¿Por qué será, José Luis, que todos los maricas desean tener la moral de su lado luego de despreciarla con sus afeminados aspavientos y exageraciones? Tiene gracia. El tipo nos trata amablemente luego de hacer lo que sea que haya hecho (en realidad no lo sé a ciencia cierta ni me importa, sólo sé que hasta el más ligero rumor tiene su fundamento en alguna verdad; si no, mira a los judíos) y luego de no obtener lo que desea va subiendo de tono hasta amenazarnos veladamente y rematar con unas conmovedoras reflexiones que casi consiguen hacerme reír.
Es un estúpido. No voy a negar que entre nuestros empleados tenemos gente tanto o más histérica que el putito, gente a la que hemos prestado atención porque es parte de nuestro trabajo y porque nos conviene para espantar a los colegas que aún objetan la manera en la que hemos trepado hasta la cabeza de la organización: deben saber que podemos castigar y que no reparamos en magnitudes ni pesquisas, últimamente ni siquiera en consecuencias, pues ya te habrás dado cuenta de que este asunto va para largo; pero la diferencia entre el feminoide y sus más conspicuos acusadores es la eterna preocupación de aquel por demostrar su superioridad moral, por elevar la discusión por encima del lodazal al que quieren arrastrarlo la Doctora y la Secretaria, a cuyos delirios hemos dado crédito y aún ampliado con testigos que, con tal de no ver afectados sus intereses, son capaces de jurar que el diablo se apareció en las instalaciones. Es una alegre coincidencia entre un par de viejas con los estrógenos hechos polvo y un invertido que se comporta como ellas: en vez de hacer lo que un hombre haría tragándose la afrenta y continuando su vida como si nada, él responde como lo que es en esencia: una mujer ofendida que se desgreña con otras mujeres, lo que bien visto permite reducir el asunto a lo que los gringos llaman una cat fight. No hace falta decirte cuánto nos conviene esta percepción aunque hayamos obrado con solemnidad aparente en las escasas ocasiones en que nos hemos dignado contestar. Pleito entre verduleras, es la opinión que predomina entre nuestra dócil y bien educada gente; gracias a esta simplificación descartan el asunto, no reflexionan al respecto y guardan un silencio que yo disfruto enormemente como prueba de que hemos vencido.
Sí, ya sé que te preocupa el proceso que nos siguen, la comisión y la visitaduría, los citatorios cuajados de esa redacción amenazante de la jerga jurídica, ¿pero en qué país crees que vives José Luis? ¿te das cuenta de la suerte que tenemos? Aquí no ha muerto nadie ni hay drogas de por medio, el gobierno federal no va a gastar tres millones de dólares en pagarle a un grupo de expertos para saber si el joto tiene razón en que hemos atropellado sus presuntos derechos, claro que no: el pobre imbécil va en línea recta hacia el ridículo y luego al ostracismo, ya lo verás. No lo defiende nadie, ni siquiera su empresa, amigos, o beneficiarios: todos han guardado un prudente silencio que han querido venderle como solidaridad. Me da lástima, pero debe pagar las consecuencias de lo que sea que haya hecho y, sobre todo, las consecuencias de ser quien es. ¿Crees que defendemos algo injusto? Yo no. Yo creo de verdad que hemos hecho lo que nos correspondía: somos las nuevas autoridades del centro y decidimos lo que es mejor para la organización, la defendemos de cualquier influencia degenerada. No vamos a permitir que ese joto venga aquí a burlarse de nosotros con sus agudos sarcasmos ni a hacer gala de ironías que nadie le ha pedido, ofendiendo a quienes sencillamente no tienen ganas de escucharlo. Se cree muy inteligente, pero no advierte que para serlo de verdad debe moverse como nosotros: con ambigüedad, con sí, pero no, con elipsis e insinuaciones, con intencionada vaguedad. Y allá cada quién entienda lo que guste. No le ha servido al nenaza su sexualidad incierta para tomar lecciones prácticas que le ayuden a conducirse con más éxito en la vida. Quiere definiciones y contornos precisos, como si la vida fuera asunto de matemáticas. Pobre diablo.
Y bueno, a fin de no ser enteramente superficial, me gustaría profundizar en lo que fue mi punto de partida: el empeño enfermizo de nuestro putete en pasar por adalid de la dignidad moral. ¿A qué viene semejante obcecación, José Luis, tan retorcido despropósito? No lo sé bien, pero sé que es el mismo que manifiestan otros de su especie por entrar al seno de la Iglesia o por unirse en matrimonio civil; es la misma insistencia del ateo que explica patéticamente que no creer en dios no lo hace mala persona; la del tatuado o el melenudo que luego de sus idioteces abogan por ser considerados normales; la del negro que quiere ser considerado blanco... ¿Por qué? ¿Por qué desean vernos la cara de idiotas y hacerse pasar por uno de los nuestros? ¿Por qué si a ellos les gustan las heces y lo abominable? ¿Por qué abjuran de la sordidez por la que están fascinados y a la que no pueden resistirse? Advierto en todo esto una inconformidad de la que quizá sea su última parte de conciencia sana en contra del ser en el que se han convertido; una última rebeldía de la conciencia a la que sólo los más degradados logran vencer. En las encendidas quejas de nuestro maricón no veo un proceso en contra nuestra sino una manifestación de la insatisfacción personal con la que vive. Se detesta. No tiene ni siquiera una buena opinión de sí mismo. Y por eso —¡fíjate nada más!— nos obliga a hacerlo pagar, porque somos su mejor oportunidad de redención. No nos dejará ir fácilmente. Yo, como la justicia de este país, no tengo desde luego ninguna prisa.
martes, abril 26, 2016
sábado, abril 23, 2016
Todos los días se acaba el mundo
'Esto ya lo he visto', me dije, y seguí conduciendo por las calles del centro sin prestar demasiada atención al incendio de la tienda de muebles que, cuando me iba alejando, hizo una explosión sorda a la que parecieron acallar los escombros que hasta hace unos momentos eran paredes y techos. Llevaba más de una hora buscando algún jovencito que quisiera subir al auto, pero Santa Teresa, como es su costumbre, deja sus calles desiertas apenas pasan las diez de la noche. 'Sí, esto ya lo he visto', pensé, '¿no fue caminando por López Mateos luego de una desvelada de trabajo con los compañeros de la maestría? Una mañana de diciembre, seguro. Hacía frío entonces y los proyectos de la escuela nos mantenían ocupados incluso de noche, de modo que había pernoctado en casa de José (¿o fue Ambrosio?), y al salir por la mañana los ojos me ardían de tanto acercarme a las placas de los circuitos —"Al menos no hace sol", recuerdo haber pensado mientras me calaba las gafas oscuras bajo un cielo nublado, somnoliento— lo mismo la garganta que llevaba irritada de tanto fumar y gritar por encima del ruido de la música de los Smashing Pumpkins con que Marcos nos había castigado por horas. Entonces, cerca del bolerama, vi la columna de humo espeso sobre la mueblería y las lenguas de fuego asomarse por dos o tres ventanas ya rotas. Era temprano, sábado o domingo, no recuerdo, pero casi no había gente en la calle y la poca que pasaba no se detenía a mirar, apenas giraban sus cabezas mientras se alejaban como si temieran que aquello los alcanzara traicioneramente. "Se está acabando el mundo", pensé de pronto como si me lo hubieran susurrado, yo mismo asombrado de lo que pensaba. Me esperaba un largo camino a través de la ciudad para volver a mi casa: la ruta 258-D, Plaza del Sol, el extraño descenso por Prisciliano Sánchez, el hedor de San Juan de Dios, la vista de la ciudad desde las alturas del Estadio (¿o era Circunvalación donde daba vuelta el camión? ¿quizá desde Federación?) y luego el ascenso por Belisario Domínguez como quien se adentra en territorio seguro, el sol siempre dando por culo a la derecha por la mañana y a la izquierda por la tarde, luego la cima del cruce con el Periférico donde me apeaba, antes de que el autobús se acercara a la terminal de Huentitán, ya en la Barranca. "Se está acabando el mundo", me repetí apropiándome de las palabras que hasta hace unos segundos me parecían prestadas, imbuidas. Me detuve. Examiné mi mochila y pude hallar todavía dos cigarrillos entre el montón de cables, alambres y estaño que había utilizado la noche anterior. Llevaba dos libros: Sistemas de Control Discreto, de Ogata, con la portada negra despintada por el uso, y La Nueva Mente del Emperador, de Penrose, préstamo de Manolo que la noche anterior había dicho que nos morimos muchas veces en la vida, no recuerdo ya en qué contexto. Encendí el cigarro, anduve unos cuantos pasos y me senté en la parada de autobús, viendo la columna de humo en la distancia y repentinamente nervioso. Una mujer muy delgada, joven y elegante, con una mascada de rosas pálidas sobre fondo marfil, también con gafas oscuras, se acercó a la parada y se quedó de pie con las dos manos muy juntas sujetando un bolso pequeño de color verde esmeralda. Se apoyaba en un pie, se apoyaba en el otro, ella misma también inquieta o desesperada, me parecía. No pasaba ningún autobús. Entonces era frecuente que hubiera lagunas de tiempo en las que los camiones de determinada ruta no pasaban, lagunas que a veces podían durar hasta media hora, sin importar si eran horas pico o ya estaba por terminar el servicio. El incendio de la mueblería, a lo lejos, ya no dejaba ver tanto el fuego como la sombra de un humo denso. Después de cinco minutos de evadir mirar hacia mí, me abordó:
—¿Tienes fuego?
—Sí, claro, permíteme —y al rebuscar en mi mochila sin encontrar el encendedor (aquello era un desorden: vi que había un hueso de aguacate entre los cables), preferí interrumpirme y acercarle mi cigarrillo al suyo, delgado y largo, que ya llevaba en los labios pintados de carmesí brillante.
—Muchas gracias— me dijo dando una profunda calada —Es un día muy extraño, ¿cómo es que estás en la calle?
Su pregunta me cogió por sorpresa, llenándome de temor.
—¿Lo dice por el incendio? —dije sonriendo tímidamente mientras que con la mano que sostenía el cigarrillo apuntaba a la columna de humo. Sentí ganas de besarla.
—No —contestó con una sonrisa aplanada —pero creo que sabes a lo que me refiero.
Pensé en la letra de Ángel, de Mecano, esa canción de mi infancia en la que se describía el fin del mundo como el frustrado intento de organizar a una humanidad precipitada e histérica para que entrara por las recién abiertas puertas del Reino. "Y sólo pudo entrar el ruido del viento", repetía el estribillo. Como los años setentas con los ovnis, los ochentas estaban obsesionados con el fin del mundo, la amenaza del holocausto nuclear que reprodujeron numerosas películas en formato beta y en autocinemas. Nada asombroso, pues, que en mitad de esa década haya venido Mecano con esto. «Pero estos son los noventas. Y casi terminan», me dije para mis adentros comprendiendo demasiado tarde que era mi turno para contestar.
—Sí, creo que sé a lo que se refiere —dije mintiendo y pensando luego (o queriendo pensar): «Esta mujer está loca».
Una explosión sacudió la mueblería, algo moderado y poco vistoso que apenas consiguió hacernos mirar hacia allá. Ella dio una última calada a su cigarrillo y yo me preguntaba cómo era posible que ni el camión ni los bomberos acudieran, que la calle pareciera desierta, que esta mujer se condujera de forma tan enigmática. Me decidí a traer el mundo de vuelta a la normalidad:
—¿Y usted a dónde va, si se puede saber?
—Yo...
Un auto largo y negro, con los vidrios velados, se detuvo frente a nosotros. Ella subió por la puerta trasera sin contestar mi pregunta, pero abrió ligeramente la ventanilla para gritarme mientras el auto avanzaba:
—¡Se está acabando el mundo!
Me quedé aturdido y el sueño retrasado que llevaba desde anoche me invadió súbitamente. Cuando desperté, seguía sentado, apoyada la cabeza sobre uno de los postes de la parada. Circulaban autos, esperaban al camión decenas de personas, el sol ya estaba en alto. Del humo de la fábrica ya no quedaba nada.'
Frené repentinamente cuando se atravesó un tipo drogado cerca del mercado municipal, se acercó por la ventanilla y dijo que traía globitos de cristal y mota. Lo despedí como pude y decidí orillarme para tranquilizarme, encendiendo un cigarrillo. 'Hace tanto de eso', pensé, 'y el mundo no se acabó, ni en dos mil ni en dos mil uno ni en dos mil doce; o es más bien que se está acabando todos los días, que a todos nos toca vivirlo y presenciarlo, advertir los signos, leer la historia de una humanidad en decadencia que un buen día —mira qué casualidad, ¡este día!— se acaba. El muchacho que anduvo López Mateos, el que llegó aquel día a tirarse en su cama mientras su hermana cocinaba, el que pasó la noche en casa de Ambrosio (¿o era José?) no existe más, su memoria distorsionada la recoge este hombre de cuarenta años que ha salido a buscar jovencitos qué follar y se ha encontrado con un incendio, ¿se está acabando el mundo? ¿son ciertos los libros de historia? ¿el armagedón que viene, el que ya pasó?'.
Bajé del auto buscando un rincón oscuro para orinar. En medio del chorro largo vi pasar a lo lejos las torretas de la policía. 'Una ciudad peligrosa según el Departamento de Estado, Santa Teresa', pensé divertido. Terminaba cuando escuché unos tacones acercarse.
—¿Tienes fuego?
—¿Tienes fuego?
—Sí, claro, permíteme —y al rebuscar en mi mochila sin encontrar el encendedor (aquello era un desorden: vi que había un hueso de aguacate entre los cables), preferí interrumpirme y acercarle mi cigarrillo al suyo, delgado y largo, que ya llevaba en los labios pintados de carmesí brillante.
—Muchas gracias— me dijo dando una profunda calada —Es un día muy extraño, ¿cómo es que estás en la calle?
Su pregunta me cogió por sorpresa, llenándome de temor.
—¿Lo dice por el incendio? —dije sonriendo tímidamente mientras que con la mano que sostenía el cigarrillo apuntaba a la columna de humo. Sentí ganas de besarla.
—No —contestó con una sonrisa aplanada —pero creo que sabes a lo que me refiero.
Pensé en la letra de Ángel, de Mecano, esa canción de mi infancia en la que se describía el fin del mundo como el frustrado intento de organizar a una humanidad precipitada e histérica para que entrara por las recién abiertas puertas del Reino. "Y sólo pudo entrar el ruido del viento", repetía el estribillo. Como los años setentas con los ovnis, los ochentas estaban obsesionados con el fin del mundo, la amenaza del holocausto nuclear que reprodujeron numerosas películas en formato beta y en autocinemas. Nada asombroso, pues, que en mitad de esa década haya venido Mecano con esto. «Pero estos son los noventas. Y casi terminan», me dije para mis adentros comprendiendo demasiado tarde que era mi turno para contestar.
—Sí, creo que sé a lo que se refiere —dije mintiendo y pensando luego (o queriendo pensar): «Esta mujer está loca».
Una explosión sacudió la mueblería, algo moderado y poco vistoso que apenas consiguió hacernos mirar hacia allá. Ella dio una última calada a su cigarrillo y yo me preguntaba cómo era posible que ni el camión ni los bomberos acudieran, que la calle pareciera desierta, que esta mujer se condujera de forma tan enigmática. Me decidí a traer el mundo de vuelta a la normalidad:
—¿Y usted a dónde va, si se puede saber?
—Yo...
Un auto largo y negro, con los vidrios velados, se detuvo frente a nosotros. Ella subió por la puerta trasera sin contestar mi pregunta, pero abrió ligeramente la ventanilla para gritarme mientras el auto avanzaba:
—¡Se está acabando el mundo!
Me quedé aturdido y el sueño retrasado que llevaba desde anoche me invadió súbitamente. Cuando desperté, seguía sentado, apoyada la cabeza sobre uno de los postes de la parada. Circulaban autos, esperaban al camión decenas de personas, el sol ya estaba en alto. Del humo de la fábrica ya no quedaba nada.'
Frené repentinamente cuando se atravesó un tipo drogado cerca del mercado municipal, se acercó por la ventanilla y dijo que traía globitos de cristal y mota. Lo despedí como pude y decidí orillarme para tranquilizarme, encendiendo un cigarrillo. 'Hace tanto de eso', pensé, 'y el mundo no se acabó, ni en dos mil ni en dos mil uno ni en dos mil doce; o es más bien que se está acabando todos los días, que a todos nos toca vivirlo y presenciarlo, advertir los signos, leer la historia de una humanidad en decadencia que un buen día —mira qué casualidad, ¡este día!— se acaba. El muchacho que anduvo López Mateos, el que llegó aquel día a tirarse en su cama mientras su hermana cocinaba, el que pasó la noche en casa de Ambrosio (¿o era José?) no existe más, su memoria distorsionada la recoge este hombre de cuarenta años que ha salido a buscar jovencitos qué follar y se ha encontrado con un incendio, ¿se está acabando el mundo? ¿son ciertos los libros de historia? ¿el armagedón que viene, el que ya pasó?'.
Bajé del auto buscando un rincón oscuro para orinar. En medio del chorro largo vi pasar a lo lejos las torretas de la policía. 'Una ciudad peligrosa según el Departamento de Estado, Santa Teresa', pensé divertido. Terminaba cuando escuché unos tacones acercarse.
