sábado, enero 23, 2016

El primer día de clases

En mis pesadillas recurrentes suele aparecer una escuela. Gris, deslavada, con aspecto de presidio y luces blancas de halógeno sucias o descompuestas, que dan a todo el escenario un aspecto de viejo anfiteatro. Las más de las veces hay butacas metálicas grises con los asientos o el respaldo abollados; en otras, las aulas están pobladas de mesabancos de madera para dos personas, con las tablas carcomidas y obscuras de tanto pasar por ellas lápices y plumas, navajas y antebrazos sucios. Siempre es muy temprano o demasiado tarde, pues las luces están encendidas (las que sirven) y cuando logro ver el cielo se advierte un color cerúleo en el que se adivina, más que verse, la aurora o el ocaso, el titilar incierto de una estrella.
Los pasillos no están demasiado poblados, pero es claro que no conozco a nadie. Siento un embarazo tremendo ante el sólo planteamiento de abordar a alguno de aquellos desconocidos para saber dónde está el salón que busco. Voy siempre con retraso. Cuando finalmente me atrevo a hablar, personajes de indefinidos rostros me responden como desde muy lejos y ríen con sorna mostrando el rosario de sus dientes. No los entiendo, a pesar de mis esfuerzos por concentrarme en sus respuestas. Jeroglíficos. Enigmas. Mensajes cifrados. Dominado por la vergüenza de hacer el idiota sin saber por qué, examino mi ropa, me toco la cara, trato de mirar a mi espalda aprovechando el reflejo de algún vidrio: no encuentro nada, pero eso sólo aumenta la sospecha de que llevo puesto algo ridículo. Que me he olvidado los zapatos. Que estoy despeinado. Que llevo una falda en vez de pantalones.
Nunca consigo llegar a mi destino. Si decido entrar a una sala corrillos de gente sin rostro y una maestra de gafas puntiagudas soy inmediatamente despachado con severidad. Sé que en algún sitio, el que me corresponde, están ya llenando la pizarra con aquello de lo que debiera tomar apuntes, pero miro los anuncios en las paredes, subo y bajo escaleras, consulto mi propio horario una tabla de colores donde los días de la semana están representados por columnas y las horas por renglones y no consigo entender nada. Crece la angustia, no ya del retraso que todo esto traerá consigo, sino de la insuperable desconfianza que se abrirá entre el maestro que registra mi falta y yo. Sé que mis excusas no serán creídas, que seré visto con sospecha hasta por mis propios compañeros, que ya puedo irme olvidando de sacar dieces.
Es mi primer día, no sólo de clases, sino en la escuela misma. En mi desesperación llego a los linderos del plantel, detrás de los edificios lúgubremente iluminados. Protegido por matorrales, abro lo que a veces es una mochila y otras veces un portafolios de piel. Un fuerte olor a carboncillo y madera de lápices, revuelto con los humores de mi habitación que se han impregnado al papel de los cuadernos, sube hasta mi nariz. Intento consultar de nuevo el horario, pero parece que los ojos se me han vuelto niebla y no consigo enfocar nada. Por los cristales de los edificios se alcanzan a ver maestros impartiendo clases, estudiantes casi siempre uniformados en café, gris y blanco; aunque ligero, se escucha venir desde su interior el rumor de voces y movimiento. Me falta el aire adivinando en cada uno de esos pupilos a un potencial enemigo, un individuo guasón que hará escarnio de mí todos los días a la cabeza de un grupo de niños crueles que me patearán hasta quitarme el refrigerio que preparó mi mamá.
Entonces me interrumpe un prefecto calvo o tal vez un maestro con pajarita al cuello, incluso el director con su aspecto de sacerdote pervertido. "¿Qué hace Usted aquí?, ¿no debería estar en clase?", me imprecan levantándome de las patillas como hiciera mi tío Xavier. No logro responder ni entender nada más de lo que dicen. Me hacen esperar en una oficina dominada por la bandera mexicana y una imagen del Sagrado Corazón de Jesús. Fuman. Llamarán a mi madre, me dicen. De su discurso ininteligible se desprenden de vez en cuando algunos fragmentos como "eso no se hace" o "a las personas como usted se las llevan al manicomio" o "voy a avisar a los padres del otro niño"...
Cuando despierto, suele ser que no han pasado ni diez minutos de haberme quedado dormido, la televisión o la lámpara todavía encendidas, la reja del vecino que se cierra, la tos del condensador de la nevera cuando se apaga. 'Argel, Argel', me digo, '¿hasta cuándo?'. Y apago la luz, preocupado por el presente.

sábado, enero 16, 2016

Mala persona

Aquí cerca queda la universidad y, como no podía ser de otro modo siendo esto una librería, he terminado por conocer a muchos y hacer amistad —aunque superficial— con algunos de sus miembros. No me vanaglorio de independiente ni de empresaria, aunque ha predominado mi sentido práctico y mi fuerza, pero sobre todo mi incapacidad para soportar jerarquías, en la decisión de sostener este apenas pasable negocio. Voy tirando, no me interesan las grandes ganancias, sino la solvencia y la tranquilidad. En contraste, las vidas de esos maestros de universidad me parecen una pesadilla de mediocridad y burocracia, siempre sometidos a las modas que dicta el secretario de educación en turno o el cacique local que, cuando no quiere ser rector, mete la mano hasta la entrepierna en consejos de administración o patronatos. Los que no tienen ninguna cultura terminan así por establecer directrices; debajo de ellos un hervidero de compadres y conocidos instrumenta una serie de medidas no ya tendientes a mejorar la educación, cuanto a cerrar jugosos robos disfrazados de negocios. Y es que, según le explicaba hace poco a Argel, un maestro amigo de Felicia, a mi modo de ver hay sólo dos modos de obtener dinero: trabajando o robando. Y la universidad pública, como variante de la burocracia gubernamental, pertenece al segundo modo de obtenerlo.
Él ha fingido escandalizarse, por supuesto, pero la amistad le permite zanjar estas diferencias con risas, llamándome lerda o pesada, adjetivos suaves y bien acomodados a su naturaleza delicada. No es persona particularmente culta ni bien enterada, lo que aun le permite mantener algunas dosis de felicidad por cuanto es inconsciente del destino que le espera. No estaría tan contento si se diera cuenta de que nunca tendrá la plaza que ansía, no sólo porque la matrícula va a la baja cuanto porque los que lo contratan no admitirían nunca en su seno a uno como él de tan evidentes gustos y con estudios insuficientes a los que no pueden sacarles ningún provecho presupuestal. Doble cruz la suya, qué mala suerte: un afeminado que es visto con simpatía porque divierte a sus compañeros sin darse cuenta de que nunca es tomado en serio, pero también otro de esos profesionistas malogrados que lo mismo dan clases que atienden en un supermercado, empleados perennes que sueñan como todos los pobres con comprar un terrenito o, en su caso, con hacerse de una estética allende la frontera. Cree que me refuta cuando me menciona los nombres de los varios funcionarios y directores a los que les pasa lo mismo que a él, sin darse cuenta de que esos individuos sí cuentan con las credenciales y ambiciones para hacerse tolerar: 'Por favor, Argel, todos los que mencionas tienen un grado académico que a la universidad le da nombre y dinero. No son ejemplo de tolerancia o diversidad, sino de conveniencia. Y usan ese grado académico para seguir ordeñando el presupuesto federal con pretexto de proyectos y programas peregrinos, ¿de verdad no te das cuenta? ¿o te has creído que están ahí porque son científicos notables? ¿o grandes pedagogos? ¿o gente siquiera con un mínimo de curiosidad intelectual? Ninguna institución —menos una universidad— es lo que dice ser: tienen una fachada de misión, visión y un largo bla bla bla, pero luego, ya entrando en acción, son todas lo mismo: negocios, negocios con los motivos más diversos'. Pero Argel no entiende y prefiere burlarse de mí diciendo que su sueldo sale de los impuestos que los contribuyentes como yo no tienen más remedio que pagar. No le falta razón, si bien su sueldo es un porcentaje minúsculo de un mordisco ridículo al dinero que cae de la mesa de los políticos; el botín lo obtienen éstos asaltando a los que producimos riqueza bajo la justificación de que el sostenimiento del Estado es indispensable para proteger la propiedad privada y la seguridad de los ciudadanos. Y una mierda, ya lo creo.
Pero Argel, como muchos de los suyos, es demasiado superficial como para seguir estos razonamientos y sutilezas. La frivolidad y juventud de Felicia, que se hace acompañar de él para gastar mi dinero en las horribles tiendas de Santa Teresa, no ha de ayudar a mejorar la conciencia del señorito. Cada semestre acude a la repartición de materias, le dan los horarios que nadie quiere, le obligan a comprar sus propio gises para la pizarra. Cuando aparece una convocatoria de plaza docente de tiempo completo —una vez cada uno o dos años— a Argel le brillan los ojos, cree que ya le toca y reúne un grueso expediente curricular que es sistemáticamente rechazado por las comisiones dictaminadoras. 'Ese no sabe tanto como yo', alega después resentido, 'no tengo idea de cómo pudieron darle ese puesto si no sabe nada, si ni siquiera es de aquí'. Le irrita no tanto la evidente corrupción detrás de las contrataciones cuanto que ésta no le beneficie a él. A veces tengo la impresión de que cree que el suyo es un trabajo productivo, ignorante como es de que cada plaza de esas a las que aspira significa un parásito más que nosotros debemos sostener. Si hay suerte, el parásito en cuestión hará algún trabajo desquitando los céntimos; si no —que es lo más seguro siempre, como que la ley de la gravedad hace más fácil andar por el suelo que caminar erguido— el animal en cuestión se dejará engrosar el trasero en un cubículo. Este engrosamiento, para mayor detalle, puede tener dos causas: o bien por no hacer nada (un mantenido que al menos no aspira a más), o bien por degenerar en burócrata duro (un insaciable jefe obsesionado por decir a los demás lo que deben hacer sin hacerlo él mismo, los más peligrosos con diferencia). Y a este ambientazo cree el pobre de Argel que puede incorporarse. Vamos, ni de broma.
Quizá se haga realidad su sueño de ser alguna vez dueño de una estética o, en el peor de los casos, empleado con privilegios de alguna, pero no porque así lo haya dispuesto ordenada y decididamente. No. Ello ocurrirá porque la universidad prescindirá de él tarde o temprano, como ya lo ha hecho con muchos otros auxiliares y seguirá haciéndolo por el tiempo que dure el negocio. Él, aunque no lo note, es gente de paso. Personal flotante o interino, creo que le llaman. Miembro de una gran masa de seres anónimos que deben ser permanentemente sustituidos para garantizar su anonimato, su carácter prescindible e intercambiable. Deseo que cuando esto ocurra, el vicio de vivir de un sueldo no haya echado en él hondas raíces y se decida a poner la estética de la que tanto habla a veces. Porque lo peor que pudiera ocurrirle al salir de la burocracia gubernamental sería que fuese a los brazos de la burocracia industrial. Aquí mismo en Santa Teresa, pese a las quejas de muchos empresarios transnacionales que quisieran quintuplicar sus ganancias en vez de sólo multiplicarlas por cuatro, no faltan maquiladoras dispuestas a masticar lo que quede de él cuando la universidad lo abandone. Obreros, operarios, supervisores, cajeros, un ejército de individuos que para no exponerse a la incertidumbre de hacer su propio negocio, prefieren la engañosa certeza de acogerse a fábricas fantasmagóricas que un día son inauguradas con bombo y platillo por el gobernador en turno y bendecidas por el arzobispo, y al otro desaparecen discretamente dejando cientos de desempleados y abandonadas naves industriales por donde pasan chamizos. Van a la China. Van a la India. Van a donde sea que la productividad dicte. 
Ni modo de explicarle esto a Argel mientras se acomoda el mandil en nuestra cocina y, con gran gesticulación, preparando el salmón en salsa de nueces que tanto nos gusta, nos cuenta a Felicia y a mí cómo le fue con el tipo que ayer lo invitó a subir al auto a pocas cuadras de la universidad. ¿Sería cruel amargarle la comida, la alegría sexual de anoche a cambio de dos o tres conclusiones lapidarias a las que yo misma, pese a esta librería, no escapo? ¿De verdad sé yo algo más o es que él sabe algo que yo ignoro? Le doy otra calada al puro mientras esto reflexiono y me río de buena gana cuando él alza las manos y grita para explicarnos cómo lo puso sobre la cama el cuarentón de anoche y cuánto le dolió el trasero. Es un buen tipo Argel. Y yo, mala persona.

