sábado, septiembre 23, 2017

Nostalgia de las ciudades

'Ya está', pensaba aquella calurosa tarde de verano mientras luchaba por no dormirme frente a la pantalla cubierta del código C de aquel sistema inocuo cuyos clientes se resistían a pagar poniendo en aprietos mi salario, 'la carrera está por concluir y de aquí en adelante todo será ir de empresa en empresa, deseablemente subiendo de salario; no está mal, no es que me queje, después de todo ya estoy instalado en una de ellas desde antes de graduarme, ¿quién lo dijera? ¡yo ganando dinero en vez de ser un científico o un escritor, un pensador o un artista! Tendré que batirme para que esta ciudad y el mundo reconozcan mi genio, para salvarme de la cretinización que...' Fue entonces cuando me despertó la música que la grabadora de Chésare reproducía a partir de un cassette viejo en cuya caja aparecían una mujer con aretes largos y profundas sombras negras en los ojos y un letrero que decía Ciudad de ciegos. 'Es de una película', me dijo Chésare en el desenfadado tono de los cholos del oriente de la ciudad. 'Un cholo brillante', me dije, 'que demuestra que no hace falta terminar el bachillerato para programar como un experto; un cholo sensible a las herencias, dueño de una discreta nostalgia de las ciudades, los murmullos y los alimentos; que está de momento a merced de los capitalistas que lo descubrieron; que siempre será para bien o para mal joven.'
[...]
Tenía dos suéteres que mi mamá había mandado tejer para mí, uno negro y uno rojo, ambos con un cuello de tortuga que me hacía parecer romántico o maricón, si no ambas cosas. Me agradaba que las lociones baratas que guardaba en mi clóset se fijaran en el cuello por mucho tiempo cuando llevaba los suéteres puestos y que la habitación quedara oliendo a aquellas gotas que prodigaba con una generosidad directamente proporcional a mis temores e inseguridades. A menudo evocaba la casa de mis abuelos a la que ya no podía ir por haberla heredado una tía con la que mi madre se había enemistado y entonces la recorría con la mente rincón por rincón y, cuando la agotaba el piso debajo de la cajonera donde reposaba el reloj, el olor a calcetines del clóset de mis tías o el olor a pedo del de mis tíos, las cenizas de cigarro bajo la cama de mis abuelos y los baños azul y amarillo donde me masturbara en posiciones cada vez más extravagantes contra la esquina de los respectivos lavabos iba hasta el departamento de aquel edificio blanco frente al Reloj de las Tres Caras y me encerraba en el baño de la entrada o en la habitación por cuya ventana se asomaba el niño con polio que iba y venía oliendo a orines, o me acostaba boca abajo sobre la hamaca fascinado por ver la turgencia entre mis piernas asomar por los agujeros de la tela colgante; si aún este rincón tabasqueño se terminaba o no estaba en condiciones de reproducir sus humedales, entonces iba todavía más lejos hasta el piso donde tenía mis juguetes la caballeriza y el explorador lunar, los trailers y las figuras de la Guerra de las Galaxias y me ponía a hojear mis libros de colorear o a sentirme protegido por el sinfín de adornos y figurillas del librero enclenque que como un biombo separaba al comedor de la sala. Ahora que trabajaba quizá había llegado la hora de vivir por mi cuenta en otra casa. Cuando ello ocurriera pensaba durante la larga duermevela del viaje de vuelta a casa desde el trabajo me vería precisado a recrear esta casa que a partir del momento de mi partida difícilmente esperaría para empezar a cambiar y distanciarse de mí. Llegaría el día en que no pudiera volver a recorrerla, porque ya no me acercara más a ella, porque estuviera ocupada por extraños, porque ya me habría movido a otra ciudad. Pero entonces tampoco la ciudad resistiría y al cabo de poco tiempo y más conforme este transcurriera se me apartaría hasta hacérseme irreconocible y dolorosa, como un rostro amado al que una terrible enfermedad fuese deformando. Me despertaba con el cuello de tortuga babeado a escasas cuadras de la casa, me levantaba de prisa y me acercaba a la puerta trasera buscando el timbre para pedir la parada. 
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Mi amigo Jorge me decía que no me preocupara, que aún si las cosas cambiaban demasiado siempre quedaría el registro fotográfico y la memoria, tal vez alguna película. Pero aún entonces yo ya estaba acostumbrado a pasear por lugares desaparecidos y a acariciar objetos que en las distintas mudanzas y peregrinaciones se habían perdido. 'No es nada extraño', le explicaba, 'pues lo mismo debe ocurrirles a nuestros padres en estos precisos momentos al contemplar aquello en lo que se ha convertido la ciudad, ¿no te das cuenta? No es ya lo que conocieron en su juventud, se les va volviendo ajena.' Jorge, cuyo carácter dulce se contagiaba rápidamente del humor de sus amigos, me miraba genuinamente concernido y preguntaba: '¿Y a dónde pueden ir nuestros padres para recuperar la ciudad de su juventud si todavía no contamos con una máquina del tiempo y, de contar con ella, no podríamos salvar las contradicciones inherentes a semejante desbarajuste?' Fumábamos en estas conversaciones sesudas a las afueras de mi casa o de la suya apenas separadas por otra casa y, mirando al cielo de vez en cuando en aquel año cósmico, le respondía: 'Al pasado como tal no es posible viajar. Pero lo que le ha pasado a esta ciudad le ha pasado antes a otra y lo que le ocurre ahora le ocurrirá mañana a una todavía más pequeña. En este momento podemos ir a los años en que nacimos si escogemos la ciudad del tamaño y situación correctos. Apenas instalarnos ahí, por ejemplo, veríamos una notable disminución del tráfico y las distancias, gente más asilvestrada, gustos más elementales, mayor contacto con el campo o las periferias, desplazamientos más cortos, conoceríamos aproximadamente lo que nuestros padres sintieron en aquellos tiempos y, sobre todo, compartiríamos sus nociones de lugar y duración, que son las que más padecen con esta carrera enloquecida en que está metida la humanidad.' Un escupitajo porque siempre he salivado demasiado. Un eructo de Jorge con olor a chorizo requemado y a tripa de cerdo. '¡Vaya idea, cabrón! Muy interesante, sí, eso de las nociones que maltrata la civilización. A lo mejor para eso está la guerra: para refrenar y proteger los recuerdos, ¿no?' Tiro el cigarro entre la hierba todavía verde del verano que acaba y le miro fijamente: 'No Jorge. No creo que ni tú ni yo ni nuestros padres sepamos bien a bien qué es una guerra. La destrucción, en todo caso, siempre llega.'
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Chésare ha venido a mi fiesta de despedida. Llevo el suéter rojo aunque prefiera el negro porque este último ya estaba demasiado sucio y la loción ya era insuficiente para impedir que un olor a baba subiera desde el cuello de tortuga hasta mi nariz. Ha sido un año frío y el invierno promete ser crudo, al menos para la sensibilidad meridional. No sólo dejo la empresa para seguir estudiando, sino que el dinero ahorrado y el que me promete una beca serán suficientes para irme de casa. No más somnolencias frente a las interminables líneas de código C luego de comer en la improvisada sala de estar de las oficinas, no más tardes de disfrutar de los cassettes de Chésare mientras se me va la cabeza recorriendo los rincones de casas antiguas, adiós al estribo del camión donde solía irme colgado cuando todo mundo salía de trabajar y al suave ronroneo que mecía los asientos arrullándome cuando tenía la suerte de encontrar uno libre. Jorge se viene conmigo, no porque vaya a estudiar sino porque la fábrica donde lleva dos años trabajando le queda más cerca. Podremos jugar ajedrez y visitar a nuestras madres juntos los fines de semana: la comida en casa de ellas sigue siendo mejor que cualquier cosa que podamos preparar. Para que la casa de mi madre no se me vuelva demasiado ajena convendrá pernoctar allá una vez a la semana, quizá los viernes en que podemos cenar tacos dorados de Doña Tina y ver la telenovela y luego el noticiero. O quizá suceda que me harte de masturbarme aprovechando que tendré la casa para mí solo aquellas noches en que Jorge tenga ese turno en el trabajo y, como viene ocurriendo cada vez más seguido, encuentre alguien en el camión o en alguna calle inadvertida que quiera acompañarme a mi casa para consumar lo que quizá ya viene siendo hora de que haga más seguido. Chésare me ha hecho un regalo y lo he guardado en el clóset para cuando reúna el dinero suficiente para comprarme una videocasetera. Quizá tenga una cuando lleguen las vacaciones de invierno.
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Nevó. Por la noche pongo la cinta que me regaló Chésare y que no lleva etiquetas ni nada. Es la película Ciudad de ciegos y, como en mis repasos de todos los días, el director recorre la vida de un departamento con el pretexto de sus inquilinos. Ya estoy acompañando a mis abuelos y sus diez hijos en una sala de estar que preside una consola gigantesca, ya a mi madre sirviendo ron con coca cola en el departamento donde se quedó embarazada de mí entre colillas de cigarro y un tocadiscos de aguja desgastada, ya a mi padre que huye de casa mientras se fracturan las paredes durante el gran sismo para no volver a reunirse jamás. Me voy quedando dormido con mucho frío no sólo porque esta casa está en las afueras de la ciudad, rodeada de gélidos valles, sino porque apenas tengo muebles y cobijas que guarden el calor. Jorge no ha podido pagar la renta más y estoy solo de nuevo. En vez de contar ovejas recorro las baldosas de barro de la casa, los azulejos marinos del baño, el pretil de la cocina con su par de quemadores, las paredes amarillas de los patios, las litografías del calendario del año que termina y que, si reúno dinero, quizá deba mandar enmarcar...

