Los ensayos en el pequeño teatro doméstico del Señor Gala tienen lugar un día sí y otro no, luego del anochecer. Él dice que la pieza ensayada es de Schiller o Thalheimer, no sé si un alemán o austriaco, tal vez un suizo, pero lo cierto es que luego de varias semanas de repetir los mismos diálogos y gestos encuentro bastante discutible que mi personaje tenga las debilidades de carácter y las ambigüedades que describe el libreto. No es sólo que sea insostenible una personalidad tan lábil sin el auxilio de drogas o alguna enfermedad mental, un personaje siempre dispuesto a recoger las propuestas de experimentación más o menos elípticas que le sugieren un pederasta prudente y una prostituta romántica, el amigo y la novia respectivamente. No es un menor de edad. No es, desde luego, bisexual. ¿Pero es posible definirlo por eliminación? ¿"No es tal cosa, no es tal otra, no es, no es"?
Hay puntos oscuros en la historia que el dramaturgo ni siquiera se molesta en rellenar. Tampoco el Señor Gala, a pesar de que todos los ensayos son precedidos por una breve glosa suya sobre la obra, una especie de monólogo psicoanalítico al que nos sujetamos más fácilmente por cuanto se sirven té y café muy concentrados, aunque sin galletas ni panecillos: 'Los más familiarizados con el cine almodovariano encontrarán similitudes importantes entre el personaje que suplanta a su hermano en La mala educación y nuestro Karl, aunque aquel es un personaje siniestro que orquesta el asesinato de su hermano, transexual y drogadicto, por razones que nunca quedan claras del todo: ¿quiere alcanzar la fama? ¿dinero? ¿superar algún trauma? Ni siquiera podemos contestar si es homosexual, aunque la suplantación le exija dejarse penetrar por el director. Lo vemos hermético, lejano, indefinible. Lo vemos hundido en la alberca, pero de pie, echando burbujas por la boca y con las manos cruzadas a la espalda. Lo vemos ser y no ser, participar con entusiasmo en una voluptuosa relación con el señor Berenguer sin que se lo exijan necesariamente sus objetivos. ¿Por qué lo hace? ¿Desea ser convincente? ¿No es la resistencia la mejor prueba de que el impostor es tal? ¿O es por el contrario, el entusiasmo desmedido, injustificado, la evidencia irrefutable de una intención oculta?'. María y yo nos lanzábamos miradas que pretendían simultáneamente provocar y aguantar la risa cómplice que las palabras del Señor Gala nos producían. María y yo no estamos casados como la pareja de la obra. No estamos enamorados. Todavía somos jóvenes, pero ya estamos cerca de cumplir los treinta años. Ella parece creer que podremos vivir indefinidamente visitando bares y haciendo teatro, que nunca será necesario ceder nuestro sitio a otros más jóvenes como mi personaje, el joven que no advierte que está siendo desplazado por otros todavía más jóvenes, en un imparable tren que desemboca donde todos conocemos. El matrimonio —si exitoso, si con un mínimo nivel socioeconómico— se asemeja a una construcción en la que difícilmente se arredran los albañiles aún después de comprobar que un muro o cimiento no están bien levantados. La pareja sigue, según entiendo por la obra y por la experiencia de algunos conocidos, construyendo habitaciones y estancias, comedores para comensales invisibles, terrazas mal orientadas o jardines plagados de alimañas por donde no puede pasearse sin temor. Transcurrido un tiempo razonable —¿quince, veinte años?— el edificio es una catedral más inestable y aterradora que la muy celebrada de Gaudí en Barcelona. La pareja de la obra, amenazada por mi personaje, se asemeja a un gobierno revolucionario que, degenerado en dictadura, viviera sus últimos años antes de sucumbir al embate de los jóvenes. Una pareja que inició ella misma como revolucionaria, a la que no le faltan amplio criterio ni cosmopolitismo, pero que por su propio peso —la catedral— no es ya el símbolo de la juventud y fuerza sino del anquilosamiento y debilidad, su solidez vuelta contra sí misma como una sociedad fresca que degenera en burguesía. Encuentro esta dolorosa evolución perfectamente normal. Los hijos de hombres y mujeres que lucharon contra prejuicios terribles suelen ser estúpidos. Los hijos de mujeres y hombres cuyas fortunas se deben al trabajo diario y a una selección adecuada de prioridades suelen ser subnormales que todo lo malgastan y cuyas opiniones hacen arder la cara de vergüenza. Imbéciles en cuyo cretinismo, lamentablemente, no tienen escasa culpa los hombres y mujeres que los concibieron y malcriaron hasta malograrlos. La belleza de sus lecturas y proyectos cuando pareja joven, de los sexos que terminan en palabras melosas en medio de una habitación casi vacía, termina en un televisor encendido a medianoche sobre una cama gigantesca dentro de una habitación plagada de objetos de mal gusto. ¿Cómo no entender que el marido se fijara en Karl —encanto y misterio, ambigüedad y sordidez— como quien mira irresistiblemente hacia un abismo? ¿cómo si es el impulso irresistible de la gravedad que echará el edificio abajo o pondrá fin al gobierno dictatorial o desintegrará la estúpida sociedad burguesa es uno y el mismo? Acaso el deseo de penetrar un cuerpo —especialmente después de los cuarenta— es más intenso cuando lo que hay que llenar no es sólo un agujero, sino un alma en busca de inquilinos, un alma como la de Karl en cuyas paredes se ha cebado la humedad y en cuyos baños no funcionan los grifos, donde las habitaciones apenas tienen una manta sobre el suelo y en la que en no pocas ocasiones hay que dormir en la cocina por confusión o necesidad de calor. Como en una tragedia griega, el horror y la belleza van entretejiendo una red en la que los personajes caen inevitablemente, haciendo que de pronto cobren sentido las ayas y los oráculos, los presentimientos y las visiones. El hombre de la pareja, que ha escapado junto con Karl un fin de semana a la montaña, escribe: "Lo tengo a mi lado. Respira con profundidad y calma. Su barbilla está poblada de una dulce fricción capilar que promete violencia, un ligero hoyuelo en mitad de ella donde se concentran sus humores. Arriba, los labios húmedos y protruidos como la boca de un pato, sólo rompen su simetría con un hermoso lunar al lado de la comisura izquierda. La nariz parte recta y sólida desde la mitad de sus ojos y remata en una redondez mínima a la que toco delicadamente para no despertarlo. Entreabiertos, no puedo apreciar ahora sus ojos brillantes y enigmáticos donde se pasean lo mismo pensamientos hermosos que pesadillas genéricas, ojos que miran rematados por esos párpados ligeramente cansados que siempre le dan un aire de sueño y toxicómana placidez. Invita a la posesión. Sus cejas son dos líneas bien definidas, ni anchas ni delgadas, justas para darle ese aire angelical al rostro entero donde las mejillas y la frente oponen su juventud al maltrato de rastrillos y ceños fruncidos. El cabello negro espeso deja caer un fleco de elegante letra manuscrita que atraviesa su frente hasta descansar en una ceja, luego de que mis dedos, como un peine antiquísimo, lo trillaran con paciencia de arqueólogo. Quisiera decirle «te amo» y lo encuentro desproporcionado. Quisiera besarlo y prefiero recorrer su largo cuello en el que sobresale la nuez de su garganta, pasar las manos por sus dos brazos cuya piel morena y suave rezuma una mezcla de sudor y perfume, instalarme en la tranquilidad del vello que puebla sus antebrazos o el adhesivo punto muerto de piel tersa que se opone al codo por el interior del valle, entrelazar mis manos con las suyas que suelen hacerse ovillo exponiendo sus venas señaladas. Apoyo suavemente mi cabeza sobre su pecho hirsuto al que una maquinilla de afeitar ha convertido en un valle terso, las tetillas rosadas, la línea del vello bajando hasta el ombligo que marca la mitad de su estrecha cintura. Cuando tendido sobre su costado, la cintura asemeja la concavidad de una luna menguante y sus caderas hacen de cima de una montaña promisoria, sus nalgas mínimas como dos hogazas de pan, el sexo en la entrepierna colgando como un animal de pensamientos sibaritas al que las sábanas o la ropa o mi propia mano sirven de recipiente admonitorio. Las piernas son anchas y su piel está oscurecida por un suave pelo semi rizado, largas extremidades que le dan ese aire adolescente al andar que no lo abandonará nunca, ni siquiera cuando alcance mi edad, ni siquiera después, cuando cabalgue como un joven atrapado en un cuerpo envejecido hacia la playa y decida batirse con el mar. Duerme con calcetines de perversos colores y todavía más suaves texturas. Acaricio sus pies como poseído y me los comería si no hubiese entre los seres humanos más estructura que la animal. Me imagino la superioridad de mis sentimientos sobre las urgencias de la carne y con ese pensamiento agotador y frustrante llego al amanecer, con los ojos como platos y la sombra de las ojeras debajo de ellos. Lo adoro." María y yo hacemos el amor por las noches y algunas veces al amanecer. No hay sorpresas ya, pero es satisfactorio. Dice ella que mi personaje me ha vuelto taciturno y hecho reflexionar sobre la fecha de caducidad de cuanto sentimos, en este punto medio de la vida donde no somos ni viejos ni jóvenes, en este punto donde la universidad no me proporciona aún el empleo que requiero ni me resigno a quedarme a vegetar entre sus instalaciones. Ella no se preocupa por circunstancias concretas. Vive de su escaso dinero y del muy abundante de su padre; no toma casi nada del mío que cuesta mucho ganar porque lo mío es el teatro y, sin embargo, debo dar clases de matemáticas en la universidad para llegar a fin de mes, soportar la mentalidad asnal reinante, la de unos —las autoridades, los padres de familia— hecha para la de los otros —los estudiantes, la juventud toda. La propia ciudad primitiva es el escenario ideal para su estupidez. No tienen curiosidad científica ni ambiciones intelectuales de ningún tipo. No desean conversar sobre arquitectura o matemáticas ni sobre cine ni mucho menos teatro, sólo tienen tiempo para la próxima boda y el próximo bailable y la próxima intoxicación con cerveza aguachinada y carne requemada. Intentan por todos los medios reducir la distancia que los separa de las bestias de ganadería que constituyen su principal negocio, abatir lo que sea que estorbe la abyección en la que desean vivir, pagados de sí mismos pese a todo, sin que observen la más mínima contradicción entre llamar universidad a eso que habitan y el modo de vida en que se han instalado. Se han confeccionado institutos a su medida, habitados por su abundante descendencia degenerada y ociosa. El único requisito para egresar exitosamente de dichos sanatorios mentales es no morir. No hace mucho alguno de mis superiores me mandó llamar para afearme la conducta sobre el lenguaje que utilizaba en clase y algunas expresiones de inadecuada confianza con los estudiantes. Quitándose la carne de los dientes con un palillo, el guiñapo en cuestión deseaba por todos los medios conseguir lo inconseguible: contar con mi complicidad y aprobación que, en el fondo, nunca serían suficientes porque lo que realmente siente por mí es desprecio. Yo podía expresar mi completo acuerdo y sumisión para con sus disposiciones, y él —como cualquier otra autoridad— no me creería. Yo podía decir lo que fuera, pero ni él ni nadie estaban dispuestos a dar por buena cualquiera de mis expresiones, ya no digo de mi pensamiento verdadero, algo completamente fuera de sus alcances intelectuales y espirituales, pero ni siquiera del impostado por las circunstancias. Podía decir 'De acuerdo; tiene Usted razón en este punto por tal y tal motivo' y ellos entreverían en mis explicaciones sólo mofas e insultos, por mucho que aquéllas coincidieran palabra por palabra con las suyas. María está de acuerdo con mis opiniones, pero sé que en el fondo no le incumben ni le conciernen. Me quiere vagamente, pero no desea complicaciones. Hay sexo y ternura y los discursos adecuados a una pareja de nuestra altura —algunos años juntos, la falta de matrimonio como único desafío concreto a las estructuras de la sociedad en que crecimos— pero hasta esto ha terminado por aburguesarse. En el fondo yo estoy sólo con mis quejas y mis discordias, con mi desear irme de aquí, con mi persistente soledad a la que no puede paliar María sola ni los compañeros del teatro ni las varias muchachas que de repente han tomado un interés torvo hacia mí sólo por la interpretación que hago de Karl. Creen que soy bisexual (y nada permite suponer que Karl lo sea, aunque ni el señor Gala ni el autor del drama expliquen bien a bien sus acciones con el marido de la pareja) y como buenas bobas han considerado bastante chic acostarse conmigo. Es tal su nivel de aburrimiento y el carácter vulgar de sus aspiraciones que no dudan en llenar su tiempo con idioteces que creen exóticas, aunque no las deseen ni sean capaces, llegado el caso, de sentir ningún deseo. No pueden ni definirlas. Unas se dicen lesbianas y no saben qué quiere decir. Otras se dicen encantadas con las drogas y temen la palabra drogadicción. Esnóbicas y provincianas, me aturden con su inane bullicio hipócrita del que exigen participemos fingiendo que les creemos. El placer genital de terminar en la cama con alguna de ellas se agota ahí mismo sin alcanzar nunca satisfacción alguna de ningún otro tipo; apenas abren la boca y lo posee a uno la repulsa, el arrepentimiento por haber cedido a las urgencias sin tener la tesitura de esos que aguantan no sólo follarlas con todo su primitivismo, sino compartir luego un doloroso intercambio de lugares comunes y mediocridad al que denominan conversación, una animalada que sólo puede completarse satisfactoriamente con otro animal. Ellas son tan perversas que reconocen desde antes de acostarse conmigo que no soy como ellas, pero nada les impide proseguir el libreto que han memorizado desde pequeñas, sugiriéndome noviazgos o sentimientos que no posee nadie y a los que se evoca sin siquiera conocer vagamente a qué se parecen. María es diferente: sabe que nos queremos pero también sabe que nos estamos encogiendo frente a la vida. Me invita a esconderme junto con ella en un rincón, detrás de la fortuna de su padre. Pero su rincón no puede ser el mío. El señor Gala me dice que María no es buena para mí, pero yo sé que sólo está flirteando conmigo. Él quisiera que alguno de los jóvenes fuera menos provecto de espíritu y reconociera en él la vastedad de su experiencia y la riqueza de su sexualidad. Que se fuera a vivir con él. Que pidieran más de él. Insiste en que la obra en la que interpreto a Karl tiene un mensaje para nosotros y un amargo recuerdo en su memoria. El señor Gala está roto. Yo estoy roto. María está rota. El deseo requiere una inteligencia que no habita en este pueblo. Debo levantarme temprano el día de mañana porque tengo clases desde las siete hasta las once y luego por la tarde de cinco a ocho. 'Mi boca está seca de tanto besar', me digo al amanecer frente a una María que intenta enjuagar su culpa en mis labios. 'Mi boca está seca de tanto hablar', dice el señor Gala al final de su monólogo, agachando la mirada triste sobre la tetera que toma entre sus manos para servirnos. "Tu boca está seca de no decir nada", le dice el hombre de la pareja a Karl días después del viaje, pensativo. Cuando aquél escuche lo que éste tiene que decirle también guardará silencio él. Roto como el resto, agregará un día: "Mi boca está seca de ya no besar".
domingo, octubre 30, 2016
jueves, septiembre 08, 2016
La Primavera
Hace muchos años que no venía al bosque de su infancia, donde otrora su familia grande, en caravanas de varios autos, saliera algunos fines de semana de la ciudad para venir a instalarse aquí, tender cobijas por el suelo lleno de piñones y, acarreando cacerolas y platos, vasos de colores vistosos y rejillas de refrescos, se echara por el suelo a conversar, comer y dormir, andar a caballo o a pie por los caminos, trepar a los encinos de llagados troncos o jugar al béisbol o al fútbol con una pelota ligera que más de una vez se ponchara al pegar demasiado fuerte con alguna de las muchas piedras de obsidiana que, semienterradas entre los haces de hojas secas en forma de agujas que tiraban los pinos, resplandecían dispersas como ojos subterráneos alrededor del mediodía.
Llegó al bosque acompañado y a modo de colofón de un largo viaje, pretendiendo suspender un tiempo que llevaba largo tiempo detenido, acaso desde la última vez en que su familia grande se reunió aquí y, con una Polaroid a la que en navidades y fiestas de año nuevo había que insertar un cubo enorme que permitía soltar hasta cuatro flashes, se hiciera fotografiar en grupos o en parejas, en poses impostadas o borrosos movimientos inadvertidos: su madre recargada contra él, espalda contra espalda, sobre un tronco caído en el que se levanta una de las piernas de ella rematada por un pantalón acampanado; su tío Higinio bebiendo concentradamente de un refresco verde mientras su mujer desmenuza carnaza al fondo para preparar tostadas; la abuela levantando la vista hacia el objetivo mientras prueba con un dedo la salsa amortajada para la carne asada, con el abuelo y don Edgar, el boxeador, a su lado, fumando cigarros Raleigh despreocupadamente y con el ceño fruncido.
No se oyen sus voces más por aquí, desde hace años, pero él cierra los ojos al bajar del auto y, respirando el intenso olor de la madera, se siente llamado a comer en tono perentorio por la tía Carmela y escucha la risa volcánica de su abuelo que ha hecho llorar a su hermana al rasparle la carita con la barba, la pesadez de sus bromas directamente proporcional a su torpe necesidad de hacerse querer, como él ahora que mientras abre los ojos y tiende sobre el suelo la cobija azul que ha hecho traer desde el Reino para que él y sus provisionales hijos se acuesten sobre ella, se abalanza contra uno de ellos y juega a derribarlo, el chico abrazado a su cintura para evitar la caída, los brazos de ambos entrelazados y al final un revuelto rodar por el suelo que obliga a discutir por largos minutos quién fue el vencedor y apelar al otro chico en búsqueda de un juicio imparcial que nunca llega, reemplazado insensiblemente por el pollo frito y las tortillas, las salsas y las papitas, el murmullo de las hojas y las pisadas con que dos caballos detenidos a poca distancia alternan el cansancio de las patas.
Terminan de comer y se acuestan alineados boca arriba mientras las nubes blancas pasan, ni muy lentas ni muy rápidas, por encima de la copa de los árboles, el suave viento que va en aumento haciendo desaparecer el zumbido que produce el silencio en los oídos para sustituirlo con el ritmo de la conciencia del acabamiento, el trasfondo del viaje que termina en estas soledades misteriosas y antiguas, despejadas, recodo de la vida en el que uno de los chicos se da vuelta boca abajo y extiende la mano a la obsidiana más próxima para acariciarla mientras el otro permanece boca arriba llevándose a la boca uno de los haces de puntiagudas hojas secas de los pinos para masticarlo: ya apoya él la cabeza sobre la espalda de uno, ya la apoya de nuevo sobre el abdomen del otro, entrecierra los ojos cuando la luz del sol se cuela entre las agitadas ramas o cuando las nubes —que empiezan a ser grises— descubren un claro en el cielo y va a dar hasta su rostro la claridad; no ve así al gorrión que desde lo alto gira la cabeza hacia el cuadro azul para mirarlos ni el momento en el que éste se apresura para unirse de nuevo a la parvada cuyo paso es denunciado por un batir fugaz de alas cortas; no le impide la ocasional ceguera escuchar la respiración de los chicos ni pegar el oído a sus cuerpos ni arrullarse con sus latidos. Se entreduerme.
