Sucede que un buen día de la vida adulta uno se despierta con la conciencia de haber desviado el camino trazado en la juventud y, una vez desarticuladas las justificaciones condescendientes, una vez descartada la presunta fatalidad que nos condujo hasta aquí, reconoce en aquel plan un núcleo de verdad que no se corresponde a las repetidas acusaciones de ingenuidad con que lo cubrimos, cada vez más conforme transcurrieron los años, con más virulencia cuanto más insatisfechos estábamos de nuestro presente, como si la culpa de nuestra traición pudiera lavarse burlándonos de la pureza de nuestras primeras intenciones y no por medio del cese inmediato de lo que reconocemos sin más como prescindible o insatisfactorio, obstáculo entre lo que somos y lo que deseamos ser: el trabajo que nos cretiniza, la pareja que no nos comprende, la familia que nos lastra y los amigos que sólo desean que nos refocilemos con ellos en la más completa mediocridad; la compacta serie de barrotes de nuestra cárcel así consentida.
Abandonado nuestro primer impulso y encauzados por la educación, pasamos años dedicados a satisfacer las necesidades que fijaron otros dentro de estructuras hace ya largo tiempo establecidas, permitiendo así que se nos subordine a una productividad desquiciada de cuyos beneficios nunca disfrutamos, encontrando natural al paso del tiempo la imposición de que somos objeto y aún justificando que ello ocurra de dicha manera por haber adquirido nociones de responsabilidad y moral incapaces de admitir alternativas: ¿cómo si no habríamos de ganarnos el pan de cada día si no es por medio del resignado tránsito por los canales ya fijados de nuestra libertad? ¿cómo podríamos siquiera plantearnos escapar de nuestros así llamados deberes para con los demás aún si éstos sólo buscan nuestra destrucción y rebajamiento? ¿qué lugar puede tener la imaginación cuando los que nos rodean no admiten ninguna broma en cuanto a la ejecución exacta de propósitos que, sin ser sus autores, han hecho suyos de manera fanática e irracional, feroz e intransigente?
Si bien hemos de admitir que nos faltó talento y coraje para insistir en el camino trazado en nuestra juventud, llegado el día de nuestra vida adulta en que nos percatamos del largo malentendido y sentimos el vértigo que nos produce la mera consideración de las consecuencias de cada acción que debiésemos emprender para reordenar nuestra vida en torno a aquel propósito original, la suerte de renuncias y eliminaciones que han de seguir, los puentes que habrán de derribarse, llegado ello no queda más remedio que actuar porque el aplazamiento indefinido de la marcha hacia lo que ya se identificó como un propósito más elevado sólo traería como consecuencia la destrucción del propio ser y una abyección aún mayor que la de aquellos que jamás se percataron de haber abandonado ningún propósito original o del todavía más abundante grupo de los que nunca tuvieron ni juventud ni propósito algunos, seres no por estúpidos e intercambiables menos peligrosos para el espíritu, que identifican lo diferente y lo combaten para aniquilarlo, que sospechan de quienquiera que asome por encima de sus cabezas y lo matan por asimilación, irreflexiva e inexorablemente.
Nos damos cuenta un buen día de la vida adulta de la ambición elevada de nuestra juventud que se proponía abordar el mundo con las herramientas intelectuales y espirituales más finas, así la consistencia por un lado sin menoscabo de la imaginación por el otro, así el rigor lógico en las ciencias como la libertad en las artes; nos reconocemos al instante en esos pocos a los que la integridad y la fantasía son más caras, en contraste con los corruptos agentes de la realidad bruta con los que era inevitable el conflicto por cuanto viven del medro y la tergiversación, así en las ciencias, seres espiritualmente estériles que no imaginan y por tanto no comprenden la ficción y desean suprimirla, así en las artes; a nuestra imaginación oponen mojigatería, a nuestra probidad el cohecho; en los asuntos concretos del mundo instalan seriamente la tramposa comedia de la ambigüedad que no admite bromas, así la política y los negocios, mientras que en las ideas del mundo a las que toman a broma, obligan a los creadores a escoger entra la literalidad y la moraleja por un lado o la censura y la persecución por el otro, así en las artes.
Es una cuestión de supervivencia, nos decimos un buen día de la vida adulta cuando nos percatamos de que debemos recuperar a la brevedad y con la mayor firmeza el camino trazado en la juventud. Una cuestión personal, desde luego, pero también colectiva porque a poco reflexionar nos percatamos de que ello atañe a la civilización completa y que, de no darse despertares semejantes en forma suficiente, crujidos individuales o colectivos, fragmentados o coordinados, ello supondrá dentro de bien poco nuestra extinción definitiva y con ello el fin del pensamiento y la sensibilidad, del matiz y la coherencia. Ya se sabe que el amor no es improductivo.
domingo, marzo 04, 2018
domingo, febrero 04, 2018
No saber morir a tiempo
Lo que más envidio de la vida de los artistas y escritores es la posibilidad —casi siempre por holgadas circunstancias económicas, pero también a veces por valentía— de prescindir de sus autoproclamadas amistades y del grueso de su familia, para así poner a salvo su espíritu y no morir demasiado pronto, víctimas de la creciente insania que a la mayoría mediocre va poseyendo y que, lejos de amedrentarse, se excita cuando constatan que sus pasados incluyen algún trato, así fuese vulgar o accesorio, con el artista o escritor cuya obra no comprenden ni desean comprender, pero a cuya fama presunta o verdadera desean colgarse como si siempre la hubiesen comprendido. No es ya que su enfermedad sea de orden pragmático y con el objeto bien comprensible de beneficiarse económicamente del conocimiento del hombre exitoso, sino que casi siempre es un trastorno mental de retorcidas intenciones que intenta en modos diversos cretinizar al sobresaliente obligándolo a prestarles atención y a considerarlos, a responder de alguna forma al guiño cómplice con el que desean confirmar que son ellos y no otros, ellos y no los demás retorcidos que actúan de forma semejante e indistinguible, los que comprenden no sólo al artista o escritor, sino también a su obra.
No bien hube avanzado en mis propósitos de publicar una novela que no me resultara demasiado vergonzosa y a la que desde luego no fueron capaces ni siquiera de leer en el Altiplano, menos aún en Santa Teresa, cuando empecé a recibir mensajes insidiosos de conocidos a los que difícilmente podría llamar amistades y que han tratado de significarse de un modo u otro, como si el sólo hecho de haber coincidido alguna vez en la vida nos obligara a tratarnos el resto de ella, ya lo creo que no y que lo entienden muy bien, pues no se tomarían tantas molestias por ponerse en contacto con los cientos de individuos anónimos e insignificantes con los que han tenido un trato mucho mayor que conmigo; cada uno de ellos dando por sentado que la circunstancia en que me encontraron, fuera ésta la escuela secundaria o la universidad, el estupor del trabajo o el tránsito de un sitio a otro, en calidad de subordinados o jefes míos, compañeros de una desafortunada borrachera que ahora censuro como el más obtuso despliegue de vulgaridad o, más comprensivamente, como un acercamiento o conversación a los que había que superar con una amistad verdadera que nunca llegó, esa circunstancia, digo, era la definitiva y definitoria de mi persona. Creen saberlo todo sin preguntar nunca nada por la sencilla razón de que no desean conocer al artista o escritor, sino apropiárselo; no leer la obra sino comprarla, igual que hace el turista más imbécil con su celular frente a monumentos y edificios, puentes y curiosidades, coleccionándolos cámara en mano.
Me he dicho que los tiempos que corren favorecen la confusión de quienes, sin tomar en cuenta que no nos veamos nunca desde hace diez o veinte años, sin tomar en cuenta la pobreza de nuestra comunicación cuando la hubo, sin reparar en el absurdo de aparecer sin venir a cuento desde un pasado remoto que fingen desear revivir, tienen a bien sentirse mejor consigo mismos malgastando su tiempo y el tiempo de otros sin resignarse a su inopia, como si para evitar la locura tuvieran que mantener la enfermedad mental de una comunión que no existe precisamente con aquellos que mejor contrastan con la mediocridad más abyecta con la que han conducido su vida. Nada los disuade: jamás empleo palabras de impostada solidaridad como hermano o camarada: me las dirigen; digo que un libro que a ellos les parece maravilloso es una mierda: están de acuerdo (!); me refiero en una entrevista a un director de cine que considero influyó bastante en mis novelas: se sienten aludidos porque alguna vez vi una película del susodicho con ellos; coincidimos en el accidente de nacer en el mismo sitio: me hacen el exponente de su cultura.
Nada de esto sería demasiado serio si sólo requiriera una mayor firmeza o más dinero para conseguir ese ponerse a salvo que significa no verse jamás obligado a convivir con quienes no deseamos hacerlo, un lujo al que sólo acceden quienes lo tienen todo y quienes no tienen absolutamente nada. Pero se trata de un problema mucho más serio por cuanto pone en evidencia la imposibilidad de conocer a alguien lo suficiente como para garantizar que no habrá en el futuro una divergencia espantosa que nos haga abjurar de semejante conocimiento. Apenas me había separado de mi mujer cuando sus opiniones e ideas se me iban volviendo rápidamente foráneas, hasta el punto en que ahora prefiero no enterarme de ellas porque me avergüenzan y desconciertan. Quienes se ponen en contacto conmigo sin más razón que la de haberme conocido en el pasado y habérselos recordado mi fugaz aparición en los diarios, ignorando el tiempo transcurrido y sin nada concreto que decir ni que proponer, me horrorizan compartiéndome aquello con lo que, sin haber hecho averiguaciones de ninguna especie ni haberse auxiliado en forma alguna del mucho o poco conocimiento derivado de nuestra remota convivencia, se les antoja debo comulgar. No han sido escasas, desde luego, las ocasiones en que esa gente del pasado ha pretendido que debemos reunirnos de nueva cuenta para ponernos al día o rememorar los viejos tiempos, como si la geografía y el presente no importaran, como si ello tuviera algún interés y no fuese sino la propuesta atormentada de quien no ha hecho nada con su vida. Pero yo he rechazado siempre y de manera sistemática todas esas propuestas, primero en forma amable y, puede decirse, considerada; luego, cuando el proponente no parecía querer o poder enterarse de mi negativa, ignorándolos y resistiendo las ganas de explicar mis puntos de vista a quienes sólo sabrían extraer de ello redoblados esfuerzos por someterme. Cuando la casualidad ha querido que me encuentre con aquellos que ya no habitan mi presente, siempre lo he lamentado, pues la persona que ha sustituido a la que recordaba suele estar marcada ya por una serie de accidentes psicológicos, como tics nerviosos, que dan cuenta de su naturaleza dañada y ahora dañina, gente marcada que desearía causarme daño también por no resistir que yo haya sobrevivido sin él.
No aprenden nada, esta gente, de los que habiendo muerto respetan a los vivos quedándose para siempre en aquella orilla: una y otra vez, como zombies hambrientos, se levantan de sus respectivos pasados y vuelven a ametrallarme con impertinencias y desesperados intentos de que los saque de su mortal aburrimiento, un tedio en el que han caído ellos solos por falta de talento muchas veces —algo de lo que quizá no sean más responsables que el retrasado mental de su idiotez— pero también por bajeza moral, por haber ofrecido su vida entera, sus limitadas energía y tiempo a cuantas entelequias les vendieron los dueños de los medios de producción: a procrear y ver televisión, a hojear libros para luego cubrir con ellos las paredes de casas a las que decorar, a intercambiar chismes y acudir al trabajo con puntualidad, a embrutecerse tan profundamente que sólo el atisbo ocasional de lo diferente los aparte momentáneamente de su estupefacción, ya no para sacudírsela —cosa del todo imposible a estas alturas— sino para aplastar la disidencia con un tranquilizador 'yo lo conozco' o 'es amigo mío' o 'soy el único que lo comprende'.
Y hacérmelo saber, desde luego.
domingo, enero 28, 2018
Cómo hacerse millonario cortando jardines
Luego de desayunar huevos pasados por agua con chile, limón y sal, frijoles fritos y pan dulce con natas, cuando el coche de mi abuelo hubo salido de la cochera y todos mis tíos se hubieron marchado a la escuela o el trabajo, en medio del creciente silencio que invadía la casa mientras mi abuela recorría cuartos y estancias para limpiar y ordenar, me acodé en el estudio con uno de los libros de la colección Grandes Guerras de Nuestro Tiempo y alternaba su lectura —las ilustraciones de barcos torpedados en llamas, las ruinas de ciudades europeas, las fronteras concéntricas alrededor de Berlín— con ocasionales miradas al jardín a través del ventanal, cuando de pronto, siguiendo el vuelo de un chupamirto que esquivaba las espinas de la yuca sin aminorar su frenético aleteo, reparé en ella: una hermosa podadora mecánica de color amarillo y rojo, pequeñas ruedas negras de goma, recargada sobre la blanca pared que separaba el patio del jardín y en la que colgaban, además de enredaderas, unas enormes tijeras podadoras con desgastados mangos de madera y una manguera de plástico verde brillante. Entonces recordé la idea.
Ésta me había llegado la noche anterior, acostado sobre el catre al pie de la cama de mis abuelos, mientras ellos fumaban y veían la comedia por televisión: siempre la historia de una muchacha pobre que llegaba a la casa de una familia rica cuyo heredero se enamoraba de ella; él siempre pretendido por alguna mala mujer de sociedad; ella siempre por algún empleado de la casa que no tenía nada que ofrecerle más que su sincero amor. Las residencias del rico heredero no eran muy distintas de las que empezaban a llenar los lotes baldíos alrededor de la casa de mis abuelos: con cochera delante y jardín detrás, con dos pisos, salón y estudio, en calles arboladas y limpias a donde iban a trabajar todos los días ejércitos de albañiles y sirvientas, choferes y jardineros, venidos como yo del oriente de la ciudad en camiones saturados y malolientes. Mientras me quedaba dormido entreví la posibilidad de ganar dinero ofreciéndome como uno más de esos trabajadores en las casas de alrededor, quizá podría fregar pisos o trastes, quizá alguno de ellos quisiera adoptarme o, por lo menos, ofrecerme una habitación para quedarme a vivir con ellos, ¿pero qué les diría a mis padres? ¿qué pasaría con la escuela? Quizá podrían dejarme estar ahí por trabajos concretos ahora que tenía vacaciones, pero no sabía nada de albañilería, ¿los jardines quizá? ¡Eso es! Mis abuelos tenían una podadora y tijeras. No podía ser tan complicado. No tendría que dejar la escuela dándole un disgusto a mis padres, con lo bien que me iba, aunque si el negocio prosperaba luego habría que planteárselo mejor, seguro llegaría el día en que tuviera mi propio equipo y no tuviera que pedir prestado el de mis abuelos, máxime cuando hay ricos extravagantes y generosos que quizá me den más y más dinero, quizá me pasara lo que a las protagonistas de las telenovelas y acabara enamorado y...
