domingo, junio 11, 2023

Mea culpa

Dear Lord Martin:

Este domingo, como muchos otros de esta edad incierta que habitamos donde no podemos llamarnos más jóvenes (a menos que se haya crecido en la Europa Occidental donde, según tengo entendido, la adolescencia termina ahora pasados los cuarenta, gracias a la mal tolerada inmigración que se ocupa de las tareas más innegablemente adultas y a los distintos Estados de bienestar que administra el Cuarto Reich con gran sentido de la responsabilidad histórica), ni podemos llamarnos aún ancianos por mucho que nuestro espíritu crítico así lo exija, me he despertado luchando contra el frecuente agobio que me atormenta un día sí y otro también, pero mucho más en los cruentos fines de semana cada vez más largos en este remoto "oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento" que es Santa Teresa, en pleno transcurso de la inequívoca época de las tinieblas por la que atraviesa el mundo, y que consiste —el agobio— en el continuo, insidioso y multiforme conjunto de reproches que me hace mi cabeza por la pérdida o alejamiento, irresoluble malentendido o abierta condena de todas mis antiguas parejas y todos mis familiares, todos los amigos que parecían serlo sin caducidad pero no lo fueron, la totalidad de colegas y subordinados, meros conocidos y hasta anónimos dependientes de algún establecimiento a los que bastaron escasos segundos para apartárseme como de la peste.
Tal unanimidad de juicio (cuando el juzgador no es tan estúpido o hipócrita como para hacer pasar por mera opinión lo que en realidad es la convicción de su superioridad moral), tal concordancia en la disposición hacia mí como resultado de los muchos años de desplazamientos geográficos, reacomodos laborales, agresivas expansiones profesionales de las que se beneficiaron casi todos, etcétera, no producen normalmente ningún efecto en quien desde niño disfrutó más que cualquier otra cosa estar solo, quizá a imagen y semejanza de mi madre quien fue a su vez condenada al ostracismo por quienes más sacaron provecho de sus ingentes esfuerzos, quizá a imitación de la mayor de sus hermanas que aguantó hasta la demencia la negativa del mundo a plegarse a su sentido del bien y el mal. Estar solo, sin embargo, no es lo mismo que no tener compañía, del mismo modo en que ser solitario no es lo mismo que vivir en soledad. Con el príncipe de Saurau he de decir que "estoy construido totalmente en contra de la realidad" e igual que él he de ofrecer como prueba que "cuando estoy solo tengo ganas de estar acompañado, cuando estoy acompañado tengo ganas de estar solo", pero además, y esto es definitivo, que "durante decenios me he esforzado por hacerme comprender, Durante toda mi vida lo que me ha devorado ha sido sólo el esfuerzo por hacerme comprender. El tiempo que vivimos no basta evidentemente para hacerse comprender".
De modo que he fracasado, Lord Martin, porque ni me he hecho comprender ni, como resultado de mis variadas interacciones, he podido comprender a nadie. O, lo que es peor, he comprendido muy bien y es esa comprensión la que ha hecho a los demás poner pies en polvorosa, uno a uno, hasta que la geografía o el agotamiento de mi persona como fuente de ganancias —profesionales, culturales, económicas, aspiracionales— los hizo prescindir de mi persona. También sucede quizá que ellos comprendieron muy bien desde el principio mis debilidades y se avinieron a mis proyectos mientras convino a sus intereses, seguros de que a pesar de mis métodos universalmente calificados de violentos e intrusivos, de irrespetuosos y mordaces, tenía la virtud de ser confiable y predecible por atenerme a un anticuado código de conducta que haría palidecer de vergüenza a las más abstrusas normas de la Bella Universidad Fascista donde, por llamarlo de algún modo, estudiamos.
¿Por qué entonces siento, en "domingos desterrados del infinito" como este, que les he quedado a deber? ¿Por qué me culpo una y otra vez de su alejamiento o pérdida, del irresoluble malentendido o la abierta condena de todos ellos? ¿Por qué vuelvo una y otra vez a los momentos de desavenencia o desencuentro, a las circunstancias casi siempre horribles que revelaron su verdadero rostro (cuando las intenciones verdaderas se mantuvieron ocultas por largo tiempo hasta que un mal día afloraron) o que, de forma menos dramática, desenmascararon sus nuevos puntos de vista porque al fin y al cabo las personas no son siempre las mismas? ¿Por qué ensayar una y otra vez las palabras dichas en fechas cada vez más remotas en la esperanza de conseguir otro efecto en el inexistente tiempo alterno —la "negra espalda del tiempo"— del "hubiera"? Es inútil. Cualquier moderno me aconsejaría concentrarme en el presente y en quienquiera que aún se encuentre cerca; otros me aconsejarían concentrarme en mí y volverme un utilitario como ellos, de manera que no me sienta particularmente concernido por las más recientes moscas que revolotean a mi alrededor, tal vez demasiado jóvenes y ávidas, tal vez sólo accidental presencia que, a su vez, pasará.
No crea Usted que todos mis días son pesados domingos como este con su examen de conciencia a cada rato. Disfruto, aunque no pueda deshacer los daños que he causado. Disfruto, aunque no pueda ya aclarar nada con las víctimas de mis excesos. En el fondo no reconozco, sin embargo, más que una sola víctima de cuyo seguro sufrimiento me arrepiento una y otra vez desde hace años: el causado al amor firme que en mala hora perdí por un amor apasionado. Fuera de ahí, por mucho que eche de menos a unos y otros, por mucho que a veces haya amaneceres como el de hoy, desaseados y sucios, desesperados y amenazantes, sin finos oídos ni lenguas de largo aliento alrededor, no me conmueven los demás con sus agravios inventados y su victimismo ridículo: allá ellos. Que se vayan al diablo. No me apena, antes bien me alegra, haberles puesto en su lugar en distintas ocasiones sin escatimar la cachetada o el insulto, la patada o el grito airado, el exabrupto y los manazos, "la falta de escrúpulos para guiar a cualquiera que me convenga a través de su propio cerebro, hasta que sienta náuseas" (príncipe Saurau), porque soy una buena persona que ha hecho eso por su bien, porque yo llevaba razón frente a todos, excepto con el amor firme cuya infinita bondad jamás podré siquiera compensar.
He sabido que desde la provincia del Quebec hasta la costa atlántica norteamericana todo se ha cubierto con el humo de mil bosques ardiendo, lo que ha dado al aire un sabor a ceniza y al horizonte un color naranja apocalíptico. Lamento que Usted tenga que vivir en esas circunstancias, Lord Martin, como si no bastaran las vicisitudes personales que me comenta. No es ningún consuelo, desde luego, que desde este desierto de Sonora le diga que no se preocupe, que todo va a estar bien, que una vez que ardan todas las vegetaciones del mundo todo será como en esta miserable periferia de la civilización occidental: una inmensa planicie de arena, rocas y espinas por donde ando inútilmente, desesperado por encontrar una sola sombra a la que acogerme para no ser aniquilado por la luz y el calor que, desde un cielo permanentemente azul, despide un sol mortal al que ya no queda más combustible que el de nuestras propias vidas.
Reciba un fuerte abrazo del Doktor Sonoris Causa en el Año XXX de Nuestra Llegada a Latveria la Vieja para los así llamados estudios universitarios (sic).

miércoles, mayo 31, 2023

El antes y el después

Hay un pasaje en El Evangelio según Jesucristo en que su protagonista entra muy de mañana en el lago Tiberíades a bordo de una barca mínima y, sin importarle la densa niebla que se ha asentado sobre las aguas, rema en ellas hasta encontrar un breve claro donde, rodeado por la cerrada bruma, recibe al poco tiempo al Diablo, que se acerca nadando, y a Dios, que sencillamente aparece de pronto sentado en el otro extremo de la barca. Aunque pareciera que el encuentro ha sido convocado por Jesús, las dos entidades hablan de su futuro como si él no estuviera presente y, sin contar apenas con su intervención, aquello termina tan enigmáticamente como comenzó, con Dios desapareciendo repentinamente y el Diablo alejándose a nado, entre la niebla, hasta que sus movimientos en el agua no se escuchan más; luego Jesús rema un poco, el banco de nubes se levanta y en la orilla del lago lo reciben María Magdalena, amigos, discípulos y curiosos, alegres de comprobar que no se lo ha tragado el misterio.
[...]
Aquella mañana de agosto había tenido un sueño en que estaba en una comida familiar luego de andar buscando un lugar para tomarme un whisky con unos amigos. En la comida estaba sentado entre mi abuelo (a la izquierda) y mi abuela (a la derecha); frente a nosotros estaba mi tío Humberto. Mi tío Javier estaba al otro extremo y hablaba de Tomás Moro y La ciudad utópica (en realidad Moro escribió un libro llamado Utopía que jamás he leído). Mi abuelo le decía a Humberto que quería las partituras de una canción que él estaba tarareando porque quería tocarla en guitarra. Yo tomaba las manos de mi abuela, como solía hacerlo de niño, para jugar con sus uñas. Estaba muy maquillada y le decía lo bien que se veía, pensando que era bueno que, pese a estar muerta, siguiera saliendo. La abracé muy fuerte y me di cuenta de que cabía en su regazo como si fuera un niño. Entonces desperté. 
[...]
Una mujer tatuada y sucia daba voces zarandeando la reja de la casa mientras él seguía durmiendo. Me puse de pie, fui a atender a la mujer que quería dinero por barrer la entrada, di de comer a las perras y preparé el desayuno. Fui a despertarlo para que viniera a comer y, pese al ya muy ensayado cariño con el que me dirigía a él, no pude continuar la representación cuando contestó de malas a algunos de mis comentarios. Esta vez, sin embargo, no escalaría la discusión. No habría aspavientos ni cachetadas, no habría lágrimas ni empujones a la entrada de la casa. Era domingo. Al día siguiente debía empezar un nuevo ciclo escolar. 'No puedo hacerlo', empecé, 'de verdad lo siento, pero no puedo hacerlo. No podemos continuar'. Él adoptó el aire digno y ofendido que siempre mostraba en estas circunstancias, aceptando desde luego la invitación a recoger todas sus cosas e irse. Tuve la tranquilidad de decirle: 'El desayuno está listo. ¿Qué te parece si comemos y después recogemos todo para que te vayas?' Él aceptó.
[...]
Un día después de que se fue tomé El Evangelio según Jesucristo y lo leí como había hecho veinte años atrás, en otro agosto, en otra ciudad. En aquel entonces me pareció ver similitudes entre el pasaje de la niebla en el lago y el breve limbo que separó mi vida artúrica pre-europea de los muchos años que siguieron allende el Atlántico: el gris blancuzco de la bruma cerrada como cortina que nos separa del descubrimiento, la propia inquietud mera fascinación ante lo desconocido, la juventud que se abre creyendo que lo que ha escuchado decir a Dios y al Diablo no significa nada, apenas un mal sueño que disipa el viento. Veinte años después, sin embargo, la misma escena me pareció la pesarosa corroboración del vaticinio de soledad que me hiciera la vida misma desde la más tierna infancia, un callejón sin salida cerrado sobre sí mismo, gobernado por la confusión... 
Pero no había muerto aún y, desde la otra orilla aún lejana, invisible, llegaban voces llamándome. O era mi cabeza...

domingo, abril 30, 2023

¿Qué es esto?

