domingo, marzo 25, 2012

Sesenta

A Norma, mi madre

Mis padres están muertos. Hace años que no puedo ir a preguntarles cosas sobre mí misma que me hubiera gustado saber. O que supe y he olvidado. O que recuerdo mal o deliberadamente me empeño en reescribir sin que quede hoy una sola voz para refutarlas. Una presta poca atención durante su vida a las variadas memorias donde están guardados nuestros recuerdos: familiares y amigos, pero también objetos y aun los escasos paisajes que han sobrevivido a la majadería moderna. Entiendo que pierdo mi tiempo porque aun consultando a quienes deseo consultar nada me garantiza que no estén mintiendo o que no sean ellos mismos víctimas de la desmemoria y la tergiversación. Todo cabe. Pero lo que llamó mi atención esta mañana de las sesenta primaveras fue la certeza de que se ha puesto en marcha mi difuminación.
No quiero que se me tome por una histérica. He desayunado frugalmente -café, un par de galletas, una naranja- y pronto empezaré a arreglarme para salir con mis hijos y nietos a un buen restaurante donde me festejarán. Me siento animada, contenta, lejos de la ñoñería vacua de lo que hoy se ha dado por llamar realización y todavía más distante del sentimentalismo grosero que asalta a los ancianos desocupados. Yo siempre he debido trabajar, apenas vislumbro mi retiro. Pero con todo y mi pragmatismo soy dada a interpretar las circunstancias como si leyera en ellas la mano del destino. Me gustan los sueños y pensar en ellos, aunque comprenda que las interpretaciones son ficción, ganas de significado. Y aunque esta mañana no he podido recordar una sola imagen, tengo la certeza de haber soñado a mis padres, reparando así en la obviedad de que nadie queda ya para recordarme las circunstancias de mi nacimiento y los primeros años, siendo como soy una de las hijas mayores (luego, mis hermanos no pueden ayudarme al ignorar tanto como yo) y no teniendo contacto ni sabiendo siquiera quiénes acompañaron a mis padres en aquellos tiempos (luego, no puedo ir a buscarlos y muy probablemente hayan corrido ya la misma suerte que mis padres).
'Por algo se empieza', me he dicho algo melancólica. Se han esfumado ya mi nacimiento y mis primeros años, de acuerdo. No hay nada de extraño en ello y desde ahora puedo anticiparme a lo que sigue: el tiempo terminará devorando toda memoria y en algún momento no quedará nadie vivo que me haya conocido y pueda siquiera referir cómo hubo de inclinarse a cerrarme los ojos y secar ese sudor postrero que queda en los cadáveres, quién me besó por última vez sinceramente dolido con lo inevitable ni cómo se dispuso que mis restos fuesen inhumados o cremados según mis deseos, sin contemplaciones teológicas ni pretextos para lápidas ni peregrinaciones. Pasará luego más tiempo y aun quedará quién sepa de mí algunos datos sin haberme visto nunca: con quién estuve casada y a quién jamás concedí el divorcio, qué hicieron mis hijos y qué aspecto tenía en una fotografía cada vez más deteriorada o un archivo de computadora que finalmente se extinguió. Luego nada. O mucho menos. Quizá se sucedan generaciones de descendientes hasta que llegue el momento en que se agoten todas las fichas y no haya más savia qué transmitir: el triunfo de la esterilidad.
Sé que todo esto carece de importancia, pero lo he pensado. En la televisión no han dejado de transmitir cada minuto de la visita de un líder religioso y entre el público he visto verdaderos ancianos cuyo jovial entusiasmo no comprendo. No tengo dificultad en explicar y aun consentir que la gente más joven e inexperta vaya y aplauda presa de la euforia colectiva por ideas, símbolos o vaguedades. Catársis tuve muchas yo también. Pero aun joven y madura y ahora sexagenaria nunca tuve pasiones abstractas que no me concernieran personalmente: amé a un hombre concreto, no al matrimonio; amé a mis hijos desde que fueron criaturas hasta que fueron adultos llenos de vicios y defectos, pero no la maternidad; amé a algunos de mis perros, pero no me atrevería a decir que son el mejor amigo del hombre ni a defender su causa que siempre sería la mía. Tuve la suerte de que no me costara ningún trabajo concentrarme en lo esencial. Y de poder distinguirlo, aunque esa esencia fuese imperfecta.
He apagado la televisión, tomado un buen baño, vestido y maquillado con lentitud. Ahora espero a que lleguen mis hijos y nietos con su habitual cháchara de asuntos domésticos y proyectos interminables para hacerse millonarios. Algunos de mis hermanos me han llamado y luego de horas de haberlo olvidado, he vuelto a recordar el asunto de la difuminación. 'No tengo preguntas', me dije riendo como loca cuando me percaté de ello. Quisiera ver a mis padres, pero a ese imposible encuentro no llevaría una libreta con dudas sobre mis primeros años por la sencilla razón de que nada de eso me interesa. El encuentro sería trivial. Me sentaría en la sala dándole un abrazo a mi papá, preguntándole dónde se ha hecho ese rasguño en las manos y escuchando la misma historia del esmeril o el crisol, la pulidora o el mazo; mi madre volvería a compararme con mis hermanos y a presumirme lo bien que les va en sus profesiones y matrimonios. Veríamos la tele. Me invitarían a quedarme junto con mis hijos.
Hora de irme: llaman a la puerta.

sábado, marzo 17, 2012

Armarios

And you'll ask yourself
Where is my mind?
The Pixies

Cuando hubo pasado el tiempo necesario recordé que en medio de aquella aventura veraniega no faltaron ocasiones entre el sexo y el arroz con azafrán en que me tirara boca abajo sobre la alfombra de tonos azules de su departamento en el último piso de aquel edificio de Černý Most y me pusiera a leer con avidez
El hombre sentimental, llenándome los ojos de lágrimas en no pocas ocasiones y saliendo al pasillo para llamar hasta el otro lado del Atlántico al amor firme y entonces desdeñado que aguantó como el personaje Hieronimo Manur (acaso con mejores resultados) mis inconstancias físicas, que no sentimentales.
Eran tantas las similitudes entre la historia novelada y mi propia historia que amparado por el tiempo transcurrido consideré posible imitar su tono y estructura para explicarme lo que aun no lograba digerir aunque ya no visitara aquel departamento ni apenas tuviera noticias de quien por tantos meses ocupó mi mente y sentimientos (pero sobre todo mi sexo) con un apasionamiento que no volvió a repetirse. Mis notas empezaban así:
"Recuerdo ese tiempo con claridad, aunque también con vergüenza y miedo, sentimientos los últimos que sin duda fueron los responsables de que hubiese hecho tan larga pausa para continuar estas notas que hasta enero de 2003 y durante catorce años escribí con cierta regularidad, cada tres o cuatro meses y casi mensualmente al comienzo, aunque reanudar dicha tarea quizá no signifique todavía la plena superación de lo que entonces tuvo transcurso, si acaso un buen síntoma el desear hacer memoria de lo que hasta hace poco resultaba intolerable como pensamiento y se resistía a la palabra; o es más bien que escribir estas páginas siempre ha tenido el propósito subrepticio de garantizar el olvido mediante la fijación –quizá equivocada, forzosamente subjetiva- del pasado, para cancelar sus prolongaciones y encajar mejor sus accidentes.
"Difícil tarea, si no imposible, discernir sin titubeos lo que vale la pena mantener en la memoria y lo que conviene echar fuera, conseguir el amortiguamiento de lo que escuece o resta paz y no se perdona o bien rescatar a voluntad lo supuestamente necesario o valioso, feliz o afortunado, toda vez que la frontera entre lo bello y lo abominable es difusa y se mueve con el tiempo conforme cambian nuestra edad y circunstancias, cambian los vientos y lo que se antojaba ingenuo y simple nos parece ahora perverso y torcido, lo accidental deliberado, atroz lo que antes pasábamos por razonable y aun generoso; nunca son los juicios firmes ni definitivo el lugar donde reside el tiempo turbio, vano el afán de construirle diques retrospectivos para que no deambule más por el presente o volver explicable su delirio; nadie sabe plenamente cuántas posibilidades contradictorias se cobijan en la sombra del que hoy es e ignora que puede dejar de serlo y aun ser algo enteramente distinto, repugnante a sus ojos de hoy o a los futuros, acaso más penetrantes o quizá más ciegos.
"Y sin embargo lo intentamos todo el tiempo y algo conseguimos: repensamos el pasado, le hacemos preguntas, le proponemos hipótesis inverificables en busca de una solución satisfactoria y ficticia, lo cambiamos de sitio y lo filtramos, le inventamos algún episodio, suprimimos otro o lo fingimos olvidado, sobre todo si en ello nos va la reputación ya no digamos pública, sino la íntima, la opinión de sí mismo que no puede volverse tan pesada que nos asfixie ni tan laxa que todo consienta, sobre todo en mi caso, que exige una nivelación urgente de ese pasado inmediato aun si esto ha de llevarse a cabo mediante el repaso de aquella cada vez más absurda y disparatada vivencia y de la perplejidad y el silencio –largo, absorto- que le siguieron."
Siguieron muchas páginas, pero no demasiadas porque naturalmente abandoné la tarea, primero porque la comprensión de lo ocurrido llegó antes de que pudiera ponerlo por escrito; luego porque la realidad y el tiempo volvieron el episodio (y fue algo más que eso, bastante más: pero no quise verlo) remoto y leve, convirtiendo la tarea de asomarme a él en una innecesaria ociosidad.
Volví a acordarme de El hombre sentimental el año pasado, cuando otro enamoramiento bastante más desgraciado, pero también de menor envergadura, me hizo regalar el libro, pero no releerlo. Había transcurrido casi una década entre mi anterior inconstancia y la nueva, una más que tuvo que tragar el amor firme aunque con menos sufrimiento y más desahogo porque la madurez hace innecesario batirse por causas ridículas: no sólo Hieronimo Manur era más viejo, también el León de Nápoles era mucho más joven e imbécil.
Pese a la resignación que como polvo fino se asienta en las voluntades fuera de las grandes ciudades hasta hacer normal que las noches
aun al comienzo de la primavera y cargadas del recuerdo de otras agitaciones- transcurran solitarias y con la mitad de la cama vacía (el amor firme como ya es costumbre a miles de kilómetros ocupando la otra mitad de la suya), he conocido a alguien. Vuelta de la tentación y el tanteo y el entusiasmo; vuelta del sueño lúcido y la hiperestesia; la complicidad expansiva de una sonrisa y un guiño. Admito: estoy releyendo El hombre sentimental como quien lee un libreto. Es otra ciudad, otra edad, otra flama. 'Incluso otro continente', me digo con indulgencia...
'Pero no debéis preocuparos, yo sería incapaz de seguir mi propio ejemplo.'

