Con profundo
desánimo acompañé al secretario hasta la que sería mi oficina —sexta parte de
un absurdo conjunto hexagonal en las afueras de Tesistán, compartida con un
maestro bisoño de educados ademanes idiotas— y ahí los vi, apilados en tres
torres inestables.
—¿De quién son
esos libros?
—Eran del
profesor que ocupaba la oficina. Tenía poco de haberse instalado y tuvo que
irse por motivos de salud. Cáncer, creo. Puede tomarlos si gusta, él dijo que
cualquiera podía llevárselos.
El maestro
bisoño resultó ser el mejor de los compañeros porque nunca estaba en esa
rebanada de pay que era la oficina. Cuando estaba, encima, pasaba el tiempo en
silencio mirando la pantalla de su ordenador, luego se despedía ceremoniosa y
estúpidamente. Ese primer día, apenas se fue el secretario, le inquirí:
—De modo que
puedo llevarme estos libros, ¿eh? ¿ha tomado alguno?
—No, no, ¿cómo
cree? Lamentablemente no hay temas que me interesen. Además, no sé, es un poco
peligroso, ¿no le parece? —me dijo entreabriendo la boca y mostrando los
dientes en lo que parecía ser una sonrisa torcida. El brillo de sus lentes no
me permitía captar su mirada.
—¿A qué se
refiere?
—El hombre va
a morir. Sus libros serán pronto los objetos de un fallecido. No sé qué mala
influencia podría él tener desde el más allá dado el apego que les tenía.
—Ya veo —dije
mirándolo con severidad y dándole la espalda para quedar frente a mi
escritorio. 'Qué tipo tan estúpido', dictaminé para mis adentros, indignado.
En aquel
momento no examiné ninguno de los libros, aunque al cargarlos en grupos hasta
mi auto descubrí que eran textos de ingeniería y educación, algunos de
filosofía, todos adquiridos o impresos en los años ochenta y con claras huellas
de haber sido usados. Ya en casa pude hojearlos y advertir que la gran mayoría
presentaba subrayados, notas manuscritas al margen, a veces separadores con
indicaciones acerca del texto. De pronto, un escalofrío me recorrió el cuerpo
al reconocer el nombre rotulado en tinta china sobre una de las primeras
páginas de un tratado de electrotecnia. Era el nombre de un profesor mexicano en
Valencia con el que nunca coincidí, pero del que me hablaron muchos otros colegas
y estudiantes del departamento. 'Los nombres coinciden', me dije, '¿qué tiene
de extraño eso? Probablemente ni siquiera se trate de la misma persona'.
Seguí hojeando
los libros y comprobé que el mismo nombre estaba escrito —a veces en forma de
sello— en todos los volúmenes. Luego, en la penúltima página de un libro sobre
filosofía ignaciana en la enseñanza de la ingeniería (hay que ver cómo se las
gastan los pedagogos, sobre todo si además son religiosos), encontré el sello
de una célebre librería valenciana del barrio del Pilar: 'Carrer Guillem de
Castro 28, Valencia'. Entonces me poseyó una aprensión irracional por lo que
creía confirmaba mis sospechas: el dueño de esos libros debía ser el profesor mexicano
de Valencia.
¿Cómo habíamos
hecho para no coincidir a lo largo de tantos años? ¿cómo es posible que yo
tuviera noticias suyas indirectas por tanto tiempo y jamás accediera a la
persona en cuestión? El mismo departamento, la misma universidad, incluso la
misma librería al cabo de la calle donde tenía mi piso en aquellos años,
fingiendo que podía vivir en el extranjero (si España es el extranjero, si
acaso el ocasional valenciano o catalán podían serlo), departiendo con yonquis,
putas y camellos que me abordaban cuando salía por las noches a caminar hacia
el antiguo Turia atravesando el centro de la ciudad. Y nada. Ningún encuentro,
ninguna nota intercambiada aunque nuestras firmas consten —ahora compruebo en
documentos de la época— en no pocas actas y minutas del departamento, incluso
en un reporte final de calificaciones en donde él era el instructor de
laboratorio de la materia que yo impartía en aulas.
Era
inexplicable. No hay fotos suyas, ni en la universidad valenciana ni en este
estúpido rincón del noroeste tapatío a cuyo edificio hexagonal he venido a
parar justo después de que él se fuera. He tenido la mala idea de abordar al
colega bisoño del cubículo en busca de más detalles del misterioso maestro:
—Pero dígame,
compañero, ¿cómo era él?
—Es algo
impresionante lo del cáncer, ¿verdad? Nadie lo ve venir. Comprendo su interés,
yo mismo me sentiría incómodo de usurpar el lugar de un muerto próximo.
—¿Qué usurpar?
Yo no sabía que él trabajaba aquí y, en todo caso, ya se ha ido. Hábleme de él,
¿cómo era?
—Bueno, esa
silla en que está Usted sentado es la misma en la que él lo estuvo. Esa fue su
computadora. Ese su escritorio...
—Claro, claro,
pero él ¿cómo era?
—Perdóneme
compañero, soy muy respetuoso de la privacidad de los demás, no soy tan morboso
como Usted, aunque entiendo, claro que entiendo que quiera saber más detalles
del muerto... bueno, casi muerto porque aun no tenemos noticias de que se haya
ido, ¿verdad? Es un fantasma por así decirlo, pero hay que respetarlo,
compañero, no hay que ceder al morbo...
—Usted no me
ha entendido— respondí indignado. —No me mueve el morbo. Es sólo que he
descubierto recientemente que él estuvo en Valencia, en la misma universidad
donde yo trabajé. Pero nunca lo conocí en persona y me ha dado curiosidad.
Después de todo ahora soy el dueño involuntario de sus libros.
—Usted quiso
llevárselos. Pero dígame ¿por qué lo ha seguido desde Valencia hasta aquí, eh?
¿le debe algo?
—No señor, no
me debe nada ni he venido siguiéndolo. Ha sido una coincidencia, ¿me entiende?
No lo conozco, no he venido hasta aquí por él, ¡qué tonterías se le ocurren!
Duramos días
sin hablarnos. Quise luego averiguar la dirección del profesor en recursos
humanos y una trabajadora social gorda y muy maquillada me escribió en una
tarjetita la dirección: carrer Guillem de Castro 2, 3o. izquierdo.
—Perdone, ha
habido un error. Esta dirección no es de México, sino de Valencia, España.
—Pues es la
que tengo, maestro. A lo mejor se fue para allá.
—Eso no tiene
sentido, mire, quisiera que... en fin, olvídelo.