Mi abuela accedió luego de que le asegurara que estaría de vuelta para comer hacia las dos de la tarde, que cuidaría muy bien la podadora y las tijeras, y que me pondría un cambio de ropa desgarrada de mi tío Roberto para que no ensuciara la que llevaba puesta. En harapos que me quedaban grandes, disfrutando con la perspectiva de volverme rico, empecé a recorrer las calles de aquel vecindario lujoso a donde se habían mudado mis abuelos poco después de que yo naciera y en el que abundaban la gente blanca y los coches del año, perros de razas exóticas que ladraban desaprensivos apenas tocar a la puerta, las antenas parabólicas en los tejados y las flores de todo tipo que ya se me había hecho costumbre cortar aquí y allá para llevárselas a mi abuela. Anduve tres cuadras sin hallar a nadie que accediera a que le arreglara el jardín, aunque un par de señoras tuvieron a bien darle instrucciones a sus sirvientas para que me dieran galletas y bombones. 'Pobrecito', le oí decir a una de ellas, 'al menos que tenga algo que comer'. No cabía de contento: si inspiraba suficiente lástima podría ganar mucho más; después de todo el dinero ¿para qué lo quería? ¡Justamente para comprar dulces! Si consiguiera una cantidad importante, sin embargo, ya no sería correcto gastarla en golosinas —me censuré— sino en comprar más vaqueros e indios para el fuerte que me regalaron mis padres en las navidades pasadas. Quizá le daría una parte a mi madre para evitar que dios me castigara semejante avaricia; o como compensación por mis más recientes pecados, esa inquietud que me asaltaba con la tela de ciertos calzoncillos y la agitación que por las noches...
Una voz me interpeló a través de una bocina interrumpiendo mis pensamientos. Miré hacia todos lados antes de contestar. 'Qué invento más raro', pensé, 'aprietas aquí y en vez de que vengan a abir una voz te pregunta quién eres y qué deseas'.
Una mujer en tacones, elegantemente vestida y de pelo rubio, me abrió la puerta. Llevaba un arete en la oreja derecha y luchaba por colgarse el otro en la izquierda.
—Pasa, pasa, ¿cuánto me vas a cobrar?
—Veinte pesos, señora.
—¿Pero tú sabes hacer esto? ¿cuántos años tienes?
—Nueve, casi diez... pero tengo que trabajar, ¿sabe? Mis padres están muertos. Vivo con mis abuelos aquí cerca... trabajan en una casa, como sirvientes quiero decir...
Enrojecí con las mentiras que estaba inventando, pero me repuse poniendo cara de circunstancias.
—Oh, qué pena. Ya veo, ya veo... Está bien. Mira, empieza por cortar el pasto de toda esta área y lo de las plantas lo vemos cuando termines, ¿eh?
—¡Claro que sí señora! ¡muchas gracias!
La hierba estaba muy crecida en algunas orillas y decidí empezar por ahí. Intenté usar la podadora, pero luego de repasar el área por media hora comprendí que ésta producía resultados muy irregulares: algunas hierbas las arrancaba de tajo, otras las cortaba por la mitad, algunas más las dejaba intactas. La máquina era tan pesada y la palanca me quedaba tan alta que apenas conseguía moverla con el vigor necesario. Pasé a las tijeras y en menos de diez minutos ya me ardían las manos con el mango de madera sin que pudiera ver ningún resultado notable. Decidí entonces darle forma a la orilla del jardín dejando un surco de tierra libre entre el césped y el piso o pared que lo contenía. Me dejé las manos arrancando raíces y bulbos, sacudiéndome lombrices y cochinillas, babosos y caracoles. Sudaba ya pasado el mediodía y al refugiarme en la escasa sombra del jardín, el aire fresco de los matorrales me hacía temblar de frío. Entonces lo vi.
Era un chico mayor que yo que me miraba asomando la cabeza por detrás de una columna a la que parecía sujetar con las manos. No pareció inhibirse cuando mi mirada encontró la suya. Sentí vergüenza de que me viera ahí, perdiendo el tiempo, y reanudé mis labores. 'Debe haberlo enviado la señora para supervisarme, seguro que ya le estará haciendo saber que no sé hacer las cosas y encima uso el tiempo para descansar'. Minutos después, sin embargo, el chico no se había movido de su lugar y seguía mirándome con atención, como si deseara hipnotizarme. Me puse de pie y le miré también, intrigado, pero apenas unos segundos después de quedarnos así suspendidos, apareció su madre por detrás de él y le dijo que se iban.
—Vamos a volver enseguida, ¿estarás bien si te dejamos solo un momento? —me dijo la señora.
—Sí, no se preocupe —dije con la excitación que la perspectiva de examinar la casa por mi cuenta me producía. 'Pero no he de robar', dije para mis adentros, un tanto culpable por ningún motivo.
Entonces el chico intervino también:
—Yo me quiero quedar, mamá.
—¿Tú? Pero vamos a ver, es que... ¿de verdad? ¿estarás bien...? Bueno, pues te quedas, que al cabo no tardo. Y no molestes al chico, por favor, o te vuelvo a llevar donde el Doctor Valladares.
—Estoy bien, mamá. ¿Cómo vas a saber si he mejorado cuando no me dejas ni un minuto a solas?
—Vale, vale, te quedas. Recuerda: sin molestar... Ya vuelvo.
Se escuchó un sonido repetitivo mientras la puerta del coche permanecía abierta, luego el portazo que precedió al arranque del motor, un minuto largo que luego supe que servía para calentar el coche y el chillido de las llantas al bajar por la rampa adoquinada luego del escándalo de metales y poleas del portón eléctrico. Ya se escuchaba el coche avanzar mientras la reja de metal volvía a cerrarse, cuando el chico salió de su escondite para examinarme más de cerca. Tenía los ojos de color incierto, a veces grises, a veces verde obscuro, el pelo negro y espeso. Me puse de pie sujetando la podadora y sentí un inquieto movimiento bajo mis calzoncillos.
—Deja eso, no seas pendejo —me dijo cuando estuvo suficientemente cerca. Me sorprendió que usara palabras de mayores. Era más grande que yo, pero seguía siendo un niño. O eso creía.
—Acompáñame dentro —completó sujetándome del brazo.
Le seguí fascinado y en silencio, el corazón saliéndome por la boca. Atravesamos una biblioteca en la que distinguí claramente la enciclopedia Grandes Guerras de Nuestro Tiempo, con sus lomos rojos bajo caracteres negros. Había muchos más libros y hubiese querido quedarme a hojearlos todos, pero luego me vi las manos llenas de tierra y comprendí que era imposible. Había un enorme piano en uno de los extremos. Como me detuviera un segundo, él me espetó:
—¿Por qué te quedas ahí? ¡Vamos! ¿No oíste a mi madre decir que no tarda?
Llegamos a un enorme cuarto de baño cargado de vapor. En un extremo, él abrió una cortina de plástico descubriendo una bañera llena de agua tibia en la que flotaban juguetes diversos. Un barco, desde luego. Un patito de hule. Pero también dinosaurios y aviones, carritos y superhéroes ¿Acaso había ahí vaqueros e indios del viejo oeste? Se desnudó y se metió en ella, invitándome a entrar.
—¡Vamos! El agua está muy rica, ¡entra!
No lo pensé dos veces y una vez dentro empezamos a jugar. Rápidamente nos habíamos organizado en bandos y jugábamos a la conquista de las aguas de la bañera. Nos arrojábamos bombas que nos salpicaban el rostro de agua. Hundíamos embarcaciones, aviones o dinosaurios. Echábamos mano de superhéroes para rescatar los pecios de un agua cada vez más obscura. En algún momento empezó a acostarse en la bañera y me sugirió hacer lo mismo. 'Ahora estamos muertos', dijo, 'estírate todo lo que puedas'. Ya habíamos pasado unos minutos así, acostados en direcciones opuestas, nuestros cuerpos rozándose cuan largos eran el uno contra el otro, cuando él salió de la bañera cerrando la cortina tras de sí. Me reincorporé tímidamente y volví a afanarme en los juguetes, demasiado concentrado como para prestarle atención, pero a través del plástico lo distinguía retorciéndose de formas extrañas. Se abrió la puerta del baño intempestivamente y las pisadas de los tacones me aterraron tanto como la voz de la señora.
—¡Pero mira nada más, dios santo! ¡has vuelto a lo mismo, por dios! Que se va a enterar el Doctor Valladares, te juro que esta vez sí te vamos a internar, dios mío, ¡mira nada más! ¡¿Qué le has hecho a ese chico?! ¡Contesta!
De un manotazo, la mujer rubia apartó la cortina de plástico y alcancé a ver el culo del chico que se escapaba del baño corriendo.
—¿Estás bien? —me preguntó la mujer, aterrada.
—Estábamos jugando, perdóneme señora, es que... —contesté confundido mientras ella me pasaba una toalla.
—¿Qué han hecho? ¿acaso...? ¿estás bien? —volvió a repetir.
—Sí, sí, estoy bien señora, perdóneme, es que pensé que...
—Te espero aquí afuera. Vístete por favor.
No encontré mis calzoncillos en aquel enorme cuarto de baño que comenzaba a enfriarse mientras el vapor se condensaba en las paredes, así que me puse unos grises y lisos que no podían ser otros que los de aquel chico, aunque inexplicablemente me quedaban muy apretados. Quise usar gel para el cabello, pero luego recordé que era un huérfano que vivía con sus abuelos, así que no podía mejorar más mi aspecto ya bastante sospechoso una vez que me había limpiado la cara chamagosa. Afuera me esperaba la mujer fumando inquieta. Deshicimos el camino que recorriera con el chico —otra vez el piano, la biblioteca, los tomos negro con rojo de Grandes Guerras de Nuestro Tiempo en el que faltaba uno, las huellas de tierra de mi paso por ahí— y ya en el jardín encontré mi podadora y las tijeras recogidas en el rincón más cercano a la puerta de la calle.
—No quiero que le digas a nadie lo que ha pasado, ¿comprendes? No quiero problemas. Te pagaré bien. ¿Qué te parecen quinientos pesos?
—¿Lo que ha pasado? Señora, yo... es que...
—No te hagas el difícil, por favor. Ya está bien. Que sean mil. Pero no quiero volverte a ver por aquí, ¿entendido?
Debí haber despertado mucha lástima en aquella mujer porque me dio todo ese dinero y varios juguetes sin dejarme terminar el jardín. También, como en otras casas, me llenó de dulces y galletas. No podía creer mi buena suerte. Apenas estuve en la calle, organizando la manera de trasladarme con todo aquel botín hasta casa de mis abuelos, cuando alcancé a escucharla gritar:
—¡Vas con el Doctor Valladares, te digo! ¡que te aumente la medicación, pero tendrás que curarte!
En el camino decidí que no era buena idea que me vieran demasiado limpio y me ensucié adrede las manos y la cara en un lote baldío. Llegué a casa pasadas las dos de la tarde. Le entregué las flores a mi abuela, que había preparado sopa de fideos y tortitas de carne deshebrada. Mi abuelo fumaba sentado a la mesa mientras se calentaba la comida, con el periódico abierto por la mitad:
—¿Qué? ¿cuántos jardines echaste a perder?
Él y mi tío Roberto, que aún llevaba puesto el ridículo kimono que usaba en las clases de karate, se rieron a carcajadas. No les conté cuánto había ganado, pero por toda prueba de mi gran esfuerzo les mostré mis manos ampolladas.
—Hijo, lávate esas manos y vente a comer —me dijo mi abuela.
Me acostumbro cada vez más a los calzoncillos grises, especialmente cuando estoy acostado contra el suelo del estudio hojeando Grandes Guerras de Nuestro Tiempo. He escondido el dinero y fingido que salgo a cortar jardines para que se justifique la engorda tremenda de mi alcancía. A veces he pasado por aquella casa y tenido la tentación de tocar a la puerta o de esperar ahí cerca para ver si se abre el portón. También he consultado el directorio en casa de mis abuelos (¡tienen teléfono!) y he encontrado el anuncio de un tal Doctor Valladares, psiquiatra, cuyo consultorio queda en el centro, cerca de casa de mis padres, o sea, cerca de mi casa. Quizá un día, al salir de la escuela, me pase por ahí. Quizá, si tengo suerte, lo vea de nuevo.
Los calzoncillos grises son cada vez más estrechos.
Ésta me había llegado la noche anterior, acostado sobre el catre al pie de la cama de mis abuelos, mientras ellos fumaban y veían la comedia por televisión: siempre la historia de una muchacha pobre que llegaba a la casa de una familia rica cuyo heredero se enamoraba de ella; él siempre pretendido por alguna mala mujer de sociedad; ella siempre por algún empleado de la casa que no tenía nada que ofrecerle más que su sincero amor. Las residencias del rico heredero no eran muy distintas de las que empezaban a llenar los lotes baldíos alrededor de la casa de mis abuelos: con cochera delante y jardín detrás, con dos pisos, salón y estudio, en calles arboladas y limpias a donde iban a trabajar todos los días ejércitos de albañiles y sirvientas, choferes y jardineros, venidos como yo del oriente de la ciudad en camiones saturados y malolientes. Mientras me quedaba dormido entreví la posibilidad de ganar dinero ofreciéndome como uno más de esos trabajadores en las casas de alrededor, quizá podría fregar pisos o trastes, quizá alguno de ellos quisiera adoptarme o, por lo menos, ofrecerme una habitación para quedarme a vivir con ellos, ¿pero qué les diría a mis padres? ¿qué pasaría con la escuela? Quizá podrían dejarme estar ahí por trabajos concretos ahora que tenía vacaciones, pero no sabía nada de albañilería, ¿los jardines quizá? ¡Eso es! Mis abuelos tenían una podadora y tijeras. No podía ser tan complicado. No tendría que dejar la escuela dándole un disgusto a mis padres, con lo bien que me iba, aunque si el negocio prosperaba luego habría que planteárselo mejor, seguro llegaría el día en que tuviera mi propio equipo y no tuviera que pedir prestado el de mis abuelos, máxime cuando hay ricos extravagantes y generosos que quizá me den más y más dinero, quizá me pasara lo que a las protagonistas de las telenovelas y acabara enamorado y...
