domingo, septiembre 08, 2019

Orientación

Te acordarás del libro que nos hacían comprar en la secundaria para una materia llamada orientación, en realidad tres libros, uno distinto por cada grado. El que recuerdo era el del segundo año, un libro horrible editado en ese papel marrón deslavazado llamado revolución, tan popular en los ochentas, pero que leía con mucho interés porque los adolescentes mariquitas somos aficionados a la psicología de quiosco, trátese de horóscopos, revistas del corazón o libros presuntamente académicos, pero redactados en lenguaje llano por mujeres de moral ligera, las únicas capacitadas para lidiar lo mismo con niños que con padres de familia. En ese libro se describían las así llamadas ocho áreas fundamentales del ser humano como sectores de un disco cuya unidad dependía de la capacidad de cada uno para reunir sus partes. Era un dibujo que parecía mimeografiado en vez de impreso, desde luego sin colores, donde aparecían escritos, en una fuente muy próxima a la de una simple máquina de escribir, los distintos nombres de las áreas que semejaban los rayos de una rueda: la mitad se leían del centro hacia afuera: área física, área sexual, área económica, área emocional (que por alguna razón consideraba menores), la otra mitad de afuera hacia dentro: área familiar, área social, área intelectual y área espiritual (las fuertes, según yo, que así presentadas me suponían un orden de creciente importancia). 
Recordarás también que yo siempre fui aficionado a las clasificaciones: listas, cuadros sinópticos, diagramas de Venn. Al término de la primaria hice un cuaderno donde intenté reunir todo lo que sabía por materias, creo que alguna vez te lo mostré: matemáticas, ciencias naturales y sociales; incluí en él mapas de variados colores dibujados por mí mismo y cuidadosamente doblados para entrar en pequeños bolsillos de plástico que adosé a las últimas páginas con cinta adhesiva: uno por cada continente y otro del propio país con su división por estados. Le dibujé un par de nubes y un arco iris en la portada. Se lo mostré a mi padre que me despachó en pocos segundos balbuciendo la palabra bien para ocultar su desconcierto. Pero ni su indiferencia ni los insultos de mis compañeros (de los que me defendías a veces) me desanimaban en mi obsesión taxonómica, así que era lógico y esperable que me sintiera inmediatamente atraído por esa organización de la vida en forma de rueda que el libro de orientación me ofrecía. Hice una primera evaluación de mi situación a la que siguieron muchas más, casi hasta el fin de la adolescencia, ese período en que muchos nos apartamos de todo lo que consideramos ridículo sin conseguirlo nunca del todo. Luego, si hay suerte, volvemos sobre lo abandonado como si el sólo paso del tiempo le hubiera dado la dignidad que no tenía, una prestada por el sentimiento de la nostalgia. Pero volvamos al punto, que me estoy desviando: ¿qué cuentas puedo darte de mi vida si echo mano nuevamente de la rueda?
Ya no soy joven, tengo una enfermedad crónica controlada y nunca hice ejercicio como según yo deseaba. Como todo buen marica en su madurez, como bien y voy al gimnasio con regularidad, pero por supuesto no lo hago porque exista siquiera la mínima posibilidad de eliminar la panza de cuarentón que se me ha hecho ni porque quiera alimentar más el mito de mis buenas piernas o nalgas, qué va, lo hago sólo porque me distrae al tiempo en que escucho música, porque puedo evadirme y fantasear, placeres adolescentes que, a falta de mayores talento o voluntad, consigo también leyendo o escribiendo pequeños textos sin acometer las grandes obras que he deseado realizar. Así pues, el área física tal como la he concebido se opone a la intelectual porque postula la disipación en vez de la concentración: la vida más equilibrada es también la más mediocre. Y ya que estamos en ello, te comparto dudas que me has oído expresar aquí y allá: ¿es tarea intelectual haber conseguido los máximos títulos universitarios? ¿haberlo hecho en el extranjero aprendiendo otras lenguas? ¿mantener un trabajo profesional productivo como profesor investigador en matemáticas aplicadas? ¿acaso la fundación de programas y la dirección de proyectos que han influido en la vida de decenas de personas? Si la calidad del trabajo no es la máxima y reconocemos que no podemos darla, ya sea por incapacidad o pereza, ¿qué debemos hacer? ¿conformarnos con la indulgente fórmula dar lo mejor de sí? ¿abstenernos de exigir a los demás porque al fin y al cabo nosotros no cubrimos las exigencias más altas? Mi preparación académica tenía como destino una institución a la altura: ¿lo es una universidad de provincias donde se es tuerto en tierra de ciegos o es que somos nosotros los que no cabemos en las instituciones soñadas? Quizá estas últimas ni existan propiamente, pues dar la vuelta al mundo me ha dado el discutible consuelo de comprobar que nuestros problemas no son originales y que el hombre que trabaja está siempre en el lugar correcto. Pero la insatisfacción persiste. Si la obra intelectual profesional no alcanza el nivel esperado, ¿puedo conseguirlo en la literatura o es sólo un recurso para escurrir el bulto de la incapacidad? Me imagino ahora mismo a Fargas mirándome a los ojos e inquiriendo: what are you looking for, Mr. Corso? Porque da la impresión de que la obra no estará a la altura ni será de la más alta calidad en tanto no sea reconocida por la mayoría de las personas. En forma de premios y ventas. En forma de invitaciones y récords. Y eso, que quizá te sientas tentado a asociar a mi adolescencia hecha de concursos y diplomas, medallas y competiciones, es desde luego ridículo. Pero como fondo psicológico no está mal. And yet... ¿qué psicología conciliará el hecho de que Javier Marías es un escritor reconocido o exitoso o consagrado o bueno con el hecho de que Luis Gala es uno perfectamente desconocido aún si su prosa fuera magnífica?
Pero como bien decía el libro de orientación de segundo año, la vida está hecha de más cosas, como el dinero que, sin faltarme, no se sabe nunca si es mucho o poco, sobre todo porque afirmar que es suficiente mientras no nos falte nada es bastante incierto como medida, pues depende de lo que cada uno cree que necesita y del tiempo que dure su existencia (las hay tan largas o accidentadas que pueden arruinar hasta las mejores previsiones). No soy un capitalista sino un empleado. No genero dinero, antes bien aumento el número de los que se cuelgan del erario público. Con responsabilidad y rendición de cuentas, se entiende, pero también con culpa. Vivir de la escritura tendría la ventaja de decir adiós a los jefes que por regla general son imbéciles y guardar una relación menos parasitaria con la sociedad. Pero también me permitiría tener una vida más liberal sin que las sociedades de padres de familia sientan que pongo en peligro la moral de sus hijitos universitarios y mayores de edad. Porque es verdad que mi sexualidad, con ser fuente de grandes placeres, ha planteado también infinidad de problemas a lo largo de mi vida. Ustedes se dieron cuenta antes que yo de mi orientación sexual y me llamaron maricón, joto, puñal, puto, feminoide, marica, pero no fue sino hasta el fin de la primaria en que yo comprendí que era homosexual. Te acordarás que los insultos siguieron en la secundaria y la preparatoria; algo menos en la facultad y el posgrado, jamás en el extranjero. Desde que cobré conciencia de mi situación supe que tenía que guardarme de hablar del asunto con mi familia y con mis escasos amigos. Mutilarme. Muchas veces me sentí cómodo fingiendo y hasta pretendí poder cambiar, como si ello hubiera sido posible o deseable. Tuve novias. Pero cuando por fin me decidí a tener el sexo que deseaba y que no podía ser sublimado más, encontré toda suerte de dificultades, de rol y de salud, de moral propia y ajena, rematando en una pareja prematura cuya consolidación ocultó detrás de la ternura equívocos fundamentales en materia sexual. Viví así muchos años de creciente tensión entre una vida casi conyugal que se alejaba de lo físico y una estimulante y peligrosa promiscuidad exterior. Salté así desde la juventud hasta la madurez y en ésta nos encontró la separación. No valieron más las palabras sin sustancia como relación abierta o el ridículo mandato de no involucrarse sentimentalmente con nadie más. ¿Cuándo me impidió este principio enamorarme de tantos a lo largo de los años? ¿Cuándo el carácter abierto de la relación hizo menos dolorosa la comparación de nuestro sexo agónico o inexistente con el rush de los encuentros casuales? En esto el libro de orientación pecaba de ingenuidad. Ni en él ni en ninguna otra parte he hallado respuestas a preguntas esenciales, por ejemplo: ¿qué es una pareja? ¿basta comunicarnos de manera extraordinaria con esa persona aunque no la deseemos? ¿basta con desearla aunque sea una persona manifiestamente incapaz de comprender nada? ¿cuánto es suficiente sexo? ¿está en la naturaleza de las personas la promiscuidad o el agotamiento eventual de la monogamia? Es fácil decir que cada par o grupo define sus reglas, tú mismo has dicho que para ti el sexo no es tan importante, pero cuando uno aspira a algo legítimo y no a una mera comedia, se tropieza rápidamente con el requisito de enfrentar la verdad, lo que desde luego obliga a buscarla, a cuestionarse, a no descansar jamás. Y así no es de extrañar que llegue a esta edad sorprendido de que las ganas de seguir jugando sigan ahí y esperanzado de que ponerlas en un solo sitio no sea una simple estupidez, particularmente cuando el universo de mis intereses se aleja cada vez más conforme envejezco.
Me he alejado de mi familia y amigos, tú incluido, aunque su influencia ha sido grande en la formación del solitario que soy. No me siento del todo satisfecho con ninguno de ustedes, pero ya el carácter heterodoxo de mi vida sexual e intelectual hacía difíciles las relaciones duraderas, particularmente en un país como el nuestro con su cultura acomplejada y mezquina (de ahí que tenga buenos amigos extranjeros). De modo que debería estar agradecido por haber disfrutado de tratos profundos con una importante lista de personas, aunque ya no las frecuente o sólo muy de vez en cuando, impedido por razones geográficas o temporales. Las comunicaciones hacen posible que tenga noticias de ellos cada cierto tiempo y eso es satisfactorio, aunque quizá insuficiente. En todo caso no lamento el resultado lógico de hallarme solo. Quizá la persona que más ha trascendido épocas distintas ha sido mi madre, a quien puedo disfrutar y padecer ahora, mientras se adentra en la vejez. ¿Nos volveremos una de esas parejas clásicas de homosexual con su madre, enfrentando las cada vez mayores dificultades de la ancianidad solitaria? Quizá yo pueda acompañarla hasta que muera, pero luego no queda muy claro quién lo hará conmigo cuando ya no me sea posible mantener mi autonomía. ¿Tendré que suicidarme o irme a vivir con quienes no deseo ni me desean? Misterio.
Falta rendir cuentas de dos áreas, me dirás, la emocional y la espiritual, aunque nunca me quedó muy claro a qué se referían los autores con este par de rubros. Lamentablemente ya no tengo el libro de orientación conmigo para consultarlo, aunque sí los escritos que hice en mi adolescencia evaluándolas junto con las demás áreas, cada uno, dos o hasta cuatro meses. ¿Dónde encaja el amor? ¿en la vida sexual como parece colegirse de lo que te he relatado arriba? ¿en la emocional donde supongo que una vida sana ha de ser estable, sin grandes depresiones ni euforias desquiciadas? ¿o es un asunto espiritual para los que como yo hemos perdido las creencias religiosas? Siempre pensé en el mundo espiritual como en la capacidad de vivir en armonía y penetración, aún misteriosa, aún sagrada o poética, con lo que nos rodea, lo que de alguna manera he conseguido a través de una vida de amor y conocimiento, de sentido moral hacia los demás y de una obligación cada vez mayor de honestidad intelectual y ética. Seguiré viviendo tensiones entre los distintos polos que jalonan mi voluntad e insatisfacción ante lo que hay, porque quizá, a nivel psicológico, poco puede hacerse por la conformidad de aquel a quien le fue inculcado desde niño la necesidad de ganar respeto, amor, o  satisfacción, por medio de más y más obras. Después de todo, como te dije alguna vez, el amor no es improductivo.

