lunes, marzo 16, 2009

Noche en Lisboa

Mientras esperaba que el agua caliente llenara la tina, se sentó con dificultad en el banco y se miró las heridas. ¿Quién iba a decirlo? Tantos años como viajante de comercio, primero en el peligroso sureste mexicano y ahora entre España, Italia y Portugal, y finalmente le había tocado el turno de ser asaltado en Lisboa por tres adolescentes drogados que blandían no sabía bien si puñales o cuchillos, apenas había tenido tiempo de averiguarlo antes de salir corriendo luego de zafarse del cabecilla que lo tenía sujeto por la manga de la gabardina, un tipo de ojos grandes muy abiertos y cabello rizado, cuya imagen envuelta en las sombras del parque no podía sacar de su cabeza.
En sentido estricto no había habido asalto: no le habían quitado nada; tampoco sus heridas eran producto de las navajas ni de hipotéticos golpes, sino de la estrepitosa caída con que remató su vertiginoso descenso por una de las colinas del parque Eduardo Sétimo. Mientras cerraba el grifo y metía con dificultad los pies en el agua sin bajarse del banco, pensó con sorpresa que lo acontecido lo excluía del grupo de los sensatos que entregan el dinero tranquilamente para salvar la vida y lo hacía miembro de los afortunados que, habiendo opuesto resistencia, seguían vivos. Pero en vez de alegría, una película de pesadumbre tamizó su ánimo, y fue entonces cuando apoyándose en los bordes de la bañera decidió sumergir el cuerpo en el agua, como si ésta pudiera, si no lavarla, sí consolar la tristeza que tan repentinamente lo poseía.
Temblaba. Aquí y allá el agua era invadida por hilillos de sangre que parecían buscar la superficie y luego se difuminaban. Con los ojos cerrados recordó el momento en que sus zancadas se hicieron incontrolables y su pie derecho se torció hacia adentro obligándolo a empujar todo el cuerpo hacia la izquierda; recordó el pánico que le invadió al encontrar el suelo y mirar velozmente hacia la colina, sólo para levantarse de inmediato y arrancar en una nueva carrera hasta la glorieta. Ahí encontró por fin algunas personas e intentó pedir ayuda, pero su aspecto agitado, su mal portugués y su cojera recién adquirida sólo consiguieron asustar a una mujer y su hija que pasaban por ahí y se echaron a correr.
Abrió los ojos y sonrió con amargura. Controlando el inexplicable escalofrío que lo poseía tomó el jabón y empezó a pasarlo por las heridas. El agua en la bañera se volvió turbia y ligeramente fría, de modo que se puso de pie, desaguó la tina y se duchó pasando vigorosamente las manos por todo el cuerpo. No podía doblar bien la pierna derecha ni apoyarse en el codo izquierdo, cosas que averiguó dolorosamente al salir del baño e instalarse en la habitación. Deshizo la cama y se cobijó, pero los temblores volvieron a su cuerpo en cuanto rozó las sábanas tibias de aquel hotel de medio pelo donde hacía sólo unas horas había consumado una aventura. Un sentimiento de insoportable sordidez le empujó a encender la televisión para mejor olvidarse de sí mismo, pero no lo consiguió.
En mitad de un vídeo alemán donde la cantante repartía latigazos en un circo multicolor, le vinieron las palabras del taxista que lo recogió en la glorieta para llevarlo de vuelta al hotel. “Eso puede pasar en cualquier parte. ¡Pero a quien se le ocurre pasear por un parque luego de la medianoche!”, le dijo. “Usted es un hombre grande, ¿y qué hace un hombre grande, correr?”. Sintió un odio retrospectivo hacia aquel hombre que encima de reprenderlo se había atrevido a sugerir que había sido un cobarde, pero no pudo quitarlo de su pensamiento hasta que reparó en que la ira le había trepado a la cara: tenía fiebre.
La televisión seguía encendida cuando se puso de pie para ir por agua y buscar un analgésico. Le dolía todo el cuerpo, cojeaba, el sudor le humedecía la frente. Miró su cartera, contó el dinero, verificó que todas las tarjetas de crédito estuvieran en su lugar. “No me quitaron nada”, pensó, pero ello no le alegró en forma alguna. Encontró la pastilla y en el baño llenó un vaso de agua fría para tomársela. Se miró al espejo, se miró las manos lastimadas, se miró los pies hinchados apoyados en una toalla blanca donde se leía la dirección del hotel. Entonces recordó que llevaba en los bolsillos del pantalón ahí tirado las dos tarjetas-llave de la habitación: faltaba una.

Cuando volvió del baño a la habitación ya no estaba solo.

lunes, febrero 02, 2009

Cuando vuelva a tu lado

Un guardia veinte años más joven que él lo detuvo en la puerta y le preguntó brutalmente qué quería.
–Eh, mmm, tengo una cita con el Ing. Parejo.

–Deje una identificación.

–Claro, permítame.

Y sacando una licencia de conducir que no podía servirle ya de mucho –llevaba unos tres años sin auto- cruzó el pórtico de la universidad para recorrer los ochocientos metros que lo separaban de la escuela de ingeniería donde había estudiado.

Poco había cambiado en el par de décadas transcurridas desde que saliera de ahí maldiciendo por igual a maestros y alumnos: la arboleda era más nutrida, los estacionamientos se habían ampliado y el viejo edificio de la rectoría en cuyo noveno piso le informaron que había perdido la beca por “deslealtad universitaria” había requerido un armazón de acero para reforzarlo; pero todo seguía más o menos igual y a no pocos de sus antiguos maestros los encontró por los pasillos del edificio de ingeniería quince días atrás, en la primera entrevista que tuvo con Parejo para pedirle trabajo como profesor.

–El Ing. Parejo le atenderá enseguida- fue lo que le informó la secretaria cuarenta minutos antes de que se atreviera a preguntar:

–Perdone, ¿no será mejor que vuelva otro día?

–Ya le dije que el Ing. Parejo lo va a recibir. Haga favor de sentarse.

Y, resignado, volvió a echarse sobre el sillón marrón de aquella salita de espera de la que él era el único ocupante, tratando de organizar su cabeza y no prestar atención al desfile de profesores y alumnos que entraban y salían de la oficina de Parejo sin siquiera dirigirse a la secretaria.

Sintió vergüenza de estar ahí, un abrasador sentido del ridículo, de modo que repasó en forma sumaria la historia que ya le había dado a su amante en las muchas discusiones que precedieron su decisión de venir a su antigua universidad a buscar trabajo: lo he intentado todo, ya lo ves, he trabajado en siete universidades diferentes y todas han terminado por prescindir de mis servicios, ya rebaso los cuarenta años y es urgente tomar lo que sea para evitar un desastre, jamás pensé que con mi currículum fuese a tener un destino semejante, pero así es este país y hemos decidido quedarnos, ¿no? como sea, ya es tarde para volver a irse y hacer lo que alguna vez se nos ocurrió y…

–El Ing. Parejo lo está esperando- le avisó la secretaria al tiempo en que reprobaba con su mirada lo que a todas luces había dejado de ser un tren de pensamientos para convertirse en un murmullo agolpado en sus labios: esa maldita costumbre de hablar a solas –o pensar en voz alta- que adquirió en los miles de días solitarios sobrevividos en el extranjero…

Avanzó por aquel pasillo estrecho y largo. Tocó a la puerta. Nadie contestó y volvió a golpearla ligeramente. Nada. La abrió con suavidad y, sin levantar la vista de los documentos que firmaba, el Ing. Parejo le llamó con la mano derecha en un frenético mover de dedos.

–Buenas tardes, ingeniero, gracias por recibirme, yo…

El Ing. Parejo levantó de nuevo la mano derecha pidiéndole silencio. Luego de firmar otra decena de documentos y de hacer alguna operación aritmética en la calculadora, levantó la vista con cierto enfado.

–Bien, bien, vamos a arreglar esto, ¿me trajo su currículum, verdad?

–Claro, hace quince días, en nuestra primera entrevista, pero aquí traigo otro si quiere…

–No, no, no. No se moleste, ya me enviaron un informe detallado desde rectoría. Permítame.

Por el intercomunicador le pidió a la secretaria el informe BER9097. Un brillo de sudor cruzó su frente y del suelo recogió el gastado portafolio que acababa de dejar. “¿Para qué traje esto si no traigo nada importante?”, se preguntó retóricamente como si no supiera que aquel portafolio era su escudo: lo colocó lentamente en su regazo. Carraspeó intentando humedecer una garganta que se había quedado seca.

–Aquí tiene, ingeniero- dijo la secretaria apenas depositar sobre el escritorio un grueso expediente con varias carpetas dentro, para salir enseguida como quien tiene mucha prisa.

–Muy bien. Vamos a ver, ¿para qué hizo todo esto?

–¿C-cómo?- preguntó desconcertado.

–Sí, sí, ¿para qué quiere trabajar en la universidad?

–Bueno, fundamentalmente porque es una universidad de prestigio que además fue mi alma-mater, lo que significa que conozco bien su manera de trabajar y el espíritu que la motiva; porque me permitirá realizar las actividades de docencia e investigación que tengo proyectadas y…

–Y porque está desesperado y sin trabajo, ¿no es así?- atajó brutalmente el Ing. Parejo. Se hizo un silencio breve en que las agujas del enorme reloj de pared ocuparon todo el espacio. Recuperándose con celeridad de un extraño sentimiento de desnudez, contestó:

–No, no exactamente, pero un puesto de tiempo completo es necesario para…

–No puede trabajar con nosotros. Lo sabe perfectamente.

–¿No?

