A veces asistimos a reuniones con colegas de trabajo, digamos en un restaurante oriental que facilita la pretensión cosmopolita del sector más burgués y conservador de los reunidos (un sector que, empero, necesita saberse liberal y solidario, tolerante y progresista) convencidos desde un inicio del carácter emasculatorio del proceso al que acuden el jefe y su familia —aquel atropellando el discurso y exigiendo el aplauso, éstos a salvo del contraste creyendo genuinamente que su patriarca es adorado—, los empleados más adictos ciegos a su propio servilismo y amnésicos frente a la cadena de humillaciones a que sus esposas y jefe —pronto sus propios hijos— los someten todos los días con desparpajo, los más jóvenes y solteros —pero ciudadanos— que aspiran a la respetabilidad presentando a sus parejas y gastando comentarios de bien ensayado y predecible ingenio, los también jóvenes y solteros —pero extranjeros— chapurreando penosamente el idioma del país que los acoge mientras acatan con docilidad el rol de prueba material de la buena conciencia de los ciudadanos y de la enorme generosidad del jefe que les concede la gracia de ser utilizados. Un cuadro de Francis Bacon. Una piara de cerdos. Un pontífice consumido por gusanos que ensanchan su abierto hocico por el que salen gruñidos estentóreos, pestilencias sin pausa.
Exactamente como al bufón de las cortes europeas de fines del Medievo, a ese extranjero senior le es autorizada la ironía y la burla porque nada de lo que dice debe ser tomado en serio. Él puede criticar en medio de risas la condición de cornudo del profesor que tiene a una histérica imbécil por esposa. Él puede hacer bromas sobre la vida holgazana —disfrazada de contemplativa— de la esposa del jefe —la Reina— porque se entiende que él es el ridículo, no ellos. Él puede desde luego —¿pero quién no?— cebarse en los jóvenes, extranjeros o no, que se ven así obligados a imitar a sus superiores en la risa aprobatoria o el silencio incómodo hacia la metralla de agudezas y denuestos. El jefe también, cómo no, en su magnanimidad de supremo juez, tolerará algunas invectivas picantes porque nada debe ser tomado en serio ni reflexionado ni mucho menos asumido; él, por encima de todos, tiene la oportunidad de replicar con o sin ingenio para ser inmediatamente celebrado; la razón última le asiste si le da por adoptar un tono serio lo mismo que la ocurrencia más graciosa si le da por superar al bufón en sus atribuciones humorísticas. El patriarca puede desviar la conversación hacia donde sea necesario, dejar argumentos sin contestar, reanudar los ya concluidos, es el dueño de la juguetería que hace callar o hablar a sus muñecos, decir cuándo terminan o empiezan los juegos y, como buen ciudadano en la decimonónica misión de civilizar nativos asiáticos o africanos, establecer cómo deben ser las cosas sólo para, con profundo desprecio y autosuficiencia, declarar nulas las posibilidades de que aquellos puedan alguna vez hacer bien lo que él ejecuta perfectamente.
Como en una película americana, la mesa debe rezumar diversidad. Contar con un negro o un homosexual, un asiático o un musulmán, un ateo o un comunista de librería. Ninguno de ellos, naturalmente, puede dominar la escena ni resultar demasiado vistoso, menos aún opacar al jefe que administra cuidadosamente cuánto de cada uno es requerido en aquel montaje. El homosexual ha de escandalizar lo justo para añadirle un tono pícaro a las conversaciones, como si la reunión fuese un platillo que requiriera de una especie de condimento en cantidades mínimas para que se sienta, sin llegar a escaldar. Los negros y amarillos han de asentir a todo y responder cortésmente al interés impostado y autocomplaciente de los ciudadanos por el clima y comida de sus países de origen, deben estar dispuestos en todo momento a dejarse aplastar por la estruendosa aplanadora del jefe que puede pasar cuando se le antoje por encima de cualquier matiz con un juicio lapidario. Las cosas son como ellos —pero especialmente él— dicen que son, tanto da si es sobre el propio país o historia, sobre el propio gusto u opinión. Han de ser aquiescentes porque para eso están aquí: para servir de comparsas en el cada vez más pronunciado delirio de quienes se habitúan demasiado rápido a no encontrar oposición a sus buenas intenciones.
El jefe cata el vino con un gesto pomposo y reparte a los que le quedan cerca, luego da instrucciones a los ciudadanos más alejados para que le imiten y repartan entre los invitados foráneos. Hubo un tiempo en que dimos por sentado que todo esto era verdadero y disfrutamos del buen vino y de los diversos sabores de nuestra nueva patria, en que nos alegramos de convivir con gente de orígenes diversos creyendo que ello nos haría mejores personas, respondimos preguntas cuidando la verdad y creyendo sinceramente que nuestras respuestas interesaban y podían ser comprendidas. A medida que el tiempo pasó —y fue poco el necesario— caímos en la cuenta de que era mentira; cuando pasó un poco más abandonamos nuestro interés en favor de una serie de opiniones inamovibles. Nunca más nos volvimos a preguntar sobre los ciudadanos ni sobre el país, dando por sentado que las cosas son como son y participando resignadamente de las soirées ocasionales a que nos sometían. Transcurrido todavía más tiempo nos dimos cuenta de que nosotros tampoco éramos capaces de prestarles más atención y que la superficialidad era el único terreno que podíamos compartir. Sólo los idiotas —el extranjero senior o el gordo simpático— podían pretender calentarse con aquellos fuegos fatuos. Sólo ellos en su narcisismo podrían despedirse insatisfechos a las afueras del restaurante, subirse el cierre de la gabardina hasta el cuello y avanzar incómodamente por entre las hojas caídas del otoño hacia sus respectivos aposentos —las calles vacías de la madrugada, los ocasionales autos, los letreros en ese idioma elusivo para el que ya no tienen interés ni fuerzas— pensando en lo poco que puede comunicarse a lo largo de una vida. Con ellos, los ajenos; pero también con los otros, los propios.
La luz de una lámpara se enciende sobre la mesita de noche y por toda comunicación un libro se queda abierto frente a unos párpados que se cierran. Hace media hora que el jefe ronca.
domingo, octubre 22, 2017
viernes, octubre 13, 2017
Hazebrouck
De los diez años que han pasado, ha vivido con él poco más de la mitad. Al principio de manera continua, luego de manera intermitente desde que decidió venir a Europa por estudios y luego por trabajo. No se adivina en el horizonte cuándo ha de volver —se ha fijado el límite de tres años, más por simetría que por sentido: lleva la mitad— ni qué hará a su regreso para continuar haciendo un trabajo para el que —ahora comprende— no está particularmente bien dotado. Examina sin mucho entusiasmo opciones en Praga y su ciudad natal, promesas vagas de trabajo malpagado que en el extranjero tienen el agravante de hacerlo pasar por una serie de trámites interminables. Como todos los otoños en el norte de Francia, aunado a los días lluviosos en que el fuerte viento obliga a entrecerrar los ojos, ha comenzado a hacer frío. No obstante, está animado al comprobar en el calendario que finalmente ha llegado la fecha y decide que ha de comprarle un regalo aunque no pueda dárselo hasta las próximas vacaciones de diciembre. La ventana de su habitación está llena de rocío y vapor: escribe sobre ella un corazón con el diez dentro.
Suele fantasear con las vacaciones, esos períodos en su ciudad natal en que, con el trabajo a miles de kilómetros de distancia, puede entregarse a recorrer librerías y tiendas de discos, a ver películas y visitar amigos, pero sobre todo a recorrer las calles —durante el día o la noche, según la casa quede libre en uno u otro horario— buscando a quien llevar a la cama. No faltan voluntarios de todas las edades y condiciones que, perturbados como él por una obsesión sexual omnipresente, acceden a subir al coche de un desconocido. Acumula historias de agitación que se le antojan fantásticas, expediciones que comienzan con una exitación tal que le hace temblar. Hace años, antes de salir por primera vez de aquella ciudad que ahora acaricia en sueños, superó cualquier incomodidad frente a la contradicción que suponía tener una pareja y entregarse a estos excursos, amparado en la pretensión de haber declarado desde un comienzo sus puntos de vista y haber contado con la anuencia del otro. Se engaña. Le ayuda a mantener la ilusión de consistencia el hecho de haberse ido al extranjero y haber pospuesto así la felicidad; su relación una promesa por cumplirse en el paraíso recuperado de dos que hacen el amor en una cocina sobre baldosas de barro. Nunca un ahora y aquí desde hace muchísimo tiempo, nunca el presente mientras los elementos —él lo sabe ya— crecen a su alrededor, cercándolo.
Es cómodo amar a distancia como se ama a dios o a los muertos que ya no pueden decepcionarnos. El amor se transfigura así en el culto a una idea, el cultivo de un pasado organizado en torno a una liturgia. Si bien dicho ritual no incluye desde hace años vivir el día a día del otro, menos aún desearlo con el mismo temblor de los excursos, sí exige celebrar fechas señaladas. De modo que sale por la tarde del laboratorio, después de comer, toma el tranvía hasta la estación de tren y de ahí viaja hasta Lille para recoger la renovación de su permiso de residencia, luego de lo cual recorre las calles del centro para comprar el regalo. No suele hacerlos. Detesta las tiendas. Entre aburrido y mosqueado mira los aparadores y huye de los empleados como de cualquier interacción innecesaria. Finalmente se decide por un saco que compra adivinando la talla y hace esfuerzos por soportar la obsequiosidad del dependiente que pregunta si es para regalo, si ha de añadir una corbata o una camisa, si ha de ser en efectivo o con tarjeta. Mientras siente envejecer deprisa en el extranjero, casi no folla, pues se le ve con sospecha y se le descarta enseguida por su acento o su ropa, su corte de pelo o su exoticidad. Él tampoco desea esos cuerpos blancos y blandos que parecen realizar todas sus actividades fríamente según riguroso libreto, alejados de toda perversión que no aparezca en el manual, sin morbo, sin una genuina sordidez. Este accidente le permite alimentar el mito de su fidelidad, pues sus apetitos se sacian prácticamente sólo en los breves episodios vacacionales, bien es verdad que no siempre con su pareja, bien es verdad que de forma un tanto aburrida cuando es con él. Pero se cumple el expediente de abrir las piernas y la paz que inunda la mente y el cuerpo después de eyacular pensando en los episodios realmente excitantes, los verdaderamente perversos, es casi tan grande como la comida caliente servida en la cama frente al televisor o los brindis de Navidad y Año Nuevo en medio de regalos. ¿A eso le llama amor? ¿Al saco que lleva en esta bolsa mientras examina libros en los cuatro pisos de Le Furet du Nord? ¿A los mensajes intercambiados todos los días? ¿Al futuro?
Son casi las siete de la noche y, una vez montado en el tren de vuelta a la residencia, anuncian un cambio y deben moverse al andén número once. Su francés ha mejorado tanto que incluso se lo explica a una nativa de cabellos rubios que no ha comprendido qué pasa. Se mueven todos, pero el andén once y el doce ocupan el mismo sitio, sólo uno desplazado respecto al otro. Monta en el tren equivocado y se interna en la noche de octubre por los campos de Flandes en vez de los del Hainaut. Se aleja de su destino leyendo tranquilamente las últimas páginas de Les trois mousquetaires, orgulloso de hacerlo en francés. Cuando cruza la estación de Armentières percibe una primera incongruencia: no recuerda haber visto una estación así en la ruta usual, pero sí reconoce el nombre precisamente del libro que trae entre manos. Pero ello quedaba en el camino a Inglaterra. Entonces comprende que el tren se dirige hacia Dunquerque y se levanta alarmado del asiento para buscar al revisor del tren, quien examina los próximos horarios para regresar a Lille y de ahí a su destino en el Hainaut. 'Debe bajar en Hazebrouck y esperar el tren que vendrá en dirección opuesta dentro de una hora y veinte minutos'. En la estación no hay apenas nadie: los que ahí bajaron rápidamente desaparecen del andén: un chico que besa en las mejillas a su padre, una mujer enfundada en un abrigo negro con las piernas firmes descubiertas, un individuo con bufanda que apenas descender enciende un cigarrillo y se aleja haciendo sonar los tacones de sus delgados zapatos contra el pavimento. ¿Es este contratiempo una analogía de su vida? ¿Un creer ir hacia un lugar y terminar en otro? No piensa en ello, consumido por el hambre y maldiciendo vivir en un país cuyas escasas tiendas cierran a las siete de la noche, las calles desiertas desde que llega esa hora como si todos los habitantes estuvieran no sólo dentro de sus casas, sino de sus tumbas. El guardia de turno le informa que no debió comprar un billete de vuelta a Lille, pues estaba ahí como consecuencia de un error y habría bastado con que él le sellara los que ya llevaba. Vuelve a Lille hacia las diez y el servicio de tren al Hainaut es reemplazado por un autobús que sale cuarenta minutos después. De la estación de tren, a la que llega pasada la medianoche, debe andar a pie hasta la residencia a donde llega hacia a la una de la mañana. Cena y se acuesta a las dos. Aún es la fecha del aniversario en México. Siete horas más de liturgia. De adoración, de anhelo, de sublimación. Luego, antes de dormir o quizá mañana por la mañana, se masturbe pensando en las vacaciones.
Y así muchos años.
Suele fantasear con las vacaciones, esos períodos en su ciudad natal en que, con el trabajo a miles de kilómetros de distancia, puede entregarse a recorrer librerías y tiendas de discos, a ver películas y visitar amigos, pero sobre todo a recorrer las calles —durante el día o la noche, según la casa quede libre en uno u otro horario— buscando a quien llevar a la cama. No faltan voluntarios de todas las edades y condiciones que, perturbados como él por una obsesión sexual omnipresente, acceden a subir al coche de un desconocido. Acumula historias de agitación que se le antojan fantásticas, expediciones que comienzan con una exitación tal que le hace temblar. Hace años, antes de salir por primera vez de aquella ciudad que ahora acaricia en sueños, superó cualquier incomodidad frente a la contradicción que suponía tener una pareja y entregarse a estos excursos, amparado en la pretensión de haber declarado desde un comienzo sus puntos de vista y haber contado con la anuencia del otro. Se engaña. Le ayuda a mantener la ilusión de consistencia el hecho de haberse ido al extranjero y haber pospuesto así la felicidad; su relación una promesa por cumplirse en el paraíso recuperado de dos que hacen el amor en una cocina sobre baldosas de barro. Nunca un ahora y aquí desde hace muchísimo tiempo, nunca el presente mientras los elementos —él lo sabe ya— crecen a su alrededor, cercándolo.
