Decía el padre Valdivia —que aunque no era psiquiatra pasó su vida en sanatorios mentales— que la presunción de sanidad mental que uno hace sobre los demás es demasiado fuerte para abandonarla ante cualquier cúmulo de evidencias en contra. Deseamos creer que los demás están cuerdos, aun si manifiestamente no lo están. Poco importa que se nos presente un individuo alcoholizado o Down o víctima de alguna atroz enfermedad mental, nos resistimos a descartar el razonamiento y a no dar crédito a sus palabras, nos gana la idea de que alguna parte de lo que dicen debe ser tomada en cuenta y así terminamos imperceptiblemente envueltos en su discurso y aun disgustados o actuando movidos por lo que nos provocó el intercambio. Una desafortunada tendencia.
Cuando volví a mi patria —un poco a regañadientes y seguro de que no volvería a alcanzar el mismo nivel— acepté gustoso la invitación del Doctor Kurva a colaborar, no sólo porque era un experto con gran influencia en los organismos científicos de este país (desde siempre embobado con los extranjeros, sobre todo si son rubios y tienen nombres manifiestamente foráneos; en el caso de ciencias más si son eslavos), cuanto porque no tenía colegas con los cuáles trabajar o tan siquiera hablar de aquello a lo que me había dedicado en mis largos años extranjeros: mis compatriotas sólo tenían tiempo para fútbol, pleitos domésticos, alguna borrachera aislada y mucho cotilleo enmedio de carbohidratos desmedidos y grasas polisaturadas. Una oportunidad extraordinaria, pensé, pues al Doctor Kurva lo conocen y citan en todas partes del mundo, le invitan a universidades francesas y norteamericanas (como aquella en la que lo conocí cuando allá vivía) e hindúes e israelitas y aun australianas, según me he enterado luego.
—Te invito porque eres hombre capaz y talentoso, no cualquiera trabaja con el Doctor War por años, por eso contacto a ti, por eso quiero colaboremos— me decía en su español aproximativo de artículos ausentes o mal empleados, respirando con la dificultad inherente de sus ciento treinta y cinco kilos de peso y sesenta años de edad.
—Gracias Doctor, por supuesto que me interesa realizar trabajo conjunto.
Apenas me hice de la plaza, lo invitamos. Lo recibí con emoción, pensando con ingenuidad que le interesaba la ciencia, su país adoptivo —el mío— y hasta algunos aspectos culturales y filosóficos, pues prodigaba consejos como un patriarca y opinaba sobre lo público, lo privado y lo que se terciara sin apenas reparar en su pertinencia. No escuchaba, claro está, pero yo lo atribuía meramente a que no nos encontrábamos a su altura. Trabajé mucho en aquella semana siguiendo sus sugerencias. Me obligaba a estudiar los temas en los que él era experto y a utilizar los míos como meros apéndices para completar sus ideas. Pensé —como un primerizo— que aprendería mucho de él, o tal vez fuera simplemente que me traicionaba mi antigua necesidad de mentores, mi vieja creencia en los guías o maestros.
—Envidia es termómetro de mis éxitos— me decía parafraseando a Dalí. —Mira este correo que recibí hoy por mañana.
Solía hacer esa clase de revelaciones para impresionarnos con su prestigio: correos donde otros expertos le reclamaban prácticas mafiosas y sectarias en comités internacionales de evaluación para revistas, conferencias, publicación de libros y aprobación de proyectos. Flagrantemente hacía o contestaba llamadas innecesarias de otros colaboradores suyos sólo para demostrar que movía los hilos, que influía, que nada se escapaba a su conocimiento ni prescindía de su aprobación.
Se hacía recibir en el aeropuerto, hospedar en hoteles con alberca (en esta ciudad en que escasea el agua) y llevar a desayunar, comer y cenar mariscos, especialmente ostiones. Luego de sus excesos gastronómicos se quedaba dormido en el sillón de mi oficina, para regocijo de mis estudiantes y del propio director que empezaba a bromearme veladamente sobre el asunto: "¿Colaboran en la degustación de ostiones, cabrón?", "¿Cuántos kilos de carne va a costar su próxima visita?". Despertaba para dar instrucciones, pero nunca programaba una línea ni escribía una sola ecuación, apenas señalaba con el dedo, decía si íbamos bien o mal según su parecer, a veces simplemente balbuceaba.
—La nuestra ciencia es matemática, pero también relaciones. Tú debes casarte —me decía elevando los ojos pequeños detrás de sus gruesos lentes— porque sin mujer no hay integración social, debes comprar terreno, debes mostrar estudiantes que ciencia sí da dinero para vivir bien, como hace Doctor A.
—El Doctor A tiene su dinero por antigüedad, Doctor, no por trabajo científico.
—Es igual: él muestra a mundo cómo vivir, para la ciencia te tiene a ti.
—Es injusto, ¿no le parece? A veces no veo cómo vamos a hacer escuela, esto es casi un trabajo individual.
—Pero tienes apoyo, yo te di nivel de investigador en evaluaciones, con eso ya tendrás cincuenta mil pesos ¿no?
—No Doctor, no llego a la mitad.
—¿En serio? Qué lástima. Hay que publicar resultados que hicimos.
No se publicaron, pese a que nos expolió un par de visitas más a lo largo de diez meses. Con extraordinaria lentitud nos hizo corregir o agregar detalles adicionales minúsculos en trabajos que ya dábamos por terminados. Nunca quedaba satisfecho, lo que no supe bien si atribuir a nuestra incapacidad o a su perfeccionismo. Pero pedirle que él hiciera los ajustes necesarios era imposible: no estaba dispuesto a invertir un solo minuto de su tiempo como no fuera para nadar en la piscina del hotel, controlar por medio de correos y llamadas a sus colaboradores y comer ostiones. Cuando por fin no tuvo más qué decir de uno de los trabajos realizados, dijo:
—Creo que esta idea no tiene mucha carne. Qué lástima.
El director me citó a las pocas semanas de la última visita del Doctor Kurva. Temí que me sancionara con justa razón por haberle convencido de invertir en personaje tan impresentable, pero no contaba con que la advertencia del padre Valdivia lo abarcara a él también: si yo había obrado con ingenuidad, él agregaría un eslabón más a aquella inverosímil cadena, todavía confiado en los beneficios del trato con el Doctor Kurva:
—Hay un excedente presupuestal, mínimo, pero excedente. ¿Qué te parece si vas a la capital y terminan ahí el trabajo? ¿te convendría eso?— me propuso el director.
Acepté. El Doctor Kurva se apresuró a ofrecerme su casa:
—Mi casa es tu casa. Es tradición del mío país dar casa a amigos. Para enemigos es hotel.
Debí haber aceptado, pero no lo hice. Me quedé en un hotel del centro alegando que aquello ya estaba pagado por mi universidad.
Kurva no alteró en nada sus rutinas y apenas tomó en cuenta mi existencia. Se fue de viaje en la segunda semana de mi estancia, me dejó plantado en una ocasión afuera de su casa, me invitó a comer una sola vez. Los trabajos pendientes siguieron estándolo a la espera de que su eminencia se hiciera cargo. Di por sentado que nunca lo haría y así regresé desilusionado a provincia. En castigo, el director aumentó mi número de clases este semestre.
Hoy recibí correo del Doctor Kurva. Me dice que hay una convocatoria para ellos a fin de visitar universidades foráneas. Éstas tienen que pagar la estancia y la mitad del pasaje, ellos ponen la otra mitad del transporte. Me indica —me instruye— que llene la solicitud que él debe llenar. El padre Valdivia ha escuchado el caso y me recomienda internarlo. Le pido que mejor me lleve a mí.
domingo, abril 21, 2013
domingo, abril 14, 2013
La juventud que vendría
Cuando me hundía en la alberca municipal dando brazadas —un, dos, tres, un, dos, tres— pensaba con ilusión en los días que vendrían una vez que aquello terminara y tuviese que recoger las cosas de mi cuarto y hacer las maletas y despedirme de cada colega extranjero y más o menos empático o elíptico, para volver a ti y a los desayunos dominicales en medio del murmullo del noticiero local y de los lejanos ecos del coro de la misa de diez, al reacomodo inacabable de nuestra biblioteca mínima y a los excursos nocturnos cuando te fueras a trabajar y el viento me soplara juventudes. Entre brazada y brazada tomaba aire, a veces agua, dejaba correr musiquillas en la cabeza con letras cursis y más o menos reivindicativas. Esperaba.
Yo no he sido viejo todo el tiempo y menos en la piscina, pues era entonces cuando quedaba suspendido el presente para dar paso a un cómodo limbo donde hasta el cuerpo era más ligero. Poco importaba que ya hubiese rebasado la treintena y que la depresión productiva en que me hallaba instalado no me diera apenas tiempo de rasurarme (lo que en buena medida me hacía simpático para los magrebíes y un poco menos tolerable para los franceses): yo rejuvenecía con cada minuto transcurrido con la cabeza sumergida en agua hipercolorada y los ojos hipertiroideos detrás de nublados goggles. Ilusiones, desde luego, que cualquier observador externo e imparcial, casi científico, habría descartado como infundadas, vista no sólo la cada vez mayor lentitud de mis movimientos sino también su mayor pesadez y escasa gracia. Pero lo que cuenta no es la historia que transcurre a los ojos del ojo mecánico, sino la que discurre por su anverso, aquella que preludiaba la juventud que vendría.
En definitiva eras tú la fuente de aquel optimismo, o lo que yo imaginaba de ti en aquellos minutos de ir y venir contando vueltas de cien metros y sintiendo corrientes frías o calientes según me acercaba o alejaba de la fosa de clavados. Nunca he sido bueno para engañarme, pero sí para construir sistemas filosóficos tan bien atados en su lógica interna que sean impermeables a la razón y aun resistentes a la realidad. Si esos sistemas están bajo el agua, aislados del mundanal ruido, todavía mejor. Así que de la piscina salía no sólo limpio del hedor que produce la tristeza cotidiana cuando ya se da por sentada, sino convencido de que en los días por venir —estos días— estarías tú y la juventud sería restaurada. Reanudaríamos la conversación que quedó suspendida en Santa María Tequepexpan, la investigación de nuevos sitios dónde hacer el amor, el perfeccionamiento de la receta para una buena sopa de letras. Volverían la televisión y los libros, la veintena.
Has de comprender que ahora me encuentre un poco alterado de los nervios. Ya no estoy en el norte de Francia y hace años que no veo una piscina. Los gringos sureños que me rodean —arribistas primitivos de mentalidad campesina o ganadera— sólo tienen gusto por las alberquitas de plástico y las puertas faraónicas donde posan envueltas en colores chillantes sus estúpidas hijas quinceañeras y sus obesas esposas de mosqueado aparador de carnicería. Los jóvenes no quieren otra cosa y ya se apuran a escoger la solución más estable y el futuro más acotado, la mejor sustituta de sus madres y la diversión más repetitiva posible; viejos prematuros de los que no puede venir el futuro imaginado en cientos de minutos de concentrada recreación —un, dos, tres, un dos, tres— a brazo partido en agua extranjera. Dices que ya vienes, pero no fue aquí donde acordamos volver a empezar.
Te espero. Nada deseo más. Pero sospecho que tú ya sabías que ella no volverá.
Yo no he sido viejo todo el tiempo y menos en la piscina, pues era entonces cuando quedaba suspendido el presente para dar paso a un cómodo limbo donde hasta el cuerpo era más ligero. Poco importaba que ya hubiese rebasado la treintena y que la depresión productiva en que me hallaba instalado no me diera apenas tiempo de rasurarme (lo que en buena medida me hacía simpático para los magrebíes y un poco menos tolerable para los franceses): yo rejuvenecía con cada minuto transcurrido con la cabeza sumergida en agua hipercolorada y los ojos hipertiroideos detrás de nublados goggles. Ilusiones, desde luego, que cualquier observador externo e imparcial, casi científico, habría descartado como infundadas, vista no sólo la cada vez mayor lentitud de mis movimientos sino también su mayor pesadez y escasa gracia. Pero lo que cuenta no es la historia que transcurre a los ojos del ojo mecánico, sino la que discurre por su anverso, aquella que preludiaba la juventud que vendría.
En definitiva eras tú la fuente de aquel optimismo, o lo que yo imaginaba de ti en aquellos minutos de ir y venir contando vueltas de cien metros y sintiendo corrientes frías o calientes según me acercaba o alejaba de la fosa de clavados. Nunca he sido bueno para engañarme, pero sí para construir sistemas filosóficos tan bien atados en su lógica interna que sean impermeables a la razón y aun resistentes a la realidad. Si esos sistemas están bajo el agua, aislados del mundanal ruido, todavía mejor. Así que de la piscina salía no sólo limpio del hedor que produce la tristeza cotidiana cuando ya se da por sentada, sino convencido de que en los días por venir —estos días— estarías tú y la juventud sería restaurada. Reanudaríamos la conversación que quedó suspendida en Santa María Tequepexpan, la investigación de nuevos sitios dónde hacer el amor, el perfeccionamiento de la receta para una buena sopa de letras. Volverían la televisión y los libros, la veintena.
