miércoles, agosto 31, 2016

Zarzal

Me acosté abrazado a él y me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Soñaba con un pueblo bávaro tradicional de cuyas casas sin puertas salía la luz amarilla de velas y quinqués, las calles de tierra iluminadas de tanto en tanto por cuadros o redondeles ámbar mientras yo, buscando inquieto a alguien que debía estar en alguna de esas casas, para decirle que me marchaba, que debía llegar a la estación de tren a tiempo, que lo bendecía y le estaba agradecido, me movía no desesperado, sino ávido de encontrarlo para despedirme, como si en ello radicara el buen comienzo de una vida nueva, si no lejos de ahí, lejos de esa persona amada con la que todo se habría torcido más allá de cualquier remedio —y no faltó ocasión de buscarlos y fracasar, pensaba en el propio sueño mientras recorría las calles y aún sin saber exactamente a quién buscaba o a quién encontraría: 'cuánto he querido arreglar las cosas, amor, pero ya esta palabra se me enreda en la lengua y tropieza con la realidad, cuánto he querido dotar de significado lo que carecía de ello y de causalidad las migajas que iban tirando las circunstancias; debo hallarte para decirte que voy a ser valiente y a vivir en soledad, que voy a trabajar y a escribir mucho, que echaré carbón sin parar, paletada tras paletada, al fogón de la máquina hasta que el tren llegue a los confines helados y pueda apearme sobre un metro de nieve'— si bien no estaba seguro de que la persona que hallaría tras uno de esos quicios sin puerta sería aquella por la que me veía precisado a tomar el control de mi vida, tal vez sólo un mensajero o un intermediario, un personaje secundario pero iluminado, de esos que nos encontramos a lo largo de la vida y pueblan, de manera intermitente pero con largo aliento, como punteando, nuestro tiempo sobre la tierra; ya pronto lo vería, una vuelta más —el foco tambaleante de un interior que huele a caldo de gallina y especias— otra vuelta más —el aro de ajos colgado de un clavo y una serie de camas que asemeja a un hospital— ¿es aquí? ¿será posible? Apenas desvío los ojos a la izquierda y él sonríe, con la sábana blanca hasta el pecho y las grandes ojeras de perro triste, me siento en el borde de la cama —¿o es camastro?— y olvido al instante mis discursos mientras todo alrededor parece obscurecerse para que él destaque con aquellas manos que sujetan tímidamente las costuras de la sábana y el olor embriagador e incongruente de un perfume dulzón de adolescente, apenas tengo tiempo de impostar —¡en un sueño!— un '¿cómo estás?' que quiere acariciarlo y un '¿qué haces aquí?' que intenta hacer pasar por coincidencia notable lo que ha sido desde el principio un sistemático buscarlo casa por casa a través de las calles desordenadas de esta aldea bávara a la que debe rodear la Selva Negra o las montañas de Silesia; el tiempo no lo sé, debe ser incierto porque parece como si todo hubiese ocurrido ya, un tiempo fuera del tiempo y, paradójicamente, no desprovisto de prisa ni futuro, aunque no sea con él que convalece —¿de la guerra? ¿qué guerra?— y al que amé, pero no amo, no son para él estas palabras con las que le explico brevemente y con camaradería el estado de mi alma, las variaciones recientes de mis costumbres, los saludos que con él mando a su familia de la cuatrocientos y a su mujer que no ha podido venir a acompañarlo ahora que bien lo necesita ('Las monjas me atienden bien, descuida, no toman en cuenta mi ateísmo ni los defectos de mi carácter, esta soberbia dolorosa para la que ellas parecen particularmente preparadas, ellas y yo enfermos complementarios, patologías compatibles que se dan la mano. Descuida, ya te digo, amigo, ya te digo, amante, ya te digo, padre, ya te digo, maestro') y si no son para él estas palabras, me pregunto, para quién son entonces, me cuesta cada vez más seguir el hilo de esta conversación que se alarga innecesariamente, ¿perderé el tren? ¿no debería irme ya? Si no son para él estas palabras, ¿dónde está aquel de quien debo despedirme para iniciar una nueva vida lejos de aquí y escribir mucho y bien en algún escritorio desde cuyo asiento pueda verse el paisaje a través de una ventana, nieve hasta donde alcance la vista, un árbol aislado, el perfil grisáceo de una montaña que parece un espejismo o una premonición; no son para él estas palabras, debo despedirme, me decido salvando la turbación que me causa no recordar lo último que me ha dicho y me abrazo inclinándome desde esta frágil orilla de camastro —¿o era cama?— a su pecho y le digo cuánto lo quiero o quise o querré cuando me haya ido y cuánto escribiré sobre lo mucho que vivimos juntos y que hace tiempo no vivimos 'debo irme, ¿sabes? estas palabras no son para ti, tendrás que comunicarlas a aquel a quien van dirigidas, todos terminamos por enterarnos tarde o temprano de aquello que está dirigido a nosotros, seguro que lo sabrá pronto aún si tú crees que no has podido cumplir tu misión, no te preocupes, lo sabrá por ti aunque no lo veas nunca, él sabrá, sabe, siempre supo, Santa Teresa no debe estar lejos, ve a Santa Teresa y ahí lo vas a encontrar, dile cuánto lo siento, que le agradezco sus esplendores y miserias, que me merezco la soledad a la que voy, que...'
Me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Me despego y lo contemplo. Por la ventana, Querétaro.

—¿Puedo pasarme a tu cama?
—Por supuesto —contesta K.
No sueño nada.

jueves, agosto 25, 2016

En el Reino

Azul escribe, hacia noviembre: 'He comprado una enredadera que plantaré en el jardín para que cuando crezca cubra toda la barda posterior y él pueda mirar desde la ventana el muro vegetal. Necesita este espacio para relajarse y leer y escribir, especialmente ahora que parece que vuelve de Europa para no irse más. Se acaban nuestros años de intermitencia, espero que definitivamente, aunque no deje de preocuparme que le vuelva el hartazgo hacia este país. Lo comprendo. Habemos muchas personas más capaces que él para sobrellevarlo. No tiene paciencia para con la incuria de sus colegas y superiores, algo más para la de los estudiantes. Quizá en estos últimos esté la clave para retenerlo. Está muy solo allá. Y aquí, luego de tanto tiempo, ya no conoce a nadie. No sé si yo y la perra, si este espacio donde ha ido acumulando sus libros, si la vista de la pared verde —calculo que para junio estará cubierta— o la buena comida, seremos suficientes para que se quede de verdad. No lo he visto feliz en muchos años, apenas unos meses durante las transiciones y las renuncias. Su estado natural: la huida. Pero no puede seguir corriendo: envejece. La itinerancia patológica debe terminar.'
—Busquen bien, debe estar por aquí, entre estos papeles.
—¿Qué es esto? —pregunta C.
—Esa es la credencial que me dieron en la universidad cuando volví de Europa. Estamos buscando la licencia de conducir, señores, por favor concéntrense.
—¿Ya viste? La cara de delincuente común recién arrestado —comenta K dirigiéndose a C luego de examinar la credencial. 
—Los ojos saltones, el pelo desaliñado. ¿Estabas borracho?
Risas.
—Debo haberla dejado dentro del cajón. No puedo creer que encima no haya traído esas llaves.
—A lo mejor puedo abrirlo —sugiere K para desdecirse enseguida: 'No, no puedo'.
—Destruyamos el escritorio —dice C con la sonrisa ancha y los ojos entornados. Él levanta la cabeza y lo mira. Sonríe desarmado: el chico le puede. 'No estaría mal', piensa, 'no estaría mal dejar atrás el pasado si hubiese futuro'. Cerrar el Reino como quien despide un largo sueño evaporado. No hacer memoria de las macetas adquiridas a lo largo de los años y ahora alineadas como cuencos vacíos al pie del jardín; las repisas para el detergente y la lejía, ahora empolvadas; la pared despostillada por las raíces de la enredadera que hace años no existe y que apenas tuvo oportunidad de disfrutar apuradamente en breves visitas desde el Norte. ¿Bastaría no volver a aquí para ignorar la intención de cubrir todas las paredes de libreros, ahora raquíticamente habitados por figuritas aisladas? ¿Echar a la basura el retrato de Alan Finch, los dibujos a lápiz de viejos conocidos, las artesanías que regalaron algunos embriagados por una euforia que siempre probó ser efímera? 'Se deja atrás cuando hay un porvenir', reformula. Pero lo que tiene delante, con todo lo que le anega el corazón, con todo lo que en este oasis de tiempo y espacio representa —está convencido— tiene el tiempo contado.
Azul escribe hacia enero: 'No se ha quedado para su cumpleaños. Reconozco que al menos esta vez es diferente. Habría sido el colmo que de nuevo tuviéramos que soportar Londres o Berlín, Estocolmo o Copenhague. Pero no: permanece en el país. ¿Cómo se le ha ocurrido lo de Santa Teresa? ¿Es un buen síntoma que se haya quedado o es, por el contrario, una prueba de que empieza a agotarse? Ahora que la enredadera cubre efectivamente los dos muros de la esquina del jardín, se va. No ha escrito nada que valga la pena en poco más de un año. En los últimos meses apenas podía leer un minuto sin levantar la vista y distraerse. Quiero creer que todo esto justifica el que se haya marchado; que lo haya hecho, además, con un equipaje mínimo y un hijo adoptado al que piensa dedicarse en cuerpo y alma. No le importa empezar de cero. Le he prometido alcanzarlo en cuanto él se establezca, pero la verdad es que soy escéptico al respecto: ¿qué puede significar para él establecerse? ¿cuándo podremos estar seguros de que ya lo está? ¿Será la ilusión de permanecer a su lado —de que él permanezca al lado mío— producto del desencanto, de la rendición? Si es así, es una ilusión muerta desde ahora. Si es así, lo que podemos compartir no es un hogar, sino una tumba.'
—¿Y este examen?
—Es de la primera materia que di en Santa Teresa. Entonces existía la carrera de ingeniero electricista y la ocupaban personajes silvestres como el que hizo ese examen convirtiendo el criterio de Routh-Hurwitz en el de Rudgurbid. Un tipo insufrible.
—¿Pasó el curso?
—Por supuesto que no. Pero hicimos buenas migas, si es que tal nombre merece lo que sólo era producto de un defecto de carácter mío al que la soledad y la euforia reforzaban para hacerme convivir con personajes que apenas toleraba. ¿Te suena?
—No, no me suena. A nosotros nos adoras de verdad —terció K frunciendo el ceño y sacando la lengua para luego estallar en carcajadas.
—¡A huevo! —dijo C al tiempo en que volvía a meter todos los papeles en la bolsa, luego de haberlos dispersado sobre el escritorio para mejor examinarlos. La licencia de conducir, inencontrable.
—Es seguro que está en el cajón del escritorio. Habrá que hacer el trámite como si fuera con licencia perdida. Hope you don't mind waiting tomorrow for the paperwork; otherwise forget the Caribbean sea.
Of course not —replica C, los ojos repentinamente abiertos como abismos.
—¿Qué...? —interroga K apoyando la cara en sus manos. C le traduce. 'Ah sí, vamos'. Y sonríe.
Azul escribe hacia septiembre: 'Ha llovido más de la cuenta en Santa Teresa. Agua caliente casi evaporada, un ahogamiento sobre el sofoco generalizado del verano. La casa es un túnel de bochornos de colores variados —ladrillo, hueso, verde olivo— en donde sudan los muros y se retuercen los cuadros. El árbol plantado en el jardín ya rebasa la azotea. Luego de años han vuelto a robar la casa al otro lado de la calle. Pita se acostumbra lentamente a la desaparición de la Enana a la que el tejado del patio matara al venirse abajo durante una tormenta. Una perra menos. Y uno menos, también, porque él se ha ido de casa esta mañana. No he tenido tiempo de asimilar lo que sucede, pero sí demasiados años para preverlo: me aferré al conjunto de engaños con que uno desafía las conclusiones que el cerebro ha sacado ya con independencia de nuestros deseos y conciencia. A la esperanza, dícese brevemente. No he intentado retenerlo porque ya no podíamos seguir siendo desleales a los hechos. No he preguntado a dónde iba: estoy seguro de que él mismo no lo sabía. Se ha ido y ya no hubo éxito profesional ni estudiante capaz de retenerlo; no las perras cuya nariz tanto le gustaba manosear; no el salmón con alcaparras y aceitunas; no yo mismo con mi paciencia y reposo; no los libros ni las películas de fin de semana. Nada.'
—¿Qué les parece si vamos a cenar? Conozco un sitio, cerca de donde vivían mis abuelos, con unas flautas que me gustan mucho.
—Sí, vamos.
—¿Qué son las flautas?
—Son como tacos dorados de carne a los que...
Se ha dejado su licencia —vencida hace meses— sobre el buró.