Usted se preguntará, Patricia, por qué mantuve aquella relación con el lumpen sonorense después de los incontables episodios de manifiesto desequilibrio mental con que él me obsequió. Se habrá cuestionado, sin duda, cómo un hombre de mi estatura moral e intelectual, un hombre de mis orígenes e historia, se involucró con un individuo tan bajo y peligroso en tan poco tiempo; cómo pude invitarle a vivir a mis expensas, en mi propia casa, consintiendo sus excesos materiales y alimenticios, su toxicomanía farmacológica, etílica y recreacional, su continuo mal humor y su egoísmo a toda prueba. ¿No es Usted precisamente la persona mejor capacitada para responder por haber vivido —siendo una reconocida profesora y funcionaria estatal— un tormentoso matrimonio con un alcohólico de tendencias homicidas que ninguno de los que la conocemos pudimos nunca explicar? Dirá con razón que las malas uniones abundan, que no hace falta que busque demasiado lejos porque en mi propia familia —en mi madre, por ejemplo— encontraré suficientes modelos de enlaces atroces e injustificables. Y dirá bien, desde luego, pero con un importante matiz que nos condena: ninguna de estas relaciones incluyeron nunca a una persona que, como Usted o como yo, se preciara de ser inteligente o superior; los seguros defectos morales de los involucrados jamás incluyeron la certeza de que eran especiales y que, por lo tanto, merecían lo más alto, como en cambio sí crecimos convencidos de serlo Usted y yo. He aquí, quizá, la primera y más profunda razón de nuestros periodos más abyectos, pues semejante punto de vista sobre sí mismos no podía sostenerse en la realidad sino bajo el más estricto celibato físico y emocional, lo que desde luego no conseguiríamos ni aún siendo los expertos onanistas que fuimos desde muy pequeños para escándalo de nuestras madres: intentamos por todos los medios mantenernos virtuosos en el estudio de las ciencias y artes, en el ejercicio de la política y la enseñanza, en el difícil pero repetido rechazo a relaciones hasta bien pasados los veintiún años de edad, pero finalmente cedimos con las consecuencias que ya conocemos, Usted algo más tarde que yo, acaso víctima de una desesperación infundada, yo algo más temprano pero de forma amañada, aceptando una relación cómoda sólo para servirme de ella para mis excursos. Ya desde la adolescencia, recordará, sentí una atracción hacia los jóvenes de las clases bajas que, en la bien organizada estratificación social de Ciudad Natal y, casi me atrevería a decir, de todo el país, uno debía forzosamente conocer en la persona de ayudantes de albañilería o jardinería, mecánica o electricidad, compañeros de escuela pública u ociosos vagos que oteaban las calles fumando desde las esquinas. Son incontables los encuentros que sostuve con los jóvenes lumpen, acaso más frecuentes y arriesgados conforme yo era cada vez más respetable y viejo, así la mayor solidez aparente de mi primera relación, su institucionalidad y su asepsia, su cada vez mayor ternura casi siempre traicionada por mí en una variedad de formas extremadamente sutiles, fomentaba el recorrido por grupos sociales cada vez más depauperados y peligrosos. Pero estas eran acrobacias con red debajo, Patricia, pues como sabe luego vino la enfermedad de mi pareja y su definitivo, largo enfriamiento, al que todavía intentamos hacer pasar por amor. Quedamos desnudos. El proceso de desvestirnos había llevado veinte años y nos arrojaba finalmente —gracias a un universitario promiscuo al que disfracé de pretensiones que él no tenía— a un mundo para el que no estábamos preparados. De nada sirvieron, lógicamente, los cinco años de tan ensayada como tardía monogamia unilateral con el universitario promiscuo: los aprendizajes de ayer se sacrifican en los altares de un presente que no los conoce ni le importan. ¿Por qué no miré, una vez soltero luego de media vida, hacia el ejemplo de la hermana mayor de mi madre cuyo celibato sí le permitió, efectivamente, mantener la convicción de su superioridad e inteligencia? Si no podía deshacer el pasado ¿no podía al menos imitar a los muchos santos que alcanzaron la sublimación gracias al abandono definitivo de sus pecaminosas vidas en favor de una experiencia superior? La confusión vagamente depresiva en que me sumió, no ya el fin de mi relación larga sino la desaparición del universitario promiscuo luego de cinco años de brega, no se enfrentó con la debida contención y recato que conviene a quien más necesita poner su mente en claro, sino con la promiscuidad más insaciable a la que no arredró su motivación sexual para complicarse innecesariamente en connatos de relación rayanos en la más aberrante ridiculez. Quisiera creer que mi promiscuidad era como la suya, Patricia, cuando pudo por fin deshacerse y divorciarse del alcohólico con el que inexplicablemente se había casado, si no en frecuencia e irresponsabilidad, sí al menos en inspiración; pero, que yo sepa, jamás volvió Usted a meter en su casa por más de una noche a ninguno de estos fulanos, jamás volvió a ofrecer más fidelidad que la que puede garantizar entrar y salir del lecho, acaso una conversación o un baile, tal vez un vino y no más, no desde luego autorizar a nadie a creerse pareja suya ni a exigir nada como en cambio sí hice yo con el lumpen sonorense al que, como en una vieja película, metí en casa con pretexto de hallarse con un hueso roto al cabo de sólo dos encuentros sexuales. ¿Era tanta mi necesidad de compañía, Patricia? ¿Estaba tan desesperado sin saberlo? No veo ni una cosa ni la otra, pero los acontecimientos relevan cualquier argumento que yo pudiera ofrecer al respecto: tuvo un primer acceso de locura a menos de tres semanas de vivir juntos y, aunque lo devolví a su casa, lo readmití enseguida; alteró mis habitaciones con sus muebles y destruyó mi breve jardín con sus conejos; generó innumerables gastos no sólo por lo estrictamente necesario para vivir, sino por pago de deudas, colegiaturas, útiles escolares, electrodomésticos, electrónicos, ropa, viajes, incluso libros; resultó estar enfermo y haberme puesto en grave riesgo sin que quedara claro si lo sabía o no; causó innumerables discusiones plagadas de violentos desplantes, en la calle y en la casa, borracho y sobrio, drogado y aún durante el sexo; pero lo que quizá más recuerdo como el punto más bajo de aquella espantosa locura fue la madrugada en que, habiendo vuelto borrachos de una de las varias reuniones que tuvimos con sus amigas lumpen, habiendo fumado tabaco y cannabis mientras Usted celebraba en Ciudad Natal su cumpleaños número sesenta y siete y el aire en Santa Teresa era aún frío, él se resistía a ir a la cama a descansar y, rompiendo con sus exagerados movimientos el cajón del refrigerador y la puerta de una alacena mientras buscaba algo qué comer, le di una cachetada para tranquilizarlo y, en respuesta, él me dio un par de puñetazos en la sien izquierda. Vi primero una gota oscura en el suelo y luego otra y otra mientras él seguía gritando insultos y, pisando descuidadamente, dejaba perdido el piso con mi sangre. No parecía darse cuenta de que me había abierto la sien y yo, aunque no sentía dolor, traté por todos los medios de tranquilizarle, súbitamente sorprendido y apenado de haber alcanzado una humillación sin precedentes en mi vida. '¿Qué es esto?', recuerdo haberme preguntado repetidas veces durante las pocas horas que faltaban para que amaneciera, '¿Qué es esto?', repetía mentalmente sin que tratar de tranquilizarlo en medio de sus gritos me lo impidiera, '¿Qué es esto?', me veo jalonándolo para que no abriera la puerta de la calle como intentaba hacer 'para irse fuera de la ciudad', '¿Qué es esto?', me digo mientras recojo los cristales del jarrón que se rompió en la cabeza con las rosas que le regalé, '¿Qué es esto? ¿Qué?'. En un momento dado se quedó dormido en la cama y yo me quedé despierto con un dolor cada vez más claro en la sien, la sangre coagulada agrietándose sobre mi piel, una sensación increíble de suciedad y abatimiento. Es inexplicable, Patricia: a aquel remedo de relación aún le faltaban más de cinco largos meses para terminar definitivamente. ¿Cómo es posible que haya podido pasar por alto este episodio y continuar todavía? ¿Cómo no sentir vergüenza de mi insistencia? ¿Cómo no sentir curiosidad por el significado profundo de semejante entuerto? Cuando aquello terminó me sentí por fin bien en mi soltería y promiscuidad: demasiado tarde para incorporarme al proyecto de la hermana mayor de mi madre, demasiado temprano para vivir la templanza de mi madre; más acorde a mí su propio plan, Patricia, que el de otros que acaso hayan tenido más talento o decoro que yo. A saber... De aquel agujero negro que representó mi tiempo transcurrido con el lumpen sonorense y, en particular, del más negro de todos los momentos que fue la madrugada de su cumpleaños, Patricia, extraigo a veces un indicio de inquietante causalidad, una certeza oscura: con la sangre aún fresca, pero ya sin caer, mientras en su delirio aquel individuo de pantalones entallados balbuceaba cosas sin sentido dirigiéndose a personas que no estaban presentes cuando yo lo sujetaba para que no se fuera a la calle, experimenté un súbito y muy fuerte deseo de follarle que se tradujo en una larga erección que él parecía no notar. Mientras más perdido parecía, más incoherente y violento por momentos, más me excitaba. Hasta que lo salvó el sueño y, con él, desaparecieron mi erección y mi deseo, quedando sólo la pesarosa gravedad de las circunstancias. Si los caminos de dios son inescrutables, Patricia, si el demonio nos tienta con espejismos, la mortal ilusión del sexo es tal vez la más misteriosa de las rutas. Hago votos, amiga mía, porque llegue el día en que la naturaleza tome la decisión que nosotros no pudimos tomar y nos quite para siempre esta inquieta llama que a punto ha estado de consumirnos. Puede que, una vez apagada, aún quede vida. Puede que lo que quede no pueda ser llamada vida. Puede que la única forma de apagarla sea la muerte. Veremos, Patricia. Veremos.