viernes, enero 01, 2016

Notas sobre el arte de pelar plátanos sin usar las manos

John Maxwell Coetzee nos cuenta que Ósip Mandelshtam, poeta ruso, solía recitar en tertulias privadas un poema satírico sobre su homónimo Stalin, que por una precaución que probó ser insuficiente, nunca puso por escrito. Alguien que no resultó suficientemente digno de la amistad del poeta se coló en alguna reunión y, sea sinceramente escandalizado o sólo por congraciarse con el Estado soviético, tal vez creyendo que al adelantarse en la denuncia se curaba en salud, lo señaló. A la paranoia totalitaria del gobierno no le fue suficiente para darse por vencida el hecho de que la policía no encontrara ninguna copia del poema y, puesto que el poeta Pasternak, a pregunta expresa que le hiciera el propio Stalin por teléfono, dijera que Mandelshtam era un maestro dando a entender con ello que no era prescindible (esto es, eliminable), el dictador decidió someter al indiciado al suplicio de escribir un poema para él, una oda a Stalin. Ya Coetzee nos explica en un detenido análisis cómo Mandelshtam logra salir airoso de la tarea —si tal cosa tiene sentido para quien después de todo perdió la vida en un gulag— por medio de un juego de desplazamientos que hace al poema avanzar en espiral alrededor del sujeto sin que nunca la voz cantante sea la del poeta; la esposa es menos analítica y explica que Mandelshtam sufrió tan terriblemente escribiendo la oda que debió hacerla fuera de sí, es decir, alienado, en trance, enloquecido.
Los días recientes nos han expuesto a muchos a ser testigos, cuando no protagonistas, de un fervoroso intercambio de buenos deseos, expresados no ya con cuestionable sinceridad, sino a veces con una pasión rayana en el más descarado ridículo. Si Mandelstham logró escribir una apología de Stalin bajo la amenaza de perder la vida, en cuyo caso son comprensibles la lisonja y la adulación, ¿qué mueve a otros a un sobajamiento semejante si no existe amenaza? ¿Fue premiado el camarada que denunció a Mandelshtam o, como ocurrió con otros tantos entusiastas de la delación, terminó a su vez denunciado por algún malqueriente? Si en la guerra civil española se zanjaron viejos agravios familiares o vecinales con una oportuna denuncia ante la comisaría más cercana —una cuadrilla que se presenta en el domicilio de quien ni siquiera pensó verse acusado de nada algún día y de pronto se halla testigo de cómo un grupo de extraños revuelven sus papeles con la misma saña con que una piara de cerdos rebusca entre la mierda ¿qué mueve a los zalameros de tiempos pacíficos a empinar el culo para que mejor se ceben en él los superiores y aun los que ni siquiera tienen nada qué ver con su progreso material ni con su amistad?
Envidia y adulación, nos señalan en artículos y a través de novelas escritores como Pérez Reverte o Javier Marías, son dos propiedades casi inherentes al orbe hispánico. Mientras en los países anglosajones existe una larga tradición de crítica del poder, particularmente entre los intelectuales, en nuestra cultura suele preferirse la colusión entre poderosos y pensadores; estos últimos, encima, no son casi nunca científicos ni artistas, sino más bien, opinantes cuya voz accede a los medios públicos no en razón de su mérito sino de su relación con influyentes. No es así extraño que su discurso esté plagado de eufemismos y que, en caso de rompimiento o cambio de bando, al papel de lameculos lo reemplace el de repartidor de insultos; la razón ausente tanto en uno como en otro caso. Esta clase intelectual, si no otra cosa, sí es al menos representativa de la sociedad en que se inserta: una sociedad de aduladores y denostadores. Irracional. 
Con enorme propiedad lingüística, la figura del adulador en México ha terminado asociada a la del mamón, o sea, a la del que abyectamente se pone de rodillas para chuparla, el lambiscón que lame o, como dice el vulgo, lambe: al superior, al amigo, al compadre, al jefecillo. A veces sus motivaciones son transparentes; en otras ocasiones, su conducta sólo parece explicable desde la psicología: individuos que por algún defecto de carácter —al que siempre refuerza la incultura que no es capaz de reparar en su mal gusto— se ven precisados a buscar la aprobación y el cobijo de figuras paternas. Los obsequiosos, contrario a lo que se supondría, no son siempre la parte más baja del escalafón: los tiempos democráticos que corren permiten a cualquier hombre vulgar lo suficientemente hábil y ambicioso, parasitar estructuras de poder, aunque desde ahí limpien el suelo por donde pasan sus superiores y se deshagan en alambicados elogios para el compadre que los acompañó en sus borracheras.  
Hacer la barba es, sin embargo, la contraparte, cuando no la expresión, de la envidia: es el deseo de ver al compañero o superior convencido de nuestra nobleza para mejor sacar provecho de él. Cuando no la justifica ningún beneficio directo, cuando no es simple expresión de la cursilería más chabacana que se distribuye a peso el kilo por todas las redes sociales, bien podría tratarse de un eufemismo de la envidia: el lambiscón cultiva el arte de pelar plátanos sin usar las manos para mantener cerca a aquel cuyo éxito le quita el sueño, también para enviar el mensaje a quien quiera leerlo de que él está en el círculo íntimo del envidiado, en un mecanismo que no se distingue apenas del que ya despliegan los niños para no ser excluidos por quienes no los toman en cuenta: '¡mírenme, mírenme!', parecen decir detrás de sus alabanzas y loas, '¡yo estoy con él!, ¡lo admiro tanto, lo quiero tanto, haría todo por él!, ¡mírenme, mírenme!'. Es patético, sí, pero en una sociedad tan apegada a sus máscaras, tan poco afecta a la verdad, esta ridícula miel que lubrica las relaciones sociales —con motivo del año nuevo, por ejemplo— haciéndolas tan sentidas como superficiales, cumple la función de un ritual: '¿me ves o sigo lambiendo?', pregunta uno; 'ya, ya te siento', responde el otro. Y se corre.