domingo, septiembre 03, 2017

El paseo

Después de varias semanas de negociar consigo mismo el reconocimiento de la necesidad de realizar un mayor número de actividades físicas, comprendiendo que en ellas difícilmente podía considerar las regulares descargas que por vía sexual le causaban sudoraciones y palpitaciones ni, por otra parte, volver a los antiguos aparatos que semioxidados adornaban una de las habitaciones de su casa súbitamente ampliada por los muebles y cosas que ya no la ocupaban merced a su divorcio, se decidió a matar varios pájaros de un tiro echándoles la correa al par de perras que se aburrían en el sopor del patio donde convivían lo mismo con sus propios meados y cagadas regularmente recogidas y vueltas a poner que con cucarachas nocturnas (escasas) y palomas que bajaban por la mañana hasta sus platos de corquetas cuidando de no ser pilladas in fraganti devorando el pienso que no estaba destinado a ellas, y se dispuso a pasear con las perras hasta casa de su madre a quien visitaba más bien poco a pesar de las escasas cuadras que lo separaban de su domicilio, así podría estirar un poco las piernas y desaburrir a los animales y estar más al tanto de su progenitora cuyos días transcurrían en el más completo silencio, metida en su casa o yendo únicamente a las tiendas cercanas, dos veces a la semana hasta el domicilio de él para fregar los pisos y sacudir los muebles, cambiar las cosas de sitio de manera que él se irritara por la noche cuando volviera del trabajo y tuviera que añadir un par de minutos más a sacar las cosas de donde ella las ponía y a reacomodar las almohadas de una forma que no fuese tan ridícula, quizá descubrir con resignación si el día fue suave o con contenida ira si el día fue ingrato, que ella preparó un nuevo guiso que a él no le apetece comer y que lo ha hecho en cantidades aptas para un regimiento, poco salía la señora de casa de cualquier manera y poco convivía con él pues las visitas a su domicilio las hacía cuando él estaba en el trabajo y no hacía falta ni darse los buenos días; ahora, en cambio, podrían darse las buenas noches si se convertía en sana costumbre esto de sacar a pasear a las perras hasta la casa de ella, donde él vivió, donde le gustaría vivir más que donde vive ahora, la casa actual no tanto contaminada por el infeliz derrumbamiento de su matrimonio ni por los escasos aunque pertinaces fantasmas reunidos en el par de años de habitarla, sino demasiado expuesta a la calle y con escasa profundidad, tanto de espacios como de historia, una especie de costoso escaparate superficial que no podía protegerlo contra la invasión de las preocupaciones externas, ya por el matrimonio que se iba, ya por los escarceos extramaritales que no respetaron la casa como en cambio sí lo hacen los católicos burgueses bien pertrechados de hipocresía, la sinceridad de su vida escaso consuelo, ahora que lo pensaba mientras daba la vuelta por la larga calle que conducía hasta casa de su madre, difícil el pensamiento no sólo por la naturaleza desagradable de lo considerado sino también por el ingente calor que sofoca Santa Teresa durante casi todo el año y que en el mes de agosto es particularmente desagradable, casi lo había olvidado, pero ahora con las dos perras tirando de las cuerdas y la irregularidad de las calles y banquetas haciendo de sus pasos una marcha errática y cansina, los mosquitos que en nubes se abalanzaban sobre sus piernas y los bobitos pegados al rostro y los brazos, algunos invadiendo sus ojos, recordaba precisamente por qué casi nadie caminaba por las calles de este horrible lugar y por qué sólo conocían el interior de lujosos vehículos refrigerados y el interior de casas convertidas en prisiones por elevadas rejas y cámaras de circuito cerrado, por qué no tenían casi espacios dónde convivir y la única actividad al aire libre era el ejercicio físico como dramático subproducto de su inmenso aburrimiento y sus escasos medios intelectuales o morales para salir de él, pobres diablos en los que ya es imposible distinguir si su idiotez causó el desastre cultural en el que viven o fue la naturaleza del lugar la que los volvió idiotas, qué más da si aquí está, cruzando una avenida llena de agujeros que lleva el pomposo nombre de París, cerca de su trabajo donde el aislamiento en el que él por su cuenta se ha sumido para mejor disfrutar de su misantropía no ha sido suficiente para exentarlo de angustias, pues cuando es requerido padece las solicitudes casi siempre imbéciles y ociosas de sus jefes y colegas, pero cuando no es solicitado por días y días siente crecer la amenaza de que se trame algo en su contra para perjudicarlo de la manera más deshonrosa posible, echando mano ya no sólo de lo que estaba bajo su égida y que cualquiera puede torcer si la intención es hallarlo en falta para eso están los abogados y los psicólogos y los contadores, para tergiversar y torcer y justificar las distorsiones según la consigna del que pague sino también escarbando en su vida privada donde siempre será más fácil volver impresentable lo que no debe ver la luz, desde la cama hasta la cocina, desde la abstracta expresión de anhelos en descuidadas confidencias con las personas más inadecuadas hasta la muy concreta revisión de su reciente divorcio que lo desacredita y recrimina y mancha y hace dudoso, poco confiable, víctima apta para que se le aparten amigos y conocidos y, finalmente, se le eche, como es el destino de todo personaje que, como él, no condescendió ni aceptó como natural el envilecimiento ambiente al que tan cordialmente se le invitaba, un poco más de convivencia habría ayudado a limar asperezas, un poco menos de opiniones le habrían facilitado la vida, pero el daño ya estaba hecho y mientras el ruido de los coches se añade a todo lo que hace insoportable este recorrido hasta casa de su madre y los ladridos de los muchos perros encerrados como objetos de decoración y estatus en las casas de miserables déspotas rancheros alteran a las perras que están tan poco acostumbradas a salir a la calle, la correa de la mayor se zafa suavemente de su cuello y de pronto está ahí, libre, como en aquel primer día en que llegó corriendo a casa desde la calle, una cachorra abandonada que de pronto estaba en la cochera mientras su ex-mujer y él descargaban la despensa del coche y la metían en esa casa en la que ahora vive su madre y hacia la que se dirigen en medio del repiqueteo incesante de este gigantesco establo donde mugen las mujeres-vaca y gruñen los hombres-cerdo, el tiempo se solidifica mientras se da la media vuelta para alcanzarla y, enredado con la correa de la que todavía está sujeta, cae al suelo de rodillas y mira a la que está libre alejarse con las orejas gachas durante unos segundos detenidos, compuestos de su mujer adentrándose en la noche en medio de gritos sin que nadie pueda detenerla, de su hijo descendiendo a la tumba una vez que alguien libera el ataúd del último palo de madera que lo retenía de su descenso sujeto a cuerdas, de la antigua perra blanca de dulces ojos negros que se volvieron blancos y a la que saca en brazos de la veterinaria, envuelta en una bolsa negra, luego de quince años de gozar de su cálida compañía silenciosa y casi siempre alegre, inteligente, y entonces grita apagada y difícilmente el nombre de la que ahora se aleja, estirando la mano para atraerla, 'ven, preciosa, ven, ven por favor', aquélla se detiene un instante y gira la cabeza considerando la súplica del hombre que cae, que ha caído, una mirada transfigurada que se congela por unos segundos, entonces accede y vuelve y él la sujeta de su lomo negro y blanco y deja que ésta le lama la cara y le pone de nuevo la correa al cuello y se levanta cojeando para continuar el camino a casa de su madre, la que fue su casa y la de su mujer, tiene las rodillas lastimadas, pero experimenta en ello un gran alivio y no le extraña entonces en lo más mínimo descubrir que en la casa de su madre nadie contesta al timbre y vuelve, evadiendo a los perros que todavía andan sueltos por ahí, a los vehículos siniestros de vidrios polarizados, a los gritos de hombres que tiran latas sobre el pavimento en medio del olor atroz a carne quemada...
Y se encierra.

viernes, agosto 25, 2017

Cerraduras

Una de esas mañanas del nuevo tiempo suyo se levantó, abrió las cortinas de la habitación y la sala, se dispuso a preparar café en la cocina y, mientras borbotaba la cafetera y él se quedaba de pie contemplándola incapaz de articular pensamientos concretos que no fueran imágenes antiguas —manos gesticulando en medio de una amarga conversación nocturna, una hoja de papel que cae desde el balcón de un hotel europeo, el recorrido por las calles del Camino Real, cuando niño, buscando flores para su abuela— advirtió que la puerta de la casa no tenía la llave echada. 'Debí olvidarme de poner el cerrojo anoche', pensó, un poco apesadumbrado por lo que entendía —y entendía bien— era una prueba más de las nubes que se cernían sobre su cabeza desde que se separó de su mujer y que no habían hecho más que aumentar desde que se quedó solo en casa del amigo que lo había recibido durante los primeros meses de separación. Abrió la puerta, recogió del buzón una postal de aquel y —ahora sí— cerró con llave:
'He aquí una visión del Foro desde la colina del Capitolio. Aunque no me vaya a quedar en Roma tenía que sacar provecho de mi visita a Europa yendo a un lugar menos muerto que el norte francés. ¿París? Es una vieja puta que huele a orines. De la Ciudad Luz no vale la pena enviarle ningún recuerdo. La Ciudad Eterna, en cambio, está tan viva como llena de ladrones. Reciba un fuerte abrazo, Maestro.' 
Hacía dos semanas que su amante también lo había dejado y, para su sorpresa, había disfrutado de un súbito alivio por haber sido descargado de la obligación del sexo. Alguna vez, de vuelta a casa de su amigo desde la casa de su amante, cerca de la medianoche, apoyado sobre el quicio de la puerta de la habitación de aquel, con el aire satisfecho de quien se ha refocilado bien y alcanzado turgencias que ahora se traducían en un saludable cansancio, le hizo la siguiente observación: 'Envidio a mi madre, ¿sabes? No sólo porque está retirada y así puede por fin dedicarse a lo que quiere, juzgar con equilibrio el mundo y sus pobladores, tomar distancia de competiciones y mezquindades, dar consejos sin segundas pretensiones, sino porque ella ya es posterior al sexo. ¿Me entiendes? Mi divorcio es un problema sexual. Mi amante es otro problema sexual. El sexo es siempre un engorro que nos impide pensar con claridad y acceder a niveles superiores de concentración, un trastorno desde la niñez hasta ese momento en que, aliviados, comprendemos que ya está y ella, mi madre, ha por fin alcanzado esa dicha. Lamento no estar preparado aún para dar un paso así y desear todavía acostarme con mi amante un día sí y el otro también, pero créeme y recuerda lo que te digo: dichoso aquel que sabe que ya no va a coger más'. Cuando su amante lo dejó —insolente y vulgar luego de ser descubierta en otro affaire con alguien mucho más joven que él— volvió a la casa de su amigo donde éste ya no vivía, cerró con llave y se recargó sobre la puerta repentinamente feliz, incapaz de resistir la sonrisa que se le dibujó en el rostro: 'Ya está', se dijo, 'ya está...'.
Ser relevado de sus obligaciones sexuales, sin embargo, no se tradujo en la esperada lucidez. Semanas con el pensamiento en brumas habían sucedido a los meses de culpa, como si el pasado hubiese decidido volver en forma de fantasma a todas horas del día y de la noche, el sueño y la vigilia cada vez más confundidos e indistinguibles. ¿Cómo podía sentirse culpable luego de haber sido maltratado hasta el hartazgo por su mujer, esa perra frígida que pasó de la noche a la mañana de llamarlo, con lágrimas en los ojos, el amor de su vida, a no hallarse jamás en su domicilio por, según ella misma dijo, rehacer su vida? ¿Cómo por esa que demostró ser capaz de violencia y estudiado desdén, que le quitó la posibilidad de ver a sus hijas, que no tuvo empacho en utilizar el dinero que él se sentía en obligación de proporcionar? Y ahora que la amante había desaparecido también —¿pero quién creía que eso iba a durar y cuán merecidos son los sufrimientos derivados de traicionar con nuestros actos lo que ya era del conocimiento de nuestros pensamientos?— se veía tan libre como falto de referencias, como un hombre en el espacio. No había durado nada la sensación de haber pagado una deuda quedándose completamente solo, esa ligereza de ánimo que sucede al ajuste de cuentas, cuando hemos devuelto lo que no nos pertenecía y nos ha sido dado nuestro merecido. 'Quizá no he perdido lo suficiente', se sorprendió pensando una noche.
Otra mañana de calor sofocante en Santa Teresa y la puerta de la casa entreabierta. Ya no es sólo que no estuviera echada la llave, sino que la puerta misma estaba emparejada. Había pasado la noche así y, luego de un rápido vértigo en la boca del estómago durante el cual consideró la posibilidad de ser sonámbulo o de haber sido visitado por ladrones, recogió otra postal de su amigo y leyó:
'Los ricos productivos son gringos, los improductivos europeos; éstos últimos —que heredan fortunas y pulen apellidos y heráldicas— están siendo reemplazados por los primeros —que compran costosísimos muebles de pésimo gusto en los mall de Houston. Pero si quiere entrevistarse con los últimos vestigios de los segundos antes de que se extingan definitivamente, venga a Madrid. O vaya a Chapalita, que le queda más cerca. Salud de roble, Maestro, para sus andanzas.' 
No había tales: las andanzas habían terminado. En el trabajo estaba nervioso y dejar de tomar café no había ayudado de mucho. En las clases, fugazmente asomados entre los estudiantes que semejaban sacos de aserrín, distinguía cada vez más frecuentemente los rostros de sus abuelos, de su hijo fallecido, de algunas viejas amantes a quienes ya no había forma de volver a contactar por haberse perdido en la noche de los tiempos. Haciendo esfuerzos por no alterarse, repitiéndose para sus adentros que sólo eran alucinaciones, volvía a su oficina pasando primero por el baño donde se mojaba la cara y se humedecía el cuello en la esperanza de centrarse. Pero apenas transcurrían unos minutos y la niebla de su cabeza volvía a instalarse, cerrada, como un impenetrable enigma. Por las noches, antes de dormir, empezó a dejar de tomar agua por el temor a levantarse después a orinar, pues el pasillo que comunicaba al baño se le aparecía poblado de presentimientos y la puerta, al final, siempre estaba abierta sin que pudiera recordar nunca si la había cerrado o no. Se acercaba, encendía la luz de la cochera que nunca dejaba apagada por considerar que ello daba mayores ventajas a los ladrones, examinaba la calle y el piso lleno de cucarachas en medio del sopor de Santa Teresa, cerraba y volvía a la cama con el corazón desbocado. Se cubría con las cobijas que olían a sudor y almizcle y en el que aún se distinguía —tenue y lamentable— el perfume de su amante, pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía aprehender su rostro ni su cuerpo que se intercambiaban con los de cientos de personas —algunos hombres— sin que el alivio erótico ni la paz de haber terminado esos escarceos lo condujeran de nuevo al sueño. 
Una mañana estaba la puerta abierta con las llaves sobre la cerradura. 'Ya no es momento de alarmarse', pensó. 'Sé lo que debo hacer'. Recordó haber leído hacía varios años sobre Philip K. Dick y el tres-dos-setenta y cuatro, de modo que echó las llaves a la basura y dejó la puerta abierta, no sin antes recoger la última postal que recibiera de su amigo:
'Es invierno, Maestro, al final del golfo de Botnia. De niño dibujaba mapas, afición que mi madre alentaba comprándome libros de geografía y que luego quiso quitarme cuando me vio levantar, cada vez más frecuentemente, planos de sitios inexistentes, algunos con divisiones políticas, otros relativos a ciudades con malecones, avenidas, centros históricos. "Eso te va a pudrir la cabeza", decía la buena señora. Y Usted comprenderá ahora, mientras disfruta del ejercicio de su virilidad, cuán importante es tener esta u otras actividades para no dedicarse al sexo exclusivamente. No lo critico, Maestro: le envidio. Escandinavia es limpia: aquí están las ciudades que dibujé. Ojalá se decida a venir cuando ocurra esa liberación de la que Usted me advertía con frecuencia. Le esperaré y no me sorprenderé de verlo, ni siquiera si se me aparece como un fantasma. Un abrazo.'
Al pasar por casa de su madre la encuentra atareada a la mesa con un dibujo. '¿Qué es esto, madre?', le pregunta. 'Una ciudad', le responde ella levantando la mirada para verlo por encima de sus lentes, una escuadra sujeta en una mano, una pluma fuente en la otra. Ella sonríe, pero advierte debajo de su sonrisa la angustia de quien trata de advertirle de un peligro inminente sobre el que no le está permitido hablar. 
Despierta de madrugada, empapado. Una larga sombra se acerca por el pasillo...

