domingo, febrero 23, 2014

Testigo

Para huir de los testigos salía de su casa las mañanas de domingo hasta el mirador de la Barranca de Huentitán, donde al menos los cantos del templo católico le resultaban tranquilizadores delante de aquella hendidura en la tierra —amarilla en invierno y verde en verano— que desde niño solía recorrer no tanto por razones deportivas como por el placer de beber lechuguillas heladas al volver a la superficie, mientras el cuerpo irradiaba un calor vivificante y los vendedores de yogurt y hierbas anunciaban a gritos su mercancía.
No es que tuviera nada en contra de los testigos, qué va: leía con avidez sus revistas y alguno que otro libro que dejaron al pasarse por casa, pues le recordaban su infancia y a veces le arrancaban risas por alguna ilustración excesivamente boba u optimista. Después de todo no quedaba mucho qué leer en aquella casona que su tía le había heredado al morir y por cuya ocupación apenas pagó renta mientras ella estuvo en vida. Pero si antes los recibía en la sala y aun hablaba con ellos deseoso de meterlos en aprietos o aprender algo en el envite, si luego los recibía representando un papel aquiescente o como adalid de la intransigencia (pero en todo caso retórico, como quien encuentra placer en ser otro por unos instantes), ahora ya no toleraba ni ilusiones ni ensayos teatrales, quizá porque la pérdida de las primeras resultaba demasiado dolorosa y tardía como para retomarlas sin experimentar vergüenza, quizá porque para los segundos hay que tener un ánimo lúdico que no resiste el paso del tiempo ni la invariancia de su objeto.
De niño y adolescente sí, por supuesto, no sólo los pasaba a casa para irritación de su madre —los cuadernos de la secundaria en la mesa, el ruido de la lavadora manual desde el patio, el murmullo de sus hermanos jugando a los carritos o las muñecas— sino que les concedía la oportunidad de responder plausiblemente a las preguntas que ellos mismos formulaban. Porque eso era innegable aun hoy en día: se hacían toda clase de preguntas que su familia despachaba con desdén y que el padre Sergio —que a veces oficiaba en la cochera de la casa conforme a un calendario vecinal— no formulaba jamás. Que si el origen del universo estaba en consonancia con lo que decía la Biblia, que si la muerte era el fin o había un más allá, que si se puede hablar con los muertos o el Diablo gobierna el mundo, todas cosas muy interesantes cuyas respuestas jamás estuvieron a la misma altura. Una lástima, porque casi parecía un método científico, una deducción. Parecía que la armonía total era posible y que al final habría un paraíso de verdura donde niños rosados y ancianos bondadosos vivirían eternamente en la abundancia.
'Qué aburrición', piensa para sí mismo delante de la hendidura en transición (cayeron las primeras lluvias de las cabañuelas de invierno, hasta esta orilla llega el murmullo de los feligreses católicos dispersándose tras la misa), 'debí haber sabido mucho antes que sí hay preguntas necias, que el mundo concreto también merece atención. No estaría aquí solo, pensando estupideces, sin mi esposa y sin mi hija, la primera lo suficientemente normal como para no plantearse nunca más inquietudes que las de poner algo de comer sobre la mesa, la segunda demasiado pequeña —y cada vez más parecida a su madre— para plantearse nada'.
Los testigos aguantaban bien las majaderías de su madre ('Ya basta, él tiene tarea qué hacer, ¿saben?' o 'Voy a barrer aquí, háganme el favor de largarse'), pero a él le ponía de mal humor semejante incapacidad para discutir, tal desinterés por las cosas trascendentes. 'Parece que a mamá sólo le importa parir y destapar el baño', se recuerda pensando en su cuarto con la cara larga apoyada en sus manos y la ropa acumulada en un rincón donde dos de sus hermanos se atrincheran para jugar con soldaditos de plástico.
'Viene a buscarte ese niño maricón', anunciaba su madre con displicencia, 'no me gusta nada que te juntes con él'. Entonces salían juntos a caminar por los parques de la colonia y hasta el mirador de la Barranca; pasando por delante de la secundaria decían, por ejemplo:
—Vinieron los testigos otra vez. Dicen que a Dios no le gusta que hagamos honores a la bandera, ¿ves? ¡debería darte gusto que a pesar de tus calificaciones no te dejen entrar en la escolta!
—No me dejan entrar porque estoy muy alto. O porque no me llevo bien con el maestro de deportes, qué se yo. En todo caso yo creo que nuestra iglesia está bien. Tú nada más fíjate en el padre Sergio: vive como pobre, apenas si se viste con ropa desgastada, pasa todos sus días organizando caridades para drogadictos y desempleados. Los testigos son para ricos, son sectas.
—Pues hay muchos pobres entre ellos, ¿cómo crees que le hacen?
—Todos los ricos necesitan gatos, gatos que distribuyan, por ejemplo, los muchísimos libros y revistas que hacen, ¿te has fijado?
—Muchos. Y muy interesantes, luego te presto uno.