Es cómodo amar a distancia como se ama a dios o a los muertos que ya no pueden decepcionarnos. El amor se transfigura así en el culto a una idea, el cultivo de un pasado organizado en torno a una liturgia. Si bien dicho ritual no incluye desde hace años vivir el día a día del otro, menos aún desearlo con el mismo temblor de los excursos, sí exige celebrar fechas señaladas. De modo que sale por la tarde del laboratorio, después de comer, toma el tranvía hasta la estación de tren y de ahí viaja hasta Lille para recoger la renovación de su permiso de residencia, luego de lo cual recorre las calles del centro para comprar el regalo. No suele hacerlos. Detesta las tiendas. Entre aburrido y mosqueado mira los aparadores y huye de los empleados como de cualquier interacción innecesaria. Finalmente se decide por un saco que compra adivinando la talla y hace esfuerzos por soportar la obsequiosidad del dependiente que pregunta si es para regalo, si ha de añadir una corbata o una camisa, si ha de ser en efectivo o con tarjeta. Mientras siente envejecer deprisa en el extranjero, casi no folla, pues se le ve con sospecha y se le descarta enseguida por su acento o su ropa, su corte de pelo o su exoticidad. Él tampoco desea esos cuerpos blancos y blandos que parecen realizar todas sus actividades fríamente según riguroso libreto, alejados de toda perversión que no aparezca en el manual, sin morbo, sin una genuina sordidez. Este accidente le permite alimentar el mito de su fidelidad, pues sus apetitos se sacian prácticamente sólo en los breves episodios vacacionales, bien es verdad que no siempre con su pareja, bien es verdad que de forma un tanto aburrida cuando es con él. Pero se cumple el expediente de abrir las piernas y la paz que inunda la mente y el cuerpo después de eyacular pensando en los episodios realmente excitantes, los verdaderamente perversos, es casi tan grande como la comida caliente servida en la cama frente al televisor o los brindis de Navidad y Año Nuevo en medio de regalos. ¿A eso le llama amor? ¿Al saco que lleva en esta bolsa mientras examina libros en los cuatro pisos de Le Furet du Nord? ¿A los mensajes intercambiados todos los días? ¿Al futuro?
Son casi las siete de la noche y, una vez montado en el tren de vuelta a la residencia, anuncian un cambio y deben moverse al andén número once. Su francés ha mejorado tanto que incluso se lo explica a una nativa de cabellos rubios que no ha comprendido qué pasa. Se mueven todos, pero el andén once y el doce ocupan el mismo sitio, sólo uno desplazado respecto al otro. Monta en el tren equivocado y se interna en la noche de octubre por los campos de Flandes en vez de los del Hainaut. Se aleja de su destino leyendo tranquilamente las últimas páginas de Les trois mousquetaires, orgulloso de hacerlo en francés. Cuando cruza la estación de Armentières percibe una primera incongruencia: no recuerda haber visto una estación así en la ruta usual, pero sí reconoce el nombre precisamente del libro que trae entre manos. Pero ello quedaba en el camino a Inglaterra. Entonces comprende que el tren se dirige hacia Dunquerque y se levanta alarmado del asiento para buscar al revisor del tren, quien examina los próximos horarios para regresar a Lille y de ahí a su destino en el Hainaut. 'Debe bajar en Hazebrouck y esperar el tren que vendrá en dirección opuesta dentro de una hora y veinte minutos'. En la estación no hay apenas nadie: los que ahí bajaron rápidamente desaparecen del andén: un chico que besa en las mejillas a su padre, una mujer enfundada en un abrigo negro con las piernas firmes descubiertas, un individuo con bufanda que apenas descender enciende un cigarrillo y se aleja haciendo sonar los tacones de sus delgados zapatos contra el pavimento. ¿Es este contratiempo una analogía de su vida? ¿Un creer ir hacia un lugar y terminar en otro? No piensa en ello, consumido por el hambre y maldiciendo vivir en un país cuyas escasas tiendas cierran a las siete de la noche, las calles desiertas desde que llega esa hora como si todos los habitantes estuvieran no sólo dentro de sus casas, sino de sus tumbas. El guardia de turno le informa que no debió comprar un billete de vuelta a Lille, pues estaba ahí como consecuencia de un error y habría bastado con que él le sellara los que ya llevaba. Vuelve a Lille hacia las diez y el servicio de tren al Hainaut es reemplazado por un autobús que sale cuarenta minutos después. De la estación de tren, a la que llega pasada la medianoche, debe andar a pie hasta la residencia a donde llega hacia a la una de la mañana. Cena y se acuesta a las dos. Aún es la fecha del aniversario en México. Siete horas más de liturgia. De adoración, de anhelo, de sublimación. Luego, antes de dormir o quizá mañana por la mañana, se masturbe pensando en las vacaciones.
Y así muchos años.
domingo, octubre 01, 2017
Ojos vidriosos
El hombre de ojos vidriosos en la barra de ese bar solitario de Santa Teresa donde rancheros entrados en años con canas mal pintadas, bigotes de putito y vientres hinchados paseaban con mujeres sospechosamente altas de cinturas mínimas y anchos hombros, me espetó:
—¿Conoce Usted algo más patético? Siete años, ¿viera? Siete años de aguantar a estos pendejos..
—¿Disculpe? ¿cómo dice?
—Una escuela, ¿no? Lo normal. Uno dice: 'Es una universidad, ya no van a pasarme las mismas cosas', ¿verdad? Porque yo trabajé en secundaria y aún en primaria por algún tiempo. Pero esto es una universidad, la gente educada, los scholars que se dedican a elaborar sesudas disertaciones que presentan en no menos sesudos congresos, los científicos que publican sus resultados en sendas revistas donde son evaluados por pares, ¿eh? Pares: o sea que por cada uno de estos pendejos hay al menos otro igual, ¿qué le parece?
—Es maestro, supongo —le contesté al tiempo en que la rocola vomitaba una canción cuyo video reproducían simultáneamente todas las teles del lugar: viejas neumáticas abrazadas a un tipo enfundado en botas que se había gastado en maquillaje, bottox y depilación de cejas el equivalente de todos los gastos cosméticos del lugar.
—¡¿Qué?!
—¡Pregunto que si es maestro! —contesté al tiempo en que el hombre me tomaba del codo y me señalaba con la barbilla un rincón que prometía ser menos ruidoso que la barra. Nos dirigimos hacia allá —yo de mala gana, pues sólo había entrado al bar con la intención de matar quince minutos con una cerveza antes de salir con Pamela y ahora estaba escuchando a un resentido— y tomamos asiento en una pequeña sala forrada en negro.
—Aquí estaremos mejor. ¿Qué me decía?
—Nada. Que me imagino que es maestro, eso es todo.
—Mucho me temo que sí, amigo. Soy maestro. Pertenezco a esa caterva de gente extraviada que se quedó en la escuela para siempre, ese sector de gente mediocre que quiere hacer pasar por vocación lo que es sólo el resultado de su absoluta incompetencia para realizar cualquier actividad productiva. ¿Se imagina Usted a un dentista o a un plomero que quisieran cobrar como tales sólo por instruir verbalmente sobre cómo se hacen las cosas sin jamás hacerlas efectivamente?
—Me imagino que cuando un avión debe volar no bastan los pizarrones.
—¡Desde luego que no! Pero es que aquí es peor que eso, ¿sabe? Ni se imagina. Siete años desde que me contrataron aquí, no se imagina las cosas que he visto...
—Tengo poco tiempo, ¿sabe? Creo que... —pero no me dejó terminar cuando ya levantaba de nuevo su mirada turbia hacia mí haciendo acopio de fuerzas para continuar su discurso luego de darle una calada a un cigarrillo que nunca le vi encender...
—Aquí no existe ni siquiera eso, amigo, los maestros... —Hizo una mueca sonriendo como quien reconoce haber dicho una estupidez. —No existen los maestros, le digo. Lo he visto con mis propios ojos, ¿sabe? Son un puñado de gente de la peor calidad moral ávida de que les sigan pagando una miseria los dueños de ese negocio formidable llamado educación. ¡Qué noble tarea! ¿verdad? La educación. Que sirve para todo, sí señor. Para salir de la miseria (mentira). Para entender el mundo (mentira). Para ser mejores personas (¡permítame reír a carcajadas! ¡mentira!). ¿Qué diablos sino cinismo, estulticia y mezquindad van a aprender los que participan en esto en calidad de estudiantes si quienes se ponen al frente no entienden ni quieren entender nada? Esa gentuza merece que los dueños del negocio los trate como reses en un matadero: que les den y quiten cursos a voluntad, que les afeén la conducta por cualquier iniciativa que se aparte de la ortodoxia, que les celebren el día del maestro y los cumpleaños con comida barata a punto de echarse a perder y discursos cuyo carácter retrógrado los hermana con los que hubiera dado desde el púlpito cualquier sacerdote del siglo dieciséis...
—Pero entonces la culpa la tiene Usted, ¿no? ¿por qué trabaja en una escuela privada si no está de acuerdo con sus ideas?
—¿Quién habla de privada? ¡Es la escuela de gobierno de la que estoy hablando! Llevo siete años en la universidad pública comprendiendo con lentitud el hecho de que ésta también es un negocio, uno mucho peor que el de las instituciones de paga que declaran sus intenciones desde un comienzo y se atienen a sus propios recursos. Un negocio inmoral que roba al pueblo el poco dinero que tiene para repartir un pequeño porcentaje entre los maestros que lo mendigan y un botín mucho más jugoso entre los gerentes que lo han secuestrado. ¿Sabe lo que es tratar con esos hijos de puta? ¿Sabe lo que se siente pasar siete años de su vida fingiendo ser más idiota que ellos para que no tomen a mal los pequeños correctivos que a su ambición he opuesto? ¿Lo que se siente ver de frente a un animal a cargo que con grandes ojos de bovino y lenguaje de verdulería intenta reconvenirle sobre su conducta sin el menor asomo de cultura o vergüenza? ¿tiene idea de cómo se lidia con la hipocresía católica instalada al frente de los valores laicos? ¿cómo se sobrelleva la tradición patrimonialista que hace suponer a estos funcionarios que el bien público a su cargo es propiedad de ellos mientras están en funciones? ¿que pueden disponer de él a voluntad sin someterse jamás a examen y con el aplauso del rebaño de los ya referidos maestros que, adalides de nuestros usos y costumbres, aplauden resignadamente el adocenamiento mientras el cheque siga llegando cada quincena...?
—Suena mal —dije bebiéndome de un trago lo que me quedaba de cerveza. Me iba ya a despedir, pero como se me antojara fumarme un cigarrillo cometí el error de pedirle uno.
—Claro, aquí tiene. ¿Le apetece un whisky? —me dijo al tiempo en que con la mano libre llamaba a un distraído mesero al que (¿vi bien?) uno de los rancheros tocaba en los genitales mientras la mujer que lo acompañaba reía lascivamente.
—Verá, es que... —dije interrumpiéndome para que el cigarrillo no se me cayera de los labios.
—¡No se hable más! Dos whiskys por favor. Etiqueta negra, sí.
—Es que... Bueno, en fin, ¿qué decía?
—Si no ha convivido con maestros, al menos habrá tratado con los que le tocaron en la escuela, ¿no? Yo llevo siete años entre ellos... Siempre tienen hambre (nunca se le ocurra llevar comida a la escuela, la gente siempre tiene hambre), se la pasan hablando de los malos resultados de los estudiantes, no tienen otro objeto de conversación, son el mejor ejemplo de lo que significa ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, burócratas presuntamente educados que se quejan imparablemente de que no se les regale más dinero a cambio de su holgazanería patológica, depredadores del erario que por supuesto se consideran distintos de los políticos de los que dependen y de los gerentes que los administran, como si fuesen una clase aparte cuando en realidad apenas suben un peldaño en el escalafón y ya putean miserablemente a los de abajo, reproduciendo y perfeccionando las marranadas de sus superiores, nunca como entre ellos tuvo mejor sentido la frase homo homini lupus... Pero mire, aquí está su whisky...
—Hombre, no debía... en fin, gracias... —dije al tiempo en que notaba un nervioso intercambio de miradas entre el mesero y el individuo de ojos vidriosos al que ya empezaba a urgirme dejar en aquel extraño bar en el que nunca había estado y en donde cada vez creía ver más cosas extrañas (¿qué era ese bulto entre las piernas de la aerodinámica mujer de uno de los vaqueros de broche en el cuello de la camisa? ¿a dónde dan esas puertas del fondo de donde viene un hombre fajándose la camisa?).
—La cuestión es... ¿quiere otro cigarrillo? vamos, hombre, ¡no sea tímido!... la cuestión es que ya era demasiado tiempo, ¿sabe? Siete años son muchos para soportar este ritmo de vida que insensiblemente lo vuelve a uno poco menos que un molusco, un tejido blando sin voluntad, un bagazo. Los años pasan y van ellos solos acomodando a las personas en los sitios que les corresponden, empujando poco a poco pero inexorablemente todo lo que no sirve a los márgenes, apartándolo, disminuyéndolo. Se engañan quienes creen que todo es cuestión de suerte y circunstancias. En absoluto, ¿sabe? Muchas cosas dependen de nosotros, pero ser maestro es algo que siempre ocurre por descarte, el resultado de una vida fracasada cuyo protagonista no tiene ninguna otra opción de hacerse obedecer o escuchar que la de someter a un público cautivo a sus estupideces. No hay nada más. Siete años en medio de esta piara que año con año y quincena tras quincena se llena la tripa en las tinas de mierda que a su disposición ponen los funcionarios, ya era demasiado, ¿verdad? Tuve que hacerlo, por supuesto. Lo comprende, ¿verdad?
Los whiskys se habían terminado y el hombre de los ojos vidriosos se había quedado frente a mí tratando de enfocarme tan bien como se lo permitía el alcohol que ya llevaba en las venas. (¿Un cunnilingus en aquel rincón? ¡Joder! Debería venir más seguido a este bar... Un momento: eso no es un clítoris). Quise ponerme de pie, pero me sentí súbitamente muy mareado. Me senté de nuevo y me pasé una mano por la cara. Otra que no era mía ya estaba sobre mi pierna derecha. Entonces, en vez de sorprenderme recordé lo último que este hombre había dicho y le interrogué rápidamente:
—¿Qué tuvo que hacer? ¿de qué habla? —articulé difícilmente encendiendo otro cigarrillo que tomé de su caja sin pedirle permiso.
—Vengarme, hombre, ¿qué va a ser? No me iba a ir nada más así de la escuela sin antes darles su merecido. Algo ejemplar.
—¿Qué hizo? —pregunté al tiempo en que él quitaba discretamente su mano de mi pierna y se la llevaba a la cara junto con la otra, suspirando como quien se decepciona de tener que dar una explicación demasiado larga y va resignándose a hacerlo.
—Mire, lo que hice fue que... ¿te puedo tutear? ¿cómo te llamas? —dijo al tiempo en que se sentaba a mi lado y me pasaba su brazo izquierdo por mi hombro y la mano derecha volvía a una de mis piernas. Quise pararme y no me respondieron las piernas. Incongruentemente me dispuse a contestar a su pregunta (no fuera a pensar que era un maleducado):
—Me llamo R...
Se encendieron las luces y se armó un alboroto tremendo. Unos policías entraron al bar repartiendo golpes y empezaron a llamar a voces a un individuo. Los rostros se volvieron hacia nosotros.
