jueves, marzo 16, 2017

Papilla para bebés

Solía la gente adulta de otros tiempos comprender que la capacidad para escandalizarse era propia de los muy jóvenes o muy ñoños; que la gente peor educada era justamente la más supersticiosa, la más cargada de prejuicios, la más visceral; que a esa gente burra no le asistían las luces necesarias para distinguir una vulgaridad llana de un comentario sesudo, por lo que serían capaces de volver a poner en el estante al Quijote mismo si descubren que Cervantes utiliza la palabra puta o sacar el DVD del reproductor porque esté teniendo lugar un incesto de ficción. Hoy no es así. La corrección política ha convertido al lenguaje en papilla y al mundo en un sitio poblado sólo por bebés de piel muy delicada, niños a los que hay que cuidar eternamente para que la adultez nunca llegue a ellos por ningún medio. Las personas educadas ya no proceden sólo a ignorar juiciosamente la ñoñería circundante, sino que le prestan oídos y, todavía más, le proporcionan altavoces para que su griterío llegue más lejos. Las redes sociales encabezan la lista de medios capaces de multiplicar la imbecilidad.
Dejemos aparte las teocracias islámicas en donde mantener el carácter primitivo de las opiniones públicas es cuestión de vida o muerte; dejemos asimismo de lado las dictaduras de distinto cuño cuya capacidad para tolerar opiniones divergentes siempre fue baja; ¿por qué la secularización de occidente se ha detenido ya no frente a la religión —ya sólo nominal, ya sólo indicativa— sino frente a la inmensa capacidad humana para la hipocresía y el autoengaño? ¿de qué sirve dejar de ser católico si se opina lo mismo que cualquier cristiano en materia de moral y buenas costumbres? ¿no es precisamente la praxis moral el reflejo de una mentalidad que la eliminación de las formas más externas del culto dejan intacta? ¿no es la corrección política la misma beata medicina con un sabor diferente, un sabor a modernidad impostada, a vanguardia retrógrada? Si el que se dice ateo y el que se dice creyente tienen el mismo comportamiento frente a la homosexualidad, el aborto o la literatura, ¿qué relevancia puede tener la etiqueta?
Los novelistas franceses del diecinueve solían armar historias complejas de las que salía uno convencido de que las cosas casi nunca son lo que parecen. Sus personajes más ingenuos dan por inmutable lo escurridizo y pagan con desengaños su candidez; los más astutos, en cambio, no dudan en tergiversar una y otra vez sus definiciones según convenga a sus intereses, siempre con una carta bajo la manga para escapar, así sea por los pelos, de la rendición de cuentas. El ascenso del capitalismo y la hegemonía estadounidense echaron mano de la sagacidad inescrupulosa de aquellos personajes novelescos para convertir las áreas más distantes de la actividad humana en terreno fértil para los negocios: ya no sólo empresas o fábricas, sino también escuelas y hospitales, academias y beneficencias, sucumbieron al predominio de gerentes que, coludidos con autoridades, proponían certificaciones sin cuento por las que cobraban jugosas comisiones. Son ellos los principales beneficiarios de que cada vez más gente, principalmente los jóvenes, cultiven la habilidad de esconderse en argumentos falaces y contradicciones abiertas; son los hombres de negocios los que están cobrando día con día porque más y más personas deseen permanecer en la infancia y se les proteja de responsabilidades y asperezas. No les importa cargarse al planeta entero con tal de mantener un consumidor solitario, inseguro, de categorías movedizas, al que se le puede vender lo mismo condones que vírgenes de plástico, al que se le ha de mantener hipócrita sin que sienta el menor asomo de culpa o asco.
Los gerentes o sus adalides promoverán el galimatías de los valores, esa forma difícilmente laica de lo que antes promovía la religión. Lo promoverán sin ninguna convicción con tal de seguir cobrando a un público adocenado y cada vez más ignorante, incapaz de distinguir cuando le están administrando una pastilla de mojigatería o un bocado de verdad, un público consumidor al que se mantiene despreocupado de sus contradicciones, aliviado de la tarea de pensar, protegido contra cualquier atisbo de cultura que los eleve, aunque sea ligeramente, por encima del suelo. Da igual si son universitarios o analfabetas porque los gerentes tendrán mucho cuidado de que se vuelvan indistinguibles en lo esencial: autómatas de pulgar en la boca, sus vidas jalonadas por las pasiones más vulgares, primitivas, la satisfacción irresponsable de los deseos más inmediatos que permitan arrebatar a la existencia su misterio y profundidad. Querrán que duerman desde ya luego de entregar sus tarjetas de crédito, que estén muertos en vida y no deseen que los despierte una palabra disidente —chingado— una idea perturbadora —libertad— una realidad agazapada —enfermedad— un destino seguro —muerte.

sábado, marzo 11, 2017

Airholes

La encontraron sin vida, recargada la cabeza sobre el inmenso volante al que había bañado con un vómito espumoso y sanguinolento, el pelo revuelto y unas improvisadas cortinillas hechas con blusas cubriendo los cristales laterales; el bote de pastillas en el asiento del copiloto, tres o cuatro derramadas sobre el asiento y un par sobre el piso alfombrado del Chevrolet Delux cincuenta y dos; en la entrepierna un polvo marrón que luego se supo también había ingerido. Raticida. Era el jueves once de marzo de mil novecientos setenta y uno. Los estudiantes que entraban y salían de la Normal la descubrieron: al principio girándose para ver por segunda vez aquel auto de extrañas cortinillas improvisadas, luego convenciéndose de que no se trataba de una mujer llorando al volante, finalmente dando golpecitos sobre los cristales para que ella abriera e, incrédulos ante lo que veían, llamando a otros hasta que se formó un tumulto. El policía de la glorieta cercana llamó a una ambulancia y, con ayuda de un estudiante, forzó la portezuela. Apenas abrirla, el brazo izquierdo de la mujer bajó desde el volante hasta caer inerte a su lado, como apuntando algo en el suelo, lo que causó que algunos de los presentes recularan. Un murmullo sucedió al silencio estupefacto. Sin atreverse a tocarla ni siquiera para, rodeando su espalda, abrir la portezuela derecha, el policía y el estudiante forzaron esta última desde fuera y apareció en la guantera el nombre de la dueña del auto: la señorita Eduarda Michel, que luego se supo no era la muerta. Antes de que llegaran los paramédicos ya estaba un fotógrafo encandilando a los presentes con el flash, pues empezaba a obscurecer. El policía le afeó la conducta y el otro le mostró un carnet de prensa. Los paramédicos apartaron a ambos luego de abrirse paso entre la multitud. Alguien gritó: "¡Esta mujer está muerta!".
[...]
¿Y qué si hubiera notado algún signo? ¿hubiera procedido entonces a vigilarla? ¿contratar a alguien para que le impidiera hacerse daño? En el entierro, ensimismado detrás de mis gruesas gafas de pasta, atusándome el bigote entrecano de vez en vez y sin ganas de llorar, me venía el recuerdo recurrente de mis diálogos con el detective que, dicho sea en su honor, siempre intentó orientarme acerca de las limitaciones de sus servicios: 'Mire caballero, no vaya Usted a interpretar lo que le voy a decir como un discurso de intenciones didácticas ni como una falta de respeto a sus deseos, menos aún como una cínica falta de profesionalismo de mi parte: Usted me ha contratado y he de cumplir escrupulosamente con mis compromisos: tendrá la información que busca, se lo puedo garantizar. Pero aunque la deontología de mi profesión no lo exija, considero mi deber explicarle lo que quizá ya sepa: que el que busca la confirmación o desmentido de sus sospechas ya ha decidido cuál es la verdad o, por lo menos, la verdad que importa. Usted ha acudido a mí porque sospecha que... ¿Felicia? Sí, que Felicia, su amante, veinte años menor que Usted, mujer independiente hasta donde lo permiten los tiempos que corren, presuntamente incapaz de decidirse a ser su esposa legítima (lo que a Usted, al ser casado, lo obligaría a divorciarse), pero también renuente a abandonar el papel de amante, le engaña. Supongamos que es verdad: entonces la deja sin miramientos, ¿correcto? Supongamos que es mentira: Usted tiene motivos para dudar y, en el fondo, le da igual que la realidad los confirme o no, porque lo que Usted desea ya lo decidió: quiere terminar con ella. Usted parece un hombre razonable, es un comerciante exitoso, sabe bien, por lo tanto, lo que significa decidir con base en realidades. Sabe además que muchas de esas realidades no son explícitas, que debe confiar en su intuición, en su capacidad para entrever las posibles veleidades y faltas de carácter de sus clientes, en suma, que cuando algo no huele bien es por algún motivo, da igual si atribuíble a ellos o a Usted porque lo que importa es su tranquilidad: nadie que sea exitoso construye sobre desconfianzas. Así que independientemente de lo que esta investigación arroje, Usted ya sabe lo que quiere: deshacerse de ella como única forma de borrar las dudas con las que se ve obligado a lidiar. No espera ningún esclarecimiento porque ya habrá hablado de todas las formas posibles con la susodicha y el resultado de dichas conversaciones lo habrá dejado insatisfecho, ¿no? Hay algo en el carácter de... ¿Felicia? Sí, Felicia, algo que no termina de convencerlo ni va a hacerlo ya. Por eso me está contratando: como el último recurso para apoyar en datos positivos una decisión tomada: borrar las sospechas eliminando a la fuente de las mismas. Guardadas las proporciones, mejor hubiera contratado un francotirador.'
[...]
'¿La señorita Eduarda Michel? Me temo que ha ocurrido una desgracia. Voy a necesitar que me acompañe.' Eso fue lo que me dijo el policía que llegó a casa cuando empezaba a anochecer. Yo me encontraba todavía en ropa de calle, así que no tuve que cambiarme para salir, apenas coger el bolso y arreglarme el cabello un poco. Tuve la previsión de echar las gafas oscuras, como presintiendo que me esperaban largas horas de llanto, pero hasta que llegué a la morgue siempre pensé que Felicia había tenido un accidente a la Jane Mansfield (era imprudente para conducir) o que, en vez de ir a estrellarse contra un camión, se habría salido de esa peligrosa avenida que abrieron a un costado del canal de Atemajac, bebida como solía estar de whisky o vodka o tequila, a veces cerveza. Y es que Felicia no tenía carácter para decidir nada, decía que con extraordinaria facilidad, aunque ese sí tuviera la misma falta de convicción que sus no, un ser blando e inconsistente que nunca halló su lugar en la vida. Bien es verdad que trabajaba, que era de las pocas mujeres independientes con apenas veinticinco años, que su fachada hacía suponer a una mujer de mundo que, en el fondo, no existía. Pero estaba hueca, por más que me apene decirlo. Quererla como la quise yo, ser su amante, traía aparejada una buena dosis de frustración, la inquietud permanente de no tocar nunca tierra firme, de ahogarse a veces y salir a la superficie sin que ningún islote, ninguna marca en el horizonte pudiera servir de referencia. En la cama parecía encontrar la concentración que le faltaba en casi todos los órdenes, pero aún su placer se veía ocluido por su insalvable inclinación a la impostura: te amos prodigados sin ton ni son, caricias que pretendían volver denso lo volátil, miradas extraviadas de quien haciendo lo que hace está aún intentando responder por qué. Pobre criatura. Su cuerpo desnudo y recién lavado descansaba en una plancha metálica de la morgue, esperando que yo la reconociera, que llenara los papeles necesarios mientras llegaban sus padres desde Sinaloa, que no tomara en cuenta sus uñas de pintura descarapelada ni las marcas de cortes en la entrepierna. Sus labios estaban obscuros y medio mordidos, ¿quizá de nuestro encuentro de hace dos noches? Habíamos hecho el amor apasionadamente (al menos yo) y, cuando terminamos, noté el brillo de la sangre en su boca. 'Mira lo que te has hecho', le dije. Sonrió, complacida. Comprendí pronto que era inútil preguntarle si deseaba vivir como yo o si, como todas las chicas de su edad, querría casarse y tener hijos y llevar una vida matrimonial más o menos convencional. Nunca supe si le gustaban los hombres, porque hasta eso le parecía difícil de contestar, sus respuestas siempre esquivas, equívocas, retorcidas. Evité las discusiones con ella porque no conducían a nada: no tenía memoria, no tenía ideas, copiaba todo de aquí y de allá formando mezclas frágiles que se descubrían rápidamente inconsistentes, revueltas. No descartaba que muriera por mano propia, pero sólo por estúpida, por distraída: una colilla de cigarro en la cama, un quemador de la estufa de gas que se queda abierto durante la noche, la ingesta de alimentos echados a perder que a veces solía dejar fuera de la nevera por días enteros. No era toxicómana, pero como no sabía decir que no, ya había probado la coca y la mariguana, los hongos y el hachís, repitiendo únicamente cuando algún amigo traía y siempre que se le ofreciera. 'Bueno', solía ser la respuesta con que asentía a todo, cediendo. Pero de ahí a que se suicidara activamente como quedó asentado en el informe policial, me sorprende. ¿Habrá sido este su único acto de autoafirmación en la vida? ¿Decidir sobre su propia muerte? No me convence. Ni siquiera sabía estar deprimida. Durante el entierro vi a un hombre anotar algo en una libreta.
[...] 
Felicia era muy hermosa, pero no estaba bien de sus facultades mentales. Es un error muy frecuente creer que todos los que nos rodean están en sus cabales. Que el asesino, la ninfómana, el sádico, están todos en otro sitio y no por aquí, quizá al lado, quizá cruzando la acera. Que si están cerca no estarán trabajando ni siendo padres de familia ni amantes ni amigos. Que, igual que con los retrasados mentales, nos daremos cuenta de los signos externos de su trastorno, y obraremos en consecuencia: como a los retardados no les tomaremos en cuenta sus faltas y estaremos siempre a resguardo de lo que hagan, sin esperar nada normal o sin asombrarnos de que ocurra lo inesperado. Cuando empecé a vigilarla encontré sus rutinas bastante ordinarias y conformes a lo que mi cliente había mencionado. Hasta que apareció la señorita Eduarda Michel. La señorita Eduarda Michel era una distinguida lesbiana de casi cincuenta años que había ganado un gran prestigio como cantante de rancheras, escritora en los últimos diez años, soltera empedernida que alardeaba de sus conquistas, entre las que se contaban no pocas mujeres casadas. Alguna vez ella lo estuvo también, pero del hombre que se atrevió a meterse en ese berenjenal nadie sabía nada. Felicia y Eduarda se visitaban con frecuencia, hacían el amor (tengo unas fotos magníficas), salían a cenar o a caminar por el Agua Azul sin atreverse a darse la mano, por supuesto. Pero por alguna razón, no informé a mi cliente de lo que ocurría.
Como traductora que era, la oficina en la planta baja de su casa, a Felicia la visitaban mujeres y hombres diversos que, como documenté muy pronto, no llevaban ningún texto a traducir, sino que acababan en la cama de ella y le dejaban cuantiosas sumas por toda clase de sevicias. Empecé a experimentar una mezcla de excitación y celos, un deseo irrefrenable de protegerla y a la vez desenmascararla. Un buen día, seguro de que estaba sola, entré como un cliente más. Cuando nos vestíamos y ella me acompañaba al recibidor diciéndome cuánto habría de cobrar por aquel servicio, saqué de mi portafolios las fotografías e informes que sobre ella había elaborado. Enloqueció. Con suma calma la sujeté, le tapé la boca y la asfixié con uno de los cojines del sofá, apretando firmemente, pero sin violencia. Luego medité con celeridad lo que había que hacer: los barbitúricos de mi mujer, el raticida en su cocina, el Chevrolet Delux... 
Mi cliente respira tranquilo en compañía de su esposa. La señorita Eduarda Michel se ha puesto una borrachera monumental donde ha cantado muchas rancheras y luego se ha acostado con otra. Los padres se llevaron el cuerpo de Felicia a Sinaloa. Por entre las rendijas de mi ventana se cuela el aire fresco de la madrugada.

