sábado, febrero 18, 2023

Locos hacia mil novecientos noventa

Han ocurrido muchas cosas desde entonces. Los pasados revolucionarios no se ocultan, por ejemplo, aunque tampoco se va por ahí presumiéndolos: no produce vergüenza haber participado de manera entusiasta en la implantación forzosa de la educación socialista a fines de los años treinta —la madre— ni en la menos idílica apertura democrática de los años setenta —la hija—, ni siquiera porque ahora quede claro que ambos procesos obedecían a la lógica de un estado autoritario indistinguible en sus objetivos de los de cualquier régimen de derechas. Sobre los pasados fascistas, en cambio, se guarda siempre un silencio mustio y pertinaz, producto de la ignominia según cuantos no participaron de ellos, pero resultado en realidad del altivo desprecio con que sus poseedores miran a sus denunciantes. Yo era demasiado joven para poseer pasados de uno u otro tipo en aquel entonces y, sin saberlo, entre la madre y la hija —y la hermana— por un lado, y los tridentinos del colegio varonil al que mi madre me inscribió poco después de mi iniciación sexual, por el otro, asistí a los estertores de la lucha entre dogmáticos que sembró de cadáveres las cuatro esquinas del mundo en el siglo veinte. 
Para mí la opción era clara: yo estaba del lado de Patricia y de su madre y de esa extraña mujer a la que presentó como su hermana, por la sencilla razón de que siempre me daban de comer con una abundancia desconocida en mi casa. Razones similares había yo esgrimido cuando era un niño pequeño al ser inquirido por mis abuelos sobre el motivo de mis frecuentes visitas: 'tienen pan', dije con la boca aún llena de migajas para decepción de mi abuelo que, pese a su bien cuidado machismo, resintió como una niña la brutalidad de mis palabras. Mismas convicciones movieron en tiempos a la mamá de Patricia a tolerar las encendidas diatribas de su tío masón contra la Iglesia, pues el hombre que hacía inmisericorde escarnio de la religiosidad de su mujer la había sacado del orfanato donde las monjas la mataban de hambre y la sentó durante años a su mesa tres veces al día. Nada parecido habían hecho por mí los tridentinos del colegio varonil, salvo perdonar una parte de la colegiatura en virtud de mis altas notas. Este era, al menos, el motivo oficial. Pero no eran mis calificaciones lo que a ellos les interesaba.
—¿Qué te han pedido específicamente? —preguntó con su ronca voz la hermana de Patricia mientras ayudaba a ésta a vestirse.
—Que vigile a mis compañeros. Que les informe por escrito de conversaciones que puedan dañar a la escuela. Que me fije bien si en algún momento se mencionan palabras como comunismo o ateísmo, masonería o satanismo, Halloween o revolución. Que reporte si se hacen críticas a la Iglesia o si alguno de ellos lleva algo prohibido: revistas impropias, prendas feminoides, propaganda de otras escuelas. Hacen reuniones cada semana en un apartado de las aulas especiales que están en la parte más baja de la enorme colina en que se asienta la escuela. Mantienen la luz baja con velas y, sobre una mesa cubierta de un mantel negro, colocan una cruz de plata y alguna bandera con flechas que no he logrado identificar. Rezan al inicio y al final. Hacen la lectura de los reportes y nos piden repetir consignas de lealtad a la organización.
—Muy interesante —dijo la extraña mujer que no se parecía a Patricia y a quien no había visto nunca en esa casa pese a visitarla cada fin de semana desde hacía meses ('Pues aquí ha vivido siempre', me explicaron de una forma un tanto esquiva cuando pregunté por ello). Tomó a Patricia por la cintura como ajustándole el vestido desde atrás y ésta se volvió hacia ella mirándola unos segundos e invitándola con los ojos a que continuara.
—¿Por qué es interesante? —insistí cuando hubieron pasado, según yo, demasiados segundos.
—Bueno ¿tú por qué piensas que hacen esto? —contestó jesuíticamente la presunta hermana, apartándose un poco para encender un cigarrillo y sonriendo como quien tiene mucha curiosidad por conocer la respuesta.
—No lo sé. Están locos. Deben ser cristeros o... 
—Eso fue hace sesenta años —dijo la mamá riendo a carcajadas. —Ya no hay cristeros. Los había porque la gente era muy fanática y el gobierno era revolucionario. A nosotras nos sacaron del colegio de monjas los soldados. Y aquí adelante fusilaron al padre Gabriel que...
—Bueno, bueno —interrumpió la hermana sosteniendo el cigarro en la boca mientras subía por las piernas de Patricia, desenrollándolas, unas largas medias de nylon color carne. —Decir que están locos es la mejor manera de decir que no entiendes nada, pero también que no quieres entender nada. Y eso ya no te lo puedes permitir, jovencito. Ya estás grande y debes saber en qué mundo vives. Esos que dirigen el colegio varonil son unos fascistas, ¿comprendes?
Los resúmenes de ciencias sociales de sexto de primaria hablaban de fascismo y nazismo, o sea, de Italia y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. ¿No había terminado ya todo eso hace cuarenta y cinco años? ¿A qué venía ahora? Poco antes de que me inscribiera mi madre en el colegio varonil, ella me animó a preguntar a mi tío Javier, su hermano mayor —un contador abotargado que siempre llevaba traje y usaba una colonia repugnante— sobre la conveniencia de entrar en esa escuela. 'Son fascistas', me dijo con seriedad el gordo cacarizo. Y se quedó rumiando algo ininteligible entre dientes mientras yo fingía darme por bien servido con su enigmática respuesta. Esta vez no sería diferente.
—Sí, comprendo —le dije a la fumadora hermana de Patricia, no tanto por parecer enterado como por la perturbadora visión de las medias subiendo hasta la cintura de Patricia. '¿Cómo me vería yo en ellas?', pensaba presa de una incipiente erección.
—Si estás del lado de los pobres tienes que estar en contra del fascismo, ¿me entiendes? Si estás del lado del pueblo tienes que estar con los revolucionarios, con los socialistas, incluso con los comunistas. No creas que esto va en contra de dios, ¿eh? ¿Acaso no quería Jesús que los pobres entraran al reino de los cielos? ¿No era pobre él mismo? En la Iglesia ya hay sacerdotes obreros, hay revolucionarios, los hay incluso guerrilleros. Las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas: ¡ya se puede ser católico sin sentir vergüenza!
A mí no me preocupaba demasiado seguir siendo católico, pero que esta mujer defendiera con absoluta convicción el socialismo o el comunismo, me sorprendía. ¿No acababan de desaparecer los regímenes comunistas en la Europa Oriental? ¿Y qué era eso de mezclar socialismo y cristianismo? Patricia llamó discretamente la atención de su entusiasta hermana, reconviniéndola; ésta levantó las manos como si se rindiera al tiempo en que, con el cigarro suspendido entre los labios y la cabeza ligeramente ladeada, sonreía con aires de superioridad, daba una profunda calada entornando los ojos y le acomodaba la falda a Patricia para rematar, una vez que todo estuvo en su lugar, con una nalgada repentina que sobresaltó a todos. Continuó:
—No está mal que estés ahí, en el colegio tridentino, para que te enteres por ti mismo de dónde está la verdad. Bien visto es un privilegio. Pero para comprender debes empezar por no tildarlos de locos. ¿Te ha contado Patricia que trabajó hace muchos años en un psiquiátrico?
Volvió a aparecer su arrogante sonrisa. Tomó por fin con los dedos el minúsculo cigarrillo que amenazaba con quemarle la boca y lo aplastó contra un pesado cenicero de cristal. 
—En el consultorio de un psiquiatra, que no es lo mismo —aclaró Patricia. Yo asentí.
—¿Crees que el psiquiatra los despachaba diciendo 'están locos', así sin más? Si así fuera no existiría esa profesión. Para entender hay que dejar las explicaciones fáciles, ¿comprendes? Las autoridades de tu colegio son parte de una lucha a muerte entre dos bandos bien definidos que llevan siglos peleando entre sí. Antes se llamaban de una forma, ahora de otra, pero la guerra es la misma. ¡Y ganaremos! 
—Yo estoy con el gobierno —interrumpió inesperadamente la mamá de Patricia —Porque es un gobierno que viene de la Revolución.
Se hizo un súbito silencio. Por unos segundos sólo se escuchó el trinar de los pajarillos en sus jaulas, el lejano pitido de la camioneta del repartidor de leche. Entonces Patricia y su hermana, seguidas de la madre, rieron a carcajadas hasta ponerse rojas como un tomate. 'Están locas de remate', pensé divertido, y fue ese pensamiento y no sus risas imparables las que me hicieron reír a su vez salvajemente. Teníamos suerte, en efecto, de vivir en un país blando, inconsistente, casi marica: jamás podríamos reunir la convicción suficiente para matarnos por nuestras ideas como hicieron otros en las cuatro esquinas de la tierra. ¿Qué habría sido de nosotros de haber vivido en el Madrid de mil novecientos treinta y seis? ¿Qué de haberlo hecho en el París de mil novecientos cuarenta o en la Praga de mil novecientos sesenta y ocho? ¿Qué tal la Habana en el cincuenta y nueve o Santiago en el setenta y tres? 
No me cuesta trabajo imaginar a la hermana tabaquista de aquel entonces encabezando a un grupo de milicianos que asalta a una familia en la Gran Vía sólo porque le parecen de aspecto pijo, soltando un culatazo al hombre ya entrado en años que protesta por aquella arbitrariedad y desoyendo los gritos angustiados de la mujer que quiere impedir a toda costa que se lo lleven. La veo perfectamente fumando un cigarrillo tras otro mientras se divierte jugando a ser la jueza que preside el mínimo tribunal que condena a muerte al hombre ya entrado en años al que luego despoja de su traje y sus gafas, de su pitillera y sus zapatos, para arrojar el cadáver en una fosa común improvisada en el patio de una comisaría. 
Viéndolo bien, yo estaba del lado de Patricia, pero no tanto del de su madre y mucho menos del de esa extraña mujer exaltada a la que presentaron como su hermana y que, según se pusieran las tornas, me habría salvado de la quema o enviado al paredón en otros tiempos. Patricia y yo éramos, sin saberlo, lo que el siglo veinte —o acaso cualquier otro tiempo y lugar— relegó a los márgenes de la vida: no hombres de fe, sino seres de duda, no seres de este o aquel campo, sino habitantes permanentes de la provisionalidad. Ni siquiera el dinero, que reemplazó en el siglo veintiuno a los motivos ideológicos del veinte como motor principal de crímenes, pudo convencernos. Pero sí a su hermana. Y a los tridentinos, faltaba más.