domingo, abril 16, 2023

Las cuatro estaciones

Desconozco cuáles fueron los mecanismos por los que Patricia, desde poco antes de entrar a la tercera edad y cada vez más decididamente, fue adentrándose en la locura. El razonamiento matemático que, sin menoscabo de la sensibilidad más elevada, poseía en su juventud y madurez, fue desapareciendo como si, acaso por obvio, le aburriera; la expresión de sus emociones también se fue anquilosando en fórmulas ordinarias y predecibles, irreflexivas, que sólo hacían pensar en la profunda indiferencia que debía gobernarla desde el fondo de su cada vez más abigarrado paisaje mental.  ¿Qué le interesaba de verdad? Cuando la visitaba en los últimos años, igual que hiciera en mi adolescencia, se paseaba de un lado a otro de su enorme casa, habitualmente invadida por uno o más desconocidos que cada cierto tiempo recogía de la calle sin considerar el peligro que ello pudiera encerrar para ella, buscando ya un cepillo o una escoba, ya una factura o una blusa; pero si antes hablábamos a partes iguales y ella me escuchaba tanto como yo a ella, si antes respondía a mis preguntas y abría incisos y subrayados sobre mis afirmaciones y comentarios, ahora no dejaba apenas margen para decir nada, poseída por una logorrea inacabable centrada en sus novios reales o imaginados, presentes o remotos, vivos o muertos. Parecía perder la noción del tiempo en que vivía y, de pronto, hablaba de la opinión que su madre —fallecida hacía veinte años— tenía sobre tal o cual pretendiente con el que no podía haber coincidido en vida, acusándola de ser poco complaciente y en exceso selectiva, justo los calificativos que la mamá, en privado, había empleado conmigo para describir a su hija muchos años atrás: 'Esa que se presenta como su hermana no ha hecho sino estorbarle en todo, espantándole a los pretendientes. Ya en su adolescencia Patricia era una muchachita antipática que sólo quería ocuparse de su escuela. Yo la animaba a que conociera muchachos o saliera a dar la vuelta con sus pretendientes, algunos de muy buena familia, muy educados, pero ella, siempre arrogante, se negaba; o aceptaba y les humillaba de tal forma que nunca más volvían a buscarla. Pero es que ahora es peor porque sus exigencias no han hecho sino crecer convenciéndola de que no necesita a nadie mientras sigue viviendo con esa que se presenta como su hermana; mi hija no me da nietos y se está haciendo vieja ¿y la dizque hermana? Pues ya con dos críos, prosperando a nuestra costa. Qué injusticia'. ¿Era la creciente soledad la causa de su locura? Aquella que se presentaba como su hermana se fue de la casa poco después del fallecimiento de la madre, cuando Patricia, ignorando sus airadas advertencias y reproches, contrariando incluso sus violentas amenazas, se casó inexplicablemente con un alcohólico del que se divorciaría poco tiempo después. Aquel matrimonio dio a Patricia las experiencias más vergonzosas de toda su vida, algunas con grave daño físico y económico, todas con perjuicio moral y psicológico. ¿Fue aquella mala decisión la primera manifestación concreta de su deterioro mental o, de manera no menos preocupante, una debilidad producto de la convicción de que urgía enlazarse con quien sea para no estar sola? ¿Sucede esto a todos los que, signifique lo que signifique, se quedan solos? La hermana mayor de mi madre, luego de décadas de solitaria productividad económica y profesional, desmonta su amplio proyecto para diluirlo en una peligrosa secta enajenante; mi enamorada checa prolonga su orfandad original en su madurez, incapaz de unirse a nadie que no sea yo mientras acumula una riqueza que sólo sus sobrinos, no ella, disfrutarán; Lord DeBrosse  escoge el Pabellón Helado para no padecer las excrecencias de Nuevo Aztlán y termina atropellado por dos mujeres —una princesa báltica y otra indochina— que lo utilizan para emigrar y luego lo abandonan. Así pues, mis solitarios persistentes enloquecen; pero acaso sólo sean los míos.
Aún en años recientes, en el arranque de su vejez, Patricia tiene momentos de lucidez que compensan —incluso si me faltara el cariño (que no me falta)— su delirante verborrea. En alguno de ellos, luego de que parecía haber ignorado el breve y entrecortado relato de mis desventuras recientes y había vuelto a hablar de su madre como si estuviera viva, me dijo lo siguiente adoptando el tono de vidente que solía poseerla: 'Debes seguir adelante porque, como el Dante, ya transitaste por el Infierno y el Purgatorio; o, si lo prefieres, ya que fuiste expulsado del Paraíso por tu codicia, errando durante años por desiertos y aguas salobres, ahora puedes ver la tierra prometida. Pecaste contra el amor de tu vida cuando todo parecía sugerir que sería para siempre. Entre el amor y el sexo escogiste lo segundo y, aunque intentaste hacerlo pasar por lo primero, comprensiblemente, te abandonó. Ese fue sólo el inicio de la penitencia que debías cumplir para limpiar tu pecado, pues llegarías todavía a los golpes y a la sangre, a la enfermedad física y mental, a la adicción y a la indigencia. Cuando hubiste saldado tus deudas aquel infierno terminó, justo a tiempo para recibir una nueva —y sin duda última— oportunidad. Amor, pecado, expiación, ¿amor? No lo sé... Ahora que has reunido una experiencia relativamente amplia en los terrenos de la enfermedad mental debes admitir que, en el fondo, no somos tan diferentes, excepto, quizá, en que tú todavía puedes salvarte'. Sonreí un tanto apenado, con los ojos muy abiertos y la mirada baja. 'No creo que la realidad tenga argumentos como lo tienen las historias de ficción', dije al fin. Y continué: 'Tampoco creo que sean sólo una sucesión de hechos inconexos. Existen causas, desde luego, también efectos, de acuerdo. Pero no existe propósito, Patricia, ni finalidad ni más sentido que el que uno le da a la vida, olvídese de interpretaciones religiosas. Cometimos errores parecidos y quizá sus causas también lo sean, pero de ahí a hablar de salvarse o condenarse, eso ya es demasiado. Y por supuesto que nos parecemos, por eso somos amigos ¿no? Es lógico'. Mi escepticismo no la arredró y me ofreció una sonrisa amplia: 'Sabes que tengo razón, cabezón'. 'Ya veremos, Patricia, ya veremos... Mejor cuénteme de ese novio joven que se acaba de echar encima', dije apretándole una mano para luego soltarla. Y empezó a hablar animadamente, imparable, como una loca. 

martes, marzo 28, 2023

Una victoria envenenada

Jorge Álvarez es el primer estudiante de doctorado del que he sido Director exclusivo, pero no es mi primer doctorante. Le precedieron: Raymundo, titulado en 2015 en co-dirección con Thierry Marie Guerra y Alexandre Kruszewski por la Universidad de Valenciennes, Francia; Temo y Ruben, titulados en 2018 en co-dirección con Antonio Sala por la Universidad Politécnica de Valencia, España; Sara Angulo, titulada en 2021 en co-dirección con Raymundo por el Instituto Tecnológico de Sonora; y Kristian Maya, titulado en 2022 en co-dirección con Raúl Villafuerte por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Le precedió también un doctorante que fue mío de hecho, pero no me fue reconocido oficialmente: Alan Tapia, titulado en 2018 por la Universidad Nacional Autónoma de México bajo la dirección de Leonid Fridman. Y están, por último, los que hube de turnar a otros directores de tesis sin que yo pudiera participar como co-director: Víctor Estrada (2012), Braulio Aguiar (2016), Juan Carlos Arceo (2017), Marcelino Sánchez (2017), Carlos Armenta (2019), Manuel Quintana (2020) y Jorge Ibarra (2022). Todos los mencionados, a excepción de Raymundo, Sara y Kristian, fueron mis tesistas de maestría y/o licenciatura; con todos realicé trabajos que fueron publicados en conferencias y revistas que, según los requisitos vigentes del doctorado que ahora concluye Jorge, hubieran bastado para titularse como doctores. Si existía esta capacidad académica probada, ¿por qué han pasado casi veinte años desde que soy doktor para que pudiera tener un estudiante exclusivamente dirigido por mí?
Por muchas razones que, como todo en la vida, no son puras ni sin mezcla. Luego de tres años de doctorado en Praga, el joven doktor regresó a su ciudad natal en 2005 y pensó que (a) las universidades lo contratarían por su talento; (b) las universidades tendrían programas de posgrado donde asesoraría estudiantes y haría investigación. No fue así: por un lado, las universidades privadas en que había trabajado antes de partir al doctorado sólo lo contrataban por horas sin ofrecerle contrato alguno que le sirviera para ganar un sueldo como investigador nacional; por otro lado, la universidad pública sólo le ofreció un contrato temporal en un remoto campus foráneo, sin maestrías ni doctorados, luego de que un conocido con influencias interviniera a su favor en 2006. En pocos meses el joven doktor se desesperó y, pensando que más preparación le facilitaría ser contratado en mejores lugares, se fue a Francia otros tres años para volver a fines de 2009. La lección se repitió invariable: sólo después de la influencia del mismo conocido de la vez pasada pudo la universidad pública darle un contrato temporal en otro campus foráneo, sin maestrías ni doctorados, con la sola ventaja de quedar a hora y media de camino de su casa. A fines de 2010, gracias al aviso oportuno de sus ex-compañeros sonorenses de maestría, concursó exitosamente por una plaza en la universidad en que ellos trabajaban: por fin, a pesar de hallarse en un lugar remoto e inhóspito, en las antípodas del cosmopolitismo al que siempre aspiró, contaba con un contrato de tiempo indefinido que le permitía cobrar un sueldo como investigador nacional. El ya no tan joven doktor sabía que sin estudiantes de posgrado no habría equipo de trabajo y su doctorado carecería de sentido; sabía también que a los estudiantes de posgrado se les paga un salario, pero su nueva universidad no contaba con nada de eso. Hubo que trabajar, desde luego, pero también contar con que la suerte pusiera de su parte: preparó y ganó un proyecto de Ciencia Básica de CONACYT en 2011 que le permitiría pagar sus primeros estudiantes de posgrado (a los que hubo que convencer de que estudiaran un programa de maestría carente de reconocimiento y enviarlos fuera después por carecer de doctorado), intentó desesperadamente co-direcciones con sus antiguos colegas en universidades que sí tenían posgrados (las logró honrosas con España, injustas con CINVESTAV y Francia, y francamente abusivas con la UNAM) y, finalmente, la universidad sonorense 'le permitió' hacerse cargo de meter una maestría y un doctorado al CONACYT en 2014 y 2017, respectivamente, con los que por fin podría tener estudiantes de posgrado pagados suyos. ¿Pero quién querría quedarse a estudiar un doctorado en el mismo lugar remoto e inhóspito donde estudió la licenciatura y la maestría? ¿Quién desdeñaría un posgrado en un país cosmopolita del primer mundo donde además pudiera aprender y practicar otro idioma, conocer otras formas de vida y de trabajo, acceder a un abanico más amplio de oportunidades? ¿Cómo convencería a alguien de hacer el doctorado con él si a todos aconsejaba irse de la ciudad y, de ser posible, al extranjero, para trabajar en mejores universidades con mejores investigadores en mejores países? Quizá sólo podría convencer a los peores estudiantes; o a aquellos que, siendo buenos, carecían de un dominio mínimo del inglés; o a los que, voluntaria o involuntariamente, se hallaran sujetos a esta geografía por circunstancias personales. Sólo hasta 2019 consiguió que dos de estos estudiantes se quedaran a hacer el doctorado con él (uno de ellos, Jorge); en 2020 se incorporó un tercero. El joven doktor ya no era joven. 
Espero que Jorge tenga suerte y que ejerza como doctor, es decir, que sea un docente y un investigador activo. Me gustaría decirle que para ello basta el talento o encontrar una plaza por la que concursar sobre bases justas, pero sería una mentira: los contratos suelen ser discrecionales y depender de funcionarios académicos que privilegian a sus amigos; las decisiones las toman gente que, con doctorado o sin él, se dedican a la administración y la política sin el más mínimo interés o idea sobre lo que son la ciencia y la tecnología; la visión de muchos de los integrantes de estas universidades de provincias está empapada de un carácter silvestre, mojigato y pueril, que puede llevar décadas o siglos modificar; y, encima, pasamos por un período en la historia nacional y mundial en que las grandes masas utilizan productos tecnológicos todos los días mientras tienen cada vez menos capacidad para entender y razonar sobre su funcionamiento e implicaciones, quedando así a merced de los dueños del capital y de los medios de producción que están encantados de tener cada vez más consumidores todavía más ignorantes...
Pero no nos pongamos oscuros porque es evidente que el logro de Jorge es también el mío. Y, bueno, si de futuros profesionales se trata, el hecho de que Jorge me haya honrado con su amistad y yo haya tenido la poca cabeza de hacerlo testigo de los aspectos menos presentables de mi vida, le da a él una oportunidad de oro para abrir una nueva plaza —la mía— en el diezmado departamento en el que —todavía— trabajo.