domingo, agosto 14, 2016

Palenque

Por aquí los vi pasar a fines de julio, un día particularmente caluroso. El mayor dijo que les habían impedido la entrada a la zona arqueológica por haber llegado un minuto tarde. No me extraña: la gente de por aquí no estamos acostumbrados a trabajar más allá del mínimo necesario; su admisión habría supuesto una demora, tiempo arrebatado a la hamaca o el dominó, el lapso de un cigarrillo. La vista de las montañas cubiertas de selva, el ulular de monos, aves e insectos, pero sobre todo la piscina más o menos rústica sobre la que caían gruesas hojas velludas, debieron pesar en la decisión de quedarse. Deseaban meterse cuanto antes en el agua, incluso antes de comer, ofuscados como venían más del calor que del hambre. El mayor, aun fatigado, bromeaba como podía; los dos jóvenes que lo acompañaban paseaban los ojos por la palapa y las oficinas, valorando incluso mi persona, como si trataran de adivinarme intenciones ocultas y mezquinas. Por instrucciones del mayor, llenó la ficha de registro el más pequeño. Mientras lo hacía, me di cuenta de que el otro un tipo de cintura femenina que hablaba solo o tarareaba una canción no era su hermano y era más joven que el pequeño. Miré al mayor: no era padre de ninguno. 'Un hombre mayor y dos jóvenes', recuerdo que me dije para mis adentros mientras les entregaba el recibo y las llaves (que olvidaron sobre el aparador), 'un maduro y dos muchachos'. Y una mezcla de fascinación morbosa y repelús me atravesó el cuerpo.
Mientras Altagracia calentaba unos tamales en hojas de plátano y preparaba agua de melón, los observé llevar sus cosas a la habitación, cambiarse de ropa, ir a la piscina. Un ejército de hormigas bravas llamó su atención, aunque no notaran las iguanas de los árboles ni las parvadas de pericos de vivos colores que a cada rato cruzaban el cielo con escándalo. ¿Eran estos huéspedes como los de aquel canadiense sexagenario que llegó con dos oaxaqueños al hotel? Dos chicos que apenas hablaban español y sobre cuya mayoría de edad la administradora nos pidió no hacer comentarios. Dos chicos a los que después vimos en televisión, todavía sin decir nada, pero rodeados de abogados y cámaras y periodistas que afirmaban que el canadiense había abusado de ellos. Yo discrepaba. A mí no me pareció percibir ningún abuso en el caso del gringo franchute: atendía a los oaxaqueños como a reyes, éstos se le sentaban en las piernas, le daban comida en la boca, le reían no sé bien si chistes o gestos, pues no creo que hubieran podido sostener ninguna conversación, se daban la gran vida. Que en la noche follaban también lo sé: padezco de insomnio y mientras llega el sueño me paseo por todo el hotel husmeando en la vida de los demás. ¿Y eso era abuso? No lo creo. Pero el hombre y los dos chicos que ahora nadaban mientras esperaban la comida, que no eran padre y hermanos, que por razones de edad difícilmente podían ser amigos, que no eran amantes ni oaxaqueños, éstos que se deslizaban suavemente de espaldas por la alberca, ni sumergidos ni fuera, ambiguos, sin atender a más criterio que al momento presente, ¿qué eran?
Los llamé a comer. Escurriendo todavía, sin camisa, se acercaron al comedor y despacharon los alimentos con fruición. Su humor, ya mejorado por el agua, mejoró todavía más con la comida. El chico de la cintura parecía abstraído y feliz, comiendo a dos manos, el pelo caído en mechones lacios a su lado derecho, la barba incipiente, los ojos grandes como cuencos inocentes. El hombre le miraba complacido, comiendo él mismo, pero sin perder detalle de lo que ocurría ante él, como quien asiste a dos milagros. ¿Qué veía? ¿Una juventud revivida? ¿Una paternidad extraviada? ¿La rapidez fanfarrona del pequeño que de vez en cuando levantaba la vista para encontrarse con la mirada del mayor y hacer gestos con los ojos o la cara para hacerlo reír? Una lengua de fuera, unos ojos entrecruzados, unas mejillas hundidas con los labios hechos cucurucho. ¿No había algo falso en el mayor, quizá un esfuerzo aunque fuera mínimo e inútil por instalarse en el instante y retenerlo con gestos como los de entrecerrar lentamente los ojos o encender un cigarrillo que se consumiera muy, muy lento? ¿No había algo de inconsciencia en el chico de la cintura que sólo de vez en cuando reparaba en que se hallaba acompañado y estiraba una mano generosa para abrazar o apretar un hombro? ¿No era esa la clave de lo bien que la pasaba? El pequeño, en cambio, no se descuidaba: sabía dónde estaba, quiénes le rodeaban, la dirección del viento y las veleidades del barómetro; era la clase de persona a la que no se le escapa el menor cambio de humor de las personas que lo rodean, especialmente las que quiere, aunque luego esa consciencia no se vea acompañada de ninguna acción y tienda, como buen hombre prudente, a esperar y posponer.
Volvieron a la piscina por la tarde, luego de tumbarse en las hamacas. No me parece que hayan dormido la siesta, pero les habrá parecido prudente esperar una media hora para volver a meterse al agua, especialmente después de aquella comida opípara. Cuando volvieron a zambullirse, la alberca estaba ocupada por dos familias: unos holandeses y unos puertorriqueños. Los primeros eran expansivos y alegres, levantaban la voz y reían a carcajadas; los segundos eran taciturnos, introvertidos, de vez en cuando les dirigían a los holandeses miradas de desaprobación o resentimiento que se hicieron extensivas al trío incongruente cuando el mayor de ellos se dirigió a los holandeses en inglés. Los dos chicos, aunque atentos y posiblemente entendiendo, no participaban. Se daban codazos entre ellos para mirar a las hijas holandesas y se burlaban del mayor atribuyéndole interés sexual por otro huésped, maricón, que se asomaba al balcón. Me atrevería a decir que no eran homosexuales sólo porque no eran afeminados, pero esta metonimia ha sido tan ampliamente desacreditada que me produce vergüenza hasta ponerla por escrito. Y, sin embargo, siendo yo mismo maricón con alguna experiencia, quizá me encuentre autorizado a decir que el más chico no lo era, que el de la cintura sí y que al más grande lo mismo le daba una ella que un él. Y digo esto último no porque me constara que hubiese ocurrido algo entre ellos (nada qué ver con el canadiense y los oaxaqueños), sino porque a mí mismo me daba un trato que, si bien no era una invitación a follar, sí dejaba claro que no me descartaba.
Y como no me descartaba me preparé para la noche. Estaba seguro de que me lo encontraría por ahí, dando vueltas entre los jardines, fumando quizá, pero solo, ya sin los chicos. Nuestra conversación podría empezar por rememorar el incidente fantástico de la tarde, cuando los holandeses apuntaron que una pequeña serpiente estaba devorando una rana sobre una roca cercana a la piscina. El más chico se salió de la alberca, presuntamente horrorizado, pero no podía dejar de mirar las mandíbulas dislocadas de la víbora ni las desesperadas patadas de la rana; el chico de la cintura se acercaba más imprudentemente a la escena, sonriendo tranquilamente bajo la mirada más o menos aprehensiva del hombre, que se quedó con las palabras de advertencia dentro, sin que salieran nunca de su boca. Los holandeses hacían fotografías. Los puertorriqueños nunca se enteraron. Podríamos hablar de eso cuando nos halláramos en mitad de las fragancias de la noche y del concierto de los animales que es mayor a medianoche que a mediodía. Pero lo cierto es que, aunque me lo encontré (y fumaba), la conversación no fue así. Lo hallé preocupado en un equipal, bajo un foco de luz tenue invadido de insectos. Concentrado. 
Qué pensativo.
Hola, buenas noches.
¿Pasa algo?
Uno de los chicos se ha enfermado.
No me atreví a preguntarle si eran sus hijos, no sólo porque sabía que no lo eran, sino porque pensé que una pregunta así lo incomodaría. Proseguí:
¿Del estómago? En el pueblo hay farmacia, seguro que algo le habrá sentado mal en el viaje.
Sí, ya hemos ido al pueblo y comprado algunas cosas, pero me angustia que estemos aquí, en mitad de la nada, que esté sudando frío y vomitando.
Mucha gente se enferma por acá, algunos dicen que son los insectos, ¿no le habrá picado algo?
No lo creo, siempre ha sido delicado para el estómago. 
Se hizo una pausa extraña. Para evitar que se prolongara le pedí un cigarrillo. Con él en la mano, mi ya para entonces desorientado libido dio paso a un atrevimiento mayor:
¿Por qué está haciendo este viaje?
Volteó a verme y frente a mí sus ojos se fueron haciendo profundos, abismales, un color negro que lo mismo se hacía dulce que hermético o peligroso. Pensé que había metido la pata.
Por enamoramiento contestó al fin dando una profunda calada al cigarrillo. No conseguía entender a qué se refería. Lo que pasaba por mi mente me parecía descabellado. Y continuó: Existe una falta de resignación en mi persona, ¿sabe? Contra el estatus, la edad, las circunstancias. Contra la soledad. Una falta de resignación paradójica porque cuando fui niño y adolescente sabía estar solo y aprovechar muy bien todos esos minutos, esos días interminables de estudio y juego, de lectura y fantasía. Hoy todavía puedo hacerlo, desde luego, porque soy un profesional y no me ando con remilgos ni mariconadas. Aprovecho el tiempo cabalmente. Pero de ahí a que abrace con optimismo una vida sin sorpresas, eso no. Yo creo que por eso mi cerebro me tiende trampas, ¿sabe? O me tiende puentes. Me lanza salvavidas. Un buen día inadvertido, no señalado por nada particular, me levanto y ya está: una persona me resulta repentinamente relevante y quiero tenerla cerca, conocer su vida, quererla. Alguna vez fueron amantes; alguna otra amigos. Ahora que envejezco quizá son hijos. No lo sé. Quizá tampoco importa saberlo. ¿Nos ha visto? ¿La inexplicable entrega con que todos participamos de este delirio? Qué felicidad. 
Los vi jugar luchitas dije al tiempo en que él se reía tranquilamente.
Sí, mire los moretes que tengo en los brazos. En fin, de momento el chico enfermo ya duerme y estará bien; el otro ronca como quien anuncia el fin del mundo. No sé qué traiga el futuro, pero uno debiera recordar siempre las palabras de Felipe Benítez Reyes, ¿lo conoce?
No sé quién es, pero... respondí deseando preguntarle por fin qué relación había entre los chicos y él. No me dio tiempo.
Un poeta andaluz. También ha escrito alguna novela. Ni los chicos ni este viaje ni el producto más concreto de mi trabajo (¿ve ese Peregrino blanco estacionado? también costó dinero) son para quedarse. Son prestados. Todo es prestado. Retener lo desaconsejan hasta los budistas, aunque yo no llego a esos extremos... Pero me estoy desviando. Las palabras de Felipe que conviene recordar es que hay que agradecer a quien nos quiso el regalo fugaz de su hermosura. ¿Comprende? El regalo fugaz. Fu-gaz.
Se puso de pie. Me abrazó. Caminó lentamente hasta su habitación donde más tarde lo espié sentado sobre la cabecera y acariciando la cabeza del chico enfermo. El otro exhibía el perfil de su cintura a contraluz, una cintura mangífica. Roncaba, efectivamente, de manera atroz.
Por la mañana los vi subir las maletas al carro en medio de bromas, rematarse las cabezas con unas coronas de flores y abrazarse profusamente antes de subir al carro. Se marcharon por el camino de Palenque. Yo también, espero, tendré que irme algún día.