domingo, febrero 05, 2023

Masón

El sexo —me explicaba Patricia cuando yo contaba catorce años— es el aspecto donde mejor se manifiestan los trastornos mentales: si algo está mal puedes estar seguro de que tarde o temprano asomará por ahí. Acababa de contarme sin demasiados detalles su paso por un consultorio psiquiátrico donde hizo de asistente en su juventud, más o menos a la edad que lucía en uno de los retratos que adornaban su espaciosa habitación: una chica atractiva de mirada altanera y cola de caballo, sin pendientes ni cadenillas, que llevaba una blusa lisa bajo la cual ya se advertían un par de pechos razonables. Hablaba conmigo mientras se peinaba y maquillaba pacientemente frente al espejo de su tocador, interrumpiéndose de vez en cuando para pedirme que le alcanzara alguna cosa o dirigirse a gritos a su madre que, acostada en la habitación contigua, canturreaba antiguas canciones de Rebeca o, de pie en el pasillo, alimentaba a decenas de pajarillos retenidos en sus jaulas. En el piso de abajo trabajaban dos albañiles, un maistro de unos cincuenta años y un macuarro de unos veinte, pero era su madre, no Patricia, quien se dirigía a ellos. Patricia era sólo mía. Yo la escuchaba absorto, no sólo con esa fascinación que tienen los que están abandonando la niñez por los así llamados temas adultos, sino con el morbo adicional, típicamente católico, que produce el ocultamiento de pervertidas prácticas bajo largos caretos de santurrón. Yo había crecido sin padre, reprimido desde la más temprana edad por lo que mi madre llamaba tocamientos impuros, una práctica compulsiva que, ahora entiendo, ocultaba la neurosis a la que ella me había empujado con sus insaciables exigencias de que sacara las notas más altas en la escuela y mantuviera mi cuarto impecablemente limpio y ordenado. 'Te vas a volver loco', me advertía, 'y te van a encerrar en un hospital con otros enfermos; yo misma te llevaré', amenazaba. Como único remedio me obligaba a rezar hincado frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pidiendo perdón, las manos devotamente unidas con un lazo que ella misma me amarraba y que no impidió, en repetidas ocasiones —para así aumentar mi culpa, empeorar la opinión de mí mismo y repetir el ciclo— que me tocara de nuevo, acaso con mayores excitación y lascivia. Hacia el final de mi infancia, quizá porque mis notas en la escuela eran ya inmejorables, quizá porque el orden y limpieza de mi habitación eran ya los mayores de toda la casa, pero más seguramente porque ella se vio obligada a trabajar como un asno de sol a sol para mantenernos a mi hermana y a mí, mi madre bajó la guardia y se rindió: no volvería a molestarme. En contraparte, yo tendría buen cuidado de conducir mis extravagancias lúbricas con el mayor sigilo y expresaría de continuo puntos de vista cada vez más conservadores y reaccionarios, fingiendo, si tal cosa es posible, una gazmoñería que por momentos pareció genuina y consolidada. Hasta que apareció Patricia.
—Creo que la gente confunde amabilidad con debilidad —dijo al tiempo en que, con unas pinzas diminutas, se arrancaba una cana del cabello —pues tanto mi madre como el psiquiatra se opusieron al principio a que yo trabajara en ese lugar: me consideraban muy frágil, muy vulnerable. No me extraña que así lo creyeran por haber sido entonces tan menuda, tan consentida de papá y mamá, sobre todo de esta última por ser su única hija. Papá no fue tan aprehensivo, pues aunque me quería mucho siempre se restringió para expresarlo porque sentía que, al hacerlo, traicionaba a los hijos de su primer matrimonio, mis medios hermanos.
—Mi padre no fue ni aprehensivo ni cariñoso —dije impostando una risa ligera —simplemente no fue.
—¿Tienes novia, chamaco? —me preguntó Patricia haciendo que me ruborizara al instante. Se pasaba rímel cuidadosamente por las pestañas de su ojo derecho. Seguían escuchándose los canturreos de su mamá en la habitación contigua.
—No —contesté sonriendo, tratando de contener la agitación que me turbaba. ¿Sabría Patricia, mi maestra en la secundaria, que yo era un pervertido? Mis compañeros de clase parecían saberlo. Mi madre parecía saberlo (aunque quizá ignorara hasta qué punto, pues de haberlo sabido me habría dado cien latigazos, me habría hecho cliente del psiquiatra ese con el que trabajó Patricia). Sí, seguramente Patricia lo sabía, seguramente más que cualquier otra persona por haber estado en contacto con enfermos mentales, tan inteligente y sensible ella, tan capaz de ver siempre más allá, hasta el río oscuro que corre por debajo de la superficie de todas las cosas.
—¿Por qué me lo pregunta, Patricia? ¿Cree que la ausencia de mi padre tiene algo que ver con eso? —pregunté para provocarla, conteniendo una sonrisa que, pese a todo, se me dibujó en el rostro. Ella me miró fugazmente de reojo a través del espejo, volvió a concentrarse en sus pestañas. Se escuchó a su madre asomándose al pasillo para, desde ahí, dar grandes voces instruyendo a los albañiles que seguían afanándose en la planta baja.
—Todos los estudiosos coinciden en que la relación con el padre es clave para nuestro desarrollo sexual. También la relación con la madre. Creo que esta última ha pesado más en tu caso y en el mío, después de todo tu padre no figura y el mío se mantuvo voluntariamente distante. Pero para tu mamá debiste ser algo difícil de manejar, no sólo por inteligente, sino por excéntrico, por diferente; yo también lo fui para la mía... ¿No has notado que las personas que no encajan con los demás suelen dirigirte la palabra? ¿No te parece que tienes cierto atractivo para ellas, que inmediatamente te divisan? Yo tengo lo mismo que tú. Fue parte de lo que descubrí trabajando con el psiquiatra, parte también de por qué me fui. 
—No me dijo que con el psiquiatra hubiera ocurrido algo sexual, maestra —aproveché para desviar la atención de mí hacia ella. Me fascinaba poder usar delante suyo tantas palabras que me tenía completamente prohibidas con los demás: sexo, sexual, sexualidad, incluso masturbación; pero no todavía lesbiana u homosexual, que ella —lo notaba— tenía buen cuidado de no usar tampoco. Hizo una pausa con el aplicador de rímel en el aire sostenido a la altura de los ojos pero a cierta distancia de ellos. 
—Todo era sexual ahí —dijo al cabo de unos segundos en que sólo pobló el silencio el sonido suave de los albañiles alisando una pared en el piso de abajo; reanudó su maquillaje —Es lo primero que descubres cuando estás entre enfermos mentales: que todo es sexual. Pero no me malentiendas, no es que sólo sea así entre trastornados, sino que al convivir con ellos te das cuenta de que todo es así dondequiera, entre cualquier grupo de seres humanos. Muchos han criticado como exageradas las deducciones de Freud por haber metido el sexo hasta en la sopa; deberían darse una vuelta por un manicomio cualquiera para que cambiaran de opinión.
—¿Le llegó a pasar algo en el consultorio?
—Muchas veces, por fortuna sin que pasara a mayores. Niños que querían violarme como si fueran adultos. Niñas que se me pegaban a una pierna como perros en celo. Adolescentes amabilísimos a los que luego había que sujetar entre varios para que no me estrujaran los pechos mientras vociferaban las más escandalosas suciedades. El ser humano es un animal domesticado, reprimido. La educación es represión. La cultura es represión. Todo lo que hemos avanzado como especie, aquello que más nos distingue del resto de los animales, está inspirado en la represión de nuestros instintos. Quizá es mejor así porque de otro modo no tendríamos ni ciencias ni artes ni industrias ni nada. Vale. Pero no nos olvidemos de que en el fondo somos unos salvajes, de que basta una situación vagamente extraordinaria —una guerra, una borrachera, la muerte de alguien querido— para que ese valladar que es la psicología humana ceda.
—Qué miedo —dije impostando un temor que no sentía. Ella guardó el rímel, se trazaba ahora una raya sobre las cejas. Me volví hacia el pasillo al escuchar que se acercaban unos pasos lentos y vi entonces, recortado contra la puerta, bañado por la luz del mediodía, al albañil más joven, el macuarro, moreno lampiño, delgado, con las manos grises de lo que supongo era cemento o yeso, su mirada coincidió con la mía por unos segundos y entrecerró los ojos con una sonrisa salaz. Pasé saliva. Prosiguió hasta donde estaba la mamá de Patricia y sus voces se oyeron al lado. Luego de unos segundos pasaron ambos en dirección inversa y sus pasos se perdieron escalera abajo.  
—Por una parte sí, da miedo, pero yo no era fácilmente impresionable. Eso es lo que el psiquiatra y mi mamá aprendieron de mí: que tenía mucha más fortaleza de la que me supusieron. Esa experiencia me sirvió mucho para cuando finalmente me hice maestra en escuelas elementales, ni te imaginas, era como si ya estuviera acostumbrada a lidiar con cosas que muchos juzgan de escandalosas. Porque no te creas tú que los niños son seres angelicales e inocentes, qué va, todos los gérmenes de la monstruosidad humana están ya ahí desde muy temprano. Si educar es reprimir entonces un niño que acaba de entrar por primera vez a la escuela es todavía un salvaje con el potencial de morder, arañar, gritar, arrastrarse, escupir, orinar, defecar, agredir. Y si, como empieza a afirmar mucha gente haciéndose omisa de su propia experiencia, supones que el aspecto sexual está excluido en los niños en edades tan tempranas, el contacto con ellos te convence por las buenas o por las malas de que no es así. Ahora vuelvo, parece que los albañiles ya terminaron.
Patricia se puso de pie, se bajó la falda, se calzó unos zapatos de tacón bajo y se examinó por última vez en el espejo. Salió y sus pasos se fueron apagando. Un minuto después, luego de verme yo también en el espejo y examinar con vaga curiosidad todo lo que Patricia usaba para peinarse y maquillarse, me acerqué a la puerta de la habitación y, desde el pasillo iluminado, escuché los murmullos de conversaciones allá abajo. 
—No me gusta que hables así con el muchacho porque...
Era la voz de la mamá.
—Yo sé lo que hago, mamá, ya no soy una niña. Deja que...
Era la voz de Patricia.
Otra vez pasos acercándose. Me aparté del pasillo y me senté sobre la cama de Patricia fingiendo hojear una revista, no fueran a pensar que las espiaba. Se proyectó entonces una sombra sobre el papel: en el marco de la puerta estaba el joven albañil, otra vez sonriéndome con malicia. ¿Qué extraña conversación sin palabras se entabló entonces? ¿Por qué mi turbación parecía convertida en instrucciones que él podía leer sin dificultad alguna? ¿Accedía yo a su invitación o él a la mía? El chico avanzó hacia mí —mi boca entreabierta por la respiración agitada—, me tomó con la suya mi mano derecha —la revista cayendo al suelo con las hojas abatidas como en un suspiro— y me apretó contra el bulto de sus genitales sin dejar de sonreír, su boca ligeramente torcida en diagonal, mis ojos demasiado abiertos. Los pajarillos en las jaulas del pasillo armaron un gran escándalo y otra sombra pasó por el pasillo proyectándose sobre la revista caída: un gato negro. El chico se desabotonó el pantalón lo justo para que ahí mismo, mientras Patricia y su madre pagaban al maistro albañil discutiendo la conveniencia de resanar o no otras paredes afectadas, de hablarme o no de sexo y enfermos mentales, pudiera extender mi experiencia en materia de tocamientos impuros a otros cuerpos. Teoría y práctica, palabra y obra dándose la mano de forma tan cordial como inesperada, una mañana de sábado en la habitación de Patricia, cuando contaba yo catorce años y ya no tenía que rezar si no me apetecía, ni temer más el manicomio con que amenazaba mi madre, ni buscar culpables entre ella o mi padre para mis nacientes perversiones.
Luego de comer, cuando despidieron a los albañiles, yo acompañé a Patricia, su madre y ellos hasta la puerta.
—Tú me pareces conocido —le dijo Patricia al más joven que parecía tener los ojos hinchados como quien ha fumado más cannabis de la debida. El chico sólo sonrió como adormilado. Nunca pronunció palabra.
—No lo creo —intervino el mayor de los albañiles— Pasó casi toda su adolescencia en el sanatorio de San Juan de Dios, ¿sabe? Toma medicamento porque...
—¡El consultorio! —exclamó Patricia.
—¿Cómo dice?
La mamá de Patricia le dirigió a ésta una mirada severa.
—Nada, nada, sólo he recordado algo.
Patricia no me explicó nada a este respecto ni yo pregunté nada más. Una hora después, cerca del anochecer invernal, salí de su casa de vuelta a la mía atravesando, como siempre, el enorme parque lleno de prostitutas que me separaba de la parada de autobús. Pero algo había cambiado. En mitad del parque oscuro, donde los arbustos eran antes sólo sombras siniestras, mis ojos veían ahora animadas invitaciones irresistibles. Y ya nunca dejarían de verlas.

