jueves, junio 16, 2016

Los ojos de Don Martinos

¿Hay, como dicen los transexuales, mujeres atrapadas en cuerpos de hombre? La cuestión no me importa, nunca me importó, pero ayer que fui con mi mujer y mis hijos a comprar los regalos de Navidad en el mall de Four Pines de Tucson, antes de volver a Santa Teresa, abrigado por un viento norte que hizo que cayera aguanieve sobre los pavimentos bien trazados de la ciudad gringa, me acordé de aquellos años en que siendo yo un chaval trabajé bajo su protección, que eso y no otra cosa fue aquel tránsito que me hizo pasar del tardío fin de mi infancia en la universidad a esa multiplicación de destinos posibles que fue salir del país a trabajar; años de verlo casi a diario mientras me hacía un hombre que lentamente reemplazaba los soberbios abusos de la juventud por las discretas responsabilidades de la adultez. ¿Qué me hizo acordarme de él? ¿Acaso la musiquilla de 'Añada' que he tenido en la cabeza desde que bajamos a desayunar esta mañana al restaurante frente al hotel? ¿Tal vez la fugaz visión de un profesor con un grupo de cuatro estudiantes a los que bromeaba con una confianza censurable? ¿Fue antes o después de recordar a los travestis de los alrededores del King-Kong a los que mis amigos y yo jugábamos bromas pesadas en la prepa?
Miro a mis hijos, abrazo a mi mujer. Frente a la tienda de juguetes la niña ha pegado un grito y el chaval que ya frisa los trece ha entrado corriendo en la misma. Casi todos los hombres guardamos secretos, particularmente frente a nuestras familias, nuestras mujeres, nuestras madres. De aquellos travestis de mi juventud sólo recuerdo mi risa estúpida que salía al encuentro de sus formas grotescas: ropas ajadas de las que salían carnes mal disimuladas, pelucas tiesas de mugre, maquillaje como de quien salió de los escombros. Jamás el menor trazo de deseo sexual o de admiración, ni siquiera cuando bajo una falda aparecían un par de poderosas piernas bien depiladas, ni siquiera cuando las tetas parecían auténticas. Nada. Sólo risa y cerveza y el calor entrando por las ventanillas de nuestros carros chocolate. Sólo eternidad y amigas a las que uno se obligaba a tratar de llevar a la cama. A veces un paseo y entonces un noviazgo. Alguna vez una traición. Risa, cerveza y calor.
Tarde supe que los homosexuales no necesariamente quieren ser mujeres. Más tarde que para serlo no había que ser afeminado. No fue mi culpa esta ignorancia: eran cosas que no me importaban y siguen sin importarme. No son de mi incumbencia. Pero fue en esos años que vinieron a mi mente esta mañana al bajar al restaurante, tarareando la musiquilla de 'Añada' mientras mis hijos desayunaban cabeceando de sueño y mi mujer me sonreía poniéndome el pan tostado en la boca, fue en esos años recordados, decía, en los que por primera vez traté a uno por largo tiempo y asistí a su vida cotidianamente mientras trabajaba bajo su protección. Uno que se empeñaba en lo profesional para mejor encubrir la carne. Uno que procuraba no mirarnos demasiado ni dejar de bromear para mejor tragar la inquietud que lo consumía. Concedo que esa inquietud no fuera explícitamente sexual, pero el sexo es una fuerza sagrada cuyas formas sublimadas apenas reconocemos. El sexo es a veces amistad. El sexo es a veces un trabajo terminado. El sexo es, seguramente, lo que mantiene a raya a la muerte. Su antítesis. Y ese hombre era vida. Y, por lo tanto, sexo.
Jamás he vuelto a vivir una confianza semejante, pero sólo en ocasiones aisladas como esta mañana en que las delgadísimas hojuelas de hielo se derriten en nuestros rostros o sobre los gorros de lana, lo echo de menos y le dedico una sonrisa con mueca de asunto que terminó sin nunca entenderse a cabalidad. Era un hombre solo, pero bastante decente y de humor ácido, que nos sacó de apuros en alguna ocasión y tuvo a bien darme los medios para que ahora yo pueda decir que me ha ido bien (él habría detestado oírme decir que he sido exitoso, pero lo soy). Compartimos varias reuniones fuera del trabajo en las que sencillamente nos reíamos y hablábamos de esas simplezas de las que habla uno en las borracheras. Anécdotas para escandalizar o advertir o burlar, algún gesto más o menos emotivo. Lo normal en un sitio donde sólo había cerveza y calor y del que yo era casi el único originario. Mis amigos idos uno a uno conforme pasaron los años: Tijuana, Mexicali, Guadalajara, Nogales, Querétaro, hasta yo que salí del país por tantos veranos gracias al hombre.
Un hombre que no era travesti ni afeminado, bien es verdad, pero en quien tuve oportunidad de percibir lo único que no percibí jamás en los travestidos de los alrededores del King-Kong ni en las locas de la prepa ni en los apretados de la universidad. Algo que no percibía siempre y que es posible que algunos de mis recuerdos hayan distorsionado por el paso del tiempo o, siendo fieles, reproduzcan lo que confundió el alcohol o las drogas (él era un grandísimo liberal). Cuando más afecto le tuve, cuando más cerca estuvimos, cuando creímos que nuestra amistad duraría para siempre y brindamos por ello y calamos los cigarros con entusiasmo y cantamos abrazados hasta el amanecer, de pronto, inadvertidamente, coincidían nuestras miradas y yo podía ver diáfanamente que dentro de sus ojos estaba una mujer. Sí: una mujer ahí, detrás del rostro barbado y los años que rebasaban los cuarenta y tantos y el pelo entrecano de largas patillas acariciadas por sus manos cuajadas de venas. Una mujer, sí, en el súbito silencio en el que me daba cuenta de que no era él quien estaba enamorado de mí, sino esa que vivía dentro suyo, la que no necesitaba salir en falda ni maquillarse con violencia, porque así estaban las cosas y para qué desafiarlas y para qué ir más allá y para qué...
A veces logro recordar estas cosas sin contarlas a nadie. Sonreírle a mi mujer y hacerle el amor en el hotel los regalos tirados por el suelo, los niños dormidos desde hace media hora en la habitación contigua y sentir ese temblor de piernas al terminar y esa satisfacción de abrazarla contra mi pecho mientras vemos la televisión y en mi cabeza suena la musiquilla de 'Añada' y un viejo poema de un libro de primaria y una carcajada sobre la avenida del King-Kong. Y él, que estoy seguro de que contra todo lo que manifestaba, era ella. Lo sé por sus ojos. Lo sé aunque ya no esté más y haya desaparecido dejando a tantos como yo, con vidas propias a cambio de la suya. Que era prestada.

domingo, junio 12, 2016

La cena de Baco

Sentado a la mesa de Francia donde se descorchaban vinos y se ofrecían carnes frías, en medio de las risas de un pueblo antiguo, el profesor elevaba su ronca voz por encima de las juventudes tímidas y los adultos sometidos, lanzando edictos sobre el cine, la literatura y la historia. Que si era indebido leer a Céline en la Galia lo mismo que a Vasconcelos en Tenochtitlán. Que si el cine francés se recuperaría alguna vez del fardo espantoso de un romanticismo de culo a la Madame Bovary. Que si el ministerio de educación le permitiría alguna vez viajar a Santa Teresa sin tener que firmar un acta de desistimiento por indemnizaciones de secuestro o extorsión. El otro lo acompaña en sus carcajadas y se afloja como nunca ha podido hacerlo con sus colegas allende el Atlántico, cuestionándose si es un asunto de engreimiento ridículo o de orientación sexual: lo primero por hallar las discusiones sobre fútbol poco apasionantes; lo segundo porque abundar en las variantes de la resignación matrimonial le resulta extraordinariamente aburrido.
Cuestión de adaptación en la que nunca ha sido bueno. Tampoco aquí, aunque los intereses de las personas, refinadas o no, nunca se distingan en lo esencial de las de la albañilería. El profesor lo utiliza para sus pullas retóricas que él contesta con maestría, como quien sabe que esta corte dieciochesca y republicana exige su colaboración, esa dosis de exótico escándalo que como un guante perfecto cubre la convicción de su tolerancia hacia el extranjero y negro que, si es homosexual y ateo, tanto mejor. Dos, cuatro pájaros de un tiro. El otro entreviendo las estanterías de libros y los cuadros de las paredes y los adornos de las vitrinas y el buen cuidado de las servilletas y la vista desde la ventana que se extiende por campos verdes donde llueve casi todo el tiempo, la chimenea con sus marcas de tizne y la leña guardada debajo de la escalera, volviéndose luego en un entrecerrar de ojos a las paredes desnudas de Santa Teresa y los colores vivos y el sol ardiendo en una calle apretada de vecinos inexplicables, 'la copia pirata de la civilización occidental', le susurra al oído Negrita. Y él lo cree así también, mas se resiste, negociando consigo mismo la acendrada idea de que no hay camino recto entre países ni es una sola la mesa de la cena. Plástico aquí y cristal allá, manteles de tela o bordados, la copa correcta o el vaso desechable, abre los ojos, despierta.
Embajador, puente, mercenario académico. Un largo camino, inexplicable como todos, que va desde la cabaña de pescados crudos de Oulu, frente al golfo de Botnia, hasta esta mesa de cuerpos envejecidos y nuevos invitados. Un camino que pasa por las colinas de Vyšehrad y tímidos correos electrónicos. 'Dear Professor', empieza a sus veintinueve y acaba a los treinta en la estación de Lille. 'I would like to introduce myself' y termina escuchando un pedo en mitad del Haut Medoc al lado de hijos imaginarios. Creía que escapaba. Que era un cazador. Que un buen día empacaría sus cosas y, con pareja o sin ella, acabaría paseando con un pesado abrigo por las calles de alguna ciudad europea. No más. El profesor levanta la copa triunfal, le llama por su nombre, pide al otro que le sirva más vino ante la mirada cómplice de las esposas y los estudiantes. El filósofo al final de la mesa, sonriendo con sano escepticismo, pide también que le sirvan. Hora de arriar las banderas por un par de horas de ebriedad en anticipación de futuros remotos universales. La Marsellesa o la Internacional. La raza cósmica.
La madrugada se evapora presintiendo el verano y frente a la terraza hacen planes de trabajo y vacaciones, con o sin el permiso del ministerio de educación. Los jefes llaman a juntas para decidir el orden correcto en que deben ser alineadas las bancas en un salón o si los planes de ingeniería han de seguir utilizando matemáticas cuando lo importante es ser humano. Él bebe. El otro también. No puede quedarse, piensa, no sólo porque no es su casa, sino porque el mercenario ha muerto. O nunca lo hubo. Nunca estuvo solo y lo ignoraba. No representa a nadie, pero sus únicos motivos no están en todos los departamentos de esta república, sino exponiendo sus vidas en zonas rojas, según el ministerio del interior, peleados entre sí, crispados, como navajas salvajes que saltan por los aires. No le importa ya, desde luego. Si de algo ha de morir, ahí está Hornos. Ahora es el viejo que quiso salvar a la humanidad y terminó inmolándose. El que se hace a un lado y escribe cartas de recomendación: 'Salut Thierry', 'Jesusfuckingchirst', 'Habría qué ver'. Pasan los demás como en tropel, circulan por la mesa (¿cuánto tiempo?). Se despide de beso y Santa Teresa arde. Se acuesta y se hace acompañar por los suyos. El Reino solitario en una ciudad desconocida que sólo visita en la duermevela. Ya volverá, ya volverá...
'Siempre amanece en alguna parte', recuerda. 'Qué gran idiotez'. Se ríe. Duerme.

