escuché en mi remota infancia y donde el General Díaz hablaba brevemente en medio del griterío que lo despidió en Veracruz, mientras usaba las escalinatas del Ipiranga como púlpito. Recordé claramente una voz que surgía de entre la estática del viejo vinilo: "Lágrimas de cocodrilo", le espetaba.
Me puse a andar, de nuevo. Hilillos de agua en la sucia barba y en los ojos vidriosos, extraviados. "El exilio sin fin, mi patria. El exilio sin fin. Dentro o fuera".
jueves, mayo 19, 2011
Faults
All faults of character are faults of upbringing
-Dusklands, J.M. Coetzee.
-Dusklands, J.M. Coetzee.
Noté que insistía en comentar cuán bien le sentaban el envejecimiento y el sedentarismo, que hacía lo posible por adueñarse de la actitud sólida, enteramente pragmática, que según él debía corresponder a su estatus y edad. Hacía esfuerzos, me consta, trabajando hasta altas horas de la noche, pontificando aquí y allá con relativa soltura, organizando los dineros y dejándose crecer una barba espantosa en la que, para su presunto contento, no escaseaban las canas. Fondo y forma, la clásica receta.
Pero costaba trabajo creerle. Tendía a la jovialidad y al estridentismo. Hablaba en exceso. Las ojeras se le acentuaban aun sin desvelarse conforme avanzaba la primavera. Era brillante ocupándose de la vida de los demás –de la mía, por ejemplo- pero la perplejidad le abrumaba al considerar su propio caso, como si hubiese perdido el hilo que desenredaría su madeja. Porque efectivamente estaba enredado, envuelto en ridículas historias a las que por algún motivo se empeñaba en dotar de sentido y altura. Porque madeja había, de sobra, tanto en su pasado como en el presente del que me sentía parcialmente responsable por haber sido yo quien lo puso en contacto con mis amigos. ¿Dónde estarían los suyos?
Me ha quedado la impresión de que los hombres maduros como él terminan solos aunque estén rodeados permanentemente. No importa si están casados o solteros, si asisten a muchos o pocos eventos sociales, si su actividad sexual es frecuente o escasa. Hay una especie de cerco o foso que los separa de los demás: con los más jóvenes porque no los comprendemos ni queremos hacerlo, con sus contemporáneos porque les son consabidos, con los más grandes porque el mutismo se instala como la forma idónea del reconocimiento y el respeto. Da lo mismo si están con la pareja o con el amigo de toda la vida, con el encuentro sexual ocasional o con la joven que les hace gracia en medio de una borrachera: se agotó el discurso, se volvieron inútiles las pantomimas, quedó exangüe la necesidad de adaptación.
En su empeño por apartarse de este destino al que su naturaleza y circunstancias le obligaban, fracasó. Ha quedado, si cabe, más solo que si se hubiese resignado desde el principio. La puntilla de este proceso hemos sido nosotros, los que consentimos o azuzamos su actitud al darle coba y falsa cabida en nuestro círculo, los que le invitamos a nuestras vidas y le reímos sus presuntas gracias, los que –quizá manipulados, eso nunca se sabe- fingimos verle como muchacho desde un ángulo imposible y aun como niño o hermano mayor, como padre o amante, como amigo de una infancia inexistente. Pero no se nos puede responsabilizar porque nos exime la juventud que es inmoral y a él le falta, porque nuestra desigualdad lo hace culpable a él, porque en sus manos estuvo ignorarnos o mantenernos a raya –si alguna vez quisimos cruzarla, y lo dudo- poniéndose a salvo en su elevada torre de sensatez. Y he aquí las consecuencias, su tragedia.
Sé que le veré alejarse, retraerse. Sé que escasearán cada vez más nuestras largas conversaciones de madrugada, su anuencia para asistir a mi vida e incluso para reír de mis tonterías. No importa. Cuando recupere su sitio podrá verme de verdad y no a través de ese cristal distorsionado de su empeño igualitario y enfermizo. Yo también podré reconocerlo mejor sin el peso de su omnipresencia.
Cuando ese tiempo llegue, me pregunto, ¿dónde estarán mis amigos?
domingo, mayo 08, 2011
Hijos de puta (o escandalizarse de la nada)
Pueblo de Ameca. Cuatro muchachos muy hijos de sus familias entre dieciocho y veinte años, divertidos, cómplices, en ordinaria y muy deseable camaradería, recorriendo las calles. Bromas y risas, la dulce irresponsabilidad de la juventud y el mundo ahí afuera como para comérselo de un bocado. En la noche cerrada deciden darse una vuelta por La Loma, donde vive la puta que una vez les abriera las puertas y las piernas con no poco provecho para sus impotentes sexos que, ya por timidez ante mujeres ordinarias, ya por torcidas circunstancias, ya por simple estupidez palurda, jamás han mojado un palo si no es entre chancros y bubones.
Esta vez no vienen con ganas de aliviar los esfínteres. Conforme avanzan animándose unos a otros y elevando el tono de las bromas, se convencen de que lo que apetece hoy es cebarse en la condición de puta que, como ya se sabe, es mala y condenable, ubicada en las antípodas de la respetabilidad. ¿Cómo no van a saberlo ellos que son niños bien educados de muy religiosas familias en las que no faltan ni la primera comunión ni las misas dominicales?, ¿cómo no van a distinguir lo bueno de lo malo teniendo en casa el ejemplo de sus virtuosísimas madres y de sus muy castas hermanas? Que en su desarrollo mimado y deficiente hayan faltado mujeres de carne y hueso a las que pudieran llamar novias y frecuentarlas para ir descubriendo paulatinamente que tanto a ellas como a ellos se les calienta el fogón, es detalle nimio. Que en su vulgar misoginia de pueblo ignoren que las mujeres pueden hacer reír y dar conversación, pueden abrazar y besar sin que sean putas, es otro detallito despreciable. Lo que saben es que la puta de La Loma -que ni siquiera les cobró en aquellas ocasiones- permite que la toquen y follen innumerables hombres. Y que eso la desautoriza para invocar palabras como respeto o para darle categoría de ser humano. Faltaba más: los buenos están de un lado, los malos del otro. Que te digo que es sencillo, ¿ves?
Se presentan frente a la puerta, gritan insultos entre risas procaces, alguno golpea la entrada con aquella impunidad que da el sentirse cargado de razón y con el aplauso unánime del respetable público. Cuatro muchachos sanos, por supuesto, convertidos repentinamente en delincuentes hijos de puta incapaces de advertir que se han transformado en una turba autómata donde lo mismo da que participes activamente con gritos como que animes al camarada más tonto a que lo haga celebrándole las atrocidades con carcajadas idióticas. Cuatro perros reducidos a su condición más animal, cazando por el mero placer de buscar una presa y cebarse en su miedo, cuatro pendejos que curan su cobardía y frustración, su condición de eunucos frente a la vida, aplicando la justicia que en otros países lapida homosexuales y adúlteras, roba todos los bienes de los que no piensan como la mayoría, y limpia aldeas enteras de la escoria del momento, llámense judíos, negros, comunistas o ateos. O putas, naturalmente.
Hay que ver la buena conciencia con que ya suben de nuevo al carro luego de haber hecho justicia sin importarles que la puta tuviera a dos niños pequeños viviendo con ella. Dos niños que lo han escuchado y presenciado todo, y que -ellos sí- en su condición de hijos de puta no deben preocuparnos demasiado. Hay que ver lo bien que se sienten de haber puesto a esa perdida en su lugar, de haberse divertido a su costa, porque ¿quién más sino ella es responsable de esas erecciones indebidas y de esas sucias atracciones? ¿quién sino ella está corrompiendo el pueblo y arrastrándonos a estos puercos desahogos? Ya se sabe que entre niñatos de mierda contemporáneos la responsabilidad es siempre de los demás, ¿qué de extraño tiene que su espíritu coincida entonces con el de ayatolas, dictadores, obispos y policías? Tiene solera su casta: hijos de puta de toda la vida, la condición humana de siempre.
O escandalizarse de la nada.