—¿A mí? Por favor, ¿quieres que cambie de religión o vas a cambiar tú? No deberías, ¿no ves que los protestantes son más cerrados que los católicos? Nuestra iglesia es universal, consiguió que desapareciera el comunismo y...
—No, no pienso cambiar de religión. No le veo caso. Pero es interesante hablar con ellos, ver cómo piensan los otros.
Echaba de menos aquellos diálogos atarantados de adolescentes inquietos por lo intangible, pequeños dictadorzuelos que pretendían desterrar la duda y la contradicción de sus respectivos reinos, arrojarla al fondo de la hendidura unas veces verde y otras amarilla para que fuese arrastrada por las aguas negras del río Lerma. Hoy, en cambio, convivía con ellas diariamente y apenas notaba su presencia: cada vez más robusta, la duda; cada vez más sana, la contradicción. Eran las únicas compañías porque el trabajo ya no daba para amigos, el niño maricón se fue al norte, y se fueron la esposa y la niña a unas cuadras de ahí con los padres de aquella.
Los testigos, en cambio, siguieron viniendo religiosamente, aguantando sin chistar que él entreabriera la ventana, tomara su material al tiempo que daba los buenos días, y se despidiera dentro de la casa como un fantasma. Ahora ya simplemente deslizaban las revistas por debajo de la puerta mientras él paseaba por la hendidura unas veces verde y otras amarilla, pensando en que el sello de los tiempos pasados no es un paisaje más despejado, un campo cultivado de jícamas donde ahora hay un montón de casas, un puesto de fruta picada en la esquina donde ahora hay un supermercado con estacionamiento; no, el cambio en el paisaje es irrelevante. Lo que de verdad demuestra el envejecimiento es que la tierra se vaya sobrepoblando de seres desconocidos entre los que se pierden aquellos que nos hacían compañía. ¿Dónde andarán? ¿Por qué todo mundo es nuevo aquí y sólo yo quedo como testigo de lo que fue?
Al volver a casa las mismas preguntas impresas. Ninguna respuesta.

domingo, febrero 09, 2014

Trópico de Cáncer

Otra vez se acumula el tiempo sin enamorarme; no debería lamentarlo. Los últimos episodios estuvieron revestidos de ridículo y desproporción. Fue hace años o muchos meses, ya no recuerdo, quizá cuando era joven. No se me malentienda: sé que estuve enamorado porque hice anotaciones y tengo buena memoria, pero no recuerdo el enamoramiento en sí. Ya no logro repensarlo, recorrerlo, menos aun sentirlo. No es como la prolongada luz del alba de los veranos boreales, que puedo encender en mi cabeza a voluntad aunque ya tenga lustros sin cruzar el trópico de Cáncer. No. Es más bien una incomprensión pasiva, alelada, la que ocupa mi cabeza cuando trato de recordarlo, una incomprensión sin objeto. No le dan concreción las personas de las que estuve enamorado por mucho que recuerde sus rostros o aun las trate —ya desapasionadamente como hace uno con la gente que da por sentado: los desconocidos en su totalidad y casi todos los que nos hacen rutina— porque se me aparecen objetivas y planas, asequibles por el intelecto que las desmenuza y enumera, pero que no las puede sentir nuevamente —aunque sólo fuese para recordar— con el ascua irracional del enamoramiento. Las personas de las que estuve enamorado se reducen a palabras en un expediente.
No diré que la compañía abunda, pero la soledad es ya un sentimiento foráneo, seguramente mucho más antiguo que el enamoramiento que llevo años sin experimentar. He sabido de personas que un buen día se levantan y quieren hablar con un amigo y no encuentran entre sus conocidos alguien satisfactorio; gente que de pronto desea muestras de afecto o con quien reírse, pero no tiene entre los suyos quién corresponda a sus necesidades; se sienten solas. No es mi caso: yo no echo de menos a nadie. Sería inexacto hablar de misantropía porque no rehúyo el contacto, aunque tampoco lo procure, pues para esto último hace falta una fe que, sin llegar al enamoramiento, crea en las virtudes de convivir con otras personas. Y a mí me falta, no tanto la fe, cuanto la mera necesidad de planteármela.
Dirán los aficionados a la fisiología que lo mío es falta de sexo, que he deslizado enamoramiento cuando quiero decir pasión momentánea, calentura o libido. Pero la verdad es que nunca lo he tenido más abundante ni variado. Contrario a lo que yo creía, con la edad no vino el asco de la juventud que me obligara a limitarme a cuerpos como el mío —deformes por la gravedad, con vellosidades inexplicables y colgajos varios— sino la velada prostitución de quienes desean un hombre maduro que suplante a sus abusivos padres: una afortunada coincidencia de mis apetitos con el subdesarrollo social. Recuerdo, sin embargo, épocas invertidas en que por vía de cama se dieron algunos enamoramientos, tanto o más ridículos que otros en que nunca se llegó a los sudores. Cuánta inmadurez, me digo ahora, cuando no sólo es perfectamente posible el sexo anónimo y casual, incluso gratuito —o cobrado sólo indirectamente, con mayor o menor gracia— sino que es tal vez el único deseable y el que no se da tiempo de envejecer y mutar y hacerse eufemístico o teórico, el que conserva en toda su pureza y fugacidad las dosis necesarias de depravación y lujuria. La comprensión es siempre tardía.