sábado, julio 09, 2016

Poor little thing

Esa última noche, ya ligeramente tomado, me puse a hacer las maletas a media luz en esa habitación prestada que había sido mía durante tres semanas. El edificio de enfrente no tiene los pisos alineados con este, así que cuando los gitanos tienen fiesta como esta madrugada, veo oblicuamente sus cabezas y escucho sus voces, pero no miro sus pies. Camilo Sesto, José Luis Perales, Mocedades, incluso los Terrícolas, recrearon la atmósfera del departamento de la Birola, esa mujer anciana que vivía en el departamento izquierdo al lado del nuestro y cuyo salón entrevisto muy deprisa mientras mi mamá y ella cruzaban un saludo y las respectivas puertas de madera se abrían y cerraban tenía también los muebles dieciochescos de este piso valenciano, como congelado en mitad de los cincuentas y desplegando una barra de licores muy dulces que nadie ha tocado en años. Los gitanos levantan la voz y discuten airadamente la vida de Paquita, mientras bañado en sudor me meto en la cama y procuro concentrarme en la música que me sabe a fantasma. El humo de los cigarros cruza la calle hasta mi ventana. Enciendo de nuevo la lamparilla con su pantalla de olanes y cuento el dinero. Verifico el pasaporte. La luz del piso de enfrente reflejaba en el techo sombras idénticas a las del departamento de la Birola o a las del cuarto de los abuelos que siempre olía a tabaco: aquí un dinosaurio, allá una mujer enloquecida, más acá un hombre gordo que mueve la boca mientras va menguando por entre las cortinas. El camastro apuntaba al poniente, esta cama en dirección opuesta. 'Paquita no debió quedar embarassada, ya te digo', ni mi tía que sale ahora del cuarto de los abuelos envuelta en lágrimas ni mi hermana que arrulla a sus hijos en algún hospital de California. Yo ya no soy hijo, ya soy padre. Yo ya no soy padre, ya soy nada. '¿Qué haces aquí K? Usted me dijo que viniera. ¿Ya no me hablas de tú? Toma tú: un vaso de leche en la cabeza' Y a pesar de los tapones de oído distingo todavía la música de los gitanos y el entrechocar de botellas y el alzar de voces, mientras despego la mejilla de una almohada llena de baba. ¿Nueva Inglaterra? Este cuerpo que solía excitarme y este roncar que me molestaba y esta cabellera por la que pasaba mis dedos y esta ilusión de futuro que no cede y esta polla dormida bajo las sábanas, ¿cómo hemos llegado hasta aquí? La pintura de Gauguin me interroga, la música de los gitanos se calla. De Paquita sabremos después que se ha ido a vivir a Andalucía, San Lúcar de Barrameda, que ya tiene un segundo hijo de otro hombre al que han ido a buscar los gitanos (sin éxito), deambula por el malecón, hace algunos trabajos en la estación de autobuses, a veces se le ve entrar a los bares de marineros. De mi hermana no sabemos nada. Mi tía se ha comprado un largo hábito y ha escapado al monasterio de Aguascalientes, envejece con tranquilidad, gracias. La saludo de su parte, aunque no creo que pasemos por ahí. Iremos por la carretera de Escárcega mientras amenaza una tormenta, igual que en el pasado. K me verá poner el disco de norteño. C soportará el rito con escepticismo. 'Quiéreme como al perro que nunca tuviste', gritaré mientras el cielo se derrumba y hemos de orillarnos por falta de visibilidad. Les explicaré: mi cerebro funcionaba perfectamente y era capaz de ver en el futuro, pero un día llovió tanto que no pude ver más allá de mis manos, y anegado, a tientas, hube de seguir avanzando por el porvenir. Poor little thing, me dices con la mirada sin decir palabra, frente a la costa gris de la Isla de Georges. La bahía verdegris al fondo, vencida por la neblina. Tus manos que ya no acarician. Tu boca que no besa. La puerta de la Birola que se cierra y los gitanos que no tienen costumbre de acabar antes de las tres de la mañana, cantarán a coro alguna canción que yo he de repetir sobre el camastro al pie de la cama de mis abuelos, 'como yo te amo, convéncete, convéncete'. No puedo verles los pies, como hacía con mis vecinos del piso de abajo cuando desde la ventana les pedía que me enseñaran los calcetines: los negros del Gigio, los cafés o grises del Sisi (mis favoritos), los verdes de Lalo y el Nene; no puedo verles los pies a los gitanos, pero sé que están bailando lo que debieran cantar pesadamente, ¿cómo puede bailarse a Julio Iglesias? ¿cómo a Serrat que gimotea? La madrugada es alta como este edificio de Nueva Inglaterra donde soñamos que estamos con otros. Desde aquí podemos ver Santa Teresa. Desde aquí la orilla de la Playa de Malvarrosa. En el obelisco infinito, el faro que no ilumina, dormimos como un perro a mediodía. La Birola acompaña a mis abuelos y a mi hijo en larga expedición hacia la nada, mi memoria. C y K miran el Caribe que es este mismo mar que rodea la isla de Georges, o se asoman como nosotros al hueco de una madrugada que no cesa como en casa ajena. Ya las maletas están acomodadas para el día de mañana y, salvo que no pueda dormir por culpa de los gitanos, podré levantarme a tiempo y sin resaca; seguro que no he bebido tanto, ¿quién sabe?
[...]
Desde hace horas que el viento azota la puerta.

viernes, junio 24, 2016

El tesoro de la juventud

¿La juventud, dice usted? Le voy a decir algo, caballero: la otra vez que follaba en los jardines del Turia pasó un grupo de gamberros que con poco más de veinte años cumplidos y aún habiendo crecido toda su vida en la España democrática y tolerante, protectora de menores y animales y minorías y diversidades, decidió que ver a un par haciendo sus cosas debajo de un puente a las tres de la mañana, era no sólo censurable y motivo de escarnio, sino también oportunidad de escarmiento para mejor satisfacer los apetitos del humúnculo que vive en sus cerebros y que, sin empacho de la contradicción que representan sus acciones sobre esos sentidos discursos que sueltan en Facebook o en la entrevista de radio acerca de lo que la escuela les dicta sobre cómo conducirse en sociedad esa profunda hipocresía de repetir sin interiorizar lo que los demás les piden que repitan les empujó a esconderse detrás de un parapeto, levantar unas piedras y lanzarlas al grito de "¡maricones!", para luego, como buenos evaluadores de mi actitud y complexión, a modo de ejemplo de lo confortable que resulta la cobardía, decidir poner pies en polvorosa huyendo del lugar atropelladamente.
No me convence así su opinión de que es en la juventud cuando se tienen las ilusiones más puras y no existe la maldad. Eso es falso. Desde siempre se sabe que los niños no tienen moral y que son capaces de las mayores atrocidades porque simple y sencillamente no tienen criterio. En tiempos no muy remotos, cuando los hombres de negocios no tenían la ambición desbocada de hoy y no existía por lo tanto ninguna urgencia ni medios suficientes para infantilizar a una gran masa de consumidores, cuando los hombres no eran los niñatos egoístas que son ahora ni deseaban por lo tanto comprar más y más para sí mismos, los adultos reconocían entre sus obligaciones la de corregir, aún por la fuerza, los excesos y zafiedades de sus críos. Y hoy, bueno... ya lo ve usted: si las infancias son cada vez más prolongadas, si el mundo se vuelve loco por la protección de los menores, si no se desea exigirles nada de verdad sino mantenerlos lo más posible en la burbuja de idiotez y confort en que viven para ahorrarles cualquier trauma, no es de sorprender que nos la hallemos con niñatos amorales de veintitantos, acostumbrados a 'razonar' según su conveniencia, con muy buena opinión de sí mismos, sin más horizonte que el de continuar chupándose el pulgar por el resto de sus vidas.
Es un peligro, créame, una esclavitud de la humanidad entera que sólo conviene a los hombres de negocios que no dejan de convertir en dinero las inagotables ambiciones juveniles que financian unos padres egoístas que sencillamente se los quitan de encima abriendo la cartera. Me dice usted que los jóvenes son un tesoro, que en ningún otro período de la vida hay disposición semejante para creer y luchar por ideales, que haga memoria de la larga lista de héroes y poetas que perecieron en su primera juventud al calor de un anhelo. Todo esto es muy bonito, sí, se lo concedo: los cuerpos jóvenes con sus cinturas y brazos definidos y sus rostros hermosos como paradigma de la inocencia, desde luego. Pero es rotundamente falso. No es en la juventud donde hallaremos el tesoro de las convicciones verdaderas. Una convicción no es la capacidad de un individuo para concentrarse en un propósito con base en un razonamiento y experiencias paupérrimos, eliminando cualquier duda con silencio. Una convicción no es la inmediatez, la presunta espontaneidad de quienes gracias a la escuela ya están lo suficientemente adocenados para repetir como merolicos lo que ni siquiera es suyo. No señor, no me venga con tonterías. Puestos a demostrar, tome Usted en cuenta que esa juventud ignorante que tanto idolatra lo mismo aplaude a la izquierda más intransigente que a la derecha más recalcitrante. No distingue. Su capacidad para radicalizarse en el islamismo o la islamofobia, en el nazismo o el comunismo, en la protección de los animales por encima de vidas humanas o en el combate a la globalización capitalista no es más que la prueba de su falta de asideros intelectuales y morales. No refleja una pureza de convicciones o de ideales, sino la prisa por levantar estandartes que tanto caracteriza a los inquisidores y retrógrados. La juventud es un tesoro, sí, pero un tesoro voluble de dogmatismo e intolerancia. Esos gamberros del Turia, no lo dude Usted, han de ser hijos pródigos en sus casas, ejemplos de civilidad y tolerancia en sus escuelas, maestros del double thinking orwelliano que no desmerecen la confianza de los empresarios que exprimirán su trabajo y su avidez de consumo, su habilidad para la hipocresía y la irreflexión.
Pero en fin, no vaya Usted a creer que todo el aire está contaminado. La convicción, permítame aclararle, no es un asunto de juventud, sino de madurez. Y, contrario a lo que se cree, no es el resultado de haber aclarado todas las dudas ni de haber encontrado la congruencia que resuelve cualquier contradicción. Eso no existe. Consiste apenas en vivir con inconsistencias y vicisitudes, con provisionalidad e inquietud, con ganas de seguir buscando y aclarando y percibiendo, afinando o deshaciendo, con voluntad de saber. Siempre hay alguien en los márgenes, por fortuna, algún joven que ante la duda prefiere no pronunciarse y esperar, alguien que se concede la oportunidad de descubrir, un escéptico del mensaje lelo y brutal que desde todos los frentes escuela, familia, gobiernos, amigos, televisión e internet intentan hacerle tragar sobre su valor intrínseco y su inteligencia natural y su bondad genuina, alguien que, quizá con alguna decepción, terminará por descubrir que saber más y más sólo plantea más dudas y hace consciente de cuánto ignoramos. Alguien, sí señor, que aún decepcionado será capaz de hacerse cargo de la vida. Como un hombre.

