domingo, mayo 12, 2013

Casa de asistencia

La dueña fue muy clara y habló como si estuviera molesta anticipadamente:
—No hay que abusar del ventilador porque la luz es muy cara. Es preferible dejar abiertas las puertas del balcón y la habitación porque así se crea una corriente de aire muy agradable. O salgan a la terraza y convivan con los demás huéspedes: las macetas y enredaderas la hacen más fresca y las losas del suelo son frías aun en plena canícula. Mi sobrina prepara unos jugos y licuados muy buenos, fríos si gustan, es una buena muchacha. O salgan a la plaza, ¿eh? Hay más niños ahí con quienes jugar y todo está muy arbolado hasta llegar al río.
Mi madre asentía deteniendo el par de puertas de nuestra habitación para impedir que ella pasara, aunque la dueña se las arreglaba para mirar por encima de sus hombros. Vigilaba que no trajésemos nuevos aparatos como los varios huéspedes que se habían hecho de pequeñas teles portátiles o radios que encendían a hurtadillas. Ella golpeaba las puertas de las habitaciones cuando consideraba que ya habían gastado más energía de la permitida y pasadas las once no dejaba de insistir en que apagaran la luz de las habitaciones "para no molestar a los demás". Era una vieja especial.
Aquel mes en la casa de asistencia me dediqué a ordenar repetidas veces la colección de monedas que había traído conmigo cuando salimos huyendo de casa: las monedas de los setentas con sus formas hexagonales y dentadas, las de los ochentas mucho más pequeñas y ligeras, claramente inservibles, las extranjeras que provenían en buena parte de las que me regalara mi tía Eugenia en la última Navidad. Las llevaba en una caja de madera que me había regalado mi tío Roberto y tras cada conteo y clasificación debía volver a colocarlas dentro y permitir que se revolvieran. Mi hermana se aburría de verme hacer esto y hacía migas con el pachuco de la habitación de al lado, un hombre de unos cincuenta años que no dejaba de subirla a sus piernas para hacerle caballito y cuya habitación estaba invadida de revistas: muchas de vaqueros, algunas de chicas con las tetas al aire y otras todavía más raras donde posaban jovencitos desnudos con rostro de santo compungido. No creí prudente decirle nada a mi madre, aunque ella se expresó muchas veces con repugnancia del vecino y alguna vez me dijo que lo descubrió en el baño limpiándose sangre del culo. "Qué asco, debe ser homosexual", me dijo.
Todos los días, hacia las seis de la tarde, mi madre nos llevaba a la plaza de enfrente. Poco después los árboles se llenaban de pájaros escandalosos que tapizaban de mierda blanquecina la explanada, levantando un fuerte olor a azufre y humedad que se mezclaba con el de los azolves del río. Mi hermana y yo correteábamos un poco por las jardineras y hacíamos caso omiso de los vendedores de dulces que tenían nuestra edad y querían ganarse nuestro contacto ofreciéndonos mercancía a bajos precios. Eran niños descalzos y sucios que vivían del otro lado del río y a los que a veces acompañaban sus hermanos mayores, también descalzos. Mientras mi madre se metía al templo a meditar (decía que sólo se podía pensar con techos suficientemente altos) y el vecino de nuestra habitación se acercaba a mi hermana para pasearla en sus hombros luego de vigilarla largamente desde su balcón, yo aprovechaba para hablar con los chicos mayores que siempre llevaban sus pantalones rotos dejando ver ropa interior de colores inusitados. Los recreaba luego en el sofocado insomnio de las noches de aire denso y detenido en que escuchaba llorar a mi madre y me fingía dormido con los ojos entrecerrados. Recordando las marcadas venas de sus pies morenos conseguía quedarme dormido, apretado contra mi entrepierna, a salvo de la angustia de mi madre.
Mi colección de trailers —nunca me gustaron los cochecitos— se quedó en la vieja casa, en la otra ciudad. También quedaron allá el fuerte fronterizo Exit West con sus soldaditos e indios, el castillo de Fisher Precios y el módulo lunar con dos o tres monitos de la Guerra de las Galaxias; los cubos de madera pintados de muchos colores y los libros y discos y cassettes; las macetas y los muebles y los manteles; buena parte de nuestra ropa y hasta el perro que imagino habrá muerto de inanición. Mi madre y yo tratábamos de obtener placer de imaginar la cara de mi padre cuando volvió del trabajo aquel viernes y no nos encontró, cuando abrió aquella carta que quedó sobre la mesa con la foto de "la vieja" (así se refería mi madre a la presunta amante, nombre que hubiera preferido por tratarse del que yo conocía gracias a las telenovelas que veía con mis abuelos cuando los visitaba) y la leyó enterándose de que lo habíamos abandonado y que empezaríamos una nueva vida en un lugar remoto y desconocido.
—Aprenderá a valorar a su familia. Ya fue suficiente con todo el mal que nos ha hecho todos estos años. No puede burlarse más de nosotros— decía mi madre compartiendo su venganza como si nosotros fuéramos los agraviados con la promiscuidad de mi padre. Mi hermana no le decía nada, creo que le aburría el tema y nunca fue buena para la hipocresía. Yo, en cambio, le contestaba larga y concienzudamente, tomando prestadas frases hechas y palabras aprendidas en los dramas televisados y libros de superación personal. Parecía reconfortarse con ellas y hacerse de valor para organizar nuestra nueva vida. Había que buscar pronto una casa, había que inscribirnos a la escuela, ella tenía que buscar trabajo.
—Pero ¿por qué se vino para acá señora? ¡con el calorón que hace! Y tan peligroso... ¿ya vió la cantidad de mancos y cojos que hay por la ciudad? Son los cañeros, la gente de la selva que con el alcohol se pone violenta y todo quiere arreglarlo a machetazos...
—Ya le dije que a mi marido lo cambiaron para acá. Yo me adelanté para buscar una casa a mi gusto y meter a mis hijos a la escuela.
—Pues es bonita la ciudad, ¿verdad? Pero pues ha de estar más bonito allá donde vivía, señora, hasta mi sobrina ya quiere irse para allá, fíjese.
Mi madre encontró un departamento frente al Reloj de las Tres Caras. Era amplio y barato, esto último quizá porque daba al poniente haciéndolo inhabitable por las tardes; quizá también porque daba a una gasolinera que llenaba de olor a combustible toda la cuadra. Pronto nos mudaríamos. Lo mismo haría nuestro vecino de la casa de asistencia que había aficionado a mi hermana a las revistas de vaqueros. La dueña estaba cada vez más nerviosa, no sé bien si porque sus inquilinos nos largábamos o si por el brutal calor que hacia el final de agosto hacía indistinguibles las noches de los días. Mi madre empezó a relajar la vigilancia a la que nos sometía y ya nos dejaba ir a la plaza solos: sentada en el balcón escribía cartas (o eso me parecía) y se convencía de que nos estaba mirando cuando en realidad podíamos perdernos por horas.
—Ya nos vamos a ir a otra casa— le dije a Max detrás del templo. Él había puesto la caja de dulces de su hermanito en el suelo, le había dicho que se fuera a jugar.
—Pues es que no se pueden quedar todo el tiempo en una casa de asistencia.
—Ya no vamos a jugar, ¿verdad? Ya no te voy a ver— le dije.
—Siempre habrá con quien jugar me dijo tomando mi mano izquierda y metiéndola en uno de los bolsillos rotos de su pantalón.
Cuando volví corriendo a la plaza ya empezaba a oscurecer. Mi hermana coincidió conmigo y juntos volvimos corriendo a casa. Desde la escalera por la que se subía a la terraza ya se escuchaban los gritos de la dueña: "¡Te hubieras muerto tú!", "Hija de puta". Asustados, vimos que desgreñaba a su sobrina por haber roto un espejo. La muchacha trataba de liberarse y tenía herida una mano.
—¿Dónde estaban ustedes caramba?— nos dijo mi madre desde la puerta de nuestra habitación. —¿Qué no ven que ya nos vamos?
Las maletas estaban listas, todas nuestras cosas empacadas. Mi madre llamó a mi padre varias veces. A la tercera le dijo dónde estábamos. Mi padre fue con nosotros y ni él ni ella trabajaron durante un año, consumiendo sus ahorros. Mi caja de monedas también desapareció.