Esta vez no vienen con ganas de aliviar los esfínteres. Conforme avanzan animándose unos a otros y elevando el tono de las bromas, se convencen de que lo que apetece hoy es cebarse en la condición de puta que, como ya se sabe, es mala y condenable, ubicada en las antípodas de la respetabilidad. ¿Cómo no van a saberlo ellos que son niños bien educados de muy religiosas familias en las que no faltan ni la primera comunión ni las misas dominicales?, ¿cómo no van a distinguir lo bueno de lo malo teniendo en casa el ejemplo de sus virtuosísimas madres y de sus muy castas hermanas? Que en su desarrollo mimado y deficiente hayan faltado mujeres de carne y hueso a las que pudieran llamar novias y frecuentarlas para ir descubriendo paulatinamente que tanto a ellas como a ellos se les calienta el fogón, es detalle nimio. Que en su vulgar misoginia de pueblo ignoren que las mujeres pueden hacer reír y dar conversación, pueden abrazar y besar sin que sean putas, es otro detallito despreciable. Lo que saben es que la puta de La Loma -que ni siquiera les cobró en aquellas ocasiones- permite que la toquen y follen innumerables hombres. Y que eso la desautoriza para invocar palabras como respeto o para darle categoría de ser humano. Faltaba más: los buenos están de un lado, los malos del otro. Que te digo que es sencillo, ¿ves?
Se presentan frente a la puerta, gritan insultos entre risas procaces, alguno golpea la entrada con aquella impunidad que da el sentirse cargado de razón y con el aplauso unánime del respetable público. Cuatro muchachos sanos, por supuesto, convertidos repentinamente en delincuentes hijos de puta incapaces de advertir que se han transformado en una turba autómata donde lo mismo da que participes activamente con gritos como que animes al camarada más tonto a que lo haga celebrándole las atrocidades con carcajadas idióticas. Cuatro perros reducidos a su condición más animal, cazando por el mero placer de buscar una presa y cebarse en su miedo, cuatro pendejos que curan su cobardía y frustración, su condición de eunucos frente a la vida, aplicando la justicia que en otros países lapida homosexuales y adúlteras, roba todos los bienes de los que no piensan como la mayoría, y limpia aldeas enteras de la escoria del momento, llámense judíos, negros, comunistas o ateos. O putas, naturalmente.
Hay que ver la buena conciencia con que ya suben de nuevo al carro luego de haber hecho justicia sin importarles que la puta tuviera a dos niños pequeños viviendo con ella. Dos niños que lo han escuchado y presenciado todo, y que -ellos sí- en su condición de hijos de puta no deben preocuparnos demasiado. Hay que ver lo bien que se sienten de haber puesto a esa perdida en su lugar, de haberse divertido a su costa, porque ¿quién más sino ella es responsable de esas erecciones indebidas y de esas sucias atracciones? ¿quién sino ella está corrompiendo el pueblo y arrastrándonos a estos puercos desahogos? Ya se sabe que entre niñatos de mierda contemporáneos la responsabilidad es siempre de los demás, ¿qué de extraño tiene que su espíritu coincida entonces con el de ayatolas, dictadores, obispos y policías? Tiene solera su casta: hijos de puta de toda la vida, la condición humana de siempre.
O escandalizarse de la nada.
lunes, abril 11, 2011
Julieta
A Ángel Leo Vera
che magari siga existiendo...
Te hice así una canción
y creí
que verías en ella un piropo.
La escuchaste y después me dijiste
“Lo tuyo es del género bobo”
–Las inmensas preguntas, Nacho Vegas
La otra noche, insomne, zapeaba con el control remoto por los canales de televisión cuando me detuve en la escena de una película de hace más de treinta años bien llamada Monster donde dos desconocidas –horribles ambas, la vieja cascorva y la joven con una frente infame- se besaban en un sucio cuarto de hotel. Cabecee y abrí los ojos nuevamente muchos minutos después: “El amor lo puede todo”, decía estúpidamente la protagonista mientras era condenada a muerte bajo la acusación de la que poco antes la besaba incondicional. Traidora. Era tarde, dormitaba ya, pero me vino nítido a la mente el recuerdo de Rufino y de aquella época absurda hecha de Facebook y Youtube, de Messenger y SMS, cuando lo conocí. “Alguna vez escuché algo parecido”, pensé. Cursi, ridículo, divertido.
Fue a inicios de los años diez, me parece. La historia tradicional: hombre casado con la edad que tengo yo ahora, víctima de un romance otoñal arrasador del que me hizo objeto y de cuyas ventajas hice uso cabal sin prestarle demasiada atención. O eso creía. Porque en esa madrugada inmensa, en la minúscula pensión neoyorquina donde malvivo, mientras afuera nevaba con fuerza por tercera vez, recordé casi palabra por palabra una historia que me contó mientras esperaba pacientemente a que apagara el ordenador para irnos a acostar, veinte años atrás:
– Cuando era niño solía ir los fines de semana con mis abuelos.
–¿Decías?
–Sí, que cuando era niño solía irme los viernes a casa de mis abuelos, solo, tomando el camión que partía del centro hasta el Camino Real.
–¿Y?- respondía con monosílabos mientras de reojo abría la página del Facebook y comentaba sobre fotos insulsas. Las amigas en la playa. Los amigos en el bar. El chico de Ibiza que me aseguraba un futuro firme como sus abdominales. Lo usual.
–Ahora que te miro he recordado una telenovela que pasaban entonces. Se llamaba Senda de Gloria y su historia transcurría entre fines de los años diez y fines de los años treintas, en México. Tenía alguna intención propagandística de la Revolución Mexicana –el PRI empezaba a hacer agua dramáticamente cuando se transmitió- pero también estaba armada con personajes interesantes, sobre todo una, Julieta, que interpretó magníficamente una tal Roxana Chávez.
–¿Ah sí?- respondí sin levantar la vista, preocupado por la lenta descarga de un programa de varios gigabytes.
–Sí. Julieta era la hija adoptiva de la familia Álvarez, una familia adinerada cuyo padre era un importante general revolucionario que empieza siendo miembro del gobierno de Carranza y termina como asesor de los gobiernos que se sucedieron entre Calles y Cárdenas. Al iniciar la novela, presuntamente en mil novecientos dieciséis o diecisiete, es una jovencita menor de edad comprometida con un capitán del ejército, un tal Gerardo, al que detienen y hacen fusilar tropas irregulares que ignoran la contraorden del entonces Secretario de Guerra Álvaro Obregón. Julieta, como es de suponer, se siente morir.
–¿Por qué?- pregunté mecánicamente sin reparar en la incoherencia de la pregunta y seguro de que con ella saldría bien librado de todo.
–Bueno, pues era su prometido, ¿ves? Pero era un amor juvenil, puro, casi informe de tan abstracto. Julieta es una muchacha apasionada, lee libros, tiene grandes inquietudes sobre el mundo en el que vive, sobre la justicia y el amor, sobre la política y la libertad. Es una idealista cuya juventud le permite olvidar rápidamente a Gerardo y sustituirlo con un hombre mayor y casado que es nada menos que José Vasconcelos, el Rector de la Universidad Nacional y posterior primer Secretario de Educación Pública, cuya vocación, casi misión de educar a México, le gana de inmediato una admiración sin límites.
–¿Vasconcelos? Creo que así se llamaba mi escuela primaria- le comenté, dedicándole esta vez una calculada sonrisa.
–Sí, Vasconcelos fue un hombre brillante, pero también muy mujeriego. Su vida es un recuento de grandes proyectos que terminan desvirtuados o rotos. Julieta colabora con él con el mismo entusiasmo con que lo hacen todos a principios de los años veinte: seguros de que han vivido una revolución ejemplar, de que su cultura nacional se inserta claramente en la universal, de que la salvación de México está cerca. Es un momento lumínico que le da sentido a la vida de Julieta y canaliza sus inquietudes, aunque termine, naturalmente, enredada sentimental y carnalmente con Vasconcelos. Entonces descubre el lado opaco de éste pese a las advertencias de su propio padre, el general: “A veces, tanta luz ciega y tanto resplandor quema.”