Mi abuela accedió luego de que le asegurara que estaría de vuelta para comer hacia las dos de la tarde, que cuidaría muy bien la podadora y las tijeras, y que me pondría un cambio de ropa desgarrada de mi tío Roberto para que no ensuciara la que llevaba puesta. En harapos que me quedaban grandes, disfrutando con la perspectiva de volverme rico, empecé a recorrer las calles de aquel vecindario lujoso a donde se habían mudado mis abuelos poco después de que yo naciera y en el que abundaban la gente blanca y los coches del año, perros de razas exóticas que ladraban desaprensivos apenas tocar a la puerta, las antenas parabólicas en los tejados y las flores de todo tipo que ya se me había hecho costumbre cortar aquí y allá para llevárselas a mi abuela. Anduve tres cuadras sin hallar a nadie que accediera a que le arreglara el jardín, aunque un par de señoras tuvieron a bien darle instrucciones a sus sirvientas para que me dieran galletas y bombones. 'Pobrecito', le oí decir a una de ellas, 'al menos que tenga algo que comer'. No cabía de contento: si inspiraba suficiente lástima podría ganar mucho más; después de todo el dinero ¿para qué lo quería? ¡Justamente para comprar dulces! Si consiguiera una cantidad importante, sin embargo, ya no sería correcto gastarla en golosinas —me censuré— sino en comprar más vaqueros e indios para el fuerte que me regalaron mis padres en las navidades pasadas. Quizá le daría una parte a mi madre para evitar que dios me castigara semejante avaricia; o como compensación por mis más recientes pecados, esa inquietud que me asaltaba con la tela de ciertos calzoncillos y la agitación que por las noches...
Una voz me interpeló a través de una bocina interrumpiendo mis pensamientos. Miré hacia todos lados antes de contestar. 'Qué invento más raro', pensé, 'aprietas aquí y en vez de que vengan a abir una voz te pregunta quién eres y qué deseas'.
Una mujer en tacones, elegantemente vestida y de pelo rubio, me abrió la puerta. Llevaba un arete en la oreja derecha y luchaba por colgarse el otro en la izquierda.
—Pasa, pasa, ¿cuánto me vas a cobrar?
—Veinte pesos, señora.
—¿Pero tú sabes hacer esto? ¿cuántos años tienes?
—Nueve, casi diez... pero tengo que trabajar, ¿sabe? Mis padres están muertos. Vivo con mis abuelos aquí cerca... trabajan en una casa, como sirvientes quiero decir...
Enrojecí con las mentiras que estaba inventando, pero me repuse poniendo cara de circunstancias.
—Oh, qué pena. Ya veo, ya veo... Está bien. Mira, empieza por cortar el pasto de toda esta área y lo de las plantas lo vemos cuando termines, ¿eh?
—¡Claro que sí señora! ¡muchas gracias!
La hierba estaba muy crecida en algunas orillas y decidí empezar por ahí. Intenté usar la podadora, pero luego de repasar el área por media hora comprendí que ésta producía resultados muy irregulares: algunas hierbas las arrancaba de tajo, otras las cortaba por la mitad, algunas más las dejaba intactas. La máquina era tan pesada y la palanca me quedaba tan alta que apenas conseguía moverla con el vigor necesario. Pasé a las tijeras y en menos de diez minutos ya me ardían las manos con el mango de madera sin que pudiera ver ningún resultado notable. Decidí entonces darle forma a la orilla del jardín dejando un surco de tierra libre entre el césped y el piso o pared que lo contenía. Me dejé las manos arrancando raíces y bulbos, sacudiéndome lombrices y cochinillas, babosos y caracoles. Sudaba ya pasado el mediodía y al refugiarme en la escasa sombra del jardín, el aire fresco de los matorrales me hacía temblar de frío. Entonces lo vi.
Era un chico mayor que yo que me miraba asomando la cabeza por detrás de una columna a la que parecía sujetar con las manos. No pareció inhibirse cuando mi mirada encontró la suya. Sentí vergüenza de que me viera ahí, perdiendo el tiempo, y reanudé mis labores. 'Debe haberlo enviado la señora para supervisarme, seguro que ya le estará haciendo saber que no sé hacer las cosas y encima uso el tiempo para descansar'. Minutos después, sin embargo, el chico no se había movido de su lugar y seguía mirándome con atención, como si deseara hipnotizarme. Me puse de pie y le miré también, intrigado, pero apenas unos segundos después de quedarnos así suspendidos, apareció su madre por detrás de él y le dijo que se iban.
—Vamos a volver enseguida, ¿estarás bien si te dejamos solo un momento? —me dijo la señora.
—Sí, no se preocupe —dije con la excitación que la perspectiva de examinar la casa por mi cuenta me producía. 'Pero no he de robar', dije para mis adentros, un tanto culpable por ningún motivo.
Entonces el chico intervino también:
—Yo me quiero quedar, mamá.
—¿Tú? Pero vamos a ver, es que... ¿de verdad? ¿estarás bien...? Bueno, pues te quedas, que al cabo no tardo. Y no molestes al chico, por favor, o te vuelvo a llevar donde el Doctor Valladares.
—Estoy bien, mamá. ¿Cómo vas a saber si he mejorado cuando no me dejas ni un minuto a solas?
—Vale, vale, te quedas. Recuerda: sin molestar... Ya vuelvo.
Se escuchó un sonido repetitivo mientras la puerta del coche permanecía abierta, luego el portazo que precedió al arranque del motor, un minuto largo que luego supe que servía para calentar el coche y el chillido de las llantas al bajar por la rampa adoquinada luego del escándalo de metales y poleas del portón eléctrico. Ya se escuchaba el coche avanzar mientras la reja de metal volvía a cerrarse, cuando el chico salió de su escondite para examinarme más de cerca. Tenía los ojos de color incierto, a veces grises, a veces verde obscuro, el pelo negro y espeso. Me puse de pie sujetando la podadora y sentí un inquieto movimiento bajo mis calzoncillos.
—Deja eso, no seas pendejo —me dijo cuando estuvo suficientemente cerca. Me sorprendió que usara palabras de mayores. Era más grande que yo, pero seguía siendo un niño. O eso creía.
—Acompáñame dentro —completó sujetándome del brazo.
Le seguí fascinado y en silencio, el corazón saliéndome por la boca. Atravesamos una biblioteca en la que distinguí claramente la enciclopedia Grandes Guerras de Nuestro Tiempo, con sus lomos rojos bajo caracteres negros. Había muchos más libros y hubiese querido quedarme a hojearlos todos, pero luego me vi las manos llenas de tierra y comprendí que era imposible. Había un enorme piano en uno de los extremos. Como me detuviera un segundo, él me espetó:
—¿Por qué te quedas ahí? ¡Vamos! ¿No oíste a mi madre decir que no tarda?
Llegamos a un enorme cuarto de baño cargado de vapor. En un extremo, él abrió una cortina de plástico descubriendo una bañera llena de agua tibia en la que flotaban juguetes diversos. Un barco, desde luego. Un patito de hule. Pero también dinosaurios y aviones, carritos y superhéroes ¿Acaso había ahí vaqueros e indios del viejo oeste? Se desnudó y se metió en ella, invitándome a entrar.
—¡Vamos! El agua está muy rica, ¡entra!
No lo pensé dos veces y una vez dentro empezamos a jugar. Rápidamente nos habíamos organizado en bandos y jugábamos a la conquista de las aguas de la bañera. Nos arrojábamos bombas que nos salpicaban el rostro de agua. Hundíamos embarcaciones, aviones o dinosaurios. Echábamos mano de superhéroes para rescatar los pecios de un agua cada vez más obscura. En algún momento empezó a acostarse en la bañera y me sugirió hacer lo mismo. 'Ahora estamos muertos', dijo, 'estírate todo lo que puedas'. Ya habíamos pasado unos minutos así, acostados en direcciones opuestas, nuestros cuerpos rozándose cuan largos eran el uno contra el otro, cuando él salió de la bañera cerrando la cortina tras de sí. Me reincorporé tímidamente y volví a afanarme en los juguetes, demasiado concentrado como para prestarle atención, pero a través del plástico lo distinguía retorciéndose de formas extrañas. Se abrió la puerta del baño intempestivamente y las pisadas de los tacones me aterraron tanto como la voz de la señora.
—¡Pero mira nada más, dios santo! ¡has vuelto a lo mismo, por dios! Que se va a enterar el Doctor Valladares, te juro que esta vez sí te vamos a internar, dios mío, ¡mira nada más! ¡¿Qué le has hecho a ese chico?! ¡Contesta!
De un manotazo, la mujer rubia apartó la cortina de plástico y alcancé a ver el culo del chico que se escapaba del baño corriendo.
—¿Estás bien? —me preguntó la mujer, aterrada.
—Estábamos jugando, perdóneme señora, es que... —contesté confundido mientras ella me pasaba una toalla.
—¿Qué han hecho? ¿acaso...? ¿estás bien? —volvió a repetir.
—Sí, sí, estoy bien señora, perdóneme, es que pensé que...
—Te espero aquí afuera. Vístete por favor.
No encontré mis calzoncillos en aquel enorme cuarto de baño que comenzaba a enfriarse mientras el vapor se condensaba en las paredes, así que me puse unos grises y lisos que no podían ser otros que los de aquel chico, aunque inexplicablemente me quedaban muy apretados. Quise usar gel para el cabello, pero luego recordé que era un huérfano que vivía con sus abuelos, así que no podía mejorar más mi aspecto ya bastante sospechoso una vez que me había limpiado la cara chamagosa. Afuera me esperaba la mujer fumando inquieta. Deshicimos el camino que recorriera con el chico —otra vez el piano, la biblioteca, los tomos negro con rojo de Grandes Guerras de Nuestro Tiempo en el que faltaba uno, las huellas de tierra de mi paso por ahí— y ya en el jardín encontré mi podadora y las tijeras recogidas en el rincón más cercano a la puerta de la calle.
—No quiero que le digas a nadie lo que ha pasado, ¿comprendes? No quiero problemas. Te pagaré bien. ¿Qué te parecen quinientos pesos?
—¿Lo que ha pasado? Señora, yo... es que...
—No te hagas el difícil, por favor. Ya está bien. Que sean mil. Pero no quiero volverte a ver por aquí, ¿entendido?
Debí haber despertado mucha lástima en aquella mujer porque me dio todo ese dinero y varios juguetes sin dejarme terminar el jardín. También, como en otras casas, me llenó de dulces y galletas. No podía creer mi buena suerte. Apenas estuve en la calle, organizando la manera de trasladarme con todo aquel botín hasta casa de mis abuelos, cuando alcancé a escucharla gritar:
—¡Vas con el Doctor Valladares, te digo! ¡que te aumente la medicación, pero tendrás que curarte!
En el camino decidí que no era buena idea que me vieran demasiado limpio y me ensucié adrede las manos y la cara en un lote baldío. Llegué a casa pasadas las dos de la tarde. Le entregué las flores a mi abuela, que había preparado sopa de fideos y tortitas de carne deshebrada. Mi abuelo fumaba sentado a la mesa mientras se calentaba la comida, con el periódico abierto por la mitad:
—¿Qué? ¿cuántos jardines echaste a perder?
Él y mi tío Roberto, que aún llevaba puesto el ridículo kimono que usaba en las clases de karate, se rieron a carcajadas. No les conté cuánto había ganado, pero por toda prueba de mi gran esfuerzo les mostré mis manos ampolladas.
—Hijo, lávate esas manos y vente a comer —me dijo mi abuela.
Me acostumbro cada vez más a los calzoncillos grises, especialmente cuando estoy acostado contra el suelo del estudio hojeando Grandes Guerras de Nuestro Tiempo. He escondido el dinero y fingido que salgo a cortar jardines para que se justifique la engorda tremenda de mi alcancía. A veces he pasado por aquella casa y tenido la tentación de tocar a la puerta o de esperar ahí cerca para ver si se abre el portón. También he consultado el directorio en casa de mis abuelos (¡tienen teléfono!) y he encontrado el anuncio de un tal Doctor Valladares, psiquiatra, cuyo consultorio queda en el centro, cerca de casa de mis padres, o sea, cerca de mi casa. Quizá un día, al salir de la escuela, me pase por ahí. Quizá, si tengo suerte, lo vea de nuevo.
Los calzoncillos grises son cada vez más estrechos.