domingo, enero 22, 2023

Nubia

Ahora que he reunido una experiencia relativamente amplia en los terrenos de la enfermedad mental, he de darle la razón a Patricia, quien en su primera juventud —me parece que aún antes de que cumpliera dieciocho— fue recepcionista en el consultorio de un conocido psiquiatra de Ciudad Natal. En aquellos años y geografías —los primeros tan cercanos al origen del psicoanálisis que no había dado tiempo a que se volviera la moda pseudo-intelectual en que luego devino, las segundas tan periféricas que apenas les llegaban los atenuados ecos de lo que ocurría en Viena o Nueva York— no acudía al psiquiatra nadie porque se sintiera triste o desanimado, ni siquiera los que, con un último resto de conciencia, reconocían estar perdiendo la razón, sino sólo aquellos que, casi siempre con engaños y en contra de su voluntad, eran llevados por otros a los que ya habían hecho la vida imposible tras ensayar todos los remedios que la civilización ponía a su alcance: hablar, desde luego, pero también amordazar, encadenar, golpear a mano limpia o con la ayuda de cintos y tablas, duchar con agua helada, quemar con cigarrillos o encerrar en un corral como a un animal doméstico para facilitar la limpieza de orines y excrementos. De modo que los pacientes casi nunca acudían solos y, como es lógico, rara vez se trataba de adultos, habida cuenta de que la enfermedad mental suele manifestarse desde el final de la niñez y adquirir fuerza en la adolescencia, convenciendo paulatinamente a los familiares de la necesidad de encerrar a sus enfermos en manicomios o cárceles en vez de intentar curas imposibles que sólo causaban gastos enormes en medicinas y emolumentos. Pero mientras dicho convencimiento llega, sitios como la sala de espera al cuidado de una Patricia delgada y atractiva, con el cabello recogido en una cola de caballo, blusa y falda lisas sin estampados, solía estar poblada de padres e hijos, pacientes y cuidadores, sin que fuera fácil determinar a simple vista quién era el enfermo y quién la persona a cargo, los tics nerviosos deformando los rostros de unos y otros, las manos de todos —siempre había que vigilar las manos, le advertía el psiquiatra a Patricia— sobándose entre sí con desesperación u hojeando revistas sin parar, ya se sabe que la locura es contagiosa y desde luego hereditaria, no hace falta más explicación, acaso agregar con finalidades profilácticas que de nada sirve decir que la línea que separa a unos y otros es la de la funcionalidad, pues esta última palabra, moderna y pegajosa, desde luego inexistente en aquella época mucho menos dada a engañarse que la actual, no significa nada en un mundo que coquetea cada vez más con la irracionalidad y la estupidez, tan funcional el demente como el cuerdo, tan ilegibles las palabras de un político como las de un drogadicto con el cerebro fundido, aquella sala de espera constituía, inadvertidamente, una anticipación del mundo futuro. 
No duró mucho tiempo Patricia en aquel trabajo, acaso seis o siete meses, fue lo único que su madre autorizó para que ganara un poco de dinero antes de entrar a la Normal de Maestros, entonces la llevaba y traía del consultorio por temor a que se desviara del camino seducida por alguno de los vagos del barrio que frecuentaban el enorme parque lleno de prostitutas que había que atravesar en diagonal a las tres de la tarde —para mayor rapidez— y por las orillas a las ocho de la noche —para evitar un mal encuentro—; si su madre hubiera advertido a tiempo la naturaleza misántropa de su hija se habría relajado en relación con sus preocupaciones o acaso las habría tenido de signo contrario, animándola a tener novio desde mucho antes, pretendientes no le faltaban y aún los había muy educados o con mucho dinero, pero las cualidades físicas de Patricia eran tan atrayentes como disuasiva su inteligencia que acomplejaba a cuantas personas hablaban con ella, especialmente a los hombres que en ningún caso quieren ser menos que la mujer que pretenden, es así como mantienen la idea de que son todas inferiores porque se las buscan a modo, siempre más estrechas que ellos. Pero lo que desanimaba a sus pretendientes cuerdos persuadía a los pacientes del psiquiatra para el que trabajaba, pues sin importar la edad que tuvieran o el trastorno que les aquejara, todos mostraban un interés desmedido por su persona, como si intuyeran en ella la comprensión que se les negaba o, todavía peor, la consideraran una de ellos, interpretación que ella rechazaba observando que los locos no hablaban entre sí, 'pues ni siquiera se notan'. 'Si me tomaran por uno de ellos no se fijarían en mí', concluía poco convencida, sin por eso sentirse más cómoda cuando alguno de los visitantes empleaba sus manos en masturbarse para ella, en saludarle con la palma abierta una y otra vez acompañando el gesto con una sonrisa macabra, en arrojarle pedazos de tela o papel que arrancaban de donde fuera en un descuido de sus cuidadores, para llamar su atención. Ya en la entrevista que le hizo antes de contratarla, fumando un cigarrillo de olor vagamente picante, el psiquiatra le había instruido sobre la importancia de no llamar la atención de los pacientes de ninguna forma, ya fuese deliberada o inconscientemente: 'Hay que vestir colores neutros —blanco, negro, gris, el marrón ya es excesivo—, no llevar cadenas ni brazaletes ni aretes, no tener un peinado demasiado alto ni maquillaje, los zapatos que sean bajos y cómodos, como los de una enfermera, jamás dirigirse a ellos sino a sus cuidadores, no gastar bromas ni apenas comentarios que no tengan que ver con su registro y citas médicas. Y bueno, no perderlos de vista, sobre todo las manos'.
La primera vez que quiso renunciar fue al cabo de cuatro meses, pues acaso porque ya había superado la incomodidad inicial de tratar con enfermos mentales y sus familiares, o porque ya daba por sentado que no existía ninguna dificultad en poner en su sitio a niños hiperactivos o adolescentes famélicos con la ayuda de familiares enérgicos que no escatimaban en el uso de la violencia, no advirtió nada extraño en aquella pareja —madre e hijo, supuso— que se paseaba por el consultorio lentamente mirando las plantas y tocando las paredes para luego mirarla de reojo y sonreírle. No creyó necesario preguntarles quiénes eran o qué se les ofrecía, pues se sabía la agenda de memoria: en efecto, a las seis y media de la tarde estaba citado el niño de la Señora Wilbur, doce años, más o menos la edad del que ahora se paseaba junto con su madre por el consultorio, acercándose paulatinamente al escritorio de la recepción y sonriéndole de vez en vez con dientes muy separados. Patricia aprovechó para sacar del archivero el expediente del niño, confirmó los datos del registro, anotó la hora de llegada y dispuso otros papeles en orden cronológico; nunca leía diagnósticos ni las notas del psiquiatra, no tanto por guardar la confidencialidad del expediente como por temor de que conocer los trastornos de quienes ahí se daban cita pudiera minar su capacidad para lidiar con ellos. Levantó la vista y no encontró más a la pareja, pero entonces sintió que la tiraban fuertemente de la cola de caballo hasta hacerla caer al piso: ahora tenía al niño encima, riendo a carcajadas, mientras la mujer que lo acompañaba los miraba con indiferencia inclinando la cabeza como si tratara de reconocerlos. El psiquiatra salió de su oficina, alarmado por los gritos, pero ya preparado con una jeringuilla que no dudó en aplicar sobre el hombro del niño; éste aún tardó un largo minuto en soltar a Patricia, luego de lo cual ella pudo echarlo a un lado y ponerse de pie, recomponiéndose. La mujer seguía mirándolos con indiferencia, como si no comprendiera nada, acaso con un gesto de mayor confusión y desdicha. Entonces entró agitado el cuidador de ella, la mujer, quien era en realidad la paciente de las siete: 'he tardado en hallar dónde aparcar', dijo, 'el niño es sólo un hijo problemático al que no es necesario tratar'.
'Siento lo que ha ocurrido', le dijo el psiquiatra a Patricia al final de la jornada cuando ella le anunció su renuncia, 'pero no deberías alarmarte, es normal que algunas personas reaccionen así cuando se ven rodeados de gente con trastornos, no le des importancia. Déjame que consiga una nueva asistente en vez de irte así nada más'. Patricia aceptó, pero ni el psiquiatra buscó una nueva asistente ni ella preguntó nada al respecto, reanudándose su relación laboral con entera normalidad, si es que tal palabra cabe cuando los clientes escupen en el suelo, gritan, se cagan encima, se masturban o, como mínimo, se remueven en sus asientos gesticulando horriblemente. El psiquiatra aceptó colocar unas cadenillas entre la pared y el escritorio, muy discretas, de manera que Patricia tuviera al menos tiempo de defenderse si otro paciente intentaba llegar a ella por sus flancos. Patricia, a su vez, colgó un par de campanillas a cada lado para que, al sonar, le anunciaran que un intruso había invadido su área. No parecía necesario. Día a día, semana a semana, las cosas continuaron como de costumbre, ninguna campanilla sonó ni se retiró ninguna cadena, todo siguió igual con una salvedad: los pacientes le dirigían la palabra con más frecuencia en vez de limitarse a hacerle gestos más o menos obscenos desde sus asientos. Niños, adolescentes, los contados adultos que llegaban a la consulta, le hacían comentarios y, en algunos casos, entablaban conversaciones muy difíciles de desechar como simple coprolalia, pláticas que en virtud de su extraordinaria sensibilidad o inteligencia, ya fuera por estímulo o educación, la obligaban a contestar teniendo buen cuidado de no contradecirles o agitarles. Uno de esos pacientes era una niña rubia de doce años que empezó a venir acompañada de su padre todos los lunes, hacia el final de la jornada, siempre con un libro distinto en mano del que apenas apartaba la vista. 'Le gusta mucho leer', se sintió en obligación de explicarle a Patricia el padre, 'a veces no para más que para ir al baño'. El hombre y la niña, a diferencia de otros cuidadores y pacientes, parecían no solamente normales, sino encantadores, cultivados y serenos, verlos no causaba inquietud alguna, al contrario, producían confianza y sensación de orden. ¿Por qué estarían ahí? 'Leer es un buen hábito', se limitó a decir Patricia. La niña levantó la vista, sonrió:
—¿Cuál es tu nombre?
—Patricia.
—Yo me llamo Nubia. ¿Qué te gusta leer?
—Cuentos de aventuras. Pero estudio para ser maestra de matemáticas —dijo Patricia recordando al instante que no debía decir tantas cosas.
—Las matemáticas son fáciles —contestó la niña, sonriendo.
—Es lo que mejor hace en la escuela —terció el padre —Pero insiste en que son ordinarias, ¿lo ve?
—Lo son —completó la niña dirigiendo a su padre una mirada de ligero reproche, como si quisiera decirle 'no veo cómo no lo entiendes'; luego miró a Patricia, que empezaba a inquietarse, sonrió de nuevo y le explicó: 
—La parte más simple del cerebro es la que hace matemáticas. Yo he podido darme cuenta pronto. Yo ahora busco lo difícil.
Un tanto perpleja e interesada, Patricia quiso preguntar más, pero se abstuvo. Por toda respuesta sonrió y volvió a sus papeles. 'Quizá, después de todo, la niña sí está loca', pensó para sus adentros. Pero las conversaciones no cesaron.
—No deberías estudiar matemáticas —se atrevió a decirle la niña dos semanas después, mientras ella y su padre esperaban a que el psiquiatra los recibiera —Es una incongruencia.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Patricia sorprendida de escuchar una palabra así en boca de una niña.
—Porque eres inteligente, no una máquina. Porque tienes alma. Estoy segura de que lo sabes.                 
—Oh, ya veo. ¿Y qué debería estudiar entonces?
—Deja a la señorita en paz, Nubia, por favor —intervino el padre un tanto impaciente, se mesó la barba con la mano derecha, una sombra pareció oscurecer su rostro.
—Deberías ayudarme a resolver mis preguntas, que son difíciles.
Patricia se limitó de nueva cuenta a sonreír; el psiquiatra salió en ese momento, oportunamente, de su oficina, cigarrillo en mano. 'Ya pueden pasar', anunció. El padre de la niña se puso de pie con seriedad. No sonrió.
Entonces comenzaron las pesadillas. Ella se hallaba en el balcón de su casa, de niña, con la cola de caballo que desde entonces le hacía llevar su madre, jugando con sus muñecas, cuando de pronto aparecía ésta detrás de las cortinas, vestida de negro y con un velo de encaje del mismo color, diciéndole 'Tu abuelita ha muerto, mira'. Y señalaba con el dedo hacia la calle donde su abuela hacía un gesto de adiós con la mano y echaba a andar en dirección del templo. Patricia lloraba y le preguntaba a su mamá por qué, pero ésta ya había desaparecido del balcón. Reaparecía al poco tiempo para decir 'Tu padre ha muerto, mira'. Y ahí estaba en mitad de la calle su padre despidiéndose con la mano mientras ella lloraba. '¿Por qué, mamá, por qué?'. Pero su madre ya había desaparecido. El ciclo se repetía y, consciente de que estaba soñando, Patricia intentaba despertar en vano. Sentía que se ahogaba a cada nuevo personaje. 'Tu tía Concha ha muerto, mira', 'Tu hermano ha muerto, mira', 'Tu perrita ha muerto, mira', hasta que por fin lograba despertar cubierta en sudor, luchando por respirar, haciendo un esfuerzo por identificar en las sombras del cuarto los objetos familiares y no los monstruos que inexplicablemente presentía. Tenía temor de asomarse al balcón cuyo cuadro de luz, ovalado por arriba, se veía detrás de la cortinilla blanca a la derecha de la cama. 'Son sólo tonterías', se decía al cabo de unos minutos. Volvía a dormir.
Su rutina en esos días consistía en pasar la mañana ayudando a su madre en casa, repasar los cursos de matemáticas del bachillerato terminado hacía poco tiempo a fin de ingresar a la Normal de Maestros y acudir cada tarde al consultorio del psiquiatra a trabajar, acompañada por su madre de ida, acompañada por su madre de vuelta. Las primeras veces se reprochaba haber sentido miedo la noche anterior, las pesadillas ocurrían cada dos o tres días. Pero cuando ya se hubieron repetido tres noches seguidas, empezó a tener miedo de quedarse dormida. Decidió hablar con el psiquiatra de ello un lunes a mediodía.
—¿Le has dicho a tu madre?
—No. ¿Cree que deba hacerlo?
—Bueno, ella es la personaje principal del sueño. Si no le hubieras dado importancia al principio quizá se lo habrías contado como cualquier otro ¿no?
—No le di importancia. No sé por qué no se lo dije. Pero sé que ahora me da miedo hacerlo.
—Mira, no creo que esto sea importante. Te voy a dar un medicamento en gotas, no más de tres antes de dormir por favor. Es importante que descanses, que duermas bien. No te imaginas la cantidad de enfermedades mentales que se agravan rápidamente por no dormir bien.
—¿Cree que esto es una enfermedad?
—No, mujer, en absoluto, pero no queremos que lo sea ¿verdad?
Patricia sonrió, extrañamente aliviada.
Un poco antes de las siete y media de la tarde ya estaban la niña y su padre en la sala de espera. Ella se acercó con pasos largos y lentos hasta el escritorio y la miró con atención. Chupaba una paleta que, de momento, se quedó en su mano.
—Lo noté desde la semana pasada pero no he querido decirte nada. Pensé que se te pasaría. 
—Hola. ¿Cómo estás? —dijo Patricia algo distraída, deseando que aquella conversación no tuviera lugar. Ya había recogido sus cosas. Apenas entraran con el psiquiatra cerraría el despacho y se iría a casa. No deseaba esperar, como solía, a que acabara la última consulta para salir.
—Es la misma pregunta que yo me he hecho, ¿sabes? La que no responden las matemáticas ni la física ni la química.
—¿Pero tú sabes qué cosa es la química? ¡Qué niña tan inteligente! —dijo Patricia haciendo un guiño al papá que la miró sin devolverle la sonrisa.
—No seas condescendiente conmigo. No estás prestando atención. Estás teniendo los sueños...
—¡Nubia! —le espetó el padre muy serio.
—Pero papá, ¿no lo ves tú también? ¡Y quiere ser maestra de matemáticas! ¿Para qué?
Patricia tuvo un miedo instantáneo, agudo, que su curiosidad pudo domesticar a los pocos segundos despreciando finalmente las reglas del consultorio para hablar con la paciente. Se puso de pie, retiró la cadenilla a su izquierda causando un ligero tintineo de las campanas. Se acercó a la niña.
—¿De qué sueños hablas?
—Las preguntas son lo que importa, no los sueños. ¿Para qué vivimos? ¿Por qué nos morimos? ¿Y por qué no lo averiguamos de una vez? No sé qué hago aquí ni tú tampoco. Solías preguntarte estas cosas más a menudo. Como yo. Y mírate ahora: queriendo enseñarle a los niños a sumar y restar, a multiplicar y dividir... qué desperdicio.
—¡Nubia! —insistió el padre. —Ya fue suficiente. Le suplico que la disculpe, ella...
Patricia giró la cabeza hacia donde estaba el padre y se llevó tranquilamente el dedo índice a la boca en señal de silencio.
—¿Por qué me dijiste que estoy teniendo los sueños? ¿Qué sueños?
—Tú sabes bien de qué sueños te hablo. Pero los adultos no quieren contestar. No saben por qué vivimos. No saben por qué nos morimos. Tú ya preguntaste y no te dijeron. Estás preguntando de nuevo. Yo quiero saberlo.
—¿Tú quieres saber por qué morimos?
—Señorita —intervino el padre —por favor no le haga caso o me voy a ver en la obligación de...
—Déjela hablar por favor. Nubia, tú sabes algo, ¿quieres decirme algo?
—Pensé que tú me lo dirías. Pensé que me ayudarías —dijo la niña.
El psiquiatra salió en ese momento y Patricia no consideró prudente continuar: dejó que la niña y su padre se dirigieran al despacho del psiquiatra, pero todavía se giró Nubia súbitamente para gritarle:
—¡Esta noche iré a visitarte! ¡Yo podré contestarte!
El padre la jaló más firmemente y casi la levantó en andas. La puerta del despacho se cerró y ella salió a la calle tratando de disipar su malestar con una simple frase que repitió incansablemente como un mantra: 'La niña está loca'. Claro. 'La niña está loca'.
Su madre tardó un poco más de lo habitual en pasar por ella ese día. Ambas volvieron a casa rodeando el enorme parque lleno de prostitutas y depravados que a esa hora se adivinaban entre los matorrales. Al llegar a su calle, mientras su madre abría con dificultad el portón de la casa, Patricia miró hacia el templo cuya única torre se recortaba fuertemente contra el azul marino del anochecer. Creyó ver a alguien parado en mitad de la carretera, a lo lejos, pero entonces su madre la apuró a entrar. 'Ándale, niña, apúrate', le dijo. 'Pareces boba'.
Antes de dormir buscó en su bolso las gotas que le dio el psiquiatra. No las tenía. Vació el contenido del mismo y encontró la paleta de la niña pegada a algunos de los papeles que ahí guardaba. Salió al pasillo donde estaba el teléfono de la casa y, tratando de no hacer ruido para que su madre no viniera a preguntar qué hacía, marcó el número del consultorio sin saber muy bien qué iba a decir en el remoto caso de que le contestara el psiquiatra. Nadie levantó el auricular. Volvió a su habitación, trató de calmarse, se quedó dormida leyendo. Otra vez estaba jugando en el balcón de su casa, rodeada de sus muñecas, temiendo lo peor bajo una luz crepuscular casi ámbar como la que se pone en ciertas tardes de verano antes de llover, cuando previsiblemente apareció su madre detrás de la cortinilla blanca para anunciarle 'Nubia ha muerto' y señalarle con un dedo la calle donde, en efecto, la niña rubia aparecía toda vestida de blanco y gritando a todo pulmón: '¡Lo hice gracias a ti! ¡Ahora ya sé la respuesta!'. Empezó entonces a llover a cántaros y Nubia gritó emocionada levantando los brazos y saltando. El teléfono despertó a Patricia, de madrugada, pero no pudo levantarse a tiempo para cogerlo: su madre lo había hecho en su lugar. Oyó los murmullos de una conversación breve, una exclamación, finalmente los pasos de su madre acercándose con pesadez hacia la habitación para anunciarle lo que ya sabía.

