domingo, mayo 26, 2019

Estocolmo

Nunca di por buena una sola de las explicaciones que ofreció mi madre para dejarnos en nuestra propia casa a cargo del matrimonio de mis tíos y en compañía de su primogénito de apenas un año. Se iba para unirse con mi padre, que hacía meses se había establecido en el norte con el pretexto de trabajar, pero que en realidad vivía una soltería para la que estaba sobradamente más preparado que para el matrimonio, por no hablar de su evidente repulsión a la paternidad que en casa le obligaba a ignorarnos y en la práctica motivó que siempre buscara trabajos foráneos que le permitieran escapar. Al final había conseguido que sus hermanos le hallaran trabajo en el norte, lo que sin duda debió considerar la coartada ideal para separarse de nosotros y, al mismo tiempo, impedir que su esposa se le uniera, pues una madre jamás se separaría de sus hijos, pensaba, no contó así con la naturaleza posesiva de mi madre que, acuciada por la arrogancia con que él dejaba pasar el tiempo sin visos de volver y manteniendo la comunicación al mínimo, se decidió a buscarle sin que se lo impidiéramos sus hijos, a quienes primero trató de acomodar con los vecinos del piso de abajo y a los que luego, descartada esta opción por haber encontrado en la vecina una mirada de reproche ante el sólo planteamiento de una anomalía moral semejante, encontró manera de entregar a su hermano mayor a cambio de dejarlo vivir en nuestro piso, una oferta irresistible por hallarse nuestro tío recién unido en segundas nupcias y en graves dificultades económicas. Mi madre me comunicó su decisión el mismo día de su partida, aunque yo intuyera sus planes desde el principio, ya por las visitas que previo a su instalación habían hecho mis tíos al piso, ya por los preparativos para el viaje en forma de maletas y billetes de avión, sus justificaciones fueron escuetas y me hizo responsable con ocho años de edad de inventarle a mi hermana de cinco una explicación para su próxima ausencia. Intentó abrazarme al despedirse y la empujé con odio, los ojos enrojecidos mientras aguantaba las ganas de llorar, así fui abofeteado ahí mismo delante de ella por mi tío, que me advirtió con toda seriedad que no toleraría majaderías semejantes y me ordenó retirarme a mi cuarto al tiempo en que mi madre se daba la media vuelta para bajar las escaleras, mi tío detrás de ella cargando las maletas y mi tía parada en el quicio de la puerta del piso sonriendo enigmáticamente. Desde la ventana de mi cuarto vi a mi madre subir al taxi y a mi tío echar el equipaje al maletero, el carro arrancó y yo me senté sobre mi cama desconsolado mientras veía a mi hermana en la cama de enfrente, distraída con el bebé de mis tíos que se hallaba de pie, todavía inseguro para dar un solo paso. Mi tío demostró ser un hombre disciplinado y metódico que nos hizo a mi hermana y a mí alternar en la obligación de encender todos los días a las cinco y media de la mañana el calentador de agua que se hallaba en la azotea, un cilindro metálico al que alimentábamos con combustibles de aserrín bañado en petróleo y al que había que vigilar por espacio de veinte minutos. Como no atendiéramos su llamado a levantarnos por hallarnos demasiado dormidos o en la modorra, él venía a por el infractor para sacarlo de la cama tirando de las patillas, lo que en no pocas ocasiones causó que mi hermana mojara la cama aterrorizada. Mi tío obligaba entonces a mi hermana a limpiar luego de abofetearla, pero como esto se repitiera cada vez con más frecuencia, él la tomaba del brazo y la arrastraba junto con él al baño donde la hacía sentar en el retrete y la increpaba a puerta cerrada, ante la indiferencia de mi tía que trataba de callar al bebé. Yo desahogaba la tensión nerviosa de aquel ambiente monstruoso masturbándome en el cuarto de lavado de la azotea donde se hallaba el calentador, fantaseando con los niños del colegio y acariciando la esperanza de que ya fuera fin de semana para que nos llevaran a casa de los abuelos, hasta que un día me pilló mi tío y, llamándome asqueroso, me tomó de los genitales y me sacó del cuarto de lavado para hacerme hincar en la azotea cargando una piedra en cada mano. Yo intentaba siempre atraer sobre mí los castigos para que dejara en paz a mi hermana, hasta el punto de que pronto encontré placentera la variedad de correctivos que mi tío me aplicaba, una actividad para la que no le faltaban imaginación ni herramientas, ya fuese el cinturón o la vara de nardo, un cable eléctrico o una soga, incluso hacerme poner las manos unos segundos sobre el cilindro del calentador. Lo odié profundamente desde el principio y él me odió también desde el momento en que se hizo cargo de nosotros, pero sobre todo me detestó por comprender demasiado pronto y sin importar la diferencia de edades, que yo gozaba de una inteligencia superior a la suya, así procuró por todos los medios apartarme de mis libros con la excusa de que me pervertía su lectura, pero también intentó forzarme a hacer deporte sin que mi absoluto desdén lo hiciera desistir de molestarme. En los desayunos en que su mujer servía invariablemente huevos fritos y él nos obligaba a salpicarlos de limón alegando que nos protegía contra el resfriado, disfrutaba con la visión del bebé vomitando la papilla que le hacían tragar o tirando al suelo platos y vasos que solían manchar la ropa de calle de mi tío; él vigilaba nuestra actitud en semejantes ocasiones y castigaba con bofetadas cualquier insinuación de risa. Así tuve la idea tanto de vomitar repetidas veces sobre la mesa del desayuno amparándome en mis frecuentes ataques de migraña, como la de cebarme en el bebé para vengar el maltrato al que mi tío nos sometía bajo la indiferencia cómplice de su mujer. El niño dio con la cabeza en el suelo muchas veces, ya por una alfombra peligrosamente arrugada, ya por una maceta fuera de su lugar, pronto mi tía sospechó correctamente de nosotros y se unió a mi tío en la tarea de torturarnos, consintiendo en que éste se encerrara con mi hermana en el baño cada vez más frecuentemente para curarla de su incontinencia y acusándome aún falsamente de haberme visto otra vez tocándome para que mi tío me diera una zurra. En el estrecho departamento de dos habitaciones que compartíamos, la vida sexual de mis tíos debió enfrentar tantas dificultades como la mía infantil, así que yo aproveché para espiarles por las noches a través de la cerradura de su puerta y les sorprendí repetidas veces a ella encima de él, a él encima de ella, casi siempre mientras el niño estaba de pie en su cuna, observándolos o golpeando el barandal, entonces yo daba un portazo en el baño o tropezaba intencionadamente con los trastes de la cocina en busca de un vaso de agua que no me interesaba, hasta que se interrumpían los jadeos o alguna maldición se escuchaba por lo bajo detrás de aquella puerta. Mi tío solía entonces salir de su cuarto vaporoso e ir al baño a lavarse o a la sala a fumar, siempre a oscuras, pero luego se pasaba por nuestra habitación y en veces, fingiendo estar dormido, le sorprendía oliendo la cama de mi hermana con una ansiedad voluptuosa, lo que a ella le horrorizaba lógicamente, cuando se percataba, sin que pudiera hacer el menor movimiento por el demasiado terror que experimentaba. En aquella promiscuidad no pasó demasiado tiempo antes de que mi hermana y yo durmiéramos juntos en la misma cama para no pasar miedo, pero también por imitación de mis tíos, algo que le permitía a ella dormir tranquila y a mí me mantenía en un estado de agitación al que nunca seguía un sueño firme, sino una agotadora duermevela. Aprendimos a temer el sonido del coche de mi tío, un enorme vehículo negro como carroza funeraria de los años cincuenta en cuyo asiento trasero nos llevaban cada viernes a mi hermana y a mí a casa de los abuelos, sólo para volver, resignados, los domingos por la tarde conteniendo las ganas de abrir las portezuelas y escapar. Mi tío no consentía que nadie se durmiera en el coche y así nos abofeteaba apenas detenerse en algún crucero si nos encontraba cabeceando; al principio su mujer nos miraba levantando las cejas en tono de resignación y vaga empatía, luego ya ni siquiera se volvía para mirarnos. En ese hartazgo, una fría mañana de diciembre, mientras me masturbaba frente al calentador, sonó el timbre del piso y me asomé a la calle desde la azotea. Era mi madre. Quise bajar a cruzarle la cara. Quise echar a mis tíos de inmediato. Quise tomar a mi hermana y largarme antes de que entrara. Lo que hice en cambio fue bajar a la calle, abrir la puerta y abrazarla tan fuertemente como pude, odiándola.