Recogen la cobija, cierran el auto y van a andar por cerca de una hora en busca del río caliente a través de un camino por el que sobresalen las obsidianas y al que rodean frágiles laderas pobladas de árboles de hojas anchas como los que habitan en las montañas a las que nadie llega porque su suelo es frágil y se desmorona bajo los pies de aquellos que intentan trepar por ellas; sin hablar cubren el camino con una inquietud variable que se rompe al escuchar los primeros chapoteos de la gente en el agua y se disipa a la vista del río caliente al que su tía María Luisa lo trajera de la mano junto con su hermana, haciendo chistes a su costa, alegre como siempre mientras le dobla el pantaloncillo para que meta los pies en el agua y ahora él hace lo mismo con los chicos y deja sobre las piedras los zapatos y alguna ropa, deja que la arena se meta entre sus pies tostados y que se hagan las últimas fotografías y que se ría con esa generosidad resignada de lo bueno que se acaba y hace acopio de fuerzas para detener el tiempo que lleva largo tiempo detenido, sabiendo que ha de perder y que el tamaño del universo y las escalas astronómicas y la vida, oh, la vida...
Una camioneta los lleva de regreso al auto. Un auto los lleva de regreso al Reino. Un atardecer se hace noche a cientos de kilómetros de ahí. El bosque se recoge sobre sí mismo añadiendo otra memoria a su infinito ciclo, los recuerdos que un día arderán con el último incendio. Él aguanta la respiración, iluso. Ellos, como otrora ocurriera con su familia grande, se dispersan.
Llegó al bosque acompañado y a modo de colofón de un largo viaje, pretendiendo suspender un tiempo que llevaba largo tiempo detenido, acaso desde la última vez en que su familia grande se reunió aquí y, con una Polaroid a la que en navidades y fiestas de año nuevo había que insertar un cubo enorme que permitía soltar hasta cuatro flashes, se hiciera fotografiar en grupos o en parejas, en poses impostadas o borrosos movimientos inadvertidos: su madre recargada contra él, espalda contra espalda, sobre un tronco caído en el que se levanta una de las piernas de ella rematada por un pantalón acampanado; su tío Higinio bebiendo concentradamente de un refresco verde mientras su mujer desmenuza carnaza al fondo para preparar tostadas; la abuela levantando la vista hacia el objetivo mientras prueba con un dedo la salsa amortajada para la carne asada, con el abuelo y don Edgar, el boxeador, a su lado, fumando cigarros Raleigh despreocupadamente y con el ceño fruncido.
No se oyen sus voces más por aquí, desde hace años, pero él cierra los ojos al bajar del auto y, respirando el intenso olor de la madera, se siente llamado a comer en tono perentorio por la tía Carmela y escucha la risa volcánica de su abuelo que ha hecho llorar a su hermana al rasparle la carita con la barba, la pesadez de sus bromas directamente proporcional a su torpe necesidad de hacerse querer, como él ahora que mientras abre los ojos y tiende sobre el suelo la cobija azul que ha hecho traer desde el Reino para que él y sus provisionales hijos se acuesten sobre ella, se abalanza contra uno de ellos y juega a derribarlo, el chico abrazado a su cintura para evitar la caída, los brazos de ambos entrelazados y al final un revuelto rodar por el suelo que obliga a discutir por largos minutos quién fue el vencedor y apelar al otro chico en búsqueda de un juicio imparcial que nunca llega, reemplazado insensiblemente por el pollo frito y las tortillas, las salsas y las papitas, el murmullo de las hojas y las pisadas con que dos caballos detenidos a poca distancia alternan el cansancio de las patas.
Terminan de comer y se acuestan alineados boca arriba mientras las nubes blancas pasan, ni muy lentas ni muy rápidas, por encima de la copa de los árboles, el suave viento que va en aumento haciendo desaparecer el zumbido que produce el silencio en los oídos para sustituirlo con el ritmo de la conciencia del acabamiento, el trasfondo del viaje que termina en estas soledades misteriosas y antiguas, despejadas, recodo de la vida en el que uno de los chicos se da vuelta boca abajo y extiende la mano a la obsidiana más próxima para acariciarla mientras el otro permanece boca arriba llevándose a la boca uno de los haces de puntiagudas hojas secas de los pinos para masticarlo: ya apoya él la cabeza sobre la espalda de uno, ya la apoya de nuevo sobre el abdomen del otro, entrecierra los ojos cuando la luz del sol se cuela entre las agitadas ramas o cuando las nubes —que empiezan a ser grises— descubren un claro en el cielo y va a dar hasta su rostro la claridad; no ve así al gorrión que desde lo alto gira la cabeza hacia el cuadro azul para mirarlos ni el momento en el que éste se apresura para unirse de nuevo a la parvada cuyo paso es denunciado por un batir fugaz de alas cortas; no le impide la ocasional ceguera escuchar la respiración de los chicos ni pegar el oído a sus cuerpos ni arrullarse con sus latidos. Se entreduerme.
Recogen la cobija, cierran el auto y van a andar por cerca de una hora en busca del río caliente a través de un camino por el que sobresalen las obsidianas y al que rodean frágiles laderas pobladas de árboles de hojas anchas como los que habitan en las montañas a las que nadie llega porque su suelo es frágil y se desmorona bajo los pies de aquellos que intentan trepar por ellas; sin hablar cubren el camino con una inquietud variable que se rompe al escuchar los primeros chapoteos de la gente en el agua y se disipa a la vista del río caliente al que su tía María Luisa lo trajera de la mano junto con su hermana, haciendo chistes a su costa, alegre como siempre mientras le dobla el pantaloncillo para que meta los pies en el agua y ahora él hace lo mismo con los chicos y deja sobre las piedras los zapatos y alguna ropa, deja que la arena se meta entre sus pies tostados y que se hagan las últimas fotografías y que se ría con esa generosidad resignada de lo bueno que se acaba y hace acopio de fuerzas para detener el tiempo que lleva largo tiempo detenido, sabiendo que ha de perder y que el tamaño del universo y las escalas astronómicas y la vida, oh, la vida...
Una camioneta los lleva de regreso al auto. Un auto los lleva de regreso al Reino. Un atardecer se hace noche a cientos de kilómetros de ahí. El bosque se recoge sobre sí mismo añadiendo otra memoria a su infinito ciclo, los recuerdos que un día arderán con el último incendio. Él aguanta la respiración, iluso. Ellos, como otrora ocurriera con su familia grande, se dispersan.
miércoles, agosto 31, 2016
Zarzal
Me acosté abrazado a él y me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Soñaba con un pueblo bávaro tradicional de cuyas casas sin puertas salía la luz amarilla de velas y quinqués, las calles de tierra iluminadas de tanto en tanto por cuadros o redondeles ámbar mientras yo, buscando inquieto a alguien que debía estar en alguna de esas casas, para decirle que me marchaba, que debía llegar a la estación de tren a tiempo, que lo bendecía y le estaba agradecido, me movía no desesperado, sino ávido de encontrarlo para despedirme, como si en ello radicara el buen comienzo de una vida nueva, si no lejos de ahí, lejos de esa persona amada con la que todo se habría torcido más allá de cualquier remedio —y no faltó ocasión de buscarlos y fracasar, pensaba en el propio sueño mientras recorría las calles y aún sin saber exactamente a quién buscaba o a quién encontraría: 'cuánto he querido arreglar las cosas, amor, pero ya esta palabra se me enreda en la lengua y tropieza con la realidad, cuánto he querido dotar de significado lo que carecía de ello y de causalidad las migajas que iban tirando las circunstancias; debo hallarte para decirte que voy a ser valiente y a vivir en soledad, que voy a trabajar y a escribir mucho, que echaré carbón sin parar, paletada tras paletada, al fogón de la máquina hasta que el tren llegue a los confines helados y pueda apearme sobre un metro de nieve'— si bien no estaba seguro de que la persona que hallaría tras uno de esos quicios sin puerta sería aquella por la que me veía precisado a tomar el control de mi vida, tal vez sólo un mensajero o un intermediario, un personaje secundario pero iluminado, de esos que nos encontramos a lo largo de la vida y pueblan, de manera intermitente pero con largo aliento, como punteando, nuestro tiempo sobre la tierra; ya pronto lo vería, una vuelta más —el foco tambaleante de un interior que huele a caldo de gallina y especias— otra vuelta más —el aro de ajos colgado de un clavo y una serie de camas que asemeja a un hospital— ¿es aquí? ¿será posible? Apenas desvío los ojos a la izquierda y él sonríe, con la sábana blanca hasta el pecho y las grandes ojeras de perro triste, me siento en el borde de la cama —¿o es camastro?— y olvido al instante mis discursos mientras todo alrededor parece obscurecerse para que él destaque con aquellas manos que sujetan tímidamente las costuras de la sábana y el olor embriagador e incongruente de un perfume dulzón de adolescente, apenas tengo tiempo de impostar —¡en un sueño!— un '¿cómo estás?' que quiere acariciarlo y un '¿qué haces aquí?' que intenta hacer pasar por coincidencia notable lo que ha sido desde el principio un sistemático buscarlo casa por casa a través de las calles desordenadas de esta aldea bávara a la que debe rodear la Selva Negra o las montañas de Silesia; el tiempo no lo sé, debe ser incierto porque parece como si todo hubiese ocurrido ya, un tiempo fuera del tiempo y, paradójicamente, no desprovisto de prisa ni futuro, aunque no sea con él que convalece —¿de la guerra? ¿qué guerra?— y al que amé, pero no amo, no son para él estas palabras con las que le explico brevemente y con camaradería el estado de mi alma, las variaciones recientes de mis costumbres, los saludos que con él mando a su familia de la cuatrocientos y a su mujer que no ha podido venir a acompañarlo ahora que bien lo necesita ('Las monjas me atienden bien, descuida, no toman en cuenta mi ateísmo ni los defectos de mi carácter, esta soberbia dolorosa para la que ellas parecen particularmente preparadas, ellas y yo enfermos complementarios, patologías compatibles que se dan la mano. Descuida, ya te digo, amigo, ya te digo, amante, ya te digo, padre, ya te digo, maestro') y si no son para él estas palabras, me pregunto, para quién son entonces, me cuesta cada vez más seguir el hilo de esta conversación que se alarga innecesariamente, ¿perderé el tren? ¿no debería irme ya? Si no son para él estas palabras, ¿dónde está aquel de quien debo despedirme para iniciar una nueva vida lejos de aquí y escribir mucho y bien en algún escritorio desde cuyo asiento pueda verse el paisaje a través de una ventana, nieve hasta donde alcance la vista, un árbol aislado, el perfil grisáceo de una montaña que parece un espejismo o una premonición; no son para él estas palabras, debo despedirme, me decido salvando la turbación que me causa no recordar lo último que me ha dicho y me abrazo inclinándome desde esta frágil orilla de camastro —¿o era cama?— a su pecho y le digo cuánto lo quiero o quise o querré cuando me haya ido y cuánto escribiré sobre lo mucho que vivimos juntos y que hace tiempo no vivimos 'debo irme, ¿sabes? estas palabras no son para ti, tendrás que comunicarlas a aquel a quien van dirigidas, todos terminamos por enterarnos tarde o temprano de aquello que está dirigido a nosotros, seguro que lo sabrá pronto aún si tú crees que no has podido cumplir tu misión, no te preocupes, lo sabrá por ti aunque no lo veas nunca, él sabrá, sabe, siempre supo, Santa Teresa no debe estar lejos, ve a Santa Teresa y ahí lo vas a encontrar, dile cuánto lo siento, que le agradezco sus esplendores y miserias, que me merezco la soledad a la que voy, que...'
Me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Me despego y lo contemplo. Por la ventana, Querétaro.
—¿Puedo pasarme a tu cama?
—Por supuesto —contesta K.
No sueño nada.
Me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Me despego y lo contemplo. Por la ventana, Querétaro.
—¿Puedo pasarme a tu cama?
—Por supuesto —contesta K.
No sueño nada.
jueves, agosto 25, 2016
En el Reino
Azul escribe, hacia noviembre: 'He comprado una enredadera que plantaré en el jardín para que cuando crezca cubra toda la barda posterior y él pueda mirar desde la ventana el muro vegetal. Necesita este espacio para relajarse y leer y escribir, especialmente ahora que parece que vuelve de Europa para no irse más. Se acaban nuestros años de intermitencia, espero que definitivamente, aunque no deje de preocuparme que le vuelva el hartazgo hacia este país. Lo comprendo. Habemos muchas personas más capaces que él para sobrellevarlo. No tiene paciencia para con la incuria de sus colegas y superiores, algo más para la de los estudiantes. Quizá en estos últimos esté la clave para retenerlo. Está muy solo allá. Y aquí, luego de tanto tiempo, ya no conoce a nadie. No sé si yo y la perra, si este espacio donde ha ido acumulando sus libros, si la vista de la pared verde —calculo que para junio estará cubierta— o la buena comida, seremos suficientes para que se quede de verdad. No lo he visto feliz en muchos años, apenas unos meses durante las transiciones y las renuncias. Su estado natural: la huida. Pero no puede seguir corriendo: envejece. La itinerancia patológica debe terminar.'
—Busquen bien, debe estar por aquí, entre estos papeles.
—¿Qué es esto? —pregunta C.
—Esa es la credencial que me dieron en la universidad cuando volví de Europa. Estamos buscando la licencia de conducir, señores, por favor concéntrense.
—¿Ya viste? La cara de delincuente común recién arrestado —comenta K dirigiéndose a C luego de examinar la credencial.
—Los ojos saltones, el pelo desaliñado. ¿Estabas borracho?
Risas.
—Debo haberla dejado dentro del cajón. No puedo creer que encima no haya traído esas llaves.
—A lo mejor puedo abrirlo —sugiere K para desdecirse enseguida: 'No, no puedo'.
—Destruyamos el escritorio —dice C con la sonrisa ancha y los ojos entornados. Él levanta la cabeza y lo mira. Sonríe desarmado: el chico le puede. 'No estaría mal', piensa, 'no estaría mal dejar atrás el pasado si hubiese futuro'. Cerrar el Reino como quien despide un largo sueño evaporado. No hacer memoria de las macetas adquiridas a lo largo de los años y ahora alineadas como cuencos vacíos al pie del jardín; las repisas para el detergente y la lejía, ahora empolvadas; la pared despostillada por las raíces de la enredadera que hace años no existe y que apenas tuvo oportunidad de disfrutar apuradamente en breves visitas desde el Norte. ¿Bastaría no volver a aquí para ignorar la intención de cubrir todas las paredes de libreros, ahora raquíticamente habitados por figuritas aisladas? ¿Echar a la basura el retrato de Alan Finch, los dibujos a lápiz de viejos conocidos, las artesanías que regalaron algunos embriagados por una euforia que siempre probó ser efímera? 'Se deja atrás cuando hay un porvenir', reformula. Pero lo que tiene delante, con todo lo que le anega el corazón, con todo lo que en este oasis de tiempo y espacio representa —está convencido— tiene el tiempo contado.
Azul escribe hacia enero: 'No se ha quedado para su cumpleaños. Reconozco que al menos esta vez es diferente. Habría sido el colmo que de nuevo tuviéramos que soportar Londres o Berlín, Estocolmo o Copenhague. Pero no: permanece en el país. ¿Cómo se le ha ocurrido lo de Santa Teresa? ¿Es un buen síntoma que se haya quedado o es, por el contrario, una prueba de que empieza a agotarse? Ahora que la enredadera cubre efectivamente los dos muros de la esquina del jardín, se va. No ha escrito nada que valga la pena en poco más de un año. En los últimos meses apenas podía leer un minuto sin levantar la vista y distraerse. Quiero creer que todo esto justifica el que se haya marchado; que lo haya hecho, además, con un equipaje mínimo y un hijo adoptado al que piensa dedicarse en cuerpo y alma. No le importa empezar de cero. Le he prometido alcanzarlo en cuanto él se establezca, pero la verdad es que soy escéptico al respecto: ¿qué puede significar para él establecerse? ¿cuándo podremos estar seguros de que ya lo está? ¿Será la ilusión de permanecer a su lado —de que él permanezca al lado mío— producto del desencanto, de la rendición? Si es así, es una ilusión muerta desde ahora. Si es así, lo que podemos compartir no es un hogar, sino una tumba.'
—¿Y este examen?
—Es de la primera materia que di en Santa Teresa. Entonces existía la carrera de ingeniero electricista y la ocupaban personajes silvestres como el que hizo ese examen convirtiendo el criterio de Routh-Hurwitz en el de Rudgurbid. Un tipo insufrible.
—¿Pasó el curso?
—Por supuesto que no. Pero hicimos buenas migas, si es que tal nombre merece lo que sólo era producto de un defecto de carácter mío al que la soledad y la euforia reforzaban para hacerme convivir con personajes que apenas toleraba. ¿Te suena?
—No, no me suena. A nosotros nos adoras de verdad —terció K frunciendo el ceño y sacando la lengua para luego estallar en carcajadas.
—¡A huevo! —dijo C al tiempo en que volvía a meter todos los papeles en la bolsa, luego de haberlos dispersado sobre el escritorio para mejor examinarlos. La licencia de conducir, inencontrable.
—Es seguro que está en el cajón del escritorio. Habrá que hacer el trámite como si fuera con licencia perdida. Hope you don't mind waiting tomorrow for the paperwork; otherwise forget the Caribbean sea.
—Of course not —replica C, los ojos repentinamente abiertos como abismos.
—¿Qué...? —interroga K apoyando la cara en sus manos. C le traduce. 'Ah sí, vamos'. Y sonríe.
Azul escribe hacia septiembre: 'Ha llovido más de la cuenta en Santa Teresa. Agua caliente casi evaporada, un ahogamiento sobre el sofoco generalizado del verano. La casa es un túnel de bochornos de colores variados —ladrillo, hueso, verde olivo— en donde sudan los muros y se retuercen los cuadros. El árbol plantado en el jardín ya rebasa la azotea. Luego de años han vuelto a robar la casa al otro lado de la calle. Pita se acostumbra lentamente a la desaparición de la Enana a la que el tejado del patio matara al venirse abajo durante una tormenta. Una perra menos. Y uno menos, también, porque él se ha ido de casa esta mañana. No he tenido tiempo de asimilar lo que sucede, pero sí demasiados años para preverlo: me aferré al conjunto de engaños con que uno desafía las conclusiones que el cerebro ha sacado ya con independencia de nuestros deseos y conciencia. A la esperanza, dícese brevemente. No he intentado retenerlo porque ya no podíamos seguir siendo desleales a los hechos. No he preguntado a dónde iba: estoy seguro de que él mismo no lo sabía. Se ha ido y ya no hubo éxito profesional ni estudiante capaz de retenerlo; no las perras cuya nariz tanto le gustaba manosear; no el salmón con alcaparras y aceitunas; no yo mismo con mi paciencia y reposo; no los libros ni las películas de fin de semana. Nada.'
