domingo, agosto 09, 2015

Las palabras que sobran

...su ligero temblor al apagarse, cada ciertas horas, en la casa de muebles ya intocados, sin más sexo ni reuniones con los amigos, repitiéndose mientras ellos acumulaban ciudades europeas en compañías inverosímiles y bajo cielos a veces compungidos de tormentas o rematados de una fría bombilla solar —allá la bahía de Nápoles arrasada por los vientos, acá el pedante monóculo de Viena le visitaba en forma de recuerdo acústico causándole un vivo estremecimiento y algo parecido a la piedad hacia aquel refrigerador medianamente utilizado, único sobreviviente del reino de Miraflores y testigo de los vacuos empeños que él y el otro él pusieron en empezar desde cero lo que ya llevaba más de diez, el después que nunca soldó y que hubo que abortar para continuar la cuenta en el desierto, Santa Teresa de las tarántulas y de los malos presentimientos, ya sin la respiración del hijo que partió dos veces, esa concentración como de oficina que permitió cubrir la desnudez y les ha llevado hasta esta fotografía en medio de Santa Sofía o a aquella inexplicable conjunción de minaretes y falsos amigos, gente insegura a la que ha coleccionado como antes hiciera con los mapas y las estampitas, con menos placer acaso, adornando su discurso de gajes del oficio y responsabilidad, tocando de amistad lo que sólo fue conveniencia y accidente, eficaz colaboración con una inercia burocrática a la que cada cierto tiempo considera necesario amenazar con apearse: 'todo tiene un límite' y 'la libertad es lo más preciado' y además 'ha de llegar el tiempo de cerrar este ciclo', todo dicho con la misma gravedad con que ciertos católicos —doña María Luisa o don José, la mamá de Graciela— afirman tercamente lo que consideran dudoso y aun descreen por ser escasas las virtudes de algunos prelados y muy primitivo su sistema de creencias, no así el suyo que se dice ateo y llega hasta el enrevesado ridículo de empeñarse en manifestar una fe que su cerebro no tiene en extraer de estos que le rodean, jóvenes ambiciosos o apocados, pusilánimes o abusivos, la lealtad y generosidad que no tendrán jamás, las que no pudo pedir a sus propios amigos cuando era tiempo y que no puede pedir ahora mientras recorre ciudades europeas —una inmunda París poblada de excrementos, el pis de Bruselas simbolizado en el Manneken, un ejército de ratas sobrevolando Brujas, él y el otro él o los que le suceden, más fácilmente ahora que no existe el sexo, ocupado en negocios mundanos y en clasificar sus recuerdos según el sonido que hacen los refrigeradores de sus sucesivos hogares al apagarse, ahora que los que pudieron ser sus amigos en tiempo y forma son hombres de negocios ellos mismos, padres de hijos verdaderos, sangre y huesos y atronadores chillidos producto de verdaderas esperma y sangre, educándose en colegios privados a los que acuden mirando el mundo desde los cristales de sus autos, como en una pasarela donde les custodian violadores y asaltabancos, traficantes de narcóticos y prostitutas voluntarias, policías borrachos y travestis que se masturban, el país folclórico al que ha de regresar por hallarse demasiado instalado y sorprendido en mitad de la vida sin más opción que la de tirar hacia adelante como los cerdos, cada vez más deprisa, con mejor apetito y perfeccionado hartazgo, sin prestar demasiada atención a las contradicciones evidentes que suponen desear tener trece años y bajar alegremente la barranca de Huentitán y mirar desde el sendero previo al río el cielo encapotarse y allá abajo encontrar refugio bajo un árbol mientras cae una lluvia ligera que luego se hace una araña de arroyuelos que bajan desde los riscos y las cañadas y cruzan el camino llenando el aire de murmullos junto con las ranas, e instalarse en el pensamiento dulce de la cena en casa y en la habitación desde cuya cama podrá mirar por la ventana las estrellas y no tener más horizonte que la escuela ni más preocupación que el pecaminoso tocarse entre las piernas y eyacular entre las sábanas y quedarse dormido apaciblemente, no con esta tensión de hombros y cuello, los pies ampollados de tanto subir y bajar como turista moderno y sudoroso por las calles de Bratislava —Praga pequeña, sonrisa del antes antes de despedirse ni con esta mentirosa vergüenza de entusiasta pervertidor de juventudes ya de antemano perdidas, no así, que este no era el destino, se dice, el otro él roncando a pierna suelta a su lado y su cabello que una vez fue rizado hecho una maraña sobre la almohada y su respiración de toro maduro parecida a la de la nevera de Miraflores, potencia de otros tiempos que condujeron a estos caracterizados por la transfiguración del enamoramiento en angustia compartida y hacienda, por el rosario de cadáveres que han enterrado juntos, por esta habitación sobrecargada de Estambul y a la que llega el humo de los vendedores de castañas de la calle, sin importar que se trate del sexto piso, el olor a quemado acompañándole ahí a donde se muda, sea mil novecientos ochenta y nueve o la Semana Santa camino a Talpa con otros pies ampollados y otros sudores y el anochecer como un recorrido por todas las escalas del azul, ¿ves esa hormiga que cruza el piso de Miraflores que mandó poner este que ronca a mi lado? ¿la ves en pleno mediodía solitario acompasando sus pasos del rumor del condensador, los libros al fondo en la habitación silenciosa de ojos muy grandes, la estufa blanca aburrida y el comedor apenado de sus sillas manchadas y la salita cuya última visitante fue la catrina (¿o era la santa muerte?)? ¿la ves llegar al cristal que separa el salón del patio, titubear, llegar a la esquina y volver sobre sus pasos, perdida? Así es como el refrigerador deja de sentirse solo, su ligero temblor al apagarse, cada ciertas horas, en la casa de muebles ya intocados...

domingo, mayo 31, 2015

Carta a J

Querido J,

Si bien la probabilidad y estadística no nos dicen nada sobre qué ocurrirá enseguida —no del modo en que lo hace una ley física— tampoco sería justo decir que carecen de información. Encuentro dolorosamente lógico que E haya partido de este mundo hace más de veinte años en un accidente automovilístico porque era una muerte a la altura de su clase social y circunstancia. Una calamidad, sin duda, un accidente, pero que no escapaba al terreno de lo verosímil, de lo que el mundo de entonces y en ese sitio donde creció, permitían. Ahora he perdido a C, como bien sabes, el único hijo —y encima adoptivo— que tuve. La compañía alemana que lo contrató aprovechando las ventajas del outsourcing y de los contratos temporales gracias a la tibieza legislativa y la legendaria corrupción de este país, podía prescindir de la vida de uno de sus trabajadores periféricos. ¿Por qué aquí y no en Düsseldorf? ¿De dónde saca su fuerza la acumulativa probabilidad hasta consumarse en estadística? ¿cómo termina en ley física si alguna vez lo consigue? Porque lo cierto es que, como quedó demostrado otra vez, este país reunía las condiciones para que ello se produjera. Éste sí, aquél no, como si de una categoría científica se tratara. ¿O es que todavía mueren personas en sus trabajos ahí en Inglaterra, J? ¿no es algo, digamos, demasiado siglo XIX, demasiado démodé? 
He pensado lo que muchos y tal vez con el mismo desorden, simpleza y falta de rigor: que se antoja decir que tu vida, J, allá en la isla, cotiza más alto que la del fallecido C que vivía en este país de tercera categoría; que fuera de un limitado club de sólidos países cuyo modo de vida, de extenderse al resto del mundo, requeriría los recursos de diez planetas, todos los demás somos más o menos prescindibles, o, en el mejor de los casos, proveedores, sostenedores de ese modo de vida de tus connacionales más frívolos y estúpidos, más irracionales y excesivos (¿pero acaso es distinto aquí? ¿no son mis compatriotas un claro ejemplo de frivolidad y estupidez? ¿o es que las hay de muchos tipos y las nuestras son todavía más primitivas y lamentables, más generalizadas?); que gracias al tipo de personas que aquí vivimos, la vida es más o menos prescindible según qué casos y circunstancias.
Esto último es uno de los aspectos más siniestros, J, y que, habiendo crecido en la isla y apenas pasado algunos años en Praga y Bruselas, quizá te cueste más trabajo comprender: que aquí se pierde la vida, sí, y se corren grandes riesgos como los que se encarga de difundir y amplificar el Departamento de Estado; pero no los corremos todos ni los que los corren lo hacen equitativamente ni de una manera que pueda calificarse (¿cabe la palabra?) justa. Porque C podía perder la vida —y la perdió— dentro de una fábrica en los jardines industriales del Salto, del mismo modo en que E podía perderla —y la perdió— en una carretera acompañado de sus amigos a las afueras del pueblo y con algunas copas encima. Porque C obtuvo su título en una universidad de provincia donde no se forman los que mandan, esos cuya vida —pese a cohabitar la fábrica— no se perdió. Porque C era hijo de campesinos y muy acostumbrado a obedecer y ejecutar, a hacer el trabajo por sí mismo, a no delegar como en cambio sí hicieron esos cuyas vidas no se pierden en las fábricas, sino en algún exceso de júnior, alguno de esos accidentes que provoca el aburrimiento al que viven condenados los que tienen satisfechas sus necesidades básicas y cuyo cerebro no da para más. De este tipo de sociedades estratificadas, J, algo sabrás. ¿Pero qué? ¿Qué piensa una persona austera como tú, un misfit de la isla, acerca de todo esto?
El azar cediendo su lugar a la causa; la probabilidad que se hace estadística, la estadística que se hace ley. Odio el budismo con su estúpida filosofía de renunciar a los apegos y su perogrullada de que la vida es sufrimiento. Soy occidental, J, como tú; excéntrico, tal vez, pero en modo alguno incómodo con la matriz cultural europea. Y en esa matriz se ama y cuesta renunciar a lo amado y se le echa de menos de manera clásica por medio de la nostalgia; se halla consuelo en el amor y desamparo en su pérdida; no nos interesa como occidentales la falsa fortaleza y verdadera alienación que suponen haber renunciado a los apegos. Amar no es para débiles e improductivos. Amar no es contemplativo. Amé a C más de lo que yo creía y he padecido abrir los ojos a la realidad de su ausencia definitiva cada vez que he salido del sueño y entrado en la vigilia. Como bien sabes, no soy un hombre de fe porque la perdí precisamente a raíz de la muerte de E. Pero crecí no sólo como católico, sino como alguien que de verdad sentía la presencia de dios en su persona y en lo que lo rodeaba. Todo eso está perdido, desde luego, o transfigurado en una vida espiritual que confunde poesía con letanía, literatura con evangelio, ciencia con religión. Comprendí, quizá envidié, a quienes encontraban consuelo en sus creencias, a quienes las usaron para explicar —nunca me gustó esa palabra en este contexto— la muerte de C, si bien algunas de sus ideas me parecían no sólo burdas u ordinarias (lo que habría sido disculpable) sino insinceras o directamente deshonestas (gente intentando convencerme de aquello en lo que no creían ni con su corazón ni con su cabeza). ¿Por qué lo hacían? ¿Por los mismos motivos por los que te escribo ahora esta carta? ¿Por la misma razón por la que he comenzado hablando como un contable o notario que consigna o da fe de datos y del marco en el que se inscriben los mismos? 
Es posible que ninguno de ellos tenga paciencia para esperar conclusiones científicas que no llegarán nunca y decida por las buenas echar mano de cualquier cosa para explicar. Contra el azar, la causa. C murió porque dios así lo quería. C murió porque era demasiado bueno. C murió porque así estaba escrito. Porque desde niño se escapaba de la muerte por un tris y ya le tocaba. Porque desde niño su cuerpo y su carácter demostraban que era demasiado delicado para este mundo. Porque dos más cinco son los meses y años en que nos tratamos y las cifras del día de su nacimiento. Porque nos conocimos el dos de febrero y se fue el dos de abril. Porque vinimos juntos hasta Santa Teresa y no hacíamos sino recorrer el argumento de la novela de Bolaño. Porque caminamos juntos hasta el santuario de la virgen de Talpa en una Semana Santa y en otra Semana Santa se fue. Porque esperó a que lo viera por última vez para despedirse. Porque compré una Catrina la mañana del último día en que lo vi, que era domingo, y ese mismo día por la tarde conoció la Barranca de Huentitán con su magnética carga de maniqueísmos de los que tanto di cuenta cuando era joven y escribía poesía. Porque era muy querido. Porque era el primero de su clase. Por lo que sea. Contra la probabilidad y la estadística, la matemática: la anulación del quizá que no nos dice nada sobre el ahora, la imposición del uno más uno igual a tres, aunque no cuadre.
¿Qué es mejor, J, para concluir? ¿qué cursilería o razón científica o asombrosa coincidencia puede paliar el hecho de que ocurrió algo espantoso y que como consecuencia de ello los vivos más cercanos a él nos hemos quedado a lo nuestro, abandonados? Dicen que el más allá, pero comprenderás que tenga mis dudas y ninguna prisa por comprobar nada. Le echo de menos; tal vez sea así de simple.