Has de comprender que ahora me encuentre un poco alterado de los nervios. Ya no estoy en el norte de Francia y hace años que no veo una piscina. Los gringos sureños que me rodean —arribistas primitivos de mentalidad campesina o ganadera— sólo tienen gusto por las alberquitas de plástico y las puertas faraónicas donde posan envueltas en colores chillantes sus estúpidas hijas quinceañeras y sus obesas esposas de mosqueado aparador de carnicería. Los jóvenes no quieren otra cosa y ya se apuran a escoger la solución más estable y el futuro más acotado, la mejor sustituta de sus madres y la diversión más repetitiva posible; viejos prematuros de los que no puede venir el futuro imaginado en cientos de minutos de concentrada recreación —un, dos, tres, un dos, tres— a brazo partido en agua extranjera. Dices que ya vienes, pero no fue aquí donde acordamos volver a empezar.
Te espero. Nada deseo más. Pero sospecho que tú ya sabías que ella no volverá.
domingo, marzo 17, 2013
La memoria persa
Kam jdeš? fue lo primero que le
dije y lo último en checo de aquella noche, pues a su respuesta Na procházku sólo
pude responder con Do
you speak English? Hablaba poco checo entonces y hoy es rara la ocasión en
que tengo oportunidad de hablarlo, no tanto por la escasez de checos –sobre
todo moravos- en el norte de California, sino por mi precaria vida social.
Alí, sin embargo, no era checo, sino iraní. Y hablaba un inglés mínimo, pero suficiente a las urgencias de aquel momento. Me condujo por un pequeño puente que daba a un parque más grande, en dirección opuesta al Belvedre, en medio de un diálogo vulgar del que apenas tengo memoria; me quedaron grabados, en cambio, su respiración y deseo, la incontinencia sexual que entrecortaba sus palabras y hacía temblar sus manos cuando por fin nos instalamos detrás de varios árboles y pudo tocarme. Era un morbo cabal, es decir, al que no le faltaba el contrapunto del miedo o la moral: Alí exudaba deseo y, con todo, no se permitía mayor cosa en aquel parque público ante el mero temor de ser visto. Yo sólo quería desahogar los esfínteres y no pensaba prolongar aquello demasiado, pero con el rostro endurecido –el deseo y su culpa, la fuerza- exigió que fuéramos a mi casa. Y fuimos.
Contrario a las probabilidades, el paseo en autobús hasta mi departamento no menguó el deseo primigenio, antes bien, lo avivó por medio de la reposada consideración del rostro y mirada de Alí, aun en medio de la multitud que hacinaba los espacios y no cesaba de conversar en aquel idioma para mí todavía extraño: nariz recta, grande, pestañas muy alzadas y labios moderados, rostro enjuto de barba incipiente, cabello delgado y ligeramente crespo, un poco crecido, y debajo de pobladas cejas, los ojos obscuros de intención transparente, fijos aún en la recreación de anticipaciones y expectativas, inalterados en su expresión lasciva, haciéndome su objeto, poseyéndome desde ya, no sin cierta tiranía u obsesión hipnagógica.
A Genoveva le fascinaban mis obsesiones asociativas, aun triviales, que liaban temas aparentemente distantes hasta hacerlos cobrar un sentido sexual intenso y perturbador. Algunas de estas asociaciones eran ya tan antiguas como mi uso de razón, por ejemplo, aquella que veía en la hipnosis o las drogas un sentido sexual. La madrileña –versada en psiquiatría, aunque inactiva desde cierta circunstancia no del todo aclarada- me explicaba que el fenómeno no es extraordinario: la hipnosis y las drogas están asociadas a la pérdida de la voluntad, a una relación de dominio que fácilmente se asocia a la inconsciencia del acto sexual genuino, cargado de un deseo atávico e irracional. Lo que en su opinión era notable en mi caso, radicaba en la corta edad a la que había cobrado consciencia de estas obsesiones, en particular, de la relativa al hipnotismo.
–Te digo que fue por los cuentos infantiles, güerita- le decía con mexicana familiaridad semanas antes del encuentro con Alí, en la única visita que ella hiciera a mi departamento en Praga. Era pleno invierno.
–Pero qué morro el tuyo, joder. Que hasta en las cosas más inocentes hay un germen de distorsión, la semilla de una interpretación obscura, pasa, pero verlo en un cuento infantil a los cuatro años, hombre, eso ya es otra cosa.
–¿Pero no era Freud un feroz defensor de la sexualidad infantil?
–Inconsciente, cariño, inconsciente, aunque te recuerdo que no debes citar nunca a ese drogadicto y maricón vienés en presencia de un psiquiatra. Yo soy médico, él era un cuentista de tramas predecibles.
–Sí, claro, disculpa. Pero reconoces que el sexo no es asunto de la pubertad en adelante, sino de toda la vida, ¿no?
–Pues sí, es verdad, pero su presencia es oblicua, casi nunca consciente y menos controlada.
–A mí no me pareció muy oblicuo. Mi madre había comprado una enciclopedia ilustrada de cuentos infantiles. El volumen correspondiente al Libro de la Selva tenía una imagen de Mwogli con trusa roja, montado en la rama de un árbol, envuelto lentamente por la serpiente… ¿cómo se llamaba? Algo así como Sher-Kan o Shiva-Kan. No recuerdo. Pero eran dos imágenes. En una la serpiente le habla y mira fijamente, empieza a hipnotizarlo. En la otra ya lo tiene enroscado y sólo pueden verse sus pies y su cabeza, con los ojos convertidos en espirales de colores, con una sonrisa de plenitud toxicómana.
–Eso no lo pensaste entonces.
–No, no lo pensé. Pero ahora sé que era así y aunque no podía tener erecciones ni eyaculaciones podía masturbarme y esas imágenes me hicieron hacerlo varias veces, quién sabe si por primera vez en mi vida. O quizá ya lo hacía desde antes, todo lo relativo a esa época se me confunde.
–Es curioso. En el pabellón de ninfómanas el director de la clínica nos desaconsejaba toda clase de técnica hipnótica, pues las pacientes, decía, lejos de seguir instrucciones, podían desinhibirse en forma incontrolada. Debe haber relaciones.
–Supongo. Es bien conocido que los afectos al sadomasoquismo, por ejemplo, echan mano de hipnosis para mejor llevar las palizas o excesos de sus prácticas. Y aumentar el placer, desde luego.
–Mira por dónde vas a salirme tú un hombre de cuero negro y látigo en mano, ¿eh? Que estoy muy pequeñita para aguantarte, grandullón- y se echó a reír con esa risa de alegre murmullo que la caracterizaba. Para ser española hablaba en voz muy baja y tenía una sintaxis demasiado limpia. –Pero has de saber que la hipnosis no es necesariamente sexual –dijo reponiéndose- ¿no has visto de casualidad una película de Woody Allen, creo que se llamaba El escorpión de jade, la has visto?
–Sé de cuál hablas, pero se llama El beso del escorpión. ¿A qué viene eso?
–¿De verdad? Vale, pues en esa película el hipnotismo es la cosa más anticlimática del mundo. Saca nada menos que a Woody Allen de la cama cuando ya la compartía con una bellísima mujer perfectamente dispuesta a todo. ¡Imagínate!, ¡al director norteamericano que ha dicho que el cerebro es su segundo órgano favorito!- y volvió a reírse, ahora un poco más fuerte.
–Es verdad. Pero no olvides que las palabras Constantinopla y Madagascar tenían también el efecto de hacer que el detective C.W. y la hermosa Miss Fitzgerald se amaran apasionadamente- contesté gesticulando con exageración y rematando con el amago de abrazarla y besarla.
Ahora delante de Alí volvía a poner mi excitación en manos de mis viejas obsesiones: estaba en manos de un poseído, un hombre cuyo sexo hervía incontrolado y cuya mente toda no tenía más espacio que para mí y el deseo de mí, gusano inmenso horadando todos los rincones del cerebro, hipotálamo desbocado engullendo la voluntad. Y entre el follaje de placeres en que nos habíamos metido no tuvimos reparo en besarnos, algo que, a diferencia del puro sexo, era suficientemente poderoso para involucrarme.
¿Y no sería ello también una asociación atávica, una distorsión?, ¿no era simplemente el dejá-vu del comienzo de la única relación profunda de mi vida, la de Fernando, que del otro lado del océano ponía en el correo un libro de ecuaciones diferenciales mientras yo me dejaba los labios en los de Alí? Ese comienzo había sido así: una tarde entera instalado en su boca, una prolongadísima sesión amatoria apenas suspendida por la cena y continuada hasta el amanecer. Yo me di cuenta de que Alí también estaba siendo arrasado por una corriente impura, hecha del sexo que le hacía crujir las mandíbulas y gemir, sí, pero también de una sed de unir las bocas y abrazarse, un sesgo de ternura que sorprendía y hacía los ojos ya no sólo concentrados en su carnalidad, sino azorados en lo inmanejable de un vínculo que se abría paso sin considerandos.
–¿Pero de qué hablas cuando dices que debes limitarte al sexo furtivo?- había preguntado Genoveva luego de contarle a grandes rasgos sobre mi terror a los enredos sentimentales. Habíamos cenado pasta. Acabábamos de abrir la segunda botella de vino y volvía a nevar ligeramente.
–Pues a eso, querida, que para mí el beso y el abrazo, las caricias reposadas, son todos fuentes de perdición sentimental. Y aunque con Fernando tengo acordada la libertad de usar mi cuerpo con quien yo quiera sin enterarlo y cuidándome, no estoy autorizado a llevar una relación más allá de lo casual y fortuito. No puedo enamorarme.
–Y sin embargo…
–Sí, pese a todo ha ocurrido dos veces en casi cinco años. Un récord, ¿no crees? Sobre todo considerando que no he dejado de conocer gente, aunque sólo sea para fines estrictamente sexuales. Soy un promiscuo al que la culpa sólo sirve de estímulo.
–No estoy tan segura de que seas un promiscuo, pues eso tiene definiciones precisas, que te lo sepas; aunque tus relaciones con la culpa, perdóname que te lo diga, chaval, pero son del todo clásicas, vulgares en sociedades como la nuestra. Llevada al extremo es ingrediente esencial de las conductas psicópatas. Un individuo de estos que van por ahí haciendo escabechinas empieza con lo que hoy hasta los gendarmes conocen como trastorno bipolar: una disociación de la persona que normalmente pone su aspecto cordial y simpático en una de sus personalidades y el neurótico en la otra. Este neurótico suele servirse exclusivamente de la culpa, torturándose a sí mismo y empujándolo, paradójicamente, a exacerbar la ruptura mental en la que se haya. En otras palabras, la culpa es la que lo obliga a escindirse para mejor sobrellevar la carga: sólo una de sus personalidades tendrá que llevarla, pero en el envite puede hacer que el neurótico exija más barbaridades hasta convertirla en una psicosis.
–Psicosis, neurosis, disociación. Creo que estás exagerando, güerita. No estoy loco y tú no estarías aquí tan tranquila bebiendo vino conmigo si así fuera- dije sonriendo torcidamente, como quien aguanta la risa. Ella sonrió cálidamente y dijo:
–No estés tan seguro. Quiero decir que no creas que no me atrevería a reunirme contigo si estuvieras listo para el manicomio. Trabajé años en uno de ellos, no se te olvide.
–Entonces quizá seas tú la que requiera atención- dije riendo ya sin problemas.
–Nunca he dicho lo contrario- contestó Genoveva al tiempo que bajaba la mirada sobre su copa con una sonrisa ambigua. ¿Qué veía?
–Ya en serio, Genoveva, cuando digo que la culpa me mueve lo digo porque lejos de impedirme algo, sólo me ha hecho obsesionarme con ello, haciéndome pasar por aquellas situaciones arriesgadas precisamente por concederles tanta importancia. En un principio fue la culpa de raíz religiosa, cuando niño…
–¿Hay de otra?- me interrumpió Genoveva alzando de nuevo la mirada. Se había puesto seria.
–Lo que quiero decir es que entonces efectivamente sentía que ofendía a Dios con mis presuntos malos actos, masturbarme, por ejemplo. Y ello no evitó que siguiera haciéndolo, antes bien, me obsesionó, me hizo pasar a fondo por aquello que me hacía sentir culpable…
–Una fijación, claro. Te has quedado enganchado pretendiendo superar lo que considerabas un problema. Sucede igual con los fumadores que quieren salir del tabaquismo con una fruición tal que echan a perder sus propósitos desde el momento mismo en que dejan ocupar toda su mente por ese despropósito. En otras palabras, muere aquello a lo que no damos importancia y se avivan los incendios a los que se echa aire. Y, por otra parte, la gente no debería ser tan gilipollas como para querer deshacerse de algo sin cuestionarse antes si de verdad ese algo constituye un problema.
–Exactamente. En la adolescencia comprendí que no había motivo para abandonar mis gustos. También empecé a fumar. Pero otras culpas esperaban su turno y no pensé que fueran tantas y tan diversas.
–¿Y qué esperabas? Donde haya una sociedad siempre habrá culpa, pues éstas son consubstanciales al orden social, son el anverso de las normas de convivencia familiares, sociales, religiosas. Es inevitable.
–Pero no todas deben ser igualmente válidas. No es lo mismo sentirse culpable por ser homosexual que sentirse así por haber matado a un hombre.
–Eso es discutible, pues…
–¿Cómo discutible, Genoveva?