–Claro que no, pero déjeme hacerle un favor y explicarle que esto tiene poco qué ver con sus payasadas de estudiante, esas veleidades que le hicieron perder la beca y sumieron a su familia en serias dificultades para pagar sus estudios- dijo el Ing. Parejo sacando un pesado cenicero de un cajón del escritorio y encendiendo un cigarrillo. También hubiera querido fumar en aquel momento, pero ni siquiera le ofrecieron uno.

–¿Cuál es el problema entonces?

–Es un asunto de coherencia. Su presencia en esta facultad sólo dañaría el equilibrio entre personas y circunstancias, como en una obra de teatro, ¿me entiende? No puede meter cualquier personaje en cualquier situación, a menos que quiera terminar con un galimatías asqueroso.

–¿Teatro? Pero ingeniero, tengo un doctorado en inteligencia artificial, egresé de esta facultad, estoy mejor capacitado que la mayoría de su planta académica…

–Eso no tiene la menor importancia. Ellos pertenecen a la universidad, no sé si me entienda…

–Ing. Parejo, esto es muy importante para mí, ya le dije que he hecho de lado cualquier consideración ideológica, participaré con ustedes, no verán persona más entusiasta para…

–Escúcheme, no está poniendo atención. Que un empleado crea o no en los ideales de la universidad es lo de menos, a nadie le importa salvo a ellos mismos. El rector y su familia sólo han puesto las bases, pero la maquinaria funciona por sí misma, como una obra de teatro que atrajera sus propios personajes y excluyera los ajenos. Usted simplemente no puede participar porque pertenece a otro argumento.

–Ingeniero, si se refiere usted a mi situación económica, le aseguro que…

–No. Tampoco es eso. Entre nuestros profesores encontrará una gran cantidad de miserables: apenas llegan al final de la quincena, visten mal haciendo enormes esfuerzos por no desentonar con sus alumnos, sienten tocar las puertas del cielo cuando se les organiza una comida de fin de año o reciben una felicitación del rector. Los hay también que tienen dinero, pero eso, repito, es secundario. Lo fundamental es que todos ellos acepten tácitamente servir al alumnado que sí tiene dinero y, de preferencia, que crean que depende de la educación que imparten el hecho de que lo sigan teniendo… Ya sabe usted que no hay como el empleado para defender los intereses del dueño- dicho lo cual el Ing. Parejo rió moviendo la cabeza y apagando su cigarrillo. Se puso de pie y le extendió la mano.

–Fue un placer.

–Pero ingeniero, no ha terminado usted de explicarme. ¿Qué es lo que importa entonces para ser contratado si no interesan mis estudios, mis creencias o mi dinero?

–Le sorprenderá saber que tampoco importa mucho el hecho de que usted sea ateo y homosexual… Vamos, no me mire así, recuerde que siempre nos distinguimos por seguir de cerca a toda la familia universitaria, sobre todo a los descarriados… No se le contrata fundamentalmente por coherencia narrativa, por respeto a nuestro guión, sí, pero sobre todo al suyo: ¿o no se ha dado cuenta de que la vida le ha reservado un papel en los márgenes del gran teatro del mundo? Asúmalo. Y váyase.


De regreso en casa preparó las maletas. “Me esperan más días de soliloquios”, se dijo pensando en voz alta. Y sonriendo encendió la televisión mientras esperaba a su amante.

lunes, enero 19, 2009

Mensaje

Una de esas tardes aburridas y europeas de principios de siglo, cuando examinaba una tarjeta postal titulada “invierno 2009” y me preguntaba si se refería al que comenzaba el 21 de diciembre de ese año o a los casi tres meses que iban de enero a marzo del mismo, recordé con cierta molestia inexplicable mi creencia infantil de que cuando envejeciera mis padres volverían a ser niños y, convertidos en mis hijos, pagarían todos los castigos y regaños que me procuraron. No advertí en la hora que siguió a ese fugaz pensamiento, mientras seguía husmeando entre los objetos de aquella tienda de antigüedades, el origen de mi malestar, hasta que hojeé aquel volumen titulado Cuentos y verdades de un tal P.Morell, S.J. El libro tenía una dedicatoria fechada exactamente cien años atrás que la postal (“Para la Señorita Eduarda Michel, en su onomástico”) y se dividía en tres partes: religión, moral y buenas costumbres, siendo esta última una de las más divertidas por cuanto el sacerdote autor del libro no se abstenía de abordar temas entonces espinosos como el anarquismo, el sufragio universal o el baile. Pero si en vez de argumentos la sinrazón más descarada se disfrazaba de enrevesado silogismo, si en vez de historias cuya intención era ridiculizar el pecado las había sólo capaces de exhibir la grosera mojigatería del autor, dentro de mí crecía el recuerdo de otros textos cuyos autores no se cuidaban de expresar su opinión acerca de esto y aquello con completo descaro sin siquiera tener el valor de sacar su obra del conjunto de la literatura para ponerlo en la canasta que les correspondía junto a P.Morell: proselitismo, religión, libros plagados de moralejas a plena luz del día, llenos de intenciones didácticas, de deseos de pontificar o, todavía más desagradable por cuanto era la convicción compartida por la mayoría del mundo editorial en aquellos ñoños días en que intentaba hacerme escritor, anunciados sin bochorno como “formativos” y “educacionales”, repartiendo “lecciones por un mundo mejor”…
Pensé mientras cerraba aquel volumen que sólo la ingenuidad más cercana a la ignorancia podía haber producido los horrendos libros que me venían a la memoria y cuyo delito principal no era su contenido basura, sino la profanación de un terreno de libertad como era el literario para los sucios fines de trasmitir mensajes. Si querían esto último debían haberlo anunciado a las claras, como el padre Morell y todos los que, por siglos, han querido ser tomados en serio y, por tanto, jamás disfrazan sus palabras de ficción. Fue al llegar a esta conclusión que comprendí mi malestar: llevaba poco más de una hora sintiéndome ingenuo por haber creído el cuento de que un día sería el padre de mis padres, una ingenuidad infantil que poco tendría que ver con la de un autor literario que por falta de oficio o ignorancia pretende anunciar al mundo cómo debe pensar, sentir y obrar para ser bueno.
Y, sin embargo, una vez develado el mecanismo de mi tortura mental, una nueva preocupación se instaló en mi cabeza: ¿cómo debía ser la literatura que yo escribiera a fin de evitar el vicio del mensaje? Thierry, mi colega en el periódico, solía decir que no hay libro inocente, dando a entender así que siempre había un mensaje, una intención, una propuesta; resultaba pues paradójico que ahora me asaltara la conclusión de que la ingenuidad, la inocencia de un libro –y por tanto su poco valor- radicaban justamente en su sermoneo. Pero ¿debía evitarse a toda costa el mensaje? ¿carecían de ideas los libros que admiraba? Probablemente no –me dije mientras revisaba libros de deportes considerando al mismo tiempo que quizá no fuese tan tarde para ponerme en forma- pero si alguna vez había intención en las grandes obras, si alguna vez se insinuaba una moraleja o una lección, era en el momento en que el lector –no el autor- las entreveía o creía entrever, siendo entonces la ingenuidad o perspicacia del observador las únicas responsables. Así que ahí tenía una manera de distinguir la buena de la mala literatura, pues en esta última las lecciones eran todas tan obvias que pertenecían enteramente al autor y no había lugar para que los lectores aportaran sus diversas y aun contradictorias interpretaciones…
Salí de la tienda dispuesto a escribir buenos libros que nunca llegaron...
Pero aun tengo la columna de crítica literaria junto a Thierry.

lunes, enero 12, 2009

Ficción

Con la afortunada muerte de mi asesor se abrió la posibilidad de que defendiera una de las dos tesis contradictorias entre sí y consistentes en sí mismas, que le envié sobre las sectas en el Medio Oeste americano. El proceso había quedado congelado por varios años, pero luego de su muerte el comité universitario de titulación me envió una carta hasta Chico, Wyoming, exhortándome a "regularizar" mi situación, es decir, invitándome a proporcionarles un graduado más en antropología que evitara la desaparición de la carrera. No sólo se conjuró la amenaza del Ministerio de Educación, sino que a pocos meses de la defensa de mi tesis fui invitado a ocupar la vacante dejada por mi asesor: antropología lógico-lingüística. Fue como profesor de esa materia que conocí al pelirrojo Riebeling, un alumno problemático como sólo puede serlo quien reúna juventud, ingenuidad y fiebre de consistencia. Mis colegas me informaron que era el famoso estudiante que años atrás bailó delante del presidente en una premiación, presuntamente para mostrarle su repudio. Y aquella mañana, firme e inexorablemente como a veces se presenta, su destino comenzó a cercarlo. Yo peroraba:
–El problema entre ficción y realidad, literatura y compromiso, arte y vida intelectual, es una falsa trampa: puesto que el mundo imaginario es creado por hombres reales es fácil caer en la tentación de mezclar la obra con el autor, exigiendo a ambos una consistencia imposible y casi siempre ajena. Se trata, en el fondo, del viejo conflicto entre significado y significante. Para demostrar esto último, imaginemos un cuadro obsceno: ¿dónde reside esta cualidad? Para algunos de ustedes quizá radique en un genital expuesto, para otros será una esvástica o el cadáver de un niño. ¿Quién tiene la razón? ¿dónde está la obscenidad? La respuesta no está en el cuadro, sino en cada uno de ustedes: la obscenidad está en el observador; el significado, pues, es suyo, no de la obra. En la literatura pasa lo mismo…

