lunes, septiembre 30, 2019

Vagabundo

El día en que murió José José bajé al sótano del Sanborns de Juárez y Dieciséis de Septiembre. Yo sabía que las cosas ya no eran como antes. Que los baños ya no eran gratis. Que los maricones ya no venían aquí. Que Doña Herlinda y su hijo se habían quedado atrapados en el infernal tráfico de afuera. A pesar de todo me atuve al ritual y recorrí las estanterías de revistas. Me pasee entre las islas de libros que rodean la escalera. Hice como que examinaba las tarjetas de buenos deseos que se hallaban casi a un lado de la entrada a los baños, ahora vigilada por una señora pequeñita pero adusta que cobraba cinco pesos a quien quisiera pasar. Pensé en si los maricones habían dejado de venir por los muchos lugares donde ahora podían meterse mano o si era su sola tacañería la que había convertido a este lugar en un sitio de encuentros démodé. Sé que yo no quise averiguarlo pagando cinco pesos. Que me limité a pasar frente a los baños echándoles una rápida mirada que se encontró con la de la señora pequeñita pero adusta. Que esta mirada terminó por seguir en su ingreso al baño a uno de los vigilantes más jóvenes y bien parecidos, todavía demasiado ocupado en hablarle a susurros a su auricular al momento de entrar gratuitamente en el servicio. Pero no entré tras él. Esperé a que saliera entreteniéndome en los ademanes afectados de los cajeros, abriendo distraídamente enormes volúmenes ilustrados sobre cultura mexicana y otras quimeras, levantando algunos objetos inútiles que querían pasar por elegantes accesorios de oficina y sólo eran vulgares trozos de madera plastificada. Subdesarrollos.
Pero el vigilante no salió y la insistencia oportunamente comercial de los empleados del área de discos en hacer tragar a todo José José de golpe, me hizo subir las escaleras camino a la calle y volteando de vez en vez para ver si captaba al vigilante saliendo por fin del aseo. Me aburrieron en esos segundos las comparaciones mentales entre mi cuerpo aroperado de hombre en sus cuarentas y las carnes magras con que solía ligar a chicos en este mismo lugar veinte años atrás. 'Aquí me giraba también para ver si alguien me seguía', pensé asqueado de mi barato recurso de cine, 'me veo ahora mismo frente a las revistas, mirando de reojo al de al lado, ¡qué joven era!', pensé burlándome de mí mismo. Crucé perfumería asombrado de que los vigilantes no revisaran la mochila que llevaba a la espalda. Me enfrenté al ruido y la luz de la calle entrecerrando los ojos y llevándome una mano a la frente a modo de visera. 'Solía salir y esperar a veces pegado a los cristales para que pudiera verme aquel que me siguiera, por si se hubiese retrasado abajo o fuera de esos antiguos que se toman su tiempo: ligar a pie, sobre la marcha, ¡qué privilegio de jóvenes!', me dije haciendo muecas de vergüenza por mis pensamientos. Pero entre el gentío nadie se habría dado cuenta.
Caminé hasta la Plaza de Armas y me senté frente al quiosco recién reinstalado luego de la última salvajada que el subdesarrollo infligió a esta ciudad: una nueva línea de tren ligero, subterránea y elevada, que como la cicatriz de un navajazo la desfigura de un lado al otro. 'También aquí ligué, por supuesto, sobre las bancas, con sólo tocarme los genitales'. Y afligido por este pensamiento vulgar que me parecía paralelo a la destrucción urbana, abracé la mochila por el frente hundiendo mi cabeza contra ella. En el camino hacia acá había pensado en seguir leyendo mi libro sudamericano hecho en Europa, pero me lo impidió un repentino cansancio. Miré el reloj del Palacio de Gobierno con su ridículo agujero para entretener turistas con historias de balaceras revolucionarias, eché en falta a dos de las cuatro estatuas que adornaban el jardín representando a las estaciones que en sitios más civilizados que éste transcurren año con año, 'quizá ya adornen el jardín de algún político', me quejé como si fuera yo menos que un sastre. Entonces se acercaron la reportera y el camarógrafo.
'¿Qué opina Usted de que haya muerto José José?', le preguntó ella al hombre que se hallaba en el otro extremo de la banca mientras el camarógrafo apoyaba la cámara en un tripié. El entrevistado no entendía lo que estaba pasando y era tan anciano que, cuando intentó responder, contestó con un hilo de voz ininteligible. La reportera lo tenía frente a ella y no lo miraba, no podía mirarlo porque sus ojos lo atravesaban de lado a lado. El camarógrafo, detrás del tripié, ni siquiera asistía a la escena: se mordía las uñas de una mano y con la otra miraba su celular. Un par de profesionales haciendo trabajo de rutina. Fríamente. '¿Le ha entristecido la noticia o cómo se siente por esta tragedia?', 'Uno de los grandes que nos abandona, ¿no le parece?'. Cuando hubo tenido bastante pasó al siguiente hombre sobre la banca, el de en medio, quien se explayó ajustándose milimétricamente a la cretinización que se le exigía: 'Verá Usted, a mí por supuesto me ha consternado esta noticia, muy lamentable, muy gran pérdida para el mundo, una gran voz y un gran talento, ¿verdad? vamos a tardar en reponernos de este golpe tan duro para la música y el arte, porque es un arte lo que él hacía, ¿verdad? el príncipe de la música o ¿cómo era? sí, eso, la canción, pues bien tristes nos quedamos, ¿verdad? ¿que si creo que habrá otro como él? Verá Usted, la historia da muchas vueltas, ¿verdad? ahí tiene usted al joven este ¿cómo se llama? ¿Roberto Úrsula? qué voz tiene, promete mucho ese muchacho... siempre cuando desaparece una gran estrella surge un lucero nuevo, ¿verdad? es todo lo que le puedo decir'. Yo seguía con la cabeza hundida en la mochila valorando si contestar a la entrevista con alguna floritura ingeniosa o cínica o irónica, o si de plano negarme no sin antes decirle a ella algo como 'creo que ya has tenido bastante de respuestas estereotipadas y lugares comunes a tus preguntas sin sentido, ¿no te parece?', pero la reportera no había terminado con el individuo que ridículamente afirmaba sentirse personalmente afectado por el fallecimiento de José José, '¿qué recomienda usted a los que también sufren por esta increíble tragedia?', '¡por dios santo!', pensé para mis adentros, '¿cómo puede ser increíble la muerte de un alcohólico? ¿dónde ha estado esta imbécil en todo este tiempo? Ahora me va a oír'. Pero el tipo seguía contestando sin dar muestras de arredrarse con el carácter cada vez más absurdo de las preguntas. Entonces, cuando la reportera le dio las gracias y el camarógrafo cerró su tripié para moverse de lugar, sin siquiera mirarme, se alejaron rápidamente.
Sonreí. Me puse de pie. Como un vagabundo anduve hasta los arcos donde despachaban nieve de yogur y las famosas donitas de masa dulce. Seguí hasta la estación de Plaza Universidad donde una multitud se entretenía con otra de esas rutinas de payasos en donde participaban voluntarios del público. No existía ya desde hace años la tienda de discos donde compré los de Santa Sabina, tampoco ya la famosa Copa de Leche a donde invité, por sugerencia de mis amigos, a la segunda de mis novias; sí estaban, en cambio, todavía en su sitio, la Librería Cervantes de libros usados en cuyo fondo ignominioso alguna vez tuve que cagar y El Nuevo Mundo, la tienda de ropa donde jugaba escondidas junto con mi hermana para no aburrirnos mientras mi madre se probaba blusas y vestidos. 'Otros tiempos', me dije reprochándome instantáneamente aquella frase tópica e inservible. Llegué así al Parque Revolución cuyos habitantes modernos inexplicablemente llaman Parque Rojo. Tampoco aquí quedaba ya ninguno de los maricones que lo hicieron famoso, algunos de ligue y otros de prostitución, los mismos que luego se mudaron a la calle Morelos y más tarde, con la proliferación de sitios esnóbicos a donde acuden los fines de semana los wannabes de toda índole para beber cerveza en medio de música ensordecedora, se mudaron a ninguna parte: desterrados de lo que fue suyo en espera de otros tiempos que los reivindiquen, sombras que deben estar al acecho del tiempo propicio detrás de paredes y ventanas. '¿Volverán a la tierra? ¿volveré yo?', me pregunté mientras sacaba mi libro sudamericano hecho en Europa, ahora sí decidido a leer.
Un chico muy joven de estudiado aspecto hip hop se detuvo frente a la pareja que ocupaba una banca cercana. No escuché lo que decía, pero le vi cerrar sus manos como en un rezo, describir algo, sacar unos caramelos con forma de flor de la mochila y ponerlos en las manos de la pareja, intentando convencerlos de comprarle la mercancía. La rutina llevaba sus buenos cinco minutos y los bien arreglados rizos de su cabello se agitaban con los movimientos y la gesticulación, sus lentes de sol redondos y pequeños apoyados a media nariz, la piel morena uniforme, el chándal negro con los calcetines pasándole por encima de la pantorrilla como un par de tobilleras. Una delicia. Preparé una moneda para cuando se acercara. Con una mano apoyada sobre el libro abierto y la mochila a mis pies, le vi dirigirse hacia otra pareja, ahora a mi derecha, iniciando su rutina con las mismas manos unidas con que lo vi iniciarla un momento antes a mi izquierda. Devolví la moneda a su bolsillo. Un hombre sentado en mi propia banca quiso hacerme conversación y fingí ser mudo. Se levantó y se fue, quién sabe si ofendido. El moreno terminó su segundo discurso sin éxito y acudió a una tercera pareja, luego de la cual, pensé, se perdería de vista en el parque en esa dirección sin haberme considerado siquiera como un posible cliente. Pero el chico volvió sobre sus pasos y no quise dejar pasar la oportunidad. '¡Hey! ¡me saltaste! Ahora sí puedes ofrecerme los caramelos a mí, ¿no?', le dije. Murmurando algo, quizá enfurecido, pasó de largo sin siquiera voltear a verme y torció en la esquina perdiéndose de vista. 'Soy invisible', pensé, 'de tanto no vivir aquí, de haber envejecido en otro sitio, soy invisible'. Me rebelé contra ese pensamiento y me levanté rápidamente para alcanzarlo. Cuando llegué a la esquina lo vi doblar en la siguiente con rumbo al Paraninfo. 'Debo hablar con él', me dije, apurándome con pasos largos que terminaron en una franca carrera. 'Debo preguntarle por qué no me ve, él debe responder. ¿acaso soy un fantasma? La reportera, los vigilantes del Sanborns... '. Pero al volver a doblar ya no lo vi. Llegué al Paraninfo y no estaba en ninguna parte. En casa con mis monstruos, rezaba el letrero luminoso de un improvisado bar temático que la universidad no había tenido empacho en instalar al lado del Paraninfo: música de DJ a todo volumen, hombres blancos con ropas que querían pasar por italianas, mujeres con tatuajes que querían ser modernas, cerveza artesanal, mucha cerveza. 'Es monstruoso, en efecto', pensé recordando que en ese edificio había recibido alguna vez un premio durante el bachillerato. Me acerqué, pero nadie reparaba en mí. Ciudad prostituida. Ciudad natal. El mundo, como un tren, partido.