—¿Qué les parece si vamos a cenar? Conozco un sitio, cerca de donde vivían mis abuelos, con unas flautas que me gustan mucho.
—Sí, vamos.
—¿Qué son las flautas?
—Son como tacos dorados de carne a los que...
Se ha dejado su licencia —vencida hace meses— sobre el buró.
—Busquen bien, debe estar por aquí, entre estos papeles.
—¿Qué es esto? —pregunta C.
—Esa es la credencial que me dieron en la universidad cuando volví de Europa. Estamos buscando la licencia de conducir, señores, por favor concéntrense.
—¿Ya viste? La cara de delincuente común recién arrestado —comenta K dirigiéndose a C luego de examinar la credencial.
—Los ojos saltones, el pelo desaliñado. ¿Estabas borracho?
Risas.
—Debo haberla dejado dentro del cajón. No puedo creer que encima no haya traído esas llaves.
—A lo mejor puedo abrirlo —sugiere K para desdecirse enseguida: 'No, no puedo'.
—Destruyamos el escritorio —dice C con la sonrisa ancha y los ojos entornados. Él levanta la cabeza y lo mira. Sonríe desarmado: el chico le puede. 'No estaría mal', piensa, 'no estaría mal dejar atrás el pasado si hubiese futuro'. Cerrar el Reino como quien despide un largo sueño evaporado. No hacer memoria de las macetas adquiridas a lo largo de los años y ahora alineadas como cuencos vacíos al pie del jardín; las repisas para el detergente y la lejía, ahora empolvadas; la pared despostillada por las raíces de la enredadera que hace años no existe y que apenas tuvo oportunidad de disfrutar apuradamente en breves visitas desde el Norte. ¿Bastaría no volver a aquí para ignorar la intención de cubrir todas las paredes de libreros, ahora raquíticamente habitados por figuritas aisladas? ¿Echar a la basura el retrato de Alan Finch, los dibujos a lápiz de viejos conocidos, las artesanías que regalaron algunos embriagados por una euforia que siempre probó ser efímera? 'Se deja atrás cuando hay un porvenir', reformula. Pero lo que tiene delante, con todo lo que le anega el corazón, con todo lo que en este oasis de tiempo y espacio representa —está convencido— tiene el tiempo contado.
Azul escribe hacia enero: 'No se ha quedado para su cumpleaños. Reconozco que al menos esta vez es diferente. Habría sido el colmo que de nuevo tuviéramos que soportar Londres o Berlín, Estocolmo o Copenhague. Pero no: permanece en el país. ¿Cómo se le ha ocurrido lo de Santa Teresa? ¿Es un buen síntoma que se haya quedado o es, por el contrario, una prueba de que empieza a agotarse? Ahora que la enredadera cubre efectivamente los dos muros de la esquina del jardín, se va. No ha escrito nada que valga la pena en poco más de un año. En los últimos meses apenas podía leer un minuto sin levantar la vista y distraerse. Quiero creer que todo esto justifica el que se haya marchado; que lo haya hecho, además, con un equipaje mínimo y un hijo adoptado al que piensa dedicarse en cuerpo y alma. No le importa empezar de cero. Le he prometido alcanzarlo en cuanto él se establezca, pero la verdad es que soy escéptico al respecto: ¿qué puede significar para él establecerse? ¿cuándo podremos estar seguros de que ya lo está? ¿Será la ilusión de permanecer a su lado —de que él permanezca al lado mío— producto del desencanto, de la rendición? Si es así, es una ilusión muerta desde ahora. Si es así, lo que podemos compartir no es un hogar, sino una tumba.'
—¿Y este examen?
—Es de la primera materia que di en Santa Teresa. Entonces existía la carrera de ingeniero electricista y la ocupaban personajes silvestres como el que hizo ese examen convirtiendo el criterio de Routh-Hurwitz en el de Rudgurbid. Un tipo insufrible.
—¿Pasó el curso?
—Por supuesto que no. Pero hicimos buenas migas, si es que tal nombre merece lo que sólo era producto de un defecto de carácter mío al que la soledad y la euforia reforzaban para hacerme convivir con personajes que apenas toleraba. ¿Te suena?
—No, no me suena. A nosotros nos adoras de verdad —terció K frunciendo el ceño y sacando la lengua para luego estallar en carcajadas.
—¡A huevo! —dijo C al tiempo en que volvía a meter todos los papeles en la bolsa, luego de haberlos dispersado sobre el escritorio para mejor examinarlos. La licencia de conducir, inencontrable.
—Es seguro que está en el cajón del escritorio. Habrá que hacer el trámite como si fuera con licencia perdida. Hope you don't mind waiting tomorrow for the paperwork; otherwise forget the Caribbean sea.
—Of course not —replica C, los ojos repentinamente abiertos como abismos.
—¿Qué...? —interroga K apoyando la cara en sus manos. C le traduce. 'Ah sí, vamos'. Y sonríe.
Azul escribe hacia septiembre: 'Ha llovido más de la cuenta en Santa Teresa. Agua caliente casi evaporada, un ahogamiento sobre el sofoco generalizado del verano. La casa es un túnel de bochornos de colores variados —ladrillo, hueso, verde olivo— en donde sudan los muros y se retuercen los cuadros. El árbol plantado en el jardín ya rebasa la azotea. Luego de años han vuelto a robar la casa al otro lado de la calle. Pita se acostumbra lentamente a la desaparición de la Enana a la que el tejado del patio matara al venirse abajo durante una tormenta. Una perra menos. Y uno menos, también, porque él se ha ido de casa esta mañana. No he tenido tiempo de asimilar lo que sucede, pero sí demasiados años para preverlo: me aferré al conjunto de engaños con que uno desafía las conclusiones que el cerebro ha sacado ya con independencia de nuestros deseos y conciencia. A la esperanza, dícese brevemente. No he intentado retenerlo porque ya no podíamos seguir siendo desleales a los hechos. No he preguntado a dónde iba: estoy seguro de que él mismo no lo sabía. Se ha ido y ya no hubo éxito profesional ni estudiante capaz de retenerlo; no las perras cuya nariz tanto le gustaba manosear; no el salmón con alcaparras y aceitunas; no yo mismo con mi paciencia y reposo; no los libros ni las películas de fin de semana. Nada.'
—¿Qué les parece si vamos a cenar? Conozco un sitio, cerca de donde vivían mis abuelos, con unas flautas que me gustan mucho.
—Sí, vamos.
—¿Qué son las flautas?
—Son como tacos dorados de carne a los que...
Se ha dejado su licencia —vencida hace meses— sobre el buró.
domingo, agosto 14, 2016
Palenque
Por aquí los vi pasar a fines de julio, un día particularmente caluroso. El mayor dijo que les habían impedido la entrada a la zona arqueológica por haber llegado un minuto tarde. No me extraña: la gente de por aquí no estamos acostumbrados a trabajar más allá del mínimo necesario; su admisión habría supuesto una demora, tiempo arrebatado a la hamaca o el dominó, el lapso de un cigarrillo. La vista de las montañas cubiertas de selva, el ulular de monos, aves e insectos, pero sobre todo la piscina más o menos rústica sobre la que caían gruesas hojas velludas, debieron pesar en la decisión de quedarse. Deseaban meterse cuanto antes en el agua, incluso antes de comer, ofuscados como venían más del calor que del hambre. El mayor, aun fatigado, bromeaba como podía; los dos jóvenes que lo acompañaban paseaban los ojos por la palapa y las oficinas, valorando incluso mi persona, como si trataran de adivinarme intenciones ocultas y mezquinas. Por instrucciones del mayor, llenó la ficha de registro el más pequeño. Mientras lo hacía, me di cuenta de que el otro —un tipo de cintura femenina que hablaba solo o tarareaba una canción— no era su hermano y era más joven que el pequeño. Miré al mayor: no era padre de ninguno. 'Un hombre mayor y dos jóvenes', recuerdo que me dije para mis adentros mientras les entregaba el recibo y las llaves (que olvidaron sobre el aparador), 'un maduro y dos muchachos'. Y una mezcla de fascinación morbosa y repelús me atravesó el cuerpo.
Mientras Altagracia calentaba unos tamales en hojas de plátano y preparaba agua de melón, los observé llevar sus cosas a la habitación, cambiarse de ropa, ir a la piscina. Un ejército de hormigas bravas llamó su atención, aunque no notaran las iguanas de los árboles ni las parvadas de pericos de vivos colores que a cada rato cruzaban el cielo con escándalo. ¿Eran estos huéspedes como los de aquel canadiense sexagenario que llegó con dos oaxaqueños al hotel? Dos chicos que apenas hablaban español y sobre cuya mayoría de edad la administradora nos pidió no hacer comentarios. Dos chicos a los que después vimos en televisión, todavía sin decir nada, pero rodeados de abogados y cámaras y periodistas que afirmaban que el canadiense había abusado de ellos. Yo discrepaba. A mí no me pareció percibir ningún abuso en el caso del gringo franchute: atendía a los oaxaqueños como a reyes, éstos se le sentaban en las piernas, le daban comida en la boca, le reían no sé bien si chistes o gestos, pues no creo que hubieran podido sostener ninguna conversación, se daban la gran vida. Que en la noche follaban también lo sé: padezco de insomnio y mientras llega el sueño me paseo por todo el hotel husmeando en la vida de los demás. ¿Y eso era abuso? No lo creo. Pero el hombre y los dos chicos que ahora nadaban mientras esperaban la comida, que no eran padre y hermanos, que por razones de edad difícilmente podían ser amigos, que no eran amantes ni oaxaqueños, éstos que se deslizaban suavemente de espaldas por la alberca, ni sumergidos ni fuera, ambiguos, sin atender a más criterio que al momento presente, ¿qué eran?
Los llamé a comer. Escurriendo todavía, sin camisa, se acercaron al comedor y despacharon los alimentos con fruición. Su humor, ya mejorado por el agua, mejoró todavía más con la comida. El chico de la cintura parecía abstraído y feliz, comiendo a dos manos, el pelo caído en mechones lacios a su lado derecho, la barba incipiente, los ojos grandes como cuencos inocentes. El hombre le miraba complacido, comiendo él mismo, pero sin perder detalle de lo que ocurría ante él, como quien asiste a dos milagros. ¿Qué veía? ¿Una juventud revivida? ¿Una paternidad extraviada? ¿La rapidez fanfarrona del pequeño que de vez en cuando levantaba la vista para encontrarse con la mirada del mayor y hacer gestos con los ojos o la cara para hacerlo reír? Una lengua de fuera, unos ojos entrecruzados, unas mejillas hundidas con los labios hechos cucurucho. ¿No había algo falso en el mayor, quizá un esfuerzo aunque fuera mínimo e inútil por instalarse en el instante y retenerlo con gestos como los de entrecerrar lentamente los ojos o encender un cigarrillo que se consumiera muy, muy lento? ¿No había algo de inconsciencia en el chico de la cintura que sólo de vez en cuando reparaba en que se hallaba acompañado y estiraba una mano generosa para abrazar o apretar un hombro? ¿No era esa la clave de lo bien que la pasaba? El pequeño, en cambio, no se descuidaba: sabía dónde estaba, quiénes le rodeaban, la dirección del viento y las veleidades del barómetro; era la clase de persona a la que no se le escapa el menor cambio de humor de las personas que lo rodean, especialmente las que quiere, aunque luego esa consciencia no se vea acompañada de ninguna acción y tienda, como buen hombre prudente, a esperar y posponer.
Volvieron a la piscina por la tarde, luego de tumbarse en las hamacas. No me parece que hayan dormido la siesta, pero les habrá parecido prudente esperar una media hora para volver a meterse al agua, especialmente después de aquella comida opípara. Cuando volvieron a zambullirse, la alberca estaba ocupada por dos familias: unos holandeses y unos puertorriqueños. Los primeros eran expansivos y alegres, levantaban la voz y reían a carcajadas; los segundos eran taciturnos, introvertidos, de vez en cuando les dirigían a los holandeses miradas de desaprobación o resentimiento que se hicieron extensivas al trío incongruente cuando el mayor de ellos se dirigió a los holandeses en inglés. Los dos chicos, aunque atentos y posiblemente entendiendo, no participaban. Se daban codazos entre ellos para mirar a las hijas holandesas y se burlaban del mayor atribuyéndole interés sexual por otro huésped, maricón, que se asomaba al balcón. Me atrevería a decir que no eran homosexuales sólo porque no eran afeminados, pero esta metonimia ha sido tan ampliamente desacreditada que me produce vergüenza hasta ponerla por escrito. Y, sin embargo, siendo yo mismo maricón con alguna experiencia, quizá me encuentre autorizado a decir que el más chico no lo era, que el de la cintura sí y que al más grande lo mismo le daba una ella que un él. Y digo esto último no porque me constara que hubiese ocurrido algo entre ellos (nada qué ver con el canadiense y los oaxaqueños), sino porque a mí mismo me daba un trato que, si bien no era una invitación a follar, sí dejaba claro que no me descartaba.
Y como no me descartaba me preparé para la noche. Estaba seguro de que me lo encontraría por ahí, dando vueltas entre los jardines, fumando quizá, pero solo, ya sin los chicos. Nuestra conversación podría empezar por rememorar el incidente fantástico de la tarde, cuando los holandeses apuntaron que una pequeña serpiente estaba devorando una rana sobre una roca cercana a la piscina. El más chico se salió de la alberca, presuntamente horrorizado, pero no podía dejar de mirar las mandíbulas dislocadas de la víbora ni las desesperadas patadas de la rana; el chico de la cintura se acercaba más imprudentemente a la escena, sonriendo tranquilamente bajo la mirada más o menos aprehensiva del hombre, que se quedó con las palabras de advertencia dentro, sin que salieran nunca de su boca. Los holandeses hacían fotografías. Los puertorriqueños nunca se enteraron. Podríamos hablar de eso cuando nos halláramos en mitad de las fragancias de la noche y del concierto de los animales que es mayor a medianoche que a mediodía. Pero lo cierto es que, aunque me lo encontré (y fumaba), la conversación no fue así. Lo hallé preocupado en un equipal, bajo un foco de luz tenue invadido de insectos. Concentrado.
—Qué pensativo.
—Hola, buenas noches.
—¿Pasa algo?
—Uno de los chicos se ha enfermado.
No me atreví a preguntarle si eran sus hijos, no sólo porque sabía que no lo eran, sino porque pensé que una pregunta así lo incomodaría. Proseguí:
—¿Del estómago? En el pueblo hay farmacia, seguro que algo le habrá sentado mal en el viaje.
—Sí, ya hemos ido al pueblo y comprado algunas cosas, pero me angustia que estemos aquí, en mitad de la nada, que esté sudando frío y vomitando.
—Mucha gente se enferma por acá, algunos dicen que son los insectos, ¿no le habrá picado algo?
—No lo creo, siempre ha sido delicado para el estómago.
Se hizo una pausa extraña. Para evitar que se prolongara le pedí un cigarrillo. Con él en la mano, mi ya para entonces desorientado libido dio paso a un atrevimiento mayor:
—¿Por qué está haciendo este viaje?
Volteó a verme y frente a mí sus ojos se fueron haciendo profundos, abismales, un color negro que lo mismo se hacía dulce que hermético o peligroso. Pensé que había metido la pata.
—Por enamoramiento —contestó al fin dando una profunda calada al cigarrillo. No conseguía entender a qué se refería. Lo que pasaba por mi mente me parecía descabellado. Y continuó: —Existe una falta de resignación en mi persona, ¿sabe? Contra el estatus, la edad, las circunstancias. Contra la soledad. Una falta de resignación paradójica porque cuando fui niño y adolescente sabía estar solo y aprovechar muy bien todos esos minutos, esos días interminables de estudio y juego, de lectura y fantasía. Hoy todavía puedo hacerlo, desde luego, porque soy un profesional y no me ando con remilgos ni mariconadas. Aprovecho el tiempo cabalmente. Pero de ahí a que abrace con optimismo una vida sin sorpresas, eso no. Yo creo que por eso mi cerebro me tiende trampas, ¿sabe? O me tiende puentes. Me lanza salvavidas. Un buen día inadvertido, no señalado por nada particular, me levanto y ya está: una persona me resulta repentinamente relevante y quiero tenerla cerca, conocer su vida, quererla. Alguna vez fueron amantes; alguna otra amigos. Ahora que envejezco quizá son hijos. No lo sé. Quizá tampoco importa saberlo. ¿Nos ha visto? ¿La inexplicable entrega con que todos participamos de este delirio? Qué felicidad.
—Los vi jugar luchitas —dije al tiempo en que él se reía tranquilamente.
—Sí, mire los moretes que tengo en los brazos. En fin, de momento el chico enfermo ya duerme y estará bien; el otro ronca como quien anuncia el fin del mundo. No sé qué traiga el futuro, pero uno debiera recordar siempre las palabras de Felipe Benítez Reyes, ¿lo conoce?
—No sé quién es, pero... —respondí deseando preguntarle por fin qué relación había entre los chicos y él. No me dio tiempo.
—Un poeta andaluz. También ha escrito alguna novela. Ni los chicos ni este viaje ni el producto más concreto de mi trabajo (¿ve ese Peregrino blanco estacionado? también costó dinero) son para quedarse. Son prestados. Todo es prestado. Retener lo desaconsejan hasta los budistas, aunque yo no llego a esos extremos... Pero me estoy desviando. Las palabras de Felipe que conviene recordar es que hay que agradecer a quien nos quiso el regalo fugaz de su hermosura. ¿Comprende? El regalo fugaz. Fu-gaz.
Se puso de pie. Me abrazó. Caminó lentamente hasta su habitación donde más tarde lo espié sentado sobre la cabecera y acariciando la cabeza del chico enfermo. El otro exhibía el perfil de su cintura a contraluz, una cintura mangífica. Roncaba, efectivamente, de manera atroz.
Por la mañana los vi subir las maletas al carro en medio de bromas, rematarse las cabezas con unas coronas de flores y abrazarse profusamente antes de subir al carro. Se marcharon por el camino de Palenque. Yo también, espero, tendré que irme algún día.
Mientras Altagracia calentaba unos tamales en hojas de plátano y preparaba agua de melón, los observé llevar sus cosas a la habitación, cambiarse de ropa, ir a la piscina. Un ejército de hormigas bravas llamó su atención, aunque no notaran las iguanas de los árboles ni las parvadas de pericos de vivos colores que a cada rato cruzaban el cielo con escándalo. ¿Eran estos huéspedes como los de aquel canadiense sexagenario que llegó con dos oaxaqueños al hotel? Dos chicos que apenas hablaban español y sobre cuya mayoría de edad la administradora nos pidió no hacer comentarios. Dos chicos a los que después vimos en televisión, todavía sin decir nada, pero rodeados de abogados y cámaras y periodistas que afirmaban que el canadiense había abusado de ellos. Yo discrepaba. A mí no me pareció percibir ningún abuso en el caso del gringo franchute: atendía a los oaxaqueños como a reyes, éstos se le sentaban en las piernas, le daban comida en la boca, le reían no sé bien si chistes o gestos, pues no creo que hubieran podido sostener ninguna conversación, se daban la gran vida. Que en la noche follaban también lo sé: padezco de insomnio y mientras llega el sueño me paseo por todo el hotel husmeando en la vida de los demás. ¿Y eso era abuso? No lo creo. Pero el hombre y los dos chicos que ahora nadaban mientras esperaban la comida, que no eran padre y hermanos, que por razones de edad difícilmente podían ser amigos, que no eran amantes ni oaxaqueños, éstos que se deslizaban suavemente de espaldas por la alberca, ni sumergidos ni fuera, ambiguos, sin atender a más criterio que al momento presente, ¿qué eran?