viernes, diciembre 09, 2022

Otro fin de año

La primera vez que di clases de manera remunerada fue en la Unidad Guadalajara del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, en el verano de mil novecientos noventa y ocho, cuando yo aún era estudiante de maestría del centro y el Doctor Ramírez Treviño aceptó —quizá un tanto divertido— mi atrevida solicitud para impartir el curso propedéutico de matemáticas a los aspirantes al programa que yo estudiaba. El Doctor Guzmán, a la sazón director del centro, me entregó un cheque por una cantidad simbólica al final del curso de cuatro semanas que me estrenó como profesor, no sé bien si universitario porque todos los aspirantes ya eran ingenieros, físicos o matemáticos, no sé bien si de posgrado porque ninguno de los estudiantes estaba aún admitido en maestría.
Al poco tiempo empecé a dar clases bien remuneradas en distintas universidades privadas en calidad de profesor auxiliar, lo que significaba carecer de seguridad social y no tener obligación de estar en las instalaciones más que durante la impartición de mis cursos, una situación feliz que aproveché para leer muchísimo, pasear por la ciudad —casi siempre solo, aunque a veces con algún amigo— y disfrutar a mi pareja. Así transcurrieron casi cuatro años hasta que, persuadido de la necesidad de contar con más estudios para aspirar eventualmente a una plaza por tiempo indefinido, decidí hacer el doctorado en el extranjero. Esa decisión inició largos años de intermitencia en la relación con mi pareja, familia y amigos, pero también acabó con la felicidad que suponía vivir despreocupado de aspiraciones académicas y laborales, dedicado sólo al goce de cada función frente a auditorios cautivos. 
En efecto, con el doctorado quedó inaugurado un largo recorrido por las distintos estancos de la burocracia académica, una estructura gerencial que en poco o nada se parece a las ingenuas ideas que al principio tenía sobre el trabajo universitario. Me convencí de estar desnudo y, para vestirme, requerí un doctorado. Pero luego de éste seguí viéndome en pelotas y requerí más experiencia en el extranjero, una plaza en una universidad pública, la dirección de proyectos y tesis, la existencia de programas de posgrado, la interminable publicación de trabajos, el desempeño de jefaturas y coordinaciones, la traducción, en fin, de mis estadísticas en dinero constante y sonante bajo el eufemismo de reconocimiento público...  '¡Lo logré!', podría gritar entusiasmado. Lo logré... ¿Lo logré?
[...]
Dos de mi escritores más admirados han escrito algunas cosas relacionadas con la docencia y las universidades. Sus palabras no son las inanes cursilerías habituales que suelen ofrecerse en los discursos sobre el día del maestro. John Maxwell Coetzee dice, a través de un personaje suyo en Diary of a bad year:
'It was always a bit of a lie that universities were self-governing institutions. Nevertheless, what universities suffered during the 1980s and 1990s was pretty shameful, as under threat of having their funding cut they allowed themselves to be turned into business enterprises, in which professors who had previously carried on their enquires in sovereign freedom were transformed into harried employees required to fulfil quotas under the scrutiny of professional managers. Whether the old powers of the professoriat will ever be restored is much to be doubted.'
Y Javier Marías, en su artículo de prensa titulado Yo me divertiré, dice lo siguiente:
'Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menos libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías. Y así, se les permite siempre menos el uso de la imaginación y más les son impuestos el mimetismo y la uniformidad. Habrá quienes se sientan felices por ello. En todo oficio hay y ha habido gente rutinaria y perezosa, que prefiere saber a qué atenerse, no ya a diario, sino en su entera vida. Gente que sólo busca su seguridad y jamás aventura; reiteración y no riesgo; cómodas cortapisas y reglas que descarten el traicionero entusiasmo con que a veces se acometían las tareas en el pasado [...] Aún quedan personas que sí afrontan con imaginación y entusiasmo su trabajo cotidiano, y aun su vida entera que no quieren conocer ni vislumbrar así, entera, de antemano. Personas que recibirán las sorpresas con gusto, aun si no son muy buenas, antes que sentirse programadas hasta la eternidad. Tengo para mí que ese entusiasmo —que a menudo flaquea, cómo no— y esa imaginación —basta una modesta, un grano de sal— son especialmente necesarios en la enseñanza. No ayudan los tiempos, que poco alientan y recompensan a los docentes, en lo político, lo económico y lo social. Pero aún así, el primer precepto de un profesor para consigo mismo ha de ser: yo me divertiré [...] Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también.'
[...]
Otro fin de año con su sensación de recogimiento y contemplación. Otra vez los estudiantes que se esfuman como por arte de magia, la obra de teatro suspendida, los burócratas afilándose los dientes en la sombra, insaciables. No tengo idea de hasta cuándo viviré estos ciclos a los que voluntaria y decididamente me entregué en otra época —el mundo y yo mismo tan diferentes entonces que parece mentira que exista un hilo de continuidad que una aquel pasado con este presente—, pues en vez de resignarme al seguro envejecimiento y la presunta jubilación, acaricio la idea de escapar a la burocracia que, presupuesto de por medio, domesticó mis aspiraciones hasta convertirlas en desbocada carrera administrativa. ¿Es posible una operación semejante? ¿Se puede vivir sin enseñar cuando ya se ha enseñado toda una vida? ¿Se puede cambiar de actividad como si siempre se tuvieran veinte años? ¿O es que mi inconformidad —la de Coetzee, la de Marías— es resultado de una ingenuidad que no entiende que las universidades y sus profesores no tenían otra forma de vivir, que la situación actual es resultado de una mera adaptación? Lo ignoro. Pero mucho me temo que, de una u otra forma, tarde o temprano, tendré que averiguarlo. Y divertirme en el proceso, faltaba más... Consecuencias de la imaginación, supongo. O del espejismo. Las primeras, sí, pero también las últimas.