domingo, junio 05, 2016

Orgía en Hornos

Se sienta pesadamente sobre el sillón de mimbre de la larga terraza ocho arcos en total, piso rojizo de losas de barro laqueado con un vaso de whisky en el que aún pudo poner algunos hielos, encendido el cigarrillo en una mano y la mirada perdida en el atardecer sofocado que se desarrolla por encima del monte yermo con su camino de terracería rodeado de sahuaros y nopales. A un volumen aceptable se escucha salir del salón Hubbard Hills, de los Tindersticks. No está más en la academia militar de Swindon donde podía subir y bajar colinas a bordo de una bicicleta negra ni en el paisaje plano de Flandes, con su lluvia eterna y su verano de dos semanas. Está a quince largos minutos de la carretera que va de Santa Teresa a Hornos, por esta misma terracería que tiene delante y en donde ha visto cruzar, seguras de sí mismas, las criaturas más diversas: tarántulas y serpientes, tlacuaches de hocico afilado y liebres hipnotizadas por las luces de los faros en la noche. Un hormigueo en el cuerpo el alcohol y la certidumbre de lo inevitable, lo relajan. Repasemos lo ocurrido.
Las había conocido hará unas tres semanas, una de esas noches en que había salido a buscar jovencitos por la plaza arbolada del centro para encontrarse con lo mismo: prostitutos drogadictos de más de treinta años, travestis enfermas a las que faltaban algunos dientes, algún ranchero gordo y muy arreglado que sostenía que lo primero era conocerse. Un fastidio. Entonces decidió tomarse una cerveza en ese bar en el que no había reparado jamás y en el que algunos estudiantes lo reconocieron. 'Pásele maestro, ¿qué hace por aquí? Al fin se decide a divertirse', frases que lo animaron a seguir el juego, sacar a bailar a algunas tipas, fungir de macho para ejemplo de los morros más o menos torpes y tímidos que ahí se daban cita y, finalmente, a dar con esas tres con las que se quedó conversando y bebiendo y fumando en un rincón, como hipnotizado por su salacidad y su risa, por su juventud de veinte años medianamente ejercidos al lado de sus recursos de hombre de cuarenta. ¿Qué le pasaba por la cabeza cuando ponía sus manos en la cintura de una o le removía el cabello de la frente a otra? ¿Qué era lo que sentía en la entrepierna cuando encendía el cigarrillo de una agachándose hasta oler el perfume que salía de sus pechos? ¿Qué era esta nueva adrenalina que recorría sus venas cuando una se le abrazó al cuello por la espalda y le dijo al oído que podían ir los cuatro a su casa porque sus papás estaban en Guadalajara?
No pensaba. Por entre las calles obscuras de Santa Teresa de vez en cuando iluminadas por patrullas que pasaban rápidamente o se hallaban orilladas inspeccionando algún otro vehículo, los cuatro se desplazaron hasta el domicilio de Ethel y, apenas llegaron, Alba y Mónica encendieron un churro que apestaba más de lo usual. ¿Hace cuánto que no fumaba mariguana? ¿fue en Mons, durante la fête de la musique? ¿fue en Guadalajara cuando lo visitó aquel matrimonio swinger que luego se separó? No le intimidó que se lo pasaran y dio cuantas caladas consideró razonable dar. Ethel no quiso probar, pero se quitó la blusa y, tomándolo de la mano así, con las tetas al aire, lo llevó al dormitorio. 'Ahora vienen', le dijo, y ya en el cuarto lo sentó sobre la cama y le ayudó a quitarse el pantalón dejándole la camisa. ¿Quién fue la última en intentarlo? ¿la checa? ¿la francesa de Quiévrechain? No las recordó. Con una mano firme hundió la cabeza de Ethel en su entrepierna y ella se entretuvo con las dimensiones que, gravedad, edad o naturaleza, le exploraban la garganta a fondo. Mónica y Alba llegaron desnudas a la habitación, entrelazadas, para luego tomar turnos. La iluminación que llegaba del salón era todo aquello de lo que disponían, pero aún así le sorprendía de pronto el brillo de unas medias que se corrían, de unos aretes por el suelo o algún piercing, no sabía bien si en la lengua o en los labios. Al final se quedaron inmóviles una media hora. Alba y Mónica dormidas, Ethel pasándole una mano de uñas brillantes por el pecho. Transcurrido el plazo, ésta le dijo que debía irse y él, sin cuestionar nada, accedió. En la puerta le pasó un papel y le dedicó una última risa llena de travesura y tontería: 'Nos volveremos a ver. Ahora vete'.
Al día siguiente, domingo, se levantó tarde. No miró más los perfiles de Facebook de su expareja ni los de aquellos estudiantes con los que hubiese querido acostarse y con los que, por razones profesionales, apenas se había limitado a bromear pesadamente. No pensó en sus amigos (¿pero cuáles?) ni en el trabajo pendiente que habían venido cargándole en los últimos años aprovechándose de su adicción laboral ('Es mejor trabajar que pensar en lo que perdiste, ¿no?', le llegó a decir su jefe). Leyó concentradamente las páginas de aquel periódico atroz y halló el anuncio mal redactado de aquella propiedad en venta: 'Terreno campestre a 15 min de la carretera a Hornos, 1 casa completamente amueblada, 60 árboles, pozo, noria, corrales'. Concertó una cita, se duchó, se vistió como si estuviera en el verano de Swindon y no al inicio de la canícula de Santa Teresa, y condujo hasta aquella desviación de la carretera a Hornos donde ya lo esperaba el vendedor: un hombre gordo y blanco, la cara llena de cacarizos y bigote espeso, lentes obscuros de los que nunca prescindió, una camioneta elevada y lujosa a la que siguió por entre el monte yermo a través de la terracería. Vio buitres sobrevolando, ninguna señal de actividad humana a la redonda cuando ya se estacionaban frente a la finca. El dueño le prestó un sombrero, recorrieron algunos linderos del enorme terreno, los árboles de cítricos, la casa que efectivamente estaba amueblada y en la que no le costó trabajo imaginar a las chicas de anoche. La venta se cerró en menos de una semana.
Una semana tensa, sobra decirlo, en la que su jefe pudo seguir cobrando por los resultados que él producía y cargándole más trabajo, concentrado como estaba en no dejarse arrastrar por la desesperación de buscar a Ethel o a Mónica o a Alba, menos aún por la de buscar a alguno de sus jovencitos favoritos, tampoco organizar reuniones en su casa ni con colegas (¿pero cuáles?) ni con estudiantes esos carroñeros que huelen perfectamente cuando alguien está muriendo y lo frecuentan, amistosos y comprensivos. Alguna tarde, mientras salía de la oficina, creyó ver a Ethel en la distancia y, recordando su propia edad y la seguridad extraordinariamente fría con que obró el fin de semana anterior, se limitó a verla alejarse hasta perderse en el poniente. No bebió ni fumó toda la semana. Hizo ejercicio como de costumbre. El fin de semana, decidido a no padecer la desesperación, llevó a sus dos perras al terreno recién comprado y se puso a conocer los detalles del lugar, dispuesto a pasar la noche ahí. Las perras corrieron hasta agotarse, también él se cansó de hacer una serie de faenas para las que no veía más remedio que contratar a un vigilante, aunque de momento las disfrutaba. La señal del celular iba y venía cuando por fin se sentó en la terraza al anochecer, sin que pudieran verse más luces que las estrellas. En la madrugada lo despertó el ruido de alguna balacera lejana y algo como motores de camionetas. O los soñó. No sería extraño que los narcotraficantes anduvieran por aquí visitando las rancherías a la búsqueda de efectivo o pertrechos. Volvió a dormir.
El domingo por la mañana tenía un mensaje de Ethel. 'Te he ido a buscar al cubículo', decía, 'pero no pude encontrarte. Llámame después de las siete'. Supo que debía asombrarse de que ella supiera dónde trabajaba o temer de la posibilidad de que fuera una estudiante, pero no sintió nada. Subió a las perras a la camioneta, cerró la finca luego de bajar las persianas y avanzó por entre la terracería hasta alcanzar la carretera a Hornos. Un par de hombres armados lo vieron pasar apenas dar vuelta con rumbo a Santa Teresa. En la entrada a ésta lo detuvo otro par para preguntarle qué estaba haciendo en la loma. 'Tengo una finca ahí', se limitó a cooperar. Y agregó: 'Vuelvo posiblemente esta noche'. Pero Ethel no contestó el teléfono después de las siete. Insistió hasta pasadas las ocho y entonces salió a la calle. En el bar de la otra vez con el que fue difícil dar, por cierto no estaba ninguna de las tres. Abordó a una muchacha que jugaba solitaria en la mesa de billar y ésta lo rechazó con vehemencia. Frustrado, por fin tocado en su orgullo propio, salió a la calle y se puso a fumar. Las palabras del jefe vinieron a su mente: 'Pues no andes en ciertos lugares donde puedan verte los alumnos o los padres de familia. Ya sabes que se te respeta, pero todo con discreción. Esta es una institución católica, ¿entiendes?'. Una furia repentina le creció por dentro como una bola de fuego, una ira tan novedosa como las erecciones de los últimos días. Salió la chica desdeñosa del bar, sin advertir su presencia, y decidió seguirla desde el carro hasta que, en un crucero desierto esos domingos de Santa Teresa hechos de polvo y mierda y chamizos bajó rápidamente del auto, le tapó la boca con una mano firme y la subió al carro donde terminó por noquearla para que no fuese a gritar.
Apagó el teléfono y condujo haciendo enormes esfuerzos por tranquilizarse. La situación había dado un vuelco peligroso, era verdad. Pero todavía era salvable. Podía dejarla en otra calle desierta. Podía terminar aquella aventura de la que sólo escucharía por el periódico al día siguiente y luego ya nada. Nadie lo reconocería si, como de costumbre, pasaba la vida metido en su oficina. En la carretera a Hornos tuvo que volverla a golpear porque empezaba a despertar. Tenía el puño derecho lleno de sangre. Por la terracería, como quien se interna en la boca de un lobo, le puso una mano en las piernas y volvió a sentirse como el fin de semana pasado. Estaba cambiando. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? En la finca bajó a la muchacha y ésta no tardó en despertar. Pasada una primera histeria que sólo consiguió calmar con amenazas, por fin consiguió que cooperara. Sara era agresiva, amenazante. Inmediatamente lo reconoció: 'Tú estuviste en el bar hace una semana, cabrón. Te fuiste con Ethel y el par de drogadictas de sus amigas. Te va a cargar la chingada'. Puso música para tranquilizarse. Con el soundtrack de Eyes Wide Shut como fondo y su renovada seguridad inexplicable, le informó que no iba a decirle a nadie quién era porque ella no iba a salir de ahí. Que lo mejor que podría hacer era relajarse porque pronto organizaría fiestas ahí y más le valía acostumbrarse a su nueva vida. Que las chicas del bar volverían. 'Tú estás loco, cabrón', le dijo aventándole el vaso de whisky vacío luego de tomarlo de un sólo golpe. Pero las chicas volvieron.