domingo, mayo 12, 2019

Intemperie

Una vez nos hubimos mudado a la nueva casa en una de las pocas calles de Santa Teresa que no mira directamente a ninguno de los puntos cardinales, comprendimos inmediatamente que estábamos llegando al fin de nuestra unión y así nos aprestamos, mi mujer y yo, a fingir por el tiempo que fuera necesario una normalidad que se nos escapaba a cada minuto y que resultaba todavía más costosa entre aquellas habitaciones que inundaba una luz excesiva y meridiana. Fue como haber sido desnudados, la mudanza, pues en nuestra antigua casa que es ahora la casa de mi madre, había esperanza de intimidad y cualidad de refugio, pero ahora estábamos por así decirlo expuestos y sin protección, demasiado cerca de la calle cuyos ruidos invadían todos los rincones sin importar si nos hallábamos en la habitación del frente o en la última del fondo, la extensión ganada un mero espejismo que servía de amplificador de pisadas y murmullos producidos a decenas de metros en la acera de enfrente, así la circulación del aire que era imposible a pesar de las ventanas debido a la disposición de los muros, pero también el calor y la humedad que no desaparecían y sólo lo más ocupaban sitios distintos según se abrían o cerraban las puertas. Las mismas cosas que hacíamos en nuestra antigua casa, que es ahora la casa de mi madre, aparecían ahora como intolerables, así fuese una siesta o una comida, el momento de ver televisión o de buscar un sitio donde ambos pudiéramos estar mientras las niñas jugaban en el patio, terminábamos poseídos por la desazón más absoluta y animándonos el uno al otro con palabras que no se correspondían a la realidad, pues no había manera de que los objetos nos devolvieran una intimidad que tenía que nacer de nosotros, no así las lámparas ni las cortinas, no así los mosaicos ni los cristales velados, la hostilidad del sitio nos dejó a cada uno completamente en manos del otro, lo que es decir a la intemperie, sin que ningún cascarón o techo sirvieran para fortalecer la idea de unidad, y es comprensible así que ambos acabáramos pasando más tiempo, el mayor posible, en nuestros respectivos despachos, a veces más satisfechos de nuestro contacto escrito mientras trabajábamos durante el día que de las horas transcurridas juntos en el nuevo domicilio al que invadían las cucarachas más espantosas en verano e infaltables ratones en invierno. Bajo la intensa luz exterior que iluminaba sin paliativos nuestra vida cotidiana, quedaron al descubierto nuestras irresolubles carencias, e hicimos apuestas cada vez más demenciales por huir de ellas, ya por medio de la sofisticación de la cocina donde hacía falta deseo, ya cubriendo de ropas caras la necesidad de un cuerpo desvestido, los viajes cada vez más costosos a países extranjeros cuando el único realmente necesario era al centro de nuestros cuerpos, así fingíamos defender nuestro matrimonio de cara a nuestras hijas, pero también de cara a la sociedad de Santa Teresa que vivía pendiente de cualquier chisme sobre el que pudiera cebarse y hacia la que irremediablemente se dirigieron algunos de nuestros más patéticos esfuerzos por convencernos de nuestra solidez. Ofrecimos entonces y de manera continuada reuniones y cenas, pero también fiestas que pretendían explotar las virtudes de la nueva casa sin que éstas quedaran claramente establecidas, más bien al contrario, debido a los hacinamientos frecuentes por la forma irregular del patio y el acceso al baño que obligaba a los visitantes a pasar por la cocina, la memoria de esos encuentros reducida al agobio de la claustrofobia, así los universitarios que nos visitaban terminaban bebiendo y fumando de pie, en la calle, frente a la casa, así también los matrimonios que acudían a nuestra invitación empezaban a removerse en sus asientos hasta despedirse gentilmente o pretextar una llamada para salir a la calle. Nunca conseguía embriagarme y así me resultaba mucho más difícil sobrellevar aquellas reuniones en las que no se decía absolutamente nada interesante, nunca nada más que anécdotas y chistes, nunca nada más que corrillos de estudiantes por un lado a los que me asomaba sólo para causar un inmediato silencio y grupos de maestros por el otro en los que me aburría mortalmente porque sólo hablaban de estudiantes y cursos, nuestras esposas a veces junto a nosotros completando o asintiendo en la actitud más abyecta, otras veces apartadas en improvisados grupos que hacían de la maternidad el tema central y se granjeaban así la opinión de mi mujer que las consideraba a todas unas palurdas y unas estúpidas, no podía estar más de acuerdo con ella, y así aquellas reuniones y cenas, pero también fiestas, no pudieron llevarse a cabo por mucho más tiempo porque a mi mujer y a mí nos dejaban exhaustos y profundamente insatisfechos, con la sensación de haber dilapidado nuestros recursos y haber sido engañados de la forma más vil y lamentable, y así es comprensible que estas tertulias fueran paulatinamente reemplazadas por cenas para uno o dos matrimonios sin que este cambio representara progreso alguno en nuestro inconfesado propósito de salvar nuestra unión. Como era de esperarse, aquellas cenas con matrimonios en la propia casa o en casa de ellos eran encuentros especialmente insulsos, donde parejas agostadas jugaban a parecer cómplices frente a otras parejas, y así, por un estúpido juego de espejos, algunos se persuadían efectivamente de hallarse bien como parejas sólo por haber convivido con otras y haber intercambiado lugares comunes y haber reído de chistes soeces insinuando actos picantes que nunca tenían lugar, pero menos que nada horas más tarde, cuando en medio de una horrenda duermevela bajo la pesada atmósfera de una alcoba hundida, con la cabeza dando vueltas por la bebida y el esófago ardiendo de regurgitación, se maldiga haber cedido a esta bajeza y se prometa no volverla a repetir aún a sabiendas de que estos encuentros crean el compromiso por parte del invitado de convertirse en anfitrión en el menor plazo posible, una locura sin fin... 
'Las niñas son las únicas que duermen tranquilas', me digo sin saber si estoy dormido o despierto, 'nosotros estamos con los ojos como platos oyendo la respiración cansada del otro y en espera de un milagro que no va a producirse, me doy cuenta y ella también, ya no quedan muchos recursos y así mi mujer pasa los días meditando cada vez más intensamente y elucubra y se explica cuando yo no estoy mirando, pronto hará sólo sumas y restas y he de enterarme del resultado de una forma u otra, después de todo ya casi no la veo' [estiro la mano] 'se me difumina, se escapa' [la toco, luego ya no la siento] 'ya casi no la veo, ¿dónde está?' [abro los ojos, despierto] 'no la veo' [no la veo]'.

domingo, mayo 05, 2019

Construcción

Durante nuestros primeros años en Santa Teresa, mi mujer y las niñas ocupamos la casa en la que ahora vive mi madre, una construcción de dos habitaciones en la planta alta y un pequeño patio trasero que daba a un extenso baldío por donde salía el sol. Yo había ocupado el mismo domicilio en calidad de padre soltero durante dos años, junto con mi hijo, antes de que éste partiera a ciudad natal para nunca volver y que de ahí vinieran mi mujer y las niñas para liquidar mi falsa soltería. A su llegada, mi mujer deploró las condiciones en las que yo vivía, con sólo un par de camas individuales arriba, un comedor de seis sillas y un sillón de dos plazas abajo, una situación material que si bien no se correspondía a mi creciente capacidad económica, sí reflejaba mis preocupaciones intelectuales que estaban entonces dominadas por la redacción de una novela cuya escritura realizaba a pesar del carácter embrutecedor de mi trabajo, que era completamente opuesto a la realización de una obra la que fuera y que como pocas empresas humanas combatía la originalidad con ingentes dosis de mediocridad y humillación, así la universidad donde daba clases. A ella acudía entre semana e interrumpido únicamente por los horarios específicos en que debía impartir cursos a los hijos de cerriles agricultores y ganaderos en busca de un título universitario que les estaba asegurado a condición de no morir, me encerraba en el despacho a redactar furiosamente mi novela, sin prestar atención a reuniones ni actos públicos, ocupado como estaba en mi obra para mejor defenderme de la filosofía degenerada de la institución y el efecto perverso que la convivencia con sus miembros, así fuese mínima, podía tener sobre el espíritu. 
Ya en casa, una vez me disponía a trabajar, enviaba al crío a la planta alta aprovechando el razonado desdén que por la sociedad toda, pero particularmente por la gente de su edad y sobre todo por sus compañeros universitarios, había desarrollado luego de vivir conmigo pero también después de concederles a algunos de ellos la oportunidad de desarrollar una amistad que nunca cuajó y entonces yo disponía del piso de abajo para, en razonable silencio, entregarme a la redacción de mi difícil novela, a veces abusando del whisky o la cerveza, a veces levantándome del comedor para fumar en el sillón o el patio, los papeles regados por la mesa donde horas antes habíamos comido en silencio las mismas carnes y frutas de siempre, las mismas verduras y pescado, nuestra vida una rutina altamente satisfactoria para el espíritu en la que hubiéramos deseado instalarnos para siempre si no fuera por la plena conciencia de su finitud y pronto aniquilamiento, ya porque él pasaba sus últimos años conmigo, ya porque mi mujer y las niñas habrían de reclamarme muy pronto para ellas. Algunas veces, sobre todo los fines de semana, no pudiendo avanzar más allá de un párrafo en mi trabajo y desesperado por el calor vespertino, bebido sin estar propiamente borracho, le pedía al crío que se encerrara en su habitación en cuanto me oyera volver de la calle porque iría a por prostitutas o muchachos jóvenes, expediciones casi siempre coronadas por el éxito gracias a la facilidad extraordinaria con que todos ellos subían al coche de un desconocido, así la frustración sexual de la ciudad que terminaba desahogada, más bien diría resuelta, en el sillón de dos plazas o en mi habitación, separada de la del crío por una pequeña estancia desnuda en la que desembocaban las escaleras. Él no se movía de su cuarto que daba a la calle hasta que yo salía del mío cuya ventana daba al patio y, tras pasar por el cuarto de baño, bajaba las escaleras y salía con quien sea que me hubiera aliviado las urgencias de nuevo a la calle para, caballeroso, llevarlos hasta el sitio donde los recogí o algún otro destino de su preferencia. Entonces solía volver sobreexcitado por los acontecimientos y escribía decenas de páginas poseído por la euforia, aunque luego durante la semana tuviera que corregirlas por hallarlas plagadas de incorrecciones y excesos. 
Pero luego se fue él para no volver y, casi al mismo tiempo y desde el mismo lugar, vinieron mi mujer y las niñas para liquidar no sólo mi régimen de vida, sino también la esperanza de terminar alguna vez la novela, un traslado al que debí seguirme oponiendo con firmeza y que sólo la debilidad de mi carácter afectado por la culpa que instiló mi madre en mi personalidad desde muy joven y cuyos derechos heredó mi mujer en contra mía a través de deudas morales crecientes e impagables pudo consentir, a pesar de la extinción que ello suponía para mi libertad y mi obra, así a la casa le crecieron plantas en el patio trasero y en la jardinera del frente, le aparecieron colores en algunos muros y poblaron su cocina cacerolas de diversos tamaños, el cuarto de las niñas se llenó de juguetes y a él fueron a dar las dos camas individuales que tenía para que mi mujer y yo ocupáramos una matrimonial, nueva, en el cuarto que daba al patio. La domesticación más completa se impuso y permití que mi trabajo en la universidad incluyera ahora juntas y actos públicos, asesorías y tertulias, lo que me hizo ganar el aprecio de estudiantes y colegas, pero también la más alta repulsa que jamás haya experimentado por mí mismo, me aplaudió así mi madre que ya insinuaba sus deseos de venir a vivir a Santa Teresa y guardó silencio el crío que desde ciudad natal debió experimentar un vivo asco hacia mi vida ejemplarmente estúpida y correcta. La novela inacabada ocupaba el cajón más bajo de una de las nuevas cómodas que mi mujer había adquirido y que, rematadas por floreros, ocupaban un rincón en cada cuarto. No me apetecía escribir ni tomar el coche para salir a ninguna parte y la vida de alcoba se agriaba día con día haciéndonos comprender que nuestro fin como pareja estaba cerca porque habíamos liquidado nuestra historia desde la primera vez en que yo abandonara ciudad natal.
Entonces surgió la idea de mudarnos a una casa más grande, aunque yo sólo deseara echar a mi mujer y las niñas de mi casa y prohibirle a mi madre venir a Santa Teresa, mi mujer debió creer que correr hacia adelante nos alejaría del abismo y así aceleró la compra de una casa de varias estancias y un patio grande con una fuente en medio, la llenó de carpinteros y albañiles, jardineros y pintores, que la decoraron con un primor directamente proporcional a su desesperación, ya mudados a ella descubrimos que era más caliente y opresiva que el primer domicilio al que en cuestión de meses ya no pudimos volver porque mi madre lo ocupó desafiando mi voluntad de que se quedara en ciudad natal y no viniera a Santa Teresa, así lo amuebló y compuso enteramente a su gusto destruyendo lo que quedaba de libertad para reemplazarlo por el orden más estricto y mortecino, un mausoleo en vez de una casa en donde no podía producirse ya ningún acto lúbrico ni un pensamiento original y a cuyo baldío trasero pronto lo ocuparon decenas de construcciones sin amanecer. Así terminaron mis esperanzas de utilizar aquella casa de dos plantas para terminar mi obra y la vida familiar se preparó para dar la última batalla que, como bien se sabe, perderíamos todos...

