Verá Usted, no
alegaré nada en mi defensa. Si los señoritos albañiles insisten en que me he
pasado de la raya y debo pagar por ello, adelante. No tengo fuerzas para
rebatir sus argumentos porque no hay tales. Una discusión puede tener lugar si
las partes usan el mismo código, la lógica como mínimo, y este desde luego no
es el caso. He sido traído, señor, como bien lo sabe, porque resultó que el que
dijo tener dieciocho tiene diecisiete y porque su amigo de diecinueve, luego de
reflexionarlo bien, creyó sensato denunciar lo que a su entender es un abuso,
no sé bien si por la minoría de edad de su compañero o porque yo yaciera con
los dos y entonces estaríamos ante una vulgar venganza por celos. Me
decepciona, debo decírselo, que siendo los demandantes detenidos consuetudinarios
de esta misma comisaría por posesión de inocentes churros de mota y pastillas
que estúpidamente creyeron pingas de las buenas y resultaron ser aspirinas, detenidos
frecuentes por ampararse en la embriaguez para moler a golpes a sus queridas
adolescentes ya cargadas de hijos desde los quince, detenidos también por
reyertas públicas donde ambos se curtieron a navajazos, hayan decidido —bien es
verdad que con el entusiasta apoyo del área de servicio social de esta misma comisaría
que dirige una gorda ignorante del vacío brutal que la mueve a inventar abusos
para mejor alimentarse de ofendidos y ofensores— demandarme por vía legal como
ridículos catrines en vez de darme la muerte que por su condición de cholos y
la mía de viejo puto, merecía. Una muerte que, sepa Usted, tengo siempre asumida
como posible por las actividades y riesgos que, aunque lícitos —e insisto en ello
para que no vaya a malinterpretarse esto como una admisión de cargos— llevo a
cabo en la frontera de lo social, legal o moralmente tolerable. Quizá piensa Usted
que me estoy embarcando en un largo alegato para convencerlo de la ambigüedad
de estas fronteras, para mostrarle que a pesar de los esfuerzos de la ley por
ser precisa, hay fisuras. Descuide, no es así. El tema me aburre. Sólo resulta
apasionante para los cretinos que viven ocupados en castrar a los demás del
mismo modo en que los han castrado a ellos. Si le he mencionado las fronteras
ha sido sólo para instarle a reconocer una sutileza: que el hecho de
distinguirlas no es lo mismo que darlas por buenas; gracias a lo primero era
consciente de los riesgos; por desprecio a lo segundo, los corría. E igual que un
soldado siente el deshonor de haber conservado la vida al no caer en combate y
ser esclavizado en tierra extranjera, siento que el proceso legal que se ha
abierto en mi contra es mucho más indigno que haber aparecido en la nota roja
destripado y desnudo como víctima de los señoritos albañiles. Quién me iba a
decir que los tiempos modernos habían calado tan hondo que hasta los que
tradicionalmente arreglaban sus cuentas sin apelar al Estado, por su propia
mano y sin miramientos, ahora lo hacían firmando actas y llenando formularios, como
burócratas. Esta es mi mayor decepción, quizá mi única sorpresa.
Porque lo que
no me sorprende, verá Usted, es que estos miserables se hayan visto
sobrepasados por la culpa de haber cedido a sus instintos. Ya me ha ocurrido.
¿Quién que se haya acostado con la canalla del lumpen-proletariado no los
conoce supersticiosos, ambiguos, acomplejados y por lo mismo irracionalmente
agresivos? ¿Quién de los de mi género no se acostó con el mecánico, el albañil,
el plomero o el cargador del mercado viéndose obligado a darles justificaciones
retóricas para sus presuntos actos de excepción mientras se jadeaba con el
chorro de adrenalina de estar rebasando una frontera? Dirá Usted que es más
cómodo meterse con los asumidos. Dirá Usted que el homosexual sano imita el
modo de vida heterosexual: tiene pareja, vive con moderación, tiene una
profesión respetable. Dirá que lo mío es una enfermedad porque ni siquiera
entre heterosexuales se consiente que las personas de distinta clase social se
mezclen sin antes pasar por un largo proceso de adaptación que incluye la
degradación del más alto. País de castas, ¿verdad? Pero uno debe hacer lo que
le gusta por encima de las conveniencias. Quizá me atraen las dificultades,
¿no? Hay parafilias peores. ¿Qué mejor riesgo entonces —qué excitación— que el
de los dos albañiles recién estrenados en su mayoría de edad que habían
empezado a trabajar en la casa de enfrente? Nunca me ha faltado persuasión y
seguramente hay aquí un fenómeno biológico digno de investigarse porque sé
perfectamente que el Güero ya me veía con dobles intenciones desde antes de que
yo me decidiera a abordarlo: me olía; lo olía. Lo pensé mucho, ¿sabe Usted?
Porque una cosa es hacer esto lejos del propio domicilio y otra hacerlo prácticamente
en casa. Ellos trabajarían ahí por meses, los vería a diario, si las cosas se
enrarecían no tendría hacia dónde moverme. Esta ciudad es pequeña —yo solía
vivir en una ciudad grande, ¿sabe? donde incluso los albañiles eran asumidos
prácticos— así que no me convenía buscarme problemas. Lo pensé mucho, ya le
digo, repasé lo que ya sabía: que en provincias la gente es más hipócrita y
tolera menos sus inclinaciones, de las que pretende culpar a los demás; que el
provincialismo es un fenómeno no sólo físico, sino sobre todo mental, una
torpeza en lo sexual, una impermeabilidad dolorosa en las ideas, un no saber
qué hacer con la amenaza del infierno ya no en la otra vida (eso era antes)
sino aquí mismo, en la culpa que no han conseguido domesticar iglesias ni
psicologías; que a resultas de los agravios inventados la gente de cortas miras
no dudaría en echar mano de navaja para vengarse, pero en esto los riesgos no
eran muy diferentes que los que corría con los muchos drogadictos que llegué a
tratar en la gran ciudad. Luego vino aquel primer cigarro que el Güero se fumó
en casa y todo fue reunir momentos y deslizar silencios incómodos para que
termináramos haciendo lo que queríamos hacer desde el principio. Luego me
presentó al otro ayudante, todavía más a la mano por ser originario de la gran
ciudad. Puede imaginarse los detalles, no quiero aburrirle, no quiero
defenderme además explicándole que ambos se aplicaban como el que más a sus
deseos, que estaban ahí por su más decidida voluntad ("a miembro parado no
hay misericordia", dicen), que como puede ver no tengo constitución física
para obligar a nadie a tener sexo conmigo, de modo que lo que ahora se presenta
como demanda legal viable lo es sólo porque se apoya en lo que la sociedad ha
prejuzgado por tratarse de mí. Sí señor, de mí...
Porque cumpliré
cincuenta el próximo año. Porque soy lo que la gente llama un viejo puto: estoy
solo, tengo las carnes colgadas, el cuero de la cara perfumado, demasiado
limpio, pero fofo, la línea de los ojos y el cejo se me han afilado como para
mejor resaltar que soy una víctima más de la lascivia y que como tal debo tener
un rostro de carnaval decadente. La gente tolera a los míos si son estilistas o
cocineros, si están detrás de la ventanilla de un banco o en un show de
variedades. Comprendo que no les guste verme con sus hijos. Comprendo que haya
quien sienta asco, quien sólo me use como ejemplo de lo que pasa si te desvías
del buen camino. No tienen empacho en mostrarse melifluos cuando necesitan
dinero o quieren un favor, sobre todo de mí, ¿sabe Usted? porque soy
funcionario y no me apegué al libreto que me obligaba a tener sólo una
profesión de puto. De modo que ahora que hasta los cholos que tradicionalmente
jugaban en mi terreno me han traicionado, ya nada me importa. Estoy
sinceramente decepcionado. Procedan como deba hacerse. Ay del mundo futuro. Ay.
domingo, octubre 20, 2013
jueves, octubre 03, 2013
Bar para travestis cristianas
Aldo Saldaña y yo nos conocimos en el
coloquio e hicimos buenas migas. Lo vi fumando bajo el letrero de no fumar a la
entrada del auditorio y le pedí un cigarro. Él me ofreció uno de los que llevaba
en una pitillera plateada que parecía estar siempre llena y me encendió el mío
con un mechero también plateado en el que creí distinguir palabras en latín. Era
más joven que yo, pero parecía haber leído con provecho todos los libros clásicos
y contemporáneos, los radicales, moderados y francamente retrógrados, dominaba
el materialismo dialéctico al que bizarramente abordaba mediante la mayéutica socrática
y abjuraba del liberalismo clásico al que conocía al dedillo, no se sorprendía
en lo más mínimo de mis andanzas —en
aquel tiempo yo era homosexual— porque parecía haber recorrido todas las
situaciones, incluso —vaya
sorpresa— la de haber trabajado con el Dr. Kurva. Al término de esa
primera jornada, ya de noche, nos fuimos a uno de los mugrosos locales del
paradero a beber micheladas con chile chamoy y gomitas de colores.
—Este coloquio es una mierda, colega. Si te fijas bien nadie ha venido aquí a discutir nada, apenas a llenar tablas y formularios para seguir mamando del presupuesto. Podría justificarse si todos fuésemos amigos, pero no: son tan cerotes que no son capaces de ningún interés, ni siquiera de alguna diversión, menos de hacer amistad con aquellos infectados de sus propios vicios.
