No dura lo suficiente la confianza redonda de haber concluido una caza con éxito —los dedos olorosos a partes pudendas, la claridad mental de las sienes sudorosas— y es por ello que apenas terminada la faena he vuelto a casa y me he sentado a escribir con el objeto de atrapar aunque sea un poco de esa lucidez que, tanto si escribo como si no, irá como polilla irremediable a quemarse contra el foco. No me lo facilita esta casa, debo confesarlo, ni el calor abominable que mantiene a raya un aparato innoble y ruidoso pegado a la pared, una solución que, dicho sea de paso, sustituye el bochorno por un aire seco que deshidrata los ojos y sabe a humedad. Pero debo, al menos, intentarlo.
La cacería fue llevada a cabo con el colmillo que dan los años: una aproximación impecable desde el auto, un detenerse sin escándalo ni intimidación, un llamar a la presa con normalidad y, una vez en la puerta, no abrir de inmediato, sino charlar despreocupadamente para excitar, al tiempo en que se estudia sucinta, pero firmemente, la salacidad de la mirada, el origen social que revelan la vestimenta o el acento, la intención de la voz; finalmente tomar una decisión —la de abrir la puerta en este caso— y conducir valorando el cuerpo con la mano derecha mientras la izquierda conduce. No hay que confundir la impecable ejecución de la cacería con un exceso de frialdad o un aire cientificista que hubiese obrado en detrimento del natural desorden de la lascivia: una cosa no estorba a la otra, al contrario, la encauza y dosifica, como de hecho hubo de hacerse una vez arribados a la leonera apenas disimulada —el refrigerador abierto y desconectado, las repisas vacías, una caja con objetos diversos por el suelo— procurando evitar la precipitación o el pánico que suele producirse en el momento de la verdad (y la verdad siempre llega), particularmente en la presa que —bien lo sabe— espera de nosotros conducción y pericia, no al punto de quien practica un deporte (¡qué horror!), sino de quien se hace cargo de la situación decididamente.
Al mismo tiempo, desde luego, una buena faena como la de esta noche (aunque no me agrade el símil taurino) debe también demostrar la flexibilidad suficiente como para introducir novedades razonables y resolver los seguros desencuentros que se producen entre dos a mitad de la cama: un rostro que gira para evitar la otra boca, una sorpresiva acogida de la posición más difícil, un indeciso tragarlo todo o escupirlo que ha de decidirse sin incomodar ni forzar, proporcionando salidas airosas y fluidas, casi plásticas. Y la conclusión es, por supuesto, tan importante como lo demás, pues con el alivio de los esfínteres comienza sin demora la reinstalación de la realidad en los terrenos de los que fue temporal e ilusamente desalojada. Y la primera realidad es el descubrimiento, como hicieran nuestros primeros padres, de la desnudez: lo que hace unos minutos no importaba —el culo caído, la panza cuarentona, el pelo ralo— ahora se vuelve contra los yacentes. Y hay que sobrevivir con todo ello a la ducha, al encender de la luz, tanto si se dejó encendida (y entonces estábamos ciegos y faltos de ángulo, o con exceso de ello) como si se mantuvo apagada o en ligera penumbra (y ahora nadie justifica el acrecentado morbo de lo imaginado). Lo de hoy, por fortuna, era bastante pasable en sí mismo como para que hubiera que acelerar la salida o mirar hacia otro lado: se pudo pasar la toalla por el cuerpo, vestirse sin pausas, pero sin apuros, hablar con esa relajación que sucede a la turgencia, y, finalmente, trepar al carro sin que obste el pesado aire del valle sobre la inusitada ligereza de la respiración.
Ojalá durase, ya digo, no sólo el alivio de ansiedades que una cacería exitosa produce, sino también la claridad de pensamiento, la altivez libre de fanfarronería con que se mira el mundo desde su atalaya efímera. La cacería tiene vocación de libertad y se opone por ello a las instituciones, máxime cuando su naturaleza va en contra de las aventuras toleradas por una sociedad que, si bien el siglo que corre hace pasar por moderna y avanzada, nunca ha sido más lela en sus motivaciones ni más afecta al doble discurso. Son tiempos contrarios a la gente de una pieza. Ya lo reflexionaba yo esta misma mañana en que a mitad de una junta insultante de tan estúpida no podía suponer que la noche pudiera traerme algo de signo totalmente opuesto, capaz de cancelar sus nocivos efectos: '¿De verdad es este el Instituto Científico y Cultural?, ¿el compuesto por esta gente a la que sólo su sueldo permite distinguir de un puñado de albañiles? ¿este donde se discute si los pupilos deben ser socialmente responsables o emprendedores, si éticos o creativos? Si todos fuésemos brillantes y cultos, lo que se dice gente verdaderamente académica, podríamos llegar a acuerdos con mucha mayor facilidad y terminar esta reunión imbécil. Porque contrario a lo que se afirma, con la inteligencia y el buen gusto, con la alta cultura, vendría un mismo sentido de la armonía y de la pertinencia. La gente suele opinar lo contrario: que la gente con seso no se uniformiza, que discute interminablemente, que va y viene en circunloquios, y algo hay de eso, sí, pero no como estos cerdos que me acompañan lo suponen y realizan. Lo que hay entre gente intelectualmente adulta es personalidad y punto de vista, pero la semántica y la sintaxis, el conocimiento y la capacidad de análisis y síntesis, son los mismos en todos ellos. Aquí no hay ni lenguaje. Y sin lenguaje no hay pensamiento, sino animalidad; no hay cultura, sino biología.'
Va a resultar ahora, dirán algunos, que la cacería es un acto intelectual. El sudor de hoy, fuente de inagotable cultura. No diré ni sí ni no porque a los que así piensan se les ha escapado todo y ya van imitando así a los robavacas de la junta de hoy. No valdría la pena esforzarse en establecer una relación tan obvia como sutil frente a quienes no cuentan con elementos para aprehender ni lo uno ni lo otro. Sólo insistiré (antes de que caiga la polilla con las alas abrasadas) en que el ejercicio de libertad de hoy, con alcanzar su pináculo en la cópula y quedar acotado por el momento en que la presa descendió del carro —sus pasos perdiéndose en el callejón, el ruido del motor que vuelve a ponerse en marcha— es un acto puro que escapa a la maquinaria de emasculación en que está convertido el mundo contemporáneo. Es voluntad frente a la sumisión. Es disidencia y no quiero que se me confunda con esos exaltados izquierdistas que ven en toda transgresión una virtud en sí misma. Esta es una disidencia por cuanto se aparta de las vías que los domesticados trazaron para que las nuevas generaciones caminen por ellas con la misma ilusión de quien descubre el hilo negro. La cacería me hace cuestionar seriamente el sentido no sólo de continuar mañana la junta de hoy o de envejecer rodeado de brutos miserables, sino el sentido de la vida entera. Y creo adivinar en su entrepierna, en el jadeo y la embestida, en su infinita paz silenciosa de escasos segundos, el misterio.
La polilla ha muerto.
viernes, septiembre 25, 2015
lunes, septiembre 21, 2015
Las estaciones
Atravesar el valle del Yaqui hacia el mediodía luego de desvelarme leyendo esa novela que me proporciona el guión a seguir, más por confusión que por así haberlo dispuesto, arrastrado por la corriente como sucede en esta edad madura en que lo único visible es la acumulación desmedida de acontecimientos y resultados, productos lo llamarían los burócratas estúpidos que nos parasitan, mirando mentalmente con extrañeza aquellos días en el valle de Atemajac, el otro valle, cuando la disposición de actividades simples parecía traducción indiscutible de mi voluntad, pensado y hecho, se diría, o a veces no consumado, pero desde luego mío desde su concepción el curso de los acontecimientos, la engañosa creencia de que éramos libres sólo porque no contábamos para casi nadie, y ahora engañados definitivamente de que tenemos las riendas del mundo cuando es más bien éste el que nos ha domesticado, incluso en este fin de semana lluvioso en cuyo breve escampar se desliza el auto esquivando baches sobre una recta interminable, el árbol de mango aislado entre trigales, la represa que forman las esclusas, el lejano fondo de montañas del que nos alejamos camino del mar sin llegar nunca a él porque ya damos vuelta en este caserío y nos metemos hasta la terraza donde los hermanos nos saludan con familiaridad impostada, o es más bien que llegado cierto momento en la vida, sea por agotamiento o mansedumbre, no hay más remedio que aceptar lo que nos ha tocado en suerte y entregarse con resignación al destino, como aquel hombre que ve sus opciones no sólo disminuir inexorablemente cuanto apuntar ya sin asomo de duda a una única fatalidad todavía evitable (la puerta entreabierta, el umbral no traspasado aún) y que ha de dar el paso que falta para completar su sino aun a sabiendas de que debería dar media vuelta y salvarse, tal vez porque en el fondo todos comprendemos la representación que nos montamos y nos sometemos extrañamente a su parlamento, más decididamente cuando transcurre el verano de la vida y su figura de patriarca prematuro le obliga a no dejarse arredrar por los que ya le estudian detenidamente para calcular las bromas y los comentarios, los insultos o los golpes apenas contenidos en manazos de presuntos amigos, alardes de machos que en el fondo son asesinos, violadores que sólo esperan que ocurra un incendio en las cercanías para pasar a degüello a los hombres y hacerse con las mujeres, de momento sometidas a toda clase de sevicias sólo en el discurso, la palabrería, una broma vaginal por diez de verijas, mientras se consumen cervezas sucias una tras otra, una tras otra, apenas distinguibles los tragos del crepitar de las escasas gotas que vuelven a caer, las campanadas de la iglesia, las señales que dividen los períodos como ladridos de perro o crujir de hojas bajo el peso de una lagartija, haberse permitido llegar hasta aquí con las mismas nubes grises de allá arriba circulando en la cabeza, ¿dónde los que nos acompañaron la última vez? ¿dónde los que se rieron y bailaron, los que echaron la pota aquí mismo y orinaron entre las gallinas? ¿eran ellos también víctimas de su guión, lo mismo cuando creían decidir que cuando se doblegaban? Las estaciones. La lluvia no es el agua fría y turbulenta de Atemajac, aguacero de septiembre que quiere correr por las cañadas y barrancos y descender por colinas y colapsar tejados, no, la lluvia aquí no trae el aire renovado y frío de las tierras altas ni es reflejar de luces de autos en las habitaciones de las casas, apenas cae se evapora ardiendo en esta bocanada de diablo en que se encierra el valle del Yaqui por interminables meses y que nos tiene atrapados como en una burbuja de aliento muerto, espiando por entre las cortinas de las casas, mirando pantallas en horrenda alienación del paisaje arrebatado, explicación quizá de que ambos estemos aquí, inmóviles y sonriendo estúpidamente en inverosímil compañía, porque lo que no pudimos resolver en nuestras vidas, lo que no pudo seguirse produciendo en las alcobas, lo que no consiguió la solidez de la vivienda ni el crédito de las bancas, está aquí, en esta desorientación espantosa cuya mayor prueba la constituyen estas botellas vacías que nos hemos bebido y este batiburrillo soez al que nos hemos entregado, el plomo de nuestras almas igual al peso del barro que ancla nuestros pies en la por una vez anegada tierra del Alto, de donde ahora salgo, salimos, yo y lo mío y lo incidental, no sin antes despedirme de los hermanos en las afueras del caserío, casi huyendo, casi sintiendo los fantasmas cabalgar detrás de mí para no dejarme escapar del infierno, el sol como el sangrante cuello de una lenta decapitación crepuscular, la inmensa hoz del horizonte convertida súbitamente en sombra negra cargada de presentimientos, el ulular de las llantas, las luces que ya se encienden, si tan sólo pudiésemos volver a Santa Teresa esta noche, si tan sólo no hubiésemos salido, ya no digo de casa el día de hoy sino del valle de Atemajac donde nacimos y cuyo río de piedras no debimos cruzar nunca, cuidar la huerta del barrio del Alacrán y encerrarnos detrás de los espesos muros de aquel piso mitad piedra y mitad adobes, donde la noche nos acogería como una madre en vez de devorarnos como lo hace ahora, siniestra, polarizada, firme en su propósito de dejarnos vivir muchos años sólo para alimentarse de nuestra interminable agonía, la que ahora es un abrir y cerrar de puertas para vomitar cada calle y defecar cada acera, echarse en la cama con el sudor frío de haber visto la muerte y no poder abrazar al muerto más, una inyección a medianoche y un eco interminable en la cabeza, amor, amor, ¿ya vienes? amor, amor, cerremos los ojos. Aprieta.
domingo, septiembre 06, 2015
Toxicómanos maricas
Viví la misma historia unas cuatro veces a lo largo de mi vida y las circunstancias han querido hacerme testigo cercano de uno de los casos, aunque de los demás he podido enterarme lo suficiente en la distancia como para establecer entre ellos una similitud no exenta de asco. El primero fue mi padre, por supuesto, aunque amparado por la niñez que no se entera de nada (o sólo de una forma fragmentaria que exige unir luego los trozos en la adultez; y yo los he unido) nunca lo vi como el alcohólico que era ni asistí a ese patético estira y afloja de conversaciones y acuerdos y reproches que se establecen entre el toxicómano y sus víctimas, unas víctimas las más de las veces entusiastas corresponsables de la situación por más que su libreto les exija decir que han sufrido lo bastante como para que encima se les llame a cuentas. A diferencia de los otros casos, no habiendo yo asistido como es lógico a todos sus excesos en calidad de amigo o compañero de juerga, el de mi padre sólo ha servido de confirmación del arco fatal que describen los toxicómanos mojigatos, que son a los que me refiero. Es así que sólo lo recuerdo borracho en algunas reuniones con la familia de mi madre, donde él procuraba tratar con deferencia excesiva a mi abuelo, ganándose su confianza, ayudar con servilismo a mi abuela haciendo gala de presunta caballerosidad, y gastando bromas picantes a mis tías que no dejaban de celebrarle sus ocurrencias con sonoras carcajadas e intercambio de abrazos y palmadas que tenían lo suyo de erotismo apenas contenido. Un ambiente feliz, casi se diría sano, si no fuese porque había que sacarlo en andas, mi madre al volante conduciendo con los ojos encendidos de vuelta al departamento del centro, el hombre apenas con tiempo para echarse en calzones sobre la cama y dormir la borrachera inundando la habitación de ese humor ácido que despiden los hombres de piel blanca que se torna roja de tan etílica. Por fortuna, apenas convivió con nosotros y, como es lógico aunque mi madre fingiera no enterarse durante algunos años, terminó por abandonarnos. Creo que fue lo mejor que pudo hacer, sobre todo porque su alcoholismo y su escasa sesera sólo podían resolverse como terminaron haciéndolo: con la satanización de cuanto significara el alcohol, no sólo en sí mismo, sino con todo lo que lo rodeaba, así se tratara de amigos, familiares o simples geografías. Cómodamente trasladó fuera de sí su culpa y la repartió entre los demás, respaldado por las ideas que las asociaciones de alcohólicos, la iglesia y cuanta institución interesada en la manipulación de las personas proponen a este efecto: una disociación entre el discurso y las acciones que permite pedir disculpas y reconocer cuanta falta se quiera mientras se sigue siendo la misma mierda; una vida espiritual exterior que incluye misa, comunión, retiro con la familia y, en suma, el aburrido esquema al que conduce la escasa educación que no permite liberarse de los prejuicios que la oprimen; y, last but not least, una borrachera ocasional y culposa para reforzar el ciclo de la dependencia que requiere tanto de pecados como de expiaciones. Fue una suerte, ya lo digo, que semejante porquería les haya tocado a otros hijos y no a nosotros, pues si al recuerdo del aliento intoxicado de mi padre y de sus ojos extraviados acercándose a mi recámara para decirme "Tú eres el hombre de esta casa, mijo, cuida a tu mamá y a tu hermana" aderezado con un "Te quiero mucho" que más bien parecía dirigido a sí mismo o a una entidad abstracta que no era yo, le hubiese sucedido la ñoñería insoportable de un hipócrita que censurara con torpeza y primitivismo cuanto en mi vida había de claro y liberal, obligándonos a seguirle el teatro de su arrepentimiento a lo largo de los años, habría terminado cometiendo parricidio.