–No seas tonto, cariño. No quiero decir que sean cosas equiparables, sino que el mal, aquello que presuntamente causa culpa, es siempre relativo, funcional.
–¿Cómo?
–Pues sí. Que desde Jung sabemos que el mal es aquello disfuncional en relación con cierto esquema cultural, social, religioso, etc. No es algo absoluto y, por tanto, no hay manera de distinguir el presunto mal de ser homosexual del presunto mal de matar a un hombre. Lo que hace la diferencia es creer que algo es malo o no lo es.
–Comprendo. A veces me parece que no es suficiente creer que algo no es malo para sacudirse la culpa. La moral pública, como una parte más de la memoria colectiva, parece hallar siempre el camino de vuelta a nuestro subconsciente, aunque la hayamos echado solemnemente de nuestra reluciente corteza cerebral.
–Viejas discusiones las tuyas: culpa y miedo. Qué clásico. Aunque dadas tus obsesiones de salud ambas cosas se mezclan fácilmente.
–Son tiempos jodidos para la promiscuidad, no cabe duda- dije haciendo luego una pausa para dar grandes sorbos de vino. Encendí un cigarrillo del que me estaba absteniendo desde hace tiempo: era el último de la cajetilla. Y continué. –Fuera de Fernando no conozco el sexo sin condón, pero no dejo de sentir un vuelco en el estómago al pensar en los peligros que, con látex o sin él, acarrea el placer.
–Pero los sigues arrostrando. Y ello, mi querido paranoico, significa que ya tienes una relación especial con tus miedos y culpas. Lo natural ante el miedo es huir. Eso hacen los sensatos, o los apocados si te place. Pero los obsesivos, los paranoicos como tú estrechan lazos con sus obsesiones, con sus paranoias, se hacen amigazos de ellas y luego no resisten vivir sin su adrenalina.
–Pues vale: estoy enfermo y necesito mis dosis de excitación, ¿te parece? Pero que nunca salgan del ámbito físico, que nunca invadan mi corazón y se limiten a mi entrepierna, que nunca amanezca a mi lado nadie distinto de aquel a quien amo, que nunca tenga tiempo ni disposición de enamorarme de otros ojos, de sentir nostalgia de un abrazo o un beso de otro, de sentir esa ausencia, longing diría Jason, de alguien que no sea Fernando porque entonces estaré en grave peligro. Pero descuida. Tengo ya cierta edad y dos episodios de este estilo en mi haber, que, por fortuna, duraron poquísimas semanas. Por lo visto, mi amasiato ya me endureció lo suficiente como para no abrir el alma nunca más.
–Qué curioso. Este arreglo entre Fernando y tú parece obligarte a conservar la humanidad en toda su elevación sólo entre ustedes, y reducirte a animal puertas afuera. Pero aquí hasta un vulgar terapeuta privilegiaría lo funcional. Y funciona, qué coño.
Funciona. Retazos de aquellas conversaciones hacían eco en mi mente en la fría duermevela de la primera noche con Alí. Y seguían instaladas en mi cabeza cuando abrí los ojos a otro día nublado, con aquel cuerpo todavía dormido recién devuelto a su extrañeza, a su ajenidad, con mis miedos de golpe recuperados por el siniestro graznido de los cuervos, tan frecuentes desde antes del amanecer en los últimos días del invierno.
Alí, sin embargo, no era checo, sino iraní. Y hablaba un inglés mínimo, pero suficiente a las urgencias de aquel momento. Me condujo por un pequeño puente que daba a un parque más grande, en dirección opuesta al Belvedre, en medio de un diálogo vulgar del que apenas tengo memoria; me quedaron grabados, en cambio, su respiración y deseo, la incontinencia sexual que entrecortaba sus palabras y hacía temblar sus manos cuando por fin nos instalamos detrás de varios árboles y pudo tocarme. Era un morbo cabal, es decir, al que no le faltaba el contrapunto del miedo o la moral: Alí exudaba deseo y, con todo, no se permitía mayor cosa en aquel parque público ante el mero temor de ser visto. Yo sólo quería desahogar los esfínteres y no pensaba prolongar aquello demasiado, pero con el rostro endurecido –el deseo y su culpa, la fuerza- exigió que fuéramos a mi casa. Y fuimos.
Contrario a las probabilidades, el paseo en autobús hasta mi departamento no menguó el deseo primigenio, antes bien, lo avivó por medio de la reposada consideración del rostro y mirada de Alí, aun en medio de la multitud que hacinaba los espacios y no cesaba de conversar en aquel idioma para mí todavía extraño: nariz recta, grande, pestañas muy alzadas y labios moderados, rostro enjuto de barba incipiente, cabello delgado y ligeramente crespo, un poco crecido, y debajo de pobladas cejas, los ojos obscuros de intención transparente, fijos aún en la recreación de anticipaciones y expectativas, inalterados en su expresión lasciva, haciéndome su objeto, poseyéndome desde ya, no sin cierta tiranía u obsesión hipnagógica.
A Genoveva le fascinaban mis obsesiones asociativas, aun triviales, que liaban temas aparentemente distantes hasta hacerlos cobrar un sentido sexual intenso y perturbador. Algunas de estas asociaciones eran ya tan antiguas como mi uso de razón, por ejemplo, aquella que veía en la hipnosis o las drogas un sentido sexual. La madrileña –versada en psiquiatría, aunque inactiva desde cierta circunstancia no del todo aclarada- me explicaba que el fenómeno no es extraordinario: la hipnosis y las drogas están asociadas a la pérdida de la voluntad, a una relación de dominio que fácilmente se asocia a la inconsciencia del acto sexual genuino, cargado de un deseo atávico e irracional. Lo que en su opinión era notable en mi caso, radicaba en la corta edad a la que había cobrado consciencia de estas obsesiones, en particular, de la relativa al hipnotismo.
–Te digo que fue por los cuentos infantiles, güerita- le decía con mexicana familiaridad semanas antes del encuentro con Alí, en la única visita que ella hiciera a mi departamento en Praga. Era pleno invierno.
–Pero qué morro el tuyo, joder. Que hasta en las cosas más inocentes hay un germen de distorsión, la semilla de una interpretación obscura, pasa, pero verlo en un cuento infantil a los cuatro años, hombre, eso ya es otra cosa.
–¿Pero no era Freud un feroz defensor de la sexualidad infantil?
–Inconsciente, cariño, inconsciente, aunque te recuerdo que no debes citar nunca a ese drogadicto y maricón vienés en presencia de un psiquiatra. Yo soy médico, él era un cuentista de tramas predecibles.
–Sí, claro, disculpa. Pero reconoces que el sexo no es asunto de la pubertad en adelante, sino de toda la vida, ¿no?
–Pues sí, es verdad, pero su presencia es oblicua, casi nunca consciente y menos controlada.
–A mí no me pareció muy oblicuo. Mi madre había comprado una enciclopedia ilustrada de cuentos infantiles. El volumen correspondiente al Libro de la Selva tenía una imagen de Mwogli con trusa roja, montado en la rama de un árbol, envuelto lentamente por la serpiente… ¿cómo se llamaba? Algo así como Sher-Kan o Shiva-Kan. No recuerdo. Pero eran dos imágenes. En una la serpiente le habla y mira fijamente, empieza a hipnotizarlo. En la otra ya lo tiene enroscado y sólo pueden verse sus pies y su cabeza, con los ojos convertidos en espirales de colores, con una sonrisa de plenitud toxicómana.
–Eso no lo pensaste entonces.
–No, no lo pensé. Pero ahora sé que era así y aunque no podía tener erecciones ni eyaculaciones podía masturbarme y esas imágenes me hicieron hacerlo varias veces, quién sabe si por primera vez en mi vida. O quizá ya lo hacía desde antes, todo lo relativo a esa época se me confunde.
–Es curioso. En el pabellón de ninfómanas el director de la clínica nos desaconsejaba toda clase de técnica hipnótica, pues las pacientes, decía, lejos de seguir instrucciones, podían desinhibirse en forma incontrolada. Debe haber relaciones.
–Supongo. Es bien conocido que los afectos al sadomasoquismo, por ejemplo, echan mano de hipnosis para mejor llevar las palizas o excesos de sus prácticas. Y aumentar el placer, desde luego.
–Mira por dónde vas a salirme tú un hombre de cuero negro y látigo en mano, ¿eh? Que estoy muy pequeñita para aguantarte, grandullón- y se echó a reír con esa risa de alegre murmullo que la caracterizaba. Para ser española hablaba en voz muy baja y tenía una sintaxis demasiado limpia. –Pero has de saber que la hipnosis no es necesariamente sexual –dijo reponiéndose- ¿no has visto de casualidad una película de Woody Allen, creo que se llamaba El escorpión de jade, la has visto?
–Sé de cuál hablas, pero se llama El beso del escorpión. ¿A qué viene eso?
–¿De verdad? Vale, pues en esa película el hipnotismo es la cosa más anticlimática del mundo. Saca nada menos que a Woody Allen de la cama cuando ya la compartía con una bellísima mujer perfectamente dispuesta a todo. ¡Imagínate!, ¡al director norteamericano que ha dicho que el cerebro es su segundo órgano favorito!- y volvió a reírse, ahora un poco más fuerte.
–Es verdad. Pero no olvides que las palabras Constantinopla y Madagascar tenían también el efecto de hacer que el detective C.W. y la hermosa Miss Fitzgerald se amaran apasionadamente- contesté gesticulando con exageración y rematando con el amago de abrazarla y besarla.
Ahora delante de Alí volvía a poner mi excitación en manos de mis viejas obsesiones: estaba en manos de un poseído, un hombre cuyo sexo hervía incontrolado y cuya mente toda no tenía más espacio que para mí y el deseo de mí, gusano inmenso horadando todos los rincones del cerebro, hipotálamo desbocado engullendo la voluntad. Y entre el follaje de placeres en que nos habíamos metido no tuvimos reparo en besarnos, algo que, a diferencia del puro sexo, era suficientemente poderoso para involucrarme.
¿Y no sería ello también una asociación atávica, una distorsión?, ¿no era simplemente el dejá-vu del comienzo de la única relación profunda de mi vida, la de Fernando, que del otro lado del océano ponía en el correo un libro de ecuaciones diferenciales mientras yo me dejaba los labios en los de Alí? Ese comienzo había sido así: una tarde entera instalado en su boca, una prolongadísima sesión amatoria apenas suspendida por la cena y continuada hasta el amanecer. Yo me di cuenta de que Alí también estaba siendo arrasado por una corriente impura, hecha del sexo que le hacía crujir las mandíbulas y gemir, sí, pero también de una sed de unir las bocas y abrazarse, un sesgo de ternura que sorprendía y hacía los ojos ya no sólo concentrados en su carnalidad, sino azorados en lo inmanejable de un vínculo que se abría paso sin considerandos.
–¿Pero de qué hablas cuando dices que debes limitarte al sexo furtivo?- había preguntado Genoveva luego de contarle a grandes rasgos sobre mi terror a los enredos sentimentales. Habíamos cenado pasta. Acabábamos de abrir la segunda botella de vino y volvía a nevar ligeramente.
–Pues a eso, querida, que para mí el beso y el abrazo, las caricias reposadas, son todos fuentes de perdición sentimental. Y aunque con Fernando tengo acordada la libertad de usar mi cuerpo con quien yo quiera sin enterarlo y cuidándome, no estoy autorizado a llevar una relación más allá de lo casual y fortuito. No puedo enamorarme.
–Y sin embargo…
–Sí, pese a todo ha ocurrido dos veces en casi cinco años. Un récord, ¿no crees? Sobre todo considerando que no he dejado de conocer gente, aunque sólo sea para fines estrictamente sexuales. Soy un promiscuo al que la culpa sólo sirve de estímulo.
–No estoy tan segura de que seas un promiscuo, pues eso tiene definiciones precisas, que te lo sepas; aunque tus relaciones con la culpa, perdóname que te lo diga, chaval, pero son del todo clásicas, vulgares en sociedades como la nuestra. Llevada al extremo es ingrediente esencial de las conductas psicópatas. Un individuo de estos que van por ahí haciendo escabechinas empieza con lo que hoy hasta los gendarmes conocen como trastorno bipolar: una disociación de la persona que normalmente pone su aspecto cordial y simpático en una de sus personalidades y el neurótico en la otra. Este neurótico suele servirse exclusivamente de la culpa, torturándose a sí mismo y empujándolo, paradójicamente, a exacerbar la ruptura mental en la que se haya. En otras palabras, la culpa es la que lo obliga a escindirse para mejor sobrellevar la carga: sólo una de sus personalidades tendrá que llevarla, pero en el envite puede hacer que el neurótico exija más barbaridades hasta convertirla en una psicosis.
–Psicosis, neurosis, disociación. Creo que estás exagerando, güerita. No estoy loco y tú no estarías aquí tan tranquila bebiendo vino conmigo si así fuera- dije sonriendo torcidamente, como quien aguanta la risa. Ella sonrió cálidamente y dijo:
–No estés tan seguro. Quiero decir que no creas que no me atrevería a reunirme contigo si estuvieras listo para el manicomio. Trabajé años en uno de ellos, no se te olvide.
–Entonces quizá seas tú la que requiera atención- dije riendo ya sin problemas.
–Nunca he dicho lo contrario- contestó Genoveva al tiempo que bajaba la mirada sobre su copa con una sonrisa ambigua. ¿Qué veía?