domingo, abril 28, 2013

Sin sueños

—Yo lo único que pido es un poco menos de vulgaridad —le dije al padre Valdivia en mi última visita al claustro de San Juan Bosco— una salida a este asco universal que me posee.
—No te podemos recibir aquí, no tienes vocación —me dijo Huir es tarea de suicidas y como no has reunido aun el valor para ello, tendrás que arreglártelas en ese fango en que está convertido el mundo. Es una expresión dramática en la que por supuesto no creo. El mundo siempre ha sido esta mezcla de caos y turbiedad, no cabe escandalizarse de ello. Pero hay quienes lo sobrellevan con más realismo que tú porque en su ignorancia o inteligencia cuentan con una virtud capital: la de no tomarse en serio, la de no hacer caso a su finitud y renunciar a su singularidad (o darla por sentado sin contraste: mejor todavía), la de equipararse a los animales en su presunta inconsciencia de la muerte que los salva del delirio de trascendencia.
—No sé si los animales ignoran que van a morir, padre Valdivia. Alguna vez mi tío Higinio se asoció con mi tío Daniel en la cría de cerdos. Los chiqueros rebosaban de mierda y maíz, los animales no hacían otra cosa que tragar lo que encontraban, incluso sus propias crías si no las apartaban a tiempo luego del nacimiento. El negocio no prosperó y casi todos los animales fueron vendidos. Cuando ya quedaban dos o tres, decidieron sacrificarlos para hacer una de esas fiestas atroces de que está lleno el país todos los fines de semana (carne bañada en grasas sobrequemadas acompañada de bebidas azucaradas, vino y cerveza aguachinados, música que rebasa la capacidad de las bocinas para reproducir eructos). Mis tíos se presentaron al chiquero con un par de cuchillos enormes cuyo brillo quizá explicara la inquietud inmediata que se apoderó de los cerdos, aun antes de que cualquiera de ellos fuese perseguido o herido de muerte. Sabían que iban a morir. Yo los miré por encima de la barda y uno de los más desesperados se detuvo frente a mí y encajó sus ojos minúsculos en los míos en una expresión de horror que nunca olvidaré. Su pausa cavilatoria le costó la vida porque mi tío Higinio le clavó enseguida un cuchillo en el cuello aprovechando su inmovilidad. Un chorro de sangre brotó de inmediato mezclándose en el suelo con las heces y el maíz quebrado. El animal gruñó hasta que se desplomó en el suelo, convulso. Sus ojos quedaron abiertos con la misma expresión de cuando se detuvo a verme.
No te desvíes, hijo. Sabes bien que los animales huelen las secreciones debidas a la excitación, el pánico o el apareamiento. No componen sinfonías ni se dejan abrumar por el escaso progreso de la ciencia. No hay reflexión.
—Puede ser. Pero mi inconformidad no es profesional, padre. No me decepciona tanto descubrir que no estoy llamado a revolucionar el pensamiento científico ni que la creación de nuevo conocimiento en estos tiempos sea una labor burocratizada con jerarquías y métodos y vicios; lo que me apena es no encontrar a mi alrededor un interés auténtico por ese saber que quedó bajo nuestra égida. Mis colegas olvidaron el placer de sus respectivas profesiones, apenas hacen amago de querer transmitirlo y por eso se hacen llamar docentes, pero son voceros tan apasionados por sus invariables repeticiones como un ayudante de contaduría. Que las instituciones estén cooptadas por gentuza como el Dr. Kurva sería más tolerable si tuviese al lado personas con una proporción mínima de raciocinio y moral, con una pizca de genuino interés e inteligencia, de amistad.
—No eres un hombre religioso, lo fuiste. Si aun conservaras esa capacidad en tu corazón podrías sobrellevar tu soledad con más dignidad y no te asaltarían pensamientos apocalípticos disfrazados de ascetismo. Confiarías en que Dios está por venir, en que la asimetría que te rodea es temporal, pero también con motivaciones tan sensatas como inescrutables. Pero sufres justamente porque entre el animal que ignora que va a morir y no concibe trascendencias y el hombre espiritual que erige un templo en su interior para lidiar con el mundo, has escogido la tercera vía: la del ateísmo arrogante que cuando ve flaquear sus fuerzas descubre que no quiere Dios, pero quiere amigos, no quiere religión, pero quiere ciencia, no quiere espiritualidad, pero no soporta que la gente sea más práctica y menos idealista que él. No sabes jugar con tus propias reglas.
—Pero padre: corazón, espíritu, trascendencia, ¿cómo van a salvarme esas palabras? Usted me conoció de niño en su parroquia de San Gregorio Magno. Usted me vio acudir cada domingo a misa, hacer la primera o segunda lecturas con devoción, regresar a mi casa convencido y en paz y en orden, listo para iniciar otra semana en la escuela y sacar las mejores calificaciones y obedecer a mi mamá y tratar de ser amigo de mis compañeros. Era fácil y hasta placentero. Pero a los dieciséis algo se quebró irremediablemente y no pude más. Ignoro qué lo causó, si el paulatino descubrimiento de las inconsistencias del mundo, las contradicciones de mis figuras de autoridad, la incompatibilidad de mi vida sexual con la sociedad que me estaba criando, no sé, pudo ser cualquier cosa. Los jóvenes no toleramos la incongruencia y somos incapaces de ver la propia. Por eso, sin percatarme, hice una sustitución: confié en la limpieza de mi ciencia para ir por el mundo y distanciarme de lo que se me aparecía podrido. Una religión por otra.
—Y volvieron los problemas. El cuento es conocido, hijo. Todo fue puro mientras tu madre y tus maestros te pudieron mantener al margen del mundo. Cuando esto ya no fue posible hiciste tu elección, sustitución dices. Pues bien. Lo que siguió fue peor, ¿no es cierto? Años de comprobar que nada era lo que decía ser, de confrontaciones y destierros, de ir hasta el fin del mundo sólo para confirmar lo que ya sospechabas: que todo cojea, que a la justicia le falta un ojo, que las bases que escogiste para edificar una vida congruente las comparten mercenarios y corruptos, sanguijuelas y parásitos, canallas de toda ralea y aun las presiden mafiosos como el Dr. Kurva. Una diferencia hay respecto a tu primera gran decepción de los dieciséis: ahora tu tiempo ha pasado ya.
—Lo que hacemos importa, padre Valdivia. Usted debe estar de acuerdo.
—No me metas en tu saco, yo no tengo esos problemas. No me considero particularmente sabio, pero tuve la fortuna de aprender a ambicionar muy poco. Lo que hacemos importa, sí. Lo que hacemos, no lo que dejamos de hacer. ¿Podrás un día tener el amor suficiente para hacer algo sin que te falte el aliento a los cinco minutos por considerar que tampoco eso merece atención? No lo sé. Tu salud flaquea, quizá esto se resuelva antes de lo previsto.
—O me suicide. Luna lo hizo y me enseñó matemáticas durante dos años, justamente al final de mi período religioso. Él tuvo motivaciones de salud, cáncer pulmonar me parece, pero también económicas y sin duda religiosas, pues era un hombre que se preciaba de ser ultracatólico y tenía un modo de vida circunspecto que...
Sí, sí, todas las virtudes de quien ya escogió la derrota y no puede ser vencido, ¿verdad? Quieres abandonar, quieres venir a este claustro o a un país extranjero y remoto. Quieres hacer voto de silencio para no participar de la cháchara estúpida del mundo que te ha decepcionado. Pero eres demasiado ambicioso para saltar del barco que construíste por mucho que haga agua y falten víveres y las ratas se traguen ya entre sí. Te quedarás en él. Quizá más pronto que tarde no te quede más que una sola tabla en qué apoyarte y las olas se te aparezcan cada vez más crecidas y el cielo se encapote como un ojo amoratado. Cuestión de tiempo para que entonces te dejes hundir quietamente y desaparezcas en las profundidades, marinero perdido que por fin recogerá su premio... Ahora debo irme. Que Dios te bendiga, hijo.
—Padre Valdivia, yo... —se levantó de su silla, desapareció tras los portales.
De vuelta a casa me he echado a dormir. Sin sueños.