lunes, septiembre 23, 2019

Intérprete

Dudo mucho de la ingenuidad como fuente de los primeros malentendidos. De la pureza de intenciones detrás de los primeros pasos en la dirección equivocada. Un buen día nos oye cantar mamá en el patio mientras jugamos y al otro nos hace hacerlo delante de los profesores de solfeo. La vanidad hace el resto. Clases, concursos, premios. La convicción de que hemos nacido para algo nos la dan los demás, pero al ganarla vamos dejando de ser nosotros mismos para ser lo que otros quieren que seamos. No hay ingenuidad en optar por el aplauso y la aprobación, si acaso una educación moralmente defectuosa que ya nos convirtió en monstruos desde los primeros años. Culpa de mamá, me dirás. Pero no he sido niña siempre ni acepté contra mi voluntad lo que se me fue presentando, luego soy la primera responsable de haber arruinado mi vida, triunfando. Porque queda poco para morirme de esta enfermedad y porque ya soy vieja de cualquier manera, sé que ya no podré enderezar nada. Porque siguen llegándome cartas de admiradores y mil solicitudes de periodistas, los discos vendiéndose por millones, sé que he triunfado. ¿Pero cómo explicar sin demasiada vergüenza que esto no es en modo alguno lo que quería? ¿Cómo sacar a la luz las paradojas que como montañas han terminado por rodearme en este tramo final?
Desde luego el primer error ha sido creer que era especial. Es verdad que tenía una voz privilegiada como tienes tú cabeza para las matemáticas, pero eso no tiene necesariamente que ser nuestra vocación ni nuestro destino, menos aún nuestra condena. ¿Cuántos talentos se habrán torcido igual que el tuyo y el mío cediendo paulatinamente al engranaje del mundo? ¿No querías ser escritor? A mí me ha pasado igual que a esos que escriben y escriben sin que los lea más que un puñado de amigos y, un buen día, son contactados por un editor que dice estar interesado por su trabajo, un editor que luego se toma la libertad de pedir más de esto y menos de aquello, un hombre práctico que suprime capítulos enteros por hallarlos demasiado esotéricos y se atreve incluso a sugerir tramas para ciertas partes de la obra, soluciones, les llama; sale por fin el libro y es un éxito de ventas y el público quiere más de eso que ya no es el autor, quiere más de ese producto y está dispuesto a condenar cualquier intento del escritor por volver a sí mismo. Naturalmente, casi siempre se cede.
En la academia tuve notas excelentes y aún desde antes de egresar era llamada para pequeños trabajos como solista, en teatro y musicales, en este país que no es desde luego el más culto de Europa, pero también en sitios tan exigentes como Berlín o Milán. Empecé a vivir cómodamente. No era rica ni famosa, tampoco tenía visos de poder llegar a serlo de continuar en ese medio de personas cultas y resignadas. Gente interesante, liberal, con la que solía trasnochar para escándalo de mis padres que pronto se arrepintieron de haber animado la que decían era mi vocación. 'Sois todas unas putas', decía mi padre, 'todas las artistas'. 'Yo no soy artista, papá', le espetaba, pero supongo que a la larga no se equivocó porque de eso (de artista, no de puta) terminaron por tratarme en todos esos países miserables donde también se habla esta lengua zarrapastrosa. Mi madre se limitaba a pedirme que rezara el rosario, 'aunque sólo sea de vez en cuando', tratando de asegurar una conducta honesta de mi parte por medio del absurdo chantaje de sus sollozos. Entonces, luego de un concierto mal pagado en esa ciudad costera que se siente ilustrada, me contactó el agente mexicano.
Tú no sabes el dinero que tienen los que lo tienen en esos países de mierda. El agente vestía carísimo, hablaba con extraordinaria cordialidad, me pagó una botella importada que ahora debe costar unos doscientos euros, sólo para plantear su asunto. Quería que hiciera unas pruebas para grabar un disco y, si me parecía, grabarlo con fines comerciales. No pareció inquietarse en lo más mínimo cuando me reí ni cuando alegué ahora veo que estúpidamente que yo era una cantante profesional, con estudios, no una chica con ínfulas de ídolo juvenil. 'El compositor es ya muy famoso en mi país', me explicó pacientemente, 'de modo que el éxito está asegurado, no tendrá usted que preocuparse más que de cantar'. Hasta ahora había trabajado para públicos más o menos selectos o que aspiraban a serlo, aunque las expectativas de mejora material o profesional fueran limitadas, ¿podría soportar cantar para el gran público? Estaban de moda los cantantes de baladas románticas, individuos que afectaban una vida tormentosa y bohemia, ridículos, que eran aplaudidos lo mismo por jovencitas histéricas que amas de casa, por hombres que regalaban sus discos o amenizaban reuniones vaporosas con ellos. El pop no era todavía el fenómeno que terminaría por ser, no en este país que apenas se desperezaba ni en los otros que también hablaban esta lengua bajuna: era sólo anglosajón, lejano y admirable. ¿Renunciaría yo a la convivencia con mis compañeros cantantes y músicos para entrar en lo que entonces se llamaba con irrisoria ceremonia industria musical? 'Sois todas unas putas', me dijo el director de la orquesta cuando le anuncié que había aceptado la oferta del agente mexicano. Pero no conocía a mi padre. 
Tú sabes cuán sucio nos puede jugar la creencia de que debemos cultivar nuestros talentos y llegar a lo más alto, cuán fácil es confundir la dicha altura con el reconocimiento de los demás, interesado o no, experto o profano, ¿o me vas a decir que los profesores más destacados que has conocido, esos a los que invitan a conferencias plenarias en congresos internacionales, que sonríen siempre, que estrechan manos y reciben circunspectos trofeos y diplomas, que hacen discursos que son presuntas muestras de su ingenio, son todos autores de obras brillantes que destacarían por sí solas sin toda la parafernalia que las rodea y que el referido tiene a bien procurar siempre? ¿no es verdad que casi nada soporta una segunda vista ni el detalle? ¿y no es cierto, todavía más, que aquellos cuya obra es verdaderamente excepcional, realmente indispensable para avanzar en la ciencia o arte de que se trate, son casi siempre individuos que abjuran de las alabanzas y rehuyen los reflectores? Esto se sabe cuando se tienen dos dedos de frente y una pizca de sinceridad para consigo mismo. Yo lo sabía y aún así visité aquella ciudad horrorosa allende el Atlántico para grabar el primero de muchos discos en que hacía de intérprete de las composiciones de un maricón, piezas de una complejidad nula, de letra vulgar, estúpida, que me hicieron subir los colores al rostro. Yo era una mujer, si no culta, sí cultivada, que había frecuentado gente interesante y cabal, que había hecho estudios y visitado capitales verdaderas y no esta mierda. Pero el disco se grabó. Gustó. Me hizo rica y famosa en muy breve tiempo.
A la balada romántica le sucedieron rancheras y el folclor más variado, todas las mamarrachadas de que era capaz el maricón. Vomitadas en mis discos, eran luego reproducidas en el radio, tarareadas lo mismo por albañiles que por amas de casa, chóferes de camión y borrachos de todas las fiestas del subdesarrollo. Dejaron de llamarme al teatro y la ópera en mi país y pronto no tuvo sentido continuar en Europa. El agente mexicano me hizo comprender la velocidad a la que viajaba el tren al que acababa de subirme y el perjuicio mortal que me causaría intentar bajarme: promociones en televisión donde debía fingir que cantaba mientras se reproducía la canción grabada en el disco, entrevistas en radio con individuos que buscaban a toda costa fagocitarme por medio de las más atroces simplificaciones y majaderías, conciertos ante masas informes que repetían las horrorosas letras compuestas por el maricón y de las que yo sólo era una intérprete, alguien a quien se le exigía fingir que sentía lo que cantaba, ya fuera el enamoramiento o la muerte, la venganza o la revelación, una emoción acartonada después de otra sin apenas pausa ni sentido; firmas de discos con gente que parecía normal sin serlo, giras por sitios de nombres impronunciables y hoteles que no eran tales, pequeños shows privados a los que llamaban palenques y en los que vaqueros adinerados y gordos se emborrachaban rápidamente para luego interrumpirme a gritos y disgustar a sus esposas-objeto, mujeres con aspecto de travestidos, cubiertas de joyería grotesca y excesivo maquillaje. La locura.
Como pasa a todos los que se acomodan a aquello que detestan, inventé motivos para hacer pasar lo inadmisible por tolerable, a fin de no dejar de amasar la fortuna que estaba consiguiendo. Cuando podía estar en la enorme casa que me había hecho construir en mi ciudad, lejos del espantoso continente lumpen allende el Atlántico, me encerraba en el cuarto de baño que daba a un pequeño jardín y me metía en la bañera por largas horas, primero haciendo como que disfrutaba de aquel solaz, pero luego sollozando incontrolada cuando por fin lograba abandonar el papel que interpretaba. Buscaba entonces a mis viejos amigos, pero no todos accedían a visitarme ni todos los que me visitaban eran capaces de verme de la misma manera. Es extraño, pues, que tú sigas aquí. Y todavía más sorprendente que me comprendas habiendo pasado tu vida metido en la universidad haciendo matemáticas. No eres famoso. No eres rico. ¿Cómo puedes decir que tú también te has equivocado de camino? Estás en la situación en la que yo me hallaba antes de encontrarme con el agente mexicano, ¿no? Tendrás colegas más o menos interesantes con los que convivir de vez en cuando, tendrás romances en esta ciudad o en aquellas que visitas durante seminarios y conferencias, qué sé yo. ¿Dices que querías ser escritor? ¿Que has hecho lo que hiciste porque querías seguir convenciendo a los demás de que eras bueno en matemáticas, tal como decía mamá y luego dijeron los maestros, tal como decían los compañeros de la escuela y luego los colegas? Bueno, querido Luis, ¿qué te puedo decir yo acerca de interpretar papeles si sólo me estoy muriendo?