martes, diciembre 29, 2015

Navidad del 75

Las anchas y maltrechas avenidas de Santa Teresa, el tiempo ridículo con que se transita de un sitio a otro, la candidez y mal gusto que preside las decoraciones, me han traído a la memoria la Navidad del 75 en aquella ciudad ahora inhabitable donde viviera casi toda mi existencia hasta hace unos pocos meses en que acepté venir a vivir con mi hija y Felicia, renunciando a mi vida en solitario. No es que no pudiera seguir viviendo sola, haciendo visitas y siendo visitada por mis hermanas y uno que otro conocido, acompañada por la maltés enana que recogiera de la calle hace algunos años y que aun tiene la dentadura completa, pero en algún punto tenía que cerrar el ciclo iniciado poco antes de aquella Navidad del 75 en que salí de casa de mis padres para entrar ahora, cuarenta años después, a la de mi hija.
Mis padres muertos, mi nieto muerto, mi hija ensimismada en su torre de libros sin interés ni tolerancia ya para sostener conversaciones, como no sean las entabladas con el jardinero y la señora del servicio (que ve con recelo que yo pase la escoba o el sacudidor ahorrándole trabajo), Felicia haciendo las veces de dama de compañía, los recién estrenados días en Santa Teresa se me confunden con un tiempo de soltería ya muy pretérito y, por supuesto, con otro garbo, yendo y viniendo de la casa de asistencia de la calle de Madero donde una casera de anchos brazos y delantal permanente vigilaba que no nos excediéramos en el uso de la luz, no tuviese que cambiar fusibles de nuevo, las tostadas de cueritos de López Cotilla y los lonches de Doña Amparo, cuando aquellas calles eran aun transitables, poco tiempo antes de la destrucción. No la vi venir, debo decirlo, ocupada como estuve desde el verano del 75 en reunir dinero a como diera lugar, recién llegada del servicio social de enfermería pero sin trabajo, ¿qué tiempo iba a tener para darme cuenta de que los gobernantes y ricachones del lugar se disponían a pasar el bulldozer por esas mismas calles y casas?
Antes que en hospitales, primero encontré trabajo en el despacho del licenciado Castillo, por intercesión de mi hermana mayor que no dejaba de echarme en cara la desorganización de mi vida y la insensatez de no volver a casa de mis padres tras el servicio, 'una mortificación terrible la que les causas', decía, 'sobre todo a mamá que no puede creer que estés viviendo fuera de casa sin estar casada', aunque ni por todos estos presuntos sufrimientos traicionó mi confianza diciéndoles dónde vivía, menos mal, porque de enfrentarlos no habría resistido la tentación de apilar encima la noticia de mi embarazo, que yo conocía desde la primera semana en que volví del servicio. Todavía recuerdo mi cara de pendeja frente al ginecólogo que me atendió gratis (en ese tiempo en que construían un sanatorio cada  pocos meses —otra vez la pasión del bulldozer— todo era gratis): "¿Está seguro, doctor?, ¿ya lo verificó?", qué vergüenza, viniendo de una enfermera recién graduada. En fin, nunca fui buena para la escuela, pero comprendí que sería mejor no pararme por casa, no porque me fueran a dar una paliza (mi padre, ese macho ridículo, emularía a Pedro Infante sacando su pistola y yendo a buscar a quien fuera que hubiera deshonrado a su hijita), sino porque —ahora lo entiendo— yo era una mujer adulta y a los adultos nos irrita profundamente que nos digan qué hacer, nos afeen la conducta o nos sermoneen aun con las mejores intenciones. Preferí la casa de asistencia, las majaderías del licenciado Castillo, los inacabables atardeceres de domingo en mi habitación oyendo serenatas lejanas y ruido de motores, esperando carta del estúpido de Chuy o releyendo las que ya tenía. Tiempos solísimos a los que sucesivamente reemplazarían otros igual de solitarios, siempre dio igual si me rodeaba familia o compañeros de trabajo, si mis hijos o la maltés enana que a veces me mira con sospechosa concentración. Siempre he estado sola. Soy sola. Ahora lo entiendo bien.
Y así, embarazada, paseaba por una ciudad a punto de ser destruida, venidos a menos los hombres cultos que la construyeron y a más los ignorantes hombres de negocios que deseaban más supermercados y estacionamientos. La ventaja es que sobraban trabajos, aunque fuesen una basura. Ahora que paseo por estas colonias que me recuerdan aquella a la que se mudaron mis padres cuando se sintieron pudientes, pocos meses después de la Navidad del 75, me pregunto si irá a pasar lo mismo con Santa Teresa, que es ciudad joven. ¿Tiene algo qué perder esta caja de zapatos sin antigüedad ni futuro? No lo creo. Mi hija me lo advierte cada vez que tiene oportunidad: 'No salgas', dice, 'o hazlo sólo para lo indispensable. La ciudad es un hervidero de gente miserable que sólo está buscando qué robar o a quién asaltar. Una mujer de tu edad acompañada para mayor ridículo de un felpudo maltés enano, es un objetivo suceptible. Las ciudades grandes como aquella donde has pasado toda tu vida toleran la indigencia y el anonimato; las pequeñas no: Santa Teresa no tiene piedad con los que no pueden sostenerse y los obliga a emigrar o a robar hasta el cobre de las tuberías. Ten cuidado.' Felicia no le presta tanta atención —es demasiado joven— pero yo tampoco, pues ya sobreviví lo bastante como para dejarme llevar por la paranoia. Entiendo, sin embargo, a mi hija: cuando uno atraviesa el mediodía de la vida es normal que se padezcan angustias, pues ya no es uno tan irresponsable como una joven embarazada de veinte años ni se está a la vuelta de la vida como una sexagenaria que camina acompañada por un maltés enano; se halla uno intensamente ocupado, creyendo sin entender muy bien cómo ocurrió que tenemos las riendas del mundo, conscientes ya de que el tiempo es oro y de que no hay garantías, vícitmas de dos o tres hachazos terribles —la muerte, los enemigos— y apurando lo que nos permita comprar un futuro que cuando llega nos encuentra ya destruidos y sin cuerpo para goces de ninguna especie, obligados a hipotecarlo para mejor transitar un presente de sopa tibia y pan duro. Pobre, sí, pues no hay éxito que valga. Ni sus años de profesora universitaria ni el negocio de su librería ni el cuerpo caliente de Felicia parecen calmarla. Cree que va a perder y no la tranquiliza la certeza de que al final siempre se pierde. No le sirve la evidencia para relajarse, nos cree estúpidos a todos: a mí por senecta, a Felicia por joven, al mundo entero por su disposición a disfrutar sincera o hipócritamente, pero sin reproches ni exámenes de conciencia, de cuanta mierda le ofrecen las circunstancias. Pero ella es así, productiva y madura, así que a este estado de cosas todavía le cuelgan más de una veintena de años. Quién sabe si aprenda.
Yo ya no soy todo lo fuerte que era, pero envejezco con dignidad y una pensión aceptable, no constituyo una carga. Podría vivir sola, pero prefiero hacerlo en esta casa grande aprovechando la invitación de mi hija y mi nuera; soy discreta cuando me lo propongo y también impertinente como una buena madre, así que rindo un mejor servicio quedándome por aquí cerca. Leo más que en cualquier otra época de mi vida (nunca tuve tiempo para ello) y sigo disfrutando del cine, lo que se ha visto muy facilitado por la enorme cantidad de películas que Felicia sigue reuniendo en casa, no sé si con provecho (a veces no me parece tan inteligente), pero al menos sin interrupciones, pues sabe quedarse callada mientras las vemos. En aquellos meses previos a la Navidad del 75, mientras mi vientre se hinchaba como un balón, solía reunir algunos centavos para ir a las salas de cine del centro. Aprendí de mala manera que algunas de ellas eran pornográficas o simples lugares de encuentro para homosexuales de todas las edades (los milagros de la permanencia voluntaria), pero cuando no fue así pude ver algunas películas que me hacían más llevadera la gravidez y la incertidumbre. Prefería las gringas, especialmente los westerns, pero a veces me quedaba a ver alguna mexicana. Nunca comprendí bien la propensión de estas últimas a exhibir pobreza y degradación en sus películas, como si la belleza se extrajera de vecindades malolientes, cargadas de promiscuidad y crímenes pasionales. Recuerdo que entonces, viviendo en la casa de asistencia, temí pasar mis días de esa manera. '¿Y si no encuentro trabajo en la nueva clínica? ¿y si el licenciado Castillo se da cuenta de que estoy embarazada? Con Chuy no se puede contar. A ver cómo le hago para no ser pobre, pero a casa de mis padres no vuelvo ni loca.'  Tuve una vida productiva y heme aquí, sobreviviente de numerosos trabajos que si bien no me hicieron millonaria, tampoco me permitieron ser la protagonista de esas terribles cintas mexicanas. No creo, por suerte, que dure lo suficiente como para padecer posibles deteriores económicos míos, de mi hija o de Felicia, menos cuando a estas les ha ido mucho mejor en la vida que a mí y estamos todas reunidas. Sería muy mala suerte.
Pero todo puede suceder, por supuesto. Ya lo decía mi hija en relación con Santa Teresa, que no padece embotellamientos ni prisas, pero es intolerante a la pobreza: la miseria se lleva mejor en las grandes ciudades, aun en aquella del 75 donde di los primeros pasos para ganarme la vida. El licenciado Castillo me despidió, por supuesto, y los meses de octubre a diciembre fueron de verdad complicados. Fue un otoño particularmente frío. Pero tuve suerte: mi hermana mayor y mi madre me vieron andando por la recién abierta calzada de Federalismo —esa feísima avenida con que arrancó la voracidad inmobiliaria que ahora tiene a esa ciudad colapasada— y sin decir ni una palabra sobre el balón que tenía por vientre en esos momentos, abrazándome e invitándome a subir al coche, me llevaron a la casona donde sería la reunión familiar de nochebuena. Vi a todos mis hermanos y a mi papá. Comimos pavo y romeritos, churros con chocolate. Los más chicos rompieron piñatas, se asomaron por la casa a saludarnos María Velleda y Pera, las vecinas, mis primos los Vázquez y hasta el novio de mi hermana la mayor a quien por primera vez mi padre autorizó a entrar a la casa. Me quedé ahí el mes que faltaba para parir y luego volví a irme, esta vez para siempre.
Recorro las calles de Santa Teresa mientras termina el año. Dicen que hace un calor infernal en verano, que la gente es huraña y peligrosa, que un sinfín de autos siniestros con cristales polarizados nos examinan. No tengo miedo. Lo que tenga que ser, será. Y hasta puede que haya chocolate caliente. De nuevo.