—¡Ahí está! —dijo uno que llevaba una especie de bozal que me recordó alguna película de ciencia ficción o un perro bravo. Se acercaron aventando muebles en medio de gritos de mujeres y hombres. De reojo vi al mesero que nos trajo los whiskys subirse lentamente los pantalones. Cuando al hombre de los ojos vidriosos lo tomaron del brazo, otro hizo lo mismo conmigo.
—¡Hey! Yo no estoy con este hombre, yo...
—Estás sentado con él. Vienes también arrestado.
—¡Pero yo no he hecho nada! Yo... —sentía un vértigo tremendo, ¿me habrían puesto algo en la bebida?
—Eres su cómplice, cabrón, no te hagas pendejo —dijo otro más con desparpajo.
—Yo estaba esperando a... ¿qué ha hecho este hombre? —pregunté.
Entonces reparé en que el individuo de los ojos vidriosos tenía media camisa y pantalón bañados en sangre; reía a carcajadas y mientras nos empujaban hacia afuera me gritó bien alto:
—¡Tenía que vengarme! Debiste ver la cara de esos cabrones, hijos de puta todos, ¡no podían creer que sus vidas estuvieran terminando de esa forma! Una cuchillada por aquí, otra por acá, qué alegría, qué frágil es la vida, cabrones, me lo vais a agradecer cuando saquen cuentas y digan: 'mira, nos ahorramos tantos parásitos menos; mira, ya puede usar este dinero en alguien moral, en alguien productivo; mira: una rata menos, un mediocre menos'... ya verás que...
—¡No vengo con este hombre! —grité por última vez al policía que me calló de pronto con un fuerte macanazo: "¡Cállate maricón!"
Pamela lleva veinte minutos esperando en el café de la esquina. Se levanta enfadada y, de vuelta a su casa, acepta subir al carro de un desconocido que le ofrece un aventón.
Santa Teresa luce negra y destripada.
—¿Conoce Usted algo más patético? Siete años, ¿viera? Siete años de aguantar a estos pendejos..
—¿Disculpe? ¿cómo dice?
—Una escuela, ¿no? Lo normal. Uno dice: 'Es una universidad, ya no van a pasarme las mismas cosas', ¿verdad? Porque yo trabajé en secundaria y aún en primaria por algún tiempo. Pero esto es una universidad, la gente educada, los scholars que se dedican a elaborar sesudas disertaciones que presentan en no menos sesudos congresos, los científicos que publican sus resultados en sendas revistas donde son evaluados por pares, ¿eh? Pares: o sea que por cada uno de estos pendejos hay al menos otro igual, ¿qué le parece?
—Es maestro, supongo —le contesté al tiempo en que la rocola vomitaba una canción cuyo video reproducían simultáneamente todas las teles del lugar: viejas neumáticas abrazadas a un tipo enfundado en botas que se había gastado en maquillaje, bottox y depilación de cejas el equivalente de todos los gastos cosméticos del lugar.
—¡¿Qué?!
—¡Pregunto que si es maestro! —contesté al tiempo en que el hombre me tomaba del codo y me señalaba con la barbilla un rincón que prometía ser menos ruidoso que la barra. Nos dirigimos hacia allá —yo de mala gana, pues sólo había entrado al bar con la intención de matar quince minutos con una cerveza antes de salir con Pamela y ahora estaba escuchando a un resentido— y tomamos asiento en una pequeña sala forrada en negro.
—Aquí estaremos mejor. ¿Qué me decía?
—Nada. Que me imagino que es maestro, eso es todo.
—Mucho me temo que sí, amigo. Soy maestro. Pertenezco a esa caterva de gente extraviada que se quedó en la escuela para siempre, ese sector de gente mediocre que quiere hacer pasar por vocación lo que es sólo el resultado de su absoluta incompetencia para realizar cualquier actividad productiva. ¿Se imagina Usted a un dentista o a un plomero que quisieran cobrar como tales sólo por instruir verbalmente sobre cómo se hacen las cosas sin jamás hacerlas efectivamente?
—Me imagino que cuando un avión debe volar no bastan los pizarrones.
—¡Desde luego que no! Pero es que aquí es peor que eso, ¿sabe? Ni se imagina. Siete años desde que me contrataron aquí, no se imagina las cosas que he visto...
—Tengo poco tiempo, ¿sabe? Creo que... —pero no me dejó terminar cuando ya levantaba de nuevo su mirada turbia hacia mí haciendo acopio de fuerzas para continuar su discurso luego de darle una calada a un cigarrillo que nunca le vi encender...
—Aquí no existe ni siquiera eso, amigo, los maestros... —Hizo una mueca sonriendo como quien reconoce haber dicho una estupidez. —No existen los maestros, le digo. Lo he visto con mis propios ojos, ¿sabe? Son un puñado de gente de la peor calidad moral ávida de que les sigan pagando una miseria los dueños de ese negocio formidable llamado educación. ¡Qué noble tarea! ¿verdad? La educación. Que sirve para todo, sí señor. Para salir de la miseria (mentira). Para entender el mundo (mentira). Para ser mejores personas (¡permítame reír a carcajadas! ¡mentira!). ¿Qué diablos sino cinismo, estulticia y mezquindad van a aprender los que participan en esto en calidad de estudiantes si quienes se ponen al frente no entienden ni quieren entender nada? Esa gentuza merece que los dueños del negocio los trate como reses en un matadero: que les den y quiten cursos a voluntad, que les afeén la conducta por cualquier iniciativa que se aparte de la ortodoxia, que les celebren el día del maestro y los cumpleaños con comida barata a punto de echarse a perder y discursos cuyo carácter retrógrado los hermana con los que hubiera dado desde el púlpito cualquier sacerdote del siglo dieciséis...
—Pero entonces la culpa la tiene Usted, ¿no? ¿por qué trabaja en una escuela privada si no está de acuerdo con sus ideas?
—¿Quién habla de privada? ¡Es la escuela de gobierno de la que estoy hablando! Llevo siete años en la universidad pública comprendiendo con lentitud el hecho de que ésta también es un negocio, uno mucho peor que el de las instituciones de paga que declaran sus intenciones desde un comienzo y se atienen a sus propios recursos. Un negocio inmoral que roba al pueblo el poco dinero que tiene para repartir un pequeño porcentaje entre los maestros que lo mendigan y un botín mucho más jugoso entre los gerentes que lo han secuestrado. ¿Sabe lo que es tratar con esos hijos de puta? ¿Sabe lo que se siente pasar siete años de su vida fingiendo ser más idiota que ellos para que no tomen a mal los pequeños correctivos que a su ambición he opuesto? ¿Lo que se siente ver de frente a un animal a cargo que con grandes ojos de bovino y lenguaje de verdulería intenta reconvenirle sobre su conducta sin el menor asomo de cultura o vergüenza? ¿tiene idea de cómo se lidia con la hipocresía católica instalada al frente de los valores laicos? ¿cómo se sobrelleva la tradición patrimonialista que hace suponer a estos funcionarios que el bien público a su cargo es propiedad de ellos mientras están en funciones? ¿que pueden disponer de él a voluntad sin someterse jamás a examen y con el aplauso del rebaño de los ya referidos maestros que, adalides de nuestros usos y costumbres, aplauden resignadamente el adocenamiento mientras el cheque siga llegando cada quincena...?
—Suena mal —dije bebiéndome de un trago lo que me quedaba de cerveza. Me iba ya a despedir, pero como se me antojara fumarme un cigarrillo cometí el error de pedirle uno.
—Claro, aquí tiene. ¿Le apetece un whisky? —me dijo al tiempo en que con la mano libre llamaba a un distraído mesero al que (¿vi bien?) uno de los rancheros tocaba en los genitales mientras la mujer que lo acompañaba reía lascivamente.
—Verá, es que... —dije interrumpiéndome para que el cigarrillo no se me cayera de los labios.
—¡No se hable más! Dos whiskys por favor. Etiqueta negra, sí.
—Es que... Bueno, en fin, ¿qué decía?
—Si no ha convivido con maestros, al menos habrá tratado con los que le tocaron en la escuela, ¿no? Yo llevo siete años entre ellos... Siempre tienen hambre (nunca se le ocurra llevar comida a la escuela, la gente siempre tiene hambre), se la pasan hablando de los malos resultados de los estudiantes, no tienen otro objeto de conversación, son el mejor ejemplo de lo que significa ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio, burócratas presuntamente educados que se quejan imparablemente de que no se les regale más dinero a cambio de su holgazanería patológica, depredadores del erario que por supuesto se consideran distintos de los políticos de los que dependen y de los gerentes que los administran, como si fuesen una clase aparte cuando en realidad apenas suben un peldaño en el escalafón y ya putean miserablemente a los de abajo, reproduciendo y perfeccionando las marranadas de sus superiores, nunca como entre ellos tuvo mejor sentido la frase homo homini lupus... Pero mire, aquí está su whisky...
—Hombre, no debía... en fin, gracias... —dije al tiempo en que notaba un nervioso intercambio de miradas entre el mesero y el individuo de ojos vidriosos al que ya empezaba a urgirme dejar en aquel extraño bar en el que nunca había estado y en donde cada vez creía ver más cosas extrañas (¿qué era ese bulto entre las piernas de la aerodinámica mujer de uno de los vaqueros de broche en el cuello de la camisa? ¿a dónde dan esas puertas del fondo de donde viene un hombre fajándose la camisa?).
—La cuestión es... ¿quiere otro cigarrillo? vamos, hombre, ¡no sea tímido!... la cuestión es que ya era demasiado tiempo, ¿sabe? Siete años son muchos para soportar este ritmo de vida que insensiblemente lo vuelve a uno poco menos que un molusco, un tejido blando sin voluntad, un bagazo. Los años pasan y van ellos solos acomodando a las personas en los sitios que les corresponden, empujando poco a poco pero inexorablemente todo lo que no sirve a los márgenes, apartándolo, disminuyéndolo. Se engañan quienes creen que todo es cuestión de suerte y circunstancias. En absoluto, ¿sabe? Muchas cosas dependen de nosotros, pero ser maestro es algo que siempre ocurre por descarte, el resultado de una vida fracasada cuyo protagonista no tiene ninguna otra opción de hacerse obedecer o escuchar que la de someter a un público cautivo a sus estupideces. No hay nada más. Siete años en medio de esta piara que año con año y quincena tras quincena se llena la tripa en las tinas de mierda que a su disposición ponen los funcionarios, ya era demasiado, ¿verdad? Tuve que hacerlo, por supuesto. Lo comprende, ¿verdad?
Los whiskys se habían terminado y el hombre de los ojos vidriosos se había quedado frente a mí tratando de enfocarme tan bien como se lo permitía el alcohol que ya llevaba en las venas. (¿Un cunnilingus en aquel rincón? ¡Joder! Debería venir más seguido a este bar... Un momento: eso no es un clítoris). Quise ponerme de pie, pero me sentí súbitamente muy mareado. Me senté de nuevo y me pasé una mano por la cara. Otra que no era mía ya estaba sobre mi pierna derecha. Entonces, en vez de sorprenderme recordé lo último que este hombre había dicho y le interrogué rápidamente:
—¿Qué tuvo que hacer? ¿de qué habla? —articulé difícilmente encendiendo otro cigarrillo que tomé de su caja sin pedirle permiso.
—Vengarme, hombre, ¿qué va a ser? No me iba a ir nada más así de la escuela sin antes darles su merecido. Algo ejemplar.
—¿Qué hizo? —pregunté al tiempo en que él quitaba discretamente su mano de mi pierna y se la llevaba a la cara junto con la otra, suspirando como quien se decepciona de tener que dar una explicación demasiado larga y va resignándose a hacerlo.
—Mire, lo que hice fue que... ¿te puedo tutear? ¿cómo te llamas? —dijo al tiempo en que se sentaba a mi lado y me pasaba su brazo izquierdo por mi hombro y la mano derecha volvía a una de mis piernas. Quise pararme y no me respondieron las piernas. Incongruentemente me dispuse a contestar a su pregunta (no fuera a pensar que era un maleducado):
—Me llamo R...
Se encendieron las luces y se armó un alboroto tremendo. Unos policías entraron al bar repartiendo golpes y empezaron a llamar a voces a un individuo. Los rostros se volvieron hacia nosotros.
—¡Ahí está! —dijo uno que llevaba una especie de bozal que me recordó alguna película de ciencia ficción o un perro bravo. Se acercaron aventando muebles en medio de gritos de mujeres y hombres. De reojo vi al mesero que nos trajo los whiskys subirse lentamente los pantalones. Cuando al hombre de los ojos vidriosos lo tomaron del brazo, otro hizo lo mismo conmigo.
—¡Hey! Yo no estoy con este hombre, yo...
—Estás sentado con él. Vienes también arrestado.
—¡Pero yo no he hecho nada! Yo... —sentía un vértigo tremendo, ¿me habrían puesto algo en la bebida?
—Eres su cómplice, cabrón, no te hagas pendejo —dijo otro más con desparpajo.
—Yo estaba esperando a... ¿qué ha hecho este hombre? —pregunté.
Entonces reparé en que el individuo de los ojos vidriosos tenía media camisa y pantalón bañados en sangre; reía a carcajadas y mientras nos empujaban hacia afuera me gritó bien alto:
—¡Tenía que vengarme! Debiste ver la cara de esos cabrones, hijos de puta todos, ¡no podían creer que sus vidas estuvieran terminando de esa forma! Una cuchillada por aquí, otra por acá, qué alegría, qué frágil es la vida, cabrones, me lo vais a agradecer cuando saquen cuentas y digan: 'mira, nos ahorramos tantos parásitos menos; mira, ya puede usar este dinero en alguien moral, en alguien productivo; mira: una rata menos, un mediocre menos'... ya verás que...
—¡No vengo con este hombre! —grité por última vez al policía que me calló de pronto con un fuerte macanazo: "¡Cállate maricón!"
Pamela lleva veinte minutos esperando en el café de la esquina. Se levanta enfadada y, de vuelta a su casa, acepta subir al carro de un desconocido que le ofrece un aventón.
Santa Teresa luce negra y destripada.
martes, septiembre 26, 2017
El derrumbe
Supongo que aquellos períodos donde uno se siente mejor consigo mismo son aquellos en donde, sea por inconsciencia o por suerte, rara vez por deliberación o realidad, uno no repara en lo que debe ni se ve acuciado por dudas. El resto del tiempo va uno tirando en la esperanza de que algunos pendientes se resuelvan o disipen por sí mismos, aplazando el momento de ser uno quien los liquide como quien paga deudas y se pone al día con la vida, buscando compensaciones detrás de pequeñas cosas para que el cobro sea menor cuando llegue: subterfugios, dilaciones, pretextos. Muchos pueden vivir indefinidamente de prestado, pero unos cuantos no soportan que se acumulen las incongruencias más allá de cierto límite y se ven precisados a ponerles, si no arreglo, fin. Es esto último, me parece, lo que ha pasado en su caso.