Él procuró visitar a Sara a diario, pero algunas veces se lo impedían sus ocupaciones; ésta se quedaba forzosamente encerrada en la habitación principal, sin más acceso que al agua y la comida suficientes para esperar su regreso. A decir verdad, pese a sus reacciones hostiles, no parecía desesperada. 'No seas pendejo. ¿De verdad piensas tenerme aquí para siempre? Ya han de estarme buscando en todos los periódicos'. 'Mañana hay fiesta', se limitó a contestarle, pero tenía razón: el miércoles en que por fin apareció Ethel también vio la foto de Sara en un periódico, aunque ahí reportaban que era la universidad el último sitio donde había sido vista. '¿Te has escapado de tu casa, verdad?', le dijo él. 'Eso a ti no te importa', le contestó Sara. El miércoles Ethel le llamó para decirle que disponía de poco tiempo para explicarle su cancelación de última hora. Se vieron y le mostró el rancho por fuera, sin pasarla a la finca por el poco tiempo con el que contaban. Lo hicieron en el auto. Al regreso los detuvo de nuevo la camioneta de la otra vez: '¿De regreso ya, jefe?', 'Llevo a la muchacha a su casa', 'Pues paga pa la sed'. Ethel parecía estar familiarizada con ese tipo de situaciones: lució tranquila en todo momento, despreocupada, fumando con impaciencia sólo porque se hacía tarde y todavía dijo en la carretera: 'Menos mal que no eran policías'. Quedaron de verse el sábado. Con las chicas.
El sábado las esperó afuera del bar y fueron llegando una por una, puntuales. En el carro bromearon sin parar. Le sugirieron llevar a alguno de sus jóvenes amigos para hacer una orgía en toda forma, pero él se resistió. Ethel, sin embargo, estirándose hacia él desde el asiento del copiloto, le susurró al oído: 'Dany dice que puede venir, que te conoce y sabe que siempre has querido con él. Que está dispuesto siempre que estemos nosotras'. Una sonrisa le atravesó el rostro y, sin decir nada, asintió. 'En el siguiente semáforo, das vuelta a la izquierda', dijo Ethel. Mónica y Alba se descojonaban de risa atrás, cantando con fuerte acento la letra de The hellcat spangled, mientras el carro se detenía en una esquina en la que Dany subió para instalarse con ellas. Sus ojos se encontraron con los de él en el espejo retrovisor. 'Buenas noches, profesor'. 'Buenas noches'. Risas.
Atraviesa el auto la terracería que conduce a la finca a buena velocidad. ¿Son luces las que ve a la izquierda del camino, como a lo lejos? ¿luces en mitad del monte? En la finca todo es silencio hasta que llegan e invaden la terraza y las sillas de mimbre, depositan los botes de cerveza en el suelo, la botella de whisky sobre la barra del bar. Ponen música. Preparan porros. Dany saca unas pastillas de un pequeño bolsillo dentro del bolsillo y sonríe ancho, con su boca perlada. Transcurrida una hora y media él va a ver cómo está Sara en la habitación principal y ésta se halla viendo la tele. 'Así que las trajiste, cabrón. De esta no sales vivo'. 'No seas dramática, ¿quieres venir o vas a seguir fingiendo que te he secuestrado cuando lo que querías era irte de tu casa?'. 'Vete a la chingada cabrón. Sí quiero ir. Y está bien, pero no cuentes con mi lealtad, pendejo. Cuando menos lo pienses ya me habré ido a la chingada de aquí y voy a quitarte todo tu dinero'. 'Vale, Sara, como quieras'. No se había acostado con ella todavía, apenas unos escarceos que le sabían a violación. Mejor convencer. 'Les presento a una amiga', dijo al llegar con ella a la terraza.
Empezó Dany. Sólo el pintor que vivía abajo de su piso en Flandes había hecho algo parecido cuando quiso follarse a esa adolescente francesa, rejega y drogadicta con la que se reunían: le había plantado un beso profundo e ininterrumpido a él delante de ella, y ese sólo acto sirvió como invitación para que ella se incorporara y, ya instalada entre sus bocas, fuese apartada con un gesto para irse a la habitación del pintor. 'Aquéllos maravillosos tiempos', pensó mientras se besaba con él y Ethel se incorporaba como antes lo hiciera la adolescente francesa. Alba y Mónica, como siempre, entrelazadas. Sara con los ojos hinchados de cannabis, reía sin parar de todos nosotros, los pies recogidos sobre su asiento de mimbre. '¡Hijos de puta, cabrones!', gritaba ahogándose en sus propias carcajadas. Ahí sobre la terraza se tiraron todos, primero sobre las losas de barro laqueado, luego rodando lentamente hasta el escaso césped. Primero Mónica y Alba, pero luego también Sara, convertidos todos en un amasijo de brazos y piernas, bebieron sus secreciones como quien continúa una borrachera de muchos licores. No se extrañó de que esto volviera a ocurrir, que estuviera ocurriendo, que fuese este su miembro el que penetraba a Ethel o a Dany, a Alba o a Mónica, el que acariciara a Sara mientras Dany se hacía cargo de ella. Su asombro transformado en un éxtasis iluminado y conspicuo, su vida amputada de años de estiércol redimida en un sólo acto de libertad irrefrenable.
'Voy a llevarlas a sus casas. Te quedas con Dany. No vayas a hacer ninguna idiotez'. ¿Son esas de nuevo las luces que vieron hace rato, ahora a la derecha de la terracería? ¿Qué estaría pasando? Al dar vuelta en la carretera de Hornos oye una balacera lejana. 'Son narcos, chingado, ¿por qué te preocupa?', le espeta Ethel con las tetas mullidas y la entrepierna turgente donde aún se le humedecen los dedos. 'Ya pronto va a amanecer', piensa. Ha pasado poco más de una hora cuando ya está de nuevo en la desviación de Hornos. Ellas dormidas en sus casas, con las manos en el sexo. La finca, según va descubriendo, en penumbra. No hay rastro de Sara ni de Dany. '¿Cómo se habrán ido de aquí estos cabrones?', se pregunta. El espejo del salón está roto y tiene cabellos de Sara incrustados. Una botella vacía de whisky está rota en el suelo. Espera a que amanezca para mejor estudiar el escenario, pero está tan borracho y cansado que se queda dormido. Cuando despierta, ya es cerca del mediodía. Dentro de la casa no hay nada que no hubiera visto anoche, pero en la entrada hay marcas de llantas de vehículos. El pozo está abierto y al asomarse cree entrever un cuerpo al fondo, pero no quiere alarmarse innecesariamente. Decide que no está claro, arregla un poco el lugar, toma el auto y se va a su casa. Poco antes del entronque con la carretera está la camioneta de la otra vez y vuelven a pedirle dinero. No puede resistir preguntarles por Sara y Dany, pero los hombres dicen no saber nada y él no insiste más.
La semana ha pasado naturalmente con inquietud, pero sus cuarenta largos años le dan la solidez necesaria para hacer su trabajo sin considerandos. El jefe le echa en cara sus largas ojeras y en las clases cree ver o escuchar contenidas risas. No se molesta en ir a la finca. Ethel no responde sus llamadas, pero sabe que algo grave ha ocurrido y no logra precisar de qué se trata. El jueves por fin escucha por accidente una conversación entre maestros, mientras se sirve un café, donde hablan del 'macabro hallazgo' del cuerpo de un estudiante, allá por la salida a Hornos. Pregunta por detalles, pero no conocen el nombre del muchacho. Es Ethel la que el viernes, muy temprano por la mañana, le llama para confirmarle: 'Hallaron a Dany muerto, no mames. ¿Qué hiciste cabrón?'. '¿Yo qué tengo qué ver en todo eso?', le contesta. Ella habla a susurros, se escucha el eco de quien se ha encerrado en un baño o en un cuarto de lavado. Parece que se enciende y apaga una lavadora. 'Tengo qué verte'. 'Luego te llamo'. Acude al bar el viernes por la tarde y alguien le dice que Mónica y Alba lo han estado buscando. '¿A mí?'. 'Sí, al profesor. Usted es el profesor, ¿no?'. Va a su casa ya medio tomado, el recuerdo de las colinas de Swindon y los teriles de Flandes en medio de la canícula ya instalada de Santa Teresa, pero al dar la vuelta en su cuadra encuentra patrullas detenidas frente a su casa y decide pasar de largo. Un dolor como de golpe en la boca del estómago, lo ahoga.
Va a la finca y en el camino de ida, con la noche ya instalada, lo detiene una patrulla. '¿Qué hace?' 'Soy maestro de la universidad'. Lo dejan ir no sin antes advertirle que ese rumbo es peligroso. 'Anda una gavilla de narcos por aquí, no se vaya a meter en problemas profe'. En la terracería, muy cerca ya de la finca, se encuentra de repente con los faros encendidos de una camioneta. Son los hombres de la otra vez, que le advierten de las consecuencias de hacer demasiado escándalo por lo ocurrido. '¿Lo ocurrido? ¿de qué?'. 'No te hagas pendejo, ya sabes'. '¿De qué? ¿Ustedes tienen algo qué ver con lo del morro y la morra desaparecidos?', '¡Cállate pendejo!'. Lo dejan llegar a la finca y todo parece normal, pero apenas entra en ella descubre que la habitación está revuelta. Sara yace en medio de la cama, salvajemente golpeada. No respira. Una mano está amarrada de la cabecera, otra tiene marcas de haberlo estado. Se lleva las manos a la cabeza y no entiende ya exactamente de qué es responsable y de qué no. Superado un primer momento de desesperación, hace acopio de fuerzas. Bebe salvajemente y se duerme en la terraza hasta bien entrada la madrugada. ¿Son luces aquellas del fondo? Escucha o sueña que hay balaceras en los alrededores.
Despierta. Es tarde y suda copiosamente. El sol hace arder la tierra y pone música mientras cierra la puerta de la recámara donde está el cadáver de Sara. Sigue bebiendo y piensa en las colinas de Swindon, con sus prácticas de tiro y la reparación de aeronaves, con el cadete francés del que estuvo enamorado; piensa en las aventuras de Flandes, esa tierra donde siempre está lloviendo y donde se enamoró de hombres allende el océano. 'Ahora mujeres', sonríe. 'Una muerta; otras tres probablemente dando datos a la policía de Santa Teresa, cuya sola incompetencia puede explicar que aún no haya llegado. Dany muerto'. Ve a lo lejos una polvareda sobre la terracería mientras escucha Nuages gris de Liszt. Cree que es el fin, pero la polvareda nunca se materializa en ningún vehículo. Se mira las manos, embriagado, y las descubre con horror manchadas de tierra y sangre. Otro whisky. Otra canción. Hubbard Hills, de nuevo. La tarde en la terraza. Repasar lo ocurrido...
'Soy el cadáver en el pozo' se dice, mientras se hunde lenta, profundamente. Como un saco de deseos.

