sábado, abril 25, 2020

Nosotros

Cuánta violencia entraña amar a alguien o empeñarse en amarlo a costa de los propios sueños, cuántos ajustes y explicaciones, cuánto tiempo perdido. Uno se pregunta si eso es amor por el otro o por una idea, por un nosotros que sólo vive tercamente en el futuro o que hay que rescatar distorsionado del pasado. Pero es que ni siquiera reconozco mis opiniones y propósitos más allá del hecho de haberme hecho su pareja. Yo asumí, como todos en principio, que bastaba con la voluntad expresa de ambos para hacer una vida juntos, encontrarnos aceptables, física y mentalmente, aunque sólo fuera desde la superficie y como punto de partida. Pero me equivoqué, tanto por abrazar sin cuestionamientos las esperanzas más rancias que sobre una relación sentimental se pueden tener como por no haber hecho lo correcto para conseguirlo. Creí en la monogamia y el amor para siempre, en el carácter providencial de nuestro encuentro, en la trascendencia espiritual como una escala superior a la física. Tenía pues, ideas vulgares que se correspondían a la época y la geografía en que crecí, lo que, sumado a mis pocas luces intelectuales y morales, dio como resultado que me hallara desarmado frente a la modernidad y la tontería de mi pareja. Si hubiera estado más seguro de mí mismo, si no hubiera cultivado el temor a la soledad o el culto a su persona, si mis creencias, tan ñoñas u ordinarias como fueran, hubieran sido defendidas con firmeza, jamás habría cedido a sus tan innovadoras como injustas propuestas y, aunque sin él, habría dispuesto de más tiempo por delante para entablar relaciones más adecuadas a mis deseos o modificar en forma más paulatina mi cultura.
Recuerdo que él citaba a Rimbaud con eso de par delicatesse, j'ai perdu ma vie, pero si alguien ha perdido su vida por miedo a no estar a la altura he sido yo, que justifiqué por amor el continuar con quien al poco tiempo de estar conmigo se dijo dueño de su cuerpo con el solo objeto de acostarse con quien le apeteciera sin dar por liquidados nuestros compromisos. Yo supuse entonces como supongo ahora que existían relaciones abiertas con diferentes reglas: los que eran conscientes de que el otro podía follar con quien quisiera pero no querían enterarse, los que condicionaban esa libertad a que sólo fuera sexual y nunca sentimental, los que juntos buscaban a terceros para enriquecer la cama. Cobardes, pienso ahora, que se cebaban en la buena fe e indecisión de ignorantes como yo para gozar de una garantía contra la soledad, pusilánimes que sólo en apariencia prescindían de las categorías para mejor servirse de ellas con iniquidad. Porque aunque no lo quisiera para mí yo no era ningún mojigato: había visto películas muy liberales y conocido a amigos promiscuos, apreciando cuanto tenían de inteligencia y honestidad sin que me hiciera cosquillas la tentación de juzgarles por sus excesos y elecciones; pero estas personas se plantaban frente al mundo por la cara, sin considerandos ni cortapisas, dispuestos a perderlo todo con tal de mantener su libertad, no eran en modo alguno parecidos al individuo refrenado y neurótico que, creyéndose inteligente sólo porque tenía a su merced a un palurdo, negociaba conmigo una relación que deberíamos haber concluido en aquella primera disyuntiva. Si él hubiera sido un hombre valiente sobreponiéndose a su temor a perder, un hombre ingenioso sin cortedad de miras, me habría ahorrado muchos años de sufrimiento con sólo haber tomado la libertad entre sus manos y haberme apartado con todas sus fuerzas de su vida; habría sido un acto de consideración que tiempo después yo habría aplaudido y admirado, que habría comprendido, pero no fue tan brillante como él suponía ni fui yo capaz de apartarme de su retórica, transigimos con el pretexto del amor y así, inconscientes, nos condenamos. 
Tuve dudas que debí haber escuchado, sobre todo cuando fue evidente que las nuevas libertades no bastaban y que a mí me iba acorralando en un altar de amor y ternura teóricos, alejado del sexo, una escisión reforzada por su alejamiento físico de años con pretextos vagamente profesionales puntuados de visitas y vacaciones, largo tiempo de oportunidades perdidas para ponerle fin a lo que sólo crecía en compromisos y formalidades, pero no en placeres ni contenidos, viviendo en la esperanza de la reanudación que llegaría, primero en tres años, después en otros tres, finalmente luego de algunos más, cuando ya la juventud nos había abandonado y el mundo era otro y los promiscuos habían fallecido y las películas no eran más liberales, sino predecibles y educativas, una época a la medida de nuestra insoportable insipidez y enfermedad e impotencia. Yo pude haberlo ayudado poniendo fin a nuestra relación cuando lo vi por primera vez enamorado, que no fue cuando lo estuvo de mí porque eso no ocurrió nunca, sino al poco tiempo de negociar sus libertades sexuales: lo veo sentado frente a la mesa rústica de pino con el mismo gesto con que lo vi años después frente a la pulida de nogal, allá con un vaso de tequila, acá con uno de whisky, con la mirada perdida en un punto muy lejano mientras atardece y yo preparo la cena o lavo los trastes, escuchando música hasta que le rodaba una lágrima por la mejilla y, resignado a curarse de sus obsesiones para volver a mis brazos o, mejor dicho, a nuestra brutal normalidad sin sorpresas, me pedía perdón y se acurrucaba conmigo en la cama, medio borracho, quedándose dormido en una habitación de cargados humores cuya penumbra invadía la obscuridad conforme llegaba la noche. Yo le pasaba una mano por el cabello en vez de abofetearlo, me quedaba dormido también en medio de inquietantes pesadillas y al día siguiente le preparaba el desayuno en vez de anunciarle que me iba o pedirle que se fuera, dar por terminada nuestra relación con toda la entereza de que fuera capaz y continuar, cada uno por su lado, nuestras vidas. 
Nos hicimos cada vez mejores en la repetición de esta rutina a través de los años, aunque a veces él pasara varios veranos sin enamoramientos, aunque éstos no terminaran siempre en la cama ni fueran correspondidos ni aún tuvieran la menor posibilidad de realizarse. Así, pensé estúpidamente con el cinismo acumulado de los años, desprovisto ya de ilusiones y atenido a la dureza del suelo, que por fin iba ganando porque pronto seríamos irremediablemente viejos y ya no encontraríamos sentido en separarnos: que podríamos casarnos por fin, sancionando una vida de resistencia y de no darnos por vencidos uno al otro; que podríamos dar rienda suelta a justificaciones teóricas sobre nuestra idoneidad y jactarnos de nuestro éxito económico e inmobiliario, que con el declive físico vendría la despreocupación del sexo que ya no podríamos dar ni recibir ni apenas apetecer, convertido en mera anécdota para reírnos de nosotros mismos y de todos aquellos que se quedaron por el camino. Pero me equivoqué. Él siempre estuvo dispuesto a dejarlo todo por algo superior, ya no en esa escala universal en la que decía creer en su juventud, sino en la más modesta de su simple alegría de vivir. Un enamoramiento correspondido le permitió rebelarse contra el destino y superar el malentendido de su vida que era la mía. Es verdad que había sido un cobarde, un abusivo, un imbécil que debió pasar muchos años solo en vez de conmigo para encontrar su camino. Pero también es verdad que consentí jugar ese papel, primero por ingenuidad, luego por cálculo: si no viviría el amor, al menos tendría su sucedáneo.
Hoy vivo solo. Pienso en la gente que creció con las mismas ideas que yo acerca del amor y que resolvió sus problemas por el simple expediente de casarse con alguien de su clase, alguien que conoce su papel. Relaciones duraderas gracias a la falta de alma y de cerebro. La fórmula perfecta. Pero en su imperfección y doloroso desenlace, en su injusticia, yo sigo prefiriendo mi fracaso a su triunfo. Sin duda.

