domingo, junio 19, 2011

El hombre

La conexión de vuelos me hubiera retrasado, de modo que preferí conducir hasta Gilroy cruzando los desiertos de la frontera hasta las colinas californianas, horas y horas de paisajes más o menos constantes bajo cielos abiertos, resplandecientes aun de noche, cuyo silencio completé de vez en cuando encendiendo una radio que balbucía estática. Llegué al alba, en medio de una obscuridad cerúlea que insinuaba el día. Hacía muy poco frío.
Bajé la velocidad al entrar en su calle, buscando el domicilio maquinalmente. La puerta de la casa estaba abierta y entre los carros estacionados se distinguía ya la carroza fúnebre: un vehículo alargado, de formas abombadas, con cortinillas blancas en los cristales traseros. Era la primera vez que yo estaba ahí, luego de más de dos décadas de no haberlo visto ni escuchado; tampoco ahora podría hablar con él porque el hombre estaba muerto, atendido por un par de ágiles empleados de la compañía funeraria que lo vestían de smoking y le introducían sendos algodones en nariz y oídos, que le lavaban el cabello con jarra y jofaina y le calzaban bostonianos. No aclararíamos nada. No nos causaríamos disgusto ni contento. No devolvería la suya a mi mirada ni sabría tampoco que yo estaba aquí, frente a él, en actitud más de notario que de familiar. No se enteraría de nada más porque estaba muerto.
En la puerta me recibió Isabel, su mujer, con los ojos hinchados y un abrazo que correspondí con dificultad. Agradecí que no me dijera nada y se limitara a señalarme la escalera. La casa estaba invadida de desconocidos que bebían café y conversaban calladamente, algunos de los cuales me siguieron con los ojos mientras susurraban palabras a sus vecinos. Subí lentamente y encontré a mi medio hermano recargado en el barandal, con los brazos tatuados y cruzados uno encima del otro; mi media hermana a sus pies, sentada en el suelo, sollozando. Me extendió la mano en un saludo que no supe completar, me habló en un inglés callejero, pero cordial, y le pregunté enseguida por el baño: ella levantó la cabeza fugazmente y la volvió a clavar entre las piernas; él me indicó la puerta con los dedos índice y corazón unidos, perentorios.
Me lavé la cara en el lavabo y el agua fría pareció sacarme del ensimismamiento. Me miré al espejo y me pasé la mano por las canas de la sien. Recordé aquella vez hace muchos años en que el hombre me sorprendió en el baño de madrugada, recién llegado de los Estados Unidos, cómo me lancé a sus brazos y me levantó del suelo con los suyos enérgicos, cómo me habló de los juguetes que traía y de la navidad que pasaría con nosotros esta vez. Ahora era yo quien llegaba a su casa desconocida y no podía esperar que apareciera a mis espaldas para levantarme del suelo y decirme "Cuando yo no esté tú serás el hombre de la casa; cuidarás de tu madre y tu hermana", ya no podría entrar en mi cama con su aliento alcohólico para decirme lo mucho que me quería ni escucharía con hartazgo mis palabras calcadas de las de mi madre pidiéndole que volviera a casa y abandonara su compulsiva poligamia. Sus navidades agotadas, sus brazos descomponiéndose, el hombre estaba muerto en la habitación contigua.
No había envejecido tanto, la frente un poco más arrugada, el cabello blanco tan bien arreglado como el bigote, su aire distinguido mientras el último empleado funerario le maquillaba la cara con una borla grisácea. La habitación estaba ordenada aunque invadida de cosméticos y perfumes, de figurillas femeninas y muebles de segunda mano que pretendían hacerlos pasar por acomodados en su concepción provinciana del mundo. Retratos de mis medios hermanos en Disneylandia, de Isabel montando a caballo, otro de mi desaparecida hermana cuando aun no abandonaba a su familia, otro más de mi padre con un fusil. Un crucifijo, una virgen de Guadalupe. Una botella de whiskey junto al buró, sobre el suelo. Medicinas para la jaqueca. Una Biblia pequeña.
Entró el otro empleado de la compañía funeraria y desplegó una camilla al lado de la cama. Con ayuda del primero, levantaron el cuerpo y lo colocaron en ella. De la cama desocupada subió un olor a quemado que me hizo restregarme la nariz y salir enseguida detrás de los hombres que maniobraban para llevar la camilla escaleras abajo. Les seguí hasta llegar a la calle e igual hicieron el resto de los visitantes y familiares que se hallaban en la casa. Mi media hermana se abrazó al cuerpo dejándole una flor entre sus manos, mi medio hermano la consoló. Isabel se limitaba a dar instrucciones a los empleados funerarios limpiándose de vez en cuando la orilla de los ojos húmedos. Todos empezaron a subir a los autos para seguir el cortejo hasta el panteón: Isabel había decidido enterrarlo ahí porque el costo de repatriar el cuerpo era excesivo.
Hacia las tres de la tarde fui a comer al restaurante italiano de la Main Street. Mi medio hermano me acompañaba, tranquilo y silencioso, con aire de estar resentido con el mundo. "No volverá", le dije cuando a los postres reparé en su presencia como si todo ese tiempo hubiera estado acompañado de una sombra. Sonrió relajado y confirmó: "No, no volverá". A la salida de Gilroy el hijo del hombre que mi padre asesinara hace treinta años me esperaba para volver a México. Subió al auto, nos saludamos, y encendiendo un par de cigarrillos con la radio a bajo volumen salimos al freeway rumbo al sur.

martes, mayo 31, 2011

Una tumba (Ipiranga)


Envejecía de mala manera. Enfermedad y exilio al mismo tiempo en una de esas ciudades grises y llenas de pátina que tanto atraen a los subdesarrollados de todo el mundo para mejor curar sus neurosis tercermundistas y terminar en el mutismo más enajenante. Eran malos tiempos, no diría que terminales, sino de larga e inacabable agonía, transcurridos entre el comedor del barrio latino y las librerías contiguas donde se me veía cada vez con mayor sospecha: la barba demasiado crecida y sucia, la ropa hedionda con lamparones, la mirada vidriosa y angustiada. Ese día, encima, llovía como sólo suele ocurrir en el primer mundo: a escupitajos. En la desesperante parsimonia, tibia y desaseada de la tarde, entré por la cancela abierta de aquel cementerio con la mente en blanco y por ningún motivo.
"Consistencia", pensé para mis adentros, "esa es la marca de los países de verdad": sólo piedras grises y lisas, sólo granito salpicado de blanco o marrón, sólo flores de colores desvaídos entre mármoles solemnes. Me detenía a leer los nombres de algunas lápidas elegidas al azar con las manos cruzadas en la espalda, sólo de vez en cuando interrumpido por el cosquilleo de un hilillo de agua que me obligaba a mesarme las barbas con fruición. Y de pronto la tuve ahí delante, mientras me agachaba a recoger el tabaco que había caído del bolsillo sobre la banqueta húmeda, una tumba modesta y apartada, rematada con un águila verde y un nombre apenas visible: Porfiro Díaz.
"Otra víctima", pensé, "de la incomprensión universal". Hacía años que había zarpado en mi propio Ipiranga hinchado de soberbia y diciendo: "Ahí se quedan, cerdos compatriotas, ignorantes, estúpidos, caínes hijos de puta, tierra maldita que finalmente me escupe incapaz de asimilarme a su inmundicia". Hacía años que experimenté la superioridad de no verme mezclado con ellos, de ver pasar los años sin poner un pie en aquel lugar, de hablar otra lengua y adoptar otras costumbres, de jugar al meteco con relativo éxito sabiendo que me engañaba. Años de trabajo ordenado y de paciente labor, de mantener a raya el desorden y la mancha de los orígenes, de encontrarme al final escindido y abandonado por unos y por otros.
No quería enfurecer con estos pensamientos y me asomé por los cristales de la rejilla. Olía a orines. Entre varias cartas amarillentas e ilegibles había una misteriosa cartulina de factura reciente que decía: "Al Patriarca del exilio. Interior y exterior. Sus hijos centenarios". Quise recordar la fecha y sentí un leve mareo. Quise sentarme y me golpee con un árbol que ni siquiera había notado. Me vino a la mente la grabación que en un disco de pasta de setenta y ocho revoluciones por minuto escuché en mi remota infancia y donde el General Díaz hablaba brevemente en medio del griterío que lo despidió en Veracruz, mientras usaba las escalinatas del Ipiranga como púlpito. Recordé claramente una voz que surgía de entre la estática del viejo vinilo: "Lágrimas de cocodrilo", le espetaba.
Me puse a andar, de nuevo. Hilillos de agua en la sucia barba y en los ojos vidriosos, extraviados. "El exilio sin fin, mi patria. El exilio sin fin. Dentro o fuera".

jueves, mayo 19, 2011

Faults

All faults of character are faults of upbringing
-Dusklands
, J.M. Coetzee.

Noté que insistía en comentar cuán bien le sentaban el envejecimiento y el sedentarismo, que hacía lo posible por adueñarse de la actitud sólida, enteramente pragmática, que según él debía corresponder a su estatus y edad. Hacía esfuerzos, me consta, trabajando hasta altas horas de la noche, pontificando aquí y allá con relativa soltura, organizando los dineros y dejándose crecer una barba espantosa en la que, para su presunto contento, no escaseaban las canas. Fondo y forma, la clásica receta.
Pero costaba trabajo creerle. Tendía a la jovialidad y al estridentismo. Hablaba en exceso. Las ojeras se le acentuaban aun sin desvelarse conforme avanzaba la primavera. Era brillante ocupándose de la vida de los demás –de la mía, por ejemplo- pero la perplejidad le abrumaba al considerar su propio caso, como si hubiese perdido el hilo que desenredaría su madeja. Porque efectivamente estaba enredado, envuelto en ridículas historias a las que por algún motivo se empeñaba en dotar de sentido y altura. Porque madeja había, de sobra, tanto en su pasado como en el presente del que me sentía parcialmente responsable por haber sido yo quien lo puso en contacto con mis amigos. ¿Dónde estarían los suyos?
Me ha quedado la impresión de que los hombres maduros como él terminan solos aunque estén rodeados permanentemente. No importa si están casados o solteros, si asisten a muchos o pocos eventos sociales, si su actividad sexual es frecuente o escasa. Hay una especie de cerco o foso que los separa de los demás: con los más jóvenes porque no los comprendemos ni queremos hacerlo, con sus contemporáneos porque les son consabidos, con los más grandes porque el mutismo se instala como la forma idónea del reconocimiento y el respeto. Da lo mismo si están con la pareja o con el amigo de toda la vida, con el encuentro sexual ocasional o con la joven que les hace gracia en medio de una borrachera: se agotó el discurso, se volvieron inútiles las pantomimas, quedó exangüe la necesidad de adaptación.
En su empeño por apartarse de este destino al que su naturaleza y circunstancias le obligaban, fracasó. Ha quedado, si cabe, más solo que si se hubiese resignado desde el principio. La puntilla de este proceso hemos sido nosotros, los que consentimos o azuzamos su actitud al darle coba y falsa cabida en nuestro círculo, los que le invitamos a nuestras vidas y le reímos sus presuntas gracias, los que –quizá manipulados, eso nunca se sabe- fingimos verle como muchacho desde un ángulo imposible y aun como niño o hermano mayor, como padre o amante, como amigo de una infancia inexistente. Pero no se nos puede responsabilizar porque nos exime la juventud que es inmoral y a él le falta, porque nuestra desigualdad lo hace culpable a él, porque en sus manos estuvo ignorarnos o mantenernos a raya –si alguna vez quisimos cruzarla, y lo dudo- poniéndose a salvo en su elevada torre de sensatez. Y he aquí las consecuencias, su tragedia.
Sé que le veré alejarse, retraerse. Sé que escasearán cada vez más nuestras largas conversaciones de madrugada, su anuencia para asistir a mi vida e incluso para reír de mis tonterías. No importa. Cuando recupere su sitio podrá verme de verdad y no a través de ese cristal distorsionado de su empeño igualitario y enfermizo. Yo también podré reconocerlo mejor sin el peso de su omnipresencia.
Cuando ese tiempo llegue, me pregunto, ¿dónde estarán mis amigos?