Recordé aquel
adagio que recomendaba no hablar con idiotas para evitar confundirse con ellos
y preferí no prolongar más la conversación. 'Este lugar está lleno de
imbéciles', me dije, 'no creo que pueda aguantar mucho tiempo y en todo caso...
', me interrumpí mirando la tarjeta. La dirección coincidía punto por punto con
la dirección de mi piso en Valencia.
—¡Tercero
izquierdo! —exclamé asustando a unas muchachas gordas y renegridas que tragaban
papitas con chile y limón. Estudiantes.
—Tercero
izquierdo —dije ya más calmado, con el corazón tamborileando bajo mi pecho.
De vuelta a
casa revisé con mayor detenimiento los libros, pensando ilusamente que habría
alguna fotografía o algún dato adicional en ellos que me permitiera identificar
a este hombre que empezaba a parecerme más usurpador de mi lugar que yo del
suyo: otros tres libros tenían el sello de la librería al cabo de la calle
valenciana (ahí donde nunca faltaban putas desde las seis de la tarde y aun en
la sofocante canícula mediterránea); sus anotaciones iban siempre en relación
con el texto; sus subrayados eran lógicos y predecibles. En suma, nada podía
sacarse de ahí que permitiera identificarlo, pero sí conocerlo, pues sus
comentarios reflejaban el pensamiento de quien se tomó demasiado en serio su
papel de enseñante, al punto de haber investigado lo que otros decían sobre el
presunto arte de transmitir conocimientos. 'Pobre hombre', me dije, 'haberle
dado crédito a estos cretinos que se ganaron la vida diciendo cómo hacer el
trabajo que él ya hacía, qué desgracia, qué ingenuidad la suya'. Yo era todo lo
opuesto a él, sin duda, pues sabía que los estudiantes eran todos una banda de
imbéciles y desalmados, quizá por culpa de su edad, tanto da, lo cierto es que
todo intento de aplicarles metodologías de aprendizaje y categorías de análisis
estaba destinado a fracasar, por necio, por irreal, por absurdo.
Me puse de pie
y al darme la vuelta tiré una de las columnas de libros al suelo. Saltó
entonces una tarjeta amarillenta que, al parecer, nunca fue enviada. Estaba
fechada en el remoto septiembre del ochenta y ocho, dirigida a una tal Eduarda
Michel, firmada por el profesor en cuestión. "No dudes en venir. Te
espero", decía escuetamente para luego proporcionar la dirección:
"Juan Manuel 202, frente al cine Cuauhtémoc". ¿Seguiría viviendo ahí
tantos años después? No perdía nada con tomar el auto e ir hasta Guadalajara,
una hora como mucho, tal vez menos porque ya es tarde y el tráfico ha
disminuido. Tengo que ir. Tengo que averiguar quién es este hombre que dijo
haber vivido en mi propio piso de Valencia mientras yo vivía ahí, bien es
verdad que pasando casi todo el día en la universidad y saliendo por las noches
hasta el Turia, sorteando putas, toxicómanos y tiradores; usando la bañera para
tomar duchas y la cocina para preparar pastas con salsas prefabricadas;
abjurando de los muebles antiguos que el dueño había dejado ahí desde fines del
franquismo y de su colección de libros de autores tan castizos como
desconocidos; revolviéndome en la habitación en las largas noches densas de la
canícula mediterránea.
Tuve que
estacionarme a dos cuadras. El centro de la ciudad, aparte de intransitable, es
un gigantesco almacén de carros. Me acerco al domicilio y un grupo de gente
está de pie en la puerta. Apenas veo sus rostros compungidos y comprendo que he
llegado demasiado tarde. Me abro paso entre los dolientes, subo escaleras, me
encuentro de pronto con un salón abarrotado, sobre todo de mujeres, en duelo.
Ahí están las coronas ("la universidad se une a la pena...",
"los estudiantes del tercer año de ingeniería lamentamos..."), cuatro
cirios descomunales (uno de ellos apagado), una cafetera en un rincón de la que
no dejan de ocuparse afanosamente un par de ancianas. Y el féretro abierto por
la mitad, con un cristal transparente, casi brillante. Puedo asomarme y mi
primer impulso es hacerlo, pero luego me viene a la memoria mi bisoño compañero
de cubículo, mismo que fue del que ahora está amortajado y en un ataúd,
perorando con estulticia sobre el morbo. Entonces alguien me toma por el brazo
y me aparta.
Es una mujer.
Es su viuda. Me dice:
—Es muy gentil
de su parte haber venido. Qué bueno que lo ha hecho. Le estaba esperando para
entregarle esto.
Es tanta mi
estupefacción que no puedo articular palabra. Con los ojos muy abiertos, extiendo
las manos.
—Dejó esta
carta para Usted. Sé que no tuvimos el gusto de conocernos, pero él me habló
mucho de Usted, de los años de Valencia, me mostró sus fotos juntos...
—Le agradezco—
digo con la voz entrecortada.
Salgo de ahí
confundido. Me subo al auto y tardo unos momentos en
decidirme a encender la marcha y avanzar. Ya en casa miro la carta sin abrirla,
sobrecogido, espantado. ¿Dónde dejé los cerillos?
domingo, enero 12, 2014
sábado, diciembre 28, 2013
7.45 A.M.
Él no supo
decirme cómo era y a los pocos días se fue. Para siempre. Alegó la enfermedad
de una tía o el accidente de un amigo cercano, ya no lo recuerdo con claridad.
Lo cierto es que se marchó y fue inútil insistirle en que hiciera memoria y se
esforzara en explicarme quién pudo buscarme en horas tan tempranas de la mañana.
Nunca fue pródigo en palabras y tiempo hubo en que aprecié su discreción como
la cualidad más importante de un asistente cercano. Pero no esta vez: quería
que hablara, que abundara, que no se cortara ni un ápice e incluyera en su discurso
sus propias dudas, sus atrevimientos, sus exageraciones, cualquier cosa que me
ayudara a identificar al desconocido.
Éste llegó un jueves, justo cuando yo había salido al parque a caminar —entre siete y ocho, calculé— y no se refirió a mí por mi nombre, sino como "el señor alto del carro". El asistente dijo antes de marcharse (poniendo fin a tres años de vivir bajo el mismo techo y comer los mismos alimentos) que aquel vestía camisa a cuadros, pantalón de mezclilla azul pálido, que no vio sus zapatos, que era muy joven, tal vez unos veinte años, que parecía tener prisa por llegar a algún lado, que llevaba un copete descomunal. Le obligué a repasar todo: el brevísimo diálogo, las circunstancias en que le sorprendió el timbre —estaba en el baño— y las fotografías de algunos de los que yo sospechaba. Sin resultado. No se parecía a nadie. No lo asociaba con nada. Y el asistente, parco de palabras, claro, no pidió su nombre ni dio el mío, aunque cometió el gravísimo error de decirle que no estaba ahí, dando por sentado que ahí vivía "el señor alto del carro". Menudo imbécil.
