Bien me decía Tatiana que explicar no era curar ni hacer feliz, pero no me importaba. Prefería aprovechar su compañía para hablar de mis asuntos con absoluto descaro egocéntrico en lugar de escuchar sus prédicas sobre la felicidad o los todavía más deprimentes detalles de su vida privada. Era una psicóloga muy aburrida cuando hablaba de sí misma, no así cuando empleaba sus controvertidos análisis para estudiar a terceros. Y yo era su amigo, de modo que ni siquiera tenía que pagar por su opinión profesional.
Aquella tarde de julio paseábamos por la orilla de la Antigua Caja de Agua de los Colomos, cerca de la esquina donde abundaban las tortugas, un poco hartos del calor y el aire detenido que un cielo parcialmente nublado no hacía circular ni enfriaba. Yo había vuelto a levantarme un tanto nostálgico, como siempre que al abrir los ojos descubría una espalda desconocida a mi lado. La de esta mañana era ancha y tensa, con una cicatriz justo a la mitad de un pequeño tatuaje. Había cometido el error de quedarme dormido antes de echarla y entonces pagaba con desazón la contemplación de aquella carne que la tétrica luz de la mañana anunciaba perecedera. No quería hablar de ello ahora.
–Tati, ¿qué crees? He descubierto en Internet detalles de la vida privada de dos o tres amigos de la preparatoria. Ya, ya, no me censures, es un ejercicio que encuentro particularmente placentero y humillante, pues me gusta observar mis reacciones e intentar leer lo que me quieren decir, ya me conoces, este narcisismo incurable… Pero bueno, vamos al grano, el primero de ellos fue mi compañero en el concurso estatal de matemáticas: ahora es sacerdote, pero no cualquier pobre diablo, ¿eh? Se trata del célebre autor de libros de autoayuda como “¿Qué quiere Dios de mí?”, “Mujer y hombre modernos”, “Pienso, luego soy feliz”, mejor conocido como el padre José. En su página, este cretino de pulcra barba, lentes de diseño, saco tweed y sonrisa colgate que aparece en televisión de cuando en cuando, anuncia sus libros con poses ridículos y dengues estilizados. Nadie que merezca la pena juzgar con severidad, desde luego, aunque tanto nos tiente esta moralina de fracasados que sólo ve fraudes en los triunfadores...
–Yo no lo juzgo, aunque reconozco que me molesta saber que ese hijo de puta no hizo psicología ni pasó por ninguna facultad antes de dar consejos a la gente. ¡Es competencia desleal!
–Es mala profesión la tuya, querida, mal fundada desde el momento en que obliga a los que la ejercen a cobrar por lo que los amigos hacen gratis: discutir los problemas ajenos.
–No vamos a hablar otra vez de eso, ignorante. Sigue.
–Bien. El segundo fue mi compañero de programación, Omar. Su página es interesante por cuanto es capaz de presentar la misma ñoñería del padre José bajo ropajes presuntamente modernos. Asistimos de nuevo al esquema heterosexual autocomplaciente hecho de mujer, niño y propiedades, con abundantes gracias a Dios por los bienes recibidos, con fotos de cumpleaños, compañeros de trabajo que se hacen compadres, esposas de los compañeros que devienen comadres, salidas a restaurantes, viajes al extranjero y alguna estancia en hoteles todo incluido. Te apostaría lo que fuera a que entre los escasos libros que tiene este imbécil se encuentran todas las excrecencias del padre José, salvo porque el caso de Omar es todavía peor: es protestante, ¡ja, ja, ja!
–¿Original o convertido?
–Convertido, hombre, ¿de qué originalidad hablas? Tenía dieciséis años cuando se mudó de religión por órdenes de su madre, que estaba loca, divorciada y necesitada de dinero. Luego le sentó bien el aire de superioridad moral que sobre la mayoría católica le procuraba su nuevo estatus de outsider. Ah, el fervor...
–Oye, tampoco puedes juzgarlo con severidad sólo porque eres maricón y perdiste tu religión, ¿eh? Mucho desdén por la felicidad, pero a la hora de la hora...
–¿Felicidad? Deja eso para tus cursos de budismo zen, Tati, yo sólo tengo curiosidad. Y ganas de reír. Así que déjame terminar y guárdate tus falsas objeciones que sólo subrayan la verdad de lo que digo. Si me interrumpieras menos...
–¿Vas a terminar? Hace un calor horrendo aquí y no me da la gana aguantar tus regaños. Sigue.
–El tercero del que supe fue Lino, que se hizo profesor como su padre y su abuelo. Encontré su currículum y algunas fotografías en la página de la universidad donde lo contrataron, que es donde trabaja su padre y donde trabajó su abuelo. La foto de bienvenida nos lo muestra de frente, radiante, bien peinado, con una corbata discreta y saco negro, enseñando una hilera de dientes que se antojan perfectos. La mayoría del currículum está en inglés y, aunque un tanto incongruentemente, produce la impresión de pertenecer a una compañía y no a una universidad...
–Una cosa no excluye la otra.
–No, no, ya lo sé, especialmente en estos tiempos.
–O los que sean. Piénsalo bien.
–¿Me vas a dejar terminar?
–Concluye.
–Tanta gente estable me hizo pensar que estoy equivocado, Tatiana, que quizá debiera rendirme antes de seguir peleando contra el mundo, antes de que sea demasiado tarde y mi exclusión sea definitiva.
–Es definitiva.
–Estás siendo de mucha ayuda, morena, gracias...
–Ah, ¿quieres que te mienta? Debiste ser más amable conmigo, querido, ahora ya no tengo ganas. De modo que sigo. No peleas con el mundo, no seas dramático, pero tu desadaptación y terquedad son genéticas y tienen un precio que estás pagando con gran anticipación. Yo creí que podíamos esperar a que estuvieras en tus cuarentas antes de que se cerrara el cerco, pero mira, ¡te nos has adelantado!
–¿Cerco? ¿No eres tú ahora la que está siendo dramática?
–No. Tus dramas se inspiran en la exaltación del ego (“yo contra el mundo”, “yo excluido”, “yo original”, “yo excepcional”), pero lo que yo describo apenas te concierne: esta sociedad funciona como un solo organismo programado para excretar lo que no necesita. No hay mala intención en quienes te han ido segregando –tú mismo, dicho sea de paso- sino unos ojos no aptos para destacar la invisibilidad. Tú eres invisible.
–¿Y por esta mierda de consejos te pagan tus clientes?
–No, qué va. ¿Quieres soluciones? No las hay. Pero hay paliativos: ¿por qué no haces lo que ya hiciste seguramente anoche, luego de enterarte y no reconocer el éxito de tus viejos amigos: salir, emborracharte, follar, asomarte al inframundo donde el encanto dura hasta la mañana siguiente?
–¡¿Cómo…?!
–Soy psicóloga, ¿recuerdas? Pero esta vez no permitas que nadie amanezca en tu cama. La soledad es un sutil contraste. Y la autoestima.
Nubio tenía visiones. Especialmente cuando se sentía amenazado por los problemas de la vida cotidiana su cerebro se regía por una paranoia no exenta de lógica y sentido. Relaciones delirantes, causas inextricables y perspectivas fabulosas surgían entonces a partir de cualquier insignificancia con una fuerza de persuasión irresistible. Es así que esta mañana presenció en cinco minutos la evolución del edificio blanco, sede del laboratorio en el que trabajaba, desde su actual emplazamiento hasta la desaparición del menor vestigio del mismo. Su visión resumía poco más de diez mil años de historia, aunque sólo quinientos bastaron para que toda presencia humana desapareciera bajo un cielo gris violáceo y una secuencia de lluvias ácidas redujera las paredes a escombros. Gruesas capas de arena enterraron las ruinas y nuevos océanos inundaron el lugar convirtiéndolo en su lecho. Una explosión de lava completó la destrucción haciendo hervir las aguas en que desconocidas bestias marinas se desplazaban a gran velocidad en densos cardúmenes.
Nubio entró al edificio. Sobre su escritorio encontró de nuevo los formularios de adhesión a la Sociedad Bienpensante a la que, por razón de edad y circunstancia, pero sobre todo por ley, estaba obligado a adherirse. Un agudo dolor metálico que había tratado inútilmente de calmar con un cóctel de analgésicos y hierbas volvió a recorrer el camino entre su oído izquierdo y la barbilla, pasando por todos los dientes. Sudando, en medio de un ligero mareo, cerró los ojos y se vio abandonando el laboratorio por la puerta de emergencia del segundo piso, tropezando, cayendo de costado, gritando a los agentes del orden que le dejaran en paz, sintiendo el calor de su propia sangre que escurría por la pantorrilla desde un orificio de bala perfectamente delimitado.