domingo, diciembre 20, 2015

Le mat

Ha resultado una casualidad notable que en vísperas de la involuntaria resurrección de su viejo y hasta entonces supuestamente terminado conflicto con el centro de investigación haya estado leyendo Giving offense: essays on censorship, de John Maxwell Coetzee, como si se hubiese estado preparando para enfrentar las consecuencias de un antiguo ejercicio de la libertad de expresión: artículos mal escritos, dibujos a los que sólo piadosamente podía calificarse de caricaturas, parodias verbales más propias de un diario de revista decimonónico que de una tesis científica. ¿Quién lo hubiera dicho? Casi veinte años lo separaban de aquella época en que siendo estudiante del centro se dedicó a escribir y dibujar como pudo lo que en su opinión era criticable, primero con la ingenuidad de quien cree estar en el medio propicio para el librepensamiento —un centro público de investigación científica dedicado exclusivamente a posgrados, nada menos; luego contaminado de decepción y repugnancia, el miedo paranoide que hace presa fácil de aquel a quien le fueron afeadas con la mayor seriedad sus expresiones y conducta, sus opiniones e ideas; finalmente amargado y resentido hacia quienes no sólo trataron de aplastarlo desde sus posiciones de poder, sino que, como buenos hombres de negocios, han prosperado a la sombra cómplice de los tiempos obscuros que le siguieron, plagas de productividad devorando su ciudad hasta hacerla inhabitable
'Qué oportuno' —pensaba— 'que esto se presente justo cuando más instalado estaba en mi trabajo y más conforme (o acaso resignado) a las circunstancias de mi vida, las públicas y las privadas, demasiado acomodado quizá para mi habitual carácter sublevado, peligrosamente cercano al ideal aquel de distinguir lo que se puede cambiar de lo que no, aunque en modo alguno asimilado a la holgazanería y mediocridad que me circunda, antes bien, al margen de ellas, limitado a volar con las alas de una palabra escrita que nadie lee ni entiende, atravesando un saludable solipsismo en el cenit de la edad madura. Habité un tiempo en que los adolescentes más conspicuos peleaban contra su familia, contra sus maestros, contra los trabajos en que la sociedad deseaba culiatornillarlos; un tiempo de lucha —no importa cuán estéril, no importa cuán ingenua por la libertad. En este tiempo en que cada vez más me acostumbro a mirar y callar, nadie combate. La libertad ha muerto porque los hombres, aun los más jóvenes, han renunciado voluntariamente a ella'. Tiempos anodinos de claudicación casi perfecta: si alguna vez los adalides del Estado, la Religión o el Dinero creyeron necesario actuar directamente contra los disidentes en una variedad de formas que iban de la destrucción espiritual a la física, ahora el brutal adocenamiento de las mayorías hacía del todo innecesario estos extremos. Idiotizada por pantallas y bienes de consumo, homogeneizada en un amasijo de flexibles supersticiones, la humanidad hace realidad el 1984 orwelliano sin necesidad de aparatos represivos ni totalitarios. Su característica más perversa es la absorción: todo cabe dentro de ella, todo disenso se integra.
Y, sin embargo, esta generosa inclusión moderna no lo alcanza: helo aquí enfrentado de nuevo a los ahora geriátricos habitantes del centro de investigación a los que una visita estudiantil por él dirigida ha bastado para que —fuera de toda proporción— los más exaltados fueran a por las antorchas y declararan reabierto el caso. Lo he visto sinceramente sorprendido de la velocidad vertiginosa con que se fabricaron pruebas y reunieron testimonios, del empeño puesto en inquisiciones y pesquisas por quienes se suponen demasiado ocupados en la ciencia como para perder el tiempo en intimidaciones montoneras que, si bien torpes o francamente idiotas, no le han sabido bien. '¿Te das cuenta?' —me ha dicho— 'esto ha ocurrido como si hubiese visitado una aldea medieval que llevara siglos encerrada en sí misma y, aterrada ante mi otredad, escandalizada por mi extrañeza, se dejase llevar por una histeria colectiva imparable y contagiosa, para condenarme. No puedo explicarlo de otra manera puesto que el día de la visita todo se desarrolló de principio a fin con normalidad, bromas más, bromas menos, pero con la aquiescencia de todo el mundo. Ninguna queja. O quizá la historia no sea medieval, sino más bien de signo totalitario: una purga comunista, alguien que cae en desgracia y de pronto es un apestado, un culpable que es sacado de la cama una noche y conducido a una celda sin que ninguno de sus captores le dirija la palabra y que un buen día es presentado ante un juez que hace una lista de sus delitos con verbos elípticos que nunca definen ni habitan hechos concretos: "ofendió y agredió" (¿pero cómo?), "usó lenguaje soez" (¿pero cuál?), "insultó y atacó" (¿a quiénes? ¿en qué forma?). Sólo hay tiempo para la condena. Las aclaraciones salen sobrando porque quien puede formularlas ya no goza de crédito alguno: es un gusano en la Cuba castrista, el camarada al que Stalin ordena borrar de la foto. O quizá tampoco ha sido así, sino todavía más primitivo, más animal. Como ocurrió a ese reportero occidental que en las calles de Kabul fue asesinado por un grupo de niños, niños que de pronto fueron siguiéndolo con lo que él creyó curiosidad —hacia su cabello rubio que al principio trataban de tocar saltando, hacia su cámara fotográfica que hacían amago de arrebatarle en medio de tímidas risas y de forma cada vez más violenta— y que terminaron apedreándolo tal vez azuzados por una benevolencia que se confundió con debilidad. Quién sabe.'
Por supuesto, el caso no es lo que se ha fabricado ahora, sino, tal y como se lo dijo sin asomo alguno de vergüenza el Estrábico, producto de una vieja resolución de la Junta Geriátrica de no permitirle la entrada al centro de investigación. Y detrás de esa vieja disposición no hay nada más que los viejos agravios: aquellos escritos, aquellos monos desguazados. ¿Cómo pudieron esos hombres que se creen parte de la intelligentsia del país, que leen diarios de digamos izquierda todos los días, que abjuran por sistema de los gobernantes que los sostienen, reaccionar con virulencia ante los balbuceos de un ridículo estudiante idealista que se las daba de cáustico? ¿Cuánta incultura o mala fe hace falta para no advertir la contradicción entre el dicho y el hecho? ¿Cómo se consigue sobrevivir a semejante escisión  de la personalidad? Las amonestaciones y correos que de ellos me mostró —los de entonces, los de ahora— rezumaban odio y descalificación, una necesidad imperiosa de demostrar que del lado de ellos estaba, si no la razón, sí la moral y las buenas costumbres. Resultaba inexplicable que no percibieran cuánto los acercaba su discurso al lenguaje de la derecha más recalcitrante que él, a diferencia de ellos, sí conocía de primera mano por haber sobrevivido antes a los ultramontanos católicos tridentinos que dirigían su universidad. Habiéndose librado de aquellos personajes de Cristiada, creyendo incorporarse a una institución pública laica y republicana, debió ser enorme su decepción al descubrir que el fascismo era más compatible con presuntos científicos populares que con declarados santurrones. 'Es que no me lo explico' —decía un tanto retóricamente— 'si estos individuos han estudiado en escuelas públicas, si no vienen de hogares precisamente sobrados de recursos, si están, por así decirlo, bañados de pueblo, ¿cómo pueden darle tranquilamente la espalda a todo ello para desarrollar un espíritu de clase que a su vez explote a los suyos? ¿cómo pueden abrigar en el fondo aspiraciones nobiliarias e ideas retrógradas incompatibles con el liberalismo más elemental que auspició sus carreras? Muchos de ellos estudiaron y vivieron en países democráticos plenamente desarrollados —becados por sus coterráneos, por supuesto conocieron la prensa más ácida e insobornable del planeta, gozaron de los beneficios de instituciones que no existirían hoy de no ser por el duro, tortuoso, a veces violento abrirse paso del pensamiento racional, democrático y científico. ¿Cómo pueden entonces ser tan primitivos y silvestres cuando ellos están al frente de las instituciones en su propio país? No me lo explico.'
Pero yo creo que sí se lo explicaba. Que el centro de investigación decidiera maltratarlo de nueva cuenta casi veinte años después al tiempo en que leía ese interesante libro sobre la censura, cuando ya era un hombre hecho y a la vuelta de una vida poblada de sustancia y experiencias, le permitió reflexionar sobre varias cosas y despertar de nuevo su para entonces algo adormecido espíritu de lucha. En algunos momentos se divertía, pese a todo, como cuando leyó que la blasfemia era la forma arcaica de la ofensa y que ponía al ofendido (el que escuchó la blasfemia) en el embarazoso ridículo de formular su acusación sin repetir las palabras exactas que la sustentaron. Imaginaba entonces a la Junta Geriátrica del centro de investigación como a un montón de viejas aterradas y argüenderas que, sin dejar de persignarse y apretar sus rosarios contra los pechos, acudían al Estrábico para pedirle la expulsión del blasfemo por haberle oído proferir ofensas que, por supuesto, sus sacros labios no serían capaces de reproducir sin perjuicio de su propia alma. Sus caricaturas, obscenidades emparentadas con la pornografía; sus textos, herejías moralmente reprensibles. 'Dios no ríe, ¿no era ese el argumento central de El nombre de la rosa? ¿no es toda la novela un paseo por la oposición entre gravedad y humor? Ello demuestra que el problema de los censores ha sido siempre el lugar desde donde se dice el discurso, no tanto su contenido, sino adivinar la intención, leer entre líneas, detectar a como dé lugar cuando el escritor o el artista se está burlando de la autoridad o de los principios o de la palabra sagrada o —ese hermoso eufemismo que puebla las amonestaciones de la Junta Geriátrica— cuando se está faltando al respeto: que la crítica sea constructiva y no mordaz; que se dibujen caricaturas que no ridiculicen; que el alcohol no emborrache; que el sexo sea deportivo o para la procreación, pero sin morbo. ¿Ignorarán que en los países democráticos uno no pone bosales a los críticos ni la condición de no faltar al respeto a la libertad de expresión, toda vez que la difamación y la calumnia se establecen en juicios interpuestos por los que se sienten agraviados y no a través de juegos donde un funcionario como el Estrábico hace de poder judicial para proscribir blasfemos mediante sentencias, documentos con el mismo valor que los certificados de matrimonio de una kermés? ¿Puede la incultura de un doctor en ciencias contemporáneo ser de tal magnitud que lo haga indistinguible de la de un campesino del ancien régime? ¿es posible que en su esfuerzo por distorsionar la realidad consideren que semejante embrutecimiento los acerca al pueblo cuyos sueldos, por el contrario, los distancian astronómicamente? ¿es esa su colaboración a la lucha de clases? ¿su ortografía de arrabal una toma de posición política deliberada?'
Yo, siempre más concreto que él, solía aludir a la envidia profesional para explicar la renovada virulencia de la Junta Geriátrica, pero él desdeñaba esta explicación. Insistía en que se trataba de un problema psicológico antes que moral: simple complejo de inferioridad. 'Si la vida del hombre civilizado exige un cierto grado de representación para poder funcionar en sociedad, si esta representación obliga a una hipocresía mínima para lubricar el trato, si algunos dependen críticamente de la representación construida para que su desnudez intelectual o moral no nos deslumbre, ¿cómo será con aquellos a los que, si no su esfuerzo, sí las circunstancias han colocado en posiciones de poder? ¿cómo vivirán la tensión de sostener su figura de autoridad mientras una vocecilla les susurra burlonamente que son inferiores a la tarea que se les ha encomendado? Esquizofrenia y desdoblamiento: una conducta pública retorcida por la investidura que se sienten obligados a desplegar y una necesidad de agradar a toda costa por encima de contradicciones. ¿Te acuerdas de Él, la película de Buñuel? Abandonados a sus miedos cada uno de ellos terminaría como su protagonista: imaginando que todo mundo conspira y ríe en su contra, que hacen el ridículo sin convencer en su fuero interno a quienes han vencido por la fuerza. Una locura'. En un contexto semejante, lograba persuadirme, era lógico que se interpretara como agravio personal lo que era una discusión de orden público, que se percibiera como amenaza la difusión de representaciones alternativas a las oficiales, caricaturas y escritos cuyo sarcasmo e ironía aguijoneaban directamente la psique de quienes en su paranoia buscaban afanosamente verse representados. Quienes tienen tantos pájaros en la cabeza no son capaces de distinciones sutiles: separar su cargo de su persona, diferenciar la institución de su patrimonio, la crítica del insulto personal, la ficción de la realidad, el narrador del autor. Una vez más, a la hora de cortar cabezas, lo que importaba era la intención por ellos percibida; ellos, constituidos en juez y parte.
Desvirturar la discusión hasta hacerla pasar por un simple intercambio de acusaciones entre particulares, rebajar los contenidos del que argumenta desviando la atención de lectores y curiosos hacia el aspecto de sabroso escándalo de lo que ya se inclinan por considerar pleito de verduleras, en un medio acostumbrado al sensacionalismo y la irreflexión, al efecto de lapidarias frases de telenovela, es —en mi opinión— la estrategia de quienes pretenden sepultar lo ocurrido bajo los productos de su coprolalia. ¿Lo estarían provocando a fin de que él se uniera al intercambio de obscenidades, homologándose al estilo por ellos impuesto, o sería sincera la andanada de adjetivos que le han dirigido a lo largo de los años? "Con múltiples traumas y complejos fuertes [...] más bien digno de compasión", "falto de ética", "[carente] de toda creatividad e imaginación", "[sin] ninguna calidad moral", "[sin] siquiera un mínimo de los valores académicos, morales y humanos"... Hasta donde tengo entendido, sus caricaturas y artículos eran meras opiniones; el último de éstos, encima, respondía a una convocatoria lanzada por el propio centro de investigación para que egresados, estudiantes y empleados del mismo, proporcionaran memorias de su paso por ahí. Evidentemente, esperaban recibir sólo relatos inocuos de experiencias maravillosas y no estaban —ni están— preparados para el más mínimo disenso. Cuando este aparece sus recursos son los mismos que los de la larga tradición de censura que ha acompañado a la humanidad desde hace siglos: retirar al interlocutor el carácter de persona, primero con la histérica condena de su conducta, luego, si no existe arrepentimiento convincente y la importancia del enjuiciado no permite su ejecución, el ostracismo en forma de insania, la declaración de su incompetencia psiquiátrica, la sencilla explicación que no explica nada, pero todo cubre: está loco. En el juicio del Estado Soviético contra Brodsky se admite de entrada el nombre de audiencia contra el parásito Brodsky; se le niega a él o a su abogado recitar los textos ofensivos aun en el contexto del juicio; finalmente se le declara legalmente irresponsable y es enviado a un sanatorio mental. Erasmo escapa a la hoguera porque, a diferencia de Moro, escribe desde un personaje víctima de la locura y, por lo tanto, indigno de ser tomado en serio.
Todo este asunto es una mierda, qué duda cabe. Pero quizá el aspecto más lamentable de todos no esté en las múltiples facetas de su viejo y ahora renovado conflicto con el centro de investigación, ni en los insultos del Estrábico o Cabeza de Vaca, de la Chilindrina o la Sapienza, personajes que a la larga —lo dice él— 'seguramente se harán entrañables, como los buenos villanos'. Lo más lamentable radica en que este conflicto le ha recordado la magnitud de su soledad, el abismo que lo separa ya no de quienes lo detestan o ven con saludable indiferencia, sino incluso de quienes lo apoyan o quieren. 'Luego de aconsejarme que dejara todo en paz, mi jefe me ofreció el decidido apoyo de no hacer nada, de mantenerse al margen, lo que bien visto quizá no sea tan malo. Luego, con una pícara sonrisa de complicidad, agregó: "pero te gusta hacerlos enojar, ¿verdad", como si yo me estuviese divirtiendo con una travesura. Quizá tenga razón y deba abandonar. Quizá tenga razón también el Estrábico cuando me dijo que yo no era Richard Feynman y por lo tanto no me estaban autorizadas las extravagancias. No soy Dalí ni Jelinek ni Proust. No me está autorizada la representación de tetas y penes ni la cruda descripción del machismo nazi austríaco ni la homosexualidad aun velada. Más vale que me convenza de que no soy un genio cuanto antes y vuelva al redil, que no exagere, que no levante la voz, que no piense apenas ni escriba nada porque lo que sale de mi pluma es execrable y no va a trascender. Mejor rendirse de una vez y aceptar el consejo de mis mayores, de personas moralmente superiores. Mejor escribir de una vez, como Margarita Aliger, mi samokritika:
"Puedo ahora, sin evasión ni reservas, sin el falso miedo de perder el sentido del valor propio, decir franca y firmemente a mis camaradas que es totalmente cierto que en realidad cometí los errores de los que habla el Camarada Kruschev [el Estrábico], los cometí y persistí en ellos, pero [ya] los he entendido y admitido deliberada y conscientemente... He conseguido entender más profundamente las causas de esos errores [y] ahora debo liberarme de la inclinación al pensamiento abstracto, [corregirme] más rigurosamente... en breve, hacer lo que el Camarada Kruschev [el Estrábico] enseña y urge en sus discursos."
Sí, claro. [Risas] Mejor morir'.