Nos vemos en la isla. M.

miércoles, abril 29, 2015

Does it hurt to die?

'Does it hurt to die?'
'Animals don't find it hard to die. Perhaps we should take our lesson from them. Perhaps that is why they are with us here on earth - to show us that living and dying are not as hard as we think'
The Master of Petersburg, J.M. Coetzee

El Chimpancé Amaestrado, por indicaciones suyas, se detuvo casi bajo el puente del periférico sobre la carretera a Chapala —un tráfico apretado a media tarde del sábado, casi tantos vehículos pesados como automóviles— y el Crío, que esperaba ahí desde hacía pocos minutos, subió al asiento trasero donde, contra su costumbre, estiró las piernas con despreocupación. Algunos meses de no ver ni a uno ni al otro ni de respirar este aire ligero y contaminado del Valle de Atemajac, le hacían celebrar la coincidencia con una conversación atropellada y burlona mientras valoraba las calles y los cuerpos jóvenes que fantaseaba llevarse a la cama alguna de estas noches. Como el vuelo había llegado poco después de las tres, dando apenas tiempo para que el Chimpancé Amaestrado pasara a recogerlo al aeropuerto desde la tienda del Agua Azul y luego juntos pasaran por el Crío que apenas salía de la fábrica del Salto, todos tenían hambre, pero cedían a su voluntad de esperar hasta llegar a las carnes en su jugo de Plan de San Luis. "Las mejores de la ciudad", insistía.
—Bueno ¿y ya se divorció?
—No Miguelito, todo sigue igual, la niña, mi mujer, todo. Ellas van a su aire y yo al mío, como a la zaga. Nada avanza ni retrocede. Ya es ganancia que haya podido apartar los pensamientos suicidas, ¿no te parece?
—¿Lo ve Crío? ¿a este tipo de vida es al que aspira? Salga ya de esa maldita fábrica y huyamos para siempre.
—¿Cree que es lo indicado?
—Por supuesto. Después de todo no vamos a ser felices.
Y el Crío se descojonaba de risa mientras el Chimpancé Amaestrado lo imitaba: éste de cuarenta, aquel de veinticuatro; "mi tiempo no ha llegado aún" al lado de "mi tiempo ha pasado ya"; parecidos pese a todo en su bondad y paciencia, en la extraordinaria calidad de sus oídos y su a veces irritante conformidad para con las circunstancias que los envolvían; hombres justos a los que violentaba la destemplanza de los más precipitados que ahora son la regla y el estilo del mundo, hombres buenos en medio de depredadores ciegos e insaciables; y pese a todo también capaces de vuelcos inesperados cuando algo les excitaba o divertía. '¿Por qué si no me habría acompañado el Crío hasta Sonora apenas cumplir los veinte? ¿Por qué el Chimpancé no me siguió en ese camino cuando su tiempo no había pasado aún? Si nadie es profeta en su tierra, tampoco lo es entre sus contemporáneos'. Con el semáforo en rojo y los ambulantes vendiendo papas fritas sobre la avenida R. Michel, continúa el Chimpancé Amaestrado:
—Pero tú qué pedo, pues, Miguelito Bernal, ¿eres feliz o qué chingados?
—¿Usted qué dice Crío? ¿Soy feliz?
—No.
Y apenas decirlo le brillan los ojos detrás de las gafas y vuelve con su carga de risas a inundar la cabina del carro. '¿Cuándo nos hicimos cómplices a tal punto? ¿cómo puede contagiarme de optimismo esta risa joven que se burla de la fatalidad?' 
—Efectivamente, no soy feliz —dice con una sonrisa —¿Cómo podría serlo? No te digo que esté como la canción de la zarzamora, llora que llora por los rincones, por supuesto que no. Disfruto de cosas y de momentos, pero el contexto general es de batallas perdidas, de cotas insuperables... No me ha ido mal, ya lo sabe, ni en lo personal ni en lo profesional, pero hay lo que los ingleses llaman shortcomings... Y ¿sabe qué? No importa. 
—¿Cree que Harry Puto importa?
—¿Dónde andará ese pendejo ahorita?
—Según me dijeron demandó a la escuela y no sé qué tanta madre, ¿cree que por abusos deshonestos?
—¿Quién es Harry Puto? —pregunta el Chimpancé Amaestrado mientras se sobrecalienta el motor sobre Circunvalación. Las carnes no quedan lejos, pero todos sienten ya una especie de agujero en el estómago que, sin embargo, no les impide seguir soltando carcajadas.
—Un pendejo al que le di clases, maricón no asumido, ya sabe, es lo malo de vivir en rancherías que se hacen pasar por ciudades: la gente se siente muy moderna por una calle pavimentada o una tienda con ropa de colores chillones, mientras todo sigue sumido en la bigotería más rancia y hedionda a la hora de ejercer las libertades...
—¿Bigotería?
Bigotry pues, obscurantismo, intolerancia, me gusta más la palabra angloparlada.
—Pues yo a veces quisiera regresarme a Santa Teresa —interviene el Crío mientras se estacionan frente al restaurante y salen con dificultad (el Chimpancé Amaestrado ha aparcado muy cerca de otros carros y deben escurrirse para salir).
—Un paso hacia atrás. Bien. Usted no quiere regresar a Santa Teresa, Crío, ni hacer estudios de posgrado como me dijo hace poco. Lo que quiere es huir de esta mierda, de las mañanas cabeceando en la ruta tres ochenta, de los perros atropellados que se inflan hasta reventar en las orillas del periférico, del ruido y la mierda del Salto, de la vulgaridad hecha producción y estándares ISO nueve mil... 
—Ya no hay tres ochenta. Llevo un mes viviendo prácticamente al lado de la planta. 
—Eso fue muy valiente de su parte. Ni modo de seguir viviendo con su hermana y su cuñado, por dios, qué locura. Pero aun así, quiere huir.
—¿Y cuál es la alternativa?
—Vamos a comer.

[...]