viernes, abril 26, 2019

El guerrillero

Alguna vez, sentado al comedor de aquella casona en mitad de la adolescencia, escuché los relatos entusiasmados de las güeras, un par de muchachas de unos veintisiete años que visitaban a las maestras revolucionarias cuando podían escaparse del sureste donde solían residir. Vestían como indias sin serlo, con huaraches y ropas muy limpias y coloridas, bebiendo el café que habían traído y molido y torrificado ahí mismo; con el rostro radiante y puros en la mano, contaban sus cuitas apartándose el largo cabello rubio y riendo despreocupadamente, sin que mi presencia las inhibiera en forma alguna para hablar de aventuras sexuales, hombres levantados en armas y sectas religiosas en desesperada competencia por las almas de los indios. Ya las maestras revolucionarias me habían preparado para mi encuentro con ellas dándome a leer libros sobre socialismo europeo, teología de la liberación y movimientos guerrilleros urbanos y rurales, de modo que a pesar de contar con sólo quince años y de hallarme por voluntad de mi madre inscrito en el colegio tridentino varonil, disfrutaba de sentirme clandestino con sólo visitar esa casona donde, de vez en cuando, aparecían personajes como las güeras que eran aún más extravagantes que las maestras revolucionarias.
'Por supuesto que hemos tenido que llegar a un entendimiento con el comandante de la zona y algún subalterno; no es difícil, a unos los convence el dinero, a otros un revolcón [risas] A los indios más recalcitrantes todavía les puede demostrarles que venimos de parte del obispo, aunque esto no sea siempre cierto y de pronto tengamos que recordar los nombres de media docena de pastores a cuyos deseos se pliegan hasta dar la propia vida, ¿no es así? Es conmovedor, no creas [risas] Sí, sí, porque uno quiere liberarlos y ellos seguir esclavos, mejor darles un buen jefe que por lo menos quiera su bien, ¿no? [risas] O sea, nosotras estamos de su parte y no crean que nos hemos limitado a llevar alimentos y libros (que no leen, por supuesto), sino que también nos entendemos con ellos procurándoles las herramientas de su liberación, una liberación que no puede ser pacífica sino violenta como lo insinúa el obispo en sus sermones sin poder decirlo abiertamente por su posición, ¿verdad? [risas] Él debe mediar y para mediar hay que decir medias verdades o verdades a medias, ser sutil, casi jesuítico, porque esa es la especialidad de la iglesia y es así como nos apoya: manteniéndose siempre a una distancia prudencial para ver de qué lado caen los dados, ¿no? [risas] Igual que nosotras apoya a los pobres, pero ningún campesino, ningún indio quiere sólo comida o doctrina si no viene acompañada de... bueno, ya saben, las herramientas para su liberación ¡no me miren así! Nosotras no inventamos este juego y, la verdad, nunca me había sentido mejor conmigo misma, me aburría en casa de mis padres y en el estúpido colegio de monjas, mejor hacer algo útil y divertido con el dinero de mi familia, ¿no? Devolver un poco de lo robado [risas de todas]'.   
Las güeras eran adineradas. Las maestras eran adineradas. Sólo yo venía en autobús desde un barrio periférico contando cuidadosamente las monedas para llegar al fin de semana, tomando prestados libros de la biblioteca y aprovechando la comida que se me ofrecía en aquella casona. Ellas, sin embargo, hablaban de la liberación de los pobres como si de su propia liberación se tratara y yo era incapaz, en mi entusiasmo, de advertir la contradicción. Estaba deseando que alguna de ellas me llamara a sus filas aunque no entendiera bien a bien cómo podía ayudar, ocupado como estaba casi todo el día en las estúpidas tareas del colegio tridentino y en fingir que ayudaba a mi hermana con el quehacer de la casa, mi madre partiendo muy temprano a la oficina y volviendo agotada de noche sólo para cenar y dormir. Yo ambientaba mis tardes con música de los sesentas e imaginaba que asaltaba puestos militares en medio de la sierra y, convenciendo a mucha gente, conseguía echar fuera al gobierno para instaurar una democracia como la cubana. Me llenaba la cabeza con palabras como pueblo y socialismo, guerrilla y voluntad popular, sin que las noticias de la caída del muro de Berlín o el fusilamiento de los Ceaușescu menoscabaran mis presuntas convicciones, la relación entre una y otra cosa completamente fuera de mi alcance gracias a la pereza intelectual, el ánimo gregario y la cómoda transfiguración de mi fe católica en revolucionaria imitación de Cristo.
'Oh sí, desde luego lo del Nazareno fue una revolución no muy distinta de la del Che Guevara o la de Lennon, ¿verdad? Olvídate del carácter divino, no hace falta eso para comprender que se trata de un hombre cuyas ideas hicieron cimbrar las jerarquías, los ricos y poderosos que explotan al pueblo no podían menos que combatir sus ideas hasta asesinarlo, la fraternidad se opone a la avaricia, la igualdad a la ambición, no creas que es muy diferente en este país ¿eh muchachito? Qué tierno estás. Y guapo [risas] Ni parece que hayas leído tantos libros como tus maestras, ya ves que ellas sólo los compran y guardan en las repisas para sentirse intelectuales, pero veo que tú sí tienes madera de escritor como los buenos revolucionarios, ¿eh? [risas] Pero comprenderás que a un pueblo analfabeto no se le convence con libros, ¿verdad? Tampoco con palabras. Ahí intervenimos nosotras yendo hasta el lugar mismo donde el capitalismo se encuentra con el socialismo natural de la gente originaria, ahí estamos nosotras combatiendo a favor de ésta.'
Me había picado el orgullo que me consideraran no sólo un muchachito ridículo (que lo era) sino además un individuo teórico al que ninguna acción concreta respalda en sus convicciones, de modo que, sin posibilidad de abandonar mis estudios para acompañarlas al sur, sin capacidad económica para apoyar su movimiento como hacían las maestras revolucionarias sin apenas moverse de su inmensa casona, encontré en el revólver de mi padre, a la sazón policía del estado, una manera concreta de intervenir a favor del movimiento, lo que sea que ello significara. Mi padre era un alcohólico y un macho que tuvo a bien enseñarme desde los diez años y en contra de mi voluntad el uso del revólver. Apenas podía sostener la pesada arma al inicio y no pocas veces di con el culo en el suelo por efecto del disparo. Pero ahora tenía conocimiento del arma y acceso a ella los fines de semana en que mi padre descansaba, pues éste era incapaz de permanecer una hora al lado de mi madre y se iba de casa con sus amigos y otras mujeres a emborracharse, dejando atrás pistola y cartuchos. El presidente realizaría una cumbre ese fin de semana en la ciudad y el itinerario del recorrido entre dos edificios históricos estaba dado como invitación a que la población adocenada ovacionara al mandatario en el trayecto. Era mi oportunidad.
El día señalado había quedado de comer con las maestras revolucionarias y las güeras, pero a esa comida no debía llegar nunca porque antes debía ser arrestado a pocas cuadras de la casona por haber asesinado al presidente. Así lo imaginaba yo, un disparo o dos, certeros, pasado el mediodía, a pocos metros de aquel individuo del que poco sabía y al que, pese a todo, hacía responsable de cuantos males ocurrían en el país, aunque de éstos sólo supiera por las güeras y las maestras, por sus libros superficiales y panfletarios, por su convicción encendida y a contracorriente de la prosperidad de mi ciudad. Los accesos a la plaza elevada por donde transitarían los mandatarios estaban vigilados por guardias que inspeccionaban a cada uno de los que querían ingresar. Vacilé unos segundos con nerviosismo, pero me di cuenta de que a los niños los dejaban pasar sin revisión; quizá yo podría pasar de la misma manera. Me acerqué y mientras la fila avanzaba crecía mi ansiedad hasta el punto de sentir que me desmayaba. Ya era mi turno cuando sentí un brazo en el hombro que me hizo girar bruscamente: era una de las güeras que me saludaba con efusión al tiempo en que, sin sospechar nada, me adelantaba en la revisión. '¿Vienen juntos?', dijo el guardia, 'Sí', contestó ella mientras la revisaban. El guardia sólo me dio un par de palmadas en la espalda para que pasara y la güera me dio la mano como si fuese su hijo. Apenas nos podíamos mover entre la multitud, pero por fin conseguimos instalarnos junto al cordón de seguridad. Ella no paraba de hablar.
'También voy a la comida enseguida, una vez que termine esta tontería, ¿verdad? No creas que no me gustaría estrangularlo con mis propias manos, pero viene el Comandante, ¿sabes? Sí, sí, nunca lo he visto en persona, ese gran revolucionario cubano está aquí como la nota disonante entre tanto payaso, qué orgullo, qué distinción, ayer su discurso fue brillante, ¿no supiste? Habló en contra del imperialismo yanqui y rechazó que el socialismo europeo esté muerto, ¡todo el auditorio estaba consternado por sus palabras! Ya quisiera yo que me hiciera un hijo [risas] Ay por dios, no me digas que te comieron el coco tus maestros del colegio tridentino, ¿por qué me miras así? Ser revolucionario es también ser sexualmente emancipado, ¿eh? Eso que te lo sepas porque ya estás en condiciones de ser educado en esa materia, pequeñín, mira qué brazos tienes y la boca y...'
La güera me empezaba a apretar las nalgas y a pasar las manos por el abdomen cuando aparecieron los presidentes a nuestra derecha precedidos por el griterío de la gente. Ella pareció no enterarse y continuó manoseándome hasta meterse en mi entrepierna, donde se detuvo al encontrar el frío cañón de la pistola. Auscultó una vez más para comprobar sus sospechas y enseguida apartó la mano como quien toca una brasa ardiendo, su rostro colorado y sus ojos muy abiertos, no sabía bien si por disgusto o sorpresa. '¡¿Qué es esto, qué es esto?!', repitió apretándome contra ella y abrazándome por la espalda con sus brazos. Reparé en el brillo dorado de sus vellos al sol que quedaban justo debajo de mi mirada. El presidente pasó delante de nosotros y ella detuvo el amago que hice de sacar el revólver. 'No seas idiota', me susurró al oído.  El griterío era ensordecedor. Apenas pasaron los mandatarios cuando se deshizo el cordón de seguridad y la gente empezó a seguirlos o a dispersarse, momento que aprovechó la güera para jalarme de los cabellos y tomarme de la mano para ir a casa de las maestras revolucionarias enseguida. 
'¡¿Pero en qué estabas pensando, por dios?! ¡Muchacho pendejo! ¿Qué no ves que podías haberme metido en problemas? Ya verás lo que opinan las maestras cuando lleguemos a la casa, ¡no van a poder creerlo! Tendré que decirles que tengan más cuidado contigo, qué barbaridad. Las guerrillas están bien en las montañas del sur, idiota, no aquí donde ellas y yo necesitamos comprar ropa e ir al cine, ¿acaso quieres que nos vaya mal? Y dime ¿de dónde sacaste la pistola? ¿eh? Tan inocente que te veías con tu cara de pendejo y mira cómo te has aprovechado de la confianza que te damos, ay, dios santo, es allá, ¿entiendes? ¡es allá donde han de matarse unos a otros, no aquí, no entre gente civilizada sino entre los pinches indios, ¿no entiendes animal?!'
Balbucía sin poder contestar y apenas hubimos llegado a casa de las maestras llamaron a mis padres. Todas fumaban hablando a cierta distancia de mí, pretendiendo que no las escuchaba, culpándose unas a otras de lo que yo ni siquiera había llegado a realizar. Mi fe se desmoronaba. Como a alguien cautivo a quien han soltado en mitad del bosque luego de quitarle la venda de los ojos, de pronto la hipocresía de aquellas mujeres me resultó transparente. Sus paradojas, sus inconsecuencias. Su actitud ridícula y acomodaticia. Mi padre llegó borracho y furioso, pero a ellas no les importaba más que deshacerse de mí. A través del cristal trasero del enorme coche negro de mi padre y aguantando las lágrimas, las maldije una vez cerraron el portón verde de la casona. Y así mi padre y yo nos encaminamos a casa donde me esperaba una memorable paliza.