Dirán los sacristanes que si el sexo parece resuelto será porque lo he confundido con el amor, cuyas alturas desconozco porque de lo contrario sabría lo que es estar siempre enamorado. Pero estas son idioteces para clubes católicos cuya inopia intelectual no da para más. Como toda persona normal, yo vivo en matrimonio, sujeto a una complicidad inquebrantable, satisfecho de llegar a un lugar seguro cuando me meto a la cama. No puedo pensar en un esquema más acogedor para el amor, modo de vida que exige funcionar, lidiar con el mundo cuya existencia suspende el sexo y niega el enamoramiento, estado con la consistencia necesaria para envejecer, encajar contradicciones, amigo equidistante de la frustración y del éxito, una cosa más bien discreta y no el delirio suicida de tantas novelas mal planeadas y páginas rosas para quinceañeras.
He sabido de gente insegura que un día se levanta y dice 'se acabó', pone fin a largas relaciones, descubre que por la persona con la que ha vivido tanto tiempo ya no siente nada y se siente urgida por tal motivo a no prolongar lo que consideran absurdo o injustificado. Algunos, incluso, se disponen deportivamente a lo que llaman 'rehacer su vida'. No las entiendo. Durante siglos los matrimonios se celebraron con plena comprensión de que los inspiraba la necesidad de enfrentar la vida en pareja, no de amarse, menos aun de vivir año tras año enamorado y con el más apasionado de los sexos. 'Este es un comercio reciente más bien propio de norteamericanos', me digo. ¿Quién es tan simple como para sentir lo mismo toda la vida? ¿Quién tan histérico como para alarmarse de no sentir nada? Voy y vuelvo al trabajo. Disfruto. Siempre espero.
Otra vez se acumula el tiempo sin enamorarme; no debería lamentarlo.

domingo, febrero 02, 2014

Polvo rojo

Yo conozco estos caminos. De niño solían traerme mis abuelos de vacaciones y luego hicieron lo mismo aquellas maestras de la secundaria con quienes trabé amistad. Apenas puedo ver por la rendija, pero no hace falta que mire porque el olor de estos bosques me es suficiente para saber que no estamos lejos de Uruapan, tal vez cerca de Los Reyes por las curvas pronunciadas que estos cabrones toman a tan gran velocidad y con esa música horrenda que nunca pude tragar. Bien es verdad que todos aquí la escuchan, pero yo tuve mi sueño fijo en reunir dinero e ir hasta esa ciudad que llaman Londres donde se saben usar las guitarras eléctricas y nunca hay demasiada luz. Las penumbras de aquella ciudad son interiores, luces reguladas y urbanas; las de este bosque oloroso son siniestras e inquietas, como un acompañamiento de apurados fantasmas y gritos antiguos. De vez en cuando entra un rayo de sol por entre los árboles y hace su camino por entre las rendijas de la camioneta, entra en mis pupilas y me obliga a cerrar los ojos. No falta mucho para la noche. Poco más para el destino.
El viejo no conducía tan rápido por la carretera, pero era imprudente. Rebasaba en curvas sin importarle lo que viniera, rebatía con monosílabos y gruñidos los gritos de alarma de mi abuela, luego se paraba en seco o volvía a su carril precipitadamente cuando se encontraba con otro vehículo. Yo los escuchaba discutir, dejar de hablarse, volver a hacerlo con la naturalidad de los matrimonios que vegetan. Y fue en mitad de la secundaria cuando ellos decidieron plantar su cruz precisamente en estas carreteras: un par de palos entrecruzados pintados de blanco con las fechas de su nacimiento y muerte apenas legibles. Todavía con las huellas del aceite derramado y la calcinación, las maestras me acompañaron al lugar del accidente a depositar flores. Me llevaron a vivir con ellas a su casa de Jacona, donde había muchos perros, un gran patio interior rodeado de columnas, tumbonas y equipales en los pasillos.
Ellas eran raras. Dormían juntas en una cama muy grande, con los perros chicos junto a ellas y los grandes a los pies de la cama. Toda la casa era un desorden de libros y cachivaches, cacas y orines de perro, tanto en el patio como en las habitaciones. Aprendí a hacer caso omiso del desorden y me ayudó mucho a ello la colección de discos de una de ellas, música británica en su mayoría, que escuchaba provisto de unos enormes audífonos mientras fingía hacer la tarea sentado en el suelo. A veces se encerraban bajo llave en su habitación por horas. A veces las visitaban hombres armados con quienes discutían acaloradamente; entonces pensaba que esos eran sus maridos y ahora que otros hombres armados me custodian me viene el recuerdo de mis niñerías y algo me da risa por dentro. Quisiera decirles que yo vivía con las maestras, que soy de los suyos, que me dejen ir entre carcajadas, pero la voz no me sale y tampoco consigo reírme por fuera porque me duelen el pecho y la espalda de tanto puntapié. Creo que ya no hay sol, solo penumbra, mientras seguimos avanzando por la carretera.