domingo, abril 19, 2020

Que se mueran

Con la llegada de la cuarentena forzosa, él en su rincón, yo en el mío, no pasó demasiado tiempo para que soltáramos las habituales fanfarronadas a través de nuestras pantallas. 'Es una gran oportunidad', le dije, no sé si por el ordenador o el insoportable móvil, 'para que causen baja algunos nombres en nuestra larga lista de hijos de puta, limpiamente, sin consecuencias ni responsabilidades para nosotros, basta con que alguno de esos miserables dé un mal paso e inadvertidamente se contamine al cruzarse con un infectado, tal vez en el supermercado o un estacionamiento, quizá después de tocarse la cara al sacar la basura'. Él se reía a carcajadas porque éramos amigos, pero también por considerar que todo era una broma cuya naturaleza le permitía a él ir más lejos todavía en la expresión de nuestros presuntos deseos: 'Sería magnífico que se muriera el coordinador, ese funcionario miserable cuyo trabajo consiste en desterrar de la universidad cualquier actividad relacionada con el conocimiento, aunque sólo sea por darme un gusto, aunque su muerte no fuera a traducirse en ningún cambio permanente, sería agradable librarse por una vez de quien nos somete día con día a la embrutecedora tarea de llenar informes y formatos, tablas y estadísticas, asistir a juntas y reuniones, atender monólogos interminables y órdenes contradictorias, ya lo creo que sí, sería un pequeño gesto de justicia por parte de la providencia, el azar o el diablo, tanto da, yo les estaría agradecido'. Yo estaba persuadido de la justicia de algunas muertes que nunca se producían, pero exhortaba a mi amigo a mirar más alto: 'Déjate de coordinadores y capataces de universidad, recuerda cuántas veces nos vimos atrapados entre la imbecilidad de los maestros y la imbecilidad de sus administradores, no sabía uno a quién darle la razón sencillamente porque ninguno la tenía. Y como no pueden morirse todos porque no es realista, debemos pensar en una selección reducida, pero de mayor impacto. Por supuesto que produciría una satisfacción inmediata la noticia de la muerte de quien nos ha perjudicado directamente, de acuerdo; también la de quien, siéndonos antipático, haya desdeñado la epidemia con argumentos dignos de un albañil, desde luego, sobre todo si hemos tenido que oírlo en persona. Pero estos son los peones del tablero. Una satisfacción más duradera y para un mayor número de gente podría hallarse en la muerte de los oligarcas y políticos, con el jefe de gobierno a la cabeza, ese descerebrado que además cumple el criterio de haber dicho repetidamente que no pasaba nada, demagogo incansable, gran imbécil que merece llamarse representante de este país'. Comprendíamos que en regímenes democráticos la vía electoral era la única legítima para hacer cambios de gobierno por encima de magnicidios, revoluciones y golpes de estado, una limitación a la que nos sujetábamos a regañadientes, ¿pero un virus? No podíamos descartar que una contaminación así nos facilitara un cambio que ya para entonces se antojaba urgente. Él se reía de nuevo; luego reconsideraba fingiendo compostura: 'Es posible que se mueran altos funcionarios del gobierno, efectivamente, después de todo el sexagenario a cargo contrató vejestorios para el gabinete y, encima, se precian de dar la cara y darse baños de pueblo. Pero, azares aparte, ¿cómo puede aumentar la probabilidad de que esto ocurra? Supongamos que es usted portador del virus o que incluso tiene muestras del mismo convenientemente encerradas en un tubo de vidrio. ¿Va entonces a liberar las muestras en presencia de su víctima? Supongamos que su objetivo no es el jefe de gobierno al que, pese a su gusto por la exposición, vigilan muchos ojos; se lo pongo más fácil: pensemos en uno de estos burócratas cuya existencia es un continuo vejamen para la universidad y cuya muerte constituiría para mí una satisfacción quizá más grande que la de un político. Y no consideremos salidas dramáticas que nunca han sido nuestro estilo (de haberlo sido ya habríamos realizado uno de esos tiroteos à l'americaine para luego volarnos la tapa de los sesos), sino algo más sencillo, más de andar por casa: ¿sería capaz, ya no digo de abrir esa hipotética muestra del virus en la oficina del ajusticiado, sino de meramente pasar un trapo contaminado por el pomo de la puerta luego de asegurarse de no ser visto? ¿puede hacerlo? Nadie lo castigaría por eso, supongamos, pero ¿podría hacerlo?'. Si desearles la muerte a nuestros malquerientes y enemigos, incluso a quienes simplemente considerábamos nocivos para el avance de la sociedad, hubiese sido considerado un pensamiento absolutamente serio, su expresión en el ámbito privado, nuestra nula intervención en su cumplimiento, pero también el descrédito de la superstición que supondría creer que con sólo desearlo podíamos conseguirlo, cooperaban a anular su importancia. Podíamos, pues, bromear tan pesadamente como nos diera la gana entre amigos. Pero el deseo, sin importar cuan fuerte es y a menos que se apliquen categorías del orden religioso que no vienen al caso, sigue siendo completamente distinto al acto. Repliqué con enfado: 'Le quita usted todo lo divertido a las cosas. Para reír a gusto hay que desear la muerte de nuestros hijos de puta, esperar pacientemente la noticia de su deceso para celebrar, sí señor, para celebrar: porque una cosa es que no seamos asesinos y otra muy distinta que estemos obligados a ser buenas personas con todo el mundo, una cosa es no pasar el trapo contaminado por el pomo de la puerta y otra es no experimentar placer al saber que la han palmado. Yo sí me alegraré de la muerte de algunos imbéciles, personales y públicos, si es que tengo la suerte de ver que se produce, pero no tengo los huevos de ir a por ellos, quizá porque no me han causado tanto perjuicio como para decidirme, quizá porque no me compensa los riesgos. Después de todo a un hijo de puta siempre le sucederá otro igual o peor, ¿no? Es un método poco efectivo, sin contar el manido argumento de que las soluciones de fuerza son para gente poco inteligente, ¡como si todas las pacíficas fueran ingeniosas!'. Volvimos a reírnos, aunque no nos quedara muy claro por qué. 'Somos cobardes', me dijo, 'han conseguido volvernos meros apéndices desgraciados del aparato burocrático estatal, sustituibles y obedientes, abyectos y cobardes, moscas del presupuesto que merecen ser aplastadas y sacudidas. Personas tranquilas. Personas de bien. Envidio los tiempos en que un hombre podía causar la muerte de otro sin sentir ningún cargo de conciencia. No sabemos qué es eso, nunca lo sabremos ya porque si lo conseguimos seríamos lo que las sociedades cursis de estos tiempos las sociedades más hipócritas y santurronas que jamás ha visto la humanidad llaman un psicópata, un enfermo, un loco. No queda sino encomendarse al virus.' Volvieron las risas, breves, me puse didáctico sin desearlo; lo que es peor, sin creerlo: 'Bueno, siempre podemos alegar que no nos deshacemos de nuestros hijos de puta porque los seguimos considerando humanos, es decir, porque no conseguimos realizar esa operación mental por la que un asesino retira esa calidad a sus víctimas, a veces desde la insania, a veces desde la sólida convicción que dan la nación, las ideas o la religión. ¿Pero no seremos asesinos en potencia por desear que se mueran? Malas personas, sin duda, muy condenables y repugnantes, que juegan con lo sagrado, que se divierten con el sufrimiento, en fin, poco cristianos en un mundo de seres perfectos en el que no se explican las maldades infligidas a tanta gente, pero ¿también somos asesinos? Habrá que esperar a que se muera alguien y ver qué tal nos sentimos. Lo más seguro es que, como siempre, esperemos en vano. Lo más retorcido: que nos muramos nosotros. ¿No desearían eso las buenas personas cuya muerte deseamos si se enteraran de nuestros deseos?'. Él se pasaba un dedo por los rulos y, como saliendo de una ensoñación, contestó rápidamente con una risa apagada: 'Sí, sí, por supuesto que nos matarían. Esos cabrones sí son capaces de apretar el botón. No confíe en ellos. ¡Qué buenas personas van a ser...! ¿Sabe? Pensaba que todo esto es parte de esa idea antigua de castigar el mal e instaurar el bien por medio de un cataclismo, a veces un diluvio o una lluvia de fuego, a veces una guerra apocalíptica o una epidemia, le aseguro que los debe haber ahora que sienten que están pagando por sus pecados, si no en lo individual, sí en lo colectivo, los hay porque ya los he escuchado que aseguran que habrá un antes y un después de esta epidemia, otro ejemplo del egocentrismo contemporáneo que cree que lo que le pasa es original y nunca antes se había dado en la historia de la humanidad, me aburre, en fin, tanta mierda...' Se hizo una pausa. Nos vimos de una pantalla a otra, sonriendo, con la boca cada vez más hacia afuera de quien está a punto de soltar algo. 'Que se mueran nuestros hijos de puta', dije al fin. 'Sí, chingada madre, ¡que ya se mueran!' estalló él. Y volvimos a reír a carcajadas.

jueves, abril 09, 2020

La vía del artista

Aunque, como todo el mundo, fantaseaba con ello en los momentos de mayor vulnerabilidad al cabecear frente a un libro y quedarme dormido; en la ducha, especialmente de noche no creí nunca que moriría de esa forma ni tuve mis fugaces pensamientos por premoniciones. Es verdad que eran recurrentes desde que me quedé solo, pero también uno considera el hecho de que el avión en que estamos montados puede caer de un momento a otro sin por ello levantarse de su asiento, histérico, de regreso a la puerta de embarque. Nada que merezca llamarse presentimiento, ni siquiera ahora que ya ha ocurrido, porque en el reino de lo posible las coincidencias más extraordinarias son obligadas: alguien debe, por fuerza, cumplirlas. Me ha tocado a mí morir a medio camino entre los que son asesinados durante el sueño por una sombra y esos otros los menos, quizá que se encuentran con un cuchillo luego de enjuagarse el jabón de la cara y abrir los ojos, una mezcla de escenas tantas veces recreadas en mi cabeza, pero también en el cine y la literatura, carentes todas de originalidad.
Cuando se fue la luz estaba ya secándome para salir del cuarto de baño cuya puerta no cerraba desde que vivía solo. Había puesto música. No me hallaba ni triste ni contento, lo segundo no debe confundirse nunca con la tranquilidad y para lo primero ya estaba demasiado lejos de las circunstancias que me habían apartado de amigos y parejas. No era viejo todavía, pero desperdiciaba mi vida en la creencia de que disponía de un plazo razonable un plazo promedio para completar una obra que me satisficiera: no era así. La obscuridad y silencio súbitos me detuvieron con la toalla en la mano unos segundos la sorpresa pero no me alarmaron. Después de todo no era la primera vez que fallaba la energía. Busqué con los pies las sandalias y cuando terminé de ponérmelas me detuvo lo que creí era el sonido del guardapolvos de la puerta de la calle contra el suelo. Agucé el oído como un animal. Inquieto, asomé lentamente la cabeza por la puerta del baño y, más allá del vestidor, pude ver el reflejo de la luz de la calle sobre las paredes del cuarto. '¿Por qué si mi casa está en penumbra?', me pregunté, ahora sí, asustado. Sin soltar la toalla que normalmente habría colgado en el cuarto de baño, empecé a andar hacia mi habitación cruzando el vestidor. Uno no puede creer que esté ocurriendo lo que no debe ocurrir y por eso verifica varias veces antes de aceptarlo y emprender acciones, unos segundos que pueden ser los justos para que el asesino cubra la distancia que lo separa de uno y, ya iniciada nuestra marcha, nos encuentre entre la habitación y el cuarto de baño, desnudos, con nuestra carne expuesta para ser abierta aquí y allá sin más protección que esa otra carne de nuestros brazos que no pueden defendernos. Un golpe, otro más, el calor de la sangre corriendo sobre una piel muy limpia entre gritos apagados que llaman desesperadamente a detenerse, las manos y pies que se empapan hasta hacernos resbalar. Últimos descubrimientos antes de hacer mutis: que las cuchilladas no duelen, que perder sangre adormece, que morirse así es menos dramático de lo que suponía. Aprendizajes muy rápidos e incomunicables.
Me ha dado tiempo de saber quién me ha matado. Ha sido un chico que traje una vez a casa con intenciones vagamente sexuales y a quien terminé regalando un libro. Un artista, decía, aunque sólo fumara opio entre canción y canción. Un emancipado que sólo buscaba que yo pagara sus vicios. ¿Y por qué no iba a hacerlo si yo fingía admirarle sólo para poseerlo? ¿Por qué me daría otra cosa que no fuera vulgaridad para corresponder a mi bajeza? ¿Qué otro género de arte podía pertenecerme sino el prostituido, el corrupto? Eso es lo que pasa, me he dicho luego, ya desprovisto de la carga del tiempo, cuando se mezclan deseo y falta de talento. Pasa que no escribes ni pintas porque eres una persona ordinaria que sólo desea masturbarse acompañado. Pasa que no cantas ni recitas porque eres más superficial de lo que piensas, un hombre con televisión y trabajo, con parientes y conocidos insulsos de los que no puedes deshacerte. Pasa que mereces haber alcanzado esa madurez incierta en medio de tanta gentuza porque no otra cosa es digna de quien no tuvo el valor de abrazar aquello que perseguía confiando estúpidamente en que ya habría tiempo. 'Ya pronto, ya pronto', me lo dije tantas veces. Pero el tiempo se ha acabado a manos de este drogadicto que tampoco amaba el arte para otra cosa que no fuera el placer más inmediato. Somos hermanos en la mediocridad, por mucho que él durmiera en el suelo y yo en una cama, aunque él no tuviera trabajo y yo cobrara un sueldo, a pesar de mis estudios y su falta de escuela, nuestras falsedad y pretensión eran las mismas y así no es de extrañar que donde faltara la verdadera pasión se adujeran pretextos, la penetración inacabada, la obra inconclusa.
Ya no hay nada que hacer desde que esa sombra armada de reflejos me expulsó del tiempo dejando mi cuerpo tirado entre el baño y la alcoba, la toalla medio empapada en sangre y agua, la puerta de la calle abierta luego de que hubo robado lo que pudo. Es inútil buscar subterfugios. En vida pensé muchas veces en los talentos a los que las circunstancias no prestan apoyo para su desenvolvimiento: una familia ignorante, un lugar inadecuado, una lengua incorrecta. 'Vivo en un país canalla, primitivo, envilecido hasta la náusea', me decía, 'donde no tienen más cabida el intelecto ni el arte sino sólo su simulación más burocrática y maquinal, una pocilga donde se depreda cualquier cosa por dinero y entretenimiento, sacos de mierda y pis sus habitantes, tiradero en el que me pudro'. Mientras me mudaba de lugar, en tanto conseguía desprenderme de todos, encerrado en casa leyendo libros extranjeros para salir al encuentro del espíritu, me rebajaba día a día hasta la altura que yo había asignado a los que me rodeaban, creyendo salvarme. ¿No es así que les asistía el derecho a liquidarme si ya antes yo les había retirado la calidad de personas? ¿No es así precisamente como alejé la posibilidad de una vida de amor y conocimiento? Ahora veo claro que era posible recorrer la vía del artista a pesar de las circunstancias, realizar a toda costa el milagro de transmutar la materia vil en oro. ¿Qué hacía pues esperando el día perfecto? ¿Qué podía significar la circunstancia apropiada? Nonsense! 
Puedo pensar todo lo que quiera que no podrá ya traducirse en ningún libro, ninguna materialidad. Nada tiene remedio: estoy muerto.