Los llamé a comer. Escurriendo todavía, sin camisa, se acercaron al comedor y despacharon los alimentos con fruición. Su humor, ya mejorado por el agua, mejoró todavía más con la comida. El chico de la cintura parecía abstraído y feliz, comiendo a dos manos, el pelo caído en mechones lacios a su lado derecho, la barba incipiente, los ojos grandes como cuencos inocentes. El hombre le miraba complacido, comiendo él mismo, pero sin perder detalle de lo que ocurría ante él, como quien asiste a dos milagros. ¿Qué veía? ¿Una juventud revivida? ¿Una paternidad extraviada? ¿La rapidez fanfarrona del pequeño que de vez en cuando levantaba la vista para encontrarse con la mirada del mayor y hacer gestos con los ojos o la cara para hacerlo reír? Una lengua de fuera, unos ojos entrecruzados, unas mejillas hundidas con los labios hechos cucurucho. ¿No había algo falso en el mayor, quizá un esfuerzo aunque fuera mínimo e inútil por instalarse en el instante y retenerlo con gestos como los de entrecerrar lentamente los ojos o encender un cigarrillo que se consumiera muy, muy lento? ¿No había algo de inconsciencia en el chico de la cintura que sólo de vez en cuando reparaba en que se hallaba acompañado y estiraba una mano generosa para abrazar o apretar un hombro? ¿No era esa la clave de lo bien que la pasaba? El pequeño, en cambio, no se descuidaba: sabía dónde estaba, quiénes le rodeaban, la dirección del viento y las veleidades del barómetro; era la clase de persona a la que no se le escapa el menor cambio de humor de las personas que lo rodean, especialmente las que quiere, aunque luego esa consciencia no se vea acompañada de ninguna acción y tienda, como buen hombre prudente, a esperar y posponer.
Volvieron a la piscina por la tarde, luego de tumbarse en las hamacas. No me parece que hayan dormido la siesta, pero les habrá parecido prudente esperar una media hora para volver a meterse al agua, especialmente después de aquella comida opípara. Cuando volvieron a zambullirse, la alberca estaba ocupada por dos familias: unos holandeses y unos puertorriqueños. Los primeros eran expansivos y alegres, levantaban la voz y reían a carcajadas; los segundos eran taciturnos, introvertidos, de vez en cuando les dirigían a los holandeses miradas de desaprobación o resentimiento que se hicieron extensivas al trío incongruente cuando el mayor de ellos se dirigió a los holandeses en inglés. Los dos chicos, aunque atentos y posiblemente entendiendo, no participaban. Se daban codazos entre ellos para mirar a las hijas holandesas y se burlaban del mayor atribuyéndole interés sexual por otro huésped, maricón, que se asomaba al balcón. Me atrevería a decir que no eran homosexuales sólo porque no eran afeminados, pero esta metonimia ha sido tan ampliamente desacreditada que me produce vergüenza hasta ponerla por escrito. Y, sin embargo, siendo yo mismo maricón con alguna experiencia, quizá me encuentre autorizado a decir que el más chico no lo era, que el de la cintura sí y que al más grande lo mismo le daba una ella que un él. Y digo esto último no porque me constara que hubiese ocurrido algo entre ellos (nada qué ver con el canadiense y los oaxaqueños), sino porque a mí mismo me daba un trato que, si bien no era una invitación a follar, sí dejaba claro que no me descartaba.
Y como no me descartaba me preparé para la noche. Estaba seguro de que me lo encontraría por ahí, dando vueltas entre los jardines, fumando quizá, pero solo, ya sin los chicos. Nuestra conversación podría empezar por rememorar el incidente fantástico de la tarde, cuando los holandeses apuntaron que una pequeña serpiente estaba devorando una rana sobre una roca cercana a la piscina. El más chico se salió de la alberca, presuntamente horrorizado, pero no podía dejar de mirar las mandíbulas dislocadas de la víbora ni las desesperadas patadas de la rana; el chico de la cintura se acercaba más imprudentemente a la escena, sonriendo tranquilamente bajo la mirada más o menos aprehensiva del hombre, que se quedó con las palabras de advertencia dentro, sin que salieran nunca de su boca. Los holandeses hacían fotografías. Los puertorriqueños nunca se enteraron. Podríamos hablar de eso cuando nos halláramos en mitad de las fragancias de la noche y del concierto de los animales que es mayor a medianoche que a mediodía. Pero lo cierto es que, aunque me lo encontré (y fumaba), la conversación no fue así. Lo hallé preocupado en un equipal, bajo un foco de luz tenue invadido de insectos. Concentrado.
—Qué pensativo.
—Hola, buenas noches.
—¿Pasa algo?
—Uno de los chicos se ha enfermado.
No me atreví a preguntarle si eran sus hijos, no sólo porque sabía que no lo eran, sino porque pensé que una pregunta así lo incomodaría. Proseguí:
—¿Del estómago? En el pueblo hay farmacia, seguro que algo le habrá sentado mal en el viaje.
—Sí, ya hemos ido al pueblo y comprado algunas cosas, pero me angustia que estemos aquí, en mitad de la nada, que esté sudando frío y vomitando.
—Mucha gente se enferma por acá, algunos dicen que son los insectos, ¿no le habrá picado algo?
—No lo creo, siempre ha sido delicado para el estómago.
Se hizo una pausa extraña. Para evitar que se prolongara le pedí un cigarrillo. Con él en la mano, mi ya para entonces desorientado libido dio paso a un atrevimiento mayor:
—¿Por qué está haciendo este viaje?
Volteó a verme y frente a mí sus ojos se fueron haciendo profundos, abismales, un color negro que lo mismo se hacía dulce que hermético o peligroso. Pensé que había metido la pata.
—Por enamoramiento —contestó al fin dando una profunda calada al cigarrillo. No conseguía entender a qué se refería. Lo que pasaba por mi mente me parecía descabellado. Y continuó: —Existe una falta de resignación en mi persona, ¿sabe? Contra el estatus, la edad, las circunstancias. Contra la soledad. Una falta de resignación paradójica porque cuando fui niño y adolescente sabía estar solo y aprovechar muy bien todos esos minutos, esos días interminables de estudio y juego, de lectura y fantasía. Hoy todavía puedo hacerlo, desde luego, porque soy un profesional y no me ando con remilgos ni mariconadas. Aprovecho el tiempo cabalmente. Pero de ahí a que abrace con optimismo una vida sin sorpresas, eso no. Yo creo que por eso mi cerebro me tiende trampas, ¿sabe? O me tiende puentes. Me lanza salvavidas. Un buen día inadvertido, no señalado por nada particular, me levanto y ya está: una persona me resulta repentinamente relevante y quiero tenerla cerca, conocer su vida, quererla. Alguna vez fueron amantes; alguna otra amigos. Ahora que envejezco quizá son hijos. No lo sé. Quizá tampoco importa saberlo. ¿Nos ha visto? ¿La inexplicable entrega con que todos participamos de este delirio? Qué felicidad.
—Los vi jugar luchitas —dije al tiempo en que él se reía tranquilamente.
—Sí, mire los moretes que tengo en los brazos. En fin, de momento el chico enfermo ya duerme y estará bien; el otro ronca como quien anuncia el fin del mundo. No sé qué traiga el futuro, pero uno debiera recordar siempre las palabras de Felipe Benítez Reyes, ¿lo conoce?
—No sé quién es, pero... —respondí deseando preguntarle por fin qué relación había entre los chicos y él. No me dio tiempo.
—Un poeta andaluz. También ha escrito alguna novela. Ni los chicos ni este viaje ni el producto más concreto de mi trabajo (¿ve ese Peregrino blanco estacionado? también costó dinero) son para quedarse. Son prestados. Todo es prestado. Retener lo desaconsejan hasta los budistas, aunque yo no llego a esos extremos... Pero me estoy desviando. Las palabras de Felipe que conviene recordar es que hay que agradecer a quien nos quiso el regalo fugaz de su hermosura. ¿Comprende? El regalo fugaz. Fu-gaz.
Se puso de pie. Me abrazó. Caminó lentamente hasta su habitación donde más tarde lo espié sentado sobre la cabecera y acariciando la cabeza del chico enfermo. El otro exhibía el perfil de su cintura a contraluz, una cintura mangífica. Roncaba, efectivamente, de manera atroz.
Por la mañana los vi subir las maletas al carro en medio de bromas, rematarse las cabezas con unas coronas de flores y abrazarse profusamente antes de subir al carro. Se marcharon por el camino de Palenque. Yo también, espero, tendré que irme algún día.
sábado, julio 09, 2016
Poor little thing
Esa última noche, ya ligeramente tomado, me puse a hacer las maletas a media luz en esa habitación prestada que había sido mía durante tres semanas. El edificio de enfrente no tiene los pisos alineados con este, así que cuando los gitanos tienen fiesta como esta madrugada, veo oblicuamente sus cabezas y escucho sus voces, pero no miro sus pies. Camilo Sesto, José Luis Perales, Mocedades, incluso los Terrícolas, recrearon la atmósfera del departamento de la Birola, esa mujer anciana que vivía en el departamento izquierdo al lado del nuestro y cuyo salón —entrevisto muy deprisa mientras mi mamá y ella cruzaban un saludo y las respectivas puertas de madera se abrían y cerraban— tenía también los muebles dieciochescos de este piso valenciano, como congelado en mitad de los cincuentas y desplegando una barra de licores muy dulces que nadie ha tocado en años. Los gitanos levantan la voz y discuten airadamente la vida de Paquita, mientras bañado en sudor me meto en la cama y procuro concentrarme en la música que me sabe a fantasma. El humo de los cigarros cruza la calle hasta mi ventana. Enciendo de nuevo la lamparilla con su pantalla de olanes y cuento el dinero. Verifico el pasaporte. La luz del piso de enfrente reflejaba en el techo sombras idénticas a las del departamento de la Birola o a las del cuarto de los abuelos que siempre olía a tabaco: aquí un dinosaurio, allá una mujer enloquecida, más acá un hombre gordo que mueve la boca mientras va menguando por entre las cortinas. El camastro apuntaba al poniente, esta cama en dirección opuesta. 'Paquita no debió quedar embarassada, ya te digo', ni mi tía que sale ahora del cuarto de los abuelos envuelta en lágrimas ni mi hermana que arrulla a sus hijos en algún hospital de California. Yo ya no soy hijo, ya soy padre. Yo ya no soy padre, ya soy nada. '¿Qué haces aquí K? Usted me dijo que viniera. ¿Ya no me hablas de tú? Toma tú: un vaso de leche en la cabeza' Y a pesar de los tapones de oído distingo todavía la música de los gitanos y el entrechocar de botellas y el alzar de voces, mientras despego la mejilla de una almohada llena de baba. ¿Nueva Inglaterra? Este cuerpo que solía excitarme y este roncar que me molestaba y esta cabellera por la que pasaba mis dedos y esta ilusión de futuro que no cede y esta polla dormida bajo las sábanas, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? La pintura de Gauguin me interroga, la música de los gitanos se calla. De Paquita sabremos después que se ha ido a vivir a Andalucía, San Lúcar de Barrameda, que ya tiene un segundo hijo de otro hombre al que han ido a buscar los gitanos (sin éxito), deambula por el malecón, hace algunos trabajos en la estación de autobuses, a veces se le ve entrar a los bares de marineros. De mi hermana no sabemos nada. Mi tía se ha comprado un largo hábito y ha escapado al monasterio de Aguascalientes, envejece con tranquilidad, gracias. La saludo de su parte, aunque no creo que pasemos por ahí. Iremos por la carretera de Escárcega mientras amenaza una tormenta, igual que en el pasado. K me verá poner el disco de norteño. C soportará el rito con escepticismo. 'Quiéreme como al perro que nunca tuviste', gritaré mientras el cielo se derrumba y hemos de orillarnos por falta de visibilidad. Les explicaré: mi cerebro funcionaba perfectamente y era capaz de ver en el futuro, pero un día llovió tanto que no pude ver más allá de mis manos, y anegado, a tientas, hube de seguir avanzando por el porvenir. Poor little thing, me dices con la mirada sin decir palabra, frente a la costa gris de la Isla de Georges. La bahía verdegris al fondo, vencida por la neblina. Tus manos que ya no acarician. Tu boca que no besa. La puerta de la Birola que se cierra y los gitanos que no tienen costumbre de acabar antes de las tres de la mañana, cantarán a coro alguna canción que yo he de repetir sobre el camastro al pie de la cama de mis abuelos, 'como yo te amo, convéncete, convéncete'. No puedo verles los pies, como hacía con mis vecinos del piso de abajo cuando desde la ventana les pedía que me enseñaran los calcetines: los negros del Gigio, los cafés o grises del Sisi (mis favoritos), los verdes de Lalo y el Nene; no puedo verles los pies a los gitanos, pero sé que están bailando lo que debieran cantar pesadamente, ¿cómo puede bailarse a Julio Iglesias? ¿cómo a Serrat que gimotea? La madrugada es alta como este edificio de Nueva Inglaterra donde soñamos que estamos con otros. Desde aquí podemos ver Santa Teresa. Desde aquí la orilla de la Playa de Malvarrosa. En el obelisco infinito, el faro que no ilumina, dormimos como un perro a mediodía. La Birola acompaña a mis abuelos y a mi hijo en larga expedición hacia la nada, mi memoria. C y K miran el Caribe que es este mismo mar que rodea la isla de Georges, o se asoman como nosotros al hueco de una madrugada que no cesa como en casa ajena. Ya las maletas están acomodadas para el día de mañana y, salvo que no pueda dormir por culpa de los gitanos, podré levantarme a tiempo y sin resaca; seguro que no he bebido tanto, ¿quién sabe?
[...]
Desde hace horas que el viento azota la puerta.
[...]
Desde hace horas que el viento azota la puerta.
viernes, junio 24, 2016
El tesoro de la juventud
¿La juventud, dice usted? Le voy a decir algo, caballero: la otra vez que follaba en los jardines del Turia pasó un grupo de gamberros que con poco más de veinte años cumplidos y aún habiendo crecido toda su vida en la España democrática y tolerante, protectora de menores y animales y minorías y diversidades, decidió que ver a un par haciendo sus cosas debajo de un puente a las tres de la mañana, era no sólo censurable y motivo de escarnio, sino también oportunidad de escarmiento para mejor satisfacer los apetitos del humúnculo que vive en sus cerebros y que, sin empacho de la contradicción que representan sus acciones sobre esos sentidos discursos que sueltan en Facebook o en la entrevista de radio acerca de lo que la escuela les dicta sobre cómo conducirse en sociedad —esa profunda hipocresía de repetir sin interiorizar lo que los demás les piden que repitan— les empujó a esconderse detrás de un parapeto, levantar unas piedras y lanzarlas al grito de "¡maricones!", para luego, como buenos evaluadores de mi actitud y complexión, a modo de ejemplo de lo confortable que resulta la cobardía, decidir poner pies en polvorosa huyendo del lugar atropelladamente.
No me convence así su opinión de que es en la juventud cuando se tienen las ilusiones más puras y no existe la maldad. Eso es falso. Desde siempre se sabe que los niños no tienen moral y que son capaces de las mayores atrocidades porque simple y sencillamente no tienen criterio. En tiempos no muy remotos, cuando los hombres de negocios no tenían la ambición desbocada de hoy y no existía por lo tanto ninguna urgencia ni medios suficientes para infantilizar a una gran masa de consumidores, cuando los hombres no eran los niñatos egoístas que son ahora ni deseaban por lo tanto comprar más y más para sí mismos, los adultos reconocían entre sus obligaciones la de corregir, aún por la fuerza, los excesos y zafiedades de sus críos. Y hoy, bueno... ya lo ve usted: si las infancias son cada vez más prolongadas, si el mundo se vuelve loco por la protección de los menores, si no se desea exigirles nada de verdad sino mantenerlos lo más posible en la burbuja de idiotez y confort en que viven para ahorrarles cualquier trauma, no es de sorprender que nos la hallemos con niñatos amorales de veintitantos, acostumbrados a 'razonar' según su conveniencia, con muy buena opinión de sí mismos, sin más horizonte que el de continuar chupándose el pulgar por el resto de sus vidas.
Es un peligro, créame, una esclavitud de la humanidad entera que sólo conviene a los hombres de negocios que no dejan de convertir en dinero las inagotables ambiciones juveniles que financian unos padres egoístas que sencillamente se los quitan de encima abriendo la cartera. Me dice usted que los jóvenes son un tesoro, que en ningún otro período de la vida hay disposición semejante para creer y luchar por ideales, que haga memoria de la larga lista de héroes y poetas que perecieron en su primera juventud al calor de un anhelo. Todo esto es muy bonito, sí, se lo concedo: los cuerpos jóvenes con sus cinturas y brazos definidos y sus rostros hermosos como paradigma de la inocencia, desde luego. Pero es rotundamente falso. No es en la juventud donde hallaremos el tesoro de las convicciones verdaderas. Una convicción no es la capacidad de un individuo para concentrarse en un propósito con base en un razonamiento y experiencias paupérrimos, eliminando cualquier duda con silencio. Una convicción no es la inmediatez, la presunta espontaneidad de quienes gracias a la escuela ya están lo suficientemente adocenados para repetir como merolicos lo que ni siquiera es suyo. No señor, no me venga con tonterías. Puestos a demostrar, tome Usted en cuenta que esa juventud ignorante que tanto idolatra lo mismo aplaude a la izquierda más intransigente que a la derecha más recalcitrante. No distingue. Su capacidad para radicalizarse —en el islamismo o la islamofobia, en el nazismo o el comunismo, en la protección de los animales por encima de vidas humanas o en el combate a la globalización capitalista— no es más que la prueba de su falta de asideros intelectuales y morales. No refleja una pureza de convicciones o de ideales, sino la prisa por levantar estandartes que tanto caracteriza a los inquisidores y retrógrados. La juventud es un tesoro, sí, pero un tesoro voluble de dogmatismo e intolerancia. Esos gamberros del Turia, no lo dude Usted, han de ser hijos pródigos en sus casas, ejemplos de civilidad y tolerancia en sus escuelas, maestros del double thinking orwelliano que no desmerecen la confianza de los empresarios que exprimirán su trabajo y su avidez de consumo, su habilidad para la hipocresía y la irreflexión.
