sábado, marzo 22, 2025

Las visiones de los dos

Aun antes de que se escuche el chirrido de la puerta ya brincan agitados los perros, lo mismo el par del patio frontal, sobre la enorme cisterna construida en tiempos aprovechando la fuerte pendiente de la calle, que la perra pequeña del patio trasero, un cuadrángulo irregular que hasta hace algunos años todavía tenía una puerta que daba a un parque interior, común a casi todas las casas de aquella manzana, donde hacía sombra un árbol enorme que ya debió estar allí, pienso, cuando todo aquello eran sólo sembradíos de jícama y maíz, los últimos terrenos aptos para el cultivo antes de La Barranca, en cuyos caminos polvorientos veo bajar peligrosamente a los muchachos, primero dos y luego otros dos, riendo sin parar con sus tenis desgastados, una vuelta tras otra saltando entre piedras y boñigas, la mitad del tiempo abrasados por el sol y la otra mitad helados por penumbras hechas de ramas y piedras, no se percibe apenas, pienso, que a uno lo maltrate su padre alcohólico y al otro lo avergüence el acné, no se puede ver, así me lo parece, que a este le toque un tío la entrepierna y en casa de aquel haya poco de comer, uno de los muchachos resbala y los otros se ríen, divertidos, uno acude a darle la mano al caído y los otros le sacuden el polvo de las nalgas, bromeando, son todavía demasiado nuevos, pienso, unos recién llegados a los que queda poco tiempo para que el veneno que ya les ha sido instilado aflore como marcas en sus rostros, ya lo creo, sí, pero no esta mañana en que ya distinguen el ruido de las aguas del río, en el fondo, no aquí, por dios, en la Huerta de los Mangos donde se pudren las frutas entre lodazales que los muchachos atraviesan hasta llegar a la poza de arriba, donde se bañarán en calzoncillos hasta que sus manos queden arrugadas y se las miren unos a otros con azoro, seguramente sí, en cambio, esta noche en que, luego de cerrar la puerta con el mismo chirrido con el que la abrió y echar la llave, veo a Jorge subir pesadamente los escalones que desde la cochera conducen al salón de su casa, el perfil de las plantas que su mujer ha sembrado en macetas flanqueando su lento ascenso, los ladridos de los perros, dos al frente y una atrás, cada vez más fuertes y acompañados de rasguños en las puertas metálicas que los separan del salón, ahora me doy cuenta de que Jorge ha dejado su chaleco en uno de los sillones y que, aun de pie, su rostro se ilumina con la luz de colores, tibia y temblorosa, de la pecera, uno diría que el tiempo se ha detenido porque nada se mueve y es como si Jorge deseara calmarse por medio de aquella atmósfera vagamente marina, los perros aquiescentes repentinamente callados, aguzando el oído y levantando las orejas para tratar de saber qué ocurre al otro lado de sus puertas, Jorge se anima al fin a encender la bombilla y los perros vuelven a brincar porque ya han escuchado el ruido del pienso, dos cuencos grandes para los del frente y un cuenco pequeño para la de atrás, y ahora que hay luz puedo ver su enorme cama deshecha tras el umbral de una puerta y en la otra habitación la cuna de la niña que ya no es niña, recogida, el librero donde aguardan lectura viejas enciclopedias junto con textos del Artista y textos del Científico, porque tiempo hubo en que se interesó por la ciencia y casi al mismo tiempo por el arte, él hablaba conmigo y yo hablaba con él, nos quedábamos tan satisfechos, uno mencionaba al cometa y escrutaba los cielos, el otro hablaba del cabo de Creus como si de las rocas que dan a La Barranca se tratara, uno revisaba entonces las obras del Artista y explicaba sus periodos, el otro volvía al tema del cosmos de la mano del Científico, no conocíamos el aburrimiento, al final hablábamos de Dios y nos quedábamos tan satisfechos, él en silencio conmigo y yo en silencio con él, ahora en cambio ya se oye a los perros comer, pero no ha habido fuerzas para levantar sus mierdas, ya se oyen también el refrigerador y el borboteo de la bomba en la pecera, no sé cómo no había reparado en ellos antes si están ahí desde que Jorge subió las escaleras, y ahora lo veo a él con el pelo ralo y un párpado caído, con el vientre abultado y manchas en la cara, ha sido otro día de trabajo embrutecedor y sólo le apetece cenar, piensa en la suerte que tiene de que su mujer le deje comida semana a semana, hay costillas en la nevera y pollo en el congelador, pero ahora mismo no puedo esperar a que se descongele el pollo, piensa, aunque me apetezca más que las costillas no puedo esperar, tendré que calentar yo mismo lo que hay en la nevera y sólo yo calentar tortillas o prepararme un café, porque aunque mi mujer me trae la comida semana a semana ella no se queda a servírmela, viene sólo una o dos noches los fines de semana y siempre con la niña, pienso que la utiliza como pretexto para no hacer nada conmigo en la cama, a veces la invita incluso a nuestra habitación y me disgusto, pero no puedo forzar lo que no me es dado, creo, tampoco impedir que ambas vivan con mis suegros a pesar de mi oposición, no siempre fue así, desde luego, pero las cosas cambian y ella no es más la muchacha de cabello negro y carácter alegre que yo conocí, justo es decir que yo también he cambiado, heme aquí, por ejemplo, calentando la cena como si fuera un hombre soltero, a solo unos metros de La Barranca sin que tenga ya tiempo ni fuerzas para volver a sus caminos ni quede ya noticia de sus manantiales, no sé qué habrá pasado con la Huerta de los Mangos ni con los muchachos, pero lo veo a él siempre en tierras extranjeras, exilado, sin una sola conversación sobre el Artista o el Científico, sentado frente a las repisas de su biblioteca en un sillón de cuero donde apenas se ha sentado alguien que no sea él, levantando la vista de vez en cuando para pensar en la muerte y el abandono, tan parecidos ambos si no son lo mismo, arrancado de sus meditaciones por el presente desconsiderado que en su atrevida ignorancia cree que se puede amar sin conocer, allá va a la cama el poeta que dejó de serlo y el hombre de ciencia que se convirtió en burócrata, asistido por pastillas y misteriosos resortes, a liberar endorfinas mientras yo tengo que habérmelas con las chicas descarriadas del almacén y las aún más salaces de la enfermería, escarceos que casi nunca terminan en la cama porque se despliegan entre torres de productos y bodegas insalubres, apenas un sujetador roto o unos dedos húmedos, con eso voy tirando y ya me voy tocando poco a poco, una vez que he cenado, excitado por los recuerdos recientes y alguno remoto, es una suerte que viva solo, pienso, para poder soltarme cómodamente aquí mismo en el comedor, ya limpiaré enseguida antes de irme a la cama, y cómo hará él para sobrellevar su vida en el exilio sin el consuelo de un paisaje donde descansar la vista o una casa como esta que aun despostillada tiene luz y asimetría, desnivel y misterio, a mí me acogen de vez en cuando en el comedor de mis suegros y en el de mi madre, sobrevivo a las palizas del trabajo riendo las vulgaridades de mis compañeros con todos mis dientes podridos y los huecos obscenos de mis encías, pero a él lo veo abrir la puerta de su cubículo a primera hora de la mañana y no hablar con nadie durante horas, rodeado de libros que, con ser de matemáticas, no son del Artista ni del Científico, apilando símbolo tras símbolo en pantallas gigantescas hasta que se interrumpe para comer siempre a la misma hora y, tras la siesta, completar la jornada para luego volver a casa hacia las siete y un día hacer ejercicio y otro día hacer el amor, no le da vergüenza hablar con semejantes palabras de sus rutinas, y yo no puedo reprocharle que cambie su vida porque yo tampoco cambio la mía, porque yo comprendo que las cosas son así y que mientras yo rezo él sólo piensa en sus muertos y que mientras yo duermo solo él lo hace acompañado, los dos en silencio a la misma distancia de La Barranca porque el tiempo todo lo nivela y los sueños todo lo confunden, yo no veo los suyos ni él ve los míos, pero el polvo se levanta del camino haciéndonos estornudar de vez en cuando mientras los muchachos suben de par en par, ya no tan rápido como bajaron, deseando llegar arriba pronto para beber un refresco.