domingo, mayo 08, 2011

Hijos de puta (o escandalizarse de la nada)

Pueblo de Ameca. Cuatro muchachos muy hijos de sus familias entre dieciocho y veinte años, divertidos, cómplices, en ordinaria y muy deseable camaradería, recorriendo las calles. Bromas y risas, la dulce irresponsabilidad de la juventud y el mundo ahí afuera como para comérselo de un bocado. En la noche cerrada deciden darse una vuelta por La Loma, donde vive la puta que una vez les abriera las puertas y las piernas con no poco provecho para sus impotentes sexos que, ya por timidez ante mujeres ordinarias, ya por torcidas circunstancias, ya por simple estupidez palurda, jamás han mojado un palo si no es entre chancros y bubones.
Esta vez no vienen con ganas de aliviar los esfínteres. Conforme avanzan animándose unos a otros y elevando el tono de las bromas, se convencen de que lo que apetece hoy es cebarse en la condición de puta que, como ya se sabe, es mala y condenable, ubicada en las antípodas de la respetabilidad. ¿Cómo no van a saberlo ellos que son niños bien educados de muy religiosas familias en las que no faltan ni la primera comunión ni las misas dominicales?, ¿cómo no van a distinguir lo bueno de lo malo teniendo en casa el ejemplo de sus virtuosísimas madres y de sus muy castas hermanas? Que en su desarrollo mimado y deficiente hayan faltado mujeres de carne y hueso a las que pudieran llamar novias y frecuentarlas para ir descubriendo paulatinamente que tanto a ellas como a ellos se les calienta el fogón, es detalle nimio. Que en su vulgar misoginia de pueblo ignoren que las mujeres pueden hacer reír y dar conversación, pueden abrazar y besar sin que sean putas, es otro detallito despreciable. Lo que saben es que la puta de La Loma -que ni siquiera les cobró en aquellas ocasiones- permite que la toquen y follen innumerables hombres. Y que eso la desautoriza para invocar palabras como respeto o para darle categoría de ser humano. Faltaba más: los buenos están de un lado, los malos del otro. Que te digo que es sencillo, ¿ves?
Se presentan frente a la puerta, gritan insultos entre risas procaces, alguno golpea la entrada con aquella impunidad que da el sentirse cargado de razón y con el aplauso unánime del respetable público. Cuatro muchachos sanos, por supuesto, convertidos repentinamente en delincuentes hijos de puta incapaces de advertir que se han transformado en una turba autómata donde lo mismo da que participes activamente con gritos como que animes al camarada más tonto a que lo haga celebrándole las atrocidades con carcajadas idióticas. Cuatro perros reducidos a su condición más animal, cazando por el mero placer de buscar una presa y cebarse en su miedo, cuatro pendejos que curan su cobardía y frustración, su condición de eunucos frente a la vida, aplicando la justicia que en otros países lapida homosexuales y adúlteras, roba todos los bienes de los que no piensan como la mayoría, y limpia aldeas enteras de la escoria del momento, llámense judíos, negros, comunistas o ateos. O putas, naturalmente.
Hay que ver la buena conciencia con que ya suben de nuevo al carro luego de haber hecho justicia sin importarles que la puta tuviera a dos niños pequeños viviendo con ella. Dos niños que lo han escuchado y presenciado todo, y que -ellos sí- en su condición de hijos de puta no deben preocuparnos demasiado. Hay que ver lo bien que se sienten de haber puesto a esa perdida en su lugar, de haberse divertido a su costa, porque ¿quién más sino ella es responsable de esas erecciones indebidas y de esas sucias atracciones? ¿quién sino ella está corrompiendo el pueblo y arrastrándonos a estos puercos desahogos? Ya se sabe que entre niñatos de mierda contemporáneos la responsabilidad es siempre de los demás, ¿qué de extraño tiene que su espíritu coincida entonces con el de ayatolas, dictadores, obispos y policías? Tiene solera su casta: hijos de puta de toda la vida, la condición humana de siempre.
O escandalizarse de la nada.

lunes, abril 11, 2011

Julieta


A Ángel Leo Vera

che magari
siga existiendo...


Te hice así una canción
y creí
que verías en ella un piropo.
La escuchaste y después me dijiste
“Lo tuyo es del género bobo”
–Las inmensas preguntas,
Nacho Vegas

La otra noche, insomne, zapeaba con el control remoto por los canales de televisión cuando me detuve en la escena de una película de hace más de treinta años bien llamada Monster donde dos desconocidas –horribles ambas, la vieja cascorva y la joven con una frente infame- se besaban en un sucio cuarto de hotel. Cabecee y abrí los ojos nuevamente muchos minutos después: “El amor lo puede todo”, decía estúpidamente la protagonista mientras era condenada a muerte bajo la acusación de la que poco antes la besaba incondicional. Traidora. Era tarde, dormitaba ya, pero me vino nítido a la mente el recuerdo de Rufino y de aquella época absurda hecha de Facebook y Youtube, de Messenger y SMS, cuando lo conocí. “Alguna vez escuché algo parecido”, pensé. Cursi, ridículo, divertido.
Fue a inicios de los años diez, me parece. La historia tradicional: hombre casado con la edad que tengo yo ahora, víctima de un romance otoñal arrasador del que me hizo objeto y de cuyas ventajas hice uso cabal sin prestarle demasiada atención. O eso creía. Porque en esa madrugada inmensa, en la minúscula pensión neoyorquina donde malvivo, mientras afuera nevaba con fuerza por tercera vez, recordé casi palabra por palabra una historia que me contó mientras esperaba pacientemente a que apagara el ordenador para irnos a acostar, veinte años atrás:
– Cuando era niño solía ir los fines de semana con mis abuelos.
–¿Decías?
–Sí, que cuando era niño solía irme los viernes a casa de mis abuelos, solo, tomando el camión que partía del centro hasta el Camino Real.
–¿Y?- respondía con monosílabos mientras de reojo abría la página del Facebook y comentaba sobre fotos insulsas. Las amigas en la playa. Los amigos en el bar. El chico de Ibiza que me aseguraba un futuro firme como sus abdominales. Lo usual.
–Ahora que te miro he recordado una telenovela que pasaban entonces. Se llamaba Senda de Gloria y su historia transcurría entre fines de los años diez y fines de los años treintas, en México. Tenía alguna intención propagandística de la Revolución Mexicana –el PRI empezaba a hacer agua dramáticamente cuando se transmitió- pero también estaba armada con personajes interesantes, sobre todo una, Julieta, que interpretó magníficamente una tal Roxana Chávez.
–¿Ah sí?- respondí sin levantar la vista, preocupado por la lenta descarga de un programa de varios gigabytes.
–Sí. Julieta era la hija adoptiva de la familia Álvarez, una familia adinerada cuyo padre era un importante general revolucionario que empieza siendo miembro del gobierno de Carranza y termina como asesor de los gobiernos que se sucedieron entre Calles y Cárdenas. Al iniciar la novela, presuntamente en mil novecientos dieciséis o diecisiete, es una jovencita menor de edad comprometida con un capitán del ejército, un tal Gerardo, al que detienen y hacen fusilar tropas irregulares que ignoran la contraorden del entonces Secretario de Guerra Álvaro Obregón. Julieta, como es de suponer, se siente morir.
–¿Por qué?- pregunté mecánicamente sin reparar en la incoherencia de la pregunta y seguro de que con ella saldría bien librado de todo.
–Bueno, pues era su prometido, ¿ves? Pero era un amor juvenil, puro, casi informe de tan abstracto. Julieta es una muchacha apasionada, lee libros, tiene grandes inquietudes sobre el mundo en el que vive, sobre la justicia y el amor, sobre la política y la libertad. Es una idealista cuya juventud le permite olvidar rápidamente a Gerardo y sustituirlo con un hombre mayor y casado que es nada menos que José Vasconcelos, el Rector de la Universidad Nacional y posterior primer Secretario de Educación Pública, cuya vocación, casi misión de educar a México, le gana de inmediato una admiración sin límites.
–¿Vasconcelos? Creo que así se llamaba mi escuela primaria- le comenté, dedicándole esta vez una calculada sonrisa.
–Sí, Vasconcelos fue un hombre brillante, pero también muy mujeriego. Su vida es un recuento de grandes proyectos que terminan desvirtuados o rotos. Julieta colabora con él con el mismo entusiasmo con que lo hacen todos a principios de los años veinte: seguros de que han vivido una revolución ejemplar, de que su cultura nacional se inserta claramente en la universal, de que la salvación de México está cerca. Es un momento lumínico que le da sentido a la vida de Julieta y canaliza sus inquietudes, aunque termine, naturalmente, enredada sentimental y carnalmente con Vasconcelos. Entonces descubre el lado opaco de éste pese a las advertencias de su propio padre, el general: “A veces, tanta luz ciega y tanto resplandor quema.”
–Muy cierto- dije yo con aire de suficiencia, pero también seguro de que podía habérmelo ahorrado sin mucho perjuicio para el élan que estaba agarrando Rufino. Los ojos se le iluminaban como brasas ardientes. Pobre.
–Luego de unos tres años de hacerla su colaboradora y amante, Vasconcelos la va haciendo de lado. El general descubre la relación que Julieta tiene con el intelectual y la echa de casa, dejándola vivir, repudiada, en la casa desocupada de un hermano que desde hace años reside en los Estados Unidos. Julieta acude a Vasconcelos y descubre lo que ya sabía: que ese hombre no está dispuesto a dejar su matrimonio por aquel amor, por muy apasionado y joven que fuera. Julieta llora hasta hartarse, decepcionada, y se entrevista una última vez con él, para despedirse. Las palabras de Julieta –hermosamente vestida, con una diadema rematando su cabello rubio- en un restaurante donde la pareja no prueba bocado, son exactas y preciosas. Le agradece el tiempo que ha vivido a su lado y agrega: “No te engañes, José. Este fue un tiempo precioso que te agradezco profundamente, pero ya terminó. Como todo hombre inteligente eres vanidoso, egocéntrico y mezquino en muchos aspectos. Voy a aprender a vivir sin ti, mi amor.”
–Oh- dije inadvertidamente. ¿Estaban sus ojos enrojecidos de lágrimas? Pobre Rufino, siempre tan sentimental.
–Y Julieta inicia entonces un período de soledad e introspección en medio de un amargo escepticismo, recuperando paulatinamente su interés por el mundo, pero ya lejos de la fe o el amor. Sin miedos, pero sin esperanzas. Conoce entonces a Héctor, un obrero anarquista metido siempre en líos con la policía y sin trabajo fijo, un idealista al que muy lentamente empieza a dar cabida en sus afectos. Héctor es un hombre leal e interesante, aunque sus ideas políticas y su falta de sentido práctico no estén muy en la línea de lo que Julieta pudiera compartir. Se sorprenden ambos de que siendo ella burguesa y éste un revolucionario permanente sean capaces de poner todo de lado para combatir por causas comunes y, finalmente, para enamorarse… Un paso que Julieta da, por cierto, luego de meses y meses de ruegos y reconvenciones: “Puedo comprender a un idealista empedernido aunque no esté muy de acuerdo con sus ideas o no las acabe de comprender del todo, pero soportar a un macho que piensa que si no me acuesto con él es por prejuicios morales, eso no. Es demasiado”, le dice Julieta a Héctor en una ocasión, rematando su firmeza con una sonrisa franca. “Tienes razón” responde Héctor sonriendo a su vez y meneando la cabeza.
–¿Y?- dije ya un poco confundido del rumbo que tomaban las cosas. Era tarde y tenía sueño. Cuando se es joven se es muy dormilón.
–Pero luego ocurre lo inevitable, claro. Héctor se refugia en casa de Julieta porque la policía anda buscando a todos los alborotadores luego de romper una manifestación. Los dos procuran tranquilizarse. De la manifestación y la política pasan de nuevo a temas personales. Y por alguna razón él le echa en cara que siempre ha sido una niña burguesa que no ha sufrido. Ella reacciona, serena, con los ojos mirando lejos hacia su pasado: “Perdóname, Héctor, pero aun con todo lo que tú me cuentas me han ocurrido cosas que dudo que hayas sufrido.” E inicia el recuento de Gerardo, de los bombardeos al tren presidencial en que huía junto con su familia hacia Veracruz siguiendo al presidente Carranza, de la ilusión de Vasconcelos (“creí haber encontrado el amor”, dice) y de su descreimiento actual, sola, alejada de su familia y del amor. Se hace un largo silencio. “¿Y crees que podrías volver a… creer?”, le pregunta Héctor tomándola de las manos y mirándola muy de cerca. “Yo creo que sí”, responde Julieta acercando finalmente su boca a la del nuevo y definitivo amor de su vida. Un amor que da para varios años y para un final trágico, desde luego, pues apenas inicia la Guerra Civil Española ambos van al otro lado del Atlántico a combatir por la causa republicana y mueren juntos, como otros tantos extranjeros, convencidos de que ahí se libraba una guerra crucial entre el bien y el mal.
Rufino me miró emocionado y acercó sus manos a las mías, me pasó una mano por el cabello enredándose en mis rulos y parecía estar deseando que dijera algo. Pobre. Apenas puedo recordar su rostro cuando le dije:
–¿Y eso qué o qué?