domingo, abril 21, 2013

Argumentieren Sie nie mit einem Idioten

Decía el padre Valdivia —que aunque no era psiquiatra pasó su vida en sanatorios mentales— que la presunción de sanidad mental que uno hace sobre los demás es demasiado fuerte para abandonarla ante cualquier cúmulo de evidencias en contra. Deseamos creer que los demás están cuerdos, aun si manifiestamente no lo están. Poco importa que se nos presente un individuo alcoholizado o Down o víctima de alguna atroz enfermedad mental, nos resistimos a descartar el razonamiento y a no dar crédito a sus palabras, nos gana la idea de que alguna parte de lo que dicen debe ser tomada en cuenta y así terminamos imperceptiblemente envueltos en su discurso y aun disgustados o actuando movidos por lo que nos provocó el intercambio. Una desafortunada tendencia.
Cuando volví a mi patria —un poco a regañadientes y seguro de que no volvería a alcanzar el mismo nivel— acepté gustoso la invitación del Doctor Kurva a colaborar, no sólo porque era un experto con gran influencia en los organismos científicos de este país (desde siempre embobado con los extranjeros, sobre todo si son rubios y tienen nombres manifiestamente foráneos; en el caso de ciencias más si son eslavos), cuanto porque no tenía colegas con los cuáles trabajar o tan siquiera hablar de aquello a lo que me había dedicado en mis largos años extranjeros: mis compatriotas sólo tenían tiempo para fútbol, pleitos domésticos, alguna borrachera aislada y mucho cotilleo enmedio de carbohidratos desmedidos y grasas polisaturadas. Una oportunidad extraordinaria, pensé, pues al Doctor Kurva lo conocen y citan en todas partes del mundo, le invitan a universidades francesas y norteamericanas (como aquella en la que lo conocí cuando allá vivía) e hindúes e israelitas y aun australianas, según me he enterado luego.
—Te invito porque eres hombre capaz y talentoso, no cualquiera trabaja con el Doctor War por años, por eso contacto a ti, por eso quiero colaboremos— me decía en su español aproximativo de artículos ausentes o mal empleados, respirando con la dificultad inherente de sus ciento treinta y cinco kilos de peso y sesenta años de edad.
—Gracias Doctor, por supuesto que me interesa realizar trabajo conjunto.
Apenas me hice de la plaza, lo invitamos. Lo recibí con emoción, pensando con ingenuidad que le interesaba la ciencia, su país adoptivo —el mío— y hasta algunos aspectos culturales y filosóficos, pues prodigaba consejos como un patriarca y opinaba sobre lo público, lo privado y lo que se terciara sin apenas reparar en su pertinencia. No escuchaba, claro está, pero yo lo atribuía meramente a que no nos encontrábamos a su altura. Trabajé mucho en aquella semana siguiendo sus sugerencias. Me obligaba a estudiar los temas en los que él era experto y a utilizar los míos como meros apéndices para completar sus ideas. Pensé —como un primerizo— que aprendería mucho de él, o tal vez fuera simplemente que me traicionaba mi antigua necesidad de mentores, mi vieja creencia en los guías o maestros.
—Envidia es termómetro de mis éxitos— me decía parafraseando a Dalí. —Mira este correo que recibí hoy por mañana.
Solía hacer esa clase de revelaciones para impresionarnos con su prestigio: correos donde otros expertos le reclamaban prácticas mafiosas y sectarias en comités internacionales de evaluación para revistas, conferencias, publicación de libros y aprobación de proyectos. Flagrantemente hacía o contestaba llamadas innecesarias de otros colaboradores suyos sólo para demostrar que movía los hilos, que influía, que nada se escapaba a su conocimiento ni prescindía de su aprobación.
Se hacía recibir en el aeropuerto, hospedar en hoteles con alberca (en esta ciudad en que escasea el agua) y llevar a desayunar, comer y cenar mariscos, especialmente ostiones. Luego de sus excesos gastronómicos se quedaba dormido en el sillón de mi oficina, para regocijo de mis estudiantes y del propio director que empezaba a bromearme veladamente sobre el asunto: "¿Colaboran en la degustación de ostiones, cabrón?", "¿Cuántos kilos de carne va a costar su próxima visita?". Despertaba para dar instrucciones, pero nunca programaba una línea ni escribía una sola ecuación, apenas señalaba con el dedo, decía si íbamos bien o mal según su parecer, a veces simplemente balbuceaba.
 —La nuestra ciencia es matemática, pero también relaciones. Tú debes casarte —me decía elevando los ojos pequeños detrás de sus gruesos lentes— porque sin mujer no hay integración social, debes comprar terreno, debes mostrar estudiantes que ciencia sí da dinero para vivir bien, como hace Doctor A.
—El Doctor A tiene su dinero por antigüedad, Doctor, no por trabajo científico.
—Es igual: él muestra a mundo cómo vivir, para la ciencia te tiene a ti.
—Es injusto, ¿no le parece? A veces no veo cómo vamos a hacer escuela, esto es casi un trabajo individual.
—Pero tienes apoyo, yo te di nivel de investigador en evaluaciones, con eso ya tendrás cincuenta mil pesos ¿no?
—No Doctor, no llego a la mitad.
—¿En serio? Qué lástima. Hay que publicar resultados que hicimos.
No se publicaron, pese a que nos expolió un par de visitas más a lo largo de diez meses. Con extraordinaria lentitud nos hizo corregir o agregar detalles adicionales minúsculos en trabajos que ya dábamos por terminados. Nunca quedaba satisfecho, lo que no supe bien si atribuir a nuestra incapacidad o a su perfeccionismo. Pero pedirle que él hiciera los ajustes necesarios era imposible: no estaba dispuesto a invertir un solo minuto de su tiempo como no fuera para nadar en la piscina del hotel, controlar por medio de correos y llamadas a sus colaboradores y comer ostiones. Cuando por fin no tuvo más qué decir de uno de los trabajos realizados, dijo:
—Creo que esta idea no tiene mucha carne. Qué lástima.
El director me citó a las pocas semanas de la última visita del Doctor Kurva. Temí que me sancionara con justa razón por haberle convencido de invertir en personaje tan impresentable, pero no contaba con que la advertencia del padre Valdivia lo abarcara a él también: si yo había obrado con ingenuidad, él agregaría un eslabón más a aquella inverosímil cadena, todavía confiado en los beneficios del trato con el Doctor Kurva:
—Hay un excedente presupuestal, mínimo, pero excedente. ¿Qué te parece si vas a la capital y terminan ahí el trabajo? ¿te convendría eso?— me propuso el director.
Acepté. El Doctor Kurva se apresuró a ofrecerme su casa:
—Mi casa es tu casa. Es tradición del mío país dar casa a amigos. Para enemigos es hotel.
Debí haber aceptado, pero no lo hice. Me quedé en un hotel del centro alegando que aquello ya estaba pagado por mi universidad.
Kurva no alteró en nada sus rutinas y apenas tomó en cuenta mi existencia. Se fue de viaje en la segunda semana de mi estancia, me dejó plantado en una ocasión afuera de su casa, me invitó a comer una sola vez. Los trabajos pendientes siguieron estándolo a la espera de que su eminencia se hiciera cargo. Di por sentado que nunca lo haría y así regresé desilusionado a provincia. En castigo, el director aumentó mi número de clases este semestre.
Hoy recibí correo del Doctor Kurva. Me dice que hay una convocatoria para ellos a fin de visitar universidades foráneas. Éstas tienen que pagar la estancia y la mitad del pasaje, ellos ponen la otra mitad del transporte. Me indica —me instruye— que llene la solicitud que él debe llenar. El padre Valdivia ha escuchado el caso y me recomienda internarlo. Le pido que mejor me lleve a mí.

