-Es un Boeign 747, ¿comprende? Es prácticamente imposible que pierda el control una vez alcanzados los diez mil metros. Llevamos varias horas de vuelo y todo ha salido bien, por favor, trate de calmarse.
-Pero eso fue claramente una explosión, no puede negarlo- dije apartando la bolsa de papel que tenía sobre la boca para respirar mejor: lo hacían en esa serie de médicos tan de moda, quizá sirviera- Y esta turbulencia, perdón, no puede ser normal. No es la primera vez que viajo...
Una fuerte sacudida y los gritos de varios pasajeros me interrumpieron. Maldecía al capitán por no tener siquiera la gentileza de informar qué pasaba desde hace diez minutos cuando escuché el estallido. Por la ventanilla comprobaba la increíble flexibilidad del ala derecha: me ponía enfermo.
-¿Pero qué espera el capitán para dar una explicación? ¿qué está pasando?- dije tartamudeando al inglés sentado en el asiento del pasillo (el asiento entre nosotros estaba vacío) .
-Quizá el capitán sabe que esta es una situación completamente normal y no cree necesario importunarnos. Tranquilícese, no pasa nada.
-Pero mire el ala- dije apartándome un poco de la ventanilla para dejarlo entrever; él se agachó - ¡Esto no va a resistir mucho! Qué horror.
Él destapó una lata de refresco y dió un largo trago luego de derramar un poco por el piso. Me miró y me dijo:
-Señor, ¿no sabe que vamos a morir?
-¿Qué? ¿de qué está hablando?- dije al tiempo en que rompía la bolsa de papel contra el brazo del asiento tratando de sujetarme durante una sacudida. Afuera no veía nubes ni razón climática visible para semejante desorden. Empecé a tener náuseas.
-He preguntado si sabe usted que un día vamos a morir.
-¡Por supuesto! ¿qué se supone que significa esa pregunta?- dije visiblemente molesto. El portaequipaje del otro lado del pasillo se abrió de pronto y cayó pesadamente una pequeña maleta golpeando a una joven a la que inmediatamente sobó la cabeza una mujer de mi edad, probablemente su madre. Apenas escuché la última palabra pronunciada por el inglés, quien no había dejado de hablarme. Pensé que era una mierda morir en un avión al lado de un desconocido que encima de todo no hablaba tu propia lengua.
-...patético.
-¿Qué? Perdone, ¿puede repetir?
-Sí. Que su comportamiento me parece patético.- Tardé unos minutos en reaccionar. Un crujido espantoso produjo más gritos y el absurdo intento de un hombre calvo por abandonar su asiento sin que sus dos acompañantes se lo permitieran. ¿Qué pensaba hacer? ¿Abrir la puerta de emergencia y saltar? En segundos alcancé a pensar que aquello era ridículo y esta última palabra me recordó al inglés: patético, dijo.
-Óigame, yo no sé usted pero yo no tengo ganas de morir. Nadie lo desea- contesté.
-En efecto, nadie lo desea, pero toda vez que usted es un hombre y no un animal sabe que no puede vivir para siempre. Sabe que hay un final, ¿qué más da si es ahora o después?
-Tengo gente que me espera, proyectos, soy joven...
-¿Y esos le parecen motivos para vivir? ¿Ignoraba usted que la muerte puede llegar en cualquier momento? ¿Lo ignoran los suyos?
-¡No, no señor! No lo ignoro ni lo ignora mi familia, pero saber que uno muere no lo hace bueno.
-Vivir es lo importante, ¿no es verdad?
-Creo que me ha comprendido- le dije al tiempo en que el avión giraba hacia la izquierda descendiendo bruscamente. Una azafata pasó corriendo en dirección a la cabina con un equipo desfibrilador, razón por la cual pensé que quizá el piloto tuviera un infarto, pero en ese caso ¿por qué esperar hasta ahora para aplicarle electroshocks? Eso no podía ser la causa del problema, habría un copiloto capaz de hacerse cargo, siempre son dos ahí al frente, ¿no es verdad?
-Celebro que estemos de acuerdo- retomó el inglés -Pero dado que vivir es lo importante no hay razón para gastar energía en relación con la muerte. Mire nada más cómo se ha puesto. No cabe duda de que es usted un hombre de su tiempo: feliz a toda costa, incapaz de soportar no ya el fracaso o la tragedia, sino la mera contrariedad. Esto debe molestarle bastante porque nada puede salir mal en su vida, ¿no es así?
-He tenido fracasos- contesté haciendo de lado su insolencia. Me hacía bien ocuparme en esta conversación para no hacer caso a la cada vez más peligrosa inclinación de la nave que en su descenso ya había alcanzado una capa espesa de nubes. Las sacudidas violentas habían sido sustituidas por una vibración regular y un fuerte ruido en la parte de atrás. Continué: -No creo que mi vida deba ser perfecta, ignoro a qué se refiere o de dónde ha sacado semejantes conclusiones sobre mi persona. Tengo miedo, eso es todo.
-Yo también- dijo interrumpiéndome luego de dar otro sorbo a su refresco- pero creo que el origen de nuestros temores es bien distinto: el mío es enteramente animal, instintivo, impulso controlado de esa ley que obliga a todos los seres vivos a sobrevivir; el suyo, en cambio, me parece un miedo más elaborado, producto de su apego no ya a la vida, sino al espejismo que le sustituye: éxito, dinero, familia, amigos...
-¡Esa es la vida!
-Se equivoca.
-Usted está loco- alcancé a decir antes de que las pantallas de ruta GPS volvieran a encenderse indicando nuestra posición en el mapa: estábamos a punto de entrar en Terranova provenientes del Atlántico. El avión seguía atravesando espesas nubes mientras el altímetro descendía.
-Es posible, pero estoy cierto en que un buen filósofo sabría fundirse con el mundo sin miedos y sin esperanzas, participando de él sin esperar garantías de ninguna especie.
-Yo no busco garantías, yo...
El ruido aumentaba y habló el capitán:
Señores pasajeros, como ustedes han podido comprobar hemos perdido una de las turbinas izquierdas y estamos tratando de realizar un aterrizaje de emergencia en el aeropuerto de Saint-Pierre. Estén preparados para utilizar las salidas de emergencia y los toboganes tan pronto la aeronave se detenga. Mientras tanto, es muy importante que permanezcan sentados sobre sus asientos con el cinturón de seguridad abrochado. Intentaremos alcanzar el aeropuerto en cinco o diez minutos. Gracias.
-Ya escuchó- dijo el inglés sonriendo.
No contesté. El ruido se había hecho ensordecedor y los GPS volvieron a apagarse, pero al menos las vibraciones seguían en el mismo nivel. Cuando la capa de nubes terminó descubrí que estábamos muy cerca del suelo.
Por debajo de mi ventanilla sólo veía el mar.
viernes, septiembre 28, 2007
viernes, agosto 31, 2007
1989
Jorge Luis y yo nos detuvimos frente al aparato con expresión de asombro: nuestras bocas abiertas tardaron unos cuantos segundos en reaccionar con una exclamación ante el prodigio que Leonardo nos mostraba: un equipo modular todo en color negro con bocinas casi tan grandes como él que además de los consabidos cassette y tocadiscos incluía un módulo de disco compacto: láminas delgadas de color plateado que, a diferencia de los discos normales, se tocaban sin intervención de agujas y por un sólo lado.
–No veo las divisiones entre las canciones- dijo Jorge Luis.
–¡Buey! Inclinándolo contra la luz se pueden ver, ira- dijo Leonardo tomando el disco de Def Lepard por las orillas y poniéndolo contra la ventana que da al balcón. Pensé que él era afortunado de ser el primogénito de una familia de joyeros, de disponer de una casa tan grande, de conducir autos a sus catorce años, de tener para rematar un equipo modular como aquel en el cual escuchar Hysteria un domingo de febrero –¿o era abril?- de 1989. Una vez que Women se apoderó de las bocinas, con disimulada envidia, le espeté:
–¿Nada más tienes tres discos? ¡Y tan caros...!
–Bueno, el que está puesto ahorita es el único que compré. Descanso dominical me lo trajo mi jefe de España y no sé cuánto costó. El disco de Bon Jovi me lo compró un tío en el otro lado, en diciembre.
–No mames, cabrón, está bien chingón el sonido. ¿Dónde compraron el estéreo?- intervino Jorge Luis haciendo movimientos con las manos como si tuviera una batería frente a él.
–Mi papá tiene un amigo en la fayuca, no sé cuánto le costó pero el sensei del karate tiene uno igual- dijo Leonardo. Pensé que era un presumido, un déspota que no merecía nada de lo que tenía, un engreído al que el karate hacía todavía más prepotente. El único terreno en que podía derrotarlo era la escuela, bueno, más exactamente en las calificaciones pues mientras no hubiera un prefecto o un profesor a la vista él se imponía como rey en la zoología de la Secundaria 78. Luego de varias palizas opté por ayudarle en los exámenes y estar cerca de él, aunque ello me resultara a veces tan insoportable. Le dije:
–Pues no sirve de mucho un estéreo para el que casi no hay discos disponibles, ni siquiera puedes llevarlos en el carro como los cassettes. Son una mierda. Mira, parecen pedazos de plástico.
–Apenas salieron, dales chance, vas a ver que luego nadie va a querer los discos normales.
–Eso está cabrón, ¿no?- intervino Jorge Luis- Imagínate de aquí a que cambian todos los estéreos que hay en todo el mundo, ¡no mames!
–Claro que está cabrón- completé- Yo prefiero mis Walkman que sirven hasta para correr. Esta mañana me los llevé a la Barranca. ¿Edá, Jorge?
–Sí, buey, se oye la música bien chingón y casi nunca se traga la cinta. No como mi grabadora que ya me chingó dos cassettes, incluyendo uno de mi mamá.
–¿Oyes la música de tu mamá, cabrón? ¡No mames!- dijo Leonardo.
–Era un cassette de Rocío Durcal, el que tiene con Juan Gabriel. No está mal, cabrón- Jorge siempre tuvo gustos populares, aunque luego le dieran vergüenza.
–¿Tienes la tarea de Ciencias Sociales?- me dijo Leonardo con un empujón para que volteara a verle. No me caía bien.
–Sí, pero no encontré láminas para pegar recortes sobre los países del bloque comunista. Tendrás que dibujar algo.
–¿No eran socialistas?- dijo Jorge sin que nadie le hiciera caso.
–Pues hazlos tú, cabrón, ¿no te compré para eso el desayuno el viernes? Si vas a ayudar hazlo bien- me dijo Leonardo rompiendo a carcajadas con la estúpida complicidad de Jorge Luis. Miré los discos. Se me ocurrió una idea.
–Está bien, hombre, voy a hacer los dibujos, pero tendrás que darme a cambio el disco de Mecano. Te paso también el examen de matemáticas para el martes, ¿arre?
–¿Y para qué quieres un disco que no vas a poder oír? Además ya lo tienes en cassette, ¿no?
–Sí, pero hay dos canciones más en el disco- dije mostrándole la caja donde aparecían los títulos Hermano sol, hermana luna y Fábula. –En todo caso si puedo oírlo o no es cosa que no te importa.
Leonardo me tomó por el cuello de la camisa medio quitándome la respiración. Era más alto que él y por ello se ponía ligeramente de puntillas.
–Mira, pinche joto, vas a traerme la tarea el lunes y no te llevarás ni un pinche disco de aquí. ¿Estamos?
–Sí hombre, sólo bromeaba- dije frustrado y lleno de rabia.
La mamá de Leonardo nos llamó a la cena y entonces él me soltó la camisa. Durante toda la cena dejé que mi odio hacia el miserable chaparro se regodeara en absurdas fantasías de venganza. Me veía matándolo a él y a toda su familia, huyendo a pie para esconderme en la Barranca, pidiendo la complicidad de Jorge Luis para llevarme comida hasta las profundidades del cañón, enviando cartas sin firmar a mi madre y hermana... A los postres pedí permiso para ir al baño. Cruzaba el salón obscurecido cuando vi las luces del estéreo parpadeando con una hora falsa (5:13 me parece) y entonces concebí una venganza a la altura de mis circunstancias. Me acerqué a la obscuridad del estéro, le desconecté y entonces oriné detrás de él queriendo apurar el chorro ante el terror de ser descubierto. Algo debió quedar en la alfombra, algo dentro del estéreo, algo a los costados de las enormes bocinas. Abrí la caja de Descanso dominical y me eché entre los calzones el disco. Vi los otros dos y...
Leonardo era ingenuo. Me explicaba el lunes que su gato había orinado sobre el modular y arañado dos de los discos. Que el tocadiscos LP seguía funcionando, pero no así el de compactos. Mientras anotaba la lista de países comunistas pareció caer en cuenta de algo y levantó la cabeza para preguntarme:
–Checoslovaquia, Hungría, Polonia... Oye, ¿no viste tú el disco de Mecano?
–¿Yo? ¿Ya se te olvidó que no quisiste dármelo a cambio del examen de matemáticas, cabrón?
–Yugoslavia, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas... Decías que... ah, sí, pues por eso, ¿no te lo habrás llevado tú?
–No mames, si tú mismo decías que no tenía dónde escucharlo, no inventes pendejadas...
–...Vietnam del Norte, República Democrática Alemana, República Popular de China... Pero de cualquier manera querías llevártelo, cabrón, pero bueno, la caja está en la casa, puede que mi hermano lo haya agarrado.
En enero de 1994 por fin pude escuchar el compacto de Descanso Dominical en una pequeña grabadora. Ya no me gustaba.
–No veo las divisiones entre las canciones- dijo Jorge Luis.
–¡Buey! Inclinándolo contra la luz se pueden ver, ira- dijo Leonardo tomando el disco de Def Lepard por las orillas y poniéndolo contra la ventana que da al balcón. Pensé que él era afortunado de ser el primogénito de una familia de joyeros, de disponer de una casa tan grande, de conducir autos a sus catorce años, de tener para rematar un equipo modular como aquel en el cual escuchar Hysteria un domingo de febrero –¿o era abril?- de 1989. Una vez que Women se apoderó de las bocinas, con disimulada envidia, le espeté:
–¿Nada más tienes tres discos? ¡Y tan caros...!
–Bueno, el que está puesto ahorita es el único que compré. Descanso dominical me lo trajo mi jefe de España y no sé cuánto costó. El disco de Bon Jovi me lo compró un tío en el otro lado, en diciembre.
–No mames, cabrón, está bien chingón el sonido. ¿Dónde compraron el estéreo?- intervino Jorge Luis haciendo movimientos con las manos como si tuviera una batería frente a él.
–Mi papá tiene un amigo en la fayuca, no sé cuánto le costó pero el sensei del karate tiene uno igual- dijo Leonardo. Pensé que era un presumido, un déspota que no merecía nada de lo que tenía, un engreído al que el karate hacía todavía más prepotente. El único terreno en que podía derrotarlo era la escuela, bueno, más exactamente en las calificaciones pues mientras no hubiera un prefecto o un profesor a la vista él se imponía como rey en la zoología de la Secundaria 78. Luego de varias palizas opté por ayudarle en los exámenes y estar cerca de él, aunque ello me resultara a veces tan insoportable. Le dije:
–Pues no sirve de mucho un estéreo para el que casi no hay discos disponibles, ni siquiera puedes llevarlos en el carro como los cassettes. Son una mierda. Mira, parecen pedazos de plástico.
–Apenas salieron, dales chance, vas a ver que luego nadie va a querer los discos normales.
–Eso está cabrón, ¿no?- intervino Jorge Luis- Imagínate de aquí a que cambian todos los estéreos que hay en todo el mundo, ¡no mames!
–Claro que está cabrón- completé- Yo prefiero mis Walkman que sirven hasta para correr. Esta mañana me los llevé a la Barranca. ¿Edá, Jorge?
–Sí, buey, se oye la música bien chingón y casi nunca se traga la cinta. No como mi grabadora que ya me chingó dos cassettes, incluyendo uno de mi mamá.
–¿Oyes la música de tu mamá, cabrón? ¡No mames!- dijo Leonardo.
–Era un cassette de Rocío Durcal, el que tiene con Juan Gabriel. No está mal, cabrón- Jorge siempre tuvo gustos populares, aunque luego le dieran vergüenza.
–¿Tienes la tarea de Ciencias Sociales?- me dijo Leonardo con un empujón para que volteara a verle. No me caía bien.
–Sí, pero no encontré láminas para pegar recortes sobre los países del bloque comunista. Tendrás que dibujar algo.
–¿No eran socialistas?- dijo Jorge sin que nadie le hiciera caso.
–Pues hazlos tú, cabrón, ¿no te compré para eso el desayuno el viernes? Si vas a ayudar hazlo bien- me dijo Leonardo rompiendo a carcajadas con la estúpida complicidad de Jorge Luis. Miré los discos. Se me ocurrió una idea.
–Está bien, hombre, voy a hacer los dibujos, pero tendrás que darme a cambio el disco de Mecano. Te paso también el examen de matemáticas para el martes, ¿arre?
–¿Y para qué quieres un disco que no vas a poder oír? Además ya lo tienes en cassette, ¿no?
–Sí, pero hay dos canciones más en el disco- dije mostrándole la caja donde aparecían los títulos Hermano sol, hermana luna y Fábula. –En todo caso si puedo oírlo o no es cosa que no te importa.
Leonardo me tomó por el cuello de la camisa medio quitándome la respiración. Era más alto que él y por ello se ponía ligeramente de puntillas.
–Mira, pinche joto, vas a traerme la tarea el lunes y no te llevarás ni un pinche disco de aquí. ¿Estamos?
–Sí hombre, sólo bromeaba- dije frustrado y lleno de rabia.
La mamá de Leonardo nos llamó a la cena y entonces él me soltó la camisa. Durante toda la cena dejé que mi odio hacia el miserable chaparro se regodeara en absurdas fantasías de venganza. Me veía matándolo a él y a toda su familia, huyendo a pie para esconderme en la Barranca, pidiendo la complicidad de Jorge Luis para llevarme comida hasta las profundidades del cañón, enviando cartas sin firmar a mi madre y hermana... A los postres pedí permiso para ir al baño. Cruzaba el salón obscurecido cuando vi las luces del estéreo parpadeando con una hora falsa (5:13 me parece) y entonces concebí una venganza a la altura de mis circunstancias. Me acerqué a la obscuridad del estéro, le desconecté y entonces oriné detrás de él queriendo apurar el chorro ante el terror de ser descubierto. Algo debió quedar en la alfombra, algo dentro del estéreo, algo a los costados de las enormes bocinas. Abrí la caja de Descanso dominical y me eché entre los calzones el disco. Vi los otros dos y...
Leonardo era ingenuo. Me explicaba el lunes que su gato había orinado sobre el modular y arañado dos de los discos. Que el tocadiscos LP seguía funcionando, pero no así el de compactos. Mientras anotaba la lista de países comunistas pareció caer en cuenta de algo y levantó la cabeza para preguntarme:
–Checoslovaquia, Hungría, Polonia... Oye, ¿no viste tú el disco de Mecano?
–¿Yo? ¿Ya se te olvidó que no quisiste dármelo a cambio del examen de matemáticas, cabrón?
–Yugoslavia, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas... Decías que... ah, sí, pues por eso, ¿no te lo habrás llevado tú?
–No mames, si tú mismo decías que no tenía dónde escucharlo, no inventes pendejadas...
–...Vietnam del Norte, República Democrática Alemana, República Popular de China... Pero de cualquier manera querías llevártelo, cabrón, pero bueno, la caja está en la casa, puede que mi hermano lo haya agarrado.
En enero de 1994 por fin pude escuchar el compacto de Descanso Dominical en una pequeña grabadora. Ya no me gustaba.
jueves, julio 12, 2007
Open mind
Bien es verdad que casi nunca reparo en el contenido de las traducciones que pasan por mi despacho, pero la siguiente necrológica enviada por el neoromántico francés de orígen tunecino Guillaume Guechi, desde su refugio en Lille, me dejó largo tiempo pensativo. Acostumbrado como estoy a creer que en Europa -y especialmente en Madrid- hemos progresado enormemente en términos de civilidad y apertura, no he podido menos que pasarla mal con el texto del francés. No sé bien, ahora mismo, qué pensar. Mejor cito, es decir, traduzco:
Primero los hechos.
El poeta y filólogo José Lomelí nació en Lima, Perú, el 7 de septiembre de 1950. Graduado en Filosofía y Letras por la Universidad de San Marcos fue desde su adolescencia un feroz crítico de la sociedad y del gobierno (o desgobierno, como solía llamarlo) peruanos. Escritor precoz, pero también amante de las lenguas extranjeras, no vaciló en escribir -y publicar- en francés e inglés a una edad tan temprana como los veinticinco años. Fue justamente gracias a Les stupides como consiguió venir a Francia a los veintiséis, becado por la Academia Francesa que apreció "la riqueza de figuras léxicas" de su poemario (apenas cien páginas), mudanza que él calificó en su diario como "la oportunidad de vivir normalmente". Y los que lo conocimos sabemos bien a qué se refería, aunque en el camino haya encontrado sólo decepción. Pero no nos adelantemos. Siguieron años prolíficos que, sin embargo, le fueron desplazando de la poesía hacia la novela y de la literatura hacia la filosofía, pasando los últimos enfrascado en toda clase de pleitos judiciales por sus artículos de opinión. Nunca volvió al Perú. Se suicidó en su piso de Montparnasse este fin de semana. Siete libros de poemas (dos de ellos en francés, uno en inglés, el resto en español), cuatro novelas (todas multilingües) y seis libros de ensayos filosóficos (en absoluto para principiantes, todos en inglés) son el resultado de su obra, enteramente desconocida en su país, apenas atisbada en España, caída en el olvido en esta Francia que le vendió mentiras. Sus abundantes artículos -en español, francés e inglés- no han sido nunca compilados.