–Perdón, Doctor, no estoy de acuerdo- dijo Riebeling sin siquiera mirarme, agitando la cabeza mientras veía sus manos danzar sobre la butaca. –En Europa está prohibido el uso de la esvástica y creo que hay muy buenas razones para que sea así, ¿no le parece?
–Las buenas razones son históricas y enteramente ajenas al símbolo, mucho más antiguo que los nazis. Pero ya que toca el tema, preguntémonos: ¿podemos admirar el trabajo de un autor que, digamos, sólo haya escrito libros donde personajes miembros de las SS muestran cualidades indiscutibles y exponen sus razones para llevar judíos al matadero?
–¡Eso sería repugnante! No, no podemos.
–Me parece entonces que no está preparado para leer literatura, señor Riebeling, sino variantes del libro sagrado, catecismos o libros de moral. Es incapaz de distinguir entre persona y personaje, entre las razones de un autor y las de un ente de ficción. Si un lector siente simpatía por las SS históricas a partir de la obra de ficción de nuestro hipotético autor, tant pis! No podemos ocuparnos de la idiotez ajena. Otra cosa sería que nuestro autor presentara su trabajo como investigación histórica o planteamiento intelectual, proponiéndose justificar lo injustificable sin salir de la realidad…
–O sea que la literatura es un permiso de impunidad, ¿eh?- dijo Riebeling riendo y mirando a sus compañeros como quien busca la celebración de sus ocurrencias. Los paladines de la Verdad –con mayúscula- tienden al exhibicionismo. Expliqué:
–A nadie escapa el hecho de que cualquier libro es un arma de muchos filos. Lo que quizá distinga a la literatura es que, por mucho que utilice historias reales o contextos históricos, parte del supuesto de la ficción, un sobreentendido en que autor y lectores están normalmente de acuerdo. Cuando esta asunción se rompe aparecen problemas como el suyo, señor Riebeling, pero le consolará saber que no está solo y no únicamente en lo literario: hubo quien chilló por el antisemitismo en las malas películas de Gibson, por haber leído y disfrutado a Kundera enterándose luego de que denunciaba a los enemigos del comunismo, por la utilización de Wagner en los tocadiscos hitlerianos, por la militancia ciega de malos escritores como Fuentes o Poniatowska, por la falta de compromiso de grandes señoritos como Proust, por el excesivo celo comunista de Picasso y Neruda, porque había mucha o poca politización, porque eran buenos o malos, porque fueron irresponsables ante los asuntos del mundo o bien más activistas que entregados al arte… en fin, no veo razón para desavenencias si nuestra discusión se sujeta a un contexto: hay buenos y malos autores por razones literarias, hay buenos y malos políticos por razones políticas, hay buenas y malas personas por razones morales, hay buenos y malos pensadores por razones intelectuales. Las tablas rasas son para irreflexivos o intolerantes, para espíritus estrechos encadenados a su tiempo y circunstancia, con gran necesidad de asideros porque se marean y trastornan al solo atisbo de complejidades y matices, pero la realidad es así y, la ficción, todavía más. Los tontos hacen daño con su censura y mojigatería, incluso cuando sus intenciones son buenas…
–Entonces, según usted, debemos respetar cualquier mentira que se ampare en la invención, ¿no es cierto? Que se las arregle la gente para separar la sustancia de la paja, que nadie sea responsable de lo que suelta, aunque sea mierda…
–¿Qué es una mentira en literatura? Estamos dispuestos a disfrutar los cantos de un poeta medieval en recorrido por el infierno, a acompañar a Lindbergh en la ucronía de una América nazi, incluso a dar por buenos los diálogos sostenidos entre los muertos de Comala, pero luego no faltan musulmanes que se indignen por la falsedad en una mala novela británica, cardenales que quieran ponerle calzoncillos a los querubines de la Sixtina, judíos que quieran defenderse de la mala imagen que de ellos se da en una película… Y entonces tenemos dos tipos de discusiones: hablar de una obra de ficción en su contexto (literario, musical, cinematográfico, pictórico) o sacarla de ahí para criticar o elogiar lo que no es (moraleja, intenciones, consistencia lógica, verosimilitud, coherencia histórica, corrección política, etc.) Sobra decir que a este curso sí le interesa distinguir la mierda de aquello que no lo es, pero sólo en el primer sentido. Hacerlo en el segundo es una pérdida de tiempo, es hablar no de la obra, sino de nosotros.
–Y nosotros no tenemos importancia, claro…
–No. No la tenemos. ¿Le importa dejarme continuar, Riebeling?

Pensé que el tipo había quedado, si no satisfecho, sí consciente del ridículo, pero la ignorancia es temeraria. Y su caso iba mucho más lejos que un vulgar curso de finales de carrera: ¿estudiaba antropología? ¿literatura? ¿filosofía? Nunca lo averigüé y tampoco sirvió para aclararlo el segundo altercado que con él tuve cuando discutíamos en clase el tema de la duplicidad como recurso retórico posmoderno.

–Si examinaron aunque sea superficialmente los libros mencionados hace una semana y cuya lectura debería estar lista a estas alturas, habrán notado que el tema de la duplicidad invade la literatura en todos sus ámbitos, desde Eco hasta Pamuk, desde Saramago hasta Marías, todo ello lo explican los psicólogos como un fenómeno de alter ego, pero no nos interesan los autores, sino el por qué se echa mano de este recurso, cuál es su sentido, digamos, literario…

–Es obvio, ¿no? El objetivo es mentir, travestirse, fingirse otro para mejor introducir nuestros excesos, ¿no es ese al fin y al cabo un derecho literario?

–Veo que no me expliqué del todo bien la vez pasada, señor Riebeling, creí que había quedado claro que la verdad y la mentira eran no sólo conceptos aburridos, sino vacíos en el terreno artístico. Casi diría más: son peligrosos.

–No cambie el tema, profesor- se atrevió a decir el pelmazo. Sí, por mucho que haya ganado concursos en la preparatoria era un tonto, un imbécil y, mal de males, un necio. No habría manera de hacerle entender nada, tendría que atajar.

–No he cambiado de tema, señor Riebeling, pero comprenderá que, no obstante los muchos años que llevo en la academia, no soy especialista en hablar con sordos, de modo que aguce el oído: no nos importa, hasta nuevo aviso, hablar de verdad o falsedad, sino de literatura. Hoy, en particular, nos interesa el asunto de la duplicidad literaria cuya recurrencia da mucho qué pensar: ¿qué le pareció El libro negro?

–Un elogio a la suplantación.

–Toma usted las cosas de manera muy literal- dije en tono de broma. Mientras el salón rió ligeramente, Riebeling apenas dejó ver una mueca siniestra. –El libro es un ejercicio de apropiación, no sólo de un personaje que se apropia de otro que siempre ha querido ser y, sin saberlo, ha sido, sino también de una ciudad cuyas coordenadas son tan universales que puede tratarse de Estambul o México, Río o Yakarta. Los buenos autores no tienen dificultades en pasearse por lo más provinciano con aire cosmopolita, nos lo devuelven universalizado, ¿lo nota?- No me contestó, naturalmente.

–¿Y Ferrante también es una apropiación? ¿o el obvio paralelo entre Jacques Deza y el autor español? A mí me parece simple y llanamente una cobardía, una incapacidad de los autores para suscribir con su nombre las opiniones ahí vertidas, ¡porque hay que ver cómo se las gastan sus dobles, eh!

–Parece incómodo con la libertad literaria, Riebeling. ¿Qué le aterra? ¿descubrir que ha vivido por persona interpuesta? ¿cruzarse con el hombre duplicado? ¿con el fantasma de Pessoa o Ricardo Reis? Volvamos al recurso, si le parece, y dejemos en paz a los autores. Relájese.

–Estoy harto de tanta farsa- dijo entonces con un enfado que me crispó.

–Sálgase, Riebeling. Le espero en mi cubículo esta tarde- Me detuve para no agregar una retahíla de insultos o ironías. Le vi recoger sus cosas e irse. Seguí con la clase.


Pasados cinco minutos de las dos de la tarde Riebeling se presentó a mi puerta. No parecía haberse relajado en absoluto, lucía furioso. Una vez que se sentó frente a mí, encendí un cigarrillo luego de que él rechazara uno y le pregunté:

–¿Cuál es su problema, Riebeling? ¿qué le molesta tanto?

–Usted- dijo con labios temblorosos, enrojecido el rostro para mayor encender su cabeza ya pelirroja. –Sé que fue alumno del maestro Pardon. Está acostumbrado a la falsedad.

–¿Qué? Pardon fue mi objeto de estudio y un amigo. Pardon está muerto. Vaya y consulte mi tesis, si así lo desea, no encontrará ninguna apología del lógico matemático que estafó a media América. ¿Qué tiene que ver esto con su arrogancia?

–Su tesis ya la leí. Deberían de quemarla.- Y sacando de su mochila un ejemplar en pasta roja lo arrojó sobre el escritorio. Extrañado, miré el título y hojeé el contenido: era la tesis que nunca había enviado, sellada, con todas las firmas de mi comité de tesis.

–Esto es una locura. ¿De dónde ha sacado este documento, Riebeling? Esta no es mi tesis, esto…

–¡No lo niegue ahora, bastardo!