domingo, marzo 05, 2023

Paralelos satánicos

Patricia me decía que la locura nunca afectaba a una sola persona. Yo he de agregar que casi siempre afecta a dos, aunque desde luego se conocen casos de tres, diez y hasta naciones enteras arrastradas al abismo por la demencia. Así fue hace veinte años cuando, con pretexto del amor libre, viví en Černý Most una tormentosa relación de unos cuantos meses con un refugiado iraní que me enseñó a preparar ensaladas de yogurt, pepino y cebolla. Así fue también hace un año cuando, con pretexto del presunto agotamiento del modelo filosófico que había gobernado mi vida hasta entonces, pero también de la penitencia que supuestamente debía pagar por haber vivido cinco años de amor carnal fundados en el sacrificio de otros dieciocho de amor verdadero, viví por varios meses con un lumpen sonorense que me enseñó a preparar botanas de chile, tomate y cebolla. A ambos —el refugiado iraní y el lumpen sonorense— los caracterizaba una amplia serie de malentendidos que, no obstante los estudios universitarios que realizaban al tiempo en que sostenían una relación conmigo —medicina en el primer caso y arquitectura en el segundo— revelaba años de crianza en las más miserables condiciones sociales, económicas y culturales. Santa Teresa y Abadán, el Valle del Yaqui y la desembocadura del río Shatt al-Arab en el golfo Pérsico, se hermanaban así por algo más que su calor extremo y su fundación improvisada a principios del siglo veinte: habían parido y deformado, hervido y excretado, en dos décadas distintas que dan cuenta de los veinte años que median entre la fundación de una y la otra, a dos neuróticos retorcidos que, en su ambición desmedida y en su supina ignorancia, no tardaron en huir a tierras extranjeras que consideraban más adecuadas para su desenvolvimiento ulterior: Europa en el caso iraní, Estados Unidos en el sonorense. 
En efecto, aunque los traficantes de personas que lo trasladaron escondido en un camión a través de Turquía y los Balcanes, no lo dejaron en Berlín como prometían, sino en Praga, la mudanza sin retorno del iraní estaba fundada en los mismos prejuicios que los del sonorense cuando se instaló —pereza obliga— en la bahía de San Diego: la abundancia del dinero, el último grito de la moda, lo más reciente en aparatos electrónicos, la libertad más absoluta de hacer lo que en sus países de origen estaba prohibido o era mal visto, el acceso a un club exclusivo que les permitiera ver a sus compatriotas dejados atrás como seres inferiores. Pronto descubrirían que sus respectivos destinos eran sociedades estratificadas donde la movilidad social estaba limitada precisamente gracias a la continua llegada de inmigrantes: los nativos podían continuar su camino de sofisticación intelectual y económica, seguir disfrutando del ilimitado acceso a las ventajas de sus respectivos países, gracias a gente como ellos que realizaría los trabajos más embrutecedores a cambio de una mínima cantidad de dinero: instalar alfombras en casas que nunca serían suyas, por ejemplo, o lavar cacharros por muchas horas en un restaurante chino. 
Pero aunque la riqueza no llegara, su contacto aún tangencial con el primer mundo desde su más completa impreparación para con los valores de la democracia y los derechos fundamentales del hombre, produjo fenómenos curiosos. Habiendo crecido en un ambiente de profunda censura para con su orientación sexual, abusados por sus propios familiares desde pequeños (no sin su activa y creciente participación), y limitados a encuentros clandestinos en montes baldíos y baños de vapor, el refugiado iraní y el lumpen sonorense se enfrascaron en una espiral creciente de lo que ellos consideraban excesos cuya contraparte era un odio cada vez mayor hacia su persona que, enajenada por la residencia en el extranjero y cada vez más alejada de sus supuestos valores originarios, se les aparecía como otro ser, diabólico y atrayente, a cuyo influjo y dictados no podían resistirse. De este modo, mientras uno terminó visitando recurrentemente los rincones de Chotkový Sady al anochecer, el otro recorrería años después el Redwood Circle en los mismos horarios y con la misma frecuencia; mientras uno acabaría siendo filmado por alemanes que pagaban a gitanos y vagabundos sacados de Hlavní Nádraží por tener sexo frente a las cámaras, el otro participaría en largas sesiones de fisting que después serían compartidas en Twitter por gringos aficionados a los mexican boys; lo que en uno fue el culposo consumo del hachís y el ocasional coqueteo con la cocaína, en el otro fueron la mariguana y los poppers con alguna noche señalada de inesperado cristal; desde luego alcohol y cigarrillos a mansalva completaron sus tendencias toxicómanas en ambos casos. El círculo vicioso estaba servido: por cada abuso que iba más lejos que el anterior se producía un período de abstinencia y circunspección en el que ellos aprovechaban para ser, aún desde la más abstrusa inopia cultural, hombres de bien que, a través de lentos y tortuosos estudios universitarios, se alejaran para siempre de la así llamada mierda; pero ésta no se iba con horas y horas de estudio de textos de anatomía en checo o la dolorosamente lenta ejecución de un plano arquitectónico en el restirador. La mierda, como ellos llamaban sin saberlo a su verdadera vocación, los convocaba siempre al final de un período de creciente neurosis y deseos reprimidos, como el inevitable estallido de una olla de presión a la que sigue alimentando el infernal fuego primigenio. La inescapable repetición en que estaban inmersos estos individuos con los que, no olvidemos, hice vida común por varios meses sin que nadie pudiera advertir cuándo le pondría fin, me ha servido, indirectamente, para comprender el comportamiento de mi padre cuya máxima realización consistía en poder disponer de un matrimonio oficial al que oponer las mayores canalladas concebibles: a él no podía servirle renunciar a mi madre para entregarse a sus vicios desde una soltería que, por su sola legitimidad, restaría morbo a sus excesos; mucho menos podría convenirle, si fuese siquiera realizable, honrar la monogamia a la que se había comprometido por las vías civil y religiosa. No: lo suyo era disponer del combustible necesario para alimentar su espiral destructiva, tan necesario su matrimonio como sus cada vez mayores atrocidades para mantener el movimiento perpetuo de su desquiciada cabeza. Tuvo suerte mi madre de que este enfermo huyera para siempre hace treinta años luego de elevar a una de sus víctimas al dudoso privilegio de ser su esposa. Yo, por mi parte, quizá porque no mediaba ninguna concepción de lo sagrado ni de lo legal, tuve menos paciencia para con el refugiado iraní y el lumpen sonorense: no hizo falta que se fueran porque yo me fui.
Muchas cosas quedan, sin embargo, flotando en el aire como insidiosos tábanos que me aguijonean de vez en cuando, no sólo en forma de recuerdos concretos sumamente vergonzosos sino como reflexiones cuya sombra revela el inequívoco perfil de un monstruo. Si, como dijo Patricia, la locura nunca afecta sólo a una persona; si, como digo yo, la locura alcanza su máximo cuando son sólo dos los involucrados, ¿qué es lo que nos dice a mi madre y a mí sobre nosotros mismos el haber pasado por las referidas relaciones procelosas que tuvimos? Desde luego, que también estamos locos en alguna medida. Que nuestras patologías y las de nuestras exparejas, si no eran las mismas, sí se daban la mano con inquietante naturalidad. Que a pesar del evidente abismo que nos separaba a mi madre y a mí, por un lado, de mi padre, el refugiado iraní y el lumpen sonorense, por el otro, nuestra educación y sensibilidad, nuestros mundos intelectual y espiritualmente elevados, no fueron obstáculo para incluir en nuestra vida diaria a cerdos neuróticos que amenazaron con destruirnos física y mentalmente. ¿Cura la vejez todos los entuertos? Mi madre está sola. Yo todavía no.