domingo, agosto 20, 2017

Mañana

Señor G, señor G, lo intenta con ganas
al pensar que mañana hará lo que no hizo ayer.
Pero otra vez, señor G, pretexta el mal tiempo,
el aburrimiento o que no se encuentra bien.
Y dice: "Es que es tarde, es que es demasiado tarde,
ahora es tarde, qué le voy a hacer".
Un desastre manifiesto, Nacho Vegas.

En la librería debajo de los arcos, frente a la Rotonda de los Hombres Ilustres, una soleada mañana de sábado revisa los títulos y contrasta la etiqueta del precio con las monedas que trae en el bolsillo. Ha venido caminando desde la parada de las combis, donde la Plaza de los Caballos, atravesando la explanada frente al Hospicio con sus malolientes fuentes eternamente apagadas, la incomprensible escultura por encima de la Calzada en cuyos costados se sientan sospechosamente lo mismo cincuentones que hojean El Libro Vaquero que adolescentes con pantalones ajustados de chillantes colores que indias de trenzas fuertemente atadas y canastos repletos de bolsitas con papas en los que se destaca la boca roja de una botella de salsa Valentina hundida entre decenas de limones verdes. Ha hecho pausa, luego de cruzar los arbolados canales de las ranas, en el Rincón del Diablo, cuyo nombre evoca en él acendrados miedos y teológicas amenazas. Se ha masturbado esta mañana luego de volver de la Barranca, poco antes de ducharse, preocupado porque su madre interpretara correctamente el hecho de que el agua corriera tan uniformemente como si nadie estuviera debajo de la regadera. Así que de vez en cuando metía la mano en el agua hirviente, el reducido espacio llenándose rápidamente de vapor, el espejo en el que le gustaba verse cascarla convertido en una ventana de niebla. Se entretuvo, culposo, a un costado del Teatro Degollado, mirando a los artistas improvisar paisajes con pinturas de aceite sobre platos de diversos tamaños, siempre árboles a los lados y cascadas de brillantes espumas al centro, bajo cielos de incomprensibles colores. En agosto le regaló uno de ellos a su abuela diciendo que él lo había pintado. Dios puede castigarlo por eso. Por la masturbación de la mañana también. Por no ayudar a su madre sabiendo que los cacharros sucios del desayuno estaban ahí. Por haber dicho que iba a casa de la maestra Paty cuando en realidad sólo quería recorrer el centro y ver muchachos calzados con vans, las bastillas dobladas descubriendo sus calcetines. No basta con ir bien en la escuela para compensar tanta maldad ni con asistir a misa cada domingo para evitar las recaídas: debería emplear su tiempo libre en algo más que leer tirado en la cama, pues los libros sólo llenan su cabeza de lúbricas fantasías. ¿No dijo el maestro que mente sana en cuerpo sano? ¿no se curará de sus vicios haciendo sentadillas y lagartijas? Este libro para el que sorprendentemente le alcanzan las monedas de su bolsillo— seguramente puede ayudarlo: Ejercicios para vivir mejor. Ha sido torpe en los deportes, débil con los brazos, abusado por sus compañeros que se aprovechan de que sea un enclenque. Pero eso está por terminar porque va a hacer ejercicio y, una vez fuerte, va a defenderse. La secundaria no volverá a ser la misma. Quizá convenza a su madre de que lo inscriba en karate. Empezará mañana mismo luego de seleccionar la rutina más conveniente y hacer un minucioso calendario. Masturbarse ni pensarlo: es una pérdida de energías y un pecado. Los ejercicios isométricos prometen los mismos resultados con mucho menor tiempo invertido, quizá sea mejor empezar por ahí. Quizá alternarlos con ejercicios normales antes de cenar. ¿O será mejor al levantarse? Como quiera que sea empezará mañana.
[...]
Ahora que él se ha mudado a casa y que no volveré a tener invitados en mucho tiempo, quizá sea el momento de retomar el ejercicio. Él es un deportista, seguro que sabrá decirme qué debo hacer y querrá que su pareja también tenga un buen cuerpo. Hay mucho espacio: con independencia de la cama y el escritorio, el librero de aglomerado, el portagarrafones, todo lo demás está libre: dos habitaciones y un salón enorme con baldosas de barro y azulejos azules, dos patios y una cochera sin auto. Sólo tengo la tesis para ocuparme y los compañeros de maestría no sé si porque han comprendido que ya tengo pareja o porque han notado mi manifiesto desinterés han dejado de buscarme. Es una coincidencia afortunada que, encima, las más prestigiosas instituciones de educación privada en esta ciudad me hayan contratado para dar clases: los recursos están asegurados, especialmente en estos momentos en que él todavía no termina la carrera y necesita mi apoyo. No creo que ello interfiera demasiado con mis planes porque sólo debo dar clases en los horarios especificados y retirarme enseguida, ¡podré incluso leer más! Ya no hay pretextos, me parece, para continuar con tanta holgazanería. Mi madre me ha regalado un par de shorts y tres camisetas para ejercicio, además de unos tenis con los que tal vez pueda salir a correr: hay muchos terrenos baldíos alrededor, seguro que si el terreno está seco será agradable correr por ahí, aunque en la época de lluvias se hacen lodazales cuyos inconvenientes sólo compensa el verde de los campos y la calidad del aire. Pienso en los inviernos por venir y me llena de emoción la posibilidad de que él y yo nos levantemos tarde de la cama luego de pasar la noche acurrucados bajo las cobijas, de que desayunemos viendo el noticiero donde darán cuenta de los crímenes de los que fueron víctimas los que la noche del sábado salieron a entregarse al desenfreno. Quizá deba apartar de mi cabeza pensamientos tan acomodaticios: ¿por qué no se me ocurre mejor que él y yo salgamos a correr? ¿por qué no se me ocurre que compremos un par de bicicletas o un banco de ejercicios? Apenas me descuido y todo lo que se me antoja es estar tirado leyendo o comiendo. También follando. No tengo remedio, pero no se hable más: empiezo mañana.
[...]
Hakim se ha llevado la bicicleta elíptica. No tenía caso que la siguiera conservando cuando los propios médicos me han dicho que no debo retomar mis rutinas. Primero debemos estabilizar la tiroides, luego pensar en soluciones más permanentes. Cirugía, desde luego, pero también yodo radiactivo para liquidar la hiperactiva glándula, lo que sea que resulte mejor. No era el ejercicio diario en la bicicleta de spinning ni la saloprie de la elíptica los responsables de que yo adelgazara tan dramáticamente, tampoco tenían que ver con las madrugadas en que me despertaba un hambre atroz que liquidaba prontamente con pain au chocolat y patatas fritas. ¡Eran las hormonas que una mañana sencillamente me impidieron andar y me obligaron a ser conducido en ambulancia hasta el hospital! En el fondo, aunque a mi jefe al que por ser francés le asiste el derecho divino y republicano de saber qué sentimientos y maneras de pensar son aceptables y cuáles no le parezca una ridiculez, lo cierto es que no me cuesta trabajo relacionar los cientos de días fríos, grises y lluviosos transcurridos entre la residencia y el laboratorio, las separaciones de meses puntuadas por visitas vacacionales respecto de mi pareja y familia, con este trastorno físico que me tiene postrado y al que ninguna ventaja profesional, económica o cultural puede justificar. Confieso que esperaba más alarma de parte de mi pareja, pero quizá el hecho de que sea médico le hace ver esto como una trivialidad, algo facilitado por su actitud pasiva que prefirió dejarme partir antes que organizar una huida juntos. Si el hecho de que me hayan hospitalizado no lo ha hecho venir, no lo hará ya nada. Se acumulan los años y no veo cuándo podremos volver a la vida que teníamos: él está cada vez más fuerte de los brazos, el abdomen con los músculos como adoquines, encantado de mantenerme a una distancia sexual que no deja de crecer mientras más ropa y zapatos se compra. ¿A dónde va a conducir todo esto? ¿Cómo puedo tener confianza en el futuro si sólo me rodean payasos? El endocrinólogo me ha sugerido la natación y quizá aproveche el hecho de que mi jefe va a la piscina dos o tres veces por semana para unírmele: no es demasiado sacrificio soportar sus fanfarronadas de adolescente sobre cuántas vueltas puede dar en cuánto tiempo ni cómo es irrelevante fumar siempre que haya actividades físicas que lo compensen. Quizá deba empezar mañana para evitar rebotes bruscos de peso como consecuencia del tratamiento. La natación ejercita muchos músculos simultáneamente: quizá logre por fin el cuerpo que deseo. Quizá, también, deba disuadirme de este pensamiento el hecho de que mi jefe nade todas las semanas siendo un cerdo de generosas proporciones. Ya veremos.
[...]
Harto de la rutina de levantarse todas las mañanas a las cinco y media, tomar el auto hasta la salida sur de la ciudad, recoger a Selbor en su domicilio, pasar por el Monofiera al suyo y llegar hasta el gimnasio de la laguna para repetir infructuosamente grupos de ejercicios en aparatos con asientos planos, inclinados o verticales, poleas, cuerdas y resortes, bandas, botones y tubos, dio por terminadas sus voluntarias obligaciones una mañana de marzo. No soportaba, además, seguir desayunando cereal para completar la actividad física con una dieta razonable, ni sentir el cuerpo entumido por varias horas durante la mañana, mientras en la oficina no dejaban de acumularse actividades. Doscientos cincuenta microgramos de levotiroxina sódica todos los días y una actividad sexual nula no mejoraban el humor de quien experimentaba, como en ciclos, una desilusión tanto de las actividades en que había sido exitoso como de las personas en las que había depositado sus esperanzas. Recibió, por error, una postal dirigida a su vecino, que decía: "...llegará un día [...] en el que él nos mirará desilusionado y perplejo al comprobar que en realidad nos trae sin cuidado lo que antaño nos sucitaba emoción, que nos aburre lo que nos cuenta sin que él haya variado de temas ni estos hayan perdido interés". Se sentó en la sala a acariciar el lomo pecoso de la perra que se echó pensativa entre sus piernas. Entrecierran los ojos. Primero él. Luego ella. Huele a sopa recién hecha y pasa una hora sin que nadie diga una palabra mientras se mueven los trastes y cacerolas en la cocina. 'Cómo me gustaría ir ahora mismo a la Barranca', piensa. Pero eso está en otra ciudad. Pero eso está en otro tiempo.
[...]
Terminó de limpiar los clósets que su ex-marido había vaciado de sus cosas e instaló el banco de ejercicios y la bicicleta de spinning cerca del cuarto de baño. 'Otra vez estoy solo', pensó, 'tanto mejor para ponerme en forma y cuidar lo que como. Mañana puedo empezar. Es lunes. O quizá deba esperar al inicio del mes. O al año nuevo. O a mi cumpleaños. No siempre se cumplen cincuenta. ¡Medio siglo! ¡Qué barbaridad! Qué pronto se pasa el tiempo. Será mejor mañana, sí. Mejor mañana empiezo. Esta vez es en serio. También podré leer más frecuentemente y a la hora que quiera. No voy a detenerme hasta que consiga lo que quiero. Mañana empiezo, sí. Mañana...' 
Y se quedó dormido.