Frecuentemente las maestras hospedaban a mujeres solteras que hacían de sirvientas y que siempre venían cargadas de hijos. Con uno de ellos aprendí a fumar, con otro me puse mi primera borrachera, con otro más me calenté el cuerpo y me escapé una noche robándonos los caballos de Don Tomasito, el vecino. Quise llevarme alguno de los discos británicos, pero mi compañero de fuga me disuadió: '¿para qué quieres esas pendejadas, cabrón?', me dijo, 'yo tengo música chila'. Y desde entonces he debido escuchar música horrenda en público y la que me gusta a hurtadillas, especialmente en aquellos meses por la sierra de Sonora, comiendo hierbas para aguantar el hambre, a veces robando de la mercancía, viendo pasar cantidades monstruosas de dinero de un lado a otro, hasta que a aquél me lo mataron y quise volver. ¿Que qué había reunido? Ni un cinco.
Hemos salido de la carretera hacia una terracería en mal estado. Huele a madera quemada como en Angahuan, ese pueblo de indios con su iglesia ceniza en cuyo atrio vendimos los caballos de don Tomasito, así que no me cuesta imaginar que la tierra por la que pasamos es roja. Recuerdo a mi abuelo activando los limpiaparabrisas para quitar el polvillo rojo del cristal y a mi abuela subiendo las ventanillas mientras se cubría la boca y la nariz con un pañuelo. 'Vamos a morir', me digo enseguida en un asomo de conciencia que hace que todos los golpes del cuerpo duelan al unísono y un revolvedero de estómago me corte la respiración. 'Rojo de sangre sobre rojo de polvillo', pienso. 'Rojo sobre rojo que en la noche sólo será negro'.
¿En qué estaría pensando cuando volví de Sonora para pedir posada en la casa de Jacona? Exhausto de la travesía, hambriento, con temblores por no haberme podido meter nada en el camino salvo la polla de algunos traileros celosos de su perico que cobraban así el llevarme de un lado a otro, me brinqué la pared de la huerta bajando por un arrayán hasta el suelo. Cuidé mucho de entrar a altas horas de la noche para que todos los perros estuvieran en la habitación de ellas, durmiendo. Me metí en la letrina del huerto donde me quedé dormido hasta que me despertaron los gritos de una sirvienta por la mañana.
Las maestras me sacaron de ahí, me dieron de desayunar, escucharon mis historias y me dieron mi antigua habitación luego de ajustar las cuentas reprendiéndome tan severamente como podían por haberme ido de ese modo dos años atrás. No dijeron nada de los hombres armados que las visitaban, a pesar de que en un acto de contrición les confesé a qué me había dedicado todos estos años y podían haberme correspondido con una aclaración. No dijeron nada de sus encierros ni de que durmieran juntas ni de que hubiera tantos perros en aquella casa ni de que los libros estuvieran regados por todas partes. Nada. Y yo tampoco dije más, les ahorré detalles y me fui a acostar.
Me levantaron horas después los hombres que ahora me sacan de la camioneta en medio del bosque junto con otros tres infelices. Es una noche cerrada y las estrellas son más brillantes que de costumbre. Hace frío, lo que se comunica de manera inmediata y aguda a cada herida y golpe en el cuerpo. Han decidido dejar la música horrenda tocando en la camioneta de puertas abiertas, ya degüellan al compañero de la izquierda, ya la emprenden a balazos contra el de la derecha. Supe que en Londres hubo un destripador hace muchos años, un tipo siniestro que atacaba sobre todo a prostitutas y maricones. Alguna canción británica hablaba de eso entre chillidos eléctricos y furiosas baterías. La pasan bien ahí, en Londres, donde los destripadores dejan de matar o bien son arrestados, no recuerdo. Aquí no es uno solo, sino muchos los destripadores, como compruebo enseguida al ver caer mis contenidos al suelo mientras hago el gesto inútil de detenerlos con ambas manos para regresarlos al abdomen. Ya en el suelo, escucho la música bajar de golpe al cierre de las puertas, luego desvanecerse paulatinamente entre los siseos de las llantas que se alejan a toda velocidad. 'Me equivoqué', alcanzo a torturarme casi póstumamente: 'las maestras no eran revolucionarias'.