—Puede ser, Saldaña, puede ser. Pero estamos aquí.
—A los dos nos ha invitado (suena bien, ¿eh?) el Dr. Kurva. Él paga. Bueno, lo hace su universidad. O sus proyectos, que paga el gobierno federal. Que pagan los que pagan impuestos. Kurva debe su monstruoso salario a los trabajos que dirige utilizándonos como ejecutores, simples testaferros de su poder omnímodo. ¿Por qué habría yo de despreciar esta oportunidad de salir de la somnolienta ciudad veracruzana en que el destino me ha atrapado? ¿Por qué tendría que dejárselo todo a ese cretino? Mejor variar la ruta, compañero, ¿eh?
Saldaña estaba sonriente y fumaba sin parar. Yo, después del cigarrillo del mediodía, no volví a fumar ninguno. Nunca conseguí hacerme del vicio a cabalidad, no tenía garganta para ello. Encima, empezaba a envejecer, y al entusiasmo que me provocaron las sustancias para mejor convivir con quienes creía mis amigos en la juventud se lo había llevado la chingada. Quién sabe si a Saldaña no le había pasado lo mismo y paliaba su soledad entregándose a estas sesudas conversaciones con desconocidos como quien llegó al final de la vida y ya en el otro lado se dispone a relatarlo todo y desmenuzarlo sabrosamente por una eternidad, sin que le afecte el cansancio o las contingencias o los elementos. Yo lo escuchaba y reía más bien poco, pero disfrutaba.
El segundo día del coloquio se sentó a mi lado en todas las sesiones. Comimos juntos. Su compañía no me era molesta, en absoluto, sabía guardar la compostura dentro de las sesiones, las aligeraba a veces susurrándome al oído chistes mordaces o apuntando errores visibles en las exposiciones. El Dr. Kurva inclinaba la cabeza de vez en cuando para vernos por encima de sus anteojos y si bien por la mañana no parecía llamarle la atención que Aldo y yo estuviésemos reunidos, por la tarde pareció intrigado y apenas se produjo un receso se acercó a nosotros. El éxito de Kurva era su omnipresencia, saber doblegar las voluntades de los más jóvenes para que sirviéndolo creyeran servirse. Pero me consta que Saldaña y yo ya estábamos muy lejos de semejante ilusión.
—Veo que se conocen, ¿puedo preguntar de dónde?
—No doctor, no nos conocíamos —le dije —pero he sabido que a Saldaña le ha encargado trabajos muy parecidos a los míos, ¿a qué se debe esto?
—No son los mismos, por supuesto que no. Saldaña está enfocado al materialismo dialéctico por métodos bastante heterodoxos porque es joven. Hay que apoyarlo. Tú en cambio tienes más experiencia y puedes proporcionar una perspectiva más clásica sobre fenómenos recientes del materialismo, darles una óptica que sea más valorada por la comunidad ya establecida. Aunque no te has casado...
—¿A él también le viene con esos cuentos Dr. Kurva? —intervino Saldaña —Pero si el matrimonio es una mierda, doctor, ¿por qué lo recomienda a todos sus iniciados? ¿por qué si Usted mismo se divorció?
—¿Y un doctor no puede curar si está enfermo? —dijo el Dr. Kurva con esa sonrisa enigmática de hombre poderoso o jefe de mafias. Sonrisa siniestra que exige un interlocutor aquiescente, dócil, castrado —Además ya estoy casado de nuevo —remató el Dr. Kurva. Aldo Saldaña no parecía estar dispuesto a soltar la presa:
—No entiendo cómo puede la comunidad considerarlo un revolucionario con sus ideas anquilosadas, doctor. Creo que confunden su indiferencia en materia del rol social de la mujer, de la orientación sexual de las personas, del derecho a no adoptar el molde social que nos impuso el capitalismo, con una postura de avanzada. Pero a mí no me engaña Doc —dijo Saldaña rebajando la seriedad de su diatriba con un tonito jocoso— porque yo sé que tiene mentalidad decimonónica, que le gusta que la mujer esté en la casa y cuide a los hijos y obedezca en todo al marido y que los chilpayates no se pongan piercings ni tatuajes ni anden de revoltosos. Es un viejito, doc —y se echó a reír forzando al Dr. Kurva a unírsele en el supuesto chiste. Yo reí de buena gana, aunque muy brevemente. Decidí intervenir:
—Me agrada ver que tú y el doctor se tienen tanta confianza.
—Ustedes son mis amigos —concluyó Kurva volviendo a su asiento luego de estrecharnos las manos. El receso había terminado. 'Amigos mis huevos', alcancé a escucharle entre dientes a Saldaña.
Esa noche Saldaña insistió mucho en que saliéramos a echarnos una copa y dar la vuelta. Le acepté la michelada del paradero, pero me negué a salir después porque me encontraba agotado. Cuando me acompañaba hacia el metro me dijo:
—Te voy a llevar a un bar para travestis cristianas.
—¿Cómo?
—Que te voy a llevar a un bar para travestis cristianas. Creo que te iría bien.
—¿Qué? —me quedé serio unos segundos; luego me eché a reír —¿Un bar de qué? ¿estás borracho con una pinche michelada Saldaña?
—¿Entonces si te llevo al bar me acompañas?
—¿Un bar de travestis? Oye, te dije que era homosexual porque no ando por la vida escondiéndolo y surgió en la conversación, pero definitivamente no me gusta ponerme ropa de mujer.
—No seas pendejo —a Saldaña se le iban estas palabras sin tomar en cuenta que apenas teníamos un par de días de tratarnos —No digo que te vas a travestir, sino que vamos a ir tú y yo a un bar de travestis. Travestis cristianas por más señas.
—Está bien Saldaña, sólo porque ya me picaste la curiosidad.
—¡Eso es todo!
Echamos a andar por las calles. En mitad de una antigua cerrada de esas que quedaron sepultadas por los enormes edificios de la capital y en la que abundaban malvivientes y prostitutas que apestaban a tonsol, vigilaba una estrecha puerta de metal una enorme vigilante gorda y malencarada. Saldaña le susurró algo al oído y nos dejaron pasar.
Había un pasillo largo, angosto, mal iluminado, en el que una música sincopada se escuchaba cada vez con más fuerza al recorrerlo; al final había otra puerta sobre la que pude leer para mi completo asombro: 'Bar de la Iglesia de Travestis Cristianas de la República'. ¡Existía!
Abrimos la puerta y el estruendo del sonido nos obligó a comunicarnos con señas. Efectivamente, dentro había una enorme cantidad de travestis —¿setenta, cien?— muchas de las cuales se habían añadido tetas sin reparar en su ancha espalda o bien daban muestras de estar bajo agresivas terapias hormonales de cambio de sexo. Sobre las paredes estaban representadas las doce estaciones del calvario de Cristo y la barra era atendida por travestis en hábitos de monja con una cruz roja inquisitorial pintada al frente y las siglas BITCR por detrás. Saldaña me tomó de la mano y me condujo al fondo. Cruzamos otra puerta: era un vestidor.
—Comprenderás que no podemos estar vestidos así aquí. Este es el guardarropa.
—¿Qué? No inventes Saldaña, no me apetece en nada cambiarme ahora.
—Nos echarán si no lo haces. Las travestis son muy agresivas: eso lo sabe todo el mundo. Algunas deben estar ya muy pasadas de borrachas o drogadas, por más que la gente las considere sexuales, no lo son. Viven una tensión tan grande, una frustración tan esencial que a la primera provocación revientan. Y también saben reventar...
—Está bien Saldaña, pero no me gustan las amenazas, ¿vale? Quiero pasarla bien.
—¡Ese es el espíritu compañero!
La encargada del guardarropa —otra gorda inmensa— recogió nuestras cosas, nos dio faldas, blusas, una ficha y la bendición. Saldaña estaba divertidísimo. Yo empezaba a ver las cosas con mejor humor y salí dispuesto a divertirme como no lo había hecho en años de trabajo académico, comida enlatada y sexo ocasional. Bailé con Saldaña y otras cinco travestidas, me emborraché jugando competencias con caballitos de tequila, me sentí contento de comprobar que era homosexual porque ninguno de esos proyectos de mujer me excitaba en lo más mínimo. Cuando la música se tranquilizó hacia las cuatro de la mañana, Saldaña me presentó a Latal —una travesti altísima— como su amiga. Conversamos un poco antes de salir. O mejor dicho, los escuché conversar porque yo ya no podía decir ni media palabra:
—¿Qué te has hecho veracruzano? Nos tenías muy abandonadas, ¿eh?
—Pues ya ves, para pedir su perdón les he traído a este, digo, a esta que ves aquí, es compañero de... compañero de escuela, digo, de trabajo, digo, compañero del coloquio al que vine... ¿te dije? ¿te dije que me invitó el Dr. Kurva?
—Ay, ya vas a hablar de ese cabrón otra vez. Si tanto lo odias por qué no te lo chingaste cuando podías, ¿eh nena?
—Me lo voy a chingar, me lo voy a chingar...
—¿Ah sí? ¿cómo querida? ¿vas a darle de comer hasta que se harte? Perderías amiga, perderías porque el tipo está bien cerdo...
Latal se echó a reír. ¿Chingarse a Kurva? ¿qué quería decir? ¿cómo? ¿hablaban en serio?