sábado, marzo 28, 2020

Primera sesión

Uno de los méritos más importantes de no tener hijos será que no torturaré a ninguna persona que espere de mí amor incondicional. Nadie tendrá que acudir a ningún consultorio, como lo hago yo ahora, para explicar las injusticias de que fue objeto por parte de quienes más debieron protegerle y amarle, como si en la explicación racional que no es otra cosa que inventarse una cadena de causalidad paralela a la de los hechos pudiera hallarse la reparación debida o, cuando menos, la eliminación de las consecuencias. No consuela decirse, sin más pruebas que la argumentación más o menos arbitraria de un psicoanalista, que uno debe conducirse con más flexibilidad y tolerancia porque la rigidez de nuestro carácter tiene por causa la falta de amor de la madre y la castración virtual del padre; que la orientación sexual quedó determinada por el predominio de una madre marimacho que hubo de suplir al padre ausente; que sin duda el fetiche de los calcetines y las ataduras, pero también el de la saturación de orificios y aún el de la asfixia, se corresponden todos a una misma necesidad patológica, impuesta por la madre, de embridar los instintos por medio de una represión no sólo mental, sino física, obteniendo placer de la privación tensa, prolongada y dramática del premio. ¿Por qué querría pues que por mi culpa alguien tenga asuntos pendientes qué resolver en su vida; que sienta una insatisfacción esencial cuya causa ignore o tarde demasiados años en asociarla vagamente a mi veneno; que requiera la ayuda de los así llamados profesionales o dependa demasiado de una pareja comprensiva y amorosa para olvidar el daño; que descargue a su vez la frustración por mí causada en su propia prole? No. De ninguna manera.
A mi hijo ya no podré torturarle porque ha muerto prematuramente. No siempre fue así, pero nos hallábamos bien el uno con el otro cuando murió, una muerte repentina y violenta que no nos dio tiempo de conocernos más a fondo. No obstante, debajo del entendimiento mutuo que habíamos alcanzado yacía sin duda la memoria de incontables agravios. Porque yo no fui madre, sino padre; porque mi madre fue padre también; así mi amor por él no era no podía ser incondicional. Cuando fue evidente para mí que no era un chico demasiado despierto, tuve la esperanza de que se dedicara a algo tan alejado de mí que yo no tuviera oportunidad de juzgar su competencia. No fue así. Decidió hacerse ingeniero como yo, estudiar la misma especialidad, encima. Con el pretexto de ayudarle le sometí a todo género de presiones sólo para satisfacer mi propio ego. A mí no me importaba cómo se sintiera él tanto como el éxito que a través suyo pudiera yo experimentar, como si de una extensión de mí se tratara; no un hijo, sino una parcela más donde poner a prueba mi inteligencia; no un vástago, sino un aspecto más donde yo sería medido y juzgado. Ahora es fácil decir que yo buscaba la perfección por culpa de mi madre y que esa búsqueda acabó por envenenar la relación con mi hijo, pero por fortuna ese veneno no consiguió agriarle el carácter ni lo hizo desistir de sus decisiones, al contrario: conforme yo renunciaba a mis pretensiones de hacer de él un gran ingeniero y le prestaba mayor atención a los estudiantes más brillantes que trabajaban conmigo, él se hizo de buenos resultados con paciencia y constancia, pero sobre todo con amor. Si yo no lo tenía en la mayor consideración, si para amarlo exigía de él el talento más alto, él me amaría incondicionalmente, como a un hijo. Con su primer sueldo como ingeniero me invitó a comer, reservado y afable. No me guardaba rencor y así le tuve una creciente confianza para confesarle mis debilidades y escuchar sus opiniones. Me convenció finalmente de que alcanzaría una vida plena que yo pudiera respetar. Luego murió, devolviéndome de golpe a una soledad esa sí, para siempre perfecta.
Pero lo que había pasado con mi hijo le pasó sobre todo a él, más que a mí. Y desde luego más a mí que a mi madre, que no encontró en este hecho nada que la apartara de su conducta habitual, a saber, la feroz defensa de mi persona contra terceros a fin de mantener el derecho exclusivo de aniquilarme. ¿Qué fue la muerte de mi hijo para esta señora que fungió como mi padre y de la que tuve que alejarme nunca de manera suficiente, nunca de manera perfecta para no morir de asco? En el mejor de los casos fue una tarea más en la que yo le había fallado, no porque la privara de una descendencia hacia la que no tenía ningún interés, no porque ella creyera que yo había sido negligente con mi hijo ni porque conociera las duras exigencias profesionales a las que yo lo había sometido, sino porque perderlo me hacía una persona manchada por el fracaso y, por lo tanto, menos digno de ser hijo de ella. 'No existen los accidentes', dijo al poco tiempo de morir mi hijo con la falta de tacto típicamente católica que la caracterizaba, 'uno atrae el mal a sí mismo y así no es nunca casualidad que las personas con defectos de carácter tengan en su haber una larga lista de desgracias. Ellos se lo buscan'. Aunque tarde, la muerte de mi hijo me abrió los ojos en relación con la maldad natural de mi madre y, en consecuencia, nunca más me permití consideraciones de ningún tipo hacia su persona que no fueran de carácter económico. Durante años había padecido sus invectivas y mezquindades, su crueldad inexplicable y quirúrgica, pensando estúpidamente que ella sólo deseaba que yo fuera mejor. Una y otra vez, como ocurre con aquellas personas que asumimos como buenas porque casi no concebimos que pueda ser de otra manera, acudía a ella para pedirle consejo sobre diversos asuntos, hacerla partícipe de mis preocupaciones y dudas, también de mis alegrías, sólo para resultar sistemáticamente lastimado por su incomprensión o desinterés, por su habilidad para conducir cualquier conversación por donde hiciera falta para encontrarme culpable, por sus reproches soterrados y el continuo rebajamiento que hacía de mi persona para mantenerme, siempre disminuido, bajo su férula. Nunca más, me dije, así desde la muerte de mi hijo.
Ha pasado el tiempo. Su maldad goza ahora del pretexto de la senilidad. Pero ha sido justamente su edad lo que me ha permitido comprenderla mejor en vez de descartarla simplemente como otro caso de demencia: cada vez más veo surgir en sus palabras y actos, en la manifestación mal refrenada de su protervia, en la avaricia injustificada de objetos y alimentos, incluso en sus rasgos físicos y algún movimiento involuntario, a la persona de mi abuela, su madre, a quien ella tanto criticaba por estas mismas cosas con las que ahora hace padecer al personal de la residencia y a mí, ocasionalmente, cuando voy a visitarla. 'De modo que eso era', me digo sonriéndole mientras me echa en cara los gastos que no hizo en la educación de mi hijo, a quien cree vivo, 'la culpa no era tuya sino de tus padres, claro, particularmente de mi abuela; ¿cómo podía saberlo si aquella anciana era toda beatitud conmigo? ¿cómo no presté atención a la manera en que siempre te comparaba desfavorablemente con tus hermanos? ¿cómo no recordé en las tantas veces en que me hizo llorar tu crueldad el desprecio con que mi abuela te trataba cada vez que intentabas hacerte comprender, pero sobre todo querer, por ella?'. Vienen a darle la medicina de las siete, ella acepta tragar las pastillas con cierto enfado. 'Perdóname, madre', digo mentalmente mientras trato de pasarle una mano por el rostro y ella se aparta para preguntarme con gravedad '¿Por qué te gusta fracasar, hijo? Contéstame'. No me molesto en hacerlo. Sonrío y me pongo de pie. 'Hasta pronto, mamá. La quiero'.
No tengo hijos. Nadie espera de mí amor incondicional. 
Pero yo tampoco.

