viernes, julio 30, 2010
Ciencia meridional
Pardon sostenía que poco podía esperarse de la ciencia en los países meridionales, menos aun en España, “una mezcla de necedad gamberra, superstición vulgar e insuperable chulería, cocinada por al menos un milenio de oscurantismo”. Espíritu científico donde los haya, Pardon propuso a sus más cercanos estudiantes un experimento para comprobar su tesis: buscar un desempleado con preparatoria terminada sin mayor formación científica y enviarlo a España para una estancia corta bajo uno de los nombres falsos empleados en sus artículos. Aseguraba que nadie notaría la diferencia y, más aun, que de la estancia surgirían publicaciones, algún acuerdo institucional, seguramente un intento de continuar la colaboración y, quién sabe, alguna oferta de trabajo para el inexistente Luis Gala. Pardon se encargó del trámite frente a la Universidad de Sheridan, pagó un pasaporte con el nombre que quería en el mercado negro y seleccionó a un tipo al que conocía de algunas conferencias internacionales por su inglés espantoso para pedirle encarecidamente que acogiera al profesor Luis Gala que, por su origen hispano, tenía interés en colaboraciones con “la madre patria”. García Pedro, naturalmente, mordió el anzuelo.
Nunca supe el verdadero nombre de Luis Gala, pero sus hazañas en España fueron legendarias: dos artículos que indudablemente no escribió él y que Pardon tampoco le proporcionó (si bien llevaban su nombre), una presentación de resultados en que no faltó el intercambio de preguntas y respuestas, la oferta de permanecer otras seis semanas a cambio de que diera un seminario (lo que, increíblemente, aceptó) y la asistencia a una conferencia técnica donde presentó un póster del que algunos visitantes coligieron que se trataba de un trabajo estudiantil (mentira: lo escribió completo García Pedro que ya era profesor titular desde hacía al menos seis años). Otro profesor invitado (quién sabe si en sus mismas circunstancias, en todo caso un farsante) le invitó también a su universidad bonaerense.
Así empezó la carrera de Luis Gala. Porque lo que no previó el Dr. Pardon fue que el desempleado se sentiría a gusto en aquel ambiente donde todo era llenar formularios y solicitudes, asistir a conferencias y mezclar ingredientes ininteligibles con aire de quien todo lo comprende. Consciente de que su nombre ya tenía siete publicaciones importantes en los últimos tres años, conocedor astuto de los índices que todas las burocracias académicas del mundo empleaban para medir el mediocre desempeño de sus acólitos, Luis Gala no dudó en convertirse en mercenario académico proponiendo cosas disparatadas y saltando siempre de un sitio a otro con credenciales dudosas a las que sólo amparaban los siete trabajos originales –todos de Pardon- con los que no había tenido nada qué ver. De Valencia a Buenos Aires. De Buenos Aires a Lima. De Lima a Libia. De Libia a Irán. Especialmente los países más inverosímiles tenían el dinero y la credulidad necesarios para pagar sus extravagancias e ignorar los empeños de Pardon.
Porque el lógico matemático de la Universidad de Sheridan, una vez consciente de que aquello se había salido de madre intentó poner al rebelde en su sitio, denunciándolo. Inútilmente: García Pedro no iba a aceptar que se le exhibiera públicamente como un imbécil e hizo causa común con Luis Gala defendiendo sus colaboraciones y acusando a Pardon de padecer “la envidia de quien ya vio pasar su hora y ve a los más jóvenes tomar la estafeta”. El bonaerense, hizo lo propio con extraordinaria vehemencia, de hecho Luis Gala no volvería a España, pero sí repetidas veces a Argentina. Algunos estudiosos consideran que esto empujó a Pardon a publicar las sesiones privadas de su grupo y largarse para siempre de la academia. Cuando se le preguntó en Chico, Wyoming por su definición de idiotez, ya de lleno dedicado a la Real Science Society que él mismo fundó, Pardon declaró: “El punto quedó más que probado: todo comenzó en España”.
lunes, julio 19, 2010
Dos corazones
Yo también estaba de visita en aquella universidad española aunque por más tiempo: los recortes del ministerio argentino no dejaban más opción que otros países iberoamericanos y ¿a dónde iba a ir sino a España? Me acompañó Claudia con un acta de matrimonio falsa que se tragaron en el consulado y hubo que sacar toda clase de permisos sanitarios porque ella se empeñó en traer a su perro Videlón, un french-poodle gris y nervioso que tardó una semana en adaptarse al nuevo clima y reanudar sus hábitos. Claudia pensó que el histérico animal se moriría (yo lo desee), que tal vez el vuelo lo había dañado irremediablemente y no volvería a levantar cabeza. Buena parte de los pocos euros que traíamos los gastamos en veterinarios durante los primeros días y si al principio desee enterrar a Videlón en la madre patria, la falta de sexo y la creciente abulia de una Claudia cada vez más preocupada me fueron empujando a buscarle remedio y salvar al animal. Por mi propia tranquilidad y no menos importante desahogo, desde luego.
Al principio Luis Gala llegaba antes que yo a la oficina, lo que si bien no pasaba de un mero detalle me fue resultando cada vez más antipático. Decidí llegar antes que él y por un par de días Claudia me preguntó por qué me levantaba media hora antes de lo habitual. No recuerdo lo que le dije, pero no fue la verdad. Mis esfuerzos fueron insuficientes: en ambas ocasiones Luis Gala estaba ya ahí con su sonrisita esquiva y sus ademanes afectados, fingiendo cordialidad cuando se veía claro que nos tomaba a todos por unos irredentos idiotas. Luego intenté irme después que él, pero por más que esperé hasta avanzada la tarde el pelotudo no se largó. Había apagado mi celular para que Claudia no me interrumpiera obligándome a darle explicaciones delante del mexicano, y como era de esperarse, de vuelta a casa, Claudia me echó en cara mi retraso con una discusión bizantina que un recuperado Videlón completó con una docena de bien distribuidos ladridos. Me quedé sin cenar. Y sin sexo, claro.
El trabajo iba mal. No es que esperara otra cosa de esta estancia, pero mirar todo el día a Luis Gala escribiendo con fruición y aire concentrado mientras mis ideas no cuajaban como era debido me ponía los nervios de punta. A veces el mexicano alzaba la mirada por encima del monitor y me sonreía no sé si hipócritamente o con burla, sin decir nada torcía la boca y volvía a su desenfrenada adicción laboral. Sin soportarlo, no fueron pocas las veces en que decidí interrumpirlo con un comentario tópico e incidental como el fraudulento clima mediterráneo (una mierda) o la vocación científica de nuestros países (inexistente), pero semejante acción siempre traía una cola peor para mí, pues Luis Gala hablaba entonces hasta por los codos dejando poco margen no ya para cortarlo, sino hasta para ir al baño. Lo que tenía que decir no me interesaba particularmente, de modo que intenté ser un poco más brutal en mi trato con él para ver si así reaccionaba, haciendo gala de los amigos que venían a buscarme (meros conocidos) o echándole en cara el contraste entre su muy miserable soledad y las satisfacciones (exageradas) de mi vida con Claudia. Con sorna le sugerí prestarle a Videlón, lo que declinó razonando por diez minutos sobre la relación entre las mascotas y la decadencia occidental. No parecía inmutarse.
Su actitud con el jefe del departamento era más mesurada. Hablaba poco y asentía, soportaba pacientemente un tratamiento paternal que a mí me parecía aberrante y no le importaba que el crédito se lo llevasen otros. Conmigo el jefe era distinto, parecía no conceder la menor importancia a que nuestros proyectos estuvieran detenidos por semanas y nos invitaba a Claudia y a mí a comidas y paseos por las cercanías, junto con su familia, naturalmente. Este tratamiento generoso, lejos de alegrarme, me causaba una extraña envidia hacia Luis Gala y la sensación de estar siendo tratado como mero bufón de compañía, como si en el trabajo nadie esperase realmente nada de mí que no fuera ver el fútbol los fines de semana con mi jefe, reír con las gracias de sus niños o escuchar las risas de su esposa hablando con Claudia en la cocina. ¿Qué haría el mexicano los fines de semana? Misterio.
Para tenerlo más vigilado y conocer mejor al enemigo, a las tres semanas lo invité a nadar. Aceptó de buena gana sin ahorrarme la narrativa pormenorizada de su desencuentro con todos los deportes. Yo no acostumbraba hacer natación y Claudia se extrañó que por las tardes llegara un poco después de lo habitual por ir a la piscina. Pensó que era mentira y me acompañó en una ocasión, llegando por sorpresa. Se limitó a vernos desde las gradas luego de que los empleados le explicaran que no había forma de dejarla entrar al agua con Videlón, por muchos certificados sanitarios que esgrimiera. Tampoco aceptaron encerrar al perro en uno de los casilleros. Luis Gala tenía mala técnica, pero la misma terquedad que exhibía en el trabajo: iba y venía sin parar mientras yo tenía que detenerme de vez en cuando para coger aire y mirar con rabia lo que el mexicano hacía sólo por humillarme. Las visitas a la piscina fueron haciéndose más escasas con el pretexto de que a Claudia no le gustaba dejar solo al perro ni limitarse a mirarnos. Una mentira estúpida que hasta Luis Gala debió disfrutar enormemente aunque disimulara con su cordial sonrisita de siempre.
Luego lo invité a cenar. Claudia prepararía pesto y atún, yo compraría una botella de vino barata porque al fin y al cabo los mexicanos, me dije, no eran franceses. Luis Gala pareció entenderse maravillosamente con Claudia y yo asistí a una cena que no quería ofrecer provisto solamente de monosílabos y poniéndome borracho con dos vinos baratos: el mío y el que trajo el invitado. Indigesto, tuve que vomitar con una urgencia que no esperó al retrete y luego apartar a Videlón que ya daba cuenta de la alcoholizada mezcla de cena y jugos gástricos. Claudia me obligó a meterme en la cama luego de recriminarme por el desaguisado y yo no tuve objeción en dejar al par hablando en el salón. Videlón se quedó a dormir conmigo con sus barbas tiesas y malolientes. Apenas me enteré cuando Claudia entró en la cama poco después, temblorosa.