Sus suegros tienen la tarjeta de circulación del carro y hay que ir por ella; el Crío le acompaña, pero el Chimpancé Amaestrado se despide en el suyo rumbo a Huentitán.
—¿Vio a la puta de treinta y tantos? ¿o eran cuarenta?
—Tiene treinta y ocho, uno menos que Usted. Sí, la vi una vez más. Fue muy satisfactorio.
—Pero qué Crío tan putañero, no puedes gastar tanto en sexo.
Se ríen mientras esquivan los múltiples hoyos y desviaciones en que tienen convertida la ciudad las empresas constructoras coludidas con los gobiernos. 
—Y pasó algo asqueroso. 
—¿Aparte de lo de la tipa que lo dejó planteado?
—Sí, aparte. Con la loca esa de producción que me estaba chingue y chingue por teléfono.
—¿Volvió a caer?
—Pero con trampas: primero una amiga suya me mandó mensajes de que quería verme y que quería conmigo y demás, luego me mandó un mensaje diciendo "¿y qué dirías si la persona con la que salías estuviera leyendo todo lo que me estás mandando?"
—No mames, ¿qué es esto? ¿una puta primaria? Eso le pasa por meterse con gente de la chaparra. ¡No se junte con la chusma!
Se ríen de nuevo, con fuerza.
—Eso no es todo. Accedí a verme con ellas en casa de la amiga. Ésta nos dejó solos en su cuarto y la tipa esta se me lanzó de pronto. Tuve que cogérmela.
La risa no lo deja ver un tope por el que pasan dando un gran salto; ambos se encogen para no pegar en el techo, pero aun así se llevan un buen coscorrón.
—¡Puta madre, cabrón! ¿Pudo por lo menos decirle que estaba harto del acoso? Digo, aparte de cogérsela.
—Sí. Y me prometió que no volvería a mandarme montones de mensajes.
—¿Hace cuánto fue?
—Una semana y media.
—¿Cumplió?
—Sí, me sorprendió que ya no me mandara nada, pero ha cumplido. Y pese a todo me inquieta.
—Le comprendo. Hay gente a la que uno conoce y sabe que puede cogerse, pero también percibe (el cerebro no es nada estúpido) que hay peligro. Se huele. Parecen tener un letrero colgado de la frente o de esa mirada desencajada y delirante que dice "problemas".
—Sí, sí, exactamente eso.
—¿Tiene una foto de ella?
—No. Pero es horrible. ¿Me va a presentar a la víctima de hoy?
—No: también es horrible. Volverá a casa en taxi.
Llegan a su destino donde los reciben los papás del Pollo. Mirándolos darse la mano (nunca antes se habían conocido) no puede evitar comparar el cuerpo robusto y joven del Crío con los encorvados de Doña Chuy y Don Federico. "Mi tiempo no ha llegado aún", se repite para sus adentros.

[...]  

Tocan a la puerta en el Reino de Miraflores. El Crío lleva todavía su pantalón oscuro, sus botas negras con casquillo y suela antiestática, su camiseta blanca y el pelo tieso como de quien ha decidido no bañarse el fin de semana.
—¿Ya tiene hambre?
—No. ¿Qué comeremos?
—Están los empanizados que preparó mi madre. Es comida sana, hay que joderse.
—Bueno...
—Da tiempo a acomodar los libros, venga.
Sobre el escritorio de la pequeña biblioteca están los libros que leyó últimamente: el Museo de la Inocencia de Pamuk, Tristes tropiques de Levy-Strauss, Underground de Murakami. 
—Qué dulce este libro de Pamuk, Crío. Como no lee Usted y los libros que intentó leer se los comieron las termitas...
—Nomás lo mordisquearon, sí lo leí.
—Bueno, como sea, como lee poco, digamos, tendré que contarle de libros en vez de dárselos para ser pasto de animales.
Se ríen y él continúa.
—Este libro es el que estaba terminando de leer cuando tuve que dormir a Peggy, vaya eufemismo para la eutanasia, para matar. Mis vacaciones de invierno estuvieron bien, ¿se acuerda? Nos vimos y todo y empecé el año optimista, pero apenas volví al trabajo y en una semana ya vivía instalado en la inquietud y la paranoia, puta madre.
—¿Como los fines de semana en Santa Teresa?
—Ándale, así: hombros tiesos y temores por ningún motivo. Entonces Peggy tuvo primero diarrea, luego dejó de comer y el cáncer en su boca, que al principio parecía sólo una infección, volvió para ya no remitir. No estaba sufriendo dolores, por fortuna, pero no íbamos a esperarnos a que eso ocurriera. Que un animal así, que siempre fue tan vivo y con tan buen apetito, dejara de comer al punto de rechazar hasta papillas, era ya señal suficiente para decir "basta"...
—Pobre Ferrnández, pisó fuerte como era de preverse.
—Lo lamenté mucho y todavía hoy me acuerdo con dolor de haberla sacado a pasear a la laguna ese domingo, haberla llevado luego al veterinario y tener mi mano apoyada en su pecho cuando su corazón dejó de latir poco antes del mediodía. Luego comprar la maceta en que habíamos de enterrarla, la tierra, la bugambilia, todo en medio del llanto mío y de Arturo... me acuerdo de cómo un montoncito de tierra le cayó sobre la nariz, sobre esa nariz que tanto me gustaba hacer estornudar.
—Pito. Pero como Usted dice era algo que tenían que hacer. Si esperaban hubiera sido peor para ella. ¿Y cómo es la perra nueva?
—No logro encajar con ella: muerde por todo, está cachorra todavía, pero no parece que vaya a ser de mejores luces que Peggy. Quizá por raza es más idiota.
Se ríen a sus anchas para disipar la densidad del tema y cambian a asuntos sexuales, pues la visita a Guadalajara es para él un desahogo de cama y no sólo una visita a los contados amigos y a la familia. El Crío lo sabe y le da la cuerda mínima para tirarlo de la lengua y hacerlo entrar en detalles, no sólo por sano morbo, sino también porque hace tiempo que sabe que una vida no da para vivir todas las experiencias y hay que echar mano de otras para completarla. Y de literatura. Y de conversaciones. Y aderezarlas de risa y restarles de ser posible cuanto tengan de solemnidad.
—¿Cree que hoy follará de nuevo?
—Eso es difícil de saber, Crío —apenas cinco libros por acomodar, seis a lo mucho, pero nunca pierde la oportunidad de reconsiderar el orden total de la biblioteca y ahora tiene decenas de volúmenes por entre la mesa y el suelo —porque depende de demasiados factores. Puede hablarse de probabilidades, sí, y ahora que lo mencionas me percato de que tengo conocimientos que quizá resulten útiles en una guía o algo así.
—¿Ah sí? ¿como cuáles? ¿cree que podrá escribir el Manual Bernal para cancaneo? ¿cree que será de utilidad a Harry Puto e incluirá casos especiales como el de Jim Kerry?
—Sí, sí, ríete, pero algo hay de eso: la teoría general es demasiado compleja como para dar una fórmula completa porque intervienen factores como: lugar geográfico, época histórica, época del año, día de la semana, horario, población objetivo, etcétera...
—¿Qué perspectivas ve hoy?
—Hoy es domingo. Una apuesta casi segura serían las plazas comerciales en horario de cuatro a ocho, digamos, nueve exagerando. La población objetivo serían estudiantes o trabajadores con vidas normales, que disponen de algunas horas para que les den por culo y salen de caza sin querer esperar a la noche para ello. La noche buena de la semana, encima, es el sábado: es ahí donde ocurre el pico más notable de actividad (no necesariamente sexual, por cierto) y donde las locas salen en masa a invadir las calles: así, la noche de domingo es más de recogimiento o de gente que se quedó con ganas. Que estén ahí puede hacernos suponer, equivocadamente, que podemos pescar en río revuelto con extraordinaria facilidad, pero nada más alejado de la realidad porque hay horarios y la población es heterogénea. Me explico: la gente "normal" de hoy por la tarde es ya gente con objetivos lúdicos entre las nueve y la medianoche: salieron "de antro" y, quizá antes que follar, desean bailar o alcoholizarse. Siguen siendo gente de vida normal la mayoría, pero ya comparten espacio con prostitutos profesionales y drogadictos con falso interés sexual (el verdadero suyo sólo está en las sustancias, desde luego). Eso hace ese horario complicado: pocos quieren renunciar a la fiesta para que un desconocido vaya y los penetre; otros sólo buscan sacarte el dinero. Luego, si uno insiste y pasa al horario tenebroso que va de la medianoche a las cuatro de la mañana o poco antes, sólo queda fauna peligrosa porque los "normales" siguen dentro de las discotecas, machacándose con bailes y bebidas adulteradas. Luego de las cuatro es la salida y entonces hay poco buen juicio y altas posibilidades de anotar, sobre todo si uno fuera, digamos, poco escrupuloso en cuanto a eso de meterse con gente a la que ya se le ha ido media cabeza por culpa del alcohol, el desvelo o las drogas (o todo junto): ese horario me era favorable hace algunos años, pero ahora estoy más viejo y aguanto menos las desveladas; ya no podría ponerme de pie para ir de caza a semejantes horas y sin garantías de éxito, no mames. ¡Y con tanto peligro, encima!
—¿Cree que hay manuales similares para heterosexuales?
—Me gustaría ayudarlo Crío, ya lo creo, pero parece ser que en este terreno (que no es el mío) importa mucho la hipocresía de las formas y, cuando éstas no tienen importancia, es porque estamos con profesionales del talón o con tipas de muy baja ralea: como su madura en el primer caso, como su acosadora en el segundo...
Se retuerce de risa el Crío, acepta que ya tiene hambre cuando él anuncia que ya está todo acomodado en los libreros, y luego de calentar la comida se sientan a la mesa donde él lo ve comer con su habitual lentitud: decidido con los empanizados, tolerante con las zanahorias cocidas, pero debe ayudarlo con las calabazas que desde luego no le resultan simpáticas. Como a un hijo pequeño. Su hijo.
—¿Quiere ir a la Barranca?
—Nunca he ido.
—¿Quiere?
—Sí.
—¿Aunque tenga esas botas y el pantalón?
—Sí, vamos.

[...]

El descenso le machaca las rodillas; las piedras —unas boludas, otras en pico, otras más como rotas a la mitad— le hacen ampollas en los pies. "Está chido", dice el Crío.
—¿O cree que deba decir shilo?
—Fuck shilo.
Sus risas se confunden con los jadeos. Están sudando y llegan con las mejillas coloradas al mirador de enmedio. Se hacen unas fotos con el celular del Crío que él olvida de inmediato.
—¿Qué hay abajo?
—El río de aguas negras y el río verde que se juntan por ahí. Varias veces acampé de aquel lado, tanto abajo como hasta el otro lado, hasta arriba. Hay un caserío que se llama Mazcuala.
—¿Cree que esto es como ir a Talpa?
—Claro. Incluyendo el peregrinaje aunque aquí no haya vírgenes ni santuarios, apenas la capillita de arriba. Pero el camino está lleno de cruces, ya lo ve. Usted mismo, Cruz.
Se ríen. Emprenden el regreso.