–Deje de insultarme, Riebeling, no toleraré que…

–¡Cállese! Estoy harto de mentiras, estoy harto de…


Menos mal que el conserje entró para quitarme al pelirrojo de encima. Mis colegas aseguran que un grupo de matemáticos está usando con bastante provecho las notas que Riebeling escribe diariamente desde el manicomio. Yo, desde luego, he quemado el ejemplar apócrifo de mi tesis sin hacerme más preguntas. Por si acaso.

lunes, diciembre 01, 2008

Estética genética

Dobló el periódico y lo arrojó sobre la mesa, ligeramente aburrido; se concentró en beber su café tomando la taza con las dos manos y mirando el jardín distraídamente mientras musitaba fragmentos de la entrevista que por fin aparecía publicada la mañana de ese domingo: “El investigador franco-peruano Abel Lomelí presenta su libro Estética genética”, título soporífero donde los haya –el de la columna, claro- pero gracias al cual tenía esperanzas de pasar la mañana tranquilo, inadvertido, sin interrupciones que le impidieran terminar de leer la novela de ese mexicano que hablaba de Estambul ¿o era un turco que hablaba de la Ciudad de México? Como sea, un Premio Nobel de esos…
El teléfono sonó a sólo un sorbo del fondo de la taza. La dejó ahí, fue hasta la sala, levantó el auricular color rata:
Oui?
–Qué oui ni qué coños, ¿se puede saber por qué has publicado eso, Abel?
–¿Ernesto?
–¿Y quién más, joder? La comunidad te va a quemar vivo, ¡hostia! en menos de lo que te imaginas tu libro será retirado de las librerías, confiscado sin siquiera tener oportunidad de ser leído. ¿Y todo por qué? Por una puta entrevista en que no has sabido comportarte, mierda, ¡ni siquiera porque se hizo en francés!
–¿Comportarme, Ernesto? En la entrevista no hago sino citar algunas cosas extraídas del libro, ¡lo sabes perfectamente, tú leíste el borrador!
–Claro que lo leí y ya entonces no me pareció bien. Me opuse desde el principio a que los resultados que obteníamos en el laboratorio se dieran a conocer, y todavía más a que invitaras a ese grupo de antropólogos que no hicieron sino manipular los datos para sostener teorías descabelladas… ¡y todo con tu apoyo! ¡joder!
–Era un proyecto multidisciplinario y no había otra manera de conseguir fondos. Además he dejado claro que mi libro tiene dos partes de naturaleza bien distinta: por un lado resultados de una investigación científica bajo mi dirección, y por el otro, historias personales y opiniones… ¡no pueden confundirse!
–“Tenemos identificados los genes que determinan la orientación sexual y explican las razones por las que sólo el 5% de la población es homoerótica: es un error de transcripción perfectamente prevenible en el G23T69”, ¿qué te parece, Abel? Ahora resulta que la homosexualidad es una enfermedad, ¡te van a arrancar los ojos, ¿no te das cuenta?!
–Todo mundo sabe que yo formo parte de la comunidad, ¿lo has olvidado? Y todo mundo sabe que las leyes naturales no están hechas para complacernos…
–Estás equivocado y arruinarás tu reputación y la del laboratorio con estas barbaridades. ¡Por Dios Santo! ¡Recuerda el caso de Watson cuando declaró que tenía pruebas científicas de la inferioridad intelectual de la raza negra! El hombre fue prácticamente condenado al ostracismo… ¡y eso que era el Premio Nobel que puso la genética sobre bases moleculares!
–Watson no tenía pruebas científicas, llevaba años sin trabajar y era un octogenario que chocheaba… Nosotros, en cambio, tenemos un trabajo sólido que, nos guste o no, se ajusta a la realidad.
–“El ideal estético representado por Miguel Ángel en el David florentino no sólo tiene motivaciones artísticas, sino biológicas: sus características físicas corresponden a valores estándar en el genoma humano de origen caucásico, aunque el mismo análisis con computadora comprobó que su fisonomía tiene una alta correlación con el error del G23T69. En otras palabras, el David es gay y el ser humano –hombres y mujeres- se decanta por ese modelo”. Espero que esta mamarrachada aparezca por lo menos en la segunda parte del libro, ¡has enloquecido…!
–Mira Ernesto, yo…
La comunicación había terminado. Se quedó mirando el auricular color rata como si se tratara de un objeto nuevo que alguien hubiera arrojado a su sala desde algún lugar. Chasqueó la lengua y colgó, pero apenas se dio la media vuelta para ir por su taza y servirse más café, el teléfono volvió a timbrar.
–¿Dr. Lomelí?
–¿Quién llama?
–¡Oh, Dr. Lomelí! Quiero felicitarle por la presentación de su libro, es increíble que hayamos tardado tanto en retomar estos temas, ya sabe, la corrección política y todas esas tonterías… Qué bueno saber que todavía quedan personas valientes que, sin importar las consecuencias, se interesan por encontrar la verdad.
–Bueno, yo no he querido mezclar lo…
–Debo confesarle que todavía no salgo de mi asombro al descubrir gracias a Usted las verdaderas razones por las que el modelo occidental de belleza triunfa alrededor del mundo.
–Oiga, se hace cargo de que también hay razones históricas, económicas y…
–Sí, sí, naturalmente, Doctor, pero ¿qué puede haber más fuerte que la genética? Lo saben hasta los extranjeros que aun sin poner un pie en nuestro país intentan vestirse como nosotros, hacerse los mismos cortes de pelo, modelar sus cuerpos para conseguir las proporciones áureas… Ahora entiendo por qué nadie quiere parecer oriental, magrebí o amerindio e incluso por qué en esos países lamentablemente agobiados por su indigenismo, los anuncios públicos, la televisión y aun sus símbolos patrios se representan con musculosos hombres y finas mujeres de tez blanca o cuando menos pálida, amén de ponerles ojos azules o verdes a casi todos ellos…
–Pero señor, no es eso lo que…
–Ya, comprendo que debemos ser discretos para no herir susceptibilidades, no se preocupe, soy una tumba, espero contar con Usted para dar alguna charla en nuestro grupo, todos somos franceses interesados en retomar los estudios de Alphonse Bertillon y los fisonomistas del siglo XIX, estaremos encantados de escucharle para inscribir nuestro movimiento sobre bases científicas…
–Óigame, ¿quién es usted? Yo no soy francés, quiero decir…
–¿Cómo? ¿No es usted el investigador Abel Lomelí?
–Sí señor, tengo la nacionalidad francesa, pero nací en Perú. ¿Quién es usted?
Sintió que le golpeaban el oído izquierdo cuando al otro lado colgaron el auricular. Furioso, una vez más colgó el teléfono color rata y fue por su taza al jardín. Bebió lo que quedaba, hizo muecas con el sabor y textura del café frío, fue hasta la cocina a prepararse un té de hierbas que le vendieron en aquel viaje a Nepal de hace dos años, cuando se decía dispuesto a abandonar sus limitaciones occidentales…
Regresaba a la sala para desconectar el teléfono cuando éste volvió a sonar. Respirando hondo, contestó.
–Diga.
–Hola Abel, soy Elisa, ¿qué tal ayer?
–Bien, bien, sólo que ya ha habido reacciones y no son todo lo amables que yo quisiera.
–Nada que ignoraras, cielo, al menos no hablaste de los transexuales. Me hubiera sentido ofendida, ¡ja, ja, ja!
–Ya encontrarás tú también un motivo para estarlo, ten paciencia.
–No tengo tanta. Leí la entrevista con dificultad y el libro ni soñarlo, ya sabes que no me gusta leer. Pero sabes que quiero un ejemplar dedicado, ¿eh? ¡cholo de Miraflores!
–Claro que sí, indita, lo que tú me pidas.
–Si entendí bien, ¿todos los seres humanos están embobados hasta por razones genéticas y desde hace siglos con los cuerpos Kalvin Clein, cierto?
–Dímelo tú, ¿no te ponen cachonda los torsos esculpidos, los abdómenes planos, los perfiles griegos?
–¡Ja, ja, ja! Claro, guapo, por eso me acuesto contigo, ¡ja, ja, ja! ¿no tendrás tú también defectos de transcripción, al menos bajo el estándar gay?
–Es probable. Cuando vine a Europa la primera vez pensé excitado que de ahí en adelante sólo follaría con esos chicos que llenaban las revistas que tú y yo comprábamos en Callao, ¿te acuerdas? Creí también que mi ropa ya no parecería un montón de trapos descoloridos y desproporcionados, sino que siempre estaría nueva, brillante, como la que llevaban los rubios de las revistas que ahora se paseaban todos los días frente a mis ojos. Creí tantas cosas…
–¿Y qué pasó, cholito?
–Pasó que nunca pude con ellos ni ellos conmigo. Que su mundo exigía una dedicación que no podía darle, una vocación de vacío que me la dejaba floja, ¿tú me imaginas cuidando mi ropa y mi dieta? ¿combinando colores? ¿haciendo el idiota para descubrir que al final ni era blanco ni era rubio ni era brillante? Y encima llegué tarde, Elisa, pero luego llegaste tú, así que…
–¿Premio de consolación, moreno? ¿me estás llamando así?
–Sabes bien que no. Los defectos en la transcripción del G23T69 me habrán hecho homosexual, vale, pero hay una secuencia recesiva en mi apreciación estética –creo que la que va del Gx1T3y al Gx2T33- que me lleva a ti y que explica por qué mi vida sexual nunca fue mejor que en Perú.
–Qué romántico. Y qué mentiroso eres, Abel.
–Soy científico, no me juzgues. Me determina la genética. ¿Vienes esta noche?
–Voy.

Y colgando el auricular desconectó el teléfono, abrió el libro que buscaba y dio pequeños sorbos con cuidado de no quemarse a una taza de té que ya estaba helada.

lunes, noviembre 17, 2008

Convicciones

Elisa me ha devuelto la carta siguiente que por error envié a su piso en Madrid cuando en realidad debió haber terminado en Chico, Wyoming. Se dice insultada, quizá con razón, pues, agrega “pensé que teníamos una conexión especial que trascendía lo meramente político o didáctico”… ¡tan europea ella! No he entendido nada de lo que ha querido decirme, pero tampoco le he dado demasiada importancia (¡tan americano yo!), sobre todo porque su disgusto puede deberse a sus dificultades con el inglés –con el mío, naturalmente- más que con el contenido de la misiva...