sábado, agosto 12, 2017

La marcha del orgullo gay en Santa Teresa

Querido Jorge:

Todavía no hace todo el calor que suponíamos cuando decidí venir para acá, ¿recuerdas? Los preparativos para el viaje, las maletas, los abrigos europeos que se quedaron colgando de las percheras del Reino porque en este desierto resultarían totalmente inútiles (ello no fue completamente cierto, como quedó probado en febrero cuando se congelaron los cultivos de alrededor y los vidrios amanecieron cubiertos de un hielo finísimo; pero eso fue una excepción). Nos dijeron que hacia junio el calor sería peor que todo lo que hubiéramos conocido con anterioridad. Llegado junio, nos dijeron que en julio sería peor. Pero julio llegó y nos dijeron que esperáramos a agosto. La providencia ha querido que el crío y yo viviéramos en esta vieja casa sin aire acondicionado para mejor entender qué significa el calor. Una vez nos metimos juntos a la ducha con todo y ropa, antes de irnos a la cama: despertamos completamente secos y con la frente perlada de sudor. Curiosidad científica, supongo.
Curiosidad. La misma que me ha hecho recorrer las calles de nuevo en busca de chicos y a desentrañar con minuciosos patrullajes las zonas y horarios en donde puedo encontrarlos mejor dispuestos a mis inclinaciones. Plaza dieciocho de marzo, plano oriente, la calle Galeana o la California, los alrededores de la central camionera. Soy un gran geógrafo, ¿recuerdas? Desde pequeño adoro los mapas. Explorar, saber, hacer taxonomía. Pues bien: esta no es la ciudad del Reino con sus escandalosas discotecas y centros comerciales, con ese saludable anonimato que anima a los homosexuales a salir del clóset. Hoy he pensado en el poco mérito que tiene todo ello cuando ningún conocido te ve: ¿de verdad son libres y desprejuiciados quienes se exhiben de noche en zonas señaladas, quienes se circunscriben a guetos? Te apuesto a que la mitad de esos cuya exhuberancia te hacía estallar en carcajadas tanto como te excitaba tienen jornadas laborales ordinarias y discretas o, en el peor de los casos, vidas familiares contritas, hechas de padres y hermanos que dicen quererlos mucho mientras no hablen de su modo de vida ni se acerquen a los niños. Esto tampoco es una ciudad europea, desde luego. En aquellos sitios, como alguna vez te comenté, se entiende por mente abierta la capacidad hipócrita de guardarse las opiniones verdaderas que tenemos sobre los demás, mientras ellos, los otros, pasean libremente por los estrechos canales que dejaron despejados los ojos y la censura de las mayorías. Es ominoso. Salvo en la zona detrás de la mairie de París o el madrileño barrio de Chueca, no hay manera de ver una sola pareja de hombres de la mano. Cuando por fin se divisa alguna, las personas fingen no verlos mientras sus ojos giran hacia ellos; si encima hay una diferencia de edad notable, apenas resisten la tentación de girar la cabeza con desaprobación. Y olvídate de la banlieu parisina o las periferias de Madrid, donde es impensable semejante atrevimiento so pena de ser atacados como, curiosamente, no lo serían en el sureste mexicano donde las categorías sexuales son más bien difusas. Como en muchos otros rubros, también en materia sexual los europeos son extremadamente respetuosos de la ley: por supuesto que la homosexualidad no es un delito y que en no pocos países dos hombres pueden casarse o adoptar hijos, pero es una libertad de forma cuyo objeto es contenerlos y eventualmente apartarlos de la mayoría, proporcionándoles el espacio que sobra. Exactamente como con otras minorías, el europeo parece decir 'la discriminación de los negros está prohibida, pero no nos mezclamos con ellos porque nadie puede forzarnos y en el fondo seguimos teniendo miedo y repulsa', así que la tolerancia se traduce en compartimentalización: cada quien dentro de su aburrido perímetro con el trabajo como único espacio donde se tocan siempre tangencialmente. La libertad sexual latinoamericana, en cambio, es real: no espera leyes para salir a la calle ni pide que un hombre diga que es homosexual para ponerse de rodillas a practicar una felación: se ejerce. Medida en palabras puede parecer mezclada y turbia y ambigua, capaz de herir a los teóricos; pero no desmerece de sus lúbricos resultados prácticos.
Pero me estoy desviando, ¿verdad? Estarás esperando que te comparta algo más picante en vez de disquisiciones sociológicas improvisadas, ¿no? Ya habrás deducido que Santa Teresa, con todo y sus modestas dimensiones, no me ha decepcionado: gente de variadas condiciones se ha ido a mi cama à la mexicaine, es decir, sin considerandos: casados con hijos, jóvenes con novias, toxicómanos con lencería femenina puesta o dispositivos mecánicos imposibles de creer si no los hubiera visto. Los pueblos, ya se sabe, son tan atrevidos en lo privado como las grandes ciudades en sus escaparates nocturnos: es un error frecuente menospreciarlos. Casi no hay vida nocturna y una cochera de techos altos improvisada como bar hace de único local gay, pero ello no obsta para que en pleno mediodía uno pueda salir en el vehículo a abordar chicos más que dispuestos a subir al carro de un desconocido. De ahí en adelante ya depende de uno. Desde luego, están presentes todos los signos del provincialismo que me recuerdan a la ciudad del Reino hace veinte años: los hombres piden discreción, temen ser vistos, su lenguaje está plagado de eufemismos que les facilitan la tarea de no asumir lo que son. A mí me da igual, desde luego, en tanto abran las piernas. A la mayoría no vuelvo a verlos ni aunque me lo pidan. Store policy, me digo.
Quizá pienses que esta es una postura bastante cínica, pero optimista, de abordar el hecho de que nunca había estado en un sitio tan retrógrado en materia sexual. Puede ser. Pero déjame compartirte algo de lo que el crío y yo fuimos testigos esta mañana cuando nos disponíamos a hacer la despensa como todas los domingos. Si bien los habitantes del pueblo no se caracterizan por conducir sus vehículos de forma mínimamente eficaz ni segura, el tráfico cerca del mercado estaba particularmente lento, lo que me hizo preguntar a uno de los policías del área qué ocurría. 'Hay una marcha de jotos', me dijo riéndose. ¿Una marcha gay en Santa Teresa? ¿Uno de esos desfiles con carros profusamente decorados, hombres en ropa interior ajustada bailando y drag queens que lucen más esbeltas y femeninas que las ballenas locales? Estacioné el auto donde pude y, junto con el crío que ya soltaba pequeñas risitas de curiosidad nos acercamos a la marcha. Nadie se había reunido para verlos. Los transeúntes apenas hacían pausa o giraban la cabeza perezosamente para ver pasar el único carro de la marcha. Una veintena de hombres y mujeres sostenía cartulinas con letreros improvisados hechos a mano en los que se leían cosas como 'No discrimines' u 'Orgullo gay'. Algunos, quizá sobrepasados por el referido orgullo, se tapaban la cara con esas mismas cartulinas, lo que fue todavía más evidente cuando llegaron los del periódico local con cámaras fotográficas. El crío reía a carcajadas y yo no pude evitar reírme con él porque aquello me pareció ridículo comparado ya no con las marchas de Amsterdam o Berlín, sino con las de la ciudad del Reino. Pero luego lo pensé mejor: ¿no demostraban los miembros de esta patética marcha una mayor convicción y valentía que los de los sitios más cosmopolitas? ¿no hacían falta más huevos para hacerse visibles en un sitio con semejante modorra intelectual y moral, aún vestidos como obreros, que en las calles de San Francisco con las nalgas al aire y un jockstrap por única vestimenta? Ya lo creo, Jorge, ya lo creo.
No sé cuánto tiempo vaya a vivir en este lugar, querido amigo, pero por lo menos ha de ser hasta que el crío termine sus estudios. Veo remoto e indeseable que mi pareja se reúna conmigo, primero porque aún no estoy suficientemente asentado aquí, pero también porque estoy disfrutando mucho ser padre soltero. Te confieso que me emociona la perspectiva de reunir estudiantes en mi casa quizá los amigos del crío a beber cerveza y tocar música hasta tarde, discutiendo con la pasión generosa de quienes aún tienen la vida por delante, intentando contestar la única pregunta que vale la pena: ¿cómo vivir? Un fuerte abrazo, Jorge.