En los días que siguieron aumentó el trabajo, pero no los resultados. Claudia salía a veces con Luis y a mí me parecía bien tener un poco de tiempo libre. Por primera vez llegué antes que el mexicano. A una semana de que se fuera, creí estarlo venciendo, me sentí superior y satisfecho cuando el jefe del departamento fue a buscarlo un día y pude decirle que no lo había visto por ahí. Luego, cuando me percaté de que había pasado tres noches seguidas sin follar y que a Videlón no le habían llenado el plato de comida por la mañana, monté en cólera y llamé a mi mujer. Saltó el contestador: llama al número de Claudia y Videlón, deje su mensaje, ¡chao! Salí furioso del departamento a buscar a mi mujer por la ciudad. Evidentemente no la encontré. De regreso a casa, agotado por el calor nocturno, los infinitos intentos de llamarle a su celular y las largas horas de caminata, me encontré a Luis Gala en los jardines del Turia.
Sin sorpresa, descubrí que ya no estaba enojado. Ni siquiera le pregunté por mi mujer. Entre los árboles y arbustos, en las bancas y los puentes viejos que antes cruzaban el río, abundantes sombras iban y venían como zombis enloquecidos. El mexicano no me dijo nada y me abrazó. Con lágrimas en los ojos, permití que me llevara a un rincón y me sodomizara. Luego me pagó un taxi a casa y, ausente como me encontraba, pude ver su torva sonrisa mientras me decía adiós con la mano.
Claudia dormía en la habitación con el perro a sus pies. Al sentir mi presencia encendió la luz y desperezándose me miró. Nos miramos. Luego ambos dijimos al mismo tiempo “Tenemos que hablar”. Y comprendimos que todo estaba dicho: Luis Gala, una vez más, había ganado.
jueves, julio 01, 2010
Miedo
–Los detectives salvajes, Roberto Bolaño.
Un día antes de irse, al caer la tarde, anduvo varios kilómetros más allá del periférico por avenidas grandes y muy transitadas mientras soplaba un viento atroz y caliente cargado de polvo y mierda. Lo habitual: perros muertos y basura. Lo acostumbrado los domingos: una pandilla de borrachos apretujados en una ruidosa camioneta se detienen a punto de atropellarlo, le gritan entre risas e insultos y enseguida desaparecen haciendo chillar las llantas.
Cuando recupera el aliento no puede pensar en otra cosa que no sea el 16 de abril de 1994 en que luego de comprar una cajetilla de cigarros se puso a fumar mientras esperaba la llegada de sus amigos para entregarse a la toxicomanía burguesa que tanta euforia le procuraba en sus días universitarios. Ellos llegaron en la camioneta del Abuelo ya entrados en calor por unas cuantas cervezas, algo agresivos y con los ojos vidriosos.
–¡Ándale pinche Menón, súbete!- gritó el Abuelo por encima del ruido de la banda sonora de En el nombre del padre puesta a todo volumen.
El espacio en la cabina siempre parecía más grande tras los vidrios polarizados: Maya, Gigio, el Tata y el Negro estaban entregados a una fiesta loca preparando cubas con hielo y limón, encendiendo cigarrillos, trazando delicadas rayas de coca. Avanzaron a lo largo de la avenida Patria rebasando coches con temeridad, trepando a la banqueta cuando convenía, insultando transeúentes, arrojando hielo por la ventana, gritándoles ciegos a los ciegos que esperaban el paso en una esquina cogidos de una mano y con el bastón en la otra. La gloria.
El Abuelo decidió aventurarse más allá de la Calzada mientras Maya se burlaba de todos nosotros diciendo que íbamos a buscar travestis. En el tocadiscos pasábamos de los Caifanes a U2, de Bob Marley a Héroes del silencio. Como no se acabaran las calles del Sector Libertad decidió dar la media vuelta no sin antes pararse a echar una meada. Recargado sobre la camioneta, en medio de la obscuridad, el Tata vomitaba para luego gritar abrazando al Negro y al Gigio "¡Hey, putos! ¡estos son mis amigos!".
Y el Abuelo le dice "Menón, ¿a dónde vamos a ir?".
Y sin dudarlo le contesta: "A la universidad".
Con las luces apagadas cruzan el umbral y descienden luego de estacionarse por la facultad de ingeniería. Gigio entra a un aula y decide cagarse encima del escritorio. Maya y el Negro no pierden más el tiempo y se dedican a coger en la tercera planta. El Abuelo y él se ponen a fumar mariguana, relajados. En un arranque que se pretende visionario, el primero le dice:
–Vas a ser un pinche licenciadillo como mi padre, Menón, igual de puto. Te va a ir bien.
–No te creas.
–Así va a ser.
–No te creas.
Media hora después están en la calle y chocan contra un árbol. Con uno de los rines chueco y el susto de haber visto pasar una patrulla de tránsito por ahí, alcanzan a llegar a casa de Gigio, donde su hermana Pamela se levanta a prepararles unos tacos dorados. Maya y el Negro ya se han ido, naturalmente, sin avisar a nadie. Hay llamadas en la madrugada, gritos al teléfono, llantos. Por la mañana emprenden el camino de regreso a sus casas.
La ciudad continúa cuando el día y sus fuerzas se han agotado. Se detiene y piensa "He perdido", luego da la media vuelta y emprende el camino a casa. Hay maletas que preparar, tal vez matar el tiempo en ese programa de comedia argentino que han puesto en la tele, también cenar sería bueno. Y leer un poco, aunque no cree poder conseguirlo.
Al día siguiente decide no ir a ninguna parte. Escribe.
lunes, junio 21, 2010
No hay nada en la montaña
—No va a aguantar, maestro- le dije yo conteniendo una sonrisa y mirando de reojo a Cruciforme.
—¿De qué habla Padolla? Este no es un ejercicio de calistenia, sino de filosofía. Subiremos esa montaña y el punto quedará probado.
—Como quiera, pero está muy difícil, hay partes muy empinadas...
—Sí es cierto, profe- terció Cruciforme en la esperanza de zafarse disuadiéndonos —Mi tío se perdió una vez muy feo con un amigo.
—Es absurdo. Una montaña sólo tiene dos direcciones posibles: hacia arriba y hacia abajo. Nadie puede perderse en ella. Y encima no hay nada.
—Mañana sábado entonces- completé yo. —No le importará que venga Puchini, ¿verdad?
—Entre más gente se entere de lo que le espera en la vida, mucho mejor. No puedo hacer más por su educación, caballeros, salvo ir a la montaña y comprobarles que ahí no hay nada.
Me reí incontenible. Cruciforme me imitó. El maestro aventó la colilla a la tierra, la pisó, la recogió enseguida y la echó al bote de basura. Sin inmutarse dijo:
—Hasta mañana, caballeros.
Y se perdió en el edificio donde tenía su oficina.
El ascenso inició en el sitio y a la hora convenidos. No llevé agua ni alimentos porque pensé que el paseo terminaría pronto con el arrepentimiento del maestro o de Cruciforme, quien jamás quiso ir pero siempre apoyaba nuestras decisiones con ruidosos monosílabos. Sólo Puchini llevaba un botellín de agua y algo de comer. El profe llevaba una libreta.
Si al principio conversamos alegremente aprovechando el papel de desquiciado en que el maestro se había instalado desde hacía meses para provocarle, una hora después marchábamos en el más completo silencio. Resollando como una res a punto de morir, el profe ascendía con dificultad y torpeza manifiestas; agrupados y haciendo bromas le esperábamos en los descansos luego de los tramos escarpados.
—No va a aguantar el cabrón- le dije a Puchini mientras ambos lo veíamos avanzar por entre ramas y piedras.
—Sí, sí llega, pero se morirá nomás llegar- dijo riéndose y secándose el sudor con la camisa. Cruciforme estaba pálido, pero respiraba normalmente:
—Yo no sé para qué veníamos si a un loco no se le sigue la corriente.
—Por eso- concluí yo sin siquiera entenderme.
—¡A este paso de verdad no va a quedar nada en la cima, prof!- gritó Puchini. Nos reímos.
Resoplando como ropero en vendaval y sin alzar la mirada, el maestro contestó:
—Te traiciona tu juventud. He dicho ya que en la cima no hay nada.
Había árboles y chapulines. Había una cantidad inmensa de hojas. Había dos o tres promontorios de piedra que por culpa de la copa de los árboles no servían para ver el horizonte. Había una lata de cerveza oxidada en el suelo. El maestro se sentó y bebió del agua que traía Puchini, sin importarle que Cruciforme la hubiera dejado llena de babas. Luego de cinco minutos le espeté:
—¿No que no? Ya vió que el cerro no está pelón, prof, ¡le falló el cálculo!- Puchini y Cruciforme se rieron tal vez demasiado.
—En la montaña no hay nada, caballeros, tan claro como que el tiempo no vuelve.
Le vimos abrir su libreta que resultó ser una cajita delgada con cigarrillos y un encendedor. Cruciforme, que tenía más cabeza que todos nosotros, lo vio claro.
—Vámonos- me dijo casi susurrando.
—¿Qué?
—Que nos vayamos, hombre, ¿no ves?
Encendió un cigarrillo y con con la misma flama del encendedor prendió las hojas del suelo.
Puchini, Cruciforme y yo nos pusimos de pie al instante, alarmados. Con una sensatez desconocida, no perdimos el tiempo en recriminaciones ni en teorizar. Sólo dije
—¡Vámonos maestro, esto se va a encender y luego no la contamos!
—En la montaña no hay nada- respondió.