Pero yo nunca bebí con mi padre, o acaso sólo la última vez que lo vi, hace quince años, al pasar por esa aburrida ciudad californiana orgullosa de producir la mayor cantidad de ajo en el mundo (hay que ver qué idiotez). El hombre insistía en contarme los meses que había pasado ya sin beber y yo descorchaba champaña y me bebía aquello con dolorosa tranquilidad, diciéndole 'Pues ya eres un hombre adulto, allá tú, yo no vería nada de malo en que, siendo dueño de mi casa y sin que nadie me mantenga, bebiera yo cuanto quisiera beber y me aguantaran los demás cuanto quisieran aguantar. Ahí estaría la puerta de mi casa, ancha y abierta, para quien quisiera largarse'. Y decidió acompañarme sólo para refugiarse con los vecinos y seguir bebiendo hasta hartarse mientras yo dormía plácidamente en mi habitación de hotel, ni borracho ni sobrio, seguro de que aquello que los médicos llaman predisposición genética a la adicción es sólo una calca vulgar del así llamado pecado original por los eclesiásticos, o sea, una cortina de humo y una patraña. En cambio, con quienes sí bebí mucho fue con mis amigos, o con quienes creí que lo eran en aquel momento. De estos, la mayoría eran personas normales que disfrutaban beber y emborracharse de vez en cuando con el pretexto de convivir, estrechar nuestra amistad, pasar aventuras. Pero otros eran como mi padre, es decir, aficionados a la bebida por la bebida misma y con escasa estatura moral como para admitírselo. A Gustavo, por ejemplo, además de beber le gustaba hincar la nariz en rayas de coca, un tipo muy divertido y con dotes de líder, cuestión que facilitaba el que tuviera dinero, camioneta, coche, los departamentos adecuados para nuestras reuniones, y contactos entre las putillas más adecentadas para júniors de los años noventa en aquella localidad. Nuestras coincidencias eran grandes en lo superficial: él también era hijo de una madre separada que trabajaba casi todo el día y tenía, como yo, una hermana menor medio piruja. Tuve ocasión de asistir a las primeras etapas de lo que (luego me he enterado) serían largos años de pecado y penitencia, largos no porque siguiera bebiendo o drogándose como en aquellos tiempos (sólo los toxicómanos de verdad lo consiguen y pagan legítimamente con su vida), sino porque, igual que mi padre, se haría hombre de hogar y religión luego de culparnos a todos de sus excesos y de sufrir un oportuno accidente que le permitió abusar de la morfina cuando ya rebasaba los cuarenta. Un hombre con suerte, que encontró a su propia madre en una mujer veinte años más joven, para casarse con ella y ser disciplinado conforme a la tradición edípica; un hombre afortunado al que no ha dejado de sonreírle el gobierno federal a través de puestos y relaciones públicas de todo tipo, vía su madre, de acuerdo, pero también acuciado por la ambición de su mujer, una de esas fieras que todo lo reprochan a gritos en público sólo para mostrarse dóciles y lloronas en privado, la receta secreta de una pasión matrimonial duradera. Puede que en Gustavo entienda más que en cualquier otro caso la mochería que le poseyó luego de internarse en esa clínica impagable para toxicómanos a la que volvería ya sólo esporádicamente según sus necesidades de renovación, puede que lo entienda, decía, porque su familia tenía dinero e innumerables tratos con curas fanáticos de la tradición tridentina, con empresarios dueños de colegios privados, con obscuras asociaciones benefactoras financiadas por aun más opacas fuentes. Era sólo cuestión de tiempo para que él, drogadicto o no, se hiciera cargo del lugar que le correspondía como heredero de estas relaciones, una cosa desde luego en nada peleada con la otra, sobre todo para quien ha aprendido a disociarse con malicia y habilidad para no ser cogido en falta y salir siempre bien librado de cualquier aparente contradicción.
Gustavo, igual que Hakim años después, me prodigó un trato excepcionalmente cercano durante los años de nuestra convivencia. Durante ese tiempo creyeron que yo era su amigo y admiraron mi capacidad para ordenar los pensamientos y formularlos con claridad. Como yo no tenía el dinero de Gustavo y era unos cinco años más joven que Hakim, les fue sencillo verme como a un huérfano que disfrutaba con su melomanía vulgar y sus excesos. Hombres al fin y al cabo, no reparaban en la tabarra que me daban contando una y otra vez las mismas cuitas estúpidas, susceptibles como eran a la lisonja y a mi predilección por escucharlos en vez de contar yo mismo lo que pensaba de las cosas o lo que me ocurría. ¿Cómo iba yo a imaginar que las sustancias con que acompañaban esos encuentros constituían un problema para ellos? ¿Cómo si a mí no me provocaban más que fastidio por cuanto el alcohol terminaba por vomitarlo y las drogas me daban miedo? Ambos consiguieron engañarme por algún tiempo de su extraordinaria resistencia a cuanto se metían y de la libertad de su pensamiento, urbano en el caso de Gustavo, rural en el de Hakim. Pero todo resultó falso y años después me enteraría (o me tocaría ver de cerca en el caso del segundo) la transformación de este par de toxicómanos primero en seres aterrados de su propia intemperancia, luego en rehabilitados bagazos sociales, finalmente en hábiles hombres de negocios y padres de familia que, desde el púlpito de su escritorio, predican sobre los males de todo aquello que no supieron (ni saben) controlar. Quieren que se haga en los demás lo que no quisieron para sí mismos en sus años de librepensadores: que a los otros se les prohíba, se les censure, se les encauce, les guste o no, por los senderos del supuesto bien. Igual que mi padre, siguen emborrachándose de vez en cuando y, si lo evitan, no es por razones morales, sino porque la vejez ya reclama su parte de salud haciéndoselos imposible. Como no veo a ninguno, salvo a Hakim (y sólo de vez en cuando), estoy relativamente a salvo de su proselitismo mojigato e hipocritón, aunque de verme tampoco lo intentarían porque saben que en mí no cuelan sus lelos catecismos y que, cuando me apetezca, puedo pisarles la cola de su largo pasado para que chillen y me dejen en paz. Demasiado riesgo para personalidades esencialmente cobardes.
Hace poco me escribió mi medio hermano para decirme que quería tener noticias mías, conocerme un poco más. Le contesté sin mucho entusiasmo, pero accediendo a su petición, no sin desaprovechar la oportunidad de felicitarlo por haber sobrevivido a toda una vida con mi padre (recién se había mudado a vivir con su novia). Contestó secamente que a ese hombre le debía "importantes lecciones de vida" y que pide a dios que yo pueda un día aprender a "perdonar como él" (pero ¿quién?).
No contesté.
Pero yo nunca bebí con mi padre, o acaso sólo la última vez que lo vi, hace quince años, al pasar por esa aburrida ciudad californiana orgullosa de producir la mayor cantidad de ajo en el mundo (hay que ver qué idiotez). El hombre insistía en contarme los meses que había pasado ya sin beber y yo descorchaba champaña y me bebía aquello con dolorosa tranquilidad, diciéndole 'Pues ya eres un hombre adulto, allá tú, yo no vería nada de malo en que, siendo dueño de mi casa y sin que nadie me mantenga, bebiera yo cuanto quisiera beber y me aguantaran los demás cuanto quisieran aguantar. Ahí estaría la puerta de mi casa, ancha y abierta, para quien quisiera largarse'. Y decidió acompañarme sólo para refugiarse con los vecinos y seguir bebiendo hasta hartarse mientras yo dormía plácidamente en mi habitación de hotel, ni borracho ni sobrio, seguro de que aquello que los médicos llaman predisposición genética a la adicción es sólo una calca vulgar del así llamado pecado original por los eclesiásticos, o sea, una cortina de humo y una patraña. En cambio, con quienes sí bebí mucho fue con mis amigos, o con quienes creí que lo eran en aquel momento. De estos, la mayoría eran personas normales que disfrutaban beber y emborracharse de vez en cuando con el pretexto de convivir, estrechar nuestra amistad, pasar aventuras. Pero otros eran como mi padre, es decir, aficionados a la bebida por la bebida misma y con escasa estatura moral como para admitírselo. A Gustavo, por ejemplo, además de beber le gustaba hincar la nariz en rayas de coca, un tipo muy divertido y con dotes de líder, cuestión que facilitaba el que tuviera dinero, camioneta, coche, los departamentos adecuados para nuestras reuniones, y contactos entre las putillas más adecentadas para júniors de los años noventa en aquella localidad. Nuestras coincidencias eran grandes en lo superficial: él también era hijo de una madre separada que trabajaba casi todo el día y tenía, como yo, una hermana menor medio piruja. Tuve ocasión de asistir a las primeras etapas de lo que (luego me he enterado) serían largos años de pecado y penitencia, largos no porque siguiera bebiendo o drogándose como en aquellos tiempos (sólo los toxicómanos de verdad lo consiguen y pagan legítimamente con su vida), sino porque, igual que mi padre, se haría hombre de hogar y religión luego de culparnos a todos de sus excesos y de sufrir un oportuno accidente que le permitió abusar de la morfina cuando ya rebasaba los cuarenta. Un hombre con suerte, que encontró a su propia madre en una mujer veinte años más joven, para casarse con ella y ser disciplinado conforme a la tradición edípica; un hombre afortunado al que no ha dejado de sonreírle el gobierno federal a través de puestos y relaciones públicas de todo tipo, vía su madre, de acuerdo, pero también acuciado por la ambición de su mujer, una de esas fieras que todo lo reprochan a gritos en público sólo para mostrarse dóciles y lloronas en privado, la receta secreta de una pasión matrimonial duradera. Puede que en Gustavo entienda más que en cualquier otro caso la mochería que le poseyó luego de internarse en esa clínica impagable para toxicómanos a la que volvería ya sólo esporádicamente según sus necesidades de renovación, puede que lo entienda, decía, porque su familia tenía dinero e innumerables tratos con curas fanáticos de la tradición tridentina, con empresarios dueños de colegios privados, con obscuras asociaciones benefactoras financiadas por aun más opacas fuentes. Era sólo cuestión de tiempo para que él, drogadicto o no, se hiciera cargo del lugar que le correspondía como heredero de estas relaciones, una cosa desde luego en nada peleada con la otra, sobre todo para quien ha aprendido a disociarse con malicia y habilidad para no ser cogido en falta y salir siempre bien librado de cualquier aparente contradicción.
Gustavo, igual que Hakim años después, me prodigó un trato excepcionalmente cercano durante los años de nuestra convivencia. Durante ese tiempo creyeron que yo era su amigo y admiraron mi capacidad para ordenar los pensamientos y formularlos con claridad. Como yo no tenía el dinero de Gustavo y era unos cinco años más joven que Hakim, les fue sencillo verme como a un huérfano que disfrutaba con su melomanía vulgar y sus excesos. Hombres al fin y al cabo, no reparaban en la tabarra que me daban contando una y otra vez las mismas cuitas estúpidas, susceptibles como eran a la lisonja y a mi predilección por escucharlos en vez de contar yo mismo lo que pensaba de las cosas o lo que me ocurría. ¿Cómo iba yo a imaginar que las sustancias con que acompañaban esos encuentros constituían un problema para ellos? ¿Cómo si a mí no me provocaban más que fastidio por cuanto el alcohol terminaba por vomitarlo y las drogas me daban miedo? Ambos consiguieron engañarme por algún tiempo de su extraordinaria resistencia a cuanto se metían y de la libertad de su pensamiento, urbano en el caso de Gustavo, rural en el de Hakim. Pero todo resultó falso y años después me enteraría (o me tocaría ver de cerca en el caso del segundo) la transformación de este par de toxicómanos primero en seres aterrados de su propia intemperancia, luego en rehabilitados bagazos sociales, finalmente en hábiles hombres de negocios y padres de familia que, desde el púlpito de su escritorio, predican sobre los males de todo aquello que no supieron (ni saben) controlar. Quieren que se haga en los demás lo que no quisieron para sí mismos en sus años de librepensadores: que a los otros se les prohíba, se les censure, se les encauce, les guste o no, por los senderos del supuesto bien. Igual que mi padre, siguen emborrachándose de vez en cuando y, si lo evitan, no es por razones morales, sino porque la vejez ya reclama su parte de salud haciéndoselos imposible. Como no veo a ninguno, salvo a Hakim (y sólo de vez en cuando), estoy relativamente a salvo de su proselitismo mojigato e hipocritón, aunque de verme tampoco lo intentarían porque saben que en mí no cuelan sus lelos catecismos y que, cuando me apetezca, puedo pisarles la cola de su largo pasado para que chillen y me dejen en paz. Demasiado riesgo para personalidades esencialmente cobardes.