lunes, septiembre 16, 2019

Violador

Cuando aún los tenía, consolaba a mis amigos diciéndoles que el tiempo no se desperdicia nunca, ¿lo recuerdas? Les explicaba que es inevitable ocupar todas las horas que nos son asignadas exactamente las mismas a cada uno de nosotros y adquirir, aún desde la más improductiva de las rutinas, una experiencia vital irrepetible que nos hace menos ignorantes que cualquier otro en esos rubros en que decidimos o consentimos, aún pasivamente meternos. Un consuelo barato, sin duda, en el que evidentemente no creía si tomamos en cuenta la cantidad de obras y logros objetivos en que puse el mayor de los empeños para conseguir el reconocimiento de los demás. Así pues, nunca supe desperdiciar el tiempo, pues incluso leyendo libros o mirando películas con aire despreocupado, me atravesaban toda clase de síntesis mentales, procesos que fijaban lo que tenía delante para su aprovechamiento ulterior. Una productividad a ultranza, condenada al fracaso por talento insuficiente, pero también por la raíz megalómana de sus motivaciones. Un quehacer intelectual que estorbaba el vicio que medraba en el orden. Un permanente combate entre contrarios sobre la arena del tiempo. Porque siempre queda algo fuera, ¿verdad? Lo entendemos mejor conforme se agotan los plazos. Se pierden oportunidades continuamente, tú mejor que yo lo sabes. Y así, contrario a mi falso consuelo, es evidente que siempre estamos desperdiciando el tiempo.
Nunca somos claros. Vives separado de tu mujer desde hace años y, sin embargo, has dejado pasar casi todos los ofrecimientos sexuales que te han hecho diversas empleadas y clientes de la tienda, aún los más decididamente físicos, sin ramificaciones sentimentales aparentes. ¿Por qué? En tu juventud dejaste que la indecisión ganara terreno hasta que te fue imposible cambiar en lo profesional o económico: te condenaste a fuerza de no hacer nada. ¿Qué ocurrió? Si eras una persona tan sexualmente activa como yo, si tus capacidades eran mejores que las de muchos de nuestros salvajes compañeros de la escuela elemental, si a tus inquietudes y miras, si a tu conciencia toda y tu nobleza correspondía un destino a la altura, ¿por qué vives en las sombras? Podemos ensayar respuestas y recuperar algunas de las muchas conversaciones que tuvimos desde la adolescencia hasta el día de ayer en que ya no éramos jóvenes, pero debo decirte que ahora soy yo quien se hace las mismas preguntas, los mismos reproches. Porque, igual que a todos, llega un momento en que te detienes a mirar alrededor y descubres que el mundo ha seguido su marcha por otro camino. Porque ya no puedes desandar ni volver a escoger. Porque no había respuesta correcta.  
Yo desperté muy pronto a la sexualidad y no fui un niño inocente. Manipulé a los adultos de mi entorno para satisfacerme y aproveché las prohibiciones y condenas de quienes me descubrieron las de mi madre y maestras, las de algunos compañeros para alimentar la obsesión onanista a la que me limité con escarceos materialmente insignificantes, pero de gran incentivo psicológico hasta más allá de los veinte años. Mi sola experiencia desacreditaría la histeria moderna por proteger a la infancia de sus presuntos depredadores, aunque mi historia no es en modo alguno una excepción: tú mismo reconoces la deliberación de buena parte de tus actos impúberes. Que la época se haya vuelto excesivamente hipócrita y delicada, absolutamente idiota, hasta el punto de no reconocerse a sí misma sus intenciones, es sin duda un triunfo de la mentalidad ultramontana que ya hubieran querido para sí los sacerdotes católicos de tiempos presuntamente más obscuros y, paradójicamente, menos ñoños que los actuales. Tú mismo fuiste víctima de mis avances. Entonces podíamos hablar de consenso. Hoy no. Los tiempos son tan alelados que estoy seguro de que, aún sin mi consentimiento, alguien tendría la iniciativa de denunciarte por haberte aprovechado de mí hace veinte años, sólo porque tú insertabas y yo recibía, sólo porque cediste a la seducción que, según estos tarados, yo no podía conducir por no ser consciente de lo que hacía, cuando si alguna víctima inocente hubo fuiste tú. Porque yo era un niño demasiado inteligente y tú uno de buenos sentimientos. Porque yo era un niño alevoso y tú uno sin dobleces, genuinamente puro
Así pues, el ejercicio de mi sexualidad llegó tarde y mal, pasados los veinte y en calidad de niña, pues no fue sino hasta los veinticinco en que descubrí que podía ser yo quien penetrara a otros convirtiéndome en hombre, es decir, en agresor según los tiempos que corren. Entonces ni siquiera me daba cuenta de que todas las lenguas consignan como sinónimos del acto al que llegaba con tanto retraso verbos como joder y chingar, cargando de violencia el rol que ahora asumía y haciendo de mis genitales un bumerán perfectamente capaz de volverse contra mí. Así me lo hizo saber la policía de ciudad natal, por medio de la extorsión, cuando me sorprendió en un parque acompañado de un limpiaparabrisas cuya edad incierta permitía hacer caso omiso de su voluntad. Así lo comprendí también cuando, amenazado, tuve que sacar a empellones de la casa o el coche a quienes hasta hace un momento se mostraban obsecuentes y salaces. Cuando sentía alivio ante un vuelo que por fin me elevaba por encima de tentaciones y amenazas. Cuando cogía el coche para alejarme durante meses del lugar donde se hubieran producido malos entendidos. Imagínate cuánta gente indecisa y cuánta víctima en un país de acomplejados y maricas como este, cuántas ganas de culpar al de al lado y de linchar a quien se atraviese. Cuánta irracionalidad como materia prima inagotable. Así que cuando me descubrí hombre tuve que sortearlo todo e intentar recuperar el tiempo perdido. Un cuarto de siglo como niña, nada menos.
Cuando miro lo hecho, pese a todo, me asalta la sensación de que desperdicié años preciosos. A la precocidad de mi niñez le siguió una juventud lenta que para colmo se enredó con esa pareja de largo aliento que amaba tanto como no me gustaba. Con su presunto consentimiento, pero a sus espaldas, se produjeron encuentros incompletos o pobres arrebatados a hurtadillas en baldíos y callejones, coitus interruptus en hoteles espantosos y azoteas de vecindad, exploraciones arrebatadas a los márgenes que iba dejando la conducción de una vida intelectual que pronto me llevaría al extranjero. Hasta ahí la juventud permitía que la distancia entre mis chicos y yo la cronológica, pero también la económica y social fuese razonable; pero una vez transcurrido el largo intervalo extranjero donde convivieron la inopia sexual y la continuada ficción de una relación a distancia, me encontré separado de mis chicos por un abismo que no ha dejado de crecer, transformando lo natural en sospechoso, lo gratuito en interesado, lo consentido en abuso. He recordado, a propósito, un programa de televisión en el que una juez norteamericana que atendía un pleito entre un hombre mayor y una mujer joven, recriminaba a aquel, con un puritanismo típicamente norteamericano y muy de la época, el no haberse metido únicamente with his own kind. La imagino perfectamente apuntándome con su dedo condenatorio mientras hace una severa admonición: your own kind, Mr. Gala! What were you thinking?! ¿Cómo puedo seguirme acostando con mis chicos cuando ya tienen la mitad de mi edad? ¿Cómo puedo presentar a esta juez los numerosos casos en que ello se ha producido sin mediar coacción alguna cuando la diferencia es ya prueba de coacción? Repeat after me, me diría: a esta edad ya no hay sexo consensuado.
Ciudad natal quedó atrás apenas terminado mi dilatado salto extranjero, hirviendo de jóvenes con los que acostarse en calles que ya no pueden recorrerse. Huido a Santa Teresa, cuyas dimensiones combinadas con mi actividad me hicieron perder el anonimato rápidamente, continué la ficción de la relación a distancia que no moría, pero ya no estaba viva undead y aproveché, siempre insuficientemente según mi propio recuento, los cuerpos que generosamente me fueron ofrecidos antes de que la inconsciencia sobre mi edad y circunstancia desapareciera definitivamente. Si bien la corrección política había quedado a varios años de distancia gracias a la geografía, mi tiempo de cara al mundo se agotaba: un día fue a reunirse conmigo quien ya había muerto; otro día se fueron mis últimos amigos por los que creí equivocadamente que aún era joven; luego murió mi hijo. Nunca como entonces la enorme distancia intelectual y material con mis yacientes fue tan manifiesta, nunca mayor el peligro de los carros siniestros de cristales velados que disminuían la velocidad al pasar. Sentí la amenaza de los muchos ojos que me rodeaban y me descubrí desnudo.
Hace tres años que me separé como tú. Contrario a lo que supondría hallarse solo luego de casi dos décadas de promiscuidad a espaldas de mi relación un tiempo inexplicablemente largo, claramente desperdiciado si se toma en cuenta que la unión no tenía sustento sexual sino subliminal: una idealización de la pareja no he vuelto a acostarme con nadie. No faltan jóvenes dispuestos, desde luego, como esas empleadas y clientes que te acosan continuamente, chicos con voluntad y autonomía, con curiosidad, aunque se las niegue esa juez televisiva y casi cualquier miembro de la sociedad presente. Pero no he cedido, quizá porque el deseo no es tan grande como en otro tiempo y empiezo a cansarme, quizá porque quiero liquidarlo para que no siga estorbando la consecución de mis obras. Gran inquietud perturbadora. Potro demencial. Tiempo desperdiciado cuando faltaba pudiendo hacerse ¿como ahora? pero también despilfarrado cuando se tuvo, siempre insuficiente.