Me pregunto si no ha sido la tremenda zurra que le propiné con motivo de su indiscreción, la causa verdadera de su partida. Merecida la tenía, sobra decirlo, estas cosas son delicadas. Hay inseguridad. Hay miedo. Nadie sabe lo que debe hasta que se le acusa de lo que sea, cierto o falso, eso es irrelevante, porque entonces inicia un proceso de contaminación que alcanza a quien se ponga en la mira. Y yo no deseo malos encuentros ni malos contactos ni que el pasado vuelva ni el presente materialice espantos. Estoy viejo, tengo derecho a que se me deje en paz. Derecho, por supuesto, en un país sin ley. Menudo imbécil.
Por si acaso, he espiado desde la ventana los movimientos de la calle, especialmente desde que el palurdo aquel decidió dar por terminado nuestro trato, vaya muchachillo ingrato, se arrepentirá pronto porque ya nadie mete a su casa ni a parientes cercanos, por mucha confianza que se tenga, me daba lástima, pobre, sus padres indios de raza pura, su futuro incierto, aquí al menos fregaba pisos, se hacía de algo de dinero, accedía a alguna educación porque jamás le impedí que tomara mis libros. Pero se ha ido y ahora estoy solo espiando la calle, como un pendejo cualquiera, admito que es ridículo, pero no logro quitarme de la cabeza la sombra de ese desconocido en el zaguán golpeando a la puerta (¿o había usado el timbre?) y haciendo preguntas extrañas en hora tan impropia. Nadie busca a alguien a esas horas de la mañana si no es urgente. ¿Lo era? ¿Por qué no ha vuelto entonces? Ahora que recuerdo —y si hemos de creer al asistente— esas fueron sus últimas palabras: "Yo lo busco más tarde". Qué horrible amenaza.
Pero no volvió ese día. Ni al siguiente. Ni el día en que se fue el asistente. Ni en la semana de espantosa angustia que le siguió y en el que me sobresaltaron el vendedor de agua y el cartero con el cheque de la pensión, unos niños que querían agua del jardín y los predicadores de la Atalaya, a quienes dejé pasar y aun prolongué en su trato sólo por la necesidad de hablar con alguien luego de tantos días sin abrir la boca, encerrado, habiendo suspendido mis caminatas matutinas en la esperanza de que el desconocido apareciera. Pero no lo hizo. No ha ocurrido. Y empiezo a temer que aparezcan anónimos o alguien decida jugarme la espantosa broma de llamar por las noches (he apagado pues el celular, también las luces desde temprano) y me he refugiado en el cuarto de atrás, mejor no mirar la calle, me he dicho. 'Mejor no mirar', resumo.
Alguna vez, hace años, me despertó una pelea en la madrugada. Creí entrever a un vecino que corría con un bat y luego escuché un alarido, el sonido de una voz apagada y urgente, al final ese golpe seco de la madera cuando cae saltando por el suelo. Esta madrugada he soñado con ese episodio lejano y he despertado bañado en sudor. He andado desde el cuarto de atrás hasta la ventana del salón para asomarme por entre las cortinas. Hay un silencio sólido y difícil. Las sombras de los árboles están quietas. No hay viento. Las obscuridades están en su sitio. Me sobresalta el motor de la nevera que arranca a mis espaldas.
He hecho algunas llamadas, por supuesto, creyendo saber quién era el desconocido (no había muchas opciones): todas han fallado. He querido llamar entonces a mi ex-asistente (muchas, muchísimas veces), pero su número aparecía apagado y luego una grabación me informaba que no existía. Y es probable que ya no exista, ni el número ni el asistente, es probable que él esté coludido con esto que se desarrolla tras bambalinas, esto que siento escurrirse como un río obscuro por detrás de mi vida para perderme y cuya motivación, cuyo rostro mismo se me niega. Pero yo lo siento: me rodean, no sé quién, no sé cuántos, pero el cerco se estrecha. Si tan sólo pudiera ubicar a mi ex-asistente, le doblaría el sueldo para que hiciera labores de detective y ubicara al desconocido, bien visto es persona leal que no vacilaría en disparar un arma contra quien quiera agredirme, ya lo creo, qué importa si el sueldo lo merece o no, lleva la fidelidad en la raza, sólo necesitaría orientación, yo sería el cerebro, él mis ojos y mis pies, quizá el dedo en el gatillo.
Estoy enfermo. Respiro mal, me duele el cuerpo, la comida me da asco. El pan magro es lo único que tolero en estos momentos y al ir a la tienda a por él algo ha ocurrido. Nunca he intimado con los vecinos. Nunca con el tendero. Mi asistente —leal o no— era lo único que tenía. Parco de palabras, ya lo digo. Era él quien hacía las compras. Ahora soy yo. Y por eso tengo frente a mí a este hombre a quien me ha dado la gana preguntar si ha observado algo raro en mi casa, si no ha visto a alguien llegar a buscarme que le parezca sospechoso. El hombre hace ademán de hacer memoria, titubea y luego exclama que sí, que efectivamente ha visto a algún muchacho por ahí, mirar la casa pausadamente, sin objeto, continuar luego su camino, pero habiendo mirado la casa. ¿Era mi casa? Sin duda, era mi casa. Regreso con el pan, pálido. Al entrar comprendo que debo cambiar las chapas cuanto antes.
Ya con las chapas nuevas, echo doble llave. He puesto otra en la habitación de atrás y también me encierro. Apenas voy a sentarme en el sillón, me falla el cálculo y doy con las nalgas en el suelo. Menudo imbécil. Trato de levantarme y un dolor espantoso me lo impide. Debo tener la cadera rota, porque no logro ponerme de pie. Estoy jodido. Intento arrastrarme hacia la puerta y luego de conseguirlo no encuentro las llaves. Se habrán caído cuando me fui al suelo. Vuelvo al sitio —a rastras— y no veo nada, meto las manos bajo el sillón y nada. Quizá están más al fondo, me digo, hay que moverlo. Trato de empujarlo y el dolor me hace gritar. ¿Qué va a pasar, rediós? Recuerdo que debo calmarme, que no pasa nada (aunque pase). Me quedo dormido.