jueves, abril 18, 2019

Cuento santo

Llevaba un par de semanas disgustado con la que a todos los efectos era mi novia, una mujer con más voluntad que yo y a cuya insistencia era difícil resistirse si se carecía de iniciativa u objetivos, toda una marca a la que decidí aumentar una semana más, la santa, cuando me invitaron a ir en peregrinación hasta Talpa, no por razones religiosas que, como buenos católicos, tenían sin cuidado a todos nosotros la mayor parte del tiempo y terminaban por manifestarse aquí y allá en breves actos más o menos secretos arrebatados al escepticismo y al sentido del ridículo, sino por la libertad de andar varios días atravesando campos y serranías hasta llegar a aquel santuario entre montañas, riendo como se supone podía hacerse entre amigos y, quizá, reuniendo anécdotas que repasar en los años por venir, cualquier cosa era mejor que quedarse en casa esperando más mensajes de ella cargados de insultos y amenazas, reproches y reconciliaciones que sólo tenían lugar en su cabeza, no me disuadía particularmente que el instigador de todo fuese aquel ex-profesor de la universidad que había partido al norte hacía meses, ya el año anterior había organizado una expedición a la montaña sin nombre detrás del pueblo sólo por la curiosidad de comprobar, decía, que en la montaña no hay nada, como quedó en efecto verificado luego de una accidentada travesía, 'un loco', opinaba mi padre que a su vez opinaba mal de mí, su primogénito, prefiriendo en todo a mi hermano, 'cometes un error al reunirte con ese individuo y más valdría que se fuera pronto de aquí, no tiene nada que hacer en la universidad un hombre así, con la cabeza llena de pájaros, la peor influencia para personas como tú... si tan sólo te ubicaras más en lo que te conviene como hace tu hermano', agregaba mientras limpiaba la herramienta con que volvía de la milpa, un campesino responsable y rígido, mi padre, que si hubiera sabido que el ex-profesor pretendía a uno de los cuatro que iríamos a la expedición o que el restante se había escapado con él al norte presentándose como su hijo ante el pasmo de sus padres, me habría echado de casa cubierto de maldiciones, pero no lo sabía cuando me vio empacar alguna ropa en la mochila y echarme a la espalda el cilindro de la casa de campaña, nosotros éramos de La Esperanza y nadie habría cuestionado que en semana santa nos echáramos a andar por los polvorientos caminos en dirección a Talpa, cubiertos de escapularios y malcomiendo hasta sembrar la ruta de aparecidos y revelaciones, tuvo que enterarse después cuando ella apareció el mismo día de nuestra partida frente a la puerta de la casa preguntando si era cierto que me había ido a Talpa con el ex-profesor, su dizque hijo y su pretendido amante, bien visto aquella combinación no me era favorable, pues prometía dejarme en compañía del hijo la mayor parte del tiempo mientras el ex-profesor se ocupaba de seducir al amante, no es que no fueran todos conocidos míos, pero era con el ex-profesor con quien más intimidad tenía, siempre fui bien recibido por aquellos que, sin parentesco conmigo, me doblaban la edad, ya fuesen maestros o cantineros, así me acostumbré a sostener conversaciones que poco tenían que ver con las bobadas de las que hablaba el hijo o las imbecilidades del dizque amante, un tipo que ni siquiera era físicamente atractivo y con el que el ex-profesor estaba obsesionado patológicamente en aquel momento, 'es un espectáculo indigno, lo sé', me explicaba mientras ascendíamos el cerro del Obispo, 'pero debes saber que en este tipo de infecciones no se puede escoger ni acelerar la prognosis, yo sé bien que mi proceso es vulgar y pasará, de modo que le permito desarrollarse libremente con los padecimientos y excesos que trae aparejado, no hay otra forma de lidiar con asuntos de motivación psicológica que se disfrazan de atracción física, sus orígenes podrían rastrearse en la infancia, pero ¿para qué? eso no va a curarme y quizá es una bendición que él no ceda físicamente, pues la consumación de mis deseos sólo me generaría más culpa; por otra parte (¿por otra?) mi pareja y yo somos cada vez más ideales el uno para el otro mientras más nos alejamos del deseo, es una verdadera tragedia', así explicaba él su situación y alegaba no estar engañando a nadie, enterados como estaban su pareja y el dizque amante de la existencia del otro, pero un individuo tan lógico como él no podía menos que padecer espantosamente estos enamoramientos que agotaban su razón y le obligaban a multiplicarse físicamente, consumiendo todo su tiempo y energías como hacía ahora cargando la mochila del pretendido amante, éste aprovechaba desde luego todos los recursos que el ex-profesor ponía a su disposición: paseos a un sitio y otro, salas de cine y cenas, algunos regalos que yo juzgaba ridículos e inevitables como los que yo hacía a esa mujer voluntariosa que se había quedado atrás, 'siento que no podemos evitar caer en esto, señor', le explicaba yo, 'el amor es en sí una cuestión irracional y vergonzosa, un fardo necesario', él me miró extrañado y pese a la obscuridad que ya nos había alcanzado vi una de sus cejas enarcarse: '¿amor?', dijo, y nos echamos a reír mientras la luna llena iluminaba el descenso hacia la Estanzuela donde comimos frugalmente entre peregrinos borrachos y mujeres rezanderas que cantaban desentonadas y a gritos, lo vi presto a pagar lo que sus presuntos hijo y amante consumían, a esa cartera ágil no podía ganarle la lentitud del primero y la sinvergüenza del segundo, me parecía injusto al principio, pero luego pensé que ese era el destino inevitable de quien establecía relaciones asimétricas, sólo lamentaba que el dizque amante no cediera a las urgencias sexuales del ex-profesor pese a sacarle tanto provecho y apenas contuviera el asco que le daban las canas y las arrugas del maestro, quien pese a todos los esfuerzos por parecer más delgado y joven de lo que era, ya con una ropa adecuada, ya con la prisa por peinarse debidamente al amanecer aunque el agua de la fuente estuviera helada, seguía siendo una persona claramente mayor a nosotros, '¿y qué le voy a hacer?', me dijo cuando marchábamos al borde de la carretera a Mascota, 'este podrá no ceder y si estoy insistiendo es sólo porque la obsesión no da tregua, pero ceden muchos otros, le sorprendería verlo, ceden y dan una enorme satisfacción sexual, anónima y gratuita, por fortuna irrepetible, desprovistos de cargas emocionales o enredos, casi dan ganas de decir que si no tuviera mi pareja estaría mejor viviendo así, ¿no? ¿pero serían inevitables los enamoramientos como el que padezco? ¿sería una vida sexual satisfactoria y variada y sin persona fija suficiente para evitarlos? no lo creo, sinceramente, porque el enamoramiento atiende a una raíz psicológica, no a una descarga endocrina', me dijo fumando un cigarrillo que obligó a los pretendidos hijo y amante a adelantarnos para no respirar el humo que despedía, '¿y si alguna vez cede alguien de quien esté usted enamorado? ¿qué va a pasar con su vida cuando uno de esos niñatos le acepte y, peor aún, quiera ir a fondo? ¿qué va a pasar con su pareja?', pregunté sólo por mostrar interés, pues nada fastidia más que la conversación de un enamorado que vuelve una y otra vez sobre el mismo tema, hubiera preferido hablar con el hijo a quien yo subestimaba hasta antes de ese viaje, acaso porque me parecía alguien todavía demasiado ligado a la infancia y con escasas luces sobre cualquier tema, acaso porque ignoraba la trascendencia que para espabilar tuvo su decisión de acompañar al ex-profesor al norte pese a la oposición de sus padres, no había prestado atención suficiente a la independencia de criterio que esa decisión representó, pero también es verdad que mi manera de ser no era la adecuada para prestar demasiada atención a nada, ni siquiera a la respuesta del ex-profesor: 'siempre he estado dispuesto a cambiar mi vida de manera radical, pero no ha llegado todavía nadie que acepte participar de esta locura, y bueno, así como van las cosas, yo envejeciendo y mis deseos siempre con la misma edad, veo más y más difícil que una cosa así se produzca, quizá ya es imposible', dijo con resignación mientras consumía el cigarro de una profunda bocanada hasta dejar sólo la colilla que luego empujó lejos con un movimiento de los dedos, mi mirada se perdió en los amarillentos horizontes siguiendo la colilla mientras el falso amante y el falso hijo jugaban a derribarse sólo para expresar, con el rostro cubierto de tierra y sudor, el hambre que los consumía y de la que dimos cuenta en Mixtlán, donde nuevamente el ex-profesor pagó la cuenta (que esta vez me incluyó) mientras intentaba coger la mano del dizque amante por debajo de la mesa, entre las sillas, consiguiéndolo a veces y siendo rechazado en otras, todavía le podía a ese ridículo estudiante de arquitectura la vergüenza de ser homosexual, pobre individuo sin asideros que como muchos maricones se había pasado buena parte de la adolescencia criticando a otros uranistas sólo para pretender encabezarlos tiempo después con desplantes de liberalidad e impostado amplio criterio, fue bueno saber al poco de este viaje que el ex-profesor había conseguido poner punto final a aquel estúpido juego al que sólo podíamos asistir sin juzgarlo quienes éramos sus amigos, no que nos pareciera bien, pues eso no ocurrió en ningún momento ni es de amigos negar la realidad, sino porque jamás nos sentimos moralmente por encima de él como con tanta facilidad hace la gente normal, mi padre y la que se dice mi novia, por ejemplo, pero también el dizque amante que a todas luces fue creando una opinión muy elevada de sí mismo conforme pasaron los años y hoy es uno de esos putitos políticamente correctos que están comprometidos con todas las causas imaginables, desde la defensa de los animales hasta la reconstrucción de catedrales góticas incendiadas, con que en eso ha resultado ser el más católico de todos nosotros por cuanto ha interiorizado la hipocresía de manera tan cabal que ya no puede notarla; el hijo, que era más amigo de él, supo que al paso de los años el dizque amante se decía víctima del acoso del ex-profesor, aunque no parecía así mientras le daba su mochila a cargar para subir, de la mano de él, hasta la Cruz de Romero y divisar, desde ahí, nuestro destino, que por distintas razones todos contemplamos con alivio y recogimiento, quizá yo el que menos pues temía los regaños de mi padre al volver ('no quiero ver a ese hombre por aquí ni vas a salir más durante un mes', diría sin creérselo él mismo, pues siempre recibía al ex-profesor con toda amabilidad cuando éste, sin importarle lo que le comentaba aunque cada vez menos por razones geográficas, pasaba a visitarme) y la reanudación de esa relación con mi voluntariosa mujer de la que ya no tendría fuerzas para escapar (¿sería eso lo que le pasaba al ex-profesor con su pareja? ¿una resignación que va acomodándose a las ventajas y luego se resiste a cambiar o a reconocer su caducidad? qué difícil es todo) y así llegamos a Talpa en silencio y nos arrodillamos frente al altar de la virgen sólo para quedarnos a solas con nuestros pensamientos, el templo y las calles hirviendo de gente que las dejaba intransitables de mierda y orín, los restaurantes con los precios elevados y las porciones ridículamente exiguas, yo cedí a pedir que no muriera nadie pronto (no se me concedió) y a pedir perdón por el sufrimiento (pero causé más) y a que se me concediera la merced de volver a la Esperanza donde aún, mucho tiempo después, sigo viviendo. 
Y la mujer de iniciativa también, conmigo.