miércoles, junio 01, 2016

3:47

...Colores y números. Si puedo encontrar la forma correcta de alinearlos en este tablero (¿o era un cubo? puede que sea un cubo) habré terminado y será el momento de descansar, o quizá sea apenas el momento de iniciar la tarea siguiente... Tariq me mira me miró esta mañana a través de sus gruesos lentes y suelta un discurso burbujeante del que apenas puedo deducir palabra. ¿Más números? ¿Pares, impares, primos? "This town is certainly boring, my friend, but I don't let it put me down. I am having a party this weekend. Hope you can join us. I prepare great cocktails, my friend. Vodka, absinth, I have tequila too. Hope you can join us, hope you can come"... ¿Ya es sábado? ¿O es apenas mitad de la semana? Dieciséis no es impar ni primo, pero es un número interesante que quizá deba ir en la casilla morada o azul, claramente no le toca ningún color claro, demasiado compuesto para el caso. ¿Y esta matriz de dónde salió? Positiva, sí, la ponemos en la casilla amarilla, vale, aunque pensé que sólo estábamos manejando números, ¿o será la solución a algo? ¿Existen las matrices cúbicas? "Don't let yourself be dragged to the bottom by these bastards, Tariq, keep your thrust despite reality. Fais comme si, fais comme si, you know the French saying, how on earth are you supposed to survive in this gray land? Don't let yourself... I know. I was the same. I am still the same..."
Todo está húmedo, los jardines empapados, las rosas adornando caminos que no recorre nadie. Por aquí paseo a los sesenta, con las manos cruzadas a mis espaldas, socrático, con una larga túnica blanca y la barba descuidada, el cabello revuelto, deteniéndome de vez en cuando frente a los pinos y levantando la cabeza hasta su lejana punta que se confunde con el cielo, hasta que una gruesa gota de lluvia fría cae en mi frente y me devuelve al camino, los ojos examinando el musgo de las orillas, mis labios murmurando lecciones para interlocutores invisibles. 'Fais comme si', me digo, 'fais comme si, para que esta madrugada de luz metálica por fin se despeje y venga la luz que iluminó tantos otros días. Puede ser que el amor sea el valor supremo, pero no hay amor improductivo; por eso he debido venir, dejarte, dejaros, juntar cifras y figuras y horizontes a costa de mi alma. Ahora me he perdido y recorro estas humedades buscando el camino de regreso, llevándome los dedos a la dolorosa sien para mejor recordar la salida de este laberinto de parterres donde hace muchos años que no brinca ningún joven ni comparte la comida una pareja. No he querido abandonaros. No he querido. Perdónenme.'
...No factible, dice. Vamos a tener que volver a acomodar los colores, ¿eh? Sin duda he debido programar una línea mal, una instrucción incorrecta con apariencia inocua, ¿cómo si no se explica que de nuevo haya aparecido el dieciséis que no es ni primo ni impar? ¿lo sabes tú, Tariq? ¿verde? Eso no tiene sentido. El verde gira, el rojo permanece. "Green as the absinth, my friend. Drink and perhaps you will find your hidden soul, the thought that has eluded you for so many years. The great conclusions. The definite version after which you shall not discuss with anybody, but to convince them. Yes, I am still alone. We are not talking about me. Please, don't look at me"... Sábado. Es lo más seguro, ¿cómo si no puedo estar soñando esto? "Bienvenue, Miguele, jak se máš? Viens ici, que je te montre mon coeur"... ¡Cómo habla la gente en esta fiesta sin fin!, ¡cómo habla la gente sin parar! Por favor, por favor, que ya no escuche el sordo ruido de mi voz. "What party are you talking about, man? There's nobody here. Nobody".
Ha dejado de llover. Me detengo y con una mano al aire lo confirmo. Una mano de carne gorda de sesenta años, una mano papal, decidida y socrática. 'No llueve', me digo, 'es extraño'. Aún con el cielo encapotado pienso en lo que puede significar que las gotas resbalen cada vez con mayor lentitud de los tejados y ramas, que los charcos sobre los caminos de piedra se vuelvan espejos menguantes, que un silencio repentino enmarque el suspenso del agua que para. 'Fais comme si', me digo, 'quizá estén ya por volver los que me dejaron aquí, aquéllos por los que vine tan lejos; quizá este es un buen signo y están al caer, en cualquier momento, rompiendo el silencio vendrán por entre aquéllos árboles, bien vestidos y jóvenes, olorosos a perfume y cuerpo tibio, me estrecharán entre sus brazos en medio de risas y me invitarán a sus vidas luego de meterme a la ducha y rasurarme las barbas y peinar mis cabellos, me sentarán a su larga mesa y comeremos todos en ese claro del bosque por donde he perdido el camino de piedra, ¿quién lo necesita si ya vienen?, ¿para qué preocuparse si ya puedo oírles llegar?'.
El cielo se despeja de pronto y aparece un sol inmenso y meridiano. Quedo ciego de luz y aire tibio. Un zumbido. El cuerpo sudoroso, la cabeza pesada. Todavía la voz de Tariq resonando en mi cabeza mientras me quito los tapones de oído: "It's a boring town, my friend. Hope you can join us this Saturday". Estiro la mano y miro el celular, obseso, desorientado. La última vez que estuvieron conectados... 3:47 de la mañana. Qué coincidencia. Ambos. La madrugada sigue su curso. Mis ojos como platos...
'Fais comme si'

viernes, mayo 27, 2016

El alba de Villaviciosa

Hacía mucho tiempo que no me inundaba una paz semejante a la que me asaltó aquella mañana de sábado, previa a la partida, en que haciendo acopio de fuerzas y alimentándome de la adrenalina que me producía la posibilidad de encontrarme a la policía en el camino, encendí el auto y conduje a través de las calles de Villaviciosa buscando la ancha avenida que lleva a Santa Teresa. Aunque los días ya eran calurosos como todo mayo en el valle, la madrugada fue ocupada paulatinamente por un aire helado que al amanecer, ebrios y desvelados, nos dejó los miembros agradablemente ateridos. Me hubiera querido morir ahí mismo, engañado, con el alba rasgando lo que hasta hace unos minutos era un cielo obscuro, amparado por el tenso silencio que a esta hora, en un instante sólo roto por nuestras cada vez más escasas voces, precede al reanudar del mundo. Que me rodearan las ilusiones más recientes a las que no ha dado tiempo de contaminar. Que me quedaran lejos, a buen resguardo, los seres amados que tradujeron su lealtad en un nudo de desdichas.
Detener el tiempo junto con el auto, ahí en esa calle donde hubo que mirar hacia ambos lados antes de entrar a la ancha avenida, con la luz cerúlea de esa hora indeterminada creciendo a nuestras espaldas y la noche alejándose frente a nosotros, vacilante, suspendida. Y luego de la calle, con el motor encendido y los faros apagados, detener la mirada en sus jóvenes cuerpos como quien se mira en un espejo fantástico, carne rendida rezumando olor a whisky, tabaco y sexo: C doblado sobre sí mismo y con la ventanilla abierta, el cinturón que hubo que cruzarle al pecho por si acaso; K detrás entre dos cuerpos que roncan con la boca abierta, como un niño que ha debido crecer a la fuerza. Se me llenan los ojos de lágrimas tiernas. Sonrío al asomarme repentinamente al vértigo del futuro contenido en las dimensiones del carro, con la boca del estómago poseída de un ligero temblor y las ganas inmensas de fundirme en ellos, súcubo impaciente y multiplicado que después de cada acto quiere vivir la vida del otro hasta habitar la humanidad entera. Y no morir ya nunca, como los que ya vivieron.
El viento helado comenzó a circular dentro del auto conforme conducía a través de la ancha avenida y otros amanceres se me aparecieron delante, superpuestos al alba de Villaviciosa, ya en un Caprice que se mueve por la salida a Álamos, ya en una RAM que baja desde la universidad por Avenida Patria, ya en un lento regresar a pie a la residencia Mousseron o a las colinas de Barrandov, siempre el mismo cuerpo hormigueando de emoción y el corazón aterido frotándose las manos frente al fuego, esa llama que sólo puede venir de los demás a reavivar la nuestra y que, de vez en vez, debe ser invocada para no morir. Por encima del motor, como un murmullo de fondo, cantan los gallos y alguna vaca muge la pesadez de los siglos, mientras el tren se escucha lejano partir rumbo al norte y el largo yermo entre Santa Teresa y Villaviciosa arbustos chaparros y sahuaros vencidos se ve salpicado de las sombras de mis muertos que, con los pies hundidos en las arenas a orillas del camino, estiran sus manos de dedos larguísimos, para alcanzarme.
No tengo, sin embargo, miedo alguno. Sé que terminarán por cerrarse nuestros ojos y luego no habrá más alba que la del instante infinito de la transición, las pupilas abiertas a tope ávidas de tragarse el último fulgor del mundo antes de irse. Pues aún así: helos aquí, a mi lado, a mis espaldas, como un conjuro capaz de desafiar al azar con nuestra coincidencia inexplicable y al tiempo con la juventud arrancada a fuerza de sueños a la entropía de las vísceras. Alelado, en paz, entro en una solitaria Santa Teresa como el ladrón que lleva un tesoro y empiezo a zigzaguear por su cuadrícula sin encontrar por el camino más signo de vida que los pájaros y algunos botes de cerveza en el pavimento. Llegamos al primer domicilio y me veo obligado a despertar: yo, que vengo conduciendo; C, que olvida su celular en el asiento y han de devolvérselo enseguida. El aire aquí es más cálido mientras me despido. Un abrazo. Otro abrazo. Otro domicilio y K que continúa un poco más lejos, fascinado como yo con lo trivial; suspendida, de momento, la soberbia.
'¿Y qué mañana?' Me tiendo sobre la cama y el ser amado me cubre y acaricia, mientras la duermevela repasa y fija cada detalle. '¿Y qué mañana?' No asistimos al alba todos los días aunque la sepamos ahí afuera. '¿Y qué mañana?' Partimos siempre, siempre, con la esperanza de volver. 
O detener el tiempo.