[...]

—¿Seguro que no se quiere bañar?
—No, mejor me baño mañana en la mañana.
—Pinche Crío recocido en sus jugos, no mames.
—¿Cree que el Chino aguantaría que le diera a oler crotch en estos momentos?
Ya se ríen como locos recordando aquella vez en que al Chino se le pusieron los ojos rojos dando arcadas de asco por oler lo que no debía.
Ya cambiado, sugiere ir donde las flautas de Chapalita a cenar. El Crío sonríe, encantado con la idea.

[...]

El tráfico sigue siendo intenso. Nada parece detener a esta ciudad desbordada, imposible, tan conocida y amada como insufrible. Las miles de historias que en ella vivió le marean. En medio de las flautas de pollo y res con salsas verdes y rojas, bañadas en crema y con una montaña de queso encima, bebiendo agua de jamaica y horchata, le dice:
—Cómo has crecido, Crío, me sorprende.
—¿Soy más alto? —bromea poniendo otra vez su sonrisa burlona.
—Esa parte falló. Pero ha dado muchos pasos desde aquel bicentenario en el que lo conocí, ¿se acuerda? Ahora puede pagar la cena.
Se ríen ambos de nuevo, pero paga él. Para el postre van a una cafetería cercana donde le deja pagar el pingüino más caro del mundo, según el Crío, porque es apenas más grande que uno de ellos y cuesta ¡cincuenta pesos! Toman café americano y él bromea con las muchachas de la cafetería, al lado de la glorieta de Chapalita. Siempre fue bueno luciéndose con terceros si estaba acompañado de alguien que lo hiciera fuerte: su marido el Pollo, el Chino, su hijo el Crío. Hace un clima delicioso y fresco porque el aire repasa los árboles y viene hasta el establecimiento sobado de ramas y hojas, de pastos y fuentes, de la risa de los niños que aun dan vueltas a la glorieta dando voces y las páginas de libros que ya casi no se pueden leer bajo las farolas. 
Suben de nuevo al auto y llegados al cruce de Niño Obrero y Vallarta, ahí frente al Hotel Camino Real donde tantas veces pasara de niño en auto o en camión, a pie, solo o acompañado, para visitar a sus abuelos, se despide del Crío. Lo abraza con fuerza y lo ve cruzar la avenida para agarrar un taxi del sitio. Él va al centro de cacería.
—A lo mejor me dan el viernes santo y nos vemos. 
—Claro Crío.

[...]

De madrugada vuelve a casa y encuentra un mensaje en el celular.
—¿Triunfó?
'No', responde para sí mismo, sonriendo.

viernes, marzo 27, 2015

Apocalípticos

Mi madre siempre fue de la opinión —poco meditada, simple, quizá más un impulso que un razonamiento— de que el ser humano era irredimible y que si alguna esperanza quedaba para él tenía que pasar por la aniquilación. Es una idea religiosa tan antigua como la leyenda del Diluvio o las plagas faraónicas, y renovada en la interpretación más ordinaria de la crucifixión de Cristo, el sacrificio purificador al que no cuesta nada suscribirse cuando se sobrecargan las realidades execrables y nos llenamos de asco moral por lo que consideramos no sólo estúpido, injusto o podrido, sino irremediable. Es la idea detrás de no pocas películas: uno se siente compelido a experimentar las mismas dudas que el Quinto Elemento cuando de rescatar a la especie humana se trata y hasta desea poder estar de acuerdo con la cursilería de que el amor merece ser salvado (whatever that means). Pero es también la esencia doctrinal (si a tanto como doctrina llega lo que, ya se ve, es pura víscera) de las sectas apocalípticas y de no pocos perturbados que pretenden saber lo que es mejor para los demás haciéndoles el favor de pasarlos al más allá. La "idea" va más o menos así: el mundo está mal, merece un escarmiento o una renovación, ésta no puede llegar en medio de la corrupción tan grande que existe; ergo, vamos a acabar con todo.
La lista es larguísima y, contrario a lo que uno pudiera pensar idealizando el tiempo pasado como más inocente, silvestre y puro, abarca todos los períodos históricos y cualquier geografía: lo mismo usando gas sarín en el atestado metro de Tokio que ardiendo en las llamas de Waco, administrando cianuro a una comunidad entera en la Guyana o estrellando aviones contra las torres gemelas, pasando a cuchillo a todos los infieles de Tierra Santa o con sacrificios rituales frente a las pirámides mesoamericanas, todas las sociedades parecen haber desarrollado la convicción de que sus niveles de inmoralidad estaban más allá de cualquier recuperación y de que sólo restaba arrasarlas para empezar desde cero. Amparadas por el variado catálogo de batiburrillos que pasan de la literatura a la literalidad, sin importar que se trate de los protocolos de Sión o del libro de Mormón o de la creencia de que el mundo va a acabar porque desde 1914 está gobernado por el Diablo, las sociedades de todos los tiempos terminan por alimentar en su seno un germen suicida al que poco importa cuán ridícula o extrema sea la "justificación". Sus ideas seducen a muchos porque sobran las evidencias sobre la maldad del hombre: "¿no ve lo que pasa a su alrededor?" —parecen decir ya envalentonados—  "¿acaso no sabe de asesinatos y violaciones, de robos y traiciones, de rencillas y odios y desmesuras? ¿en qué mundo vive?" La naturaleza humana se pone así al servicio de desequilibrados que reúnen las piezas para armarse su propio cuadro criminal; la monstruosidad de sus actos queda oculta tras la convicción de que a ellos los mueve un sentimiento puro de justicia, de dar orden a lo que se salió de madre, sea en la realidad o en sus susceptibles cerebros. En la abstracción y la generalidad que permiten hablar del hombre como de una pieza de manufactura, roma, sin matices, donde no caben excepciones ni sin embargos, los locos de todos los tiempos han encontrado la fuerza para no mirar cabalmente a nadie en específico y poder dar rienda suelta a sus instintos asesinos sin enfermarse con sus propias atrocidades.
Es aterrador cómo la violencia y la locura se realimentan a sí mismas: muchos habrán experimentado algo parecido al vértigo al conocer la noticia del copiloto aquel que estrelló su avión con decenas de pasajeros contra los Alpes franceses; muchos también habrán hecho metonimia juzgando que la especie humana está condenada a perecer por enfermos de esta naturaleza; y algunos más —quiero creer que pocos— habrán sentido reforzada la paradójica convicción de que hace falta un escarmiento todavía más terrorífico para acabar con esta barbarie dando paso al "hombre nuevo". Y así la insania no hace sino dispararse en extrañas espirales de presunta regeneración, lo cual acusa, me parece, no sólo la maleabilidad de la sustancia moral de los individuos cuanto su pobreza intelectual, que los hace incapaces de lidiar con la complejidad y lo incontrolable, que no los invita a crear mecanismos de lenta construcción y prolongado esfuerzo para la mejora de lo que queda a su alrededor, sino a hacer tabula rasa por pereza y primitivismo, que los escandaliza como si siempre se tratara de jóvenes gazmoños y retrógrados y no también de adultos tan inestables como los primeros.
'¿Qué fina línea separa la indignación que se guarda ante la injusticia y la porquería con las que uno se ve obligado, si no a transigir, sí a lidiar todos los días, del terrorismo puro y duro que una buena mañana decide empuñar un Kalashnikov y emprender la purga?', pensaba el otro día mientras asistía a las fanfarronerías de un corrupto investigador extranjero que presume de poderoso y que se ha incrustado en las estructuras científicas y administrativas del país, que saca provecho de cualquier situación con un descaro y desproporción sólo concebibles entre mafiosos, que abusa del erario público para su provecho personal y encima vende la idea de ser un filántropo y un gran amigo de todos, que organiza el robo de ideas, la negociación de prebendas, el ostracismo de los disidentes a nivel mundial...
Pero no debéis inquietaros: yo no soy mi madre. O casi.