sábado, marzo 26, 2011

Monotemático

Pido disculpas: tengo una gran tentación de escamotear el verdadero tema. Por vergüenza y pudor. Por prudencia. Porque quizá aun no se trate de una historia terminada y todavía sea prematuro sacar conclusiones. Porque me faltará la objetividad y me sobrará la pasión. Porque puedo resultar monótono y cansino como todos los fanáticos. Porque es sábado. Porque obscurece o hay ruidos en la azotea.
Claro que, pese a mis dudas, algo quiero decir. No permaneceré callado. O no enteramente. Sé que, excepción hecha de los adolescentes irredentos, a nadie importan las cuitas de amor ni los pormenores sexuales. No es por ahí entonces. Por su parte, los sentimientos son asunto delicado y conducen a enredos singularísimos en cuyo manglar no cuela la razón. Y dirán justamente que para eso está la poesía y que no importan las rimas cuanto la exploración del lenguaje y sus condensaciones y torceduras. Muy bien, sí, pero tengo ya muchos años alejado de esa orilla y me resulta imposible volver a alcanzarla. Que se quede pues, allá a lo lejos, la poesía: después de todo ella también hubiese sido una forma de prestidigitación tramposa.
Encendamos un cigarrillo para mejorar la concentración, dar gravedad y aspecto cinematográfico al tema. Para que se diga poco -no dura mucho el tabaco encendido- y ese poco sea sustancioso. Para que nos arrebate la palabra inspirada en vez del torrente desorientado y bobo. Calemos un objeto concreto que no comprometa el tema, pero lo ubique: la tierra seca de marzo. Tiempo y lugar simultáneos. O casi. En los caminos polvorientos que preceden a la Semana Santa vuelvo a sentirme ungido y poderoso. Así está mejor, pero el tema, así presentado, tal vez gasta demasiado optimismo y no hace justicia a las sombras abundantes con que está poblado: la desigualdad espiritual, el miedo de raíz psicoanalítica, la enajenación de la que es presa el ciervo cuando su soledad se ve súbitamente interrumpida...
Estoy en vigilia, asombrado de que la primavera vuelva a producirse después de tantos años de asépticos inviernos. Aterrado también -¿quién no lo nota?- de su fragilidad. Son tantos los hielos y tan escaso el fuego que, bueno, no debería desperdiciarlo en esta descripción ociosa. No debería manosear el tema, sino guardar silencio para que se consolide y haga fuerte, para que deje de temer su propia extinción, para que no cause dolor ni se apague su preciosa fosforescencia.
El cigarro se hace humo y termino: la juventud tiembla en el espejo, borrosa.

miércoles, marzo 09, 2011

La resurrección


Había bebido la noche anterior. Hice a un lado el edredón, me levanté buscando las sandalias con los pies, anduve hasta la puerta. La luz de la mañana arrugó mi frente una vez que jalé la perilla apurando la amabilidad de invitarlas a pasar y tomar asiento en el pequeño comedor, mientras me servía un tazón -tal vez inmoderado- de cereal. Les invité algo de beber; lo rechazaron.
Atenta y parsimoniosamente las escuché hablar del reino de Dios, de las promesas de vida eterna, de los riesgos que para el alma suponen el pecado y la incredulidad. Con los minutos, mientras las hojuelas dejaban de ser crujientes para convertirse en un amasijo de pastura remojada, me sentí protegido por aquellas damas bien vestidas que intentaban vencer su nerviosismo instándome a que les planteara cualquier duda espiritual que tuviera que ver -o no- con su intención de salvarme de un grave peligro que entonces se me antojaba relativamente vago. Un peligro inmaterial, colegí. Un peligro de otro mundo cuyo carácter incorpóreo no lo hace menos concreto o temible, parece. No obstante había un remedio y tomarlo nos colocaba de nuevo en el jardín del Edén, resucitados, en compañía de todos los seres queridos. Bueno, sólo con los que eligieron correctamente, se entiende.
-Señoras mías, creo que tengo una pregunta- interrumpí.
-Díganos con entera confianza, ¿de qué se trata?
-¿Qué edad tendremos cuando volvamos a la vida?
La mayor de ellas sonrió amablemente, pero no contestó. Hojeó su pequeña Biblia de lomos rojos como buscando ahí la solución pasando las páginas con el índice humedecido de saliva. La otra me miró comprensivamente, asintiendo, como si la cuestión fuera algo no sólo natural sino muy importante. Habló de nuevo:
-Estaremos en la plenitud de la edad, hermosos y jóvenes, sin hambre ni sed y con la eternidad por delante para adquirir sabiduría. Mire, mire, lea aquí... El cuerpo que tomaremos será el de nuestros veintiún años de edad. Será maravilloso.
Me entregaba gustoso a la tarea de escucharlas sin poner reparos a las innumerables inconsistencias de su discurso. Era temprano, el mundo estaba nuevo y era posible suponer casi cualquier cosa que nos proporcionara un punto de partida. Les di las gracias. Cuando se despidieron tenía ya dos revistas profusamente ilustradas y con redacciones sencillas y mínimas sobre temas diversos y machaconamente conocidos: el fin del mundo, la pornografía, la seducción de las drogas, el amor verdadero, las ingles y Dios. Le di las revistas a mi hijo para que completara alguna tarea recortando figuras. Volví a acostarme. Soñé.
Como era de esperarse, ahí estábamos todos, felices y familiares, cotidianos y redimidos, disfrutando de una carne asada dominical en un lugar remoto donde siempre atardecía. Apartándome de la parrilla, por detrás de unos árboles robustos, vi desfilar maravillado los amores de mi vida, ya sin mácula, ya sin dolor ni incomprensión, con la edad suspendida en una risa aliviada y ligera.
Quería hacer el amor, pero desperté. Al pie de la cama estaba mi hijo pidiendo de comer.

miércoles, febrero 16, 2011

La insularidad universal


A Jason Anthony George Goddard

Dando sorbos al café bien cargado de la mañana, con apenas un poco de agua pasada por el cabello rubio y la chaqueta marrón encima para mejor aguantar estos meses de mínima calefacción e intenso frío, el buen inglés se pone los quevedos de su abuelo cuya graduación le permite apreciar -dice- los detalles de la pintura y las texturas de las capas inferiores, se coloca delante del caballete y pasa la mañana raspando aquí y allá como si fuesen los materiales y no las imágenes lo único que importara.
La luz se desplaza por la habitación lentamente, matinal. Sus ojos minerales asoman gigantescos y azorados por detrás de los cristales cuando el intenso olor a solventes y pinturas lo obliga a abrir una ventana y respirar el aire frío, ávidamente. "Este es el mundo", se dice, un poco avergonzado de la sospechosa oquedad de las frases grandilocuentes. Mira como borroneados los tranvías y la placita, las palomas de la fuente y la mezcla de nieve y lodo que las pisadas de los transeúntes han dejado de tanto pasar.
Echa de menos el verano, pero sobre todo a las chicas despreocupadas que entonces se tumban en el césped con las blusas escotadas y las faldas recogidas, las medias de diseños exóticos cubriendo sus largas piernas, riendo a carcajadas y fumando con el tiempo suspendido, infinito. Cuántas de ellas han venido hasta aquí movidas por la curiosidad o el deseo, cuántas se han dejado desnudar y hacer fotografías, cuántas han rodado por la alfombra o el sofá, poblado momentáneamente la cama de densos humores o aguantado que su mano callosa de dedos inmensos les tape la boca bajo la ducha, embistiendo.
¿Está envejeciendo? Con todo y ser larga, no es la memoria la que acusa el fenómeno. Tampoco su rostro redondo que aun le permite mentir aquí y allá sobre su edad (en el fondo es vanidoso, pero un buen narcisista no puede confesarse nada semejante). ¿La nostalgia entonces? La que siente por el verano es estacional y no merece tal nombre. "La vejez es el distanciamiento del presente, la desaparición del propio mundo", se dice. Lo contemporáneo le causa extrañeza, incomprensión. "¿Cuándo se volvió el mundo así de estúpido?", alcanza a balbucir. Y comprende ya seguro que envejece.
Por la tarde llega la hora de salir a las calles de esta ciudad extranjera de largas sombras y muros de piedra. Bocanadas de vapor, ojos eslavos de gato, la nieve goteando por los tejados y las ramas de los árboles como fantasmas ateridos. Tiene lugar el encuentro esperado con el extranjero aquel de inglés dubitativo y fina ironía que en el piso superior de aquella cafetería gusta de charlar enmedio de cervezas, spirits, agua mineral y café. Conversar es civilizado. Despotricar signo de inteligencia. No estar de acuerdo por sistema un ejercicio retórico de dulces consecuencias. "Hora de la justa, caballeros".
Llueven las opiniones sobre la guerra, la atmósfera de búnker del invierno, la pedantería francesa o la terquedad hindú. Se ventilan hechos bizarros cuajados de carcajadas, se le da forma a inverosímiles sentimientos, se despedazan modas o vestimentas, orgullos nacionales e instintos dictatoriales. Al caer la noche todo guarda la perspectiva brillante de la inmediatez, la vida espartana se abre paso entre las calles heladas de un país y una época empeñados en parecer escaparates. El optimismo lastimado se renueva, sin excesos.
"Misfits", define el buen inglés. ¿Cómo no darle la razón? ¿Cómo no creerlo ahora, tan lejano?