Luis

jueves, junio 22, 2017

Perplejidad

Suele llegar exhausto por las noches. Algunas veces ya estoy dormido, otras finjo estarlo: mi puerta siempre cerrada, la luz apagada, el aire acondicionado —sin el cual la canícula de Santa Teresa sería todavía más intolerable— haciendo zumbidos (tengo entendido que hace décadas los indios de por aquí colgaban hamacas o sábanas en los patios de sus casas para dormir ahí, a la intemperie, durante el verano; pero el dengue y otras enfermedades mortales han vuelto esa alternativa intolerable, a pesar de los esfuerzos de las siniestras patrullas que recorren las calles rociando insecticida, quién sabe si matando sólo zancudos o también envenenando los depósitos de agua y las raíces de las escasas plantas). Lo oigo lavarse los dientes haciendo pausas durante las cuales sé que tiene el teléfono en la mano sin enviar un solo mensaje, apenas recorriendo la lista de sus contactos y asomándose de vez en vez, sin comprender bien por qué, a los perfiles de algunos amigos que se quedaron por el camino o al de su esposa, que a pocas cuadras de aquí duerme con el cabello revuelto en la que fue su alcoba, mientras sus hijas, asfixiadas por la humedad bochornosa de su cuarto lila mal refrigerado, hacen caso omiso de su ausencia con la misma facilidad con que le ignoraban cuando ahí vivía. Escupe la mezcla de saliva y pasta, orina tirando de la cadenilla un poco antes de que caiga la última gota, bebe agua en la cocina donde a pesar de sus esfuerzos se escucha el tintineo del cristal de algunos vasos (detesta beber en los que tengo de plástico) y se dirige luego a su cuarto donde intenta reanudar la lectura de lo que sea que esté leyendo antes de decidirse a apagar la luz por llevar ya cinco o seis intentos de terminar la misma página, perdiendo el hilo de la narración; el sueño debe llegarle por el calor de la habitación que mantiene, como un penitente cristiano, con un mínimo de comodidades entre las que no se cuenta ningún tipo de ventilador.
En mitad de la noche suelo despertarme con mucha sed, los ojos vidriosos por el aire acondicionado, agitado por sueños recurrentes en que uno o varios hombres, a veces armados, entran a la casa a robar levantándome de mi lecho siempre demasiado tarde: una sombra en mitad del pasillo que conduce a la sala, el brillo de un cuchillo o navaja detrás de una puerta, el perfil de un encapuchado recortándose contra la ventana por la que se cuela la difícil luz de una luna en el vapor de la noche. Los gatos que bajan del tejado removiendo los cachivaches del patio o el sordo ladrido de los perros que en manadas insomnes asolan las calles de Santa Teresa, suelen acompañar los extraños minutos que siguen a estos despertares nocturnos. Aprovecho entonces para ir al baño y me asomo sigilosamente a su habitación: ahí está boca abajo con una mano cayendo por la orilla de la cama, las sienes grises perladas de sudor, la respiración como un gemido. Si yo he soñado otra vez con ladrones, ¿qué estará soñando él? ¿las amenazas de muerte de su esposa a la que no detuvo la presencia de las niñas? ¿la sentencia del juez que a pesar de todo le dio a ella la custodia? ¿el oneroso divorcio que parece no reparar en gastos para él mientras ella sale a cenar todas las noches con un desconocido?
Esta tarde, cuando volvimos del trabajo, se dobló las mangas de la camisa liberándose los brazos, se desabotonó el arranque del cuello y se echó en un sillón cabizbajo, pero circunspecto. Se pasó ambas manos por la cabeza y luego las dejó caer sobre sus piernas. Llevaba la barba bien afeitada y mantenía el tipo; aunque hubiese perdido el carro y la casa en el envite, no le preocupaba la logística, eso hubiera sido fácil de entender y lo habría mantenido alerta e instalado en el mundo, objetivo y pragmático, intentando maniobrar para no perder tanto (ganar era imposible), pero todo eso le daba igual: era perplejidad lo que se leía en su rostro. No entendía que su mujer hubiese cambiado tanto y se le hubiese hecho extraña en cuestión de meses, luego de tantos años de presunta lealtad y amor y conocimiento. Quería una explicación, una manera de conectar los puntos que unían el antes con el ahora y el después, esa línea imposible... ¿De verdad había sido ella, el ejemplo de la circunspección y elegancia, la sensatez en la que él siempre había podido apoyarse, la misma que se llenó la boca de vulgares improperios el día de su cumpleaños? ¿la que lo amenazó con un cuchillo delante de sus hijas como en una historia pasional de verduleras? ¿la que, luego de la irracionalidad y la violencia, le premió con una tranquila cuanto arrogante indiferencia? 'No entiendo', me decía. Yo le ofrecí una cerveza.
Como un animal en cautiverio en cuya jaula colocan un columpio o una rueda, yo tengo una bicicleta estática al lado de la cama y a ella suelo subirme, por instrucciones médicas, hacia las seis de la mañana. Igual que él no entiendo nada, ya no de la degeneración de una mujer que no tengo luego de un par de décadas de conocerla, sino de cómo he llegado hasta aquí: los desayunos con claras de huevo y panela, los cafés descafeinados, las pastillas para la tensión y la diabetes, los libros y series y páginas de internet que nunca sacian y las mujeres ocasionales demasiado ocupadas de no ser sorprendidas deseando sexo, no vayan a ser tenidas por putas, desperdiciando su vida para llegar desesperadas a los cuarenta cuando ya nadie las desee y sólo los tipos más vulgares y prepotentes y despóticos y abusivos —quizá el que ahora mismo seduce a la mujer de quien ya se levanta con pesadez en el cuarto de al lado— se dediquen a explotarlas sin piedad. ¿Cómo lo soporta luego de haber vivido en ciudades verdaderas y haber convivido con personas extraordinarias? Sus jefes aquí son acomodaticios asnos que le machacan todos los días con lecciones sobre cómo pensar y qué no decir y cómo comportarse y qué no ser, censores criminales que están destruyendo su vida aunque ahora mismo no les preste demasiada atención, ocupado como está en salir del marasmo en que lo ha sumido ya no la destrucción de su vida como la desaparición de la mujer que conoció. 'No sé quién es', me dijo, 'te lo juro que no sé quién es'. Como los años de nuestra infancia a los que quisiéramos volver, ella ya no está y uno no puede pretender irse de vacaciones a aquel tiempo, a aquella persona. Qué desconsuelo.
'¿Para qué te casaste?', le he preguntado en algún momento. Si al final ha sido capaz de enamorarse de una mujer mucho más joven de cuya casa regresa exhausto hacia la medianoche, muchas veces cuando ya estoy dormido, otras mientras finjo estarlo, ¿para qué se casó? ¿por qué hizo compromisos y procreó hijos si era un espíritu libre al que sólo la renovación diaria del amor podía retenerlo al lado de una persona? ¿por qué asimiló su vida a la de sus mediocres colegas con ese acto tan aplaudido por la burguesía ranchera de Santa Teresa? 'Te imagino en una ciudad europea, con relaciones de meses en algunos casos, años en otros, intensas, claras, originales, con mujeres de reglas simples y poco ánimo de protagonizar telenovelas sudamericanas, con colegas inteligentes que hablan de política y literatura, de episodios históricos o anécdotas sabrosamente condimentadas, respetuosos y admirados de tu manera de ser, amigos sobrios de contenida cuanto verdadera emoción, ejerciendo tu profesión, tu industria, disfrutando tus paseos a pie y el sabor de la comida o el espesor del viento. A salvo.' Se ha reído.
Los días del verano pasan rápido. Deseo que esté follando mucho, aunque vuelva cada noche a esta que no es su casa exhausto, con una sonrisa tímida bajo la sombra de su perplejidad. Que no resolverá ya nunca. Pero que dejará de interesarle.