domingo, noviembre 15, 2015

Ideología

Hijo natural, desde luego, pues aunque las mujeres siempre han sido lo mío yo también soy mujer y en mi accidentada vida sentimental no faltó un matrimonio con su correspondiente divorcio como remate a años de separación. Luis Gala me dio el hijo que perdí y sería insincero decir que no le guardo rencor, incluso por estar vivo mientras mi hijo está muerto, hecho en el que desde luego no tuvo ninguna culpa ni participación. Pero una cosa es la cabeza fría que razona y otra la alegoría que busca sentidos e intenciones donde no los hay, a veces de raíz religiosa, a veces como andamios psicológicos más o menos conscientes que se superponen al edificio de la realidad. Y no importa cuánto tenga uno presente que se trata de hilos narrativos que cuentan a uno mismo la propia vida, porque éstos terminan por ser la vida, la que cuenta y la que incluso permite tomar decisiones que incidan en la realidad. Y yo me cuento el cuento de que Luis Gala tiene alguna responsabilidad en ese agujero negro que es la muerte de mi hijo.
Una muerte prematura, pero no infantil, no vayan a pensar que soy una de esas locas que andan con un muñeco de trapo por haber enterrado un angelito, lloronas que ya no quieren volver a embarazarse sólo porque ocurrió lo que hasta en tiempos de mi madre era de lo más normal: parir hijos muertos, abortar productos malformados, correr el riesgo de morir cuando aparecía la criatura de nalgas o con el cordón enredado; sábanas ensangrentadas, paños mojados con agua tibia, cortinas corridas y salpicadas de viscosidades. No. Mi hijo murió apenas concluida su carrera, trabajando, un hombre en lo físico aunque no en lo práctico, al que quizá mi personalidad haya influido en su carácter apocado: mi energía contra su pasividad, mi rebeldía contra su obediencia, mi cólera contra su calma. Me niego, eso sí, aunque sólo sea por consistencia narrativa, a dar crédito a las habladurías de la gente que no pierde ocasión de atribuir la delicadeza de mi hijo a la ausencia de su padre. Para nada: ese macho ridículo tal vez lo hubiera hecho extrovertido, pero al precio de convertirlo en un payaso, un personaje impostado e hipócrita de los que más abundan en estos tiempos de negocios.
No hablo con Felicia de estos temas, no sólo por ser incompatibles con su juventud o porque, no habiendo conocido ni a Luis Gala ni a mi hijo, el asunto pudiera serle indiferente (que no le es, como no le son los asuntos de mi vida), sino porque sólo tocarlo me transfigura irremediablemente en una fuente de amargura cuya hiel termina por alcanzarla. A los agravios reales o imaginarios que Luis Gala me causó se añade siempre el del hijo que ya no tengo, da igual si la conversación empieza en otra parte de ese pasado remoto en que decidí vivir con un hombre y aun formalizar aquella relación con un acta de matrimonio; da igual si, por ejemplo, me ubico en alguno de esos largos fines de semana en aquella casona de Bellavista a la que solíamos invitar otras parejas a cual más de insulsas para que nos hicieran menos aburridos nuestros bostezos: menús compuestos de salmón con aceitunas y alcaparras —mi favorito o espagueti en salsa de pesto o platillos chinos que Luis Gala preparaba con minuciosidad mientras divertía con ingeniosas bromas a nuestros invitados, bromas que —no se me escapaba— solían tantear el terreno para acostarse con ella o con él, a veces le daba por ahí, lo que quizá me escandalizó al principio sólo para terminar considerándolo un modus vivendi más que aceptable, pues me proporcionaba la compensación necesaria para meter jovencitas en los horribles moteles de Santa Teresa luego de levantarlas en plena calle con el pretexto de acercarlas a su destino ("¿A dónde vas?", "Qué bonito vestido", "Mira, este escote quedaría mejor así"). Un matrimonio feliz, ya se ve, que hubiera durado muchos años una vez reconocido y aceptado el carácter infiel de sus elementos, pero que no resistió ni dos semanas la deslealtad de Luis Gala cuando ganó el premio Guaralfa de novela, quién sabe si por haber estado trabajando previamente al director de la editorial con quien finalmente se instaló, dejándonos a mí y a mi hijo con casi todo su dinero (¿y para qué querría él el suyo si el director ya le había extendido un cheque en blanco?).
Sufrí lo justo, más por la vergüenza de haber cedido a una pulsión heterosexual de la que me curé para siempre, que por la pérdida de esa relación que, una vez desaparecida y obligada a rehacer mi hilo narrativo, me pareció lógica y deseable. Tenía la casona (a la que hice reformar radicalmente), compré la casa grande de atrás donde inicié la librería que aun conservo, pero sobre todo tenía a mi hijo, quien desde entonces nunca se extrañó de que con mamá durmieran otro montón de señoras a las que luego llamó mujeres y terminó diciendo muchachas. En la distancia, seguí el fulgurante ascenso de Luis Gala que no perdía ocasión de hacerse entrevistar hasta para contar detalles idiotas sobre lo que él llamaba con pompa "el proceso creativo" y que no era otra cosa que el soporífero recuento de su aburrida vida y cómo incorporaba elementos de ésta en sus obras, explicando así los guiños que en sus páginas hacía al "lector inteligente, no cualquiera, sólo el perspicaz". Tramas predecibles, lugares comunes, literatura de aeropuerto o para estantes de supermercado, lo cierto es que Luis Gala fue haciéndose famoso en el estrecho círculo cultural de Santa Teresa, dentro de una región que no podía ser más burra de entre las que conforman este país. Le agradezco, al menos, que ni a mí ni a su hijo nos haya hecho parte de su ánimo exhibicionista: en sus apariciones públicas jamás nos mencionaba.
Cuando comprendió que sus ambiciones no podrían rebasar la esfera local, que los autores y editores del centro del país, auténticos dueños de la "cultura nacional" (no por eso universal ni menos ñoña que la de él) le desdeñaban con mordaces reseñas ("un robavacas escribiendo", "cuando se confunde el azadón con la pluma", "autor de folletos eróticos para quinceañeras de rancho"), armó un escándalo que por supuesto tampoco trascendió, pero que llamó mi atención por tratarse de un tema que me interesaba. Fue un ensayo que en principio poco o nada tenía que ver con nosotros, aunque creí entrever alusiones a nuestro recientemente fallecido hijo, un ensayo sobre la necesidad humana, tanto entre científicos escépticos como entre obcecados religiosos, de justificaciones que al menos parecieran racionales, como si la postura cartesiana fuera no una opción más de entre las filosofías, sino una necesidad inherente al ser humano, sea para sostener que los cuerpos caen con una aceleración fija en el vacío como para decir que Jesucristo es hijo de dios. De ahí deducía Luis lo que alguna vez le escuché decir a Sergej en un aeropuerto, a saber, que el premio Nobel de literatura era un premio a la ideología. Y que, por lo tanto, lo mismo ocurría con los premios nacionales de letras y cuanta invención a este respecto hubiera existido: se premiaba la adopción de tal o cuál postura, pero no la literatura en sí (sobre qué era entonces esto último, Luis no abundaba). Pero la idea, así repetida, se me quedó grabada.
Ideología. Muerto mi hijo me volví más intolerante a las estupideces, pero no lo suficientemente sabia como para ponerlas a raya excluyéndolas sencillamente en vez de contestarlas. Aproveché el dolor de haber perdido a una de las escasas personas con las que no tenía necesidad de fingir, dueña de toda mi confianza y complicidad, para deshacerme de aquellas a las que yo consideraba prescindibles. Vi reducidos mis contactos a algunos familiares y amigos, proscrita la hipocresía que antes consideraba un signo de civilización deseable para lubricar los contactos sociales (¿cómo, si no, sobreviví con éxito y aun agrado a las innumerables comidas que Luis Gala y yo ofrecíamos en nuestros mejores tiempos a amigos que ahora mismo sólo abofetearía de tener enfrente?), intolerables las posturas fanfarronas o idiotas de muchos conocidos míos en materia de política o cultura, de historia o literatura.
Hace poco, luego de una de esas discusiones con gente más o menos desinformada e imbécil, me encerré en la biblioteca todavía furiosa, sentándome frente a todos los estantes cargados de libros reunidos a lo largo de toda una vida. Felicia me trajo un whisky y se fue enseguida, respetuosa como siempre de mi espacio y mi necesidad de soledad (¿cómo si no hemos podido ser pareja por varios años luego de toda una vida —la mía— de insaciable desfilar de mujeres por mi cama?). Mi respiración se normalizaba con los primeros sorbos, descendidos mis hombros tras ceder la tensión, la mirada haciendo foco en algún libro. Ideología, volví a pensar. Doctrina, o sea, punto de partida o prejuicio, axioma si se quiere. Base. Algunos hombres registraron lo que vieron y lo pusieron en libros que ahora tenía yo delante de mí. Imposible saber si mentían o exageraban, si omitían o eran inexactos. Imposible saber si yo los leo adecuadamente, si el traductor se aproximó lo más posible al espíritu original de las obras o, inconsciente o deliberadamente, las alteró de manera importante. ¿Y los copistas previos a la imprenta? ¿Y los censores? La ciencia puede recorrerse una y otra vez, dicen. La historia no. La filosofía no. Se ve uno obligado a escoger por simpatías, porque tal o cual autor le parece a uno más acorde con la opinión prejuiciosa que ya teníamos o la personalidad que deseamos observar en quien nos cuenta el cuento. Ideología. Prefiero al historiador Krauze porque parece moderado y coincido con sus ideas, no porque sepa él o yo o nadie si Juárez autorizó o no el traicionero tratado de McLane-Ocampo. Lo prefiero a él en vez de Paco Ignacio Taibo II porque este último es un exaltado y desconfío de los que gritan y dan sombrerazos, me producen desconfianza y de la desconfianza salto cómodamente a la descalificación: lo que diga debe ser falso porque se opone a mi hilo narrativo, ese que algunos llaman liturgia. Mi cuento. Cada hombre culto con su propio index, excluyendo lo que no acomoda a su narrativa.
Y recordé a Sergej en el aeropuerto. Apenas habían nombrado al nuevo premio nobel una semana antes y, terminado el vaso de whisky, mi respiración serena y la cabeza lúcida, lo comprendí: 'Claro, ¿cómo no lo vi antes? Otro escritor desconocido, detestado en su país por refregarles sus mierdecillas a una población anodina, un misfit que paradójicamente encaja como guante en el grupo de premiados al denunciar en lo político las dictaduras totalitarias o los abusos de las democracias, en lo moral la crueldad hacia grupos vulnerables (mujeres, homosexuales, tullidos, animales), en lo económico la idolatría moderna por el dinero y la desigualdad consecuente, en fin, todo tan predecible, todo tan correcto. Ideología, sí. Ideología. ¿Qué pasaría si alguien publica una excelente novela sobre la vida de un pedófilo?'. Me levanté de mi silla y salí al encuentro de Felicia, que otra vez estaba metida en la tina tomando uno de sus largos baños con agua caliente, espuma, aromas y velas.
'Pero Luis Gala es un pendejo, no el autor de temas ideológicamente esquinados', pensé mientras le daba un beso a Felicia. "¿En qué pensabas?" —preguntó. "Creo que borraré más gente del Facebook" —contesté desvistiéndome para meterme a la tina con ella. 
'Hasta que no quede nadie', pensé sonriendo.