lunes, marzo 16, 2020

Segunda sesión

Por alguna disposición natural que por ahora no es importante analizar, la vida suele orillarnos a formular y resolver falsos dilemas. Entiendo por resolver la mera acción de escoger, cuando una verdadera solución sería descartar el dilema como lo que es: una disyuntiva inexistente, una trampa, la y griega de un sendero que podemos desandar. Sin embargo, cuando ya se ha ido demasiado lejos en un camino y nos hemos esmerado en prepararlo para recibir al final del mismo lo que suponemos es su consecuencia lógica y triunfal, sólo para encontrar una bifurcación entre dos rutas igualmente lamentables y contrarias a lo que habíamos calculado, se vuelve tan pesaroso como inevitable elegir. Cuando ese momento paradójico llega, sin importar las cualidades intelectuales de quien lo padece ni la profundidad de su inclinación hacia la objetividad, no se busca otro culpable que no sea uno mismo, una amarga tarea facilitada por el carácter intrincado y múltiple, entremezclado, de todas las realidades humanas. '¿En qué de lo que nos ha ocurrido no hemos tenido parte?', nos preguntamos, y a agua pasada es fácil juzgar como obvias las acciones que debimos emprender, como si el ajedrez pudiera jugarse deshaciendo movimientos y como si semejante oportunidad no contuviera en sí misma el germen de nuevas complicaciones y atascos.
Como era de esperarse, los falsos dilemas que nos procuramos están íntimamente asociados a nuestro carácter; éste, a su vez, como casi todo lo que somos, hunde sus raíces en nuestro árbol genealógico como en una sesgada representación en miniatura de los diversos tipos humanos. Desde niños buscamos espejos en quienes nos rodean, aunque a veces tengamos que ir más allá de nuestros padres para encontrarlos. El primero que tuve fue Melina, la mayor de las hermanas de mi madre, que a diferencia del resto de sus hermanos no estaba casada, ejercía la medicina en un consultorio propio, vestía con extraordinaria elegancia y tenía un montón de libros y discos en su habitación, un lugar en el que solía quedarme a leer mientras ella se arreglaba frente al espejo de su cómoda u ordenaba papeles cuidadosamente en archiveros y portafolios. La admiraba de manera natural por una afinidad que entonces no buscaba explicar, reforzada por los pequeños regalos y consejos que me daba, ya en la banca del parque donde comíamos helados, ya a bordo del coche impecable que conducía: 'debes valerte por ti mismo', explicaba, 'haciendo algo que de verdad te guste, que te apasione; si no lo sabes ahora, ya lo descubrirás después, pero tú sigue estudiando'. Con todo, una pregunta aparecía una y otra vez en mi pensamiento sin que la corta edad me impidiera considerarla imprudente: ¿por qué Melina era soltera? ¿por qué no tenía un marido, médico o quizá ingeniero, con quien pudiera tener hijos propios y vivir ya no en la casa que compró para sus padres y hermanos más pequeños, sino en una exclusivamente suya? Venciendo la timidez le pregunté a mi madre un día; ella, haciendo una mueca despectiva mientras movía desdeñosamente las manos, explicó: 'no sé por qué Melina sigue soltera, pero algo tendrán que ver su mal carácter, su intolerancia, su agresividad; ella siente que es perfecta, que sólo ella tiene razón, peca de soberbia y tú vas por el mismo camino'. Yo adoraba a mi tía Melina y no encontraba en ella trazas de la personalidad que le atribuía mi madre; tampoco sentía que yo me pareciera a ella, pero la comparación me halagó: yo quería ser como mi tía. Excepto en una cosa: el amor.
Pasó el tiempo, me hice adulto, la admiración que yo sentía por Melina menguó. El trato cordial pero circunspecto de nuestra relación no incluía la necesaria confianza para discutir su vida privada ni las decisiones y circunstancias que la condujeron a su soltería definitiva. Creí comprender las objeciones de mi madre para con su hermana cuando a los dieciocho años, con motivo de un trabajo informático por el que ésta me pagaba, yo mismo fui objeto de sus invectivas. '¡Estás sola porque eres una amargada y una histérica!', le grité en la cocina de su nueva casa (por fin vivía sola), '¡quédate con tu dinero! ¡renuncio!'. Pese a estas duras e injustas palabras, Melina no se quebró en ningún momento. No asomaron a sus ojos las lágrimas que uno supondría. No bajó el tono de su voz ni intentó disuadirme de renunciar. Me fui de ahí y me olvidé por mucho tiempo de mi tía recibiendo sólo noticias ocasionales de su vida. Una vida profesional. Una vida sola que yo no quería para mí.
Creí encontrar el amor pocos años después en un hombre tan leal como aburrido. Hice una carrera exitosa. Prosperé económicamente. Me inventé reglas para vivir mi sexualidad sin menoscabo de lo que creía el amor. La confusión me costó dieciocho años de creciente pasmo que terminaron en un doloroso divorcio. Otra pareja, tan deseable en la cama como contradictoria y dudosa fuera de ella, palió mi soledad por algún tiempo, pero ya se diluye en la distancia de una ciudad extranjera. Como si hubiera atravesado a nado un enorme lago mi vida o, cuando menos, su juventud más lata hoy levanto la vista cansado, todavía húmedo, en esta playa desconocida donde casi nada se parece a lo que buscaba: no hay hijos ni amantes, no hay una cintura donde descansar la vista. Por distintos rincones, en lo alto de la arena, arden fogatas que alimentan las muchas Melinas que conocí en mi vida, mujeres solteras y profesionales más o menos enamoradas de mí, que han persistido en su ruta solitaria: la maestra de los perros, la española, la checa, la francesa. Yo, según voy descubriendo, soy una de ellas. Soy como ellas. Soy ellas. Ya me veo como la propia Melina entregando toda mi fortuna a la secta en turno por falta de amor, como la maestra recogiendo perros y putas por falta de amor, como la española aferrado a mi madre en un piso solitario por falta de amor, como la checa declarándome abierto a todo y atrayendo sobre mí sólo el abuso por falta de amor, como la francesa, en suma, dándome ínfulas de revolucionario y amante de todas las causas por falta de amor
¿Cuál será mi destino una vez alcanzada esta orilla sin acompañante ni descendencia? ¿con qué he de sustituir el amor cuando se acabe la esperanza? Todas las Melinas han debido enfrentarse en algún momento a la perversa idea de que eran culpables de su soledad última, se habrán examinado perplejas luego de ser heridas o abandonadas, ignoradas o proscritas, reprochándose el haber cultivado una idea de perfección en su persona, en su hogar, en su filosofía a la que van degradando con todo género de ajustes cada vez más desesperados e imprecisos, sin que a semejante rebajamiento lo compense nunca una caricia genuina ni una lealtad mínima. Nada, nadie, ninguna permanencia. El dilema entre mostrarse aquiescentes o quedarse solas prueba así su falsedad última, pero la evidencia no es suficiente para deshacer lo andado ni volver sobre sus pasos para ser ellas mismas: rechazan serlo en soledad. Optan, pues, por un suicidio sin sogas ni navajas, los tristes sustitutos del amor...
Pero yo, doctor, mucho me temo, no tengo ganas de reemplazos.

domingo, marzo 08, 2020

Tercera sesión

Lamenté mucho saber que el hombre que había pagado diez sesiones conmigo se había suicidado luego de la tercera. Lo recuerdo delante de mí abjuraba yo del diván: prefería una silla frente a otra con un portafolio abierto sobre la alfombra, repleto de cartas. 'Es desesperante, doctor, que lleguen momentos en la vida en que la soledad lo obligue a uno a considerar el pasado y sólo encuentre en él una densa niebla de inconsistencias. Quiero que se haga la luz y no lo consigo. Quiero limpiar mi vida y no puedo dejar atrás sus historias ridículas cargadas de consecuencias. Casi no me queda nadie y lo que me queda está contaminado de tontería o necedad. No sirve. Esta situación debería facilitarme enterrar el pasado, mudarme, empezar una vida nueva en otro lugar. Pero no puedo. Quizá usted pueda ayudarme a ordenar las cosas, a atreverme'. 
No pude. Discutíamos la historia de su vida apoyados aquí y allá en esas cartas, lo dejaba emprender largas digresiones, le mostraba en la sesión siguiente los resúmenes que había hecho sobre su persona, sobre su vida, le anotaba posibles consejos y sugerencias. Una conducción un tanto heterodoxa, desde luego, pero más adecuada a su nivel intelectual y a su deseo de ver por escrito, sistematizada en resumido orden, la historia de su vida. El último informe no ha podido recogerlo. Lo he archivado con profundo pesar, juzgando ingenuas y un tanto estúpidas, desproporcionadas, las conclusiones que maneja: insisto en el papel fundamental de las circunstancias (que no le han sido favorables), en la necesidad de una obra (a falta de personas), en la procuración del placer por vías que no dependan más que de uno mismo. Una ingenuidad inexcusable de mi parte, quizá pereza. La mujer del aseo ha encontrado traspapelada una de las cartas que el hombre me había mostrado. En su entusiasmo, su generosidad, su peligrosa falta de reservas, comparto la vergüenza que él decía sentir por toda su correspondencia, por toda su vida:
"Querido E.,
Los viernes rompo rutinariamente la rutina, aun sin querer, pues el sólo conocimiento de que el sábado no hay trabajo me laxa lo suficiente como para escuchar música o ver películas hasta bien entrada la noche. No todo lo que escucho es de calidad objetiva, pero suele revestirse de un valor sentimental incalculable a la hora de fijar el pasado, recrearlo, retrotraerlo y aun vivirlo de nuevo con la intensidad que da mi vasta memoria no sólo narrativa, sino sensorial y aun ucrónica. Y como el presente es una irredenta madre que alimenta lo ya transcurrido con maníaca puntualidad, la música también me proporciona la atmósfera y a veces hasta el humor de los días que corren, siendo así que ya hay acordes y textos perfectamente adecuados no sólo para recordarme mi reencuentro contigo, sino para imaginar los que no tuvieron lugar y aun vivir los que vendrán en el futuro. Los cantautores indie han tenido el enorme acierto de recuperar mi vena sórdida y decadente hasta tender una alfombra sonora donde recostar el alucinante presente, tanto más incomprensible y sorprendente por cuanto no ha sido el contacto de nuestros ojos ni el abrazo tras largos años lo que nos ha acercado hasta echarnos paradójicamente de menos ahora que nos hemos reencontrado, sino la escritura, el verbo, la visita de la palabra de la que cada vez puedo prescindir menos hasta el punto de que aquí me tienes rindiéndote tributo cuando el viernes avanza hacia su fin y sólo podré enviarte estas líneas el día de mañana, cuando por fin lea tu respuesta al correo anterior o descubra que no me has escrito, anomalías todas disculpables aunque sólo sea por la libertad rayana en la locura que siempre incluso desde hace diez años nos hemos procurado.
Tampoco mis películas son todas de buena calidad, sobre todo si tomamos en cuenta que la gran mayoría del material que guardo en el disco duro externo me fue proporcionado generosamente por amigos diversos o conocidos, más o menos irrelevantes, o personas cuya importancia ha quedado suspendida hasta nuevo aviso (y ese aviso bien podría llegar hasta el momento de mi muerte, cuando toda opinión o juicio cesen definitivamente y quede todo preterido para la eternidad), de modo que mis verdaderas películas están en México, lo que no obsta para que igual que la música disfrute con no poca basura y aun encuentre una que otra obra maestra entre el material que descuidada y mecánicamente me procuraron aquellos que bendita época informática sólo acumulan materiales que no desean para mirarlos cuando no puedan prestarles atención… 
Yo, en cambio, gracias a este exilio, segundo de ellos desde que a principios de siglo consiguiera irme del país con objetivos vagamente académicos y profundamente filosóficos, dispongo de todo el tiempo del mundo para vagar solitario y extranjero por las obras y aun las excrecencias que los hombres han creado para transmitir conocimiento, para alimentar su vanidad, para mejor pasar del vientre materno al vientre de la tierra, pruebas todas de que con la vida lo mejor que puede hacerse es crear, hacer, edificar, afilar la espada del intelecto y pulir la copa del corazón, vivir adentrándose en la espesura como aconsejara San Juan de la Cruz en el Monte Carmelo…
Pero no seamos injustos: no sólo después de iniciado mi exilio he tenido la oportunidad de asomarme al mundo, también antes lo hice y, aun más, lo he hecho desde que abrí los ojos a la luz e hice de mi paso por la tierra una vida de amor y conocimiento. Comprendí pronto mi naturaleza teórica y la exploté hasta sus límites en esa vía contemporánea por la que se incorpora a los hombres a la sociedad, llamada escuela; comprendí pronto que tenía que hacerme primero con las ciencias y luego con las opiniones, al final con las meras ideas y más allá con las creaciones; comprendí que una parte del conocimiento sería carne, alguna otra sentidos, alguna más razón y otra éxtasis; recorrí las matemáticas y la historia, la ingeniería y la vaga región que va de la teoría social a la teoría psicológica, sin olvidarnos de la tenebra religiosa y, por supuesto, la literatura; pinté y toqué Las mañanitas; escribí desde la adolescencia “sorprendido de ser”, como dijo Octavio Paz, mi modesta vida y mi vía poética; he publicado textos plagados de ecuaciones y alguno más sobre inteligencia artificial, una critica a los diarios de Salvador Elizondo en Letras Libres e innumerables artículos políticos y sociales, además de multitud de cuentos breves; he hecho caricatura política y he sido formalmente reprendido, he sido espiado y delatado, traicionado y punido; he sido maestro y alumno, alma de fiestas y líder espiritual, programador y divulgador científico, investigador y practicante de karate, jujitsu y spinning; he sido amigo y amante, diablo y salvador, marido y mujer…
Y ahora estás de vuelta, querido, pidiéndome mi currículo. Vaya pues, aunque sólo sea para que rías de mí un poco como buen conocedor que eres de mis oquedades y vergüenzas (y si no las conoces las inventas, querido, que sólo queriéndome tanto puedes ser tan duro conmigo). Pero ahora que el viernes ha cedido suavemente su lugar al sábado quizá sea conveniente hacer una pausa para oír una melodía y volver sobre la escritura porque quiero hablar más de ti, ¿me esperas?
[...]
He vuelto luego de escuchar Seronda. Cuando vuelva a Ciudad Natal quiero poner las canciones inexplicables a buen volumen en el auto y pasear por el centro de la ciudad contigo a altas horas de la noche; de día quiero recorrerlo a pie desde el lugar donde nos conocimos, al lado de la estación Belisario Domínguez, hasta el Parque Revolución. Y quiero que me abraces sin objeciones cuando lo necesite (y lo necesitaré). Entonces te explicaré algunas cosas que seguramente ya intuyes, como la complejísima relación que guardo con la parte más profunda e inimitable de esos barrios donde pasé mi infancia y que me hicieron el engreído homosexual que soy, relación de la que tú oh, azar misterioso has sido siempre el embajador más versado y oscuro, también el más entrañable… la homosexualidad explicada exactamente como tu teoría del suicido, nene: la sociedad trafica las armas y nuestra psicología aprieta el gatilllo, ¡qué excelente analogía!
También quiero que vayamos a una cantina: no, no a un bar de putos como pudiera pensarlo cualquier observador profano de nuestros intercambios epistolares que en cada movimiento sólo vería una invitación a intercambiar fluidos, sino a una cantina ordinaria y sórdida donde sólo podamos oír alguna música siempre adecuada, reír a carcajadas con el humor que suele faltarnos y beber un trago como si la fiesta hubiera terminado hace muchos años, víctima de la decadencia universal…
Quiero tantas cosas que será mejor que espere a mañana para burlarme de mí; tú estás invitado a hacerlo desde hoy, naturalmente, pero también debes acompañarme en los delirios arriba citados cuando llegue el momento (¿no eras tú el que pedía que pasáramos más tiempo juntos hace sólo un par de semanas? ¿o eras más bien el que amenazó ayer con privarme de sus cartas con motivo del escaso tiempo que tus estudios sociológicos y más bien burocráticos te dejaban?). Tienes la palabra, nene, y una dulce sonrisa dibujada. Besos enormes."
'No hicimos nada, doctor. Nada. Con él como con la mayor parte de la gente de mi vida sólo hubo prédicas en el desierto. ¿Cree que sea el momento de partir?'. Entonces le contesté que cambiar de residencia era sin duda una buena idea. Fui, desde luego, uno más quizá el último de los que no lo entendieron.

