Por la precipitación y malas noticias que lo motivaban, el viaje fue desaseado. Podían haber esperado a la mañana para informarle del robo, pero decidieron hacerlo la víspera, justo cuando cabeceaba frente al televisor y entremezclaba las frases del locutor con imágenes sacadas de los acontecimientos del día: la estudiante que recogió del suelo la pluma que se le cayó en el salón para dársela en la mano, repetía incongruentemente que eso era todo por hoy y que volverían si los acontecimientos así lo exigían, cuando de pronto un zumbido como de tren y luego como de teléfono, los hacía volverse hacia la puerta del aula que se transformaba insensiblemente en la de la habitación, disipada ya la duermevela y sus ojos abiertos, con el celular bailando sobre el buró como un insecto gordo que recién ha perdido las alas.
Fueron breves sus palabras, pero suficientes para dejarlo instalado en un insomnio de muchas horas. Mientras hacía la reserva llamando a asistentes nocturnas que probaban ser tan ineficaces como las de la vigilia, repetía para sí mismo las frases que le habían comunicado desde Guadalajara por teléfono: entraron por la puerta de atrás, faltan algunos aparatos, todo está en desorden. Debieron llevarse una gran decepción los ladrones, pensaba, por la escasez de cosas útiles y la abundancia de lo que debieron juzgar como simples papeles viejos: libros encuadernados en piel o tapas duras con lomos grabados en letras doradas, textos modernos todavía envueltos en el infame plástico de las tiendas, la Biblia que le regalara su abuela al morir y que habrán identificado por esa horrenda y desproporcionada virgen que más bien parecía un Nazi microcefálico con hombros de buey y capa estrellada. Y a la decepción bien pudo seguirle la ira, pensaba, manifestada tal vez en un hacer pedazos los libros o incendiar la casa, aunque no le dijeron nada parecido, quizá porque en la prisa de la llamada no habían querido entrar en detalles y preferían esperar a que se presentase en la que hasta hace algunos años fue su casa y de la que no pensó fuera a apartarse nunca y menos para venir hasta el desierto de Santa Teresa con la promesa de una vida tranquila cuyo sospechoso silencio e infinita soledad sólo la han convertido en una inagotable fuente de angustia cósmica.
Así pues, se maldecía por haber esperado tanto para decidirse a traer las cosas de aquella casa y no haber obrado conforme al pragmatismo más elemental. ¿A qué guardar casas en el terruño? ¿A qué convertirlas en museos absurdos donde sólo él imaginaba que aún se reproducían los diálogos de antiguas discusiones con el amor perdido, el descanso de su hijo muerto todavía vivo en el sofá-cama del cuarto hexagonal, visitado a su vez por los fantasmas de los muchos amantes que ahí mismo fueron follados? Los cuadros, aún sin valor, habrán desaparecido, pensaba por encima de nubes difusas y alargadas debajo de las cuáles se distinguía a veces la coordillera, a veces el mar. El retrato de Alan Finch, el busto de Muriel, hasta la casita de pueblo con sombras incongruentes de Galván, todo se lo habrán llevado los ladrones no porque supieran su valor cuanto por la mucha televisión que los habrá convencido de que todo lo que se pone en un marco vale una fortuna. Si así es, quizá haya que buscar todo eso en el tianguis de antigüedades de la avenida México, ¿dónde más? Ahí donde compré la Catrina, maldito anuncio de lo que vino después, ya me parece que habla y se quita el sombrero y su cabeza está llena de gusanos, ¡cuidado con la cabeza! ¡la cabeza! "Señor, señor, ¿jugo o coca cola?". Lo despiertan.
El aeropuerto, como las avenidas y fraccionamientos que invaden el valle de Atemajac y los sembradíos donde hace no mucho comprara jícamas y elotes, es un montaje de cartón debajo del cual no hay nada: ni cimientos, ni vigas, ni una idea. Un hervidero de insectos venidos de todas partes lo consumen todo a gran velocidad y él atraviesa la consumición de un extremo a otro hasta presentarse en el domicilio donde ya lo esperan el vigilante y el encargado. Pide entrar solo. En la sala no se advierte mayor desorden, pero faltan el cenicero de Praga y la reproducción de Muchacha en la ventana que enviara Victoria desde Sevilla. Sorprendentemente, las pequeñas porcelanas con monedas de otros países están completas y en su sitio; los adornos, a pesar de su brillo, intocados. No corrió la misma suerte la biblioteca que se encuentra con casi la mitad de sus libros por el suelo en increíble desorden. En la planta alta y contrario a lo que suponía, no se han llevado más que el retrato de Alan Finch y, advierte, han seleccionado algunos discos, no sólo compactos, sino hasta de pasta. Definitivamente el encargado ha exagerado: ¿faltan aparatos? Sólo un despertador antiguo y un tocadiscos de los años ochenta que todavía servía (incluido un paquete de diez agujas reproductoras cada vez más difíciles de conseguir). ¿Qué criterio ha seguido el ladrón (no puede concebir que sea un grupo) al llevarse unos discos y dejar otros? Ni siquiera se ha llevado todos los del mismo artista... Entonces, sentado en la cama cuya colcha aun tiene el perfil de quien debió recostarse en ella y estirar las manos, un pensamiento le hace pasar saliva y dirigirse de nuevo a toda prisa a la planta baja: si esto ha hecho con los discos, ¿qué hizo con los libros?
Es difícil caminar por entre el tiradero y le toma varias horas volver a poner todo en su sitio, pero sólo quince minutos para confirmar sus terribles sospechas: efectivamente, faltan muchos volúmenes, libros que fueron seleccionados cuidadosamente. De los antiguos no queda sino un par, ambos religiosos; de los modernos el ladrón ha mostrado una gran predilección por autores ingleses y nórdicos, pero ha dejado por el suelo o en su sitio a todos los franceses y españoles; le extraña que falten todos los hispanoamericanos (por hallarlo contrario al criterio), pero enseguida se corrige: el ladrón no se los ha llevado, sino que formó con ellos una pira en el patio: adiós al opúsculo de Novo o a la primera edición de Martí, al ensayo de Paz con errores de imprenta por él corregidos o al Borges anotado por Bioy. No queda uno sólo de los autores raros ni los estudios que sobre esos mismos autores hacen las casas editoriales holandesas tan exclusivas como costosas. Prácticamente todo lo que el ladrón se llevó no podrá volver a adquirirlo, ya sea porque la edición ya no existe o porque fueron comprados en países extranjeros a los que ya no volverá jamás. La Biblia está en el suelo, sobre el retrato de su hijo boca abajo.
Cuando por fin ha digerido la parte más dura de su ira y se ha tranquilizado acomodando todo, descubre el cuerpo de la Catrina en mitad del jardín, sin la cabeza tocada por el sombrero. Un detalle siniestro o un síntoma de que se acabó la muerte, piensa, pero decide dejarla en su sitio. Sale a buscar al encargado para darle instrucciones, toma el auto y atraviesa una ciudad que ya no reconoce como suya y cuyas calles parecen vomitar autos a cada esquina, el aire con olor a gasolina mal quemada, el color del cielo siempre vacilante, inseguro, compungido. No encuentra sitio dónde aparcar. Cuando lo haya, debe caminar varias cuadras para descubrir que la cafetería en donde deseaba sentarse a pensar con más claridad lo que ha de hacer con la casa y con su vida, ha cerrado. ¿Es esto un signo? ¿No debería estar inquieto por las extrañas características del robo? Anda por el ancho camellón de la avenida donde los chicos hacen suertes en patineta y se horroriza al ver, pocas cuadras después, que han arrancado de tajo los árboles. Las bancas que instalaron en los años cincuentas, han desaparecido bajo bulldozers y taladros. Se anuncian mejoras con grandes letreros rematados por todavía mayores fotografías de pulposos políticos.
Obscurece. El celular vuelve a saltar, esta vez en el bolsillo del saco. Llamada de Santa Teresa. Otro robo. Ahora ya sabe dónde encontrar la cabeza de la Catrina.
sábado, febrero 27, 2016
domingo, febrero 21, 2016
¡Candidato, candidato!
La gente es infame y, sin embargo, desde que se inventó la democracia moderna los que aspiramos a mandar nos vemos obligados a buscar su voto; a sonreírles y tolerarles y aun aplaudirles sus imbecilidades; a estar de acuerdo cuando no se podía disentir más, hasta el punto en que muchos de los que a esto se dedican han terminado convencidos de que su fingimiento no es tal y que se llama respeto. Yo no me engaño, vamos, ni de broma: sé que finjo cuando respondo con palabras tersas y reposadas a las mayores sandeces y necedades, que todo es un diálogo de sordos en donde cada loco repite invariable y monótonamente su propio tema, especialmente en los tiempos que corren donde a la más retrógrada ignorancia se une el irrefrenable deseo de apabullar a los demás con la propia filosofía. Antes el periódico y los libros, unos cuantos escribiendo y otros pocos leyendo. Antes la televisión y su audiencia más o menos boba, pero sin micrófono, apenas enfocada, apenas entrevista. Luego el internet con su explosión de cursis y afeminados, de exaltados modistos y opinantes de mierda. El reino del twitter y del caralibro, la multiplicación de los asnos, ¿qué más democrático que esto?
Algunos dirían que los que buscamos la rectoría de la universidad lo tenemos mucho más fácil que los que buscan la presidencia municipal o la gubernatura, porque al estar nuestro universo de votantes limitado a gente con grados universitarios y profesores cosmopolitas, nos ahorramos las más burras opiniones y los comportamientos más abyectos. Eso será en otros sitios. Stanford, Oxford, La Sorbona. En Santa Teresa poco distingo entre los argumentos de la mujer que me atiende en la tortillería y las razones de los estudiantes y maestros: gente desinformada, vulgar, chismosa y lisonjera, que apenas se enteró de que yo aspiraba al puesto cuando ya me estaban tratando con inusitada deferencia. Una coba extraña que tiene más de cargo que de abono, pues quien así nos trata no busca endulzarnos el oído para obtener favores (lo lógico, lo superficial y aun comprensible) sino también someternos a la impúdica cretinización que supone fingir que nos importan todos los aspectos de sus muy mediocres vidas, sus consejos para vivir mejor o la salud de sus hijos. Uno se pregunta qué deficiencias tan graves pueden estarse produciendo en el seno de una sociedad cuyos miembros ven en cada interlocutor a un terapeuta: el médico que lo atiende, la secretaria de turno, el candidato a la rectoría. Da igual, mierda.
Como en un concurso de belleza donde Miss Kentucky afirma, poniéndose un dedo en la boca e interrumpiéndose con simpáticas risas, que trabajará para acabar con las guerras porque todos somos seres humanos y basta ponernos de acuerdo, los candidatos nos vemos obligados a la repetición de fórmulas que los demás compran de la manera más estúpida posible sin cuestionarse nunca sobre la viabilidad o el sentido de lo que proponemos. Sólo tienen oídos para las ideas que refuerzan su convicción de que todo es bueno y gratis: becas para todos, plazas directas aunque dependan del gobierno federal, una línea de metro que los traiga directamente a la escuela aunque no pueda pagarse ni tenga sentido ni haya dios que pueda aguantarse la risa ante semejante idiotez. Cuando pensé que no podría ser peor, uno de mis contrincantes pagó en la radio un sentido promocional en donde se limita a repetir que tiene un sueño donde la universidad es la mejor del mundo. Las estadísticas demostraron que el número de sus seguidores casi se duplicó en menos de dos días de repetir este insulso anuncio. Sueños, ya ni siquiera un servicio de helicóptero que recoja a cada estudiante en su domicilio. Sueños y ya. Voladores o no. Con o sin beca. Sueños. ¿No es maravilloso?
Es claro que voy a perder porque mi hartazgo alcanza ya a traslucirse a pesar de mis esfuerzos. No sé qué resulta más insoportable: si los contrincantes cuyo carácter de candidatos me hace forzosamente su semejante, si los que los apoyan y procuran echarnos tierra con argumentos incontestables ('¡Están diciendo mentiras, güey!'), o si lo peor de todo son nuestros seguidores, los amigos que no escogimos y nos han hecho depositarios del pesadísimo fardo de su inseguridad disfrazada de confianza. El día de ayer una maestra, destacada por su participación en mi campaña, me interrumpió en el auditorio con entusiastas gritos y sonrisas: "¡maestro, maestro, por acá, mire!", dijo mientras forcejeaba por levantar a una niña de unos tres o cuatro años con dificultad. La exposición en que con cifras yo demostraba que, de seguir el aumento de prestaciones exigido por el sindicato, las pensiones serían inviables en menos de cinco años, quedó en suspenso mientras ella completaba: "Es mi hija, maestro, pero ¿qué cree? Quiere darle un beso la niña, ¿cómo ve esta escuincla volada, eh? ¿cómo ve?". La niña empezó a llorar y no recuerdo ya cómo salí de aquel embrollo sin cachetear a la alucinada profesora ni perder el hilo de la exposición que, relajada por fuerza, tuvo aún que soportar las histéricas risas de quienes consideraron importante significarse ante mí de aquella manera para darme, según me explicó otro hombre de confianza, 'aspecto afable y bromista'.
"Otros dos o tres actos así, que la raza vea que eres de fiar, y fierro, vas pa dentro", detalló. A costa del erario, claro, que no escatima en gastos de representación. Que aguanta. Que es infinito.
Hijos de puta.
Algunos dirían que los que buscamos la rectoría de la universidad lo tenemos mucho más fácil que los que buscan la presidencia municipal o la gubernatura, porque al estar nuestro universo de votantes limitado a gente con grados universitarios y profesores cosmopolitas, nos ahorramos las más burras opiniones y los comportamientos más abyectos. Eso será en otros sitios. Stanford, Oxford, La Sorbona. En Santa Teresa poco distingo entre los argumentos de la mujer que me atiende en la tortillería y las razones de los estudiantes y maestros: gente desinformada, vulgar, chismosa y lisonjera, que apenas se enteró de que yo aspiraba al puesto cuando ya me estaban tratando con inusitada deferencia. Una coba extraña que tiene más de cargo que de abono, pues quien así nos trata no busca endulzarnos el oído para obtener favores (lo lógico, lo superficial y aun comprensible) sino también someternos a la impúdica cretinización que supone fingir que nos importan todos los aspectos de sus muy mediocres vidas, sus consejos para vivir mejor o la salud de sus hijos. Uno se pregunta qué deficiencias tan graves pueden estarse produciendo en el seno de una sociedad cuyos miembros ven en cada interlocutor a un terapeuta: el médico que lo atiende, la secretaria de turno, el candidato a la rectoría. Da igual, mierda.
Como en un concurso de belleza donde Miss Kentucky afirma, poniéndose un dedo en la boca e interrumpiéndose con simpáticas risas, que trabajará para acabar con las guerras porque todos somos seres humanos y basta ponernos de acuerdo, los candidatos nos vemos obligados a la repetición de fórmulas que los demás compran de la manera más estúpida posible sin cuestionarse nunca sobre la viabilidad o el sentido de lo que proponemos. Sólo tienen oídos para las ideas que refuerzan su convicción de que todo es bueno y gratis: becas para todos, plazas directas aunque dependan del gobierno federal, una línea de metro que los traiga directamente a la escuela aunque no pueda pagarse ni tenga sentido ni haya dios que pueda aguantarse la risa ante semejante idiotez. Cuando pensé que no podría ser peor, uno de mis contrincantes pagó en la radio un sentido promocional en donde se limita a repetir que tiene un sueño donde la universidad es la mejor del mundo. Las estadísticas demostraron que el número de sus seguidores casi se duplicó en menos de dos días de repetir este insulso anuncio. Sueños, ya ni siquiera un servicio de helicóptero que recoja a cada estudiante en su domicilio. Sueños y ya. Voladores o no. Con o sin beca. Sueños. ¿No es maravilloso?
Es claro que voy a perder porque mi hartazgo alcanza ya a traslucirse a pesar de mis esfuerzos. No sé qué resulta más insoportable: si los contrincantes cuyo carácter de candidatos me hace forzosamente su semejante, si los que los apoyan y procuran echarnos tierra con argumentos incontestables ('¡Están diciendo mentiras, güey!'), o si lo peor de todo son nuestros seguidores, los amigos que no escogimos y nos han hecho depositarios del pesadísimo fardo de su inseguridad disfrazada de confianza. El día de ayer una maestra, destacada por su participación en mi campaña, me interrumpió en el auditorio con entusiastas gritos y sonrisas: "¡maestro, maestro, por acá, mire!", dijo mientras forcejeaba por levantar a una niña de unos tres o cuatro años con dificultad. La exposición en que con cifras yo demostraba que, de seguir el aumento de prestaciones exigido por el sindicato, las pensiones serían inviables en menos de cinco años, quedó en suspenso mientras ella completaba: "Es mi hija, maestro, pero ¿qué cree? Quiere darle un beso la niña, ¿cómo ve esta escuincla volada, eh? ¿cómo ve?". La niña empezó a llorar y no recuerdo ya cómo salí de aquel embrollo sin cachetear a la alucinada profesora ni perder el hilo de la exposición que, relajada por fuerza, tuvo aún que soportar las histéricas risas de quienes consideraron importante significarse ante mí de aquella manera para darme, según me explicó otro hombre de confianza, 'aspecto afable y bromista'.