Y luego lo fundamental.
Debo decir que José Lomelí era homosexual, aunque ya sienta traicionar su espíritu al decir esto. Resulta fácil imaginar sus dificultades en el Perú de los años sesenta y setenta (en una entrevista temprana para la televisión francesa aseguró haber presenciado el linchamiento de "un maricón") y su diario no deja dudas sobre la angustia que le producía pasar el resto de sus días "en la barbarie católica". No era afeminado, pero era abierto, y ello probó ser una fórmula más arriesgada que la del travesti o el transexual. Durante sus primeros años aquí fingió no enterarse de la discriminación, del racismo, de los malentendidos culturales, de la intolerancia que se esconde detrás de la necesidad de etiquetas. Luego volvió a ser el de siempre, es decir, un amargado cuyo cinismo sólo era comparable a la solidez de sus argumentos: se dedicó a combatir el pensamiento acomodaticio, falso o simplemente estúpido ahí donde lo encontrara, sin importarle perder amigos en el camino, sin que le arredrara el odio declarado de comunidades enteras (la comunidad gay parisina le declaró "persona non grata" y dos agrupaciones musulmanas intentaron matarle), sin lamentar el abandono de su pareja francesa ni evitar, en última instancia, que sus malquerientes le aplicaran las leyes verdaderas y las torcidas a fin de acallarlo. Pagó con dinero y con cárcel lo que jueces imbéciles en la gran Francia consideraron abusos a la libertad de expresión, calumnia e infamia.
Sobre su lucidez -y lo que a mí, personalmente, más me tocó- transcribo una pequeña muestra que quizá ayude a mis compatriotas -los de aquí y los del otro lado del Mediterráneo- a hacer una reflexión sobre el verdadero sentido de la libertad:
"Es repugnante darse cuenta cómo el hombre, sin importar su educación o cultura, siempre encuentra la manera de mantener o sortear sus prejuicios, según la circunstancia y la ocasión. Los países latinoamericanos o árabes son tristemente famosos por su nulo respeto a los homosexuales y, en efecto, el número de muertos por este motivo es notablemente superior al de Europa, donde no sólo no se les persigue, sino que se les permite unirse legalmente en pareja, formar una familia, ser protegidos por ley contra la discriminación. Hasta aquí los hechos. Pero hay una paradoja que demuestra hasta qué punto vivimos engañados: el gay europeo puede vivir tranquilo en sus ghetos, feliz de su aislamiento, tan contento de estar de un lado como los heterosexuales de estar en el otro: mundos definidos, etiquetados, sin riesgos ni apenas comunicación entre ambos. No es la comunidad gay el único gheto en Francia: los hay para negros, para árabes, para musulmanes, para latinos... ¿es esto convivencia? ¿integración? ¿tolerancia? Yo recuerdo con creciente nostalgia a Nachita, un travestido dueño de un chiringuito en una playa limeña cuando yo era niño. El lugar estaba permanentemente lleno de hombres, trabajadores casi todos de la construcción. Jamás dejaban de gastarle bromas y, de vez en cuando, de acostarse con él. Ni Nachita ni nadie se ocupaban de preguntar por la orientación sexual de los otros ni faltaban confidentes, amigos y amantes -a veces mujeres- en la vida del alegre restaurantero: todo confuso, todo permisible, todo, en principio, intentable. ¿Cuánto habrá que esperar para que existan sociedades abiertas?"
En memoria de José Lomelí, espíritu universal perdido en una Francia ñoña.
Primero los hechos.
El poeta y filólogo José Lomelí nació en Lima, Perú, el 7 de septiembre de 1950. Graduado en Filosofía y Letras por la Universidad de San Marcos fue desde su adolescencia un feroz crítico de la sociedad y del gobierno (o desgobierno, como solía llamarlo) peruanos. Escritor precoz, pero también amante de las lenguas extranjeras, no vaciló en escribir -y publicar- en francés e inglés a una edad tan temprana como los veinticinco años. Fue justamente gracias a Les stupides como consiguió venir a Francia a los veintiséis, becado por la Academia Francesa que apreció "la riqueza de figuras léxicas" de su poemario (apenas cien páginas), mudanza que él calificó en su diario como "la oportunidad de vivir normalmente". Y los que lo conocimos sabemos bien a qué se refería, aunque en el camino haya encontrado sólo decepción. Pero no nos adelantemos. Siguieron años prolíficos que, sin embargo, le fueron desplazando de la poesía hacia la novela y de la literatura hacia la filosofía, pasando los últimos enfrascado en toda clase de pleitos judiciales por sus artículos de opinión. Nunca volvió al Perú. Se suicidó en su piso de Montparnasse este fin de semana. Siete libros de poemas (dos de ellos en francés, uno en inglés, el resto en español), cuatro novelas (todas multilingües) y seis libros de ensayos filosóficos (en absoluto para principiantes, todos en inglés) son el resultado de su obra, enteramente desconocida en su país, apenas atisbada en España, caída en el olvido en esta Francia que le vendió mentiras. Sus abundantes artículos -en español, francés e inglés- no han sido nunca compilados.
Y luego lo fundamental.
Debo decir que José Lomelí era homosexual, aunque ya sienta traicionar su espíritu al decir esto. Resulta fácil imaginar sus dificultades en el Perú de los años sesenta y setenta (en una entrevista temprana para la televisión francesa aseguró haber presenciado el linchamiento de "un maricón") y su diario no deja dudas sobre la angustia que le producía pasar el resto de sus días "en la barbarie católica". No era afeminado, pero era abierto, y ello probó ser una fórmula más arriesgada que la del travesti o el transexual. Durante sus primeros años aquí fingió no enterarse de la discriminación, del racismo, de los malentendidos culturales, de la intolerancia que se esconde detrás de la necesidad de etiquetas. Luego volvió a ser el de siempre, es decir, un amargado cuyo cinismo sólo era comparable a la solidez de sus argumentos: se dedicó a combatir el pensamiento acomodaticio, falso o simplemente estúpido ahí donde lo encontrara, sin importarle perder amigos en el camino, sin que le arredrara el odio declarado de comunidades enteras (la comunidad gay parisina le declaró "persona non grata" y dos agrupaciones musulmanas intentaron matarle), sin lamentar el abandono de su pareja francesa ni evitar, en última instancia, que sus malquerientes le aplicaran las leyes verdaderas y las torcidas a fin de acallarlo. Pagó con dinero y con cárcel lo que jueces imbéciles en la gran Francia consideraron abusos a la libertad de expresión, calumnia e infamia.
Sobre su lucidez -y lo que a mí, personalmente, más me tocó- transcribo una pequeña muestra que quizá ayude a mis compatriotas -los de aquí y los del otro lado del Mediterráneo- a hacer una reflexión sobre el verdadero sentido de la libertad:
"Es repugnante darse cuenta cómo el hombre, sin importar su educación o cultura, siempre encuentra la manera de mantener o sortear sus prejuicios, según la circunstancia y la ocasión. Los países latinoamericanos o árabes son tristemente famosos por su nulo respeto a los homosexuales y, en efecto, el número de muertos por este motivo es notablemente superior al de Europa, donde no sólo no se les persigue, sino que se les permite unirse legalmente en pareja, formar una familia, ser protegidos por ley contra la discriminación. Hasta aquí los hechos. Pero hay una paradoja que demuestra hasta qué punto vivimos engañados: el gay europeo puede vivir tranquilo en sus ghetos, feliz de su aislamiento, tan contento de estar de un lado como los heterosexuales de estar en el otro: mundos definidos, etiquetados, sin riesgos ni apenas comunicación entre ambos. No es la comunidad gay el único gheto en Francia: los hay para negros, para árabes, para musulmanes, para latinos... ¿es esto convivencia? ¿integración? ¿tolerancia? Yo recuerdo con creciente nostalgia a Nachita, un travestido dueño de un chiringuito en una playa limeña cuando yo era niño. El lugar estaba permanentemente lleno de hombres, trabajadores casi todos de la construcción. Jamás dejaban de gastarle bromas y, de vez en cuando, de acostarse con él. Ni Nachita ni nadie se ocupaban de preguntar por la orientación sexual de los otros ni faltaban confidentes, amigos y amantes -a veces mujeres- en la vida del alegre restaurantero: todo confuso, todo permisible, todo, en principio, intentable. ¿Cuánto habrá que esperar para que existan sociedades abiertas?"
En memoria de José Lomelí, espíritu universal perdido en una Francia ñoña.
martes, junio 26, 2007
Nostalgia

Entonces se dio cuenta del tiempo transcurrido y quiso atraparlo buscando nerviosamente entre los cajones abiertos, las ropas tiradas por el suelo, la mesita invadida de libros mal leídos. La encontró finalmente, la cámara, y abriendo la ventana de la habitación (¿o era celda?) tomó una imagen de ese tiempo nórdico de verano incomprensible a las mentes meridianas, la noche iluminada, el día que no ha empezado, lo más cercano al sueño en donde todo es gris. O casi.
lunes, mayo 14, 2007
Ateo
El caso había llamado mi atención aunque resultara enteramente claro que se trataba de un suicidio, si bien no era la muerte de una persona lo que me intrigaba, sino las circunstancias psicológicas del occiso, quien fue mi paciente (pero no lo hice notar en el reporte policial: después de todo yo sólo tenía que entrevistar a los que lo acompañaron horas antes de su muerte) y a quien había dejado de ver por mi consultorio desde hace casi tres meses.
–Hablábamos de Dios. No es que resulte un tema frecuente en la residencia, pero él solía gastar bromas al respecto a todo mundo. Creo que era ateo.
–¿Y hubo algo especial en aquella charla?- intervine, al tiempo en que el muchacho (el primero y más alto de los tres entrevistados), con el cigarro en la boca, se demoraba buscando un encendedor en sus bolsillos.
–No, nada, aunque Ada le hizo notar cosas que, me parece, le irritaron, pero tampoco era difícil hacerlo enojar, ¿eh? Era muy, ¿cómo se dice? ¿asocial?
Solía decirse huraño, pensé, pero ahora cada palabra tenía la obligación de sonar profesional, como salida de un sesudo tratado teórico. Asocial, pues.
–¿Qué le dijo?
–¿Ada? Bueno, ella es la única del grupo que no estudia filosofía, sino letras, letras clásicas, me parece, aunque sabe muchísimo de todo, ¿eh? Es muy inteligente. Aquella noche él había bromeado sobre el ateísmo de Ada, diciendo que era un mero pretexto para fumar porros y abrir las piernas sin remordimientos. Reía con cinismo cuando Ada lo interrumpió.
–Fumo porros y abro las piernas porque me causa placer. No ignoro sus peligros y, desde luego, no me ayudaría una religión a evitarlos, como lo prueban los muchísimos creyentes de diversas religiones alrededor del mundo que follan y se drogan religiosamente. Yo soy atea porque he tenido la fortuna de crecer así, en la casa de mi padre que nunca me habló de Dios y con una madre que cambió su vida por la mía al momento de nacer. Los ateos a los que te refieres no existen, porque los que hay por ahí son siempre como tú: seres esencialmente religiosos que abrazan el ateísmo por asco, por horror ante la impureza de las religiones…
–¿Qué? ¿seres religiosos? Qué buen chiste, Adita, no me vas a decir ahora que la prueba de tu ateísmo es justamente esa vida disipada que te dispensas, ¿verdad? Confirmas lo que digo entonces, pues yo no soy tan ateo para ti sólo porque no me pincho las venas ni asalto las camas por doquier, ¿es así? ¿que para ser un buen ateo hay que ser lo suficientemente malo?, ¡venga ya!
–No hagas como si no entendieras. Tú fuiste católico practicante en una familia que de cristiana sólo tenía la apelación. Creías no como el común de los creyentes para quien la idea de Dios oprime y tranquiliza como el propio alter ego: la paz por interpósita persona, el sentido de la vida reducido a rituales; no señor, tú creías de verdad, como quien está enamorado y no puede evitar el sentimiento: le inunda, le rebasa, le duele. Pero tenías un defecto: tu carácter fascista o, si prefieres ponerte en plan psiquiátrico, tu carácter anal…
–Anda niña, desquítate conmigo de tu incapacidad para mantener una conversación en el terreno intelectual: ¿sentimiento de Dios? ¿plan psiquiátrico? ¡Menos mal que estudias letras!
–Sí, yo desvié la conversación aprovechando lo que decía, aunque entonces intervine porque esas cosas me gusta dejarlas claras, no porque quisiera desviarme, ¿sabe?- El segundo entrevistado llevaba barba y shorts hasta las rodillas. Ligeramente obeso, estudiaba filosofía en sus ratos libres, pues ya era programador o algo relacionado con computadoras. Me explicaba:
–Yo les recordé que Dios no existe por la simple y sencilla razón de que no hay pruebas. O, que si lo preferían, no hay certeza de que exista.
–¿Y él pareció sentirse afectado por la discusión, por lo que mencionabas?
–No, para nada. Más bien creo que le ayudó, pues dejó de mirar a Ada y se concentró en lo que yo decía, aunque no estoy muy seguro de que nos estuviera escuchando.
–¿A ti y a quién más?
–Ah, bueno, es que Manuel es creyente e inmediatamente se puso a discutir conmigo.
–¡Pero qué tonterías dices, Vasco! No hay peor ciego que el que no quiere ver: está el Universo entero como prueba de la existencia de Dios, justamente el orden revelado por esa ciencia que mencionas constituye una prueba palmaria de su existencia y, de paso, de su perfección. La belleza en todas sus formas: las flores, el cielo, las estrellas, el cuerpo humano, todo nos habla de Él. Todas las religiones son vehículos igualmente válidos para llegar a Él.
–¿Llegar a Él? ¿y para qué? No digas sinsentidos. La materia se organiza por sí sola, Manuel, en las leyes físicas que la gobiernan ya están contenidos los accidentes que conducen a la química y luego a los compuestos orgánicos y luego a la vida. Sólo los ingenuos o ignorantes como tú pueden sorprenderse de lo que quizá es más ordinario y trivial de lo que pensamos: la vida, el Universo, todos son fenómenos vulgares. ¿Y qué van a decir tú y todos los creyentes cuando comprueben que el Universo está poblado de seres que no tienen ni puta idea de Dios? ¿eh?
–Nadie cree sinceramente que estemos vivos sólo para crecer, reproducirnos y morir. Hay un sentido y Dios es precisamente la explicación de todo. Si hay más seres en el Universo, bienvenidos, seguro que si son inteligentes ya sabrán de la existencia de Dios…
–Sí, claro, y de Jesucristo en la cruz y de Mahoma predicando y de Abraham arrojándole piedras al Diablo, ¿pero cómo puedes estudiar filosofía con esa cabeza, Manuel? ¿Qué nunca has oído hablar del big-bang, de la teoría de la relatividad, de los agujeros negros, de la evolución de las especies, de la bioquímica? ¿tú crees que Dios cabe en un mundo como este? ¡Qué ignorancia, de verdad!
–Él pareció venir de lejos y, aunque no les puso atención, hizo de lado su discusión con gran rapidez, ¿ve? Sabía que tenía algo pendiente conmigo.
–¿Por qué siguió adelante si sabía que le hacía daño?
–No soy su mamá para cuidarle y era un adulto que, encima, no había mostrado ninguna consideración para conmigo. Y daño, perdóneme, pero no creo que le hiciera ninguno. En todo caso, ya estaba ahí y sólo lo habré detonado.
La muchacha me miraba fríamente, el pelo recogido en una cola sencilla, sin maquillaje, no era fea a pesar del poco interés que mostraba en lucir atractiva. ¿Pero por qué habría de presentarse así a la entrevista del psiquiatra criminal de la policía?
–Ada, usted no parece lamentar lo sucedido.
–Señor, la muerte es un asunto trivial y él no era mi amigo. ¿Tiene más preguntas?
–Sí, repítame lo que le dijo.
–Ya cállense los dos, a cual más de ignorantes, como si nos importara el puto big-bang o la belleza del mundo para creer o negar a Dios. ¿Así te parezco más ateo, Adita?
–No, nunca me lo has parecido. Como te decía, eres un fascista incapaz de encarar al mundo sin asideros absolutos. El ateísmo es tu religión actual, una manera de formalizar tu rechazo a un mundo decepcionante, y, fíjate que paradójico, libre.
–¿Libre? ¡Por favor!
–Sí señor, libre como tú no lo serás jamás, ¿entiendes? Un mundo libre para creer, libre para descreer y libre, después de todo, para no darle importancia ni a lo uno ni a lo otro. Tu ateísmo tiene un sentido tan fuerte de lo sagrado que te horroriza el carácter profano de los creyentes, es decir, no das crédito al desparpajo con que el alcohólico golpea a su mujer, maltrata a sus hijos y luego pide perdón en un confesionario; te revuelve el estómago no sólo la moral rota, sino también el sacrilegio, la violación de los rituales más absurdos. Eres, después de todo, la última reserva religiosa de un mundo que ya aprendió a convivir con la idea de Dios sin tomarla en cuenta...
–Es una estupidez lo que dices, Ada, de verdad… no tienes idea. Yo no creo en Dios y me tiene sin cuidado que los demás crean en Él. Y a diferencia tuya, gracias a que he creído comprendo los mecanismos hipócritas de los creyentes…
–¿Ves? Son hipócritas no porque creyeran en Dios desafiando la razón –la de Manuel o la de Vasco, ¿cuál es la diferencia?- sino porque nunca sintieron a Dios, que es, finalmente, la verdadera creencia. Al descubrirte sintiendo a Dios en un mundo que pasaba de Él como de la mierda, decepcionado, no has encontrado mejor forma de desembarazarte del dolor que haciendo de nuevo profeta: os condeno a todos a la religión, yo abrazo la fe verdadera de negar a Dios… Pobre diablo.
Sé que intentó llamar a mi consultorio aquella noche porque dejó un recado. Lo he borrado luego de terminar el informe policial y fumar un cigarrillo. Era breve y se oía el viento en el fondo: Doctor, qué pena no hallarlo en este momento especial, fíjese que he cambiado de nuevo…
–Hablábamos de Dios. No es que resulte un tema frecuente en la residencia, pero él solía gastar bromas al respecto a todo mundo. Creo que era ateo.
–¿Y hubo algo especial en aquella charla?- intervine, al tiempo en que el muchacho (el primero y más alto de los tres entrevistados), con el cigarro en la boca, se demoraba buscando un encendedor en sus bolsillos.
–No, nada, aunque Ada le hizo notar cosas que, me parece, le irritaron, pero tampoco era difícil hacerlo enojar, ¿eh? Era muy, ¿cómo se dice? ¿asocial?
Solía decirse huraño, pensé, pero ahora cada palabra tenía la obligación de sonar profesional, como salida de un sesudo tratado teórico. Asocial, pues.
–¿Qué le dijo?
–¿Ada? Bueno, ella es la única del grupo que no estudia filosofía, sino letras, letras clásicas, me parece, aunque sabe muchísimo de todo, ¿eh? Es muy inteligente. Aquella noche él había bromeado sobre el ateísmo de Ada, diciendo que era un mero pretexto para fumar porros y abrir las piernas sin remordimientos. Reía con cinismo cuando Ada lo interrumpió.
–Fumo porros y abro las piernas porque me causa placer. No ignoro sus peligros y, desde luego, no me ayudaría una religión a evitarlos, como lo prueban los muchísimos creyentes de diversas religiones alrededor del mundo que follan y se drogan religiosamente. Yo soy atea porque he tenido la fortuna de crecer así, en la casa de mi padre que nunca me habló de Dios y con una madre que cambió su vida por la mía al momento de nacer. Los ateos a los que te refieres no existen, porque los que hay por ahí son siempre como tú: seres esencialmente religiosos que abrazan el ateísmo por asco, por horror ante la impureza de las religiones…
–¿Qué? ¿seres religiosos? Qué buen chiste, Adita, no me vas a decir ahora que la prueba de tu ateísmo es justamente esa vida disipada que te dispensas, ¿verdad? Confirmas lo que digo entonces, pues yo no soy tan ateo para ti sólo porque no me pincho las venas ni asalto las camas por doquier, ¿es así? ¿que para ser un buen ateo hay que ser lo suficientemente malo?, ¡venga ya!
–No hagas como si no entendieras. Tú fuiste católico practicante en una familia que de cristiana sólo tenía la apelación. Creías no como el común de los creyentes para quien la idea de Dios oprime y tranquiliza como el propio alter ego: la paz por interpósita persona, el sentido de la vida reducido a rituales; no señor, tú creías de verdad, como quien está enamorado y no puede evitar el sentimiento: le inunda, le rebasa, le duele. Pero tenías un defecto: tu carácter fascista o, si prefieres ponerte en plan psiquiátrico, tu carácter anal…
–Anda niña, desquítate conmigo de tu incapacidad para mantener una conversación en el terreno intelectual: ¿sentimiento de Dios? ¿plan psiquiátrico? ¡Menos mal que estudias letras!
–Sí, yo desvié la conversación aprovechando lo que decía, aunque entonces intervine porque esas cosas me gusta dejarlas claras, no porque quisiera desviarme, ¿sabe?- El segundo entrevistado llevaba barba y shorts hasta las rodillas. Ligeramente obeso, estudiaba filosofía en sus ratos libres, pues ya era programador o algo relacionado con computadoras. Me explicaba:
–Yo les recordé que Dios no existe por la simple y sencilla razón de que no hay pruebas. O, que si lo preferían, no hay certeza de que exista.
–¿Y él pareció sentirse afectado por la discusión, por lo que mencionabas?
–No, para nada. Más bien creo que le ayudó, pues dejó de mirar a Ada y se concentró en lo que yo decía, aunque no estoy muy seguro de que nos estuviera escuchando.
–¿A ti y a quién más?
