martes, mayo 30, 2017

Sector Libertad

Hace mucho tiempo, algunas tardes en mi pequeño y lejano pueblo, los muchachos íbamos a visitar a Álvaro a su departamento de San Andrés, donde, sin saberlo, él pasaba los que serían sus últimos años en casa de sus padres. La unidad habitacional constaba de seis o diez edificios, de unos cinco pisos de altura cada uno, separados por escasos espacios poblados de árboles delgados y arbustos enanos que resistían con estoicismo la continua invasión de los críos del área; éstos jugaban a las escondidas o a las canicas o a patear un balón sobre canchas imaginarias y asimétricas, pero apenas entraban en la adolescencia se hacían viciosos o se echaban novias encima, lo que en cualquier caso significaba que no volverían a pisar los entrepatios de la unidad para ninguna clase de juego. El padre de Álvaro, un hombre bonachón y de pelo cano que, contrario a la costumbre, rezumaba bondad y sencillez, nos recibía dándonos la mano a cada uno e invitándonos a tomar asiento en una sala cuyos muebles y decoración parecían directamente extraídos de una película de los años setenta: consola imitación madera con tocadiscos y bocinas aterciopeladas, esbeltos sillones color verde pistache con patas en punta, posacabezas bordados en cada asiento y un mantel que hacía juego decorando la mesita de centro donde solía haber discos de cuarenta y cinco revoluciones con dos canciones únicamente —una por cada lado— lo mismo de trasnochados cantantes de rock en español que de dipsómanos mariachis ejecutando rancheras. Su mamá, una señora que siempre llevaba anchos vestidos de  una sola pieza y el pelo, salvo un par de rulos a los costados, levantado en un ancho moño, nos ofrecía agua fresca de frutas que ella preparaba en una cubeta de plástico amarilla. Luego de servir los vasos, nos acompañaba sonriendo en silencio durante los breves minutos en que nos instalábamos en la sala antes de pasar al cuarto de Álvaro. Los hermanos de éste —Germán, dos años mayor que él, y Brenda, dos años más chica— se unían siempre a la conversación, como si consideraran una majadería permanecer en sus habitaciones o retirarse luego de habernos saludado. Éramos la visita, los amigos de Álvaro, de modo que tomaban asiento junto con sus padres y departían con nosotros, aunque la conversación —de todos modos escasa— la dominaran primero su padre y luego Germán, las mujeres más bien calladas y sonrientes, llevando y trayendo más agua o algún pequeño refrigerio. Brenda, con todo y ser casi una niña, nos dirigía miradas salaces acompañadas de un continuo humedecerse los labios con la lengua, lo mismo a Alfredo que a Jorge Luis o a mí, lo que al primero causaba más acné, al segundo material para sus solitarios escarceos y a mí una incomodidad que se deshacía apenas intercambiar un par de palabras con ella. Luego de unos diez minutos de comentar sucesos del pueblo o recibir admoniciones sobre los sitios por donde convenía transitar para evitar malos encuentros, los muchachos pasábamos al cuarto que Álvaro compartía con su hermano —dos camas individuales, un viejo clóset de puertas desvencijadas, repisas desde las que nos vigilaban desgastados juguetes intocados y un catecismo para niños— y apenas nos sentábamos en las orillas de las camas —un par frente al otro, normalmente Jorge Luis y yo de un lado, Alfredo y Álvaro enfrente— nuestros rostros se relajaban y empezábamos a hacernos bromas soeces y a reír a carcajadas. A media tarde Germán solía entrar luego de ducharse, se cambiaba de ropa y salía a ver a su novia a pocas cuadras de ahí. A pesar de ser sólo un par de años mayor que nosotros y de tratarnos con naturalidad, su comportamiento nos parecía el de un hombre adulto a todos los efectos. No bebía ni fumaba, menos aún a escondidas como a veces hacía Álvaro sacando medio cuerpo por la ventana de su cuarto con un cigarrillo corriente que luego le dejaba una prolongada tos. En aquella casa y pese a su insistencia, ninguno nos atrevíamos a encender un cigarrillo. Poco a poco, según nos exigía el ritmo de una conversación centrada en criticar a los maestros de la preparatoria y describir con ridículo exceso lo que haríamos a las chicas buenas de la escuela en caso de tenerlas en la cama, éramos nosotros, los muchachos, quienes convencíamos a Álvaro de bajar a alguno de los entrepatios a fumarnos un cigarrillo. En lugar de eso, alguna vez subimos a la azotea y nos entretuvimos viendo cómo el cielo se iba encendiendo en el horizonte por encima de las casas y las lejanas montañas, hasta que todo se apagó y al azul marino le sucedió una noche estrellada. Brenda nos espiaba y chantajeaba a su hermano pidiéndole a su vez un cigarrillo con tal de no denunciarlo a sus padres. Su presencia, aunque no hablara casi, nos inhibía; pero eso a ella no parecía importarle: en no escasas ocasiones, sobre todo cuando no estaban sus padres en casa, se colaba entre nosotros y cogía del brazo a alguno para acariciarlo con ritmo suave, mitad la yema de sus dedos, mitad sus uñas mal pintadas, por el cuello o la espalda, una y otra vez, una y otra vez, hasta que Álvaro reparaba en ella y la echaba de su cuarto o le pedía que se devolviera a casa si estábamos en la azotea o la calle, dándole a entender que era mejor mantener a su madre despreocupada para poder seguir contando con sus escapadas. Sin menoscabo de nuestra afición por el metal que en aquellos años se consideraba satánico ni de nuestro torpe vicio tabacalero, éramos saludablemente sentimentales: escuchábamos nuestras confidencias con atención, nos abrazábamos con naturalidad, alguna vez, incluso, nos hicimos regalos. Yo le di a Álvaro un pato de barro, pintado de muchos colores, del que me costó mucho trabajo deshacerme; él me dio a su vez un muñeco de plástico de rostro beatífico que, enfundado en un traje azul de luchador, levantaba unas minúsculas pesas negras de halterofilia. Alfredo no solía regalar nada, tímido como era de ser tenido por maricón, pero a Jorge Luis sí que le entusiasmaba dar todo lo que no tenía, pues su casa era la más pobre de nosotros cuatro, su padre —un macho de ojos grises, fanfarrón, alcohólico y violento, todo lo opuesto al de Álvaro— apenas se ocupaba de alimentar a su familia. Ninguno tenía bicicleta, pero acostumbrábamos hacer largas excursiones de fin de semana hasta la barranca de Oblatos, atravesando largos terrenos baldíos y colonias a las que faltaba pavimentación o alumbrado, las mujeres de esos sitios acarreando baldes de agua todo el día por faltar el agua corriente en sus casas. Vivíamos en aquel lejano y pequeño pueblo de espaldas a la ciudad que se estaba gestando, cada vez más empujados a la orilla, cada vez más cerca de un final imperceptible, la libertad que nos cobijaba lenta e inexorablemente reemplazada por una modernidad hecha de dientes. Aquello duró una eternidad, aquel abrazo, aquella geografía... 
Hasta que nos expulsó el tiempo.