"Otros dos o tres actos así, que la raza vea que eres de fiar, y fierro, vas pa dentro", detalló. A costa del erario, claro, que no escatima en gastos de representación. Que aguanta. Que es infinito.
Hijos de puta.
sábado, febrero 13, 2016
Atalaya
Duran poco las satisfacciones, pues enseguida de que se produce un evento favorable o se consigue lo deseado, queda tiempo suficiente para que todo repose de nuevo y el día siguiente al del cumpleaños o al del premio o al del feliz término del negocio, ya se miren las cosas como asentadas y al paso del más tiempo se deslicen insensiblemente hacia la más absoluta normalidad. Así pues, hace años que no me sabe a libertad el haberme divorciado de Luis Gala, aquel regocijo de vértigo que me invadió cuando en ausencia del aludido que ya se había fugado al norte, un juez me concedió los papeles de mi libertad en medio de un juzgado gris en donde resonaba el eco lejano de máquinas de escribir, con sus teclas ominosas, sus rodillos rechinando al sacar las hojas, la campanilla del carro al volver a su posición inicial a cada cambio de renglón. Tampoco abona ya a mi satisfacción aquel día en que renuncié a mi trabajo, con la librería recién abierta y aun lejos de ser provechosa, pero feliz de poder liberarme de la discreta y no bien comprendida opresión que representaba estar rodeada de colegas idiotas cuyo sólo trato constituía un agravio, despedir esos años en que disfrutaba las vacaciones no tanto por estar lejos de mi oficina cuanto por ser los únicos períodos en que podía escoger a mis amistades (y las hubo en que no veía a nadie, ya fuera que me encerrara en casa o me largara diez días a una ciudad europea para caminar en perfecto silencio, entrar y salir de cafeterías o restaurantes donde comía frugalmente, y mirar algunas galerías o tiendas sin mayores pretensiones ni significado).
Así pues, ocurre que de pronto me veo inserta en la rutina de atender la librería y hacerme acompañar de Felicia todos los días, con la ocasional visita de amigos suyos o conocidos míos, y me pregunto, no sin cierta preocupación, si es así como quiero vivir mi vida o pasar lo que quede de ella, no diría yo que aburrida (no conozco ese estado) cuanto doblegada por un mundo al que he renunciado por hallarme incapaz de lidiar con él, amén de modificarlo. Percibo la historia de mis últimos años como un progresivo solipsismo, eso que algunos cursis llaman exilio interior y que no es otra cosa que una acumulación de renuncias, una reducción del yo que tiende a la evanescencia: primero Luis y la esfera de los hombres con la que ya se fue buena parte de la realidad; luego ese mundo de esclavos del que formé parte porque uno crece con la idea de que es natural emplearse en la empresa y la fábrica, en la institución y el gobierno; luego el hachazo terrible de la pérdida de mi hijo y ahora hasta la necesidad de que la misma Felicia guarde su distancia, cosa que me facilita la diferencia de edades e intereses y sus cada vez más frecuentes salidas con amigos suyos como ese Argel a quien debo parecerle una vieja amargada.
Y lo soy, sí, indudablemente. Una vieja que refunfuña, no se sabe bien si de la realidad o de la presencia de los otros, pues a solas no me da nunca por quejarme y hasta consigo, si se me da tiempo, olvidarme de mis preocupaciones y jugar con la imaginación hasta hacerme sonreír para mí misma: cómplice, cordial, divertida. A solas leo y escribo. A solas escucho música. A solas pienso. A solas miro mi colección de monedas o peino las tres muñecas que sobrevivieron a las infinitas mudanzas de mi vida. A solas llevo bien los áridos libros de contabilidad y escoger una nueva fotografía de mi hijo para poner en el marco de mi escritorio. En cambio, los otros son insoportables, invasivos, unos opinantes de mierda: mi madre a la que debo cuidar y que sólo sabe herirme; Felicia cuyo cuerpo joven y magnífico a veces me sabe a mármol o madera, a deporte o industria; los conocidos que unas veces son condescendientes y otras agradables, unas comprensivos y otras retóricos o directamente estúpidos. '¡Al diablo!', me digo. ¿Cómo soportarlo?
'Ficción', me he dicho al abrir involuntariamente la puerta esta mañana, mientras daba los buenos días y me secaba las manos con un trapo para saludarles, 'ficción' al dejar pasar a los desconocidos cuya irrelevancia los convierte en personajes ideales, construcciones que surgen al abrir un libro y desparecen en cuanto lo cierras. '¿Qué es lo que enseña realmente la Biblia?', '¿a dónde vamos cuando nos morimos?', '¿existe realmente el Diablo?': me exhortaban a considerar estas preguntas mientras tomaban asiento y declinaban las bebidas que les ofrecía. "Mi marido no está ahora", comentaba, "pero yo encuentro sus preguntas muy pertinentes, particularmente porque soy atea, ¿sabe? Pero no estoy orgullosa de serlo, alguna vez fui creyente y míreme, he perdido la fe desde hace muchos años... ¿Perdón? ¿mi nombre? Soy Rosa Amalfitano. Vine a Santa Teresa hace muchos años en compañía de mi padre. Era profesor, así es. Dio clases aquí cerca, en la universidad, aunque padecía mucho el pobre con el calor del verano. 'Aliento del Diablo', le llamaba. El pobre se perdió en Europa cuando yo tenía como veintitrés... Sí, sí, sé que suena muy extraño, pero así fue. Iba cada año para allá invitado por otras universidades y en uno de esos viajes se perdió... ¿Que si murió? No, bueno, no lo sé. No lo encontraron nunca, ni vivo ni muerto, ya se imaginarán ustedes la tragedia que esto significa para mí, vamos, ha sido la causa más importante de que perdiera la fe... Sí, desde luego, me gustaría volver a creer en dios, vamos, ¿a quién no? Pero ojo, ¿eh? No voy a creer en dios tan fácilmente porque lo que yo tengo no es rencor ante quien suponía con poder para evitar desgracias como la de mi padre (y que no las evitó), no vayan ustedes a creer que estoy nomás resentida y que busco una 'reconciliación' porque eso sería lo mismo que creer en dios, pero odiándolo... Si no hubiese sido por mi marido, no sé qué habría sido de mí, ¿sabe? Él no está ahora y ya lo conocerán, ah miren, aquí llega mi hija Felicia... Felicia, mira, estos señores son de la Atalaya y han venido de visita, qué tal Argel, pasen, pasen... Pero no pongas esa cara Felicia, que una también tiene derecho a buscar a dios si este llama a la puerta, ¿qué no? Vete a tu cuarto, anda, y déjame despedir a estos señores... Hebreos once, ¿dice? ¿fe? Ver para creer. Aquí los espero la semana entrante. Una historia fascinante la de mi padre, ya lo veo, aunque no parece haberles llamado mucho la atención, ¿eh? Vale, vale. Sí, por supuesto, anótelo bien: 'Rosa Amalfitano'. Creo que es de origen chileno, no sabría decirle. Hasta pronto. Hasta pronto.'
¿Que ellos pueden encontrarme en la librería? ¿los de la Atalaya en mi librería? Creo que puedo correr el riesgo...
Así pues, ocurre que de pronto me veo inserta en la rutina de atender la librería y hacerme acompañar de Felicia todos los días, con la ocasional visita de amigos suyos o conocidos míos, y me pregunto, no sin cierta preocupación, si es así como quiero vivir mi vida o pasar lo que quede de ella, no diría yo que aburrida (no conozco ese estado) cuanto doblegada por un mundo al que he renunciado por hallarme incapaz de lidiar con él, amén de modificarlo. Percibo la historia de mis últimos años como un progresivo solipsismo, eso que algunos cursis llaman exilio interior y que no es otra cosa que una acumulación de renuncias, una reducción del yo que tiende a la evanescencia: primero Luis y la esfera de los hombres con la que ya se fue buena parte de la realidad; luego ese mundo de esclavos del que formé parte porque uno crece con la idea de que es natural emplearse en la empresa y la fábrica, en la institución y el gobierno; luego el hachazo terrible de la pérdida de mi hijo y ahora hasta la necesidad de que la misma Felicia guarde su distancia, cosa que me facilita la diferencia de edades e intereses y sus cada vez más frecuentes salidas con amigos suyos como ese Argel a quien debo parecerle una vieja amargada.
Y lo soy, sí, indudablemente. Una vieja que refunfuña, no se sabe bien si de la realidad o de la presencia de los otros, pues a solas no me da nunca por quejarme y hasta consigo, si se me da tiempo, olvidarme de mis preocupaciones y jugar con la imaginación hasta hacerme sonreír para mí misma: cómplice, cordial, divertida. A solas leo y escribo. A solas escucho música. A solas pienso. A solas miro mi colección de monedas o peino las tres muñecas que sobrevivieron a las infinitas mudanzas de mi vida. A solas llevo bien los áridos libros de contabilidad y escoger una nueva fotografía de mi hijo para poner en el marco de mi escritorio. En cambio, los otros son insoportables, invasivos, unos opinantes de mierda: mi madre a la que debo cuidar y que sólo sabe herirme; Felicia cuyo cuerpo joven y magnífico a veces me sabe a mármol o madera, a deporte o industria; los conocidos que unas veces son condescendientes y otras agradables, unas comprensivos y otras retóricos o directamente estúpidos. '¡Al diablo!', me digo. ¿Cómo soportarlo?
'Ficción', me he dicho al abrir involuntariamente la puerta esta mañana, mientras daba los buenos días y me secaba las manos con un trapo para saludarles, 'ficción' al dejar pasar a los desconocidos cuya irrelevancia los convierte en personajes ideales, construcciones que surgen al abrir un libro y desparecen en cuanto lo cierras. '¿Qué es lo que enseña realmente la Biblia?', '¿a dónde vamos cuando nos morimos?', '¿existe realmente el Diablo?': me exhortaban a considerar estas preguntas mientras tomaban asiento y declinaban las bebidas que les ofrecía. "Mi marido no está ahora", comentaba, "pero yo encuentro sus preguntas muy pertinentes, particularmente porque soy atea, ¿sabe? Pero no estoy orgullosa de serlo, alguna vez fui creyente y míreme, he perdido la fe desde hace muchos años... ¿Perdón? ¿mi nombre? Soy Rosa Amalfitano. Vine a Santa Teresa hace muchos años en compañía de mi padre. Era profesor, así es. Dio clases aquí cerca, en la universidad, aunque padecía mucho el pobre con el calor del verano. 'Aliento del Diablo', le llamaba. El pobre se perdió en Europa cuando yo tenía como veintitrés... Sí, sí, sé que suena muy extraño, pero así fue. Iba cada año para allá invitado por otras universidades y en uno de esos viajes se perdió... ¿Que si murió? No, bueno, no lo sé. No lo encontraron nunca, ni vivo ni muerto, ya se imaginarán ustedes la tragedia que esto significa para mí, vamos, ha sido la causa más importante de que perdiera la fe... Sí, desde luego, me gustaría volver a creer en dios, vamos, ¿a quién no? Pero ojo, ¿eh? No voy a creer en dios tan fácilmente porque lo que yo tengo no es rencor ante quien suponía con poder para evitar desgracias como la de mi padre (y que no las evitó), no vayan ustedes a creer que estoy nomás resentida y que busco una 'reconciliación' porque eso sería lo mismo que creer en dios, pero odiándolo... Si no hubiese sido por mi marido, no sé qué habría sido de mí, ¿sabe? Él no está ahora y ya lo conocerán, ah miren, aquí llega mi hija Felicia... Felicia, mira, estos señores son de la Atalaya y han venido de visita, qué tal Argel, pasen, pasen... Pero no pongas esa cara Felicia, que una también tiene derecho a buscar a dios si este llama a la puerta, ¿qué no? Vete a tu cuarto, anda, y déjame despedir a estos señores... Hebreos once, ¿dice? ¿fe? Ver para creer. Aquí los espero la semana entrante. Una historia fascinante la de mi padre, ya lo veo, aunque no parece haberles llamado mucho la atención, ¿eh? Vale, vale. Sí, por supuesto, anótelo bien: 'Rosa Amalfitano'. Creo que es de origen chileno, no sabría decirle. Hasta pronto. Hasta pronto.'
¿Que ellos pueden encontrarme en la librería? ¿los de la Atalaya en mi librería? Creo que puedo correr el riesgo...
domingo, enero 31, 2016
Ponderación del asesinato
Felicia se rio de mí porque yo mismo lo hice ver como si fuera una broma. Culpa de mi carácter, supongo: exagerado, enfático, a veces histérico. No se puede tomar en serio a quien gesticula como yo con las manos, aunque esté dando cuenta de hechos graves y al discurso lo pueble la más nutrida sustancia. No importa: seré desdeñado. Pero yo conozco bien la ira que me recorre cuando veo el gesto despectivo con que me recibe mi jefe, parapetado tras su escritorio y sin siquiera mirarme a la cara ni intentar levantar la cabeza de los papeles que tiene enfrente. No recibe así a casi nadie y aunque hablar claramente no se cuente entre sus virtudes (¿o es que conducirse con opacidad es precisamente su cualidad?), me ha dado suficientes muestras de que me detesta simplemente por mi manera de ser.
Hay que verlo: se le endurece la expresión de sólo recibirme, no como sucede con sus enemigos políticos —que los tiene, y abundantes— ni como con su esposa o su suegra que suelen aparecerse en los momentos más inoportunos —su expresión es entonces la de quien se apercibe de un repentino dolor de cabeza— sino con desaprobación y asco, que en un principio confundí con turbación. Me dije en un comienzo: 'Ya está, otro homofóbico de estos a los que seguramente llama la atención mi ropa pegada o mis piercings, pero que no se lo reconocen. Cerdos cobardes. Putos in pectore. Pues tendrá que aguantarse las ganas porque él a mí no me gusta ni tantito. Vaya mierda, por fin un trabajo en donde tengo posibilidades, ¿eh?, verdaderas posibilidades, y viene a tocarme este facha embozado al que habrá que mamársela para subir de nivel. Hay que joderse'.
Pero no. No era así. O no del todo. Yo no le gustaba, eso que quede claro. Ni turbación ni leches. Él no es maricón. Pero indudablemente le resulto inmanejable y desearía no tener que tratar conmigo, el pobre. Bueno, qué digo pobre, rediós, si el muy cabrón gana tanto dinero como para comprarse una casa nueva cada año y a mí me sigue tratando con la punta del pie a pesar de que respondo solícito a todo lo que nos encarga a los profesores: que si la junta de tal por cuál, ahí estoy yo el primero; que si el informe de las actividades de no sé qué, pues no hay quien me iguale de los interinos; que si la evaluación de los estudiantes o el mejor maestro auxiliar, ahí está mi nombre siempre entre los premiados. Pero en la ceremonia me extiende la mano torciendo el gesto y, bueno, no es que yo busque su aprobación, sino que ya son cinco años en la brega y de los diez colegas que empezamos en aquel tiempo como auxiliares sigo siendo yo al que nunca promocionan. ¡Es él, lo sé, es él quien me está cerrando el paso!
—¿Quién no lo ha pensado? —le dije a Felicia —Ya no digo hacerse justicia por su propia mano cuanto suprimir un obstáculo con decisión: ¡bang, bang! Dos tiros y listo.
—No tienes la cabeza fría, querido. Apenas tuvieras que hundirle un cuchillo o te dieras cuenta de que chorrea sangre y estarías listo, necesitando tú también asistencia médica —respondía Felicia, rematando en carcajadas.
—¿No me crees capaz de hacerlo? Dímelo, vamos a ver, ¿no me crees?
—Pero por favor, Argel, dame tregua que me meo aquí mismo de la risa.
—¿Ah sí, ah sí? Ya verás cuando desaparezca el imbécil ese y te tengas que tragar la risa a pesar de los titulares: "Encuentran muerto a célebre hijo de puta. La comunidad festeja su muerte".
—Ya, ya, por favor... qué risa... a ver, ¿qué haces con el cuerpo luego de pegarle dos tiros como dices?
En eso entró su mujer —esa vieja amargada dueña de la librería— y los dos nos pusimos de pie como si entrara el Santo Padre. Nos saludamos —dos besos, a la francesa— y luego de que nos dejó ya había perdido yo el hilo de la conversación y Felicia se puso a hablar de otras cosas.
Pero en la duermevela he repasado todo con minuciosidad, medio despierto, medio dormido, tal vez en sueños...