lunes, enero 31, 2011

Santa Teresa

Cada mañana que abro los ojos en Santa Teresa siento que no podré encontrar el camino de regreso. Me demoro en la cama, observo la decoración, oigo la respiración de mi hijo en la habitación contigua. La casualidad nos ha llevado al borde mismo que separa las colonias ordinarias de las colonias pobres del sur, una casa modesta de color amarillo con dos habitaciones recién decoradas con vaga intención orientalista y un patio a donde bajan los gorriones por las tardes a beber el agua que derraman las tuberías de la ducha. El canal de aguas negras no pasa lejos de aquí, apenas a un costado de la gran avenida.
Mi trabajo consiste en inventar entusiasmos ahí donde ya no queda nada, hacerlos constar en documentos, transmitirlos a jóvenes, dejarlos entrever aquí y allá en las juntas con mis colegas. Pocos me creen, no porque resulte poco convincente, sino por mi –valga la figura- cada vez más pronunciada invisibilidad. Me he hecho fama de adusto y severo, de amargado y pedante, cualidades todas que requieren energía y concentración, es decir, entusiasmo. Ahora que me faltan las fuerzas para seguir fingiendo que algo me importa confío en la pereza de la gente que tendrá a bien recordarme como ya me define en vez de tomarse la molestia de volver a conocerme. U olvidarme, más exactamente.
Algunos parecen creer sinceramente que estoy empezando una nueva vida. Que vine de algún sitio lejano y tengo experiencia. Que pienso en Santa Teresa como en un nuevo punto de partida. No es así. Las calles son prolongaciones de la inmensa planicie que han cambiado los matorrales y regadíos por casas bajas y anchas, campos de cultivo que de pronto son cuadras y animales de ponzoña que una buena noche de luna roja se convierten en cuadrillas de zombis que asaltan cervecerías y exudan aburrimiento. Monotonía de fábrica. Locura circular. No es sitio para comienzos, sino para espirales.
Me dicen que este es el mismo país del que salimos mi hijo y yo hace ya varias semanas, que padece los mismos terrores de ametralladoras nocturnas y hielos envenenados en bebidas de discoteca. Me dicen también que siguiendo con regularidad el par de avenidas rectas y pavimentadas que llevan de la puerta de mi casa hasta la puerta de mi cubículo nada malo puede pasarme. Lo normal. Siempre y cuando viaje en carro en horarios adecuados. Siempre y cuando no haya retenes. O que no los haya falsos. Quiero creer que me hacen saber todo esto para hacerme sentir en casa. Por mi bien. Por el de mi hijo, desde luego, cuya vida empieza entusiasta en la siniestra limpidez del desierto. Me lo dicen también, los que mejor me conocen, para disuadirme de seguir con mis malos hábitos…
Pero las malas costumbres son universales e imperecederas. No las erradican las frutas y verduras que he comprado para mejor dar ejemplo a mi hijo, ni el refrigerador lleno de carnes variadas o los cereales de alto contenido de fibra. No se modifican por asistir a la oficina todos los días con asombrosa regularidad ni por hacerlo en impecable arreglo indumentario. No las remedia el carro del año ni la disciplina de meterse bajo la ducha todos los días, tampoco las cartas de amor que al único verdadero y leal se envían plagadas de promesas de hermosos mundos futuros. No. Agitado, empiezo a despertar en las madrugadas acosado por el vívido recuerdo de una ranchería de seis millones de almas en cuyas avenidas he dejado una mezcla de pasión, sexo y turbiedad. Recuerdo haber huido. Recuerdo voces y rostros, callejones, sombras, prisas y clandestinidad. Ropa interior y el interior de unas cuantas almas. Quería (¿quiero?) poseerlo todo. Y ahora estoy aquí, sudando copiosamente en Santa Teresa, temiendo que llamen a la puerta o que me alcance el mensaje terrible en el celular. Ubicuidad te pido, Señor. ¿Estoy rezando?
Corro a comprobar que mi hijo sigue ahí y no hace falta ni asomarme: escucho su respiración. No quiero hacerme más preguntas y empieza a darme sueño de nuevo… que si hace un mes no había hijo ni nada en la remota ranchería, que de dónde ha salido este por cuya seguridad velo, que si hace treinta días dormía acompañado y ahora estoy solo de nuevo, que si esta cama está hecha también para el sexo y que dónde están los cuerpos que se fueron... ¿cuál es la salida de Santa Teresa...? ¿cuál salida?
Duerme, duerme.

jueves, diciembre 30, 2010

Los malos pasos

Ahora que se publicaron sus diarios no he obtenido sino abundantes corroboraciones de aquello que sospechaba: no me refiero, por supuesto, a las obviedades de su personalidad materia de lúbricas comidillas y juicios morales, sino a la continua tensión entre un mundo recto, solar, dominante, y su sombra torcida, nocturna, agazapada. La vida de Luis Gala antes de extraviarse en los desiertos de Sonora es una oscilación cada vez más amplia entre el orden cuyas paredes sofocan y el caos cuya vorágine devora. Leemos:

"Noviembre 9,
Utilizaría mis recursos para espiarle, pero no sería necesario: se presentó de pronto cuando ya lo daba por perdido. Me contó una historia fantástica que luego pude corroborar, hecha de policías, droga y sobreseídos. Mientras se vestía de nuevo tras las siempre inconclusas peripecias, reflexionaba sobre aquel remoto año en que un cholo calzado de vans, con pañoleta a la cabeza, aretes y anillos, pasó entre mi familia para ir a sentarse al fondo del autobús. Recuerdo mi respiración agitada, mi rubor. Recuerdo haber comparado mis zapatos lustrados, mi trajecito gris y mi peinado de raya al lado, con su falsa despreocupación indumentaria. Íbamos a la fiesta de nochevieja en casa de mis abuelos y mi madre había puesto especial cuidado en escoger mi ropa, previniéndome contra cualquier accidente que la estropeara. Recuerdo haber mirado al cholo de reojo durante todo el camino, verle bajar en el centro con una extraña excitación, haber continuado el trayecto soñando que el tipo se drogaba en algún rincón de la ciudad hasta que el camión se descompuso y nos vimos obligados a bajar para esperar el siguiente. Recuerdo a mi padre marcando el 22-43-25 para hablar con mis abuelos -sus suegros. Recuerdo a mi madre riendo calculadamente. A mi hermana no la recuerdo.
Sentí calor entre las piernas, me encontré de pronto vestido y le miré fumar con ese aire ausente, lascivo y onírico que me obsesionaba. Entendí que se combinaban -irreconciliables, fatales- el objeto del deseo y su imposibilidad. Como en la nochevieja del ochenta y nueve. Como ahora. Como siempre.

Noviembre 17,
Hace tiempo que no veo a mis amigos y empiezo a preguntarme si de verdad los tengo. Pienso en ellos porque de haber estado más cerca (¿de verdad?) no estaría dándole dinero a este tipo cada vez que me lo pide. No siempre ha sido así, dicho sea en abono a la verdad, pero lo que es mejor para mi bolsillo no lo es para mi tranquilidad. Me explico: si me hubiese pedido dinero desde la primera vez que subió al auto y se dijo dispuesto a todo, hubiera entendido que estaba tratando con un prostituto; si en cambio pide un día sí y otro no con variados pretextos, si al final resulta que no está dispuesto a todo (aunque acompañe cada sugerencia con un "como quieras"), si su discurso empieza a mostrar huecos aquí y allá (¿y cuándo he exigido coherencia de quienes me llevaba a la cama?), entonces he de sufrir el desconcierto que padezco ahora, la curiosidad que mató al gato, la obsesión todavía más importante que la que me poseyó cuando desapareció por un par de semanas haciéndome creer que nuestro encuentro le había resultado inmanejable y que nunca más volveríamos a vernos. Pero esta última posibilidad hubiese sido una solución consistente, es decir, algo fuera de su alcance. ¿Dónde están mis amigos?

Noviembre 25,
Una cosa son las obsesiones y otra las necesidades. Para satisfacer estas últimas me he acostado con media ciudad, más concretamente con los que más claras tienen las ideas y que son maricones asumidos o fortuitos. La mayoría dejó hace tiempo de lado las preocupaciones morales, no cree que irá al Infierno aunque siga escuchando los sermones del domingo, se procura un modo de vida razonable y trata de construir en esos márgenes concedidos por una sociedad de la que por supuesto no desea sustraerse (antes bufón que paria). Son transacciones limpias de sexo contra sexo, puntuales y adultas aunque no falte por ahí uno que otro precoz. Satisfactorias. A veces muy satisfactorias.
Pero las obsesiones son otra cosa, ya lo creo, y él me lo ha demostrado involuntariamente (o no): se alimentan de su imposibilidad, crecen con su posposición, no parecen susceptibles ni al tiempo ni a la distancia, son rebeldes a los hechos, insumisas a la lógica aunque no duden en echar mano de ella para repensar una y otra vez en sus objetos, son floraciones mentales cuyas raíces van hasta la fuente misma de nuestra historia-persona (¿1989?)
[...]
Él me obsesiona, naturalmente. Pero él es de una naturaleza distinta a la de aquellos que sirven a mis necesidades. Que tenga una esposa y una hija es incidental. Que fume mariguana todos los días es accesorio. Que sus hábitos de cama sean un tanto improvisados y de difícil conclusión hacen inexplicable la satisfacción que obtengo, si la hay. Él no es único, sino la expresión más cercana de muchos que le han precedido: bisexuales no asumidos con más o menos pánico a que se mezclen sus dos mundos, seres escindidos que en vez de integrar, oscilan. ¿Y eso es todo? No, desde luego, la obsesión no está en ninguna de estas cosas necesarias, pero no suficientes...

Diciembre 2,
Probé la mariguana durante la feria anual de un pueblito del sur de Bélgica, poco después de separarme del grupo del Dr.Pardon. Como mis amigos fueran a buscar cerveza, tardaran y me dejaran solo con el porro apenas encendido, me lo fumé completo. El sonido siguió siendo el mismo, tal vez un poco más lúcido; la vista, en cambio, quedó imposibilitada para fijarse en objeto alguno. Vomité. Me dolió la cabeza estupendamente y mis esfínteres hubieran cedido incontinentes de haber tenido algo que arrojar.
Hoy que él me la ha ofrecido, no he tenido empacho en dar unas caladas, aunque he tenido buen cuidado de no excederme. Al hacerlo pensaba en la excitación que de niño me procuraban los borrachos, los drogados, los niños de la calle y los adolescentes que esnifaban pegamento en las esquinas, una mezcla de atracción y repulsa que bien podríamos llamar morbo. ¿A esto se reduce mi obsesión? ¿a una atracción por su entourage? Él no es un indigente, pero tiene registro en la policía, tiene trabajo, pero vuelve una y otra vez a pedirme dinero. ¿Me estoy volviendo el idiota de un vividor? La mariguana no le alteraba en nada (o siempre estaba drogado), de modo que le ofrecí poppers con una doble intención: las rechazó. No obstante, aceptó una cerveza.

Diciembre 15,
Ha sido una semana atroz. Me ha costado un gran esfuerzo concentrarme en el trabajo. Algunos me han preguntado por mi salud, otros me han enviado señales como si leyeran en mi rostro algo que les atrajera. Parecen darme la bienvenida y decirme que están a mi disposición; es extraño, procuro no salir de mi oficina. Soy un hombre cercano a los cuarenta, difícilmente se diría que muero joven si lo hago ahora. Mi trabajo es honorable por mucho que el Dr.Pardon se empeñe en demostrar lo contrario. Sigo las reglas, hablo con corrección. Es verdad que mi trabajo me ha llevado de un sitio a otro, pero aun faltándome el matrimonio soy una persona estable. ¿Cómo explicar entonces lo que ha pasado el fin de semana?
El viernes volví a verle. Fue una larga sesión de prácticas cada vez más arriesgadas e imparables, como si a falta de vías naturales las esclusas más retorcidas fuesen ocupadas por el deseo, con participación de objetos, ropa, olores y texturas, con las resistencias habituales y el doloroso remate onanista à deux. Tras verle abandonar el auto y perderse entre las calles con los audífonos puestos con música psycho, fumando con su natural despreocupación (esta vez tabaco), con sus diecinueve años de perversa inadvertencia, comprendí que debía ponerle diques a mi locura, acotar tanta vehemencia, cortar... o sustituir.
Y la sustitución llegó con un cocainómano que me enseñó a fumar piedra (terrible) y un cargador del mercado que alternaba su dipsomanía con pastillas de naturaleza incierta. El sexo relegado y los sentidos confundidos, la obsesión seguía allí, intacta, el domingo por la noche mientras cogía temblando el teléfono esperando vencer las ganas de llamar. ¿Vencí?

Diciembre 27,
He vendido el auto, recogido mis cosas. Aprovecharé las vacaciones para no volver al trabajo. Le he pagado al limpiaparabrisas de Avenida Américas para que le clavara un cuchillo de cocina sobre la Avenida Tesistán, al caer la noche. No verá el año nuevo. Lo decidí luego de esnifar toda la tarde y fracasar una vez más en consumar mis obsesiones. "No puedo" fue todo lo que dijo el infeliz de nuevo con sus vans puestos y sus cejas a medio depilar. Sé que suena trillado, pero escucho voces, bueno, sólo una, distinta a la mía, en mi interior: a esa vocecilla no habrá modo de clavarle un cuchillo en la espalda. ¿O sí?"