—¿Tienes fuego?
domingo, abril 10, 2016
Para que nada cambie
Días después de los atentados en el aeropuerto y metro de Bruselas, Luis González de Alba publicó un artículo titulado "¿Islamofobia? ¡No: islamo-odio!", donde expresa opiniones sobre los musulmanes y más específicamente sobre aquellos que viven en Europa, opiniones que, como es su costumbre, están apoyadas en numerosos hechos, sentido común e inteligencia. No obstante, la relectura del artículo produce incomodidades crecientes: se echan en falta numerosos matices, se padece una vehemencia atropellada menos cerebral que visceral, se resiente la prisa indignada en vez de la reflexión serena ante los atroces hechos. Es claro que en tiempos de insoportable corrección política, cualquiera que hable a las claras encuentra el aplauso de los que tuvieron más escrúpulos para expresarse, aunque lo que digan no sea producto de una reflexión pausada. Ello emparenta, indeseablemente, a quienes usan la cabeza como Luis González, con quienes vomitan consignas incendiarias como Donald Trump.
"Europa puede disponer de transporte gratuito... para volcar en Arabia, Yemen y califatos los millones de musulmanes de Europa y América", dice. Dejemos de lado la —por así decirlo— propuesta y atendamos al criterio: si por musulmanes entendemos a aquellos que se declaran como tales entonces estamos hablando de un espectro muy amplio que incluye a inmigrantes ilegales, extranjeros con residencia legal y nacionales cuyos padres o abuelos también gozaron de la nacionalidad en cuestión. Luego entonces ¿es posible que la religión que alguien declara constituya un criterio para que se le traslade tan gratuita como forzosamente hasta las fronteras de las teocracias musulmanas, sin importar que se trate, digamos, de un francés de padres y abuelos franceses? ¿por qué deberían ser llevados a otros países los que no estén de acuerdo con los sistemas de gobierno, cultura y tradición de los países europeos? ¿porque causan problemas? ¿porque "los musulmanes de ahora... son el huésped [que] arroja sobre el mantel las chuletas que le sirven porque son de cerdo y llama puta a la anfitriona por traer escote y pantalones"?
El Estado laico, como es el caso de casi todas las democracias europeas y (al menos en principio) de los países latinoamericanos, tiene bien entendida una lección: la religión no debe ser criterio para nada que tenga qué ver con el gobierno. Los responsables de los atentados en Bruselas deben ser juzgados según el delito cometido, quizá con la agravante de tener una inspiración intolerante como la de los crímenes de odio (homofobia, misoginia, por ejemplo), pero nada más. Que las estadísticas prueben que la mayoría de los crímenes cometidos en Estados Unidos los hacen hispanos o negros, o que la mayoría de los atentados suicidas en el mundo los cometan musulmanes, no es causal para que el Estado laico tome medidas sistemáticas en contra de esos grupos. La intervención preventiva del Estado sólo puede ser educativa —apoyada en la ciencia y la razón, no en convertir musulmanes en cristianos o a negros e hispanos en blancos— mientras que la coercitiva sólo debe producirse cuando existe un crimen de por medio, no antes. Proceder de la manera sugerida por Luis González —aún tratándose de una figura retórica para cargarse de razón y no para ser tomada literalmente en serio— es coquetear con el fascismo más tradicional.
Pero es difícil pensar en González de Alba como en un fascista. Numerosos artículos cargados de lucidez desmienten semejante aserto, siempre preocupado por desenmascarar los mitos más tradicionales de la historia reciente de México con extraordinaria agudeza (el de los que quieren hacer pasar el Estado mexicano moderno por el mismo Estado gorila de los tiempos de Díaz Ordaz, por ejemplo). ¿Qué puede entonces explicar el desliz de su islamo-odio al que desde luego tiene todo el derecho? Europa vive una paradoja histórica y migratoria interesante: por un lado, transmitió a sangre y fuego su matriz cultural al continente americano, pero lo separa de él un océano; por el otro, sus vecinos más cercanos geográficamente no lo son culturalmente: el mundo musulmán de África del Norte y Medio Oriente. Como resultado, la inmigración a Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, con un continente afligido por los estragos del nazismo y temeroso de su resurgimiento, provino fundamentalmente de países musulmanes: magrebíes en el caso de Francia, pakistaníes en el caso británico, norafricanos libios o egipcios en el caso italiano, marroquíes en España, iraníes o sirios en Austria, turcos en Alemania. Por razones sobre todo geográficas, los americanos —sus parientes más cercanos culturalmente, tanto en la tradición católica latinoamericana como en la protestante anglosajona— no fueron a vivir con los europeos. El resultado es que la Europa de la posguerra, democrática y tolerante como consecuencia del sentimiento de culpa que le causaba su reciente pasado genocida, se volvió "vieja y cobarde" para intentar siquiera integrar a los millones de individuos ajenos a su matriz cultural. En aras del respeto a la diversidad y otros cientos de modas, los guetos que la escinden de manera dramática crecieron en su interior hasta parir las amenazas suicidas que ahora conocemos. Paradójicamente, los que sí comparten la civilización occidental, pero no radican en Europa —González de Alba, por ejemplo— ven con horror su transformación en lo que no es (¿o era?) y predican la expulsión de aquello que en su opinión le es foráneo y la destruye o, todavía más precisamente, de todo lo que no se ajusta al canon europeo del que, paradoja de paradojas, los americanos más cultos han terminado por ser adalides. Para que lo bueno no cambie, parecen pensar, mejor que nada cambie: que se vayan los inmigrantes musulmanes y aún los nacionales de esa religión. Que si no les gusta la democracia, salgan de Europa. Que si no quieren que se distribuya cerdo en los desayunos escolares, se retiren. Que vayan a países musulmanes y no quieran cambiar la bandera suiza que lleva la cruz helvética, ni siquiera aunque tengan pasaporte suizo y hayan nacido ahí.
Dejemos de lado el esfuerzo mental que supone pensar en París (como muchas capitales europeas) sin negros ni magrebíes ni musulmanes ni demás "extranjería". ¿Es el pensamiento conservador de la civilización europea original (si hay tal cosa) una buena idea? ¿Debe impedirse que cambie? Es elemental que los nacionales de cualquier país tienen el derecho de llevarlo por donde mejor les parezca, aún lejos de lo que en otro tiempo resultó tradicional y "canónico". Si Europa se vuelve intolerante o mayoritariamente musulmana, si llega el día en que como los iconoclastas del Estado Islámico decida volar en pedazos sus museos y edificios más significativos, será sin duda algo muy lamentable para quienes atesoramos dicha herencia, pero las sociedades no son organismos estáticos y eternos y, si algo enseñan esas ruinas de Pompeya o Atenas es justamente que, sin importar cuánto esplendor y vigor alcance una civilización, ésta también está sujeta al cambio, la degeneración y la muerte. Quizá, más que autobuses que conduzcan a millones de musulmanes a las fronteras de Europa, debiese fomentarse intensivamente el que todos los que viven dentro de ellas conozcan la herencia histórica, cultural, artística e intelectual, de la que son depositarios actuales. El conocimiento de esa herencia aunado a un mayor nivel educativo de sus individuos, dificultaría su destrucción e integraría sociedades que por ahora se encuentran compartimentadas. La educación permitiría a los suizos musulmanes no abogar por la desaparición de la cruz helvética, pero también a los suizos cristianos no prestar demasiada atención a que las sociedades evolucionen cambiando incluso su bandera, siempre que se preserve la cohesión social.
Si Europa es como es ¿no ha sido justamente porque sus gobernantes se han abstenido en los últimos setenta años de proceder como sugieren los defensores americanos de su civilización? ¿no es justamente porque no se aplican los "pragmáticos" criterios de González de Alba, Le Pen, Trump o Milosevic? Si los latinoamericanos que visitan Europa vuelven fascinados por la convivencia de avances tecnológicos y preservación de herencias culturales, si admiran la historia de la civilización occidental que ahí tuvo su cuna y que se actualiza con legislaciones muy avanzadas que protegen minorías, si abjuran de la influencia musulmana que podría echar todo eso por tierra, ¿por qué en sus propios países —México, Perú, Argentina, por ejemplo— no son capaces de vivir de esa manera que dicen defender? ¿por qué, ya que Europa está incapacitada por "vieja y cobarde", no proceden los brasileños o venezolanos a vivir como legítimos herederos de esa tradición en peligro? ¿estaría mejor Europa ante una inmigración masiva lationamericana? ¿en serio?
"Que Europa siga siendo la cajita de música que yo creo que es", parecen opinar. Porque me gusta así. Porque está bonita. Porque me da esperanza. Para que nada cambie.
"Europa puede disponer de transporte gratuito... para volcar en Arabia, Yemen y califatos los millones de musulmanes de Europa y América", dice. Dejemos de lado la —por así decirlo— propuesta y atendamos al criterio: si por musulmanes entendemos a aquellos que se declaran como tales entonces estamos hablando de un espectro muy amplio que incluye a inmigrantes ilegales, extranjeros con residencia legal y nacionales cuyos padres o abuelos también gozaron de la nacionalidad en cuestión. Luego entonces ¿es posible que la religión que alguien declara constituya un criterio para que se le traslade tan gratuita como forzosamente hasta las fronteras de las teocracias musulmanas, sin importar que se trate, digamos, de un francés de padres y abuelos franceses? ¿por qué deberían ser llevados a otros países los que no estén de acuerdo con los sistemas de gobierno, cultura y tradición de los países europeos? ¿porque causan problemas? ¿porque "los musulmanes de ahora... son el huésped [que] arroja sobre el mantel las chuletas que le sirven porque son de cerdo y llama puta a la anfitriona por traer escote y pantalones"?
El Estado laico, como es el caso de casi todas las democracias europeas y (al menos en principio) de los países latinoamericanos, tiene bien entendida una lección: la religión no debe ser criterio para nada que tenga qué ver con el gobierno. Los responsables de los atentados en Bruselas deben ser juzgados según el delito cometido, quizá con la agravante de tener una inspiración intolerante como la de los crímenes de odio (homofobia, misoginia, por ejemplo), pero nada más. Que las estadísticas prueben que la mayoría de los crímenes cometidos en Estados Unidos los hacen hispanos o negros, o que la mayoría de los atentados suicidas en el mundo los cometan musulmanes, no es causal para que el Estado laico tome medidas sistemáticas en contra de esos grupos. La intervención preventiva del Estado sólo puede ser educativa —apoyada en la ciencia y la razón, no en convertir musulmanes en cristianos o a negros e hispanos en blancos— mientras que la coercitiva sólo debe producirse cuando existe un crimen de por medio, no antes. Proceder de la manera sugerida por Luis González —aún tratándose de una figura retórica para cargarse de razón y no para ser tomada literalmente en serio— es coquetear con el fascismo más tradicional.
Pero es difícil pensar en González de Alba como en un fascista. Numerosos artículos cargados de lucidez desmienten semejante aserto, siempre preocupado por desenmascarar los mitos más tradicionales de la historia reciente de México con extraordinaria agudeza (el de los que quieren hacer pasar el Estado mexicano moderno por el mismo Estado gorila de los tiempos de Díaz Ordaz, por ejemplo). ¿Qué puede entonces explicar el desliz de su islamo-odio al que desde luego tiene todo el derecho? Europa vive una paradoja histórica y migratoria interesante: por un lado, transmitió a sangre y fuego su matriz cultural al continente americano, pero lo separa de él un océano; por el otro, sus vecinos más cercanos geográficamente no lo son culturalmente: el mundo musulmán de África del Norte y Medio Oriente. Como resultado, la inmigración a Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial, con un continente afligido por los estragos del nazismo y temeroso de su resurgimiento, provino fundamentalmente de países musulmanes: magrebíes en el caso de Francia, pakistaníes en el caso británico, norafricanos libios o egipcios en el caso italiano, marroquíes en España, iraníes o sirios en Austria, turcos en Alemania. Por razones sobre todo geográficas, los americanos —sus parientes más cercanos culturalmente, tanto en la tradición católica latinoamericana como en la protestante anglosajona— no fueron a vivir con los europeos. El resultado es que la Europa de la posguerra, democrática y tolerante como consecuencia del sentimiento de culpa que le causaba su reciente pasado genocida, se volvió "vieja y cobarde" para intentar siquiera integrar a los millones de individuos ajenos a su matriz cultural. En aras del respeto a la diversidad y otros cientos de modas, los guetos que la escinden de manera dramática crecieron en su interior hasta parir las amenazas suicidas que ahora conocemos. Paradójicamente, los que sí comparten la civilización occidental, pero no radican en Europa —González de Alba, por ejemplo— ven con horror su transformación en lo que no es (¿o era?) y predican la expulsión de aquello que en su opinión le es foráneo y la destruye o, todavía más precisamente, de todo lo que no se ajusta al canon europeo del que, paradoja de paradojas, los americanos más cultos han terminado por ser adalides. Para que lo bueno no cambie, parecen pensar, mejor que nada cambie: que se vayan los inmigrantes musulmanes y aún los nacionales de esa religión. Que si no les gusta la democracia, salgan de Europa. Que si no quieren que se distribuya cerdo en los desayunos escolares, se retiren. Que vayan a países musulmanes y no quieran cambiar la bandera suiza que lleva la cruz helvética, ni siquiera aunque tengan pasaporte suizo y hayan nacido ahí.
Dejemos de lado el esfuerzo mental que supone pensar en París (como muchas capitales europeas) sin negros ni magrebíes ni musulmanes ni demás "extranjería". ¿Es el pensamiento conservador de la civilización europea original (si hay tal cosa) una buena idea? ¿Debe impedirse que cambie? Es elemental que los nacionales de cualquier país tienen el derecho de llevarlo por donde mejor les parezca, aún lejos de lo que en otro tiempo resultó tradicional y "canónico". Si Europa se vuelve intolerante o mayoritariamente musulmana, si llega el día en que como los iconoclastas del Estado Islámico decida volar en pedazos sus museos y edificios más significativos, será sin duda algo muy lamentable para quienes atesoramos dicha herencia, pero las sociedades no son organismos estáticos y eternos y, si algo enseñan esas ruinas de Pompeya o Atenas es justamente que, sin importar cuánto esplendor y vigor alcance una civilización, ésta también está sujeta al cambio, la degeneración y la muerte. Quizá, más que autobuses que conduzcan a millones de musulmanes a las fronteras de Europa, debiese fomentarse intensivamente el que todos los que viven dentro de ellas conozcan la herencia histórica, cultural, artística e intelectual, de la que son depositarios actuales. El conocimiento de esa herencia aunado a un mayor nivel educativo de sus individuos, dificultaría su destrucción e integraría sociedades que por ahora se encuentran compartimentadas. La educación permitiría a los suizos musulmanes no abogar por la desaparición de la cruz helvética, pero también a los suizos cristianos no prestar demasiada atención a que las sociedades evolucionen cambiando incluso su bandera, siempre que se preserve la cohesión social.
Si Europa es como es ¿no ha sido justamente porque sus gobernantes se han abstenido en los últimos setenta años de proceder como sugieren los defensores americanos de su civilización? ¿no es justamente porque no se aplican los "pragmáticos" criterios de González de Alba, Le Pen, Trump o Milosevic? Si los latinoamericanos que visitan Europa vuelven fascinados por la convivencia de avances tecnológicos y preservación de herencias culturales, si admiran la historia de la civilización occidental que ahí tuvo su cuna y que se actualiza con legislaciones muy avanzadas que protegen minorías, si abjuran de la influencia musulmana que podría echar todo eso por tierra, ¿por qué en sus propios países —México, Perú, Argentina, por ejemplo— no son capaces de vivir de esa manera que dicen defender? ¿por qué, ya que Europa está incapacitada por "vieja y cobarde", no proceden los brasileños o venezolanos a vivir como legítimos herederos de esa tradición en peligro? ¿estaría mejor Europa ante una inmigración masiva lationamericana? ¿en serio?
"Que Europa siga siendo la cajita de música que yo creo que es", parecen opinar. Porque me gusta así. Porque está bonita. Porque me da esperanza. Para que nada cambie.
domingo, marzo 27, 2016
Florentibus occidit annis
Yo, que siempre me burlaba de los malestares psicosomáticos y las alergias por considerarlas trastornos imaginarios de gente hipocondriaca, siento cada año por estas fechas que el diafragma se me expande hasta causarme la sensación de tener un hueso de aguacate atorado en mitad del pecho. No tengo regurgitación ni esa hinchazón de panza que alivia la sal de uvas; da igual si como verduras o granos o carne, si me abstengo del vino o, haciéndome la inglesa, tomo té negro con galletitas; se presenta tanto si la librería tiene sobrecarga de trabajo como si sólo la visita gente que quiere bobear entre los estantes sin comprar nada por hallarse desocupada durante la Semana Santa. El perverso súcubo (no me imagino visitada por un íncubo: ¿quién mejor que los demonios para saber lo que me corresponde?) se instala en mi tórax un par de semanas antes y desaparece unos días después del aniversario luctuoso de mi hijo.
A pesar de abjurar de esta época cargada de cursilería y mal gusto, no pude evitar hablar de él, especialmente cuando la desgracia era reciente, buscando el consuelo de personas no siempre adecuadas, hasta que el pudor o la inutilidad de hacerlo me dejaron a solas con su recuerdo, una soledad que no me exentó de buscar justificaciones para todo lo que sentía y pasaba por mi cabeza. Imagino que es normal que las personas sensatas sintamos vergüenza de lo que pudiera oler a autocompasión, de que algo en nuestra conducta o pensamiento nos haga creer que lo que nos sucede es excepcional y único, cuando lo normal desde siempre ha sido que todo, incluido lo más extraordinario y aberrante, se repita a lo largo de la historia en diversas formas y grados. De modo que si nos permitimos sentir pena, buscamos justificarla racionalmente. Nos decimos, por ejemplo: 'sí, vale, claro que la muerte es de lo más común y ordinario, que aquella hoz ha de segar todo lo que ahora nos habla y mira, lo que nos abraza y da sentido, lo que se mueve y un día no ha de moverse más, por supuesto; claro que ya se han ido los abuelos y algún padre, como es lógico y aun deseable, desapariciones tan entendibles que sus entierros terminaron en animadas reuniones familiares donde no faltaron chistes y alguna risa; sí, desde luego se encajan también las muertes de quienes aun no habían podido hablarnos ni nos han dado tiempo a conocerles un carácter, muertes prematuras que terminan por asimilarse como también se soportan las de aquellos a quienes mató su temeridad o su imprudencia, su fanfarronería, pues les está bien empleado...'.