sábado, febrero 01, 2025

Lamento por la condición humana

Fue por aquellos años en que a la derecha de la cama tenía un ventanal que daba a un balcón desde el que difícilmente se podía sobrevivir si uno se arrojaba, que confirmé la dramática desaparición del deseo y miré hacia mi pasado lúbrico con extrañeza. Ya durante el primer mes en Ciudad Levante, al final del verano, me asombraba no sólo de que no diera pasos hacia ningún encuentro como en mi primera estancia de hace quince años —algo fácil de justificar tramposamente con palabras como fidelidad, pero yo no me engañaba— sino de la falta de interés y aún de apreciación hacia los chicos que, en tiempos no muy distantes, me habrían hecho detenerme en mitad de la calle y volverme hacia ellos con insinuación y descaro. Como la primera vez, había ido a trabajar a la universidad levantina con el Tigre sin que ninguno de los dos tuviera claro lo que haríamos, así son las cosas en las matemáticas aplicadas y no digamos ya las puras, de modo que era una suerte, supongo, que nosotros pudiéramos alegar que nuestras abstracciones estaban ligadas a la robótica y la aeronáutica, aunque todo fuera una exageración indisimulable. Las ideas, sin embargo, igual que el deseo, no se me presentaron en aquellas semanas, lo que atribuí a que esta vez no hubo despacho para mí y fui instalado en una sala común maloliente y acalorada donde hube de trabajar en mi pequeño portátil junto a estudiantes ruidosos que no se arredraban para sostener todo género de conversaciones a volumen ibérico. Casi todos los días el Tigre se pasaba por mi escritorio, comprobaba distraídamente en qué trabajaba, hacía algunos comentarios técnicos que, aunque yo no siempre lo percibiera, no tenían desperdicio, y se iba; en algunas ocasiones me invitaba a su despacho para lo que se suponía era un trabajo común, aunque derivado de sus ideas, pero entonces yo apenas le seguía en su discurso interminable, deslizando con dificultad observaciones inanes aunque sólo fuera para dar pábulo a que continuara por los paréntesis así abiertos. Como al fin y al cabo no entendía la mitad y la atmósfera en aquel despacho era casi tan ofuscante como en la sala donde yo tenía mi escritorio, divagaba, pero no sobre cualquier cosa sino sobre la persona del Tigre. Por descontado me asombraba su inteligencia, que lo mismo le permitía traducir rápidamente su pensamiento en ecuaciones que programar en ordenador códigos eficaces para ilustrarlas, así sus cualidades técnicas, pero es que además yo era testigo de la riqueza y precisión de su lenguaje —al fin y al cabo su lengua, la mía sólo prestada aunque fuera materna—, de la agudeza de sus análisis en esferas que se suponían ajenas a su especialidad como la política, de su buen oído musical que le permitía cantar, tocar instrumentos y escribir notas musicales de cualquier melodía. 'Sus padres', pensaba, 'han tenido todo que ver en este desarrollo, pero también el lugar donde ha crecido: él se pasea por entre catedrales y murallas, yo por calles destruidas y desiertas; su padre fue ingeniero, el mío fue albañil; su país fue conquistador, el mío conquistado; su madre fue cantante, la mía secretaria'. Me obligaba a prestarle atención dejando de lado lo que parecían simples comparaciones ociosas de un hombre acomplejado, pero luego de salir de su despacho disponía de muchas horas en la universidad y en la ciudad, en el piso con el balcón del que nadie podía lanzarse sin matarse, en el supermercado donde compraba lo que estaba a punto de caducar por tener precio reducido, para pensar todavía más en el asunto cuyo tema no era el Tigre, desde luego, sino la constatación de que yo, además de haber perdido el deseo, tenía límites, una conciencia que en la primera estancia, quince años atrás, no tenía, o bien la tenía, pero la despreciaba. ¿Son el deseo sexual y el futuro ilimitado dos cosas distintas? Cada mañana en aquella cama con el ventanal a la derecha despertaba sin erección alguna, cada tarde volvía después de fingirme hombre sano y responsable, andando por la ciudad, para comprobar que no me apetecía ni siquiera tocarme. Aquella inopia sensual no se traducía en una mayor voluntad de estudiar las ecuaciones del Tigre o reproducir las simulaciones y cálculos por él realizados. Me dedicaba desde la cena hasta poco antes de irme a la cama a ver espantosos reality shows en la televisión del salón, para luego leer en la cama novelas o estudios literarios hasta que el sueño me vencía. 'El Tigre no hará nada de esto', pensaba, 'ni ahora ni en su juventud, no perdería el tiempo en literatura fantástica ni apetitos carnales, no se envilecería mirando porquerías en la televisión ni se cuestionaría interminablemente sobre el sentido de nada, por eso y porque estaba en su naturaleza ha respetado los raíles que la sociedad le ha trazado para mejor cumplir su papel: esposa, hijos, trabajo, familia, patria, tradiciones, pero no se piense que es un hombre de derechas ni mucho menos, quizá hacia sí mismo pero no hacia los demás, hacia afuera es manifiestamente un hombre de izquierdas, consiente, por ejemplo, las drogas y el aborto y la eutanasia, lo mismo que mi orientación sexual aunque sea perpendicular a la cultura, ahí está, ahí lo tienes, no está bien culpar a los demás, que si los padres, que si el país, ya estoy suficientemente grande y debería verme a mí mismo, un hombre de cincuenta años preocupado por dónde poner la polla aunque no le apetezca, un hombre que fácilmente desciende a la vulgaridad en vez de mantenerse al margen, algo que puede intentarse, sí, apartarse de la degradación que identificamos rigurosamente, pero que no está bien hacer de esa manera beata e infantil, antes bien, debería ser resultado de nuestra naturaleza y no consecuencia de ir en contra de ella, ¿pero cómo podría yo ser mejor si no es yendo en contra de mis impulsos, oponiéndome a mis intereses mezquinos, a mi doblez moral y mis tentaciones?, pero luego ¿con qué recursos podría yo intentar semejante operación? es decir, si como queda probado jamás alcanzaré la lucidez del Tigre porque estoy limitado intelectualmente, ¿qué me hace suponer que no lo estoy también en lo moral? A los años que pasé estudiando por placer le siguieron los muchos en que lo hice para ponerme a la cabeza de un puñado de ciegos, por eso soy tuerto; para estar en lo más alto accedí a hacer tímidas trampas fingiéndome un entendido, por eso soy un estafador; lo conseguido es un castillo de naipes que no resiste el menor escrutinio... el balcón está tan cerca'. Una mañana del segundo mes de estancia tuve la suerte de rescatar una vieja idea para proponerla al Tigre y no depender enteramente de sus trabajos, en los que me incluía acaso por conmiseración y no porque yo hubiera aportado nada. Durante semanas presenté un enfoque equivocado de mi propia idea mientras el Tigre insistía en la que fue, finalmente, la formulación correcta; también fui incapaz de comprender las implicaciones de mis desarrollos o de programar razonablemente las ecuaciones que yo había establecido. El Tigre, desde luego, lo había previsto todo; recordando sus ojos inquietos y la forma en que remoloneaba en su silla sonriendo oblicuamente, era evidente que trataba de dejarme llegar a sus conclusiones aunque a veces le desesperara mi lentitud. Seguramente no llegué a ver todo lo que él había visto cuando el tercer y último mes de estancia llegó. Ayudado por la visión de un artículo cuya escritura había dependido casi enteramente de mí, me fue fácil sentirme satisfecho en la falsa creencia de que las intervenciones del Tigre habían sido mínimas; tal vez lo fueron, pero también fueron esenciales: aquello no era prueba de mi pericia, sino de mis limitaciones. Alguna noche de ese último mes me permití un homenaje a modo de celebración, no porque me apeteciera del todo, sino como profiláctico. Una vez hube terminado reparé en lo poco que, de un tiempo para acá, me recreaba en la memoria de mis aventuras. 'Qué extraño', pensé, 'haber sido aquel hombre lascivo y no reconocerse ahora. Debo estar envejeciendo. Es una pena que ello —la falta de deseo— no sirva para volverme un virtuoso, un intelectual al fin, un científico de verdad. No sirve tampoco para ahorrarme zafiedades propias o ajenas. Ahora mismo estoy a pocos días de volver a Santa Teresa y allá me espera la reanudación de mi vida de tuerto-rey rodeado de príncipes ciegos, un payaso a quien se puede ignorar, gritar y contravenir, aún en su propio palacio, aún con sus propios recursos. No logré ponerme a salvo en la vida. Sólo los que se ponen a salvo pueden considerarse exitosos. Hay gente —poca— que ya nace a salvo; yo no. Podía salvarme y no lo hice y ahora es demasiado tarde. No me quedé en Ciudad Levante antes ni ahora. No me quedaré después. Tampoco en la Isla ni el Gueto. Fracasé en lo que hubiera podido darme un poco de paz ahora que las capacidades intelectuales tienen límites probados, ahora que el deseo ha desaparecido. Ilusiones no tengo ninguna desde hace años. El amor es, como mucho, una tierna costumbre y un compromiso, no un entusiasmo.' Y se me ocurren sólo cursilerías ahora, de modo que abro el ventanal a la derecha de la cama y compruebo que hace un frío tremendo. Allá abajo siguen pasando los autobuses, los empleados de la paquetería tienen encendida la luz a deshoras. Un salto y ya está, se acaban las dudas y los fraudes biográficos. Un salto y termina todo. Pero no lo hice entonces ni lo hice después. Sólo lo pensé por aquellos años, antes de estos otros en que a la derecha de la cama tengo un ventanal que da a un patio mínimo de plantas y mosaicos armoniosos, pero no a ningún balcón.

