Quienquiera que sea el hombre que ahora entra
en casa, cuelga la chaqueta, besa a su hijo y luego descubre que su esposa no
se encuentra, tiene un aire resignado y poco dispuesto a las sorpresas. Le
extraña que la puerta trasera esté entreabierta, que haya un vaso roto —los
añicos cuidadosamente reunidos dentro del muñón vidrioso— en la cocina,
que sobre la estufa sólo esté el caldo helado del día anterior. En la planta
alta no hay nadie, pero tampoco cosas de las qué extrañarse. La habitación
donde solía pintar sigue intacta, con su caballete ya no tan tenso —seis
meses desde que se vio obligado a trabajar en el supermercado y no ha podido
reunir las fuerzas para reanudar lo suspendido en el poco tiempo libre que le
queda— y el fuerte olor a aceite de linaza y trementina. Dos pensamientos le
hacen bajar deprisa con una súbita punzada en el estómago, como si unos
segundos pudieran salvar varias horas: que el niño lleva tiempo solo en la sala
y que lleva aun más tiempo desde que su madre desapareció.
Las escaleras crujen a cada paso que da para
volver al salón donde el niño se ha quedado construyendo edificios bajos con
bloques de madera pintados de colores. Tiene tres años y a la pregunta de dónde
está su madre responde con una frase obvia que no puede menos que inquietarle todavía
más: "se fue", repite sin apartar la mirada de los bloques de madera;
"se fue", repite mientras imita el sonido de un motor y da marcha
atrás con su carrito de fricción frente a uno de los edificios que unos
segundos después sucumbe a la embestida. Nuestro hombre cree entrever en su
hijo a un enajenado voluntario que trata de evadir la realidad. Nuestro hombre
desea respuestas. O indicios. O algo que detenga la maquinaria de su cabeza que
otra mano ha arrastrado sobre el piso para que salga disparada como el carrito
de fricción a estrellarse con la realidad. 'No puede estar pasando', se dice
para sus adentros. 'No otra vez'.
Se sabe desde siempre que las mujeres
abandonan. O bien que hay ciertos hombres que son permanentemente abandonados
por esas mujeres. El hombre comprende desde hace tiempo que pertenece a esta
categoría y aunque se prestó en repetidas ocasiones a creer que ya vivía
asentadamente y para siempre con esta mujer que ahora no está en casa y que
probablemente reunió los pedacitos de vidrio en el resto del vaso roto y que no
tuvo reparo en dejar al niño solo en el salón con la puerta trasera
entreabierta, sabía —sabe ahora de una forma más acuciante— que se
engañaba y que nada había cambiado desde los tiempos en que sus primeras novias
lo abandonaban por individuos más populares y vistosos, probablemente más
adinerados, pero también más inseguros; luego las mujeres que ya no eran
adolescentes lo dejaban por hombres más prácticos y desconfiaban casi
completamente de sus presuntas certezas. Al final, sus dos matrimonios sólo
pudieron consumarse con mujeres fracturadas y extranjeras, ávidas de sumisión y
consejo, mujeres a las que el tiempo curaba y que una vez sanas, se le iban.
Recorre con los ojos el salón buscando alguna
carta de despedida (su primera esposa le dejó una que empezaba con un firme
"me voy con otro hombre"), pero no hay nada a partir de lo cual dar
por sentado lo que hasta ahora sólo es una suposición que gana peso y velocidad
a cada minuto, aturdido e inmovilizado como está por el agobiante silencio de
la calle, el constante acariciar de un viento ligero por entre las copas de los
árboles —se advierte tormenta— y los gruñidos del crío que no ha
dejado de jugar sin apenas reparar en su presencia. Nunca ha sido un hombre de
lágrimas. No lloró por su primera esposa y tampoco lo está haciendo ahora, pero
sufre no tanto por razones sentimentales cuanto por el orgullo herido de no
llevar razón, como si el verdadero agravio fuese que la realidad no esté a la
altura del bagaje teórico sobre el cual ha construido esta relación y el resto
de su vida.
Pronto caerán la noche y la lluvia y
evadiendo las primeras gotas de esta última irá hasta la casa del vecino
('¿cómo no se me ocurrió antes?' se ha reprochado) para preguntar por su
esposa. El anciano Pardon sabe lo que está pasando apenas verlo: ella no ha
venido por aquí, pero ¿le apetecería un trago? Nuestro hombre se sienta, bebe
la mitad del whisky que le ofrece el vecino y le dice que debe regresar a casa
porque el niño se ha quedado solo.
—Ella no va a regresar y el niño está bien,
termine su copa por favor— le dice el viejo Pardon sin moverse del sillón a
cuyo costado ha ido a tumbarse un enorme gran danés.
—¿Cómo lo sabe?
—La vejez, supongo, nos hace obvias ciertas
cosas.
—Muchas gracias, pero yo...
—No se preocupe y siga pintando. ¿Recuerda
que me vendió ese retrato de allá, el de la izquierda?
—Sí, el retrato de Finch. Señor Pardon, tengo
urgencia de localizar a mi esposa y ahora mismo no...
—Debió pintarla al dejarlo su primera esposa,
¿verdad? No se asombre de la deducción, creo que es bastante obvio que trate de
deshacerse de lo que le traiga malos recuerdos. Se fue con él, ¿verdad?
—Sí. Con Finch, que es un hombre de negocios
y un alcohólico y un desequilibrado. Pero ella también lo es, desde hace muchos
años, desde siempre, sólo que yo no supe verlo. Y ahora si me permite, debo
retirarme, quizá ya volvió mi mujer...
—No sea injusto con sus mujeres. Si aquélla
se fue con Finch, ¿a quiénes ha retratado recientemente?
Nuestro hombre se para en ese mismo momento
como succionado desde las alturas. El gran danés le imita sin parpadear, atento
a cualquier movimiento en falso para atacarlo y defender a Pardon de cualquier
agresión. Éste lo tranquiliza pasándole una mano por el cuello. El perro vuelve
a sentarse.
—Buena suerte vecino— remata mientras le
señala la puerta.
Apenas cruzar el patio que separa una casa de
la otra queda empapado por la lluvia. El niño se ha quedado dormido en un
sillón, por la puerta trasera aun entreabierta se ha metido algo de agua
encharcando la cocina. Sube de prisa a su habitación-taller y empieza a revisar
los últimos retratos. Hace tantos meses que no viene a aquí que a algunos
modelos los confunde y a otros prácticamente no los reconoce. Son pocos
hombres, apenas cinco; las mujeres en cambio rebasan las sesenta. '¿Con quién
pudo irse?', piensa repetidas veces desesperado. Encuentra un boceto de su
primera esposa, desnuda y con la cabeza apoyada en la mano izquierda cuyo brazo
a su vez se apoya en una de sus piernas entreabiertas. Detrás encuentra una
escritura que no es la suya ni recuerda haber visto jamás...
Ahora sabe dónde está su esposa. Ya destruye
el taller, enfurecido.
lunes, julio 15, 2013
martes, junio 11, 2013
Nunca podré morirme
Han sido ya demasiados vuelos, de modo que es normal que no pudiera notarlo luego de concluir mi más reciente viaje trasatlántico (botella de vino para la cena, una película completa y otra a la mitad, secciones enteras de un libro en lengua extranjera, artículos de una revista de actualidad discutible y alguna canción aislada que me sugería transiciones irreversibles), aun si por primera vez no hablé con nadie en el trayecto y no me hice ilusiones de ninguna especie sobre los asuntos —prácticos todos— que me llevaban a estas tierras permanentemente frías, señal de que me distanciaba ya de las esperanzas propias de la gente condenada al tiempo que planifica minuciosamente la circunstancia y hora en que ha de morir. Pero cuando intentaron asaltarnos al regreso de la universidad y sólo consiguieron detenerse en medio de sus propios gritos a unos centímetros de mi cara dejándome saborear su aliento alcohólico de siglos sin conseguir asustarme —las manos me temblaban— lo comprendí con la claridad meridiana que le faltaba al cielo encapotado: nunca podré morirme.
Reconozco haber sido escéptico al principio, pues una cosa era que comprendiera con claridad lo que sucedía y otra que lo diera por sentado sin ese sentimiento de culpa alienante que produce saberse dueño de algo excepcional, testigo de un milagro que nadie está dispuesto ya no a creer sino a consentir: 'Me matarían', pensé. Y luego me eché a reír con la imposible complicidad de el Chino que no podía saber de qué lo hacía, pero que se dejó contagiar con gusto por ese largo ataque de carcajadas con que se saldó lo que en principio podría parecer simple alucinación y que, ya que lo incluí a él, bien pudiera pasar por uno de esos casos de histeria colectiva de los que ha quedado famoso registro en sitios no muy lejanos de aquí como Mons y en tiempos no muy pretéritos como la primera gran guerra.
Reconozco haber sido escéptico al principio, pues una cosa era que comprendiera con claridad lo que sucedía y otra que lo diera por sentado sin ese sentimiento de culpa alienante que produce saberse dueño de algo excepcional, testigo de un milagro que nadie está dispuesto ya no a creer sino a consentir: 'Me matarían', pensé. Y luego me eché a reír con la imposible complicidad de el Chino que no podía saber de qué lo hacía, pero que se dejó contagiar con gusto por ese largo ataque de carcajadas con que se saldó lo que en principio podría parecer simple alucinación y que, ya que lo incluí a él, bien pudiera pasar por uno de esos casos de histeria colectiva de los que ha quedado famoso registro en sitios no muy lejanos de aquí como Mons y en tiempos no muy pretéritos como la primera gran guerra.
