domingo, septiembre 20, 2020

Celebrando al fantasma

Había leído algunas de sus colaboraciones en Letras Libres durante dos mil uno, cuando más plena era la vida entre el Pollo y yo, pero también más disfrutable y expansivo, más dominado, mi trabajo como profesor auxiliar en la universidad jesuita, un empleo que creía bien pagado si tomaba en cuenta que sólo requería mi presencia durante las clases y juntas, dejando a mi disposición una gran cantidad de tiempo libre que, mientras no apareciera con claridad la ambición infantil de ir a Europa con el pretexto de un doctorado, empleaba en estudios y lecturas, vida doméstica y excursos sexuales; todavía más: el calendario escolar comprendía largas semanas de vacaciones que aprovechábamos para hacer viajes cortos a ciudades cercanas. Así fue que llegamos a Zacatecas a fines de aquel año y que, al anochecer de un día particularmente frío, mientras el Pollo, mi madre y yo paseábamos frente al Teatro Calderón, nos encontramos de pronto en el vestíbulo con una improvisada feria municipal del libro donde pude comprar, entre otras cosas, Vida del fantasma de Javier Marías.

Los libros hacen recorridos extraños: aquel volumen de tapas duras que, conforme a mis presuntas preferencias de lectura de aquel tiempo, no era ficción sino una colección de artículos de opinión como los que leía en Letras Libres, había sido impreso en Madrid, comprado en Zacatecas y leído entre Ciudad Natal y Navojoa, ciudad ésta a la que fui creyendo que era real la invitación de un amigo, alcohólico sonorense, a bautizar, en calidad de padrino, a su primogénito. No fue así: apenas bajé del autobús en el que había pasado casi veinte horas, sin encontrar a quien evidentemente no me esperaba, hube de hospedarme en el taller de su hermano mayor donde pasé tres noches leyendo Vida del fantasma en un colchón sucio en el suelo y utilizando un cuarto de baño percudido en cuya ducha sólo había detergente para ropa y una fibra metálica como estropajo. Y es que mi amigo sonorense ya no era el que me había llevado tres años antes a su tierra: éste casado, aquél soltero; éste burócrata, aquél estudiante; éste un hombre práctico, aquel todavía jalonado por sus sueños. Volví a Ciudad Natal creyendo que no volvería a verlo; es más: proponiéndome no volver a hacerlo. 

Cobró forma en dos mil dos el proyecto infantil de ir a Europa. Durante la primera mitad de aquel año, todavía en México, me hice de otras colecciones de artículos del escritor español A veces un caballero, Literatura y fantasma, Pasiones pasadas y cedí, aunque con Saramago y sólo para no ser descubierto por un matemático cubano al que había mentido diciéndole que había leído El Evangelio según Jesucristo, a retomar luego de años la ficción de la que tanto había abjurado como material de lectura. Ahora se me antoja creer que mi resistencia a la ficción armonizaba de algún modo con la plenitud de mi vida con el Pollo; con el progreso material basado en un trabajo utilitario que en modo alguno invadía la esfera privada, permitiéndome, paradójicamente, soñar con mayores libertad y gozo; con el rechazo, lamentablemente temporal, a la presunta obligación de hacer algo con la propia vida. Que mi amigo CK, alcohólico guanajuatense, se iniciara en ese modo de vida al tiempo en que yo la abandonaba debió servirme de advertencia para no escapar. And yet...

Quiso la suerte que al partir a Europa, durante la segunda mitad de aquel año, conociera yo a la chica Marsans y, por invitación suya, pusiera por primera vez pie en Madrid y ojos en la ficción de Javier Marías, pues, en efecto, un paquete enviado por ella en noviembre de dos mil dos a la oficina postal de Barrandov en Chaplinovo Naměstí, donde yo vivía, contenía una cinta con una selección de canciones cuyo único valor era el sentimental, pero también el primer y único volumen entonces de lo que sería Tu rostro mañana, el subtitulado Fiebre y lanza, en flamante primera edición, que inauguraría una década de libros inexplicablemente cada vez más altos por parte de la editorial Alfaguara. Que un lector del Marías articulista iniciara el recorrido de su obra de ficción empezando por la más reciente y profunda de ellas, quizá no fuera lo más adecuado; no obstante, aquel libro me produjo una profunda impresión que me reconcilió para siempre con la ficción: sus historias, a medio camino entre lo académico y lo subterráneo, entre la ingenuidad del saber y sus terribles implicaciones cuando se ponía al servicio de la guerra o el espionaje, casaron de forma muy estimulante con la creciente amistad de un súbdito de la Corona Británica, pintor, con quien recorría interminablemente las calles, bares y cafeterías de Praga ciudad misteriosa envuelta en brumas desde mi ventana de Barrandov, cada vez más hermética conforme se acercaba el invierno alternando conversaciones decadentes o excesivamente subjetivas con genuinas discusiones sobre la cultura de nuestros tiempos. Alucinaba. Ni el Pollo era Luisa ni yo Jacques o Jacobo, la universidad checa no era Oxford ni mis capacidades lingüísticas atrajeron nunca la atención de los gobiernos. Apenas doblamos el año luego de un par de semanas en México, descubrí que el Pollo y yo, él allá y yo acá, habíamos dado la espalda a la adultez y habíamos pospuesto, quizá para siempre, la vuelta a nuestra felicidad primera.

Con dos mil tres llegó la trivialización de lo que sólo unos meses antes fue inagotable descubrimiento y fuente de placer, de modo que, para significar con un gesto mi desprecio por las circunstancias concretas que no eran las esperadas, me entregué a la lectura de toda la ficción del Rey de Redonda, desde Los dominios del lobo hasta Negra espalda del tiempo, pasando desde luego por Todas las almas, Corazón tan blanco o Mañana en la batalla piensa en mí. Algunos de estos libros los leí todavía en mi piso de Barrandov, pero otros los leí distanciado de la chica Marsans y del pintor súbdito de la Corona Británica, del Pollo allende el Atlántico y de mi madre ensimismada en su trabajo, en un piso de Černý Most donde vivía desde mayo con un refugiado iraní originario de Abadán, mi nuevo amante. Con esta relación toqué fondo en cuanto a la destrucción de certezas adultas del período precedente: mi discurso era confuso, mis sentimientos vulgares y contradictorios, mis intereses no muy distintos de los que tienen los toxicómanos y otros individuos fuera de sí por obcecación y desbalance, incapaces ya de advertir la irracionalidad de sus argumentos. La liberación de aquel mundo bajo e inmanejable, hecho de primitivas urgencias, vino de la mano de El hombre sentimental, novela de mil novecientos ochenta y seis donde Marías revela por primera vez el que será ya el estilo de todos sus trabajos posteriores. No fue, sin embargo, aquella embriagadora sintaxis a la vez evocativa y sobria, casi racional, la que revirtió mi degradación, sino la conciencia adquirida a través de la elegante exposición, con pretexto de un clásico triángulo amoroso no muy distinto del que vivía, de los matices y sutilezas que pueblan la tensión de la vida adulta entre sus pulsiones dionisiacas y sus aspiraciones apolíneas. Yo podía, como antes hiciera a través del diario o la poesía, remontar el río por el que me había dejado arrastrar; la vuelta, como no podía ser menos, sería larga, dolorosa y esperablemente coronada por el terrible descubrimiento de que las fuentes de donde partimos ya están irremediablemente contaminadas.

La modesta recuperación del pintor súbdito de la Corona Británica y la chica Marsans, al tiempo en que se cortaba de tajo con el iraní como quien deja una adicción, tuvo por fondo el segundo volumen de Tu rostro mañana: Baile y sueño, en dos mil cuatro. El mundo moderno había comenzado con la caída de las Torres Gemelas y ahora se confirmaba en los atentados a los trenes de Atocha. Una chica morava que se enamoró de mí impidió que recayera en mis vicios, pero al mismo tiempo impidió que recuperara la adultez, manteniéndome razonablemente jovial mientras concluía mi doctorado: patines sí, libros no; borracheras sí, filosofía no; movimiento sí, reflexión no. En el ínterin vino a México un par de veces e intentó, sin éxito, apartarme del Pollo, una imposibilidad manifiesta porque el vínculo roto es el más difícil de romper, la vuelta a México la constatación mil veces ignorada de que un antes y un después nunca se sueldan. Y si era así, ¿a qué esperar? ¿Estaría la adultez perdida en Europa ya que la universidad jesuita, a mi regreso, no producía ni remotamente los mismos placeres que cuatro años antes? Estaba envenenado por la obligación de ser alguien en la vida: la consideración del Pollo en ningún modo bastaba.

Volví a irme y fue en la soledad de la provincia francesa, apenas cumplido el obligado periodo de euforia inicial, hecho esta vez de frívolos franceses, ambiguos magrebíes e hispanohablantes estereotípicos, que leí la última parte de Tu rostro mañana, Veneno, sombra y adiós, en el otoño de dos mil siete. A este volumen pertenece el lúcido fragmento sobre el proceso de las nostalgias con el que me identificara en distintos períodos de mi vida: el del ya prolongado alejamiento del Pollo donde se insinuaba que éste no saldría ya nunca del país para reunirse conmigo; el de la trágica desaparición del hijo breve que me inventé por cinco años desde mi vuelta de Francia hasta el dos mil quince; el del final, no por esperado menos violento, de mi relación con el Pollo en dos mil diecisiete. Ganaba la sensatez programática de hacer carrera y, aunque con diez años de retraso que mis compañeros de generación más avezados aprovecharon para mejor adueñarse del mundo, volví a México en dos mil diez y acepté la cátedra que por intermediación del viejo amigo alcohólico sonorense, me fue ofrecida en Santa Teresa, el exilio definitivo de Ciudad Natal como premio por haber salido al mundo, el último alejamiento geográfico del Pollo que se reuniría conmigo tres años después, paliada mi soledad mientras tanto gracias al hijo breve como preludio de la separación final que sigue a toda promesa demasiado repetida. La lectura de obras de menor envergadura como Los enamoramientos en medio de una pasión tan breve como desordenada, Así empieza lo malo en el punto más desdichado de la relación con el Pollo y Berta Isla al comienzo de un oportuno sabático que me alejó por un tiempo de mi largo pasado tras el rompimiento da cuenta de la tendencia a encontrar paralelismos que no son tales entre ficción y realidad, un juego vagamente quiromántico al que no doy mayor importancia y en el que han participado muchos otros libros y autores cuyo conocimiento ha servido, a su vez, para matizar mi admiración por la obra de Javier Marías. 

Sigo considerándolo el articulista más lúcido de nuestros tiempos, el más liberal, el más impermeable a cualquier forma de prejuicio, el que jamás toma atajos ideológicos para opinar nada, seguido de cerca por Vargas Llosa y, un poco más alejado, por Pérez Reverte. No me pasa lo mismo con sus novelas, donde se da la extraña circunstancia de que las disfruto mucho más que otras a las que claramente reconozco como superiores en originalidad, profundidad, ritmo o historia. Sospecho así que el gusto que tengo por sus obras de ficción está demasiado influido por la admiración que siento por su trabajo como articulista, pero también por su biografía; advierto en sus opiniones y estilo, en sus obras y las noticias que de él me llegan, una vida intelectual, una crianza y una educación tal como las hubiera querido para mí: sobrias, responsables, nobles, alejadas de las carencias materiales o ambientes sórdidos que tanto trasminan la literatura desesperada de otros escritores. Hace tres años que no publica una nueva novela. En su falta de prisa, en la conciencia de la irrelevancia última de cualquier obra, incluida la suya pese a lo cual se anima a escribir de nuevo, semana a semana en artículos de prensa y cada cierto tiempo en la ficción encuentro una discreta humildad, pero también el ejercicio de una libertad irrestricta. Hoy cumple sesenta y nueve años. En la alegre tarea de leerlo, yo también he envejecido. Qué poco ha durado el plazo entre decir 'mi tiempo no ha llegado aún' y decir 'mi tiempo ha pasado ya'. 