lunes, marzo 16, 2015

Breve historia del dottore de la Sapienza

Hay gente con suerte y poca o ninguna inteligencia que un buen día por su falta de propósito en la vida, se ve becada para hacer estudios de maestría o doctorado en la Ciudad o, cuando sobra presupuesto y con la connivencia de profesores europeos que en virtud de sus cuotas de corrección política no pueden prescindir del elemento exótico, en medio de un continente al que mal entienden porque sus conocimientos de historia no van más allá del acordado por el consejo editorial de los libros de texto gratuitos. Tienen suerte, ya digo, no tanto porque se instalen a costa del erario en un continente culturalmente rico que de todos modos sólo sobará su egotismo y les pasará enteramente desapercibido, ni porque ello sea sólo el principio de una vida entrenada para la depredación de presupuestos, sino porque según sea la época en que ello ocurra puede pasarles lo que al dottore de la Sapienza, que en el colmo de las coincidencias consigue volver al país en el momento en que sus imbéciles autoridades creen posible superar el subdesarrollo de un plumazo decretando la apertura de plazas y la creación de centros de investigación a los que llenará cuanto pendejo esté disponible en ese momento: él, por ejemplo.
Un presidente dice que esta república es científica y enseguida se aprestan los que cobran del presupuesto federal a dos cosas: primero demostrar su independencia criticando la medida como insuficiente, pero necesaria, pues el dinero, aun si fuera infinito, nunca basta; segundo, demostrar en revistas ad hoc que efectivamente la ciencia tiene instalada entre nosotros desde la época prehispánica sin apenas discontinuidad (luego esta publicación se reporta como producto científico por el que a su vez se cobra otro emolumento). El dottore de la Sapienza trae su título europeo bajo el brazo y desearía quedarse en la Ciudad por mucho que ésta sea ya un retorcido laberinto de miserables calles donde se revuelven explotados y explotadores a respirar una atmósfera cargada tanto de plomo como de mierda. Le acompañan en su razonamiento los mixtecos y zapotecas, los de la sierra de Puebla y la Huasteca distante, costeños de Veracruz y campesinos de Guerrero: es aquí, en este hacinamiento, donde vive el poder en hombres de traje y corbata; y es aquí, por tanto, donde tenemos más oportunidad de que caiga algo de la mesa de los grandes señores. Pero no es tan fácil: ignora el dottore que aquí ya hay científicos mexicanos como Memelovský y LeMonde, Hsu y Popov, bien instalados en sus puestos desde hace siglos y poco dispuestos a renunciar o morir, de modo que no le queda más remedio que hacer sus maletas y acompañar a todos aquellos a quienes desechó la Ciudad hacia la nueva unidad Rancho Grande donde se le ha regalado una de las nuevas plazas tan rápidamente que apenas ha quedado tiempo a sus ex-asesores para celebrar el haber devuelto a su patria a semejante cenutrio.
'Ya está', se ha dicho el dottore apenas sentarse en su oficina expropiada a una granja donde antes se llevaban a cabo tareas improductivas como el cultivo de maíz y la producción de huevo. Él producirá artículos científicos y cobrará por ello (de hecho, podrá cobrar mensualmente aun sin producirlos). Él pondrá el nombre de esta república en alto. Ya cuelga sus degrees en la pared y pone sus cuatro libros en los estantes, ya se hace de una estilográfica para plasmar sus grandes ideas mientras frunce el ceño y eleva el labio superior, despectivo y babeante. Pero tiene la mente en blanco. Un blanco perfecto, inmaculado, no sólo ayuno de ecuaciones sino de meros pensamientos; sus neuronas un engrudo en el que no enciende ninguna chispa. Se descubre muermo, pero al menos consciente de que ello no debe ser notado por nadie, de que deberá ocultarlo siempre si desea salir adelante. ¿Pero cómo? El miedo le proporciona las herramientas: pedantería sin cortapisas ni vergüenza, abuso de los subordinados y refuerzo de las jerarquías (él es el investigador y luego será el jefe, ¡coño!), dress code estricto de tweed y pantalón de pana o gabardina, una loción dulzona y sobrecargada, gemelos en las muñecas... 
Las dificultades, sin embargo, no se hacen esperar: los estudiantes de las primeras generaciones lo ven desnudo y lleva tiempo y una paulatina acumulación de poder y presupuestos, de cortinas de humo y escamoteo de datos convencer a generaciones más jóvenes y modernas, es decir, imbéciles, de su sólido prestigio que se sustenta en nada y de su influencia internacional que se reduce a una mueca despectiva de cuantos colegas lo conocen. Se hace experto en pegar su nombre al trabajo de los demás, al principio apelando a la colaboración entre los miembros de la unidad Rancho Grande, luego disponiendo de dinero público para traer colegas extranjeros a trabajar en la unidad a cambio de favores académicos, finalmente empujando a estudiantes a producir lo que sea sin apenas asesoría ni sentido (¿y cómo podría darlos?). No le lleva mucho tiempo acostumbrarse a la desvergüenza: ¿qué le importa si Chilekovský o Stefanío, Kurva o Nelsson piensan que es un idiota si al final les pudo sacar dos o tres publicaciones y presumir de haberlos traído a conferencias y cursos y estancias? ¿qué más le da que se le caricaturice si al final dispone de los presupuestos y a sus ambiciones se pliega la ahora gerontocracia de la unidad Rancho Grande luego de veinte años? Sigue siendo un hombre con suerte al que no le hace falta voluntad para que las propias circunstancias le den lo que no ha pedido, eso inmerecido que defenderá con ferocidad y que ahora se traduce en residencias en colonias pudientes y colegiaturas en escuelas privadas para sus hijitos y en trato sudoroso con eclesiásticos, clubes de buenas costumbres y de rotarios. A researcher life-style, como si dijéramos, que debe defenderse contra amenazas reales e imaginarias.
Porque a veces se cuelan piedritas en el zapato y, apenas percibe molestias, el dottore de la Sapienza pierde la compostura y quiere morder y liquidar los asuntos de un manotazo. A veces le duele que se le toque el orgullo aunque éste sea producto de falacias y embustes, pues a fuerza de disfrazarse ha terminado fundido con sus máscaras y no soporta que se le resquebrajen. Este científico con espíritu de teólogo parece creer luego de veinte años de actividad en el área, whatever that means que lo que se publica en revistas es inmutable y no puede ser contestado, que una vez aceptadas sus mentiras y sancionadas por pares académicos ya la libró, que la discusión científica se acaba en la imprenta. Así pues, le sorprende e irrita profundamente que un par de ratas de provincia hayan demostrado que una de sus publicaciones es falsa. No se detiene a pensar que alguno de sus coautores debió perder la discusión cuando se hizo cargo de ella sin informarle, pues no se puede publicar una aclaración sin consultar a los autores. No le inhibe lo impropio de ponerse en contacto con uno de los que liquidaron su paper para decirle que debieron consultarle primero (!) cuando él mismo escribió un mensaje años atrás confirmando que estaba enterado ("¿Qué es toda esta putanata de los correos del Dr. Barney? Se supone que estamos colaborando, pero parece que somos enemigos. Dice que descubrió que los resultados que tenemos están equivocados"). No le da vergüenza, encima, apelar al sentimentalismo más barato porque todo en su mundo las colaboraciones y las refutaciones, los argumentos y las pruebas son asuntos personales, cuestiones de amigos o enemigos, nunca ciencia: "en vez de meternos el pie, podríamos apoyarnos", remata (!). Desde luego, no te jode: la generosidad a posteriori es siempre encomiable...
Seguirá pasando el tiempo. Al dottore de la Sapienza le esperan homenajes y reconocimientos, elogios a su trayectoria, aplausos de propios y extraños. Igual que en el momento aquel en que una favorable conjunción le dio una plaza en la unidad Rancho Grande apenas concluidos sus estudios en la vieja Europa, pronto no quedará quien le haga sombra en los consejos de administración científica (sic) de la república: será el dueño, el nivel tres, el elegante emérito que se hizo a sí mismo a base de esfuerzo y estudio porque las circunstancias así lo quisieron... El talentoso por default, el ciego en tierra de muertos, el dottore por excelencia...  
Larga vida tenga el hombre. Larga vida. 

sábado, marzo 14, 2015

Pláticas prebautismales

Treinta grados a la sombra un viernes por la noche en Santa Teresa, como quien dice el fin del invierno, y con la Iglesia hay que toparse por razones que los creyentes no pueden explicar ni sienten ni desean analizar en forma alguna, sólo reproducir ciegamente para beneplácito de sacerdotes y adalides de la pía transnacional con sede en el Vaticano, a quien debemos no escasas explicaciones sobre la historia universal, que es como se llama a la historia del lado occidente del mundo, incluidas, (cómo no) estas sus desérticas periferias.
En la nave principal crudas paredes de ladrillos sin enjarrar rematadas por varillas arquitectónicamente un tanto alejadas de los modelos románicos y góticos que tanto colaboraron a la grandeza de esta fe una adolescente de piel caoba se ha envuelto en un amasijo de olanes rosas salpicados de abalorios mientras la rodea un círculo de pubertos vestidos con obscuros trajes ajados de tallas aleatorias, calcetines deportivos blancos de resortes aguados y zapatos negros ahora grises por hallarse llenos de tierra. En uno de los salones laterales ya están terminando otra sesión de catecismo y, más al fondo, en un cuarto maloliente con tablones improvisados como bancas, está empezando aquella reunión a la que hemos venido padrinos y padres de familia, mirones, curiosos y niños perdidos, rezanderas de trágica experiencia y hombres píos que nunca se ordenaron sacerdotes por las tentaciones de la carne: las pláticas prebautismales.
El sexagenario que conduce la reunión es un ejemplo de eficacia pedagógica: usa el mismo tono de voz durante toda la sesión (hora y media); lee sin inmutarse las treinta y tantas páginas desgastadas donde se anotaron todos los pormenores de la plática (plan de clase); mira al público sin considerar a nadie en particular, indiferente a que se trate de personas o bultos, vegetales, minerales o bestias (equidad de género, no discriminación); es insensible a los gritos de las criaturas que corren de un lado a otro y a los chillidos de bebés cagados y meados que atruenan la sesión de manera más o menos coordinada y a los pitidos y vibraciones de los celulares y a los molestos reflejos de las pantallas iluminadas y a los cuchicheos nada discretos de los rancheros y a los ronquidos desparramados del gordo de atrás (concentración y libertad); nos invita cada cierto tiempo a aclarar nuestras dudas en el entendido de que nadie lo hará porque sería descortés y bastante imbécil preguntar si fue de los romanos —como él dice— o de los egipcios que huyeron los hebreos hacia Israel, porque no viene al caso ponerse sutiles en cómo puede el agua del diluvio universal prefigurar el bautismo junto con el agua del Mar Rojo que se aparta para dejar pasar a Moisés y los suyos (realimentación).
Los hombres y mujeres que aquí vemos lucen cansados. Hay un olor indefinible de sudor y pies en todo el ambiente. Es el final de la jornada, vienen de trabajar y por razones que no pueden explicar están aquí, haciendo lo necesario para bautizar a sus hijos. Aunque la mayoría descree de todo lo que aquí se dice o bien lo da por cierto sin entrar en detalles, aunque no exista interés por la historia ni los textos bíblicos ni los símbolos religiosos ni la teología, se anotan en las hojas que extiende el responsable y se afanan en recoger su firma para el comprobante que les dará derecho a pagar un bautizo. No parece haber nadie que crea sinceramente que su hijo pueda ir al infierno (¿o era el limbo o ya ni siquiera eso?) por no estar bautizado. No parece haber nadie que crea siquiera en el infierno y sólo unos cuántos dan por buena la existencia de un dios personalizado que premia y castiga de manera sospechosamente parecida a la mismísima suerte. ¿Están aquí entonces porque quieren hacer una ceremonia cuyo significado ignoran como pretexto para hacer una fiesta? Y si es así, ¿por qué no hacerla directamente? ¿creen que el bautizo es una magia —lo que por cierto el encargado de la plática niega una y otra vez— y, si no lo es, qué coños significa ser insuflado por el Espíritu Santo?
Hay un momento suspendido en que me veo haciendo la segunda lectura en la pequeña iglesia de San Juan Bosco frente a mis abuelos, con voz atiplada y ademán reconcentrado, orgulloso; hay un momento en que me veo reconfortado saliendo de la iglesia de San Gregorio Magno luego de hablar con el padre Sergio que ya recoge sus cosas camino a la casa contra las adicciones en la que trabaja; hay una pausa silenciosa en mi cabeza en que me veo sentado en la azotea de la casa leyendo a San Agustín y Santa Teresa, a Santo Tomás de Aquino y a San Juan de la Cruz; hay un instante que se parece mucho a un delgadísimo hilo a punto de romperse en que recuerdo una misa al aire libre allá en los Altos, en que resuena la voz en off del padre Antonio: "La esperanza más grande de un cristiano es la segunda venida de Cristo, que pondrá fin a la historia y donde todos seremos juzgados. Este fin que puede llegar hoy mismo o en la transfiguración del tiempo en la eternidad será hecho bruscamente por nosotros los cristianos..."
[...]
"Casi todos los ropones están bien nacos, con que haiga uno beish me conformo", dice una madre de familia adolescente al terminar la plática. Mientras salimos, la chica de rosa con brillitos se hace fotos en el atrio, repegada a dos de sus chambelanes. Con uno de ellos monta en una ruidosa moto que acelera evadiendo los baches y derrapando peligrosamente en la esquina para desaparecer tragada por la obscuridad.
Perdida mi fe digo con Jesucristo: mi Reino no es de este mundo. Tristemente, tampoco de aquel. 