¿Qué autor había hablado del asunto? ¿Gawsworth, Machen, Shiel? Debió ser algún británico para escribir aquellas líneas zalameras para con la Corona y tan cargadas de fantasmas como nunca lo han estado las tierras de Flandes ni del Hainaut-Cambrésis. ¿No se habrá confundido el autor? El siglo diecinueve no le quedaba muy lejos y tal vez aun le llegaba su larga sombra obscurantista cargada de espiritismo y judería, de golems, vampiros y hombres lobo asolando los campos con auténtica vocación de santo oficio. Al Chino le aterraban estos relatos cuando se dejaba sugestionar por el vértigo de la perspectiva histórica de aquellos sitios a donde él sólo había ido a hacer estúpidos estudios sobre deslavadas matemáticas y no menos inaplicables ingenierías. Si tan sólo le hubiese explicado en aquel momento lo que ya me parecía claro pero aun inaceptable, si tan sólo hubiese empleado todos mis recursos para convencerle sin asomo de duda de que ahora era incapaz de morirme, de que ya nunca podría hacerlo, habría terminado por aceptarlo resignada y perturbadoramente, como quien de pronto descubre que la realidad no quedaba domeñada con la lógica de la educación primaria donde la aritmética es implacable y los miedos deben ser sepultados por rutinas seguras y manejables. Pero no lo hice y regresamos a la habitación pensando en la cena.
Ha dicho que le dolía la cabeza y se ha echado a dormir, me ha dejado escribiendo furtivamente esta bitácora de la inmortalidad a sus espaldas. He revisado rápidamente artículos varios relacionados con este nuevo fenómeno al que, ya les digo, no me será fácil acostumbrarme. Los biólogos y tanatólogos hablan de muerte celular programada, los matemáticos —mis favoritos— apuntan junto con los físicos a la falta de una prueba formal de mortalidad (en principio nadie tiene por qué morirse, lo que desde luego trivializa mi recién adquirida condición), los poetas son siempre ambiguos y por tanto inútiles para extraer conclusiones de ese cuajo verbal en el que mezclan eternidad y el carácter lábil de todo cuanto existe. Al final me he hartado de revisar el mediocre pensamiento de los que intentan apoyarse en silogismos y me he asomado a la ventana con un cigarrillo en la mano, tratando de imaginar los muchos futuros por venir. Y aunque sé que los mortales detestan la idea de la repetición yo no me cansaré. 'Se aburren los imbéciles', me digo con solemnidad. 'Se mueren los idiotas', completo conteniendo la risa que consigue, pese a todo, despertar al Chino.
Él me mira molesto por el humo del cigarrillo. Ve mi rostro iluminado por la luz de la calle y se ablanda. Relaja el rostro, deja ver las lucecillas de sus ojos pequeños escudriñando burlones mi rostro. "Ya acuéstese", me ordena. Y agrega dándose la vuelta: "No se va a morir, hombre, eso hasta yo lo sé".
Gira la esfera del mundo llevando encima estas planicies heladas y los fuegos de Santa Teresa. Con esa confianza centrífuga me acuesto seguro. Inmortal.
Ha dicho que le dolía la cabeza y se ha echado a dormir, me ha dejado escribiendo furtivamente esta bitácora de la inmortalidad a sus espaldas. He revisado rápidamente artículos varios relacionados con este nuevo fenómeno al que, ya les digo, no me será fácil acostumbrarme. Los biólogos y tanatólogos hablan de muerte celular programada, los matemáticos —mis favoritos— apuntan junto con los físicos a la falta de una prueba formal de mortalidad (en principio nadie tiene por qué morirse, lo que desde luego trivializa mi recién adquirida condición), los poetas son siempre ambiguos y por tanto inútiles para extraer conclusiones de ese cuajo verbal en el que mezclan eternidad y el carácter lábil de todo cuanto existe. Al final me he hartado de revisar el mediocre pensamiento de los que intentan apoyarse en silogismos y me he asomado a la ventana con un cigarrillo en la mano, tratando de imaginar los muchos futuros por venir. Y aunque sé que los mortales detestan la idea de la repetición yo no me cansaré. 'Se aburren los imbéciles', me digo con solemnidad. 'Se mueren los idiotas', completo conteniendo la risa que consigue, pese a todo, despertar al Chino.
Él me mira molesto por el humo del cigarrillo. Ve mi rostro iluminado por la luz de la calle y se ablanda. Relaja el rostro, deja ver las lucecillas de sus ojos pequeños escudriñando burlones mi rostro. "Ya acuéstese", me ordena. Y agrega dándose la vuelta: "No se va a morir, hombre, eso hasta yo lo sé".
Gira la esfera del mundo llevando encima estas planicies heladas y los fuegos de Santa Teresa. Con esa confianza centrífuga me acuesto seguro. Inmortal.
domingo, mayo 26, 2013
Todo se arregla con sexo
No es tan largo el camino, ni tan lento el dolor
—Todos ellos, Nacho Vegas
En la habitación donde estuvimos juntos, con la televisión a volumen moderado de una serie americana que aun sin ponerle demasiada atención conseguía arrancarme risas aisladas en la madrugada todavía más completa del sexto piso del hotel, repensaba lo ocurrido: que había hecho un viaje entero para hacerle el amor, que le había esperado impacientemente a las puertas de la catedral (el único sitio público aparte del palacio de gobierno al que sabría llegar sin perderme), que lo veía por segunda vez en menos de una semana y que el sexo —ansiada repetición de nuestro primer encuentro— estaba ya emponzoñado por una fina censura que reprobaba, quizá en el mismo orden en que me vino a la mente: nuestra diferencia de edades, nuestra homosexualidad y nuestro claro rechazo a cualquier forma de educación sexual.
Quizá nada me molestaba más que sentirme ridículo de haber acariciado aquella piel y de haber besado todos sus orificios, con este mi cuerpo abombado de hombre maduro. No suelo tener esta perspectiva, pues casi todos mis encuentros son sólo primeras veces en los que el ímpetu —la excitación— no tolera reparos: moralmente mínimos, sentimentalmente nulos, eficaces en su propósito y limpios —o casi— de consecuencias. Pero a veces me gana el pesimismo y mi carácter jovial no da para más: veo mis carnes colgar desproporcionadas, la barba y el cabello canos por los que él pasaba incansablemente sus manos hasta hace unas horas, mi voz ronca que opacaba la suya adolescente y hasta el frío cálculo de mis acciones para pagar la cuenta del hotel u ordenar la comida en un restaurante ('sí señor', 'no señor', 'como usted disponga, señor').
Fue un sexo estupendo, el mejor en un par de años. La tentación de retener es grande, pero él no quiso quedarse a dormir. Y yo lo agradecí porque en el fondo no me gusta amanecer con nadie al lado, incluso si es en la soledad escandinava de estos hoteles de diseño con pantalla plana, aire acondicionado y paredes insonorizadas. Sé que no puedo quedarme con nadie, con nada. Que mi esposa frígida y cordial me espera en la otra ciudad, quizá con el desayuno listo, quizá con la comprensión más cabal. Que mi hijo y mi trabajo y mis compañeros y mi equipo están todos esperando que mis eventuales fugas de la realidad sean sólo eso y que nunca pretenda darle un vuelco a mi existencia para quedarme instalado en lo que me produce placer. Los instintos destruyen, leí en alguna parte. No puedo vivir en un hotel. No puedo esperarlo todos los días porque él también envejece.
Levanté el teléfono y marqué el número de Jorge, mi viejo amigo a quien no me preocupaba despertar porque ya sabía que desde hace meses no dormía con su mujer.
—Pero no deberías ceder, Miguelito, no deberías dejarte diluir de ese modo ¡y encima sin protegerte cabrón! Piensa. ¿No es en eso en lo que consiste ser grande, quiero decir, tener una edad razonable? A ti te va muy bien, puedes permitirte estos placeres, ir y venir, pero todo depende de que sigas sosteniendo lo que lo hace posible, ¡incluso tu mujer y tu hijo!
—Lo sé, Jorgito, pero a veces me pongo a pensar, es sólo una idea a la que se le pueden oponer mil objeciones prácticas: ¿y si todo se arregla con sexo? Yo ya estoy grande, dices, ya no somos jóvenes y tienes razón: nuestro tiempo ha pasado ya. Pues bien, precisamente por eso yo ya no deseo que me comprendan ni que me amen ni que alguien se ocupe incondicionalmente de mí. No, no, no, yo sólo quiero que me abran las piernas con generosidad, que me amen aquí y ahora, en directo, no para siempre ni cuando debamos continuar con el resto de nuestras vidas. Quiero poder medirlo todo en erecciones, en sudor, que a los besos apasionados no les llegue la nieve del beso de buenas noches en un tálamo nupcial...