Hace poco me escribió mi medio hermano para decirme que quería tener noticias mías, conocerme un poco más. Le contesté sin mucho entusiasmo, pero accediendo a su petición, no sin desaprovechar la oportunidad de felicitarlo por haber sobrevivido a toda una vida con mi padre (recién se había mudado a vivir con su novia). Contestó secamente que a ese hombre le debía "importantes lecciones de vida" y que pide a dios que yo pueda un día aprender a "perdonar como él" (pero ¿quién?).
No contesté.
domingo, agosto 23, 2015
Entrelineados
Ya estaría bueno que las cosas estuvieran escritas de una sola forma y con un único significado. Que quien escriba 'el pastel verde' quiera decir el pastel verde y nada más (ni menos). Que desaparecieran la ambigüedad y la necesidad de interpretación, al menos en aquello que estamos (casi) seguros que no admite doblez ni entrelineado. Y del lenguaje a la vida, también, que no vengan los cínicos disfrazados de intelectuales a decirnos que es infantil desear que las cosas sean lo que parecen. Que la leche sea leche y no excrecencias blancas aguachinadas. Que una banqueta sea tal y no una raya de tiza sobre la tierra. Que el concurso de matemáticas permita conocer quién fue el más ducho en la materia en tal lugar y hora.
Pero resulta que no: que debemos entrenarnos para desmantelar todo aquello en lo que fuimos educados por los maestros de primaria y nuestros primeros padres, porque de no hacerlo seremos tenidos por tontos y desquiciados, excluidos de los beneficios de los que sí gozan quienes entendieron a tiempo (cuanto antes mejor) que detrás de las apariencias hay otros significados y que hacer double-thinking orwelliano deja mucho más provecho que insistir tercamente en consistencias vacuas, especialmente en países caracterizados por su burra pasión por la apariencia y su incapacidad para los contenidos: "Nadie dice que pases a los estudiantes que no reunieron los requisitos, sino que busques maneras alternativas de que aprovechen el curso", "La ley dice que los niños no pueden trabajar, pero tampoco vamos a dejarlos morir de hambre, ¿verdad?", "La fecha límite fue hace una semana, pero aun se reciben solicitudes", "Es verdad que ha hecho mucho menos y ganado mucho más, pero cumplió con todos los requisitos". La excepción hecha regla; la solución temporal, permanente.
El río revuelto de la dialéctica es el medio ideal de quienes usufructúan a la sombra de las interpretaciones y tecnicismos, los que mejor saben sacar partido de los entrelineados aunque en el proceso desarrollen la enfermiza paranoia de ver mensajes donde no los hay y enemigos donde sólo hay gente aburrida. Trabajan a favor de ellos hechos independientes que parecen anularse mutuamente: por un lado, la tesis de que debe superarse en la adultez la vocación de justicia que se le inculca a los niños (uno no debe esperar compensación de todo lo que hace, uno no debe medir su propia valía contrastándose con los demás, uno debe entender que todos somos iguales aunque no hagamos lo mismo); por el otro, la antítesis de equiparar la justicia a la repartición arbitraria de beneficios (uno debe entender que las instituciones son humanas, que la suerte también opera, que hoy por ti y mañana por mí). Y como síntesis, concluir amparados por las magnitudes extraordinarias de tiempo y espacio del universo, que nuestros actos no tienen absolutamente ningún impacto ni trascendencia, que dan igual, que no tienen peso ni significado el esfuerzo, el mérito, la responsabilidad, ni nada de aquello en que los adultos se empeñaban por aleccionarnos y que ahora despachamos simplemente como 'cosas de niños'.
El argumento es especioso, pero inatacable. Tiene éxito porque a los hombres les puede más la vanidad de saberse entendidos y al cabo de la calle que reconocer la incómoda verdad de que los están follando vivos. Es mejor parecer inteligente golpeando con el codo al de al lado para guiñarle un ojo y decirle "¿cómo ves? creen que nos toman el pelo, pero no, yo sé que la policía es corrupta aunque el comisario diga lo contrario; que el grado de doctor no significa nada porque ya se lo dan a cualquier pendejo aunque las instituciones digan que se trata de programas de calidad; que aquella es en realidad una perfecta idiota aunque cobre mucho como académica y se crea una lumbrera, ya te digo, ¡por supuesto que no nos ven la cara!", es mejor, decía, soltar estos discursos y ese gesto de astuta complicidad que tomar cualquier suerte de medidas para recuperar en los hechos el significado de las cosas.
Pero si de la irrelevancia de las acciones humanas pudiese desprenderse un hedonismo amoral completamente incompatible con la obtención de beneficios económicos y políticos, y más bien inclinado al placer y a la contemplación, no es este el resultado que tenemos a la vista. Todo lo contrario: el mundo nunca fue más prolijo en hombres de negocios ni contaron estos nunca antes con más apoyo discursivo y publicitario (la publicidad: esa gran puta, reina de la ambigüedad y de la confusión). Se instalaron en las empresas, sí, donde aparecieron por primera vez, pero invadieron insaciables laboratorios, escuelas, fábricas, gobiernos, asociaciones civiles, iglesias, asambleas, manifestaciones, museos. Tienen prisa por decirles a otros qué hacer para producir más, por pedirles cifras más abultadas, por dirigir cretinizantes presentaciones donde someten a su auditorio cautivo al repaso de los números por él conseguidos, por ser adorados no sólo por los (a sus ojos) extraordinarios méritos técnicos, sino también por ser amigables, de extracción humilde, carismáticos, y, faltaba más, humanos, demasiado humanos. En su desesperado alimentarse del trabajo de los demás mientras hacen con las palabras una sopa de la que nunca pueda desprenderse un compromiso en firme o una rendición de cuentas sin maquillaje, tratan de mantener a raya el monstruo paranoico de su interior que no deja de susurrar y señalar con el dedo a cuantos le rodean, más alto si se trata de alguien que exacerba su íntimo complejo de inferioridad, quienquiera que no se pliegue a la lisonja y le dirija una mirada que le haga creer que se le sabe farsante y embaucador, asno en vez de brillante, primitivo en lugar de refinado, payaso en traje de seriedad.
Pero no deben preocuparse: aun queda algo de pan. Y mucho circo.
Pero resulta que no: que debemos entrenarnos para desmantelar todo aquello en lo que fuimos educados por los maestros de primaria y nuestros primeros padres, porque de no hacerlo seremos tenidos por tontos y desquiciados, excluidos de los beneficios de los que sí gozan quienes entendieron a tiempo (cuanto antes mejor) que detrás de las apariencias hay otros significados y que hacer double-thinking orwelliano deja mucho más provecho que insistir tercamente en consistencias vacuas, especialmente en países caracterizados por su burra pasión por la apariencia y su incapacidad para los contenidos: "Nadie dice que pases a los estudiantes que no reunieron los requisitos, sino que busques maneras alternativas de que aprovechen el curso", "La ley dice que los niños no pueden trabajar, pero tampoco vamos a dejarlos morir de hambre, ¿verdad?", "La fecha límite fue hace una semana, pero aun se reciben solicitudes", "Es verdad que ha hecho mucho menos y ganado mucho más, pero cumplió con todos los requisitos". La excepción hecha regla; la solución temporal, permanente.
El río revuelto de la dialéctica es el medio ideal de quienes usufructúan a la sombra de las interpretaciones y tecnicismos, los que mejor saben sacar partido de los entrelineados aunque en el proceso desarrollen la enfermiza paranoia de ver mensajes donde no los hay y enemigos donde sólo hay gente aburrida. Trabajan a favor de ellos hechos independientes que parecen anularse mutuamente: por un lado, la tesis de que debe superarse en la adultez la vocación de justicia que se le inculca a los niños (uno no debe esperar compensación de todo lo que hace, uno no debe medir su propia valía contrastándose con los demás, uno debe entender que todos somos iguales aunque no hagamos lo mismo); por el otro, la antítesis de equiparar la justicia a la repartición arbitraria de beneficios (uno debe entender que las instituciones son humanas, que la suerte también opera, que hoy por ti y mañana por mí). Y como síntesis, concluir amparados por las magnitudes extraordinarias de tiempo y espacio del universo, que nuestros actos no tienen absolutamente ningún impacto ni trascendencia, que dan igual, que no tienen peso ni significado el esfuerzo, el mérito, la responsabilidad, ni nada de aquello en que los adultos se empeñaban por aleccionarnos y que ahora despachamos simplemente como 'cosas de niños'.
El argumento es especioso, pero inatacable. Tiene éxito porque a los hombres les puede más la vanidad de saberse entendidos y al cabo de la calle que reconocer la incómoda verdad de que los están follando vivos. Es mejor parecer inteligente golpeando con el codo al de al lado para guiñarle un ojo y decirle "¿cómo ves? creen que nos toman el pelo, pero no, yo sé que la policía es corrupta aunque el comisario diga lo contrario; que el grado de doctor no significa nada porque ya se lo dan a cualquier pendejo aunque las instituciones digan que se trata de programas de calidad; que aquella es en realidad una perfecta idiota aunque cobre mucho como académica y se crea una lumbrera, ya te digo, ¡por supuesto que no nos ven la cara!", es mejor, decía, soltar estos discursos y ese gesto de astuta complicidad que tomar cualquier suerte de medidas para recuperar en los hechos el significado de las cosas.
Pero si de la irrelevancia de las acciones humanas pudiese desprenderse un hedonismo amoral completamente incompatible con la obtención de beneficios económicos y políticos, y más bien inclinado al placer y a la contemplación, no es este el resultado que tenemos a la vista. Todo lo contrario: el mundo nunca fue más prolijo en hombres de negocios ni contaron estos nunca antes con más apoyo discursivo y publicitario (la publicidad: esa gran puta, reina de la ambigüedad y de la confusión). Se instalaron en las empresas, sí, donde aparecieron por primera vez, pero invadieron insaciables laboratorios, escuelas, fábricas, gobiernos, asociaciones civiles, iglesias, asambleas, manifestaciones, museos. Tienen prisa por decirles a otros qué hacer para producir más, por pedirles cifras más abultadas, por dirigir cretinizantes presentaciones donde someten a su auditorio cautivo al repaso de los números por él conseguidos, por ser adorados no sólo por los (a sus ojos) extraordinarios méritos técnicos, sino también por ser amigables, de extracción humilde, carismáticos, y, faltaba más, humanos, demasiado humanos. En su desesperado alimentarse del trabajo de los demás mientras hacen con las palabras una sopa de la que nunca pueda desprenderse un compromiso en firme o una rendición de cuentas sin maquillaje, tratan de mantener a raya el monstruo paranoico de su interior que no deja de susurrar y señalar con el dedo a cuantos le rodean, más alto si se trata de alguien que exacerba su íntimo complejo de inferioridad, quienquiera que no se pliegue a la lisonja y le dirija una mirada que le haga creer que se le sabe farsante y embaucador, asno en vez de brillante, primitivo en lugar de refinado, payaso en traje de seriedad.
Pero no deben preocuparse: aun queda algo de pan. Y mucho circo.
domingo, agosto 16, 2015
Descreimiento
Y así, no es extraño que siga sin reconocer lo que ha ocurrido, no ya por el dolor que le representa cuanto porque la ley y una formación no exactamente forense le han privado de comprobaciones científicas: la primera obligándolo a enterrar el cuerpo en tiempo y forma, la segunda reduciendo sus conocimientos al sólo hecho de que la materia viva se transforma en muerta. Dimos por sentada su desaparición porque dejamos de verlo y nos fueron explicados hechos de los que no fuimos testigos; porque asistimos al hospital y en nuestra calidad de escépticos apenas pudimos distinguir su sueño de la inconsciencia y su palidez extrema de la muerte; porque para su sorpresa la formación liberal de la que hacía gala, alejada de supersticiones y aun de la religión formal que se avergüenza de detalles escatológicos si no se hacen acompañar debidamente de las adecuadas virtudes espirituales, resultó insuficiente para superar su cada vez mayor desacuerdo entre la certeza de lo ocurrido y el desvanecimiento de las evidencias que supone el paso del tiempo, esas conclusiones que debieron sacarse en medio de la pesadumbre y con la interseción de médicos y funcionarios, amortajadores y sepultureros, empleadores y agentes de seguros.
A las agudas noches de whisky y lágrimas y mucho repasar lo que entonces parecía completamente real y sólo mentalmente se evitaba una y otra vez modificando un detalle, a veces directamente (una llamada telefónica que lo distrajera del sino), a veces confiando en la naturaleza caótica del mundo más que en su presunta predestinación (qué tal si la conversación hubiera sido otra, otro el restaurante del domingo), le ha seguido ese viaje absurdo que aun sin ser turístico ni de trabajo debió distraerlo por fuerza, aunque Europa no fuese ya novedad alguna y su interés por los museos y los paisajes no estuviera ya justificado más que por explicar detalles o hacer recorrer sus propias rutas a quienes le acompañaban obviando su malestar y atribuyéndolo, ya al extremo calor de este verano, ya a su característica crispación que no ha hecho sino aumentar a través de los años, aunque insista en descreer de la relación entre tiroides y bilis, entre la alergia a sí mismo y los espumarajos en ayunas, siendo la verdadera razón de aquel abismarse la persistente idea de que en este avión debería estar quien fue sepultado al pie de la montaña y no este o aquel niñato de mierda, seres por los que no siente ahora más que repugnancia o hastío, harto por sobre todo de que sigan vivos y el otro muerto, hecho no por dudoso menos cierto, hecho no por cierto menos debatido en la desazón de las horas del alba que en las distintas habitaciones de hotel le saturan la cabeza de fragmentos: acá una imagen, allá un diálogo, aquí un presentimiento, allá un texto que no alcanza a leer y en el que sabe con angustia que está la clave del misterio, ¿se duerme en el sueño o se cierran sus ojos en este mundo frente a la página desleída? Luego el sol.