Nubio alucinaba. “La creencia en un dios o dioses yo la considero perfecta”, repetía a los paramédicos de la ambulancia camino al nosocomio. Sus colegas coincidían en que llevaba una semana sometido a grandes tensiones, valorando qué hacer con su vida, hablando de puntos de inflexión y encrucijadas. “Tengo ahora trece años, cinco meses, dos días, diecinueve horas de estar avanzando hacia ese despertar que por razones obvias ha de llegar”, encontraron escrito en al menos quinientos archivos de su computadora fechados el 22 de junio de 1989. “De cualquier manera su contrato terminaba en agosto”, concluyó su inmediato superior con un gesto de tranquilizadora neutralidad. “Por una vez hace calor aquí, ¿eh?”, completó rematando con una carcajada.
Nubio resolvió crucigramas, problemas, contestó preguntas. Clarividente, explicó a una docena de médicos las situaciones que podían inferirse del simple contacto visual con ellos, proporcionando detalles, formulando deducciones, permitiéndose consejos. Vio con peligrosa empatía el origen alcohólico detrás de la alineación de plumas en el bolsillo de un oncólogo, su mal humor circunstancial, la voz forzadamente grave con que procuraba sobreponerse a las burlas de sus compañeros de primaria. Mirando al techo para contener las lágrimas le pidió a una enfermera que dejara de acobardarse ante las ricas sugerencias de una vida onírica diez veces más placentera que la vigilia. Durmió desde las seis de la tarde hasta las nueve de la mañana, pensando en blanco.
Nubio es un hombre grande, un gran hombre. Pero sus visiones le impiden funcionar en períodos de angustia porque exceden con mucho el ritmo de la lógica de los hombres. Afasia, dicen los médicos. Asincronía, dicen sus colegas. Su madre cree que está loco, pero hace años que no lo ve. Esta mañana de 22 de junio abre los ojos en el hospital, pide disculpas, le da la mano a Guillaume el psiquiatra y a Hugues el neurólogo. Se retira con una gran botella de agua para calmar una sed de roca mientras toma el taxi de vuelta a su habitación. El conductor no tiene rostro, no habla, pero Nubio escucha su pensamiento decir “El verano es un mal tiempo para morirse en busca de la felicidad y de la salvación”. Reminiscencias, supone, de un día de estrés extremo.
Ya está en su habitación y descubre con terror que nunca se ha ido. Hay miles de páginas escritas, el calendario fijo en el 22 de junio de un año que no puede leer. Nubio tiene visiones. Visiones de un 22 de junio en que no puede morirse. Un día de verano en que los edificios revelan su futuro hasta la última extinción. Tengo hambre, tengo sed. Creo que tengo familia. Nubio alucina o resuelve crucigramas. Tiene un trabajo en el edificio blanco. Nubio tiene que subir a un avión, no más taxis. Creo que tocan a la puerta. Abre. Guillaume el psiquiatra y Hugues el neurólogo están aquí, para extirpar el futuro.
Saliendo del panteón, luego de enterrar a mi abuelo, Don Teodoro y yo nos quedamos hablando entre los abetos de la entrada mientras familiares y amigos se metían en sus coches con una rara mezcla de prisa y pesadumbre. Sudoroso y formal –traje de lana a fines de mayo- el viejo tipógrafo que por tantos años le imprimiera a mi abuelo los calendarios del taller y se hiciera su compadre con motivo de bautizos, bodas y no pocas comuniones, tanto en una como en otra familia, se secaba el sudor con un pañuelo marrón sin cerrar del todo la boca, como jadeando. Parecía faltarle saliva, pero no dejaba de hablar, un desarreglo propio de los que ven en la desaparición ajena lo que les espera y creen poder engañar a la muerte con verborragia. Pero la muerte no es retórica.
–Fue en el cincuenta y siete cuando Don Jesús me encargó el primer calendario, aunque la verdad fui yo quien se lo sugirió, ya ves que tu abuelo no era hombre de semejantes delicadezas, ¡qué va! ¡si en su vida nunca leyó un libro ni maldita la cosa lo que le importaba! Se burlaba de tu abuela y sus ínfulas de cultura, jamás se le hubiera ocurrido regalar a los trabajadores y clientes del taller calendarios con citas de hombres célebres al reverso de cada fecha, con el santoral completo, con los días festivos destacados en rojo… No, no, ¡qué va! ¡si tu abuelo no era de esos!
–¿Sabe, Don Teodoro, que yo conservé los calendarios del taller de los años de mi niñez?- El tipógrafo, que miraba el suelo con sus enormes gafas de fondo de botella, levantó la vista y me miró desconcertado. Parecía que le había anunciado otra defunción y le costó un gran esfuerzo recomponerse, es decir, llevarse el pañuelo a la frente y reanudar su incontrolable río de palabras que, pese a todo, no parecía tranquilizarlo. Tartamudeó.
–¿D-De veras? Mira, mira nada más, qué poco conscientes somos nosotros del destino e influencia de nuestro trabajo, ¿v-verdad? ¿Así que lo has conservado todo, hijo? Los de los años ochenta no se parecen mucho a los primeros, la calidad tuvo que sacrificarse por la carestía, tú comprenderás, ojalá todo hubiera sido como en los años en que conocí a Don Jesús, ¡pero qué va, hijo, qué va! Este país sólo va de mal en peor, lo decía tu abuelo que no votaba y al que le asistía la razón, ya ves que al final ni mis hijos pudieron seguir con el taller, menos mal que hicieron una carrera, todos menos el más chico que prefirió la mecánica a la tipografía, y yo ya estoy retirado, hijo, muy viejo para seguir en esos trotes, ahora todo lo hacen por computadora y cualquiera puede en su casa imprimir los ejemplares que le vengan en gana… ¡qué va! ¡hasta inventarse las fechas!
El tipógrafo emitió un gruñido que pretendió ser una risa y apenas llegó a mueca, seguido de una tos y un escupitajo que no encajaba mucho con la presunta formalidad que seguía haciéndole sudar copiosamente. Creí oportuno intervenir, aunque sólo fuera para ahorrarle un poco de saliva:
–Mi abuela siempre me leía las citas del calendario, ¿sabe? También me relataba la vida de los santos a que hacían referencia los onomásticos. Debía saber mucho de las cosas de la Iglesia, conocía todos los nombres...
–¡¿Todos?!- preguntó Don Teodoro con tono de sorpresa y ojos muy abiertos. O serían las gafas. –Quiero decir, son muchos nombres, sabes… El santoral no es el mismo que hace años, recordarás que el Papa eliminó muchos nombres, luego hay días festivos o fiestas que reemplazan el onomástico, en fin, hay que tener memoria de elefante, yo mismo no estaría seguro de conocerlos todos, ¡qué va! ¡si ya la memoria me falla terriblemente!
–Hablando de las burlas que le hacía mi abuelo a mi abuela, ahora recuerdo que alguna vez, mientras me contaba la vida del santo en turno, le dijo que dejara de inventar historias, que todo lo del calendario eran puros cuentos...
–B-bueno, tu abuelo, que en paz descanse, ya sabes, era un bromista incurable, ¡quién mejor que su esposa para saberlo! Se burlaba hasta de la iglesia, ¿eh? ¿t-te das cuenta? Era un hombre práctico y sencillo, pero eso sí, un buen hombre, leal y arriesgado, un buen amigo, ¡qué va! ¡un compadre como no he tenido ningún otro! De mí también se burlaba, no creas, alguna vez te habrá tocado verlo, me decía cegatón, Don Topo, El Tibio, decía que no era más que una secretaria con una máquina de escribir más grande, que coleccionaba libros para alimentar las ratas del vecindario, que imprimir los devocionarios y catecismos del Padre José no iba a abrirme las puertas del cielo, ¡Dios Santo! ¡vaya si tenía baterías tu abuelo para reír a costa de los demás…!