Ha habido un pretexto, efectivamente, pero si éste no se consolida no veo que él esté dispuesto a acumular nuevas deudas con su conciencia: no se ajustan las cuentas más caras a uno para entregar los libros de contabilidad a quien esté dispuesto a llenarlos de números rojos. De momento, lo importante es haber dado el aterrador paso de presentarse a juicio en búsqueda de reparar daños, haberse entregado a la justicia luego de aclarar dolorosamente los crímenes cometidos. 'He sido desleal a mi conciencia', debiese empezar una confesión así, 'porque he sabido desde hace mucho tiempo que había cosas irreparablemente mal y he hecho caso omiso, me he acomodado a una rutina plagada de explicaciones autocomplacientes, he desdeñado las contradicciones que no han hecho sino crecer bajo mi disimulo, he torcido y tergiversado, manipulado y desmentido las evidencias por cobardía, para no perder la fachada de un edificio que se venía abajo, aguantado como si fuese virtud un modo de vida desapegado a la verdad. Debo pagar'. Y pagar ha debido, en efecto, primero con la tormenta que supone obligar a otras víctimas del mismo espejismo a abandonar su visión, quitarse la venda a la que, como él, no quieren renunciar, soportando los denuestos y agresiones de quienes suponen ser sólo víctimas y nunca corresponsables, aguantando que lo que pudiera ser un saludable arreglo entre las partes, una conversación íntima entre viejos conocidos que desean aclararse lo ocurrido y atesorar del pasado aquello que fue cierto y hermoso —las columnas todavía de pie del edificio caído, los objetos que no se quebraron tras el derrumbe— termine en una repulsa visceral plagada de artificialidades y silencios, de zonas opacas a donde no llegará más la luz, de escombros que nadie retira.
No va a detenerse ahora que ha empezado por lo más difícil. Se aproxima el turno de algunas amistades que no vale la pena tener, de los numerosos contactos a los que obliga el trabajo y que conviene minimizar, del trabajo mismo que, como bien entiende desde hace años, tiene el tiempo contado porque toda cretinización tiene un límite. A este propósito se ha preguntado ya si lo que tolera corresponde a una evaluación objetiva de ventajas o, como en el caso de su pérdida mayor, a la fuerza de la costumbre bien aderezada de presuntos motivos o, peor aún, a la conciencia de no ser mejor que esto que le ha tocado en suerte: si consigue algo superior ¿quedará él por debajo de ello?; si no lo intenta ¿quedará como un cobarde?; si escapa definitivamente a esa esfera y fracasa ¿es un desertor?, si triunfa ¿un talento que por fin halló su cauce tras admitir su vocación? Misterio. ¿Convertirá esos sucesivos ajustes y renuncias en algo que pueda conciliarse con una postura responsable y no simplemente misántropa o solipsista? Porque comprende, me parece, luego de tantos años en la brega, que no existen los hombres solos ni a salvo y que para conseguir algo es inevitable mancharse las manos. Ni todo el dinero puede comprar una soledad a la medida ni tiene intención —ni posibilidad— de conseguirla, pero vivir sin acumular demasiadas deudas con la vida quizá no pase necesariamente por este extremo. Quizá baste para ello la experiencia reunida que lo condujo a esta madurez y que le permitirá detectar cada vez más pronto —pero sin conducirlo a la parálisis— las trampas en que se apoya el aplazamiento de la conciencia. Si no se puede pagar continuamente, ¿será posible pagar al menos en plazos cada vez más cortos? ¿será posible reducir los abonos o la única manera de conseguir esto es desear también muy poco? Intuye la lógica monástica detrás de estos horrores, las historias de santos que abjuran del mundo luego de saciarse hasta el exceso, los predicadores de la templanza como adictos rehabilitados y, por lo tanto, falsos profetas por cuanto desean que los demás brinquen a sus conclusiones sin pasar antes por sus pecados. Pero eso no va a ocurrir porque —contrario a sus creencias sobre sí mismo— está en su salsa dentro de la vida y no excluyéndose de ella. Y aunque no esté dispuesto a vivir con los acreedores golpeando a la puerta tampoco puede —aún después de estos mayúsculos arreglos que ha debido hacer soslayando su temor a la soledad y aguantando el vértigo de la intemperie— sustraerse al comercio de apuestas y pérdidas, de placeres y penas, de ascos y batallas y suciedad rara vez reemplazados por salud, paz y limpieza. Si algún consuelo queda —habrá que recordárselo mientras busca desesperadamente algo a lo que asirse en medio de las ruinas— es la lealtad.
Aunque sea para consigo mismo.
Ha habido un pretexto, efectivamente, pero si éste no se consolida no veo que él esté dispuesto a acumular nuevas deudas con su conciencia: no se ajustan las cuentas más caras a uno para entregar los libros de contabilidad a quien esté dispuesto a llenarlos de números rojos. De momento, lo importante es haber dado el aterrador paso de presentarse a juicio en búsqueda de reparar daños, haberse entregado a la justicia luego de aclarar dolorosamente los crímenes cometidos. 'He sido desleal a mi conciencia', debiese empezar una confesión así, 'porque he sabido desde hace mucho tiempo que había cosas irreparablemente mal y he hecho caso omiso, me he acomodado a una rutina plagada de explicaciones autocomplacientes, he desdeñado las contradicciones que no han hecho sino crecer bajo mi disimulo, he torcido y tergiversado, manipulado y desmentido las evidencias por cobardía, para no perder la fachada de un edificio que se venía abajo, aguantado como si fuese virtud un modo de vida desapegado a la verdad. Debo pagar'. Y pagar ha debido, en efecto, primero con la tormenta que supone obligar a otras víctimas del mismo espejismo a abandonar su visión, quitarse la venda a la que, como él, no quieren renunciar, soportando los denuestos y agresiones de quienes suponen ser sólo víctimas y nunca corresponsables, aguantando que lo que pudiera ser un saludable arreglo entre las partes, una conversación íntima entre viejos conocidos que desean aclararse lo ocurrido y atesorar del pasado aquello que fue cierto y hermoso —las columnas todavía de pie del edificio caído, los objetos que no se quebraron tras el derrumbe— termine en una repulsa visceral plagada de artificialidades y silencios, de zonas opacas a donde no llegará más la luz, de escombros que nadie retira.
No va a detenerse ahora que ha empezado por lo más difícil. Se aproxima el turno de algunas amistades que no vale la pena tener, de los numerosos contactos a los que obliga el trabajo y que conviene minimizar, del trabajo mismo que, como bien entiende desde hace años, tiene el tiempo contado porque toda cretinización tiene un límite. A este propósito se ha preguntado ya si lo que tolera corresponde a una evaluación objetiva de ventajas o, como en el caso de su pérdida mayor, a la fuerza de la costumbre bien aderezada de presuntos motivos o, peor aún, a la conciencia de no ser mejor que esto que le ha tocado en suerte: si consigue algo superior ¿quedará él por debajo de ello?; si no lo intenta ¿quedará como un cobarde?; si escapa definitivamente a esa esfera y fracasa ¿es un desertor?, si triunfa ¿un talento que por fin halló su cauce tras admitir su vocación? Misterio. ¿Convertirá esos sucesivos ajustes y renuncias en algo que pueda conciliarse con una postura responsable y no simplemente misántropa o solipsista? Porque comprende, me parece, luego de tantos años en la brega, que no existen los hombres solos ni a salvo y que para conseguir algo es inevitable mancharse las manos. Ni todo el dinero puede comprar una soledad a la medida ni tiene intención —ni posibilidad— de conseguirla, pero vivir sin acumular demasiadas deudas con la vida quizá no pase necesariamente por este extremo. Quizá baste para ello la experiencia reunida que lo condujo a esta madurez y que le permitirá detectar cada vez más pronto —pero sin conducirlo a la parálisis— las trampas en que se apoya el aplazamiento de la conciencia. Si no se puede pagar continuamente, ¿será posible pagar al menos en plazos cada vez más cortos? ¿será posible reducir los abonos o la única manera de conseguir esto es desear también muy poco? Intuye la lógica monástica detrás de estos horrores, las historias de santos que abjuran del mundo luego de saciarse hasta el exceso, los predicadores de la templanza como adictos rehabilitados y, por lo tanto, falsos profetas por cuanto desean que los demás brinquen a sus conclusiones sin pasar antes por sus pecados. Pero eso no va a ocurrir porque —contrario a sus creencias sobre sí mismo— está en su salsa dentro de la vida y no excluyéndose de ella. Y aunque no esté dispuesto a vivir con los acreedores golpeando a la puerta tampoco puede —aún después de estos mayúsculos arreglos que ha debido hacer soslayando su temor a la soledad y aguantando el vértigo de la intemperie— sustraerse al comercio de apuestas y pérdidas, de placeres y penas, de ascos y batallas y suciedad rara vez reemplazados por salud, paz y limpieza. Si algún consuelo queda —habrá que recordárselo mientras busca desesperadamente algo a lo que asirse en medio de las ruinas— es la lealtad.
Aunque sea para consigo mismo.
sábado, septiembre 23, 2017
Nostalgia de las ciudades
'Ya está', pensaba aquella calurosa tarde de verano mientras luchaba por no dormirme frente a la pantalla cubierta del código C de aquel sistema inocuo cuyos clientes se resistían a pagar poniendo en aprietos mi salario, 'la carrera está por concluir y de aquí en adelante todo será ir de empresa en empresa, deseablemente subiendo de salario; no está mal, no es que me queje, después de todo ya estoy instalado en una de ellas desde antes de graduarme, ¿quién lo dijera? ¡yo ganando dinero en vez de ser un científico o un escritor, un pensador o un artista! Tendré que batirme para que esta ciudad y el mundo reconozcan mi genio, para salvarme de la cretinización que...' Fue entonces cuando me despertó la música que la grabadora de Chésare reproducía a partir de un cassette viejo en cuya caja aparecían una mujer con aretes largos y profundas sombras negras en los ojos y un letrero que decía Ciudad de ciegos. 'Es de una película', me dijo Chésare en el desenfadado tono de los cholos del oriente de la ciudad. 'Un cholo brillante', me dije, 'que demuestra que no hace falta terminar el bachillerato para programar como un experto; un cholo sensible a las herencias, dueño de una discreta nostalgia de las ciudades, los murmullos y los alimentos; que está de momento a merced de los capitalistas que lo descubrieron; que siempre será —para bien o para mal— joven.'
[...]
Tenía dos suéteres que mi mamá había mandado tejer para mí, uno negro y uno rojo, ambos con un cuello de tortuga que me hacía parecer romántico o maricón, si no ambas cosas. Me agradaba que las lociones baratas que guardaba en mi clóset se fijaran en el cuello por mucho tiempo cuando llevaba los suéteres puestos y que la habitación quedara oliendo a aquellas gotas que prodigaba con una generosidad directamente proporcional a mis temores e inseguridades. A menudo evocaba la casa de mis abuelos a la que ya no podía ir por haberla heredado una tía con la que mi madre se había enemistado y entonces la recorría con la mente rincón por rincón y, cuando la agotaba —el piso debajo de la cajonera donde reposaba el reloj, el olor a calcetines del clóset de mis tías o el olor a pedo del de mis tíos, las cenizas de cigarro bajo la cama de mis abuelos y los baños azul y amarillo donde me masturbara en posiciones cada vez más extravagantes contra la esquina de los respectivos lavabos— iba hasta el departamento de aquel edificio blanco frente al Reloj de las Tres Caras y me encerraba en el baño de la entrada o en la habitación por cuya ventana se asomaba el niño con polio que iba y venía oliendo a orines, o me acostaba boca abajo sobre la hamaca fascinado por ver la turgencia entre mis piernas asomar por los agujeros de la tela colgante; si aún este rincón tabasqueño se terminaba o no estaba en condiciones de reproducir sus humedales, entonces iba todavía más lejos hasta el piso donde tenía mis juguetes —la caballeriza y el explorador lunar, los trailers y las figuras de la Guerra de las Galaxias— y me ponía a hojear mis libros de colorear o a sentirme protegido por el sinfín de adornos y figurillas del librero enclenque que como un biombo separaba al comedor de la sala. Ahora que trabajaba quizá había llegado la hora de vivir por mi cuenta en otra casa. Cuando ello ocurriera —pensaba durante la larga duermevela del viaje de vuelta a casa desde el trabajo— me vería precisado a recrear esta casa que a partir del momento de mi partida difícilmente esperaría para empezar a cambiar y distanciarse de mí. Llegaría el día en que no pudiera volver a recorrerla, porque ya no me acercara más a ella, porque estuviera ocupada por extraños, porque ya me habría movido a otra ciudad. Pero entonces tampoco la ciudad resistiría y al cabo de poco tiempo —y más conforme este transcurriera— se me apartaría hasta hacérseme irreconocible y dolorosa, como un rostro amado al que una terrible enfermedad fuese deformando. Me despertaba con el cuello de tortuga babeado a escasas cuadras de la casa, me levantaba de prisa y me acercaba a la puerta trasera buscando el timbre para pedir la parada.
[...]
Mi amigo Jorge me decía que no me preocupara, que aún si las cosas cambiaban demasiado siempre quedaría el registro fotográfico y la memoria, tal vez alguna película. Pero aún entonces yo ya estaba acostumbrado a pasear por lugares desaparecidos y a acariciar objetos que en las distintas mudanzas y peregrinaciones se habían perdido. 'No es nada extraño', le explicaba, 'pues lo mismo debe ocurrirles a nuestros padres en estos precisos momentos al contemplar aquello en lo que se ha convertido la ciudad, ¿no te das cuenta? No es ya lo que conocieron en su juventud, se les va volviendo ajena.' Jorge, cuyo carácter dulce se contagiaba rápidamente del humor de sus amigos, me miraba genuinamente concernido y preguntaba: '¿Y a dónde pueden ir nuestros padres para recuperar la ciudad de su juventud si todavía no contamos con una máquina del tiempo y, de contar con ella, no podríamos salvar las contradicciones inherentes a semejante desbarajuste?' Fumábamos en estas conversaciones sesudas a las afueras de mi casa o de la suya —apenas separadas por otra casa— y, mirando al cielo de vez en cuando en aquel año cósmico, le respondía: 'Al pasado como tal no es posible viajar. Pero lo que le ha pasado a esta ciudad le ha pasado antes a otra y lo que le ocurre ahora le ocurrirá mañana a una todavía más pequeña. En este momento podemos ir a los años en que nacimos si escogemos la ciudad del tamaño y situación correctos. Apenas instalarnos ahí, por ejemplo, veríamos una notable disminución del tráfico y las distancias, gente más asilvestrada, gustos más elementales, mayor contacto con el campo o las periferias, desplazamientos más cortos, conoceríamos aproximadamente lo que nuestros padres sintieron en aquellos tiempos y, sobre todo, compartiríamos sus nociones de lugar y duración, que son las que más padecen con esta carrera enloquecida en que está metida la humanidad.' Un escupitajo porque siempre he salivado demasiado. Un eructo de Jorge con olor a chorizo requemado y a tripa de cerdo. '¡Vaya idea, cabrón! Muy interesante, sí, eso de las nociones que maltrata la civilización. A lo mejor para eso está la guerra: para refrenar y proteger los recuerdos, ¿no?' Tiro el cigarro entre la hierba todavía verde del verano que acaba y le miro fijamente: 'No Jorge. No creo que ni tú ni yo ni nuestros padres sepamos bien a bien qué es una guerra. La destrucción, en todo caso, siempre llega.'