'Voy a interceptarlo a la salida de la escuela. Es lo mejor. Justo cuando baje por la colina le cierro el paso como un conductor distraído que ha querido regresar por el camino equivocado e intenta una imposible vuelta en U. Como me reconocerá, sabrá que no bromeo si lo amenazo con la pistola obligándolo a subir a mi carro. Saldremos a gran velocidad y puedo liquidarlo ahí mismo y llevarlo en el asiento del copiloto hasta mi casa, aunque esto sería peligroso porque no faltaría la mala suerte y un policía podría detenernos por alguna infracción (yo conduciría nervioso, quizá dé una vuelta indebida o me pase una luz naranja), y entonces sería el fin. No, definitivamente es mejor llevarlo vivo hasta la casa, aunque luego los vecinos podrían decir que lo vieron ahí, tal vez dé de voces y requiera un forcejeo del que no pueda salir bien librado, capaz que hasta yo termino siendo el muerto y entonces sí que la habremos cagado. Volvamos mejor a que ya le pegué dos tiros y conduzco hacia mi casa. ¿Pero y la sangre? Los cuerpos baleados han de sangrar, ¿no? ¿será mucho? Depende de dónde se les haya disparado. Las películas nos enseñan que los tiros en la cabeza salpican, ¿será mejor en el abdomen? ¿y si le pego a esas venas gruesas del tronco? La cava, creo que se llama. ¿O sería la aorta? No lo sé, pero como le pegue a esas se muere enseguida y la sangre no se hará esperar. Qué pesadez, qué desorden. Debe haber alguna solución. ¡La cajuela, desde luego! Llevarlo en la cajuela amordazado para que no haga ruido. Amarrado también, no vaya a ser que se le ocurra patear la carrocería histéricamente y en algún crucero uno de esos mugrosos limpiaparabrisas —gente vulgar a la que le encanta el chisme— quiera hacer de buen samaritano y se apresure a contactar al policía de la esquina, joder, ya me veo ahí en mitad de la calle, esposado, con el tragafuegos ese entrevistado por algún diario amarillista vespertino mientras el flash de las cámaras me deja ciego. Pero amarrarlo con rapidez y echarlo a la cajuela requiere ayuda, ¿y de dónde voy a sacarla si no es de con los mismos mugrosos de las esquinas? Ya alguna vez le pagué a uno por sexo y a otro por drogas y a otro más por mantenerme al tanto de las actividades de un cabrón con el que estaba obsesionado, son sobornables, quizá unos dos y yo podamos con mi jefe. ¡Qué emoción! Ya va tomando cuerpo esto. Claro, con tres personas la cosa cambia, lo someteremos enseguida, a punta de golpes si es necesario, ¿será que todos se desmayan con unos cuantos golpes? Veremos, pero da igual: amordazado y atado va o quizá ya muerto porque en la cajuela sí que podemos pegarle un tiro y aguanta bien sin derramar nada hasta llegar a casa. De los mugrosos puedo deshacerme en el camino: 'aquí está tu dinero, Carlitos; acá está el tuyo Daniel, no se lo gasten todo en pingas ni en putas que luego no hay quien los aguante, a ver si nos volvemos a ver', aunque quizá sea mala idea deshacerme de ellos si al llegar a la casa, que no es ninguna residencia ni tiene cochera cerrada, tendré que bajar con el cuerpo de mi jefe, vivo o muerto, de día o de noche, pero rápida y discretamente, hasta el interior de la vivienda, donde cavaré una fosa profunda donde meterlo todo sin que nadie sospeche, mejor que me acompañen Carlitos y Daniel y me ayuden a bajar el cuerpo una vez que tranquilamente haya abierto la puerta de la casa y no haya moros en la costa ni en las ventanas vecinas, ni en los balcones, ni en las lejanías donde nunca falta un voyeurista desempleado al que mantienen sus padres y que tiene a bien registrarlo todo y dar aviso a la policía para así pasar por héroe antes de ser detenido un día por acosar muchachitas. Sí, que se queden y ayuden, no sólo a meter el cuerpo hasta el jardín sino a cavar, que no es cualquier cosa hacer un agujero de seis pies de profundidad en este suelo duro de Santa Teresa, pero ¿y si Carlitos y Daniel se vuelven locos? ¿si ya instalados en casa les da por robarme y echarme a mí también a la fosa junto con mi jefe? Los drogadictos son así: un rato están bien y cooperan y hacen filosofía y al siguiente se han vuelto de revés y creen que uno les va a hacer daño y que para defenderse han de hacer daño primero, no hay manera de hacerlos concentrarse en nada como no sea conseguir la dosis siguiente, y a saber en qué estado se encuentren. Definitivamente no es bueno involucrar a terceros, vamos, tal vez ni siquiera usar la propia casa para esconder un cadáver, ¿qué desfiguro es ese? Las perras de futuros dueños —un par de criollas de poodle y terrier, por ejemplo— serían capaces de desenterrarlo todo y ya estaría la policía encima de mí y el asunto resuelto, ¿cuántos casos no hemos visto así, que revelan sus secretos al salir un cadáver a la superficie en un apacible hogar? No, no, mejor pegarle los tiros yo solo, yo mismo echarlo en la cajuela y llevarlo al río a donde puedo arrojarlo sin que le falten unas pesadas piedras para que no aparezca flotando y entonces empiece una indagatoria a la mexicana donde siempre aparecen culpables a los que luego piden disculpas por no ser los responsables, pero donde los expedientes nunca se cierran; y mejor usar cubetas de cemento, ahí en el patio tengo dos, no será complicado, ¿pero no sería mejor metérselas al cuerpo? Digo, ya hundido y sujeto a piedras por dos extremos el cuerpo habrá de descomponerse y tarde o temprano un trozo grande ha de flotar: una tibia carcomida, una mano a la que le falten varios dedos, qué se yo, la descomposición tiene sus cosas y no hay forma de controlarla salvo en las tumbas que hoy en día son casi herméticas. Tumbas, eso es, ¿cómo no haberlo visto antes? He ahí el sitio ideal para esconder un cadáver, al no sospechar ni asombrarse nadie de que un cuerpo esté tapiado en el cementerio, al no facilitar ni siquiera la exhumación por ser vista como un sacrilegio contra la santa paz de los muertitos. Pero bueno, esos son sitios vigilados y vaya disparates los que se me están ocurriendo, hay que ver, mejor sería probar con las montañas cercanas y los cañones intermedios, eso tiene más posibilidad de éxito. Ya los han dejado sembrados de cuerpos nuestros asesinos narcotraficantes, ¿por qué yo no? Un simple maestrito de escuela, un auxiliar que en los retenes puede mostrar su credencial: 'doy clases en tal sitio', se dice, y con eso se abren las puertas de cualquier lugar, tal vez incluso me dejaran en paz los gatilleros de la zona en caso de encontrarme en alguna brecha al comprobar que soy un pobre diablo, 'siga su camino', dirán, y llegaré al punto donde pueda dejar el cuerpo y regresar a la ciudad, quizá por otra ruta para evitar coincidencias, aunque este método también tiene sus queveres: ¿no es verdad que a donde yo llegue ya habrá llegado otro hombre antes y llegará otro después? ¿no es verdad que el que recorre un camino hace la ruta de otro futuro que terminará indefectiblemente por hallar el cuerpo? Mejor no involucrarme más de lo necesario. Un poco más de dinero a Carlitos y otro tanto a Daniel, que ellos le peguen el tiro, que sean ellos los que lo dejen tirado por ahí, total, si los agarran son lo que son y no hay más que averiguar. ¿O es que hablarán? ¿Es mejor pegárselo yo, tal vez afuera de su casa, luego de vigilar sus rutinas y definir bien la mejor hora del día, y salir corriendo? Sí, eso es mejor, por supuesto. ¿Por qué andar ocultando cuerpos o cargándolos o amarrándolos? Eso es estúpido. ¿Quién diablos soy yo? ¿Buffalo Bill? No necesito cuerpos en mi bañera ni convertir mi casa en carnicería ni llevar más drogadictos que los justos (y para muy distintos fines). Sí. Eso es. Golpear y correr... Nada sale mejor que lo que hace uno mismo... Eso es... Dos tiros, ¡bang, bang! Dos... Y a todo esto, ¿no debería tener una pistola?'
Hay que verlo: se le endurece la expresión de sólo recibirme, no como sucede con sus enemigos políticos —que los tiene, y abundantes— ni como con su esposa o su suegra que suelen aparecerse en los momentos más inoportunos —su expresión es entonces la de quien se apercibe de un repentino dolor de cabeza— sino con desaprobación y asco, que en un principio confundí con turbación. Me dije en un comienzo: 'Ya está, otro homofóbico de estos a los que seguramente llama la atención mi ropa pegada o mis piercings, pero que no se lo reconocen. Cerdos cobardes. Putos in pectore. Pues tendrá que aguantarse las ganas porque él a mí no me gusta ni tantito. Vaya mierda, por fin un trabajo en donde tengo posibilidades, ¿eh?, verdaderas posibilidades, y viene a tocarme este facha embozado al que habrá que mamársela para subir de nivel. Hay que joderse'.
Pero no. No era así. O no del todo. Yo no le gustaba, eso que quede claro. Ni turbación ni leches. Él no es maricón. Pero indudablemente le resulto inmanejable y desearía no tener que tratar conmigo, el pobre. Bueno, qué digo pobre, rediós, si el muy cabrón gana tanto dinero como para comprarse una casa nueva cada año y a mí me sigue tratando con la punta del pie a pesar de que respondo solícito a todo lo que nos encarga a los profesores: que si la junta de tal por cuál, ahí estoy yo el primero; que si el informe de las actividades de no sé qué, pues no hay quien me iguale de los interinos; que si la evaluación de los estudiantes o el mejor maestro auxiliar, ahí está mi nombre siempre entre los premiados. Pero en la ceremonia me extiende la mano torciendo el gesto y, bueno, no es que yo busque su aprobación, sino que ya son cinco años en la brega y de los diez colegas que empezamos en aquel tiempo como auxiliares sigo siendo yo al que nunca promocionan. ¡Es él, lo sé, es él quien me está cerrando el paso!
—¿Quién no lo ha pensado? —le dije a Felicia —Ya no digo hacerse justicia por su propia mano cuanto suprimir un obstáculo con decisión: ¡bang, bang! Dos tiros y listo.
—No tienes la cabeza fría, querido. Apenas tuvieras que hundirle un cuchillo o te dieras cuenta de que chorrea sangre y estarías listo, necesitando tú también asistencia médica —respondía Felicia, rematando en carcajadas.
—¿No me crees capaz de hacerlo? Dímelo, vamos a ver, ¿no me crees?
—Pero por favor, Argel, dame tregua que me meo aquí mismo de la risa.
—¿Ah sí, ah sí? Ya verás cuando desaparezca el imbécil ese y te tengas que tragar la risa a pesar de los titulares: "Encuentran muerto a célebre hijo de puta. La comunidad festeja su muerte".
—Ya, ya, por favor... qué risa... a ver, ¿qué haces con el cuerpo luego de pegarle dos tiros como dices?
En eso entró su mujer —esa vieja amargada dueña de la librería— y los dos nos pusimos de pie como si entrara el Santo Padre. Nos saludamos —dos besos, a la francesa— y luego de que nos dejó ya había perdido yo el hilo de la conversación y Felicia se puso a hablar de otras cosas.
Pero en la duermevela he repasado todo con minuciosidad, medio despierto, medio dormido, tal vez en sueños...
'Voy a interceptarlo a la salida de la escuela. Es lo mejor. Justo cuando baje por la colina le cierro el paso como un conductor distraído que ha querido regresar por el camino equivocado e intenta una imposible vuelta en U. Como me reconocerá, sabrá que no bromeo si lo amenazo con la pistola obligándolo a subir a mi carro. Saldremos a gran velocidad y puedo liquidarlo ahí mismo y llevarlo en el asiento del copiloto hasta mi casa, aunque esto sería peligroso porque no faltaría la mala suerte y un policía podría detenernos por alguna infracción (yo conduciría nervioso, quizá dé una vuelta indebida o me pase una luz naranja), y entonces sería el fin. No, definitivamente es mejor llevarlo vivo hasta la casa, aunque luego los vecinos podrían decir que lo vieron ahí, tal vez dé de voces y requiera un forcejeo del que no pueda salir bien librado, capaz que hasta yo termino siendo el muerto y entonces sí que la habremos cagado. Volvamos mejor a que ya le pegué dos tiros y conduzco hacia mi casa. ¿Pero y la sangre? Los cuerpos baleados han de sangrar, ¿no? ¿será mucho? Depende de dónde se les haya disparado. Las películas nos enseñan que los tiros en la cabeza salpican, ¿será mejor en el abdomen? ¿y si le pego a esas venas gruesas del tronco? La cava, creo que se llama. ¿O sería la aorta? No lo sé, pero como le pegue a esas se muere enseguida y la sangre no se hará esperar. Qué pesadez, qué desorden. Debe haber alguna solución. ¡La cajuela, desde luego! Llevarlo en la cajuela amordazado para que no haga ruido. Amarrado también, no vaya a ser que se le ocurra patear la carrocería histéricamente y en algún crucero uno de esos mugrosos limpiaparabrisas —gente vulgar a la que le encanta el chisme— quiera hacer de buen samaritano y se apresure a contactar al policía de la esquina, joder, ya me veo ahí en mitad de la calle, esposado, con el tragafuegos ese entrevistado por algún diario amarillista vespertino mientras el flash de las cámaras me deja ciego. Pero amarrarlo con rapidez y echarlo a la cajuela requiere ayuda, ¿y de dónde voy a sacarla si no es de con los mismos mugrosos de las esquinas? Ya alguna vez le pagué a uno por sexo y a otro por drogas y a otro más por mantenerme al tanto de las actividades de un cabrón con el que estaba obsesionado, son sobornables, quizá unos dos y yo podamos con mi jefe. ¡Qué emoción! Ya va tomando cuerpo esto. Claro, con tres personas la cosa cambia, lo someteremos enseguida, a punta de golpes si es necesario, ¿será que todos se desmayan con unos cuantos golpes? Veremos, pero da igual: amordazado y atado va o quizá ya muerto porque en la cajuela sí que podemos pegarle un tiro y aguanta bien sin derramar nada hasta llegar a casa. De los mugrosos puedo deshacerme en el camino: 'aquí está tu dinero, Carlitos; acá está el tuyo Daniel, no se lo gasten todo en pingas ni en putas que luego no hay quien los aguante, a ver si nos volvemos a ver', aunque quizá sea mala idea deshacerme de ellos si al llegar a la casa, que no es ninguna residencia ni tiene cochera cerrada, tendré que bajar con el cuerpo de mi jefe, vivo o muerto, de día o de noche, pero rápida y discretamente, hasta el interior de la vivienda, donde cavaré una fosa profunda donde meterlo todo sin que nadie sospeche, mejor que me acompañen Carlitos y Daniel y me ayuden a bajar el cuerpo una vez que tranquilamente haya abierto la puerta de la casa y no haya moros en la costa ni en las ventanas vecinas, ni en los balcones, ni en las lejanías donde nunca falta un voyeurista desempleado al que mantienen sus padres y que tiene a bien registrarlo todo y dar aviso a la policía para así pasar por héroe antes de ser detenido un día por acosar muchachitas. Sí, que se queden y ayuden, no sólo a meter el cuerpo hasta el jardín sino a cavar, que no es cualquier cosa hacer un agujero de seis pies de profundidad en este suelo duro de Santa Teresa, pero ¿y si Carlitos y Daniel se vuelven locos? ¿si ya instalados en casa les da por robarme y echarme a mí también a la fosa junto con mi jefe? Los drogadictos son así: un rato están bien y cooperan y hacen filosofía y al siguiente se han vuelto de revés y creen que uno les va a hacer daño y que para defenderse han de hacer daño primero, no hay manera de hacerlos concentrarse en nada como no sea conseguir la dosis siguiente, y a saber en qué estado se encuentren. Definitivamente no es bueno involucrar a terceros, vamos, tal vez ni siquiera usar la propia casa para esconder un cadáver, ¿qué desfiguro es ese? Las perras de futuros dueños —un par de criollas de poodle y terrier, por ejemplo— serían capaces de desenterrarlo todo y ya estaría la policía encima de mí y el asunto resuelto, ¿cuántos casos no hemos visto así, que revelan sus secretos al salir un cadáver a la superficie en un apacible hogar? No, no, mejor pegarle los tiros yo solo, yo mismo echarlo en la cajuela y llevarlo al río a donde puedo arrojarlo sin que le falten unas pesadas piedras para que no aparezca flotando y entonces empiece una indagatoria a la mexicana donde siempre aparecen culpables a los que luego piden disculpas por no ser los responsables, pero donde los expedientes nunca se cierran; y mejor usar cubetas de cemento, ahí en el patio tengo dos, no será complicado, ¿pero no sería mejor metérselas al cuerpo? Digo, ya hundido y sujeto a piedras por dos extremos el cuerpo habrá de descomponerse y tarde o temprano un trozo grande ha de flotar: una tibia carcomida, una mano a la que le falten varios dedos, qué se yo, la descomposición tiene sus cosas y no hay forma de controlarla salvo en las tumbas que hoy en día son casi herméticas. Tumbas, eso es, ¿cómo no haberlo visto antes? He ahí el sitio ideal para esconder un cadáver, al no sospechar ni asombrarse nadie de que un cuerpo esté tapiado en el cementerio, al no facilitar ni siquiera la exhumación por ser vista como un sacrilegio contra la santa paz de los muertitos. Pero bueno, esos son sitios vigilados y vaya disparates los que se me están ocurriendo, hay que ver, mejor sería probar con las montañas cercanas y los cañones intermedios, eso tiene más posibilidad de éxito. Ya los han dejado sembrados de cuerpos nuestros asesinos narcotraficantes, ¿por qué yo no? Un simple maestrito de escuela, un auxiliar que en los retenes puede mostrar su credencial: 'doy clases en tal sitio', se dice, y con eso se abren las puertas de cualquier lugar, tal vez incluso me dejaran en paz los gatilleros de la zona en caso de encontrarme en alguna brecha al comprobar que soy un pobre diablo, 'siga su camino', dirán, y llegaré al punto donde pueda dejar el cuerpo y regresar a la ciudad, quizá por otra ruta para evitar coincidencias, aunque este método también tiene sus queveres: ¿no es verdad que a donde yo llegue ya habrá llegado otro hombre antes y llegará otro después? ¿no es verdad que el que recorre un camino hace la ruta de otro futuro que terminará indefectiblemente por hallar el cuerpo? Mejor no involucrarme más de lo necesario. Un poco más de dinero a Carlitos y otro tanto a Daniel, que ellos le peguen el tiro, que sean ellos los que lo dejen tirado por ahí, total, si los agarran son lo que son y no hay más que averiguar. ¿O es que hablarán? ¿Es mejor pegárselo yo, tal vez afuera de su casa, luego de vigilar sus rutinas y definir bien la mejor hora del día, y salir corriendo? Sí, eso es mejor, por supuesto. ¿Por qué andar ocultando cuerpos o cargándolos o amarrándolos? Eso es estúpido. ¿Quién diablos soy yo? ¿Buffalo Bill? No necesito cuerpos en mi bañera ni convertir mi casa en carnicería ni llevar más drogadictos que los justos (y para muy distintos fines). Sí. Eso es. Golpear y correr... Nada sale mejor que lo que hace uno mismo... Eso es... Dos tiros, ¡bang, bang! Dos... Y a todo esto, ¿no debería tener una pistola?'
