miércoles, junio 20, 2012

El futuro presentido

Recibí una carta de Jason esta mañana, remitida por mi madre desde México porque desde que abandoné Europa nunca más volví a comunicarme con él ni le hice saber mi nueva dirección, no porque hubiésemos acabado en malos términos, sino porque entre nosotros la comunicación era siempre escasa en la distancia y abundante en persona. No éramos de aquellos capaces de prolongar artificialmente y por carta nuestra, a pesar de todo, profunda amistad, aunque la misiva que abierta descansa sobre mi escritorio el día de hoy, plantea una excepción a esta regla.
Dice poco, la carta, si esto sirve para confirmar la parquedad de las vías escritas entre nosotros; ni siquiera el correo electrónico y demás formas expeditas de comunicación moderna han podido hacer más frecuente nuestro trato ni convencer al pintor inglés de la impracticidad del correo convencional. No comienza su texto como aquellos ejemplos de cartas de que están saturados los libros de inglés –siempre en tono festivo y exaltado, abundando en signos de admiración: la puerilidad moderna de la informalidad como sinónimo de apertura y franqueza- sino más bien con una serenidad de estereotipo inglés. “Hi, Miguel” ha escrito, para preguntarme enseguida por mi situación. Es persona educada, lo que nunca obstó para que nuestras conversaciones se adentraran en nuestras vidas con tanto detalle como nuestra amistad demandaba, una amistad cómplice, bien formada, que encontró su lenguaje y referencias particulares con gran prontitud, referencias sólidas que me permiten reconocerlo en esas pocas líneas que tengo delante.
Su divorcio se ha consumado, me dice. Cuatro años vivió en compañía de Karla, su mujer, sin que papel alguno avalara esa unión. Cuando por fin se casó no transcurrió más de un año para que empezaran los desencuentros entre él y la checa por la que había ido a vivir a Praga. No dice una palabra sobre su estado sentimental, apenas me comenta que ha vuelto a trabajar en los teatros –instalando escenografías, encargándose de la electricidad- donde ha coincidido, dice, con algunos viejos conocidos “cuya prosperidad económica es directamente proporcional a la cortedad de sus expectativas”. Tampoco habla de su trabajo como pintor, aunque supongo que apenas tendrá tiempo para dedicárselo. Me pregunta si iré alguna vez a Manchester o a Londres y me proporciona su número telefónico –ha cambiado- a fin de que, si así lo hago, nos reunamos. Se despide con las mejores consideraciones y enviando saludos a Fernando, referencia disculpable porque nunca supo de su muerte, pero que me ha inundado la cabeza de sombras y una miríada de recuerdos y diálogos que no puedo –y quizá tampoco deseo- dragar.
Abandono el escritorio y me asomo a la ventana mirando por entre las persianas. La jornada apenas comienza y los estudiantes y profesores van y vienen por el campus sin invadir aun los enormes jardines que a mediodía ya estarán poblados de corrillos de bromistas y fumadores con los libros abiertos. Cierro los ojos para que el sol naciente no me encandile. Entonces recuerdo la voz de Fernando apenas distorsionada por la larga distancia telefónica que, sin variación, me remitía a imaginar los canales de fibra óptica cruzando el Atlántico (¿o serían satélites?)  a través de los cuales viajaba su voz codificada hasta surgir de este lado del mundo, por el anticuado auricular de mi teléfono. Aun no tenía móvil en Europa. Mi celular en México había pasado a manos de mi hermana.
–Mañana por la mañana enviaré por mensajería los libros que me pediste, corazón. Y con ellos te mando una sorpresa.
–Si el peso excede el precio mínimo, envía sólo el libro de ecuaciones diferenciales; para la materia de topología quizá encargue un libro por Internet, después de todo no tengo mucho que perder si me hicieran algún fraude, ya ves que la tarjeta es de débito y encima tengo un saldo que apenas me servirá para comprar un libro.
–Eres un distraído. ¿No tienes curiosidad por saber qué sorpresa te mando?
–Disculpa, es que no me encuentro muy concentrado esta noche.
–¿Qué te pasa? –Fernando era hombre de una sola pregunta a la vez, un solo enunciado, incapaz de perderse en sus propias retóricas, de esos cada vez más escasos que tienen paciencia para no atropellar el discurso del otro con el propio, y escuchar. Era médico.
–No lo sé, supongo que es la cena que me ha caído mal o lo poco que se me ha ocurrido para hacer investigación en la oficina… quizá sea nada más que te extraño y no logro acostumbrarme a este destierro voluntario.
–Recuerda que fuiste tú quien…
–Lo sé, ya sé lo que vas a decirme y tienes razón: yo elegí hacer esto y puedo abandonarlo cuando quiera, aunque preferiría no hacerlo, sería tanto como faltarme al respeto.
–Todo va a salir bien, corazón, ya lo verás. ¿Qué cenaste?
–Preparé unos chilaquiles con las salsas que milagrosamente encontré en una tienda, pero el resultado no fue tan bueno. Además me acabé todo lo que había preparado, era demasiado.
–Te escucho algo preocupado. No será sólo por la cena, ¿o sí?
–Bueno, no. Ya te dije que me preocupan los resultados en la oficina. Este doctorado no irá a ninguna parte si no consigo un resultado pronto. Supongo que se me nota esa preocupación.
No sé si sea eso. –Encendí un cigarrillo y di una profunda bocanada seguida de un suspiro. Claro que sabía lo que me pasaba, lo que me distraía. Pero no iba a decírselo y, además, no tenía importancia. –Pero mejor cuéntame qué tal te ha ido en el inglés.
–Muy bien, aunque estas dos semanas que llevo en el sexto nivel me han parecido inferiores a las del nivel anterior. La maestra es muy descuidada, aunque pronuncia muy bien, quizá mejor que la otra. Y los compañeros pues son más o menos los mismos. Yo prefiero atenerme al libro y a los discos.
–Deberías quejarte, con todo lo que pagan ahí. ¿Sabes que te quiero, corazón?
Esas torpes confirmaciones de lealtad sentimental seguían siempre a los episodios oscuros de mi vida privada. Quizá Fernando los conocía bien y pretendía hacerlos de lado, no en vano habíamos pasado más de cuatro años juntos antes de irme a Praga, años en que tuvimos que llegar a acuerdos más o menos explícitos sobre lo permisible y lo inadmisible, acuerdos casi siempre conseguidos a la sombra de un desengaño o un affaire ridículo y puramente sexual. Fernando lo comprendía así y por eso toleraba mi comportamiento bajo dos premisas: que él no se enteraría y que yo tomaría todas las precauciones de salud durante mis excursos, mismos que no habrían de rebasar la categoría de un encuentro sexual fortuito.
Lo de aquel domingo había sido eso: un encuentro fortuito, difícilmente calificable de sexual. Por primera vez en meses había podido identificar a un homosexual en el metro y jugar con las miradas como suele hacerse en otros países. El encuentro había tenido lo suyo de extraño o particular, quizá de señalado como concluiría cualquier mente más o menos febril y propensa a explicaciones sobrenaturales, nunca tan abundantes como en estos tiempos de ciencia y técnica: habíamos salido en la misma estación de metro, pero nos perdimos de vista antes de llegar a la superficie de la Plaza de San Wenceslao; luego abandoné toda pretensión de buscarlo, me dirigí a la librería de la Academia y luego de media hora pensé que quizá sí debería buscarlo, bajé a la calle atestada de gente, me moví con celeridad tratando de verlo (era un hombre enorme, más alto que yo), me detuve en algún momento junto a la estación de metro a considerar con falso sentido analítico a dónde pudo haber ido y decidí que estaría en la librería Kanzelsberg, justo a la salida del metro; luego tomé el elevador, subí al cuarto piso y detrás de unos estantes de idiomas, contra todo pronóstico, ahí estaba el acromegálico. Gran coincidencia.
No pareció sorprenderse ante mi presencia y aun se resistió a entablar conversación, moviéndose de salón en salón, de un estante a otro, hasta que finalmente lo abordé y bajamos juntos a la calle luego de presentarnos. Miroslav no me atraía en absoluto y mis urgencias sexuales no eran tales en ese momento, pero como suele ocurrir con los accidentes, llevé adelante el experimento al invitarlo a mi departamento en medio de pláticas tortuosas producto de su muy deficiente pronunciación en inglés.
Miroslav era eslovaco y con gran desfachatez afirmaba lo que muchos checos y europeos orientales, a saber, que su inglés era perfecto, que dicho idioma no ofrecía dificultad alguna para un checo-parlante y que sus habilidades lingüísticas no terminaban en esa esfera bilingüe, sino que dominaba otros tres o cuatro idiomas. Yo hablé poco durante el camino. No tenía interés ni energía para contradecirlo, apenas le hice un gesto para que pasara a mi departamento cuando por fin abrí la puerta. Era un día frío y gris y hubo que colgar los gruesos abrigos en el perchero.
En la sala del departamento encendí una luz que era tenue, no con intenciones románticas, sino porque no había foco en toda Praga que excediera los sesenta vatios de potencia. Le ofrecí mezcal de una vieja botella que el antiguo inquilino, también mexicano, había dejado. Me relajaron los primeros tragos y mi ánimo mejoró, permitiéndome el atrevimiento de preguntarle cómo diablos podía saberse en este país quién era homosexual y quién no, si en todos los lugares públicos no se veía el menor indicio de ellos ni nadie parecía estar interesado en los demás. No pareció comprender de qué le hablaba, se limitó a decirme que podía ir a discotecas gay para “conocer gente”. Entonces me embarqué en la empresa de explicarle cómo en todos los países en que había estado era posible conocer homosexuales en la calle, por un cruce de miradas o un simple gesto, a veces por una insinuación más directa como la de llevarse la mano a la zona genital o por medios más bien ridículos y para mí disuasorios como mostrar la lengua en movimientos presuntamente provocativos.
–Con mucha frecuencia cada ciudad tiene un lugar, quizá un parque, quizá un centro comercial donde este intercambio tiene lugar.
–Ah, intercourse. Quieres saber dónde hacer intercourse –dijo en su inglés taladrante, a cada minuto más insoportable.
–Sí, sí, ¿dónde puedo hallar chicos que sean homosexuales, que no se estén prostituyendo y que estén en un lugar público?
–En Chotkovy Sady y Letná, aunque también hay prostitutos. ¿Tienes un mapa?
Mientras la tarde y un sol presentido detrás de las densas nubes grises caían, Miroslav me señalaba algunos lugares en el mapa, me informaba de su fetichismo hacia los calcetines, me lamía con ahínco los míos, se quitaba la camisa para dejar escapar un fuerte olor a axila y terminar así con mis ya de por sí escasos entusiasmos, se despedía en la puerta de mi departamento mientras yo seguía fumando, tomando a sorbos un mezcal que no me gustaba, tratando de arrancarle excitación a lo que desde el principio me aburría hasta el bostezo. Cuando cerré la puerta de mi departamento y lo oí bajar las escaleras, eché mis calcetines a la ropa sucia.
En la obscuridad de mi habitación pasé largos minutos pensando en ese parque, en esos lugares a los que seguramente iría mañana, escuchando música y fumando con laxitud irresponsable, evocando sexos cada vez más remotos en mi memoria y solazándome en la expectativa de los que vendrían, aunque ya instalado una vez más –ah, la civilización judeocristiana- en una culpa pequeña, previa, acechante, mera cosquilla en los bordes de la conciencia o quizá era ya una advertencia, un mal presentimiento, una indicación de lo que estaba a punto de acontecer y desarrollarse sin freno ni salida, sin apenas respiro o claro entre las nubes. Sonó el teléfono de repente. Abro los ojos. 
El de esta oficina lleva ya tiempo sonando.