domingo, abril 14, 2013

La juventud que vendría

Cuando me hundía en la alberca municipal dando brazadas —un, dos, tres, un, dos, tres— pensaba con ilusión en los días que vendrían una vez que aquello terminara y tuviese que recoger las cosas de mi cuarto y hacer las maletas y despedirme de cada colega extranjero y más o menos empático o elíptico, para volver a ti y a los desayunos dominicales en medio del murmullo del noticiero local y de los lejanos ecos del coro de la misa de diez, al reacomodo inacabable de nuestra biblioteca mínima y a los excursos nocturnos cuando te fueras a trabajar y el viento me soplara juventudes. Entre brazada y brazada tomaba aire, a veces agua, dejaba correr musiquillas en la cabeza con letras cursis y más o menos reivindicativas. Esperaba.
Yo no he sido viejo todo el tiempo y menos en la piscina, pues era entonces cuando quedaba suspendido el presente para dar paso a un cómodo limbo donde hasta el cuerpo era más ligero. Poco importaba que ya hubiese rebasado la treintena y que la depresión productiva en que me hallaba instalado no me diera apenas tiempo de rasurarme (lo que en buena medida me hacía simpático para los magrebíes y un poco menos tolerable para los franceses): yo rejuvenecía con cada minuto transcurrido con la cabeza sumergida en agua hipercolorada y los ojos hipertiroideos detrás de nublados goggles. Ilusiones, desde luego, que cualquier observador externo e imparcial, casi científico, habría descartado como infundadas, vista no sólo la cada vez mayor lentitud de mis movimientos sino también su mayor pesadez y escasa gracia. Pero lo que cuenta no es la historia que transcurre a los ojos del ojo mecánico, sino la que discurre por su anverso, aquella que preludiaba la juventud que vendría.
En definitiva eras tú la fuente de aquel optimismo, o lo que yo imaginaba de ti en aquellos minutos de ir y venir contando vueltas de cien metros y sintiendo corrientes frías o calientes según me acercaba o alejaba de la fosa de clavados. Nunca he sido bueno para engañarme, pero sí para construir sistemas filosóficos tan bien atados en su lógica interna que sean impermeables a la razón y aun resistentes a la realidad. Si esos sistemas están bajo el agua, aislados del mundanal ruido, todavía mejor. Así que de la piscina salía no sólo limpio del hedor que produce la tristeza cotidiana cuando ya se da por sentada, sino convencido de que en los días por venir —estos días— estarías tú y la juventud sería restaurada. Reanudaríamos la conversación que quedó suspendida en Santa María Tequepexpan, la investigación de nuevos sitios dónde hacer el amor, el perfeccionamiento de la receta para una buena sopa de letras. Volverían la televisión y los libros, la veintena.
Has de comprender que ahora me encuentre un poco alterado de los nervios. Ya no estoy en el norte de Francia y hace años que no veo una piscina. Los gringos sureños que me rodean —arribistas primitivos de mentalidad campesina o ganadera sólo tienen gusto por las alberquitas de plástico y las puertas faraónicas donde posan envueltas en colores chillantes sus estúpidas hijas quinceañeras y sus obesas esposas de mosqueado aparador de carnicería. Los jóvenes no quieren otra cosa y ya se apuran a escoger la solución más estable y el futuro más acotado, la mejor sustituta de sus madres y la diversión más repetitiva posible; viejos prematuros de los que no puede venir el futuro imaginado en cientos de minutos de concentrada recreación —un, dos, tres, un dos, tres— a brazo partido en agua extranjera. Dices que ya vienes, pero no fue aquí donde acordamos volver a empezar.
Te espero. Nada deseo más. Pero sospecho que tú ya sabías que ella no volverá.