jueves, diciembre 01, 2022

Demostraciones

Un trabajo de meses con un estudiante de posgrado desemboca finalmente en un artículo científico que se envía a una revista especializada. El camino que llevó al mismo no ha sido todo lo limpio y recto que uno hubiese querido: hubo que proponer un tema de investigación sin conocer con precisión a dónde conduciría, hubo que enseñar al estudiante todo lo necesario para que al menos pudiera seguir instrucciones, hubo que aportar una idea original hasta donde puede permitirlo el propio conocimiento de todo lo que se ha hecho sobre el tema, hubo que desarrollar la idea asegurándose de su verdad y sentido, y, finalmente, redactar tomando en cuenta factores tan amplios como el público al que va dirigido, la calidad de la revista, incluso el nivel de detalle que permita mantener la claridad, pero también la economía, el rigor lógico, pero también la legibilidad. Probablemente hubo que incluir, por razones siempre desagradables, el nombre de uno o más individuos que no participaron en su elaboración: el de un estudiante que, a falta de trabajo propio para titularse, presentará éste como si lo fuera; el de un colega con el que uno se ve obligado a formar equipo porque así lo exige la administración, so pena de sanción económica; el de un científico senior, con mucha influencia, que no hace nada salvo apoyar con su nombre la carrera de los más jóvenes, abultando así, de paso, sus propias cifras para cobrar e influir más. El proceso de revisión que debiera durar tres o cuatro meses termina llevando nueve y, encima, con resultados negativos: el paper es rechazado.
Como el trabajo no pertenece al área de ciencias sociales donde las argumentaciones deben desarrollarse en lenguaje ordinario, ni al área de biología o medicina donde la verdad se establece con métodos estadísticos, sino al área de ciencias duras donde existe un lenguaje propio y riguroso llamado matemáticas y la verdad se establece con métodos deductivos, uno espera encontrar en el dictamen de los revisores —pares científicos que, como uno mismo, guardan la solidez y rumbo del área a través de sus revisiones— razones científicas que expliquen su rechazo. Dejando aparte el hecho de que no todo lo que es verdad es aceptable dentro de una revista científica (intervienen criterios cualitativos muy sutiles, incluso modas o tendencias meramente humanas), dejando de lado también la enorme cantidad de revisiones holgazanas o huecas —ya sean propicias o desfavorables, ambas inútiles— uno encuentra, ahí donde sí hay sustancia, que lo que a un revisor le resultó trivial al otro le resultó ininteligible, que lo que fueron detalles excesivos para uno eran insuficientes para el otro, que a pesar de que las demostraciones matemáticas con que se establecieron las verdades del artículo pueden seguirse, en principio, paso a paso con todo nivel de detalle, el salto de un paso a otro puede resultar imposible para un revisor y obvio para otro. No hace falta ser científico para experimentar esta frustración, pues se encuentra en el centro mismo de la experiencia humana, especialmente en la docencia. ¿Quién no recuerda a aquellos compañeros de escuela que no entendían la lección que a otros les parecía clara? ¿Quién no se ha dado cuenta de que, aunque en principio todo ser humano puede entender lo que sea, esto no es así en la práctica? Se dice que el conocimiento científico, a diferencia de otras formas de conocimiento, se distingue porque cualquier persona puede establecerlo siguiendo la ruta que permitió su establecimiento, es decir, que si estudias debidamente y usas tu capacidad de deducción, si haces los experimentos y sigues los métodos, lograrás establecer las mismas verdades —aun provisionales— de la ciencia. Desde luego nadie tiene la capacidad de verificar por sí mismo todas las verdades científicas aceptadas hoy en día, ni siquiera las de su minúscula área de especialización. Así pues, ¿qué significado tiene entonces hablar de demostración? Y todavía más, ¿qué quiere decir hablar de demostración matemática como si ello permitiera establecer verdades que no dependen de lo humano, verdades objetivas e incontrovertibles?  
Para entender mejor este problema, consideremos el hecho de que uno más uno da dos. Todos queremos creer que esta afirmación es una verdad independiente de los seres humanos, una afirmación que no está sujeta a votación, es decir, que no necesita el consenso de las mayorías —especializadas o no— para ser verdad. Lamentablemente no todas las afirmaciones matemáticas son tan simples. Enunciados cada vez más sofisticados se van formando como quien construye un edificio, de lo más simple (abajo) hacia lo más complejo (arriba), de modo que no haya afirmaciones sin sustento. ¿Por qué entonces las matemáticas superiores no están al alcance del común de los mortales si al fin y al cabo su soporte puede buscarse paso a paso hacia abajo en el edificio deductivo? ¿Por qué hay áreas que sólo comprenden un puñado de personas? Una de las razones está en el hecho de que, aunque en principio se puede, no todas las verdades se establecen con pasos de la complejidad de "uno más uno da dos", porque si así fuera los enunciados más avanzados llevarían muchísimos pasos para poderse establecer y las matemáticas no podrían avanzar al ritmo espectacular con que lo hacen. En otras palabras, en matemáticas como en otras ciencias, ha de hacerse síntesis para poder llegar más lejos, de manera que lo que costó mucho trabajo establecer es ahora el punto de partida de cosas mucho más profundas. ¿Cuál es el nivel de detalle correcto? ¿Queremos todo perfectamente desglosado de manera que la demostración de una verdad matemática de nivel secundaria consista en un libro entero de pasos de la magnitud "uno más uno da dos" o queremos las cosas tan simplificadas que la demostración de esa misma verdad sea una simple línea que diga 'it follows immediately by inspection'? Y es que, desde luego, aquellos con mayor capacidad de síntesis, los que mejor comprenden (palabra que hasta etimológicamente implica abarcar, rodear, cubrir), son quienes pueden ver lo que otros no pueden siquiera imaginar. Lo que desde luego nos lleva de vuelta al problema de la independencia del conocimiento científico con respecto a los seres humanos, es decir, al problema de la objetividad: "uno más uno da dos" es incuestionable sólo porque la mayoría lo entiende, pero cuando hablamos de lo que afirman sólo cien o cincuenta o veinte especialistas en el mundo, la objetividad se tambalea y parece depender fuertemente de esos seres humanos específicos que la dan por buena. Pareciera que, aunque en el mejor de los casos —por ejemplo, en matemáticas— la verdad es completamente independiente de los seres humanos, éstos no disponen de los medios para alcanzarla porque se enfrentan a dificultades logísticas —si no biológicas o físicas— insuperables. Y así, incluso para las cosas más puras, incluso limitándonos a lo presuntamente científico, todo mundo se conforma con sucedáneos de la verdad que establece una jerarquía muy de vez en cuando cuestionada, muy difícilmente evaluable: la verdad es aquello que un grupo de seres humanos calificó como tal por medio de lo que aceptó como demostración. O sea, la verdad no es necesariamente la verdad. Quizá nunca puede serlo. Confiamos en que los pares científicos de un área se autorregulen, pero —problemas éticos y filosóficos aparte— ¿cómo puede hablarse de pares en círculos cada vez más estrechos? ¿cómo cuando su número termina reducido a una sola vaca sagrada? 'Esto es cierto porque yo lo digo' sería una afirmación ridícula si no estuviera en el espíritu de algunas revisiones del artículo rechazado: de la ciencia al dogmatismo no hay más que un paso.
No vale la pena complicar esta discusión con el hecho de que esos cien o cincuenta o veinte especialistas específicos que son los únicos que entienden sobre cierto tema, son además seres humanos con familias, relaciones, sesgos, envidias, circunstancias, etcétera, lo que desde luego sería ingenuo creer que no afecta su trabajo sólo porque éste es de naturaleza científica. En efecto, por encima de las revisiones del artículo rechazado flotan estadísticas inquietantes: como la de hallar ideas similares publicadas casi simultáneamente, como la de toparse una y otra vez con los mismos nombres entre los autores publicados, como encontrar el camino allanado cuando se incluye un apellido ruso o francés en un artículo que, al no contar con él, se hace impublicable, como recibir la notificación del rechazo firmada por un colaborador de los dueños del área a quienes debe su nombramiento como editor asociado...
Pero ya se sabe: probabilidad no es lo mismo que verdad. Y lo hasta aquí escrito —faltaba más— no es en modo alguno una demostración.