sábado, enero 23, 2016
El primer día de clases
En mis pesadillas recurrentes suele aparecer una escuela. Gris, deslavada, con aspecto de presidio y luces blancas de halógeno sucias o descompuestas, que dan a todo el escenario un aspecto de viejo anfiteatro. Las más de las veces hay butacas metálicas grises con los asientos o el respaldo abollados; en otras, las aulas están pobladas de mesabancos de madera para dos personas, con las tablas carcomidas y obscuras de tanto pasar por ellas lápices y plumas, navajas y antebrazos sucios. Siempre es muy temprano o demasiado tarde, pues las luces están encendidas (las que sirven) y cuando logro ver el cielo se advierte un color cerúleo en el que se adivina, más que verse, la aurora o el ocaso, el titilar incierto de una estrella.
Los pasillos no están demasiado poblados, pero es claro que no conozco a nadie. Siento un embarazo tremendo ante el sólo planteamiento de abordar a alguno de aquellos desconocidos para saber dónde está el salón que busco. Voy siempre con retraso. Cuando finalmente me atrevo a hablar, personajes de indefinidos rostros me responden como desde muy lejos y ríen con sorna mostrando el rosario de sus dientes. No los entiendo, a pesar de mis esfuerzos por concentrarme en sus respuestas. Jeroglíficos. Enigmas. Mensajes cifrados. Dominado por la vergüenza de hacer el idiota sin saber por qué, examino mi ropa, me toco la cara, trato de mirar a mi espalda aprovechando el reflejo de algún vidrio: no encuentro nada, pero eso sólo aumenta la sospecha de que llevo puesto algo ridículo. Que me he olvidado los zapatos. Que estoy despeinado. Que llevo una falda en vez de pantalones.
Nunca consigo llegar a mi destino. Si decido entrar a una sala —corrillos de gente sin rostro y una maestra de gafas puntiagudas— soy inmediatamente despachado con severidad. Sé que en algún sitio, el que me corresponde, están ya llenando la pizarra con aquello de lo que debiera tomar apuntes, pero miro los anuncios en las paredes, subo y bajo escaleras, consulto mi propio horario —una tabla de colores donde los días de la semana están representados por columnas y las horas por renglones— y no consigo entender nada. Crece la angustia, no ya del retraso que todo esto traerá consigo, sino de la insuperable desconfianza que se abrirá entre el maestro que registra mi falta y yo. Sé que mis excusas no serán creídas, que seré visto con sospecha hasta por mis propios compañeros, que ya puedo irme olvidando de sacar dieces.
Es mi primer día, no sólo de clases, sino en la escuela misma. En mi desesperación llego a los linderos del plantel, detrás de los edificios lúgubremente iluminados. Protegido por matorrales, abro lo que a veces es una mochila y otras veces un portafolios de piel. Un fuerte olor a carboncillo y madera de lápices, revuelto con los humores de mi habitación que se han impregnado al papel de los cuadernos, sube hasta mi nariz. Intento consultar de nuevo el horario, pero parece que los ojos se me han vuelto niebla y no consigo enfocar nada. Por los cristales de los edificios se alcanzan a ver maestros impartiendo clases, estudiantes casi siempre uniformados en café, gris y blanco; aunque ligero, se escucha venir desde su interior el rumor de voces y movimiento. Me falta el aire adivinando en cada uno de esos pupilos a un potencial enemigo, un individuo guasón que hará escarnio de mí todos los días a la cabeza de un grupo de niños crueles que me patearán hasta quitarme el refrigerio que preparó mi mamá.
Entonces me interrumpe un prefecto calvo o tal vez un maestro con pajarita al cuello, incluso el director con su aspecto de sacerdote pervertido. "¿Qué hace Usted aquí?, ¿no debería estar en clase?", me imprecan levantándome de las patillas como hiciera mi tío Xavier. No logro responder ni entender nada más de lo que dicen. Me hacen esperar en una oficina dominada por la bandera mexicana y una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Fuman. Llamarán a mi madre, me dicen. De su discurso ininteligible se desprenden de vez en cuando algunos fragmentos como "eso no se hace" o "a las personas como usted se las llevan al manicomio" o "voy a avisar a los padres del otro niño"...
Cuando despierto, suele ser que no han pasado ni diez minutos de haberme quedado dormido, la televisión o la lámpara todavía encendidas, la reja del vecino que se cierra, la tos del condensador de la nevera cuando se apaga. 'Argel, Argel', me digo, '¿hasta cuándo?'. Y apago la luz, preocupado por el presente.
Los pasillos no están demasiado poblados, pero es claro que no conozco a nadie. Siento un embarazo tremendo ante el sólo planteamiento de abordar a alguno de aquellos desconocidos para saber dónde está el salón que busco. Voy siempre con retraso. Cuando finalmente me atrevo a hablar, personajes de indefinidos rostros me responden como desde muy lejos y ríen con sorna mostrando el rosario de sus dientes. No los entiendo, a pesar de mis esfuerzos por concentrarme en sus respuestas. Jeroglíficos. Enigmas. Mensajes cifrados. Dominado por la vergüenza de hacer el idiota sin saber por qué, examino mi ropa, me toco la cara, trato de mirar a mi espalda aprovechando el reflejo de algún vidrio: no encuentro nada, pero eso sólo aumenta la sospecha de que llevo puesto algo ridículo. Que me he olvidado los zapatos. Que estoy despeinado. Que llevo una falda en vez de pantalones.
Nunca consigo llegar a mi destino. Si decido entrar a una sala —corrillos de gente sin rostro y una maestra de gafas puntiagudas— soy inmediatamente despachado con severidad. Sé que en algún sitio, el que me corresponde, están ya llenando la pizarra con aquello de lo que debiera tomar apuntes, pero miro los anuncios en las paredes, subo y bajo escaleras, consulto mi propio horario —una tabla de colores donde los días de la semana están representados por columnas y las horas por renglones— y no consigo entender nada. Crece la angustia, no ya del retraso que todo esto traerá consigo, sino de la insuperable desconfianza que se abrirá entre el maestro que registra mi falta y yo. Sé que mis excusas no serán creídas, que seré visto con sospecha hasta por mis propios compañeros, que ya puedo irme olvidando de sacar dieces.
Es mi primer día, no sólo de clases, sino en la escuela misma. En mi desesperación llego a los linderos del plantel, detrás de los edificios lúgubremente iluminados. Protegido por matorrales, abro lo que a veces es una mochila y otras veces un portafolios de piel. Un fuerte olor a carboncillo y madera de lápices, revuelto con los humores de mi habitación que se han impregnado al papel de los cuadernos, sube hasta mi nariz. Intento consultar de nuevo el horario, pero parece que los ojos se me han vuelto niebla y no consigo enfocar nada. Por los cristales de los edificios se alcanzan a ver maestros impartiendo clases, estudiantes casi siempre uniformados en café, gris y blanco; aunque ligero, se escucha venir desde su interior el rumor de voces y movimiento. Me falta el aire adivinando en cada uno de esos pupilos a un potencial enemigo, un individuo guasón que hará escarnio de mí todos los días a la cabeza de un grupo de niños crueles que me patearán hasta quitarme el refrigerio que preparó mi mamá.
Entonces me interrumpe un prefecto calvo o tal vez un maestro con pajarita al cuello, incluso el director con su aspecto de sacerdote pervertido. "¿Qué hace Usted aquí?, ¿no debería estar en clase?", me imprecan levantándome de las patillas como hiciera mi tío Xavier. No logro responder ni entender nada más de lo que dicen. Me hacen esperar en una oficina dominada por la bandera mexicana y una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Fuman. Llamarán a mi madre, me dicen. De su discurso ininteligible se desprenden de vez en cuando algunos fragmentos como "eso no se hace" o "a las personas como usted se las llevan al manicomio" o "voy a avisar a los padres del otro niño"...
Cuando despierto, suele ser que no han pasado ni diez minutos de haberme quedado dormido, la televisión o la lámpara todavía encendidas, la reja del vecino que se cierra, la tos del condensador de la nevera cuando se apaga. 'Argel, Argel', me digo, '¿hasta cuándo?'. Y apago la luz, preocupado por el presente.
sábado, enero 16, 2016
Mala persona
Aquí cerca queda la universidad y, como no podía ser de otro modo siendo esto una librería, he terminado por conocer a muchos y hacer amistad —aunque superficial— con algunos de sus miembros. No me vanaglorio de independiente ni de empresaria, aunque ha predominado mi sentido práctico y mi fuerza, pero sobre todo mi incapacidad para soportar jerarquías, en la decisión de sostener este apenas pasable negocio. Voy tirando, no me interesan las grandes ganancias, sino la solvencia y la tranquilidad. En contraste, las vidas de esos maestros de universidad me parecen una pesadilla de mediocridad y burocracia, siempre sometidos a las modas que dicta el secretario de educación en turno o el cacique local que, cuando no quiere ser rector, mete la mano hasta la entrepierna en consejos de administración o patronatos. Los que no tienen ninguna cultura terminan así por establecer directrices; debajo de ellos un hervidero de compadres y conocidos instrumenta una serie de medidas no ya tendientes a mejorar la educación, cuanto a cerrar jugosos robos disfrazados de negocios. Y es que, según le explicaba hace poco a Argel, un maestro amigo de Felicia, a mi modo de ver hay sólo dos modos de obtener dinero: trabajando o robando. Y la universidad pública, como variante de la burocracia gubernamental, pertenece al segundo modo de obtenerlo.
Él ha fingido escandalizarse, por supuesto, pero la amistad le permite zanjar estas diferencias con risas, llamándome lerda o pesada, adjetivos suaves y bien acomodados a su naturaleza delicada. No es persona particularmente culta ni bien enterada, lo que aun le permite mantener algunas dosis de felicidad por cuanto es inconsciente del destino que le espera. No estaría tan contento si se diera cuenta de que nunca tendrá la plaza que ansía, no sólo porque la matrícula va a la baja cuanto porque los que lo contratan no admitirían nunca en su seno a uno como él de tan evidentes gustos y con estudios insuficientes a los que no pueden sacarles ningún provecho presupuestal. Doble cruz la suya, qué mala suerte: un afeminado que es visto con simpatía porque divierte a sus compañeros sin darse cuenta de que nunca es tomado en serio, pero también otro de esos profesionistas malogrados que lo mismo dan clases que atienden en un supermercado, empleados perennes que sueñan como todos los pobres con comprar un terrenito o, en su caso, con hacerse de una estética allende la frontera. Cree que me refuta cuando me menciona los nombres de los varios funcionarios y directores a los que les pasa lo mismo que a él, sin darse cuenta de que esos individuos sí cuentan con las credenciales y ambiciones para hacerse tolerar: 'Por favor, Argel, todos los que mencionas tienen un grado académico que a la universidad le da nombre y dinero. No son ejemplo de tolerancia o diversidad, sino de conveniencia. Y usan ese grado académico para seguir ordeñando el presupuesto federal con pretexto de proyectos y programas peregrinos, ¿de verdad no te das cuenta? ¿o te has creído que están ahí porque son científicos notables? ¿o grandes pedagogos? ¿o gente siquiera con un mínimo de curiosidad intelectual? Ninguna institución —menos una universidad— es lo que dice ser: tienen una fachada de misión, visión y un largo bla bla bla, pero luego, ya entrando en acción, son todas lo mismo: negocios, negocios con los motivos más diversos'. Pero Argel no entiende y prefiere burlarse de mí diciendo que su sueldo sale de los impuestos que los contribuyentes como yo no tienen más remedio que pagar. No le falta razón, si bien su sueldo es un porcentaje minúsculo de un mordisco ridículo al dinero que cae de la mesa de los políticos; el botín lo obtienen éstos asaltando a los que producimos riqueza bajo la justificación de que el sostenimiento del Estado es indispensable para proteger la propiedad privada y la seguridad de los ciudadanos. Y una mierda, ya lo creo.
Pero Argel, como muchos de los suyos, es demasiado superficial como para seguir estos razonamientos y sutilezas. La frivolidad y juventud de Felicia, que se hace acompañar de él para gastar mi dinero en las horribles tiendas de Santa Teresa, no ha de ayudar a mejorar la conciencia del señorito. Cada semestre acude a la repartición de materias, le dan los horarios que nadie quiere, le obligan a comprar sus propio gises para la pizarra. Cuando aparece una convocatoria de plaza docente de tiempo completo —una vez cada uno o dos años— a Argel le brillan los ojos, cree que ya le toca y reúne un grueso expediente curricular que es sistemáticamente rechazado por las comisiones dictaminadoras. 'Ese no sabe tanto como yo', alega después resentido, 'no tengo idea de cómo pudieron darle ese puesto si no sabe nada, si ni siquiera es de aquí'. Le irrita no tanto la evidente corrupción detrás de las contrataciones cuanto que ésta no le beneficie a él. A veces tengo la impresión de que cree que el suyo es un trabajo productivo, ignorante como es de que cada plaza de esas a las que aspira significa un parásito más que nosotros debemos sostener. Si hay suerte, el parásito en cuestión hará algún trabajo desquitando los céntimos; si no —que es lo más seguro siempre, como que la ley de la gravedad hace más fácil andar por el suelo que caminar erguido— el animal en cuestión se dejará engrosar el trasero en un cubículo. Este engrosamiento, para mayor detalle, puede tener dos causas: o bien por no hacer nada (un mantenido que al menos no aspira a más), o bien por degenerar en burócrata duro (un insaciable jefe obsesionado por decir a los demás lo que deben hacer sin hacerlo él mismo, los más peligrosos con diferencia). Y a este ambientazo cree el pobre de Argel que puede incorporarse. Vamos, ni de broma.