¡Larga vida al fantasma, Rey de Redonda!

lunes, septiembre 14, 2020

El proyecto de mi tío Umberto

A fines de los años ochenta me fue presentado como mi tío, en alguna reunión familiar en casa de mis abuelos, un hombre alto, de espesos y muy negros cabello y bigote, con ojos grandes y redondas mejillas siempre rosadas. Hasta entonces sólo había conocido el proyecto civilizador de la hermana mayor de mi madre, la médico, como polo opuesto al pasado tradicional encarnado por mis abuelos; ahora estaba a punto de conocer otro que retomaba, poniéndola al día, la herencia cultural de la familia. El hombre alto se había casado con la otra médico de la casa, la hermana mística de mi madre, conocida por sus extravagancias y tozudez; una mujer que había estado alguna temporada en la sierra chiapaneca atendiendo a comunidades indígenas al tiempo en que alimentaba pasiones ambiguas, ya por el asistencialismo, ya por la emancipación; que lo mismo había deseado convertirse en religiosa que unirse a los guerrilleros de la montaña, una oscilación muy comprensible con abundantes referentes históricos laicos y confesionales, de este y otros continentes, desde Las Casas hasta Conrad, desde Motolínea hasta Gauguin. No era una sorpresa, pues, que mi tío Umberto resultara a su vez un hombre original, aunque en modo alguno compartiera los vaivenes biográficos de su mujer (que cesarían con el matrimonio); las suyas eran más bien inquietudes filosóficas que aspiraban al equilibrio movidas por la fe en la existencia de respuestas: todos los problemas de la historia pública y personal hallarían solución en un todo coherente a poco de indagar suficientemente en los lugares adecuados. Naturalmente, yo nada podía ver de todo esto a los trece años, cuando sólo era percibido como un chico afeminado y dócil, apto para la escuela, que se sintió obligado a contemporizar con aquellos familiares que insistieron en que hablara con mi tío, más para no tener que lidiar con nosotros que por hallarnos compatibles o siquiera sospechar hasta qué punto iba a serme provechoso el conocimiento del nuevo miembro de la familia. Sin arredrarse ante mi timidez inicial, Umberto me hizo algunas preguntas sobre mis intereses: qué leía, qué estudiaba, qué cosas me preocupaban; sin yo notarlo consiguió que hablara con soltura al cabo de varios minutos, apasionado, removido en lo más íntimo por la interlocución con aquel hombre paciente que me hablaba de mi país y de los que, como él, intentaron comprenderlo y explicarlo. No me atreví a decirle que tenía pocos meses de haber empezado a escribir poemas. Mis recursos intelectuales eran extremadamente modestos, pero mi tío Umberto era repelente a la pedantería y como tal intentaba genuinamente comprenderme y orientarme, sin insistir en mis faltantes ni hacer excesiva gala de sus conocimientos, jamás se vanagloriaba ni mucho menos hacía escarnio de la ignorancia de nadie. Por aquel tiempo apareció una mala película que, tímidamente, giraba en torno a la matanza de Tlatelolco, una cinta que, si no otra cosa, me causó una viva inquietud por conocer más acerca de aquel movimiento del que entonces no sabía apenas nada. Como mi tío Umberto fuera originario de la capital y la película aún me diera vueltas en la cabeza, traje a colación el tema mientras mi abuelo reía con sus yernos más antiguos, fumando y bebiendo cerveza, y las mujeres asaban carne preparando ensaladas. Con aire grave y una mano tocando su redonda barbilla, mi tío Umberto preguntó el por qué de mi interés sin apartar su vista de la mía. 'Quiero conocer el país en el que vivo', le dije temiendo que mi respuesta le decepcionara o pareciera excesivamente impostada. Él asintió repetidamente con la cabeza y se puso de pie: 'espera', me dijo. Fue al cuarto de servicio donde él y su mujer se hospedaban durante aquellas visitas a casa de mis abuelos y a su regreso puso en mis manos un libro muy usado que, advirtió, me dejaba 'en calidad de préstamo' para que me hiciera 'de una opinión' por mi cuenta. Se trataba de Fuerte es el silencio de Elena Poniatowska, una reunión de crónicas sobre distintos movimientos sociales en México durante los años sesentas y setentas. Sonriendo y hojeándolo, emocionado, le di las gracias. A pocos pasos de ahí, ocupada en aderezar los platos que se servían, su mujer censuró con la mirada la transferencia o la lectura, a Umberto o a mí, acaso todo lo que ocurría entre nosotros, pero se abstuvo de intervenir y fingió ocuparse concentradamente cuando se percató de que yo recogía aquella inexplicable mirada que expresaba desacuerdo.

Si una mezcla de intuición propia y adoctrinamiento por parte de la escuela elemental pública, heredera de la Revolución Mexicana, había conseguido inclinar mis primeras simpatías políticas hacia la izquierda, Fuerte es el silencio me instaló definitivamente en su órbita. Cooperaban a ello las maestras revolucionarias con las que convivía desde el último año de secundaria, pero también el extremo contraste al que el bachillerato varonil, dirigido por el ala más conservadora de la Iglesia Católica, quizá por disidentes tridentinos, me sometía cotidianamente: censura, vigilancia, presión ideológica. Había ingresado a esa escuela porque mi incipiente izquierdismo no toleraba las huelgas de la preparatoria pública ni el desdén por la academia; de modo que, al lado de los padecimientos, disfruté en aquel ambiente fascista del período de estudios más concentrado, rico y acelerado de toda mi vida. El comunismo, entre tanto, se derrumbó en Europa. Mientras la universidad nacional enfrentaba suspensiones de clases frecuentes, falta de maestros y un reclamo permanente por interminables agravios, nosotros nos apropiábamos de su plan de estudios para cubrirlo a rajatabla: álgebra y lógica, etimologías, literatura universal e hispanoamericana, geometría analítica, biología, química orgánica e inorgánica, historia universal y de México, un mosaico al que agregué, guiado por el libro de mi tío Umberto, la lectura de otras crónicas de Poniatowska y más libros de la Editorial Era. Aparecieron Monsiváis, Paz, Novo, Zaid, algunos libros de la serie Lecturas Mexicanas y, más temprano que tarde, la Editorial Siglo XXI. Fue así que di la espalda al proyecto civilizador de la hermana mayor de mi madre, no sólo porque dejé de desear ser médico para desear ser matemático y, finalmente, decidir ser ingeniero, sino porque consideré hipócritamente que ese proyecto profesional era estéril al tiempo en que lo sustituía por otro completamente equivalente. Me creía a salvo del capitalismo sólo porque escribía, a resguardo de objetivos concretos porque soñaba, protegido en mi espíritu gracias a mis lecturas. Pero me engañaba: si durante el primer año en la universidad privada no dudé en unirme a los estudiantes más marginados para despreciar la autoridad y oponer a ésta la aventura, también seguí obteniendo las más elevadas notas escolares. ¿Qué clase de poesía podía surgir de semejante doblez? Al término del primer año de carrera, conociendo mis quejas acerca del fariseísmo de la universidad privada, acepté la invitación que me hiciera mi tío Umberto para vistarlos por quince días en la capital. El hombre al que no había visto por cinco años tenía ahora dos hijos con su mujer y no dudaba en ofrecerme su casa si, como se proponía, lograba convencerme de cambiarme a la universidad nacional. Vivía en una construcción extraña y encantadora que él mismo había diseñado en las faldas de la carretera que asciende desde Xochimilco hasta Santa Cecilia Tepetlapa, desde donde se podía contemplar el inmenso mar de luces de la Ciudad de México. Durante un par de semanas disfruté enormemente de su discreta compañía e interesante conversación: con él recorrí los cerros cercanos aprendiendo a reconocer restos de barro cocido, visité ruinas arqueológicas poco visitadas, aprendí a usar su cámara de obturación manual. Alternando períodos en los que me dejaba explorar la ciudad a mi aire con paseos en los que sólo íbamos él y yo, me internaba en México como si lo hiciera en un libro interminable y delicioso. Me sentía libre. Como mi familia proviniera precisamente de aquellas colinas, mi tío Umberto tuvo a bien hacerme consciente de los lugares y condiciones en que habían vivido, de los restos de sus huellas en tumbas y obras, del origen hispánico e indígena de sus costumbres. Con él, a diferencia de con la mayor de las hermanas de mi madre, una civilización no estaba peleada con la otra ni había razón para dar la espalda a ninguna a fin de progresar; todavía más: el futuro era imposible sin raíces. Por las noches jugábamos ajedrez sentados a la mesa de la cocina mientras los niños veían la tele y su mujer, agotada por las guardias hospitalarias, cabeceaba. Aquella pareja se trataba con mucho afecto, aunque me resultaba curioso que ella, que durante años fue una mujer llena de pájaros en la cabeza, fuera ahora la parte cerebral de aquella relación, mi tío Umberto convertido en el escudo espiritual de la familia contra el mundo de leyes y números de allá afuera, presidiendo desde el centro de aquel refugio extraño y acogedor y vivo. Alguna noche él me descubrió escribiendo poesía y, con la devoción y el respeto de quien asiste a un milagro, me dejó a solas para continuar, cerrando cuidadosamente la puerta tras de sí. La noche siguiente, cuando me hallaba leyendo recostado en los mullidos cojines del salón a media luz, él aprovechó para sacar de entre las atiborradas estanterías algunos de sus libros de poesía, escritores contemporáneos que yo desconocía por completo y cuyos textos me deslumbraron e influyeron profundamente: Labastida, Oliva, Leduc, Lizalde, Sabines, Pacheco. Algunas líneas de esos poemas eran eróticas o pornográficas, blasfemas o escandalosas, lo que involuntariamente me ruborizó en no pocas ocasiones mientras los hojeaba frente a él. Saliendo de su somnolencia, la médico expresó su desacuerdo en que mi tío Umberto me dejara leer esos libros, pero él la tranquilizó cariñosamente diciéndole que ya era mayor de edad y debía 'formarme una opinión'. Se miraron como a punto de echarse a reír, contenidos, luego él le besó la cabeza y fue a poner agua para café en una pequeña estufa. Para compensar la herencia jacobina, me obsequiaron un libro que ella aprobaba porque le recordaba sus años en Chiapas y porque no hacían ni siete meses que había estallado ahí la revuelta neozapatista: México profundo de Guillermo Bonfil Batalla, que llevaba por subtítulo la significativa afirmación 'una civilización negada'. Como es natural, los domingos iban a misa y yo lo disfrutaba porque, pese a mi rebeldía, aún me quedaban unos meses más como católico practicante: aquella estancia fue, quizá, la última vez en que me sentí cómodo con mis contradicciones.