Cruciforme ya se había alejado unos pasos, nosotros le seguimos y luego nos fuimos corriendo por donde pudimos, arrastrando piedras y ramas en algunas partes, volviendo la vista de vez en cuando para comprobar que ya se alzaba una columna de humo.
—¡No mames, el tipo está loco!- dijo Puchini cuando por fin nos detuvimos al pie de una barranquilla.
—Pobre diablo- agregué.
Ahora tengo la edad del maestro. Desde mi casa de campo y con consternación, miro acercarse el fuego desde las colinas vecinas.
viernes, mayo 14, 2010
Silogismos científicos
Las personas de la lista al final de este documento estuvieron ausentes del primer listado de ingreso o permanencia en el SNI bajo la Convocatoria 2009 y sólo aparecieron tras el proceso de Reconsideración; contra toda lógica, no lo hicieron en el nivel Candidato, sino en los niveles I o II, saltando tranquilamente el primero. Esta situación implica
1) Que las comisiones dictaminadoras realizan su trabajo tan descuidadamente que puede rechazar a alguien con méritos suficientes para el nivel I o II, o, más grave todavía,
2) Que la comisión incluye personas en el SNI sin atención a los criterios de los artículos 56-57 del reglamento, o
3) Que la comisión autoriza la inclusión de información no incluida en la solicitud y presentada tardíamente.
En cualquier caso, una situación así resulta muy grave y merece ser revisada por cuanto enturbia un proceso que debiese ser perfectamente transparente. Se sugiere naturalmente que el Artículo 51 del Reglamento General (capítulo Reconsideraciones) sea modificado para indicar que las comisiones revisoras no podrán en ningún caso dar un nivel dos veces mayor al proporcionado por las comisiones evaluadoras; es decir, si alguien es calificado como SNI Nivel I sólo puede reaparecer como SNI Nivel II, nunca Nivel III; del mismo modo, si no aparece en el primer listado de distinguidos, sólo puede aparecer tras la reconsideración como Candidato.
Como lo anuncia este párrafo, seguía una lista exhaustiva de los investigadores en la situación descrita (unos ciento cincuenta). Uno de ellos, perteneciente a la universidad cuyo espíritu habla por la raza, se descubrió en la misma y me ha escrito lo siguiente:
Lamento mucho que ante una omisión hecha por el SNI de la cual yo no soy responsable, me hayas señalado como ejemplo lamentable en tu trabajo "Ambiente académico en México: la evaluación en el Sistema Nacional de Investigadores".
(http://legacy.main.conacyt.mx:7777/
cappa/ponenciasni/oral/1337449.pdf)
Mis méritos académicos los puedes encontrar en cualquier buscador. Este señalamiento, cobarde desde mi punto de vista, solo demuestra la importancia de realizar una investigación profunda y objetiva antes de manchar el nombre de tus colegas.
La investigación científica se basa en el pensamiento racional y el pensamiento crítico. El pensamiento racional y la crítica carecen de sentido sin la lógica. Esta última nos enseña a respetar una sintaxis a fin de que se transmitan los contenidos semánticos deseados; también nos enseña a hacer deducciones de la información que recibimos. No obstante, como lo prueba el investigador inexplicablemente ofendido, siempre es posible -sobre todo en México- dedicarse a la investigación científica extrayendo conclusiones por medio de silogismos que confunden la boca con el ano.
Qué bueno es estar entre colegas.
Enhorabuena.
jueves, abril 08, 2010
La difícil aristocracia
La españolidad tapatía no es arquitectónica: su centro histórico es más gringo que gachupín luego de haber sido arrasado en los ochenta, su sentido de la conservación nulo, su congruencia imposible, su extrarradio un basurero sostenido por hilachos; la españolidad tapatía no es cultural: tiene una feria del libro cuyos paneles pueden incluir descerebradas conductoras de televisión o autores consuetudinariamente premiados por ningún motivo, su gastronomía es (seamos piadosos) mestiza, su endogamia patológica, su cortedad de miras y su mongólica dicción legendarias; la españolidad tapatía tampoco es política ni económica: no es una monarquía constitucional sino un cacicazgo sin constitución, no es el imperio de la ley sino la ley del más fuerte, no es la prosperidad económica ni la responsabilidad social, sino el reino de la abulia y la pauperización selectiva. No obstante, hay parecidos.
La españolidad tapatía es sobre todo racial y actitudinal, es una ínfula, una quimera, una frustración y un trauma, es heredera de la colonia y de su sistema de castas, una continuación del largo decadentismo español que inicia -oh tragedia- apenas consolidada la conquista y que no ve su final -formal- sino hasta 1975 con la muerte de Franco. España podrá haberse vuelto moderna y haber abandonado su tradición patrimonialista, podrá haberse vuelto democrática y haber conciliado -o acallado- sus contradicciones: no así México y menos que ningún otro sitio, Guadalajara. Entre tapatíos ser rico o exitoso jamás significó ser productivo al estilo norteamericano (sólo muy recientemente y a cuentagotas) ni tener estudios de ningún tipo (aunque no falte quién crea que ello lo ennoblece), sino tener un apellido de alcurnia, ser blanco o, como suele decirse con graciosa timidez, "moreno claro", tener servidumbre y propiedades, ser amigo o pariente de los Fulanos o Zutanos, exhibirse al lado de los poderes eclesiásticos y civiles en ceremonias religiosas o días señalados, aparecer en las páginas de sociales del así llamado periódico local o, llegado el momento, tener su nombre publicado en una gorda esquela de redacción barroca.
Con ese modelo en mente, con ese criterio, el buen tapatío es, al igual que un español decadente, un aristócrata venido a menos. Le frustra no ser tan blanco, estar en los márgenes de la civilización occidental, que su ascendencia sea discutible, no vivir en España ni en esa Europa que asume todavía instalada en el siglo XVII con grandes pelucas, salones de té y títulos nobiliarios. Vive amenazado en su aristocracia clasemediera por el incontenible ascenso de los mestizos que a su vez procuran, no sin involuntario humor, alejarse de sus orígenes indios. No quiere trabajar ni estudiar nada más allá de lo estrictamente necesario para que todo siga igual (y, sin embargo, empeora). Cuestionado, siempre dirá que lo más importante es pasarla bien, disfrutar la vida, dedicarse al ocio lelo de su falsa condición privilegiada. En materia de ciencia o cultura siempre anunciará la reinvención del hilo negro para ser aplaudido por sus semejantes y justamente ignorado con bostezos por el resto del mundo; no quiere ser culto, sino que los demás se lo crean; no quiere hacer contribuciones, sino hartarse de indulgencia.
En el consulado español los solicitantes y los empleados eran todos blancos y daban voces pavoneándose con chulería: una señora informó al empleado y a todo el que tuviera oídos para oírla que quería completar el trámite de la nacionalidad porque era hija de españoles exiliados, porque su papá era español, porque sufrieron mucho, porque sus abuelos también eran españoles, porque ella era escritora y para ello lo mejor era España (?); la cónsul se paseaba por todas partes barajando hipótesis para explicar la muerte de Paulette, una niña rica y discapacitada que no pudo menos que acaparar la atención de un país como este (o como aquél) con tan claro sentido de las prioridades (o serán jerarquías) mientras se acumulaban solicitantes en las ventanillas; un individuo no escatimó esfuerzos para que todos los presentes nos enteráramos de que tenía la doble nacionalidad al igual que sus sobrinos; una empleada recibió encantada a un niñato recién llegado luego de preguntarle por su madre y luego de que éste le explicara las dificultades que tenía en decidir si viajaba con su novia o mejor se iba solo. Una verbena, pues, una fiesta el consulado aquel.
Por fin llegó mi turno con un feminoide de pelo relamido, ojos bizcos y gesto de asco, un retardado recién salido de un cuadro de Velázquez, que desconocía los requisitos del visado y era incapaz de leer documentos. Hubo que explicarle que tal papel sí se solicitaba y que tal otro no. Hubo que decirle que ahí donde decía resultados de laboratorio estaban los resultados de laboratorio (principio de identidad). Hubo que acceder a pagarle en moneda nacional lo que en el formulario se pedía en euros y que yo ya llevaba como tales, amén de soportar la peregrina explicación de que así se hacía porque "el tipo de cambio variaba mucho"(!). Y a la pregunta de cuánto duraría el trámite hubo que aceptar una respuesta a otra pregunta: "No depende de nosotros", dijo.
Asqueado salí a la calle, me alejé con rapidez. "La puta madre patria que nos parió", maldigo mirándome el ombligo.
domingo, marzo 21, 2010
Asientos de piel
Incrédulo, llamo a la encargada del programa de repatriación del CONACYT, quien no sólo me corrobora la descabellada versión de la tartamuda funcionaria universitaria, sino que se me proporciona detalles del irresponsable comportamiento de los funcionarios e investigadores de la U de G: miles y miles de pesos en gastos de instalación (es decir, para laboratorios, equipo de cómputo, reactivos, etc.) que la universidad pretende justificar con facturas de asientos de piel, entre otras compras no menos indispensables. Cuelgo el auricular y me entrego a la amarga visión de miles de doctorcitos engreídos y peor capacitados, sin méritos ni miras, sin educación ni ética, instalándose orondamente en la acendrada tradición patrimonialista latinoamericana que tan satisfactoriamente cree hacer justicia a base de expoliar el Estado. "Esto es mío, esto me lo gané, me lo merezco", parecen decir, cuando no han hecho una sola cosa notable en su vida. Plaga de langostas sobre el presupuesto.