–Muy cierto- dije yo con aire de suficiencia, pero también seguro de que podía habérmelo ahorrado sin mucho perjuicio para el élan que estaba agarrando Rufino. Los ojos se le iluminaban como brasas ardientes. Pobre.
–Luego de unos tres años de hacerla su colaboradora y amante, Vasconcelos la va haciendo de lado. El general descubre la relación que Julieta tiene con el intelectual y la echa de casa, dejándola vivir, repudiada, en la casa desocupada de un hermano que desde hace años reside en los Estados Unidos. Julieta acude a Vasconcelos y descubre lo que ya sabía: que ese hombre no está dispuesto a dejar su matrimonio por aquel amor, por muy apasionado y joven que fuera. Julieta llora hasta hartarse, decepcionada, y se entrevista una última vez con él, para despedirse. Las palabras de Julieta –hermosamente vestida, con una diadema rematando su cabello rubio- en un restaurante donde la pareja no prueba bocado, son exactas y preciosas. Le agradece el tiempo que ha vivido a su lado y agrega: “No te engañes, José. Este fue un tiempo precioso que te agradezco profundamente, pero ya terminó. Como todo hombre inteligente eres vanidoso, egocéntrico y mezquino en muchos aspectos. Voy a aprender a vivir sin ti, mi amor.”
–Oh- dije inadvertidamente. ¿Estaban sus ojos enrojecidos de lágrimas? Pobre Rufino, siempre tan sentimental.
–Y Julieta inicia entonces un período de soledad e introspección en medio de un amargo escepticismo, recuperando paulatinamente su interés por el mundo, pero ya lejos de la fe o el amor. Sin miedos, pero sin esperanzas. Conoce entonces a Héctor, un obrero anarquista metido siempre en líos con la policía y sin trabajo fijo, un idealista al que muy lentamente empieza a dar cabida en sus afectos. Héctor es un hombre leal e interesante, aunque sus ideas políticas y su falta de sentido práctico no estén muy en la línea de lo que Julieta pudiera compartir. Se sorprenden ambos de que siendo ella burguesa y éste un revolucionario permanente sean capaces de poner todo de lado para combatir por causas comunes y, finalmente, para enamorarse… Un paso que Julieta da, por cierto, luego de meses y meses de ruegos y reconvenciones: “Puedo comprender a un idealista empedernido aunque no esté muy de acuerdo con sus ideas o no las acabe de comprender del todo, pero soportar a un macho que piensa que si no me acuesto con él es por prejuicios morales, eso no. Es demasiado”, le dice Julieta a Héctor en una ocasión, rematando su firmeza con una sonrisa franca. “Tienes razón” responde Héctor sonriendo a su vez y meneando la cabeza.
–¿Y?- dije ya un poco confundido del rumbo que tomaban las cosas. Era tarde y tenía sueño. Cuando se es joven se es muy dormilón.
–Pero luego ocurre lo inevitable, claro. Héctor se refugia en casa de Julieta porque la policía anda buscando a todos los alborotadores luego de romper una manifestación. Los dos procuran tranquilizarse. De la manifestación y la política pasan de nuevo a temas personales. Y por alguna razón él le echa en cara que siempre ha sido una niña burguesa que no ha sufrido. Ella reacciona, serena, con los ojos mirando lejos hacia su pasado: “Perdóname, Héctor, pero aun con todo lo que tú me cuentas me han ocurrido cosas que dudo que hayas sufrido.” E inicia el recuento de Gerardo, de los bombardeos al tren presidencial en que huía junto con su familia hacia Veracruz siguiendo al presidente Carranza, de la ilusión de Vasconcelos (“creí haber encontrado el amor”, dice) y de su descreimiento actual, sola, alejada de su familia y del amor. Se hace un largo silencio. “¿Y crees que podrías volver a… creer?”, le pregunta Héctor tomándola de las manos y mirándola muy de cerca. “Yo creo que sí”, responde Julieta acercando finalmente su boca a la del nuevo y definitivo amor de su vida. Un amor que da para varios años y para un final trágico, desde luego, pues apenas inicia la Guerra Civil Española ambos van al otro lado del Atlántico a combatir por la causa republicana y mueren juntos, como otros tantos extranjeros, convencidos de que ahí se libraba una guerra crucial entre el bien y el mal.
Rufino me miró emocionado y acercó sus manos a las mías, me pasó una mano por el cabello enredándose en mis rulos y parecía estar deseando que dijera algo. Pobre. Apenas puedo recordar su rostro cuando le dije:
–¿Y eso qué o qué?
sábado, marzo 26, 2011
Monotemático
Pido disculpas: tengo una gran tentación de escamotear el verdadero tema. Por vergüenza y pudor. Por prudencia. Porque quizá aun no se trate de una historia terminada y todavía sea prematuro sacar conclusiones. Porque me faltará la objetividad y me sobrará la pasión. Porque puedo resultar monótono y cansino como todos los fanáticos. Porque es sábado. Porque obscurece o hay ruidos en la azotea.
Claro que, pese a mis dudas, algo quiero decir. No permaneceré callado. O no enteramente. Sé que, excepción hecha de los adolescentes irredentos, a nadie importan las cuitas de amor ni los pormenores sexuales. No es por ahí entonces. Por su parte, los sentimientos son asunto delicado y conducen a enredos singularísimos en cuyo manglar no cuela la razón. Y dirán justamente que para eso está la poesía y que no importan las rimas cuanto la exploración del lenguaje y sus condensaciones y torceduras. Muy bien, sí, pero tengo ya muchos años alejado de esa orilla y me resulta imposible volver a alcanzarla. Que se quede pues, allá a lo lejos, la poesía: después de todo ella también hubiese sido una forma de prestidigitación tramposa.
Encendamos un cigarrillo para mejorar la concentración, dar gravedad y aspecto cinematográfico al tema. Para que se diga poco -no dura mucho el tabaco encendido- y ese poco sea sustancioso. Para que nos arrebate la palabra inspirada en vez del torrente desorientado y bobo. Calemos un objeto concreto que no comprometa el tema, pero lo ubique: la tierra seca de marzo. Tiempo y lugar simultáneos. O casi. En los caminos polvorientos que preceden a la Semana Santa vuelvo a sentirme ungido y poderoso. Así está mejor, pero el tema, así presentado, tal vez gasta demasiado optimismo y no hace justicia a las sombras abundantes con que está poblado: la desigualdad espiritual, el miedo de raíz psicoanalítica, la enajenación de la que es presa el ciervo cuando su soledad se ve súbitamente interrumpida...
Estoy en vigilia, asombrado de que la primavera vuelva a producirse después de tantos años de asépticos inviernos. Aterrado también -¿quién no lo nota?- de su fragilidad. Son tantos los hielos y tan escaso el fuego que, bueno, no debería desperdiciarlo en esta descripción ociosa. No debería manosear el tema, sino guardar silencio para que se consolide y haga fuerte, para que deje de temer su propia extinción, para que no cause dolor ni se apague su preciosa fosforescencia.
El cigarro se hace humo y termino: la juventud tiembla en el espejo, borrosa.
Claro que, pese a mis dudas, algo quiero decir. No permaneceré callado. O no enteramente. Sé que, excepción hecha de los adolescentes irredentos, a nadie importan las cuitas de amor ni los pormenores sexuales. No es por ahí entonces. Por su parte, los sentimientos son asunto delicado y conducen a enredos singularísimos en cuyo manglar no cuela la razón. Y dirán justamente que para eso está la poesía y que no importan las rimas cuanto la exploración del lenguaje y sus condensaciones y torceduras. Muy bien, sí, pero tengo ya muchos años alejado de esa orilla y me resulta imposible volver a alcanzarla. Que se quede pues, allá a lo lejos, la poesía: después de todo ella también hubiese sido una forma de prestidigitación tramposa.