Despierto. Vuelvo a intentarlo. Ahí están las llaves. Cuando recupero la respiración, me arrastro hasta la puerta y pruebo. Son demasiado duras, no parecen querer girar. Quizá no es la correcta, quizá es la de la puerta de afuera. Vuelvo a intentar y aunque entra perfectamente en la cerradura, la llave no gira. Intento sacarla, pero está atascada. Intento girar nuevamente, pero mi peso troza la llave y me quedo con un pedazo de metal (dos, más exactamente) entre las manos.
Alguien timbra. Son las siete y cuarenta y cinco de la mañana.
Empiezo a gritar.
Éste llegó un jueves, justo cuando yo había salido al parque a caminar —entre siete y ocho, calculé— y no se refirió a mí por mi nombre, sino como "el señor alto del carro". El asistente dijo antes de marcharse (poniendo fin a tres años de vivir bajo el mismo techo y comer los mismos alimentos) que aquel vestía camisa a cuadros, pantalón de mezclilla azul pálido, que no vio sus zapatos, que era muy joven, tal vez unos veinte años, que parecía tener prisa por llegar a algún lado, que llevaba un copete descomunal. Le obligué a repasar todo: el brevísimo diálogo, las circunstancias en que le sorprendió el timbre —estaba en el baño— y las fotografías de algunos de los que yo sospechaba. Sin resultado. No se parecía a nadie. No lo asociaba con nada. Y el asistente, parco de palabras, claro, no pidió su nombre ni dio el mío, aunque cometió el gravísimo error de decirle que no estaba ahí, dando por sentado que ahí vivía "el señor alto del carro". Menudo imbécil.
Me pregunto si no ha sido la tremenda zurra que le propiné con motivo de su indiscreción, la causa verdadera de su partida. Merecida la tenía, sobra decirlo, estas cosas son delicadas. Hay inseguridad. Hay miedo. Nadie sabe lo que debe hasta que se le acusa de lo que sea, cierto o falso, eso es irrelevante, porque entonces inicia un proceso de contaminación que alcanza a quien se ponga en la mira. Y yo no deseo malos encuentros ni malos contactos ni que el pasado vuelva ni el presente materialice espantos. Estoy viejo, tengo derecho a que se me deje en paz. Derecho, por supuesto, en un país sin ley. Menudo imbécil.
Por si acaso, he espiado desde la ventana los movimientos de la calle, especialmente desde que el palurdo aquel decidió dar por terminado nuestro trato, vaya muchachillo ingrato, se arrepentirá pronto porque ya nadie mete a su casa ni a parientes cercanos, por mucha confianza que se tenga, me daba lástima, pobre, sus padres indios de raza pura, su futuro incierto, aquí al menos fregaba pisos, se hacía de algo de dinero, accedía a alguna educación porque jamás le impedí que tomara mis libros. Pero se ha ido y ahora estoy solo espiando la calle, como un pendejo cualquiera, admito que es ridículo, pero no logro quitarme de la cabeza la sombra de ese desconocido en el zaguán golpeando a la puerta (¿o había usado el timbre?) y haciendo preguntas extrañas en hora tan impropia. Nadie busca a alguien a esas horas de la mañana si no es urgente. ¿Lo era? ¿Por qué no ha vuelto entonces? Ahora que recuerdo —y si hemos de creer al asistente— esas fueron sus últimas palabras: "Yo lo busco más tarde". Qué horrible amenaza.
Pero no volvió ese día. Ni al siguiente. Ni el día en que se fue el asistente. Ni en la semana de espantosa angustia que le siguió y en el que me sobresaltaron el vendedor de agua y el cartero con el cheque de la pensión, unos niños que querían agua del jardín y los predicadores de la Atalaya, a quienes dejé pasar y aun prolongué en su trato sólo por la necesidad de hablar con alguien luego de tantos días sin abrir la boca, encerrado, habiendo suspendido mis caminatas matutinas en la esperanza de que el desconocido apareciera. Pero no lo hizo. No ha ocurrido. Y empiezo a temer que aparezcan anónimos o alguien decida jugarme la espantosa broma de llamar por las noches (he apagado pues el celular, también las luces desde temprano) y me he refugiado en el cuarto de atrás, mejor no mirar la calle, me he dicho. 'Mejor no mirar', resumo.
Alguna vez, hace años, me despertó una pelea en la madrugada. Creí entrever a un vecino que corría con un bat y luego escuché un alarido, el sonido de una voz apagada y urgente, al final ese golpe seco de la madera cuando cae saltando por el suelo. Esta madrugada he soñado con ese episodio lejano y he despertado bañado en sudor. He andado desde el cuarto de atrás hasta la ventana del salón para asomarme por entre las cortinas. Hay un silencio sólido y difícil. Las sombras de los árboles están quietas. No hay viento. Las obscuridades están en su sitio. Me sobresalta el motor de la nevera que arranca a mis espaldas.
He hecho algunas llamadas, por supuesto, creyendo saber quién era el desconocido (no había muchas opciones): todas han fallado. He querido llamar entonces a mi ex-asistente (muchas, muchísimas veces), pero su número aparecía apagado y luego una grabación me informaba que no existía. Y es probable que ya no exista, ni el número ni el asistente, es probable que él esté coludido con esto que se desarrolla tras bambalinas, esto que siento escurrirse como un río obscuro por detrás de mi vida para perderme y cuya motivación, cuyo rostro mismo se me niega. Pero yo lo siento: me rodean, no sé quién, no sé cuántos, pero el cerco se estrecha. Si tan sólo pudiera ubicar a mi ex-asistente, le doblaría el sueldo para que hiciera labores de detective y ubicara al desconocido, bien visto es persona leal que no vacilaría en disparar un arma contra quien quiera agredirme, ya lo creo, qué importa si el sueldo lo merece o no, lleva la fidelidad en la raza, sólo necesitaría orientación, yo sería el cerebro, él mis ojos y mis pies, quizá el dedo en el gatillo.
Estoy enfermo. Respiro mal, me duele el cuerpo, la comida me da asco. El pan magro es lo único que tolero en estos momentos y al ir a la tienda a por él algo ha ocurrido. Nunca he intimado con los vecinos. Nunca con el tendero. Mi asistente —leal o no— era lo único que tenía. Parco de palabras, ya lo digo. Era él quien hacía las compras. Ahora soy yo. Y por eso tengo frente a mí a este hombre a quien me ha dado la gana preguntar si ha observado algo raro en mi casa, si no ha visto a alguien llegar a buscarme que le parezca sospechoso. El hombre hace ademán de hacer memoria, titubea y luego exclama que sí, que efectivamente ha visto a algún muchacho por ahí, mirar la casa pausadamente, sin objeto, continuar luego su camino, pero habiendo mirado la casa. ¿Era mi casa? Sin duda, era mi casa. Regreso con el pan, pálido. Al entrar comprendo que debo cambiar las chapas cuanto antes.