domingo, marzo 17, 2013

La memoria persa

Kam jdeš? fue lo primero que le dije y lo último en checo de aquella noche, pues a su respuesta Na procházku sólo pude responder con Do you speak English? Hablaba poco checo entonces y hoy es rara la ocasión en que tengo oportunidad de hablarlo, no tanto por la escasez de checos –sobre todo moravos- en el norte de California, sino por mi precaria vida social.
 Alí, sin embargo, no era checo, sino iraní. Y hablaba un inglés mínimo, pero suficiente a las urgencias de aquel momento. Me condujo por un pequeño puente que daba a un parque más grande, en dirección opuesta al Belvedre, en medio de un diálogo vulgar del que apenas tengo memoria; me quedaron grabados, en cambio, su respiración y deseo, la incontinencia sexual que entrecortaba sus palabras y hacía temblar sus manos cuando por fin nos instalamos detrás de varios árboles y pudo tocarme. Era un morbo cabal, es decir, al que no le faltaba el contrapunto del miedo o la moral: Alí exudaba deseo y, con todo, no se permitía mayor cosa en aquel parque público ante el mero temor de ser visto. Yo sólo quería desahogar los esfínteres y no pensaba prolongar aquello demasiado, pero con el rostro endurecido –el deseo y su culpa, la fuerza- exigió que fuéramos a mi casa. Y fuimos. 
Contrario a las probabilidades, el paseo en autobús hasta mi departamento no menguó el deseo primigenio, antes bien, lo avivó por medio de la reposada consideración del rostro y mirada de Alí, aun en medio de la multitud que hacinaba los espacios y no cesaba de conversar en aquel idioma para mí todavía extraño: nariz recta, grande, pestañas muy alzadas y labios moderados, rostro enjuto de barba incipiente, cabello delgado y ligeramente crespo, un poco crecido, y debajo de pobladas cejas, los ojos obscuros de intención transparente, fijos aún en la recreación de anticipaciones y expectativas, inalterados en su expresión lasciva, haciéndome su objeto, poseyéndome desde ya, no sin cierta tiranía u obsesión hipnagógica. 
A Genoveva le fascinaban mis obsesiones asociativas, aun triviales, que liaban temas aparentemente distantes hasta hacerlos cobrar un sentido sexual intenso y perturbador. Algunas de estas asociaciones eran ya tan antiguas como mi uso de razón, por ejemplo, aquella que veía en la hipnosis o las drogas un sentido sexual. La madrileña –versada en psiquiatría, aunque inactiva desde cierta circunstancia no del todo aclarada- me explicaba que el fenómeno no es extraordinario: la hipnosis y las drogas están asociadas a la pérdida de la voluntad, a una relación de dominio que fácilmente se asocia a la inconsciencia del acto sexual genuino, cargado de un deseo atávico e irracional. Lo que en su opinión era notable en mi caso, radicaba en la corta edad a la que había cobrado consciencia de estas obsesiones, en particular, de la relativa al hipnotismo. 
–Te digo que fue por los cuentos infantiles, güerita- le decía con mexicana familiaridad semanas antes del encuentro con Alí, en la única visita que ella hiciera a mi departamento en Praga. Era pleno invierno. 
–Pero qué morro el tuyo, joder. Que hasta en las cosas más inocentes hay un germen de distorsión, la semilla de una interpretación obscura, pasa, pero verlo en un cuento infantil a los cuatro años, hombre, eso ya es otra cosa. 
–¿Pero no era Freud un feroz defensor de la sexualidad infantil? 
–Inconsciente, cariño, inconsciente, aunque te recuerdo que no debes citar nunca a ese drogadicto y maricón vienés en presencia de un psiquiatra. Yo soy médico, él era un cuentista de tramas predecibles. 
–Sí, claro, disculpa. Pero reconoces que el sexo no es asunto de la pubertad en adelante, sino de toda la vida, ¿no? 
–Pues sí, es verdad, pero su presencia es oblicua, casi nunca consciente y menos controlada. 
–A mí no me pareció muy oblicuo. Mi madre había comprado una enciclopedia ilustrada de cuentos infantiles. El volumen correspondiente al Libro de la Selva tenía una imagen de Mwogli con trusa roja, montado en la rama de un árbol, envuelto lentamente por la serpiente… ¿cómo se llamaba? Algo así como Sher-Kan o Shiva-Kan. No recuerdo. Pero eran dos imágenes. En una la serpiente le habla y mira fijamente, empieza a hipnotizarlo. En la otra ya lo tiene enroscado y sólo pueden verse sus pies y su cabeza, con los ojos convertidos en espirales de colores, con una sonrisa de plenitud toxicómana. 
–Eso no lo pensaste entonces. 
–No, no lo pensé. Pero ahora sé que era así y aunque no podía tener erecciones ni eyaculaciones podía masturbarme y esas imágenes me hicieron hacerlo varias veces, quién sabe si por primera vez en mi vida. O quizá ya lo hacía desde antes, todo lo relativo a esa época se me confunde. 
–Es curioso. En el pabellón de ninfómanas el director de la clínica nos desaconsejaba toda clase de técnica hipnótica, pues las pacientes, decía, lejos de seguir instrucciones, podían desinhibirse en forma incontrolada. Debe haber relaciones. 
–Supongo. Es bien conocido que los afectos al sadomasoquismo, por ejemplo, echan mano de hipnosis para mejor llevar las palizas o excesos de sus prácticas. Y aumentar el placer, desde luego. 
–Mira por dónde vas a salirme tú un hombre de cuero negro y látigo en mano, ¿eh? Que estoy muy pequeñita para aguantarte, grandullón- y se echó a reír con esa risa de alegre murmullo que la caracterizaba. Para ser española hablaba en voz muy baja y tenía una sintaxis demasiado limpia. –Pero has de saber que la hipnosis no es necesariamente sexual –dijo reponiéndose- ¿no has visto de casualidad una película de Woody Allen, creo que se llamaba El escorpión de jade, la has visto? 
–Sé de cuál hablas, pero se llama El beso del escorpión. ¿A qué viene eso? 
–¿De verdad? Vale, pues en esa película el hipnotismo es la cosa más anticlimática del mundo. Saca nada menos que a Woody Allen de la cama cuando ya la compartía con una bellísima mujer perfectamente dispuesta a todo. ¡Imagínate!, ¡al director norteamericano que ha dicho que el cerebro es su segundo órgano favorito!- y volvió a reírse, ahora un poco más fuerte. 
–Es verdad. Pero no olvides que las palabras Constantinopla y Madagascar tenían también el efecto de hacer que el detective C.W. y la hermosa Miss Fitzgerald se amaran apasionadamente- contesté gesticulando con exageración y rematando con el amago de abrazarla y besarla. 
Ahora delante de Alí volvía a poner mi excitación en manos de mis viejas obsesiones: estaba en manos de un poseído, un hombre cuyo sexo hervía incontrolado y cuya mente toda no tenía más espacio que para mí y el deseo de mí, gusano inmenso horadando todos los rincones del cerebro, hipotálamo desbocado engullendo la voluntad. Y entre el follaje de placeres en que nos habíamos metido no tuvimos reparo en besarnos, algo que, a diferencia del puro sexo, era suficientemente poderoso para involucrarme. 
¿Y no sería ello también una asociación atávica, una distorsión?, ¿no era simplemente el dejá-vu del comienzo de la única relación profunda de mi vida, la de Fernando, que del otro lado del océano ponía en el correo un libro de ecuaciones diferenciales mientras yo me dejaba los labios en los de Alí? Ese comienzo había sido así: una tarde entera instalado en su boca, una prolongadísima sesión amatoria apenas suspendida por la cena y continuada hasta el amanecer. Yo me di cuenta de que Alí también estaba siendo arrasado por una corriente impura, hecha del sexo que le hacía crujir las mandíbulas y gemir, sí, pero también de una sed de unir las bocas y abrazarse, un sesgo de ternura que sorprendía y hacía los ojos ya no sólo concentrados en su carnalidad, sino azorados en lo inmanejable de un vínculo que se abría paso sin considerandos. 