domingo, septiembre 08, 2019

Orientación

Te acordarás del libro que nos hacían comprar en la secundaria para una materia llamada orientación, en realidad tres libros, uno distinto por cada grado. El que recuerdo era el del segundo año, un libro horrible editado en ese papel marrón deslavazado llamado revolución, tan popular en los ochentas, pero que leía con mucho interés porque los adolescentes mariquitas somos aficionados a la psicología de quiosco, trátese de horóscopos, revistas del corazón o libros presuntamente académicos, pero redactados en lenguaje llano por mujeres de moral ligera, las únicas capacitadas para lidiar lo mismo con niños que con padres de familia. En ese libro se describían las así llamadas ocho áreas fundamentales del ser humano como sectores de un disco cuya unidad dependía de la capacidad de cada uno para reunir sus partes. Era un dibujo que parecía mimeografiado en vez de impreso, desde luego sin colores, donde aparecían escritos, en una fuente muy próxima a la de una simple máquina de escribir, los distintos nombres de las áreas que semejaban los rayos de una rueda: la mitad se leían del centro hacia afuera: área física, área sexual, área económica, área emocional (que por alguna razón consideraba menores), la otra mitad de afuera hacia dentro: área familiar, área social, área intelectual y área espiritual (las fuertes, según yo, que así presentadas me suponían un orden de creciente importancia). 
Recordarás también que yo siempre fui aficionado a las clasificaciones: listas, cuadros sinópticos, diagramas de Venn. Al término de la primaria hice un cuaderno donde intenté reunir todo lo que sabía por materias, creo que alguna vez te lo mostré: matemáticas, ciencias naturales y sociales; incluí en él mapas de variados colores dibujados por mí mismo y cuidadosamente doblados para entrar en pequeños bolsillos de plástico que adosé a las últimas páginas con cinta adhesiva: uno por cada continente y otro del propio país con su división por estados. Le dibujé un par de nubes y un arco iris en la portada. Se lo mostré a mi padre que me despachó en pocos segundos balbuciendo la palabra bien para ocultar su desconcierto. Pero ni su indiferencia ni los insultos de mis compañeros (de los que me defendías a veces) me desanimaban en mi obsesión taxonómica, así que era lógico y esperable que me sintiera inmediatamente atraído por esa organización de la vida en forma de rueda que el libro de orientación me ofrecía. Hice una primera evaluación de mi situación a la que siguieron muchas más, casi hasta el fin de la adolescencia, ese período en que muchos nos apartamos de todo lo que consideramos ridículo sin conseguirlo nunca del todo. Luego, si hay suerte, volvemos sobre lo abandonado como si el sólo paso del tiempo le hubiera dado la dignidad que no tenía, una prestada por el sentimiento de la nostalgia. Pero volvamos al punto, que me estoy desviando: ¿qué cuentas puedo darte de mi vida si echo mano nuevamente de la rueda?
Ya no soy joven, tengo una enfermedad crónica controlada y nunca hice ejercicio como según yo deseaba. Como todo buen marica en su madurez, como bien y voy al gimnasio con regularidad, pero por supuesto no lo hago porque exista siquiera la mínima posibilidad de eliminar la panza de cuarentón que se me ha hecho ni porque quiera alimentar más el mito de mis buenas piernas o nalgas, qué va, lo hago sólo porque me distrae al tiempo en que escucho música, porque puedo evadirme y fantasear, placeres adolescentes que, a falta de mayores talento o voluntad, consigo también leyendo o escribiendo pequeños textos sin acometer las grandes obras que he deseado realizar. Así pues, el área física tal como la he concebido se opone a la intelectual porque postula la disipación en vez de la concentración: la vida más equilibrada es también la más mediocre. Y ya que estamos en ello, te comparto dudas que me has oído expresar aquí y allá: ¿es tarea intelectual haber conseguido los máximos títulos universitarios? ¿haberlo hecho en el extranjero aprendiendo otras lenguas? ¿mantener un trabajo profesional productivo como profesor investigador en matemáticas aplicadas? ¿acaso la fundación de programas y la dirección de proyectos que han influido en la vida de decenas de personas? Si la calidad del trabajo no es la máxima y reconocemos que no podemos darla, ya sea por incapacidad o pereza, ¿qué debemos hacer? ¿conformarnos con la indulgente fórmula dar lo mejor de sí? ¿abstenernos de exigir a los demás porque al fin y al cabo nosotros no cubrimos las exigencias más altas? Mi preparación académica tenía como destino una institución a la altura: ¿lo es una universidad de provincias donde se es tuerto en tierra de ciegos o es que somos nosotros los que no cabemos en las instituciones soñadas? Quizá estas últimas ni existan propiamente, pues dar la vuelta al mundo me ha dado el discutible consuelo de comprobar que nuestros problemas no son originales y que el hombre que trabaja está siempre en el lugar correcto. Pero la insatisfacción persiste. Si la obra intelectual profesional no alcanza el nivel esperado, ¿puedo conseguirlo en la literatura o es sólo un recurso para escurrir el bulto de la incapacidad? Me imagino ahora mismo a Fargas mirándome a los ojos e inquiriendo: what are you looking for, Mr. Corso? Porque da la impresión de que la obra no estará a la altura ni será de la más alta calidad en tanto no sea reconocida por la mayoría de las personas. En forma de premios y ventas. En forma de invitaciones y récords. Y eso, que quizá te sientas tentado a asociar a mi adolescencia hecha de concursos y diplomas, medallas y competiciones, es desde luego ridículo. Pero como fondo psicológico no está mal. And yet... ¿qué psicología conciliará el hecho de que Javier Marías es un escritor reconocido o exitoso o consagrado o bueno con el hecho de que Luis Gala es uno perfectamente desconocido aún si su prosa fuera magnífica?
Pero como bien decía el libro de orientación de segundo año, la vida está hecha de más cosas, como el dinero que, sin faltarme, no se sabe nunca si es mucho o poco, sobre todo porque afirmar que es suficiente mientras no nos falte nada es bastante incierto como medida, pues depende de lo que cada uno cree que necesita y del tiempo que dure su existencia (las hay tan largas o accidentadas que pueden arruinar hasta las mejores previsiones). No soy un capitalista sino un empleado. No genero dinero, antes bien aumento el número de los que se cuelgan del erario público. Con responsabilidad y rendición de cuentas, se entiende, pero también con culpa. Vivir de la escritura tendría la ventaja de decir adiós a los jefes que por regla general son imbéciles y guardar una relación menos parasitaria con la sociedad. Pero también me permitiría tener una vida más liberal sin que las sociedades de padres de familia sientan que pongo en peligro la moral de sus hijitos universitarios y mayores de edad. Porque es verdad que mi sexualidad, con ser fuente de grandes placeres, ha planteado también infinidad de problemas a lo largo de mi vida. Ustedes se dieron cuenta antes que yo de mi orientación sexual y me llamaron maricón, joto, puñal, puto, feminoide, marica, pero no fue sino hasta el fin de la primaria en que yo comprendí que era homosexual. Te acordarás que los insultos siguieron en la secundaria y la preparatoria; algo menos en la facultad y el posgrado, jamás en el extranjero. Desde que cobré conciencia de mi situación supe que tenía que guardarme de hablar del asunto con mi familia y con mis escasos amigos. Mutilarme. Muchas veces me sentí cómodo fingiendo y hasta pretendí poder cambiar, como si ello hubiera sido posible o deseable. Tuve novias. Pero cuando por fin me decidí a tener el sexo que deseaba y que no podía ser sublimado más, encontré toda suerte de dificultades, de rol y de salud, de moral propia y ajena, rematando en una pareja prematura cuya consolidación ocultó detrás de la ternura equívocos fundamentales en materia sexual. Viví así muchos años de creciente tensión entre una vida casi conyugal que se alejaba de lo físico y una estimulante y peligrosa promiscuidad exterior. Salté así desde la juventud hasta la madurez y en ésta nos encontró la separación. No valieron más las palabras sin sustancia como relación abierta o el ridículo mandato de no involucrarse sentimentalmente con nadie más. ¿Cuándo me impidió este principio enamorarme de tantos a lo largo de los años? ¿Cuándo el carácter abierto de la relación hizo menos dolorosa la comparación de nuestro sexo agónico o inexistente con el rush de los encuentros casuales? En esto el libro de orientación pecaba de ingenuidad. Ni en él ni en ninguna otra parte he hallado respuestas a preguntas esenciales, por ejemplo: ¿qué es una pareja? ¿basta comunicarnos de manera extraordinaria con esa persona aunque no la deseemos? ¿basta con desearla aunque sea una persona manifiestamente incapaz de comprender nada? ¿cuánto es suficiente sexo? ¿está en la naturaleza de las personas la promiscuidad o el agotamiento eventual de la monogamia? Es fácil decir que cada par o grupo define sus reglas, tú mismo has dicho que para ti el sexo no es tan importante, pero cuando uno aspira a algo legítimo y no a una mera comedia, se tropieza rápidamente con el requisito de enfrentar la verdad, lo que desde luego obliga a buscarla, a cuestionarse, a no descansar jamás. Y así no es de extrañar que llegue a esta edad sorprendido de que las ganas de seguir jugando sigan ahí y esperanzado de que ponerlas en un solo sitio no sea una simple estupidez, particularmente cuando el universo de mis intereses se aleja cada vez más conforme envejezco.
Me he alejado de mi familia y amigos, tú incluido, aunque su influencia ha sido grande en la formación del solitario que soy. No me siento del todo satisfecho con ninguno de ustedes, pero ya el carácter heterodoxo de mi vida sexual e intelectual hacía difíciles las relaciones duraderas, particularmente en un país como el nuestro con su cultura acomplejada y mezquina (de ahí que tenga buenos amigos extranjeros). De modo que debería estar agradecido por haber disfrutado de tratos profundos con una importante lista de personas, aunque ya no las frecuente o sólo muy de vez en cuando, impedido por razones geográficas o temporales. Las comunicaciones hacen posible que tenga noticias de ellos cada cierto tiempo y eso es satisfactorio, aunque quizá insuficiente. En todo caso no lamento el resultado lógico de hallarme solo. Quizá la persona que más ha trascendido épocas distintas ha sido mi madre, a quien puedo disfrutar y padecer ahora, mientras se adentra en la vejez. ¿Nos volveremos una de esas parejas clásicas de homosexual con su madre, enfrentando las cada vez mayores dificultades de la ancianidad solitaria? Quizá yo pueda acompañarla hasta que muera, pero luego no queda muy claro quién lo hará conmigo cuando ya no me sea posible mantener mi autonomía. ¿Tendré que suicidarme o irme a vivir con quienes no deseo ni me desean? Misterio.
Falta rendir cuentas de dos áreas, me dirás, la emocional y la espiritual, aunque nunca me quedó muy claro a qué se referían los autores con este par de rubros. Lamentablemente ya no tengo el libro de orientación conmigo para consultarlo, aunque sí los escritos que hice en mi adolescencia evaluándolas junto con las demás áreas, cada uno, dos o hasta cuatro meses. ¿Dónde encaja el amor? ¿en la vida sexual como parece colegirse de lo que te he relatado arriba? ¿en la emocional donde supongo que una vida sana ha de ser estable, sin grandes depresiones ni euforias desquiciadas? ¿o es un asunto espiritual para los que como yo hemos perdido las creencias religiosas? Siempre pensé en el mundo espiritual como en la capacidad de vivir en armonía y penetración, aún misteriosa, aún sagrada o poética, con lo que nos rodea, lo que de alguna manera he conseguido a través de una vida de amor y conocimiento, de sentido moral hacia los demás y de una obligación cada vez mayor de honestidad intelectual y ética. Seguiré viviendo tensiones entre los distintos polos que jalonan mi voluntad e insatisfacción ante lo que hay, porque quizá, a nivel psicológico, poco puede hacerse por la conformidad de aquel a quien le fue inculcado desde niño la necesidad de ganar respeto, amor, o  satisfacción, por medio de más y más obras. Después de todo, como te dije alguna vez, el amor no es improductivo.

domingo, septiembre 01, 2019

Somnolencias

A los lados del tren que se mece con suavidad mientras atraviesa los campos, aparecen grupos de árboles apretados unos contra otros o separando cultivos de granos y legumbres, acolchadas superficies verdes seguidas del hirsuto café pálido del trigo, bolas de heno a las que luego reemplazan vacas u ovejas, casas y algunas carreteras, establos, pequeñas fábricas. Dentro del tren, el silencio de los hombres es el constante murmullo de las ruedas al cruzar las traviesas más separadas o el apagado chirrido de los frenos cuando se detiene la marcha, el bufido satisfecho de las puertas neumáticas que se abren o cierran, a veces sin que las atraviese nada más que un olor a tabaco o sudor, un perfume como fantasma al que le falta el cuerpo. Atardece. La luz crepuscular del sol, que de repente es destello fugaz en un cristal o añadido matiz en el aire que separa la vista de los objetos, avisa ya con su inclinación el fin del verano, obligando a quienes son llevados por el tren a recogerse en sí mismos como hacen los sobrevivientes de una larga fiesta, el calor todavía dentro de ellos como una débil flama que se resiste a desaparecer.
[...]
En algún rincón apartado por donde no pasan turistas se habrán sentado a descansar sobre la escalera de un desgastado puente de mármol, a la sombra de una enorme iglesia y de desvencijadas casas de colores térreos. La ropa blanca en los balcones meciéndose con el viento. Las flores en macetas ancladas a la herrería que dejan escapar gotas que no pudieron retener. Ya en el reflejo ondulado de las aguas verdosas del canal debajo de ellos, ya en los meandros de una mancha oleaginosa sobre la superficie o en el repentino callar del viento por encima de sus cabezas, lo habrán comprendido: el verano tiene sus días contados como lo tienen los objetos y las ciudades, como lo tiene el tiempo de mirarse uno al otro y de ir de la mano por las calles. Se hará el silencio como ahora en que ya pueden percibirse los ruidos de una cacerola lejana y el cada vez menor de unos cubiertos que son puestos a la mesa por una mano invisible; la vida de los demás, insinuada detrás de muros y ventanas, será el fondo en que ellos desaparecerán un día, ahogados como los muchos objetos que pueblan el lecho de la laguna en que, día con día, se sumerge esta ciudad.
[...]
El avión que despegó en dirección noroeste, todavía en la obscuridad por encima de una isla de luces sin agua, es alcanzado por la luz del amanecer. A la derecha, más allá de las ventanillas, se abre paso una línea roja por entre las sombras de las nubes recortadas contra el alba; a la izquierda, un azul marino casi negro es sucedido por un gris obscuro sin arriba ni abajo. Se queda dormido. El avión cae de panza con la suavidad de una hoja en medio de la plaza mayor de ciudad natal. Le sorprende no tener miedo a pesar de estar consciente del peligro de una explosión y, conforme a instrucciones mil veces repetidas, abandona el avión por uno de los toboganes desplegados aunque el suelo está prácticamente al nivel de la puerta. Conforme se aleja de los restos, distingue a pocas cuadras las puntiagudas torres de catedral y celebra la casualidad extraordinaria de haber caído aquí. 'Qué suerte', se alcanza a decir entre el gentío de pasajeros y mirones. Pero todo mundo ha traído consigo sus pertenencias mientras que él, obediente a las reglas, las ha dejado en la cabina. Siente un gran deseo de volver a por ellas porque el avión sigue estando ahí, a pocos metros, con la puerta casi al nivel del suelo y su tobogán amarillo como pasarela. Piensa en el peligro de que la aeronave explote mientras evita el arroyo de combustible que se ha formado. Vuelve a mirar de reojo la catedral, incrédulo. Ya está de nuevo frente a la puerta y apenas pone una mano en el fuselaje cuando una sacudida lo despierta. El avión da una pronunciada vuelta por encima del valle y ya distingue la cuadrícula de sus sembradíos, el trazo recto de sus calles, la forma oblonga de la laguna. Están por aterrizar. 
[...]
No debe dormir hasta el anochecer para poder adaptarse al nuevo horario. Así se lo dijo por primera vez el gordo en su jardín bordeado de cipreses donde preparaba conejo asado y su mujer servía pequeños canapés decorados de fruta y licores. Así lo corroboró el hombre cara de caballo que aún parecía joven, café en mano, luego de rechazar más conejo y hacerse con otro canapé. Hacía años de aquel despreocupado consejo que, como el resto de los que dio el gordo, nunca la rubia y sólo a veces el hombre cara de caballo que aún parecía joven, tenía toda la apariencia de ser verdadero sólo por ser autoritario. Así pues, anduvo recorriendo las calles de Santa Teresa en vez de quedarse en casa, a pesar del calor, bastante elevado todavía, del final del verano. Para evitar el insomnio. Para evitar la sombra siniestra de confusión que se alargaría sobre él cuando cobrara conciencia de que estaría solo por mucho tiempo. Ya estaba aquí, materializado, el silencio que los rodeó sentados sobre un puente de mármol de una remota ciudad antigua de canales de agua verdosa. Presentimientos...  De repente se encuentra frente a una casa que habitó con quienes ya murieron, desvencijada y rota, vacía, con el número de metal aún en su lugar y las ventanas intactas. No tiene puertas y la recorre lentamente, sobrecogido, con las historias ahí transcurridas sucediéndose en su cabeza con rapidez: el baño de azulejos amarillos donde volaban cucarachas, los armarios donde estaban las cartas de la dueña, la recámara donde hizo el amor mientras los ratones roían la madera de la cocina... Emerge y la luz lo ciega. 
Ya nadie le espera en casa.