La clase media es una zona de frustración, el lugar donde mejor se exhiben y multiplican las simulaciones y mezquindades humanas, un mundo hipocritón de wannabes que se dan palmaditas en la espalda para mejor tragar su impotencia y neutralizar al otro. Tener mucho dinero, a menos que se sea figura pública (y aun entonces los tiempos modernos no juzgan mal el exceso, casi lo celebran), ahorra fingimientos y relaja bastante, pone a la gente en condición no sólo de decir, sino más significativamente, de hacer lo que quiere. Vivir en pobreza resulta igualmente liberador, pues llegada la resignación poco importan tal o cual trabajo (todos son una mierda) o tal o cual apariencia (de cualquier manera nadie nos la echará en cara), incluso puede uno despreocuparse de inquietudes morales y megalomanías trascendentes, problemas más bien típicos de ese purgatorio medio cuya vacuidad es todavía mayor en los países subdesarrollados.
Aunque inconfesadamente y en la práctica la clase media persiga el objetivo de salir de su incertidumbre económica, admitir este propósito le resulta intolerable por cuanto le sabe a innoble reconocimiento explícito de inferioridad, prefieriendo así disfrazarlo de ambiciones profesionales o filosóficas. Maestros de la retórica por traumatismo psicológico, los clasemedieros tienen como vía de redención natural la realización de estudios universitarios.
La universidad nace en la baja edad media europea, amparada por la Iglesia y los reyes, como una continuación de la vida monástica que desde la caída del Imperio Romano transmitió y creó conocimiento, es decir, hizo docencia e investigación, aunque entonces se tratase sólo de gramática, dialéctica y retórica; aritmética, geometría, astronomía y música. Su ascendente ascético hizo de las universidades espacios para la vida contemplativa, para el ocio creativo, para la reflexión pausada y la perspectiva. Como es natural, eran las familias de los grandes señores que se alimentaban con el trabajo de campesinos y artesanos, las que podían permitirse esta vida en el cruce de lo intelectual, lo artístico y lo espiritual, excepción hecha de aquellos que por su notable talento gozaron del mecenazgo de los poderosos: los primeros becarios.
Desde entonces hasta la Revolución Francesa la universidad fue un privilegio, nunca un derecho. La transmisión y creación de conocimiento, la vida intelectual y filosófica, el ocio contemplativo, eran todas actividades asociadas a una aristocracia ilustrada cuya cultura e inquietudes garantizaban la continuación de sus privilegios por encima de una mayoría ignorante, pobre, y sin acceso a la educación más elemental. A partir del ejemplo francés, durante los siglos XIX y XX la educación básica en manos del estado se convirtió paulatinamente en un derecho universal y, dependiendo únicamente de las muchas o pocas luces del estudiante, concedía el acceso a los estudios universitarios. Fue así que aparecieron las profesiones liberales y una burguesía cuyos recursos provenían del título que les otorgaba la universidad.
El siglo XX ve surgir entonces, en medio de su formidable desarrollo científico y tecnológico, varias paradojas por cuanto parecen olvidar y contradecir el origen y fines de la universidad: una culpable conciencia universitaria de su condición privilegiada que hace clamar a muchos de sus miembros por el acceso universal a un título, como si fuese incuestionablemente deseable y posible que todos en una sociedad fuesen profesionistas burgueses; una pauperización del nivel de perspectiva, reflexión y contemplación hasta entonces existentes entre universitarios, en buena medida asociado a la sustitución del hombre de cultura general por el especialista de miras miopes; la propagación en medios universitarios de la mentalidad becaria que ve en la docencia y la investigación no la forma de transmitir y crear conocimiento cuanto una reivindicación social que les dará acceso a las riquezas presuntamente en manos de las clases opresoras.
El equívoco universitario es más agudo, amplio y notable en los países subdesarrollados como México, toda vez que los países desarrollados han conseguido una clase media amplia bien educada (no necesariamente con títulos universitarios) que comprende que el camino de la realización económica o personal no pasa necesariamente por una profesión, sino por la posibilidad de hacer lo que se quiere sin cargar culpas, complejos ni frustraciones. Es así que el nivel de vida resulta muy superior al promedio del mundo subdesarrollado para una estilista, un agricultor o un obrero del así llamado primer mundo. Y en términos de tranquilidad psicológica ninguno de ellos pensaría que se ha perdido la oportunidad de su vida por no ser ingeniero, licenciado o contador.
Por otra parte, el mundo universitario en el subdesarrollo, particularmente en México, alcanza niveles de contradicción y tragedia escocedoramente viciosos: insertado en una cultura acostumbrada al agravio, la corrupción y la desigualdad más estridentes, hecho de una clase media delgada y en permanente zozobra económica real o psicológica, bajo los auspicios de un Estado débil y rapaz o de una iniciativa privada preocupada por intereses de empresa o confesionales, sus miembros no sólo transitan por las paradojas arriba citadas sino que las amplifican y perfeccionan. Es así que mientras la universidad pública escupe más y más profesionistas mediocres que creen que el título los hará ricos sólo porque certifica su capacidad para seguir instrucciones, las universidades privadas excretan profesionistas mediocres que por encima de técnicas y conocimientos se han perfeccionado en la creación de planes y la impartición de instrucciones; es decir, de un lado están los muchos brazos ejecutores que jamás percibirán su condición de subordinados, del otro las pocas cabezas que darán pautas y órdenes (casi nunca atinadas, tanto da); de un lado quienes armarán, repararán, programarán, limpiarán, pondrán las cosas en mediocre marcha, del otro los que tendrán tiempo de reflexionar y de vivir más allá de lo meramente técnico, planeando y dirigiendo; de un lado los que nunca tomarán un libro y se aburrirán con cualquier discusión que no trate de fútbol y sueldos, del otro los que podrán leer libros con desahogo y sin que obsten sus ocupaciones técnicas, quedando a salvo de complejos y zozobras porque sólo sobrevolarán el país procurando que siga rindiendo dividendos en su monolítica inamovilidad, aunque se anuncien cambios y soluciones todos los días. Una simbiosis perfecta, un círculo vicioso inatacable.
La investigación, por su parte, no podía estar en peores condiciones: si a la universidad privada le importa un bledo porque no es negocio en un país donde ya están repartidos los roles económicos y donde la clase dirigente es rancia y oligárquica, casi feudal, en la universidad pública ella queda muy por debajo del principal objetivo de los muertos de hambre que no terminaron sirviendo en empresas ni en centros de investigación extranjeros: asegurar su ascenso en la escala socioeconómica, reivindicar el "sacrificio" de haber estudiado por tantos años, formar un patrimonio aprovechando uno y cada uno de los resquicios burocráticos, convocatorias, premios, programas, incentivos, primas, apoyos, viáticos y demás instrumentos que tiene el Estado para mantener a estos merluzos permanentemente ocupados en llenar formularios y asistir a juntas, conducirse con servilismo ante los superiores y con prepotencia hacia los subordinados.
Y es así, me digo, como la creación y divulgación del saber son desplazados por asientos de piel, como al ejercicio de las virtudes cerebrales (ese viejo y retrógrado propósito medieval, ese impulso fascistoide) le sucede la más comprensible y revolucionaria ambición de posar más cómodamente el culo.
miércoles, marzo 10, 2010
Travestismo
jueves, febrero 18, 2010
Serios y ridículos
"...desde tu llegada al [centro]... fuiste siempre un colaborador fiel y eficiente..."
"me enorgullese (sic) que aún sigas liderando este gran proyecto cada vez más consolidado"
"...la acción para incrementar la oferta educativa es un compromiso al que nos comprometimos" (menos mal)
"Han sido evidentes los grandes logros... durante el poco tiempo que ha transcurrido de su gestión, logros que implican un mayor compromiso de esta comunidad universitaria"
Etcétera, etcétera.
Para consuelo de la universidad pública, las privadas no lo hacen mejor: la universidad ignaciana publica el día de ayer con indisimulado orgullo que un académico de ingeniería civil "realizó un viaje a Dubai" y que "durante una de las tardes... se dio a la tarea de contar todos los edificios que encontró a su paso y registró 136" Y cita al intelectual que, ya en plan profundo, afirma que "por supuesto que no conté todos, pero la cantidad que sumé da una idea muy clara sobre la apuesta al desarrollo inspirado en el furor de occidente, sin perder su identidad porque la arquitectura de este emirato ostenta el estilo árabe, que es de gran belleza, muy limpio".
Los Emiratos Árabes Unidos es un estado petrolero bajo las mismas leyes fundamentalistas islámicas que Arabia Saudita, con una deuda de 73.71 miles de millones de dólares e inflación por encima del 14%, un club de ricos decadentes en donde no falta la explotación laboral de somalíes ni las putas importadas de Rusia, que como cualquier país de cultura provinciana prefiere la arquitectura faraónica a la sustentable, lo que arrase con el entorno a aquello que lo haga habitable. Era imposible pues, que un "académico" habitante de los márgenes de la civilización occidental, acostumbrado a la endogamia cultural más perversa y acomodaticia, incapaz de apreciar una obra por algo más que sus cifras y tamaño, se abstuviera de expresar su candorosa admiración por los que construyen cada vez más alto. Enhorabuena. "Es increíble cómo han proyectado su ciudad", remata el jesuítico cenutrio.
De vuelta a Guadalajara, en medio de un atasco increíble, con calles llenas de perros muertos y basura, con cientos de nuevos fraccionamientos anunciados, no puedo menos que felicitarme por vivir en medio de tanta belleza.
lunes, febrero 08, 2010
Colegas
Si un día me aparté de la fábrica y la empresa creyendo escapar al engranaje triturador de hombres, me equivoqué. Con cordial ingenuidad o mal disimulada mezquindad, mis colegas tienen a bien recordarme lo que soy: un empleado del que no se esperan grandes obras ni gestos heroicos, un digno peón que ha de seguir el juego a los invisibles dueños de la partida para comer caliente, un loro que repetirá las consignas que dicten los señores que deciden las tendencias durante un desayuno a cuenta del erario... Un don nadie, un número en las gráficas, un culiatornillado mono de ventrílocuo.