domingo, enero 19, 2014

Mi jefe

Entre sus papeles de dos mil nueve, su biógrafo encontró la siguiente descripción conmovedoramente transparente de lo que, a juicio del experto, constituye el mayor fracaso y aprendizaje de su experiencia cultural europea:
"Mi jefe es un hombre muy inteligente y técnicamente notable, con ánimo gregario y abundante energía, un nerd y al mismo tiempo un bully, si cabe semejante combinación en el amplio abanico de personalidades que ofrece el mundo. Yo sabía que estaba delante de todo un personaje desde que lo conocí en el punto de menor latitud que he visitado, en Finlandia, si bien en aquella ocasión hablamos poco coincidiendo brevemente en la conferencia a la que asistíamos y también en algún bar. Fue su exposición la que inspiró buena parte de mi futura y muy mediocre tesis de doctorado; fue su moderada aprobación de mi trabajo, junto con la del Checo Holandés y la del Español Valenciano, la que me incluyó repentinamente entre los contados miembros de la ciencia invisible. Coincidí con él nuevamente en Praga, durante la conferencia mundial de la Federación que se desarrolló en la misma semana en que volví a México, aunque esta vez hablé todavía menos con él. Lo acompañaba el Francés Polaco, el estudiante de doctorado más brillante que ha tenido y de quien me quedó una desagradable —y finalmente injustificada— impresión de torva mezquindad. No volví a verlo hasta la noche en que me recogió en Lille junto con su esposa y su hijo para iniciar mi trabajo en Valenciennes como investigador posdoctoral.
"Un hombre inteligente, he dicho, que combina mañosamente camaradería, autoridad y rigor, que avanza paulatina, pero decididamente en el sometimiento de las personas que quedan bajo se égida, un sometimiento no precisamente moral, laboral o psicológico —aunque no se excluyen como efectos secundarios— sino más bien de imposición por la vía de la competencia en cualquier terreno, sea técnico, intelectual, cultural o deportivo. Si bien no son pocas las veces en que dicho espíritu deportivo tiene las mismas motivaciones inocentes de un niño que quiere jugar apuestas y medirse con sus amigos, también es verdad que en el proceso el jefe legitima su autoridad porque, sencillamente, es el mejor. Y parte del juego (del pose si se quiere) es coronar su supremacía con un beau geste de afectado desdén por la victoria, como si tuviera perfectamente claro que sus prioridades están siempre en otra parte, no en aquello que lo expone o vulnera, así invierta cantidades ingentes de tiempo y esfuerzo en conseguirlo.
"Lo mismo si se trata de algún problema matemático o algorítmico, de las razones del colapso de la economía, del inacabable y muy aburrido tema del racismo o la religión, de alguna duda en materia de lingüística o de nadar la mayor distancia en el menor tiempo posible, mi jefe tiene el impulso natural de ser el mejor, ya sea proporcionando una solución incontrovertible, soltando interpretaciones rotundas donde apenas caben palabras como quizá o tal vez, elevando la voz y apurando el discurso para mejor aplastar los argumentos ajenos, o bien simplemente nadando sin parar hasta dejarse el cuerpo en la piscina. No perdamos perspectiva: todo es juego, sí, pero la puesta en escena, la mayoría de los diálogos y los aplausos del público son todos suyos. Y nos incluye a la mayoría como comparsas.
"En pocos casos resulta esto último tan patente como en su trato hacia los extranjeros del equipo: sin consideración por las dificultades lingüísticas que experimentamos (¿y por qué habría de tenerla?), sin apenas interés en escuchar lo que queremos decirle (que acaso siempre es irrelevante), dándonos por descontados y muy conocidos (y quizá así sea), el jefe hace escarnio de nosotros amparándose no sólo en su posición, sino en una ambigüedad perfectamente bien armada: si alguien se ofende o lo toma en serio entonces esa persona carece de sentido del humor o no tiene la inteligencia para distinguir la verdad de la broma; si por el contrario se aceptan sus excesos como guasa y se intenta contestar en el mismo tono, rápidamente se comprobarán los límites naturales que impone su superioridad lingüística, laboral y aun fonética (su voz tiene el registro de un tenor); si se prueba la vía media de seguir el juego dejando que la conversación adopte la gravedad o risa que le corresponda, entonces se experimentará la frustración de un juego retórico en donde sólo se participa como apuntador de teatro, pues él hablará la mayor parte del tiempo invirtiendo la actitud que uno adopte, es decir, ridiculizando con risas y manotazos —no argumentos— las razones que se le ofrezcan y argumentando seriamente como si se le fuese la vida en ello ante las ironías o parodias que se le enfrenten.
"Ignoro si él se da cuenta de la situación arriba descrita, casi estoy seguro de que es inconsciente de ella o la interpreta en forma radicalmente distinta, pero al mismo tiempo vale la pena observar que ese estado de cosas no se produce espontáneamente, sino que es el resultado de una adaptación que comienza en el momento en que conoce a una persona en el ámbito laboral: la posición de esta última en relación con él determina buena parte de la evolución futura. Si se trata de un colega del mismo nivel (como los otros dos profesores dentro del equipo) o de alguien que no trabaja con él (profesores y estudiantes de otras universidades, por ejemplo), su trato es respetuoso y sus bromas moderadas en función de la respuesta que reciba. Si se trata de alguien que trabaja bajo sus órdenes siendo francés (los maître de conférence, por ejemplo, o los ex estudiantes como el Francés Polaco o el Francés Suizo) sus bromas son siempre mínimas y jamás (claro) sobre su nacionalidad, religión o acento. Si finalmente se trabaja bajo su jefatura siendo extranjero, entonces es cuestión de tiempo para que todo termine siendo el carnaval arriba detallado, salvo si se es excesivamente frío o talentoso (lo primero causaría su indiferencia y probable desprecio, lo segundo su interés y cooperación siempre que no se le rebase).