—Shhh... mira, está bien. Que se entere aquí mi amiguito de lo que quería hacer. No, no, no, de lo que voy a hacer...
—¿Ah, tienes nuevo plan nena?
—Sí, sí, esta vez no falla, la vez pasada no lo pude convencer de acompañarnos, pero esta vez no falla... tú y tus cuatas lo secuestran como habíamos quedado cuando yo haga el alto aquí adelante... mañana, mañana me lo traigo. Quedamos a las siete de la noche, para cenar, ¿cómo ves güerita?
Latal hizo una mueca diciendo al mismo tiempo que estaba de acuerdo y que le daba igual.
Cuando salimos traté de preguntarle a Saldaña qué pensaba hacer, pero no pude. Estaba tan borracho que no era capaz de articular una palabra, pero entendía perfectamente que aquello no era una broma: se trataba de liquidar al Dr. Kurva.
Saber que querían quitar de en medio a Kurva me produjo mucho miedo. En mi borrachera tuve sueños espantosos y la mala e injustificada conciencia de ser cómplice. No lo era, por supuesto, había escuchado lo que quizá sólo eran palabras de borracho, pero mi inquietud no estaba motivada por mi presunta participación (que nadie me había pedido) sino porque yo mismo deseaba eliminar al Dr. Kurva. Era yo quien en no pocas ocasiones había entretenido la idea de estrellarle la cabeza contra el teclado de su computadora mientras trabajábamos, yo detrás de él, él delante despotricando con aquella suficiencia, tan pagado de sí mismo, tan melifluo en su trato y tan hijo de puta en sus acciones. Era yo, sí, el que ya lo había asesinado mil veces y ahora podía hacerlo de verdad porque imaginar lo que de todos modos va a ocurrir es un poco hacerlo. O mucho.
Contra todo pronóstico y armado de unas gafas oscuras para no mostrar mis ojeras, pero también para mejor llevar la terrible migraña que traía, me presenté a tiempo al coloquio. Saldaña, previsiblemente, no estaba ahí. Hubo ponencias, discusiones, salí poco antes de uno de los recesos a vomitar. Echaba la pota y al levantar la cabeza, detrás de mí, distinguí a Saldaña con mis ojos llorosos.
—¿Dónde te perdiste Saldaña?
—Preparándolo todo.
Sentí una punzada en la boca del estómago. Él creyó advertirlo y se decidió a atajar mis miedos con lo único que a veces puede hacerlo: información.
—Vamos a invitarlo a cenar. Tú y yo. Latal nos esperará en la esquina convenida con otras tres travestis que ya han hecho este tipo de trabajos. Hemos de conseguir a como dé lugar que nos toque luz roja. No suele pasar nadie a esas horas por ahí, se llena de prostitutas y drogadictos desde las seis. Fingiremos un asalto del que tú y yo sólo saldremos con rasguños, él con un certero balazo.
Saldaña no pareció sorprenderse cuando le contesté escuetamente luego de enjuagarme la boca:
—Está bien.
Comimos juntos otra vez. Pese a lo que estaba por venir, nos relajamos. El Dr. Kurva ya estaba invitado a cenar y había aceptado encantado. Yo sabía que no podría resistirse: cenar con nosotros le permitiría inmiscuirse en nuestra nueva relación, seguir teniendo el control de todos los hilos, chismorrear incluso.
Llegada la hora nos subimos todos al coche y avanzamos por las calles de la ciudad. Había una fuerte presencia policiaca y ello me puso algo nervioso.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Saldaña al primer oficial con el que pudo hablar. El Dr. Kurva parecía feliz en el asiento trasero, indiferente a todo lo que ocurría a su alrededor.
—Es dos de octubre, joven, las marchas de los anarquistas. Encima están los maestros, va a estar cabrón, mejor agarre por otras vías, ésta ya se va a cerrar en cualquier momento.
'Ya la jodimos', pensé, 'ya la jodimos porque no vamos a poder llegar a donde convenimos con Latal, tendremos que pagar otra cena a este comemierda en vez de quebrarlo'. Saldaña y yo nos volteamos a ver leyéndonos el pensamiento. Lo que no pude prever fue la solución que él encontró.
—Gracias oficial, de todos modos entraremos. No creo que pase nada.
Kurva empezó a ponerse inquieto. Yo sólo pensé que encima nos quedaríamos sin cenar porque no habría dios capaz de abrirnos el paso. Nos quedaríamos hambrientos con esa hambre tierna que tiene el fin de la cruda, viendo el desfile de rijosos despedazar comercios y paradas de autobús, pintar edificios coloniales y tirar bombas molotov a la policía antimotines.
Saldaña aceleró sin exagerar, pero con firmeza. Algunas patrullas le pitaron; algunos oficiales a pie o a caballo le hicieron señas o silbaron para que se detuviera. Cuando estuvo ya en medio de los manifestantes, volteó a verme con una mirada de loco y me dijo:
—Corre y no te detengas. Nos vemos en la alameda.
Salimos del auto inmediatamente y apenas puso él un pie fuera les gritó a los manifestantes con su vozarrón de tenor:
—¡Maestros hijos de perra! ¡anarquistas de mierda! ¡chinguen a su madre culeros! ¡dejen pasar el carro que nunca van a tener, pendejos huevones!
Nos echamos a correr. Una turba armada de palos y piedras empezó a golpear el coche con violencia. Alguien arrojó una bomba molotov y la última vez que voltee hacia atrás antes de doblar en la esquina vi el auto convertido en una hoguera.
Casi una hora después llegó Saldaña a la alameda echando los bofes, riendo a carcajadas, apoyando sus manos en las dos piernas para controlar el resuello.
—¿Qué pasó Saldaña? ¿qué pasó?
—Las puertas traseras del carro...
—¿Qué tienen las puertas?
—El seguro... el seguro para niños...
Y siguió riéndose, ahora junto conmigo, camino al bar.
—Este coloquio es una mierda, colega. Si te fijas bien nadie ha venido aquí a discutir nada, apenas a llenar tablas y formularios para seguir mamando del presupuesto. Podría justificarse si todos fuésemos amigos, pero no: son tan cerotes que no son capaces de ningún interés, ni siquiera de alguna diversión, menos de hacer amistad con aquellos infectados de sus propios vicios.
—Puede ser, Saldaña, puede ser. Pero estamos aquí.
—A los dos nos ha invitado (suena bien, ¿eh?) el Dr. Kurva. Él paga. Bueno, lo hace su universidad. O sus proyectos, que paga el gobierno federal. Que pagan los que pagan impuestos. Kurva debe su monstruoso salario a los trabajos que dirige utilizándonos como ejecutores, simples testaferros de su poder omnímodo. ¿Por qué habría yo de despreciar esta oportunidad de salir de la somnolienta ciudad veracruzana en que el destino me ha atrapado? ¿Por qué tendría que dejárselo todo a ese cretino? Mejor variar la ruta, compañero, ¿eh?
Saldaña estaba sonriente y fumaba sin parar. Yo, después del cigarrillo del mediodía, no volví a fumar ninguno. Nunca conseguí hacerme del vicio a cabalidad, no tenía garganta para ello. Encima, empezaba a envejecer, y al entusiasmo que me provocaron las sustancias para mejor convivir con quienes creía mis amigos en la juventud se lo había llevado la chingada. Quién sabe si a Saldaña no le había pasado lo mismo y paliaba su soledad entregándose a estas sesudas conversaciones con desconocidos como quien llegó al final de la vida y ya en el otro lado se dispone a relatarlo todo y desmenuzarlo sabrosamente por una eternidad, sin que le afecte el cansancio o las contingencias o los elementos. Yo lo escuchaba y reía más bien poco, pero disfrutaba.
El segundo día del coloquio se sentó a mi lado en todas las sesiones. Comimos juntos. Su compañía no me era molesta, en absoluto, sabía guardar la compostura dentro de las sesiones, las aligeraba a veces susurrándome al oído chistes mordaces o apuntando errores visibles en las exposiciones. El Dr. Kurva inclinaba la cabeza de vez en cuando para vernos por encima de sus anteojos y si bien por la mañana no parecía llamarle la atención que Aldo y yo estuviésemos reunidos, por la tarde pareció intrigado y apenas se produjo un receso se acercó a nosotros. El éxito de Kurva era su omnipresencia, saber doblegar las voluntades de los más jóvenes para que sirviéndolo creyeran servirse. Pero me consta que Saldaña y yo ya estábamos muy lejos de semejante ilusión.
—Veo que se conocen, ¿puedo preguntar de dónde?
—No doctor, no nos conocíamos —le dije —pero he sabido que a Saldaña le ha encargado trabajos muy parecidos a los míos, ¿a qué se debe esto?
—No son los mismos, por supuesto que no. Saldaña está enfocado al materialismo dialéctico por métodos bastante heterodoxos porque es joven. Hay que apoyarlo. Tú en cambio tienes más experiencia y puedes proporcionar una perspectiva más clásica sobre fenómenos recientes del materialismo, darles una óptica que sea más valorada por la comunidad ya establecida. Aunque no te has casado...
—¿A él también le viene con esos cuentos Dr. Kurva? —intervino Saldaña —Pero si el matrimonio es una mierda, doctor, ¿por qué lo recomienda a todos sus iniciados? ¿por qué si Usted mismo se divorció?