domingo, enero 14, 2018
Provincias
Me dicen que probablemente no me he familiarizado lo bastante con el idioma, pero lo cierto es que no logro retener por mucho tiempo los libros que leo en francés: se me olvidan. Hace años me dije que, puesto que soy un acérrimo defensor de la civilización occidental y los azares de la vida me han puesto en conocimiento de la lengua, no podía pasármelo sin recorrer, aunque sólo fuera por encima, la muy aplaudida literatura francesa. Me dispuse así, tan pronto como me sentí en condiciones de enfrentar la tarea y amparado por el parecido de mi lengua materna con la gala, a disfrutar de los abundantes clásicos que en ésta se han escrito. Pero sin importar si abordaba textos de la posguerra o del siglo de las luces, si con intenciones filosóficas o puramente literarias, los libros franceses eran siempre decimonónicos, afectados de frases y poses, ayunos de ideas. ¿Acaso el francés literario es un reflejo del exceso rococó de sus edificios y decorados? ¿son las novelas de Dumas, Hugo o Balzac algo más que sabrosas aventuras para adolescentes románticos con el mismo valor que las historias del corazón que entretienen a campesinas y costureras? ¿estamos ante genios cuando leemos a los existencialistas con sus historias simbólicas sobre la peste o la náusea? El conocimiento que he tenido de primera mano (si tal cosa es posible para un extranjero) acerca de los personajes que habitan estas tierras, me autoriza a suponer que la pretensión que ya gobierna el trato cotidiano de estas gentes no puede menos que exacerbarse cuando una de ellas decide tomar la pluma y arriesgar una opinión o un pensamiento por escrito, estampando su nombre en el papel. Se creen obligados a parecer ingeniosos, pero resultan cansinos, trasladando a la letra impresa el cosmopolitismo impostado con que se conducen en persona. Como las historias de aventuras que pretendían revelar la naturaleza humana en todo su dramatismo quedaron en el pasado (relegadas a las telenovelas sudamericanas y los hoy abundantes autores de bestsellers), la intelligentsia francesa se ha recetado textos graves y crípticos y opiniones que se cagan en todas las opiniones. Están de vuelta de todo aunque nunca elijan el silencio al on discute. Me dicen que probablemente se deba a que sólo me he movido en la provincia francesa y ni siquiera en la mejor de las periferias. Puede ser. Pero debo agregar en mi descargo que París también me parece una brutal impostura, que sólo ha conseguido vender a turistas sin criterio la idea de una grandeza hace ya mucho tiempo desaparecida. Una vieja puta que huele a orines y vive de sus rentas en palacetes mal ventilados, con alfombras manchadas y paredes mugrosas. Un terreno más abonado al capitalismo salvaje, pero con toque chic: la chica que defiende al proletariado mientras rechaza con asco e histeria un café que no sea de la marca que a ella le place. Pero basta de digresiones. Esto no se supone que sea una crítica para con el país que ha producido el pain au chocolat y otros grandes avances civilizatorios; tampoco para con sus provincianos habitantes que alquilan extranjeros para mejor alimentar la convicción de su cosmopolitismo. No. Es, si acaso, una crítica contra mi propia incapacidad para retener obras francesas y un alegato para defenderme de lo que es casi seguro, a saber, que yo sea el único responsable de dicho problema. Soy una víctima fácil de semejante inversión: nací en la ciudad más grande de la provincia mexicana (suponiendo que hay algo en el territorio de Anáhuac que no sea marginal en el cuadro geográfico y cultural de occidente) y vivo, para colmo, en Santa Teresa, un rincón siniestro del noroeste que ya retrató con todo realismo y crudeza el desaparecido escritor chileno Roberto Bolaño. En Santa Teresa el aire y el agua están contaminados de pesticidas, lo que ha causado un retraso mental generalizado en la población. En Santa Teresa las termitas han sustituido todo material impreso y devorado las escasas maderas que bajan los indios de las lejanas sierras. En Santa Teresa se bebe cerveza aguachinada y se come carne quemada. En Santa Teresa las damas de sociedad son mujeres gigantescas que resisten la tentación de devorar a sus gordos hijos en las fiestas de cumpleaños organizadas para su mayor cretinización. En Santa Teresa autos de vidrios obscuros caen a canales a muy baja velocidad y se hacen pedazos unos contra otros. En Santa Teresa sólo hay escuelas católicas que predican el valor de la resignación ante fenómenos naturales como las balaceras, el narcotráfico o el secuestro. En Santa Teresa el plástico en todas sus formas es el material de buen gusto por excelencia; si importado del otro lado, mejor. Me dicen que, si no otra cosa, dicho páramo debe ser por fuerza de signo contrario a la pretensión, paradigma del carácter llano del buen salvaje, cosa que parece confirmar la acendrada creencia que sobre la franqueza de los norteños existe en todo el territorio de Anáhuac. Luego, sin embargo, empiezan los detalles, y uno descubre con decepción que, como el resto de los mexicanos, los habitantes de Santa Teresa se obligan a la camaradería más abyecta, creyendo que serán tenidos por sinceros entre más bajunos sean sus lenguaje y conducta, más vulgares sus palabras y pedestres sus ideas. Como alcanzar la solidez ha resultado imposible luego de doscientos años de fracasos y complicaciones, su solemne pretensión es que carecen de solemnidad y pretensiones. Todavía más: en Santa Teresa, provincia de la provincia, rizo del rizo, la pretensión de claridad no cuesta nada porque siempre está al servicio de lo inocuo, lo intrascendente, lo absolutamente prescindible; en cambio, todo lo que vale la pena discutir se viste apropiadamente de eufemismo: es sustituido, reemplazado, vuelto de revés. De esta forma, la sinceridad acrítica de los norteños que compran billetes de avión para recorrer el mundo preserva su prestigio tanto como el escribir libros imposibles de recordar salva el cosmopolitismo feroz de los franceses que jamás han cruzado ni siquiera el canal de la Mancha.
¡Con lo cerca que queda!
¡Con lo cerca que queda!
viernes, diciembre 29, 2017
True crime
Aquella mañana fría y gris, todavía sin lluvia, llegué antes de lo acordado a las puertas de la librería de la calle Deansgate. Había olvidado mis guantes y la bufanda en la habitación, así que opté por entrar y subir a la planta alta en vez de quedarme ahí con el paraguas alternando de una mano a otra mientras calentaba la contraria en el bolsillo del abrigo. Terminó por decidirme la amistosa mirada del vigilante que desde el interior había pasado de verme con sospecha a hacerlo con agrado, seguramente disculpando mi rostro extranjero y meridional gracias a la consideración detenida de mi indumentaria, bastante pasable incluso para un británico. Quería evitar que el hombre me abordara, no tenía ganas de hablar con extraños ni de mostrarme consecuente con ellos, así que entré con paso decidido sin que ello evitara un morning suyo y otro idéntico mío como respuesta. Mientras subía los escalones reparé en un par de pequeñas semiesferas en el techo que me recordaron que aquello —como toda Gran Bretaña— estaba vigilado por cámaras de circuito cerrado, una verdadera plaga que me hacía considerar a aquella una raza de voyeuristas, ¿cómo si no explicar su predilección por las ventanas sin persianas ni cortinas? Huecos en la pared que habrán servido por siglos para descubrir al merodeador o asesino, también para atraerlo y aún incitarlo: 'voy a asomarme a esta ventana o usaré catalejos para descubrir: a mi vecina poniéndose unas medias, la regularidad con que se enciende una lámpara en la noche, la sombra a contraluz de una pareja que no se sabe si riñe o está en tratos carnales'. Ahora se suponía que los ojos electrónicos disuadían a esos mismos merodeadores y asesinos de cometer las atrocidades de antes, o quizá sólo tenían efecto en los más dubitativos e inseguros, los aún picados por una poca de mala conciencia. Como quiera que sea, nunca faltan insensatos que intentan llevarse inadvertidamente un disco, una camisa, incluso un libro, bien porque no repararon en el ojo electrónico (que registra, pero no actúa) o porque creyeron engañarlo (pero hay tantos ángulos) o porque son demasiado imbéciles para asociar la causa al efecto (algo cada vez más corriente). Quizá piensen con ingenuidad que no puede haber alguien vigilando al otro lado en cada preciso instante, que ni siquiera una computadora ni un algoritmo pueden lidiar con la cantidad de cámaras que existen en el mundo ni detectarlo todo, todo lo irregular al menos, 'o es que', pensarán, 'todo se graba por si acaso, al menos por un tiempo', ¿quién puede saberlo? Quizá los gobiernos puedan pagar tanta información y procesamiento, en fronteras, en carreteras, en sitios específicos, pero no esta librería a la que, con ser vasta, no le compensa vigilar a sus clientes pacíficos, es increíble que sean tantos a estas horas de la mañana, debe ser por la cercanía de la Navidad, seguro.
Como en todo el mundo anglosajón, esta librería también separaba sus títulos en dos clases, fiction y non-fiction, algo de cierta importancia a la hora de distinguir lo que era real de lo que no, aunque a la primera siempre le atrajera la segunda para hacerse verosímil y a ésta la tergiversaran políticos y religiosos, incluso científicos, acercándola involuntariamente a la primera. En ficción predominaban los contemporáneos y modernos en orden alfabético, los clásicos en sección aparte como los juveniles, thrillers y crime también ordenados alfabéticamente, primero uno, luego el otro, la distinción entre estos dos últimos imposible para mí; recorrí todo muy rápidamente pues no hacía mucho tiempo había visitado otra librería de habla inglesa en Bruselas y los contenidos eran idénticos. En non-fiction me brinqué todo lo relativo a historia, siempre guerras interminables y biografías de famosos, hechos inverificables porque la mayoría transcurrieron en tiempos en que no había ojo electrónico capaz de registrar nada; nos damos por bien servidos con una lista de referencias al final del libro en las que se supone el autor ha basado sus conclusiones y asertos, damos mayor o menor crédito y al final reducimos todo a ideología, 'esta opinión me gusta, esta otra no', hasta que terminamos educados en un punto de vista particular sobre el pasado; contrario a lo que muchos creen no es un problema que vaya a desaparecer con el ojo electrónico porque aún frente a lo que está registrado y en cada reproducción vuelve a repetirse idéntico hay opiniones contrarias, nunca estaremos de acuerdo y, encima, la mayoría de lo que ocurre frente a nuestras narices no lo podemos explicar ni somos su causa, 'comparsas de una obra cuyo guión no escribimos', musité. Fue así que llegué hasta un apartado librero etiquetado true crime, como para distinguirlo de su contraparte de ficción que había quedado muy atrás. No recordaba haber visto una clasificación similar en mis muchos años de visitas a países de habla inglesa, pero me pareció completamente lógico que hubiera tantos libros sobre el tema en un país tan famoso por sus crímenes. No hablo aquí de vulgares asesinatos perpetrados por drogadictos tras una cartera o por celosos enloquecidos en venganzas pasionales; todo ello está al alcance de los países meridionales de donde provengo. Tampoco me refiero a crímenes con motivación política o religiosa, de los que Inglaterra ha visto unos cuantos, a manos de irlandeses separatistas o terroristas islámicos, por ejemplo. Esto no ha hecho tan famosa a esta isla —ni a sus herederos norteamericanos y australianos— como las atrocidades de sus asesinos específicos e inmotivados, esos que en los libros que ahora tenía delante eran retratados con textos a medio camino entre la nota policíaca y la psicología aficionada, las ilustraciones intencionadamente borrosas para aumentar el carácter siniestro de los así llamados serial killers y sus víctimas.
Cogí uno de los volúmenes, uno de esos compendios who's who a los que son tan dados en el mundo anglosajón y, luego de mirar la hora en mi reloj de pulsera y comprobar que aún faltaban diez minutos para el encuentro acordado, me puse a hojearlo distraídamente, mirando de reojo a las personas que merodeaban por ahí confiadas en el aspecto de mi ropa e inmediatamente disuadidas por mi rostro claramente extranjero y meridional, quizá se sintieran confirmados en su recelo al leer true crime en el librero frente a mí. Volví de nuevo a una página que había pasado demasiado rápido y en la que creí leer el nombre de la ciudad en la que me hallaba; en efecto, ahí estaba mencionada junto con los nombres de algunos suburbios que casualmente conocía bien: Oldham, Ashton, Mossley. Fue así como supe de los crímenes de Ian Brady y Myra Hidley, que en tres de los años sesenta raptaron, violaron y asesinaron a cinco niños que luego enterraron en los Saddleworth Moors, una pradera desierta cruzada por una carretera, con algunas rocas esparcidas y tonos que iban del gris al ocre entre pastizales bajos y siniestros. Cuatro de los cinco cuerpos habían sido recuperados y, mientras la mujer llevaba casi quince años muerta, el asesino apenas había muerto este año, ambos en la cárcel. Como de costumbre, los criminales parecían gente más o menos ordinaria hasta el momento mismo de su detención, producto ésta no de la pericia policial como de la denuncia de un amigo que presenció el último de los crímenes: oficinistas ambos, él un presunto admirador de los nazis con algunos delitos menores en su haber, ella una muchacha que había sido maltratada en la infancia. Lo de siempre. 'Una folie à deux', pensé, 'como la de tantas parejas criminales de la historia. Un asesino con iniciativa y otro que le sigue pasivamente, uno emocionado con el mal y otro indiferente a él, ambos incapaces de ver lo que es evidente para el resto'. Ahí estaban los retratos para siempre congelados de las víctimas, incluido aquel cuya localización nunca fue revelada. Brady murió en un psiquiátrico de alta seguridad, diagnosticado con no sé qué trastorno mental, pidiendo que pusieran fin a su vida; Hindley —the most hated woman in Britain, según el libro— en la cárcel, donde tuvo un romance lésbico con una de sus guardias: 'una confirmación de su escalofriante pasividad dispuesta a lo que fuera', pensé, 'una orientación sexual o la otra'. Y entonces, al dar la vuelta a la hoja, apareció la borrosa fotografía que Brady tomara de Hindley en los Saddleworth Moors, de cuclillas mirando hacia el suelo donde, como se descubrió después, habían enterrado a una de sus víctimas. Un cachorro asoma por entre su abrigo y el fondo está presidido por un paisaje que reconocí al instante como uno de los sitios a donde saliera a pasear en anteriores visitas a la ciudad...
You 've been waiting long?, escuché de pronto a mis espaldas al tiempo en que me ponían una mano en el hombro y me sobresaltaba dejando caer el libro. Era mi amigo, el pintor británico de cuarenta y siete años a quien tenía quince de conocer y a quien volvía a ver esa mañana conforme a lo acordado tras cinco veranos de ausencia en que sólo intercambiamos mensajes ocasionales. Como en cada encuentro, bastaron unos segundos para recuperar de golpe todo el placer de nuestra complicidad de tanto tiempo. Me repuse enseguida del susto, puse el libro en su repisa y salimos los dos a la calle como era nuestra costumbre —en Praga o Bruselas, Amberes o Manchester— para alternar largas caminatas con algunas paradas en bares y cafeterías, todo el tiempo conversando sin más apoyo que algunas referencias comunes, a veces de política y otras de arte, a veces de nuestros respectivos divorcios y otras de nuestras familias o amigos, deslizando aquí y allá observaciones agudas sobre el sexo y la exageración, ponderando nuestras opciones, intercambiando descubrimientos filosóficos sin pretensión alguna. Luego de comer en un indigno cuanto costoso restaurante chino que dio pie a numerosos comentarios divertidos entre nosotros sobre los meseros y la decoración, los comensales y la imposibilidad de hallar un verdadero english pub en todo el Reino Unido, él sugirió que fuéramos a su casa para saludar a su mujer, ver cómo habían crecido los chicos y considerar algunos de sus recientes trabajos por si me interesaba comprar alguno.
Había olvidado lo pronto que oscurecía en aquellas latitudes en estas fechas. Cubriéndonos de una ligera llovizna con mi paraguas, mientras el frío lo envolvía todo, subimos a un autobús que nos llevó hasta un poco más allá de Oldham. En algún momento del largo camino era yo el único extranjero a bordo y volví a pensar en los crímenes británicos, menos en serial killers que en las turbas de hooligans que pasaban de un momento a otro de ser civilizados gentlemen a ser hordas xenófobas asesinas. 'Un error, una chispa', pensé, 'ser divisado y distinguido, individualizado como algo que no debería estar ahí y ya está, no habrá nada que los detenga'. Aumentó mi escalofrío la aparición de un hombre corpulento de unos cincuenta y cinco años, con sombrero, chamarra de cuero y pantalón de mezclilla, un viejo rockero vestido de negro de los pies a la cabeza, que se sentó a conversar con mi amigo, al parecer un vecino o amigo de la infancia, no me quedaba muy claro por la rapidez con la que hablaban, pero me extrañó distinguir claramente que el rockero preguntaba por la mujer y los niños del pintor: 'it's been a long while since I 'ven't seen 'em, though, a long while'. Nos despedimos del rockero apenas bajar del autobús y unos diez minutos después estábamos por fin frente a la puerta de aquella casa de dos plantas donde había pernoctado en mi última visita, cinco años atrás. En aquella ocasión también era invierno y el ahora matrimonio sólo tenía un hijo, no dos, un niño pálido de aspecto enfermo como salido de una película sobre huérfanos o fantasmas y que de mañana solía bajar como un espectro la escalera de madera hasta apostarse a mi lado en aquella sala improvisada como dormitorio, frente al ventanal de tres lados que tienen todas las casas británicas. Lo invitaba a sentarse conmigo en el colchón y se sentaba en mi regazo abrazándome, como agotado, exhausto. La mujer también tenía aspecto alienado, enfermizo, fingía no entender lo que le decía a pesar de ser ella misma extranjera y de tener mucho peor acento que yo. Abrió la puerta. Entramos.