La década de los noventas representó para muchos el abandono, aún parcial, del ideario socialista. No fue menos en mi caso, recién llegado a esa trasnochada ideología cuando sus regímenes más representativos sucumbían a las leyes del mercado, habitante de una región doblemente periférica por pertenecer al orden hispánico y al tercer mundo. Había una infinidad de grados e interpretaciones entre los regímenes totalitarios comunistas y la social democracia europea, que en ningún modo hacía posible meter en el mismo saco la conquista de derechos laborales y el gulag, el acceso universal a la educación y el comité de salud pública, pero para muchos, especialmente en el ambiente académico subdesarrollado, esa distinción era imposible: la militancia ciega era la verdadera izquierda y fuera de ella sólo existía la ultraderecha. Como resultado de esta necedad y el auge indiscutible del capitalismo y la democracia, me encontré cada vez más cercano a las posiciones liberales clásicas que, armadas de sentido común y de la aspiración a una sociedad adulta, parecían ir de la mano tanto con la vida del país que veía llegar a su fin el régimen de partido único y el proteccionismo comercial como con mi vida personal, que desde la involuntaria disidencia sexual no podía comulgar con el politburó ni con otras iglesias, ser sujeto de usos y costumbres o depender de la buena voluntad de las mayorías. Había iniciado una vida en pareja cuando, junto con él, visité a mi tío Umberto y familia en su nuevo domicilio de Aguascalientes, una casa no muy distinta de la que tenían en la Ciudad de México, con habitaciones extrañas, rampas y escaleras inexplicables, rodeada de árboles con un cerro cercano como fondo. Cuando se está dejando atrás la infancia para entrar en la adultez aparecen impulsos contradictorios: se es lo suficientemente grande para vivir la homosexualidad, pero no para presentar a la pareja como algo más que un amigo; se decide hacer un viaje a otra ciudad, pero no se pagan los costos de hacerlo, asumiendo que nuestra familia ha de hospedarnos y darnos de comer; se cree uno lo suficientemente inteligente y al resto lo bastante estúpidos como para tragar nuestras mentiras y ridiculeces, creyendo que han colado sólo porque se nos responde con presunta aquiescencia. Aquel que empieza a ser adulto aprende a quedarse del lado correcto a fuerza de desengaños de los que, todavía infantilmente, culpa al resto del mundo hasta que se le agotan los pretextos; entonces descubre que es él el responsable casi único de que se hayan esfumado los paraísos que recordaba, ya por no haber resistido el peso del racionalismo cartesiano, ya por renunciar a sus creencias sin distinción de sueños o pesadillas. Fuimos tratados con toda la amabilidad y el cariño de que era capaz aquella pareja cuya intimidad invadimos por escasos tres días con poco comedimiento y no por ingenua menos repugnante soberbia: la magia de la construcción era diletantismo; el carácter ecléctico de la decoración, vulgaridad; sus opiniones sobre religión y cultura, gazmoñería. Del mismo modo en que ganaba ya todas las partidas de ajedrez a mi tío Umberto, creía vencer en la defensa del ateísmo o la libertad sexual por medio de la más abierta provocación, desdeñando la tarea de convencimiento, despreciando el pensamiento católico de Vasconcelos al que él admiraba para exaltar a Cosío Villegas y Luis González, a Krauze y a Vargas Llosa; despotricando contra el arte moderno y a favor de los cuadros de Saturnino Herrán. Me había vuelto un experto en esconderme detrás de discusiones abstractas para no hablar de lo único que mi tío Umberto sí buscaba en libros y ruinas, en templos y pinturas, en paseos y devociones, incluso en mi joven y arrogante persona: la experiencia del hombre, la suya y la mía, el diálogo nutritivo, la savia de la vida. ¿Qué tenía yo que ofrecer si hablaba de todo y no conocía nada? ¿Qué vestidos propios para abrigar? ¿Qué verdad personal que valiera la pena comunicar al resto de los hombres? Preferí volver a mi vida empobrecido que aceptar mi desnudez frente al otro, el completo acuerdo de mi soledad a la generosidad de otro pensamiento. Nunca más lo volví a ver. 

En los años que siguieron, el mundo como él lo había conocido pero todavía más: como lo hubiera deseado desaparecería poco a poco consumido por el capitalismo más ingente, la derecha subiría al poder y por largos años palabras asépticas como democracia y pluralidad se repetirían hasta arrebatarles todo significado. A la postre, los electores restaurarían el viejo partido hegemónico devolviéndonos de golpe al punto de partida, con una diferencia desoladora: ya no había esperanza para quien tuviera memoria. Yo prosperaría llevando a cabo en lo superficial, sin fe y con creciente cinismo, el único proyecto civilizador que me restaba en un mundo semejante: el de la hermana mayor de mi madre. Tras un breve paso por las empresas informáticas y el centro de investigación hice, sin embargo, una importante concesión, acaso un guiño, para con la vía espiritual que me había enseñado mi tío Umberto, adoptando la vida académica como un camino intermedio entre la libertad y el secuestro, entre la creación sensible y la productividad inexcusable, entre la vocación humanista y la científica, entre la aspiración a la eficiencia ¿capitalista, de derechas? y la aspiración a la libertad ¿anarquista, de izquierdas?, entre las pulsiones subterráneas que habitan la noche de los sueños y las que se elevan desde la tierra bajo un signo solar, hasta el cielo. Pero yo ya no escribo poesía ni él pinta ya más cuadros. Mis ojos en el desierto, los suyos en el océano.

domingo, septiembre 06, 2020

La heterosexualidad en el Tercer Mundo

Todavía sentado a la mesa de la cocina donde habían desayunado tacos de barbacoa y frijol, abrió el periódico frente a él y, dando sorbos a su café tibio, ubicó la sección policíaca: con la tormenta de anoche un infeliz se había encontrado de frente con un árbol caído sin poder frenar su automóvil, pereciendo en el acto; otro más había sido arrastrado por la riada hasta una alcantarilla abierta y se hallaba desaparecido; una mujer estaba arrestada por prostituir a sus hijos, dos mujeres y un varón, todos menores, sin que hubiera podido darse con ninguno de los clientes. Estimulado, dobló el periódico y se bebió el último trago de café para dirigirse al baño. Su mujer ya está terminando de limpiar la cocina y le sonríe cuando lo ve ponerse de pie. 'No olvides bajar la cubierta del baño cuando termines', le dice. 'Tu madre luego piensa que soy yo la que la deja arriba'. La joven pareja había decidido mudarse a casa de la madre para ahorrar dinero ahora que él se iba, en menos de un mes, a trabajar a Europa como ingeniero de sistemas: una oferta inesperada por parte de un cliente antiguo que trabajaba para una petrolera holandesa, su nuevo patrón. Si todo salía bien su mujer podría unírsele en menos de un año y, en ese plazo, hacer lo necesario para certificarse como médico en Europa. A ella no le entusiasma demasiado la idea de dejar el país, no por patriotismo, sino porque apenas comienza a disfrutar las ventajas materiales de haber invertido largos años de estudios: pretexta dificultades lingüísticas y el tortuoso camino burocrático para emigrar; tímidamente sugiere que no se sentiría cómoda dejando a sus padres a merced de sus hermanos, todos más o menos irresponsables e incompetentes. Cuando lo han hablado, él intenta persuadirla enumerando las abominaciones a las que están expuestos en esa sociedad tercermundista en la que viven, cita su propia experiencia de hombre incomprendido y maltratado por autoridades e instituciones, y pinta un cuadro ideal de ley, orden y progreso material si, ahora que son jóvenes, se deciden a marcharse. Pero, aún comprendiéndolo y amándolo, ella no se convence. En el fondo piensa que es exagerado considerar que no se puede conseguir aquí todo lo que uno desea. No logra molestarse, ni siquiera notar con la frecuencia con que él lo hace las distintas cosas que están mal alrededor, desde una banqueta destrozada hasta una iluminación deficiente, desde la burricie de la prensa hasta el cinismo de los políticos. 'Hay cosas mal, sí, pero no puede uno vivir atento a ellas todo el tiempo. Si se puede trabajar y vivir debería ser suficiente', piensa para sus adentros sin animarse a decirlo con firmeza en sus distintas pláticas. No desea verlo frustrado ni furioso, de modo que ha accedido a que se vaya; pero mientras él espera prosperar en el extranjero donde habrán de reunirse muy pronto, ella cree que la experiencia le hará volver una vez que se haya saciado su curiosidad y convencido de que no vale la pena.

Como todos los sábados, ella irá por la tarde al hospital para hacer una guardia de dieciocho horas, de modo que, una vez recogida la cocina y cruzándose con él a la salida del baño, le dice que intentará dormir un poco más para no sufrir demasiado por la noche. Él la acompaña a la cama, cierra las cortinas, enciende la lámpara de su lado luego de colocarla en el suelo para no estropearle el sueño a su mujer, y sustituye el periódico por una novela extraña escrita por un ateo que habla de las relaciones del Diablo con Jesucristo. Nunca ha estado en Europa y entretiene la ansiedad de la partida con lecturas como esta: libros que compró durante los primeros cuatro años de su matrimonio y que, por el trabajo, no había tenido ocasión de leer; ahora podía, luego de un mes de haber renunciado y con algunas semanas por delante antes de viajar hacia su nuevo empleo. Ya algo adormecida, ella se vuelve hacia él con los ojos entrecerrados y la voz modorra: 'Olvidé decirte que tu madre se irá en un rato más al pueblo, de modo que te quedas solo esta noche'. Se besan. Mientras la mañana avanza, ellos se recogen en aquella habitación a media luz hasta la que llegan, muy amortiguados, los murmullos de la calle y los movimientos de la madre que ya se arregla para salir. El libro habla de un lago que podría ser el Mar Muerto o el Tiberíades. El libro habla del desconcierto de Jesucristo al conocer su destino en el Monte de los Olivos. El libro habla del Diablo entretejiendo el destino del Hijo en connivencia con Dios Padre. Se queda dormido y, como ocurre cada vez con más frecuencia en estos días, su pensamiento se dirige hacia los deseos más soterrados. Ha intentado no engañar a su mujer, pero desde que compraron el coche hace dos años le volvieron los ambiguos apetitos de la adolescencia y no ha desaprovechado la oportunidad que le brindan las periódicas guardias hospitalarias de ella para salir en busca de aventuras. Estos hábitos, como es lógico, no han hecho más que agudizarse con la abundancia de tiempo libre y la cercanía del viaje. En la duermevela recuerda a René, el compañero de secundaria de ojos achinados al que una semana después de terminados los cursos invitó a casa luego de encontrarse con él en la calle. 'No creo que puedas hacerlo bien', le dice a poco de habérselo encontrado para provocarlo: el carácter manipulador de las personas se manifiesta siempre desde la más tierna edad. René pedalea su bicicleta mientras él camina a su lado. 'Sí puedo', le dice aquél, 'de sobra y cuando quieras'. 'Pues no hay nadie en casa', suelta al fin cuando se decide a aprovechar la disposición de René. La bicicleta apoyada contra la puerta de la entrada y ellos jugueteando por largos minutos en la misma habitación donde ahora, doce años después, abre los ojos agitado por un solo pensamiento: 'otro sábado a solas como aquél'. Con la entrepierna ligeramente húmeda aguza el oído para darse cuenta de que su madre llama a la puerta con delicadeza. 'Ya me voy', le dice ella cuando él sale al salón entrecerrando los ojos para mejor habituarse a la luz, 'ábreme el portón por favor'. En la calle, mientras su madre maniobra para salir y se pierde luego de doblar la esquina, mira hacia la caseta de policía de enfrente y vuelve a sentir la urgencia del deseo, esta vez motivado por el recuerdo de aquel oficial que le invitara a la esquina del parque con la mirada, poco después del encuentro con René: 'Siempre me has llamado la atención, ¿sabes? pero no podía acercarme, por tu familia, ya me entiendes... ¿quieres que nos veamos?'. Él asiente con la cabeza. 'Mira cómo me pones. Toca, no te cortes'. Un hombre rubio de dientes salidos, pero salaz, que lo cita lejos de ahí una docena de veces para luego desaparecer para siempre. Cerró por dentro la puerta de la calle, sudando. Estaba nuevamente agitado e intentó calmarse, sin éxito, con la lectura de su libro. El Diablo parecía querer comunicarle algo; Dios Padre parecía querer ocultárselo. Su mujer dormía.