domingo, junio 19, 2016

El Gerente Académico

El Gerente Académico no deja trabajar. Nos convoca a juntas donde chapurrea números que nunca son suficientes, otras veces se dedica a tartamudear en incomprensible sintaxis sobre las últimas disposiciones de la secretaría, a veces sencillamente planea comidas en su honor donde todos debemos cooperar sin que necesariamente se celebren. ¿Quién iba a decirme que luego de los años de Cambridge iba yo a quedar bajo las órdenes de un asno que nos reúne sin más motivo que el de renovar la sensación de que es el jefe? Un hombre sin cultura alguna, sin más instrucción que la de poder sumar dos más dos, una prueba viviente del daño tremendo que puede provocar un sujeto con título universitario y perspectivas de albañil que, encima, es aplaudido por los padres de familia tan animales como él y no escasos estudiantes que lo ven como un modelo tranquilizadoramente conforme a su vulgaridad. Un rey con trajecito de Maximiliano en su trono ridículo, legislando lo mismo sobre el reglamento de laboratorios que sobre el uso del tocino en las cafeterías, un hombre de familia muy ufano de su nepotismo que no desmerece las comparaciones con aquel ex-presidente célebre por sus burradas campechanas y desinhibidas. Ya se sabe: el que nada sabe nada teme.
 Y puede ser que como dijo algún sabio ignorance is bliss, pero mi motto aspiraba a ser ligeramente distinto. Los años haciendo física teórica en Inglaterra no han hecho sino ahondar el asco respecto a lo que sucede en mi país: los hay que se van y no vuelven, los que se van y regresan como yo, los que nunca se van. A esta última clase pertenecen los gerentes como mi jefe, individuos cuyo carácter retrógrado y xenófobo los puso a salvo del extranjero y en posibilidades de parasitar cómodamente instituciones que debieron deshacerse de ellos al convertirlos en egresados. No ha sido así y ahora son ellos los dueños de planes y voluntades y contratos. Ahí estoy yo a mi regreso, tratando de tranquilizarme respecto a los múltiples signos de imbecilidad de las entrevistas: un comité técnico que no sabe apenas con qué se come el átomo, una psicóloga de personal cuya indumentaria y maquillaje hacen pensar que la que necesita un tratamiento urgente es ella, y finalmente el infaltable gerente que remata adecuadamente esta pirámide de estupidez de la que una población extraordinariamente ignorante se enorgullece como de la Iglesia o la Policía.
Yo no tengo dinero, naturalmente, por eso he debido estudiar en la creencia, equivocada o no, de que habría de servir para tenerlo: una necedad sólo completada por el empeño de volver al país porque mi mujer que sí lo tiene está aquí. No tuve capacidad para deshacerme de ella, pero tengo noticias de que existe gente pragmática que no tiene empacho en poner las relaciones en su sitio y hallarse a gusto en su soledad. Con suerte y un buen día me canso y decido poner mi vida en orden y a mi mujer podré tratarla entonces con la misma indiferencia cordial con que ella mira mis actividades, esa distancia jesuítica y razonable desde donde todos los sobrados miran al mundo, incluido aquello que supuestamente les es más caro. Sigo creyendo en que no es bueno hacerle caso exclusivamente a la cabeza ni decidir lo que nos conviene objetivamente en todo momento (suponiendo que tal cosa esté bien definida), pero se reúne evidencia abrumadora de que esa es la ruta más aconsejable en todos los casos: los asnos como el gerente decidieron en forma pragmática y han ganado quedándose; los que quemaron las naves y ahora radican en el extranjero también decidieron en forma racional y gozan de los beneficios de una vida mucho menos vergonzosa que la mía.
Ha sido romántico decidir volver como lo he hecho yo apenas terminar el doctorado, pero también lo fue haber partido, pues no fue cerebral sino inspirado en ideas románticas acerca de la cultura europea y concretamente la británica, ideas que si bien tuvieron puntual cumplimiento una vez que me instalé y trabajé y leí libros desde el dormitorio dieciochesco y asistí a nevadas inestables y a vientos que nunca cesaban y a prados con letreros que advertían de pantanos movedizos y a reuniones que mezclaban tradiciones con un punto de punk, si bien se cumplieron todas esas ideas, decía, nunca caí en la cuenta de que la pregunta verdaderamente difícil es el la de what next? y no la de what now?.  Cuando llegó el momento de contestar no estaba preparado y escogí lo que tuve a la mano: 'Buenas tardes Doctor, para informarle que se abrió una convocatoria para plaza y esperamos pueda participar' (sic). 'Deberías de tomarla, así podemos reunirnos y tendrás tu casa y tu comida y podrás ver a tus padres y...' Falsedades. Puede ser que no todo sea la pareja ni los amigos ni la familia. Puede ser que no todo sea el trabajo. Pero lo que será siempre, es uno mismo. Y yo padezco día con día la dura negociación con mi persona que protesta airada por el contacto con una fauna que parece decidida a machacar mi espíritu con su abrumadora estulticia.
No es sencillo. Ahora mismo abro el correo y veo que el Gerente convoca a junta para discutir asuntos de la vida departamental (sic), que nos exhorta a los recién contratados a realizar cursos de integridad personal, que nos comparte una reflexión (y ya este hecho es en sí vergonzoso) tan rancia que parece sacada de la parte trasera de un calendario o de una revista de variedades. ¿Cómo ir hasta su oficina a plantearle la realización de trabajos para el próximo congreso mundial de física? ¿Cómo sugerirle que invitemos al Dr. Pardon, especialista en mecánica cuántica, si no existe nadie con quien pueda hablar ni lugar donde sentarlo ? ¿Cómo no sentir que se le suben a uno los colores al rostro cada vez que el gerente habla de que "sería bueno pos producir más de la investigación, esta, edá, de la científica, porque ya lo piden en la secretaría, edá, pa que no falte dinero en la uni"? No tiene caso. Ni siquiera lo tendría si yo fuera a renunciar y deseara cantarle unas cuantas verdades: no las entendería. Se limitaría a sentirse ofendido sin saber bien de qué, se concentraría en aquellos adjetivos que yo utilice y le suenen familiares, ni siquiera lo vería disgustarse demasiado. ¿De qué? ¿De que lo espera la idiota de su mujer con la comida caliente? ¿De que no lo pueden correr? ¿De que su trasero engorda inexorablemente de tanta comodidad? ¿De una mediocridad escalofriante que ni siquiera percibe mientras la televisión está encendida y sus hijos aprenden a ser fieles copias de su testaruda imbecilidad? Si estuviese en su lugar, hasta me reiría.
Hora de la junta.

jueves, junio 16, 2016

Los ojos de Don Martinos

¿Hay, como dicen los transexuales, mujeres atrapadas en cuerpos de hombre? La cuestión no me importa, nunca me importó, pero ayer que fui con mi mujer y mis hijos a comprar los regalos de Navidad en el mall de Four Pines de Tucson, antes de volver a Santa Teresa, abrigado por un viento norte que hizo que cayera aguanieve sobre los pavimentos bien trazados de la ciudad gringa, me acordé de aquellos años en que siendo yo un chaval trabajé bajo su protección, que eso y no otra cosa fue aquel tránsito que me hizo pasar del tardío fin de mi infancia en la universidad a esa multiplicación de destinos posibles que fue salir del país a trabajar; años de verlo casi a diario mientras me hacía un hombre que lentamente reemplazaba los soberbios abusos de la juventud por las discretas responsabilidades de la adultez. ¿Qué me hizo acordarme de él? ¿Acaso la musiquilla de 'Añada' que he tenido en la cabeza desde que bajamos a desayunar esta mañana al restaurante frente al hotel? ¿Tal vez la fugaz visión de un profesor con un grupo de cuatro estudiantes a los que bromeaba con una confianza censurable? ¿Fue antes o después de recordar a los travestis de los alrededores del King-Kong a los que mis amigos y yo jugábamos bromas pesadas en la prepa?
Miro a mis hijos, abrazo a mi mujer. Frente a la tienda de juguetes la niña ha pegado un grito y el chaval que ya frisa los trece ha entrado corriendo en la misma. Casi todos los hombres guardamos secretos, particularmente frente a nuestras familias, nuestras mujeres, nuestras madres. De aquellos travestis de mi juventud sólo recuerdo mi risa estúpida que salía al encuentro de sus formas grotescas: ropas ajadas de las que salían carnes mal disimuladas, pelucas tiesas de mugre, maquillaje como de quien salió de los escombros. Jamás el menor trazo de deseo sexual o de admiración, ni siquiera cuando bajo una falda aparecían un par de poderosas piernas bien depiladas, ni siquiera cuando las tetas parecían auténticas. Nada. Sólo risa y cerveza y el calor entrando por las ventanillas de nuestros carros chocolate. Sólo eternidad y amigas a las que uno se obligaba a tratar de llevar a la cama. A veces un paseo y entonces un noviazgo. Alguna vez una traición. Risa, cerveza y calor.
Tarde supe que los homosexuales no necesariamente quieren ser mujeres. Más tarde que para serlo no había que ser afeminado. No fue mi culpa esta ignorancia: eran cosas que no me importaban y siguen sin importarme. No son de mi incumbencia. Pero fue en esos años que vinieron a mi mente esta mañana al bajar al restaurante, tarareando la musiquilla de 'Añada' mientras mis hijos desayunaban cabeceando de sueño y mi mujer me sonreía poniéndome el pan tostado en la boca, fue en esos años recordados, decía, en los que por primera vez traté a uno por largo tiempo y asistí a su vida cotidianamente mientras trabajaba bajo su protección. Uno que se empeñaba en lo profesional para mejor encubrir la carne. Uno que procuraba no mirarnos demasiado ni dejar de bromear para mejor tragar la inquietud que lo consumía. Concedo que esa inquietud no fuera explícitamente sexual, pero el sexo es una fuerza sagrada cuyas formas sublimadas apenas reconocemos. El sexo es a veces amistad. El sexo es a veces un trabajo terminado. El sexo es, seguramente, lo que mantiene a raya a la muerte. Su antítesis. Y ese hombre era vida. Y, por lo tanto, sexo.
Jamás he vuelto a vivir una confianza semejante, pero sólo en ocasiones aisladas como esta mañana en que las delgadísimas hojuelas de hielo se derriten en nuestros rostros o sobre los gorros de lana, lo echo de menos y le dedico una sonrisa con mueca de asunto que terminó sin nunca entenderse a cabalidad. Era un hombre solo, pero bastante decente y de humor ácido, que nos sacó de apuros en alguna ocasión y tuvo a bien darme los medios para que ahora yo pueda decir que me ha ido bien (él habría detestado oírme decir que he sido exitoso, pero lo soy). Compartimos varias reuniones fuera del trabajo en las que sencillamente nos reíamos y hablábamos de esas simplezas de las que habla uno en las borracheras. Anécdotas para escandalizar o advertir o burlar, algún gesto más o menos emotivo. Lo normal en un sitio donde sólo había cerveza y calor y del que yo era casi el único originario. Mis amigos idos uno a uno conforme pasaron los años: Tijuana, Mexicali, Guadalajara, Nogales, Querétaro, hasta yo que salí del país por tantos veranos gracias al hombre.
Un hombre que no era travesti ni afeminado, bien es verdad, pero en quien tuve oportunidad de percibir lo único que no percibí jamás en los travestidos de los alrededores del King-Kong ni en las locas de la prepa ni en los apretados de la universidad. Algo que no percibía siempre y que es posible que algunos de mis recuerdos hayan distorsionado por el paso del tiempo o, siendo fieles, reproduzcan lo que confundió el alcohol o las drogas (él era un grandísimo liberal). Cuando más afecto le tuve, cuando más cerca estuvimos, cuando creímos que nuestra amistad duraría para siempre y brindamos por ello y calamos los cigarros con entusiasmo y cantamos abrazados hasta el amanecer, de pronto, inadvertidamente, coincidían nuestras miradas y yo podía ver diáfanamente que dentro de sus ojos estaba una mujer. Sí: una mujer ahí, detrás del rostro barbado y los años que rebasaban los cuarenta y tantos y el pelo entrecano de largas patillas acariciadas por sus manos cuajadas de venas. Una mujer, sí, en el súbito silencio en el que me daba cuenta de que no era él quien estaba enamorado de mí, sino esa que vivía dentro suyo, la que no necesitaba salir en falda ni maquillarse con violencia, porque así estaban las cosas y para qué desafiarlas y para qué ir más allá y para qué...
A veces logro recordar estas cosas sin contarlas a nadie. Sonreírle a mi mujer y hacerle el amor en el hotel los regalos tirados por el suelo, los niños dormidos desde hace media hora en la habitación contigua y sentir ese temblor de piernas al terminar y esa satisfacción de abrazarla contra mi pecho mientras vemos la televisión y en mi cabeza suena la musiquilla de 'Añada' y un viejo poema de un libro de primaria y una carcajada sobre la avenida del King-Kong. Y él, que estoy seguro de que contra todo lo que manifestaba, era ella. Lo sé por sus ojos. Lo sé aunque ya no esté más y haya desaparecido dejando a tantos como yo, con vidas propias a cambio de la suya. Que era prestada.