lunes, febrero 13, 2017

Los muros sublimados

Existe un portal de dos carriles, uno por cada sentido, con una caseta en medio, donde día y noche está instalado un guardia que levanta y baja el par de plumas del acceso. El perímetro está cercado por un muro al que le ha faltado mantenimiento: quien lo recorra encontrará algunos agujeros detrás de una hierba seca y crecida por los que puede pasar un niño o un hombre menudo. Es por ello que algunos vecinos nos hemos organizado para pagar, además de los guardias de la entrada, un velador que apostamos en la cuadra con una macana y un silbato. Ni los guardias ni los veladores me producen confianza, pero si no contáramos con ello me sentiría menos segura. Una termina por acostumbrarse a su presencia como si del paisaje se tratara: las jardineras de la entrada, la cerca electrificada del vecino, los vigilantes. Cuando era niña vivíamos en el centro de la ciudad, en el callejón Haití, cerca de la panadería Correcaminos que todavía existe. Ni los callejones ni las anchas avenidas estaban cerradas. Mi madre dice que quienquiera que hubiera pensado en cortarlas por medio de una barda habría sido tildado de loco. Ella está loca. Ricos y pobres ha habido siempre, dice, pero entonces compartíamos el espacio y podíamos mirarnos a los ojos. Sólo de pensar que alguno de los mugrosos que cuidan el lugar me mira, me siento morir de nervios. A mis hijos les he prohibido hablar con ellos.
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Por supuesto que nos horroriza la propuesta del Presidente Trump. Este no es un país de muros, sino de sana convivencia, como lo prueba la televisión poblada de mexicanos rubios e hirsutos. Nos sentimos libres de viajar a cualquier rincón de nuestro bello país: en carro, en avión, en autobús, cada uno lo hace según sus recursos. Naturalmente que hay sitios peligrosos, pero eso es normal y todas las personas decentes sabemos cuidarnos: nos ahorramos la sierra para evitarnos la desagradable sorpresa de hallar troncos sobre la carretera que nos hagan detenernos, ser secuestrados o dejados a pie en el sitio o, peor aún, con un tiro en la sien; nos ahorramos esas carreteras rectas y polvorientas donde podemos ser vistos desde varios cientos de metros y reportados a las gavillas de bandoleros que asolan los puntos más solitarios del valle; preferimos no entrar en la zona controlada por la guerrilla cuando viajamos al sur, pues aunque no son agresivos —menos cuando viene alguno de nuestros amigos extranjeros con nosotros— nos intimidan sus armas largas con las que nos piden cooperación; hacemos visitas a las ruinas de ese maravilloso cerro afuera de la ciudad más famosa del altiplano o excursiones al volcán y sus lagos aledaños, sólo en fechas señaladas, cuando ni los burócratas más agresivos ni los estudiantes más rijosos ni las policías más feroces tienen tomada la carretera. Pero ¿un muro en la frontera? Ofende nuestra dignidad.
[...]
He notado que en las grandes ciudades —y esta va camino de convertirse en una— las personas protegen sus propiedades y patrimonio con alarmas, alambre de púas, paredes elevadas rematadas con botellas rotas, jaulas con diseños como eufemismos del miedo, perros embravecidos y cámaras de vigilancia. Todo eso está bien porque no se puede vivir en paz entre tanto delincuente, pero conforme un asentamiento humano madura, se especializa. Quiero decir que a todo lo anterior se suma la geografía social y física que va poniendo a la gente en su lugar: las personas decentes se van alejando paulatinamente de la chusma y la parte más degradada de ésta va a su vez desplazándose hacia los márgenes opuestos del espacio público. A veces un río ayuda, desde su fundación, a separar las escalas sociales, como un eje que marca el cero dejando al poniente a los pudientes y al oriente a los que por alguna razón encuentran agradable hacerse llamar humildes. A veces ese río se convierte en una calzada muy transitada y permite que esta separación perdure. Eventualmente se hacen necesarias otras avenidas subsidiarias y, tarde o temprano, los muros, los muros que claramente marcan el fin de una especialización extraordinaria, una evolución natural. Los desean no sólo los más adinerados, sino también esa frágil clase media pauperizada que vive temerosa de perder lo poco conseguido. Proliferan así colonias enteras —cotos, les llaman por alguna razón— en que con materiales cada vez más baratos las constructoras venden cientos de viviendas miserables a personas convencidas de que un mar de miseria cercado es un paraíso exclusivo. Los dueños nunca se atreverían a poner un solo pie en esas obras por las que los felicitan los políticos: todos ellos ya cobraron.
[...]
También las empresas e instituciones tienen a bien encerrarse en parques industriales o zonas con tránsito restringido. Para eso son privadas, supongo. En ese sentido puede que al Presidente Trump le asista el derecho de amurallar lo que ahora es suyo. Me molesta, sin embargo, que ello vaya a interferir con mis periódicos viajes a los grandes mall del otro lado de la frontera: aquí no puede conseguirse ropa tan barata ni de tan buena calidad; los electrodomésticos ni se diga. Compartiendo la molestia con mis amigas, alguna se ha atrevido a decir que el Gringo no hace sino proteger lo suyo como hacemos nosotros con lo nuestro, aquí en la zona residencial con perímetro cercado. Como si nosotros fuéramos delincuentes. Como si nosotros no fuéramos al otro lado a gastar dólares. La misma amiga me hace ver lo que yo —que también tengo un marido a cuyos viajes a Europa he acompañado— ya sé: que allá ninguna calle está cortada; que no existen los cotos aunque haya barrios de mala muerte en la banlieue parisina; que ellos efectivamente pueden viajar a cualquier sitio sin temor a que repentinamente termine la jurisdicción del Estado. Puede ser. Pero prefiero ser reina aquí —con mis vehículos todo terreno, mis sirvientas y vigilantes, mi jardín que gasta el agua que no tenemos y al que resguarda la cerca electrificada— a ser una cualquiera en aquellos países donde se mezcla todo el mundo.
[...]
Qué asco.

miércoles, febrero 08, 2017

Autocensura

Oisive jeunesse
À tout asservie
Par délicatesse
J'ai perdu ma vie.
-Arthur Rimbaud