Se puso a hacer de comer. Cuando ella se levantó fue a ducharse al cuarto de baño, se arregló para salir, comieron juntos y luego él la llevó hasta el hospital. Al regreso, padeciendo el calor vaporoso y el tráfico lento de la tarde, se detuvo ante un semáforo. Uno de los chicos de la calle que limpian parabrisas apretó su botella de plástico para salpicar de agua jabonosa el cristal, tomándolo por sorpresa. Él insistió en pedirle que dejara todo como estaba, por lo que el chico retiró el trapo sucio al tiempo en que se llevaba una estopa con solventes a la nariz. Sus miradas se cruzaron, la de él medio extraviada, la suya fija, y en cuestión de segundos un arco de tensión se trazó entre ambos apurando una decisión bajo el plazo perentorio de un cambio de luz roja a verde. 'Voy a pararme un poco más abajo de esa esquina' le indicó al chico con un dedo en la convicción de que éste iría a buscarle. Un minuto después se reunían en el coche y él condujo sin rumbo por las calles tratando de no atragantarse con la agitación violenta que lo poseía. Hablaba con aparente calma, dueño de la situación y tratando de establecer tan rápida como gradualmente la naturaleza sexual de aquel encuentro. Años de abordar chicos de aquella manera le aconsejaban dosis iguales de firmeza en sus propósitos como de una conversación despreocupada e indirecta, casi se diría que relajante, para establecer confianza al tiempo en que se hacía crecer la expectación. Así supo que el chico tenía dieciséis años, mujer e hijos, vivía a veces en casa de su madre en las colonias de abajo y a veces con otros chicos como él en la casa abandonada del crucero donde trabajaba y, muy significativamente, le gustaba 'hacer de todo'. Cuando se hizo el primer silencio le tomó la mano izquierda una mano pequeña y áspera, de uñas sucias y alguna cicatriz y la dirigió hacia su abultada entrepierna: el chico palpó, apretó y enseguida se agachó para tomar aquello con las dos manos y la boca. El cielo se obscurecía. A poco de seguir conduciendo, sorteando el inclinado cuerpo de espaldas anchas para hacer los cambios de velocidad, empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Mientras los cristales estuvieron abajo no lo percibió, pero cuando hubo de subirlos la cabina se inundó del olor a solvente de la estopa. '¿No se supone que eso les quita las ganas y el apetito?', preguntó él inopinadamente; el chico se levantó para contestar: 'No, al contrario: dan más ganas'. Como les tocara un alto frente a un concurrido paso de cebra, el chico se quedó enderezado mirando hacia el frente, protegidos de la mirada ajena su erección y el desorden de ropa a medio retirar, por la cortina de lluvia todavía ligera y las puertas del coche. 'Vamos a buscar un mejor lugar', dijo él luego de decidir mentalmente que no era conveniente ir a la casa de su madre por más que en ella no hubiera nadie, una decisión que ponderó la necesidad de no hacer del conocimiento del chico el domicilio donde se hallaba, no permitir que los vecinos lo vieran acompañado, ni exponerse a que por alguna razón su madre o su mujer volvieran inesperadamente. Luego de algunas vueltas y con la lluvia convertida en torrencial aguacero, se detuvieron al costado de un baldío. Formas distorsionadas de casas, coches y cerros aparecían tras los cristales cada vez más empañados, mientras ellos se desahogaban lo más apasionadamente posible sin consideración de viscosidades, telas o derrames.

Terminaron satisfactoriamente. Luego de recomponerse hasta donde era posible reiniciaron la marcha a través de las calles, todavía bajo una fuerte lluvia que, sin embargo, ya había perdido su fuerza mayor: una colonia y luego otra sorteando encharcamientos y objetos arrastrados por el viento, barajando opciones para nuevos encuentros, hasta que, inadvertidamente, sintieron el urgente deseo de repetir. La lluvia cesó y bajaron los cristales. Un aire fresco sustituyó al ya viciado de la cabina y, con renovado ímpetu, dieron algunas vueltas más antes de decidir que el estacionamiento solitario a las afueras del jardín zoológico era una buena opción para detenerse. Obscurecía. Al inicio de la larga calle por la que entraron, flanqueada por enormes terrenos de elevada vegetación, se veían las luces de los coches que circulaban a gran velocidad por el periférico. No parecían conocer la saciedad. Al cabo de unos minutos el chico volvió a ensuciarse una de sus pequeñas manos ásperas mientras empleaba la otra en la entrepierna ajena: 'ya casi termino', le animó él a fin de que no dejara de afanarse. Volvió la mirada hacia la avenida por donde habían llegado y advirtió que una patrulla de policía en el carril más alejado esperaba su turno para dar vuelta hacia ellos, los faros rojo y azul dando vueltas en el toldo, la pequeña luz naranja intermitente anunciando sus intenciones. 'No hay de qué alarmarse', pensó mientras terminaba una vez más, satisfecho, 'ahora nos vamos'. 'Hay una patrulla que viene hacia acá', le dijo al chico rápidamente, 'así que límpiate, vístete bien y, si preguntan algo, pues hemos venido aquí a fumar tranquilamente y ver el atardecer, ¿vale? mira, ten un cigarrillo'. Con el tabaco ya humeando entreabrieron ambas puertas, pusieron música ligera. Todavía en el último segundo consideró la posibilidad de encender la marcha y largarse, pero pensó que irse sería visto como una huida sospechosa y desistió. La patrulla pudo por fin dar vuelta y se acercó con sus faros amenazantes hasta detenerse detrás de ellos. Cuatro policías descendieron y se acercaron, dos de cada lado, armados con linternas, sin que la obscuridad permitiera distinguir sus rostros; habló uno de ellos apoyando una mano en la puerta del conductor: 'Buenas noches, tenemos varios reportes de este vehículo, así que voy a pedirles que bajen para una revisión'. 'Seguramente se han inventado lo del reporte', pensó, 'nadie nos ha visto'. Bajaron del coche todavía fumando y dijeron lo que habían acordado, pero los policías no parecieron escucharlos; en su lugar, dirigieron las linternas hacia sus caras que se contorsionaron por el haz de luz, hacia sus ropas mojadas como si se hubieran orinado encima, hacia el interior del coche donde se hallaban la estopa con solventes y la botella de jabón. '¿No eres tú el muchacho del crucero?', preguntó uno de los policías al chico. '¿Qué haces aquí con este?'. Sin esperar contestación, un grupo de policías apartó al muchacho y el otro se quedó con él para advertirle: 'Estás con un menor y los vecinos de otras colonias los han visto, vamos a tener que llevarte a la comisaría'. Sintió la primera de varias punzadas en la boca del estómago e inició una súplica que quiso parecer calmada, pero que a los policías experimentados lobos hambrientos recordó todos los olores de una apetitosa extorsión: 'No, no, oficial, el muchacho les puede confirmar que lo invité a platicar y fumar aquí, tranquilamente, no estábamos haciendo nada malo, no nos hemos movido de aquí. Mire, soy ingeniero, estoy casado, ¿ve? Dentro de poco debo irme del país a trabajar en Europa, yo...'. Lo interrumpió el regreso del chico con los policías que se lo habían llevado. 'A ver', habló de nuevo aquel al que todos se dirigían como comandante, '¿qué dijo el muchacho?'. 'Lo que esperábamos, comandante, dice que abusaron de él, que lo convencieron con engaños', contestó uno de los que traía al chico cogido del brazo, 'A ver, dile a mi comandante lo que nos dijiste'. El chico, con la mirada baja, las manos todavía brillantes de lo que no había alcanzado a limpiarse por completo ni se había secado del todo, confirmó con un hilo de voz 'Sí, yo no quería...'. Una nueva punzada, como un golpe en el abdomen, le quitó el aire. Otra patrulla llegó al lugar y ya eran ocho los miembros de aquella jauría que parecía hallarse en medio de la detención de una peligrosa banda de delincuentes. 'Comandante, yo le aseguro que esto es un error, ¿entiende? ¡debo irme a Europa en unas semanas, yo no puedo permitirme esto, por favor, debe haber una solución, ya casi me voy a ir!'. Uno de los subordinados intervino: 'Pues te ibas, mi rey, ahora ya no'; el resto rió a carcajadas. Luego de insistir en que el delito era muy grave como para dejarlos ir y de invitarlo repetidamente a subir a la patrulla sin que nadie usara la fuerza para obligarlo, el comandante lo apartó: 'Mira, te voy a dar una oportunidad. Necesitamos pagarles a todos ellos ¿ves? Somos muchos. No es barato'. Nervioso, él aprovechó la ventana que se le abría: 'No importa comandante, lo que haga falta, pero no tengo el dinero conmigo, si usted gusta podríamos ir al cajero de aquí adelante... hay un cajero, podríamos ir... ¿cuánto sería?'. Con reticencia ante esta nueva dificultad, el comandante finalmente accedió. Todos subieron a sus respectivos vehículos y las dos patrullas escoltaron de cerca el coche hasta el centro comercial. Durante el breve trayecto el chico trató de disculparse: 'Oye, perdona lo de hace rato, no te lo tomes a mal, los policías me obligaron, me amenazaron, yo tengo a mis niños y mi mujer, y ellos saben dónde vive mi mamá...'. Sin voltear a verlo, demudado como una estatua de piedra, lo tranquilizó mecánicamente: 'No te preocupes, ya está todo arreglado'. Al cajero lo acompañaron el comandante y otro policía; él recorrió, con la mirada en el suelo, los escalones y el pequeño pasillo que lo separaban de la máquina; el nerviosismo le hizo equivocar el código en el primer intento. Ya con el dinero en la mano se dio la media vuelta y lo entregó al comandante, entonces levantó la vista: bajo la intensa iluminación del centro comercial brillaron el cabello rubio y los dientes algo salidos del oficial. No disimuló su sorpresa: los ojos muy fijos en él y la boca entreabierta. El comandante sonrió guardándose el dinero, le puso una mano en la espalda y lo condujo, paternal, hasta su vehículo: 'No me había dado cuenta de que eras tú. Mira, cuando quieras hacer esto de nuevo, avísame. Te vamos a cobrar un dinero, menos que ahora, por supuesto, pero no te molestaremos. La protección para ciertas cosas se paga, ya deberías de saberlo. Si además me convidas nos la podemos pasar muy bien y todo gratis, claro'. Él asintió. Subió al vehículo todavía bajo la mirada socarrona del comandante. Encendió la marcha. '¡Ah y buen viaje!', gritó todavía el comandante antes de subir a su patrulla y perderse en dirección contraria a ellos.