domingo, mayo 07, 2017

Samovar

Nos encontramos en la salita de maestros de aquel edificio de una planta todavía no reemplazado por uno de esos cubos de veinte metros de altura, sin ventanas ni baños ni salidas de emergencia, que la acomplejada moda de rancheros sin educación convertidos en gerentes académicos había venido impuesto en los últimos años a toda la ciudad universitaria: bodrios rodeados de concreto en vez de árboles, rematados con mosaicos multicolores del Artista Local, obligados a consumir enormes cantidades de energía eléctrica en iluminación artificial —luz de anfiteatro— y aire acondicionado —permanente olor a caño. Era mi amigo. Era viernes.   
—Lo han vuelto a hacer —dijo furioso. 
—¿Vuelto a hacer qué, maestro? —pregunté sirviéndome una taza de té del samovar.
—Los profesores de tiempo completo, ya sabe, ese club de adocenados compadres, mitad cerdos, mitad corderos, lo han vuelto a hacer. Han vuelto a aprobar para sí mismos, como los diputados, la repartición más conveniente de los fondos de gobierno.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—¿Cómo que qué tiene de malo, maestro? ¡Esto de jugar a la escuelita es el negocio perfecto! Usted nomás fíjese cómo se fundan las universidades estatales: un buen día, los riquillos del pueblo juntan su dinerito para repartirse credenciales en forma de títulos universitarios, un negocio privado que increíblemente tolera esta irresponsable república laica. Luego, estos cristianos caballeros y damas católicas, estos hijos de puta que encima se dicen benefactores de la sociedad a la que han parasitado, deciden que ya tienen un tamaño respetable y que lo suyo es un bien público que, administrado exclusivamente por ellos, debe beneficiarse de una tajada de los impuestos recogidos por el gobierno de la capital. En otras palabras, parecen razonar de la siguiente manera: hemos invertido dinero en un noble negocio llamado educación, nos ha dado muchos dividendos y ahora exigimos que, preservando nuestro exclusivo control, sea sostenido por esa misma sociedad a la que hemos enculado. ¡Pues qué panda de cabrones más astutos!
—No creo que sea prudente hablar aquí, maestro —traté de moderarlo señalándole con la mirada las cámaras que la administración más reciente había colocado en la salita de maestros. La universidad como centro penitenciario. ¡Y todavía me sorprendía que se presumiera en internet la adquisición de nuevas patrullas para vigilar ciudad universitaria!
—¡Que me oigan! A mí qué más me da. Por eso los pueblos latinos somos tan acomodaticios, ¿sabe? Por cobardes. A fuerza de no querer pasarla mal y de ir de pachanga en pachanga, nos hemos envilecido irreversiblemente. Es imposible que se nos tome en serio. El mundo va a lo suyo sin perder el tiempo en más trato con nosotros que el comercial o el turístico. Es vergonzoso. Alguna vez escuché a un historiador presumir que Latinoamérica era un paraíso terrenal donde nunca tuvimos que enfrentarnos a grandes guerras como en Europa ni a racismos extremos de corte anglosajón; que el mestizaje nos ha convertido en una raza cósmica y tolerante, nuestras dictaduras —cuando las hubo— únicamente preocupadas por el aspecto político de la situación y no por meterse con las libertades civiles. ¡Es el colmo del cinismo que pretende hacer pasar el vicio por virtud! Las guerras europeas —si bien atroces, si bien devastadoras— no estuvieron nunca motivadas por la rapiña más elemental de nuestras sociedades, sino por ideas y concepciones, por la inteligencia y la pasión, las mismas que ahora ponen en cuidar sus democracias, acrecentar su cultura y multiplicar su riqueza. Nosotros, en cambio, no queremos hacer nada que cueste demasiado —mucho menos una guerra, mucho menos una infraestructura mínimamente consistente— porque nos da hueva, esa expresión onomatopéyica de la holgazanería y la dejadez que explica nuestra indolencia mezquina hacia la injusticia.
—¿Como la injusticia del reparto de los dineros gubernamentales para la universidad, quiere decir? —dije provocándolo y arrepintiéndome ahí mismo de haberlo hecho. Él era un profesor de tiempo completo con fama de atrabiliario, pero con seguro médico y fondo de pensiones; yo un profesor auxiliar al que pagaban por hora para hacer suplencias y que, a diferencia de aquella mañana, solía únicamente ir a dar mis clases y marcharme inmediatamente después a mi casa, a leer libros de segunda mano e intentar escribir una inacabable novela: a mí podían despedirme en cualquier momento sin mayores explicaciones; a él no.
—¡Por supuesto! El sector académico en este país está completamente podrido; la universitaria es, sin duda, su parte más sinvergüenza y descarada. El pueblo no lo sabe porque los dueños tienen a bien mantenerlo en la más estúpida ignorancia mientras le venden el camelo de la educación para sus hijos, pero si por casualidad un día examinara a dónde van sus dineros y en qué estúpidas frivolidades se gastan, reaccionaría con la misma violencia que le provocan los políticos más fanfarrones o los pederastas más destemplados. Da igual si se trata de maestros que se ven obligados a servir de niñeras para los hijos imbéciles de padres que ya no los soportan; da igual si se trata de guiñapos que desean a toda costa cobrar como científicos por haberles sido regalado un título de doctorado por otros cerdos igualmente inescrupulosos; da igual si se trata de gerentes académicos que cobran sumas exorbitantes por el sacrificio de ponerse a la cabeza de esas voraces empresas privadas disfrazadas de universidades públicas, pontificando a diestra y siniestra lo mismo sobre valores católicos en ambientes laicos que sobre pedagogía y docencia en la inopia de no haberse parado nunca en ninguna aula; todos, absolutamente todos, son unos irredentos hijos de puta que merecen ser pasados por las armas como la primera medida sanitaria de una hipotética revolución.
—Cálmese profesor, cálmese. Siguiendo sus propios razonamientos y generalizaciones, ¿no será que está así sólo porque no le tocó suficiente en el reparto de dineros públicos?
La conserje acababa de entrar para limpiar el samovar, pero apenas había pasado el trapo por la tapadera y servido una taza de té cuando, visiblemente escandalizada, salió cerrando tras de sí la puerta de la salita de maestros. Olvidó la taza al lado del samovar, donde fue enfriándose lentamente.
—A mí no me hace falta más dinero, sino menos asco. A este paso no llegaré a la jubilación —se pasó la mano por la canosa barbilla y se acomodó los lentes con la otra mano. Luego musitó: "una revolución, una revolución..." 
—¿De qué revolución habla, maestro? No diga tonterías. Esto es el siglo veintiuno.
—Nosotros nunca tuvimos ninguna revolución verdadera. Aquello a lo que llamamos y glorificamos con ese nombre fueron sólo saqueos desorganizados, rapiña sobre rapiña sin más idea que la de mandar sobre los demás. Europa, en cambio, sí las tuvo, precedidas por sesudos textos teóricos sobre anarquismo y socialismo, las primeras acciones terroristas, las sociedades secretas, los masones, los carbonarios... Quizá... Sí, puede ser...
—¿Quizá qué? ¿Qué está pensando, maestro?
Hizo un ademán con la mano como si se quitara del rosto el humo de un cigarro. Salió de la salita de maestros con la misma agitación con la que entró.
[...]
Días después leí en la mala prensa de Santa Teresa sobre el misterioso accidente en que murió el Doctor Rodilla: por las abolladuras, un carro se le debió emparejar de noche sobre la carretera para luego empujarlo al canal que corre paralelo. No queda claro si murió por el golpe contra el parabrisas o por los cuatro litros de agua terregosa con que reventó sus pulmones.
[...]
Días después de aquella muerte, corrió el rumor de que la dirección había recibido una carta amenazando con nuevos accidentes si los profesores no renunciaban voluntariamente a sus privilegios. En la junta, el director y otros jefes trataron de calmar a todos diciendo que aquello era muy probablemente sólo una broma de pésimo gusto, que no debía tomarse en cuenta ni debía alterar una sóla de las actividades universitarias, que seguramente se trataba de un alumno resentido que aprovechó la tragedia para amenazarlos. Todos sabíamos que ningún estudiante —ni el más talentoso— y casi ningún profesor —pero eso era comprensible— hubiera podido organizar siquiera la mitad de aquellas líneas. He querido encontrar al profesor para hablar con él, pero no lo he hallado. Nadie lo ha visto últimamente, pero el ausentismo no es ni muy raro ni muy castigado por aquí en estos días.
[...]
Secuestraron a la Doctora Perica. Luego de tres días de infructuosa búsqueda, otra nota llegó a la dirección. Todavía desconcertados, los jefes tuvieron a bien dar parte a la policía y pasarnos la nota en una junta para que la examináramos: "No han seguido nuestras instrucciones y el pueblo tomará puntual venganza si no renuncian ahora mismo a sus privilegios. Sabemos dónde viven y en dónde han guardado los frutos de su robo consuetudinario al erario público. Sálvense ahora y abandonen su soberbia. Redímanse". Supe que era él. Por la noche intenté buscarlo en su casa, pero nadie me abrió y las luces estaban todas apagadas.
[...]
Días después, mientras pensaba en la solitaria cocina de mi casa por qué todos los locos que quieren enderezar el mundo terminan convertidos en criminales —una revolución redentora que termina en dictadura, un acto terrorista que perjudica su propia causa, una organización caritativa que degenera en iglesia obligándonos a escoger entre la justicia sin libertad o la libertad en la injusticia, recibí una llamada de Patricia, colega también auxiliar de matemáticas, diciéndome que había estallado una bomba en la salita de maestros, hiriendo a cuatro y matando a una. La Doctora Perica sigue secuestrada, la policía sin pistas. Me resisto a hablar de lo que escuché hace semanas en esa misma salita, ahora destrozada. Es mi amigo. No logro dar con él. La histeria causa la renuncia de seis maestros que publican un manifiesto donde admiten algunos de los cargos hechos por el (¿grupo?) terrorista. Los demás resisten sin anunciar medidas.
[...]
La dirección recibe el par de dedos medios de la Doctora Perica el mismo día en que secuestran al Artista Local. Por único mensaje, este: "Se hará justicia". La prensa, al dar torpemenente noticia de estos acontecimientos, empieza a hacer algunos análisis de los sueldos de funcionarios y profesores universitarios, con lo que la opinión pública empieza a manifestar animadversión hacia el profesorado. Sigo sin decir nada, pero no puedo concentrarme más en mi novela.
[...]
El Artista Local ha sido encontrado patas arriba en un bote gigantesco de pintura. Muerto, naturalmente. Del puño y letra de la Doctora Perica, llega una solicitud detallada de los cambios necesarios para suspender aquel terror. Los altos directivos de la universidad se niegan "a darle alas a quienes han empleado semejantes medios para conseguir sus fines" y no ceden. Grupos de profesores protestan contra la terquedad de las autoridades. Algunas decenas de pandilleros, acuciados por el caldeado ambiente, han empezado a vandalizar casas de profesores y funcionarios sin que la policía pueda hacer nada. En el camino de regreso a casa, tras un nuevo e infructuoso intento de dar con el profesor, mi amigo, he leído una pinta que decía "Maestros comemierda". ¿Acaso toda retórica revolucionaria es trivial?
[...]   
Renuncia el Rector y se instala en los Estados Unidos. Las nuevas autoridades ceden en gran medida a las recomendaciones de la carta de la Doctora Perica, que inesperadamente vuelve de su cautiverio sin deseos de dar ninguna declaración. Hermética, con un estoicismo hasta entonces desconocido en ella, vuelve a las aulas luego de devolver al Estado el ochenta por ciento de sus bienes, detallando en una declaración pública los mecanismos tramposos que empleó durante años para exprimir el dinero del contribuyente. Parece que pronto se regularizará la situación, pero esto ha sido un escándalo de proporciones nacionales que amenaza con contagiar a otros países. Por la tele, de noche, anuncian disturbios en otras cinco universidades del país.
[...]
De madrugada, un ruido en la cocina. Sentada en la sala de mi casa, una sombra.

—Parece que me has estado buscando —dice, mientras se aviva una brasa que se lleva a la boca.
Un minuto de silencio y, recuperado el aliento, respondo:
—Qué gusto, maestro. Parece que se ha salido con la suya. ¿Le sobra otro cigarrillo?