—Pero no nos hagamos pendejos, Miguelito, ¿cómo me dices eso? Quiero decir, estoy de acuerdo en que todo es mejor con sexo. Tú sabes los meses que llevo sin poder tocar a mi mujer, que ella se ha ido a vivir con su mamá y se ha llevado a la niña, que ya no tengo ni siquiera el consuelo de masturbarme a su lado. Pero si ahora tengo esta casa a mi disposición, lo que no tengo es ánimo para simplezas. Y meter viejas aquí es simple, pero no consuela, no me alegraría tanto como poder mantener a mi familia unida. Y no puedo...
—La familia es una bonita idea, Jorgito, pero no tan hermosa como la que te comento: todo se arregla con sexo. Yo pensaría mejor, viviría mejor, sufriría menos desde luego. No hay nada peor que estar al lado de un cuerpo que no nos significa nada ya, buscando circunloquios retóricos para justificarlo todo, para 'elevar el espíritu', dicen, cuando todas esas palabras podrían diluirse en unos segundos de jadeo y transpiración...
—Siento escucharte decir eso. Lo siento por ti y por Adriana.
—Yo lo siento más. Pero no sé si deba sentir lástima por nosotros. No me cuesta sentirla por los jovencitos que creen poder con la vida e ignoran todo de ella, pero con nosotros es distinto: ya somos culpables. Incluso estéticamente nuestros cuerpos reflejan la experiencia y el agotamiento, la responsabilidad. De modo que en este desastre todos somos culpables de no respetar nuestros deseos y naturalezas. Pero si algún día me decido, si algún día tengo el valor, ya verás: todo se arregla con sexo.
Mi amigo río a carcajadas y aun hablamos de algunos personajes del pasado antes de colgar. Lo echo de menos como a la juventud. Lo echo de menos como a la oportunidad de volver a empezar. Mientras me voy quedando dormido pienso que no podré cumplir mi propósito, que mi vida no cambiará. Los programas se suceden en la televisión, alguien conversa en el pasillo del hotel, sueño que estoy otra vez con el chico por una carretera camino a la playa, que se inclina sobre mí y me hace una mamada prodigiosa. Cuando levanta la cabeza ya ha envejecido y me despierto: el sol invade toda la habitación, la tele está apagada. 'No hay un par de cuerpos que toleren envejecer juntos', me digo.
En el camino de regreso a casa, un muchacho espera a un costado de la carretera. Lo levanto. Extraño el cuerpo de anoche, la posibilidad de quedármelo para siempre (el mejor en dos años), la todavía más remota idea de volver a tener sexo con mi esposa. Pero miro al chico y recuerdo: todo se arregla con sexo.
domingo, mayo 12, 2013
Casa de asistencia
La dueña fue muy clara y habló como si estuviera molesta anticipadamente:
—No hay que abusar del ventilador porque la luz es muy cara. Es preferible dejar abiertas las puertas del balcón y la habitación porque así se crea una corriente de aire muy agradable. O salgan a la terraza y convivan con los demás huéspedes: las macetas y enredaderas la hacen más fresca y las losas del suelo son frías aun en plena canícula. Mi sobrina prepara unos jugos y licuados muy buenos, fríos si gustan, es una buena muchacha. O salgan a la plaza, ¿eh? Hay más niños ahí con quienes jugar y todo está muy arbolado hasta llegar al río.
Mi madre asentía deteniendo el par de puertas de nuestra habitación para impedir que ella pasara, aunque la dueña se las arreglaba para mirar por encima de sus hombros. Vigilaba que no trajésemos nuevos aparatos como los varios huéspedes que se habían hecho de pequeñas teles portátiles o radios que encendían a hurtadillas. Ella golpeaba las puertas de las habitaciones cuando consideraba que ya habían gastado más energía de la permitida y pasadas las once no dejaba de insistir en que apagaran la luz de las habitaciones "para no molestar a los demás". Era una vieja especial.
Aquel mes en la casa de asistencia me dediqué a ordenar repetidas veces la colección de monedas que había traído conmigo cuando salimos huyendo de casa: las monedas de los setentas con sus formas hexagonales y dentadas, las de los ochentas mucho más pequeñas y ligeras, claramente inservibles, las extranjeras que provenían en buena parte de las que me regalara mi tía Eugenia en la última Navidad. Las llevaba en una caja de madera que me había regalado mi tío Roberto y tras cada conteo y clasificación debía volver a colocarlas dentro y permitir que se revolvieran. Mi hermana se aburría de verme hacer esto y hacía migas con el pachuco de la habitación de al lado, un hombre de unos cincuenta años que no dejaba de subirla a sus piernas para hacerle caballito y cuya habitación estaba invadida de revistas: muchas de vaqueros, algunas de chicas con las tetas al aire y otras todavía más raras donde posaban jovencitos desnudos con rostro de santo compungido. No creí prudente decirle nada a mi madre, aunque ella se expresó muchas veces con repugnancia del vecino y alguna vez me dijo que lo descubrió en el baño limpiándose sangre del culo. "Qué asco, debe ser homosexual", me dijo.
Todos los días, hacia las seis de la tarde, mi madre nos llevaba a la plaza de enfrente. Poco después los árboles se llenaban de pájaros escandalosos que tapizaban de mierda blanquecina la explanada, levantando un fuerte olor a azufre y humedad que se mezclaba con el de los azolves del río. Mi hermana y yo correteábamos un poco por las jardineras y hacíamos caso omiso de los vendedores de dulces que tenían nuestra edad y querían ganarse nuestro contacto ofreciéndonos mercancía a bajos precios. Eran niños descalzos y sucios que vivían del otro lado del río y a los que a veces acompañaban sus hermanos mayores, también descalzos. Mientras mi madre se metía al templo a meditar (decía que sólo se podía pensar con techos suficientemente altos) y el vecino de nuestra habitación se acercaba a mi hermana para pasearla en sus hombros luego de vigilarla largamente desde su balcón, yo aprovechaba para hablar con los chicos mayores que siempre llevaban sus pantalones rotos dejando ver ropa interior de colores inusitados. Los recreaba luego en el sofocado insomnio de las noches de aire denso y detenido en que escuchaba llorar a mi madre y me fingía dormido con los ojos entrecerrados. Recordando las marcadas venas de sus pies morenos conseguía quedarme dormido, apretado contra mi entrepierna, a salvo de la angustia de mi madre.
Mi colección de trailers —nunca me gustaron los cochecitos— se quedó en la vieja casa, en la otra ciudad. También quedaron allá el fuerte fronterizo Exit West con sus soldaditos e indios, el castillo de Fisher Precios y el módulo lunar con dos o tres monitos de la Guerra de las Galaxias; los cubos de madera pintados de muchos colores y los libros y discos y cassettes; las macetas y los muebles y los manteles; buena parte de nuestra ropa y hasta el perro que imagino habrá muerto de inanición. Mi madre y yo tratábamos de obtener placer de imaginar la cara de mi padre cuando volvió del trabajo aquel viernes y no nos encontró, cuando abrió aquella carta que quedó sobre la mesa con la foto de "la vieja" (así se refería mi madre a la presunta amante, nombre que hubiera preferido por tratarse del que yo conocía gracias a las telenovelas que veía con mis abuelos cuando los visitaba) y la leyó enterándose de que lo habíamos abandonado y que empezaríamos una nueva vida en un lugar remoto y desconocido.
—Aprenderá a valorar a su familia. Ya fue suficiente con todo el mal que nos ha hecho todos estos años. No puede burlarse más de nosotros— decía mi madre compartiendo su venganza como si nosotros fuéramos los agraviados con la promiscuidad de mi padre. Mi hermana no le decía nada, creo que le aburría el tema y nunca fue buena para la hipocresía. Yo, en cambio, le contestaba larga y concienzudamente, tomando prestadas frases hechas y palabras aprendidas en los dramas televisados y libros de superación personal. Parecía reconfortarse con ellas y hacerse de valor para organizar nuestra nueva vida. Había que buscar pronto una casa, había que inscribirnos a la escuela, ella tenía que buscar trabajo.
—Pero ¿por qué se vino para acá señora? ¡con el calorón que hace! Y tan peligroso... ¿ya vió la cantidad de mancos y cojos que hay por la ciudad? Son los cañeros, la gente de la selva que con el alcohol se pone violenta y todo quiere arreglarlo a machetazos...
—Ya le dije que a mi marido lo cambiaron para acá. Yo me adelanté para buscar una casa a mi gusto y meter a mis hijos a la escuela.
—Pues es bonita la ciudad, ¿verdad? Pero pues ha de estar más bonito allá donde vivía, señora, hasta mi sobrina ya quiere irse para allá, fíjese.
Mi madre encontró un departamento frente al Reloj de las Tres Caras. Era amplio y barato, esto último quizá porque daba al poniente haciéndolo inhabitable por las tardes; quizá también porque daba a una gasolinera que llenaba de olor a combustible toda la cuadra. Pronto nos mudaríamos. Lo mismo haría nuestro vecino de la casa de asistencia que había aficionado a mi hermana a las revistas de vaqueros. La dueña estaba cada vez más nerviosa, no sé bien si porque sus inquilinos nos largábamos o si por el brutal calor que hacia el final de agosto hacía indistinguibles las noches de los días. Mi madre empezó a relajar la vigilancia a la que nos sometía y ya nos dejaba ir a la plaza solos: sentada en el balcón escribía cartas (o eso me parecía) y se convencía de que nos estaba mirando cuando en realidad podíamos perdernos por horas.