domingo, mayo 20, 2012

Virus

Cuando lo supe no lo pensé explícitamente, pero supongo que de manera inconsciente asumí que la mía, como toda enfermedad de suficiente calibre, traía consigo un certificado de exención de responsabilidad para con el mundo. Saberse incurable tenía lo suyo de terrorífico, pero también permitía descansar de los sanos propósitos y relajarse al fin -¿qué más da?- no tanto para morir como para empezar a vivir de verdad. No tenía en mente ningún cambio dramático: ni otro trabajo ni nuevas amistades, nada de emprender un largo viaje de colores místicos y visiones trascendentes, tampoco optar por la retorcida venganza de lo que me ocurría llegando al homicidio o la necrofilia. Nada de eso. En mi cabeza debí hacer un cierto balance para recordar que estaba solo luego de una larga relación y muy lejos de mi ciudad natal, rodeado de amistades primitivas a las que sólo les apetecía diluirse en alcohol, drogas, mujeres y música. Me acercaría más a ellos, me diluiría yo también.
Era un propósito sencillo que no implicaba alteraciones sustanciales en mis rutinas: seguía laborando de nueve a una con dos horas para comer (casi invariablemente en casa cuidando las calorías y el equilibrio gastronómico) y un horario vespertino que iba de las tres a las siete, a veces hasta las ocho y media si estábamos al final del semestre o en la semana de proyectos. Ellos solían visitarme los fines de semana amparados por mi solitaria generosidad material que pretendía paliar mi reciente separación con el barullo de sus chismes y guasa, con el escándalo de su música y su ánimo dionisiaco. Les doblaba la edad y sin embargo muchas veces me dejaba llevar por su humor vacilón durante algunas horas, aunque luego le siguiera la natural distancia que hacía de ellos un grupo en fiesta y de mí un melancólico que les miraba sin verlos en medio del estupor etílico. A veces deseaba golpearlos, sacarlos de mi casa o follarlos, seguro de la incongruencia de aquel bacanal improvisado del que era el último participante: les evaluaba detenidamente como si se tratara de personas interesantes, tomándome en serio la tarea de desmenuzarlos psicológicamente o de estudiar sus físicos todavía recién estrenados y con huellas de infancia o, como mucho, adolescencia. Ahora, sabiéndome enfermo incurable, podría ceder a su insistencia de celebrar más reuniones entre semana aunque en el fondo supiera que pronto experimentaría hartazgo y requeriría aun más sustancias para sobrellevarlos.
Me llevé a dos a vivir a la casa, con rentas bajísimas que no obstante fueron dejando de pagar. No hacía falta ocultarles la medicina que tomaba por las mañanas porque aun tomándola delante de ellos no eran capaces de registrar el hecho y menos de cuestionarse al respecto, acostumbrados como estaban a dar por sentada mi existencia como se hace con el mobiliario y las herramientas. Poco a poco se fueron llenando de gente el salón y el patio de mi casa, los lunes y los miércoles, los martes o jueves, tanto daba, me convertí en un apasionado de los happenings que, si alguna diferencia había con los de la primera etapa, ya contaban con mi participación activa aunque sólo fuera para cantar canciones vulgares y fingir que me apasionaba acostarme con las muchachas pobres y salaces que llevaban. Si alguna vez tuve interés en decirles exactamente lo que quería, la enfermedad me había curado de tales aprensiones: no hacía confidencias ni relatos de anécdotas, tampoco daba consejos ya ni dejaba que me asistieran cuando subía tambaleante hasta mi habitación para acostarme. Desde luego no me vieron llorar ni solía hacerlo ya, ni siquiera a solas, porque de pronto me parecía que no había causas suficientemente buenas para expresar emoción alguna. Cierta noche creí distinguir en esta creciente platitud la victoria de mi propósito disolutivo.
Mi trabajo no parecía resentirse todavía: para combatir unas drogas se requerían otras. Seguía llenando las pizarras de ecuaciones y participando en juntas más o menos tan emocionantes como las reuniones de mi casa, pero más baratas. Mis colegas, después de todo, nunca me habían interesado ni merecido mi atención, aunque desde la enfermedad solía sonreír para mis adentros imaginándolos como ciudades en ruinas -mente y cuerpo- en donde circulaban sus familias como langostas insaciables y gusanos que terminarían por morir junto con ellos cuando todo colapsara. 'Enfermos a su manera', me decía, para luego comprender que yo me iría primero y sin más asistencia que la del servicio forense que acudiría a mi casa por el aviso de algún vecino o de los sobrevivientes de alguna fiesta que habrían pernoctado y a los que les habría parecido extraño que no me levantara a preparar su desayuno como era mi servil costumbre. ¿Quién avisaría al amor antiguo, quizá ya en su nuevo domicilio y con otro amor? ¿quién a algún familiar -mi hermana tal vez- que se alzaría de hombros por no poder pagarse el pasaje hasta acá y que seguramente me dedicaría una novena de rosarios aprovechando la ocasión para llorar con un buen pretexto por sus propios malentendidos y no por mi muerte?
Mi disolución cobró fuerza cuando aparecieron los signos. Un viernes, cansado, comía en un restaurante de sushi frente a la universidad, cuando en medio del lugar abarrotado una mujer en la mesa contigua vomitó copiosamente para escándalo de todos los comensales que huyeron del lugar haciendo arcadas. Yo me quedé, mojando las piezas de sushi en salsa inglesa y cubriéndolas de cebollín, mientras la mesa y el piso contiguos se inundaban de excrecencias y el intenso olor a indigestión atraía las moscas más verdes de la ciudad. Al principio fue en ella que se concentraron los esfuerzos de varios meseros, pero tras la conmoción comprendí que era yo el objeto de sus interrogantes por no haberme siquiera cambiado de lugar. Cuando pagué creí advertir un gesto de reproche de parte de la cajera, como si yo fuese tenido por responsable de aquel tumulto.
Empezaron también las llamadas. A veces era un hombre, a veces una mujer, en los horarios más inverosímiles buscando a un tal Jorge Cabrera (¿o era Cortázar, tal vez Javier?) con voz angustiada y sin atender mis explicaciones de que ahí no vivía nadie con ese nombre. Los que vivían en la casa tampoco dijeron conocer al solicitado cuando toqué a su habitación para preguntarles. Nunca los veía: se encerraban en su cuarto llenándolo de humo de tabaco durante días enteros y salían apenas para ir al baño o desaparecer por la noche en medio de mis reuniones. Pensé que era algún bromista de los muchos que circulaban por la casa en esos días, pero en el sábado siguiente al sushi la mujer me dijo que llamaba desde el edificio detrás de la casa, que podía verme desde ahí con mi camisa verde estirando el cable del teléfono (así era) y que por favor le pusiera al tal Corrales porque podía verlo justo detrás de mí (pero estaba solo). Colgué y me asomé por la ventana mirando el edificio, pero no pude distinguir a nadie.
La noche siguiente, madrugada de canícula, cuando ya todo el mundo se había ido, me desperté de una extraña pesadilla en la que mis invitados gritaban atrapados en el patio que les abriera porque iban a curarme. Me sequé el sudor descubriendo que la refrigeración estaba apagada y comprobando enseguida que no había luz en el vecindario. Tomé la botella de vodka que por influencia de uno de los tertulianos me había habituado a beber y apenas le daba un trago cuando escuché claramente ruido en la puerta. Me asomé desde el balcón y pude ver a un hombre tratando de abrir sin llave, no sólo mi puerta, sino cada una de las que había en la calle yendo y viniendo entre las aceras para que no quedara puerta sin ensayar. ¿Era el tal Carpizo al que buscaban los anónimos telefonistas? ¿era un hombre loco, un ladrón?
Rápidamente me vestí todavía mareado por el alcohol de esa noche y la mariguana y el cóctel de fármacos que consumía, subí al auto y arranqué en su búsqueda, pero no pude hallarlo. Decidí que debía irme de Santa Teresa y salir pronto, antes de que amaneciera. Podía estar por Culiacán hacia el mediodía si me apuraba. Podía poner remedio a mi separación y quizá morir de esta enfermedad acompañado, prescindir de los viciosos y solitarios, los enfermos y sociópatas que me habían rodeado últimamente. Podía, si ahora no estuviera ya perdiendo el control del volante y clavándome en el canal frente a las Fuentes, mis pulmones inundados de aguas negras y mi boca y mis ojos anegados de fétidas materias, mi cabeza fracturada de la que sale una sangre que arrastra fragmentos de vidrio y metal hacia el canal y las fiestas de mi casa, esas sí, definitivamente terminadas.