Ya con las chapas nuevas, echo doble llave. He puesto otra en la habitación de atrás y también me encierro. Apenas voy a sentarme en el sillón, me falla el cálculo y doy con las nalgas en el suelo. Menudo imbécil. Trato de levantarme y un dolor espantoso me lo impide. Debo tener la cadera rota, porque no logro ponerme de pie. Estoy jodido. Intento arrastrarme hacia la puerta y luego de conseguirlo no encuentro las llaves. Se habrán caído cuando me fui al suelo. Vuelvo al sitio —a rastras— y no veo nada, meto las manos bajo el sillón y nada. Quizá están más al fondo, me digo, hay que moverlo. Trato de empujarlo y el dolor me hace gritar. ¿Qué va a pasar, rediós? Recuerdo que debo calmarme, que no pasa nada (aunque pase). Me quedo dormido.
Despierto. Vuelvo a intentarlo. Ahí están las llaves. Cuando recupero la respiración, me arrastro hasta la puerta y pruebo. Son demasiado duras, no parecen querer girar. Quizá no es la correcta, quizá es la de la puerta de afuera. Vuelvo a intentar y aunque entra perfectamente en la cerradura, la llave no gira. Intento sacarla, pero está atascada. Intento girar nuevamente, pero mi peso troza la llave y me quedo con un pedazo de metal (dos, más exactamente) entre las manos.
Alguien timbra. Son las siete y cuarenta y cinco de la mañana.
Empiezo a gritar.
domingo, diciembre 22, 2013
Ensayo de la muerte
Llega el día
en que ensayamos la muerte. Algunos dirán que es mejor como preparación, para
ponderar y estar advertidos, otros preferirán el golpe directo. Ya dentro he
tenido demasiado tiempo para pensar —sólo un ensayo, decía, la cabeza aun
entera y el dolor a raya— y aunque algunas cosas me parecen claras, no daría
demasiado crédito a los pensamientos (si no ocurrencias, si no meros desvaríos)
que se producen en este cautiverio. Porque las sociedades se organizan y nos
apartan, para sanarnos desde luego, pero también para no fastidiar la fiesta
contemporánea, la mayor de cuantas ha tenido la humanidad, quizá la última.
[Pausa]
Ambos me miran con atención no exenta de azoro. Hay confianza: después de todo esto es un ensayo. Me atraviesan las agujas, ponen y quitan líquidos de mi cuerpo, se espera el momento. Ellos siguen mirando, pero no de la misma manera. Ella palia, él forcejea, quizá ambos lidian así con los mismos pendientes, quizá pudieran sentarse a conversar —hay demasiado tiempo— y entenderse, salir transfigurados de su pasado común y su presente que los ha distanciado. Pero la ocasión no es propicia porque, contrario a lo que se dice, el dolor, la enfermedad o la muerte no borran diferencias ni agravios: los entierran o posponen; los relativizan, pero no los resuelven. Y en todo caso no seré yo —no quiero serlo— el pretexto de un adormecimiento general que traiga una paz estúpida a mi familia. Es hora de la cirugía.
[Pausa]
Desorientación, por supuesto. Escucho que pasará pronto. Ella me acomoda la almohada, él me pasa una mano fría por la frente. Duermo.
[Pausa]
El pabellón tiene cincuenta y ocho camas. Una luz blanquecina y un permanente ruido de máquinas y personas obligan a una alienación mayor de la que ya produjo mi separación (¿hace cuánto?) del mundo de los vivos. La mujer de enfrente está conectada a un respirador. La custodian rostros preocupados. Ella no ensaya. Duermo.
[Pausa]
Nos fatigamos todos, aunque no de la misma manera. Yo estoy aturdida, yendo del dolor al sopor y viceversa: he de mejorar. Ella está agotada físicamente, pero las circunstancias le dan tal certidumbre de metas, tal asequibilidad de logro, que todo lo demás —el mundo de los vivos del que me trae noticias— queda suspendido. Él no encuentra su sitio, no tanto en lo intelectual donde siempre hace opiniones, sino en su corazón incapaz de acomodarse a un sentimiento puro, invariante y simple. Son mis hijos. Comprendo con pesar que hemos fallado. Han acercado un biombo blanco a la cama de enfrente y el pabellón se llena de pisadas nerviosas y sollozos.
[Pausa]
Si la genética es de alguna utilidad, somos una familia de seres decepcionados: del trabajo y la amistad, de la pareja o la familia, también de dios. A diferencia de él que dice ser ateo o de ella que se dice creyente, yo no sé en qué creo. Esta tarde se han pasado por el pabellón los voluntarios a tocar música religiosa por la cercanía de la Navidad. En el rostro de los muchos jóvenes y ancianas del grupo leía un júbilo al que se oponía un escepticismo inaceptable y contra el cuál luchaba aplaudiendo. ¿Quién soy yo? 'La que quiere creer', me digo. ¿Y qué lo impide? Lo mismo que nos hace una familia decepcionada: la soberbia.
[Pausa]
Ya puedo comer de nuevo. Ellos siguen turnando sus visitas y procuran no coincidir demasiado: no allá afuera, no aquí dentro. Funcionan, aunque no sean felices, ni de la forma que ampara la ignorancia ni de la que supuestamente da una consciencia superior. El mundo es mezcla, me digo, ya están advertidos: un día no habrá más ensayos. ¿Cómo esperar que entonces hayan encontrado firmeza las verdades y afectos provisionales? ¿Cómo esperar la felicidad si no es a fuerza de violentar la mezcla del mundo? ¿Y la soberbia?
Me han retirado ya las agujas y esperamos el alta. Entretanto, una monja me explica que el dolor echa por tierra el engreimiento y la vanidad. Hago una pausa, mirándola a los ojos con gravedad. Luego, sin contenerme, me río a carcajadas, doliéndome de la herida.