domingo, junio 12, 2016

La cena de Baco

Sentado a la mesa de Francia donde se descorchaban vinos y se ofrecían carnes frías, en medio de las risas de un pueblo antiguo, el profesor elevaba su ronca voz por encima de las juventudes tímidas y los adultos sometidos, lanzando edictos sobre el cine, la literatura y la historia. Que si era indebido leer a Céline en la Galia lo mismo que a Vasconcelos en Tenochtitlán. Que si el cine francés se recuperaría alguna vez del fardo espantoso de un romanticismo de culo a la Madame Bovary. Que si el ministerio de educación le permitiría alguna vez viajar a Santa Teresa sin tener que firmar un acta de desistimiento por indemnizaciones de secuestro o extorsión. El otro lo acompaña en sus carcajadas y se afloja como nunca ha podido hacerlo con sus colegas allende el Atlántico, cuestionándose si es un asunto de engreimiento ridículo o de orientación sexual: lo primero por hallar las discusiones sobre fútbol poco apasionantes; lo segundo porque abundar en las variantes de la resignación matrimonial le resulta extraordinariamente aburrido.
Cuestión de adaptación en la que nunca ha sido bueno. Tampoco aquí, aunque los intereses de las personas, refinadas o no, nunca se distingan en lo esencial de las de la albañilería. El profesor lo utiliza para sus pullas retóricas que él contesta con maestría, como quien sabe que esta corte dieciochesca y republicana exige su colaboración, esa dosis de exótico escándalo que como un guante perfecto cubre la convicción de su tolerancia hacia el extranjero y negro que, si es homosexual y ateo, tanto mejor. Dos, cuatro pájaros de un tiro. El otro entreviendo las estanterías de libros y los cuadros de las paredes y los adornos de las vitrinas y el buen cuidado de las servilletas y la vista desde la ventana que se extiende por campos verdes donde llueve casi todo el tiempo, la chimenea con sus marcas de tizne y la leña guardada debajo de la escalera, volviéndose luego en un entrecerrar de ojos a las paredes desnudas de Santa Teresa y los colores vivos y el sol ardiendo en una calle apretada de vecinos inexplicables, 'la copia pirata de la civilización occidental', le susurra al oído Negrita. Y él lo cree así también, mas se resiste, negociando consigo mismo la acendrada idea de que no hay camino recto entre países ni es una sola la mesa de la cena. Plástico aquí y cristal allá, manteles de tela o bordados, la copa correcta o el vaso desechable, abre los ojos, despierta.
Embajador, puente, mercenario académico. Un largo camino, inexplicable como todos, que va desde la cabaña de pescados crudos de Oulu, frente al golfo de Botnia, hasta esta mesa de cuerpos envejecidos y nuevos invitados. Un camino que pasa por las colinas de Vyšehrad y tímidos correos electrónicos. 'Dear Professor', empieza a sus veintinueve y acaba a los treinta en la estación de Lille. 'I would like to introduce myself' y termina escuchando un pedo en mitad del Haut Medoc al lado de hijos imaginarios. Creía que escapaba. Que era un cazador. Que un buen día empacaría sus cosas y, con pareja o sin ella, acabaría paseando con un pesado abrigo por las calles de alguna ciudad europea. No más. El profesor levanta la copa triunfal, le llama por su nombre, pide al otro que le sirva más vino ante la mirada cómplice de las esposas y los estudiantes. El filósofo al final de la mesa, sonriendo con sano escepticismo, pide también que le sirvan. Hora de arriar las banderas por un par de horas de ebriedad en anticipación de futuros remotos universales. La Marsellesa o la Internacional. La raza cósmica.
La madrugada se evapora presintiendo el verano y frente a la terraza hacen planes de trabajo y vacaciones, con o sin el permiso del ministerio de educación. Los jefes llaman a juntas para decidir el orden correcto en que deben ser alineadas las bancas en un salón o si los planes de ingeniería han de seguir utilizando matemáticas cuando lo importante es ser humano. Él bebe. El otro también. No puede quedarse, piensa, no sólo porque no es su casa, sino porque el mercenario ha muerto. O nunca lo hubo. Nunca estuvo solo y lo ignoraba. No representa a nadie, pero sus únicos motivos no están en todos los departamentos de esta república, sino exponiendo sus vidas en zonas rojas, según el ministerio del interior, peleados entre sí, crispados, como navajas salvajes que saltan por los aires. No le importa ya, desde luego. Si de algo ha de morir, ahí está Hornos. Ahora es el viejo que quiso salvar a la humanidad y terminó inmolándose. El que se hace a un lado y escribe cartas de recomendación: 'Salut Thierry', 'Jesusfuckingchirst', 'Habría qué ver'. Pasan los demás como en tropel, circulan por la mesa (¿cuánto tiempo?). Se despide de beso y Santa Teresa arde. Se acuesta y se hace acompañar por los suyos. El Reino solitario en una ciudad desconocida que sólo visita en la duermevela. Ya volverá, ya volverá...
'Siempre amanece en alguna parte', recuerda. 'Qué gran idiotez'. Se ríe. Duerme.