domingo, mayo 13, 2012

El libro amarillo

Como todas las mañanas que caían en día primo -un capricho- el Líder de Grupo se reunía con la secretaria y los cinco miembros a discutir el curso del trabajo. Temprano. Siete y veinte de la mañana, como mucho. Siempre con las persianas de la sala cerradas y un pizarrón en el que los miembros iban anotando los avances recientes, discutiendo dificultades técnicas, traduciendo en código lo que el Líder dictaba. Se formulan preguntas, se evitan impertinencias, las respuestas del Líder son elípticas hasta cuando son directas, como si siempre fuese necesaria una interfaz de traducción para interpretar correctamente lo que dice. No es un ambiente tenso ni sobrado de confianzas, eficaz sí, desde luego, habida cuenta de la adaptación que los miembros han desarrollado luego de cinco años de permanecer juntos y sin cambios. Nadie bebe café sino hasta el final de la exposición, cuando se permiten algunas bromas, pero jamás bocadillos.
Este lunes no ha ido bien. El Líder se limita a dar seguimiento, pero interviene poco, en alguna ocasión se levantó para ir al baño cargando un grueso libro amarillo entre las manos. Los miembros intercambiaron las miradas propias de los subordinados que apelan a la complicidad y quien los observara desde todos los ángulos se habría percatado de que nada los distinguía de un grupo de cautivos que ven de pronto abierta la puerta de la jaula. No obstante, se quedan. Los primeros minutos nadie habla; cuando lo hacen, la conversación se centra en el suéter de uno de ellos sin que nadie ose abordar el asunto que los mantiene en ese estado de simulación concertada. La secretaria no los mira a ellos y desdeñando sus palabras se concentra en vigilar, desde su asiento y a través del cristal, la cafetera metálica que de pronto le parece un cohete. La idea aun le sobrevendrá repetidas veces en el día y por la noche creerá ver en el tejado el brillo del foco rojo indicando que la mezcla está lista. Es soltera. Casi no piensa.
En el baño, otra historia. El Líder abre el tomo por la página diecisiete y empieza a leer con fruición lo que empezó esta mañana antes de venir a trabajar, el libro amarillo que apareció en la puerta de su casa luego de que un ruido lo despertara y bajara alarmado sólo para sobresaltarse cuando desde la habitación llegó el ruido del despertador. El libro no tiene remitente, carece de dedicatorias, está nuevo e impreso como un volumen a la venta en tapas duras, pero no hay por ningún lado título, autor ni editorial ni nada, sólo un texto dividido en capítulos primos que termina en el treinta y uno. El bromista que se lo ha enviado, piensa, debe conocer sus hábitos. Descarta que se trate de algún miembro del Grupo porque no encuentra a nadie con la iniciativa suficiente: 'seres emasculados' -se ve de pronto diciendo- 'capaces de obedecer instrucciones con la misma frialdad que un ordenador, seres que aprendieron de mí la disciplina y el trabajo como únicas formas de vida propia, seres que aspiran a ser como les he hecho creer que soy yo'. Por eliminación, sólo puede ser la secretaria, pero su indiferencia profesional hace muy difícil creerla capaz de semejantes elucubraciones.
El libro no le concierne, pero no puede dejar de leer. No narra nada relacionado con el Grupo. No transcurre en un laboratorio ni lo pueblan personajes reconocibles como en un roman à clef. Es la historia de un hombre libre e irresponsable en un productivo desierto donde nunca falta la comida, la cerveza y las mujeres. Le desespera comprobar cómo el protagonista se sale siempre con la suya para vivir a expensas de los demás, cómo desperdicia su vida en fuegos fatuos, cómo ignora -y no le interesa saber- qué hay más allá de los límites de aquel páramo privilegiado. Los habitantes del lugar parecen darle la razón como zombies resignados al fatal predominio de los bajos instintos. Al llegar al final del capítulo cinco cierra el libro de golpe, se moja la cara en el lavabo y se mira al espejo donde cree advertir a alguien más mirando detrás de sus propios ojos. Una mirada sibilina con matices lúdicos que le obliga a apartarse del espejo y pasar saliva.
Ya toma el libro y vuelve a la sala de juntas, pero comete un nuevo error: se sirve una taza de café bajo la atónita mirada de la secretaria que no ha dejado de vigilar la cafetera por si decidiera despegar con rumbo a Venus. Desconcertados por la prolongada ausencia del Líder, pero todavía más por su terminación en medio del subversivo vapor de café que inunda la sala, los miembros del Grupo tardan en recuperar el hilo del discurso llenándose de pequeños movimientos torpes cuyo efecto acumulado bien podría medirse en el sudor que ya recogen cinco pañuelos blancos debidamente escondidos bajo la mesa y algunos de ellos apretados como amuletos en la hora final. La secretaria se pone de pie y vuelve con una servilleta que desliza a un costado de la taza del Líder. Cruzan miradas y ella entiende que él ha sido sustituido. Por fortuna, la junta termina pronto y ella puede volver a su lugar mientras él -o su sucedáneo- se encierra en la oficina. El Líder pide que no lo interrumpan, pero antes solicita a la secretaria que la máquina de café sea instalada en su oficina para no molestarla más. Pese a lo inesperado de la solicitud, ella actúa sin desconcierto y traslada todo a un rincón cerca del escritorio. Cierra la puerta y él queda dentro con el cohete metálico ardiendo.
La lectura sigue, por supuesto, pero la cabeza se le va llenando de un ruido zigzagueante e imágenes aun más delicuescentes que las del Jardín de las Delicias. Mira la máquina de fax escupir papel, los correos acumularse en la pantalla, el eco de la secretaria contestando llamadas, el desplazamiento de la luz solar a través de la oficina conforme pasan las horas. Piensa, con razón, que debe cerrar el libro y continuar su trabajo normalmente, que los miembros no tardarán en requerir su presencia aun silenciosa para mejor sentirse en medio de sus cubículos. Motivación, le llaman, pero él sabe bien que se trata simplemente de una posesión: asegurarse de que obedezcan y crean participar en algo grande. Él es el Líder, no puede transmitir dudas, pero ahora está seguro de que no puede salir con esa mirada que es todo preguntas e inquietud. Debe terminar el libro, supone, pero los capítulos -once, trece, diecisiete- no hacen sino aumentar su paranoia mientras el protagonista desciende la espiral del placer hacia un pozo cerrado sin horizontes ni límites. Salvo por la cafetera, este silencio es el de la hora de comer.
Entreabre la puerta de su oficina. Se asoma: ni un alma. Vuelve sobre sus pasos y toma el libro. Va a arrojarlo por el balcón sin terminarlo porque es evidente, concluye: que retrata a un autómata incapaz de tomar las riendas de su vida, que no hay lección en el anonimato, que la palabra 'sexo' casa mal con la asepsia del Grupo, que las hormigas no deciden el curso de su existencia, que no existe el azar, que los miembros deciden no decidir, que el lunes ha de preceder al martes y que la secretaria vuelve a las tres. Caen el libro y el Líder. Se despedazan. Alguien llama -¿un francés?- a los bomberos. La secretaria recoge el maltrecho volumen con expresión neutra mientras se reúnen los curiosos en torno a los restos.
Las páginas del libro amarillo están en blanco.

domingo, abril 15, 2012

Qué es lo que hace el vecino de atrás

La edad adulta es la última oportunidad para cumplir los planes que uno fraguó de niño.
-Xavier Velasco, Puedo explicarlo todo.