—Ya nos vamos a ir a otra casa— le dije a Max detrás del templo. Él había puesto la caja de dulces de su hermanito en el suelo, le había dicho que se fuera a jugar.
—Pues es que no se pueden quedar todo el tiempo en una casa de asistencia.
—Ya no vamos a jugar, ¿verdad? Ya no te voy a ver— le dije.
—Siempre habrá con quien jugar— me dijo tomando mi mano izquierda y metiéndola en uno de los bolsillos rotos de su pantalón.
Cuando volví corriendo a la plaza ya empezaba a oscurecer. Mi hermana coincidió conmigo y juntos volvimos corriendo a casa. Desde la escalera por la que se subía a la terraza ya se escuchaban los gritos de la dueña: "¡Te hubieras muerto tú!", "Hija de puta". Asustados, vimos que desgreñaba a su sobrina por haber roto un espejo. La muchacha trataba de liberarse y tenía herida una mano.
—¿Dónde estaban ustedes caramba?— nos dijo mi madre desde la puerta de nuestra habitación. —¿Qué no ven que ya nos vamos?
Las maletas estaban listas, todas nuestras cosas empacadas. Mi madre llamó a mi padre varias veces. A la tercera le dijo dónde estábamos. Mi padre fue con nosotros y ni él ni ella trabajaron durante un año, consumiendo sus ahorros. Mi caja de monedas también desapareció.
—No hay que abusar del ventilador porque la luz es muy cara. Es preferible dejar abiertas las puertas del balcón y la habitación porque así se crea una corriente de aire muy agradable. O salgan a la terraza y convivan con los demás huéspedes: las macetas y enredaderas la hacen más fresca y las losas del suelo son frías aun en plena canícula. Mi sobrina prepara unos jugos y licuados muy buenos, fríos si gustan, es una buena muchacha. O salgan a la plaza, ¿eh? Hay más niños ahí con quienes jugar y todo está muy arbolado hasta llegar al río.
Mi madre asentía deteniendo el par de puertas de nuestra habitación para impedir que ella pasara, aunque la dueña se las arreglaba para mirar por encima de sus hombros. Vigilaba que no trajésemos nuevos aparatos como los varios huéspedes que se habían hecho de pequeñas teles portátiles o radios que encendían a hurtadillas. Ella golpeaba las puertas de las habitaciones cuando consideraba que ya habían gastado más energía de la permitida y pasadas las once no dejaba de insistir en que apagaran la luz de las habitaciones "para no molestar a los demás". Era una vieja especial.
Aquel mes en la casa de asistencia me dediqué a ordenar repetidas veces la colección de monedas que había traído conmigo cuando salimos huyendo de casa: las monedas de los setentas con sus formas hexagonales y dentadas, las de los ochentas mucho más pequeñas y ligeras, claramente inservibles, las extranjeras que provenían en buena parte de las que me regalara mi tía Eugenia en la última Navidad. Las llevaba en una caja de madera que me había regalado mi tío Roberto y tras cada conteo y clasificación debía volver a colocarlas dentro y permitir que se revolvieran. Mi hermana se aburría de verme hacer esto y hacía migas con el pachuco de la habitación de al lado, un hombre de unos cincuenta años que no dejaba de subirla a sus piernas para hacerle caballito y cuya habitación estaba invadida de revistas: muchas de vaqueros, algunas de chicas con las tetas al aire y otras todavía más raras donde posaban jovencitos desnudos con rostro de santo compungido. No creí prudente decirle nada a mi madre, aunque ella se expresó muchas veces con repugnancia del vecino y alguna vez me dijo que lo descubrió en el baño limpiándose sangre del culo. "Qué asco, debe ser homosexual", me dijo.
Todos los días, hacia las seis de la tarde, mi madre nos llevaba a la plaza de enfrente. Poco después los árboles se llenaban de pájaros escandalosos que tapizaban de mierda blanquecina la explanada, levantando un fuerte olor a azufre y humedad que se mezclaba con el de los azolves del río. Mi hermana y yo correteábamos un poco por las jardineras y hacíamos caso omiso de los vendedores de dulces que tenían nuestra edad y querían ganarse nuestro contacto ofreciéndonos mercancía a bajos precios. Eran niños descalzos y sucios que vivían del otro lado del río y a los que a veces acompañaban sus hermanos mayores, también descalzos. Mientras mi madre se metía al templo a meditar (decía que sólo se podía pensar con techos suficientemente altos) y el vecino de nuestra habitación se acercaba a mi hermana para pasearla en sus hombros luego de vigilarla largamente desde su balcón, yo aprovechaba para hablar con los chicos mayores que siempre llevaban sus pantalones rotos dejando ver ropa interior de colores inusitados. Los recreaba luego en el sofocado insomnio de las noches de aire denso y detenido en que escuchaba llorar a mi madre y me fingía dormido con los ojos entrecerrados. Recordando las marcadas venas de sus pies morenos conseguía quedarme dormido, apretado contra mi entrepierna, a salvo de la angustia de mi madre.
Mi colección de trailers —nunca me gustaron los cochecitos— se quedó en la vieja casa, en la otra ciudad. También quedaron allá el fuerte fronterizo Exit West con sus soldaditos e indios, el castillo de Fisher Precios y el módulo lunar con dos o tres monitos de la Guerra de las Galaxias; los cubos de madera pintados de muchos colores y los libros y discos y cassettes; las macetas y los muebles y los manteles; buena parte de nuestra ropa y hasta el perro que imagino habrá muerto de inanición. Mi madre y yo tratábamos de obtener placer de imaginar la cara de mi padre cuando volvió del trabajo aquel viernes y no nos encontró, cuando abrió aquella carta que quedó sobre la mesa con la foto de "la vieja" (así se refería mi madre a la presunta amante, nombre que hubiera preferido por tratarse del que yo conocía gracias a las telenovelas que veía con mis abuelos cuando los visitaba) y la leyó enterándose de que lo habíamos abandonado y que empezaríamos una nueva vida en un lugar remoto y desconocido.
—Aprenderá a valorar a su familia. Ya fue suficiente con todo el mal que nos ha hecho todos estos años. No puede burlarse más de nosotros— decía mi madre compartiendo su venganza como si nosotros fuéramos los agraviados con la promiscuidad de mi padre. Mi hermana no le decía nada, creo que le aburría el tema y nunca fue buena para la hipocresía. Yo, en cambio, le contestaba larga y concienzudamente, tomando prestadas frases hechas y palabras aprendidas en los dramas televisados y libros de superación personal. Parecía reconfortarse con ellas y hacerse de valor para organizar nuestra nueva vida. Había que buscar pronto una casa, había que inscribirnos a la escuela, ella tenía que buscar trabajo.
—Pero ¿por qué se vino para acá señora? ¡con el calorón que hace! Y tan peligroso... ¿ya vió la cantidad de mancos y cojos que hay por la ciudad? Son los cañeros, la gente de la selva que con el alcohol se pone violenta y todo quiere arreglarlo a machetazos...
—Ya le dije que a mi marido lo cambiaron para acá. Yo me adelanté para buscar una casa a mi gusto y meter a mis hijos a la escuela.
—Pues es bonita la ciudad, ¿verdad? Pero pues ha de estar más bonito allá donde vivía, señora, hasta mi sobrina ya quiere irse para allá, fíjese.
Mi madre encontró un departamento frente al Reloj de las Tres Caras. Era amplio y barato, esto último quizá porque daba al poniente haciéndolo inhabitable por las tardes; quizá también porque daba a una gasolinera que llenaba de olor a combustible toda la cuadra. Pronto nos mudaríamos. Lo mismo haría nuestro vecino de la casa de asistencia que había aficionado a mi hermana a las revistas de vaqueros. La dueña estaba cada vez más nerviosa, no sé bien si porque sus inquilinos nos largábamos o si por el brutal calor que hacia el final de agosto hacía indistinguibles las noches de los días. Mi madre empezó a relajar la vigilancia a la que nos sometía y ya nos dejaba ir a la plaza solos: sentada en el balcón escribía cartas (o eso me parecía) y se convencía de que nos estaba mirando cuando en realidad podíamos perdernos por horas.
—Ya nos vamos a ir a otra casa— le dije a Max detrás del templo. Él había puesto la caja de dulces de su hermanito en el suelo, le había dicho que se fuera a jugar.
—Pues es que no se pueden quedar todo el tiempo en una casa de asistencia.
—Ya no vamos a jugar, ¿verdad? Ya no te voy a ver— le dije.
—Siempre habrá con quien jugar— me dijo tomando mi mano izquierda y metiéndola en uno de los bolsillos rotos de su pantalón.
Cuando volví corriendo a la plaza ya empezaba a oscurecer. Mi hermana coincidió conmigo y juntos volvimos corriendo a casa. Desde la escalera por la que se subía a la terraza ya se escuchaban los gritos de la dueña: "¡Te hubieras muerto tú!", "Hija de puta". Asustados, vimos que desgreñaba a su sobrina por haber roto un espejo. La muchacha trataba de liberarse y tenía herida una mano.
—¿Dónde estaban ustedes caramba?— nos dijo mi madre desde la puerta de nuestra habitación. —¿Qué no ven que ya nos vamos?