sábado, marzo 30, 2019

Consideración del magnicidio

Desde luego, yo compartía con Luis Gala la repulsa hacia el descarado y folclórico culto a la personalidad del nuevo presidente, promovido por él mismo, pero también por toda su administración y aún sus simpatizantes, una propaganda brutal y primitiva que hacía suponer la existencia de un plan concertado cuando en realidad debía su uniformidad a la alienación colectiva y al carácter indistinguible de las diversas manifestaciones de la idiotez. Nos reíamos de algunos políticos y situaciones, acusábamos solemnidad de vez en cuando guardando silencio, aprovechábamos las oportunidades más visibles para provocar a los fanáticos con observaciones cínicas o paradójicas, cuyo sentido siempre daba en el blanco precisamente porque su significado les resultaba obscuro. El carácter aciago de la administración y la alevosa transmutación de los vicios nacionales en virtudes, se correspondían dolorosamente con el abandono de mi mujer y las niñas, pero también con la divorciada vida de Luis Gala, quien elevaba a la categoría de fatalidad cósmica la correspondencia entre un mundo trastocado en lo público y nuestras vidas privadas vueltas del revés. 
Aquel viernes llevábamos una hora bebiendo aceleradamente en su descuidado departamento (no solía llevarlo a casa y siempre me resistía a sus invitaciones, que luego aceptaba a regañadientes) y discutiendo la tragedia recurrente de este país canalla cuando, teniendo por fondo a Wagner con volumen muy bajo, Luis Gala concluyó su retahíla de bromas, dio un trago muy largo terminando su whisky y encendió un cigarrillo con aire grave para decirme: 'Hay que matarlo'. Me reí limpiamente, a gusto, como quien escucha algo extraordinariamente ridículo que se dice en son de broma, pero luego me puse serio al notar que Luis Gala no había sonreído siquiera. '¿De qué diablos hablas?', dije como quien concede la oportunidad al otro de desdecirse y volver al camino abandonado, 'todavía es tiempo', trataba de decirle con la mirada y mis manos extendidas, 'de que sigamos esta reunión de viernes sin molestarnos porque a uno de los dos se le pasaron las copas y se puso necio o sentimental, agresivo o idiota', pero yo sabía muy bien a lo que se refería. Él recogió parcialmente mi invitación a relajarnos y explicó en un tono casi divertido:
'Sí, sí, hay que matarlo. Este país anda escaso de magnicidios y no veo forma de que aprenda nada, ni siquiera trastocando su presunta voluntad popular eliminando al ungido. Debe ser fácil porque el tipo es un idiota. Ya lo ves, no se cuida. Repite hasta el hartazgo lo mucho que lo quiere su pueblo y lo muy seguro y protegido que se siente en su compañía. Nada más hay que verlo saludando a la gente, haciéndose fotos con ella, maltratando el lenguaje hasta que no significa absolutamente nada con tal de que lo consideren uno de los suyos, ¡como si alguien lo dudara, por dios! Llevábamos décadas sin tener un presidente tan representativo como él, ¿quién se lo puede negar? Es, en efecto, la personificación de la corrupción moral de nuestros compatriotas: embustero, tergiversador, víctima, acomplejado, inconsistente, incumplido, fanfarrón, abusivo, necio y estúpido, ¿qué perjuicio puede haber que supere el beneficio de suprimirlo? Ya sé, ya sé, dirás que la caterva de ambiciosos lambiscones que lo rodean harán pedazos al país para beneficiarse de su desaparición, que las finanzas nacionales se irán al suelo por la incertidumbre y que las inversiones correrán a países más dictatoriales y menos inciertos, ¿no? De acuerdo, de acuerdo. ¿Y? ¿Debe eso detenernos?'
Se puso de pie y fue hacia la nevera para poner hielo en su vaso. Yo experimenté un súbito cansancio y sólo atiné a decirle 'Estás loco como una cabra', como quien finge que lo que se dijo fue una broma para que el otro recoja esa invitación y adopte también un tono de guasa. Así lo hizo parcialmente mientras dibujaba una sonrisa divertida y vertía whisky sobre los hielos que empezaron a crujir:
'Ah, pero no creas que quiero proceder como el católico ese que se hizo pasar por caricaturista para sorrajarle balazos al manco para que no se reeligiera. Tampoco quiero ser el caballero águila que en un marco tan poco solemne como La culebra descargue un revólver en la cabeza de otro sonorense. Qué horror narrativo. Qué vulgaridad. No, no, no. Yo quiero matarlo con mis propias manos, usarlo de parapeto por si el estado mayor o alguno de sus achichincles quiere quitarme de en medio. Le permitiría que me mirara una última vez, horrorizado, antes de morir. Tendríamos que intercambiar algunas palabras que quedaran registradas antes del final, palabras mínimas que no le permitan al hijo de puta morir como mártir, que es a lo que aspira todo ñoño de envergadura y éste es el peor de todos, un santurrón peor que mi abuela, de esos que tienen la hipocresía tan interiorizada que ya ni la notan. No quiero que se muera, por ejemplo, cerrando los ojos y uniendo sus manos con devoción como un San Esteban lapidado. No quiero que, en un postrero acto de su inagotable demagogia, se dirija a la multitud que nos rodee diciendo que se me perdone o que conserven la calma o que se someta a consulta si debe morir o no, el muy cretino. No quiero darle ese gusto. Quiero, al contrario, exhibirlo en un espacio de tiempo mínimo. Desenmascararlo. Que su verdadera naturaleza tiránica e intolerante, su Torquemada interior, quede expuesta de manera contundente antes de hacer mutis. Que no queden dudas sobre la raíz egocéntrica de su conducta, esa misma que la mayoría alelada e indulgente con el poderoso juzga de desprendida, como si repartir el dinero de los que trabajamos, el dinero que no es de él fuese una virtud. Es una lástima que no haya guerras y que, de haberlas, no sea este país para llevarlas a cabo. Por holgazán. Por acomodaticio. Por corrupto. Prefiere seguir en su hedonismo miserable y depredatorio en vez de hacer purgas a la antigüita. Una cosa así nos ahorraría el recurso del magnicidio como medio de renovación moral, que, en comparación con la guerra, es indudablemente menos efectivo y, para colmo, congruente con la pereza que nos caracteriza. Pero no me dejan otra alternativa: hay que matarlo.'
Se hizo un silencio y se oyó el golpeteo de los hielos en nuestros respectivos vasos mientras bebíamos mirándonos uno al otro por encima del ámbar del whisky. Nos reímos repentinamente rociando parte de nuestras bebidas sobre la mesa. 'Eres un pendejo', le dije casi cariñosamente. 'Lo sé', me contestó Luis Gala limpiándose con una servilleta. 'Pero son tiempos tan obscuros que hasta tú no tienes nada mejor que hacer que pasar las altas horas de la noche de viernes conmigo'. 'Te deseo suerte en tu empresa', le dije. 'Salud'. Y dando un nuevo trago recordé a mi mujer y las niñas con la mirada fija en el ventilador del techo.