lunes, enero 20, 2025

Lo increíble de morirse

No puedo creer que me esté muriendo cuando hace apenas unas semanas me hallaba bien. Es verdad que el clima cambió, como todos los años, de manera abrupta. Un día de noviembre todavía hacía calor y, de la noche a la mañana, había amanecido helado en mitad de la enorme cama que siempre he querido cambiar. Dejé entreabierto el ventanal a mi derecha porque hasta la noche anterior todavía hacía calor. Usé sólo la sábana de cuadros amarillos para cubrirme porque hasta la noche anterior su tela de algodón me mantenía fresco. Año con año me felicitaba por haber construido el pequeño cubo al lado de mi habitación que permitió convertir la ventana en ventanal y la inútil cochera en un patio mínimo de plantas y mosaicos armoniosos. El ventanal proporcionó más luz y ventilación al cuarto, el patio permitió sentarse algunas tardes a leer bajo su cielo fraccionado por la rejilla metálica que lo cubre. Ahora el ventanal lleva semanas cerrado, las cortinas unas veces abiertas y otras cerradas según mi ánimo. Al principio pensé que se trataba de otro de los muchos catarros estacionales que he tenido a lo largo de mi vida. Le pedí a la asistenta que preparara caldo de pollo y no levantara tanto polvo al barrer. Le pedí que comprara tortillas de maíz y crema agria para hacerme tacos junto con el caldo. Revisé junto con ella los medicamentos que tenía en el cajón de las medicinas —casi todos caducos— y le pedí que trajera los que consideré que harían falta: antiinflamatorios para el dolor de garganta, antigripales para la moquera, algún antibiótico cuya prescripción elaboré yo mismo aprovechando el bloc de recetas del fallecido Doctor Zet. Salvo por las incomodidades, pensé, este tiempo enfermo se distinguiría muy poco de mis días ordinarios: leería libros, escribiría notas, vería la televisión; tendría que seguir pagando servicios y cobrando el retiro, verificando que la renta de mis propiedades llegara puntual a mi cuenta. Un hombre como yo hace lo mismo enfermo que sano y, si se me apura, lo mismo activo que jubilado. Pero las fiebres nocturnas empezaron a obstaculizar mis planes. No importaba la modestia de mis propósitos porque la enfermedad los volvía irrealizables. No importaba que me hubiese pasado toda la vida recortándolos inexorablemente porque aún debían reducirse más. Los años infantiles en que me fue instilado el veneno de la creencia en mi superioridad intelectual hubieron de ser combatidos por años y años de hechos en contrario. Las pruebas a las que hube de enfrentarme fueron las más lentas y crueles, siempre en el límite de la frontera que separa al talento de su negación, así se mantenía la ilusión de una mediocridad siempre a punto de ser superada sólo para terminar, luego de un esfuerzo agotador, enfrentado al hecho de que toda conquista era ridícula, todo triunfo un mero espejismo estúpido. A la obtención de las notas más altas en matemáticas hubo que oponer la incapacidad para hacer matemáticas. A la obtención de los grados académicos más altos hubo que oponer la multiplicación de las confusiones técnicas más vergonzosas. A las publicación de artículos en las revistas científicas más prestigiadas hubo que oponer los errores más simples que los invalidaban. No hubo pues necesidad de esperar a la jubilación para liquidar el propósito de ser ya no digamos un científico notable, sino apenas un hombre de ciencia mínimamente consistente; a partir de la segunda estancia en Ciudad Levante, cuando también tenía un ventanal a la derecha de mi cama, el contacto con el Tigre liquidó para siempre, por su sólo contraste, cualquier posibilidad de enmienda profesional: sus ideas eran originales, las mías derivadas; sus trabajos eran coherentes, los míos erróneos; su comprensión era cabal, la mía insuficiente; nunca le aportaría nada que él no hubiera previsto y descartado; toda colaboración entre nosotros no podía ser otra cosa que la ejecución exacta por parte mía de cada una de sus instrucciones. Renuncié así, luego de una vida entera de expertos despropósitos, a ser nada más que un vulgar maestro de universidad de provincias, ocupación de la que me jubilé hace algunos años, de modo que cuando las fiebres nocturnas aparecieron, ellas ya no podían estorbar propósito científico alguno, ni impedirme leer libros técnicos que ya habían sido repartidos entre colegas, ni frustrar el crecimiento de la lista de irrelevancias que logré colar en las así llamadas publicaciones científicas a lo largo de décadas de deliberada simulación. No obstante, una ambición de orden intelectual sobrevivió a la desaparición de mis aspiraciones científicas aunque ya llevara años muerta cuando llegó la enfermedad de la que no puedo creer que me esté muriendo: la idea de que podía ser escritor. Así como los malentendidos científicos tuvieron su origen en los concursos de matemáticas, los ordenadores y las amistades de mi adolescencia, así el despropósito de escribir tuvo su origen en los poemas y diarios que al final de mi niñez escribía a máquina en color negro con encabezados de color rojo. No escarmenté cuando leí los primeros poemas y cuentos y novelas de quienes sabían escribir, ni cuando se me agotaron la lírica y la biografía y me quedé simplemente con mis cartas, ni cuando empecé a hacer cuentos malísimos que sólo hasta mi tercera estancia en Ciudad Levante, rebasados los cincuenta y seguro de que la vía científica estaba liquidada, decidí presentar a editoriales que los declinaron en todos los tonos posibles. Cerca de la jubilación quise hacer una novela y nunca avancé más allá de treinta aburridas páginas que a mí mismo no me apetecía releer. Una noche solitaria, leyendo en mi biblioteca, lo acepté: no escribiría nunca nada. Me consolé pensando en que podría leer y releer los libros que tenía frente a mí, algunos aún envueltos en el celofán con que me los entregaron en las librerías de Ciudad Natal y Ciudad Levante, en la Isla y en el Gueto, en el insulso establecimiento para señoras de Santa Teresa hasta donde varé en repetidas tardes de inacabables fines de semana miserables. Un propósito a mi alcance, pensé. Un propósito pacífico aunque improductivo porque no haría con mis lecturas ningún estudio. No hablaría con nadie acerca de ellas porque apenas me quedaban amistades y a ninguna de ellas le interesaba lo que yo pudiera decir al respecto. La vida reducida a entretenimiento, todo lo reunido a lo largo de los años sólo una forma de pasar el tiempo. Cómo ir del punto A al punto B. Eso pensaba resignadamente cuando inició la enfermedad, que seguiría leyendo pero sólo con un poco más de molestias: dolor de garganta primero y escurrimientos después, acaso un par de malas noches por insomnio o tos. Pero entonces aparecieron las fiebres y ya no pude tampoco leer, no de noche cuando me asaltaban los delirios y volvía a ver el ventanal convertido en ventana y la extensa cama a mi derecha ocupada por quienes durmieron en ella con regularidad en el pasado, escuchando mis quejas acerca del colchón, los hundimientos y los hormigueos; no cuando estaba seguro de escuchar los ladridos de perros que hacía años no tenía, ¿acaso la asistenta ha traído algún animal?, me preguntaba una y otra vez mientras realizaba cálculos interminables, primero un cuadro blanco que había que resolver por completo para luego seguir con el problema de los tres cuadros blancos, dudar al final si se ha resuelto todo y repetir; los familiares ya fallecidos con su cháchara interminable. ¿Quién puede leer en esas condiciones si no queda claro ya cuándo es de día y cuándo es de noche? Y las preocupaciones acerca de las cuentas bancarias y los servicios, ¿por qué tenía que escoger este libro de Jon Fosse, encima, para morirme? ¡Qué lectura más atroz! Equivocarse toda la vida y volverse a equivocar al final, cuando se percibe que de esta no saldremos y que los libros que vemos delante, celofán o no, se van a quedar aquí fuera de nuestro alcance, ¡y las cosas! ¿Qué va a pasar con las cosas? ¡Es increíble! me digo una y otra vez con los cabellos pegados al rostro por los sudores, la asistenta no se puede quedar todos los días aquí y me acerco tambaleante a la ducha recordando cómo era eso de bajar la fiebre, los trapos húmedos, los geles fríos. ¿Cómo es posible que no vaya a terminar siquiera de leer mis libros? Pasó hace poco mi cumpleaños, al menos eso está cubierto... Mamá, dame más pastel. Mamá, mamá. No voy a alcanzar a terminar la lectura y menos si escojo tan mal como este libro de Jon Fosse. ¡Qué inoportuno! ¡Qué delirio! Pero si estaba bien, no puedo creer que me esté muriendo, nunca pensé que a estas alturas le entraran a uno ganas de intervenir más allá de la tumba: 'que ella se lleve esto y aquello', 'que le den esto otro a fulano y mangano', 'que con mis muebles y cuadros, que con mi ropa, que con mis monedas y mis discos y películas, que...' es inútil. Ni siquiera en estas circunstancias renuncio a propósitos que no puedo cumplir. Soy un fracaso e intento arreglarlo todo en un último gesto. Qué torpeza. Las fiebres no cesan, el vómito, el aliento sobrecalentado, los ladridos ¿son de allá fuera o del patio de atrás? Descansa, perrita, ya has olfateado por última vez el aire de la laguna. Todavía quiero levantarme cuando la luz de la mañana ilumine la biblioteca, cuando el aire sea dorado y limpio, cuando los lomos de los libros brillen. Quiero terminar de leer aunque sea a Jon Fosse. Por favor, un poco más de tiempo. No puede ser que ya no haya tiempo. Por favor. La noche interminable se cuela por el ventanal entreabierto tirando al suelo las medicinas.  