domingo, noviembre 20, 2022

Cantinflas homoerótico

Con frecuencia he pensado en la forma en que los homosexuales de otros tiempos se las apañaban para vivir sus vidas, al principio plegándome al común prejuicio que supone que todo pasado fue represión y disimulo, luego poniendo en duda esa conclusión arrogante que mira hacia atrás desde una atalaya de superioridad construida con el mito del progreso. La persuasión de que la humanidad entera se mueve siempre hacia adelante, hacia algo mejor (lo que sea que eso signifique), así en lo científico como en lo social, así en lo tecnológico como en las ideas, está demasiado arraigada entre nosotros luego de siglo y medio de capitalismo y revolución industrial. Y, sin embargo, ¿no nos sirven los tiempos que corren —así sea la ventana mínima de nuestras vidas conscientes, desde que supimos que el mundo es mundo hasta que dejamos de comprenderlo, seniles— para liquidar la creencia de que todo mejora? ¿No habíamos desterrado para siempre la época de los irresponsables demagogos criminales luego de tanto Hitler y Stalin, de tanto Perón y Chávez? ¿No estábamos ya de acuerdo en la democracia y los derechos de las minorías? No, no lo estábamos. Nunca lo estaremos. Cuando todo parece encajar y levantamos la cabeza, cuando cae el muro o liquidamos en nutrida elección al dinosaurio, en esos momentos alegres, extáticos, confundimos la victoria con la convicción. Pero el mal sólo se repliega a las sombras y aún se disfraza para seguir azuzando y torciendo, tergiversando y confundiendo, el plazo que haga falta, paciente, insidioso, sutil, hasta que los tiempos propicios regresan y, ya sin temor a represalias ni censuras, descubre su rostro siniestro. 'Todo mal vuelve', creo haber leído en alguna parte. ¿Y quién que no sea demasiado nuevo en el mundo —o desmemoriado o terco— puede ponerlo en duda?
El matrimonio entre parejas del mismo sexo y la adopción de niños por parte de las mismas conviven con la política de cancelación que no sólo cose la boca de aquellos cuyas opiniones nos repugnan, sino que los sustrae de cualquiera que sea la actividad profesional que desempeñen, sin importar que ésta no guarde relación con sus opiniones ni cuán talentosamente se ejerza; las ambiguas libertades para el uso de drogas con fines recreacionales no obstan para que la más obtusa gazmoñería se despliegue en redes sociales por esos mismos que se dicen liberados: contra el aborto, contra éste o aquel aspecto de la sexualidad de las personas, contra la eutanasia o el libre comercio. Qué importa que hace casi doscientos años ya se dijera que 'sobre sí mismo, sobre su cuerpo y espíritu, el individuo es soberano': esta época les enmienda la plana a todas las anteriores y, desde la cómoda ilusión de originalidad que garantiza su ignorancia, desde sus pantallas y apps como las nuevas herramientas de linchamiento y exaltación que antes fueran piedras y hogueras en plazas públicas, desde la inopia intelectual y moral que los incapacita para discutir racionalmente y los obliga a tragar mierda para mejor mostrar su tolerancia, se erige, segura de sí misma en su absoluta indefensión cultural, en la emisaria de regresiones inacabables.
Por fortuna, el pasado que no borra ni dios aunque bien pueda permanecer ignorado o torcido, asoma de vez en cuando en formas que escapan a la edición de nuestros contemporáneos, tal es el caso de la película Soy un prófugo, de mil novecientos cuarenta y seis, donde Cantinflas interpreta a un conserje de banco al que se le acusa injustamente, junto a su compañero de trabajo Carmelo, del robo del mismo. En época tan retrógrada, tan objetivamente inferior a nuestra legislación gay friendly, con esa Revolución machista que fue la mexicana terminada apenas veinte años atrás, Cantinflas y Carmelo viven y trabajan juntos, duermen en la misma cama —acaso porque, como puede deducirse de su condición, son muy pobres—, planean la construcción de una casa donde seguirán reunidos aunque también se incluya a Rosita (a quien pretende Cantinflas) y se permiten una escena en que, dejándose llevar por la emoción del idílico futuro, Cantinflas recarga la cabeza en el hombro de Carmelo y éste a su vez le acaricia la barba mientras dice 'el contacto de tu piel me hace temblar de emoción'. Obviamente, Cantinflas 'pone en su lugar' a Carmelo cuando, saliendo de su ensueño, se da cuenta del equívoco. Lo mismo hace más adelante, cuando un couturier francés se demora acariciándole las solapas de un smoking que le está diseñando. 'Tiene Usted un cuerpo que es un poema', le dice el sastre. 'No me toque tanto', acota Cantinflas, quien nuevamente, luego de inevitables permisiones, 'pone orden' diciendo 'yo no hago trutru'. Y aunque, en efecto, la película se guarde de insinuar que Cantinflas hace trutru y deje en la ambigüedad la relación que guarda con Carmelo (¿es su compadre, su amigo, sólo su compañero de trabajo?), acaso el guionista o el director sí lo hiciera y, como tantos otros a lo largo de la historia, llevara a cabo pequeñas reivindicaciones personales aquí y allá aprovechando los márgenes de libertad de épocas mucho menos pretensiosas que esta, épocas en que, por ejemplo, la gente encendía cigarrillos donde fuera sin que se le afeara la conducta... 
En Soy un prófugo los vemos reunidos tranquilamente en salones y oficinas, en transportes y fiestas, echando humo con despreocupación, ignorantes, los pobres, de que las libertades ganadas bien pueden perderse más adelante, de que todo mal vuelve, de que nada —ni siquiera lo más lógico, lo más evidente— se consigue para siempre.

