domingo, abril 06, 2014

Preocupaciones fascistas

Cree mi secretario y amigo, padrino tanto de mi primogénito como de Anita, la más pequeña, que los tiempos están cambiando y pronto habrá que ser muy creativos para darle continuidad y sentido a lo que sostenemos. Alega que lo del año pasado nos da la razón histórica al tiempo en que nos despoja de un enemigo concreto y largamente conocido, ideal para instigar el odio de los más jóvenes y la angustia de los padres de familia; que ser anticomunista será cada vez más difícil, si no es que absurdo en un mundo como el que viene quedando —aunque todavía es temprano en un proceso que, coincido con él, habrá de ir todavía más lejos—; que la amenaza del protestantismo nos pilla lejos —cinco siglos, dice— y que las de la agenda liberal —aborto, homosexualidad— o las de la conspiración judía, sólo cohesionan a sectores concretos —y embozados— de la sociedad. Es un tipo cerrado, mi compadre, que parece no entender bien a bien de qué se trata todo; sus pocas luces no le permiten razonar más que superficialmente sobre los mecanismos que van del fanatismo de las ideas a los beneficios económicos que producen. Así pues, a riesgo de perder el negocio, no puedo dejarme llevar por su tontería, pero tampoco ignorarla del todo.
Porque mucha gente coincide con él y se han acercado a mi persona buscando seguridades (los más pragmáticos que temen perder su dinero) y orientación (los desposeídos que temen perder la fe). He obrado en todos los casos con equilibrio —no se está tantos años a la cabeza sin conseguir alguno— repartiendo doctrina o balances, según el caso y siempre a cuentagotas, nunca más de lo necesario, que siempre quede una pizca de incertidumbre e inquietud en el subordinado, una duda que no sirva a su parálisis sino a su redoblada cooperación, como un incentivo aunque sea perverso y deba renovarse periódicamente. Pero los hechos no mienten y a ellos se atienen titubeantes desde vulgares secretarias hasta miembros del consejo: hace años que no ocurre ningún incidente entre nuestros estudiantes y los de la universidad de enfrente, las sociedades secretas ven menguar sus números, los reportes de rebeldía o traición que antes dieron pábulo a revitalizantes palizas escasean, y para rematar ahí están las imágenes de la puerta de Brandemburgo, de la Plaza de San Wenceslao, de los Ceausescu cayendo bajo un pelotón de fusilamiento. '¿Contra quién ahora?' parecen preguntar con la mirada.
Debo confesar que aunque tolero a la mayoría por conveniencia, encuentro insoportable su ignorancia y estupidez. Que a la gente que vive en la penuria económica y cultural les resulte suficiente el cóctel doctrinario que preparamos hace décadas mis hermanos y yo, pasa: ¿cómo podían resistirse a la mezcla de patria, iglesia y universidad que daba continuidad a la guerra cristera de sus padres? ¿cómo rechazar la seguridad de un sueldo miserable que los señores del dinero —y Dios sabrá por qué lo tienen— reparten bajo el principio de la caridad cristiana? Pero que los miembros del consejo, mi compadre por ejemplo, se traguen el mismo cóctel y me obliguen a seguir la faramalla incluso en lo privado, no me parece más que un signo de abyección. Cuando entiendo la imposibilidad de una discusión horizontal y franca, ya no para mi solaz y provecho social, sino incluso con el sólo fin de perfeccionar la maquinaria que presido y de cuyo funcionamiento ellos tanto se benefician, me surge algo parecido a la empatía por el cabo austríaco que no lo habrá tenido nada fácil con fanáticos como Goebbels o Göring cerca, especialmente al final de la guerra. El barco se hunde ¿y qué? Ellos sólo piensan en arengas como patria o muerte que no sirven para llenar los libros de contabilidad ni para hinchar cuentas bancarias. Idiotas.
Yo tengo cultura, la tienen en alguna medida todos los que me rodean en el mando, pero luego les falta inteligencia. No puedo asistir a todas las reuniones de las distintas vanguardias ni puedo entrenar a la gente en las proporciones justas de fanatismo y realidad: allá cada uno resuelve según su conciencia y el resultado es una homogeneidad razonable en la que no faltan puntos de exceso que debo permitir: allá un muerto, acá un expulsado, luego un proceso judicial en que se extravían expedientes o desaparecen indiciados, lo normal. Y es gracias a mi cultura como puedo entender que lo que está ocurriendo no es nada inquietante como pretenden los que me piden seguridades u orientación: simples ondas de otra piedra en el estanque. Me extraña que se asombren porque algunos me acompañaron a lo largo de este siglo: vivieron la agitación de los años treintas con su cauda de fanáticos de rifle y piolet, colaboraron en las delaciones franquistas de los cuarentas, ayudaron a las perseguidas huestes del excomulgado cardenal de Tourcoing para venir a México. Luego entonces, no entiendo por qué habría de alterarlos este movimiento insípido que claramente no puede tocar a este continente: no somos europeos para tener bandos o ideas, lo que significa que aun tendremos largos años de comunistas sin comunismo y tradicionalistas sin tradición. ¿Qué muro podría caer aquí? 'La estupidez está hecha de hormigón', suelo decirme.
Nadie entre los míos  —salvo Anita que es culta e inteligente, aunque joven— conoce mis verdaderas opiniones. Es probable que ella —una mujer, hay que joderse— deba continuar mi obra: entiende que el concepto de enemigo nos es foráneo por mucho que finjamos exaltación, que no creemos ni vamos a creer, anclados en el cinismo que da el terreno movedizo en que nos movemos, que las verdaderas máquinas de dinero no están hechas de tractores o portafolios, sino de ideas, que morir por estas últimas no siempre requiere de una pistola sino a veces solamente de un empleo.
—La obscuridad siempre vuelve, padre, para seguir con la Obra —me dijo una tarde luego de una larga conversación en rectoría.
Miré por el enorme ventanal hacia la explanada, la noche cayendo, mi compadre preparando la conferencia universitaria en defensa de la cultura y el orden en la oficina de al lado, los carteles colgados en cada poste, maestros y alumnos repartiendo pegatinas. Sonreí mascando el puro; le contesté:
—Indudablemente Anita. Siempre.