martes, mayo 30, 2017

Sector Libertad

Hace mucho tiempo, algunas tardes en mi pequeño y lejano pueblo, los muchachos íbamos a visitar a Álvaro a su departamento de San Andrés, donde, sin saberlo, él pasaba los que serían sus últimos años en casa de sus padres. La unidad habitacional constaba de seis o diez edificios, de unos cinco pisos de altura cada uno, separados por escasos espacios poblados de árboles delgados y arbustos enanos que resistían con estoicismo la continua invasión de los críos del área; éstos jugaban a las escondidas o a las canicas o a patear un balón sobre canchas imaginarias y asimétricas, pero apenas entraban en la adolescencia se hacían viciosos o se echaban novias encima, lo que en cualquier caso significaba que no volverían a pisar los entrepatios de la unidad para ninguna clase de juego. El padre de Álvaro, un hombre bonachón y de pelo cano que, contrario a la costumbre, rezumaba bondad y sencillez, nos recibía dándonos la mano a cada uno e invitándonos a tomar asiento en una sala cuyos muebles y decoración parecían directamente extraídos de una película de los años setenta: consola imitación madera con tocadiscos y bocinas aterciopeladas, esbeltos sillones color verde pistache con patas en punta, posacabezas bordados en cada asiento y un mantel que hacía juego decorando la mesita de centro donde solía haber discos de cuarenta y cinco revoluciones con dos canciones únicamente —una por cada lado— lo mismo de trasnochados cantantes de rock en español que de dipsómanos mariachis ejecutando rancheras. Su mamá, una señora que siempre llevaba anchos vestidos de  una sola pieza y el pelo, salvo un par de rulos a los costados, levantado en un ancho moño, nos ofrecía agua fresca de frutas que ella preparaba en una cubeta de plástico amarilla. Luego de servir los vasos, nos acompañaba sonriendo en silencio durante los breves minutos en que nos instalábamos en la sala antes de pasar al cuarto de Álvaro. Los hermanos de éste —Germán, dos años mayor que él, y Brenda, dos años más chica— se unían siempre a la conversación, como si consideraran una majadería permanecer en sus habitaciones o retirarse luego de habernos saludado. Éramos la visita, los amigos de Álvaro, de modo que tomaban asiento junto con sus padres y departían con nosotros, aunque la conversación —de todos modos escasa— la dominaran primero su padre y luego Germán, las mujeres más bien calladas y sonrientes, llevando y trayendo más agua o algún pequeño refrigerio. Brenda, con todo y ser casi una niña, nos dirigía miradas salaces acompañadas de un continuo humedecerse los labios con la lengua, lo mismo a Alfredo que a Jorge Luis o a mí, lo que al primero causaba más acné, al segundo material para sus solitarios escarceos y a mí una incomodidad que se deshacía apenas intercambiar un par de palabras con ella. Luego de unos diez minutos de comentar sucesos del pueblo o recibir admoniciones sobre los sitios por donde convenía transitar para evitar malos encuentros, los muchachos pasábamos al cuarto que Álvaro compartía con su hermano —dos camas individuales, un viejo clóset de puertas desvencijadas, repisas desde las que nos vigilaban desgastados juguetes intocados y un catecismo para niños— y apenas nos sentábamos en las orillas de las camas —un par frente al otro, normalmente Jorge Luis y yo de un lado, Alfredo y Álvaro enfrente— nuestros rostros se relajaban y empezábamos a hacernos bromas soeces y a reír a carcajadas. A media tarde Germán solía entrar luego de ducharse, se cambiaba de ropa y salía a ver a su novia a pocas cuadras de ahí. A pesar de ser sólo un par de años mayor que nosotros y de tratarnos con naturalidad, su comportamiento nos parecía el de un hombre adulto a todos los efectos. No bebía ni fumaba, menos aún a escondidas como a veces hacía Álvaro sacando medio cuerpo por la ventana de su cuarto con un cigarrillo corriente que luego le dejaba una prolongada tos. En aquella casa y pese a su insistencia, ninguno nos atrevíamos a encender un cigarrillo. Poco a poco, según nos exigía el ritmo de una conversación centrada en criticar a los maestros de la preparatoria y describir con ridículo exceso lo que haríamos a las chicas buenas de la escuela en caso de tenerlas en la cama, éramos nosotros, los muchachos, quienes convencíamos a Álvaro de bajar a alguno de los entrepatios a fumarnos un cigarrillo. En lugar de eso, alguna vez subimos a la azotea y nos entretuvimos viendo cómo el cielo se iba encendiendo en el horizonte por encima de las casas y las lejanas montañas, hasta que todo se apagó y al azul marino le sucedió una noche estrellada. Brenda nos espiaba y chantajeaba a su hermano pidiéndole a su vez un cigarrillo con tal de no denunciarlo a sus padres. Su presencia, aunque no hablara casi, nos inhibía; pero eso a ella no parecía importarle: en no escasas ocasiones, sobre todo cuando no estaban sus padres en casa, se colaba entre nosotros y cogía del brazo a alguno para acariciarlo con ritmo suave, mitad la yema de sus dedos, mitad sus uñas mal pintadas, por el cuello o la espalda, una y otra vez, una y otra vez, hasta que Álvaro reparaba en ella y la echaba de su cuarto o le pedía que se devolviera a casa si estábamos en la azotea o la calle, dándole a entender que era mejor mantener a su madre despreocupada para poder seguir contando con sus escapadas. Sin menoscabo de nuestra afición por el metal que en aquellos años se consideraba satánico ni de nuestro torpe vicio tabacalero, éramos saludablemente sentimentales: escuchábamos nuestras confidencias con atención, nos abrazábamos con naturalidad, alguna vez, incluso, nos hicimos regalos. Yo le di a Álvaro un pato de barro, pintado de muchos colores, del que me costó mucho trabajo deshacerme; él me dio a su vez un muñeco de plástico de rostro beatífico que, enfundado en un traje azul de luchador, levantaba unas minúsculas pesas negras de halterofilia. Alfredo no solía regalar nada, tímido como era de ser tenido por maricón, pero a Jorge Luis sí que le entusiasmaba dar todo lo que no tenía, pues su casa era la más pobre de nosotros cuatro, su padre —un macho de ojos grises, fanfarrón, alcohólico y violento, todo lo opuesto al de Álvaro— apenas se ocupaba de alimentar a su familia. Ninguno tenía bicicleta, pero acostumbrábamos hacer largas excursiones de fin de semana hasta la barranca de Oblatos, atravesando largos terrenos baldíos y colonias a las que faltaba pavimentación o alumbrado, las mujeres de esos sitios acarreando baldes de agua todo el día por faltar el agua corriente en sus casas. Vivíamos en aquel lejano y pequeño pueblo de espaldas a la ciudad que se estaba gestando, cada vez más empujados a la orilla, cada vez más cerca de un final imperceptible, la libertad que nos cobijaba lenta e inexorablemente reemplazada por una modernidad hecha de dientes. Aquello duró una eternidad, aquel abrazo, aquella geografía... 
Hasta que nos expulsó el tiempo.

domingo, mayo 07, 2017

Samovar

Nos encontramos en la salita de maestros de aquel edificio de una planta todavía no reemplazado por uno de esos cubos de veinte metros de altura, sin ventanas ni baños ni salidas de emergencia, que la acomplejada moda de rancheros sin educación convertidos en gerentes académicos había venido impuesto en los últimos años a toda la ciudad universitaria: bodrios rodeados de concreto en vez de árboles, rematados con mosaicos multicolores del Artista Local, obligados a consumir enormes cantidades de energía eléctrica en iluminación artificial —luz de anfiteatro— y aire acondicionado —permanente olor a caño. Era mi amigo. Era viernes.   
—Lo han vuelto a hacer —dijo furioso. 
—¿Vuelto a hacer qué, maestro? —pregunté sirviéndome una taza de té del samovar.
—Los profesores de tiempo completo, ya sabe, ese club de adocenados compadres, mitad cerdos, mitad corderos, lo han vuelto a hacer. Han vuelto a aprobar para sí mismos, como los diputados, la repartición más conveniente de los fondos de gobierno.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—¿Cómo que qué tiene de malo, maestro? ¡Esto de jugar a la escuelita es el negocio perfecto! Usted nomás fíjese cómo se fundan las universidades estatales: un buen día, los riquillos del pueblo juntan su dinerito para repartirse credenciales en forma de títulos universitarios, un negocio privado que increíblemente tolera esta irresponsable república laica. Luego, estos cristianos caballeros y damas católicas, estos hijos de puta que encima se dicen benefactores de la sociedad a la que han parasitado, deciden que ya tienen un tamaño respetable y que lo suyo es un bien público que, administrado exclusivamente por ellos, debe beneficiarse de una tajada de los impuestos recogidos por el gobierno de la capital. En otras palabras, parecen razonar de la siguiente manera: hemos invertido dinero en un noble negocio llamado educación, nos ha dado muchos dividendos y ahora exigimos que, preservando nuestro exclusivo control, sea sostenido por esa misma sociedad a la que hemos enculado. ¡Pues qué panda de cabrones más astutos!
—No creo que sea prudente hablar aquí, maestro —traté de moderarlo señalándole con la mirada las cámaras que la administración más reciente había colocado en la salita de maestros. La universidad como centro penitenciario. ¡Y todavía me sorprendía que se presumiera en internet la adquisición de nuevas patrullas para vigilar ciudad universitaria!
—¡Que me oigan! A mí qué más me da. Por eso los pueblos latinos somos tan acomodaticios, ¿sabe? Por cobardes. A fuerza de no querer pasarla mal y de ir de pachanga en pachanga, nos hemos envilecido irreversiblemente. Es imposible que se nos tome en serio. El mundo va a lo suyo sin perder el tiempo en más trato con nosotros que el comercial o el turístico. Es vergonzoso. Alguna vez escuché a un historiador presumir que Latinoamérica era un paraíso terrenal donde nunca tuvimos que enfrentarnos a grandes guerras como en Europa ni a racismos extremos de corte anglosajón; que el mestizaje nos ha convertido en una raza cósmica y tolerante, nuestras dictaduras —cuando las hubo— únicamente preocupadas por el aspecto político de la situación y no por meterse con las libertades civiles. ¡Es el colmo del cinismo que pretende hacer pasar el vicio por virtud! Las guerras europeas —si bien atroces, si bien devastadoras— no estuvieron nunca motivadas por la rapiña más elemental de nuestras sociedades, sino por ideas y concepciones, por la inteligencia y la pasión, las mismas que ahora ponen en cuidar sus democracias, acrecentar su cultura y multiplicar su riqueza. Nosotros, en cambio, no queremos hacer nada que cueste demasiado —mucho menos una guerra, mucho menos una infraestructura mínimamente consistente— porque nos da hueva, esa expresión onomatopéyica de la holgazanería y la dejadez que explica nuestra indolencia mezquina hacia la injusticia.
—¿Como la injusticia del reparto de los dineros gubernamentales para la universidad, quiere decir? —dije provocándolo y arrepintiéndome ahí mismo de haberlo hecho. Él era un profesor de tiempo completo con fama de atrabiliario, pero con seguro médico y fondo de pensiones; yo un profesor auxiliar al que pagaban por hora para hacer suplencias y que, a diferencia de aquella mañana, solía únicamente ir a dar mis clases y marcharme inmediatamente después a mi casa, a leer libros de segunda mano e intentar escribir una inacabable novela: a mí podían despedirme en cualquier momento sin mayores explicaciones; a él no.
—¡Por supuesto! El sector académico en este país está completamente podrido; la universitaria es, sin duda, su parte más sinvergüenza y descarada. El pueblo no lo sabe porque los dueños tienen a bien mantenerlo en la más estúpida ignorancia mientras le venden el camelo de la educación para sus hijos, pero si por casualidad un día examinara a dónde van sus dineros y en qué estúpidas frivolidades se gastan, reaccionaría con la misma violencia que le provocan los políticos más fanfarrones o los pederastas más destemplados. Da igual si se trata de maestros que se ven obligados a servir de niñeras para los hijos imbéciles de padres que ya no los soportan; da igual si se trata de guiñapos que desean a toda costa cobrar como científicos por haberles sido regalado un título de doctorado por otros cerdos igualmente inescrupulosos; da igual si se trata de gerentes académicos que cobran sumas exorbitantes por el sacrificio de ponerse a la cabeza de esas voraces empresas privadas disfrazadas de universidades públicas, pontificando a diestra y siniestra lo mismo sobre valores católicos en ambientes laicos que sobre pedagogía y docencia en la inopia de no haberse parado nunca en ninguna aula; todos, absolutamente todos, son unos irredentos hijos de puta que merecen ser pasados por las armas como la primera medida sanitaria de una hipotética revolución.
—Cálmese profesor, cálmese. Siguiendo sus propios razonamientos y generalizaciones, ¿no será que está así sólo porque no le tocó suficiente en el reparto de dineros públicos?
La conserje acababa de entrar para limpiar el samovar, pero apenas había pasado el trapo por la tapadera y servido una taza de té cuando, visiblemente escandalizada, salió cerrando tras de sí la puerta de la salita de maestros. Olvidó la taza al lado del samovar, donde fue enfriándose lentamente.
—A mí no me hace falta más dinero, sino menos asco. A este paso no llegaré a la jubilación —se pasó la mano por la canosa barbilla y se acomodó los lentes con la otra mano. Luego musitó: "una revolución, una revolución..." 
—¿De qué revolución habla, maestro? No diga tonterías. Esto es el siglo veintiuno.
—Nosotros nunca tuvimos ninguna revolución verdadera. Aquello a lo que llamamos y glorificamos con ese nombre fueron sólo saqueos desorganizados, rapiña sobre rapiña sin más idea que la de mandar sobre los demás. Europa, en cambio, sí las tuvo, precedidas por sesudos textos teóricos sobre anarquismo y socialismo, las primeras acciones terroristas, las sociedades secretas, los masones, los carbonarios... Quizá... Sí, puede ser...
—¿Quizá qué? ¿Qué está pensando, maestro?
Hizo un ademán con la mano como si se quitara del rosto el humo de un cigarro. Salió de la salita de maestros con la misma agitación con la que entró.
[...]
Días después leí en la mala prensa de Santa Teresa sobre el misterioso accidente en que murió el Doctor Rodilla: por las abolladuras, un carro se le debió emparejar de noche sobre la carretera para luego empujarlo al canal que corre paralelo. No queda claro si murió por el golpe contra el parabrisas o por los cuatro litros de agua terregosa con que reventó sus pulmones.
[...]
Días después de aquella muerte, corrió el rumor de que la dirección había recibido una carta amenazando con nuevos accidentes si los profesores no renunciaban voluntariamente a sus privilegios. En la junta, el director y otros jefes trataron de calmar a todos diciendo que aquello era muy probablemente sólo una broma de pésimo gusto, que no debía tomarse en cuenta ni debía alterar una sóla de las actividades universitarias, que seguramente se trataba de un alumno resentido que aprovechó la tragedia para amenazarlos. Todos sabíamos que ningún estudiante —ni el más talentoso— y casi ningún profesor —pero eso era comprensible— hubiera podido organizar siquiera la mitad de aquellas líneas. He querido encontrar al profesor para hablar con él, pero no lo he hallado. Nadie lo ha visto últimamente, pero el ausentismo no es ni muy raro ni muy castigado por aquí en estos días.
[...]
Secuestraron a la Doctora Perica. Luego de tres días de infructuosa búsqueda, otra nota llegó a la dirección. Todavía desconcertados, los jefes tuvieron a bien dar parte a la policía y pasarnos la nota en una junta para que la examináramos: "No han seguido nuestras instrucciones y el pueblo tomará puntual venganza si no renuncian ahora mismo a sus privilegios. Sabemos dónde viven y en dónde han guardado los frutos de su robo consuetudinario al erario público. Sálvense ahora y abandonen su soberbia. Redímanse". Supe que era él. Por la noche intenté buscarlo en su casa, pero nadie me abrió y las luces estaban todas apagadas.
[...]
Días después, mientras pensaba en la solitaria cocina de mi casa por qué todos los locos que quieren enderezar el mundo terminan convertidos en criminales —una revolución redentora que termina en dictadura, un acto terrorista que perjudica su propia causa, una organización caritativa que degenera en iglesia obligándonos a escoger entre la justicia sin libertad o la libertad en la injusticia, recibí una llamada de Patricia, colega también auxiliar de matemáticas, diciéndome que había estallado una bomba en la salita de maestros, hiriendo a cuatro y matando a una. La Doctora Perica sigue secuestrada, la policía sin pistas. Me resisto a hablar de lo que escuché hace semanas en esa misma salita, ahora destrozada. Es mi amigo. No logro dar con él. La histeria causa la renuncia de seis maestros que publican un manifiesto donde admiten algunos de los cargos hechos por el (¿grupo?) terrorista. Los demás resisten sin anunciar medidas.
[...]
La dirección recibe el par de dedos medios de la Doctora Perica el mismo día en que secuestran al Artista Local. Por único mensaje, este: "Se hará justicia". La prensa, al dar torpemenente noticia de estos acontecimientos, empieza a hacer algunos análisis de los sueldos de funcionarios y profesores universitarios, con lo que la opinión pública empieza a manifestar animadversión hacia el profesorado. Sigo sin decir nada, pero no puedo concentrarme más en mi novela.
[...]
El Artista Local ha sido encontrado patas arriba en un bote gigantesco de pintura. Muerto, naturalmente. Del puño y letra de la Doctora Perica, llega una solicitud detallada de los cambios necesarios para suspender aquel terror. Los altos directivos de la universidad se niegan "a darle alas a quienes han empleado semejantes medios para conseguir sus fines" y no ceden. Grupos de profesores protestan contra la terquedad de las autoridades. Algunas decenas de pandilleros, acuciados por el caldeado ambiente, han empezado a vandalizar casas de profesores y funcionarios sin que la policía pueda hacer nada. En el camino de regreso a casa, tras un nuevo e infructuoso intento de dar con el profesor, mi amigo, he leído una pinta que decía "Maestros comemierda". ¿Acaso toda retórica revolucionaria es trivial?
[...]   
Renuncia el Rector y se instala en los Estados Unidos. Las nuevas autoridades ceden en gran medida a las recomendaciones de la carta de la Doctora Perica, que inesperadamente vuelve de su cautiverio sin deseos de dar ninguna declaración. Hermética, con un estoicismo hasta entonces desconocido en ella, vuelve a las aulas luego de devolver al Estado el ochenta por ciento de sus bienes, detallando en una declaración pública los mecanismos tramposos que empleó durante años para exprimir el dinero del contribuyente. Parece que pronto se regularizará la situación, pero esto ha sido un escándalo de proporciones nacionales que amenaza con contagiar a otros países. Por la tele, de noche, anuncian disturbios en otras cinco universidades del país.
[...]
De madrugada, un ruido en la cocina. Sentada en la sala de mi casa, una sombra.