domingo, septiembre 01, 2019

Somnolencias

A los lados del tren que se mece con suavidad mientras atraviesa los campos, aparecen grupos de árboles apretados unos contra otros o separando cultivos de granos y legumbres, acolchadas superficies verdes seguidas del hirsuto café pálido del trigo, bolas de heno a las que luego reemplazan vacas u ovejas, casas y algunas carreteras, establos, pequeñas fábricas. Dentro del tren, el silencio de los hombres es el constante murmullo de las ruedas al cruzar las traviesas más separadas o el apagado chirrido de los frenos cuando se detiene la marcha, el bufido satisfecho de las puertas neumáticas que se abren o cierran, a veces sin que las atraviese nada más que un olor a tabaco o sudor, un perfume como fantasma al que le falta el cuerpo. Atardece. La luz crepuscular del sol, que de repente es destello fugaz en un cristal o añadido matiz en el aire que separa la vista de los objetos, avisa ya con su inclinación el fin del verano, obligando a quienes son llevados por el tren a recogerse en sí mismos como hacen los sobrevivientes de una larga fiesta, el calor todavía dentro de ellos como una débil flama que se resiste a desaparecer.
[...]
En algún rincón apartado por donde no pasan turistas se habrán sentado a descansar sobre la escalera de un desgastado puente de mármol, a la sombra de una enorme iglesia y de desvencijadas casas de colores térreos. La ropa blanca en los balcones meciéndose con el viento. Las flores en macetas ancladas a la herrería que dejan escapar gotas que no pudieron retener. Ya en el reflejo ondulado de las aguas verdosas del canal debajo de ellos, ya en los meandros de una mancha oleaginosa sobre la superficie o en el repentino callar del viento por encima de sus cabezas, lo habrán comprendido: el verano tiene sus días contados como lo tienen los objetos y las ciudades, como lo tiene el tiempo de mirarse uno al otro y de ir de la mano por las calles. Se hará el silencio como ahora en que ya pueden percibirse los ruidos de una cacerola lejana y el cada vez menor de unos cubiertos que son puestos a la mesa por una mano invisible; la vida de los demás, insinuada detrás de muros y ventanas, será el fondo en que ellos desaparecerán un día, ahogados como los muchos objetos que pueblan el lecho de la laguna en que, día con día, se sumerge esta ciudad.
[...]
El avión que despegó en dirección noroeste, todavía en la obscuridad por encima de una isla de luces sin agua, es alcanzado por la luz del amanecer. A la derecha, más allá de las ventanillas, se abre paso una línea roja por entre las sombras de las nubes recortadas contra el alba; a la izquierda, un azul marino casi negro es sucedido por un gris obscuro sin arriba ni abajo. Se queda dormido. El avión cae de panza con la suavidad de una hoja en medio de la plaza mayor de ciudad natal. Le sorprende no tener miedo a pesar de estar consciente del peligro de una explosión y, conforme a instrucciones mil veces repetidas, abandona el avión por uno de los toboganes desplegados aunque el suelo está prácticamente al nivel de la puerta. Conforme se aleja de los restos, distingue a pocas cuadras las puntiagudas torres de catedral y celebra la casualidad extraordinaria de haber caído aquí. 'Qué suerte', se alcanza a decir entre el gentío de pasajeros y mirones. Pero todo mundo ha traído consigo sus pertenencias mientras que él, obediente a las reglas, las ha dejado en la cabina. Siente un gran deseo de volver a por ellas porque el avión sigue estando ahí, a pocos metros, con la puerta casi al nivel del suelo y su tobogán amarillo como pasarela. Piensa en el peligro de que la aeronave explote mientras evita el arroyo de combustible que se ha formado. Vuelve a mirar de reojo la catedral, incrédulo. Ya está de nuevo frente a la puerta y apenas pone una mano en el fuselaje cuando una sacudida lo despierta. El avión da una pronunciada vuelta por encima del valle y ya distingue la cuadrícula de sus sembradíos, el trazo recto de sus calles, la forma oblonga de la laguna. Están por aterrizar. 
[...]
No debe dormir hasta el anochecer para poder adaptarse al nuevo horario. Así se lo dijo por primera vez el gordo en su jardín bordeado de cipreses donde preparaba conejo asado y su mujer servía pequeños canapés decorados de fruta y licores. Así lo corroboró el hombre cara de caballo que aún parecía joven, café en mano, luego de rechazar más conejo y hacerse con otro canapé. Hacía años de aquel despreocupado consejo que, como el resto de los que dio el gordo, nunca la rubia y sólo a veces el hombre cara de caballo que aún parecía joven, tenía toda la apariencia de ser verdadero sólo por ser autoritario. Así pues, anduvo recorriendo las calles de Santa Teresa en vez de quedarse en casa, a pesar del calor, bastante elevado todavía, del final del verano. Para evitar el insomnio. Para evitar la sombra siniestra de confusión que se alargaría sobre él cuando cobrara conciencia de que estaría solo por mucho tiempo. Ya estaba aquí, materializado, el silencio que los rodeó sentados sobre un puente de mármol de una remota ciudad antigua de canales de agua verdosa. Presentimientos...  De repente se encuentra frente a una casa que habitó con quienes ya murieron, desvencijada y rota, vacía, con el número de metal aún en su lugar y las ventanas intactas. No tiene puertas y la recorre lentamente, sobrecogido, con las historias ahí transcurridas sucediéndose en su cabeza con rapidez: el baño de azulejos amarillos donde volaban cucarachas, los armarios donde estaban las cartas de la dueña, la recámara donde hizo el amor mientras los ratones roían la madera de la cocina... Emerge y la luz lo ciega. 
Ya nadie le espera en casa.

sábado, agosto 17, 2019

Taller

Naturalmente, una vez concluido el jaloneo que en lo profesional padeció desde su juventud entre lo que creía merecer y la aceptación a regañadientes de lo que iba obteniendo, miró a su alrededor a fin de poner remedio, aún desde su escepticismo y convicción de que no tenía caso, al hecho de que prácticamente no tenía a nadie con quien ir a gastar su dinero o su tiempo. Ya no estaba en condiciones de ir a discotecas por su repulsa a las multitudes y su cada vez mayor incapacidad para aguantar desveladas y alcoholemias. Ya no era la persona encantadora que provocaba con sus conversaciones a extranjeros ociosos en aeropuertos, capitales europeas o teatros de barrio judío. Porque no encontraba ningún placer en conversar sobre asuntos domésticos con sus contemporáneos, hombres de familia y negocios, desprovistos de cualquier pasión que no fuera la acumulación interesada de bienes. Porque le avergonzaban las historias ridículas que había vivido con chicos jóvenes a los que atribuyó toda clase de virtudes sólo por haberse enamorado de ellos: individuos bobos y pasivos, aprovechados o egoístas. Y, sin embargo, una vez se halló suficientemente solo rodeado de sus libros y películas, de sus discos y colecciones, comprendió que no tenía lo que había que tener para vivir de encuentros sexuales anónimos y conversaciones estrictamente profesionales. 
De modo que miró en redes sociales y foros los relatos e imágenes de quienes parecían vivir permanentemente acompañados en medio de fiestas, viajes y paseos. Risas fotografiadas. Bromas congeladas. El acto de beber una cerveza en medio de la calle. Azoteas. Recordó un pasado remoto en el que él también se instalaba cada cierto tiempo con sus amigos en la esquina de un automóvil o una habitación a recitar poesía y lanzar insultos soeces, a entrever mujeres desnudas a través del mucho humo de cigarros y el perpendicular ruido de botellas, a abrazarse a quienes juraban lealtad o prometían juventudes eternas. Algo se encendió en él. Se dijo: 'el pasado, eco de lo que tenemos frente a nosotros'. También: 'el tiempo, magma donde se ahogaron quienes ahora me ven desde el infierno'. No usaría más las horas muertas de la oficina o la casa para fantasear con los muchos perfiles de la red. No se limitaría a masturbarse sin contactarlos ni a descargar en su celular este o aquel vídeo pornográfico. Bajaría a la calle para localizar y abordar aquellos que le resultaran más llamativos. Reuniría datos y haría de detective hasta abandonar su postura voyeur frente a la vida. Iría de nuevo al mundo una vez reconocida su incapacidad para representárselo sólo con los libros de su biblioteca y el reproductor de películas. 'Pero seguiré sin viajar', agregó, 'por pereza'.
Así pues, cada día en punto de las seis de la tarde, salía del trabajo a recorrer las calles en su auto compacto, poco vistoso pero funcional, casi como su vida, no para seguir invitando transeúntes al azar como había hecho durante años con magníficos resultados que mantenían intacta su soledad y satisfechos sus genitales, sino para localizar a aquellos que le interesaban basado sólo en un puñado de datos fragmentarios, a veces la fachada de una escuela o un edificio de oficinas, otras el color del uniforme utilizado por los que sonrientes aparecían en alguna imagen tomada con despreocupación y colgada de la red sin mayor reparo. Bien es verdad que al principio su tarea concluía en el momento mismo en que la persona buscada aparecía en su campo visual, casi siempre andando en la calle para entrar a algún sitio por él vigilado (y entonces se quedaba satisfecho sin siquiera conocer su voz), o detrás del mostrador de un establecimiento al que él se decidía a entrar (y entonces le bastaba el intercambio de palabras rutinarias para cambiar de sujeto), pero esto llegó a su fin cuando fue el Negro y no él quien lo abordó inesperadamente a la salida del taller donde aquel trabajaba.
El Negro era muy joven, no debía tener todavía los veinte años, y aunque ceceaba ligeramente lo abordó sin titubeos para pedirle que lo llevara a su casa. 'Llevas ahí media hora con el sol dándote en una mejilla, esperando a que alguien salga del taller. Bueno, sólo quedamos mi jefe y yo, pero a él ya lo viste hace un momento cuando salió a fumar y no lo llamaste, de modo que debo ser yo a quien estás esperando. ¿Me llevas?'. Sonriendo aceptó llevarlo, aunque en realidad se hallaba un tanto mosqueado por haberse dejado sorprender, 'quizá no soy tan inteligente como creía', pensó con una punzada en el estómago, y esa idea le recordó los muchos años en que vivió jalonado por la convicción de que estaba desperdiciando su talento en un trabajo y una ciudad por debajo de su nivel, 'ahora ya es tarde', pensó todavía con gran rapidez, 'porque me va bien, sí, pero también porque ya no puedo irme... la música del juego de las sillas ha terminado y no hay más opciones que el asiento en que estoy sentado... bueno, al menos no he dado con el culo en el suelo porque hay dos tipos de...' Lo interrumpió el Negro diciéndole 'yo sé quién eres'. 
Sintió que los colores le subían al rostro, pero se rió como si fuera el dueño de la situación, sin quitar la vista de la carretera. El Negro encendió lentamente un porro de mariguana luego de ajustar los bordes del papel de liar con unos dedos que brillaban de grasa, las uñas cortas pero negras de mugre; al encenderse el porro crepitó más de lo habitual por culpa de la grasa accidentalmente untada. 'Bueno, pues aquí me tienes', dijo el Negro, 'ya sabrás mucho de mí y querrás tocarme. Es justo: me estás llevando a mi casa, ¿pero podemos ir por unas cervezas primero? Podemos hacer lo que quieras', dijo. A la sorpresa y el disgusto de haber sido sorprendido, le siguió la turbación del cuerpo que se le ofrecía. Se volvió fugazmente para apreciarlo, una visión distinta de las muchas que tuvo en la red sin profundidad ni olor a taller o mariguana. Recordó de golpe a los drogadictos de su vida. A Gustavo y Carlitos. A Dany y el Nayarita. Al del crucero del Periférico y la Calzada cuando no existía el paso a desnivel. ¡Tanta gente de pensamiento impenetrable y cuyo carácter enigmático alimentó el deseo! ¡tanta conducta inexplicable y generosa! Grandes. Grandísimos. Apariciones. Se detuvo frente al depósito de cerveza y le extendió al Negro un billete. Lo miró entrar y salir de la tienda, acariciarse la melena con los dedos, mover la cadera y la u ve de su torso. No tenía ninguna curiosidad por saber cómo es que el Negro lo había identificado; tampoco por saber si era un ardid.
Continuaron el camino alternando silencio con sorbos de cerveza; él rechazó un porro que le ofreció el Negro y éste a su vez rechazó un cigarro que él le ofreció, advirtiendo que 'el tabaco mata'. Cuando decidió dar vuelta para internarse en los cultivos, el Negro no se inmutó ni preguntó a dónde iban. En la parte más profunda de aquella brecha por la que conducía ya muy lentamente, con el sol del ocaso haciéndose fuego rojo detrás de los maizales, pensó en las muchas amistades que habían terminado absorbidas por sus familias o trabajos o distantes geografías, pensó en el hecho de que nunca le habían interesado realmente y que sólo pudo reconocérselo hasta que se divorció. Se detuvo y apagó el motor. Los graznidos de pájaros fueron entonces audibles, el ulular del viento por entre las hojas, el chirrido de los grillos. 'Yo tampoco soy libre', dijo de pronto el Negro llamándole por su nombre y quitándose los pantalones sin soltar el porro de entre sus labios. Entrecerraba los ojos por el esfuerzo, marcando su musculatura con cada movimiento hasta que el tatuaje en su pecho quedó al descubierto. Luego, desnudo de la cintura hacia abajo y arremangándose las mangas de la camisa, le puso una mano en la entrepierna llamándole otra vez por su nombre. 'No te creas que eres el único, pero no puedo ofrecerte más que mi cuerpo. Sé que esperarías que todo fuera diferente, que alguno de los que has estado cazando estuviera a la altura, pero para la gente como tú no hay palabras correctas, apenas actos, gestos, circunstancias... yo también soy cazador, ¿ves?', dijo ceceando graciosamente. 
Y diciendo esto el Negro le desabotonó el pantalón y la camisa, excitado por la posibilidad de que al otro se le pasara la mano... 'Pero eso sólo pasa en las películas', pensó el Negro con el cuello cada vez más dulcemente apretado. 'Sólo en las películas', gimió por última vez con ojos de hipnotizado. La luna y las estrellas allá arriba.