"Hay que reconocer que a todos —extranjeros incluidos— da amplia oportunidad para que le sorprendan y demuestren que vale la pena prestarles atención. Pero ello sucede una sola vez y no parece admitir revista. A mí me tocó el turno en esos primeros arduos meses en Valenciennes, cuando me explicó sus problemas técnicos a fin de que empezáramos a resolverlos juntos, al tiempo en que descubría en mí a un hombre cultivado (relación horizontal); cuando nos invitó al maître de tres hijos y a mí a exponerle posibles soluciones y él comprobó cuán lejos estábamos de dar algo técnicamente valioso, sobre todo cuando a dichos encuentros se sumaba el verdaderamente talentoso Francés Polaco (relación diagonal); cuando pasaron los primeros meses de infructuosos esfuerzos comprobando cotidianamente mis errores de programación, control y matemáticas, que le dieron finalmente licencia para llamarme quiche como sinónimo de incompetencia blanda y confusa, inaugurando así el abanico de florituras con que me ha premiado hasta ahora (relación vertical). Esos meses fueron mi turno para, por así decirlo, ganarme su respeto. Y el resultado fue heterogéneo, toda vez que en sentido técnico perdí su confianza para luego reconquistarla muy lentamente, al tiempo en que culturalmente nos encontramos bastante afines y respetables. Pero en su trato cotidiano quedé incluido en el mismo saco que el resto de los extranjeros: ni talentoso ni inútil, apenas otro miembro extranjero del equipo.
"Para terminar este ya largo y tedioso recuento no puedo dejar fuera la lamentable historia de la reacción de mi jefe ante mi mentira y posterior verdad sobre mi orientación sexual. Admitamos de entrada que fue estúpido mentir y probablemente también lo fue decir la verdad: lo primero porque siempre dará lugar a juicios morales sobre la necesidad o justificación de engañar a los otros; lo segundo porque los otros siempre podrán decir —y mi jefe sería el primero— que mi vida privada no les importa. No obstante, suele suceder que detrás de las dos razones citadas se ocultan otras motivaciones: que condenamos al que miente porque nos coloca por debajo de él y que condenamos al que nos comparte su mundo si éste nos produce asco, o sea, si nos sentimos por encima de él. Dicho lo anterior, necesitamos pruebas para descartar las razones aparentes y descubrir las reales: si mi vida privada no era asunto que le interesara a mi jefe, ¿por qué me preguntó por mi estado civil apenas subir a su auto aquella noche de diciembre? (porque es normal), ¿por qué insistió en saber si mi mujer vendría algún día o en conocerla cuando supo que iba a venir? (¡porque también es normal!); pero… ¿por qué dejó de preguntar si vendría y perdió todo interés en conocerla o simplemente mencionarla desde que supo que era hombre y no mujer? (¿porque es normal?). “Saludos a la señora” suele decirles a quienes viven con una mujer aunque no estén casados con ella. Yo, naturalmente, no puedo permitirme expectativas."

domingo, enero 12, 2014

El lugar del muerto

Con profundo desánimo acompañé al secretario hasta la que sería mi oficina —sexta parte de un absurdo conjunto hexagonal en las afueras de Tesistán, compartida con un maestro bisoño de educados ademanes idiotas— y ahí los vi, apilados en tres torres inestables.
—¿De quién son esos libros?
—Eran del profesor que ocupaba la oficina. Tenía poco de haberse instalado y tuvo que irse por motivos de salud. Cáncer, creo. Puede tomarlos si gusta, él dijo que cualquiera podía llevárselos.
El maestro bisoño resultó ser el mejor de los compañeros porque nunca estaba en esa rebanada de pay que era la oficina. Cuando estaba, encima, pasaba el tiempo en silencio mirando la pantalla de su ordenador, luego se despedía ceremoniosa y estúpidamente. Ese primer día, apenas se fue el secretario, le inquirí:
—De modo que puedo llevarme estos libros, ¿eh? ¿ha tomado alguno?
—No, no, ¿cómo cree? Lamentablemente no hay temas que me interesen. Además, no sé, es un poco peligroso, ¿no le parece? —me dijo entreabriendo la boca y mostrando los dientes en lo que parecía ser una sonrisa torcida. El brillo de sus lentes no me permitía captar su mirada.
—¿A qué se refiere?
—El hombre va a morir. Sus libros serán pronto los objetos de un fallecido. No sé qué mala influencia podría él tener desde el más allá dado el apego que les tenía.