domingo, febrero 26, 2012

Sobre mis pasos (o de las ilusiones perdidas)

"L'exemple de Napoléon, si fatal au dix-neuvième siècle
par le prétentions qu'il inspire à tant de gens médiocres..."

-Balzac, Illusions perdues


A fin de hacer una pausa en los aburridos textos de literatura francesa decimonónica que por una perversa idea de completitud me administraba disciplinadamente cada cierto tiempo, me compré el libro de memorias del tres veces candidato de izquierda a la presidencia de la república, un volumen de agradables dimensiones con buenas fotografías y entrelineados amplios para no aburrir a los mongólicos, cargado de fechas y nombres como los textos de historia que mejores resultados me han dado a la hora de aliviar los esfínteres, y con ese tufo de contenida actualidad que permea a toda la literatura política.
No fue una mala elección y, admito, me dio mejores resultados que los meramente fisiológicos. Del mismo modo en que a partir de cierta edad uno agradece los cada vez más escasos momentos en que la realidad lo aparta a uno del presente para trasladarlo a mejores tiempos, ciertos párrafos consiguieron recordarme con precisión la retórica socialista que tanto me entusiasmaba en mi juventud. Reproducir aunque sea cerrando los ojos la viva sensación de pertenecer a una elite progresista de carácter internacional me resultó divertido. Releer palabras cuya evocación original estaba perdida o alterada (quién sabe si para llegar a su verdadero significado o para torcerlo todavía más) me hizo sentir ligero y limpio: pueblo, convicción, raíces, patriotismo, autosuficiencia, soberanía, revolución, justicia social. Tenían gracia.
Ya menos divertido resultaba luego regresar al presente y advertir que aquellas ideas no sólo no contradecían, sino que hacían juego con mis presuntas convicciones religiosas, dos manifestaciones de la misma necesidad de creer, aunque mis maestros y ministros jugaran a ser radicales de los años treintas agrupados en bandos irreconciliables que -oh tragedia- estaban a punto de ser barridos como los seres imprácticos que el mundo moderno no toleraría. Mientras callaba disciplinadamente sus desacuerdos y justificaba mansamente las decisiones de su sindicato gobiernista, cobrando, eso sí, quincena a quincena con puntualidad, la maestra C no dejaba de pregonar las bondades del cardenismo, del ejido, de la trova de Silvio Rodríguez, de las películas presuntamente subversivas del Cantinflas a color, de la Cuba castrista (no la juzguen tan mal: apenas había transcurrido la mitad de esa dictadura) y hasta del carácter revolucionario del chile chipotle. Por su parte, en el otro extremo de la ciudad, el maestro L nos hacía persignarnos y rezar antes de cada clase de matemáticas en la escuela privada de riquillos a la que accedí por una beca, advirtiéndonos contra los peligros de la degeneración moral a la que conducen las ideas igualitarias, observando los días de guardar y la clasificación de los pecados, elogiando las virtudes del martirio y a los cristeros y al sinarquismo, abjurando del protestantismo impío detrás del Concilio Vaticano Segundo. L llegó puntualmente todos los días de su vida a dar clase conduciendo un destartalado Valiant, sus zapatos tenían agujeros, sus pantalones eran impresentables de tan manchados. Se suicidó apenas empezar los noventas porque los muy católicos dueños de la escuela no quisieron pagarle la seguridad social cuando le diagnosticaron cáncer. C, en cambio, saludó a muchos políticos, llegó a una dirección y a una supervisión, se hizo de terrenos y casas a nombre del pueblo y metió a sus hermosos hijos en escuelas privadas (con inglés y computación, se entiende) para escribir desde la terraza de su casa unas memorias que a nadie le importan sobre un país que ya la superó.
Se dirá que el caso del autor del libro era como el de C por tratarse de la izquierda. Que si el tres veces candidato a la presidencia fue capaz de evocar con su relato las sensaciones de una juventud creyente fue por su alineación con las causas nobles de combate al fascismo y al entreguismo, por su llamado a recuperar el sentido original de la revolución, por la pureza de sus ideales, etcétera. Puede decirse, sí, pero aun a esta débil conjetura la hacía pedazos la palmaria evidencia de una buena vida transcurrida al amparo del erario público, bajo la sombra de su padre y cobijando a sus hijos y nietos en un linaje político (llamémosle así) cuyo único mérito era aprovechar el buen nombre del primero de la casta: abuelo, hijo y nieto en la gubernatura de su estado, paulatina sofisticación de la buena causa que lo mismo lleva a dar la mano a dictadores que a hacer buenas migas con la Iglesia, que a hacerse fotos con el Subcomandante Marcos o a hacerse condecorar por el fervor puesto en vivir a expensas de representar a otros...
'No entiendo nada', me dije al cerrar el volumen. Balzac y sus novelas interminables oscilando entre la cursilería y el exhibicionismo volvieron, como por ensalmo, a ser tragables.