Le he visto anoche revolverse incómodo en su asiento frente al televisor cuando en esa película de malos actores animales el perro inválido tiene una experiencia cercana a la muerte y se mira en campos idílicos brincando y agitando la cola. Parecía preguntarse sin esperar respuesta y aun censurando su propio atrevimiento interrogatorio así como la vulgaridad de la comparación, si él estaría ahora brincando en algún campo, superada su invalidez cualquiera que fuera (y todos tenemos alguna), por fin fuera de su silla de ruedas mental o anímica, libre, ¿pero de qué si no de la vida que es el único terreno conocido y donde hubiera valido la pena ensayar algo? ¿libre para qué si los que lo echamos en falta estamos en este otro sitio donde hombres vestidos de negro predican desde púlpitos sobre los hijos que no tienen y los matrimonios que les están vedados y los muertos que no son suyos y un más allá del que saben lo mismo que el perro callejero que entra al templo para orinarse en una banca en mitad de la consagración? Ya daba pasos hacia atrás, ya lo creo, deshaciendo lo pensado como quien se espanta una mosca, pidiendo un pico y una pala para ir ahora mismo hasta el cementerio y comprobar que ahí están los despojos, intentar asociar el rostro recordado con aquellas oquedades y pellejos, meter los dedos como Santo Tomás y retirarlos hirviendo de gusanos, toser y escupir y echar la pota tras respirar los vapores putrefactos, ya lo creo que quisiera, sí, hacerse entender de todas estas formas lo ocurrido para no seguir padeciendo los tormentos del alba con sus puntiagudas hipótesis de que sigue vivo en algún lugar: la montaña desde la que alguna vez contemplaron el pueblo y donde no había nada, el arroyo donde se mojaron los pies y bebieron cerveza hablando del futuro, los pasillos de la universidad cuando está a punto de ocultarse el sol y en los que se proyectan larguísimas sombras en el hálito diabólico del verano, vivo en este mundo porque no conoce otro y representarlo entre putti y vírgenes, dioses barbados o profetas, le resulta todavía más ridículo que imaginar a estos niñatos sobrevivientes de su propia torpeza y mezquindad, ejerciendo de doctores y sabios y demasiado humanos, grandes representantes de la canalla contemporánea a la que, si hay suerte y los tiempos históricos sometidos a la teoría pendular lo permiten, serán un día arrastrados en la plaza pública y quemados para que nazca el hombre nuevo. Y vuelta a empezar.
Lo veo leer historia y detenerse en los combates antiguos y modernos donde los hombres quedaban malheridos o muertos en mitad de los campos, desear que como entonces hubiera forma de ir a comprobar que ha ocurrido una desgracia, ir junto con los pobladores a visitar el yermo sembrado de cadáveres y luego de minuciosa comprobación (aquí el cráneo reventado, allá la lanza que salió por la espalda o la deformación causada por las balas), levantar el cuerpo reconocido con los brazos y estrecharlo sin reparar en las moscas impacientes, llorar al caído tal vez con la misma histeria y cercanía con que aun los envuelven en banderas en Oriente Medio y los pasean por las calles y aun permiten que su cuerpo siga relatándonos su tragedia sin que corra prisa alguna por apartar de la vista al caído para volver a los negocios, no dejarnos presionar por la salubridad y tener manera de volver como los elefantes en peregrinaje hasta donde dejamos el cuerpo, hasta que no queden más que huesos y hayamos tenido una larga y dolorosa pendiente para ser nosotros mismos forenses de lo que amamos y hemos perdido. Entonces de verdad creería que él ha muerto, qué digo creer, lo sabría, y aun se mostraría dispuesto a abandonar este domicilio donde vivió con él algunos años sin pensar que le traiciona, como si no fuese ya suficiente traición la de la memoria que le hace pasar por destacado lo que en su momento fue rutinario o aburrido, que hace criba del desplazamiento que en su atención, si no en sus afectos, causaron estos niñatos que ahora lo acompañan sobre el único que ahora falta.
Pero como no habrá comprobación ni forma de encajar nada está condenado a abrigar esperanzas que sabe falsas, a descreer de lo que sabe cierto, a acariciar la ambigüedad que dejó el súbito partir como quien se entretiene, muy a pesar suyo, en imposibles. Yo le observo y le doy mi mano y mi alimento y mi comprensión. Le doy mi sueño y mi firmemente acumulado cansancio. Le comprendo. Le amo. Y lo preparo para lo peor. Que no ha llegado.
A las agudas noches de whisky y lágrimas y mucho repasar lo que entonces parecía completamente real y sólo mentalmente se evitaba una y otra vez modificando un detalle, a veces directamente (una llamada telefónica que lo distrajera del sino), a veces confiando en la naturaleza caótica del mundo más que en su presunta predestinación (qué tal si la conversación hubiera sido otra, otro el restaurante del domingo), le ha seguido ese viaje absurdo que aun sin ser turístico ni de trabajo debió distraerlo por fuerza, aunque Europa no fuese ya novedad alguna y su interés por los museos y los paisajes no estuviera ya justificado más que por explicar detalles o hacer recorrer sus propias rutas a quienes le acompañaban obviando su malestar y atribuyéndolo, ya al extremo calor de este verano, ya a su característica crispación que no ha hecho sino aumentar a través de los años, aunque insista en descreer de la relación entre tiroides y bilis, entre la alergia a sí mismo y los espumarajos en ayunas, siendo la verdadera razón de aquel abismarse la persistente idea de que en este avión debería estar quien fue sepultado al pie de la montaña y no este o aquel niñato de mierda, seres por los que no siente ahora más que repugnancia o hastío, harto por sobre todo de que sigan vivos y el otro muerto, hecho no por dudoso menos cierto, hecho no por cierto menos debatido en la desazón de las horas del alba que en las distintas habitaciones de hotel le saturan la cabeza de fragmentos: acá una imagen, allá un diálogo, aquí un presentimiento, allá un texto que no alcanza a leer y en el que sabe con angustia que está la clave del misterio, ¿se duerme en el sueño o se cierran sus ojos en este mundo frente a la página desleída? Luego el sol.
Le he visto anoche revolverse incómodo en su asiento frente al televisor cuando en esa película de malos actores animales el perro inválido tiene una experiencia cercana a la muerte y se mira en campos idílicos brincando y agitando la cola. Parecía preguntarse sin esperar respuesta y aun censurando su propio atrevimiento interrogatorio así como la vulgaridad de la comparación, si él estaría ahora brincando en algún campo, superada su invalidez cualquiera que fuera (y todos tenemos alguna), por fin fuera de su silla de ruedas mental o anímica, libre, ¿pero de qué si no de la vida que es el único terreno conocido y donde hubiera valido la pena ensayar algo? ¿libre para qué si los que lo echamos en falta estamos en este otro sitio donde hombres vestidos de negro predican desde púlpitos sobre los hijos que no tienen y los matrimonios que les están vedados y los muertos que no son suyos y un más allá del que saben lo mismo que el perro callejero que entra al templo para orinarse en una banca en mitad de la consagración? Ya daba pasos hacia atrás, ya lo creo, deshaciendo lo pensado como quien se espanta una mosca, pidiendo un pico y una pala para ir ahora mismo hasta el cementerio y comprobar que ahí están los despojos, intentar asociar el rostro recordado con aquellas oquedades y pellejos, meter los dedos como Santo Tomás y retirarlos hirviendo de gusanos, toser y escupir y echar la pota tras respirar los vapores putrefactos, ya lo creo que quisiera, sí, hacerse entender de todas estas formas lo ocurrido para no seguir padeciendo los tormentos del alba con sus puntiagudas hipótesis de que sigue vivo en algún lugar: la montaña desde la que alguna vez contemplaron el pueblo y donde no había nada, el arroyo donde se mojaron los pies y bebieron cerveza hablando del futuro, los pasillos de la universidad cuando está a punto de ocultarse el sol y en los que se proyectan larguísimas sombras en el hálito diabólico del verano, vivo en este mundo porque no conoce otro y representarlo entre putti y vírgenes, dioses barbados o profetas, le resulta todavía más ridículo que imaginar a estos niñatos sobrevivientes de su propia torpeza y mezquindad, ejerciendo de doctores y sabios y demasiado humanos, grandes representantes de la canalla contemporánea a la que, si hay suerte y los tiempos históricos sometidos a la teoría pendular lo permiten, serán un día arrastrados en la plaza pública y quemados para que nazca el hombre nuevo. Y vuelta a empezar.
Lo veo leer historia y detenerse en los combates antiguos y modernos donde los hombres quedaban malheridos o muertos en mitad de los campos, desear que como entonces hubiera forma de ir a comprobar que ha ocurrido una desgracia, ir junto con los pobladores a visitar el yermo sembrado de cadáveres y luego de minuciosa comprobación (aquí el cráneo reventado, allá la lanza que salió por la espalda o la deformación causada por las balas), levantar el cuerpo reconocido con los brazos y estrecharlo sin reparar en las moscas impacientes, llorar al caído tal vez con la misma histeria y cercanía con que aun los envuelven en banderas en Oriente Medio y los pasean por las calles y aun permiten que su cuerpo siga relatándonos su tragedia sin que corra prisa alguna por apartar de la vista al caído para volver a los negocios, no dejarnos presionar por la salubridad y tener manera de volver como los elefantes en peregrinaje hasta donde dejamos el cuerpo, hasta que no queden más que huesos y hayamos tenido una larga y dolorosa pendiente para ser nosotros mismos forenses de lo que amamos y hemos perdido. Entonces de verdad creería que él ha muerto, qué digo creer, lo sabría, y aun se mostraría dispuesto a abandonar este domicilio donde vivió con él algunos años sin pensar que le traiciona, como si no fuese ya suficiente traición la de la memoria que le hace pasar por destacado lo que en su momento fue rutinario o aburrido, que hace criba del desplazamiento que en su atención, si no en sus afectos, causaron estos niñatos que ahora lo acompañan sobre el único que ahora falta.
Pero como no habrá comprobación ni forma de encajar nada está condenado a abrigar esperanzas que sabe falsas, a descreer de lo que sabe cierto, a acariciar la ambigüedad que dejó el súbito partir como quien se entretiene, muy a pesar suyo, en imposibles. Yo le observo y le doy mi mano y mi alimento y mi comprensión. Le doy mi sueño y mi firmemente acumulado cansancio. Le comprendo. Le amo. Y lo preparo para lo peor. Que no ha llegado.
domingo, agosto 09, 2015
Las palabras que sobran
...su ligero temblor al apagarse, cada ciertas horas, en la casa de muebles ya intocados, sin más sexo ni reuniones con los amigos, repitiéndose mientras ellos acumulaban ciudades europeas en compañías inverosímiles y bajo cielos a veces compungidos de tormentas o rematados de una fría bombilla solar —allá la bahía de Nápoles arrasada por los vientos, acá el pedante monóculo de Viena— le visitaba en forma de recuerdo acústico causándole un vivo estremecimiento y algo parecido a la piedad hacia aquel refrigerador medianamente utilizado, único sobreviviente del reino de Miraflores y testigo de los vacuos empeños que él y el otro él pusieron en empezar desde cero lo que ya llevaba más de diez, el después que nunca soldó y que hubo que abortar para continuar la cuenta en el desierto, Santa Teresa de las tarántulas y de los malos presentimientos, ya sin la respiración del hijo que partió dos veces, esa concentración como de oficina que permitió cubrir la desnudez y les ha llevado hasta esta fotografía en medio de Santa Sofía o a aquella inexplicable conjunción de minaretes y falsos amigos, gente insegura a la que ha coleccionado como antes hiciera con los mapas y las estampitas, con menos placer acaso, adornando su discurso de gajes del oficio y responsabilidad, tocando de amistad lo que sólo fue conveniencia y accidente, eficaz colaboración con una inercia burocrática a la que cada cierto tiempo considera necesario amenazar con apearse: 'todo tiene un límite' y 'la libertad es lo más preciado' y además 'ha de llegar el tiempo de cerrar este ciclo', todo dicho con la misma gravedad con que ciertos católicos —doña María Luisa o don José, la mamá de Graciela— afirman tercamente lo que consideran dudoso y aun descreen por ser escasas las virtudes de algunos prelados y muy primitivo su sistema de creencias, no así el suyo que se dice ateo y llega hasta el enrevesado ridículo de empeñarse en manifestar una fe que su cerebro no tiene en extraer de estos que le rodean, jóvenes ambiciosos o apocados, pusilánimes o abusivos, la lealtad y generosidad que no tendrán jamás, las que no pudo pedir a sus propios amigos cuando era tiempo y que no puede pedir ahora mientras recorre ciudades europeas —una inmunda París poblada de excrementos, el pis de Bruselas simbolizado en el Manneken, un ejército de ratas sobrevolando Brujas—, él y el otro él o los que le suceden, más fácilmente ahora que no existe el sexo, ocupado en negocios mundanos y en clasificar sus recuerdos según el sonido que hacen los refrigeradores de sus sucesivos hogares al apagarse, ahora que los que pudieron ser sus amigos en tiempo y forma son hombres de negocios ellos mismos, padres de hijos verdaderos, sangre y huesos y atronadores chillidos producto de verdaderas esperma y sangre, educándose en colegios privados a los que acuden mirando el mundo desde los cristales de sus autos, como en una pasarela donde les custodian violadores y asaltabancos, traficantes de narcóticos y prostitutas voluntarias, policías borrachos y travestis que se masturban, el país folclórico al que ha de regresar por hallarse demasiado instalado y sorprendido en mitad de la vida sin más opción que la de tirar hacia adelante como los cerdos, cada vez más deprisa, con mejor apetito y perfeccionado hartazgo, sin prestar demasiada atención a las contradicciones evidentes que suponen desear tener trece años y bajar alegremente la barranca de Huentitán y mirar desde el sendero previo al río el cielo encapotarse y allá abajo encontrar refugio bajo un árbol mientras cae una lluvia ligera que luego se hace una araña de arroyuelos que bajan desde los riscos y las cañadas y cruzan el camino llenando el aire de murmullos junto con las ranas, e instalarse en el pensamiento dulce de la cena en casa y en la habitación desde cuya cama podrá mirar por la ventana las estrellas y no tener más horizonte que la escuela ni más preocupación que el pecaminoso tocarse entre las piernas y eyacular entre las sábanas y quedarse dormido apaciblemente, no con esta tensión de hombros y cuello, los pies ampollados de tanto subir y bajar como turista moderno y sudoroso por las calles de Bratislava —Praga pequeña, sonrisa del antes antes de despedirse— ni con esta mentirosa vergüenza de entusiasta pervertidor de juventudes ya de antemano perdidas, no así, que este no era el destino, se dice, el otro él roncando a pierna suelta a su lado y su cabello que una vez fue rizado hecho una maraña sobre la almohada y su respiración de toro maduro parecida a la de la nevera de Miraflores, potencia de otros tiempos que condujeron a estos caracterizados por la transfiguración del enamoramiento en angustia compartida y hacienda, por el rosario de cadáveres que han enterrado juntos, por esta habitación sobrecargada de Estambul y a la que llega el humo de los vendedores de castañas de la calle, sin importar que se trate del sexto piso, el olor a quemado acompañándole ahí a donde se muda, sea mil novecientos ochenta y nueve o la Semana Santa camino a Talpa con otros pies ampollados y otros sudores y el anochecer como un recorrido por todas las escalas del azul, ¿ves esa hormiga que cruza el piso de Miraflores que mandó poner este que ronca a mi lado? ¿la ves en pleno mediodía solitario acompasando sus pasos del rumor del condensador, los libros al fondo en la habitación silenciosa de ojos muy grandes, la estufa blanca aburrida y el comedor apenado de sus sillas manchadas y la salita cuya última visitante fue la catrina (¿o era la santa muerte?)? ¿la ves llegar al cristal que separa el salón del patio, titubear, llegar a la esquina y volver sobre sus pasos, perdida? Así es como el refrigerador deja de sentirse solo, su ligero temblor al apagarse, cada ciertas horas, en la casa de muebles ya intocados...