–Ah, bueno, es que Manuel es creyente e inmediatamente se puso a discutir conmigo.
–¡Pero qué tonterías dices, Vasco! No hay peor ciego que el que no quiere ver: está el Universo entero como prueba de la existencia de Dios, justamente el orden revelado por esa ciencia que mencionas constituye una prueba palmaria de su existencia y, de paso, de su perfección. La belleza en todas sus formas: las flores, el cielo, las estrellas, el cuerpo humano, todo nos habla de Él. Todas las religiones son vehículos igualmente válidos para llegar a Él.
–¿Llegar a Él? ¿y para qué? No digas sinsentidos. La materia se organiza por sí sola, Manuel, en las leyes físicas que la gobiernan ya están contenidos los accidentes que conducen a la química y luego a los compuestos orgánicos y luego a la vida. Sólo los ingenuos o ignorantes como tú pueden sorprenderse de lo que quizá es más ordinario y trivial de lo que pensamos: la vida, el Universo, todos son fenómenos vulgares. ¿Y qué van a decir tú y todos los creyentes cuando comprueben que el Universo está poblado de seres que no tienen ni puta idea de Dios? ¿eh?
–Nadie cree sinceramente que estemos vivos sólo para crecer, reproducirnos y morir. Hay un sentido y Dios es precisamente la explicación de todo. Si hay más seres en el Universo, bienvenidos, seguro que si son inteligentes ya sabrán de la existencia de Dios…
–Sí, claro, y de Jesucristo en la cruz y de Mahoma predicando y de Abraham arrojándole piedras al Diablo, ¿pero cómo puedes estudiar filosofía con esa cabeza, Manuel? ¿Qué nunca has oído hablar del big-bang, de la teoría de la relatividad, de los agujeros negros, de la evolución de las especies, de la bioquímica? ¿tú crees que Dios cabe en un mundo como este? ¡Qué ignorancia, de verdad!
–Él pareció venir de lejos y, aunque no les puso atención, hizo de lado su discusión con gran rapidez, ¿ve? Sabía que tenía algo pendiente conmigo.
–¿Por qué siguió adelante si sabía que le hacía daño?
–No soy su mamá para cuidarle y era un adulto que, encima, no había mostrado ninguna consideración para conmigo. Y daño, perdóneme, pero no creo que le hiciera ninguno. En todo caso, ya estaba ahí y sólo lo habré detonado.
La muchacha me miraba fríamente, el pelo recogido en una cola sencilla, sin maquillaje, no era fea a pesar del poco interés que mostraba en lucir atractiva. ¿Pero por qué habría de presentarse así a la entrevista del psiquiatra criminal de la policía?
–Ada, usted no parece lamentar lo sucedido.
–Señor, la muerte es un asunto trivial y él no era mi amigo. ¿Tiene más preguntas?
–Sí, repítame lo que le dijo.
–Ya cállense los dos, a cual más de ignorantes, como si nos importara el puto big-bang o la belleza del mundo para creer o negar a Dios. ¿Así te parezco más ateo, Adita?
–No, nunca me lo has parecido. Como te decía, eres un fascista incapaz de encarar al mundo sin asideros absolutos. El ateísmo es tu religión actual, una manera de formalizar tu rechazo a un mundo decepcionante, y, fíjate que paradójico, libre.
–¿Libre? ¡Por favor!
–Sí señor, libre como tú no lo serás jamás, ¿entiendes? Un mundo libre para creer, libre para descreer y libre, después de todo, para no darle importancia ni a lo uno ni a lo otro. Tu ateísmo tiene un sentido tan fuerte de lo sagrado que te horroriza el carácter profano de los creyentes, es decir, no das crédito al desparpajo con que el alcohólico golpea a su mujer, maltrata a sus hijos y luego pide perdón en un confesionario; te revuelve el estómago no sólo la moral rota, sino también el sacrilegio, la violación de los rituales más absurdos. Eres, después de todo, la última reserva religiosa de un mundo que ya aprendió a convivir con la idea de Dios sin tomarla en cuenta...
–Es una estupidez lo que dices, Ada, de verdad… no tienes idea. Yo no creo en Dios y me tiene sin cuidado que los demás crean en Él. Y a diferencia tuya, gracias a que he creído comprendo los mecanismos hipócritas de los creyentes…
–¿Ves? Son hipócritas no porque creyeran en Dios desafiando la razón –la de Manuel o la de Vasco, ¿cuál es la diferencia?- sino porque nunca sintieron a Dios, que es, finalmente, la verdadera creencia. Al descubrirte sintiendo a Dios en un mundo que pasaba de Él como de la mierda, decepcionado, no has encontrado mejor forma de desembarazarte del dolor que haciendo de nuevo profeta: os condeno a todos a la religión, yo abrazo la fe verdadera de negar a Dios… Pobre diablo.
Sé que intentó llamar a mi consultorio aquella noche porque dejó un recado. Lo he borrado luego de terminar el informe policial y fumar un cigarrillo. Era breve y se oía el viento en el fondo: Doctor, qué pena no hallarlo en este momento especial, fíjese que he cambiado de nuevo…
lunes, abril 02, 2007
La entrevista
–El error más frecuente de la muy frustrada y apenas existente clase media mexicana es, desde luego, suponer que en un país como ese pueden verse recompensados sus esfuerzos, sean estos de tipo académico, cultural, empresarial o burocrático. Quiero insistir en el hecho de que esta aberración es casi patrimonio exclusivo de la clase media, no de la alta ni de la baja, pues los ricos se saben dueños de todo lo que importa y obran en el entendido de que no habrá casi iniciativa suya que no se realice, al precio que sea, mientras que los pobres suelen pagar ese precio en caso de que algo falle y realizan esfuerzos a sabiendas de que nunca saldrán de su condición; luego entonces, estos dos últimos grupos sociales suelen tener menos frustraciones y vivir más felices.
Dio un largo sorbo al vaso de agua que descansaba sobre la mesilla de cristal y sonrió con amabilidad tal que casi anulaba la conmoción de la entrevistadora que le escuchaba aquella noche. El empresario más rico de México era también –como venía ocurriendo desde hace casi cincuenta años- el tercer o cuarto hombre más rico del mundo. Y continuó sin que la periodista de apellido vagamente polaco o judío retomara el control de la entrevista o, por lo menos, abandonara la perplejidad.
–No quiero que se me malentienda. Es natural que quienes tienen oportunidad de estudiar una carrera –y este suele ser el caso de la fantasmal clase media- crean en la lógica del esfuerzo y la recompensa; es decir, que se acostumbren demasiado a recibir calificaciones y luego crean que el mundo debe convertir sus notas en dinero constante y sonante. Es una tensión interesante, porque por un lado van adquiriendo la convicción de que la sociedad debe pagarles más por tener más estudios y, por otro, pierden paulatinamente el ímpetu por fundar una empresa o hacer un negocio, pues para ello se requiere un dinero que no tienen o bien, no hace falta ninguna calificación, como lo demuestran los ambulantes desde los lejanos tiempos del ahora extinto PRI. Entonces se hacen empleados y la empresa de otro es su nueva escuela. El sueldo, sus calificaciones. Un mejor puesto, su horizonte, su nueva medida.
Por fin, la entrevistadora levantó una mano y se enderezó sobre su silla, incómoda. Su voz salió afectada, pero por fin dijo algo:
–¿Quiere decir entonces que la clase media debe abandonar sus esfuerzos, asumir la derrota de la clase baja o…?
–Yo no hago consejos, Becky, salvo los de administración de una docena de empresas- rió brevemente, dio otro sorbo y continuó. –Lo que subrayo es que la clase media debe abandonar su hipocresía si quiere conseguir algo…
–Perdón, ¿su hipocresía?
–Sí, efectivamente. La clase media es un gran manojo de contradicciones: critican al rico porque consideran que todo lo que tiene es inmerecido y al mismo tiempo buscan su dinero con fruición; desprecian al pobre porque creen que no hace ningún esfuerzo por salir de su miseria y, encima, ni siquiera se prepara (gracioso eufemismo este) yendo a la escuela. ¡Imagínate! Como si los ricos sacáramos algo de la universidad. Por si fuera poco, sus esfuerzos por mejorar económicamente siempre se ven ceñidos a malentendidos intelectuales que ya los malogran de entrada…
La entrevistadora interrumpió, esta vez negando con la cabeza y dando palmaditas en el brazo del sillón. Miraba al suelo, pero en cuanto el empresario se detuvo, levantó la cabeza. Lucía desencajada.
–A ver, a ver, eh… ahorita ya no le entendí. ¿Cómo que los malentendidos culturales, perdón, intelectuales, malogran a la clase media?
–Es la escuela, Becky, como te decía, los estudios que creyendo su salvación se convierten en su condena. Estudiar para ganar más dinero es ya de por sí un disparate. Pero si a eso le sumas la terquedad absurda de millones de profesionistas, la mayoría mediocres, que insisten en trabajar en lo que con gran cinismo llaman su área, entonces tienes los resultados que vemos todos los días: ingenieros muy orgullosos de que los llamen así por estar ganando una miseria en una empresa que sólo los utiliza como peones, en tanto que un pobre sin estudios puede ganar diez veces su sueldo vendiendo cualquier cosa. Hay excepciones, claro, los médicos o los abogados sin apellidos valederos ya están acostumbrados a ejercer sus profesiones sin sacar apenas lo suficiente para vivir.
–Es indignante.
–Es lo que hay. Por eso me irrita que el rector de la Universidad Nacional o cualquier otro tramposo de los que hay por ahí, incite a los jóvenes a seguir el absurdo camino de los estudios sin tener un país adecuado para explotarlos. Obviamente hay otro camino y muchos ya lo tomaron: cambiar de país. Pero la clase media mexicana, como ya le vengo diciendo, es hipócrita. Y para justificar la cobardía que la retiene en su país se viste de amor a la patria, de responsabilidad social y no sé cuántas tonterías más. Se quedan. Mientras que muchos pobres, sin nada qué perder ni complejos nacionalistas en la cabeza, se van.
–¿El rector también es hipócrita?
–Quizá lo que sucede es que el señor rector no ha reflexionado lo suficiente sobre su propia circunstancia, que es especial. Quizá no se ha dado cuenta o por su propio ego quiera ignorar que por su cargo sólo han pasado familiares suyos desde hace casi cien años. Resulta cuando menos surrealista o cínico exhortar a los jóvenes a consumar sus sueños cuando todos los puestos clave del país están permanentemente ocupados por las mismas personas, ¿no le parece?
En su confusión mental, en la incredulidad absoluta ante un entrevistado que se salía del guión con tal desparpajo, la entrevistadora se abandonó a las respuestas automáticas. Fue ridículo oírla decir:
–Las preguntas las hago yo.
Y luego no formular ninguna. El empresario prosiguió:
–Tiene razón, Becky, disculpe.- esbozó otra sonrisa –El rector no es hipócrita, pero quizá tenga lo que los españoles llaman mala leche. Yo, en cambio, me limito a ofrecer tratos claros, no paraísos que no existen. El dinero lo tengo yo, pero necesito manos y brazos, a veces cerebros para mantenerme donde estoy. El trato no es justo ni me propongo que lo sea, es solamente claro. Los pobres lo entienden así y hay un inmenso número de familias que comen gracias a la empresa…
–El 39%, según las últimas estadísticas- interrumpió Becky agitando unas hojas que hasta ese momento descansaban sobre la mesilla a punto de resbalar al suelo.
–Pues bien, lo que lamento es que la clase media siga perdida en sus hipocresías y vaguedades, que no se avenga a tratos justos y prefiera amargarse con sus rencores y complejos, que prefiera instalarse en sus formas vacías a darse un baño de realidad. Es ridículo y lamentable.
–Es lo que hay, como usted ya comentaba.
El empresario sonrió de nuevo mostrando sus dientes blanquísimos. Se miró las uñas mecánicamente. Becky se ajustó uno de los tacones. Y entonces el floor manager avisó que todo estaba listo para grabar, ahora sí, la entrevista.
Dio un largo sorbo al vaso de agua que descansaba sobre la mesilla de cristal y sonrió con amabilidad tal que casi anulaba la conmoción de la entrevistadora que le escuchaba aquella noche. El empresario más rico de México era también –como venía ocurriendo desde hace casi cincuenta años- el tercer o cuarto hombre más rico del mundo. Y continuó sin que la periodista de apellido vagamente polaco o judío retomara el control de la entrevista o, por lo menos, abandonara la perplejidad.
–No quiero que se me malentienda. Es natural que quienes tienen oportunidad de estudiar una carrera –y este suele ser el caso de la fantasmal clase media- crean en la lógica del esfuerzo y la recompensa; es decir, que se acostumbren demasiado a recibir calificaciones y luego crean que el mundo debe convertir sus notas en dinero constante y sonante. Es una tensión interesante, porque por un lado van adquiriendo la convicción de que la sociedad debe pagarles más por tener más estudios y, por otro, pierden paulatinamente el ímpetu por fundar una empresa o hacer un negocio, pues para ello se requiere un dinero que no tienen o bien, no hace falta ninguna calificación, como lo demuestran los ambulantes desde los lejanos tiempos del ahora extinto PRI. Entonces se hacen empleados y la empresa de otro es su nueva escuela. El sueldo, sus calificaciones. Un mejor puesto, su horizonte, su nueva medida.
Por fin, la entrevistadora levantó una mano y se enderezó sobre su silla, incómoda. Su voz salió afectada, pero por fin dijo algo:
–¿Quiere decir entonces que la clase media debe abandonar sus esfuerzos, asumir la derrota de la clase baja o…?
–Yo no hago consejos, Becky, salvo los de administración de una docena de empresas- rió brevemente, dio otro sorbo y continuó. –Lo que subrayo es que la clase media debe abandonar su hipocresía si quiere conseguir algo…
–Perdón, ¿su hipocresía?
–Sí, efectivamente. La clase media es un gran manojo de contradicciones: critican al rico porque consideran que todo lo que tiene es inmerecido y al mismo tiempo buscan su dinero con fruición; desprecian al pobre porque creen que no hace ningún esfuerzo por salir de su miseria y, encima, ni siquiera se prepara (gracioso eufemismo este) yendo a la escuela. ¡Imagínate! Como si los ricos sacáramos algo de la universidad. Por si fuera poco, sus esfuerzos por mejorar económicamente siempre se ven ceñidos a malentendidos intelectuales que ya los malogran de entrada…
La entrevistadora interrumpió, esta vez negando con la cabeza y dando palmaditas en el brazo del sillón. Miraba al suelo, pero en cuanto el empresario se detuvo, levantó la cabeza. Lucía desencajada.
–A ver, a ver, eh… ahorita ya no le entendí. ¿Cómo que los malentendidos culturales, perdón, intelectuales, malogran a la clase media?
–Es la escuela, Becky, como te decía, los estudios que creyendo su salvación se convierten en su condena. Estudiar para ganar más dinero es ya de por sí un disparate. Pero si a eso le sumas la terquedad absurda de millones de profesionistas, la mayoría mediocres, que insisten en trabajar en lo que con gran cinismo llaman su área, entonces tienes los resultados que vemos todos los días: ingenieros muy orgullosos de que los llamen así por estar ganando una miseria en una empresa que sólo los utiliza como peones, en tanto que un pobre sin estudios puede ganar diez veces su sueldo vendiendo cualquier cosa. Hay excepciones, claro, los médicos o los abogados sin apellidos valederos ya están acostumbrados a ejercer sus profesiones sin sacar apenas lo suficiente para vivir.
–Es indignante.
–Es lo que hay. Por eso me irrita que el rector de la Universidad Nacional o cualquier otro tramposo de los que hay por ahí, incite a los jóvenes a seguir el absurdo camino de los estudios sin tener un país adecuado para explotarlos. Obviamente hay otro camino y muchos ya lo tomaron: cambiar de país. Pero la clase media mexicana, como ya le vengo diciendo, es hipócrita. Y para justificar la cobardía que la retiene en su país se viste de amor a la patria, de responsabilidad social y no sé cuántas tonterías más. Se quedan. Mientras que muchos pobres, sin nada qué perder ni complejos nacionalistas en la cabeza, se van.
–¿El rector también es hipócrita?
–Quizá lo que sucede es que el señor rector no ha reflexionado lo suficiente sobre su propia circunstancia, que es especial. Quizá no se ha dado cuenta o por su propio ego quiera ignorar que por su cargo sólo han pasado familiares suyos desde hace casi cien años. Resulta cuando menos surrealista o cínico exhortar a los jóvenes a consumar sus sueños cuando todos los puestos clave del país están permanentemente ocupados por las mismas personas, ¿no le parece?
En su confusión mental, en la incredulidad absoluta ante un entrevistado que se salía del guión con tal desparpajo, la entrevistadora se abandonó a las respuestas automáticas. Fue ridículo oírla decir:
–Las preguntas las hago yo.
Y luego no formular ninguna. El empresario prosiguió:
–Tiene razón, Becky, disculpe.- esbozó otra sonrisa –El rector no es hipócrita, pero quizá tenga lo que los españoles llaman mala leche. Yo, en cambio, me limito a ofrecer tratos claros, no paraísos que no existen. El dinero lo tengo yo, pero necesito manos y brazos, a veces cerebros para mantenerme donde estoy. El trato no es justo ni me propongo que lo sea, es solamente claro. Los pobres lo entienden así y hay un inmenso número de familias que comen gracias a la empresa…
–El 39%, según las últimas estadísticas- interrumpió Becky agitando unas hojas que hasta ese momento descansaban sobre la mesilla a punto de resbalar al suelo.
–Pues bien, lo que lamento es que la clase media siga perdida en sus hipocresías y vaguedades, que no se avenga a tratos justos y prefiera amargarse con sus rencores y complejos, que prefiera instalarse en sus formas vacías a darse un baño de realidad. Es ridículo y lamentable.
–Es lo que hay, como usted ya comentaba.
El empresario sonrió de nuevo mostrando sus dientes blanquísimos. Se miró las uñas mecánicamente. Becky se ajustó uno de los tacones. Y entonces el floor manager avisó que todo estaba listo para grabar, ahora sí, la entrevista.
lunes, marzo 05, 2007
Vocación
Como todos los domingos, los tres profesores hispanohablantes varados en Poitiers desde hace tres años, se reunieron a tomar café y conversar cerca de la medianoche. Era el último día de las vacaciones de invierno y al día siguiente retomarían sus respectivos trabajos en la universidad: Xavier como profesor de español, Andrés como asistente del laboratorio de biología molecular y Marcos como maître de conference en inteligencia artificial, todos con más de treinta y cinco, todos solteros, todos explotando al máximo la tensión a veces real, a veces fingida, entre resignarse a vivir en Francia el resto de su vida o volver a sus respectivos países, más allá del ecuador. La realidad siempre pospuesta.
–Creo que voy a dejar la universidad en julio, apenas concluyan los cursos. No tengo más fuerzas para soportar a estos niñatos insolentes a los que el español importa menos que el reporte del clima- dijo Xavier, dando pequeños sorbos a su taza de mate. Había rechazado el café. Tenía el aire grave, serio, también algo cansado.
–Espero que esta vez lo hagas de verdad- le siguió Marcos blandiendo el índice como una pequeña espada. –Esta es, quizá, la última oportunidad para que salgas de la mierda docente en que te has metido, quiero creer que por accidente.
–¿Y tú por qué das clases entonces?- intervino Andrés.
–¿Yo?- dijo Marcos apuntándose con el dedo índice –Bueno, pues porque apenas terminé la carrera me di cuenta de que mi naturaleza era teórica, no práctica. ¿Les conté que alguna vez trabajé en una empresa? Claro, ahora parece una broma, pero hubo un tiempo, justo antes de terminar mis estudios, en que intenté prepararme para el trabajo en la empresa, en la industria, incluso para montar mi propio negocio de desarrollo de software.
–Naturaleza teórica, ¡huevón! ¿desde cuándo se le llama así a la falta de talento?- replicó Andrés riéndose. Y siguió: –No, no lo digo por ti, Xavier, que bien sé que te gustan los idiomas.
–Sí, sí me gustan, pero Marcos tiene razón en que la docencia me agarró por accidente, como el último recurso para sobrevivir, luego de comprobar que hay tantos traductores e intérpretes que vivir de eso es imposible. Dar clases puede ser una mierda, pero es algo seguro en el bolsillo.
–¿Seguro?- dijo Marcos frunciendo el ceño –Eso no lo tengo muy claro. Justo antes de las vacaciones liquidaron a dos profesores que de haber permanecido un año más habrían adquirido derecho a una plaza. Yo no tengo aun ese derecho ni estoy seguro de quererlo. Quizá haga como tú y me largue de aquí. Esta gente es muy lista. Como saben que no falta quién quiera dar clases, echan a quien sea en cuanto les resulta oneroso. Lo mejor hubiera sido trabajar en una empresa y hacer un negocio, aunque fuera pequeño. Quizá no sea tarde…
–No es tarde, es tardísimo- volvió a desanimarle Andrés con una sonrisa cínica que le torcía la boca hacia la izquierda –Para eso hace falta, primero, ser una persona normal; es decir, una persona que termina sus estudios y se pone a trabajar, sin andar por las ramas con especializaciones, posgrados y mucho menos clases. Hay que reconocer que una persona que se queda en la escuela el resto de su vida no puede ser normal. Indudablemente es una patología. A mí no me pueden incluir en eso, que yo a los estudiantes sólo les reparto material y les instruyo sobre su uso, todo lo demás corre por cuenta de los profesionales, es decir, de los que no pudiendo ejercer se dedicaron a la vida teórica…- Y estalló en risas.
–Anda, búrlate de nosotros, pero tú también estás en la universidad. Y si ahora se va Xavier mañana me iré yo. Y tú serás, para sorpresa tuya, el que se quede en la escuela para siempre- respondió Marcos con aire triunfal al tiempo que se ponía de pie para despedirse.