–¿No las tiene usted, Don Teodoro?- le pregunté aprovechando la pausa que hiciera para escupir. Y la pregunta sonó mal incluso a mis oídos, y me di cuenta de ello apenas formularla, y comprendí que él podía creer que yo defendía a mi abuelo, y cuando me aprestaba a aclararle que no era mi intención, y que sólo lo preguntaba porque sí, y que no había detrás de mi pregunta ninguna gana de ofender ni el menor atisbo de agresividad, ya Don Teodoro levantaba la cabeza hecho un mar de lágrimas y en medio de una agitación tremebunda:
–¡Sí, sí, qué va! ¡claro que puedo reírme de los demás! ¡lo sabes perfectamente, ¿no?! ¡No me tortures más, hijo, ya está! ¿Qué querías que hiciera? ¡No hay hombre en el mundo que soporte la imbécil tarea de buscar citas notables en los libros! Había que inventarlas e inventar sus autores, había que crear santos para hacer de esta profesión algo menos aburrido, había que distribuir aquí y allá algunos errores para que los días no pasaran todos iguales e indistinguibles. ¡¿Qué querías que hiciera, eh?! Lo siento por tu abuela y por tu abuelo, y también por ti y por todos los que celebraron el día de Santa Catalina Chica y de San Coyezno, por los que leyeron las citas de Galileo Lutero y Martín Galilei, por los que creyeron entrever la sabiduría profunda en sinsentidos como “No hay más mañana que el diario pasado” o francas idioteces como “Hombre es quien mira al frente y no tiene ojos en la espalda”, lo siento de verdad, por los devocionarios del Padre José que incluye a los “gachupines” en las rogativas de los que están en los cielos y por los catecismos que hablan de la transubstanciación de Moisés en el Sinaí y la transfiguración de la hostia en el rostro de los profetas… ¡qué va! ¡claro que puedo reírme…!
–Está usted llorando, Don Teodoro, no es para tanto.- le contesté tratando de tranquilizarle mientras un cielo repentinamente nublado empezaba a chispear.
–Pero si no lloro, hijo, ¡qué va! ¿no ves que ha empezado a llover? Siempre llueve el día de San Juan...
–Eso es en junio, Don Teodoro.
–San Juan de Mayo, hijo, San Juan de Mayo…- contestó sonriendo.
–Bien que los años pasen sin concedernos uno sólo de nuestros deseos de juventud (esas inocentes criaturas que terminan por volverse en contra nuestra, irritadas e inflexibles), bien que la resignación termine por imponer su reino de silencio sazonado con la repugnante empatía de los que hasta hace poco considerábamos idiotas, bien que seamos rápidamente descartados como actores en el teatro del mundo y se nos retiren –si alguna vez nos fueron dados- la influencia económica y el poder político, el ascendente moral e intelectual, o hasta la simple calidad de personas en tanto que consumidores; no es posible tragar encima el éxito –aun lógico y consecuente- de quienes juzgamos inferiores no sólo en lo que no nos atañía, sino en lo que nos concernía directamente y creíamos nuestro propio reino indisputable, ¡eso sí que es insoportable, Carmelo! ¡inadmisible! Farsantes, oportunistas, embaucadores que en tiempos menos bárbaros habrían sido denunciados, hoy prosperan hasta erigirse en guías con el aplauso unánime de sociedades frívolas, autocomplacientes y fatuas. Como esta, naturalmente… –¿Dónde lo viste? –En la columna Letras y Artes del Reinformador, imagínate, al menos está en el periódico (por llamarle de algún modo) que le corresponde. Mi sobrino lo olvidó aquí esta mañana, no irás a creer que yo compro esa basura… –Pues ahí tienes el equilibrio que te falta: Rodrigo publica en donde puede hacerlo, es decir, en pasquines provincianos cuyo manual de estilo es perfecto para anuncios de ocasión, ¡ja, ja, ja! –No es cosa de risa, Carmelo. He investigado más y me he encontrado con que este imbécil que ahuyentaba a todas las chicas en la preparatoria y cuyos amigos eran siempre tipos con alguna forma de retraso, ganó hace seis años el premio estatal de cuentos, lo cual hubiera carecido de importancia si la televisión local no lo hubiera invitado enseguida a un programa donde al parecer contó chistes, explicó cómo “su obra” definía a esta ciudad e hizo declaraciones ridículas que pasaron por “fuertes”, elevando espectacularmente el rating. –¿Fuertes? ¿qué quieres decir? –Ya sabes, tonterías de esas que permiten a una sociedad anodina suponer que está delante de un gran pensador, aunque éste sólo repita lugares comunes sin proponer nada serio. Por ejemplo, ¿qué te parece este galimatías? Cito: Es normal que aquí haya ocurrido la guerra cristera porque entonces el gobierno federal pretendió instaurar un laicismo religioso que paradójicamente mezclaba lo que nuestra sociedad teológica ya había separado, pues organizándose en torno a Dios los tapatíos ya comprendían la diferencia entre sus representantes espirituales y civiles. De ahí que hoy haya plena conformidad entre el cardenal, el gobernador y sus fieles. Pese a nuestras diferencias socioeconómicas, no tenemos conflictos. ¡Dios Santo! ¡con razón le dieron su propio programa de televisión! –¿Ah sí? ¿Y eso es lo que te molesta? Si te sirve de consuelo nadie mira los programas de la cadena estatal. –Eso fue hace seis años. Hoy es invitado prácticamente a cualquier programa o evento de los denominados culturales, por parte de cualquier gobierno, editorial o asociación, viaja y escribe libros de esos que se exhiben en los aeropuertos con letras grandes y fotos pretendidamente casuales del autor. Desde hace un año le llaman “el intelectual tapatío”, ¿qué te parece, Carmelo? ¡Y yo sin saber nada! –Interesante. Creo que ya había visto su nombre, pero ni remotamente imaginé que se tratara de nuestro querido Rodrigo, ¡ja, ja, ja! ¡tiene gracia! –¿Gracia? Es un mentiroso cuyo éxito radica en la absoluta ignorancia con que eyecta sus inmundicias. Está convencido de sí mismo y se ha instalado cómodamente en el papel de guía, alma local, sabio, historiador, literato, suma idiosincrásica y espíritu vivo de la ciudad, por usar sólo algunos de los adjetivos que le han aplicado. ¿En qué año estamos, Carmelo? ¿en 1900? –No, pero si el modernismo más obtuso, el menos preparado y más barroco tiene un rincón privilegiado dónde seguir subsistiendo, es aquí, en Guadalajara. ¿Trabaja en alguna universidad? –En todas. Él lo ha explicado como parte del “espíritu conciliador de la provincia que permite la síntesis de tridentinos y revolucionarios, guadalupanos y marxistas”. No pasará mucho tiempo para que incorpore el Sanborn’s, Plaza Galerías y los accidentes de ese monumento a la indolencia vial que llamamos Periférico al repertorio de nuestras más queridas tradiciones. Qué asco. –Deberías buscarlo ahora. –¿Yo? ¿Estás loco? –Te lo digo por esto. Le extendí un trozo de periódico que llevaba meses en mi cartera. Era el discurso de inauguración de la feria del libro del año pasado a cargo de Rodrigo Enríquez. Decía: ¿Por qué me admiran? Soy como cada uno de ustedes, nací en esta ciudad cuando todavía podía manejarse en ella, también compré una casa del Infonavit que no he terminado de pagar y fui asaltado en Oblatos. Lo que he logrado lo puede lograr cualquier tapatío con espíritu abierto, optimismo e inteligencia, cualidades que tenemos todos. Bueno, casi todos. Tuve un compañero muy brillante en la preparatoria cuya flama seguramente apagó su pesimismo. Tuvo la opción de formar parte de una sociedad maravillosa y rechazó sus bienes espirituales, rechazó su gobierno y sus costumbres. Se fue del país. Ahora no sé dónde está ni tiene importancia porque yo estoy aquí, inaugurando esta feria del espíritu en comunión con mi sociedad, mientras él, como toda víctima de soberbia, debe estar solo. No olviden los verdaderos tapatíos que su primera obligación es la nobleza. Y la segunda, su lealtad. ¡Que viva la unidad que refleja esta feria!
Luego de una silenciosa pausa se levantó a encender la televisión. –Ya va a empezar el partido, Carmelo. Quizá todavía pueda reintegrarme. Levanté una ceja extrañado, mirándolo por encima de los lentes. –Vale, vale, sólo bromeo... Nos queda la risa, ¿no?
A los catorce años y como fracasara por segunda vez en la secundaria, mi papá decidió meterme al internado con las monjas, allá donde empezaban los huertos de Pablo Valdez. No sirvió de nada rogarle a mi mamá para que intercediera ni el escándalo que armaron mis hermanas el día en que me llevaron hasta allá, pues la primera se limitó a decirme que todo era por mi bien y las segundas sólo se echaron a llorar, excepto la mayor, que fulminó con la mirada a mis padres. Yo entendía bien que era un problema no tener interés por la escuela, que quizá no era tan inteligente como mi hermana mayor, que uno no podía pasarse la vida desdeñando todo como si estuviera por encima del resto sin dar pruebas de ello. Y sin embargo estaba segura de tener la razón y de que sólo era cuestión de tiempo para que ello quedara demostrado. Tiempo, sí. O atajos.