sábado, febrero 18, 2023

Locos hacia mil novecientos noventa

Han ocurrido muchas cosas desde entonces. Los pasados revolucionarios no se ocultan, por ejemplo, aunque tampoco se va por ahí presumiéndolos: no produce vergüenza haber participado de manera entusiasta en la implantación forzosa de la educación socialista a fines de los años treinta —la madre— ni en la menos idílica apertura democrática de los años setenta —la hija—, ni siquiera porque ahora quede claro que ambos procesos obedecían a la lógica de un estado autoritario indistinguible en sus objetivos de los de cualquier régimen de derechas. Sobre los pasados fascistas, en cambio, se guarda siempre un silencio mustio y pertinaz, producto de la ignominia según cuantos no participaron de ellos, pero resultado en realidad del altivo desprecio con que sus poseedores miran a sus denunciantes. Yo era demasiado joven para poseer pasados de uno u otro tipo en aquel entonces y, sin saberlo, entre la madre y la hija —y la hermana— por un lado, y los tridentinos del colegio varonil al que mi madre me inscribió poco después de mi iniciación sexual, por el otro, asistí a los estertores de la lucha entre dogmáticos que sembró de cadáveres las cuatro esquinas del mundo en el siglo veinte. 
Para mí la opción era clara: yo estaba del lado de Patricia y de su madre y de esa extraña mujer a la que presentó como su hermana, por la sencilla razón de que siempre me daban de comer con una abundancia desconocida en mi casa. Razones similares había yo esgrimido cuando era un niño pequeño al ser inquirido por mis abuelos sobre el motivo de mis frecuentes visitas: 'tienen pan', dije con la boca aún llena de migajas para decepción de mi abuelo que, pese a su bien cuidado machismo, resintió como una niña la brutalidad de mis palabras. Mismas convicciones movieron en tiempos a la mamá de Patricia a tolerar las encendidas diatribas de su tío masón contra la Iglesia, pues el hombre que hacía inmisericorde escarnio de la religiosidad de su mujer la había sacado del orfanato donde las monjas la mataban de hambre y la sentó durante años a su mesa tres veces al día. Nada parecido habían hecho por mí los tridentinos del colegio varonil, salvo perdonar una parte de la colegiatura en virtud de mis altas notas. Este era, al menos, el motivo oficial. Pero no eran mis calificaciones lo que a ellos les interesaba.
—¿Qué te han pedido específicamente? —preguntó con su ronca voz la hermana de Patricia mientras ayudaba a ésta a vestirse.
—Que vigile a mis compañeros. Que les informe por escrito de conversaciones que puedan dañar a la escuela. Que me fije bien si en algún momento se mencionan palabras como comunismo o ateísmo, masonería o satanismo, Halloween o revolución. Que reporte si se hacen críticas a la Iglesia o si alguno de ellos lleva algo prohibido: revistas impropias, prendas feminoides, propaganda de otras escuelas. Hacen reuniones cada semana en un apartado de las aulas especiales que están en la parte más baja de la enorme colina en que se asienta la escuela. Mantienen la luz baja con velas y, sobre una mesa cubierta de un mantel negro, colocan una cruz de plata y alguna bandera con flechas que no he logrado identificar. Rezan al inicio y al final. Hacen la lectura de los reportes y nos piden repetir consignas de lealtad a la organización.
—Muy interesante —dijo la extraña mujer que no se parecía a Patricia y a quien no había visto nunca en esa casa pese a visitarla cada fin de semana desde hacía meses ('Pues aquí ha vivido siempre', me explicaron de una forma un tanto esquiva cuando pregunté por ello). Tomó a Patricia por la cintura como ajustándole el vestido desde atrás y ésta se volvió hacia ella mirándola unos segundos e invitándola con los ojos a que continuara.
—¿Por qué es interesante? —insistí cuando hubieron pasado, según yo, demasiados segundos.
—Bueno ¿tú por qué piensas que hacen esto? —contestó jesuíticamente la presunta hermana, apartándose un poco para encender un cigarrillo y sonriendo como quien tiene mucha curiosidad por conocer la respuesta.
—No lo sé. Están locos. Deben ser cristeros o... 
—Eso fue hace sesenta años —dijo la mamá riendo a carcajadas. —Ya no hay cristeros. Los había porque la gente era muy fanática y el gobierno era revolucionario. A nosotras nos sacaron del colegio de monjas los soldados. Y aquí adelante fusilaron al padre Gabriel que...
—Bueno, bueno —interrumpió la hermana sosteniendo el cigarro en la boca mientras subía por las piernas de Patricia, desenrollándolas, unas largas medias de nylon color carne. —Decir que están locos es la mejor manera de decir que no entiendes nada, pero también que no quieres entender nada. Y eso ya no te lo puedes permitir, jovencito. Ya estás grande y debes saber en qué mundo vives. Esos que dirigen el colegio varonil son unos fascistas, ¿comprendes?
Los resúmenes de ciencias sociales de sexto de primaria hablaban de fascismo y nazismo, o sea, de Italia y Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. ¿No había terminado ya todo eso hace cuarenta y cinco años? ¿A qué venía ahora? Poco antes de que me inscribiera mi madre en el colegio varonil, ella me animó a preguntar a mi tío Javier, su hermano mayor —un contador abotargado que siempre llevaba traje y usaba una colonia repugnante— sobre la conveniencia de entrar en esa escuela. 'Son fascistas', me dijo con seriedad el gordo cacarizo. Y se quedó rumiando algo ininteligible entre dientes mientras yo fingía darme por bien servido con su enigmática respuesta. Esta vez no sería diferente.
—Sí, comprendo —le dije a la fumadora hermana de Patricia, no tanto por parecer enterado como por la perturbadora visión de las medias subiendo hasta la cintura de Patricia. '¿Cómo me vería yo en ellas?', pensaba presa de una incipiente erección.
—Si estás del lado de los pobres tienes que estar en contra del fascismo, ¿me entiendes? Si estás del lado del pueblo tienes que estar con los revolucionarios, con los socialistas, incluso con los comunistas. No creas que esto va en contra de dios, ¿eh? ¿Acaso no quería Jesús que los pobres entraran al reino de los cielos? ¿No era pobre él mismo? En la Iglesia ya hay sacerdotes obreros, hay revolucionarios, los hay incluso guerrilleros. Las cosas han cambiado mucho en las últimas décadas: ¡ya se puede ser católico sin sentir vergüenza!
A mí no me preocupaba demasiado seguir siendo católico, pero que esta mujer defendiera con absoluta convicción el socialismo o el comunismo, me sorprendía. ¿No acababan de desaparecer los regímenes comunistas en la Europa Oriental? ¿Y qué era eso de mezclar socialismo y cristianismo? Patricia llamó discretamente la atención de su entusiasta hermana, reconviniéndola; ésta levantó las manos como si se rindiera al tiempo en que, con el cigarro suspendido entre los labios y la cabeza ligeramente ladeada, sonreía con aires de superioridad, daba una profunda calada entornando los ojos y le acomodaba la falda a Patricia para rematar, una vez que todo estuvo en su lugar, con una nalgada repentina que sobresaltó a todos. Continuó:
—No está mal que estés ahí, en el colegio tridentino, para que te enteres por ti mismo de dónde está la verdad. Bien visto es un privilegio. Pero para comprender debes empezar por no tildarlos de locos. ¿Te ha contado Patricia que trabajó hace muchos años en un psiquiátrico?
Volvió a aparecer su arrogante sonrisa. Tomó por fin con los dedos el minúsculo cigarrillo que amenazaba con quemarle la boca y lo aplastó contra un pesado cenicero de cristal. 
—En el consultorio de un psiquiatra, que no es lo mismo —aclaró Patricia. Yo asentí.
—¿Crees que el psiquiatra los despachaba diciendo 'están locos', así sin más? Si así fuera no existiría esa profesión. Para entender hay que dejar las explicaciones fáciles, ¿comprendes? Las autoridades de tu colegio son parte de una lucha a muerte entre dos bandos bien definidos que llevan siglos peleando entre sí. Antes se llamaban de una forma, ahora de otra, pero la guerra es la misma. ¡Y ganaremos! 
—Yo estoy con el gobierno —interrumpió inesperadamente la mamá de Patricia —Porque es un gobierno que viene de la Revolución.
Se hizo un súbito silencio. Por unos segundos sólo se escuchó el trinar de los pajarillos en sus jaulas, el lejano pitido de la camioneta del repartidor de leche. Entonces Patricia y su hermana, seguidas de la madre, rieron a carcajadas hasta ponerse rojas como un tomate. 'Están locas de remate', pensé divertido, y fue ese pensamiento y no sus risas imparables las que me hicieron reír a su vez salvajemente. Teníamos suerte, en efecto, de vivir en un país blando, inconsistente, casi marica: jamás podríamos reunir la convicción suficiente para matarnos por nuestras ideas como hicieron otros en las cuatro esquinas de la tierra. ¿Qué habría sido de nosotros de haber vivido en el Madrid de mil novecientos treinta y seis? ¿Qué de haberlo hecho en el París de mil novecientos cuarenta o en la Praga de mil novecientos sesenta y ocho? ¿Qué tal la Habana en el cincuenta y nueve o Santiago en el setenta y tres? 
No me cuesta trabajo imaginar a la hermana tabaquista de aquel entonces encabezando a un grupo de milicianos que asalta a una familia en la Gran Vía sólo porque le parecen de aspecto pijo, soltando un culatazo al hombre ya entrado en años que protesta por aquella arbitrariedad y desoyendo los gritos angustiados de la mujer que quiere impedir a toda costa que se lo lleven. La veo perfectamente fumando un cigarrillo tras otro mientras se divierte jugando a ser la jueza que preside el mínimo tribunal que condena a muerte al hombre ya entrado en años al que luego despoja de su traje y sus gafas, de su pitillera y sus zapatos, para arrojar el cadáver en una fosa común improvisada en el patio de una comisaría. 
Viéndolo bien, yo estaba del lado de Patricia, pero no tanto del de su madre y mucho menos del de esa extraña mujer exaltada a la que presentaron como su hermana y que, según se pusieran las tornas, me habría salvado de la quema o enviado al paredón en otros tiempos. Patricia y yo éramos, sin saberlo, lo que el siglo veinte —o acaso cualquier otro tiempo y lugar— relegó a los márgenes de la vida: no hombres de fe, sino seres de duda, no seres de este o aquel campo, sino habitantes permanentes de la provisionalidad. Ni siquiera el dinero, que reemplazó en el siglo veintiuno a los motivos ideológicos del veinte como motor principal de crímenes, pudo convencernos. Pero sí a su hermana. Y a los tridentinos, faltaba más.