Detesto la palabra discreción. Es un viejo defecto de crianza: en mis primeras escaramuzas sexuales allá por principios de los años ochenta, solía pedirse discreción en cualquier encuentro. 'Sé discreto', 'que no te vean llegar', 'que no te vean salir', 'no alces la voz', 'habla discretamente'. Cuando terminó la adolescencia hubo que ser discreto en la escuela, el trabajo, la institución, el círculo de amigos, la familia, incluso en la casa cuya renta pagaba íntegramente y con puntualidad: 'aléjate de la ventana, no hay que ser indiscretos', 'no hagas tanto ruido, que van a escuchar los vecinos'. Tuve algunos amigos que me querían tal como era. Pensaban siempre en mi bienestar y me recomendaban discreción. 'Aquí puedes hacer lo que quieras, ya sabes, somos abiertos y la vida de cada quién es muy respetada, nomás que no te vean y polariza los vidrios de tu carro, cabrón, para que puedas hacer tus chingaderas a gusto'. O también: 'Están invitados a comer, tú y el otro, nomás que va a haber niños, así que les pedimos discreción'. O mejor aún: 'Nos gusta que vengan, no son escandalosos ni llamativos, son una pareja estable'.
¿Era discreto Maximiliano? Lo he hecho mujer en el guión. ¿Era discreta Carlota? La he convertido en Karl. Juárez se habría escandalizado de atribuir al barbas de oro la inocencia de un alma romántica que cobraba su sueldo en oro defendido por las bayonetas francesas. Yo también. Esta obra no es de Schiller ni de Thalheimer, sino mía. Les he dicho lo otro a fin de que no me cuestionen demasiado ni hagan de esto un trasunto autobiográfico, nada de un roman à clef.  Karl hereda la personalidad de Maximiliano y hesita, ya no sobre si aceptar o no un matrimonio forzado con Carlota, ya no sobre si aceptar el Reino de Lombardo-Véneto gobernando desde el palacio de Miramar cuya construcción no terminará de pagar nunca, ya no sobre la ambición detrás de acudir allende el océano para ser proclamado Emperador y no pagar sus deudas europeas ni sobre la mejor manera de acallar los rumores pasando unas noches más en la cama de la Emperatriz, no. Como el malogrado káiser von Mexiko, Karl hesita sobre la mejor manera de ignorar lo que debe y seguir ganando, sin centro ni brújula, como un trozo de madera que flota en el mar. Vive en Viena y sueña con Miramar. Vive en Miramar y sueña con Chapultepec. ¿Quién puede asomarse a este abismo sin caer? No ciertamente Maximiliana, que ha pensado en un principio —igual que Carlota, igual que Amadita Díaz— que se hallaba frente al hombre ideal: guapo, inteligente, con ese aire romántico que explica lo que otros consideran una falta de carácter. Ahí donde los demás ven tibieza, Maximiliana ve suavidad; donde se señala cursilería, romanticismo; donde hay inconsistencia, carácter soñador. No pasa mucho tiempo antes de que ella se sienta insatisfecha: Carlota deplora la falta de ambición y la poca alcoba hasta enloquecer en el Vaticano, Amada se enajena hasta el punto de considerar como chisme lo que todo mundo sabe sobre Nacho de la Torre. La discreción, que de la mano izquierda se pasea feliz con lo que no se quiere asumir y con la mano derecha sujeta firmemente a la mentira, empieza gradualmente a extender su velo protector sobre todos los personajes involucrados. La sociedad aprueba que se le tenga consideración. Los distintos actores están de acuerdo en mantener el anonimato del tercero y de pedir, como hiciera Porfirio Díaz con su yerno, discreción. ¿Aquellos eran otros tiempos? La historia romántica de Karl y Maximiliana parece sugerir que no.
Pero eso es ficción. Las parejas estables son discretas y gozan del buen crédito siempre que no se exhiban demasiado; los que permanecemos solteros, en cambio, somos lentamente empujados a los márgenes de la sociedad. Nunca fui mejor considerado que cuando tuve esposa. Cuando me divorcié lo fui un poco menos. Cuando las evidencias de mi actividad sexual u orientación les parecieron excesivas, mis viejas amistades me fueron empujando a la puerta de salida y las nuevas me fueron llevando de la mano a los sitios que me correspondían: la noche en vez del día, un callejón obscuro en vez de la avenida, el bar donde se pasean travestis y drogadictos en vez del antro en donde sólo puedo presentarme con una vieja neumática agarrada de la cintura. Llegado el momento, si las faltas a la discreción se vuelven excesivas, me echarán de mi trabajo. Puedo acabar empujando un carrito con botellas vacías si me da por ser impertinentemente consistente. Mejor escribo los diálogos de estas aburridas obras que hago pasar por dramas de Schiller o Thalheimer y aprovecho la dolorosa inspiración de esos grandes hijos de puta que fueron Max y Nachito, la inocencia irresponsable culpable de tantas muertes desde el principio de los tiempos:
—Dime, Karl, ¿me quieres?
—Con toda el alma, Maximiliana. ¿Por qué lo preguntas?
—Te veo distraído.
—No me pasa nada, ya me conoces: siento y pienso demasiado.
—¿Por qué miras el teléfono?
—Nada en particular.
—Luis Gala no me cae bien.
—¿Qué vamos a cenar?
—Dime, Karl, ¿me quieres?
—Voy a preparar pasta.
(Ella practica un pequeño agujero en el condón mientras él va a la cocina)

martes, enero 31, 2017

Juan's dilemma

En 2003 Alejandro Jodorowsky abrió un sitio en Internet al que denominó Robo para sanar y en el que ofreció consulta a quienquiera que le planteara su caso utilizando esa técnica suya denominada psicomagia. No pasaron ni un par de semanas cuando Alejandro dejó de contestar a todas las solicitudes sin anunciar nada más, pero de aquel período en que yo buscaba respuestas fáciles a problemas minúsculos, recuerdo inequívocamente el caso de una española que decía sufrir demasiado por haberse mudado a Bruselas y no conseguir habituarse a la ciudad. En largas parrafadas trataba de dar cuerpo a su desesperación y en no escasos sitios adulaba a Alejandro en la esperanza de que él, con su penetrante capacidad para analizar casos complejos, resolviera sus dudas. La comida no le gustaba, no había conseguido amigos, su trabajo no le satisfacía, el idioma le parecía complicado. La respuesta del psicomago fue concisa: "Regrese a España".
Años después y con el tiempo detenido, los jóvenes y los viejos sólo se distinguían en que los primeros se aburrían enormemente y exigían ser entretenidos en tanto que los segundos se aburrían enormemente y habían perdido la capacidad de hablar. Los primeros solían llegar al cubículo y, desde una invisible torre de marfil, solicitar ya no mi consejo u orientación, ya no mi opinión o distingo, sino mi aval y aun mi absolución, no desde la humildad del devoto que reconoce a un ser espiritualmente dotado para que su punto de vista sea tomado en cuenta, sino desde la soberbia de quien cree que todos estamos a su servicio y yo el que más por cuanto me apartaba del común denominador de mis colegas y deseaba —quizá como la belgo-española de 2003— largarme de ahí cuanto antes sin acabar de decidirme.
Los colegas, en cambio, viejos por decadencia y no por sabiduría, habían alzado la voz por última vez cinco o seis años antes, cada vez más tímidamente, como quien apenas manifestar una oposición, un razonamiento, una idea cualquiera, comprende desde su mera gestación la absoluta futilidad de aquel esfuerzo y prefiriera entonces ahorrarse el bochorno de poner sobre la mesa un tema que nació muerto y al que no encuentra motivos para defender. Con tiernas patadas de ahogado, hicieron cuanto pudieron por creer que participaban de algo más grande y con sentido, que su espíritu sobreviviría a las sucesivas bajezas a las que la empresa o la institución los sometía día a día, pertinaz en la tarea de convertir en cerdos las almas cuya debilidad ya predisponía a las capas más bajas del reino. Y, en efecto, completado el proceso de domesticación, se dedicaban a imaginarias venganzas por medio de la bebida en exceso y las comilonas vomitivas, a la rapiña de los recursos públicos y privados, a la procreación indiscriminada frente a la cuál había que sostener la peregrina idea de que habría un futuro feliz para todos, aunque el suyo propio ya hubiese colapsado.
Los jóvenes querían ir a España (que nunca habían visitado) o a Noruega o al Japón, creyendo que gastar unos cuantos galones de turbosina a costa del erario público para transportar sus aburridas vidas y su ignorancia hasta otros paisajes, dotaría repentinamente de sentido todo aquello que los perturbaba y los hacía visitar mi cubículo un día sí y otro también. Gastadas las primeras fotos, recobrada la rutina de estudios o trabajo a doscientos veinte voltios o en conectores de punta redondeada, intercambiados rápidamente todos los lugares comunes de una masa internacional indistinguible, ellos considerarían nuevamente que el mundo les había defraudado y exigirían nuevos entretenimientos, seguros de que existe un sitio para ellos donde están las mentes más creativas y los mejores profesores y los empresarios más exitosos y la gente que adorna las portadas de las revistas de negocios, moda o arte. Ya los descubrirían. Ya encontrarían sitio. Ya escribirían al psicomago si volviera a responder. Entretanto, la música suena, bum, bum, bum, día con día, noche a noche, y como pinos van cayendo uno a uno hasta que —descartados los afortunados que por excesos, extravío o accidente, desaparecieron sin envejecer— no queda uno solo en pie: todos terminan almacenados en las cajas que han de procesar las bandas de producción de las empresas e instituciones...
Lo que nos lleva de nuevo a los viejos que quieren volver a España, aunque cada vez lo manifiesten menos o amenacen sólo en fechas señaladas y previo consumo de alcohol, con derribar las estructuras, con liberarse, poner el chiringuito aquel en una playa desconocida cuyo calor y mosquitos no soportarían ni una hora. Dóciles, saludan al jefe. Suaves y melifluos, se abrazan del director, el gerente, se toman la foto en el Departamento de Personal, donde un ejército de psicólogos se dedica a llenar formularios inanes y a solicitar toda clase de datos inocuos. Es la felicidad. No la conoce el psicomago, no desde luego la belga o española aquella que claramente estaba viviendo una transición —tardía— de la juventud a la vejez. Cuando haya llegado, si llega, seguirá enormemente aburrida, pero exhausta. Uno se pregunta si no será mejor que venga Tyler Durden y amenace a esta gente con matarla si no se levanta al día siguiente y hace lo que sea que hubiese querido hacer, si no será sólo así como pueda salir de su sopor y abandonar su estúpido aburrimiento, si no será demasiado tarde y, como corderos, prefieran recibir el balazo que, de una u otra forma, ya han recibido.