Encendamos un cigarrillo para mejorar la concentración, dar gravedad y aspecto cinematográfico al tema. Para que se diga poco -no dura mucho el tabaco encendido- y ese poco sea sustancioso. Para que nos arrebate la palabra inspirada en vez del torrente desorientado y bobo. Calemos un objeto concreto que no comprometa el tema, pero lo ubique: la tierra seca de marzo. Tiempo y lugar simultáneos. O casi. En los caminos polvorientos que preceden a la Semana Santa vuelvo a sentirme ungido y poderoso. Así está mejor, pero el tema, así presentado, tal vez gasta demasiado optimismo y no hace justicia a las sombras abundantes con que está poblado: la desigualdad espiritual, el miedo de raíz psicoanalítica, la enajenación de la que es presa el ciervo cuando su soledad se ve súbitamente interrumpida...
Estoy en vigilia, asombrado de que la primavera vuelva a producirse después de tantos años de asépticos inviernos. Aterrado también -¿quién no lo nota?- de su fragilidad. Son tantos los hielos y tan escaso el fuego que, bueno, no debería desperdiciarlo en esta descripción ociosa. No debería manosear el tema, sino guardar silencio para que se consolide y haga fuerte, para que deje de temer su propia extinción, para que no cause dolor ni se apague su preciosa fosforescencia.
El cigarro se hace humo y termino: la juventud tiembla en el espejo, borrosa.
miércoles, marzo 09, 2011
La resurrección
Había bebido la noche anterior. Hice a un lado el edredón, me levanté buscando las sandalias con los pies, anduve hasta la puerta. La luz de la mañana arrugó mi frente una vez que jalé la perilla apurando la amabilidad de invitarlas a pasar y tomar asiento en el pequeño comedor, mientras me servía un tazón -tal vez inmoderado- de cereal. Les invité algo de beber; lo rechazaron.
Atenta y parsimoniosamente las escuché hablar del reino de Dios, de las promesas de vida eterna, de los riesgos que para el alma suponen el pecado y la incredulidad. Con los minutos, mientras las hojuelas dejaban de ser crujientes para convertirse en un amasijo de pastura remojada, me sentí protegido por aquellas damas bien vestidas que intentaban vencer su nerviosismo instándome a que les planteara cualquier duda espiritual que tuviera que ver -o no- con su intención de salvarme de un grave peligro que entonces se me antojaba relativamente vago. Un peligro inmaterial, colegí. Un peligro de otro mundo cuyo carácter incorpóreo no lo hace menos concreto o temible, parece. No obstante había un remedio y tomarlo nos colocaba de nuevo en el jardín del Edén, resucitados, en compañía de todos los seres queridos. Bueno, sólo con los que eligieron correctamente, se entiende.
-Señoras mías, creo que tengo una pregunta- interrumpí.
-Díganos con entera confianza, ¿de qué se trata?
-¿Qué edad tendremos cuando volvamos a la vida?
La mayor de ellas sonrió amablemente, pero no contestó. Hojeó su pequeña Biblia de lomos rojos como buscando ahí la solución pasando las páginas con el índice humedecido de saliva. La otra me miró comprensivamente, asintiendo, como si la cuestión fuera algo no sólo natural sino muy importante. Habló de nuevo:
-Estaremos en la plenitud de la edad, hermosos y jóvenes, sin hambre ni sed y con la eternidad por delante para adquirir sabiduría. Mire, mire, lea aquí... El cuerpo que tomaremos será el de nuestros veintiún años de edad. Será maravilloso.
Me entregaba gustoso a la tarea de escucharlas sin poner reparos a las innumerables inconsistencias de su discurso. Era temprano, el mundo estaba nuevo y era posible suponer casi cualquier cosa que nos proporcionara un punto de partida. Les di las gracias. Cuando se despidieron tenía ya dos revistas profusamente ilustradas y con redacciones sencillas y mínimas sobre temas diversos y machaconamente conocidos: el fin del mundo, la pornografía, la seducción de las drogas, el amor verdadero, las ingles y Dios. Le di las revistas a mi hijo para que completara alguna tarea recortando figuras. Volví a acostarme. Soñé.
Como era de esperarse, ahí estábamos todos, felices y familiares, cotidianos y redimidos, disfrutando de una carne asada dominical en un lugar remoto donde siempre atardecía. Apartándome de la parrilla, por detrás de unos árboles robustos, vi desfilar maravillado los amores de mi vida, ya sin mácula, ya sin dolor ni incomprensión, con la edad suspendida en una risa aliviada y ligera.
Quería hacer el amor, pero desperté. Al pie de la cama estaba mi hijo pidiendo de comer.
Atenta y parsimoniosamente las escuché hablar del reino de Dios, de las promesas de vida eterna, de los riesgos que para el alma suponen el pecado y la incredulidad. Con los minutos, mientras las hojuelas dejaban de ser crujientes para convertirse en un amasijo de pastura remojada, me sentí protegido por aquellas damas bien vestidas que intentaban vencer su nerviosismo instándome a que les planteara cualquier duda espiritual que tuviera que ver -o no- con su intención de salvarme de un grave peligro que entonces se me antojaba relativamente vago. Un peligro inmaterial, colegí. Un peligro de otro mundo cuyo carácter incorpóreo no lo hace menos concreto o temible, parece. No obstante había un remedio y tomarlo nos colocaba de nuevo en el jardín del Edén, resucitados, en compañía de todos los seres queridos. Bueno, sólo con los que eligieron correctamente, se entiende.
-Señoras mías, creo que tengo una pregunta- interrumpí.
-Díganos con entera confianza, ¿de qué se trata?
-¿Qué edad tendremos cuando volvamos a la vida?
La mayor de ellas sonrió amablemente, pero no contestó. Hojeó su pequeña Biblia de lomos rojos como buscando ahí la solución pasando las páginas con el índice humedecido de saliva. La otra me miró comprensivamente, asintiendo, como si la cuestión fuera algo no sólo natural sino muy importante. Habló de nuevo:
-Estaremos en la plenitud de la edad, hermosos y jóvenes, sin hambre ni sed y con la eternidad por delante para adquirir sabiduría. Mire, mire, lea aquí... El cuerpo que tomaremos será el de nuestros veintiún años de edad. Será maravilloso.
Me entregaba gustoso a la tarea de escucharlas sin poner reparos a las innumerables inconsistencias de su discurso. Era temprano, el mundo estaba nuevo y era posible suponer casi cualquier cosa que nos proporcionara un punto de partida. Les di las gracias. Cuando se despidieron tenía ya dos revistas profusamente ilustradas y con redacciones sencillas y mínimas sobre temas diversos y machaconamente conocidos: el fin del mundo, la pornografía, la seducción de las drogas, el amor verdadero, las ingles y Dios. Le di las revistas a mi hijo para que completara alguna tarea recortando figuras. Volví a acostarme. Soñé.
Como era de esperarse, ahí estábamos todos, felices y familiares, cotidianos y redimidos, disfrutando de una carne asada dominical en un lugar remoto donde siempre atardecía. Apartándome de la parrilla, por detrás de unos árboles robustos, vi desfilar maravillado los amores de mi vida, ya sin mácula, ya sin dolor ni incomprensión, con la edad suspendida en una risa aliviada y ligera.
Quería hacer el amor, pero desperté. Al pie de la cama estaba mi hijo pidiendo de comer.
miércoles, febrero 16, 2011
La insularidad universal
A Jason Anthony George Goddard
Dando sorbos al café bien cargado de la mañana, con apenas un poco de agua pasada por el cabello rubio y la chaqueta marrón encima para mejor aguantar estos meses de mínima calefacción e intenso frío, el buen inglés se pone los quevedos de su abuelo cuya graduación le permite apreciar -dice- los detalles de la pintura y las texturas de las capas inferiores, se coloca delante del caballete y pasa la mañana raspando aquí y allá como si fuesen los materiales y no las imágenes lo único que importara.
La luz se desplaza por la habitación lentamente, matinal. Sus ojos minerales asoman gigantescos y azorados por detrás de los cristales cuando el intenso olor a solventes y pinturas lo obliga a abrir una ventana y respirar el aire frío, ávidamente. "Este es el mundo", se dice, un poco avergonzado de la sospechosa oquedad de las frases grandilocuentes. Mira como borroneados los tranvías y la placita, las palomas de la fuente y la mezcla de nieve y lodo que las pisadas de los transeúntes han dejado de tanto pasar.