domingo, noviembre 08, 2015

El tiempo de las cerezas

Quizá he manifestado una suficiencia exagerada cuando he hablado de mi vida en páginas pasadas, más como dueña que como pareja de Felicia, más indiferente en el papel que en la realidad a las variadas contrariedades de la vida, agujeros negros, como suelo llamarles, por tratarse de puntos que absorben la luz de mi existencia sin devolver nada a cambio, sumideros imposibles de tapiar y que, en no pocos casos, crecen con glotonería insaciable alterando, si no mis ocupados días, sí algunas noches o atardeceres en que veo invadido mi carácter luminoso por largas sombras. No me refiero a las asperezas propias del día a día en que aquellos a los que el azar ha colocado a nuestro alrededor parecen destinados a obstaculizar cuanto proyecto tengamos en mente. En ese tipo de lides, ya se ve, suelo salirme con la mía, trátese de negocios, líos de faldas o afrentas más o menos ridículas como las que no pueden faltar a una burguesía pueblerina como la de Santa Teresa, tan aburrida y pagada de sí misma, tan doméstica y silvestre, que cree que tener mundo equivale a comprar vulgares enseres de plástico en los mall de Tucson. 
No. No me refiero a estas batallas baladíes que, con todo y serlas, me han dado el prestigio del que ahora gozo y la solidez desahogada que me permite esconderme lo mismo detrás de los estantes de mi librería que a diez mil kilómetros en la selva negra alemana. No. Los agujeros negros son las batallas definitivamente perdidas que a ninguna vida que se precie de serlo, por exitosa que sea, pueden faltarle. Perplejidades ante las cuáles no hay remedio retórico ni material posible. Amores ahogados en malentendidos antes de consumarse, amigos que dejaron de serlo por razones que de vez en cuando reexaminamos y seguimos encontrando inexplicables, pero sobre todo los muertos, los muertos que se ceban en la penumbra de nuestras noches, tanto si son de insomnio y conciencia viva, como si son de sueño o duermevela. Los muertos que tanto se parecen a quienes dejamos de ver aunque sepamos que siguen vivos y nos lleguen de vez en cuando noticias suyas: amantes que nos evitan sin que sepamos a ciencia cierta cuál es la razón y agravios reales o imaginarios que antiguos amigos nos hacen llegar por medio de terceros, distancias que a veces facilita la geografía y la pérdida de agendas, la aparición de gente nueva que nos sustituye o con la cual sustituimos. Y sin embargo no todos los muertos son los mismos ni iguales las ausencias. De ninguna manera.
Felicia no se mete porque sabe que me encolerizo cuando alguien trata de aconsejarme en relación con la muerte de mi hijo, un muchacho de su misma edad al que ella no conoció. Un accidente mortal, un tajo que ha creado el agujero negro más importante de mi vida, no sólo por imprevisible o ilógico, por violar la precedencia que imponía que fuesen los hijos los que enterraran a los padres y éstos a los abuelos, sino también porque ha clausurado una parte de mí que tiene que ver con la felicidad posible. No se me malentienda: jamás dejé de trabajar. Seguí con mis rutinas y aun con mis risas explosivas, con mis viajes y mis lecturas, con mi furia incontrolable para con la incompetencia o la mezquindad. No me he vuelto infeliz ni me siento autorizada a ello sólo porque ha ocurrido lo peor. Aun tuve capacidad para, meses después, conquistar a Felicia, ¿no? Hacerme de una hembra joven como mi hijo y apta para las mayores concupiscencias en la cama. La librería, aun durante el período en que colgó el moño negro sobre la puerta, siguió prosperando, sus números siempre mejores. Pero sólo yo intuía el revés de tanta fachada.
'Voy a ser mejor', pensé, 'a concentrarme sólo en lo esencial, en lo que importa; no volveré a perder el tiempo en estupideces'. Pensé que la muerte de mi hijo me ayudaría a poner una distancia insalvable y sana entre el mundo y mi persona, una distancia que no volvería a cruzar ningún impertinente para hacerme perder el precioso tiempo que podía emplear en mí misma o en mis escasos seres queridos (dispersos, bien es verdad, pero muy queridos). Que ganaría concentración por haber comprendido finalmente y de una manera espantosa, lo que importa y lo que no. Pero no fue así. Volví a invertir tiempo en imbéciles. Volví a ocupar mis energías en seres infames o ingratos o directamente idiotas. Volví a ser la que era y a crear tormentas en vasos de agua. A las primeras semanas en que lloré abundantemente abusando de la bebida, a la sensación de agravio de la que me sentía víctima desafiando mi ateísmo, no le siguió la serenidad de quien ha sido ungido por una experiencia demasiado poderosa. No. Le siguió el indiferente mundo con sus viejos personajes. Le seguimos los vivos y nuestros vicios y costumbres. Todo siguió igual. Imperturbable, distraído. Igual.
Cuando pienso en esto (las perras echadas al anochecer, Felicia tomando un baño largo mientras canturrea por lo bajo, yo con el rostro apoyado en las manos sentada a la mesa del jardín, mi libro cerrado), me consume la culpa dolorosa de no haber hecho mi vida más significativa tras su muerte, como si ésta no hubiese tenido el impacto necesario para hacerme mejor persona. Culpa, sí, aunque descrea de la posibilidad de que me esté viendo desde algún lugar y no me falten recursos intelectuales para neutralizarla. Quise fundar un premio que llevara su nombre. Repartir dinero entre los estudiantes de su facultad el día de su cumpleaños, en el tiempo de las cerezas. Preservar así su memoria. Pero los premiados no saben quién es ni les importa. Y a mí no me hace falta ningún premio para recordarlo. La necrología es una batalla perdida de antemano. Su ausencia, un agujero negro que no dejará de consumirme. 
Y él está del otro lado. Para siempre.