domingo, junio 05, 2016

Orgía en Hornos

Se sienta pesadamente sobre el sillón de mimbre de la larga terraza ocho arcos en total, piso rojizo de losas de barro laqueado con un vaso de whisky en el que aún pudo poner algunos hielos, encendido el cigarrillo en una mano y la mirada perdida en el atardecer sofocado que se desarrolla por encima del monte yermo con su camino de terracería rodeado de sahuaros y nopales. A un volumen aceptable se escucha salir del salón Hubbard Hills, de los Tindersticks. No está más en la academia militar de Swindon donde podía subir y bajar colinas a bordo de una bicicleta negra ni en el paisaje plano de Flandes, con su lluvia eterna y su verano de dos semanas. Está a quince largos minutos de la carretera que va de Santa Teresa a Hornos, por esta misma terracería que tiene delante y en donde ha visto cruzar, seguras de sí mismas, las criaturas más diversas: tarántulas y serpientes, tlacuaches de hocico afilado y liebres hipnotizadas por las luces de los faros en la noche. Un hormigueo en el cuerpo el alcohol y la certidumbre de lo inevitable, lo relajan. Repasemos lo ocurrido.
Las había conocido hará unas tres semanas, una de esas noches en que había salido a buscar jovencitos por la plaza arbolada del centro para encontrarse con lo mismo: prostitutos drogadictos de más de treinta años, travestis enfermas a las que faltaban algunos dientes, algún ranchero gordo y muy arreglado que sostenía que lo primero era conocerse. Un fastidio. Entonces decidió tomarse una cerveza en ese bar en el que no había reparado jamás y en el que algunos estudiantes lo reconocieron. 'Pásele maestro, ¿qué hace por aquí? Al fin se decide a divertirse', frases que lo animaron a seguir el juego, sacar a bailar a algunas tipas, fungir de macho para ejemplo de los morros más o menos torpes y tímidos que ahí se daban cita y, finalmente, a dar con esas tres con las que se quedó conversando y bebiendo y fumando en un rincón, como hipnotizado por su salacidad y su risa, por su juventud de veinte años medianamente ejercidos al lado de sus recursos de hombre de cuarenta. ¿Qué le pasaba por la cabeza cuando ponía sus manos en la cintura de una o le removía el cabello de la frente a otra? ¿Qué era lo que sentía en la entrepierna cuando encendía el cigarrillo de una agachándose hasta oler el perfume que salía de sus pechos? ¿Qué era esta nueva adrenalina que recorría sus venas cuando una se le abrazó al cuello por la espalda y le dijo al oído que podían ir los cuatro a su casa porque sus papás estaban en Guadalajara?
No pensaba. Por entre las calles obscuras de Santa Teresa de vez en cuando iluminadas por patrullas que pasaban rápidamente o se hallaban orilladas inspeccionando algún otro vehículo, los cuatro se desplazaron hasta el domicilio de Ethel y, apenas llegaron, Alba y Mónica encendieron un churro que apestaba más de lo usual. ¿Hace cuánto que no fumaba mariguana? ¿fue en Mons, durante la fête de la musique? ¿fue en Guadalajara cuando lo visitó aquel matrimonio swinger que luego se separó? No le intimidó que se lo pasaran y dio cuantas caladas consideró razonable dar. Ethel no quiso probar, pero se quitó la blusa y, tomándolo de la mano así, con las tetas al aire, lo llevó al dormitorio. 'Ahora vienen', le dijo, y ya en el cuarto lo sentó sobre la cama y le ayudó a quitarse el pantalón dejándole la camisa. ¿Quién fue la última en intentarlo? ¿la checa? ¿la francesa de Quiévrechain? No las recordó. Con una mano firme hundió la cabeza de Ethel en su entrepierna y ella se entretuvo con las dimensiones que, gravedad, edad o naturaleza, le exploraban la garganta a fondo. Mónica y Alba llegaron desnudas a la habitación, entrelazadas, para luego tomar turnos. La iluminación que llegaba del salón era todo aquello de lo que disponían, pero aún así le sorprendía de pronto el brillo de unas medias que se corrían, de unos aretes por el suelo o algún piercing, no sabía bien si en la lengua o en los labios. Al final se quedaron inmóviles una media hora. Alba y Mónica dormidas, Ethel pasándole una mano de uñas brillantes por el pecho. Transcurrido el plazo, ésta le dijo que debía irse y él, sin cuestionar nada, accedió. En la puerta le pasó un papel y le dedicó una última risa llena de travesura y tontería: 'Nos volveremos a ver. Ahora vete'.
Al día siguiente, domingo, se levantó tarde. No miró más los perfiles de Facebook de su expareja ni los de aquellos estudiantes con los que hubiese querido acostarse y con los que, por razones profesionales, apenas se había limitado a bromear pesadamente. No pensó en sus amigos (¿pero cuáles?) ni en el trabajo pendiente que habían venido cargándole en los últimos años aprovechándose de su adicción laboral ('Es mejor trabajar que pensar en lo que perdiste, ¿no?', le llegó a decir su jefe). Leyó concentradamente las páginas de aquel periódico atroz y halló el anuncio mal redactado de aquella propiedad en venta: 'Terreno campestre a 15 min de la carretera a Hornos, 1 casa completamente amueblada, 60 árboles, pozo, noria, corrales'. Concertó una cita, se duchó, se vistió como si estuviera en el verano de Swindon y no al inicio de la canícula de Santa Teresa, y condujo hasta aquella desviación de la carretera a Hornos donde ya lo esperaba el vendedor: un hombre gordo y blanco, la cara llena de cacarizos y bigote espeso, lentes obscuros de los que nunca prescindió, una camioneta elevada y lujosa a la que siguió por entre el monte yermo a través de la terracería. Vio buitres sobrevolando, ninguna señal de actividad humana a la redonda cuando ya se estacionaban frente a la finca. El dueño le prestó un sombrero, recorrieron algunos linderos del enorme terreno, los árboles de cítricos, la casa que efectivamente estaba amueblada y en la que no le costó trabajo imaginar a las chicas de anoche. La venta se cerró en menos de una semana.
Una semana tensa, sobra decirlo, en la que su jefe pudo seguir cobrando por los resultados que él producía y cargándole más trabajo, concentrado como estaba en no dejarse arrastrar por la desesperación de buscar a Ethel o a Mónica o a Alba, menos aún por la de buscar a alguno de sus jovencitos favoritos, tampoco organizar reuniones en su casa ni con colegas (¿pero cuáles?) ni con estudiantes esos carroñeros que huelen perfectamente cuando alguien está muriendo y lo frecuentan, amistosos y comprensivos. Alguna tarde, mientras salía de la oficina, creyó ver a Ethel en la distancia y, recordando su propia edad y la seguridad extraordinariamente fría con que obró el fin de semana anterior, se limitó a verla alejarse hasta perderse en el poniente. No bebió ni fumó toda la semana. Hizo ejercicio como de costumbre. El fin de semana, decidido a no padecer la desesperación, llevó a sus dos perras al terreno recién comprado y se puso a conocer los detalles del lugar, dispuesto a pasar la noche ahí. Las perras corrieron hasta agotarse, también él se cansó de hacer una serie de faenas para las que no veía más remedio que contratar a un vigilante, aunque de momento las disfrutaba. La señal del celular iba y venía cuando por fin se sentó en la terraza al anochecer, sin que pudieran verse más luces que las estrellas. En la madrugada lo despertó el ruido de alguna balacera lejana y algo como motores de camionetas. O los soñó. No sería extraño que los narcotraficantes anduvieran por aquí visitando las rancherías a la búsqueda de efectivo o pertrechos. Volvió a dormir.
El domingo por la mañana tenía un mensaje de Ethel. 'Te he ido a buscar al cubículo', decía, 'pero no pude encontrarte. Llámame después de las siete'. Supo que debía asombrarse de que ella supiera dónde trabajaba o temer de la posibilidad de que fuera una estudiante, pero no sintió nada. Subió a las perras a la camioneta, cerró la finca luego de bajar las persianas y avanzó por entre la terracería hasta alcanzar la carretera a Hornos. Un par de hombres armados lo vieron pasar apenas dar vuelta con rumbo a Santa Teresa. En la entrada a ésta lo detuvo otro par para preguntarle qué estaba haciendo en la loma. 'Tengo una finca ahí', se limitó a cooperar. Y agregó: 'Vuelvo posiblemente esta noche'. Pero Ethel no contestó el teléfono después de las siete. Insistió hasta pasadas las ocho y entonces salió a la calle. En el bar de la otra vez con el que fue difícil dar, por cierto no estaba ninguna de las tres. Abordó a una muchacha que jugaba solitaria en la mesa de billar y ésta lo rechazó con vehemencia. Frustrado, por fin tocado en su orgullo propio, salió a la calle y se puso a fumar. Las palabras del jefe vinieron a su mente: 'Pues no andes en ciertos lugares donde puedan verte los alumnos o los padres de familia. Ya sabes que se te respeta, pero todo con discreción. Esta es una institución católica, ¿entiendes?'. Una furia repentina le creció por dentro como una bola de fuego, una ira tan novedosa como las erecciones de los últimos días. Salió la chica desdeñosa del bar, sin advertir su presencia, y decidió seguirla desde el carro hasta que, en un crucero desierto esos domingos de Santa Teresa hechos de polvo y mierda y chamizos bajó rápidamente del auto, le tapó la boca con una mano firme y la subió al carro donde terminó por noquearla para que no fuese a gritar.
Apagó el teléfono y condujo haciendo enormes esfuerzos por tranquilizarse. La situación había dado un vuelco peligroso, era verdad. Pero todavía era salvable. Podía dejarla en otra calle desierta. Podía terminar aquella aventura de la que sólo escucharía por el periódico al día siguiente y luego ya nada. Nadie lo reconocería si, como de costumbre, pasaba la vida metido en su oficina. En la carretera a Hornos tuvo que volverla a golpear porque empezaba a despertar. Tenía el puño derecho lleno de sangre. Por la terracería, como quien se interna en la boca de un lobo, le puso una mano en las piernas y volvió a sentirse como el fin de semana pasado. Estaba cambiando. ¿Por qué ahora? ¿Por qué de esta manera? En la finca bajó a la muchacha y ésta no tardó en despertar. Pasada una primera histeria que sólo consiguió calmar con amenazas, por fin consiguió que cooperara. Sara era agresiva, amenazante. Inmediatamente lo reconoció: 'Tú estuviste en el bar hace una semana, cabrón. Te fuiste con Ethel y el par de drogadictas de sus amigas. Te va a cargar la chingada'. Puso música para tranquilizarse. Con el soundtrack de Eyes Wide Shut como fondo y su renovada seguridad inexplicable, le informó que no iba a decirle a nadie quién era porque ella no iba a salir de ahí. Que lo mejor que podría hacer era relajarse porque pronto organizaría fiestas ahí y más le valía acostumbrarse a su nueva vida. Que las chicas del bar volverían. 'Tú estás loco, cabrón', le dijo aventándole el vaso de whisky vacío luego de tomarlo de un sólo golpe. Pero las chicas volvieron.
Él procuró visitar a Sara a diario, pero algunas veces se lo impedían sus ocupaciones; ésta se quedaba forzosamente encerrada en la habitación principal, sin más acceso que al agua y la comida suficientes para esperar su regreso. A decir verdad, pese a sus reacciones hostiles, no parecía desesperada. 'No seas pendejo. ¿De verdad piensas tenerme aquí para siempre? Ya han de estarme buscando en todos los periódicos'. 'Mañana hay fiesta', se limitó a contestarle, pero tenía razón: el miércoles en que por fin apareció Ethel también vio la foto de Sara en un periódico, aunque ahí reportaban que era la universidad el último sitio donde había sido vista. '¿Te has escapado de tu casa, verdad?', le dijo él. 'Eso a ti no te importa', le contestó Sara. El miércoles Ethel le llamó para decirle que disponía de poco tiempo para explicarle su cancelación de última hora. Se vieron y le mostró el rancho por fuera, sin pasarla a la finca por el poco tiempo con el que contaban. Lo hicieron en el auto. Al regreso los detuvo de nuevo la camioneta de la otra vez: '¿De regreso ya, jefe?', 'Llevo a la muchacha a su casa', 'Pues paga pa la sed'. Ethel parecía estar familiarizada con ese tipo de situaciones: lució tranquila en todo momento, despreocupada, fumando con impaciencia sólo porque se hacía tarde y todavía dijo en la carretera: 'Menos mal que no eran policías'. Quedaron de verse el sábado. Con las chicas.
El sábado las esperó afuera del bar y fueron llegando una por una, puntuales. En el carro bromearon sin parar. Le sugirieron llevar a alguno de sus jóvenes amigos para hacer una orgía en toda forma, pero él se resistió. Ethel, sin embargo, estirándose hacia él desde el asiento del copiloto, le susurró al oído: 'Dany dice que puede venir, que te conoce y sabe que siempre has querido con él. Que está dispuesto siempre que estemos nosotras'. Una sonrisa le atravesó el rostro y, sin decir nada, asintió. 'En el siguiente semáforo, das vuelta a la izquierda', dijo Ethel. Mónica y Alba se descojonaban de risa atrás, cantando con fuerte acento la letra de The hellcat spangled, mientras el carro se detenía en una esquina en la que Dany subió para instalarse con ellas. Sus ojos se encontraron con los de él en el espejo retrovisor. 'Buenas noches, profesor'. 'Buenas noches'. Risas.
Atraviesa el auto la terracería que conduce a la finca a buena velocidad. ¿Son luces las que ve a la izquierda del camino, como a lo lejos? ¿luces en mitad del monte? En la finca todo es silencio hasta que llegan e invaden la terraza y las sillas de mimbre, depositan los botes de cerveza en el suelo, la botella de whisky sobre la barra del bar. Ponen música. Preparan porros. Dany saca unas pastillas de un pequeño bolsillo dentro del bolsillo y sonríe ancho, con su boca perlada. Transcurrida una hora y media él va a ver cómo está Sara en la habitación principal y ésta se halla viendo la tele. 'Así que las trajiste, cabrón. De esta no sales vivo'. 'No seas dramática, ¿quieres venir o vas a seguir fingiendo que te he secuestrado cuando lo que querías era irte de tu casa?'. 'Vete a la chingada cabrón. Sí quiero ir. Y está bien, pero no cuentes con mi lealtad, pendejo. Cuando menos lo pienses ya me habré ido a la chingada de aquí y voy a quitarte todo tu dinero'. 'Vale, Sara, como quieras'. No se había acostado con ella todavía, apenas unos escarceos que le sabían a violación. Mejor convencer. 'Les presento a una amiga', dijo al llegar con ella a la terraza.
Empezó Dany. Sólo el pintor que vivía abajo de su piso en Flandes había hecho algo parecido cuando quiso follarse a esa adolescente francesa, rejega y drogadicta con la que se reunían: le había plantado un beso profundo e ininterrumpido a él delante de ella, y ese sólo acto sirvió como invitación para que ella se incorporara y, ya instalada entre sus bocas, fuese apartada con un gesto para irse a la habitación del pintor. 'Aquéllos maravillosos tiempos', pensó mientras se besaba con él y Ethel se incorporaba como antes lo hiciera la adolescente francesa. Alba y Mónica, como siempre, entrelazadas. Sara con los ojos hinchados de cannabis, reía sin parar de todos nosotros, los pies recogidos sobre su asiento de mimbre. '¡Hijos de puta, cabrones!', gritaba ahogándose en sus propias carcajadas. Ahí sobre la terraza se tiraron todos, primero sobre las losas de barro laqueado, luego rodando lentamente hasta el escaso césped. Primero Mónica y Alba, pero luego también Sara, convertidos todos en un amasijo de brazos y piernas, bebieron sus secreciones como quien continúa una borrachera de muchos licores. No se extrañó de que esto volviera a ocurrir, que estuviera ocurriendo, que fuese este su miembro el que penetraba a Ethel o a Dany, a Alba o a Mónica, el que acariciara a Sara mientras Dany se hacía cargo de ella. Su asombro transformado en un éxtasis iluminado y conspicuo, su vida amputada de años de estiércol redimida en un sólo acto de libertad irrefrenable.
'Voy a llevarlas a sus casas. Te quedas con Dany. No vayas a hacer ninguna idiotez'. ¿Son esas de nuevo las luces que vieron hace rato, ahora a la derecha de la terracería? ¿Qué estaría pasando? Al dar vuelta en la carretera de Hornos oye una balacera lejana. 'Son narcos, chingado, ¿por qué te preocupa?', le espeta Ethel con las tetas mullidas y la entrepierna turgente donde aún se le humedecen los dedos. 'Ya pronto va a amanecer', piensa. Ha pasado poco más de una hora cuando ya está de nuevo en la desviación de Hornos. Ellas dormidas en sus casas, con las manos en el sexo. La finca, según va descubriendo, en penumbra. No hay rastro de Sara ni de Dany. '¿Cómo se habrán ido de aquí estos cabrones?', se pregunta. El espejo del salón está roto y tiene cabellos de Sara incrustados. Una botella vacía de whisky está rota en el suelo. Espera a que amanezca para mejor estudiar el escenario, pero está tan borracho y cansado que se queda dormido. Cuando despierta, ya es cerca del mediodía. Dentro de la casa no hay nada que no hubiera visto anoche, pero en la entrada hay marcas de llantas de vehículos. El pozo está abierto y al asomarse cree entrever un cuerpo al fondo, pero no quiere alarmarse innecesariamente. Decide que no está claro, arregla un poco el lugar, toma el auto y se va a su casa. Poco antes del entronque con la carretera está la camioneta de la otra vez y vuelven a pedirle dinero. No puede resistir preguntarles por Sara y Dany, pero los hombres dicen no saber nada y él no insiste más.
La semana ha pasado naturalmente con inquietud, pero sus cuarenta largos años le dan la solidez necesaria para hacer su trabajo sin considerandos. El jefe le echa en cara sus largas ojeras y en las clases cree ver o escuchar contenidas risas. No se molesta en ir a la finca. Ethel no responde sus llamadas, pero sabe que algo grave ha ocurrido y no logra precisar de qué se trata. El jueves por fin escucha por accidente una conversación entre maestros, mientras se sirve un café, donde hablan del 'macabro hallazgo' del cuerpo de un estudiante, allá por la salida a Hornos. Pregunta por detalles, pero no conocen el nombre del muchacho. Es Ethel la que el viernes, muy temprano por la mañana, le llama para confirmarle: 'Hallaron a Dany muerto, no mames. ¿Qué hiciste cabrón?'. '¿Yo qué tengo qué ver en todo eso?', le contesta. Ella habla a susurros, se escucha el eco de quien se ha encerrado en un baño o en un cuarto de lavado. Parece que se enciende y apaga una lavadora. 'Tengo qué verte'. 'Luego te llamo'. Acude al bar el viernes por la tarde y alguien le dice que Mónica y Alba lo han estado buscando. '¿A mí?'. 'Sí, al profesor. Usted es el profesor, ¿no?'. Va a su casa ya medio tomado, el recuerdo de las colinas de Swindon y los teriles de Flandes en medio de la canícula ya instalada de Santa Teresa, pero al dar la vuelta en su cuadra encuentra patrullas detenidas frente a su casa y decide pasar de largo. Un dolor como de golpe en la boca del estómago, lo ahoga.
Va a la finca y en el camino de ida, con la noche ya instalada, lo detiene una patrulla. '¿Qué hace?' 'Soy maestro de la universidad'. Lo dejan ir no sin antes advertirle que ese rumbo es peligroso. 'Anda una gavilla de narcos por aquí, no se vaya a meter en problemas profe'. En la terracería, muy cerca ya de la finca, se encuentra de repente con los faros encendidos de una camioneta. Son los hombres de la otra vez, que le advierten de las consecuencias de hacer demasiado escándalo por lo ocurrido. '¿Lo ocurrido? ¿de qué?'. 'No te hagas pendejo, ya sabes'. '¿De qué? ¿Ustedes tienen algo qué ver con lo del morro y la morra desaparecidos?', '¡Cállate pendejo!'. Lo dejan llegar a la finca y todo parece normal, pero apenas entra en ella descubre que la habitación está revuelta. Sara yace en medio de la cama, salvajemente golpeada. No respira. Una mano está amarrada de la cabecera, otra tiene marcas de haberlo estado. Se lleva las manos a la cabeza y no entiende ya exactamente de qué es responsable y de qué no. Superado un primer momento de desesperación, hace acopio de fuerzas. Bebe salvajemente y se duerme en la terraza hasta bien entrada la madrugada. ¿Son luces aquellas del fondo? Escucha o sueña que hay balaceras en los alrededores.
Despierta. Es tarde y suda copiosamente. El sol hace arder la tierra y pone música mientras cierra la puerta de la recámara donde está el cadáver de Sara. Sigue bebiendo y piensa en las colinas de Swindon, con sus prácticas de tiro y la reparación de aeronaves, con el cadete francés del que estuvo enamorado; piensa en las aventuras de Flandes, esa tierra donde siempre está lloviendo y donde se enamoró de hombres allende el océano. 'Ahora mujeres', sonríe. 'Una muerta; otras tres probablemente dando datos a la policía de Santa Teresa, cuya sola incompetencia puede explicar que aún no haya llegado. Dany muerto'. Ve a lo lejos una polvareda sobre la terracería mientras escucha Nuages gris de Liszt. Cree que es el fin, pero la polvareda nunca se materializa en ningún vehículo. Se mira las manos, embriagado, y las descubre con horror manchadas de tierra y sangre. Otro whisky. Otra canción. Hubbard Hills, de nuevo. La tarde en la terraza. Repasar lo ocurrido...
'Soy el cadáver en el pozo' se dice, mientras se hunde lenta, profundamente. Como un saco de deseos.