Dejó al chico en el crucero, ahora solitario, donde lo había recogido. Volvió a su domicilio y leyó, por fin concentrado, sobre Dios Padre, el Diablo y Jesucristo. Hasta el amanecer.

jueves, agosto 20, 2020

Hilo, cuerda, cadena

Lo que está en juego no es una vida en pareja contra una vida solitaria, sino contra su madre. Ella espera, afectando conformidad y consejo. Si bien su divorcio obedeció a los cánones del triángulo ordinario, él ha terminado por descartar todas las creencias que fundaron su nueva vida. De entre las ruinas han surgido modestos principios morales cuya sencillez no obsta, antes bien coopera, a su implacabilidad. Han estado ahí siempre, pero sólo ahora, después de largos años de construcciones imaginarias que negociaban con ellos las leyes de la física, descubre su carácter imperativo. El destino de los muchachos que no se convierten en señores es, inevitablemente, esposar a su madre; su periplo actual, abandonada la historia que podía salvarlo de volver al origen, no constituye una oposición digna de tal nombre. Ya no se pregunta el qué, sino el cuándo. Su madre espera.
[...]
Algunos días solitarios en que el aislamiento le permite acercarse a cualquier tiempo pasado como quien dobla una esquina, se convence de que no es tan tarde. Con un hilo de juventud entre las manos, pondera el periplo actual y entrevé la posibilidad de que al otro lado del mismo alguien tire de él. 'Quizá', se dice, 'todavía pueda mudarme al otro lado del mundo para ponerme a salvo; quizá lo que nos une sea tan fuerte como una cuerda y no se rompa'. Pero en el fondo no lo cree. A poco que avance el día admite que sus limitaciones no son sólo geográficas o laborales, sino morales; en un extremo del hilo descubre fardos inamovibles que sólo la muerte podría eliminar; en el otro, simplemente un cabo suelto donde debía estar una persona. Se consuela pensando que es dueño de sus actos y que no necesita que nadie tire de él, tampoco responsabilizarse de terceros. Pero esto es otra mentira. En algún momento de la noche, frente al televisor, cumplidas las obligaciones y en medio de la cama vacía, busca una cuerda. Escribe. Llama sin éxito. Sabe asimismo que ni él ni su madre se hacen más jóvenes. La vejez repele al mundo de los vivos: el cabo suelto. La vejez acerca a los derrotados: el fardo. 
[...]
En sus maestros tuvo tres opciones acabadas del entusiasmo: la vía cínica y la del superhombre se agotaron en muy breve plazo, más por debilidad de carácter que por virtud; la vía restante, la científica, exigía un talento que no tenía y una moral capaz de reconocerlo. Se resistió. Durante décadas intentó llegar a lo más alto, primero disimulando su ignorancia frente a sus maestros sin comprender que ellos estaban demasiado ocupados en sí mismos como para notarlo; luego arrastrando a terceros para mejor buscar atajos que le permitieran llegar a los resultados sin pasar por el esfuerzo. Ahora que ha conquistado una modesta colina creyendo que subía una montaña por fin se ha dado cuenta de su error, pero ya no tiene fuerzas para bajar del sitio a donde ha subido para luego trepar por la ladera correcta. El malentendido no ha sido inocente como lo comprueba la creciente comodidad con que administra sus mínimos esfuerzos y la superficialidad de sus competencias. Encuentra fácil y cierto alegar que no hay nada puro: no la estructura administrativa que lo tritura, no la ciencia como obra de los hombres. Es todavía más simple echar mano de comparaciones: tuerto en tierra de ciegos. Pero nada de esto lo tranquiliza porque no hay justificación que lo exonere. Porque al final del día, en esa cama solitaria, frente al televisor habitual, no es la vida de los otros la que se consume, sino la suya propia. 'No debe uno invertirlo todo en su trabajo', le advierte su madre, comprensiva. Él busca una cuerda.
[...]   
Es un tramposo profesional. Para su último truco acaricia la idea de que puede dar la espalda a su profesión y su geografía con un sólo golpe maestro: la literatura. Escucha historias sobre escritores que abandonan Sudamérica y terminan instalados en las Ramblas, sirviendo cafés y bocadillos durante medio día y entregados a la lectura y sus escritos por la tarde-noche; se entera de poetas cineastas que terminan leyendo el tarot en un café de París y que viven en casas de techos altos con ventanas que no llevan atroces verjas de hierro contra los ladrones; Premios Nobel que en su vejez dan entrevistas desde la comodidad de un salón madrileño con paredes cubiertas de libros y alfombras mullidas de vivos colores. Se engaña. No es ya que no le gusten los números de su profesión ni las letras de su pasatiempo, sino que su propósito nunca fue la creación como necesidad ontológica cuanto ganar un lugar cada vez más alto por encima de los otros. En lo intelectual, en lo artístico, en lo espiritual. Reconocimiento, posiciones, premios. Nada era suficiente para él y así se le han escurrido de entre las manos todo género de oportunidades, a veces por soberbia ha quemado puentes y naves, a veces por consabidos ha abandonado países y ciudades. Es mentira que sus fuerzas internas tuvieran la magnitud necesaria para separarlo de sus seguridades e instalarlo en la aventura, no cuando era un joven incapaz de renunciar a nuevos títulos académicos, no cuando buscaba superar a sus maestros sin alcanzar su pericia, menos aún cuando hubo completado una trayectoria cuya narrativa encontrara coherente, aunque sólo fuera para habitar una triste colina. 'Quizá quien está del otro lado de este delgado hilo pueda darme las fuerzas necesarias para abandonar el fardo mi destino y atrás queden por fin las ciudades que me han cercado y la madre que no me ha querido y el trabajo que quiso sustituirla, sin éxito. Quizá no sea demasiado tarde'. No ocurrirá, sin embargo. Porque un periplo no es una cuerda, sino sólo un contratiempo del destino, acaso un regalo. Él lo acepta del mismo modo en que en estos días asume sin chistar consecuencias e imperativos, como se sabe que el verano acaba o que el tiempo de todas las cosas está contado. Llegado el momento ella y él se instalarán en una casa y vivirán irritándose uno al otro hasta hacerse necesarios, como un matrimonio; se harán extraños para el resto de la gente que sólo los verá de vez en cuando detrás de las cortinas y murmurará historias fantásticas sobre su origen y modo de vida. Dos fantasmas.
[...]
Un día vendrán los de la limpieza y harán una pira con todos sus escritos. A los hombres de su condición ni amor ni obra.

domingo, agosto 02, 2020

La invasión de Kuwait

Llamada una vez más mi atención sobre la Historia Universal a raíz de la invasión de Kuwait por Irak el dos de agosto de mil novecientos noventa, mientras el mundo cambiaba de manera acelerada y el control remoto se volvía una novedad, eché mano de mis resúmenes de ciencias sociales de sexto año de primaria con la vaga intención de ponerme en antecedentes. Su visión maniquea, acomplejada y sentimental, hecho aparte de su redacción dudosa, sirvió, si no para entender aquel evento, sí para conmoverse del tierno esfuerzo de intentar una cosmovisión... treinta años después. 


Septiembre
La unión hace la fuerza y como el hombre es un ser social por naturaleza, tuvo que necesitar de otros hombres para formar grupos y así poder sobrevivir. Su primera organización fue la familia. Después de la familia siguieron otros grupos sociales tales como hordas, clan, tribu, pueblo, ciudades, países y continentes. Y desde un principio el hombre tiene distintos medios de comunicación, ya sea por ideas, técnicas, costumbres, lengua, escritura, pintura, música, sonidos, etcétera. Actualmente: periódicos, revistas, teléfonos, telégrafo, cine, radio, televisión, telestar, etc. Lo mismo pasa para comunicar con señales en calles, carreteras y caminos, donde debemos respetarlas para evitar accidentes y mejorar el tránsito, conduciéndonos, choferes y además peatones, así como agentes de la policía de tránsito, con respeto y amabilidad.
La Ilustración es un movimiento que hacen escritores ingleses y franceses donde escriben las ideas de libertad en libros, revistas, desplegados, manifiestos, etcétera, después de la Edad Media. Estados Unidos logra su libertad al enterarse por medio de los barcos que llegaban y propagaban las ideas de libertad del movimiento de la Ilustración y unidos en trece colonias al mando de Jorge Washington, el cuatro de julio de mil setecientos setenta y seis se independizan de Inglaterra. Francia logra derrocar a Luis XVI guillotinándolo en la toma de la Bastilla (cárcel). La Revolución Francesa triunfa para formar una Francia nueva. Todos los países latinoamericanos, descontentos con los gobiernos de sus países, el maltrato, la pobreza, la esclavitud; y, finalmente, con las ideas de libertad del movimiento de la Ilustración de Inglaterra y Francia, se levantan en armas y uno a uno se van independizando. Todos los países latinoamericanos se unen y ayudándose unos a otros realizan su sueño dorado: su independencia. Ya que todos tienen algo en común: su lengua, su sentir, su hermandad y su respeto.

Octubre
En un principio el hombre era artesano y producía muy poco, pero con la aparición de la maquinaria tuvo que producir en serie y por grandes cantidades, lo que hizo que se convirtiera en obrero, trabajador de capitalistas. El obrero de esa época pasaba hambre, maltrato, bajo sueldo, siempre estaba endrogado o vendido al patrón, llegando a sufrir como esclavo, lo que motivó que se lanzara a hacer una revolución pacífica llamada la Revolución Industrial, en la que aparecen los sindicatos. 
Durante sus primeros años de vida independiente, los pueblos latinoamericanos sufrieron por la desigualdad de clases, el pueblo en su mayoría era pobre e ignorante y un escaso grupo era rico, con educación y dueño de latifundios. La economía era un problema, ya que para la Iglesia se le expropió su tierra y negocios, no pudiendo el pueblo trabajarlas, lo compraban nuevamente ricos capitalistas, tal como minas, tierras y comercio, quedando así de nuevo el comercio en manos de ingleses, franceses, norteamericanos y españoles. De modo que los países eran independientes, pero dependían económicamente de los capitalistas. 
El oro y los diamantes fueron causa del colonialismo, pero anteriormente lo fue el esclavo, ser negro implicaba ser tratado peor que animal y vendido para los quehaceres del campo y la ciudad. También el cobre y el marfil fueron causas del colonialismo. El motivo del colonialismo en Asia fue el té, sedas, maderas finas, especias, algodón y otros productos tropicales, dominados primero por franceses y después por mucho tiempo por ingleses.

Noviembre
A finales del siglo XVIII se iniciaron varios cambios, eran tantos y a veces tan rápidos que a esta época se le llamó la época de las revoluciones; de todas estas la más importante es la Revolución Industrial, la cual comenzó en Inglaterra donde la competencia en el comercio extranjero hizo que los artesanos, ingleses y sabios con sus teorías, inventaran las máquinas para producir lo que producían muchos hombres, apareciendo una nueva clase social, la clase obrera, que deja el campo y se va a la ciudad donde vive una época triste, pero después, formando sindicatos y revoluciones prospera. 
Italia era un país dividido en pequeños estados, cada uno con leyes y monedas propias, lo que hacía que fuera débil y que países como Austria-Hungría y Francia intervinieran en sus asuntos, lo cual obligó a unirse a todos los italianos en la conquista de Napoleón, quien creó para todos una misma moneda, pesas y medidas, así como sus propias leyes, las cabezas de esta organización fueron: Víctor Manuel II, el conde de Covour y José Garibaldi.
Alemania tenía pequeños estados con el mismo idioma y cultura, pero con diferente gobierno; por eso, cuando Napoleón los invadió, nacieron ideas revolucionarias y se unen en contra de los invasores franceses, tanto Alemania como Prusia se unen bajo el mando de Guillermo I y Bismarck formando un solo imperio. Tanto Italia como Alemania se unen para sacudirse de la fuerte intervención francesa.
En el siglo XVIII y XIX Pedro el Grande de Rusia conquistó el mar Báltico de Suecia fundando el puerto de Leningrado, conquistó Polonia y el mar Caspio, además de las costas del mar Negro. Luego Catalina I conquistó Polonia y otra parte del mar Caspio, además conquistó Asia de Samarcanda a Siberia y construyó el ferrocarril más grande del mundo que va de Leningrado a Vladivostok, llamado transiberiano.
Francia le vende Luisiana en mil ochocientos cuatro - España la Florida en mil ochocientos diecinueve - Texas se anexa en mil ochocientos cuarenta y cinco - Oregón es cedido por Inglaterra - Rusia le vende Alaska - México le cede Nuevo México y la Alta California. La fama de los E.U.A. al tener muchas tierras, riquezas, libertad y prosperidad, atrajo a mucha gente de distintas nacionalidades que hicieron florecer la agricultura, la ganadería, el comercio, la industria, la navegación, la comunicación, caminos y ferrocarriles, para iniciar un gran país. Los estados del norte fueron convirtiéndose en industriales mientras los del sur fueron netamente agricultores y después ganaderos.
Los países latinoamericanos eran pobres y no tenían capital, motivo que aprovecharon los E.U.A., Inglaterra y Francia, para explotar sus recursos naturales, invirtiendo su capital y obligándolos a exportar sus productos tales como: petróleo, chile, salitre, cobre, plátano, café, azúcar, carne, cereales, guano, etcétera, que hacían ricos a los países capitalistas con más riquezas de los pueblos y países latinoamericanos.