domingo, febrero 05, 2023

Masón

El sexo —me explicaba Patricia cuando yo contaba catorce años— es el aspecto donde mejor se manifiestan los trastornos mentales: si algo está mal puedes estar seguro de que tarde o temprano asomará por ahí. Acababa de contarme sin demasiados detalles su paso por un consultorio psiquiátrico donde hizo de asistente en su juventud, más o menos a la edad que lucía en uno de los retratos que adornaban su espaciosa habitación: una chica atractiva de mirada altanera y cola de caballo, sin pendientes ni cadenillas, que llevaba una blusa lisa bajo la cual ya se advertían un par de pechos razonables. Hablaba conmigo mientras se peinaba y maquillaba pacientemente frente al espejo de su tocador, interrumpiéndose de vez en cuando para pedirme que le alcanzara alguna cosa o dirigirse a gritos a su madre que, acostada en la habitación contigua, canturreaba antiguas canciones de Rebeca o, de pie en el pasillo, alimentaba a decenas de pajarillos retenidos en sus jaulas. En el piso de abajo trabajaban dos albañiles, un maistro de unos cincuenta años y un macuarro de unos veinte, pero era su madre, no Patricia, quien se dirigía a ellos. Patricia era sólo mía. Yo la escuchaba absorto, no sólo con esa fascinación que tienen los que están abandonando la niñez por los así llamados temas adultos, sino con el morbo adicional, típicamente católico, que produce el ocultamiento de pervertidas prácticas bajo largos caretos de santurrón. Yo había crecido sin padre, reprimido desde la más temprana edad por lo que mi madre llamaba tocamientos impuros, una práctica compulsiva que, ahora entiendo, ocultaba la neurosis a la que ella me había empujado con sus insaciables exigencias de que sacara las notas más altas en la escuela y mantuviera mi cuarto impecablemente limpio y ordenado. 'Te vas a volver loco', me advertía, 'y te van a encerrar en un hospital con otros enfermos; yo misma te llevaré', amenazaba. Como único remedio me obligaba a rezar hincado frente a una imagen del Sagrado Corazón de Jesús, pidiendo perdón, las manos devotamente unidas con un lazo que ella misma me amarraba y que no impidió, en repetidas ocasiones —para así aumentar mi culpa, empeorar la opinión de mí mismo y repetir el ciclo— que me tocara de nuevo, acaso con mayores excitación y lascivia. Hacia el final de mi infancia, quizá porque mis notas en la escuela eran ya inmejorables, quizá porque el orden y limpieza de mi habitación eran ya los mayores de toda la casa, pero más seguramente porque ella se vio obligada a trabajar como un asno de sol a sol para mantenernos a mi hermana y a mí, mi madre bajó la guardia y se rindió: no volvería a molestarme. En contraparte, yo tendría buen cuidado de conducir mis extravagancias lúbricas con el mayor sigilo y expresaría de continuo puntos de vista cada vez más conservadores y reaccionarios, fingiendo, si tal cosa es posible, una gazmoñería que por momentos pareció genuina y consolidada. Hasta que apareció Patricia.
—Creo que la gente confunde amabilidad con debilidad —dijo al tiempo en que, con unas pinzas diminutas, se arrancaba una cana del cabello —pues tanto mi madre como el psiquiatra se opusieron al principio a que yo trabajara en ese lugar: me consideraban muy frágil, muy vulnerable. No me extraña que así lo creyeran por haber sido entonces tan menuda, tan consentida de papá y mamá, sobre todo de esta última por ser su única hija. Papá no fue tan aprehensivo, pues aunque me quería mucho siempre se restringió para expresarlo porque sentía que, al hacerlo, traicionaba a los hijos de su primer matrimonio, mis medios hermanos.
—Mi padre no fue ni aprehensivo ni cariñoso —dije impostando una risa ligera —simplemente no fue.
—¿Tienes novia, chamaco? —me preguntó Patricia haciendo que me ruborizara al instante. Se pasaba rímel cuidadosamente por las pestañas de su ojo derecho. Seguían escuchándose los canturreos de su mamá en la habitación contigua.
—No —contesté sonriendo, tratando de contener la agitación que me turbaba. ¿Sabría Patricia, mi maestra en la secundaria, que yo era un pervertido? Mis compañeros de clase parecían saberlo. Mi madre parecía saberlo (aunque quizá ignorara hasta qué punto, pues de haberlo sabido me habría dado cien latigazos, me habría hecho cliente del psiquiatra ese con el que trabajó Patricia). Sí, seguramente Patricia lo sabía, seguramente más que cualquier otra persona por haber estado en contacto con enfermos mentales, tan inteligente y sensible ella, tan capaz de ver siempre más allá, hasta el río oscuro que corre por debajo de la superficie de todas las cosas.
—¿Por qué me lo pregunta, Patricia? ¿Cree que la ausencia de mi padre tiene algo que ver con eso? —pregunté para provocarla, conteniendo una sonrisa que, pese a todo, se me dibujó en el rostro. Ella me miró fugazmente de reojo a través del espejo, volvió a concentrarse en sus pestañas. Se escuchó a su madre asomándose al pasillo para, desde ahí, dar grandes voces instruyendo a los albañiles que seguían afanándose en la planta baja.
—Todos los estudiosos coinciden en que la relación con el padre es clave para nuestro desarrollo sexual. También la relación con la madre. Creo que esta última ha pesado más en tu caso y en el mío, después de todo tu padre no figura y el mío se mantuvo voluntariamente distante. Pero para tu mamá debiste ser algo difícil de manejar, no sólo por inteligente, sino por excéntrico, por diferente; yo también lo fui para la mía... ¿No has notado que las personas que no encajan con los demás suelen dirigirte la palabra? ¿No te parece que tienes cierto atractivo para ellas, que inmediatamente te divisan? Yo tengo lo mismo que tú. Fue parte de lo que descubrí trabajando con el psiquiatra, parte también de por qué me fui. 
—No me dijo que con el psiquiatra hubiera ocurrido algo sexual, maestra —aproveché para desviar la atención de mí hacia ella. Me fascinaba poder usar delante suyo tantas palabras que me tenía completamente prohibidas con los demás: sexo, sexual, sexualidad, incluso masturbación; pero no todavía lesbiana u homosexual, que ella —lo notaba— tenía buen cuidado de no usar tampoco. Hizo una pausa con el aplicador de rímel en el aire sostenido a la altura de los ojos pero a cierta distancia de ellos. 
—Todo era sexual ahí —dijo al cabo de unos segundos en que sólo pobló el silencio el sonido suave de los albañiles alisando una pared en el piso de abajo; reanudó su maquillaje —Es lo primero que descubres cuando estás entre enfermos mentales: que todo es sexual. Pero no me malentiendas, no es que sólo sea así entre trastornados, sino que al convivir con ellos te das cuenta de que todo es así dondequiera, entre cualquier grupo de seres humanos. Muchos han criticado como exageradas las deducciones de Freud por haber metido el sexo hasta en la sopa; deberían darse una vuelta por un manicomio cualquiera para que cambiaran de opinión.
—¿Le llegó a pasar algo en el consultorio?
—Muchas veces, por fortuna sin que pasara a mayores. Niños que querían violarme como si fueran adultos. Niñas que se me pegaban a una pierna como perros en celo. Adolescentes amabilísimos a los que luego había que sujetar entre varios para que no me estrujaran los pechos mientras vociferaban las más escandalosas suciedades. El ser humano es un animal domesticado, reprimido. La educación es represión. La cultura es represión. Todo lo que hemos avanzado como especie, aquello que más nos distingue del resto de los animales, está inspirado en la represión de nuestros instintos. Quizá es mejor así porque de otro modo no tendríamos ni ciencias ni artes ni industrias ni nada. Vale. Pero no nos olvidemos de que en el fondo somos unos salvajes, de que basta una situación vagamente extraordinaria —una guerra, una borrachera, la muerte de alguien querido— para que ese valladar que es la psicología humana ceda.
—Qué miedo —dije impostando un temor que no sentía. Ella guardó el rímel, se trazaba ahora una raya sobre las cejas. Me volví hacia el pasillo al escuchar que se acercaban unos pasos lentos y vi entonces, recortado contra la puerta, bañado por la luz del mediodía, al albañil más joven, el macuarro, moreno lampiño, delgado, con las manos grises de lo que supongo era cemento o yeso, su mirada coincidió con la mía por unos segundos y entrecerró los ojos con una sonrisa salaz. Pasé saliva. Prosiguió hasta donde estaba la mamá de Patricia y sus voces se oyeron al lado. Luego de unos segundos pasaron ambos en dirección inversa y sus pasos se perdieron escalera abajo.  
—Por una parte sí, da miedo, pero yo no era fácilmente impresionable. Eso es lo que el psiquiatra y mi mamá aprendieron de mí: que tenía mucha más fortaleza de la que me supusieron. Esa experiencia me sirvió mucho para cuando finalmente me hice maestra en escuelas elementales, ni te imaginas, era como si ya estuviera acostumbrada a lidiar con cosas que muchos juzgan de escandalosas. Porque no te creas tú que los niños son seres angelicales e inocentes, qué va, todos los gérmenes de la monstruosidad humana están ya ahí desde muy temprano. Si educar es reprimir entonces un niño que acaba de entrar por primera vez a la escuela es todavía un salvaje con el potencial de morder, arañar, gritar, arrastrarse, escupir, orinar, defecar, agredir. Y si, como empieza a afirmar mucha gente haciéndose omisa de su propia experiencia, supones que el aspecto sexual está excluido en los niños en edades tan tempranas, el contacto con ellos te convence por las buenas o por las malas de que no es así. Ahora vuelvo, parece que los albañiles ya terminaron.
Patricia se puso de pie, se bajó la falda, se calzó unos zapatos de tacón bajo y se examinó por última vez en el espejo. Salió y sus pasos se fueron apagando. Un minuto después, luego de verme yo también en el espejo y examinar con vaga curiosidad todo lo que Patricia usaba para peinarse y maquillarse, me acerqué a la puerta de la habitación y, desde el pasillo iluminado, escuché los murmullos de conversaciones allá abajo. 
—No me gusta que hables así con el muchacho porque...
Era la voz de la mamá.
—Yo sé lo que hago, mamá, ya no soy una niña. Deja que...
Era la voz de Patricia.
Otra vez pasos acercándose. Me aparté del pasillo y me senté sobre la cama de Patricia fingiendo hojear una revista, no fueran a pensar que las espiaba. Se proyectó entonces una sombra sobre el papel: en el marco de la puerta estaba el joven albañil, otra vez sonriéndome con malicia. ¿Qué extraña conversación sin palabras se entabló entonces? ¿Por qué mi turbación parecía convertida en instrucciones que él podía leer sin dificultad alguna? ¿Accedía yo a su invitación o él a la mía? El chico avanzó hacia mí —mi boca entreabierta por la respiración agitada—, me tomó con la suya mi mano derecha —la revista cayendo al suelo con las hojas abatidas como en un suspiro— y me apretó contra el bulto de sus genitales sin dejar de sonreír, su boca ligeramente torcida en diagonal, mis ojos demasiado abiertos. Los pajarillos en las jaulas del pasillo armaron un gran escándalo y otra sombra pasó por el pasillo proyectándose sobre la revista caída: un gato negro. El chico se desabotonó el pantalón lo justo para que ahí mismo, mientras Patricia y su madre pagaban al maistro albañil discutiendo la conveniencia de resanar o no otras paredes afectadas, de hablarme o no de sexo y enfermos mentales, pudiera extender mi experiencia en materia de tocamientos impuros a otros cuerpos. Teoría y práctica, palabra y obra dándose la mano de forma tan cordial como inesperada, una mañana de sábado en la habitación de Patricia, cuando contaba yo catorce años y ya no tenía que rezar si no me apetecía, ni temer más el manicomio con que amenazaba mi madre, ni buscar culpables entre ella o mi padre para mis nacientes perversiones.
Luego de comer, cuando despidieron a los albañiles, yo acompañé a Patricia, su madre y ellos hasta la puerta.
—Tú me pareces conocido —le dijo Patricia al más joven que parecía tener los ojos hinchados como quien ha fumado más cannabis de la debida. El chico sólo sonrió como adormilado. Nunca pronunció palabra.
—No lo creo —intervino el mayor de los albañiles— Pasó casi toda su adolescencia en el sanatorio de San Juan de Dios, ¿sabe? Toma medicamento porque...
—¡El consultorio! —exclamó Patricia.
—¿Cómo dice?
La mamá de Patricia le dirigió a ésta una mirada severa.
—Nada, nada, sólo he recordado algo.
Patricia no me explicó nada a este respecto ni yo pregunté nada más. Una hora después, cerca del anochecer invernal, salí de su casa de vuelta a la mía atravesando, como siempre, el enorme parque lleno de prostitutas que me separaba de la parada de autobús. Pero algo había cambiado. En mitad del parque oscuro, donde los arbustos eran antes sólo sombras siniestras, mis ojos veían ahora animadas invitaciones irresistibles. Y ya nunca dejarían de verlas.