miércoles, marzo 26, 2014

Come as you are

Tuve un cliente, a los pocos meses de venir desde la sierra de Puebla hasta Hermosillo, que igual que yo no era de aquí y que me subió a su auto la primera vez con una seguridad que creí fingida —sus ojos valorando mi cuerpo al tiempo en que cuidaba que no me llevara nada, pensaba— y con quien tuve una relación, si tal cosa cabe, un tanto más amplia que la puramente comercial (algunos dirían carnal) y a quien echo de menos en estos tiempos apacibles en que ya no me sirve el cuerpo para ventas y la salud, sorprendentemente, todavía no me falta.
No es que no estuviera acostumbrado a caprichos y fantasías —clientes de látigo y mordaza no faltaron, igual que maridos ejemplares que deseaban medias rotas de algún color o juguetes improvisados con los utensilios de cocina— ni que se me escapara, pese a la educación escasa, que al lado de la exuberancia sexual no era infrecuente el seso por cuanto lo torcido requiere elaboración y complejidad, cálculo y obsesión minuciosa, tareas intelectuales que durante el día productivo despegan aviones de sus pistas y cierran jugosos negocios, tanto como de noche nutren el morbo y fabrican escenas no exentas de sofisticación. Sólo el vulgo cree que la potencia sexual viene de entrar y salir una y otra vez, una y otra vez, tan machacona como insatisfactoriamente, primitivismo ranchero que hube de padecer por montones en estas latitudes.
No es pues que no supiera, ya digo, lo que hay de variado en el inagotable catálogo de los deseos sexuales, pero este cliente era diferente por cuanto resultaba impredecible en sus mezclas —quizá era un desequilibrado necesitado de una nueva categoría, quizá era sólo peculiar para mí y ordinario a ojos más experimentados: tampoco presumo saberlo todo— e infinito en sus diálogos que me hacían creer que participaba de su vida menos como amigo que como discípulo, un maestro preocupado porque alguien lo supiese todo antes de su extinción. Porque efectivamente un día no hubo más noticias ni volvió su auto a pasar por un costado del jardín donde tenía yo que soportar la presencia de travestis —nunca he tolerado la impostura, menos aun el autoengaño— cuyos clientes, sin embargo, nunca eran los míos (las categorías quizá son más sólidas de lo que los escépticos queremos otorgar, más cerradas e inamovibles de lo que sugieren las asociaciones infestadas de palabras como diversidad y tolerancia).
El encuentro inicial me hizo creer que era uno de esos clientes impotentes que no desean ser follados y desde luego no pueden follar, que pretenden que la sublimación es algo más que asunto de místicos y jesuitas y que bien puede perpetrarse contra la dictadura de los genitales. 'Ya se pondrá negro de tanto hablar' —pensé— 'pero al menos se ve que pagará bien'. Me preguntó de dónde era y le dije la verdad. No me gustan las mentiras, no porque las considere una falta moral, menos aun con desconocidos, sino porque casi siempre resultan tan inocuas como la verdad; cuántas veces la realidad sigue el curso que dictan unas y otra con entera indiferencia, a ciegas, sin un criterio formado y sin que nosotros podamos hacer nada para convencerla en un sentido u otro. La verdad era barata: Puebla, un pueblo de la sierra que explicaba tanto mi piel morena como mi acento.
—Yo tampoco soy de aquí. ¿Por qué viniste a Hermosillo?
—Siempre quise venir para acá, desde niño.
—La pregunta se sostiene.
—Me gusta la palabra.
—¿Hermosillo? ¿te gusta la palabra Hermosillo?
—Es sonora, es...
—Eres la persona adecuada. Cuando yo era niño hice que mi madre y mi hermana nos mudáramos a una ciudad cuyo nombre casi es un anagrama de esta, ¿sabes? Villahermosa, en el otro extremo del país. No recuerdo más qué razones di a mi madre —eran falsas, ¿cómo podría recordarlas?— pero sí sé por qué quería ir para allá: la palabra era sonora.
—Como Sonora es este estado.
—Exacto. Y a un hombre nunca deben faltarle de dónde irse ni a dónde llegar.
Pensé que no habría sexo cuando nos detuvimos en una calle lateral a la salida sur. Como estaba ligeramente obscuro, pensé que podría ser un día de mala suerte: un navajazo, una soga al cuello salida debajo del asiento, un asesino que deja perpleja a la policía por su móvil escaso o perverso. Empezó a tocarme: '¿en la calle?', pensé; 'en la calle', me dije. Trazaba círculos entre mis piernas con una mano, pero no dejaba de hablar. Entre más atención deseaba poner, más se me escapaba aquello que me decía y me quedaba con un murmullo, un zumbido rítmico que me causó —sorpresa— una intensa erección. El mundo alrededor estaba suspendido, carente de foco, era como si el cerebro —ese otro yo con quien dialogaba por dentro— se hubiese desplazado de la cabeza al pene a voluntad de este hombre que en un momento dado contaba números y en otro más hablaba en lengua extranjera.