—¿Y un doctor no puede curar si está enfermo? —dijo el Dr. Kurva con esa sonrisa enigmática de hombre poderoso o jefe de mafias. Sonrisa siniestra que exige un interlocutor aquiescente, dócil, castrado —Además ya estoy casado de nuevo —remató el Dr. Kurva. Aldo Saldaña no parecía estar dispuesto a soltar la presa:
—No entiendo cómo puede la comunidad considerarlo un revolucionario con sus ideas anquilosadas, doctor. Creo que confunden su indiferencia en materia del rol social de la mujer, de la orientación sexual de las personas, del derecho a no adoptar el molde social que nos impuso el capitalismo, con una postura de avanzada. Pero a mí no me engaña Doc —dijo Saldaña rebajando la seriedad de su diatriba con un tonito jocoso— porque yo sé que tiene mentalidad decimonónica, que le gusta que la mujer esté en la casa y cuide a los hijos y obedezca en todo al marido y que los chilpayates no se pongan piercings ni tatuajes ni anden de revoltosos. Es un viejito, doc —y se echó a reír forzando al Dr. Kurva a unírsele en el supuesto chiste. Yo reí de buena gana, aunque muy brevemente. Decidí intervenir:
—Me agrada ver que tú y el doctor se tienen tanta confianza.
—Ustedes son mis amigos —concluyó Kurva volviendo a su asiento luego de estrecharnos las manos. El receso había terminado. 'Amigos mis huevos', alcancé a escucharle entre dientes a Saldaña.
Esa noche Saldaña insistió mucho en que saliéramos a echarnos una copa y dar la vuelta. Le acepté la michelada del paradero, pero me negué a salir después porque me encontraba agotado. Cuando me acompañaba hacia el metro me dijo:
—Te voy a llevar a un bar para travestis cristianas.
—¿Cómo?
—Que te voy a llevar a un bar para travestis cristianas. Creo que te iría bien.
—¿Qué? —me quedé serio unos segundos; luego me eché a reír —¿Un bar de qué? ¿estás borracho con una pinche michelada Saldaña?
—¿Entonces si te llevo al bar me acompañas?
—¿Un bar de travestis? Oye, te dije que era homosexual porque no ando por la vida escondiéndolo y surgió en la conversación, pero definitivamente no me gusta ponerme ropa de mujer.
—No seas pendejo —a Saldaña se le iban estas palabras sin tomar en cuenta que apenas teníamos un par de días de tratarnos —No digo que te vas a travestir, sino que vamos a ir tú y yo a un bar de travestis. Travestis cristianas por más señas.
—Está bien Saldaña, sólo porque ya me picaste la curiosidad.
—¡Eso es todo!
Echamos a andar por las calles. En mitad de una antigua cerrada de esas que quedaron sepultadas por los enormes edificios de la capital y en la que abundaban malvivientes y prostitutas que apestaban a tonsol, vigilaba una estrecha puerta de metal una enorme vigilante gorda y malencarada. Saldaña le susurró algo al oído y nos dejaron pasar.
Había un pasillo largo, angosto, mal iluminado, en el que una música sincopada se escuchaba cada vez con más fuerza al recorrerlo; al final había otra puerta sobre la que pude leer para mi completo asombro: 'Bar de la Iglesia de Travestis Cristianas de la República'. ¡Existía!
Abrimos la puerta y el estruendo del sonido nos obligó a comunicarnos con señas. Efectivamente, dentro había una enorme cantidad de travestis —¿setenta, cien?— muchas de las cuales se habían añadido tetas sin reparar en su ancha espalda o bien daban muestras de estar bajo agresivas terapias hormonales de cambio de sexo. Sobre las paredes estaban representadas las doce estaciones del calvario de Cristo y la barra era atendida por travestis en hábitos de monja con una cruz roja inquisitorial pintada al frente y las siglas BITCR por detrás. Saldaña me tomó de la mano y me condujo al fondo. Cruzamos otra puerta: era un vestidor.
—Comprenderás que no podemos estar vestidos así aquí. Este es el guardarropa.
—¿Qué? No inventes Saldaña, no me apetece en nada cambiarme ahora.
—Nos echarán si no lo haces. Las travestis son muy agresivas: eso lo sabe todo el mundo. Algunas deben estar ya muy pasadas de borrachas o drogadas, por más que la gente las considere sexuales, no lo son. Viven una tensión tan grande, una frustración tan esencial que a la primera provocación revientan. Y también saben reventar...
—Está bien Saldaña, pero no me gustan las amenazas, ¿vale? Quiero pasarla bien.
—¡Ese es el espíritu compañero!
La encargada del guardarropa —otra gorda inmensa— recogió nuestras cosas, nos dio faldas, blusas, una ficha y la bendición. Saldaña estaba divertidísimo. Yo empezaba a ver las cosas con mejor humor y salí dispuesto a divertirme como no lo había hecho en años de trabajo académico, comida enlatada y sexo ocasional. Bailé con Saldaña y otras cinco travestidas, me emborraché jugando competencias con caballitos de tequila, me sentí contento de comprobar que era homosexual porque ninguno de esos proyectos de mujer me excitaba en lo más mínimo. Cuando la música se tranquilizó hacia las cuatro de la mañana, Saldaña me presentó a Latal —una travesti altísima— como su amiga. Conversamos un poco antes de salir. O mejor dicho, los escuché conversar porque yo ya no podía decir ni media palabra:
—¿Qué te has hecho veracruzano? Nos tenías muy abandonadas, ¿eh?
—Pues ya ves, para pedir su perdón les he traído a este, digo, a esta que ves aquí, es compañero de... compañero de escuela, digo, de trabajo, digo, compañero del coloquio al que vine... ¿te dije? ¿te dije que me invitó el Dr. Kurva?
—Ay, ya vas a hablar de ese cabrón otra vez. Si tanto lo odias por qué no te lo chingaste cuando podías, ¿eh nena?
—Me lo voy a chingar, me lo voy a chingar...
—¿Ah sí? ¿cómo querida? ¿vas a darle de comer hasta que se harte? Perderías amiga, perderías porque el tipo está bien cerdo...
Latal se echó a reír. ¿Chingarse a Kurva? ¿qué quería decir? ¿cómo? ¿hablaban en serio?
—Shhh... mira, está bien. Que se entere aquí mi amiguito de lo que quería hacer. No, no, no, de lo que voy a hacer...
—¿Ah, tienes nuevo plan nena?
—Sí, sí, esta vez no falla, la vez pasada no lo pude convencer de acompañarnos, pero esta vez no falla... tú y tus cuatas lo secuestran como habíamos quedado cuando yo haga el alto aquí adelante... mañana, mañana me lo traigo. Quedamos a las siete de la noche, para cenar, ¿cómo ves güerita?
Latal hizo una mueca diciendo al mismo tiempo que estaba de acuerdo y que le daba igual.
Cuando salimos traté de preguntarle a Saldaña qué pensaba hacer, pero no pude. Estaba tan borracho que no era capaz de articular una palabra, pero entendía perfectamente que aquello no era una broma: se trataba de liquidar al Dr. Kurva.
Saber que querían quitar de en medio a Kurva me produjo mucho miedo. En mi borrachera tuve sueños espantosos y la mala e injustificada conciencia de ser cómplice. No lo era, por supuesto, había escuchado lo que quizá sólo eran palabras de borracho, pero mi inquietud no estaba motivada por mi presunta participación (que nadie me había pedido) sino porque yo mismo deseaba eliminar al Dr. Kurva. Era yo quien en no pocas ocasiones había entretenido la idea de estrellarle la cabeza contra el teclado de su computadora mientras trabajábamos, yo detrás de él, él delante despotricando con aquella suficiencia, tan pagado de sí mismo, tan melifluo en su trato y tan hijo de puta en sus acciones. Era yo, sí, el que ya lo había asesinado mil veces y ahora podía hacerlo de verdad porque imaginar lo que de todos modos va a ocurrir es un poco hacerlo. O mucho.
Contra todo pronóstico y armado de unas gafas oscuras para no mostrar mis ojeras, pero también para mejor llevar la terrible migraña que traía, me presenté a tiempo al coloquio. Saldaña, previsiblemente, no estaba ahí. Hubo ponencias, discusiones, salí poco antes de uno de los recesos a vomitar. Echaba la pota y al levantar la cabeza, detrás de mí, distinguí a Saldaña con mis ojos llorosos.
—¿Dónde te perdiste Saldaña?
—Preparándolo todo.
Sentí una punzada en la boca del estómago. Él creyó advertirlo y se decidió a atajar mis miedos con lo único que a veces puede hacerlo: información.
—Vamos a invitarlo a cenar. Tú y yo. Latal nos esperará en la esquina convenida con otras tres travestis que ya han hecho este tipo de trabajos. Hemos de conseguir a como dé lugar que nos toque luz roja. No suele pasar nadie a esas horas por ahí, se llena de prostitutas y drogadictos desde las seis. Fingiremos un asalto del que tú y yo sólo saldremos con rasguños, él con un certero balazo.
Saldaña no pareció sorprenderse cuando le contesté escuetamente luego de enjuagarme la boca:
—Está bien.
Comimos juntos otra vez. Pese a lo que estaba por venir, nos relajamos. El Dr. Kurva ya estaba invitado a cenar y había aceptado encantado. Yo sabía que no podría resistirse: cenar con nosotros le permitiría inmiscuirse en nuestra nueva relación, seguir teniendo el control de todos los hilos, chismorrear incluso.