miércoles, junio 01, 2016

3:47

...Colores y números. Si puedo encontrar la forma correcta de alinearlos en este tablero (¿o era un cubo? puede que sea un cubo) habré terminado y será el momento de descansar, o quizá sea apenas el momento de iniciar la tarea siguiente... Tariq me mira me miró esta mañana a través de sus gruesos lentes y suelta un discurso burbujeante del que apenas puedo deducir palabra. ¿Más números? ¿Pares, impares, primos? "This town is certainly boring, my friend, but I don't let it put me down. I am having a party this weekend. Hope you can join us. I prepare great cocktails, my friend. Vodka, absinth, I have tequila too. Hope you can join us, hope you can come"... ¿Ya es sábado? ¿O es apenas mitad de la semana? Dieciséis no es impar ni primo, pero es un número interesante que quizá deba ir en la casilla morada o azul, claramente no le toca ningún color claro, demasiado compuesto para el caso. ¿Y esta matriz de dónde salió? Positiva, sí, la ponemos en la casilla amarilla, vale, aunque pensé que sólo estábamos manejando números, ¿o será la solución a algo? ¿Existen las matrices cúbicas? "Don't let yourself be dragged to the bottom by these bastards, Tariq, keep your thrust despite reality. Fais comme si, fais comme si, you know the French saying, how on earth are you supposed to survive in this gray land? Don't let yourself... I know. I was the same. I am still the same..."
Todo está húmedo, los jardines empapados, las rosas adornando caminos que no recorre nadie. Por aquí paseo a los sesenta, con las manos cruzadas a mis espaldas, socrático, con una larga túnica blanca y la barba descuidada, el cabello revuelto, deteniéndome de vez en cuando frente a los pinos y levantando la cabeza hasta su lejana punta que se confunde con el cielo, hasta que una gruesa gota de lluvia fría cae en mi frente y me devuelve al camino, los ojos examinando el musgo de las orillas, mis labios murmurando lecciones para interlocutores invisibles. 'Fais comme si', me digo, 'fais comme si, para que esta madrugada de luz metálica por fin se despeje y venga la luz que iluminó tantos otros días. Puede ser que el amor sea el valor supremo, pero no hay amor improductivo; por eso he debido venir, dejarte, dejaros, juntar cifras y figuras y horizontes a costa de mi alma. Ahora me he perdido y recorro estas humedades buscando el camino de regreso, llevándome los dedos a la dolorosa sien para mejor recordar la salida de este laberinto de parterres donde hace muchos años que no brinca ningún joven ni comparte la comida una pareja. No he querido abandonaros. No he querido. Perdónenme.'
...No factible, dice. Vamos a tener que volver a acomodar los colores, ¿eh? Sin duda he debido programar una línea mal, una instrucción incorrecta con apariencia inocua, ¿cómo si no se explica que de nuevo haya aparecido el dieciséis que no es ni primo ni impar? ¿lo sabes tú, Tariq? ¿verde? Eso no tiene sentido. El verde gira, el rojo permanece. "Green as the absinth, my friend. Drink and perhaps you will find your hidden soul, the thought that has eluded you for so many years. The great conclusions. The definite version after which you shall not discuss with anybody, but to convince them. Yes, I am still alone. We are not talking about me. Please, don't look at me"... Sábado. Es lo más seguro, ¿cómo si no puedo estar soñando esto? "Bienvenue, Miguele, jak se máš? Viens ici, que je te montre mon coeur"... ¡Cómo habla la gente en esta fiesta sin fin!, ¡cómo habla la gente sin parar! Por favor, por favor, que ya no escuche el sordo ruido de mi voz. "What party are you talking about, man? There's nobody here. Nobody".
Ha dejado de llover. Me detengo y con una mano al aire lo confirmo. Una mano de carne gorda de sesenta años, una mano papal, decidida y socrática. 'No llueve', me digo, 'es extraño'. Aún con el cielo encapotado pienso en lo que puede significar que las gotas resbalen cada vez con mayor lentitud de los tejados y ramas, que los charcos sobre los caminos de piedra se vuelvan espejos menguantes, que un silencio repentino enmarque el suspenso del agua que para. 'Fais comme si', me digo, 'quizá estén ya por volver los que me dejaron aquí, aquéllos por los que vine tan lejos; quizá este es un buen signo y están al caer, en cualquier momento, rompiendo el silencio vendrán por entre aquéllos árboles, bien vestidos y jóvenes, olorosos a perfume y cuerpo tibio, me estrecharán entre sus brazos en medio de risas y me invitarán a sus vidas luego de meterme a la ducha y rasurarme las barbas y peinar mis cabellos, me sentarán a su larga mesa y comeremos todos en ese claro del bosque por donde he perdido el camino de piedra, ¿quién lo necesita si ya vienen?, ¿para qué preocuparse si ya puedo oírles llegar?'.
El cielo se despeja de pronto y aparece un sol inmenso y meridiano. Quedo ciego de luz y aire tibio. Un zumbido. El cuerpo sudoroso, la cabeza pesada. Todavía la voz de Tariq resonando en mi cabeza mientras me quito los tapones de oído: "It's a boring town, my friend. Hope you can join us this Saturday". Estiro la mano y miro el celular, obseso, desorientado. La última vez que estuvieron conectados... 3:47 de la mañana. Qué coincidencia. Ambos. La madrugada sigue su curso. Mis ojos como platos...
'Fais comme si'