[Pausa]
Ambos me miran con atención no exenta de azoro. Hay confianza: después de todo esto es un ensayo. Me atraviesan las agujas, ponen y quitan líquidos de mi cuerpo, se espera el momento. Ellos siguen mirando, pero no de la misma manera. Ella palia, él forcejea, quizá ambos lidian así con los mismos pendientes, quizá pudieran sentarse a conversar —hay demasiado tiempo— y entenderse, salir transfigurados de su pasado común y su presente que los ha distanciado. Pero la ocasión no es propicia porque, contrario a lo que se dice, el dolor, la enfermedad o la muerte no borran diferencias ni agravios: los entierran o posponen; los relativizan, pero no los resuelven. Y en todo caso no seré yo —no quiero serlo— el pretexto de un adormecimiento general que traiga una paz estúpida a mi familia. Es hora de la cirugía.
[Pausa]
Desorientación, por supuesto. Escucho que pasará pronto. Ella me acomoda la almohada, él me pasa una mano fría por la frente. Duermo.
[Pausa]
El pabellón tiene cincuenta y ocho camas. Una luz blanquecina y un permanente ruido de máquinas y personas obligan a una alienación mayor de la que ya produjo mi separación (¿hace cuánto?) del mundo de los vivos. La mujer de enfrente está conectada a un respirador. La custodian rostros preocupados. Ella no ensaya. Duermo.
[Pausa]
Nos fatigamos todos, aunque no de la misma manera. Yo estoy aturdida, yendo del dolor al sopor y viceversa: he de mejorar. Ella está agotada físicamente, pero las circunstancias le dan tal certidumbre de metas, tal asequibilidad de logro, que todo lo demás —el mundo de los vivos del que me trae noticias— queda suspendido. Él no encuentra su sitio, no tanto en lo intelectual donde siempre hace opiniones, sino en su corazón incapaz de acomodarse a un sentimiento puro, invariante y simple. Son mis hijos. Comprendo con pesar que hemos fallado. Han acercado un biombo blanco a la cama de enfrente y el pabellón se llena de pisadas nerviosas y sollozos.
[Pausa]
Si la genética es de alguna utilidad, somos una familia de seres decepcionados: del trabajo y la amistad, de la pareja o la familia, también de dios. A diferencia de él que dice ser ateo o de ella que se dice creyente, yo no sé en qué creo. Esta tarde se han pasado por el pabellón los voluntarios a tocar música religiosa por la cercanía de la Navidad. En el rostro de los muchos jóvenes y ancianas del grupo leía un júbilo al que se oponía un escepticismo inaceptable y contra el cuál luchaba aplaudiendo. ¿Quién soy yo? 'La que quiere creer', me digo. ¿Y qué lo impide? Lo mismo que nos hace una familia decepcionada: la soberbia.
[Pausa]
Ya puedo comer de nuevo. Ellos siguen turnando sus visitas y procuran no coincidir demasiado: no allá afuera, no aquí dentro. Funcionan, aunque no sean felices, ni de la forma que ampara la ignorancia ni de la que supuestamente da una consciencia superior. El mundo es mezcla, me digo, ya están advertidos: un día no habrá más ensayos. ¿Cómo esperar que entonces hayan encontrado firmeza las verdades y afectos provisionales? ¿Cómo esperar la felicidad si no es a fuerza de violentar la mezcla del mundo? ¿Y la soberbia?
Me han retirado ya las agujas y esperamos el alta. Entretanto, una monja me explica que el dolor echa por tierra el engreimiento y la vanidad. Hago una pausa, mirándola a los ojos con gravedad. Luego, sin contenerme, me río a carcajadas, doliéndome de la herida.
domingo, diciembre 08, 2013
Down
A la vuelta
del Manes, una noche helada de principios de diciembre —viernes que se hizo
sábado a orillas del Vltava en compañía de Lenka, Dana y Aníčka— recién
abría mi departamento con inseguridad alcohólica y el cuello de la camisa lleno
de labial, cuando vi la luz roja del contestador parpadeando en el fondo de
salón. Me sonreí pensando en que tal vez era Aníčka,
que se había dejado la bufanda en el carro y ahora estaría camino del Futurum
sin nada que le cubriera la garganta, lo que en una checa nativa no sería intolerable
—apenas un
grado bajo cero, una ridiculez— pero que en una cantante profesional de
veintidós años no podía consentirse sin riesgo de perder dinero por desafinada
o, todavía peor, por afónica.
Pulsé el botón, y mientras cerraba las pesadas cortinas cafés del ventanal, desgastadas como los pantalones de lana que tenía de niño y que picaban las piernas de forma insoportable, escuché la temblorosa voz de un hombre. Al principio no lo reconocí: quizá por eso me resultó muy inquietante que utilizara mi nombre, que titubeara como quien se prepara a dar una mala noticia. 'Ha llegado', pensé dramáticamente como quien lleva años esperando la llamada que ha de despertarlo a una realidad espantosa. Ya era mucho tiempo lejos de casa, del país, lejos de mis separados padres y de mi hermana repleta de hijos, de los amigos que fueron y dejaron de serlo, del amor incluso, que nunca fue. Era natural que algún día levantara la bocina o apretara el botón del contestador y saltara la noticia: se ha muerto, se ha ido, con este ya no cuentes porque ya no es más y hay que darlo de baja enseguida, de la agenda y la memoria, ponerlo en la otra lista, actualizar. Pero el hombre había reanudado su inseguro discurso y no anunciaba muerte alguna: era mi padre.
No había hablado con él en muchos años, muchos más que los transcurridos desde mi última y —quiero creer— definitiva vuelta a Europa. De vez en cuando hacía llamadas como esta, dejaba un mensaje inocuo donde hablaba de su salud, del clima en California, se abstenía de hablar de la familia con la que vivía, de su mujer quince años menor que él (quién sabe si se heredarán las proclividades, pero esa era la misma diferencia de edades entre mis amigas del Manes y yo), luego colgaba pidiendo que me cuidara y le llamara, que le gustaría escucharme. O simplemente diciéndome que me quería, una afirmación que encontraba vergonzosa e incongruente con el manifiesto desinterés con que me trató mientras crecía, cuando aun de vez en cuando pasaba por la casa y hasta llegaba a aguantar temporadas enteras con mi madre y mi hermana.
Me explicaba su actitud como un asunto de culpa simple y vulgar. No le llamaría. Ni hoy ni nunca. Ni en su funeral. Ni siquiera por odio o por alguna omisión de su parte (que las hubo, por supuesto), sino porque sería tan imbécil como llamar ahora a la empleada del buffet chino de la calle Spalená para preguntarle cómo se encuentra y decirle que se cuide. Y aun esta desconocida no lo es tanto, vistos nuestro regular trato, la coincidencia de nuestra condición de extranjeros (ella es ucraniana) y la cortesía con que me ha atendido siempre. No, no es un buen ejemplo. Quizá como si le llamara a mi casero. Eso es: mi casero, qué estupidez.