Las maletas estaban listas, todas nuestras cosas empacadas. Mi madre llamó a mi padre varias veces. A la tercera le dijo dónde estábamos. Mi padre fue con nosotros y ni él ni ella trabajaron durante un año, consumiendo sus ahorros. Mi caja de monedas también desapareció.
domingo, abril 28, 2013
Sin sueños
—Yo lo único que pido es un poco menos de vulgaridad —le dije al padre Valdivia en mi última visita al claustro de San Juan Bosco— una salida a este asco universal que me posee.
—No te podemos recibir aquí, no tienes vocación —me dijo— Huir es tarea de suicidas y como no has reunido aun el valor para ello, tendrás que arreglártelas en ese fango en que está convertido el mundo. Es una expresión dramática en la que por supuesto no creo. El mundo siempre ha sido esta mezcla de caos y turbiedad, no cabe escandalizarse de ello. Pero hay quienes lo sobrellevan con más realismo que tú porque en su ignorancia o inteligencia cuentan con una virtud capital: la de no tomarse en serio, la de no hacer caso a su finitud y renunciar a su singularidad (o darla por sentado sin contraste: mejor todavía), la de equipararse a los animales en su presunta inconsciencia de la muerte que los salva del delirio de trascendencia.
—No sé si los animales ignoran que van a morir, padre Valdivia. Alguna vez mi tío Higinio se asoció con mi tío Daniel en la cría de cerdos. Los chiqueros rebosaban de mierda y maíz, los animales no hacían otra cosa que tragar lo que encontraban, incluso sus propias crías si no las apartaban a tiempo luego del nacimiento. El negocio no prosperó y casi todos los animales fueron vendidos. Cuando ya quedaban dos o tres, decidieron sacrificarlos para hacer una de esas fiestas atroces de que está lleno el país todos los fines de semana (carne bañada en grasas sobrequemadas acompañada de bebidas azucaradas, vino y cerveza aguachinados, música que rebasa la capacidad de las bocinas para reproducir eructos). Mis tíos se presentaron al chiquero con un par de cuchillos enormes cuyo brillo quizá explicara la inquietud inmediata que se apoderó de los cerdos, aun antes de que cualquiera de ellos fuese perseguido o herido de muerte. Sabían que iban a morir. Yo los miré por encima de la barda y uno de los más desesperados se detuvo frente a mí y encajó sus ojos minúsculos en los míos en una expresión de horror que nunca olvidaré. Su pausa cavilatoria le costó la vida porque mi tío Higinio le clavó enseguida un cuchillo en el cuello aprovechando su inmovilidad. Un chorro de sangre brotó de inmediato mezclándose en el suelo con las heces y el maíz quebrado. El animal gruñó hasta que se desplomó en el suelo, convulso. Sus ojos quedaron abiertos con la misma expresión de cuando se detuvo a verme.
—No te desvíes, hijo. Sabes bien que los animales huelen las secreciones debidas a la excitación, el pánico o el apareamiento. No componen sinfonías ni se dejan abrumar por el escaso progreso de la ciencia. No hay reflexión.
—Puede ser. Pero mi inconformidad no es profesional, padre. No me decepciona tanto descubrir que no estoy llamado a revolucionar el pensamiento científico ni que la creación de nuevo conocimiento en estos tiempos sea una labor burocratizada con jerarquías y métodos y vicios; lo que me apena es no encontrar a mi alrededor un interés auténtico por ese saber que quedó bajo nuestra égida. Mis colegas olvidaron el placer de sus respectivas profesiones, apenas hacen amago de querer transmitirlo y por eso se hacen llamar docentes, pero son voceros tan apasionados por sus invariables repeticiones como un ayudante de contaduría. Que las instituciones estén cooptadas por gentuza como el Dr. Kurva sería más tolerable si tuviese al lado personas con una proporción mínima de raciocinio y moral, con una pizca de genuino interés e inteligencia, de amistad.
—No eres un hombre religioso, lo fuiste. Si aun conservaras esa capacidad en tu corazón podrías sobrellevar tu soledad con más dignidad y no te asaltarían pensamientos apocalípticos disfrazados de ascetismo. Confiarías en que Dios está por venir, en que la asimetría que te rodea es temporal, pero también con motivaciones tan sensatas como inescrutables. Pero sufres justamente porque entre el animal que ignora que va a morir y no concibe trascendencias y el hombre espiritual que erige un templo en su interior para lidiar con el mundo, has escogido la tercera vía: la del ateísmo arrogante que cuando ve flaquear sus fuerzas descubre que no quiere Dios, pero quiere amigos, no quiere religión, pero quiere ciencia, no quiere espiritualidad, pero no soporta que la gente sea más práctica y menos idealista que él. No sabes jugar con tus propias reglas.
—Pero padre: corazón, espíritu, trascendencia, ¿cómo van a salvarme esas palabras? Usted me conoció de niño en su parroquia de San Gregorio Magno. Usted me vio acudir cada domingo a misa, hacer la primera o segunda lecturas con devoción, regresar a mi casa convencido y en paz y en orden, listo para iniciar otra semana en la escuela y sacar las mejores calificaciones y obedecer a mi mamá y tratar de ser amigo de mis compañeros. Era fácil y hasta placentero. Pero a los dieciséis algo se quebró irremediablemente y no pude más. Ignoro qué lo causó, si el paulatino descubrimiento de las inconsistencias del mundo, las contradicciones de mis figuras de autoridad, la incompatibilidad de mi vida sexual con la sociedad que me estaba criando, no sé, pudo ser cualquier cosa. Los jóvenes no toleramos la incongruencia y somos incapaces de ver la propia. Por eso, sin percatarme, hice una sustitución: confié en la limpieza de mi ciencia para ir por el mundo y distanciarme de lo que se me aparecía podrido. Una religión por otra.
—Y volvieron los problemas. El cuento es conocido, hijo. Todo fue puro mientras tu madre y tus maestros te pudieron mantener al margen del mundo. Cuando esto ya no fue posible hiciste tu elección, sustitución dices. Pues bien. Lo que siguió fue peor, ¿no es cierto? Años de comprobar que nada era lo que decía ser, de confrontaciones y destierros, de ir hasta el fin del mundo sólo para confirmar lo que ya sospechabas: que todo cojea, que a la justicia le falta un ojo, que las bases que escogiste para edificar una vida congruente las comparten mercenarios y corruptos, sanguijuelas y parásitos, canallas de toda ralea y aun las presiden mafiosos como el Dr. Kurva. Una diferencia hay respecto a tu primera gran decepción de los dieciséis: ahora tu tiempo ha pasado ya.
—Lo que hacemos importa, padre Valdivia. Usted debe estar de acuerdo.
—No me metas en tu saco, yo no tengo esos problemas. No me considero particularmente sabio, pero tuve la fortuna de aprender a ambicionar muy poco. Lo que hacemos importa, sí. Lo que hacemos, no lo que dejamos de hacer. ¿Podrás un día tener el amor suficiente para hacer algo sin que te falte el aliento a los cinco minutos por considerar que tampoco eso merece atención? No lo sé. Tu salud flaquea, quizá esto se resuelva antes de lo previsto.
—O me suicide. Luna lo hizo y me enseñó matemáticas durante dos años, justamente al final de mi período religioso. Él tuvo motivaciones de salud, cáncer pulmonar me parece, pero también económicas y sin duda religiosas, pues era un hombre que se preciaba de ser ultracatólico y tenía un modo de vida circunspecto que...
—Sí, sí, todas las virtudes de quien ya escogió la derrota y no puede ser vencido, ¿verdad? Quieres abandonar, quieres venir a este claustro o a un país extranjero y remoto. Quieres hacer voto de silencio para no participar de la cháchara estúpida del mundo que te ha decepcionado. Pero eres demasiado ambicioso para saltar del barco que construíste por mucho que haga agua y falten víveres y las ratas se traguen ya entre sí. Te quedarás en él. Quizá más pronto que tarde no te quede más que una sola tabla en qué apoyarte y las olas se te aparezcan cada vez más crecidas y el cielo se encapote como un ojo amoratado. Cuestión de tiempo para que entonces te dejes hundir quietamente y desaparezcas en las profundidades, marinero perdido que por fin recogerá su premio... Ahora debo irme. Que Dios te bendiga, hijo.
—Padre Valdivia, yo... —se levantó de su silla, desapareció tras los portales.
De vuelta a casa me he echado a dormir. Sin sueños.
—No te podemos recibir aquí, no tienes vocación —me dijo— Huir es tarea de suicidas y como no has reunido aun el valor para ello, tendrás que arreglártelas en ese fango en que está convertido el mundo. Es una expresión dramática en la que por supuesto no creo. El mundo siempre ha sido esta mezcla de caos y turbiedad, no cabe escandalizarse de ello. Pero hay quienes lo sobrellevan con más realismo que tú porque en su ignorancia o inteligencia cuentan con una virtud capital: la de no tomarse en serio, la de no hacer caso a su finitud y renunciar a su singularidad (o darla por sentado sin contraste: mejor todavía), la de equipararse a los animales en su presunta inconsciencia de la muerte que los salva del delirio de trascendencia.