domingo, noviembre 01, 2015

La vida de los animales

El mayor problema no está en la naturaleza científica o religiosa del discurso, sino en su común propósito de resultar persuasivo, apelando para ello no sólo a la sensibilidad, sino también a la lógica, al empeño deductivo que echa sus largas y retorcidas raíces en el cerebro del hombre. Da igual que se trate de los estigmas de Santa Teresa o del teorema de Pitágoras, tanto si se usa correctamente (y habría que definir qué entendemos por ello) como si se emplea de manera amañada o defectuosa: el propósito de los conocimientos o doctrinas humanos, de sus razonamientos o afirmaciones infundadas, es dotar de sentido, o sea, persuadir, ya sea que se respete el silogismo hipotético tan caro a las matemáticas como que simple y sencillamente se vayan concatenando hechos sin apego a la lógica, pero tendientes a manifestar una liturgia, una raison d'être
Así pues, no es que sea un problema que aparezcan fantasmas o extraterrestres, la telequinesis ni la clarividencia, sino que ello carezca de un marco explicativo, físico para los cientificistas, de orden religioso para los espirituosos. Lo inadmisible no es el hecho, por descabellado o brutal que parezca, sino la ausencia de filosofía que los católicos cubrieron de manera brillante con eso de que los designios del Señor son inescrutables. En las ansias de sentido se parecen todos; prescindir de él los ubica automáticamente en la categoría de trastornados o lunáticos, excluyéndolos como interlocutores válidos, es decir, humanos. Por eso no se conversa con el psicótico o el retrasado, ni con los animales, y aún así cuesta trabajo atenerse a la falta de guión para con ellos y creemos entender que su condición tiene causas y sus manifestaciones una explicación, aunque nos resulte imposible acceder a ellas con certeza.
La existencia de una razón: confiamos en que la hay para todo, incluso si quedamos excluidos de comprenderla. Nos persuadimos de que la ciencia se caracteriza por proporcionar explicaciones que en principio podemos seguir, aunque circunstancialmente no contemos con los estudios para ello. Pero también creemos que lo que hoy pasa por sobrenatural podrá ser explicado cuando la ciencia lo alcance o, si no ha de alcanzarlo nunca, por un sentido no exento de lógica. Los creyentes, dicho sea de otro modo, aceptan la existencia de dios pero son incapaces de respetar el hecho de que su omnipotencia sea completamente arbitraria. Admiten que las razones pueden escapárseles, pero no que no existan. Y en ese sentido, tanto científicos ateos como creyentes analfabetas, son todos sujetos de la lógica o, como mínimo, de la creencia en un sentido. Decir que la gitana que adivina el futuro frente a la bola de cristal o en las líneas de las manos tiene un don, no explica nada racionalmente, pero sigue inscrito en el marco de la lógica: adivina porque tiene el don, o sea, si yo lo tuviera también vería todo con la misma claridad. ¿Por qué ella y no yo? No por una arbitrariedad, desde luego, ya que dios conoce el motivo aunque yo no lo sepa: fin de la discusión.
Es así que frente a un fenómeno inexplicable, creyentes y no creyentes reaccionan con sorpresa y se apresuran a proporcionar (en el sentido más lato posible, desde luego) "explicaciones lógicas". Para quien, andando por los pasillos de la universidad, descubre una silla flotando en el aire, se plantean inmediatamente una serie de verificaciones (¿hay algún hilo sosteniéndola? ¿un poderoso imán? ¿hay algo en este terreno que produzca la levitación?), luego se desconfía de uno mismo para dejar la realidad intacta (¿estoy alucinando? ¿he bebido de más? ¿estaré volviéndome loco?) y luego, por último, si se supera esto, podría llegarse a las otras "razones", pero razones al fin y al cabo, o sea, muestras del empeño humano por proporcionar un sentido (¿es la manifestación de un espíritu? ¿tengo el poder de levantar objetos? ¿el más allá está tratando de enviarme un mensaje?). Lo realmente terrible no es que la silla levite, sino que ello simplemente ocurra. Si no lo entiendo, alguien o algo debe tener la explicación. Esta existe, tranquilizadoramente, aunque yo no la conozca o, sencillamente, no pueda conocerla.
Igual que con los animales, por supuesto, que si bien no escriben tratados sobre el tema, dan muestras sobradas de conducirse con apego a la lógica: deducen correctamente lo que ocurre en el ambiente o se mueren. Enfrentados a nuestras decisiones, los vemos levantar las orejas desconcertados e inclinar la cabeza como quien hace un esfuerzo por comprender, sin éxito. Pero como nosotros sabemos la razón por la que los amarramos, por la que les damos de comer a tal hora y no a otra, el por qué de la inyección que se les está proporcionando, los miramos un poco de arriba hacia abajo, superiores, muy seguros del sentido de lo que a ellos les debe parece arbitrario. Incluso cuando somos ejemplo de irracionalidad decimos que hay explicaciones: ese grupo de muchachos que despliega su crueldad quemándole la cola a un gato satisface una morbosa curiosidad, quizá alguno de ellos tenga las alteraciones neuroquímicas de un asesino serial, pero lo último que se nos ocurriría es pensar que esa atrocidad se produce sólo porque sí. O sea, las sillas no levitan.
La analogía ha servido a los creyentes para tranquilizarse diciendo que así como nosotros sabemos el por qué de lo ocurrido a los animales por nuestra causa, también los dioses conocen las razones de aquello que en nuestra vida encontramos injustificable. Quizá, como afirman muchos científicos, no haga falta un dios para probar esto, sino extraterrestres más poderosos, porque lo que es seguro es que no carecerán de lógica, ese inasible manto inmanente en que se amparan bacterias, perros y humanos para sobrevivir.
Y entonces todos somos cartesianos hasta cuando rogamos a dios por un milagro.

domingo, octubre 25, 2015

Endless

Descreo de las simplificaciones, sobre todo si son contemporáneas. Apotegmas, aforismos, máximas, los antiguos nombres del twitteo. Da igual si son eruditas o pretenden serlo, si son generales y sin contexto o aplicadas a un gremio como puede ser el de los escritores. Que todos escriben siempre su biografía sin importar qué libro escriban, por ejemplo. Y añadiría que muchas veces su mejor biografía es la que no se presenta descaradamente como tal, con ese feo epígrafe que dice "autobiografía". Como si de ingeniería o finanzas se tratara. Imbéciles.
Este país está lleno de agravios para un espíritu sensible como el mío. Un espíritu que bien podía haber sido británico o francés, en el peor de los casos ruso o, como mínimo, español. Envidio la solidez de esas sociedades, su antigüedad, su continua insistencia en mantener a toda costa un estándar de vida, un empeño que los psicólogos de Berkely no dudarían en calificar de represivo o neurótico y al que yo sólo puedo ver con buenos ojos. Porque es así, educando en la jerarquía y el orden, en la responsabilidad y alguno que otro miedo, como se consigue la civilización y la libertad. Algunos se sorprenderán de que lo diga yo, que no soy precisamente ejemplo de templanza ni de prudencia, ni siquiera ahora en que me he ganado el respeto de la burguesía local y ya no se me objeta que duerma con Felicia, no sólo mujer como yo, sino quince años más joven. Todo un mérito tratándose de Santa Teresa, que es ciudad pequeña y con fama de bárbara. Desde luego soy consciente de que este respeto ha sido consecuencia del dinero que he amasado con mi trabajo, pero también de mi carácter disciplinado y exigente, que no admite pretextos ni excepciones y se impone a fuerza de consistencia. No se me escapa también que los hombres encuentran mi carácter equiparable a su machismo (fueron legendarias mis borracheras, mi descarrilar de matrimonios y mis pleitos), al punto de que con la madurez han terminado por considerarme uno de los suyos. Pero nada más lejos de la realidad porque, como vengo diciendo, el mío es un espíritu sensible. Y ellos unos cerdos.
Me lastima así no sólo la realidad, ya lo digo, sino la literatura de este país, si es que puede llamarse así al género de obras holgazanas o mal escritas con que se castiga a un público que por fortuna no lee. Me agravia que nuestro único premio nobel haya decidido ser poeta y ensayista sin haber escrito jamás una sola novela de envergadura, sin haber creado un mundo definitivo en el que esta sociedad ayuna de ideas hubiera podido verse como en un espejo. Prefirió poner su enorme cultura al servicio del aburrimiento, ya en forma de rígidas teorías sociológicas, ya en forma de desguazadas emociones poéticas. Gente muy inferior a su intelecto, señoritos y burócratas en un país en el que la cuna o las relaciones son las únicas credenciales dignas de tal nombre, intentaron suplir esa carencia con obras necesariamente autocomplacientes y cortas, cuando no directamente idiotas. Tal era el caso del libro que cerré esta mañana, mientras bebía el café y Felicia se metía en la tina de baño durante hora y media luego de correr en la laguna, acompañada por los perros y distrayendo los pocos insectos que todavía a estas alturas de octubre se plantan frente a la cara e impiden la utilización de terrazas y patios, jardines o miradores, ya no digo para leer sino hasta para tomar un aire fresco inexistente.
Autobiografía, decía con todas sus letras. Y si accedí a leerlo a pesar de conocer al guiñapo que lo escribía, no fue por ignorante o por creer que contendría revelaciones importantes. Tampoco lo he hecho porque al ser dueña de la única librería de Santa Teresa me sienta en la obligación profesional de zamparme cuanto mojón suelten los presuntos intelectuales. Lo he leído porque a veces hay que sustentar los prejuicios con datos duros: la opinión arriba citada que sobre la literatura de este país tengo no puede descansar únicamente en mi percepción de las cosas. Hace falta leerla de verdad (y conocer la verdadera) para comprender su escasa ambición y su pobreza, su carácter derivado y acomodaticio, su desorganización e irrelevancia, su provincialismo. Todas estas características quedaban elocuentemente ejemplificadas en la autobiografía que terminé de leer esta mañana.
Pero una cosa es identificar las características comunes a las variadas deyecciones culturales de este país y otra deducir el por qué. Para ello hace falta asomarse a la vida de esos que escriben y que, movidos por una conmovedora vanidad que confunde lo vergonzoso con lo presumible, facilitan toda clase de datos sobre sus circunstancias para (lo dicen con genuina convicción) "ayudar a explicar las realidades de este país y su contribución para mejorarlas". Parecen creer sinceramente que debemos darles las gracias porque no se limitaron a usufructuar con el dinero público a través de puestos y canonjías ni a aparecer en televisión arruinándonos la merienda ni a invadir las columnas editoriales del periódico que ya retiró la chacha de la mesa ni a decidir sobre la vida de millones de personas por adoptar una política tal o una medida equis. No. Han ido más allá y ahora nos relatan a través de libros cómo consiguieron hacer todo eso. Libros que también hay que pagar y, en mi caso, distribuir. El autor de la autoapología de esta mañana reúne todo lo que explica la mediocridad de su trabajo, pues el hijo de una familia acomodada en este país está destinado a mandar sin importar qué actividad escoja ni con qué talentos cuente para ello: si cree que puede gobernar, gobierna; si cree que puede emprender, emprende; si cree que puede escribir, escribe. El país está para servirle de caja de arena. En el club de influyentes todos se dan palmadas en la espalda. Se felicitan por representarnos, por explicarnos, por dirigirnos. Es un asco.
Un libro mal escrito que comparte detalles repugnantes de la vida de un júnior que se cree académico que se cree político que se cree comunista y cuyas frivolidades afectaron a otros. Un agravio múltiple: literario, moral, político. La madurez me impide ya echar los espumarajos por la boca que en otro tiempo me habría provocado una lectura semejante. Gano bien. El sexo con Felicia es aceptable (aunque no todo lo apasionado que fue en un principio; pero esto es normal). Tolero mejor el clima espantoso de Santa Teresa y a veces me escapo al sur o al norte para hablar con gente menos silvestre por largas temporadas, viejos amigos que por fortuna también han conseguido acompañarme económicamente, de manera que no me toque pagar siempre para conversar con ellos. Así las cosas, no tienen sentido ya mis sueños de juventud en que viviendo en Europa me creí capaz de quedarme ahí para siempre. Aguanto el temporal de vivir aquí encerrándome en mi casa la mayor parte del tiempo, la librería comunicada con esta terraza a la que Felicia ha venido a despedirse para ir a hacer la despensa junto con la chacha. Echando agua a las plantas, coleccionando monedas. Leyendo. Y son lecturas como la hoy terminada las que inevitablemente me obligan al contraste y aún consiguen arrancarme una mueca, un suspiro resignado o una mirada que cruza el Atlántico.
Europa. Mi espíritu británico, francés o cuando menos alemán o italiano, habría escrito novelas excepcionales en aquellos países de los que éste es mera caricatura o parodia. Si todo autor escribe siempre su biografía, habría escrito ese libro de más de mil páginas que un autor español (catalán dirían ahora) consiguió armar a cuatro voces entre autor, personaje, narrador y él mismo, imbricando la propia vida con la de la región, la de la humanidad completa que siempre cabe en los buenos libros. Habría tenido lectores mientras sobrevivía al franquismo y me desterraba en Francia, mientras volvía del destierro para ver el ambiente como de discoteca que invadía Figueres y Port de la Selva, Cadaqués o Port Lligat, me habría sentado con mi taza de café en una terraza con vistas al Cap de Creus y habría venido Felicia o Matilde o como se llamara a abrazarme por la espalda y darme una calada de su cigarrillo. Habría alcanzado el último año de lucidez de Dalí.
Entonces habría encontrado otro libro. Y suavemente indignada, como corresponde a los años y estatus económico conseguido, habría escrito este texto para hablar de mi espíritu escandinavo.