La luz roja dejó de parpadear, las copas se me subieron a la cabeza de repente y me sentí poseído de un ánimo obscuro, cenizo, como si no hubiera estado toda la noche riendo y bailando salsa con las checas, como si no hubiese alcanzado a Lenka en el baño de mujeres para que me diera una estupenda mamada y luego hiciera lo mismo con Aníčka, a la que le asiste el derecho de antigüedad por haber sido la primera. Dana no me gusta; creo que lo sabe. Me eché en el sillón bajo el viejo retrato de Václav Havel, miré el celular y pasé los dedos por la pantalla yendo de un nombre a otro entre perfiles de Facebook. Cuando menos lo pensé ya estaba mirando las fotos de la señora de mi padre.
Parece que corta el cabello, que aprende rápido, que vive instalada en el estrato más vulgar asignado a los inmigrantes sudamericanos que viven el american way of life. Es trabajadora, como no se puede ser de otro modo en aquel país robusto y de sonrisas Colgate. Las fotos más recientes son las de una casa amplia en las colinas que separan el valle de San José de la costa. La casa ha sido decorada con ánimo sincrético: una inmensa virgen de Guadalupe en cantera, sillones blancos de piel, retratos enormes de ella con mi padre enmarcados en hierro y rematados por un moño rojo, recámaras de color pastel. ¿Es envidia lo que siento? ¿Es el alcohol lo que me hace experimentar repugnancia? ¿No se supone que esta gente me es completamente indiferente?
Me puse de pie y abrí la nevera. Contra el asco beodo que sentía, me receté una cerveza. Contrario a mis hábitos europeos, la bebí directamente de la botella. Recordé entonces —ahí, de pie en la estrecha cocina y escuchando el motor del refrigerador ponerse en marcha— que una vez, antes de que cerrara su cuenta, mi medio hermano, el hijo de esta mujer, intercambió algunos mensajes conmigo. Por supuesto no tardé en compartir un comentario mordaz sobre mi padre. Él no me censuró, pero aclaró que no compartía mis juicios y que ese hombre le había enseñado mucho en la vida. 'Es paradójico', pensé, 'porque yo no recuerdo que ese hombre me haya enseñado nada'.
O quizá sí, dije casi en voz alta luego de beberme media cerveza, quizá sí me enseñó algo o quiso enseñarme. 'Sujétala bien', me dijo al ponerme su revólver treinta y ocho en mis enclenques manos cuando tenía trece, 'porque golpea en cuanto dispares, ¿eh?'. Disparé. Tiré la pistola y caí de nalgas en el suelo. Mi padre recogió el arma, me lanzó una mirada de reprobación y se fue, dejándome ahí en el patio con la sensación de haber sido un imbécil. Entonces sonó el celular.
Era Dana. Me preguntaba si podía pasarse por mi departamento, que había decidido salirse del Futurum y caminaba como loca hacia Střahov cuando se acordó de mí. Que no quería pasar la noche sola —eran las cuatro y media de la mañana— y que ella me enseñaría los prodigios que sabía hacer con la garganta. Creí entenderle mal: 'Querrás decir con la boca'. 'No, ya verás', me replicó: 'con la garganta'. Me excité y casi de inmediato pensé en que no volvería a casarme nunca. Me pregunté si mi fracaso con Adriana no habría sido también una herencia paterna, algo así como la reescritura de su fracaso con mi madre. Al principio me sonreí descartándola como a una idea de borracho: ¿cómo iba a ser así si ellos eran una pareja vulgar y Adriana y yo fuimos tan profundos y brillantes, tan superiores aun en nuestra separación? Pero luego pensé en que había paralelismos inquietantes, en el hecho de que nuestras relaciones de casi veinte años fueron una suma de temporadas juntos y largos períodos separados, que mi padre trashumaba bajo el pretexto de buscar trabajo en los Estados Unidos y yo bajo el pretexto de estudiar en Europa.
Y aquí estaba yo conforme a mis deseos, con aquella primera relación de tantos años rota, en un departamento mal iluminado de Barrandov, sin mucha comida en la nevera, libre, sí, escuchando de nuevo el mensaje de mi padre que en cambio había sustituido a su primera mujer por otra, que dormía acompañado en esa nueva casa decorada con gusto de prostíbulo en las colinas de California. 'Debo llamarle', pensé.
Al otro lado del océano descolgaron el auricular como si hubiesen estado pegados al teléfono. 'Diga', dijo mi padre con una firmeza inexistente en la voz del contestador. 'No te perdono', le espeté sin introducciones, 'porque el mal de tu ausencia quizá haya sido lo único que hiciste bien: aprende a vivir con eso'. Y cuando él balbucía algo —creo que mi nombre— le interrumpí: 'No me uses para comprar tu tranquilidad. Cuando yo tenga preguntas que hacerte, te llamaré. De momento no las tengo'. Y colgué.
Me quedé pensando en lo jodido que estaba todo: si intentaba ponerlo en su sitio me sentía ridículo; si intentaba reanudar el trato, impostado; si suspenderlo definitivamente, teatral; si aceptar sus llamadas con naturalidad, fatuo, vacío. Quizá —usando mis propias palabras— yo también tendría que 'aprender a vivir con eso'.
Sonó el timbre.
Dana puede ayudar. Aunque no me guste.
Pulsé el botón, y mientras cerraba las pesadas cortinas cafés del ventanal, desgastadas como los pantalones de lana que tenía de niño y que picaban las piernas de forma insoportable, escuché la temblorosa voz de un hombre. Al principio no lo reconocí: quizá por eso me resultó muy inquietante que utilizara mi nombre, que titubeara como quien se prepara a dar una mala noticia. 'Ha llegado', pensé dramáticamente como quien lleva años esperando la llamada que ha de despertarlo a una realidad espantosa. Ya era mucho tiempo lejos de casa, del país, lejos de mis separados padres y de mi hermana repleta de hijos, de los amigos que fueron y dejaron de serlo, del amor incluso, que nunca fue. Era natural que algún día levantara la bocina o apretara el botón del contestador y saltara la noticia: se ha muerto, se ha ido, con este ya no cuentes porque ya no es más y hay que darlo de baja enseguida, de la agenda y la memoria, ponerlo en la otra lista, actualizar. Pero el hombre había reanudado su inseguro discurso y no anunciaba muerte alguna: era mi padre.