Muchos tienen el consuelo de su idiotez o abyección; otros, la capacidad mercenaria para vivir del presupuesto blandiendo formularios y nombramientos: a fuerza de repetir el ejercicio la fábrica de bufones termina aplaudiéndose el nudo del ombligo mientras, bajo su égida, generaciones de alienados se gradúan en cinismo y verborrea, en vacuidad y acidia, candidatos ideales para reemplazar sin cuestionamientos y aun con feliz optimismo a las generaciones desventradas por la urgencia moderna de productividad.
"Qué más da", parecen decir cuando les salta la vena crítica poniendo cara de compungidos, imposibilitados para hacer más ciencia que la que les permita solicitar más recursos para hacer más ciencia... Y yo vuelvo a mi mundo de libros, solitario. Y los dueños engordan felices de comprobar el celo de sus perros.
martes, enero 26, 2010
Repatriación
Envejecer en la mierda es lamentable y ello explica el empeño público por un infantilismo a toda prueba: porque sólo así puede seguirse tan campante sin percibir el hedor, sin encajar la barbarie, sin enfrentar las consecuencias. Poco importa que la puerilidad electiva sólo afiance el desastre: cerrar los ojos sigue siendo la respuesta natural al vértigo de la caída. Ha sido pues una lamentable coincidencia rebasar el mediodía de la vida mudándome a este parque de atracciones cuando ya no se tienen ni humor ni ganas para más adolescencia, menos aun cuando la vocación del parque parece estar cambiando a la de un vertedero.
Se me ofrecen dos opciones: fingir que existe un país aunque sólo lo viva virtualmente o asumir ese que ocupa su lugar reordenando mis criterios. La señorita del banco me persuade de no liquidar mi vieja cuenta y mejor abrir otra; el empleado del archivo para el registro de vehículos nos ofrece no pasar por la validación y obtener directamente placas y engomados con el licenciado en jefe de una recaudadora; la universidad contrata para dar clases de historia de la ciencia a una licenciada en turismo que, en conmovedor ejemplo de honestidad, confiesa haber elaborado el programa "con la única pista del nombre de la asignatura"; un doctor en ciencias le rompe la nariz a otro dentro de la universidad y ésta no hace nada, casi causando la renuncia del agredido con la consecuente cancelación de proyectos... A donde mire, a donde vaya, por menos que haga y más que me esconda, la ambigüedad, la contradicción, el peligro y la arbitrariedad me saludan ominosos.
Y crece en mis adentros la convicción de que estoy cayendo en desgracia y de que el suelo, desafortunadamente, no está próximo.
viernes, noviembre 20, 2009
Damasco en la habitación
Desperté en la tenue obscuridad consciente de que estaba ahí, aunque aun no había visto nada. Tenía la cabeza hundida entre las almohadas y una humedad fría se había apoderado de la habitación insinuando niebla. Me hice de valor, cogí aire e incliné la cabeza para ver en dirección a la puerta. Me encontré con eso, con una silueta difusa, una forma humana de rostro indefinido y cierta luz, una pesada incongruencia luego de sendos años como profesor universitario asistiendo a tertulias de divulgación científica y filosofía de la ciencia. No estaba asustado, sino muy enfadado de tener que encajar aquel fenómeno dentro de mi manera de ver el mundo, así que no pasó ni un minuto cuando decidí que estaba sufriendo una alucinación: ¿qué más podía ser?
Un tanto molesto y sin darle importancia a la extraordinaria aparición, busqué sobre el buró mi celular para ver la hora: las tres y cuarto. Suspiré resignado, me senté en la cama considerando lo que tenía delante, bostecé. La silueta no había cambiado ni de postura ni de gestos, tampoco tenía pies. Por un instante y como tuviera mucho sueño cedí a la tentación de explicarlo todo como una pesadilla, un sueño demasiado vívido si se quiere, pero tranquilizadoramente científico y racional, nada que requiriera violar la física ni la matemática, nada que me obligara a reconsiderar nuevamente –qué molestia, por Dios- la abundante literatura religiosa, metafísica o paranormal, espiritual, gnóstica o new age. No. Tenía que ser un sueño. Pero apenas me hacía con esta convicción cuando a eso se le ocurrió tomar asiento en el banquillo de la puerta y hablar.
–Hace frío- dijo claramente haciendo vibrar el aire.
Semejante comprobación acústica, pero también la vulgaridad del comentario me hizo descartar del todo la opción del sueño y volver a mi teoría de la alucinación. Todavía más: esto no era sino aquello a lo que los occidentales llaman un fantasma, es decir, un producto cultural que en caso de ser pescador de Nueva Guinea ni siquiera se me habría ocurrido. Era claro que me lo inventaba, que echaba mano de una figura manida, que por algún motivo mi cerebro hacía realidad los cuentos con que me asustaban en la infancia cualquiera de mis cuatro abuelos. Quizá me había pasado con los antidepresivos, los ansiolíticos o el alcohol; quizá la demasiada tensión causada por el curso de lógica que enseñaba a niñatos me estaba dejando exhausto. Razonaba así cuando la cosa decidió ponerse más coloquial.
–Eres patético, Pardon- agregó con lo que parecía ser una sonrisa amarga. –No eres diferente de esos idiotas a los que tanto criticas: cuando la realidad no es como has decidido que sea, simplemente la niegas. Tienes creencias vulgares, como todo el mundo. Y como todo el mundo crees que las tuyas son mejores. Imbécil.
“Habla como yo”, pensé, “es obvio que me lo invento”. No quise contestarle porque no suelo hablar con extraños, pero mi hasta entonces excesiva serenidad se tambaleó al imaginar que la alucinación podría no ser un fenómeno pasajero, sino un signo de franca locura. “Dios Santo”, me dije entonces, “me estoy volviendo loco”. Así que actué de inmediato para recuperar los asideros de la realidad, de un salto me puse de pie y me acerqué al visitante para echarlo fuera, pero con un brazo firme (¿o era sólo un campo como el magnético?) me detuvo antes de que lo tocara y me obligó a sentarme de nuevo.
–¡Eh! ¿Qué te pasa Pardon? Déjate de tonterías. He aquí la prueba de que no tienes espíritu científico: tienes evidencia positiva de algo que no habías visto antes y sólo porque no puedes explicarlo prefieres soslayar el asunto y acogerte a los galimatías psiquiátricos. De verdad que no tienes remedio. De haber sabido que reaccionarías así mejor me hubiera presentado a alguno de los creyentes antiguos, de esos que sabían asumir lo que ocurre sin hacerse preguntas, sirviéndose de la más humana de las capacidades: la de adaptación. Ya casi no queda ninguno, en este mundo moderno todos son creyentes vulgares buscando la tranquilidad. Tú nada más fíjate qué irónico: igual hubiera reaccionado cualquiera de esos fanáticos que dicen creer en Dios, los ángeles o los blemias. No soportarían verlos. Farsantes…
–Ya basta- me atreví a decir, un poco más tranquilo al suponer que un discurso tan sensato no podría venir de mi locura, aunque por lo pronto fuese esta quimera la que lo soltara. –Estas no son horas para la verdad. Tengo sueño, quiero dormir, déjame en paz.
–Estás derrotado, Pardon. ¿Qué harás para arreglar tu vida?
–Insistir.
Y encendí la luz, disipándole.
martes, octubre 13, 2009
Cuadro familiar
Nos acostábamos temprano y siempre luego de rezar, lo que a mí no me fastidiaba en absoluto porque prefería hablar con Dios cuando me faltaba el sueño procurando convencerle de que me diera una noche tranquila, libre de las pesadillas habituales donde el Diablo se paseaba orondo y enrojecido por las escaleras que daban a la calle o por la habitación de mis padres. Luego la divinidad ignoraba mis peticiones y a las tres de la mañana me despertaba sudoroso, aterrado, tratando de taparme los oídos porque ya oía venir desde muchas calles al sur a la Llorona, una especie de grito o llanto o alarido que nunca supe bien si lo soñaba o existía, si eran los gatos que abundaban en el barrio o algún crío de los que también sobraban; baste recordar que el Lalo y el Nene eran sólo dos de nueve hermanos, los únicos en edad de jugar con mis juguetes, no conmigo.
Escuchaba a la Llorona pasar, volvía a dormirme. A las cinco y media de la mañana me despertaba el ruido del motor de un torton color naranja cargado de cajas vacías para pollos, un camión emplumado que me anunciaba que era el momento de prender el bóiler con los combustibles de aserrín oleoso que comprábamos en la tienda de Socorro. Subía la escalera rápidamente procurando no mirar la obscuridad y empujaba la desvencijada puerta de madera que daba a la azotea, donde estaba el calentador con su ventanilla metálica que a veces olvidaba haber cerrado con el fuego dentro y abría distraídamente quemándome los dedos. El agua tardaba al menos media hora en calentarse y mi hermana asegura que ella me reemplazaba para alimentar el bóiler pasadas las seis a fin de que yo me bañara, pero yo no la recuerdo.
El Lalo y el Nene solían jugar en la calle que me estuvo prohibida hasta poco después de cumplir once años. Cuando por fin pude salir casi no tuve tiempo de aprovecharla porque nos mudaríamos antes de que yo cumpliera los doce y porque un evento particular puso fin a mi recién inaugurado contacto con el mundo exterior. Aquella tarde, terminada mi tarea y con el permiso de mi madre que leía una y otra vez la carta que había llegado esa mañana desde California, acepté aventurarme con mis vecinos hasta los multifamiliares del Infonavit para cortar arrayanes. Trepábamos por la barda que daba a la huerta y apoyados sobre los adobes inestables nos inclinábamos sobre la copa de los arrayanes para arrancar y comer in situ los frutos aun ácidos e inmaduros. En esas estábamos cuando Doña Chuy, la dueña de la huerta, apareció blandiendo un palo de escoba y dando de voces. El Lalo y el Nene, así como Mario y Andrei que aquel día decidieron acompañarnos quejándose sin pausa de mi señoritismo, saltaron instantáneamente y escaparon corriendo para perderse entre los edificios. Yo también salté, pero para caer en la huerta de Doña Chuy y hacerme ovillo esperando el primer palazo de su escoba.