No había nadie y toda la casa estaba en penumbra, tampoco habría sido diferente si la familia se hubiera hallado ahí: como en lo que ellos llaman el continente, los ingleses suelen encender la luz sólo si es estrictamente necesario, por lo que casi todas las casas parecen vacías o abandonadas, sin luz a pesar de la obscuridad invernal y con la calefacción al mínimo. 'La vida es cara en estas latitudes', recuerdo haber pensado una vez el pintor me hubo aclarado que su mujer e hijos estarían seguramente en el supermercado, que no tardarían. Should we go upstairs to see the works?, preguntó. Sure, sure, of course, le respondo tras un desorientado silencio mientras trato de adaptarme a la creciente obscuridad. Mientras subimos, casi con tanto frío como afuera, la escalera crujiendo bajo nuestras pisadas y las ventanas dejando pasar una desmayada luz suspendida, soy consciente del drástico cambio de humor —o sería atmósfera— que nos había poseído casi desde que montamos el autobús para venir a las afueras de Oldham. Una inexplicable angustia me había poseído y me tranquilizaba pensar que no dormiría en esa casa y que pronto volvería a mi habitación de hotel, un lugar pequeño y céntrico que como muchos otros había renunciado a servir a proper english breakfast: no más huevos revueltos ni bacon ni salchichas, no más frijoles en salsa de tomate ni café negro bien cargado, todo había sido reemplazado por pepinos y tomate picados, lonchas de jamón y queso, un desayuno más bien rumano, checo o polaco, que servían mujeres del Este que entendían muy poco el inglés y que, sin embargo, no perdían oportunidad de hacer saber a quienes creían más adinerados que estaban disponibles luego de las tres de la tarde para lo que el gentleman en cuestión dispusiera, ya había leído en los periódicos del creciente tráfico de mujeres hacia el Reino Unido a las que las mafias ofrecían trabajo de camareras o meseras para luego explotarlas como prostitutas, amenazándolas con quitarles los papeles o arrojarlas al mar si intentaban zafarse, las de mi hotel —si como sospechaba llevaban esta doble vida, si eran lo que parecía y que no averiguaría personalmente de ninguna forma por no ser mi agitación tan fuerte que alguna vez me hubiera hecho recurrir a prostitutas— no parecían llevarlo tan mal.
En la habitación de las pinturas, no sin antes acomodar algunas cosas con la luz apagada, por fin se enciende una bombilla de luz amarillenta y empieza a descubrir algunos caballetes y a seleccionar de entre tubos y bastidores algunas pinturas que quiere mostrarme. Intento recobrar la buena disposición atendiendo a sus explicaciones, pero me punzan las sienes y me revuelve el estómago el olor a aguarrás y aceites, una náusea que no alivian las series de cráneos —algunos abstractos, otros realistas— que me va mostrando, seguidas de lo que parecen cuerpos mutilados de vivos colores. No me he lavado la boca desde que comimos y no hay nada que me desagrade más que tener que hablar con alguien en esas condiciones, quizá sólo es peor hacerlo mal vestido, pero por fortuna mi camisa está todavía impecable, el pantalón sin una sola arruga, mi abrigo se ha quedado colgado en el perchero de la entrada y ya me gustaría habérmelo dejado puesto porque el frío en esta parte de la casa es todavía más atroz que afuera, si cabe. Le expreso mi sorpresa ante estos temas tan apartados de lo que había hecho antes, pues solía pintar desnudos, pero no mutilaciones, deformar para subrayar caracteres y texturas, pero no desgarrar la piel ni amputar miembros, siempre más a la Francis Bacon o Lucian Freud, un pintor de verdad preocupado por los materiales y mezclas, a salvo de la influencia de las ideas, todo lo contrario del artista comprometido, panfletario o exegético, alejado por fortuna de lo didáctico, lo pedagógico, la moraleja. Me escucha con atención, con humor grave, con el ceño fruncido y sus manos apartando blocs de bocetos y latas de pintura, me habla repentinamente del peligro de ciertas sustancias que utiliza en los lienzos, venenos silenciosos pero inexorables como el plomo o el cadmio, el mercurio. Muerte. ¿Ha oído hablar de los asesinatos de Saddleworth Moors? ¿No es esa la pradera por la que él solía llevarme a caminar hace algunos años? ¿Por qué me tomó una foto en el mismo sitio donde Brady fotografió a Myra, el mismo sitio donde desenterraron a uno de los cinco niños? Sí, es el mismo, lo he comprobado esta mañana en la librería. Por supuesto que lo sabes. ¿Dónde están su mujer y sus hijos? ¿Por qué tardan tanto? Debería salir de aquí cuanto antes. Quizá en el autobús en que regresará el hombre de negro, quizá en un taxi negro y británico y siniestro. La pradera está helada en invierno y siguen sin hallar un cuerpo, su muerte no consta en ningún registro. Es tarde en país extranjero. Ningún ojo —electrónico o no— mira ahora.
La cabeza. El estómago. ¡La cabeza!
La sangre.
domingo, diciembre 17, 2017
Cavilación en torno al descenso de un tren en rápido movimiento
Esta mañana, mientras con sólo abrir los ojos recobraba de golpe la conciencia de todo lo que está pendiente o mal —la habitación ligeramente fría porque la calefacción ha debido apagarse de madrugada, la respiración del ser amado momentáneamente desconocida y asombrosa— me vino a la memoria un día de mil novecientos ochenta u ochenta y uno en que, conducidos desde el patio en fila india, nos reunieron a los párvulos en el refectorio del jardín de niños para una ceremonia de fin de cursos. Aparezco vestido con un trajecito gris y raya a la izquierda en el cabello, los zapatos negros de piel de ternera algo desgastados. Impaciente, tamborileo con los dedos sobre la butaca y me pongo de pie de un salto cuando mencionan mi nombre. Avanzo entre mis compañeros para acudir al estrado y, una vez ahí, miro reconcentradamente las manos de la directora —una mujer de edad avanzada y moño en forma de rosquilla sobre la cabeza— mientras encaja el alfiler con que sujeta un distintivo a mis solapas, a manera de premio. El acto inocente de subir a un tren cuyas paradas y destino se desconocen tiene lugar ahí, en pleno mediodía, ante el aplauso de un público comparsa en el que se encuentran mis padres.
Sin tomar en cuenta a quienes no son capaces de verlo ni a quienes la indolencia permite una vida más desahogada, uno sabe desde muy pronto que hay cosas que arreglar y se pone manos a la obra, quizá no tanto por responsabilidad ni altruísmo, cuanto porque su resolución le permitirá a uno ganar el así llamado tiempo libre en el que uno podrá hacer lo que quiera sin rendir cuentas a nadie. Me afanaba así en mis deberes en largas tardes frente a la mesa del comedor, lo mismo cuando era niño que cuando era adolescente, a fin de coger un libro que me interesara leer y, provisto de audífonos, ir hasta algún parque, una azotea o a las afueras de la ciudad a leerlo en soledad apacible, seguro de merecer aquella fuga por haber completado mis labores. Como el quehacer no cesa y se acumulan las solicitudes, uno cree anticiparse a esta avalancha haciendo coincidir lo que hacemos por dinero con nuestros intereses profesionales, creyendo absurdamente que la industria en cualquiera de sus formas es asimilable al descanso, la recreación o el placer. No es así. Pasan los años y, a poco que uno acepte participar del mundo como inevitablemente se debe a fin de no morir de inanición, se descubre uno cada vez más enredado en sus mecanismos y exigencias o, lo que es lo mismo, a mayor distancia de la vida que uno deseaba para sí.
Apenas me muevo bajo las cobijas. Miro de reojo hacia un costado y sé, aunque me cueste aceptarlo, que si bien el orden deseado no puede alcanzarse de golpe no son pocas las acciones a mi alcance que me pueden acercar a la anhelada congruencia; que si no las emprendo no es porque dude de su pertinencia cuanto porque no deseo sacrificar las innobles ventajas de vivir en la abyección: cama, dinero, carrera; que cuando lo decida dormiré solo de nuevo, no tendré apenas amistades, veré en muy pocas ocasiones a mi familia; que tarde o temprano no podré seguir ejerciendo esta profesión para la que o bien no soy competente o bien no quiero prepararme más o bien no puedo hacer sin someterme a una excesiva cantidad de sevicias sociales, intelectuales y psicológicas, entre otras. Luego, inevitablemente, hago contraste: ¿cómo puede el solipsismo egoísta de presunta inspiración virtuosa ser la manera de bajar del tren en movimiento de nuestra vida medianamente elegida en vez de asumir ésta todavía con mayor seriedad? ¿tiene derecho a renunciar quien ya ha costado demasiado dinero al contribuyente y ha cobrado caro a la sociedad sus servicios? ¿podrá alguna vez esgrimir argumentos razonables que lo eximan de la responsabilidad plausiblemente? Permaneciendo en mis circunstancias es menester hacer lo mejor, como quedó establecido de una vez y para siempre en una antigua ceremonia de párvulos a principios de los ochenta, lo que desde luego se traduce en el acorralamiento sin piedad del tiempo dedicado a la ponderación pausada, el sacrificio de la profundidad en aras de la inmediatez productiva; si abandono el tren y sobrevivo a la caída, haciéndome como parezco desear de una vida ralentizada capaz de admitir una obra profunda, ¿en servicio de quién si no de mí se produciría la misma? El entuerto moral es inevitable.
No obstante, los fines de semana son ensayos de la vida que aún no llega y no parecen reflejar que esté capacitado para vivirla: arrancan con la perspectiva de invertir la relación entre el trabajo y el ocio, de manera que podamos aprovechar éste para hacer lo que haremos indefinidamente una vez que nos bajemos del tren de nuestra vida secuestrada; lo interrumpen las comidas y las distracciones, el sexo y la pornografía, el libro al que dedicamos sólo una hora y del que nos aparta la mala conciencia del paso del tiempo, el rato de entretener una conversación insulsa que lubrique el trato con quienes nos han divisado y no nos decidimos a abandonar; y terminan aportando aún más pruebas de nuestra bajeza y vulgaridad, ya no sólo para con la vida deseada que no ha llegado aún cuanto para la que corre en este momento como un tren en rápido movimiento, pidiendo, exigiendo, amenazando con aplastarnos si nos atrevemos a cuestionarla con escrúpulos o a regatearle la atención. 'Somos inferiores a nosotros mismos', me digo mentalmente aún acostado, con —si cabe la mezcla— resignada angustia. 'Pero un día sabré qué hacer', me animo pensando, 'un día no me costará distinguir que el tiempo de bajar del tren ha llegado ya, que habrá aminorado la velocidad o el maquinista se hallará distraído, entonces no sentiré que me han clavado una vocación en las solapas ni que aún le debo algo a quienes están aplaudiendo desde mil novecientos ochenta, ni que debo hacerme querer por mis padres ni someterme a más tratos que los que yo desee, por injusto que ello parezca para quienes creen que les pertenezco...'.
En la duermevela que precede al despertar una voz me advierte: '¿y si mueres antes de tiempo?'. Me despierto sudoroso en Santa Teresa. Ha debido haber un corte eléctrico porque el aire acondicionado está apagado, la respiración del ser amado momentáneamente desconocida y asombrosa...
Sin tomar en cuenta a quienes no son capaces de verlo ni a quienes la indolencia permite una vida más desahogada, uno sabe desde muy pronto que hay cosas que arreglar y se pone manos a la obra, quizá no tanto por responsabilidad ni altruísmo, cuanto porque su resolución le permitirá a uno ganar el así llamado tiempo libre en el que uno podrá hacer lo que quiera sin rendir cuentas a nadie. Me afanaba así en mis deberes en largas tardes frente a la mesa del comedor, lo mismo cuando era niño que cuando era adolescente, a fin de coger un libro que me interesara leer y, provisto de audífonos, ir hasta algún parque, una azotea o a las afueras de la ciudad a leerlo en soledad apacible, seguro de merecer aquella fuga por haber completado mis labores. Como el quehacer no cesa y se acumulan las solicitudes, uno cree anticiparse a esta avalancha haciendo coincidir lo que hacemos por dinero con nuestros intereses profesionales, creyendo absurdamente que la industria en cualquiera de sus formas es asimilable al descanso, la recreación o el placer. No es así. Pasan los años y, a poco que uno acepte participar del mundo como inevitablemente se debe a fin de no morir de inanición, se descubre uno cada vez más enredado en sus mecanismos y exigencias o, lo que es lo mismo, a mayor distancia de la vida que uno deseaba para sí.
Apenas me muevo bajo las cobijas. Miro de reojo hacia un costado y sé, aunque me cueste aceptarlo, que si bien el orden deseado no puede alcanzarse de golpe no son pocas las acciones a mi alcance que me pueden acercar a la anhelada congruencia; que si no las emprendo no es porque dude de su pertinencia cuanto porque no deseo sacrificar las innobles ventajas de vivir en la abyección: cama, dinero, carrera; que cuando lo decida dormiré solo de nuevo, no tendré apenas amistades, veré en muy pocas ocasiones a mi familia; que tarde o temprano no podré seguir ejerciendo esta profesión para la que o bien no soy competente o bien no quiero prepararme más o bien no puedo hacer sin someterme a una excesiva cantidad de sevicias sociales, intelectuales y psicológicas, entre otras. Luego, inevitablemente, hago contraste: ¿cómo puede el solipsismo egoísta de presunta inspiración virtuosa ser la manera de bajar del tren en movimiento de nuestra vida medianamente elegida en vez de asumir ésta todavía con mayor seriedad? ¿tiene derecho a renunciar quien ya ha costado demasiado dinero al contribuyente y ha cobrado caro a la sociedad sus servicios? ¿podrá alguna vez esgrimir argumentos razonables que lo eximan de la responsabilidad plausiblemente? Permaneciendo en mis circunstancias es menester hacer lo mejor, como quedó establecido de una vez y para siempre en una antigua ceremonia de párvulos a principios de los ochenta, lo que desde luego se traduce en el acorralamiento sin piedad del tiempo dedicado a la ponderación pausada, el sacrificio de la profundidad en aras de la inmediatez productiva; si abandono el tren y sobrevivo a la caída, haciéndome como parezco desear de una vida ralentizada capaz de admitir una obra profunda, ¿en servicio de quién si no de mí se produciría la misma? El entuerto moral es inevitable.