domingo, mayo 31, 2015
Carta a J
Querido J,
Si bien la probabilidad y estadística no nos dicen nada sobre qué ocurrirá enseguida —no del modo en que lo hace una ley física— tampoco sería justo decir que carecen de información. Encuentro dolorosamente lógico que E haya partido de este mundo hace más de veinte años en un accidente automovilístico porque era una muerte a la altura de su clase social y circunstancia. Una calamidad, sin duda, un accidente, pero que no escapaba al terreno de lo verosímil, de lo que el mundo de entonces y en ese sitio donde creció, permitían. Ahora he perdido a C, como bien sabes, el único hijo —y encima adoptivo— que tuve. La compañía alemana que lo contrató aprovechando las ventajas del outsourcing y de los contratos temporales gracias a la tibieza legislativa y la legendaria corrupción de este país, podía prescindir de la vida de uno de sus trabajadores periféricos. ¿Por qué aquí y no en Düsseldorf? ¿De dónde saca su fuerza la acumulativa probabilidad hasta consumarse en estadística? ¿cómo termina en ley física si alguna vez lo consigue? Porque lo cierto es que, como quedó demostrado otra vez, este país reunía las condiciones para que ello se produjera. Éste sí, aquél no, como si de una categoría científica se tratara. ¿O es que todavía mueren personas en sus trabajos ahí en Inglaterra, J? ¿no es algo, digamos, demasiado siglo XIX, demasiado démodé?
He pensado lo que muchos y tal vez con el mismo desorden, simpleza y falta de rigor: que se antoja decir que tu vida, J, allá en la isla, cotiza más alto que la del fallecido C que vivía en este país de tercera categoría; que fuera de un limitado club de sólidos países cuyo modo de vida, de extenderse al resto del mundo, requeriría los recursos de diez planetas, todos los demás somos más o menos prescindibles, o, en el mejor de los casos, proveedores, sostenedores de ese modo de vida de tus connacionales más frívolos y estúpidos, más irracionales y excesivos (¿pero acaso es distinto aquí? ¿no son mis compatriotas un claro ejemplo de frivolidad y estupidez? ¿o es que las hay de muchos tipos y las nuestras son todavía más primitivas y lamentables, más generalizadas?); que gracias al tipo de personas que aquí vivimos, la vida es más o menos prescindible según qué casos y circunstancias.
Esto último es uno de los aspectos más siniestros, J, y que, habiendo crecido en la isla y apenas pasado algunos años en Praga y Bruselas, quizá te cueste más trabajo comprender: que aquí se pierde la vida, sí, y se corren grandes riesgos como los que se encarga de difundir y amplificar el Departamento de Estado; pero no los corremos todos ni los que los corren lo hacen equitativamente ni de una manera que pueda calificarse (¿cabe la palabra?) justa. Porque C podía perder la vida —y la perdió— dentro de una fábrica en los jardines industriales del Salto, del mismo modo en que E podía perderla —y la perdió— en una carretera acompañado de sus amigos a las afueras del pueblo y con algunas copas encima. Porque C obtuvo su título en una universidad de provincia donde no se forman los que mandan, esos cuya vida —pese a cohabitar la fábrica— no se perdió. Porque C era hijo de campesinos y muy acostumbrado a obedecer y ejecutar, a hacer el trabajo por sí mismo, a no delegar como en cambio sí hicieron esos cuyas vidas no se pierden en las fábricas, sino en algún exceso de júnior, alguno de esos accidentes que provoca el aburrimiento al que viven condenados los que tienen satisfechas sus necesidades básicas y cuyo cerebro no da para más. De este tipo de sociedades estratificadas, J, algo sabrás. ¿Pero qué? ¿Qué piensa una persona austera como tú, un misfit de la isla, acerca de todo esto?
El azar cediendo su lugar a la causa; la probabilidad que se hace estadística, la estadística que se hace ley. Odio el budismo con su estúpida filosofía de renunciar a los apegos y su perogrullada de que la vida es sufrimiento. Soy occidental, J, como tú; excéntrico, tal vez, pero en modo alguno incómodo con la matriz cultural europea. Y en esa matriz se ama y cuesta renunciar a lo amado y se le echa de menos de manera clásica por medio de la nostalgia; se halla consuelo en el amor y desamparo en su pérdida; no nos interesa como occidentales la falsa fortaleza y verdadera alienación que suponen haber renunciado a los apegos. Amar no es para débiles e improductivos. Amar no es contemplativo. Amé a C más de lo que yo creía y he padecido abrir los ojos a la realidad de su ausencia definitiva cada vez que he salido del sueño y entrado en la vigilia. Como bien sabes, no soy un hombre de fe porque la perdí precisamente a raíz de la muerte de E. Pero crecí no sólo como católico, sino como alguien que de verdad sentía la presencia de dios en su persona y en lo que lo rodeaba. Todo eso está perdido, desde luego, o transfigurado en una vida espiritual que confunde poesía con letanía, literatura con evangelio, ciencia con religión. Comprendí, quizá envidié, a quienes encontraban consuelo en sus creencias, a quienes las usaron para explicar —nunca me gustó esa palabra en este contexto— la muerte de C, si bien algunas de sus ideas me parecían no sólo burdas u ordinarias (lo que habría sido disculpable) sino insinceras o directamente deshonestas (gente intentando convencerme de aquello en lo que no creían ni con su corazón ni con su cabeza). ¿Por qué lo hacían? ¿Por los mismos motivos por los que te escribo ahora esta carta? ¿Por la misma razón por la que he comenzado hablando como un contable o notario que consigna o da fe de datos y del marco en el que se inscriben los mismos?
Es posible que ninguno de ellos tenga paciencia para esperar conclusiones científicas que no llegarán nunca y decida por las buenas echar mano de cualquier cosa para explicar. Contra el azar, la causa. C murió porque dios así lo quería. C murió porque era demasiado bueno. C murió porque así estaba escrito. Porque desde niño se escapaba de la muerte por un tris y ya le tocaba. Porque desde niño su cuerpo y su carácter demostraban que era demasiado delicado para este mundo. Porque dos más cinco son los meses y años en que nos tratamos y las cifras del día de su nacimiento. Porque nos conocimos el dos de febrero y se fue el dos de abril. Porque vinimos juntos hasta Santa Teresa y no hacíamos sino recorrer el argumento de la novela de Bolaño. Porque caminamos juntos hasta el santuario de la virgen de Talpa en una Semana Santa y en otra Semana Santa se fue. Porque esperó a que lo viera por última vez para despedirse. Porque compré una Catrina la mañana del último día en que lo vi, que era domingo, y ese mismo día por la tarde conoció la Barranca de Huentitán con su magnética carga de maniqueísmos de los que tanto di cuenta cuando era joven y escribía poesía. Porque era muy querido. Porque era el primero de su clase. Por lo que sea. Contra la probabilidad y la estadística, la matemática: la anulación del quizá que no nos dice nada sobre el ahora, la imposición del uno más uno igual a tres, aunque no cuadre.
¿Qué es mejor, J, para concluir? ¿qué cursilería o razón científica o asombrosa coincidencia puede paliar el hecho de que ocurrió algo espantoso y que como consecuencia de ello los vivos más cercanos a él nos hemos quedado a lo nuestro, abandonados? Dicen que el más allá, pero comprenderás que tenga mis dudas y ninguna prisa por comprobar nada. Le echo de menos; tal vez sea así de simple.
Si bien la probabilidad y estadística no nos dicen nada sobre qué ocurrirá enseguida —no del modo en que lo hace una ley física— tampoco sería justo decir que carecen de información. Encuentro dolorosamente lógico que E haya partido de este mundo hace más de veinte años en un accidente automovilístico porque era una muerte a la altura de su clase social y circunstancia. Una calamidad, sin duda, un accidente, pero que no escapaba al terreno de lo verosímil, de lo que el mundo de entonces y en ese sitio donde creció, permitían. Ahora he perdido a C, como bien sabes, el único hijo —y encima adoptivo— que tuve. La compañía alemana que lo contrató aprovechando las ventajas del outsourcing y de los contratos temporales gracias a la tibieza legislativa y la legendaria corrupción de este país, podía prescindir de la vida de uno de sus trabajadores periféricos. ¿Por qué aquí y no en Düsseldorf? ¿De dónde saca su fuerza la acumulativa probabilidad hasta consumarse en estadística? ¿cómo termina en ley física si alguna vez lo consigue? Porque lo cierto es que, como quedó demostrado otra vez, este país reunía las condiciones para que ello se produjera. Éste sí, aquél no, como si de una categoría científica se tratara. ¿O es que todavía mueren personas en sus trabajos ahí en Inglaterra, J? ¿no es algo, digamos, demasiado siglo XIX, demasiado démodé?
He pensado lo que muchos y tal vez con el mismo desorden, simpleza y falta de rigor: que se antoja decir que tu vida, J, allá en la isla, cotiza más alto que la del fallecido C que vivía en este país de tercera categoría; que fuera de un limitado club de sólidos países cuyo modo de vida, de extenderse al resto del mundo, requeriría los recursos de diez planetas, todos los demás somos más o menos prescindibles, o, en el mejor de los casos, proveedores, sostenedores de ese modo de vida de tus connacionales más frívolos y estúpidos, más irracionales y excesivos (¿pero acaso es distinto aquí? ¿no son mis compatriotas un claro ejemplo de frivolidad y estupidez? ¿o es que las hay de muchos tipos y las nuestras son todavía más primitivas y lamentables, más generalizadas?); que gracias al tipo de personas que aquí vivimos, la vida es más o menos prescindible según qué casos y circunstancias.
Esto último es uno de los aspectos más siniestros, J, y que, habiendo crecido en la isla y apenas pasado algunos años en Praga y Bruselas, quizá te cueste más trabajo comprender: que aquí se pierde la vida, sí, y se corren grandes riesgos como los que se encarga de difundir y amplificar el Departamento de Estado; pero no los corremos todos ni los que los corren lo hacen equitativamente ni de una manera que pueda calificarse (¿cabe la palabra?) justa. Porque C podía perder la vida —y la perdió— dentro de una fábrica en los jardines industriales del Salto, del mismo modo en que E podía perderla —y la perdió— en una carretera acompañado de sus amigos a las afueras del pueblo y con algunas copas encima. Porque C obtuvo su título en una universidad de provincia donde no se forman los que mandan, esos cuya vida —pese a cohabitar la fábrica— no se perdió. Porque C era hijo de campesinos y muy acostumbrado a obedecer y ejecutar, a hacer el trabajo por sí mismo, a no delegar como en cambio sí hicieron esos cuyas vidas no se pierden en las fábricas, sino en algún exceso de júnior, alguno de esos accidentes que provoca el aburrimiento al que viven condenados los que tienen satisfechas sus necesidades básicas y cuyo cerebro no da para más. De este tipo de sociedades estratificadas, J, algo sabrás. ¿Pero qué? ¿Qué piensa una persona austera como tú, un misfit de la isla, acerca de todo esto?
El azar cediendo su lugar a la causa; la probabilidad que se hace estadística, la estadística que se hace ley. Odio el budismo con su estúpida filosofía de renunciar a los apegos y su perogrullada de que la vida es sufrimiento. Soy occidental, J, como tú; excéntrico, tal vez, pero en modo alguno incómodo con la matriz cultural europea. Y en esa matriz se ama y cuesta renunciar a lo amado y se le echa de menos de manera clásica por medio de la nostalgia; se halla consuelo en el amor y desamparo en su pérdida; no nos interesa como occidentales la falsa fortaleza y verdadera alienación que suponen haber renunciado a los apegos. Amar no es para débiles e improductivos. Amar no es contemplativo. Amé a C más de lo que yo creía y he padecido abrir los ojos a la realidad de su ausencia definitiva cada vez que he salido del sueño y entrado en la vigilia. Como bien sabes, no soy un hombre de fe porque la perdí precisamente a raíz de la muerte de E. Pero crecí no sólo como católico, sino como alguien que de verdad sentía la presencia de dios en su persona y en lo que lo rodeaba. Todo eso está perdido, desde luego, o transfigurado en una vida espiritual que confunde poesía con letanía, literatura con evangelio, ciencia con religión. Comprendí, quizá envidié, a quienes encontraban consuelo en sus creencias, a quienes las usaron para explicar —nunca me gustó esa palabra en este contexto— la muerte de C, si bien algunas de sus ideas me parecían no sólo burdas u ordinarias (lo que habría sido disculpable) sino insinceras o directamente deshonestas (gente intentando convencerme de aquello en lo que no creían ni con su corazón ni con su cabeza). ¿Por qué lo hacían? ¿Por los mismos motivos por los que te escribo ahora esta carta? ¿Por la misma razón por la que he comenzado hablando como un contable o notario que consigna o da fe de datos y del marco en el que se inscriben los mismos?