miércoles, enero 18, 2017

El reporte

En aquel tiempo, poco antes de que el péndulo del mundo empezara a moverse en dirección contraria, en lo que quizá fue uno de los últimos ejemplos de cómo la libertad del individuo debía predominar sobre los intereses de los poderosos, celebramos en medio de cervezas y con profunda admiración la noticia de que Luis Gala había ganado la demanda a la universidad para exigir que, en apego a su condición de institución pública y laica, las autoridades suspendieran de inmediato todos los mensajes que, cargados de insidiosas buenas intenciones, referencias religiosas y todavía más personales disquisiciones filosóficas, hacían llegar a todos sus empleados un día sí y otro también, por vía de correo electrónico, carteles, mantas, tarjetas postales y mal articulados discursos que denominaban motivacionales y que al susodicho sólo causaban la más profunda depresión y asco.
Su primera inspiración no fue, según explicaba con moderado entusiasmo, combatir el carácter ilegal de esos comunicados con que las autoridades torturaban a sus empleados, bien es verdad que no sólo sin queja alguna por parte de la inmensa mayoría de ellos, sino con su anuencia y aún su aplauso, como suele suceder cuando se opina católicamente entre católicos; su inspiración, decía, fue más bien la espantosa sintaxis y la semántica inane con que estaban confeccionados los referidos mensajes: "Querid@s emplead@s: En el nuevo ciclo disponemos de un nuevo episodio para mejorar de nuevo", "Que haya orgullo y éxito y felicidad, transmitamos los auténticos valores", "Recordamos a tod@s el compromiso que se adquirió para que con la formación moral de nuestros educandos mejore"... No soportaba, decía moviendo de vez en cuando las manos en forma demostrativa, el carácter perverso de estos mensajes que no sólo lo distraían de sus actividades sustantivas, sino que le ilustraban sobradamente sobre las muchísimas entradas del catálogo de idioteces humanas y lo horrorizaban sobre el hecho de que semejantes guiñapos gozaran del crédito público y tuvieran acceso al poder y a presupuestos y a notas de periódicos locales que se hacían eco de sus escandalosas bazofias. En su opinión, taladrar de semejante manera el lenguaje y reproducir aquellas barbaridades no era un acto de burra ingenuidad pueblerina, sino un proceso bien dirigido para dinamitar las bases del pensamiento y garantizar con ello la confusión de masas intelectualmente degradadas. 'Es como la televisión', mencionó, 'que a base de darle y darle con idioteces que pueden parecer inocuas termina por asfixiar la discusión de la cosa pública y alelar a las mayorías; el internet no ha hecho más que multiplicar la idiotez'. 
La discusión legal, desde luego, prescindió de estas motivaciones personales y se centró en demostrar ante jueces (entonces todavía los había competentes), que no bastaba retirar las referencias a dios para que un mensaje se convirtiera automáticamente en algo laico, sino que dicha laicidad se destruía desde el momento mismo en que las comunicaciones oficiales (públicas) aludían a puntos de vista y opiniones filosóficas (privadas), convirtiendo a empresas e instituciones en sucedáneos de la Iglesia o portavoces del Ayatollah. No le duró mucho el gusto, sin embargo, pues pronto las asociaciones de padres de familia, algún estudiante corrupto y unas autoridades educativas con ánimo policíaco, bastaron para ponerlo en la calle con todo y su demanda ganada. Luego le cerraron su pequeño teatro doméstico donde ensayaban obras de Schiller o Thalheimer, un día sí y otro no, luego del anochecer. Entonces, poco antes de partir a Chico, Wyoming, me escribió la siguiente carta en que me compartía las motivaciones biográficas de aquella demanda precariamente ganada:
'Querido K:
Es una pena que hayan cerrado el teatro y que ya no tenga permiso de seguir representando nada: las sociedades primitivas se distinguen por su falta de arte dramático, ¿no te parece? Tú fíjate nada más en las ciudades más periféricas de la civilización: ahí los escenarios son sólo para el folclor o para los comediantes que cuentan chistes malos que consideran picantes; no son capaces de utilizarlos para reflexionar sobre sí mismos porque le tienen pavor a la crítica, seres mediocres atenazados por el temor al ridículo (que ya hacen, de todos modos, por supuesto). Es una tragedia.
¿Te he contado de mi despido? Lo de siempre, ¿sabes? Me ha traído a la memoria muchas otras reuniones similares: la directora de la primaria, los prefectos de la secundaria y el bachillerato llenando los reportes sobre mi persona, los directores de facultad o de departamento de instituciones privadas y públicas, empresas u organizaciones cualesquiera (tan indistinguibles todas) sacando un grueso expediente que dejaban caer pesadamente sobre el escritorio (siempre el mismo); esos cónclaves improvisados y siniestros en donde un grupo de individuos erigidos en jueces echan mano de lo que no tienen empacho en llamar "pruebas" (ese pegajoso lenguaje policíaco) para afearme la conducta, exigirme explicaciones, dibujarme la línea que separa lo correcto de lo incorrecto y que, todo parece indicar, siempre termino por perder de vista.
Les asiste la razón, querido K, porque como bien sabes por la enorme cantidad de palabras por mí vertidas ante tus pacientes oídos mientras bebíamos café o whisky o cerveza, sentados a la mesa de mi comedor o de un lugar que al efecto apenas bastaba para disimular el hecho de que estábamos aquí, esa línea no la conozco.
Me voy. Escribiré pronto. O no. Un abrazo'
Nunca volvió a escribir.

viernes, diciembre 30, 2016

Resistencia

El Señor Gala dio un largo sorbo a su taza de café, pidió silencio, se acomodó mejor en su silla elevada en tanto los demás nos recogíamos más o menos atentos a sus palabras, unos abrazados a sus propias rodillas y otros en parejas inestables o borrosas, y dijo:
"Amigos míos, compañeros, amantes nuevos y viejos, la vida es muy corta como para reprocharle la errática trayectoria que nos condujo hasta aquí, culpa de todos o de nadie, imposible saberlo, lo cierto es que estamos reunidos ahora todos los que sobramos tras las muchas vueltas que dio la vida. No me acompaña mi padre al que llevo muchos años de haberle perdido la pista si es que alguna vez lo conocí realmente, ya lo ven: un día se levanta uno deseando ser el hijo de alguien y al siguiente resulta que ya tiene uno tantas décadas encima que sólo puede ser padre de otros, y perdida queda para siempre la posibilidad de ser hijo de nadie. No me acompaña mi madre porque le aqueja una sociopatía que, pudiendo ampararse en su carácter senil, obedece más bien al conocimiento de la naturaleza humana, ¿cómo podría yo, renegado misántropo, sacarla de su error y traerla a esta o cualquier otra tertulia si éstas ponen brutalmente en evidencia el proceso de enajenación que lleva a la muerte y que no es otra cosa que hallarnos cada vez más rodeados de extraños o advenedizos o transeúntes, subrayado año con año el carácter peregrino de la vida? No están presentes mi hermana con su agradable trato superficial ni mis sobrinas que no cuentan para nada ni mi cuñado en cuya mirada alcancé a percibir, todavía hace algunos años, la convicción frustrante de que el futuro no se parecía a lo que entonces y todavía más ahora recogía. ¿Karl? Karl es un personaje, no se hagan ilusiones. Un personaje tierno y obscuro en mitad de la noche estrellada de Sinaloa, mientras escucho el trasiego de la hierba y los globos elevados como los que en unos momentos más iluminarán algunos puntos de Santa Teresa. Un personaje misterioso cuya nariz no percibe el olor a celulosa de la barranca de Atenquique ni los vapores de la fábrica de aceite a la entrada del Camino Real. Una mano de dedos largos y labios como de pato. Un futuro que recuerdo con precisión. Karl. Entretanto, mis abuelos están muertos. Mi hijo está muerto. Hierba estéril aferrada a la arena del desierto, ni perla ni río de piedras, jamás habría podido siquiera adivinar que esta noche me rodearían ustedes, a quienes el consejo de los años me recomienda no apegarme. Les agradezco la paciencia que han tenido para conmigo durante todo el año y la resignación colectiva a recoger los restos del naufragio que soy yo, dándolos por buenos, sea por desinterés o pudor, tanto da, para luego ejecutar mis instrucciones y aprender los parlamentos e interpretar los personajes, y dejarse llevar por el ritmo hipnotizante de esta obra de Schiller o Thalheimer, tan parecida en su terquedad al estruendo de las olas yodadas de Cuyutlán o del viento de la última curva del camino a Tapalpa. Son malos tiempos, señores, si no lo saben lo intuyen al menos. Este teatro está próximo a cerrar. El tiempo concluyó hace ya muchos años. La obscuridad verdadera no la de esa noche estrellada en mitad de Sinaloa, no la de la sombra de la Peñita de Jaltemba frente a la playa mal iluminada de Guayabitos se extiende como un cáncer e invade aulas y corazones, cerebros y comidas, diálogos y sorderas. Soy empleado de una institución lobotomizada cuyo único objeto es asesinar el espíritu y preparar el cuerpo de sus pupilos para pasar por los engranes trituradores de los hombres de negocios. El morfinómano que la dirige celebra la publicación de excrementos editoriales de maricas travestidos de reyezuelos, el Dr. A prologa al Dr. P., la Dra. E felicita al Dr. Ch. La pirámide cretinizante de hombres que alguna vez soñara Salvador Dalí, donde los pisos inferiores se alimentaban de los excrementos de los superiores, está alcanzando ya la perfección. Como predijera el pintor, la mierda adquiere así la consistencia de la miel, convertidos todos en vías de paso de una maquinaria enloquecida. ¿Qué harán, compañeros, amantes antiguos y nuevos, amigos todos, para protegerse contra esta barbarie? ¿Cómo harán para amar en medio del acelerado apocalipsis en que cabalgamos? Tendrán que resistir. La traición de los inconscientes será siempre inferior a la de cualquiera de ustedes porque ustedes, mucho me temo, ya saben y no podrán engañarse. Ustedes ya saben y tendrán que ser espiritual e intelectualmente superiores para sobreponerse al escepticismo más ácido, producto de los derrumbes existenciales. Sobreponerse a ello es una tarea que no puede cumplir cualquier fe improvisada y acomodaticia. Sobreponerse con realismo a la realidad requiere una capacidad inigualable para soñar despierto. Beware! And, beware! La vida no es sueño, diríamos junto con Lorca. Pero ya os he dado una tabarra tremenda. Feliz año a todos. Os quiero variable y caprichosamente. También puedo olvidaros."
María y yo nos abrazamos enseguida. Nos miramos a los ojos seguros de que llegaría el día en que nada de lo que nos rodeaba estaría junto a nosotros. Ni ella. Ni yo.