—Ya veo —dije mirándolo con severidad y dándole la espalda para quedar frente a mi escritorio. 'Qué tipo tan estúpido', dictaminé para mis adentros, indignado.
En aquel momento no examiné ninguno de los libros, aunque al cargarlos en grupos hasta mi auto descubrí que eran textos de ingeniería y educación, algunos de filosofía, todos adquiridos o impresos en los años ochenta y con claras huellas de haber sido usados. Ya en casa pude hojearlos y advertir que la gran mayoría presentaba subrayados, notas manuscritas al margen, a veces separadores con indicaciones acerca del texto. De pronto, un escalofrío me recorrió el cuerpo al reconocer el nombre rotulado en tinta china sobre una de las primeras páginas de un tratado de electrotecnia. Era el nombre de un profesor mexicano en Valencia con el que nunca coincidí, pero del que me hablaron muchos otros colegas y estudiantes del departamento. 'Los nombres coinciden', me dije, '¿qué tiene de extraño eso? Probablemente ni siquiera se trate de la misma persona'.
Seguí hojeando los libros y comprobé que el mismo nombre estaba escrito —a veces en forma de sello— en todos los volúmenes. Luego, en la penúltima página de un libro sobre filosofía ignaciana en la enseñanza de la ingeniería (hay que ver cómo se las gastan los pedagogos, sobre todo si además son religiosos), encontré el sello de una célebre librería valenciana del barrio del Pilar: 'Carrer Guillem de Castro 28, Valencia'. Entonces me poseyó una aprensión irracional por lo que creía confirmaba mis sospechas: el dueño de esos libros debía ser el profesor mexicano de Valencia.
¿Cómo habíamos hecho para no coincidir a lo largo de tantos años? ¿cómo es posible que yo tuviera noticias suyas indirectas por tanto tiempo y jamás accediera a la persona en cuestión? El mismo departamento, la misma universidad, incluso la misma librería al cabo de la calle donde tenía mi piso en aquellos años, fingiendo que podía vivir en el extranjero (si España es el extranjero, si acaso el ocasional valenciano o catalán podían serlo), departiendo con yonquis, putas y camellos que me abordaban cuando salía por las noches a caminar hacia el antiguo Turia atravesando el centro de la ciudad. Y nada. Ningún encuentro, ninguna nota intercambiada aunque nuestras firmas consten —ahora compruebo en documentos de la época— en no pocas actas y minutas del departamento, incluso en un reporte final de calificaciones en donde él era el instructor de laboratorio de la materia que yo impartía en aulas.
Era inexplicable. No hay fotos suyas, ni en la universidad valenciana ni en este estúpido rincón del noroeste tapatío a cuyo edificio hexagonal he venido a parar justo después de que él se fuera. He tenido la mala idea de abordar al colega bisoño del cubículo en busca de más detalles del misterioso maestro:
—Pero dígame, compañero, ¿cómo era él?
—Es algo impresionante lo del cáncer, ¿verdad? Nadie lo ve venir. Comprendo su interés, yo mismo me sentiría incómodo de usurpar el lugar de un muerto próximo.
—¿Qué usurpar? Yo no sabía que él trabajaba aquí y, en todo caso, ya se ha ido. Hábleme de él, ¿cómo era?
—Bueno, esa silla en que está Usted sentado es la misma en la que él lo estuvo. Esa fue su computadora. Ese su escritorio...
—Claro, claro, pero él ¿cómo era?
—Perdóneme compañero, soy muy respetuoso de la privacidad de los demás, no soy tan morboso como Usted, aunque entiendo, claro que entiendo que quiera saber más detalles del muerto... bueno, casi muerto porque aun no tenemos noticias de que se haya ido, ¿verdad? Es un fantasma por así decirlo, pero hay que respetarlo, compañero, no hay que ceder al morbo...
—Usted no me ha entendido— respondí indignado. —No me mueve el morbo. Es sólo que he descubierto recientemente que él estuvo en Valencia, en la misma universidad donde yo trabajé. Pero nunca lo conocí en persona y me ha dado curiosidad. Después de todo ahora soy el dueño involuntario de sus libros.
—Usted quiso llevárselos. Pero dígame ¿por qué lo ha seguido desde Valencia hasta aquí, eh? ¿le debe algo?
—No señor, no me debe nada ni he venido siguiéndolo. Ha sido una coincidencia, ¿me entiende? No lo conozco, no he venido hasta aquí por él, ¡qué tonterías se le ocurren!
Duramos días sin hablarnos. Quise luego averiguar la dirección del profesor en recursos humanos y una trabajadora social gorda y muy maquillada me escribió en una tarjetita la dirección: carrer Guillem de Castro 2, 3o. izquierdo.
—Perdone, ha habido un error. Esta dirección no es de México, sino de Valencia, España.
—Pues es la que tengo, maestro. A lo mejor se fue para allá.
—Eso no tiene sentido, mire, quisiera que... en fin, olvídelo.