No nos detuvo nadie. Terminamos. Un hormigueo abandonaba mi cuerpo cuando el auto avanzaba ya por entre el tráfico y lo que él hablaba sin parar volvía a ser inteligible y claro, no exento de un tono extraño y una voz prestada, 'satánica' diría mi madre que tantas veces me llevó con el cura del pueblo para que me sacara los demonios que me hacían masturbarme en el colegio y que espantaban menos a las monjas que a ella. Quería preguntarle que había pasado, quería mirarlo bien para que no se me olvidara su rostro, pero las palabras no me llegaban a la boca. Cuando llegamos al crucero donde me recogió, me tocaba yo mismo los labios para ver que aun los tenía en su sitio.
—Nos volveremos a ver— dijo con una sonrisa sin que pudiera verle los ojos. Me sonreí por toda respuesta, dueño de una placidez extraordinaria. Y juro que él me escuchó decir que sí, que ahí mismo le esperaba en siete o veintiún días exactos a la medianoche, que mientras entrenaría mi cuerpo para realizar todo aquello que me había sido comunicado y que ahora había que realizar pormenorizadamente, sin faltar a un sólo precepto, por servicio a la humanidad que no sabe lo que hace atrapada en su aburrición en detrimento del placer, que no comprende que por este último puede llegar el mayor conocimiento y la mayor concentración, que las ciencias matemáticas y físicas se coronan en la biología y en el misterio de la materia que quiere perpetuarse eternamente bajo el premio de Epicuro.
Mi vida siguió normalmente. Otros clientes —insatisfactorios todos, pero ¿qué prostitución es placentera?— desfilaron antes de que él volviera a aparecer. No obstante, despertaba en las noches en posiciones extrañas con las manos en el ano o los genitales, los orgasmos más inverosímiles en cabeza y cuerpo como extraídos de los sueños donde él —él sin duda— había estado dictando hipnóticamente con su voz densa e interminable. ¿Se comunicaba conmigo? ¿existe la telepatía? Ya no ofrecía ninguna resistencia a su influjo, ningún esfuerzo por comprenderlo le oponía.
No sé cuántos encuentros más me fueron dados. ¿Seis, siete? De todos salí transfigurado y, sorprendentemente, sin miedo. En los períodos conscientes —siempre algo antes y algo después del acto— me ponía música de cantantes suicidas y me hablaba de ellos como si los hubiese acompañado hasta sus últimos momentos, me hablaba de lugares que ya jamás conoceré porque a pesar de lo que parece no todo puede alcanzarse de camión en camión como se llega de Puebla hasta Hermosillo —Perpignan, el Mar Muerto, Lassa— con tal abundancia de detalles que me hacía recorrerlos en su compañía hasta empezar a oler las especias y los sudores que sólo él conocía. Yo deseaba hacer el amor todo el tiempo. Nunca lo decía. Él lo sabía.
En la última ocasión me filmó. El cantante de Seattle en el fondo incorporado al murmullo preciso e ilegible de sus instrucciones. Jamás miré esas grabaciones, ya no hubo oportunidad, pero sé que mis ojos debían estar en blanco y mis pies contraídos, como si me estuviesen devorando de adentro hacia afuera, inexorablemente, todos mis orificios invadidos, saturados, todo mi cuerpo suspendido en posesión.
Nada entonces apuntaba a su desaparición ni la abundancia de su narrativa incluía advertencia alguna. ¿Cómo sé entonces que no volverá? ¿Cómo sé que no debo ir a esperarle a la acera junto al jardín invadido de travestis insoportables? Lo comprendí una madrugada en que el negocio había ido particularmente mal: sin placer, sin dinero, me había echado en la cama harto y agotado de sueño hacia las cuatro de la mañana. Lo escuché de pronto en la obscuridad de mi habitación, no sé si despierto o dormido, despidiéndose, haciéndome saber que pronto tendría yo que tomar el auto y salir a escoger el elegido. 'El paso siguiente', decía. Cuando dejé de escucharlo tenía los ojos abiertos y la entrepierna manchada. 'No volverá', me dije. Y en estos tiempos apacibles en que ya no me sirve el cuerpo para ventas, sí me sirve, en cambio, el dinero, para ir de compras.
Quizá ha llegado el tiempo de elegir.