Diciembre y Enero
A finales del siglo XVIII los sabios sólo estudiaban la naturaleza y la religión. Sus ramas eran teología, filosofía, humanidades, artes, etcétera. Pero en el siglo XIX los sabios estudian las partes de un problema para después ver todo el problema, o sea, en forma analítica; de ahí que aparecieron la medicina (Claudio Bernard), la química (Luis Pasteur), las matemáticas (Cantor y Gauss), la física (esposos Curie), las ciencias naturales (Carlos Darwin), las ciencias sociales (Carlos Marx y Federico Engels), la pintura con surrealismo y naturalismo, la música y la poesía. 
Romanticismo es crear de acuerdo a los modelos griegos y romanos, arte que se llama neoclásico; los novelistas, escritores, pintores, músicos, expresaban en sus obras sentimientos personales ante la naturaleza, lo tradicional, las leyendas históricas y populares, todo desordenado y trágico sólo para conmover. El naturalismo es la creación de lo real, lo que se vive, lo que se sufre, sin engañar a la sociedad. Hombres que practicaron el naturalismo fueron: Emilio Zola, Benito Pérez Galdós, Fedor Dostoievski (escritores), Eduardo Monet, Claudio Monet, Pablo Gauguin y Vincent Van Gogh (pintores). Todos ellos haciendo ver la realidad de los pobres. 
Las consecuencias fueron: hambre, falta de armas, ropa, calzado, medicina, hubo epidemias y destrucción. Quedando Alemania totalmente derrotada por los E.U.A. en mil novecientos dieciocho, muriendo diez millones de personas y veinte millones de heridos, además de que a Alemania se le quitó territorios y tuvo que indemnizar por daños causados a los países que la vencieron. Todo esto se hizo en el tratado de Versalles con la firma de todos los países que participaron en la Primera Guerra Mundial.

Febrero
Causas y economía: Porfirio Díaz tenía más de treinta años en el poder y el pueblo sufría hambre. Social: Los campesinos, obreros y clase media vivían pobremente y el grupo de personas ricas (el presidente y extranjeros) vivían en la opulencia y el lujo. Política: Francisco I. Madero funda un partido en contra de Porfirio Díaz. Francisco I. Madero, siendo presidente, no actuó de inmediato a las peticiones de Emiliano Zapata que pedía tierra y libertad, entonces fue asesinado por órdenes de Victoriano Huerta, motivo que aprovecharon los ricos para apoderarse del gobierno como lo hicieron los norteamericanos que ocuparon Veracruz, sólo que Don Venustiano Carranza formó un ejército y los venció, defendiendo así la Constitución de mil ochocientos cincuenta y siete. Hombres de esta época fueron Villa y Obregón que auxiliaron en la lucha revolucionaria.
Los principales beneficios de la Revolución son los artículos tercero (la educación es gratuita, laica y obligatoria), veintisiete (tierras y aguas son propiedad de la nación y de los mexicanos), ciento veintitrés (el trabajador tiene derecho a huelga y a una jornada máxima de ocho horas). 
Los chinos refugiados y estudiantes forman un partido político llamado La Liga y su líder era el Dr. Sun-Yat-Sen, que tenía tres principios: democracia, nacionalismo y bienestar popular, quienes el diez de octubre de mil novecientos once se rebelaron contra el Emperador, quien abdicó nombrando a Sun-Yat-Sen presidente de la nueva nación, cargo que dejó porque los militares tenían mucha fuerza. 
El pueblo ruso trabajaba para los nobles y ricos; como eran pobres no tenían tierras, además, cuando estalló la guerra contra el Japón (mil novecientos cuatro a mil novecientos cinco) por pelear territorios chinos, Rusia pierde la guerra, ya que no tenía un ejército organizado porque obligaban a los campesinos y obreros a servir como soldados, lo que provocó huelgas y disturbios en las ciudades, era tal el descontento del pueblo que asesinaron al zar y a su familia en mil novecientos diecisiete, dando principio a la Revolución Rusa.
Todas las revoluciones han tenido un fin parecido, ya que siempre se luchará por la justicia y el progreso en los países humildes o asalariados como México, China y Rusia.
Al triunfo de la Revolución Rusa todo el mundo creyó que muchos países seguirían el mismo ejemplo, o sea, que todo pasaría a manos del Estado, entonces muchos capitalistas sacaron su dinero del banco, quebrando éstos y ocasionando que millones de gentes quedaran sin trabajo, conociéndose a esta época como La Gran Depresión.
El fascismo es un gobierno que dirige el Estado donde dirigentes de patrones y trabajadores forman parte del gobierno. El nazismo es un gobierno que dirige el Estado, pero aquí quien manda directamente son el ejército militarizando la sociedad. 
La falta de trabajo y capital hizo que Latinoamérica pasara a depender de: Inglaterra, E.U.A. y Francia, invirtiendo éstos en Latinoamérica, llevándose las grandes ganancias. 
En mil novecientos treinta y cuatro Lázaro Cárdenas, viendo la crisis del capitalismo en México, expropió latifundios y repartió dieciocho millones de hectáreas a campesinos, abrió bancos con créditos, fundó miles de escuelas rurales, organizó la CNC (Confederación Nacional Campesina), la CTM (Confederación de Trabajadores de México), expropió el petróleo (mil novecientos treinta y ocho), nacionalizó los ferrocarriles y funda la CFE (Comisión Federal de Electricidad) y PEMEX (Petróleos Mexicanos). 

Marzo y Abril
El colonialismo en África y Asia no cambió con la Primera Guerra Mundial, ya que las colonias alemanas fueron repartidas entre Inglaterra, Francia e Italia, motivo que dejó muchos rencores, entonces Alemania, Italia y Japón querían tener colonias por la fuerza para proveerse de materias primas, una de ellas: el petróleo, pero como no justificaban sus ambiciones inventaron un pretexto, o sea, que no querían que el comunismo entrara en Europa, así atacaron: Japón a Manchuria y China en mil novecientos treinta y siete; Italia a Etiopía en mil novecientos treinta y ocho; Alemania a Austria, Hungría, Checoslovaquia, en mil novecientos treinta y ocho y Polonia en mil novecientos treinta y nueve, y relacionándose con la URSS, atacaron a más países; entonces Inglaterra y Francia le declararon la guerra. Comienza la Segunda Guerra Mundial invadiéndose Europa. Los países del Eje fueron Alemania, Italia y Japón, en mil novecientos cuarenta y uno por la intervención de los E.U.A. y la bomba atómica que desapareció las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, dio fin a la guerra el quince de agosto de mil novecientos cuarenta y cinco.
Para prevenir otra futura guerra como la pasada se formó la ONU que significa: Organización de las Naciones Unidas, la cual fundó otros organismos como: la UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación), la OETA (Organismo Internacional de la Energía Atómica), la OMS (Organización Mundial de la Salud), etcétera.
Después de la Segunda Guerra Mundial, Europa se industrializa y aparece: la producción en serie y la mercadotecnia (forma de vender con catálogos y tiendas). Se inventa el telégrafo (Samuel Morse), el teléfono (Alejandro Bell), el foco y el fonógrafo (Tomás Edison), el cine (hermanos Lumiere), el motor de explosión (Diesel), el aeroplano (hermanos Wright), el automóvil (José Cugnot), los rayos X (William Roentgen), los microbios y el microscopio (Anton van Leeuwenhoek), máquina de vapor (Tomás Newcomen), el ferrocarril (Everephick Bibian), máquina de escribir (Sholes Soul Guilden), el telescopio (Lipper Sheivs), la penicilina (Alejandro Fleming), la televisión (John Logie), el submarino (David Busnet), el helicóptero (Juan de la Sierra), pila eléctrica (Voltaire), el radar (Robert Walson), la imprenta (Juan Gutenberg), el radio (de metal, esposos Curie), la vacuna (Eggouard), el periódico (Johannes). A partir de la electricidad aparecen muchos aparatos eléctricos: lavadoras, refrigeradores, estufas, calentadores, calefactores, tocacintas, grabadoras, ventiladores, etcétera.
Las formas artísticas más importantes fueron: los Debraque y Picasso (llamados el cubismo), Klee y Mondrian (el abstraccionismo), Breton (el surrealismo), Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros (el muralismo). Lo mismo pasa a la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la poesía, que tienen cambios radicales.

Mayo y Junio 
Lo que propició a los movimientos de liberación nacional fue que después de la Segunda Guerra Mundial algunos países trataron de evitar la independencia de sus colonias, tales fueron los casos de Argelia e Indochina en contra de Francia. La India, después de doscientos años de explotación inglesa, es liberada por Mahatma Gandhi sin violencia. En África Kmame Nkrumai libera a Ghana. Lo mismo hizo Ho-Chi-Minh contra Francia liberando a Vietnam, Laos y Camboya. También Indonesia se independiza de Holanda, Argelia de Francia, al mismo tiempo que Túnez y Marruecos. China y Cuba efectúan revoluciones encabezadas por Mao-Tse-Tung y Fidel Castro, respectivamente.
Al principio, Sun-Yat-Sen liberó a China, fundando una república, pero tuvo que entregar el gobierno a los militares, al morir éstos permitieron que hubiera latifundios y que las industrias y comercios estuvieran en manos de ricos y extranjeros, motivo que motivó al pueblo chino a unirse a Mao-Tse-Tung para organizar el gobierno y después de varias luchas internas (contra Chiang-Kai-Sek) y contra el Japón, el primero de octubre de mil novecientos cuarenta y nueve funda lo que hoy es la República Popular China.
Después de la Segunda Guerra Mundial, la riqueza se encontraba en manos de unos cuantos y, por si fuera poco, las ciudades han crecido demasiado, ya que la gente emigra dejando el campo por falta de escuelas, bibliotecas, teatros, cines, museos, servicios, técnicas, etcétera. Al llegar a la ciudad nada es fácil ya que no se encuentran empleos, viviendas, alimentos, vestido, calzado, y, por si fuera poco, se vive en forma ignorante, insalubre y pobre, en algunos casos dedicados al vicio y a la delincuencia, agravando más el problema económico y social de las ciudades y países. Los factores pueden ser varios: la ignorancia, falta de escuelas, riqueza mal repartida, desempleo, exceso de población, falta de alimento, el mal comercio, el vicio, o la delincuencia.
1. El mundo es interdependiente.
2. Protección, preservación y mejoramiento del medio.
3. Buen aprovechamiento del mar.
4. No se permite la colonización, esclavitud ni dominación.
5. Reconocer los derechos de los Estados a las expropiaciones y las relaciones comerciales.
6. Derecho de formar organizaciones en bien del país.
Estos fueron los puntos principales de la Carta de Derechos y Deberes Económicos de los Estados aprobada por la ONU y elaborada por el Presidente Luis Echeverría Álvarez en su período presidencial en México: mil novecientos setenta a mil novecientos setenta y seis. 