lunes, diciembre 26, 2016

La vida de los maricones

Me los he imaginado planeando sus vacaciones sin hacer mucho caso de la Lonely Planet o la Routard, esas guías de turistas en las que no falta una sección dedicada a ellos como si de otro grupo de inválidos se tratara: hoteles gay friendly, códigos de conducta queer según destino, advertencias sobre posibles riesgos. Todo un mundo aparte, paralelo al de la norma, como una hipocresía institucionalizada por la que no sólo pueden sino deben transitar, a fin no ya de que ellos disfruten de su muy discutible modo de vida sino de que los demás podamos tolerarlos sin molestias, reduciendo al mínimo la intersección de nuestros respectivos mundos. Y sin embargo helos aquí, exhibiéndose sin vergüenza en la piscina de un hotel familiar, delante ya no sólo de nosotros sino de los niños, lo que resulta particularmente delicado hasta para la más liberal de las mentalidades. Poco importa a los padres de familia que los especialistas repitan hasta la saciedad que la orientación sexual es innata y no una preferencia, ¿quién puede estar seguro de semejante memez? Con sobrada razón intuimos que la mano del ambiente es larga y si no deseamos ni siquiera la sospechosa amistad de un marica para nuestros hijos jóvenes por muy mayores de edad que sean, menos la deseamos para los niños más pequeños y por tanto más suceptibles de decantarse por aquella opción. No es que tenga nada de malo, por supuesto, pero tanto mejor si puede evitarse; después de todo ¿quién quiere que sus hijos anden en silla de ruedas pudiendo andar? ¡Ni siquiera los inválidos!
Se besaban en la boca, se tomaban de las manos, se pasaban los brazos por el cuello del otro con total desenfado, y aún así estoy seguro de que nos tomaban en cuenta, no digo ya para desafiarnos como pudiera colegirse del hecho de que siguieran a lo suyo, sino por medio de dubitaciones genuinas producto de la educación recibida en casa y continuada en el colegio o la universidad, una educación que si ya no está hecha para la culpa ni para invocar razones religiosas de ningún tipo, se traduce inevitablemente en inhibiciones de carácter psicológico tan efectivas como las de antes; una educación que si no logra impedir acto alguno  —y ese parecía ser el caso de estos dos patéticos enamorados sí penetra en la conciencia tan insidiosamente que les repetirá entre beso y beso: esto no está bien visto, pero debo hacerlo; me miran, pero pretenderé que no me importa. El triunfo último de la decencia es convencer a los indecentes de su indecencia, aunque éstos se empecinen y regodeen en ella, aunque éstos insistan en su normalidad traicionando así el carácter sedicioso de su comportamiento. Después de todo, la decencia es lo que sobrevive, aquello a lo que aspiran incluso los indecentes. Este par querrá ser pareja e imitar en todo a los que somos normales, querrán firmar un acta de matrimonio, querrán tener hijos, se escandalizarán ante las infidelidades y la promiscuidad, celarán y querrán matar a quienes falten a su pretendido honor, andando el tiempo serán una pareja burguesa que mire de arriba abajo a los que como ellos ahora sólo parezcan víctimas de la lujuria. La verdadera aspiración de todo revolucionario es asentarse y luego pasar por la horca a toda la disidencia. 
No nos proponen nada nuevo, antes bien, quieren que los aceptemos y que al hacerlo los normalicemos. Por otra parte, nuestro club, admitámoslo, necesita en estos tiempos pasar por moderno y tolerante. Para ello necesita admitir  —con reservas a unos cuantos de ellos: los menos escandalosos y más estables, los más talentosos y discretos, los que tengan profesiones liberales en las que sean magníficos o bien ejerzan oficios claramente asignados a ellos: diseñadores, estilistas, arquitectos. Así sí se puede convivir, incluso invitar a la casa a comer, pues aún si los niños estuvieran presentes ellos sabrían moderarse: como esos enfermos de gripe que se cubren la boca todo el tiempo para no contaminar, estas parejas ejemplares, conscientes del esfuerzo que representa sobrellevar aún las más superficiales manifestaciones de sus repugnantes deseos, sabrían mirarse asexualmente, no tocarse ni por debajo de la mesa, menos aún besarse cuando estemos reunidos. Su buen comportamiento se vería premiado con la inserción social, incluso podríamos confiarles a nuestros hijos para que fuesen sus maestros o consejeros, pues tendrían el buen gusto de no hablar de su vida privada ni de promover las conductas asociadas a ella. Por eso sólo los que se avienen a nuestras reglas alcanzan los puestos más altos; por eso se cuidan bien de respetarlas en el hospital, en la escuela, en la empresa, incluso dentro de la iglesia: porque todos podemos comprender y tolerar su estilo de vida siempre que se parezca al nuestro y no hablemos de ello en ninguna ocasión; por eso en las reuniones ellos pueden estar juntos e incluso pasar un brazo discreto por el hombro del otro, entendiendo que no pueden hacer lo mismo que nosotros en público, menos aún delante de los niños, como ahora esta pareja irresponsable se ha puesto a hacer en la semidesnudez de la piscina.
No los entiendo. El manoseado argumento de que la civilización grecolatina promovía la idea de que el sexo entre hombres era para el placer en tanto que el sostenido con mujeres era sólo para procrear, amén de la forma en que grupos de jóvenes eran iniciados sexualmente por su maestro, me horroriza tanto como me resulta inaplicable en los cristianos tiempos modernos. ¿No estarían así justificados los sacrificios humanos o el canibalismo? ¿la esclavitud que, después de todo, también era grecolatina? A veces, ante parejas como la que ahora me pone los pelos de punta en esta piscina de hotel familiar, me pregunto por qué no llevan el argumento grecolatino un paso más allá para tomar en cuenta que el iniciador sexual de los efebos no se quedaba al fin y al cabo con ninguno de ellos, sino que se entendía que éstos habrían de desposar una mujer, que su iniciador era sólo eso y nada más. ¿No sería ese un modo de vida más razonable? Que se hagan de novias y esposas, de parejas con tetas genuinas y vaginas verdaderas, y que ya luego si les apetece salgan por ahí con sus compadres a hacer cuanto les apetezca, cubiertos teológicamente por la amplia sombra de las faldas de sus mujeres. Guardar las formas y garantizar la continuidad de la especie. Al fin y al cabo, ¿no son hoy en día las mujeres las mismas bobaliconas de todos los tiempos que, feminismos más o feminismos menos, desean vivir un matrimonio en la práctica donde todos los conceptos sean burgueses aunque se abjure del Vaticano o del reconocimiento legal? La bisexualidad ya no como orientación sino como coartada, menudo remedio...
Como quiera que sea, esta pareja es doblemente indecente por asimétrica. No puede normalizarse, salvo que el hombre sea director de cine o un cantante varias veces detenido por posesión de drogas. Son ellos quienes pueden permitirse meterse con las hijas de sus mujeres, los que tienen el dinero para enfrentar demandas, los pervertidos cuya fama no hace sino acrecentarse con sus excentricidades. Conozco la larga lista de indecentes memorables de los que nos hemos apropiado luego de putearles la vida hasta hartarnos: Wilde, Turing y González de Alba; Mercury, Lorca o Proust; y Almodóvar y Bacon y... este par no es nada parecido. Se besan en medio de la piscina de un hotel familiar al que no iría una pareja respetable o famosa, da igual si en ello hay amor o ternura, si existe un carácter sexual o sólo el repetido contacto de quienes están enamorados. Porque habrían acudido a una agencia de viajes especializada. Porque habrían escogido encerrarse en el gueto gay friendly en vez de exhibirse en un hotel tan mediocre como decente. Porque no tendría yo que llamar a mis seis hijos  —Luisa y Fernando, Gerardo y Martín, Sandra y Lourdes uno por uno, para que salieran de la alberca inmediatamente y dejaran de asistir a aquel espectáculo deleznable. Porque no habría que acudir a la gerencia ni esperar diez minutos a que el encargado saliera del baño a fin de escuchar mis airadas quejas. Porque no habría habido necesidad de mostrarle las fotos que tomé de la pareja. Ellos no habrían tenido que irse del hotel. Ni, si se me apura, ser maricas.

miércoles, noviembre 30, 2016

Valores

María me empujó contra las cajas —a veces cree excitarme con movimientos más firmes, quizá haciendo caso omiso de lo que seguramente sabe: que nuestra relación es ya posmoderna y carece de sorpresas— y los diarios del Señor Gala cayeron de un estante elevado sobre nosotros. Consumado el acto, recogí uno de ellos y, horas después, bajo la tenue luz de mi lámpara de buró cuya pantalla permite iluminar sin encandilar ni dejar en tinieblas, leí la última de las entradas del cuaderno azul; no está fechada, los subrayados son de él:
"No volveré a trabajar en ninguna institución educativa que anuncie que su mayor interés son los valores que transmite, da igual cuáles sean, todos son absolutamente indistinguibles porque a la hora de la hora, tanto a la derecha más recalcitrante como a la izquierda más escandalosa, les tiembla la mano delante de la sociedad que las cobija y, más específicamente, frente a los padres de familia que son de suyo la parte más hipócrita de dicha sociedad: si progresistas, insisten en que las escuelas exploten el inexistente talento de sus hijos en un ambiente de entera libertad, pero con respeto, engendrando idiotas; si conservadores, se ceban en la ideología más ultramontana a la que hacen tranquilamente de lado al momento de cerrar negocios, engendrando parásitos; ambos tienen más en común de lo que supondría su discurso y en el siglo que viene sus diferencias se desvanecerán todavía más. He debido soportar años renovando indefinidamente la parte más obscura del así llamado contrato social, por cuanto a la hipocresía básica que sirve para lubricar el trato entre las personas he debido añadir la todavía más insolente de las instituciones. Éstas exigen, de manera impersonal pero persistente, que sus miembros se escindan en dos entidades perfectamente contradictorias y complementarias: una para asumir la vehemente defensa y repetición del discurso institucional, otra para actuar siempre de manera pragmática sin molestar la conciencia de nadie. La violencia mental que ello supone sólo puede compararse a la de la emasculación, si bien parece claro que el ejército de eunucos resultante no se encuentra ni consciente ni incómodo con su doble rasero, todo lo contrario: se congratula, autocomplaciente, de los beneficios tangibles o hipotéticos de estar siendo masacrado. Peones de un juego cuyo desarrollo les interesa cada vez menos, los miembros de las instituciones educativas así masacrados, se encargan a su vez de masacrar. Intentan operar en sus pupilos y en cuanto individuo quede a su alcance —compañeros de trabajo, amigos, familiares— no importa cuán rudimentariamente, cuán sin convicción o de manera impostada, la ablación cerebral de la que son víctimas y adalides. Van a por la población entera. Católicos verdaderos que se llenan la boca con palabras como democracia y mercado. Católicos modernos que han puesto al día su sintaxis echando debajo de la alfombra el vocabulario más descaradamente impresentable sustituyéndolo por una jerga técnica de gerente educativo: proactividad, reingeniería, sinergia. Los más elegantes no elevan la voz ni se alteran, antes bien, imponen su criterio como si se tratase de sugerencias, implacables en la posesión del terreno ganado y agudos al momento de detectar fisuras o sesgos de independencia. Universales, melifluos, jesuíticos. Si las instituciones educativas algún día vuelven a ser tales, no será porque se hayan renovado, desde luego, sino porque un sistema paralelo haya sido creado que renuncie explícitamente al despropósito de educar, esa tarea necesariamente pueril que impone el fingimiento concertado de padres de familia y profesorado a fin de transferir de los primeros a los segundos el suplicio de lidiar con las generaciones más mongólicas que haya conocido la Humanidad, sobrellevando la sutil neurosis de convencer (y convencerse) ya no digamos de que existe un sentido trascendente en esa monumental impostura de la que sólo salen beneficiados los hombres de negocios, dueños del erario público o de los medios de producción, sino de que por lo menos existe una exigencia de orden académico o intelectual, siquiera ínfima, que justifique la parafernalia de exámenes y ceremonias, discurrimientos y coprolalias... Cuando yo era bachiller en el colegio tridentino los sacerdotes del seminario disidente venían de vez en cuando al aula magna y soltaban arengas escandalosas lo mismo contra los regímenes ateos y comunistas de la Europa Oriental que contra las modas feminoides y decadentes de la Norteamérica hedonista. Recuerdo la repugnancia que a pesar de mi corta edad me producía aquel torrente de obscenidades, el partido fácil y natural que tomaba yo por las causas del hombre nuevo, la claridad meridiana con que estaban definidos los campos en mi cerebro: ellos allá, yo acá. Hoy que renuncio a la educación echo de menos los valores de aquellos apasionados fascistas con quienes podía combatir, esos solemnes payasos que decían que el reto era volver a pensar. En el siglo que viene esa sóla idea será de una subversión intolerable..."
A la vuelta de esta última entrada está anotado "Dr. Pardon. Chico, Wyoming". No hay nada más, sino hojas vacías y amarillentas. Cierro el cuaderno azul, me fumo un cigarrillo echado en la cama mientras repaso los diálogos del personaje que interpreto en los ensayos que tienen lugar un día sí y otro no, luego del anochecer, en el pequeño teatro doméstico del Señor Gala. '¿Quién es este Señor Gala del que apenas sabemos nada?', alcanzo a pensar antes de quedarme dormido. '¿Quién es Karl, mi personaje, del que apenas sabemos nada?'. Y aún más, musitando casi inaudible 'Karl, Gala, Gala, Karl...' cuando la colilla del cigarro se me cae de entre los dedos, dormido, hasta el suelo.