lunes, marzo 17, 2014

Doppelgänger

Su partida coincidió con el inicio de la Semana Santa y yo me preparé para lo que suponía un período de soledad saludable: no estábamos en nuestro mejor momento y quizá esta distancia nos acercaría por vía de la nostalgia, renovando, si no nuestra vida sexual, al menos la frescura de nuestro trato. Yo empecé a echarla de menos en el mismo momento en que se subió al autobús porque tengo la cabeza llena de pájaros que se agitan a la menor provocación, pájaros que no podían resistir que ella se despidiera con su escaso equipaje en una estación más o menos apurada, atardecida, sumida en el entremezclado sonido de automotores y campanas de inexistentes iglesias.
Apenas volví a casa noté que mis planes estaban mal fundamentados, pues descansaban en la idea de que yo sería capaz de disfrutar de la televisión, la música y los libros sin que su figura me acompañara aun muda y a veces displicente. Probé a adelantar el trabajo que tenía pendiente aceptando de buena gana que la perra se mantuviera cerca, consciente aparentemente de que me encontraba en aprietos y deseosa de paliar, aunque sólo fuese desde su significación limitada, mis angustias. Funcionó en un principio y así llegué pronto al anochecer mientras ella atravesaba el país con rumbo al sur. Pensaba en ella. La amaba.
La casa no es vieja y esta no es una historia de fantasmas. No escuché nada que no hubiese conocido ya: el goteo lento del grifo de la cocina, el rumor quejoso y periódico del refrigerador, los crujidos del techo que ya habrían hecho estallar a más de un paranoico. La duermevela era inquieta y en la penumbra del cuarto me encontré muchas veces la mirada de la perra a quien desde luego no se podía engañar con falsas tranquilidades ni con la aritmética que le decía que ahí faltaba uno más. Levantaba la cabeza, miraba, volvía a su sitio apenas me volvía a acostar.
'¿Qué si no la veo más?', pensaba. '¿Qué si la desgracia se cierne sobre nosotros y ya no puedo verla como ocurría en aquellos años de mi periplo europeo cargado de noches como esta en que no sabía lo que ocurría ocho husos horarios al oeste?'. A las tres y media de la mañana me receté ponerme de pie, sentarme al escritorio, trabajar. 'La paranoia es estúpida', me dije, 'mejor hacer algo productivo'. En esta época del año no hace frío ni calor en Santa Teresa, el aire es un bloque denso y estancado sin importar si se está en la calle o tras un muro. Trabajaba con incomodidad, como apretado contra la atmósfera, la perra casi a mis pies roncando. Fumar un cigarrillo no mejoró las cosas.
Terminaba de redactar una página del trabajo que había dejado al acostarme cuando creí ver una figura de pie junto al marco de la puerta, en la cocina. Fueron unos segundos de escalofrío, un sobresalto común y corriente al que no hubiese dado mayor importancia si no me hubiera sobrevenido inmediatamente la idea de que ella estaba aquí. 'Aquí y allá', me dije, de pronto sorprendido no tanto con la contradicción cuanto con la comodidad con que la asumía. 'Está aquí y allá en el autobús que aun no llega, ¿cómo ha podido ser? Qué agradable sorpresa'. La perra ladró: otro signo. Excelentes bestias cuando se trata de identificar terremotos y muertos, ¿por qué no gente duplicada?
En la cocina no había nada, por supuesto, pero ello no me decepcionó. Me fui a acostar y dormí tranquilamente soñando que ella entraba a la casa del sur, subía las escaleras con sus zapatos de tacón bajo y me encontraba acostado en esa otra recámara, bañado por la luz blanquísima de un amanecer evidentemente onírico:
—¿Qué haces aquí?
—Esperarte: qué bueno que has llegado.
—Pero tú estás en Santa Teresa.
—Ahora estoy aquí.
Cuando me desperté eran apenas las seis y media y ya había algo de luz afuera, una luz gris que no duraría mucho antes de ser barrida por el azul inclemente del desierto. El aire seguía coagulado, pero al menos no hacía calor. El teléfono tenía un mensaje de ella: había llegado, había soñado conmigo. Coincidencias, por supuesto. Apenas me decía 'cuídate', ninguna muestra de afecto o de que me extrañara, si bien el mensaje no sonaba apurado ni insincero. Me puse las gafas, preparé de desayunar y me dispuse a trabajar como de costumbre. Las películas podían esperar. Puse algo de música, pero cuando la concentración alcanzó un nivel aceptable ya no le presté ninguna atención.
Un hombre de vacaciones que no se ducha es mal síntoma. Las rutinas están ahí para salvarnos de la desesperación o la locura y debemos seguirlas si no queremos que la cabeza se nos llene de pájaros que nos impidan llegar de un punto a otro. Yo las necesitaba más que nunca porque ella, con todo y estar aquí, se ocultaba. No preparaba de comer. No fregaba los trastos. No me daba una pastilla cuando me dolía la muela (y otra vez empezaba a molestarme). Pero yo sabía que estaba aquí porque los objetos se llenaban hacia el mediodía de cierto magnetismo, como si reclamaran las voces —aunque escasas o mediocres, pero vivas— que los llenaban y les daban sentido. La perra y yo no somos suficientes y ellos, los objetos, lo reconocen: hace falta ella y por eso está aquí, con nosotros, sentida sólo a través del espanto o el presentimiento, vista sólo de reojo y a veces en los lugares más inverosímiles (juro que ha estado detrás de la cortina de la ducha mientras orinaba y del otro lado mientras me bañaba). La perra no hace sino corroborar mis visiones y no me extraña que los espiritistas prefirieran las tinieblas para mejor evocar a los muertos: ella se va a aclarando conforme se acumulan anocheceres en esta casa cada vez más desordenada y cenicienta.
Los muertos. Ella no está muerta, sólo ida. Por unos días vive en nuestra casa del sur, pero ha de volver para hacerse cargo de mí y de la perra. Y está aquí, desde luego, estrechando mi mano cuando por fin me siento a ver la televisión y me quedo dormido. Entonces entreveo que se levanta de la cama, los resortes recuperándose ligeramente de su lado —menuda y esbelta— y todavía alcanzo a ver el vuelo de su falda al girar hacia la cocina donde se le escucha lavar los trastos y preparar de cenar algo que huele delicioso. Quiero despertar porque tengo mucha hambre. Quiero que me llame al comedor y me mire en silencio examinando mi expresión mientras me como lo que ha preparado.
—¿Te gusta?
—Mucho. Hoy le has puesto pimienta, ¿verdad?
—Todo para ti es pimienta. Es una salsa de aceitunas.
—Me ha gustado mucho.
Al despertar la televisión es estática, la perra un felpudo tirado en el salón. Han llamado a la puerta y no he abierto, pero quizá deba salir porque ya casi no queda comida en el refrigerador. Hay que hacer la despensa, pero no sé dónde está el dinero. De hecho, no sé bien qué día es ni me acerco ya demasiado a las ventanas por temor a que alguien de fuera me mire y llame a la policía. '¿Pero por qué tendría que temer a la policía?', me digo, '¿me acusarían de haber desaparecido a mi esposa o de tenerla encerrada aquí?'. Quizá sería mejor que viniera la policía para que ellos también me ayudaran a buscarla. ¿Por qué no sale ya de su escondite y me acompaña? ¿Por qué no se hace cargo de que ya sé que está aquí además de allá? Prometo no decir nada.
He perdido el teléfono o es más bien que ya no ha llegado ningún mensaje. Le he dicho que mejor nos quedemos en la cama y juguemos como cuando éramos jóvenes a meternos debajo de las sábanas. Se ríe. Me dice que me meta primero y ella me alcanza. Que debe ducharse. La espero y entra pidiéndome que cierre los ojos. Me abraza y el calor de sus pechos hace dos círculos contra mi abdomen. Sopla sobre mi ombligo, se ríe como loca y empezamos a hacer el amor mientras la cama da tumbos contra la pared y se desplaza por toda la casa. Todas las puertas están tronando, los cristales de las ventanas ceden y el aire por fin circula dejándome ver de nuevo su rostro amado.
Los hombres que me levantan dicen que tengo la cabeza llena de pájaros, me extienden las pastillas y un vaso de agua.
—No hay perra, ¿ves? Ni ella. Las vacaciones terminaron hace muchos años.
Mientras trago la píldora la veo de reojo. Sonrío. ¿Qué saben ellos del amor?