domingo, abril 30, 2017

El interlocutor

Lo que sucede es que se le olvida, querido Luis, no logra tenerlo en cuenta permanentemente; es decir, lo sabe, pero no siempre de manera activa o consciente. No sabe que sabe y, cuando cae en la cuenta de que ya lo sabía, es justamente porque un imbécil ha venido a recordárselo. Quizá sea su necesidad de interlocutores la que se impone en su cabeza haciéndole perder de vista con quién habla. Quizá, llevado por el entusiasmo desmedido que despliega en ciertas actividades para las que está particularmente bien dotado y, una vez conseguido un avance cualquiera, un resultado favorable, un triunfo mínimo, se siente en confianza y cree que el buen tiempo se extiende a la sintonía y disposición de los que lo rodean para el intercambio de puntos de vista filosóficos. Descubre luego siempre tarde que no es así: que a la coincidencia en que uno más uno es dos puede perfectamente seguirle la discrepancia en que uno más dos es tres, una analogía muy acertada por cuanto refleja su convicción, querido Luis, de que Usted lleva siempre la razón objetiva y que, respetadas las reglas de la lógica deductiva, los demás deberían estar de acuerdo matemáticamente con sus conclusiones; que si no lo están no es porque les asista el derecho a tener sus propias opiniones, sino porque están idiotas, sea por deficiencia orgánica o deshonestidad intelectual.
Me comenta que hace poco se puso en contacto con Usted un viejo amigo de la universidad. La nostalgia, querido Luis, es bien conocida por hacer trampa: convence a los que de ella participan de que las coincidencias del pasado se extienden al presente, de que por rutas distintas se llega a conclusiones similares, de que sentados a la mesa con un buen café, los viejos amigos descubrirán la verdad de la vida. Nada más lejos de la realidad, como habrá comprobado. Apenas intercambiadas algunas frases, me dice, redescubrió al mismo pijo de siempre: el hijo de funcionarios que consumía cocaína y rezumaba fanfarronería, el superhombre incapaz de aceptar errores o arrepentimientos, el socarrón que le robó tres discos cuando Usted no tenía en qué caerse muerto. Sepa, querido Luis, que no es el único decepcionado: su amigo también habrá quedado convencido de que usted no cambia y de que el encuentro, superado el ardor inicial, no tenía ninguna necesidad de ser. Él, como Usted, se habrá presentado al encuentro no sólo con curiosidad y ganas de pasarla bien recordando viejos tiempos, sino con la esperanza de comprender algo sobre sí mismo que sólo a través de Usted, del contraste entre sus experiencias y puntos de vista respectivos, podría validar. Se habrá marchado de ahí igual o peor de como llegó, con la certeza esa sí de estar más solo que nunca porque ni los viejos camaradas son capaces de comprenderle. Habrá sonreído y bromeado, se habrá puesto solemne en algún momento al hablar de problemas maritales o de aquella vez en que visitó la cárcel por una semana, pero al final sentirá traicionada su confianza al no advertir ni en las palabras ni en la mirada de su interlocutor un reconocimiento efectivo, ninguna comprensión verdadera, nada que vaya más allá de la superficie de su trato antiguo torpemente revisitado.  
En el fondo, bien mirado, ninguna comunicación es posible, ¿no le parece? Las personas somos islas que, alienadas en nuestras respectivas cabezas, crecemos en la convicción de que llevamos la razón y nadie nos comprende. Intentamos desafiar esta realidad con parejas y amigos, con desconocidos o colegas, sólo para volver dócilmente a nuestra guarida luego de haber sido apaleados o envilecidos, ridiculizados o avergonzados, exhibidos en nuestra torpeza e ingenuidad, nuestra terquedad solitaria y lamentable. Basta ver lo que le pasó hace unos días, querido Luis, cuando le ardió la cara de vergüenza en esa reunión con colegas donde leyó un sesudo texto sobre la importancia del trabajo y el sinsentido del matrimonio. Yo mismo tuve oportunidad de ver que uno de sus colegas más conspicuos asentía con fruición, presuntamente convencido de esas palabras perfectamente articuladas contra el matrimonio como mecanismo burgués de domesticación, sólo para ver a ese mismo colega manifestar unos minutos después sus deseos de casarse y tener hijitos, una afirmación ya no sé bien si dicha con cinismo o imbecilidad, pero en todo caso con convicción y sonrisa ancha, con despreocupada alegría.
Tiene Usted dificultades, qué duda cabe, Luis, para encajar las contradicciones ajenas y propias. Me imagino que estas últimas no las ve Usted, convencido como todo el mundo de que su actuar y su decir son uno y el mismo. Pero, aunque le irrite, tome en cuenta que esas contradicciones existen y las sobrelleva en forma no esencialmente distinta de como lo hacen los católicos de Santa Teresa o Wolfsegg: con esa extraordinaria capacidad para el ejercicio de la doble moral; con esa hipocresía supina, impermeable al contraste; con esa ceguera selectiva y desvergonzada. No me mire así, Luis, que no trato de zanjar esta cuestión con el mediocre argumento de que todos estamos mal y, por lo tanto, todos estamos excusados. ¿A dónde iría a parar la ciencia con semejante lasitud? Lo exhorto sencillamente a apartar de sí la debilidad de carácter detrás de sus intentos de granjearse el consenso de los demás, así sea del reducidísimo grupo de sus colegas y amigos. Olvídese de todos ellos. No los tome en cuenta. Escriba, si desea comunicarse, pero absténgase de recoger opiniones sobre sus escritos o ideas porque sólo encontrará estupidez e imperfección. Es muy probable que nunca conozca a los que lo leen correctamente porque los que así lo hacen suelen ser gente discreta y de pocas palabras. Déjelo así, Luis. Enciérrese. No tenga miedo al solipsismo. Hace bien en ser maestro porque eso garantiza que siempre contará con públicos cautivos, pero no se sorprenda si puestos a escoger la gente prefiere no escucharlo; no le dé importancia a que, si lo escuchan, lo malinterpreten; no se acerque a quienes siendo acólitos se disfrazan de interlocutores.
El tiempo ha terminado, querido Luis. ¿Le parece bien si agendamos la siguiente consulta el jueves? Sí, sólo efectivo. Hasta entonces.

miércoles, abril 12, 2017

La boda

El presente es perpetuo
Los montes son de hueso y son de nieve
están aquí desde el principio
El viento acaba de nacer
sin edad
como la luz y como el polvo

Viento Entero, Octavio Paz, 1965


De haber tenido yo una suerte distinta, no estaría pensando lo que ahora pienso mientras la ceremonia tiene lugar y al rito de los anillos, el lazo y las arras, le siguen las palabras ñoñas de un ministro lelo que irreflexivamente se cree cada una de sus idioteces. Un tipo joven que, como corresponde especialmente entre las sectas protestantes, ha confundido la religión con la psicología y la liturgia con la terapia. Un falso iluminado que sonríe como tonto. Que pone un énfasis ridículo y afeminado en cada palabra sobre la que no ha pensado. Un alienado ecuménico que parece a punto de echarse a llorar de emoción como una quinceañera frente al televisor. Un tarado. Un estúpido. Cuando me casé oficiaba en un templo colonial un sacerdote de edad avanzada que no tuvo empacho en recriminarme que me presentara con un vientre hinchado de seis meses de embarazo cubierto de una tela azul traslúcida mientras mi hijo mayor correteaba a las palomas que se habían colado en la nave. Enarcaba las cejas en actitud condenatoria, dando por sentado que era yo una perdida y haciéndome sentir que manchaba su templo con mi extemporáneo enjuague nupcial. Fue breve y sentencioso, no ya pensando en mí que era la última de sus preocupaciones, sino para quedar satisfecho él mismo de sus propias palabras. ¿Cómo iba a ser de otra manera en un hombre que había dedicado su vida célibe al estudio de las escrituras? ¿Cómo puede siquiera compararse en profundidad y amargura con este ministro casado y con hijos que oficia en un edificio cualquiera esta terraza, por ejemplo impostando el tono suave de quien imparte una clase de buenas costumbres a niños babosos? Quizá lo que aquel anciano trataba de comunicarme sin ser explícito era que mi empeño formal era una tontería. Que debía aprender a vivir como había elegido desde el momento en que me acosté con el padre de mis hijos, sin más horizonte que el placer sexual, sin más pretensiones que la carne enamorada. Que debía dejar en paz a todas aquellas que, según qué época de mi vida estemos considerando, he tildado de mojigatas hipócritas por llevar un vestido blanco y hacerse fotos para las páginas de sociales. Que no me mezclara con ellos. Que aprendiera a valerme por mí misma. Que no fuera comodina. Pero siempre me faltó valor para asumir la realidad, no porque la desconociera, sino porque no me gustaba. Quise quedarme con un hombre que siempre supe que no me pertenecía. Quise casarme con él para quedármelo, a sabiendas de que ningún papel, ninguna persona, pueden garantizar nada que deba nacer del corazón. Quise obligarlo a permanecer a mi lado explotando su culpa: por no ver a sus hijos, por gozar del sexo con otras, por mentir cuando yo era la primera en exigir mentiras. Quise recoger buenos frutos de siembras envenenadas. Hace mucho tiempo, sin embargo, que no me siento fracasada por estar sola. El sacerdote de mi boda habrá muerto, pero estaría orgulloso de ver que me he convertido en una persona que sabe estar consigo misma, que abraza su soledad, que no rehúye su naturaleza. Me sobreviven una gran cantidad de impulsos hipócritas, desde luego, as old habits die hard: he felicitado efusivamente a los novios, he regañado a mi hijo por deslizar un comentario ácido con el que estaba perfectamente de acuerdo, he repetido clichés estúpidos cargados de palabras como para siempre, amor eterno y otras memeces de parecida ralea, que tienen prisa por manifestar lo que sólo el tiempo, una vez agotado, puede corroborar o desmentir. Pero ya no me molesto en consistencias porque creo que la edad me da derecho a hacer y decir como me plazca.   
[...]
Hubiese querido que mi amigo levantara la mano en aquel momento e interrumpiera al juez de lo civil para exhortarlo a mantener un discurso laico, afeándole la conducta por haber dicho que el matrimonio era para toda la vida, con fines de procreación y, afortunadamente, entre un hombre y una mujer. Que diese ejemplo de consideración para con quien lo ha apoyado y de convicciones firmes sobre la libertad sexual que el Estado garantiza. No lo hizo. Jamás lo ha hecho nadie por mí. Nunca es el momento ni el lugar, nunca es oportuno. Él, encima, no tiene convicciones firmes de ningún tipo. Por eso se casa: porque aunque considere todo esto una estupidez, no es una persona de muchas luces ni capacidad para defender un punto de vista. 'Que se haga lo que otros quieren en tanto no me afecte demasiado', parece decirse. La ropa que otros escojan, los pasos que ellos decidan, el orden que mejor les parezca, las palabras que quieran pronunciar. 'Que la vida nos sea leve', su máxima: en el trabajo, en la casa, en sus amistades. Yo me estoy separando, pero si no lo hiciera, la nueva pareja nos extendería el mismo tratamiento que otros matrimonios con los que nos hemos relacionado: una mezcla de conmiseración y tolerancia, como si nuestra homosexualidad fuese disculpable en tanto se parezca a su heterosexualidad. Serán cordiales en tanto sigamos siendo una pareja discreta y vieja donde ya no se adivine el sexo y se eviten especialmente cerca de los niños todas las referencias a que somos algo más que muy buenos amigos. Agradecerán que no nos toquemos más de lo indispensable, aún en nuestra casa, porque eso sólo es tolerable entre un hombre y una mujer; en cambio nuestra relación por llamarla de algún modo no se ve bendecida por los hijos ni goza de ningún certificado que la garantice para toda la vida. Adivinan que el sexo, con ser importante para todos, lo es mucho más para un homosexual. Que la única temperancia radica en tener una pareja con la que imitar uno y cada uno de los clichés matrimoniales: el aburrimiento, la agresividad, la posesión, los celos. Esa es mi única opción de legitimidad, la única fuente del así llamado por ellos respeto. ¿Cómo van a tratarme ahora que me separe de mi pareja? ¿Cómo van a sobrellevar el hecho de que siga teniendo vida sexual? En las palabras, conozco su respuesta: "es cuestión de cada quién", "eso no nos incumbe". Las conozco porque son las mismas que se han empleado por siglos y siglos cuando se renuncia a matar por la vía activa y se escoge la acomodaticia: él la estrecharía contra sí mismo por el hombro al verme pasar camino a un campo de exterminio la estrella rosa en mi pecho, esposado haciendo una mueca comprensiva como de "qué lástima". Y seguiría con su vida. Mi amigo. Como si nada.
[...]
Love fades, le dice una mujer mayor de paso a Alvy Singer cuando acaba de separarse de Annie Hall. Y puede ser que sea verdad, pero yo no he dejado de sentir que él es mi pareja. No me importa que no tengamos un acta en donde conste. No me importa que él nunca haya aceptado limitar su vida sexual a la nuestra ni que ésta, eventualmente, haya desaparecido. No me importa haber sufrido los hachazos terribles de tres o cuatro enamoramientos que llegó a padecer, por fortuna sin éxito, ni este último cuya intensidad y peligro percibo tan claramente que exacerba mi irritación. Comprendo que esto no es un matrimonio bendecido por una de esas bodas como a la que está asistiendo en estos momentos yo debería estar ahí porque soy su pareja— sino una relación libre basada en la voluntad de las partes. Una libertad que no ha de usarse para enamorarse de alguien más. Una voluntad que sólo puede ser la de continuar juntos. Él ha querido razonar conmigo, hacerme ver el sinsentido de mi conducta que no puede llamarse a engaño ni puede pasar por encima de lo que él quiera. Pero yo he reaccionado como una mujer despechada que unos días quiere prenderle fuego a la casa y otros cortarse las venas. ¿A mí qué me importa el carácter contradictorio de mis palabras y los silogismos y las demostraciones lógicas si lo único que deseo es que sigamos juntos a costa de lo que sea? Hace años que somos infelices, lo sé, pero estábamos en paz, tranquilos. Él dice que se estaba muriendo, pero exagera, y si he de ser sincero lo prefiero muerto a mi lado que respirando la vida del aliento de otro. Entiendo que mi conducta está minando inexorablemente aquellas partes en donde radicaba nuestra fortaleza: si no en un pene y un ano, sí en la comprensión; si no en un sudor perverso, sí en la profundidad de nuestro conocimiento del otro; si no en la ligereza del amante, sí en el discurso de nuestras conversaciones que ahora descienden dolorosamente hasta el zipizape propio de una chabola. Él me recuerda las muchas ocasiones en que estuve de acuerdo con él, juzgando impunemente la vida de los demás, estos que ahora se casan, por ejemplo, prolongando la vida de esa vetusta institución que es la familia y empoderando a las instituciones religiosas con una irracionalidad tal que supone dar la espalda a asuntos más prácticos y urgentes, idiotas que juegan a ser príncipes de un reino bananero de betún y terciopelo para levantarse en una vecindad al día siguiente del dispendio. Le asiste la razón. Pero es su razón, no la mía. Yo estaba dispuesto a casarme por las vías que estuvieran disponibles si él lo hubiera propuesto; a una vida social más superficial si su carácter así lo tolerara; a una existencia de criterios más simples en donde no hubiésemos tenido que reflexionar tanto ni tan sesudamente, ¿para qué? Que él escogiera pasar por intelectual, adornar su apetito sexual de razones matemáticas, citar los trabajos de tal o cual novelista, la biografía del científico equis, para justificar irse a pasar las noches con un cuerpo veinte años más joven, es una hipocresía que sólo nos ha hecho infelices. Vaya hombre ridículo y desubicado, vaya imbécil, pretender hacer pasar algo tan vulgar como el apetito sexual por una experiencia de primer orden en lo intelectual, sensual y espiritual; pretender hacerme sentir vergüenza de mi comportamiento recordando los escándalos de Elena Garro contra Octavio Paz, de Mia Farrow contra Woody Allen. Citar a Vargas Llosa, a Coetzee, a Marías. Hablar de condiciones para crear y trabajar, para pensar y sentir, ¿eso qué tiene qué ver con un matrimonio? Que no lo somos, vale. Que ellos estaban casados. ¿Pero acaso no lo estábamos nosotros a fuerza de convivir? ¿Por qué tenía que dar por sentado que estaba de acuerdo con sus puntos de vista sobre la libertad? El amor como un regalo y no como compromiso. El amor como gratuidad y no como construcción. El amor como inocencia que no envejece. Tonterías. Ya lo verá cuando se le ponga la proa en esa aventura suya y se le pondrá. A ver si sigue hablando de libertad. A ver si la razón lo consuela.
[...]
Lo he estado esperando toda la tarde entre la tarea y la pornografía. Por la mañana dormí. En la boda se ha divertido como loco, bailando y bebiendo como si no hubiera mañana. He quedado con una chica por Facebook para más tarde. Calculo que él se irá sobre las once...
Casarse: qué idea más bonita.