–Quizá yo sea el último, Marcos, pero siempre seré el que menos pierda al momento de cambiar. Xavier quiere irse, pero en el fondo está igual que tú…
–Óyeme, ¿cómo que estoy igual que él?- reaccionó Xavier saliendo de su autismo para enseguida preguntar –¿Cómo se supone que está él?
–A mí pueden mentirme si eso los tranquiliza, pero en el fondo saben que no hay sitio para ustedes fuera de las escuelas y universidades.
–No sé de qué hablas, pero eso es absurdo- dijo Marcos alzándose de hombros.
–¡Claro que es absurdo!- chilló Xavier –Somos jóvenes y podemos hacer lo que nos venga en gana.
–Como quieran, a mí me da igual, pero no se mientan y quizá su suerte mejore. Insisto. No hay sitio para ustedes fuera del círculo escolar. No para Xavier porque por mucho francés que sepa su fonética es malísima.- Ya Xavier agachaba la cabeza, resignado. Andrés seguía: –No para ti, Marcos, porque hay mentiras que duran toda la vida y la tuya ha sido creer en tu vocación docente para encubrir tu incompetencia profesional. Debes sentirte bien presumiendo tus anquilosados conocimientos ante auditorios cautivos cuyo desinterés, desde luego, no puedo menos que aprobar.
Conteniendo la ira, disimulando mal el calor que le subía al rostro, Marcos contestó:
–Será mejor que te vayas a dormir, estás diciendo muchas estupideces. ¿Te vas conmigo, Xavier?
–Sí, sí, ya pasa de la medianoche y aun no he planchado la camisa de mañana. ¡Es increíble cómo se arrugan las camisas a pesar de estar colgadas de los ganchos! Una semana de vacaciones y están todas perdidas, ¿a ustedes les pasa lo mismo?
Nadie parecía haberlo escuchado. Andrés dio por terminada aquella reunión en la sala de su departamento:
–Bueno, pues vayan a dormir, ya que hoy, como de costumbre, no tienen muchas ganas de hablar en serio…
Xavier y Marcos bajaron las escaleras dando las buenas noches a Andrés y subieron al auto en completo silencio. Luego de dejar a Xavier en la puerta de su casa, Marcos volvió a la suya y se dispuso a rasurarse.
Delante del espejo, mientras la espuma reblandecía su barba, le vino a la memoria el recuerdo de remotos domingos como este, previos al regreso a clases, transcurridos en su ciudad natal. Recordó cómo lustraba unos viejos zapatos negros hasta dejarlos brillantes, cómo escogía con esmero la ropa que había de usar el primer día, cómo acariciaba los cuadernos y libros y los disponía en la mochila ordenadamente, fantaseando entre lecturas y música con los pormenores de un día siguiente que siempre resultaba inferior a sus expectativas. Ahora sus preparativos no serían rematados con la llamada de su madre a cenar ni con los rezos en la cama antes de dormir, ni siquiera con el programa de fantasmas y OVNIS que se transmitía por A.M. y que escuchaba clandestinamente en un pequeño radio que metía bajo las sábanas. Ahora no era un estudiante, sino un profesor; es decir, una anomalía, un estudiante de notas sobresalientes que reprobó en lo único que de verdad importaba: en saber vivir fuera de la escuela, en saber vivir dentro del mundo. En cierto sentido, lamentable, seguía siendo un estudiante. El peor.
Por la ventana del salón sólo se ven las luces de Poitiers. La espuma de su barba, casi seca, se desprende en copos. Tiene ya media hora sentado en la silla de respaldo roto que mira hacia al sur.
Hay mentiras que duran toda la vida, murmura entre dientes. No más. Mira la navaja de afeitar. Titubea. La deja sobre la mesa del salón y abre la ventana. Será el estudiante del tercer piso quien le descubra en la banqueta, cuando vuelva de fiesta en la madrugada. Él se echará a dormir y faltará a los dos primeros cursos. Al segundo también faltará su profesor.
–Creo que voy a dejar la universidad en julio, apenas concluyan los cursos. No tengo más fuerzas para soportar a estos niñatos insolentes a los que el español importa menos que el reporte del clima- dijo Xavier, dando pequeños sorbos a su taza de mate. Había rechazado el café. Tenía el aire grave, serio, también algo cansado.
–Espero que esta vez lo hagas de verdad- le siguió Marcos blandiendo el índice como una pequeña espada. –Esta es, quizá, la última oportunidad para que salgas de la mierda docente en que te has metido, quiero creer que por accidente.
–¿Y tú por qué das clases entonces?- intervino Andrés.
–¿Yo?- dijo Marcos apuntándose con el dedo índice –Bueno, pues porque apenas terminé la carrera me di cuenta de que mi naturaleza era teórica, no práctica. ¿Les conté que alguna vez trabajé en una empresa? Claro, ahora parece una broma, pero hubo un tiempo, justo antes de terminar mis estudios, en que intenté prepararme para el trabajo en la empresa, en la industria, incluso para montar mi propio negocio de desarrollo de software.
–Naturaleza teórica, ¡huevón! ¿desde cuándo se le llama así a la falta de talento?- replicó Andrés riéndose. Y siguió: –No, no lo digo por ti, Xavier, que bien sé que te gustan los idiomas.
–Sí, sí me gustan, pero Marcos tiene razón en que la docencia me agarró por accidente, como el último recurso para sobrevivir, luego de comprobar que hay tantos traductores e intérpretes que vivir de eso es imposible. Dar clases puede ser una mierda, pero es algo seguro en el bolsillo.
–¿Seguro?- dijo Marcos frunciendo el ceño –Eso no lo tengo muy claro. Justo antes de las vacaciones liquidaron a dos profesores que de haber permanecido un año más habrían adquirido derecho a una plaza. Yo no tengo aun ese derecho ni estoy seguro de quererlo. Quizá haga como tú y me largue de aquí. Esta gente es muy lista. Como saben que no falta quién quiera dar clases, echan a quien sea en cuanto les resulta oneroso. Lo mejor hubiera sido trabajar en una empresa y hacer un negocio, aunque fuera pequeño. Quizá no sea tarde…
–No es tarde, es tardísimo- volvió a desanimarle Andrés con una sonrisa cínica que le torcía la boca hacia la izquierda –Para eso hace falta, primero, ser una persona normal; es decir, una persona que termina sus estudios y se pone a trabajar, sin andar por las ramas con especializaciones, posgrados y mucho menos clases. Hay que reconocer que una persona que se queda en la escuela el resto de su vida no puede ser normal. Indudablemente es una patología. A mí no me pueden incluir en eso, que yo a los estudiantes sólo les reparto material y les instruyo sobre su uso, todo lo demás corre por cuenta de los profesionales, es decir, de los que no pudiendo ejercer se dedicaron a la vida teórica…- Y estalló en risas.
–Anda, búrlate de nosotros, pero tú también estás en la universidad. Y si ahora se va Xavier mañana me iré yo. Y tú serás, para sorpresa tuya, el que se quede en la escuela para siempre- respondió Marcos con aire triunfal al tiempo que se ponía de pie para despedirse.
–Quizá yo sea el último, Marcos, pero siempre seré el que menos pierda al momento de cambiar. Xavier quiere irse, pero en el fondo está igual que tú…
–Óyeme, ¿cómo que estoy igual que él?- reaccionó Xavier saliendo de su autismo para enseguida preguntar –¿Cómo se supone que está él?
–A mí pueden mentirme si eso los tranquiliza, pero en el fondo saben que no hay sitio para ustedes fuera de las escuelas y universidades.
–No sé de qué hablas, pero eso es absurdo- dijo Marcos alzándose de hombros.
–¡Claro que es absurdo!- chilló Xavier –Somos jóvenes y podemos hacer lo que nos venga en gana.
–Como quieran, a mí me da igual, pero no se mientan y quizá su suerte mejore. Insisto. No hay sitio para ustedes fuera del círculo escolar. No para Xavier porque por mucho francés que sepa su fonética es malísima.- Ya Xavier agachaba la cabeza, resignado. Andrés seguía: –No para ti, Marcos, porque hay mentiras que duran toda la vida y la tuya ha sido creer en tu vocación docente para encubrir tu incompetencia profesional. Debes sentirte bien presumiendo tus anquilosados conocimientos ante auditorios cautivos cuyo desinterés, desde luego, no puedo menos que aprobar.
Conteniendo la ira, disimulando mal el calor que le subía al rostro, Marcos contestó:
–Será mejor que te vayas a dormir, estás diciendo muchas estupideces. ¿Te vas conmigo, Xavier?
–Sí, sí, ya pasa de la medianoche y aun no he planchado la camisa de mañana. ¡Es increíble cómo se arrugan las camisas a pesar de estar colgadas de los ganchos! Una semana de vacaciones y están todas perdidas, ¿a ustedes les pasa lo mismo?
Nadie parecía haberlo escuchado. Andrés dio por terminada aquella reunión en la sala de su departamento:
–Bueno, pues vayan a dormir, ya que hoy, como de costumbre, no tienen muchas ganas de hablar en serio…
Xavier y Marcos bajaron las escaleras dando las buenas noches a Andrés y subieron al auto en completo silencio. Luego de dejar a Xavier en la puerta de su casa, Marcos volvió a la suya y se dispuso a rasurarse.
Delante del espejo, mientras la espuma reblandecía su barba, le vino a la memoria el recuerdo de remotos domingos como este, previos al regreso a clases, transcurridos en su ciudad natal. Recordó cómo lustraba unos viejos zapatos negros hasta dejarlos brillantes, cómo escogía con esmero la ropa que había de usar el primer día, cómo acariciaba los cuadernos y libros y los disponía en la mochila ordenadamente, fantaseando entre lecturas y música con los pormenores de un día siguiente que siempre resultaba inferior a sus expectativas. Ahora sus preparativos no serían rematados con la llamada de su madre a cenar ni con los rezos en la cama antes de dormir, ni siquiera con el programa de fantasmas y OVNIS que se transmitía por A.M. y que escuchaba clandestinamente en un pequeño radio que metía bajo las sábanas. Ahora no era un estudiante, sino un profesor; es decir, una anomalía, un estudiante de notas sobresalientes que reprobó en lo único que de verdad importaba: en saber vivir fuera de la escuela, en saber vivir dentro del mundo. En cierto sentido, lamentable, seguía siendo un estudiante. El peor.
Por la ventana del salón sólo se ven las luces de Poitiers. La espuma de su barba, casi seca, se desprende en copos. Tiene ya media hora sentado en la silla de respaldo roto que mira hacia al sur.
Hay mentiras que duran toda la vida, murmura entre dientes. No más. Mira la navaja de afeitar. Titubea. La deja sobre la mesa del salón y abre la ventana. Será el estudiante del tercer piso quien le descubra en la banqueta, cuando vuelva de fiesta en la madrugada. Él se echará a dormir y faltará a los dos primeros cursos. Al segundo también faltará su profesor.
viernes, febrero 02, 2007
Indoeurop Inc.
A Víctor
Que era un intruso en aquel ambiente lo tenía bastante claro. Sus colegas se lo hacían ver puntualmente en formas que habían ido de lo sutil a lo directo, de lo refinado a lo vulgar, todo en cuestión de meses. Hoy estaba decidido a renunciar y, a pesar de los antecedentes, no quería despedirse en malos términos. Entregó su renuncia por la mañana y ya sus superiores la habían aceptado. A sus colegas no pensaba decirles ni una palabra. Justo al final de la jornada de aquel viernes, algunos coincidieron alrededor de la cafetera.
-Quizá puedas ayudarme con esta traducción- le dijo Béatrice, la francesa. Era una de las frases con que solían abordarlo, planteándole preguntas y proporcionando enseguida largas respuestas que apenas podían disfrazarse de sugerencias y que tenían por objeto humillarlo, hacer escarnio de sus conocimientos no amparados en diploma alguno. -No estoy muy segura de si debo sustituir fade por desmayado o diluido, ¿o debo usar grisáceo?
-Grisáceo no, nota que eso estaría fuera de... - y Béatrice le interrumpía al tiempo que le pasaba el folio a Paul, el inglés, que sin hacerse sentir ya estaba a su izquierda bebiendo una enorme taza de café. Y perorando.
-Fade es una palabra de origen incierto. Hay indicios que apuntan en dirección al sajón, pero yo creo que es una palabra perfectamente latina. ¿Cuál es tu opinión?- le preguntaba educadamente Paul al tiempo que le devolvía la palabra.
-Bueno, en el latín hay tres clases de...
Y ya era inmediatamente interrumpido por Silvio, el italiano de espesa barba que detrás del folio mordía concienzudamente su lápiz forrado de dibujos animados.
-No, por Dios. Increíble que un inglés nacido a pocos kilómetros de Oxford y una francesa con numerosas especialidades en literatura inglesa no sean capaces de reconocer el sentido de una palabra tan simple- decía mientras agitaba la hoja y se pasaba el lápiz húmedo hacia la oreja ajustándose las gafas. Y continuaba:
-Fade y pálido tienen el mismo origen, latino desde luego, pero en este caso el autor de esta basura ha querido usarlo como sinónimo de degenerado...- y él aprovechó la pausa para hacerse oír:
-Pero colegas, noten que...
Sin éxito, pues ya Béatrice elevaba la voz:
-¡Tonterías! ¿Cómo creen que va a ser una palabra latina? Si así fuera nuestro compañero ya lo habría confirmado- le dió unas palmaditas en la espalda; y continuaba- así que no queda más que el sentido sajón clásico: desvanecido, pálido, pónganle el nombre que quieran, pero ciertamente no degenerado...
-Gracias Béatrice, el caso es que...
-No hay conflicto, madame- interrumpía suavemente Paul, a pesar de todo imponiéndose -pues seguro sabes que hay pruebas de contaminaciones bárbaras en el latín primitivo, incluso en el etrusco. ¿Cómo si no pueden explicarse las coincidencias extraordinarias que hay entre idiomas lejanos dentro de la rama indoeuropea?
-Efectivamente- se le adelantó Silvio, quien ya llevaba un cigarro en la boca -ahí tienes la coincidencia de noční můra en checo con nightmare en inglés, ambas pesadillas en primera acepción, ¿no es cierto colega?- le decía mientras se llevaba la caja de cigarros al bolsillo sin ofrecerle uno solo. -Y encima noten que el francés, a medio camino entre el inglés night y el español noche, no tiene más que soir. ¿No es fascinante? La geografía de las lenguas es incomprensible...
-Sí, pero el caso de las lenguas eslavas...
-Oye, si no puedes contestarme está bien- le interrumpió Béatrice. -Que tú y Silvio sean los expertos en lenguas eslavas no hace ninguna diferencia en el caso que nos ocupa. Fade no es una palabra que se salga de la esfera de las lenguas germánicas. Creo que Paul y yo podemos arreglarlo. ¿O cuál era tu especialidad, perdón?- le preguntó con asco manifiesto. Era la décima vez que le respondía lo mismo.
-Lenguas eslavas, en efecto, pero también...
-Oh, Béatrice, no seas injusta. Nuestro colega tiene gran experiencia aunque no sea filólogo- intervino Paul dejándolo sin habla; al menos era a su favor- y gran parte de su vida la ha pasado aquí mismo, en Londres. Eso debe bastar para tener conocimientos lingüísticos de alto nivel, ¿no es cierto?- y le dirigió una mirada risueña directa.
Asintieron, aunque Silvio se ausentó en el humo de su cigarro y Béatrice se tapaba la boca con el folio que había vuelto a sus manos sin pasar por las de él.
Se acercó Edu, el joven programador encargado de realizar las consultas que los académicos solicitaban -a veces verdaderas cacerías- en los corpus de varias academias desparramadas alrededor del mundo: bases de datos inmensas, algunas de ellas mal organizadas, con distintos códigos para representar la enorme variedad de las grafías humanas: acentos, tildes, guiones, rayas, círculos. Todo realizado a través de tres computadoras a las que nunca faltaba quehacer ni juegos de video. Menos mal que Indoeurop Inc sólo manejaba lenguas de alfabeto latino o cirílico y de origen indoeuropeo (ya planeaban incluir el húngaro y el finlandés, pero la reciente experiencia con un islandés los había disuadido). El árabe o el chino, en todo caso, seguirían excluidos.
-¿Otra vez discutiendo sin sustento? Lo que necesitan es preguntar al gran Edu y sus máquinas prodigiosas. A ver, ¿qué palabra quieren que busque?
Y saliendo desde el fondo de su frustración, hallando coraje en los varios meses de desprecio y burlas a los que sus colegas le habían sometido, recordando quizá que ese día renunciaba, dijo:
-No vamos a perder el tiempo con una palabreja como fade. Para eso le pagan a Béatrice. Y si tiene problemas Paul puede give her a hand- dijo sonriendo no tanto del doble sentido cuanto de las risas del programador- Mejor hagamos apuestas sobre cuál es la palabra más corta y con la misma grafía que comparten todas las lenguas que aquí se manejan.
-¿Incluyendo marcas agregadas?- preguntó el joven Edu refiriéndose así a los caracteres fuera del estándar: el tilde de la ñ, el acento circunflejo de bientôt, el háček checo o la diéresis alemana de ühr.
-Vale, sin incluirlos, contestó.
-La palabra es amor, la tienen todas las lenguas romances- dijo Béatrice
-¿Cómo se te ocurre?- exclamó Silvio agitando las manos.- ¿Pero dónde dejas tú a las lenguas eslavas?
-¿Dónde las dejo? Quelle question! En el este, por supuesto, detrás del muro de Berlín de donde nunca debieron haber salido.
-Béatrice, por favor, no digas eso. Nuestro colega, aunque no sea filólogo, ha planteado una pregunta interesante. ¿Conoces la respuesta?- dijo dirigiéndose a él con aire de suficiencia inglesa.
-Naturalmente. Es la palabra clave, el único requisito para trabajar en Indoeurop Inc.
Edu le advirtió:
-Esto va a llevar tiempo, prof. No creo que esté listo antes del lunes.
-No importa, yo puedo esperar. ¿Y ustedes?- dijo dirigiéndose al resto.
-Pues esperaremos. No eres tan eficiente después de todo, jovenzuelo- le dijo Silvio a Edu, afectuosamente.
-Pues hasta el lunes. Que tengan buen fin de semana- dijo Paul despidiéndose de todos y seguido de cerca por Béatrice.
-Au revoir- dijo la francesa apurando el café.
-Pues hasta el lunes- cerró sin reparar en que no habría más lunes para él en Indoeurop Inc.
La máquina A, mejor conocida como Bordel, terminó la búsqueda el domingo por la tarde. La máquina B, mejor conocida como Trauma, terminó la búsqueda en la madrugada del lunes. La máquina C, mejor conocida como Gnomo, se trabó. El lunes por la mañana, Edu descubrió la palabra imbécil en las dos pantallas activas. Sonrió. Y reinició las tres máquinas sin decir nada.
Que era un intruso en aquel ambiente lo tenía bastante claro. Sus colegas se lo hacían ver puntualmente en formas que habían ido de lo sutil a lo directo, de lo refinado a lo vulgar, todo en cuestión de meses. Hoy estaba decidido a renunciar y, a pesar de los antecedentes, no quería despedirse en malos términos. Entregó su renuncia por la mañana y ya sus superiores la habían aceptado. A sus colegas no pensaba decirles ni una palabra. Justo al final de la jornada de aquel viernes, algunos coincidieron alrededor de la cafetera.
-Quizá puedas ayudarme con esta traducción- le dijo Béatrice, la francesa. Era una de las frases con que solían abordarlo, planteándole preguntas y proporcionando enseguida largas respuestas que apenas podían disfrazarse de sugerencias y que tenían por objeto humillarlo, hacer escarnio de sus conocimientos no amparados en diploma alguno. -No estoy muy segura de si debo sustituir fade por desmayado o diluido, ¿o debo usar grisáceo?
-Grisáceo no, nota que eso estaría fuera de... - y Béatrice le interrumpía al tiempo que le pasaba el folio a Paul, el inglés, que sin hacerse sentir ya estaba a su izquierda bebiendo una enorme taza de café. Y perorando.
-Fade es una palabra de origen incierto. Hay indicios que apuntan en dirección al sajón, pero yo creo que es una palabra perfectamente latina. ¿Cuál es tu opinión?- le preguntaba educadamente Paul al tiempo que le devolvía la palabra.
-Bueno, en el latín hay tres clases de...
Y ya era inmediatamente interrumpido por Silvio, el italiano de espesa barba que detrás del folio mordía concienzudamente su lápiz forrado de dibujos animados.
-No, por Dios. Increíble que un inglés nacido a pocos kilómetros de Oxford y una francesa con numerosas especialidades en literatura inglesa no sean capaces de reconocer el sentido de una palabra tan simple- decía mientras agitaba la hoja y se pasaba el lápiz húmedo hacia la oreja ajustándose las gafas. Y continuaba:
-Fade y pálido tienen el mismo origen, latino desde luego, pero en este caso el autor de esta basura ha querido usarlo como sinónimo de degenerado...- y él aprovechó la pausa para hacerse oír:
-Pero colegas, noten que...
Sin éxito, pues ya Béatrice elevaba la voz:
-¡Tonterías! ¿Cómo creen que va a ser una palabra latina? Si así fuera nuestro compañero ya lo habría confirmado- le dió unas palmaditas en la espalda; y continuaba- así que no queda más que el sentido sajón clásico: desvanecido, pálido, pónganle el nombre que quieran, pero ciertamente no degenerado...
-Gracias Béatrice, el caso es que...