domingo, marzo 09, 2014

Reanudación

Tengo demasiado quehacer como para ocuparme de tonterías. Si he admitido que mi tío viva en casa luego de que quedara postrado en su silla de ruedas ha sido porque es familia y hay que aguantarse, pero no porque me sobren el tiempo o los recursos, menos aun porque haya alguna afinidad hacia quien prácticamente no nos visitaba nunca ni manifestaba el más mínimo interés por nosotros. Mis hijos buscan la manera de encajar en nuestras vidas la existencia de ese bulto al que el aneurisma dejó sin habla y con la boca torcida. De su casa se traen a veces papeles que le leen en medio de risas para verlo enrojecer y gruñir como una bestia. 'Mejor verlo reaccionar que vegetar', me digo, y permito que Claudita, que es la de mejor dicción, le lea lo que él habrá escrito hace tanto tiempo y ahora le avergüenza:
"Papel de Rollo, ese mamotreto autobiográfico que escribí durante más de catorce años, fue interrumpido en diciembre de 2003 por razones que fueron desde las circunstanciales (la experiencia sentimental más tortuosa de mi vida) hasta las profundas (una conciencia incapacitante de las propias fallas como escritor, pero ¿para quién escribía?). Su estructura experimentó diversos cambios en el tiempo: de 1989 a 1997 incluyó invariablemente un repaso de fechas notables seguido de un análisis de áreas, poesía y divagaciones aparte; de 1998 a 2002 el análisis de áreas desapareció, los repasos autobiográficos sacrificaron parte de la cronología para agilizar la narración y la poesía fue menguando sus dimensiones hasta desparecer en 2003, año en que todo quedó reducido a intercambios epistolares de calidad variable."
Los niños no reparan en que ya tienen cuatro abuelos y no puede haber un quinto.
—¿Qué hiciste en 2003 abuelito?
—¡Míralo, míralo cómo se pone! No lo oigo abuelito, ¿qué? ¿qué dice? No le entiendo.
Risas.
"¿Qué ha pasado desde entonces? En términos de escritura ha habido cierta actividad inconstante cuya principal diferencia respecto a Papel de Rollo ha sido su carácter impersonal: artículos de opinión, la traducción de una novela, ficción en forma de cuento breve y, para ser enteramente claros, el fracasado intento de novelar la experiencia vital de 2003. En términos biográficos los años recientes pueden dividirse en tres bloques claramente distinguibles: 2002-2005 asociados a Praga, el doctorado y los periodos vacacionales en México; 2005-2006 ligados al infructuoso intento de consolidarme como académico e investigador en Lagos de Moreno; y finalmente 2006-2009 relativos al postdoctorado en Francia."
—¿Post qué? Ya desde entonces delirabas, viejito...
—Ya, ya, hombre, síguele leyendo...
"Reconozco con embarazo que la reanudación ahora de mis escritos autobiográficos tiene indisimulables finalidades terapéuticas o, si se prefiere, espirituales, no muy distintas de las que me movieron en 1989 a escribir la primera página y luego a continuar el hábito. Con el tiempo, la calidad literaria de mis escritos fue adquiriendo mayor importancia hasta el punto en que me resultó inaceptable continuar instalado en la mera narración de los hechos. He intentado encontrar una manera más adulta e inteligente de combinar la necesidad de introspección y la literatura, la biografía y la ficción, lo ocurrido y lo imaginado. No ha sido posible. La falta de tiempo y talento, las preocupaciones estéticas y técnicas, el miedo infantil a desarrollar una historia inferior a las conocidas a través de la literatura, todo ello ha cooperado a la parálisis. Sin descartar la posibilidad futura de un ejercicio literario a mi entera satisfacción, he aceptado de momento continuar mis escritos autobiográficos bajo el mismo espíritu que los motivó: la observación y el registro, la reflexión y la filosofía, a veces, desde luego, la literatura."
—¿Y dónde está su libro abuelito? En ese mugrero de su casa, ¿verdad? Pero a ver, a ver, ¿cómo lo vamos a encontrar si no nos dice dónde está? Son muchos libros y los niños necesitan recortes para la escuela y a lo mejor...
—¡Míralo! Ya está babeando otra vez.
—Si se caga ya no le leo, ¿eh?
Claudita siempre ha sido la más sensible.
"Con excepción del último texto autobiográfico escrito en enero de 2003 para describir poco más que los últimos cuatro meses de 2002, los escritos de esta índole correspondientes al periodo 1999-2002 me gustan. En otras palabras, lo escrito en los tres años anteriores a mi partida a Praga se acomoda lo más posible a mi ideal de escritura, si bien prescinde de la ficción a la que líneas arriba me referí como deseable. Encuentro aquel ejercicio no sólo bien escrito sino entrañable, mostrando una evolución tanto en la expresión de los hechos e ideas como en mi propia persona. Aquellas páginas transmiten con fidelidad la adultez y gravedad ganadas al avanzar en el camino de la independencia económica, el desarrollo profesional y la vida en pareja. Se gana en profundidad y consolidación lo que se perdió en variedad, toda vez que la rutina de aquellos años fue más o menos invariable y quizá, vista en retrospectiva, necesaria."
—Anda tú, pareja, ¿estaba guapa? ¿sabías algo de esto amá?
—No preguntes tonterías Panchito, deja que tu hermana siga leyendo.
—¿Le digo amá?, ¿le digo?
Risas. A Claudita y el más grande no se les escapa una. A mí también se me dibuja una sonrisa y me cuesta ponerme seria para decirle:
—No. Sigue leyendo.
"En agosto de 2002, cuando abandoné Guadalajara para iniciar el doctorado en Praga, se produce una ruptura en la evolución conseguida: la vida en pareja se reduce a periodos vacacionales, la adultez conseguida se degrada al volver a la condición de estudiante, los ahorros se hacen mínimos a diferencia de antes. El último escrito autobiográfico arriba mencionado —enero de 2003— describe la primera temporada en Praga de una manera trepidante, incompleta, con prisa y desaseo. Realizado durante un periodo vacacional de apenas dos semanas y media, sus visibles fallas respecto a los escritos que le precedieron se corresponden con el estado mental en que me hallaba: alucinado por el descubrimiento de Europa (música, lenguas, literatura), encantado por la aparición de amigos revestidos de un carácter providencial (Elvira, Jason, Pavel) y ocupado de manera más formal que entusiasta en mis estudios (cursos, tema de tesis, publicaciones que no llegan pronto)."
—Ay amá, ya me aburrí.
—Y ya huele raro, pinche abuelito, ¿qué hiciste?
—¡¿Qué te dije de esa boca?! No quiero volver a oírte decir eso. Termina, que quiero que tu tío haga tantito ejercicio con la boca ya que no puede mover el resto.
Risas.
"Fue así que inicié la segunda temporada en Praga en enero de 2003: el pesar por la ausencia de Arturo, lejos de menguar por el encuentro vacacional, se recrudeció; la amistad con Elvira sufrió un malentendido en febrero que costó su casi desaparición por el resto del año; Jason demostró ser no sólo interesante sino también interesado por el dinero que le proporcionaba; Pavel resultó más infantil y mucho menos maduro de lo que pensé en un principio. Y en ese creciente aislamiento, mientras el invierno se extinguía con lentitud, llegó Amir el 17 de marzo. No hubo ya tiempo ni cabeza para más escritos como no fueran los correos electrónicos. El pretexto para una larga agrafía estaba dado."
—¿Qué? ¿ya? ¿dónde está lo demás?
—Amá, ¿qué es agrafía?
—¡Levanten la mesa! Voy a cambiar a tu abuelito. Chingado...
Risas.
No tengo mucho tiempo. Ojalá a este viejo le quede todavía menos.