No obstante, los fines de semana son ensayos de la vida que aún no llega y no parecen reflejar que esté capacitado para vivirla: arrancan con la perspectiva de invertir la relación entre el trabajo y el ocio, de manera que podamos aprovechar éste para hacer lo que haremos indefinidamente una vez que nos bajemos del tren de nuestra vida secuestrada; lo interrumpen las comidas y las distracciones, el sexo y la pornografía, el libro al que dedicamos sólo una hora y del que nos aparta la mala conciencia del paso del tiempo, el rato de entretener una conversación insulsa que lubrique el trato con quienes nos han divisado y no nos decidimos a abandonar; y terminan aportando aún más pruebas de nuestra bajeza y vulgaridad, ya no sólo para con la vida deseada que no ha llegado aún cuanto para la que corre en este momento como un tren en rápido movimiento, pidiendo, exigiendo, amenazando con aplastarnos si nos atrevemos a cuestionarla con escrúpulos o a regatearle la atención. 'Somos inferiores a nosotros mismos', me digo mentalmente aún acostado, con —si cabe la mezcla— resignada angustia. 'Pero un día sabré qué hacer', me animo pensando, 'un día no me costará distinguir que el tiempo de bajar del tren ha llegado ya, que habrá aminorado la velocidad o el maquinista se hallará distraído, entonces no sentiré que me han clavado una vocación en las solapas ni que aún le debo algo a quienes están aplaudiendo desde mil novecientos ochenta, ni que debo hacerme querer por mis padres ni someterme a más tratos que los que yo desee, por injusto que ello parezca para quienes creen que les pertenezco...'.
En la duermevela que precede al despertar una voz me advierte: '¿y si mueres antes de tiempo?'. Me despierto sudoroso en Santa Teresa. Ha debido haber un corte eléctrico porque el aire acondicionado está apagado, la respiración del ser amado momentáneamente desconocida y asombrosa...
sábado, diciembre 09, 2017
La noche que no cesa
Debí decirle, ahora medito, que hiciera un esfuerzo por remontarse a los días en que nos conocimos y nos esperábamos —unas veces yo a ella, otras ella a mí— bajo el portal de esa calle que se divide en dos frente a un parque, días de intensos aguaceros cuyas gotas nos retirábamos uno a otro de las mejillas bajo aquel provisional techo y que, tras largo trayecto, terminaban en una cama detrás de cristales cubiertos de vapor, una cena frugal, televisión o radio y luego un agotado cuanto satisfecho silencio sólo interrumpido por el suave croar de las ranas en los charcos del patio, el aire que acariciaba las ramas de los árboles de alrededor, las tuberías con sus quejidos guturales de oquedad y corriente; debí recordar yo primero con sólo una breve pausa, un tomar aire reconcentrado en medio de cualquier discusión amarga de los aciagos días finales y, con los ojos cerrados, trasladarme hasta los diversos domicilios que habíamos compartido, sus cosas acomodadas en cajones y closets cuya contemplación y olor me producían tranquilidad y compañía en su ausencia, abrir luego los ojos y tomarla de las manos, pedirle, suplicarle —cuando aún era posible tal cosa, cuando aún me veía— que me acompañara a esos sitios y a esos sentimientos por ella también visitados y olidos, en algún lugar de su memoria habitarían, en algún sitio de su pasado que también era el mío; debí guiarla con mano firme para que no se perdiera en el desalmado presente y tratara de ver más allá de las canas y arrugas, las bolsas bajo los ojos, más allá de este cuerpo mío abombado y del pelo que nunca tuve y ahora empieza a invadir mi espalda, que consiguiera quitarme la ropa ahora menos jovial que entonces y se trasladara conmigo hasta esa playa a la que llegamos bajando de un camión y en la que visitamos la cama varias veces en medio de una canícula horrorosa, empapados, reuniendo el cambio exacto para asegurar la comida que podíamos comprar, nuestras risas por el motivo que fuera, tendría que acordarse y comprobar junto conmigo que aún eramos nosotros, su memoria no sería tan flaca, las niñas no podrían haberla alejado de mí a tal punto que no pudiera hacer el camino de regreso hasta aquel muchacho ambicioso que se creía tan tempranamente decepcionado del mundo y al que aún le aguardaban muchos reveses, ella tendría que reconocerme en algún momento del mismo modo en que yo podía pasar por debajo de su ahora costosa ropa y de sus muchísimos pares de zapatos, de su afición por los coches nuevos y su reloj más sofisticado, para terminar posando la mirada en la chica del reloj de plástico con calculadora que me espera bajo el portal mientras arrecia el aguacero cuyos arroyos y charcos brinco con ligereza y escasa habilidad, para luego alcanzarla, envolverla en mis brazos, oler su perfume barato y llenarme de felicidad con su cabello revuelto contra mi cara, 'mira nada más cómo traes el portafolio', dirá, y entonces sacará de su morral una toalla pequeña y la pasará contra la superficie más empapada mientras yo le repito que no es nada y la beso sin prestar atención a los transeúntes que se han refugiado como nosotros bajo aquel portal y miran de reojo, el más viejo dicéndose 'ya está, mirad, otro par que tiene visos de quererse arruinar la vida, hoy amor y mañana rutina, hoy el tiempo que se detiene porque uno se sustrae a él y cuando vuelve a su flujo lo encuentra insuficiente, mañana el tiempo detenido de lo que resulta indistinguible un día sí y otro también, la incomprensión y el alejamiento, el desengaño de no conocerse, no haberse conocido luego de tantos años; disfrutad jóvenes inconscientes, esperanzados, valientes suicidas, disfrutad mientras nosotros pagamos las cuentas: el obrero que tengo a mi lado y la enfermera de más allá, la mujer que ha debido aguantar a un jefe idiota durante diez horas seguidas con las medias negras corridas y esta maestra que lleva medicinas a su madre enferma, no pasará mucho tiempo antes de que ésta muera; ya veréis por vosotros mismos el misterio, ya conoceréis el dolor y la pena, ay, cuánta pena... cuánta pena', y habremos salido de su campo visual brincando al estribo del autobús que nos llevará de nuevo hasta la casa de la calle empedrada, esta noche inician las fiestas en el pueblo y saldremos a cenar a la plaza, hemos reunido algún dinero, esta noche nos despertará un ratón pequeño, habrá que comprar alguna trampa, 'duérmete, venga', me dirá la chica dejando su reloj de plástico con calculadora en la mesita de noche, 'cierra ese libro, seguirá ahí mañana'; debe recordar que yo soy ese que ahora le da un apasionado beso y se abraza a ella frente al ventanal, no puede ser que siga gritando iracunda atronando la sala, que aparte mis brazos cuando intento rodearla con los míos y no sea capaz de verme ni acompañarme, que hable de abogados y de su hermano mayor y de la custodia de las niñas, hace años que no escucho las ranas croar por la noche, hace años que ningún viento sacude ningún árbol, ¿qué ciudad de arena es esta donde ella me cierra la puerta y cuyas calles debo recorrer arrastrando polvo y mierda? Autos de vidrios obscuros pasan a mi lado con lentitud, grupos de hombres sin rostro se suceden uno tras otro mientras camino hasta otra puerta.
—Señor, ¿qué lo trae por aquí?
—Vengo a pasar la noche.
Y la noche no cesa.
domingo, noviembre 26, 2017
La mujer de otro
Conforme pasan los días y a pesar de los escasos contactos, descubre a una mujer con la que no convivió y cuyas opiniones y actitudes le resultan decepcionantes. ¿Dónde estaba él todo este tiempo mientras ella deseaba un vehículo de lujo y un hombre musculoso a su lado? ¿Por qué no se dio cuenta de que los escatimados elogios que hacía a su escritura obedecían sólo a la convención según la cual una esposa debe apoyar al marido en todo momento? Al carácter incierto del terreno que ahora pisa (vivió con ella muchos años y ahora vive solo en un departamento con escasos muebles y en cuya ventana se posan cada mañana un par de inquietantes palomas) se suma la certeza de que cada frase por ella pronunciada en el sentido de que las cosas iban a estar bien era falsa y automática. Se aferraba a esos dichos como a un amuleto —frente a una amenaza, ante un problema, montado en un avión— y ahora de pronto descubría que no, que las cosas no estaban bien ni volverían a estarlo y que quien así lo aseguraba se le había apartado no sólo físicamente con todo y sus dos hijas, sino también en propósitos y concepción del mundo, en prioridades y sentido de la proporción. Él hubiese deseado que lo que le dijera para animarlo y hacerle ganar confianza en sí mismo, con vistas a un futuro mejor, tuviese algún apoyo en la realidad, y así lo creyó por mucho tiempo; pero luego —primero a través de las violentas discusiones que precedieron a su separación, cargadas de insultos; después por medio del ostracismo al que lo condenó— se vio obligado a comprender que le habían engañado o, todavía peor, que fue pueril de su parte dar por buenas aquellas frases encaminadas únicamente a hacerle menos indigesta la realidad: ella no admiraba su manera de escribir ni podía comprender su trabajo, no tenía interés ni manera de saber si era bueno o malo, jamás la había movido en lo más mínimo la literatura, menos aún que le leyera textos, su desempeño como profesor le era indiferente y sus largas cuitas sobre la historia de los países que visitaban sólo la aburría; ella hubiese aplaudido, en cambio (ahora lo ve claro), que él saliera todas las mañanas a correr para mantenerse en forma, que desayunara más frugalmente atendiendo a un mejor balance entre proteínas y carbohidratos, que hiciera progresos en el banco de pesas y se asomaran claramente sus bíceps por debajo de las camisas, que la llevara de compras a centros comerciales montada en un todoterreno.
Nunca fue más sincera —piensa— que en aquellos meses de histeria en los que lo echó de la casa, poco antes de que aparecieran el abogado y su hermano mayor; resultaba increíble la larga lista de agravios que ella le tenía guardada, nunca pensó que fuera así y ahora encontraba aquella violencia preferible al insultante desdén que le siguió y a la todavía más insoportable frivolidad con que ahora lo trata, nada que permita entreabrir las cortinas de su pensamiento ni de su vida (la de ella), apenas una serie de saludos intercambiados para asegurarse de que él siga donde lo dejó, sumido e inerme, sin levantar cabeza, como una prueba más de que sigue a su merced y no la ha superado a pesar de la separación. Ella se siente en libertad de preguntar cuantos detalles de su nueva vida le resulten necesarios, ya no para asegurarse de que esté bien, desde luego, cuanto para mantener el registro y control de lo que sucede: sobre las características de la habitación que ocupó en casa de su colega y amigo, sobre la manera en la que tiene acomodada la ropa o lo que prepara de comer ('Siempre cuelgas mal los pantalones en el perchero'; y 'Eso está lleno de grasas saturadas, pero así te gusta, supongo', ahora envenenadas las frases que en otro tiempo pensó eran formas cariñosas de reprenderle, una especie de juego), sobre a dónde iría ahora que su colega y amigo se había marchado a Escandinavia, sobre lo sucio que es el edificio a donde se ha mudado merced a las palomas que lo invaden desde la plaza. Él, en cambio, es despachado con firmeza ante cualquier intento de saber algo sobre ella, primero con una andanada de indignación ('Lo que yo haga de ahora en adelante...', ya se sabe), más tarde con suficiencia ('No te conviene saberlo, no lo entenderías'), de modo que ha dependido exclusivamente de lo que otros le han dicho y de su obsesión de espiarla apenas se hubo mudado a casa de su colega y amigo, para estar al tanto de ella, más bien poco en su opinión, un hábito que sólo con el tiempo ha empezado a ceder, ya no se sabe si porque la información reunida es suficiente y empieza a ser invariable, si porque se pierde el interés y deja de ser acuciante lo que hasta ayer lo mantenía en vilo, o si porque el tema no está superado y asistir a los pormenores resulta demasiado doloroso como para justificar la curiosidad y aún la preocupación de que ella se esté metiendo en problemas.
Quizá la mujer que empezó a salir con asiduidad todas las noches apenas haber salido él de la casa, que se hacía fotografiar en el cine y en restaurantes, en bares y eventos deportivos, que se hacía acompañar de un hombre fornido y joven que conducía una camioneta de modelo reciente, a la que felicitaban todos sus compañeros de trabajo el día de su cumpleaños, conocida por su buen carácter y serenidad, por sus buenos consejos y sentido práctico, por la manera encantadora en que vestía a sus dos hijas y los buenos colegios a los que las llevaba (pagados por él), quizá esa era la verdadera mujer con la que había vivido por tantos años y a la que no había sabido apreciar; ahora la conocerían otros a los que seguramente les estaban vedados los salvajes griteríos y los vidrios rotos, qué suerte la de ellos, también la de ella que ha podido reanudar su vida limpia de mala conciencia luego de las tensas reuniones con los abogados, sólo ellos han sido testigos de este aspecto poco presentable de su vida y están ceñidos por el secreto profesional, así que está a salvo. Sus hijas como sus amigos estarán tarde o temprano al tanto de una explicación sencilla y más o menos cómoda sobre lo ocurrido ('Él era infiel', que sería un expediente rápido y comprensible, o bien 'tenía un pésimo carácter', siempre verdadero, o el más moderado 'no nos entendíamos'), con el tiempo bromearían unos y otros sobre el asunto y luego quedaría definitivamente enterrado por paletadas y paletadas de tiempo; el hombre fornido y joven acompañará a sus hijas al colegio y terminará abrazándolas cuando recojan el diploma de la universidad, nunca tendrá ella que reflexionar el por qué ocurrió lo que ocurrió ni experimentará la menor duda sobre sus propios actos o palabras, una mujer así está siempre a buen resguardo de la contradicción, no la conoce, no se tortura como lo hace él rebuscando una y otra vez en la memoria y las palabras, a veces en mitad del día y otras en mitad de la noche, en un lecho solitario o momentáneamente ocupado a su izquierda por un cuerpo tibio en el que se experimentó momentáneo alivio y solaz, 'qué suerte ser como ella', piensa con una sonrisa suave cuando el insomnio lo ha extenuado hasta el amanecer —las palomas ya gorjeando en la ventana, el teléfono con un mensaje no leído aún de su colega y amigo desde Escandinavia— 'qué suerte vivir otra vida, estar en otro lugar, haberse vuelto otra persona, qué suerte ser la mujer de otro...'