sábado, octubre 10, 2015

Prognosis de la universidad

Cuenta el cuento que, como producto de importación, la universidad llegó a México cuando ya contaba con unos cuatrocientos años de edad en Europa, o sea, que es hija del Medievo, antecedente que quizá no debiéramos perder de vista para la discusión que sigue. Cuentan que en sus orígenes europeos la institución universitaria intentó sistematizar (o sea, burocratizar) la transmisión de conocimientos que antes realizaban los maestros de los distintos oficios directamente a sus aprendices. El experimento, como toda maquinaria tendiente a convertir individuos inteligentes en adocenadas hormigas, prosperó. México, desde luego, no fue la excepción. 
Si en el mundo moderno no hay idiotez anglosajona que no se adopte de inmediato en los países latinos, incluida la Francia hasta hace poco tenida por soberbia excepción, como por una ley que obliga a los satélites a recorrer las órbitas dictadas por los cuerpos de mayor peso y a las periferias a imitar los trazos del centro, en México ha sido la Ciudad (por favor, no me hagan perder el tiempo preguntando cuál) la que ha propagado, como si de una onda sísmica se tratara, su esquema de creación de instituciones de educación superior. Que es como sigue:
Sea A un conjunto de filántropos a los que sus negocios y prosperidad económica tienen un tanto aburridos. No les basta administrar con excelsos ropajes y admonitorios dedos cuajados de anillos las iglesias que llena la plebe morena y de apellidos bastos como Pérez o Domínguez. No les es suficiente desplazarse en los mejores vehículos (otrora carruajes los motores que ahora se importan de Cleveland o Düsseldorf) para ir de sus residencias del poniente a las fábricas o campos, industrias o almacenes, de los que son dueños. Sienten que algo les falta en las oficinas de gobierno desde donde se emiten permisos y cierran negocios entre sí, que no da suficiente lustre la bandera nacional ni las ceremonias de larguísimos discursos vigilados por la policía, que algo debe hacerse para eliminar el olor a establo que deja el ganadero o para adecentar la amarilla avaricia del banquero. Los bautizos y bodas, los desayunos de las encopetadas damas católicas en el hospicio o las reuniones mensuales de los obesos miembros del club de leones, ya no dan para mejores fotos en la tan soporífera como mal editada página de sociales. "¿Y si fundamos una universidad, tú?", pregunta un riquillo. "Ta güeno, tú, pero ¿y quién va a dar las clases?", responde otro cacique. 
Superado el período en que son sus esposas las que se ocupan de dar clases y ellos los de cortar el listón, bendecidos por los padres de la iglesia en tanto se siga enseñando el catecismo o, de forma más laica y moderna, promoviendo valores que rezuman domesticación y ñoñería, autorizados por el gobierno que muestra así su preocupación por la educación al tiempo en que premia la iniciativa de los riquillos entregándoles el presupuesto público para que mejor lo administren de forma privada, hace su aparición el conjunto B.
Sea B un conjunto de asnos, preferentemente de la localidad, incuestionablemente penetrados del espíritu de su pueblo en lo que a usos y costumbres se refiere (o sea, vicios y marranadas), dóciles egresados de la institución aun tiernita en la que los riquillos de la iniciativa privada pudieron lucirse todavía más y escapar temporalmente del aburrimiento con recursos públicos. ¿Quién dará ahora las clases si las nobles damas ya no saben de ingeniería y están hartas de la contabilidad? Llámese pues a aquellos del conjunto B cuya incompetencia y carácter acomodaticio impidieron conseguir un trabajo decente y déseles nombramiento de catedráticos. La institución pasa entonces por una época idílica en donde los subordinados así elegidos alcanzan cotas de docilidad y servilismo que no volverán a registrarse, mientras que los dueños siguen siendo los caciques, adorados rectores cuya muerte será venerada en tanto que fundadores y sus arbitrariedades ilegales tenidas por simpáticas anécdotas que no contradicen, sino más bien confirman su carácter de hombres excepcionales. El carácter áureo de la época no obstará para que una lenta evolución haga transitar al conjunto B desde la posición de silvestres dipsómanos sin más concepción del mañana que la que pudiera tener un perro, hasta la de feroces parásitos del presupuesto público cuyos humildes orígenes sólo sirven para exacerbar sus más siniestras ambiciones, como si de una venganza de agravios invisibles se tratara; ventilarán cada vez menos su mediocridad disfrazada de frustración y aprenderán, no sin cierta lentitud y siempre presionados por las sucesivas olas de exigencias que vienen de la Ciudad, a justificar por medio de proyectos y planes, estudios falsos y estadísticas amañadas, cualquier idea que sirva para ordeñar más a la sociedad a la que sirven en ese noble propósito de educar.
La especialización moderna que inventa carreras y necesidades donde no las hay, la corrección política que lastra los discursos con idioteces como el @ para aludir a ellos y ellas, el agotamiento del físico de la clase B que entra en una madurez que no tolera más sus excesos y exige concentrar las escasas neuronas que le quedan en maximizar las ganancias económicas y políticas, son todas características de una nueva época en la vieja y muy repetida historia de la universidad, cuya institucionalización irrefrenable se ve ahora reforzada por una clase C constituida por aquellos a los que contrató la clase B para que hicieran el trabajo que no han realizado en todos los años de la época dorada: cursos en donde el profesor asista y cubra un programa relacionado con el título de la materia, investigaciones que al menos se publiquen fuera de la editorial universitaria, obtención de dineros para la universidad por medio de concurso y no por asignación directa de la Ciudad que, sospechosa de lo que aquí ocurre, cada vez los condiciona más. La clase C no es de por aquí ni conoce los usos y costumbres de la localidad, pero ello es deliberadamente así porque se ha comprendido que de continuar la endogamia de contratar locales, el negocio completo se iría al traste, de modo que la clase B prefiere erigirse en administradora y jefa de la clase C, con el consentimiento, claro está, de los padres fundadores de la clase A o de sus innumerables hijitos que heredan el mando y reproducen y aun perfeccionan sus porcinas características. Todo muy republicano y demócrata.
La clase B, envalentonada por los primeros resultados de haber contratado a C, tiene los ojos encendidos de ambición y de gloria, y soslayando convenientemente el trabajo que sólo sabe repartir, siempre presta a decirle a los demás lo que deben hacer, se concentra en los resultados añadiendo su firma y nombre al calce de los informes: cómodamente, casi con elegancia supina. Le tiene sin cuidado que se multipliquen las ofertas de estudios cada vez más inverosímiles y que no se corresponden a ninguna tecnología nueva; no le quita el sueño que la capacidad académica sea la misma porque la clase B es impermeable al estudio y sólo responde a estímulos económicos torciendo las reglas o añadiendo su nombre a los trabajos de la clase C; no parará hasta que llegue a haber tantas carreras como estudiantes y ella misma se erija en administradora de todos los presupuestos. La universidad vivirá entonces una explosión demográfica a la altura de la tosquedad y complejo de inferioridad de sus administradores.
Pero todo tiene un límite. Como si de una ley biológica se tratara, la animalidad reinante en esa institución nacida del Medievo presupone también un colapso que ya resienten allá en el continente donde nació: la matrícula se frena, se cierran las plazas, se absorben instituciones dentro de otras por insostenibles y, una vez que se van los hombres de negocios como abandonan las langostas aquellos cultivos que han destrozado, vuelven a distinguirse, discretos, silenciosos, los hombres de saber, los que estaban ahí desde el principio por enseñar y crear, sin más premio que el de su salario, sin más idea de negocio que el de cultivar su conocimiento.
¿Se apartarán entonces las iglesias, los gobiernos y los riquillos del negocio universitario? ¿Volverán los aprendices y los maestros? ¿Volverá la voluntad de saber? Lo dudo. Si algo ha de volver del Medievo, mucho me temo, serán sólo las hogueras...