domingo, febrero 23, 2014

Testigo

Para huir de los testigos salía de su casa las mañanas de domingo hasta el mirador de la Barranca de Huentitán, donde al menos los cantos del templo católico le resultaban tranquilizadores delante de aquella hendidura en la tierra —amarilla en invierno y verde en verano— que desde niño solía recorrer no tanto por razones deportivas como por el placer de beber lechuguillas heladas al volver a la superficie, mientras el cuerpo irradiaba un calor vivificante y los vendedores de yogurt y hierbas anunciaban a gritos su mercancía.
No es que tuviera nada en contra de los testigos, qué va: leía con avidez sus revistas y alguno que otro libro que dejaron al pasarse por casa, pues le recordaban su infancia y a veces le arrancaban risas por alguna ilustración excesivamente boba u optimista. Después de todo no quedaba mucho qué leer en aquella casona que su tía le había heredado al morir y por cuya ocupación apenas pagó renta mientras ella estuvo en vida. Pero si antes los recibía en la sala y aun hablaba con ellos deseoso de meterlos en aprietos o aprender algo en el envite, si luego los recibía representando un papel aquiescente o como adalid de la intransigencia (pero en todo caso retórico, como quien encuentra placer en ser otro por unos instantes), ahora ya no toleraba ni ilusiones ni ensayos teatrales, quizá porque la pérdida de las primeras resultaba demasiado dolorosa y tardía como para retomarlas sin experimentar vergüenza, quizá porque para los segundos hay que tener un ánimo lúdico que no resiste el paso del tiempo ni la invariancia de su objeto.
De niño y adolescente sí, por supuesto, no sólo los pasaba a casa para irritación de su madre —los cuadernos de la secundaria en la mesa, el ruido de la lavadora manual desde el patio, el murmullo de sus hermanos jugando a los carritos o las muñecas— sino que les concedía la oportunidad de responder plausiblemente a las preguntas que ellos mismos formulaban. Porque eso era innegable aun hoy en día: se hacían toda clase de preguntas que su familia despachaba con desdén y que el padre Sergio —que a veces oficiaba en la cochera de la casa conforme a un calendario vecinal— no formulaba jamás. Que si el origen del universo estaba en consonancia con lo que decía la Biblia, que si la muerte era el fin o había un más allá, que si se puede hablar con los muertos o el Diablo gobierna el mundo, todas cosas muy interesantes cuyas respuestas jamás estuvieron a la misma altura. Una lástima, porque casi parecía un método científico, una deducción. Parecía que la armonía total era posible y que al final habría un paraíso de verdura donde niños rosados y ancianos bondadosos vivirían eternamente en la abundancia.
'Qué aburrición', piensa para sí mismo delante de la hendidura en transición (cayeron las primeras lluvias de las cabañuelas de invierno, hasta esta orilla llega el murmullo de los feligreses católicos dispersándose tras la misa), 'debí haber sabido mucho antes que sí hay preguntas necias, que el mundo concreto también merece atención. No estaría aquí solo, pensando estupideces, sin mi esposa y sin mi hija, la primera lo suficientemente normal como para no plantearse nunca más inquietudes que las de poner algo de comer sobre la mesa, la segunda demasiado pequeña —y cada vez más parecida a su madre— para plantearse nada'.
Los testigos aguantaban bien las majaderías de su madre ('Ya basta, él tiene tarea qué hacer, ¿saben?' o 'Voy a barrer aquí, háganme el favor de largarse'), pero a él le ponía de mal humor semejante incapacidad para discutir, tal desinterés por las cosas trascendentes. 'Parece que a mamá sólo le importa parir y destapar el baño', se recuerda pensando en su cuarto con la cara larga apoyada en sus manos y la ropa acumulada en un rincón donde dos de sus hermanos se atrincheran para jugar con soldaditos de plástico.
'Viene a buscarte ese niño maricón', anunciaba su madre con displicencia, 'no me gusta nada que te juntes con él'. Entonces salían juntos a caminar por los parques de la colonia y hasta el mirador de la Barranca; pasando por delante de la secundaria decían, por ejemplo:
—Vinieron los testigos otra vez. Dicen que a Dios no le gusta que hagamos honores a la bandera, ¿ves? ¡debería darte gusto que a pesar de tus calificaciones no te dejen entrar en la escolta!
—No me dejan entrar porque estoy muy alto. O porque no me llevo bien con el maestro de deportes, qué se yo. En todo caso yo creo que nuestra iglesia está bien. Tú nada más fíjate en el padre Sergio: vive como pobre, apenas si se viste con ropa desgastada, pasa todos sus días organizando caridades para drogadictos y desempleados. Los testigos son para ricos, son sectas.
—Pues hay muchos pobres entre ellos, ¿cómo crees que le hacen?
—Todos los ricos necesitan gatos, gatos que distribuyan, por ejemplo, los muchísimos libros y revistas que hacen, ¿te has fijado?
—Muchos. Y muy interesantes, luego te presto uno.
—¿A mí? Por favor, ¿quieres que cambie de religión o vas a cambiar tú? No deberías, ¿no ves que los protestantes son más cerrados que los católicos? Nuestra iglesia es universal, consiguió que desapareciera el comunismo y...
—No, no pienso cambiar de religión. No le veo caso. Pero es interesante hablar con ellos, ver cómo piensan los otros.
Echaba de menos aquellos diálogos atarantados de adolescentes inquietos por lo intangible, pequeños dictadorzuelos que pretendían desterrar la duda y la contradicción de sus respectivos reinos, arrojarla al fondo de la hendidura unas veces verde y otras amarilla para que fuese arrastrada por las aguas negras del río Lerma. Hoy, en cambio, convivía con ellas diariamente y apenas notaba su presencia: cada vez más robusta, la duda; cada vez más sana, la contradicción. Eran las únicas compañías porque el trabajo ya no daba para amigos, el niño maricón se fue al norte, y se fueron la esposa y la niña a unas cuadras de ahí con los padres de aquella.
Los testigos, en cambio, siguieron viniendo religiosamente, aguantando sin chistar que él entreabriera la ventana, tomara su material al tiempo que daba los buenos días, y se despidiera dentro de la casa como un fantasma. Ahora ya simplemente deslizaban las revistas por debajo de la puerta mientras él paseaba por la hendidura unas veces verde y otras amarilla, pensando en que el sello de los tiempos pasados no es un paisaje más despejado, un campo cultivado de jícamas donde ahora hay un montón de casas, un puesto de fruta picada en la esquina donde ahora hay un supermercado con estacionamiento; no, el cambio en el paisaje es irrelevante. Lo que de verdad demuestra el envejecimiento es que la tierra se vaya sobrepoblando de seres desconocidos entre los que se pierden aquellos que nos hacían compañía. ¿Dónde andarán? ¿Por qué todo mundo es nuevo aquí y sólo yo quedo como testigo de lo que fue?
Al volver a casa las mismas preguntas impresas. Ninguna respuesta.