[...]
Chésare ha venido a mi fiesta de despedida. Llevo el suéter rojo aunque prefiera el negro porque este último ya estaba demasiado sucio y la loción ya era insuficiente para impedir que un olor a baba subiera desde el cuello de tortuga hasta mi nariz. Ha sido un año frío y el invierno promete ser crudo, al menos para la sensibilidad meridional. No sólo dejo la empresa para seguir estudiando, sino que el dinero ahorrado y el que me promete una beca serán suficientes para irme de casa. No más somnolencias frente a las interminables líneas de código C luego de comer en la improvisada sala de estar de las oficinas, no más tardes de disfrutar de los cassettes de Chésare mientras se me va la cabeza recorriendo los rincones de casas antiguas, adiós al estribo del camión donde solía irme colgado cuando todo mundo salía de trabajar y al suave ronroneo que mecía los asientos arrullándome cuando tenía la suerte de encontrar uno libre. Jorge se viene conmigo, no porque vaya a estudiar sino porque la fábrica donde lleva dos años trabajando le queda más cerca. Podremos jugar ajedrez y visitar a nuestras madres juntos los fines de semana: la comida en casa de ellas sigue siendo mejor que cualquier cosa que podamos preparar. Para que la casa de mi madre no se me vuelva demasiado ajena convendrá pernoctar allá una vez a la semana, quizá los viernes en que podemos cenar tacos dorados de Doña Tina y ver la telenovela y luego el noticiero. O quizá suceda que me harte de masturbarme aprovechando que tendré la casa para mí solo aquellas noches en que Jorge tenga ese turno en el trabajo y, como viene ocurriendo cada vez más seguido, encuentre alguien en el camión o en alguna calle inadvertida que quiera acompañarme a mi casa para consumar lo que quizá ya viene siendo hora de que haga más seguido. Chésare me ha hecho un regalo y lo he guardado en el clóset para cuando reúna el dinero suficiente para comprarme una videocasetera. Quizá tenga una cuando lleguen las vacaciones de invierno.
[...]
Nevó. Por la noche pongo la cinta que me regaló Chésare y que no lleva etiquetas ni nada. Es la película Ciudad de ciegos y, como en mis repasos de todos los días, el director recorre la vida de un departamento con el pretexto de sus inquilinos. Ya estoy acompañando a mis abuelos y sus diez hijos en una sala de estar que preside una consola gigantesca, ya a mi madre sirviendo ron con coca cola en el departamento donde se quedó embarazada de mí entre colillas de cigarro y un tocadiscos de aguja desgastada, ya a mi padre que huye de casa mientras se fracturan las paredes durante el gran sismo para no volver a reunirse jamás. Me voy quedando dormido con mucho frío no sólo porque esta casa está en las afueras de la ciudad, rodeada de gélidos valles, sino porque apenas tengo muebles y cobijas que guarden el calor. Jorge no ha podido pagar la renta más y estoy solo de nuevo. En vez de contar ovejas recorro las baldosas de barro de la casa, los azulejos marinos del baño, el pretil de la cocina con su par de quemadores, las paredes amarillas de los patios, las litografías del calendario del año que termina y que, si reúno dinero, quizá deba mandar enmarcar...
[...]
Tenía dos suéteres que mi mamá había mandado tejer para mí, uno negro y uno rojo, ambos con un cuello de tortuga que me hacía parecer romántico o maricón, si no ambas cosas. Me agradaba que las lociones baratas que guardaba en mi clóset se fijaran en el cuello por mucho tiempo cuando llevaba los suéteres puestos y que la habitación quedara oliendo a aquellas gotas que prodigaba con una generosidad directamente proporcional a mis temores e inseguridades. A menudo evocaba la casa de mis abuelos a la que ya no podía ir por haberla heredado una tía con la que mi madre se había enemistado y entonces la recorría con la mente rincón por rincón y, cuando la agotaba —el piso debajo de la cajonera donde reposaba el reloj, el olor a calcetines del clóset de mis tías o el olor a pedo del de mis tíos, las cenizas de cigarro bajo la cama de mis abuelos y los baños azul y amarillo donde me masturbara en posiciones cada vez más extravagantes contra la esquina de los respectivos lavabos— iba hasta el departamento de aquel edificio blanco frente al Reloj de las Tres Caras y me encerraba en el baño de la entrada o en la habitación por cuya ventana se asomaba el niño con polio que iba y venía oliendo a orines, o me acostaba boca abajo sobre la hamaca fascinado por ver la turgencia entre mis piernas asomar por los agujeros de la tela colgante; si aún este rincón tabasqueño se terminaba o no estaba en condiciones de reproducir sus humedales, entonces iba todavía más lejos hasta el piso donde tenía mis juguetes —la caballeriza y el explorador lunar, los trailers y las figuras de la Guerra de las Galaxias— y me ponía a hojear mis libros de colorear o a sentirme protegido por el sinfín de adornos y figurillas del librero enclenque que como un biombo separaba al comedor de la sala. Ahora que trabajaba quizá había llegado la hora de vivir por mi cuenta en otra casa. Cuando ello ocurriera —pensaba durante la larga duermevela del viaje de vuelta a casa desde el trabajo— me vería precisado a recrear esta casa que a partir del momento de mi partida difícilmente esperaría para empezar a cambiar y distanciarse de mí. Llegaría el día en que no pudiera volver a recorrerla, porque ya no me acercara más a ella, porque estuviera ocupada por extraños, porque ya me habría movido a otra ciudad. Pero entonces tampoco la ciudad resistiría y al cabo de poco tiempo —y más conforme este transcurriera— se me apartaría hasta hacérseme irreconocible y dolorosa, como un rostro amado al que una terrible enfermedad fuese deformando. Me despertaba con el cuello de tortuga babeado a escasas cuadras de la casa, me levantaba de prisa y me acercaba a la puerta trasera buscando el timbre para pedir la parada.
[...]
Mi amigo Jorge me decía que no me preocupara, que aún si las cosas cambiaban demasiado siempre quedaría el registro fotográfico y la memoria, tal vez alguna película. Pero aún entonces yo ya estaba acostumbrado a pasear por lugares desaparecidos y a acariciar objetos que en las distintas mudanzas y peregrinaciones se habían perdido. 'No es nada extraño', le explicaba, 'pues lo mismo debe ocurrirles a nuestros padres en estos precisos momentos al contemplar aquello en lo que se ha convertido la ciudad, ¿no te das cuenta? No es ya lo que conocieron en su juventud, se les va volviendo ajena.' Jorge, cuyo carácter dulce se contagiaba rápidamente del humor de sus amigos, me miraba genuinamente concernido y preguntaba: '¿Y a dónde pueden ir nuestros padres para recuperar la ciudad de su juventud si todavía no contamos con una máquina del tiempo y, de contar con ella, no podríamos salvar las contradicciones inherentes a semejante desbarajuste?' Fumábamos en estas conversaciones sesudas a las afueras de mi casa o de la suya —apenas separadas por otra casa— y, mirando al cielo de vez en cuando en aquel año cósmico, le respondía: 'Al pasado como tal no es posible viajar. Pero lo que le ha pasado a esta ciudad le ha pasado antes a otra y lo que le ocurre ahora le ocurrirá mañana a una todavía más pequeña. En este momento podemos ir a los años en que nacimos si escogemos la ciudad del tamaño y situación correctos. Apenas instalarnos ahí, por ejemplo, veríamos una notable disminución del tráfico y las distancias, gente más asilvestrada, gustos más elementales, mayor contacto con el campo o las periferias, desplazamientos más cortos, conoceríamos aproximadamente lo que nuestros padres sintieron en aquellos tiempos y, sobre todo, compartiríamos sus nociones de lugar y duración, que son las que más padecen con esta carrera enloquecida en que está metida la humanidad.' Un escupitajo porque siempre he salivado demasiado. Un eructo de Jorge con olor a chorizo requemado y a tripa de cerdo. '¡Vaya idea, cabrón! Muy interesante, sí, eso de las nociones que maltrata la civilización. A lo mejor para eso está la guerra: para refrenar y proteger los recuerdos, ¿no?' Tiro el cigarro entre la hierba todavía verde del verano que acaba y le miro fijamente: 'No Jorge. No creo que ni tú ni yo ni nuestros padres sepamos bien a bien qué es una guerra. La destrucción, en todo caso, siempre llega.'
[...]
Chésare ha venido a mi fiesta de despedida. Llevo el suéter rojo aunque prefiera el negro porque este último ya estaba demasiado sucio y la loción ya era insuficiente para impedir que un olor a baba subiera desde el cuello de tortuga hasta mi nariz. Ha sido un año frío y el invierno promete ser crudo, al menos para la sensibilidad meridional. No sólo dejo la empresa para seguir estudiando, sino que el dinero ahorrado y el que me promete una beca serán suficientes para irme de casa. No más somnolencias frente a las interminables líneas de código C luego de comer en la improvisada sala de estar de las oficinas, no más tardes de disfrutar de los cassettes de Chésare mientras se me va la cabeza recorriendo los rincones de casas antiguas, adiós al estribo del camión donde solía irme colgado cuando todo mundo salía de trabajar y al suave ronroneo que mecía los asientos arrullándome cuando tenía la suerte de encontrar uno libre. Jorge se viene conmigo, no porque vaya a estudiar sino porque la fábrica donde lleva dos años trabajando le queda más cerca. Podremos jugar ajedrez y visitar a nuestras madres juntos los fines de semana: la comida en casa de ellas sigue siendo mejor que cualquier cosa que podamos preparar. Para que la casa de mi madre no se me vuelva demasiado ajena convendrá pernoctar allá una vez a la semana, quizá los viernes en que podemos cenar tacos dorados de Doña Tina y ver la telenovela y luego el noticiero. O quizá suceda que me harte de masturbarme aprovechando que tendré la casa para mí solo aquellas noches en que Jorge tenga ese turno en el trabajo y, como viene ocurriendo cada vez más seguido, encuentre alguien en el camión o en alguna calle inadvertida que quiera acompañarme a mi casa para consumar lo que quizá ya viene siendo hora de que haga más seguido. Chésare me ha hecho un regalo y lo he guardado en el clóset para cuando reúna el dinero suficiente para comprarme una videocasetera. Quizá tenga una cuando lleguen las vacaciones de invierno.
[...]
Nevó. Por la noche pongo la cinta que me regaló Chésare y que no lleva etiquetas ni nada. Es la película Ciudad de ciegos y, como en mis repasos de todos los días, el director recorre la vida de un departamento con el pretexto de sus inquilinos. Ya estoy acompañando a mis abuelos y sus diez hijos en una sala de estar que preside una consola gigantesca, ya a mi madre sirviendo ron con coca cola en el departamento donde se quedó embarazada de mí entre colillas de cigarro y un tocadiscos de aguja desgastada, ya a mi padre que huye de casa mientras se fracturan las paredes durante el gran sismo para no volver a reunirse jamás. Me voy quedando dormido con mucho frío no sólo porque esta casa está en las afueras de la ciudad, rodeada de gélidos valles, sino porque apenas tengo muebles y cobijas que guarden el calor. Jorge no ha podido pagar la renta más y estoy solo de nuevo. En vez de contar ovejas recorro las baldosas de barro de la casa, los azulejos marinos del baño, el pretil de la cocina con su par de quemadores, las paredes amarillas de los patios, las litografías del calendario del año que termina y que, si reúno dinero, quizá deba mandar enmarcar...