viernes, febrero 10, 2012

Quibuscumque viis

Sí, lo imagino perfectamente. Habrá leído un buen libro de divulgación científica, tal vez la última novela de un Nobel contemporáneo, quizá salía del cine luego de haber visto una película presuntamente inteligente o, aun más improbable, de una obra teatral o un concierto que le habrá parecido revelador. Entonces se habrá percatado del engaño y habrá experimentado una gran vergüenza. Se habrá sentado en la mesita del salón a escribir:
"Ignoro de qué extraña fuente abrevan mis colegas para seguir plantando cara a la realidad, no sólo la de sus particulares vidas y nuestro común trabajo, sino también la de la más aguda cuestión de la verdad. Piensan poco, parece, o sólo en forma pragmática, lo que seguramente ayuda a mejor sobrellevar las cosas y tomar distancia de las posibles lecturas (pero tampoco leen ya, desde hace años). ¿Cómo pueden los padres poner a sus hijos en manos de estos desapasionados fantasmas? ¿Cómo puede esperar nadie aprender nada de estos cartuchos quemados en fruslerías?
"Los opuestos no son los religiosos dogmáticos cargados de supersticiones frente a los escépticos científicos. No. Estos dos grupos por los que he transitado son dos manifestaciones de la misma preocupación, la de la ética y la filosofía, la de la verdad y el sentido. Matemáticos y teólogos, físicos y filósofos, cada uno batiéndose contra el otro preocupados por abstracciones como la verdad o la tradición, tienen menos qué pelear entre sí que contra su verdadero enemigo: el hombre común que comercia y transige, el que por su vía carente de escrúpulos termina por sobrevivir. La oposición contemporánea está entre la gran masa de gente práctica y la cada vez más exangüe minoría de pensadores."
Aquí se aprecia una pausa. Hay huellas de que el papel se quemó con brasa de cigarro. Acaso habrá bebido cuando arreció el frío de la madrugada y habrá aprovechado para pasear por el salón observando los títulos de su biblioteca. Ahí debió comprender todavía más el engaño porque luego escribió:
"La verdad y el camino para conseguirla están consignados en los libros. Al final de mi juventud rechacé la verdad revelada por considerar que creer en ausencia de pruebas era un error. 'Vamos a comprobar', me dije, y di por sentado lo que los científicos afirmaban por parecerme lógico y creyendo en la promesa de que podía recorrer la ruta de sus descubrimientos si me lo proponía. Me hice de libros áridos en cuyas ecuaciones descansaban verdades tan filosóficamente inútiles como firmemente establecidas. Me hice luego de libros que otros especialistas de mi propio credo publicaban para 'explicar' sus ideas, sin reparar en la contradicción de que o bien seguía los caminos rigurosos de sus miles de especialidades o lo leído no tendría más valor que el de un chisme en boca de un experto cuya verdad no podía depender de su autoridad.
"La verdad era inaprehensible como sospecharon los antiguos, pero yo no me percataba. A mis textos técnicos y de divulgación se aunaron luego los históricos y literarios, los filosóficos incluso, pero no aquellos basados en creencias supersticiosas, sino los que me confirmaban saludablemente en las ideas que ya de antemano había dado por verdaderas. Leer estos libros por años ha sido como ahondar en un adoctrinamiento e irse perfeccionando en sus creencias y costumbres, en sus métodos y gustos. No he querido integrar a esta biblioteca los textos ñoños de Coelho ni los palimpsestos new-age, ni he dado crédito alguno a Mein Kampf ni mucho menos he perdido el tiempo con la 'biología' de los creacionistas, no porque haya comprobado su mentira ni porque haya establecido la verdad de sus -llamémosle así- doctrinas contrarias, sino porque ya había decidido de antemano que quería una cultura científica e intelectual moderna de la que quedaban excluidas estas ideas. Cuestión de doctrina. O quizá de estética."
Imagino que ese fue el momento lumínico que lo llevó a Chico, Wyoming: la certidumbre de que la verdad era una construcción como la cultura y no un hecho comprobable. "Salvo cuando se quiere hacer volar un avión", bromeaba al final de su vida el Dr. Pardon. "Pero esas son preocupaciones arcaicas. El mundo moderno es de los hombres de negocios."

sábado, enero 14, 2012

Diecinueve días

Lo trajo su esposa, una mujer elegante que fumaba cigarrillos muy delgados y llevaba el cabello tocado por un sombrerito que más bien parecía un adorno de colores como sus ropas. Mientras hablaba no podía evitar mirarle la boca de labios delgados, pintada de un rojo intenso brillante y los parpadeos casi calculados mientras se interrumpía para fumar.
–Desde que nos casamos no ha hecho más que empeorar, Herr Doktor. Al principio creí que era una simple observación, una tontería. Y probablemente entonces lo era porque no dejaba de llevar a cabo sus actividades con la diligencia acostumbrada. Pero cambió. Primero esa insistencia en que el tiempo terminó con el siglo XIX. Luego esa cada vez más pronunciada angustia al tener que transitar por los primeros diecinueve días del año, antes de su cumpleaños. Ahora no quiere salir durante ese tiempo, ¿se imagina? Hoy me ha acompañado hasta aquí porque le he amenazado, sabe, con dejar Viena e irme a vivir con mis parientes italianos en el salvaje Piamonte. Ya sabe que las razas inferiores le ponen los pelos de punta...
–No vuelvas a mencionar eso, querida, por favor. Nadie va a Italia- le interrumpió él con la delicadeza que su angustia mental le permitía. Retomó él la conversación:
–Herr Doktor, habrá notado que salvo un grupo privilegiado, todos corremos el riesgo de morir antes de la fecha de nuestro cumpleaños del año en curso. ¿Se da Usted cuenta? ¿Morir en un año en que nos correspondía otra edad distinta de la que podrá calcularse por nuestras lápidas?
–Normalmente se incluyen las fechas precisas de nacimiento y muerte- contesté pausadamente. –Esa información es suficiente para...
–¡No! ¡No es suficiente Herr Doktor! ¡Por favor! Se prescinde del mes, más aún del día, la gente hace restas con facilidad de los años. Lee "nacido en mil setecientos noventa y nueve, muerto en mil ochocientos setenta y siete" y dice, ya está, ¡el hombre vivió setenta y ocho años, cuando bien pudo ser que nunca haya llegado a esta última edad y se quedara con setenta y siete. Fue el caso de mi padre, Herr Doktor, no un caso cualquiera porque él nació el cuatro de enero, ¿se da cuenta? ¡Cuatro de enero! Si un hombre nacido en esa fecha no puede garantizar morir después de su cumpleaños, ¿qué podemos esperar el resto?
–Comprendo. ¿Puede explicarme la importancia de morir después de su cumpleaños, hecho aparte del correcto cálculo de la edad a partir del registro de su hipotética lápida?
–Oh no, Herr Doktor, no Usted por favor- interrumpió la mujer. –No será Usted quien le preste atención a estas supersticiones, ¿verdad?, ¿cómo puede siquiera creer que esto es explicable? No le dé crédito, se lo pido, ¡eso sólo puede alimentar su obsesión enfermiza!
Hizo ademán de abochornarse y sacó un frágil abanico con motivos chinos con el que empezó a ventilarse mientras parpadeaba con ensayada contrariedad.
–Le explico- continuó el marido –Han sido muchas las veces en que he tenido que aclarar que mi padre murió de setenta y siete años, muchas las ocasiones en que he soportado el asombro de la gente para la cual su muerte el dos de enero y a sólo dos días de su cumpleaños, era un ejemplo siniestro de obra malograda, trunca, incompleta. No permitiré que eso me suceda y para evitarlo sólo debo cuidarme muy bien las espaldas durante diecinueve días. No es mucho, ¿verdad? ¡No puede ser irracional evitar morirse!
Dicho esto me miró con ojos que pedían comprensión y enlazó sus manos como si se dispusiera a hacer un perentorio ruego. Calló, no obstante, lo que permitió a la mujer intervenir luego de que guardara el abanico en su boslo y encendiera otro cigarrillo.
–Ahí lo tiene, Herr Doktor, ¡una superchería irracional! Si basados en obcecaciones semejantes se dirigieran los gobiernos del mundo, ¿qué pasaría? Guerras mundiales atroces, carnicerías, amenazas de todo tipo sólo por una creencia estúpida, o la anarquía que preside la vida de todas las razas inferiores que habitan los horribles países del sur. No somos animales, Herr Doktor, hágame el favor de recordárselo a este hombre que no es capaz de funcionar diecinueve días al año como lo hacemos todos los demás. ¿No sería posible que le tranquilizara con medicamentos? La Señora Von Borstel ha tenido excelentes resultados con las hojas peruanas que Usted le ha recetado, según entiendo.
–Oh no, descuide. Su marido estará bien, no hay necesidades farmacológicas- En realidad la señora sólo acució mi deseo de que se marcharan para volver a esnifar la nieve de los Andes. De modo que aceleré el paso levantando una mano que pedía calma, encendí una pipa, guardamos silencio por unos cinco minutos y luego hablé, dirigiéndome al marido.
–He escuchado su caso con atención y reflexionado en sus argumentos que, pese a la acusación de irracionalidad, son perfectamente matemáticos. Esta no es una discusión metafísica. Muere usted antes de su cumpleaños del año en curso y ¡paff! ¡se queda con un año más en la lápida y uno menos en la realidad! Bien, bien. Estos son cálculos groseros, anualidades donde hay grandes márgenes de error. Dígame, ¿cuál es el primer año de vida de una persona?
–¿Qué quiere decir? Pues el primero, ¿no? Eh... del nacimiento hasta su cumpleaños...
–Exacto. Eso significa que durante un año entero la persona tiene "cero" años, sólo tiene meses de edad, dice la gente, ¡pero en realidad es su año número uno! Más aun: justo cuando el año número uno ha terminado e inicia el dos ¡la gente dice tener sólo un año de edad! ¿Lo ve? La incongruencia permea en estos asuntos por un lado y por el otro... lo mismo ocurrió, se lo digo respetuosamente, con su padre: murió de setenta y ocho porque aunque no llegara a su cumpleaños era su año setenta y ocho de vida. ¿Comprende?
–¡Herr Doktor! ¡es usted un genio!- dijo el hombre levantándose del sillón como un resorte ante la mirada displicente de la esposa. Continuó: –¿Te das cuenta mujer? El Doktor tiene razón, por supuesto, ¿cómo no lo había notado antes? ¡Oh, qué suerte! Da igual... bueno no, más bien hay que evitar morir después del cumpleaños porque entonces este criterio no se satisface, ¿eh? Correcto, sí, correctísimo. ¡Brillante!
–¡Vámonos ya, por Dios!- dijo la mujer poniéndose también de pie y abriendo el bolso para pagar la consulta. Les acompañé hasta la puerta, luego abrí el cajón de la lucidez, esnifé, miré por la ventana complacido.
Un correo me llegó la mañana del veinte de enero: el paciente se había colgado a sí mismo en la biblioteca de su casa frente al Rathauspark. Luego supe que la mujer elegante estaba angustiada porque al haber ocurrido durante la noche no quedó claro si el marido había muerto el diecinueve o el veinte. El forense sólo dijo: "alrededor de la medianoche". Quizá deba ir a dar mis condolencias.