domingo, enero 22, 2023

Nubia

Ahora que he reunido una experiencia relativamente amplia en los terrenos de la enfermedad mental, he de darle la razón a Patricia, quien en su primera juventud —me parece que aún antes de que cumpliera dieciocho— fue recepcionista en el consultorio de un conocido psiquiatra de Ciudad Natal. En aquellos años y geografías —los primeros tan cercanos al origen del psicoanálisis que no había dado tiempo a que se volviera la moda pseudo-intelectual en que luego devino, las segundas tan periféricas que apenas les llegaban los atenuados ecos de lo que ocurría en Viena o Nueva York— no acudía al psiquiatra nadie porque se sintiera triste o desanimado, ni siquiera los que, con un último resto de conciencia, reconocían estar perdiendo la razón, sino sólo aquellos que, casi siempre con engaños y en contra de su voluntad, eran llevados por otros a los que ya habían hecho la vida imposible tras ensayar todos los remedios que la civilización ponía a su alcance: hablar, desde luego, pero también amordazar, encadenar, golpear a mano limpia o con la ayuda de cintos y tablas, duchar con agua helada, quemar con cigarrillos o encerrar en un corral como a un animal doméstico para facilitar la limpieza de orines y excrementos. De modo que los pacientes casi nunca acudían solos y, como es lógico, rara vez se trataba de adultos, habida cuenta de que la enfermedad mental suele manifestarse desde el final de la niñez y adquirir fuerza en la adolescencia, convenciendo paulatinamente a los familiares de la necesidad de encerrar a sus enfermos en manicomios o cárceles en vez de intentar curas imposibles que sólo causaban gastos enormes en medicinas y emolumentos. Pero mientras dicho convencimiento llega, sitios como la sala de espera al cuidado de una Patricia delgada y atractiva, con el cabello recogido en una cola de caballo, blusa y falda lisas sin estampados, solía estar poblada de padres e hijos, pacientes y cuidadores, sin que fuera fácil determinar a simple vista quién era el enfermo y quién la persona a cargo, los tics nerviosos deformando los rostros de unos y otros, las manos de todos —siempre había que vigilar las manos, le advertía el psiquiatra a Patricia— sobándose entre sí con desesperación u hojeando revistas sin parar, ya se sabe que la locura es contagiosa y desde luego hereditaria, no hace falta más explicación, acaso agregar con finalidades profilácticas que de nada sirve decir que la línea que separa a unos y otros es la de la funcionalidad, pues esta última palabra, moderna y pegajosa, desde luego inexistente en aquella época mucho menos dada a engañarse que la actual, no significa nada en un mundo que coquetea cada vez más con la irracionalidad y la estupidez, tan funcional el demente como el cuerdo, tan ilegibles las palabras de un político como las de un drogadicto con el cerebro fundido, aquella sala de espera constituía, inadvertidamente, una anticipación del mundo futuro. 
No duró mucho tiempo Patricia en aquel trabajo, acaso seis o siete meses, fue lo único que su madre autorizó para que ganara un poco de dinero antes de entrar a la Normal de Maestros, entonces la llevaba y traía del consultorio por temor a que se desviara del camino seducida por alguno de los vagos del barrio que frecuentaban el enorme parque lleno de prostitutas que había que atravesar en diagonal a las tres de la tarde —para mayor rapidez— y por las orillas a las ocho de la noche —para evitar un mal encuentro—; si su madre hubiera advertido a tiempo la naturaleza misántropa de su hija se habría relajado en relación con sus preocupaciones o acaso las habría tenido de signo contrario, animándola a tener novio desde mucho antes, pretendientes no le faltaban y aún los había muy educados o con mucho dinero, pero las cualidades físicas de Patricia eran tan atrayentes como disuasiva su inteligencia que acomplejaba a cuantas personas hablaban con ella, especialmente a los hombres que en ningún caso quieren ser menos que la mujer que pretenden, es así como mantienen la idea de que son todas inferiores porque se las buscan a modo, siempre más estrechas que ellos. Pero lo que desanimaba a sus pretendientes cuerdos persuadía a los pacientes del psiquiatra para el que trabajaba, pues sin importar la edad que tuvieran o el trastorno que les aquejara, todos mostraban un interés desmedido por su persona, como si intuyeran en ella la comprensión que se les negaba o, todavía peor, la consideraran una de ellos, interpretación que ella rechazaba observando que los locos no hablaban entre sí, 'pues ni siquiera se notan'. 'Si me tomaran por uno de ellos no se fijarían en mí', concluía poco convencida, sin por eso sentirse más cómoda cuando alguno de los visitantes empleaba sus manos en masturbarse para ella, en saludarle con la palma abierta una y otra vez acompañando el gesto con una sonrisa macabra, en arrojarle pedazos de tela o papel que arrancaban de donde fuera en un descuido de sus cuidadores, para llamar su atención. Ya en la entrevista que le hizo antes de contratarla, fumando un cigarrillo de olor vagamente picante, el psiquiatra le había instruido sobre la importancia de no llamar la atención de los pacientes de ninguna forma, ya fuese deliberada o inconscientemente: 'Hay que vestir colores neutros —blanco, negro, gris, el marrón ya es excesivo—, no llevar cadenas ni brazaletes ni aretes, no tener un peinado demasiado alto ni maquillaje, los zapatos que sean bajos y cómodos, como los de una enfermera, jamás dirigirse a ellos sino a sus cuidadores, no gastar bromas ni apenas comentarios que no tengan que ver con su registro y citas médicas. Y bueno, no perderlos de vista, sobre todo las manos'.
La primera vez que quiso renunciar fue al cabo de cuatro meses, pues acaso porque ya había superado la incomodidad inicial de tratar con enfermos mentales y sus familiares, o porque ya daba por sentado que no existía ninguna dificultad en poner en su sitio a niños hiperactivos o adolescentes famélicos con la ayuda de familiares enérgicos que no escatimaban en el uso de la violencia, no advirtió nada extraño en aquella pareja —madre e hijo, supuso— que se paseaba por el consultorio lentamente mirando las plantas y tocando las paredes para luego mirarla de reojo y sonreírle. No creyó necesario preguntarles quiénes eran o qué se les ofrecía, pues se sabía la agenda de memoria: en efecto, a las seis y media de la tarde estaba citado el niño de la Señora Wilbur, doce años, más o menos la edad del que ahora se paseaba junto con su madre por el consultorio, acercándose paulatinamente al escritorio de la recepción y sonriéndole de vez en vez con dientes muy separados. Patricia aprovechó para sacar del archivero el expediente del niño, confirmó los datos del registro, anotó la hora de llegada y dispuso otros papeles en orden cronológico; nunca leía diagnósticos ni las notas del psiquiatra, no tanto por guardar la confidencialidad del expediente como por temor de que conocer los trastornos de quienes ahí se daban cita pudiera minar su capacidad para lidiar con ellos. Levantó la vista y no encontró más a la pareja, pero entonces sintió que la tiraban fuertemente de la cola de caballo hasta hacerla caer al piso: ahora tenía al niño encima, riendo a carcajadas, mientras la mujer que lo acompañaba los miraba con indiferencia inclinando la cabeza como si tratara de reconocerlos. El psiquiatra salió de su oficina, alarmado por los gritos, pero ya preparado con una jeringuilla que no dudó en aplicar sobre el hombro del niño; éste aún tardó un largo minuto en soltar a Patricia, luego de lo cual ella pudo echarlo a un lado y ponerse de pie, recomponiéndose. La mujer seguía mirándolos con indiferencia, como si no comprendiera nada, acaso con un gesto de mayor confusión y desdicha. Entonces entró agitado el cuidador de ella, la mujer, quien era en realidad la paciente de las siete: 'he tardado en hallar dónde aparcar', dijo, 'el niño es sólo un hijo problemático al que no es necesario tratar'.
'Siento lo que ha ocurrido', le dijo el psiquiatra a Patricia al final de la jornada cuando ella le anunció su renuncia, 'pero no deberías alarmarte, es normal que algunas personas reaccionen así cuando se ven rodeados de gente con trastornos, no le des importancia. Déjame que consiga una nueva asistente en vez de irte así nada más'. Patricia aceptó, pero ni el psiquiatra buscó una nueva asistente ni ella preguntó nada al respecto, reanudándose su relación laboral con entera normalidad, si es que tal palabra cabe cuando los clientes escupen en el suelo, gritan, se cagan encima, se masturban o, como mínimo, se remueven en sus asientos gesticulando horriblemente. El psiquiatra aceptó colocar unas cadenillas entre la pared y el escritorio, muy discretas, de manera que Patricia tuviera al menos tiempo de defenderse si otro paciente intentaba llegar a ella por sus flancos. Patricia, a su vez, colgó un par de campanillas a cada lado para que, al sonar, le anunciaran que un intruso había invadido su área. No parecía necesario. Día a día, semana a semana, las cosas continuaron como de costumbre, ninguna campanilla sonó ni se retiró ninguna cadena, todo siguió igual con una salvedad: los pacientes le dirigían la palabra con más frecuencia en vez de limitarse a hacerle gestos más o menos obscenos desde sus asientos. Niños, adolescentes, los contados adultos que llegaban a la consulta, le hacían comentarios y, en algunos casos, entablaban conversaciones muy difíciles de desechar como simple coprolalia, pláticas que en virtud de su extraordinaria sensibilidad o inteligencia, ya fuera por estímulo o educación, la obligaban a contestar teniendo buen cuidado de no contradecirles o agitarles. Uno de esos pacientes era una niña rubia de doce años que empezó a venir acompañada de su padre todos los lunes, hacia el final de la jornada, siempre con un libro distinto en mano del que apenas apartaba la vista. 'Le gusta mucho leer', se sintió en obligación de explicarle a Patricia el padre, 'a veces no para más que para ir al baño'. El hombre y la niña, a diferencia de otros cuidadores y pacientes, parecían no solamente normales, sino encantadores, cultivados y serenos, verlos no causaba inquietud alguna, al contrario, producían confianza y sensación de orden. ¿Por qué estarían ahí? 'Leer es un buen hábito', se limitó a decir Patricia. La niña levantó la vista, sonrió:
—¿Cuál es tu nombre?
—Patricia.
—Yo me llamo Nubia. ¿Qué te gusta leer?
—Cuentos de aventuras. Pero estudio para ser maestra de matemáticas —dijo Patricia recordando al instante que no debía decir tantas cosas.
—Las matemáticas son fáciles —contestó la niña, sonriendo.
—Es lo que mejor hace en la escuela —terció el padre —Pero insiste en que son ordinarias, ¿lo ve?
—Lo son —completó la niña dirigiendo a su padre una mirada de ligero reproche, como si quisiera decirle 'no veo cómo no lo entiendes'; luego miró a Patricia, que empezaba a inquietarse, sonrió de nuevo y le explicó: 
—La parte más simple del cerebro es la que hace matemáticas. Yo he podido darme cuenta pronto. Yo ahora busco lo difícil.
Un tanto perpleja e interesada, Patricia quiso preguntar más, pero se abstuvo. Por toda respuesta sonrió y volvió a sus papeles. 'Quizá, después de todo, la niña sí está loca', pensó para sus adentros. Pero las conversaciones no cesaron.
—No deberías estudiar matemáticas —se atrevió a decirle la niña dos semanas después, mientras ella y su padre esperaban a que el psiquiatra los recibiera —Es una incongruencia.
—¿Por qué lo dices? —preguntó Patricia sorprendida de escuchar una palabra así en boca de una niña.
—Porque eres inteligente, no una máquina. Porque tienes alma. Estoy segura de que lo sabes.                 
—Oh, ya veo. ¿Y qué debería estudiar entonces?
—Deja a la señorita en paz, Nubia, por favor —intervino el padre un tanto impaciente, se mesó la barba con la mano derecha, una sombra pareció oscurecer su rostro.
—Deberías ayudarme a resolver mis preguntas, que son difíciles.
Patricia se limitó de nueva cuenta a sonreír; el psiquiatra salió en ese momento, oportunamente, de su oficina, cigarrillo en mano. 'Ya pueden pasar', anunció. El padre de la niña se puso de pie con seriedad. No sonrió.
Entonces comenzaron las pesadillas. Ella se hallaba en el balcón de su casa, de niña, con la cola de caballo que desde entonces le hacía llevar su madre, jugando con sus muñecas, cuando de pronto aparecía ésta detrás de las cortinas, vestida de negro y con un velo de encaje del mismo color, diciéndole 'Tu abuelita ha muerto, mira'. Y señalaba con el dedo hacia la calle donde su abuela hacía un gesto de adiós con la mano y echaba a andar en dirección del templo. Patricia lloraba y le preguntaba a su mamá por qué, pero ésta ya había desaparecido del balcón. Reaparecía al poco tiempo para decir 'Tu padre ha muerto, mira'. Y ahí estaba en mitad de la calle su padre despidiéndose con la mano mientras ella lloraba. '¿Por qué, mamá, por qué?'. Pero su madre ya había desaparecido. El ciclo se repetía y, consciente de que estaba soñando, Patricia intentaba despertar en vano. Sentía que se ahogaba a cada nuevo personaje. 'Tu tía Concha ha muerto, mira', 'Tu hermano ha muerto, mira', 'Tu perrita ha muerto, mira', hasta que por fin lograba despertar cubierta en sudor, luchando por respirar, haciendo un esfuerzo por identificar en las sombras del cuarto los objetos familiares y no los monstruos que inexplicablemente presentía. Tenía temor de asomarse al balcón cuyo cuadro de luz, ovalado por arriba, se veía detrás de la cortinilla blanca a la derecha de la cama. 'Son sólo tonterías', se decía al cabo de unos minutos. Volvía a dormir.
Su rutina en esos días consistía en pasar la mañana ayudando a su madre en casa, repasar los cursos de matemáticas del bachillerato terminado hacía poco tiempo a fin de ingresar a la Normal de Maestros y acudir cada tarde al consultorio del psiquiatra a trabajar, acompañada por su madre de ida, acompañada por su madre de vuelta. Las primeras veces se reprochaba haber sentido miedo la noche anterior, las pesadillas ocurrían cada dos o tres días. Pero cuando ya se hubieron repetido tres noches seguidas, empezó a tener miedo de quedarse dormida. Decidió hablar con el psiquiatra de ello un lunes a mediodía.
—¿Le has dicho a tu madre?
—No. ¿Cree que deba hacerlo?
—Bueno, ella es la personaje principal del sueño. Si no le hubieras dado importancia al principio quizá se lo habrías contado como cualquier otro ¿no?
—No le di importancia. No sé por qué no se lo dije. Pero sé que ahora me da miedo hacerlo.
—Mira, no creo que esto sea importante. Te voy a dar un medicamento en gotas, no más de tres antes de dormir por favor. Es importante que descanses, que duermas bien. No te imaginas la cantidad de enfermedades mentales que se agravan rápidamente por no dormir bien.
—¿Cree que esto es una enfermedad?
—No, mujer, en absoluto, pero no queremos que lo sea ¿verdad?
Patricia sonrió, extrañamente aliviada.
Un poco antes de las siete y media de la tarde ya estaban la niña y su padre en la sala de espera. Ella se acercó con pasos largos y lentos hasta el escritorio y la miró con atención. Chupaba una paleta que, de momento, se quedó en su mano.
—Lo noté desde la semana pasada pero no he querido decirte nada. Pensé que se te pasaría. 
—Hola. ¿Cómo estás? —dijo Patricia algo distraída, deseando que aquella conversación no tuviera lugar. Ya había recogido sus cosas. Apenas entraran con el psiquiatra cerraría el despacho y se iría a casa. No deseaba esperar, como solía, a que acabara la última consulta para salir.
—Es la misma pregunta que yo me he hecho, ¿sabes? La que no responden las matemáticas ni la física ni la química.
—¿Pero tú sabes qué cosa es la química? ¡Qué niña tan inteligente! —dijo Patricia haciendo un guiño al papá que la miró sin devolverle la sonrisa.
—No seas condescendiente conmigo. No estás prestando atención. Estás teniendo los sueños...
—¡Nubia! —le espetó el padre muy serio.
—Pero papá, ¿no lo ves tú también? ¡Y quiere ser maestra de matemáticas! ¿Para qué?
Patricia tuvo un miedo instantáneo, agudo, que su curiosidad pudo domesticar a los pocos segundos despreciando finalmente las reglas del consultorio para hablar con la paciente. Se puso de pie, retiró la cadenilla a su izquierda causando un ligero tintineo de las campanas. Se acercó a la niña.
—¿De qué sueños hablas?
—Las preguntas son lo que importa, no los sueños. ¿Para qué vivimos? ¿Por qué nos morimos? ¿Y por qué no lo averiguamos de una vez? No sé qué hago aquí ni tú tampoco. Solías preguntarte estas cosas más a menudo. Como yo. Y mírate ahora: queriendo enseñarle a los niños a sumar y restar, a multiplicar y dividir... qué desperdicio.
—¡Nubia! —insistió el padre. —Ya fue suficiente. Le suplico que la disculpe, ella...
Patricia giró la cabeza hacia donde estaba el padre y se llevó tranquilamente el dedo índice a la boca en señal de silencio.
—¿Por qué me dijiste que estoy teniendo los sueños? ¿Qué sueños?
—Tú sabes bien de qué sueños te hablo. Pero los adultos no quieren contestar. No saben por qué vivimos. No saben por qué nos morimos. Tú ya preguntaste y no te dijeron. Estás preguntando de nuevo. Yo quiero saberlo.
—¿Tú quieres saber por qué morimos?
—Señorita —intervino el padre —por favor no le haga caso o me voy a ver en la obligación de...
—Déjela hablar por favor. Nubia, tú sabes algo, ¿quieres decirme algo?
—Pensé que tú me lo dirías. Pensé que me ayudarías —dijo la niña.
El psiquiatra salió en ese momento y Patricia no consideró prudente continuar: dejó que la niña y su padre se dirigieran al despacho del psiquiatra, pero todavía se giró Nubia súbitamente para gritarle:
—¡Esta noche iré a visitarte! ¡Yo podré contestarte!
El padre la jaló más firmemente y casi la levantó en andas. La puerta del despacho se cerró y ella salió a la calle tratando de disipar su malestar con una simple frase que repitió incansablemente como un mantra: 'La niña está loca'. Claro. 'La niña está loca'.
Su madre tardó un poco más de lo habitual en pasar por ella ese día. Ambas volvieron a casa rodeando el enorme parque lleno de prostitutas y depravados que a esa hora se adivinaban entre los matorrales. Al llegar a su calle, mientras su madre abría con dificultad el portón de la casa, Patricia miró hacia el templo cuya única torre se recortaba fuertemente contra el azul marino del anochecer. Creyó ver a alguien parado en mitad de la carretera, a lo lejos, pero entonces su madre la apuró a entrar. 'Ándale, niña, apúrate', le dijo. 'Pareces boba'.
Antes de dormir buscó en su bolso las gotas que le dio el psiquiatra. No las tenía. Vació el contenido del mismo y encontró la paleta de la niña pegada a algunos de los papeles que ahí guardaba. Salió al pasillo donde estaba el teléfono de la casa y, tratando de no hacer ruido para que su madre no viniera a preguntar qué hacía, marcó el número del consultorio sin saber muy bien qué iba a decir en el remoto caso de que le contestara el psiquiatra. Nadie levantó el auricular. Volvió a su habitación, trató de calmarse, se quedó dormida leyendo. Otra vez estaba jugando en el balcón de su casa, rodeada de sus muñecas, temiendo lo peor bajo una luz crepuscular casi ámbar como la que se pone en ciertas tardes de verano antes de llover, cuando previsiblemente apareció su madre detrás de la cortinilla blanca para anunciarle 'Nubia ha muerto' y señalarle con un dedo la calle donde, en efecto, la niña rubia aparecía toda vestida de blanco y gritando a todo pulmón: '¡Lo hice gracias a ti! ¡Ahora ya sé la respuesta!'. Empezó entonces a llover a cántaros y Nubia gritó emocionada levantando los brazos y saltando. El teléfono despertó a Patricia, de madrugada, pero no pudo levantarse a tiempo para cogerlo: su madre lo había hecho en su lugar. Oyó los murmullos de una conversación breve, una exclamación, finalmente los pasos de su madre acercándose con pesadez hacia la habitación para anunciarle lo que ya sabía.