Llegada la hora nos subimos todos al coche y avanzamos por las calles de la ciudad. Había una fuerte presencia policiaca y ello me puso algo nervioso.
—¿Qué pasa aquí? —preguntó Saldaña al primer oficial con el que pudo hablar. El Dr. Kurva parecía feliz en el asiento trasero, indiferente a todo lo que ocurría a su alrededor.
—Es dos de octubre, joven, las marchas de los anarquistas. Encima están los maestros, va a estar cabrón, mejor agarre por otras vías, ésta ya se va a cerrar en cualquier momento.
'Ya la jodimos', pensé, 'ya la jodimos porque no vamos a poder llegar a donde convenimos con Latal, tendremos que pagar otra cena a este comemierda en vez de quebrarlo'. Saldaña y yo nos volteamos a ver leyéndonos el pensamiento. Lo que no pude prever fue la solución que él encontró.
—Gracias oficial, de todos modos entraremos. No creo que pase nada.
Kurva empezó a ponerse inquieto. Yo sólo pensé que encima nos quedaríamos sin cenar porque no habría dios capaz de abrirnos el paso. Nos quedaríamos hambrientos con esa hambre tierna que tiene el fin de la cruda, viendo el desfile de rijosos despedazar comercios y paradas de autobús, pintar edificios coloniales y tirar bombas molotov a la policía antimotines.
Saldaña aceleró sin exagerar, pero con firmeza. Algunas patrullas le pitaron; algunos oficiales a pie o a caballo le hicieron señas o silbaron para que se detuviera. Cuando estuvo ya en medio de los manifestantes, volteó a verme con una mirada de loco y me dijo:
—Corre y no te detengas. Nos vemos en la alameda.
Salimos del auto inmediatamente y apenas puso él un pie fuera les gritó a los manifestantes con su vozarrón de tenor:
—¡Maestros hijos de perra! ¡anarquistas de mierda! ¡chinguen a su madre culeros! ¡dejen pasar el carro que nunca van a tener, pendejos huevones!
Nos echamos a correr. Una turba armada de palos y piedras empezó a golpear el coche con violencia. Alguien arrojó una bomba molotov y la última vez que voltee hacia atrás antes de doblar en la esquina vi el auto convertido en una hoguera.
Casi una hora después llegó Saldaña a la alameda echando los bofes, riendo a carcajadas, apoyando sus manos en las dos piernas para controlar el resuello.
—¿Qué pasó Saldaña? ¿qué pasó?
—Las puertas traseras del carro...
—¿Qué tienen las puertas?
—El seguro... el seguro para niños...
Y siguió riéndose, ahora junto conmigo, camino al bar.
domingo, septiembre 22, 2013
Norte de Sonora
Nos detuvimos en
Sonoyta antes de dar la vuelta hacia la izquierda camino a Puerto Peñasco. El
carro había aguantado bien el trayecto, un carro pequeño que no levantó
sospechas ni de federales ni de retenes judiciales ni de inspectores sanitarios
preocupados por la mosca de la fruta, instalados todos en tiendas de campaña o
caseríos minúsculos donde se paseaban lo mismo perros infestados de garrapatas
que prostitutas y trampitas en busca de clientes o aventón. 'No wonder gringos
have a terrible opinion de Mexico', dijo el Pocho mirando con asco desde el
incómodo asiento de atrás.
Era mi tercer viaje con el Pocho, jefecillo que se había puesto en contacto conmigo al saber que yo era maestro de secundaria en Santa Teresa. 'Estás very clean, my friend, sin antecedentes penales, married aunque quién sabe dónde está tu esposa, nos puedes servir very much'. Aquella tarde, casi noche, en que apareció frente a la casa, le escuché con escepticismo, pero con atención, saboreando cada palabra en silencio, sin prisas, seguro de que sin importar cuán descabellado fuese lo que me propusiera, aceptaría. Y es que ya casi había cumplido tres años de haberme mudado a Santa Teresa con mi hijo y no lograba superar las fiebres nocturnas en que creía escuchar la voz de mi mujer ('No he desaparecido aun, todavía no me voy, ya vengo, ya vengo pronto') ni los malos presentimientos de los atardeceres sofocados en que la humedad y el calor licuaban la mente empapando las sábanas y llenando el suelo de alimañas, ni había conseguido socializar, antes bien, mis compañeros me excluían de juntas y reuniones, de las carnes asadas de los viernes y de los juegos de beisbol los domingos. Esperaba. Esperaba cada vez más. Esperaba mientras mi hijo hacía tarea todo el tiempo y crecía en silencio aprendiendo a ser solitario.
Así fue que la llegada del Pocho completó mi espera. 'Qué más da', le dije esa noche, 'haré lo que me pidan'. Y por eso estábamos ahora en Sonoyta, haciendo un descanso para comer con los chinos antes de emprender el tramo final hacia Puerto Peñasco, gastando bromas vulgares, contando anécdotas exageradas o deliberadamente falsas, burlándonos de la estatura del Chapito que nos acompañaba otra vez y al que alguna vez le pidieron identificación para entrar a los bules de Nogales. 'Es bueno traer un child-face', apuntaba el Pocho, 'para reinforzar nuestra inocencia'. El Chapito era todavía más callado que yo y de rostro pensativo, como si todo el tiempo estuviera ponderando si lo que hacía era correcto o no; no bebía alcohol, no fumaba, pero el Pocho me había contado que la gente de Guaymas (de donde era) le tenía miedo por razones 'as good for them as for us'. 'Pudiera ser', le dije esforzando una sonrisa.
Juanito Chang, el dueño del restaurante, viejo conocido del Pocho, se acercó a la mesa a comprobar que todo estuviera bien. Instruyó a una de las muchachas para que trajera las galletas de la suerte y tres calendarios —casi era año nuevo— y luego se dirigió al Pocho con aire serio:
—Hay retén, cerca del Pinacate.
—Siempre dices lo mismo Juanito, change the tune, man!
—Puedes cleel o no, pelo es peligoso Pocho, I tell you.
—Vamos a ver las fortune cookies y luego decidimos, my friend —dijo el Pocho al tiempo en que nos daban los calendarios. Recogió las tres galletas con la mano, no abrió ninguna y dejó un billete sobre la mesa debajo del cual había una grapa de coca. —See you chino supersticioso, make it snow in your nose! —remató el Pocho a modo de despedida mientras nos dirigíamos a la puerta.
Era el turno del Chapito al volante. Yo iría de copiloto y el Pocho seguiría en el asiento de atrás, presuntamente para estirar las piernas, aunque se la pasaba sentado mirando al frente casi todo el tiempo.
—Vas a necesitar unos ladrillos, Chapito, for driving —dijo el Pocho bromeando.
El Chapito no contestaba a sus bromas salvo con muecas o monosílabos, pero no parecía molestarse. Los otros viajes que habíamos realizado, siempre en fines de semana para 'respetar mi trabajo', me habían dado el sueldo de un año. Si se concluía esta entrega con éxito, otro año de sueldo se agregaría a mi cuenta. El Pocho no podía saber que yo llevaba años esperándolo; tampoco podía saber que apenas reuniera el sueldo de unos cinco años me largaría a Utah, donde el Dr. Pardon, para buscar a mi mujer. 'Es un mensajero de Dios', fue lo que ella me dijo días antes de abandonarnos al crío y a mí mientras dormíamos, hace tanto años ya, hace tantos lugares más al sur. ¿Qué estaría haciendo?
—Oh shit! Allá adelante hay torretas —dijo el Pocho sacándome de mis pensamientos.
—El Chapito puede distraerlos perfectamente —dije tratando de convencerme a mí mismo más que para calmar al Pocho —Así que yo diría que siga derecho, total, ¿qué diferencia hay entre este retén y los otros?
—No man! No me gustan esas torretas, se ve que es un grupo grande.
—Tú eres el hombre de la experiencia. Y recomendabas calma, no veo por qué...
—Fine man! Entonces no discutas my orders, debemos dar vuelta back.
—¿Qué? Pocho, necesito el dinero y...
—Come on Chapito! Turn around!
—¡Sigue derecho! No hagas caso de este histérico. Estamos prácticamente a media hora de Puerto Peñasco, no vamos a echar todo a perder en el último momento.
Se produjo un chirrido de llantas. El Chapito giró hacia la derecha y tomó el acceso al área natural del Pinacate. Las patrullas debieron advertirlo. Estábamos tan cerca que debieron incluso escuchar el chillido de las llantas contra el pavimento.
—¿Qué haces? —dijimos el Pocho y yo al mismo tiempo.
—Vamos a entrar —dijo el Chapito —mi galleta de la suerte decía que siguiera mi instinto.
Tantas palabras juntas viniendo del Chapito y todas tan absurdas no podían menos que dejarnos al Pocho y a mí estupefactos. Pero unos segundos después nuestro pasmo fue sustituido por la alarma al ver que el Chapito rompía la barrera de acceso en vez de detenerse a comprar una entrada al parque natural.
—¡¿Qué haces?! —volvimos a gritar el Pocho y yo simultáneamente.
—No hay tiempo, la taquilla ha cerrado ya.