viernes, diciembre 23, 2011

Días de guardar

Me subí el cuello de la chamarra al ponerme al volante, indiferente a la calefacción y dejando la ventanilla del copiloto entreabierta. La radio se encendió automáticamente dando un tono azulado al tablero y llenando de impertinentes voces de lenguaraz locutor toda la cabina. Aun me despedían efusivamente mis tías y alguno que otro primo recién casado, cuando la placidez del alcohol me superponía imágenes de otras navidades con las de ahora. O eran nocheviejas.
'Nadie se acostumbra nunca a ver su mundo de infancia desmembrado', pensé al bajar por entre un inestable mar de luces navideñas con la radio casi en silencio. Creía entrever en mis sueños la prueba de mi afirmación, toda vez que en ellos los muertos y los vivos, los parientes que veía de vez en cuando y aquellos con los que nunca coincidía, todos tenían la edad y apariencia que tuvieron en mi niñez, sin importar que se acumularan las evidencias en contra ni las fotografías del Facebook con sus esperpentos ni las noticias de nuevos seres que se incorporaban a la rueda del mundo salidos de las entrañas de aquellos que para nosotros fueron siempre solos y fin de parada, sin sucesores posibles ni fertilidad prevista ni pareja que no fueran sus hermanos o hermanas.
Por la carretera que conducía de nuevo a la ciudad, forzado por el frío a subir la ventanilla y por el silencio recién creado a escuchar un momentáneo zumbido, se me antojó que el verdadero motivo de mis escasos encuentros con el clan familiar no era la larga historia de agravios entre mi madre y ellos, sino mi propia necesidad de proteger un recuerdo sagrado, de salvarlos del paso del tiempo congelándolos en mi memoria. No quería saber que aquella prima recién nacida estaba ya en la universidad ni que el más osado ahora vendía droga; no me hacía falta actualizar el estado civil de soltero a casado, de casada a viuda, ni los últimos detalles de largos concubinatos o múltiples pensiones de tíos cada vez más barrigones y calvos; poco me podría interesar cuánto ganaban los que en mi memoria eran siempre los dependientes hijos de otros, menos saber a dónde habían ido a parar las pertenencias de mis abuelos. 'Quizá sólo deseo asomarme al espejo del pasado', creí citar -¿o traducir?- de algún libro. 'Y confirmar que aun se me devuelve la imagen guardada' -agregué.
Entraba ya por los anchos bulevares de Ciudad Natal, mareado por la cantidad de gente que aun se encontraba despierta conduciendo o reunida en torno a improvisadas fogatas, cuando una inquietud extraña se abrió paso en mi mente como sólo lo hacen las obsesiones acuciadas por el alcohol. '¿Acaso soy yo?', pensé casi pronunciando las palabras. 'Acaso mi empeño por detener el tiempo no se corresponde a la simple creencia de que el pasado fue mejor, sino a mi condición de presunto soltero, de joven irredento o adulto malogrado, una desviación manifiesta del plan original que desde luego no preveía que mi semilla terminara en contenedores plásticos o resbalando por infértiles traseros. El mundo primigenio es, por tanto, un lugar-espejismo donde este cuerpo decadente tiene aun la oportunidad de florecer.'
Pasé por el centro mirando los cuerpos en renta de aquella noche y los que, aun sin dinero, clamaban por su posesión y goce. 'Nunca descansan', pensé. Y me llevé el que consideré menos intoxicado con rumbo a un motel de luces violeta donde ya me saludaban con efusión la dueña y el vigilante, personajes diligentes todos que desde la noche de los tiempos saben que los días de guardar la gente sueña...

lunes, noviembre 21, 2011

Friends

Poco antes del invierno, cuando recién volvía a trabajar en la residencia para ancianos de Oldham, conocí a Luis, el mexicano, un interno octogenario cuyo inglés era gramaticalmente correcto, pero difícil de seguir, propenso como era a encadenar una frase tras otra en largas conversaciones que degeneraban en monólogos. Era una época difícil de mi vida porque acababa de separarme de Anthony y aun no deseaba volver a Irlanda. Cada domingo, luego de colgar el auricular, me consolaba de haber mentido a mis padres sobre mi presunto matrimonio diciéndome que al menos no había tenido ningún hijo y podía volver a empezar. Me costaba demasiado pagar enteramente por mi cuenta el alquiler de aquel departamento de una habitación mal calentada, con duela de madera semipodrida y ruido de roedores en las paredes, pero mi recién adquirida libertad me obligaba a tolerar ese y otros gastos como si se tratase de una prueba.
Durante tres años acepté que Antohony me mantuviera. Renunciar a mi trabajo como enfermera de la residencia me supo bien, no sólo porque estaba enamorada de la idea de fungir como esposa a tiempo completo (lo que sea que esto fuera), sino porque veía en dicha renuncia la superación de algo anómalo en mis motivaciones: era enfermera no sólo por ayudar, sino muy principalmente por perpetuar la dependencia de seres frágiles y alimentarme de su necesidad. No me gustaba trabajar con enfermos cualesquiera, sino con desahuciados, esos pobres que ya no levantarían cabeza. Los ancianos de la residencia fueron una gran solución: ninguno salía vivo, nunca estaban sobrados de personal, nadie quería hacer ese trabajo. Ahora que volvía, ya sin Anthony, encontraba muchas dificultades para disfrutar de limpiar mierda y vómito en pasillos y camas, para regocijarme del permanente dolor de espalda por trasladar ancianos, para sentirme satisfecha con la absoluta dependencia de los internos a la hora de ingerir alimentos o pastillas en horarios específicos.
Luis era diferente y por eso sentí tanto que murirera al poco de haber ingresado yo. El mexicano daba los buenos días en su idioma y me retenía suavemente con sus manos, sin esa lascivia propia de los viejos que ven en cada contacto físico la oportunidad de cebarse imaginaria e impunemente de carne. Me preguntaba por mi vida, especialmente por los tipos con los que salía los fines de semana en compañía de Susan y alguno de sus novios, muchos de ellos fanfarrones consumados que gustaban de exhibir su metrosexualidad en las discotecas de Manchester. Reía temblando con cada una de mis historias y, a cambio, me contaba cada día un poco más de la suya, la única, un malentendido de proporciones gigantescas al que quizá no debería dar demasiado crédito.
Decía haber estado casado desde muy joven y vivido en su país hasta la muerte de ella, en algún lugar cerca de la frontera. El mexicano decía haber tenido un matrimonio feliz, pero haberse casado por error. También decía haber disfrutado muchísimo de sus hijas -tres mujeres que vivían en Estados Unidos- pero haberlas tenido por error. "Me casé para poder estar más cerca de los hombres", me dijo una mañana en que yo había dormido mal soñando que Anthony golpeaba la puerta furiosamente para que lo dejara salir. "¿Cómo dice Don Luis?", le dije utilizando la palabra española "don" que me recordaba vagamente a las monjas del instituto cuando hablaban de Oxford. "Quería estar cerca de los hombres. Tenía que vivir como hombre."
Me habló de un amigo suyo, Sebastián, compañero de bachillerato, con quien asistió a innumerables fiestas y bailables, prostíbulos y borracheras, por quien algún tiempo dejó la universidad para acompañarlo a trabajar en las fábricas de la frontera. Al anciano se le alegraba el rostro hablando de su viejo amigo y del mundo rudo y semidesértico al que pertenecía: "Era maravilloso perder la memoria, querida, sentir que todo el mundo se acabaría en una noche de exceso al lado de un hermano, hacer pactos y juramentos como si fuésemos dos contra el mundo, como si nunca nos fuéramos a separar".
Pero se separaron, supongo.
Por un tiempo, cuando él se casó. Y lo hizo pronto, Dios, qué poco duran las épocas felices de la vida, querida.
–¿No lo volvió a ver?
–Claro que sí, no iba a dejarlo ir tan fácilmente. Terminé la universidad y volví a buscarlo. Comprendí que la vida matrimonial sólo puede compartirse con otros matrimonios, pero el mundo de los solteros les causa rechazo, animadversión. No voy a cuestionar que así sea, son las reglas. Jugué con ellas.
–¿Cómo?
–Casándome.
–Ninguna mujer habría aceptado que...- pensé en Anthony. Me callé.
–Pero claro que sí, las mujeres se conforman con poco, sobre todo las que más seguridades e intereses tienen. Esas se conforman con dinero. Yo en cambio necesitaba asistir a la vida de Sebastián, cuidarlo, protegerlo.
–¿Y ya casado pudo frecuentarlo?
–Me casé con una hermana de su esposa. Reconozco que Raquel fue una gran compañera. El matriomonio, querida, no es como lo creen ustedes los jóvenes, un asunto de pasión y enamoramiento, nada de eso. Se trata de acuerdos y rutinas, de una convivencia convenida con lealtades precisas que no pueden ni extenderse ni rebajarse. Así lo entendían los antiguos y el mundo vivió bien por siglos con matrimonios arreglados.
–Eso es terrible, Don Luis, ¿cómo cree que Raquel pudo sentirse?
–Estaba cerca de Sebastián y él pudo seguirme incluyendo en su vida sin experimentar culpa ni vergüenza, sin siquiera dar explicaciones.
–¿Y eran necesarias las hijas, Don Luis?
–Qué ternura causa la mojigatería de los jóvenes. Sus mundos ordenados, sus impecables cuentos de hadas. Se escandalizan de lo pragmático, de lo sincero. Raquel quería hijos. Yo también. Y Sebastián. Y la esposa de Sebastián.
–Pero si Usted quería estar con él, ¿no hubiese sido mejor que...?
No me has entendido, querida, quería estar con el hombre Sebastián, no con su pálida sombra; con el fanfarrón, no con el consecuente, con el que hundía sus morenos pies en aquellas playas y no con el que habría escapado a un país de estos para vivir tranquilo, con el que ligaba a todas las chicas del vecindario y se perdía con ellas en las ensenadas, no con el que habría de prescindir del alcohol para acostarse conmigo...
Hay algo equivocado en todo esto, Don Luis, estoy segura de que no se le escapa...
Acaso no, no se le escapaba. O acaso soy yo la patética, la que no supo sostener su matrimonio y sigue ocultando a sus padres la separación. La que se acuesta casi siempre como pagando una deuda con los niñatos semiebrios de las discotecas del centro que acceden a traerme hasta Oldham, que me rasgan las medias con su torpeza, que se quedan dormidos apenas eyacular infestando la habitación de agrios olores.
Sebastián murió poco antes que su esposa. Luego se fue ella. Luego él empleó todos sus ahorros en pagar su retiro en este apartado lugar, en alejarse -dice- de sus nietas ñoñas y vulgares. El día que murió le llamé a Anthony. Me contestó su amigo de toda la vida, Paul.