lunes, marzo 18, 2019

Piedras al mar

Nos recuerdo al final, matando las horas frente al mar mientras esperábamos el ferry que había de llevarnos de regreso al otro lado. Una playa llena de piedras de todos tamaños sobre la que anduvimos con paso inseguro mientras atardecía bajo un cielo despejado. Las gaviotas. Las alargadas sombras contra la luz amarillenta, lejana. El gordo, la rubia, el hombre cara de caballo que aún parecía joven. Y yo el único extranjero entre ellos, aunque extranjeros éramos todos en aquella isla que estábamos a punto de abandonar para volver al continente. Nos detuvimos a poca distancia del agua verde y gris de razonable olor a pescado, la rubia cogida del brazo del gordo y éste conversando con el hombre cara de caballo que aún parecía joven, gesticulando teatral, enfático. Ellos hablaban en su lengua materna y yo en la de ellos, que no era aquella con la que yo había crecido, pero que ahora entendía y no tenía más remedio que expresar reflejando, aún imperfecta y con faltas, mi carácter cáustico que tanto celebraban cuando se dirigía hacia los demás y tanto aborrecían cuando les quemaba a ellos. Civilizados. Tolerantes. Con buena conciencia, también, ese pequeño defecto que hacía infranqueable la distancia que me separaba de ellos. Fue el hombre cara de caballo que aún parecía joven quien se inclinó para tomar una piedra pequeña y la lanzó al agua con la intención de hacerla saltar sobre ella. Consiguió hacerla saltar una vez y la piedra se hundió. El gordo se soltó repentinamente de la rubia, su mujer, miró con intensidad al hombre cara de caballo que aún parecía joven, y con una de sus pequeñas manos regordetas tomó otra piedra y la arrojó frenético haciéndola saltar hasta tres veces sobre el agua antes de hundirse. Nos miró a todos complacido, orondo, triunfal. La rubia se apartó el cabello del rostro con una mano y luego apoyó su palma sobre la mejilla y sus dedos sobre la sien, frunciendo ligeramente el ceño y la nariz como si la situación la consternara y le hubiera sobrevenido un súbito dolor de cabeza. Dio algunos pasos hacia atrás teniendo cuidado de no resbalar y nos miró a los tres hombres arrojar piedras al mar. Luego de varios días de escucharme hablar con soltura la lengua de la isla y haber ganado así una momentánea ventaja sobre ellos, el gordo disfrutaba de ver que las cosas volvían a su lugar. Porque ninguno de mis tiros conseguía hacer saltar las piedras más de una vez sobre el agua. Porque incluso el hombre cara de caballo que aún parecía joven consiguió hacer tres saltos en un par de ocasiones. Porque ya la rubia volvía a comentar con soltura mis insuficiencias, así llamadas por ella, culturales. La forma de coger una copa de vino o la de mover las manos, pero también el lanzamiento de piedras al mar. No me importaba. El goce de haberme internado en la isla compensaba la compañía. Las colinas y los ríos, las casas de piedra. Las librerías abundantes y cuidadosamente organizadas. Los caminos húmedos entre prados y arboledas. Pero también así la comprobación de mi desenvolvimiento dentro de esa sociedad tan alejada de la ceremonia. Así el ojo atento de quienes en la isla me reconocieron como uno de los suyos, un espíritu que podía integrarse el día en que así lo decidiera. Aunque ese día no llegara. Aunque a poco de conocerme comprendieran que no me quedaría, no en esta ocasión en que viajaba con tres personajes del continente, pero tampoco en ningún otro momento. El gordo hizo un mohín con la boca y movió la mano para dictar, sin decirlo, que no se arrojarían más piedras. Miró con severidad al hombre cara de caballo que aún parecía joven porque se le escapó un tiro más. Se enfundó las manos en el saco, pues empezaba a soplar un viento frío, y fue en busca de la rubia, su mujer, para darle el brazo y andar con ella, seguidos de nosotros, de vuelta al malecón. La luz del sol ya sólo iluminaba la parte alta de la colina donde se alzaba el castillo. Entramos en un bar donde ordenamos cerveza y los cristales tenían ese último fulgor que los convierte en espejos antes del anochecer. El gordo buscaba provocarme, pero también obligarme al mismo tiempo a reconocer que era un gran amigo, de modo y forma que no le tuviera en cuenta las múltiples ocasiones en que había intentado hacerme quedar en ridículo durante nuestra estancia en la isla, una mezquindad que contó con la anuencia cobarde del hombre cara de caballo que aún parecía joven, ese sí, su incondicional. Yo traté de que la rubia, su mujer, interviniera en favor mío en aquellos episodios. Porque yo creía que ella me veía con simpatía, como a un hijo. Porque era una artista y debía tener más sensibilidad. Pero fundamentalmente porque yo no entendía lo que era un matrimonio de verdad y el del gordo y la rubia lo era. Yo no era nadie frente a eso. 'No soy nadie', pensé con una sonrisa mientras daba un sorbo a mi cerveza y veía los ojos encendidos del gordo que me azuzaba con la mirada, su rostro atravesado de muecas por contener una carcajada que finalmente soltó, sólo para empezar a hablar inopinadamente de las grandes diferencias entre éste y el otro lado del Canal. Asentía el hombre cara de caballo que aún parecía joven haciendo breves acotaciones. Comentaba la rubia, a veces con gran disgusto del gordo que hacía ademán de encontrar sus opiniones escandalosamente estúpidas o inaceptables, así que conseguía que ella guardara silencio unos minutos mirando distraída las otras mesas para luego reparar en mí y hacer alguna observación vagamente denigratoria que gozaba del inmediato aplauso del gordo y la casi siempre tardía, pero segura emulación del hombre cara de caballo que aún parecía joven. No me importaba. Dentro de poco todos estaríamos en el ferry camino del continente, dejando atrás la isla. Dentro de un poco más se vería el perfil blanco y fantasmagórico de los acantilados de la costa continental. Más tarde estaría en mi habitación y dentro de pocos meses ya no habría ni isla ni continente, ni gordo ni rubia, ni siquiera el hombre cara de caballo que aún parecía joven. Dentro de pocos meses se extendería una inmensa llanura desértica y meridiana frente a mí. En ella todas estas vanidades serían recordadas de vez en cuando sólo como un sueño. Un sueño iluminado por esa misma luz del despejado atardecer en la isla. Sentiría de nuevo ganas de arrojar piedras, pero no habría mar donde hacerlas saltar. Ni siquiera un vaso donde hundirlas.

sábado, marzo 02, 2019

Museos

No he anunciado a nadie que tengo las llaves de la casa. Tampoco que él me ha encargado cuidar de ella. Cuando las turbulencias del día me agobian demasiado suelo venir aquí a descansar. Me siento en los sillones de la sala o en alguna habitación y, como es lógico, nos recuerdo aún adolescentes hablando sobre cualquier cosa, saludando o despidiendo a su madre y hermana que se hallaban en esta misma sala viendo televisión, o apostándonos a los costados de la ventana del cuarto para fumar, circunspectos, a puerta cerrada. Hace muchos años de todo esto. Al alivio que me produce venir a este lugar en el que nadie me imagina se une siempre el extraño placer de considerar el tiempo transcurrido desde que la casa quedó deshabitada y el todavía más largo desde que él se fue de aquí. Años apilados sobre otros años a los que me asomo como a un desfiladero, poseído a partes iguales de fascinación y vértigo.
La casa no ha cambiado demasiado: los libros de su madre que fueron los de la infancia de él siguen aquí; la barra del desayunador todavía divide la cocina y se halla rodeada de bancos; en mitad de la sala aún se descarapela el techo por influencia de la viga que lo soporta. Es casi como estar de vuelta de un largo viaje en el tiempo. Como una oportunidad de empezar de nuevo. Diríase que en cualquier momento va a entrar él por la puerta de cristales nublados arrastrando al abrir el guardapolvos que la remata y barriendo así el suelo de linóleo. O que la luz de los faros del Fairmont de su madre inundará la penumbra de la sala a la hora del crepúsculo mientras toca el claxon para que alguien salga a abrir la cochera. Pero luego no se produce ninguna de estas cosas. Nada vuelve a comenzar. Cae la noche y, sin encender una sola luz para no llamar la atención, salgo de vuelta a mi vida y recorro deprisa el trayecto que me separa de mi casa. No soy más el adolescente que salía de aquí acompañado de él algunas mañanas de domingo para bajar la barranca y robar mangos en la huerta del fondo. No soy muchacho de nuevo, pese a los minutos transcurridos entre las paredes de esa casa tan parecida a la de mis recuerdos, así lo compruebo ya frente a mi espejo: los belfos caídos y la calva incipiente. Si algo ha de reanudarse es el hoy que no ha terminado conmigo.
Esta casa en la que vivo desde hace años, separado de mi mujer y autorizado a ver a mi hija una vez a la semana, es prestada. La mayor de mis tías, solterona y acaudalada, ha tenido la generosidad de rentármela por poco dinero ya que, dice, no encuentra gente confiable a la que meter en ella. Es curioso que él tampoco quiera rentar la casa de su madre, que fue la de él hace muchos años, y prefiera darme las llaves para que cuide de ella como de un museo. Guardián de la memoria, me ha llamado. Él como mi tía, pienso, es ahora un hombre solitario. Yo soy un hombre solitario. Ella y él han reunido una pequeña fortuna con el paso del tiempo. Yo no he reunido nada. A él le ha abandonado su mujer y se ha llevado a sus hijas, yo me he separado de la mía y apenas puedo ver a la pequeña una vez a la semana. Mi tía y él se han hallado solos y con propiedades en la madurez de sus vidas, ella sin descendencia y él con un par de niñas cuyo paradero ignora, lo que en cierto modo es lo mismo. No viven ya su madre ni su hermana que veían la televisión en la casa que él me ha encargado, sentadas en los sillones en que a veces tomo siesta y tengo sueños delirantes. Sueños en que me levanto de ese mismo sillón y voy a la tienda de la vuelta donde los dependientes me amarran y retienen entre costales de azúcar y aserrín. Sueños en que mi madre asmática fuma sin parar quejándose de que no he vuelto de la tienda. Sueños en que mi padre me mira con la cara negra y los ojos desorbitados gritándome maricón. Pero al despertar encuentro que sólo se trataba de muertos, muertos hace mucho tiempo. Y medito sobre las dificultades de los hombres y mujeres solitarios vivos. Como él y mi tía. Como yo.
No fui práctico en la vida y, como resultado, no soy yo quien debe enfrentar los problemas de haber reunido un patrimonio en solitario. Los hay que, abandonados por sus familias, entregan todo a iglesias y cultos que siempre están al acecho; otros, con menos ínfulas religiosas pero igualmente desesperados, se ven obligados a heredar a parientes que no han visto nunca o cuyo trato fue siempre un suplicio. Él ha optado por congelar el tiempo. Para conseguirlo ha pedido mi ayuda. Pero el pasado no puede habitarse y, por lo tanto, la casa de su madre que es la de su infancia debe permanecer yerma, ya no sólo porque él se halle a miles de kilómetros de ciudad natal en la remota Santa Teresa donde aún abriga la esperanza de que su mujer y las niñas vuelvan, ya no sólo porque a mí no me falte donde vivir, aunque sea en calidad de préstamo gracias a mi tía soltera y acaudalada, sino porque instalarse entre sus paredes haría entrar el presente de manera inevitable, destruyéndolo todo. Es así que yo tengo estas llaves para resguardar el pasado. A cambio de ello el pasado me resguarda a mí cuando el presente no es benigno. Sólo un poco, el plazo de un sueño o una meditación. Sólo un poco, el tiempo de retomar fuerzas.
En el viejo buzón, cuya herrería fundiera su abuelo, he hallado una carta suya. Me dice que ha decidido cerrar también la casa en que viviera con su mujer y las niñas. Se ha buscado otro sitio sin llevarse un solo mueble de ella, ningún libro, ninguna ropa. A fresh start, aclara en inglés sin tanta convicción de ese comienzo como de la sensatez de su decisión frente al pasado. Debe estar ahora sereno en algún otro lugar de Santa Teresa, aunque no aclara si sigue ahí o ha decidido mudar de ciudad también, construyendo otro patrimonio en solitario al que habrá que buscar herederos o, cuando menos, un depositario. Para el amor, mucho me temo, ya es demasiado tarde. Para él, para mi tía. Pero también para mí.