Apenas se justifica la pena y viene la lógica a llamarnos a la mesura, insistiendo una y otra vez en lo obvio: 'tu hijo no era un viejo ni un bebé ni se estrelló borracho en un auto luego de llevarse a otros tres por delante, no murió de sobredosis ni por una enfermedad que él se haya causado, todo eso es muy cierto y muy verdadero, pero las estadísticas no son reglas, imbécil, esto es un accidente a su medida: profesional, en el trabajo, cumpliendo con su deber...'. Claramente, aún cuando razono en el sinsentido, aún cuando trato de instalarme en el centro de la maquinaria del azar para disfrazarlo de causa y efecto, percibo en mi discurso no sólo la necesidad de explicar (lo que, aunque entendible, es ya suficientemente disparatado tratándose de un accidente) sino la de armonizar, dar sentido, algo terriblemente desazonador para mi ateísmo porque, aunque no desciende a la necesidad de recurrir a dios ni a iglesias, ni siquiera a un nebuloso más allá o a la esperanza de una inconcebible resurrección, sabe a liturgia, a la necesidad de inventarse un evangelio en torno a la insoportable desgracia de mi hijo, un marco teleológico y laico acomodado al que fue y a la extracción de enseñanzas, de filosofías.
Y puede que las haya, seguro, para quienquiera que sepa ver hay lecciones en todo lo que ocurre. Pero la verdad es que yo no encuentro ninguna ni consigo concentrarme demasiado en la teoría: si atravieso todas sus partes y resquicios con agotadora minuciosidad, si me encuentro en sueños o despierto frente a la plancha donde he debido reconocer su cadáver de madrugada, si acudo al hospital tras esa horrenda llamada, vomitando por el camino, procurando limpiarme las lágrimas de los ojos, si pienso en las horas que pasé observando el cielo desde la terraza mientras mi hijo era trasladado en ambulancia, si imagino la lluvia infiltrándose por entre las tapias del cementerio hasta alcanzar su cuerpo, si me reprocho pensar y no pensar, hablar y no hablar, escribir y no escribir sobre él, cosas ciertas o ficticias, no es porque espere algo ni porque me lo proponga, sino porque no tengo más remedio al ser mi carácter obsesivo y no serme suficientes todos los asuntos de la librería ni todos los textos ahí guardados ni todos los vivos que me rodean, para calmar mi espíritu.
Me interno en el futuro que no vio, los años cada vez más irreconocibles para él, si volviera: esta casa que hubiera sido suya y nunca pisó, las perras que no pudo conocer, la próspera librería. Repito con Sancho las palabras que me gustaría dirigirle ahora, si lo viera: 'Venid vos acá, compañero y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí a las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos'.
Entonces abandonaríamos Santa Teresa con rumbo sur en el camión de las cuatro y media. Compraríamos frituras para el camino. Nos quedaríamos dormidos mientras anochece, arrullados por el motor, soñando —qué duda cabe— que nos esperan...
A pesar de abjurar de esta época cargada de cursilería y mal gusto, no pude evitar hablar de él, especialmente cuando la desgracia era reciente, buscando el consuelo de personas no siempre adecuadas, hasta que el pudor o la inutilidad de hacerlo me dejaron a solas con su recuerdo, una soledad que no me exentó de buscar justificaciones para todo lo que sentía y pasaba por mi cabeza. Imagino que es normal que las personas sensatas sintamos vergüenza de lo que pudiera oler a autocompasión, de que algo en nuestra conducta o pensamiento nos haga creer que lo que nos sucede es excepcional y único, cuando lo normal desde siempre ha sido que todo, incluido lo más extraordinario y aberrante, se repita a lo largo de la historia en diversas formas y grados. De modo que si nos permitimos sentir pena, buscamos justificarla racionalmente. Nos decimos, por ejemplo: 'sí, vale, claro que la muerte es de lo más común y ordinario, que aquella hoz ha de segar todo lo que ahora nos habla y mira, lo que nos abraza y da sentido, lo que se mueve y un día no ha de moverse más, por supuesto; claro que ya se han ido los abuelos y algún padre, como es lógico y aun deseable, desapariciones tan entendibles que sus entierros terminaron en animadas reuniones familiares donde no faltaron chistes y alguna risa; sí, desde luego se encajan también las muertes de quienes aun no habían podido hablarnos ni nos han dado tiempo a conocerles un carácter, muertes prematuras que terminan por asimilarse como también se soportan las de aquellos a quienes mató su temeridad o su imprudencia, su fanfarronería, pues les está bien empleado...'.
Apenas se justifica la pena y viene la lógica a llamarnos a la mesura, insistiendo una y otra vez en lo obvio: 'tu hijo no era un viejo ni un bebé ni se estrelló borracho en un auto luego de llevarse a otros tres por delante, no murió de sobredosis ni por una enfermedad que él se haya causado, todo eso es muy cierto y muy verdadero, pero las estadísticas no son reglas, imbécil, esto es un accidente a su medida: profesional, en el trabajo, cumpliendo con su deber...'. Claramente, aún cuando razono en el sinsentido, aún cuando trato de instalarme en el centro de la maquinaria del azar para disfrazarlo de causa y efecto, percibo en mi discurso no sólo la necesidad de explicar (lo que, aunque entendible, es ya suficientemente disparatado tratándose de un accidente) sino la de armonizar, dar sentido, algo terriblemente desazonador para mi ateísmo porque, aunque no desciende a la necesidad de recurrir a dios ni a iglesias, ni siquiera a un nebuloso más allá o a la esperanza de una inconcebible resurrección, sabe a liturgia, a la necesidad de inventarse un evangelio en torno a la insoportable desgracia de mi hijo, un marco teleológico y laico acomodado al que fue y a la extracción de enseñanzas, de filosofías.
Y puede que las haya, seguro, para quienquiera que sepa ver hay lecciones en todo lo que ocurre. Pero la verdad es que yo no encuentro ninguna ni consigo concentrarme demasiado en la teoría: si atravieso todas sus partes y resquicios con agotadora minuciosidad, si me encuentro en sueños o despierto frente a la plancha donde he debido reconocer su cadáver de madrugada, si acudo al hospital tras esa horrenda llamada, vomitando por el camino, procurando limpiarme las lágrimas de los ojos, si pienso en las horas que pasé observando el cielo desde la terraza mientras mi hijo era trasladado en ambulancia, si imagino la lluvia infiltrándose por entre las tapias del cementerio hasta alcanzar su cuerpo, si me reprocho pensar y no pensar, hablar y no hablar, escribir y no escribir sobre él, cosas ciertas o ficticias, no es porque espere algo ni porque me lo proponga, sino porque no tengo más remedio al ser mi carácter obsesivo y no serme suficientes todos los asuntos de la librería ni todos los textos ahí guardados ni todos los vivos que me rodean, para calmar mi espíritu.
Me interno en el futuro que no vio, los años cada vez más irreconocibles para él, si volviera: esta casa que hubiera sido suya y nunca pisó, las perras que no pudo conocer, la próspera librería. Repito con Sancho las palabras que me gustaría dirigirle ahora, si lo viera: 'Venid vos acá, compañero y amigo mío y conllevador de mis trabajos y miserias: cuando yo me avenía con vos y no tenía otros pensamientos que los que me daban los cuidados de remendar vuestros aparejos y de sustentar vuestro corpezuelo, dichosas eran mis horas, mis días y mis años; pero después que os dejé y me subí a las torres de la ambición y de la soberbia, se me han entrado por el alma adentro mil miserias, mil trabajos y cuatro mil desasosiegos'.
Entonces abandonaríamos Santa Teresa con rumbo sur en el camión de las cuatro y media. Compraríamos frituras para el camino. Nos quedaríamos dormidos mientras anochece, arrullados por el motor, soñando —qué duda cabe— que nos esperan...
martes, marzo 22, 2016
Los solemnes payasos
La nota roja de esta periferia de la civilización cuenta en estos días la historia de un payaso que fue agredido en una fiesta infantil por varios de los asistentes, luego de que el niño festejado no ganara un concurso organizado por el cómico. Nada particularmente sorprendente en este país cuya fanfarronería es directamente proporcional a su complejo de inferioridad, ese que está listo para saltar al primer dato —cierto o no: los cerdos no están para matices— de burla, ironía, comentario ambiguo, insinuación, desliz o simple observación: no vaya a ser que se les tome el pelo, que queden humillados o sobajados, que los tengan en menos esos cuya opinión presuntamente no les importa. Me vale madre, no se cansan de decir, pero no tanto que ante la duda se escoja la prudencia: la finísima madre del festejado ordenó —leyó Usted bien: ordenó— a algunos asistentes alcoholizados que agredieran al payaso. Ejerciendo de dueña de las voluntades ajenas, juez y parte de un poder judicial instantáneo que halló culpable de ofensas indefinibles al payaso, la nunca bien ponderada señora —que a no dudarlo también canta con dinero o sin dinero, hago siempre lo que quiero— no vaciló en echar mano de sus incondicionales —que por supuesto están para "apoyarla", no para cuestionar sus arbitrariedades— e hizo justicia en una sabrosa mezcla de alcohol, bates de bésibol y puños tan valientes como montoneros. Fiesta infantil en Barbarilandia, ejemplar y edificante.
Así, quien emite opiniones en los tiempos idióticos que corren, ya sabe más o menos lo que le espera: tergiversación, afeamiento de la conducta, elogios desorientados, cuando no una paliza o un tiro en la sien. El escritor Javier Marías, aunque entiende que en tanto articulista que publica sus opiniones en la prensa debe estar hecho a la idea de que se le critique, lamentaba la recepción de airadas quejas no sólo de lo que escribía, sino de lo que el lector creía haber leído, aunque no se desprendiera del texto ni fuese posible leerlo entre líneas. Si publicaba, por ejemplo, la opinión de que no debería haber porcentajes o cuotas prefijadas por sexo o raza en sitios donde lo que importa es la capacidad para realizar una función (un gabinete, el congreso, las cátedras universitarias, por ejemplo), de que las cuotas limitaban la posibilidad de que en un momento dado los más capaces fuesen todos mujeres o todos de raza negra, no faltaba quien leyera en estas mismísimas palabras algo en contra de las mujeres o en contra de los negros o, ya en planos más psicológicos, misoginia, supremacismo blanco, chulería, egocentrismo, engreímiento, pedantería y, en un descuido, mariconez o satanismo. Los que leen mal y están en contra pueden resultar un fardo comparable al de los que leen mal y están a favor: ¿cuántas veces no nos avergüenza que una persona jure estar de acuerdo con nosotros y se deshaga en demostrar que nos comprende y apoya cuando claramente no entiende ni jota? ¿Qué hacer con los hipersensibles e idiotas? ¿qué con los censores y fanáticos?
Puede alegarse que tanto en el caso del infortunado payaso como en el de la continua lluvia de cartas a Javier Marías, el público es demasiado vulgar o amplio como para esperar nada mejor, que en un medio más educado —digamos, la universidad— las cosas seguramente serán diferentes. Que habrá sitio para el matiz y la comprensión, una tendencia a escuchar y reflexionar antes de soltar una andanada de idioteces o de exhibir la pobreza del propio razonamiento o la deplorable transparencia de los propios traumas. Pues no. En este país, un estudiante de posgrado lo mismo que un vendedor ambulante, pueden quedar igualados en su capacidad para deducir lo que no se dijo e ignorar lo que sí se afirmó, para declarar en un minuto su irrestricto respeto a la libertad de expresión y resentirse al siguiente de lo que, aun sin referirse a ellos, consideran agravio personal. La educación formal, que convence a sus víctimas de que da inteligencia, no hace sino empeorar las cosas al sumar la necedad al bagaje de quien aún es ignorante, privándolo así de la posibilidad de aprender. El individuo convencido de su inteligencia no escucha lo que se le dice ni lee lo que se escribe, sino lo que cree que ha dilucidado entre líneas, detrás del discurso, debajo de la superficie, en una desubicación lógica que, por querer pasarse de listo y no hacer el idiota, pone al contenido completamente fuera de su alcance. Esta selecta crema y nata intelectual no pregunta (puede parecer que no sabe), no se arredra (puede parecer débil), no corrige (sería reconocer que se ha equivocado) ni le importan las contradicciones porque en el fondo está tan incapacitada como el más ignorante para percibirlas.
Así pues, se da el caso de que quien se apasiona por la investigación científica y pasa sus ojos (que no necesariamente su cerebro) por lecturas de grandes divulgadores como Sagan, Hawking o Einstein, ya no en el terreno técnico cuanto en el de los principios científicos de la provisionalidad de la verdad, de la compelling evidence y la lógica, puede muy bien un día hacer de censor en su página de Facebook y suprimir el comentario de otra persona por hallarlo poco conveniente, colocándose discretamente en el primer escalón que lleva al sótano de la hoguera inquisitorial o del atentado suicida; es así como un comentario sobre el clima, el mole o los programas de Chespirito, puede ser recibido como un insulto personal por haber pisado inadvertidamente alguna fibra sensible del acomplejado cerebro de quien confunde la acumulación de datos con el uso eficaz del silogismo; es de esta forma, en suma, como la solemnidad imbécil gana el terreno que antes ocupaban las que siempre se consideraron prendas intelectuales muy apreciadas: el buen humor, la ironía, el sarcasmo, la conversación witty, la burla, sobre todo de sí mismo, porque en el fondo los que saben entienden su insignificancia y se hallan a gusto, sin traumas ni censuras, en ella.
A juzgar por lo que viene quedando, encuentro muy posible que la lady que no consintió payasadas en el cumpleaños de su hijo después de pagar por ellas, tenga título universitario y —cómo no— hasta un posgrado.
Así, quien emite opiniones en los tiempos idióticos que corren, ya sabe más o menos lo que le espera: tergiversación, afeamiento de la conducta, elogios desorientados, cuando no una paliza o un tiro en la sien. El escritor Javier Marías, aunque entiende que en tanto articulista que publica sus opiniones en la prensa debe estar hecho a la idea de que se le critique, lamentaba la recepción de airadas quejas no sólo de lo que escribía, sino de lo que el lector creía haber leído, aunque no se desprendiera del texto ni fuese posible leerlo entre líneas. Si publicaba, por ejemplo, la opinión de que no debería haber porcentajes o cuotas prefijadas por sexo o raza en sitios donde lo que importa es la capacidad para realizar una función (un gabinete, el congreso, las cátedras universitarias, por ejemplo), de que las cuotas limitaban la posibilidad de que en un momento dado los más capaces fuesen todos mujeres o todos de raza negra, no faltaba quien leyera en estas mismísimas palabras algo en contra de las mujeres o en contra de los negros o, ya en planos más psicológicos, misoginia, supremacismo blanco, chulería, egocentrismo, engreímiento, pedantería y, en un descuido, mariconez o satanismo. Los que leen mal y están en contra pueden resultar un fardo comparable al de los que leen mal y están a favor: ¿cuántas veces no nos avergüenza que una persona jure estar de acuerdo con nosotros y se deshaga en demostrar que nos comprende y apoya cuando claramente no entiende ni jota? ¿Qué hacer con los hipersensibles e idiotas? ¿qué con los censores y fanáticos?
Puede alegarse que tanto en el caso del infortunado payaso como en el de la continua lluvia de cartas a Javier Marías, el público es demasiado vulgar o amplio como para esperar nada mejor, que en un medio más educado —digamos, la universidad— las cosas seguramente serán diferentes. Que habrá sitio para el matiz y la comprensión, una tendencia a escuchar y reflexionar antes de soltar una andanada de idioteces o de exhibir la pobreza del propio razonamiento o la deplorable transparencia de los propios traumas. Pues no. En este país, un estudiante de posgrado lo mismo que un vendedor ambulante, pueden quedar igualados en su capacidad para deducir lo que no se dijo e ignorar lo que sí se afirmó, para declarar en un minuto su irrestricto respeto a la libertad de expresión y resentirse al siguiente de lo que, aun sin referirse a ellos, consideran agravio personal. La educación formal, que convence a sus víctimas de que da inteligencia, no hace sino empeorar las cosas al sumar la necedad al bagaje de quien aún es ignorante, privándolo así de la posibilidad de aprender. El individuo convencido de su inteligencia no escucha lo que se le dice ni lee lo que se escribe, sino lo que cree que ha dilucidado entre líneas, detrás del discurso, debajo de la superficie, en una desubicación lógica que, por querer pasarse de listo y no hacer el idiota, pone al contenido completamente fuera de su alcance. Esta selecta crema y nata intelectual no pregunta (puede parecer que no sabe), no se arredra (puede parecer débil), no corrige (sería reconocer que se ha equivocado) ni le importan las contradicciones porque en el fondo está tan incapacitada como el más ignorante para percibirlas.
Así pues, se da el caso de que quien se apasiona por la investigación científica y pasa sus ojos (que no necesariamente su cerebro) por lecturas de grandes divulgadores como Sagan, Hawking o Einstein, ya no en el terreno técnico cuanto en el de los principios científicos de la provisionalidad de la verdad, de la compelling evidence y la lógica, puede muy bien un día hacer de censor en su página de Facebook y suprimir el comentario de otra persona por hallarlo poco conveniente, colocándose discretamente en el primer escalón que lleva al sótano de la hoguera inquisitorial o del atentado suicida; es así como un comentario sobre el clima, el mole o los programas de Chespirito, puede ser recibido como un insulto personal por haber pisado inadvertidamente alguna fibra sensible del acomplejado cerebro de quien confunde la acumulación de datos con el uso eficaz del silogismo; es de esta forma, en suma, como la solemnidad imbécil gana el terreno que antes ocupaban las que siempre se consideraron prendas intelectuales muy apreciadas: el buen humor, la ironía, el sarcasmo, la conversación witty, la burla, sobre todo de sí mismo, porque en el fondo los que saben entienden su insignificancia y se hallan a gusto, sin traumas ni censuras, en ella.