—Parece que me has estado buscando —dice, mientras se aviva una brasa que se lleva a la boca.
Un minuto de silencio y, recuperado el aliento, respondo:
—Qué gusto, maestro. Parece que se ha salido con la suya. ¿Le sobra otro cigarrillo?

domingo, abril 30, 2017

El interlocutor

Lo que sucede es que se le olvida, querido Luis, no logra tenerlo en cuenta permanentemente; es decir, lo sabe, pero no siempre de manera activa o consciente. No sabe que sabe y, cuando cae en la cuenta de que ya lo sabía, es justamente porque un imbécil ha venido a recordárselo. Quizá sea su necesidad de interlocutores la que se impone en su cabeza haciéndole perder de vista con quién habla. Quizá, llevado por el entusiasmo desmedido que despliega en ciertas actividades para las que está particularmente bien dotado y, una vez conseguido un avance cualquiera, un resultado favorable, un triunfo mínimo, se siente en confianza y cree que el buen tiempo se extiende a la sintonía y disposición de los que lo rodean para el intercambio de puntos de vista filosóficos. Descubre luego siempre tarde que no es así: que a la coincidencia en que uno más uno es dos puede perfectamente seguirle la discrepancia en que uno más dos es tres, una analogía muy acertada por cuanto refleja su convicción, querido Luis, de que Usted lleva siempre la razón objetiva y que, respetadas las reglas de la lógica deductiva, los demás deberían estar de acuerdo matemáticamente con sus conclusiones; que si no lo están no es porque les asista el derecho a tener sus propias opiniones, sino porque están idiotas, sea por deficiencia orgánica o deshonestidad intelectual.
Me comenta que hace poco se puso en contacto con Usted un viejo amigo de la universidad. La nostalgia, querido Luis, es bien conocida por hacer trampa: convence a los que de ella participan de que las coincidencias del pasado se extienden al presente, de que por rutas distintas se llega a conclusiones similares, de que sentados a la mesa con un buen café, los viejos amigos descubrirán la verdad de la vida. Nada más lejos de la realidad, como habrá comprobado. Apenas intercambiadas algunas frases, me dice, redescubrió al mismo pijo de siempre: el hijo de funcionarios que consumía cocaína y rezumaba fanfarronería, el superhombre incapaz de aceptar errores o arrepentimientos, el socarrón que le robó tres discos cuando Usted no tenía en qué caerse muerto. Sepa, querido Luis, que no es el único decepcionado: su amigo también habrá quedado convencido de que usted no cambia y de que el encuentro, superado el ardor inicial, no tenía ninguna necesidad de ser. Él, como Usted, se habrá presentado al encuentro no sólo con curiosidad y ganas de pasarla bien recordando viejos tiempos, sino con la esperanza de comprender algo sobre sí mismo que sólo a través de Usted, del contraste entre sus experiencias y puntos de vista respectivos, podría validar. Se habrá marchado de ahí igual o peor de como llegó, con la certeza esa sí de estar más solo que nunca porque ni los viejos camaradas son capaces de comprenderle. Habrá sonreído y bromeado, se habrá puesto solemne en algún momento al hablar de problemas maritales o de aquella vez en que visitó la cárcel por una semana, pero al final sentirá traicionada su confianza al no advertir ni en las palabras ni en la mirada de su interlocutor un reconocimiento efectivo, ninguna comprensión verdadera, nada que vaya más allá de la superficie de su trato antiguo torpemente revisitado.  
En el fondo, bien mirado, ninguna comunicación es posible, ¿no le parece? Las personas somos islas que, alienadas en nuestras respectivas cabezas, crecemos en la convicción de que llevamos la razón y nadie nos comprende. Intentamos desafiar esta realidad con parejas y amigos, con desconocidos o colegas, sólo para volver dócilmente a nuestra guarida luego de haber sido apaleados o envilecidos, ridiculizados o avergonzados, exhibidos en nuestra torpeza e ingenuidad, nuestra terquedad solitaria y lamentable. Basta ver lo que le pasó hace unos días, querido Luis, cuando le ardió la cara de vergüenza en esa reunión con colegas donde leyó un sesudo texto sobre la importancia del trabajo y el sinsentido del matrimonio. Yo mismo tuve oportunidad de ver que uno de sus colegas más conspicuos asentía con fruición, presuntamente convencido de esas palabras perfectamente articuladas contra el matrimonio como mecanismo burgués de domesticación, sólo para ver a ese mismo colega manifestar unos minutos después sus deseos de casarse y tener hijitos, una afirmación ya no sé bien si dicha con cinismo o imbecilidad, pero en todo caso con convicción y sonrisa ancha, con despreocupada alegría.
Tiene Usted dificultades, qué duda cabe, Luis, para encajar las contradicciones ajenas y propias. Me imagino que estas últimas no las ve Usted, convencido como todo el mundo de que su actuar y su decir son uno y el mismo. Pero, aunque le irrite, tome en cuenta que esas contradicciones existen y las sobrelleva en forma no esencialmente distinta de como lo hacen los católicos de Santa Teresa o Wolfsegg: con esa extraordinaria capacidad para el ejercicio de la doble moral; con esa hipocresía supina, impermeable al contraste; con esa ceguera selectiva y desvergonzada. No me mire así, Luis, que no trato de zanjar esta cuestión con el mediocre argumento de que todos estamos mal y, por lo tanto, todos estamos excusados. ¿A dónde iría a parar la ciencia con semejante lasitud? Lo exhorto sencillamente a apartar de sí la debilidad de carácter detrás de sus intentos de granjearse el consenso de los demás, así sea del reducidísimo grupo de sus colegas y amigos. Olvídese de todos ellos. No los tome en cuenta. Escriba, si desea comunicarse, pero absténgase de recoger opiniones sobre sus escritos o ideas porque sólo encontrará estupidez e imperfección. Es muy probable que nunca conozca a los que lo leen correctamente porque los que así lo hacen suelen ser gente discreta y de pocas palabras. Déjelo así, Luis. Enciérrese. No tenga miedo al solipsismo. Hace bien en ser maestro porque eso garantiza que siempre contará con públicos cautivos, pero no se sorprenda si puestos a escoger la gente prefiere no escucharlo; no le dé importancia a que, si lo escuchan, lo malinterpreten; no se acerque a quienes siendo acólitos se disfrazan de interlocutores.
El tiempo ha terminado, querido Luis. ¿Le parece bien si agendamos la siguiente consulta el jueves? Sí, sólo efectivo. Hasta entonces.