El golpe no llegó. En cambio, Doña Chuy me tomó de las patillas y me levantó con fuerza, sólo para comprobar con mis gritos que yo no era capaz de andar: tenía un tobillo visiblemente luxado. Caí de nuevo a la tierra, volví a hacerme ovillo llorando del dolor recién descubierto y entonces vi borrosamente y a cierta distancia la cara de Arturo, el hijo de Doña Chuy, que nos miraba con asombro apoyado sobre un árbol. Me aguanté entonces las ganas de llorar, recordando lo que me dijo mi padre la última vez que lo vi, borracho desde luego, acerca de que yo era el hombre de la casa y que no debía mostrar debilidad y esas cosas, pero sobre todo dejé de llorar porque me interesaba que Arturo no compartiera la opinión de Mario y Andrei sobre mi presunta mariconería, aunque sospecho que también el Lalo y el Nene eran de la misma opinión.
Entre Arturo y su mamá me llevaron a la habitación del primero ante la curiosidad de sus tres hermanas menores. Doña Chuy me preparó un ungüento, me trajo un vaso de agua que ni siquiera toqué y ya pasada la agitación me preguntó dónde vivía. No quise contestar. Doña Chuy volvió a insistir sacudiéndome por un hombro y ensayando todos los tonos, también intervino una de las hermanas: nada, estaba mudo, no podía abrir la boca a pesar de mis esfuerzos, aunque nunca supe bien a bien si sólo fingía o de verdad estaba impedido. “Déjenmelo a mí”, dijo Arturo con autoridad. Y nos dejaron solos.
Arturo se sentó en la orilla de la cama a mirarme sin decir palabra. Luego de varios minutos sacó de un cajón una enorme bolsa de arrayanes maduros y empezó a comerlos despacio, sin dejar de mirarme, acomodando los huesitos en una especie de cenicero o escudilla de muchos colores. Cuando empezaba a quedarme dormido me movió una pierna y me extendió la bolsa de arrayanes. La tomé y sin pensarlo dos veces empecé a comerlos con fruición, casi con glotonería, mientras Arturo se levantaba de la cama, tomaba lo que parecía una jarra de agua y sacaba de otro cajón una bolsa de charales secos.
–Voy a tener una pecera- me dijo. Y acto seguido vació los charales en el agua mirándolos fijamente. Dejé de comer y con la boca llena de huesitos también me concentré en la jarra donde flotaban inertes los charales. Luego de unos instantes y como no se movieran, Arturo agitó un poco el agua, primero con los dedos, luego tapando la boca de la jarra y haciendo oscilar su contenido. Nada.
–Me engañaron- dijo muy seriamente y con amarga decepción. Y completó sin dar lugar a consolaciones onerosas: –Yo sé dónde vives, si quieres puedo llevarte.
Me levanté y me puse los zapatos, le regalé mi reloj de plástico como pago por su ayuda o quizá para que no sufriera tanto con su fallido intento de pecera, y anduve cojeando hasta la puerta de su casa. Doña Chuy me despidió dándome una bolsita de arrayanes que Arturo me hizo el favor de sujetar y cada una de sus hermanas me dio un beso. Cuando salimos de su casa, yo apoyado en su hombro y él con el reloj puesto, vi venir a mi madre furiosa doblando la esquina y acompañada del Lalo y el Nene. Un nuevo ataque de migraña empezaba a instalarse en mi cabeza. Mi hermana dice que también venía con ellos, pero yo, naturalmente, no la recuerdo.
lunes, septiembre 28, 2009
Estambul
Los primeros dos días sólo nos vimos por la noche, pues para evitarlos asistí a cuantos seminarios tuve oportunidad e impartí dos charlas más sobre mis recientes investigaciones (entonces proponía una interesante teoría con no pocos avales sobre el origen persa de más de la mitad de las columnas bizantinas de la cisterna de Santa Sofía: naturalmente todo resultó falso). Luego de cenas frugales sólo tangencialmente turcas (el matrimonio apenas probaba lo que no le fuera familiar, expresaba una opinión aprobatoria y un comentario sesudo al respecto, y luego volvía rápidamente sobre sus acostumbrados vinos, quesos y café) nos metíamos en el río de gente que iba desde la plaza de Taksim hasta el viejo puente de Gálata, no tanto porque el paseo nos entusiasmara, cuanto porque yo había insistido en él con el mal disimulado propósito de abrumarlos con el gentío y agotarlos físicamente con el largo regreso cuesta arriba hasta su hotel. No obstante, el matrimonio aguantaba el paso y hasta se permitía alcanzarme de vez en cuando para compartirme alguna de sus agudas observaciones:
–Los turcos tienen características arias, ¿no te parece, querida?
–Son guapos, no cabe duda, pero qué mal gusto tienen para vestir, ¡Dios Santo! ¿Has visto esos zapatos espantosos?
–Son producto del mismo tipo de mestizaje que se observa en Madeira o en cualquier país latinoamericano, por favor, no hagáis como si ello os sorprendiera.- insistía tratando de cortar de tajo una conversación que se venía cargada de acicalado racismo y prejuicios debidamente perfumados.
–No, no, no. En París hasta los jóvenes de la banlieu tienen un sentido de las proporciones muy superior al de esta gente, por no hablar de la virilidad que es aquí un asunto tan cuestionable…
–¿De qué hablas?- pregunté mientras la esposa reía con esa timidez estúpida de aristócrata venida a menos. Ella contestó en su lugar.
–Pues muchos caminan cogidos del brazo, mira, y se besan en las mejillas sin pudor alguno, por no hablar de los colores que francamente…- la interrumpió su marido:
–Es la ambigüedad pronunciada de cualquier país subdesarrollado, te lo digo yo, coño, que tuve cursos de sociología en la Sorbona. Es un hecho que el mestizaje, la pauperización económica y la explosión demográfica conducen a esta laxitud moral, luego de la cual la prostitución, la homosexualidad y otras ambigüedades proliferan aun en medio de sociedades conservadoras, qué digo conservadoras, ¡hasta musulmanas! ¡ja, ja, ja!
Me quedé callado y apreté el paso. Desde luego había notado las diferentes muestras de afecto entre los turcos, pero en ningún momento fui tan estúpido como para creer que a la mitad del país le gustaba que le dieran por culo. El matrimonio francés, sin embargo, parecía no tener remedio contra sus acendradas opiniones. Ya era tarde para cambiar nuestros planes de mañana –visitaríamos las murallas de Teodosio acompañados de colegas turcos- pero estaba seguro de encontrar la manera de escaparme de una tercera noche de cenas ridículas y comentarios insoportables. Me haría el perdidizo examinando los arcos, tomaría un taxi en el bulevar, pasaría la tarde visitando mezquitas y mirando el Bósforo desde alguna colina.
Cumplí mis planes al pie de la letra, pero algo alarmante me esperaba en el hotel: un mensaje de la esposa de mi jefe pidiéndome que me comunicara con urgencia sin importar la hora: era la una y media de la mañana. Pedí que me comunicaran y pasaran la llamada a mi habitación; me quitaba los zapatos con los pies adoloridos de tanto andar cuando el teléfono sonó. La esposa de mi jefe lloraba histérica del otro lado:
–¡Ayúdame por favor, ven pronto! Mi marido está detenido, Dios Santo, ¡estos salvajes lo van a matar, por favor!
–¿Qué ha pasado? ¿Por qué lo han detenido?
–Fue en el Antiguo Hammam, alguien quiso golpearlo, no sé, ¡no entiendo nada! ¡por favor ven enseguida!
Colgué el auricular y con gran pesar volví a ponerme los zapatos. Veríamos si mis conocimientos de turco daban lo suficiente para arreglar lo que parecía un gran malentendido. Veríamos también si la policía turca era tan temible como en las películas. Midnight Express, my friend, dije para mis adentros…
Luego de pasar a su hotel, la esposa de mi jefe y yo llegamos a la comisaría de Sultanahmet, donde hombres bigotudos y ya no tan feminoides nos explicaron la situación de mi jefe. No podía dar crédito: se le acusaba de intentar seducir a un menor de edad en los baños turcos del Antiguo Hammam. Procuré no explicarle nada a la llorosa esposa hasta que estuviera seguro de los cargos, las consecuencias y las posibles soluciones. Hablé con la parte acusadora: un hermoso chico de diecisiete años que fumaba despreocupadamente y al que no le interesaba negociar nada; hablé con el abogado de turno: un hombre obeso que despachaba unas sardinas con yogurt en mi presencia mientras me aclaraba que el delito era grave; hablé con la policía y me mostraron el vídeo de los baños donde, para mi sorpresa, no cabía ninguna duda de que mi jefe trataba de ligarse al adolescente. Finalmente hablé con el francés, que parecía haber perdido la razón y no enterarse bien a bien de lo que le esperaba:
–Esto es muy grave, tienes que llamar a la embajada, no parece que vayan a soltarte pronto; es más, parece que mañana te trasladan al centro de detención de Esmirna.