Dear Juanito,


Still among the French I have to tell you how exhilarating an experience the election of President Obama was. Well, rephrased in European terms, may it be the first Afro-American, black-colored, ethnically especial or simply non-white man raised to the Presidency of the United States. As old Professor Ithaca said several times –and surely you remember that for obvious reasons- when expounding his well-known term lecture about World War Second “since 1945 Europe is always waiting for America to take the first step in any direction, not just to criticize it, but mainly to avoid it; and certainly the best way to elude certain things is to burden them with lip-service”. We’re witnessing every word of that boring speech; well, you don’t, but everyone here in Europe is: flying to Madrid I was nearly congratulated (!) by an old French couple who envisaged une très, très bonne chose pour le monde avec ce choix, whatever it is; my chief at work couldn’t help noticing that it is always good when someone else do the things you should, especially dirty work; an unconcerned Mexican friend living in Madrid said it was nice to finally see the Hispanic conviviality model triumphing in such a blatant way, and last but not least, even my sweet blonde friend back in Paris told me she was excited with such a handsome new President. “He’s not yours, but theirs” I replied. She couldn’t be more representative responding “Non, monsieur, he’s ours”.
It would be worthless to remind Europeans –at least those who happen to be around me- how they called Americans when George W. Bush was elected or, even worse, reelected. Memory, history, societies are not scientific matters and therefore contradiction and non-trivial twists plague them. It is human nature to blame anyone else when things go wrong and to take credit for anything worthy, to change their minds in unpredictable ways and without notice or explanation, so they can actually defend behind scenes what they adamantly fight against in broad daylight. So here you have it: joyful Europeans celebrating in every possible way the European Constitution authorizes them, the election of a non-white guy as the far-neighbors’ President… so far, actually, that they cannot conceive of doing anything slightly similar in their own countries! But certainly this is not admitted, quite on the contrary: they are always ahead of America in every possible matter, from social security to ecological issues, from culture to politics… Evidence? What for? Once I tried to show figures and numbers to my cultivated ignorant colleagues and their favorite explanation is that Americans live on brute force, so statistics are an invalid way of comparison…
“Look closely because things are rarely the way they look” said Professor Ithaca every time somebody expressed a point of view about contemporary affairs. What a shame he couldn’t see these times, I think, but on the other hand he was blessed for not dealing with such an unbearable load of demeaning hypocrisy: Europe is full of laws protecting homosexuals while in most of the States they cannot even marry; gay couples are so respected in European societies as are Arabs, Blacks and Jewish, i.e., they live apart! On the other hand, in the United States gay people are so discriminated that they actually share time and space with straight people! Isn’t that amazing, Juanito?
I don’t want to go further with this old, very old discussion, considering we’re two expatriated Mexican-born malgré tout, so I’ll finish laughing with a historical remark: Mexico had pure (whatever that means) Indian presidents, black ones (Vicente Guerrero), white ones and even mixed brownies at the Presidency. But Gonzalo N. Santos found our ethnical limitations in his Memorias: “Por mandato constitucional ningún cacarizo puede ser Presidente de México”.
Gonzalo was white and smooth, of course!
Yours,

M.B. & A.Z. (el inglés).

lunes, octubre 13, 2008

Stay


Y te vuelves hacia mí
sonriéndome. Yo pienso
en cómo ha pasado el tiempo
y te recuerdo así.
Jaime Gil de Biedma


–Sabía que no podías faltar, Arthur- dijo cuando por fin distinguió la silueta en la cocina recargada en el punto del pretil donde faltaba el azulejo. Se acercó a él.
–Claro que no, Michael, aquí me tienes un año más, aunque ahora venga desde tan lejos. Qué silencio tan grande hace en nuestra memoria, ¿no te parece?
–Sí, mucho silencio. Pero ya era así al principio, seguro lo recuerdas, esta calle siempre ha sido una tumba de noche.
–Sería mejor buscar otra metáfora, dadas las circunstancias…
Los dos se rieron brevemente y se abrazaron. La intensa luz de la luna llena aprovechaba todos los ventanales para entrar a la casa y dibujar las losas del piso, la sombra de las rejas, el aire de sus cuerpos.
–Te he extrañado- dijo Michael.
–Mentira. Seguro has pasado la eternidad dando vueltas por los mismos lugares, una y otra vez, sintiéndote más libre aunque sea en el engaño. Después de todo, esta es nuestra memoria, no el mundo verdadero que se quedó allá atrás el día del accidente. Por eso todo es tan perfecto, tan conocido, vacío también…
–¿Vacío? ¿Qué quieres decir?
–No lo que te imaginas, claro, veo que lo paranoico no se te ha quitado, ¿eh? ¿todavía crees que no volveré el año entrante? Nuestra memoria está vacía de los demás porque nunca contaron. En este mundo inmenso sólo estamos tú y yo y los objetos, cómplices para siempre de una escenografía congelada- Lo tomó del brazo y lo acercó a la ventana haciendo a un lado la cortina. –¿Ves esas burbujas de aire? ¿alcanzas a percibir el murmullo?
–Es el vapor de la madrugada, los grillos… ¿de qué me estás hablando?
–No. Son el rastro de recuerdos indefinidos y nuestra memoria está llena de ellos. Son, de hecho, la mejor prueba de nuestra pertenencia, Michael. Sólo en mi ausencia vuelve el mundo, el resto, los demás…
–Yo he hablado con todos. Todo sigue en su lugar, créeme.
–Acompáñame.
Y tomándolo de la mano, Arthur lo elevó por los cielos atravesando la montaña que daba a la ciudad. Se detuvieron en una antena y miraron hacia abajo.
–¿Ves lo que te digo, Michael?
–No hay nadie, ¡pero si yo estuve aquí hace poco! Es decir…
–Entiendo, tu lógica no hace falta para describir el tiempo- Volvió a tomarle la mano y con la otra le acarició el rostro.
–Estás sudando- y rió con franqueza- ¿todavía te dan miedo las alturas?
–Preferiría que siguiéramos hablando allá abajo, si no te importa.
Entonces lo llevó hasta aquella esquina donde los murmullos eran ensordecedores.
–Aquí te conocí, ¿lo recuerdas?- dijo Arthur cortándole a Michael los vellos de la nariz con unas tijerillas diminutas. –Dios, qué descuidado eres con tu persona.
–Claro que me acuerdo, pero ¿por qué hay tanto ruido?
–No seas maleducado, ¿no ves todas las burbujas? ¿el espesor del aire? Han venido a felicitarnos. No siempre se cumplen cien años.
–Pero si yo no veo a nadie.
¿De verdad hace falta que te lo explique otra vez? Si quieres verlos me voy…

–No, por favor, quédate conmigo. Quédate siempre, siempre… hasta la noche.

lunes, octubre 06, 2008

Veinte años después (u Octubre, Octubre, Octubre)

Aquel jueves tuvo una confirmación del inevitable regreso del pasado y, lejos de abrumarse, sonrió como quien sabe de antemano lo que sigue y no por ello se ahorra la visión ni pretende intervenir para acelerarlo o conducirlo. Es verdad que en principio debería haberse indignado, aunque fuese sólo formalmente y mientras transcurría aquel bochorno, una mera anécdota destinada a colorear las notas de los principales periódicos para sacar momentáneamente de la abulia a los lectores, no con ideas, por supuesto (¿quién podría ahora hacer algo semejante?) ni con grandes tragedias que al final sólo se traducen en cifras de muertos y heridos, sino con un simple evento inesperado y casi humorístico estilo Greenpeace o, para el caso, estilo Vamos México.
Nadie notó su sonrisa –demasiado al margen como para salir a cuadro- pero aun si alguien tenía la vista puesta sobre él y no sobre el exaltado que parecía bailar una sevillana delante del presidente y sólo después se supo que le había llamado espurio negándose a estrechar su mano, no habría detectado la mínima intención sardónica o aprobatoria, crítica o lúdica, vacía de todo contenido interpretable su expresión y, sin embargo, sonriente sin abrir los labios, casi mueca sin llegar a ésta porque no había tampoco amargura ni moral, nada torcido en su gesto momentáneo –sólo unos segundos, y luego nada- cuyo verdadero origen estaba en su pensamiento, aunque no pudiera explicar tampoco él por qué dicha causa se correspondía con aquel rostro fugaz.
Quizá fuese un exceso llamar pensamiento a lo que fue la condensada ráfaga de una conversación que tuvo lugar veinte años atrás en la oficina del orientador Hierba, quien le mandó llamar por un reporte de indisciplina ocurrido esa misma mañana durante la premiación del concurso de matemáticas.

–¿Por qué lo hiciste?

–No me había peinado, maestro, no quise hacer el ridículo.