jueves, agosto 08, 2019

Tregua

Convocados por él, que sólo estaba de visita en la isla, nos habíamos reunido en uno de los comedores de la residencia a compartir quesos y vinos. Era uno de esos largos anocheceres de verano inundados de aire tibio, de luz suspendida que tardaba horas en retirarse convirtiendo paulatinamente los follajes verdes de los árboles en sombras siniestras. También él había vivido, hacía muchos años, entre las rugosas paredes de la residencia que, forradas de material sintético, semejaban el interior agobiante de abetunados pasteles, salpicados aquí y allá por hinchazones o manchas de humedad que todos habíamos examinado durante nuestras largas horas de exilio, a veces meditando sobre preocupaciones concretas que rápidamente derivaban en desproporcionadas amenazas, a veces sin objeto como quien se halla fuera de sí, al margen del lejano sonido del tranvía o de los estridentes chillidos de las ratas. Se hallaba cordial y calmo, contrario a su costumbre, matizando sus opiniones y conciliando extremos con argumentos demasiado simples para un hombre de su complejidad, no me resultaba precisamente agradable a pesar de que los demás se mostraron muy complacidos con su obsecuencia y aprovecharon para hablar más de lo que solían en su presencia. Me sorprendí echando de menos al hombre enérgico y contundente que discutía siempre en los términos más absolutos, ya sobre la doble moral de los hombres de la isla que nos habían reclutado, ya sobre la sin moral de la que huimos cada uno de nosotros para venir a la isla, seguro de sí mismo aun frente a la autoridad de quienes se hallaban por encima de él en la jerarquía y cuyos dobleces era capaz de detectar con sólo escucharlos durante unos minutos, tan respetado como aborrecido. Ahora parecía otro, uno más cercano a la mayoría de los hombres que o bien carecen de inteligencia o bien han debido ocultarla para hacerse perdonar, aunque sólo sea por sí mismos, inconsistencias o puntos ciegos: el enamoramiento que les ha humillado, el exceso que les avergüenza, la justificación que desapareció para actos otrora calificados de brillantes o divertidos; su parsimonia era el cómodo manto bajo el cual cobijaba sus contradicciones en vez de enfrentarlas, su circunspección una forma alevosa e intelectualmente mortal de hermanarse con los demás, aquello que los cristianos llaman un acto de contrición y que no es otra cosa que la puesta en marcha de una humildad artificial que reniega de la razón para expiar culpas morales que poco o nada tienen que ver con lo que se discute. '¿Qué pudo haber ocurrido?', me pregunté mientras oía las campanadas del último tranvía y me mojaba los labios con el vino, 'si antes denunciaba las siempre novedosas y sutiles formas de la corrupción de instituciones y hombres sin arredrarse, si se detenía en el examen de sus experiencias más íntimas o escandalosas extrayendo aquí y allá afirmaciones de orden filosófico o simples bromas, si denostaba la ceremonia y la oficialidad con tanto rigor lógico y originalidad como hubieran deseado sus enemigos, ¿qué culpas reales o inventadas ha adquirido para bajar la guardia ahora y no sentirse más en condición de criticar la realidad con sus habituales severidad y exactitud?, ¿qué aspecto esencial de su vida ha salido tan mal como para robarle la energía de una certeza básica que hasta entonces no le había faltado, ese punto de partida al que siempre se puede volver tras las escaramuzas y batallas?'. Los demás se hallaban complacidos con el tono atildado de la reunión, comprendidos y reivindicados, así lo demostraba la moderación de sus risas y la equilibrada repartición de la palabra, pero también la corrección, casi elegancia, con que administraban la ingesta de vinos y quesos, casi como actores que se reúnen tras la última representación de una temporada exitosa, cansados pero felices, disfrutando de una tregua en sus conflictos y diferencias, suavemente mecidos por el alcohol mientras afuera el aire tibio sopla entre las hojas de los árboles que finalmente se han fundido con la obscuridad de la noche. Ellos no podían percibir mi insatisfacción porque siempre había sido el más callado de todos, pero yo me hallaba muy ocupado tratando de comprender cómo un hombre de esas características, que tanto en la isla como en nuestra inmoral tierra natal era temido por su atinada causticidad, que era tan incómodo como imprescindible para el avance de las sociedades donde aparecía, había podido renunciar a su cualidad más notable para mayor satisfacción de todos los presentes a los que no parecía importar el sacrificio de la inteligencia y el sentido, de la afirmación y el ingenio, con tal de sentirse superficialmente aceptados y aún precariamente queridos, sujetos de una vacua condescendencia obsequiosa y ruin. 'Los seres humanos', me dije con repugnancia, 'prefieren pasar la vida consolándose unos a otros de la forma más insustancial, abjurando de cualquier penetración, alejados de toda profundidad; disfrazan de humildad la más asquerosa de las ambiciones que consiste en el rebajamiento sistemático de todo lo que sobresale para sacudirse la envidia, ya tratando de ofuscar a los hombres de talento bajo el pretexto de una amistad, ya trivializando sus obras mediante argumentos igualitarios, cuando éstos se resisten los condenan al ostracismo o al exilio, se garantizan así chapotear hasta la muerte en el tranquilizante miasma de su mediocridad, apenas preocupados por los ocasionales aguijonazos retóricos de talentos que no debieron aparecer en medio de ellos'. Así pues al despedirnos, una vez se acabó el vino y quedaron vaciados de queso los platos, mientras nuestras voces hacían todavía más eco en los pasillos de la residencia por efecto de la madrugada, le extendí la mano y me apartó un momento del resto que se alejaba con destino a sus distintas habitaciones. 'Se trata de mi mujer y mis hijas', me dijo sin preámbulos, 'que se han marchado hace ya mucho tiempo y no sé nada de ellas'. ¿Había venido a la isla por ellas? ¿estaban aquí? 'Pero me recuperaré. Tranquilícese', me dijo sonriendo y pasando una de sus grandes manos por mi cabeza como si aún fuera un niño. Me limité a asentir. Se perdió camino a su habitación y partió al día siguiente de vuelta a Santa Teresa. 