—No sé si los animales ignoran que van a morir, padre Valdivia. Alguna vez mi tío Higinio se asoció con mi tío Daniel en la cría de cerdos. Los chiqueros rebosaban de mierda y maíz, los animales no hacían otra cosa que tragar lo que encontraban, incluso sus propias crías si no las apartaban a tiempo luego del nacimiento. El negocio no prosperó y casi todos los animales fueron vendidos. Cuando ya quedaban dos o tres, decidieron sacrificarlos para hacer una de esas fiestas atroces de que está lleno el país todos los fines de semana (carne bañada en grasas sobrequemadas acompañada de bebidas azucaradas, vino y cerveza aguachinados, música que rebasa la capacidad de las bocinas para reproducir eructos). Mis tíos se presentaron al chiquero con un par de cuchillos enormes cuyo brillo quizá explicara la inquietud inmediata que se apoderó de los cerdos, aun antes de que cualquiera de ellos fuese perseguido o herido de muerte. Sabían que iban a morir. Yo los miré por encima de la barda y uno de los más desesperados se detuvo frente a mí y encajó sus ojos minúsculos en los míos en una expresión de horror que nunca olvidaré. Su pausa cavilatoria le costó la vida porque mi tío Higinio le clavó enseguida un cuchillo en el cuello aprovechando su inmovilidad. Un chorro de sangre brotó de inmediato mezclándose en el suelo con las heces y el maíz quebrado. El animal gruñó hasta que se desplomó en el suelo, convulso. Sus ojos quedaron abiertos con la misma expresión de cuando se detuvo a verme.
—No te desvíes, hijo. Sabes bien que los animales huelen las secreciones debidas a la excitación, el pánico o el apareamiento. No componen sinfonías ni se dejan abrumar por el escaso progreso de la ciencia. No hay reflexión.
—Puede ser. Pero mi inconformidad no es profesional, padre. No me decepciona tanto descubrir que no estoy llamado a revolucionar el pensamiento científico ni que la creación de nuevo conocimiento en estos tiempos sea una labor burocratizada con jerarquías y métodos y vicios; lo que me apena es no encontrar a mi alrededor un interés auténtico por ese saber que quedó bajo nuestra égida. Mis colegas olvidaron el placer de sus respectivas profesiones, apenas hacen amago de querer transmitirlo y por eso se hacen llamar docentes, pero son voceros tan apasionados por sus invariables repeticiones como un ayudante de contaduría. Que las instituciones estén cooptadas por gentuza como el Dr. Kurva sería más tolerable si tuviese al lado personas con una proporción mínima de raciocinio y moral, con una pizca de genuino interés e inteligencia, de amistad.
—No eres un hombre religioso, lo fuiste. Si aun conservaras esa capacidad en tu corazón podrías sobrellevar tu soledad con más dignidad y no te asaltarían pensamientos apocalípticos disfrazados de ascetismo. Confiarías en que Dios está por venir, en que la asimetría que te rodea es temporal, pero también con motivaciones tan sensatas como inescrutables. Pero sufres justamente porque entre el animal que ignora que va a morir y no concibe trascendencias y el hombre espiritual que erige un templo en su interior para lidiar con el mundo, has escogido la tercera vía: la del ateísmo arrogante que cuando ve flaquear sus fuerzas descubre que no quiere Dios, pero quiere amigos, no quiere religión, pero quiere ciencia, no quiere espiritualidad, pero no soporta que la gente sea más práctica y menos idealista que él. No sabes jugar con tus propias reglas.
—Pero padre: corazón, espíritu, trascendencia, ¿cómo van a salvarme esas palabras? Usted me conoció de niño en su parroquia de San Gregorio Magno. Usted me vio acudir cada domingo a misa, hacer la primera o segunda lecturas con devoción, regresar a mi casa convencido y en paz y en orden, listo para iniciar otra semana en la escuela y sacar las mejores calificaciones y obedecer a mi mamá y tratar de ser amigo de mis compañeros. Era fácil y hasta placentero. Pero a los dieciséis algo se quebró irremediablemente y no pude más. Ignoro qué lo causó, si el paulatino descubrimiento de las inconsistencias del mundo, las contradicciones de mis figuras de autoridad, la incompatibilidad de mi vida sexual con la sociedad que me estaba criando, no sé, pudo ser cualquier cosa. Los jóvenes no toleramos la incongruencia y somos incapaces de ver la propia. Por eso, sin percatarme, hice una sustitución: confié en la limpieza de mi ciencia para ir por el mundo y distanciarme de lo que se me aparecía podrido. Una religión por otra.
—Y volvieron los problemas. El cuento es conocido, hijo. Todo fue puro mientras tu madre y tus maestros te pudieron mantener al margen del mundo. Cuando esto ya no fue posible hiciste tu elección, sustitución dices. Pues bien. Lo que siguió fue peor, ¿no es cierto? Años de comprobar que nada era lo que decía ser, de confrontaciones y destierros, de ir hasta el fin del mundo sólo para confirmar lo que ya sospechabas: que todo cojea, que a la justicia le falta un ojo, que las bases que escogiste para edificar una vida congruente las comparten mercenarios y corruptos, sanguijuelas y parásitos, canallas de toda ralea y aun las presiden mafiosos como el Dr. Kurva. Una diferencia hay respecto a tu primera gran decepción de los dieciséis: ahora tu tiempo ha pasado ya.
—Lo que hacemos importa, padre Valdivia. Usted debe estar de acuerdo.
—No me metas en tu saco, yo no tengo esos problemas. No me considero particularmente sabio, pero tuve la fortuna de aprender a ambicionar muy poco. Lo que hacemos importa, sí. Lo que hacemos, no lo que dejamos de hacer. ¿Podrás un día tener el amor suficiente para hacer algo sin que te falte el aliento a los cinco minutos por considerar que tampoco eso merece atención? No lo sé. Tu salud flaquea, quizá esto se resuelva antes de lo previsto.
—O me suicide. Luna lo hizo y me enseñó matemáticas durante dos años, justamente al final de mi período religioso. Él tuvo motivaciones de salud, cáncer pulmonar me parece, pero también económicas y sin duda religiosas, pues era un hombre que se preciaba de ser ultracatólico y tenía un modo de vida circunspecto que...
—Sí, sí, todas las virtudes de quien ya escogió la derrota y no puede ser vencido, ¿verdad? Quieres abandonar, quieres venir a este claustro o a un país extranjero y remoto. Quieres hacer voto de silencio para no participar de la cháchara estúpida del mundo que te ha decepcionado. Pero eres demasiado ambicioso para saltar del barco que construíste por mucho que haga agua y falten víveres y las ratas se traguen ya entre sí. Te quedarás en él. Quizá más pronto que tarde no te quede más que una sola tabla en qué apoyarte y las olas se te aparezcan cada vez más crecidas y el cielo se encapote como un ojo amoratado. Cuestión de tiempo para que entonces te dejes hundir quietamente y desaparezcas en las profundidades, marinero perdido que por fin recogerá su premio... Ahora debo irme. Que Dios te bendiga, hijo.
—Padre Valdivia, yo... —se levantó de su silla, desapareció tras los portales.
De vuelta a casa me he echado a dormir. Sin sueños.
domingo, abril 21, 2013
Argumentieren Sie nie mit einem Idioten
Decía el padre Valdivia —que aunque no era psiquiatra pasó su vida en sanatorios mentales— que la presunción de sanidad mental que uno hace sobre los demás es demasiado fuerte para abandonarla ante cualquier cúmulo de evidencias en contra. Deseamos creer que los demás están cuerdos, aun si manifiestamente no lo están. Poco importa que se nos presente un individuo alcoholizado o Down o víctima de alguna atroz enfermedad mental, nos resistimos a descartar el razonamiento y a no dar crédito a sus palabras, nos gana la idea de que alguna parte de lo que dicen debe ser tomada en cuenta y así terminamos imperceptiblemente envueltos en su discurso y aun disgustados o actuando movidos por lo que nos provocó el intercambio. Una desafortunada tendencia.
Cuando volví a mi patria —un poco a regañadientes y seguro de que no volvería a alcanzar el mismo nivel— acepté gustoso la invitación del Doctor Kurva a colaborar, no sólo porque era un experto con gran influencia en los organismos científicos de este país (desde siempre embobado con los extranjeros, sobre todo si son rubios y tienen nombres manifiestamente foráneos; en el caso de ciencias más si son eslavos), cuanto porque no tenía colegas con los cuáles trabajar o tan siquiera hablar de aquello a lo que me había dedicado en mis largos años extranjeros: mis compatriotas sólo tenían tiempo para fútbol, pleitos domésticos, alguna borrachera aislada y mucho cotilleo enmedio de carbohidratos desmedidos y grasas polisaturadas. Una oportunidad extraordinaria, pensé, pues al Doctor Kurva lo conocen y citan en todas partes del mundo, le invitan a universidades francesas y norteamericanas (como aquella en la que lo conocí cuando allá vivía) e hindúes e israelitas y aun australianas, según me he enterado luego.
—Te invito porque eres hombre capaz y talentoso, no cualquiera trabaja con el Doctor War por años, por eso contacto a ti, por eso quiero colaboremos— me decía en su español aproximativo de artículos ausentes o mal empleados, respirando con la dificultad inherente de sus ciento treinta y cinco kilos de peso y sesenta años de edad.
—Gracias Doctor, por supuesto que me interesa realizar trabajo conjunto.