domingo, julio 19, 2020

Invisible

Decía el médico en entrevista que el problema con la nueva enfermedad era que nadie podía ver el virus que la causaba y, por lo tanto, la mayoría descreía de su existencia, una afirmación desafortunada que al instante aprovechó el entrevistador para encadenar una verdadera cuestión, violando así la convención según la cual una entrevista consiste en la cretinización voluntaria de dos individuos que hacen pasar por preguntas lo que son afirmaciones y a los hechos consabidos por respuestas. '¿Usted lo ha visto?', preguntó el entrevistador con un dejo de cansancio que en otros tiempos se habría paliado encendiendo cigarrillos y aclarándose la garganta, no así hoy en que las reglas dejan al entrevistador sin recursos para la temperancia y al médico balbuceando '¿Cómo dice? ¿Que si yo lo he visto?', mientras la frente se le vuelve repentinamente brillante como si la hubieran regado con un aspersor. Intentos de éste de volver al guion tocándose el cuello de la camisa con una mano y usando la otra para reacomodar su trasero en un asiento que de pronto se le ha vuelto hostil. 'Sí, sí, pregunto que si Usted ha visto al virus', insiste el entrevistador haciendo esfuerzos por parecer neutro cuando claramente deja ver su enfado. El médico se recompone gracias a la breve pausa introducida por esta repetición; explica: 'No, no he visto al virus personalmente, si a eso se refiere. No trabajo en el laboratorio, sino en la clínica, que es a donde llegan las víctimas de esta enfermedad y donde comprobamos sus efectos. Nosotros los médicos intentamos curarlos; los laboratoristas e investigadores, en cambio, disponen de los medios electrónicos para ver el virus, para fotografiarlo; es gracias a ellos que se han obtenido las imágenes que circulan tanto en notas periodísticas como en artículos que...' Lo interrumpe el entrevistador agachando ligeramente la cabeza y levantando una mano, como un policía hastiado que marca el alto: 'Permítame un momento por favor, vamos a ver, ¿quiere usted decir que no le consta la existencia del virus y al mismo tiempo sostiene que el problema es que la gente no cree en él? ¿debemos entender que mientras el escepticismo del público es supersticioso, la credibilidad de usted es científica?'. Pasaron algunos segundos donde sólo se escuchaban sus respiraciones; yo leía en mi celular, distraído y aguantando el sueño: "La temperatura en Marte puede ser tan baja como ciento cuarenta grados bajo cero y alcanzar los treinta y cinco grados en el Ecuador". Como tardaran en reanudar la entrevista, alcé la mirada hacia el televisor, expectante, el celular en la mano venciendo poco a poco la resistencia de mi brazo hasta depositarse sobre la cama. 'Hay creencias razonables y otras que no lo son. Los hechos científicos son verificables por cualquiera que recorra el camino de las personas que los establecieron. Si aprende lo suficiente sobre el microscopio electrónico, sobre virología, incluso sobre medicina para las manifestaciones más visibles de la enfermedad, comprendería la necesidad de hacer caso a los especialistas'. Pero el entrevistador no se dejó arredrar por esta respuesta más bien tibia. Con gesto displicente, ahondó: 'Hechos verificables que no puede verificar la mayoría, pero que tampoco verifican todos los especialistas, confiados en la seriedad de la fuente y encargados únicamente de su parcela, ¿correcto?'. Y sin esperar respuesta, continuó: 'Básicamente, lo que usted ilustra es que la ciencia es una red de credibilidades donde cada quien se especializó en algo creyendo la mayor parte de lo que les fue transmitido, ¿no es así doctor?'. Me distrajo un parpadeo de la lámpara de buró que esa noche emitía un color extraño. Pero el entrevistado continuó y volví a mirar la televisión. 'No, no es así. Si bien es verdad que la ciencia se construye apoyándose en hechos establecidos y, de vez en cuando, corrigiendo o afinando muchos de ellos, no hay necesidad de creer nada, ¡menos aún en la propia especialidad! Para eso se hacen estudios: en la escuela uno reproduce muchos de los experimentos que permitieron establecer los hechos transmitidos. Es así como cada uno en su parcela se asegura de la solidez de lo que hace y, si se dedica a la investigación, puede construir encima de lo ya construido. En el caso que nos ocupa, ya los virólogos hicieron su trabajo porque...'. 'Perdone', lo interrumpió nuevamente el entrevistador apuntándolo con un índice, 'Usted dijo al inicio del programa que la actitud de la población era temeraria porque con su descreimiento estaban poniendo en riesgo sus propias vidas y las de los demás. Usó la palabra ignorantes, me parece. Pero ahora confiesa que ningún especialista tendría tiempo de verificar todo lo necesario sobre su especialidad antes de ponerse a trabajar, entonces ¿en qué quedamos?'. La lámpara se apagó de pronto y el resplandor de la pantalla proyectó sobre las paredes de la habitación sombras inquietantes y móviles. Tras las cortinas, creí advertir un relámpago. Me extrañó que fuera a llover esa noche luego de un día completamente despejado. El médico abrió los brazos como implorando al cielo, molesto, movió la cabeza y contestó: 'No puede Usted comparar el rigor lógico y la exigencia metodológica de una revista científica con los dichos o creencias del populacho, ¡por favor! Es justamente ahí donde radica la diferencia entre una creencia razonable basada en la autoridad de las fuentes y una vulgar superstición. Todo esto sin contar con el hecho obvio de que negar el virus o la enfermedad trae aparejado el precio de morir. ¿Quién en sus cabales prefiere mantener su escepticismo apostando su propia vida sólo por querer llevar razón? ¡Es estúpido!' La cámara giró hacia el auditorio luego de que se escuchara una especie de clamor general, pero todas las sillas estaban ocupadas por maniquís. La lámpara de la mesita de noche se encendió repentinamente haciéndome volver hacia ella. Parecía tener la mitad de su altura y me acerqué intrigado para verla sin comprender qué le había pasado. En la televisión el entrevistador replicaba: 'Curiosas aclaraciones las suyas, doctor. Mil veces he escuchado decir a los científicos, pero muy particularmente a sus divulgadores, que la ciencia no reconoce más autoridad que la verdad, o sea que nadie puede dar algo por cierto sólo porque lo dice un profesional prestigiado o aparece publicado en una revista destacada; todo es, pues, sujeto de examen. Siempre sospeché que esto era una patraña, pero es bueno confirmarlo en voz de un especialista como Usted'. El médico quiso interrumpir, pero no le fue permitido. 'Déjeme terminar, doctor, sólo un punto más sobre su segundo argumento: ¿la verdad o falsedad de las cosas depende de su utilidad? O siendo menos abusivos, si no podemos establecer la verdad o falsedad de algo por no ser especialistas ¿escogemos entonces lo que implique menos riesgos? ¿no se llega por esta vía a justificar a los así llamados fanáticos que sugieren creer en los castigos del infierno o en los premios de un Dios Todopoderoso por si acaso?'. El médico se levantó de su asiento y, elevando la voz, le espetó: '¡Esa comparación es muy irresponsable! ¡Estamos hablando de riesgos en esta vida, en esta tierra, no de creencias inverificables en el más allá! No parece que quiera Usted entender nada ni que esté consciente de...' Un nuevo relámpago detrás de la ventana. Ahora no me cabía ninguna duda: iba a llover. El entrevistador se puso también de pie y, con sonrisa cínica, acercándose a su invitado le preguntó: '¿Creencias inverificables como la suya en el virus, doctor? ¿o de cuáles habla?'. El médico lo tomó por la camisa como si fuera a golpearlo, pero se detuvo. El entrevistador agregó: 'No parece que nadie sepa nada, ¿verdad? Parece que escogemos creer aquello que nos parece mejor, así nada más, sin reparar en contradicciones ni preguntas. Pobre de usted, doctor. No quisiera estar en su pellejo'. Un trueno sacudió la habitación acompañado de un intenso destello y la habitación quedó repentinamente en penumbra, sin energía eléctrica.
Desperté. La televisión frente a mí, apagada, la noche apacible.

domingo, julio 12, 2020

Historia de un proyecto equivocado

La vida en los países fundados en el sojuzgamiento de un pueblo por otro ha sido siempre la misma: de un lado la herencia derrotada, del otro la aspiración inalcanzable, así la casa de mis abuelos en Ciudad Natal que ponía a la izquierda sus orígenes presuntamente despreciables y a la derecha sus ideales impostados; allá la cochera convertida en taller mecánico y la cocina de platillos picantes, la lavandería y el cuarto de servicio; acá el salón con alfombra, vitrinas y cuadros, un reloj de péndulo y lámparas de mesa acristaladas en la biblioteca luego del jardín. Se habían mudado al poniente desde el centro de la ciudad por insistencia de la mayor de sus hijas, médico exitoso, que habiendo tomado conciencia de la posición exacta de la familia y encontrado incompatible su pasado con las promesas profesionales del futuro, hubo de actualizarla cuando menos geográficamente, sus consejos en busca de un mayor refinamiento mal recibidos en general, tanto por mis abuelos como por los cuatro hermanos todavía solteros como ella dos hombres y dos mujeres que ocupaban dos de las habitaciones de arriba según su sexo.
A la casa podía accederse por dos puertas: la de la izquierda, al fondo de la cochera, daba directamente a la cocina y era utilizada por todos; la de la derecha, que abría al salón, sólo se utilizaba en navidades o cuando la médico recibía visitas que se hallaban así instaladas, sin transición ni demora, en los espacios por ella decorados cuidadosamente: sillones con forro de terciopelo y pana inglesa, mesa de centro con superficie de mármol y patas labradas de hierro, una lámpara de aceite colgada del techo en una esquina por encima del tocadiscos, siempre apagado, con el enorme cuadro de tema bucólico presidiéndolo todo desde una pared. Europa, precariamente sostenida por hilos invisibles que tendía la mayor de mis tías en aquel salón, se escenificaba así de vez en cuando, con mayor o menor éxito, pero siempre desde el más absoluto ridículo, para un público tan ignorante como suspicaz, sin que se escatimaran los recursos más peregrinos en el montaje, así la ocasional inclusión mía y de mi hermana llamados sin venir a cuento para saludar a quienes se hallaran reunidos, sólo porque éramos niños vagamente blancos y de cabello rubio, así también la insistencia de la médico en presumir una variedad de talentos que no poseíamos y que, llegado el momento prometía afectando resolución iríamos a cultivar allende el Atlántico en las mejores universidades. Cuando consideraba cumplida nuestra función social o peligrosa la interacción entre sus amistades y nosotros, nos despachaba invitándonos a tomar monedas de su habitación para ir a por dulces y golosinas a la tienda, no sin antes pasarnos una mano por el cabello cuando estuviera segura de ser vista por los demás.
Con la mudanza, mi abuela creyó oportuno recoger la invitación de su hija mayor a cambiar de estrato social modificando sus costumbres, decisión reforzada por el nacimiento de sus nietos blancos y la necesidad de distinguirse de la servidumbre, a pesar de lo cual siguió pasando la mayor parte del tiempo en la cocina y el patio de servicio, cocinando platillos para su numerosa prole y la no menos abundante lista de visitantes entre los que me contaba, lavando ropa y cacharros en la compañía de uno o dos perros de razas pequeñas, y escuchando tres veces al día desayuno, comida y cena el relato pormenorizado de mi abuelo sobre los asuntos en curso. Empezó a leer revistas de asuntos generales y alguna novela, a seguir con más detenimiento aunque con limitaciones las noticias políticas o culturales, a dejar la cocina y el patio de servicio por las tardes para instalarse frente al televisor de su recámara. No obstante, fue incomprendida por mi abuelo, ignorada por sus cuatro hijos menores y ridiculizada por su hija mayor que trató de contenerla dando instrucciones de que, salvo en ocasiones especiales, todos comieran en la cocina sobre una mesa plegable, a la izquierda, respetando el comedor de pino de ocho plazas que se hallaba entre el salón y el jardín, a la derecha, las costumbres criollas saludablemente relegadas al lado de la casa que les correspondía, aunque ella misma se entregara con despreocupación a ellas cuando se hallaba sin testigos. Así pues, apenas tuve uso de razón, debí constituirme en consuelo y destinatario de las ínfulas culturales de mi abuela, quien aceptó mi hipocresía casi sin examen por una mezcla de soledad y afecto, pero también de conveniencia para no dejarme enteramente en manos de la médico, una decisión sencilla para mí que nada tenía que ver con sus motivos, sino con escoger los libros y la conversación por encima de las herramientas, escapar del taller de mi abuelo y refugiarme en Europa, ahí, al lado, con tan sólo cruzar la puerta.
No todo era tranquilidad en el viejo continente de la derecha: mi abuela y la médico se acusaban mutuamente de impostoras, descargando sus invectivas contra las hermanas y hermanos menores con pretexto de su educación, tanto la recámara de aquellas una de las del fondo, al lado de la de la médico como la de éstos al frente, junto a la de mis abuelos eran sitios claramente desagradables y contrarios al espíritu, apenas dos camas simples separadas por un buró que olía a zapatos usados y un clóset donde se amontonaba ropa sucia, no eran distintos sus ocupantes contra cuyas tendencias centrífugas nada pudieron hacer los discursos profesionalizantes de la médico ni los llorosos exhortos morales de mi abuela ni las palizas inmisericordes de mi abuelo, todos tuvieron que asistir a la lenta dilapidación de recursos y posibilidades de que jamás gozaron los hermanos mayores, al desenfado de la civilización derrotada más fácil de sobrellevar que la aspiración a lo que no se es, una solución que al menos incluía la indudable ventaja de salir de aquel mundo dividido, aunque sólo fuera para caer en el tercero. Yo desde luego prefería la habitación antigua, continuamente llena de humo de tabaco, donde mis abuelos miraban la comedia todas las noches, también la habitación de la médico con sus textos especializados y tocadiscos, sus cajones llenos de medias y bragas, el enorme espejo ovalado.
Pero aquella no era mi casa; al cabo de quince años tampoco fue ya la de mis abuelos ni la de mi tía la médico que continuó soltera en una residencia todavía más grande y más al poniente de la ciudad: el proyecto civilizatorio que ésta había planteado a la familia, que a su manera había adoptado mi abuela y que yo había fingido abrazar, había muerto. La indumentaria se degradó. Las navidades no volvieron a celebrarse en aquel lugar ni los años nuevos a ser recibidos con cristalería y uvas auténticas. No hubo más izquierda ni derecha en las sucesivas casas que ocupó la numerosa descendencia, ahora vestida cómodamente de pans y calzando tenis. 'Algo, sin embargo, queda', reflexiono un domingo en tiempo incierto mientras afuera continúa el sojuzgamiento al que están condenadas las naciones derrotadas: 'Estoy solo, al menos. Como siempre. Como ella'.