sábado, febrero 09, 2019

Explicación del divorcio

Con ser ocioso o perjudicial y aún bajo la advertencia de aquel poeta que recomendaba agradecer 'el regalo fugaz de su hermosura' a quien nos quiso para luego abandonarnos, prescindiendo de rencores y perdón, yo veía mis días interrumpidos cada cierto tiempo por recuerdos y pensamientos sobre el abandono de que fui objeto por parte de mi mujer y las niñas un mes, dos, luego un año y otro sin alcanzar nunca una explicación definitiva ni hacer las paces con lo ocurrido. Una mirada distraída al sillón de la sala, el comentario de un colega sobre sus vacaciones, o el recorrido por el supermercado empujando un solitario carrito de despensa y ya estaba ella peinando el cabello de las niñas antes de salir, o untándose los brazos con bronceador, o adelantándose por el pasillo de las carnes con aire pensativo. Su voz acariciándome. Su consuelo cuando el día iba mal. Sus planes. Nuestros planes. Yo adoraba a mi mujer. 
Al poco de vivir con ella adquirí la convicción infantil de que éramos el uno para el otro, una idea de orden religioso que podía permitirme a cambio de mi ateísmo intelectual y que, quizá, nos indujo a no prestar demasiada atención a los aspectos inacabados de nuestra relación: fisuras que ya estaban ahí desde el comienzo y que no dejaron de crecer ni de ramificarse con extraordinaria lentitud, es fácil ahora reconocerlas, aunque no quede muy claro si de verdad las hemos distinguido o, más probablemente, las hemos seleccionado por acomodarse mejor a la explicación muy posterior que nos hemos dado. Del mismo modo poco respetuoso de la causalidad y acuciado por el doloroso presente, suelo pensar que hubiera sido preferible que las fisuras de aquel lejano tiempo en que decidimos hacer vida común nos hubieran conducido a un pronto rompimiento, en vez de que pasara el tiempo un mes, dos, luego un año y otro acumulando recuerdos y construyendo sobre arena; es un pensamiento injusto, desde luego, producto de la desesperación de no tenerla, pero también de la falta de argumentos que me conformen con dicha ausencia. 'Es posible', me digo, 'que exista una explicación correcta a todo esto, pero su carácter de verdad incontrovertible no sería nunca capaz de hacerla satisfactoria, nunca capaz de conformarme con ella, y en ese sentido cualquier explicación es inaceptable', así, por ejemplo, la que atribuye a la ternura que hubo entre nosotros una buena parte de la culpa de haber transitado por la vida doméstica evadiendo las dificultades sin considerarlas en su verdadera dimensión, como si hubiese sido preferible la violencia de insultarnos a gritos o arrojarnos trastos para no convertir nuestra dulzura en grilletes que secuestraran la voluntad. Quién sabe me torturo pensando cuántas veces deseó sacudirme para que despertara, quién sabe cuántos años padeció por mi culpa como un ave enjaulada mientras yo minimizaba el problema, esquivo y confiado, incapaz de concebir que algo pudiera separarnos.
Aunque no lo menciona en su carta de despedida, es posible que ella haya escogido vivir con otro hombre. Yo ignoraba hasta qué punto las relaciones eran contratos con derechos y obligaciones: era un romántico; ignoraba la relevancia y justa proporción del sexo en la vida común: era un estúpido. Quise hacer valer mi ternura, mi calidad de hombre maduro y las convicciones largamente repetidas sobre nuestro destino común, para continuar indefinidamente con ella sin atender a sus necesidades más elementales: era un tramposo. Puedo pretextar que la amaba, pero mentiría si dijera que ese sólo pretexto me daba la convicción necesaria para justificarme ante mí mismo. Conforme pasaba el tiempo un mes, dos, luego un año y otro sabía que acumulaba una deuda que el poeta advertía 'no puedes pagar continuamente', de modo que cuando el cobro llegó, lo perdí todo. He repasado luego, inútilmente, ejemplos y contrajemplos de relaciones que se mantuvieron hasta la muerte y donde por razón de edad o circunstancia, se aceptaba como un hecho normal el enfriamiento o desaparición del sexo. He considerado sublime y luego estúpida la idea de que una relación que vale la pena importa muy por encima y a pesar del sexo, apilando a su favor anchurosas palabras como compromiso, complicidad, espíritu afín, pero también reuniendo en su contra palabras como pasión o deseo. 
Como me convenía, compartí por mucho tiempo el extendido prejuicio de considerar inferiores los valores de la carne a los del espíritu, porque si bien con aquellos podía sudarse y sonreír momentáneamente inundados de una plenitud puntual, con éstos podía enfrentarse la enfermedad y los trabajos de la vida. Quizá mi mujer compartió esta convicción por algún tiempo para luego dudar de ella. Quizá no ha hallado un hombre más inteligente o sensible que yo, pero sí uno que la desee con algo más que palabras y afecto, y así ha prevalecido lo que ella necesita por sobre lo que pudiera convenirle. Puede que yo resultara muy presentable frente a amigos encontrados por azar en el supermercado mientras ella y yo vigilábamos a las niñas que correteaban por todos lados; puede que comigo ella haya formado una pareja envidiable a los ojos de los demás, ambos con profesiones liberales, prósperos e ilustrados, con viajes a cuestas y el par de niñas como prueba adicional de amor y solidez; pero ella habrá preferido la meta más modesta de andar con un hombre más elemental, quizá más impresentable o menos formado, desde luego menos leal y menos ambicioso, porque ni las explicaciones fisiológicas ni los seguros de vida pueden sustituir la carne humana ni encender el fuego de su entrepierna.
¿Se engañan entonces quienes viven relaciones a costa de todo enfriamiento? ¿No radica el engaño más bien entre aquellos que hacen de la cama el mayor de sus vínculos? Con el paso del tiempo un mes, dos, luego un año y otro se me agotan las ganas de juzgar a los demás conforme a mi rasero y accedo paulatinamente a posiciones relativistas que, sobra decirlo, tampoco me convencen ni gustan demasiado, perogrulladas inútiles del tipo 'cada quién tiene sus motivos' o 'lo que es bueno para unos, no lo es para otros'. Pereza intelectual. Acidia. Eventualmente ha de llegar el mutis y no desearemos más atender los llamados del mundo para que lo consideremos, lo pensemos y ordenemos. Será demasiado para cualquier cerebro, demasiado para cualquier alma.
Pero yo seguiré echándola de menos y lamentando que no esté aquí. A ella, sí, pero también a su idea. Sus planes. Nuestros planes.

sábado, enero 19, 2019

El fin de la inocencia

Por la crianza que me dio mi madre, pero también por mi propia forma de ser, siempre me ha preocupado el aspecto teórico de las situaciones antes que su mero tránsito o realidad, lo que desde luego ha impedido que disfrute sin más de lo que se me ofrece espontáneamente por hallarme más ocupado en explicarlo que en vivirlo y, todavía más, en acomodarlo como instancia de un plan filosófico superior. 
[...]
La casa que mi madre mantenía en mi niñez, aunque modesta, disponía de todo lo necesario para vivir cómodamente y era causa de admiración entre sus escasas amistades, por el orden y limpieza que mostraba, pero también porque dichos orden y limpieza hacían suponer que gozábamos de una posición económica privilegiada que no teníamos. Especialmente cuando recibíamos visita mi madre nos vestía, a mi hermana y a mí, con tanto primor como le permitían sus recursos, pero luego nos impedía jugar en el suelo para no ensuciar la ropa y nos vigilaba constantemente para que no sacásemos más juguetes de los que ella juzgaba necesarios. Si, como solía ocurrir, yo optaba en esos días por tomar un libro de la estantería de la sala y debía ir al baño, al volver al sillón me encontraba con que mi madre había guardado el ejemplar en su lugar. Leer en el baño o sobre las camas nos estaba prohibido y los paseos de mi madre por las distintas estancias de la casa unido a su conocimiento exacto del lugar que ocupaban los objetos, hacía imposible que no se percatara de que un ejemplar, por pequeño que fuera, faltaba en las estanterías.
Mi hermana y yo compartíamos una habitación cuya ventana daba a la calle. Esta ventana, como las pesadas cortinas obscuras que la cubrían, solía estar cerrada, salvo un par de horas por la mañana y otro par por la tarde. Era mi madre la única autorizada a abrir las cortinas y, en casos extraordinarios, la ventana, aunque en estos últimos casos solía quedarse con nosotros sentada en una silla mientras remendaba ropa o leía distraídamente, mirándonos de vez en cuando por encima de sus anteojos. Entonces intentaba verla el mayor tiempo posible sin que ella me pillara haciéndolo, tan imbuido de miedo y admiración como seguro de que me regañaría si se percataba de mi visión furtiva. Pero nunca me vio, o fingió no verme, repasar su rostro concentrado o sus manos de venas tenues, estudiar la transparencia de sus medias o el hecho de que no hubiera cambiado de página en una hora. En su presencia y a pesar de estar en nuestra habitación, mi hermana y yo bajábamos la voz o procurábamos no hablarnos, a veces ignorándonos uno al otro, pero otras veces intentando comunicarnos con señas y gesticulaciones que nos ponían al borde de una risa violenta, tanto o más excitante cuanto más inminente era, aunque finalmente nunca se producía. A veces, cuando advertía que llevábamos alguna mancha en los zapatos o un cabello despeinado, mi madre se levantaba de la silla e iba a por un paño o el peine para repasarnos en silencio con movimientos excesivamente firmes, luego llevaba el paño o peine a su respectivo lugar y volvía a su silla respirando pesadamente como si intentara calmarse luego de un gran disgusto; tras un minuto, volvía a la normalidad.
Conforme mi niñez se acercaba a su fin, aunque aún sin desafiarla, buscaba maneras de hacer lo que me apetecía a pesar de mi madre, pero también a pesar de mi hermana que ocupaba la misma habitación que yo en perjuicio de mis urgencias. Hube de acostumbrarme a vigilar el sueño de mi hermana, a veces atendiendo a su respiración, a veces examinando difícilmente en la obscuridad si se hallaba dormida o, por lo menos, de espaldas a mi cama y vuelta hacia su pared. La puerta de la habitación estaba siempre abierta por órdenes de mi madre, pero una vez que ella se dormía y sin que llegase a roncar, nos alcanzaba el rumor de sus involuntarios quejidos. Gracias a estas señales yo conocía el momento de meterme la mano derecha en la entrepierna disfrutando del aire cargado debajo de las cobijas y de la agradable asfixia de una sábana envolviéndome la cabeza. Al principio, cuando terminaba mis ejercicios nocturnos restregándome contra una almohada o la pared, experimentaba una sensación placentera y culposa, sin mayores consecuencias materiales, pero cuando me encontré con poluciones que manchaban la ropa o las sábanas hube de temer que mi madre me castigara cuando hiciera la colada o me descubriera en la madrugada tratando de asearme dentro del cuarto de baño. No me preocupaba mi hermana, ni siquiera cuando estuve seguro de que ella conocía mis actividades nocturnas.
Cuando finalmente mi madre me llamó a cuentas aprovechando que mi hermana se hallaba en sus clases de música, me abofeteó antes que nada sin decir una palabra. Cuando se hubo saciado, me tomó del brazo y me hizo sentar en la sala donde me quedé cabizbajo y lloroso. Hizo una pausa frente a mí, de pie y con las manos metidas en los bolsillos de su gabardina, respirando pesadamente antes de empezar a hablar. Luego sacó ambas manos repentinamente y con una de ellas me tomó con fuerza de la mandíbula obligándome a mirarla; entonces habló: 'Has transgredido el orden de esta casa, pero sobre todo el de tu propia vida. Nunca más podrás recuperarlo. Nunca más sabrás cuál es el lugar de cada cosa. Ahora no puedes darte cuenta, pero yo estoy consciente porque te conozco de que ya has elegido vivir en la inquietud hasta el fin de tus días. Porque quien ha decidido como tú es sin duda esclavo de sus instintos. Sí. Pero quien además piensa como tú, con tu inteligencia privilegiada y tu sensibilidad enorme, nunca podrá conciliarlos. Vivirás infeliz buscando lo que hoy perdiste. En tu propio cuerpo. En hombres y mujeres. En objetos y bestias. Todo será inútil porque ya has abandonado la posibilidad de certeza. Podías volar, pero ahora vas a arrastrarte'. Me soltó la cara con desprecio y me encerró en mi habitación bajo llave 'el tiempo que fuera necesario'.
[...]
Es así que siempre me han fatigado las relaciones, pero también los largos períodos de celibato o promiscuidad, con sus negociaciones interminables con uno mismo tratando de conseguir un marco, si no inamovible, al menos adaptable para fijar lo que ocurre e indicar lo que ha de hacerse. Preocupaciones teóricas. El amor siempre en búsqueda de justificación a partir de sus manifestaciones externas: los apoyos de orden práctico, las lealtades a prueba, el sexo que nunca sé si es mucho o poco, si presentable o indigno. Saber vivir, sea porque se consigue someter la realidad a un libreto o porque se prescinde de él. ¿Cómo no entender a los eremitas que rechazan el mundo para mejor tener control sobre sus propias vidas? ¿Cómo no entender la condena de la carne como fuente de desorden y de placer? Un placer que no se acomoda nunca a la plenitud: si porque es sólo carnal, alejado del compromiso; si porque atiende al corazón, con la amenaza del tedio y la saciedad.
[...]
'Mi madre tiene razón', recuerdo haber pensado sentado en el suelo de mi habitación mientras me secaba las lágrimas. Luego un brillo debajo de la cama. Luego un restregarme contra el suelo tratando de alcanzarlo. La boca entreabierta, el estertor sagrado.
[...]
La habitación sigue cerrada.