miércoles, marzo 11, 2015

El cine

A veces echo de menos la ciudad. Normalmente no cedo a la tentación de exponerme, pero tarde o temprano no queda más remedio que hacerlo: hay que ir a hacer la despensa, cortarse el cabello (aunque una buena maquinilla puede terminar con el problema en pocos minutos), ir a poner gasolina. El cine no es indispensable, y en reconocer que no lo es fallé hace poco con Birdman, de González Iñárritu, que sólo estuvo en exhibición una semana cuando por fin pasó por estas yermas tierras el año pasado y se reestrenó con motivo de los Óscares hace poco. ¿Por qué no me quedé en casa a esperar a que apareciera en DVD para comprarla y verla? ¿Por qué tenía que ocupar una butaca frente a una pantalla gigante si ni siquiera era una película de grandes efectos visuales? ¿Por qué di por sentado que era una buena idea escuchar sus diálogos y ruidos incidentales por medio de un potente equipo de sonido de múltiples salidas en una sala a la que conducía un pasillo que empezaba en una gigantesca dulcería atendida por adolescentes pasivos y manifiestamente estúpidos? Respuesta: porque se me olvida que no estoy en la ciudad.
El tranquilizador consuelo de muchos que pasa por reconocer que tanto en la ciudad como aquí se cuecen habas, que en uno u otro lugar me pudo tocar la misma fauna dentro de la sala, no funcionó esta vez: si en algún momento a la parte más elevada de mi espíritu le daba por sentirse profundamente identificada con la insaciable necesidad del protagonista de atraer la atención sobre sí mismo y conquistar un éxito tan indefinible como inalcanzable, la familia instalada a sólo tres asientos del mío echaba por tierra toda pretensión zambulléndose como una piara de cerdos en inmensas cajas de palomitas y bandejas de nachos rebosantes de amarilla grasa, sorbiendo coca-cola al tiempo en que se limpiaban las manos en los asientos para pasar sus dedos pegosteosos por inocentes pantallitas que iluminaban la sala como hace décadas sólo lo hacían las lámparas de los acomodadores, esos desempleados de profesión honorable ahora perdida para siempre...
'¿Qué pensarían?', pensé en algún momento. ¿Qué pensarían estos marranos cuando entraron a ver Birdman? Qué gran decepción se habrán llevado al comprobar que no era otra película de cómics y qué horrible aburrimiento esperar las escasas dos o tres apariciones del superhéroe alado, siempre magras, siempre ininteligibles. ¿Cómo se explicarían la película entera mientras el azúcar en su sangre se disparaba formidablemente y la grasa formaba bolitas que se adherían a sus —esperemos pronto— endurecidas y taponadas arterias? ¿Qué chingados —me decía circunspecto, casi elegante— podría pasar por la puta cabeza de esta familia silvestre mientras veían en la pantalla a una reseñista de Broadway que se quita sus lentes de pasta para decir al protagonista que va a despedazar su obra? ¿qué obra? ¿cómo despedazar? ¿a patadas? ¿por medio de una balacera que entonces sí le daría emoción a esta inexplicable cinta hacia la calificación de shila? Me resistía a creer que fuesen capaces de conseguir distinguir el objeto de su representación y más bien me inclinaba a que, como hacían algunas abuelas al principio de la televisión, estos imbéciles dieran por ocurrido cuanto veían en la pantalla ahora mismo y aquí, delante de nosotros: que le pidieran a Keaton no saltar por la ventana, que le ofrecieran el hielo de sus litros de soda a Norton para que se le quitara el dolor de un puñetazo, que se agarraran de sus asientos para no caer a la calle cuando acompañaban a Birdman por el aire. Pero esto hubiese sido tanto como pedirles concentración: ¿no era más fácil asumir que estaban simplemente comiendo en una sala de cine sin prestar la más mínima atención a lo que ocurría frente a sus ojos, desaparecidos los conceptos de trama, historia, diálogos, secuencias, etcétera? ¿no estarían asistiendo a todo esto simplemente como quien ve un atardecer o unos juegos pirotécnicos? Una vez conocí a alguien que me preguntó por qué compraba libros tan caros si en el supermercado los había tan baratos: literatura por kilo, ¡pásele, pásele!
Y, sin embargo, la disfruté. No sé cómo, pero la cinta logró absorberme lo suficiente como para que aquel ruido de chiquero casi ni lo notara. Ni siquiera lo echaron a perder el par de estúpidos niños que llegaron casi al final provenientes de otra sala y que, con sobrepeso, paseando de un lado a otro en medio de gritos que me hicieron intervenir para callarlos y preguntar si no venían acompañados de un adulto (?), terminaron por convencer a su familia de abandonar la sala: ¡eran los hijitos de los puercos de a tres butacas! ¿Cómo no lo vi venir si lo primero que hace la estupidez es reproducirse para aumentar sus posibilidades de supervivencia?
A veces echo de menos la ciudad. A veces el cine. Y volar.

domingo, marzo 08, 2015

La terminal eficiencia

Entrecierro los ojos en medio de la junta. Un guiñapo miembro de la elegante élite blanca, burguesa y ranchera, de la localidad, más dueño de la institución que cualquiera de los presentes aunque parezca deslizarse inadvertida y jesuíticamente por entre pasillos y oficinas, nos instruye sobre las exigencias de una remota federación con sede en la Ciudad. Serio, pero adornado con esa sonrisa cordial de los que se saben invulnerables y se congracian generosamente con compadres que más bien son subordinados suyos, nos informa de requisitos contradictorios para seguir en el negocio privado de la educación pública: hacer investigación sin descuidar la docencia, hacer docencia sin descuidar la investigación; hacer vinculación sin plegarse a las exigencias de industrias transnacionales y peregrinas, pero tomando en cuenta si nuestros egresados satisfacen sus demandas de inserción laboral a la plug-and-play; ser rigurosos en la conducción de los cursos, pero flexibles a fin de comprender de manera humana, demasiado humana, a nuestros estudiantes; formar a los mayores de edad en los valores de la adultez mediante medidas infantiles como las de pasar lista, anotar retardos justificados e injustificados, llenar bitácoras de asesoría que den cuenta hasta de la más inocua conversación, enseñarles a guardar silencio mientras otro habla y a expresar cuanta idiotez pase por su cabeza con entera confianza para que no sientan la menor opresión. El guiñapo informa, comparte nuestras preocupaciones (dice) y nos exhorta a cumplir estas metas para gozar de la certificación de organismos presididos por burócratas que pasan su vida en oficinas adornadas con sus enmarcados diplomas de pedagogos y masters en política pública, no en aulas. Nadie pone en duda que las medidas son razonables: si se exige más es que hay más calidad, parecen pensar mientras mascan chicle o pasan sus grasosos deditos por las pantallas de sus celulares. A nadie se le ocurre pensar que quizá deberíamos contestar las medidas. A nadie se le pasa por la cabeza que una universidad pueda manifestar disenso y sustraerse razonadamente a lo que se impone desde arriba, pues son miembros bien educados en la propia educación que intentan transmitir: esa que aplasta las contradicciones mediante la alienación de un double-thinking orwelliano.
Cierro los ojos por más segundos como hace uno para escaparse de una realidad demasiado intolerable, pero no puedo evitar escuchar la última campanada del guiñapo: hay que aumentar la eficiencia terminal, dice, pues no egresa un porcentaje adecuado de la gente que entra a hacer estudios con nosotros. Abro los ojos y ahí está, sonriente el muy cabrón, sin preocuparse de que hace apenas unos minutos hubiera pedido aumentar la matrícula como si de una fábrica de autopartes se tratara. ¿En qué momento se convirtieron las universidades en máquinas tortilladoras regidas por principios de negocios? ¿Cómo puede explicarse que gente dedicada presuntamente a actividades intelectuales no haya sabido ver el perjuicio y la estupidez de someterse a semejante adulteración si no es a través del envilecimiento producido por la combinación de sus cada vez mayores vulgaridad y salarios? Gente progresivamente menos educada parasita las instituciones y sus presupuestos, vende "educación" como si de la panacea universal se tratara, sin medir consecuencias ni impactos, presumiendo que repartir títulos universitarios es bueno en sí sin importar el número, los destinos laborales, ni la viabilidad del país como tal. Hacen lo que sea, menos lo sustantivo, con tal de seguir cobrando más y más cada quincena, no se sabe si con cinismo (lo dudo, visto el esfuerzo intelectual que requiere) o enajenados como soldados nazis que sólo siguen órdenes para continuar la matanza. ¿Se le habrá ocurrido a este imbécil que la eficiencia terminal podría estar aunque sea vagamente relacionada con la calidad de la gente que ingresa y que no puede aumentarse por decreto si no es en detrimento de las exigencias? ¿Advertirá el pendejo que pedir un aumento de la matrícula y una mayor eficiencia terminal es como escupir hacia arriba y no ensuciarse con el esputo? Hago una prueba y pregunto qué porcentaje considera aceptable como eficiencia terminal. Mientras el guiñapo reflexiona sesudamente me digo que no puede ser tan ingenuo como para dar un número, que eso sería imposible y... "Como arriba del cincuenta o sesenta por ciento", responde al fin para mi estupefacción.
Vuelvo a entrecerrar los ojos y procuro tranquilizarme recordando que los países democráticos tienen dirigentes que más o menos se corresponden a los deseos de la mayoría. Esta no es la excepción: denme un público sin educación, adocenado, que le gusten las pantallotas, las casotas, las camionetotas, y te daré un robavacas como este por jefe. Me guste o no, es el líder adecuado para la irreflexión y la estulticia, para la vulgaridad y el saqueo presupuestado, para la buena conciencia y el escamoteo de responsabilidades. Es un hombre en el tiempo, el lugar y las circunstancias correctos...
Me da sueño y en mi cabeza la vida prestada de que gozó este país en razón del petróleo se desvanece: se cancelan programas y presupuestos, se desmantela la burocracia de la educación, cierran algunas universidades superfluas, llegan emisarios de la Ciudad para anunciar que ya no hay más presupuesto y los maestros vuelven a dar clases evaluando sin cortapisas a estudiantes adultos que conocen las reglas y se atienen a ellas, mientras los investigadores estudian los temas que les apasionan porque ya no hay dinero por el qué concursar para inventarse intereses espurios, hilos negros o proyectos de humo. Es un mundo simple, pero sostenible; austero, pero responsable... Pero no me siento tranquilo: anochece y de la obscuridad del oriente vienen hordas de miserables que asaltan negocios y saquean propiedades, pasando a cuchillo a las buenas personas que se refugian en sus casonas y a la que ya no protegen ni guardias ni rejas. La propia universidad arde en llamas. 'Ya era demasiado tarde', me digo una y otra vez. 'Demasiado tarde'...
Despierto y la junta termina. Todos recogen pesadamente sus cosas entre bromas y palmaditas en la espalda, gente de bien con hijitos y trabajo, el mundo todavía habitable... 
Pero el guiñapo sigue ahí.