jueves, marzo 16, 2017

Papilla para bebés

Solía la gente adulta de otros tiempos comprender que la capacidad para escandalizarse era propia de los muy jóvenes o muy ñoños; que la gente peor educada era justamente la más supersticiosa, la más cargada de prejuicios, la más visceral; que a esa gente burra no le asistían las luces necesarias para distinguir una vulgaridad llana de un comentario sesudo, por lo que serían capaces de volver a poner en el estante al Quijote mismo si descubren que Cervantes utiliza la palabra puta o sacar el DVD del reproductor porque esté teniendo lugar un incesto de ficción. Hoy no es así. La corrección política ha convertido al lenguaje en papilla y al mundo en un sitio poblado sólo por bebés de piel muy delicada, niños a los que hay que cuidar eternamente para que la adultez nunca llegue a ellos por ningún medio. Las personas educadas ya no proceden sólo a ignorar juiciosamente la ñoñería circundante, sino que le prestan oídos y, todavía más, le proporcionan altavoces para que su griterío llegue más lejos. Las redes sociales encabezan la lista de medios capaces de multiplicar la imbecilidad.
Dejemos aparte las teocracias islámicas en donde mantener el carácter primitivo de las opiniones públicas es cuestión de vida o muerte; dejemos asimismo de lado las dictaduras de distinto cuño cuya capacidad para tolerar opiniones divergentes siempre fue baja; ¿por qué la secularización de occidente se ha detenido ya no frente a la religión —ya sólo nominal, ya sólo indicativa— sino frente a la inmensa capacidad humana para la hipocresía y el autoengaño? ¿de qué sirve dejar de ser católico si se opina lo mismo que cualquier cristiano en materia de moral y buenas costumbres? ¿no es precisamente la praxis moral el reflejo de una mentalidad que la eliminación de las formas más externas del culto dejan intacta? ¿no es la corrección política la misma beata medicina con un sabor diferente, un sabor a modernidad impostada, a vanguardia retrógrada? Si el que se dice ateo y el que se dice creyente tienen el mismo comportamiento frente a la homosexualidad, el aborto o la literatura, ¿qué relevancia puede tener la etiqueta?
Los novelistas franceses del diecinueve solían armar historias complejas de las que salía uno convencido de que las cosas casi nunca son lo que parecen. Sus personajes más ingenuos dan por inmutable lo escurridizo y pagan con desengaños su candidez; los más astutos, en cambio, no dudan en tergiversar una y otra vez sus definiciones según convenga a sus intereses, siempre con una carta bajo la manga para escapar, así sea por los pelos, de la rendición de cuentas. El ascenso del capitalismo y la hegemonía estadounidense echaron mano de la sagacidad inescrupulosa de aquellos personajes novelescos para convertir las áreas más distantes de la actividad humana en terreno fértil para los negocios: ya no sólo empresas o fábricas, sino también escuelas y hospitales, academias y beneficencias, sucumbieron al predominio de gerentes que, coludidos con autoridades, proponían certificaciones sin cuento por las que cobraban jugosas comisiones. Son ellos los principales beneficiarios de que cada vez más gente, principalmente los jóvenes, cultiven la habilidad de esconderse en argumentos falaces y contradicciones abiertas; son los hombres de negocios los que están cobrando día con día porque más y más personas deseen permanecer en la infancia y se les proteja de responsabilidades y asperezas. No les importa cargarse al planeta entero con tal de mantener un consumidor solitario, inseguro, de categorías movedizas, al que se le puede vender lo mismo condones que vírgenes de plástico, al que se le ha de mantener hipócrita sin que sienta el menor asomo de culpa o asco.
Los gerentes o sus adalides promoverán el galimatías de los valores, esa forma difícilmente laica de lo que antes promovía la religión. Lo promoverán sin ninguna convicción con tal de seguir cobrando a un público adocenado y cada vez más ignorante, incapaz de distinguir cuando le están administrando una pastilla de mojigatería o un bocado de verdad, un público consumidor al que se mantiene despreocupado de sus contradicciones, aliviado de la tarea de pensar, protegido contra cualquier atisbo de cultura que los eleve, aunque sea ligeramente, por encima del suelo. Da igual si son universitarios o analfabetas porque los gerentes tendrán mucho cuidado de que se vuelvan indistinguibles en lo esencial: autómatas de pulgar en la boca, sus vidas jalonadas por las pasiones más vulgares, primitivas, la satisfacción irresponsable de los deseos más inmediatos que permitan arrebatar a la existencia su misterio y profundidad. Querrán que duerman desde ya luego de entregar sus tarjetas de crédito, que estén muertos en vida y no deseen que los despierte una palabra disidente —chingado— una idea perturbadora —libertad— una realidad agazapada —enfermedad— un destino seguro —muerte.