domingo, febrero 09, 2014

Trópico de Cáncer

Otra vez se acumula el tiempo sin enamorarme; no debería lamentarlo. Los últimos episodios estuvieron revestidos de ridículo y desproporción. Fue hace años o muchos meses, ya no recuerdo, quizá cuando era joven. No se me malentienda: sé que estuve enamorado porque hice anotaciones y tengo buena memoria, pero no recuerdo el enamoramiento en sí. Ya no logro repensarlo, recorrerlo, menos aun sentirlo. No es como la prolongada luz del alba de los veranos boreales, que puedo encender en mi cabeza a voluntad aunque ya tenga lustros sin cruzar el trópico de Cáncer. No. Es más bien una incomprensión pasiva, alelada, la que ocupa mi cabeza cuando trato de recordarlo, una incomprensión sin objeto. No le dan concreción las personas de las que estuve enamorado por mucho que recuerde sus rostros o aun las trate —ya desapasionadamente como hace uno con la gente que da por sentado: los desconocidos en su totalidad y casi todos los que nos hacen rutina— porque se me aparecen objetivas y planas, asequibles por el intelecto que las desmenuza y enumera, pero que no las puede sentir nuevamente —aunque sólo fuese para recordar— con el ascua irracional del enamoramiento. Las personas de las que estuve enamorado se reducen a palabras en un expediente.
No diré que la compañía abunda, pero la soledad es ya un sentimiento foráneo, seguramente mucho más antiguo que el enamoramiento que llevo años sin experimentar. He sabido de personas que un buen día se levantan y quieren hablar con un amigo y no encuentran entre sus conocidos alguien satisfactorio; gente que de pronto desea muestras de afecto o con quien reírse, pero no tiene entre los suyos quién corresponda a sus necesidades; se sienten solas. No es mi caso: yo no echo de menos a nadie. Sería inexacto hablar de misantropía porque no rehúyo el contacto, aunque tampoco lo procure, pues para esto último hace falta una fe que, sin llegar al enamoramiento, crea en las virtudes de convivir con otras personas. Y a mí me falta, no tanto la fe, cuanto la mera necesidad de planteármela.
Dirán los aficionados a la fisiología que lo mío es falta de sexo, que he deslizado enamoramiento cuando quiero decir pasión momentánea, calentura o libido. Pero la verdad es que nunca lo he tenido más abundante ni variado. Contrario a lo que yo creía, con la edad no vino el asco de la juventud que me obligara a limitarme a cuerpos como el mío —deformes por la gravedad, con vellosidades inexplicables y colgajos varios— sino la velada prostitución de quienes desean un hombre maduro que suplante a sus abusivos padres: una afortunada coincidencia de mis apetitos con el subdesarrollo social. Recuerdo, sin embargo, épocas invertidas en que por vía de cama se dieron algunos enamoramientos, tanto o más ridículos que otros en que nunca se llegó a los sudores. Cuánta inmadurez, me digo ahora, cuando no sólo es perfectamente posible el sexo anónimo y casual, incluso gratuito —o cobrado sólo indirectamente, con mayor o menor gracia— sino que es tal vez el único deseable y el que no se da tiempo de envejecer y mutar y hacerse eufemístico o teórico, el que conserva en toda su pureza y fugacidad las dosis necesarias de depravación y lujuria. La comprensión es siempre tardía.
Dirán los sacristanes que si el sexo parece resuelto será porque lo he confundido con el amor, cuyas alturas desconozco porque de lo contrario sabría lo que es estar siempre enamorado. Pero estas son idioteces para clubes católicos cuya inopia intelectual no da para más. Como toda persona normal, yo vivo en matrimonio, sujeto a una complicidad inquebrantable, satisfecho de llegar a un lugar seguro cuando me meto a la cama. No puedo pensar en un esquema más acogedor para el amor, modo de vida que exige funcionar, lidiar con el mundo cuya existencia suspende el sexo y niega el enamoramiento, estado con la consistencia necesaria para envejecer, encajar contradicciones, amigo equidistante de la frustración y del éxito, una cosa más bien discreta y no el delirio suicida de tantas novelas mal planeadas y páginas rosas para quinceañeras.
He sabido de gente insegura que un día se levanta y dice 'se acabó', pone fin a largas relaciones, descubre que por la persona con la que ha vivido tanto tiempo ya no siente nada y se siente urgida por tal motivo a no prolongar lo que consideran absurdo o injustificado. Algunos, incluso, se disponen deportivamente a lo que llaman 'rehacer su vida'. No las entiendo. Durante siglos los matrimonios se celebraron con plena comprensión de que los inspiraba la necesidad de enfrentar la vida en pareja, no de amarse, menos aun de vivir año tras año enamorado y con el más apasionado de los sexos. 'Este es un comercio reciente más bien propio de norteamericanos', me digo. ¿Quién es tan simple como para sentir lo mismo toda la vida? ¿Quién tan histérico como para alarmarse de no sentir nada? Voy y vuelvo al trabajo. Disfruto. Siempre espero.
Otra vez se acumula el tiempo sin enamorarme; no debería lamentarlo.