domingo, noviembre 06, 2011

Cerdos

1. Ha sido casualidad enterarme por aquel chico bobalicón del paso de Luis Gala por estas tierras. La conversación ha ido mal, desde luego, y procuré abandonarla tan pronto comprendí que no aportaría nada más sobre el personaje que no haya ya sabido con anterioridad o que no estuviera consignado en los -vamos a llamárles así- diarios que me vendió. Las fechas son caprichosas, algunas manifiestamente falsas, ningún nombre es identificable y ni siquiera se consignan en él los encuentros en que el joven estulto dice haber participado. 'Era un perturbado', acertó a decir, sorprendiéndome, cuando ya pagaba la cuenta para largarme de ahí y no seguir escuchando su cháchara absurda y gramaticalmente insufrible.
Llevaba ya casi un año de haberme mudado a Santa Teresa, invitado por antiguos compañeros de estudios que ahora envejecían en sus respectivos matrimonios cargados de hijos, malgastando mi falsa soltería -geográfica, formal- en una investigación sobre Luis Gala como paradigma del fraude académico. Como la invitación de mis viejos conocidos -o acaso eran amigos- coincidiera con la sugerencia de mi asesor de viajar al Norte para investigar la desaparición de Luis Gala, acepté complacido la oferta de una plaza en la universidad local ('El concurso y los candidatos son puro trámite', me dijo Práctico) y me convencí a mí mismo de la sensatez de instalarme en una ciudad pequeña como aquella para, como me dijo Violinista, 'sentar cabeza'. Flautista sólo dijo que los maestros podían 'vivir despreocupadamente con sus familias' e hizo un chiste (siempre ha sido simpático). Transcurrido un año, desesperaba de la presunta estabilidad. La aparición de aquel afeminado que me vendió los diarios casi al mismo tiempo en que el furioso calor del verano fue barrido por un frío minucioso, ha inyectado aire y entusiasmo a mi rutina.
2. Es noviembre. Ahora que el clima ha entrado en razón -es un decir- he recuperado la memoria. Fui traído con engaños porque me contrataron en enero y eso es, cuando menos, tramposo. Durante meses sólo podía pensar en la mejor manera de sortear el calor. Mis caseros -cuatro- tuvieron a bien echarme de sus domicilios con pretextos peregrinos a los pocos meses -a veces semanas- de haberlos rentado, sin que jamás pudiera echar mano de las instalaciones de aire acondicionado ('pronto irán a repararlo', '¿ha probado con un abanico?') ni ofrecieran indemnización ni en modo alguno aceptaran devolver el depósito. Es claro que no les gusta mi acento ni mi altura, tampoco el hecho de que viva con mi hijo que es reservado y distraído, poco dado a concesiones sociales. Imaginan que somos raros. Imaginan que somos peligrosos. Imaginan que nuestros hábitos son asquerosos y diabólicos. ¿Cómo habrá hecho Luis Gala para pasar desapercibido? En una de las entradas fechadas simplemente como nueviembre, escribe: 'Me rodea el silencio. Hago el silencio. Con la voluntad que lo crea es mi deseo que este silencio siga ensanchándose en torno mío hasta borrar a todas las personas que conozco. Que no quede nadie conocido. Ni que conozca. Nadie.' Creo que lo entiendo.
3. He escrito ya seis resúmenes de los diarios y un pequeño ensayo al respecto. Los he enviado a mi asesor y no responde. La ciudad es un sitio muy vasto cargado de millones de almas como para prestar demasiada atención a un viejo estudiante que se ha instalado a cientos de kilómetros siguiendo nuestro consejo. Fui engañado, decía hace poco. Mis colegas, mis caseros. Ahora me queda claro que mi asesor también participó del engaño o gusta de las bromas pesadas. Me ha empujado a venir para apartarme, quizá preocupado porque nuestro propio trabajo sobre el fraude académico apuntara demasiado a sí mismo. Suele pasar: empezamos algo y cuando descubrimos que todo es un engaño nos empeñamos en sostenerlo porque de otro modo nos aniquilamos. Y hay momentos en la vida -edades, circunstancias- en donde ya no se puede deshacer lo hecho. No se debe. Y hay que continuar.
Cuando ando las calles rectas y solitarias de Santa Teresa, sus noches siniestras donde nunca pasa nada fuera de los vehículos de cristales polarizados que circulan sigilosos y vacíos, echo de menos el aire contaminado del Altiplano, sus taquerías grasosas, su juventud epidémica y estrafalaria. Ahora mi asesor debe andar en esa misma ciudad entrando y saliendo de librerías, seleccionando restaurantes con su esposa, sentado en una de tantas plazas o parques espiando furtivamente a las indias que orinan y a veces se masturban detrás de cualquier matorral. Debe sentirse vivo y cómodo e instalado. Satisfecho, sin duda exitoso aunque no se mida nunca con los de fuera ni le importe otra cosa que seguir hinchándose con el presupuesto. Ni Práctico ni Flautista quieren otra cosa. Violinista insiste en la moral y el compromiso, pone cara de circunstancias y se pasa la mano por las sienes, pensativo y grave; luego, también toma el dinero.
4. Luis Gala es un personaje evasivo. Algunas anotaciones en sus diarios son matemáticas porque esta era su profesión, pero consultando con compañeros del departamento de ingeniería (no hay ciencias puras en este páramo), me he enterado de que las notas son del todo disparatadas, sin sentido, algunas ni siquiera sintácticamente correctas. No les creo del todo. Práctico me sugiere ir a Arizona, donde parece que empezó el grupo del Dr. Pardon, al que perteneció Luis Gala. Me obliga a invitarle una coca (de dieta, pero con cafeína) y me despacha ensuciándose los bigotes con frituras. Violinista sugiere ir más lejos, hasta Chico, Wyoming, donde el Dr. Pardon reside ahora, entregado a actividades no me queda claro si místicas o filosóficas, pero en todo caso escasamente matemáticas. Se ofrece a acompañarme. Se le encienden los ojos pequeños y duros, parpadeando muy rápido y jugueteando con una pluma entre sus manos. No entiendo su nerviosismo. Flautista nunca ha escuchado hablar de Luis Gala.
Por la noche noto al crío más callado que de costumbre. Mientras hace su tarea sin levantar la vista le pregunto por su día. 'Igual que siempre', contesta, mirándome con una mezcla de cansancio y conmiseración. En mi habitación, todavía con mi hijo y sus silencios en la cabeza, leo como abstraído un folio tras otro de los diarios de Luis Gala. Me detengo en el párrafo que dice 'Quienquiera que atraviese esa ventana se va a arrepentir. Quienquiera que crea refugiarse verá de pronto que no hay árboles ni cuevas ni otra cosa que mediodía. La luz es blanca y sin descanso y sin tregua. Arderé, pero no sin antes cumplir mi misión.'
5. Mi asesor ha contestado. Se encuentra en Milán para una conferencia donde seguramente ha estrechado muchas manos y tomado muchas fotos. Escribe apenas dos líneas, pero alcanzo a sentir su ánimo vacacional. Se habrá puesto un abrigo ligero, paseado con su esposa por los lagos de la zona. Leo también su sentimiento de importancia, de hombre que se sabe a salvo de batallas no porque las haya ganado todas, ni siquiera porque se haya presentado a las mismas, sino porque la cobardía, el medro y la corrupción lo hacen obligadamente líder en este país, el mayordomo querido, el dictador bondadoso, el caudillo indispensable. Por la noche mi hijo me entrega un aviso de Hacienda: hablan de adeudos y declaraciones atrasadas. Yo no soy un hombre a salvo.
No hay nada en los diarios que indique a dónde se fue Luis Gala. El chico que me los vendió aseguraba en nuestra única entrevista que se fue a Altar, pero ahí no he encontrado a nadie que recuerde su nombre o que responda a sus señas. Tampoco puedo pagarme viajes frecuentes hasta aquella población, tan cercana a la frontera. El departamento sólo me ha pagado la mitad de uno, pese a la existencia de partidas para esos rubros que Práctico aprovecha para asistir a conferencias en zonas tropicales conocidas por la exhuberancia de sus putas y travestis. Violinista dispone de esos fondos para pagar estudiantes a los que luego deja varados en proyectos interminables y que espera que concluyan 'por el honor, no por el dinero.'
Quejándome con Flautista, inconsciente, inadvertidamente, pude escuchar un chiste del que me reí por compromiso. Recordé al salir de su cubículo y luego por la noche corroboré la cita exacta en los diarios: 'No hay humor en este exilio. Pero tampoco sexo, que es lo contrario a la risa. Quizá transito el infierno. Quizá haya que apurarse a falta de Virgilio. P no es un buen guía.'
6. Dicen que los maté. Yo, que no manejo armas y nunca lo he hecho. Dicen que no me voy a escapar con un recurso tan viejo como ese. Que no hay amnesia posible que lo explique. Que me espera un castigo ejemplar. Lo cierto es que Práctico, Violinista y Flautista están muertos. El abogado de oficio me ha mostrado dos vídeos de seguridad donde efectivamente me desplazo por los pasillos armado de un fusil y gritando números. Disparo al aire siempre, pero cuando llego a los cubículos de mis amigos -quizá sólo compañeros- les vuelo la tapa de los sesos y doy algunos culatazos, furioso. No me lo explico. He preguntado por mi hijo y me dicen que no tengo tal, que de dónde me he sacado semejante estupidez. Traen al médico y me inyectan algo ambarino. Debo dormir.
Entre sueños, escucho a Luis Gala decir 'Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Pero también seis'.