domingo, julio 14, 2019

Hipocondria

Conforme me quedaba dormido sentía o creía sentir un hormigueo cada vez más intenso en las piernas y temí que la parálisis estuviera de vuelta, exacerbada por la perspectiva del viaje trasatlántico que habría aumentado mi estrés y disminuido mis defensas, la explicación más habitual en médicos perezosos y la mayoría profana cuya ignorancia no impide, antes bien empuja, a opinar perogrulladas sin remordimientos de ninguna especie. Ya me imaginaba intentando ponerme de pie una vez que sonara la alarma antes del amanecer y descubriendo las piernas hechas trapo, incapaces de sostenerme, sentándome en la orilla de la cama para frotarme las manos contra las piernas en un desesperado esfuerzo por reanimar mis extremidades muertas. No podía estar seguro, en mi angustia, de estar despierto o dormido, tan mala era la calidad del sueño que sólo por agotamiento o inacción llegaba en la víspera de viajes como este en que volvía a casa desde el extranjero, las maletas hechas durante largas horas tratando de empacar lo más posible para no dejar nada en la pensión, ahora imaginadas o vistas como sombras al pie de la cama, representando la amenaza de un peso inamovible a través de andenes y pasillos, aduanas y fronteras donde cientos de ojos me verían con sospecha al hacer fila y contestar preguntas, prestos a detenerme si mis piernas vacilaban un instante o me sujetaba a las paredes sin razón aparente, impidiéndome viajar y aún metiéndome en una ambulancia con destino al hospital más cercano. Los médicos que me habían atendido hacía cuatro meses sólo porque la mujer de la pensión, contrariando mis deseos, llamó a una ambulancia al verme caer al final de la escalera y comprobar que no podía ponerme en pie, habían mostrado una gran perplejidad luego de advertirme que podía tratarse de Guillain-Barré, en cuyo caso sólo podía esperar un gradual empeoramiento de la parálisis que terminaría por invadir la caja torácica e impedir mi respiración. Yo me reía nerviosamente, incrédulo, restando importancia a su pesimismo o asumiéndolo como una ironía graciosa del destino, una broma casi divertida por el ridículo en que dejaba la idea de haber venido hacía algunos años con el acuerdo de mi mujer para reunir más dinero y mejores credenciales, volver a casa e instalarme con ella para ya no separarnos más. Ahora podía morir, según opinaban los médicos que no dejaban de examinarme con agujas y electrodos, muestras de sangre y orina, aunque la parálisis no progresó y luego de la primera noche en el hospital empecé a recuperar el movimiento, mucho antes de que llegara el diagnóstico y aún más de que iniciara el tratamiento, 'así quedó desperdiciada una oportunidad de oro', me decía en la duermevela la víspera del viaje trasatlántico mientras creía sentir un hormigueo en las piernas, 'de que mi mujer y yo cerráramos nuestra relación para siempre y no pudiéramos ya decepcionarnos el uno al otro, pues nada garantizaba que al volver pudiéramos reanudar nuestra historia ni retomar la piel y el pensamiento donde los dejamos, nuestro tiempo separados era ya excesivo y tal vez nos habríamos habituado a no contar el uno con el otro más que como una promesa, una idea de retorno a un pasado ya irrecuperable'. Mis ensoñaciones teóricas se veían de pronto interrumpidas por lo que creía eran golpes en la puerta de la habitación o el ruido de la alarma de incendios, tosía entonces por el humo que creía percibir sin poder despertar, atinando sólo a repetir con el pensamiento 'qué mala suerte, qué mala suerte, qué irrisorio final morir en un incendio en la pensión justo antes de volver a casa, arderán las maletas con sus regalos, las paredes plastificadas y las cortinas', ya en este período había estado continuamente afectado de la garganta por culpa de la humedad y del frío, el pecho unas veces pesado y otras ardiente, sobre todo desde que volví del hospital luego de la parálisis con una bolsa de papel llena de medicamentos y tambaleándome por miedo a caerme, rechazando la ayuda de la mujer de la pensión que insistía en guiarme por la estrecha escalera que lleva a mi cuarto con tal de saber todo lo posible sobre mis padecimientos, sus ojos brillantes con la morbosa avidez de quien corre al circo del pueblo para mirar el niño de dos cabezas. Cuatro meses ha de aquel episodio y ahora tosía o creía toser mientras me percataba de que ya no sonaba la alarma de incendios y volvía a preguntarme si de verdad tocaban a la puerta, pues la enfermedad no había impedido que siguiera viniendo a deshoras la estudiante del piso de arriba cuando le apetecía que la penetraran, una marroquí o tunecina que ante los demás y durante el día me negaba el saludo y a la que no importó saber que había estado en el hospital ni la posibilidad de que se tratara de una enfermedad venérea, 'mejor ni intento levantarme', me dije, pues no deseaba comprobar si efectivamente había vuelto la parálisis ni follar con la tunecina o marroquí debiendo levantarme tan temprano, 'qué inoportuna ha sido esta tipa desde siempre', pensé con injusticia sin considerar que había sido yo quien la había buscado y atraído durante una fiesta donde todos habíamos bebido de más. Hacía un año de eso y el optimismo que entonces me permitía conocer otras personas y organizar reuniones se había esfumado por completo, quizá porque entreví que las razones que había esgrimido para ir al extranjero eran todas falsas, quizá porque la enfermedad me volvió dolorosamente lúcido sobre el sinsentido de la ambición, ahora sólo deseaba marcharme y dejar la pensión, volver con mi mujer que quizá no me hubiera olvidado del todo y podría reconocerme, debía ser capaz de ponerme de pie en cuanto sonara la alarma y coger las maletas, dejar las llaves en el buzón de la entrada y salir bien abrigado hasta la estación de tren para iniciar el viaje trasatlántico... 'no hay hormigueo', pensaba... 'mi mujer', balbucía, 'mi mujer...'
Todo despertar llega tarde.

domingo, junio 23, 2019

Verano

En el verano del ochenta y nueve yo solía venir los viernes desde casa de mis padres hasta la de mis abuelos e instalarme luego de la cena sobre la cama de éstos para acariciar el vientre hinchado de mi tía Gabriela, pegando ya una mano o un oído contra él en la esperanza de percibir los movimientos o ruidos del bebé, mientras la televisión permanecía encendida encadenando un culebrón tras otro y mis abuelos fumaban alternativamente sus Raleigh llenando el techo de la habitación de un humo gris azulado que escapaba con lentitud por la ventana. No hacía falta poner demasiada atención para seguir las historias televisadas ni el programa sobre casos de la vida real a cuyo término solía apagarse el televisor, éstos tan parecidos a los dramas que en esta casa había visto desarrollarse desde hacía un año cuando a la vuelta de una de nuestras caminatas por las arboladas calles de aquel fraccionamiento mi abuela no pudo contener más las lágrimas y, sentada sobre la orilla de su cama, todavía con las flores que por el camino había cortado para ella en la mano, se negó suavemente a explicarme lo que le causaba aflicción. 'Ya comprenderás', fue todo lo que me dijo, y yo la abracé acariciándole el cabello para luego coger sus manos por unos minutos y entretenerme con su piel delicada y rugosa como de papel de china, ya sobre su dorso o palma, ya contra sus dedos y uñas a las que oponía una traviesa resistencia, mi abuela me seguía siendo tan cercana como en mi recién concluida infancia, aunque ya comenzara a haber señales de nuestro predecible distanciamiento, como era el no dormir más en un catre a los pies de la cama que ella compartía con mi abuelo y retirarme mejor a la habitación de servicio cuando se apagaba el televisor. Así los viernes del verano del ochenta y nueve ayudaba a mi tía Gabriela a ponerse de pie al término de las transmisiones y la acompañaba hasta su habitación, donde encendíamos la lámpara de noche con forma de obscuro árbol retorcido y, medio iluminados por ella, uno y otro a cada lado del buró sobre las dos camas de la pieza y mirando al techo, intercambiábamos alguna tontería antes de dormir, luego de lo cual yo bajaba a la habitación de servicio, no sin antes volver a apoyar una mano o mis oídos sobre su hinchado vientre y sonreír tanto si el bebé pateaba sus paredes como si no. Al salir al pasillo que daba a la escalera ya se oían los ronquidos de mis abuelos y las luces estaban apagadas, las puertas de los otros dos cuartos ya estaban cerradas, sólo quedaban en la casa la mayor de mis tías y el menor de mis tíos, además de Gabriela y su bebé, ya no era pues la casa bulliciosa que fue en otro tiempo ni yo era más un niño, pero al cruzar la sala obscura no podía evitar mirar de reojo y con temor hacia la biblioteca, donde se hallaba un cráneo humano que la mayor de mis tías utilizó durante sus estudios de medicina, un cráneo que de día yo examinaba con interés científico identificando suturas y huesos, dientes y molares, pero que de noche prefería no mirar por no hallarme del todo seguro en materia de fantasmas y espantos. Ya en la habitación de servicio evocaba las largas semanas del verano que habían transcurrido y contaba las que todavía faltaban para volver a la escuela, concentrándome en el taller de herrería de mi abuelo, donde estaba tácitamente convenido fingir que yo aprendía su oficio y que él aprovechaba mi ayuda, aunque la mayor parte del tiempo demostrara yo la mayor de las incompetencias manuales y me distrajera mirando a sus trabajadores con un deseo no por primitivo menos intenso, sus tobillos a veces medio expuestos por calcetines grises, lisos y delgados, que caían hasta cerca del borde de sus tenis sucios, dándoles un aire despreocupado y salaz que se correspondía con su a veces descarada admiración por mis nalgas, las semanas habían aumentado el intercambio de roces y encuentros calculadamente fortuitos en el baño, de modo que a esas horas de la noche, solo en la habitación de servicio de la casa de mis abuelos, subía a la parte de arriba de la litera y me entregaba a largas sesiones lúbricas apoyando mis pies contra el techo y retorciéndome con una flexibilidad envidiable, aprendiendo el uso de cuantos objetos tenía a la mano para invadirme, fantaseando que estaba con algún trabajador o compañero de escuela, ya pronto volvería a verlos y a fingir indignación por sus pesadas bromas en que me restregaban el paquete luego de tirarme al suelo o zarandeaban sus genitales delante de mí. 'Qué inocentes son', pensaba, 'y qué gran secreto el mío del que no sospechan ni mis tíos ni mis abuelos', me decía; no reparaba entonces en la transparencia de mis conductas como tampoco era capaz de relacionar el llanto de mi abuela con el embarazo de mi tía Gabriela, niño todavía rodeado de adultos que juiciosamente no me tenían en cuenta el ser un párvulo maricón que se la cascaba hasta las tantas en la habitación de servicio, pero también en el baño azul del menor de mis tíos y en el amarillo de mis tías, tomando duchas de agua hirviendo por casi una hora y secando a escondidas los calzones manchados de la noche anterior. Así me encontraban al día siguiente en el comedor de la cocina, ya listo para acompañar a mi abuelo al taller el día de raya luego de desayunar huevos pasados por agua con chile y limón y de consultar una vez más el hinchado vientre de mi tía Gabriela, mañanas de sábado del ochenta y nueve con sus bolsas de basura que había que llevar al tonel azul que mi abuelo había colocado para ese efecto sobre una acera casi siempre cubierta de flores color naranja. Volveríamos mi abuelo y yo hacia las dos de la tarde, luego de pasar por la panadería y de comprar alguna otra cosa para el bebé que está próximo a nacer; a esas horas el comedor estará ya inundado del olor de caldos de res o de pollo y mi abuela se sentará frente a nosotros a fumar y vernos comer con buen apetito, recargada contra la pared de azulejos amarillos, y ventilará con mi abuelo asuntos domésticos cargados de nombres propios y alguna que otra seña para que mi abuelo baje la voz u omita algún dato a fin de que yo no me entere. Entonces llegará un domingo en que no me levantarán mis abuelos para ir al mercado ni habrá desayuno esperándome en el comedor, por un momento creeré que no habrán querido molestarme por haberse dado cuenta de que estuve despierto hasta tarde, pero luego me preocuparé pensando que quizá la mayor de mis tías vio mi sombra en la madrugada desde su ventana y creeré que de ser así estará ponderando llevarme con el psiquiatra, de modo que con temor subiré las escaleras hasta dar con el menor de mis tíos que me dirá que han debido llevarse a Gabriela al hospital para el alumbramiento. Y entonces, mientras sonrío aliviado, cruzará por mi cabeza, intensa y fugaz, la pena mínima de intuir que ya nunca más podré apoyar ni manos ni oídos sobre ningún otro vientre colmado. Nunca más.