–Ya en serio, Genoveva, cuando digo que la culpa me mueve lo digo porque lejos de impedirme algo, sólo me ha hecho obsesionarme con ello, haciéndome pasar por aquellas situaciones arriesgadas precisamente por concederles tanta importancia. En un principio fue la culpa de raíz religiosa, cuando niño…
–¿Hay de otra?- me interrumpió Genoveva alzando de nuevo la mirada. Se había puesto seria.
–Lo que quiero decir es que entonces efectivamente sentía que ofendía a Dios con mis presuntos malos actos, masturbarme, por ejemplo. Y ello no evitó que siguiera haciéndolo, antes bien, me obsesionó, me hizo pasar a fondo por aquello que me hacía sentir culpable…
–Una fijación, claro. Te has quedado enganchado pretendiendo superar lo que considerabas un problema. Sucede igual con los fumadores que quieren salir del tabaquismo con una fruición tal que echan a perder sus propósitos desde el momento mismo en que dejan ocupar toda su mente por ese despropósito. En otras palabras, muere aquello a lo que no damos importancia y se avivan los incendios a los que se echa aire. Y, por otra parte, la gente no debería ser tan gilipollas como para querer deshacerse de algo sin cuestionarse antes si de verdad ese algo constituye un problema.
–Exactamente. En la adolescencia comprendí que no había motivo para abandonar mis gustos. También empecé a fumar. Pero otras culpas esperaban su turno y no pensé que fueran tantas y tan diversas.
–¿Y qué esperabas? Donde haya una sociedad siempre habrá culpa, pues éstas son consubstanciales al orden social, son el anverso de las normas de convivencia familiares, sociales, religiosas. Es inevitable.
–Pero no todas deben ser igualmente válidas. No es lo mismo sentirse culpable por ser homosexual que sentirse así por haber matado a un hombre.
–Eso es discutible, pues…
–¿Cómo discutible, Genoveva?
–No seas tonto, cariño. No quiero decir que sean cosas equiparables, sino que el mal, aquello que presuntamente causa culpa, es siempre relativo, funcional.
–¿Cómo?
–Pues sí. Que desde Jung sabemos que el mal es aquello disfuncional en relación con cierto esquema cultural, social, religioso, etc. No es algo absoluto y, por tanto, no hay manera de distinguir el presunto mal de ser homosexual del presunto mal de matar a un hombre. Lo que hace la diferencia es creer que algo es malo o no lo es.
–Comprendo. A veces me parece que no es suficiente creer que algo no es malo para sacudirse la culpa. La moral pública, como una parte más de la memoria colectiva, parece hallar siempre el camino de vuelta a nuestro subconsciente, aunque la hayamos echado solemnemente de nuestra reluciente corteza cerebral.
–Viejas discusiones las tuyas: culpa y miedo. Qué clásico. Aunque dadas tus obsesiones de salud ambas cosas se mezclan fácilmente.
–Son tiempos jodidos para la promiscuidad, no cabe duda- dije haciendo luego una pausa para dar grandes sorbos de vino. Encendí un cigarrillo del que me estaba absteniendo desde hace tiempo: era el último de la cajetilla. Y continué. –Fuera de Fernando no conozco el sexo sin condón, pero no dejo de sentir un vuelco en el estómago al pensar en los peligros que, con látex o sin él, acarrea el placer.
–Pero los sigues arrostrando. Y ello, mi querido paranoico, significa que ya tienes una relación especial con tus miedos y culpas. Lo natural ante el miedo es huir. Eso hacen los sensatos, o los apocados si te place. Pero los obsesivos, los paranoicos como tú estrechan lazos con sus obsesiones, con sus paranoias, se hacen amigazos de ellas y luego no resisten vivir sin su adrenalina.
–Pues vale: estoy enfermo y necesito mis dosis de excitación, ¿te parece? Pero que nunca salgan del ámbito físico, que nunca invadan mi corazón y se limiten a mi entrepierna, que nunca amanezca a mi lado nadie distinto de aquel a quien amo, que nunca tenga tiempo ni disposición de enamorarme de otros ojos, de sentir nostalgia de un abrazo o un beso de otro, de sentir esa ausencia, longing diría Jason, de alguien que no sea Fernando porque entonces estaré en grave peligro. Pero descuida. Tengo ya cierta edad y dos episodios de este estilo en mi haber, que, por fortuna, duraron poquísimas semanas. Por lo visto, mi amasiato ya me endureció lo suficiente como para no abrir el alma nunca más.
–Qué curioso. Este arreglo entre Fernando y tú parece obligarte a conservar la humanidad en toda su elevación sólo entre ustedes, y reducirte a animal puertas afuera. Pero aquí hasta un vulgar terapeuta privilegiaría lo funcional. Y funciona, qué coño.
Funciona. Retazos de aquellas conversaciones hacían eco en mi mente en la fría duermevela de la primera noche con Alí. Y seguían instaladas en mi cabeza cuando abrí los ojos a otro día nublado, con aquel cuerpo todavía dormido recién devuelto a su extrañeza, a su ajenidad, con mis miedos de golpe recuperados por el siniestro graznido de los cuervos, tan frecuentes desde antes del amanecer en los últimos días del invierno.
domingo, febrero 17, 2013
La bola
Desde la terraza vi cómo se alzaba la columna de humo y me cerraba la vista a los volcanes. Llevaba cuatro días con la tienda cerrada y los crecientes disturbios no parecían sugerir que fuera a reabrirla pronto. Me consolaba que Adriana y los niños hubiesen salido a Guadalajara a visitar a mi suegra, apenas dos días antes de que iniciara el motín de la Ciudadela, ocasión que al principio me pareció extraordinariamente propicia para saciarme de Gabriela, a quien llevaba ya algún tiempo viendo clandestinamente y a la que ahora podría llevar a mi casa todas las noches hasta hartarme de su cuerpo y luego buscar algún pretexto para ya no verla más. No hubo necesidad de buscarlo, el pretexto, porque apenas nos vimos dos noches y no volví a saber de ella; la tercera, ya sin luz eléctrica, tuve que desahogar la ansiedad de su ausencia en el banco que a ella le gustaba utilizar para nuestros encuentros, iluminado apenas por la luz del quinqué y apretando con los dientes el corpiño que le obligué a dejar la última noche. Una muchacha dócil, Gabriela, a la que no tardarán en echarle cerrojo sus padres para evitar más murmuraciones y vergüenzas. Pero de mí no saben nada, estoy seguro.
Al principio nadie se sorprendió. Era sólo cuestión de tiempo para que los hombres más bragados se decidiesen a terminar con ese gobierno pusilánime al que sólo una triste sucesión de circunstancias pudo instalar en Palacio Nacional. Los pueblos se equivocan. Las revoluciones se tuercen. Hombres mediocres acaban instalados en responsabilidades que exceden con mucho a sus capacidades. La tienda había conocido mejores tiempos bajo la dictadura, por supuesto, y aunque la inflación creaba la sensación de que nos volveríamos ricos en poco tiempo, el aumento generalizado de precios nos quitaba por un lado lo que nos daba por el otro. Adriana estaba molesta, claro, es ambiciosa y pese a mis reconvenciones, sobre todo en circunstancias sociales, no se abstenía de opinar sobre política y echar pestes del Chapito (ella se crió en Sonora, parece que así hablan por allá). Yo suelo ser más callado, pero opinaba igual que ella: la anarquía se estaba apoderando del espíritu de los ciudadanos y apenas iniciado lo del motín todo mundo perdió la compostura y se sintió con derecho a incendiar, robar, asesinar y pasar de un bando a otro con entera naturalidad y frescura.
Gabriela sabía lo que iba a ocurrir porque su marido es militar y parece estar entre los sublevados. Tendría que confirmarlo, pero a ella no la he visto y el recuerdo de sus conversaciones se me confunde rápidamente con el de sus pechos tibios. No creo haberle prestado demasiada atención y ahora lo lamento porque al menos sabría dónde ir a buscarla o a qué atenerme con lo de la tienda. He sabido de saqueos horrendos donde la chusma se ha escarcido con los gachupines y los chinos, al menos yo soy connacional y no creo que vengan a forzar la puerta. Sólo han venido las vecinas habituales y se han conformado pacientemente con mis explicaciones. Son las ventajas de ser una persona decente, inspira uno confianza con su sola presencia, los instintos se neutralizan ante nuestra parsimonia, conocen a Adriana -Adrianita para ellas- y van a misa entre semana junto con ella, también a rosarios, paseos de la virgen del barrio y vistas del Santísimo en los sagrarios. Ella no es precisamente devota, pero se aburre en casa porque Nacha se encarga de fregar los pisos y lavar la ropa sin darle suficiente conversación -india renegada, la llama- y entonces busca a las damas de su clase que a cambio de soporíferas y muy hipócritas actividades religiosas le participan de jugosas comidillas sobre la vida privada de la gente del barrio y de no pocos personajes públicos importantes. Así supe, por ejemplo, que el Chapito padece impotencia coeundi, lo que desde luego confirma su falta de descendencia pese a los muchos años de matrimonio con Doña Sarita. La debilidad de carácter va siempre de la mano de la sexual.
Por eso, para evitar que Gabriela me tomara por un romántico y nuestra relación cargada de morbo se volviese una rutina de poco vigor, la empujé paulatinamente a actos cada vez más abyectos y en los que no faltaron el cinturón, las cuerdas, el atril donde Adriana posaba la biblia, las mascadas que alguna vez le dejaron marcas en los ojos y en los pechos, incluso la trampa para presas pequeñas y el gancho del jamón que tuve que descolgar de la viga que cruzaba por encima del mostrador de la tienda. Sé que esto sugiere que nos hemos visto muchas veces. No ha sido así. Pero el prestigio de un amante, incluso en una ciudad de este tamaño, depende tanto de su osadía como de su discreción. Y Gabriela era una amante muy propicia a estos excesos, como pude comprender de su ligero coqueteo con la mariguana y el coñac de su marido, pero también de las frecuentes marcas de palizas que el sargento (¿o era coronel?) le daba un día sí y otro también.
Ahora todo ha terminado, me temo. Son ya varios días de balaceras y de Gabriela ni sus luces. De Adriana llegó un telegrama ayer, pero no me interesaba en lo más mínimo. Ella y los niños estarán bien de cualquier modo y yo tengo derecho a divertirme en su ausencia, aunque lleve ya varios días sin poder hacerlo. El humo que entra ahora por la ventana es claramente el de un crematorio al aire libre. Dice Nacha que hay montones de cadáveres a los que simplemente se les prende fuego, ahí, en la calle, como si fuesen animales, y este debe ser el primero de esos eventos que tiene lugar cerca de aquí. Por si las dudas, he reunido buena parte del dinero en el fondo de un pequeño saco de harina por si tuviese que llevármelo a plena luz del día sin despertar sospechas. He tenido buen cuidado de que Nacha no me vea, pero quizá por un sentimiento de culpa, quizá por garantizar una complicidad que no necesito, he accedido después de la comida a satisfacerla como mujer, pues desde la desaparición de Gabriela y en ausencia de su patrona, empezó a insinuárseme. Olía a cebolla y sólo espero que no me arruinen la siesta los torzones que ahora siento.
Corro a la orilla del canal de la Viga y de un salto ya estoy en una chalupa. Los arbustos de la orilla y los familiares sauces llorones, los ahuehuetes, van siendo reemplazados por una vegetación cada vez más densa que va obstruyendo la luz del cielo hasta obscurecerlo todo como en una caverna. Ya no me doy cuenta de si la barca sigue avanzando o no, pero al final distingo una luz que se acerca. Es la del quinqué de mi casa que lleva en la mano Gabriela, de pie sobre su barca, cruzada de carrilleras y sólo con sus medias negras hasta la mitad de los muslos. 'Acércate', me dice, pero temo caer al agua negra como petróleo. De pronto, cae el quinqué y la barca comienza a incendiarse. '¡Salta!', me grita. '¡Salta!'. La luz ilumina un círculo de árboles en los que brillan cientos de ojos. '¡Salta!' gritan todos. Estalla una ventana invisible y abro los ojos.
Es mi casa la que se incendia y hay un griterío allá abajo que me obliga a levantarme tan pronto como puedo, sudoroso. Gritan con una furia inexplicable, reforzándose entre sí, sin apelación posible: '¡Sal cabrón!', '¡Sal que sabemos que estás ahí!', '¡Sal de una vez y da la cara!'. Si consigo huir no será por la puerta, sino por la azotea. Subo por la escalera de caracol, jadeando. En el trayecto todavía tengo tiempo de pensar en Nacha y en Adriana (en ese orden) y de pegarme con el borde de la puerta que es tan pequeña que ni el Chapito cabría por ella. Por fin cruzo y doy la vuelta hacia casa de los Martínez -la única azotea contigua- pero ya es tarde. Allá arriba me encuentro con hombres armados de machetes y fusiles viejos. '¿Lo fusilamos mi generala?', '¿Nos lo quebramos?', preguntan a una tipa que se abre paso a mi encuentro. Es Gabriela, que sonríe. Intento articular palabra, pero aun no me repongo del agitado ascenso y apenas me da tiempo de gritar "¡No!" cuando ya ella levanta su carabina y me revienta el pecho.