Desde mi ventana puedo ver la suya perfectamente. Creo que no es la de ninguna habitación porque no se ve ningún mueble, sólo un par de puertas: una que supongo es la del baño (le he visto salir en toalla, otras veces desnudo) y otra la de un cuarto que casi nunca usa. Debe haber otra habitación, por supuesto, detrás de la barda contigua a la ventana y que por alguna razón no cuenta con iluminación exterior, si acaso un domo que desde aquí no es visible y que imagino velado de vapores.
Lo vi por primera vez el día en que nos mudamos mi madre, mi hermana y yo, luego de tres días de vivir en el Hotel Galerías y un mes de vivir en aquella horrible casa de asistencia donde no había rincón ni hora posible de soledad. Esta casa es espaciosa porque prácticamente todas nuestras pertenencias se quedaron en Guadalajara junto con mi padre, que ignora nuestro paradero y del que hemos huido. La habitación la escogí yo y creo que hice bien porque apenas acomodé mis monedas en el quicio de la ventana (de mayor a menor denominación, cada torrecilla ordenada de la más reciente a la más antigua), lo vi pasearse de un lado a otro de la suya con la camisa entreabierta y unos calzoncillos morados como los que había visto hacía poco en una película cuyo nombre y trama he olvidado. Una imagen feliz, supongo, aunque mi turbación de entonces me dejó poco espacio para dudas.
Mi madre colocó al día siguiente unas cortinas color crema con perfiles verdes de árboles en cuyas ramas creí advertir una noche el rostro del vecino. Un rostro imaginario, desde luego, pues apenas había podido verle la cara: por la distancia, por la miopía, porque siempre que cruzaba de un lado a otro lo hacía con el rostro clavado en el piso. El inicio de mi adolescencia, el aumento de mi taciturnidad, la oportunidad de tener por primera vez una habitación separada de la de mi hermana, pero creo yo que sobre todo la falta de mis muchos juguetes -pequeños sólidos regulares de madera de tamaño y colores variados que apilaba para formar edificios por donde corrían después tráilers y camiones pesados y en cuyas esquinas de pronto se enfrentaban indios y vaqueros salidos de un fuerte cercano- contribuyeron a obsesionarme con ese rostro moreno de cabello engominado y labios carnosos que me invitaba a ponerme de pie y entreabrir las cortinas. Y espiar.
Recuerdo que luego de mi primer avistamiento pasaron días antes de volverlo a ver. Ya habían empezado las clases en la secundaria y yo encontraba particularmente desasosegante tener varios maestros en lugar de uno, sin contar con el extraño acento norteño de mis compañeros que se comían las eses al hablar como si fuesen cubanos o costeños. Las clases de dibujo técnico me llevaron al extremo de llorar por no ser capaz de trazar una sóla línea en tinta china sin que ésta corriera por el bisel de la escuadra o la regla T, manchando toda la lámina. Y fue así, lloroso y frente a una mesa improvisada como restirador, que levanté la vista, vi el rostro en las cortinas, las aparté furtivamente y volví a verlo.
Esta vez fumaba apoyado en la ventana, mirando hacia su derecha y dándome más bien su flanco izquierdo. Llevaba una camiseta blanca de tirantes que exhibía un brazo tatuado y en su oreja izquierda creí distinguir el brillo de un arete. 'Un cholo', pensé, 'un vago que probablemente se droga y tiene sexo todos los días'. Cerré la cortina con la sangre golpeándome al oído, pum, pum, pum, firme aviso de que mi cerebro establecía asociaciones que quizá ya no me abandonarían jamás y que periódicamente tendría que desahogar en poluciones nocturnas y prolongadas duchas en las que no faltaron los golpes de mi madre en la puerta: "¿Qué tanto haces? Ya tienes veinte minutos bañándote y tu hermana quiere usar el baño".
En algún momento -¿septiembre, octubre?- reparó en mí y levantó una mano para saludarme: cerré la cortina intempestivamente y luego estuve durante muchos minutos espiándolo con dificultad desde una orilla de la ventana. Él fue hacia el baño, tomó un espejo y regresó a rasurarse en la ventana. Lo vi cortarse las uñas de las manos, quitarse la camiseta y los calzoncillos despreocupadamente y meterse a bañar. Al salir, todavía desnudo, lo vi acercar una escalera metálica al centro de aquella no-habitación, abrirla en triángulo y trepar por uno de los lados junto con una especie de taladro. No pude ver qué seguía porque escuché los pasos de mi hermana venir hacia acá y me puse solemnemente de nuevo frente al restirador para seguir con los ejercicios de dibujo técnico: bisectar un ángulo con regla y compás, dividir un segmento en tres partes iguales, escribir en caracteres góticos. "No, no la estoy usando, llévatela", le dije refiriéndome a la minicomputadora que mi madre nos había comprado un par de semanas antes ante nuestra insistencia. Muchas veces tuve tentación de ver pornografía en ella, pero compartir su uso con mi madre y mi hermana me había disuadido de hacerlo.
Cuando lo vi suspendido, no espiaba, sólo me preparaba para dormir y un triángulo de luz que pasaba a través de las cortinas mal cerradas me llevó hasta la ventana para cerrarlo. Debió ser por enero porque tenía puesta la pijama que me regalaron en Navidad. No le vi el rostro, sólo vi que del techo colgaban una especie de medias en las que él se había metido, estirándolas al máximo y revolviéndose de un lado a otro como si caminara en el aire. La escalera se entreveía también por ahí y había una vela en alguna parte porque las sombras que arrojaba temblaban en las paredes. Toda la escena era de una voluptuosidad que no necesitaba palabras para que mi cerebro la convirtiera en descargas hormonales culposas y urgentes. Me metí a la cama sudando y tratando de concentrarme en los sonidos que venían del televisor que mi madre mantenía encendido hasta altas horas de la noche desde que escapamos de mi padre.
La habitación se llenó de pacas de periódicos allá por el mes de febrero y sus apariciones fueron ya muy esporádicas. Distinguí sus vans negros saliendo por la ventana mientras él permanecía recargado en un montón de periódicos viejos llevándose un bote a la cara. ¿Qué era eso? ¿Se drogaba con resistol o bebía un menjurje alucinógeno? Mis calificaciones estaban mejorando sostenidamente, mi madre consideraba ya la posibilidad de volver con mi padre y yo seguía obsesionado por cada detalle del vecino de atrás mientras negociaba con Dios la mejor manera de hacerme perdonar mis horribles pecados que, a buen seguro, me serían cobrados tarde o temprano. Espiar era el menos grave. Intercambiar saludos de vez en cuando con el impúdico extraño también era tolerable. Que mis sentidos se viesen exaltados por lo que veía o imaginaba estaba consignado en el mea culpa como pecado de pensamiento. Y luego venía la obra, por supuesto. La obra de abril.
La noche del centenario del hundimiento del Titanic vi un reportaje horrendo del evento (¿o era película?) y me acosté con terribles temores e ideas fantasmagóricas como las que me asaltaban de niño en el departamento de Guadalajara. En plena madrugada desperté sobresaltado por mis pesadillas y corrí instintivamente a la ventana. Ahí estaba él iluminado por una vela haciéndome señas, como si todo el tiempo hubiese esperado el momento justo en que me asomara. ¿Me estaba pidiendo que fuera? ¿Estaba loco? Me señaló un punto justo debajo de mi ventana, una cornisa por la que podría bajar con tranquilidad y, cruzando por una azotea, llegar hasta su ventana. Todavía con un pie fuera de la mía, volví a mirarlo para comprobar que eso era lo que me pedía. Asintió. Llegué hasta su ventana y me ayudó a entrar.
Tenía los ojos afiebrados, enrojecidos, el pelo impecablemente peinado hacia atrás, el arete brillante, los labios sonrientes de complicidad loca y malicia, su tradicional camiseta blanca de tirantes y un pantalón medio caído que dejaba ver los calzoncillos morados de la primera vez. "Esta madrugada me tengo que ir y no volveré. ¿Quieres aprender?", me dijo con voz rasposa. "Sí", dije sin parpadear, con el aliento contenido...
Pasan los días y nadie se ha percatado de mi cambio. Su ventana está vacía. Quizá en julio también nos vayamos nosotros.

domingo, marzo 25, 2012

Sesenta

A Norma, mi madre

Mis padres están muertos. Hace años que no puedo ir a preguntarles cosas sobre mí misma que me hubiera gustado saber. O que supe y he olvidado. O que recuerdo mal o deliberadamente me empeño en reescribir sin que quede hoy una sola voz para refutarlas. Una presta poca atención durante su vida a las variadas memorias donde están guardados nuestros recuerdos: familiares y amigos, pero también objetos y aun los escasos paisajes que han sobrevivido a la majadería moderna. Entiendo que pierdo mi tiempo porque aun consultando a quienes deseo consultar nada me garantiza que no estén mintiendo o que no sean ellos mismos víctimas de la desmemoria y la tergiversación. Todo cabe. Pero lo que llamó mi atención esta mañana de las sesenta primaveras fue la certeza de que se ha puesto en marcha mi difuminación.
No quiero que se me tome por una histérica. He desayunado frugalmente -café, un par de galletas, una naranja- y pronto empezaré a arreglarme para salir con mis hijos y nietos a un buen restaurante donde me festejarán. Me siento animada, contenta, lejos de la ñoñería vacua de lo que hoy se ha dado por llamar realización y todavía más distante del sentimentalismo grosero que asalta a los ancianos desocupados. Yo siempre he debido trabajar, apenas vislumbro mi retiro. Pero con todo y mi pragmatismo soy dada a interpretar las circunstancias como si leyera en ellas la mano del destino. Me gustan los sueños y pensar en ellos, aunque comprenda que las interpretaciones son ficción, ganas de significado. Y aunque esta mañana no he podido recordar una sola imagen, tengo la certeza de haber soñado a mis padres, reparando así en la obviedad de que nadie queda ya para recordarme las circunstancias de mi nacimiento y los primeros años, siendo como soy una de las hijas mayores (luego, mis hermanos no pueden ayudarme al ignorar tanto como yo) y no teniendo contacto ni sabiendo siquiera quiénes acompañaron a mis padres en aquellos tiempos (luego, no puedo ir a buscarlos y muy probablemente hayan corrido ya la misma suerte que mis padres).
'Por algo se empieza', me he dicho algo melancólica. Se han esfumado ya mi nacimiento y mis primeros años, de acuerdo. No hay nada de extraño en ello y desde ahora puedo anticiparme a lo que sigue: el tiempo terminará devorando toda memoria y en algún momento no quedará nadie vivo que me haya conocido y pueda siquiera referir cómo hubo de inclinarse a cerrarme los ojos y secar ese sudor postrero que queda en los cadáveres, quién me besó por última vez sinceramente dolido con lo inevitable ni cómo se dispuso que mis restos fuesen inhumados o cremados según mis deseos, sin contemplaciones teológicas ni pretextos para lápidas ni peregrinaciones. Pasará luego más tiempo y aun quedará quién sepa de mí algunos datos sin haberme visto nunca: con quién estuve casada y a quién jamás concedí el divorcio, qué hicieron mis hijos y qué aspecto tenía en una fotografía cada vez más deteriorada o un archivo de computadora que finalmente se extinguió. Luego nada. O mucho menos. Quizá se sucedan generaciones de descendientes hasta que llegue el momento en que se agoten todas las fichas y no haya más savia qué transmitir: el triunfo de la esterilidad.
Sé que todo esto carece de importancia, pero lo he pensado. En la televisión no han dejado de transmitir cada minuto de la visita de un líder religioso y entre el público he visto verdaderos ancianos cuyo jovial entusiasmo no comprendo. No tengo dificultad en explicar y aun consentir que la gente más joven e inexperta vaya y aplauda presa de la euforia colectiva por ideas, símbolos o vaguedades. Catársis tuve muchas yo también. Pero aun joven y madura y ahora sexagenaria nunca tuve pasiones abstractas que no me concernieran personalmente: amé a un hombre concreto, no al matrimonio; amé a mis hijos desde que fueron criaturas hasta que fueron adultos llenos de vicios y defectos, pero no la maternidad; amé a algunos de mis perros, pero no me atrevería a decir que son el mejor amigo del hombre ni a defender su causa que siempre sería la mía. Tuve la suerte de que no me costara ningún trabajo concentrarme en lo esencial. Y de poder distinguirlo, aunque esa esencia fuese imperfecta.
He apagado la televisión, tomado un buen baño, vestido y maquillado con lentitud. Ahora espero a que lleguen mis hijos y nietos con su habitual cháchara de asuntos domésticos y proyectos interminables para hacerse millonarios. Algunos de mis hermanos me han llamado y luego de horas de haberlo olvidado, he vuelto a recordar el asunto de la difuminación. 'No tengo preguntas', me dije riendo como loca cuando me percaté de ello. Quisiera ver a mis padres, pero a ese imposible encuentro no llevaría una libreta con dudas sobre mis primeros años por la sencilla razón de que nada de eso me interesa. El encuentro sería trivial. Me sentaría en la sala dándole un abrazo a mi papá, preguntándole dónde se ha hecho ese rasguño en las manos y escuchando la misma historia del esmeril o el crisol, la pulidora o el mazo; mi madre volvería a compararme con mis hermanos y a presumirme lo bien que les va en sus profesiones y matrimonios. Veríamos la tele. Me invitarían a quedarme junto con mis hijos.
Hora de irme: llaman a la puerta.