sábado, agosto 17, 2019

Taller

Naturalmente, una vez concluido el jaloneo que en lo profesional padeció desde su juventud entre lo que creía merecer y la aceptación a regañadientes de lo que iba obteniendo, miró a su alrededor a fin de poner remedio, aún desde su escepticismo y convicción de que no tenía caso, al hecho de que prácticamente no tenía a nadie con quien ir a gastar su dinero o su tiempo. Ya no estaba en condiciones de ir a discotecas por su repulsa a las multitudes y su cada vez mayor incapacidad para aguantar desveladas y alcoholemias. Ya no era la persona encantadora que provocaba con sus conversaciones a extranjeros ociosos en aeropuertos, capitales europeas o teatros de barrio judío. Porque no encontraba ningún placer en conversar sobre asuntos domésticos con sus contemporáneos, hombres de familia y negocios, desprovistos de cualquier pasión que no fuera la acumulación interesada de bienes. Porque le avergonzaban las historias ridículas que había vivido con chicos jóvenes a los que atribuyó toda clase de virtudes sólo por haberse enamorado de ellos: individuos bobos y pasivos, aprovechados o egoístas. Y, sin embargo, una vez se halló suficientemente solo rodeado de sus libros y películas, de sus discos y colecciones, comprendió que no tenía lo que había que tener para vivir de encuentros sexuales anónimos y conversaciones estrictamente profesionales. 
De modo que miró en redes sociales y foros los relatos e imágenes de quienes parecían vivir permanentemente acompañados en medio de fiestas, viajes y paseos. Risas fotografiadas. Bromas congeladas. El acto de beber una cerveza en medio de la calle. Azoteas. Recordó un pasado remoto en el que él también se instalaba cada cierto tiempo con sus amigos en la esquina de un automóvil o una habitación a recitar poesía y lanzar insultos soeces, a entrever mujeres desnudas a través del mucho humo de cigarros y el perpendicular ruido de botellas, a abrazarse a quienes juraban lealtad o prometían juventudes eternas. Algo se encendió en él. Se dijo: 'el pasado, eco de lo que tenemos frente a nosotros'. También: 'el tiempo, magma donde se ahogaron quienes ahora me ven desde el infierno'. No usaría más las horas muertas de la oficina o la casa para fantasear con los muchos perfiles de la red. No se limitaría a masturbarse sin contactarlos ni a descargar en su celular este o aquel vídeo pornográfico. Bajaría a la calle para localizar y abordar aquellos que le resultaran más llamativos. Reuniría datos y haría de detective hasta abandonar su postura voyeur frente a la vida. Iría de nuevo al mundo una vez reconocida su incapacidad para representárselo sólo con los libros de su biblioteca y el reproductor de películas. 'Pero seguiré sin viajar', agregó, 'por pereza'.
Así pues, cada día en punto de las seis de la tarde, salía del trabajo a recorrer las calles en su auto compacto, poco vistoso pero funcional, casi como su vida, no para seguir invitando transeúntes al azar como había hecho durante años con magníficos resultados que mantenían intacta su soledad y satisfechos sus genitales, sino para localizar a aquellos que le interesaban basado sólo en un puñado de datos fragmentarios, a veces la fachada de una escuela o un edificio de oficinas, otras el color del uniforme utilizado por los que sonrientes aparecían en alguna imagen tomada con despreocupación y colgada de la red sin mayor reparo. Bien es verdad que al principio su tarea concluía en el momento mismo en que la persona buscada aparecía en su campo visual, casi siempre andando en la calle para entrar a algún sitio por él vigilado (y entonces se quedaba satisfecho sin siquiera conocer su voz), o detrás del mostrador de un establecimiento al que él se decidía a entrar (y entonces le bastaba el intercambio de palabras rutinarias para cambiar de sujeto), pero esto llegó a su fin cuando fue el Negro y no él quien lo abordó inesperadamente a la salida del taller donde aquel trabajaba.
El Negro era muy joven, no debía tener todavía los veinte años, y aunque ceceaba ligeramente lo abordó sin titubeos para pedirle que lo llevara a su casa. 'Llevas ahí media hora con el sol dándote en una mejilla, esperando a que alguien salga del taller. Bueno, sólo quedamos mi jefe y yo, pero a él ya lo viste hace un momento cuando salió a fumar y no lo llamaste, de modo que debo ser yo a quien estás esperando. ¿Me llevas?'. Sonriendo aceptó llevarlo, aunque en realidad se hallaba un tanto mosqueado por haberse dejado sorprender, 'quizá no soy tan inteligente como creía', pensó con una punzada en el estómago, y esa idea le recordó los muchos años en que vivió jalonado por la convicción de que estaba desperdiciando su talento en un trabajo y una ciudad por debajo de su nivel, 'ahora ya es tarde', pensó todavía con gran rapidez, 'porque me va bien, sí, pero también porque ya no puedo irme... la música del juego de las sillas ha terminado y no hay más opciones que el asiento en que estoy sentado... bueno, al menos no he dado con el culo en el suelo porque hay dos tipos de...' Lo interrumpió el Negro diciéndole 'yo sé quién eres'. 
Sintió que los colores le subían al rostro, pero se rió como si fuera el dueño de la situación, sin quitar la vista de la carretera. El Negro encendió lentamente un porro de mariguana luego de ajustar los bordes del papel de liar con unos dedos que brillaban de grasa, las uñas cortas pero negras de mugre; al encenderse el porro crepitó más de lo habitual por culpa de la grasa accidentalmente untada. 'Bueno, pues aquí me tienes', dijo el Negro, 'ya sabrás mucho de mí y querrás tocarme. Es justo: me estás llevando a mi casa, ¿pero podemos ir por unas cervezas primero? Podemos hacer lo que quieras', dijo. A la sorpresa y el disgusto de haber sido sorprendido, le siguió la turbación del cuerpo que se le ofrecía. Se volvió fugazmente para apreciarlo, una visión distinta de las muchas que tuvo en la red sin profundidad ni olor a taller o mariguana. Recordó de golpe a los drogadictos de su vida. A Gustavo y Carlitos. A Dany y el Nayarita. Al del crucero del Periférico y la Calzada cuando no existía el paso a desnivel. ¡Tanta gente de pensamiento impenetrable y cuyo carácter enigmático alimentó el deseo! ¡tanta conducta inexplicable y generosa! Grandes. Grandísimos. Apariciones. Se detuvo frente al depósito de cerveza y le extendió al Negro un billete. Lo miró entrar y salir de la tienda, acariciarse la melena con los dedos, mover la cadera y la u ve de su torso. No tenía ninguna curiosidad por saber cómo es que el Negro lo había identificado; tampoco por saber si era un ardid.
Continuaron el camino alternando silencio con sorbos de cerveza; él rechazó un porro que le ofreció el Negro y éste a su vez rechazó un cigarro que él le ofreció, advirtiendo que 'el tabaco mata'. Cuando decidió dar vuelta para internarse en los cultivos, el Negro no se inmutó ni preguntó a dónde iban. En la parte más profunda de aquella brecha por la que conducía ya muy lentamente, con el sol del ocaso haciéndose fuego rojo detrás de los maizales, pensó en las muchas amistades que habían terminado absorbidas por sus familias o trabajos o distantes geografías, pensó en el hecho de que nunca le habían interesado realmente y que sólo pudo reconocérselo hasta que se divorció. Se detuvo y apagó el motor. Los graznidos de pájaros fueron entonces audibles, el ulular del viento por entre las hojas, el chirrido de los grillos. 'Yo tampoco soy libre', dijo de pronto el Negro llamándole por su nombre y quitándose los pantalones sin soltar el porro de entre sus labios. Entrecerraba los ojos por el esfuerzo, marcando su musculatura con cada movimiento hasta que el tatuaje en su pecho quedó al descubierto. Luego, desnudo de la cintura hacia abajo y arremangándose las mangas de la camisa, le puso una mano en la entrepierna llamándole otra vez por su nombre. 'No te creas que eres el único, pero no puedo ofrecerte más que mi cuerpo. Sé que esperarías que todo fuera diferente, que alguno de los que has estado cazando estuviera a la altura, pero para la gente como tú no hay palabras correctas, apenas actos, gestos, circunstancias... yo también soy cazador, ¿ves?', dijo ceceando graciosamente. 
Y diciendo esto el Negro le desabotonó el pantalón y la camisa, excitado por la posibilidad de que al otro se le pasara la mano... 'Pero eso sólo pasa en las películas', pensó el Negro con el cuello cada vez más dulcemente apretado. 'Sólo en las películas', gimió por última vez con ojos de hipnotizado. La luna y las estrellas allá arriba.