-No hay conflicto, madame- interrumpía suavemente Paul, a pesar de todo imponiéndose -pues seguro sabes que hay pruebas de contaminaciones bárbaras en el latín primitivo, incluso en el etrusco. ¿Cómo si no pueden explicarse las coincidencias extraordinarias que hay entre idiomas lejanos dentro de la rama indoeuropea?
-Efectivamente- se le adelantó Silvio, quien ya llevaba un cigarro en la boca -ahí tienes la coincidencia de noční můra en checo con nightmare en inglés, ambas pesadillas en primera acepción, ¿no es cierto colega?- le decía mientras se llevaba la caja de cigarros al bolsillo sin ofrecerle uno solo. -Y encima noten que el francés, a medio camino entre el inglés night y el español noche, no tiene más que soir. ¿No es fascinante? La geografía de las lenguas es incomprensible...
-Sí, pero el caso de las lenguas eslavas...
-Oye, si no puedes contestarme está bien- le interrumpió Béatrice. -Que tú y Silvio sean los expertos en lenguas eslavas no hace ninguna diferencia en el caso que nos ocupa. Fade no es una palabra que se salga de la esfera de las lenguas germánicas. Creo que Paul y yo podemos arreglarlo. ¿O cuál era tu especialidad, perdón?- le preguntó con asco manifiesto. Era la décima vez que le respondía lo mismo.
-Lenguas eslavas, en efecto, pero también...
-Oh, Béatrice, no seas injusta. Nuestro colega tiene gran experiencia aunque no sea filólogo- intervino Paul dejándolo sin habla; al menos era a su favor- y gran parte de su vida la ha pasado aquí mismo, en Londres. Eso debe bastar para tener conocimientos lingüísticos de alto nivel, ¿no es cierto?- y le dirigió una mirada risueña directa.
Asintieron, aunque Silvio se ausentó en el humo de su cigarro y Béatrice se tapaba la boca con el folio que había vuelto a sus manos sin pasar por las de él.
Se acercó Edu, el joven programador encargado de realizar las consultas que los académicos solicitaban -a veces verdaderas cacerías- en los corpus de varias academias desparramadas alrededor del mundo: bases de datos inmensas, algunas de ellas mal organizadas, con distintos códigos para representar la enorme variedad de las grafías humanas: acentos, tildes, guiones, rayas, círculos. Todo realizado a través de tres computadoras a las que nunca faltaba quehacer ni juegos de video. Menos mal que Indoeurop Inc sólo manejaba lenguas de alfabeto latino o cirílico y de origen indoeuropeo (ya planeaban incluir el húngaro y el finlandés, pero la reciente experiencia con un islandés los había disuadido). El árabe o el chino, en todo caso, seguirían excluidos.
-¿Otra vez discutiendo sin sustento? Lo que necesitan es preguntar al gran Edu y sus máquinas prodigiosas. A ver, ¿qué palabra quieren que busque?
Y saliendo desde el fondo de su frustración, hallando coraje en los varios meses de desprecio y burlas a los que sus colegas le habían sometido, recordando quizá que ese día renunciaba, dijo:
-No vamos a perder el tiempo con una palabreja como fade. Para eso le pagan a Béatrice. Y si tiene problemas Paul puede give her a hand- dijo sonriendo no tanto del doble sentido cuanto de las risas del programador- Mejor hagamos apuestas sobre cuál es la palabra más corta y con la misma grafía que comparten todas las lenguas que aquí se manejan.
-¿Incluyendo marcas agregadas?- preguntó el joven Edu refiriéndose así a los caracteres fuera del estándar: el tilde de la ñ, el acento circunflejo de bientôt, el háček checo o la diéresis alemana de ühr.
-Vale, sin incluirlos, contestó.
-La palabra es amor, la tienen todas las lenguas romances- dijo Béatrice
-¿Cómo se te ocurre?- exclamó Silvio agitando las manos.- ¿Pero dónde dejas tú a las lenguas eslavas?
-¿Dónde las dejo? Quelle question! En el este, por supuesto, detrás del muro de Berlín de donde nunca debieron haber salido.
-Béatrice, por favor, no digas eso. Nuestro colega, aunque no sea filólogo, ha planteado una pregunta interesante. ¿Conoces la respuesta?- dijo dirigiéndose a él con aire de suficiencia inglesa.
-Naturalmente. Es la palabra clave, el único requisito para trabajar en Indoeurop Inc.
Edu le advirtió:
-Esto va a llevar tiempo, prof. No creo que esté listo antes del lunes.
-No importa, yo puedo esperar. ¿Y ustedes?- dijo dirigiéndose al resto.
-Pues esperaremos. No eres tan eficiente después de todo, jovenzuelo- le dijo Silvio a Edu, afectuosamente.
-Pues hasta el lunes. Que tengan buen fin de semana- dijo Paul despidiéndose de todos y seguido de cerca por Béatrice.
-Au revoir- dijo la francesa apurando el café.
-Pues hasta el lunes- cerró sin reparar en que no habría más lunes para él en Indoeurop Inc.
La máquina A, mejor conocida como Bordel, terminó la búsqueda el domingo por la tarde. La máquina B, mejor conocida como Trauma, terminó la búsqueda en la madrugada del lunes. La máquina C, mejor conocida como Gnomo, se trabó. El lunes por la mañana, Edu descubrió la palabra imbécil en las dos pantallas activas. Sonrió. Y reinició las tres máquinas sin decir nada.
lunes, enero 08, 2007
Breve inventario

jueves, diciembre 07, 2006
La alarma
A Alejandro y Jesús Arturo
Se encendió la alarma. Es verdad que llevaba días oyendo el mismo sonido dentro de su cabeza: chillón, ululante, más gracioso en principio que preocupante, más digno de rematar un álbum de pop que de levantar a todo el dormitorio de sus camas. En los tres años que llevaba en el kolej nunca lo había escuchado.
No se levantó enseguida, seguro de que la alarma se apagaría sola, ¿quién podía creer en un incendio a estas horas?, ¿cómo se suponía que iba a extenderse si los materiales entre habitación y habitación eran de concreto sólido, inexpugnable? Con los ojos abiertos escuchó los primeros pasos en el pasillo, las puertas que se abrían y cerraban, los diálogos en checo, en árabe, en ruso, aunque fue el tropezón seguro de algún desesperado -¿o era mujer?- lo que le hizo ponerse de pie, sin prisas, sólo como quien se resigna a prestarle atención a lo que sabe de antemano que no la merece.
Sentado sobre su cama buscó las sandalias, unas bačkory que le había regalado su hace meses desaparecido compañero de cuarto, Radek. Nadie vivía con él desde entonces y, en el fondo, lo
agradecía, por más que fingiera padecer la soledad, especialmente frente a aquellas con quienes le apetecía acostarse. Por alguna razón buscó también el reloj y se lo puso en la muñeca. Abrió la
puerta y salió al pasillo.
En él no había nadie, aunque entrevió una pierna escapándose por uno de los extremos. Llevaba pijama de rayas. No vio humo, no vio fuego, no vio a nadie más y a punto estaba de volver a su habitación, cuando apareció corriendo desde el extremo opuesto el Peruano.
-Debes salir, es una emergencia- le dijo.
-¿Pero qué pasa?- contestó en tono neutro, casi como quien hace una afirmación sin mucho convencimiento, sin afirmar nada.
-No lo sé, pero todo el piso está desocupado. Vámonos.
-Peruano, no me vengas con sandeces, esto es una tontería y yo tengo mañana...- pero no le dejó terminar. El Peruano solía ser nervioso, así que no le extrañó que elevara el tono.
-Te digo que nos vayamos, hombre, ¿qué no ves que puede ser algo grave?
-Que te vaya bien, Peruano- le contestó dándose la media vuelta.
Apenas había cerrado volvió a escuchar pasos. "Este Peruano siempre tan alarmista: que si se retrasa con la renta, lo van a expulsar del país; que si una de las chicas lo acusa, se lo lleva la policía, que si el incendio..." Creía que aquel se había ido cuando lo interrumpieron unos golpes frenéticos en la puerta.
-Hombre, pero qué lata das, Peruano- dijo mientras volvía a correr el pestillo. En el marco no estaba el Peruano, sino Radek, con los ojos encendidos y ya empujándole para que lo dejara pasar.
-Nazdar- dijo rápidamente en checo mientras seguía adelante con más explicaciones en aquel idioma que no tenía más remedio que comprender. -Nadie me vio, ty vole, cierra la puerta,
ciérrala.- Debería haberse alarmado, pero en cambio sonrió levemente al recordar que también en México se decía "buey" a los amigos cercanos, aunque la palabra -muy sólida para los oídos modernos- hubiera degenerado en güey. "Esta época no para de palabras gordas" alcanzó a decirse, todavía sonriendo.
Radek lo tomó del brazo y lo sentó en la cama, al tiempo que él hacía lo mismo. -Escúchame, ya no puedo confiar en nadie, necesito que me hagas un último favor.
-¿De modo que has sido tú?, ¿entonces es verdad que...?
-Sí, sí, le prendí fuego a la habitación de tú sabes quién. ¿Qué querías que hiciera? Se lo advertí, y él llevaba ya meses tan tranquilo. Ten parchant!- exclamó finalmente en esa intraducible forma de decir hijo de puta, miserable, quizá culero.
-No sé qué vas a pedirme, pero prefiero que ahí quede el asunto y yo haré de cuenta que nunca te vi. Si se llegan a enterar...- pero no lo dejó terminar. Esta noche nadie le permitía completar sus enunciados, ¿o era el sueño? Quizá sólo estaba en medio de una pesadilla y pronto se levantaría ligeramente agitado. Tomaría agua, comprobaría de nuevo que la cama de Radek estaba vacía. Se felicitaría por haber empujado al que ya sabía quién a traicionar a su mejor amigo, a quedarse con su vida. Se lo tenía merecido, ¿no es verdad? Sólo los imbéciles tienen su
vida concentrada en algo. O en alguien.
-Es muy simple. Escucha. Quiero que le digas a Renata que la explicación la encontrará en mi casillero. Aquí está la llave. Es muy importante que se lo digas. Y mejor que no sepas nada.- Apenas había terminado, la prisa le entró por todos los poros. Con un súbito calor en la boca del estómago le dijo:
-No me pidas tonterías, somos amigos, no cómplices, ¿por qué no se la haces llegar por cualquier otro medio?- y todavía le dio tiempo a pensar "A los locos siempre les da por las vías más largas. Qué enfermedad." -De ninguna manera -contestó el otro con prisa- Debes dársela tú mismo, ella te tiene confianza, sabrá que no has tenido nada qué ver, si eso es lo que te preocupa. Y del incendio tampoco te preocupes, puedes quedarte aquí mismo. He cuidado bien de que no se extienda. Y ya me voy.
Radek se puso de pie y abrió la ventana. -¿Qué haces, imbécil?- le dijo en cuanto lo vio acercarse al marco que recortaba un cielo enrojecido.
-Saltaré.
-No sobrevivirás. Vámonos ahora por el pasillo. Yo veré si está desocupado y nadie te verá. Bajas por las escaleras de atrás. Vámonos.
-Va. ¿No tienes cigarros?- Le desconcertó la pregunta, pero no tuvo más remedio que sacarlos y encender uno para él. Salieron al pasillo.
-Espera, la llave no te la he dado.- Se la pasó tan rápidamente que cayó al suelo. Se agachó a recogerla y entonces vio el extremo del pasillo iluminado. "Ya no se puede pasar por allá" pensó con escalofrío. Y al levantarse se dio cuenta de que Radek había desaparecido.
La puerta del otro extremo sigue bamboleándose con el mango ardiendo. Queda la ventana.
Se encendió la alarma. Es verdad que llevaba días oyendo el mismo sonido dentro de su cabeza: chillón, ululante, más gracioso en principio que preocupante, más digno de rematar un álbum de pop que de levantar a todo el dormitorio de sus camas. En los tres años que llevaba en el kolej nunca lo había escuchado.
No se levantó enseguida, seguro de que la alarma se apagaría sola, ¿quién podía creer en un incendio a estas horas?, ¿cómo se suponía que iba a extenderse si los materiales entre habitación y habitación eran de concreto sólido, inexpugnable? Con los ojos abiertos escuchó los primeros pasos en el pasillo, las puertas que se abrían y cerraban, los diálogos en checo, en árabe, en ruso, aunque fue el tropezón seguro de algún desesperado -¿o era mujer?- lo que le hizo ponerse de pie, sin prisas, sólo como quien se resigna a prestarle atención a lo que sabe de antemano que no la merece.
Sentado sobre su cama buscó las sandalias, unas bačkory que le había regalado su hace meses desaparecido compañero de cuarto, Radek. Nadie vivía con él desde entonces y, en el fondo, lo
agradecía, por más que fingiera padecer la soledad, especialmente frente a aquellas con quienes le apetecía acostarse. Por alguna razón buscó también el reloj y se lo puso en la muñeca. Abrió la
puerta y salió al pasillo.
En él no había nadie, aunque entrevió una pierna escapándose por uno de los extremos. Llevaba pijama de rayas. No vio humo, no vio fuego, no vio a nadie más y a punto estaba de volver a su habitación, cuando apareció corriendo desde el extremo opuesto el Peruano.
-Debes salir, es una emergencia- le dijo.
-¿Pero qué pasa?- contestó en tono neutro, casi como quien hace una afirmación sin mucho convencimiento, sin afirmar nada.
-No lo sé, pero todo el piso está desocupado. Vámonos.
-Peruano, no me vengas con sandeces, esto es una tontería y yo tengo mañana...- pero no le dejó terminar. El Peruano solía ser nervioso, así que no le extrañó que elevara el tono.
-Te digo que nos vayamos, hombre, ¿qué no ves que puede ser algo grave?
-Que te vaya bien, Peruano- le contestó dándose la media vuelta.
Apenas había cerrado volvió a escuchar pasos. "Este Peruano siempre tan alarmista: que si se retrasa con la renta, lo van a expulsar del país; que si una de las chicas lo acusa, se lo lleva la policía, que si el incendio..." Creía que aquel se había ido cuando lo interrumpieron unos golpes frenéticos en la puerta.
-Hombre, pero qué lata das, Peruano- dijo mientras volvía a correr el pestillo. En el marco no estaba el Peruano, sino Radek, con los ojos encendidos y ya empujándole para que lo dejara pasar.
-Nazdar- dijo rápidamente en checo mientras seguía adelante con más explicaciones en aquel idioma que no tenía más remedio que comprender. -Nadie me vio, ty vole, cierra la puerta,
ciérrala.- Debería haberse alarmado, pero en cambio sonrió levemente al recordar que también en México se decía "buey" a los amigos cercanos, aunque la palabra -muy sólida para los oídos modernos- hubiera degenerado en güey. "Esta época no para de palabras gordas" alcanzó a decirse, todavía sonriendo.
Radek lo tomó del brazo y lo sentó en la cama, al tiempo que él hacía lo mismo. -Escúchame, ya no puedo confiar en nadie, necesito que me hagas un último favor.
-¿De modo que has sido tú?, ¿entonces es verdad que...?
-Sí, sí, le prendí fuego a la habitación de tú sabes quién. ¿Qué querías que hiciera? Se lo advertí, y él llevaba ya meses tan tranquilo. Ten parchant!- exclamó finalmente en esa intraducible forma de decir hijo de puta, miserable, quizá culero.
-No sé qué vas a pedirme, pero prefiero que ahí quede el asunto y yo haré de cuenta que nunca te vi. Si se llegan a enterar...- pero no lo dejó terminar. Esta noche nadie le permitía completar sus enunciados, ¿o era el sueño? Quizá sólo estaba en medio de una pesadilla y pronto se levantaría ligeramente agitado. Tomaría agua, comprobaría de nuevo que la cama de Radek estaba vacía. Se felicitaría por haber empujado al que ya sabía quién a traicionar a su mejor amigo, a quedarse con su vida. Se lo tenía merecido, ¿no es verdad? Sólo los imbéciles tienen su
vida concentrada en algo. O en alguien.
-Es muy simple. Escucha. Quiero que le digas a Renata que la explicación la encontrará en mi casillero. Aquí está la llave. Es muy importante que se lo digas. Y mejor que no sepas nada.- Apenas había terminado, la prisa le entró por todos los poros. Con un súbito calor en la boca del estómago le dijo:
-No me pidas tonterías, somos amigos, no cómplices, ¿por qué no se la haces llegar por cualquier otro medio?- y todavía le dio tiempo a pensar "A los locos siempre les da por las vías más largas. Qué enfermedad." -De ninguna manera -contestó el otro con prisa- Debes dársela tú mismo, ella te tiene confianza, sabrá que no has tenido nada qué ver, si eso es lo que te preocupa. Y del incendio tampoco te preocupes, puedes quedarte aquí mismo. He cuidado bien de que no se extienda. Y ya me voy.
Radek se puso de pie y abrió la ventana. -¿Qué haces, imbécil?- le dijo en cuanto lo vio acercarse al marco que recortaba un cielo enrojecido.
-Saltaré.
-No sobrevivirás. Vámonos ahora por el pasillo. Yo veré si está desocupado y nadie te verá. Bajas por las escaleras de atrás. Vámonos.
-Va. ¿No tienes cigarros?- Le desconcertó la pregunta, pero no tuvo más remedio que sacarlos y encender uno para él. Salieron al pasillo.
-Espera, la llave no te la he dado.- Se la pasó tan rápidamente que cayó al suelo. Se agachó a recogerla y entonces vio el extremo del pasillo iluminado. "Ya no se puede pasar por allá" pensó con escalofrío. Y al levantarse se dio cuenta de que Radek había desaparecido.
La puerta del otro extremo sigue bamboleándose con el mango ardiendo. Queda la ventana.
martes, diciembre 05, 2006
De lo que dejo atrás
Escribo nuevamente en este espacio, luego de semanas en que mis ocupaciones y una fiebre emocional sobre la que no abundaré me apartaron de la arena pública y me fueron llevando más y más a la privada. Estoy nuevamente fuera de México, lejos de mi pareja, lejos de mi escasa familia, de mis contados amigos (aunque más cerca de otros, de este lado del océano, aunque no precisamente en este poblado francés donde nadie me conoce), lejos -para bien o para mal- de lo familiar (aunque Europa ya no es tan ajena para mí); quizá con más tiempo para reflexiones siempre prescindibles. De lo que dejé atrás recuerdo con especial afecto la noche en que leí los poemas -todos extemporáneos- que a continuación agrego. À bientôt!
MANO VACÍA
2 de junio de 2001
Para A.D.R.
Sobre mi mano
la brevedad del instante
de tu cuerpo,
huele todavía, hiere
la dulce espada de la anunciación,
que otra vez partiera mi vida,
que otra vez me atravesara
el alma envilecida;
aún la media luz,
penumbra del génesis, parto efímero,
entibia mi respiración, roba
la claridad de mi lógica ciega,
¡ay, flor pasajera!
dulce deshojar en las miradas,
angustia primigenia,
cuánto crimen hay
en retener la ilusión peregrina, el iris
de un ojo clarísimo, el intenso
rojo con que amanecen dos bocas
que se juntan
incapaces de fundirse.
Sobre mi mano
la brevedad de tu alma
inocente,
aún desgarra mis ropas, es vergüenza
de saberme el mar
que toca las dos orillas, que baña
las costas feraces lo mismo
que desiertos; la pena
que extiende su manto de nostalgia
sobre cada transpiración
limpia y ridícula,
¡ay! futuro ignoto
tus pasos, ¿quién
se asoma a tus sábanas limpias?
¿quién cabalga
las que fueron mis cortas rutas
de la carne al sentimiento?
Aire perverso
en el horizonte y mis brazos,
resumen de impotencia, carne al fin,
despiden tu destino.
Sobre mi mano
la brevedad del recuerdo
futuro,
ya apaga sus luces tibias,
ya corre el telón
de nuestra escena; no hubo
lugar propio donde ir a llorar
fantasmas predilectos, no hubo
mesa de conversación ni recipiente
capaz de guardar los símbolos
del cruce, ¡ay,
soledad del fetiche!
eco morfológico, huella cerebral,
un viento arrastra el vapor de mayo,
nubes desesperadas se derraman
sobre cristales ateridos,
sobre tierras aliviadas,
y mi llanto enturbia
el fin de la primavera
pronunciando tu nombre
incomprensible.
Sobre mi mano
el vacío.
BLUE
23 de mayo de 1997
Esencia,
loca quimera, ayer tenías aspecto
de mañana recién abierta, mojada
espalda del jardín, cuatro luces pacíficas
por los puntos cardinales
y eras agua
y eras río
y el océano al mediodía
donde se evapora el sol.
Y hoy, esencia,
loca quimera, estás guardada
en la glorieta de los pinos, en el sueño
de las vacas, duermes
o te levantas cansada de ciudades
y concretos simétricos, triste
miras la muerte en las pezuñas
de los toros y en el ave
que canta en la rama del pretérito.
Esencia,
loca quimera, un mundo de acero
te encarcela en cálculos, ayer
un burro hablaba contigo y las hormigas
concentraban tu espíritu, sólo un poco
de naturaleza queda hoy, ¿has visto?
árboles mudos, rocas
y negrura inmaculada:
la piedra lisa del espacio vacío.
Te has puesto queda,
aguardando, esencia,
loca quimera, te acaricio todavía
como a una flor deshojada
por los años incisivos, y gimes
primaveras remotas, gotas
de un agua bendita irrespirable,
vengo a besarte
por si el amanecer llegara de improviso.
Esencia,
loca quimera, ¿dónde estaba
este hueso real, la aguja-perro
que hoy vuelve turbios los atardeceres?
Ayer no había reptil
que se arrastrara por la tierra, ni barco
para surcar la ciencia, vivía
un claro de las nubes
blancas inocentes de tu cielo azul.