sábado, marzo 17, 2012

Armarios

And you'll ask yourself
Where is my mind?
The Pixies

Cuando hubo pasado el tiempo necesario recordé que en medio de aquella aventura veraniega no faltaron ocasiones entre el sexo y el arroz con azafrán en que me tirara boca abajo sobre la alfombra de tonos azules de su departamento en el último piso de aquel edificio de Černý Most y me pusiera a leer con avidez
El hombre sentimental, llenándome los ojos de lágrimas en no pocas ocasiones y saliendo al pasillo para llamar hasta el otro lado del Atlántico al amor firme y entonces desdeñado que aguantó como el personaje Hieronimo Manur (acaso con mejores resultados) mis inconstancias físicas, que no sentimentales.
Eran tantas las similitudes entre la historia novelada y mi propia historia que amparado por el tiempo transcurrido consideré posible imitar su tono y estructura para explicarme lo que aun no lograba digerir aunque ya no visitara aquel departamento ni apenas tuviera noticias de quien por tantos meses ocupó mi mente y sentimientos (pero sobre todo mi sexo) con un apasionamiento que no volvió a repetirse. Mis notas empezaban así:
"Recuerdo ese tiempo con claridad, aunque también con vergüenza y miedo, sentimientos los últimos que sin duda fueron los responsables de que hubiese hecho tan larga pausa para continuar estas notas que hasta enero de 2003 y durante catorce años escribí con cierta regularidad, cada tres o cuatro meses y casi mensualmente al comienzo, aunque reanudar dicha tarea quizá no signifique todavía la plena superación de lo que entonces tuvo transcurso, si acaso un buen síntoma el desear hacer memoria de lo que hasta hace poco resultaba intolerable como pensamiento y se resistía a la palabra; o es más bien que escribir estas páginas siempre ha tenido el propósito subrepticio de garantizar el olvido mediante la fijación –quizá equivocada, forzosamente subjetiva- del pasado, para cancelar sus prolongaciones y encajar mejor sus accidentes.
"Difícil tarea, si no imposible, discernir sin titubeos lo que vale la pena mantener en la memoria y lo que conviene echar fuera, conseguir el amortiguamiento de lo que escuece o resta paz y no se perdona o bien rescatar a voluntad lo supuestamente necesario o valioso, feliz o afortunado, toda vez que la frontera entre lo bello y lo abominable es difusa y se mueve con el tiempo conforme cambian nuestra edad y circunstancias, cambian los vientos y lo que se antojaba ingenuo y simple nos parece ahora perverso y torcido, lo accidental deliberado, atroz lo que antes pasábamos por razonable y aun generoso; nunca son los juicios firmes ni definitivo el lugar donde reside el tiempo turbio, vano el afán de construirle diques retrospectivos para que no deambule más por el presente o volver explicable su delirio; nadie sabe plenamente cuántas posibilidades contradictorias se cobijan en la sombra del que hoy es e ignora que puede dejar de serlo y aun ser algo enteramente distinto, repugnante a sus ojos de hoy o a los futuros, acaso más penetrantes o quizá más ciegos.
"Y sin embargo lo intentamos todo el tiempo y algo conseguimos: repensamos el pasado, le hacemos preguntas, le proponemos hipótesis inverificables en busca de una solución satisfactoria y ficticia, lo cambiamos de sitio y lo filtramos, le inventamos algún episodio, suprimimos otro o lo fingimos olvidado, sobre todo si en ello nos va la reputación ya no digamos pública, sino la íntima, la opinión de sí mismo que no puede volverse tan pesada que nos asfixie ni tan laxa que todo consienta, sobre todo en mi caso, que exige una nivelación urgente de ese pasado inmediato aun si esto ha de llevarse a cabo mediante el repaso de aquella cada vez más absurda y disparatada vivencia y de la perplejidad y el silencio –largo, absorto- que le siguieron."
Siguieron muchas páginas, pero no demasiadas porque naturalmente abandoné la tarea, primero porque la comprensión de lo ocurrido llegó antes de que pudiera ponerlo por escrito; luego porque la realidad y el tiempo volvieron el episodio (y fue algo más que eso, bastante más: pero no quise verlo) remoto y leve, convirtiendo la tarea de asomarme a él en una innecesaria ociosidad.
Volví a acordarme de El hombre sentimental el año pasado, cuando otro enamoramiento bastante más desgraciado, pero también de menor envergadura, me hizo regalar el libro, pero no releerlo. Había transcurrido casi una década entre mi anterior inconstancia y la nueva, una más que tuvo que tragar el amor firme aunque con menos sufrimiento y más desahogo porque la madurez hace innecesario batirse por causas ridículas: no sólo Hieronimo Manur era más viejo, también el León de Nápoles era mucho más joven e imbécil.
Pese a la resignación que como polvo fino se asienta en las voluntades fuera de las grandes ciudades hasta hacer normal que las noches
aun al comienzo de la primavera y cargadas del recuerdo de otras agitaciones- transcurran solitarias y con la mitad de la cama vacía (el amor firme como ya es costumbre a miles de kilómetros ocupando la otra mitad de la suya), he conocido a alguien. Vuelta de la tentación y el tanteo y el entusiasmo; vuelta del sueño lúcido y la hiperestesia; la complicidad expansiva de una sonrisa y un guiño. Admito: estoy releyendo El hombre sentimental como quien lee un libreto. Es otra ciudad, otra edad, otra flama. 'Incluso otro continente', me digo con indulgencia...
'Pero no debéis preocuparos, yo sería incapaz de seguir mi propio ejemplo.'

domingo, febrero 26, 2012

Sobre mis pasos (o de las ilusiones perdidas)

"L'exemple de Napoléon, si fatal au dix-neuvième siècle
par le prétentions qu'il inspire à tant de gens médiocres..."

-Balzac, Illusions perdues


A fin de hacer una pausa en los aburridos textos de literatura francesa decimonónica que por una perversa idea de completitud me administraba disciplinadamente cada cierto tiempo, me compré el libro de memorias del tres veces candidato de izquierda a la presidencia de la república, un volumen de agradables dimensiones con buenas fotografías y entrelineados amplios para no aburrir a los mongólicos, cargado de fechas y nombres como los textos de historia que mejores resultados me han dado a la hora de aliviar los esfínteres, y con ese tufo de contenida actualidad que permea a toda la literatura política.
No fue una mala elección y, admito, me dio mejores resultados que los meramente fisiológicos. Del mismo modo en que a partir de cierta edad uno agradece los cada vez más escasos momentos en que la realidad lo aparta a uno del presente para trasladarlo a mejores tiempos, ciertos párrafos consiguieron recordarme con precisión la retórica socialista que tanto me entusiasmaba en mi juventud. Reproducir aunque sea cerrando los ojos la viva sensación de pertenecer a una elite progresista de carácter internacional me resultó divertido. Releer palabras cuya evocación original estaba perdida o alterada (quién sabe si para llegar a su verdadero significado o para torcerlo todavía más) me hizo sentir ligero y limpio: pueblo, convicción, raíces, patriotismo, autosuficiencia, soberanía, revolución, justicia social. Tenían gracia.
Ya menos divertido resultaba luego regresar al presente y advertir que aquellas ideas no sólo no contradecían, sino que hacían juego con mis presuntas convicciones religiosas, dos manifestaciones de la misma necesidad de creer, aunque mis maestros y ministros jugaran a ser radicales de los años treintas agrupados en bandos irreconciliables que -oh tragedia- estaban a punto de ser barridos como los seres imprácticos que el mundo moderno no toleraría. Mientras callaba disciplinadamente sus desacuerdos y justificaba mansamente las decisiones de su sindicato gobiernista, cobrando, eso sí, quincena a quincena con puntualidad, la maestra C no dejaba de pregonar las bondades del cardenismo, del ejido, de la trova de Silvio Rodríguez, de las películas presuntamente subversivas del Cantinflas a color, de la Cuba castrista (no la juzguen tan mal: apenas había transcurrido la mitad de esa dictadura) y hasta del carácter revolucionario del chile chipotle. Por su parte, en el otro extremo de la ciudad, el maestro L nos hacía persignarnos y rezar antes de cada clase de matemáticas en la escuela privada de riquillos a la que accedí por una beca, advirtiéndonos contra los peligros de la degeneración moral a la que conducen las ideas igualitarias, observando los días de guardar y la clasificación de los pecados, elogiando las virtudes del martirio y a los cristeros y al sinarquismo, abjurando del protestantismo impío detrás del Concilio Vaticano Segundo. L llegó puntualmente todos los días de su vida a dar clase conduciendo un destartalado Valiant, sus zapatos tenían agujeros, sus pantalones eran impresentables de tan manchados. Se suicidó apenas empezar los noventas porque los muy católicos dueños de la escuela no quisieron pagarle la seguridad social cuando le diagnosticaron cáncer. C, en cambio, saludó a muchos políticos, llegó a una dirección y a una supervisión, se hizo de terrenos y casas a nombre del pueblo y metió a sus hermosos hijos en escuelas privadas (con inglés y computación, se entiende) para escribir desde la terraza de su casa unas memorias que a nadie le importan sobre un país que ya la superó.
Se dirá que el caso del autor del libro era como el de C por tratarse de la izquierda. Que si el tres veces candidato a la presidencia fue capaz de evocar con su relato las sensaciones de una juventud creyente fue por su alineación con las causas nobles de combate al fascismo y al entreguismo, por su llamado a recuperar el sentido original de la revolución, por la pureza de sus ideales, etcétera. Puede decirse, sí, pero aun a esta débil conjetura la hacía pedazos la palmaria evidencia de una buena vida transcurrida al amparo del erario público, bajo la sombra de su padre y cobijando a sus hijos y nietos en un linaje político (llamémosle así) cuyo único mérito era aprovechar el buen nombre del primero de la casta: abuelo, hijo y nieto en la gubernatura de su estado, paulatina sofisticación de la buena causa que lo mismo lleva a dar la mano a dictadores que a hacer buenas migas con la Iglesia, que a hacerse fotos con el Subcomandante Marcos o a hacerse condecorar por el fervor puesto en vivir a expensas de representar a otros...
'No entiendo nada', me dije al cerrar el volumen. Balzac y sus novelas interminables oscilando entre la cursilería y el exhibicionismo volvieron, como por ensalmo, a ser tragables.