jueves, agosto 08, 2019

Tregua

Convocados por él, que sólo estaba de visita en la isla, nos habíamos reunido en uno de los comedores de la residencia a compartir quesos y vinos. Era uno de esos largos anocheceres de verano inundados de aire tibio, de luz suspendida que tardaba horas en retirarse convirtiendo paulatinamente los follajes verdes de los árboles en sombras siniestras. También él había vivido, hacía muchos años, entre las rugosas paredes de la residencia que, forradas de material sintético, semejaban el interior agobiante de abetunados pasteles, salpicados aquí y allá por hinchazones o manchas de humedad que todos habíamos examinado durante nuestras largas horas de exilio, a veces meditando sobre preocupaciones concretas que rápidamente derivaban en desproporcionadas amenazas, a veces sin objeto como quien se halla fuera de sí, al margen del lejano sonido del tranvía o de los estridentes chillidos de las ratas. Se hallaba cordial y calmo, contrario a su costumbre, matizando sus opiniones y conciliando extremos con argumentos demasiado simples para un hombre de su complejidad, no me resultaba precisamente agradable a pesar de que los demás se mostraron muy complacidos con su obsecuencia y aprovecharon para hablar más de lo que solían en su presencia. Me sorprendí echando de menos al hombre enérgico y contundente que discutía siempre en los términos más absolutos, ya sobre la doble moral de los hombres de la isla que nos habían reclutado, ya sobre la sin moral de la que huimos cada uno de nosotros para venir a la isla, seguro de sí mismo aun frente a la autoridad de quienes se hallaban por encima de él en la jerarquía y cuyos dobleces era capaz de detectar con sólo escucharlos durante unos minutos, tan respetado como aborrecido. Ahora parecía otro, uno más cercano a la mayoría de los hombres que o bien carecen de inteligencia o bien han debido ocultarla para hacerse perdonar, aunque sólo sea por sí mismos, inconsistencias o puntos ciegos: el enamoramiento que les ha humillado, el exceso que les avergüenza, la justificación que desapareció para actos otrora calificados de brillantes o divertidos; su parsimonia era el cómodo manto bajo el cual cobijaba sus contradicciones en vez de enfrentarlas, su circunspección una forma alevosa e intelectualmente mortal de hermanarse con los demás, aquello que los cristianos llaman un acto de contrición y que no es otra cosa que la puesta en marcha de una humildad artificial que reniega de la razón para expiar culpas morales que poco o nada tienen que ver con lo que se discute. '¿Qué pudo haber ocurrido?', me pregunté mientras oía las campanadas del último tranvía y me mojaba los labios con el vino, 'si antes denunciaba las siempre novedosas y sutiles formas de la corrupción de instituciones y hombres sin arredrarse, si se detenía en el examen de sus experiencias más íntimas o escandalosas extrayendo aquí y allá afirmaciones de orden filosófico o simples bromas, si denostaba la ceremonia y la oficialidad con tanto rigor lógico y originalidad como hubieran deseado sus enemigos, ¿qué culpas reales o inventadas ha adquirido para bajar la guardia ahora y no sentirse más en condición de criticar la realidad con sus habituales severidad y exactitud?, ¿qué aspecto esencial de su vida ha salido tan mal como para robarle la energía de una certeza básica que hasta entonces no le había faltado, ese punto de partida al que siempre se puede volver tras las escaramuzas y batallas?'. Los demás se hallaban complacidos con el tono atildado de la reunión, comprendidos y reivindicados, así lo demostraba la moderación de sus risas y la equilibrada repartición de la palabra, pero también la corrección, casi elegancia, con que administraban la ingesta de vinos y quesos, casi como actores que se reúnen tras la última representación de una temporada exitosa, cansados pero felices, disfrutando de una tregua en sus conflictos y diferencias, suavemente mecidos por el alcohol mientras afuera el aire tibio sopla entre las hojas de los árboles que finalmente se han fundido con la obscuridad de la noche. Ellos no podían percibir mi insatisfacción porque siempre había sido el más callado de todos, pero yo me hallaba muy ocupado tratando de comprender cómo un hombre de esas características, que tanto en la isla como en nuestra inmoral tierra natal era temido por su atinada causticidad, que era tan incómodo como imprescindible para el avance de las sociedades donde aparecía, había podido renunciar a su cualidad más notable para mayor satisfacción de todos los presentes a los que no parecía importar el sacrificio de la inteligencia y el sentido, de la afirmación y el ingenio, con tal de sentirse superficialmente aceptados y aún precariamente queridos, sujetos de una vacua condescendencia obsequiosa y ruin. 'Los seres humanos', me dije con repugnancia, 'prefieren pasar la vida consolándose unos a otros de la forma más insustancial, abjurando de cualquier penetración, alejados de toda profundidad; disfrazan de humildad la más asquerosa de las ambiciones que consiste en el rebajamiento sistemático de todo lo que sobresale para sacudirse la envidia, ya tratando de ofuscar a los hombres de talento bajo el pretexto de una amistad, ya trivializando sus obras mediante argumentos igualitarios, cuando éstos se resisten los condenan al ostracismo o al exilio, se garantizan así chapotear hasta la muerte en el tranquilizante miasma de su mediocridad, apenas preocupados por los ocasionales aguijonazos retóricos de talentos que no debieron aparecer en medio de ellos'. Así pues al despedirnos, una vez se acabó el vino y quedaron vaciados de queso los platos, mientras nuestras voces hacían todavía más eco en los pasillos de la residencia por efecto de la madrugada, le extendí la mano y me apartó un momento del resto que se alejaba con destino a sus distintas habitaciones. 'Se trata de mi mujer y mis hijas', me dijo sin preámbulos, 'que se han marchado hace ya mucho tiempo y no sé nada de ellas'. ¿Había venido a la isla por ellas? ¿estaban aquí? 'Pero me recuperaré. Tranquilícese', me dijo sonriendo y pasando una de sus grandes manos por mi cabeza como si aún fuera un niño. Me limité a asentir. Se perdió camino a su habitación y partió al día siguiente de vuelta a Santa Teresa. 

domingo, julio 14, 2019

Hipocondria

Conforme me quedaba dormido sentía o creía sentir un hormigueo cada vez más intenso en las piernas y temí que la parálisis estuviera de vuelta, exacerbada por la perspectiva del viaje trasatlántico que habría aumentado mi estrés y disminuido mis defensas, la explicación más habitual en médicos perezosos y la mayoría profana cuya ignorancia no impide, antes bien empuja, a opinar perogrulladas sin remordimientos de ninguna especie. Ya me imaginaba intentando ponerme de pie una vez que sonara la alarma antes del amanecer y descubriendo las piernas hechas trapo, incapaces de sostenerme, sentándome en la orilla de la cama para frotarme las manos contra las piernas en un desesperado esfuerzo por reanimar mis extremidades muertas. No podía estar seguro, en mi angustia, de estar despierto o dormido, tan mala era la calidad del sueño que sólo por agotamiento o inacción llegaba en la víspera de viajes como este en que volvía a casa desde el extranjero, las maletas hechas durante largas horas tratando de empacar lo más posible para no dejar nada en la pensión, ahora imaginadas o vistas como sombras al pie de la cama, representando la amenaza de un peso inamovible a través de andenes y pasillos, aduanas y fronteras donde cientos de ojos me verían con sospecha al hacer fila y contestar preguntas, prestos a detenerme si mis piernas vacilaban un instante o me sujetaba a las paredes sin razón aparente, impidiéndome viajar y aún metiéndome en una ambulancia con destino al hospital más cercano. Los médicos que me habían atendido hacía cuatro meses sólo porque la mujer de la pensión, contrariando mis deseos, llamó a una ambulancia al verme caer al final de la escalera y comprobar que no podía ponerme en pie, habían mostrado una gran perplejidad luego de advertirme que podía tratarse de Guillain-Barré, en cuyo caso sólo podía esperar un gradual empeoramiento de la parálisis que terminaría por invadir la caja torácica e impedir mi respiración. Yo me reía nerviosamente, incrédulo, restando importancia a su pesimismo o asumiéndolo como una ironía graciosa del destino, una broma casi divertida por el ridículo en que dejaba la idea de haber venido hacía algunos años con el acuerdo de mi mujer para reunir más dinero y mejores credenciales, volver a casa e instalarme con ella para ya no separarnos más. Ahora podía morir, según opinaban los médicos que no dejaban de examinarme con agujas y electrodos, muestras de sangre y orina, aunque la parálisis no progresó y luego de la primera noche en el hospital empecé a recuperar el movimiento, mucho antes de que llegara el diagnóstico y aún más de que iniciara el tratamiento, 'así quedó desperdiciada una oportunidad de oro', me decía en la duermevela la víspera del viaje trasatlántico mientras creía sentir un hormigueo en las piernas, 'de que mi mujer y yo cerráramos nuestra relación para siempre y no pudiéramos ya decepcionarnos el uno al otro, pues nada garantizaba que al volver pudiéramos reanudar nuestra historia ni retomar la piel y el pensamiento donde los dejamos, nuestro tiempo separados era ya excesivo y tal vez nos habríamos habituado a no contar el uno con el otro más que como una promesa, una idea de retorno a un pasado ya irrecuperable'. Mis ensoñaciones teóricas se veían de pronto interrumpidas por lo que creía eran golpes en la puerta de la habitación o el ruido de la alarma de incendios, tosía entonces por el humo que creía percibir sin poder despertar, atinando sólo a repetir con el pensamiento 'qué mala suerte, qué mala suerte, qué irrisorio final morir en un incendio en la pensión justo antes de volver a casa, arderán las maletas con sus regalos, las paredes plastificadas y las cortinas', ya en este período había estado continuamente afectado de la garganta por culpa de la humedad y del frío, el pecho unas veces pesado y otras ardiente, sobre todo desde que volví del hospital luego de la parálisis con una bolsa de papel llena de medicamentos y tambaleándome por miedo a caerme, rechazando la ayuda de la mujer de la pensión que insistía en guiarme por la estrecha escalera que lleva a mi cuarto con tal de saber todo lo posible sobre mis padecimientos, sus ojos brillantes con la morbosa avidez de quien corre al circo del pueblo para mirar el niño de dos cabezas. Cuatro meses ha de aquel episodio y ahora tosía o creía toser mientras me percataba de que ya no sonaba la alarma de incendios y volvía a preguntarme si de verdad tocaban a la puerta, pues la enfermedad no había impedido que siguiera viniendo a deshoras la estudiante del piso de arriba cuando le apetecía que la penetraran, una marroquí o tunecina que ante los demás y durante el día me negaba el saludo y a la que no importó saber que había estado en el hospital ni la posibilidad de que se tratara de una enfermedad venérea, 'mejor ni intento levantarme', me dije, pues no deseaba comprobar si efectivamente había vuelto la parálisis ni follar con la tunecina o marroquí debiendo levantarme tan temprano, 'qué inoportuna ha sido esta tipa desde siempre', pensé con injusticia sin considerar que había sido yo quien la había buscado y atraído durante una fiesta donde todos habíamos bebido de más. Hacía un año de eso y el optimismo que entonces me permitía conocer otras personas y organizar reuniones se había esfumado por completo, quizá porque entreví que las razones que había esgrimido para ir al extranjero eran todas falsas, quizá porque la enfermedad me volvió dolorosamente lúcido sobre el sinsentido de la ambición, ahora sólo deseaba marcharme y dejar la pensión, volver con mi mujer que quizá no me hubiera olvidado del todo y podría reconocerme, debía ser capaz de ponerme de pie en cuanto sonara la alarma y coger las maletas, dejar las llaves en el buzón de la entrada y salir bien abrigado hasta la estación de tren para iniciar el viaje trasatlántico... 'no hay hormigueo', pensaba... 'mi mujer', balbucía, 'mi mujer...'
Todo despertar llega tarde.