domingo, febrero 02, 2014

Polvo rojo

Yo conozco estos caminos. De niño solían traerme mis abuelos de vacaciones y luego hicieron lo mismo aquellas maestras de la secundaria con quienes trabé amistad. Apenas puedo ver por la rendija, pero no hace falta que mire porque el olor de estos bosques me es suficiente para saber que no estamos lejos de Uruapan, tal vez cerca de Los Reyes por las curvas pronunciadas que estos cabrones toman a tan gran velocidad y con esa música horrenda que nunca pude tragar. Bien es verdad que todos aquí la escuchan, pero yo tuve mi sueño fijo en reunir dinero e ir hasta esa ciudad que llaman Londres donde se saben usar las guitarras eléctricas y nunca hay demasiada luz. Las penumbras de aquella ciudad son interiores, luces reguladas y urbanas; las de este bosque oloroso son siniestras e inquietas, como un acompañamiento de apurados fantasmas y gritos antiguos. De vez en cuando entra un rayo de sol por entre los árboles y hace su camino por entre las rendijas de la camioneta, entra en mis pupilas y me obliga a cerrar los ojos. No falta mucho para la noche. Poco más para el destino.
El viejo no conducía tan rápido por la carretera, pero era imprudente. Rebasaba en curvas sin importarle lo que viniera, rebatía con monosílabos y gruñidos los gritos de alarma de mi abuela, luego se paraba en seco o volvía a su carril precipitadamente cuando se encontraba con otro vehículo. Yo los escuchaba discutir, dejar de hablarse, volver a hacerlo con la naturalidad de los matrimonios que vegetan. Y fue en mitad de la secundaria cuando ellos decidieron plantar su cruz precisamente en estas carreteras: un par de palos entrecruzados pintados de blanco con las fechas de su nacimiento y muerte apenas legibles. Todavía con las huellas del aceite derramado y la calcinación, las maestras me acompañaron al lugar del accidente a depositar flores. Me llevaron a vivir con ellas a su casa de Jacona, donde había muchos perros, un gran patio interior rodeado de columnas, tumbonas y equipales en los pasillos.
Ellas eran raras. Dormían juntas en una cama muy grande, con los perros chicos junto a ellas y los grandes a los pies de la cama. Toda la casa era un desorden de libros y cachivaches, cacas y orines de perro, tanto en el patio como en las habitaciones. Aprendí a hacer caso omiso del desorden y me ayudó mucho a ello la colección de discos de una de ellas, música británica en su mayoría, que escuchaba provisto de unos enormes audífonos mientras fingía hacer la tarea sentado en el suelo. A veces se encerraban bajo llave en su habitación por horas. A veces las visitaban hombres armados con quienes discutían acaloradamente; entonces pensaba que esos eran sus maridos y ahora que otros hombres armados me custodian me viene el recuerdo de mis niñerías y algo me da risa por dentro. Quisiera decirles que yo vivía con las maestras, que soy de los suyos, que me dejen ir entre carcajadas, pero la voz no me sale y tampoco consigo reírme por fuera porque me duelen el pecho y la espalda de tanto puntapié. Creo que ya no hay sol, solo penumbra, mientras seguimos avanzando por la carretera.
Frecuentemente las maestras hospedaban a mujeres solteras que hacían de sirvientas y que siempre venían cargadas de hijos. Con uno de ellos aprendí a fumar, con otro me puse mi primera borrachera, con otro más me calenté el cuerpo y me escapé una noche robándonos los caballos de Don Tomasito, el vecino. Quise llevarme alguno de los discos británicos, pero mi compañero de fuga me disuadió: '¿para qué quieres esas pendejadas, cabrón?', me dijo, 'yo tengo música chila'. Y desde entonces he debido escuchar música horrenda en público y la que me gusta a hurtadillas, especialmente en aquellos meses por la sierra de Sonora, comiendo hierbas para aguantar el hambre, a veces robando de la mercancía, viendo pasar cantidades monstruosas de dinero de un lado a otro, hasta que a aquél me lo mataron y quise volver. ¿Que qué había reunido? Ni un cinco.
Hemos salido de la carretera hacia una terracería en mal estado. Huele a madera quemada como en Angahuan, ese pueblo de indios con su iglesia ceniza en cuyo atrio vendimos los caballos de don Tomasito, así que no me cuesta imaginar que la tierra por la que pasamos es roja. Recuerdo a mi abuelo activando los limpiaparabrisas para quitar el polvillo rojo del cristal y a mi abuela subiendo las ventanillas mientras se cubría la boca y la nariz con un pañuelo. 'Vamos a morir', me digo enseguida en un asomo de conciencia que hace que todos los golpes del cuerpo duelan al unísono y un revolvedero de estómago me corte la respiración. 'Rojo de sangre sobre rojo de polvillo', pienso. 'Rojo sobre rojo que en la noche sólo será negro'.
¿En qué estaría pensando cuando volví de Sonora para pedir posada en la casa de Jacona? Exhausto de la travesía, hambriento, con temblores por no haberme podido meter nada en el camino salvo la polla de algunos traileros celosos de su perico que cobraban así el llevarme de un lado a otro, me brinqué la pared de la huerta bajando por un arrayán hasta el suelo. Cuidé mucho de entrar a altas horas de la noche para que todos los perros estuvieran en la habitación de ellas, durmiendo. Me metí en la letrina del huerto donde me quedé dormido hasta que me despertaron los gritos de una sirvienta por la mañana.
Las maestras me sacaron de ahí, me dieron de desayunar, escucharon mis historias y me dieron mi antigua habitación luego de ajustar las cuentas reprendiéndome tan severamente como podían por haberme ido de ese modo dos años atrás. No dijeron nada de los hombres armados que las visitaban, a pesar de que en un acto de contrición les confesé a qué me había dedicado todos estos años y podían haberme correspondido con una aclaración. No dijeron nada de sus encierros ni de que durmieran juntas ni de que hubiera tantos perros en aquella casa ni de que los libros estuvieran regados por todas partes. Nada. Y yo tampoco dije más, les ahorré detalles y me fui a acostar.
Me levantaron horas después los hombres que ahora me sacan de la camioneta en medio del bosque junto con otros tres infelices. Es una noche cerrada y las estrellas son más brillantes que de costumbre. Hace frío, lo que se comunica de manera inmediata y aguda a cada herida y golpe en el cuerpo. Han decidido dejar la música horrenda tocando en la camioneta de puertas abiertas, ya degüellan al compañero de la izquierda, ya la emprenden a balazos contra el de la derecha. Supe que en Londres hubo un destripador hace muchos años, un tipo siniestro que atacaba sobre todo a prostitutas y maricones. Alguna canción británica hablaba de eso entre chillidos eléctricos y furiosas baterías. La pasan bien ahí, en Londres, donde los destripadores dejan de matar o bien son arrestados, no recuerdo. Aquí no es uno solo, sino muchos los destripadores, como compruebo enseguida al ver caer mis contenidos al suelo mientras hago el gesto inútil de detenerlos con ambas manos para regresarlos al abdomen. Ya en el suelo, escucho la música bajar de golpe al cierre de las puertas, luego desvanecerse paulatinamente entre los siseos de las llantas que se alejan a toda velocidad. 'Me equivoqué', alcanzo a torturarme casi póstumamente: 'las maestras no eran revolucionarias'.