Me pregunto dónde andará ahora Luis Gala. Me pregunto, por supuesto, si habrá domesticado su obsesión. O si por lo menos consiguió, aunque sólo fuese una vez en la vida, la ilusión de totalidad -bien y mal reunidos, casi armónicos- de la que estuvo tan cerca, a la que tanto aspiró.

viernes, diciembre 03, 2010

Seré muy breve...


Los detectives salvajes, Roberto Bolaño

...y cuando despertó había transcurrido un año, el mundo era idéntico y aun debía seguir corriendo para quedarse en casa...

jueves, noviembre 04, 2010

Merodeador

Cuando comprendí que no aparecería y que había apagado su celular a posta, me metí de nuevo al auto, subí los cristales y fumé un cigarrillo. Los transeúntes de aquella fría mañana habrían considerado mi actitud sospechosa y claramente clandestina, miembros de un hervidero citadino al que resultaba incomprensible que no me incorporase. ¿Habría iniciado mi decadencia? ¿Este cuerpo ya no despertaría más deseo que el sucedáneo dictado por un matrimonio hecho de convenciones ruinosas o el todavía más artificioso del comercio carnal? Estaba dispuesto a pagar, quién lo diría, tanto me había gustado aquel primer episodio arrancado al fluir incesante de la ciudad (otra hora esquizoide, la tarde) que condujo en breves y agitados pasos hasta un lecho matutino todavía caliente de otro cuerpo... Pero el silencio no transigía.
Repasaba: primero azar, luego voluntad, luego hermetismo. Un abrir y cerrar de ojos, un deseo visto y no visto, humo apenas. Nada. Y ahora esta punzada en la boca del estómago y el desconcierto del bajo vientre, el bochorno, la vergüenza, ninguna novedad en el historial de desencuentros, salvo una: su persistencia múltiple, su tenacidad, su fuerza. No parecía extinguirse con el cigarro, sino volverse legión de voces en mi cabeza. No parecía ceder con la luz de la mañana, sino correr las cortinas de mi mente para mejor invadirla y poseerla, para volverla impenetrable a cualquier otro pensamiento y no distraerse del rosario interminable de conjeturas que la saturaban. Si alguna penetración tenía lugar esa mañana era la del veneno negro que habita el anverso de los deseos poderosos, la frustración superlativa.
Encendí el motor, pero no me resignaba a irme: bañado, perfumado, con la camisa limpia y la ropa interior bien escogida, recién rasurado y peinado, me encontraba perdido cuando más centrado parecía. Avancé lentamente. Di vuelta en la avenida y me incorporé al río de luces con rumbo al centro de la ciudad, las calles vomitando más y más coches como en una apremiante y bien concertada locura. Entendía racionalmente lo que pasaba, pero una fiebre violenta me atravesaba el cuerpo y se hacía con mi mente reclamándole el pasto de sus llamas so pena de arrasar cuanta calma me quedara. Encendí la radio, puse un disco. La voz del cantante -español, más bien histérico- apenas me distraía del recuerdo de telas elásticas y coloridas que mi memoria empezaba a confundir, de los diálogos bobos de la seducción, de los gestos y guiños que, bien interpretados -suponía- podrían explicarme sin equívoco alguno el por qué de su ausencia esta mañana (¿o sería arrepentimiento?). Tuve ganas de volver atrás y comprobar si no estaba ya esperándome en la esquina acordada, volví a marcar al celular y luego de varios toques volvió a ser desconectado. Seguí sin rumbo fijo, respirando fuerte y tarareando de vez en cuando como por inercia, muy concentrado.
Era un intelectual, un teórico, un hombre de ideas al que sólo una sociedad ocupada de lo concreto podía dar cabida, un hombre con ocio y vicios pagados. "Sea", pensé, "puedo permitirmelo". No me cuestioné la justicia o utilidad de estas relaciones -no era el momento- pero comprendí que debía aprovechar mi situación para indagar hasta lo más hondo aquello que me atormentaba y dar satisfacción plena, si no al deseo (ahí truncado de mala manera como quien es asesinado apenas después de comer) sí a mi curiosidad intelectual (¿o era morbo? ¿obsesión astringente?) que no podía escatimar recursos en averiguar todo sobre la vida y circunstancias de quien me había puesto en este estado para de ese modo poseerlo, ya no del modo lúbrico que parecía agotado tras la primera embestida, sino en forma cerebral, analítica, pormenorizada.
Ahora tenía un programa e innumerables datos sueltos, tal vez mezclados los verdaderos y los falsos. Habría que dilucidar. Habría que aprovechar cuanto fue dicho por retórica o inadvertencia, por ánimo confidencial o exageración socializante. Habría que conocer sin ser visto, volverse un merodeador. Apenas llegara a casa haría una lista de todo lo que recordaba, señalaría sobre el mapa los dos o tres sitios en que coincidimos, las horas en que habitamos, las posibles explicaciones a que se reducía lo ocurrido. Usaría mi cabeza, mi tiempo, mis recursos. Y desempolvaría la pistola de mi fallecido abuelo en el tercer cajón de la mesita de noche. No me malentiendan: sólo por si acaso.

domingo, octubre 17, 2010

Esto no es una salida

Mientras alzo una mano con la que
podré rozar el cielo,
la otra acaricia tus entrañas con
la punta de sus dedos.
-
Nacho Vegas, Dry Martini S.A.

En estos días avinagrados en que el jefe de departamento me suplica "tratar bien a los alumnos" a fin de evitar que abandonen los cursos para los que no tienen ni voluntad ni talento, en estos días cenizos en que tanto responsables como educandos me suplican un tratamiento infantil porque la adultez es una falta de respeto, en estos días turbios de imparable y concertada alienación donde lo simulado pasa por auténtico y lo auténtico por sujeto de anatema, lo veo sentado en las afueras de la universidad, bebiendo una cerveza, con esa media sonrisa entre burlona y canalla, casi entrañable, acompañado de su inseparable Castro.

Principios de los setenta.
–Bernal, las de enfermería van a tener su fiesta esta noche, dicen que son más de quince y que tienen más amigas, ¿pa'luego es tarde, no?
–Calmado mi Castro, viejas no van a faltar esta noche, ya ves que Paquito siempre nos las consigue, ¿eh? Fácil de convencer...
–Ah, ese pinche puto. Mejor deberíamos conseguirlas por nuestra cuenta, Bernal. Últimamente se está pasando de la raya y no quisiera partirle la madre.
–Tranquilo compadre, ni se te ocurra llevarte mal con Paquito. La de la papelería es su amiga y ya está agarrando confianza, dame tiempo, cabrón, ya luego te molestas todo lo que quieras...
–No, si de aguantar se trata, aguanto: ¡todo sea por los amigos!
–¡Salud compadre!
–¡Salud!
Entrechocar de cascos. Risas. Castro enciende un cigarrillo mientras una parvada de pájaros pasa por encima de ellos, hace un par de piruetas y continúa su camino hacia la puesta de sol. Los amigos suben la cuesta del camino real para ver el pueblo desde lo alto. Pasan las casas de los trabajadores donde hombres cansados fuman en compañía de adolescentes que atentos escuchan relatos inverosímiles, pasan los lavaderos donde grupos de mujeres hincadas lavan las últimas prendas del día rodeadas de críos, pasan el Mesón donde la Tigresa, la Costumbres y la Efímera ya lucen vestidos cortos y recargados maquillajes, pasan también la huerta de Fidencio, el abuelo de Paquito.
–Preguntó por ti.
–No digas mentiras, pinche Castro, tú siempre buscándome novia, cabrón...
–Oh, pues, ¡pregúntale al Paquito si no es cierto!
–Ese cabrón estaba tan borracho como tú... y más interesado en ti que en sus amigas, compadre...
–Me ofreció dinero.
–Sí, a mí también, pero yo no me quedé en casa de don Fidencio, ¿verdad?
Un último destello anunció la obscuridad. El ambiente se hizo de insectos y aromas. Un leve frío estremeció la tierra y Castro encendió otro cigarrillo. Pareció perderse, luego salir sobresaltado de un mal sueño.
–¡Yo no me quedé ahí cabrón! Me salí de la huerta por el rancho de los Vilchis.
–Como quieras, Castro. Paquito dice...
–Paquito dice puras pendejadas. Pero lo de que la morena preguntó por ti, eso que ni qué: es la puritita verdad.
–Me la encontré la otra vez en el mercado, cuando el de las frutas se desmayó, ¿supiste? Estaba acompañando al doctor, al pinche ceguetas.
–No, no supe. Mejor, ¿no? Así ya se conocen, compadre.
–Me gusta.
–Eso es todo, Bernal, esta noche va a estar buena...

Bajaron del cerro. Bernal se duchó en casa de Castro porque en la suya no había agua corriente. Una fuerza en la entrepierna disipaba el mareo de las cervezas vespertinas, se pasaba la mano por el abdomen plano tensando muslos y bíceps, orgulloso. Se vistió lentamente, concentrado, mientras Castro pretendía leer una revista por encima de la cual se le iban los ojos, perturbado.
–Listo, cabrón, vámonos, ¿no tienes loción?
–Hay una en el cuarto de mi papá, espérate, ahorita te la traigo.
–Olvídalo, no vaya a ser que esté otra vez bien pedo y te agarre a chingadazos delante de mí, hasta ganas me dieron de ponerlo en su lugar.
–Gracias Bernal, pero es mi padre.
–Sí, sí, tu padre... ve tú a saber quién de tus hermanos es hijo de él...
–Ya estuvo pues, vámonos.
–Vámonos.

En la fiesta, Paquito lucía unos pantalones acampanados que parecían tener las sentaderas infladas. Le rodeaban cuatro mujeres, dos de ellas enfermeras, una de éstas la morena. Castro los abordó presentando su amigo a aquéllas que no lo conocían:
–Sí, creo que ya te había visto, ¿no? ¿en el mercado?
–No lo sé, me imagino que sí- dijo Bernal fingiendo no recordar sin motivo aparente.
–¿Qué están tomando, muchachos?- intervino la otra enfermera.
–¡Qué no hemos tomado!- dijo Castro riéndose solo.
–No le hagas caso a este vulgar, güerita, a mí se me antoja un vino, si es que tienen, pero no quisiera molestarlas- dijo Bernal componiendo el mismo rostro de perversa inocencia que tantos éxitos le había procurado.
–Ahoritita se los conseguimos, muchachos, nomás que no vean los profesores que andan por ahí, ya ven que luego nos regañan.
–¿Vino a éstos? Bueno, queridas, ¡qué riesgos toman de verdad!- dijo Paquito con cara de asco y horror.
–Anda Paquito, si con un poquito de alcohol nos relajamos y hasta convivimos mejor, ¿eh?- dijo Castro pasándole una mano por la cintura.
–Ay bueno, como quieran, a mí me da igual.

El grupo conversó por poco tiempo, luego se separaron. Tras un par de horas, Castro arrastró a su amigo a la terraza para fumar creyendo calmar así las náuseas de una borrachera más. Afuera hacía un frío decembrino en pleno octubre, el cielo parecía más hecho de azul marino que de negro. Y había luna.
–¡Ahí está la de la papelería, Castro, ya se me hizo!
–¿Se nos qué...?
–Mira, tú cuida que no vengan las enfermeras, voy con ella...
–Ni madres, yo también te ayudé con eso, ¿te acuerdas? Ahora voy yo también.
–Órale pues, cabrón, ya qué. Mejor le voy a pedir los favores a Paquito de aquí en adelante.
–Nomás que le pagues, Bernal, nomás eso...
–Déjate de chingaderas, vamos.
Y luego de cinco minutos de risas y bromas, los tres dieron un paseo por detrás de la casa, se internaron por entre los matorrales de las canchas, cerca de la carretera, e iluminados de vez en cuando por lentos camiones camino de Colima, desvelaban extrañas posiciones y brillos, vapores y extremidades. Ya ensayadas todas las permutaciones quedó el silencio.