domingo, junio 23, 2019

Verano

En el verano del ochenta y nueve yo solía venir los viernes desde casa de mis padres hasta la de mis abuelos e instalarme luego de la cena sobre la cama de éstos para acariciar el vientre hinchado de mi tía Gabriela, pegando ya una mano o un oído contra él en la esperanza de percibir los movimientos o ruidos del bebé, mientras la televisión permanecía encendida encadenando un culebrón tras otro y mis abuelos fumaban alternativamente sus Raleigh llenando el techo de la habitación de un humo gris azulado que escapaba con lentitud por la ventana. No hacía falta poner demasiada atención para seguir las historias televisadas ni el programa sobre casos de la vida real a cuyo término solía apagarse el televisor, éstos tan parecidos a los dramas que en esta casa había visto desarrollarse desde hacía un año cuando a la vuelta de una de nuestras caminatas por las arboladas calles de aquel fraccionamiento mi abuela no pudo contener más las lágrimas y, sentada sobre la orilla de su cama, todavía con las flores que por el camino había cortado para ella en la mano, se negó suavemente a explicarme lo que le causaba aflicción. 'Ya comprenderás', fue todo lo que me dijo, y yo la abracé acariciándole el cabello para luego coger sus manos por unos minutos y entretenerme con su piel delicada y rugosa como de papel de china, ya sobre su dorso o palma, ya contra sus dedos y uñas a las que oponía una traviesa resistencia, mi abuela me seguía siendo tan cercana como en mi recién concluida infancia, aunque ya comenzara a haber señales de nuestro predecible distanciamiento, como era el no dormir más en un catre a los pies de la cama que ella compartía con mi abuelo y retirarme mejor a la habitación de servicio cuando se apagaba el televisor. Así los viernes del verano del ochenta y nueve ayudaba a mi tía Gabriela a ponerse de pie al término de las transmisiones y la acompañaba hasta su habitación, donde encendíamos la lámpara de noche con forma de obscuro árbol retorcido y, medio iluminados por ella, uno y otro a cada lado del buró sobre las dos camas de la pieza y mirando al techo, intercambiábamos alguna tontería antes de dormir, luego de lo cual yo bajaba a la habitación de servicio, no sin antes volver a apoyar una mano o mis oídos sobre su hinchado vientre y sonreír tanto si el bebé pateaba sus paredes como si no. Al salir al pasillo que daba a la escalera ya se oían los ronquidos de mis abuelos y las luces estaban apagadas, las puertas de los otros dos cuartos ya estaban cerradas, sólo quedaban en la casa la mayor de mis tías y el menor de mis tíos, además de Gabriela y su bebé, ya no era pues la casa bulliciosa que fue en otro tiempo ni yo era más un niño, pero al cruzar la sala obscura no podía evitar mirar de reojo y con temor hacia la biblioteca, donde se hallaba un cráneo humano que la mayor de mis tías utilizó durante sus estudios de medicina, un cráneo que de día yo examinaba con interés científico identificando suturas y huesos, dientes y molares, pero que de noche prefería no mirar por no hallarme del todo seguro en materia de fantasmas y espantos. Ya en la habitación de servicio evocaba las largas semanas del verano que habían transcurrido y contaba las que todavía faltaban para volver a la escuela, concentrándome en el taller de herrería de mi abuelo, donde estaba tácitamente convenido fingir que yo aprendía su oficio y que él aprovechaba mi ayuda, aunque la mayor parte del tiempo demostrara yo la mayor de las incompetencias manuales y me distrajera mirando a sus trabajadores con un deseo no por primitivo menos intenso, sus tobillos a veces medio expuestos por calcetines grises, lisos y delgados, que caían hasta cerca del borde de sus tenis sucios, dándoles un aire despreocupado y salaz que se correspondía con su a veces descarada admiración por mis nalgas, las semanas habían aumentado el intercambio de roces y encuentros calculadamente fortuitos en el baño, de modo que a esas horas de la noche, solo en la habitación de servicio de la casa de mis abuelos, subía a la parte de arriba de la litera y me entregaba a largas sesiones lúbricas apoyando mis pies contra el techo y retorciéndome con una flexibilidad envidiable, aprendiendo el uso de cuantos objetos tenía a la mano para invadirme, fantaseando que estaba con algún trabajador o compañero de escuela, ya pronto volvería a verlos y a fingir indignación por sus pesadas bromas en que me restregaban el paquete luego de tirarme al suelo o zarandeaban sus genitales delante de mí. 'Qué inocentes son', pensaba, 'y qué gran secreto el mío del que no sospechan ni mis tíos ni mis abuelos', me decía; no reparaba entonces en la transparencia de mis conductas como tampoco era capaz de relacionar el llanto de mi abuela con el embarazo de mi tía Gabriela, niño todavía rodeado de adultos que juiciosamente no me tenían en cuenta el ser un párvulo maricón que se la cascaba hasta las tantas en la habitación de servicio, pero también en el baño azul del menor de mis tíos y en el amarillo de mis tías, tomando duchas de agua hirviendo por casi una hora y secando a escondidas los calzones manchados de la noche anterior. Así me encontraban al día siguiente en el comedor de la cocina, ya listo para acompañar a mi abuelo al taller el día de raya luego de desayunar huevos pasados por agua con chile y limón y de consultar una vez más el hinchado vientre de mi tía Gabriela, mañanas de sábado del ochenta y nueve con sus bolsas de basura que había que llevar al tonel azul que mi abuelo había colocado para ese efecto sobre una acera casi siempre cubierta de flores color naranja. Volveríamos mi abuelo y yo hacia las dos de la tarde, luego de pasar por la panadería y de comprar alguna otra cosa para el bebé que está próximo a nacer; a esas horas el comedor estará ya inundado del olor de caldos de res o de pollo y mi abuela se sentará frente a nosotros a fumar y vernos comer con buen apetito, recargada contra la pared de azulejos amarillos, y ventilará con mi abuelo asuntos domésticos cargados de nombres propios y alguna que otra seña para que mi abuelo baje la voz u omita algún dato a fin de que yo no me entere. Entonces llegará un domingo en que no me levantarán mis abuelos para ir al mercado ni habrá desayuno esperándome en el comedor, por un momento creeré que no habrán querido molestarme por haberse dado cuenta de que estuve despierto hasta tarde, pero luego me preocuparé pensando que quizá la mayor de mis tías vio mi sombra en la madrugada desde su ventana y creeré que de ser así estará ponderando llevarme con el psiquiatra, de modo que con temor subiré las escaleras hasta dar con el menor de mis tíos que me dirá que han debido llevarse a Gabriela al hospital para el alumbramiento. Y entonces, mientras sonrío aliviado, cruzará por mi cabeza, intensa y fugaz, la pena mínima de intuir que ya nunca más podré apoyar ni manos ni oídos sobre ningún otro vientre colmado. Nunca más.

domingo, junio 09, 2019

Victoria

Me siento al mismo tiempo incómodo y aliviado de verlo ahí, en la cuarta fila del auditorio, con los brazos cruzados y el displicente rostro de inseguro, agotado sarcasmo, mal vestido como siempre o quizá peor, sí, peor, pues cuando lo conocí hace ya quince años llevaba un traje obscuro con corbata bien anudada y zapatos bien lustrados, una bufanda de colores que subrayaba no sólo su carácter jovial cuanto la supervivencia todavía de un último reducto de confianza en el futuro, también de confianza en sí mismo, si no son estas dos una y la misma cosa, ambas definitivamente liquidadas ahora como lo demuestran su pantalón desgastado y su camisa de mangas arrugadas, una mera manifestación indumentaria del modo de vida que empezó a considerar cuando lo recogí una fría noche de diciembre en la gare y lo recibí en mi oficina al día siguiente, yo comprendí desde entonces y aún antes, desde que me escribió sin muchas esperanzas para ver si podía sacarlo de su país de mierda ofreciéndole alguna posibilidad de colaborar conmigo, leyendo su desesperación entre líneas, pero también su lastimada convicción de que merecía un futuro mejor, que él estaba dándose con esta mudanza la última oportunidad de enderezar su vida y hacer las cosas correctamente, agotado como estaba, según corroboré al poco tiempo, del inusual desprecio de sus colegas y sus inacabables roces con la intelligentsia de su país, pero también deseando un sitio en el extranjero que no fuera ya allende el muro donde había pasado tres años entregado al delirio de aprender una lengua eslava que ni siquiera sus hablantes nativos consideraban apta para la literatura, de modo que sin pérdida de tiempo hice ademán de darle la mayor de las confianzas para comprometerlo con mis presuntos puntos de vista, así las exhaustivas rutinas de trabajo y el desprecio de los bienes materiales, así la pasión desmedida por la obra y la reducción al mínimo de la vida personal, un presunto fortalecimiento del carácter que en su caso era posible llevar a rajatabla gracias al aislamiento en que vivía por hallarse en el extranjero, pero también reforzado por la incomprensión de casi cualquiera de sus conocidos con los que se escribía tan frecuente como infructuosamente, los pocos que lo querían entregados a la cursilería sin el mayor interés por sus ideas, los que se asomaban a éstas sólo deseando su aprobación para con las suyas, entretanto yo iba y venía todos los días entre la universidad y mi casa, me descalzaba en el salón frente a la chimenea y hablaba con mi esposa, leía un libro o escuchaba música hasta que cenábamos juntos un entrecôte saignant con verduras cocidas, rociado por un vino que mi hijo subía desde el sous sol donde se hallaba la cava, él en cambio hacía la despensa yendo a pie hasta el supermercado en medio del frío o la nieve, la lluvia o el viento, para luego preparar penosamente alguna sopa en el quemador eléctrico que algún árabe le había vendido usado, la comía luego sentado en un colchón al ras del suelo de una habitación minúscula y mal calentada que rentaba a sobreprecio cerca de la universidad, todo es temporal, debió decirse miles de veces, estoy enderezando las cosas, se habrá repetido mientras desaparecían de su guardarropa las camisas de lino bien planchadas, los pantalones y el traje, los pares de zapatos que ya no lustraba nadie, su vida toda se contrajo hasta su mínima expresión y quizá en esa forma esencial de sí mismo habrá creído hallar las respuestas que buscaba para resolver sus equívocos, no lo sé, pues antes de concluir el primer año ya lo había hecho sujeto de mi desprecio con el pretexto de fortalecer su carácter, algo todavía más necesario por cuanto en un momento de debilidad consideró razonable hacerme la confidencia de que no era heterosexual como yo había asumido hasta el momento y él se había encargado de hacer creer, ahora debía probarle que ello no me importaba aunque me escociera el hecho de que me hubiera tomado el pelo, de modo que hube de seguir fingiendo la camaradería que hasta entonces le había prodigado, pero aprovechando cuantas ocasiones se me presentaran de sobajarlo psicológicamente, ya criticando su trabajo con más severidad cuanto mejor me pareciera, ya estorbando la posibilidad de que otros colegas repararan en su talento, aquí y allá atajé las pocas ocasiones en que él pudo familiarizarse con la comunidad literaria internacional merced a su fino humor y capacidades lingüísticas, haciéndole creer que semejante lobbying no venía al caso y que debía concentrarse en la obra, entre más aislado mejor, al final naturalmente no tuvo más remedio que darse cuenta de que había desperdiciado la última oportunidad de enderezar su vida precisamente por haber trabajado tres años bajo mi égida, así que con su escasa ropa y pertenencias, pero curado definitivamente de sus entusiasmos de juventud gracias a mí, volvería de nuevo a su país donde la intelligentsia seguiría menospreciándolo y sus pocas amistades le harían la vida imposible o lo hundirían en la incomprensión, así coincidiríamos de vez en cuando como ahora en algún congreso, yo en el presidium o el templete, él perdido entre la multitud del auditorio, yo presumiendo bonhomía y magnanimidad, él escepticismo o silencio, mi ascenso entre los círculos literarios internacionales producto de mi capacidad para colocarme en el centro de aquellas reuniones mientras él se quedaba voluntariamente al margen, tal y como correspondía a la persona que con la mayor consistencia abrazó mis presuntas convicciones aún en su propio perjuicio, lo que no puedo menos que celebrar por cuanto no representa ya ninguna amenaza para mí, qué más da si sus trabajos son bienvenidos por la comunidad internacional si con dar en el blanco son flechas lanzadas desde el anonimato, siempre demasiado cuesta arriba, siempre rápidamente olvidadas, ya se encargarán los que lo rodean de que pronto no encuentre sentido ni siquiera en seguir lanzándolas y yo seré un hombre exitoso con mi esposa y mi hijo y mis nietos y mis amigos, con mi nombre fundido en letras de bronce a la entrada de algún edificio. Para siempre.