sábado, febrero 29, 2020

Simpatía por el pederasta

No había cumplido aún los cuarenta cuando pude renunciar al hospital y dedicarme de lleno al consultorio privado. Las mejores familias de Santa Teresa no son personas cultas, pero como buenos americanos de imitación toman muy en serio el psicoanálisis como distintivo de clase. Pagaban bien, aburrían, de vez en cuando nos invitaban a mi esposa y a mí a incongruentes cenas por el sólo placer de tener a un doctor a su mesa. Al comparar analistas, los pudientes subrayaban el hecho de que yo era psiquiatra y no un mero psicólogo, es decir, una persona facultada para sostener legalmente sus adicciones dándoles apariencia de normalidad, un barniz al que ellos añadían el prestigio del elevado costo que pagaban por los medicamentos y el hecho de que yo había estudiado la especialidad en Boston. También había completado una especialización en trastornos de la sexualidad, aunque esto a veces lo mencionaba y otras veces lo omitía, pero mi matrimonio y la facilidad con que me fue concedida la plaza en el hospital me hicieron regresar a Santa Teresa y posponer indefinidamente la idea de residir en el extranjero. Económicamente fue un gran acierto, sólo mejorado por el momento en que, dueño de una cartera de pacientes importante, me deshice del hospital y me dediqué al consultorio. Teníamos un rancho con caballos y árboles frutales al que íbamos los fines de semana con las niñas, una casa en la ciudad con piscina y jardín extenso, biblioteca, teníamos vacaciones en exclusivos resorts de playa o capitales europeas, mis favoritas. Pero una parte de mí padecía: me hallaba harto de atender a mujeres histéricas que consideraban necesario exagerar para que les recetara antidepresivos, a adolescentes que habían sido forzados por sus padres empresarios o banqueros a discutir su homosexualidad, a niños con déficit de atención o un claro retraso mental que sus progenitores se negaban a aceptar (y hay que ver la cantidad de degenerados mentales que paren los adinerados), en fin, un día tras otro sin más estímulo que el de escuchar historias idénticas en las que se escamoteaban los mismos datos, una vida burguesa de provincias cada vez más asentada en la que mi mujer y yo nos sentíamos como náufragos en una isla. Hasta que llegó Fez.
Fez era un hombre de mi edad, bien vestido, correcto en el lenguaje, una vez que nos presentamos y relajamos un poco hablando de la coincidencia de que él también hubiera vivido en Boston durante casi diez años, me explicó por qué había venido: 'Nunca he tenido relaciones sexuales, doctor. Yo supongo que en un mundo donde el celibato es requisito para el sacerdocio mi situación no parece una anomalía demasiado grave, ¿verdad? Pero yo no hice votos de castidad ni me ha faltado la libido a lo largo de mi vida. Lo más cerca que he estado de una relación sexual fue de niño, con mi primo, cuando nos ordenaron meternos a bañar y jugamos en la tina por una larga media hora. Mientras el agua se enfriaba lentamente y los juguetes flotaban alrededor nuestro, yo sentí una turbación extraña que ahora reconozco como la primera manifestación del deseo. Quería ponerme rígido como un tronco y apretarme contra mi primo, así que luego de callarme un momento mientras él hacía que un tiburón y un dinosaurio pelearan, le dije "¿jugamos a que somos muertos y flotamos pegados sin hundirnos?". Así lo hicimos durante un minuto hasta que mi tía interrumpió gritando detrás de la puerta. Un episodio insignificante, ¿verdad? De esos que la mayoría recoge durante la infancia tardía y que sólo anuncian la proximidad de la adolescencia. No en mi caso, doctor. Verá usted, durante las etapas que siguieron continué mirando a los niños de la edad en que mi primo y yo jugamos en la bañera. Teníamos diez años. Mientras mis compañeros se hacían de novias y los homosexuales escondían sus preferencias, mientras unos se iniciaban luego de una borrachera y otros algún fin de semana en que los padres habían salido de fiesta, yo me retiraba a mi habitación a leer y estudiar procurando no masturbarme por la cada vez más clara conciencia de que sólo lo hacía pensando en esos críos de los que desviaba la mirada al cruzarme con ellos durante mis largos paseos matutinos, niños en el parque o en el centro comercial, contra las alambradas de la escuela primaria, en los hijos pequeños de mis tíos más jóvenes con los que procuraba no coincidir y mucho menos quedarme a cargo. Soy pederasta, doctor, aunque no haya pasado nunca a la acción. ¿Acaso un homosexual lo es porque se acueste con otro de su mismo sexo? ¿no basta el deseo para ello? Ya lo creo, sí, pues eso soy: pederasta. Mi vida, como puede imaginar, no ha sido fácil. ¿Se acuerda de los viejos argumentos que la iglesia más progresista recetaba a los homosexuales? Decían que el reino de los cielos no les estaba vedado siempre que no ejercieran la homosexualidad. "No se condena a los homosexuales", aclaraban, "sino el actuar homosexual". Recomendaban oración para resistir. Algunos no muy al tanto de la realidad sugerían curarse. Todos han hecho progresos en estos tiempos, doctor, ya es muy difícil hallar gente que niegue el derecho de cada uno a vivir como mejor le plazca, especialmente en materia sexual. Hay, desde luego, la muy comprensible salvedad de que las personas involucradas estén en igualdad de condiciones, que sepan lo que hacen; luego no pueden mezclarse menores y mayores, retrasados y sanos, locos y cuerdos, usted me entiende. Así que por defecto estoy condenado: no puedo legalmente ejercer mi sexualidad. Por mucho que consiga que los demás entiendan que no he elegido sentir así, que no estoy enfermo, que soy una buena persona en lo general, no muy diferente del resto, jamás se me va a permitir vivir al completo. Estoy condenado, pues, a la castración en la práctica. Ni siquiera es algo que yo pueda comentar con nadie y hay que ver lo que me ha costado venir a su consultorio a hablarlo, un regalo envenenado, dirá, pero ¿qué otra opción me queda? ¿no se supone que es usted especialista en trastornos sexuales? Fíjese qué curioso: hace no mucho tiempo un homosexual habría venido a su consulta creyendo que tiene un problema. No han sido los psiquiatras los que han dejado de verlo como tal, sino la sociedad. No puedo ni imaginar las atrocidades que les habrán recetado a aquellos que tuvieron la idea de atenderse. Y ahora dígame doctor, para mi problema, ¿no son atrocidades las únicas opciones que puede ofrecerme su ciencia? Yo me pregunto a veces si existen los errores de la naturaleza, si existe la monstruosidad, el adefesio, la bestia. Me pregunto si estas categorías pueden establecerse sin recurrir a una función respecto a la cual son incompatibles, es decir, si un paralítico es un error de la naturaleza sólo contrastado con andar y no por sí mismo. Como puede imaginar he tenido que luchar contra la idea de que soy un monstruo y aún he debido sacudirme la tentación de suicidarme, quizá por rebeldía, quizá porque soy lo suficientemente culto como para no darme por vencido tan fácilmente con argumentos pueriles. Note usted el parecido de todos mis dilemas y cuestionamientos con aquellos que debieron plantearse los que ahora gozan de todas las libertades. Y bueno, ya sabemos que la historia es cíclica. ¿No hubiera sido comprendido indulgentemente de haber sido un ciudadano romano o griego de la Antigüedad? Conforme fui dejando de ser joven me acostumbré a no hacer nada con mis deseos y a permitirme fantasías sólo por mi cuenta. Pero no sé si sea la proximidad del climaterio o ese segundo aire del que hablan a los cuarenta y tantos, si el hartazgo de mi cuerpo yermo o la reciente muerte de mi primo en un accidente de trabajo, lo que ha reavivado mis deseos de una manera demasiado perturbadora y preocupante. Sé que debo tomar cartas en el asunto para evitar una tragedia, pero no sabía a quién acudir y he pensado que quizá usted lo sepa. ¿Doctor?'
El código penal contempla el delito de complicidad secundaria o accesoria si un profesional de la salud no denuncia a un pederasta. Fez había hablado con educación y claridad, no había cometido ningún acto del que pudiera arrepentirse ni que interesara a la policía. Decidí que debía corresponderle con la misma confianza haciendo caso omiso de la ley y prescribiendo inhibidores de serotonina, ansiolíticos y algún anti-psicótico. Un cuadro farmacológico agresivo a fin de no correr riesgos. Recomendaciones generales de conducta aunque él las conociera tan bien como yo: nada de ponerse en situaciones peligrosas, nada de exponerse a tentaciones, concentrarse en sus actividades como traductor que le permiten trabajar desde casa. Pero, aunque estimulado profesionalmente por su caso, por un momento sacado de la rutina ociosa de atender a la burguesía ranchera y desocupada de Santa Teresa, una inquietud espantosa se instaló en mi cabeza y no conseguí eliminarla a pesar de que las reuniones de seguimiento eran semanales. No podía decir nada a nadie, desde luego, ni siquiera a mi esposa que resintió una mayor abstracción de mi parte. Estaba seguro de que en caso de hablarle de Fez me exhortaría un tanto desproporcionadamente a denunciarle. Diría cosas que me irritarían profundamente como 'hazlo por las niñas' o 'no protejas degenerados'. Semejante incomprensión y primitivisimo me habrían enfadado con ella de una manera quizá irreversible (era una mujer buena, pero no de muchas luces; y no deseaba recordar eso). Conforme se acercaba la fecha de entrevistarme con él aumentaba mi ansiedad, temeroso de saber que algo había ido mal o que había pasado a la acción, como él llamaba a eso que nunca tendría manera de vivir. En alguna ocasión creí verlo a lo lejos en un supermercado con un niño de la mano. Traté de alcanzarlo pero como yo llevaba una crema de rasurar en las manos se activaron las alarmas de la puerta y los guardias me impidieron la salida. No llevaba mis anteojos, así que me tranquilicé pensando que lo más seguro era que no se tratara de él. Total: al día siguiente tendríamos nuestra séptima sesión. Ya vería que no había ningún misterio.