domingo, septiembre 03, 2017
El paseo
Después de varias semanas de negociar consigo mismo el reconocimiento de la necesidad de realizar un mayor número de actividades físicas, comprendiendo que en ellas difícilmente podía considerar las regulares descargas que por vía sexual le causaban sudoraciones y palpitaciones ni, por otra parte, volver a los antiguos aparatos que semioxidados adornaban una de las habitaciones de su casa súbitamente ampliada por los muebles y cosas que ya no la ocupaban merced a su divorcio, se decidió a matar varios pájaros de un tiro echándoles la correa al par de perras que se aburrían en el sopor del patio donde convivían lo mismo con sus propios meados y cagadas —regularmente recogidas y vueltas a poner— que con cucarachas nocturnas (escasas) y palomas que bajaban por la mañana hasta sus platos de corquetas cuidando de no ser pilladas in fraganti devorando el pienso que no estaba destinado a ellas, y se dispuso a pasear con las perras hasta casa de su madre a quien visitaba más bien poco a pesar de las escasas cuadras que lo separaban de su domicilio, así podría estirar un poco las piernas y desaburrir a los animales y estar más al tanto de su progenitora cuyos días transcurrían en el más completo silencio, metida en su casa o yendo únicamente a las tiendas cercanas, dos veces a la semana hasta el domicilio de él para fregar los pisos y sacudir los muebles, cambiar las cosas de sitio de manera que él se irritara por la noche cuando volviera del trabajo y tuviera que añadir un par de minutos más a sacar las cosas de donde ella las ponía y a reacomodar las almohadas de una forma que no fuese tan ridícula, quizá descubrir con resignación si el día fue suave o con contenida ira si el día fue ingrato, que ella preparó un nuevo guiso que a él no le apetece comer y que lo ha hecho en cantidades aptas para un regimiento, poco salía la señora de casa de cualquier manera y poco convivía con él pues las visitas a su domicilio las hacía cuando él estaba en el trabajo y no hacía falta ni darse los buenos días; ahora, en cambio, podrían darse las buenas noches si se convertía en sana costumbre esto de sacar a pasear a las perras hasta la casa de ella, donde él vivió, donde le gustaría vivir más que donde vive ahora, la casa actual no tanto contaminada por el infeliz derrumbamiento de su matrimonio ni por los escasos —aunque pertinaces— fantasmas reunidos en el par de años de habitarla, sino demasiado expuesta a la calle y con escasa profundidad, tanto de espacios como de historia, una especie de costoso escaparate superficial que no podía protegerlo contra la invasión de las preocupaciones externas, ya por el matrimonio que se iba, ya por los escarceos extramaritales que no respetaron la casa como en cambio sí lo hacen los católicos burgueses bien pertrechados de hipocresía, la sinceridad de su vida escaso consuelo, ahora que lo pensaba mientras daba la vuelta por la larga calle que conducía hasta casa de su madre, difícil el pensamiento no sólo por la naturaleza desagradable de lo considerado sino también por el ingente calor que sofoca Santa Teresa durante casi todo el año y que en el mes de agosto es particularmente desagradable, casi lo había olvidado, pero ahora con las dos perras tirando de las cuerdas y la irregularidad de las calles y banquetas haciendo de sus pasos una marcha errática y cansina, los mosquitos que en nubes se abalanzaban sobre sus piernas y los bobitos pegados al rostro y los brazos, algunos invadiendo sus ojos, recordaba precisamente por qué casi nadie caminaba por las calles de este horrible lugar y por qué sólo conocían el interior de lujosos vehículos refrigerados y el interior de casas convertidas en prisiones por elevadas rejas y cámaras de circuito cerrado, por qué no tenían casi espacios dónde convivir y la única actividad al aire libre era el ejercicio físico como dramático subproducto de su inmenso aburrimiento y sus escasos medios intelectuales o morales para salir de él, pobres diablos en los que ya es imposible distinguir si su idiotez causó el desastre cultural en el que viven o fue la naturaleza del lugar la que los volvió idiotas, qué más da si aquí está, cruzando una avenida llena de agujeros que lleva el pomposo nombre de París, cerca de su trabajo donde el aislamiento en el que él por su cuenta se ha sumido para mejor disfrutar de su misantropía no ha sido suficiente para exentarlo de angustias, pues cuando es requerido padece las solicitudes casi siempre imbéciles y ociosas de sus jefes y colegas, pero cuando no es solicitado por días y días siente crecer la amenaza de que se trame algo en su contra para perjudicarlo de la manera más deshonrosa posible, echando mano ya no sólo de lo que estaba bajo su égida y que cualquiera puede torcer si la intención es hallarlo en falta —para eso están los abogados y los psicólogos y los contadores, para tergiversar y torcer y justificar las distorsiones según la consigna del que pague— sino también escarbando en su vida privada donde siempre será más fácil volver impresentable lo que no debe ver la luz, desde la cama hasta la cocina, desde la abstracta expresión de anhelos en descuidadas confidencias con las personas más inadecuadas hasta la muy concreta revisión de su reciente divorcio que lo desacredita y recrimina y mancha y hace dudoso, poco confiable, víctima apta para que se le aparten amigos y conocidos y, finalmente, se le eche, como es el destino de todo personaje que, como él, no condescendió ni aceptó como natural el envilecimiento ambiente al que tan cordialmente se le invitaba, un poco más de convivencia habría ayudado a limar asperezas, un poco menos de opiniones le habrían facilitado la vida, pero el daño ya estaba hecho y mientras el ruido de los coches se añade a todo lo que hace insoportable este recorrido hasta casa de su madre y los ladridos de los muchos perros encerrados como objetos de decoración y estatus en las casas de miserables déspotas rancheros alteran a las perras que están tan poco acostumbradas a salir a la calle, la correa de la mayor se zafa suavemente de su cuello y de pronto está ahí, libre, como en aquel primer día en que llegó corriendo a casa desde la calle, una cachorra abandonada que de pronto estaba en la cochera mientras su ex-mujer y él descargaban la despensa del coche y la metían en esa casa en la que ahora vive su madre y hacia la que se dirigen en medio del repiqueteo incesante de este gigantesco establo donde mugen las mujeres-vaca y gruñen los hombres-cerdo, el tiempo se solidifica mientras se da la media vuelta para alcanzarla y, enredado con la correa de la que todavía está sujeta, cae al suelo de rodillas y mira a la que está libre alejarse con las orejas gachas durante unos segundos detenidos, compuestos de su mujer adentrándose en la noche en medio de gritos sin que nadie pueda detenerla, de su hijo descendiendo a la tumba una vez que alguien libera el ataúd del último palo de madera que lo retenía de su descenso sujeto a cuerdas, de la antigua perra blanca de dulces ojos negros que se volvieron blancos y a la que saca en brazos de la veterinaria, envuelta en una bolsa negra, luego de quince años de gozar de su cálida compañía silenciosa y casi siempre alegre, inteligente, y entonces grita apagada y difícilmente el nombre de la que ahora se aleja, estirando la mano para atraerla, 'ven, preciosa, ven, ven por favor', aquélla se detiene un instante y gira la cabeza considerando la súplica del hombre que cae, que ha caído, una mirada transfigurada que se congela por unos segundos, entonces accede y vuelve y él la sujeta de su lomo negro y blanco y deja que ésta le lama la cara y le pone de nuevo la correa al cuello y se levanta cojeando para continuar el camino a casa de su madre, la que fue su casa y la de su mujer, tiene las rodillas lastimadas, pero experimenta en ello un gran alivio y no le extraña entonces en lo más mínimo descubrir que en la casa de su madre nadie contesta al timbre y vuelve, evadiendo a los perros que todavía andan sueltos por ahí, a los vehículos siniestros de vidrios polarizados, a los gritos de hombres que tiran latas sobre el pavimento en medio del olor atroz a carne quemada...
Y se encierra.
Y se encierra.
viernes, agosto 25, 2017
Cerraduras
Una de esas mañanas del nuevo tiempo suyo se levantó, abrió las cortinas de la habitación y la sala, se dispuso a preparar café en la cocina y, mientras borbotaba la cafetera y él se quedaba de pie contemplándola incapaz de articular pensamientos concretos que no fueran imágenes antiguas —manos gesticulando en medio de una amarga conversación nocturna, una hoja de papel que cae desde el balcón de un hotel europeo, el recorrido por las calles del Camino Real, cuando niño, buscando flores para su abuela— advirtió que la puerta de la casa no tenía la llave echada. 'Debí olvidarme de poner el cerrojo anoche', pensó, un poco apesadumbrado por lo que entendía —y entendía bien— era una prueba más de las nubes que se cernían sobre su cabeza desde que se separó de su mujer y que no habían hecho más que aumentar desde que se quedó solo en casa del amigo que lo había recibido durante los primeros meses de separación. Abrió la puerta, recogió del buzón una postal de aquel y —ahora sí— cerró con llave:
'He aquí una visión del Foro desde la colina del Capitolio. Aunque no me vaya a quedar en Roma tenía que sacar provecho de mi visita a Europa yendo a un lugar menos muerto que el norte francés. ¿París? Es una vieja puta que huele a orines. De la Ciudad Luz no vale la pena enviarle ningún recuerdo. La Ciudad Eterna, en cambio, está tan viva como llena de ladrones. Reciba un fuerte abrazo, Maestro.'
Hacía dos semanas que su amante también lo había dejado y, para su sorpresa, había disfrutado de un súbito alivio por haber sido descargado de la obligación del sexo. Alguna vez, de vuelta a casa de su amigo desde la casa de su amante, cerca de la medianoche, apoyado sobre el quicio de la puerta de la habitación de aquel, con el aire satisfecho de quien se ha refocilado bien y alcanzado turgencias que ahora se traducían en un saludable cansancio, le hizo la siguiente observación: 'Envidio a mi madre, ¿sabes? No sólo porque está retirada y así puede por fin dedicarse a lo que quiere, juzgar con equilibrio el mundo y sus pobladores, tomar distancia de competiciones y mezquindades, dar consejos sin segundas pretensiones, sino porque ella ya es posterior al sexo. ¿Me entiendes? Mi divorcio es un problema sexual. Mi amante es otro problema sexual. El sexo es siempre un engorro que nos impide pensar con claridad y acceder a niveles superiores de concentración, un trastorno desde la niñez hasta ese momento en que, aliviados, comprendemos que ya está y ella, mi madre, ha por fin alcanzado esa dicha. Lamento no estar preparado aún para dar un paso así y desear todavía acostarme con mi amante un día sí y el otro también, pero créeme y recuerda lo que te digo: dichoso aquel que sabe que ya no va a coger más'. Cuando su amante lo dejó —insolente y vulgar luego de ser descubierta en otro affaire con alguien mucho más joven que él— volvió a la casa de su amigo donde éste ya no vivía, cerró con llave y se recargó sobre la puerta repentinamente feliz, incapaz de resistir la sonrisa que se le dibujó en el rostro: 'Ya está', se dijo, 'ya está...'.
Ser relevado de sus obligaciones sexuales, sin embargo, no se tradujo en la esperada lucidez. Semanas con el pensamiento en brumas habían sucedido a los meses de culpa, como si el pasado hubiese decidido volver en forma de fantasma a todas horas del día y de la noche, el sueño y la vigilia cada vez más confundidos e indistinguibles. ¿Cómo podía sentirse culpable luego de haber sido maltratado hasta el hartazgo por su mujer, esa perra frígida que pasó de la noche a la mañana de llamarlo, con lágrimas en los ojos, el amor de su vida, a no hallarse jamás en su domicilio por, según ella misma dijo, rehacer su vida? ¿Cómo por esa que demostró ser capaz de violencia y estudiado desdén, que le quitó la posibilidad de ver a sus hijas, que no tuvo empacho en utilizar el dinero que él se sentía en obligación de proporcionar? Y ahora que la amante había desaparecido también —¿pero quién creía que eso iba a durar y cuán merecidos son los sufrimientos derivados de traicionar con nuestros actos lo que ya era del conocimiento de nuestros pensamientos?— se veía tan libre como falto de referencias, como un hombre en el espacio. No había durado nada la sensación de haber pagado una deuda quedándose completamente solo, esa ligereza de ánimo que sucede al ajuste de cuentas, cuando hemos devuelto lo que no nos pertenecía y nos ha sido dado nuestro merecido. 'Quizá no he perdido lo suficiente', se sorprendió pensando una noche.
Otra mañana de calor sofocante en Santa Teresa y la puerta de la casa entreabierta. Ya no es sólo que no estuviera echada la llave, sino que la puerta misma estaba emparejada. Había pasado la noche así y, luego de un rápido vértigo en la boca del estómago durante el cual consideró la posibilidad de ser sonámbulo o de haber sido visitado por ladrones, recogió otra postal de su amigo y leyó:
'Los ricos productivos son gringos, los improductivos europeos; éstos últimos —que heredan fortunas y pulen apellidos y heráldicas— están siendo reemplazados por los primeros —que compran costosísimos muebles de pésimo gusto en los mall de Houston. Pero si quiere entrevistarse con los últimos vestigios de los segundos antes de que se extingan definitivamente, venga a Madrid. O vaya a Chapalita, que le queda más cerca. Salud de roble, Maestro, para sus andanzas.'
No había tales: las andanzas habían terminado. En el trabajo estaba nervioso y dejar de tomar café no había ayudado de mucho. En las clases, fugazmente asomados entre los estudiantes que semejaban sacos de aserrín, distinguía cada vez más frecuentemente los rostros de sus abuelos, de su hijo fallecido, de algunas viejas amantes a quienes ya no había forma de volver a contactar por haberse perdido en la noche de los tiempos. Haciendo esfuerzos por no alterarse, repitiéndose para sus adentros que sólo eran alucinaciones, volvía a su oficina pasando primero por el baño donde se mojaba la cara y se humedecía el cuello en la esperanza de centrarse. Pero apenas transcurrían unos minutos y la niebla de su cabeza volvía a instalarse, cerrada, como un impenetrable enigma. Por las noches, antes de dormir, empezó a dejar de tomar agua por el temor a levantarse después a orinar, pues el pasillo que comunicaba al baño se le aparecía poblado de presentimientos y la puerta, al final, siempre estaba abierta sin que pudiera recordar nunca si la había cerrado o no. Se acercaba, encendía la luz de la cochera que nunca dejaba apagada por considerar que ello daba mayores ventajas a los ladrones, examinaba la calle y el piso lleno de cucarachas en medio del sopor de Santa Teresa, cerraba y volvía a la cama con el corazón desbocado. Se cubría con las cobijas que olían a sudor y almizcle y en el que aún se distinguía —tenue y lamentable— el perfume de su amante, pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía aprehender su rostro ni su cuerpo que se intercambiaban con los de cientos de personas —algunos hombres— sin que el alivio erótico ni la paz de haber terminado esos escarceos lo condujeran de nuevo al sueño.
Una mañana estaba la puerta abierta con las llaves sobre la cerradura. 'Ya no es momento de alarmarse', pensó. 'Sé lo que debo hacer'. Recordó haber leído hacía varios años sobre Philip K. Dick y el tres-dos-setenta y cuatro, de modo que echó las llaves a la basura y dejó la puerta abierta, no sin antes recoger la última postal que recibiera de su amigo:
'Es invierno, Maestro, al final del golfo de Botnia. De niño dibujaba mapas, afición que mi madre alentaba comprándome libros de geografía y que luego quiso quitarme cuando me vio levantar, cada vez más frecuentemente, planos de sitios inexistentes, algunos con divisiones políticas, otros relativos a ciudades con malecones, avenidas, centros históricos. "Eso te va a pudrir la cabeza", decía la buena señora. Y Usted comprenderá ahora, mientras disfruta del ejercicio de su virilidad, cuán importante es tener esta u otras actividades para no dedicarse al sexo exclusivamente. No lo critico, Maestro: le envidio. Escandinavia es limpia: aquí están las ciudades que dibujé. Ojalá se decida a venir cuando ocurra esa liberación de la que Usted me advertía con frecuencia. Le esperaré y no me sorprenderé de verlo, ni siquiera si se me aparece como un fantasma. Un abrazo.'
Al pasar por casa de su madre la encuentra atareada a la mesa con un dibujo. '¿Qué es esto, madre?', le pregunta. 'Una ciudad', le responde ella levantando la mirada para verlo por encima de sus lentes, una escuadra sujeta en una mano, una pluma fuente en la otra. Ella sonríe, pero advierte debajo de su sonrisa la angustia de quien trata de advertirle de un peligro inminente sobre el que no le está permitido hablar.
Despierta de madrugada, empapado. Una larga sombra se acerca por el pasillo...
'He aquí una visión del Foro desde la colina del Capitolio. Aunque no me vaya a quedar en Roma tenía que sacar provecho de mi visita a Europa yendo a un lugar menos muerto que el norte francés. ¿París? Es una vieja puta que huele a orines. De la Ciudad Luz no vale la pena enviarle ningún recuerdo. La Ciudad Eterna, en cambio, está tan viva como llena de ladrones. Reciba un fuerte abrazo, Maestro.'
Hacía dos semanas que su amante también lo había dejado y, para su sorpresa, había disfrutado de un súbito alivio por haber sido descargado de la obligación del sexo. Alguna vez, de vuelta a casa de su amigo desde la casa de su amante, cerca de la medianoche, apoyado sobre el quicio de la puerta de la habitación de aquel, con el aire satisfecho de quien se ha refocilado bien y alcanzado turgencias que ahora se traducían en un saludable cansancio, le hizo la siguiente observación: 'Envidio a mi madre, ¿sabes? No sólo porque está retirada y así puede por fin dedicarse a lo que quiere, juzgar con equilibrio el mundo y sus pobladores, tomar distancia de competiciones y mezquindades, dar consejos sin segundas pretensiones, sino porque ella ya es posterior al sexo. ¿Me entiendes? Mi divorcio es un problema sexual. Mi amante es otro problema sexual. El sexo es siempre un engorro que nos impide pensar con claridad y acceder a niveles superiores de concentración, un trastorno desde la niñez hasta ese momento en que, aliviados, comprendemos que ya está y ella, mi madre, ha por fin alcanzado esa dicha. Lamento no estar preparado aún para dar un paso así y desear todavía acostarme con mi amante un día sí y el otro también, pero créeme y recuerda lo que te digo: dichoso aquel que sabe que ya no va a coger más'. Cuando su amante lo dejó —insolente y vulgar luego de ser descubierta en otro affaire con alguien mucho más joven que él— volvió a la casa de su amigo donde éste ya no vivía, cerró con llave y se recargó sobre la puerta repentinamente feliz, incapaz de resistir la sonrisa que se le dibujó en el rostro: 'Ya está', se dijo, 'ya está...'.