domingo, mayo 15, 2016

Día del Maestro

A mí me lo hizo en su tiempo, en dos episodios distintos: en el primero por fortuna se atravesó R para distraerlo y me dejó en paz; en el segundo me quedaba poco tiempo bajo su tutela y tuvo que arreglárselas cuando abandoné la ciudad, acosándome por correo en sesudas cartas que en no pocas ocasiones y pese a haber abierto unas cuantas que parecían bien escritas simplemente tiré sin leer. Así, curado de obsesiones, no era un profesor tan insoportable: seguía haciéndome las mismas bromas del pederasta que se ve obligado a domar sus instintos o sublimarlos, a disfrazarlos de amistad con alguna nalgada ocasional o un apretón de hombros que se prolonga. Yo aprovechaba su industria y dedicación, la palabra sin doblez de quien se sentía obligado a ser mejor para hacerse disculpar lo que, según él, era perfectamente natural. 
[...]
Nunca me miró como a esos otros de quien estuvo enamorado. U obsesionado, yo qué sé. Es obvio que el criterio era físico porque a pesar de lo mucho que convivimos y de la admiración sin cortapisas que le prodigué, jamás se le habría ocurrido cortejarme ni hacerme esas bromas que le permitían pasar a lo físico con una sutileza apenas tragable para los que las padecieron: saltar jovialmente sobre el otro para derribarlo y jugar luchitas en el suelo, tocar con ambas manos sus pechos mientras hacía un comentario mordaz que causara risa general, explicar de bulto cómo le gustaban a él las cosas usando a los otros como maniquís. No, nunca estuvo obsesionado con nadie que no le gustara aunque fuera mínimamente. Incluso R, que no era particularmente guapo y con quien llegó bastante lejos, tenía esos ojos de cachorro abandonado y, sobre todo, la predisposición psicológica adecuada para una folie à deux. Quizá yo hubiera deseado gustarle, aunque sólo fuera para verlo babear y hacer el ridículo.
[...]
Yo nunca fui tan estúpido como R o C. Jamás habría dado cuerda a una conversación que se centrara en mi físico. ¿Qué clase de mamarracho se pone a hablar de cuán guapo es o de lo bien que está su cuerpo? Ahora que veía al profesor en medio de aquella reunión, conduciendo con acotaciones mínimas las confesiones de C que, sea por juventud, narcisismo o candidez, no le ahorraba jugosos detalles con los que supongo más tarde se masturbaría, sentía una mezcla de vergüenza y admiración, pues si por un lado yo había usado los mismos recursos en no pocas ocasiones con tipas bobas a las que sólo deseaba llevar a la cama, por el otro censuraba que este hombre, viejo y con responsabilidades, usara los mismos trucos. Verlo en acción era repugnante. Ver a C dejarse envolver entre cervezas y sonrisas calculadas, vergonzoso. No me cabe duda de que le gusté, ya lo digo, pues me acosó en dos episodios distintos, pero como he sido el más brillante de sus estudiantes no le ha quedado más remedio que hablar de mi inteligencia en vez de mi boca o mi culo. Menos mal que no todo fue hablar de los pectorales de C o de los ojos de R. Menos mal que también hubo lugar, aquí y allá, para hablar de lo rápido que soy para programar o de la facilidad con que interpreto los algortimos.    
[...]
No soy homosexual, pero sé actuar según mis conveniencias. Y si las circunstancias me pusieron alguna vez en la mira de este hombre, no era cosa de apartarlo con asco ni de acostarse con él. Es mejor montar en el burro y colgar la zanahoria en una caña delante de él para que avance. Ya lo ven: un montón de reuniones más o menos entrañables, hechas de alcohol, cigarros y conversación, abrazos aquí y allá, un estirar su paciencia hecha un amasijo de moral y frustraciones sexuales, y ya está: el tipo se veía obligado a hacer por uno esfuerzos tan onerosos que ningún adulto cabal habría aceptado jamás. Lo comprendía, por supuesto, pero no podía ofrecerle más amistad que mi trato afectado porque yo mismo llevo años cargando mis propios issues. Allá se encargue su pareja. Allá lo arregle él por su cuenta que, por fortuna, sobran jovencitos con malos padres. No hace falta que sean estudiantes.
[...]
No somos un grupo normal, estoy de acuerdo. Cuando debiéramos estar en la discoteca más vulgar de la ciudad o en el único table dance de las afueras, henos aquí asistiendo a la patética conquista de C por parte del profesor. 'Otro más', me he dicho, 'que se cree único'. Otro más que se deja halagar. Que imperceptiblemente se somete a sus sevicias. Menos mal que todo es retórico. O casi. Soy el último que queda siempre tras las reuniones y recojo sus conclusiones mientras él fuma. Le acerco el cenicero. Le preparo un último whisky. Le escucho atentamente perorar sobre la importancia capital del sexo y sobre cómo habrá de manejar la última crisis obsesivo-compulsiva. Sobre el futuro. Sobre el pasado que no volverá. Mi vida pasa de lado y yo la observo. No soy tan guapo. Quizá tampoco demasiado inteligente. Ni homosexual.
[...]
Es mi deber. Los griegos, fundadores de la civilización occidental y herederos de la antigüedad del Medio Oriente, lo entendían: había que ocuparse de la juventud y enseñarles no sólo física y matemáticas lo verdadero sino también lo bello y lo bueno, enseñarles a amar para que luego pudieran amar a su vez. Y ello debía tener lugar en lo físico y lo espiritual, en lo elevado de las artes y lo bajuno del vino o la vulva. Tu vasta curiosidad y la fortuna de tus circunstancias han permitido que llegues hasta aquí, pero por respeto a mi herencia no debo dejarme arredrar por ideas retrógradas y debo explotar la electricidad que flota entre nosotros, abrirte al abanico de tus posibilidades, mostrarte la variedad de la experiencia humana de muchos siglos. Estos son tiempos obscuros, C, no cabe duda: la turbulencia que separó las aguas de la Iglesia y el Estado, la que decapitó reyes y llevó obreros al poder, está cediendo sin remedio; las aguas vuelven a juntarse, pesadas y mansas, sobre una masa ignorante e inerme que vuelve a la superstición y al fanatismo con renovada devoción. Pero para frenar el avance de los bárbaros no hay más remedio que reafirmar una y otra vez, en lo público y en lo privado, en los actos y en las palabras, las libertades conquistadas por el otium: la libertad política y de pensamiento, la de tránsito y la de expresión, pero también la sexual, por supuesto, el irrenunciable derecho al placer de nuestros cuerpos. El acto sexual es la expresión más acabada del anarquismo revolucionario. Y es a nosotros, los mentores de la Antigüedad, los maestros del Renacimiento, los librepensadores de fines del segundo milenio, a quienes mayormente toca la responsabilidad de renovar la tradición y mantener viva la flama. Por la libertad, C, por el bien más preciado de la civilización, debemos yacer.
[...] [...] [...]

domingo, mayo 01, 2016

Llamado del Frente Estudiantil al Profesorado en Desubicación

Estimados profesores:

Se han pasado de listos. Su misión, más vale que lo sepan desde ahora y recuerden en el ominoso futuro que todo parece indicar promete ser larguísimo, es someterse a nuestra doble moral, no sólo tan acorde a los tiempos que corren y aplaudida frenéticamente por los hombres de negocios que os tienen cogidos de los huevos, sino estimulada por nuestros maravillosos padres que guardan la convicción de que somos la hostia. La doble moral, señores, es la madre de todos los progresos según nos enseñan nuestras autoridades vuestros jefes y permite al ser humano desarrollarse en el sano esquema orwelliano de 1984: si algo te molesta, sustitúyelo por su contrario y ya está. Ese esquema, bien es verdad, fue pensado para consolidar el totalitarismo soviético que reescribía la historia a voluntad del Politburó, sin que a nadie se le hubiera ocurrido pensarlo compatible con las democracias occidentales o los variados capitalismos modernos. Pero miren por dónde ha resultado ser la regla desde que se detuvo el tiempo: no hay responsables, hay sólo puntos de vista; no hay contradicciones, hay sólo diversidad; no hay verdad, hay sólo sana convivencia de A y negación de A, tal vez simultáneas y oh casualidad siempre oportunas.
Es así que vuestro empeño en transmitir conocimientos o habilidades, afear conductas aun en la forma más sutil y constructiva posible, procurar preservar las misiones que tradicionalmente se atribuían a la universidad, debe tener por cota nuestra aprobación en tanto clientes de esa empresa suya llamada escuela: si una palabra nos produce sarpullido, debe ser retirada; si una confianza es excesiva, debe cortarse; si creen necesario para nuestra formación causarnos incomodidad exhibiendo el contraste entre nuestros hechos y palabras, deben ser castigados, no sólo por traumatizar nuestras almas sensibles, sino porque una propuesta tan radical en materia educativa traería como consecuencia de ser exitosa, por supuesto la imposibilidad en el futuro para escabullirse en el momento en que las responsabilidades nos llamen a cuentas, coartando así nuestras oportunidades de supervivencia en una sociedad cambiante que exige de los más aptos como queda probado en infinidad de ejemplos la más cínica capacidad para moverse en la ambigüedad, inclinándose ya por A, ya por negación de A, según convenga.
Estamos conscientes de que la mayoría de vosotros ya está convencido de nuestras posturas y obra en concordancia con ellas, aunque por razones históricas aún se permitan comentarios acerca de nosotros que pretenden pasar por agudos: sepan que los comprendemos y aún apoyamos porque las fachadas y poses son indispensables para la buena lubricación de la doble moral pública, siempre y cuándo mantengan estas actividades en su sitio: en las charlas de café con los colegas, en susurros rápidos por los pasillos, en guiños hacia estudiantes desubicados que creen que son ustedes maestros a la vieja usanza. Todo eso vale, pues la mayoría de ustedes son complacientes y timoratos, no sólo porque hayan corregido posibles inclinaciones antiguas, sino porque ya crecieron en el mismo ambiente que nosotros y son tan faltos de iniciativa, tan intercambiables entre sí por su nula personalidad, y tan mediocres e indistinguibles en sus actividades, que no podemos menos que felicitaros. 
El problema está, desde luego, en que hay individuos quisiéramos creer que aislados que persisten en el error. No les bastan las presiones de sus jefes unos, asnos cabales; otros, hombres de negocios sin escrúpulos que tratan de enderezarlos demostrándoles los beneficios económicos y políticos de dedicarse a la administración de sus cátedras en vez de a su ejercicio, abandonando las aulas a la simulación que mejor acomode a nuestro gusto. Se trata de necios que se resisten a corregir el rumbo hacia la modernidad que estamos exigiendo y que aún creen que las aulas universitarias son recintos para el ejercicio del pensamiento crítico y racional (con la infelicidad inherente a quienes se sujetan a semejante credo); que no son negocios (¿lo dirán por ingenuidad o con la intención de que la realidad se corresponda algún día con sus ideas?); que no deben estar a merced del capital ni de la religión (¿ignoran que las universidades más apreciadas por los empresarios son las privadas y religiosas?). Son unos estúpidos a los que la vanidad intelectual impide descender al nivel humano, demasiado humano, de los tiempos que corren. Si alguna vez consiguen la humildad necesaria y de no hacerlo ya pueden irse despidiendo de sus respectivos trabajos sabrán apreciar las cualidades de nuestra juventud y extrapolarlas a sus vidas adultas donde, insistimos, son de gran utilidad: la inconsistencia manifestada en la capacidad de abandonar aquello en lo que no podemos mantener la atención al tiempo en que nos declaramos profundamente interesados en ello, la habilidad para encontrar culpables en terceros que no sean nuestro núcleo de amigos y familiares, el daltonismo moral que percibe faltas perfectamente nítidas en los otros y ninguna en las acciones propias, la propiedad exclusiva de los tiempos y formas correctos para ser amistoso, bromista, creativo, innovador, emprendedor, atrevido, rebelde y visionario.
Tenemos noticia de que en tiempos no muy lejanos los jóvenes combatieron a los padres en aras de la libertad. Que deseaban una vida pública transparente y de una sola cara. Que combatieron la formalidad acartonada y falaz de las instituciones, la doble moral de entonces. Esos jóvenes estaban equivocados porque para hacer lo que uno quiere no hace falta libertad, sino un ambiente lo suficientemente ignorante para que cuele la más retrógrada de todas las ideas, a saber: la que convence a los adultos de la necesidad de prolongar indefinidamente la infancia de sus niñatos. Si acaso llegara a faltarles semejante convicción, aquí estamos nosotros para recordárselas: seremos los primeros en escandalizarnos de que una profesora haya sido descubierta bailando en público fuera de su trabajo y exigiremos su despido; seremos los que llenen una carta exigiendo la renuncia del profesor que se atrevió a ofendernos llamándonos holgazanes sólo porque nuestra conducta se correspondía con la definición del diccionario; seremos quienes publiquemos en Facebook sarcasmos agudos e ironías de autores anónimos, sin sentirnos obligados a ampliar sobre el tema ni a conceder a otros el derecho a hacer lo mismo cuando nosotros seamos el objeto de la burla. La juventud como baluarte de la gazmoñería; los padres detrás apoyándonos incondicionalmente; los hombres de negocios, el gobierno y las iglesias, en la retaguardia de todo proporcionando el escenario de nuestra explotación... 
Contra el profesorado en desubicación,

El Frente Estudiantil

martes, abril 26, 2016

Carta del Doctor Prieto al Estrábico

¿Por qué será, José Luis, que todos los maricas desean tener la moral de su lado luego de despreciarla con sus afeminados aspavientos y exageraciones? Tiene gracia. El tipo nos trata amablemente luego de hacer lo que sea que haya hecho (en realidad no lo sé a ciencia cierta ni me importa, sólo sé que hasta el más ligero rumor tiene su fundamento en alguna verdad; si no, mira a los judíos) y luego de no obtener lo que desea va subiendo de tono hasta amenazarnos veladamente y rematar con unas conmovedoras reflexiones que casi consiguen hacerme reír. 
Es un estúpido. No voy a negar que entre nuestros empleados tenemos gente tanto o más histérica que el putito, gente a la que hemos prestado atención porque es parte de nuestro trabajo y porque nos conviene para espantar a los colegas que aún objetan la manera en la que hemos trepado hasta la cabeza de la organización: deben saber que podemos castigar y que no reparamos en magnitudes ni pesquisas, últimamente ni siquiera en consecuencias, pues ya te habrás dado cuenta de que este asunto va para largo; pero la diferencia entre el feminoide y sus más conspicuos acusadores es la eterna preocupación de aquel por demostrar su superioridad moral, por elevar la discusión por encima del lodazal al que quieren arrastrarlo la Doctora y la Secretaria, a cuyos delirios hemos dado crédito y aún ampliado con testigos que, con tal de no ver afectados sus intereses, son capaces de jurar que el diablo se apareció en las instalaciones. Es una alegre coincidencia entre un par de viejas con los estrógenos hechos polvo y un invertido que se comporta como ellas: en vez de hacer lo que un hombre haría tragándose la afrenta y continuando su vida como si nada, él responde como lo que es en esencia: una mujer ofendida que se desgreña con otras mujeres, lo que bien visto permite reducir el asunto a lo que los gringos llaman una cat fight. No hace falta decirte cuánto nos conviene esta percepción aunque hayamos obrado con solemnidad aparente en las escasas ocasiones en que nos hemos dignado contestar. Pleito entre verduleras, es la opinión que predomina entre nuestra dócil y bien educada gente; gracias a esta simplificación descartan el asunto, no reflexionan al respecto y guardan un silencio que yo disfruto enormemente como prueba de que hemos vencido. 
Sí, ya sé que te preocupa el proceso que nos siguen, la comisión y la visitaduría, los citatorios cuajados de esa redacción amenazante de la jerga jurídica, ¿pero en qué país crees que vives José Luis? ¿te das cuenta de la suerte que tenemos? Aquí no ha muerto nadie ni hay drogas de por medio, el gobierno federal no va a gastar tres millones de dólares en pagarle a un grupo de expertos para saber si el joto tiene razón en que hemos atropellado sus presuntos derechos, claro que no: el pobre imbécil va en línea recta hacia el ridículo y luego al ostracismo, ya lo verás. No lo defiende nadie, ni siquiera su empresa, amigos, o beneficiarios: todos han guardado un prudente silencio que han querido venderle como solidaridad. Me da lástima, pero debe pagar las consecuencias de lo que sea que haya hecho y, sobre todo, las consecuencias de ser quien es. ¿Crees que defendemos algo injusto? Yo no. Yo creo de verdad que hemos hecho lo que nos correspondía: somos las nuevas autoridades del centro y decidimos lo que es mejor para la organización, la defendemos de cualquier influencia degenerada. No vamos a permitir que ese joto venga aquí a burlarse de nosotros con sus agudos sarcasmos ni a hacer gala de ironías que nadie le ha pedido, ofendiendo a quienes sencillamente no tienen ganas de escucharlo. Se cree muy inteligente, pero no advierte que para serlo de verdad debe moverse como nosotros: con ambigüedad, con sí, pero no, con elipsis e insinuaciones, con intencionada vaguedad. Y allá cada quién entienda lo que guste. No le ha servido al nenaza su sexualidad incierta para tomar lecciones prácticas que le ayuden a conducirse con más éxito en la vida. Quiere definiciones y contornos precisos, como si la vida fuera asunto de matemáticas. Pobre diablo.
Y bueno, a fin de no ser enteramente superficial, me gustaría profundizar en lo que fue mi punto de partida: el empeño enfermizo de nuestro putete en pasar por adalid de la dignidad moral. ¿A qué viene semejante obcecación, José Luis, tan retorcido despropósito? No lo sé bien, pero sé que es el mismo que manifiestan otros de su especie por entrar al seno de la Iglesia o por unirse en matrimonio civil; es la misma insistencia del ateo que explica patéticamente que no creer en dios no lo hace mala persona; la del tatuado o el melenudo que luego de sus idioteces abogan por ser considerados normales; la del negro que quiere ser considerado blanco... ¿Por qué? ¿Por qué desean vernos la cara de idiotas y hacerse pasar por uno de los nuestros? ¿Por qué si a ellos les gustan las heces y lo abominable? ¿Por qué abjuran de la sordidez por la que están fascinados y a la que no pueden resistirse? Advierto en todo esto una inconformidad de la que quizá sea su última parte de conciencia sana en contra del ser en el que se han convertido; una última rebeldía de la conciencia a la que sólo los más degradados logran vencer. En las encendidas quejas de nuestro maricón no veo un proceso en contra nuestra sino una manifestación de la insatisfacción personal con la que vive. Se detesta. No tiene ni siquiera una buena opinión de sí mismo. Y por eso ¡fíjate nada más! nos obliga a hacerlo pagar, porque somos su mejor oportunidad de redención. No nos dejará ir fácilmente. Yo, como la justicia de este país, no tengo desde luego ninguna prisa.