El carro había aguantado arrancar la débil barrera del parque sin hacerse pedazos. Y estaba aguantando los golpes contra el terreno irregular, las piedras, los ocasionales cactus y biznagas que aplastaba furioso al invadir las orillas del mal camino. Nunca creímos que el Chapito fuese capaz de semejantes proezas al volante. Yo dudaba que el carro aguantara: era mío. El Pocho trató de calmarse y dijo:
—All right, then. Vamos a buscar dónde pasar la noche. Debemos escondernos bien porque los vigilantes deben haber mandado su patrulla a buscarnos. Seguro nos han reportado con la police y van a buscarnos...
No había terminado la frase cuando vimos detrás de nosotros, entre el polvo del camino, torretas y más torretas, mucho, pero mucho más polvo. Anochecía. Dentro de unos minutos ya no sería posible que nos siguieran guiados por el polvo, pero tampoco sería posible que nosotros siguiéramos manejando sin riesgo de salirnos del camino o caer a algún barranco. El volcán apagado no estaba lejos y a sus lados se habían formado cráteres extraños llenos de piedra volcánica y plantas enanas. No quería terminar mis días devorado por los buitres en uno de ellos. ¿Y el crío, qué sería del crío entonces?
De pronto cayó la noche y el Chapito seguía avanzando sin bajar la velocidad. Esta vez fui yo el que intervino:
—Ya los perdimos, las luces quedaron detrás de la colina, baja la velocidad.
—No —contestó sereno y firme el Chapito.
—Listen to him! —gritó el Pocho —ya fue suficiente, for fuck's sake!
—No —volvió a repetir el Chapito.
Pensé por un momento que algo se me escapaba. Que había un plan, pero que no lo había comprendido o no se contaba conmigo para su ejecución. Pensé que había una explicación lógica detrás de todo esto y que tanta acción no podía estar apoyada en una miserable galleta de la suerte. Era estúpido. Pero si eso era estúpido, lo que estaba ocurriendo ahora era simple y llanamente una locura. Y conduciría al desastre. Había que parar al Chapito. Estaba loco, obviamente, ¿qué otra cosa podía ser?
Quise agarrar el volante y de pronto sentí un líquido caliente en las manos: era mi propia sangre. El Chapito había sacado una navaja de alguna parte (o siempre la tuvo en sus manos) y me apartaba de ese modo.
—¿Qué has hecho imbécil? —dije al tiempo en que intentaba prender la luz de la cabina. El Pocho pareció comprender que era necesario actuar y quiso inmovilizar al Chapito desde atrás, pero el compromiso entre detenerlo y evitar que nos estrelláramos era sumamente complicado.
—¡Vamos a detenerlo! —me gritó —¡ahora!
Ignoro qué movimiento hizo, pero el carro estaba de pronto girando en el aire. Se hizo un silencio súbito seguido de un estruendo de hierros y plásticos y calor. Yo sentí claramente cómo crujía mi brazo izquierdo, creí ver la sombra del Pocho salir por la ventanilla trasera en algún momento. Cuando todo se quedó quieto sólo se escuchaba el crepitar de algunos líquidos o partes del motor. Yo me quejaba y me quedé dormido. Cuando desperté seguía siendo de noche y el crepitar de las autopartes había sido reemplazado por los ruidos de los animales del desierto. Tuve miedo. Me puse de pie y volví a caer al suelo. A una distancia incalculable veía las luces de carros de una carretera. No podía ser aquella por la que veníamos, pensé, sino las de la dos que va por la frontera. Tal vez no todo estaba perdido. Busqué la bolsa de la mercancía y, sorprendentemente, la encontré intacta. No me topé en ningún momento ni con el Chapito ni con el Pocho. Tampoco hice ningún esfuerzo por llamarlos. Empecé a caminar hacia las luces.
Caminé. Con las irregularidades del terreno, las luces de pronto desaparecían para luego volver al horizonte. Caminé. Un viento gélido atravesó presuroso las planicies poco antes del amanecer. La boca se me había hecho una pasta de sangre molida y tierra, me detuve a pelar una tuna con los primeros rayos del sol. Ardores y calambres me atravesaban el cuerpo, pero seguía caminando. Caminé. Y cuando el sol ya tenía una hora arriba, me detuve junto a la carretera a pedir ride.
—¿A dónde va? —me dijo el hombre que se detuvo a la media hora de levantar la mano inútilmente.
—A Santa Teresa— le expliqué.
—Voy para allá. Vengo de un funeral aquí al otro lado, en Gilroy, ¿conoce Gilroy? ¿conoce California? Creo que tendría que pararme a descansar porque si no no aguantaré manejar hasta allá.
—Si me lleva a Puerto Peñasco a entregar una mercancía, podría pagarle ese descanso. Hay playa, mujeres, ¿conoce Puerto Peñasco? —le ofrecí esperando parecer entusiasta a pesar de mi desastroso aspecto.
—No lo conozco, pero claro que lo llevo. De las mujeres olvídese.
—Oh, ¿quiere Usted decir que...?
—Se lo diré en el camino.
Días después el crío y yo llegábamos a Utah. Era hora de buscar a su madre.
Era mi tercer viaje con el Pocho, jefecillo que se había puesto en contacto conmigo al saber que yo era maestro de secundaria en Santa Teresa. 'Estás very clean, my friend, sin antecedentes penales, married aunque quién sabe dónde está tu esposa, nos puedes servir very much'. Aquella tarde, casi noche, en que apareció frente a la casa, le escuché con escepticismo, pero con atención, saboreando cada palabra en silencio, sin prisas, seguro de que sin importar cuán descabellado fuese lo que me propusiera, aceptaría. Y es que ya casi había cumplido tres años de haberme mudado a Santa Teresa con mi hijo y no lograba superar las fiebres nocturnas en que creía escuchar la voz de mi mujer ('No he desaparecido aun, todavía no me voy, ya vengo, ya vengo pronto') ni los malos presentimientos de los atardeceres sofocados en que la humedad y el calor licuaban la mente empapando las sábanas y llenando el suelo de alimañas, ni había conseguido socializar, antes bien, mis compañeros me excluían de juntas y reuniones, de las carnes asadas de los viernes y de los juegos de beisbol los domingos. Esperaba. Esperaba cada vez más. Esperaba mientras mi hijo hacía tarea todo el tiempo y crecía en silencio aprendiendo a ser solitario.
Así fue que la llegada del Pocho completó mi espera. 'Qué más da', le dije esa noche, 'haré lo que me pidan'. Y por eso estábamos ahora en Sonoyta, haciendo un descanso para comer con los chinos antes de emprender el tramo final hacia Puerto Peñasco, gastando bromas vulgares, contando anécdotas exageradas o deliberadamente falsas, burlándonos de la estatura del Chapito que nos acompañaba otra vez y al que alguna vez le pidieron identificación para entrar a los bules de Nogales. 'Es bueno traer un child-face', apuntaba el Pocho, 'para reinforzar nuestra inocencia'. El Chapito era todavía más callado que yo y de rostro pensativo, como si todo el tiempo estuviera ponderando si lo que hacía era correcto o no; no bebía alcohol, no fumaba, pero el Pocho me había contado que la gente de Guaymas (de donde era) le tenía miedo por razones 'as good for them as for us'. 'Pudiera ser', le dije esforzando una sonrisa.
Juanito Chang, el dueño del restaurante, viejo conocido del Pocho, se acercó a la mesa a comprobar que todo estuviera bien. Instruyó a una de las muchachas para que trajera las galletas de la suerte y tres calendarios —casi era año nuevo— y luego se dirigió al Pocho con aire serio:
—Hay retén, cerca del Pinacate.
—Siempre dices lo mismo Juanito, change the tune, man!
—Puedes cleel o no, pelo es peligoso Pocho, I tell you.
—Vamos a ver las fortune cookies y luego decidimos, my friend —dijo el Pocho al tiempo en que nos daban los calendarios. Recogió las tres galletas con la mano, no abrió ninguna y dejó un billete sobre la mesa debajo del cual había una grapa de coca. —See you chino supersticioso, make it snow in your nose! —remató el Pocho a modo de despedida mientras nos dirigíamos a la puerta.
Era el turno del Chapito al volante. Yo iría de copiloto y el Pocho seguiría en el asiento de atrás, presuntamente para estirar las piernas, aunque se la pasaba sentado mirando al frente casi todo el tiempo.
—Vas a necesitar unos ladrillos, Chapito, for driving —dijo el Pocho bromeando.
El Chapito no contestaba a sus bromas salvo con muecas o monosílabos, pero no parecía molestarse. Los otros viajes que habíamos realizado, siempre en fines de semana para 'respetar mi trabajo', me habían dado el sueldo de un año. Si se concluía esta entrega con éxito, otro año de sueldo se agregaría a mi cuenta. El Pocho no podía saber que yo llevaba años esperándolo; tampoco podía saber que apenas reuniera el sueldo de unos cinco años me largaría a Utah, donde el Dr. Pardon, para buscar a mi mujer. 'Es un mensajero de Dios', fue lo que ella me dijo días antes de abandonarnos al crío y a mí mientras dormíamos, hace tanto años ya, hace tantos lugares más al sur. ¿Qué estaría haciendo?
—Oh shit! Allá adelante hay torretas —dijo el Pocho sacándome de mis pensamientos.
—El Chapito puede distraerlos perfectamente —dije tratando de convencerme a mí mismo más que para calmar al Pocho —Así que yo diría que siga derecho, total, ¿qué diferencia hay entre este retén y los otros?