Apenas volvían cuando apareció el marido. Ella se llevó las manos a la boca, él sacó la navaja y todo sucedió con rapidez. Bernal corrió hacia el cerro mientras el marido quedaba en el suelo, convertido en una fuente de sangre por su propia navaja. Castro se había esfumado. De la fiesta subieron gritos. La noche aceleró el paso. Hacia las cuatro de la mañana Paquito se levantó a ver quién era, aunque lo imaginaba perfectamente.
–Necesito dinero, Paquito, me voy del pueblo.
–Ay Bernal, qué ocurrencias, de verdad... ¿cómo andas?
–Nomás veme, toca...
La mano que se acercó no fue la de Paquito, sino la de Castro.

Siguieron permutaciones. Y un largo viaje al norte, claro. Interminable.

domingo, octubre 03, 2010

Gana el cáncer

En cualquiera de sus niveles, la escuela parece ser una especie de célula madre sociológica que contiene a todos los personajes potenciales que tarde o temprano invadirán la sociedad real creando tejidos especializados o cancerosos: ingenuos y carismáticos, idealistas y negociantes, cínicos y perturbados. Aunque sorprendentemente muchos de ellos llegan a la universidad arrastrados por su propia acidia, incapaces de manifestar resistencia o deseo algunos, tan aquiescentes como desinteresados, es ahí donde puede verse mejor definido lo que la escuela ha de inocular en la sociedad. Y el panorama, como tantos otros, no entusiasma.
En un reciente reporte, individuos con más de catorce años de escolaridad escriben:
"DESCRIPCION DEL TRABAJO.- al principio y la verdad casi en todo el tiempo nos costo trabajo porque apenas nos estamos familiarizando con el programa pero gracias a la ayuda del profe, nos saco de una de tantas dudas que tenemos, bueno en este ejercicio era realizar la transformada de laplace de esas respectivas funciones, y como el programa detecta automaticamente la palabra laplace, que le estas dando la orden que se refiere a la transformada de laplace es solamente escribir laplace y en seguida la funcion que deseas y te la convierte, siempre en tanto tener bien declaradas la variables como la (t) para declararla se escribe la palabra syms y la variable."
Debo reconocer que el texto, lejos de decepcionarme, me ha despertado cierta alegría indefinible por recordarme viejas lecturas de juventud:
"Cuando tuvo noticia cierta el español que estaba en poder de indios, que habíamos vuelto a Cozumel con los navíos, se alegró en gran manera y dió gracias a Dios, y mucha prisa en venirse él y los dos indios que le llevaron las cartas y rescate, a embarcarse en una canoa; y como le pagó bien, en cuentas verdes del rescate que le enviamos, luego la halló alquilada con seis indios remeros con ella; y dan tal prisa en remar, que en espacio de poco tiempo pasaron el golfete que hay de una tierra a la otra, que serían cuatro leguas, sin tener contraste de la mar."
Pero seamos justos: los estudiantes en cuestión, no obstante el formidable galimatías de su cabeza, son entusiastas del siglo XVI en pleno siglo XXI, víctimas más que probables de esos otros compañeros suyos que sólo ven sentido en aquello que sirva para someter la voluntad de los demás, pervertir el lenguaje y medrar con los problemas: los jefes y políticos del futuro. Ya adivino en muchos de ellos los gestos y maneras del lobo que ha aprendido bien el arte de la simulación, que trepará por donde sea posible saturando burocracias y oficinas ejecutivas, que dejará cadáveres por el camino y que un buen día sólo tendrá un discurso monocorde y sordo del que será imposible extraer ninguna conclusión y del que, pese a ello, estarán convencidos a muerte...
Como estudiantes, a esos cerdos todavía hay forma de cortarles el paso (mentira) o cuando menos de someterlos a un baño de realidad (mentira también). Como jefes no hay apenas modo de incordiarles.
Maldita sea: hay países en que el desarrollo de la célula madre sociológica siempre termina en cáncer.

domingo, septiembre 12, 2010

Rábanos e idiotas

Es agotador. Entiendo que por la simple y muy conocida distribución normal estadística abunde la gente de pocas luces y escasee la muy brillante o la muy idiota. De acuerdo. Esa es la naturaleza del mundo y con ella hay que contar. De entre aquellos que la padecen, algunos optan por oponer resistencia en la tal vez ingenua pretensión de modificar la realidad; otros se perfeccionan en el arte de mirar hacia otro lado o divertirse con ella; algunos más deseamos con frecuencia prescindir del mundo y protegernos detrás de elevados muros donde las conversaciones sean sólo aquellas que deseamos sostener, ya sea con amigos vivos (pocos) o muertos (a través de los libros). Vana pretensión que sólo puede cristalizar en las escasas ocasiones en que la fortuna económica le da la mano al interés intelectual. Ni hablar.
Sé que resulta estúpido esperar mayor cultura o conocimiento, consistencia u honestidad intelectual, de aquellos sitios que se anuncian como depositarios de estas virtudes, por ejemplo, las universidades. Sé que en contraposición con los ambientes productivo o burocrático decidí quedarme a trabajar en el académico porque 1) necesito ganarme la vida (no soy rico), y 2) deseo que se me pague por saber, pensar, investigar y criticar, es decir, por actividades intelectuales de tipo teórico. Sé también que los mejores sitios para este tipo de trabajo no están en México y que los mejores con los que cuenta el país se renuevan con gran lentitud por razones presupuestales e idiosincráticas. Bien.
A sabiendas de todo lo anterior y por razones personales, luego de muchos años volví a una universidad pública mexicana: no la que quería, no la menos mala, en modo alguno la más condescendiente o con cuyos objetivos me identificara. No. El único criterio para elegir repatriarme en ella ha sido su proximidad a casa (setenta kilómetros). He hecho mi trabajo minimizando el contacto con colegas y autoridades, mismos que, casi sin excepción (¡malditas campanas gaussianas!) han resultado connotados imbéciles. Nada ha sido suficiente para ahorrarme disgustos y desagradables sorpresas. Ningún aislamiento, ni el trato seco o cordial, han resultado efectivos para mantener a raya a los idiotas, menos aun a aquellos con sabroso color local que, de acuerdo a las más acendradas tradiciones mexicanas, padecen un complejo de inferioridad a prueba de todo argumento.
Como se llevase a cabo la revisión curricular de la carrera de mecatrónica, el jefe de departamento consideró "pertinente" invitar a un excelso doctor en química a participar en las reuniones: el número de materias relacionadas con química en esa carrera es de... dos. Como nos consultase al respecto, respondo que "[e]stoy de acuerdo en invitar al Dr." "...si su participación se limita al área de Química-Física, y casi preferiría que participara un físico en lugar de un químico porque de química el número de materias relacionadas es muy limitado. Ya bastante gente no especialista opina y modifica esta currícula (de ahí los pésimos resultados), así que resultaría contraproducente incluir todavía más."
Luego de leer (es un decir) este breve mensaje, el joven químico que a sus cuarenta y cinco años de edad cuenta con siete citas que hablan de su gran impacto en la comunidad científica internacional, que es además recién estrenado director de un novedoso doctorado que se aprobó la universidad a sí misma y que de momento cuenta con seis clientes cautivos que en cachonda promiscuidad endogámica salieron de su propio profesorado, dijo:
"[N]o me gusta tu tono de tu correo."
Perfectamente legítimo detectar tonos en un texto escrito. Y la cacofonía.
"En primer lugar, no me interesa participar en tu reunión, ni tomar decisiones en tu carrera."
Desconocía que la reunión (a la que no convoqué yo) o la carrera fuesen de mi propiedad. Desconozco asimismo por qué me interesaría saber que él no tiene interés en participar.
"En segundo lugar, tengo suficiente trabajo en el centro de investigación que dirijo y la coordinación de doctorado".
No tanto que no le permita contestar correos imaginarios de vez en cuando, según parece.
"Y no tengo tiempo para estar discutiendo con alguien que no piensa antes de escribir o hablar."

Sorprendente deducción: no tiene tiempo para estar discutiendo lo que ya está discutiendo.
"Y si se ha intervenido en las materias de química y tecnología de materiales para la carrera de mecatrónica, por que los estamos apoyando del departamento de Ciencias Naturales y Exacta."
Sic. ¿O debo decir sick?
"Por lo tanto si crees que tú puedas dar estas materia y si tú crees que la carrera se concreta de fierros y cuestiones electrónicas es tu forma de pensar.
Podemos renunciar las materias que damos y asunto solucionado."

Sí, efectivamente, eso era lo que quería decir... Qué suerte que haya gente pensante que no se deja engañar con textos simplones y que sea capaz de deducir la verdadera intención detrás de las palabras llanas, que pueda leer entre líneas y, todavía más, detectar sutiles agravios o subliminales propósitos. Qué suerte que haya gente que utiliza la cabeza para pensar antes de hablar y escribir, que derrocha cualidades científicas y que, puesta delante de un montón de rábanos, sea siempre capaz de tomarlos por las hojas, cual debe ser...

¡Larga vida al doctorado bajo la dirección de este héroe, chingado!

viernes, agosto 27, 2010

Sala 205

A Elvira
No sé bien cuándo ni cómo adquirí mis primeras ideas sobre España, pero estoy seguro de que supe de su existencia casi al mismo tiempo en que tuve uso de razón. Los grandes supermercados de entonces (¿Gigante, Maxi?) ofrecían colecciones a precios bajos y en fascículos semanales, una de las cuales fue la de Geografía Universal Ilustrada cuyo primer tomo, en vez de México, presentaba los países latinos como España, Portugal e Italia (Vaticano y San Marino incluidos, faltaba más). Desde entonces y hasta los seis años me empeñé en dibujar todos los mapas y listar de memoria todas las capitales. Cuando se me agotaron o hicieron demasiado conocidos los litorales del mundo, inventé los míos y tracé las calles y ríos de imaginarias ciudades hasta bien entrado en la adolescencia. Ciudades novohispanas, claro, con cuadrículas centrales y progresivo desorden en las periferias.
Seguramente por mera intuición o alguna impresión familiar causada por objetos o conversaciones, asocié España al pasado, a viejas y olorosas maderas, a odres de vino, piedras y bosques; luego la idea, en vez de ganar realismo e influida por la escuela, incorporó al nombre de España los clásicos del siglo de oro (leídos y no leídos), el teatro y la poesía, la pintura, no escasa música de los ochentas y, sobre todo, los surrealistas y la generación del 27. Al unirse mis impresiones con el conocimiento todavía libresco del país, añadí la guerra civil, el franquismo y la democracia, la movida madrileña y el endiosamiento del placer, sobre todo sexual, a través del cine almodovariano. Curiosamente jamás cuajaron en mis torcidas asociaciones el nombre de Picasso o los veranos de agobiante calor en las playas mediterráneas.
Como no podía ser de otro modo, lo que amé de joven trascendió sentimentalmente a través de los años, sobreviviendo, aunque soterrado, al matiz y al atemperamiento de la madurez. Y lo que más admiré, desde la intuición al principio y desde el conocimiento al final, fue la vida y obra de los artistas locos de los años previos a la guerra civil, especialmente las de Buñuel, Lorca y Dalí.
No sé bien quién fue primero, si Lorca o Dalí, pero tengo la impresión de que conocí a ambos en 1989, el año en que murió el segundo y en que por primera vez leí poemas del Romancero Gitano. Los poemas, en una época hormonal y psicológicamente tan activa, me impresionaron profundamente, no sólo por su colorido y tensión, sino por su misterio rayano en la paranoia y el maniqueísmo. Por otra parte, ¿de dónde habrá surgido Dalí? Muy probablemente de Descanso dominical, el disco del grupo español Mecano donde apareció "Eungenio" Salvador Dalí, la canción-homenaje al pintor. Primero me concentré en sus bigotes, luego en imágenes mudas donde se entregaba a toda clase de extravagancias, finalmente descubrí su pintura y, por encima de todo, sus escritos y cosmogonía. Disfruté uno y cada uno de sus delirios y descubrimientos, sorprendiéndome al encontrar más tarde la liga que lo unía a Lorca y, casi inmediatamente, al Buñuel de Un perro andaluz y La edad de oro.
Pasaron los años y, como suele ocurrir en la vida, algunos deseos se cumplieron cuando ya habían dejado de serlo; otros más, encontraron en su satisfacción su propio aniquilamiento. El conocimiento directo de España no llegó cuando mi admiración por ella (o su idea) era más apasionada, tampoco cuando ésta se encontraba en el apogeo surrealista o la no menos recreada época de la movida madrileña. Llegué en una época obscura hecha de capitalismo salvaje, masivos contratos temporales y terrorismo islámico, una época de euros y frívola corrección política, más propia para irse de compras que para hacer poesía. Con excepciones, encontré sordera y egoísmo, folclor y vulgaridad, una ignorancia no por menos agresiva más disculpable que la legendaria de los curas que fanatizaron esta tierra desde los Austrias hasta Franco. Como suele ocurrir, a la gran admiración siguió una desilusión generalizada, no escasamente atribuíble, todo sea dicho, a mi propia distorsión y fantasía.
Decepción, sí, pero también un punto de fuga: ocho años después de mi primera visita a Madrid y con mis héroes españoles un tanto abandonados como tantos sueños, volví a la Sala 205 del Museo Reina Sofía. Y recobré, aunque sólo fuera por un día, la admiración y fantasía de mis pasiones juveniles: cartas entre Lorca, Dalí y Buñuel, El Gran Masturbador, el manifiesto surrealista de André Breton, la universalidad artística en la forma de los dibujos de Lorca y los escritos de Dalí (!), proyecciones de Un chien andalou y L'âge d'or, el retrato de Buñuel, poemas de Paul Éluard y René Crevel, la conquista de lo irracional a través de la escritura y los objetos automáticos, dedicatorias a Gala y El enigma de Hitler, la ubicuidad de la hermana de Dalí a través de retratos y aun espaldas como en Muchacha en la ventana...
España, descubrí con falsa sorpesa, la real o la inventada, tanto da, seguía ahí, inagotable y maravillosa como siempre, alimentando mis duermevelas.