domingo, junio 02, 2019

Norte

El gordo fue uno de esos talentos contratados por una universidad decadente durante la debacle minera del norte de Francia, cuando nadie quería ir para allá, a esos pueblos arruinados entre cascajos de material, naves industriales fantasmagóricas y alcohólicos desocupados que perecían de frío alguna noche a un costado de la gare o en medio del bosque. Su incorporación hizo contraste con la plantilla de profesores anquilosados que integraban aquella universidad que estuvo a punto de cerrarse en esos años, hombres viejos cuya mediocridad los fue empujando hacia el norte desde los sitios más templados y competidos de Francia, contentos de vegetar a costa del erario público en oficinas cuyo mobiliario no había cambiado desde los años sesenta y de encontrarse cada mediodía en el comedor universitario para tomar una muy aguada sopa de guisantes y alternar pollo o conejo según fuese día par o impar en la semana, un trozo de queso maroilles o compota de manzana por sobremesa y el café servido en la oficina a cualquier hora del día para discutir despreocupadamente sobre política y cultura, sin importar que la especialidad declarada de la universidad fuese la ingeniería. Un mundo feliz este, al que llegó el gordo alsaciano con ideas de productividad y ciencia, pero también de megalomanía, lo que a ojos de los viejos profesores del lluvioso norte francés cuyas reumas eran continuamente reavivadas por la humedad y el frío, sólo podía ser comprensible por ser el gordo medio alemán, es decir, un superhombre dispuesto a todo con tal de someter a los demás a su voluntad y ambición, un individuo que hubiera deseado nacer en Berlín o Washington antes que en el lado equivocado del Rhin, pero que al fin halló en el norte francés un terreno fértil para sus planes porque ninguno de los viejos profesores cómodamente instalados en el socialismo de Miterrand se le opondría, antes bien, lo harían su jefe para descargar en él las pocas actividades administrativas de aquella moribunda institución. Habrá creído el gordo que hacía justicia cuando al paso de los años fue jubilando forzosamente a cada uno de los viejos profesores y sustituyéndolos por adictos como el hombre cara de caballo o el prematuramente calvo chico de las gafas, sin reparar en el hecho de que aquellos ya estaban jubilados desde mucho antes de que él llegara, por hallarse convencidos gracias a la posguerra del carácter irredento del hombre y de la futilidad de cualquier esfuerzo, pero muy particularmente de la estupidez suicida detrás de la idea de progreso que tan cara era al gordo y que impuso al cabo del tiempo de la mano del capitalismo unipolar de fines de siglo a todos los que quedaron bajo su égida. No es de extrañar que en aquella universidad a la que nadie miraba y a la que nadie quería ir, él destacara con sólo hacer algo en vez de no hacer nada, lo que a su vez reforzó el dinero de gobiernos crecientemente preocupados por parecer todo lo piadosos y sensibles que exigiera la moderna ñoñería y que hallaron en el rescate de aquella institución que se ahogaba en una zona tan claramente desfavorecida, una acción ideal para tranquilizar las buenas conciencias de los contribuyentes, cada vez menos pesimistas y más inclinados a favorecer personalidades asertivas como la del gordo, que de pronto se encontró genial y expansivo, incomparable y prolijo, autor de numerosos trabajos que no podían sino elogiar sus acólitos y aceptar felices la infinidad de conferencias internacionales que recogieron el dinero francés por su intermediación. Aprovechó cabalmente las oportunidades políticas que le proporcionaban sus viajes internacionales y su creciente influencia en el interior, para desviar paulatinamente la atención de la poca originalidad y aún más escasa calidad de sus trabajos hacia una eficaz red de contactos, de manera que la comunidad científica le debe haber llenado con sus deplorables notaciones, su tono falsamente desenfadado y la regurgitación de las ideas de otros presentadas como propias, las revistas más prestigiadas sobre el tema, estorbando cuantas veces pudo la aprobación de trabajos cuyos autores no se hubieran sometido ya a su voluntad o que él hubiera decidido de antemano que le eran inferiores y por lo tanto no podían producir nada mejor que él. Mientras morían en sus solitarias casas los viejos profesores de la universidad y ésta se llenaba de extranjeros por ser ellos los únicos que no podían hallar trabajo en una sociedad cada vez más capitalista y capitalizada, pero también cuidadosa de las jerarquías, él se hacía de una seguridad en sí mismo a prueba de realidades y a ello cooperaban tanto el hombre cara de caballo con su lenta parsimonia y tímido engreimiento que sólo a espaldas del gran jefe acariciaba la idea de merecer un mejor lugar, como el prematuramente calvo chico de las gafas cuyas inteligencia y velocidad frente al ordenador sólo reconocían quienes nunca habían salido de aquella remota universidad para hacer comparaciones, así vivían ellos y así vivieron quienes se sumaron con los años a aquel club pagado de sí mismo que se incrustó como una anomalía en el norte de Francia, de espaldas a una sociedad alcohólica y solidaria que fue paulatinamente sustituida por otra alcohólica y enajenada, en la que jóvenes desempleados vendían en las calles el hachís o la mariguana que ya no podían consumir, así una mañana lluviosa de diciembre llegué a la universidad como un extranjero más dispuesto a triunfar bajo la tutela del gordo, encontrando disciplina y buen gusto en la sopa de guisantes, conejo o pollo entre semana, el queso maroilles y el pain au chocolat en vez de la compota; así convencido de los beneficios de vivir en una habitación, reducido al mínimo, como todos los que deben purgar una condena habitando sólo su imaginación.

domingo, mayo 26, 2019

Estocolmo

Nunca di por buena una sola de las explicaciones que ofreció mi madre para dejarnos en nuestra propia casa a cargo del matrimonio de mis tíos y en compañía de su primogénito de apenas un año. Se iba para unirse con mi padre, que hacía meses se había establecido en el norte con el pretexto de trabajar, pero que en realidad vivía una soltería para la que estaba sobradamente más preparado que para el matrimonio, por no hablar de su evidente repulsión a la paternidad que en casa le obligaba a ignorarnos y en la práctica motivó que siempre buscara trabajos foráneos que le permitieran escapar. Al final había conseguido que sus hermanos le hallaran trabajo en el norte, lo que sin duda debió considerar la coartada ideal para separarse de nosotros y, al mismo tiempo, impedir que su esposa se le uniera, pues una madre jamás se separaría de sus hijos, pensaba, no contó así con la naturaleza posesiva de mi madre que, acuciada por la arrogancia con que él dejaba pasar el tiempo sin visos de volver y manteniendo la comunicación al mínimo, se decidió a buscarle sin que se lo impidiéramos sus hijos, a quienes primero trató de acomodar con los vecinos del piso de abajo y a los que luego, descartada esta opción por haber encontrado en la vecina una mirada de reproche ante el sólo planteamiento de una anomalía moral semejante, encontró manera de entregar a su hermano mayor a cambio de dejarlo vivir en nuestro piso, una oferta irresistible por hallarse nuestro tío recién unido en segundas nupcias y en graves dificultades económicas. Mi madre me comunicó su decisión el mismo día de su partida, aunque yo intuyera sus planes desde el principio, ya por las visitas que previo a su instalación habían hecho mis tíos al piso, ya por los preparativos para el viaje en forma de maletas y billetes de avión, sus justificaciones fueron escuetas y me hizo responsable con ocho años de edad de inventarle a mi hermana de cinco una explicación para su próxima ausencia. Intentó abrazarme al despedirse y la empujé con odio, los ojos enrojecidos mientras aguantaba las ganas de llorar, así fui abofeteado ahí mismo delante de ella por mi tío, que me advirtió con toda seriedad que no toleraría majaderías semejantes y me ordenó retirarme a mi cuarto al tiempo en que mi madre se daba la media vuelta para bajar las escaleras, mi tío detrás de ella cargando las maletas y mi tía parada en el quicio de la puerta del piso sonriendo enigmáticamente. Desde la ventana de mi cuarto vi a mi madre subir al taxi y a mi tío echar el equipaje al maletero, el carro arrancó y yo me senté sobre mi cama desconsolado mientras veía a mi hermana en la cama de enfrente, distraída con el bebé de mis tíos que se hallaba de pie, todavía inseguro para dar un solo paso. Mi tío demostró ser un hombre disciplinado y metódico que nos hizo a mi hermana y a mí alternar en la obligación de encender todos los días a las cinco y media de la mañana el calentador de agua que se hallaba en la azotea, un cilindro metálico al que alimentábamos con combustibles de aserrín bañado en petróleo y al que había que vigilar por espacio de veinte minutos. Como no atendiéramos su llamado a levantarnos por hallarnos demasiado dormidos o en la modorra, él venía a por el infractor para sacarlo de la cama tirando de las patillas, lo que en no pocas ocasiones causó que mi hermana mojara la cama aterrorizada. Mi tío obligaba entonces a mi hermana a limpiar luego de abofetearla, pero como esto se repitiera cada vez con más frecuencia, él la tomaba del brazo y la arrastraba junto con él al baño donde la hacía sentar en el retrete y la increpaba a puerta cerrada, ante la indiferencia de mi tía que trataba de callar al bebé. Yo desahogaba la tensión nerviosa de aquel ambiente monstruoso masturbándome en el cuarto de lavado de la azotea donde se hallaba el calentador, fantaseando con los niños del colegio y acariciando la esperanza de que ya fuera fin de semana para que nos llevaran a casa de los abuelos, hasta que un día me pilló mi tío y, llamándome asqueroso, me tomó de los genitales y me sacó del cuarto de lavado para hacerme hincar en la azotea cargando una piedra en cada mano. Yo intentaba siempre atraer sobre mí los castigos para que dejara en paz a mi hermana, hasta el punto de que pronto encontré placentera la variedad de correctivos que mi tío me aplicaba, una actividad para la que no le faltaban imaginación ni herramientas, ya fuese el cinturón o la vara de nardo, un cable eléctrico o una soga, incluso hacerme poner las manos unos segundos sobre el cilindro del calentador. Lo odié profundamente desde el principio y él me odió también desde el momento en que se hizo cargo de nosotros, pero sobre todo me detestó por comprender demasiado pronto y sin importar la diferencia de edades, que yo gozaba de una inteligencia superior a la suya, así procuró por todos los medios apartarme de mis libros con la excusa de que me pervertía su lectura, pero también intentó forzarme a hacer deporte sin que mi absoluto desdén lo hiciera desistir de molestarme. En los desayunos en que su mujer servía invariablemente huevos fritos y él nos obligaba a salpicarlos de limón alegando que nos protegía contra el resfriado, disfrutaba con la visión del bebé vomitando la papilla que le hacían tragar o tirando al suelo platos y vasos que solían manchar la ropa de calle de mi tío; él vigilaba nuestra actitud en semejantes ocasiones y castigaba con bofetadas cualquier insinuación de risa. Así tuve la idea tanto de vomitar repetidas veces sobre la mesa del desayuno amparándome en mis frecuentes ataques de migraña, como la de cebarme en el bebé para vengar el maltrato al que mi tío nos sometía bajo la indiferencia cómplice de su mujer. El niño dio con la cabeza en el suelo muchas veces, ya por una alfombra peligrosamente arrugada, ya por una maceta fuera de su lugar, pronto mi tía sospechó correctamente de nosotros y se unió a mi tío en la tarea de torturarnos, consintiendo en que éste se encerrara con mi hermana en el baño cada vez más frecuentemente para curarla de su incontinencia y acusándome aún falsamente de haberme visto otra vez tocándome para que mi tío me diera una zurra. En el estrecho departamento de dos habitaciones que compartíamos, la vida sexual de mis tíos debió enfrentar tantas dificultades como la mía infantil, así que yo aproveché para espiarles por las noches a través de la cerradura de su puerta y les sorprendí repetidas veces a ella encima de él, a él encima de ella, casi siempre mientras el niño estaba de pie en su cuna, observándolos o golpeando el barandal, entonces yo daba un portazo en el baño o tropezaba intencionadamente con los trastes de la cocina en busca de un vaso de agua que no me interesaba, hasta que se interrumpían los jadeos o alguna maldición se escuchaba por lo bajo detrás de aquella puerta. Mi tío solía entonces salir de su cuarto vaporoso e ir al baño a lavarse o a la sala a fumar, siempre a oscuras, pero luego se pasaba por nuestra habitación y en veces, fingiendo estar dormido, le sorprendía oliendo la cama de mi hermana con una ansiedad voluptuosa, lo que a ella le horrorizaba lógicamente, cuando se percataba, sin que pudiera hacer el menor movimiento por el demasiado terror que experimentaba. En aquella promiscuidad no pasó demasiado tiempo antes de que mi hermana y yo durmiéramos juntos en la misma cama para no pasar miedo, pero también por imitación de mis tíos, algo que le permitía a ella dormir tranquila y a mí me mantenía en un estado de agitación al que nunca seguía un sueño firme, sino una agotadora duermevela. Aprendimos a temer el sonido del coche de mi tío, un enorme vehículo negro como carroza funeraria de los años cincuenta en cuyo asiento trasero nos llevaban cada viernes a mi hermana y a mí a casa de los abuelos, sólo para volver, resignados, los domingos por la tarde conteniendo las ganas de abrir las portezuelas y escapar. Mi tío no consentía que nadie se durmiera en el coche y así nos abofeteaba apenas detenerse en algún crucero si nos encontraba cabeceando; al principio su mujer nos miraba levantando las cejas en tono de resignación y vaga empatía, luego ya ni siquiera se volvía para mirarnos. En ese hartazgo, una fría mañana de diciembre, mientras me masturbaba frente al calentador, sonó el timbre del piso y me asomé a la calle desde la azotea. Era mi madre. Quise bajar a cruzarle la cara. Quise echar a mis tíos de inmediato. Quise tomar a mi hermana y largarme antes de que entrara. Lo que hice en cambio fue bajar a la calle, abrir la puerta y abrazarla tan fuertemente como pude, odiándola.