martes, noviembre 05, 2024

Samhain

Esa mañana, al despertar, tuvo la sensación de estar en la habitación de aquella anciana que nunca le fue dado conocer en persona, pero cuyo piso en el centro de Ciudad Levante alquiló por pocos meses en dos periodos de su vida tan alejados entre sí como lo están el verano del invierno. Nada justificaba esa apreciación suya porque, al hallarse en una ubicación tan céntrica, aquel piso era invadido desde temprano por el ruido de coches y vecinos, comerciantes y transeúntes, lo que no ocurría en su verdadera habitación de Santa Teresa donde ni siquiera hoy, luego de casi tres décadas de vivir en el mismo sitio, se escuchaba poco más que el trinar de nerviosos pájaros o el ladrido de los perros de la cuadra delatando el recorrido de un solitario paseante.
El ventanal, pensó, era parecido al de su vieja habitación levantina: ambos a la derecha de la cama, con su par de puertas de cristal transparente por donde se colaba en las mañanas la misma luz indecisa de color gris; pero ni el diseño de las cortinas —bordados de lino con retazos huecos allá, tul amarillento y liso aquí— ni el acabado de las puertas —con marcos de polivinilo blanco ahora y de oscura madera de nogal entonces— permitía llevar las similitudes demasiado lejos, menos aún si se tomaba en cuenta que aquel ventanal daba a un balcón tres pisos por encima de la estrecha calle, en tanto que éste sólo da a un pequeño patio de cuatro paredes invadidas de plantas y cubierto por un enrejado que, además de intentar —un tanto ingenuamente— disuadir a ladrones y curiosos, fragmenta el cielo en pequeños cuadros azules. 
Extendió su brazo derecho hasta tocar el borde de la cama e incomprensiblemente se asombró de encontrar aquel espacio vacío. Nunca nadie compartió el lecho con él en el anticuado piso levantino, no la primera vez en que aún era joven y podía haberles dado cuerda a las fugaces relaciones derivadas de sus escarceos nocturnos, pero tampoco la segunda cuando sus huesos ya dolían casi a diario y apenas se apartaba del camino que lo llevaba diariamente de casa a la universidad y de regreso. Poca cosa era estar acostado solo para explicar la inopinada impresión de hallarse en Ciudad Levante, no sólo porque así llevaba despertando a diario desde hace más de quince años en Santa Teresa, sino porque aún en los tiempos en que nominalmente estaba acompañado solía pasar largas temporadas lejos de casa. Sus estancias levantinas, sin ir más lejos, fueron a un mismo tiempo solitarias y comprometidas, periodos al pendiente del teléfono o el ordenador para mejor mantener la apariencia de normalidad en relaciones que, de haberlo sido —esto es, normales— no se habrían permitido separaciones semejantes, ni el prolongado reemplazo de la convivencia diaria —el cuerpo del otro recortado contra el ventanal cada mañana— por el intercambio de mensajes cada vez más inocuos a través de pantallas y auriculares. Pero se permitieron estos excursos y ahora los que esperaron por él —un día y otro y otro más— hace años que se han marchado y no lo esperan más. Recoge sus manos y con un pesado esfuerzo se incorpora. Queda sentado en el borde de la cama, de espaldas al ventanal, los pies tratando de no tocar el piso para evitar resfriarse. 
¿Por qué podía sobrellevar tanto tiempo fuera de casa? ¿No habría sido mejor liquidar sus compromisos? ¿Ser uno de esos valientes que se van a la cama con un cuerpo distinto cada noche? ¿Reunir la voluntad de dar la espalda al pasado para emigrar o enamorarse en tierras lejanas, acaso dedicarse sin contemplaciones a las ciencias y artes? Nunca fue lo suficientemente fuerte como para quemar sus naves porque ello habría significado quedar despojado de la esperanza —la espera— de los otros, que era la suya propia, una forma de desnudez que no lo habría hecho más libre sino más apocado e inseguro. Punto de partida o referencia, elemento central de su parusía secular, necesitaba saber que había casa, aunque sólo fuera para retrasar indefinidamente el regreso a ella. Gracias a esa convicción pudo arriesgarse hasta el centro mismo del laberinto, a sabiendas de que un hilo
que suponía tan irrompible como inacabable, vínculo y camino de regreso lo unía en todo momento al otro. Siempre podía volver indemne de la sordidez y la soledad, recuperarse de enamoramientos prohibidos, cerrar los paréntesis cortos o largos, pero reiterados, en que podía ser otro: un extranjero de acento impreciso, un científico obseso, el habitante provisional de una capital de provincias o el lector empedernido incapaz de escribir una línea. Piruetas en el aire con red debajo. Aventuras acotadas. Humo. 