viernes, julio 30, 2010

Ciencia meridional

Era bien conocida la afición del Dr. Pardon a jugar bromas pesadas empleando todos los medios que la burocracia académica ponía a su disposición, aunque ahora algunos estudiosos comprenden que se trataba de experimentos perfectamente planeados: llevar al extremo la redacción de cualquier comunicado o solicitud, regodearse de exhibir inconsistencias graves en convocatorias y procedimientos, publicar artículos con datos enteramente falsos en revistas de prestigio para luego someter –bajo pseudónimos diversos- la reseña que los contradecía con lujo de detalles, incluir autores inexistentes en sus mejores trabajos a los que no pocas universidades ofrecían puestos de investigación inmejorables, agrupar la oposición en contra suya por medio de correos electrónicos anónimos o abusar hasta extremos increíbles de sus estudiantes menos habilidosos. Por no hablar de su excelencia en la falsificación de documentos y las apuestas de riesgo razonable. De este amplio repertorio, la estancia española de Luis Gala fue, sin duda, una de sus mejores canalladas.
Pardon sostenía que poco podía esperarse de la ciencia en los países meridionales, menos aun en España, “una mezcla de necedad gamberra, superstición vulgar e insuperable chulería, cocinada por al menos un milenio de oscurantismo”. Espíritu científico donde los haya, Pardon propuso a sus más cercanos estudiantes un experimento para comprobar su tesis: buscar un desempleado con preparatoria terminada sin mayor formación científica y enviarlo a España para una estancia corta bajo uno de los nombres falsos empleados en sus artículos. Aseguraba que nadie notaría la diferencia y, más aun, que de la estancia surgirían publicaciones, algún acuerdo institucional, seguramente un intento de continuar la colaboración y, quién sabe, alguna oferta de trabajo para el inexistente Luis Gala. Pardon se encargó del trámite frente a la Universidad de Sheridan, pagó un pasaporte con el nombre que quería en el mercado negro y seleccionó a un tipo al que conocía de algunas conferencias internacionales por su inglés espantoso para pedirle encarecidamente que acogiera al profesor Luis Gala que, por su origen hispano, tenía interés en colaboraciones con “la madre patria”. García Pedro, naturalmente, mordió el anzuelo.
Nunca supe el verdadero nombre de Luis Gala, pero sus hazañas en España fueron legendarias: dos artículos que indudablemente no escribió él y que Pardon tampoco le proporcionó (si bien llevaban su nombre), una presentación de resultados en que no faltó el intercambio de preguntas y respuestas, la oferta de permanecer otras seis semanas a cambio de que diera un seminario (lo que, increíblemente, aceptó) y la asistencia a una conferencia técnica donde presentó un póster del que algunos visitantes coligieron que se trataba de un trabajo estudiantil (mentira: lo escribió completo García Pedro que ya era profesor titular desde hacía al menos seis años). Otro profesor invitado (quién sabe si en sus mismas circunstancias, en todo caso un farsante) le invitó también a su universidad bonaerense.
Así empezó la carrera de Luis Gala. Porque lo que no previó el Dr. Pardon fue que el desempleado se sentiría a gusto en aquel ambiente donde todo era llenar formularios y solicitudes, asistir a conferencias y mezclar ingredientes ininteligibles con aire de quien todo lo comprende. Consciente de que su nombre ya tenía siete publicaciones importantes en los últimos tres años, conocedor astuto de los índices que todas las burocracias académicas del mundo empleaban para medir el mediocre desempeño de sus acólitos, Luis Gala no dudó en convertirse en mercenario académico proponiendo cosas disparatadas y saltando siempre de un sitio a otro con credenciales dudosas a las que sólo amparaban los siete trabajos originales –todos de Pardon- con los que no había tenido nada qué ver. De Valencia a Buenos Aires. De Buenos Aires a Lima. De Lima a Libia. De Libia a Irán. Especialmente los países más inverosímiles tenían el dinero y la credulidad necesarios para pagar sus extravagancias e ignorar los empeños de Pardon.
Porque el lógico matemático de la Universidad de Sheridan, una vez consciente de que aquello se había salido de madre intentó poner al rebelde en su sitio, denunciándolo. Inútilmente: García Pedro no iba a aceptar que se le exhibiera públicamente como un imbécil e hizo causa común con Luis Gala defendiendo sus colaboraciones y acusando a Pardon de padecer “la envidia de quien ya vio pasar su hora y ve a los más jóvenes tomar la estafeta”. El bonaerense, hizo lo propio con extraordinaria vehemencia, de hecho Luis Gala no volvería a España, pero sí repetidas veces a Argentina. Algunos estudiosos consideran que esto empujó a Pardon a publicar las sesiones privadas de su grupo y largarse para siempre de la academia. Cuando se le preguntó en Chico, Wyoming por su definición de idiotez, ya de lleno dedicado a la Real Science Society que él mismo fundó, Pardon declaró: “El punto quedó más que probado: todo comenzó en España”.

lunes, julio 19, 2010

Dos corazones

Cuando Luis Gala se instaló en el escritorio restante de mi oficina, no lo agradecí, no por nada relativo a su persona –aunque objetivamente también había razones de este tipo- sino porque a nadie le gusta compartir diez metros cuadrados con alguien más. El mexicano venía mal rasurado y con la ropa desgastada, aunque parecía limpio y atento, dueño de una sonrisa torva que parecía costarle mucho esfuerzo, rara vez iniciaba una conversación, pero bastaba hablarle un poco para que se soltara imparable con toda clase de meandros discursivos y retóricas imposibles, sudando como quien no controla la lengua o padece una vergüenza inexplicable. El jefe del departamento dijo que sólo estaría con nosotros seis semanas. Aguantaría.
Yo también estaba de visita en aquella universidad española aunque por más tiempo: los recortes del ministerio argentino no dejaban más opción que otros países iberoamericanos y ¿a dónde iba a ir sino a España? Me acompañó Claudia con un acta de matrimonio falsa que se tragaron en el consulado y hubo que sacar toda clase de permisos sanitarios porque ella se empeñó en traer a su perro Videlón, un french-poodle gris y nervioso que tardó una semana en adaptarse al nuevo clima y reanudar sus hábitos. Claudia pensó que el histérico animal se moriría (yo lo desee), que tal vez el vuelo lo había dañado irremediablemente y no volvería a levantar cabeza. Buena parte de los pocos euros que traíamos los gastamos en veterinarios durante los primeros días y si al principio desee enterrar a Videlón en la madre patria, la falta de sexo y la creciente abulia de una Claudia cada vez más preocupada me fueron empujando a buscarle remedio y salvar al animal. Por mi propia tranquilidad y no menos importante desahogo, desde luego.
Al principio Luis Gala llegaba antes que yo a la oficina, lo que si bien no pasaba de un mero detalle me fue resultando cada vez más antipático. Decidí llegar antes que él y por un par de días Claudia me preguntó por qué me levantaba media hora antes de lo habitual. No recuerdo lo que le dije, pero no fue la verdad. Mis esfuerzos fueron insuficientes: en ambas ocasiones Luis Gala estaba ya ahí con su sonrisita esquiva y sus ademanes afectados, fingiendo cordialidad cuando se veía claro que nos tomaba a todos por unos irredentos idiotas. Luego intenté irme después que él, pero por más que esperé hasta avanzada la tarde el pelotudo no se largó. Había apagado mi celular para que Claudia no me interrumpiera obligándome a darle explicaciones delante del mexicano, y como era de esperarse, de vuelta a casa, Claudia me echó en cara mi retraso con una discusión bizantina que un recuperado Videlón completó con una docena de bien distribuidos ladridos. Me quedé sin cenar. Y sin sexo, claro.
El trabajo iba mal. No es que esperara otra cosa de esta estancia, pero mirar todo el día a Luis Gala escribiendo con fruición y aire concentrado mientras mis ideas no cuajaban como era debido me ponía los nervios de punta. A veces el mexicano alzaba la mirada por encima del monitor y me sonreía no sé si hipócritamente o con burla, sin decir nada torcía la boca y volvía a su desenfrenada adicción laboral. Sin soportarlo, no fueron pocas las veces en que decidí interrumpirlo con un comentario tópico e incidental como el fraudulento clima mediterráneo (una mierda) o la vocación científica de nuestros países (inexistente), pero semejante acción siempre traía una cola peor para mí, pues Luis Gala hablaba entonces hasta por los codos dejando poco margen no ya para cortarlo, sino hasta para ir al baño. Lo que tenía que decir no me interesaba particularmente, de modo que intenté ser un poco más brutal en mi trato con él para ver si así reaccionaba, haciendo gala de los amigos que venían a buscarme (meros conocidos) o echándole en cara el contraste entre su muy miserable soledad y las satisfacciones (exageradas) de mi vida con Claudia. Con sorna le sugerí prestarle a Videlón, lo que declinó razonando por diez minutos sobre la relación entre las mascotas y la decadencia occidental. No parecía inmutarse.
Su actitud con el jefe del departamento era más mesurada. Hablaba poco y asentía, soportaba pacientemente un tratamiento paternal que a mí me parecía aberrante y no le importaba que el crédito se lo llevasen otros. Conmigo el jefe era distinto, parecía no conceder la menor importancia a que nuestros proyectos estuvieran detenidos por semanas y nos invitaba a Claudia y a mí a comidas y paseos por las cercanías, junto con su familia, naturalmente. Este tratamiento generoso, lejos de alegrarme, me causaba una extraña envidia hacia Luis Gala y la sensación de estar siendo tratado como mero bufón de compañía, como si en el trabajo nadie esperase realmente nada de mí que no fuera ver el fútbol los fines de semana con mi jefe, reír con las gracias de sus niños o escuchar las risas de su esposa hablando con Claudia en la cocina. ¿Qué haría el mexicano los fines de semana? Misterio.
Para tenerlo más vigilado y conocer mejor al enemigo, a las tres semanas lo invité a nadar. Aceptó de buena gana sin ahorrarme la narrativa pormenorizada de su desencuentro con todos los deportes. Yo no acostumbraba hacer natación y Claudia se extrañó que por las tardes llegara un poco después de lo habitual por ir a la piscina. Pensó que era mentira y me acompañó en una ocasión, llegando por sorpresa. Se limitó a vernos desde las gradas luego de que los empleados le explicaran que no había forma de dejarla entrar al agua con Videlón, por muchos certificados sanitarios que esgrimiera. Tampoco aceptaron encerrar al perro en uno de los casilleros. Luis Gala tenía mala técnica, pero la misma terquedad que exhibía en el trabajo: iba y venía sin parar mientras yo tenía que detenerme de vez en cuando para coger aire y mirar con rabia lo que el mexicano hacía sólo por humillarme. Las visitas a la piscina fueron haciéndose más escasas con el pretexto de que a Claudia no le gustaba dejar solo al perro ni limitarse a mirarnos. Una mentira estúpida que hasta Luis Gala debió disfrutar enormemente aunque disimulara con su cordial sonrisita de siempre.
Luego lo invité a cenar. Claudia prepararía pesto y atún, yo compraría una botella de vino barata porque al fin y al cabo los mexicanos, me dije, no eran franceses. Luis Gala pareció entenderse maravillosamente con Claudia y yo asistí a una cena que no quería ofrecer provisto solamente de monosílabos y poniéndome borracho con dos vinos baratos: el mío y el que trajo el invitado. Indigesto, tuve que vomitar con una urgencia que no esperó al retrete y luego apartar a Videlón que ya daba cuenta de la alcoholizada mezcla de cena y jugos gástricos. Claudia me obligó a meterme en la cama luego de recriminarme por el desaguisado y yo no tuve objeción en dejar al par hablando en el salón. Videlón se quedó a dormir conmigo con sus barbas tiesas y malolientes. Apenas me enteré cuando Claudia entró en la cama poco después, temblorosa.
En los días que siguieron aumentó el trabajo, pero no los resultados. Claudia salía a veces con Luis y a mí me parecía bien tener un poco de tiempo libre. Por primera vez llegué antes que el mexicano. A una semana de que se fuera, creí estarlo venciendo, me sentí superior y satisfecho cuando el jefe del departamento fue a buscarlo un día y pude decirle que no lo había visto por ahí. Luego, cuando me percaté de que había pasado tres noches seguidas sin follar y que a Videlón no le habían llenado el plato de comida por la mañana, monté en cólera y llamé a mi mujer. Saltó el contestador: llama al número de Claudia y Videlón, deje su mensaje, ¡chao! Salí furioso del departamento a buscar a mi mujer por la ciudad. Evidentemente no la encontré. De regreso a casa, agotado por el calor nocturno, los infinitos intentos de llamarle a su celular y las largas horas de caminata, me encontré a Luis Gala en los jardines del Turia.
Sin sorpresa, descubrí que ya no estaba enojado. Ni siquiera le pregunté por mi mujer. Entre los árboles y arbustos, en las bancas y los puentes viejos que antes cruzaban el río, abundantes sombras iban y venían como zombis enloquecidos. El mexicano no me dijo nada y me abrazó. Con lágrimas en los ojos, permití que me llevara a un rincón y me sodomizara. Luego me pagó un taxi a casa y, ausente como me encontraba, pude ver su torva sonrisa mientras me decía adiós con la mano.
Claudia dormía en la habitación con el perro a sus pies. Al sentir mi presencia encendió la luz y desperezándose me miró. Nos miramos. Luego ambos dijimos al mismo tiempo “Tenemos que hablar”. Y comprendimos que todo estaba dicho: Luis Gala, una vez más, había ganado.