Quizá se haga realidad su sueño de ser alguna vez dueño de una estética o, en el peor de los casos, empleado con privilegios de alguna, pero no porque así lo haya dispuesto ordenada y decididamente. No. Ello ocurrirá porque la universidad prescindirá de él tarde o temprano, como ya lo ha hecho con muchos otros auxiliares y seguirá haciéndolo por el tiempo que dure el negocio. Él, aunque no lo note, es gente de paso. Personal flotante o interino, creo que le llaman. Miembro de una gran masa de seres anónimos que deben ser permanentemente sustituidos para garantizar su anonimato, su carácter prescindible e intercambiable. Deseo que cuando esto ocurra, el vicio de vivir de un sueldo no haya echado en él hondas raíces y se decida a poner la estética de la que tanto habla a veces. Porque lo peor que pudiera ocurrirle al salir de la burocracia gubernamental sería que fuese a los brazos de la burocracia industrial. Aquí mismo en Santa Teresa, pese a las quejas de muchos empresarios transnacionales que quisieran quintuplicar sus ganancias en vez de sólo multiplicarlas por cuatro, no faltan maquiladoras dispuestas a masticar lo que quede de él cuando la universidad lo abandone. Obreros, operarios, supervisores, cajeros, un ejército de individuos que para no exponerse a la incertidumbre de hacer su propio negocio, prefieren la engañosa certeza de acogerse a fábricas fantasmagóricas que un día son inauguradas con bombo y platillo por el gobernador en turno y bendecidas por el arzobispo, y al otro desaparecen discretamente dejando cientos de desempleados y abandonadas naves industriales por donde pasan chamizos. Van a la China. Van a la India. Van a donde sea que la productividad dicte.
Ni modo de explicarle esto a Argel mientras se acomoda el mandil en nuestra cocina y, con gran gesticulación, preparando el salmón en salsa de nueces que tanto nos gusta, nos cuenta a Felicia y a mí cómo le fue con el tipo que ayer lo invitó a subir al auto a pocas cuadras de la universidad. ¿Sería cruel amargarle la comida, la alegría sexual de anoche a cambio de dos o tres conclusiones lapidarias a las que yo misma, pese a esta librería, no escapo? ¿De verdad sé yo algo más o es que él sabe algo que yo ignoro? Le doy otra calada al puro mientras esto reflexiono y me río de buena gana cuando él alza las manos y grita para explicarnos cómo lo puso sobre la cama el cuarentón de anoche y cuánto le dolió el trasero. Es un buen tipo Argel. Y yo, mala persona.
Él ha fingido escandalizarse, por supuesto, pero la amistad le permite zanjar estas diferencias con risas, llamándome lerda o pesada, adjetivos suaves y bien acomodados a su naturaleza delicada. No es persona particularmente culta ni bien enterada, lo que aun le permite mantener algunas dosis de felicidad por cuanto es inconsciente del destino que le espera. No estaría tan contento si se diera cuenta de que nunca tendrá la plaza que ansía, no sólo porque la matrícula va a la baja cuanto porque los que lo contratan no admitirían nunca en su seno a uno como él de tan evidentes gustos y con estudios insuficientes a los que no pueden sacarles ningún provecho presupuestal. Doble cruz la suya, qué mala suerte: un afeminado que es visto con simpatía porque divierte a sus compañeros sin darse cuenta de que nunca es tomado en serio, pero también otro de esos profesionistas malogrados que lo mismo dan clases que atienden en un supermercado, empleados perennes que sueñan como todos los pobres con comprar un terrenito o, en su caso, con hacerse de una estética allende la frontera. Cree que me refuta cuando me menciona los nombres de los varios funcionarios y directores a los que les pasa lo mismo que a él, sin darse cuenta de que esos individuos sí cuentan con las credenciales y ambiciones para hacerse tolerar: 'Por favor, Argel, todos los que mencionas tienen un grado académico que a la universidad le da nombre y dinero. No son ejemplo de tolerancia o diversidad, sino de conveniencia. Y usan ese grado académico para seguir ordeñando el presupuesto federal con pretexto de proyectos y programas peregrinos, ¿de verdad no te das cuenta? ¿o te has creído que están ahí porque son científicos notables? ¿o grandes pedagogos? ¿o gente siquiera con un mínimo de curiosidad intelectual? Ninguna institución —menos una universidad— es lo que dice ser: tienen una fachada de misión, visión y un largo bla bla bla, pero luego, ya entrando en acción, son todas lo mismo: negocios, negocios con los motivos más diversos'. Pero Argel no entiende y prefiere burlarse de mí diciendo que su sueldo sale de los impuestos que los contribuyentes como yo no tienen más remedio que pagar. No le falta razón, si bien su sueldo es un porcentaje minúsculo de un mordisco ridículo al dinero que cae de la mesa de los políticos; el botín lo obtienen éstos asaltando a los que producimos riqueza bajo la justificación de que el sostenimiento del Estado es indispensable para proteger la propiedad privada y la seguridad de los ciudadanos. Y una mierda, ya lo creo.
Pero Argel, como muchos de los suyos, es demasiado superficial como para seguir estos razonamientos y sutilezas. La frivolidad y juventud de Felicia, que se hace acompañar de él para gastar mi dinero en las horribles tiendas de Santa Teresa, no ha de ayudar a mejorar la conciencia del señorito. Cada semestre acude a la repartición de materias, le dan los horarios que nadie quiere, le obligan a comprar sus propio gises para la pizarra. Cuando aparece una convocatoria de plaza docente de tiempo completo —una vez cada uno o dos años— a Argel le brillan los ojos, cree que ya le toca y reúne un grueso expediente curricular que es sistemáticamente rechazado por las comisiones dictaminadoras. 'Ese no sabe tanto como yo', alega después resentido, 'no tengo idea de cómo pudieron darle ese puesto si no sabe nada, si ni siquiera es de aquí'. Le irrita no tanto la evidente corrupción detrás de las contrataciones cuanto que ésta no le beneficie a él. A veces tengo la impresión de que cree que el suyo es un trabajo productivo, ignorante como es de que cada plaza de esas a las que aspira significa un parásito más que nosotros debemos sostener. Si hay suerte, el parásito en cuestión hará algún trabajo desquitando los céntimos; si no —que es lo más seguro siempre, como que la ley de la gravedad hace más fácil andar por el suelo que caminar erguido— el animal en cuestión se dejará engrosar el trasero en un cubículo. Este engrosamiento, para mayor detalle, puede tener dos causas: o bien por no hacer nada (un mantenido que al menos no aspira a más), o bien por degenerar en burócrata duro (un insaciable jefe obsesionado por decir a los demás lo que deben hacer sin hacerlo él mismo, los más peligrosos con diferencia). Y a este ambientazo cree el pobre de Argel que puede incorporarse. Vamos, ni de broma.
Quizá se haga realidad su sueño de ser alguna vez dueño de una estética o, en el peor de los casos, empleado con privilegios de alguna, pero no porque así lo haya dispuesto ordenada y decididamente. No. Ello ocurrirá porque la universidad prescindirá de él tarde o temprano, como ya lo ha hecho con muchos otros auxiliares y seguirá haciéndolo por el tiempo que dure el negocio. Él, aunque no lo note, es gente de paso. Personal flotante o interino, creo que le llaman. Miembro de una gran masa de seres anónimos que deben ser permanentemente sustituidos para garantizar su anonimato, su carácter prescindible e intercambiable. Deseo que cuando esto ocurra, el vicio de vivir de un sueldo no haya echado en él hondas raíces y se decida a poner la estética de la que tanto habla a veces. Porque lo peor que pudiera ocurrirle al salir de la burocracia gubernamental sería que fuese a los brazos de la burocracia industrial. Aquí mismo en Santa Teresa, pese a las quejas de muchos empresarios transnacionales que quisieran quintuplicar sus ganancias en vez de sólo multiplicarlas por cuatro, no faltan maquiladoras dispuestas a masticar lo que quede de él cuando la universidad lo abandone. Obreros, operarios, supervisores, cajeros, un ejército de individuos que para no exponerse a la incertidumbre de hacer su propio negocio, prefieren la engañosa certeza de acogerse a fábricas fantasmagóricas que un día son inauguradas con bombo y platillo por el gobernador en turno y bendecidas por el arzobispo, y al otro desaparecen discretamente dejando cientos de desempleados y abandonadas naves industriales por donde pasan chamizos. Van a la China. Van a la India. Van a donde sea que la productividad dicte.
Ni modo de explicarle esto a Argel mientras se acomoda el mandil en nuestra cocina y, con gran gesticulación, preparando el salmón en salsa de nueces que tanto nos gusta, nos cuenta a Felicia y a mí cómo le fue con el tipo que ayer lo invitó a subir al auto a pocas cuadras de la universidad. ¿Sería cruel amargarle la comida, la alegría sexual de anoche a cambio de dos o tres conclusiones lapidarias a las que yo misma, pese a esta librería, no escapo? ¿De verdad sé yo algo más o es que él sabe algo que yo ignoro? Le doy otra calada al puro mientras esto reflexiono y me río de buena gana cuando él alza las manos y grita para explicarnos cómo lo puso sobre la cama el cuarentón de anoche y cuánto le dolió el trasero. Es un buen tipo Argel. Y yo, mala persona.
viernes, enero 01, 2016
Notas sobre el arte de pelar plátanos sin usar las manos
John Maxwell Coetzee nos cuenta que Ósip Mandelshtam, poeta ruso, solía recitar en tertulias privadas un poema satírico sobre su homónimo Stalin, que por una precaución que probó ser insuficiente, nunca puso por escrito. Alguien que no resultó suficientemente digno de la amistad del poeta se coló en alguna reunión y, sea sinceramente escandalizado o sólo por congraciarse con el Estado soviético, tal vez creyendo que al adelantarse en la denuncia se curaba en salud, lo señaló. A la paranoia totalitaria del gobierno no le fue suficiente para darse por vencida el hecho de que la policía no encontrara ninguna copia del poema y, puesto que el poeta Pasternak, a pregunta expresa que le hiciera el propio Stalin por teléfono, dijera que Mandelshtam era un maestro dando a entender con ello que no era prescindible (esto es, eliminable), el dictador decidió someter al indiciado al suplicio de escribir un poema para él, una oda a Stalin. Ya Coetzee nos explica en un detenido análisis cómo Mandelshtam logra salir airoso de la tarea —si tal cosa tiene sentido para quien después de todo perdió la vida en un gulag— por medio de un juego de desplazamientos que hace al poema avanzar en espiral alrededor del sujeto sin que nunca la voz cantante sea la del poeta; la esposa es menos analítica y explica que Mandelshtam sufrió tan terriblemente escribiendo la oda que debió hacerla fuera de sí, es decir, alienado, en trance, enloquecido.
Los días recientes nos han expuesto a muchos a ser testigos, cuando no protagonistas, de un fervoroso intercambio de buenos deseos, expresados no ya con cuestionable sinceridad, sino a veces con una pasión rayana en el más descarado ridículo. Si Mandelstham logró escribir una apología de Stalin bajo la amenaza de perder la vida, en cuyo caso son comprensibles la lisonja y la adulación, ¿qué mueve a otros a un sobajamiento semejante si no existe amenaza? ¿Fue premiado el camarada que denunció a Mandelshtam o, como ocurrió con otros tantos entusiastas de la delación, terminó a su vez denunciado por algún malqueriente? Si en la guerra civil española se zanjaron viejos agravios familiares o vecinales con una oportuna denuncia ante la comisaría más cercana —una cuadrilla que se presenta en el domicilio de quien ni siquiera pensó verse acusado de nada algún día y de pronto se halla testigo de cómo un grupo de extraños revuelven sus papeles con la misma saña con que una piara de cerdos rebusca entre la mierda— ¿qué mueve a los zalameros de tiempos pacíficos a empinar el culo para que mejor se ceben en él los superiores y aun los que ni siquiera tienen nada qué ver con su progreso material ni con su amistad?
Envidia y adulación, nos señalan en artículos y a través de novelas escritores como Pérez Reverte o Javier Marías, son dos propiedades casi inherentes al orbe hispánico. Mientras en los países anglosajones existe una larga tradición de crítica del poder, particularmente entre los intelectuales, en nuestra cultura suele preferirse la colusión entre poderosos y pensadores; estos últimos, encima, no son casi nunca científicos ni artistas, sino más bien, opinantes cuya voz accede a los medios públicos no en razón de su mérito sino de su relación con influyentes. No es así extraño que su discurso esté plagado de eufemismos y que, en caso de rompimiento o cambio de bando, al papel de lameculos lo reemplace el de repartidor de insultos; la razón ausente tanto en uno como en otro caso. Esta clase intelectual, si no otra cosa, sí es al menos representativa de la sociedad en que se inserta: una sociedad de aduladores y denostadores. Irracional.
Con enorme propiedad lingüística, la figura del adulador en México ha terminado asociada a la del mamón, o sea, a la del que abyectamente se pone de rodillas para chuparla, el lambiscón que lame o, como dice el vulgo, lambe: al superior, al amigo, al compadre, al jefecillo. A veces sus motivaciones son transparentes; en otras ocasiones, su conducta sólo parece explicable desde la psicología: individuos que por algún defecto de carácter —al que siempre refuerza la incultura que no es capaz de reparar en su mal gusto— se ven precisados a buscar la aprobación y el cobijo de figuras paternas. Los obsequiosos, contrario a lo que se supondría, no son siempre la parte más baja del escalafón: los tiempos democráticos que corren permiten a cualquier hombre vulgar lo suficientemente hábil y ambicioso, parasitar estructuras de poder, aunque desde ahí limpien el suelo por donde pasan sus superiores y se deshagan en alambicados elogios para el compadre que los acompañó en sus borracheras.
Hacer la barba es, sin embargo, la contraparte, cuando no la expresión, de la envidia: es el deseo de ver al compañero o superior convencido de nuestra nobleza para mejor sacar provecho de él. Cuando no la justifica ningún beneficio directo, cuando no es simple expresión de la cursilería más chabacana que se distribuye a peso el kilo por todas las redes sociales, bien podría tratarse de un eufemismo de la envidia: el lambiscón cultiva el arte de pelar plátanos sin usar las manos para mantener cerca a aquel cuyo éxito le quita el sueño, también para enviar el mensaje a quien quiera leerlo de que él está en el círculo íntimo del envidiado, en un mecanismo que no se distingue apenas del que ya despliegan los niños para no ser excluidos por quienes no los toman en cuenta: '¡mírenme, mírenme!', parecen decir detrás de sus alabanzas y loas, '¡yo estoy con él!, ¡lo admiro tanto, lo quiero tanto, haría todo por él!, ¡mírenme, mírenme!'. Es patético, sí, pero en una sociedad tan apegada a sus máscaras, tan poco afecta a la verdad, esta ridícula miel que lubrica las relaciones sociales —con motivo del año nuevo, por ejemplo— haciéndolas tan sentidas como superficiales, cumple la función de un ritual: '¿me ves o sigo lambiendo?', pregunta uno; 'ya, ya te siento', responde el otro. Y se corre.
martes, diciembre 29, 2015
Navidad del 75
Las anchas y maltrechas avenidas de Santa Teresa, el tiempo ridículo con que se transita de un sitio a otro, la candidez y mal gusto que preside las decoraciones, me han traído a la memoria la Navidad del 75 en aquella ciudad ahora inhabitable donde viviera casi toda mi existencia hasta hace unos pocos meses en que acepté venir a vivir con mi hija y Felicia, renunciando a mi vida en solitario. No es que no pudiera seguir viviendo sola, haciendo visitas y siendo visitada por mis hermanas y uno que otro conocido, acompañada por la maltés enana que recogiera de la calle hace algunos años y que aun tiene la dentadura completa, pero en algún punto tenía que cerrar el ciclo iniciado poco antes de aquella Navidad del 75 en que salí de casa de mis padres para entrar ahora, cuarenta años después, a la de mi hija.
Mis padres muertos, mi nieto muerto, mi hija ensimismada en su torre de libros sin interés ni tolerancia ya para sostener conversaciones, como no sean las entabladas con el jardinero y la señora del servicio (que ve con recelo que yo pase la escoba o el sacudidor ahorrándole trabajo), Felicia haciendo las veces de dama de compañía, los recién estrenados días en Santa Teresa se me confunden con un tiempo de soltería ya muy pretérito y, por supuesto, con otro garbo, yendo y viniendo de la casa de asistencia de la calle de Madero donde una casera de anchos brazos y delantal permanente vigilaba que no nos excediéramos en el uso de la luz, no tuviese que cambiar fusibles de nuevo, las tostadas de cueritos de López Cotilla y los lonches de Doña Amparo, cuando aquellas calles eran aun transitables, poco tiempo antes de la destrucción. No la vi venir, debo decirlo, ocupada como estuve desde el verano del 75 en reunir dinero a como diera lugar, recién llegada del servicio social de enfermería pero sin trabajo, ¿qué tiempo iba a tener para darme cuenta de que los gobernantes y ricachones del lugar se disponían a pasar el bulldozer por esas mismas calles y casas?