Apenas me hice de la plaza, lo invitamos. Lo recibí con emoción, pensando con ingenuidad que le interesaba la ciencia, su país adoptivo —el mío— y hasta algunos aspectos culturales y filosóficos, pues prodigaba consejos como un patriarca y opinaba sobre lo público, lo privado y lo que se terciara sin apenas reparar en su pertinencia. No escuchaba, claro está, pero yo lo atribuía meramente a que no nos encontrábamos a su altura. Trabajé mucho en aquella semana siguiendo sus sugerencias. Me obligaba a estudiar los temas en los que él era experto y a utilizar los míos como meros apéndices para completar sus ideas. Pensé —como un primerizo— que aprendería mucho de él, o tal vez fuera simplemente que me traicionaba mi antigua necesidad de mentores, mi vieja creencia en los guías o maestros.
—Envidia es termómetro de mis éxitos— me decía parafraseando a Dalí. —Mira este correo que recibí hoy por mañana.
Solía hacer esa clase de revelaciones para impresionarnos con su prestigio: correos donde otros expertos le reclamaban prácticas mafiosas y sectarias en comités internacionales de evaluación para revistas, conferencias, publicación de libros y aprobación de proyectos. Flagrantemente hacía o contestaba llamadas innecesarias de otros colaboradores suyos sólo para demostrar que movía los hilos, que influía, que nada se escapaba a su conocimiento ni prescindía de su aprobación.
Se hacía recibir en el aeropuerto, hospedar en hoteles con alberca (en esta ciudad en que escasea el agua) y llevar a desayunar, comer y cenar mariscos, especialmente ostiones. Luego de sus excesos gastronómicos se quedaba dormido en el sillón de mi oficina, para regocijo de mis estudiantes y del propio director que empezaba a bromearme veladamente sobre el asunto: "¿Colaboran en la degustación de ostiones, cabrón?", "¿Cuántos kilos de carne va a costar su próxima visita?". Despertaba para dar instrucciones, pero nunca programaba una línea ni escribía una sola ecuación, apenas señalaba con el dedo, decía si íbamos bien o mal según su parecer, a veces simplemente balbuceaba.
—La nuestra ciencia es matemática, pero también relaciones. Tú debes casarte —me decía elevando los ojos pequeños detrás de sus gruesos lentes— porque sin mujer no hay integración social, debes comprar terreno, debes mostrar estudiantes que ciencia sí da dinero para vivir bien, como hace Doctor A.
—El Doctor A tiene su dinero por antigüedad, Doctor, no por trabajo científico.
—Es igual: él muestra a mundo cómo vivir, para la ciencia te tiene a ti.
—Es injusto, ¿no le parece? A veces no veo cómo vamos a hacer escuela, esto es casi un trabajo individual.
—Pero tienes apoyo, yo te di nivel de investigador en evaluaciones, con eso ya tendrás cincuenta mil pesos ¿no?
—No Doctor, no llego a la mitad.
—¿En serio? Qué lástima. Hay que publicar resultados que hicimos.
No se publicaron, pese a que nos expolió un par de visitas más a lo largo de diez meses. Con extraordinaria lentitud nos hizo corregir o agregar detalles adicionales minúsculos en trabajos que ya dábamos por terminados. Nunca quedaba satisfecho, lo que no supe bien si atribuir a nuestra incapacidad o a su perfeccionismo. Pero pedirle que él hiciera los ajustes necesarios era imposible: no estaba dispuesto a invertir un solo minuto de su tiempo como no fuera para nadar en la piscina del hotel, controlar por medio de correos y llamadas a sus colaboradores y comer ostiones. Cuando por fin no tuvo más qué decir de uno de los trabajos realizados, dijo:
—Creo que esta idea no tiene mucha carne. Qué lástima.
El director me citó a las pocas semanas de la última visita del Doctor Kurva. Temí que me sancionara con justa razón por haberle convencido de invertir en personaje tan impresentable, pero no contaba con que la advertencia del padre Valdivia lo abarcara a él también: si yo había obrado con ingenuidad, él agregaría un eslabón más a aquella inverosímil cadena, todavía confiado en los beneficios del trato con el Doctor Kurva:
—Hay un excedente presupuestal, mínimo, pero excedente. ¿Qué te parece si vas a la capital y terminan ahí el trabajo? ¿te convendría eso?— me propuso el director.
Acepté. El Doctor Kurva se apresuró a ofrecerme su casa:
—Mi casa es tu casa. Es tradición del mío país dar casa a amigos. Para enemigos es hotel.
Debí haber aceptado, pero no lo hice. Me quedé en un hotel del centro alegando que aquello ya estaba pagado por mi universidad.
Kurva no alteró en nada sus rutinas y apenas tomó en cuenta mi existencia. Se fue de viaje en la segunda semana de mi estancia, me dejó plantado en una ocasión afuera de su casa, me invitó a comer una sola vez. Los trabajos pendientes siguieron estándolo a la espera de que su eminencia se hiciera cargo. Di por sentado que nunca lo haría y así regresé desilusionado a provincia. En castigo, el director aumentó mi número de clases este semestre.
Hoy recibí correo del Doctor Kurva. Me dice que hay una convocatoria para ellos a fin de visitar universidades foráneas. Éstas tienen que pagar la estancia y la mitad del pasaje, ellos ponen la otra mitad del transporte. Me indica —me instruye— que llene la solicitud que él debe llenar. El padre Valdivia ha escuchado el caso y me recomienda internarlo. Le pido que mejor me lleve a mí.
Cuando volví a mi patria —un poco a regañadientes y seguro de que no volvería a alcanzar el mismo nivel— acepté gustoso la invitación del Doctor Kurva a colaborar, no sólo porque era un experto con gran influencia en los organismos científicos de este país (desde siempre embobado con los extranjeros, sobre todo si son rubios y tienen nombres manifiestamente foráneos; en el caso de ciencias más si son eslavos), cuanto porque no tenía colegas con los cuáles trabajar o tan siquiera hablar de aquello a lo que me había dedicado en mis largos años extranjeros: mis compatriotas sólo tenían tiempo para fútbol, pleitos domésticos, alguna borrachera aislada y mucho cotilleo enmedio de carbohidratos desmedidos y grasas polisaturadas. Una oportunidad extraordinaria, pensé, pues al Doctor Kurva lo conocen y citan en todas partes del mundo, le invitan a universidades francesas y norteamericanas (como aquella en la que lo conocí cuando allá vivía) e hindúes e israelitas y aun australianas, según me he enterado luego.
—Te invito porque eres hombre capaz y talentoso, no cualquiera trabaja con el Doctor War por años, por eso contacto a ti, por eso quiero colaboremos— me decía en su español aproximativo de artículos ausentes o mal empleados, respirando con la dificultad inherente de sus ciento treinta y cinco kilos de peso y sesenta años de edad.
—Gracias Doctor, por supuesto que me interesa realizar trabajo conjunto.
Apenas me hice de la plaza, lo invitamos. Lo recibí con emoción, pensando con ingenuidad que le interesaba la ciencia, su país adoptivo —el mío— y hasta algunos aspectos culturales y filosóficos, pues prodigaba consejos como un patriarca y opinaba sobre lo público, lo privado y lo que se terciara sin apenas reparar en su pertinencia. No escuchaba, claro está, pero yo lo atribuía meramente a que no nos encontrábamos a su altura. Trabajé mucho en aquella semana siguiendo sus sugerencias. Me obligaba a estudiar los temas en los que él era experto y a utilizar los míos como meros apéndices para completar sus ideas. Pensé —como un primerizo— que aprendería mucho de él, o tal vez fuera simplemente que me traicionaba mi antigua necesidad de mentores, mi vieja creencia en los guías o maestros.
—Envidia es termómetro de mis éxitos— me decía parafraseando a Dalí. —Mira este correo que recibí hoy por mañana.
Solía hacer esa clase de revelaciones para impresionarnos con su prestigio: correos donde otros expertos le reclamaban prácticas mafiosas y sectarias en comités internacionales de evaluación para revistas, conferencias, publicación de libros y aprobación de proyectos. Flagrantemente hacía o contestaba llamadas innecesarias de otros colaboradores suyos sólo para demostrar que movía los hilos, que influía, que nada se escapaba a su conocimiento ni prescindía de su aprobación.
Se hacía recibir en el aeropuerto, hospedar en hoteles con alberca (en esta ciudad en que escasea el agua) y llevar a desayunar, comer y cenar mariscos, especialmente ostiones. Luego de sus excesos gastronómicos se quedaba dormido en el sillón de mi oficina, para regocijo de mis estudiantes y del propio director que empezaba a bromearme veladamente sobre el asunto: "¿Colaboran en la degustación de ostiones, cabrón?", "¿Cuántos kilos de carne va a costar su próxima visita?". Despertaba para dar instrucciones, pero nunca programaba una línea ni escribía una sola ecuación, apenas señalaba con el dedo, decía si íbamos bien o mal según su parecer, a veces simplemente balbuceaba.
—La nuestra ciencia es matemática, pero también relaciones. Tú debes casarte —me decía elevando los ojos pequeños detrás de sus gruesos lentes— porque sin mujer no hay integración social, debes comprar terreno, debes mostrar estudiantes que ciencia sí da dinero para vivir bien, como hace Doctor A.
—El Doctor A tiene su dinero por antigüedad, Doctor, no por trabajo científico.
—Es igual: él muestra a mundo cómo vivir, para la ciencia te tiene a ti.
—Es injusto, ¿no le parece? A veces no veo cómo vamos a hacer escuela, esto es casi un trabajo individual.