Hace años que ya no va a ninguna parte. No espera a nadie. Busca las pantuflas con los pies, se las calza. Se levanta con dificultad y anda penosmente hasta el ventanal para abrir las cortinas. Un día soleado. Esta es su casa y no el piso alquilado hace décadas a una anciana desconocida (dos veces); es Santa Teresa —miserable cuadrícula de polvorientas calles en una planicie infinitay no Ciudad Levante. Evidentemente. Nadie lo espera. Hay casa, pero no esperanza.

miércoles, agosto 14, 2024

El estafador

Te estábamos esperando. Esto dicen las cartas de ti: vas cayendo, caerás todavía, cuanto más profunda sea tu caída más alto llegarás. Traidor. Cobarde. Asesino. Las órdenes de Dios son inexplicables.
El Topo, Alejandro Jodorowsky

Animado por el recuerdo de aquella carta que le publicaron en La Revista hacía más o menos quince años, probó a enviar ahora un texto sobre los doscientos años del fusilamiento de Agustín de Iturbide, acerca del cual La Revista —especializada en historia y literatura, con algunas pinceladas de arte y filosofía— no había publicado ninguna referencia. Los días transcurrieron sin que él recibiera respuesta alguna; de pronto ya habían pasado un mes y luego dos, también tres.
Hacía décadas que había decidido dedicarse a la enseñanza e investigación de las matemáticas aplicadas, animado por sucesivos malentendidos de orden psicológico, académico, científico y filosófico; había recorrido desde entonces todos los estamentos correspondientes a su especialidad, primero como estudiante hasta el grado más alto, luego como profesor hasta la categoría máxima, finalmente como director de tesis, jefe de proyectos y programas. Toda su vida, sin embargo, escribió en privado innumerables apuntes autobiográficos, poemas, cartas, artículos de opinión y cuentos, sin animarse nunca a publicar formalmente ninguno de ellos. Sus únicos productos conocidos eran artículos científicos especializados, libros técnicos plagados de ecuaciones y gráficas, algún breve artículo divulgativo.
En su niñez y adolescencia, hechas de pocas lecturas, escasos cuestionamientos y abundantes prejuicios, participó en numerosos concursos escolares que terminaron por convencerlo de su inteligencia y talento, aunque estas presuntas cualidades sólo sirvieran para superar las pruebas correspondientes a dichos eventos. Por ello, a sus veinte años, decidió enviar una selección de sus poemas a un concurso nacional del que no obtuvo ni siquiera un acuse de recibo. Por ello también, a sus veinticuatro, estuvo a punto de abandonar las matemáticas aplicadas para realizar una maestría en ciencias sociales para la que fue rechazado. Había en estas y otras acciones una patética necesidad de ser reconocido y alcanzar, aun por medios claramente cuestionables, un ridículo barniz de gloria. Aunque con una ingenuidad progresivamente reemplazada por una cada vez más dolorosa consciencia, estas vergonzosas motivaciones todavía pueden distinguirse a lo largo de los años posteriores dentro de la propia carrera científica y docente: persiste el deseo de ser mejor que otros en vez de dedicarse a crear una obra que hable por sí misma sin necesidad de tomar en cuenta a terceros. Recorridos todos los estancos de la trayectoria académica hasta donde lo permiten sus propios recursos técnicos, su circunstancia geográfica e institucional, el gusano que lo habita exige ahora carne fresca para continuar alimentando su ego: es por eso que él considera que el momento de echar mano de sus escritos privados ha llegado; es por eso, desde luego, que ha enviado a La Revista el texto sobre los doscientos años del fusilamiento de Agustín de Iturbide.
Con el conocimiento y la experiencia aderezados por un mínimo de capacidad autocrítica, llega inevitablemente el reconocimiento por parte suya del lugar que ocupa en la comunidad científica a la que pertenece. ¿Cuenta con los mismos elementos para juzgar su posición con respecto a la comunidad de escritores, de ensayistas, de intelectuales? ¿Sigue creyendo que las instituciones en torno a las cuales se agrupan estas comunidades son los únicos vehículos válidos para publicar y valorar su obra? ¿Haber visto por dentro el funcionamiento de las revistas científicas y las universidades no le ha bastado para comprender las limitaciones que ellas padecen en su presunta capacidad para juzgar la calidad de un trabajo? En los primeros años de su carrera era incapaz de ver las enormes deficiencias de sus artículos científicos: la mala calidad de las imágenes, la falta de uniformidad de las fuentes, los errores gramaticales y semánticos, por no hablar de la pobreza de sus propuestas. También hubo un tiempo en que, consciente ya de algunas de sus carencias, intentó escamotearlas como un estafador desesperado, apostando porque pasaran desapercibidas a ojos de los responsables de conferencias y revistas, aceptando ser incluido en los trabajos de otros con tal de anotarse otro tanto curricular. La suerte y el trabajo hicieron, sin embargo, que eventualmente cambiaran las tornas: aunque la originalidad de sus ideas siguiera siendo cuestionable, la cuidadosa redacción y calidad con que se presentaban le permitieron acceder a mejores revistas. ¿Se encuentra frente a La Revista en una situación parecida a la de sus primeros años científicos, es decir, incapaz de ver la mala calidad de sus escritos? ¿Es La Revista una institución cooptada por un pequeño grupo cerrado que sólo admite colaboraciones de sus recomendados, al que no se puede acceder exclusivamente por el mérito? En caso de poder publicar eventualmente en este u otro medio sus escritos hasta ahora privados, ¿terminaría por comprobar lo comprobado en su área profesional, es decir, que sin importar cuánto se ascienda por la escalera no alcanzaremos nunca ese lugar sin mancha al que aspiramos, acaso porque no existe más que en nuestra imaginación?
Él recuerda que Roberto Bolaño vivió mucho tiempo de trabajos mal pagados y participando en concursos literarios: durante muchos años de forma más o menos bohemia en Chile y México, durante muchos otros de forma más o menos familiar en Cataluña; conoció el éxito apenas al final de su corta vida y no vivió lo suficiente para ver su obra convertida en un fenómeno de culto. Quizá él deba también tocar puertas una y otra vez como el chileno, aunque no tenga su tesitura dionisíaca ni, desde luego, su talento. Él recuerda que Javier Marías se dedicaba a escribir sin prisas ni compromisos desde su juventud, pacientemente, cuidando en todo momento cada palabra de su obra y desentendiéndose lo más posible del resultado. Quizá él deba también dedicarse a corregir incansablemente lo escrito hasta ahora, desechando sin consideraciones lo que no satisfaga sus criterios, o intentar de una buena vez escribir una novela, aunque no tenga la educación ni la profundidad del madrileño. Él recuerda también que John Maxwell Coetzee, luego de hacer estudios de matemáticas, intentó hacer una carrera en el boyante mundo del cómputo británico de los años sesenta, pero renunció a todo ello para, luego de vagar por un desierto hecho de docencia, trabajos manuales y frustrada poesía, encontrar su camino en la novela, primero tímidamente, luego con más firmeza, hasta alcanzar el Premio Nobel de Literatura. Quizá él pueda también escribir sin dejar de ser profesor universitario, aunque su especialidad no sea la lengua inglesa ni casen sus presuntos intereses profesionales con sus también presuntas aspiraciones literarias.
A estas alturas ya se halla convencido de que no llegará más lejos en su así llamada especialidad: fue; intenta pues, en La Revista o donde sea, poner su vida a salvo de la —ya lo entenderá— inevitable intrascendencia que la acosa. ¿Será? Probablemente nunca lo veremos.