Fez no llegó a la hora de su cita. Inquieto, llamé a su celular: estaba apagado. Pregunté a mi secretaria si no había cancelado de último minuto, pero ella era tan eficiente que haberse olvidado de decirme acerca de cualquier cambio en mi agenda era impensable. Nadie había llamado cancelando nada. Por alguna extraña razón tenía ganas de echarme a la calle, quizá encender un televisor para ver si podía agarrar alguna noticia sobre mi paciente. Pero no lo hice. Me metí a mi consultorio y me dediqué a repasar el cóctel de medicamentos que le había prescrito a Fez durante las últimas semanas. Media hora después sonó el intercomunicador. Era la secretaria: 'Doctor, están aquí unos señores que dicen ser de la policía... ¿los hago pasar?'. Sentí un dolor de estómago instantáneo y una vergüenza extraña por el solo hecho de que mi eficaz secretaria no se decidiera a dejar pasar a la policía y aún pidiera mi permiso como si yo pudiera posponer ese encuentro. 'Hágalos pasar inmediatamente', conseguí decir sin que me cortara las palabras la garganta súbitamente seca con que hablaba.
Doctor, buenas tardes, ¿es usted el encargado de atender al señor Fez... ¿cómo era? preguntó el agente mirando a su compañero para que le dieran el apellido. Pero yo me adelanté:
Sí señor, soy su psiquiatra. ¿Pasa algo? No se presentó a su cita hoy, justamente...
Sabemos que no se presentó. Está detenido desde esta mañana acusado de haberse llevado a un niño de la escuela vespertina y llevarlo a su casa con el pretexto de que se había perdido.
¿Un niño? pregunté con una palidez que debió levantar sospechas de cualquier aficionado a historias policíacas. Sentí deseos de sentarme pero continué de pie.
Sí, un niño. De la escuela. La psicóloga escolar y la de la comandancia han conducido una investigación previa para determinar si este... Fez, ha hecho algo indebido más allá de llevarse al niño, en fin, usted entiende, doctor...
¿Y yo en qué puedo ayudarles? pregunté con la voz y el color recobrados. 
Necesitamos saber si existen elementos para sospechar de pederastia. Usted es su psiquiatra y el propio Fez nos ha dado su nombre.
Ya veo dije extrañamente aliviado sin reparar en que era la segunda vez en que me disponía a ocultar lo que sabía sobre Fez No existen elementos, si eso quiere saber. El señor está en terapia conmigo por asuntos de salud sexual que por supuesto no estoy en condiciones de revelar...
Doctor, confiamos en su palabra, pero es mi deber advertirle que mentir a la policía es...
No hay ninguna mentira lo interrumpí. Y apenas dije esto sentí que me estaba comprometiendo demasiado. Pero echarse atrás habría sido contraproducente. 
Si es así, nos retiramos, doctor. Si el niño supera las pruebas psicológicas, lo de este señor, Fez, quedará en una mera amonestación.
Dos días después con sus respectivas noches de insomnio, Fez me llamó. Estaba libre. 'Ha sido todo un malentendido, doctor, pero el niño ha explicado que efectivamente se había perdido'. Quería soltar un torrente de palabras, pero me limité a decirle que debía verlo con urgencia. 'La policía ha estado aquí, Fez, ¿me entiende?'. 'Le entiendo', replicó con frialdad. Tuve tiempo de prepararme para nuestro siguiente encuentro, particularmente para conservar la ecuanimidad y no perder los papeles, pues en el fondo deseaba sacudirlo a cachetadas. No porque hubiera cometido un crimen, lo que por fortuna parecía no haber sido así (pero no lo sabía, ni siquiera cuando mentí a la policía), sino por haberse puesto en una situación tan peligrosa dada su condición. Era una insensatez inexcusable para alguien de su estatura intelectual, pues no era un ignorante ni un inconsciente, mucho menos un desaprensivo. Lo encontré calmado, pero no me tranquilizaron sus palabras: 'Lo siento, doctor, no pude evitarlo. El niño se me atravesó en la calle cuando me dirigía al supermercado y casi lo derribo con mi propia marcha, miré a todos lados buscando a sus padres y al no ver a ningún adulto lo cogí de la mano, era un niño pequeño, unos siete años, bien podía haberle ocurrido un accidente. Lo llevé a comprar golosinas en la esperanza de hallarme a sus padres o su niñera, pero no encontré a nadie. Cuando salí de ahí decidí caminar por las cuadras de alrededor donde supuse alguien lo estaría buscando, pero de nuevo nada. Entonces lo llevé a mi casa. ¿Estuvo mal? ¿De verdad cree que una persona que no ha hecho nada para satisfacer sus deseos durante más de cuatro décadas va repentinamente a perder la cabeza por lo que de verdad le apetece? Doctor, soy un hombre disciplinado, claramente no soy de instintos. Con ayuda del Internet le mostré al niño las casas de alrededor y por fin pudo identificar la manzana donde estaba su casa y ahí terminó la historia: lo llevé. Doctor, usted no es una persona que haya crecido en estos tiempos histéricos. Tiene cultura. Sabe que la pederastia es un delito aquí y ahora, pero que no fue siempre así. Sabe además que nuestra generación solía perder la virginidad cuando aún éramos menores. No en mi caso, claro. Pero bueno, ¿con quién perdía la virginidad nuestra generación? Con adultos. Con mayores. Para eso han estado ahí siempre, ¿no es verdad? Para enseñar a los más jóvenes. ¿Recuerda usted la palabra griega päedofilia? ¿No era toda una institución donde los hombres maduros enseñaban a los adolescentes el arte de amar y vivir, el amor entre hombres? Antes de casarse con mujeres, antes de formar una familia, los griegos vivían sus años inciertos, esos que ahora se reconocen como críticos, con un hombre maduro que los follaba. ¿No se supone que esta civilización desciende de aquella? Usted debe saberlo, doctor, usted no es un ignorante'. Le aclaré que la historia no tenía nada que ver con las consecuencias de nuestros actos, sospeché por su vehemencia que no se estaba tomando la medicina con la frecuencia correcta y traté de hacerle ver la importancia de hacerlo. Le expliqué también lo que le había ocultado en la primera sesión sobre la obligación que teníamos los facultativos de reportar confesiones de pederastia como la que me había hecho él desde el primer día. Fez se puso de pie para despedirse: 'Entonces somos cómplices, doctor', dijo sonriendo.
Durante algunos días en que el whisky no conseguía adormecerme ni tranquilizarme, ponderé denunciarlo. Sus palabras no me habían hecho ningún bien. Me sentía contaminado y toda la simpatía que había sentido por él se estaba desvaneciendo en un mar de dudas. Él podría alegar que me hizo la confesión desde el primer día y que mentí a la policía durante su arresto, pero ¿a quién iban a creer sino al psiquiatra más famoso de Santa Teresa? Y además ¿por qué creía que Fez deseaba hundirme? Era absurdo. Quizá bastaba seguirlo tratando y deshacerse discretamente de él. Pero a las sesiones no daba muestras de desear faltar. Era puntual y exquisito, como siempre, haciendo muy difícil la animadversión que por mis nervios rotos me producía. Cuando empezaba a tranquilizarme de nuevo otras siete semanas apareció la policía una noche cuando la secretaria ya se había marchado y yo acomodaba algunos expedientes.
Doctor, buenas noches, ya ve que nos volvemos a ver. Ahora la cosa es distinta y más grave. Fez ha vuelto a ser arrestado como parte de una operación de la Interpol para desmantelar redes de pornografía infantil. Su computadora y dispositivos electrónicos están ya en nuestras manos y no cabe duda de su culpabilidad porque posee dibujos demasiado realistas de este tipo y eso es un delito, como bien sabe...
—¿Dibujos? ¿quiere decir que no son fotografías? ¿por eso lo han detenido? ¿por unos dibujos? —empezaba a molestarme, me calmé. Oficial, lamento mucho lo que me cuenta, pero Fez está aquí por otras razones como ya le he explicado.
Entiendo doctor. En ese caso no le importará que requisemos el expediente.
¿El expediente? otra vez se me puso la cara pálida y la boca seca Esos archivos son confidenciales completé haciendo más sospechosa mi actitud.
Ya no, doctor. La orden del juez nos permite requisar ese expediente y, de acarrear responsabilidades para usted, el mismo juez nos autorizará a disponer de todos sus equipos. 
Pero esto es una arbitrariedad, yo sólo he cumplido con mi trabajo, las cosas han llegado a...
Doctor, yo también cumplo con mi trabajo dijo el comandante ordenando a sus subalternos que se cumplieran las órdenes.
En la comisaría, sin importarle la presencia de policías ni las preguntas que debe contestar para que el secretario las consigne en el acta, Fez explica llorando lo siguiente:
'Yo nunca he tocado a ningún niño. Nunca he tocado a ninguna persona. No he tenido sexo. Llevo más de cuarenta años deseando una relación imposible por sus consecuencias y por eso no lo he hecho. Los heterosexuales tienen pornografía. Los homosexuales tienen pornografía. Las lesbianas, los travestidos, los sadomasoquistas, ¡todos disponen de toneladas de material para masturbarse un millón de veces! ¡¿y yo qué?! ¡¿yo qué?! ¡no puedo vivir una vida plena ni siquiera en la soledad de mi casa! ¡no se me concede ni siquiera tener un dibujo producto de mi imaginación! Y si a ella pudieran asomarse, si tan sólo pudieran entrar en mi cabeza, también ahí me perseguirían hasta liquidarme. ¡Mejor mátenme, mátenme ya!'.
Enfadado, el comisario prefiere dirigirse a mí:
¿Es usted su amigo?
Lo miro con lágrimas en los ojos, destrozado. Respiro profundo, como liberado. Contesto:
Me temo que sí. Sí. Es mi amigo.