domingo, junio 09, 2019

Victoria

Me siento al mismo tiempo incómodo y aliviado de verlo ahí, en la cuarta fila del auditorio, con los brazos cruzados y el displicente rostro de inseguro, agotado sarcasmo, mal vestido como siempre o quizá peor, sí, peor, pues cuando lo conocí hace ya quince años llevaba un traje obscuro con corbata bien anudada y zapatos bien lustrados, una bufanda de colores que subrayaba no sólo su carácter jovial cuanto la supervivencia todavía de un último reducto de confianza en el futuro, también de confianza en sí mismo, si no son estas dos una y la misma cosa, ambas definitivamente liquidadas ahora como lo demuestran su pantalón desgastado y su camisa de mangas arrugadas, una mera manifestación indumentaria del modo de vida que empezó a considerar cuando lo recogí una fría noche de diciembre en la gare y lo recibí en mi oficina al día siguiente, yo comprendí desde entonces y aún antes, desde que me escribió sin muchas esperanzas para ver si podía sacarlo de su país de mierda ofreciéndole alguna posibilidad de colaborar conmigo, leyendo su desesperación entre líneas, pero también su lastimada convicción de que merecía un futuro mejor, que él estaba dándose con esta mudanza la última oportunidad de enderezar su vida y hacer las cosas correctamente, agotado como estaba, según corroboré al poco tiempo, del inusual desprecio de sus colegas y sus inacabables roces con la intelligentsia de su país, pero también deseando un sitio en el extranjero que no fuera ya allende el muro donde había pasado tres años entregado al delirio de aprender una lengua eslava que ni siquiera sus hablantes nativos consideraban apta para la literatura, de modo que sin pérdida de tiempo hice ademán de darle la mayor de las confianzas para comprometerlo con mis presuntos puntos de vista, así las exhaustivas rutinas de trabajo y el desprecio de los bienes materiales, así la pasión desmedida por la obra y la reducción al mínimo de la vida personal, un presunto fortalecimiento del carácter que en su caso era posible llevar a rajatabla gracias al aislamiento en que vivía por hallarse en el extranjero, pero también reforzado por la incomprensión de casi cualquiera de sus conocidos con los que se escribía tan frecuente como infructuosamente, los pocos que lo querían entregados a la cursilería sin el mayor interés por sus ideas, los que se asomaban a éstas sólo deseando su aprobación para con las suyas, entretanto yo iba y venía todos los días entre la universidad y mi casa, me descalzaba en el salón frente a la chimenea y hablaba con mi esposa, leía un libro o escuchaba música hasta que cenábamos juntos un entrecôte saignant con verduras cocidas, rociado por un vino que mi hijo subía desde el sous sol donde se hallaba la cava, él en cambio hacía la despensa yendo a pie hasta el supermercado en medio del frío o la nieve, la lluvia o el viento, para luego preparar penosamente alguna sopa en el quemador eléctrico que algún árabe le había vendido usado, la comía luego sentado en un colchón al ras del suelo de una habitación minúscula y mal calentada que rentaba a sobreprecio cerca de la universidad, todo es temporal, debió decirse miles de veces, estoy enderezando las cosas, se habrá repetido mientras desaparecían de su guardarropa las camisas de lino bien planchadas, los pantalones y el traje, los pares de zapatos que ya no lustraba nadie, su vida toda se contrajo hasta su mínima expresión y quizá en esa forma esencial de sí mismo habrá creído hallar las respuestas que buscaba para resolver sus equívocos, no lo sé, pues antes de concluir el primer año ya lo había hecho sujeto de mi desprecio con el pretexto de fortalecer su carácter, algo todavía más necesario por cuanto en un momento de debilidad consideró razonable hacerme la confidencia de que no era heterosexual como yo había asumido hasta el momento y él se había encargado de hacer creer, ahora debía probarle que ello no me importaba aunque me escociera el hecho de que me hubiera tomado el pelo, de modo que hube de seguir fingiendo la camaradería que hasta entonces le había prodigado, pero aprovechando cuantas ocasiones se me presentaran de sobajarlo psicológicamente, ya criticando su trabajo con más severidad cuanto mejor me pareciera, ya estorbando la posibilidad de que otros colegas repararan en su talento, aquí y allá atajé las pocas ocasiones en que él pudo familiarizarse con la comunidad literaria internacional merced a su fino humor y capacidades lingüísticas, haciéndole creer que semejante lobbying no venía al caso y que debía concentrarse en la obra, entre más aislado mejor, al final naturalmente no tuvo más remedio que darse cuenta de que había desperdiciado la última oportunidad de enderezar su vida precisamente por haber trabajado tres años bajo mi égida, así que con su escasa ropa y pertenencias, pero curado definitivamente de sus entusiasmos de juventud gracias a mí, volvería de nuevo a su país donde la intelligentsia seguiría menospreciándolo y sus pocas amistades le harían la vida imposible o lo hundirían en la incomprensión, así coincidiríamos de vez en cuando como ahora en algún congreso, yo en el presidium o el templete, él perdido entre la multitud del auditorio, yo presumiendo bonhomía y magnanimidad, él escepticismo o silencio, mi ascenso entre los círculos literarios internacionales producto de mi capacidad para colocarme en el centro de aquellas reuniones mientras él se quedaba voluntariamente al margen, tal y como correspondía a la persona que con la mayor consistencia abrazó mis presuntas convicciones aún en su propio perjuicio, lo que no puedo menos que celebrar por cuanto no representa ya ninguna amenaza para mí, qué más da si sus trabajos son bienvenidos por la comunidad internacional si con dar en el blanco son flechas lanzadas desde el anonimato, siempre demasiado cuesta arriba, siempre rápidamente olvidadas, ya se encargarán los que lo rodean de que pronto no encuentre sentido ni siquiera en seguir lanzándolas y yo seré un hombre exitoso con mi esposa y mi hijo y mis nietos y mis amigos, con mi nombre fundido en letras de bronce a la entrada de algún edificio. Para siempre.

domingo, junio 02, 2019

Norte

El gordo fue uno de esos talentos contratados por una universidad decadente durante la debacle minera del norte de Francia, cuando nadie quería ir para allá, a esos pueblos arruinados entre cascajos de material, naves industriales fantasmagóricas y alcohólicos desocupados que perecían de frío alguna noche a un costado de la gare o en medio del bosque. Su incorporación hizo contraste con la plantilla de profesores anquilosados que integraban aquella universidad que estuvo a punto de cerrarse en esos años, hombres viejos cuya mediocridad los fue empujando hacia el norte desde los sitios más templados y competidos de Francia, contentos de vegetar a costa del erario público en oficinas cuyo mobiliario no había cambiado desde los años sesenta y de encontrarse cada mediodía en el comedor universitario para tomar una muy aguada sopa de guisantes y alternar pollo o conejo según fuese día par o impar en la semana, un trozo de queso maroilles o compota de manzana por sobremesa y el café servido en la oficina a cualquier hora del día para discutir despreocupadamente sobre política y cultura, sin importar que la especialidad declarada de la universidad fuese la ingeniería. Un mundo feliz este, al que llegó el gordo alsaciano con ideas de productividad y ciencia, pero también de megalomanía, lo que a ojos de los viejos profesores del lluvioso norte francés cuyas reumas eran continuamente reavivadas por la humedad y el frío, sólo podía ser comprensible por ser el gordo medio alemán, es decir, un superhombre dispuesto a todo con tal de someter a los demás a su voluntad y ambición, un individuo que hubiera deseado nacer en Berlín o Washington antes que en el lado equivocado del Rhin, pero que al fin halló en el norte francés un terreno fértil para sus planes porque ninguno de los viejos profesores cómodamente instalados en el socialismo de Miterrand se le opondría, antes bien, lo harían su jefe para descargar en él las pocas actividades administrativas de aquella moribunda institución. Habrá creído el gordo que hacía justicia cuando al paso de los años fue jubilando forzosamente a cada uno de los viejos profesores y sustituyéndolos por adictos como el hombre cara de caballo o el prematuramente calvo chico de las gafas, sin reparar en el hecho de que aquellos ya estaban jubilados desde mucho antes de que él llegara, por hallarse convencidos gracias a la posguerra del carácter irredento del hombre y de la futilidad de cualquier esfuerzo, pero muy particularmente de la estupidez suicida detrás de la idea de progreso que tan cara era al gordo y que impuso al cabo del tiempo de la mano del capitalismo unipolar de fines de siglo a todos los que quedaron bajo su égida. No es de extrañar que en aquella universidad a la que nadie miraba y a la que nadie quería ir, él destacara con sólo hacer algo en vez de no hacer nada, lo que a su vez reforzó el dinero de gobiernos crecientemente preocupados por parecer todo lo piadosos y sensibles que exigiera la moderna ñoñería y que hallaron en el rescate de aquella institución que se ahogaba en una zona tan claramente desfavorecida, una acción ideal para tranquilizar las buenas conciencias de los contribuyentes, cada vez menos pesimistas y más inclinados a favorecer personalidades asertivas como la del gordo, que de pronto se encontró genial y expansivo, incomparable y prolijo, autor de numerosos trabajos que no podían sino elogiar sus acólitos y aceptar felices la infinidad de conferencias internacionales que recogieron el dinero francés por su intermediación. Aprovechó cabalmente las oportunidades políticas que le proporcionaban sus viajes internacionales y su creciente influencia en el interior, para desviar paulatinamente la atención de la poca originalidad y aún más escasa calidad de sus trabajos hacia una eficaz red de contactos, de manera que la comunidad científica le debe haber llenado con sus deplorables notaciones, su tono falsamente desenfadado y la regurgitación de las ideas de otros presentadas como propias, las revistas más prestigiadas sobre el tema, estorbando cuantas veces pudo la aprobación de trabajos cuyos autores no se hubieran sometido ya a su voluntad o que él hubiera decidido de antemano que le eran inferiores y por lo tanto no podían producir nada mejor que él. Mientras morían en sus solitarias casas los viejos profesores de la universidad y ésta se llenaba de extranjeros por ser ellos los únicos que no podían hallar trabajo en una sociedad cada vez más capitalista y capitalizada, pero también cuidadosa de las jerarquías, él se hacía de una seguridad en sí mismo a prueba de realidades y a ello cooperaban tanto el hombre cara de caballo con su lenta parsimonia y tímido engreimiento que sólo a espaldas del gran jefe acariciaba la idea de merecer un mejor lugar, como el prematuramente calvo chico de las gafas cuyas inteligencia y velocidad frente al ordenador sólo reconocían quienes nunca habían salido de aquella remota universidad para hacer comparaciones, así vivían ellos y así vivieron quienes se sumaron con los años a aquel club pagado de sí mismo que se incrustó como una anomalía en el norte de Francia, de espaldas a una sociedad alcohólica y solidaria que fue paulatinamente sustituida por otra alcohólica y enajenada, en la que jóvenes desempleados vendían en las calles el hachís o la mariguana que ya no podían consumir, así una mañana lluviosa de diciembre llegué a la universidad como un extranjero más dispuesto a triunfar bajo la tutela del gordo, encontrando disciplina y buen gusto en la sopa de guisantes, conejo o pollo entre semana, el queso maroilles y el pain au chocolat en vez de la compota; así convencido de los beneficios de vivir en una habitación, reducido al mínimo, como todos los que deben purgar una condena habitando sólo su imaginación.