–Estos imbéciles, chulos y déspotas, guapos y prostituidos, estos imbéciles…
–Te digo que lo olvides, no tiene importancia. No le he dicho nada a tu esposa porque…
–Su manera de vestir, su manera de moverse, estos imbéciles tan maricones que no pueden menos que corromper al hombre decente y apolíneo, porque fíjate bien que esta es una guerra entre Dionisios y…
–¡Hey, cálmate! Trata de concentrarte en lo importante porque…
–¡No me puedo calmar! El orden se ve carcomido en este medio purulento, la decadencia es bizantina, lo que sólo se agrava con la contaminación turca, ¡lo leí en Mi lucha, de verdad!
lunes, septiembre 14, 2009
Noche en casa de los Kruszewski
Sobre la mesa aun estaban las cajas con las pocas pertenencias de Taylor, quien pidió que me mandaran llamar hasta Berlín para hacerme cargo de sus cuadros, una vez que estuvo seguro de que su desaparición era inminente. Hasta aquella llamada inoportuna de los Kruszewski –en medio de una cena romántica que hubo de quedarse en eso por aquella interrupción- no había tenido noticia ni de la enfermedad ni de las dificultades económicas del pintor inglés que, una vez más y de modo definitivo, se había separado de su nueva mujer para vivir una trasnochada soltería en compañía de un viejo matrimonio polaco que, según me dijeron, se limitaba a rentarle el cuarto de estar, darle de comer y, llegado el momento, a inyectarle morfina. El propio Sr. Kruszewski, médico retirado, le diagnosticó la enfermedad.
Algo parecido a disparos se escuchó a lo lejos, seguido de una patrulla. Hacía varios minutos que el cigarro se había consumido entre mis dedos hasta quemarme, varios más habían transcurrido en ese estado de catatonia que sigue a todo viaje trasatlántico, algún otro se perdió en pensamientos obsesivos que intentaban poner en orden lo que venía ocurriendo, como si el hecho de narrarlo para mis adentros pudiera fijarlo y hacerlo manejable. Engaños. Cerré la puerta de la baranda y me puse a inspeccionar las cajas de Taylor bajo un foco de cuarenta watts que se encendía y apagaba por medio de una cadenilla oxidada.
Casi todos los cuadros eran nuevos para mí, aunque Tesoro lo conocía desde los tiempos de Sharon: Taylor aparecía con la nariz deformada, a medio camino entre una rosa y una herida, la mirada no estaba suficientemente bien lograda y había usado tanta pintura para el cabello que el resultado estaba más cerca de la escultura o el grabado. Sharon había conseguido un excelente comprador para ese cuadro, un polaco, por cierto, de apellido excéntrico e impronunciable. Naturalmente. Taylor decidió no vender el cuadro porque estaba seguro de que Sharon se había acostado con el magnate. Yo estaba presente en aquella ocasión cuando, borracho una vez más, la golpeó artísticamente salpicando el cuadro con tres gotitas de su ninfómana sangre. Mientras Sharon lloraba y Taylor vociferaba incontrolable, yo me asomaba al balcón y fumaba delicados cigarros importados por un comerciante tunecino. Echo de menos, ahora, la soberbia indiferencia de que era capaz en esos días.
Con el cuerpo todavía flotando por las varias horas transcurridas sobre el Atlántico y los ojos enrojecidos y secos, empecé a descubrir cosas extrañas: detrás de Cadáver perfecto II encontré un par de recetas sin surtir: algo de morfina, algún medicamento raro y de nombre amenazante, la presentación en gotas de un psicotrópico conocido; entre el lino y el entarimado del pequeño Perico fornicante encontré otro par de recetas, un recibo y un estado de cuenta a nombre de Taylor, con domicilio en Detroit, y por la friolera de dos y medio millones de dólares. Me tallé los ojos para comprobar el saldo y la fecha: hacía apenas dos meses que su cuenta del Chemical Bank estaba tan saludable.
Me levanté mareado por un vaso de agua, la boca reseca por la incongruencia de la situación. Bebí el agua y me dieron ganas de vomitar, salí a la baranda del patio que me quedaba más cerca que el baño y eché la pota sobre el jardín. No me sentí mejor, pero aun así preferí volver a la mesa y seguir revisando las cajas hasta que no me cupo duda: otros tres saldos y un recibo más del Meadow Museum me convencieron de que Taylor no había muerto pobre, sino millonario, de modo que, ya en plena paranoia, pensé lo peor en relación con los Kruszewski.
Un fuerte espasmo me obligó a sentarme en una silla y a vomitar otra vez. El vértigo aumentaba y se acompañaba ya de un sudor desagradable, cuando de pronto bajó
–Lo siento, señor, no nos quedó otro remedio- me dijo. –Mi esposa y yo estamos en la ruina y, por disposición del señor Taylor, esta es la única forma de garantizarnos una vejez sin dificultades. Lo siento, de verdad.
–No sé de qué me habla- balbucee con dificultad, ya sin aliento.
–El señor Taylor no quiere dejar cuentas sin pagar, el señor...
Se abrió la puerta del vestíbulo, escuché la voz de Taylor, pero ya no veía nada...
–Ayúdame, Taylor, ayúdame…- alcancé a decir.
–Que te ayude Sharon cabrón. Que te ayuden estos señores, que yo no estoy aquí- contestó.
Y dicho esto el Sr. Kruszewski me inyectó una sustancia que me quitó el dolor y me hizo dormir por mucho, mucho tiempo.
lunes, julio 06, 2009
Éxito
Aquella tarde de julio paseábamos por la orilla de
–Tati, ¿qué crees? He descubierto en Internet detalles de la vida privada de dos o tres amigos de la preparatoria. Ya, ya, no me censures, es un ejercicio que encuentro particularmente placentero y humillante, pues me gusta observar mis reacciones e intentar leer lo que me quieren decir, ya me conoces, este narcisismo incurable… Pero bueno, vamos al grano, el primero de ellos fue mi compañero en el concurso estatal de matemáticas: ahora es sacerdote, pero no cualquier pobre diablo, ¿eh? Se trata del célebre autor de libros de autoayuda como “¿Qué quiere Dios de mí?”, “Mujer y hombre modernos”, “Pienso, luego soy feliz”, mejor conocido como el padre José. En su página, este cretino de pulcra barba, lentes de diseño, saco tweed y sonrisa colgate que aparece en televisión de cuando en cuando, anuncia sus libros con poses ridículos y dengues estilizados. Nadie que merezca la pena juzgar con severidad, desde luego, aunque tanto nos tiente esta moralina de fracasados que sólo ve fraudes en los triunfadores...
–Yo no lo juzgo, aunque reconozco que me molesta saber que ese hijo de puta no hizo psicología ni pasó por ninguna facultad antes de dar consejos a la gente. ¡Es competencia desleal!
–Es mala profesión la tuya, querida, mal fundada desde el momento en que obliga a los que la ejercen a cobrar por lo que los amigos hacen gratis: discutir los problemas ajenos.
–No vamos a hablar otra vez de eso, ignorante. Sigue.
–Bien. El segundo fue mi compañero de programación, Omar. Su página es interesante por cuanto es capaz de presentar la misma ñoñería del padre José bajo ropajes presuntamente modernos. Asistimos de nuevo al esquema heterosexual autocomplaciente hecho de mujer, niño y propiedades, con abundantes gracias a Dios por los bienes recibidos, con fotos de cumpleaños, compañeros de trabajo que se hacen compadres, esposas de los compañeros que devienen comadres, salidas a restaurantes, viajes al extranjero y alguna estancia en hoteles todo incluido. Te apostaría lo que fuera a que entre los escasos libros que tiene este imbécil se encuentran todas las excrecencias del padre José, salvo porque el caso de Omar es todavía peor: es protestante, ¡ja, ja, ja!
–¿Original o convertido?
–Convertido, hombre, ¿de qué originalidad hablas? Tenía dieciséis años cuando se mudó de religión por órdenes de su madre, que estaba loca, divorciada y necesitada de dinero. Luego le sentó bien el aire de superioridad moral que sobre la mayoría católica le procuraba su nuevo estatus de outsider. Ah, el fervor...
–Oye, tampoco puedes juzgarlo con severidad sólo porque eres maricón y perdiste tu religión, ¿eh? Mucho desdén por la felicidad, pero a la hora de la hora...
–¿Felicidad? Deja eso para tus cursos de budismo zen, Tati, yo sólo tengo curiosidad. Y ganas de reír. Así que déjame terminar y guárdate tus falsas objeciones que sólo subrayan la verdad de lo que digo. Si me interrumpieras menos...
–¿Vas a terminar? Hace un calor horrendo aquí y no me da la gana aguantar tus regaños. Sigue.
–El tercero del que supe fue Lino, que se hizo profesor como su padre y su abuelo. Encontré su currículum y algunas fotografías en la página de la universidad donde lo contrataron, que es donde trabaja su padre y donde trabajó su abuelo. La foto de bienvenida nos lo muestra de frente, radiante, bien peinado, con una corbata discreta y saco negro, enseñando una hilera de dientes que se antojan perfectos. La mayoría del currículum está en inglés y, aunque un tanto incongruentemente, produce la impresión de pertenecer a una compañía y no a una universidad...
–Una cosa no excluye la otra.
–No, no, ya lo sé, especialmente en estos tiempos.
–O los que sean. Piénsalo bien.
–¿Me vas a dejar terminar?
–Concluye.
–Tanta gente estable me hizo pensar que estoy equivocado, Tatiana, que quizá debiera rendirme antes de seguir peleando contra el mundo, antes de que sea demasiado tarde y mi exclusión sea definitiva.
–Es definitiva.
–Estás siendo de mucha ayuda, morena, gracias...
–Ah, ¿quieres que te mienta? Debiste ser más amable conmigo, querido, ahora ya no tengo ganas. De modo que sigo. No peleas con el mundo, no seas dramático, pero tu desadaptación y terquedad son genéticas y tienen un precio que estás pagando con gran anticipación. Yo creí que podíamos esperar a que estuvieras en tus cuarentas antes de que se cerrara el cerco, pero mira, ¡te nos has adelantado!
–¿Cerco? ¿No eres tú ahora la que está siendo dramática?
–No. Tus dramas se inspiran en la exaltación del ego (“yo contra el mundo”, “yo excluido”, “yo original”, “yo excepcional”), pero lo que yo describo apenas te concierne: esta sociedad funciona como un solo organismo programado para excretar lo que no necesita. No hay mala intención en quienes te han ido segregando –tú mismo, dicho sea de paso- sino unos ojos no aptos para destacar la invisibilidad. Tú eres invisible.