lunes, febrero 24, 2020

El domingo del niño marica

Con tan pocas cosas en la habitación y el cuerpo delgado, las periferias de la ciudad a medio poblar, el aire al amanecer era más fresco a finales de los años ochenta. Apenas se insinuaba la luz del día se ponía de pie y calzándose los tenis más desgastados salía a caminar hasta la barranca cuando apenas se estaban instalando los primeros puestos: yogurt, jugos y aguas frescas, tabletas de amaranto y miel, leche bronca. Los baldíos más cercanos a la orilla eran cultivos de jícama y maíz, a veces pastizales donde las vacas mugían durante la ordeña, los caballos eran montados y las cargas puestas en los lomos acolchados de resignados burros. Los olores de naranja y betabel se entremezclaban con el hedor de las boñigas que poblaban el camino empedrado por donde descendían corredores y paseantes, trabajadores de la planta de luz y campesinos ya muy ancianos armados de palos de junco a manera de bastón. Él bajaba a grandes saltos, contento de evitar obstáculos sin disminuir la velocidad, y en poco tiempo, a pesar del frío, se hallaba empapado en sudor cruzando el mirador de medio camino. Pensaba: en la escuela, en los compañeros, en cómo hacer amigos o jugar futbol, en la poesía que llevaba a medio escribir, en los amores secretos, en las telenovelas, en las calificaciones que orgulloso mostraba a mamá, en los premios, en sus abuelos o sus tías, en lavar a hurtadillas sus calzoncillos llenos de secreciones, en cómo negociar con dios todos sus pecados. Con la cabeza hirviendo de diálogos imaginarios recorría el trecho recto que, salpicado de flores amarillas a los lados y poblado de pájaros arriba, anunciaba la proximidad del río. Un par de vueltas más y el fragor de las aguas se hacía ya ensordecedor, otro par de ellas y aparecía ahí delante la espuma y el bramido, los borbotones que hacían saltar las piedras, la punta en que terminaba la montaña que separaba el río Verde del Santiago. Se detenía. 
Arriba el sol ya iluminaba parte del descenso, abajo hacía otro tiempo, como el de un amanecer demorado. Tarareaba una canción imaginando que la cantaba a dúo con el chico del tercero ce que el viernes pasado olvidó su suéter en una de las jardineras del patio. 'Qué suerte', pensaba, 'haber podido llevármelo y que se quedara conmigo todo el fin de semana. Mañana tendré un pretexto para hablar con él. Cuando se lo devuelva estará en deuda conmigo, me encontrará agradable y empezará a verme con afecto, nos haremos amigos. ¡Qué bien huele su ropa! Una mezcla de madera y detergente donde sin duda se hallará impregnado el olor de su piel. Qué bien debe oler ahora mismo dondequiera que se esté levantando allá arriba. O quizá esté durmiendo en calzoncillos en medio de un sueño erótico, cobijado...' Mueve la cabeza. Mira a su alrededor, avergonzado, como si en vez de estar pensando hubiera estado hablando en voz alta. 'Qué contento se va a poner cuando le devuelva su suéter', concluye su ensoñación. Se pone en marcha. Sorteando los charcos y lodazales del camino donde las gallinas buscan lombrices y guijarros, llega hasta el puente de Arcediano donde siempre vacila antes de cruzar. Las maderas son viejas, los restos de piedra del antiguo puente que derribara una inundación de la que sólo los ancianos tienen memoria, están ahí como gigantescos muebles volcados contra los que se estrellan las aguas de los ríos ahora reunidos. Cruza sintiendo una punzada de emoción en la boca del estómago. Del otro lado respira el aroma de la huerta de mangos cuyo suelo está siempre húmedo bajo la sombra de los enormes árboles. Hay muchos frutos caídos que no se molesta en recoger, pero coge uno y lo lleva de vuelta al otro lado del río para lavarlo en una de las pilas del caserío. La pulpa amarilla y dulce se hace agua en su boca, se le escurre el jugo por las comisuras de los labios. Con la boca llena, atragantado, da los buenos días a cuanta gente va pasando por ahí como si todos fueran sus amigos. Se pone de pie alarmado al comprobar que el sol ya puede verse por encima de la escarpada pared de enfrente, detrás de la huerta de mangos, de modo que emprende el regreso mientras la humedad fría del camino es lentamente reemplazada por el vapor que despiden las plantas. El ascenso es duro y él, perezoso, se detiene aquí y allá a beber agua de los manantiales que resucitó la tormenta de anoche, a imaginar que vive en una choza a la vuelta del camino. 'Viviría escribiendo poesía', se dice sonriendo con menos inocencia que la que tenía cuando de niño se refugiaba bajo el techo de ramas que llamaba su casa del baldío. El cielo es azul y cree que lo llama a seguir subiendo; así, con los ojos cerrados, levanta los dos brazos como si quisiera alcanzarlo. Siente que una corriente lo atraviesa. Abre los ojos y continúa el ascenso. Al término del recorrido, en la capilla, se hinca en un rincón mientras se oficia misa ante una concurrida audiencia. Habla con dios un tanto libremente y le pide perdón por hacer enojar a mamá, por no ser tan buen hermano, por sentir deseos obscuros hacia el chico del tercero ce. Lucha por concentrarse a pesar de los desentonados cantos de un coro de viejas que parecen estar a punto de echarse a llorar. Se pone de pie. Se aleja.
Ya del todo arriba se ve obligado a pasar de largo por los puestos de yogurt, jugos y frutas, tabletas de amaranto y miel, porque nunca lleva dinero. En casa le esperan su madre y su hermana con un desayuno de huevos con chorizo, chilaquiles y frijoles, un enorme vaso de licuado de plátano, galletas de postre. A él lo mandarán a la tienda a comprar birote salado y dos litros de leche, el periódico del que sacará las tiras cómicas que colecciona. Su madre se negará a servirle el desayuno si no se baña primero y su hermana la secundará haciendo cara de asco. '¡Quítate cerdo!', le dirá cuando él amague con darle un beso en la mejilla. Ya en el baño examinará los calzoncillos y querrá quitarles la mancha blancuzca del frente con un poco de jabón, pero el área quedará un tanto decolorada al final, empeorándolo todo. Mientras pasa los dedos por la tela elástica, suave, de un muy estimulante color magenta que le recuerda los calzoncillos morados del protagonista de una popular película, le vendrá de nuevo a la mente el recuerdo del chico del tercero ce y, ya bajo el chorro de agua caliente, casi hirviendo, volverá a eyacular sin fijarse muy bien en que desaparezcan los residuos de la coladera y encontrando al secarse algunos grumos viscosos entre los dedos de los pies. 'Perdóname dios mío', dice, 'empezaré mañana que es lunes, te lo prometo'. 
Luego de desayunar se encierra en su habitación y considera llegado el momento de sacar la máquina de escribir y sentarse en el mesabanco que su madre comprara hace dos años y en el que apenas cabe ya. Cinta bicolor en el carrete. El título en rojo: '¿Eres mi amigo?', luego la fecha. El texto en negro. Mucho cuidado porque no le gusta tachar ni hacer correcciones. '¡Ay! Siento hacer una pregunta tan difícil, pero es que ya estoy muy cansado de equivocarme al colocar el título de amigo a algún compañero, y me duele mucho la decepción de saber que aquel no fue mi amigo como yo lo consideré y que me equivoqué. Mas ya se me ha dicho, por parte de mentes de experiencia y confianza, que un amigo es muy difícil de encontrar, y que, muy a menudo, sobre todo cuando la mente es inexperta y joven, ya que cuando los sentimientos son transitorios, los mal clasificados amigos también son transitorios y no duraderos; pero no es necesariamente obligatoria esta regla. ¡Claro que se pueden tener amigos duraderos aún desde muy joven!, claro está que es muy difícil. En mis andares no he hallado todavía un amigo, sólo han sido compañeros, quizá he tenido muy buenísimos compañeros, mas no amigos. Me he equivocado, aproximadamente, trece veces (o al menos es la cantidad que ahora llega a mi mente) desde la primaria, ¡imagínate, estimado lector, si no es para doler o sentirlo! Sobre las características de los amigos es una de las cosas que aún mi frágil mente no ha sido muy exacta en determinar. Actualmente mis “amigos”, o para no equivocarme, mis mejores compañeros, son:' Se lleva un dedo a la boca. Se pone de pie. Enciende la radio donde una locutora invita al auditorio a llamar si conocen el título de la canción que ahora empieza. Él lo sabe y se emociona al tiempo en que lamenta que no dispongan de teléfono. Cuando deben hacer llamadas van al teléfono público de la esquina. Mientras la locutora anuncia que ya tienen un ganador él se lleva al rostro el suéter del chico del tercero ce y ya le gustaría encabezar la lista de sus amigos con el nombre de él, pero ni siquiera han cruzado palabra. Es casi seguro que a oídos del chico han llegado los rumores de que es maricón, incluso habrá tenido ocasión de ver desde el salón de enfrente cómo sus compañeros abusaban de él en medio de gritos salvajes y risotadas. Pero quizá no le importe. Quizá el chico del tercero ce sí quiera ser su amigo y pueda verlo a él, el marica, como a un hermano, 'el hermano que nunca tuve', piensa. Ya es bastante pedir perdón por masturbarse, pero no se le ocurre que sea joto de verdad, a pesar de las evidencias, así que no tiene que pedir perdón por ser homosexual, una palabra que sólo le ha oído decir una vez a mamá, hace ya varios años, en medio de una agria discusión con su marido. Él es un soñador, un poeta, un chico refinado e inteligente al que por ese motivo toman por afeminado. 'Pero no es así', se dice respirando con intensidad el aroma que despide el suéter del chico del tercero ce, 'qué va', él tendrá novias como todos ellos, incluso es posible que un día vayan él y su mejor amigo a buscar chicas y vivir aventuras como en las películas. Ellos serán inseparables. Ellas, en cambio, sustituibles, incontables.
Lee un libro sobre misterios sin resolver. Ovnis, combustión espontánea, el monstruo del lago Ness. Se queda dormido. La boca rosa del chico del tercero ce aparece iluminada por una luz desde arriba que, sin embargo, no le permite ver sus ojos porque lleva un sombrero pachuco que los deja en penumbra. Todo alrededor está obscuro, tibio. Estira un brazo para alcanzarle la boca con los dedos y siente la pelusa del fino vello que es todo lo que lleva el chico por bigote. Se acerca a besarlo muy lentamente mientras él levanta la cara para que no le estorbe el sombrero y sus ojos se encuentran con los suyos, hacen una última pausa para tomar aire y el chico del tercero ce aprovecha para susurrar 'todo está bien'. Pero antes de que sus labios se toquen mamá lo llama a comer abriendo la puerta y dando de voces. Luego de pasarse por el baño y descubrir que ha vuelto a ensuciarse, va al comedor donde han servido mortadela con cebolla y espagueti a la mantequilla con queso. Una salsa picante con ajo se rocía generosamente sobre la comida de la que dan cuenta sin cubiertos, armados únicamente de tortillas. Le ha tocado lavar los trastes y, recargado contra el fregadero, siente un bulto en su pantalón al que no le importa la incomodidad de los eructos ni el ligero olor a gas de la estufa para ir creciendo despreocupadamente. Debe esperar unos minutos antes de cruzar la sala en dirección a su cuarto donde planea continuar con sus escritos, preparar su ropa y bolear sus zapatos para mañana. Su madre y su hermana, por fortuna, están demasiado embebidas en una película que pasan por televisión como para voltear a mirarlo.
Luego de hacer su lista de amigos escribe: 'Dándose pues mis amistades el lujo de no visitarme, me he sentido, tan sólo en determinadas ocasiones, triste, decepcionado, o solo y abandonado. Muchos de los conceptos y escalas que ahora he escrito pronto ya no tendrán forma. Ya llegará el día en que sepa en qué consiste la amistad y si es necesaria la visita continua de los amigos para el fortalecimiento de ésta. Por lo pronto el área espiritual llena mi alma, muchas veces me da lecciones y enseñanzas, y para mi edad comprendo más que la mayoría de los de mi edad a esta área. Estoy seguro que Dios todo lo hace por nuestro bien. Y sus actos tienen una razón y su efecto, muy incomprensibles para la logia humana'. Repasa matemáticas, historia, español. Escoge cuidadosamente la ropa que va a ponerse mañana y lustra los zapatos hasta dejarlos brillantes, mientras en la radio ponen la canción que más le recuerda al muchacho del tercero ce. 'Voy a causarle una gran impresión cuando le devuelva su suéter con esta ropa y estos zapatos que casi parecen de charol, voy a hacerme ese peinado con fleco que me recomendó la tipa de la peluquería y que no he querido hacerme por vergüenza, qué poco atrevido soy, de verdad, debo vencer mis miedos e invitarlo a comer a mi casa o que él me invite a la suya a jugar, a platicar o a escuchar música, ¿cómo voy a hacer amigos si no me atrevo a intentarlo?'. Ya coge el suéter con las dos manos y se lo lleva a la nariz, lo abre y lo vuelve a inspeccionar, los codos y el pecho, las axilas y el cuello, se lo pasa suavemente por una mejilla antes de ponerlo de nuevo en la mochila. Quisiera no devolverlo, pero no será posible: mamá ya se dio cuenta de que lo tiene y ha debido explicarle que lo devolverá mañana. Sin poder terminar el poema que estaba escribiendo desde ayer, llega la hora de la cena y luego el momento de dar las buenas noches. Un beso a mamá. Una bendición. En su cuarto, con la puerta cerrada y la luz apagada, un poco de música a bajo volumen.
'Mañana empiezo', se repite mentalmente. Y, por debajo de las cobijas, se quita el pantalón del pijama para descargar.