Ese martes hacía mucho calor, era mi cumpleaños y decidí escaparme. No sé si la idea surgió desde la noche anterior o si tomé la decisión luego de comprobar que ninguna monja se acordaba de mi aniversario. Hacia las diez de la mañana hablé con la superiora. –Madre Superiora, quería pedirle permiso para ir a visitar a un tío que está enfermo, mis papás van a visitarlo hoy y yo quería acompañarlos, sólo voy y vuelvo antes del anochecer, es en Tonalá- Las mentiras, entre más gordas mejor, eran mi especialidad. Lo siguen siendo, aunque mis técnicas se han refinado muchísimo, no así el carácter grotesco de mis enredos. Como que sigo creyendo que los demás son idiotas... La madre puso cara de circunstancias y luego de una breve pausa, dijo:
–Hija mía, tú sabes bien que tus papás te han puesto bajo nuestro cuidado y que las reglas no permiten salidas antes de cumplir seis meses de contrición- La monja me miraba con ojos divertidos, casi se diría que no me había creído una palabra y meditaba qué hacer con mi mentira. La saboreaba. Resolvió enseguida recomponiendo un rostro serio y dulce a la vez: –No obstante, para demostrarte la confianza que te tengo y que tú me pruebes a su vez que la educación cristiana que te estamos procurando no ha sido en balde, te daré permiso. Recuerda que te esperamos a las ocho de la noche en el refectorio.
–Gracias madre, le prometo que aquí estaré a tiempo- dije todavía desconcertada por la facilidad del trámite y todavía más por la sensación rugosa que su mano derecha había dejado en mis labios. Salí de prisa con una pequeña mochila en que metí mi mejor ropa. Había pensado dejar ahí los rosarios y la cadenita de mi primera comunión, pero luego pensé que quizá me servirían para venderlos. Recogí mi dinero, incluyendo el de la alcancía que compartíamos Adelaida y yo, y me fui andando varias cuadras sin saber bien a dónde iba. Cuando tomé consciencia de lo que estaba haciendo, ya estaba casi en la esquina de mi casa. Entonces decidí irme de la ciudad. Cuando llegué a la central de autobuses no sabía bien a dónde ir. Miraba los tableros y las taquillas, el desfile de personas con cajas de fruta y animales, con maletas y bultos, algunos con imágenes religiosas. Recordé que no había desayunado cuando vi los carritos con virotes enormes que imaginé recién horneados. Siguiendo la línea de uno de los panes me encontré con mi nombre: Magdalena, 12:00 hrs., Andén B52. Compré el billete y el virote, sintiéndome feliz de que ambas cosas hubieran resultado tan baratas y de que todavía me quedara tanto dinero. Veinte minutos después el autobús salía despidiendo ese olor característico del diesel que tanto me gustaba y la ciudad quedó detrás enmarcada por mi ventanilla oblicua que abría con dificultad porque se atascaba. Me dormí. Cuando desperté el autobús entraba en Tequila. Desperezándome comí un poco más de pan y aproveché la parada para comprar un refresco. Vendedores de arrayanes y jícamas, de lonches de pierna y jamón, se acercaron a las ventanillas gritando hasta aturdirme. Una indita me vendió una muñeca de trapo que tenía un par de lentejuelas por ojos y que olía a alcohol, lo que me recordó el olor de mi papá aquella vez que me enseñó sus manos despedazadas por el trabajo en el taller. “Con estas manos comes”, me dijo, y luego me dio una cachetada por haber sido expulsada de la secundaria. El paisaje de Tequila a Magdalena fue haciéndose cada vez más árido hasta acabar en la polvorienta plaza donde vegetaban algunos viejos en medio de la algarabía de los niños. Bajé del autobús como si todo mi interior se hubiera vaciado en el trayecto y sólo quedara mi sombra. Nadie me conocía. Nadie me preguntaba a dónde iba. Di vueltas alrededor del quiosco y entré al templo de piedra en cuyo interior hacía frío. Compré uno de los muchos ópalos que vendían por todas partes y me senté al lado de una fuente para mirar los reflejos de la piedra bajo el agua. Luego comí una paleta de zarzamora y anduve hasta llegar al panteón donde terminaba el pueblo. Sentada en una tumba a la sombra de un árbol gigantesco, algo cansada y confundida, pensé en mi cama y una tristeza infinita me salió por los ojos sin que nada pudiera detenerla. Dejé la muñeca, la piedra y la mochila a mis pies y me llevé las manos a la cara. Me maldije por pensar una vez más que intentaría ser buena hija y buena amiga, que me parecería más a mi hermana mayor, que le devolvería todo su dinero a mi amiga Adelaida. Me maldije, sobre todo, por no hallar otra salida. Y como era de esperarse los caminos se torcieron. Y volví a tomar el autobús de regreso a la ciudad. Y volví andando hasta el internado. Y a las siete y media estaba otra vez frente a la madre superiora que ni siquiera preguntó por mi tío. “Sabía que volverías”, dijo. Y yo sé bien que lo ignoraba porque en la sala de visitas ya me esperaban mis padres.
Mientras esperaba que el agua caliente llenara la tina, se sentó con dificultad en el banco y se miró las heridas. ¿Quién iba a decirlo? Tantos años como viajante de comercio, primero en el peligroso sureste mexicano y ahora entre España, Italia y Portugal, y finalmente le había tocado el turno de ser asaltado en Lisboa por tres adolescentes drogados que blandían no sabía bien si puñales o cuchillos, apenas había tenido tiempo de averiguarlo antes de salir corriendo luego de zafarse del cabecilla que lo tenía sujeto por la manga de la gabardina, un tipo de ojos grandes muy abiertos y cabello rizado, cuya imagen envuelta en las sombras del parque no podía sacar de su cabeza. En sentido estricto no había habido asalto: no le habían quitado nada; tampoco sus heridas eranproducto de las navajas ni de hipotéticos golpes, sino de la estrepitosa caída con que remató su vertiginoso descenso por una de las colinas del parque Eduardo Sétimo. Mientras cerraba el grifo y metía con dificultad los pies en el agua sin bajarse del banco, pensó con sorpresa que lo acontecido lo excluía del grupo de los sensatos que entregan el dinero tranquilamente para salvar la vida y lo hacía miembro de los afortunados que, habiendo opuesto resistencia, seguían vivos. Pero en vez de alegría, una película de pesadumbre tamizó su ánimo, y fue entonces cuando apoyándose en los bordes de la bañera decidió sumergir el cuerpo en el agua, como si ésta pudiera, si no lavarla, sí consolar la tristeza que tan repentinamente lo poseía. Temblaba. Aquí y allá el agua era invadida por hilillos de sangre que parecían buscar la superficie y luego se difuminaban. Con los ojos cerrados recordó el momento en que sus zancadas se hicieron incontrolables y su pie derecho se torció hacia adentro obligándolo a empujar todo el cuerpo hacia la izquierda; recordó el pánico que le invadió al encontrar el suelo y mirar velozmente hacia la colina, sólo para levantarse de inmediato y arrancar en una nueva carrera hasta la glorieta. Ahí encontró por fin algunas personas e intentó pedir ayuda, pero su aspecto agitado, su mal portugués y su cojera recién adquirida sólo consiguieron asustar a una mujer y su hija que pasaban por ahí y se echaron a correr.
Abrió los ojos y sonrió con amargura. Controlando el inexplicable escalofrío que lo poseía tomó el jabón y empezó a pasarlo por las heridas. El agua en la bañera se volvió turbia y ligeramente fría, de modo que se puso de pie, desaguó la tina y se duchó pasando vigorosamente las manos por todo el cuerpo. No podía doblar bien la pierna derecha ni apoyarse en el codo izquierdo, cosas que averiguó dolorosamente al salir del baño e instalarse en la habitación. Deshizo la cama y se cobijó, pero los temblores volvieron a su cuerpo en cuanto rozó las sábanas tibias de aquel hotel de medio pelo donde hacía sólo unas horas había consumado una aventura. Un sentimiento de insoportable sordidez le empujó a encender la televisión para mejor olvidarse de sí mismo, pero no lo consiguió.