Y con ese pensamiento se queda dormido.
domingo, noviembre 19, 2017
Semblanza del megalómano que encuentra su vocación
Nos habíamos conocido ya antes, brevemente, cuando nos dio algunas de las clases que el Dottore de la Sapienza se negaba a impartir en el entonces nuevo centro de investigación al que llegué por recomendación del Ingeniero Haro. Lo recordaba cuidadosamente vestido con pantalones lisos de gabardina azul o café, el cuello de camisas de colores suaves sobresaliendo por encima de jerseys de color uniforme, gafas de armazón profesional y un cabello ligeramente rizado con inicios de calvicie, pausado y meticuloso en la exposición de sus clases a las que llevaba filminas por él minuciosamente elaboradas, una voz de variaciones teatrales que entonces no dudé en calificar de afeminada y que no era en absoluto inadecuada para mantener la atención en temas áridos. Yo era entonces soberbio e ignorante, como correspondía a mi edad, y aplaudí en mi fuero interno el concienzudo despliegue didáctico del joven profesor auxiliar —todavía sin doctorado— sin sospechar siquiera que semejante celo pedagógico era signo inequívoco de incompetencia entre científicos, que no era lo mismo entenderle a él con sus sencillos ejemplos mil veces repasados que entender la materia, que éramos un par de alienados autocomplacientes y reiterativos que deseaban a toda costa pasar por brillantes y que se creían destinados a grandes cosas. No me bastaron su dicción y postura, sus gestos o comentarios, su conducta fuera de clase ni su relación con el colegio de profesores, para advertir que detrás de sus afeites había un esfuerzo dirigido a ocultar un origen humilde que le avergonzaba, un complejo de inferioridad preparado para saltar en el momento en que se lo tocaran. ¿Cómo hubiera podido yo saberlo si apenas había convivido con él y no era capaz de interesarme por nada que no fuera yo mismo, aquellas clases alimentando la desorientada convicción de que él era hábil en aquello en que yo deseaba serlo también y que eso era todo lo que importaba?
Nos comunicamos por e-mail antes de hallarnos de nuevo en el extranjero, en Praga, donde él terminaba su doctorado y yo iniciaba el mío. En sus comunicaciones trataba de disuadirme sugiriendo que fuera a estudiar a un mejor sitio, que aquel no era bueno ni en recursos ni en técnica, ni siquiera como sitio para vivir. Escribía acuciado por un acceso de conciencia que le compelía a prevenirme sin por ello insinuar en forma alguna que se había equivocado, único punto de partida que habría podido ganar mi atención y, quizá, convencerme. En los cuatro años transcurridos desde que nos dio clases en el centro de investigación (que por entonces ya había iniciado la exitosa ruta que lo convertiría en un centro comercial y recreativo) no había yo perdido una pizca de arrogancia ni había contrastado mis convicciones con la realidad, de modo que rebatí sus puntos con una prosa florida y elíptica, ayuna de datos, convencido de que al hombre sólo lo movían los celos de que yo alcanzara el éxito. Ya me había comprado una guía turística de la ciudad y me veía paseando con un grueso abrigo por las orillas del Vltava, escribiendo poesía en el puente de Carlos, escuchando conciertos en el Rudolfinum o el Teatro Nacional, haciendo largas caminatas por la colina del castillo. ¿Qué podía tener que ver todo aquello con la realización de un doctorado en ingeniería? Yo no contestaba esa pregunta, desde luego, no sólo porque haberlo hecho aún mínimamente le habría dado la razón a él, sino porque inquirir un poco más sobre el asunto habría revelado a las claras que yo no estaba interesado en la geometría diferencial ni en la robótica más que como medios para colgarme títulos y someter voluntades.
Y así llegué a su departamento en Barrandov, una tibia noche de agosto, donde me recibió de nuevo impecablemente vestido con un pantalón de gabardina caqui y unos zapatos que hacían juego con el cinturón, ambos de piel, el suéter color cereza por cuyo cuello sobresalían los picos de una camisa de tonos pastel, ya no recuerdo bien cuáles exactamente, un fino reloj brillante en su muñeca izquierda y una calva ya decididamente monacal rematando su cabeza, el bigote bien recortado y los belfos suaves, menos moreno el rostro que en nuestro mutuo país natal meridional, quizá por los años transcurridos en Europa, quién sabe. Yo traía una maleta enorme que había sacado del armario de mi madre, la indumentaria incongruente, el orgullo un tanto machacado por horas y horas de vuelo en donde no asomaba ninguno de los placeres que había imaginado. Viviría ahí para luego quedarme con el departamento una vez que él concluyera el doctorado, dos meses como mucho, la fecha de la lectura de tesis ya establecida para inicios de octubre. El departamento parecía no haberse puesto al día desde la época comunista, salvo por una fotografía de Václav Havel: los muebles de tela ajada, la madera manchada y sin lustre, las paredes forradas con papel basto, incluso un televisor a blanco y negro. Me senté sobre un sillón de dos plazas, todavía tímido o agotado, haciéndome lentamente cargo de la situación. Él intentó parecer natural al reírse de que yo me hallara ahí luego de desoír todo y cuanto me había advertido, pero no parecía conseguirlo, como si todo resultara demasiado ensayado o hubiera descubierto apenas llegar yo que había cuestiones con las que no había contado y que ahora se veía obligado a procesar mentalmente conmigo ahí delante. Trató de parecer relajado al tiempo en que me daba indicaciones: yo dormiría en la sala mientras los dos viviéramos ahí, él en la habitación, el balcón no podía quedarse abierto nunca, las persianas tampoco si se salía del departamento, no habría más que una llave y la tendría él, entre semana había que salir a las ocho en punto porque su oficina quedaba muy lejos, en la Academia de Ciencias, al otro lado de la ciudad.
Cuando se metió a su habitación para dormir tendí sobre la alfombra las cobijas que me había prestado y traté de leer sin mucho éxito (llevaba un libro sobre filosofía de la ciencia titulado '¿Tenían ombligo Adán y Eva?': entonces todavía era capaz de tomar en serio la literatura infantil). Examiné los títulos de algunos discos y cintas que había al lado de un tocadiscos en el que no había reparado cuando llegué: Silvio y Milanés, Guadalupe Pineda y Tania Libertad, un disco de rancheras no sé bien si de Javier Solís o José Alfredo Jiménez. Un cuaderno estaba a medio abrir y en él parecía haber intentado escribir un poema. Éste empezaba cerca de la mitad de la página en medio de tachones y correcciones; en la parte de arriba se indicaba inverosímilmente "Idea 1: hablar del amor eterno y sus amenazas, como la libertad cubana", "Idea 2: hablar de la felicidad que nos espera que se parece a la embriaguez, pero sin cruda. El hombre nuevo". Sentí que me subían los colores al rostro y dominé rápidamente la tentación de reírme sustituyéndola por una especie de cansada decepción. 'Vaya', me dije, 'estamos otra vez ante el típico latinoamericano con su maniquea división del mundo entre buenos y malos, los gringos acá y los cubanos allá, la geopolítica hecha reflejo de sus frustraciones personales y sus desplantes machistas, inmune a contradicciones; qué desastre, no es de extrañar que nadie nos tome en cuenta'. Me levanté de mi improvisado lecho y me dirigí al balcón dejando sólo luces apagadas detrás. Encendí un cigarrillo y miré allá abajo el corredor que separaba nuestro edificio del de enfrente, el final del mismo rematado por una cabina telefónica iluminada. 'Dos meses', murmuré luego de exhalar el humo de la primera calada. 'Dos meses', repetí.
En esas semanas hubo tiempo para confirmar todo lo que había pensado sobre mi anfitrión y aún experimentar el placer de restregárselo con esa falta de piedad que caracteriza a la juventud soberbia. Bien es verdad que yo hacía lo posible por alejarme de mi aspecto bisoño, pero eso no puede conseguirse sin un mínimo de descalabros y yo apenas empezaba a tenerlos; aún creía que las cosas que me habían pasado no estropeaban en modo alguno el brillante futuro que me esperaba, mientras que mi anfitrión estaba precisamente de vuelta de su primer gran fracaso, el mismo que había tratado de ahorrarme con eufemismos e indirectas para que se notara un poco menos su propio error. Pero dos meses es demasiado tiempo para sostener las precauciones puestas en los correos y él empezó a hacer agua por los cuatro costados mostrándome su verdadero rostro: un individuo inseguro, hijo de un padre alcohólico y abusivo, que emigra del campo a un barrio marginal de la ciudad para estudiar una carrera; que vive con unos tíos que le escatiman todos los apoyos; que se ve obligado a viajar en un transporte público miserable y a recorrer calles inseguras llenas de basura todos los días; que es entrenado por otros individuos semejantes en el mito de que ha de vengar todas las afrentas del destino por medio de un título universitario; que abjura de los ricos mientras hace todo lo que está en su mano para parecérseles, primero en la indumentaria, luego en su coche, finalmente en su casa. 'Estás enfermo, cabrón', termino gritándole un día luego de una fuerte discusión. Y agrego: 'Tu mujer va a dejarte apenas vuelvas. Es natural que todo les parezca bien ahora porque no han vivido juntos en realidad. Es un compromiso vacío. Ya lo verás'. No advertía, desde luego, que sólo somos capaces de ver con nitidez aquello que llevamos dentro.
Pasaron quince años antes de volverlo a ver por casualidad en una universidad de provincias. No había conseguido plaza en el centro de investigación, descuidaba sus clases, llevaba un pantalón desgastado de mezclilla y una camiseta sucia, estaba gordo y calvo. Me saludó con aire de complicidad al reconocer en mi rostro un aprendizaje no menos amargo que el que él había conseguido con los años. 'No me creías, ¿verdad? Pues ya ves que tenía razón, cabrón, no debiste haber ido a Praga. Pero ya lo hiciste, ya estás como yo dizque haciendo investigación. Ya eres doctor. Miembro del sistema. Muy bien, muy bien. Te tengo malas noticias de cualquier modo, fíjate. No has terminado de caer, ¿sabes? Es larga la trayectoria, pero yo voy adelantado y te puedo decir que aún te falta lo peor. Ya sé que tú crees haber tenido razón en relación a mí, que no llegué tan lejos como tú en resultados. De acuerdo, no te lo niego. Pero eso vale madre y no cuenta porque son astucias de niñato listo, sin apoyo vital, sin sustancia. Lo mío es hueso. Ya lo verás'. Percibí en su aliento un olor a alcohol y cebolla, pero no tuve empacho en despedirme de él con un abrazo.
Me ha dicho un colega suyo que esta mañana se ha pegado un tiro en su casa. Tenía deudas. Lo habían expulsado de la universidad hará un año bajo acusaciones de malversación, abandono de trabajo y acoso sexual. Mientras se acumulan e-mails en la pantalla de mi computadora, me he quedado pensando en dos escenas: en una estoy con él en un restaurante checo, comiendo gulaš por primera vez acompañado de una enorme cerveza rubia mientras me explica que hay países muy serios como Holanda, de donde acaba de regresar, y donde vio 'canales suspendidos en el aire conteniendo barcos, imagínate'; en la otra estamos a la mesa de un restaurante chino delicioso que me fue imposible volver a localizar una vez que él se fue de la ciudad, un restaurante al que se llegaba tras muchas estaciones de tranvía: I.P. Pavlova, Kubanské Naměstí, ¿cuál sería? Me está anotando con su estilográfica algunas ecuaciones sobre el problema de regulación al tiempo en que se queja de lo poco que saben los checos sobre el tema, lo mal que huelen sus sobacos, lo poco que entienden el inglés. Qué esfuerzos los suyos por hacerse el hombre de mundo que no podía ser. Qué éxito tuvo su megalomanía en la hora última, por fin un acto a la altura de sus pretensiones.
Pongo mis barbas a remojar. Ya estoy, como él, divorciado. No pasará mucho tiempo antes de que renuncie.
Nos comunicamos por e-mail antes de hallarnos de nuevo en el extranjero, en Praga, donde él terminaba su doctorado y yo iniciaba el mío. En sus comunicaciones trataba de disuadirme sugiriendo que fuera a estudiar a un mejor sitio, que aquel no era bueno ni en recursos ni en técnica, ni siquiera como sitio para vivir. Escribía acuciado por un acceso de conciencia que le compelía a prevenirme sin por ello insinuar en forma alguna que se había equivocado, único punto de partida que habría podido ganar mi atención y, quizá, convencerme. En los cuatro años transcurridos desde que nos dio clases en el centro de investigación (que por entonces ya había iniciado la exitosa ruta que lo convertiría en un centro comercial y recreativo) no había yo perdido una pizca de arrogancia ni había contrastado mis convicciones con la realidad, de modo que rebatí sus puntos con una prosa florida y elíptica, ayuna de datos, convencido de que al hombre sólo lo movían los celos de que yo alcanzara el éxito. Ya me había comprado una guía turística de la ciudad y me veía paseando con un grueso abrigo por las orillas del Vltava, escribiendo poesía en el puente de Carlos, escuchando conciertos en el Rudolfinum o el Teatro Nacional, haciendo largas caminatas por la colina del castillo. ¿Qué podía tener que ver todo aquello con la realización de un doctorado en ingeniería? Yo no contestaba esa pregunta, desde luego, no sólo porque haberlo hecho aún mínimamente le habría dado la razón a él, sino porque inquirir un poco más sobre el asunto habría revelado a las claras que yo no estaba interesado en la geometría diferencial ni en la robótica más que como medios para colgarme títulos y someter voluntades.
Y así llegué a su departamento en Barrandov, una tibia noche de agosto, donde me recibió de nuevo impecablemente vestido con un pantalón de gabardina caqui y unos zapatos que hacían juego con el cinturón, ambos de piel, el suéter color cereza por cuyo cuello sobresalían los picos de una camisa de tonos pastel, ya no recuerdo bien cuáles exactamente, un fino reloj brillante en su muñeca izquierda y una calva ya decididamente monacal rematando su cabeza, el bigote bien recortado y los belfos suaves, menos moreno el rostro que en nuestro mutuo país natal meridional, quizá por los años transcurridos en Europa, quién sabe. Yo traía una maleta enorme que había sacado del armario de mi madre, la indumentaria incongruente, el orgullo un tanto machacado por horas y horas de vuelo en donde no asomaba ninguno de los placeres que había imaginado. Viviría ahí para luego quedarme con el departamento una vez que él concluyera el doctorado, dos meses como mucho, la fecha de la lectura de tesis ya establecida para inicios de octubre. El departamento parecía no haberse puesto al día desde la época comunista, salvo por una fotografía de Václav Havel: los muebles de tela ajada, la madera manchada y sin lustre, las paredes forradas con papel basto, incluso un televisor a blanco y negro. Me senté sobre un sillón de dos plazas, todavía tímido o agotado, haciéndome lentamente cargo de la situación. Él intentó parecer natural al reírse de que yo me hallara ahí luego de desoír todo y cuanto me había advertido, pero no parecía conseguirlo, como si todo resultara demasiado ensayado o hubiera descubierto apenas llegar yo que había cuestiones con las que no había contado y que ahora se veía obligado a procesar mentalmente conmigo ahí delante. Trató de parecer relajado al tiempo en que me daba indicaciones: yo dormiría en la sala mientras los dos viviéramos ahí, él en la habitación, el balcón no podía quedarse abierto nunca, las persianas tampoco si se salía del departamento, no habría más que una llave y la tendría él, entre semana había que salir a las ocho en punto porque su oficina quedaba muy lejos, en la Academia de Ciencias, al otro lado de la ciudad.