Es posible que ninguno de ellos tenga paciencia para esperar conclusiones científicas que no llegarán nunca y decida por las buenas echar mano de cualquier cosa para explicar. Contra el azar, la causa. C murió porque dios así lo quería. C murió porque era demasiado bueno. C murió porque así estaba escrito. Porque desde niño se escapaba de la muerte por un tris y ya le tocaba. Porque desde niño su cuerpo y su carácter demostraban que era demasiado delicado para este mundo. Porque dos más cinco son los meses y años en que nos tratamos y las cifras del día de su nacimiento. Porque nos conocimos el dos de febrero y se fue el dos de abril. Porque vinimos juntos hasta Santa Teresa y no hacíamos sino recorrer el argumento de la novela de Bolaño. Porque caminamos juntos hasta el santuario de la virgen de Talpa en una Semana Santa y en otra Semana Santa se fue. Porque esperó a que lo viera por última vez para despedirse. Porque compré una Catrina la mañana del último día en que lo vi, que era domingo, y ese mismo día por la tarde conoció la Barranca de Huentitán con su magnética carga de maniqueísmos de los que tanto di cuenta cuando era joven y escribía poesía. Porque era muy querido. Porque era el primero de su clase. Por lo que sea. Contra la probabilidad y la estadística, la matemática: la anulación del quizá que no nos dice nada sobre el ahora, la imposición del uno más uno igual a tres, aunque no cuadre.
¿Qué es mejor, J, para concluir? ¿qué cursilería o razón científica o asombrosa coincidencia puede paliar el hecho de que ocurrió algo espantoso y que como consecuencia de ello los vivos más cercanos a él nos hemos quedado a lo nuestro, abandonados? Dicen que el más allá, pero comprenderás que tenga mis dudas y ninguna prisa por comprobar nada. Le echo de menos; tal vez sea así de simple.
Nos vemos en la isla. M.
miércoles, abril 29, 2015
Does it hurt to die?
'Does it hurt to die?'
'Animals don't find it hard to die. Perhaps we should take our lesson from them. Perhaps that is why they are with us here on earth - to show us that living and dying are not as hard as we think'
—The Master of Petersburg, J.M. Coetzee
El Chimpancé Amaestrado, por indicaciones suyas, se detuvo casi bajo el puente del periférico sobre la carretera a Chapala —un tráfico apretado a media tarde del sábado, casi tantos vehículos pesados como automóviles— y el Crío, que esperaba ahí desde hacía pocos minutos, subió al asiento trasero donde, contra su costumbre, estiró las piernas con despreocupación. Algunos meses de no ver ni a uno ni al otro ni de respirar este aire ligero y contaminado del Valle de Atemajac, le hacían celebrar la coincidencia con una conversación atropellada y burlona mientras valoraba las calles y los cuerpos jóvenes que fantaseaba llevarse a la cama alguna de estas noches. Como el vuelo había llegado poco después de las tres, dando apenas tiempo para que el Chimpancé Amaestrado pasara a recogerlo al aeropuerto desde la tienda del Agua Azul y luego juntos pasaran por el Crío que apenas salía de la fábrica del Salto, todos tenían hambre, pero cedían a su voluntad de esperar hasta llegar a las carnes en su jugo de Plan de San Luis. "Las mejores de la ciudad", insistía.
—Bueno ¿y ya se divorció?
—No Miguelito, todo sigue igual, la niña, mi mujer, todo. Ellas van a su aire y yo al mío, como a la zaga. Nada avanza ni retrocede. Ya es ganancia que haya podido apartar los pensamientos suicidas, ¿no te parece?
—¿Lo ve Crío? ¿a este tipo de vida es al que aspira? Salga ya de esa maldita fábrica y huyamos para siempre.
—¿Cree que es lo indicado?
—Por supuesto. Después de todo no vamos a ser felices.
Y el Crío se descojonaba de risa mientras el Chimpancé Amaestrado lo imitaba: éste de cuarenta, aquel de veinticuatro; "mi tiempo no ha llegado aún" al lado de "mi tiempo ha pasado ya"; parecidos pese a todo en su bondad y paciencia, en la extraordinaria calidad de sus oídos y su a veces irritante conformidad para con las circunstancias que los envolvían; hombres justos a los que violentaba la destemplanza de los más precipitados que ahora son la regla y el estilo del mundo, hombres buenos en medio de depredadores ciegos e insaciables; y pese a todo también capaces de vuelcos inesperados cuando algo les excitaba o divertía. '¿Por qué si no me habría acompañado el Crío hasta Sonora apenas cumplir los veinte? ¿Por qué el Chimpancé no me siguió en ese camino cuando su tiempo no había pasado aún? Si nadie es profeta en su tierra, tampoco lo es entre sus contemporáneos'. Con el semáforo en rojo y los ambulantes vendiendo papas fritas sobre la avenida R. Michel, continúa el Chimpancé Amaestrado:
—Pero tú qué pedo, pues, Miguelito Bernal, ¿eres feliz o qué chingados?
—¿Usted qué dice Crío? ¿Soy feliz?
—No.
Y apenas decirlo le brillan los ojos detrás de las gafas y vuelve con su carga de risas a inundar la cabina del carro. '¿Cuándo nos hicimos cómplices a tal punto? ¿cómo puede contagiarme de optimismo esta risa joven que se burla de la fatalidad?'
—Efectivamente, no soy feliz —dice con una sonrisa —¿Cómo podría serlo? No te digo que esté como la canción de la zarzamora, llora que llora por los rincones, por supuesto que no. Disfruto de cosas y de momentos, pero el contexto general es de batallas perdidas, de cotas insuperables... No me ha ido mal, ya lo sabe, ni en lo personal ni en lo profesional, pero hay lo que los ingleses llaman shortcomings... Y ¿sabe qué? No importa.
—¿Cree que Harry Puto importa?
—¿Dónde andará ese pendejo ahorita?
—Según me dijeron demandó a la escuela y no sé qué tanta madre, ¿cree que por abusos deshonestos?
—¿Quién es Harry Puto? —pregunta el Chimpancé Amaestrado mientras se sobrecalienta el motor sobre Circunvalación. Las carnes no quedan lejos, pero todos sienten ya una especie de agujero en el estómago que, sin embargo, no les impide seguir soltando carcajadas.
—Un pendejo al que le di clases, maricón no asumido, ya sabe, es lo malo de vivir en rancherías que se hacen pasar por ciudades: la gente se siente muy moderna por una calle pavimentada o una tienda con ropa de colores chillones, mientras todo sigue sumido en la bigotería más rancia y hedionda a la hora de ejercer las libertades...
—¿Bigotería?
—Bigotry pues, obscurantismo, intolerancia, me gusta más la palabra angloparlada.
—Pues yo a veces quisiera regresarme a Santa Teresa —interviene el Crío mientras se estacionan frente al restaurante y salen con dificultad (el Chimpancé Amaestrado ha aparcado muy cerca de otros carros y deben escurrirse para salir).
—Un paso hacia atrás. Bien. Usted no quiere regresar a Santa Teresa, Crío, ni hacer estudios de posgrado como me dijo hace poco. Lo que quiere es huir de esta mierda, de las mañanas cabeceando en la ruta tres ochenta, de los perros atropellados que se inflan hasta reventar en las orillas del periférico, del ruido y la mierda del Salto, de la vulgaridad hecha producción y estándares ISO nueve mil...
—Ya no hay tres ochenta. Llevo un mes viviendo prácticamente al lado de la planta.
—Eso fue muy valiente de su parte. Ni modo de seguir viviendo con su hermana y su cuñado, por dios, qué locura. Pero aun así, quiere huir.
—¿Y cuál es la alternativa?
—Vamos a comer.
[...]
Sus suegros tienen la tarjeta de circulación del carro y hay que ir por ella; el Crío le acompaña, pero el Chimpancé Amaestrado se despide en el suyo rumbo a Huentitán.
—¿Vio a la puta de treinta y tantos? ¿o eran cuarenta?
—Tiene treinta y ocho, uno menos que Usted. Sí, la vi una vez más. Fue muy satisfactorio.
—Pero qué Crío tan putañero, no puedes gastar tanto en sexo.
Se ríen mientras esquivan los múltiples hoyos y desviaciones en que tienen convertida la ciudad las empresas constructoras coludidas con los gobiernos.
—Y pasó algo asqueroso.
—¿Aparte de lo de la tipa que lo dejó planteado?
—Sí, aparte. Con la loca esa de producción que me estaba chingue y chingue por teléfono.
—¿Volvió a caer?
—Pero con trampas: primero una amiga suya me mandó mensajes de que quería verme y que quería conmigo y demás, luego me mandó un mensaje diciendo "¿y qué dirías si la persona con la que salías estuviera leyendo todo lo que me estás mandando?"
—No mames, ¿qué es esto? ¿una puta primaria? Eso le pasa por meterse con gente de la chaparra. ¡No se junte con la chusma!
Se ríen de nuevo, con fuerza.
—Eso no es todo. Accedí a verme con ellas en casa de la amiga. Ésta nos dejó solos en su cuarto y la tipa esta se me lanzó de pronto. Tuve que cogérmela.
La risa no lo deja ver un tope por el que pasan dando un gran salto; ambos se encogen para no pegar en el techo, pero aun así se llevan un buen coscorrón.
—¡Puta madre, cabrón! ¿Pudo por lo menos decirle que estaba harto del acoso? Digo, aparte de cogérsela.
—Sí. Y me prometió que no volvería a mandarme montones de mensajes.
—¿Hace cuánto fue?
—Una semana y media.
—¿Cumplió?
—Sí, me sorprendió que ya no me mandara nada, pero ha cumplido. Y pese a todo me inquieta.
—Le comprendo. Hay gente a la que uno conoce y sabe que puede cogerse, pero también percibe (el cerebro no es nada estúpido) que hay peligro. Se huele. Parecen tener un letrero colgado de la frente o de esa mirada desencajada y delirante que dice "problemas".
—Sí, sí, exactamente eso.
—¿Tiene una foto de ella?
—No. Pero es horrible. ¿Me va a presentar a la víctima de hoy?
—No: también es horrible. Volverá a casa en taxi.
Llegan a su destino donde los reciben los papás del Pollo. Mirándolos darse la mano (nunca antes se habían conocido) no puede evitar comparar el cuerpo robusto y joven del Crío con los encorvados de Doña Chuy y Don Federico. "Mi tiempo no ha llegado aún", se repite para sus adentros.
[...]
Tocan a la puerta en el Reino de Miraflores. El Crío lleva todavía su pantalón oscuro, sus botas negras con casquillo y suela antiestática, su camiseta blanca y el pelo tieso como de quien ha decidido no bañarse el fin de semana.
—¿Ya tiene hambre?
—No. ¿Qué comeremos?
—Están los empanizados que preparó mi madre. Es comida sana, hay que joderse.
—Bueno...
—Da tiempo a acomodar los libros, venga.
Sobre el escritorio de la pequeña biblioteca están los libros que leyó últimamente: el Museo de la Inocencia de Pamuk, Tristes tropiques de Levy-Strauss, Underground de Murakami.
—Qué dulce este libro de Pamuk, Crío. Como no lee Usted y los libros que intentó leer se los comieron las termitas...
—Nomás lo mordisquearon, sí lo leí.
—Bueno, como sea, como lee poco, digamos, tendré que contarle de libros en vez de dárselos para ser pasto de animales.
Se ríen y él continúa.
—Este libro es el que estaba terminando de leer cuando tuve que dormir a Peggy, vaya eufemismo para la eutanasia, para matar. Mis vacaciones de invierno estuvieron bien, ¿se acuerda? Nos vimos y todo y empecé el año optimista, pero apenas volví al trabajo y en una semana ya vivía instalado en la inquietud y la paranoia, puta madre.
—¿Como los fines de semana en Santa Teresa?
—Ándale, así: hombros tiesos y temores por ningún motivo. Entonces Peggy tuvo primero diarrea, luego dejó de comer y el cáncer en su boca, que al principio parecía sólo una infección, volvió para ya no remitir. No estaba sufriendo dolores, por fortuna, pero no íbamos a esperarnos a que eso ocurriera. Que un animal así, que siempre fue tan vivo y con tan buen apetito, dejara de comer al punto de rechazar hasta papillas, era ya señal suficiente para decir "basta"...
—Pobre Ferrnández, pisó fuerte como era de preverse.
—Lo lamenté mucho y todavía hoy me acuerdo con dolor de haberla sacado a pasear a la laguna ese domingo, haberla llevado luego al veterinario y tener mi mano apoyada en su pecho cuando su corazón dejó de latir poco antes del mediodía. Luego comprar la maceta en que habíamos de enterrarla, la tierra, la bugambilia, todo en medio del llanto mío y de Arturo... me acuerdo de cómo un montoncito de tierra le cayó sobre la nariz, sobre esa nariz que tanto me gustaba hacer estornudar.
—Pito. Pero como Usted dice era algo que tenían que hacer. Si esperaban hubiera sido peor para ella. ¿Y cómo es la perra nueva?
—No logro encajar con ella: muerde por todo, está cachorra todavía, pero no parece que vaya a ser de mejores luces que Peggy. Quizá por raza es más idiota.