–¿Pero de qué hablas cuando dices que debes limitarte al sexo furtivo?- había preguntado Genoveva luego de contarle a grandes rasgos sobre mi terror a los enredos sentimentales. Habíamos cenado pasta. Acabábamos de abrir la segunda botella de vino y volvía a nevar ligeramente. 
–Pues a eso, querida, que para mí el beso y el abrazo, las caricias reposadas, son todos fuentes de perdición sentimental. Y aunque con Fernando tengo acordada la libertad de usar mi cuerpo con quien yo quiera sin enterarlo y cuidándome, no estoy autorizado a llevar una relación más allá de lo casual y fortuito. No puedo enamorarme. 
–Y sin embargo… 
–Sí, pese a todo ha ocurrido dos veces en casi cinco años. Un récord, ¿no crees? Sobre todo considerando que no he dejado de conocer gente, aunque sólo sea para fines estrictamente sexuales. Soy un promiscuo al que la culpa sólo sirve de estímulo. 
–No estoy tan segura de que seas un promiscuo, pues eso tiene definiciones precisas, que te lo sepas; aunque tus relaciones con la culpa, perdóname que te lo diga, chaval, pero son del todo clásicas, vulgares en sociedades como la nuestra. Llevada al extremo es ingrediente esencial de las conductas psicópatas. Un individuo de estos que van por ahí haciendo escabechinas empieza con lo que hoy hasta los gendarmes conocen como trastorno bipolar: una disociación de la persona que normalmente pone su aspecto cordial y simpático en una de sus personalidades y el neurótico en la otra. Este neurótico suele servirse exclusivamente de la culpa, torturándose a sí mismo y empujándolo, paradójicamente, a exacerbar la ruptura mental en la que se haya. En otras palabras, la culpa es la que lo obliga a escindirse para mejor sobrellevar la carga: sólo una de sus personalidades tendrá que llevarla, pero en el envite puede hacer que el neurótico exija más barbaridades hasta convertirla en una psicosis. 
–Psicosis, neurosis, disociación. Creo que estás exagerando, güerita. No estoy loco y tú no estarías aquí tan tranquila bebiendo vino conmigo si así fuera- dije sonriendo torcidamente, como quien aguanta la risa. Ella sonrió cálidamente y dijo: 
–No estés tan seguro. Quiero decir que no creas que no me atrevería a reunirme contigo si estuvieras listo para el manicomio. Trabajé años en uno de ellos, no se te olvide. 
–Entonces quizá seas tú la que requiera atención- dije riendo ya sin problemas. 
–Nunca he dicho lo contrario- contestó Genoveva al tiempo que bajaba la mirada sobre su copa con una sonrisa ambigua. ¿Qué veía? 
–Ya en serio, Genoveva, cuando digo que la culpa me mueve lo digo porque lejos de impedirme algo, sólo me ha hecho obsesionarme con ello, haciéndome pasar por aquellas situaciones arriesgadas precisamente por concederles tanta importancia. En un principio fue la culpa de raíz religiosa, cuando niño… 
–¿Hay de otra?- me interrumpió Genoveva alzando de nuevo la mirada. Se había puesto seria. 
–Lo que quiero decir es que entonces efectivamente sentía que ofendía a Dios con mis presuntos malos actos, masturbarme, por ejemplo. Y ello no evitó que siguiera haciéndolo, antes bien, me obsesionó, me hizo pasar a fondo por aquello que me hacía sentir culpable… 
–Una fijación, claro. Te has quedado enganchado pretendiendo superar lo que considerabas un problema. Sucede igual con los fumadores que quieren salir del tabaquismo con una fruición tal que echan a perder sus propósitos desde el momento mismo en que dejan ocupar toda su mente por ese despropósito. En otras palabras, muere aquello a lo que no damos importancia y se avivan los incendios a los que se echa aire. Y, por otra parte, la gente no debería ser tan gilipollas como para querer deshacerse de algo sin cuestionarse antes si de verdad ese algo constituye un problema. 
–Exactamente. En la adolescencia comprendí que no había motivo para abandonar mis gustos. También empecé a fumar. Pero otras culpas esperaban su turno y no pensé que fueran tantas y tan diversas. 
–¿Y qué esperabas? Donde haya una sociedad siempre habrá culpa, pues éstas son consubstanciales al orden social, son el anverso de las normas de convivencia familiares, sociales, religiosas. Es inevitable. 
–Pero no todas deben ser igualmente válidas. No es lo mismo sentirse culpable por ser homosexual que sentirse así por haber matado a un hombre. 
–Eso es discutible, pues… 
–¿Cómo discutible, Genoveva? 
–No seas tonto, cariño. No quiero decir que sean cosas equiparables, sino que el mal, aquello que presuntamente causa culpa, es siempre relativo, funcional. 
–¿Cómo? 
–Pues sí. Que desde Jung sabemos que el mal es aquello disfuncional en relación con cierto esquema cultural, social, religioso, etc. No es algo absoluto y, por tanto, no hay manera de distinguir el presunto mal de ser homosexual del presunto mal de matar a un hombre. Lo que hace la diferencia es creer que algo es malo o no lo es. 
–Comprendo. A veces me parece que no es suficiente creer que algo no es malo para sacudirse la culpa. La moral pública, como una parte más de la memoria colectiva, parece hallar siempre el camino de vuelta a nuestro subconsciente, aunque la hayamos echado solemnemente de nuestra reluciente corteza cerebral. 
–Viejas discusiones las tuyas: culpa y miedo. Qué clásico. Aunque dadas tus obsesiones de salud ambas cosas se mezclan fácilmente. 
–Son tiempos jodidos para la promiscuidad, no cabe duda- dije haciendo luego una pausa para dar grandes sorbos de vino. Encendí un cigarrillo del que me estaba absteniendo desde hace tiempo: era el último de la cajetilla. Y continué. –Fuera de Fernando no conozco el sexo sin condón, pero no dejo de sentir un vuelco en el estómago al pensar en los peligros que, con látex o sin él, acarrea el placer. 
–Pero los sigues arrostrando. Y ello, mi querido paranoico, significa que ya tienes una relación especial con tus miedos y culpas. Lo natural ante el miedo es huir. Eso hacen los sensatos, o los apocados si te place. Pero los obsesivos, los paranoicos como tú estrechan lazos con sus obsesiones, con sus paranoias, se hacen amigazos de ellas y luego no resisten vivir sin su adrenalina. 
–Pues vale: estoy enfermo y necesito mis dosis de excitación, ¿te parece? Pero que nunca salgan del ámbito físico, que nunca invadan mi corazón y se limiten a mi entrepierna, que nunca amanezca a mi lado nadie distinto de aquel a quien amo, que nunca tenga tiempo ni disposición de enamorarme de otros ojos, de sentir nostalgia de un abrazo o un beso de otro, de sentir esa ausencia, longing diría Jason, de alguien que no sea Fernando porque entonces estaré en grave peligro. Pero descuida. Tengo ya cierta edad y dos episodios de este estilo en mi haber, que, por fortuna, duraron poquísimas semanas. Por lo visto, mi amasiato ya me endureció lo suficiente como para no abrir el alma nunca más. 
–Qué curioso. Este arreglo entre Fernando y tú parece obligarte a conservar la humanidad en toda su elevación sólo entre ustedes, y reducirte a animal puertas afuera. Pero aquí hasta un vulgar terapeuta privilegiaría lo funcional. Y funciona, qué coño. 
Funciona. Retazos de aquellas conversaciones hacían eco en mi mente en la fría duermevela de la primera noche con Alí. Y seguían instaladas en mi cabeza cuando abrí los ojos a otro día nublado, con aquel cuerpo todavía dormido recién devuelto a su extrañeza, a su ajenidad, con mis miedos de golpe recuperados por el siniestro graznido de los cuervos, tan frecuentes desde antes del amanecer en los últimos días del invierno.