domingo, mayo 23, 2021

Instrucciones para morir

Como en otras ocasiones —aunque no demasiadas porque casi siempre su madre se ocupaba de ello— acepté hacerme cargo de la casa del doctor durante el par de semanas en que se ausentaría. Él viajaría junto con su madre hasta esa lejana ciudad del sur de donde vinieron y hacia la que expresaban opiniones contradictorias: favorables cuando alguien se expresaba mejor de la propia, negativas si oían quejas sobre cualquier otra. Yo, como empleado que era del doctor, estaba acostumbrado a lidiar con ese irritante hábito de llevar la razón a fuerza de contradecirme, una costumbre claramente heredada de su madre a la que él apenas soportaba de tanto que se le parecía, de modo que lo interrumpía más bien poco cuando daba instrucciones o explicaba asuntos. 'A primera hora por la mañana hay que dar a las perras el pienso; dentro del saco donde lo guardo hay una escudilla: esa es la medida. Debe llenarla y distribuir sus contenidos en los platos de cada una: el grande es para la perra pequeña, el pequeño para la grande. Cubra el plato grande hasta que no queden huecos, pero no acumule más pienso encima; el resto es para la grande y va en el plato pequeño. El jardín interior tiene cuatro macetas, un árbol y dos arbustos (uno por tierra de flores amarillas, otro al que llaman lengua de suegra). Antes de que anochezca hay que salir al patio, tomar la cubeta de donde beben las perras y verter el agua: un día en las cuatro macetas, otro sobre los arbustos (que están juntos); enseguida hay que llenar de nuevo la cubeta y volver a colocarla donde estaba para que las perras beban agua fresca. Los fines de semana hay que abrir durante media hora el grifo rojo inferior que está detrás de la lavadora: éste alimenta el extremo poniente del jardín exterior; el oriental hay que regarlo sacando la manguera verde que está dentro del registro del agua y abriendo el grifo correspondiente. Cuando la media hora haya transcurrido se cierran el grifo del registro y el rojo inferior del patio. Hay que asegurarse de que no corra más agua y guardar la manguera verde en su sitio. También una vez por semana, pero sólo por seis o siete minutos, hay que abrir el grifo rojo superior que está detrás de la lavadora: éste alimenta el jardín interior normalmente regado con el agua sobrante de las perras, pero necesitado de un refuerzo dirigido al árbol. En todos estos vaivenes debe asegurarse de llevar consigo la llave del patio, pues de lo contrario podría quedarse encerrado y verse obligado a llamar a mi ex-mujer: ella tiene llave del frente, pero puede estar ocupada en el trabajo y no poder atenderte hasta transcurridas varias horas. Además, como es lógico, preferiría no molestarla en absoluto. Las cortinas y persianas deben permanecer cerradas de noche para que no pueda verse al interior: no me gusta que los vecinos se enteren de mi vida y menos de que usted está aquí en sustitución mía. La casa es caliente y, en esta época del año, insoportable: puede usar todos los aires acondicionados excepto el de la biblioteca, pues el cambio de temperatura deforma la madera de las baldas y el papel de los libros. El aire acondicionado de la sala sólo funciona bien si la temperatura exterior es muy cálida, si la velocidad del aire se fija en moderada y si el ángulo de las laminillas se escoge lo más abierto posible; de lo contrario, el agua que expulsa se congela, deja de enfriar y se le oye crujir como si fuera a partirse en dos. Por supuesto hace semanas que ya apagué el calentador del agua, pero si ésta le parece fría para bañarse puede encender aquél. El refrigerador y las alacenas están surtidos: puede comer lo que guste. No reciba a nadie'. 
Me atreví a preguntar por la casa de su madre. ¿Querría que le echara un ojo también? ¿Alguien más la cuidaría? Luego de tantos años de vivir en Santa Teresa ni ella ni él tenían amistades ya no digo sentimentalmente significativas, sino siquiera conocidos que pudieran echarles una mano en pequeñas tareas como esta. Él se apoyaba en empleados que alguna vez dejaríamos de serlo. Cuando así fuera no nos tendría más confianza que a su ex-mujer a la que ya no sabía ni siquiera tratar sin sentir embarazo o nerviosismo. En mi opinión era cuestión de tiempo para que él y su madre quedaran completamente solos e inmóviles, atrincherados en sus respectivas casas de las que ya no podrían salir sin sentir la zozobra de que les hicieran una visita los abundantes ladrones y asesinos de Santa Teresa. Una muerte en vida. 'A eso iba, por supuesto, ¿de verdad cree que podía olvidarme de ese detalle? Haremos como de costumbre: la perra de mi madre se quedará dentro de casa (la mía, no la de ella, para que no tenga usted que desplazarse), ya sabe que ese animal vive en el interior, no en el patio como los míos. Ahí dentro habrá que darle de comer y beber, permitiéndole salir al patio varias veces al día para que haga sus necesidades. Es importante pasar un tiempo con las perras porque la presencia humana las ayuda a comer y a animarse. La perra de mi madre puede pasar una hora afuera, especialmente durante la mañana, para tomar el sol. No se lleva mal con mis perras, pero hay que estar al pendiente en caso de que se desconozcan, no vaya a ser que eso acabe en tragedia, ya alguna vez hace muchos años la introducción de un tercer perro en medio de un par que llevaba años conviviendo produjo una inesperada y horrorosa muerte, no quiero que eso se repita, ¿entendido?'. Asentí, pero enseguida levanté una mano como pidiendo permiso para hablar. 'Al final no me ha dicho nada de la casa de su madre', dije arrepintiéndome de inmediato por lo que seguramente sería un pretexto para sermonearme. El doctor no me defraudó: 'No sea impertinente. Le estoy diciendo que a eso voy. Tenga paciencia. Todo lo que estoy comentándole es indispensable y lleva un orden preciso. Son instrucciones que debe interiorizar perfectamente, haga de cuenta que va a suplantarme en algunos aspectos de mi rutina, los más exteriores y visibles, desde luego no en los profesionales y menos en los espirituales donde soy por supuesto insustituible. Como en otras ocasiones le animo a imitarme en la alimentación y el ejercicio, por ejemplo, a lo mejor para eso no necesita cualidades intelectuales, sino sólo morales, ¿tiene esas cualidades? Lo dudo: las pocas veces que ha venido he encontrado a mi vuelta el cesto de basura lleno de envolturas de comida rápida y los aparatos de ejercicio cubiertos de polvo. En fin, allá usted, quizá no le siente mal empezar a hacerse cargo de su persona. Pero vuelvo al punto: dejaré también un juego de llaves de la casa de mi madre para que vaya al menos una vez al día a comprobar que todo esté en orden. No hay mucho qué robar, ni allá ni aquí, pero lamentaría que se perdieran las cosas que para mí tienen un gran valor sentimental. ¿Sabe lo que es un valor sentimental?'
El día en que se fueron me instalé en la biblioteca del doctor con mi computadora, encendí el aire acondicionado y pasé largas horas absorto en videojuegos. La perra de su madre me vigilaba de forma inquietante haciendo extraños gemidos cada cierto tiempo, pero la ignoré largamente hasta que la saqué al patio. No parecía que sus gemidos tuvieran por causa necesidades fisiológicas. Seguí jugando por la tarde. Al anochecer recibí confirmación de que el doctor y su madre habían llegado a su destino, pero ya entonces creí percibir algo perturbador en sus palabras, acaso su brevedad poco común, casi enigmática, tal vez el empleo de una expresión desusada y, si se me apura, ilógica: 'En casa, fuera del tiempo. ¡Salud!'. Dormí mal esa primera noche, 'algo completamente normal', me dije, 'cuando uno se ve obligado a salir de lo acostumbrado'. Fui por la mañana a casa de la madre y encontré todo demasiado en orden. Me asustó el silencio dentro y fuera de sus paredes, como si los vecinos hubieran huido también. En la planta alta una vela aromática hacía que todo oliera vagamente a vainilla. El doctor había olvidado darme instrucciones para que regara las plantas de su madre, pero así lo hice de todos modos. El resto del día lo pasé en la casa del doctor pidiendo comida a domicilio y jugando videojuegos. No me interesaban los cientos de películas que guardaba en incomprensibles baúles ni las decenas de discos que podía escuchar en su reproductor, menos aún los libros de la biblioteca, muchos de los cuales ni siquiera habían sido sacados de su envoltura plástica. 'Menudo payaso', me permití pensar cuando reparé en ello. Me extrañó que el día transcurriera sin más mensajes porque tanto él como ella eran lo suficientemente obsesivos como para permanecer tranquilamente a mil kilómetros de distancia de sus respectivas casas sin informarse, aunque sólo fuera sucintamente, del estado de cosas o posibles novedades que hubieran ocurrido. Me alcé de hombros. 'Ya se comunicarán', pensé. 
Pero no lo hicieron al día siguiente ni al otro ni al otro. Yo empezaba a hartarme de la rutina cuando al quinto día alguien llamó a la puerta. Era la ex-mujer, con cara de asustada y cierto desaliño indumentario. Cuando le pregunté en qué podía ayudarla, limpiándome la grasa que me habían dejado las rebanadas de pizza en los bigotes, ella respondió con otra pregunta: '¿está todo bien?'. Me desconcertó que me preguntara eso y así tardé unos segundos en responder, asintiendo con la cabeza pero sin poder pronunciar las palabras que finalmente solté: 'sí, sí, todo bien, todo normal'. Pero en cuanto respondí esto pensé para mis adentros que las cosas no estaban bien y que en realidad distaban mucho de ser normales. Me poseyó una necesidad inmensa de decírselo y corregir así mis tranquilizadoras palabras anteriores, una compulsión contra la que al mismo tiempo luchaba advirtiéndome que decir cualquier cosa podría inquietar a la ex-esposa y causarle indirectamente un gran disgusto al doctor, que probablemente se vería obligado a lidiar con ella por haber sido contactado con este pretexto, todo por mi causa, por mi paranoia injustificable y precipitada. Ella me interrumpió antes de que me decidiera a cambiar mi respuesta: 'La manutención de las niñas debió depositarse hace cinco días y no puedo contactarlo. Hazme el favor de decirle que no estoy para bromas. Él conoce sus obligaciones y no quiero volver a verlo en los tribunales. Adviértele por favor, que no estoy nada contenta de que se esconda. A ti te escuchará, por lo menos sentirá vergüenza frente a ti, él que siempre se las da de recto y moral frente a todo mundo. Díselo. Yo tengo que irme ahora, pero volveré mañana y entraré a cobrarme por la mala si él no dice nada, ¿de acuerdo?'. No esperó a que le contestara. Subió a su camioneta tan furiosa como si hubiera hablado directamente con su ex-marido y todavía desde las ventanillas traseras vi a las niñas decirme adiós con la mano. Era urgente contactar al doctor.
Esa tarde llamé un par de veces a su número y otro par al de la madre. En ambos daba tono como si estuvieran sonando, pero nadie los cogía. Por la noche lo mismo. En la madrugada me sobresaltó el timbrazo del teléfono fijo y me golpeé con algún mueble antes de ubicarlo y cogerlo. '¿Diga?', pregunté sin entender bien a bien qué estaba pasando. Hacía un calor horrendo y comprobé palpándome el pecho que estaba empapado en sudor: el aire acondicionado estaba apagado. '¿Diga?', repetí mecánicamente para recordar entonces que ni el doctor ni su madre se habían comunicado desde hace casi seis días. Entonces desperté del todo y agucé el oído: '¿Doctor? ¿señora? ¿sí? ¡diga!'. Pero nadie respondía, sólo se oía la estática como un monótono crepitar interminable. Percibí entonces una respiración del otro lado de la línea, forzada, casi muda. Claro que me escuchaban, pero quienquiera que fuera había decidido no hablar. 'Hable por favor', insistí ya sin mucho ánimo, tratando de calmarme. Aunque habituado a la obscuridad, quise encender la luz, pero no había energía. Comprendí entonces por qué el aire acondicionado estaba apagado. Me parecía que todo lo deducía demasiado lento e imaginé al doctor llamándome obnubilado por ello, una de sus palabras favoritas. Colgué. Tardé casi una hora en conciliar el sueño, temiendo que volvieran a llamar, pero no lo hicieron. Por la mañana comprendí que era urgente ponerme en contacto con el doctor o con su madre, pero no tenía más a la mano que sus números de móvil. A diferencia de ayer, los teléfonos ya no sonaban: mandaban directamente a buzón, como si estuvieran apagados. ¿Qué estaría pasando? ¿Y qué le diría a la ex-mujer por la tarde cuando volviera?
La ex-esposa no volvió. Empecé a revisar noticias en el Internet para ver si me enteraba de algo, pero no tuve suerte. Volví a dormir mal, a pesar de que los aires acondicionados funcionaron correctamente y de que nadie interrumpió mi sueño con llamadas telefónicas. Soñé que me hallaba en casa de mi madre, donde vivía con mis hermanos. Celebrábamos la fiesta de cumpleaños de una hermana que no tengo. Cuando cortaban el pastel se escuchaba un chillido, como si el pan se quejara de ello. Volvían a insertar el filo y vuelta a escuchar el horrible lamento. Mis hermanos y mi madre nos mirábamos sin entender. La hermana que no tengo no dejaba de sonreír como si nada ocurriera. Cuando separaron la primera rebanada el chillido del pastel fue escandaloso y me desperté. La perra de la madre aullaba en un rincón como si la torturaran y encendí la luz de la mesita de noche, horrorizado: el animal estaba soñando moviendo las patas traseras como si convulsionara. Lo desperté y aproveché para sacarlo al patio, pensando que el susto no tardaría en reflejarse en sus esfínteres. Cuando abrí el patio y encendí la luz las otras dos perras se hallaban pegadas a la pared del fondo, despiertas, como esfinges que miraban hacia la puerta. Un escalofrío me recorrió el cuerpo a pesar de que el calor de la noche, afuera, era tan insoportable como el de cualquier otro verano en Santa Teresa. No entendía nada, pero ya estaba seguro de que algo estaba ocurriendo, de que estaba recibiendo señales aunque no supiera leerlas. No soy supersticioso, pero acaso por creer en dios el doctor habría juzgado mi actitud como igualmente injustificable y primitiva. No tendría que esperar demasiado para saber de qué se trataba.
Al día siguiente, luego de desayunar y de intentar en vano que cogieran los teléfonos a los que volví a llamar, revisé de nuevo las noticias en internet en la esperanza de enterarme de algo. Y en el portal de un diario local amarillista, pésimamente redactado (incluso para mis criterios), acompañada de tres fotografías bastante gráficas y desagradables (incluso para mi morbo), apareció la nota en que se daba cuenta de un accidente mortal ocurrido dos días antes, de madrugada, en una carretera bastante alejada lo mismo de Santa Teresa que de la ciudad del sur a la que el doctor y su madre habían viajado, entre el carro ocupado por éstos y un lento camión sin luces en cuya parte trasera se incrustaron perdiendo la vida al instante y reduciéndose a cenizas en el poderoso incendio que siguió al impacto. Aturdido, sin saber qué hacer, sentí la pata de la perra de la madre en un costado, la forma que ella tenía de pedirme que le abriera la puerta del patio para hacer sus necesidades. 'La vida continúa', creo que pensé entonces gracias a la intervención del animal, aunque no le hiciera demasiado caso. 'Habrá que esperar a que llegue la ex-mujer para ponerla al tanto de todo. El doctor debió darme su número, debió prever las cosas. ¿Qué estaba pensando? ¿Y qué diablos estaban haciendo tan lejos de donde se supone que debían estar? ¿Y por qué tan tarde? O tan temprano. Me temo que tendré que pasar más tiempo del que yo hubiera querido cuidando esta casa. Y la de la madre. Las plantas, las perras, los aires acondicionados, el pienso que se acabará pronto y la comida del refrigerador que no he tocado y se echará a perder. Qué fastidio. ¿Qué se hace en estos casos?'. Como no me moviera a pesar de la insistencia de la perra, la noción del tiempo momentáneamente perdida, la vi de pronto orinando en un rincón del comedor, algo apenada de tener que aliviarse en ese lugar tan inadecuado. Reaccioné por fin. Me fui a la biblioteca, prendí el aire acondicionado y la computadora, me puse a jugar en espera de nuevas instrucciones. El termómetro llegaría ese día a los cuarenta y dos grados.