viernes, mayo 27, 2016

El alba de Villaviciosa

Hacía mucho tiempo que no me inundaba una paz semejante a la que me asaltó aquella mañana de sábado, previa a la partida, en que haciendo acopio de fuerzas y alimentándome de la adrenalina que me producía la posibilidad de encontrarme a la policía en el camino, encendí el auto y conduje a través de las calles de Villaviciosa buscando la ancha avenida que lleva a Santa Teresa. Aunque los días ya eran calurosos como todo mayo en el valle, la madrugada fue ocupada paulatinamente por un aire helado que al amanecer, ebrios y desvelados, nos dejó los miembros agradablemente ateridos. Me hubiera querido morir ahí mismo, engañado, con el alba rasgando lo que hasta hace unos minutos era un cielo obscuro, amparado por el tenso silencio que a esta hora, en un instante sólo roto por nuestras cada vez más escasas voces, precede al reanudar del mundo. Que me rodearan las ilusiones más recientes a las que no ha dado tiempo de contaminar. Que me quedaran lejos, a buen resguardo, los seres amados que tradujeron su lealtad en un nudo de desdichas.
Detener el tiempo junto con el auto, ahí en esa calle donde hubo que mirar hacia ambos lados antes de entrar a la ancha avenida, con la luz cerúlea de esa hora indeterminada creciendo a nuestras espaldas y la noche alejándose frente a nosotros, vacilante, suspendida. Y luego de la calle, con el motor encendido y los faros apagados, detener la mirada en sus jóvenes cuerpos como quien se mira en un espejo fantástico, carne rendida rezumando olor a whisky, tabaco y sexo: C doblado sobre sí mismo y con la ventanilla abierta, el cinturón que hubo que cruzarle al pecho por si acaso; K detrás entre dos cuerpos que roncan con la boca abierta, como un niño que ha debido crecer a la fuerza. Se me llenan los ojos de lágrimas tiernas. Sonrío al asomarme repentinamente al vértigo del futuro contenido en las dimensiones del carro, con la boca del estómago poseída de un ligero temblor y las ganas inmensas de fundirme en ellos, súcubo impaciente y multiplicado que después de cada acto quiere vivir la vida del otro hasta habitar la humanidad entera. Y no morir ya nunca, como los que ya vivieron.
El viento helado comenzó a circular dentro del auto conforme conducía a través de la ancha avenida y otros amanceres se me aparecieron delante, superpuestos al alba de Villaviciosa, ya en un Caprice que se mueve por la salida a Álamos, ya en una RAM que baja desde la universidad por Avenida Patria, ya en un lento regresar a pie a la residencia Mousseron o a las colinas de Barrandov, siempre el mismo cuerpo hormigueando de emoción y el corazón aterido frotándose las manos frente al fuego, esa llama que sólo puede venir de los demás a reavivar la nuestra y que, de vez en vez, debe ser invocada para no morir. Por encima del motor, como un murmullo de fondo, cantan los gallos y alguna vaca muge la pesadez de los siglos, mientras el tren se escucha lejano partir rumbo al norte y el largo yermo entre Santa Teresa y Villaviciosa arbustos chaparros y sahuaros vencidos se ve salpicado de las sombras de mis muertos que, con los pies hundidos en las arenas a orillas del camino, estiran sus manos de dedos larguísimos, para alcanzarme.
No tengo, sin embargo, miedo alguno. Sé que terminarán por cerrarse nuestros ojos y luego no habrá más alba que la del instante infinito de la transición, las pupilas abiertas a tope ávidas de tragarse el último fulgor del mundo antes de irse. Pues aún así: helos aquí, a mi lado, a mis espaldas, como un conjuro capaz de desafiar al azar con nuestra coincidencia inexplicable y al tiempo con la juventud arrancada a fuerza de sueños a la entropía de las vísceras. Alelado, en paz, entro en una solitaria Santa Teresa como el ladrón que lleva un tesoro y empiezo a zigzaguear por su cuadrícula sin encontrar por el camino más signo de vida que los pájaros y algunos botes de cerveza en el pavimento. Llegamos al primer domicilio y me veo obligado a despertar: yo, que vengo conduciendo; C, que olvida su celular en el asiento y han de devolvérselo enseguida. El aire aquí es más cálido mientras me despido. Un abrazo. Otro abrazo. Otro domicilio y K que continúa un poco más lejos, fascinado como yo con lo trivial; suspendida, de momento, la soberbia.
'¿Y qué mañana?' Me tiendo sobre la cama y el ser amado me cubre y acaricia, mientras la duermevela repasa y fija cada detalle. '¿Y qué mañana?' No asistimos al alba todos los días aunque la sepamos ahí afuera. '¿Y qué mañana?' Partimos siempre, siempre, con la esperanza de volver. 
O detener el tiempo.

domingo, mayo 15, 2016

Día del Maestro

A mí me lo hizo en su tiempo, en dos episodios distintos: en el primero por fortuna se atravesó R para distraerlo y me dejó en paz; en el segundo me quedaba poco tiempo bajo su tutela y tuvo que arreglárselas cuando abandoné la ciudad, acosándome por correo en sesudas cartas que en no pocas ocasiones y pese a haber abierto unas cuantas que parecían bien escritas simplemente tiré sin leer. Así, curado de obsesiones, no era un profesor tan insoportable: seguía haciéndome las mismas bromas del pederasta que se ve obligado a domar sus instintos o sublimarlos, a disfrazarlos de amistad con alguna nalgada ocasional o un apretón de hombros que se prolonga. Yo aprovechaba su industria y dedicación, la palabra sin doblez de quien se sentía obligado a ser mejor para hacerse disculpar lo que, según él, era perfectamente natural. 
[...]
Nunca me miró como a esos otros de quien estuvo enamorado. U obsesionado, yo qué sé. Es obvio que el criterio era físico porque a pesar de lo mucho que convivimos y de la admiración sin cortapisas que le prodigué, jamás se le habría ocurrido cortejarme ni hacerme esas bromas que le permitían pasar a lo físico con una sutileza apenas tragable para los que las padecieron: saltar jovialmente sobre el otro para derribarlo y jugar luchitas en el suelo, tocar con ambas manos sus pechos mientras hacía un comentario mordaz que causara risa general, explicar de bulto cómo le gustaban a él las cosas usando a los otros como maniquís. No, nunca estuvo obsesionado con nadie que no le gustara aunque fuera mínimamente. Incluso R, que no era particularmente guapo y con quien llegó bastante lejos, tenía esos ojos de cachorro abandonado y, sobre todo, la predisposición psicológica adecuada para una folie à deux. Quizá yo hubiera deseado gustarle, aunque sólo fuera para verlo babear y hacer el ridículo.
[...]
Yo nunca fui tan estúpido como R o C. Jamás habría dado cuerda a una conversación que se centrara en mi físico. ¿Qué clase de mamarracho se pone a hablar de cuán guapo es o de lo bien que está su cuerpo? Ahora que veía al profesor en medio de aquella reunión, conduciendo con acotaciones mínimas las confesiones de C que, sea por juventud, narcisismo o candidez, no le ahorraba jugosos detalles con los que supongo más tarde se masturbaría, sentía una mezcla de vergüenza y admiración, pues si por un lado yo había usado los mismos recursos en no pocas ocasiones con tipas bobas a las que sólo deseaba llevar a la cama, por el otro censuraba que este hombre, viejo y con responsabilidades, usara los mismos trucos. Verlo en acción era repugnante. Ver a C dejarse envolver entre cervezas y sonrisas calculadas, vergonzoso. No me cabe duda de que le gusté, ya lo digo, pues me acosó en dos episodios distintos, pero como he sido el más brillante de sus estudiantes no le ha quedado más remedio que hablar de mi inteligencia en vez de mi boca o mi culo. Menos mal que no todo fue hablar de los pectorales de C o de los ojos de R. Menos mal que también hubo lugar, aquí y allá, para hablar de lo rápido que soy para programar o de la facilidad con que interpreto los algortimos.    
[...]
No soy homosexual, pero sé actuar según mis conveniencias. Y si las circunstancias me pusieron alguna vez en la mira de este hombre, no era cosa de apartarlo con asco ni de acostarse con él. Es mejor montar en el burro y colgar la zanahoria en una caña delante de él para que avance. Ya lo ven: un montón de reuniones más o menos entrañables, hechas de alcohol, cigarros y conversación, abrazos aquí y allá, un estirar su paciencia hecha un amasijo de moral y frustraciones sexuales, y ya está: el tipo se veía obligado a hacer por uno esfuerzos tan onerosos que ningún adulto cabal habría aceptado jamás. Lo comprendía, por supuesto, pero no podía ofrecerle más amistad que mi trato afectado porque yo mismo llevo años cargando mis propios issues. Allá se encargue su pareja. Allá lo arregle él por su cuenta que, por fortuna, sobran jovencitos con malos padres. No hace falta que sean estudiantes.
[...]
No somos un grupo normal, estoy de acuerdo. Cuando debiéramos estar en la discoteca más vulgar de la ciudad o en el único table dance de las afueras, henos aquí asistiendo a la patética conquista de C por parte del profesor. 'Otro más', me he dicho, 'que se cree único'. Otro más que se deja halagar. Que imperceptiblemente se somete a sus sevicias. Menos mal que todo es retórico. O casi. Soy el último que queda siempre tras las reuniones y recojo sus conclusiones mientras él fuma. Le acerco el cenicero. Le preparo un último whisky. Le escucho atentamente perorar sobre la importancia capital del sexo y sobre cómo habrá de manejar la última crisis obsesivo-compulsiva. Sobre el futuro. Sobre el pasado que no volverá. Mi vida pasa de lado y yo la observo. No soy tan guapo. Quizá tampoco demasiado inteligente. Ni homosexual.
[...]
Es mi deber. Los griegos, fundadores de la civilización occidental y herederos de la antigüedad del Medio Oriente, lo entendían: había que ocuparse de la juventud y enseñarles no sólo física y matemáticas lo verdadero sino también lo bello y lo bueno, enseñarles a amar para que luego pudieran amar a su vez. Y ello debía tener lugar en lo físico y lo espiritual, en lo elevado de las artes y lo bajuno del vino o la vulva. Tu vasta curiosidad y la fortuna de tus circunstancias han permitido que llegues hasta aquí, pero por respeto a mi herencia no debo dejarme arredrar por ideas retrógradas y debo explotar la electricidad que flota entre nosotros, abrirte al abanico de tus posibilidades, mostrarte la variedad de la experiencia humana de muchos siglos. Estos son tiempos obscuros, C, no cabe duda: la turbulencia que separó las aguas de la Iglesia y el Estado, la que decapitó reyes y llevó obreros al poder, está cediendo sin remedio; las aguas vuelven a juntarse, pesadas y mansas, sobre una masa ignorante e inerme que vuelve a la superstición y al fanatismo con renovada devoción. Pero para frenar el avance de los bárbaros no hay más remedio que reafirmar una y otra vez, en lo público y en lo privado, en los actos y en las palabras, las libertades conquistadas por el otium: la libertad política y de pensamiento, la de tránsito y la de expresión, pero también la sexual, por supuesto, el irrenunciable derecho al placer de nuestros cuerpos. El acto sexual es la expresión más acabada del anarquismo revolucionario. Y es a nosotros, los mentores de la Antigüedad, los maestros del Renacimiento, los librepensadores de fines del segundo milenio, a quienes mayormente toca la responsabilidad de renovar la tradición y mantener viva la flama. Por la libertad, C, por el bien más preciado de la civilización, debemos yacer.
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