Echa de menos el verano, pero sobre todo a las chicas despreocupadas que entonces se tumban en el césped con las blusas escotadas y las faldas recogidas, las medias de diseños exóticos cubriendo sus largas piernas, riendo a carcajadas y fumando con el tiempo suspendido, infinito. Cuántas de ellas han venido hasta aquí movidas por la curiosidad o el deseo, cuántas se han dejado desnudar y hacer fotografías, cuántas han rodado por la alfombra o el sofá, poblado momentáneamente la cama de densos humores o aguantado que su mano callosa de dedos inmensos les tape la boca bajo la ducha, embistiendo.
¿Está envejeciendo? Con todo y ser larga, no es la memoria la que acusa el fenómeno. Tampoco su rostro redondo que aun le permite mentir aquí y allá sobre su edad (en el fondo es vanidoso, pero un buen narcisista no puede confesarse nada semejante). ¿La nostalgia entonces? La que siente por el verano es estacional y no merece tal nombre. "La vejez es el distanciamiento del presente, la desaparición del propio mundo", se dice. Lo contemporáneo le causa extrañeza, incomprensión. "¿Cuándo se volvió el mundo así de estúpido?", alcanza a balbucir. Y comprende ya seguro que envejece.
Por la tarde llega la hora de salir a las calles de esta ciudad extranjera de largas sombras y muros de piedra. Bocanadas de vapor, ojos eslavos de gato, la nieve goteando por los tejados y las ramas de los árboles como fantasmas ateridos. Tiene lugar el encuentro esperado con el extranjero aquel de inglés dubitativo y fina ironía que en el piso superior de aquella cafetería gusta de charlar enmedio de cervezas, spirits, agua mineral y café. Conversar es civilizado. Despotricar signo de inteligencia. No estar de acuerdo por sistema un ejercicio retórico de dulces consecuencias. "Hora de la justa, caballeros".
Llueven las opiniones sobre la guerra, la atmósfera de búnker del invierno, la pedantería francesa o la terquedad hindú. Se ventilan hechos bizarros cuajados de carcajadas, se le da forma a inverosímiles sentimientos, se despedazan modas o vestimentas, orgullos nacionales e instintos dictatoriales. Al caer la noche todo guarda la perspectiva brillante de la inmediatez, la vida espartana se abre paso entre las calles heladas de un país y una época empeñados en parecer escaparates. El optimismo lastimado se renueva, sin excesos.
"Misfits", define el buen inglés. ¿Cómo no darle la razón? ¿Cómo no creerlo ahora, tan lejano?
La luz se desplaza por la habitación lentamente, matinal. Sus ojos minerales asoman gigantescos y azorados por detrás de los cristales cuando el intenso olor a solventes y pinturas lo obliga a abrir una ventana y respirar el aire frío, ávidamente. "Este es el mundo", se dice, un poco avergonzado de la sospechosa oquedad de las frases grandilocuentes. Mira como borroneados los tranvías y la placita, las palomas de la fuente y la mezcla de nieve y lodo que las pisadas de los transeúntes han dejado de tanto pasar.
Echa de menos el verano, pero sobre todo a las chicas despreocupadas que entonces se tumban en el césped con las blusas escotadas y las faldas recogidas, las medias de diseños exóticos cubriendo sus largas piernas, riendo a carcajadas y fumando con el tiempo suspendido, infinito. Cuántas de ellas han venido hasta aquí movidas por la curiosidad o el deseo, cuántas se han dejado desnudar y hacer fotografías, cuántas han rodado por la alfombra o el sofá, poblado momentáneamente la cama de densos humores o aguantado que su mano callosa de dedos inmensos les tape la boca bajo la ducha, embistiendo.
¿Está envejeciendo? Con todo y ser larga, no es la memoria la que acusa el fenómeno. Tampoco su rostro redondo que aun le permite mentir aquí y allá sobre su edad (en el fondo es vanidoso, pero un buen narcisista no puede confesarse nada semejante). ¿La nostalgia entonces? La que siente por el verano es estacional y no merece tal nombre. "La vejez es el distanciamiento del presente, la desaparición del propio mundo", se dice. Lo contemporáneo le causa extrañeza, incomprensión. "¿Cuándo se volvió el mundo así de estúpido?", alcanza a balbucir. Y comprende ya seguro que envejece.
Por la tarde llega la hora de salir a las calles de esta ciudad extranjera de largas sombras y muros de piedra. Bocanadas de vapor, ojos eslavos de gato, la nieve goteando por los tejados y las ramas de los árboles como fantasmas ateridos. Tiene lugar el encuentro esperado con el extranjero aquel de inglés dubitativo y fina ironía que en el piso superior de aquella cafetería gusta de charlar enmedio de cervezas, spirits, agua mineral y café. Conversar es civilizado. Despotricar signo de inteligencia. No estar de acuerdo por sistema un ejercicio retórico de dulces consecuencias. "Hora de la justa, caballeros".
Llueven las opiniones sobre la guerra, la atmósfera de búnker del invierno, la pedantería francesa o la terquedad hindú. Se ventilan hechos bizarros cuajados de carcajadas, se le da forma a inverosímiles sentimientos, se despedazan modas o vestimentas, orgullos nacionales e instintos dictatoriales. Al caer la noche todo guarda la perspectiva brillante de la inmediatez, la vida espartana se abre paso entre las calles heladas de un país y una época empeñados en parecer escaparates. El optimismo lastimado se renueva, sin excesos.
"Misfits", define el buen inglés. ¿Cómo no darle la razón? ¿Cómo no creerlo ahora, tan lejano?
lunes, enero 31, 2011
Santa Teresa
Cada mañana que abro los ojos en Santa Teresa siento que no podré encontrar el camino de regreso. Me demoro en la cama, observo la decoración, oigo la respiración de mi hijo en la habitación contigua. La casualidad nos ha llevado al borde mismo que separa las colonias ordinarias de las colonias pobres del sur, una casa modesta de color amarillo con dos habitaciones recién decoradas con vaga intención orientalista y un patio a donde bajan los gorriones por las tardes a beber el agua que derraman las tuberías de la ducha. El canal de aguas negras no pasa lejos de aquí, apenas a un costado de la gran avenida.
Mi trabajo consiste en inventar entusiasmos ahí donde ya no queda nada, hacerlos constar en documentos, transmitirlos a jóvenes, dejarlos entrever aquí y allá en las juntas con mis colegas. Pocos me creen, no porque resulte poco convincente, sino por mi –valga la figura- cada vez más pronunciada invisibilidad. Me he hecho fama de adusto y severo, de amargado y pedante, cualidades todas que requieren energía y concentración, es decir, entusiasmo. Ahora que me faltan las fuerzas para seguir fingiendo que algo me importa confío en la pereza de la gente que tendrá a bien recordarme como ya me define en vez de tomarse la molestia de volver a conocerme. U olvidarme, más exactamente.
Algunos parecen creer sinceramente que estoy empezando una nueva vida. Que vine de algún sitio lejano y tengo experiencia. Que pienso en Santa Teresa como en un nuevo punto de partida. No es así. Las calles son prolongaciones de la inmensa planicie que han cambiado los matorrales y regadíos por casas bajas y anchas, campos de cultivo que de pronto son cuadras y animales de ponzoña que una buena noche de luna roja se convierten en cuadrillas de zombis que asaltan cervecerías y exudan aburrimiento. Monotonía de fábrica. Locura circular. No es sitio para comienzos, sino para espirales.