lunes, junio 22, 2020

La edad de oro

Se ha detenido en el estacionamiento del restaurante de comida rápida que se halla en contra esquina del centro comercial. Hace unos minutos que ha anochecido y, por encima de los arriates que lo separan de la banqueta y una parada de autobús, todavía se ve un último resplandor de luz naranja detrás de las montañas de poniente. Apaga los faros del coche y enciende un cigarrillo mientras espera al chico. Distingue las cabezas de los transeúntes por encima de los arbustos, el ruido del tráfico, el resoplido de los frenos hidráulicos de los autobuses que a esta hora pasan atestados con rumbo al oriente, cargados de albañiles, secretarias, dependientes que vuelven a casa. 'Una hora rica en cacerías', se dice con el pensamiento, sonriendo. 'Cuánta gente no me he llevado a la cama así, que ha pasado el día soportando clientes insolentes o máquinas embrutecedoras, sobrellevando sus humores con paciencia larga hasta que quedan libres al anochecer y, ya en la calle, se les permite escoger entre una noche más de mala comida y televisión en algún barrio periférico de la ciudad o la aventura de subir al coche de un desconocido que les ofrece un paseo y una sorpresa'. Sacude la ceniza que cae sobre el asiento y mira al retrovisor por si acaso el chico viniera de la calle de atrás, pero nada, sólo un par de mujeres obesas que salen del bufete riendo a carcajadas con sus bolsos al hombro y las manos ocupadas por enormes vasos de plástico y hamburguesas.
El presente no es todo lo que él hubiera deseado, pero está de vuelta aquí, en Ciudad Natal, disfrutando de las ventajas de la mucha gente y las interminables calles, de la presunta familiaridad que aún no lo ha notado está siendo sustituida poco a poco por la extrañeza (casi se diría que mientras fuma), de la creencia inconsciente de que la juventud puede retomarse ahí donde quiera que se le haya dejado, igual que las amistades o el amor. Por ahora es sólo el tráfico cuarenta y cinco minutos para llegar hasta aquí, desde el Reino pero llegará el día en que comprenda que este era sólo uno entre decenas de signos de una deformación irreversible de su pasado: Ciudad Natal ya no lo acoge, lo mastica; pronto lo escupirá definitivamente. Mientras tanto, se aclara la garganta luego de apagar el cigarrillo contra el pavimento y echa la colilla en el basurero de la parada. Los que en ésta esperan lo valoran de un vistazo rápido, desconfiados de su breve aparición, y luego lo siguen con la mirada hasta que vuelve a meterse al coche, momento en que pierden todo interés en él. Se inclina sobre el asiento del copiloto para buscar chicles en la guantera y, luego de sacar uno, se pone a masticar con los cristales arriba para atenuar el ruido que viene de fuera. 'Qué buen tiempo hace', se dice. El viento juguetón de esta época del año en que las lluvias han quedado atrás agita los matorrales frente a él, obligando a los que esperan en la parada a entrecerrar los ojos contra el polvo, sus rostros súbitamente iluminados por las luces de los autos, con el gesto concentrado de quien intenta descifrar la ruta del autobús que se aproxima. 'Qué buen tiempo hace', se repite impaciente.
Hoy no está de cacería, sino a punto de reencontrarse con el resultado de una. No suele repetir, pero el culo redondo, tenso y joven, del chico que espera, su corta edad y su disposición inocente, le han convencido de continuar el contacto. Estos encuentros fueron lo que más echó de menos mientras estuvo lejos de Ciudad Natal, en la isla, donde la organización era tal que las personas como él podían acudir con el respetuoso beneplácito de todos a lugares especializados para saciar sus necesidades como quien va al supermercado. Compartimentos estancos, guetos multicolores, fórmulas de convivencia en un lugar de fronteras precisas a la altura de su racionalidad e inteligencia. Suspira con los ojos fijos en un punto lejano del horizonte donde los ocres y naranjas han sido reemplazados por el azul marino. 'Cuánto tiempo desperdiciado', piensa para sus adentros resistiendo la tentación de encender otro cigarrillo, 'cuánta juventud sin depositarios, solo en habitaciones de segunda creyendo que conquistaría el mundo... ¿qué mundo? Durante años me harté de pensar que estábamos atrasados y debía ir a las sociedades avanzadas para vivir conforme a mi naturaleza, qué equivocado estaba, qué tontería. Por supuesto que estamos atrasados, desde luego, pero es justamente ese atraso lo que me permite vivir conforme a mi naturaleza: ¿dónde si no podría tirar del hilo de la ambigüedad más que en este territorio de categorías confundidas y educación inexistente?, ¿cómo si no vivir insumiso a las definiciones que convierten todo en ordenados catálogos de perversidades?'
Lo sobresaltan tres golpes tenues en el cristal a su izquierda. Es el vigilante del estacionamiento que no se atreve a pedirle que se vaya y en su lugar pregunta si todo está bien, sus ojos recorren el interior del carro iluminado por la luz de una pequeña linterna. 'Sí, estoy esperando a alguien', responde él sin abrir el cristal, señalando el restaurante para hacerle suponer que la persona que espera está ahí dentro. El vigilante hace un ademán de anuencia con la mano, apaga su linterna y se retira. Él prefiere esperar en este lugar que ir a la casa del chico por hallarse ésta en un barrio peligroso donde no conviene pasar demasiado tiempo. A esa casa, sin embargo, lo ha llevado en todas las ocasiones luego de follarlo. 'Como un caballero', se felicita. Los dueños de la vivienda les rentan al chico y sus dos hermanas una habitación en obra negra en la azotea, con un baño improvisado al que llega el agua perezosamente a través de una manguera. Sólo la primera vez lo acompañó hasta arriba, subiendo una escalera metálica sin barandal, y encontró un suelo de cemento crudo lleno de chanclas y ropa sucia, trastes con restos de comida sobrevolados por moscas y un perro pequeño que no dejaba de rascarse. 'Mis hermanas no han vuelto de trabajar, podemos ver la tele un rato', dijo apoyando una mano en la cama deshecha mientras sonreía, pero él prefirió despedirse luego de dejarle su número de teléfono. Lo había encontrado horas antes en el centro de la ciudad y convencido de subir al coche con el pretexto de acercarlo a casa. Luego de sugerirle, con una mano en la entrepierna, que se desviaran mejor al Reino por un par de horas, el chico aceptó con la cabeza y no volvió a hablar más que en monosílabos, como una señorita modosa que se deja seducir por un hombre diligente que se ocupa de todo. 'Qué delicioso fue descubrir su culo prieto, su piel morena y lampiña, su abdomen plano', recrea ahora entrecerrando las piernas luego de acomodarse la incipiente erección, 'qué sorpresa encontrar aquel bóxer a rayas pegado a su piel y su extraña capacidad para eyacular sin siquiera tocarse'.
Aquella primera vez, cuando se estaban vistiendo de nuevo, con algunas bolas de papel higiénico todavía brillantes de sangre regadas por el suelo, le preguntó al chico por sus actividades. 'Venía de una clase de baile, me gusta mucho', contestó sonriendo de nuevo. Estaba acostumbrado a sostener este tipo de conversaciones inocuas sobre asuntos que no le interesaban en absoluto para suavizar el trato con aquellos desconocidos que terminaban en su cama, aunque al chico bailarín le tocó acomodarse de espaldas sobre el escritorio y a él acometerlo de pie: no hubo cama. 'Ah, mira, qué interesante, por eso estás tan bien físicamente, claro', le contestó distraídamente pasándose una mano por el cabello frente al espejo. 'Gracias', dijo el chico bajando la mirada mientras se abotonaba el pantalón a la cintura. No le gustaba, sin embargo pensó perdiendo la erección todavía dentro del carro y abrumado por una creciente impaciencia que en otros encuentros el chico, habitualmente callado, hiciera preguntas desconcertantes, '¿entonces somos novios?', por ejemplo. 'Si a ti te parece bien, lo somos, pero a mí sólo me gusta divertirme, ya lo sabes'. Se quedaba conforme con aquellas respuestas, contento, sin hacer más preguntas ni comentarios. 'Qué fácil es', piensa ahora encendiendo un segundo cigarrillo mientras abre de nuevo los cristales del coche, 'con estos chicos no caben segundos pasos ni deducciones, no aplican silogismos'. Otro día le preguntó si vivía solo, algún otro por qué no salían nunca a ningún sitio que no fuera el Reino, cosas pequeñas a las que respondía como un bobo. 'Es que a mí me gusta mucho sentirte cerca, ¿ves? En la calle no se puede'. 
La parada se va vaciando de pasajeros, el tráfico luego de media hora está visiblemente disminuido. Arroja el cigarrillo al pavimento, un tanto molesto de que el chico inocente no se haya presentado, y enciende el motor del coche. 'Quizá todavía alcance a ir al centro', piensa para animarse, 'después de todo esto no es la isla'. Sube de nuevo los cristales y apenas se echa en reversa ve al chico corriendo hacia él desde la parada de autobuses. 'Perdona, la clase se alargó y... el tráfico, ¿tienes mucho esperando? ¿me das un cigarrillo?'. Se ha teñido el cabello de tonos cobrizos, trae la camisa arrugada por fuera del cinturón. 'No te preocupes, qué bueno que ya estás aquí', le dice alcanzándole el encendedor del coche. En el Reino, luego de subir las escaleras que iluminó a propósito con una bombilla roja de cuarenta watts para darle un misterioso aire de prostíbulo antiguo, encuentra al desnudarlo un olor extraño a agua de colonia mezclado con sudor. Con los dedos descubre que el chico tiene el culo sospechosamente húmedo, turgente, y experimenta por pocos segundos algo parecido a los celos. Compone una mueca. Vacila. Pero un dique se rompe dentro suyo para dar paso al deseo más violento y, sujetando al chico con mano firme por el cuello, embiste. Arriba, un cielo estrellado. Abajo, la oquedad babosa.