A juzgar por lo que viene quedando, encuentro muy posible que la lady que no consintió payasadas en el cumpleaños de su hijo después de pagar por ellas, tenga título universitario y —cómo no— hasta un posgrado.
domingo, marzo 20, 2016
La prisión de la cordura
Escribir. ¿Cuántos años han transcurrido desde que me hice el propósito y no he conseguido algo que valga la pena? El largo tiempo de despreocupación adolescente que sólo produjo miles de líneas de tierna basura; el arranque de la adultez cuyos asuntos prácticos secaron la fuente de la poesía; el tiempo embridado de mi matrimonio con Luis Gala donde conseguí el árido tono de un acta notarial. Me digo a menudo que no había márgenes para nada, menos aún en ese largo período que siguió a mi divorcio y en que hube de trabajar intensamente, quién sabe si para sacudirme la sensación de fracaso que me invadía, quién sabe si para compensar la tardía promiscuidad que me llevó de una muchacha a otra hasta parar en Felicia. Pasé como mucha gente siendo la empleada que oscila entre la lealtad y el distanciamiento para con esa abstracción que es la institución o la empresa, aumentando la riqueza de otros a los que nunca vemos. Distrayéndome los fines de semana. Disipándome.
El que no escribe y quiere escribir, no obstante, sigue leyendo. En la ciudad, como es natural, nadie se extrañaba de este hábito y, aunque siempre con discreción, no faltaba quién me diera conversación sobre mis lecturas: una charla ligera, no necesariamente erudita, que lo mismo se daba en mitad de un pasillo al volver a la oficina después de comer que en un restaurante o en un paseo por las calles del centro. Mis interlocutores eran gente capaz de transitar cómodamente por la estrecha senda de la inteligencia sin pretensiones, algo que supongo facilitaba que no fuéramos ni académicos ni jefes, apenas empleados más o menos solitarios, con alguna educación en su haber y la certeza de haber malogrado el éxito, lo que, si bien pudiera parecer negativo, tenía un agradable efecto liberador sobre nuestras conductas: nada de humillar retóricamente ni querer llevar razón, ni conclusiones ni dogmas, todo provisionalidad, transcurso. Con Bacon, como descubrí más tarde, aquellos amigos y yo leíamos not to believe, nor yet to dispute, but to weigh and ponder.
Obviamente, las resacas del fin de semana o la continua negociación con las solidarias abuelas y solteronas de aquella vecindad donde vivía, para que cuidaran a mi hijo o lo recogieran al salir de la escuela, no daban apenas espacio para sentarse frente al escritorio del pequeño cuarto-estudio adornado con multitud de pequeñas macetas en la ventana, encender un cigarrillo y teclear penosamente sobre la vieja Olivetti cuyas cintas y repuestos eran cada vez más difíciles de encontrar. Cuando bebé, había que volver corriendo para ver por qué lloraba; cuando niño, había que sentarse a su lado para ayudarle con la tarea o salir a pasear con él para calmar la culpa de casi no pasar tiempo juntos; cuando adolescente, creí que era una buena idea abandonar la ciudad y volver al lugar donde circunstancialmente nació, el sitio donde su padre y yo nos separamos. Un lugar pequeño, me decía, donde pasaremos más tiempo juntos y yo podré escribir. Un lugar donde podré seguir leyendo y abandonar la disipación que en la ciudad me pasa tan elevada factura; donde podré superar la historia con Luis o reinventarla, escribirla; donde quizá nos vaya bien. Repartí las pequeñas macetas del cuarto-estudio entre mis vecinas, embalé nuestras cosas entre la ropa de mi hijo y la mía, regalé algunos libros a mis compañeros de oficina que lo mismo lamentaban que me fuera como encajaban estoicos mi partida: sus vidas, como la mía, una continua pérdida que de un punto de inflexión en adelante se aceptaba con modesta resignación.
Me mueve a vergüenza recordar mis primeros meses en Santa Teresa, cuando intentaba convencerme de la bondad del lugar y de las presuntas virtudes más o menos campiranas de sus habitantes: de su sinceridad que resultó falsa, de su simplicidad que era paranoia esquizoide, de su amistad que sólo era la ocasión de desplegar la más vulgar envidia material; la libertad sexual reducida a eyaculación precoz y la religiosidad, aún atea, mera fantochada. Hube de volver en el tiempo para consentir un ambiente tan retrógrado como su pequeño círculo de rancheras de sociedad, para seducir señoras convencidas de que lo que hacíamos no las hacía bisexuales, para no tomar a mal que sólo se entendieran los libros como inexplicables adornos para vitrinas. Hube de hacerme violencia mientras mi hijo completaba sus estudios y yo hacía lo necesario para dejar de ser empleada poniendo una librería, no tanto por interés cultural o de negocios, sino por extender lo que hasta entonces era privilegio de las vacaciones: el derecho a escoger a quienes me rodeaban, aunque sólo fuera mi hijo.
Cuando tenía quince años, en una edición en cuatro volúmenes de los que leí sólo dos, conocí el Quijote. A pesar de ser mujer, me veía armada caballero y viviendo aventuras por los campos, jurando lealtad a una Dulcinea que algunas veces tuvo el rostro de mis compañeras de secundaria y otras el de vecinas más o menos lúbricas. Me veo claramente con uno de esos volúmenes de duras tapas verdes en las manos, sentada en una roca frente a la barranca de Huentitán o mirando desde la azotea de la casa de campo de mis tíos la ahora extinta laguna de Atotonilco, o a un costado del camino a Talpa durante alguna peregrinación incierta de Semana Santa, o con los dedos de los pies y las posaderas llenas de la obscura arena de la playa de Guayabitos, fantaseando entusiasmada con que lo que tenía delante eran las entrañas de Sierra Morena, la Cueva de Montesinos o las lagunas de Ruidera. Un entusiasmo loco me poseía y entonces me ponía a escribir poemas con entera libertad, a darle a mi diario el aspecto de una aventura quijotesca con héroes y villanos entre los que mi madre advertía trasuntos de la vida familiar y ejercía de censora arrancando un poema erótico aquí o una diatriba contra mi padre acá. Entonces ignoraba cuánto debía mi espíritu a los paisajes que me rodeaban; años después, cuando dejé la ciudad junto con mi hijo, supe también cuánto le debía a los amables oídos de mis amigos, caballeros derrotados todos, con los que aún podía reproducir el ambiente desenfadado y fraterno de una cena del Siglo de Oro en alguna venta de la Mancha.
Hace poco reemprendí la lectura del Quijote, terminando los cuatro volúmenes que dejé a la mitad hace ya más de tres décadas. Lo hice en el estudio que mandé construir entre la librería y la casa que compartimos Felicia y yo, un sitio que bien podría ser adecuado para escribir porque no llegan a él más que los murmullos del viento o los ocasionales ladridos de las perras. Un sitio, con todo, estéril, donde no se conversa ni se escribe, tan lleno de libros como ayuno de ideas. Descubrí, con pena, que en toda la extensa planicie de Santa Teresa no había un sólo sitio por donde pudiera salir un día para internarme en el bosque con mis armas, ni una sima a la que descender para hacer penitencia, ni un vaso de agua en cuyas orillas pudiera tener una siesta profunda y en ella un sueño vivísimo donde volviéramos mi hijo y yo a conversar como antaño y decirnos '¿Has visto qué gente más hosca y primitiva? ¿Los autos de cristales obscuros que disminuyen la marcha mientras andamos por la ciudad? ¿Las mujeres que quieren casarse y tener hijos? Debemos irnos pronto de aquí antes de que nos despierten, huir de esta cantina polvorienta y zorruna, cuna de tu padre, oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. Ve tú primero y luego yo te alcanzo. Que no nos mate su cordura, que no nos ahoge su cieno de números y leyes. Ve y luego iré yo. ¡Ve, hijo mío! ¡Huye!'.
Mi hijo se fue. Pero ya no puedo alcanzarlo. Y desearía morir como Don Quijote excusándome de mis lecturas, de mi perversión que ahora tiene nombre de Felicia, de los paisajes a los que ya no puedo volver porque quizá nunca existieron. O escribir.
El que no escribe y quiere escribir, no obstante, sigue leyendo. En la ciudad, como es natural, nadie se extrañaba de este hábito y, aunque siempre con discreción, no faltaba quién me diera conversación sobre mis lecturas: una charla ligera, no necesariamente erudita, que lo mismo se daba en mitad de un pasillo al volver a la oficina después de comer que en un restaurante o en un paseo por las calles del centro. Mis interlocutores eran gente capaz de transitar cómodamente por la estrecha senda de la inteligencia sin pretensiones, algo que supongo facilitaba que no fuéramos ni académicos ni jefes, apenas empleados más o menos solitarios, con alguna educación en su haber y la certeza de haber malogrado el éxito, lo que, si bien pudiera parecer negativo, tenía un agradable efecto liberador sobre nuestras conductas: nada de humillar retóricamente ni querer llevar razón, ni conclusiones ni dogmas, todo provisionalidad, transcurso. Con Bacon, como descubrí más tarde, aquellos amigos y yo leíamos not to believe, nor yet to dispute, but to weigh and ponder.
Obviamente, las resacas del fin de semana o la continua negociación con las solidarias abuelas y solteronas de aquella vecindad donde vivía, para que cuidaran a mi hijo o lo recogieran al salir de la escuela, no daban apenas espacio para sentarse frente al escritorio del pequeño cuarto-estudio adornado con multitud de pequeñas macetas en la ventana, encender un cigarrillo y teclear penosamente sobre la vieja Olivetti cuyas cintas y repuestos eran cada vez más difíciles de encontrar. Cuando bebé, había que volver corriendo para ver por qué lloraba; cuando niño, había que sentarse a su lado para ayudarle con la tarea o salir a pasear con él para calmar la culpa de casi no pasar tiempo juntos; cuando adolescente, creí que era una buena idea abandonar la ciudad y volver al lugar donde circunstancialmente nació, el sitio donde su padre y yo nos separamos. Un lugar pequeño, me decía, donde pasaremos más tiempo juntos y yo podré escribir. Un lugar donde podré seguir leyendo y abandonar la disipación que en la ciudad me pasa tan elevada factura; donde podré superar la historia con Luis o reinventarla, escribirla; donde quizá nos vaya bien. Repartí las pequeñas macetas del cuarto-estudio entre mis vecinas, embalé nuestras cosas entre la ropa de mi hijo y la mía, regalé algunos libros a mis compañeros de oficina que lo mismo lamentaban que me fuera como encajaban estoicos mi partida: sus vidas, como la mía, una continua pérdida que de un punto de inflexión en adelante se aceptaba con modesta resignación.
Me mueve a vergüenza recordar mis primeros meses en Santa Teresa, cuando intentaba convencerme de la bondad del lugar y de las presuntas virtudes más o menos campiranas de sus habitantes: de su sinceridad que resultó falsa, de su simplicidad que era paranoia esquizoide, de su amistad que sólo era la ocasión de desplegar la más vulgar envidia material; la libertad sexual reducida a eyaculación precoz y la religiosidad, aún atea, mera fantochada. Hube de volver en el tiempo para consentir un ambiente tan retrógrado como su pequeño círculo de rancheras de sociedad, para seducir señoras convencidas de que lo que hacíamos no las hacía bisexuales, para no tomar a mal que sólo se entendieran los libros como inexplicables adornos para vitrinas. Hube de hacerme violencia mientras mi hijo completaba sus estudios y yo hacía lo necesario para dejar de ser empleada poniendo una librería, no tanto por interés cultural o de negocios, sino por extender lo que hasta entonces era privilegio de las vacaciones: el derecho a escoger a quienes me rodeaban, aunque sólo fuera mi hijo.
Cuando tenía quince años, en una edición en cuatro volúmenes de los que leí sólo dos, conocí el Quijote. A pesar de ser mujer, me veía armada caballero y viviendo aventuras por los campos, jurando lealtad a una Dulcinea que algunas veces tuvo el rostro de mis compañeras de secundaria y otras el de vecinas más o menos lúbricas. Me veo claramente con uno de esos volúmenes de duras tapas verdes en las manos, sentada en una roca frente a la barranca de Huentitán o mirando desde la azotea de la casa de campo de mis tíos la ahora extinta laguna de Atotonilco, o a un costado del camino a Talpa durante alguna peregrinación incierta de Semana Santa, o con los dedos de los pies y las posaderas llenas de la obscura arena de la playa de Guayabitos, fantaseando entusiasmada con que lo que tenía delante eran las entrañas de Sierra Morena, la Cueva de Montesinos o las lagunas de Ruidera. Un entusiasmo loco me poseía y entonces me ponía a escribir poemas con entera libertad, a darle a mi diario el aspecto de una aventura quijotesca con héroes y villanos entre los que mi madre advertía trasuntos de la vida familiar y ejercía de censora arrancando un poema erótico aquí o una diatriba contra mi padre acá. Entonces ignoraba cuánto debía mi espíritu a los paisajes que me rodeaban; años después, cuando dejé la ciudad junto con mi hijo, supe también cuánto le debía a los amables oídos de mis amigos, caballeros derrotados todos, con los que aún podía reproducir el ambiente desenfadado y fraterno de una cena del Siglo de Oro en alguna venta de la Mancha.
Hace poco reemprendí la lectura del Quijote, terminando los cuatro volúmenes que dejé a la mitad hace ya más de tres décadas. Lo hice en el estudio que mandé construir entre la librería y la casa que compartimos Felicia y yo, un sitio que bien podría ser adecuado para escribir porque no llegan a él más que los murmullos del viento o los ocasionales ladridos de las perras. Un sitio, con todo, estéril, donde no se conversa ni se escribe, tan lleno de libros como ayuno de ideas. Descubrí, con pena, que en toda la extensa planicie de Santa Teresa no había un sólo sitio por donde pudiera salir un día para internarme en el bosque con mis armas, ni una sima a la que descender para hacer penitencia, ni un vaso de agua en cuyas orillas pudiera tener una siesta profunda y en ella un sueño vivísimo donde volviéramos mi hijo y yo a conversar como antaño y decirnos '¿Has visto qué gente más hosca y primitiva? ¿Los autos de cristales obscuros que disminuyen la marcha mientras andamos por la ciudad? ¿Las mujeres que quieren casarse y tener hijos? Debemos irnos pronto de aquí antes de que nos despierten, huir de esta cantina polvorienta y zorruna, cuna de tu padre, oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento. Ve tú primero y luego yo te alcanzo. Que no nos mate su cordura, que no nos ahoge su cieno de números y leyes. Ve y luego iré yo. ¡Ve, hijo mío! ¡Huye!'.
Mi hijo se fue. Pero ya no puedo alcanzarlo. Y desearía morir como Don Quijote excusándome de mis lecturas, de mi perversión que ahora tiene nombre de Felicia, de los paisajes a los que ya no puedo volver porque quizá nunca existieron. O escribir.
sábado, marzo 12, 2016
Libertad en el cajón
Parece que el sector más educado del mundo cultiva la idea de que los Estados Unidos es un país inculto y vulgar, que ha conseguido su riqueza por la fuerza bruta del capitalismo más agresivo; que los norteamericanos son pragmáticos, eficaces en la consecución de objetivos concretos, alejados de la vida contemplativa; que mantienen una estrecha relación con la ciencia sólo por las ventajas tecnológicas que reporta, pero no porque estén casados con sus principios, aquélla tan sujeta como el resto de las cosas a la ley de la oferta y la demanda; que el confort y la riqueza conseguidos en medio de un analfabetismo cultural generalizado han vuelto irresponsables a las generaciones más recientes, produciendo fenómenos regresivos en relación con las libertades alcanzadas en el pasado. ¿Ha conocido la libertad en los Estados Unidos mejores días? ¿Cómo se mide su salud? ¿Cómo se compara con la de otros sitios?
En las clases medias y altas de países subdesarrollados como México o Brasil, prevalece la convicción de que, a pesar de sus profundas diferencias sociales, el tamaño y recursos de sus países los dejan a escasa distancia de los del primer mundo. Como si todo fuese un asunto material, la cuestión de la libertad, como muchas otras más o menos abstractas, se mira de soslayo. No tratándose de regímenes totalitarios, se da por sentado que la libertad existe sólo porque la hay de carácter civil o porque circulan periódicos de escasa distribución y bromas acotadas e ineficaces sobre los políticos. La incapacidad del Estado para garantizar la seguridad de los periodistas se considera un caso aislado en burbujas geográficas (sierras, zonas remotas) o temáticas (narcotráfico, delincuencia organizada); la falta de acidez de caricaturistas y críticos para con asuntos más amplios que el de la política no se ve con sospecha porque al fin y al cabo la ley no impide esa crítica y son los pueblos los que declinan su ejercicio. Que la arbitrariedad policiaca o gubernamental merme la libertad de las mayorías empobrecidas es asunto de reportajes con guión más o menos predecible, pero no un elemento significativo para considerar que el ejercicio de la libertad —la libertad de las clases media y alta, la libertad que cuenta— está limitada. ¿Para qué usan pues los márgenes, amplios o estrechos, de libertad de que disponen?