domingo, noviembre 06, 2016

Traiciones

La sinceridad es imposible, según me enseñaron mis padres. Asumo que mis abuelos debieron enseñarles a ellos a comportarse debidamente y, al hacerlo, igual que ellos a mí, consiguieron convertirlos en personas normales que vivirían el resto de sus vidas interpretando papeles lo más naturalmente posible y, al mismo tiempo, cuidando naturalmente el artificio. Existe la idiotez, qué duda cabe, que todo lo facilita y hace que lo más abyecto sea interpretado eficazmente sin que una persona consciente deba parapetarse detrás de la máscara como el autor deliberado de los gestos externos y las palabras externas y los sentimientos adecuados. Pero sea por estulticia o cálculo, lo que vemos es la escenificación de ideas y sentimientos que casi nunca responden a la verdad o que, si lo hacen, no son capaces de hacerlo sin reticencias y matices, sin deformaciones y dobleces. Que conste que no hablo de lo que obviamente exige ser falsificado: una reunión de negocios, un juego de ajedrez, la labia tramposa de quien intenta sacar ventaja de otra persona. La sinceridad es imposible en todos los terrenos, absolutamente, incluidos aquellos que nos son más caros, pensaba la otra vez al doblar la esquina de la casa mientras apagaba el cigarrillo pisándolo decididamente y me echaba una menta en la boca para no apestar. Acababa de despedirme de ese laboratorista que me dobla la edad y que se empeña patéticamente en que utilice sus servicios. 'Puedes llamarme para lo que sea', me ha dicho, 'sabes que cuentas conmigo', y yo he encontrado sus declaraciones molestas y engorrosas aunque he fingido agradecerlas al tiempo en que he puesto un rostro comprensivo y una mirada que bien podría calificarse de amistosa. Cuando he necesitado consultarlo por alguna tarea con la que él está perfectamente familiarizado, sin embargo, no lo he buscado. Cuando he querido hablar con alguien, fuese algo personal o profesional, habiéndome pasado su persona por la cabeza, sus ofrecimientos, su disposición, no he cedido. Habiendo perdido diversos beneficios por no echar mano de su ayuda, prefiero seguirlos perdiendo a buscarlo. No es que encuentre su disposición impostada ni que, como ha ocurrido con otras personas, se trate de un regalo envenenado que me acarreará más perjuicio que beneficio, una ayuda hecha para apropiarse del otro a través de una factura aplazada de altísimos intereses. No es que sea insoportable: es un amigo y encuentro útil su amistad, siempre que no me demande demasiado tiempo. Es mi educación la única responsable de mi actitud, la que encuentra intolerable a la gente que como él no se aviene con las formas convenidas de trato y lenguaje, la que se ve obligada a asumir que él también está fingiendo. El de él es un fingimiento refinado y atrevido que no se arredra ante las dificultades, una locura cuya excesiva franqueza es prueba de que debe ser falsa. Se empeña en esgrimir la verdad como bandera, pero es claro que se cuida de soltar sus verdaderas opiniones, no vayamos sus escasos amigos a hacerle el vacío. Por supuesto que finge, pero no sólo eso, sino que como todas las personas, también desea obtener algo. Quiere utilizarme como su amigo. Quiere utilizarme como una persona de confianza, sin considerar si lo soy realmente o si puedo o quiero serlo para él. Es un gran amigo al que no puedo perder, qué duda cabe, pero al que debo mantener con dosis adecuadas de verdad y mentira. U omisión, como dicta el mea culpa católico, ese que me enseñaron en casa, donde seguramente saben desde hace tiempo que fumo de vez en cuando y fingen no saberlo. Es imposible que lo ignoren porque el olor del tabaco no puede desaparecer en el trayecto de ocho casas que separan la esquina de mi puerta, ni en el trayecto más o menos errático e inquietante de un coche sin placas por la siniestra Santa Teresa, ni siquiera luego de pernoctar en casa del laboratorista con la misma ropa que llevaba puesta el día anterior. No obstante, nadie me dice nada, dando por sentado que no fumo y que soy un chico sano, como no duda en calificarme mi madre frente a otros familiares o amigos. Un buen hijo, dice ella con la aquiescencia de mi padre que vive anulado desde hace muchos años y cuyas opiniones se limitan a escrutar el clima y acotar la televisión. Ellos no desean conocerme aunque me conozcan ni desean saltarse el guión aunque éste no se corresponda con la verdad: exigen una reproducción fidedigna y civilizada del mismo para continuar funcionando. Ignoro si su actitud es producto de una evolución que reconoce en la verdad una entelequia cuyo espejismo debe evitarse a toda costa o bien es la consciencia de que aquélla existe lo que la hace peligrosa. Es imposible saber cuáles son sus deseos en relación conmigo, pero sí que puedo conocer lo que desean para mi avatar, para con el hijo irreal que entre todos estamos construyendo, el que no fuma, el que hace obsequios, el que piensa en los demás. El guapo, el inteligente, el de grandes sentimientos. Desean lo mejor, ese resumen indefinible y acomodaticio que ahorra pensar. Desean mi bien, aunque luego no se molesten en rellenar semejante perogrullada con nada. No son ellos los únicos que disponen de un personaje ad hoc porque yo también tengo otras relaciones que exigen su propio guión. Amigos. Una novia. Todos los argumentos tienen en común, sin embargo, un grado nada despreciable de impostura que, como exige la sociedad a la que no podemos sustraernos, debe presentarse como todo lo contrario, es decir, como veracidad y virtud. Se presentan así, incluso, las discusiones y desavenencias, los conflictos y las discrepancias, un ritual como el del apareamiento las gobierna e integra de manera que no sean manifestaciones de verdadero desacuerdo, mucho menos de algo que escapa a la alienación reinante. De ahí que de vez en vez mi noviazgo deba incluir el intercambio de amargas divergencias a las que luego allanan no menos predecibles acuerdos. No sé si ella o yo o algo superior a nosotros dirige los diálogos hacia esos contenidos tan deleznables como imprescindibles, las palabras románticas absolutamente increíbles, repartidas un tanto para ella, otro tanto para mí, a veces nuestra conducta toda dictada por los testigos que nos acompañan; si sus padres, recato mustio y formalidad para que ellos jueguen a romper el hielo con ridículas condescendencias; si los míos, ambiente doméstico como de quienes ya saben que un día estarán casados y otro día tendrán hijos a los que transmitir las mismas enseñanzas y a los que reconocerles las mismas excepciones; si sus amigos, nos vestimos de liberalidad y hedonismo; si los míos, nos vestimos de hondura y cabalidad. Hay quien dice que sólo el sexo es verdadero, pero es mentira. Como el propio laboratorista me lo señalara poco antes de que yo bajara del carro, todavía con el cigarro encendido, no son escasas las personas incapaces de una desnudez verdadera aún en la cama, donde el gemido o la eyaculación son sólo el resultado de malos entendidos fundamentales. 'Dos personas que se mienten para abstraerse por unos segundos si el sexo ha sido satisfactorio, o que, si no, se concentran en el egoísmo del otro tratando de colmar con sus sevicias una desigualdad profunda e irreconocida'. 
Negué con la cabeza estando de acuerdo.