viernes, julio 19, 2024

Las opciones prohibidas

'Los mexicanos estamos podridos, ¿lo sabía? Todos. Aquí no se salva nadie. Desde el presidente de la república hasta el payaso del subcomandante Marcos.'
2666, Roberto Bolaño

Se cumplen doscientos años del fusilamiento de uno de los principales artífices de la consumación de la independencia de México: Agustín de Iturbide. Su muerte inaugura la que —ahora sabemos— sería la costumbre mexicana de devorar a sus hijos: durante largo tiempo a través de la traición y el asesinato; en épocas más recientes a través del ostracismo y el linchamiento. Si bien el joven país apenas tenía conciencia de sí mismo con su enorme retraso cultural y técnico, sus deficientes comunicaciones a lo largo y ancho de un territorio que duplicaba el tamaño del actual y su miríada de poblaciones indígenas aisladas a las que faltaba una lengua común, con la eliminación del que fue su primer gobernante como país independiente sentaba las bases de su espíritu antropófago, pero también de lo que a la postre constituiría su visión maniquea de la historia, una visión que se extendió a partir de entonces hacia adelante en el tiempo (los malos serían los monárquicos, los extranjerizantes, los ricos, los conservadores, la Iglesia, los reaccionarios; los buenos serían los republicanos, los liberales, los nacionalistas, los revolucionarios, el Estado benefactor), pero también hacia atrás (malos fueron Cortés y la colonia, buenos Cuauhtémoc y el mundo precolombino en general).
La historia no es una ciencia exacta; se le inscribe en el grupo de las así llamadas ciencias sociales para prestarle algunos de los atributos científicos de que gozan aquéllas: el presunto abandono de anteojeras ideológicas o religiosas, la sujeción más estricta posible a la objetividad, la deducción lógica y el rigor documental. No dispone, sin embargo, de la posibilidad de verificar sus hipótesis por medio de experimentos; tampoco posee un lenguaje propio que le permita sistematizar y demostrar formalmente sus conclusiones como se hace en las matemáticas. Los intentos cientificistas como el materialismo histórico del marxismo, que tanto entusiasmaron a muchos durante décadas con sus presuntas leyes de la historia, no han hecho más que el ridículo contra lo que el sentido común ya sabía: la historia no tiene libreto. Todo esto significa varias cosas: que la historia es un terreno movedizo cuyas diferentes narrativas dependen de qué elementos documentales se seleccionen, que las mismas fuentes pueden dar origen a distintas interpretaciones, que en última instancia uno escoge aquellas versiones que mejor le acomodan a uno amparado no sólo en sus propias ideas (ya que no puede verificar los hechos) sino incluso en su valoración de las fuentes y los historiadores (confiando en que ellos se han tomado la molestia de investigar profesionalmente lo que los profanos no podemos ni queremos investigar). Ante este estado de cosas, no es extraño que la historia sea, tanto para el que la hace como para el que la lee, una colección de narrativas cuyo único objeto es dar coherencia a un conjunto de datos, más o menos amparados en documentos, para justificar posturas ya asumidas de antemano. Por ejemplo, habiendo aprendido en la educación primaria que hubo una guerra terrible causada por un tal Adolf Hitler, uno desea aprender más en la adolescencia y lee aquello que le confirme en esa creencia de base. Y lo encuentra: evidencias de los métodos violentos del partido nazi alemán, evidencias de la eliminación física de toda oposición al poder totalitario, evidencias del expansionismo hitleriano a costa de las naciones vecinas, evidencias del exterminio de la población judía. En la adultez, ya sea que uno sea un social-demócrata de izquierdas o un liberal clásico de derechas, una vez pues que uno se ha hecho de una cierta ideología, se siente todavía más seguro en la lectura de aquello que nos confirma en nuestras convicciones y autorizado a rechazar violentamente cualquier sugerencia o insinuación en contra. Entonces podemos decir airadamente al supremacista blanco o al negacionista islámico del Holocausto '¿pero cómo puedes poner en duda estos crímenes? ¿cómo puedes creer que hubo siquiera algo racional que justificara que millones de personas apoyaran al dictador del bigotito? ¡Estáis locos!' Y así, de forma casi teológica, sin que nos conste lo ocurrido por haber nacido años o siglos después, sin tener la capacidad propiamente de juzgar la calidad de las investigaciones de los historiadores que leemos sino sólo su grado de cercanía con nuestras convicciones, nos quedamos tan tranquilos con nuestros conocimientos históricos y nuestras ideas políticas.
El tan socorrido ejemplo de Hitler y la Segunda Guerra Mundial es fácil: queda relativamente cerca, existe una enorme cantidad de evidencia documental, las minorías que ponen en duda las atrocidades del nazismo se desacreditan adicionalmente con muchas otras muestras de necedad criminal. ¿Pero qué hay de figuras como la de Agustín de Iturbide? ¿Qué hay de la persecución que hizo de los insurgentes como capitán del ejército realista? ¿Qué hubo detrás de su conversión a la causa de la independencia? ¿Qué méritos reviste haberse puesto de acuerdo con Vicente Guerrero y el virrey Juan O'Donojú para consumar la independencia de México al frente del Ejército Trigarante? ¿Qué ingenuidad o perversidad hubo en aceptar ser declarado Emperador de México luego de haber presidido la Regencia? ¿Qué motivaciones tenía para volver a México luego de abdicar y ser declarado fuera de la ley? No cabe duda de que despachar la figura de Iturbide como la de un miembro de las élites políticas, militares y económicas del Virreinato, reaccionario en tanto que protege la religión católica y la monarquía, es una visión armónica y fácil de retener, que se alinea casi de manera natural con el bando conservador de la Guerra de Reforma y el Segundo Imperio de Maximiliano de Habsburgo. Todavía más: es fácil extender este parentesco a las élites porfiristas y saltar de ahí al panismo más retrógrado de los últimos ochenta años. Esta presunta coherencia semántica se ve reforzada por su contraparte, que agrupa lo mismo a republicanos liberales y jacobinos de la primera hora como Valentín Gómez Farías que a los de la etapa cenital como Benito Juárez, pero también a los revolucionarios de mil novecientos diez y, cómo no, al régimen de partido hegemónico que fue su heredero. No importan los matices ni los detalles porque en contextos como el discutido la verdad es la última de las preocupaciones históricas: qué más da si Iturbide consiguió la independencia procurando evitar el derramamiento de sangre si fascinan más las masacres de inocentes como las realizadas por las hordas del Padre de la Patria; qué nos importa si Juárez quiso vender más territorio nacional a los Estados Unidos a cambio de armas o si intentó por todos los medios perpetuarse en el poder, si por fortuna el Congreso americano rechazó lo primero y un infarto oportuno evitó lo segundo; por qué deberíamos creer que un Habsburgo que ni siquiera nació en esta tierra dio muestras sobradas de ser liberal e indigenista; qué podemos deberle a Porfirio Díaz como indiscutible artífice militar de la Reforma y la Intervención, como modernizador de México, si claramente abandonó las así llamadas causas populares en favor de una oligarquía rapaz; qué importancia tiene que el régimen emanado de la Revolución se convirtiera en una democracia simulada si repartía entre el pueblo bueno todo lo que le sobraba hasta hipotecar el futuro.
Los países, como las personas, tienen traumas. Como algunos explican con sorna, México nació del evento traumático de la Conquista (realizada por indígenas) y continuó su formación tres siglos después con la Independencia (realizada por hijos de españoles). Dos enrevesamientos que no se enderezan mutuamente. Con el fusilamiento de Iturbide hace dos siglos quizá agregó otro trauma a su larga lista de daños psicológicos: la de su naturaleza parricida y la de su mezquindad contra el caído. Cuando leemos a los que tuvieron a bien alimentar su obra con datos o visiones prestadas de esta tierra, a Rulfo, a Vasconcelos, a Paz, pero también a testigos de épocas remotas como Madame Calderón de la Barca o Lucas Alamán, no podemos menos que comprenderlos como si fuésemos sus contemporáneos. Donde unos dicen cristeros nosotros decimos narcos, donde unos dicen cofradías nosotros decimos sectas, donde unos roban muchachas nosotros vemos desaparecidas, donde unos ven alcoholismo nosotros vemos drogadicción, de la historia que nuestros tatarabuelos marcaron con un primer crimen nosotros nos servimos para reescribirla a nuestro antojo de la forma que más convenga a nuestros intereses. Agustín de Iturbide aún sirve como sinónimo de conservadurismo, ya para los mexicanos que nunca se consolaron de no tener una monarquía (Paz), ya para las víctimas de la servidumbre voluntaria que aceptan gustosas el yugo de un gobierno que se dice de izquierdas (La Boétie). En un mundo como el de hoy, si nos sirve de consuelo, difícilmente hallaremos razón para exigir a los mexicanos una mayor congruencia en la consideración de sus figuras históricas que la que podríamos exigir a cualquier otra nación. Es, efectivamente, muy poco consuelo.