sábado, marzo 11, 2017

Airholes

La encontraron sin vida, recargada la cabeza sobre el inmenso volante al que había bañado con un vómito espumoso y sanguinolento, el pelo revuelto y unas improvisadas cortinillas hechas con blusas cubriendo los cristales laterales; el bote de pastillas en el asiento del copiloto, tres o cuatro derramadas sobre el asiento y un par sobre el piso alfombrado del Chevrolet Delux cincuenta y dos; en la entrepierna un polvo marrón que luego se supo también había ingerido. Raticida. Era el jueves once de marzo de mil novecientos setenta y uno. Los estudiantes que entraban y salían de la Normal la descubrieron: al principio girándose para ver por segunda vez aquel auto de extrañas cortinillas improvisadas, luego convenciéndose de que no se trataba de una mujer llorando al volante, finalmente dando golpecitos sobre los cristales para que ella abriera e, incrédulos ante lo que veían, llamando a otros hasta que se formó un tumulto. El policía de la glorieta cercana llamó a una ambulancia y, con ayuda de un estudiante, forzó la portezuela. Apenas abrirla, el brazo izquierdo de la mujer bajó desde el volante hasta caer inerte a su lado, como apuntando algo en el suelo, lo que causó que algunos de los presentes recularan. Un murmullo sucedió al silencio estupefacto. Sin atreverse a tocarla ni siquiera para, rodeando su espalda, abrir la portezuela derecha, el policía y el estudiante forzaron esta última desde fuera y apareció en la guantera el nombre de la dueña del auto: la señorita Eduarda Michel, que luego se supo no era la muerta. Antes de que llegaran los paramédicos ya estaba un fotógrafo encandilando a los presentes con el flash, pues empezaba a obscurecer. El policía le afeó la conducta y el otro le mostró un carnet de prensa. Los paramédicos apartaron a ambos luego de abrirse paso entre la multitud. Alguien gritó: "¡Esta mujer está muerta!".
[...]
¿Y qué si hubiera notado algún signo? ¿hubiera procedido entonces a vigilarla? ¿contratar a alguien para que le impidiera hacerse daño? En el entierro, ensimismado detrás de mis gruesas gafas de pasta, atusándome el bigote entrecano de vez en vez y sin ganas de llorar, me venía el recuerdo recurrente de mis diálogos con el detective que, dicho sea en su honor, siempre intentó orientarme acerca de las limitaciones de sus servicios: 'Mire caballero, no vaya Usted a interpretar lo que le voy a decir como un discurso de intenciones didácticas ni como una falta de respeto a sus deseos, menos aún como una cínica falta de profesionalismo de mi parte: Usted me ha contratado y he de cumplir escrupulosamente con mis compromisos: tendrá la información que busca, se lo puedo garantizar. Pero aunque la deontología de mi profesión no lo exija, considero mi deber explicarle lo que quizá ya sepa: que el que busca la confirmación o desmentido de sus sospechas ya ha decidido cuál es la verdad o, por lo menos, la verdad que importa. Usted ha acudido a mí porque sospecha que... ¿Felicia? Sí, que Felicia, su amante, veinte años menor que Usted, mujer independiente hasta donde lo permiten los tiempos que corren, presuntamente incapaz de decidirse a ser su esposa legítima (lo que a Usted, al ser casado, lo obligaría a divorciarse), pero también renuente a abandonar el papel de amante, le engaña. Supongamos que es verdad: entonces la deja sin miramientos, ¿correcto? Supongamos que es mentira: Usted tiene motivos para dudar y, en el fondo, le da igual que la realidad los confirme o no, porque lo que Usted desea ya lo decidió: quiere terminar con ella. Usted parece un hombre razonable, es un comerciante exitoso, sabe bien, por lo tanto, lo que significa decidir con base en realidades. Sabe además que muchas de esas realidades no son explícitas, que debe confiar en su intuición, en su capacidad para entrever las posibles veleidades y faltas de carácter de sus clientes, en suma, que cuando algo no huele bien es por algún motivo, da igual si atribuíble a ellos o a Usted porque lo que importa es su tranquilidad: nadie que sea exitoso construye sobre desconfianzas. Así que independientemente de lo que esta investigación arroje, Usted ya sabe lo que quiere: deshacerse de ella como única forma de borrar las dudas con las que se ve obligado a lidiar. No espera ningún esclarecimiento porque ya habrá hablado de todas las formas posibles con la susodicha y el resultado de dichas conversaciones lo habrá dejado insatisfecho, ¿no? Hay algo en el carácter de... ¿Felicia? Sí, Felicia, algo que no termina de convencerlo ni va a hacerlo ya. Por eso me está contratando: como el último recurso para apoyar en datos positivos una decisión tomada: borrar las sospechas eliminando a la fuente de las mismas. Guardadas las proporciones, mejor hubiera contratado un francotirador.'
[...]
'¿La señorita Eduarda Michel? Me temo que ha ocurrido una desgracia. Voy a necesitar que me acompañe.' Eso fue lo que me dijo el policía que llegó a casa cuando empezaba a anochecer. Yo me encontraba todavía en ropa de calle, así que no tuve que cambiarme para salir, apenas coger el bolso y arreglarme el cabello un poco. Tuve la previsión de echar las gafas oscuras, como presintiendo que me esperaban largas horas de llanto, pero hasta que llegué a la morgue siempre pensé que Felicia había tenido un accidente a la Jane Mansfield (era imprudente para conducir) o que, en vez de ir a estrellarse contra un camión, se habría salido de esa peligrosa avenida que abrieron a un costado del canal de Atemajac, bebida como solía estar de whisky o vodka o tequila, a veces cerveza. Y es que Felicia no tenía carácter para decidir nada, decía que con extraordinaria facilidad, aunque ese sí tuviera la misma falta de convicción que sus no, un ser blando e inconsistente que nunca halló su lugar en la vida. Bien es verdad que trabajaba, que era de las pocas mujeres independientes con apenas veinticinco años, que su fachada hacía suponer a una mujer de mundo que, en el fondo, no existía. Pero estaba hueca, por más que me apene decirlo. Quererla como la quise yo, ser su amante, traía aparejada una buena dosis de frustración, la inquietud permanente de no tocar nunca tierra firme, de ahogarse a veces y salir a la superficie sin que ningún islote, ninguna marca en el horizonte pudiera servir de referencia. En la cama parecía encontrar la concentración que le faltaba en casi todos los órdenes, pero aún su placer se veía ocluido por su insalvable inclinación a la impostura: te amos prodigados sin ton ni son, caricias que pretendían volver denso lo volátil, miradas extraviadas de quien haciendo lo que hace está aún intentando responder por qué. Pobre criatura. Su cuerpo desnudo y recién lavado descansaba en una plancha metálica de la morgue, esperando que yo la reconociera, que llenara los papeles necesarios mientras llegaban sus padres desde Sinaloa, que no tomara en cuenta sus uñas de pintura descarapelada ni las marcas de cortes en la entrepierna. Sus labios estaban obscuros y medio mordidos, ¿quizá de nuestro encuentro de hace dos noches? Habíamos hecho el amor apasionadamente (al menos yo) y, cuando terminamos, noté el brillo de la sangre en su boca. 'Mira lo que te has hecho', le dije. Sonrió, complacida. Comprendí pronto que era inútil preguntarle si deseaba vivir como yo o si, como todas las chicas de su edad, querría casarse y tener hijos y llevar una vida matrimonial más o menos convencional. Nunca supe si le gustaban los hombres, porque hasta eso le parecía difícil de contestar, sus respuestas siempre esquivas, equívocas, retorcidas. Evité las discusiones con ella porque no conducían a nada: no tenía memoria, no tenía ideas, copiaba todo de aquí y de allá formando mezclas frágiles que se descubrían rápidamente inconsistentes, revueltas. No descartaba que muriera por mano propia, pero sólo por estúpida, por distraída: una colilla de cigarro en la cama, un quemador de la estufa de gas que se queda abierto durante la noche, la ingesta de alimentos echados a perder que a veces solía dejar fuera de la nevera por días enteros. No era toxicómana, pero como no sabía decir que no, ya había probado la coca y la mariguana, los hongos y el hachís, repitiendo únicamente cuando algún amigo traía y siempre que se le ofreciera. 'Bueno', solía ser la respuesta con que asentía a todo, cediendo. Pero de ahí a que se suicidara activamente como quedó asentado en el informe policial, me sorprende. ¿Habrá sido este su único acto de autoafirmación en la vida? ¿Decidir sobre su propia muerte? No me convence. Ni siquiera sabía estar deprimida. Durante el entierro vi a un hombre anotar algo en una libreta.
[...] 
Felicia era muy hermosa, pero no estaba bien de sus facultades mentales. Es un error muy frecuente creer que todos los que nos rodean están en sus cabales. Que el asesino, la ninfómana, el sádico, están todos en otro sitio y no por aquí, quizá al lado, quizá cruzando la acera. Que si están cerca no estarán trabajando ni siendo padres de familia ni amantes ni amigos. Que, igual que con los retrasados mentales, nos daremos cuenta de los signos externos de su trastorno, y obraremos en consecuencia: como a los retardados no les tomaremos en cuenta sus faltas y estaremos siempre a resguardo de lo que hagan, sin esperar nada normal o sin asombrarnos de que ocurra lo inesperado. Cuando empecé a vigilarla encontré sus rutinas bastante ordinarias y conformes a lo que mi cliente había mencionado. Hasta que apareció la señorita Eduarda Michel. La señorita Eduarda Michel era una distinguida lesbiana de casi cincuenta años que había ganado un gran prestigio como cantante de rancheras, escritora en los últimos diez años, soltera empedernida que alardeaba de sus conquistas, entre las que se contaban no pocas mujeres casadas. Alguna vez ella lo estuvo también, pero del hombre que se atrevió a meterse en ese berenjenal nadie sabía nada. Felicia y Eduarda se visitaban con frecuencia, hacían el amor (tengo unas fotos magníficas), salían a cenar o a caminar por el Agua Azul sin atreverse a darse la mano, por supuesto. Pero por alguna razón, no informé a mi cliente de lo que ocurría.
Como traductora que era, la oficina en la planta baja de su casa, a Felicia la visitaban mujeres y hombres diversos que, como documenté muy pronto, no llevaban ningún texto a traducir, sino que acababan en la cama de ella y le dejaban cuantiosas sumas por toda clase de sevicias. Empecé a experimentar una mezcla de excitación y celos, un deseo irrefrenable de protegerla y a la vez desenmascararla. Un buen día, seguro de que estaba sola, entré como un cliente más. Cuando nos vestíamos y ella me acompañaba al recibidor diciéndome cuánto habría de cobrar por aquel servicio, saqué de mi portafolios las fotografías e informes que sobre ella había elaborado. Enloqueció. Con suma calma la sujeté, le tapé la boca y la asfixié con uno de los cojines del sofá, apretando firmemente, pero sin violencia. Luego medité con celeridad lo que había que hacer: los barbitúricos de mi mujer, el raticida en su cocina, el Chevrolet Delux... 
Mi cliente respira tranquilo en compañía de su esposa. La señorita Eduarda Michel se ha puesto una borrachera monumental donde ha cantado muchas rancheras y luego se ha acostado con otra. Los padres se llevaron el cuerpo de Felicia a Sinaloa. Por entre las rendijas de mi ventana se cuela el aire fresco de la madrugada.