–No me vengas con tonterías, Valero. Sé por tus compañeros que lo hiciste a propósito: pasaste a recoger el diploma y se te antojó lucirte con gorra para mostrar el poco respeto que tienes por la escuela, ¿no es así?
–No, maestro, yo sólo quería pasar sin el cabello revuelto.
–Mira, hijo –de vez en cuando Hierba les llamaba así: había sido sacerdote- la rebeldía no es mala, pero tiene sus queveres. La que tú haces suele ser patrimonio de los imbéciles. Yo conocí unos cuantos y puedo decir que no es eso lo que quieres, simplemente no te corresponde. Y no creas que lo pienso por las buenas calificaciones que sacas o por los concursos a los que asistes, no, sino porque tu naturaleza es todavía más escéptica que la de un simple cerebrito…
–No le entiendo, maestro, ya le dije que…
–No me interrumpas- dijo en tono grave el orientador Hierba mientras sacaba sus cigarrillos del cajón –Es probable que no entiendas a qué me refiero ahora, pero indudablemente lo entenderás más tarde; es sólo cuestión de tiempo. Te he visto leyendo libros que no puedes entender y no por ello te los arrebato, ¿verdad? Y bien sabes que tendría razones de sobra para hacerlo, ya me han dicho varios maestros que haces preguntas espinosas y sutiles, tramposas, amparado en textos como los que reparten en la plaza impresos en mimeógrafo… esos cabrones sólo quieren acabar de repartir lo que les dan sin saber a quién lo entregan, ¡dárselo a un mocoso de doce años! ¡es ridículo!
El ex abad se echó a reír dejando caer una larga ceniza sobre su escritorio. Con la mano derecha la barrió de la superficie hasta echarla por la orilla sobre la izquierda, luego la arrojó al basurero. Sacó del cajón un pesado cenicero y continuó.
–Yo estuve ahí, Valero. A mí puedes preguntarme qué pasó esa noche y diré lo mismo que todos: no tengo idea. Yo era el abad de Santiago Tlatelolco hace veinte años y el único que estaba encerrado en la iglesia desde las tres de la tarde en que me visitaron varios agentes vestidos de civil para advertirme que no saliera. Yo era el que se quedó ahí, cagado de miedo mientras una balacera intensa se abatía sobre la multitud, escuchando gritos desesperados y golpes en la puerta, pisadas y rugidos, masas de aire desplazadas por la multitud despavorida, la pesada vibración de los tanques avanzando, el olor a pólvora… y ahora vienes tú con tu gorrita, ¿eh? ¿qué quieres que te diga?
–¿Por eso dejó de ser padre, maestro?- preguntó tímidamente a sabiendas de que el orientador Hierba había pasado casi quince años en Cuba. Le encantaba escucharlo hablar de la Revolución Cubana, del hombre nuevo, del marxismo cuya idea de igualdad tanto le seducía. Pero Hierba no dijo nada al respecto.
–Eh… en parte, sí- respondió el ex abad como saliendo de una ensoñación profunda. Luego retomó la diligencia de su discurso –Comprendí dos cosas, Valero: que tenía que dejar el sacerdocio para transformar el mundo y que para hacerlo no podía seguir la ruta de esos pobres diablos que murieron aquella noche sin saber por qué. Esto último es lo que intento hacerte comprender, aunque no haya tanques en la calle ni te vayan a colgar por haberte puesto esa cachucha: la rebeldía suicida no es para gente inteligente, sino para rebaños, Valero, como los que nunca han faltado a cualquier bando… Estudia, lee, entérate, acomódate bien para estar luego en posición de imponerte, no te cierres el horizonte desde ahora, no seas estúpido en una palabra…

En la junta de la coordinación de eventos sociales de la presidencia, Valero fue felicitado por haber impedido que el jefe del Estado mayor presidencial arrestara al enloquecido estudiante que convirtió una vulgar premiación en un divertido circo. El pese a todo premiado creyó explicar en una atropellada entrevista los motivos de su proceder: “quería producir con un acto el surgimiento de una real democracia con oportunidades para todos aprovechando una fecha histórica” (sic). Valero apagó el televisor y se colocó los tapones para los oídos. Se puso calcetines porque a pesar de ser octubre ya hacía frío. “Estoy vivo” dijo en voz baja antes de dormir. Y sólo él sabía que aquello era un rezo por Hierba que había muerto en 1991 muy lejos de ahí, en Moscú, tratando de evitar la desaparición de la Unión Soviética con una gorra puesta. Nosotros agregaremos que aquellos eran otros tiempos.

sábado, septiembre 20, 2008

Meridiana

Meridiana lo comprendió aquel día, mientras esperaba a que Xavier saliera del trabajo, metida en el coche, con las fotos reveladas y la vieja música que solía poner en su humor nostálgico. Como de costumbre, intervino un sueño, apenas cinco minutos después de mirar algunas imágenes de aquel rollo que esperó veinte años para ser revelado; un sueño instantáneo, de esos que vencen la vigilia apenas aflojar un músculo tras una semana de fatiga acumulada y obligada concentración.
Se había recargado en el asiento, de costado, cuando de pronto sus manos ya no tenían la decolorada foto del día en que terminó el bachillerato, sino el mango plateado de una puerta conocida. La abrió advirtiendo que la cerradura aun tenía el juego habitual con la manivela y que la puerta todavía se frenaba en el mismo ángulo, al contacto ligero con un relieve de la moqueta mal puesta. Ahí estaba su cama, su cabecera infantil con los ejemplares de la suscripción a la revista que pagaba su madre, su ropa doblada, su mesa-banco con la maquinilla de escribir de cinta rojinegra, la radio en forma de cubo donde además podía tocar los quince cassettes que tenía, el reloj con brújula que nunca funcionó…
Se acercó a la cabecera. Quiso escuchar una canción que había grabado del radio y supo exactamente en qué cinta estaba. La tomó, la puso en la rejilla, adelantó lo que hacía falta identificando la canción que estaba antes de la que deseaba (una capela ridícula de un grupo al que entrevistaban) y entonces la escuchó: el cubo reproducía el sonido apretándolo en los graves y desdeñándolo en los agudos, justo como eran las cosas, aunque ahora la cama se hundiera más al peso de su cuerpo de mujer de treinta y cuatro años, no de niña de trece…
No lo notó enseguida, si bien se miró las manos al pasarlas por la colcha azul de delgadas rayas blancas y las percibió muy grandes y rugosas, con venas azuladas y visibles, nada suficiente para distraerla del cuaderno de resúmenes que tenía al pie de la cama: las hojas enganchadas a sus pequeños aros y separadas en cinco secciones por laminillas plásticas de colores. Pasó las hojas con fascinación, recordando datos, encontrando dibujos, mirando el doblez de la última hoja –sobre los asirios- cuya esquina sufría al rozar con los bordes de la contraportada y despegaba lentamente la etiqueta de la orilla. ‘Yo sé que sé’ –se dijo en el sueño con el pensamiento- ‘y ahora sé lo que no sabía que sabía’.
Entonces fue al clóset y encontró sus blusas y los vestidos con holanes y los zapatos de charol, tres discos enormes envueltos en plástico, el sombrero de paja que le regaló su tía Benigna y la caja de música que ya no sonaba. Pensó en su diadema blanca y recordó que todavía no la compraba. Lo mismo pasó cuando abrió el último cajón de la cómoda sabiendo que encontraría cartas de su padre y perfumes en frasquitos diminutos, pero no el suéter olvidado de Septentrión al que todavía no conocía; destapó cada envase confirmando el olor y su circunstancia, acaecida o por venir, pero ya sabida.
Entonces levantó la vista y comprobó que ya era de noche. Se acercó a la ventana donde faltaba el tercer barrote y miró el cielo estrellado, luego escuchó al perro olfatear por ahí y pasearse haciendo sonar sus uñas, rascando la pared para que ella bajara una mano y le acariciara la cabeza. Una extraña angustia la invadió al comprobar que estaba a la altura del barrote faltante, que sus brazos eran tan largos y sus pechos tan grandes. Terminó la música en el cubo, buscó el interruptor de la luz. Frente al espejo lanzó un grito de espanto…
En el estacionamiento ya no había nadie. Se pasó una mano por la boca, se miró en el retrovisor y apagó el estéreo. Sonrió convencida de que no importaba el tiempo ni el lugar, porque ya habría estado allí, porque ya sabría dónde estaba cada cosa, porque al despertar también se reconocería. Xavier se acercaba por la explanada y, como de costumbre, ella fingió no darse cuenta de su aproximación para dejarlo creer que la sorprendía, abrirle la puerta hasta que él le señalara que los seguros seguían puestos, y entonces preguntarle “¿Cómo te fue?”.