Pero en fin, no vaya Usted a creer que todo el aire está contaminado. La convicción, permítame aclararle, no es un asunto de juventud, sino de madurez. Y, contrario a lo que se cree, no es el resultado de haber aclarado todas las dudas ni de haber encontrado la congruencia que resuelve cualquier contradicción. Eso no existe. Consiste apenas en vivir con inconsistencias y vicisitudes, con provisionalidad e inquietud, con ganas de seguir buscando y aclarando y percibiendo, afinando o deshaciendo, con voluntad de saber. Siempre hay alguien en los márgenes, por fortuna, algún joven que ante la duda prefiere no pronunciarse y esperar, alguien que se concede la oportunidad de descubrir, un escéptico del mensaje lelo y brutal que desde todos los frentes —escuela, familia, gobiernos, amigos, televisión e internet— intentan hacerle tragar sobre su valor intrínseco y su inteligencia natural y su bondad genuina, alguien que, quizá con alguna decepción, terminará por descubrir que saber más y más sólo plantea más dudas y hace consciente de cuánto ignoramos. Alguien, sí señor, que aún decepcionado será capaz de hacerse cargo de la vida. Como un hombre.
domingo, junio 19, 2016
El Gerente Académico
El Gerente Académico no deja trabajar. Nos convoca a juntas
donde chapurrea números que nunca son suficientes, otras veces se dedica a
tartamudear en incomprensible sintaxis sobre las últimas disposiciones de la
secretaría, a veces sencillamente planea comidas en su honor donde todos
debemos cooperar sin que necesariamente se celebren. ¿Quién iba a decirme que
luego de los años de Cambridge iba yo a quedar bajo las órdenes de un asno que
nos reúne sin más motivo que el de renovar la sensación de que es el jefe? Un
hombre sin cultura alguna, sin más instrucción que la de poder sumar dos más
dos, una prueba viviente del daño tremendo que puede provocar un sujeto con
título universitario y perspectivas de albañil que, encima, es aplaudido por
los padres de familia —tan animales como él— y no escasos estudiantes que lo
ven como un modelo tranquilizadoramente conforme a su vulgaridad. Un rey con
trajecito de Maximiliano en su trono ridículo, legislando lo mismo sobre el
reglamento de laboratorios que sobre el uso del tocino en las cafeterías, un hombre
de familia muy ufano de su nepotismo que no desmerece las comparaciones con
aquel ex-presidente célebre por sus burradas campechanas y desinhibidas. Ya se
sabe: el que nada sabe nada teme.
Y puede ser que como
dijo algún sabio ignorance is bliss,
pero mi motto aspiraba a ser
ligeramente distinto. Los años haciendo física teórica en Inglaterra no han
hecho sino ahondar el asco respecto a lo que sucede en mi país: los hay que se
van y no vuelven, los que se van y regresan como yo, los que nunca se van. A
esta última clase pertenecen los gerentes como mi jefe, individuos cuyo
carácter retrógrado y xenófobo los puso a salvo del extranjero y en
posibilidades de parasitar cómodamente instituciones que debieron deshacerse de
ellos al convertirlos en egresados. No ha sido así y ahora son ellos los dueños
de planes y voluntades y contratos. Ahí estoy yo a mi regreso, tratando de
tranquilizarme respecto a los múltiples signos de imbecilidad de las entrevistas:
un comité técnico que no sabe apenas con qué se come el átomo, una psicóloga de
personal cuya indumentaria y maquillaje hacen pensar que la que necesita un
tratamiento urgente es ella, y finalmente el infaltable gerente que remata
adecuadamente esta pirámide de estupidez de la que una población
extraordinariamente ignorante se enorgullece como de la Iglesia o la Policía.
Yo no tengo dinero, naturalmente, por eso he debido estudiar
en la creencia, equivocada o no, de que habría de servir para tenerlo: una
necedad sólo completada por el empeño de volver al país porque mi mujer —que sí
lo tiene— está aquí. No tuve capacidad para deshacerme de ella, pero tengo
noticias de que existe gente pragmática que no tiene empacho en poner las
relaciones en su sitio y hallarse a gusto en su soledad. Con suerte y un buen
día me canso y decido poner mi vida en orden y a mi mujer podré tratarla
entonces con la misma indiferencia cordial con que ella mira mis actividades, esa
distancia jesuítica y razonable desde donde todos los sobrados miran al mundo,
incluido aquello que supuestamente les es más caro. Sigo creyendo en que no es
bueno hacerle caso exclusivamente a la cabeza ni decidir lo que nos conviene
objetivamente en todo momento (suponiendo que tal cosa esté bien definida),
pero se reúne evidencia abrumadora de que esa es la ruta más aconsejable en
todos los casos: los asnos como el gerente decidieron en forma pragmática y han
ganado quedándose; los que quemaron las naves y ahora radican en el extranjero
también decidieron en forma racional y gozan de los beneficios de una vida mucho
menos vergonzosa que la mía.
Ha sido romántico decidir volver como lo he hecho yo apenas
terminar el doctorado, pero también lo fue haber partido, pues no fue cerebral
sino inspirado en ideas románticas acerca de la cultura europea y concretamente
la británica, ideas que si bien tuvieron puntual cumplimiento una vez que me
instalé y trabajé y leí libros desde el dormitorio dieciochesco y asistí a
nevadas inestables y a vientos que nunca cesaban y a prados con letreros que advertían
de pantanos movedizos y a reuniones que mezclaban tradiciones con un punto de
punk, si bien se cumplieron todas esas ideas, decía, nunca caí en la cuenta de
que la pregunta verdaderamente difícil es el la de what next? y no la de what
now?. Cuando llegó el momento de
contestar no estaba preparado y escogí lo que tuve a la mano: 'Buenas tardes
Doctor, para informarle que se abrió una convocatoria para plaza y esperamos
pueda participar' (sic). 'Deberías de tomarla, así podemos reunirnos y tendrás
tu casa y tu comida y podrás ver a tus padres y...' Falsedades. Puede ser que
no todo sea la pareja ni los amigos ni la familia. Puede ser que no todo sea el
trabajo. Pero lo que será siempre, es uno mismo. Y yo padezco día con día la
dura negociación con mi persona que protesta airada por el contacto con una fauna
que parece decidida a machacar mi espíritu con su abrumadora estulticia.
No es sencillo. Ahora mismo abro el correo y veo que el
Gerente convoca a junta para discutir asuntos de la vida departamental (sic),
que nos exhorta a los recién contratados a realizar cursos de integridad
personal, que nos comparte una reflexión (y ya este hecho es en sí vergonzoso) tan
rancia que parece sacada de la parte trasera de un calendario o de una revista
de variedades. ¿Cómo ir hasta su oficina a plantearle la realización de
trabajos para el próximo congreso mundial de física? ¿Cómo sugerirle que
invitemos al Dr. Pardon, especialista en mecánica cuántica, si no existe nadie
con quien pueda hablar ni lugar donde sentarlo ? ¿Cómo no sentir que se le
suben a uno los colores al rostro cada vez que el gerente habla de que
"sería bueno pos producir más de la investigación, esta, edá, de la
científica, porque ya lo piden en la secretaría, edá, pa que no falte dinero en
la uni"? No tiene caso. Ni siquiera lo tendría si yo fuera a renunciar y deseara
cantarle unas cuantas verdades: no las entendería. Se limitaría a sentirse
ofendido sin saber bien de qué, se concentraría en aquellos adjetivos que yo
utilice y le suenen familiares, ni siquiera lo vería disgustarse demasiado. ¿De
qué? ¿De que lo espera la idiota de su mujer con la comida caliente? ¿De que no
lo pueden correr? ¿De que su trasero engorda inexorablemente de tanta comodidad?
¿De una mediocridad escalofriante que ni siquiera percibe mientras la
televisión está encendida y sus hijos aprenden a ser fieles copias de su
testaruda imbecilidad? Si estuviese en su lugar, hasta me reiría.
Hora de la junta.
jueves, junio 16, 2016
Los ojos de Don Martinos
¿Hay, como dicen los transexuales, mujeres atrapadas en cuerpos de hombre? La cuestión no me importa, nunca me importó, pero ayer que fui con mi mujer y mis hijos a comprar los regalos de Navidad en el mall de Four Pines de Tucson, antes de volver a Santa Teresa, abrigado por un viento norte que hizo que cayera aguanieve sobre los pavimentos bien trazados de la ciudad gringa, me acordé de aquellos años en que siendo yo un chaval trabajé bajo su protección, que eso y no otra cosa fue aquel tránsito que me hizo pasar del tardío fin de mi infancia en la universidad a esa multiplicación de destinos posibles que fue salir del país a trabajar; años de verlo casi a diario mientras me hacía un hombre que lentamente reemplazaba los soberbios abusos de la juventud por las discretas responsabilidades de la adultez. ¿Qué me hizo acordarme de él? ¿Acaso la musiquilla de 'Añada' que he tenido en la cabeza desde que bajamos a desayunar esta mañana al restaurante frente al hotel? ¿Tal vez la fugaz visión de un profesor con un grupo de cuatro estudiantes a los que bromeaba con una confianza censurable? ¿Fue antes o después de recordar a los travestis de los alrededores del King-Kong a los que mis amigos y yo jugábamos bromas pesadas en la prepa?
Miro a mis hijos, abrazo a mi mujer. Frente a la tienda de juguetes la niña ha pegado un grito y el chaval que ya frisa los trece ha entrado corriendo en la misma. Casi todos los hombres guardamos secretos, particularmente frente a nuestras familias, nuestras mujeres, nuestras madres. De aquellos travestis de mi juventud sólo recuerdo mi risa estúpida que salía al encuentro de sus formas grotescas: ropas ajadas de las que salían carnes mal disimuladas, pelucas tiesas de mugre, maquillaje como de quien salió de los escombros. Jamás el menor trazo de deseo sexual o de admiración, ni siquiera cuando bajo una falda aparecían un par de poderosas piernas bien depiladas, ni siquiera cuando las tetas parecían auténticas. Nada. Sólo risa y cerveza y el calor entrando por las ventanillas de nuestros carros chocolate. Sólo eternidad y amigas a las que uno se obligaba a tratar de llevar a la cama. A veces un paseo y entonces un noviazgo. Alguna vez una traición. Risa, cerveza y calor.
Tarde supe que los homosexuales no necesariamente quieren ser mujeres. Más tarde que para serlo no había que ser afeminado. No fue mi culpa esta ignorancia: eran cosas que no me importaban y siguen sin importarme. No son de mi incumbencia. Pero fue en esos años que vinieron a mi mente esta mañana al bajar al restaurante, tarareando la musiquilla de 'Añada' mientras mis hijos desayunaban cabeceando de sueño y mi mujer me sonreía poniéndome el pan tostado en la boca, fue en esos años recordados, decía, en los que por primera vez traté a uno por largo tiempo y asistí a su vida cotidianamente mientras trabajaba bajo su protección. Uno que se empeñaba en lo profesional para mejor encubrir la carne. Uno que procuraba no mirarnos demasiado ni dejar de bromear para mejor tragar la inquietud que lo consumía. Concedo que esa inquietud no fuera explícitamente sexual, pero el sexo es una fuerza sagrada cuyas formas sublimadas apenas reconocemos. El sexo es a veces amistad. El sexo es a veces un trabajo terminado. El sexo es, seguramente, lo que mantiene a raya a la muerte. Su antítesis. Y ese hombre era vida. Y, por lo tanto, sexo.
Jamás he vuelto a vivir una confianza semejante, pero sólo en ocasiones aisladas como esta mañana en que las delgadísimas hojuelas de hielo se derriten en nuestros rostros o sobre los gorros de lana, lo echo de menos y le dedico una sonrisa con mueca de asunto que terminó sin nunca entenderse a cabalidad. Era un hombre solo, pero bastante decente y de humor ácido, que nos sacó de apuros en alguna ocasión y tuvo a bien darme los medios para que ahora yo pueda decir que me ha ido bien (él habría detestado oírme decir que he sido exitoso, pero lo soy). Compartimos varias reuniones fuera del trabajo en las que sencillamente nos reíamos y hablábamos de esas simplezas de las que habla uno en las borracheras. Anécdotas para escandalizar o advertir o burlar, algún gesto más o menos emotivo. Lo normal en un sitio donde sólo había cerveza y calor y del que yo era casi el único originario. Mis amigos idos uno a uno conforme pasaron los años: Tijuana, Mexicali, Guadalajara, Nogales, Querétaro, hasta yo que salí del país por tantos veranos gracias al hombre.
Un hombre que no era travesti ni afeminado, bien es verdad, pero en quien tuve oportunidad de percibir lo único que no percibí jamás en los travestidos de los alrededores del King-Kong ni en las locas de la prepa ni en los apretados de la universidad. Algo que no percibía siempre y que es posible que algunos de mis recuerdos hayan distorsionado por el paso del tiempo o, siendo fieles, reproduzcan lo que confundió el alcohol o las drogas (él era un grandísimo liberal). Cuando más afecto le tuve, cuando más cerca estuvimos, cuando creímos que nuestra amistad duraría para siempre y brindamos por ello y calamos los cigarros con entusiasmo y cantamos abrazados hasta el amanecer, de pronto, inadvertidamente, coincidían nuestras miradas y yo podía ver diáfanamente que dentro de sus ojos estaba una mujer. Sí: una mujer ahí, detrás del rostro barbado y los años que rebasaban los cuarenta y tantos y el pelo entrecano de largas patillas acariciadas por sus manos cuajadas de venas. Una mujer, sí, en el súbito silencio en el que me daba cuenta de que no era él quien estaba enamorado de mí, sino esa que vivía dentro suyo, la que no necesitaba salir en falda ni maquillarse con violencia, porque así estaban las cosas y para qué desafiarlas y para qué ir más allá y para qué...
A veces logro recordar estas cosas sin contarlas a nadie. Sonreírle a mi mujer y hacerle el amor en el hotel —los regalos tirados por el suelo, los niños dormidos desde hace media hora en la habitación contigua— y sentir ese temblor de piernas al terminar y esa satisfacción de abrazarla contra mi pecho mientras vemos la televisión y en mi cabeza suena la musiquilla de 'Añada' y un viejo poema de un libro de primaria y una carcajada sobre la avenida del King-Kong. Y él, que estoy seguro de que contra todo lo que manifestaba, era ella. Lo sé por sus ojos. Lo sé aunque ya no esté más y haya desaparecido dejando a tantos como yo, con vidas propias a cambio de la suya. Que era prestada.
Miro a mis hijos, abrazo a mi mujer. Frente a la tienda de juguetes la niña ha pegado un grito y el chaval que ya frisa los trece ha entrado corriendo en la misma. Casi todos los hombres guardamos secretos, particularmente frente a nuestras familias, nuestras mujeres, nuestras madres. De aquellos travestis de mi juventud sólo recuerdo mi risa estúpida que salía al encuentro de sus formas grotescas: ropas ajadas de las que salían carnes mal disimuladas, pelucas tiesas de mugre, maquillaje como de quien salió de los escombros. Jamás el menor trazo de deseo sexual o de admiración, ni siquiera cuando bajo una falda aparecían un par de poderosas piernas bien depiladas, ni siquiera cuando las tetas parecían auténticas. Nada. Sólo risa y cerveza y el calor entrando por las ventanillas de nuestros carros chocolate. Sólo eternidad y amigas a las que uno se obligaba a tratar de llevar a la cama. A veces un paseo y entonces un noviazgo. Alguna vez una traición. Risa, cerveza y calor.
Tarde supe que los homosexuales no necesariamente quieren ser mujeres. Más tarde que para serlo no había que ser afeminado. No fue mi culpa esta ignorancia: eran cosas que no me importaban y siguen sin importarme. No son de mi incumbencia. Pero fue en esos años que vinieron a mi mente esta mañana al bajar al restaurante, tarareando la musiquilla de 'Añada' mientras mis hijos desayunaban cabeceando de sueño y mi mujer me sonreía poniéndome el pan tostado en la boca, fue en esos años recordados, decía, en los que por primera vez traté a uno por largo tiempo y asistí a su vida cotidianamente mientras trabajaba bajo su protección. Uno que se empeñaba en lo profesional para mejor encubrir la carne. Uno que procuraba no mirarnos demasiado ni dejar de bromear para mejor tragar la inquietud que lo consumía. Concedo que esa inquietud no fuera explícitamente sexual, pero el sexo es una fuerza sagrada cuyas formas sublimadas apenas reconocemos. El sexo es a veces amistad. El sexo es a veces un trabajo terminado. El sexo es, seguramente, lo que mantiene a raya a la muerte. Su antítesis. Y ese hombre era vida. Y, por lo tanto, sexo.
Jamás he vuelto a vivir una confianza semejante, pero sólo en ocasiones aisladas como esta mañana en que las delgadísimas hojuelas de hielo se derriten en nuestros rostros o sobre los gorros de lana, lo echo de menos y le dedico una sonrisa con mueca de asunto que terminó sin nunca entenderse a cabalidad. Era un hombre solo, pero bastante decente y de humor ácido, que nos sacó de apuros en alguna ocasión y tuvo a bien darme los medios para que ahora yo pueda decir que me ha ido bien (él habría detestado oírme decir que he sido exitoso, pero lo soy). Compartimos varias reuniones fuera del trabajo en las que sencillamente nos reíamos y hablábamos de esas simplezas de las que habla uno en las borracheras. Anécdotas para escandalizar o advertir o burlar, algún gesto más o menos emotivo. Lo normal en un sitio donde sólo había cerveza y calor y del que yo era casi el único originario. Mis amigos idos uno a uno conforme pasaron los años: Tijuana, Mexicali, Guadalajara, Nogales, Querétaro, hasta yo que salí del país por tantos veranos gracias al hombre.
Un hombre que no era travesti ni afeminado, bien es verdad, pero en quien tuve oportunidad de percibir lo único que no percibí jamás en los travestidos de los alrededores del King-Kong ni en las locas de la prepa ni en los apretados de la universidad. Algo que no percibía siempre y que es posible que algunos de mis recuerdos hayan distorsionado por el paso del tiempo o, siendo fieles, reproduzcan lo que confundió el alcohol o las drogas (él era un grandísimo liberal). Cuando más afecto le tuve, cuando más cerca estuvimos, cuando creímos que nuestra amistad duraría para siempre y brindamos por ello y calamos los cigarros con entusiasmo y cantamos abrazados hasta el amanecer, de pronto, inadvertidamente, coincidían nuestras miradas y yo podía ver diáfanamente que dentro de sus ojos estaba una mujer. Sí: una mujer ahí, detrás del rostro barbado y los años que rebasaban los cuarenta y tantos y el pelo entrecano de largas patillas acariciadas por sus manos cuajadas de venas. Una mujer, sí, en el súbito silencio en el que me daba cuenta de que no era él quien estaba enamorado de mí, sino esa que vivía dentro suyo, la que no necesitaba salir en falda ni maquillarse con violencia, porque así estaban las cosas y para qué desafiarlas y para qué ir más allá y para qué...