Antes que en hospitales, primero encontré trabajo en el despacho del licenciado Castillo, por intercesión de mi hermana mayor que no dejaba de echarme en cara la desorganización de mi vida y la insensatez de no volver a casa de mis padres tras el servicio, 'una mortificación terrible la que les causas', decía, 'sobre todo a mamá que no puede creer que estés viviendo fuera de casa sin estar casada', aunque ni por todos estos presuntos sufrimientos traicionó mi confianza diciéndoles dónde vivía, menos mal, porque de enfrentarlos no habría resistido la tentación de apilar encima la noticia de mi embarazo, que yo conocía desde la primera semana en que volví del servicio. Todavía recuerdo mi cara de pendeja frente al ginecólogo que me atendió gratis (en ese tiempo en que construían un sanatorio cada pocos meses —otra vez la pasión del bulldozer— todo era gratis): "¿Está seguro, doctor?, ¿ya lo verificó?", qué vergüenza, viniendo de una enfermera recién graduada. En fin, nunca fui buena para la escuela, pero comprendí que sería mejor no pararme por casa, no porque me fueran a dar una paliza (mi padre, ese macho ridículo, emularía a Pedro Infante sacando su pistola y yendo a buscar a quien fuera que hubiera deshonrado a su hijita), sino porque —ahora lo entiendo— yo era una mujer adulta y a los adultos nos irrita profundamente que nos digan qué hacer, nos afeen la conducta o nos sermoneen aun con las mejores intenciones. Preferí la casa de asistencia, las majaderías del licenciado Castillo, los inacabables atardeceres de domingo en mi habitación oyendo serenatas lejanas y ruido de motores, esperando carta del estúpido de Chuy o releyendo las que ya tenía. Tiempos solísimos a los que sucesivamente reemplazarían otros igual de solitarios, siempre dio igual si me rodeaba familia o compañeros de trabajo, si mis hijos o la maltés enana que a veces me mira con sospechosa concentración. Siempre he estado sola. Soy sola. Ahora lo entiendo bien.
Y así, embarazada, paseaba por una ciudad a punto de ser destruida, venidos a menos los hombres cultos que la construyeron y a más los ignorantes hombres de negocios que deseaban más supermercados y estacionamientos. La ventaja es que sobraban trabajos, aunque fuesen una basura. Ahora que paseo por estas colonias que me recuerdan aquella a la que se mudaron mis padres cuando se sintieron pudientes, pocos meses después de la Navidad del 75, me pregunto si irá a pasar lo mismo con Santa Teresa, que es ciudad joven. ¿Tiene algo qué perder esta caja de zapatos sin antigüedad ni futuro? No lo creo. Mi hija me lo advierte cada vez que tiene oportunidad: 'No salgas', dice, 'o hazlo sólo para lo indispensable. La ciudad es un hervidero de gente miserable que sólo está buscando qué robar o a quién asaltar. Una mujer de tu edad acompañada para mayor ridículo de un felpudo maltés enano, es un objetivo suceptible. Las ciudades grandes como aquella donde has pasado toda tu vida toleran la indigencia y el anonimato; las pequeñas no: Santa Teresa no tiene piedad con los que no pueden sostenerse y los obliga a emigrar o a robar hasta el cobre de las tuberías. Ten cuidado.' Felicia no le presta tanta atención —es demasiado joven— pero yo tampoco, pues ya sobreviví lo bastante como para dejarme llevar por la paranoia. Entiendo, sin embargo, a mi hija: cuando uno atraviesa el mediodía de la vida es normal que se padezcan angustias, pues ya no es uno tan irresponsable como una joven embarazada de veinte años ni se está a la vuelta de la vida como una sexagenaria que camina acompañada por un maltés enano; se halla uno intensamente ocupado, creyendo —sin entender muy bien cómo ocurrió— que tenemos las riendas del mundo, conscientes ya de que el tiempo es oro y de que no hay garantías, vícitmas de dos o tres hachazos terribles —la muerte, los enemigos— y apurando lo que nos permita comprar un futuro que cuando llega nos encuentra ya destruidos y sin cuerpo para goces de ninguna especie, obligados a hipotecarlo para mejor transitar un presente de sopa tibia y pan duro. Pobre, sí, pues no hay éxito que valga. Ni sus años de profesora universitaria ni el negocio de su librería ni el cuerpo caliente de Felicia parecen calmarla. Cree que va a perder y no la tranquiliza la certeza de que al final siempre se pierde. No le sirve la evidencia para relajarse, nos cree estúpidos a todos: a mí por senecta, a Felicia por joven, al mundo entero por su disposición a disfrutar sincera o hipócritamente, pero sin reproches ni exámenes de conciencia, de cuanta mierda le ofrecen las circunstancias. Pero ella es así, productiva y madura, así que a este estado de cosas todavía le cuelgan más de una veintena de años. Quién sabe si aprenda.
Yo ya no soy todo lo fuerte que era, pero envejezco con dignidad y una pensión aceptable, no constituyo una carga. Podría vivir sola, pero prefiero hacerlo en esta casa grande aprovechando la invitación de mi hija y mi nuera; soy discreta cuando me lo propongo y también impertinente como una buena madre, así que rindo un mejor servicio quedándome por aquí cerca. Leo más que en cualquier otra época de mi vida (nunca tuve tiempo para ello) y sigo disfrutando del cine, lo que se ha visto muy facilitado por la enorme cantidad de películas que Felicia sigue reuniendo en casa, no sé si con provecho (a veces no me parece tan inteligente), pero al menos sin interrupciones, pues sabe quedarse callada mientras las vemos. En aquellos meses previos a la Navidad del 75, mientras mi vientre se hinchaba como un balón, solía reunir algunos centavos para ir a las salas de cine del centro. Aprendí de mala manera que algunas de ellas eran pornográficas o simples lugares de encuentro para homosexuales de todas las edades (los milagros de la permanencia voluntaria), pero cuando no fue así pude ver algunas películas que me hacían más llevadera la gravidez y la incertidumbre. Prefería las gringas, especialmente los westerns, pero a veces me quedaba a ver alguna mexicana. Nunca comprendí bien la propensión de estas últimas a exhibir pobreza y degradación en sus películas, como si la belleza se extrajera de vecindades malolientes, cargadas de promiscuidad y crímenes pasionales. Recuerdo que entonces, viviendo en la casa de asistencia, temí pasar mis días de esa manera. '¿Y si no encuentro trabajo en la nueva clínica? ¿y si el licenciado Castillo se da cuenta de que estoy embarazada? Con Chuy no se puede contar. A ver cómo le hago para no ser pobre, pero a casa de mis padres no vuelvo ni loca.' Tuve una vida productiva y heme aquí, sobreviviente de numerosos trabajos que si bien no me hicieron millonaria, tampoco me permitieron ser la protagonista de esas terribles cintas mexicanas. No creo, por suerte, que dure lo suficiente como para padecer posibles deteriores económicos míos, de mi hija o de Felicia, menos cuando a estas les ha ido mucho mejor en la vida que a mí y estamos todas reunidas. Sería muy mala suerte.
Pero todo puede suceder, por supuesto. Ya lo decía mi hija en relación con Santa Teresa, que no padece embotellamientos ni prisas, pero es intolerante a la pobreza: la miseria se lleva mejor en las grandes ciudades, aun en aquella del 75 donde di los primeros pasos para ganarme la vida. El licenciado Castillo me despidió, por supuesto, y los meses de octubre a diciembre fueron de verdad complicados. Fue un otoño particularmente frío. Pero tuve suerte: mi hermana mayor y mi madre me vieron andando por la recién abierta calzada de Federalismo —esa feísima avenida con que arrancó la voracidad inmobiliaria que ahora tiene a esa ciudad colapasada— y sin decir ni una palabra sobre el balón que tenía por vientre en esos momentos, abrazándome e invitándome a subir al coche, me llevaron a la casona donde sería la reunión familiar de nochebuena. Vi a todos mis hermanos y a mi papá. Comimos pavo y romeritos, churros con chocolate. Los más chicos rompieron piñatas, se asomaron por la casa a saludarnos María Velleda y Pera, las vecinas, mis primos los Vázquez y hasta el novio de mi hermana la mayor a quien por primera vez mi padre autorizó a entrar a la casa. Me quedé ahí el mes que faltaba para parir y luego volví a irme, esta vez para siempre.
Recorro las calles de Santa Teresa mientras termina el año. Dicen que hace un calor infernal en verano, que la gente es huraña y peligrosa, que un sinfín de autos siniestros con cristales polarizados nos examinan. No tengo miedo. Lo que tenga que ser, será. Y hasta puede que haya chocolate caliente. De nuevo.
Mis padres muertos, mi nieto muerto, mi hija ensimismada en su torre de libros sin interés ni tolerancia ya para sostener conversaciones, como no sean las entabladas con el jardinero y la señora del servicio (que ve con recelo que yo pase la escoba o el sacudidor ahorrándole trabajo), Felicia haciendo las veces de dama de compañía, los recién estrenados días en Santa Teresa se me confunden con un tiempo de soltería ya muy pretérito y, por supuesto, con otro garbo, yendo y viniendo de la casa de asistencia de la calle de Madero donde una casera de anchos brazos y delantal permanente vigilaba que no nos excediéramos en el uso de la luz, no tuviese que cambiar fusibles de nuevo, las tostadas de cueritos de López Cotilla y los lonches de Doña Amparo, cuando aquellas calles eran aun transitables, poco tiempo antes de la destrucción. No la vi venir, debo decirlo, ocupada como estuve desde el verano del 75 en reunir dinero a como diera lugar, recién llegada del servicio social de enfermería pero sin trabajo, ¿qué tiempo iba a tener para darme cuenta de que los gobernantes y ricachones del lugar se disponían a pasar el bulldozer por esas mismas calles y casas?
Antes que en hospitales, primero encontré trabajo en el despacho del licenciado Castillo, por intercesión de mi hermana mayor que no dejaba de echarme en cara la desorganización de mi vida y la insensatez de no volver a casa de mis padres tras el servicio, 'una mortificación terrible la que les causas', decía, 'sobre todo a mamá que no puede creer que estés viviendo fuera de casa sin estar casada', aunque ni por todos estos presuntos sufrimientos traicionó mi confianza diciéndoles dónde vivía, menos mal, porque de enfrentarlos no habría resistido la tentación de apilar encima la noticia de mi embarazo, que yo conocía desde la primera semana en que volví del servicio. Todavía recuerdo mi cara de pendeja frente al ginecólogo que me atendió gratis (en ese tiempo en que construían un sanatorio cada pocos meses —otra vez la pasión del bulldozer— todo era gratis): "¿Está seguro, doctor?, ¿ya lo verificó?", qué vergüenza, viniendo de una enfermera recién graduada. En fin, nunca fui buena para la escuela, pero comprendí que sería mejor no pararme por casa, no porque me fueran a dar una paliza (mi padre, ese macho ridículo, emularía a Pedro Infante sacando su pistola y yendo a buscar a quien fuera que hubiera deshonrado a su hijita), sino porque —ahora lo entiendo— yo era una mujer adulta y a los adultos nos irrita profundamente que nos digan qué hacer, nos afeen la conducta o nos sermoneen aun con las mejores intenciones. Preferí la casa de asistencia, las majaderías del licenciado Castillo, los inacabables atardeceres de domingo en mi habitación oyendo serenatas lejanas y ruido de motores, esperando carta del estúpido de Chuy o releyendo las que ya tenía. Tiempos solísimos a los que sucesivamente reemplazarían otros igual de solitarios, siempre dio igual si me rodeaba familia o compañeros de trabajo, si mis hijos o la maltés enana que a veces me mira con sospechosa concentración. Siempre he estado sola. Soy sola. Ahora lo entiendo bien.
Y así, embarazada, paseaba por una ciudad a punto de ser destruida, venidos a menos los hombres cultos que la construyeron y a más los ignorantes hombres de negocios que deseaban más supermercados y estacionamientos. La ventaja es que sobraban trabajos, aunque fuesen una basura. Ahora que paseo por estas colonias que me recuerdan aquella a la que se mudaron mis padres cuando se sintieron pudientes, pocos meses después de la Navidad del 75, me pregunto si irá a pasar lo mismo con Santa Teresa, que es ciudad joven. ¿Tiene algo qué perder esta caja de zapatos sin antigüedad ni futuro? No lo creo. Mi hija me lo advierte cada vez que tiene oportunidad: 'No salgas', dice, 'o hazlo sólo para lo indispensable. La ciudad es un hervidero de gente miserable que sólo está buscando qué robar o a quién asaltar. Una mujer de tu edad acompañada para mayor ridículo de un felpudo maltés enano, es un objetivo suceptible. Las ciudades grandes como aquella donde has pasado toda tu vida toleran la indigencia y el anonimato; las pequeñas no: Santa Teresa no tiene piedad con los que no pueden sostenerse y los obliga a emigrar o a robar hasta el cobre de las tuberías. Ten cuidado.' Felicia no le presta tanta atención —es demasiado joven— pero yo tampoco, pues ya sobreviví lo bastante como para dejarme llevar por la paranoia. Entiendo, sin embargo, a mi hija: cuando uno atraviesa el mediodía de la vida es normal que se padezcan angustias, pues ya no es uno tan irresponsable como una joven embarazada de veinte años ni se está a la vuelta de la vida como una sexagenaria que camina acompañada por un maltés enano; se halla uno intensamente ocupado, creyendo —sin entender muy bien cómo ocurrió— que tenemos las riendas del mundo, conscientes ya de que el tiempo es oro y de que no hay garantías, vícitmas de dos o tres hachazos terribles —la muerte, los enemigos— y apurando lo que nos permita comprar un futuro que cuando llega nos encuentra ya destruidos y sin cuerpo para goces de ninguna especie, obligados a hipotecarlo para mejor transitar un presente de sopa tibia y pan duro. Pobre, sí, pues no hay éxito que valga. Ni sus años de profesora universitaria ni el negocio de su librería ni el cuerpo caliente de Felicia parecen calmarla. Cree que va a perder y no la tranquiliza la certeza de que al final siempre se pierde. No le sirve la evidencia para relajarse, nos cree estúpidos a todos: a mí por senecta, a Felicia por joven, al mundo entero por su disposición a disfrutar sincera o hipócritamente, pero sin reproches ni exámenes de conciencia, de cuanta mierda le ofrecen las circunstancias. Pero ella es así, productiva y madura, así que a este estado de cosas todavía le cuelgan más de una veintena de años. Quién sabe si aprenda.
Yo ya no soy todo lo fuerte que era, pero envejezco con dignidad y una pensión aceptable, no constituyo una carga. Podría vivir sola, pero prefiero hacerlo en esta casa grande aprovechando la invitación de mi hija y mi nuera; soy discreta cuando me lo propongo y también impertinente como una buena madre, así que rindo un mejor servicio quedándome por aquí cerca. Leo más que en cualquier otra época de mi vida (nunca tuve tiempo para ello) y sigo disfrutando del cine, lo que se ha visto muy facilitado por la enorme cantidad de películas que Felicia sigue reuniendo en casa, no sé si con provecho (a veces no me parece tan inteligente), pero al menos sin interrupciones, pues sabe quedarse callada mientras las vemos. En aquellos meses previos a la Navidad del 75, mientras mi vientre se hinchaba como un balón, solía reunir algunos centavos para ir a las salas de cine del centro. Aprendí de mala manera que algunas de ellas eran pornográficas o simples lugares de encuentro para homosexuales de todas las edades (los milagros de la permanencia voluntaria), pero cuando no fue así pude ver algunas películas que me hacían más llevadera la gravidez y la incertidumbre. Prefería las gringas, especialmente los westerns, pero a veces me quedaba a ver alguna mexicana. Nunca comprendí bien la propensión de estas últimas a exhibir pobreza y degradación en sus películas, como si la belleza se extrajera de vecindades malolientes, cargadas de promiscuidad y crímenes pasionales. Recuerdo que entonces, viviendo en la casa de asistencia, temí pasar mis días de esa manera. '¿Y si no encuentro trabajo en la nueva clínica? ¿y si el licenciado Castillo se da cuenta de que estoy embarazada? Con Chuy no se puede contar. A ver cómo le hago para no ser pobre, pero a casa de mis padres no vuelvo ni loca.' Tuve una vida productiva y heme aquí, sobreviviente de numerosos trabajos que si bien no me hicieron millonaria, tampoco me permitieron ser la protagonista de esas terribles cintas mexicanas. No creo, por suerte, que dure lo suficiente como para padecer posibles deteriores económicos míos, de mi hija o de Felicia, menos cuando a estas les ha ido mucho mejor en la vida que a mí y estamos todas reunidas. Sería muy mala suerte.
Pero todo puede suceder, por supuesto. Ya lo decía mi hija en relación con Santa Teresa, que no padece embotellamientos ni prisas, pero es intolerante a la pobreza: la miseria se lleva mejor en las grandes ciudades, aun en aquella del 75 donde di los primeros pasos para ganarme la vida. El licenciado Castillo me despidió, por supuesto, y los meses de octubre a diciembre fueron de verdad complicados. Fue un otoño particularmente frío. Pero tuve suerte: mi hermana mayor y mi madre me vieron andando por la recién abierta calzada de Federalismo —esa feísima avenida con que arrancó la voracidad inmobiliaria que ahora tiene a esa ciudad colapasada— y sin decir ni una palabra sobre el balón que tenía por vientre en esos momentos, abrazándome e invitándome a subir al coche, me llevaron a la casona donde sería la reunión familiar de nochebuena. Vi a todos mis hermanos y a mi papá. Comimos pavo y romeritos, churros con chocolate. Los más chicos rompieron piñatas, se asomaron por la casa a saludarnos María Velleda y Pera, las vecinas, mis primos los Vázquez y hasta el novio de mi hermana la mayor a quien por primera vez mi padre autorizó a entrar a la casa. Me quedé ahí el mes que faltaba para parir y luego volví a irme, esta vez para siempre.