domingo, octubre 30, 2016

El deseo

Los ensayos en el pequeño teatro doméstico del Señor Gala tienen lugar un día sí y otro no, luego del anochecer. Él dice que la pieza ensayada es de Schiller o Thalheimer, no sé si un alemán o austriaco, tal vez un suizo, pero lo cierto es que luego de varias semanas de repetir los mismos diálogos y gestos encuentro bastante discutible que mi personaje tenga las debilidades de carácter y las ambigüedades que describe el libreto. No es sólo que sea insostenible una personalidad tan lábil sin el auxilio de drogas o alguna enfermedad mental, un personaje siempre dispuesto a recoger las propuestas de experimentación más o menos elípticas que le sugieren un pederasta prudente y una prostituta romántica, el amigo y la novia respectivamente. No es un menor de edad. No es, desde luego, bisexual. ¿Pero es posible definirlo por eliminación? ¿"No es tal cosa, no es tal otra, no es, no es"?
Hay puntos oscuros en la historia que el dramaturgo ni siquiera se molesta en rellenar. Tampoco el Señor Gala, a pesar de que todos los ensayos son precedidos por una breve glosa suya sobre la obra, una especie de monólogo psicoanalítico al que nos sujetamos más fácilmente por cuanto se sirven té y café muy concentrados, aunque sin galletas ni panecillos: 'Los más familiarizados con el cine almodovariano encontrarán similitudes importantes entre el personaje que suplanta a su hermano en La mala educación y nuestro Karl, aunque aquel es un personaje siniestro que orquesta el asesinato de su hermano, transexual y drogadicto, por razones que nunca quedan claras del todo: ¿quiere alcanzar la fama? ¿dinero? ¿superar algún trauma? Ni siquiera podemos contestar si es homosexual, aunque la suplantación le exija dejarse penetrar por el director. Lo vemos hermético, lejano, indefinible. Lo vemos hundido en la alberca, pero de pie, echando burbujas por la boca y con las manos cruzadas a la espalda. Lo vemos ser y no ser, participar con entusiasmo en una voluptuosa relación con el señor Berenguer sin que se lo exijan necesariamente sus objetivos. ¿Por qué lo hace? ¿Desea ser convincente? ¿No es la resistencia la mejor prueba de que el impostor es tal? ¿O es por el contrario, el entusiasmo desmedido, injustificado, la evidencia irrefutable de una intención oculta?'. María y yo nos lanzábamos miradas que pretendían simultáneamente provocar y aguantar la risa cómplice que las palabras del Señor Gala nos producían. María y yo no estamos casados como la pareja de la obra. No estamos enamorados. Todavía somos jóvenes, pero ya estamos cerca de cumplir los treinta años. Ella parece creer que podremos vivir indefinidamente visitando bares y haciendo teatro, que nunca será necesario ceder nuestro sitio a otros más jóvenes como mi personaje, el joven que no advierte que está siendo desplazado por otros todavía más jóvenes, en un imparable tren que desemboca donde todos conocemos. El matrimonio —si exitoso, si con un mínimo nivel socioeconómico— se asemeja a una construcción en la que difícilmente se arredran los albañiles aún después de comprobar que un muro o cimiento no están bien levantados. La pareja sigue, según entiendo por la obra y por la experiencia de algunos conocidos, construyendo habitaciones y estancias, comedores para comensales invisibles, terrazas mal orientadas o jardines plagados de alimañas por donde no puede pasearse sin temor. Transcurrido un tiempo razonable —¿quince, veinte años?— el edificio es una catedral más inestable y aterradora que la muy celebrada de Gaudí en Barcelona. La pareja de la obra, amenazada por mi personaje, se asemeja a un gobierno revolucionario que, degenerado en dictadura, viviera sus últimos años antes de sucumbir al embate de los jóvenes. Una pareja que inició ella misma como revolucionaria, a la que no le faltan amplio criterio ni cosmopolitismo, pero que por su propio peso —la catedral— no es ya el símbolo de la juventud y fuerza sino del anquilosamiento y debilidad, su solidez vuelta contra sí misma como una sociedad fresca que degenera en burguesía. Encuentro esta dolorosa evolución perfectamente normal. Los hijos de hombres y mujeres que lucharon contra prejuicios terribles suelen ser estúpidos. Los hijos de mujeres y hombres cuyas fortunas se deben al trabajo diario y a una selección adecuada de prioridades suelen ser subnormales que todo lo malgastan y cuyas opiniones hacen arder la cara de vergüenza. Imbéciles en cuyo cretinismo, lamentablemente, no tienen escasa culpa los hombres y mujeres que los concibieron y malcriaron hasta malograrlos. La belleza de sus lecturas y proyectos cuando pareja joven, de los sexos que terminan en palabras melosas en medio de una habitación casi vacía, termina en un televisor encendido a medianoche sobre una cama gigantesca dentro de una habitación plagada de objetos de mal gusto. ¿Cómo no entender que el marido se fijara en Karl —encanto y misterio, ambigüedad y sordidez— como quien mira irresistiblemente hacia un abismo? ¿cómo si es el impulso irresistible de la gravedad que echará el edificio abajo o pondrá fin al gobierno dictatorial o desintegrará la estúpida sociedad burguesa es uno y el mismo? Acaso el deseo de penetrar un cuerpo —especialmente después de los cuarenta— es más intenso cuando lo que hay que llenar no es sólo un agujero, sino un alma en busca de inquilinos, un alma como la de Karl en cuyas paredes se ha cebado la humedad y en cuyos baños no funcionan los grifos, donde las habitaciones apenas tienen una manta sobre el suelo y en la que en no pocas ocasiones hay que dormir en la cocina por confusión o necesidad de calor. Como en una tragedia griega, el horror y la belleza van entretejiendo una red en la que los personajes caen inevitablemente, haciendo que de pronto cobren sentido las ayas y los oráculos, los presentimientos y las visiones. El hombre de la pareja, que ha escapado junto con Karl un fin de semana a la montaña, escribe: "Lo tengo a mi lado. Respira con profundidad y calma. Su barbilla está poblada de una dulce fricción capilar que promete violencia, un ligero hoyuelo en mitad de ella donde se concentran sus humores. Arriba, los labios húmedos y protruidos como la boca de un pato, sólo rompen su simetría con un hermoso lunar al lado de la comisura izquierda. La nariz parte recta y sólida desde la mitad de sus ojos y remata en una redondez mínima a la que toco delicadamente para no despertarlo. Entreabiertos, no puedo apreciar ahora sus ojos brillantes y enigmáticos donde se pasean lo mismo pensamientos hermosos que pesadillas genéricas, ojos que miran rematados por esos párpados ligeramente cansados que siempre le dan un aire de sueño y toxicómana placidez. Invita a la posesión. Sus cejas son dos líneas bien definidas, ni anchas ni delgadas, justas para darle ese aire angelical al rostro entero donde las mejillas y la frente oponen su juventud al maltrato de rastrillos y ceños fruncidos. El cabello negro espeso deja caer un fleco de elegante letra manuscrita que atraviesa su frente hasta descansar en una ceja, luego de que mis dedos, como un peine antiquísimo, lo trillaran con paciencia de arqueólogo. Quisiera decirle «te amo» y lo encuentro desproporcionado. Quisiera besarlo y prefiero recorrer su largo cuello en el que sobresale la nuez de su garganta, pasar las manos por sus dos brazos cuya piel morena y suave rezuma una mezcla de sudor y perfume, instalarme en la tranquilidad del vello que puebla sus antebrazos o el adhesivo punto muerto de piel tersa que se opone al codo por el interior del valle, entrelazar mis manos con las suyas que suelen hacerse ovillo exponiendo sus venas señaladas. Apoyo suavemente mi cabeza sobre su pecho hirsuto al que una maquinilla de afeitar ha convertido en un valle terso, las tetillas rosadas, la línea del vello bajando hasta el ombligo que marca la mitad de su estrecha cintura. Cuando tendido sobre su costado, la cintura asemeja la concavidad de una luna menguante y sus caderas hacen de cima de una montaña promisoria, sus nalgas mínimas como dos hogazas de pan, el sexo en la entrepierna colgando como un animal de pensamientos sibaritas al que las sábanas o la ropa o mi propia mano sirven de recipiente admonitorio. Las piernas son anchas y su piel está oscurecida por un suave pelo semi rizado, largas extremidades que le dan ese aire adolescente al andar que no lo abandonará nunca, ni siquiera cuando alcance mi edad, ni siquiera después, cuando cabalgue como un joven atrapado en un cuerpo envejecido hacia la playa y decida batirse con el mar. Duerme con calcetines de perversos colores y todavía más suaves texturas. Acaricio sus pies como poseído y me los comería si no hubiese entre los seres humanos más estructura que la animal. Me imagino la superioridad de mis sentimientos sobre las urgencias de la carne y con ese pensamiento agotador y frustrante llego al amanecer, con los ojos como platos y la sombra de las ojeras debajo de ellos. Lo adoro." María y yo hacemos el amor por las noches y algunas veces al amanecer. No hay sorpresas ya, pero es satisfactorio. Dice ella que mi personaje me ha vuelto taciturno y hecho reflexionar sobre la fecha de caducidad de cuanto sentimos, en este punto medio de la vida donde no somos ni viejos ni jóvenes, en este punto donde la universidad no me proporciona aún el empleo que requiero ni me resigno a quedarme a vegetar entre sus instalaciones. Ella no se preocupa por circunstancias concretas. Vive de su escaso dinero y del muy abundante de su padre; no toma casi nada del mío que cuesta mucho ganar porque lo mío es el teatro y, sin embargo, debo dar clases de matemáticas en la universidad para llegar a fin de mes, soportar la mentalidad asnal reinante, la de unos —las autoridades, los padres de familia— hecha para la de los otros —los estudiantes, la juventud toda. La propia ciudad primitiva es el escenario ideal para su estupidez. No tienen curiosidad científica ni ambiciones intelectuales de ningún tipo. No desean conversar sobre arquitectura o matemáticas ni sobre cine ni mucho menos teatro, sólo tienen tiempo para la próxima boda y el próximo bailable y la próxima intoxicación con cerveza aguachinada y carne requemada. Intentan por todos los medios reducir la distancia que los separa de las bestias de ganadería que constituyen su principal negocio, abatir lo que sea que estorbe la abyección en la que desean vivir, pagados de sí mismos pese a todo, sin que observen la más mínima contradicción entre llamar universidad a eso que habitan y el modo de vida en que se han instalado. Se han confeccionado institutos a su medida, habitados por su abundante descendencia degenerada y ociosa. El único requisito para egresar exitosamente de dichos sanatorios mentales es no morir. No hace mucho alguno de mis superiores me mandó llamar para afearme la conducta sobre el lenguaje que utilizaba en clase y algunas expresiones de inadecuada confianza con los estudiantes. Quitándose la carne de los dientes con un palillo, el guiñapo en cuestión deseaba por todos los medios conseguir lo inconseguible: contar con mi complicidad y aprobación que, en el fondo, nunca serían suficientes porque lo que realmente siente por mí es desprecio. Yo podía expresar mi completo acuerdo y sumisión para con sus disposiciones, y él —como cualquier otra autoridad— no me creería. Yo podía decir lo que fuera, pero ni él ni nadie estaban dispuestos a dar por buena cualquiera de mis expresiones, ya no digo de mi pensamiento verdadero, algo completamente fuera de sus alcances intelectuales y espirituales, pero ni siquiera del impostado por las circunstancias. Podía decir 'De acuerdo; tiene Usted razón en este punto por tal y tal motivo' y ellos entreverían en mis explicaciones sólo mofas e insultos, por mucho que aquéllas coincidieran palabra por palabra con las suyas. María está de acuerdo con mis opiniones, pero sé que en el fondo no le incumben ni le conciernen. Me quiere vagamente, pero no desea complicaciones. Hay sexo y ternura y los discursos adecuados a una pareja de nuestra altura —algunos años juntos, la falta de matrimonio como único desafío concreto a las estructuras de la sociedad en que crecimos— pero hasta esto ha terminado por aburguesarse. En el fondo yo estoy sólo con mis quejas y mis discordias, con mi desear irme de aquí, con mi persistente soledad a la que no puede paliar María sola ni los compañeros del teatro ni las varias muchachas que de repente han tomado un interés torvo hacia mí sólo por la interpretación que hago de Karl. Creen que soy bisexual (y nada permite suponer que Karl lo sea, aunque ni el señor Gala ni el autor del drama expliquen bien a bien sus acciones con el marido de la pareja) y como buenas bobas han considerado bastante chic acostarse conmigo. Es tal su nivel de aburrimiento y el carácter vulgar de sus aspiraciones que no dudan en llenar su tiempo con idioteces que creen exóticas, aunque no las deseen ni sean capaces, llegado el caso, de sentir ningún deseo. No pueden ni definirlas. Unas se dicen lesbianas y no saben qué quiere decir. Otras se dicen encantadas con las drogas y temen la palabra drogadicción. Esnóbicas y provincianas, me aturden con su inane bullicio hipócrita del que exigen participemos fingiendo que les creemos. El placer genital de terminar en la cama con alguna de ellas se agota ahí mismo sin alcanzar nunca satisfacción alguna de ningún otro tipo; apenas abren la boca y lo posee a uno la repulsa, el arrepentimiento por haber cedido a las urgencias sin tener la tesitura de esos que aguantan no sólo follarlas con todo su primitivismo, sino compartir luego un doloroso intercambio de lugares comunes y mediocridad al que denominan conversación, una animalada que sólo puede completarse satisfactoriamente con otro animal. Ellas son tan perversas que reconocen desde antes de acostarse conmigo que no soy como ellas, pero nada les impide proseguir el libreto que han memorizado desde pequeñas, sugiriéndome noviazgos o sentimientos que no posee nadie y a los que se evoca sin siquiera conocer vagamente a qué se parecen. María es diferente: sabe que nos queremos pero también sabe que nos estamos encogiendo frente a la vida. Me invita a esconderme junto con ella en un rincón, detrás de la fortuna de su padre. Pero su rincón no puede ser el mío. El señor Gala me dice que María no es buena para mí, pero yo sé que sólo está flirteando conmigo. Él quisiera que alguno de los jóvenes fuera menos provecto de espíritu y reconociera en él la vastedad de su experiencia y la riqueza de su sexualidad. Que se fuera a vivir con él. Que pidieran más de él. Insiste en que la obra en la que interpreto a Karl tiene un mensaje para nosotros y un amargo recuerdo en su memoria. El señor Gala está roto. Yo estoy roto. María está rota. El deseo requiere una inteligencia que no habita en este pueblo. Debo levantarme temprano el día de mañana porque tengo clases desde las siete hasta las once y luego por la tarde de cinco a ocho. 'Mi boca está seca de tanto besar', me digo al amanecer frente a una María que intenta enjuagar su culpa en mis labios. 'Mi boca está seca de tanto hablar', dice el señor Gala al final de su monólogo, agachando la mirada triste sobre la tetera que toma entre sus manos para servirnos. "Tu boca está seca de no decir nada", le dice el hombre de la pareja a Karl días después del viaje, pensativo. Cuando aquél escuche lo que éste tiene que decirle también guardará silencio él. Roto como el resto, agregará un día: "Mi boca está seca de ya no besar".