A veces logro recordar estas cosas sin contarlas a nadie. Sonreírle a mi mujer y hacerle el amor en el hotel —los regalos tirados por el suelo, los niños dormidos desde hace media hora en la habitación contigua— y sentir ese temblor de piernas al terminar y esa satisfacción de abrazarla contra mi pecho mientras vemos la televisión y en mi cabeza suena la musiquilla de 'Añada' y un viejo poema de un libro de primaria y una carcajada sobre la avenida del King-Kong. Y él, que estoy seguro de que contra todo lo que manifestaba, era ella. Lo sé por sus ojos. Lo sé aunque ya no esté más y haya desaparecido dejando a tantos como yo, con vidas propias a cambio de la suya. Que era prestada.
domingo, junio 12, 2016
La cena de Baco
Sentado a la mesa de Francia donde se descorchaban vinos y se ofrecían carnes frías, en medio de las risas de un pueblo antiguo, el profesor elevaba su ronca voz por encima de las juventudes tímidas y los adultos sometidos, lanzando edictos sobre el cine, la literatura y la historia. Que si era indebido leer a Céline en la Galia lo mismo que a Vasconcelos en Tenochtitlán. Que si el cine francés se recuperaría alguna vez del fardo espantoso de un romanticismo de culo a la Madame Bovary. Que si el ministerio de educación le permitiría alguna vez viajar a Santa Teresa sin tener que firmar un acta de desistimiento por indemnizaciones de secuestro o extorsión. El otro lo acompaña en sus carcajadas y se afloja como nunca ha podido hacerlo con sus colegas allende el Atlántico, cuestionándose si es un asunto de engreimiento ridículo o de orientación sexual: lo primero por hallar las discusiones sobre fútbol poco apasionantes; lo segundo porque abundar en las variantes de la resignación matrimonial le resulta extraordinariamente aburrido.
Cuestión de adaptación en la que nunca ha sido bueno. Tampoco aquí, aunque los intereses de las personas, refinadas o no, nunca se distingan en lo esencial de las de la albañilería. El profesor lo utiliza para sus pullas retóricas que él contesta con maestría, como quien sabe que esta corte dieciochesca y republicana exige su colaboración, esa dosis de exótico escándalo que como un guante perfecto cubre la convicción de su tolerancia hacia el extranjero y negro que, si es homosexual y ateo, tanto mejor. Dos, cuatro pájaros de un tiro. El otro entreviendo las estanterías de libros y los cuadros de las paredes y los adornos de las vitrinas y el buen cuidado de las servilletas y la vista desde la ventana que se extiende por campos verdes donde llueve casi todo el tiempo, la chimenea con sus marcas de tizne y la leña guardada debajo de la escalera, volviéndose luego en un entrecerrar de ojos a las paredes desnudas de Santa Teresa y los colores vivos y el sol ardiendo en una calle apretada de vecinos inexplicables, 'la copia pirata de la civilización occidental', le susurra al oído Negrita. Y él lo cree así también, mas se resiste, negociando consigo mismo la acendrada idea de que no hay camino recto entre países ni es una sola la mesa de la cena. Plástico aquí y cristal allá, manteles de tela o bordados, la copa correcta o el vaso desechable, abre los ojos, despierta.
Embajador, puente, mercenario académico. Un largo camino, inexplicable como todos, que va desde la cabaña de pescados crudos de Oulu, frente al golfo de Botnia, hasta esta mesa de cuerpos envejecidos y nuevos invitados. Un camino que pasa por las colinas de Vyšehrad y tímidos correos electrónicos. 'Dear Professor', empieza a sus veintinueve y acaba a los treinta en la estación de Lille. 'I would like to introduce myself' y termina escuchando un pedo en mitad del Haut Medoc al lado de hijos imaginarios. Creía que escapaba. Que era un cazador. Que un buen día empacaría sus cosas y, con pareja o sin ella, acabaría paseando con un pesado abrigo por las calles de alguna ciudad europea. No más. El profesor levanta la copa triunfal, le llama por su nombre, pide al otro que le sirva más vino ante la mirada cómplice de las esposas y los estudiantes. El filósofo al final de la mesa, sonriendo con sano escepticismo, pide también que le sirvan. Hora de arriar las banderas por un par de horas de ebriedad en anticipación de futuros remotos universales. La Marsellesa o la Internacional. La raza cósmica.
La madrugada se evapora presintiendo el verano y frente a la terraza hacen planes de trabajo y vacaciones, con o sin el permiso del ministerio de educación. Los jefes llaman a juntas para decidir el orden correcto en que deben ser alineadas las bancas en un salón o si los planes de ingeniería han de seguir utilizando matemáticas cuando lo importante es ser humano. Él bebe. El otro también. No puede quedarse, piensa, no sólo porque no es su casa, sino porque el mercenario ha muerto. O nunca lo hubo. Nunca estuvo solo y lo ignoraba. No representa a nadie, pero sus únicos motivos no están en todos los departamentos de esta república, sino exponiendo sus vidas en zonas rojas, según el ministerio del interior, peleados entre sí, crispados, como navajas salvajes que saltan por los aires. No le importa ya, desde luego. Si de algo ha de morir, ahí está Hornos. Ahora es el viejo que quiso salvar a la humanidad y terminó inmolándose. El que se hace a un lado y escribe cartas de recomendación: 'Salut Thierry', 'Jesusfuckingchirst', 'Habría qué ver'. Pasan los demás como en tropel, circulan por la mesa (¿cuánto tiempo?). Se despide de beso y Santa Teresa arde. Se acuesta y se hace acompañar por los suyos. El Reino solitario en una ciudad desconocida que sólo visita en la duermevela. Ya volverá, ya volverá...
'Siempre amanece en alguna parte', recuerda. 'Qué gran idiotez'. Se ríe. Duerme.
domingo, junio 05, 2016
Orgía en Hornos
Se sienta pesadamente sobre el sillón de mimbre de la larga terraza —ocho arcos en total, piso rojizo de losas de barro laqueado— con un vaso de whisky en el que aún pudo poner algunos hielos, encendido el cigarrillo en una mano y la mirada perdida en el atardecer sofocado que se desarrolla por encima del monte yermo con su camino de terracería rodeado de sahuaros y nopales. A un volumen aceptable se escucha salir del salón Hubbard Hills, de los Tindersticks. No está más en la academia militar de Swindon donde podía subir y bajar colinas a bordo de una bicicleta negra ni en el paisaje plano de Flandes, con su lluvia eterna y su verano de dos semanas. Está a quince largos minutos de la carretera que va de Santa Teresa a Hornos, por esta misma terracería que tiene delante y en donde ha visto cruzar, seguras de sí mismas, las criaturas más diversas: tarántulas y serpientes, tlacuaches de hocico afilado y liebres hipnotizadas por las luces de los faros en la noche. Un hormigueo en el cuerpo —el alcohol— y la certidumbre de lo inevitable, lo relajan. Repasemos lo ocurrido.
Las había conocido hará unas tres semanas, una de esas noches en que había salido a buscar jovencitos por la plaza arbolada del centro para encontrarse con lo mismo: prostitutos drogadictos de más de treinta años, travestis enfermas a las que faltaban algunos dientes, algún ranchero gordo y muy arreglado que sostenía que lo primero era conocerse. Un fastidio. Entonces decidió tomarse una cerveza en ese bar en el que no había reparado jamás y en el que algunos estudiantes lo reconocieron. 'Pásele maestro, ¿qué hace por aquí? Al fin se decide a divertirse', frases que lo animaron a seguir el juego, sacar a bailar a algunas tipas, fungir de macho para ejemplo de los morros más o menos torpes y tímidos que ahí se daban cita y, finalmente, a dar con esas tres con las que se quedó conversando y bebiendo y fumando en un rincón, como hipnotizado por su salacidad y su risa, por su juventud de veinte años medianamente ejercidos al lado de sus recursos de hombre de cuarenta. ¿Qué le pasaba por la cabeza cuando ponía sus manos en la cintura de una o le removía el cabello de la frente a otra? ¿Qué era lo que sentía en la entrepierna cuando encendía el cigarrillo de una agachándose hasta oler el perfume que salía de sus pechos? ¿Qué era esta nueva adrenalina que recorría sus venas cuando una se le abrazó al cuello por la espalda y le dijo al oído que podían ir los cuatro a su casa porque sus papás estaban en Guadalajara?
No pensaba. Por entre las calles obscuras de Santa Teresa de vez en cuando iluminadas por patrullas que pasaban rápidamente o se hallaban orilladas inspeccionando algún otro vehículo, los cuatro se desplazaron hasta el domicilio de Ethel y, apenas llegaron, Alba y Mónica encendieron un churro que apestaba más de lo usual. ¿Hace cuánto que no fumaba mariguana? ¿fue en Mons, durante la fête de la musique? ¿fue en Guadalajara cuando lo visitó aquel matrimonio swinger que luego se separó? No le intimidó que se lo pasaran y dio cuantas caladas consideró razonable dar. Ethel no quiso probar, pero se quitó la blusa y, tomándolo de la mano así, con las tetas al aire, lo llevó al dormitorio. 'Ahora vienen', le dijo, y ya en el cuarto lo sentó sobre la cama y le ayudó a quitarse el pantalón dejándole la camisa. ¿Quién fue la última en intentarlo? ¿la checa? ¿la francesa de Quiévrechain? No las recordó. Con una mano firme hundió la cabeza de Ethel en su entrepierna y ella se entretuvo con las dimensiones que, gravedad, edad o naturaleza, le exploraban la garganta a fondo. Mónica y Alba llegaron desnudas a la habitación, entrelazadas, para luego tomar turnos. La iluminación que llegaba del salón era todo aquello de lo que disponían, pero aún así le sorprendía de pronto el brillo de unas medias que se corrían, de unos aretes por el suelo o algún piercing, no sabía bien si en la lengua o en los labios. Al final se quedaron inmóviles una media hora. Alba y Mónica dormidas, Ethel pasándole una mano de uñas brillantes por el pecho. Transcurrido el plazo, ésta le dijo que debía irse y él, sin cuestionar nada, accedió. En la puerta le pasó un papel y le dedicó una última risa llena de travesura y tontería: 'Nos volveremos a ver. Ahora vete'.
Al día siguiente, domingo, se levantó tarde. No miró más los perfiles de Facebook de su expareja ni los de aquellos estudiantes con los que hubiese querido acostarse y con los que, por razones profesionales, apenas se había limitado a bromear pesadamente. No pensó en sus amigos (¿pero cuáles?) ni en el trabajo pendiente que habían venido cargándole en los últimos años aprovechándose de su adicción laboral ('Es mejor trabajar que pensar en lo que perdiste, ¿no?', le llegó a decir su jefe). Leyó concentradamente las páginas de aquel periódico atroz y halló el anuncio mal redactado de aquella propiedad en venta: 'Terreno campestre a 15 min de la carretera a Hornos, 1 casa completamente amueblada, 60 árboles, pozo, noria, corrales'. Concertó una cita, se duchó, se vistió como si estuviera en el verano de Swindon y no al inicio de la canícula de Santa Teresa, y condujo hasta aquella desviación de la carretera a Hornos donde ya lo esperaba el vendedor: un hombre gordo y blanco, la cara llena de cacarizos y bigote espeso, lentes obscuros de los que nunca prescindió, una camioneta elevada y lujosa a la que siguió por entre el monte yermo a través de la terracería. Vio buitres sobrevolando, ninguna señal de actividad humana a la redonda cuando ya se estacionaban frente a la finca. El dueño le prestó un sombrero, recorrieron algunos linderos del enorme terreno, los árboles de cítricos, la casa que efectivamente estaba amueblada y en la que no le costó trabajo imaginar a las chicas de anoche. La venta se cerró en menos de una semana.
Una semana tensa, sobra decirlo, en la que su jefe pudo seguir cobrando por los resultados que él producía y cargándole más trabajo, concentrado como estaba en no dejarse arrastrar por la desesperación de buscar a Ethel o a Mónica o a Alba, menos aún por la de buscar a alguno de sus jovencitos favoritos, tampoco organizar reuniones en su casa ni con colegas (¿pero cuáles?) ni con estudiantes —esos carroñeros que huelen perfectamente cuando alguien está muriendo y lo frecuentan, amistosos y comprensivos. Alguna tarde, mientras salía de la oficina, creyó ver a Ethel en la distancia y, recordando su propia edad y la seguridad extraordinariamente fría con que obró el fin de semana anterior, se limitó a verla alejarse hasta perderse en el poniente. No bebió ni fumó toda la semana. Hizo ejercicio como de costumbre. El fin de semana, decidido a no padecer la desesperación, llevó a sus dos perras al terreno recién comprado y se puso a conocer los detalles del lugar, dispuesto a pasar la noche ahí. Las perras corrieron hasta agotarse, también él se cansó de hacer una serie de faenas para las que no veía más remedio que contratar a un vigilante, aunque de momento las disfrutaba. La señal del celular iba y venía cuando por fin se sentó en la terraza al anochecer, sin que pudieran verse más luces que las estrellas. En la madrugada lo despertó el ruido de alguna balacera lejana y algo como motores de camionetas. O los soñó. No sería extraño que los narcotraficantes anduvieran por aquí visitando las rancherías a la búsqueda de efectivo o pertrechos. Volvió a dormir.
El domingo por la mañana tenía un mensaje de Ethel. 'Te he ido a buscar al cubículo', decía, 'pero no pude encontrarte. Llámame después de las siete'. Supo que debía asombrarse de que ella supiera dónde trabajaba o temer de la posibilidad de que fuera una estudiante, pero no sintió nada. Subió a las perras a la camioneta, cerró la finca luego de bajar las persianas y avanzó por entre la terracería hasta alcanzar la carretera a Hornos. Un par de hombres armados lo vieron pasar apenas dar vuelta con rumbo a Santa Teresa. En la entrada a ésta lo detuvo otro par para preguntarle qué estaba haciendo en la loma. 'Tengo una finca ahí', se limitó a cooperar. Y agregó: 'Vuelvo posiblemente esta noche'. Pero Ethel no contestó el teléfono después de las siete. Insistió hasta pasadas las ocho y entonces salió a la calle. En el bar de la otra vez —con el que fue difícil dar, por cierto— no estaba ninguna de las tres. Abordó a una muchacha que jugaba solitaria en la mesa de billar y ésta lo rechazó con vehemencia. Frustrado, por fin tocado en su orgullo propio, salió a la calle y se puso a fumar. Las palabras del jefe vinieron a su mente: 'Pues no andes en ciertos lugares donde puedan verte los alumnos o los padres de familia. Ya sabes que se te respeta, pero todo con discreción. Esta es una institución católica, ¿entiendes?'. Una furia repentina le creció por dentro como una bola de fuego, una ira tan novedosa como las erecciones de los últimos días. Salió la chica desdeñosa del bar, sin advertir su presencia, y decidió seguirla desde el carro hasta que, en un crucero desierto —esos domingos de Santa Teresa hechos de polvo y mierda y chamizos— bajó rápidamente del auto, le tapó la boca con una mano firme y la subió al carro donde terminó por noquearla para que no fuese a gritar.
Apagó el teléfono y condujo haciendo enormes esfuerzos por tranquilizarse. La situación había dado un vuelco peligroso, era verdad. Pero todavía era salvable. Podía dejarla en otra calle desierta. Podía terminar aquella aventura de la que sólo escucharía por el periódico al día siguiente y luego ya nada. Nadie lo reconocería si, como de costumbre, pasaba la vida metido en su oficina. En la carretera a Hornos tuvo que volverla a golpear porque empezaba a despertar. Tenía el puño derecho lleno de sangre. Por la terracería, como quien se interna en la boca de un lobo, le puso una mano en las piernas y volvió a sentirse como el fin de semana pasado. Estaba cambiando. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? En la finca bajó a la muchacha y ésta no tardó en despertar. Pasada una primera histeria que sólo consiguió calmar con amenazas, por fin consiguió que cooperara. Sara era agresiva, amenazante. Inmediatamente lo reconoció: 'Tú estuviste en el bar hace una semana, cabrón. Te fuiste con Ethel y el par de drogadictas de sus amigas. Te va a cargar la chingada'. Puso música para tranquilizarse. Con el soundtrack de Eyes Wide Shut como fondo y su renovada seguridad inexplicable, le informó que no iba a decirle a nadie quién era porque ella no iba a salir de ahí. Que lo mejor que podría hacer era relajarse porque pronto organizaría fiestas ahí y más le valía acostumbrarse a su nueva vida. Que las chicas del bar volverían. 'Tú estás loco, cabrón', le dijo aventándole el vaso de whisky vacío luego de tomarlo de un sólo golpe. Pero las chicas volvieron.
Él procuró visitar a Sara a diario, pero algunas veces se lo impedían sus ocupaciones; ésta se quedaba forzosamente encerrada en la habitación principal, sin más acceso que al agua y la comida suficientes para esperar su regreso. A decir verdad, pese a sus reacciones hostiles, no parecía desesperada. 'No seas pendejo. ¿De verdad piensas tenerme aquí para siempre? Ya han de estarme buscando en todos los periódicos'. 'Mañana hay fiesta', se limitó a contestarle, pero tenía razón: el miércoles en que por fin apareció Ethel también vio la foto de Sara en un periódico, aunque ahí reportaban que era la universidad el último sitio donde había sido vista. '¿Te has escapado de tu casa, verdad?', le dijo él. 'Eso a ti no te importa', le contestó Sara. El miércoles Ethel le llamó para decirle que disponía de poco tiempo para explicarle su cancelación de última hora. Se vieron y le mostró el rancho por fuera, sin pasarla a la finca por el poco tiempo con el que contaban. Lo hicieron en el auto. Al regreso los detuvo de nuevo la camioneta de la otra vez: '¿De regreso ya, jefe?', 'Llevo a la muchacha a su casa', 'Pues paga pa la sed'. Ethel parecía estar familiarizada con ese tipo de situaciones: lució tranquila en todo momento, despreocupada, fumando con impaciencia sólo porque se hacía tarde y todavía dijo en la carretera: 'Menos mal que no eran policías'. Quedaron de verse el sábado. Con las chicas.
El sábado las esperó afuera del bar y fueron llegando una por una, puntuales. En el carro bromearon sin parar. Le sugirieron llevar a alguno de sus jóvenes amigos para hacer una orgía en toda forma, pero él se resistió. Ethel, sin embargo, estirándose hacia él desde el asiento del copiloto, le susurró al oído: 'Dany dice que puede venir, que te conoce y sabe que siempre has querido con él. Que está dispuesto siempre que estemos nosotras'. Una sonrisa le atravesó el rostro y, sin decir nada, asintió. 'En el siguiente semáforo, das vuelta a la izquierda', dijo Ethel. Mónica y Alba se descojonaban de risa atrás, cantando con fuerte acento la letra de The hellcat spangled, mientras el carro se detenía en una esquina en la que Dany subió para instalarse con ellas. Sus ojos se encontraron con los de él en el espejo retrovisor. 'Buenas noches, profesor'. 'Buenas noches'. Risas.