Además de los tradicionales medios de prensa y televisión donde el periodismo profesional se hace cargo de temas clásicos como la política (y lo hace a lo largo y ancho de todo su territorio, sin centro político ni geográfico), los Estados Unidos llevan el ejercicio de la libertad a terrenos en donde otros países no consiguen ni la universalidad ni la eficacia de ellos. Su masiva producción de programas de televisión, caricaturas y películas, consumidas en todo el mundo sin distingos de matrices culturales, pueden ser desde luego todo lo cuestionables que se quiera en términos de calidad o contenido; pero lo que decididamente reflejan es una sociedad volcada al ejercicio de su libertad y con una amplísima capacidad para la ironía, el sarcasmo y la acidez crítica. Una libertad, todo sea dicho, no exenta de conflictos que desembocan en demandas y tribunales, es decir, en aquellos sitios de que la ley dispone para la resolución de presuntos daños morales, difamaciones o calumnias. Una libertad que no debiera arredrarse por la amenaza cumplida de los terroristas islámicos, los grupos ultraconservadores, la rigidez y solemnidad de los intelectuales de izquierda, la mayor o menor comprensión de una población alejada de todo matiz en su concepción del mundo.
¿Qué ofrecen países subdesarrollados y aspiracionales como México o Brasil, como Turquía o India, a cambio? ¿Hay algún producto del ejercicio de su libertad que no sea inocuo? ¿Algo que no se encuentre afectado de provincialismo? ¿Son concebibles caricaturas como Daria, South Park o Family Guy en México? ¿Es posible que alguna vez aparezca una serie original y no derivada como las de House o Queer as Folk? ¿Alguna vez habrá algo como un Seinfeld turco o, como mínimo, el carácter cáustico debajo de los argumentos de series aparentemente inofensivas como la de Malcolm? En los años setenta, todavía al comienzo de la integración cultural del mundo a la que ha conducido la inmediatez de los medios de comunicación y la abundancia de combustibles para el transporte, hubo esfuerzos poco preocupados por la calidad o la escasez de recursos, que produjeron antihéroes como el Chapulín Colorado o programas orientados al mundo como Odisea Burbujas. Productos que, si bien podemos juzgar de ineficaces y cuestionar su universalidad, fueron originales y resultado del ejercicio (limitado) de la libertad. Productos que reflejan un desenvolvimiento muy alejado del complejo de inferioridad que décadas después se instaló entre los mexicanos haciéndolos abandonar hasta la intención de realizar programas originales para reemplazarlos con franquicias de programas norteamericanos.
¿Cómo entonces puede decirse que la libertad en los Estados Unidos goza de mala salud o que la de los países subdesarrollados es buena? ¿Cómo se sostiene la vitalidad norteamericana si la inmensa mayoría de su población es presuntamente vulgar y culturalmente analfabeta? El caso europeo, con no ser tan jovial, no parece reflejar las inconsistencias del norteamericano: una población más adulta y mejor educada produce y recibe productos de buena calidad intelectual. Y esos productos serios y agudos también han levantado ámpula conservadora o fundamentalista, con las horribles consecuencias que, por fortuna, el europeo promedio asume como costos laterales sin que se le ocurra sacrificar las libertades que le llevó siglos alcanzar. Coincidentemente con este despliegue creativo y crítico, los países desarrollados alcanzan cotas más altas en las ciencias y las artes. ¿Por qué pues en el subdesarrollo, donde formalmente existe la libertad para todo ello, no se ejerce?
Una pista: la cultura, tanto la que se adquiere por educación formal como la que resulta de los usos y costumbres, es un producto insidioso y de lenta modificación. En los países subdesarrollados puede haber libertad por ley para criticar los mitos religiosos relacionados con la virgen o para caricaturizar lo que un individuo encuentra criticable en una institución pública, pero prefiere emplearse dicha libertad en publicar un meme idiótico en internet o una broma privada de carácter inocuo. Está tan interiorizado el hábito de no tocar una gran cantidad de temas, de afirmar que hay libertad de expresión siempre que no se falte al respeto (!), de que han de cuidarse los resbalosos conceptos de decoro y decencia, que la población, ignorante y despreocupada, con más ánimo de pachanga que de verse criticada en programas o caricaturas, no usa más que aquellas libertades para cuya ejecución no se opone resistencia. ¿Cómo no ver en esta fachada de libertad habitada por el vacío la causa de que sus productos —los programas de televisión, el cine, la literatura, hasta el desarrollo científico y tecnológico que tanto deben a la libre discusión de las ideas— sean de mala calidad o no existan?
En las series norteamericanas vemos a personajes públicos caricaturizados, al racismo expuesto, al feminismo criticado, a la solemnidad lastimada una y otra vez con inteligencia y humor, en temas presuntamente delicados como el aborto o la homosexualidad, el consumo de drogas o la guerra. En contraste, los productos de nuestra libertad son chistes acartonados para consumo local y folclor, el jolgorio del fin de semana y la capacidad de subir el volumen de las propias bocinas para molestar al vecino. Incluso nuestros debates presidenciales tienen la vivacidad de una maqueta.
¿Hasta cuándo?
En las clases medias y altas de países subdesarrollados como México o Brasil, prevalece la convicción de que, a pesar de sus profundas diferencias sociales, el tamaño y recursos de sus países los dejan a escasa distancia de los del primer mundo. Como si todo fuese un asunto material, la cuestión de la libertad, como muchas otras más o menos abstractas, se mira de soslayo. No tratándose de regímenes totalitarios, se da por sentado que la libertad existe sólo porque la hay de carácter civil o porque circulan periódicos de escasa distribución y bromas acotadas e ineficaces sobre los políticos. La incapacidad del Estado para garantizar la seguridad de los periodistas se considera un caso aislado en burbujas geográficas (sierras, zonas remotas) o temáticas (narcotráfico, delincuencia organizada); la falta de acidez de caricaturistas y críticos para con asuntos más amplios que el de la política no se ve con sospecha porque al fin y al cabo la ley no impide esa crítica y son los pueblos los que declinan su ejercicio. Que la arbitrariedad policiaca o gubernamental merme la libertad de las mayorías empobrecidas es asunto de reportajes con guión más o menos predecible, pero no un elemento significativo para considerar que el ejercicio de la libertad —la libertad de las clases media y alta, la libertad que cuenta— está limitada. ¿Para qué usan pues los márgenes, amplios o estrechos, de libertad de que disponen?
Además de los tradicionales medios de prensa y televisión donde el periodismo profesional se hace cargo de temas clásicos como la política (y lo hace a lo largo y ancho de todo su territorio, sin centro político ni geográfico), los Estados Unidos llevan el ejercicio de la libertad a terrenos en donde otros países no consiguen ni la universalidad ni la eficacia de ellos. Su masiva producción de programas de televisión, caricaturas y películas, consumidas en todo el mundo sin distingos de matrices culturales, pueden ser desde luego todo lo cuestionables que se quiera en términos de calidad o contenido; pero lo que decididamente reflejan es una sociedad volcada al ejercicio de su libertad y con una amplísima capacidad para la ironía, el sarcasmo y la acidez crítica. Una libertad, todo sea dicho, no exenta de conflictos que desembocan en demandas y tribunales, es decir, en aquellos sitios de que la ley dispone para la resolución de presuntos daños morales, difamaciones o calumnias. Una libertad que no debiera arredrarse por la amenaza cumplida de los terroristas islámicos, los grupos ultraconservadores, la rigidez y solemnidad de los intelectuales de izquierda, la mayor o menor comprensión de una población alejada de todo matiz en su concepción del mundo.
¿Qué ofrecen países subdesarrollados y aspiracionales como México o Brasil, como Turquía o India, a cambio? ¿Hay algún producto del ejercicio de su libertad que no sea inocuo? ¿Algo que no se encuentre afectado de provincialismo? ¿Son concebibles caricaturas como Daria, South Park o Family Guy en México? ¿Es posible que alguna vez aparezca una serie original y no derivada como las de House o Queer as Folk? ¿Alguna vez habrá algo como un Seinfeld turco o, como mínimo, el carácter cáustico debajo de los argumentos de series aparentemente inofensivas como la de Malcolm? En los años setenta, todavía al comienzo de la integración cultural del mundo a la que ha conducido la inmediatez de los medios de comunicación y la abundancia de combustibles para el transporte, hubo esfuerzos poco preocupados por la calidad o la escasez de recursos, que produjeron antihéroes como el Chapulín Colorado o programas orientados al mundo como Odisea Burbujas. Productos que, si bien podemos juzgar de ineficaces y cuestionar su universalidad, fueron originales y resultado del ejercicio (limitado) de la libertad. Productos que reflejan un desenvolvimiento muy alejado del complejo de inferioridad que décadas después se instaló entre los mexicanos haciéndolos abandonar hasta la intención de realizar programas originales para reemplazarlos con franquicias de programas norteamericanos.
¿Cómo entonces puede decirse que la libertad en los Estados Unidos goza de mala salud o que la de los países subdesarrollados es buena? ¿Cómo se sostiene la vitalidad norteamericana si la inmensa mayoría de su población es presuntamente vulgar y culturalmente analfabeta? El caso europeo, con no ser tan jovial, no parece reflejar las inconsistencias del norteamericano: una población más adulta y mejor educada produce y recibe productos de buena calidad intelectual. Y esos productos serios y agudos también han levantado ámpula conservadora o fundamentalista, con las horribles consecuencias que, por fortuna, el europeo promedio asume como costos laterales sin que se le ocurra sacrificar las libertades que le llevó siglos alcanzar. Coincidentemente con este despliegue creativo y crítico, los países desarrollados alcanzan cotas más altas en las ciencias y las artes. ¿Por qué pues en el subdesarrollo, donde formalmente existe la libertad para todo ello, no se ejerce?
Una pista: la cultura, tanto la que se adquiere por educación formal como la que resulta de los usos y costumbres, es un producto insidioso y de lenta modificación. En los países subdesarrollados puede haber libertad por ley para criticar los mitos religiosos relacionados con la virgen o para caricaturizar lo que un individuo encuentra criticable en una institución pública, pero prefiere emplearse dicha libertad en publicar un meme idiótico en internet o una broma privada de carácter inocuo. Está tan interiorizado el hábito de no tocar una gran cantidad de temas, de afirmar que hay libertad de expresión siempre que no se falte al respeto (!), de que han de cuidarse los resbalosos conceptos de decoro y decencia, que la población, ignorante y despreocupada, con más ánimo de pachanga que de verse criticada en programas o caricaturas, no usa más que aquellas libertades para cuya ejecución no se opone resistencia. ¿Cómo no ver en esta fachada de libertad habitada por el vacío la causa de que sus productos —los programas de televisión, el cine, la literatura, hasta el desarrollo científico y tecnológico que tanto deben a la libre discusión de las ideas— sean de mala calidad o no existan?
En las series norteamericanas vemos a personajes públicos caricaturizados, al racismo expuesto, al feminismo criticado, a la solemnidad lastimada una y otra vez con inteligencia y humor, en temas presuntamente delicados como el aborto o la homosexualidad, el consumo de drogas o la guerra. En contraste, los productos de nuestra libertad son chistes acartonados para consumo local y folclor, el jolgorio del fin de semana y la capacidad de subir el volumen de las propias bocinas para molestar al vecino. Incluso nuestros debates presidenciales tienen la vivacidad de una maqueta.
¿Hasta cuándo?
sábado, febrero 27, 2016
La Catrina
Por la precipitación y malas noticias que lo motivaban, el viaje fue desaseado. Podían haber esperado a la mañana para informarle del robo, pero decidieron hacerlo la víspera, justo cuando cabeceaba frente al televisor y entremezclaba las frases del locutor con imágenes sacadas de los acontecimientos del día: la estudiante que recogió del suelo la pluma que se le cayó en el salón para dársela en la mano, repetía incongruentemente que eso era todo por hoy y que volverían si los acontecimientos así lo exigían, cuando de pronto un zumbido como de tren y luego como de teléfono, los hacía volverse hacia la puerta del aula que se transformaba insensiblemente en la de la habitación, disipada ya la duermevela y sus ojos abiertos, con el celular bailando sobre el buró como un insecto gordo que recién ha perdido las alas.
Fueron breves sus palabras, pero suficientes para dejarlo instalado en un insomnio de muchas horas. Mientras hacía la reserva llamando a asistentes nocturnas que probaban ser tan ineficaces como las de la vigilia, repetía para sí mismo las frases que le habían comunicado desde Guadalajara por teléfono: entraron por la puerta de atrás, faltan algunos aparatos, todo está en desorden. Debieron llevarse una gran decepción los ladrones, pensaba, por la escasez de cosas útiles y la abundancia de lo que debieron juzgar como simples papeles viejos: libros encuadernados en piel o tapas duras con lomos grabados en letras doradas, textos modernos todavía envueltos en el infame plástico de las tiendas, la Biblia que le regalara su abuela al morir y que habrán identificado por esa horrenda y desproporcionada virgen que más bien parecía un Nazi microcefálico con hombros de buey y capa estrellada. Y a la decepción bien pudo seguirle la ira, pensaba, manifestada tal vez en un hacer pedazos los libros o incendiar la casa, aunque no le dijeron nada parecido, quizá porque en la prisa de la llamada no habían querido entrar en detalles y preferían esperar a que se presentase en la que hasta hace algunos años fue su casa y de la que no pensó fuera a apartarse nunca y menos para venir hasta el desierto de Santa Teresa con la promesa de una vida tranquila cuyo sospechoso silencio e infinita soledad sólo la han convertido en una inagotable fuente de angustia cósmica.
Así pues, se maldecía por haber esperado tanto para decidirse a traer las cosas de aquella casa y no haber obrado conforme al pragmatismo más elemental. ¿A qué guardar casas en el terruño? ¿A qué convertirlas en museos absurdos donde sólo él imaginaba que aún se reproducían los diálogos de antiguas discusiones con el amor perdido, el descanso de su hijo muerto todavía vivo en el sofá-cama del cuarto hexagonal, visitado a su vez por los fantasmas de los muchos amantes que ahí mismo fueron follados? Los cuadros, aún sin valor, habrán desaparecido, pensaba por encima de nubes difusas y alargadas debajo de las cuáles se distinguía a veces la coordillera, a veces el mar. El retrato de Alan Finch, el busto de Muriel, hasta la casita de pueblo con sombras incongruentes de Galván, todo se lo habrán llevado los ladrones no porque supieran su valor cuanto por la mucha televisión que los habrá convencido de que todo lo que se pone en un marco vale una fortuna. Si así es, quizá haya que buscar todo eso en el tianguis de antigüedades de la avenida México, ¿dónde más? Ahí donde compré la Catrina, maldito anuncio de lo que vino después, ya me parece que habla y se quita el sombrero y su cabeza está llena de gusanos, ¡cuidado con la cabeza! ¡la cabeza! "Señor, señor, ¿jugo o coca cola?". Lo despiertan.
El aeropuerto, como las avenidas y fraccionamientos que invaden el valle de Atemajac y los sembradíos donde hace no mucho comprara jícamas y elotes, es un montaje de cartón debajo del cual no hay nada: ni cimientos, ni vigas, ni una idea. Un hervidero de insectos venidos de todas partes lo consumen todo a gran velocidad y él atraviesa la consumición de un extremo a otro hasta presentarse en el domicilio donde ya lo esperan el vigilante y el encargado. Pide entrar solo. En la sala no se advierte mayor desorden, pero faltan el cenicero de Praga y la reproducción de Muchacha en la ventana que enviara Victoria desde Sevilla. Sorprendentemente, las pequeñas porcelanas con monedas de otros países están completas y en su sitio; los adornos, a pesar de su brillo, intocados. No corrió la misma suerte la biblioteca que se encuentra con casi la mitad de sus libros por el suelo en increíble desorden. En la planta alta y contrario a lo que suponía, no se han llevado más que el retrato de Alan Finch y, advierte, han seleccionado algunos discos, no sólo compactos, sino hasta de pasta. Definitivamente el encargado ha exagerado: ¿faltan aparatos? Sólo un despertador antiguo y un tocadiscos de los años ochenta que todavía servía (incluido un paquete de diez agujas reproductoras cada vez más difíciles de conseguir). ¿Qué criterio ha seguido el ladrón (no puede concebir que sea un grupo) al llevarse unos discos y dejar otros? Ni siquiera se ha llevado todos los del mismo artista... Entonces, sentado en la cama cuya colcha aun tiene el perfil de quien debió recostarse en ella y estirar las manos, un pensamiento le hace pasar saliva y dirigirse de nuevo a toda prisa a la planta baja: si esto ha hecho con los discos, ¿qué hizo con los libros?
Es difícil caminar por entre el tiradero y le toma varias horas volver a poner todo en su sitio, pero sólo quince minutos para confirmar sus terribles sospechas: efectivamente, faltan muchos volúmenes, libros que fueron seleccionados cuidadosamente. De los antiguos no queda sino un par, ambos religiosos; de los modernos el ladrón ha mostrado una gran predilección por autores ingleses y nórdicos, pero ha dejado por el suelo o en su sitio a todos los franceses y españoles; le extraña que falten todos los hispanoamericanos (por hallarlo contrario al criterio), pero enseguida se corrige: el ladrón no se los ha llevado, sino que formó con ellos una pira en el patio: adiós al opúsculo de Novo o a la primera edición de Martí, al ensayo de Paz con errores de imprenta por él corregidos o al Borges anotado por Bioy. No queda uno sólo de los autores raros ni los estudios que sobre esos mismos autores hacen las casas editoriales holandesas tan exclusivas como costosas. Prácticamente todo lo que el ladrón se llevó no podrá volver a adquirirlo, ya sea porque la edición ya no existe o porque fueron comprados en países extranjeros a los que ya no volverá jamás. La Biblia está en el suelo, sobre el retrato de su hijo boca abajo.