sábado, enero 05, 2019

El guardián de la memoria

Subimos los peldaños que llevan de la puerta de la calle al salón de estar en silencio, sin saber bien a bien cual de las emociones experimentadas y contradictorias merecía más nuestra atención. No éramos los jóvenes, casi niños, que hace treinta años coincidieron en mitad de la escuela secundaria, pero igual que entonces él vino a mí necesitado de comprensión y, al mismo tiempo, protegiendo su orgullo con un vago aire aristocrático, una conducta que terminó por convencer a nuestros compañeros más silvestres de moderar su tendencia al desafuero. Tomó asiento en el sillón de una plaza que dominaba el salón, las escaleras por donde habíamos entrado y la cocina. A su izquierda quedaban las escaleras que iban a la cochera, separadas por un barandal del rincón donde había instalado un librero y el escritorio que casi no tenía ocasión de utilizar, ni siquiera porque dormía en la habitación de al lado donde, de noche, se escuchaban los quejidos de aparatos, tuberías y paredes de la cocina con la que era contigua. Tenía más de diez años de haberme separado de mi mujer y de haber aceptado el ofrecimiento que me hiciera la mayor de mis tías para quedarme a vivir en esa casa, una de las muchas que ella había adquirido o hecho construir en aquella colonia de la periferia que ya no podía expandirse por hallar en la Barranca su límite natural. 
Mirándolo de reojo desde la cocina donde me preparaba a ofrecerle un vaso de agua que aceptó, lo recordé sentado en el sillón rojo de su habitación de adolescente, pasándose las manos por la frente o la barbilla con la misma altivez con que lo hacía ahora mientras detenía los ojos en distintos puntos del salón. Solía prepararse así, mediante aquella inspección rápida y furtiva, para plantear un asunto o exponer una situación, aunque su cuarto le fuese entonces perfectamente familiar y el salón de mi casa sólo lo hubiera visto una vez, poco después de mi separación. Su recorrido ocular terminó entonces cuando le hube acercado el vaso de agua sobre el que fijó la vista un momento, para luego bebérselo de golpe y dejarlo sobre la mesa, vacío. Sonreímos al mismo tiempo, relajándonos.
He venido a pedirte un favor. O quizá convenga que lo veas como un negocio, dependiendo de si aún eres el hombre sentimental que fuiste mientras crecíamos juntos a unas calles de aquí, o si ya eres un hombre de negocios. Aunque sólo sean malos negocios...
Sonrió y me hizo sonreír a su vez, pero no dije nada. Volvió a ponerse serio. Continuó:
Haberte casado y haber concebido una niña con esa mujer son pruebas de que diste algunos pasos, aunque sólo fueran tímidos o torpes, para convertirte en un hombre de negocios. Tu mujer no era una romántica. Tu niña no come poesía extendió su mano izquierda para que yo mirara el escritorio lleno de papeles Y así es posible que el hombre sentimental que fue mi amigo no exista más y lo haya reemplazado un hombre convertido sólo en instrumento de exigencias prácticas. Pues incluso a ese hombre le tengo una oferta.
Que no tenga yo ahorros sino deudas y viva en una casa prestada, separado de mi mujer y la niña, difícilmente me hace pasar por un hombre de negocios, ¿no te parece? 
Ser hombre de negocios es una cuestión espiritual y no materia de resultados, es una disposición de ánimo frente a la vida que poseen la mayoría de los hombres, sean pobres o ricos, exitosos o fracasados, es una inclinación esencial hacia la depredación. Nunca la tuviste y me alegra darme cuenta por tu respuesta de que sigues sin tenerla; aunque con ello padezcan quienes más esperan de ti en la práctica: tu mujer y la niña. 
Has dicho malos negocios y has dicho bien, pero no estoy convencido de ser el mismo hombre bueno que conociste. Que no haya tenido ocasión de causar el daño que mis malos sentimientos sugerían no me hace buena persona. Que los odios y rencores acumulados por las innumerables ocasiones en que he creído ser víctima de injusticias no se hayan traducido en venganzas puntuales no significa que dichos sentimientos no existieran. Admito que la filosofía es inevitable, pero no tanto como principio sino como explicación tramposa de lo que fue. Casa bien con el hombre que conociste decir que vivo con pocos bienes materiales porque no constituían mi interés, pero es falso; que es normal que busque la solución razonada a conflictos y no la confrontación o la violencia, pero es también cobardía; que atendía a los sentimientos de las mujeres antes que sacar ventaja de ellas, pero buscaba la saciedad fisiológica. Es grande la tentación de demostrar que somos consistentes, especialmente cuando tenemos ya un pasado a cuestas y podemos apoyarnos en una selección arbitraria de hechos y otra muy discutible interpretación de los mismos. Y luego decir 'esto soy, esto siempre he sido'. Pero es casi siempre humo.
Durante años pensé que la consistencia de mi vida profesional como hombre de ciencia y cultura, la de mi vida intelectual, se correspondía con la de los años transcurridos al lado de mi mujer, la de mi vida privada. No advertí o no quise tomar demasiado en serio las distintas amenazas y evoluciones de las casi dos décadas que vivimos juntos, esencialmente porque el éxito profesional alimentaba la idea del éxito personal, porque la formalización de nuestro matrimonio y la llegada de las niñas consolidaron las ideas de completitud y armonía. Superados los primeros años creí íntimamente en algo tan contrario a la razón como que estábamos destinados el uno para el otro y así yo era siempre con ella y ella conmigo, indistinguibles, asumidos, en todos los planes y proyectos, en todas las consideraciones y providencias, sin advertir que la fe en nuestra relación como cosa dada e inamovible nos hacía invisibles y, por lo tanto, vulnerables. Mi mujer desapareció hace casi dos años junto con las niñas luego de dejarme una carta escueta. No sé dónde están ni he vuelto a tener noticias de ellas.
No lo miré conmovido. Después de todo se trataba de un hecho que ya empezaba a ser antiguo y para el que él había dispuesto de demasiado tiempo para encajarlo, no sólo el transcurrido desde la desaparición, sino también el del distanciamiento previo que se adivinaba largo. Intenté organizar una respuesta:
Lo siento. No sé qué haría de no poder ver a mi hija. A estas alturas es lo único que le da sentido a mis actos, aunque sean pocos e inefectivos. Siempre puedo adornarme diciendo que conocí el amor y que tener descendencia me justifica. Podemos compartir estas últimas razones, si gustas, pero son extremadamente vulgares, al alcance de cualquiera. Y la verdad es que en casi todo fui un fracasado, ahora puedo decirlo con tranquilidad porque no tiene caso engañarme. No terminé mis estudios ni conseguí emprender ningún negocio. Pero tú eres un hombre de carrera. No es lo mismo. Puede que tu matrimonio se haya derrumbado y con ello muchas de tus ideas sobre la vida, pero tienes intereses superiores, por decirlo así.
No te creas. Al final todo es industria. Pero es verdad que semejante catástrofe personal no me movió de mi sitio ni apagó mi espíritu: seguí trabajando, quizá tanto o más que antes. Y no aproveché la coyuntura para largarme de ese siniestro pueblo de provincias al que en mala hora llegué para exiliarme. No tengo una sola amistad que valga la pena, Jorge. Nada. Podría irme de ahí ahora mismo y, sin embargo, vengo a comunicarte que he decidido quedarme allá.
Lo interrumpí con el ceño fruncido de extrañeza.
Pensé que deseabas quedarte aquí. Recuerdo que hace muchos años me dijiste que esta casa te gustaba y te invité a venir sin ningún compromiso por tanto tiempo como quisieras. Ahora te ofrezco lo mismo, aunque supongo que si no has venido cuando ocurrió lo peor tampoco querrás venir ahora. Y encima esta decisión...
Qué más quisiera que volver, pero no es posible. No se puede volver de veras como yo lo deseo. No podemos traer de vuelta a tu padre para que nos llame maricas mientras hablamos de música o cometas en el desorden de tu habitación, no así a tu hermano para que reparta el botín extraído del bolso de tu madre que se cura la jaqueca con cataplasmas en una habitación de paredes descarapeladas. No podemos volver hasta mi habitación para hacer la tarea de ciencias sociales listando los países del bloque socialista mientras mi madre llora en el cuarto contiguo por haber descubierto una nueva infidelidad de mi padre ni hay forma de ir a la tienda de los hermanos que siempre buscaban la manera de hacernos pasar a la trastienda. ¿Volver a dónde, Jorge? Ciudad natal no existe más.
Ya. ¿Cómo puedo ayudarte entonces?
La casa de mi madre está sola. Quiero que la cuides y, si así lo deseas, vivas en ella. Ahí están todos los muebles que teníamos. La barra del desayunador y el sillón rojo. La mesa redonda con sillas de rattan en imitación bambú. La licorera y la mesita de centro. Las camas con una repisa como librero de cabecera. El estéreo con tocadiscos y bocinas con fieltro.
¿Por qué no la rentas?
No. Quiero conservarla. Mi madre tampoco volverá. Quizá no volvamos a vernos.
Me reí inesperadamente llamándolo dramático y le di un fuerte abrazo. Contra mi costumbre, saqué una caja de cigarros de la cómoda y encendí uno ofreciéndole otro que aceptó. Llevaba poco más de tres años sin fumar y aunque me asustaba la posibilidad de que fumarme un cigarrillo desencadenara otro período de tabaquismo intenso, ello no ocurrió. Le mostré algunas fotografías de la niña que él miró sin mucho interés y nos gastamos bromas mientras recordábamos a personajes de los que casi nunca volvimos a tener noticia. Le hice escuchar algunos de mis discos más recientes y le conté algunas de mis cuitas sexuales omitiendo datos aquí y allá, a veces la edad, a veces el color o el sexo. Él siguió teorizando sobre su matrimonio y habló de un túnel del que había salido, de una liberación y unos personajes imposibles, ya no recuerdo bien. Se quedó a dormir y al amanecer descubrí que se había marchado dejando una pequeña nota y un juego de llaves:
'Cuídala bien, guardián de la memoria. Quizá volvamos a vernos pronto. Quizá sea necesario recordar'.