lunes, febrero 13, 2017

Los muros sublimados

Existe un portal de dos carriles, uno por cada sentido, con una caseta en medio, donde día y noche está instalado un guardia que levanta y baja el par de plumas del acceso. El perímetro está cercado por un muro al que le ha faltado mantenimiento: quien lo recorra encontrará algunos agujeros detrás de una hierba seca y crecida por los que puede pasar un niño o un hombre menudo. Es por ello que algunos vecinos nos hemos organizado para pagar, además de los guardias de la entrada, un velador que apostamos en la cuadra con una macana y un silbato. Ni los guardias ni los veladores me producen confianza, pero si no contáramos con ello me sentiría menos segura. Una termina por acostumbrarse a su presencia como si del paisaje se tratara: las jardineras de la entrada, la cerca electrificada del vecino, los vigilantes. Cuando era niña vivíamos en el centro de la ciudad, en el callejón Haití, cerca de la panadería Correcaminos que todavía existe. Ni los callejones ni las anchas avenidas estaban cerradas. Mi madre dice que quienquiera que hubiera pensado en cortarlas por medio de una barda habría sido tildado de loco. Ella está loca. Ricos y pobres ha habido siempre, dice, pero entonces compartíamos el espacio y podíamos mirarnos a los ojos. Sólo de pensar que alguno de los mugrosos que cuidan el lugar me mira, me siento morir de nervios. A mis hijos les he prohibido hablar con ellos.
[...]
Por supuesto que nos horroriza la propuesta del Presidente Trump. Este no es un país de muros, sino de sana convivencia, como lo prueba la televisión poblada de mexicanos rubios e hirsutos. Nos sentimos libres de viajar a cualquier rincón de nuestro bello país: en carro, en avión, en autobús, cada uno lo hace según sus recursos. Naturalmente que hay sitios peligrosos, pero eso es normal y todas las personas decentes sabemos cuidarnos: nos ahorramos la sierra para evitarnos la desagradable sorpresa de hallar troncos sobre la carretera que nos hagan detenernos, ser secuestrados o dejados a pie en el sitio o, peor aún, con un tiro en la sien; nos ahorramos esas carreteras rectas y polvorientas donde podemos ser vistos desde varios cientos de metros y reportados a las gavillas de bandoleros que asolan los puntos más solitarios del valle; preferimos no entrar en la zona controlada por la guerrilla cuando viajamos al sur, pues aunque no son agresivos —menos cuando viene alguno de nuestros amigos extranjeros con nosotros— nos intimidan sus armas largas con las que nos piden cooperación; hacemos visitas a las ruinas de ese maravilloso cerro afuera de la ciudad más famosa del altiplano o excursiones al volcán y sus lagos aledaños, sólo en fechas señaladas, cuando ni los burócratas más agresivos ni los estudiantes más rijosos ni las policías más feroces tienen tomada la carretera. Pero ¿un muro en la frontera? Ofende nuestra dignidad.
[...]
He notado que en las grandes ciudades —y esta va camino de convertirse en una— las personas protegen sus propiedades y patrimonio con alarmas, alambre de púas, paredes elevadas rematadas con botellas rotas, jaulas con diseños como eufemismos del miedo, perros embravecidos y cámaras de vigilancia. Todo eso está bien porque no se puede vivir en paz entre tanto delincuente, pero conforme un asentamiento humano madura, se especializa. Quiero decir que a todo lo anterior se suma la geografía social y física que va poniendo a la gente en su lugar: las personas decentes se van alejando paulatinamente de la chusma y la parte más degradada de ésta va a su vez desplazándose hacia los márgenes opuestos del espacio público. A veces un río ayuda, desde su fundación, a separar las escalas sociales, como un eje que marca el cero dejando al poniente a los pudientes y al oriente a los que por alguna razón encuentran agradable hacerse llamar humildes. A veces ese río se convierte en una calzada muy transitada y permite que esta separación perdure. Eventualmente se hacen necesarias otras avenidas subsidiarias y, tarde o temprano, los muros, los muros que claramente marcan el fin de una especialización extraordinaria, una evolución natural. Los desean no sólo los más adinerados, sino también esa frágil clase media pauperizada que vive temerosa de perder lo poco conseguido. Proliferan así colonias enteras —cotos, les llaman por alguna razón— en que con materiales cada vez más baratos las constructoras venden cientos de viviendas miserables a personas convencidas de que un mar de miseria cercado es un paraíso exclusivo. Los dueños nunca se atreverían a poner un solo pie en esas obras por las que los felicitan los políticos: todos ellos ya cobraron.
[...]
También las empresas e instituciones tienen a bien encerrarse en parques industriales o zonas con tránsito restringido. Para eso son privadas, supongo. En ese sentido puede que al Presidente Trump le asista el derecho de amurallar lo que ahora es suyo. Me molesta, sin embargo, que ello vaya a interferir con mis periódicos viajes a los grandes mall del otro lado de la frontera: aquí no puede conseguirse ropa tan barata ni de tan buena calidad; los electrodomésticos ni se diga. Compartiendo la molestia con mis amigas, alguna se ha atrevido a decir que el Gringo no hace sino proteger lo suyo como hacemos nosotros con lo nuestro, aquí en la zona residencial con perímetro cercado. Como si nosotros fuéramos delincuentes. Como si nosotros no fuéramos al otro lado a gastar dólares. La misma amiga me hace ver lo que yo —que también tengo un marido a cuyos viajes a Europa he acompañado— ya sé: que allá ninguna calle está cortada; que no existen los cotos aunque haya barrios de mala muerte en la banlieue parisina; que ellos efectivamente pueden viajar a cualquier sitio sin temor a que repentinamente termine la jurisdicción del Estado. Puede ser. Pero prefiero ser reina aquí —con mis vehículos todo terreno, mis sirvientas y vigilantes, mi jardín que gasta el agua que no tenemos y al que resguarda la cerca electrificada— a ser una cualquiera en aquellos países donde se mezcla todo el mundo.
[...]
Qué asco.

miércoles, febrero 08, 2017

Autocensura

Oisive jeunesse
À tout asservie
Par délicatesse
J'ai perdu ma vie.
-Arthur Rimbaud

Detesto la palabra discreción. Es un viejo defecto de crianza: en mis primeras escaramuzas sexuales allá por principios de los años ochenta, solía pedirse discreción en cualquier encuentro. 'Sé discreto', 'que no te vean llegar', 'que no te vean salir', 'no alces la voz', 'habla discretamente'. Cuando terminó la adolescencia hubo que ser discreto en la escuela, el trabajo, la institución, el círculo de amigos, la familia, incluso en la casa cuya renta pagaba íntegramente y con puntualidad: 'aléjate de la ventana, no hay que ser indiscretos', 'no hagas tanto ruido, que van a escuchar los vecinos'. Tuve algunos amigos que me querían tal como era. Pensaban siempre en mi bienestar y me recomendaban discreción. 'Aquí puedes hacer lo que quieras, ya sabes, somos abiertos y la vida de cada quién es muy respetada, nomás que no te vean y polariza los vidrios de tu carro, cabrón, para que puedas hacer tus chingaderas a gusto'. O también: 'Están invitados a comer, tú y el otro, nomás que va a haber niños, así que les pedimos discreción'. O mejor aún: 'Nos gusta que vengan, no son escandalosos ni llamativos, son una pareja estable'.
¿Era discreto Maximiliano? Lo he hecho mujer en el guión. ¿Era discreta Carlota? La he convertido en Karl. Juárez se habría escandalizado de atribuir al barbas de oro la inocencia de un alma romántica que cobraba su sueldo en oro defendido por las bayonetas francesas. Yo también. Esta obra no es de Schiller ni de Thalheimer, sino mía. Les he dicho lo otro a fin de que no me cuestionen demasiado ni hagan de esto un trasunto autobiográfico, nada de un roman à clef.  Karl hereda la personalidad de Maximiliano y hesita, ya no sobre si aceptar o no un matrimonio forzado con Carlota, ya no sobre si aceptar el Reino de Lombardo-Véneto gobernando desde el palacio de Miramar cuya construcción no terminará de pagar nunca, ya no sobre la ambición detrás de acudir allende el océano para ser proclamado Emperador y no pagar sus deudas europeas ni sobre la mejor manera de acallar los rumores pasando unas noches más en la cama de la Emperatriz, no. Como el malogrado káiser von Mexiko, Karl hesita sobre la mejor manera de ignorar lo que debe y seguir ganando, sin centro ni brújula, como un trozo de madera que flota en el mar. Vive en Viena y sueña con Miramar. Vive en Miramar y sueña con Chapultepec. ¿Quién puede asomarse a este abismo sin caer? No ciertamente Maximiliana, que ha pensado en un principio —igual que Carlota, igual que Amadita Díaz— que se hallaba frente al hombre ideal: guapo, inteligente, con ese aire romántico que explica lo que otros consideran una falta de carácter. Ahí donde los demás ven tibieza, Maximiliana ve suavidad; donde se señala cursilería, romanticismo; donde hay inconsistencia, carácter soñador. No pasa mucho tiempo antes de que ella se sienta insatisfecha: Carlota deplora la falta de ambición y la poca alcoba hasta enloquecer en el Vaticano, Amada se enajena hasta el punto de considerar como chisme lo que todo mundo sabe sobre Nacho de la Torre. La discreción, que de la mano izquierda se pasea feliz con lo que no se quiere asumir y con la mano derecha sujeta firmemente a la mentira, empieza gradualmente a extender su velo protector sobre todos los personajes involucrados. La sociedad aprueba que se le tenga consideración. Los distintos actores están de acuerdo en mantener el anonimato del tercero y de pedir, como hiciera Porfirio Díaz con su yerno, discreción. ¿Aquellos eran otros tiempos? La historia romántica de Karl y Maximiliana parece sugerir que no.
Pero eso es ficción. Las parejas estables son discretas y gozan del buen crédito siempre que no se exhiban demasiado; los que permanecemos solteros, en cambio, somos lentamente empujados a los márgenes de la sociedad. Nunca fui mejor considerado que cuando tuve esposa. Cuando me divorcié lo fui un poco menos. Cuando las evidencias de mi actividad sexual u orientación les parecieron excesivas, mis viejas amistades me fueron empujando a la puerta de salida y las nuevas me fueron llevando de la mano a los sitios que me correspondían: la noche en vez del día, un callejón obscuro en vez de la avenida, el bar donde se pasean travestis y drogadictos en vez del antro en donde sólo puedo presentarme con una vieja neumática agarrada de la cintura. Llegado el momento, si las faltas a la discreción se vuelven excesivas, me echarán de mi trabajo. Puedo acabar empujando un carrito con botellas vacías si me da por ser impertinentemente consistente. Mejor escribo los diálogos de estas aburridas obras que hago pasar por dramas de Schiller o Thalheimer y aprovecho la dolorosa inspiración de esos grandes hijos de puta que fueron Max y Nachito, la inocencia irresponsable culpable de tantas muertes desde el principio de los tiempos:
—Dime, Karl, ¿me quieres?
—Con toda el alma, Maximiliana. ¿Por qué lo preguntas?
—Te veo distraído.
—No me pasa nada, ya me conoces: siento y pienso demasiado.
—¿Por qué miras el teléfono?
—Nada en particular.
—Luis Gala no me cae bien.
—¿Qué vamos a cenar?
—Dime, Karl, ¿me quieres?
—Voy a preparar pasta.
(Ella practica un pequeño agujero en el condón mientras él va a la cocina)