Cuando por fin ha digerido la parte más dura de su ira y se ha tranquilizado acomodando todo, descubre el cuerpo de la Catrina en mitad del jardín, sin la cabeza tocada por el sombrero. Un detalle siniestro o un síntoma de que se acabó la muerte, piensa, pero decide dejarla en su sitio. Sale a buscar al encargado para darle instrucciones, toma el auto y atraviesa una ciudad que ya no reconoce como suya y cuyas calles parecen vomitar autos a cada esquina, el aire con olor a gasolina mal quemada, el color del cielo siempre vacilante, inseguro, compungido. No encuentra sitio dónde aparcar. Cuando lo haya, debe caminar varias cuadras para descubrir que la cafetería en donde deseaba sentarse a pensar con más claridad lo que ha de hacer con la casa y con su vida, ha cerrado. ¿Es esto un signo? ¿No debería estar inquieto por las extrañas características del robo? Anda por el ancho camellón de la avenida donde los chicos hacen suertes en patineta y se horroriza al ver, pocas cuadras después, que han arrancado de tajo los árboles. Las bancas que instalaron en los años cincuentas, han desaparecido bajo bulldozers y taladros. Se anuncian mejoras con grandes letreros rematados por todavía mayores fotografías de pulposos políticos.
Obscurece. El celular vuelve a saltar, esta vez en el bolsillo del saco. Llamada de Santa Teresa. Otro robo. Ahora ya sabe dónde encontrar la cabeza de la Catrina.
Fueron breves sus palabras, pero suficientes para dejarlo instalado en un insomnio de muchas horas. Mientras hacía la reserva llamando a asistentes nocturnas que probaban ser tan ineficaces como las de la vigilia, repetía para sí mismo las frases que le habían comunicado desde Guadalajara por teléfono: entraron por la puerta de atrás, faltan algunos aparatos, todo está en desorden. Debieron llevarse una gran decepción los ladrones, pensaba, por la escasez de cosas útiles y la abundancia de lo que debieron juzgar como simples papeles viejos: libros encuadernados en piel o tapas duras con lomos grabados en letras doradas, textos modernos todavía envueltos en el infame plástico de las tiendas, la Biblia que le regalara su abuela al morir y que habrán identificado por esa horrenda y desproporcionada virgen que más bien parecía un Nazi microcefálico con hombros de buey y capa estrellada. Y a la decepción bien pudo seguirle la ira, pensaba, manifestada tal vez en un hacer pedazos los libros o incendiar la casa, aunque no le dijeron nada parecido, quizá porque en la prisa de la llamada no habían querido entrar en detalles y preferían esperar a que se presentase en la que hasta hace algunos años fue su casa y de la que no pensó fuera a apartarse nunca y menos para venir hasta el desierto de Santa Teresa con la promesa de una vida tranquila cuyo sospechoso silencio e infinita soledad sólo la han convertido en una inagotable fuente de angustia cósmica.
Así pues, se maldecía por haber esperado tanto para decidirse a traer las cosas de aquella casa y no haber obrado conforme al pragmatismo más elemental. ¿A qué guardar casas en el terruño? ¿A qué convertirlas en museos absurdos donde sólo él imaginaba que aún se reproducían los diálogos de antiguas discusiones con el amor perdido, el descanso de su hijo muerto todavía vivo en el sofá-cama del cuarto hexagonal, visitado a su vez por los fantasmas de los muchos amantes que ahí mismo fueron follados? Los cuadros, aún sin valor, habrán desaparecido, pensaba por encima de nubes difusas y alargadas debajo de las cuáles se distinguía a veces la coordillera, a veces el mar. El retrato de Alan Finch, el busto de Muriel, hasta la casita de pueblo con sombras incongruentes de Galván, todo se lo habrán llevado los ladrones no porque supieran su valor cuanto por la mucha televisión que los habrá convencido de que todo lo que se pone en un marco vale una fortuna. Si así es, quizá haya que buscar todo eso en el tianguis de antigüedades de la avenida México, ¿dónde más? Ahí donde compré la Catrina, maldito anuncio de lo que vino después, ya me parece que habla y se quita el sombrero y su cabeza está llena de gusanos, ¡cuidado con la cabeza! ¡la cabeza! "Señor, señor, ¿jugo o coca cola?". Lo despiertan.
El aeropuerto, como las avenidas y fraccionamientos que invaden el valle de Atemajac y los sembradíos donde hace no mucho comprara jícamas y elotes, es un montaje de cartón debajo del cual no hay nada: ni cimientos, ni vigas, ni una idea. Un hervidero de insectos venidos de todas partes lo consumen todo a gran velocidad y él atraviesa la consumición de un extremo a otro hasta presentarse en el domicilio donde ya lo esperan el vigilante y el encargado. Pide entrar solo. En la sala no se advierte mayor desorden, pero faltan el cenicero de Praga y la reproducción de Muchacha en la ventana que enviara Victoria desde Sevilla. Sorprendentemente, las pequeñas porcelanas con monedas de otros países están completas y en su sitio; los adornos, a pesar de su brillo, intocados. No corrió la misma suerte la biblioteca que se encuentra con casi la mitad de sus libros por el suelo en increíble desorden. En la planta alta y contrario a lo que suponía, no se han llevado más que el retrato de Alan Finch y, advierte, han seleccionado algunos discos, no sólo compactos, sino hasta de pasta. Definitivamente el encargado ha exagerado: ¿faltan aparatos? Sólo un despertador antiguo y un tocadiscos de los años ochenta que todavía servía (incluido un paquete de diez agujas reproductoras cada vez más difíciles de conseguir). ¿Qué criterio ha seguido el ladrón (no puede concebir que sea un grupo) al llevarse unos discos y dejar otros? Ni siquiera se ha llevado todos los del mismo artista... Entonces, sentado en la cama cuya colcha aun tiene el perfil de quien debió recostarse en ella y estirar las manos, un pensamiento le hace pasar saliva y dirigirse de nuevo a toda prisa a la planta baja: si esto ha hecho con los discos, ¿qué hizo con los libros?
Es difícil caminar por entre el tiradero y le toma varias horas volver a poner todo en su sitio, pero sólo quince minutos para confirmar sus terribles sospechas: efectivamente, faltan muchos volúmenes, libros que fueron seleccionados cuidadosamente. De los antiguos no queda sino un par, ambos religiosos; de los modernos el ladrón ha mostrado una gran predilección por autores ingleses y nórdicos, pero ha dejado por el suelo o en su sitio a todos los franceses y españoles; le extraña que falten todos los hispanoamericanos (por hallarlo contrario al criterio), pero enseguida se corrige: el ladrón no se los ha llevado, sino que formó con ellos una pira en el patio: adiós al opúsculo de Novo o a la primera edición de Martí, al ensayo de Paz con errores de imprenta por él corregidos o al Borges anotado por Bioy. No queda uno sólo de los autores raros ni los estudios que sobre esos mismos autores hacen las casas editoriales holandesas tan exclusivas como costosas. Prácticamente todo lo que el ladrón se llevó no podrá volver a adquirirlo, ya sea porque la edición ya no existe o porque fueron comprados en países extranjeros a los que ya no volverá jamás. La Biblia está en el suelo, sobre el retrato de su hijo boca abajo.
Cuando por fin ha digerido la parte más dura de su ira y se ha tranquilizado acomodando todo, descubre el cuerpo de la Catrina en mitad del jardín, sin la cabeza tocada por el sombrero. Un detalle siniestro o un síntoma de que se acabó la muerte, piensa, pero decide dejarla en su sitio. Sale a buscar al encargado para darle instrucciones, toma el auto y atraviesa una ciudad que ya no reconoce como suya y cuyas calles parecen vomitar autos a cada esquina, el aire con olor a gasolina mal quemada, el color del cielo siempre vacilante, inseguro, compungido. No encuentra sitio dónde aparcar. Cuando lo haya, debe caminar varias cuadras para descubrir que la cafetería en donde deseaba sentarse a pensar con más claridad lo que ha de hacer con la casa y con su vida, ha cerrado. ¿Es esto un signo? ¿No debería estar inquieto por las extrañas características del robo? Anda por el ancho camellón de la avenida donde los chicos hacen suertes en patineta y se horroriza al ver, pocas cuadras después, que han arrancado de tajo los árboles. Las bancas que instalaron en los años cincuentas, han desaparecido bajo bulldozers y taladros. Se anuncian mejoras con grandes letreros rematados por todavía mayores fotografías de pulposos políticos.
Obscurece. El celular vuelve a saltar, esta vez en el bolsillo del saco. Llamada de Santa Teresa. Otro robo. Ahora ya sabe dónde encontrar la cabeza de la Catrina.
domingo, febrero 21, 2016
¡Candidato, candidato!
La gente es infame y, sin embargo, desde que se inventó la democracia moderna los que aspiramos a mandar nos vemos obligados a buscar su voto; a sonreírles y tolerarles y aun aplaudirles sus imbecilidades; a estar de acuerdo cuando no se podía disentir más, hasta el punto en que muchos de los que a esto se dedican han terminado convencidos de que su fingimiento no es tal y que se llama respeto. Yo no me engaño, vamos, ni de broma: sé que finjo cuando respondo con palabras tersas y reposadas a las mayores sandeces y necedades, que todo es un diálogo de sordos en donde cada loco repite invariable y monótonamente su propio tema, especialmente en los tiempos que corren donde a la más retrógrada ignorancia se une el irrefrenable deseo de apabullar a los demás con la propia filosofía. Antes el periódico y los libros, unos cuantos escribiendo y otros pocos leyendo. Antes la televisión y su audiencia más o menos boba, pero sin micrófono, apenas enfocada, apenas entrevista. Luego el internet con su explosión de cursis y afeminados, de exaltados modistos y opinantes de mierda. El reino del twitter y del caralibro, la multiplicación de los asnos, ¿qué más democrático que esto?
Algunos dirían que los que buscamos la rectoría de la universidad lo tenemos mucho más fácil que los que buscan la presidencia municipal o la gubernatura, porque al estar nuestro universo de votantes limitado a gente con grados universitarios y profesores cosmopolitas, nos ahorramos las más burras opiniones y los comportamientos más abyectos. Eso será en otros sitios. Stanford, Oxford, La Sorbona. En Santa Teresa poco distingo entre los argumentos de la mujer que me atiende en la tortillería y las razones de los estudiantes y maestros: gente desinformada, vulgar, chismosa y lisonjera, que apenas se enteró de que yo aspiraba al puesto cuando ya me estaban tratando con inusitada deferencia. Una coba extraña que tiene más de cargo que de abono, pues quien así nos trata no busca endulzarnos el oído para obtener favores (lo lógico, lo superficial y aun comprensible) sino también someternos a la impúdica cretinización que supone fingir que nos importan todos los aspectos de sus muy mediocres vidas, sus consejos para vivir mejor o la salud de sus hijos. Uno se pregunta qué deficiencias tan graves pueden estarse produciendo en el seno de una sociedad cuyos miembros ven en cada interlocutor a un terapeuta: el médico que lo atiende, la secretaria de turno, el candidato a la rectoría. Da igual, mierda.
Como en un concurso de belleza donde Miss Kentucky afirma, poniéndose un dedo en la boca e interrumpiéndose con simpáticas risas, que trabajará para acabar con las guerras porque todos somos seres humanos y basta ponernos de acuerdo, los candidatos nos vemos obligados a la repetición de fórmulas que los demás compran de la manera más estúpida posible sin cuestionarse nunca sobre la viabilidad o el sentido de lo que proponemos. Sólo tienen oídos para las ideas que refuerzan su convicción de que todo es bueno y gratis: becas para todos, plazas directas aunque dependan del gobierno federal, una línea de metro que los traiga directamente a la escuela aunque no pueda pagarse ni tenga sentido ni haya dios que pueda aguantarse la risa ante semejante idiotez. Cuando pensé que no podría ser peor, uno de mis contrincantes pagó en la radio un sentido promocional en donde se limita a repetir que tiene un sueño donde la universidad es la mejor del mundo. Las estadísticas demostraron que el número de sus seguidores casi se duplicó en menos de dos días de repetir este insulso anuncio. Sueños, ya ni siquiera un servicio de helicóptero que recoja a cada estudiante en su domicilio. Sueños y ya. Voladores o no. Con o sin beca. Sueños. ¿No es maravilloso?
Es claro que voy a perder porque mi hartazgo alcanza ya a traslucirse a pesar de mis esfuerzos. No sé qué resulta más insoportable: si los contrincantes cuyo carácter de candidatos me hace forzosamente su semejante, si los que los apoyan y procuran echarnos tierra con argumentos incontestables ('¡Están diciendo mentiras, güey!'), o si lo peor de todo son nuestros seguidores, los amigos que no escogimos y nos han hecho depositarios del pesadísimo fardo de su inseguridad disfrazada de confianza. El día de ayer una maestra, destacada por su participación en mi campaña, me interrumpió en el auditorio con entusiastas gritos y sonrisas: "¡maestro, maestro, por acá, mire!", dijo mientras forcejeaba por levantar a una niña de unos tres o cuatro años con dificultad. La exposición en que con cifras yo demostraba que, de seguir el aumento de prestaciones exigido por el sindicato, las pensiones serían inviables en menos de cinco años, quedó en suspenso mientras ella completaba: "Es mi hija, maestro, pero ¿qué cree? Quiere darle un beso la niña, ¿cómo ve esta escuincla volada, eh? ¿cómo ve?". La niña empezó a llorar y no recuerdo ya cómo salí de aquel embrollo sin cachetear a la alucinada profesora ni perder el hilo de la exposición que, relajada por fuerza, tuvo aún que soportar las histéricas risas de quienes consideraron importante significarse ante mí de aquella manera para darme, según me explicó otro hombre de confianza, 'aspecto afable y bromista'.
"Otros dos o tres actos así, que la raza vea que eres de fiar, y fierro, vas pa dentro", detalló. A costa del erario, claro, que no escatima en gastos de representación. Que aguanta. Que es infinito.
Hijos de puta.
Algunos dirían que los que buscamos la rectoría de la universidad lo tenemos mucho más fácil que los que buscan la presidencia municipal o la gubernatura, porque al estar nuestro universo de votantes limitado a gente con grados universitarios y profesores cosmopolitas, nos ahorramos las más burras opiniones y los comportamientos más abyectos. Eso será en otros sitios. Stanford, Oxford, La Sorbona. En Santa Teresa poco distingo entre los argumentos de la mujer que me atiende en la tortillería y las razones de los estudiantes y maestros: gente desinformada, vulgar, chismosa y lisonjera, que apenas se enteró de que yo aspiraba al puesto cuando ya me estaban tratando con inusitada deferencia. Una coba extraña que tiene más de cargo que de abono, pues quien así nos trata no busca endulzarnos el oído para obtener favores (lo lógico, lo superficial y aun comprensible) sino también someternos a la impúdica cretinización que supone fingir que nos importan todos los aspectos de sus muy mediocres vidas, sus consejos para vivir mejor o la salud de sus hijos. Uno se pregunta qué deficiencias tan graves pueden estarse produciendo en el seno de una sociedad cuyos miembros ven en cada interlocutor a un terapeuta: el médico que lo atiende, la secretaria de turno, el candidato a la rectoría. Da igual, mierda.
Como en un concurso de belleza donde Miss Kentucky afirma, poniéndose un dedo en la boca e interrumpiéndose con simpáticas risas, que trabajará para acabar con las guerras porque todos somos seres humanos y basta ponernos de acuerdo, los candidatos nos vemos obligados a la repetición de fórmulas que los demás compran de la manera más estúpida posible sin cuestionarse nunca sobre la viabilidad o el sentido de lo que proponemos. Sólo tienen oídos para las ideas que refuerzan su convicción de que todo es bueno y gratis: becas para todos, plazas directas aunque dependan del gobierno federal, una línea de metro que los traiga directamente a la escuela aunque no pueda pagarse ni tenga sentido ni haya dios que pueda aguantarse la risa ante semejante idiotez. Cuando pensé que no podría ser peor, uno de mis contrincantes pagó en la radio un sentido promocional en donde se limita a repetir que tiene un sueño donde la universidad es la mejor del mundo. Las estadísticas demostraron que el número de sus seguidores casi se duplicó en menos de dos días de repetir este insulso anuncio. Sueños, ya ni siquiera un servicio de helicóptero que recoja a cada estudiante en su domicilio. Sueños y ya. Voladores o no. Con o sin beca. Sueños. ¿No es maravilloso?
Es claro que voy a perder porque mi hartazgo alcanza ya a traslucirse a pesar de mis esfuerzos. No sé qué resulta más insoportable: si los contrincantes cuyo carácter de candidatos me hace forzosamente su semejante, si los que los apoyan y procuran echarnos tierra con argumentos incontestables ('¡Están diciendo mentiras, güey!'), o si lo peor de todo son nuestros seguidores, los amigos que no escogimos y nos han hecho depositarios del pesadísimo fardo de su inseguridad disfrazada de confianza. El día de ayer una maestra, destacada por su participación en mi campaña, me interrumpió en el auditorio con entusiastas gritos y sonrisas: "¡maestro, maestro, por acá, mire!", dijo mientras forcejeaba por levantar a una niña de unos tres o cuatro años con dificultad. La exposición en que con cifras yo demostraba que, de seguir el aumento de prestaciones exigido por el sindicato, las pensiones serían inviables en menos de cinco años, quedó en suspenso mientras ella completaba: "Es mi hija, maestro, pero ¿qué cree? Quiere darle un beso la niña, ¿cómo ve esta escuincla volada, eh? ¿cómo ve?". La niña empezó a llorar y no recuerdo ya cómo salí de aquel embrollo sin cachetear a la alucinada profesora ni perder el hilo de la exposición que, relajada por fuerza, tuvo aún que soportar las histéricas risas de quienes consideraron importante significarse ante mí de aquella manera para darme, según me explicó otro hombre de confianza, 'aspecto afable y bromista'.
"Otros dos o tres actos así, que la raza vea que eres de fiar, y fierro, vas pa dentro", detalló. A costa del erario, claro, que no escatima en gastos de representación. Que aguanta. Que es infinito.