miércoles, abril 12, 2017

La boda

El presente es perpetuo
Los montes son de hueso y son de nieve
están aquí desde el principio
El viento acaba de nacer
sin edad
como la luz y como el polvo

Viento Entero, Octavio Paz, 1965


De haber tenido yo una suerte distinta, no estaría pensando lo que ahora pienso mientras la ceremonia tiene lugar y al rito de los anillos, el lazo y las arras, le siguen las palabras ñoñas de un ministro lelo que irreflexivamente se cree cada una de sus idioteces. Un tipo joven que, como corresponde especialmente entre las sectas protestantes, ha confundido la religión con la psicología y la liturgia con la terapia. Un falso iluminado que sonríe como tonto. Que pone un énfasis ridículo y afeminado en cada palabra sobre la que no ha pensado. Un alienado ecuménico que parece a punto de echarse a llorar de emoción como una quinceañera frente al televisor. Un tarado. Un estúpido. Cuando me casé oficiaba en un templo colonial un sacerdote de edad avanzada que no tuvo empacho en recriminarme que me presentara con un vientre hinchado de seis meses de embarazo cubierto de una tela azul traslúcida mientras mi hijo mayor correteaba a las palomas que se habían colado en la nave. Enarcaba las cejas en actitud condenatoria, dando por sentado que era yo una perdida y haciéndome sentir que manchaba su templo con mi extemporáneo enjuague nupcial. Fue breve y sentencioso, no ya pensando en mí que era la última de sus preocupaciones, sino para quedar satisfecho él mismo de sus propias palabras. ¿Cómo iba a ser de otra manera en un hombre que había dedicado su vida célibe al estudio de las escrituras? ¿Cómo puede siquiera compararse en profundidad y amargura con este ministro casado y con hijos que oficia en un edificio cualquiera esta terraza, por ejemplo impostando el tono suave de quien imparte una clase de buenas costumbres a niños babosos? Quizá lo que aquel anciano trataba de comunicarme sin ser explícito era que mi empeño formal era una tontería. Que debía aprender a vivir como había elegido desde el momento en que me acosté con el padre de mis hijos, sin más horizonte que el placer sexual, sin más pretensiones que la carne enamorada. Que debía dejar en paz a todas aquellas que, según qué época de mi vida estemos considerando, he tildado de mojigatas hipócritas por llevar un vestido blanco y hacerse fotos para las páginas de sociales. Que no me mezclara con ellos. Que aprendiera a valerme por mí misma. Que no fuera comodina. Pero siempre me faltó valor para asumir la realidad, no porque la desconociera, sino porque no me gustaba. Quise quedarme con un hombre que siempre supe que no me pertenecía. Quise casarme con él para quedármelo, a sabiendas de que ningún papel, ninguna persona, pueden garantizar nada que deba nacer del corazón. Quise obligarlo a permanecer a mi lado explotando su culpa: por no ver a sus hijos, por gozar del sexo con otras, por mentir cuando yo era la primera en exigir mentiras. Quise recoger buenos frutos de siembras envenenadas. Hace mucho tiempo, sin embargo, que no me siento fracasada por estar sola. El sacerdote de mi boda habrá muerto, pero estaría orgulloso de ver que me he convertido en una persona que sabe estar consigo misma, que abraza su soledad, que no rehúye su naturaleza. Me sobreviven una gran cantidad de impulsos hipócritas, desde luego, as old habits die hard: he felicitado efusivamente a los novios, he regañado a mi hijo por deslizar un comentario ácido con el que estaba perfectamente de acuerdo, he repetido clichés estúpidos cargados de palabras como para siempre, amor eterno y otras memeces de parecida ralea, que tienen prisa por manifestar lo que sólo el tiempo, una vez agotado, puede corroborar o desmentir. Pero ya no me molesto en consistencias porque creo que la edad me da derecho a hacer y decir como me plazca.   
[...]
Hubiese querido que mi amigo levantara la mano en aquel momento e interrumpiera al juez de lo civil para exhortarlo a mantener un discurso laico, afeándole la conducta por haber dicho que el matrimonio era para toda la vida, con fines de procreación y, afortunadamente, entre un hombre y una mujer. Que diese ejemplo de consideración para con quien lo ha apoyado y de convicciones firmes sobre la libertad sexual que el Estado garantiza. No lo hizo. Jamás lo ha hecho nadie por mí. Nunca es el momento ni el lugar, nunca es oportuno. Él, encima, no tiene convicciones firmes de ningún tipo. Por eso se casa: porque aunque considere todo esto una estupidez, no es una persona de muchas luces ni capacidad para defender un punto de vista. 'Que se haga lo que otros quieren en tanto no me afecte demasiado', parece decirse. La ropa que otros escojan, los pasos que ellos decidan, el orden que mejor les parezca, las palabras que quieran pronunciar. 'Que la vida nos sea leve', su máxima: en el trabajo, en la casa, en sus amistades. Yo me estoy separando, pero si no lo hiciera, la nueva pareja nos extendería el mismo tratamiento que otros matrimonios con los que nos hemos relacionado: una mezcla de conmiseración y tolerancia, como si nuestra homosexualidad fuese disculpable en tanto se parezca a su heterosexualidad. Serán cordiales en tanto sigamos siendo una pareja discreta y vieja donde ya no se adivine el sexo y se eviten especialmente cerca de los niños todas las referencias a que somos algo más que muy buenos amigos. Agradecerán que no nos toquemos más de lo indispensable, aún en nuestra casa, porque eso sólo es tolerable entre un hombre y una mujer; en cambio nuestra relación por llamarla de algún modo no se ve bendecida por los hijos ni goza de ningún certificado que la garantice para toda la vida. Adivinan que el sexo, con ser importante para todos, lo es mucho más para un homosexual. Que la única temperancia radica en tener una pareja con la que imitar uno y cada uno de los clichés matrimoniales: el aburrimiento, la agresividad, la posesión, los celos. Esa es mi única opción de legitimidad, la única fuente del así llamado por ellos respeto. ¿Cómo van a tratarme ahora que me separe de mi pareja? ¿Cómo van a sobrellevar el hecho de que siga teniendo vida sexual? En las palabras, conozco su respuesta: "es cuestión de cada quién", "eso no nos incumbe". Las conozco porque son las mismas que se han empleado por siglos y siglos cuando se renuncia a matar por la vía activa y se escoge la acomodaticia: él la estrecharía contra sí mismo por el hombro al verme pasar camino a un campo de exterminio la estrella rosa en mi pecho, esposado haciendo una mueca comprensiva como de "qué lástima". Y seguiría con su vida. Mi amigo. Como si nada.
[...]
Love fades, le dice una mujer mayor de paso a Alvy Singer cuando acaba de separarse de Annie Hall. Y puede ser que sea verdad, pero yo no he dejado de sentir que él es mi pareja. No me importa que no tengamos un acta en donde conste. No me importa que él nunca haya aceptado limitar su vida sexual a la nuestra ni que ésta, eventualmente, haya desaparecido. No me importa haber sufrido los hachazos terribles de tres o cuatro enamoramientos que llegó a padecer, por fortuna sin éxito, ni este último cuya intensidad y peligro percibo tan claramente que exacerba mi irritación. Comprendo que esto no es un matrimonio bendecido por una de esas bodas como a la que está asistiendo en estos momentos yo debería estar ahí porque soy su pareja— sino una relación libre basada en la voluntad de las partes. Una libertad que no ha de usarse para enamorarse de alguien más. Una voluntad que sólo puede ser la de continuar juntos. Él ha querido razonar conmigo, hacerme ver el sinsentido de mi conducta que no puede llamarse a engaño ni puede pasar por encima de lo que él quiera. Pero yo he reaccionado como una mujer despechada que unos días quiere prenderle fuego a la casa y otros cortarse las venas. ¿A mí qué me importa el carácter contradictorio de mis palabras y los silogismos y las demostraciones lógicas si lo único que deseo es que sigamos juntos a costa de lo que sea? Hace años que somos infelices, lo sé, pero estábamos en paz, tranquilos. Él dice que se estaba muriendo, pero exagera, y si he de ser sincero lo prefiero muerto a mi lado que respirando la vida del aliento de otro. Entiendo que mi conducta está minando inexorablemente aquellas partes en donde radicaba nuestra fortaleza: si no en un pene y un ano, sí en la comprensión; si no en un sudor perverso, sí en la profundidad de nuestro conocimiento del otro; si no en la ligereza del amante, sí en el discurso de nuestras conversaciones que ahora descienden dolorosamente hasta el zipizape propio de una chabola. Él me recuerda las muchas ocasiones en que estuve de acuerdo con él, juzgando impunemente la vida de los demás, estos que ahora se casan, por ejemplo, prolongando la vida de esa vetusta institución que es la familia y empoderando a las instituciones religiosas con una irracionalidad tal que supone dar la espalda a asuntos más prácticos y urgentes, idiotas que juegan a ser príncipes de un reino bananero de betún y terciopelo para levantarse en una vecindad al día siguiente del dispendio. Le asiste la razón. Pero es su razón, no la mía. Yo estaba dispuesto a casarme por las vías que estuvieran disponibles si él lo hubiera propuesto; a una vida social más superficial si su carácter así lo tolerara; a una existencia de criterios más simples en donde no hubiésemos tenido que reflexionar tanto ni tan sesudamente, ¿para qué? Que él escogiera pasar por intelectual, adornar su apetito sexual de razones matemáticas, citar los trabajos de tal o cual novelista, la biografía del científico equis, para justificar irse a pasar las noches con un cuerpo veinte años más joven, es una hipocresía que sólo nos ha hecho infelices. Vaya hombre ridículo y desubicado, vaya imbécil, pretender hacer pasar algo tan vulgar como el apetito sexual por una experiencia de primer orden en lo intelectual, sensual y espiritual; pretender hacerme sentir vergüenza de mi comportamiento recordando los escándalos de Elena Garro contra Octavio Paz, de Mia Farrow contra Woody Allen. Citar a Vargas Llosa, a Coetzee, a Marías. Hablar de condiciones para crear y trabajar, para pensar y sentir, ¿eso qué tiene qué ver con un matrimonio? Que no lo somos, vale. Que ellos estaban casados. ¿Pero acaso no lo estábamos nosotros a fuerza de convivir? ¿Por qué tenía que dar por sentado que estaba de acuerdo con sus puntos de vista sobre la libertad? El amor como un regalo y no como compromiso. El amor como gratuidad y no como construcción. El amor como inocencia que no envejece. Tonterías. Ya lo verá cuando se le ponga la proa en esa aventura suya y se le pondrá. A ver si sigue hablando de libertad. A ver si la razón lo consuela.
[...]
Lo he estado esperando toda la tarde entre la tarea y la pornografía. Por la mañana dormí. En la boda se ha divertido como loco, bailando y bebiendo como si no hubiera mañana. He quedado con una chica por Facebook para más tarde. Calculo que él se irá sobre las once...
Casarse: qué idea más bonita.