domingo, febrero 17, 2013

La bola

Desde la terraza vi cómo se alzaba la columna de humo y me cerraba la vista a los volcanes. Llevaba cuatro días con la tienda cerrada y los crecientes disturbios no parecían sugerir que fuera a reabrirla pronto. Me consolaba que Adriana y los niños hubiesen salido a Guadalajara a visitar a mi suegra, apenas dos días antes de que iniciara el motín de la Ciudadela, ocasión que al principio me pareció extraordinariamente propicia para saciarme de Gabriela, a quien llevaba ya algún tiempo viendo clandestinamente y a la que ahora podría llevar a mi casa todas las noches hasta hartarme de su cuerpo y luego buscar algún pretexto para ya no verla más. No hubo necesidad de buscarlo, el pretexto, porque apenas nos vimos dos noches y no volví a saber de ella; la tercera, ya sin luz eléctrica, tuve que desahogar la ansiedad de su ausencia en el banco que a ella le gustaba utilizar para nuestros encuentros, iluminado apenas por la luz del quinqué y apretando con los dientes el corpiño que le obligué a dejar la última noche. Una muchacha dócil, Gabriela, a la que no tardarán en echarle cerrojo sus padres para evitar más murmuraciones y vergüenzas. Pero de mí no saben nada, estoy seguro.
Al principio nadie se sorprendió. Era sólo cuestión de tiempo para que los hombres más bragados se decidiesen a terminar con ese gobierno pusilánime al que sólo una triste sucesión de circunstancias pudo instalar en Palacio Nacional. Los pueblos se equivocan. Las revoluciones se tuercen. Hombres mediocres acaban instalados en responsabilidades que exceden con mucho a sus capacidades. La tienda había conocido mejores tiempos bajo la dictadura, por supuesto, y aunque la inflación creaba la sensación de que nos volveríamos ricos en poco tiempo, el aumento generalizado de precios nos quitaba por un lado lo que nos daba por el otro. Adriana estaba molesta, claro, es ambiciosa y pese a mis reconvenciones, sobre todo en circunstancias sociales, no se abstenía de opinar sobre política y echar pestes del Chapito (ella se crió en Sonora, parece que así hablan por allá). Yo suelo ser más callado, pero opinaba igual que ella: la anarquía se estaba apoderando del espíritu de los ciudadanos y apenas iniciado lo del motín todo mundo perdió la compostura y se sintió con derecho a incendiar, robar, asesinar y pasar de un bando a otro con entera naturalidad y frescura. 
Gabriela sabía lo que iba a ocurrir porque su marido es militar y parece estar entre los sublevados. Tendría que confirmarlo, pero a ella no la he visto y el recuerdo de sus conversaciones se me confunde rápidamente con el de sus pechos tibios. No creo haberle prestado demasiada atención y ahora lo lamento porque al menos sabría dónde ir a buscarla o a qué atenerme con lo de la tienda. He sabido de saqueos horrendos donde la chusma se ha escarcido con los gachupines y los chinos, al menos yo soy connacional y no creo que vengan a forzar la puerta. Sólo han venido las vecinas habituales y se han conformado pacientemente con mis explicaciones. Son las ventajas de ser una persona decente, inspira uno confianza con su sola presencia, los instintos se neutralizan ante nuestra parsimonia, conocen a Adriana -Adrianita para ellas- y van a misa entre semana junto con ella, también a rosarios, paseos de la virgen del barrio y vistas del Santísimo en los sagrarios. Ella no es precisamente devota, pero se aburre en casa porque Nacha se encarga de fregar los pisos y lavar la ropa sin darle suficiente conversación -india renegada, la llama- y entonces busca a las damas de su clase que a cambio de soporíferas y muy hipócritas actividades religiosas le participan de jugosas comidillas sobre la vida privada de la gente del barrio y de no pocos personajes públicos importantes. Así supe, por ejemplo, que el Chapito padece impotencia coeundi, lo que desde luego confirma su falta de descendencia pese a los muchos años de matrimonio con Doña Sarita. La debilidad de carácter va siempre de la mano de la sexual.
Por eso, para evitar que Gabriela me tomara por un romántico y nuestra relación cargada de morbo se volviese una rutina de poco vigor, la empujé paulatinamente a actos cada vez más abyectos y en los que no faltaron el cinturón, las cuerdas, el atril donde Adriana posaba la biblia, las mascadas que alguna vez le dejaron marcas en los ojos y en los pechos, incluso la trampa para presas pequeñas y el gancho del jamón que tuve que descolgar de la viga que cruzaba por encima del mostrador de la tienda. Sé que esto sugiere que nos hemos visto muchas veces. No ha sido así. Pero el prestigio de un amante, incluso en una ciudad de este tamaño, depende tanto de su osadía como de su discreción. Y Gabriela era una amante muy propicia a estos excesos, como pude comprender de su ligero coqueteo con la mariguana y el coñac de su marido, pero también de las frecuentes marcas de palizas que el sargento (¿o era coronel?) le daba un día sí y otro también.
Ahora todo ha terminado, me temo. Son ya varios días de balaceras y de Gabriela ni sus luces. De Adriana llegó un telegrama ayer, pero no me interesaba en lo más mínimo. Ella y los niños estarán bien de cualquier modo y yo tengo derecho a divertirme en su ausencia, aunque lleve ya varios días sin poder hacerlo. El humo que entra ahora por la ventana es claramente el de un crematorio al aire libre. Dice Nacha que hay montones de cadáveres a los que simplemente se les prende fuego, ahí, en la calle, como si fuesen animales, y este debe ser el primero de esos eventos que tiene lugar cerca de aquí. Por si las dudas, he reunido buena parte del dinero en el fondo de un pequeño saco de harina por si tuviese que llevármelo a plena luz del día sin despertar sospechas. He tenido buen cuidado de que Nacha no me vea, pero quizá por un sentimiento de culpa, quizá por garantizar una complicidad que no necesito, he accedido después de la comida a satisfacerla como mujer, pues desde la desaparición de Gabriela y en ausencia de su patrona, empezó a insinuárseme. Olía a cebolla y sólo espero que no me arruinen la siesta los torzones que ahora siento.
Corro a la orilla del canal de la Viga y de un salto ya estoy en una chalupa. Los arbustos de la orilla y los familiares sauces llorones, los ahuehuetes, van siendo reemplazados por una vegetación cada vez más densa que va obstruyendo la luz del cielo hasta obscurecerlo todo como en una caverna. Ya no me doy cuenta de si la barca sigue avanzando o no, pero al final distingo una luz que se acerca. Es la del quinqué de mi casa que lleva en la mano Gabriela, de pie sobre su barca, cruzada de carrilleras y sólo con sus medias negras hasta la mitad de los muslos. 'Acércate', me dice, pero temo caer al agua negra como petróleo. De pronto, cae el quinqué y la barca comienza a incendiarse. '¡Salta!', me grita. '¡Salta!'. La luz ilumina un círculo de árboles en los que brillan cientos de ojos. '¡Salta!' gritan todos. Estalla una ventana invisible y abro los ojos. 
Es mi casa la que se incendia y hay un griterío allá abajo que me obliga a levantarme tan pronto como puedo, sudoroso. Gritan con una furia inexplicable, reforzándose entre sí, sin apelación posible: '¡Sal cabrón!', '¡Sal que sabemos que estás ahí!', '¡Sal de una vez y da la cara!'. Si consigo huir no será por la puerta, sino por la azotea. Subo por la escalera de caracol, jadeando. En el trayecto todavía tengo tiempo de pensar en Nacha y en Adriana (en ese orden) y de pegarme con el borde de la puerta que es tan pequeña que ni el Chapito cabría por ella. Por fin cruzo y doy la vuelta hacia casa de los Martínez -la única azotea contigua- pero ya es tarde. Allá arriba me encuentro con hombres armados de machetes y fusiles viejos. '¿Lo fusilamos mi generala?', '¿Nos lo quebramos?', preguntan a una tipa que se abre paso a mi encuentro. Es Gabriela, que sonríe. Intento articular palabra, pero aun no me repongo del agitado ascenso y apenas me da tiempo de gritar "¡No!" cuando ya ella levanta su carabina y me revienta el pecho.
El sol de la tarde no calienta y el frío me invade rápidamente. Nacha no quiere pasar hambre: se ha llevado el saco de harina.