jueves, septiembre 08, 2016

La Primavera

Hace muchos años que no venía al bosque de su infancia, donde otrora su familia grande, en caravanas de varios autos, saliera algunos fines de semana de la ciudad para venir a instalarse aquí, tender cobijas por el suelo lleno de piñones y, acarreando cacerolas y platos, vasos de colores vistosos y rejillas de refrescos, se echara por el suelo a conversar, comer y dormir, andar a caballo o a pie por los caminos, trepar a los encinos de llagados troncos o jugar al béisbol o al fútbol con una pelota ligera que más de una vez se ponchara al pegar demasiado fuerte con alguna de las muchas piedras de obsidiana que, semienterradas entre los haces de hojas secas en forma de agujas que tiraban los pinos, resplandecían dispersas como ojos subterráneos alrededor del mediodía.
Llegó al bosque acompañado y a modo de colofón de un largo viaje, pretendiendo suspender un tiempo que llevaba largo tiempo detenido, acaso desde la última vez en que su familia grande se reunió aquí y, con una Polaroid a la que en navidades y fiestas de año nuevo había que insertar un cubo enorme que permitía soltar hasta cuatro flashes, se hiciera fotografiar en grupos o en parejas, en poses impostadas o borrosos movimientos inadvertidos: su madre recargada contra él, espalda contra espalda, sobre un tronco caído en el que se levanta una de las piernas de ella rematada por un pantalón acampanado; su tío Higinio bebiendo concentradamente de un refresco verde mientras su mujer desmenuza carnaza al fondo para preparar tostadas; la abuela levantando la vista hacia el objetivo mientras prueba con un dedo la salsa amortajada para la carne asada, con el abuelo y don Edgar, el boxeador, a su lado, fumando cigarros Raleigh despreocupadamente y con el ceño fruncido.
No se oyen sus voces más por aquí, desde hace años, pero él cierra los ojos al bajar del auto y, respirando el intenso olor de la madera, se siente llamado a comer en tono perentorio por la tía Carmela y escucha la risa volcánica de su abuelo que ha hecho llorar a su hermana al rasparle la carita con la barba, la pesadez de sus bromas directamente proporcional a su torpe necesidad de hacerse querer, como él ahora que mientras abre los ojos y tiende sobre el suelo la cobija azul que ha hecho traer desde el Reino para que él y sus provisionales hijos se acuesten sobre ella, se abalanza contra uno de ellos y juega a derribarlo, el chico abrazado a su cintura para evitar la caída, los brazos de ambos entrelazados y al final un revuelto rodar por el suelo que obliga a discutir por largos minutos quién fue el vencedor y apelar al otro chico en búsqueda de un juicio imparcial que nunca llega, reemplazado insensiblemente por el pollo frito y las tortillas, las salsas y las papitas, el murmullo de las hojas y las pisadas con que dos caballos detenidos a poca distancia alternan el cansancio de las patas.
Terminan de comer y se acuestan alineados boca arriba mientras las nubes blancas pasan, ni muy lentas ni muy rápidas, por encima de la copa de los árboles, el suave viento que va en aumento haciendo desaparecer el zumbido que produce el silencio en los oídos para sustituirlo con el ritmo de la conciencia del acabamiento, el trasfondo del viaje que termina en estas soledades misteriosas y antiguas, despejadas, recodo de la vida en el que uno de los chicos se da vuelta boca abajo y extiende la mano a la obsidiana más próxima para acariciarla mientras el otro permanece boca arriba llevándose a la boca uno de los haces de puntiagudas hojas secas de los pinos para masticarlo: ya apoya él la cabeza sobre la espalda de uno, ya la apoya de nuevo sobre el abdomen del otro, entrecierra los ojos cuando la luz del sol se cuela entre las agitadas ramas o cuando las nubes —que empiezan a ser grises— descubren un claro en el cielo y va a dar hasta su rostro la claridad; no ve así al gorrión que desde lo alto gira la cabeza hacia el cuadro azul para mirarlos ni el momento en el que éste se apresura para unirse de nuevo a la parvada cuyo paso es denunciado por un batir fugaz de alas cortas; no le impide la ocasional ceguera escuchar la respiración de los chicos ni pegar el oído a sus cuerpos ni arrullarse con sus latidos. Se entreduerme.
Recogen la cobija, cierran el auto y van a andar por cerca de una hora en busca del río caliente a través de un camino por el que sobresalen las obsidianas y al que rodean frágiles laderas pobladas de árboles de hojas anchas como los que habitan en las montañas a las que nadie llega porque su suelo es frágil y se desmorona bajo los pies de aquellos que intentan trepar por ellas; sin hablar cubren el camino con una inquietud variable que se rompe al escuchar los primeros chapoteos de la gente en el agua y se disipa a la vista del río caliente al que su tía María Luisa lo trajera de la mano junto con su hermana, haciendo chistes a su costa, alegre como siempre mientras le dobla el pantaloncillo para que meta los pies en el agua y ahora él hace lo mismo con los chicos y deja sobre las piedras los zapatos y alguna ropa, deja que la arena se meta entre sus pies tostados y que se hagan las últimas fotografías y que se ría con esa generosidad resignada de lo bueno que se acaba y hace acopio de fuerzas para detener el tiempo que lleva largo tiempo detenido, sabiendo que ha de perder y que el tamaño del universo y las escalas astronómicas y la vida, oh, la vida...
Una camioneta los lleva de regreso al auto. Un auto los lleva de regreso al Reino. Un atardecer se hace noche a cientos de kilómetros de ahí. El bosque se recoge sobre sí mismo añadiendo otra memoria a su infinito ciclo, los recuerdos que un día arderán con el último incendio. Él aguanta la respiración, iluso. Ellos, como otrora ocurriera con su familia grande, se dispersan.

miércoles, agosto 31, 2016

Zarzal

Me acosté abrazado a él y me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Soñaba con un pueblo bávaro tradicional de cuyas casas sin puertas salía la luz amarilla de velas y quinqués, las calles de tierra iluminadas de tanto en tanto por cuadros o redondeles ámbar mientras yo, buscando inquieto a alguien que debía estar en alguna de esas casas, para decirle que me marchaba, que debía llegar a la estación de tren a tiempo, que lo bendecía y le estaba agradecido, me movía no desesperado, sino ávido de encontrarlo para despedirme, como si en ello radicara el buen comienzo de una vida nueva, si no lejos de ahí, lejos de esa persona amada con la que todo se habría torcido más allá de cualquier remedio —y no faltó ocasión de buscarlos y fracasar, pensaba en el propio sueño mientras recorría las calles y aún sin saber exactamente a quién buscaba o a quién encontraría: 'cuánto he querido arreglar las cosas, amor, pero ya esta palabra se me enreda en la lengua y tropieza con la realidad, cuánto he querido dotar de significado lo que carecía de ello y de causalidad las migajas que iban tirando las circunstancias; debo hallarte para decirte que voy a ser valiente y a vivir en soledad, que voy a trabajar y a escribir mucho, que echaré carbón sin parar, paletada tras paletada, al fogón de la máquina hasta que el tren llegue a los confines helados y pueda apearme sobre un metro de nieve'— si bien no estaba seguro de que la persona que hallaría tras uno de esos quicios sin puerta sería aquella por la que me veía precisado a tomar el control de mi vida, tal vez sólo un mensajero o un intermediario, un personaje secundario pero iluminado, de esos que nos encontramos a lo largo de la vida y pueblan, de manera intermitente pero con largo aliento, como punteando, nuestro tiempo sobre la tierra; ya pronto lo vería, una vuelta más —el foco tambaleante de un interior que huele a caldo de gallina y especias— otra vuelta más —el aro de ajos colgado de un clavo y una serie de camas que asemeja a un hospital— ¿es aquí? ¿será posible? Apenas desvío los ojos a la izquierda y él sonríe, con la sábana blanca hasta el pecho y las grandes ojeras de perro triste, me siento en el borde de la cama —¿o es camastro?— y olvido al instante mis discursos mientras todo alrededor parece obscurecerse para que él destaque con aquellas manos que sujetan tímidamente las costuras de la sábana y el olor embriagador e incongruente de un perfume dulzón de adolescente, apenas tengo tiempo de impostar —¡en un sueño!— un '¿cómo estás?' que quiere acariciarlo y un '¿qué haces aquí?' que intenta hacer pasar por coincidencia notable lo que ha sido desde el principio un sistemático buscarlo casa por casa a través de las calles desordenadas de esta aldea bávara a la que debe rodear la Selva Negra o las montañas de Silesia; el tiempo no lo sé, debe ser incierto porque parece como si todo hubiese ocurrido ya, un tiempo fuera del tiempo y, paradójicamente, no desprovisto de prisa ni futuro, aunque no sea con él que convalece —¿de la guerra? ¿qué guerra?— y al que amé, pero no amo, no son para él estas palabras con las que le explico brevemente y con camaradería el estado de mi alma, las variaciones recientes de mis costumbres, los saludos que con él mando a su familia de la cuatrocientos y a su mujer que no ha podido venir a acompañarlo ahora que bien lo necesita ('Las monjas me atienden bien, descuida, no toman en cuenta mi ateísmo ni los defectos de mi carácter, esta soberbia dolorosa para la que ellas parecen particularmente preparadas, ellas y yo enfermos complementarios, patologías compatibles que se dan la mano. Descuida, ya te digo, amigo, ya te digo, amante, ya te digo, padre, ya te digo, maestro') y si no son para él estas palabras, me pregunto, para quién son entonces, me cuesta cada vez más seguir el hilo de esta conversación que se alarga innecesariamente, ¿perderé el tren? ¿no debería irme ya? Si no son para él estas palabras, ¿dónde está aquel de quien debo despedirme para iniciar una nueva vida lejos de aquí y escribir mucho y bien en algún escritorio desde cuyo asiento pueda verse el paisaje a través de una ventana, nieve hasta donde alcance la vista, un árbol aislado, el perfil grisáceo de una montaña que parece un espejismo o una premonición; no son para él estas palabras, debo despedirme, me decido salvando la turbación que me causa no recordar lo último que me ha dicho y me abrazo inclinándome desde esta frágil orilla de camastro —¿o era cama?— a su pecho y le digo cuánto lo quiero o quise o querré cuando me haya ido y cuánto escribiré sobre lo mucho que vivimos juntos y que hace tiempo no vivimos 'debo irme, ¿sabes? estas palabras no son para ti, tendrás que comunicarlas a aquel a quien van dirigidas, todos terminamos por enterarnos tarde o temprano de aquello que está dirigido a nosotros, seguro que lo sabrá pronto aún si tú crees que no has podido cumplir tu misión, no te preocupes, lo sabrá por ti aunque no lo veas nunca, él sabrá, sabe, siempre supo, Santa Teresa no debe estar lejos, ve a Santa Teresa y ahí lo vas a encontrar, dile cuánto lo siento, que le agradezco sus esplendores y miserias, que me merezco la soledad a la que voy, que...'
Me despertó el rechinar de sus dientes en la madrugada. Me despego y lo contemplo. Por la ventana, Querétaro.

—¿Puedo pasarme a tu cama?
—Por supuesto —contesta K.
No sueño nada.