Recordé aquel adagio que recomendaba no hablar con idiotas para evitar confundirse con ellos y preferí no prolongar más la conversación. 'Este lugar está lleno de imbéciles', me dije, 'no creo que pueda aguantar mucho tiempo y en todo caso... ', me interrumpí mirando la tarjeta. La dirección coincidía punto por punto con la dirección de mi piso en Valencia.
—¡Tercero izquierdo! —exclamé asustando a unas muchachas gordas y renegridas que tragaban papitas con chile y limón. Estudiantes.
—Tercero izquierdo —dije ya más calmado, con el corazón tamborileando bajo mi pecho.
De vuelta a casa revisé con mayor detenimiento los libros, pensando ilusamente que habría alguna fotografía o algún dato adicional en ellos que me permitiera identificar a este hombre que empezaba a parecerme más usurpador de mi lugar que yo del suyo: otros tres libros tenían el sello de la librería al cabo de la calle valenciana (ahí donde nunca faltaban putas desde las seis de la tarde y aun en la sofocante canícula mediterránea); sus anotaciones iban siempre en relación con el texto; sus subrayados eran lógicos y predecibles. En suma, nada podía sacarse de ahí que permitiera identificarlo, pero sí conocerlo, pues sus comentarios reflejaban el pensamiento de quien se tomó demasiado en serio su papel de enseñante, al punto de haber investigado lo que otros decían sobre el presunto arte de transmitir conocimientos. 'Pobre hombre', me dije, 'haberle dado crédito a estos cretinos que se ganaron la vida diciendo cómo hacer el trabajo que él ya hacía, qué desgracia, qué ingenuidad la suya'. Yo era todo lo opuesto a él, sin duda, pues sabía que los estudiantes eran todos una banda de imbéciles y desalmados, quizá por culpa de su edad, tanto da, lo cierto es que todo intento de aplicarles metodologías de aprendizaje y categorías de análisis estaba destinado a fracasar, por necio, por irreal, por absurdo.
Me puse de pie y al darme la vuelta tiré una de las columnas de libros al suelo. Saltó entonces una tarjeta amarillenta que, al parecer, nunca fue enviada. Estaba fechada en el remoto septiembre del ochenta y ocho, dirigida a una tal Eduarda Michel, firmada por el profesor en cuestión. "No dudes en venir. Te espero", decía escuetamente para luego proporcionar la dirección: "Juan Manuel 202, frente al cine Cuauhtémoc". ¿Seguiría viviendo ahí tantos años después? No perdía nada con tomar el auto e ir hasta Guadalajara, una hora como mucho, tal vez menos porque ya es tarde y el tráfico ha disminuido. Tengo que ir. Tengo que averiguar quién es este hombre que dijo haber vivido en mi propio piso de Valencia mientras yo vivía ahí, bien es verdad que pasando casi todo el día en la universidad y saliendo por las noches hasta el Turia, sorteando putas, toxicómanos y tiradores; usando la bañera para tomar duchas y la cocina para preparar pastas con salsas prefabricadas; abjurando de los muebles antiguos que el dueño había dejado ahí desde fines del franquismo y de su colección de libros de autores tan castizos como desconocidos; revolviéndome en la habitación en las largas noches densas de la canícula mediterránea.
Tuve que estacionarme a dos cuadras. El centro de la ciudad, aparte de intransitable, es un gigantesco almacén de carros. Me acerco al domicilio y un grupo de gente está de pie en la puerta. Apenas veo sus rostros compungidos y comprendo que he llegado demasiado tarde. Me abro paso entre los dolientes, subo escaleras, me encuentro de pronto con un salón abarrotado, sobre todo de mujeres, en duelo. Ahí están las coronas ("la universidad se une a la pena...", "los estudiantes del tercer año de ingeniería lamentamos..."), cuatro cirios descomunales (uno de ellos apagado), una cafetera en un rincón de la que no dejan de ocuparse afanosamente un par de ancianas. Y el féretro abierto por la mitad, con un cristal transparente, casi brillante. Puedo asomarme y mi primer impulso es hacerlo, pero luego me viene a la memoria mi bisoño compañero de cubículo, mismo que fue del que ahora está amortajado y en un ataúd, perorando con estulticia sobre el morbo. Entonces alguien me toma por el brazo y me aparta.
Es una mujer. Es su viuda. Me dice:
—Es muy gentil de su parte haber venido. Qué bueno que lo ha hecho. Le estaba esperando para entregarle esto.
Es tanta mi estupefacción que no puedo articular palabra. Con los ojos muy abiertos, extiendo las manos.
—Dejó esta carta para Usted. Sé que no tuvimos el gusto de conocernos, pero él me habló mucho de Usted, de los años de Valencia, me mostró sus fotos juntos...
—Le agradezco— digo con la voz entrecortada.
Salgo de ahí confundido. Me subo al auto y tardo unos momentos en decidirme a encender la marcha y avanzar. Ya en casa miro la carta sin abrirla, sobrecogido, espantado. ¿Dónde dejé los cerillos?