Atraviesa el auto la terracería que conduce a la finca a buena velocidad. ¿Son luces las que ve a la izquierda del camino, como a lo lejos? ¿luces en mitad del monte? En la finca todo es silencio hasta que llegan e invaden la terraza y las sillas de mimbre, depositan los botes de cerveza en el suelo, la botella de whisky sobre la barra del bar. Ponen música. Preparan porros. Dany saca unas pastillas de un pequeño bolsillo dentro del bolsillo y sonríe ancho, con su boca perlada. Transcurrida una hora y media él va a ver cómo está Sara en la habitación principal y ésta se halla viendo la tele. 'Así que las trajiste, cabrón. De esta no sales vivo'. 'No seas dramática, ¿quieres venir o vas a seguir fingiendo que te he secuestrado cuando lo que querías era irte de tu casa?'. 'Vete a la chingada cabrón. Sí quiero ir. Y está bien, pero no cuentes con mi lealtad, pendejo. Cuando menos lo pienses ya me habré ido a la chingada de aquí y voy a quitarte todo tu dinero'. 'Vale, Sara, como quieras'. No se había acostado con ella todavía, apenas unos escarceos que le sabían a violación. Mejor convencer. 'Les presento a una amiga', dijo al llegar con ella a la terraza.
Empezó Dany. Sólo el pintor que vivía abajo de su piso en Flandes había hecho algo parecido cuando quiso follarse a esa adolescente francesa, rejega y drogadicta con la que se reunían: le había plantado un beso profundo e ininterrumpido a él delante de ella, y ese sólo acto sirvió como invitación para que ella se incorporara y, ya instalada entre sus bocas, fuese apartada con un gesto para irse a la habitación del pintor. 'Aquéllos maravillosos tiempos', pensó mientras se besaba con él y Ethel se incorporaba como antes lo hiciera la adolescente francesa. Alba y Mónica, como siempre, entrelazadas. Sara con los ojos hinchados de cannabis, reía sin parar de todos nosotros, los pies recogidos sobre su asiento de mimbre. '¡Hijos de puta, cabrones!', gritaba ahogándose en sus propias carcajadas. Ahí sobre la terraza se tiraron todos, primero sobre las losas de barro laqueado, luego rodando lentamente hasta el escaso césped. Primero Mónica y Alba, pero luego también Sara, convertidos todos en un amasijo de brazos y piernas, bebieron sus secreciones como quien continúa una borrachera de muchos licores. No se extrañó de que esto volviera a ocurrir, que estuviera ocurriendo, que fuese este su miembro el que penetraba a Ethel o a Dany, a Alba o a Mónica, el que acariciara a Sara mientras Dany se hacía cargo de ella. Su asombro transformado en un éxtasis iluminado y conspicuo, su vida amputada de años de estiércol redimida en un sólo acto de libertad irrefrenable.
'Voy a llevarlas a sus casas. Te quedas con Dany. No vayas a hacer ninguna idiotez'. ¿Son esas de nuevo las luces que vieron hace rato, ahora a la derecha de la terracería? ¿Qué estaría pasando? Al dar vuelta en la carretera de Hornos oye una balacera lejana. 'Son narcos, chingado, ¿por qué te preocupa?', le espeta Ethel con las tetas mullidas y la entrepierna turgente donde aún se le humedecen los dedos. 'Ya pronto va a amanecer', piensa. Ha pasado poco más de una hora cuando ya está de nuevo en la desviación de Hornos. Ellas dormidas en sus casas, con las manos en el sexo. La finca, según va descubriendo, en penumbra. No hay rastro de Sara ni de Dany. '¿Cómo se habrán ido de aquí estos cabrones?', se pregunta. El espejo del salón está roto y tiene cabellos de Sara incrustados. Una botella vacía de whisky está rota en el suelo. Espera a que amanezca para mejor estudiar el escenario, pero está tan borracho y cansado que se queda dormido. Cuando despierta, ya es cerca del mediodía. Dentro de la casa no hay nada que no hubiera visto anoche, pero en la entrada hay marcas de llantas de vehículos. El pozo está abierto y al asomarse cree entrever un cuerpo al fondo, pero no quiere alarmarse innecesariamente. Decide que no está claro, arregla un poco el lugar, toma el auto y se va a su casa. Poco antes del entronque con la carretera está la camioneta de la otra vez y vuelven a pedirle dinero. No puede resistir preguntarles por Sara y Dany, pero los hombres dicen no saber nada y él no insiste más.
La semana ha pasado naturalmente con inquietud, pero sus cuarenta largos años le dan la solidez necesaria para hacer su trabajo sin considerandos. El jefe le echa en cara sus largas ojeras y en las clases cree ver o escuchar contenidas risas. No se molesta en ir a la finca. Ethel no responde sus llamadas, pero sabe que algo grave ha ocurrido y no logra precisar de qué se trata. El jueves por fin escucha por accidente una conversación entre maestros, mientras se sirve un café, donde hablan del 'macabro hallazgo' del cuerpo de un estudiante, allá por la salida a Hornos. Pregunta por detalles, pero no conocen el nombre del muchacho. Es Ethel la que el viernes, muy temprano por la mañana, le llama para confirmarle: 'Hallaron a Dany muerto, no mames. ¿Qué hiciste cabrón?'. '¿Yo qué tengo qué ver en todo eso?', le contesta. Ella habla a susurros, se escucha el eco de quien se ha encerrado en un baño o en un cuarto de lavado. Parece que se enciende y apaga una lavadora. 'Tengo qué verte'. 'Luego te llamo'. Acude al bar el viernes por la tarde y alguien le dice que Mónica y Alba lo han estado buscando. '¿A mí?'. 'Sí, al profesor. Usted es el profesor, ¿no?'. Va a su casa ya medio tomado, el recuerdo de las colinas de Swindon y los teriles de Flandes en medio de la canícula ya instalada de Santa Teresa, pero al dar la vuelta en su cuadra encuentra patrullas detenidas frente a su casa y decide pasar de largo. Un dolor como de golpe en la boca del estómago, lo ahoga.
Va a la finca y en el camino de ida, con la noche ya instalada, lo detiene una patrulla. '¿Qué hace?' 'Soy maestro de la universidad'. Lo dejan ir no sin antes advertirle que ese rumbo es peligroso. 'Anda una gavilla de narcos por aquí, no se vaya a meter en problemas profe'. En la terracería, muy cerca ya de la finca, se encuentra de repente con los faros encendidos de una camioneta. Son los hombres de la otra vez, que le advierten de las consecuencias de hacer demasiado escándalo por lo ocurrido. '¿Lo ocurrido? ¿de qué?'. 'No te hagas pendejo, ya sabes'. '¿De qué? ¿Ustedes tienen algo qué ver con lo del morro y la morra desaparecidos?', '¡Cállate pendejo!'. Lo dejan llegar a la finca y todo parece normal, pero apenas entra en ella descubre que la habitación está revuelta. Sara yace en medio de la cama, salvajemente golpeada. No respira. Una mano está amarrada de la cabecera, otra tiene marcas de haberlo estado. Se lleva las manos a la cabeza y no entiende ya exactamente de qué es responsable y de qué no. Superado un primer momento de desesperación, hace acopio de fuerzas. Bebe salvajemente y se duerme en la terraza hasta bien entrada la madrugada. ¿Son luces aquellas del fondo? Escucha o sueña que hay balaceras en los alrededores.
Despierta. Es tarde y suda copiosamente. El sol hace arder la tierra y pone música mientras cierra la puerta de la recámara donde está el cadáver de Sara. Sigue bebiendo y piensa en las colinas de Swindon, con sus prácticas de tiro y la reparación de aeronaves, con el cadete francés del que estuvo enamorado; piensa en las aventuras de Flandes, esa tierra donde siempre está lloviendo y donde se enamoró de hombres allende el océano. 'Ahora mujeres', sonríe. 'Una muerta; otras tres probablemente dando datos a la policía de Santa Teresa, cuya sola incompetencia puede explicar que aún no haya llegado. Dany muerto'. Ve a lo lejos una polvareda sobre la terracería mientras escucha Nuages gris de Liszt. Cree que es el fin, pero la polvareda nunca se materializa en ningún vehículo. Se mira las manos, embriagado, y las descubre con horror manchadas de tierra y sangre. Otro whisky. Otra canción. Hubbard Hills, de nuevo. La tarde en la terraza. Repasar lo ocurrido...
'Soy el cadáver en el pozo' se dice, mientras se hunde lenta, profundamente. Como un saco de deseos.
Las había conocido hará unas tres semanas, una de esas noches en que había salido a buscar jovencitos por la plaza arbolada del centro para encontrarse con lo mismo: prostitutos drogadictos de más de treinta años, travestis enfermas a las que faltaban algunos dientes, algún ranchero gordo y muy arreglado que sostenía que lo primero era conocerse. Un fastidio. Entonces decidió tomarse una cerveza en ese bar en el que no había reparado jamás y en el que algunos estudiantes lo reconocieron. 'Pásele maestro, ¿qué hace por aquí? Al fin se decide a divertirse', frases que lo animaron a seguir el juego, sacar a bailar a algunas tipas, fungir de macho para ejemplo de los morros más o menos torpes y tímidos que ahí se daban cita y, finalmente, a dar con esas tres con las que se quedó conversando y bebiendo y fumando en un rincón, como hipnotizado por su salacidad y su risa, por su juventud de veinte años medianamente ejercidos al lado de sus recursos de hombre de cuarenta. ¿Qué le pasaba por la cabeza cuando ponía sus manos en la cintura de una o le removía el cabello de la frente a otra? ¿Qué era lo que sentía en la entrepierna cuando encendía el cigarrillo de una agachándose hasta oler el perfume que salía de sus pechos? ¿Qué era esta nueva adrenalina que recorría sus venas cuando una se le abrazó al cuello por la espalda y le dijo al oído que podían ir los cuatro a su casa porque sus papás estaban en Guadalajara?
No pensaba. Por entre las calles obscuras de Santa Teresa de vez en cuando iluminadas por patrullas que pasaban rápidamente o se hallaban orilladas inspeccionando algún otro vehículo, los cuatro se desplazaron hasta el domicilio de Ethel y, apenas llegaron, Alba y Mónica encendieron un churro que apestaba más de lo usual. ¿Hace cuánto que no fumaba mariguana? ¿fue en Mons, durante la fête de la musique? ¿fue en Guadalajara cuando lo visitó aquel matrimonio swinger que luego se separó? No le intimidó que se lo pasaran y dio cuantas caladas consideró razonable dar. Ethel no quiso probar, pero se quitó la blusa y, tomándolo de la mano así, con las tetas al aire, lo llevó al dormitorio. 'Ahora vienen', le dijo, y ya en el cuarto lo sentó sobre la cama y le ayudó a quitarse el pantalón dejándole la camisa. ¿Quién fue la última en intentarlo? ¿la checa? ¿la francesa de Quiévrechain? No las recordó. Con una mano firme hundió la cabeza de Ethel en su entrepierna y ella se entretuvo con las dimensiones que, gravedad, edad o naturaleza, le exploraban la garganta a fondo. Mónica y Alba llegaron desnudas a la habitación, entrelazadas, para luego tomar turnos. La iluminación que llegaba del salón era todo aquello de lo que disponían, pero aún así le sorprendía de pronto el brillo de unas medias que se corrían, de unos aretes por el suelo o algún piercing, no sabía bien si en la lengua o en los labios. Al final se quedaron inmóviles una media hora. Alba y Mónica dormidas, Ethel pasándole una mano de uñas brillantes por el pecho. Transcurrido el plazo, ésta le dijo que debía irse y él, sin cuestionar nada, accedió. En la puerta le pasó un papel y le dedicó una última risa llena de travesura y tontería: 'Nos volveremos a ver. Ahora vete'.
Al día siguiente, domingo, se levantó tarde. No miró más los perfiles de Facebook de su expareja ni los de aquellos estudiantes con los que hubiese querido acostarse y con los que, por razones profesionales, apenas se había limitado a bromear pesadamente. No pensó en sus amigos (¿pero cuáles?) ni en el trabajo pendiente que habían venido cargándole en los últimos años aprovechándose de su adicción laboral ('Es mejor trabajar que pensar en lo que perdiste, ¿no?', le llegó a decir su jefe). Leyó concentradamente las páginas de aquel periódico atroz y halló el anuncio mal redactado de aquella propiedad en venta: 'Terreno campestre a 15 min de la carretera a Hornos, 1 casa completamente amueblada, 60 árboles, pozo, noria, corrales'. Concertó una cita, se duchó, se vistió como si estuviera en el verano de Swindon y no al inicio de la canícula de Santa Teresa, y condujo hasta aquella desviación de la carretera a Hornos donde ya lo esperaba el vendedor: un hombre gordo y blanco, la cara llena de cacarizos y bigote espeso, lentes obscuros de los que nunca prescindió, una camioneta elevada y lujosa a la que siguió por entre el monte yermo a través de la terracería. Vio buitres sobrevolando, ninguna señal de actividad humana a la redonda cuando ya se estacionaban frente a la finca. El dueño le prestó un sombrero, recorrieron algunos linderos del enorme terreno, los árboles de cítricos, la casa que efectivamente estaba amueblada y en la que no le costó trabajo imaginar a las chicas de anoche. La venta se cerró en menos de una semana.
Una semana tensa, sobra decirlo, en la que su jefe pudo seguir cobrando por los resultados que él producía y cargándole más trabajo, concentrado como estaba en no dejarse arrastrar por la desesperación de buscar a Ethel o a Mónica o a Alba, menos aún por la de buscar a alguno de sus jovencitos favoritos, tampoco organizar reuniones en su casa ni con colegas (¿pero cuáles?) ni con estudiantes —esos carroñeros que huelen perfectamente cuando alguien está muriendo y lo frecuentan, amistosos y comprensivos. Alguna tarde, mientras salía de la oficina, creyó ver a Ethel en la distancia y, recordando su propia edad y la seguridad extraordinariamente fría con que obró el fin de semana anterior, se limitó a verla alejarse hasta perderse en el poniente. No bebió ni fumó toda la semana. Hizo ejercicio como de costumbre. El fin de semana, decidido a no padecer la desesperación, llevó a sus dos perras al terreno recién comprado y se puso a conocer los detalles del lugar, dispuesto a pasar la noche ahí. Las perras corrieron hasta agotarse, también él se cansó de hacer una serie de faenas para las que no veía más remedio que contratar a un vigilante, aunque de momento las disfrutaba. La señal del celular iba y venía cuando por fin se sentó en la terraza al anochecer, sin que pudieran verse más luces que las estrellas. En la madrugada lo despertó el ruido de alguna balacera lejana y algo como motores de camionetas. O los soñó. No sería extraño que los narcotraficantes anduvieran por aquí visitando las rancherías a la búsqueda de efectivo o pertrechos. Volvió a dormir.
El domingo por la mañana tenía un mensaje de Ethel. 'Te he ido a buscar al cubículo', decía, 'pero no pude encontrarte. Llámame después de las siete'. Supo que debía asombrarse de que ella supiera dónde trabajaba o temer de la posibilidad de que fuera una estudiante, pero no sintió nada. Subió a las perras a la camioneta, cerró la finca luego de bajar las persianas y avanzó por entre la terracería hasta alcanzar la carretera a Hornos. Un par de hombres armados lo vieron pasar apenas dar vuelta con rumbo a Santa Teresa. En la entrada a ésta lo detuvo otro par para preguntarle qué estaba haciendo en la loma. 'Tengo una finca ahí', se limitó a cooperar. Y agregó: 'Vuelvo posiblemente esta noche'. Pero Ethel no contestó el teléfono después de las siete. Insistió hasta pasadas las ocho y entonces salió a la calle. En el bar de la otra vez —con el que fue difícil dar, por cierto— no estaba ninguna de las tres. Abordó a una muchacha que jugaba solitaria en la mesa de billar y ésta lo rechazó con vehemencia. Frustrado, por fin tocado en su orgullo propio, salió a la calle y se puso a fumar. Las palabras del jefe vinieron a su mente: 'Pues no andes en ciertos lugares donde puedan verte los alumnos o los padres de familia. Ya sabes que se te respeta, pero todo con discreción. Esta es una institución católica, ¿entiendes?'. Una furia repentina le creció por dentro como una bola de fuego, una ira tan novedosa como las erecciones de los últimos días. Salió la chica desdeñosa del bar, sin advertir su presencia, y decidió seguirla desde el carro hasta que, en un crucero desierto —esos domingos de Santa Teresa hechos de polvo y mierda y chamizos— bajó rápidamente del auto, le tapó la boca con una mano firme y la subió al carro donde terminó por noquearla para que no fuese a gritar.
Apagó el teléfono y condujo haciendo enormes esfuerzos por tranquilizarse. La situación había dado un vuelco peligroso, era verdad. Pero todavía era salvable. Podía dejarla en otra calle desierta. Podía terminar aquella aventura de la que sólo escucharía por el periódico al día siguiente y luego ya nada. Nadie lo reconocería si, como de costumbre, pasaba la vida metido en su oficina. En la carretera a Hornos tuvo que volverla a golpear porque empezaba a despertar. Tenía el puño derecho lleno de sangre. Por la terracería, como quien se interna en la boca de un lobo, le puso una mano en las piernas y volvió a sentirse como el fin de semana pasado. Estaba cambiando. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? En la finca bajó a la muchacha y ésta no tardó en despertar. Pasada una primera histeria que sólo consiguió calmar con amenazas, por fin consiguió que cooperara. Sara era agresiva, amenazante. Inmediatamente lo reconoció: 'Tú estuviste en el bar hace una semana, cabrón. Te fuiste con Ethel y el par de drogadictas de sus amigas. Te va a cargar la chingada'. Puso música para tranquilizarse. Con el soundtrack de Eyes Wide Shut como fondo y su renovada seguridad inexplicable, le informó que no iba a decirle a nadie quién era porque ella no iba a salir de ahí. Que lo mejor que podría hacer era relajarse porque pronto organizaría fiestas ahí y más le valía acostumbrarse a su nueva vida. Que las chicas del bar volverían. 'Tú estás loco, cabrón', le dijo aventándole el vaso de whisky vacío luego de tomarlo de un sólo golpe. Pero las chicas volvieron.
Él procuró visitar a Sara a diario, pero algunas veces se lo impedían sus ocupaciones; ésta se quedaba forzosamente encerrada en la habitación principal, sin más acceso que al agua y la comida suficientes para esperar su regreso. A decir verdad, pese a sus reacciones hostiles, no parecía desesperada. 'No seas pendejo. ¿De verdad piensas tenerme aquí para siempre? Ya han de estarme buscando en todos los periódicos'. 'Mañana hay fiesta', se limitó a contestarle, pero tenía razón: el miércoles en que por fin apareció Ethel también vio la foto de Sara en un periódico, aunque ahí reportaban que era la universidad el último sitio donde había sido vista. '¿Te has escapado de tu casa, verdad?', le dijo él. 'Eso a ti no te importa', le contestó Sara. El miércoles Ethel le llamó para decirle que disponía de poco tiempo para explicarle su cancelación de última hora. Se vieron y le mostró el rancho por fuera, sin pasarla a la finca por el poco tiempo con el que contaban. Lo hicieron en el auto. Al regreso los detuvo de nuevo la camioneta de la otra vez: '¿De regreso ya, jefe?', 'Llevo a la muchacha a su casa', 'Pues paga pa la sed'. Ethel parecía estar familiarizada con ese tipo de situaciones: lució tranquila en todo momento, despreocupada, fumando con impaciencia sólo porque se hacía tarde y todavía dijo en la carretera: 'Menos mal que no eran policías'. Quedaron de verse el sábado. Con las chicas.