Me dicen que este es el mismo país del que salimos mi hijo y yo hace ya varias semanas, que padece los mismos terrores de ametralladoras nocturnas y hielos envenenados en bebidas de discoteca. Me dicen también que siguiendo con regularidad el par de avenidas rectas y pavimentadas que llevan de la puerta de mi casa hasta la puerta de mi cubículo nada malo puede pasarme. Lo normal. Siempre y cuando viaje en carro en horarios adecuados. Siempre y cuando no haya retenes. O que no los haya falsos. Quiero creer que me hacen saber todo esto para hacerme sentir en casa. Por mi bien. Por el de mi hijo, desde luego, cuya vida empieza entusiasta en la siniestra limpidez del desierto. Me lo dicen también, los que mejor me conocen, para disuadirme de seguir con mis malos hábitos…
Pero las malas costumbres son universales e imperecederas. No las erradican las frutas y verduras que he comprado para mejor dar ejemplo a mi hijo, ni el refrigerador lleno de carnes variadas o los cereales de alto contenido de fibra. No se modifican por asistir a la oficina todos los días con asombrosa regularidad ni por hacerlo en impecable arreglo indumentario. No las remedia el carro del año ni la disciplina de meterse bajo la ducha todos los días, tampoco las cartas de amor que al único verdadero y leal se envían plagadas de promesas de hermosos mundos futuros. No. Agitado, empiezo a despertar en las madrugadas acosado por el vívido recuerdo de una ranchería de seis millones de almas en cuyas avenidas he dejado una mezcla de pasión, sexo y turbiedad. Recuerdo haber huido. Recuerdo voces y rostros, callejones, sombras, prisas y clandestinidad. Ropa interior y el interior de unas cuantas almas. Quería (¿quiero?) poseerlo todo. Y ahora estoy aquí, sudando copiosamente en Santa Teresa, temiendo que llamen a la puerta o que me alcance el mensaje terrible en el celular. Ubicuidad te pido, Señor. ¿Estoy rezando?
Corro a comprobar que mi hijo sigue ahí y no hace falta ni asomarme: escucho su respiración. No quiero hacerme más preguntas y empieza a darme sueño de nuevo… que si hace un mes no había hijo ni nada en la remota ranchería, que de dónde ha salido este por cuya seguridad velo, que si hace treinta días dormía acompañado y ahora estoy solo de nuevo, que si esta cama está hecha también para el sexo y que dónde están los cuerpos que se fueron... ¿cuál es la salida de Santa Teresa...? ¿cuál salida?
Duerme, duerme.
Mi trabajo consiste en inventar entusiasmos ahí donde ya no queda nada, hacerlos constar en documentos, transmitirlos a jóvenes, dejarlos entrever aquí y allá en las juntas con mis colegas. Pocos me creen, no porque resulte poco convincente, sino por mi –valga la figura- cada vez más pronunciada invisibilidad. Me he hecho fama de adusto y severo, de amargado y pedante, cualidades todas que requieren energía y concentración, es decir, entusiasmo. Ahora que me faltan las fuerzas para seguir fingiendo que algo me importa confío en la pereza de la gente que tendrá a bien recordarme como ya me define en vez de tomarse la molestia de volver a conocerme. U olvidarme, más exactamente.
Algunos parecen creer sinceramente que estoy empezando una nueva vida. Que vine de algún sitio lejano y tengo experiencia. Que pienso en Santa Teresa como en un nuevo punto de partida. No es así. Las calles son prolongaciones de la inmensa planicie que han cambiado los matorrales y regadíos por casas bajas y anchas, campos de cultivo que de pronto son cuadras y animales de ponzoña que una buena noche de luna roja se convierten en cuadrillas de zombis que asaltan cervecerías y exudan aburrimiento. Monotonía de fábrica. Locura circular. No es sitio para comienzos, sino para espirales.
Me dicen que este es el mismo país del que salimos mi hijo y yo hace ya varias semanas, que padece los mismos terrores de ametralladoras nocturnas y hielos envenenados en bebidas de discoteca. Me dicen también que siguiendo con regularidad el par de avenidas rectas y pavimentadas que llevan de la puerta de mi casa hasta la puerta de mi cubículo nada malo puede pasarme. Lo normal. Siempre y cuando viaje en carro en horarios adecuados. Siempre y cuando no haya retenes. O que no los haya falsos. Quiero creer que me hacen saber todo esto para hacerme sentir en casa. Por mi bien. Por el de mi hijo, desde luego, cuya vida empieza entusiasta en la siniestra limpidez del desierto. Me lo dicen también, los que mejor me conocen, para disuadirme de seguir con mis malos hábitos…
Pero las malas costumbres son universales e imperecederas. No las erradican las frutas y verduras que he comprado para mejor dar ejemplo a mi hijo, ni el refrigerador lleno de carnes variadas o los cereales de alto contenido de fibra. No se modifican por asistir a la oficina todos los días con asombrosa regularidad ni por hacerlo en impecable arreglo indumentario. No las remedia el carro del año ni la disciplina de meterse bajo la ducha todos los días, tampoco las cartas de amor que al único verdadero y leal se envían plagadas de promesas de hermosos mundos futuros. No. Agitado, empiezo a despertar en las madrugadas acosado por el vívido recuerdo de una ranchería de seis millones de almas en cuyas avenidas he dejado una mezcla de pasión, sexo y turbiedad. Recuerdo haber huido. Recuerdo voces y rostros, callejones, sombras, prisas y clandestinidad. Ropa interior y el interior de unas cuantas almas. Quería (¿quiero?) poseerlo todo. Y ahora estoy aquí, sudando copiosamente en Santa Teresa, temiendo que llamen a la puerta o que me alcance el mensaje terrible en el celular. Ubicuidad te pido, Señor. ¿Estoy rezando?
Corro a comprobar que mi hijo sigue ahí y no hace falta ni asomarme: escucho su respiración. No quiero hacerme más preguntas y empieza a darme sueño de nuevo… que si hace un mes no había hijo ni nada en la remota ranchería, que de dónde ha salido este por cuya seguridad velo, que si hace treinta días dormía acompañado y ahora estoy solo de nuevo, que si esta cama está hecha también para el sexo y que dónde están los cuerpos que se fueron... ¿cuál es la salida de Santa Teresa...? ¿cuál salida?
Duerme, duerme.
jueves, diciembre 30, 2010
Los malos pasos
Ahora que se publicaron sus diarios no he obtenido sino abundantes corroboraciones de aquello que sospechaba: no me refiero, por supuesto, a las obviedades de su personalidad materia de lúbricas comidillas y juicios morales, sino a la continua tensión entre un mundo recto, solar, dominante, y su sombra torcida, nocturna, agazapada. La vida de Luis Gala antes de extraviarse en los desiertos de Sonora es una oscilación cada vez más amplia entre el orden cuyas paredes sofocan y el caos cuya vorágine devora. Leemos:
"Noviembre 9,
Utilizaría mis recursos para espiarle, pero no sería necesario: se presentó de pronto cuando ya lo daba por perdido. Me contó una historia fantástica que luego pude corroborar, hecha de policías, droga y sobreseídos. Mientras se vestía de nuevo tras las siempre inconclusas peripecias, reflexionaba sobre aquel remoto año en que un cholo calzado de vans, con pañoleta a la cabeza, aretes y anillos, pasó entre mi familia para ir a sentarse al fondo del autobús. Recuerdo mi respiración agitada, mi rubor. Recuerdo haber comparado mis zapatos lustrados, mi trajecito gris y mi peinado de raya al lado, con su falsa despreocupación indumentaria. Íbamos a la fiesta de nochevieja en casa de mis abuelos y mi madre había puesto especial cuidado en escoger mi ropa, previniéndome contra cualquier accidente que la estropeara. Recuerdo haber mirado al cholo de reojo durante todo el camino, verle bajar en el centro con una extraña excitación, haber continuado el trayecto soñando que el tipo se drogaba en algún rincón de la ciudad hasta que el camión se descompuso y nos vimos obligados a bajar para esperar el siguiente. Recuerdo a mi padre marcando el 22-43-25 para hablar con mis abuelos -sus suegros. Recuerdo a mi madre riendo calculadamente. A mi hermana no la recuerdo.
Sentí calor entre las piernas, me encontré de pronto vestido y le miré fumar con ese aire ausente, lascivo y onírico que me obsesionaba. Entendí que se combinaban -irreconciliables, fatales- el objeto del deseo y su imposibilidad. Como en la nochevieja del ochenta y nueve. Como ahora. Como siempre.