Recorro las calles de Santa Teresa mientras termina el año. Dicen que hace un calor infernal en verano, que la gente es huraña y peligrosa, que un sinfín de autos siniestros con cristales polarizados nos examinan. No tengo miedo. Lo que tenga que ser, será. Y hasta puede que haya chocolate caliente. De nuevo.
domingo, diciembre 20, 2015
Le mat
Ha resultado una casualidad notable que en vísperas de la involuntaria resurrección de su viejo y hasta entonces supuestamente terminado conflicto con el centro de investigación haya estado leyendo Giving offense: essays on censorship, de John Maxwell Coetzee, como si se hubiese estado preparando para enfrentar las consecuencias de un antiguo ejercicio de la libertad de expresión: artículos mal escritos, dibujos a los que sólo piadosamente podía calificarse de caricaturas, parodias verbales más propias de un diario de revista decimonónico que de una tesis científica. ¿Quién lo hubiera dicho? Casi veinte años lo separaban de aquella época en que siendo estudiante del centro se dedicó a escribir y dibujar como pudo lo que en su opinión era criticable, primero con la ingenuidad de quien cree estar en el medio propicio para el librepensamiento —un centro público de investigación científica dedicado exclusivamente a posgrados, nada menos; luego contaminado de decepción y repugnancia, el miedo paranoide que hace presa fácil de aquel a quien le fueron afeadas con la mayor seriedad sus expresiones y conducta, sus opiniones e ideas; finalmente amargado y resentido hacia quienes no sólo trataron de aplastarlo desde sus posiciones de poder, sino que, como buenos hombres de negocios, han prosperado a la sombra cómplice de los tiempos obscuros que le siguieron, plagas de productividad devorando su ciudad hasta hacerla inhabitable.
'Qué oportuno' —pensaba— 'que esto se presente justo cuando más instalado estaba en mi trabajo y más conforme (o acaso resignado) a las circunstancias de mi vida, las públicas y las privadas, demasiado acomodado quizá para mi habitual carácter sublevado, peligrosamente cercano al ideal aquel de distinguir lo que se puede cambiar de lo que no, aunque en modo alguno asimilado a la holgazanería y mediocridad que me circunda, antes bien, al margen de ellas, limitado a volar con las alas de una palabra escrita que nadie lee ni entiende, atravesando un saludable solipsismo en el cenit de la edad madura. Habité un tiempo en que los adolescentes más conspicuos peleaban contra su familia, contra sus maestros, contra los trabajos en que la sociedad deseaba culiatornillarlos; un tiempo de lucha —no importa cuán estéril, no importa cuán ingenua— por la libertad. En este tiempo en que cada vez más me acostumbro a mirar y callar, nadie combate. La libertad ha muerto porque los hombres, aun los más jóvenes, han renunciado voluntariamente a ella'. Tiempos anodinos de claudicación casi perfecta: si alguna vez los adalides del Estado, la Religión o el Dinero creyeron necesario actuar directamente contra los disidentes en una variedad de formas que iban de la destrucción espiritual a la física, ahora el brutal adocenamiento de las mayorías hacía del todo innecesario estos extremos. Idiotizada por pantallas y bienes de consumo, homogeneizada en un amasijo de flexibles supersticiones, la humanidad hace realidad el 1984 orwelliano sin necesidad de aparatos represivos ni totalitarios. Su característica más perversa es la absorción: todo cabe dentro de ella, todo disenso se integra.
Y, sin embargo, esta generosa inclusión moderna no lo alcanza: helo aquí enfrentado de nuevo a los ahora geriátricos habitantes del centro de investigación a los que una visita estudiantil por él dirigida ha bastado para que —fuera de toda proporción— los más exaltados fueran a por las antorchas y declararan reabierto el caso. Lo he visto sinceramente sorprendido de la velocidad vertiginosa con que se fabricaron pruebas y reunieron testimonios, del empeño puesto en inquisiciones y pesquisas por quienes se suponen demasiado ocupados en la ciencia como para perder el tiempo en intimidaciones montoneras que, si bien torpes o francamente idiotas, no le han sabido bien. '¿Te das cuenta?' —me ha dicho— 'esto ha ocurrido como si hubiese visitado una aldea medieval que llevara siglos encerrada en sí misma y, aterrada ante mi otredad, escandalizada por mi extrañeza, se dejase llevar por una histeria colectiva imparable y contagiosa, para condenarme. No puedo explicarlo de otra manera puesto que el día de la visita todo se desarrolló de principio a fin con normalidad, bromas más, bromas menos, pero con la aquiescencia de todo el mundo. Ninguna queja. O quizá la historia no sea medieval, sino más bien de signo totalitario: una purga comunista, alguien que cae en desgracia y de pronto es un apestado, un culpable que es sacado de la cama una noche y conducido a una celda sin que ninguno de sus captores le dirija la palabra y que un buen día es presentado ante un juez que hace una lista de sus delitos con verbos elípticos que nunca definen ni habitan hechos concretos: "ofendió y agredió" (¿pero cómo?), "usó lenguaje soez" (¿pero cuál?), "insultó y atacó" (¿a quiénes? ¿en qué forma?). Sólo hay tiempo para la condena. Las aclaraciones salen sobrando porque quien puede formularlas ya no goza de crédito alguno: es un gusano en la Cuba castrista, el camarada al que Stalin ordena borrar de la foto. O quizá tampoco ha sido así, sino todavía más primitivo, más animal. Como ocurrió a ese reportero occidental que en las calles de Kabul fue asesinado por un grupo de niños, niños que de pronto fueron siguiéndolo con lo que él creyó curiosidad —hacia su cabello rubio que al principio trataban de tocar saltando, hacia su cámara fotográfica que hacían amago de arrebatarle en medio de tímidas risas y de forma cada vez más violenta— y que terminaron apedreándolo tal vez azuzados por una benevolencia que se confundió con debilidad. Quién sabe.'
Por supuesto, el caso no es lo que se ha fabricado ahora, sino, tal y como se lo dijo sin asomo alguno de vergüenza el Estrábico, producto de una vieja resolución de la Junta Geriátrica de no permitirle la entrada al centro de investigación. Y detrás de esa vieja disposición no hay nada más que los viejos agravios: aquellos escritos, aquellos monos desguazados. ¿Cómo pudieron esos hombres que se creen parte de la intelligentsia del país, que leen diarios de —digamos— izquierda todos los días, que abjuran por sistema de los gobernantes que los sostienen, reaccionar con virulencia ante los balbuceos de un ridículo estudiante idealista que se las daba de cáustico? ¿Cuánta incultura o mala fe hace falta para no advertir la contradicción entre el dicho y el hecho? ¿Cómo se consigue sobrevivir a semejante escisión de la personalidad? Las amonestaciones y correos que de ellos me mostró —los de entonces, los de ahora— rezumaban odio y descalificación, una necesidad imperiosa de demostrar que del lado de ellos estaba, si no la razón, sí la moral y las buenas costumbres. Resultaba inexplicable que no percibieran cuánto los acercaba su discurso al lenguaje de la derecha más recalcitrante que él, a diferencia de ellos, sí conocía de primera mano por haber sobrevivido antes a los ultramontanos católicos tridentinos que dirigían su universidad. Habiéndose librado de aquellos personajes de Cristiada, creyendo incorporarse a una institución pública laica y republicana, debió ser enorme su decepción al descubrir que el fascismo era más compatible con presuntos científicos populares que con declarados santurrones. 'Es que no me lo explico' —decía un tanto retóricamente— 'si estos individuos han estudiado en escuelas públicas, si no vienen de hogares precisamente sobrados de recursos, si están, por así decirlo, bañados de pueblo, ¿cómo pueden darle tranquilamente la espalda a todo ello para desarrollar un espíritu de clase que a su vez explote a los suyos? ¿cómo pueden abrigar en el fondo aspiraciones nobiliarias e ideas retrógradas incompatibles con el liberalismo más elemental que auspició sus carreras? Muchos de ellos estudiaron y vivieron en países democráticos plenamente desarrollados —becados por sus coterráneos, por supuesto— conocieron la prensa más ácida e insobornable del planeta, gozaron de los beneficios de instituciones que no existirían hoy de no ser por el duro, tortuoso, a veces violento abrirse paso del pensamiento racional, democrático y científico. ¿Cómo pueden entonces ser tan primitivos y silvestres cuando ellos están al frente de las instituciones en su propio país? No me lo explico.'
Pero yo creo que sí se lo explicaba. Que el centro de investigación decidiera maltratarlo de nueva cuenta casi veinte años después al tiempo en que leía ese interesante libro sobre la censura, cuando ya era un hombre hecho y a la vuelta de una vida poblada de sustancia y experiencias, le permitió reflexionar sobre varias cosas y despertar de nuevo su para entonces algo adormecido espíritu de lucha. En algunos momentos se divertía, pese a todo, como cuando leyó que la blasfemia era la forma arcaica de la ofensa y que ponía al ofendido (el que escuchó la blasfemia) en el embarazoso ridículo de formular su acusación sin repetir las palabras exactas que la sustentaron. Imaginaba entonces a la Junta Geriátrica del centro de investigación como a un montón de viejas aterradas y argüenderas que, sin dejar de persignarse y apretar sus rosarios contra los pechos, acudían al Estrábico para pedirle la expulsión del blasfemo por haberle oído proferir ofensas que, por supuesto, sus sacros labios no serían capaces de reproducir sin perjuicio de su propia alma. Sus caricaturas, obscenidades emparentadas con la pornografía; sus textos, herejías moralmente reprensibles. 'Dios no ríe, ¿no era ese el argumento central de El nombre de la rosa? ¿no es toda la novela un paseo por la oposición entre gravedad y humor? Ello demuestra que el problema de los censores ha sido siempre el lugar desde donde se dice el discurso, no tanto su contenido, sino adivinar la intención, leer entre líneas, detectar a como dé lugar cuando el escritor o el artista se está burlando de la autoridad o de los principios o de la palabra sagrada o —ese hermoso eufemismo que puebla las amonestaciones de la Junta Geriátrica— cuando se está faltando al respeto: que la crítica sea constructiva y no mordaz; que se dibujen caricaturas que no ridiculicen; que el alcohol no emborrache; que el sexo sea deportivo o para la procreación, pero sin morbo. ¿Ignorarán que en los países democráticos uno no pone bosales a los críticos ni la condición de no faltar al respeto a la libertad de expresión, toda vez que la difamación y la calumnia se establecen en juicios interpuestos por los que se sienten agraviados y no a través de juegos donde un funcionario como el Estrábico hace de poder judicial para proscribir blasfemos mediante sentencias, documentos con el mismo valor que los certificados de matrimonio de una kermés? ¿Puede la incultura de un doctor en ciencias contemporáneo ser de tal magnitud que lo haga indistinguible de la de un campesino del ancien régime? ¿es posible que en su esfuerzo por distorsionar la realidad consideren que semejante embrutecimiento los acerca al pueblo cuyos sueldos, por el contrario, los distancian astronómicamente? ¿es esa su colaboración a la lucha de clases? ¿su ortografía de arrabal una toma de posición política deliberada?'
Yo, siempre más concreto que él, solía aludir a la envidia profesional para explicar la renovada virulencia de la Junta Geriátrica, pero él desdeñaba esta explicación. Insistía en que se trataba de un problema psicológico antes que moral: simple complejo de inferioridad. 'Si la vida del hombre civilizado exige un cierto grado de representación para poder funcionar en sociedad, si esta representación obliga a una hipocresía mínima para lubricar el trato, si algunos dependen críticamente de la representación construida para que su desnudez intelectual o moral no nos deslumbre, ¿cómo será con aquellos a los que, si no su esfuerzo, sí las circunstancias han colocado en posiciones de poder? ¿cómo vivirán la tensión de sostener su figura de autoridad mientras una vocecilla les susurra burlonamente que son inferiores a la tarea que se les ha encomendado? Esquizofrenia y desdoblamiento: una conducta pública retorcida por la investidura que se sienten obligados a desplegar y una necesidad de agradar a toda costa por encima de contradicciones. ¿Te acuerdas de Él, la película de Buñuel? Abandonados a sus miedos cada uno de ellos terminaría como su protagonista: imaginando que todo mundo conspira y ríe en su contra, que hacen el ridículo sin convencer en su fuero interno a quienes han vencido por la fuerza. Una locura'. En un contexto semejante, lograba persuadirme, era lógico que se interpretara como agravio personal lo que era una discusión de orden público, que se percibiera como amenaza la difusión de representaciones alternativas a las oficiales, caricaturas y escritos cuyo sarcasmo e ironía aguijoneaban directamente la psique de quienes en su paranoia buscaban afanosamente verse representados. Quienes tienen tantos pájaros en la cabeza no son capaces de distinciones sutiles: separar su cargo de su persona, diferenciar la institución de su patrimonio, la crítica del insulto personal, la ficción de la realidad, el narrador del autor. Una vez más, a la hora de cortar cabezas, lo que importaba era la intención por ellos percibida; ellos, constituidos en juez y parte.
Desvirturar la discusión hasta hacerla pasar por un simple intercambio de acusaciones entre particulares, rebajar los contenidos del que argumenta desviando la atención de lectores y curiosos hacia el aspecto de sabroso escándalo de lo que ya se inclinan por considerar pleito de verduleras, en un medio acostumbrado al sensacionalismo y la irreflexión, al efecto de lapidarias frases de telenovela, es —en mi opinión— la estrategia de quienes pretenden sepultar lo ocurrido bajo los productos de su coprolalia. ¿Lo estarían provocando a fin de que él se uniera al intercambio de obscenidades, homologándose al estilo por ellos impuesto, o sería sincera la andanada de adjetivos que le han dirigido a lo largo de los años? "Con múltiples traumas y complejos fuertes [...] más bien digno de compasión", "falto de ética", "[carente] de toda creatividad e imaginación", "[sin] ninguna calidad moral", "[sin] siquiera un mínimo de los valores académicos, morales y humanos"... Hasta donde tengo entendido, sus caricaturas y artículos eran meras opiniones; el último de éstos, encima, respondía a una convocatoria lanzada por el propio centro de investigación para que egresados, estudiantes y empleados del mismo, proporcionaran memorias de su paso por ahí. Evidentemente, esperaban recibir sólo relatos inocuos de experiencias maravillosas y no estaban —ni están— preparados para el más mínimo disenso. Cuando este aparece sus recursos son los mismos que los de la larga tradición de censura que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos: retirar al interlocutor el carácter de persona, primero con la histérica condena de su conducta, luego, si no existe arrepentimiento convincente y la importancia del enjuiciado no permite su ejecución, el ostracismo en forma de insania, la declaración de su incompetencia psiquiátrica, la sencilla explicación que no explica nada, pero todo cubre: está loco. En el juicio del Estado Soviético contra Brodsky se admite de entrada el nombre de audiencia contra el parásito Brodsky; se le niega a él o a su abogado recitar los textos ofensivos aun en el contexto del juicio; finalmente se le declara legalmente irresponsable y es enviado a un sanatorio mental. Erasmo escapa a la hoguera porque, a diferencia de Moro, escribe desde un personaje víctima de la locura y, por lo tanto, indigno de ser tomado en serio.
Todo este asunto es una mierda, qué duda cabe. Pero quizá el aspecto más lamentable de todos no esté en las múltiples facetas de su viejo y ahora renovado conflicto con el centro de investigación, ni en los insultos del Estrábico o Cabeza de Vaca, de la Chilindrina o la Sapienza, personajes que a la larga —lo dice él— 'seguramente se harán entrañables, como los buenos villanos'. Lo más lamentable radica en que este conflicto le ha recordado la magnitud de su soledad, el abismo que lo separa ya no de quienes lo detestan o ven con saludable indiferencia, sino incluso de quienes lo apoyan o quieren. 'Luego de aconsejarme que dejara todo en paz, mi jefe me ofreció el decidido apoyo de no hacer nada, de mantenerse al margen, lo que bien visto quizá no sea tan malo. Luego, con una pícara sonrisa de complicidad, agregó: "pero te gusta hacerlos enojar, ¿verdad", como si yo me estuviese divirtiendo con una travesura. Quizá tenga razón y deba abandonar. Quizá tenga razón también el Estrábico cuando me dijo que yo no era Richard Feynman y por lo tanto no me estaban autorizadas las extravagancias. No soy Dalí ni Jelinek ni Proust. No me está autorizada la representación de tetas y penes ni la cruda descripción del machismo nazi austríaco ni la homosexualidad aun velada. Más vale que me convenza de que no soy un genio cuanto antes y vuelva al redil, que no exagere, que no levante la voz, que no piense apenas ni escriba nada porque lo que sale de mi pluma es execrable y no va a trascender. Mejor rendirse de una vez y aceptar el consejo de mis mayores, de personas moralmente superiores. Mejor escribir de una vez, como Margarita Aliger, mi samokritika:
"Puedo ahora, sin evasión ni reservas, sin el falso miedo de perder el sentido del valor propio, decir franca y firmemente a mis camaradas que es totalmente cierto que en realidad cometí los errores de los que habla el Camarada Kruschev [el Estrábico], los cometí y persistí en ellos, pero [ya] los he entendido y admitido deliberada y conscientemente... He conseguido entender más profundamente las causas de esos errores [y] ahora debo liberarme de la inclinación al pensamiento abstracto, [corregirme] más rigurosamente... en breve, hacer lo que el Camarada Kruschev [el Estrábico] enseña y urge en sus discursos."