martes, enero 31, 2017

Juan's dilemma

En 2003 Alejandro Jodorowsky abrió un sitio en Internet al que denominó Robo para sanar y en el que ofreció consulta a quienquiera que le planteara su caso utilizando esa técnica suya denominada psicomagia. No pasaron ni un par de semanas cuando Alejandro dejó de contestar a todas las solicitudes sin anunciar nada más, pero de aquel período en que yo buscaba respuestas fáciles a problemas minúsculos, recuerdo inequívocamente el caso de una española que decía sufrir demasiado por haberse mudado a Bruselas y no conseguir habituarse a la ciudad. En largas parrafadas trataba de dar cuerpo a su desesperación y en no escasos sitios adulaba a Alejandro en la esperanza de que él, con su penetrante capacidad para analizar casos complejos, resolviera sus dudas. La comida no le gustaba, no había conseguido amigos, su trabajo no le satisfacía, el idioma le parecía complicado. La respuesta del psicomago fue concisa: "Regrese a España".
Años después y con el tiempo detenido, los jóvenes y los viejos sólo se distinguían en que los primeros se aburrían enormemente y exigían ser entretenidos en tanto que los segundos se aburrían enormemente y habían perdido la capacidad de hablar. Los primeros solían llegar al cubículo y, desde una invisible torre de marfil, solicitar ya no mi consejo u orientación, ya no mi opinión o distingo, sino mi aval y aun mi absolución, no desde la humildad del devoto que reconoce a un ser espiritualmente dotado para que su punto de vista sea tomado en cuenta, sino desde la soberbia de quien cree que todos estamos a su servicio y yo el que más por cuanto me apartaba del común denominador de mis colegas y deseaba —quizá como la belgo-española de 2003— largarme de ahí cuanto antes sin acabar de decidirme.
Los colegas, en cambio, viejos por decadencia y no por sabiduría, habían alzado la voz por última vez cinco o seis años antes, cada vez más tímidamente, como quien apenas manifestar una oposición, un razonamiento, una idea cualquiera, comprende desde su mera gestación la absoluta futilidad de aquel esfuerzo y prefiriera entonces ahorrarse el bochorno de poner sobre la mesa un tema que nació muerto y al que no encuentra motivos para defender. Con tiernas patadas de ahogado, hicieron cuanto pudieron por creer que participaban de algo más grande y con sentido, que su espíritu sobreviviría a las sucesivas bajezas a las que la empresa o la institución los sometía día a día, pertinaz en la tarea de convertir en cerdos las almas cuya debilidad ya predisponía a las capas más bajas del reino. Y, en efecto, completado el proceso de domesticación, se dedicaban a imaginarias venganzas por medio de la bebida en exceso y las comilonas vomitivas, a la rapiña de los recursos públicos y privados, a la procreación indiscriminada frente a la cuál había que sostener la peregrina idea de que habría un futuro feliz para todos, aunque el suyo propio ya hubiese colapsado.
Los jóvenes querían ir a España (que nunca habían visitado) o a Noruega o al Japón, creyendo que gastar unos cuantos galones de turbosina a costa del erario público para transportar sus aburridas vidas y su ignorancia hasta otros paisajes, dotaría repentinamente de sentido todo aquello que los perturbaba y los hacía visitar mi cubículo un día sí y otro también. Gastadas las primeras fotos, recobrada la rutina de estudios o trabajo a doscientos veinte voltios o en conectores de punta redondeada, intercambiados rápidamente todos los lugares comunes de una masa internacional indistinguible, ellos considerarían nuevamente que el mundo les había defraudado y exigirían nuevos entretenimientos, seguros de que existe un sitio para ellos donde están las mentes más creativas y los mejores profesores y los empresarios más exitosos y la gente que adorna las portadas de las revistas de negocios, moda o arte. Ya los descubrirían. Ya encontrarían sitio. Ya escribirían al psicomago si volviera a responder. Entretanto, la música suena, bum, bum, bum, día con día, noche a noche, y como pinos van cayendo uno a uno hasta que —descartados los afortunados que por excesos, extravío o accidente, desaparecieron sin envejecer— no queda uno solo en pie: todos terminan almacenados en las cajas que han de procesar las bandas de producción de las empresas e instituciones...
Lo que nos lleva de nuevo a los viejos que quieren volver a España, aunque cada vez lo manifiesten menos o amenacen sólo en fechas señaladas y previo consumo de alcohol, con derribar las estructuras, con liberarse, poner el chiringuito aquel en una playa desconocida cuyo calor y mosquitos no soportarían ni una hora. Dóciles, saludan al jefe. Suaves y melifluos, se abrazan del director, el gerente, se toman la foto en el Departamento de Personal, donde un ejército de psicólogos se dedica a llenar formularios inanes y a solicitar toda clase de datos inocuos. Es la felicidad. No la conoce el psicomago, no desde luego la belga o española aquella que claramente estaba viviendo una transición —tardía— de la juventud a la vejez. Cuando haya llegado, si llega, seguirá enormemente aburrida, pero exhausta. Uno se pregunta si no será mejor que venga Tyler Durden y amenace a esta gente con matarla si no se levanta al día siguiente y hace lo que sea que hubiese querido hacer, si no será sólo así como pueda salir de su sopor y abandonar su estúpido aburrimiento, si no será demasiado tarde y, como corderos, prefieran recibir el balazo que, de una u otra forma, ya han recibido.

miércoles, enero 18, 2017

El reporte

En aquel tiempo, poco antes de que el péndulo del mundo empezara a moverse en dirección contraria, en lo que quizá fue uno de los últimos ejemplos de cómo la libertad del individuo debía predominar sobre los intereses de los poderosos, celebramos en medio de cervezas y con profunda admiración la noticia de que Luis Gala había ganado la demanda a la universidad para exigir que, en apego a su condición de institución pública y laica, las autoridades suspendieran de inmediato todos los mensajes que, cargados de insidiosas buenas intenciones, referencias religiosas y todavía más personales disquisiciones filosóficas, hacían llegar a todos sus empleados un día sí y otro también, por vía de correo electrónico, carteles, mantas, tarjetas postales y mal articulados discursos que denominaban motivacionales y que al susodicho sólo causaban la más profunda depresión y asco.
Su primera inspiración no fue, según explicaba con moderado entusiasmo, combatir el carácter ilegal de esos comunicados con que las autoridades torturaban a sus empleados, bien es verdad que no sólo sin queja alguna por parte de la inmensa mayoría de ellos, sino con su anuencia y aún su aplauso, como suele suceder cuando se opina católicamente entre católicos; su inspiración, decía, fue más bien la espantosa sintaxis y la semántica inane con que estaban confeccionados los referidos mensajes: "Querid@s emplead@s: En el nuevo ciclo disponemos de un nuevo episodio para mejorar de nuevo", "Que haya orgullo y éxito y felicidad, transmitamos los auténticos valores", "Recordamos a tod@s el compromiso que se adquirió para que con la formación moral de nuestros educandos mejore"... No soportaba, decía moviendo de vez en cuando las manos en forma demostrativa, el carácter perverso de estos mensajes que no sólo lo distraían de sus actividades sustantivas, sino que le ilustraban sobradamente sobre las muchísimas entradas del catálogo de idioteces humanas y lo horrorizaban sobre el hecho de que semejantes guiñapos gozaran del crédito público y tuvieran acceso al poder y a presupuestos y a notas de periódicos locales que se hacían eco de sus escandalosas bazofias. En su opinión, taladrar de semejante manera el lenguaje y reproducir aquellas barbaridades no era un acto de burra ingenuidad pueblerina, sino un proceso bien dirigido para dinamitar las bases del pensamiento y garantizar con ello la confusión de masas intelectualmente degradadas. 'Es como la televisión', mencionó, 'que a base de darle y darle con idioteces que pueden parecer inocuas termina por asfixiar la discusión de la cosa pública y alelar a las mayorías; el internet no ha hecho más que multiplicar la idiotez'. 
La discusión legal, desde luego, prescindió de estas motivaciones personales y se centró en demostrar ante jueces (entonces todavía los había competentes), que no bastaba retirar las referencias a dios para que un mensaje se convirtiera automáticamente en algo laico, sino que dicha laicidad se destruía desde el momento mismo en que las comunicaciones oficiales (públicas) aludían a puntos de vista y opiniones filosóficas (privadas), convirtiendo a empresas e instituciones en sucedáneos de la Iglesia o portavoces del Ayatollah. No le duró mucho el gusto, sin embargo, pues pronto las asociaciones de padres de familia, algún estudiante corrupto y unas autoridades educativas con ánimo policíaco, bastaron para ponerlo en la calle con todo y su demanda ganada. Luego le cerraron su pequeño teatro doméstico donde ensayaban obras de Schiller o Thalheimer, un día sí y otro no, luego del anochecer. Entonces, poco antes de partir a Chico, Wyoming, me escribió la siguiente carta en que me compartía las motivaciones biográficas de aquella demanda precariamente ganada:
'Querido K:
Es una pena que hayan cerrado el teatro y que ya no tenga permiso de seguir representando nada: las sociedades primitivas se distinguen por su falta de arte dramático, ¿no te parece? Tú fíjate nada más en las ciudades más periféricas de la civilización: ahí los escenarios son sólo para el folclor o para los comediantes que cuentan chistes malos que consideran picantes; no son capaces de utilizarlos para reflexionar sobre sí mismos porque le tienen pavor a la crítica, seres mediocres atenazados por el temor al ridículo (que ya hacen, de todos modos, por supuesto). Es una tragedia.
¿Te he contado de mi despido? Lo de siempre, ¿sabes? Me ha traído a la memoria muchas otras reuniones similares: la directora de la primaria, los prefectos de la secundaria y el bachillerato llenando los reportes sobre mi persona, los directores de facultad o de departamento de instituciones privadas y públicas, empresas u organizaciones cualesquiera (tan indistinguibles todas) sacando un grueso expediente que dejaban caer pesadamente sobre el escritorio (siempre el mismo); esos cónclaves improvisados y siniestros en donde un grupo de individuos erigidos en jueces echan mano de lo que no tienen empacho en llamar "pruebas" (ese pegajoso lenguaje policíaco) para afearme la conducta, exigirme explicaciones, dibujarme la línea que separa lo correcto de lo incorrecto y que, todo parece indicar, siempre termino por perder de vista.
Les asiste la razón, querido K, porque como bien sabes por la enorme cantidad de palabras por mí vertidas ante tus pacientes oídos mientras bebíamos café o whisky o cerveza, sentados a la mesa de mi comedor o de un lugar que al efecto apenas bastaba para disimular el hecho de que estábamos aquí, esa línea no la conozco.
Me voy. Escribiré pronto. O no. Un abrazo'
Nunca volvió a escribir.