domingo, octubre 23, 2011

Naturaleza muerta

La película fue atroz: una serie de efectos especiales conectados por monosílabos, a veces gruñidos o muecas. Tres veces cabecee mientras explotaban edificios con la puntual asistencia del equipo de sonido. Iluminado súbitamente por la pantalla, lo vi devorar nachos, palomitas, beber un litro de coca cola. Era estúpido empezar así la noche del domingo, pero mis criterios se relajaban conforme pasaban los días de trabajo y hogar en Santa Teresa. Días inclementes e iguales entre sí, intercambiables. Días productivos y sobrios, ordenados, rutinarios en su presunta diversión, inflexibles. Días con espacio para la insatisfacción y minutos reservados para la añoranza del caos, de la pasión. Ansiaba compañía, sexo, variedad, pero también mis opciones parecían generadas por la misma maquinaria de los días. Círculo, desierto, luna. Y cine, claro. Mal cine.
Había sido advertido, si no por amigos, sí por personas que nada ganaban con mentir: era un error abandonar la gran ciudad para irse a meter en este agujero. Yo alegué el sueldo, balbucí algo relacionado con aspiraciones profesionales, defendí la talla demográfica de Santa Teresa. Pato me llamó pendejo y se embarcó en una discusión sobre la imposibilidad de curar ese mal. Devian elogió la cerveza del norte, pero aclaró incontestablemente que esa no era una ventaja cultural, sino un medio de alienación colectiva (siempre ha sido afecto a las teorías conspiratorias, entre más delirantes mejor). Chiquita se rascó la entrepierna y me dio a oler sus dedos: "Tu futuro", dijo. Y yo creo que se equivocó porque esta noche de domingo ignominiosa no me hacía acompañar de una mujer, sino de un chico de universidad al que me afanaba en follar sin mucha convicción, sorprendido, por lo pronto, del ritmo y voluntad con que daba cuenta de cuanta comida había en el cine y de las ocasionales risas locas que le producían las imágenes -llamar película a esa excrecencia hubiese sido un exceso.
Como si hubiese salido de mi cuerpo y asistiera a una representación de mí mismo en ánimo de filmar escenas bobas con un desconocido, me vi aceptando la descabellada proposición suya de ir a cenar apenas subimos al carro luego de terminada la película. Debo decir en su descargo que hablaba poco y a mi favor que no hice ningún esfuerzo por caerle bien o hacer la noche más llevadera. Un ejemplo de madurez, mi circunspección, que Pato se empeñaba en rechazar como signo de sabiduría por ser incompatible con su incontinencia verbal. Pero Pato no entendía de hombres. Tampoco de mujeres. "Es fácil ser bisexual si no te acuestas con nadie", le decía en tono burlón para arrepentirme en seguida por su torrente de argumentos y exégesis. A veces, durante la cena, volvía a mi cuerpo -o al menos a mi cabeza- y en verdad oía lo que mi invitado de esa noche me contaba. Cosas de una juventud transcurrida en territorios culturalmente vírgenes y ayunos de cinismo. Cosas directas, sencillas, desamparadas. El futuro y la libertad, por ejemplo. Las presuntas virtudes de la disciplina y el esfuerzo. El castigo que espera a los malos. Superación personal, religión, el deporte. Filosofías que gente muy importante concibió en lugares que algún día visitaremos como Europa o China. La importancia del inglés.
Fumé varias veces bajo su mirada ausente, concentrándome en su boca. Se parecía a la de Chiquita, con labios delgados y propios de un rostro cuadrado, casi marcial. Mientras hablaba de ayudar económicamente a sus padres me regodee pensando en si si sería capaz de mamar tan bien como lo hacía Chiquita y por un instante me reuní conmigo mismo para recordar que estaba ahí en busca de sexo, no de una terapia psicoanalítica. Debíamos irnos, tendría que probar mis viejas técnicas de sometimiento (todo acto sexual es así, una guerra), tendría que poner manos a la obra aunque la noche fuera densa y apeteciera más bien quedarse inmóvil, aunque los trayectos en la madrugada de Santa Teresa no excedieran los siete minutos de un extremo a otro y no fuese posible escuchar más de un par de canciones en cada viaje. "Vámonos", le dije de repente. Y él se puso de pie con agilidad pasando una mano por el vientre plano para mejor acomodarse la camisa. "Maldita juventud", pensé. Maldita.
Se hizo el silencio en la casa mientras bebíamos café. "¿Qué me pasa?", me dije, ¿tendría este congelamiento algo qué ver con lo que Devian definía como el crunch maturitas, a saber, el momento a partir del cual un hombre encuentra imposible conquistar a otra persona más joven? Devian afirmaba que las grandes compañías contaminaban los alimentos para inducir conductas más morales y dóciles en la población. Y me advirtió contra Santa Teresa: "Es obvio que no pueden empezar estos tratamientos masivamente en grandes centros urbanos. Es costoso. Empiezan por los pequeños y alejados. Ahí toda la gente está loca y aséptica y lobotomizada en la práctica", decía con los ojos muy abiertos. Me sacudí los malos pensamientos, me acerqué a él y le toqué el rostro con cualquier pretexto. Una espinilla, una mancha, una basurita. Un mostrarle el frío de mis manos. O su calor. Una telaraña que debió arrastrar mientras entraba por la puerta del patio, una marca dejada por la viruela, lo de costumbre. "Mi novia dice que tengo las mejillas muy rojas, ¿cierto?", me preguntó sonriendo...
Chiquita decía que las ciudades pequeñas -no los pueblitos, aclaraba- eran para los matrimonios y la gente decente. "Tu modo de vida, digamos, no puede descansar en los medios, sino en los extremos. Pero estás en crisis y cualquier cosa que haga para disuadirte es inútil. Idiota". Pato estaba de acuerdo con ella y aseguraba que me convertiría en uno de ellos: "No vas a cambiar, imbécil, no es eso lo que trato de decir, sólo vas a rendirte, terminarás creyendo que ese modo de vida ñoño a medio camino entre el alcoholismo y la depresión es el único, el auténtico". Lo dejé frente a la puerta de su casa, me apretó suavemente un hombro. "Gracias, fue una noche excelente", me dijo. Devian me habría recordado que el placer no puede rematar en agradecimientos. Pero no lo había.