viernes, febrero 10, 2012

Quibuscumque viis

Sí, lo imagino perfectamente. Habrá leído un buen libro de divulgación científica, tal vez la última novela de un Nobel contemporáneo, quizá salía del cine luego de haber visto una película presuntamente inteligente o, aun más improbable, de una obra teatral o un concierto que le habrá parecido revelador. Entonces se habrá percatado del engaño y habrá experimentado una gran vergüenza. Se habrá sentado en la mesita del salón a escribir:
"Ignoro de qué extraña fuente abrevan mis colegas para seguir plantando cara a la realidad, no sólo la de sus particulares vidas y nuestro común trabajo, sino también la de la más aguda cuestión de la verdad. Piensan poco, parece, o sólo en forma pragmática, lo que seguramente ayuda a mejor sobrellevar las cosas y tomar distancia de las posibles lecturas (pero tampoco leen ya, desde hace años). ¿Cómo pueden los padres poner a sus hijos en manos de estos desapasionados fantasmas? ¿Cómo puede esperar nadie aprender nada de estos cartuchos quemados en fruslerías?
"Los opuestos no son los religiosos dogmáticos cargados de supersticiones frente a los escépticos científicos. No. Estos dos grupos por los que he transitado son dos manifestaciones de la misma preocupación, la de la ética y la filosofía, la de la verdad y el sentido. Matemáticos y teólogos, físicos y filósofos, cada uno batiéndose contra el otro preocupados por abstracciones como la verdad o la tradición, tienen menos qué pelear entre sí que contra su verdadero enemigo: el hombre común que comercia y transige, el que por su vía carente de escrúpulos termina por sobrevivir. La oposición contemporánea está entre la gran masa de gente práctica y la cada vez más exangüe minoría de pensadores."
Aquí se aprecia una pausa. Hay huellas de que el papel se quemó con brasa de cigarro. Acaso habrá bebido cuando arreció el frío de la madrugada y habrá aprovechado para pasear por el salón observando los títulos de su biblioteca. Ahí debió comprender todavía más el engaño porque luego escribió:
"La verdad y el camino para conseguirla están consignados en los libros. Al final de mi juventud rechacé la verdad revelada por considerar que creer en ausencia de pruebas era un error. 'Vamos a comprobar', me dije, y di por sentado lo que los científicos afirmaban por parecerme lógico y creyendo en la promesa de que podía recorrer la ruta de sus descubrimientos si me lo proponía. Me hice de libros áridos en cuyas ecuaciones descansaban verdades tan filosóficamente inútiles como firmemente establecidas. Me hice luego de libros que otros especialistas de mi propio credo publicaban para 'explicar' sus ideas, sin reparar en la contradicción de que o bien seguía los caminos rigurosos de sus miles de especialidades o lo leído no tendría más valor que el de un chisme en boca de un experto cuya verdad no podía depender de su autoridad.
"La verdad era inaprehensible como sospecharon los antiguos, pero yo no me percataba. A mis textos técnicos y de divulgación se aunaron luego los históricos y literarios, los filosóficos incluso, pero no aquellos basados en creencias supersticiosas, sino los que me confirmaban saludablemente en las ideas que ya de antemano había dado por verdaderas. Leer estos libros por años ha sido como ahondar en un adoctrinamiento e irse perfeccionando en sus creencias y costumbres, en sus métodos y gustos. No he querido integrar a esta biblioteca los textos ñoños de Coelho ni los palimpsestos new-age, ni he dado crédito alguno a Mein Kampf ni mucho menos he perdido el tiempo con la 'biología' de los creacionistas, no porque haya comprobado su mentira ni porque haya establecido la verdad de sus -llamémosle así- doctrinas contrarias, sino porque ya había decidido de antemano que quería una cultura científica e intelectual moderna de la que quedaban excluidas estas ideas. Cuestión de doctrina. O quizá de estética."
Imagino que ese fue el momento lumínico que lo llevó a Chico, Wyoming: la certidumbre de que la verdad era una construcción como la cultura y no un hecho comprobable. "Salvo cuando se quiere hacer volar un avión", bromeaba al final de su vida el Dr. Pardon. "Pero esas son preocupaciones arcaicas. El mundo moderno es de los hombres de negocios."

sábado, enero 14, 2012

Diecinueve días

Lo trajo su esposa, una mujer elegante que fumaba cigarrillos muy delgados y llevaba el cabello tocado por un sombrerito que más bien parecía un adorno de colores como sus ropas. Mientras hablaba no podía evitar mirarle la boca de labios delgados, pintada de un rojo intenso brillante y los parpadeos casi calculados mientras se interrumpía para fumar.
–Desde que nos casamos no ha hecho más que empeorar, Herr Doktor. Al principio creí que era una simple observación, una tontería. Y probablemente entonces lo era porque no dejaba de llevar a cabo sus actividades con la diligencia acostumbrada. Pero cambió. Primero esa insistencia en que el tiempo terminó con el siglo XIX. Luego esa cada vez más pronunciada angustia al tener que transitar por los primeros diecinueve días del año, antes de su cumpleaños. Ahora no quiere salir durante ese tiempo, ¿se imagina? Hoy me ha acompañado hasta aquí porque le he amenazado, sabe, con dejar Viena e irme a vivir con mis parientes italianos en el salvaje Piamonte. Ya sabe que las razas inferiores le ponen los pelos de punta...
–No vuelvas a mencionar eso, querida, por favor. Nadie va a Italia- le interrumpió él con la delicadeza que su angustia mental le permitía. Retomó él la conversación:
–Herr Doktor, habrá notado que salvo un grupo privilegiado, todos corremos el riesgo de morir antes de la fecha de nuestro cumpleaños del año en curso. ¿Se da Usted cuenta? ¿Morir en un año en que nos correspondía otra edad distinta de la que podrá calcularse por nuestras lápidas?
–Normalmente se incluyen las fechas precisas de nacimiento y muerte- contesté pausadamente. –Esa información es suficiente para...
–¡No! ¡No es suficiente Herr Doktor! ¡Por favor! Se prescinde del mes, más aún del día, la gente hace restas con facilidad de los años. Lee "nacido en mil setecientos noventa y nueve, muerto en mil ochocientos setenta y siete" y dice, ya está, ¡el hombre vivió setenta y ocho años, cuando bien pudo ser que nunca haya llegado a esta última edad y se quedara con setenta y siete. Fue el caso de mi padre, Herr Doktor, no un caso cualquiera porque él nació el cuatro de enero, ¿se da cuenta? ¡Cuatro de enero! Si un hombre nacido en esa fecha no puede garantizar morir después de su cumpleaños, ¿qué podemos esperar el resto?
–Comprendo. ¿Puede explicarme la importancia de morir después de su cumpleaños, hecho aparte del correcto cálculo de la edad a partir del registro de su hipotética lápida?
–Oh no, Herr Doktor, no Usted por favor- interrumpió la mujer. –No será Usted quien le preste atención a estas supersticiones, ¿verdad?, ¿cómo puede siquiera creer que esto es explicable? No le dé crédito, se lo pido, ¡eso sólo puede alimentar su obsesión enfermiza!
Hizo ademán de abochornarse y sacó un frágil abanico con motivos chinos con el que empezó a ventilarse mientras parpadeaba con ensayada contrariedad.
–Le explico- continuó el marido –Han sido muchas las veces en que he tenido que aclarar que mi padre murió de setenta y siete años, muchas las ocasiones en que he soportado el asombro de la gente para la cual su muerte el dos de enero y a sólo dos días de su cumpleaños, era un ejemplo siniestro de obra malograda, trunca, incompleta. No permitiré que eso me suceda y para evitarlo sólo debo cuidarme muy bien las espaldas durante diecinueve días. No es mucho, ¿verdad? ¡No puede ser irracional evitar morirse!
Dicho esto me miró con ojos que pedían comprensión y enlazó sus manos como si se dispusiera a hacer un perentorio ruego. Calló, no obstante, lo que permitió a la mujer intervenir luego de que guardara el abanico en su boslo y encendiera otro cigarrillo.
–Ahí lo tiene, Herr Doktor, ¡una superchería irracional! Si basados en obcecaciones semejantes se dirigieran los gobiernos del mundo, ¿qué pasaría? Guerras mundiales atroces, carnicerías, amenazas de todo tipo sólo por una creencia estúpida, o la anarquía que preside la vida de todas las razas inferiores que habitan los horribles países del sur. No somos animales, Herr Doktor, hágame el favor de recordárselo a este hombre que no es capaz de funcionar diecinueve días al año como lo hacemos todos los demás. ¿No sería posible que le tranquilizara con medicamentos? La Señora Von Borstel ha tenido excelentes resultados con las hojas peruanas que Usted le ha recetado, según entiendo.
–Oh no, descuide. Su marido estará bien, no hay necesidades farmacológicas- En realidad la señora sólo acució mi deseo de que se marcharan para volver a esnifar la nieve de los Andes. De modo que aceleré el paso levantando una mano que pedía calma, encendí una pipa, guardamos silencio por unos cinco minutos y luego hablé, dirigiéndome al marido.
–He escuchado su caso con atención y reflexionado en sus argumentos que, pese a la acusación de irracionalidad, son perfectamente matemáticos. Esta no es una discusión metafísica. Muere usted antes de su cumpleaños del año en curso y ¡paff! ¡se queda con un año más en la lápida y uno menos en la realidad! Bien, bien. Estos son cálculos groseros, anualidades donde hay grandes márgenes de error. Dígame, ¿cuál es el primer año de vida de una persona?
–¿Qué quiere decir? Pues el primero, ¿no? Eh... del nacimiento hasta su cumpleaños...
–Exacto. Eso significa que durante un año entero la persona tiene "cero" años, sólo tiene meses de edad, dice la gente, ¡pero en realidad es su año número uno! Más aun: justo cuando el año número uno ha terminado e inicia el dos ¡la gente dice tener sólo un año de edad! ¿Lo ve? La incongruencia permea en estos asuntos por un lado y por el otro... lo mismo ocurrió, se lo digo respetuosamente, con su padre: murió de setenta y ocho porque aunque no llegara a su cumpleaños era su año setenta y ocho de vida. ¿Comprende?
–¡Herr Doktor! ¡es usted un genio!- dijo el hombre levantándose del sillón como un resorte ante la mirada displicente de la esposa. Continuó: –¿Te das cuenta mujer? El Doktor tiene razón, por supuesto, ¿cómo no lo había notado antes? ¡Oh, qué suerte! Da igual... bueno no, más bien hay que evitar morir después del cumpleaños porque entonces este criterio no se satisface, ¿eh? Correcto, sí, correctísimo. ¡Brillante!
–¡Vámonos ya, por Dios!- dijo la mujer poniéndose también de pie y abriendo el bolso para pagar la consulta. Les acompañé hasta la puerta, luego abrí el cajón de la lucidez, esnifé, miré por la ventana complacido.
Un correo me llegó la mañana del veinte de enero: el paciente se había colgado a sí mismo en la biblioteca de su casa frente al Rathauspark. Luego supe que la mujer elegante estaba angustiada porque al haber ocurrido durante la noche no quedó claro si el marido había muerto el diecinueve o el veinte. El forense sólo dijo: "alrededor de la medianoche". Quizá deba ir a dar mis condolencias.