En mitad de un vídeo alemán donde la cantante repartía latigazos en un circo multicolor, le vinieron las palabras del taxista que lo recogió en la glorieta para llevarlo de vuelta al hotel. “Eso puede pasar en cualquier parte. ¡Pero a quien se le ocurre pasear por un parque luego de la medianoche!”, le dijo. “Usted es un hombre grande, ¿y qué hace un hombre grande, correr?”. Sintió un odio retrospectivo hacia aquel hombre que encima de reprenderlo se había atrevido a sugerir que había sido un cobarde, pero no pudo quitarlo de su pensamiento hasta que reparó en que la ira le había trepado a la cara: tenía fiebre.
La televisión seguía encendida cuando se puso de pie para ir por agua y buscar un analgésico. Le dolía todo el cuerpo, cojeaba, el sudor le humedecía la frente. Miró su cartera, contó el dinero, verificó que todas las tarjetas de crédito estuvieran en su lugar. “No me quitaron nada”, pensó, pero ello no le alegró en forma alguna. Encontró la pastilla y en el baño llenó un vaso de agua fría para tomársela. Se miró al espejo, se miró las manos lastimadas, se miró los pies hinchados apoyados en una toalla blanca donde se leía la dirección del hotel. Entonces recordó que llevaba en los bolsillos del pantalón ahí tirado las dos tarjetas-llave de la habitación: faltaba una.
Cuando volvió del baño a la habitación ya no estaba solo.
Un guardia veinte años más joven que él lo detuvo en la puerta y le preguntó brutalmente qué quería. –Eh, mmm, tengo una cita con el Ing. Parejo. –Deje una identificación. –Claro, permítame. Y sacando una licencia de conducir que no podía servirle ya de mucho –llevaba unos tres años sin auto- cruzó el pórtico de la universidad para recorrer los ochocientos metros que lo separaban de la escuela de ingeniería donde había estudiado. Poco había cambiado en el par de décadas transcurridas desde que saliera de ahí maldiciendo por igual a maestros y alumnos: la arboleda era más nutrida, los estacionamientos se habían ampliado y el viejo edificio de la rectoría en cuyo noveno piso le informaron que había perdido la beca por “deslealtad universitaria” había requerido un armazón de acero para reforzarlo; pero todo seguía más o menos igual y a no pocos de sus antiguos maestros los encontró por los pasillos del edificio de ingeniería quince días atrás, en la primera entrevista que tuvo con Parejo para pedirle trabajo como profesor. –El Ing. Parejo le atenderá enseguida- fue lo que le informó la secretaria cuarenta minutos antes de que se atreviera a preguntar: –Perdone, ¿no será mejor que vuelva otro día? –Ya le dije que el Ing. Parejo lo va a recibir. Haga favor de sentarse. Y, resignado, volvió a echarse sobre el sillón marrón de aquella salita de espera de la que él era el único ocupante, tratando de organizar su cabeza y no prestar atención al desfile de profesores y alumnos que entraban y salían de la oficina de Parejo sin siquiera dirigirse a la secretaria. Sintió vergüenza de estar ahí, un abrasador sentido del ridículo, de modo que repasó en forma sumaria la historia que ya le había dado a su amante en las muchas discusiones que precedieron su decisión de venir a su antigua universidad a buscar trabajo: lo he intentado todo, ya lo ves, he trabajado en siete universidades diferentes y todas han terminado por prescindir de mis servicios, ya rebaso los cuarenta años y es urgente tomar lo que sea para evitar un desastre, jamás pensé que con mi currículum fuese a tener un destino semejante, pero así es este país y hemos decidido quedarnos, ¿no? como sea, ya es tarde para volver a irse y hacer lo que alguna vez se nos ocurrió y… –El Ing. Parejo lo está esperando- le avisó la secretaria al tiempo en que reprobaba con su mirada lo que a todas luces había dejado de ser un tren de pensamientos para convertirse en un murmullo agolpado en sus labios: esa maldita costumbre de hablar a solas –o pensar en voz alta- que adquirió en los miles de días solitarios sobrevividos en el extranjero… Avanzó por aquel pasillo estrecho y largo. Tocó a la puerta. Nadie contestó y volvió a golpearla ligeramente. Nada. La abrió con suavidad y, sin levantar la vista de los documentos que firmaba, el Ing. Parejo le llamó con la mano derecha en un frenético mover de dedos. –Buenas tardes, ingeniero, gracias por recibirme, yo… El Ing. Parejo levantó de nuevo la mano derecha pidiéndole silencio. Luego de firmar otra decena de documentos y de hacer alguna operación aritmética en la calculadora, levantó la vista con cierto enfado. –Bien, bien, vamos a arreglar esto, ¿me trajo su currículum, verdad? –Claro, hace quince días, en nuestra primera entrevista, pero aquí traigo otro si quiere… –No, no, no. No se moleste, ya me enviaron un informe detallado desde rectoría. Permítame. Por el intercomunicador le pidió a la secretaria el informe BER9097. Un brillo de sudor cruzó su frente y del suelo recogió el gastado portafolio que acababa de dejar. “¿Para qué traje esto si no traigo nada importante?”, se preguntó retóricamente como si no supiera que aquel portafolio era su escudo: lo colocó lentamente en su regazo. Carraspeó intentando humedecer una garganta que se había quedado seca. –Aquí tiene, ingeniero- dijo la secretaria apenas depositar sobre el escritorio un grueso expediente con varias carpetas dentro, para salir enseguida como quien tiene mucha prisa. –Muy bien. Vamos a ver, ¿para qué hizo todo esto? –¿C-cómo?- preguntó desconcertado. –Sí, sí, ¿para qué quiere trabajar en la universidad? –Bueno, fundamentalmente porque es una universidad de prestigio que además fue mi alma-mater, lo que significa que conozco bien su manera de trabajar y el espíritu que la motiva; porque me permitirá realizar las actividades de docencia e investigación que tengo proyectadas y… –Y porque está desesperado y sin trabajo, ¿no es así?- atajó brutalmente el Ing. Parejo. Se hizo un silencio breve en que las agujas del enorme reloj de pared ocuparon todo el espacio. Recuperándose con celeridad de un extraño sentimiento de desnudez, contestó: –No, no exactamente, pero un puesto de tiempo completo es necesario para… –No puede trabajar con nosotros. Lo sabe perfectamente. –¿No? –Claro que no, pero déjeme hacerle un favor y explicarle que esto tiene poco qué ver con sus payasadas de estudiante, esas veleidades que le hicieron perder la beca y sumieron a su familia en serias dificultades para pagar sus estudios- dijo el Ing. Parejo sacando un pesado cenicero de un cajón del escritorio y encendiendo un cigarrillo. También hubiera querido fumar en aquel momento, pero ni siquiera le ofrecieron uno. –¿Cuál es el problema entonces? –Es un asunto de coherencia. Su presencia en esta facultad sólo dañaría el equilibrio entre personas y circunstancias, como en una obra de teatro, ¿me entiende? No puede meter cualquier personaje en cualquier situación, a menos que quiera terminar con un galimatías asqueroso. –¿Teatro? Pero ingeniero, tengo un doctorado en inteligencia artificial, egresé de esta facultad, estoy mejor capacitado que la mayoría de su planta académica… –Eso no tiene la menor importancia. Ellos pertenecen a la universidad, no sé si me entienda… –Ing. Parejo, esto es muy importante para mí, ya le dije que he hecho de lado cualquier consideración ideológica, participaré con ustedes, no verán persona más entusiasta para… –Escúcheme, no está poniendo atención. Que un empleado crea o no en los ideales de la universidad es lo de menos, a nadie le importa salvo a ellos mismos. El rector y su familia sólo han puesto las bases, pero la maquinaria funciona por sí misma, como una obra de teatro que atrajera sus propios personajes y excluyera los ajenos. Usted simplemente no puede participar porque pertenece a otro argumento. –Ingeniero, si se refiere usted a mi situación económica, le aseguro que… –No. Tampoco es eso. Entre nuestros profesores encontrará una gran cantidad de miserables: apenas llegan al final de la quincena, visten mal haciendo enormes esfuerzos por no desentonar con sus alumnos, sienten tocar las puertas del cielo cuando se les organiza una comida de fin de año o reciben una felicitación del rector. Los hay también que tienen dinero, pero eso, repito, es secundario. Lo fundamental es que todos ellos acepten tácitamente servir al alumnado que sí tiene dinero y, de preferencia, que crean que depende de la educación que imparten el hecho de que lo sigan teniendo… Ya sabe usted que no hay como el empleado para defender los intereses del dueño- dicho lo cual el Ing. Parejo rió moviendo la cabeza y apagando su cigarrillo. Se puso de pie y le extendió la mano. –Fue un placer. –Pero ingeniero, no ha terminado usted de explicarme. ¿Qué es lo que importa entonces para ser contratado si no interesan mis estudios, mis creencias o mi dinero? –Le sorprenderá saber que tampoco importa mucho el hecho de que usted sea ateo y homosexual… Vamos, no me mire así, recuerde que siempre nos distinguimos por seguir de cerca a toda la familia universitaria, sobre todo a los descarriados… No se le contrata fundamentalmente por coherencia narrativa, por respeto a nuestro guión, sí, pero sobre todo al suyo: ¿o no se ha dado cuenta de que la vida le ha reservado un papel en los márgenes del gran teatro del mundo? Asúmalo. Y váyase. De regreso en casa preparó las maletas. “Me esperan más días de soliloquios”, se dijo pensando en voz alta. Y sonriendo encendió la televisión mientras esperaba a su amante.