sábado, febrero 28, 2015

El caso de los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje)

En la película es una chica que viste colores obscuros, lleva efectivamente un tatuaje, algún piercing, no recuerdo si en cejas o boca, pero sobre todo exhibe una actitud que la supone ferozmente independiente y, aunque atenta a todo lo que ocurre a su alrededor (porque, como ya se imaginarán, es extraordinariamente inteligente y percibe hasta el más mínimo detalle mirando sólo de reojo), se desplaza como una invisible sombra entre bultos a los que otros llaman personas. No nos detengamos a pensar cómo se puede ser totalmente independiente en el mundo moderno donde estamos obligados a vestirnos con lo que unos chinos fabrican trabajando en condiciones insalubres y por un puñado de arroz, o a comer la carne y los vegetales que se produjeron en tierras remotas y por fortuna fuera de nuestra vista, donde otros miserables debieron ensuciarse las manos y pies limpiando boñigas y cortándose las manos contra la tierra dura. Tampoco perdamos el tiempo examinando la seguramente inexistente contradicción entre el firme desprecio que a la chica le merece la sociedad en su conjunto y su gran capacidad para sustraer a esa misma sociedad los productos básicos o tecnológicos que requiere para prolongar su aislamiento. ¿Es absurdo querer pasar desapercibida y llevar el cuerpo decorado para mejor conseguirlo? Misterio.
Dando clases en nivel superior, pero especialmente en las áreas de ingeniería, la cosa no es muy distinta. Cada semestre sin falta están ahí aunque no lleven tatuaje ni perforaciones ni extensiones ni una pila de collares superpuestos como en cierta tribu africana donde parece ser parte del ritual de apareamiento; cada semestre están ahí de nuevo ocupando sillas en las aulas de la universidad nacional o en las del carajo de la provincia equis, o en la privada donde su papi les pagó o en la jesuítica donde un generoso comité de extorsionistas los ha "becado" mediante un préstamo usurero: los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje), seguros de sí mismos, vienen a darnos una lección a todos aquellos que por contrato laboral debemos impartirles un curso. Nos clavan la mirada apenas se las dirigimos, levantan la frente para demostrar que no tienen miedo (¿de qué?) en una actitud que no se distingue apenas de la de los machos de numerosas especies cuando compiten por una hembra (¿pero cuál?); algunos miran a su alrededor buscando complicidad cuando lo que escuchan les parece demasiado obvio o estúpido o directamente erróneo; si fallan en los exámenes es que no tienen importancia (medidas estándar de un mundo idiota, despreciable: ¡ellos son originales!), pero si consiguen la más alta nota se ocupan de hacer saber a todos de que es la suya y que, modestamente, "no es nada". Geeks o posmodernos, hackers o cibernoides detrás de pantallas en las que presuntamente se encuentran más cómodos (y, descontados unos cuántos verdaderos, este universo está plagado de wannabes impostores), los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) apenas contestan con monosílabos (cuando lo hacen), nos regatean explicaciones porque todo es trivial, no admiten afectos y pretenden que su postura intransigente hacia la vanidad no es vanidad en sí, a pesar del pose estudiado con que se conducen. No son huérfanos como la chica original ni como el buen Will Hunting y no son pocos los casos en que han sido niños consentidos de papá y mamá, pero parecen creer que el mundo les debe algo y se aparecen por la escuela para mejor dejar sentado que así es. Como el niño mamón del anuncio sólo les falta decir enarcando la ceja y endureciendo el labio superior: "¡quiero madz!"
Puede que la chica del tatuaje de dragón requiera de la obscuridad del invierno escandinavo para mejor andar por las calles realizando averiguaciones sin ser notada; o de su eficacia tecnológica y su infraestructura: la certeza de que al apretar el 'enter' las cosas se ejecutarán conforme a lo planeado y de que lo que nos dice el GPS es en verdad una calle y no una raya de tiza en la arena. Puede ser. Pero eso no obsta para que los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) no sean escandinavos, sino mexicanos, brasileños, vietnamitas, argelinos, turcos o indios, con residencia en sus países de origen. Es en el subdesarrollo donde florecen, en medio de sociedades brutalmente desiguales que acicatean su complejo de inferioridad y les permiten incluirse en la larga lista de clientes de un país aspiracional al que la realidad se empeña en negar su existencia. Convencidos de ser diferentes, apuran su paso por las facultades que les servirán de trampolín en su camino hacia las instituciones y países que sí les son propios: el extranjero como la consagración, la universidad o empresa de siglas bien conocidas donde su genio será valorado, la sociedad -digamos escandinava- a la que querrán integrarse mostrando la cordialidad y empatía que durante años no los caracterizó: ¡los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) dejan de serlo apenas reunidas las condiciones ideales!
Como el comunista que llegado al poder se cura de su afán igualitario y decide que sean sus súbditos los que se igualen en la miseria mientras él abraza la abundancia, los chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje) (exitosos) un día están donde tanto quisieron estar y se ven precisados a hablar en otra lengua más de lo que nunca hablaron en la propia, a tolerar a personas normales incapaces de demostrar ningún interés hacia ellos más allá del trato al que los obliga el trabajo, a consentir rituales sociales en un afán inútil por mimetizarse en la sociedad anfitriona que se empeña, aun después de años, en tratarlos como a huéspedes. ¿Qué esperanza les queda a estos seres extraviados sino volver con los suyos a subrayar su superioridad en la renovada certeza de que lo merecen todo? Si lo consiguen, bien podrían hallarse un buen día en el aula o en la oficina con sus sucesores: los nuevos chicos con tatuaje de dragón (sin tatuaje). Entonces sabrán que ellos han dejado de serlo.