viernes, diciembre 23, 2011

Días de guardar

Me subí el cuello de la chamarra al ponerme al volante, indiferente a la calefacción y dejando la ventanilla del copiloto entreabierta. La radio se encendió automáticamente dando un tono azulado al tablero y llenando de impertinentes voces de lenguaraz locutor toda la cabina. Aun me despedían efusivamente mis tías y alguno que otro primo recién casado, cuando la placidez del alcohol me superponía imágenes de otras navidades con las de ahora. O eran nocheviejas.
'Nadie se acostumbra nunca a ver su mundo de infancia desmembrado', pensé al bajar por entre un inestable mar de luces navideñas con la radio casi en silencio. Creía entrever en mis sueños la prueba de mi afirmación, toda vez que en ellos los muertos y los vivos, los parientes que veía de vez en cuando y aquellos con los que nunca coincidía, todos tenían la edad y apariencia que tuvieron en mi niñez, sin importar que se acumularan las evidencias en contra ni las fotografías del Facebook con sus esperpentos ni las noticias de nuevos seres que se incorporaban a la rueda del mundo salidos de las entrañas de aquellos que para nosotros fueron siempre solos y fin de parada, sin sucesores posibles ni fertilidad prevista ni pareja que no fueran sus hermanos o hermanas.
Por la carretera que conducía de nuevo a la ciudad, forzado por el frío a subir la ventanilla y por el silencio recién creado a escuchar un momentáneo zumbido, se me antojó que el verdadero motivo de mis escasos encuentros con el clan familiar no era la larga historia de agravios entre mi madre y ellos, sino mi propia necesidad de proteger un recuerdo sagrado, de salvarlos del paso del tiempo congelándolos en mi memoria. No quería saber que aquella prima recién nacida estaba ya en la universidad ni que el más osado ahora vendía droga; no me hacía falta actualizar el estado civil de soltero a casado, de casada a viuda, ni los últimos detalles de largos concubinatos o múltiples pensiones de tíos cada vez más barrigones y calvos; poco me podría interesar cuánto ganaban los que en mi memoria eran siempre los dependientes hijos de otros, menos saber a dónde habían ido a parar las pertenencias de mis abuelos. 'Quizá sólo deseo asomarme al espejo del pasado', creí citar -¿o traducir?- de algún libro. 'Y confirmar que aun se me devuelve la imagen guardada' -agregué.
Entraba ya por los anchos bulevares de Ciudad Natal, mareado por la cantidad de gente que aun se encontraba despierta conduciendo o reunida en torno a improvisadas fogatas, cuando una inquietud extraña se abrió paso en mi mente como sólo lo hacen las obsesiones acuciadas por el alcohol. '¿Acaso soy yo?', pensé casi pronunciando las palabras. 'Acaso mi empeño por detener el tiempo no se corresponde a la simple creencia de que el pasado fue mejor, sino a mi condición de presunto soltero, de joven irredento o adulto malogrado, una desviación manifiesta del plan original que desde luego no preveía que mi semilla terminara en contenedores plásticos o resbalando por infértiles traseros. El mundo primigenio es, por tanto, un lugar-espejismo donde este cuerpo decadente tiene aun la oportunidad de florecer.'
Pasé por el centro mirando los cuerpos en renta de aquella noche y los que, aun sin dinero, clamaban por su posesión y goce. 'Nunca descansan', pensé. Y me llevé el que consideré menos intoxicado con rumbo a un motel de luces violeta donde ya me saludaban con efusión la dueña y el vigilante, personajes diligentes todos que desde la noche de los tiempos saben que los días de guardar la gente sueña...

lunes, noviembre 21, 2011

Friends

Poco antes del invierno, cuando recién volvía a trabajar en la residencia para ancianos de Oldham, conocí a Luis, el mexicano, un interno octogenario cuyo inglés era gramaticalmente correcto, pero difícil de seguir, propenso como era a encadenar una frase tras otra en largas conversaciones que degeneraban en monólogos. Era una época difícil de mi vida porque acababa de separarme de Anthony y aun no deseaba volver a Irlanda. Cada domingo, luego de colgar el auricular, me consolaba de haber mentido a mis padres sobre mi presunto matrimonio diciéndome que al menos no había tenido ningún hijo y podía volver a empezar. Me costaba demasiado pagar enteramente por mi cuenta el alquiler de aquel departamento de una habitación mal calentada, con duela de madera semipodrida y ruido de roedores en las paredes, pero mi recién adquirida libertad me obligaba a tolerar ese y otros gastos como si se tratase de una prueba.
Durante tres años acepté que Antohony me mantuviera. Renunciar a mi trabajo como enfermera de la residencia me supo bien, no sólo porque estaba enamorada de la idea de fungir como esposa a tiempo completo (lo que sea que esto fuera), sino porque veía en dicha renuncia la superación de algo anómalo en mis motivaciones: era enfermera no sólo por ayudar, sino muy principalmente por perpetuar la dependencia de seres frágiles y alimentarme de su necesidad. No me gustaba trabajar con enfermos cualesquiera, sino con desahuciados, esos pobres que ya no levantarían cabeza. Los ancianos de la residencia fueron una gran solución: ninguno salía vivo, nunca estaban sobrados de personal, nadie quería hacer ese trabajo. Ahora que volvía, ya sin Anthony, encontraba muchas dificultades para disfrutar de limpiar mierda y vómito en pasillos y camas, para regocijarme del permanente dolor de espalda por trasladar ancianos, para sentirme satisfecha con la absoluta dependencia de los internos a la hora de ingerir alimentos o pastillas en horarios específicos.
Luis era diferente y por eso sentí tanto que murirera al poco de haber ingresado yo. El mexicano daba los buenos días en su idioma y me retenía suavemente con sus manos, sin esa lascivia propia de los viejos que ven en cada contacto físico la oportunidad de cebarse imaginaria e impunemente de carne. Me preguntaba por mi vida, especialmente por los tipos con los que salía los fines de semana en compañía de Susan y alguno de sus novios, muchos de ellos fanfarrones consumados que gustaban de exhibir su metrosexualidad en las discotecas de Manchester. Reía temblando con cada una de mis historias y, a cambio, me contaba cada día un poco más de la suya, la única, un malentendido de proporciones gigantescas al que quizá no debería dar demasiado crédito.
Decía haber estado casado desde muy joven y vivido en su país hasta la muerte de ella, en algún lugar cerca de la frontera. El mexicano decía haber tenido un matrimonio feliz, pero haberse casado por error. También decía haber disfrutado muchísimo de sus hijas -tres mujeres que vivían en Estados Unidos- pero haberlas tenido por error. "Me casé para poder estar más cerca de los hombres", me dijo una mañana en que yo había dormido mal soñando que Anthony golpeaba la puerta furiosamente para que lo dejara salir. "¿Cómo dice Don Luis?", le dije utilizando la palabra española "don" que me recordaba vagamente a las monjas del instituto cuando hablaban de Oxford. "Quería estar cerca de los hombres. Tenía que vivir como hombre."
Me habló de un amigo suyo, Sebastián, compañero de bachillerato, con quien asistió a innumerables fiestas y bailables, prostíbulos y borracheras, por quien algún tiempo dejó la universidad para acompañarlo a trabajar en las fábricas de la frontera. Al anciano se le alegraba el rostro hablando de su viejo amigo y del mundo rudo y semidesértico al que pertenecía: "Era maravilloso perder la memoria, querida, sentir que todo el mundo se acabaría en una noche de exceso al lado de un hermano, hacer pactos y juramentos como si fuésemos dos contra el mundo, como si nunca nos fuéramos a separar".
Pero se separaron, supongo.
Por un tiempo, cuando él se casó. Y lo hizo pronto, Dios, qué poco duran las épocas felices de la vida, querida.
–¿No lo volvió a ver?
–Claro que sí, no iba a dejarlo ir tan fácilmente. Terminé la universidad y volví a buscarlo. Comprendí que la vida matrimonial sólo puede compartirse con otros matrimonios, pero el mundo de los solteros les causa rechazo, animadversión. No voy a cuestionar que así sea, son las reglas. Jugué con ellas.
–¿Cómo?
–Casándome.
–Ninguna mujer habría aceptado que...- pensé en Anthony. Me callé.
–Pero claro que sí, las mujeres se conforman con poco, sobre todo las que más seguridades e intereses tienen. Esas se conforman con dinero. Yo en cambio necesitaba asistir a la vida de Sebastián, cuidarlo, protegerlo.
–¿Y ya casado pudo frecuentarlo?
–Me casé con una hermana de su esposa. Reconozco que Raquel fue una gran compañera. El matriomonio, querida, no es como lo creen ustedes los jóvenes, un asunto de pasión y enamoramiento, nada de eso. Se trata de acuerdos y rutinas, de una convivencia convenida con lealtades precisas que no pueden ni extenderse ni rebajarse. Así lo entendían los antiguos y el mundo vivió bien por siglos con matrimonios arreglados.
–Eso es terrible, Don Luis, ¿cómo cree que Raquel pudo sentirse?
–Estaba cerca de Sebastián y él pudo seguirme incluyendo en su vida sin experimentar culpa ni vergüenza, sin siquiera dar explicaciones.
–¿Y eran necesarias las hijas, Don Luis?
–Qué ternura causa la mojigatería de los jóvenes. Sus mundos ordenados, sus impecables cuentos de hadas. Se escandalizan de lo pragmático, de lo sincero. Raquel quería hijos. Yo también. Y Sebastián. Y la esposa de Sebastián.
–Pero si Usted quería estar con él, ¿no hubiese sido mejor que...?
No me has entendido, querida, quería estar con el hombre Sebastián, no con su pálida sombra; con el fanfarrón, no con el consecuente, con el que hundía sus morenos pies en aquellas playas y no con el que habría escapado a un país de estos para vivir tranquilo, con el que ligaba a todas las chicas del vecindario y se perdía con ellas en las ensenadas, no con el que habría de prescindir del alcohol para acostarse conmigo...
Hay algo equivocado en todo esto, Don Luis, estoy segura de que no se le escapa...
Acaso no, no se le escapaba. O acaso soy yo la patética, la que no supo sostener su matrimonio y sigue ocultando a sus padres la separación. La que se acuesta casi siempre como pagando una deuda con los niñatos semiebrios de las discotecas del centro que acceden a traerme hasta Oldham, que me rasgan las medias con su torpeza, que se quedan dormidos apenas eyacular infestando la habitación de agrios olores.
Sebastián murió poco antes que su esposa. Luego se fue ella. Luego él empleó todos sus ahorros en pagar su retiro en este apartado lugar, en alejarse -dice- de sus nietas ñoñas y vulgares. El día que murió le llamé a Anthony. Me contestó su amigo de toda la vida, Paul.