Sí, claro. [Risas] Mejor morir'.
'Qué oportuno' —pensaba— 'que esto se presente justo cuando más instalado estaba en mi trabajo y más conforme (o acaso resignado) a las circunstancias de mi vida, las públicas y las privadas, demasiado acomodado quizá para mi habitual carácter sublevado, peligrosamente cercano al ideal aquel de distinguir lo que se puede cambiar de lo que no, aunque en modo alguno asimilado a la holgazanería y mediocridad que me circunda, antes bien, al margen de ellas, limitado a volar con las alas de una palabra escrita que nadie lee ni entiende, atravesando un saludable solipsismo en el cenit de la edad madura. Habité un tiempo en que los adolescentes más conspicuos peleaban contra su familia, contra sus maestros, contra los trabajos en que la sociedad deseaba culiatornillarlos; un tiempo de lucha —no importa cuán estéril, no importa cuán ingenua— por la libertad. En este tiempo en que cada vez más me acostumbro a mirar y callar, nadie combate. La libertad ha muerto porque los hombres, aun los más jóvenes, han renunciado voluntariamente a ella'. Tiempos anodinos de claudicación casi perfecta: si alguna vez los adalides del Estado, la Religión o el Dinero creyeron necesario actuar directamente contra los disidentes en una variedad de formas que iban de la destrucción espiritual a la física, ahora el brutal adocenamiento de las mayorías hacía del todo innecesario estos extremos. Idiotizada por pantallas y bienes de consumo, homogeneizada en un amasijo de flexibles supersticiones, la humanidad hace realidad el 1984 orwelliano sin necesidad de aparatos represivos ni totalitarios. Su característica más perversa es la absorción: todo cabe dentro de ella, todo disenso se integra.
Y, sin embargo, esta generosa inclusión moderna no lo alcanza: helo aquí enfrentado de nuevo a los ahora geriátricos habitantes del centro de investigación a los que una visita estudiantil por él dirigida ha bastado para que —fuera de toda proporción— los más exaltados fueran a por las antorchas y declararan reabierto el caso. Lo he visto sinceramente sorprendido de la velocidad vertiginosa con que se fabricaron pruebas y reunieron testimonios, del empeño puesto en inquisiciones y pesquisas por quienes se suponen demasiado ocupados en la ciencia como para perder el tiempo en intimidaciones montoneras que, si bien torpes o francamente idiotas, no le han sabido bien. '¿Te das cuenta?' —me ha dicho— 'esto ha ocurrido como si hubiese visitado una aldea medieval que llevara siglos encerrada en sí misma y, aterrada ante mi otredad, escandalizada por mi extrañeza, se dejase llevar por una histeria colectiva imparable y contagiosa, para condenarme. No puedo explicarlo de otra manera puesto que el día de la visita todo se desarrolló de principio a fin con normalidad, bromas más, bromas menos, pero con la aquiescencia de todo el mundo. Ninguna queja. O quizá la historia no sea medieval, sino más bien de signo totalitario: una purga comunista, alguien que cae en desgracia y de pronto es un apestado, un culpable que es sacado de la cama una noche y conducido a una celda sin que ninguno de sus captores le dirija la palabra y que un buen día es presentado ante un juez que hace una lista de sus delitos con verbos elípticos que nunca definen ni habitan hechos concretos: "ofendió y agredió" (¿pero cómo?), "usó lenguaje soez" (¿pero cuál?), "insultó y atacó" (¿a quiénes? ¿en qué forma?). Sólo hay tiempo para la condena. Las aclaraciones salen sobrando porque quien puede formularlas ya no goza de crédito alguno: es un gusano en la Cuba castrista, el camarada al que Stalin ordena borrar de la foto. O quizá tampoco ha sido así, sino todavía más primitivo, más animal. Como ocurrió a ese reportero occidental que en las calles de Kabul fue asesinado por un grupo de niños, niños que de pronto fueron siguiéndolo con lo que él creyó curiosidad —hacia su cabello rubio que al principio trataban de tocar saltando, hacia su cámara fotográfica que hacían amago de arrebatarle en medio de tímidas risas y de forma cada vez más violenta— y que terminaron apedreándolo tal vez azuzados por una benevolencia que se confundió con debilidad. Quién sabe.'
Por supuesto, el caso no es lo que se ha fabricado ahora, sino, tal y como se lo dijo sin asomo alguno de vergüenza el Estrábico, producto de una vieja resolución de la Junta Geriátrica de no permitirle la entrada al centro de investigación. Y detrás de esa vieja disposición no hay nada más que los viejos agravios: aquellos escritos, aquellos monos desguazados. ¿Cómo pudieron esos hombres que se creen parte de la intelligentsia del país, que leen diarios de —digamos— izquierda todos los días, que abjuran por sistema de los gobernantes que los sostienen, reaccionar con virulencia ante los balbuceos de un ridículo estudiante idealista que se las daba de cáustico? ¿Cuánta incultura o mala fe hace falta para no advertir la contradicción entre el dicho y el hecho? ¿Cómo se consigue sobrevivir a semejante escisión de la personalidad? Las amonestaciones y correos que de ellos me mostró —los de entonces, los de ahora— rezumaban odio y descalificación, una necesidad imperiosa de demostrar que del lado de ellos estaba, si no la razón, sí la moral y las buenas costumbres. Resultaba inexplicable que no percibieran cuánto los acercaba su discurso al lenguaje de la derecha más recalcitrante que él, a diferencia de ellos, sí conocía de primera mano por haber sobrevivido antes a los ultramontanos católicos tridentinos que dirigían su universidad. Habiéndose librado de aquellos personajes de Cristiada, creyendo incorporarse a una institución pública laica y republicana, debió ser enorme su decepción al descubrir que el fascismo era más compatible con presuntos científicos populares que con declarados santurrones. 'Es que no me lo explico' —decía un tanto retóricamente— 'si estos individuos han estudiado en escuelas públicas, si no vienen de hogares precisamente sobrados de recursos, si están, por así decirlo, bañados de pueblo, ¿cómo pueden darle tranquilamente la espalda a todo ello para desarrollar un espíritu de clase que a su vez explote a los suyos? ¿cómo pueden abrigar en el fondo aspiraciones nobiliarias e ideas retrógradas incompatibles con el liberalismo más elemental que auspició sus carreras? Muchos de ellos estudiaron y vivieron en países democráticos plenamente desarrollados —becados por sus coterráneos, por supuesto— conocieron la prensa más ácida e insobornable del planeta, gozaron de los beneficios de instituciones que no existirían hoy de no ser por el duro, tortuoso, a veces violento abrirse paso del pensamiento racional, democrático y científico. ¿Cómo pueden entonces ser tan primitivos y silvestres cuando ellos están al frente de las instituciones en su propio país? No me lo explico.'
Pero yo creo que sí se lo explicaba. Que el centro de investigación decidiera maltratarlo de nueva cuenta casi veinte años después al tiempo en que leía ese interesante libro sobre la censura, cuando ya era un hombre hecho y a la vuelta de una vida poblada de sustancia y experiencias, le permitió reflexionar sobre varias cosas y despertar de nuevo su para entonces algo adormecido espíritu de lucha. En algunos momentos se divertía, pese a todo, como cuando leyó que la blasfemia era la forma arcaica de la ofensa y que ponía al ofendido (el que escuchó la blasfemia) en el embarazoso ridículo de formular su acusación sin repetir las palabras exactas que la sustentaron. Imaginaba entonces a la Junta Geriátrica del centro de investigación como a un montón de viejas aterradas y argüenderas que, sin dejar de persignarse y apretar sus rosarios contra los pechos, acudían al Estrábico para pedirle la expulsión del blasfemo por haberle oído proferir ofensas que, por supuesto, sus sacros labios no serían capaces de reproducir sin perjuicio de su propia alma. Sus caricaturas, obscenidades emparentadas con la pornografía; sus textos, herejías moralmente reprensibles. 'Dios no ríe, ¿no era ese el argumento central de El nombre de la rosa? ¿no es toda la novela un paseo por la oposición entre gravedad y humor? Ello demuestra que el problema de los censores ha sido siempre el lugar desde donde se dice el discurso, no tanto su contenido, sino adivinar la intención, leer entre líneas, detectar a como dé lugar cuando el escritor o el artista se está burlando de la autoridad o de los principios o de la palabra sagrada o —ese hermoso eufemismo que puebla las amonestaciones de la Junta Geriátrica— cuando se está faltando al respeto: que la crítica sea constructiva y no mordaz; que se dibujen caricaturas que no ridiculicen; que el alcohol no emborrache; que el sexo sea deportivo o para la procreación, pero sin morbo. ¿Ignorarán que en los países democráticos uno no pone bosales a los críticos ni la condición de no faltar al respeto a la libertad de expresión, toda vez que la difamación y la calumnia se establecen en juicios interpuestos por los que se sienten agraviados y no a través de juegos donde un funcionario como el Estrábico hace de poder judicial para proscribir blasfemos mediante sentencias, documentos con el mismo valor que los certificados de matrimonio de una kermés? ¿Puede la incultura de un doctor en ciencias contemporáneo ser de tal magnitud que lo haga indistinguible de la de un campesino del ancien régime? ¿es posible que en su esfuerzo por distorsionar la realidad consideren que semejante embrutecimiento los acerca al pueblo cuyos sueldos, por el contrario, los distancian astronómicamente? ¿es esa su colaboración a la lucha de clases? ¿su ortografía de arrabal una toma de posición política deliberada?'
Yo, siempre más concreto que él, solía aludir a la envidia profesional para explicar la renovada virulencia de la Junta Geriátrica, pero él desdeñaba esta explicación. Insistía en que se trataba de un problema psicológico antes que moral: simple complejo de inferioridad. 'Si la vida del hombre civilizado exige un cierto grado de representación para poder funcionar en sociedad, si esta representación obliga a una hipocresía mínima para lubricar el trato, si algunos dependen críticamente de la representación construida para que su desnudez intelectual o moral no nos deslumbre, ¿cómo será con aquellos a los que, si no su esfuerzo, sí las circunstancias han colocado en posiciones de poder? ¿cómo vivirán la tensión de sostener su figura de autoridad mientras una vocecilla les susurra burlonamente que son inferiores a la tarea que se les ha encomendado? Esquizofrenia y desdoblamiento: una conducta pública retorcida por la investidura que se sienten obligados a desplegar y una necesidad de agradar a toda costa por encima de contradicciones. ¿Te acuerdas de Él, la película de Buñuel? Abandonados a sus miedos cada uno de ellos terminaría como su protagonista: imaginando que todo mundo conspira y ríe en su contra, que hacen el ridículo sin convencer en su fuero interno a quienes han vencido por la fuerza. Una locura'. En un contexto semejante, lograba persuadirme, era lógico que se interpretara como agravio personal lo que era una discusión de orden público, que se percibiera como amenaza la difusión de representaciones alternativas a las oficiales, caricaturas y escritos cuyo sarcasmo e ironía aguijoneaban directamente la psique de quienes en su paranoia buscaban afanosamente verse representados. Quienes tienen tantos pájaros en la cabeza no son capaces de distinciones sutiles: separar su cargo de su persona, diferenciar la institución de su patrimonio, la crítica del insulto personal, la ficción de la realidad, el narrador del autor. Una vez más, a la hora de cortar cabezas, lo que importaba era la intención por ellos percibida; ellos, constituidos en juez y parte.
Desvirturar la discusión hasta hacerla pasar por un simple intercambio de acusaciones entre particulares, rebajar los contenidos del que argumenta desviando la atención de lectores y curiosos hacia el aspecto de sabroso escándalo de lo que ya se inclinan por considerar pleito de verduleras, en un medio acostumbrado al sensacionalismo y la irreflexión, al efecto de lapidarias frases de telenovela, es —en mi opinión— la estrategia de quienes pretenden sepultar lo ocurrido bajo los productos de su coprolalia. ¿Lo estarían provocando a fin de que él se uniera al intercambio de obscenidades, homologándose al estilo por ellos impuesto, o sería sincera la andanada de adjetivos que le han dirigido a lo largo de los años? "Con múltiples traumas y complejos fuertes [...] más bien digno de compasión", "falto de ética", "[carente] de toda creatividad e imaginación", "[sin] ninguna calidad moral", "[sin] siquiera un mínimo de los valores académicos, morales y humanos"... Hasta donde tengo entendido, sus caricaturas y artículos eran meras opiniones; el último de éstos, encima, respondía a una convocatoria lanzada por el propio centro de investigación para que egresados, estudiantes y empleados del mismo, proporcionaran memorias de su paso por ahí. Evidentemente, esperaban recibir sólo relatos inocuos de experiencias maravillosas y no estaban —ni están— preparados para el más mínimo disenso. Cuando este aparece sus recursos son los mismos que los de la larga tradición de censura que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos: retirar al interlocutor el carácter de persona, primero con la histérica condena de su conducta, luego, si no existe arrepentimiento convincente y la importancia del enjuiciado no permite su ejecución, el ostracismo en forma de insania, la declaración de su incompetencia psiquiátrica, la sencilla explicación que no explica nada, pero todo cubre: está loco. En el juicio del Estado Soviético contra Brodsky se admite de entrada el nombre de audiencia contra el parásito Brodsky; se le niega a él o a su abogado recitar los textos ofensivos aun en el contexto del juicio; finalmente se le declara legalmente irresponsable y es enviado a un sanatorio mental. Erasmo escapa a la hoguera porque, a diferencia de Moro, escribe desde un personaje víctima de la locura y, por lo tanto, indigno de ser tomado en serio.
Todo este asunto es una mierda, qué duda cabe. Pero quizá el aspecto más lamentable de todos no esté en las múltiples facetas de su viejo y ahora renovado conflicto con el centro de investigación, ni en los insultos del Estrábico o Cabeza de Vaca, de la Chilindrina o la Sapienza, personajes que a la larga —lo dice él— 'seguramente se harán entrañables, como los buenos villanos'. Lo más lamentable radica en que este conflicto le ha recordado la magnitud de su soledad, el abismo que lo separa ya no de quienes lo detestan o ven con saludable indiferencia, sino incluso de quienes lo apoyan o quieren. 'Luego de aconsejarme que dejara todo en paz, mi jefe me ofreció el decidido apoyo de no hacer nada, de mantenerse al margen, lo que bien visto quizá no sea tan malo. Luego, con una pícara sonrisa de complicidad, agregó: "pero te gusta hacerlos enojar, ¿verdad", como si yo me estuviese divirtiendo con una travesura. Quizá tenga razón y deba abandonar. Quizá tenga razón también el Estrábico cuando me dijo que yo no era Richard Feynman y por lo tanto no me estaban autorizadas las extravagancias. No soy Dalí ni Jelinek ni Proust. No me está autorizada la representación de tetas y penes ni la cruda descripción del machismo nazi austríaco ni la homosexualidad aun velada. Más vale que me convenza de que no soy un genio cuanto antes y vuelva al redil, que no exagere, que no levante la voz, que no piense apenas ni escriba nada porque lo que sale de mi pluma es execrable y no va a trascender. Mejor rendirse de una vez y aceptar el consejo de mis mayores, de personas moralmente superiores. Mejor escribir de una vez, como Margarita Aliger, mi samokritika:
"Puedo ahora, sin evasión ni reservas, sin el falso miedo de perder el sentido del valor propio, decir franca y firmemente a mis camaradas que es totalmente cierto que en realidad cometí los errores de los que habla el Camarada Kruschev [el Estrábico], los cometí y persistí en ellos, pero [ya] los he entendido y admitido deliberada y conscientemente... He conseguido entender más profundamente las causas de esos errores [y] ahora debo liberarme de la inclinación al pensamiento abstracto, [corregirme] más rigurosamente... en breve, hacer lo que el Camarada Kruschev [el Estrábico] enseña y urge en sus discursos."
Sí, claro. [Risas] Mejor morir'.
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