—Pero tienes apoyo, yo te di nivel de investigador en evaluaciones, con eso ya tendrás cincuenta mil pesos ¿no?
—No Doctor, no llego a la mitad.
—¿En serio? Qué lástima. Hay que publicar resultados que hicimos.
No se publicaron, pese a que nos expolió un par de visitas más a lo largo de diez meses. Con extraordinaria lentitud nos hizo corregir o agregar detalles adicionales minúsculos en trabajos que ya dábamos por terminados. Nunca quedaba satisfecho, lo que no supe bien si atribuir a nuestra incapacidad o a su perfeccionismo. Pero pedirle que él hiciera los ajustes necesarios era imposible: no estaba dispuesto a invertir un solo minuto de su tiempo como no fuera para nadar en la piscina del hotel, controlar por medio de correos y llamadas a sus colaboradores y comer ostiones. Cuando por fin no tuvo más qué decir de uno de los trabajos realizados, dijo:
—Creo que esta idea no tiene mucha carne. Qué lástima.
El director me citó a las pocas semanas de la última visita del Doctor Kurva. Temí que me sancionara con justa razón por haberle convencido de invertir en personaje tan impresentable, pero no contaba con que la advertencia del padre Valdivia lo abarcara a él también: si yo había obrado con ingenuidad, él agregaría un eslabón más a aquella inverosímil cadena, todavía confiado en los beneficios del trato con el Doctor Kurva:
—Hay un excedente presupuestal, mínimo, pero excedente. ¿Qué te parece si vas a la capital y terminan ahí el trabajo? ¿te convendría eso?— me propuso el director.
Acepté. El Doctor Kurva se apresuró a ofrecerme su casa:
—Mi casa es tu casa. Es tradición del mío país dar casa a amigos. Para enemigos es hotel.
Debí haber aceptado, pero no lo hice. Me quedé en un hotel del centro alegando que aquello ya estaba pagado por mi universidad.
Kurva no alteró en nada sus rutinas y apenas tomó en cuenta mi existencia. Se fue de viaje en la segunda semana de mi estancia, me dejó plantado en una ocasión afuera de su casa, me invitó a comer una sola vez. Los trabajos pendientes siguieron estándolo a la espera de que su eminencia se hiciera cargo. Di por sentado que nunca lo haría y así regresé desilusionado a provincia. En castigo, el director aumentó mi número de clases este semestre.
Hoy recibí correo del Doctor Kurva. Me dice que hay una convocatoria para ellos a fin de visitar universidades foráneas. Éstas tienen que pagar la estancia y la mitad del pasaje, ellos ponen la otra mitad del transporte. Me indica —me instruye— que llene la solicitud que él debe llenar. El padre Valdivia ha escuchado el caso y me recomienda internarlo. Le pido que mejor me lleve a mí.
domingo, abril 14, 2013
La juventud que vendría
Cuando me hundía en la alberca municipal dando brazadas —un, dos, tres, un, dos, tres— pensaba con ilusión en los días que vendrían una vez que aquello terminara y tuviese que recoger las cosas de mi cuarto y hacer las maletas y despedirme de cada colega extranjero y más o menos empático o elíptico, para volver a ti y a los desayunos dominicales en medio del murmullo del noticiero local y de los lejanos ecos del coro de la misa de diez, al reacomodo inacabable de nuestra biblioteca mínima y a los excursos nocturnos cuando te fueras a trabajar y el viento me soplara juventudes. Entre brazada y brazada tomaba aire, a veces agua, dejaba correr musiquillas en la cabeza con letras cursis y más o menos reivindicativas. Esperaba.
Yo no he sido viejo todo el tiempo y menos en la piscina, pues era entonces cuando quedaba suspendido el presente para dar paso a un cómodo limbo donde hasta el cuerpo era más ligero. Poco importaba que ya hubiese rebasado la treintena y que la depresión productiva en que me hallaba instalado no me diera apenas tiempo de rasurarme (lo que en buena medida me hacía simpático para los magrebíes y un poco menos tolerable para los franceses): yo rejuvenecía con cada minuto transcurrido con la cabeza sumergida en agua hipercolorada y los ojos hipertiroideos detrás de nublados goggles. Ilusiones, desde luego, que cualquier observador externo e imparcial, casi científico, habría descartado como infundadas, vista no sólo la cada vez mayor lentitud de mis movimientos sino también su mayor pesadez y escasa gracia. Pero lo que cuenta no es la historia que transcurre a los ojos del ojo mecánico, sino la que discurre por su anverso, aquella que preludiaba la juventud que vendría.
En definitiva eras tú la fuente de aquel optimismo, o lo que yo imaginaba de ti en aquellos minutos de ir y venir contando vueltas de cien metros y sintiendo corrientes frías o calientes según me acercaba o alejaba de la fosa de clavados. Nunca he sido bueno para engañarme, pero sí para construir sistemas filosóficos tan bien atados en su lógica interna que sean impermeables a la razón y aun resistentes a la realidad. Si esos sistemas están bajo el agua, aislados del mundanal ruido, todavía mejor. Así que de la piscina salía no sólo limpio del hedor que produce la tristeza cotidiana cuando ya se da por sentada, sino convencido de que en los días por venir —estos días— estarías tú y la juventud sería restaurada. Reanudaríamos la conversación que quedó suspendida en Santa María Tequepexpan, la investigación de nuevos sitios dónde hacer el amor, el perfeccionamiento de la receta para una buena sopa de letras. Volverían la televisión y los libros, la veintena.
Has de comprender que ahora me encuentre un poco alterado de los nervios. Ya no estoy en el norte de Francia y hace años que no veo una piscina. Los gringos sureños que me rodean —arribistas primitivos de mentalidad campesina o ganadera— sólo tienen gusto por las alberquitas de plástico y las puertas faraónicas donde posan envueltas en colores chillantes sus estúpidas hijas quinceañeras y sus obesas esposas de mosqueado aparador de carnicería. Los jóvenes no quieren otra cosa y ya se apuran a escoger la solución más estable y el futuro más acotado, la mejor sustituta de sus madres y la diversión más repetitiva posible; viejos prematuros de los que no puede venir el futuro imaginado en cientos de minutos de concentrada recreación —un, dos, tres, un dos, tres— a brazo partido en agua extranjera. Dices que ya vienes, pero no fue aquí donde acordamos volver a empezar.
Te espero. Nada deseo más. Pero sospecho que tú ya sabías que ella no volverá.
Yo no he sido viejo todo el tiempo y menos en la piscina, pues era entonces cuando quedaba suspendido el presente para dar paso a un cómodo limbo donde hasta el cuerpo era más ligero. Poco importaba que ya hubiese rebasado la treintena y que la depresión productiva en que me hallaba instalado no me diera apenas tiempo de rasurarme (lo que en buena medida me hacía simpático para los magrebíes y un poco menos tolerable para los franceses): yo rejuvenecía con cada minuto transcurrido con la cabeza sumergida en agua hipercolorada y los ojos hipertiroideos detrás de nublados goggles. Ilusiones, desde luego, que cualquier observador externo e imparcial, casi científico, habría descartado como infundadas, vista no sólo la cada vez mayor lentitud de mis movimientos sino también su mayor pesadez y escasa gracia. Pero lo que cuenta no es la historia que transcurre a los ojos del ojo mecánico, sino la que discurre por su anverso, aquella que preludiaba la juventud que vendría.
En definitiva eras tú la fuente de aquel optimismo, o lo que yo imaginaba de ti en aquellos minutos de ir y venir contando vueltas de cien metros y sintiendo corrientes frías o calientes según me acercaba o alejaba de la fosa de clavados. Nunca he sido bueno para engañarme, pero sí para construir sistemas filosóficos tan bien atados en su lógica interna que sean impermeables a la razón y aun resistentes a la realidad. Si esos sistemas están bajo el agua, aislados del mundanal ruido, todavía mejor. Así que de la piscina salía no sólo limpio del hedor que produce la tristeza cotidiana cuando ya se da por sentada, sino convencido de que en los días por venir —estos días— estarías tú y la juventud sería restaurada. Reanudaríamos la conversación que quedó suspendida en Santa María Tequepexpan, la investigación de nuevos sitios dónde hacer el amor, el perfeccionamiento de la receta para una buena sopa de letras. Volverían la televisión y los libros, la veintena.
Has de comprender que ahora me encuentre un poco alterado de los nervios. Ya no estoy en el norte de Francia y hace años que no veo una piscina. Los gringos sureños que me rodean —arribistas primitivos de mentalidad campesina o ganadera— sólo tienen gusto por las alberquitas de plástico y las puertas faraónicas donde posan envueltas en colores chillantes sus estúpidas hijas quinceañeras y sus obesas esposas de mosqueado aparador de carnicería. Los jóvenes no quieren otra cosa y ya se apuran a escoger la solución más estable y el futuro más acotado, la mejor sustituta de sus madres y la diversión más repetitiva posible; viejos prematuros de los que no puede venir el futuro imaginado en cientos de minutos de concentrada recreación —un, dos, tres, un dos, tres— a brazo partido en agua extranjera. Dices que ya vienes, pero no fue aquí donde acordamos volver a empezar.
Te espero. Nada deseo más. Pero sospecho que tú ya sabías que ella no volverá.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)