Ser relevado de sus obligaciones sexuales, sin embargo, no se tradujo en la esperada lucidez. Semanas con el pensamiento en brumas habían sucedido a los meses de culpa, como si el pasado hubiese decidido volver en forma de fantasma a todas horas del día y de la noche, el sueño y la vigilia cada vez más confundidos e indistinguibles. ¿Cómo podía sentirse culpable luego de haber sido maltratado hasta el hartazgo por su mujer, esa perra frígida que pasó de la noche a la mañana de llamarlo, con lágrimas en los ojos, el amor de su vida, a no hallarse jamás en su domicilio por, según ella misma dijo, rehacer su vida? ¿Cómo por esa que demostró ser capaz de violencia y estudiado desdén, que le quitó la posibilidad de ver a sus hijas, que no tuvo empacho en utilizar el dinero que él se sentía en obligación de proporcionar? Y ahora que la amante había desaparecido también —¿pero quién creía que eso iba a durar y cuán merecidos son los sufrimientos derivados de traicionar con nuestros actos lo que ya era del conocimiento de nuestros pensamientos?— se veía tan libre como falto de referencias, como un hombre en el espacio. No había durado nada la sensación de haber pagado una deuda quedándose completamente solo, esa ligereza de ánimo que sucede al ajuste de cuentas, cuando hemos devuelto lo que no nos pertenecía y nos ha sido dado nuestro merecido. 'Quizá no he perdido lo suficiente', se sorprendió pensando una noche.
Otra mañana de calor sofocante en Santa Teresa y la puerta de la casa entreabierta. Ya no es sólo que no estuviera echada la llave, sino que la puerta misma estaba emparejada. Había pasado la noche así y, luego de un rápido vértigo en la boca del estómago durante el cual consideró la posibilidad de ser sonámbulo o de haber sido visitado por ladrones, recogió otra postal de su amigo y leyó:
'Los ricos productivos son gringos, los improductivos europeos; éstos últimos —que heredan fortunas y pulen apellidos y heráldicas— están siendo reemplazados por los primeros —que compran costosísimos muebles de pésimo gusto en los mall de Houston. Pero si quiere entrevistarse con los últimos vestigios de los segundos antes de que se extingan definitivamente, venga a Madrid. O vaya a Chapalita, que le queda más cerca. Salud de roble, Maestro, para sus andanzas.'
No había tales: las andanzas habían terminado. En el trabajo estaba nervioso y dejar de tomar café no había ayudado de mucho. En las clases, fugazmente asomados entre los estudiantes que semejaban sacos de aserrín, distinguía cada vez más frecuentemente los rostros de sus abuelos, de su hijo fallecido, de algunas viejas amantes a quienes ya no había forma de volver a contactar por haberse perdido en la noche de los tiempos. Haciendo esfuerzos por no alterarse, repitiéndose para sus adentros que sólo eran alucinaciones, volvía a su oficina pasando primero por el baño donde se mojaba la cara y se humedecía el cuello en la esperanza de centrarse. Pero apenas transcurrían unos minutos y la niebla de su cabeza volvía a instalarse, cerrada, como un impenetrable enigma. Por las noches, antes de dormir, empezó a dejar de tomar agua por el temor a levantarse después a orinar, pues el pasillo que comunicaba al baño se le aparecía poblado de presentimientos y la puerta, al final, siempre estaba abierta sin que pudiera recordar nunca si la había cerrado o no. Se acercaba, encendía la luz de la cochera que nunca dejaba apagada por considerar que ello daba mayores ventajas a los ladrones, examinaba la calle y el piso lleno de cucarachas en medio del sopor de Santa Teresa, cerraba y volvía a la cama con el corazón desbocado. Se cubría con las cobijas que olían a sudor y almizcle y en el que aún se distinguía —tenue y lamentable— el perfume de su amante, pero a pesar de sus esfuerzos no conseguía aprehender su rostro ni su cuerpo que se intercambiaban con los de cientos de personas —algunos hombres— sin que el alivio erótico ni la paz de haber terminado esos escarceos lo condujeran de nuevo al sueño.
Una mañana estaba la puerta abierta con las llaves sobre la cerradura. 'Ya no es momento de alarmarse', pensó. 'Sé lo que debo hacer'. Recordó haber leído hacía varios años sobre Philip K. Dick y el tres-dos-setenta y cuatro, de modo que echó las llaves a la basura y dejó la puerta abierta, no sin antes recoger la última postal que recibiera de su amigo:
'Es invierno, Maestro, al final del golfo de Botnia. De niño dibujaba mapas, afición que mi madre alentaba comprándome libros de geografía y que luego quiso quitarme cuando me vio levantar, cada vez más frecuentemente, planos de sitios inexistentes, algunos con divisiones políticas, otros relativos a ciudades con malecones, avenidas, centros históricos. "Eso te va a pudrir la cabeza", decía la buena señora. Y Usted comprenderá ahora, mientras disfruta del ejercicio de su virilidad, cuán importante es tener esta u otras actividades para no dedicarse al sexo exclusivamente. No lo critico, Maestro: le envidio. Escandinavia es limpia: aquí están las ciudades que dibujé. Ojalá se decida a venir cuando ocurra esa liberación de la que Usted me advertía con frecuencia. Le esperaré y no me sorprenderé de verlo, ni siquiera si se me aparece como un fantasma. Un abrazo.'
Al pasar por casa de su madre la encuentra atareada a la mesa con un dibujo. '¿Qué es esto, madre?', le pregunta. 'Una ciudad', le responde ella levantando la mirada para verlo por encima de sus lentes, una escuadra sujeta en una mano, una pluma fuente en la otra. Ella sonríe, pero advierte debajo de su sonrisa la angustia de quien trata de advertirle de un peligro inminente sobre el que no le está permitido hablar.
Despierta de madrugada, empapado. Una larga sombra se acerca por el pasillo...
domingo, agosto 20, 2017
Mañana
Señor G, señor G, lo intenta con ganas
al pensar que mañana hará lo que no hizo ayer.
Pero otra vez, señor G, pretexta el mal tiempo,
el aburrimiento o que no se encuentra bien.
Y dice: "Es que es tarde, es que es demasiado tarde,
ahora es tarde, qué le voy a hacer".
—Un desastre manifiesto, Nacho Vegas.
[...]
Ahora que él se ha mudado a casa y que no volveré a tener invitados en mucho tiempo, quizá sea el momento de retomar el ejercicio. Él es un deportista, seguro que sabrá decirme qué debo hacer y querrá que su pareja también tenga un buen cuerpo. Hay mucho espacio: con independencia de la cama y el escritorio, el librero de aglomerado, el portagarrafones, todo lo demás está libre: dos habitaciones y un salón enorme con baldosas de barro y azulejos azules, dos patios y una cochera sin auto. Sólo tengo la tesis para ocuparme y los compañeros de maestría —no sé si porque han comprendido que ya tengo pareja o porque han notado mi manifiesto desinterés— han dejado de buscarme. Es una coincidencia afortunada que, encima, las más prestigiosas instituciones de educación privada en esta ciudad me hayan contratado para dar clases: los recursos están asegurados, especialmente en estos momentos en que él todavía no termina la carrera y necesita mi apoyo. No creo que ello interfiera demasiado con mis planes porque sólo debo dar clases en los horarios especificados y retirarme enseguida, ¡podré incluso leer más! Ya no hay pretextos, me parece, para continuar con tanta holgazanería. Mi madre me ha regalado un par de shorts y tres camisetas para ejercicio, además de unos tenis con los que tal vez pueda salir a correr: hay muchos terrenos baldíos alrededor, seguro que si el terreno está seco será agradable correr por ahí, aunque en la época de lluvias se hacen lodazales cuyos inconvenientes sólo compensa el verde de los campos y la calidad del aire. Pienso en los inviernos por venir y me llena de emoción la posibilidad de que él y yo nos levantemos tarde de la cama luego de pasar la noche acurrucados bajo las cobijas, de que desayunemos viendo el noticiero donde darán cuenta de los crímenes de los que fueron víctimas los que la noche del sábado salieron a entregarse al desenfreno. Quizá deba apartar de mi cabeza pensamientos tan acomodaticios: ¿por qué no se me ocurre mejor que él y yo salgamos a correr? ¿por qué no se me ocurre que compremos un par de bicicletas o un banco de ejercicios? Apenas me descuido y todo lo que se me antoja es estar tirado leyendo o comiendo. También follando. No tengo remedio, pero no se hable más: empiezo mañana.
[...]
Hakim se ha llevado la bicicleta elíptica. No tenía caso que la siguiera conservando cuando los propios médicos me han dicho que no debo retomar mis rutinas. Primero debemos estabilizar la tiroides, luego pensar en soluciones más permanentes. Cirugía, desde luego, pero también yodo radiactivo para liquidar la hiperactiva glándula, lo que sea que resulte mejor. No era el ejercicio diario en la bicicleta de spinning ni la saloprie de la elíptica los responsables de que yo adelgazara tan dramáticamente, tampoco tenían que ver con las madrugadas en que me despertaba un hambre atroz que liquidaba prontamente con pain au chocolat y patatas fritas. ¡Eran las hormonas que una mañana sencillamente me impidieron andar y me obligaron a ser conducido en ambulancia hasta el hospital! En el fondo, aunque a mi jefe —al que por ser francés le asiste el derecho divino y republicano de saber qué sentimientos y maneras de pensar son aceptables y cuáles no— le parezca una ridiculez, lo cierto es que no me cuesta trabajo relacionar los cientos de días fríos, grises y lluviosos transcurridos entre la residencia y el laboratorio, las separaciones de meses —puntuadas por visitas vacacionales— respecto de mi pareja y familia, con este trastorno físico que me tiene postrado y al que ninguna ventaja profesional, económica o cultural puede justificar. Confieso que esperaba más alarma de parte de mi pareja, pero quizá el hecho de que sea médico le hace ver esto como una trivialidad, algo facilitado por su actitud pasiva que prefirió dejarme partir antes que organizar una huida juntos. Si el hecho de que me hayan hospitalizado no lo ha hecho venir, no lo hará ya nada. Se acumulan los años y no veo cuándo podremos volver a la vida que teníamos: él está cada vez más fuerte de los brazos, el abdomen con los músculos como adoquines, encantado de mantenerme a una distancia sexual que no deja de crecer mientras más ropa y zapatos se compra. ¿A dónde va a conducir todo esto? ¿Cómo puedo tener confianza en el futuro si sólo me rodean payasos? El endocrinólogo me ha sugerido la natación y quizá aproveche el hecho de que mi jefe va a la piscina dos o tres veces por semana para unírmele: no es demasiado sacrificio soportar sus fanfarronadas de adolescente sobre cuántas vueltas puede dar en cuánto tiempo ni cómo es irrelevante fumar siempre que haya actividades físicas que lo compensen. Quizá deba empezar mañana para evitar rebotes bruscos de peso como consecuencia del tratamiento. La natación ejercita muchos músculos simultáneamente: quizá logre por fin el cuerpo que deseo. Quizá, también, deba disuadirme de este pensamiento el hecho de que mi jefe nade todas las semanas siendo un cerdo de generosas proporciones. Ya veremos.
[...]
Harto de la rutina de levantarse todas las mañanas a las cinco y media, tomar el auto hasta la salida sur de la ciudad, recoger a Selbor en su domicilio, pasar por el Monofiera al suyo y llegar hasta el gimnasio de la laguna para repetir infructuosamente grupos de ejercicios en aparatos con asientos planos, inclinados o verticales, poleas, cuerdas y resortes, bandas, botones y tubos, dio por terminadas sus voluntarias obligaciones una mañana de marzo. No soportaba, además, seguir desayunando cereal para completar la actividad física con una dieta razonable, ni sentir el cuerpo entumido por varias horas durante la mañana, mientras en la oficina no dejaban de acumularse actividades. Doscientos cincuenta microgramos de levotiroxina sódica todos los días y una actividad sexual nula no mejoraban el humor de quien experimentaba, como en ciclos, una desilusión tanto de las actividades en que había sido exitoso como de las personas en las que había depositado sus esperanzas. Recibió, por error, una postal dirigida a su vecino, que decía: "...llegará un día [...] en el que él nos mirará desilusionado y perplejo al comprobar que en realidad nos trae sin cuidado lo que antaño nos sucitaba emoción, que nos aburre lo que nos cuenta sin que él haya variado de temas ni estos hayan perdido interés". Se sentó en la sala a acariciar el lomo pecoso de la perra que se echó pensativa entre sus piernas. Entrecierran los ojos. Primero él. Luego ella. Huele a sopa recién hecha y pasa una hora sin que nadie diga una palabra mientras se mueven los trastes y cacerolas en la cocina. 'Cómo me gustaría ir ahora mismo a la Barranca', piensa. Pero eso está en otra ciudad. Pero eso está en otro tiempo.
[...]
Terminó de limpiar los clósets que su ex-marido había vaciado de sus cosas e instaló el banco de ejercicios y la bicicleta de spinning cerca del cuarto de baño. 'Otra vez estoy solo', pensó, 'tanto mejor para ponerme en forma y cuidar lo que como. Mañana puedo empezar. Es lunes. O quizá deba esperar al inicio del mes. O al año nuevo. O a mi cumpleaños. No siempre se cumplen cincuenta. ¡Medio siglo! ¡Qué barbaridad! Qué pronto se pasa el tiempo. Será mejor mañana, sí. Mejor mañana empiezo. Esta vez es en serio. También podré leer más frecuentemente y a la hora que quiera. No voy a detenerme hasta que consiga lo que quiero. Mañana empiezo, sí. Mañana...'
Y se quedó dormido.
sábado, agosto 12, 2017
La marcha del orgullo gay en Santa Teresa
Querido Jorge:
Todavía no hace todo el calor que suponíamos cuando decidí venir para acá, ¿recuerdas? Los preparativos para el viaje, las maletas, los abrigos europeos que se quedaron colgando de las percheras del Reino porque en este desierto resultarían totalmente inútiles (ello no fue completamente cierto, como quedó probado en febrero cuando se congelaron los cultivos de alrededor y los vidrios amanecieron cubiertos de un hielo finísimo; pero eso fue una excepción). Nos dijeron que hacia junio el calor sería peor que todo lo que hubiéramos conocido con anterioridad. Llegado junio, nos dijeron que en julio sería peor. Pero julio llegó y nos dijeron que esperáramos a agosto. La providencia ha querido que el crío y yo viviéramos en esta vieja casa sin aire acondicionado para mejor entender qué significa el calor. Una vez nos metimos juntos a la ducha con todo y ropa, antes de irnos a la cama: despertamos completamente secos y con la frente perlada de sudor. Curiosidad científica, supongo.