domingo, mayo 26, 2019

Estocolmo

Nunca di por buena una sola de las explicaciones que ofreció mi madre para dejarnos en nuestra propia casa a cargo del matrimonio de mis tíos y en compañía de su primogénito de apenas un año. Se iba para unirse con mi padre, que hacía meses se había establecido en el norte con el pretexto de trabajar, pero que en realidad vivía una soltería para la que estaba sobradamente más preparado que para el matrimonio, por no hablar de su evidente repulsión a la paternidad que en casa le obligaba a ignorarnos y en la práctica motivó que siempre buscara trabajos foráneos que le permitieran escapar. Al final había conseguido que sus hermanos le hallaran trabajo en el norte, lo que sin duda debió considerar la coartada ideal para separarse de nosotros y, al mismo tiempo, impedir que su esposa se le uniera, pues una madre jamás se separaría de sus hijos, pensaba, no contó así con la naturaleza posesiva de mi madre que, acuciada por la arrogancia con que él dejaba pasar el tiempo sin visos de volver y manteniendo la comunicación al mínimo, se decidió a buscarle sin que se lo impidiéramos sus hijos, a quienes primero trató de acomodar con los vecinos del piso de abajo y a los que luego, descartada esta opción por haber encontrado en la vecina una mirada de reproche ante el sólo planteamiento de una anomalía moral semejante, encontró manera de entregar a su hermano mayor a cambio de dejarlo vivir en nuestro piso, una oferta irresistible por hallarse nuestro tío recién unido en segundas nupcias y en graves dificultades económicas. Mi madre me comunicó su decisión el mismo día de su partida, aunque yo intuyera sus planes desde el principio, ya por las visitas que previo a su instalación habían hecho mis tíos al piso, ya por los preparativos para el viaje en forma de maletas y billetes de avión, sus justificaciones fueron escuetas y me hizo responsable con ocho años de edad de inventarle a mi hermana de cinco una explicación para su próxima ausencia. Intentó abrazarme al despedirse y la empujé con odio, los ojos enrojecidos mientras aguantaba las ganas de llorar, así fui abofeteado ahí mismo delante de ella por mi tío, que me advirtió con toda seriedad que no toleraría majaderías semejantes y me ordenó retirarme a mi cuarto al tiempo en que mi madre se daba la media vuelta para bajar las escaleras, mi tío detrás de ella cargando las maletas y mi tía parada en el quicio de la puerta del piso sonriendo enigmáticamente. Desde la ventana de mi cuarto vi a mi madre subir al taxi y a mi tío echar el equipaje al maletero, el carro arrancó y yo me senté sobre mi cama desconsolado mientras veía a mi hermana en la cama de enfrente, distraída con el bebé de mis tíos que se hallaba de pie, todavía inseguro para dar un solo paso. Mi tío demostró ser un hombre disciplinado y metódico que nos hizo a mi hermana y a mí alternar en la obligación de encender todos los días a las cinco y media de la mañana el calentador de agua que se hallaba en la azotea, un cilindro metálico al que alimentábamos con combustibles de aserrín bañado en petróleo y al que había que vigilar por espacio de veinte minutos. Como no atendiéramos su llamado a levantarnos por hallarnos demasiado dormidos o en la modorra, él venía a por el infractor para sacarlo de la cama tirando de las patillas, lo que en no pocas ocasiones causó que mi hermana mojara la cama aterrorizada. Mi tío obligaba entonces a mi hermana a limpiar luego de abofetearla, pero como esto se repitiera cada vez con más frecuencia, él la tomaba del brazo y la arrastraba junto con él al baño donde la hacía sentar en el retrete y la increpaba a puerta cerrada, ante la indiferencia de mi tía que trataba de callar al bebé. Yo desahogaba la tensión nerviosa de aquel ambiente monstruoso masturbándome en el cuarto de lavado de la azotea donde se hallaba el calentador, fantaseando con los niños del colegio y acariciando la esperanza de que ya fuera fin de semana para que nos llevaran a casa de los abuelos, hasta que un día me pilló mi tío y, llamándome asqueroso, me tomó de los genitales y me sacó del cuarto de lavado para hacerme hincar en la azotea cargando una piedra en cada mano. Yo intentaba siempre atraer sobre mí los castigos para que dejara en paz a mi hermana, hasta el punto de que pronto encontré placentera la variedad de correctivos que mi tío me aplicaba, una actividad para la que no le faltaban imaginación ni herramientas, ya fuese el cinturón o la vara de nardo, un cable eléctrico o una soga, incluso hacerme poner las manos unos segundos sobre el cilindro del calentador. Lo odié profundamente desde el principio y él me odió también desde el momento en que se hizo cargo de nosotros, pero sobre todo me detestó por comprender demasiado pronto y sin importar la diferencia de edades, que yo gozaba de una inteligencia superior a la suya, así procuró por todos los medios apartarme de mis libros con la excusa de que me pervertía su lectura, pero también intentó forzarme a hacer deporte sin que mi absoluto desdén lo hiciera desistir de molestarme. En los desayunos en que su mujer servía invariablemente huevos fritos y él nos obligaba a salpicarlos de limón alegando que nos protegía contra el resfriado, disfrutaba con la visión del bebé vomitando la papilla que le hacían tragar o tirando al suelo platos y vasos que solían manchar la ropa de calle de mi tío; él vigilaba nuestra actitud en semejantes ocasiones y castigaba con bofetadas cualquier insinuación de risa. Así tuve la idea tanto de vomitar repetidas veces sobre la mesa del desayuno amparándome en mis frecuentes ataques de migraña, como la de cebarme en el bebé para vengar el maltrato al que mi tío nos sometía bajo la indiferencia cómplice de su mujer. El niño dio con la cabeza en el suelo muchas veces, ya por una alfombra peligrosamente arrugada, ya por una maceta fuera de su lugar, pronto mi tía sospechó correctamente de nosotros y se unió a mi tío en la tarea de torturarnos, consintiendo en que éste se encerrara con mi hermana en el baño cada vez más frecuentemente para curarla de su incontinencia y acusándome aún falsamente de haberme visto otra vez tocándome para que mi tío me diera una zurra. En el estrecho departamento de dos habitaciones que compartíamos, la vida sexual de mis tíos debió enfrentar tantas dificultades como la mía infantil, así que yo aproveché para espiarles por las noches a través de la cerradura de su puerta y les sorprendí repetidas veces a ella encima de él, a él encima de ella, casi siempre mientras el niño estaba de pie en su cuna, observándolos o golpeando el barandal, entonces yo daba un portazo en el baño o tropezaba intencionadamente con los trastes de la cocina en busca de un vaso de agua que no me interesaba, hasta que se interrumpían los jadeos o alguna maldición se escuchaba por lo bajo detrás de aquella puerta. Mi tío solía entonces salir de su cuarto vaporoso e ir al baño a lavarse o a la sala a fumar, siempre a oscuras, pero luego se pasaba por nuestra habitación y en veces, fingiendo estar dormido, le sorprendía oliendo la cama de mi hermana con una ansiedad voluptuosa, lo que a ella le horrorizaba lógicamente, cuando se percataba, sin que pudiera hacer el menor movimiento por el demasiado terror que experimentaba. En aquella promiscuidad no pasó demasiado tiempo antes de que mi hermana y yo durmiéramos juntos en la misma cama para no pasar miedo, pero también por imitación de mis tíos, algo que le permitía a ella dormir tranquila y a mí me mantenía en un estado de agitación al que nunca seguía un sueño firme, sino una agotadora duermevela. Aprendimos a temer el sonido del coche de mi tío, un enorme vehículo negro como carroza funeraria de los años cincuenta en cuyo asiento trasero nos llevaban cada viernes a mi hermana y a mí a casa de los abuelos, sólo para volver, resignados, los domingos por la tarde conteniendo las ganas de abrir las portezuelas y escapar. Mi tío no consentía que nadie se durmiera en el coche y así nos abofeteaba apenas detenerse en algún crucero si nos encontraba cabeceando; al principio su mujer nos miraba levantando las cejas en tono de resignación y vaga empatía, luego ya ni siquiera se volvía para mirarnos. En ese hartazgo, una fría mañana de diciembre, mientras me masturbaba frente al calentador, sonó el timbre del piso y me asomé a la calle desde la azotea. Era mi madre. Quise bajar a cruzarle la cara. Quise echar a mis tíos de inmediato. Quise tomar a mi hermana y largarme antes de que entrara. Lo que hice en cambio fue bajar a la calle, abrir la puerta y abrazarla tan fuertemente como pude, odiándola.

domingo, mayo 12, 2019

Intemperie

Una vez nos hubimos mudado a la nueva casa en una de las pocas calles de Santa Teresa que no mira directamente a ninguno de los puntos cardinales, comprendimos inmediatamente que estábamos llegando al fin de nuestra unión y así nos aprestamos, mi mujer y yo, a fingir por el tiempo que fuera necesario una normalidad que se nos escapaba a cada minuto y que resultaba todavía más costosa entre aquellas habitaciones que inundaba una luz excesiva y meridiana. Fue como haber sido desnudados, la mudanza, pues en nuestra antigua casa que es ahora la casa de mi madre, había esperanza de intimidad y cualidad de refugio, pero ahora estábamos por así decirlo expuestos y sin protección, demasiado cerca de la calle cuyos ruidos invadían todos los rincones sin importar si nos hallábamos en la habitación del frente o en la última del fondo, la extensión ganada un mero espejismo que servía de amplificador de pisadas y murmullos producidos a decenas de metros en la acera de enfrente, así la circulación del aire que era imposible a pesar de las ventanas debido a la disposición de los muros, pero también el calor y la humedad que no desaparecían y sólo lo más ocupaban sitios distintos según se abrían o cerraban las puertas. Las mismas cosas que hacíamos en nuestra antigua casa, que es ahora la casa de mi madre, aparecían ahora como intolerables, así fuese una siesta o una comida, el momento de ver televisión o de buscar un sitio donde ambos pudiéramos estar mientras las niñas jugaban en el patio, terminábamos poseídos por la desazón más absoluta y animándonos el uno al otro con palabras que no se correspondían a la realidad, pues no había manera de que los objetos nos devolvieran una intimidad que tenía que nacer de nosotros, no así las lámparas ni las cortinas, no así los mosaicos ni los cristales velados, la hostilidad del sitio nos dejó a cada uno completamente en manos del otro, lo que es decir a la intemperie, sin que ningún cascarón o techo sirvieran para fortalecer la idea de unidad, y es comprensible así que ambos acabáramos pasando más tiempo, el mayor posible, en nuestros respectivos despachos, a veces más satisfechos de nuestro contacto escrito mientras trabajábamos durante el día que de las horas transcurridas juntos en el nuevo domicilio al que invadían las cucarachas más espantosas en verano e infaltables ratones en invierno. Bajo la intensa luz exterior que iluminaba sin paliativos nuestra vida cotidiana, quedaron al descubierto nuestras irresolubles carencias, e hicimos apuestas cada vez más demenciales por huir de ellas, ya por medio de la sofisticación de la cocina donde hacía falta deseo, ya cubriendo de ropas caras la necesidad de un cuerpo desvestido, los viajes cada vez más costosos a países extranjeros cuando el único realmente necesario era al centro de nuestros cuerpos, así fingíamos defender nuestro matrimonio de cara a nuestras hijas, pero también de cara a la sociedad de Santa Teresa que vivía pendiente de cualquier chisme sobre el que pudiera cebarse y hacia la que irremediablemente se dirigieron algunos de nuestros más patéticos esfuerzos por convencernos de nuestra solidez. Ofrecimos entonces y de manera continuada reuniones y cenas, pero también fiestas que pretendían explotar las virtudes de la nueva casa sin que éstas quedaran claramente establecidas, más bien al contrario, debido a los hacinamientos frecuentes por la forma irregular del patio y el acceso al baño que obligaba a los visitantes a pasar por la cocina, la memoria de esos encuentros reducida al agobio de la claustrofobia, así los universitarios que nos visitaban terminaban bebiendo y fumando de pie, en la calle, frente a la casa, así también los matrimonios que acudían a nuestra invitación empezaban a removerse en sus asientos hasta despedirse gentilmente o pretextar una llamada para salir a la calle. Nunca conseguía embriagarme y así me resultaba mucho más difícil sobrellevar aquellas reuniones en las que no se decía absolutamente nada interesante, nunca nada más que anécdotas y chistes, nunca nada más que corrillos de estudiantes por un lado a los que me asomaba sólo para causar un inmediato silencio y grupos de maestros por el otro en los que me aburría mortalmente porque sólo hablaban de estudiantes y cursos, nuestras esposas a veces junto a nosotros completando o asintiendo en la actitud más abyecta, otras veces apartadas en improvisados grupos que hacían de la maternidad el tema central y se granjeaban así la opinión de mi mujer que las consideraba a todas unas palurdas y unas estúpidas, no podía estar más de acuerdo con ella, y así aquellas reuniones y cenas, pero también fiestas, no pudieron llevarse a cabo por mucho más tiempo porque a mi mujer y a mí nos dejaban exhaustos y profundamente insatisfechos, con la sensación de haber dilapidado nuestros recursos y haber sido engañados de la forma más vil y lamentable, y así es comprensible que estas tertulias fueran paulatinamente reemplazadas por cenas para uno o dos matrimonios sin que este cambio representara progreso alguno en nuestro inconfesado propósito de salvar nuestra unión. Como era de esperarse, aquellas cenas con matrimonios en la propia casa o en casa de ellos eran encuentros especialmente insulsos, donde parejas agostadas jugaban a parecer cómplices frente a otras parejas, y así, por un estúpido juego de espejos, algunos se persuadían efectivamente de hallarse bien como parejas sólo por haber convivido con otras y haber intercambiado lugares comunes y haber reído de chistes soeces insinuando actos picantes que nunca tenían lugar, pero menos que nada horas más tarde, cuando en medio de una horrenda duermevela bajo la pesada atmósfera de una alcoba hundida, con la cabeza dando vueltas por la bebida y el esófago ardiendo de regurgitación, se maldiga haber cedido a esta bajeza y se prometa no volverla a repetir aún a sabiendas de que estos encuentros crean el compromiso por parte del invitado de convertirse en anfitrión en el menor plazo posible, una locura sin fin... 
'Las niñas son las únicas que duermen tranquilas', me digo sin saber si estoy dormido o despierto, 'nosotros estamos con los ojos como platos oyendo la respiración cansada del otro y en espera de un milagro que no va a producirse, me doy cuenta y ella también, ya no quedan muchos recursos y así mi mujer pasa los días meditando cada vez más intensamente y elucubra y se explica cuando yo no estoy mirando, pronto hará sólo sumas y restas y he de enterarme del resultado de una forma u otra, después de todo ya casi no la veo' [estiro la mano] 'se me difumina, se escapa' [la toco, luego ya no la siento] 'ya casi no la veo, ¿dónde está?' [abro los ojos, despierto] 'no la veo' [no la veo]'.