sábado, abril 23, 2016

Todos los días se acaba el mundo

'Esto ya lo he visto', me dije, y seguí conduciendo por las calles del centro sin prestar demasiada atención al incendio de la tienda de muebles que, cuando me iba alejando, hizo una explosión sorda a la que parecieron acallar los escombros que hasta hace unos momentos eran paredes y techos. Llevaba más de una hora buscando algún jovencito que quisiera subir al auto, pero Santa Teresa, como es su costumbre, deja sus calles desiertas apenas pasan las diez de la noche. 'Sí, esto ya lo he visto', pensé, '¿no fue caminando por López Mateos luego de una desvelada de trabajo con los compañeros de la maestría? Una mañana de diciembre, seguro. Hacía frío entonces y los proyectos de la escuela nos mantenían ocupados incluso de noche, de modo que había pernoctado en casa de José (¿o fue Ambrosio?), y al salir por la mañana los ojos me ardían de tanto acercarme a las placas de los circuitos "Al menos no hace sol", recuerdo haber pensado mientras me calaba las gafas oscuras bajo un cielo nublado, somnoliento lo mismo la garganta que llevaba irritada de tanto fumar y gritar por encima del ruido de la música de los Smashing Pumpkins con que Marcos nos había castigado por horas. Entonces, cerca del bolerama, vi la columna de humo espeso sobre la mueblería y las lenguas de fuego asomarse por dos o tres ventanas ya rotas. Era temprano, sábado o domingo, no recuerdo, pero casi no había gente en la calle y la poca que pasaba no se detenía a mirar, apenas giraban sus cabezas mientras se alejaban como si temieran que aquello los alcanzara traicioneramente. "Se está acabando el mundo", pensé de pronto como si me lo hubieran susurrado, yo mismo asombrado de lo que pensaba. Me esperaba un largo camino a través de la ciudad para volver a mi casa: la ruta 258-D, Plaza del Sol, el extraño descenso por Prisciliano Sánchez, el hedor de San Juan de Dios, la vista de la ciudad desde las alturas del Estadio (¿o era Circunvalación donde daba vuelta el camión? ¿quizá desde Federación?) y luego el ascenso por Belisario Domínguez como quien se adentra en territorio seguro, el sol siempre dando por culo a la derecha por la mañana y a la izquierda por la tarde, luego la cima del cruce con el Periférico donde me apeaba, antes de que el autobús se acercara a la terminal de Huentitán, ya en la Barranca. "Se está acabando el mundo", me repetí apropiándome de las palabras que hasta hace unos segundos me parecían prestadas, imbuidas. Me detuve. Examiné mi mochila y pude hallar todavía dos cigarrillos entre el montón de cables, alambres y estaño que había utilizado la noche anterior. Llevaba dos libros: Sistemas de Control Discreto, de Ogata, con la portada negra despintada por el uso, y La Nueva Mente del Emperador, de Penrose, préstamo de Manolo que la noche anterior había dicho que nos morimos muchas veces en la vida, no recuerdo ya en qué contexto. Encendí el cigarro, anduve unos cuantos pasos y me senté en la parada de autobús, viendo la columna de humo en la distancia y repentinamente nervioso. Una mujer muy delgada, joven y elegante, con una mascada de rosas pálidas sobre fondo marfil, también con gafas oscuras, se acercó a la parada y se quedó de pie con las dos manos muy juntas sujetando un bolso pequeño de color verde esmeralda. Se apoyaba en un pie, se apoyaba en el otro, ella misma también inquieta o desesperada, me parecía. No pasaba ningún autobús. Entonces era frecuente que hubiera lagunas de tiempo en las que los camiones de determinada ruta no pasaban, lagunas que a veces podían durar hasta media hora, sin importar si eran horas pico o ya estaba por terminar el servicio. El incendio de la mueblería, a lo lejos, ya no dejaba ver tanto el fuego como la sombra de un humo denso. Después de cinco minutos de evadir mirar hacia mí, me abordó:
¿Tienes fuego?
Sí, claro, permíteme y al rebuscar en mi mochila sin encontrar el encendedor (aquello era un desorden: vi que había un hueso de aguacate entre los cables), preferí interrumpirme y acercarle mi cigarrillo al suyo, delgado y largo, que ya llevaba en los labios pintados de carmesí brillante.
Muchas gracias me dijo dando una profunda calada Es un día muy extraño, ¿cómo es que estás en la calle?
Su pregunta me cogió por sorpresa, llenándome de temor.
¿Lo dice por el incendio? dije sonriendo tímidamente mientras que con la mano que sostenía el cigarrillo apuntaba a la columna de humo. Sentí ganas de besarla.
No contestó con una sonrisa aplanada pero creo que sabes a lo que me refiero.
Pensé en la letra de Ángel, de Mecano, esa canción de mi infancia en la que se describía el fin del mundo como el frustrado intento de organizar a una humanidad precipitada e histérica para que entrara por las recién abiertas puertas del Reino. "Y sólo pudo entrar el ruido del viento", repetía el estribillo. Como los años setentas con los ovnis, los ochentas estaban obsesionados con el fin del mundo, la amenaza del holocausto nuclear que reprodujeron numerosas películas en formato beta y en autocinemas. Nada asombroso, pues, que en mitad de esa década haya venido Mecano con esto. «Pero estos son los noventas. Y casi terminan», me dije para mis adentros comprendiendo demasiado tarde que era mi turno para contestar.
Sí, creo que sé a lo que se refiere dije mintiendo y pensando luego (o queriendo pensar): «Esta mujer está loca».
Una explosión sacudió la mueblería, algo moderado y poco vistoso que apenas consiguió hacernos mirar hacia allá. Ella dio una última calada a su cigarrillo y yo me preguntaba cómo era posible que ni el camión ni los bomberos acudieran, que la calle pareciera desierta, que esta mujer se condujera de forma tan enigmática. Me decidí a traer el mundo de vuelta a la normalidad:
¿Y usted a dónde va, si se puede saber?
Yo... 
Un auto largo y negro, con los vidrios velados, se detuvo frente a nosotros. Ella subió por la puerta trasera sin contestar mi pregunta, pero abrió ligeramente la ventanilla para gritarme mientras el auto avanzaba:
¡Se está acabando el mundo!
Me quedé aturdido y el sueño retrasado que llevaba desde anoche me invadió súbitamente. Cuando desperté, seguía sentado, apoyada la cabeza sobre uno de los postes de la parada. Circulaban autos, esperaban al camión decenas de personas, el sol ya estaba en alto. Del humo de la fábrica ya no quedaba nada.'
Frené repentinamente cuando se atravesó un tipo drogado cerca del mercado municipal, se acercó por la ventanilla y dijo que traía globitos de cristal y mota. Lo despedí como pude y decidí orillarme para tranquilizarme, encendiendo un cigarrillo. 'Hace tanto de eso', pensé, 'y el mundo no se acabó, ni en dos mil ni en dos mil uno ni en dos mil doce; o es más bien que se está acabando todos los días, que a todos nos toca vivirlo y presenciarlo, advertir los signos, leer la historia de una humanidad en decadencia que un buen día —mira qué casualidad, ¡este día!— se acaba. El muchacho que anduvo López Mateos, el que llegó aquel día a tirarse en su cama mientras su hermana cocinaba, el que pasó la noche en casa de Ambrosio (¿o era José?) no existe más, su memoria distorsionada la recoge este hombre de cuarenta años que ha salido a buscar jovencitos qué follar y se ha encontrado con un incendio, ¿se está acabando el mundo? ¿son ciertos los libros de historia? ¿el armagedón que viene, el que ya pasó?'.
Bajé del auto buscando un rincón oscuro para orinar. En medio del chorro largo vi pasar a lo lejos las torretas de la policía. 'Una ciudad peligrosa según el Departamento de Estado, Santa Teresa', pensé divertido. Terminaba cuando escuché unos tacones acercarse.
—¿Tienes fuego?

domingo, abril 10, 2016

Para que nada cambie

Días después de los atentados en el aeropuerto y metro de Bruselas, Luis González de Alba publicó un artículo titulado "¿Islamofobia? ¡No: islamo-odio!", donde expresa opiniones sobre los musulmanes y más específicamente sobre aquellos que viven en Europa, opiniones que, como es su costumbre, están apoyadas en numerosos hechos, sentido común e inteligencia. No obstante, la relectura del artículo produce incomodidades crecientes: se echan en falta numerosos matices, se padece una vehemencia atropellada menos cerebral que visceral, se resiente la prisa indignada en vez de la reflexión serena ante los atroces hechos. Es claro que en tiempos de insoportable corrección política, cualquiera que hable a las claras encuentra el aplauso de los que tuvieron más escrúpulos para expresarse, aunque lo que digan no sea producto de una reflexión pausada. Ello emparenta, indeseablemente, a quienes usan la cabeza como Luis González, con quienes vomitan consignas incendiarias como Donald Trump.
"Europa puede disponer de transporte gratuito... para volcar en Arabia, Yemen y califatos los millones de musulmanes de Europa y América", dice. Dejemos de lado la por así decirlo propuesta y atendamos al criterio: si por musulmanes entendemos a aquellos que se declaran como tales entonces estamos hablando de un espectro muy amplio que incluye a inmigrantes ilegales, extranjeros con residencia legal y nacionales cuyos padres o abuelos también gozaron de la nacionalidad en cuestión. Luego entonces ¿es posible que la religión que alguien declara constituya un criterio para que se le traslade tan gratuita como forzosamente hasta las fronteras de las teocracias musulmanas, sin importar que se trate, digamos, de un francés de padres y abuelos franceses? ¿por qué deberían ser llevados a otros países los que no estén de acuerdo con los sistemas de gobierno, cultura y tradición de los países europeos? ¿porque causan problemas? ¿porque "los musulmanes de ahora... son el huésped [que] arroja sobre el mantel las chuletas que le sirven porque son de cerdo y llama puta a la anfitriona por traer escote y pantalones"?
El Estado laico, como es el caso de casi todas las democracias europeas y (al menos en principio) de los países latinoamericanos, tiene bien entendida una lección: la religión no debe ser criterio para nada que tenga qué ver con el gobierno. Los responsables de los atentados en Bruselas deben ser juzgados según el delito cometido, quizá con la agravante de tener una inspiración intolerante como la de los crímenes de odio (homofobia, misoginia, por ejemplo), pero nada más. Que las estadísticas prueben que la mayoría de los crímenes cometidos en Estados Unidos los hacen hispanos o negros, o que la mayoría de los atentados suicidas en el mundo los cometan musulmanes, no es causal para que el Estado laico tome medidas sistemáticas en contra de esos grupos. La intervención preventiva del Estado sólo puede ser educativa apoyada en la ciencia y la razón, no en convertir musulmanes en cristianos o a negros e hispanos en blancos mientras que la coercitiva sólo debe producirse cuando existe un crimen de por medio, no antes. Proceder de la manera sugerida por Luis González aún tratándose de una figura retórica para cargarse de razón y no para ser tomada literalmente en serio es coquetear con el fascismo más tradicional.