Noviembre 17,
Hace tiempo que no veo a mis amigos y empiezo a preguntarme si de verdad los tengo. Pienso en ellos porque de haber estado más cerca (¿de verdad?) no estaría dándole dinero a este tipo cada vez que me lo pide. No siempre ha sido así, dicho sea en abono a la verdad, pero lo que es mejor para mi bolsillo no lo es para mi tranquilidad. Me explico: si me hubiese pedido dinero desde la primera vez que subió al auto y se dijo dispuesto a todo, hubiera entendido que estaba tratando con un prostituto; si en cambio pide un día sí y otro no con variados pretextos, si al final resulta que no está dispuesto a todo (aunque acompañe cada sugerencia con un "como quieras"), si su discurso empieza a mostrar huecos aquí y allá (¿y cuándo he exigido coherencia de quienes me llevaba a la cama?), entonces he de sufrir el desconcierto que padezco ahora, la curiosidad que mató al gato, la obsesión todavía más importante que la que me poseyó cuando desapareció por un par de semanas haciéndome creer que nuestro encuentro le había resultado inmanejable y que nunca más volveríamos a vernos. Pero esta última posibilidad hubiese sido una solución consistente, es decir, algo fuera de su alcance. ¿Dónde están mis amigos?
Noviembre 25,
Una cosa son las obsesiones y otra las necesidades. Para satisfacer estas últimas me he acostado con media ciudad, más concretamente con los que más claras tienen las ideas y que son maricones asumidos o fortuitos. La mayoría dejó hace tiempo de lado las preocupaciones morales, no cree que irá al Infierno aunque siga escuchando los sermones del domingo, se procura un modo de vida razonable y trata de construir en esos márgenes concedidos por una sociedad de la que por supuesto no desea sustraerse (antes bufón que paria). Son transacciones limpias de sexo contra sexo, puntuales y adultas aunque no falte por ahí uno que otro precoz. Satisfactorias. A veces muy satisfactorias.
Pero las obsesiones son otra cosa, ya lo creo, y él me lo ha demostrado involuntariamente (o no): se alimentan de su imposibilidad, crecen con su posposición, no parecen susceptibles ni al tiempo ni a la distancia, son rebeldes a los hechos, insumisas a la lógica aunque no duden en echar mano de ella para repensar una y otra vez en sus objetos, son floraciones mentales cuyas raíces van hasta la fuente misma de nuestra historia-persona (¿1989?)
[...]
Él me obsesiona, naturalmente. Pero él es de una naturaleza distinta a la de aquellos que sirven a mis necesidades. Que tenga una esposa y una hija es incidental. Que fume mariguana todos los días es accesorio. Que sus hábitos de cama sean un tanto improvisados y de difícil conclusión hacen inexplicable la satisfacción que obtengo, si la hay. Él no es único, sino la expresión más cercana de muchos que le han precedido: bisexuales no asumidos con más o menos pánico a que se mezclen sus dos mundos, seres escindidos que en vez de integrar, oscilan. ¿Y eso es todo? No, desde luego, la obsesión no está en ninguna de estas cosas necesarias, pero no suficientes...
Diciembre 2,
Probé la mariguana durante la feria anual de un pueblito del sur de Bélgica, poco después de separarme del grupo del Dr.Pardon. Como mis amigos fueran a buscar cerveza, tardaran y me dejaran solo con el porro apenas encendido, me lo fumé completo. El sonido siguió siendo el mismo, tal vez un poco más lúcido; la vista, en cambio, quedó imposibilitada para fijarse en objeto alguno. Vomité. Me dolió la cabeza estupendamente y mis esfínteres hubieran cedido incontinentes de haber tenido algo que arrojar.
Hoy que él me la ha ofrecido, no he tenido empacho en dar unas caladas, aunque he tenido buen cuidado de no excederme. Al hacerlo pensaba en la excitación que de niño me procuraban los borrachos, los drogados, los niños de la calle y los adolescentes que esnifaban pegamento en las esquinas, una mezcla de atracción y repulsa que bien podríamos llamar morbo. ¿A esto se reduce mi obsesión? ¿a una atracción por su entourage? Él no es un indigente, pero tiene registro en la policía, tiene trabajo, pero vuelve una y otra vez a pedirme dinero. ¿Me estoy volviendo el idiota de un vividor? La mariguana no le alteraba en nada (o siempre estaba drogado), de modo que le ofrecí poppers con una doble intención: las rechazó. No obstante, aceptó una cerveza.
Diciembre 15,
Ha sido una semana atroz. Me ha costado un gran esfuerzo concentrarme en el trabajo. Algunos me han preguntado por mi salud, otros me han enviado señales como si leyeran en mi rostro algo que les atrajera. Parecen darme la bienvenida y decirme que están a mi disposición; es extraño, procuro no salir de mi oficina. Soy un hombre cercano a los cuarenta, difícilmente se diría que muero joven si lo hago ahora. Mi trabajo es honorable por mucho que el Dr.Pardon se empeñe en demostrar lo contrario. Sigo las reglas, hablo con corrección. Es verdad que mi trabajo me ha llevado de un sitio a otro, pero aun faltándome el matrimonio soy una persona estable. ¿Cómo explicar entonces lo que ha pasado el fin de semana?
El viernes volví a verle. Fue una larga sesión de prácticas cada vez más arriesgadas e imparables, como si a falta de vías naturales las esclusas más retorcidas fuesen ocupadas por el deseo, con participación de objetos, ropa, olores y texturas, con las resistencias habituales y el doloroso remate onanista à deux. Tras verle abandonar el auto y perderse entre las calles con los audífonos puestos con música psycho, fumando con su natural despreocupación (esta vez tabaco), con sus diecinueve años de perversa inadvertencia, comprendí que debía ponerle diques a mi locura, acotar tanta vehemencia, cortar... o sustituir.
Y la sustitución llegó con un cocainómano que me enseñó a fumar piedra (terrible) y un cargador del mercado que alternaba su dipsomanía con pastillas de naturaleza incierta. El sexo relegado y los sentidos confundidos, la obsesión seguía allí, intacta, el domingo por la noche mientras cogía temblando el teléfono esperando vencer las ganas de llamar. ¿Vencí?
Diciembre 27,
He vendido el auto, recogido mis cosas. Aprovecharé las vacaciones para no volver al trabajo. Le he pagado al limpiaparabrisas de Avenida Américas para que le clavara un cuchillo de cocina sobre la Avenida Tesistán, al caer la noche. No verá el año nuevo. Lo decidí luego de esnifar toda la tarde y fracasar una vez más en consumar mis obsesiones. "No puedo" fue todo lo que dijo el infeliz de nuevo con sus vans puestos y sus cejas a medio depilar. Sé que suena trillado, pero escucho voces, bueno, sólo una, distinta a la mía, en mi interior: a esa vocecilla no habrá modo de clavarle un cuchillo en la espalda. ¿O sí?"
Me pregunto dónde andará ahora Luis Gala. Me pregunto, por supuesto, si habrá domesticado su obsesión. O si por lo menos consiguió, aunque sólo fuese una vez en la vida, la ilusión de totalidad -bien y mal reunidos, casi armónicos- de la que estuvo tan cerca, a la que tanto aspiró.
"Noviembre 9,
Utilizaría mis recursos para espiarle, pero no sería necesario: se presentó de pronto cuando ya lo daba por perdido. Me contó una historia fantástica que luego pude corroborar, hecha de policías, droga y sobreseídos. Mientras se vestía de nuevo tras las siempre inconclusas peripecias, reflexionaba sobre aquel remoto año en que un cholo calzado de vans, con pañoleta a la cabeza, aretes y anillos, pasó entre mi familia para ir a sentarse al fondo del autobús. Recuerdo mi respiración agitada, mi rubor. Recuerdo haber comparado mis zapatos lustrados, mi trajecito gris y mi peinado de raya al lado, con su falsa despreocupación indumentaria. Íbamos a la fiesta de nochevieja en casa de mis abuelos y mi madre había puesto especial cuidado en escoger mi ropa, previniéndome contra cualquier accidente que la estropeara. Recuerdo haber mirado al cholo de reojo durante todo el camino, verle bajar en el centro con una extraña excitación, haber continuado el trayecto soñando que el tipo se drogaba en algún rincón de la ciudad hasta que el camión se descompuso y nos vimos obligados a bajar para esperar el siguiente. Recuerdo a mi padre marcando el 22-43-25 para hablar con mis abuelos -sus suegros. Recuerdo a mi madre riendo calculadamente. A mi hermana no la recuerdo.