El sábado las esperó afuera del bar y fueron llegando una por una, puntuales. En el carro bromearon sin parar. Le sugirieron llevar a alguno de sus jóvenes amigos para hacer una orgía en toda forma, pero él se resistió. Ethel, sin embargo, estirándose hacia él desde el asiento del copiloto, le susurró al oído: 'Dany dice que puede venir, que te conoce y sabe que siempre has querido con él. Que está dispuesto siempre que estemos nosotras'. Una sonrisa le atravesó el rostro y, sin decir nada, asintió. 'En el siguiente semáforo, das vuelta a la izquierda', dijo Ethel. Mónica y Alba se descojonaban de risa atrás, cantando con fuerte acento la letra de The hellcat spangled, mientras el carro se detenía en una esquina en la que Dany subió para instalarse con ellas. Sus ojos se encontraron con los de él en el espejo retrovisor. 'Buenas noches, profesor'. 'Buenas noches'. Risas.
Atraviesa el auto la terracería que conduce a la finca a buena velocidad. ¿Son luces las que ve a la izquierda del camino, como a lo lejos? ¿luces en mitad del monte? En la finca todo es silencio hasta que llegan e invaden la terraza y las sillas de mimbre, depositan los botes de cerveza en el suelo, la botella de whisky sobre la barra del bar. Ponen música. Preparan porros. Dany saca unas pastillas de un pequeño bolsillo dentro del bolsillo y sonríe ancho, con su boca perlada. Transcurrida una hora y media él va a ver cómo está Sara en la habitación principal y ésta se halla viendo la tele. 'Así que las trajiste, cabrón. De esta no sales vivo'. 'No seas dramática, ¿quieres venir o vas a seguir fingiendo que te he secuestrado cuando lo que querías era irte de tu casa?'. 'Vete a la chingada cabrón. Sí quiero ir. Y está bien, pero no cuentes con mi lealtad, pendejo. Cuando menos lo pienses ya me habré ido a la chingada de aquí y voy a quitarte todo tu dinero'. 'Vale, Sara, como quieras'. No se había acostado con ella todavía, apenas unos escarceos que le sabían a violación. Mejor convencer. 'Les presento a una amiga', dijo al llegar con ella a la terraza.
Empezó Dany. Sólo el pintor que vivía abajo de su piso en Flandes había hecho algo parecido cuando quiso follarse a esa adolescente francesa, rejega y drogadicta con la que se reunían: le había plantado un beso profundo e ininterrumpido a él delante de ella, y ese sólo acto sirvió como invitación para que ella se incorporara y, ya instalada entre sus bocas, fuese apartada con un gesto para irse a la habitación del pintor. 'Aquéllos maravillosos tiempos', pensó mientras se besaba con él y Ethel se incorporaba como antes lo hiciera la adolescente francesa. Alba y Mónica, como siempre, entrelazadas. Sara con los ojos hinchados de cannabis, reía sin parar de todos nosotros, los pies recogidos sobre su asiento de mimbre. '¡Hijos de puta, cabrones!', gritaba ahogándose en sus propias carcajadas. Ahí sobre la terraza se tiraron todos, primero sobre las losas de barro laqueado, luego rodando lentamente hasta el escaso césped. Primero Mónica y Alba, pero luego también Sara, convertidos todos en un amasijo de brazos y piernas, bebieron sus secreciones como quien continúa una borrachera de muchos licores. No se extrañó de que esto volviera a ocurrir, que estuviera ocurriendo, que fuese este su miembro el que penetraba a Ethel o a Dany, a Alba o a Mónica, el que acariciara a Sara mientras Dany se hacía cargo de ella. Su asombro transformado en un éxtasis iluminado y conspicuo, su vida amputada de años de estiércol redimida en un sólo acto de libertad irrefrenable.
'Voy a llevarlas a sus casas. Te quedas con Dany. No vayas a hacer ninguna idiotez'. ¿Son esas de nuevo las luces que vieron hace rato, ahora a la derecha de la terracería? ¿Qué estaría pasando? Al dar vuelta en la carretera de Hornos oye una balacera lejana. 'Son narcos, chingado, ¿por qué te preocupa?', le espeta Ethel con las tetas mullidas y la entrepierna turgente donde aún se le humedecen los dedos. 'Ya pronto va a amanecer', piensa. Ha pasado poco más de una hora cuando ya está de nuevo en la desviación de Hornos. Ellas dormidas en sus casas, con las manos en el sexo. La finca, según va descubriendo, en penumbra. No hay rastro de Sara ni de Dany. '¿Cómo se habrán ido de aquí estos cabrones?', se pregunta. El espejo del salón está roto y tiene cabellos de Sara incrustados. Una botella vacía de whisky está rota en el suelo. Espera a que amanezca para mejor estudiar el escenario, pero está tan borracho y cansado que se queda dormido. Cuando despierta, ya es cerca del mediodía. Dentro de la casa no hay nada que no hubiera visto anoche, pero en la entrada hay marcas de llantas de vehículos. El pozo está abierto y al asomarse cree entrever un cuerpo al fondo, pero no quiere alarmarse innecesariamente. Decide que no está claro, arregla un poco el lugar, toma el auto y se va a su casa. Poco antes del entronque con la carretera está la camioneta de la otra vez y vuelven a pedirle dinero. No puede resistir preguntarles por Sara y Dany, pero los hombres dicen no saber nada y él no insiste más.
La semana ha pasado naturalmente con inquietud, pero sus cuarenta largos años le dan la solidez necesaria para hacer su trabajo sin considerandos. El jefe le echa en cara sus largas ojeras y en las clases cree ver o escuchar contenidas risas. No se molesta en ir a la finca. Ethel no responde sus llamadas, pero sabe que algo grave ha ocurrido y no logra precisar de qué se trata. El jueves por fin escucha por accidente una conversación entre maestros, mientras se sirve un café, donde hablan del 'macabro hallazgo' del cuerpo de un estudiante, allá por la salida a Hornos. Pregunta por detalles, pero no conocen el nombre del muchacho. Es Ethel la que el viernes, muy temprano por la mañana, le llama para confirmarle: 'Hallaron a Dany muerto, no mames. ¿Qué hiciste cabrón?'. '¿Yo qué tengo qué ver en todo eso?', le contesta. Ella habla a susurros, se escucha el eco de quien se ha encerrado en un baño o en un cuarto de lavado. Parece que se enciende y apaga una lavadora. 'Tengo qué verte'. 'Luego te llamo'. Acude al bar el viernes por la tarde y alguien le dice que Mónica y Alba lo han estado buscando. '¿A mí?'. 'Sí, al profesor. Usted es el profesor, ¿no?'. Va a su casa ya medio tomado, el recuerdo de las colinas de Swindon y los teriles de Flandes en medio de la canícula ya instalada de Santa Teresa, pero al dar la vuelta en su cuadra encuentra patrullas detenidas frente a su casa y decide pasar de largo. Un dolor como de golpe en la boca del estómago, lo ahoga.
Va a la finca y en el camino de ida, con la noche ya instalada, lo detiene una patrulla. '¿Qué hace?' 'Soy maestro de la universidad'. Lo dejan ir no sin antes advertirle que ese rumbo es peligroso. 'Anda una gavilla de narcos por aquí, no se vaya a meter en problemas profe'. En la terracería, muy cerca ya de la finca, se encuentra de repente con los faros encendidos de una camioneta. Son los hombres de la otra vez, que le advierten de las consecuencias de hacer demasiado escándalo por lo ocurrido. '¿Lo ocurrido? ¿de qué?'. 'No te hagas pendejo, ya sabes'. '¿De qué? ¿Ustedes tienen algo qué ver con lo del morro y la morra desaparecidos?', '¡Cállate pendejo!'. Lo dejan llegar a la finca y todo parece normal, pero apenas entra en ella descubre que la habitación está revuelta. Sara yace en medio de la cama, salvajemente golpeada. No respira. Una mano está amarrada de la cabecera, otra tiene marcas de haberlo estado. Se lleva las manos a la cabeza y no entiende ya exactamente de qué es responsable y de qué no. Superado un primer momento de desesperación, hace acopio de fuerzas. Bebe salvajemente y se duerme en la terraza hasta bien entrada la madrugada. ¿Son luces aquellas del fondo? Escucha o sueña que hay balaceras en los alrededores.
Despierta. Es tarde y suda copiosamente. El sol hace arder la tierra y pone música mientras cierra la puerta de la recámara donde está el cadáver de Sara. Sigue bebiendo y piensa en las colinas de Swindon, con sus prácticas de tiro y la reparación de aeronaves, con el cadete francés del que estuvo enamorado; piensa en las aventuras de Flandes, esa tierra donde siempre está lloviendo y donde se enamoró de hombres allende el océano. 'Ahora mujeres', sonríe. 'Una muerta; otras tres probablemente dando datos a la policía de Santa Teresa, cuya sola incompetencia puede explicar que aún no haya llegado. Dany muerto'. Ve a lo lejos una polvareda sobre la terracería mientras escucha Nuages gris de Liszt. Cree que es el fin, pero la polvareda nunca se materializa en ningún vehículo. Se mira las manos, embriagado, y las descubre con horror manchadas de tierra y sangre. Otro whisky. Otra canción. Hubbard Hills, de nuevo. La tarde en la terraza. Repasar lo ocurrido...
'Soy el cadáver en el pozo' se dice, mientras se hunde lenta, profundamente. Como un saco de deseos.
miércoles, junio 01, 2016
3:47
...Colores y números. Si puedo encontrar la forma correcta de alinearlos en este tablero (¿o era un cubo? puede que sea un cubo) habré terminado y será el momento de descansar, o quizá sea apenas el momento de iniciar la tarea siguiente... Tariq me mira —me miró— esta mañana a través de sus gruesos lentes y suelta un discurso burbujeante del que apenas puedo deducir palabra. ¿Más números? ¿Pares, impares, primos? "This town is certainly boring, my friend, but I don't let it put me down. I am having a party this weekend. Hope you can join us. I prepare great cocktails, my friend. Vodka, absinth, I have tequila too. Hope you can join us, hope you can come"... ¿Ya es sábado? ¿O es apenas mitad de la semana? Dieciséis no es impar ni primo, pero es un número interesante que quizá deba ir en la casilla morada o azul, claramente no le toca ningún color claro, demasiado compuesto para el caso. ¿Y esta matriz de dónde salió? Positiva, sí, la ponemos en la casilla amarilla, vale, aunque pensé que sólo estábamos manejando números, ¿o será la solución a algo? ¿Existen las matrices cúbicas? "Don't let yourself be dragged to the bottom by these bastards, Tariq, keep your thrust despite reality. Fais comme si, fais comme si, you know the French saying, how on earth are you supposed to survive in this gray land? Don't let yourself... I know. I was the same. I am still the same..."
Todo está húmedo, los jardines empapados, las rosas adornando caminos que no recorre nadie. Por aquí paseo a los sesenta, con las manos cruzadas a mis espaldas, socrático, con una larga túnica blanca y la barba descuidada, el cabello revuelto, deteniéndome de vez en cuando frente a los pinos y levantando la cabeza hasta su lejana punta que se confunde con el cielo, hasta que una gruesa gota de lluvia fría cae en mi frente y me devuelve al camino, los ojos examinando el musgo de las orillas, mis labios murmurando lecciones para interlocutores invisibles. 'Fais comme si', me digo, 'fais comme si, para que esta madrugada de luz metálica por fin se despeje y venga la luz que iluminó tantos otros días. Puede ser que el amor sea el valor supremo, pero no hay amor improductivo; por eso he debido venir, dejarte, dejaros, juntar cifras y figuras y horizontes a costa de mi alma. Ahora me he perdido y recorro estas humedades buscando el camino de regreso, llevándome los dedos a la dolorosa sien para mejor recordar la salida de este laberinto de parterres donde hace muchos años que no brinca ningún joven ni comparte la comida una pareja. No he querido abandonaros. No he querido. Perdónenme.'
...No factible, dice. Vamos a tener que volver a acomodar los colores, ¿eh? Sin duda he debido programar una línea mal, una instrucción incorrecta con apariencia inocua, ¿cómo si no se explica que de nuevo haya aparecido el dieciséis que no es ni primo ni impar? ¿lo sabes tú, Tariq? ¿verde? Eso no tiene sentido. El verde gira, el rojo permanece. "Green as the absinth, my friend. Drink and perhaps you will find your hidden soul, the thought that has eluded you for so many years. The great conclusions. The definite version after which you shall not discuss with anybody, but to convince them. Yes, I am still alone. We are not talking about me. Please, don't look at me"... Sábado. Es lo más seguro, ¿cómo si no puedo estar soñando esto? "Bienvenue, Miguele, jak se máš? Viens ici, que je te montre mon coeur"... ¡Cómo habla la gente en esta fiesta sin fin!, ¡cómo habla la gente sin parar! Por favor, por favor, que ya no escuche el sordo ruido de mi voz. "What party are you talking about, man? There's nobody here. Nobody".
Ha dejado de llover. Me detengo y con una mano al aire lo confirmo. Una mano de carne gorda de sesenta años, una mano papal, decidida y socrática. 'No llueve', me digo, 'es extraño'. Aún con el cielo encapotado pienso en lo que puede significar que las gotas resbalen cada vez con mayor lentitud de los tejados y ramas, que los charcos sobre los caminos de piedra se vuelvan espejos menguantes, que un silencio repentino enmarque el suspenso del agua que para. 'Fais comme si', me digo, 'quizá estén ya por volver los que me dejaron aquí, aquéllos por los que vine tan lejos; quizá este es un buen signo y están al caer, en cualquier momento, rompiendo el silencio vendrán por entre aquéllos árboles, bien vestidos y jóvenes, olorosos a perfume y cuerpo tibio, me estrecharán entre sus brazos en medio de risas y me invitarán a sus vidas luego de meterme a la ducha y rasurarme las barbas y peinar mis cabellos, me sentarán a su larga mesa y comeremos todos en ese claro del bosque por donde he perdido el camino de piedra, ¿quién lo necesita si ya vienen?, ¿para qué preocuparse si ya puedo oírles llegar?'.
El cielo se despeja de pronto y aparece un sol inmenso y meridiano. Quedo ciego de luz y aire tibio. Un zumbido. El cuerpo sudoroso, la cabeza pesada. Todavía la voz de Tariq resonando en mi cabeza mientras me quito los tapones de oído: "It's a boring town, my friend. Hope you can join us this Saturday". Estiro la mano y miro el celular, obseso, desorientado. La última vez que estuvieron conectados... 3:47 de la mañana. Qué coincidencia. Ambos. La madrugada sigue su curso. Mis ojos como platos...
'Fais comme si'
Todo está húmedo, los jardines empapados, las rosas adornando caminos que no recorre nadie. Por aquí paseo a los sesenta, con las manos cruzadas a mis espaldas, socrático, con una larga túnica blanca y la barba descuidada, el cabello revuelto, deteniéndome de vez en cuando frente a los pinos y levantando la cabeza hasta su lejana punta que se confunde con el cielo, hasta que una gruesa gota de lluvia fría cae en mi frente y me devuelve al camino, los ojos examinando el musgo de las orillas, mis labios murmurando lecciones para interlocutores invisibles. 'Fais comme si', me digo, 'fais comme si, para que esta madrugada de luz metálica por fin se despeje y venga la luz que iluminó tantos otros días. Puede ser que el amor sea el valor supremo, pero no hay amor improductivo; por eso he debido venir, dejarte, dejaros, juntar cifras y figuras y horizontes a costa de mi alma. Ahora me he perdido y recorro estas humedades buscando el camino de regreso, llevándome los dedos a la dolorosa sien para mejor recordar la salida de este laberinto de parterres donde hace muchos años que no brinca ningún joven ni comparte la comida una pareja. No he querido abandonaros. No he querido. Perdónenme.'
...No factible, dice. Vamos a tener que volver a acomodar los colores, ¿eh? Sin duda he debido programar una línea mal, una instrucción incorrecta con apariencia inocua, ¿cómo si no se explica que de nuevo haya aparecido el dieciséis que no es ni primo ni impar? ¿lo sabes tú, Tariq? ¿verde? Eso no tiene sentido. El verde gira, el rojo permanece. "Green as the absinth, my friend. Drink and perhaps you will find your hidden soul, the thought that has eluded you for so many years. The great conclusions. The definite version after which you shall not discuss with anybody, but to convince them. Yes, I am still alone. We are not talking about me. Please, don't look at me"... Sábado. Es lo más seguro, ¿cómo si no puedo estar soñando esto? "Bienvenue, Miguele, jak se máš? Viens ici, que je te montre mon coeur"... ¡Cómo habla la gente en esta fiesta sin fin!, ¡cómo habla la gente sin parar! Por favor, por favor, que ya no escuche el sordo ruido de mi voz. "What party are you talking about, man? There's nobody here. Nobody".
Ha dejado de llover. Me detengo y con una mano al aire lo confirmo. Una mano de carne gorda de sesenta años, una mano papal, decidida y socrática. 'No llueve', me digo, 'es extraño'. Aún con el cielo encapotado pienso en lo que puede significar que las gotas resbalen cada vez con mayor lentitud de los tejados y ramas, que los charcos sobre los caminos de piedra se vuelvan espejos menguantes, que un silencio repentino enmarque el suspenso del agua que para. 'Fais comme si', me digo, 'quizá estén ya por volver los que me dejaron aquí, aquéllos por los que vine tan lejos; quizá este es un buen signo y están al caer, en cualquier momento, rompiendo el silencio vendrán por entre aquéllos árboles, bien vestidos y jóvenes, olorosos a perfume y cuerpo tibio, me estrecharán entre sus brazos en medio de risas y me invitarán a sus vidas luego de meterme a la ducha y rasurarme las barbas y peinar mis cabellos, me sentarán a su larga mesa y comeremos todos en ese claro del bosque por donde he perdido el camino de piedra, ¿quién lo necesita si ya vienen?, ¿para qué preocuparse si ya puedo oírles llegar?'.
El cielo se despeja de pronto y aparece un sol inmenso y meridiano. Quedo ciego de luz y aire tibio. Un zumbido. El cuerpo sudoroso, la cabeza pesada. Todavía la voz de Tariq resonando en mi cabeza mientras me quito los tapones de oído: "It's a boring town, my friend. Hope you can join us this Saturday". Estiro la mano y miro el celular, obseso, desorientado. La última vez que estuvieron conectados... 3:47 de la mañana. Qué coincidencia. Ambos. La madrugada sigue su curso. Mis ojos como platos...
'Fais comme si'
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