viernes, diciembre 30, 2016

Resistencia

El Señor Gala dio un largo sorbo a su taza de café, pidió silencio, se acomodó mejor en su silla elevada en tanto los demás nos recogíamos más o menos atentos a sus palabras, unos abrazados a sus propias rodillas y otros en parejas inestables o borrosas, y dijo:
"Amigos míos, compañeros, amantes nuevos y viejos, la vida es muy corta como para reprocharle la errática trayectoria que nos condujo hasta aquí, culpa de todos o de nadie, imposible saberlo, lo cierto es que estamos reunidos ahora todos los que sobramos tras las muchas vueltas que dio la vida. No me acompaña mi padre al que llevo muchos años de haberle perdido la pista si es que alguna vez lo conocí realmente, ya lo ven: un día se levanta uno deseando ser el hijo de alguien y al siguiente resulta que ya tiene uno tantas décadas encima que sólo puede ser padre de otros, y perdida queda para siempre la posibilidad de ser hijo de nadie. No me acompaña mi madre porque le aqueja una sociopatía que, pudiendo ampararse en su carácter senil, obedece más bien al conocimiento de la naturaleza humana, ¿cómo podría yo, renegado misántropo, sacarla de su error y traerla a esta o cualquier otra tertulia si éstas ponen brutalmente en evidencia el proceso de enajenación que lleva a la muerte y que no es otra cosa que hallarnos cada vez más rodeados de extraños o advenedizos o transeúntes, subrayado año con año el carácter peregrino de la vida? No están presentes mi hermana con su agradable trato superficial ni mis sobrinas que no cuentan para nada ni mi cuñado en cuya mirada alcancé a percibir, todavía hace algunos años, la convicción frustrante de que el futuro no se parecía a lo que entonces y todavía más ahora recogía. ¿Karl? Karl es un personaje, no se hagan ilusiones. Un personaje tierno y obscuro en mitad de la noche estrellada de Sinaloa, mientras escucho el trasiego de la hierba y los globos elevados como los que en unos momentos más iluminarán algunos puntos de Santa Teresa. Un personaje misterioso cuya nariz no percibe el olor a celulosa de la barranca de Atenquique ni los vapores de la fábrica de aceite a la entrada del Camino Real. Una mano de dedos largos y labios como de pato. Un futuro que recuerdo con precisión. Karl. Entretanto, mis abuelos están muertos. Mi hijo está muerto. Hierba estéril aferrada a la arena del desierto, ni perla ni río de piedras, jamás habría podido siquiera adivinar que esta noche me rodearían ustedes, a quienes el consejo de los años me recomienda no apegarme. Les agradezco la paciencia que han tenido para conmigo durante todo el año y la resignación colectiva a recoger los restos del naufragio que soy yo, dándolos por buenos, sea por desinterés o pudor, tanto da, para luego ejecutar mis instrucciones y aprender los parlamentos e interpretar los personajes, y dejarse llevar por el ritmo hipnotizante de esta obra de Schiller o Thalheimer, tan parecida en su terquedad al estruendo de las olas yodadas de Cuyutlán o del viento de la última curva del camino a Tapalpa. Son malos tiempos, señores, si no lo saben lo intuyen al menos. Este teatro está próximo a cerrar. El tiempo concluyó hace ya muchos años. La obscuridad verdadera no la de esa noche estrellada en mitad de Sinaloa, no la de la sombra de la Peñita de Jaltemba frente a la playa mal iluminada de Guayabitos se extiende como un cáncer e invade aulas y corazones, cerebros y comidas, diálogos y sorderas. Soy empleado de una institución lobotomizada cuyo único objeto es asesinar el espíritu y preparar el cuerpo de sus pupilos para pasar por los engranes trituradores de los hombres de negocios. El morfinómano que la dirige celebra la publicación de excrementos editoriales de maricas travestidos de reyezuelos, el Dr. A prologa al Dr. P., la Dra. E felicita al Dr. Ch. La pirámide cretinizante de hombres que alguna vez soñara Salvador Dalí, donde los pisos inferiores se alimentaban de los excrementos de los superiores, está alcanzando ya la perfección. Como predijera el pintor, la mierda adquiere así la consistencia de la miel, convertidos todos en vías de paso de una maquinaria enloquecida. ¿Qué harán, compañeros, amantes antiguos y nuevos, amigos todos, para protegerse contra esta barbarie? ¿Cómo harán para amar en medio del acelerado apocalipsis en que cabalgamos? Tendrán que resistir. La traición de los inconscientes será siempre inferior a la de cualquiera de ustedes porque ustedes, mucho me temo, ya saben y no podrán engañarse. Ustedes ya saben y tendrán que ser espiritual e intelectualmente superiores para sobreponerse al escepticismo más ácido, producto de los derrumbes existenciales. Sobreponerse a ello es una tarea que no puede cumplir cualquier fe improvisada y acomodaticia. Sobreponerse con realismo a la realidad requiere una capacidad inigualable para soñar despierto. Beware! And, beware! La vida no es sueño, diríamos junto con Lorca. Pero ya os he dado una tabarra tremenda. Feliz año a todos. Os quiero variable y caprichosamente. También puedo olvidaros."
María y yo nos abrazamos enseguida. Nos miramos a los ojos seguros de que llegaría el día en que nada de lo que nos rodeaba estaría junto a nosotros. Ni ella. Ni yo.

lunes, diciembre 26, 2016

La vida de los maricones

Me los he imaginado planeando sus vacaciones sin hacer mucho caso de la Lonely Planet o la Routard, esas guías de turistas en las que no falta una sección dedicada a ellos como si de otro grupo de inválidos se tratara: hoteles gay friendly, códigos de conducta queer según destino, advertencias sobre posibles riesgos. Todo un mundo aparte, paralelo al de la norma, como una hipocresía institucionalizada por la que no sólo pueden sino deben transitar, a fin no ya de que ellos disfruten de su muy discutible modo de vida sino de que los demás podamos tolerarlos sin molestias, reduciendo al mínimo la intersección de nuestros respectivos mundos. Y sin embargo helos aquí, exhibiéndose sin vergüenza en la piscina de un hotel familiar, delante ya no sólo de nosotros sino de los niños, lo que resulta particularmente delicado hasta para la más liberal de las mentalidades. Poco importa a los padres de familia que los especialistas repitan hasta la saciedad que la orientación sexual es innata y no una preferencia, ¿quién puede estar seguro de semejante memez? Con sobrada razón intuimos que la mano del ambiente es larga y si no deseamos ni siquiera la sospechosa amistad de un marica para nuestros hijos jóvenes por muy mayores de edad que sean, menos la deseamos para los niños más pequeños y por tanto más suceptibles de decantarse por aquella opción. No es que tenga nada de malo, por supuesto, pero tanto mejor si puede evitarse; después de todo ¿quién quiere que sus hijos anden en silla de ruedas pudiendo andar? ¡Ni siquiera los inválidos!
Se besaban en la boca, se tomaban de las manos, se pasaban los brazos por el cuello del otro con total desenfado, y aún así estoy seguro de que nos tomaban en cuenta, no digo ya para desafiarnos como pudiera colegirse del hecho de que siguieran a lo suyo, sino por medio de dubitaciones genuinas producto de la educación recibida en casa y continuada en el colegio o la universidad, una educación que si ya no está hecha para la culpa ni para invocar razones religiosas de ningún tipo, se traduce inevitablemente en inhibiciones de carácter psicológico tan efectivas como las de antes; una educación que si no logra impedir acto alguno  —y ese parecía ser el caso de estos dos patéticos enamorados sí penetra en la conciencia tan insidiosamente que les repetirá entre beso y beso: esto no está bien visto, pero debo hacerlo; me miran, pero pretenderé que no me importa. El triunfo último de la decencia es convencer a los indecentes de su indecencia, aunque éstos se empecinen y regodeen en ella, aunque éstos insistan en su normalidad traicionando así el carácter sedicioso de su comportamiento. Después de todo, la decencia es lo que sobrevive, aquello a lo que aspiran incluso los indecentes. Este par querrá ser pareja e imitar en todo a los que somos normales, querrán firmar un acta de matrimonio, querrán tener hijos, se escandalizarán ante las infidelidades y la promiscuidad, celarán y querrán matar a quienes falten a su pretendido honor, andando el tiempo serán una pareja burguesa que mire de arriba abajo a los que como ellos ahora sólo parezcan víctimas de la lujuria. La verdadera aspiración de todo revolucionario es asentarse y luego pasar por la horca a toda la disidencia. 
No nos proponen nada nuevo, antes bien, quieren que los aceptemos y que al hacerlo los normalicemos. Por otra parte, nuestro club, admitámoslo, necesita en estos tiempos pasar por moderno y tolerante. Para ello necesita admitir  —con reservas a unos cuantos de ellos: los menos escandalosos y más estables, los más talentosos y discretos, los que tengan profesiones liberales en las que sean magníficos o bien ejerzan oficios claramente asignados a ellos: diseñadores, estilistas, arquitectos. Así sí se puede convivir, incluso invitar a la casa a comer, pues aún si los niños estuvieran presentes ellos sabrían moderarse: como esos enfermos de gripe que se cubren la boca todo el tiempo para no contaminar, estas parejas ejemplares, conscientes del esfuerzo que representa sobrellevar aún las más superficiales manifestaciones de sus repugnantes deseos, sabrían mirarse asexualmente, no tocarse ni por debajo de la mesa, menos aún besarse cuando estemos reunidos. Su buen comportamiento se vería premiado con la inserción social, incluso podríamos confiarles a nuestros hijos para que fuesen sus maestros o consejeros, pues tendrían el buen gusto de no hablar de su vida privada ni de promover las conductas asociadas a ella. Por eso sólo los que se avienen a nuestras reglas alcanzan los puestos más altos; por eso se cuidan bien de respetarlas en el hospital, en la escuela, en la empresa, incluso dentro de la iglesia: porque todos podemos comprender y tolerar su estilo de vida siempre que se parezca al nuestro y no hablemos de ello en ninguna ocasión; por eso en las reuniones ellos pueden estar juntos e incluso pasar un brazo discreto por el hombro del otro, entendiendo que no pueden hacer lo mismo que nosotros en público, menos aún delante de los niños, como ahora esta pareja irresponsable se ha puesto a hacer en la semidesnudez de la piscina.
No los entiendo. El manoseado argumento de que la civilización grecolatina promovía la idea de que el sexo entre hombres era para el placer en tanto que el sostenido con mujeres era sólo para procrear, amén de la forma en que grupos de jóvenes eran iniciados sexualmente por su maestro, me horroriza tanto como me resulta inaplicable en los cristianos tiempos modernos. ¿No estarían así justificados los sacrificios humanos o el canibalismo? ¿la esclavitud que, después de todo, también era grecolatina? A veces, ante parejas como la que ahora me pone los pelos de punta en esta piscina de hotel familiar, me pregunto por qué no llevan el argumento grecolatino un paso más allá para tomar en cuenta que el iniciador sexual de los efebos no se quedaba al fin y al cabo con ninguno de ellos, sino que se entendía que éstos habrían de desposar una mujer, que su iniciador era sólo eso y nada más. ¿No sería ese un modo de vida más razonable? Que se hagan de novias y esposas, de parejas con tetas genuinas y vaginas verdaderas, y que ya luego si les apetece salgan por ahí con sus compadres a hacer cuanto les apetezca, cubiertos teológicamente por la amplia sombra de las faldas de sus mujeres. Guardar las formas y garantizar la continuidad de la especie. Al fin y al cabo, ¿no son hoy en día las mujeres las mismas bobaliconas de todos los tiempos que, feminismos más o feminismos menos, desean vivir un matrimonio en la práctica donde todos los conceptos sean burgueses aunque se abjure del Vaticano o del reconocimiento legal? La bisexualidad ya no como orientación sino como coartada, menudo remedio...
Como quiera que sea, esta pareja es doblemente indecente por asimétrica. No puede normalizarse, salvo que el hombre sea director de cine o un cantante varias veces detenido por posesión de drogas. Son ellos quienes pueden permitirse meterse con las hijas de sus mujeres, los que tienen el dinero para enfrentar demandas, los pervertidos cuya fama no hace sino acrecentarse con sus excentricidades. Conozco la larga lista de indecentes memorables de los que nos hemos apropiado luego de putearles la vida hasta hartarnos: Wilde, Turing y González de Alba; Mercury, Lorca o Proust; y Almodóvar y Bacon y... este par no es nada parecido. Se besan en medio de la piscina de un hotel familiar al que no iría una pareja respetable o famosa, da igual si en ello hay amor o ternura, si existe un carácter sexual o sólo el repetido contacto de quienes están enamorados. Porque habrían acudido a una agencia de viajes especializada. Porque habrían escogido encerrarse en el gueto gay friendly en vez de exhibirse en un hotel tan mediocre como decente. Porque no tendría yo que llamar a mis seis hijos  —Luisa y Fernando, Gerardo y Martín, Sandra y Lourdes uno por uno, para que salieran de la alberca inmediatamente y dejaran de asistir a aquel espectáculo deleznable. Porque no habría que acudir a la gerencia ni esperar diez minutos a que el encargado saliera del baño a fin de escuchar mis airadas quejas. Porque no habría habido necesidad de mostrarle las fotos que tomé de la pareja. Ellos no habrían tenido que irse del hotel. Ni, si se me apura, ser maricas.