sábado, mayo 25, 2024

Cavilaciones sustitutorias

El espíritu de la aventura a los cuarenta y ocho
Cuando se fue de vacaciones me divertí con la sola idea de acostarme con otro. Tenía opciones: convencer al voyeur telefónico de hacer en persona lo que llevaba tres años haciendo en pantallitas, repetir el empleado de supermercado que invité a casa en los dos últimos muy breves y cada vez más lejanos períodos de soltería, o aceptar las invitaciones no muy frecuentes pero siempre reiteradas del estudiante cuyos mensajes borraba sin contestar. Ese viernes consideré que tenía mucho tiempo por delante y me permití no hacer caso de ninguna de las alternativas señaladas. Me instalé la aplicación para convencer de acostarse conmigo a desconocidos con los que luego nunca me encontré, y entre las imágenes que me enviaban y las del porno habitual, eyaculé copiosa y despreocupadamente aquella primera noche solo. Me sentía lúcido, relajado y optimista. Cené bien. Me fui a la cama temprano. 

Resaca sexual
Volví a ver el vídeo del urólogo que daba consejos para mejorar la vida sexual con la pareja estable: eran cinco de ellos y aquel que más recordaba era el que desaconsejaba ver porno a fin de acumular el deseo sexual y redirigirlo hacia ella. 'Demasiados supuestos', pensaba, 'empezando por el que asume —con toda razón, pero también con toda ingenuidad— que los que estamos con alguien queremos y podemos tener el mejor sexo posible con esa persona; que se escoge primero a alguien espiritual e intelectualmente afín y luego debemos hacer esfuerzos por serlo también en la cama, o que, todavía peor, escogemos la compañía de quien tiene buenas nalgas o una polla enorme para luego paliar de la forma menos vergonzosa posible sus insuficiencias de orden filosófico; demasiado suponer también lo contrario, que sería deshacer el nudo que nos ata a quien no nos facilita la erección ni posibilita el encuentro de nuestras almas. Y yo me pregunto: ¿acaso no hay otra cosa en el mundo?' 

Referencias literarias
Mientras el urólogo habla del ginseng indio y de la musculación, recuerdo la advertencia de Marías acerca del peligro de que lo que no tiene futuro nunca termine (una aspiración, un modelo): ¿es la historia actual, la que de momento transcurre en dos geografías distintas por motivo de las vacaciones, una historia sin futuro con peligro de que nunca termine? ¿así lo prueban las dificultades de comunicación y el presunto deseo de acostarse con otros? ¿o es que no consumar dicho deseo a pesar de las facilidades es prueba de que no es tal, de que es otra cosa? ¿jugar como lo hace con la aplicación sólo sirve al pueril propósito de sentirse conquistador o es que oculta un verdadero deseo? 'Si me encuentro viendo este vídeo', se dice, 'es porque quiero tener mejor sexo con mi pareja'. Pero ¿puede? ¿no está ya en una edad más o menos provecta? Recuerda El Polaco de Coetzee, donde un músico octogenario 'hace lo mejor que puede' en la cama con una mujer treinta años más joven que él a la que apenas conoce y que inexplicablemente accede a acostarse con él, acaso por lástima. '¡Qué duro ser un hombre!', escribe el narrador. Qué duro, en efecto, piensa aliviado de no tener que tomar más pastillas azules por una semana. No más dolores de cabeza ni rostros ardiendo, no más vista borrosa ni constipación nasal. ¿Por qué toma esas pastillas desde hace algunos años si con las imágenes de las pantallitas no tiene problemas para endurecerse? ¿Por qué habrían de servirle si se supone que no producen ganas? ¿Significa esto que cuando funcionan en realidad amparan un deseo al que la impotencia no le permite expresarse o, por el contrario, que no existe tal deseo y por lo tanto no hay pastilla que valga como de hecho ha venido ocurriendo cada vez con más frecuencia? Y otra vez la insidiosa pregunta: ¿vale la pena pasar por todo esto para tener una vida sexual sana con esta persona? ¿no es una contradicción en los términos? Qué lejos están los días en que leyó conmovido 'Parejas venecianas' de Pérez Reverte, aquellas apreciaciones reivindicativas sobre las parejas homosexuales que habían debido remontar lágrimas y mierda para poder llegar juntas a esos viajes en los que aún debían comportarse con cierta discreción. Parejas equilibradas, simétricas, educadas, acaso iguales también en sus insuficiencias. 'Yo crecí con una así por largo tiempo', se dice, 'pero no es el caso de esta'.

Terapia para una sexualidad creativa
Borré la aplicación, bloqueé los números de móvil del estudiante y el voyeur, no me acerqué ni una vez por el supermercado. Salí a correr a pesar de los tobillos adoloridos y anduve por las horrendas calles de Santa Teresa acosado por malvivientes y perros bajo temperaturas inclementes, una manera más o menos a mi alcance de superar las horas del fin de semana sin incurrir en faltas a mis compromisos y de sudar lo suficiente para ducharme con buena conciencia por la noche. Las preguntas, sin embargo, persisten. ¿Qué quiere el amante de su amado? Que lo ame incondicionalmente. No desea que se aguante las ganas de acostarse con otros, sino que sólo desee acostarse con él. Que lo adore en definitiva. Hace años que no creo en estas cosas. Hace años, también, que no estoy enamorado. Con el paso del tiempo pongo en duda incluso aquellos enamoramientos de los que antes daba fe: los más escandalosos o etílicos porque en la ridiculez no hay nada firme, todos eventos de unas pocas semanas absolutamente despreciables; los menos porque tenían una raíz puramente sexual aunque luego hayan querido adornarse de sentimientos. No doy demasiado crédito a la tristeza que me causó el final de una de mis relaciones porque ahora creo que yo sólo quería seguir cogiendo y usaba mi presunta depresión como una forma de manipularlo a él y a mi entorno; tampoco confundo los enamoramientos con el amor que tuve por la pareja de largo aliento al que, para mayor paradoja, no asistió el sexo en los últimos años. En casa intenté escribir y fracasé, terminé el inocuo libro de un youtuber y continué la lectura de Stefan Zweig que me resultaba interesante, pero anecdótica, una prueba más de que los hombres han sido siempre más o menos los mismos, convencidos de ser muy diferentes de la generación precedente para pronto descubrir que su tiempo ha pasado ya, de manera anónima, al más completo e insalvable olvido. En esta época del año despierto demasiado pronto por la mañana.