—No man! No me gustan esas torretas, se ve que es un grupo grande.
—Tú eres el hombre de la experiencia. Y recomendabas calma, no veo por qué...
—Fine man! Entonces no discutas my orders, debemos dar vuelta back.
—¿Qué? Pocho, necesito el dinero y...
—Come on Chapito! Turn around!
—¡Sigue derecho! No hagas caso de este histérico. Estamos prácticamente a media hora de Puerto Peñasco, no vamos a echar todo a perder en el último momento.
Se produjo un chirrido de llantas. El Chapito giró hacia la derecha y tomó el acceso al área natural del Pinacate. Las patrullas debieron advertirlo. Estábamos tan cerca que debieron incluso escuchar el chillido de las llantas contra el pavimento.
—¿Qué haces? —dijimos el Pocho y yo al mismo tiempo.
—Vamos a entrar —dijo el Chapito —mi galleta de la suerte decía que siguiera mi instinto.
Tantas palabras juntas viniendo del Chapito y todas tan absurdas no podían menos que dejarnos al Pocho y a mí estupefactos. Pero unos segundos después nuestro pasmo fue sustituido por la alarma al ver que el Chapito rompía la barrera de acceso en vez de detenerse a comprar una entrada al parque natural.
—¡¿Qué haces?! —volvimos a gritar el Pocho y yo simultáneamente.
—No hay tiempo, la taquilla ha cerrado ya.
El carro había aguantado arrancar la débil barrera del parque sin hacerse pedazos. Y estaba aguantando los golpes contra el terreno irregular, las piedras, los ocasionales cactus y biznagas que aplastaba furioso al invadir las orillas del mal camino. Nunca creímos que el Chapito fuese capaz de semejantes proezas al volante. Yo dudaba que el carro aguantara: era mío. El Pocho trató de calmarse y dijo:
—All right, then. Vamos a buscar dónde pasar la noche. Debemos escondernos bien porque los vigilantes deben haber mandado su patrulla a buscarnos. Seguro nos han reportado con la police y van a buscarnos...
No había terminado la frase cuando vimos detrás de nosotros, entre el polvo del camino, torretas y más torretas, mucho, pero mucho más polvo. Anochecía. Dentro de unos minutos ya no sería posible que nos siguieran guiados por el polvo, pero tampoco sería posible que nosotros siguiéramos manejando sin riesgo de salirnos del camino o caer a algún barranco. El volcán apagado no estaba lejos y a sus lados se habían formado cráteres extraños llenos de piedra volcánica y plantas enanas. No quería terminar mis días devorado por los buitres en uno de ellos. ¿Y el crío, qué sería del crío entonces?
De pronto cayó la noche y el Chapito seguía avanzando sin bajar la velocidad. Esta vez fui yo el que intervino:
—Ya los perdimos, las luces quedaron detrás de la colina, baja la velocidad.
—No —contestó sereno y firme el Chapito.
—Listen to him! —gritó el Pocho —ya fue suficiente, for fuck's sake!
—No —volvió a repetir el Chapito.
Pensé por un momento que algo se me escapaba. Que había un plan, pero que no lo había comprendido o no se contaba conmigo para su ejecución. Pensé que había una explicación lógica detrás de todo esto y que tanta acción no podía estar apoyada en una miserable galleta de la suerte. Era estúpido. Pero si eso era estúpido, lo que estaba ocurriendo ahora era simple y llanamente una locura. Y conduciría al desastre. Había que parar al Chapito. Estaba loco, obviamente, ¿qué otra cosa podía ser?
Quise agarrar el volante y de pronto sentí un líquido caliente en las manos: era mi propia sangre. El Chapito había sacado una navaja de alguna parte (o siempre la tuvo en sus manos) y me apartaba de ese modo.
—¿Qué has hecho imbécil? —dije al tiempo en que intentaba prender la luz de la cabina. El Pocho pareció comprender que era necesario actuar y quiso inmovilizar al Chapito desde atrás, pero el compromiso entre detenerlo y evitar que nos estrelláramos era sumamente complicado.
—¡Vamos a detenerlo! —me gritó —¡ahora!
Ignoro qué movimiento hizo, pero el carro estaba de pronto girando en el aire. Se hizo un silencio súbito seguido de un estruendo de hierros y plásticos y calor. Yo sentí claramente cómo crujía mi brazo izquierdo, creí ver la sombra del Pocho salir por la ventanilla trasera en algún momento. Cuando todo se quedó quieto sólo se escuchaba el crepitar de algunos líquidos o partes del motor. Yo me quejaba y me quedé dormido. Cuando desperté seguía siendo de noche y el crepitar de las autopartes había sido reemplazado por los ruidos de los animales del desierto. Tuve miedo. Me puse de pie y volví a caer al suelo. A una distancia incalculable veía las luces de carros de una carretera. No podía ser aquella por la que veníamos, pensé, sino las de la dos que va por la frontera. Tal vez no todo estaba perdido. Busqué la bolsa de la mercancía y, sorprendentemente, la encontré intacta. No me topé en ningún momento ni con el Chapito ni con el Pocho. Tampoco hice ningún esfuerzo por llamarlos. Empecé a caminar hacia las luces.
Caminé. Con las irregularidades del terreno, las luces de pronto desaparecían para luego volver al horizonte. Caminé. Un viento gélido atravesó presuroso las planicies poco antes del amanecer. La boca se me había hecho una pasta de sangre molida y tierra, me detuve a pelar una tuna con los primeros rayos del sol. Ardores y calambres me atravesaban el cuerpo, pero seguía caminando. Caminé. Y cuando el sol ya tenía una hora arriba, me detuve junto a la carretera a pedir ride.
—¿A dónde va? —me dijo el hombre que se detuvo a la media hora de levantar la mano inútilmente.
—A Santa Teresa— le expliqué.
—Voy para allá. Vengo de un funeral aquí al otro lado, en Gilroy, ¿conoce Gilroy? ¿conoce California? Creo que tendría que pararme a descansar porque si no no aguantaré manejar hasta allá.
—Si me lleva a Puerto Peñasco a entregar una mercancía, podría pagarle ese descanso. Hay playa, mujeres, ¿conoce Puerto Peñasco? —le ofrecí esperando parecer entusiasta a pesar de mi desastroso aspecto.
—No lo conozco, pero claro que lo llevo. De las mujeres olvídese.
—Oh, ¿quiere Usted decir que...?
—Se lo diré en el camino.
Días después el crío y yo llegábamos a Utah. Era hora de buscar a su madre.
domingo, septiembre 15, 2013
Pablo
La perra levantó la cabeza y me miró unos
instantes; luego volvió a hacerse ovillo sobre el pequeño tapete redondo que
ella misma había sacado del baño. Debí despertarla con mis gemidos, a pesar de
haber intentado mantenerlos al mínimo para que no escuchara Pablo que dormía —o fingía hacerlo— en nuestra
recámara. Nos habíamos ido a la cama en silencio y con un beso frío luego de
otra discusión sobre nuestra escasa actividad sexual y otras frustraciones no
menos desesperantes e irremediables. El pensamiento ordenado se me resistía,
pero en cambio la más variada secuencia de momentos de mi vida desfilaba en mi
cabeza causándome algunas lágrimas, ya por su contenido triste, ya porque su
felicidad había desaparecido. De vez en cuando me distraía el movimiento fugaz
de los haces de luz proyectados en el techo por un carro que pasaba, a veces el
insistente ladrido de los perros en la distancia. Cuando me calmé del todo y
mis ojos estuvieron secos, empezaron a tomar forma algunas ideas con apariencia
de verdades. Acaso sombras.
He sido feliz con Pablo, de alguna manera. Aun si no tuvimos hijos. Aun si unos años han sido mejores que otros. Estos son malos. O no tan buenos. Nos acercamos a los cuarenta y quizá los tiempos no son la cosecha de frutos que proyectábamos hacia los veinticinco o treinta; quizá dicha cosecha no llega nunca o sea muy prematuro hablar de ella. Pero estoy cansada. No lo digo porque me resulte imposible cumplir con mi trabajo —una profesión liberal como cualquiera que ejerzo con eficacia en la más polvorosa de las provincias— sino porque sé que después de Pablo no seré capaz de nada. No puedo, como se dice en las telenovelas, rehacer mi vida. Conozco personas que se han casado varias veces: mis propios abuelos maternos se separaron cuando rebasaban los sesenta y ella todavía se consiguió un amante fijo a los sesenta y seis. Pero yo no podría. Quizá no conozco más amor que el joven que requiere dosis generosas de entusiasmo, ingenuidad y fe, así que ahora que soy una mujer madura y escéptica ya no puedo darlas. Demasiado cerebral. Demasiado amargada, si se quiere. Un despropósito en todo caso, porque lo que yo quiero no es otro matrimonio, sino tener el mejor de todos con Pablo.