Y vienen por mí los ángeles
del fin, anuncios
de tu distancia nocturna, esencia,
loca quimera,
me abrazo joven a tus venas eternas,
respiro vivo el azul de tu virtud,
y no alcanzamos
a caber en esta cuna, en el valle
de una paz que ya es presentimiento.
Esencia,
loca quimera, el fuego
de una razón incendia tu hogar, apenas
hace poco te miré en la ventana
abrir las cortinas y sonreír despacio,
cenizas, polvo negro,
te perdiste en el incendio y aún te escucho
llamarme por mi nombre en madrugada,
voz de angustia desde las estrellas.
Y entre mi piel reseca, esencia,
loca quimera, un mayo-sol
de guerra permanente me sofoca, la luna
se afila en sus orillas hecha ostia
de una marcha decadente, ven por mí,
ven de nuevo a restaurarme
el imperio de mis manos, el candor
de mi contemplación, de noche
me cubro con tu sombra de la luna moderna.
Esencia,
loca quimera, hoy parto el pan
para la última cena, hablo contigo
como al fantasma nocturno cantan
lumínicos grillos, levántate
de tu tumba imaginaria, vuela a mí
con cuatro luces pacíficas, con agua
desciende sobre mi alma y bésala luego,
que mayo quema y yo... sigo vivo.
LA DULCE CULPA
19 de marzo de 2002
Enorme ropero de la culpa
mi cabeza
repta miserable recordando el paso erguido
y quiebra el tallo recordando el agua
que no sube más
a las flores.
Antier era domingo
de accidental continencia, tú
con los mismos ojos de mar en calma,
con las mismas manos de hacendosa herida,
con la neurona sentada
y el espíritu, íntegro fósil,
vomitando lealtad.
Tú
como siempre que amanece desde hace cientos
de días.
Ayer era lunes
de infortunada actividad, la muy reciente
domesticación de la esperanza
repetía,
del ciclo de la estúpida calma
abrevaba,
para saciar la muerte que no cesa
y sonreír satisfecho
envilecido,
al caer el día junto a ti
caído.
Franco y ciego
me incorporo a la corriente sin resistencia,
alerta el ojo del alma y petrificado
todo músculo, todo motor,
toda voluntad capaz de masticar tu rosa
y exprimir tu vena,
¿qué es amarte,
sino unir mi sueño al tuyo por la noche?
Mi sueño
no es tu sueño.
Alerta.
Amanece hoy
más o menos con la misma polución,
la misma perversión eréctil de las siete,
el mismo guión del agua caliente
y el rastrillo,
ni más viejo
ni siquiera más inteligente.
Ya me voy.
Ya volví.
Ya te vas y no encuentro el minuto
para el deseo.
Ninguna pupila se detiene en tus nalgas,
pero alcanzo a sonreír
insatisfecho.
Enorme mesita de disección
mi cabeza
que llegada la tarde se masturba
incontinente, atardece
en la ciudad y doy vueltas al demonio
de mi culpa:
flanco izquierdo,
flanco derecho,
por arriba y por abajo y no le encuentro lado amable.
La evasión tiene sitio,
sin embargo:
las neuronas burladas por la hormona,
las reservas agotadas por la dualidad,
todo tiene lugar y me pregunto
si la lealtad
no está rota.
¿Y el amor?
Mi día vuelve a empezar.
Estás ahí
de nuevo.
RETORNO VACÍO
30 de julio de 1996
Fango, ciudad desde este
minibús,
ignorar el rostro es difícil, involuntario
mirar las imágenes que se estrellan
en cada ojo,
la izquierda y la derecha, hirientes
monotonías de grises,
sangres recientemente coaguladas,
desde este asiento plástico los concretos fracturados
con cientos de personas en la calle,
gala de mi entorno,
purulento, hipócrita,
luz hecha de sombra ruín,
¿dónde poner la silla?
¿dónde sentarse cuando la pendiente arrastra?
me duermo cansado soñando
por Circunvalación, repaso sin duda
mis paisajes de realidad imaginaria,
las urgencias, los pendientes y los miedos,
despierto en la Calzada,
fango en el sabor del aire,
no he hecho nada a pesar del viaje,
no hay nada verdaderamente dulce
en lo vasto de kilómetros,
me da frío a la mitad del verano, reconozco
que siempre he estado igual, he sido
el mismo,
es sólo que he estado más lejos o más cerca,
es sólo una actitud por ropa
del esqueleto que me forma;
el humo por las ventanas me recuerda
que el mal aire se respira tan fácil
como se va,
¡todo el mundo es tan sutil!
desde la glorieta del Obrero recuerdo
mis amigos que se llevó el peso
de la miseria a los jardines industriales de El Salto...
fango, ciudad desde este
minibús,
mi casa inútil, vacía,
soledad entera y circulada.
MANO VACÍA
2 de junio de 2001
Para A.D.R.
Sobre mi mano
la brevedad del instante
de tu cuerpo,
huele todavía, hiere
la dulce espada de la anunciación,
que otra vez partiera mi vida,
que otra vez me atravesara
el alma envilecida;
aún la media luz,
penumbra del génesis, parto efímero,
entibia mi respiración, roba
la claridad de mi lógica ciega,
¡ay, flor pasajera!
dulce deshojar en las miradas,
angustia primigenia,
cuánto crimen hay
en retener la ilusión peregrina, el iris
de un ojo clarísimo, el intenso
rojo con que amanecen dos bocas
que se juntan
incapaces de fundirse.
Sobre mi mano
la brevedad de tu alma
inocente,
aún desgarra mis ropas, es vergüenza
de saberme el mar
que toca las dos orillas, que baña
las costas feraces lo mismo
que desiertos; la pena
que extiende su manto de nostalgia
sobre cada transpiración
limpia y ridícula,
¡ay! futuro ignoto
tus pasos, ¿quién
se asoma a tus sábanas limpias?
¿quién cabalga
las que fueron mis cortas rutas
de la carne al sentimiento?
Aire perverso
en el horizonte y mis brazos,
resumen de impotencia, carne al fin,
despiden tu destino.
Sobre mi mano
la brevedad del recuerdo
futuro,
ya apaga sus luces tibias,
ya corre el telón
de nuestra escena; no hubo
lugar propio donde ir a llorar
fantasmas predilectos, no hubo
mesa de conversación ni recipiente
capaz de guardar los símbolos
del cruce, ¡ay,
soledad del fetiche!
eco morfológico, huella cerebral,
un viento arrastra el vapor de mayo,
nubes desesperadas se derraman
sobre cristales ateridos,
sobre tierras aliviadas,
y mi llanto enturbia
el fin de la primavera
pronunciando tu nombre
incomprensible.
Sobre mi mano
el vacío.
BLUE
23 de mayo de 1997
Esencia,
loca quimera, ayer tenías aspecto
de mañana recién abierta, mojada
espalda del jardín, cuatro luces pacíficas
por los puntos cardinales
y eras agua
y eras río
y el océano al mediodía
donde se evapora el sol.
Y hoy, esencia,
loca quimera, estás guardada
en la glorieta de los pinos, en el sueño
de las vacas, duermes
o te levantas cansada de ciudades
y concretos simétricos, triste
miras la muerte en las pezuñas
de los toros y en el ave
que canta en la rama del pretérito.
Esencia,
loca quimera, un mundo de acero
te encarcela en cálculos, ayer
un burro hablaba contigo y las hormigas
concentraban tu espíritu, sólo un poco
de naturaleza queda hoy, ¿has visto?
árboles mudos, rocas
y negrura inmaculada:
la piedra lisa del espacio vacío.
Te has puesto queda,
aguardando, esencia,
loca quimera, te acaricio todavía
como a una flor deshojada
por los años incisivos, y gimes
primaveras remotas, gotas
de un agua bendita irrespirable,
vengo a besarte
por si el amanecer llegara de improviso.
Esencia,
loca quimera, ¿dónde estaba
este hueso real, la aguja-perro
que hoy vuelve turbios los atardeceres?
Ayer no había reptil
que se arrastrara por la tierra, ni barco
para surcar la ciencia, vivía
un claro de las nubes
blancas inocentes de tu cielo azul.
Y vienen por mí los ángeles
del fin, anuncios
de tu distancia nocturna, esencia,
loca quimera,
me abrazo joven a tus venas eternas,
respiro vivo el azul de tu virtud,
y no alcanzamos
a caber en esta cuna, en el valle
de una paz que ya es presentimiento.
Esencia,
loca quimera, el fuego
de una razón incendia tu hogar, apenas
hace poco te miré en la ventana
abrir las cortinas y sonreír despacio,
cenizas, polvo negro,
te perdiste en el incendio y aún te escucho
llamarme por mi nombre en madrugada,
voz de angustia desde las estrellas.
Y entre mi piel reseca, esencia,
loca quimera, un mayo-sol
de guerra permanente me sofoca, la luna
se afila en sus orillas hecha ostia
de una marcha decadente, ven por mí,
ven de nuevo a restaurarme
el imperio de mis manos, el candor
de mi contemplación, de noche
me cubro con tu sombra de la luna moderna.
Esencia,
loca quimera, hoy parto el pan
para la última cena, hablo contigo
como al fantasma nocturno cantan
lumínicos grillos, levántate
de tu tumba imaginaria, vuela a mí
con cuatro luces pacíficas, con agua
desciende sobre mi alma y bésala luego,
que mayo quema y yo... sigo vivo.
LA DULCE CULPA
19 de marzo de 2002
Enorme ropero de la culpa
mi cabeza
repta miserable recordando el paso erguido
y quiebra el tallo recordando el agua
que no sube más
a las flores.
Antier era domingo
de accidental continencia, tú
con los mismos ojos de mar en calma,
con las mismas manos de hacendosa herida,
con la neurona sentada
y el espíritu, íntegro fósil,
vomitando lealtad.
Tú
como siempre que amanece desde hace cientos
de días.
Ayer era lunes
de infortunada actividad, la muy reciente
domesticación de la esperanza
repetía,
del ciclo de la estúpida calma
abrevaba,
para saciar la muerte que no cesa
y sonreír satisfecho
envilecido,
al caer el día junto a ti
caído.
Franco y ciego
me incorporo a la corriente sin resistencia,
alerta el ojo del alma y petrificado
todo músculo, todo motor,
toda voluntad capaz de masticar tu rosa
y exprimir tu vena,
¿qué es amarte,
sino unir mi sueño al tuyo por la noche?
Mi sueño
no es tu sueño.
Alerta.
Amanece hoy
más o menos con la misma polución,
la misma perversión eréctil de las siete,
el mismo guión del agua caliente
y el rastrillo,
ni más viejo
ni siquiera más inteligente.
Ya me voy.
Ya volví.
Ya te vas y no encuentro el minuto
para el deseo.
Ninguna pupila se detiene en tus nalgas,
pero alcanzo a sonreír
insatisfecho.
Enorme mesita de disección
mi cabeza
que llegada la tarde se masturba
incontinente, atardece
en la ciudad y doy vueltas al demonio
de mi culpa:
flanco izquierdo,
flanco derecho,
por arriba y por abajo y no le encuentro lado amable.
La evasión tiene sitio,
sin embargo:
las neuronas burladas por la hormona,
las reservas agotadas por la dualidad,
todo tiene lugar y me pregunto
si la lealtad
no está rota.
¿Y el amor?
Mi día vuelve a empezar.
Estás ahí
de nuevo.
RETORNO VACÍO
30 de julio de 1996
Fango, ciudad desde este
minibús,
ignorar el rostro es difícil, involuntario
mirar las imágenes que se estrellan
en cada ojo,
la izquierda y la derecha, hirientes
monotonías de grises,
sangres recientemente coaguladas,
desde este asiento plástico los concretos fracturados
con cientos de personas en la calle,
gala de mi entorno,
purulento, hipócrita,
luz hecha de sombra ruín,
¿dónde poner la silla?
¿dónde sentarse cuando la pendiente arrastra?
me duermo cansado soñando
por Circunvalación, repaso sin duda
mis paisajes de realidad imaginaria,
las urgencias, los pendientes y los miedos,
despierto en la Calzada,
fango en el sabor del aire,
no he hecho nada a pesar del viaje,
no hay nada verdaderamente dulce
en lo vasto de kilómetros,
me da frío a la mitad del verano, reconozco
que siempre he estado igual, he sido
el mismo,
es sólo que he estado más lejos o más cerca,
es sólo una actitud por ropa
del esqueleto que me forma;
el humo por las ventanas me recuerda
que el mal aire se respira tan fácil
como se va,
¡todo el mundo es tan sutil!
desde la glorieta del Obrero recuerdo
mis amigos que se llevó el peso
de la miseria a los jardines industriales de El Salto...
fango, ciudad desde este
minibús,
mi casa inútil, vacía,
soledad entera y circulada.
lunes, octubre 23, 2006
Juventud
Asistí hace poco a una reunión con colegas de la universidad, invitado por uno de ellos que celebraba su cumpleaños número treinta y seis. Aunque en fiestas y reuniones procuro mantener el espíritu lúdico y no tomar demasiado en serio lo ahí ventilado, resulta imposible no darse cuenta de algunas constantes, más desagradables por cuanto uno mismo podría poseerlas al estar reunido, después de todo, con ese tipo de gente.
Mayores de treinta años y casados, muchos con hijos pequeños, en plena carrera por conseguir la mayor cantidad de dinero instalados en trabajos que ya no variarán y que ya no parecen entusiasmarles, la mayoría de mis colegas daba muestras de una amalgama muy mexicana: frustración, machismo, alcoholismo lagrimoso y sentimentalismo salvaje; el compadrazgo súbito por una canción compartida y la violenta reacción por una susceptibilidad alcoholizada; la confesión espontánea que no te hace su amigo ni confidente, sino sólo un pañuelo desechable, receptáculo de desahogos; el ofrecimiento de todo este espectáculo como prueba de camaradería y humanidad, como ejemplo de lo duro que es vivir y del costo de adquirir experiencia; el alivio de sufrir menos si los demás también sufren, como para confirmarse que todos fracasarán porque uno mismo fracasó. Y llamarle a todo esto, lección de vida.
Insisto en que suelo divertirme en estas fiestas, aunque sólo sea porque no asumo ni quiero la amistad de ninguno de mis compañeros -tampoco su animadversión- y así me permito reír y no tomar en serio sus desvaríos. Pero mi convivencia cotidiana con estudiantes diez o doce años más jóvenes que mis colegas hacen preguntarme muy a menudo qué ocurrió en esos años que nos separan para que muchos de mis colegas llegaran al patetismo actual en que están inmersos, a dónde fue a parar el entusiasmo de los más jóvenes, su tal vez ingenua confianza en sus propios medios para conseguir un modo de vida que se correspondiera con sus gustos y aspiraciones, qué ocurrió para que ya no les quedara arrojo alguno que los apartara de la mediocridad profesional o existencial en que ellos mismos se reconocen, cómo unieron sus vidas a las de mujeres que detestan o no quieren, cómo se hicieron de hijos que no deseaban.
Lamento advertir en muchos de mis estudiantes los signos de ese futuro empobrecimiento, los gérmenes de una vida que transcurrirá en el anverso de la sabiduría, la paz o la felicidad. Y apunto como posibles causas, todas caras de un mismo problema, su soberbia, su incapacidad para encajar reveses, su inseguridad cuyo mal disimulo es ya un síntoma de querer vivir en la ficción suicida a la que están entregados sin remedio muchos de mis colegas. Empiezan como egoístas infantiles que creen merecerlo todo, viven sin comedimiento, y al no obtener lo que no supieron ganarle a la vida, vuelven su frustración contra los que tienen cerca, sean hijos o parejas, amigos o estudiantes, mala manera de prolongar el entuerto transmitiendo sus incapacidades a los más jóvenes.
Es verdad que el tiempo deja en su criba muchas ingenuidades. Pero a la juventud debiera sobrevivirle la libertad de cambiar de vida. La pusilanimidad está en lo contrario: en renunciar a esa libertad y aceptar el fingimiento de estar bien mientras los colegas nos reparten palmaditas de resignación en la espalda. Eso no es madurez, sino frustración; no es estabilidad, sino muerte en vida.
Mayores de treinta años y casados, muchos con hijos pequeños, en plena carrera por conseguir la mayor cantidad de dinero instalados en trabajos que ya no variarán y que ya no parecen entusiasmarles, la mayoría de mis colegas daba muestras de una amalgama muy mexicana: frustración, machismo, alcoholismo lagrimoso y sentimentalismo salvaje; el compadrazgo súbito por una canción compartida y la violenta reacción por una susceptibilidad alcoholizada; la confesión espontánea que no te hace su amigo ni confidente, sino sólo un pañuelo desechable, receptáculo de desahogos; el ofrecimiento de todo este espectáculo como prueba de camaradería y humanidad, como ejemplo de lo duro que es vivir y del costo de adquirir experiencia; el alivio de sufrir menos si los demás también sufren, como para confirmarse que todos fracasarán porque uno mismo fracasó. Y llamarle a todo esto, lección de vida.
Insisto en que suelo divertirme en estas fiestas, aunque sólo sea porque no asumo ni quiero la amistad de ninguno de mis compañeros -tampoco su animadversión- y así me permito reír y no tomar en serio sus desvaríos. Pero mi convivencia cotidiana con estudiantes diez o doce años más jóvenes que mis colegas hacen preguntarme muy a menudo qué ocurrió en esos años que nos separan para que muchos de mis colegas llegaran al patetismo actual en que están inmersos, a dónde fue a parar el entusiasmo de los más jóvenes, su tal vez ingenua confianza en sus propios medios para conseguir un modo de vida que se correspondiera con sus gustos y aspiraciones, qué ocurrió para que ya no les quedara arrojo alguno que los apartara de la mediocridad profesional o existencial en que ellos mismos se reconocen, cómo unieron sus vidas a las de mujeres que detestan o no quieren, cómo se hicieron de hijos que no deseaban.
Lamento advertir en muchos de mis estudiantes los signos de ese futuro empobrecimiento, los gérmenes de una vida que transcurrirá en el anverso de la sabiduría, la paz o la felicidad. Y apunto como posibles causas, todas caras de un mismo problema, su soberbia, su incapacidad para encajar reveses, su inseguridad cuyo mal disimulo es ya un síntoma de querer vivir en la ficción suicida a la que están entregados sin remedio muchos de mis colegas. Empiezan como egoístas infantiles que creen merecerlo todo, viven sin comedimiento, y al no obtener lo que no supieron ganarle a la vida, vuelven su frustración contra los que tienen cerca, sean hijos o parejas, amigos o estudiantes, mala manera de prolongar el entuerto transmitiendo sus incapacidades a los más jóvenes.
Es verdad que el tiempo deja en su criba muchas ingenuidades. Pero a la juventud debiera sobrevivirle la libertad de cambiar de vida. La pusilanimidad está en lo contrario: en renunciar a esa libertad y aceptar el fingimiento de estar bien mientras los colegas nos reparten palmaditas de resignación en la espalda. Eso no es madurez, sino frustración; no es estabilidad, sino muerte en vida.
jueves, octubre 05, 2006
Niños explotados e hipocresía
Sin apenas poner atención, sin siquiera perseguirlas o invocarlas, este mundo ofrece una variedad inagotable de contradicciones, entuertos, enjuagues, tergiversaciones y sinsentidos, río revuelto que ha permitido a los más cínicos declarar la corrupción de todo en todos los niveles (quizá para mejor distribuir la culpa) y a los más ingenuos declararse alienados para efectos prácticos (quizá para que se les excluya de su participación). Un botón de muestra bastará como ilustración de lo que digo, un botón que llegó hasta mi escritorio en la forma de una gaceta periódica universitaria que no se distingue precisamente por su brillantez.
En la portada se anunciaba a página completa el artículo "Niños explotados", donde la autora -universitaria, naturalmente- entrevistaba a varios especialistas -también universitarios- que hablaban del trabajo infantil en México, proporcionando cifras (3.3 millones de menores de 14 años trabajando en México), condenando la muy reprobable explotación infantil ("la mayoría de los menores no alcanza a ver que se les está robando la infancia") y recordando los derechos universales de los niños (que expresamente dicen que "no debe permitírseles trabajar"). Todo muy coherente, moralizante, justo para levantar indignación y así comprar la buena conciencia.
Lo que me pareció verdaderamente extraño es que los especialistas no se hayan dado cuenta del trabajo infantil que se realiza dentro de las instalaciones universitarias donde laboran, misma que muchos profesores, investigadores, autoridades universitarias y estudiantes, fomentan y aun exigen, para que sus automóviles luzcan limpios, para que se vendan fruta o golosinas con oportunidad cuando ellos tengan hambre, para que alguien aparte un lugar de estacionamiento y ellos no deban molestarse en buscarlo, para que nadie se acerque a sus autos y éstos se mantengan impecables y seguros.
Según el Diccionario de la Real Academia, moralina es "moralidad inoportuna, superficial y falsa", es decir, lo menos que se podría esperar de las personas que se dedican a la educación de jóvenes, lo más lejano al ejercicio del pensamiento científico, crítico y racional, el anverso, desde luego, de lo que se espera de un universitario, llámese estudiante o administrativo, por no hablar de profesores, investigadores y demás académicos. Ya se sabe que no son tiempos buenos ni para la lógica, ni para la consistencia, ni siquiera para la coherencia sintáctica. ¿Cómo puede entenderse que las "soluciones a fondo" propuestas por académicos sean "que se invierta en educación y en la generación de empleos" si ellos, que son en quienes se ha invertido en educación, no son capaces de ver la viga en el ojo propio y sí la paja en el ajeno? ¿Cómo puede creerse que la explicación del trabajo infantil sea la "incapacidad de generar empleos con una remuneración decente" del gobierno de Vicente Fox? Los especialistas, ya lo ven, siguen creyendo que el Santo Patrono del gobierno debe generar todas las soluciones, cuando lo único que debería hacer es no estorbarlas. Los especialistas, evidentemente, necesitan que el gobierno les prohíba contratar niños para lavar sus coches, pues de lo contrario carecen de iniciativa civil.