domingo, febrero 08, 2015

El programa de estímulos

En una institución educativa de remota provincia, caracterizada por su transparencia, un buen día el cacique que fungía como rector decidió que los fondos recibidos por la federación debían concursarse según un sistema de estímulos con reglas claras y justas. Llamó a sus ayudantes informáticos y solmene dijo: "El papel es cosa de tiempos primitivos. Lo moderno, según me informan mis asesores, es la computadora. Hágase pues un sistema informático donde los maestros capturen su producción académica anual para luego ser evaluada por la comisión de sabios a fin de decidir la parte que a cada uno corresponderá del estímulo federal". Se celebró la decisión con encendidos discursos sobre democracia y rendición de cuentas, se transmitieron órdenes para imponer la eficacia y el resultado fue un sistema de cómputo barroco que reproducía los usos y costumbres locales junto con una comisión que, de acuerdo a las órdenes del rector, exigía fuesen escaneadas anualmente todas las constancias emitidas en papel por la institución para sus propios empleados. Aquello era un espectáculo maravilloso que duraba de dos a tres semanas anuales: la comisión de sabios de la institución exigía que el profesor de la institución escaneara la constancia emitida por la institución donde la autoridad correspondiente, por ejemplo, recursos humanos, certificara que el empleado contaba con equis años de antigüedad, o que el jefe de su adscripción diera fe de que dirigía la academia fulana o que el director hiciera constar que se atrajo el proyecto mangano o que un departamento de publicaciones donde nadie publicaba nada, certificara que el profesor en cuestión había hecho diez artículos en la revista de la universidad con diez colegas como coautores cada uno.
El sistema floreció, como era de esperarse de la decisión unilateral de un rector democrático, y produjo, entre otros beneficios, unas mayores y más efectivas camaradería y colaboración entre profesores y administrativos, que viendo hasta qué punto era importante la emisión de constancias, no dudaron en ayudarse unos a otros, incluyéndose -viniera al caso o no- en academias, comisiones, cursos, publicaciones, creación de planes de clase, programas virtuales, tutoría de estudiantes, capítulos de libro, invitación a profesores visitantes, conferencias, ponencias, seminarios, jefaturas, responsadurías, liderazgos, viceloquesea y hasta en el registro de pláticas de pasillo que nunca tuvieron lugar como si de congresos se tratara. Los beneficios no se detuvieron en esta saludable colaboración entre empleados, sino que, aprovechando el tamaño manejable de la comunidad universitaria y el todavía más razonable del rancho en que estaba instalada, indujo una mayor convivencia entre los miembros de cofradías, departamentos, programas y dependencias, que discutían sus asuntos libremente en medio de carnes asadas, celebración de cumpleaños, clubes deportivos y de rotarios, organizaciones de damas católicas y eucaristías dominicales donde todo rezumaba un ambiente familiar de unidad indivisible. Esta anestesiante felicidad apenas se veía perturbada por ocasionales disgustos que eran despachados con autoridad moral, como fue el caso del Loco Agustín que cometió terribles faltas a la ética al robar dinero a los estudiantes a cambio de calificaciones. "Qué corrupción", decían escandalizados los profesores, para luego llenar sus constancias de acontecimientos hipotéticos y cobrar un año de sobresueldos por ellas.
El dinero nunca alcanza, ya se sabe, y un buen día la federación empezó a exigir más cosas a cambio de los estímulos económicos. Nuevo rector, nuevas autoridades emergidas del voto popular y doblemente familiarizadas con la democracia, advirtieron estas exigencias y empezaron a contratar individuos que dieran el ancho ya que los de la gran familia feliz parecían decididos a sólo dejarse crecer el trasero y seguir cobrando por ello. No debemos culparlos, claro que no, pues estos inocentes operaron según reglas de otra época menos mamona y más entretenida, hecha de prestaciones de caja de ahorro, vivienda, bonos, sabáticos, sobresueldos por antigüedad, seguros médicos, cenas de Navidad y tarjetas de felicitación por cumpleaños. Que los recursos los saquen los nuevos, ¿no? Era una solución razonable hasta que a algunos de ellos les tocó participar en el propio programa de estímulos: ¿cómo era posible que una persona que no había atraído ni un centavo a la institución por parte de proyectos externos ni por su calidad de investigador ni por su perfil docente cotizara más alto en el programa de estímulos? ¿cómo era posible que las autoridades continuaran exigiendo a los nuevos elementos participar en proyectos, en convocatorias, mantener altos índices de productividad según las reglas federales, mientras premiaban a los miembros de la gran familia feliz con los sobresueldos fabulosos del programa de estímulos? Las autoridades, adalides de una época peleada con el autoritarismo y ejemplo de apertura, escucharon a los quejosos e invitaron a algunos de ellos a sus oficinas para -con gestos pausados y amistosas palmaditas en la espalda- mostrarles sus planes de revolucionar el programa de estímulos de tal manera que se ajustara a las nuevas exigencias de la federación y se terminaran las injusticias que beneficiaban a los antiguos en perjuicio de los nuevos. "Esto apenas empieza, pero estamos de su lado", afirmaban.
Algunos de los nuevos son gente competente, sí, pero infantil: no entienden lo que es la negociación ni el intercambio de favores; consideran los resultados del programa de estímulos un agravio contra la opinión que tienen de sí mismos; desean no tanto el dinero como el reconocimiento y el respaldo de las autoridades, y éstas lo entienden bien y no lo dan más que cuando necesitan algo porque son hombres de negocios, no idiotas: saben que necesitan mantener la incertidumbre y la ambigüedad, esas mismas que a los nuevos les ponen los pelos de punta, porque gracias a ellas conservarán siempre un margen de maniobra y ases bajo la manga.
Un año transcurrió y la convocatoria volvió a aparecer: sus términos y categorías son idénticos a los de años anteriores; el sistema informático -paradigma de ineficacia computacional, repetición de funciones e interfaz mongólica- no ha sido modificado absolutamente en nada; la redundancia de que los miembros de la institución soliciten constancias de la institución para presentarlas al consejo de sabios de la institución, sigue sin cambiar un ápice. Ingenuamente, los nuevos se preguntan qué pasó con los planes de revolucionar el programa para hacerlo más justo, se preparan ya para perder de nuevo frente a los antiguos que ni siquiera se inmutan. Un directivo se mese las barbas y explica con sabia brevedad la cuestión, grave y circunspecto, descubriendo para todos el hilo negro detrás de todo el tinglado: "Se encontraron resistencias", afirma. Hay que joderse.

domingo, febrero 01, 2015

No me lo creo

En Kika, Almodóvar hace que Victoria Abril en el papel de Andrea Caracortada le pregunte a la madre de Joaquín "El Portugués", si se da cuenta de que su hijo ha matado: "Soy su madre y creo que no... no lo ha hecho", contesta ella convencida. "Le advierto que lo tengo grabado", revira Andrea. Le muestra el vídeo, pero la madre ni se inmuta: "Ya. Pero no me lo creo", concluye categóricamente. ¿Es puro cinismo? ¿Negación? ¿El bien conocido cuanto manoseado amor de madre? ¿Qué diablos le pasa a la gente que no tiene ganas de lidiar con las evidencias? ¿Cuándo deja de ser comedia almodovariana para convertirse en la impunidad de los abundantes hijos de perra que visto el deterioro intelectual del mundo ya saben que no hace falta recurrir a explicaciones ni coartadas, sino al más descarado y reiterativo "no me lo creo", "no me lo creo", "no me lo creo"?
Dios es dios porque es arbitrario, porque no debe dar explicaciones ni justificar sus actos, porque la perplejidad de la razón es mera vulgaridad humana. Dios no razona, no lo necesita. Si el poder de los reyes era un don de dios y de su ejercicio sólo a él debían rendir cuentas, no es de extrañar que éstos también se hayan sentido exentos de sujeciones lógicas y responsabilidades, ni que pensaran que sus súbditos estaban hechos "para callar y obedecer y no para discurrir ni opinar en los altos asuntos del gobierno". No hay más monarquías absolutas en el mundo y los totalitarismos, salvo excepciones, se han suavizado aquí y allá por la necesidad de los hombres de negocios de un mínimo de garantías para continuar la saludable explotación de la gente, una domesticación que es preferida al horror y la barbarie de la guerra, por muchos derechos que ésta conquiste y muchas limitaciones al poder que ésta imponga. Pero el atributo de exención lógica de que gozaba el dios antiguo y del que se reclamaban herederos los monarcas absolutistas, aun es acariciado por presidentes republicanos, jefes de despacho con credo democrático, empresarios medioambientalistas y cuanto cabrón se ha puesto a la cabeza de una colectividad, sea por las buenas o por las malas.
Las imposiciones ya no son bien vistas. El ejercicio de las atribuciones que por su cargo tienen los responsables de tal o cual cosa, ya no se hace así nada más. No. Ello sería antidemocrático, sexista, inequitativo. ¿Entonces cómo hacen los modernos para ponerse a salvo de la lógica? ¿cómo para no visitar la cárcel o para salvarse de un buen tomatazo cuando les da por hacer sofismas en vez de silogismos y encima cobrar por ello? La clave ya la dio la madre de Joaquín "El Portugués", que no admite lo que es evidente ni se inmuta por lo que sucede, que gana por repetición, que no se resiste a las pruebas sino que simplemente asiste a ellas mientras sostiene sus... ¿cómo decirlo modernamente? Sus convicciones. Los jefes modernos convocan a juntas, consultan, informan, quieren que se vote lo que ya decidieron de antemano, no admiten las bromas en relación con sus medidas (la risa, ya lo decía Jorge en El nombre de la rosa, no es de dios; dios no ríe: parece que lo saben hasta los islamistas contemporáneos), felicitan a diestra y siniestra, reparten palmadas en la espalda con gestos comprensivos y estudiados, dicen "los y las", "compañeros y compañeras", se cuidan de adoptar cualquier posición por si acaso y jamás levantan la mano cuando se produce un conflicto. Son imposibles de atrapar, la lógica no aplica a ellos. Llegado el momento, son capaces de negar una y otra vez como autómatas lo que resulta evidente. Y si encima, como en este país, se mueven entre un público adocenado, ignorante y retrógrado, convencido de su importancia porque el jefe les dé la mano o les llame a ocupar un digno cargo o les proporcione un favor en vez de reglas, mucho mejor.
¿Por qué no se dedicaron a la literatura si querían que el mundo fuese como ellos decían? ¿Por qué se empeñan en ocupar cargos de gobierno, dirigir empresas y universidades, hacerse incluso científicos en el tercer mundo? Es conmovedor, si se piensa en ello con explicaciones alternativas a la mucho más simple de la deshonestidad intelectual: si los artículos "científicos" chinos, hindúes, iraníes o mexicanos están no sólo pésimamente editados, sino lógicamente mal construidos, con falsedades muchas veces deliberadas, gráficas milagrosamente ajustadas y divisiones entre cero por fin resueltas, ello no se debe a la incompetencia que (dios no lo quiera) sería una explicación casi neonazi, sino más bien a que provienen de sociedades marcadamente teológicas donde existe preferencia por creer en vez de dudar, donde el escepticismo y la autocrítica son vistas con sospecha y despachadas con un "no mames", donde a falta de cerebro predomina un gran corazón. ¿Qué hay de malo pues en que no razonen con la misma lógica blanca y elitista del primer mundo occidental? ¿Qué hay de malo en que constituyan una alternativa donde la lógica se suspende en un "sálvese quien pueda"? Chingado, no me lo creo.