jueves, julio 01, 2010

Miedo

"¿Pero por qué has vuelto? México se va al carajo sin remedio"
Los detectives salvajes, Roberto Bolaño.


Un día antes de irse, al caer la tarde, anduvo varios kilómetros más allá del periférico por avenidas grandes y muy transitadas mientras soplaba un viento atroz y caliente cargado de polvo y mierda. Lo habitual: perros muertos y basura. Lo acostumbrado los domingos: una pandilla de borrachos apretujados en una ruidosa camioneta se detienen a punto de atropellarlo, le gritan entre risas e insultos y enseguida desaparecen haciendo chillar las llantas.
Cuando recupera el aliento no puede pensar en otra cosa que no sea el 16 de abril de 1994 en que luego de comprar una cajetilla de cigarros se puso a fumar mientras esperaba la llegada de sus amigos para entregarse a la toxicomanía burguesa que tanta euforia le procuraba en sus días universitarios. Ellos llegaron en la camioneta del Abuelo ya entrados en calor por unas cuantas cervezas, algo agresivos y con los ojos vidriosos.
–¡Ándale pinche Menón, súbete!- gritó el Abuelo por encima del ruido de la banda sonora de En el nombre del padre puesta a todo volumen.
El espacio en la cabina siempre parecía más grande tras los vidrios polarizados: Maya, Gigio, el Tata y el Negro estaban entregados a una fiesta loca preparando cubas con hielo y limón, encendiendo cigarrillos, trazando delicadas rayas de coca. Avanzaron a lo largo de la avenida Patria rebasando coches con temeridad, trepando a la banqueta cuando convenía, insultando transeúentes, arrojando hielo por la ventana, gritándoles ciegos a los ciegos que esperaban el paso en una esquina cogidos de una mano y con el bastón en la otra. La gloria.
El Abuelo decidió aventurarse más allá de la Calzada mientras Maya se burlaba de todos nosotros diciendo que íbamos a buscar travestis. En el tocadiscos pasábamos de los Caifanes a U2, de Bob Marley a Héroes del silencio. Como no se acabaran las calles del Sector Libertad decidió dar la media vuelta no sin antes pararse a echar una meada. Recargado sobre la camioneta, en medio de la obscuridad, el Tata vomitaba para luego gritar abrazando al Negro y al Gigio "¡Hey, putos! ¡estos son mis amigos!".
Y el Abuelo le dice "Menón, ¿a dónde vamos a ir?".
Y sin dudarlo le contesta: "A la universidad".
Con las luces apagadas cruzan el umbral y descienden luego de estacionarse por la facultad de ingeniería. Gigio entra a un aula y decide cagarse encima del escritorio. Maya y el Negro no pierden más el tiempo y se dedican a coger en la tercera planta. El Abuelo y él se ponen a fumar mariguana, relajados. En un arranque que se pretende visionario, el primero le dice:
–Vas a ser un pinche licenciadillo como mi padre, Menón, igual de puto. Te va a ir bien.
–No te creas.
–Así va a ser.
–No te creas.
Media hora después están en la calle y chocan contra un árbol. Con uno de los rines chueco y el susto de haber visto pasar una patrulla de tránsito por ahí, alcanzan a llegar a casa de Gigio, donde su hermana Pamela se levanta a prepararles unos tacos dorados. Maya y el Negro ya se han ido, naturalmente, sin avisar a nadie. Hay llamadas en la madrugada, gritos al teléfono, llantos. Por la mañana emprenden el camino de regreso a sus casas.
La ciudad continúa cuando el día y sus fuerzas se han agotado. Se detiene y piensa "He perdido", luego da la media vuelta y emprende el camino a casa. Hay maletas que preparar, tal vez matar el tiempo en ese programa de comedia argentino que han puesto en la tele, también cenar sería bueno. Y leer un poco, aunque no cree poder conseguirlo.

Al día siguiente decide no ir a ninguna parte. Escribe.

lunes, junio 21, 2010

No hay nada en la montaña

—Mi intención es demostrarles que en la montaña no hay nada- nos dijo fumando su cigarro y entornando los ojos mientras el calor de la vega nos invadía sañudamente aquella tarde.
—No va a aguantar, maestro- le dije yo conteniendo una sonrisa y mirando de reojo a Cruciforme.
—¿De qué habla Padolla? Este no es un ejercicio de calistenia, sino de filosofía. Subiremos esa montaña y el punto quedará probado.
—Como quiera, pero está muy difícil, hay partes muy empinadas...
—Sí es cierto, profe- terció Cruciforme en la esperanza de zafarse disuadiéndonos —Mi tío se perdió una vez muy feo con un amigo.
—Es absurdo. Una montaña sólo tiene dos direcciones posibles: hacia arriba y hacia abajo. Nadie puede perderse en ella. Y encima no hay nada.
—Mañana sábado entonces- completé yo. —No le importará que venga Puchini, ¿verdad?
—Entre más gente se entere de lo que le espera en la vida, mucho mejor. No puedo hacer más por su educación, caballeros, salvo ir a la montaña y comprobarles que ahí no hay nada.
Me reí incontenible. Cruciforme me imitó. El maestro aventó la colilla a la tierra, la pisó, la recogió enseguida y la echó al bote de basura. Sin inmutarse dijo:
—Hasta mañana, caballeros.
Y se perdió en el edificio donde tenía su oficina.

El ascenso inició en el sitio y a la hora convenidos. No llevé agua ni alimentos porque pensé que el paseo terminaría pronto con el arrepentimiento del maestro o de Cruciforme, quien jamás quiso ir pero siempre apoyaba nuestras decisiones con ruidosos monosílabos. Sólo Puchini llevaba un botellín de agua y algo de comer. El profe llevaba una libreta.
Si al principio conversamos alegremente aprovechando el papel de desquiciado en que el maestro se había instalado desde hacía meses para provocarle, una hora después marchábamos en el más completo silencio. Resollando como una res a punto de morir, el profe ascendía con dificultad y torpeza manifiestas; agrupados y haciendo bromas le esperábamos en los descansos luego de los tramos escarpados.
—No va a aguantar el cabrón- le dije a Puchini mientras ambos lo veíamos avanzar por entre ramas y piedras.
—Sí, sí llega, pero se morirá nomás llegar- dijo riéndose y secándose el sudor con la camisa. Cruciforme estaba pálido, pero respiraba normalmente:
—Yo no sé para qué veníamos si a un loco no se le sigue la corriente.
—Por eso- concluí yo sin siquiera entenderme.
—¡A este paso de verdad no va a quedar nada en la cima, prof!- gritó Puchini. Nos reímos.
Resoplando como ropero en vendaval y sin alzar la mirada, el maestro contestó:
—Te traiciona tu juventud. He dicho ya que en la cima no hay nada.

Había árboles y chapulines. Había una cantidad inmensa de hojas. Había dos o tres promontorios de piedra que por culpa de la copa de los árboles no servían para ver el horizonte. Había una lata de cerveza oxidada en el suelo. El maestro se sentó y bebió del agua que traía Puchini, sin importarle que Cruciforme la hubiera dejado llena de babas. Luego de cinco minutos le espeté:
—¿No que no? Ya vió que el cerro no está pelón, prof, ¡le falló el cálculo!- Puchini y Cruciforme se rieron tal vez demasiado.
—En la montaña no hay nada, caballeros, tan claro como que el tiempo no vuelve.
Le vimos abrir su libreta que resultó ser una cajita delgada con cigarrillos y un encendedor. Cruciforme, que tenía más cabeza que todos nosotros, lo vio claro.
—Vámonos- me dijo casi susurrando.
—¿Qué?
—Que nos vayamos, hombre, ¿no ves?
Encendió un cigarrillo y con con la misma flama del encendedor prendió las hojas del suelo.
Puchini, Cruciforme y yo nos pusimos de pie al instante, alarmados. Con una sensatez desconocida, no perdimos el tiempo en recriminaciones ni en teorizar. Sólo dije
—¡Vámonos maestro, esto se va a encender y luego no la contamos!
—En la montaña no hay nada- respondió.
Cruciforme ya se había alejado unos pasos, nosotros le seguimos y luego nos fuimos corriendo por donde pudimos, arrastrando piedras y ramas en algunas partes, volviendo la vista de vez en cuando para comprobar que ya se alzaba una columna de humo.
—¡No mames, el tipo está loco!- dijo Puchini cuando por fin nos detuvimos al pie de una barranquilla.
—Pobre diablo- agregué.

Ahora tengo la edad del maestro. Desde mi casa de campo y con consternación, miro acercarse el fuego desde las colinas vecinas.