Una de esas tardes aburridas y europeas de principios de siglo, cuando examinaba una tarjeta postal titulada “invierno 2009” y me preguntaba si se refería al que comenzaba el 21 de diciembre de ese año o a los casi tres meses que iban de enero a marzo del mismo, recordé con cierta molestia inexplicable mi creencia infantil de que cuando envejeciera mis padres volverían a ser niños y, convertidos en mis hijos, pagarían todos los castigos y regaños que me procuraron. No advertí en la hora que siguió a ese fugaz pensamiento, mientras seguía husmeando entre los objetos de aquella tienda de antigüedades, el origen de mi malestar, hasta que hojeé aquel volumen titulado Cuentos y verdades de un tal P.Morell, S.J. El libro tenía una dedicatoria fechada exactamente cien años atrás que la postal (“Para la Señorita Eduarda Michel, en su onomástico”) y se dividía en tres partes: religión, moral y buenas costumbres, siendo esta última una de las más divertidas por cuanto el sacerdote autor del libro no se abstenía de abordar temas entonces espinosos como el anarquismo, el sufragio universal o el baile. Pero si en vez de argumentos la sinrazón más descarada se disfrazaba de enrevesado silogismo, si en vez de historias cuya intención era ridiculizar el pecado las había sólo capaces de exhibir la grosera mojigatería del autor, dentro de mí crecía el recuerdo de otros textos cuyos autores no se cuidaban de expresar su opinión acerca de esto y aquello con completo descaro sin siquiera tener el valor de sacar su obra del conjunto de la literatura para ponerlo en la canasta que les correspondía junto a P.Morell: proselitismo, religión, libros plagados de moralejas a plena luz del día, llenos de intenciones didácticas, de deseos de pontificar o, todavía más desagradable por cuanto era la convicción compartida por la mayoría del mundo editorial en aquellos ñoños días en que intentaba hacerme escritor, anunciados sin bochorno como “formativos” y “educacionales”, repartiendo “lecciones por un mundo mejor”… Pensé mientras cerraba aquel volumen que sólo la ingenuidad más cercana a la ignorancia podía haber producido los horrendos libros que me venían a la memoria y cuyo delito principal no era su contenido basura, sino la profanación de un terreno de libertad como era el literario para los sucios fines de trasmitir mensajes. Si querían esto último debían haberlo anunciado a las claras, como el padre Morell y todos los que, por siglos, han querido ser tomados en serio y, por tanto, jamás disfrazan sus palabras de ficción. Fue al llegar a esta conclusión que comprendí mi malestar: llevaba poco más de una hora sintiéndome ingenuo por haber creído el cuento de que un día sería el padre de mis padres, una ingenuidad infantil que poco tendría que ver con la de un autor literario que por falta de oficio o ignorancia pretende anunciar al mundo cómo debe pensar, sentir y obrar para ser bueno.
Y, sin embargo, una vez develado el mecanismo de mi tortura mental, una nueva preocupación se instaló en mi cabeza: ¿cómo debía ser la literatura que yo escribiera a fin de evitar el vicio del mensaje? Thierry, mi colega en el periódico, solía decir que no hay libro inocente, dando a entender así que siempre había un mensaje, una intención, una propuesta; resultaba pues paradójico que ahora me asaltara la conclusión de que la ingenuidad, la inocencia de un libro –y por tanto su poco valor- radicaban justamente en su sermoneo. Pero ¿debía evitarse a toda costa el mensaje? ¿carecían de ideas los libros que admiraba? Probablemente no –me dije mientras revisaba libros de deportes considerando al mismo tiempo que quizá no fuese tan tarde para ponerme en forma- pero si alguna vez había intención en las grandes obras, si alguna vez se insinuaba una moraleja o una lección, era en el momento en que el lector –no el autor- las entreveía o creía entrever, siendo entonces la ingenuidad o perspicacia del observador las únicas responsables. Así que ahí tenía una manera de distinguir la buena de la mala literatura, pues en esta última las lecciones eran todas tan obvias que pertenecían enteramente al autor y no había lugar para que los lectores aportaran sus diversas y aun contradictorias interpretaciones…
Salí de la tienda dispuesto a escribir buenos libros que nunca llegaron...
Pero aun tengo la columna de crítica literaria junto a Thierry.
Con la afortunada muerte de mi asesor se abrió la posibilidad de que defendiera una de las dos tesis contradictorias entre sí y consistentes en sí mismas, que le envié sobre las sectas en el Medio Oeste americano. El proceso había quedado congelado por varios años, pero luego de su muerte el comité universitario de titulación me envió una carta hasta Chico, Wyoming, exhortándome a "regularizar" mi situación, es decir, invitándome a proporcionarles un graduado más en antropología que evitara la desaparición de la carrera. No sólo se conjuró la amenaza del Ministerio de Educación, sino que a pocos meses de la defensa de mi tesis fui invitado a ocupar la vacante dejada por mi asesor: antropología lógico-lingüística. Fue como profesor de esa materia que conocí al pelirrojo Riebeling, un alumno problemático como sólo puede serlo quien reúna juventud, ingenuidad y fiebre de consistencia. Mis colegas me informaron que era el famoso estudiante que años atrás bailó delante del presidente en una premiación, presuntamente para mostrarle su repudio. Y aquella mañana, firme e inexorablemente como a veces se presenta, su destino comenzó a cercarlo. Yo peroraba: –El problema entre ficción y realidad, literatura y compromiso, arte y vida intelectual, es una falsa trampa: puesto que el mundo imaginario es creado por hombres reales es fácil caer en la tentación de mezclar la obra con el autor, exigiendo a ambos una consistencia imposible y casi siempre ajena. Se trata, en el fondo, del viejo conflicto entre significado y significante. Para demostrar esto último, imaginemos un cuadro obsceno: ¿dónde reside esta cualidad? Para algunos de ustedes quizá radique en un genital expuesto, para otros será una esvástica o el cadáver de un niño. ¿Quién tiene la razón? ¿dónde está la obscenidad? La respuesta no está en el cuadro, sino en cada uno de ustedes: la obscenidad está en el observador; el significado, pues, es suyo, no de la obra. En la literatura pasa lo mismo… –Perdón, Doctor, no estoy de acuerdo- dijo Riebeling sin siquiera mirarme, agitando la cabeza mientras veía sus manos danzar sobre la butaca. –En Europa está prohibido el uso de la esvástica y creo que hay muy buenas razones para que sea así, ¿no le parece? –Las buenas razones son históricas y enteramente ajenas al símbolo, mucho más antiguo que los nazis. Pero ya que toca el tema, preguntémonos: ¿podemos admirar el trabajo de un autor que, digamos, sólo haya escrito libros donde personajes miembros de las SS muestran cualidades indiscutibles y exponen sus razones para llevar judíos al matadero? –¡Eso sería repugnante! No, no podemos. –Me parece entonces que no está preparado para leer literatura, señor Riebeling, sino variantes del libro sagrado, catecismos o libros de moral. Es incapaz de distinguir entre persona y personaje, entre las razones de un autor y las de un ente de ficción. Si un lector siente simpatía por las SS históricas a partir de la obra de ficción de nuestro hipotético autor, tant pis! No podemos ocuparnos de la idiotez ajena. Otra cosa sería que nuestro autor presentara su trabajo como investigación histórica o planteamiento intelectual, proponiéndose justificar lo injustificable sin salir de la realidad… –O sea que la literatura es un permiso de impunidad, ¿eh?