Pero es difícil pensar en González de Alba como en un fascista. Numerosos artículos cargados de lucidez desmienten semejante aserto, siempre preocupado por desenmascarar los mitos más tradicionales de la historia reciente de México con extraordinaria agudeza (el de los que quieren hacer pasar el Estado mexicano moderno por el mismo Estado gorila de los tiempos de Díaz Ordaz, por ejemplo). ¿Qué puede entonces explicar el desliz de su islamo-odio al que desde luego tiene todo el derecho? Europa vive una paradoja histórica y migratoria interesante: por un lado, transmitió a sangre y fuego su matriz cultural al continente americano, pero lo separa de él un océano; por el otro, sus vecinos más cercanos geográficamente no lo son culturalmente: el mundo musulmán de África del Norte y Medio Oriente. Como resultado, la inmigración a Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, con un continente afligido por los estragos del nazismo y temeroso de su resurgimiento, provino fundamentalmente de países musulmanes: magrebíes en el caso de Francia, pakistaníes en el caso británico, norafricanos libios o egipcios en el caso italiano, marroquíes en España, iraníes o sirios en Austria, turcos en Alemania. Por razones sobre todo geográficas, los americanos sus parientes más cercanos culturalmente, tanto en la tradición católica latinoamericana como en la protestante anglosajona no fueron a vivir con los europeos. El resultado es que la Europa de la posguerra, democrática y tolerante como consecuencia del sentimiento de culpa que le causaba su reciente pasado genocida, se volvió "vieja y cobarde" para intentar siquiera integrar a los millones de individuos ajenos a su matriz cultural. En aras del respeto a la diversidad y otros cientos de modas, los guetos que la escinden de manera dramática crecieron en su interior hasta parir las amenazas suicidas que ahora conocemos. Paradójicamente, los que sí comparten la civilización occidental, pero no radican en Europa González de Alba, por ejemplo ven con horror su transformación en lo que no es (¿o era?) y predican la expulsión de aquello que en su opinión le es foráneo y la destruye o, todavía más precisamente, de todo lo que no se ajusta al canon europeo del que, paradoja de paradojas, los americanos más cultos han terminado por ser adalides. Para que lo bueno no cambie, parecen pensar, mejor que nada cambie: que se vayan los inmigrantes musulmanes y aún los nacionales de esa religión. Que si no les gusta la democracia, salgan de Europa. Que si no quieren que se distribuya cerdo en los desayunos escolares, se retiren. Que vayan a países musulmanes y no quieran cambiar la bandera suiza que lleva la cruz helvética, ni siquiera aunque tengan pasaporte suizo y hayan nacido ahí.
Dejemos de lado el esfuerzo mental que supone pensar en París (como muchas capitales europeas) sin negros ni magrebíes ni musulmanes ni demás "extranjería". ¿Es el pensamiento conservador de la civilización europea original (si hay tal cosa) una buena idea? ¿Debe impedirse que cambie? Es elemental que los nacionales de cualquier país tienen el derecho de llevarlo por donde mejor les parezca, aún lejos de lo que en otro tiempo resultó tradicional y "canónico". Si Europa se vuelve intolerante o mayoritariamente musulmana, si llega el día en que como los iconoclastas del Estado Islámico decida volar en pedazos sus museos y edificios más significativos, será sin duda algo muy lamentable para quienes atesoramos dicha herencia, pero las sociedades no son organismos estáticos y eternos y, si algo enseñan esas ruinas de Pompeya o Atenas es justamente que, sin importar cuánto esplendor y vigor alcance una civilización, ésta también está sujeta al cambio, la degeneración y la muerte. Quizá, más que autobuses que conduzcan a millones de musulmanes a las fronteras de Europa, debiese fomentarse intensivamente el que todos los que viven dentro de ellas conozcan la herencia histórica, cultural, artística e intelectual, de la que son depositarios actuales. El conocimiento de esa herencia aunado a un mayor nivel educativo de sus individuos, dificultaría su destrucción e integraría sociedades que por ahora se encuentran compartimentadas. La educación permitiría a los suizos musulmanes no abogar por la desaparición de la cruz helvética, pero también a los suizos cristianos no prestar demasiada atención a que las sociedades evolucionen cambiando incluso su bandera, siempre que se preserve la cohesión social.

Si Europa es como es ¿no ha sido justamente porque sus gobernantes se han abstenido en los últimos setenta años de proceder como sugieren los defensores americanos de su civilización? ¿no es justamente porque no se aplican los "pragmáticos" criterios de González de Alba, Le Pen, Trump o Milosevic? Si los latinoamericanos que visitan Europa vuelven fascinados por la convivencia de avances tecnológicos y preservación de herencias culturales, si admiran la historia de la civilización occidental que ahí tuvo su cuna y que se actualiza con legislaciones muy avanzadas que protegen minorías, si abjuran de la influencia musulmana que podría echar todo eso por tierra, ¿por qué en sus propios países México, Perú, Argentina, por ejemplo no son capaces de vivir de esa manera que dicen defender? ¿por qué, ya que Europa está incapacitada por "vieja y cobarde", no proceden los brasileños o venezolanos a vivir como legítimos herederos de esa tradición en peligro? ¿estaría mejor Europa ante una inmigración masiva lationamericana? ¿en serio?
"Que Europa siga siendo la cajita de música que yo creo que es", parecen opinar. Porque me gusta así. Porque está bonita. Porque me da esperanza. Para que nada cambie.

domingo, marzo 27, 2016

Florentibus occidit annis

Yo, que siempre me burlaba de los malestares psicosomáticos y las alergias por considerarlas trastornos imaginarios de gente hipocondriaca, siento cada año por estas fechas que el diafragma se me expande hasta causarme la sensación de tener un hueso de aguacate atorado en mitad del pecho. No tengo regurgitación ni esa hinchazón de panza que alivia la sal de uvas; da igual si como verduras o granos o carne, si me abstengo del vino o, haciéndome la inglesa, tomo té negro con galletitas; se presenta tanto si la librería tiene sobrecarga de trabajo como si sólo la visita gente que quiere bobear entre los estantes sin comprar nada por hallarse desocupada durante la Semana Santa. El perverso súcubo (no me imagino visitada por un íncubo: ¿quién mejor que los demonios para saber lo que me corresponde?) se instala en mi tórax un par de semanas antes y desaparece unos días después del aniversario luctuoso de mi hijo.
A pesar de abjurar de esta época cargada de cursilería y mal gusto, no pude evitar hablar de él, especialmente cuando la desgracia era reciente, buscando el consuelo de personas no siempre adecuadas, hasta que el pudor o la inutilidad de hacerlo me dejaron a solas con su recuerdo, una soledad que no me exentó de buscar justificaciones para todo lo que sentía y pasaba por mi cabeza. Imagino que es normal que las personas sensatas sintamos vergüenza de lo que pudiera oler a autocompasión, de que algo en nuestra conducta o pensamiento nos haga creer que lo que nos sucede es excepcional y único, cuando lo normal desde siempre ha sido que todo, incluido lo más extraordinario y aberrante, se repita a lo largo de la historia en diversas formas y grados. De modo que si nos permitimos sentir pena, buscamos justificarla racionalmente. Nos decimos, por ejemplo: 'sí, vale, claro que la muerte es de lo más común y ordinario, que aquella hoz ha de segar todo lo que ahora nos habla y mira, lo que nos abraza y da sentido, lo que se mueve y un día no ha de moverse más, por supuesto; claro que ya se han ido los abuelos y algún padre, como es lógico y aun deseable, desapariciones tan entendibles que sus entierros terminaron en animadas reuniones familiares donde no faltaron chistes y alguna risa; sí, desde luego se encajan también las muertes de quienes aun no habían podido hablarnos ni nos han dado tiempo a conocerles un carácter, muertes prematuras que terminan por asimilarse como también se soportan las de aquellos a quienes mató su temeridad o su imprudencia, su fanfarronería, pues les está bien empleado...'. 
Apenas se justifica la pena y viene la lógica a llamarnos a la mesura, insistiendo una y otra vez en lo obvio: 'tu hijo no era un viejo ni un bebé ni se estrelló borracho en un auto luego de llevarse a otros tres por delante, no murió de sobredosis ni por una enfermedad que él se haya causado, todo eso es muy cierto y muy verdadero, pero las estadísticas no son reglas, imbécil, esto es un accidente a su medida: profesional, en el trabajo, cumpliendo con su deber...'. Claramente, aún cuando razono en el sinsentido, aún cuando trato de instalarme en el centro de la maquinaria del azar para disfrazarlo de causa y efecto, percibo en mi discurso no sólo la necesidad de explicar (lo que, aunque entendible, es ya suficientemente disparatado tratándose de un accidente) sino la de armonizar, dar sentido, algo terriblemente desazonador para mi ateísmo porque, aunque no desciende a la necesidad de recurrir a dios ni a iglesias, ni siquiera a un nebuloso más allá o a la esperanza de una inconcebible resurrección, sabe a liturgia, a la necesidad de inventarse un evangelio en torno a la insoportable desgracia de mi hijo, un marco teleológico y laico acomodado al que fue y a la extracción de enseñanzas, de filosofías. 
Y puede que las haya, seguro, para quienquiera que sepa ver hay lecciones en todo lo que ocurre. Pero la verdad es que yo no encuentro ninguna ni consigo concentrarme demasiado en la teoría: si atravieso todas sus partes y resquicios con agotadora minuciosidad, si me encuentro en sueños o despierto frente a la plancha donde he debido reconocer su cadáver de madrugada, si acudo al hospital tras esa horrenda llamada, vomitando por el camino, procurando limpiarme las lágrimas de los ojos, si pienso en las horas que pasé observando el cielo desde la terraza mientras mi hijo era trasladado en ambulancia, si imagino la lluvia infiltrándose por entre las tapias del cementerio hasta alcanzar su cuerpo, si me reprocho pensar y no pensar, hablar y no hablar, escribir y no escribir sobre él, cosas ciertas o ficticias, no es porque espere algo ni porque me lo proponga, sino porque no tengo más remedio al ser mi carácter obsesivo y no serme suficientes todos los asuntos de la librería ni todos los textos ahí guardados ni todos los vivos que me rodean, para calmar mi espíritu.
Me interno en el futuro que no vio, los años cada vez más irreconocibles para él, si volviera: esta casa que hubiera sido suya y nunca pisó, las perras que no pudo conocer, la próspera librería. Repito con Sancho las palabras que me gustaría dirigirle ahora, si lo viera: 'Venid vos acá, compañero y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí a las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos'. 
Entonces abandonaríamos Santa Teresa con rumbo sur en el camión de las cuatro y media. Compraríamos frituras para el camino. Nos quedaríamos dormidos mientras anochece, arrullados por el motor, soñando qué duda cabe que nos esperan...