domingo, mayo 16, 2021

Contra la escuela

Luis Gala no soportaba las fechas convenidas para la celebración de gremios o condiciones civiles, pero la que más le irritaba era sin duda el Día del Maestro. Como su amigo más cercano en aquellos pocos años posteriores a mi divorcio, tenía que sobrellevar sus invectivas sin dejarme envenenar demasiado por su pesimismo; ya tenía yo, después de todo, mis propios abismos para torturarme, manantiales de aguas negras sobre los que a veces escribía pero casi nunca hablaba, siempre más fácil ocuparse de lo que no nos concierne e incluso de lo que, afectándonos, es impersonal y se disfraza de objetivo: el rumbo de la política, los extremos meteorológicos, desde luego el trabajo como la expresión más expuesta y visible de nosotros mismos.
—¿Has visto lo que han puesto? Es que ni siquiera se toman la molestia de pensarlo: toman el mismo texto del año pasado y lo reenvían mecánicamente a toda la universidad. Menudos imbéciles. Las mismas ñoñerías. Las mismas idioteces sentimentaloides. Falsas, encima. ¿No es suficiente con humillarnos todos los días en el trabajo para que encima tengan que obligarnos a recibir sus felicitaciones?
—No te entiendo, Luis. Si te felicitan está mal, pero si no lo hicieran ¿también? ¿O es el contenido de las felicitaciones el que no está a tu altura? ¿Y cómo vas a medir su sinceridad? Es ridículo. A nadie le hacen daño estas tonterías más que a ti. ¿No ves que es una convención como la de dar los buenos días o despedirse civilizadamente? Las empresas felicitan a las secretarias en su día; los hospitales a sus enfermeras o médicos. Ay de ellos si no lo hicieran, te lo aseguro, aunque todos se quejen de los felicitadores. Y si de todas maneras queda el propio trabajo como humillación ¿a qué esperas para largarte?
—Esa última pregunta se parece al ultimátum que capitalistas voraces y gobiernos autoritarios han dado siempre a sus víctimas (ellos dirían beneficiarios) más reluctantes: si no te gusta, lárgate. Sí, claro, ¡porque tú lo digas! No, hombre, ellos no son dueños de nada: nosotros hacemos el trabajo. Somos nosotros los que deberíamos fijar sus términos, los que deberíamos exigir que las convenciones, aún siendo tales, eleven su calidad y sentido...
—¿Pero de qué estás hablando? ¿Quién espera que los mensajes de Día del Maestro tengan sentido? Se necesita ser muy imbécil o ingenuo para esperar eso de una convención social, ¿no acabo de decirlo? 
Luis fingió sentirse ofendido pero se le quería salir la risa. Estábamos en la cafetería oriente que a esas horas de la mañana tenía pocos estudiantes en las mesas. Yo tenía ganas de salir a fumar, pero como nunca he sido un buen fumador y en días pasados había excedido mi cuota de tres cigarrillos diarios, quería abstenerme. Pensé en lo bueno que sería ser un fumador de verdad, el vicio ideal para escribir mejor y reflexionar con más lucidez en mis largas soledades, sin mi mujer ni las niñas, reintroducido involuntariamente en la vida de soltero que alguna vez creí abandonada para siempre. 'Pero en esta época ya no hay fumadores así, sólo me esperarían los dedos y dientes amarillos, el enfisema o el cáncer'. Me sonreí lastimosamente.
—Estás domesticado, colega. Eso es lo que pasa contigo.
Levanté la vista, casi había olvidado que Luis estaba ahí. Un grupo de estudiantes entró a la cafetería haciendo escándalo. Decidí llamarles la atención. Bajaron la voz.
—¿Ves? —continuó Luis —Te has acostumbrado a participar de toda esta mierda. Eres un buen maestro, sin duda, pero no porque enseñes nada sino porque te alquilas como cuidador de niñatos, como funcionario del Estado y el Capital para mejor conseguir sus objetivos: adocenar y uniformizar, domesticar y conducir, llevar a los productos que vomitan las muchas familias de este país desde sus núcleos de gazmoñería y estupidez hasta los patios industriales y las oficinas. Llevarlos a la explotación, ¿ves? Hace ya mucho tiempo que las universidades dejaron de ser los lugares donde se privilegia el conocimiento: ahora son sólo una empresa más gobernada por funcionarios y gerentes. Qué digo 'sólo', son quizá la empresa más importante para mantener el sistema.
—¿El sistema? ¿capital y explotación? Querido Luis, ya no es el siglo diecinueve. El comunismo pasó de los libros a los gobiernos y de ahí a la historia. No hagas que tire el café de la risa.
—A veces me sorprende tu ingenuidad disfrazada de malicia. ¿Cómo puedes siquiera dudar de la existencia de un sistema? Vamos a ver, al menos estarás de acuerdo en que el mundo se ha organizado de cierta manera desde la Revolución Industrial, ¿no? Asfixia del oficio independiente a manos del trabajo en serie, privilegio de la especialización en contra de la autosuficiencia, productividad y utilidad como valores supremos... en fin, la instalación de un tiempo cada vez más acelerado contra el tiempo del hombre, ya sabes... Para mí ese es el origen del sistema: los casi doscientos años transcurridos desde entonces no han hecho sino perfeccionar la maquinaria, a pesar del comunismo del que no soy partidario, que quede claro, aunque el de los libros y el de los gobiernos sean dos cosas completamente distintas. ¿Y qué papel jugó la escuela en convertir el mundo de antes en el mundo de hoy? ¡Uno bien gordo!
Me costaba trabajo mantener la atención, ocupado como estaba en mirarles las piernas a los estudiantes, pensando en las de mi mujer que ahora disfrutaría algún otro. Me revolví en mi asiento, me dirigí a Luis más por disipar mi excitación que por continuar una conversación que me parecía ridícula:
—Ya veo por dónde vas, pero tus argumentos no se sostienen. ¿De verdad crees que el tiempo anterior a la Revolución Industrial era mejor? ¿No era ese un tiempo habitado por una minoría de aristócratas ilustrados y una mayoría de siervos analfabetas semi-esclavizados? ¿Ese es el que llamas el tiempo del hombre sólo porque no había automóviles, se dependía del propio trabajo para comer y se moría a edades mucho más tempranas? Pues bueno... No voy a mentirte: prefiero la acelerada mediocridad del tiempo moderno. Ni siquiera somos obreros, Luis, no veo de qué te quejas.
—Y debo suponer que los tiempos que corren no tienen aristócratas ilustrados ni esclavos, ¿verdad? ¡Pero qué ingenuidad! Que los privilegios de sangre hayan sido reemplazados por los del capital y que los que antes araban las tierras del señorito ahora pasen embrutecedoras jornadas de trabajo frente a la línea de producción de una maquiladora, no cambia nada. La ciencia y la tecnología habrán traído más tiempo a la vida de las personas, pero en ninguna forma una mayor calidad de vida. Qué tontería. En todo caso ese no es el punto principal de lo que estoy hablando...
—¿Hay un punto principal? ¿Es mejor que esos tobillos?
Luis Gala era salaz. Inmediatamente cambió su indignación por una sonrisa turbia que mostraba todos sus dientes y miró en la dirección que le señalaba.
—Hostia —dijo en voz baja —no me distraigas que sabes que tengo mis vicios.
—Qué suerte tienes, Luis. Yo hace tiempo que no me acuesto con nadie.
—Puedes hacerlo conmigo.
—No digas idioteces, cabrón. Me recuerdas los versos de Novo: 'qué puta entre sus podres chorrearía...' Mejor continúa con 'tu punto', vaya risa.
—Tú sabes que originalmente quien quería aprender un oficio acudía al taller de un maestro. Por donde se vea, ese era el modo legítimo de aprender algo: si te interesa, vas con quien sepa. Cero escuelas. Sólo trabajos y talleres. De todo tipo ¿eh? No sólo de cosas prácticas como la herrería o la confección de ropa, sino también artísticas como la pintura o científicas como la astronomía. Ir con quien sabe ¿no es eso lo correcto? Está incluso en la esencia del capitalismo que al parecer tanto defiendes: dejar que sea la ley de la oferta y la demanda la que gobierne las relaciones.
—Yo no defiendo el capitalismo, Luis, no seas idiota. Es que ya no hay otra opción. Todavía más: las otras son siempre peores.
—Esa es otra discusión. Digamos de momento, que no hay un capitalismo, sino muchos. Y date cuenta de que aquel del que hablo, el incipiente, era mucho más justo, armónico y respetuoso del mundo que su monstruosa versión contemporánea. La universidad es una creación del Medievo, pero durante siglos mantuvo la esencia de un taller en el que se aprendían oficios. Esto terminó con la Revolución Industrial y se pulverizó tras las guerras mundiales. ¿Qué cambió? Las escuelas se volvieron burocracias, fábricas de productos en serie, máquinas expendedoras de títulos. Las burocracias son impersonales: ya ningún estudiante va a aprender nada con nadie, sino a escoger al proveedor de su certificado. El reino del qué, no del quién. No importan los maestros (son indistinguibles), no importan los estudios (cada vez más diluidos), no importan las competencias (sólo el permiso que otorga un título). La cereza del pastel fue el desplazamiento de los catedráticos por una gerencia de profesionales de la educación que no dan clases, pero dirigen, no enseñan nada, pero dictan, no tienen ninguna curiosidad científica ni docente, pero cobran por administrar a las escuelas como empresas a la búsqueda de más clientes. Y en esas estamos...
—El acceso a la educación por las mayorías es una conquista de este tiempo que criticas. Es natural que dar a muchos lo que sólo era para pocos trae aparejado un precio: en calidad, en administración, en uniformidad. No puedes esperar que en medio de esta densidad demográfica la atención siga siendo personal. Es imposible e indeseable: gracias a los planes de estudio y las certificaciones, gracias incluso a las burocracias, podemos mantener un mínimo estándar. Si lo haces depender del arbitrio de los maestros a quienes acuden los estudiantes atraídos por su fama y la excelencia de sus obras, como si esto fuera el siglo diecisiete, pues todo se cae: los aspectos más sobresalientes de nuestra civilización requieren especializaciones y trabajos en serie que no pueden llevarse a cabo en un taller de artesanía. ¿O subirás al avión salido del atelier de un gran maestro y sus alumnos? ¡Qué bobadas dices!
—Eh, cuidado, que me haces reír descontroladamente. No enredes las cosas: los aviones no se hacen en las universidades, sino en las industrias. Las escuelas enseñan principios. Cosas difíciles. No se ocupan (no deberían ocuparse) de fabricar objetos en serie, aunque los burros que las dirigen hoy en día crean que deben ser centros de capacitación para la productividad, una especie de ensayo de la vida de satisfecha explotación que llevarán los estudiantes al cabo de unos años más entre sus aulas...
Una repentina bruma de melancolía me cubrió entonces, luego de que nos interrumpiera un grupo de estudiantes que nos saludó para luego formarse en la creciente fila de la cafetería. Cuando me contrataron en la universidad pensé que aquí me jubilaría, que junto con mi mujer tendría una larga vida de amor y conocimiento, que veríamos a nuestras niñas crecer hasta que fueran a estudiar una carrera, probablemente aquí mismo donde me hallaba. Pero hace años que estaba solo y seguro de estar posponiendo el momento de irme. En el fondo coincidía con Luis. O incluso iba más lejos que él, hasta por razones personales convenientemente disfrazadas de opiniones objetivas.
—Comprendo lo que me dices, Luis, no creas que no. Quizá sólo me faltan fuerzas para expresarlo por no encontrar sentido en hacerlo si no puedo tampoco tomar ninguna acción. ¿Irme de aquí?  ¿Para qué? ¿Para ir a parar a otra escuela? ¿Abandonar del todo este negocio de educar? Un negocio que no es mío, por cierto, del que soy apenas un empleado de la línea de producción, como dices... ¿te importa que salgamos a fumar?
—Vamos.
Salimos de la cafetería y luego de la universidad. Diez años atrás, cuando me contrataron, aún se podía fumar en las jardineras del campus. Hoy no. Detrás de la verja, frente a la calle poblada de autos, pensé en lo raro que era en mis tiempos que un estudiante se presentara a la universidad en automóvil; hoy, en cambio, faltaban espacios dentro y fuera para acomodarlos a todos. Saqué mi cajetilla, le di uno a Luis y continué.
—Sí, ya lo creo que te entiendo, aunque no coincida del todo. Odio ser maestro, ¿sabes? No porque no me guste enseñar y no sólo porque comparta tu opinión de que nos dirigen burócratas infames y hombres de negocios, no sólo porque la mayoría de los maestros son gente sin oficio ni beneficio, idiotas que no consiguieron un trabajo decente en la vida por incompetencia o lenidad y que también, cómo no, son pésimos dando clases (cuando las dan), no sólo por todo esto que ya sería bastante (imagínate lo que es levantarte cada día pensando que estás en el mismo grupo que toda esa fauna, dios santo; felicitado o denostado por padres de familia que creen a sus perversas criaturas talentosas; animado por deprimentes funcionarios laicos a mantener los valores más ranciamente católicos; increpados por estudiantes bovinos que exigen nuestra más completa aquiescencia para con sus falsos propósitos e inexistentes virtudes), no sólo por este horror y esta barbarie a la que cada quince de mayo adornan con beaterías asquerosas ('sembradores de futuro', 'ardua y noble labor', 'predicadores con el ejemplo'), sino sobre todo porque el acto didáctico en sí mismo constituye la forma de relación más contraria a la adultez que pueda existir, una de las más intolerablemente infantiles y cretinizantes, que suspende por el tiempo que dura la payasada de una clase el trato igualitario que demanda toda relación entre hombres para sustituirla por una vertical entre guiñapos. La puesta en escena de esta ridiculez incluye tolerar a quien se empeña en contestar preguntas que no hemos formulado con respuestas que no sabe y finge saber; incluye también la aquiescencia y reconocimiento del público sujeto de la así llamada enseñanza, acostumbrado a simular con escasa credibilidad un interés que no tiene a cambio de recibir, luego de años de repugnantes bajezas, el certificado que como dices le autorice a ser explotado por industrias o empresas. Con justa razón la mayoría de las personas huye de la escuela tan pronto como se hace adulta, pues nadie es amigo de quien todo el tiempo adopta un tono pedagógico. Es muy tarde para nosotros, Luis, pero si pudiera volver a vivir mi vida quizá aprendería cuanto antes un oficio y me dejaría de tonterías. Sé que no podría ganar lo mismo, por supuesto, pero lo que me faltara en el bolsillo lo ganaría en libertad. Una libertad adulta...
—Vaya —dijo Luis Gala con los ojos muy abiertos —qué guardado te lo tenías ¿eh? Me dejas de una pieza...
—Este cigarro me ha sabido a tierra. Cinco minutos para la quema... debo pasar por el cubículo. ¿Tú no tienes clase?
—Hasta la tarde.
—¿Qué harás?
—Matar el tiempo, ya sabes.
Apuré el paso. Se hacía tarde.