Trabajo
Los hombres nos servimos del trabajo para comer, para introducir una idea de sentido y utilidad, pero también para ponernos cotidianamente a salvo de nuestras vidas privadas. La aplicación fue y vino durante la semana sin producirme apenas curiosidad. Los teléfonos bloqueados volvieron a estar disponibles, pero por el supermercado seguí sin acercarme. Un hombre de profesión liberal como yo dispone, sin embargo, de tiempo suficiente en la oficina, solo y acompañado, para entregarse a sus preocupaciones y aún ventilarlas con sus colegas y subordinados hasta donde lo permite el decoro. A pregunta expresa sobre la naturaleza de la infidelidad, mi asistente explica con desenvolvimiento la distinción entre lo que constituye un engaño (verse con alguien específico, aún en pantallitas) y lo que no lo es (ver algo impersonal como la pornografía). ¿Es esto correcto? ¿Engaño menos a mi pareja si me excito con imágenes de gente anónima que si lo hago con las de una persona conocida? ¿Me engaño a mí mismo en cualquier caso porque tal vez no ocurriría ni lo uno ni lo otro de estar con la persona correcta? ¿Esta idea de la persona correcta no es la misma que la del amante que quiere ser adorado en exclusiva por su amado, es decir, una idea infantil? ¿Llamamos infantil a lo deseable, pero imposible? Los católicos distinguen cuatro categorías de pecado: pensamiento, palabra, obra y omisión. Según un joven colega en Ciudad Natal, en un mundo secular donde la religión ha sido reemplazada por el equivalente laico de la ética, sólo importa la tercera categoría y las demás no tienen ninguna importancia, aunque algo signifiquen. ¿No es obra —un engaño, una infidelidad— sostener una videollamada de contenido sexual? Según mi asistente, lo es; según mi joven colega, no. ¿No es un camino resbaladizo pensar de cualquiera de estas formas? Es decir, si no distinguimos la penetración de un escarceo y no distinguimos una pantalla de lo físico ¿no terminaremos obligados a admitir —como buenos católicos— la equivalencia de la obra con el pensamiento, la palabra y la omisión? Y, por otro lado, si decimos que cada una de estas cosas son categorías distintas, ¿no terminaremos también consintiendo todo lo que no sea un genital insertado, explicando la diferencia entre un centímetro y el siguiente para medir la gravedad de una presunta falta? 'Vivo en un país tercermundista del orbe hispánico', les espeto, '¿qué se podía esperar de vosotros?'. Todos reímos a carcajadas. Mientras tanto mi asistente sobrevive con una mujer secundaria sin reparar en su creciente aburrimiento y mi joven colega se permite excursos maritales meramente retóricos, más por cobardía que por aserto. 'Como los míos', me digo, aunque yo no esté casado ni aburrido.

Sábado con todos mis muertos 
Tuve suerte durante la semana: una inesperada visita de familiares y mi asistencia a las diversas complicaciones del divorcio de mi expareja de largo aliento, completaron la extenuación producida por el calor y el trabajo, dejándome incapacitado para emprender ninguna conquista. Sin quererlo, se acumularon cinco días de ceñirme al consejo del urólogo de internet de no tocarme ni ver porno a fin de estar preparado para la vuelta de mi pareja, un consejo más bien contrario a mi experiencia que creía mejorar su rendimiento manteniendo una atmósfera lúbrica continuada. Un día antes de que llegara despedí a mis familiares en el aeropuerto y mi expareja de largo aliento no requirió de mi ayuda. Descansé. Descansé lo suficiente para que volviera a divertirme la sola idea de acostarme con otro. ¿Pero qué otro? Tengo el cabello y la barba llenos de canas, los brazos delgados, el abdomen ligeramente protruido, el pecho graso y los párpados hinchados. Tuve una pésima educación sexual producto del mal manejo de mi tempranísima compulsión masturbatoria y de mi homosexualidad. Tuve mi primera relación sexual a los veintiuno, devaneos varios hasta los veinticinco aun teniendo una pareja desde los veintidós que amañadamente declaré 'abierta' llegado el momento, e innumerables conquistas que levantaba en la calle, a pie o en coche, hasta cumplidos los cuarenta. Tuve luego aquella relación prohibida de cuyo acabamiento al cabo de cinco años fingí entristecerme para poder seguir cogiendo y entonces ya no hubo más logros ni en coche ni a pie, sino por medio de la aplicación, es decir, por pantallitas que terminaban en la cama y, en un par de ocasiones, en parejas. ¿Cómo espero conseguir acostarme con otro si no es a través de la aplicación que me reduce a una polla espectacular y un intercambio de salacidades que sólo son convincentes porque el otro desea ser convencido? El estudiante de los mensajes recurrentes, el voyeur indeciso y el empleado de supermercado eran todos producto de esa cacería informática. Ahora ya me conocían —al menos por teléfono en el caso del voyeur— y no hacía falta ninguna aplicación para convencerlos. Yo sabía que el empleado de supermercado salía a las cinco de la tarde y conforme transcurrió el día barajé la posibilidad de ir a apostarme en las cercanías del establecimiento para atajarlo. Él siempre había sido muy receptivo a la lascivia, aunque sin faltar nunca a las convenciones sociales. Como estaba casado con una chica, mantenía un apropiado sigilo en sus encuentros casuales y no le importaría, por tanto, que yo tuviera pareja. Era el candidato ideal para inaugurar mi vida de adúltero. Porque la verdad es que además de aquella relación larga y abierta, las otras fueron cerradas, de modo que a nadie le había puesto yo los cuernos a pesar de los muchísimos hombres con los que me había acostado a lo largo de mi vida. Pensé en todos ellos conforme avanzaba la tarde, según yo para animarme a dar el paso necesario. Pensé en aquellos de los que recordaba su rostro o su cuerpo, su olor, el año específico en que aparecieron, la sordidez o morbo que aportaron, también aquellos de los que sólo ha quedado su nombre en mis escritos sin que pueda recordar ya quiénes eran ni qué rostro tenían. 'La nutrida y abigarrada memoria sexual como un cuarto oscuro mal iluminado', pensé sonriendo con nostalgia cuando ya era casi la hora y me calzaba unos tenis para salir al coche y cogía el carnet para conducir al supermercado y me ponía la gorra para cubrir mi cabello blanco. 'Qué visión tan fantástica y demencial, tan atrayente y peligrosa'. La luz de la tarde caía sobre las persianas de la sala y, ya con la mano derecha sobre el pomo de la puerta, dirigí la vista hacia ellas deteniéndome en el acto: miles de pequeñas sombras se agitaban sobre la ventana proyectadas por las hojas de los árboles, removidas a su vez por el cálido viento vespertino de Santa Teresa. Dieron las cinco, luego las cinco y media, las seis. Poco después oscureció. Nunca crucé la puerta.

[...]
'¡Qué duro ser un hombre!', pienso ahora que espero a mi chico en el aeropuerto con el rostro afiebrado y la boca reseca. 
'¡Qué duro ser un hombre!', me repito cuando lo abrazo y lo beso deseando ser por fin uno con mi cuerpo. O con mi sentimiento. O con mi razón.
'¡Qué duro ser un hombre!', cavilo de noche cuando él se queda dormido a mi lado, pacífico y silencioso, casi tierno, con sus propios secretos cercanos e inescrutables.