- dijo Riebeling riendo y mirando a sus compañeros como quien busca la celebración de sus ocurrencias. Los paladines de la Verdad –con mayúscula- tienden al exhibicionismo. Expliqué: –A nadie escapa el hecho de que cualquier libro es un arma de muchos filos. Lo que quizá distinga a la literatura es que, por mucho que utilice historias reales o contextos históricos, parte del supuesto de la ficción, un sobreentendido en que autor y lectores están normalmente de acuerdo. Cuando esta asunción se rompe aparecen problemas como el suyo, señor Riebeling, pero le consolará saber que no está solo y no únicamente en lo literario: hubo quien chilló por el antisemitismo en las malas películas de Gibson, por haber leído y disfrutado a Kundera enterándose luego de que denunciaba a los enemigos del comunismo, por la utilización de Wagner en los tocadiscos hitlerianos, por la militancia ciega de malos escritores como Fuentes o Poniatowska, por la falta de compromiso de grandes señoritos como Proust, por el excesivo celo comunista de Picasso y Neruda, porque había mucha o poca politización, porque eran buenos o malos, porque fueron irresponsables ante los asuntos del mundo o bien más activistas que entregados al arte… en fin, no veo razón para desavenencias si nuestra discusión se sujeta a un contexto: hay buenos y malos autores por razones literarias, hay buenos y malos políticos por razones políticas, hay buenas y malas personas por razones morales, hay buenos y malos pensadores por razones intelectuales. Las tablas rasas son para irreflexivos o intolerantes, para espíritus estrechos encadenados a su tiempo y circunstancia, con gran necesidad de asideros porque se marean y trastornan al solo atisbo de complejidades y matices, pero la realidad es así y, la ficción, todavía más. Los tontos hacen daño con su censura y mojigatería, incluso cuando sus intenciones son buenas…
–Entonces, según usted, debemos respetar cualquier mentira que se ampare en la invención, ¿no es cierto? Que se las arregle la gente para separar la sustancia de la paja, que nadie sea responsable de lo que suelta, aunque sea mierda… –¿Qué es una mentira en literatura? Estamos dispuestos a disfrutar los cantos de un poeta medieval en recorrido por el infierno, a acompañar a Lindbergh en la ucronía de una América nazi, incluso a dar por buenos los diálogos sostenidos entre los muertos de Comala, pero luego no faltan musulmanes que se indignen por la falsedad en una mala novela británica, cardenales que quieran ponerle calzoncillos a los querubines de la Sixtina, judíos que quieran defenderse de la mala imagen que de ellos se da en una película… Y entonces tenemos dos tipos de discusiones: hablar de una obra de ficción en su contexto (literario, musical, cinematográfico, pictórico) o sacarla de ahí para criticar o elogiar lo que no es (moraleja, intenciones, consistencia lógica, verosimilitud, coherencia histórica, corrección política, etc.) Sobra decir que a este curso sí le interesa distinguir la mierda de aquello que no lo es, pero sólo en el primer sentido. Hacerlo en el segundo es una pérdida de tiempo, es hablar no de la obra, sino de nosotros. –Y nosotros no tenemos importancia, claro… –No. No la tenemos. ¿Le importa dejarme continuar, Riebeling?
Pensé que el tipo había quedado, si no satisfecho, sí consciente del ridículo, pero la ignorancia es temeraria. Y su caso iba mucho más lejos que un vulgar curso de finales de carrera: ¿estudiaba antropología? ¿literatura? ¿filosofía? Nunca lo averigüé y tampoco sirvió para aclararlo el segundo altercado que con él tuve cuando discutíamos en clase el tema de la duplicidad como recurso retórico posmoderno. –Si examinaron aunque sea superficialmente los libros mencionados hace una semana y cuya lectura debería estar lista a estas alturas, habrán notado que el tema de la duplicidad invade la literatura en todos sus ámbitos, desde Eco hasta Pamuk, desde Saramago hasta Marías, todo ello lo explican los psicólogos como un fenómeno de alter ego, pero no nos interesan los autores, sino el por qué se echa mano de este recurso, cuál es su sentido, digamos, literario… –Es obvio, ¿no? El objetivo es mentir, travestirse, fingirse otro para mejor introducir nuestros excesos, ¿no es ese al fin y al cabo un derecho literario? –Veo que no me expliqué del todo bien la vez pasada, señor Riebeling, creí que había quedado claro que la verdad y la mentira eran no sólo conceptos aburridos, sino vacíos en el terreno artístico. Casi diría más: son peligrosos. –No cambie el tema, profesor- se atrevió a decir el pelmazo. Sí, por mucho que haya ganado concursos en la preparatoria era un tonto, un imbécil y, mal de males, un necio. No habría manera de hacerle entender nada, tendría que atajar. –No he cambiado de tema, señor Riebeling, pero comprenderá que, no obstante los muchos años que llevo en la academia, no soy especialista en hablar con sordos, de modo que aguce el oído: no nos importa, hasta nuevo aviso, hablar de verdad o falsedad, sino de literatura. Hoy, en particular, nos interesa el asunto de la duplicidad literaria cuya recurrencia da mucho qué pensar: ¿qué le pareció El libro negro? –Un elogio a la suplantación. –Toma usted las cosas de manera muy literal- dije en tono de broma. Mientras el salón rió ligeramente, Riebeling apenas dejó ver una mueca siniestra. –El libro es un ejercicio de apropiación, no sólo de un personaje que se apropia de otro que siempre ha querido ser y, sin saberlo, ha sido, sino también de una ciudad cuyas coordenadas son tan universales que puede tratarse de Estambul o México, Río o Yakarta. Los buenos autores no tienen dificultades en pasearse por lo más provinciano con aire cosmopolita, nos lo devuelven universalizado, ¿lo nota?- No me contestó, naturalmente. –¿Y Ferrante también es una apropiación? ¿o el obvio paralelo entre Jacques Deza y el autor español? A mí me parece simple y llanamente una cobardía, una incapacidad de los autores para suscribir con su nombre las opiniones ahí vertidas, ¡porque hay que ver cómo se las gastan sus dobles, eh! –Parece incómodo con la libertad literaria, Riebeling. ¿Qué le aterra? ¿descubrir que ha vivido por persona interpuesta? ¿cruzarse con el hombre duplicado? ¿con el fantasma de Pessoa o Ricardo Reis? Volvamos al recurso, si le parece, y dejemos en paz a los autores. Relájese. –Estoy harto de tanta farsa- dijo entonces con un enfado que me crispó. –Sálgase, Riebeling. Le espero en mi cubículo esta tarde- Me detuve para no agregar una retahíla de insultos o ironías. Le vi recoger sus cosas e irse. Seguí con la clase.
Pasados cinco minutos de las dos de la tarde Riebeling se presentó a mi puerta. No parecía haberse relajado en absoluto, lucía furioso. Una vez que se sentó frente a mí, encendí un cigarrillo luego de que él rechazara uno y le pregunté: –¿Cuál es su problema, Riebeling? ¿qué le molesta tanto? –Usted- dijo con labios temblorosos, enrojecido el rostro para mayor encender su cabeza ya pelirroja. –Sé que fue alumno del maestro Pardon. Está acostumbrado a la falsedad. –¿Qué? Pardon fue mi objeto de estudio y un amigo. Pardon está muerto. Vaya y consulte mi tesis, si así lo desea, no encontrará ninguna apología del lógico matemático que estafó a media América. ¿Qué tiene que ver esto con su arrogancia? –Su tesis ya la leí. Deberían de quemarla.- Y sacando de su mochila un ejemplar en pasta roja lo arrojó sobre el escritorio. Extrañado, miré el título y hojeé el contenido: era la tesis que nunca había enviado, sellada, con todas las firmas de mi comité de tesis. –Esto es una locura. ¿De dónde ha sacado este documento, Riebeling? Esta no es mi tesis, esto… –¡No lo niegue ahora, bastardo! –Deje de insultarme, Riebeling, no toleraré que… –¡Cállese! Estoy harto de mentiras, estoy harto de… Menos mal que el conserje entró para quitarme al pelirrojo de encima. Mis colegas aseguran que un grupo de matemáticos está usando con bastante provecho las notas que Riebeling escribe diariamente desde el manicomio. Yo, desde luego, he quemado el ejemplar apócrifo de mi tesis sin hacerme más preguntas. Por si acaso.