lunes, septiembre 08, 2008

Querer

–¿Diga?- dije al contestar el teléfono luego de subir a toda prisa hasta el cuarto de los diccionarios (tengo muchos, una manía, ni siquiera los he abierto para consultas) donde llevaba ya un minuto sonando como si fuera urgente.
–Buenas tardes- dijo la voz incongruentemente: eran apenas las diez de la mañana –Le llamo para preguntarle si sabe lo que quiere...
Tardé unos segundos en responder, pensando que faltaba algo en su frase, luego creyendo que se trataba de un pedido mío que debía completar, pero no me vino ninguno a la memoria.
–¿Eh? ¿Lo que quiero? ¿De qué?
–Le he preguntado si sabe lo que quiere- repitió obstinado el individuo, una voz neutra con un posible rango de edades muy amplio, entre 25 y 50, me parecía. Pensé entonces que se trataba de una broma y le dije en tono de guasa:
–Quiero que me deje en paz, ¿qué le parece?
–¿Y de verdad se quedaría en paz? ¿es eso lo que quiere, es decir, le falta?
Con lo que venía ocurriendo en el país temí que se tratara de un secuestro, pero luego mi cerebro se inclinó por la simple idea de publicidad por teléfono. Quizá sólo debía contestar la pregunta y descubrir las últimas ofertas de Todotiendas o recibir el premio. Me atreví:
–No, no me falta paz. Y sí sé lo que quiero, naturalmente.
–Qué bien, le felicito. ¿Qué es lo que quiere?
Era una pregunta impertinente, desde luego. Recién acababa de intentar por todos los medios quedarme en el país, sin mucha convicción y sin éxito, y ahora estaba a sólo un día de largarme de nuevo a donde no quería: la bien conocida combinación de orden y progreso por un lado, y alienación, soledad y extranjería por el otro. Pero volvió a mi cabeza la idea de una promoción:
–Quiero ganarme el premio…- dije tímidamente, casi en forma interrogativa.
–Me temo que la vida no guarda más premios que el de su transcurso, señor, y eso ya es difícil de apreciar. ¿Se refiere al premio de estar vivo?
La idea me parecía insoportablemente ñoña. Y aun así alcancé a pensar: “Sí, prefiero estar vivo a morir. Prefiero que mañana no caiga el avión ni descarrile el tren. Prefiero la vida, pero….” Y entonces supe lo que contestaría:
–Oiga, la vida no puede ser premio porque ello implica nuestra existencia antes de ganarla: ¡es absurdo!
–Fue usted quien mencionó el premio, señor. Pero ya que lo aclara, ¿qué es lo que quiere, entonces?- dijo sin darme tiempo a celebrar mi escolástica antiteológica.
Estaba distraído y sosteniendo una conversación ridícula con un desconocido mientras Adriana arreglaba la cocina abajo y un improvisado jardinero cortaba el pasto del pequeño rectángulo verde, en el patio. Un humor melancólico anticipado, parecido al de quien sabe que pronto morirá, se instaló en mi cabeza y me hizo suspirar hondamente con el teléfono pegado a la cabeza. Me llegaba todavía el olor del desayuno de hace una hora, pasé una mano por los lomos de los diccionarios y me percaté de que se había nublado un poco.
–Usted gana- dije. –No sé todo lo que quiero, a veces deseo imposibles, cosas irreconciliables entre sí.
–Lo entiendo, caballero, lo entiendo. Pero querer imposibles también es saber qué es lo que quiere, ¿no le parece?
–¡Menuda victoria! ¿y de qué me sirve si no soy feliz?
–¿Felicidad? Esa es una idea peligrosa, señor, yo no me atrevería a tanto. En cambio saber lo que quiere le da voluntad, lo mueve, lo mantiene ocupado. ¿Está haciendo lo que quiere?
“Y lo que no quiero también”, pensé haciendo una mueca y contemplando en su totalidad los distintos actos de mis tres meses de forzadas vacaciones. “A cada hecho, a cada movimiento lo impulsaba el deseo de consumarse, pero también la esperanza de su rechazo, de su impedimento, de su frustración última”, pensé en breves segundos. Y dije:
–Indudablemente. Y me complace y no me complace.
–Entiendo, señor, es lógico… parece que efectivamente hace lo que quiere- aseguró mi interlocutor.
–Así parece- dije con nuevo aire de suficiencia. Ya había sol de nuevo, algunos rayos caían sobre el globo terráqueo iluminando mi destino.
–Que tenga buen viaje- completó el desconocido para enseguida colgar y dejarme preguntando:
–¿Cómo? ¿Quién le dijo que voy a viajar? ¿Oiga? ¡Oiga…!

Oí la voz de Adriana llamándome: el jardinero ya había terminado.

lunes, junio 02, 2008

Consistencia

–¿Qué le parece, no sé, las sectas en el Medio Oeste americano?
–¡Bah! Es de una aburrición extrema, por favor- dijo apartando la mirada de mí por unos segundos y dirigiéndola al ventanal que tenía a su izquierda. Luego volvió: –Estamos hablando de su tesis doctoral, no de un reportaje para CNN. El consejo ya está harto de sensacionalismo disfrazado de antropología.
–Pensé que sería interesante abundar en los mecanismos de alienación que investigué junto con usted…- agregué tímidamente. Él volvió a abstraerse en el ventanal por un lapso más amplio. Luego volvió la cabeza súbitamente y me miró con gran intensidad.
–¿De verdad le interesa el tema?- preguntó sin darme tiempo a contestar –Quizá tenga entonces algo para usted… déjeme ver…
Se levantó de su silla y retiró una carpeta negra de uno de los estantes. Abriéndola tomó asiento de nuevo mientras sacaba su fino bolígrafo Parker del que nunca se separaba. Subrayó un par de datos y me extendió la carpeta abierta por la mitad: apenas cuatro folios de descripciones hechas con máquina de escribir, una dirección y un nombre. Fue así que llegué a Chico, Wyoming, para adentrarme en la Real Science Society de John Pardon.

El maestro Pardon, como todo mundo lo llamaba, había logrado atraer a más de setecientas personas a los cursos impartidos por su sociedad. Gente de diversos puntos de la región se hospedaban en las instalaciones de una antigua granja en la orilla norte del pueblo, justo al comienzo de las Black Hills, no para recibir la bendición del maestro, no para esperar a Dios, no para proclamar el fin de los tiempos o rechazar a la sociedad. No. La gente ahí reunida lo hacía en la promesa de volverse inteligente para así arreglar sus problemas y vivir a plenitud.
En efecto, Pardon definía la inteligencia como la capacidad de argumentar en cualquier sentido, rechazando la verdad y la contradicción como conceptos vacíos desde un punto de vista lógico, o circunstanciales y relativos desde un punto de vista práctico. La historia de su sociedad comenzó en la Universidad de Sheridan, donde Pardon era nada menos que catedrático de Lógica en el Departamento de Matemáticas Puras. Luego de diez años como profesor investigador fundó un pequeño grupo en compañía de doce de sus antiguos estudiantes de tesis. El grupo sin nombre impartió cursos de lógica moderna a decenas de estudiantes y publicó una gran cantidad de trabajos en seminarios especializados, pero las actas de sus reuniones privadas no fueron conocidas sino hasta que uno de los miembros las envió a todas las computadoras del departamento. Esas actas causaron el cese inmediato de Pardon y de los ex estudiantes que ya tenían cargos en la universidad: en ellas se desmenuzaba por medio de la lógica el discurso lingüístico de varios colegas, incluido el rector y algunos altos cargos.
Como supe por el brevísimo expediente con que viajé a Wyoming, Pardon y su grupo habían desarrollado una poderosa técnica no sólo para analizar el lenguaje desde el punto de vista lógico, sino para construir un discurso de semántica definida y verdad irrefutable, en cualquier sentido deseado. Ello resultaba extraordinario por cuanto apuntaba a un problema lógico grave en el seno de cualquier lengua: era posible construir cualquier afirmación impecablemente verdadera... pero también su contraria. Pardon aseguraba que no había ningún motivo de escándalo en su técnica, puesto que “la retórica fue el primer intento del hombre por construir verdades arbitrarias, pero le faltaban matemáticas; Gödel nos proporcionó algunas pistas en esa dirección y nosotros concluimos el trabajo”.
En la granja de Chico no fue fácil entrar en contacto con Pardon, toda vez que él se ocupaba de los grupos avanzados y yo debía pasar forzosamente por algunos cursos de inducción a fin de tenerlo como maestro. Pero uno de sus acólitos le comunicó que hacía una tesis sobre el grupo y ello pareció entusiasmar al matemático. Me permitió la entrada a una de sus clases, un “grupo avanzado no especialista” (en matemáticas, se entiende). Abordaba entonces un asunto que encontré fascinante, si bien no tenía la menor idea de cómo podía traducirse ello en números y variables. Después de todo yo era antropólogo:
–¿Qué nos dice Gödel? ¿qué importancia tiene saber que hay afirmaciones sintácticamente correctas en el marco de la aritmética cuya verdad o falsedad no puede ser establecida? ¿qué tiene qué ver esto con el mundo en que vivimos?
Encendió el proyector y mostró algunas citas de Bush y su equipo cercano en relación con la ocupación norteamericana en Irak.
–Luego de meses de no dar con las armas de destrucción masiva que presuntamente tenía el gobierno iraquí, ¿qué les parece esta afirmación de Rumsfeld? ¿no es extraordinaria?
Y señaló con un gesto la famosa frase “El hecho de que no hayamos encontrado las armas de destrucción masiva no prueba que no las hubiera”. Todos reímos recordando aquel patético ex ministro de Defensa que terminó sus días en un sanatorio mental. Pardon continuó impasible:
–Veo que todavía no son personas inteligentes: Rumsfeld no miente en ningún sentido, ni lógica ni semánticamente- Se produjeron murmullos en la sala al tiempo en que Pardon hacía una pausa mirando hacia fuera. Luego se volteó hacia mí y continuó –El ex secretario de Defensa sólo utiliza un argumento que es tradicional en esa, digamos, área del conocimiento que son las ciencias sociales, y se funda en la ambigüedad gödeliana, ¿no es así?
–No veo cómo puede argumentarse con ambigüedades- dije luego de proporcionarle mi nombre. Y continué –Supongo que la lógica es respetada en las ciencias sociales tanto como en cualquier otra disciplina, ¿no?
–Si lo es tanto como en las matemáticas entonces estamos de acuerdo: Rumsfeld decía la verdad- y aquí se le dibujó una mueca irónica. –Pero también la decían los miles de manifestantes que en todas partes de Europa protestaban contra la guerra diciendo lo contrario, aunque no les constaba y, me temo, muchos de ellos querían decir “Protejan nuestro modo de vida” al mismo tiempo que “No a la guerra”… ¿es esto una contradicción?
Nuevas risas atravesaron el salón y por algún extraño motivo enrojecí de vergüenza, como si la risa la provocara yo. Pardon habló más alta y concentradamente, como tomando aire:
–El descubrimiento de Gödel demuestra que la consistencia es una verdad salpicada de huecos; en tanto que la contradicción es la completitud. A nivel físico esto está plenamente demostrado en el principio de incertidumbre: puesto que el mundo positivo no puede ser inconsistente, entonces es incompleto: da saltos, es cuántico, se ve afectado por el observador, incluso. Las ciencias exactas, sobra decirlo, fundan su evolución en la consistencia –desviando discretamente la mirada cuando se señala que se parte de axiomas- en tanto que las ciencias sociales –y de hecho cualquier otro conocimiento teórico- se fundan en el lenguaje. Y es gracias a ello que pueden aspirar a la completitud, o sea, a la contradicción selectiva…