–¿Y por esta mierda de consejos te pagan tus clientes?
–No, qué va. ¿Quieres soluciones? No las hay. Pero hay paliativos: ¿por qué no haces lo que ya hiciste seguramente anoche, luego de enterarte y no reconocer el éxito de tus viejos amigos: salir, emborracharte, follar, asomarte al inframundo donde el encanto dura hasta la mañana siguiente?
–¡¿Cómo…?!
–Soy psicóloga, ¿recuerdas? Pero esta vez no permitas que nadie amanezca en tu cama. La soledad es un sutil contraste. Y la autoestima.
lunes, junio 22, 2009
Non sequitur
Nubio entró al edificio. Sobre su escritorio encontró de nuevo los formularios de adhesión a
Nubio alucinaba. “La creencia en un dios o dioses yo la considero perfecta”, repetía a los paramédicos de la ambulancia camino al nosocomio. Sus colegas coincidían en que llevaba una semana sometido a grandes tensiones, valorando qué hacer con su vida, hablando de puntos de inflexión y encrucijadas. “Tengo ahora trece años, cinco meses, dos días, diecinueve horas de estar avanzando hacia ese despertar que por razones obvias ha de llegar”, encontraron escrito en al menos quinientos archivos de su computadora fechados el
Nubio resolvió crucigramas, problemas, contestó preguntas. Clarividente, explicó a una docena de médicos las situaciones que podían inferirse del simple contacto visual con ellos, proporcionando detalles, formulando deducciones, permitiéndose consejos. Vio con peligrosa empatía el origen alcohólico detrás de la alineación de plumas en el bolsillo de un oncólogo, su mal humor circunstancial, la voz forzadamente grave con que procuraba sobreponerse a las burlas de sus compañeros de primaria. Mirando al techo para contener las lágrimas le pidió a una enfermera que dejara de acobardarse ante las ricas sugerencias de una vida onírica diez veces más placentera que la vigilia. Durmió desde las seis de la tarde hasta las nueve de la mañana, pensando en blanco.
Nubio es un hombre grande, un gran hombre. Pero sus visiones le impiden funcionar en períodos de angustia porque exceden con mucho el ritmo de la lógica de los hombres. Afasia, dicen los médicos. Asincronía, dicen sus colegas. Su madre cree que está loco, pero hace años que no lo ve. Esta mañana de 22 de junio abre los ojos en el hospital, pide disculpas, le da la mano a Guillaume el psiquiatra y a Hugues el neurólogo. Se retira con una gran botella de agua para calmar una sed de roca mientras toma el taxi de vuelta a su habitación. El conductor no tiene rostro, no habla, pero Nubio escucha su pensamiento decir “El verano es un mal tiempo para morirse en busca de la felicidad y de la salvación”. Reminiscencias, supone, de un día de estrés extremo.
Ya está en su habitación y descubre con terror que nunca se ha ido. Hay miles de páginas escritas, el calendario fijo en el 22 de junio de un año que no puede leer. Nubio tiene visiones. Visiones de un 22 de junio en que no puede morirse. Un día de verano en que los edificios revelan su futuro hasta la última extinción. Tengo hambre, tengo sed. Creo que tengo familia. Nubio alucina o resuelve crucigramas. Tiene un trabajo en el edificio blanco. Nubio tiene que subir a un avión, no más taxis. Creo que tocan a la puerta. Abre. Guillaume el psiquiatra y Hugues el neurólogo están aquí, para extirpar el futuro.
viernes, mayo 29, 2009
Calendario
–Fue en el cincuenta y siete cuando Don Jesús me encargó el primer calendario, aunque la verdad fui yo quien se lo sugirió, ya ves que tu abuelo no era hombre de semejantes delicadezas, ¡qué va! ¡si en su vida nunca leyó un libro ni maldita la cosa lo que le importaba! Se burlaba de tu abuela y sus ínfulas de cultura, jamás se le hubiera ocurrido regalar a los trabajadores y clientes del taller calendarios con citas de hombres célebres al reverso de cada fecha, con el santoral completo, con los días festivos destacados en rojo… No, no, ¡qué va! ¡si tu abuelo no era de esos!
–¿Sabe, Don Teodoro, que yo conservé los calendarios del taller de los años de mi niñez?- El tipógrafo, que miraba el suelo con sus enormes gafas de fondo de botella, levantó la vista y me miró desconcertado. Parecía que le había anunciado otra defunción y le costó un gran esfuerzo recomponerse, es decir, llevarse el pañuelo a la frente y reanudar su incontrolable río de palabras que, pese a todo, no parecía tranquilizarlo. Tartamudeó.
–¿D-De veras? Mira, mira nada más, qué poco conscientes somos nosotros del destino e influencia de nuestro trabajo, ¿v-verdad? ¿Así que lo has conservado todo, hijo? Los de los años ochenta no se parecen mucho a los primeros, la calidad tuvo que sacrificarse por la carestía, tú comprenderás, ojalá todo hubiera sido como en los años en que conocí a Don Jesús, ¡pero qué va, hijo, qué va! Este país sólo va de mal en peor, lo decía tu abuelo que no votaba y al que le asistía la razón, ya ves que al final ni mis hijos pudieron seguir con el taller, menos mal que hicieron una carrera, todos menos el más chico que prefirió la mecánica a la tipografía, y yo ya estoy retirado, hijo, muy viejo para seguir en esos trotes, ahora todo lo hacen por computadora y cualquiera puede en su casa imprimir los ejemplares que le vengan en gana… ¡qué va! ¡hasta inventarse las fechas!
El tipógrafo emitió un gruñido que pretendió ser una risa y apenas llegó a mueca, seguido de una tos y un escupitajo que no encajaba mucho con la presunta formalidad que seguía haciéndole sudar copiosamente. Creí oportuno intervenir, aunque sólo fuera para ahorrarle un poco de saliva:
–Mi abuela siempre me leía las citas del calendario, ¿sabe? También me relataba la vida de los santos a que hacían referencia los onomásticos. Debía saber mucho de las cosas de
–¡¿Todos?!- preguntó Don Teodoro con tono de sorpresa y ojos muy abiertos. O serían las gafas. –Quiero decir, son muchos nombres, sabes… El santoral no es el mismo que hace años, recordarás que el Papa eliminó muchos nombres, luego hay días festivos o fiestas que reemplazan el onomástico, en fin, hay que tener memoria de elefante, yo mismo no estaría seguro de conocerlos todos, ¡qué va! ¡si ya la memoria me falla terriblemente!
–Hablando de las burlas que le hacía mi abuelo a mi abuela, ahora recuerdo que alguna vez, mientras me contaba la vida del santo en turno, le dijo que dejara de inventar historias, que todo lo del calendario eran puros cuentos...
–B-bueno, tu abuelo, que en paz descanse, ya sabes, era un bromista incurable, ¡quién mejor que su esposa para saberlo! Se burlaba hasta de la iglesia, ¿eh? ¿t-te das cuenta? Era un hombre práctico y sencillo, pero eso sí, un buen hombre, leal y arriesgado, un buen amigo, ¡qué va! ¡un compadre como no he tenido ningún otro! De mí también se burlaba, no creas, alguna vez te habrá tocado verlo, me decía cegatón, Don Topo, El Tibio, decía que no era más que una secretaria con una máquina de escribir más grande, que coleccionaba libros para alimentar las ratas del vecindario, que imprimir los devocionarios y catecismos del Padre José no iba a abrirme las puertas del cielo, ¡Dios Santo! ¡vaya si tenía baterías tu abuelo para reír a costa de los demás…!
–¿No las tiene usted, Don Teodoro?- le pregunté aprovechando la pausa que hiciera para escupir. Y la pregunta sonó mal incluso a mis oídos, y me di cuenta de ello apenas formularla, y comprendí que él podía creer que yo defendía a mi abuelo, y cuando me aprestaba a aclararle que no era mi intención, y que sólo lo preguntaba porque sí, y que no había detrás de mi pregunta ninguna gana de ofender ni el menor atisbo de agresividad, ya Don Teodoro levantaba la cabeza hecho un mar de lágrimas y en medio de una agitación tremebunda:
–¡Sí, sí, qué va! ¡claro que puedo reírme de los demás! ¡lo sabes perfectamente, ¿no?! ¡No me tortures más, hijo, ya está! ¿Qué querías que hiciera? ¡No hay hombre en el mundo que soporte la imbécil tarea de buscar citas notables en los libros! Había que inventarlas e inventar sus autores, había que crear santos para hacer de esta profesión algo menos aburrido, había que distribuir aquí y allá algunos errores para que los días no pasaran todos iguales e indistinguibles. ¡¿Qué querías que hiciera, eh?! Lo siento por tu abuela y por tu abuelo, y también por ti y por todos los que celebraron el día de Santa Catalina Chica y de San Coyezno, por los que leyeron las citas de Galileo Lutero y Martín Galilei, por los que creyeron entrever la sabiduría profunda en sinsentidos como “No hay más mañana que el diario pasado” o francas idioteces como “Hombre es quien mira al frente y no tiene ojos en la espalda”, lo siento de verdad, por los devocionarios del Padre José que incluye a los “gachupines” en las rogativas de los que están en los cielos y por los catecismos que hablan de la transubstanciación de Moisés en el Sinaí y la transfiguración de la hostia en el rostro de los profetas… ¡qué va! ¡claro que puedo reírme…!
–Está usted llorando, Don Teodoro, no es para tanto.- le contesté tratando de tranquilizarle mientras un cielo repentinamente nublado empezaba a chispear.
–Pero si no lloro, hijo, ¡qué va! ¿no ves que ha empezado a llover? Siempre llueve el día de San Juan...
–Eso es en junio, Don Teodoro.
–San Juan de Mayo, hijo, San Juan de Mayo…- contestó sonriendo.