O nada. La verdadera alternativa es la nada, como mi madre. Ella es una mujer muy severa y lleva sola más o menos desde que tenía mi edad. Se casó muy joven y muy enamorada, pero mi padre era un mujeriego irredento y ella una intransigente. Porque si yo a Pablo le he pasado por alto sus pecadillos, mi madre no era capaz de tragarse ni un coqueteo de mi padre sin ponerse verde de celos y adoptar soluciones radicales: le abandonó en tres ocasiones, le armó escándalos diversos, le envenenó con alguna sustancia para que dejara de beber y —según la curandera a la que le pagó— se le quitara lo coscolino. Él la dejó definitivamente y se fue a otro país. Con otra mujer, por supuesto. Yo soy tan analítica como mi madre, también tengo una profesión, comprendo bien que mi padre está viviendo con su otra familia un esquema mucho más vulgar que el que podría haber vivido con mi madre. Pero el viejo está en paz y mi madre deshecha. E igual que ella yo me concentro en el trabajo cada vez más para paliar mi fracaso personal. Aunque sigo con Pablo. Aunque sigo acompañada mientras ella sigue sola. ¿O no?
Sí. Sigo con Pablo. Pero ignoro si la resistencia es un consuelo válido. Lo es, desde luego, para muchas personas, porque lo normal en este país —y más todavía en esta polvorienta provincia— es aguantarse. Ya no tengo amigas porque hace siete años decidí que lo mejor para salvar nuestro matrimonio era venir a este lugar aislado y tener a Pablo sólo para mí, lejos de mi madre y mi hermano mayor, lejos de mis malos amigos y de los muy frívolos de él, lejos de nuestra ciudad natal y de nuestros viejos recuerdos. Y aquí la gente es hosca y cortante, de modo que ya no he tenido más amistades. De ninguna clase. Pero me estoy desviando: quería decir que cuando los tenía, mi mejor amiga era Teresa, que nunca se casó, que no ha hecho más que cambiar de novio cada cierta temporada, que me advertía lo que ahora me repito de vez en cuando con mucha pena: 'No es amor la costumbre, amiga, no es amor la comodidad a cambio de la verdadera plenitud'. Ahora que llevo años en que no he hecho otra cosa que vivir encerrada y mirar la televisión —Pablo agotó todos los devedés que era posible comprar, todos los canales de cable por ver, todos los paquetes especiales incluidos deportes y noticias en idiomas extravagantes— resuenan en mi cabeza las palabras de Teresa. Debo ser incompetente incluso para la costumbre porque aun discuto y argumento, esgrimo razones y deslizo quejas, suplico. Incluso algunas veces me defiendo.
Dice Pablo que no todo depende de él, que yo también debo hacer esfuerzos por reavivar la llama, que ser mujer no me autoriza a ser pasiva. Tiene razón, desde luego: no hay problemas de dos que no sean de los dos. Elemental. Sé muy bien que deseo sentirme orgullosa de mi matrimonio y poder decir —para mis adentros, no para los demás porque de cualquier modo ya no hay amigos— que vivo plenamente la vida con él, sexo incluido. Pero sé también, dolorosamente, que no lo deseo ni me desea. Nos mentimos sobre el deseo de nuestros cuerpos para salvar una idea más amplia que paradójicamente debiera incluir el sexo. Problemas ordinarios de pareja sobre los que se escriben libros mil, ya lo sé. Problemas vulgares que le permitirían a Teresa hacerme bromas obscenas para que ambas estallásemos en carcajadas, pero que luego, ya a solas, me pesarían como plomo en el alma al no poder reacomodar las palabras que les resten seriedad.
¿Es un problema de palabras? Sé bien que no. Que no deseo entender más de este problema ni plantearme futuros imaginarios de resignación, rebeldía o resurrección. Que nada desearía más que Pablo bajase ahora mismo con el pene encendido y me hiciese el amor tan lenta y decididamente como le fuese posible. Que me amara, que me deseara. Porque hubo un tiempo en que le fue muy posible y natural y la vida toda le atravesaba el cuerpo y me era comunicada a través de la entrepierna y la boca, a través de la espalda y los pechos, a través del sudor que de sus rizos caía sobre mi frente con esa sonrisa suya de la que me enamoré...
La perra ha vuelto a levantar la cabeza y a mirarme: otra vez estoy llorando.
He sido feliz con Pablo, de alguna manera. Aun si no tuvimos hijos. Aun si unos años han sido mejores que otros. Estos son malos. O no tan buenos. Nos acercamos a los cuarenta y quizá los tiempos no son la cosecha de frutos que proyectábamos hacia los veinticinco o treinta; quizá dicha cosecha no llega nunca o sea muy prematuro hablar de ella. Pero estoy cansada. No lo digo porque me resulte imposible cumplir con mi trabajo —una profesión liberal como cualquiera que ejerzo con eficacia en la más polvorosa de las provincias— sino porque sé que después de Pablo no seré capaz de nada. No puedo, como se dice en las telenovelas, rehacer mi vida. Conozco personas que se han casado varias veces: mis propios abuelos maternos se separaron cuando rebasaban los sesenta y ella todavía se consiguió un amante fijo a los sesenta y seis. Pero yo no podría. Quizá no conozco más amor que el joven que requiere dosis generosas de entusiasmo, ingenuidad y fe, así que ahora que soy una mujer madura y escéptica ya no puedo darlas. Demasiado cerebral. Demasiado amargada, si se quiere. Un despropósito en todo caso, porque lo que yo quiero no es otro matrimonio, sino tener el mejor de todos con Pablo.
O nada. La verdadera alternativa es la nada, como mi madre. Ella es una mujer muy severa y lleva sola más o menos desde que tenía mi edad. Se casó muy joven y muy enamorada, pero mi padre era un mujeriego irredento y ella una intransigente. Porque si yo a Pablo le he pasado por alto sus pecadillos, mi madre no era capaz de tragarse ni un coqueteo de mi padre sin ponerse verde de celos y adoptar soluciones radicales: le abandonó en tres ocasiones, le armó escándalos diversos, le envenenó con alguna sustancia para que dejara de beber y —según la curandera a la que le pagó— se le quitara lo coscolino. Él la dejó definitivamente y se fue a otro país. Con otra mujer, por supuesto. Yo soy tan analítica como mi madre, también tengo una profesión, comprendo bien que mi padre está viviendo con su otra familia un esquema mucho más vulgar que el que podría haber vivido con mi madre. Pero el viejo está en paz y mi madre deshecha. E igual que ella yo me concentro en el trabajo cada vez más para paliar mi fracaso personal. Aunque sigo con Pablo. Aunque sigo acompañada mientras ella sigue sola. ¿O no?
Sí. Sigo con Pablo. Pero ignoro si la resistencia es un consuelo válido. Lo es, desde luego, para muchas personas, porque lo normal en este país —y más todavía en esta polvorienta provincia— es aguantarse. Ya no tengo amigas porque hace siete años decidí que lo mejor para salvar nuestro matrimonio era venir a este lugar aislado y tener a Pablo sólo para mí, lejos de mi madre y mi hermano mayor, lejos de mis malos amigos y de los muy frívolos de él, lejos de nuestra ciudad natal y de nuestros viejos recuerdos. Y aquí la gente es hosca y cortante, de modo que ya no he tenido más amistades. De ninguna clase. Pero me estoy desviando: quería decir que cuando los tenía, mi mejor amiga era Teresa, que nunca se casó, que no ha hecho más que cambiar de novio cada cierta temporada, que me advertía lo que ahora me repito de vez en cuando con mucha pena: 'No es amor la costumbre, amiga, no es amor la comodidad a cambio de la verdadera plenitud'. Ahora que llevo años en que no he hecho otra cosa que vivir encerrada y mirar la televisión —Pablo agotó todos los devedés que era posible comprar, todos los canales de cable por ver, todos los paquetes especiales incluidos deportes y noticias en idiomas extravagantes— resuenan en mi cabeza las palabras de Teresa. Debo ser incompetente incluso para la costumbre porque aun discuto y argumento, esgrimo razones y deslizo quejas, suplico. Incluso algunas veces me defiendo.
Dice Pablo que no todo depende de él, que yo también debo hacer esfuerzos por reavivar la llama, que ser mujer no me autoriza a ser pasiva. Tiene razón, desde luego: no hay problemas de dos que no sean de los dos. Elemental. Sé muy bien que deseo sentirme orgullosa de mi matrimonio y poder decir —para mis adentros, no para los demás porque de cualquier modo ya no hay amigos— que vivo plenamente la vida con él, sexo incluido. Pero sé también, dolorosamente, que no lo deseo ni me desea. Nos mentimos sobre el deseo de nuestros cuerpos para salvar una idea más amplia que paradójicamente debiera incluir el sexo. Problemas ordinarios de pareja sobre los que se escriben libros mil, ya lo sé. Problemas vulgares que le permitirían a Teresa hacerme bromas obscenas para que ambas estallásemos en carcajadas, pero que luego, ya a solas, me pesarían como plomo en el alma al no poder reacomodar las palabras que les resten seriedad.
¿Es un problema de palabras? Sé bien que no. Que no deseo entender más de este problema ni plantearme futuros imaginarios de resignación, rebeldía o resurrección. Que nada desearía más que Pablo bajase ahora mismo con el pene encendido y me hiciese el amor tan lenta y decididamente como le fuese posible. Que me amara, que me deseara. Porque hubo un tiempo en que le fue muy posible y natural y la vida toda le atravesaba el cuerpo y me era comunicada a través de la entrepierna y la boca, a través de la espalda y los pechos, a través del sudor que de sus rizos caía sobre mi frente con esa sonrisa suya de la que me enamoré...
La perra ha vuelto a levantar la cabeza y a mirarme: otra vez estoy llorando.
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