domingo, febrero 16, 2020

Plus de liaisons

¿Y si todo fue mentira, todo fue mentira, todo lo que yo creí real?
¿Y si todo fue mentira qué hago ahora con mi vida?"
La última atrocidad, Nacho Vegas

Un día, a la vuelta del trabajo, sin ánimo de bajar al parque a correr como hacía todas las noches desde nuestro rompimiento, me senté en el sillón y lo recordé, primero de manera imprecisa como solía venirme su recuerdo, un rostro o una voz, una punzada, luego específicamente en medio de la conversación, más serena que agria, con que se resolvió a irse aquella noche sin que nada hiciera suponer que el día iba a terminar de esa forma. No me invadió, sin embargo, la pesadumbre habitual, menos aún el llanto de los primeros días que siguieron a su partida, jornadas y noches enteras de inventarse explicaciones con las que apaciguar el dolor. Lo que sentí en medio de esa inmovilidad pasmada que uno experimenta en los primeros minutos en casa luego de un día de trabajo, ese mínimo suspenso contemplativo, fue una consideración casi notarial ante lo rememorado. 'Esto es lo que ha ocurrido', parecía pensar con sorpresa creciente, no ante los hechos, sino ante mi fría objetividad que no se conmovía ya con nostalgias. No me explicaba la falta de emociones y aún intenté provocarlas recordando los aullidos de pena con que me doblaba en la cama acariciando su camisa y repitiendo su nombre, pero no pude lograrlo: el hombre lleno de lágrimas parecía otro y, por detallada que fuera la ficción de imaginarlo, no conseguía convencerme de su existencia. No había sido necesario, pues, que alguien llegara a mi vida para sustituirlo a fin de que yo pudiera observarlo con extrañeza, había bastado nada más con distanciarme, pero no de él sino de mí mismo, al menos lo suficiente para juzgar inexplicables, si no ridículas, las escenas más conspicuas de mi desesperación. Uno cree que puede sentir para siempre o al menos guardar memoria de lo que siente, pero se equivoca: a diferencia de un rostro que uno puede recuperar con precisión en una fotografía o de una voz que podemos reproducir fielmente una vez grabada, uno no puede guardar registro de los sentimientos vividos ni experimentarlos a voluntad, así sea de forma vicaria o a modo de ilustración, pues no basta para ello describirlos con palabras siempre insuficientes ni cerrar los ojos para evocarlos, una vez perdidos son irrecuperables y así no es de extrañar que una noche, al volver del trabajo, hundido en el sillón de la sala donde hace sólo unos meses uno lloraba o se desvivía, ahí donde hasta hace poco uno se sentía invulnerable al eyacular dentro de él o al pasar una mano por su rostro en el que despuntaba ya la barba obscura, uno se halle de pronto en posesión de una serie de fragmentos sin cuya reunión es imposible que nuestra mirada vuelva a encontrarse con la suya y convencerse de que el amor la anima, piezas de un aparato que no encajan y que casi no entendemos que alguna vez embonaran porque sin él es imposible lo mismo la convicción de la reciprocidad del amor que el desgarramiento por su pérdida, el aturdimiento y la perplejidad sustituyen entonces lo que alguna vez fue la más firme creencia en la completitud posible y nos condenan aún si ya no pensamos activamente en ello y sólo lo hacemos en una ocasión suelta a la vuelta del trabajo mientras nos decidimos a salir del marasmo y continuar nuestra rutina a la incertidumbre de no saber no sólo si lo que él sintió fue verdadero o impostado, inventado o asumido, sino si lo que uno sintió fue todo lo cierto que uno supone: a la intensidad del enamoramiento oponemos su fragilidad, al compromiso de la relación su rutina, al dolor del rompimiento su finitud. Comprobaba entonces, en la obscuridad del salón y sin animarme a ponerme de pie para buscar la chaqueta que había dejado en la entrada (hacía frío), que uno puede terminar con lo que siente con sólo dejarlo todo en manos del tiempo, con no insistir ni plantear ni rebuscar, con aplazar indefinidamente lo que escuece, con matar de inanición la esperanza negándole el alimento, estrangulando el lenguaje para que no exprese más nuestros deseos ni refuerce los lazos que deseamos cortar. Es imposible defenderse de él, el tiempo, no sólo porque termina por matarnos, sino porque muchas veces antes de ese punto final definitivo, reiterada y tercamente, nos demuestra la imbecilidad de suponer que podemos esconderle cualquier cosa, un amigo, un amante, un hijo, la tontería de creer que dos son capaces de encontrar siempre nuevas formas de amarse si hay la inteligencia y el corazón suficientes, cuando el suelo está poblado de millones de seres inmundos que reptan unos encima de otros indistintamente, reunidos ya sólo por la hipocresía y la costumbre, por la falta de luces y la ordinariez. 'Yo no he querido', me dije de pronto apoyando una mano contra la frente, 'no he querido matar lo que siento, lo siento, lo siento. Lo siento.'
Entonces me puse de pie y bajé al parque a correr.