martes, enero 29, 2013

La risa

A diferencia de los chavos de provincia, no tuve yo escasez de argumentos ni propensión a más engaños que los que mi propia retórica pudiera garantizar. Abundaba la información en libros y revistas, en bibliotecas y medios audiovisuales, en programas con locutores de excelente dicción y no escasa sesera, por radio, televisión e internet, cable, antena y hasta dvd pirata. Además era siglo veintiuno y tengo para mí que los estirados páneles de discusión con psicólogos de lentes cuadrados y ojos gelatinosos, trabajadoras sociales que apenas contenían las ganas de salir a tragarse una torta de tamal y travestis de diseño con visibles problemas de anorexia, eran cosa del pasado, un tiempo en el que todavía era vendible la discusión por parte de "expertos" del tema de la homosexualidad con el trasfondo de siempre sobre el derecho o no al placer; previsiblemente todos decían que sí, que cabía tal derecho; todavía más esperablemente algún sacerdote o paleto de las juventudes católicas completaba el cuadro diciendo que no todo era permisible y futuros conservadores se lanzaban a completar el guión con argumentos especiosos y uno que otro insulto. Viejos tiempos, ya digo. Retóricos, aburridos hasta la náusea. Quizá sólo de exploración y muy posteriores a los ayatólicos de ostracismo, discreción y torpeza.
Pero toda reiteración ociosa termina por aburrir y aquella, pese a mi homosexualidad de niñato, no era mi discusión. Aun sin cumplir veinte años tenía el rol bien asumido, la indumentaria negligente y la actitud más o menos abierta de quien no confunde orientación sexual con narcisismo. Nunca me sentí superior ni especial ni diferente, aunque comprendía que aun quedaban personas susceptibles en el mundo y alguna vez, admito, cedí a la tentación de burlarme y hacer pasar bochornos a los mojigatos. Pero no fue la intención de causar escándalo lo que me hizo acostarme con Caro Fora, el viajante de comercio que conocí en Plaza de la República y que aun doblándome la edad no tenía empacho en besarme en público y aun meterme en su habitación de hotel para mayor murmuración de los empleados de la recepción y de los varios botones de avanzada edad cuyas miradas recorrieron cada costura de mi pantalón rojo y cada variación del mechón naranja de mi cabello, hasta verme desaparecer en el ascensor. Fue atracción, desde luego, de la muy documentada entre hombres viejos y jóvenes imberbes, una atracción peligrosa para estos tiempos hipócritas que se empeñan en vigilar la voluntad de sus súbditos; pero a esta trivialidad he de añadir el dato de excepción: mi extraña capacidad para adivinar en Caro al adolescente detrás del tono o la mirada, en el fondo de aquel cuerpo sudoroso y bramador, palpitante; su extraña habilidad, también, para borrar nuestras fronteras haciendo horizontal lo que a ojos de todos los que nos vieron en esos escasos días no admitía equiparación alguna. Nos acompañamos, ya lo creo. Cabalmente.
Ya está dicho: en toda clase de medios está consignado el conocimiento sobre el más mínimo aspecto de la vida homosexual, vale, incluyendo todo sobre las implicaciones de meterse a la cama con figuras de autoridad cronológica o formal, con el padre o el tío, con el maestro o el médico, relaciones cuajadas de peso psicológico y aun exageración por su turbadora carga de edad y carnes en decadencia. Sospecho que todo esto es más invento de los adultos que de los adolescentes, uno de esos ejercicios que de pronto hacen los que no pueden con sus culpas y creen poder domesticarlas por medio de su pormenorizada consignación y análisis. Pero yo no necesitaba pretextos ni razones para empapar las sábanas de Caro y salir luego con él a pasear por esta ciudad que él sólo visitaba y que yo recorro ahora como acompañado por su fantasma, una extraña sombra conversacional cuyo hilo no rompen los tianguis improvisados del centro ni los franeleros de las esquinas con sus monas ni el organillo melancólico de la Alameda ni el ruido de platos y vasos de la pulquería. Me acompaña aun, no sólo entre las piernas con ese eco morfológico de la penetración que se retira ni sólo en los labios que no dejaron de besarse como sólo lo hacen los homosexuales que se aman eternamente hasta la noche, sino también con la risa, su risa, que quebraba de golpe su tristeza (yo no la conozco como él) y la seriedad del porvenir (que sólo intuyo).
Caro Fora insistió en que visitáramos este mural que ahora me toca mirar por mi cuenta, solo. Fue la mañana en que nos despedimos y paradójicamente no se ocupó tanto de la obra como de mis labios y mi cuerpo. Me estrechó contra él, con su olor a Rosa Venus de los varios días transcurridos en el cuarto de hotel, me miró contemplar el mural tan absortamente como si yo fuese el objeto, me pasó sus manos por las mías y no dejó de tomarme por la cintura. Los guardias del museo no se atrevieron a molestarnos, pero era claro que censuraban el asumido abuso del que él me hacía objeto. Se lo comenté y se echó a reír a carcajadas. "¡Pero claro que es un abuso, niño!", me dijo, "¡qué novedad!". Y le conté varios de sus dientes blanquísimos.
Yo creo que decía la verdad y aquello era un abuso. Yo creo que no debería proporcionar habitación, así fuese temporal y peor si es placentera, el nómada profesional. Si lo tuviera enfrente, maldito viajante de comercio, le preguntaría: ¿qué es para ti extrañar?

sábado, enero 26, 2013

Morir en Santa Teresa

Ahora que la enfermedad ya pasó, no puedo dormir. Desaparecieron las fiebres y el dolor de huesos, la piel ha dejado de arder al contacto con las sábanas y el apetito vuelve a ser posible sin echar la pota, pero el sueño se me ha estropeado por completo haciéndome las horas largas e insufribles. A la duermevela activa de las noches delirantes le ha sucedido un silencio como de tumba que en no pocas ocasiones me ha hecho preguntarme si estoy vivo o muerto y si de verdad tengo un amor como dicen que tengo y si acaso queda algún amigo por ahí porque tengo la sensación de no haber visto a nadie en mucho tiempo.
Me preocupa la amistad. Antes de caer enfermo recuerdo haber frecuentado algunos personajes y haber hecho algunos sacrificios. No fui bien entendido y aun estoy seguro de haber sido tenido por imbécil en este extraño páramo de Santa Teresa en el que una tarde obscura intenté hacerme de lealtades y acabé en cama, temblando de escalofrío, imaginando que vendrían por mí para llevarme en un catre tirado por mulas de nuevo hasta la casa de mi madre, donde me recuperaría y volvería a ver la luz. No vino nadie y si acaso hubo alguien al lado de mi cama no reconocí su rostro, se sucedieron las noches como si se brincasen los días y no estoy seguro de haber acudido a la oficina ni de haber sido echado de menos en aquel cubículo de expectativas agotadas y ventanas grises.
Debe ser la vejez, que es insomne. Cuando dormía lo hacía confiado en la juventud de los otros que hipócritamente me obsequiaban con aire coloquial, mimando mis necesidades, saludando mis desprendimientos, serruchando con esmero los cuatro pilares de mi casa. Cuando finalmente enfermé la luz llevaba ya tiempo apagada y en la cocina sólo había una torre de trastos sucios que ya no tuve fuerzas para lavar. Había iniciado mi vuelta dolorosa a los brazos del tiempo, un retorno involuntario producto de los falsos afectos que no se sostuvieron y las alegrías planeadas que no se concretaron y los entusiasmos sinceros que la juventud preciosa y encargada tan sólo de sí misma no tuvo dificultad en aplastar como a un mal sapo. Estoy viejo como al principio, ese es el saldo.
Es inútil que quiera morirme, me digo, aunque tanto desee el verdadero silencio y tanto me apetezca el esquema de una desaparición por agotamiento. Demasiado temprano para retiros y bastante tarde para creencias (pero esto ha sido así desde siempre y no cuentan los momentos de alucinación por mucha compañía que tuviera y mucho camelo que fuese el amor: claro). Es inútil que eleve plegarias o quejas porque ya no habrá respuesta (oídos nunca los hubo) y como no tengo pistola ni sabría dónde dar una buena cuchillada, tendré que arreglármelas desde esta obscura inmovilidad sin contar siquiera con la colaboración del amor que me quiere devorar vivo y muy lentamente y no facilitará, por tanto, una buena sobredosis de barbitúricos para inducir un sueño firme, pero irreversible.
Como en la luz, también por la noche de Santa Teresa habrá que caminar solo.