El sol de la tarde no calienta y el frío me invade rápidamente. Nacha no quiere pasar hambre: se ha llevado el saco de harina.
Al principio nadie se sorprendió. Era sólo cuestión de tiempo para que los hombres más bragados se decidiesen a terminar con ese gobierno pusilánime al que sólo una triste sucesión de circunstancias pudo instalar en Palacio Nacional. Los pueblos se equivocan. Las revoluciones se tuercen. Hombres mediocres acaban instalados en responsabilidades que exceden con mucho a sus capacidades. La tienda había conocido mejores tiempos bajo la dictadura, por supuesto, y aunque la inflación creaba la sensación de que nos volveríamos ricos en poco tiempo, el aumento generalizado de precios nos quitaba por un lado lo que nos daba por el otro. Adriana estaba molesta, claro, es ambiciosa y pese a mis reconvenciones, sobre todo en circunstancias sociales, no se abstenía de opinar sobre política y echar pestes del Chapito (ella se crió en Sonora, parece que así hablan por allá). Yo suelo ser más callado, pero opinaba igual que ella: la anarquía se estaba apoderando del espíritu de los ciudadanos y apenas iniciado lo del motín todo mundo perdió la compostura y se sintió con derecho a incendiar, robar, asesinar y pasar de un bando a otro con entera naturalidad y frescura.
Gabriela sabía lo que iba a ocurrir porque su marido es militar y parece estar entre los sublevados. Tendría que confirmarlo, pero a ella no la he visto y el recuerdo de sus conversaciones se me confunde rápidamente con el de sus pechos tibios. No creo haberle prestado demasiada atención y ahora lo lamento porque al menos sabría dónde ir a buscarla o a qué atenerme con lo de la tienda. He sabido de saqueos horrendos donde la chusma se ha escarcido con los gachupines y los chinos, al menos yo soy connacional y no creo que vengan a forzar la puerta. Sólo han venido las vecinas habituales y se han conformado pacientemente con mis explicaciones. Son las ventajas de ser una persona decente, inspira uno confianza con su sola presencia, los instintos se neutralizan ante nuestra parsimonia, conocen a Adriana -Adrianita para ellas- y van a misa entre semana junto con ella, también a rosarios, paseos de la virgen del barrio y vistas del Santísimo en los sagrarios. Ella no es precisamente devota, pero se aburre en casa porque Nacha se encarga de fregar los pisos y lavar la ropa sin darle suficiente conversación -india renegada, la llama- y entonces busca a las damas de su clase que a cambio de soporíferas y muy hipócritas actividades religiosas le participan de jugosas comidillas sobre la vida privada de la gente del barrio y de no pocos personajes públicos importantes. Así supe, por ejemplo, que el Chapito padece impotencia coeundi, lo que desde luego confirma su falta de descendencia pese a los muchos años de matrimonio con Doña Sarita. La debilidad de carácter va siempre de la mano de la sexual.
Por eso, para evitar que Gabriela me tomara por un romántico y nuestra relación cargada de morbo se volviese una rutina de poco vigor, la empujé paulatinamente a actos cada vez más abyectos y en los que no faltaron el cinturón, las cuerdas, el atril donde Adriana posaba la biblia, las mascadas que alguna vez le dejaron marcas en los ojos y en los pechos, incluso la trampa para presas pequeñas y el gancho del jamón que tuve que descolgar de la viga que cruzaba por encima del mostrador de la tienda. Sé que esto sugiere que nos hemos visto muchas veces. No ha sido así. Pero el prestigio de un amante, incluso en una ciudad de este tamaño, depende tanto de su osadía como de su discreción. Y Gabriela era una amante muy propicia a estos excesos, como pude comprender de su ligero coqueteo con la mariguana y el coñac de su marido, pero también de las frecuentes marcas de palizas que el sargento (¿o era coronel?) le daba un día sí y otro también.
Ahora todo ha terminado, me temo. Son ya varios días de balaceras y de Gabriela ni sus luces. De Adriana llegó un telegrama ayer, pero no me interesaba en lo más mínimo. Ella y los niños estarán bien de cualquier modo y yo tengo derecho a divertirme en su ausencia, aunque lleve ya varios días sin poder hacerlo. El humo que entra ahora por la ventana es claramente el de un crematorio al aire libre. Dice Nacha que hay montones de cadáveres a los que simplemente se les prende fuego, ahí, en la calle, como si fuesen animales, y este debe ser el primero de esos eventos que tiene lugar cerca de aquí. Por si las dudas, he reunido buena parte del dinero en el fondo de un pequeño saco de harina por si tuviese que llevármelo a plena luz del día sin despertar sospechas. He tenido buen cuidado de que Nacha no me vea, pero quizá por un sentimiento de culpa, quizá por garantizar una complicidad que no necesito, he accedido después de la comida a satisfacerla como mujer, pues desde la desaparición de Gabriela y en ausencia de su patrona, empezó a insinuárseme. Olía a cebolla y sólo espero que no me arruinen la siesta los torzones que ahora siento.
Corro a la orilla del canal de la Viga y de un salto ya estoy en una chalupa. Los arbustos de la orilla y los familiares sauces llorones, los ahuehuetes, van siendo reemplazados por una vegetación cada vez más densa que va obstruyendo la luz del cielo hasta obscurecerlo todo como en una caverna. Ya no me doy cuenta de si la barca sigue avanzando o no, pero al final distingo una luz que se acerca. Es la del quinqué de mi casa que lleva en la mano Gabriela, de pie sobre su barca, cruzada de carrilleras y sólo con sus medias negras hasta la mitad de los muslos. 'Acércate', me dice, pero temo caer al agua negra como petróleo. De pronto, cae el quinqué y la barca comienza a incendiarse. '¡Salta!', me grita. '¡Salta!'. La luz ilumina un círculo de árboles en los que brillan cientos de ojos. '¡Salta!' gritan todos. Estalla una ventana invisible y abro los ojos.
Es mi casa la que se incendia y hay un griterío allá abajo que me obliga a levantarme tan pronto como puedo, sudoroso. Gritan con una furia inexplicable, reforzándose entre sí, sin apelación posible: '¡Sal cabrón!', '¡Sal que sabemos que estás ahí!', '¡Sal de una vez y da la cara!'. Si consigo huir no será por la puerta, sino por la azotea. Subo por la escalera de caracol, jadeando. En el trayecto todavía tengo tiempo de pensar en Nacha y en Adriana (en ese orden) y de pegarme con el borde de la puerta que es tan pequeña que ni el Chapito cabría por ella. Por fin cruzo y doy la vuelta hacia casa de los Martínez -la única azotea contigua- pero ya es tarde. Allá arriba me encuentro con hombres armados de machetes y fusiles viejos. '¿Lo fusilamos mi generala?', '¿Nos lo quebramos?', preguntan a una tipa que se abre paso a mi encuentro. Es Gabriela, que sonríe. Intento articular palabra, pero aun no me repongo del agitado ascenso y apenas me da tiempo de gritar "¡No!" cuando ya ella levanta su carabina y me revienta el pecho.
El sol de la tarde no calienta y el frío me invade rápidamente. Nacha no quiere pasar hambre: se ha llevado el saco de harina.
martes, enero 29, 2013
La risa
A diferencia de los chavos de provincia, no tuve yo escasez de argumentos ni propensión a más engaños que los que mi propia retórica pudiera garantizar. Abundaba la información en libros y revistas, en bibliotecas y medios audiovisuales, en programas con locutores de excelente dicción y no escasa sesera, por radio, televisión e internet, cable, antena y hasta dvd pirata. Además era siglo veintiuno y tengo para mí que los estirados páneles de discusión con psicólogos de lentes cuadrados y ojos gelatinosos, trabajadoras sociales que apenas contenían las ganas de salir a tragarse una torta de tamal y travestis de diseño con visibles problemas de anorexia, eran cosa del pasado, un tiempo en el que todavía era vendible la discusión por parte de "expertos" del tema de la homosexualidad con el trasfondo de siempre sobre el derecho o no al placer; previsiblemente todos decían que sí, que cabía tal derecho; todavía más esperablemente algún sacerdote o paleto de las juventudes católicas completaba el cuadro diciendo que no todo era permisible y futuros conservadores se lanzaban a completar el guión con argumentos especiosos y uno que otro insulto. Viejos tiempos, ya digo. Retóricos, aburridos hasta la náusea. Quizá sólo de exploración y muy posteriores a los ayatólicos de ostracismo, discreción y torpeza.
Pero toda reiteración ociosa termina por aburrir y aquella, pese a mi homosexualidad de niñato, no era mi discusión. Aun sin cumplir veinte años tenía el rol bien asumido, la indumentaria negligente y la actitud más o menos abierta de quien no confunde orientación sexual con narcisismo. Nunca me sentí superior ni especial ni diferente, aunque comprendía que aun quedaban personas susceptibles en el mundo y alguna vez, admito, cedí a la tentación de burlarme y hacer pasar bochornos a los mojigatos. Pero no fue la intención de causar escándalo lo que me hizo acostarme con Caro Fora, el viajante de comercio que conocí en Plaza de la República y que aun doblándome la edad no tenía empacho en besarme en público y aun meterme en su habitación de hotel para mayor murmuración de los empleados de la recepción y de los varios botones de avanzada edad cuyas miradas recorrieron cada costura de mi pantalón rojo y cada variación del mechón naranja de mi cabello, hasta verme desaparecer en el ascensor. Fue atracción, desde luego, de la muy documentada entre hombres viejos y jóvenes imberbes, una atracción peligrosa para estos tiempos hipócritas que se empeñan en vigilar la voluntad de sus súbditos; pero a esta trivialidad he de añadir el dato de excepción: mi extraña capacidad para adivinar en Caro al adolescente detrás del tono o la mirada, en el fondo de aquel cuerpo sudoroso y bramador, palpitante; su extraña habilidad, también, para borrar nuestras fronteras haciendo horizontal lo que a ojos de todos los que nos vieron en esos escasos días no admitía equiparación alguna. Nos acompañamos, ya lo creo. Cabalmente.
Ya está dicho: en toda clase de medios está consignado el conocimiento sobre el más mínimo aspecto de la vida homosexual, vale, incluyendo todo sobre las implicaciones de meterse a la cama con figuras de autoridad cronológica o formal, con el padre o el tío, con el maestro o el médico, relaciones cuajadas de peso psicológico y aun exageración por su turbadora carga de edad y carnes en decadencia. Sospecho que todo esto es más invento de los adultos que de los adolescentes, uno de esos ejercicios que de pronto hacen los que no pueden con sus culpas y creen poder domesticarlas por medio de su pormenorizada consignación y análisis. Pero yo no necesitaba pretextos ni razones para empapar las sábanas de Caro y salir luego con él a pasear por esta ciudad que él sólo visitaba y que yo recorro ahora como acompañado por su fantasma, una extraña sombra conversacional cuyo hilo no rompen los tianguis improvisados del centro ni los franeleros de las esquinas con sus monas ni el organillo melancólico de la Alameda ni el ruido de platos y vasos de la pulquería. Me acompaña aun, no sólo entre las piernas con ese eco morfológico de la penetración que se retira ni sólo en los labios que no dejaron de besarse como sólo lo hacen los homosexuales que se aman eternamente hasta la noche, sino también con la risa, su risa, que quebraba de golpe su tristeza (yo no la conozco como él) y la seriedad del porvenir (que sólo intuyo).
Caro Fora insistió en que visitáramos este mural que ahora me toca mirar por mi cuenta, solo. Fue la mañana en que nos despedimos y paradójicamente no se ocupó tanto de la obra como de mis labios y mi cuerpo. Me estrechó contra él, con su olor a Rosa Venus de los varios días transcurridos en el cuarto de hotel, me miró contemplar el mural tan absortamente como si yo fuese el objeto, me pasó sus manos por las mías y no dejó de tomarme por la cintura. Los guardias del museo no se atrevieron a molestarnos, pero era claro que censuraban el asumido abuso del que él me hacía objeto. Se lo comenté y se echó a reír a carcajadas. "¡Pero claro que es un abuso, niño!", me dijo, "¡qué novedad!". Y le conté varios de sus dientes blanquísimos.
Yo creo que decía la verdad y aquello era un abuso. Yo creo que no debería proporcionar habitación, así fuese temporal y peor si es placentera, el nómada profesional. Si lo tuviera enfrente, maldito viajante de comercio, le preguntaría: ¿qué es para ti extrañar?
Pero toda reiteración ociosa termina por aburrir y aquella, pese a mi homosexualidad de niñato, no era mi discusión. Aun sin cumplir veinte años tenía el rol bien asumido, la indumentaria negligente y la actitud más o menos abierta de quien no confunde orientación sexual con narcisismo. Nunca me sentí superior ni especial ni diferente, aunque comprendía que aun quedaban personas susceptibles en el mundo y alguna vez, admito, cedí a la tentación de burlarme y hacer pasar bochornos a los mojigatos. Pero no fue la intención de causar escándalo lo que me hizo acostarme con Caro Fora, el viajante de comercio que conocí en Plaza de la República y que aun doblándome la edad no tenía empacho en besarme en público y aun meterme en su habitación de hotel para mayor murmuración de los empleados de la recepción y de los varios botones de avanzada edad cuyas miradas recorrieron cada costura de mi pantalón rojo y cada variación del mechón naranja de mi cabello, hasta verme desaparecer en el ascensor. Fue atracción, desde luego, de la muy documentada entre hombres viejos y jóvenes imberbes, una atracción peligrosa para estos tiempos hipócritas que se empeñan en vigilar la voluntad de sus súbditos; pero a esta trivialidad he de añadir el dato de excepción: mi extraña capacidad para adivinar en Caro al adolescente detrás del tono o la mirada, en el fondo de aquel cuerpo sudoroso y bramador, palpitante; su extraña habilidad, también, para borrar nuestras fronteras haciendo horizontal lo que a ojos de todos los que nos vieron en esos escasos días no admitía equiparación alguna. Nos acompañamos, ya lo creo. Cabalmente.