Hijos de puta.
sábado, febrero 13, 2016
Atalaya
Duran poco las satisfacciones, pues enseguida de que se produce un evento favorable o se consigue lo deseado, queda tiempo suficiente para que todo repose de nuevo y el día siguiente al del cumpleaños o al del premio o al del feliz término del negocio, ya se miren las cosas como asentadas y al paso del más tiempo se deslicen insensiblemente hacia la más absoluta normalidad. Así pues, hace años que no me sabe a libertad el haberme divorciado de Luis Gala, aquel regocijo de vértigo que me invadió cuando en ausencia del aludido que ya se había fugado al norte, un juez me concedió los papeles de mi libertad en medio de un juzgado gris en donde resonaba el eco lejano de máquinas de escribir, con sus teclas ominosas, sus rodillos rechinando al sacar las hojas, la campanilla del carro al volver a su posición inicial a cada cambio de renglón. Tampoco abona ya a mi satisfacción aquel día en que renuncié a mi trabajo, con la librería recién abierta y aun lejos de ser provechosa, pero feliz de poder liberarme de la discreta y no bien comprendida opresión que representaba estar rodeada de colegas idiotas cuyo sólo trato constituía un agravio, despedir esos años en que disfrutaba las vacaciones no tanto por estar lejos de mi oficina cuanto por ser los únicos períodos en que podía escoger a mis amistades (y las hubo en que no veía a nadie, ya fuera que me encerrara en casa o me largara diez días a una ciudad europea para caminar en perfecto silencio, entrar y salir de cafeterías o restaurantes donde comía frugalmente, y mirar algunas galerías o tiendas sin mayores pretensiones ni significado).
Así pues, ocurre que de pronto me veo inserta en la rutina de atender la librería y hacerme acompañar de Felicia todos los días, con la ocasional visita de amigos suyos o conocidos míos, y me pregunto, no sin cierta preocupación, si es así como quiero vivir mi vida o pasar lo que quede de ella, no diría yo que aburrida (no conozco ese estado) cuanto doblegada por un mundo al que he renunciado por hallarme incapaz de lidiar con él, amén de modificarlo. Percibo la historia de mis últimos años como un progresivo solipsismo, eso que algunos cursis llaman exilio interior y que no es otra cosa que una acumulación de renuncias, una reducción del yo que tiende a la evanescencia: primero Luis y la esfera de los hombres con la que ya se fue buena parte de la realidad; luego ese mundo de esclavos del que formé parte porque uno crece con la idea de que es natural emplearse en la empresa y la fábrica, en la institución y el gobierno; luego el hachazo terrible de la pérdida de mi hijo y ahora hasta la necesidad de que la misma Felicia guarde su distancia, cosa que me facilita la diferencia de edades e intereses y sus cada vez más frecuentes salidas con amigos suyos como ese Argel a quien debo parecerle una vieja amargada.
Y lo soy, sí, indudablemente. Una vieja que refunfuña, no se sabe bien si de la realidad o de la presencia de los otros, pues a solas no me da nunca por quejarme y hasta consigo, si se me da tiempo, olvidarme de mis preocupaciones y jugar con la imaginación hasta hacerme sonreír para mí misma: cómplice, cordial, divertida. A solas leo y escribo. A solas escucho música. A solas pienso. A solas miro mi colección de monedas o peino las tres muñecas que sobrevivieron a las infinitas mudanzas de mi vida. A solas llevo bien los áridos libros de contabilidad y escoger una nueva fotografía de mi hijo para poner en el marco de mi escritorio. En cambio, los otros son insoportables, invasivos, unos opinantes de mierda: mi madre a la que debo cuidar y que sólo sabe herirme; Felicia cuyo cuerpo joven y magnífico a veces me sabe a mármol o madera, a deporte o industria; los conocidos que unas veces son condescendientes y otras agradables, unas comprensivos y otras retóricos o directamente estúpidos. '¡Al diablo!', me digo. ¿Cómo soportarlo?
'Ficción', me he dicho al abrir involuntariamente la puerta esta mañana, mientras daba los buenos días y me secaba las manos con un trapo para saludarles, 'ficción' al dejar pasar a los desconocidos cuya irrelevancia los convierte en personajes ideales, construcciones que surgen al abrir un libro y desparecen en cuanto lo cierras. '¿Qué es lo que enseña realmente la Biblia?', '¿a dónde vamos cuando nos morimos?', '¿existe realmente el Diablo?': me exhortaban a considerar estas preguntas mientras tomaban asiento y declinaban las bebidas que les ofrecía. "Mi marido no está ahora", comentaba, "pero yo encuentro sus preguntas muy pertinentes, particularmente porque soy atea, ¿sabe? Pero no estoy orgullosa de serlo, alguna vez fui creyente y míreme, he perdido la fe desde hace muchos años... ¿Perdón? ¿mi nombre? Soy Rosa Amalfitano. Vine a Santa Teresa hace muchos años en compañía de mi padre. Era profesor, así es. Dio clases aquí cerca, en la universidad, aunque padecía mucho el pobre con el calor del verano. 'Aliento del Diablo', le llamaba. El pobre se perdió en Europa cuando yo tenía como veintitrés... Sí, sí, sé que suena muy extraño, pero así fue. Iba cada año para allá invitado por otras universidades y en uno de esos viajes se perdió... ¿Que si murió? No, bueno, no lo sé. No lo encontraron nunca, ni vivo ni muerto, ya se imaginarán ustedes la tragedia que esto significa para mí, vamos, ha sido la causa más importante de que perdiera la fe... Sí, desde luego, me gustaría volver a creer en dios, vamos, ¿a quién no? Pero ojo, ¿eh? No voy a creer en dios tan fácilmente porque lo que yo tengo no es rencor ante quien suponía con poder para evitar desgracias como la de mi padre (y que no las evitó), no vayan ustedes a creer que estoy nomás resentida y que busco una 'reconciliación' porque eso sería lo mismo que creer en dios, pero odiándolo... Si no hubiese sido por mi marido, no sé qué habría sido de mí, ¿sabe? Él no está ahora y ya lo conocerán, ah miren, aquí llega mi hija Felicia... Felicia, mira, estos señores son de la Atalaya y han venido de visita, qué tal Argel, pasen, pasen... Pero no pongas esa cara Felicia, que una también tiene derecho a buscar a dios si este llama a la puerta, ¿qué no? Vete a tu cuarto, anda, y déjame despedir a estos señores... Hebreos once, ¿dice? ¿fe? Ver para creer. Aquí los espero la semana entrante. Una historia fascinante la de mi padre, ya lo veo, aunque no parece haberles llamado mucho la atención, ¿eh? Vale, vale. Sí, por supuesto, anótelo bien: 'Rosa Amalfitano'. Creo que es de origen chileno, no sabría decirle. Hasta pronto. Hasta pronto.'
¿Que ellos pueden encontrarme en la librería? ¿los de la Atalaya en mi librería? Creo que puedo correr el riesgo...
Así pues, ocurre que de pronto me veo inserta en la rutina de atender la librería y hacerme acompañar de Felicia todos los días, con la ocasional visita de amigos suyos o conocidos míos, y me pregunto, no sin cierta preocupación, si es así como quiero vivir mi vida o pasar lo que quede de ella, no diría yo que aburrida (no conozco ese estado) cuanto doblegada por un mundo al que he renunciado por hallarme incapaz de lidiar con él, amén de modificarlo. Percibo la historia de mis últimos años como un progresivo solipsismo, eso que algunos cursis llaman exilio interior y que no es otra cosa que una acumulación de renuncias, una reducción del yo que tiende a la evanescencia: primero Luis y la esfera de los hombres con la que ya se fue buena parte de la realidad; luego ese mundo de esclavos del que formé parte porque uno crece con la idea de que es natural emplearse en la empresa y la fábrica, en la institución y el gobierno; luego el hachazo terrible de la pérdida de mi hijo y ahora hasta la necesidad de que la misma Felicia guarde su distancia, cosa que me facilita la diferencia de edades e intereses y sus cada vez más frecuentes salidas con amigos suyos como ese Argel a quien debo parecerle una vieja amargada.
Y lo soy, sí, indudablemente. Una vieja que refunfuña, no se sabe bien si de la realidad o de la presencia de los otros, pues a solas no me da nunca por quejarme y hasta consigo, si se me da tiempo, olvidarme de mis preocupaciones y jugar con la imaginación hasta hacerme sonreír para mí misma: cómplice, cordial, divertida. A solas leo y escribo. A solas escucho música. A solas pienso. A solas miro mi colección de monedas o peino las tres muñecas que sobrevivieron a las infinitas mudanzas de mi vida. A solas llevo bien los áridos libros de contabilidad y escoger una nueva fotografía de mi hijo para poner en el marco de mi escritorio. En cambio, los otros son insoportables, invasivos, unos opinantes de mierda: mi madre a la que debo cuidar y que sólo sabe herirme; Felicia cuyo cuerpo joven y magnífico a veces me sabe a mármol o madera, a deporte o industria; los conocidos que unas veces son condescendientes y otras agradables, unas comprensivos y otras retóricos o directamente estúpidos. '¡Al diablo!', me digo. ¿Cómo soportarlo?
'Ficción', me he dicho al abrir involuntariamente la puerta esta mañana, mientras daba los buenos días y me secaba las manos con un trapo para saludarles, 'ficción' al dejar pasar a los desconocidos cuya irrelevancia los convierte en personajes ideales, construcciones que surgen al abrir un libro y desparecen en cuanto lo cierras. '¿Qué es lo que enseña realmente la Biblia?', '¿a dónde vamos cuando nos morimos?', '¿existe realmente el Diablo?': me exhortaban a considerar estas preguntas mientras tomaban asiento y declinaban las bebidas que les ofrecía. "Mi marido no está ahora", comentaba, "pero yo encuentro sus preguntas muy pertinentes, particularmente porque soy atea, ¿sabe? Pero no estoy orgullosa de serlo, alguna vez fui creyente y míreme, he perdido la fe desde hace muchos años... ¿Perdón? ¿mi nombre? Soy Rosa Amalfitano. Vine a Santa Teresa hace muchos años en compañía de mi padre. Era profesor, así es. Dio clases aquí cerca, en la universidad, aunque padecía mucho el pobre con el calor del verano. 'Aliento del Diablo', le llamaba. El pobre se perdió en Europa cuando yo tenía como veintitrés... Sí, sí, sé que suena muy extraño, pero así fue. Iba cada año para allá invitado por otras universidades y en uno de esos viajes se perdió... ¿Que si murió? No, bueno, no lo sé. No lo encontraron nunca, ni vivo ni muerto, ya se imaginarán ustedes la tragedia que esto significa para mí, vamos, ha sido la causa más importante de que perdiera la fe... Sí, desde luego, me gustaría volver a creer en dios, vamos, ¿a quién no? Pero ojo, ¿eh? No voy a creer en dios tan fácilmente porque lo que yo tengo no es rencor ante quien suponía con poder para evitar desgracias como la de mi padre (y que no las evitó), no vayan ustedes a creer que estoy nomás resentida y que busco una 'reconciliación' porque eso sería lo mismo que creer en dios, pero odiándolo... Si no hubiese sido por mi marido, no sé qué habría sido de mí, ¿sabe? Él no está ahora y ya lo conocerán, ah miren, aquí llega mi hija Felicia... Felicia, mira, estos señores son de la Atalaya y han venido de visita, qué tal Argel, pasen, pasen... Pero no pongas esa cara Felicia, que una también tiene derecho a buscar a dios si este llama a la puerta, ¿qué no? Vete a tu cuarto, anda, y déjame despedir a estos señores... Hebreos once, ¿dice? ¿fe? Ver para creer. Aquí los espero la semana entrante. Una historia fascinante la de mi padre, ya lo veo, aunque no parece haberles llamado mucho la atención, ¿eh? Vale, vale. Sí, por supuesto, anótelo bien: 'Rosa Amalfitano'. Creo que es de origen chileno, no sabría decirle. Hasta pronto. Hasta pronto.'
¿Que ellos pueden encontrarme en la librería? ¿los de la Atalaya en mi librería? Creo que puedo correr el riesgo...
domingo, enero 31, 2016
Ponderación del asesinato
Felicia se rio de mí porque yo mismo lo hice ver como si fuera una broma. Culpa de mi carácter, supongo: exagerado, enfático, a veces histérico. No se puede tomar en serio a quien gesticula como yo con las manos, aunque esté dando cuenta de hechos graves y al discurso lo pueble la más nutrida sustancia. No importa: seré desdeñado. Pero yo conozco bien la ira que me recorre cuando veo el gesto despectivo con que me recibe mi jefe, parapetado tras su escritorio y sin siquiera mirarme a la cara ni intentar levantar la cabeza de los papeles que tiene enfrente. No recibe así a casi nadie y aunque hablar claramente no se cuente entre sus virtudes (¿o es que conducirse con opacidad es precisamente su cualidad?), me ha dado suficientes muestras de que me detesta simplemente por mi manera de ser.
Hay que verlo: se le endurece la expresión de sólo recibirme, no como sucede con sus enemigos políticos —que los tiene, y abundantes— ni como con su esposa o su suegra que suelen aparecerse en los momentos más inoportunos —su expresión es entonces la de quien se apercibe de un repentino dolor de cabeza— sino con desaprobación y asco, que en un principio confundí con turbación. Me dije en un comienzo: 'Ya está, otro homofóbico de estos a los que seguramente llama la atención mi ropa pegada o mis piercings, pero que no se lo reconocen. Cerdos cobardes. Putos in pectore. Pues tendrá que aguantarse las ganas porque él a mí no me gusta ni tantito. Vaya mierda, por fin un trabajo en donde tengo posibilidades, ¿eh?, verdaderas posibilidades, y viene a tocarme este facha embozado al que habrá que mamársela para subir de nivel. Hay que joderse'.
Pero no. No era así. O no del todo. Yo no le gustaba, eso que quede claro. Ni turbación ni leches. Él no es maricón. Pero indudablemente le resulto inmanejable y desearía no tener que tratar conmigo, el pobre. Bueno, qué digo pobre, rediós, si el muy cabrón gana tanto dinero como para comprarse una casa nueva cada año y a mí me sigue tratando con la punta del pie a pesar de que respondo solícito a todo lo que nos encarga a los profesores: que si la junta de tal por cuál, ahí estoy yo el primero; que si el informe de las actividades de no sé qué, pues no hay quien me iguale de los interinos; que si la evaluación de los estudiantes o el mejor maestro auxiliar, ahí está mi nombre siempre entre los premiados. Pero en la ceremonia me extiende la mano torciendo el gesto y, bueno, no es que yo busque su aprobación, sino que ya son cinco años en la brega y de los diez colegas que empezamos en aquel tiempo como auxiliares sigo siendo yo al que nunca promocionan. ¡Es él, lo sé, es él quien me está cerrando el paso!
—¿Quién no lo ha pensado? —le dije a Felicia —Ya no digo hacerse justicia por su propia mano cuanto suprimir un obstáculo con decisión: ¡bang, bang! Dos tiros y listo.
—No tienes la cabeza fría, querido. Apenas tuvieras que hundirle un cuchillo o te dieras cuenta de que chorrea sangre y estarías listo, necesitando tú también asistencia médica —respondía Felicia, rematando en carcajadas.
—¿No me crees capaz de hacerlo? Dímelo, vamos a ver, ¿no me crees?
—Pero por favor, Argel, dame tregua que me meo aquí mismo de la risa.
—¿Ah sí, ah sí? Ya verás cuando desaparezca el imbécil ese y te tengas que tragar la risa a pesar de los titulares: "Encuentran muerto a célebre hijo de puta. La comunidad festeja su muerte".
—Ya, ya, por favor... qué risa... a ver, ¿qué haces con el cuerpo luego de pegarle dos tiros como dices?
En eso entró su mujer —esa vieja amargada dueña de la librería— y los dos nos pusimos de pie como si entrara el Santo Padre. Nos saludamos —dos besos, a la francesa— y luego de que nos dejó ya había perdido yo el hilo de la conversación y Felicia se puso a hablar de otras cosas.
Pero en la duermevela he repasado todo con minuciosidad, medio despierto, medio dormido, tal vez en sueños...