He pasado dieciocho meses en la sociedad del maestro Pardon. Ya no sé si terminaré la tesis, quiero decir, he enviado dos tesis opuestas a mi director a fin de que escogiera la mejor y ello no le ha parecido bien, ni siquiera gracioso. Me ha contestado en una larga carta advirtiéndome que estaba “poniendo en grave riesgo” mi futuro profesional y explicando los motivos por los que debía abandonar la sociedad inmediatamente: “es el equivalente moderno de los sofistas”, concluía. Fui a hablar con Pardon sobre la misiva para pedirle consejo. “Creo que dice la verdad”, me dijo. Y ambos nos reímos de muy buena gana.

martes, mayo 06, 2008

San Bartolomé

Recibí esta mañana las diez cajas de papeles rescatados del último asalto aliado sobre Argel. Las envía el general Du Sautoy porque, como bien dice, “harán falta para reconstruir la historia de este malentendido”. Eso dice en la carta privada, desde luego, porque la pública es casi telegráfica: “Sírvase recibir en custodia el legajo en diez paquetes no clasificados provenientes del Cuartel General de La Hermandad. Acuse de recibo a la Comandancia Aliada en Londres”. Ahora que la guerra terminó las bibliotecas de toda Europa, pero sobre todo y como es costumbre, de las grandes capitales, vuelven a abrirse y llenarse de estudiosos y escritores que quieren emprender desde ahora la explicación de la Guerra de Civilizaciones que otros llaman Tercera Mundial y otros más, Gran Guerra de Religión por sugerencia de los círculos de derecha estadounidenses que, visto el precio pagado, quizá tengan derecho a nombrarla como mejor les parezca.
Lógicamente no he tenido demasiado tiempo de mirar dentro de las cajas –quedan siete sin abrir- pero la tercera me ha detenido el resto de la tarde por cuanto contiene nada menos que el diario intermitente de Higinio Ríos, estudiante peruano en la Francia de la preguerra que, lamentable e incomprensiblemente, fue una de las primeras víctimas del conflicto que entonces se consideraba sólo otro de esos brotes gratuitos de violencia en las periferias de las principales ciudades francesas.
A Ríos, igual que a toda Latinoamérica, el problema entre la civilización occidental y el mundo musulmán le tenía sin cuidado. No era estudiante de humanidades o política, ni siquiera de economía o negocios como para que estuviera al tanto de aquello a lo que, finalmente, le tocó enfrentarse, ingenuamente según parece desprenderse de las distintas entradas de su maltrecho diario donde consigna lo mismo problemas de matemáticas puras como los distintos problemas que le fueron cercando hasta la ahora conocida como Segunda Noche de Bartolomé (sin el “san”). Cito algunos párrafos de sus últimos días, apenas al inicio de su tercer año de estudios.
“23 de agosto de 2021. Hace dos años que llegué a Francia, parece increíble. No sé de qué estoy más decepcionado, si de mi incapacidad para resolver los problemas de matemáticas que plantea el doctorado (maldita sea la conjetura de Goldbach), si de mis colegas franceses que han resultado ser unos grandes cabrones o de los que creí que eran mis amigos musulmanes y han resultado ser un atajo de maricones en sentido estricto y figurado. Mañana toca reunión, qué fastidio…
25 de agosto de 2021. La reunión de ayer volvió a ser un fiasco. Los jefes han examinado con su habitual indiferencia cada una de las ecuaciones y argumentos que utilicé en mis diez minutos de exposición. No ha habido comentarios. En el brindis que siguió surgieron las conversaciones de costumbre: Guerlain utilizándome como comparsa de sus provocaciones sobre religión y política mientras el resto nos observa intercambiar bromas y razonamientos afilados sobre ellos. Obviamente él puede hacerlo con más desparpajo porque no vive en la residencia de estudiantes ni se ve obligado a escuchar las verdaderas opiniones de los musulmanes, porque habla francés fluidamente y es el jefe. Yo no. Mala suerte.
29 de agosto de 2021. No volveré a discutir con Hichem. Igual que El-Hadi parece que su cerebro funciona por departamentos: existe el departamento técnico con el que hace matemáticas (y no lo hace tan mal), pero también el religioso, el político y el social que funcionan a base de necedad, de sinsentido, de absurdos que me resulta intragable que sostenga. ¿Qué le pasa a esta gente? ¿Cómo puede nadie hacer un doctorado en ciencias creyendo en religiones? ¡Y más en esa patraña del Islam! Aunque bueno, la discusión de hoy no fue esa sino el hecho de que me dijera que en Túnez no hay homosexuales. Es bueno saberlo, le dije, considerando la cantidad de tunecinos que se quieren demasiado en la residencia de estudiantes. Es la influencia corruptora de Francia, se atrevió a decirme con la anuencia de El-Hadi luego de que le explicara la ironía y el sentido figurado. Son increíbles.
1º de septiembre de 2021. No parece posible que las amenazas inglesas y americanas frenen las intenciones de Irán para ocupar Irak en connivencia con la recién declarada República Islámica de Pakistán. Ni siquiera Francia ha reconocido a esta última y las tensiones con India son insostenibles. En el trabajo, los musulmanes no han disimulado su regocijo delante de mí porque yo no cuento, aunque han tenido buen cuidado de no ser vistos haciendo elogios de lo que llaman La Hermandad delante de franceses. Como no soportara la hipocresía brutal de estos guiñapos y me sobrara el tiempo por la tarde luego de enviar el artículo sobre problemas equivalentes a la conjetura de Goldbach, hice una caricatura recordando sin dificultad las clases de dibujo en Lima. El resultado fue espectacular: menos de una hora después de que la colgara en el tablero de avisos ya había caras largas en la oficina. Me reí con gusto de que El-Hadi, trabado de rabia, me dijera que eso no era de buen corazón, ¿qué habrá querido decir?
2 de septiembre de 2021. Durante el día han desfilado por mi oficina mis colegas musulmanes, pero también muchos otros a los que sólo conocía de vista. Salim ha querido que me disculpara públicamente por medio de otra caricatura, explicó que esa sería la única manera de salvarme. Riendo como a veces no tengo más remedio ante lo que considero grandes idioteces, le he dicho que no creo en la salvación, ni la católica ni la islámica. Murmuró unas palabras en árabe sin levantar la vista y moviendo la cabeza de un lado a otro. La caricatura desapareció y entonces fui convocado por Guerlain. Estaba furioso. Me explicó que no se puede ir por ahí ofendiendo las creencias de los demás, que las leyes francesas eran muy estrictas al respecto, que viera lo que estaba pasando en París –ya treinta y tres muertos y contando- y evitara más provocaciones, que me dedicara a trabajar. No pude evitar preguntarle, ¿pero Usted por qué lo sigue haciendo? No has entendido nada, me dijo.
4 de septiembre de 2021. Y ocurrió. Irak fue invadido esta mañana por una coalición irano-pakistaní. Siria y Líbano se apresuraron a hacer lo propio amenazando a Israel y forzando la neutralidad turca. En París los disturbios se han extendido peligrosamente. Ya comienzan, también, en otras ciudades de Francia. El-Hadi esbozó una torcida sonrisa cuando me mostró el vídeo de una convocatoria lanzada en todos los países árabes para implantar la sharia “por el fuego purificador de la yihad”: locos barbados con grandes túnicas y tenis deportivos de marca vociferaban por altavoces palabras ininteligibles e histéricas que El-Hadi rehusaba traducir. Tu religión es una mierda, le dije. Y ahora que reflexiono debí agregar que cualquier religión lo es, toda vez que el discurso conjunto de los presidentes norteamericano, francés e inglés repitió la palabra “Dios” ¡veintisiete veces! Sigo intrigado sobre a qué se refería Guerlain cuando me dijo que no he entendido nada. Será otra de sus frases contundentes y abusivas, ser jefe ha de hacerle creer que tiene razón en todo. Cabrón.
7 de septiembre de 2021. Desde los atentados de anteayer no ha habido manera de salir de noche y las actividades en la calle se han reducido enormemente. Sigue habiendo disturbios, según parece, pero ha entrado en vigor un estado de emergencia que incluye restricciones al acceso a la información. Prefiero creer lo que me han contado algunos brasileños en la residencia (los franceses se han ido) en el sentido de que los musulmanes preparan algo. Llevan ya treinta y seis horas encerrados en la mezquita que el estúpido gobierno francés, tan comprensivo, les construyó en el sótano de la residencia.”
No encuentro entradas posteriores a esta fecha, lo que me hace suponer que Felipe Dos Santos tenía razón cuando contó en Londres su hazaña de huir de Francia para refugiarse en Inglaterra de los horrores de la Segunda Noche de Bartolomé, como desde entonces se le llamó en Francia al 9 de septiembre, ignorando que lo mismo pasó en otros países occidentales con grandes poblaciones musulmanas. Felipe pudo escapar gracias a que se hizo pasar por árabe y mendigo, repartiendo “salamalekoms” a diestra y siniestra, echándose al canal de la Mancha en una barca de motor que se averió a unos cinco kilómetros de la costa.
Contaba Felipe que antes de salir de la residencia de estudiantes vio cómo sacaban a Higinio al patio iluminado sólo por fogatas (ya no había electricidad) mientras él se escondía detrás de espesos matorrales. Luego de tormentos atroces y de violarle sin mayor observancia de los preceptos antisodomitas del Corán, algunos tunecinos entre los que se encontraba Hichem recogieron el cadáver y lo llevaron al estacionamiento. Un automóvil esperaba con el motor encendido. La cajuela se abrió automáticamente, echaron el cuerpo, el chofer cruzó algunas palabras. Al arrancar y pasar muy cerca de otra de las fogatas, Dos Santos reconoció el rostro de Guerlain.
Y Dios reconoció a los suyos.