Curiosidad. La misma que me ha hecho recorrer las calles de nuevo en busca de chicos y a desentrañar con minuciosos patrullajes las zonas y horarios en donde puedo encontrarlos mejor dispuestos a mis inclinaciones. Plaza dieciocho de marzo, plano oriente, la calle Galeana o la California, los alrededores de la central camionera. Soy un gran geógrafo, ¿recuerdas? Desde pequeño adoro los mapas. Explorar, saber, hacer taxonomía. Pues bien: esta no es la ciudad del Reino con sus escandalosas discotecas y centros comerciales, con ese saludable anonimato que anima a los homosexuales a salir del clóset. Hoy he pensado en el poco mérito que tiene todo ello cuando ningún conocido te ve: ¿de verdad son libres y desprejuiciados quienes se exhiben de noche en zonas señaladas, quienes se circunscriben a guetos? Te apuesto a que la mitad de esos cuya exhuberancia te hacía estallar en carcajadas tanto como te excitaba tienen jornadas laborales ordinarias y discretas o, en el peor de los casos, vidas familiares contritas, hechas de padres y hermanos que dicen quererlos mucho mientras no hablen de su modo de vida ni se acerquen a los niños. Esto tampoco es una ciudad europea, desde luego. En aquellos sitios, como alguna vez te comenté, se entiende por mente abierta la capacidad hipócrita de guardarse las opiniones verdaderas que tenemos sobre los demás, mientras ellos, los otros, pasean libremente por los estrechos canales que dejaron despejados los ojos y la censura de las mayorías. Es ominoso. Salvo en la zona detrás de la mairie de París o el madrileño barrio de Chueca, no hay manera de ver una sola pareja de hombres de la mano. Cuando por fin se divisa alguna, las personas fingen no verlos mientras sus ojos giran hacia ellos; si encima hay una diferencia de edad notable, apenas resisten la tentación de girar la cabeza con desaprobación. Y olvídate de la banlieu parisina o las periferias de Madrid, donde es impensable semejante atrevimiento so pena de ser atacados como, curiosamente, no lo serían en el sureste mexicano donde las categorías sexuales son más bien difusas. Como en muchos otros rubros, también en materia sexual los europeos son extremadamente respetuosos de la ley: por supuesto que la homosexualidad no es un delito y que en no pocos países dos hombres pueden casarse o adoptar hijos, pero es una libertad de forma cuyo objeto es contenerlos y eventualmente apartarlos de la mayoría, proporcionándoles el espacio que sobra. Exactamente como con otras minorías, el europeo parece decir 'la discriminación de los negros está prohibida, pero no nos mezclamos con ellos porque nadie puede forzarnos y en el fondo seguimos teniendo miedo y repulsa', así que la tolerancia se traduce en compartimentalización: cada quien dentro de su aburrido perímetro con el trabajo como único espacio donde se tocan siempre tangencialmente. La libertad sexual latinoamericana, en cambio, es real: no espera leyes para salir a la calle ni pide que un hombre diga que es homosexual para ponerse de rodillas a practicar una felación: se ejerce. Medida en palabras puede parecer mezclada y turbia y ambigua, capaz de herir a los teóricos; pero no desmerece de sus lúbricos resultados prácticos.
Pero me estoy desviando, ¿verdad? Estarás esperando que te comparta algo más picante en vez de disquisiciones sociológicas improvisadas, ¿no? Ya habrás deducido que Santa Teresa, con todo y sus modestas dimensiones, no me ha decepcionado: gente de variadas condiciones se ha ido a mi cama à la mexicaine, es decir, sin considerandos: casados con hijos, jóvenes con novias, toxicómanos con lencería femenina puesta o dispositivos mecánicos imposibles de creer si no los hubiera visto. Los pueblos, ya se sabe, son tan atrevidos en lo privado como las grandes ciudades en sus escaparates nocturnos: es un error frecuente menospreciarlos. Casi no hay vida nocturna y una cochera de techos altos improvisada como bar hace de único local gay, pero ello no obsta para que en pleno mediodía uno pueda salir en el vehículo a abordar chicos más que dispuestos a subir al carro de un desconocido. De ahí en adelante ya depende de uno. Desde luego, están presentes todos los signos del provincialismo que me recuerdan a la ciudad del Reino hace veinte años: los hombres piden discreción, temen ser vistos, su lenguaje está plagado de eufemismos que les facilitan la tarea de no asumir lo que son. A mí me da igual, desde luego, en tanto abran las piernas. A la mayoría no vuelvo a verlos ni aunque me lo pidan. Store policy, me digo.
Quizá pienses que esta es una postura bastante cínica, pero optimista, de abordar el hecho de que nunca había estado en un sitio tan retrógrado en materia sexual. Puede ser. Pero déjame compartirte algo de lo que el crío y yo fuimos testigos esta mañana cuando nos disponíamos a hacer la despensa como todas los domingos. Si bien los habitantes del pueblo no se caracterizan por conducir sus vehículos de forma mínimamente eficaz ni segura, el tráfico cerca del mercado estaba particularmente lento, lo que me hizo preguntar a uno de los policías del área qué ocurría. 'Hay una marcha de jotos', me dijo riéndose. ¿Una marcha gay en Santa Teresa? ¿Uno de esos desfiles con carros profusamente decorados, hombres en ropa interior ajustada bailando y drag queens que lucen más esbeltas y femeninas que las ballenas locales? Estacioné el auto donde pude y, junto con el crío —que ya soltaba pequeñas risitas de curiosidad— nos acercamos a la marcha. Nadie se había reunido para verlos. Los transeúntes apenas hacían pausa o giraban la cabeza perezosamente para ver pasar el único carro de la marcha. Una veintena de hombres y mujeres sostenía cartulinas con letreros improvisados hechos a mano en los que se leían cosas como 'No discrimines' u 'Orgullo gay'. Algunos, quizá sobrepasados por el referido orgullo, se tapaban la cara con esas mismas cartulinas, lo que fue todavía más evidente cuando llegaron los del periódico local con cámaras fotográficas. El crío reía a carcajadas y yo no pude evitar reírme con él porque aquello me pareció ridículo comparado ya no con las marchas de Amsterdam o Berlín, sino con las de la ciudad del Reino. Pero luego lo pensé mejor: ¿no demostraban los miembros de esta patética marcha una mayor convicción y valentía que los de los sitios más cosmopolitas? ¿no hacían falta más huevos para hacerse visibles en un sitio con semejante modorra intelectual y moral, aún vestidos como obreros, que en las calles de San Francisco con las nalgas al aire y un jockstrap por única vestimenta? Ya lo creo, Jorge, ya lo creo.
No sé cuánto tiempo vaya a vivir en este lugar, querido amigo, pero por lo menos ha de ser hasta que el crío termine sus estudios. Veo remoto e indeseable que mi pareja se reúna conmigo, primero porque aún no estoy suficientemente asentado aquí, pero también porque estoy disfrutando mucho ser padre soltero. Te confieso que me emociona la perspectiva de reunir estudiantes en mi casa —quizá los amigos del crío— a beber cerveza y tocar música hasta tarde, discutiendo con la pasión generosa de quienes aún tienen la vida por delante, intentando contestar la única pregunta que vale la pena: ¿cómo vivir? Un fuerte abrazo, Jorge.
Luis
Todavía no hace todo el calor que suponíamos cuando decidí venir para acá, ¿recuerdas? Los preparativos para el viaje, las maletas, los abrigos europeos que se quedaron colgando de las percheras del Reino porque en este desierto resultarían totalmente inútiles (ello no fue completamente cierto, como quedó probado en febrero cuando se congelaron los cultivos de alrededor y los vidrios amanecieron cubiertos de un hielo finísimo; pero eso fue una excepción). Nos dijeron que hacia junio el calor sería peor que todo lo que hubiéramos conocido con anterioridad. Llegado junio, nos dijeron que en julio sería peor. Pero julio llegó y nos dijeron que esperáramos a agosto. La providencia ha querido que el crío y yo viviéramos en esta vieja casa sin aire acondicionado para mejor entender qué significa el calor. Una vez nos metimos juntos a la ducha con todo y ropa, antes de irnos a la cama: despertamos completamente secos y con la frente perlada de sudor. Curiosidad científica, supongo.
Curiosidad. La misma que me ha hecho recorrer las calles de nuevo en busca de chicos y a desentrañar con minuciosos patrullajes las zonas y horarios en donde puedo encontrarlos mejor dispuestos a mis inclinaciones. Plaza dieciocho de marzo, plano oriente, la calle Galeana o la California, los alrededores de la central camionera. Soy un gran geógrafo, ¿recuerdas? Desde pequeño adoro los mapas. Explorar, saber, hacer taxonomía. Pues bien: esta no es la ciudad del Reino con sus escandalosas discotecas y centros comerciales, con ese saludable anonimato que anima a los homosexuales a salir del clóset. Hoy he pensado en el poco mérito que tiene todo ello cuando ningún conocido te ve: ¿de verdad son libres y desprejuiciados quienes se exhiben de noche en zonas señaladas, quienes se circunscriben a guetos? Te apuesto a que la mitad de esos cuya exhuberancia te hacía estallar en carcajadas tanto como te excitaba tienen jornadas laborales ordinarias y discretas o, en el peor de los casos, vidas familiares contritas, hechas de padres y hermanos que dicen quererlos mucho mientras no hablen de su modo de vida ni se acerquen a los niños. Esto tampoco es una ciudad europea, desde luego. En aquellos sitios, como alguna vez te comenté, se entiende por mente abierta la capacidad hipócrita de guardarse las opiniones verdaderas que tenemos sobre los demás, mientras ellos, los otros, pasean libremente por los estrechos canales que dejaron despejados los ojos y la censura de las mayorías. Es ominoso. Salvo en la zona detrás de la mairie de París o el madrileño barrio de Chueca, no hay manera de ver una sola pareja de hombres de la mano. Cuando por fin se divisa alguna, las personas fingen no verlos mientras sus ojos giran hacia ellos; si encima hay una diferencia de edad notable, apenas resisten la tentación de girar la cabeza con desaprobación. Y olvídate de la banlieu parisina o las periferias de Madrid, donde es impensable semejante atrevimiento so pena de ser atacados como, curiosamente, no lo serían en el sureste mexicano donde las categorías sexuales son más bien difusas. Como en muchos otros rubros, también en materia sexual los europeos son extremadamente respetuosos de la ley: por supuesto que la homosexualidad no es un delito y que en no pocos países dos hombres pueden casarse o adoptar hijos, pero es una libertad de forma cuyo objeto es contenerlos y eventualmente apartarlos de la mayoría, proporcionándoles el espacio que sobra. Exactamente como con otras minorías, el europeo parece decir 'la discriminación de los negros está prohibida, pero no nos mezclamos con ellos porque nadie puede forzarnos y en el fondo seguimos teniendo miedo y repulsa', así que la tolerancia se traduce en compartimentalización: cada quien dentro de su aburrido perímetro con el trabajo como único espacio donde se tocan siempre tangencialmente. La libertad sexual latinoamericana, en cambio, es real: no espera leyes para salir a la calle ni pide que un hombre diga que es homosexual para ponerse de rodillas a practicar una felación: se ejerce. Medida en palabras puede parecer mezclada y turbia y ambigua, capaz de herir a los teóricos; pero no desmerece de sus lúbricos resultados prácticos.
Pero me estoy desviando, ¿verdad? Estarás esperando que te comparta algo más picante en vez de disquisiciones sociológicas improvisadas, ¿no? Ya habrás deducido que Santa Teresa, con todo y sus modestas dimensiones, no me ha decepcionado: gente de variadas condiciones se ha ido a mi cama à la mexicaine, es decir, sin considerandos: casados con hijos, jóvenes con novias, toxicómanos con lencería femenina puesta o dispositivos mecánicos imposibles de creer si no los hubiera visto. Los pueblos, ya se sabe, son tan atrevidos en lo privado como las grandes ciudades en sus escaparates nocturnos: es un error frecuente menospreciarlos. Casi no hay vida nocturna y una cochera de techos altos improvisada como bar hace de único local gay, pero ello no obsta para que en pleno mediodía uno pueda salir en el vehículo a abordar chicos más que dispuestos a subir al carro de un desconocido. De ahí en adelante ya depende de uno. Desde luego, están presentes todos los signos del provincialismo que me recuerdan a la ciudad del Reino hace veinte años: los hombres piden discreción, temen ser vistos, su lenguaje está plagado de eufemismos que les facilitan la tarea de no asumir lo que son. A mí me da igual, desde luego, en tanto abran las piernas. A la mayoría no vuelvo a verlos ni aunque me lo pidan. Store policy, me digo.
Quizá pienses que esta es una postura bastante cínica, pero optimista, de abordar el hecho de que nunca había estado en un sitio tan retrógrado en materia sexual. Puede ser. Pero déjame compartirte algo de lo que el crío y yo fuimos testigos esta mañana cuando nos disponíamos a hacer la despensa como todas los domingos. Si bien los habitantes del pueblo no se caracterizan por conducir sus vehículos de forma mínimamente eficaz ni segura, el tráfico cerca del mercado estaba particularmente lento, lo que me hizo preguntar a uno de los policías del área qué ocurría. 'Hay una marcha de jotos', me dijo riéndose. ¿Una marcha gay en Santa Teresa? ¿Uno de esos desfiles con carros profusamente decorados, hombres en ropa interior ajustada bailando y drag queens que lucen más esbeltas y femeninas que las ballenas locales? Estacioné el auto donde pude y, junto con el crío —que ya soltaba pequeñas risitas de curiosidad— nos acercamos a la marcha. Nadie se había reunido para verlos. Los transeúntes apenas hacían pausa o giraban la cabeza perezosamente para ver pasar el único carro de la marcha. Una veintena de hombres y mujeres sostenía cartulinas con letreros improvisados hechos a mano en los que se leían cosas como 'No discrimines' u 'Orgullo gay'. Algunos, quizá sobrepasados por el referido orgullo, se tapaban la cara con esas mismas cartulinas, lo que fue todavía más evidente cuando llegaron los del periódico local con cámaras fotográficas. El crío reía a carcajadas y yo no pude evitar reírme con él porque aquello me pareció ridículo comparado ya no con las marchas de Amsterdam o Berlín, sino con las de la ciudad del Reino. Pero luego lo pensé mejor: ¿no demostraban los miembros de esta patética marcha una mayor convicción y valentía que los de los sitios más cosmopolitas? ¿no hacían falta más huevos para hacerse visibles en un sitio con semejante modorra intelectual y moral, aún vestidos como obreros, que en las calles de San Francisco con las nalgas al aire y un jockstrap por única vestimenta? Ya lo creo, Jorge, ya lo creo.
No sé cuánto tiempo vaya a vivir en este lugar, querido amigo, pero por lo menos ha de ser hasta que el crío termine sus estudios. Veo remoto e indeseable que mi pareja se reúna conmigo, primero porque aún no estoy suficientemente asentado aquí, pero también porque estoy disfrutando mucho ser padre soltero. Te confieso que me emociona la perspectiva de reunir estudiantes en mi casa —quizá los amigos del crío— a beber cerveza y tocar música hasta tarde, discutiendo con la pasión generosa de quienes aún tienen la vida por delante, intentando contestar la única pregunta que vale la pena: ¿cómo vivir? Un fuerte abrazo, Jorge.
Luis
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