'Voy a interceptarlo a la salida de la escuela. Es lo mejor. Justo cuando baje por la colina le cierro el paso como un conductor distraído que ha querido regresar por el camino equivocado e intenta una imposible vuelta en U. Como me reconocerá, sabrá que no bromeo si lo amenazo con la pistola obligándolo a subir a mi carro. Saldremos a gran velocidad y puedo liquidarlo ahí mismo y llevarlo en el asiento del copiloto hasta mi casa, aunque esto sería peligroso porque no faltaría la mala suerte y un policía podría detenernos por alguna infracción (yo conduciría nervioso, quizá dé una vuelta indebida o me pase una luz naranja), y entonces sería el fin. No, definitivamente es mejor llevarlo vivo hasta la casa, aunque luego los vecinos podrían decir que lo vieron ahí, tal vez dé de voces y requiera un forcejeo del que no pueda salir bien librado, capaz que hasta yo termino siendo el muerto y entonces sí que la habremos cagado. Volvamos mejor a que ya le pegué dos tiros y conduzco hacia mi casa. ¿Pero y la sangre? Los cuerpos baleados han de sangrar, ¿no? ¿será mucho? Depende de dónde se les haya disparado. Las películas nos enseñan que los tiros en la cabeza salpican, ¿será mejor en el abdomen? ¿y si le pego a esas venas gruesas del tronco? La cava, creo que se llama. ¿O sería la aorta? No lo sé, pero como le pegue a esas se muere enseguida y la sangre no se hará esperar. Qué pesadez, qué desorden. Debe haber alguna solución. ¡La cajuela, desde luego! Llevarlo en la cajuela amordazado para que no haga ruido. Amarrado también, no vaya a ser que se le ocurra patear la carrocería histéricamente y en algún crucero uno de esos mugrosos limpiaparabrisas —gente vulgar a la que le encanta el chisme— quiera hacer de buen samaritano y se apresure a contactar al policía de la esquina, joder, ya me veo ahí en mitad de la calle, esposado, con el tragafuegos ese entrevistado por algún diario amarillista vespertino mientras el flash de las cámaras me deja ciego. Pero amarrarlo con rapidez y echarlo a la cajuela requiere ayuda, ¿y de dónde voy a sacarla si no es de con los mismos mugrosos de las esquinas? Ya alguna vez le pagué a uno por sexo y a otro por drogas y a otro más por mantenerme al tanto de las actividades de un cabrón con el que estaba obsesionado, son sobornables, quizá unos dos y yo podamos con mi jefe. ¡Qué emoción! Ya va tomando cuerpo esto. Claro, con tres personas la cosa cambia, lo someteremos enseguida, a punta de golpes si es necesario, ¿será que todos se desmayan con unos cuantos golpes? Veremos, pero da igual: amordazado y atado va o quizá ya muerto porque en la cajuela sí que podemos pegarle un tiro y aguanta bien sin derramar nada hasta llegar a casa. De los mugrosos puedo deshacerme en el camino: 'aquí está tu dinero, Carlitos; acá está el tuyo Daniel, no se lo gasten todo en pingas ni en putas que luego no hay quien los aguante, a ver si nos volvemos a ver', aunque quizá sea mala idea deshacerme de ellos si al llegar a la casa, que no es ninguna residencia ni tiene cochera cerrada, tendré que bajar con el cuerpo de mi jefe, vivo o muerto, de día o de noche, pero rápida y discretamente, hasta el interior de la vivienda, donde cavaré una fosa profunda donde meterlo todo sin que nadie sospeche, mejor que me acompañen Carlitos y Daniel y me ayuden a bajar el cuerpo una vez que tranquilamente haya abierto la puerta de la casa y no haya moros en la costa ni en las ventanas vecinas, ni en los balcones, ni en las lejanías donde nunca falta un voyeurista desempleado al que mantienen sus padres y que tiene a bien registrarlo todo y dar aviso a la policía para así pasar por héroe antes de ser detenido un día por acosar muchachitas. Sí, que se queden y ayuden, no sólo a meter el cuerpo hasta el jardín sino a cavar, que no es cualquier cosa hacer un agujero de seis pies de profundidad en este suelo duro de Santa Teresa, pero ¿y si Carlitos y Daniel se vuelven locos? ¿si ya instalados en casa les da por robarme y echarme a mí también a la fosa junto con mi jefe? Los drogadictos son así: un rato están bien y cooperan y hacen filosofía y al siguiente se han vuelto de revés y creen que uno les va a hacer daño y que para defenderse han de hacer daño primero, no hay manera de hacerlos concentrarse en nada como no sea conseguir la dosis siguiente, y a saber en qué estado se encuentren. Definitivamente no es bueno involucrar a terceros, vamos, tal vez ni siquiera usar la propia casa para esconder un cadáver, ¿qué desfiguro es ese? Las perras de futuros dueños —un par de criollas de poodle y terrier, por ejemplo— serían capaces de desenterrarlo todo y ya estaría la policía encima de mí y el asunto resuelto, ¿cuántos casos no hemos visto así, que revelan sus secretos al salir un cadáver a la superficie en un apacible hogar? No, no, mejor pegarle los tiros yo solo, yo mismo echarlo en la cajuela y llevarlo al río a donde puedo arrojarlo sin que le falten unas pesadas piedras para que no aparezca flotando y entonces empiece una indagatoria a la mexicana donde siempre aparecen culpables a los que luego piden disculpas por no ser los responsables, pero donde los expedientes nunca se cierran; y mejor usar cubetas de cemento, ahí en el patio tengo dos, no será complicado, ¿pero no sería mejor metérselas al cuerpo? Digo, ya hundido y sujeto a piedras por dos extremos el cuerpo habrá de descomponerse y tarde o temprano un trozo grande ha de flotar: una tibia carcomida, una mano a la que le falten varios dedos, qué se yo, la descomposición tiene sus cosas y no hay forma de controlarla salvo en las tumbas que hoy en día son casi herméticas. Tumbas, eso es, ¿cómo no haberlo visto antes? He ahí el sitio ideal para esconder un cadáver, al no sospechar ni asombrarse nadie de que un cuerpo esté tapiado en el cementerio, al no facilitar ni siquiera la exhumación por ser vista como un sacrilegio contra la santa paz de los muertitos. Pero bueno, esos son sitios vigilados y vaya disparates los que se me están ocurriendo, hay que ver, mejor sería probar con las montañas cercanas y los cañones intermedios, eso tiene más posibilidad de éxito. Ya los han dejado sembrados de cuerpos nuestros asesinos narcotraficantes, ¿por qué yo no? Un simple maestrito de escuela, un auxiliar que en los retenes puede mostrar su credencial: 'doy clases en tal sitio', se dice, y con eso se abren las puertas de cualquier lugar, tal vez incluso me dejaran en paz los gatilleros de la zona en caso de encontrarme en alguna brecha al comprobar que soy un pobre diablo, 'siga su camino', dirán, y llegaré al punto donde pueda dejar el cuerpo y regresar a la ciudad, quizá por otra ruta para evitar coincidencias, aunque este método también tiene sus queveres: ¿no es verdad que a donde yo llegue ya habrá llegado otro hombre antes y llegará otro después? ¿no es verdad que el que recorre un camino hace la ruta de otro futuro que terminará indefectiblemente por hallar el cuerpo? Mejor no involucrarme más de lo necesario. Un poco más de dinero a Carlitos y otro tanto a Daniel, que ellos le peguen el tiro, que sean ellos los que lo dejen tirado por ahí, total, si los agarran son lo que son y no hay más que averiguar. ¿O es que hablarán? ¿Es mejor pegárselo yo, tal vez afuera de su casa, luego de vigilar sus rutinas y definir bien la mejor hora del día, y salir corriendo? Sí, eso es mejor, por supuesto. ¿Por qué andar ocultando cuerpos o cargándolos o amarrándolos? Eso es estúpido. ¿Quién diablos soy yo? ¿Buffalo Bill? No necesito cuerpos en mi bañera ni convertir mi casa en carnicería ni llevar más drogadictos que los justos (y para muy distintos fines). Sí. Eso es. Golpear y correr... Nada sale mejor que lo que hace uno mismo... Eso es... Dos tiros, ¡bang, bang! Dos... Y a todo esto, ¿no debería tener una pistola?'
Hay que verlo: se le endurece la expresión de sólo recibirme, no como sucede con sus enemigos políticos —que los tiene, y abundantes— ni como con su esposa o su suegra que suelen aparecerse en los momentos más inoportunos —su expresión es entonces la de quien se apercibe de un repentino dolor de cabeza— sino con desaprobación y asco, que en un principio confundí con turbación. Me dije en un comienzo: 'Ya está, otro homofóbico de estos a los que seguramente llama la atención mi ropa pegada o mis piercings, pero que no se lo reconocen. Cerdos cobardes. Putos in pectore. Pues tendrá que aguantarse las ganas porque él a mí no me gusta ni tantito. Vaya mierda, por fin un trabajo en donde tengo posibilidades, ¿eh?, verdaderas posibilidades, y viene a tocarme este facha embozado al que habrá que mamársela para subir de nivel. Hay que joderse'.
Pero no. No era así. O no del todo. Yo no le gustaba, eso que quede claro. Ni turbación ni leches. Él no es maricón. Pero indudablemente le resulto inmanejable y desearía no tener que tratar conmigo, el pobre. Bueno, qué digo pobre, rediós, si el muy cabrón gana tanto dinero como para comprarse una casa nueva cada año y a mí me sigue tratando con la punta del pie a pesar de que respondo solícito a todo lo que nos encarga a los profesores: que si la junta de tal por cuál, ahí estoy yo el primero; que si el informe de las actividades de no sé qué, pues no hay quien me iguale de los interinos; que si la evaluación de los estudiantes o el mejor maestro auxiliar, ahí está mi nombre siempre entre los premiados. Pero en la ceremonia me extiende la mano torciendo el gesto y, bueno, no es que yo busque su aprobación, sino que ya son cinco años en la brega y de los diez colegas que empezamos en aquel tiempo como auxiliares sigo siendo yo al que nunca promocionan. ¡Es él, lo sé, es él quien me está cerrando el paso!
—¿Quién no lo ha pensado? —le dije a Felicia —Ya no digo hacerse justicia por su propia mano cuanto suprimir un obstáculo con decisión: ¡bang, bang! Dos tiros y listo.
—No tienes la cabeza fría, querido. Apenas tuvieras que hundirle un cuchillo o te dieras cuenta de que chorrea sangre y estarías listo, necesitando tú también asistencia médica —respondía Felicia, rematando en carcajadas.
—¿No me crees capaz de hacerlo? Dímelo, vamos a ver, ¿no me crees?
—Pero por favor, Argel, dame tregua que me meo aquí mismo de la risa.
—¿Ah sí, ah sí? Ya verás cuando desaparezca el imbécil ese y te tengas que tragar la risa a pesar de los titulares: "Encuentran muerto a célebre hijo de puta. La comunidad festeja su muerte".
—Ya, ya, por favor... qué risa... a ver, ¿qué haces con el cuerpo luego de pegarle dos tiros como dices?
En eso entró su mujer —esa vieja amargada dueña de la librería— y los dos nos pusimos de pie como si entrara el Santo Padre. Nos saludamos —dos besos, a la francesa— y luego de que nos dejó ya había perdido yo el hilo de la conversación y Felicia se puso a hablar de otras cosas.
Pero en la duermevela he repasado todo con minuciosidad, medio despierto, medio dormido, tal vez en sueños...
'Voy a interceptarlo a la salida de la escuela. Es lo mejor. Justo cuando baje por la colina le cierro el paso como un conductor distraído que ha querido regresar por el camino equivocado e intenta una imposible vuelta en U. Como me reconocerá, sabrá que no bromeo si lo amenazo con la pistola obligándolo a subir a mi carro. Saldremos a gran velocidad y puedo liquidarlo ahí mismo y llevarlo en el asiento del copiloto hasta mi casa, aunque esto sería peligroso porque no faltaría la mala suerte y un policía podría detenernos por alguna infracción (yo conduciría nervioso, quizá dé una vuelta indebida o me pase una luz naranja), y entonces sería el fin. No, definitivamente es mejor llevarlo vivo hasta la casa, aunque luego los vecinos podrían decir que lo vieron ahí, tal vez dé de voces y requiera un forcejeo del que no pueda salir bien librado, capaz que hasta yo termino siendo el muerto y entonces sí que la habremos cagado. Volvamos mejor a que ya le pegué dos tiros y conduzco hacia mi casa. ¿Pero y la sangre? Los cuerpos baleados han de sangrar, ¿no? ¿será mucho? Depende de dónde se les haya disparado. Las películas nos enseñan que los tiros en la cabeza salpican, ¿será mejor en el abdomen? ¿y si le pego a esas venas gruesas del tronco? La cava, creo que se llama. ¿O sería la aorta? No lo sé, pero como le pegue a esas se muere enseguida y la sangre no se hará esperar. Qué pesadez, qué desorden. Debe haber alguna solución. ¡La cajuela, desde luego! Llevarlo en la cajuela amordazado para que no haga ruido. Amarrado también, no vaya a ser que se le ocurra patear la carrocería histéricamente y en algún crucero uno de esos mugrosos limpiaparabrisas —gente vulgar a la que le encanta el chisme— quiera hacer de buen samaritano y se apresure a contactar al policía de la esquina, joder, ya me veo ahí en mitad de la calle, esposado, con el tragafuegos ese entrevistado por algún diario amarillista vespertino mientras el flash de las cámaras me deja ciego. Pero amarrarlo con rapidez y echarlo a la cajuela requiere ayuda, ¿y de dónde voy a sacarla si no es de con los mismos mugrosos de las esquinas? Ya alguna vez le pagué a uno por sexo y a otro por drogas y a otro más por mantenerme al tanto de las actividades de un cabrón con el que estaba obsesionado, son sobornables, quizá unos dos y yo podamos con mi jefe. ¡Qué emoción! Ya va tomando cuerpo esto. Claro, con tres personas la cosa cambia, lo someteremos enseguida, a punta de golpes si es necesario, ¿será que todos se desmayan con unos cuantos golpes? Veremos, pero da igual: amordazado y atado va o quizá ya muerto porque en la cajuela sí que podemos pegarle un tiro y aguanta bien sin derramar nada hasta llegar a casa. De los mugrosos puedo deshacerme en el camino: 'aquí está tu dinero, Carlitos; acá está el tuyo Daniel, no se lo gasten todo en pingas ni en putas que luego no hay quien los aguante, a ver si nos volvemos a ver', aunque quizá sea mala idea deshacerme de ellos si al llegar a la casa, que no es ninguna residencia ni tiene cochera cerrada, tendré que bajar con el cuerpo de mi jefe, vivo o muerto, de día o de noche, pero rápida y discretamente, hasta el interior de la vivienda, donde cavaré una fosa profunda donde meterlo todo sin que nadie sospeche, mejor que me acompañen Carlitos y Daniel y me ayuden a bajar el cuerpo una vez que tranquilamente haya abierto la puerta de la casa y no haya moros en la costa ni en las ventanas vecinas, ni en los balcones, ni en las lejanías donde nunca falta un voyeurista desempleado al que mantienen sus padres y que tiene a bien registrarlo todo y dar aviso a la policía para así pasar por héroe antes de ser detenido un día por acosar muchachitas. Sí, que se queden y ayuden, no sólo a meter el cuerpo hasta el jardín sino a cavar, que no es cualquier cosa hacer un agujero de seis pies de profundidad en este suelo duro de Santa Teresa, pero ¿y si Carlitos y Daniel se vuelven locos? ¿si ya instalados en casa les da por robarme y echarme a mí también a la fosa junto con mi jefe? Los drogadictos son así: un rato están bien y cooperan y hacen filosofía y al siguiente se han vuelto de revés y creen que uno les va a hacer daño y que para defenderse han de hacer daño primero, no hay manera de hacerlos concentrarse en nada como no sea conseguir la dosis siguiente, y a saber en qué estado se encuentren. Definitivamente no es bueno involucrar a terceros, vamos, tal vez ni siquiera usar la propia casa para esconder un cadáver, ¿qué desfiguro es ese? Las perras de futuros dueños —un par de criollas de poodle y terrier, por ejemplo— serían capaces de desenterrarlo todo y ya estaría la policía encima de mí y el asunto resuelto, ¿cuántos casos no hemos visto así, que revelan sus secretos al salir un cadáver a la superficie en un apacible hogar? No, no, mejor pegarle los tiros yo solo, yo mismo echarlo en la cajuela y llevarlo al río a donde puedo arrojarlo sin que le falten unas pesadas piedras para que no aparezca flotando y entonces empiece una indagatoria a la mexicana donde siempre aparecen culpables a los que luego piden disculpas por no ser los responsables, pero donde los expedientes nunca se cierran; y mejor usar cubetas de cemento, ahí en el patio tengo dos, no será complicado, ¿pero no sería mejor metérselas al cuerpo? Digo, ya hundido y sujeto a piedras por dos extremos el cuerpo habrá de descomponerse y tarde o temprano un trozo grande ha de flotar: una tibia carcomida, una mano a la que le falten varios dedos, qué se yo, la descomposición tiene sus cosas y no hay forma de controlarla salvo en las tumbas que hoy en día son casi herméticas. Tumbas, eso es, ¿cómo no haberlo visto antes? He ahí el sitio ideal para esconder un cadáver, al no sospechar ni asombrarse nadie de que un cuerpo esté tapiado en el cementerio, al no facilitar ni siquiera la exhumación por ser vista como un sacrilegio contra la santa paz de los muertitos. Pero bueno, esos son sitios vigilados y vaya disparates los que se me están ocurriendo, hay que ver, mejor sería probar con las montañas cercanas y los cañones intermedios, eso tiene más posibilidad de éxito. Ya los han dejado sembrados de cuerpos nuestros asesinos narcotraficantes, ¿por qué yo no? Un simple maestrito de escuela, un auxiliar que en los retenes puede mostrar su credencial: 'doy clases en tal sitio', se dice, y con eso se abren las puertas de cualquier lugar, tal vez incluso me dejaran en paz los gatilleros de la zona en caso de encontrarme en alguna brecha al comprobar que soy un pobre diablo, 'siga su camino', dirán, y llegaré al punto donde pueda dejar el cuerpo y regresar a la ciudad, quizá por otra ruta para evitar coincidencias, aunque este método también tiene sus queveres: ¿no es verdad que a donde yo llegue ya habrá llegado otro hombre antes y llegará otro después? ¿no es verdad que el que recorre un camino hace la ruta de otro futuro que terminará indefectiblemente por hallar el cuerpo? Mejor no involucrarme más de lo necesario. Un poco más de dinero a Carlitos y otro tanto a Daniel, que ellos le peguen el tiro, que sean ellos los que lo dejen tirado por ahí, total, si los agarran son lo que son y no hay más que averiguar. ¿O es que hablarán? ¿Es mejor pegárselo yo, tal vez afuera de su casa, luego de vigilar sus rutinas y definir bien la mejor hora del día, y salir corriendo? Sí, eso es mejor, por supuesto. ¿Por qué andar ocultando cuerpos o cargándolos o amarrándolos? Eso es estúpido. ¿Quién diablos soy yo? ¿Buffalo Bill? No necesito cuerpos en mi bañera ni convertir mi casa en carnicería ni llevar más drogadictos que los justos (y para muy distintos fines). Sí. Eso es. Golpear y correr... Nada sale mejor que lo que hace uno mismo... Eso es... Dos tiros, ¡bang, bang! Dos... Y a todo esto, ¿no debería tener una pistola?'
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