Sentí calor entre las piernas, me encontré de pronto vestido y le miré fumar con ese aire ausente, lascivo y onírico que me obsesionaba. Entendí que se combinaban -irreconciliables, fatales- el objeto del deseo y su imposibilidad. Como en la nochevieja del ochenta y nueve. Como ahora. Como siempre.
Noviembre 17,
Hace tiempo que no veo a mis amigos y empiezo a preguntarme si de verdad los tengo. Pienso en ellos porque de haber estado más cerca (¿de verdad?) no estaría dándole dinero a este tipo cada vez que me lo pide. No siempre ha sido así, dicho sea en abono a la verdad, pero lo que es mejor para mi bolsillo no lo es para mi tranquilidad. Me explico: si me hubiese pedido dinero desde la primera vez que subió al auto y se dijo dispuesto a todo, hubiera entendido que estaba tratando con un prostituto; si en cambio pide un día sí y otro no con variados pretextos, si al final resulta que no está dispuesto a todo (aunque acompañe cada sugerencia con un "como quieras"), si su discurso empieza a mostrar huecos aquí y allá (¿y cuándo he exigido coherencia de quienes me llevaba a la cama?), entonces he de sufrir el desconcierto que padezco ahora, la curiosidad que mató al gato, la obsesión todavía más importante que la que me poseyó cuando desapareció por un par de semanas haciéndome creer que nuestro encuentro le había resultado inmanejable y que nunca más volveríamos a vernos. Pero esta última posibilidad hubiese sido una solución consistente, es decir, algo fuera de su alcance. ¿Dónde están mis amigos?
Noviembre 25,
Una cosa son las obsesiones y otra las necesidades. Para satisfacer estas últimas me he acostado con media ciudad, más concretamente con los que más claras tienen las ideas y que son maricones asumidos o fortuitos. La mayoría dejó hace tiempo de lado las preocupaciones morales, no cree que irá al Infierno aunque siga escuchando los sermones del domingo, se procura un modo de vida razonable y trata de construir en esos márgenes concedidos por una sociedad de la que por supuesto no desea sustraerse (antes bufón que paria). Son transacciones limpias de sexo contra sexo, puntuales y adultas aunque no falte por ahí uno que otro precoz. Satisfactorias. A veces muy satisfactorias.
Pero las obsesiones son otra cosa, ya lo creo, y él me lo ha demostrado involuntariamente (o no): se alimentan de su imposibilidad, crecen con su posposición, no parecen susceptibles ni al tiempo ni a la distancia, son rebeldes a los hechos, insumisas a la lógica aunque no duden en echar mano de ella para repensar una y otra vez en sus objetos, son floraciones mentales cuyas raíces van hasta la fuente misma de nuestra historia-persona (¿1989?)
[...]
Él me obsesiona, naturalmente. Pero él es de una naturaleza distinta a la de aquellos que sirven a mis necesidades. Que tenga una esposa y una hija es incidental. Que fume mariguana todos los días es accesorio. Que sus hábitos de cama sean un tanto improvisados y de difícil conclusión hacen inexplicable la satisfacción que obtengo, si la hay. Él no es único, sino la expresión más cercana de muchos que le han precedido: bisexuales no asumidos con más o menos pánico a que se mezclen sus dos mundos, seres escindidos que en vez de integrar, oscilan. ¿Y eso es todo? No, desde luego, la obsesión no está en ninguna de estas cosas necesarias, pero no suficientes...
Diciembre 2,
Probé la mariguana durante la feria anual de un pueblito del sur de Bélgica, poco después de separarme del grupo del Dr.Pardon. Como mis amigos fueran a buscar cerveza, tardaran y me dejaran solo con el porro apenas encendido, me lo fumé completo. El sonido siguió siendo el mismo, tal vez un poco más lúcido; la vista, en cambio, quedó imposibilitada para fijarse en objeto alguno. Vomité. Me dolió la cabeza estupendamente y mis esfínteres hubieran cedido incontinentes de haber tenido algo que arrojar.
Hoy que él me la ha ofrecido, no he tenido empacho en dar unas caladas, aunque he tenido buen cuidado de no excederme. Al hacerlo pensaba en la excitación que de niño me procuraban los borrachos, los drogados, los niños de la calle y los adolescentes que esnifaban pegamento en las esquinas, una mezcla de atracción y repulsa que bien podríamos llamar morbo. ¿A esto se reduce mi obsesión? ¿a una atracción por su entourage? Él no es un indigente, pero tiene registro en la policía, tiene trabajo, pero vuelve una y otra vez a pedirme dinero. ¿Me estoy volviendo el idiota de un vividor? La mariguana no le alteraba en nada (o siempre estaba drogado), de modo que le ofrecí poppers con una doble intención: las rechazó. No obstante, aceptó una cerveza.
Diciembre 15,
Ha sido una semana atroz. Me ha costado un gran esfuerzo concentrarme en el trabajo. Algunos me han preguntado por mi salud, otros me han enviado señales como si leyeran en mi rostro algo que les atrajera. Parecen darme la bienvenida y decirme que están a mi disposición; es extraño, procuro no salir de mi oficina. Soy un hombre cercano a los cuarenta, difícilmente se diría que muero joven si lo hago ahora. Mi trabajo es honorable por mucho que el Dr.Pardon se empeñe en demostrar lo contrario. Sigo las reglas, hablo con corrección. Es verdad que mi trabajo me ha llevado de un sitio a otro, pero aun faltándome el matrimonio soy una persona estable. ¿Cómo explicar entonces lo que ha pasado el fin de semana?
El viernes volví a verle. Fue una larga sesión de prácticas cada vez más arriesgadas e imparables, como si a falta de vías naturales las esclusas más retorcidas fuesen ocupadas por el deseo, con participación de objetos, ropa, olores y texturas, con las resistencias habituales y el doloroso remate onanista à deux. Tras verle abandonar el auto y perderse entre las calles con los audífonos puestos con música psycho, fumando con su natural despreocupación (esta vez tabaco), con sus diecinueve años de perversa inadvertencia, comprendí que debía ponerle diques a mi locura, acotar tanta vehemencia, cortar... o sustituir.
Y la sustitución llegó con un cocainómano que me enseñó a fumar piedra (terrible) y un cargador del mercado que alternaba su dipsomanía con pastillas de naturaleza incierta. El sexo relegado y los sentidos confundidos, la obsesión seguía allí, intacta, el domingo por la noche mientras cogía temblando el teléfono esperando vencer las ganas de llamar. ¿Vencí?
Diciembre 27,
He vendido el auto, recogido mis cosas. Aprovecharé las vacaciones para no volver al trabajo. Le he pagado al limpiaparabrisas de Avenida Américas para que le clavara un cuchillo de cocina sobre la Avenida Tesistán, al caer la noche. No verá el año nuevo. Lo decidí luego de esnifar toda la tarde y fracasar una vez más en consumar mis obsesiones. "No puedo" fue todo lo que dijo el infeliz de nuevo con sus vans puestos y sus cejas a medio depilar. Sé que suena trillado, pero escucho voces, bueno, sólo una, distinta a la mía, en mi interior: a esa vocecilla no habrá modo de clavarle un cuchillo en la espalda. ¿O sí?"
Me pregunto dónde andará ahora Luis Gala. Me pregunto, por supuesto, si habrá domesticado su obsesión. O si por lo menos consiguió, aunque sólo fuese una vez en la vida, la ilusión de totalidad -bien y mal reunidos, casi armónicos- de la que estuvo tan cerca, a la que tanto aspiró.
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