Ya está dicho: en toda clase de medios está consignado el conocimiento sobre el más mínimo aspecto de la vida homosexual, vale, incluyendo todo sobre las implicaciones de meterse a la cama con figuras de autoridad cronológica o formal, con el padre o el tío, con el maestro o el médico, relaciones cuajadas de peso psicológico y aun exageración por su turbadora carga de edad y carnes en decadencia. Sospecho que todo esto es más invento de los adultos que de los adolescentes, uno de esos ejercicios que de pronto hacen los que no pueden con sus culpas y creen poder domesticarlas por medio de su pormenorizada consignación y análisis. Pero yo no necesitaba pretextos ni razones para empapar las sábanas de Caro y salir luego con él a pasear por esta ciudad que él sólo visitaba y que yo recorro ahora como acompañado por su fantasma, una extraña sombra conversacional cuyo hilo no rompen los tianguis improvisados del centro ni los franeleros de las esquinas con sus monas ni el organillo melancólico de la Alameda ni el ruido de platos y vasos de la pulquería. Me acompaña aun, no sólo entre las piernas con ese eco morfológico de la penetración que se retira ni sólo en los labios que no dejaron de besarse como sólo lo hacen los homosexuales que se aman eternamente hasta la noche, sino también con la risa, su risa, que quebraba de golpe su tristeza (yo no la conozco como él) y la seriedad del porvenir (que sólo intuyo).
Caro Fora insistió en que visitáramos este mural que ahora me toca mirar por mi cuenta, solo. Fue la mañana en que nos despedimos y paradójicamente no se ocupó tanto de la obra como de mis labios y mi cuerpo. Me estrechó contra él, con su olor a Rosa Venus de los varios días transcurridos en el cuarto de hotel, me miró contemplar el mural tan absortamente como si yo fuese el objeto, me pasó sus manos por las mías y no dejó de tomarme por la cintura. Los guardias del museo no se atrevieron a molestarnos, pero era claro que censuraban el asumido abuso del que él me hacía objeto. Se lo comenté y se echó a reír a carcajadas. "¡Pero claro que es un abuso, niño!", me dijo, "¡qué novedad!". Y le conté varios de sus dientes blanquísimos.
Yo creo que decía la verdad y aquello era un abuso. Yo creo que no debería proporcionar habitación, así fuese temporal y peor si es placentera, el nómada profesional. Si lo tuviera enfrente, maldito viajante de comercio, le preguntaría: ¿qué es para ti extrañar?
sábado, enero 26, 2013
Morir en Santa Teresa
Ahora que la enfermedad ya pasó, no puedo dormir. Desaparecieron las fiebres y el dolor de huesos, la piel ha dejado de arder al contacto con las sábanas y el apetito vuelve a ser posible sin echar la pota, pero el sueño se me ha estropeado por completo haciéndome las horas largas e insufribles. A la duermevela activa de las noches delirantes le ha sucedido un silencio como de tumba que en no pocas ocasiones me ha hecho preguntarme si estoy vivo o muerto y si de verdad tengo un amor como dicen que tengo y si acaso queda algún amigo por ahí porque tengo la sensación de no haber visto a nadie en mucho tiempo.
Me preocupa la amistad. Antes de caer enfermo recuerdo haber frecuentado algunos personajes y haber hecho algunos sacrificios. No fui bien entendido y aun estoy seguro de haber sido tenido por imbécil en este extraño páramo de Santa Teresa en el que una tarde obscura intenté hacerme de lealtades y acabé en cama, temblando de escalofrío, imaginando que vendrían por mí para llevarme en un catre tirado por mulas de nuevo hasta la casa de mi madre, donde me recuperaría y volvería a ver la luz. No vino nadie y si acaso hubo alguien al lado de mi cama no reconocí su rostro, se sucedieron las noches como si se brincasen los días y no estoy seguro de haber acudido a la oficina ni de haber sido echado de menos en aquel cubículo de expectativas agotadas y ventanas grises.
Debe ser la vejez, que es insomne. Cuando dormía lo hacía confiado en la juventud de los otros que hipócritamente me obsequiaban con aire coloquial, mimando mis necesidades, saludando mis desprendimientos, serruchando con esmero los cuatro pilares de mi casa. Cuando finalmente enfermé la luz llevaba ya tiempo apagada y en la cocina sólo había una torre de trastos sucios que ya no tuve fuerzas para lavar. Había iniciado mi vuelta dolorosa a los brazos del tiempo, un retorno involuntario producto de los falsos afectos que no se sostuvieron y las alegrías planeadas que no se concretaron y los entusiasmos sinceros que la juventud preciosa y encargada tan sólo de sí misma no tuvo dificultad en aplastar como a un mal sapo. Estoy viejo como al principio, ese es el saldo.
Es inútil que quiera morirme, me digo, aunque tanto desee el verdadero silencio y tanto me apetezca el esquema de una desaparición por agotamiento. Demasiado temprano para retiros y bastante tarde para creencias (pero esto ha sido así desde siempre y no cuentan los momentos de alucinación por mucha compañía que tuviera y mucho camelo que fuese el amor: claro). Es inútil que eleve plegarias o quejas porque ya no habrá respuesta (oídos nunca los hubo) y como no tengo pistola ni sabría dónde dar una buena cuchillada, tendré que arreglármelas desde esta obscura inmovilidad sin contar siquiera con la colaboración del amor que me quiere devorar vivo y muy lentamente y no facilitará, por tanto, una buena sobredosis de barbitúricos para inducir un sueño firme, pero irreversible.
Como en la luz, también por la noche de Santa Teresa habrá que caminar solo.
Me preocupa la amistad. Antes de caer enfermo recuerdo haber frecuentado algunos personajes y haber hecho algunos sacrificios. No fui bien entendido y aun estoy seguro de haber sido tenido por imbécil en este extraño páramo de Santa Teresa en el que una tarde obscura intenté hacerme de lealtades y acabé en cama, temblando de escalofrío, imaginando que vendrían por mí para llevarme en un catre tirado por mulas de nuevo hasta la casa de mi madre, donde me recuperaría y volvería a ver la luz. No vino nadie y si acaso hubo alguien al lado de mi cama no reconocí su rostro, se sucedieron las noches como si se brincasen los días y no estoy seguro de haber acudido a la oficina ni de haber sido echado de menos en aquel cubículo de expectativas agotadas y ventanas grises.
Debe ser la vejez, que es insomne. Cuando dormía lo hacía confiado en la juventud de los otros que hipócritamente me obsequiaban con aire coloquial, mimando mis necesidades, saludando mis desprendimientos, serruchando con esmero los cuatro pilares de mi casa. Cuando finalmente enfermé la luz llevaba ya tiempo apagada y en la cocina sólo había una torre de trastos sucios que ya no tuve fuerzas para lavar. Había iniciado mi vuelta dolorosa a los brazos del tiempo, un retorno involuntario producto de los falsos afectos que no se sostuvieron y las alegrías planeadas que no se concretaron y los entusiasmos sinceros que la juventud preciosa y encargada tan sólo de sí misma no tuvo dificultad en aplastar como a un mal sapo. Estoy viejo como al principio, ese es el saldo.
Es inútil que quiera morirme, me digo, aunque tanto desee el verdadero silencio y tanto me apetezca el esquema de una desaparición por agotamiento. Demasiado temprano para retiros y bastante tarde para creencias (pero esto ha sido así desde siempre y no cuentan los momentos de alucinación por mucha compañía que tuviera y mucho camelo que fuese el amor: claro). Es inútil que eleve plegarias o quejas porque ya no habrá respuesta (oídos nunca los hubo) y como no tengo pistola ni sabría dónde dar una buena cuchillada, tendré que arreglármelas desde esta obscura inmovilidad sin contar siquiera con la colaboración del amor que me quiere devorar vivo y muy lentamente y no facilitará, por tanto, una buena sobredosis de barbitúricos para inducir un sueño firme, pero irreversible.
Como en la luz, también por la noche de Santa Teresa habrá que caminar solo.
martes, diciembre 25, 2012
Cuento de Navidad
En el camino hacia aquí los oí conversar en el autobús, bebiendo con torpe discreción sus tibias latas de cerveza a mis espaldas, un par de desaliñados albañiles con acento sudamericano que parecían leer con perfecta claridad la voluntad de Dios en cada accidente de sus vidas y esperar —aun de las más peregrinas e inocuas circunstancias- la redención para los buenos en cuyo bando tan irreflexivamente se contaban.
En unas horas sería Navidad y ni siquiera tenía ánimo para enfadarme con tanta sandez: hace tiempo que conseguí que me resbalaran las palabras de la mayoría de la gente porque es de humanos decir no sólo estupideces sino desdecirse, lo que en tiempos más feminoides que estos me resultaba intolerable y aun decepcionante cuando venía de aquellos a quienes consideraba mis amigos, peor todavía si venía de mis amantes (de mi familia no esperé demasiado más allá de la adolescencia y por eso me puse a buen resguardo de ellos: fueron mi primera indiferencia, mi primera resignación). Supongo que la práctica me hizo confiar más en las acciones que en el discurso de los hombres, sobre todo si ya habían cuajado en forma de hechos. Hechos que podían ser tergiversados, es cierto, pero nunca suprimidos del todo, como si por el sólo hecho de haberse instalado en la realidad tuviesen ya un hueso imposible de roer con palabras. Hasta la retórica tiene un límite.
La conversación a mis espaldas no me apenaba realmente, acaso me aburría, pero su mal efecto fue recordarme —en medio del fervor de compras navideñas, planeación de cenas y espíritu gregario por consigna- la inevitabilidad de la hipocresía sin importar condición social, geográfica o cultural. 'Qué cansancio' —pensé- 'aprender a construir un personaje y no una persona, todo el tiempo condicionado, todo el tiempo de bruces frente a la vida y esperando que nos sean aplaudidos nuestros pronunciamientos y fanfarronadas, nuestra voluntaria emasculación e incapacidad para el silencio o la desnudez. Qué debilidad recurrir a los cómodos atajos que ya nos tendió la época en vez de trazar nuestros caminos. Qué mediocridad'. Mi recrudecido pesimismo no era producto de las palabras de un par de albañiles retrógrados y borrachos, sino del desfile de discursos semejantes a ese —variando la calidad de la sintaxis, pero no el vacío de la semántica- a los que había asistido a lo largo de los años y muy en especial de los que tuvieron la capacidad emocional de arrastrarme a su agujero. Que el amor hubiese mediado es una justificación pobre para haberse prestado a la alienación y la mentira. Que se buscase prolongar aun por medios retóricos el dulce efecto de la droga de una persona a la que se consideraba especial y se diese por bueno lo que no era sino galimatías y espuma, no sirve para atraer la simpatía sino para corroborar la inferioridad espiritual de mi persona. Debilidad y consecuencia. Transigir y pagar a plazos o de contado en el futuro la fe empeñada.
Y aquí estaba el porvenir. Bajé del autobús a unas cuadras del sitio donde suelo trabajar; la noche había caído. La Navidad me sorprendería en la cama de algún solitario que habría pagado no sólo por un favor sexual, sino también por el derecho a que le fuera sostenido un hilo argumental con empatía mínima. Una transacción justa a la que las buenas conciencias, tanto conservadoras como liberales, informadas e ignorantes, considerarán de calidad inferior a las que sostienen en sus disfraces diurnos donde las cosas nunca se llaman por su nombre y todo está envuelto en un halo de impostura que, sin embargo, deja a todos convencidos de su enorme humanidad. Puede ser que la tengan. Puede ser que los clientes de estos días de guardar —a los que ya por las fechas señaladas, ya por su taciturnidad, les sobra un semblante trágico que sospecho es también producto del cine y la televisión- sean también grandes seres humanos. Pero yo siempre preferiré a los clientes más que a los amigos inconstantes o a los amantes: quien anuncia sus intenciones con claridad —y algunos billetes por delante- no puede ser más específico ni más sincero.
Las palabras son debilidad.
En unas horas sería Navidad y ni siquiera tenía ánimo para enfadarme con tanta sandez: hace tiempo que conseguí que me resbalaran las palabras de la mayoría de la gente porque es de humanos decir no sólo estupideces sino desdecirse, lo que en tiempos más feminoides que estos me resultaba intolerable y aun decepcionante cuando venía de aquellos a quienes consideraba mis amigos, peor todavía si venía de mis amantes (de mi familia no esperé demasiado más allá de la adolescencia y por eso me puse a buen resguardo de ellos: fueron mi primera indiferencia, mi primera resignación). Supongo que la práctica me hizo confiar más en las acciones que en el discurso de los hombres, sobre todo si ya habían cuajado en forma de hechos. Hechos que podían ser tergiversados, es cierto, pero nunca suprimidos del todo, como si por el sólo hecho de haberse instalado en la realidad tuviesen ya un hueso imposible de roer con palabras. Hasta la retórica tiene un límite.