Dobló el periódico y lo arrojó sobre la mesa, ligeramente aburrido; se concentró en beber su café tomando la taza con las dos manos y mirando el jardín distraídamente mientras musitaba fragmentos de la entrevista que por fin aparecía publicada la mañana de ese domingo: “El investigador franco-peruano Abel Lomelí presenta su libro Estética genética”, título soporífero donde los haya –el de la columna, claro- pero gracias al cual tenía esperanzas de pasar la mañana tranquilo, inadvertido, sin interrupciones que le impidieran terminar de leer la novela de ese mexicano que hablaba de Estambul ¿o era un turco que hablaba de la Ciudad de México? Como sea, un Premio Nobel de esos… El teléfono sonó a sólo un sorbo del fondo de la taza. La dejó ahí, fue hasta la sala, levantó el auricular color rata: –Oui? –Qué oui ni qué coños, ¿se puede saber por qué has publicado eso, Abel? –¿Ernesto? –¿Y quién más, joder? La comunidad te va a quemar vivo, ¡hostia! en menos de lo que te imaginas tu libro será retirado de las librerías, confiscado sin siquiera tener oportunidad de ser leído. ¿Y todo por qué? Por una puta entrevista en que no has sabido comportarte, mierda, ¡ni siquiera porque se hizo en francés! –¿Comportarme, Ernesto? En la entrevista no hago sino citar algunas cosas extraídas del libro, ¡lo sabes perfectamente, tú leíste el borrador! –Claro que lo leí y ya entonces no me pareció bien. Me opuse desde el principio a que los resultados que obteníamos en el laboratorio se dieran a conocer, y todavía más a que invitaras a ese grupo de antropólogos que no hicieron sino manipular los datos para sostener teorías descabelladas… ¡y todo con tu apoyo! ¡joder! –Era un proyecto multidisciplinario y no había otra manera de conseguir fondos. Además he dejado claro que mi libro tiene dos partes de naturaleza bien distinta: por un lado resultados de una investigación científica bajo mi dirección, y por el otro, historias personales y opiniones… ¡no pueden confundirse! –“Tenemos identificados los genes que determinan la orientación sexual y explican las razones por las que sólo el 5% de la población es homoerótica: es un error de transcripción perfectamente prevenible en el G23T69”, ¿qué te parece, Abel? Ahora resulta que la homosexualidad es una enfermedad, ¡te van a arrancar los ojos, ¿no te das cuenta?! –Todo mundo sabe que yo formo parte de la comunidad, ¿lo has olvidado? Y todo mundo sabe que las leyes naturales no están hechas para complacernos… –Estás equivocado y arruinarás tu reputación y la del laboratorio con estas barbaridades. ¡Por Dios Santo! ¡Recuerda el caso de Watson cuando declaró que tenía pruebas científicas de la inferioridad intelectual de la raza negra! El hombre fue prácticamente condenado al ostracismo… ¡y eso que era el Premio Nobel que puso la genética sobre bases moleculares! –Watson no tenía pruebas científicas, llevaba años sin trabajar y era un octogenario que chocheaba… Nosotros, en cambio, tenemos un trabajo sólido que, nos guste o no, se ajusta a la realidad. –“El ideal estético representado por Miguel Ángel en el David florentino no sólo tiene motivaciones artísticas, sino biológicas: sus características físicas corresponden a valores estándar en el genoma humano de origen caucásico, aunque el mismo análisis con computadora comprobó que su fisonomía tiene una alta correlación con el error del G23T69. En otras palabras, el David es gay y el ser humano –hombres y mujeres- se decanta por ese modelo”. Espero que esta mamarrachada aparezca por lo menos en la segunda parte del libro, ¡has enloquecido…! –Mira Ernesto, yo… La comunicación había terminado. Se quedó mirando el auricular color rata como si se tratara de un objeto nuevo que alguien hubiera arrojado a su sala desde algún lugar. Chasqueó la lengua y colgó, pero apenas se dio la media vuelta para ir por su taza y servirse más café, el teléfono volvió a timbrar. –¿Dr. Lomelí? –¿Quién llama? –¡Oh, Dr. Lomelí! Quiero felicitarle por la presentación de su libro, es increíble que hayamos tardado tanto en retomar estos temas, ya sabe, la corrección política y todas esas tonterías… Qué bueno saber que todavía quedan personas valientes que, sin importar las consecuencias, se interesan por encontrar la verdad. –Bueno, yo no he querido mezclar lo… –Debo confesarle que todavía no salgo de mi asombro al descubrir gracias a Usted las verdaderas razones por las que el modelo occidental de belleza triunfa alrededor del mundo. –Oiga, se hace cargo de que también hay razones históricas, económicas y… –Sí, sí, naturalmente, Doctor, pero ¿qué puede haber más fuerte que la genética? Lo saben hasta los extranjeros que aun sin poner un pie en nuestro país intentan vestirse como nosotros, hacerse los mismos cortes de pelo, modelar sus cuerpos para conseguir las proporciones áureas… Ahora entiendo por qué nadie quiere parecer oriental, magrebí o amerindio e incluso por qué en esos países lamentablemente agobiados por su indigenismo, los anuncios públicos, la televisión y aun sus símbolos patrios se representan con musculosos hombres y finas mujeres de tez blanca o cuando menos pálida, amén de ponerles ojos azules o verdes a casi todos ellos… –Pero señor, no es eso lo que… –Ya, comprendo que debemos ser discretos para no herir susceptibilidades, no se preocupe, soy una tumba, espero contar con Usted para dar alguna charla en nuestro grupo, todos somos franceses interesados en retomar los estudios de Alphonse Bertillon y los fisonomistas del siglo XIX, estaremos encantados de escucharle para inscribir nuestro movimiento sobre bases científicas… –Óigame, ¿quién es usted? Yo no soy francés, quiero decir… –¿Cómo? ¿No es usted el investigador Abel Lomelí? –Sí señor, tengo la nacionalidad francesa, pero nací en Perú. ¿Quién es usted? Sintió que le golpeaban el oído izquierdo cuando al otro lado colgaron el auricular. Furioso, una vez más colgó el teléfono color rata y fue por su taza al jardín. Bebió lo que quedaba, hizo muecas con el sabor y textura del café frío, fue hasta la cocina a prepararse un té de hierbas que le vendieron en aquel viaje a Nepal de hace dos años, cuando se decía dispuesto a abandonar sus limitaciones occidentales… Regresaba a la sala para desconectar el teléfono cuando éste volvió a sonar. Respirando hondo, contestó. –Diga. –Hola Abel, soy Elisa, ¿qué tal ayer? –Bien, bien, sólo que ya ha habido reacciones y no son todo lo amables que yo quisiera. –Nada que ignoraras, cielo, al menos no hablaste de los transexuales. Me hubiera sentido ofendida, ¡ja, ja, ja! –Ya encontrarás tú también un motivo para estarlo, ten paciencia. –No tengo tanta. Leí la entrevista con dificultad y el libro ni soñarlo, ya sabes que no me gusta leer. Pero sabes que quiero un ejemplar dedicado, ¿eh? ¡cholo de Miraflores! –Claro que sí, indita, lo que tú me pidas. –Si entendí bien, ¿todos los seres humanos están embobados hasta por razones genéticas y desde hace siglos con los cuerpos Kalvin Clein, cierto? –Dímelo tú, ¿no te ponen cachonda los torsos esculpidos, los abdómenes planos, los perfiles griegos? –¡Ja, ja, ja! Claro, guapo, por eso me acuesto contigo, ¡ja, ja, ja! ¿no tendrás tú también defectos de transcripción, al menos bajo el estándar gay? –Es probable. Cuando vine a Europa la primera vez pensé excitado que de ahí en adelante sólo follaría con esos chicos que llenaban las revistas que tú y yo comprábamos en Callao, ¿te acuerdas? Creí también que mi ropa ya no parecería un montón de trapos descoloridos y desproporcionados, sino que siempre estaría nueva, brillante, como la que llevaban los rubios de las revistas que ahora se paseaban todos los días frente a mis ojos. Creí tantas cosas… –¿Y qué pasó, cholito? –Pasó que nunca pude con ellos ni ellos conmigo. Que su mundo exigía una dedicación que no podía darle, una vocación de vacío que me la dejaba floja, ¿tú me imaginas cuidando mi ropa y mi dieta? ¿combinando colores? ¿haciendo el idiota para descubrir que al final ni era blanco ni era rubio ni era brillante? Y encima llegué tarde, Elisa, pero luego llegaste tú, así que… –¿Premio de consolación, moreno? ¿me estás llamando así? –Sabes bien que no. Los defectos en la transcripción del G23T69 me habrán hecho homosexual, vale, pero hay una secuencia recesiva en mi apreciación estética –creo que la que va del Gx1T3y al Gx2T33- que me lleva a ti y que explica por qué mi vida sexual nunca fue mejor que en Perú. –Qué romántico. Y qué mentiroso eres, Abel. –Soy científico, no me juzgues. Me determina la genética. ¿Vienes esta noche? –Voy.
Y colgando el auricular desconectó el teléfono, abrió el libro que buscaba y dio pequeños sorbos con cuidado de no quemarse a una taza de té que ya estaba helada.