Cuando se metió a su habitación para dormir tendí sobre la alfombra las cobijas que me había prestado y traté de leer sin mucho éxito (llevaba un libro sobre filosofía de la ciencia titulado '¿Tenían ombligo Adán y Eva?': entonces todavía era capaz de tomar en serio la literatura infantil). Examiné los títulos de algunos discos y cintas que había al lado de un tocadiscos en el que no había reparado cuando llegué: Silvio y Milanés, Guadalupe Pineda y Tania Libertad, un disco de rancheras no sé bien si de Javier Solís o José Alfredo Jiménez. Un cuaderno estaba a medio abrir y en él parecía haber intentado escribir un poema. Éste empezaba cerca de la mitad de la página en medio de tachones y correcciones; en la parte de arriba se indicaba inverosímilmente "Idea 1: hablar del amor eterno y sus amenazas, como la libertad cubana", "Idea 2: hablar de la felicidad que nos espera que se parece a la embriaguez, pero sin cruda. El hombre nuevo". Sentí que me subían los colores al rostro y dominé rápidamente la tentación de reírme sustituyéndola por una especie de cansada decepción. 'Vaya', me dije, 'estamos otra vez ante el típico latinoamericano con su maniquea división del mundo entre buenos y malos, los gringos acá y los cubanos allá, la geopolítica hecha reflejo de sus frustraciones personales y sus desplantes machistas, inmune a contradicciones; qué desastre, no es de extrañar que nadie nos tome en cuenta'. Me levanté de mi improvisado lecho y me dirigí al balcón dejando sólo luces apagadas detrás. Encendí un cigarrillo y miré allá abajo el corredor que separaba nuestro edificio del de enfrente, el final del mismo rematado por una cabina telefónica iluminada. 'Dos meses', murmuré luego de exhalar el humo de la primera calada. 'Dos meses', repetí.
En esas semanas hubo tiempo para confirmar todo lo que había pensado sobre mi anfitrión y aún experimentar el placer de restregárselo con esa falta de piedad que caracteriza a la juventud soberbia. Bien es verdad que yo hacía lo posible por alejarme de mi aspecto bisoño, pero eso no puede conseguirse sin un mínimo de descalabros y yo apenas empezaba a tenerlos; aún creía que las cosas que me habían pasado no estropeaban en modo alguno el brillante futuro que me esperaba, mientras que mi anfitrión estaba precisamente de vuelta de su primer gran fracaso, el mismo que había tratado de ahorrarme con eufemismos e indirectas para que se notara un poco menos su propio error. Pero dos meses es demasiado tiempo para sostener las precauciones puestas en los correos y él empezó a hacer agua por los cuatro costados mostrándome su verdadero rostro: un individuo inseguro, hijo de un padre alcohólico y abusivo, que emigra del campo a un barrio marginal de la ciudad para estudiar una carrera; que vive con unos tíos que le escatiman todos los apoyos; que se ve obligado a viajar en un transporte público miserable y a recorrer calles inseguras llenas de basura todos los días; que es entrenado por otros individuos semejantes en el mito de que ha de vengar todas las afrentas del destino por medio de un título universitario; que abjura de los ricos mientras hace todo lo que está en su mano para parecérseles, primero en la indumentaria, luego en su coche, finalmente en su casa. 'Estás enfermo, cabrón', termino gritándole un día luego de una fuerte discusión. Y agrego: 'Tu mujer va a dejarte apenas vuelvas. Es natural que todo les parezca bien ahora porque no han vivido juntos en realidad. Es un compromiso vacío. Ya lo verás'. No advertía, desde luego, que sólo somos capaces de ver con nitidez aquello que llevamos dentro.
Pasaron quince años antes de volverlo a ver por casualidad en una universidad de provincias. No había conseguido plaza en el centro de investigación, descuidaba sus clases, llevaba un pantalón desgastado de mezclilla y una camiseta sucia, estaba gordo y calvo. Me saludó con aire de complicidad al reconocer en mi rostro un aprendizaje no menos amargo que el que él había conseguido con los años. 'No me creías, ¿verdad? Pues ya ves que tenía razón, cabrón, no debiste haber ido a Praga. Pero ya lo hiciste, ya estás como yo dizque haciendo investigación. Ya eres doctor. Miembro del sistema. Muy bien, muy bien. Te tengo malas noticias de cualquier modo, fíjate. No has terminado de caer, ¿sabes? Es larga la trayectoria, pero yo voy adelantado y te puedo decir que aún te falta lo peor. Ya sé que tú crees haber tenido razón en relación a mí, que no llegué tan lejos como tú en resultados. De acuerdo, no te lo niego. Pero eso vale madre y no cuenta porque son astucias de niñato listo, sin apoyo vital, sin sustancia. Lo mío es hueso. Ya lo verás'. Percibí en su aliento un olor a alcohol y cebolla, pero no tuve empacho en despedirme de él con un abrazo.
Me ha dicho un colega suyo que esta mañana se ha pegado un tiro en su casa. Tenía deudas. Lo habían expulsado de la universidad hará un año bajo acusaciones de malversación, abandono de trabajo y acoso sexual. Mientras se acumulan e-mails en la pantalla de mi computadora, me he quedado pensando en dos escenas: en una estoy con él en un restaurante checo, comiendo gulaš por primera vez acompañado de una enorme cerveza rubia mientras me explica que hay países muy serios como Holanda, de donde acaba de regresar, y donde vio 'canales suspendidos en el aire conteniendo barcos, imagínate'; en la otra estamos a la mesa de un restaurante chino delicioso que me fue imposible volver a localizar una vez que él se fue de la ciudad, un restaurante al que se llegaba tras muchas estaciones de tranvía: I.P. Pavlova, Kubanské Naměstí, ¿cuál sería? Me está anotando con su estilográfica algunas ecuaciones sobre el problema de regulación al tiempo en que se queja de lo poco que saben los checos sobre el tema, lo mal que huelen sus sobacos, lo poco que entienden el inglés. Qué esfuerzos los suyos por hacerse el hombre de mundo que no podía ser. Qué éxito tuvo su megalomanía en la hora última, por fin un acto a la altura de sus pretensiones.
Pongo mis barbas a remojar. Ya estoy, como él, divorciado. No pasará mucho tiempo antes de que renuncie.
domingo, noviembre 12, 2017
Contemplación de las personas amadas que no van a más
Una noche de fin de semana, antes de cenar, recogidos sobre la cama con un libro entre las manos que nos ha puesto el espíritu elevado, levanta uno la mirada y la posa sobre quien nos acompaña y no nos ha notado por hallarse en medio de sus propios afanes, el ser amado en medio de la indefensión que le confiere la confianza en todo lo que le rodea, su halo de distraída belleza, su reposo, y abandona lentamente de la mano de esa imagen lo que acaba de leer para instalarse, no sin resistencias, en la realidad que exige menos ensoñación y más pragmatismo, de momento y por toda transición enfrentado a la pregunta de si ha de compartir algo de lo que acaba de leer y aún le bulle en la cabeza pidiendo ser comunicado, o bien ha de callarse hasta dejar que se enfríe la urgencia, ayudada quizá por una palabra suya o del otro que rompa el silencio y dé por finalizado el camino de vuelta al mundo: una observación inocua, el recordatorio de un asunto pendiente, la sola mirada que hasta hace un momento no nos veía y que accidentalmente, al levantar la cabeza o buscar algo en la mesita de noche, nos reconoce y se hace al instante consciente de ser observado y nos sonríe lo mismo que nos interroga, aún si no se atreve a decir nada (pero entonces podemos volver a las nubes y creemos haber sido comprendidos en silencio y evitamos que se diga nada más dando un abrazo o un beso o volviendo lentamente la mirada de nuevo hacia las páginas con otra sonrisa cómplice como contestación: no descendemos).
Otras veces contemplamos con impunidad por varios segundos y, repentinamente conscientes nosotros mismos de que podemos ser notados, volvemos la cabeza hacia las páginas e intentamos no contestar ni en un sentido ni en otro a la posibilidad de compartir lo que acabamos de leer, e intentamos reanudar la lectura para volver a los cielos de los que hemos descendido, sólo para comprobar que éstos se han esfumado, porque aunque los ojos siguen los caracteres impresos justo después de la línea en donde nos quedamos antes de la interrupción, no podemos dejar de pensar en quien nos acompaña y en cuán poco pide del mundo y cuán escasas son las preguntas que le atormentan, cuán artificial el paraíso en que momentáneamente lo hemos encontrado, ay, tan desprotegido, qué pocas dudas exhibe y qué fácil y despreocupadamente transita de un día al otro; ya podemos estar seguros de que no hará nada sobresaliente que pueda consignarse en la memoria de la humanidad ni resolverá problemas que nadie le ha planteado, sólo nosotros seremos testigos de su carácter dulce y su extraordinaria quietud que, aún rindiéndonos un servicio sobresaliente, no podrán sin embargo ser presentadas como obras ante ningún tribunal y habremos de atribuírlos más a la genética que a la filosofía; querremos convencernos de la virtud encerrada en su sencillez y escasa vanidad, rellenar la vacuidad aparente con nuestros análisis y disposiciones y teoremas, azuzados pese a todo por la incomodidad de analogías dolorosas que los asimilan al perro que dócilmente se echa a nuestros pies, fiel y silencioso, mientras intentamos coger de nuevo el hilo de nuestra lectura sin sufrir por lo que entendemos que no va a más y que, con mil argucias retóricas, justificamos detrás de grandilocuencias, ya por encima citando al amor y otras virtudes morales, ya por debajo a través de tranquilizadoras argumentaciones igualitarias.
Y si acaso hemos cedido a compartir nuestros pensamientos, ya sea porque nos hallamos inflamados por un entusiasmo desmedido que irreflexivamente nos ha empujado a ello, ya porque aún conscientes de que todo puede acabar en un impasse nos aventuramos a hacerlo en la esperanza de avistar algunas luces en las réplicas y contrarréplicas de quienes amamos, tanteamos las aguas intentando no naufragar, luchando con nuestra impaciencia al tiempo en que discutimos lo que deseamos someter a discusión, predispuestos a abandonar la empresa apenas nos encontremos cualquier detalle que nos recuerde otros fracasos similares, curiosamente picados si la interlocución intenta contradecirnos o acotar lo que hemos afirmado temerariamente, pues si bien deseamos en el ser amado las prendas de la inteligencia y la iniciativa, la independencia de criterio y la autonomía, no ha de ser esto sin que nosotros llevemos siempre la razón y prestos estamos a conseguirla aún a costa de retorcer o falsear, escamotear o distraer, ultimadamente levantar la voz o dar un golpe en la mesa con la firmeza de la autoridad ultrajada.
Satisfechos con nosotros mismos volvemos al libro y nos olvidamos del asunto. El ser amado nos contempla sin que nos percatemos. Sonríe: no vamos a más.
Otras veces contemplamos con impunidad por varios segundos y, repentinamente conscientes nosotros mismos de que podemos ser notados, volvemos la cabeza hacia las páginas e intentamos no contestar ni en un sentido ni en otro a la posibilidad de compartir lo que acabamos de leer, e intentamos reanudar la lectura para volver a los cielos de los que hemos descendido, sólo para comprobar que éstos se han esfumado, porque aunque los ojos siguen los caracteres impresos justo después de la línea en donde nos quedamos antes de la interrupción, no podemos dejar de pensar en quien nos acompaña y en cuán poco pide del mundo y cuán escasas son las preguntas que le atormentan, cuán artificial el paraíso en que momentáneamente lo hemos encontrado, ay, tan desprotegido, qué pocas dudas exhibe y qué fácil y despreocupadamente transita de un día al otro; ya podemos estar seguros de que no hará nada sobresaliente que pueda consignarse en la memoria de la humanidad ni resolverá problemas que nadie le ha planteado, sólo nosotros seremos testigos de su carácter dulce y su extraordinaria quietud que, aún rindiéndonos un servicio sobresaliente, no podrán sin embargo ser presentadas como obras ante ningún tribunal y habremos de atribuírlos más a la genética que a la filosofía; querremos convencernos de la virtud encerrada en su sencillez y escasa vanidad, rellenar la vacuidad aparente con nuestros análisis y disposiciones y teoremas, azuzados pese a todo por la incomodidad de analogías dolorosas que los asimilan al perro que dócilmente se echa a nuestros pies, fiel y silencioso, mientras intentamos coger de nuevo el hilo de nuestra lectura sin sufrir por lo que entendemos que no va a más y que, con mil argucias retóricas, justificamos detrás de grandilocuencias, ya por encima citando al amor y otras virtudes morales, ya por debajo a través de tranquilizadoras argumentaciones igualitarias.
Y si acaso hemos cedido a compartir nuestros pensamientos, ya sea porque nos hallamos inflamados por un entusiasmo desmedido que irreflexivamente nos ha empujado a ello, ya porque aún conscientes de que todo puede acabar en un impasse nos aventuramos a hacerlo en la esperanza de avistar algunas luces en las réplicas y contrarréplicas de quienes amamos, tanteamos las aguas intentando no naufragar, luchando con nuestra impaciencia al tiempo en que discutimos lo que deseamos someter a discusión, predispuestos a abandonar la empresa apenas nos encontremos cualquier detalle que nos recuerde otros fracasos similares, curiosamente picados si la interlocución intenta contradecirnos o acotar lo que hemos afirmado temerariamente, pues si bien deseamos en el ser amado las prendas de la inteligencia y la iniciativa, la independencia de criterio y la autonomía, no ha de ser esto sin que nosotros llevemos siempre la razón y prestos estamos a conseguirla aún a costa de retorcer o falsear, escamotear o distraer, ultimadamente levantar la voz o dar un golpe en la mesa con la firmeza de la autoridad ultrajada.
Satisfechos con nosotros mismos volvemos al libro y nos olvidamos del asunto. El ser amado nos contempla sin que nos percatemos. Sonríe: no vamos a más.
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