Se ríen a sus anchas para disipar la densidad del tema y cambian a asuntos sexuales, pues la visita a Guadalajara es para él un desahogo de cama y no sólo una visita a los contados amigos y a la familia. El Crío lo sabe y le da la cuerda mínima para tirarlo de la lengua y hacerlo entrar en detalles, no sólo por sano morbo, sino también porque hace tiempo que sabe que una vida no da para vivir todas las experiencias y hay que echar mano de otras para completarla. Y de literatura. Y de conversaciones. Y aderezarlas de risa y restarles de ser posible cuanto tengan de solemnidad.
—¿Cree que hoy follará de nuevo?
—Eso es difícil de saber, Crío —apenas cinco libros por acomodar, seis a lo mucho, pero nunca pierde la oportunidad de reconsiderar el orden total de la biblioteca y ahora tiene decenas de volúmenes por entre la mesa y el suelo —porque depende de demasiados factores. Puede hablarse de probabilidades, sí, y ahora que lo mencionas me percato de que tengo conocimientos que quizá resulten útiles en una guía o algo así.
—¿Ah sí? ¿como cuáles? ¿cree que podrá escribir el Manual Bernal para cancaneo? ¿cree que será de utilidad a Harry Puto e incluirá casos especiales como el de Jim Kerry?
—Sí, sí, ríete, pero algo hay de eso: la teoría general es demasiado compleja como para dar una fórmula completa porque intervienen factores como: lugar geográfico, época histórica, época del año, día de la semana, horario, población objetivo, etcétera...
—¿Qué perspectivas ve hoy?
—Hoy es domingo. Una apuesta casi segura serían las plazas comerciales en horario de cuatro a ocho, digamos, nueve exagerando. La población objetivo serían estudiantes o trabajadores con vidas normales, que disponen de algunas horas para que les den por culo y salen de caza sin querer esperar a la noche para ello. La noche buena de la semana, encima, es el sábado: es ahí donde ocurre el pico más notable de actividad (no necesariamente sexual, por cierto) y donde las locas salen en masa a invadir las calles: así, la noche de domingo es más de recogimiento o de gente que se quedó con ganas. Que estén ahí puede hacernos suponer, equivocadamente, que podemos pescar en río revuelto con extraordinaria facilidad, pero nada más alejado de la realidad porque hay horarios y la población es heterogénea. Me explico: la gente "normal" de hoy por la tarde es ya gente con objetivos lúdicos entre las nueve y la medianoche: salieron "de antro" y, quizá antes que follar, desean bailar o alcoholizarse. Siguen siendo gente de vida normal la mayoría, pero ya comparten espacio con prostitutos profesionales y drogadictos con falso interés sexual (el verdadero suyo sólo está en las sustancias, desde luego). Eso hace ese horario complicado: pocos quieren renunciar a la fiesta para que un desconocido vaya y los penetre; otros sólo buscan sacarte el dinero. Luego, si uno insiste y pasa al horario tenebroso que va de la medianoche a las cuatro de la mañana o poco antes, sólo queda fauna peligrosa porque los "normales" siguen dentro de las discotecas, machacándose con bailes y bebidas adulteradas. Luego de las cuatro es la salida y entonces hay poco buen juicio y altas posibilidades de anotar, sobre todo si uno fuera, digamos, poco escrupuloso en cuanto a eso de meterse con gente a la que ya se le ha ido media cabeza por culpa del alcohol, el desvelo o las drogas (o todo junto): ese horario me era favorable hace algunos años, pero ahora estoy más viejo y aguanto menos las desveladas; ya no podría ponerme de pie para ir de caza a semejantes horas y sin garantías de éxito, no mames. ¡Y con tanto peligro, encima!
—¿Cree que hay manuales similares para heterosexuales?
—Me gustaría ayudarlo Crío, ya lo creo, pero parece ser que en este terreno (que no es el mío) importa mucho la hipocresía de las formas y, cuando éstas no tienen importancia, es porque estamos con profesionales del talón o con tipas de muy baja ralea: como su madura en el primer caso, como su acosadora en el segundo...
Se retuerce de risa el Crío, acepta que ya tiene hambre cuando él anuncia que ya está todo acomodado en los libreros, y luego de calentar la comida se sientan a la mesa donde él lo ve comer con su habitual lentitud: decidido con los empanizados, tolerante con las zanahorias cocidas, pero debe ayudarlo con las calabazas que desde luego no le resultan simpáticas. Como a un hijo pequeño. Su hijo.
—¿Quiere ir a la Barranca?
—Nunca he ido.
—¿Quiere?
—Sí.
—¿Aunque tenga esas botas y el pantalón?
—Sí, vamos.
[...]
El descenso le machaca las rodillas; las piedras —unas boludas, otras en pico, otras más como rotas a la mitad— le hacen ampollas en los pies. "Está chido", dice el Crío.
—¿O cree que deba decir shilo?
—Fuck shilo.
Sus risas se confunden con los jadeos. Están sudando y llegan con las mejillas coloradas al mirador de enmedio. Se hacen unas fotos con el celular del Crío que él olvida de inmediato.
—¿Qué hay abajo?
—El río de aguas negras y el río verde que se juntan por ahí. Varias veces acampé de aquel lado, tanto abajo como hasta el otro lado, hasta arriba. Hay un caserío que se llama Mazcuala.
—¿Cree que esto es como ir a Talpa?
—Claro. Incluyendo el peregrinaje aunque aquí no haya vírgenes ni santuarios, apenas la capillita de arriba. Pero el camino está lleno de cruces, ya lo ve. Usted mismo, Cruz.
Se ríen. Emprenden el regreso.
[...]
—¿Seguro que no se quiere bañar?
—No, mejor me baño mañana en la mañana.
—Pinche Crío recocido en sus jugos, no mames.
—¿Cree que el Chino aguantaría que le diera a oler crotch en estos momentos?
Ya se ríen como locos recordando aquella vez en que al Chino se le pusieron los ojos rojos dando arcadas de asco por oler lo que no debía.
Ya cambiado, sugiere ir donde las flautas de Chapalita a cenar. El Crío sonríe, encantado con la idea.
[...]
El tráfico sigue siendo intenso. Nada parece detener a esta ciudad desbordada, imposible, tan conocida y amada como insufrible. Las miles de historias que en ella vivió le marean. En medio de las flautas de pollo y res con salsas verdes y rojas, bañadas en crema y con una montaña de queso encima, bebiendo agua de jamaica y horchata, le dice:
—Cómo has crecido, Crío, me sorprende.
—¿Soy más alto? —bromea poniendo otra vez su sonrisa burlona.
—Esa parte falló. Pero ha dado muchos pasos desde aquel bicentenario en el que lo conocí, ¿se acuerda? Ahora puede pagar la cena.
Se ríen ambos de nuevo, pero paga él. Para el postre van a una cafetería cercana donde le deja pagar el pingüino más caro del mundo, según el Crío, porque es apenas más grande que uno de ellos y cuesta ¡cincuenta pesos! Toman café americano y él bromea con las muchachas de la cafetería, al lado de la glorieta de Chapalita. Siempre fue bueno luciéndose con terceros si estaba acompañado de alguien que lo hiciera fuerte: su marido el Pollo, el Chino, su hijo el Crío. Hace un clima delicioso y fresco porque el aire repasa los árboles y viene hasta el establecimiento sobado de ramas y hojas, de pastos y fuentes, de la risa de los niños que aun dan vueltas a la glorieta dando voces y las páginas de libros que ya casi no se pueden leer bajo las farolas.
Suben de nuevo al auto y llegados al cruce de Niño Obrero y Vallarta, ahí frente al Hotel Camino Real donde tantas veces pasara de niño en auto o en camión, a pie, solo o acompañado, para visitar a sus abuelos, se despide del Crío. Lo abraza con fuerza y lo ve cruzar la avenida para agarrar un taxi del sitio. Él va al centro de cacería.
—A lo mejor me dan el viernes santo y nos vemos.
—Claro Crío.
[...]
De madrugada vuelve a casa y encuentra un mensaje en el celular.
—¿Triunfó?
'No', responde para sí mismo, sonriendo.
viernes, marzo 27, 2015
Apocalípticos
Mi madre siempre fue de la opinión —poco meditada, simple, quizá más un impulso que un razonamiento— de que el ser humano era irredimible y que si alguna esperanza quedaba para él tenía que pasar por la aniquilación. Es una idea religiosa tan antigua como la leyenda del Diluvio o las plagas faraónicas, y renovada en la interpretación más ordinaria de la crucifixión de Cristo, el sacrificio purificador al que no cuesta nada suscribirse cuando se sobrecargan las realidades execrables y nos llenamos de asco moral por lo que consideramos no sólo estúpido, injusto o podrido, sino irremediable. Es la idea detrás de no pocas películas: uno se siente compelido a experimentar las mismas dudas que el Quinto Elemento cuando de rescatar a la especie humana se trata y hasta desea poder estar de acuerdo con la cursilería de que el amor merece ser salvado (whatever that means). Pero es también la esencia doctrinal (si a tanto como doctrina llega lo que, ya se ve, es pura víscera) de las sectas apocalípticas y de no pocos perturbados que pretenden saber lo que es mejor para los demás haciéndoles el favor de pasarlos al más allá. La "idea" va más o menos así: el mundo está mal, merece un escarmiento o una renovación, ésta no puede llegar en medio de la corrupción tan grande que existe; ergo, vamos a acabar con todo.
La lista es larguísima y, contrario a lo que uno pudiera pensar idealizando el tiempo pasado como más inocente, silvestre y puro, abarca todos los períodos históricos y cualquier geografía: lo mismo usando gas sarín en el atestado metro de Tokio que ardiendo en las llamas de Waco, administrando cianuro a una comunidad entera en la Guyana o estrellando aviones contra las torres gemelas, pasando a cuchillo a todos los infieles de Tierra Santa o con sacrificios rituales frente a las pirámides mesoamericanas, todas las sociedades parecen haber desarrollado la convicción de que sus niveles de inmoralidad estaban más allá de cualquier recuperación y de que sólo restaba arrasarlas para empezar desde cero. Amparadas por el variado catálogo de batiburrillos que pasan de la literatura a la literalidad, sin importar que se trate de los protocolos de Sión o del libro de Mormón o de la creencia de que el mundo va a acabar porque desde 1914 está gobernado por el Diablo, las sociedades de todos los tiempos terminan por alimentar en su seno un germen suicida al que poco importa cuán ridícula o extrema sea la "justificación". Sus ideas seducen a muchos porque sobran las evidencias sobre la maldad del hombre: "¿no ve lo que pasa a su alrededor?" —parecen decir ya envalentonados— "¿acaso no sabe de asesinatos y violaciones, de robos y traiciones, de rencillas y odios y desmesuras? ¿en qué mundo vive?" La naturaleza humana se pone así al servicio de desequilibrados que reúnen las piezas para armarse su propio cuadro criminal; la monstruosidad de sus actos queda oculta tras la convicción de que a ellos los mueve un sentimiento puro de justicia, de dar orden a lo que se salió de madre, sea en la realidad o en sus susceptibles cerebros. En la abstracción y la generalidad que permiten hablar del hombre como de una pieza de manufactura, roma, sin matices, donde no caben excepciones ni sin embargos, los locos de todos los tiempos han encontrado la fuerza para no mirar cabalmente a nadie en específico y poder dar rienda suelta a sus instintos asesinos sin enfermarse con sus propias atrocidades.
Es aterrador cómo la violencia y la locura se realimentan a sí mismas: muchos habrán experimentado algo parecido al vértigo al conocer la noticia del copiloto aquel que estrelló su avión con decenas de pasajeros contra los Alpes franceses; muchos también habrán hecho metonimia juzgando que la especie humana está condenada a perecer por enfermos de esta naturaleza; y algunos más —quiero creer que pocos— habrán sentido reforzada la paradójica convicción de que hace falta un escarmiento todavía más terrorífico para acabar con esta barbarie dando paso al "hombre nuevo". Y así la insania no hace sino dispararse en extrañas espirales de presunta regeneración, lo cual acusa, me parece, no sólo la maleabilidad de la sustancia moral de los individuos cuanto su pobreza intelectual, que los hace incapaces de lidiar con la complejidad y lo incontrolable, que no los invita a crear mecanismos de lenta construcción y prolongado esfuerzo para la mejora de lo que queda a su alrededor, sino a hacer tabula rasa por pereza y primitivismo, que los escandaliza como si siempre se tratara de jóvenes gazmoños y retrógrados y no también de adultos tan inestables como los primeros.
'¿Qué fina línea separa la indignación que se guarda ante la injusticia y la porquería con las que uno se ve obligado, si no a transigir, sí a lidiar todos los días, del terrorismo puro y duro que una buena mañana decide empuñar un Kalashnikov y emprender la purga?', pensaba el otro día mientras asistía a las fanfarronerías de un corrupto investigador extranjero que presume de poderoso y que se ha incrustado en las estructuras científicas y administrativas del país, que saca provecho de cualquier situación con un descaro y desproporción sólo concebibles entre mafiosos, que abusa del erario público para su provecho personal y encima vende la idea de ser un filántropo y un gran amigo de todos, que organiza el robo de ideas, la negociación de prebendas, el ostracismo de los disidentes a nivel mundial...
Pero no debéis inquietaros: yo no soy mi madre. O casi.
lunes, marzo 16, 2015
Breve historia del dottore de la Sapienza
Hay gente con suerte y poca o ninguna inteligencia que un buen día por su falta de propósito en la vida, se ve becada para hacer estudios de maestría o doctorado en la Ciudad o, cuando sobra presupuesto y con la connivencia de profesores europeos que en virtud de sus cuotas de corrección política no pueden prescindir del elemento exótico, en medio de un continente al que mal entienden porque sus conocimientos de historia no van más allá del acordado por el consejo editorial de los libros de texto gratuitos. Tienen suerte, ya digo, no tanto porque se instalen a costa del erario en un continente culturalmente rico que de todos modos sólo sobará su egotismo y les pasará enteramente desapercibido, ni porque ello sea sólo el principio de una vida entrenada para la depredación de presupuestos, sino porque según sea la época en que ello ocurra puede pasarles lo que al dottore de la Sapienza, que en el colmo de las coincidencias consigue volver al país en el momento en que sus imbéciles autoridades creen posible superar el subdesarrollo de un plumazo decretando la apertura de plazas y la creación de centros de investigación a los que llenará cuanto pendejo esté disponible en ese momento: él, por ejemplo.