domingo, noviembre 06, 2011

Cerdos

1. Ha sido casualidad enterarme por aquel chico bobalicón del paso de Luis Gala por estas tierras. La conversación ha ido mal, desde luego, y procuré abandonarla tan pronto comprendí que no aportaría nada más sobre el personaje que no haya ya sabido con anterioridad o que no estuviera consignado en los -vamos a llamárles así- diarios que me vendió. Las fechas son caprichosas, algunas manifiestamente falsas, ningún nombre es identificable y ni siquiera se consignan en él los encuentros en que el joven estulto dice haber participado. 'Era un perturbado', acertó a decir, sorprendiéndome, cuando ya pagaba la cuenta para largarme de ahí y no seguir escuchando su cháchara absurda y gramaticalmente insufrible.
Llevaba ya casi un año de haberme mudado a Santa Teresa, invitado por antiguos compañeros de estudios que ahora envejecían en sus respectivos matrimonios cargados de hijos, malgastando mi falsa soltería -geográfica, formal- en una investigación sobre Luis Gala como paradigma del fraude académico. Como la invitación de mis viejos conocidos -o acaso eran amigos- coincidiera con la sugerencia de mi asesor de viajar al Norte para investigar la desaparición de Luis Gala, acepté complacido la oferta de una plaza en la universidad local ('El concurso y los candidatos son puro trámite', me dijo Práctico) y me convencí a mí mismo de la sensatez de instalarme en una ciudad pequeña como aquella para, como me dijo Violinista, 'sentar cabeza'. Flautista sólo dijo que los maestros podían 'vivir despreocupadamente con sus familias' e hizo un chiste (siempre ha sido simpático). Transcurrido un año, desesperaba de la presunta estabilidad. La aparición de aquel afeminado que me vendió los diarios casi al mismo tiempo en que el furioso calor del verano fue barrido por un frío minucioso, ha inyectado aire y entusiasmo a mi rutina.
2. Es noviembre. Ahora que el clima ha entrado en razón -es un decir- he recuperado la memoria. Fui traído con engaños porque me contrataron en enero y eso es, cuando menos, tramposo. Durante meses sólo podía pensar en la mejor manera de sortear el calor. Mis caseros -cuatro- tuvieron a bien echarme de sus domicilios con pretextos peregrinos a los pocos meses -a veces semanas- de haberlos rentado, sin que jamás pudiera echar mano de las instalaciones de aire acondicionado ('pronto irán a repararlo', '¿ha probado con un abanico?') ni ofrecieran indemnización ni en modo alguno aceptaran devolver el depósito. Es claro que no les gusta mi acento ni mi altura, tampoco el hecho de que viva con mi hijo que es reservado y distraído, poco dado a concesiones sociales. Imaginan que somos raros. Imaginan que somos peligrosos. Imaginan que nuestros hábitos son asquerosos y diabólicos. ¿Cómo habrá hecho Luis Gala para pasar desapercibido? En una de las entradas fechadas simplemente como nueviembre, escribe: 'Me rodea el silencio. Hago el silencio. Con la voluntad que lo crea es mi deseo que este silencio siga ensanchándose en torno mío hasta borrar a todas las personas que conozco. Que no quede nadie conocido. Ni que conozca. Nadie.' Creo que lo entiendo.
3. He escrito ya seis resúmenes de los diarios y un pequeño ensayo al respecto. Los he enviado a mi asesor y no responde. La ciudad es un sitio muy vasto cargado de millones de almas como para prestar demasiada atención a un viejo estudiante que se ha instalado a cientos de kilómetros siguiendo nuestro consejo. Fui engañado, decía hace poco. Mis colegas, mis caseros. Ahora me queda claro que mi asesor también participó del engaño o gusta de las bromas pesadas. Me ha empujado a venir para apartarme, quizá preocupado porque nuestro propio trabajo sobre el fraude académico apuntara demasiado a sí mismo. Suele pasar: empezamos algo y cuando descubrimos que todo es un engaño nos empeñamos en sostenerlo porque de otro modo nos aniquilamos. Y hay momentos en la vida -edades, circunstancias- en donde ya no se puede deshacer lo hecho. No se debe. Y hay que continuar.
Cuando ando las calles rectas y solitarias de Santa Teresa, sus noches siniestras donde nunca pasa nada fuera de los vehículos de cristales polarizados que circulan sigilosos y vacíos, echo de menos el aire contaminado del Altiplano, sus taquerías grasosas, su juventud epidémica y estrafalaria. Ahora mi asesor debe andar en esa misma ciudad entrando y saliendo de librerías, seleccionando restaurantes con su esposa, sentado en una de tantas plazas o parques espiando furtivamente a las indias que orinan y a veces se masturban detrás de cualquier matorral. Debe sentirse vivo y cómodo e instalado. Satisfecho, sin duda exitoso aunque no se mida nunca con los de fuera ni le importe otra cosa que seguir hinchándose con el presupuesto. Ni Práctico ni Flautista quieren otra cosa. Violinista insiste en la moral y el compromiso, pone cara de circunstancias y se pasa la mano por las sienes, pensativo y grave; luego, también toma el dinero.
4. Luis Gala es un personaje evasivo. Algunas anotaciones en sus diarios son matemáticas porque esta era su profesión, pero consultando con compañeros del departamento de ingeniería (no hay ciencias puras en este páramo), me he enterado de que las notas son del todo disparatadas, sin sentido, algunas ni siquiera sintácticamente correctas. No les creo del todo. Práctico me sugiere ir a Arizona, donde parece que empezó el grupo del Dr. Pardon, al que perteneció Luis Gala. Me obliga a invitarle una coca (de dieta, pero con cafeína) y me despacha ensuciándose los bigotes con frituras. Violinista sugiere ir más lejos, hasta Chico, Wyoming, donde el Dr. Pardon reside ahora, entregado a actividades no me queda claro si místicas o filosóficas, pero en todo caso escasamente matemáticas. Se ofrece a acompañarme. Se le encienden los ojos pequeños y duros, parpadeando muy rápido y jugueteando con una pluma entre sus manos. No entiendo su nerviosismo. Flautista nunca ha escuchado hablar de Luis Gala.
Por la noche noto al crío más callado que de costumbre. Mientras hace su tarea sin levantar la vista le pregunto por su día. 'Igual que siempre', contesta, mirándome con una mezcla de cansancio y conmiseración. En mi habitación, todavía con mi hijo y sus silencios en la cabeza, leo como abstraído un folio tras otro de los diarios de Luis Gala. Me detengo en el párrafo que dice 'Quienquiera que atraviese esa ventana se va a arrepentir. Quienquiera que crea refugiarse verá de pronto que no hay árboles ni cuevas ni otra cosa que mediodía. La luz es blanca y sin descanso y sin tregua. Arderé, pero no sin antes cumplir mi misión.'
5. Mi asesor ha contestado. Se encuentra en Milán para una conferencia donde seguramente ha estrechado muchas manos y tomado muchas fotos. Escribe apenas dos líneas, pero alcanzo a sentir su ánimo vacacional. Se habrá puesto un abrigo ligero, paseado con su esposa por los lagos de la zona. Leo también su sentimiento de importancia, de hombre que se sabe a salvo de batallas no porque las haya ganado todas, ni siquiera porque se haya presentado a las mismas, sino porque la cobardía, el medro y la corrupción lo hacen obligadamente líder en este país, el mayordomo querido, el dictador bondadoso, el caudillo indispensable. Por la noche mi hijo me entrega un aviso de Hacienda: hablan de adeudos y declaraciones atrasadas. Yo no soy un hombre a salvo.
No hay nada en los diarios que indique a dónde se fue Luis Gala. El chico que me los vendió aseguraba en nuestra única entrevista que se fue a Altar, pero ahí no he encontrado a nadie que recuerde su nombre o que responda a sus señas. Tampoco puedo pagarme viajes frecuentes hasta aquella población, tan cercana a la frontera. El departamento sólo me ha pagado la mitad de uno, pese a la existencia de partidas para esos rubros que Práctico aprovecha para asistir a conferencias en zonas tropicales conocidas por la exhuberancia de sus putas y travestis. Violinista dispone de esos fondos para pagar estudiantes a los que luego deja varados en proyectos interminables y que espera que concluyan 'por el honor, no por el dinero.'
Quejándome con Flautista, inconsciente, inadvertidamente, pude escuchar un chiste del que me reí por compromiso. Recordé al salir de su cubículo y luego por la noche corroboré la cita exacta en los diarios: 'No hay humor en este exilio. Pero tampoco sexo, que es lo contrario a la risa. Quizá transito el infierno. Quizá haya que apurarse a falta de Virgilio. P no es un buen guía.'
6. Dicen que los maté. Yo, que no manejo armas y nunca lo he hecho. Dicen que no me voy a escapar con un recurso tan viejo como ese. Que no hay amnesia posible que lo explique. Que me espera un castigo ejemplar. Lo cierto es que Práctico, Violinista y Flautista están muertos. El abogado de oficio me ha mostrado dos vídeos de seguridad donde efectivamente me desplazo por los pasillos armado de un fusil y gritando números. Disparo al aire siempre, pero cuando llego a los cubículos de mis amigos -quizá sólo compañeros- les vuelo la tapa de los sesos y doy algunos culatazos, furioso. No me lo explico. He preguntado por mi hijo y me dicen que no tengo tal, que de dónde me he sacado semejante estupidez. Traen al médico y me inyectan algo ambarino. Debo dormir.
Entre sueños, escucho a Luis Gala decir 'Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Pero también seis'.