viernes, diciembre 09, 2022

Otro fin de año

La primera vez que di clases de manera remunerada fue en la Unidad Guadalajara del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados del Instituto Politécnico Nacional, en el verano de mil novecientos noventa y ocho, cuando yo aún era estudiante de maestría del centro y el Doctor Ramírez Treviño aceptó —quizá un tanto divertido— mi atrevida solicitud para impartir el curso propedéutico de matemáticas a los aspirantes al programa que yo estudiaba. El Doctor Guzmán, a la sazón director del centro, me entregó un cheque por una cantidad simbólica al final del curso de cuatro semanas que me estrenó como profesor, no sé bien si universitario porque todos los aspirantes ya eran ingenieros, físicos o matemáticos, no sé bien si de posgrado porque ninguno de los estudiantes estaba aún admitido en maestría.
Al poco tiempo empecé a dar clases bien remuneradas en distintas universidades privadas en calidad de profesor auxiliar, lo que significaba carecer de seguridad social y no tener obligación de estar en las instalaciones más que durante la impartición de mis cursos, una situación feliz que aproveché para leer muchísimo, pasear por la ciudad —casi siempre solo, aunque a veces con algún amigo— y disfrutar a mi pareja. Así transcurrieron casi cuatro años hasta que, persuadido de la necesidad de contar con más estudios para aspirar eventualmente a una plaza por tiempo indefinido, decidí hacer el doctorado en el extranjero. Esa decisión inició largos años de intermitencia en la relación con mi pareja, familia y amigos, pero también acabó con la felicidad que suponía vivir despreocupado de aspiraciones académicas y laborales, dedicado sólo al goce de cada función frente a auditorios cautivos. 
En efecto, con el doctorado quedó inaugurado un largo recorrido por las distintos estancos de la burocracia académica, una estructura gerencial que en poco o nada se parece a las ingenuas ideas que al principio tenía sobre el trabajo universitario. Me convencí de estar desnudo y, para vestirme, requerí un doctorado. Pero luego de éste seguí viéndome en pelotas y requerí más experiencia en el extranjero, una plaza en una universidad pública, la dirección de proyectos y tesis, la existencia de programas de posgrado, la interminable publicación de trabajos, el desempeño de jefaturas y coordinaciones, la traducción, en fin, de mis estadísticas en dinero constante y sonante bajo el eufemismo de reconocimiento público...  '¡Lo logré!', podría gritar entusiasmado. Lo logré... ¿Lo logré?
[...]
Dos de mi escritores más admirados han escrito algunas cosas relacionadas con la docencia y las universidades. Sus palabras no son las inanes cursilerías habituales que suelen ofrecerse en los discursos sobre el día del maestro. John Maxwell Coetzee dice, a través de un personaje suyo en Diary of a bad year:
'It was always a bit of a lie that universities were self-governing institutions. Nevertheless, what universities suffered during the 1980s and 1990s was pretty shameful, as under threat of having their funding cut they allowed themselves to be turned into business enterprises, in which professors who had previously carried on their enquires in sovereign freedom were transformed into harried employees required to fulfil quotas under the scrutiny of professional managers. Whether the old powers of the professoriat will ever be restored is much to be doubted.'
Y Javier Marías, en su artículo de prensa titulado Yo me divertiré, dice lo siguiente:
'Es esta una época en la que los docentes gozan cada vez de menos libertad, apabullados por normas, controles y pedanterías. Y así, se les permite siempre menos el uso de la imaginación y más les son impuestos el mimetismo y la uniformidad. Habrá quienes se sientan felices por ello. En todo oficio hay y ha habido gente rutinaria y perezosa, que prefiere saber a qué atenerse, no ya a diario, sino en su entera vida. Gente que sólo busca su seguridad y jamás aventura; reiteración y no riesgo; cómodas cortapisas y reglas que descarten el traicionero entusiasmo con que a veces se acometían las tareas en el pasado [...] Aún quedan personas que sí afrontan con imaginación y entusiasmo su trabajo cotidiano, y aun su vida entera que no quieren conocer ni vislumbrar así, entera, de antemano. Personas que recibirán las sorpresas con gusto, aun si no son muy buenas, antes que sentirse programadas hasta la eternidad. Tengo para mí que ese entusiasmo —que a menudo flaquea, cómo no— y esa imaginación —basta una modesta, un grano de sal— son especialmente necesarios en la enseñanza. No ayudan los tiempos, que poco alientan y recompensan a los docentes, en lo político, lo económico y lo social. Pero aún así, el primer precepto de un profesor para consigo mismo ha de ser: yo me divertiré [...] Y si algo me consta es que, si me divertía yo, los alumnos se divertían también.'
[...]
Otro fin de año con su sensación de recogimiento y contemplación. Otra vez los estudiantes que se esfuman como por arte de magia, la obra de teatro suspendida, los burócratas afilándose los dientes en la sombra, insaciables. No tengo idea de hasta cuándo viviré estos ciclos a los que voluntaria y decididamente me entregué en otra época —el mundo y yo mismo tan diferentes entonces que parece mentira que exista un hilo de continuidad que una aquel pasado con este presente—, pues en vez de resignarme al seguro envejecimiento y la presunta jubilación, acaricio la idea de escapar a la burocracia que, presupuesto de por medio, domesticó mis aspiraciones hasta convertirlas en desbocada carrera administrativa. ¿Es posible una operación semejante? ¿Se puede vivir sin enseñar cuando ya se ha enseñado toda una vida? ¿Se puede cambiar de actividad como si siempre se tuvieran veinte años? ¿O es que mi inconformidad —la de Coetzee, la de Marías— es resultado de una ingenuidad que no entiende que las universidades y sus profesores no tenían otra forma de vivir, que la situación actual es resultado de una mera adaptación? Lo ignoro. Pero mucho me temo que, de una u otra forma, tarde o temprano, tendré que averiguarlo. Y divertirme en el proceso, faltaba más... Consecuencias de la imaginación, supongo. O del espejismo. Las primeras, sí, pero también las últimas.