sábado, septiembre 17, 2011

Dos levedades

'Un antes y un después nunca se sueldan'
Tu rostro mañana, Javier Marías


En la honda madrugada de Santa Teresa, ya pasado el Grito y apagados por el alcohol los cada vez más escasos murmullos de remotos jolgorios, el Indio se sirvió, tambaleando, otro caballito de tequila y me miró de frente con ojos vidriosos. Me puso una mano en el hombro como quien va a confesar algo y trata de acercar al confidente, pero en el último momento se echó para atrás, se recargó en su silla tomando el caballito de hidalgo y encendió un cigarrillo.
–Como sabes, dos veces tuve oportunidad de quedarme en el extranjero.
–Sí.
–Y no me quedé.
–Ya veo- dije sonriendo y esperando que completara la frase, chiste o lo que fuera a soltar como solía hacer tras solemnes pausas. No fue así.
–Sé que ha sido una decisión imbécil desde el punto de vista práctico, pero ya sabes que mis razones eran sentimentales.
–Lo sé, lo sé... l'amour...
–Claro, l'amour, pero aun si no hubiese tenido pareja ni familia, habría vuelto. Se necesita conocer el hambre o el horror para irse definitivamente y yo, con todo y haber padecido necesidades, no conocía ninguno de ellos. Los iraníes y rusos en Praga sí los conocían. Los magrebíes, los congoleses y hasta los vietnamitas en Francia, los conocían. Sus recuerdos, con ser entrañables, también estaban teñidos de miedo: a la sharía, al racismo, a la guerra tribal, a la persecución política y religiosa, a la hambruna y al caos. Hasta los mexicanos del otro lado tienen que ser lo suficientemente pobres e ignorantes para preferir cortar jardines o lavar baños en vez de volver a padecer hambre en esta mierda de país...
–No vivimos mal, Indio, no exageres...
–No vivimos mal porque vivimos en otro país, no en el de ellos. Es a ese país inexistente al que volví dos veces del extranjero. Está hecho de bancos, escuelas, casas con rejas y alambrados cada vez más altos, cocheras con alarma donde se guardan carros asegurados, plazas comerciales donde una criba racial ha dejado sólo gente blanca o decentemente vestida, un barniz de ley y de gobierno, una ficción colectiva que pretende seguir festivamente encima de una multitud depredada y depredadora. Cuando nos encontramos –casi siempre trágicamente- con ese subpaís, lo maldecimos y ponemos cara de circunstancias, pero luego nos reponemos y volvemos a creer que el nuestro es el suyo, que es uno solo. Mentira: pronto no habrá sitio donde esconderse de ellos...
–Estás borracho.
–Sí, lo estoy... Pero en realidad no quería hablar de lo que, evidente o no, terminará por ser claro para todos llegado el momento, obviedades que el tiempo se encargará de manifestar despiadada y puntualmente. Sólo quería hablarte de las sensaciones, de las atmósferas que rodearon esos dos regresos al país. No pretendía embarcarme en una discusión política, sino sentimental.
–A ver, Indio, suéltalo.
–Dejar un país al que te has acostumbrado, aunque no sea el tuyo, tiene lo suyo de nostalgia y evocación, especialmente si es un país de verdad con una historia amplia y un mínimo de consistencia. Esos últimos meses, tanto en Praga como en Valenciennes, sabiendo que transcurría mi última temporada en cada caso, veía las cosas y personas, los paisajes y recuerdos, como un todo que se me iba alejando y cuya difuminación había empezado ya, cubriéndolo todo de cierta neblina y haciéndome vivir en medio de una ensoñación.
–Lo normal en estos casos, claro.
–Era más que lo normal. Porque justo en ese estado suspendido, en esa transición movediza, sentía una paz extraordinaria que me hacía ver todo con una perspectiva amplia, comprender –o creer comprender- tanto lo que dejaba como lo que venía. Bisagra del tiempo cargada de comprensión benevolente, serena e iluminada... Por ejemplo, el cine. Las películas mexicanas justo antes de volver me sabían cargadas de dolorosa precisión, pero ahí donde se colaba la corrupción, ahí donde permeaba el desorden y la decadencia, me deleitaba en la anticipación de juveniles placeres: el sexo y los viajes de equipaje ligero, los pies hundidos en una playa de cálidas arenas, las carreteras y los pueblos donde la comida era sabrosa y casi regalada. Aquí estaba mi juventud y podía volver a ella sin importar los años transcurridos, pensaba.
–Te entiendo.
–No, no lo entiendes. Nunca has vivido fuera más que de vacaciones o en viaje de trabajo. Vas, te tomas la foto en la seguridad de que al regreso estarán tu oficina, tu esposa y tus hijos donde mismo. Apenas deshaces la maleta, jamás te ves obligado a aprender otro idioma ni a cambiar ninguno de tus hábitos. Nunca haces amigos, sino colegas, nunca te comunicas, sólo rodeas... Por ejemplo, el cine. Vi muchas películas checas y francesas, desde luego, pero al final de mis dos estancias, enmedio de mi levedad, de mi flotar entre dos mundos, siempre aparecía una con carácter revelador y sintético que parecía subrayar mi calidad de outsider: Kolja en el caso checo, Il y a longtemps que je t'aime en el caso francés. Las películas son muy diferentes en su historia y hechura, pero comparten algunas características: muestran –no sé si intencionadamente- el país en el que están hechas, no sólo a través de obviedades como el fin del comunismo en la primera o los museos de Nancy en la segunda, sino también a través del señalamiento de hábitos y atmósferas (la civilización decimonónica y musical checa, la cosmopolita y filosófica francesa); tienen por protagonistas a personajes fracturados o en retirada que circunstancialmente se ven obligados a interactuar y cuya liberación es ambigua, quizá imposible; están cargadas de soledad mal admitida e incomprensión casi orgánica, como si los personajes centrales también estuvieran viviendo levedades impenetrables, flotando en el mundo, un tanto conscientes de que están de más...
–Y cuando volviste se te acabó todo eso, Indio, ¿no es así?
–No inmediatamente. Las películas parecían anticipar mi propio e inacabado proceso de reanudación, sus dificultades y su fracaso último. O quizá me equivoco y la adaptación tuvo lugar en ambos casos a las pocas semanas, cuando conseguí trabajo y el contacto continuado con imbéciles y fanfarrones, hijos de puta y malnacidos, me trajo de vuelta a la realidad. Y la realidad es que lo entrañable duraba el plazo de vivir en el país como de vacaciones, los pocos días de acostumbrarse de nuevo al noticiero y a las calles idealizadas, el tiempo de intimidad con la pareja y de saludar de nuevo a la familia, sintiéndose extranjero en el propio país como prolongación del verdadero tiempo fuera. Unos cuantos días, unas semanas, luego la levedad fue reemplazada por el peso...
–Es tarde, Indio, vámonos a dormir...
–Sí. Siempre queda el sueño.