Un presidente dice que esta república es científica y enseguida se aprestan los que cobran del presupuesto federal a dos cosas: primero demostrar su independencia criticando la medida como insuficiente, pero necesaria, pues el dinero, aun si fuera infinito, nunca basta; segundo, demostrar en revistas ad hoc que efectivamente la ciencia tiene instalada entre nosotros desde la época prehispánica sin apenas discontinuidad (luego esta publicación se reporta como producto científico por el que a su vez se cobra otro emolumento). El dottore de la Sapienza trae su título europeo bajo el brazo y desearía quedarse en la Ciudad por mucho que ésta sea ya un retorcido laberinto de miserables calles donde se revuelven explotados y explotadores a respirar una atmósfera cargada tanto de plomo como de mierda. Le acompañan en su razonamiento los mixtecos y zapotecas, los de la sierra de Puebla y la Huasteca distante, costeños de Veracruz y campesinos de Guerrero: es aquí, en este hacinamiento, donde vive el poder en hombres de traje y corbata; y es aquí, por tanto, donde tenemos más oportunidad de que caiga algo de la mesa de los grandes señores. Pero no es tan fácil: ignora el dottore que aquí ya hay científicos mexicanos como Memelovský y LeMonde, Hsu y Popov, bien instalados en sus puestos desde hace siglos y poco dispuestos a renunciar o morir, de modo que no le queda más remedio que hacer sus maletas y acompañar a todos aquellos a quienes desechó la Ciudad hacia la nueva unidad Rancho Grande donde se le ha regalado una de las nuevas plazas tan rápidamente que apenas ha quedado tiempo a sus ex-asesores para celebrar el haber devuelto a su patria a semejante cenutrio.
'Ya está', se ha dicho el dottore apenas sentarse en su oficina expropiada a una granja donde antes se llevaban a cabo tareas improductivas como el cultivo de maíz y la producción de huevo. Él producirá artículos científicos y cobrará por ello (de hecho, podrá cobrar mensualmente aun sin producirlos). Él pondrá el nombre de esta república en alto. Ya cuelga sus degrees en la pared y pone sus cuatro libros en los estantes, ya se hace de una estilográfica para plasmar sus grandes ideas mientras frunce el ceño y eleva el labio superior, despectivo y babeante. Pero tiene la mente en blanco. Un blanco perfecto, inmaculado, no sólo ayuno de ecuaciones sino de meros pensamientos; sus neuronas un engrudo en el que no enciende ninguna chispa. Se descubre muermo, pero al menos consciente de que ello no debe ser notado por nadie, de que deberá ocultarlo siempre si desea salir adelante. ¿Pero cómo? El miedo le proporciona las herramientas: pedantería sin cortapisas ni vergüenza, abuso de los subordinados y refuerzo de las jerarquías (él es el investigador y luego será el jefe, ¡coño!), dress code estricto de tweed y pantalón de pana o gabardina, una loción dulzona y sobrecargada, gemelos en las muñecas...
Las dificultades, sin embargo, no se hacen esperar: los estudiantes de las primeras generaciones lo ven desnudo y lleva tiempo —y una paulatina acumulación de poder y presupuestos, de cortinas de humo y escamoteo de datos— convencer a generaciones más jóvenes y modernas, es decir, imbéciles, de su sólido prestigio que se sustenta en nada y de su influencia internacional que se reduce a una mueca despectiva de cuantos colegas lo conocen. Se hace experto en pegar su nombre al trabajo de los demás, al principio apelando a la colaboración entre los miembros de la unidad Rancho Grande, luego disponiendo de dinero público para traer colegas extranjeros a trabajar en la unidad a cambio de favores académicos, finalmente empujando a estudiantes a producir lo que sea sin apenas asesoría ni sentido (¿y cómo podría darlos?). No le lleva mucho tiempo acostumbrarse a la desvergüenza: ¿qué le importa si Chilekovský o Stefanío, Kurva o Nelsson piensan que es un idiota si al final les pudo sacar dos o tres publicaciones y presumir de haberlos traído a conferencias y cursos y estancias? ¿qué más le da que se le caricaturice si al final dispone de los presupuestos y a sus ambiciones se pliega la ahora gerontocracia de la unidad Rancho Grande luego de veinte años? Sigue siendo un hombre con suerte al que no le hace falta voluntad para que las propias circunstancias le den lo que no ha pedido, eso inmerecido que defenderá con ferocidad y que ahora se traduce en residencias en colonias pudientes y colegiaturas en escuelas privadas para sus hijitos y en trato sudoroso con eclesiásticos, clubes de buenas costumbres y de rotarios. A researcher life-style, como si dijéramos, que debe defenderse contra amenazas reales e imaginarias.
Porque a veces se cuelan piedritas en el zapato y, apenas percibe molestias, el dottore de la Sapienza pierde la compostura y quiere morder y liquidar los asuntos de un manotazo. A veces le duele que se le toque el orgullo aunque éste sea producto de falacias y embustes, pues a fuerza de disfrazarse ha terminado fundido con sus máscaras y no soporta que se le resquebrajen. Este científico con espíritu de teólogo parece creer —luego de veinte años de actividad en el área, whatever that means— que lo que se publica en revistas es inmutable y no puede ser contestado, que una vez aceptadas sus mentiras y sancionadas por pares académicos ya la libró, que la discusión científica se acaba en la imprenta. Así pues, le sorprende e irrita profundamente que un par de ratas de provincia hayan demostrado que una de sus publicaciones es falsa. No se detiene a pensar que alguno de sus coautores debió perder la discusión cuando se hizo cargo de ella sin informarle, pues no se puede publicar una aclaración sin consultar a los autores. No le inhibe lo impropio de ponerse en contacto con uno de los que liquidaron su paper para decirle que debieron consultarle primero (!) cuando él mismo escribió un mensaje años atrás confirmando que estaba enterado ("¿Qué es toda esta putanata de los correos del Dr. Barney? Se supone que estamos colaborando, pero parece que somos enemigos. Dice que descubrió que los resultados que tenemos están equivocados"). No le da vergüenza, encima, apelar al sentimentalismo más barato porque todo en su mundo —las colaboraciones y las refutaciones, los argumentos y las pruebas— son asuntos personales, cuestiones de amigos o enemigos, nunca ciencia: "en vez de meternos el pie, podríamos apoyarnos", remata (!). Desde luego, no te jode: la generosidad a posteriori es siempre encomiable...
Seguirá pasando el tiempo. Al dottore de la Sapienza le esperan homenajes y reconocimientos, elogios a su trayectoria, aplausos de propios y extraños. Igual que en el momento aquel en que una favorable conjunción le dio una plaza en la unidad Rancho Grande apenas concluidos sus estudios en la vieja Europa, pronto no quedará quien le haga sombra en los consejos de administración científica (sic) de la república: será el dueño, el nivel tres, el elegante emérito que se hizo a sí mismo a base de esfuerzo y estudio porque las circunstancias así lo quisieron... El talentoso por default, el ciego en tierra de muertos, el dottore por excelencia...
Larga vida tenga el hombre. Larga vida.
Un presidente dice que esta república es científica y enseguida se aprestan los que cobran del presupuesto federal a dos cosas: primero demostrar su independencia criticando la medida como insuficiente, pero necesaria, pues el dinero, aun si fuera infinito, nunca basta; segundo, demostrar en revistas ad hoc que efectivamente la ciencia tiene instalada entre nosotros desde la época prehispánica sin apenas discontinuidad (luego esta publicación se reporta como producto científico por el que a su vez se cobra otro emolumento). El dottore de la Sapienza trae su título europeo bajo el brazo y desearía quedarse en la Ciudad por mucho que ésta sea ya un retorcido laberinto de miserables calles donde se revuelven explotados y explotadores a respirar una atmósfera cargada tanto de plomo como de mierda. Le acompañan en su razonamiento los mixtecos y zapotecas, los de la sierra de Puebla y la Huasteca distante, costeños de Veracruz y campesinos de Guerrero: es aquí, en este hacinamiento, donde vive el poder en hombres de traje y corbata; y es aquí, por tanto, donde tenemos más oportunidad de que caiga algo de la mesa de los grandes señores. Pero no es tan fácil: ignora el dottore que aquí ya hay científicos mexicanos como Memelovský y LeMonde, Hsu y Popov, bien instalados en sus puestos desde hace siglos y poco dispuestos a renunciar o morir, de modo que no le queda más remedio que hacer sus maletas y acompañar a todos aquellos a quienes desechó la Ciudad hacia la nueva unidad Rancho Grande donde se le ha regalado una de las nuevas plazas tan rápidamente que apenas ha quedado tiempo a sus ex-asesores para celebrar el haber devuelto a su patria a semejante cenutrio.
'Ya está', se ha dicho el dottore apenas sentarse en su oficina expropiada a una granja donde antes se llevaban a cabo tareas improductivas como el cultivo de maíz y la producción de huevo. Él producirá artículos científicos y cobrará por ello (de hecho, podrá cobrar mensualmente aun sin producirlos). Él pondrá el nombre de esta república en alto. Ya cuelga sus degrees en la pared y pone sus cuatro libros en los estantes, ya se hace de una estilográfica para plasmar sus grandes ideas mientras frunce el ceño y eleva el labio superior, despectivo y babeante. Pero tiene la mente en blanco. Un blanco perfecto, inmaculado, no sólo ayuno de ecuaciones sino de meros pensamientos; sus neuronas un engrudo en el que no enciende ninguna chispa. Se descubre muermo, pero al menos consciente de que ello no debe ser notado por nadie, de que deberá ocultarlo siempre si desea salir adelante. ¿Pero cómo? El miedo le proporciona las herramientas: pedantería sin cortapisas ni vergüenza, abuso de los subordinados y refuerzo de las jerarquías (él es el investigador y luego será el jefe, ¡coño!), dress code estricto de tweed y pantalón de pana o gabardina, una loción dulzona y sobrecargada, gemelos en las muñecas...
Las dificultades, sin embargo, no se hacen esperar: los estudiantes de las primeras generaciones lo ven desnudo y lleva tiempo —y una paulatina acumulación de poder y presupuestos, de cortinas de humo y escamoteo de datos— convencer a generaciones más jóvenes y modernas, es decir, imbéciles, de su sólido prestigio que se sustenta en nada y de su influencia internacional que se reduce a una mueca despectiva de cuantos colegas lo conocen. Se hace experto en pegar su nombre al trabajo de los demás, al principio apelando a la colaboración entre los miembros de la unidad Rancho Grande, luego disponiendo de dinero público para traer colegas extranjeros a trabajar en la unidad a cambio de favores académicos, finalmente empujando a estudiantes a producir lo que sea sin apenas asesoría ni sentido (¿y cómo podría darlos?). No le lleva mucho tiempo acostumbrarse a la desvergüenza: ¿qué le importa si Chilekovský o Stefanío, Kurva o Nelsson piensan que es un idiota si al final les pudo sacar dos o tres publicaciones y presumir de haberlos traído a conferencias y cursos y estancias? ¿qué más le da que se le caricaturice si al final dispone de los presupuestos y a sus ambiciones se pliega la ahora gerontocracia de la unidad Rancho Grande luego de veinte años? Sigue siendo un hombre con suerte al que no le hace falta voluntad para que las propias circunstancias le den lo que no ha pedido, eso inmerecido que defenderá con ferocidad y que ahora se traduce en residencias en colonias pudientes y colegiaturas en escuelas privadas para sus hijitos y en trato sudoroso con eclesiásticos, clubes de buenas costumbres y de rotarios. A researcher life-style, como si dijéramos, que debe defenderse contra amenazas reales e imaginarias.
Porque a veces se cuelan piedritas en el zapato y, apenas percibe molestias, el dottore de la Sapienza pierde la compostura y quiere morder y liquidar los asuntos de un manotazo. A veces le duele que se le toque el orgullo aunque éste sea producto de falacias y embustes, pues a fuerza de disfrazarse ha terminado fundido con sus máscaras y no soporta que se le resquebrajen. Este científico con espíritu de teólogo parece creer —luego de veinte años de actividad en el área, whatever that means— que lo que se publica en revistas es inmutable y no puede ser contestado, que una vez aceptadas sus mentiras y sancionadas por pares académicos ya la libró, que la discusión científica se acaba en la imprenta. Así pues, le sorprende e irrita profundamente que un par de ratas de provincia hayan demostrado que una de sus publicaciones es falsa. No se detiene a pensar que alguno de sus coautores debió perder la discusión cuando se hizo cargo de ella sin informarle, pues no se puede publicar una aclaración sin consultar a los autores. No le inhibe lo impropio de ponerse en contacto con uno de los que liquidaron su paper para decirle que debieron consultarle primero (!) cuando él mismo escribió un mensaje años atrás confirmando que estaba enterado ("¿Qué es toda esta putanata de los correos del Dr. Barney? Se supone que estamos colaborando, pero parece que somos enemigos. Dice que descubrió que los resultados que tenemos están equivocados"). No le da vergüenza, encima, apelar al sentimentalismo más barato porque todo en su mundo —las colaboraciones y las refutaciones, los argumentos y las pruebas— son asuntos personales, cuestiones de amigos o enemigos, nunca ciencia: "en vez de meternos el pie, podríamos apoyarnos", remata (!). Desde luego, no te jode: la generosidad a posteriori es siempre encomiable...
Seguirá pasando el tiempo. Al dottore de la Sapienza le esperan homenajes y reconocimientos, elogios a su trayectoria, aplausos de propios y extraños. Igual que en el momento aquel en que una favorable conjunción le dio una plaza en la unidad Rancho Grande apenas concluidos sus estudios en la vieja Europa, pronto no quedará quien le haga sombra en los consejos de administración científica (sic) de la república: será el dueño, el nivel tres, el elegante emérito que se hizo a sí mismo a base de esfuerzo y estudio porque las circunstancias así lo quisieron... El talentoso por default, el ciego en tierra de muertos, el dottore por excelencia...
Larga vida tenga el hombre. Larga vida.
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