"El niño tiene derecho a recibir educación y disfrutar plenamente de juegos y recreación", dice otro de los derechos universales de los niños citados en el mismo artículo. Si la educación que va a recibir es la de aquellos que ahora se erigen en sus hipócritas defensores, más les valdría buscarla en otro lado.
En la portada se anunciaba a página completa el artículo "Niños explotados", donde la autora -universitaria, naturalmente- entrevistaba a varios especialistas -también universitarios- que hablaban del trabajo infantil en México, proporcionando cifras (3.3 millones de menores de 14 años trabajando en México), condenando la muy reprobable explotación infantil ("la mayoría de los menores no alcanza a ver que se les está robando la infancia") y recordando los derechos universales de los niños (que expresamente dicen que "no debe permitírseles trabajar"). Todo muy coherente, moralizante, justo para levantar indignación y así comprar la buena conciencia.
Lo que me pareció verdaderamente extraño es que los especialistas no se hayan dado cuenta del trabajo infantil que se realiza dentro de las instalaciones universitarias donde laboran, misma que muchos profesores, investigadores, autoridades universitarias y estudiantes, fomentan y aun exigen, para que sus automóviles luzcan limpios, para que se vendan fruta o golosinas con oportunidad cuando ellos tengan hambre, para que alguien aparte un lugar de estacionamiento y ellos no deban molestarse en buscarlo, para que nadie se acerque a sus autos y éstos se mantengan impecables y seguros.
Según el Diccionario de la Real Academia, moralina es "moralidad inoportuna, superficial y falsa", es decir, lo menos que se podría esperar de las personas que se dedican a la educación de jóvenes, lo más lejano al ejercicio del pensamiento científico, crítico y racional, el anverso, desde luego, de lo que se espera de un universitario, llámese estudiante o administrativo, por no hablar de profesores, investigadores y demás académicos. Ya se sabe que no son tiempos buenos ni para la lógica, ni para la consistencia, ni siquiera para la coherencia sintáctica. ¿Cómo puede entenderse que las "soluciones a fondo" propuestas por académicos sean "que se invierta en educación y en la generación de empleos" si ellos, que son en quienes se ha invertido en educación, no son capaces de ver la viga en el ojo propio y sí la paja en el ajeno? ¿Cómo puede creerse que la explicación del trabajo infantil sea la "incapacidad de generar empleos con una remuneración decente" del gobierno de Vicente Fox? Los especialistas, ya lo ven, siguen creyendo que el Santo Patrono del gobierno debe generar todas las soluciones, cuando lo único que debería hacer es no estorbarlas. Los especialistas, evidentemente, necesitan que el gobierno les prohíba contratar niños para lavar sus coches, pues de lo contrario carecen de iniciativa civil.
"El niño tiene derecho a recibir educación y disfrutar plenamente de juegos y recreación", dice otro de los derechos universales de los niños citados en el mismo artículo. Si la educación que va a recibir es la de aquellos que ahora se erigen en sus hipócritas defensores, más les valdría buscarla en otro lado.
martes, septiembre 26, 2006
Arengas por verdades
Asistí hace poco a la inauguración de una librería donde se presentó un libro de historia local -historia matria, solía llamarla el recién fallecido Luis González y González- sobre el pasado indio de Lagos de Moreno. Como suele hacerse en tales eventos, el libro fue presentado por dos personajes antes de que el autor tomara la palabra para decir resumidamente -vaya exigencia- lo que ya nos quería decir con un texto entero.
El primero en tomar la palabra fue un antropólogo que comenzó con un análisis sensato de las novedades del libro para deslizarse minutos después hacia un elogio exaltado y un tanto ridículo de la obra. Decía que dicho libro hacía "justicia histórica" al indio excluido y menospreciado por la historia oficial, como si los libros de historia debieran reparar daños reales con cargas de tinta y toneladas de papel, en vez de sujetarse a los hechos sin enmendar el pasado. Su intervención, sin embargo, no me pareció tan grave como la del sujeto que le siguió y que por lo visto creyó hacerle un gran favor al autor -que palidecía en medio de los dos- lanzando arengas teatrales e histéricas contra la explotación y desprecio de los indios "queridísimos y muy dignos" de la región, a manos de una "raza blanca" dueña del poder económico y político. Su versión maniquea de la historia, más preocupada por trazar una línea bien visible entre buenos y malos, ricos y explotados, indios y blancos, me pareció chata desde el principio y tan nociva como esa otra historia oficial contra la que presuntamente se pronunciaba.
El individuo no se limitó a hacer semejante perífrasis con motivo de un libro puntual, sino que además pasó por el elogio del muralismo revolucionario, el rechazo a las medidas liberales que Benito Juárez y Porfirio Díaz -indios los dos, por cierto- impusieron sobre las comunidades indígenas y la alabanza a todas las obras que "dan voz" a ese anverso de nuestra historia que son los pobres, los explotados, la raza de bronce en suma. No me eran difíciles de entender, sin embargo, los móviles del rabioso presentador: ya la educación primaria abunda en distorsiones históricas de intención patriotera y oficializante, pero esa visión doctrinaria bien suele prolongarse en adultos que creen liberarse de sus prejuicios abrazando otros, tanto o más injustificados que los infantiles. No pocas veces, además, crean -y creen- una versión de la historia donde puedan sentirse justificados en sus filias y fobias, sin importar que para ello tengan que faltar a la verdad. Tenemos así católicos acérrimos para los que toda la historia ha sido la lucha de fuerzas demoníacas contra los rectos principios e izquierdistas igualmente dogmáticos que creen que toda la historia es una lucha de clases donde lo bueno siempre está con los menos agraciados y lo malo con los exitosos.
Finalmente intervino el autor y consiguió atemperar amablemente los disparatados excesos de los acomplejados que lo rodeaban. Habló, ciertamente, del cariño hacia su pueblo, motivación y fuente de sus esfuerzos, pero también del rigor histórico y el empeño por cotejar, investigar, reunir datos y sacar conclusiones amparadas en la lógica y los hechos. Al menos él, ya que no los que lo elogiaban, sabía que no se pueden dar arengas por verdades.
El primero en tomar la palabra fue un antropólogo que comenzó con un análisis sensato de las novedades del libro para deslizarse minutos después hacia un elogio exaltado y un tanto ridículo de la obra. Decía que dicho libro hacía "justicia histórica" al indio excluido y menospreciado por la historia oficial, como si los libros de historia debieran reparar daños reales con cargas de tinta y toneladas de papel, en vez de sujetarse a los hechos sin enmendar el pasado. Su intervención, sin embargo, no me pareció tan grave como la del sujeto que le siguió y que por lo visto creyó hacerle un gran favor al autor -que palidecía en medio de los dos- lanzando arengas teatrales e histéricas contra la explotación y desprecio de los indios "queridísimos y muy dignos" de la región, a manos de una "raza blanca" dueña del poder económico y político. Su versión maniquea de la historia, más preocupada por trazar una línea bien visible entre buenos y malos, ricos y explotados, indios y blancos, me pareció chata desde el principio y tan nociva como esa otra historia oficial contra la que presuntamente se pronunciaba.
El individuo no se limitó a hacer semejante perífrasis con motivo de un libro puntual, sino que además pasó por el elogio del muralismo revolucionario, el rechazo a las medidas liberales que Benito Juárez y Porfirio Díaz -indios los dos, por cierto- impusieron sobre las comunidades indígenas y la alabanza a todas las obras que "dan voz" a ese anverso de nuestra historia que son los pobres, los explotados, la raza de bronce en suma. No me eran difíciles de entender, sin embargo, los móviles del rabioso presentador: ya la educación primaria abunda en distorsiones históricas de intención patriotera y oficializante, pero esa visión doctrinaria bien suele prolongarse en adultos que creen liberarse de sus prejuicios abrazando otros, tanto o más injustificados que los infantiles. No pocas veces, además, crean -y creen- una versión de la historia donde puedan sentirse justificados en sus filias y fobias, sin importar que para ello tengan que faltar a la verdad. Tenemos así católicos acérrimos para los que toda la historia ha sido la lucha de fuerzas demoníacas contra los rectos principios e izquierdistas igualmente dogmáticos que creen que toda la historia es una lucha de clases donde lo bueno siempre está con los menos agraciados y lo malo con los exitosos.
Finalmente intervino el autor y consiguió atemperar amablemente los disparatados excesos de los acomplejados que lo rodeaban. Habló, ciertamente, del cariño hacia su pueblo, motivación y fuente de sus esfuerzos, pero también del rigor histórico y el empeño por cotejar, investigar, reunir datos y sacar conclusiones amparadas en la lógica y los hechos. Al menos él, ya que no los que lo elogiaban, sabía que no se pueden dar arengas por verdades.
miércoles, agosto 30, 2006
Maestros en extinción
Aunque la mayoría de mis antiguos maestros resultaron ser un fiasco, hubo excepciones. Leonardo Luna, un profesor de matemáticas que cubrió cuatro semestres de mi preparatoria fue una de ellas. Empezaba la década de los noventas y el noble caballero fumaba sin parar dentro y fuera de clase, defendiendo así, quizá involuntariamente, una de las últimas trincheras para detener el avance de la ñoñez antitabaco ahora lamentablemente instalada en todas partes. Algo grueso, siempre bien vestido, con sus escasos cabellos pasando ordenados sobre su lustrosa cabeza, Leonardo Luna debió tener una pierna de palo que junto con sus enormes zapatos bostonianos le imprimía un aire grave, severo. No obstante, era un maestro cordial, inteligente, claro y justo, clásico en el sentido de que no había en su discurso lugar para dudas, antes bien, elaboraba categorías de casi todo sembrando la tranquilizadora -si bien falsa- idea de que todo el mundo era perfectamente ordenado, euclídeo, sin fisuras ni contradicciones ni disidencias.
Años después, ya en la Facultad, el Ing. Luis Jorge Aguilera me pareció el legítimo heredero de la personalidad de Luna. Amén del parecido físico entre ambos -robustos los dos, en sus cincuenta y tantos años, bien trajeados- había una similitud extraordinaria en su magisterio: claridad, exigencia, justicia. El Ing. Aguilera había trabajado en la Comisión Federal de Electricidad por largos años, tenía mucha experiencia laboral y docente, sin que una tarea obstara para el buen desarrollo de la otra. Su caso era el de muchos otros profesores que, sin embargo, ya eran escasos para los tiempos en que yo estudiaba la carrera: ingenieros que dividían su tiempo entre la enseñanza y el ejercicio de sus respectivas carreras, por lo general buenos en el aula y competentes en su ejercicio profesional, personas que no necesitaban las legiones de pedagogos, psicólogos y terapeutas que hoy se erigen en maestros e invaden escuelas y universidades sin dominio de materia alguna y sin ejercicio profesional efectivo, pretendiendo dictar los criterios para ser buen maestro con la cabeza infectada de teorías y nulo sentido práctico.
Estos tiempos son crueles con la lógica y la honestidad, seguidores ciegos de modas que pasan por modernísimos y muy científicos métodos. A los ingenieros Luna y Aguilera los sucedió una horda de ingenieros que nunca ejercieron y prefirieron permanecer para siempre entre las paredes universitarias, enseñando en teoría lo que nunca han tenido la curiosidad o el talento de ejercer en la práctica. La moda de los noventas y del nuevo siglo ha dictado que a nivel universitario no deben volver a darse casos irregulares como los de Luna o Aguilera, sino que todos los profesores deben ser individuos con maestrías y doctorados, de preferencia diplomados en alguna disciplina pedagógica o didáctica, presuntos profesionales de la enseñanza aunque de tanto ocuparse de ello se olviden de los contenidos que efectivamente debían enseñar.
Así, hoy en día, no es extraño el caso del individuo doctorado y con aspecto de estudiante que se resiste a abandonar la pubertad, engreído y presuntamente dueño de la verdad sobre cómo enseñar lo que nunca ha ejercido, un teórico que muchas veces adolece no sólo de falta de sentido práctico, sino incluso del dominio de aquellos aspectos teóricos a los que presuntamente ha consagrado su existencia. Estos guiñapos no sólo no han elevado el nivel universitario, sino que lo han colocado cada vez más en un atolladero del que quizá no se recupere jamás, y lo han hecho por lo general sin ninguna de las viejas cualidades de los grandes maestros como Luna o Aguilera: sin inteligencia, sin claridad, sin justicia, sin exigencia. Delante de ellos la mayoría de los estudiantes, con todo y su juventud, sabrán que están ante farsantes y no ante maestros. Y lamentablemente será cada vez más difícil que conozcan alguno de estos últimos. Una especie, pues, en extinción.
Años después, ya en la Facultad, el Ing. Luis Jorge Aguilera me pareció el legítimo heredero de la personalidad de Luna. Amén del parecido físico entre ambos -robustos los dos, en sus cincuenta y tantos años, bien trajeados- había una similitud extraordinaria en su magisterio: claridad, exigencia, justicia. El Ing. Aguilera había trabajado en la Comisión Federal de Electricidad por largos años, tenía mucha experiencia laboral y docente, sin que una tarea obstara para el buen desarrollo de la otra. Su caso era el de muchos otros profesores que, sin embargo, ya eran escasos para los tiempos en que yo estudiaba la carrera: ingenieros que dividían su tiempo entre la enseñanza y el ejercicio de sus respectivas carreras, por lo general buenos en el aula y competentes en su ejercicio profesional, personas que no necesitaban las legiones de pedagogos, psicólogos y terapeutas que hoy se erigen en maestros e invaden escuelas y universidades sin dominio de materia alguna y sin ejercicio profesional efectivo, pretendiendo dictar los criterios para ser buen maestro con la cabeza infectada de teorías y nulo sentido práctico.
Estos tiempos son crueles con la lógica y la honestidad, seguidores ciegos de modas que pasan por modernísimos y muy científicos métodos. A los ingenieros Luna y Aguilera los sucedió una horda de ingenieros que nunca ejercieron y prefirieron permanecer para siempre entre las paredes universitarias, enseñando en teoría lo que nunca han tenido la curiosidad o el talento de ejercer en la práctica. La moda de los noventas y del nuevo siglo ha dictado que a nivel universitario no deben volver a darse casos irregulares como los de Luna o Aguilera, sino que todos los profesores deben ser individuos con maestrías y doctorados, de preferencia diplomados en alguna disciplina pedagógica o didáctica, presuntos profesionales de la enseñanza aunque de tanto ocuparse de ello se olviden de los contenidos que efectivamente debían enseñar.
Así, hoy en día, no es extraño el caso del individuo doctorado y con aspecto de estudiante que se resiste a abandonar la pubertad, engreído y presuntamente dueño de la verdad sobre cómo enseñar lo que nunca ha ejercido, un teórico que muchas veces adolece no sólo de falta de sentido práctico, sino incluso del dominio de aquellos aspectos teóricos a los que presuntamente ha consagrado su existencia. Estos guiñapos no sólo no han elevado el nivel universitario, sino que lo han colocado cada vez más en un atolladero del que quizá no se recupere jamás, y lo han hecho por lo general sin ninguna de las viejas cualidades de los grandes maestros como Luna o Aguilera: sin inteligencia, sin claridad, sin justicia, sin exigencia. Delante de ellos la mayoría de los estudiantes, con todo y su juventud, sabrán que están ante farsantes y no ante maestros. Y lamentablemente será cada vez más difícil que conozcan alguno de estos últimos. Una especie, pues, en extinción.
viernes, agosto 25, 2006
El incomprensible celo de los subordinados
Recientemente padecí un altercado típico de las culturas hispanoamericanas, a saber, el encuentro con algún empleado que parece no tener otro quehacer que obstaculizar sistemáticamente los trámites ajenos, una actitud que se encuentra no sólo en las oficinas e instituciones públicas (donde ya es legendaria), sino también -y cada vez más- en las tiendas o empresas privadas, también llamadas -nótese la ironía- de servicios.
En esta ocasión me topé con el celo administrativo de una secretaria de mi propia universidad que se indignó hasta la cólera porque tomé uno de los cinco paquetes de plumones para pintarrón (horrible palabreja; disculpas por el espantoso neologismo) que ella tenía bajo resguardo como sobrantes de los cursos de verano. Como no la encontrara en su oficina cuando fui por los plumones y ante la urgencia de dar mi clase, los tomé dejándole un aviso con otra oficinista. Al terminar mi clase me encontré con que la indignada dama se dolía de que hubiera tomado sus cosas sin su permiso, cuando además no eran suyas y las tenía inventariadas (no le pedí explicaciones por la contradicción, pues los lógicos han probado ya que a una contradicción puede seguirle cualquier cosa: ella ganaba). Fue en vano que le explicara que tenía que dar mi clase y que la toma de los plumones era provisional, en tanto llegaban más al almacén.
Todavía más: ante mi argumento -creía yo que incontestable- de que la universidad tenía que proporcionarme el material necesario para mi trabajo, contestó que "la universidad no tiene esa obligación, pues antes los alumnos pagaban los plumones". Yo sabía que la universidad pública era escenario de toda clase de imbecilidades administrativas, pero a un punto tal que la actividad esencial de la docencia no contase con las herramientas necesarias y, en cambio, millones fuesen invertidos en fabricar el informe del rector en grandes tirajes y papel de primerísima calidad, era algo que rayaba en el absurdo, ¿o debo decir en lo folclórico para que semejante entuerto parezca gracioso?, ¿es esto parte del carácter mexicano?
Mi altercado, decía, encaja en una serie de eventos similares con los que ya estoy muy familiarizado. No es inusual que el empleado de una tienda sea más celoso que el dueño de la misma, que cuando se le pida probar alguna mercancía lo permita con pichicatería o de plano se niegue con argumentos peregrinos, que desdeñe a los clientes o de plano les dé tratamiento de pubertos o retrasados mentales, estableciendo todo el tiempo una relación donde ellos son los que generosamente nos hacen el favor de recibir nuestro dinero o trabajo a cambio de sus invaluables bienes o servicios. Suele ser, también, que los verdaderos dueños de los negocios o las autoridades más altas de una tienda o institución, muestren más flexibilidad y mejor trato que sus subordinados y empleados, conscientes como están, quizá, de que nuestra preferencia por ellos está en función de ese trato y esa flexibilidad. Prefieren mantener clientes o relaciones de trabajo a perderlos por ahorrarse cualquier miseria.
¿Qué operación se produce en el cerebro de los subordinados mezquinos? Se antoja pensar que los que así se comportan son individuos inseguros, que creen estar todo el tiempo a punto de perder el empleo y que jamás han tenido un trato horizontal con el resto del mundo, de modo que creen hacer méritos ante sus superiores con su celo irracional y su mal trato a todos los que desgraciadamente echan mano de sus servicios; imbéciles pues, incapaces de vivir con la libertad que da tener un criterio propio y una empatía sin distingos, ensoberbecidos para mejor ocultar sus miedos y fobias; subproductos desafortunados de sociedades profundamente desiguales como las nuestras. Qué pena.
En esta ocasión me topé con el celo administrativo de una secretaria de mi propia universidad que se indignó hasta la cólera porque tomé uno de los cinco paquetes de plumones para pintarrón (horrible palabreja; disculpas por el espantoso neologismo) que ella tenía bajo resguardo como sobrantes de los cursos de verano. Como no la encontrara en su oficina cuando fui por los plumones y ante la urgencia de dar mi clase, los tomé dejándole un aviso con otra oficinista. Al terminar mi clase me encontré con que la indignada dama se dolía de que hubiera tomado sus cosas sin su permiso, cuando además no eran suyas y las tenía inventariadas (no le pedí explicaciones por la contradicción, pues los lógicos han probado ya que a una contradicción puede seguirle cualquier cosa: ella ganaba). Fue en vano que le explicara que tenía que dar mi clase y que la toma de los plumones era provisional, en tanto llegaban más al almacén.
Todavía más: ante mi argumento -creía yo que incontestable- de que la universidad tenía que proporcionarme el material necesario para mi trabajo, contestó que "la universidad no tiene esa obligación, pues antes los alumnos pagaban los plumones". Yo sabía que la universidad pública era escenario de toda clase de imbecilidades administrativas, pero a un punto tal que la actividad esencial de la docencia no contase con las herramientas necesarias y, en cambio, millones fuesen invertidos en fabricar el informe del rector en grandes tirajes y papel de primerísima calidad, era algo que rayaba en el absurdo, ¿o debo decir en lo folclórico para que semejante entuerto parezca gracioso?, ¿es esto parte del carácter mexicano?
Mi altercado, decía, encaja en una serie de eventos similares con los que ya estoy muy familiarizado. No es inusual que el empleado de una tienda sea más celoso que el dueño de la misma, que cuando se le pida probar alguna mercancía lo permita con pichicatería o de plano se niegue con argumentos peregrinos, que desdeñe a los clientes o de plano les dé tratamiento de pubertos o retrasados mentales, estableciendo todo el tiempo una relación donde ellos son los que generosamente nos hacen el favor de recibir nuestro dinero o trabajo a cambio de sus invaluables bienes o servicios. Suele ser, también, que los verdaderos dueños de los negocios o las autoridades más altas de una tienda o institución, muestren más flexibilidad y mejor trato que sus subordinados y empleados, conscientes como están, quizá, de que nuestra preferencia por ellos está en función de ese trato y esa flexibilidad. Prefieren mantener clientes o relaciones de trabajo a perderlos por ahorrarse cualquier miseria.