domingo, mayo 05, 2019

Construcción

Durante nuestros primeros años en Santa Teresa, mi mujer y las niñas ocupamos la casa en la que ahora vive mi madre, una construcción de dos habitaciones en la planta alta y un pequeño patio trasero que daba a un extenso baldío por donde salía el sol. Yo había ocupado el mismo domicilio en calidad de padre soltero durante dos años, junto con mi hijo, antes de que éste partiera a ciudad natal para nunca volver y que de ahí vinieran mi mujer y las niñas para liquidar mi falsa soltería. A su llegada, mi mujer deploró las condiciones en las que yo vivía, con sólo un par de camas individuales arriba, un comedor de seis sillas y un sillón de dos plazas abajo, una situación material que si bien no se correspondía a mi creciente capacidad económica, sí reflejaba mis preocupaciones intelectuales que estaban entonces dominadas por la redacción de una novela cuya escritura realizaba a pesar del carácter embrutecedor de mi trabajo, que era completamente opuesto a la realización de una obra la que fuera y que como pocas empresas humanas combatía la originalidad con ingentes dosis de mediocridad y humillación, así la universidad donde daba clases. A ella acudía entre semana e interrumpido únicamente por los horarios específicos en que debía impartir cursos a los hijos de cerriles agricultores y ganaderos en busca de un título universitario que les estaba asegurado a condición de no morir, me encerraba en el despacho a redactar furiosamente mi novela, sin prestar atención a reuniones ni actos públicos, ocupado como estaba en mi obra para mejor defenderme de la filosofía degenerada de la institución y el efecto perverso que la convivencia con sus miembros, así fuese mínima, podía tener sobre el espíritu. 
Ya en casa, una vez me disponía a trabajar, enviaba al crío a la planta alta aprovechando el razonado desdén que por la sociedad toda, pero particularmente por la gente de su edad y sobre todo por sus compañeros universitarios, había desarrollado luego de vivir conmigo pero también después de concederles a algunos de ellos la oportunidad de desarrollar una amistad que nunca cuajó y entonces yo disponía del piso de abajo para, en razonable silencio, entregarme a la redacción de mi difícil novela, a veces abusando del whisky o la cerveza, a veces levantándome del comedor para fumar en el sillón o el patio, los papeles regados por la mesa donde horas antes habíamos comido en silencio las mismas carnes y frutas de siempre, las mismas verduras y pescado, nuestra vida una rutina altamente satisfactoria para el espíritu en la que hubiéramos deseado instalarnos para siempre si no fuera por la plena conciencia de su finitud y pronto aniquilamiento, ya porque él pasaba sus últimos años conmigo, ya porque mi mujer y las niñas habrían de reclamarme muy pronto para ellas. Algunas veces, sobre todo los fines de semana, no pudiendo avanzar más allá de un párrafo en mi trabajo y desesperado por el calor vespertino, bebido sin estar propiamente borracho, le pedía al crío que se encerrara en su habitación en cuanto me oyera volver de la calle porque iría a por prostitutas o muchachos jóvenes, expediciones casi siempre coronadas por el éxito gracias a la facilidad extraordinaria con que todos ellos subían al coche de un desconocido, así la frustración sexual de la ciudad que terminaba desahogada, más bien diría resuelta, en el sillón de dos plazas o en mi habitación, separada de la del crío por una pequeña estancia desnuda en la que desembocaban las escaleras. Él no se movía de su cuarto que daba a la calle hasta que yo salía del mío cuya ventana daba al patio y, tras pasar por el cuarto de baño, bajaba las escaleras y salía con quien sea que me hubiera aliviado las urgencias de nuevo a la calle para, caballeroso, llevarlos hasta el sitio donde los recogí o algún otro destino de su preferencia. Entonces solía volver sobreexcitado por los acontecimientos y escribía decenas de páginas poseído por la euforia, aunque luego durante la semana tuviera que corregirlas por hallarlas plagadas de incorrecciones y excesos. 
Pero luego se fue él para no volver y, casi al mismo tiempo y desde el mismo lugar, vinieron mi mujer y las niñas para liquidar no sólo mi régimen de vida, sino también la esperanza de terminar alguna vez la novela, un traslado al que debí seguirme oponiendo con firmeza y que sólo la debilidad de mi carácter afectado por la culpa que instiló mi madre en mi personalidad desde muy joven y cuyos derechos heredó mi mujer en contra mía a través de deudas morales crecientes e impagables pudo consentir, a pesar de la extinción que ello suponía para mi libertad y mi obra, así a la casa le crecieron plantas en el patio trasero y en la jardinera del frente, le aparecieron colores en algunos muros y poblaron su cocina cacerolas de diversos tamaños, el cuarto de las niñas se llenó de juguetes y a él fueron a dar las dos camas individuales que tenía para que mi mujer y yo ocupáramos una matrimonial, nueva, en el cuarto que daba al patio. La domesticación más completa se impuso y permití que mi trabajo en la universidad incluyera ahora juntas y actos públicos, asesorías y tertulias, lo que me hizo ganar el aprecio de estudiantes y colegas, pero también la más alta repulsa que jamás haya experimentado por mí mismo, me aplaudió así mi madre que ya insinuaba sus deseos de venir a vivir a Santa Teresa y guardó silencio el crío que desde ciudad natal debió experimentar un vivo asco hacia mi vida ejemplarmente estúpida y correcta. La novela inacabada ocupaba el cajón más bajo de una de las nuevas cómodas que mi mujer había adquirido y que, rematadas por floreros, ocupaban un rincón en cada cuarto. No me apetecía escribir ni tomar el coche para salir a ninguna parte y la vida de alcoba se agriaba día con día haciéndonos comprender que nuestro fin como pareja estaba cerca porque habíamos liquidado nuestra historia desde la primera vez en que yo abandonara ciudad natal.
Entonces surgió la idea de mudarnos a una casa más grande, aunque yo sólo deseara echar a mi mujer y las niñas de mi casa y prohibirle a mi madre venir a Santa Teresa, mi mujer debió creer que correr hacia adelante nos alejaría del abismo y así aceleró la compra de una casa de varias estancias y un patio grande con una fuente en medio, la llenó de carpinteros y albañiles, jardineros y pintores, que la decoraron con un primor directamente proporcional a su desesperación, ya mudados a ella descubrimos que era más caliente y opresiva que el primer domicilio al que en cuestión de meses ya no pudimos volver porque mi madre lo ocupó desafiando mi voluntad de que se quedara en ciudad natal y no viniera a Santa Teresa, así lo amuebló y compuso enteramente a su gusto destruyendo lo que quedaba de libertad para reemplazarlo por el orden más estricto y mortecino, un mausoleo en vez de una casa en donde no podía producirse ya ningún acto lúbrico ni un pensamiento original y a cuyo baldío trasero pronto lo ocuparon decenas de construcciones sin amanecer. Así terminaron mis esperanzas de utilizar aquella casa de dos plantas para terminar mi obra y la vida familiar se preparó para dar la última batalla que, como bien se sabe, perderíamos todos...