La conversación a mis espaldas no me apenaba realmente, acaso me aburría, pero su mal efecto fue recordarme —en medio del fervor de compras navideñas, planeación de cenas y espíritu gregario por consigna- la inevitabilidad de la hipocresía sin importar condición social, geográfica o cultural. 'Qué cansancio' —pensé- 'aprender a construir un personaje y no una persona, todo el tiempo condicionado, todo el tiempo de bruces frente a la vida y esperando que nos sean aplaudidos nuestros pronunciamientos y fanfarronadas, nuestra voluntaria emasculación e incapacidad para el silencio o la desnudez. Qué debilidad recurrir a los cómodos atajos que ya nos tendió la época en vez de trazar nuestros caminos. Qué mediocridad'. Mi recrudecido pesimismo no era producto de las palabras de un par de albañiles retrógrados y borrachos, sino del desfile de discursos semejantes a ese —variando la calidad de la sintaxis, pero no el vacío de la semántica- a los que había asistido a lo largo de los años y muy en especial de los que tuvieron la capacidad emocional de arrastrarme a su agujero. Que el amor hubiese mediado es una justificación pobre para haberse prestado a la alienación y la mentira. Que se buscase prolongar aun por medios retóricos el dulce efecto de la droga de una persona a la que se consideraba especial y se diese por bueno lo que no era sino galimatías y espuma, no sirve para atraer la simpatía sino para corroborar la inferioridad espiritual de mi persona. Debilidad y consecuencia. Transigir y pagar a plazos o de contado en el futuro la fe empeñada.
Y aquí estaba el porvenir. Bajé del autobús a unas cuadras del sitio donde suelo trabajar; la noche había caído. La Navidad me sorprendería en la cama de algún solitario que habría pagado no sólo por un favor sexual, sino también por el derecho a que le fuera sostenido un hilo argumental con empatía mínima. Una transacción justa a la que las buenas conciencias, tanto conservadoras como liberales, informadas e ignorantes, considerarán de calidad inferior a las que sostienen en sus disfraces diurnos donde las cosas nunca se llaman por su nombre y todo está envuelto en un halo de impostura que, sin embargo, deja a todos convencidos de su enorme humanidad. Puede ser que la tengan. Puede ser que los clientes de estos días de guardar —a los que ya por las fechas señaladas, ya por su taciturnidad, les sobra un semblante trágico que sospecho es también producto del cine y la televisión- sean también grandes seres humanos. Pero yo siempre preferiré a los clientes más que a los amigos inconstantes o a los amantes: quien anuncia sus intenciones con claridad —y algunos billetes por delante- no puede ser más específico ni más sincero.
Las palabras son debilidad.
miércoles, diciembre 19, 2012
Gula
El funcionamiento del mundo soy yo, yo soy el mundo. Contenidas están las contradicciones —certidumbres y dudas, todas- en los entrecijos de mi pensamiento. Nada escapa a mis conclusiones porque cabe cualquiera y sólo los ingenuos se empeñan en acusarme de inconsistencia cuando con sólo existir —las palabras que enuncio, los actos que ejecuto, la sangre que alimenta mis tejidos saturados de finas grasas (y me alimento bien y abundantemente, siempre en previsión de cualquier colapso y a costa de presupuestos propios y ajenos)- son prueba bastante de que soy posible y de que el mundo me tolera y abriga como a sí mismo.
Yo soy el mundo. El error verdadero es colocarse contra mí porque es intentar vivir fuera de lo que es y entrar en el vacío, disolverse, arruinarse, no ser nada y casi siempre por las razones más deleznables: la ignorancia de los que han nacido ciegos para ser devorados por la estructura, el idealismo de los convencidos de su verdad y condenados por sus morales estrechas a una versión amputada de la realidad que es una y no es negociable, la mala fortuna de aquellos a los que las circunstancias no proporcionaron el tiempo suficiente para incorporarse al mundo y fueron desechados. A todos ellos los entiendo porque abarco sus razones, pero la inflexible ley que me gobierna —la del mundo- no consiente la piedad y no puede detenerse a valorar excepciones porque es inexorable y no sacia su apetito: debe tenerlo todo.
Los tiempos que corren están a mi favor porque debajo de la creencia boba en una diversidad que es sólo aparente corre la uniformidad más aplastante que haya conocido la historia humana. Son míos los cuerpos desechables, las mentes alineadas, las aspiraciones de folleto y los sueños televisivos, los sentimientos elevados —qué gracia tienen- y los bajunos que escandalizan sólo lo justo, las hipocresías fabricadas en serie y, en fin, todos los canales por los que corren desesperados los hombres en busca de una escapatoria sin advertir que todos conducen al negro agujero de mi boca. Y recorren sus caminos convencidos de su libertad. Y algunos, ya lo creo, pretenden desafiarme.
He escuchado a algunos decir que todo es cuestión de tiempo. Que yo como el mundo reventaré al encontrar mi límite y pretender rebasarlo. Que no puedo tenerlo todo y que las cosas no se plegarán a mis caprichos. Pero no me comprenden. No tengo voluntad, sino ley. No tengo opción, sino fatalidad. Y el destino los incluye a ellos, que son quienes más debiesen prestar atención a mis advertencias para mejor pasar por el ojo de la aguja. ¿Es indebido pretender que la víctima esté preparada para ser el plato principal del banquete? ¿Acaso estoy desafiando la deontología del mundo que soy yo mismo y no debiese dar explicaciones? No soy dios, sólo el mundo, ¿es esto lo que sorprende cuando por fin me veo obligado a devorar a mis hijos?
Que cada quien crea lo suyo, no tengo prisa. Duermo entre comidas. Quizá en medio de una siesta aparezca el valiente que acabe conmigo. Con el mundo. Con él.
Yo soy el mundo. El error verdadero es colocarse contra mí porque es intentar vivir fuera de lo que es y entrar en el vacío, disolverse, arruinarse, no ser nada y casi siempre por las razones más deleznables: la ignorancia de los que han nacido ciegos para ser devorados por la estructura, el idealismo de los convencidos de su verdad y condenados por sus morales estrechas a una versión amputada de la realidad que es una y no es negociable, la mala fortuna de aquellos a los que las circunstancias no proporcionaron el tiempo suficiente para incorporarse al mundo y fueron desechados. A todos ellos los entiendo porque abarco sus razones, pero la inflexible ley que me gobierna —la del mundo- no consiente la piedad y no puede detenerse a valorar excepciones porque es inexorable y no sacia su apetito: debe tenerlo todo.
Los tiempos que corren están a mi favor porque debajo de la creencia boba en una diversidad que es sólo aparente corre la uniformidad más aplastante que haya conocido la historia humana. Son míos los cuerpos desechables, las mentes alineadas, las aspiraciones de folleto y los sueños televisivos, los sentimientos elevados —qué gracia tienen- y los bajunos que escandalizan sólo lo justo, las hipocresías fabricadas en serie y, en fin, todos los canales por los que corren desesperados los hombres en busca de una escapatoria sin advertir que todos conducen al negro agujero de mi boca. Y recorren sus caminos convencidos de su libertad. Y algunos, ya lo creo, pretenden desafiarme.
He escuchado a algunos decir que todo es cuestión de tiempo. Que yo como el mundo reventaré al encontrar mi límite y pretender rebasarlo. Que no puedo tenerlo todo y que las cosas no se plegarán a mis caprichos. Pero no me comprenden. No tengo voluntad, sino ley. No tengo opción, sino fatalidad. Y el destino los incluye a ellos, que son quienes más debiesen prestar atención a mis advertencias para mejor pasar por el ojo de la aguja. ¿Es indebido pretender que la víctima esté preparada para ser el plato principal del banquete? ¿Acaso estoy desafiando la deontología del mundo que soy yo mismo y no debiese dar explicaciones? No soy dios, sólo el mundo, ¿es esto lo que sorprende cuando por fin me veo obligado a devorar a mis hijos?
Que cada quien crea lo suyo, no tengo prisa. Duermo entre comidas. Quizá en medio de una siesta aparezca el valiente que acabe conmigo. Con el mundo. Con él.
domingo, diciembre 02, 2012
El fin del mundo
Entonces todo el mundo se puso a correr
ni niños ni viejos ni enfermos ni sordos ni muertos,
y en la puerta del cielo se formó un tapón
y sólo pudo entrar el ruido del viento...
—Ángel, Mecano
La hora del alba me sorprende entre semana frente al espejo gris de la laguna, e igual que en ciertos domingos solitarios, creo entrever la intención universal de las cosas por recordarme mi condición mortal y la posibilidad, aun fantástica, de que el mundo siga sin mi participación ni conocimiento, máquina ciega de amaneceres y puestas de sol e historias donde todos los desenlaces han sido ya ensayados bajo todas las geografías y variantes.
Luego olvido. Funciono según las convenciones y doy pocas sorpresas. Puedo repetir sin titubeos las razones que me retienen y convencer aun a media docena de obnubilados del sentido y la finalidad, del objeto y la consecuencia. Pero la verdad es que sólo espero una señal para desaparecer. Y esa señal, si cabe el presentimiento, ha de presentarse pronto según demuestran el ruido del viento y la desnudez de este año y este mes —el último- que avanzan casi sin aspavientos ni adornos como una suave corriente de agua hacia el precipicio.
'Es el fin del mundo', me he dicho una de estas mañanas poco antes de que saliera el sol, justo a la hora en que pasaba la pareja —hombre y mujer, casi cincuenta años- que todos los días se pasea con un gran danés gigantesco que escandaliza a los perros del vecindario. Sencillamente y con resignación lo he comprendido: estaba anunciado en la honda y triste mirada del perro que levantó la cabeza para verme y decírmelo: 'estás lejos de todo como preparación para el fin del mundo; todo terminará.' La amarga verdad de la súbita desaparición de mis apegos —cada vez más dolorosos y poco disfrutables, es verdad, cada vez más distantes, pero a pesar de todo míos- me ha sido comunicada desde entonces por los ladridos feroces en la madrugada y las llamadas anónimas que sobresaltan el pronunciado silencio del salón.
No quiero salir. Por fortuna las vacaciones están cerca y habrá manera de encerrarse en el automóvil por semanas enteras para que sea detrás de sus cristales como contemple yo las llamaradas que bajan del cielo y el hundimiento de las ciudades, el arrepentimiento escandaloso de los que sólo desean que se les permita una borrachera más y la reducción a cenizas de los sitios sagrados donde conversé con los que amé. Y amé demasiado, aunque aquellos ya no lo recuerden. He preparado cigarrillos, un termo con café —muy cargado- y una bufanda tunecina por si diciembre trajera sólo frío (pero todavía no ocurre nada de esto y heme aquí siguiendo las rutinas como si nada pasara y nada supiera), pero yo sé que al final tomaré el móvil desesperado por enviarte un mensaje hasta donde estés y como no responderás sabré que el momento ha llegado y que aquel túnel en el cielo en forma de ojo felino o sexo de mujer me tragará para no devolverme jamás.
Qué triste irse sin haber llegado.
domingo, noviembre 04, 2012
Un mundo verdadero
A Arturo...
Es como si nunca hubiera ocurrido, como si estuvieran muertos. Me relaja poder estar aquí, contigo, contándote detalles de personas lejanas que quizá no vayas a conocer jamás y que tal vez me haya inventado para rellenar tiempos pretéritos. Te esperé mucho tiempo e hicimos planes, ¿recuerdas? Esperé, esperamos, tal vez yo con más impaciencia que tú, metido como estuve frecuentemente en intentos no siempre honestos de mirar al fondo de las personas creyendo que una vez instalado ahí no habría más mentira ni simulación ni necesidad de maquillaje. Me equivocaba, lo sé; lo sabía entonces, pero siempre tuviste buen cuidado de dejarme paliar tu ausencia con gente objetivamente inferior: a veces por su poca cabeza, a veces por su mala entraña, otras por su incapacidad para renunciar a poses o por su manifiesta deslealtad. Admiré durante esos años que no necesitaras más compañía que la mía y hubiese querido ser como tú, imitar la repulsión orgánica que te apartaba de farsantes y engañabobos, la tajante separación que hacías entre lo poco que importaba y lo mucho que no, pero no pude; puede decirse que no estaba en mi naturaleza y a la preferencia que me dispensabas respondí con asimetría, no sólo yendo una y otra vez hacia los demás hasta que me prodigaban su abandono o desinterés y la inconstancia segaba cada una de sus promesas, cada uno de sus votos, sino también con una atención inferior a la tuya, una reciprocidad tronchada que merecías completa a pesar de lo claras que eran las reglas entre nosotros (¿y cuándo la claridad ha vuelto virtuoso lo que está enviciado?). Sé que ahora, desde esta terraza y a salvo de nuestro país, extranjeros ambos ya no sólo de nuestros hábitos de cama sino también del lenguaje y las referencias locales, hacer repaso de agravios es ocioso. Nos tenemos cabalmente como cuando íbamos de vacaciones y no había más tiempo que el nuestro y dependíamos uno del otro para salir bien librados del trato con los demás, a veces cortésmente, a veces rozando el peligro, cómplices de mil exploraciones para conseguir volver a la habitación, quedarse en calzoncillos y sentados sobre la cama consumir una cena en medio de risas y televisión, llenando de migajas las sábanas donde nos revolcaríamos más tarde. Un mundo verdadero. Habrás experimentado lo mismo que yo con la inmensa mayoría de la gente que se nos acercaba: su afecto deficitario, su egoísmo a toda prueba, la mirada que sólo puede leer entre líneas porque nunca curó su complejo de inferioridad y el doloroso espectáculo del esnobismo y la impostura como pruebas de sofisticación e inteligencia, que no de inseguridad y vacío. Sabes que amé a muchos enfermos y aun enfermé en no pocas ocasiones, pero nunca contigo, ni siquiera cuando teníamos la coartada de la juventud ni cuando los años nos sugirieron coquetear con el aburrimiento: no lo conocimos. Qué cerca estuvimos de claudicar y encerrarnos en el desierto como quien escoge un final y no un principio. Qué dulce veneno el de las horas y las estaciones de Santa Teresa que se acumularon pacientemente como en un embudo para desembocar en ese buen día en que dejamos todo y nos fuimos a otro país y no nos importó más que tenernos y apostar por esta breve terraza del viejo mundo con sus turistas paseando cerca del puente y su radio a bajo volumen como fondo y las conversaciones animadas de las mesas contiguas y los tejados de zinc y los estanques donde se refrescan patos y cisnes y la estólida indiferencia del tiempo desterrado, a salvo de la incomprensión, la envidia y el desasosiego...