¿Qué operación se produce en el cerebro de los subordinados mezquinos? Se antoja pensar que los que así se comportan son individuos inseguros, que creen estar todo el tiempo a punto de perder el empleo y que jamás han tenido un trato horizontal con el resto del mundo, de modo que creen hacer méritos ante sus superiores con su celo irracional y su mal trato a todos los que desgraciadamente echan mano de sus servicios; imbéciles pues, incapaces de vivir con la libertad que da tener un criterio propio y una empatía sin distingos, ensoberbecidos para mejor ocultar sus miedos y fobias; subproductos desafortunados de sociedades profundamente desiguales como las nuestras. Qué pena.
miércoles, agosto 16, 2006
El siglo XX entre nosotros
Desafortunadamente, mis recientes vacaciones no consiguieron aislarme de la agitación política que vive el país y tuve la paciencia -¿o resistencia o imbecilidad?- de escuchar algunas de las abundantes declaraciones y pronunciamientos, amenazas y diatribas falsas o verdaderas, que los políticos, pero también los comunicadores, empresarios y gente común, lanzaban por las ya demasiadas bocinas del país. No pude rescatar mucho, desde luego.
La ignorancia es temeraria, ya se sabe, y ello puede explicar la histeria de los más ignorantes lanzados a defender lo indefendible, sea ello el voto por voto (no parecen ni siquiera querer enterarse de que ya lo hicieron los ciudadanos avalados por los representantes de los partidos) o la defensa de la estabilidad (que no pueden ni quieren concebir de otra forma que no sea por la vía conservadora del continuismo). Pero el ambiente universitario al que me reincorporo luego de quince días de ausencia ha tenido a bien recordarme que la ignorancia arriba citada no es patrimonio exclusivo de los pobres ni de la gente sin estudios. La ignorancia es menos un asunto de falta de conocimientos que de desprecio por el sentido común, la lógica y la honestidad intelectual.
Un tipo doctorado en Inglaterra afirma que López Obrador hace bien en tratar de impedir la imposición de Felipe Calderón, cuando ninguna instancia legal ha declarado al michoacano presidente electo. Encima, parece ignorar que dos conteos generales (el de los ciudadanos y el distrital) más el reciente muestreo de casillas impugnadas (del Tribunal Electoral) no sólo se han confirmado entre sí, sino que indican que Calderón tiene una ligera ventaja sobre el tabasqueño. Luego entonces, ¿quién impondrá a Calderón si es declarado presidente electo?, ¿se habrá referido a la imposición que por medio del voto hizo una mayoría -si bien extremadamente precaria- de mexicanos?, ¿creerá sinceramente que a Calderón lo va a imponer el presidente Fox que ha mostrado incompetencia e inoperancia en casi todos los órdenes?, ¿cómo lo haría? Me cuesta trabajo creer que a este tipo le convenzan los procedimientos y "razones" de López Obrador: ¿cree sinceramente que tenemos un sistema electoral que permite fraudes como el de 1988?, ¿de verdad le parece que el gobierno que tenemos es tan represivo como el de Díaz Ordaz?, ¿le resulta sensato comparar el desalojo de manifestantes violentos del Palacio Legislativo con la matanza de Tlatelolco?
No puedo entender, por ejemplo, que la simpatía por un movimiento social que aspira -en teoría-a la justicia social, sea tal que termine destruyendo el raciocinio y la autocrítica de millones de personas, arrastrándolas en su inercia a la fe y la acción por consigna. El siglo XX debería haber bastado para curarse de estos espantos, para alejarse con gran reserva de cualquier concentración donde miles y miles repiten cualquier consigna del líder infalible, llámese Hitler, Stalin, Mussolini o Castro. Veo con pena que el paso por la universidad o la estancia en otros países no bastan para estar a salvo de demagogias. Veo con más zozobra que aun cuando a algunos les parezca palmaria la contradicción y la mentira, la dilución amañada de categorías y la destrucción del lenguaje por medio de discursos baratos, no tengan la suficiente honestidad intelectual para denunciarlo y decir francamente lo que ven, prefiriendo la "alineación política" a la alineación con la verdad.
La verdad y la mentira no son la misma cosa, por más que a algunos les guste confundirlas a fin de pescar mejor en río revuelto. Felipe Calderón es un hombre gris, sin arraigo, impopular. Parece que los que votaron por él más bien lo hicieron votando contra López Obrador. Pero ello no debe obstar para que llegue a la presidencia con la anuencia de todos si ganó en buena lid. López Obrador es un hombre popular, demagógico, teatral. Pero ello no debe obstar para que llegue a la presidencia con la anuencia de todos si ganó en buena lid. Desconocer al juez es un lujo que puede darse el tabasqueño porque ya hay millones enceguecidos por su retórica. Dinamitar las instituciones y confundir la historia para mejor ganar la partida es un camino peligroso e irresponsable al que la mayoría de los intelectuales -y universitarios, ya se ve- se están prestando. Parecen necesitar urgentemente creer en alguien, parece que el siglo XX sigue instalado entre nosotros.
La ignorancia es temeraria, ya se sabe, y ello puede explicar la histeria de los más ignorantes lanzados a defender lo indefendible, sea ello el voto por voto (no parecen ni siquiera querer enterarse de que ya lo hicieron los ciudadanos avalados por los representantes de los partidos) o la defensa de la estabilidad (que no pueden ni quieren concebir de otra forma que no sea por la vía conservadora del continuismo). Pero el ambiente universitario al que me reincorporo luego de quince días de ausencia ha tenido a bien recordarme que la ignorancia arriba citada no es patrimonio exclusivo de los pobres ni de la gente sin estudios. La ignorancia es menos un asunto de falta de conocimientos que de desprecio por el sentido común, la lógica y la honestidad intelectual.
Un tipo doctorado en Inglaterra afirma que López Obrador hace bien en tratar de impedir la imposición de Felipe Calderón, cuando ninguna instancia legal ha declarado al michoacano presidente electo. Encima, parece ignorar que dos conteos generales (el de los ciudadanos y el distrital) más el reciente muestreo de casillas impugnadas (del Tribunal Electoral) no sólo se han confirmado entre sí, sino que indican que Calderón tiene una ligera ventaja sobre el tabasqueño. Luego entonces, ¿quién impondrá a Calderón si es declarado presidente electo?, ¿se habrá referido a la imposición que por medio del voto hizo una mayoría -si bien extremadamente precaria- de mexicanos?, ¿creerá sinceramente que a Calderón lo va a imponer el presidente Fox que ha mostrado incompetencia e inoperancia en casi todos los órdenes?, ¿cómo lo haría? Me cuesta trabajo creer que a este tipo le convenzan los procedimientos y "razones" de López Obrador: ¿cree sinceramente que tenemos un sistema electoral que permite fraudes como el de 1988?, ¿de verdad le parece que el gobierno que tenemos es tan represivo como el de Díaz Ordaz?, ¿le resulta sensato comparar el desalojo de manifestantes violentos del Palacio Legislativo con la matanza de Tlatelolco?
No puedo entender, por ejemplo, que la simpatía por un movimiento social que aspira -en teoría-a la justicia social, sea tal que termine destruyendo el raciocinio y la autocrítica de millones de personas, arrastrándolas en su inercia a la fe y la acción por consigna. El siglo XX debería haber bastado para curarse de estos espantos, para alejarse con gran reserva de cualquier concentración donde miles y miles repiten cualquier consigna del líder infalible, llámese Hitler, Stalin, Mussolini o Castro. Veo con pena que el paso por la universidad o la estancia en otros países no bastan para estar a salvo de demagogias. Veo con más zozobra que aun cuando a algunos les parezca palmaria la contradicción y la mentira, la dilución amañada de categorías y la destrucción del lenguaje por medio de discursos baratos, no tengan la suficiente honestidad intelectual para denunciarlo y decir francamente lo que ven, prefiriendo la "alineación política" a la alineación con la verdad.
La verdad y la mentira no son la misma cosa, por más que a algunos les guste confundirlas a fin de pescar mejor en río revuelto. Felipe Calderón es un hombre gris, sin arraigo, impopular. Parece que los que votaron por él más bien lo hicieron votando contra López Obrador. Pero ello no debe obstar para que llegue a la presidencia con la anuencia de todos si ganó en buena lid. López Obrador es un hombre popular, demagógico, teatral. Pero ello no debe obstar para que llegue a la presidencia con la anuencia de todos si ganó en buena lid. Desconocer al juez es un lujo que puede darse el tabasqueño porque ya hay millones enceguecidos por su retórica. Dinamitar las instituciones y confundir la historia para mejor ganar la partida es un camino peligroso e irresponsable al que la mayoría de los intelectuales -y universitarios, ya se ve- se están prestando. Parecen necesitar urgentemente creer en alguien, parece que el siglo XX sigue instalado entre nosotros.
jueves, julio 20, 2006
Creer para no pensar
He querido variar el tema y, una vez más, he fracasado. Esta época no da tregua en cuanto a dislates y tergiversaciones, enredos amañados y claridades huecas. Repasé someramente las páginas de cierto periódico universitario y se me han puesto los pelos de punta ante sus contenidos (por estar dentro del periódico, no porque en realidad contengan algo rescatable).
La estulticia suele evidenciar su naturaleza con cierto humor involuntario: una página antes de un reportaje sobre la enseñanza de la lógica que "ayuda a identificar con mayor facilidad cuando alguien miente", se hace saber que los "investigadores de excelencia" de esta universidad "defienden la eficiencia universitaria" porque firmaron en bloque una petición para "pedir una disculpa" al ahora candidato electo a gobernador Emilio González Márquez que "se equivocó al comparar lo que cuesta un estudiante en las instituciones incorporadas con el costo por alumno en instituciones..." como la universidad en cuestión. ¿Qué declaró el candidato? Lo cita el propio artículo: "un alumno en la Univer [escuela privada] paga sólo mil pesos al mes, en cambio, un estudiante que se prepara en [la universidad] representa un costo para los contribuyentes de dos mil quinientos pesos mensuales". Puede discutirse sobre la intención de semejante comparación, pero nunca dar por hecho que dichas intenciones equivalen a lo que dijo. Las cifras son correctas, admite la universidad aludida, pero entonces ¿en qué "se equivocó" el candidato?, ¿por qué requerían estas declaraciones una firme defensa de la universidad?, ¿y cómo es que, por medio de un desplegado en donde se piden disculpas por no se sabe qué, se defiende "la eficiencia universitaria"? Como se ve en el encabezado del primer reportaje que mencioné, "la lógica es el fuerte" de la universidad, pues "ayuda a descubrir los errores en las conversaciones de las personas". Y en sus textos, valga agregar.
No menos notable es un reportaje sobre la confusión entre izquierda y derecha, del que esperaba alguna luz, toda vez que la confusión es, en mi opinión, real. El artículo no sólo no aclara nada, sino que presa de un maniqueísmo muy propio de los que prefieren los conceptos por encima de las realidades, se decide a declarar que la izquierda es "anticapitalista" y "antiyanqui" por principio, en tanto que la derecha "pretende mantener los privilegios que ha obtenido mediante la dominación y explotación de los otros". Con párrafos que recuerdan a los más doctrinarios de los textos escolares donde todo era blanco o negro, bueno o malo, este artículo memo mete en el mismo saco de la izquierda al PRD y al EZLN (sin importar que el segundo abjure del primero), lo mismo que al Partido Socialista francés ¡en que mejor han prosperado las políticas de libertad económica en Francia!
Que una persona se aferre a sus creencias por contar con un asidero mínimo para navegar por la vida me parece comprensible, aunque lamentable si ello le impide cambiar de ideas cuando éstas han probado ser irreales o inútiles. Que las personas crean y sean conscientes de lo que creen me parece estupendo, pero rendir la razón para que sea relevada por las doctrinas de instituciones religiosas, políticas o por un pasquín barato y simplificador, me parece, otra vez, lamentable. Especialmente en una universidad yo esperaría una agudeza intelectual más pronunciada, en el sentido de que ante ningún hecho ni ante ninguna teoría podría prescindirse de pensar antes de opinar: no por creer que la inspiración de la Revolución Cubana fue loable puede ahora evadirse la realidad y dejar que el Partido Comunista piense por uno y diga que lo que ahí hay es una democracia boyante e igualitaria, llena de libertad; no por creer que el PAN es de derecha o el PRD de izquierda voy a desaprobar todo lo que haga el primero y a aplaudir todo lo que haga el segundo, menos aún cuando de un político hay que desconfiar siempre y contrastar lo que dice con lo que hace; no por creer que los pobres necesitan ayuda puede imponérseles lo que presuntamente les conviene por encima de lo que quieren hacer.
En suma, creer tal vez sea comprensible y seguramente respetable -útil quién sabe, me parece que no mucho- pero simplemente creer para que otro me releve de la obligación de pensar es no sólo pernicioso, sino necio, es decir, estúpido con ganas de seguirlo siendo.
La estulticia suele evidenciar su naturaleza con cierto humor involuntario: una página antes de un reportaje sobre la enseñanza de la lógica que "ayuda a identificar con mayor facilidad cuando alguien miente", se hace saber que los "investigadores de excelencia" de esta universidad "defienden la eficiencia universitaria" porque firmaron en bloque una petición para "pedir una disculpa" al ahora candidato electo a gobernador Emilio González Márquez que "se equivocó al comparar lo que cuesta un estudiante en las instituciones incorporadas con el costo por alumno en instituciones..." como la universidad en cuestión. ¿Qué declaró el candidato? Lo cita el propio artículo: "un alumno en la Univer [escuela privada] paga sólo mil pesos al mes, en cambio, un estudiante que se prepara en [la universidad] representa un costo para los contribuyentes de dos mil quinientos pesos mensuales". Puede discutirse sobre la intención de semejante comparación, pero nunca dar por hecho que dichas intenciones equivalen a lo que dijo. Las cifras son correctas, admite la universidad aludida, pero entonces ¿en qué "se equivocó" el candidato?, ¿por qué requerían estas declaraciones una firme defensa de la universidad?, ¿y cómo es que, por medio de un desplegado en donde se piden disculpas por no se sabe qué, se defiende "la eficiencia universitaria"? Como se ve en el encabezado del primer reportaje que mencioné, "la lógica es el fuerte" de la universidad, pues "ayuda a descubrir los errores en las conversaciones de las personas". Y en sus textos, valga agregar.
No menos notable es un reportaje sobre la confusión entre izquierda y derecha, del que esperaba alguna luz, toda vez que la confusión es, en mi opinión, real. El artículo no sólo no aclara nada, sino que presa de un maniqueísmo muy propio de los que prefieren los conceptos por encima de las realidades, se decide a declarar que la izquierda es "anticapitalista" y "antiyanqui" por principio, en tanto que la derecha "pretende mantener los privilegios que ha obtenido mediante la dominación y explotación de los otros". Con párrafos que recuerdan a los más doctrinarios de los textos escolares donde todo era blanco o negro, bueno o malo, este artículo memo mete en el mismo saco de la izquierda al PRD y al EZLN (sin importar que el segundo abjure del primero), lo mismo que al Partido Socialista francés ¡en que mejor han prosperado las políticas de libertad económica en Francia!
Que una persona se aferre a sus creencias por contar con un asidero mínimo para navegar por la vida me parece comprensible, aunque lamentable si ello le impide cambiar de ideas cuando éstas han probado ser irreales o inútiles. Que las personas crean y sean conscientes de lo que creen me parece estupendo, pero rendir la razón para que sea relevada por las doctrinas de instituciones religiosas, políticas o por un pasquín barato y simplificador, me parece, otra vez, lamentable. Especialmente en una universidad yo esperaría una agudeza intelectual más pronunciada, en el sentido de que ante ningún hecho ni ante ninguna teoría podría prescindirse de pensar antes de opinar: no por creer que la inspiración de la Revolución Cubana fue loable puede ahora evadirse la realidad y dejar que el Partido Comunista piense por uno y diga que lo que ahí hay es una democracia boyante e igualitaria, llena de libertad; no por creer que el PAN es de derecha o el PRD de izquierda voy a desaprobar todo lo que haga el primero y a aplaudir todo lo que haga el segundo, menos aún cuando de un político hay que desconfiar siempre y contrastar lo que dice con lo que hace; no por creer que los pobres necesitan ayuda puede imponérseles lo que presuntamente les conviene por encima de lo que quieren hacer.
En suma, creer tal vez sea comprensible y seguramente respetable -útil quién sabe, me parece que no mucho- pero simplemente creer para que otro me releve de la obligación de pensar es no sólo pernicioso, sino necio, es decir, estúpido con ganas de seguirlo siendo.
jueves, julio 13, 2006
Convivencia
Tengo dos meses viviendo casi a diario en un pueblo del occidente de México, Lagos de Moreno, por más señas en el corazón de una zona famosa por muy católica, conservadora e intolerante: hace casi ochenta años la región estaba encendida por una vivísima guerra civil entre el ejército federal y un buen número de sus pobladores llamados cristeros, que decían defender su fe católica contra un gobierno que oprimía su Iglesia, una iglesia que, dicho sea de paso, siempre fue tibia hacia ellos; en los años cuarenta se fundó en la cercana ciudad de León la Unión Sinarquista, de franca tendencia ultramontana; cada año se hacen nutridas peregrinaciones al santuario de la virgen de San Juan de los Lagos, una población vecina también famosa por su olor a sacristía; y para rematar, la gran mayoría de los municipios de la zona están gobernados por el Partido Acción Nacional, el ala conservadora del espectro político nacional, por más que ahora sea tan difícil distinguir a unos de otros.
De modo que la historia y algunas costumbres todavía en vigencia hacen pensar que la fama del lugar es merecida o, cuando menos, no tan errada. No faltan, sin embargo, excepciones a toda regla, particularmente cuando de generalizaciones de este calibre se trata. Suele ser, incluso, que la situación aparente y la real guarden una distancia importante entre sí, a pesar del predominio del prejuicio que gobierna la apariencia. En la República Checa, por ejemplo, encontré muchas personas con la opinión de que España es un país muy conservador y católico, cuando sus costumbres y libertades son mucho más relajadas que las del país centroeuropeo. "Haz fama y échate a dormir", dice el dicho, pero por encima de refranes y criterios gruesos debe estar el propio criterio, y si la corroboración personal no es posible cuando menos debe darse margen a la duda.
Y ahora Lagos de Moreno: paseando por la noche me encontré, no hace mucho, un grupo de muchachos departiendo en medio de cervezas a la mitad de la calle. Nada extraordinario, naturalmente, pues en estos pueblos se goza de más libertad para beber en la calle que en las grandes ciudades (sí, en la mayoría de los municipios de este país está prohibido tomar bebidas alcohólicas en la vía pública). Encima, es bien sabido que el alcoholismo nunca ha sido mal visto por esa católica iglesia que tanto se ha empeñado en dictar anatemas y prohibiciones en otros asuntos privados. Hasta ahora nada que vaya en contra del generalizado prejuicio sobre la mochería de los laguenses.
Pero he aquí que con los muchachos convivía un grupo de cuatro o cinco travestis, compartiendo conversaciones, cervezas, risas. Aquellos eran muchachos proletarios y muy seguramente con noviecitas rubias (güeras alteñas, les dicen), tipos inmersos en el machismo imbécil tan caro a nuestra cultura y de puntualísima asistencia a misa los domingos; no obstante, sin empacho se permitían la convivencia -quizá más- con los pintarrajeados travestis que tampoco parecían estarla pasando mal. Un ejemplo de convivencia, así sin más, sin adornos de tolerancia ni embustes prejuiciosos. Un ejemplo de libertad en el margen de la noche y sin respetar la opinión preconcebida -falsa, ya se ve- de las mayorías. Un ejemplo que, reconozco, me ha hecho sonreír y creer, así sea por un momento, en las bondades humanas.
De modo que la historia y algunas costumbres todavía en vigencia hacen pensar que la fama del lugar es merecida o, cuando menos, no tan errada. No faltan, sin embargo, excepciones a toda regla, particularmente cuando de generalizaciones de este calibre se trata. Suele ser, incluso, que la situación aparente y la real guarden una distancia importante entre sí, a pesar del predominio del prejuicio que gobierna la apariencia. En la República Checa, por ejemplo, encontré muchas personas con la opinión de que España es un país muy conservador y católico, cuando sus costumbres y libertades son mucho más relajadas que las del país centroeuropeo. "Haz fama y échate a dormir", dice el dicho, pero por encima de refranes y criterios gruesos debe estar el propio criterio, y si la corroboración personal no es posible cuando menos debe darse margen a la duda.
Y ahora Lagos de Moreno: paseando por la noche me encontré, no hace mucho, un grupo de muchachos departiendo en medio de cervezas a la mitad de la calle. Nada extraordinario, naturalmente, pues en estos pueblos se goza de más libertad para beber en la calle que en las grandes ciudades (sí, en la mayoría de los municipios de este país está prohibido tomar bebidas alcohólicas en la vía pública). Encima, es bien sabido que el alcoholismo nunca ha sido mal visto por esa católica iglesia que tanto se ha empeñado en dictar anatemas y prohibiciones en otros asuntos privados. Hasta ahora nada que vaya en contra del generalizado prejuicio sobre la mochería de los laguenses.
Pero he aquí que con los muchachos convivía un grupo de cuatro o cinco travestis, compartiendo conversaciones, cervezas, risas. Aquellos eran muchachos proletarios y muy seguramente con noviecitas rubias (güeras alteñas, les dicen), tipos inmersos en el machismo imbécil tan caro a nuestra cultura y de puntualísima asistencia a misa los domingos; no obstante, sin empacho se permitían la convivencia -quizá más- con los pintarrajeados travestis que tampoco parecían estarla pasando mal. Un ejemplo de convivencia, así sin más, sin adornos de tolerancia ni embustes prejuiciosos. Un ejemplo de libertad en el margen de la noche y sin respetar la opinión preconcebida -falsa, ya se ve- de las mayorías. Un ejemplo que, reconozco, me ha hecho sonreír y creer, así sea por un momento, en las bondades humanas.
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