viernes, septiembre 02, 2011

Fata Morgana

Harto de acumular noticias sobre secuestros y crímenes de la mafia, sobre la ineptitud gubernamental y el absoluto descaro con que la raza del país se dedicaba a saquearlo todo poco antes del Gran Colapso, al Director de Noticias Pompa le brillaron los ojos frente al monitor cuando leyó aquel correo. Se trataba de Dibú, su gran amigo de toda la vida, quien daba cuenta de su viaje de placer por Tierra Santa naturalmente a cargo del erario- en compañía de su esposa Vivá: Muro de los Lamentos, Monte de los Olivos, Mezquita de Al-Aqsa, taxis de precios astronómicos, inexplicable excitación al pasar por los puntos de seguridad... y la gran noticia, motivo de su entusiasmo: Ericka Vexler vivía a media cuadra de su hotel, en una casita de dos plantas y terraza con balcón mudéjar: ¿querría entrevistarla?
Claro que quería. Llevaba casi dos décadas sin saber de ella, su jefa en tiempos de la Guerra del Golfo, cuando él era un divorciado camarógrafo de veintiocho años, regordete y medio calvo, de largas patillas y bigote espeso, renuente a llevar una de las máscaras de gas que el gobierno israelí repartió entre la población como parte de sus desplantes paranoicos. A ella le debía, si bien de manera involuntaria y lamentable, su vertiginoso ascenso a corresponsal titular, el primero y más importante paso de los varios que lo condujeron a su oficina en México, hasta hace poco lejos de las balas y el caos. Una deuda que no le agradaba ni podía agradecerse, aunque lo hubiera beneficiado, pues ella hubo de perder su empleo y desaparecer para siempre en el más profundo ostracismo, negándose por años a recibir visitas y siendo luego abandonada incluso por los más nostálgicos curiosos. Siempre había querido preguntarle qué pasó aquella noche en su piso de Tel Aviv, cuando los misiles Patriot y Scud ululaban en el cielo, cuando encerrada en el baño de su casa en compañía de él y su perrita Milka, enlazó con el satélite para la transmisión regular en vivo y se hizo escuchar y reproducir entre la estática de millones de televisores al otro lado del océano: "Nuclear... repito: ¡ataque nuclear!".
"No está de más intentar", se dijo Pompa mientras escribía a Dibú proporcionándole detalles sobre Vexler y los puntos que una eventual pero casi imposible entrevista debía incluir: lo relativo a la noche nuclear debía quedar al final en la esperanza de que otros datos fuesen revelados, convenía explorar aspectos poco conocidos de su trabajo previo como entrevistadora de líderes del Medio Oriente, su decisión de emigrar a México y la posterior aunque más comprensible- de permanecer en Israel, tal vez datos sobre su vida en el retiro ¿o era reclusión?- de los últimos veinte años. Debía ser indulgente y no insistir, por ningún motivo debía irritarla porque en ese caso ella daría por terminada la entrevista con su aire amable y misterioso. Inapelable.
Decidió hacerse acompañar de Vivá por si debía dirigirse en hebreo a alguien y porque una mujer siempre suaviza la tosquedad de un hombre. Abrió la puerta de madera obscura una mujer morena, rolliza, que hablaba ese español suave de los indígenas centroamericanos. Los hizo pasar a una salita de alfombra roja y muebles de patas muy delgadas, pidió que la esperaran. Durante largos minutos ni él ni Vivá pronunciaron palabra. Luego volvió la doméstica para pedirles que la acompañaran a la terraza de arriba, para lo cual, extrañamente, había que cruzar un patio lleno de olivares y luego volver ya en la segunda planta- por un costado del mismo. Mientras avanzaban, Dibú sintió inundarse de irrealidad, como si a lo largo de los pasillos y víctima de la incredulidad de que esta entrevista tuviese lugar, fuese perdiendo paso a paso el por qué de su visita alienado por el llamado a la oración desde remotos alminares de infinidad de mezquitas.
La terraza miraba al oriente, de modo que esa tarde ya le hacía sombra el resto de la casa. Justo en medio, descansando sobre un gran diván y rodeada de tres mesas con ámpulas abiertas de morfina, jeringas y un tanque de oxígeno, estaba Ericka Vexler muriendo de cáncer. Una vez que nos pusimos delante de ella en un par de sillas que acercó la doméstica, por fortuna de espaldas al deslumbrar de techos dorados de Jerusalén, pude verle la tenue y enigmática sonrisa que la caracterizaba. Llevaba gafas negras y hablaba con la hipnotizante monotonía de sus tiempos de periodista, un ritmo calcado del hebreo y parecido a un rezo, una letanía.
Pompa los ha mandado a aquí, ¿eh?- dijo al abrir un diálogo para el que no estaba preparado, enmudecido como un principiante. Me alegro, me alegro. No me queda mucho tiempo, como habrán comprobado. Hablaré poco, ya Rosita me está clavando su mirada, ¿ven? Me cuida como una generala y si no hubiese insistido, les habría echado como lo ha hecho con tantos otros...
Podemos volver otro día, Señora Vexler, no quisiéramos...- dije extraviado. Vivá salió en mi rescate mirándome con la firme suavidad de quien pide silencio y no suelta la presa. Me callé.
De ninguna manera. No hay tiempo. La entrevista está preparada... ¡Rosita! Tráeme por favor los documentos del expediente negro y dáselos a estos señores, por favor... Habrán de disculparme, no pensaba entregarlos a la prensa, pero ya que un buen amigo se ha acordado de mí seguramente podrá armar con ese material el reportaje que mejor le convenga. Confío en él. Ahórrenme las preguntas triviales (todas están en el expediente) y mejor charlemos de otras cosas, ¿quieren?
Vivá intervino y yo quise comérmela con los ojos apenas abrió la boca echando por tierra todos nuestros planes.
Señora Vexler, ¿qué pasó esa noche?- Se hizo un breve silencio que acentuó el cese de los llamados de las mezquitas y el resplandor final del sol sobre los tejados. Se hizo la penumbra.
Claro, claro... de eso podemos hablar. Por supuesto no está en el expediente y lo que les digo pueden compartirlo con Pompa, pero nadie más. Eran tiempos de una gran polarización y, aunque ahora les parezca que el mundo estaba de acuerdo en contra de Hussein, ello estaba lejos de ser así. El dictador tuvo el gran acierto de atacar Israel y ganar así el favor de millones de musulmanes y cristianos radicales. Israel no era inocente y vio en aquella coyuntura la oportunidad de ampliar todavía más el favor de los otros extremistas, los que veían en él a un país víctima y a un pueblo victimizado... por definición. Y a perpetuidad. Recordarán el temor que existía en todo el mundo por el inminente desmembramiento de la Unión Soviética y el destino de miles de armas nucleares. Israel aprovechó ese temor y exaltó la paranoia al acusar a Hussein de planear ataques bacteriológicos, químicos y, desde luego, nucleares.
Pero los ataques no se produjeron...- intervine tímidamente.
No, no se produjeron efectivamente. No sea ingenuo, Dibú. No hacía falta. A mí me pagaba el Servicio Secreto Israelí. El mayor sacrificio que me exigieron fue el de esa noche: sería retirada de los medios de comunicación y no volvería a trabajar en ellos luego de reforzar la especie de que un ataque nuclear se iba a producir, de cualquiera de las partes. El estruendo de los bombardeos esos estúpidos Patriot que nunca consiguieron derribar ningún Scud y sí causaron más muertes civiles que los segundos- y la estática que arruinaba las transmisiones satélitales hicieron el resto. Quedó bien, ¿eh? "Nuclear, nuclear" en una época como esa en que todavía helaba la Guerra Fría...
La experiodista pareció caer en un extraño sopor. Dejó de hablar, emitió algunos gemidos, Vivá llamó a Rosita creyendo que tal vez Ericka necesitaba una nueva dosis de morfina, pero la doméstica se limitó a tomarle el pulso a su patrona y a pasarle una gasa húmeda por la frente. Luego nos pidió, perentoria, que abandonáramos la casa. Nos entregó el expediente. Al llegar al hotel, todavía aturdido, dejé a Vivá en la habitación y bajé al bar con el expediente en mano. Entre cientos de hojas en blanco había un certificado médico: Ericka padecía Alzheimer desde hacía siete años. Lo emitía el Hospital Militar Israelí, con sede en Haifa.