¿Qué hora es?
domingo, octubre 28, 2012
Gebrydguma
Cuando sé de infidelidades sexuales -también cuando veo en las calles putas al pasar en mi coche o en taxi o andando- siempre me acuerdo de [...] la existencia de un [...] sustantivo, tal vez ge-bryd-guma, que sería 'connovio' [o 'coyaciente'].
-Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías
¿Qué significa superar algo? Los psicólogos indulgentes de estos tiempos babeantes lo tienen todo claro: consiste en que deje de causar problemas, que pierda peso y se asimile –¿o trivialice?- para que pueda así pasarse a lo que sigue sin perder más tiempo: esta prisa contemporánea teme más a esta pérdida que en ninguna otra etapa de la historia humana, y, paradójicamente, nunca se había perdido más el tiempo. O sea que habrá superado sus problemas quien mejor haya podido hacerlos de lado, lo que es –desplazamiento semántico- una manera más de resolverlos, no muy distante de aquella pretensión infantil de cerrar los ojos para que se suprima el peligro y desaparezca el coco.
Es así, en este último sentido, como puedo decir que la tortuosa historia de la primera mitad de mi doctorado ha sido superada, primero por la segunda parte, luego por el tiempo que ha transcurrido desde que abandoné Europa no para volver a México, sino para venir a California: con los ojos cerrados o mirando hacia otro lado, con el poco ejercicio de la memoria, con la paulatina difuminación al que todo pasado se enfrenta, con la superposición de los sucesivos presentes a los que no se les pide explicación alguna de los tiempos que les precedieron para instalarse a sus anchas.
De modo que después de todo quizá esté salvado por estar aprovechando cabalmente los recursos que me ofrecen las instalaciones de la universidad, por estar engordando mi cuenta de ahorros, por ser capaz de levantarme todas las mañanas en este somnoliento caserío del condado de Santa Cruz e incorporarme al freeway a bordo de un auto pequeño para los estándares norteamericanos y enorme para los europeos; salvado por ocupar mi mente en los algoritmos genéticos del día anterior que probaron ser desastrosos en el I-PID del brazo robótico y que quizá encargue revisar a Carlos, el becario, asistente y doctorante a mi cargo; salvado porque ocupo mi tiempo en las diapositivas que exhibiré en el curso de Técnicas de Control Inteligente 14200 y no me detuve en Praga o en Guadalajara para rumiar cuán sinuoso fue el camino que me llevó de un lado a otro hasta llegar a este cubículo impecable en un país cada vez más receloso de los extranjeros.
No parece salvación, sin embargo, este ritmo de trabajo frenético con que silencio la conciencia día con día y que sirve además de escudo contra toda clase de intimidad con mis colegas y estudiantes. No pude ser un científico en forma, de esos que hacen escuela y a quienes es posible exigir resultados brillantes, de modo que hube de limitarme a la academia, al mundo teórico donde las responsabilidades son limitadas y el tiempo libre abundante; tiempo libre que me ha salvado –otra vez la dudosa palabra- de la enajenación técnica a la que he visto sacrificarse innumerables mentes brillantes que no precisan dedicar tanto tiempo a sus ideas para publicar un artículo o ser tomados en cuenta como yo, y me ha condenado –hay que repetirlo- a la especulación retrospectiva sólo con piedad llamada filosófica, a la inmersión impune dentro de la literatura y la historia, a la reflexión ociosa que, si vale la presunción, me ha permitido mantenerme en la ingenuidad de creer que puedo verlo casi todo desde mi atalaya intelectual y con base en esos juicios elevados, gobernar mi vida.
Pero el mundo no es perfecto. Y no ha faltado desgobierno en mi relación con él, habiendo vivido la mayor anarquía cuando más me empeñaba en hacer encajar mi hacer y mi decir, cuando apenas habían pasado unos meses de iniciada la segunda temporada del doctorado en Praga y ahondaba en la asimilación (¿superación?) del hecho de que Fernando y yo estaríamos separados por mucho tiempo, viéndonos cada cierto número de meses por pocas semanas mientras no terminara mi tesis doctoral ni consiguiera la publicación de resultados aceptables; cuando vivía en el departamento monocromático de Barrandov, viendo nevar a través de los enormes ventanales de aquel vecindario de grandes bloques grises, transitando el primer invierno nórdico de mi vida; cuando a la depresión solitaria sumé una variable vestida de remedio: Alí.
La primavera estaba cerca. Aquel día lunes había llegado tarde como de costumbre en esos días invernales, había saludado a Petr, Pavel y Branislav, con quienes compartía la enorme oficina del edificio dieciochesco en aquella esquina de la Plaza de Carlos, había vuelto a perder toda la mañana y parte de la tarde en escribir largos correos electrónicos: a Fernando, a mi madre y a mi hermana, a mi amigo Diego, a mi amiga Genoveva en España, a otro puñado de amigos que probaron ser prescindibles y cuyos nombres apenas recuerdo. Escribía a todas horas y fingía revisar el libro de desigualdades matriciales lineales cuando pasaba Petr junto a mi escritorio, ignorando aun que ese individuo apenas mayor que yo, tenía tan poco interés en lo que yo hacía como en el hecho de que yo fuera su único doctorante.
Ese día, encima, salí temprano, tal y como hacía al menos dos veces a la semana para entrevistarme en bares y cafés o paseando por las calles de Praga, con Jason. Pero esta vez no iba a conversar con el inglés, sino a visitar un parque que prometía encuentros sexuales casuales como aquellos a los que estaba acostumbrado fuera de mi relación con Fernando y a los que veía con una combinación imprecisa de condescendencia, culpa y morbo. Una combinación tramposa porque fingía contrición cuando se solazaba en la turbación hormonal y psicológica de dichos episodios. Una manía no muy anormal para los tiempos que corren, según me decía con frecuencia la propia Genoveva, que entonces seguía mis escaramuzas con asiduidad en largas conferencias telefónicas desde Madrid.
Atravesé todo el centro a pie para llegar al parque, en lugar de tomar tranvías o el metro que recién había sido rehabilitado tras meses de reparaciones con motivo de la gran inundación de 2002. Bajé por la calle Spalená –literalmente calle “Quemada”- y penetré en la ciudad vieja cuando todavía había sol para decir que era de día y el anochecer no había comenzado. No me percataba entonces, pero parece que mi cerebro registraba con fascinación los laberintos de calles y callejones de la Praga vieja para fabricar, años después, la escenografía de sueños más o menos recurrentes, siempre incapaces de alcanzar una plaza o cualquier claro entre la estrecha arquitectura de siglos.
Ya avanzo por el parque con parsimonia, tomando el camino a mi izquierda, cuidando de no pisar las pocas láminas de hielo que todavía se aferran al piso y advierten de la persistencia del invierno; sobre los jardines aun pueden verse restos de nieve. Desde esta colina se contempla buena parte de Praga y es así que comprendo finalmente de dónde han salido tantas fotografías y pinturas, dibujos y grabados de la que, según muchos coinciden, es la ciudad más hermosa de Europa, aunque nunca he estado en París para asegurarme de que los partidarios de la Ciudad Luz son unos exagerados. Desde este parque y a pesar de la luz escasa, la ciudad luce encantadora. Le hacen un buen favor los techos colorados de aquellas casas viejas, aunque los colores sean pálidos, sobre todo para mí, viniendo de un país meridiano y tan dado a los excesos cromáticos, aunque me cueste trabajo reconocer semejante influencia. 'No me quedaría a vivir aquí', pienso sin demasiado esfuerzo como la continuación de un soliloquio caótico del que de vez en cuando asoman frases o pensamientos rotundos.
Doy la vuelta y sigo caminando hacia el fondo del parque, donde se levanta el antiguo palacio Belvéder, al que reconozco inmediatamente por estar dibujado en un pequeño cuadro que cuelga en mi departamento de Barrandov. Entonces comprendo que aquel dibujo antiguo –siglo XVIII, me parece- se hizo más o menos desde este punto luego del cual se encuentra el jardín real de verano, que a esta hora ya está cerrado al público. 'Qué casualidad' –me digo con el pensamiento falsamente sorprendido- 'que en mi propio departamento haya tenido, sin saberlo, un dibujo del lugar que llevaba meses buscando'. Pero no por su arquitectura, desde luego: poco antes de esa entrada hay un grupo de hombres cuyos rostros no distingo aún –veo mal de lejos, una leve miopía que se agudiza en los minutos del ocaso- aunque intuyo que se trata de homosexuales, tal y como Miroslav me contó.
Paso a su costado y entonces estoy seguro de que no han venido de paseo ni a platicar. Están trabajando, se están prostituyendo sin mucho éxito, como deja ver el hecho de que media hora después sigan ahí, observándome con curiosidad morbosa y riendo con escándalo cada vez que vuelvo a pasar –llevo ya tres vueltas a paso lento, sin ver nada llamativo, salvo un hombre que se masturba detrás de unos matorrales sin que nadie quiera ayudarle- aunque ninguno de ellos se atreva a insinuarme nada; quizá lo consideren inútil al asumir que soy extranjero y difícilmente sabré una palabra de checo. Ya me lo había advertido Miroslav: muchos son prostitutos y no hablan inglés, de modo que no me sorprende, aunque ciertamente son de mucho mejor calidad que aquellos que pululan en la estación principal de tren con los dientes amarillos del tabaco, la ropa sucia y la mirada perdida por alguna droga. Aquí no he visto ni jeringas ni suciedad, por lo pronto. 'Pero es temprano para hacer cualquier juicio', me digo al tomar asiento en una banca.
No he venido a pagar un prostituto. Tengo veintisiete años, luego no ha llegado el momento de obtener carne joven sólo con dinero, nunca lo he hecho (no pueden contar como tales los pequeños préstamos que hice a algunos de mis fugaces amantes en apuros; eso es otra cosa) y esta vez no será la excepción. He venido porque Miroslav, el eslovaco que conocí ayer por accidente, tuvo a bien recomendarme la zona para intercourse, palabra que él pronunció en un inglés brutal, rocoso y germano. De modo que no son estos profesionales el objeto de mi visita, sino tipos como aquel que se masturba detrás de los matorrales, aunque los preferiría con menos prisa y descaro, con menos urgencia y, desde luego, más jóvenes.
La banca estaba helada, pero mi cansancio en aquel momento no consentía otra cosa y poco importaba que el frío empezara a acentuarse tras el ocaso. Un azul marino empezó a inundar el cielo y en él empezaron a tilitar algunas estrellas, si bien donde había una sola yo veía una luz difusa, imprecisa. 'Debí traer mis lentes' –murmuré, aunque no suelo hablar a solas, pero entonces debió ser la aburrición que empezaba a dominarme y a la que trató de atajar mi eterno soliloquio con esa frase rebelde que llegó hasta mi boca en lugar de quedarse en mi mente. Me puse de pie y eché a andar de nuevo hacia el grupo de prostitutos –un grupo de rubios en su mayoría, sin los afeminamientos tan comunes de las tierras tórridas, más bien conservadores en su forma de vestir; sería el frío- y no bien había dado un paso distinguí una silueta que se acercaba velozmente por una entrada al parque que me quedaba a sólo un costado.
Cruzó delante de mí y apenas pude distinguirlo, pero no me hizo variar el camino que ya llevaba trazado y seguí adelante. Pasé a un costado de los prostitutos –se produjo una pausa en su conversación mientras los rebasaba; alguien reprimió una risa- y luego seguí un camino paralelo al de aquel con quien me crucé, mismo que avanzaba rápida y torpemente, con una mochila echada a sus espaldas, me pareció. Nuestros caminos se encontrarían, pero tenía que apretar el paso. Lo hice y lo alcancé. Nos detuvimos.
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