No había hablado con él en muchos años, muchos más que los transcurridos desde mi última y —quiero creer— definitiva vuelta a Europa. De vez en cuando hacía llamadas como esta, dejaba un mensaje inocuo donde hablaba de su salud, del clima en California, se abstenía de hablar de la familia con la que vivía, de su mujer quince años menor que él (quién sabe si se heredarán las proclividades, pero esa era la misma diferencia de edades entre mis amigas del Manes y yo), luego colgaba pidiendo que me cuidara y le llamara, que le gustaría escucharme. O simplemente diciéndome que me quería, una afirmación que encontraba vergonzosa e incongruente con el manifiesto desinterés con que me trató mientras crecía, cuando aun de vez en cuando pasaba por la casa y hasta llegaba a aguantar temporadas enteras con mi madre y mi hermana.
Me explicaba su actitud como un asunto de culpa simple y vulgar. No le llamaría. Ni hoy ni nunca. Ni en su funeral. Ni siquiera por odio o por alguna omisión de su parte (que las hubo, por supuesto), sino porque sería tan imbécil como llamar ahora a la empleada del buffet chino de la calle Spalená para preguntarle cómo se encuentra y decirle que se cuide. Y aun esta desconocida no lo es tanto, vistos nuestro regular trato, la coincidencia de nuestra condición de extranjeros (ella es ucraniana) y la cortesía con que me ha atendido siempre. No, no es un buen ejemplo. Quizá como si le llamara a mi casero. Eso es: mi casero, qué estupidez.
La luz roja dejó de parpadear, las copas se me subieron a la cabeza de repente y me sentí poseído de un ánimo obscuro, cenizo, como si no hubiera estado toda la noche riendo y bailando salsa con las checas, como si no hubiese alcanzado a Lenka en el baño de mujeres para que me diera una estupenda mamada y luego hiciera lo mismo con Aníčka, a la que le asiste el derecho de antigüedad por haber sido la primera. Dana no me gusta; creo que lo sabe. Me eché en el sillón bajo el viejo retrato de Václav Havel, miré el celular y pasé los dedos por la pantalla yendo de un nombre a otro entre perfiles de Facebook. Cuando menos lo pensé ya estaba mirando las fotos de la señora de mi padre.
Parece que corta el cabello, que aprende rápido, que vive instalada en el estrato más vulgar asignado a los inmigrantes sudamericanos que viven el american way of life. Es trabajadora, como no se puede ser de otro modo en aquel país robusto y de sonrisas Colgate. Las fotos más recientes son las de una casa amplia en las colinas que separan el valle de San José de la costa. La casa ha sido decorada con ánimo sincrético: una inmensa virgen de Guadalupe en cantera, sillones blancos de piel, retratos enormes de ella con mi padre enmarcados en hierro y rematados por un moño rojo, recámaras de color pastel. ¿Es envidia lo que siento? ¿Es el alcohol lo que me hace experimentar repugnancia? ¿No se supone que esta gente me es completamente indiferente?
Me puse de pie y abrí la nevera. Contra el asco beodo que sentía, me receté una cerveza. Contrario a mis hábitos europeos, la bebí directamente de la botella. Recordé entonces —ahí, de pie en la estrecha cocina y escuchando el motor del refrigerador ponerse en marcha— que una vez, antes de que cerrara su cuenta, mi medio hermano, el hijo de esta mujer, intercambió algunos mensajes conmigo. Por supuesto no tardé en compartir un comentario mordaz sobre mi padre. Él no me censuró, pero aclaró que no compartía mis juicios y que ese hombre le había enseñado mucho en la vida. 'Es paradójico', pensé, 'porque yo no recuerdo que ese hombre me haya enseñado nada'.
O quizá sí, dije casi en voz alta luego de beberme media cerveza, quizá sí me enseñó algo o quiso enseñarme. 'Sujétala bien', me dijo al ponerme su revólver treinta y ocho en mis enclenques manos cuando tenía trece, 'porque golpea en cuanto dispares, ¿eh?'. Disparé. Tiré la pistola y caí de nalgas en el suelo. Mi padre recogió el arma, me lanzó una mirada de reprobación y se fue, dejándome ahí en el patio con la sensación de haber sido un imbécil. Entonces sonó el celular.
Era Dana. Me preguntaba si podía pasarse por mi departamento, que había decidido salirse del Futurum y caminaba como loca hacia Střahov cuando se acordó de mí. Que no quería pasar la noche sola —eran las cuatro y media de la mañana— y que ella me enseñaría los prodigios que sabía hacer con la garganta. Creí entenderle mal: 'Querrás decir con la boca'. 'No, ya verás', me replicó: 'con la garganta'. Me excité y casi de inmediato pensé en que no volvería a casarme nunca. Me pregunté si mi fracaso con Adriana no habría sido también una herencia paterna, algo así como la reescritura de su fracaso con mi madre. Al principio me sonreí descartándola como a una idea de borracho: ¿cómo iba a ser así si ellos eran una pareja vulgar y Adriana y yo fuimos tan profundos y brillantes, tan superiores aun en nuestra separación? Pero luego pensé en que había paralelismos inquietantes, en el hecho de que nuestras relaciones de casi veinte años fueron una suma de temporadas juntos y largos períodos separados, que mi padre trashumaba bajo el pretexto de buscar trabajo en los Estados Unidos y yo bajo el pretexto de estudiar en Europa.
Y aquí estaba yo conforme a mis deseos, con aquella primera relación de tantos años rota, en un departamento mal iluminado de Barrandov, sin mucha comida en la nevera, libre, sí, escuchando de nuevo el mensaje de mi padre que en cambio había sustituido a su primera mujer por otra, que dormía acompañado en esa nueva casa decorada con gusto de prostíbulo en las colinas de California. 'Debo llamarle', pensé.
Al otro lado del océano descolgaron el auricular como si hubiesen estado pegados al teléfono. 'Diga', dijo mi padre con una firmeza inexistente en la voz del contestador. 'No te perdono', le espeté sin introducciones, 'porque el mal de tu ausencia quizá haya sido lo único que hiciste bien: aprende a vivir con eso'. Y cuando él balbucía algo —creo que mi nombre— le interrumpí: 'No me uses para comprar tu tranquilidad. Cuando yo tenga preguntas que hacerte, te llamaré. De momento no las tengo'. Y colgué.
Me quedé pensando en lo jodido que estaba todo: si intentaba ponerlo en su sitio me sentía ridículo; si intentaba reanudar el trato, impostado; si suspenderlo definitivamente, teatral; si aceptar sus llamadas con naturalidad, fatuo, vacío. Quizá —usando mis propias palabras— yo también tendría que 'aprender a vivir con eso'.
Sonó el timbre.
Dana puede ayudar. Aunque no me guste.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)