viernes, abril 26, 2019

El guerrillero

Alguna vez, sentado al comedor de aquella casona en mitad de la adolescencia, escuché los relatos entusiasmados de las güeras, un par de muchachas de unos veintisiete años que visitaban a las maestras revolucionarias cuando podían escaparse del sureste donde solían residir. Vestían como indias sin serlo, con huaraches y ropas muy limpias y coloridas, bebiendo el café que habían traído y molido y torrificado ahí mismo; con el rostro radiante y puros en la mano, contaban sus cuitas apartándose el largo cabello rubio y riendo despreocupadamente, sin que mi presencia las inhibiera en forma alguna para hablar de aventuras sexuales, hombres levantados en armas y sectas religiosas en desesperada competencia por las almas de los indios. Ya las maestras revolucionarias me habían preparado para mi encuentro con ellas dándome a leer libros sobre socialismo europeo, teología de la liberación y movimientos guerrilleros urbanos y rurales, de modo que a pesar de contar con sólo quince años y de hallarme por voluntad de mi madre inscrito en el colegio tridentino varonil, disfrutaba de sentirme clandestino con sólo visitar esa casona donde, de vez en cuando, aparecían personajes como las güeras que eran aún más extravagantes que las maestras revolucionarias.
'Por supuesto que hemos tenido que llegar a un entendimiento con el comandante de la zona y algún subalterno; no es difícil, a unos los convence el dinero, a otros un revolcón [risas] A los indios más recalcitrantes todavía les puede demostrarles que venimos de parte del obispo, aunque esto no sea siempre cierto y de pronto tengamos que recordar los nombres de media docena de pastores a cuyos deseos se pliegan hasta dar la propia vida, ¿no es así? Es conmovedor, no creas [risas] Sí, sí, porque uno quiere liberarlos y ellos seguir esclavos, mejor darles un buen jefe que por lo menos quiera su bien, ¿no? [risas] O sea, nosotras estamos de su parte y no crean que nos hemos limitado a llevar alimentos y libros (que no leen, por supuesto), sino que también nos entendemos con ellos procurándoles las herramientas de su liberación, una liberación que no puede ser pacífica sino violenta como lo insinúa el obispo en sus sermones sin poder decirlo abiertamente por su posición, ¿verdad? [risas] Él debe mediar y para mediar hay que decir medias verdades o verdades a medias, ser sutil, casi jesuítico, porque esa es la especialidad de la iglesia y es así como nos apoya: manteniéndose siempre a una distancia prudencial para ver de qué lado caen los dados, ¿no? [risas] Igual que nosotras apoya a los pobres, pero ningún campesino, ningún indio quiere sólo comida o doctrina si no viene acompañada de... bueno, ya saben, las herramientas para su liberación ¡no me miren así! Nosotras no inventamos este juego y, la verdad, nunca me había sentido mejor conmigo misma, me aburría en casa de mis padres y en el estúpido colegio de monjas, mejor hacer algo útil y divertido con el dinero de mi familia, ¿no? Devolver un poco de lo robado [risas de todas]'.   
Las güeras eran adineradas. Las maestras eran adineradas. Sólo yo venía en autobús desde un barrio periférico contando cuidadosamente las monedas para llegar al fin de semana, tomando prestados libros de la biblioteca y aprovechando la comida que se me ofrecía en aquella casona. Ellas, sin embargo, hablaban de la liberación de los pobres como si de su propia liberación se tratara y yo era incapaz, en mi entusiasmo, de advertir la contradicción. Estaba deseando que alguna de ellas me llamara a sus filas aunque no entendiera bien a bien cómo podía ayudar, ocupado como estaba casi todo el día en las estúpidas tareas del colegio tridentino y en fingir que ayudaba a mi hermana con el quehacer de la casa, mi madre partiendo muy temprano a la oficina y volviendo agotada de noche sólo para cenar y dormir. Yo ambientaba mis tardes con música de los sesentas e imaginaba que asaltaba puestos militares en medio de la sierra y, convenciendo a mucha gente, conseguía echar fuera al gobierno para instaurar una democracia como la cubana. Me llenaba la cabeza con palabras como pueblo y socialismo, guerrilla y voluntad popular, sin que las noticias de la caída del muro de Berlín o el fusilamiento de los Ceaușescu menoscabaran mis presuntas convicciones, la relación entre una y otra cosa completamente fuera de mi alcance gracias a la pereza intelectual, el ánimo gregario y la cómoda transfiguración de mi fe católica en revolucionaria imitación de Cristo.
'Oh sí, desde luego lo del Nazareno fue una revolución no muy distinta de la del Che Guevara o la de Lennon, ¿verdad? Olvídate del carácter divino, no hace falta eso para comprender que se trata de un hombre cuyas ideas hicieron cimbrar las jerarquías, los ricos y poderosos que explotan al pueblo no podían menos que combatir sus ideas hasta asesinarlo, la fraternidad se opone a la avaricia, la igualdad a la ambición, no creas que es muy diferente en este país ¿eh muchachito? Qué tierno estás. Y guapo [risas] Ni parece que hayas leído tantos libros como tus maestras, ya ves que ellas sólo los compran y guardan en las repisas para sentirse intelectuales, pero veo que tú sí tienes madera de escritor como los buenos revolucionarios, ¿eh? [risas] Pero comprenderás que a un pueblo analfabeto no se le convence con libros, ¿verdad? Tampoco con palabras. Ahí intervenimos nosotras yendo hasta el lugar mismo donde el capitalismo se encuentra con el socialismo natural de la gente originaria, ahí estamos nosotras combatiendo a favor de ésta.'
Me había picado el orgullo que me consideraran no sólo un muchachito ridículo (que lo era) sino además un individuo teórico al que ninguna acción concreta respalda en sus convicciones, de modo que, sin posibilidad de abandonar mis estudios para acompañarlas al sur, sin capacidad económica para apoyar su movimiento como hacían las maestras revolucionarias sin apenas moverse de su inmensa casona, encontré en el revólver de mi padre, a la sazón policía del estado, una manera concreta de intervenir a favor del movimiento, lo que sea que ello significara. Mi padre era un alcohólico y un macho que tuvo a bien enseñarme desde los diez años y en contra de mi voluntad el uso del revólver. Apenas podía sostener la pesada arma al inicio y no pocas veces di con el culo en el suelo por efecto del disparo. Pero ahora tenía conocimiento del arma y acceso a ella los fines de semana en que mi padre descansaba, pues éste era incapaz de permanecer una hora al lado de mi madre y se iba de casa con sus amigos y otras mujeres a emborracharse, dejando atrás pistola y cartuchos. El presidente realizaría una cumbre ese fin de semana en la ciudad y el itinerario del recorrido entre dos edificios históricos estaba dado como invitación a que la población adocenada ovacionara al mandatario en el trayecto. Era mi oportunidad.
El día señalado había quedado de comer con las maestras revolucionarias y las güeras, pero a esa comida no debía llegar nunca porque antes debía ser arrestado a pocas cuadras de la casona por haber asesinado al presidente. Así lo imaginaba yo, un disparo o dos, certeros, pasado el mediodía, a pocos metros de aquel individuo del que poco sabía y al que, pese a todo, hacía responsable de cuantos males ocurrían en el país, aunque de éstos sólo supiera por las güeras y las maestras, por sus libros superficiales y panfletarios, por su convicción encendida y a contracorriente de la prosperidad de mi ciudad. Los accesos a la plaza elevada por donde transitarían los mandatarios estaban vigilados por guardias que inspeccionaban a cada uno de los que querían ingresar. Vacilé unos segundos con nerviosismo, pero me di cuenta de que a los niños los dejaban pasar sin revisión; quizá yo podría pasar de la misma manera. Me acerqué y mientras la fila avanzaba crecía mi ansiedad hasta el punto de sentir que me desmayaba. Ya era mi turno cuando sentí un brazo en el hombro que me hizo girar bruscamente: era una de las güeras que me saludaba con efusión al tiempo en que, sin sospechar nada, me adelantaba en la revisión. '¿Vienen juntos?', dijo el guardia, 'Sí', contestó ella mientras la revisaban. El guardia sólo me dio un par de palmadas en la espalda para que pasara y la güera me dio la mano como si fuese su hijo. Apenas nos podíamos mover entre la multitud, pero por fin conseguimos instalarnos junto al cordón de seguridad. Ella no paraba de hablar.
'También voy a la comida enseguida, una vez que termine esta tontería, ¿verdad? No creas que no me gustaría estrangularlo con mis propias manos, pero viene el Comandante, ¿sabes? Sí, sí, nunca lo he visto en persona, ese gran revolucionario cubano está aquí como la nota disonante entre tanto payaso, qué orgullo, qué distinción, ayer su discurso fue brillante, ¿no supiste? Habló en contra del imperialismo yanqui y rechazó que el socialismo europeo esté muerto, ¡todo el auditorio estaba consternado por sus palabras! Ya quisiera yo que me hiciera un hijo [risas] Ay por dios, no me digas que te comieron el coco tus maestros del colegio tridentino, ¿por qué me miras así? Ser revolucionario es también ser sexualmente emancipado, ¿eh? Eso que te lo sepas porque ya estás en condiciones de ser educado en esa materia, pequeñín, mira qué brazos tienes y la boca y...'
La güera me empezaba a apretar las nalgas y a pasar las manos por el abdomen cuando aparecieron los presidentes a nuestra derecha precedidos por el griterío de la gente. Ella pareció no enterarse y continuó manoseándome hasta meterse en mi entrepierna, donde se detuvo al encontrar el frío cañón de la pistola. Auscultó una vez más para comprobar sus sospechas y enseguida apartó la mano como quien toca una brasa ardiendo, su rostro colorado y sus ojos muy abiertos, no sabía bien si por disgusto o sorpresa. '¡¿Qué es esto, qué es esto?!', repitió apretándome contra ella y abrazándome por la espalda con sus brazos. Reparé en el brillo dorado de sus vellos al sol que quedaban justo debajo de mi mirada. El presidente pasó delante de nosotros y ella detuvo el amago que hice de sacar el revólver. 'No seas idiota', me susurró al oído.  El griterío era ensordecedor. Apenas pasaron los mandatarios cuando se deshizo el cordón de seguridad y la gente empezó a seguirlos o a dispersarse, momento que aprovechó la güera para jalarme de los cabellos y tomarme de la mano para ir a casa de las maestras revolucionarias enseguida. 
'¡¿Pero en qué estabas pensando, por dios?! ¡Muchacho pendejo! ¿Qué no ves que podías haberme metido en problemas? Ya verás lo que opinan las maestras cuando lleguemos a la casa, ¡no van a poder creerlo! Tendré que decirles que tengan más cuidado contigo, qué barbaridad. Las guerrillas están bien en las montañas del sur, idiota, no aquí donde ellas y yo necesitamos comprar ropa e ir al cine, ¿acaso quieres que nos vaya mal? Y dime ¿de dónde sacaste la pistola? ¿eh? Tan inocente que te veías con tu cara de pendejo y mira cómo te has aprovechado de la confianza que te damos, ay, dios santo, es allá, ¿entiendes? ¡es allá donde han de matarse unos a otros, no aquí, no entre gente civilizada sino entre los pinches indios, ¿no entiendes animal?!'
Balbucía sin poder contestar y apenas hubimos llegado a casa de las maestras llamaron a mis padres. Todas fumaban hablando a cierta distancia de mí, pretendiendo que no las escuchaba, culpándose unas a otras de lo que yo ni siquiera había llegado a realizar. Mi fe se desmoronaba. Como a alguien cautivo a quien han soltado en mitad del bosque luego de quitarle la venda de los ojos, de pronto la hipocresía de aquellas mujeres me resultó transparente. Sus paradojas, sus inconsecuencias. Su actitud ridícula y acomodaticia. Mi padre llegó borracho y furioso, pero a ellas no les importaba más que deshacerse de mí. A través del cristal trasero del enorme coche negro de mi padre y aguantando las lágrimas, las maldije una vez cerraron el portón verde de la casona. Y así mi padre y yo nos encaminamos a casa donde me esperaba una memorable paliza.

jueves, abril 18, 2019

Cuento santo

Llevaba un par de semanas disgustado con la que a todos los efectos era mi novia, una mujer con más voluntad que yo y a cuya insistencia era difícil resistirse si se carecía de iniciativa u objetivos, toda una marca a la que decidí aumentar una semana más, la santa, cuando me invitaron a ir en peregrinación hasta Talpa, no por razones religiosas que, como buenos católicos, tenían sin cuidado a todos nosotros la mayor parte del tiempo y terminaban por manifestarse aquí y allá en breves actos más o menos secretos arrebatados al escepticismo y al sentido del ridículo, sino por la libertad de andar varios días atravesando campos y serranías hasta llegar a aquel santuario entre montañas, riendo como se supone podía hacerse entre amigos y, quizá, reuniendo anécdotas que repasar en los años por venir, cualquier cosa era mejor que quedarse en casa esperando más mensajes de ella cargados de insultos y amenazas, reproches y reconciliaciones que sólo tenían lugar en su cabeza, no me disuadía particularmente que el instigador de todo fuese aquel ex-profesor de la universidad que había partido al norte hacía meses, ya el año anterior había organizado una expedición a la montaña sin nombre detrás del pueblo sólo por la curiosidad de comprobar, decía, que en la montaña no hay nada, como quedó en efecto verificado luego de una accidentada travesía, 'un loco', opinaba mi padre que a su vez opinaba mal de mí, su primogénito, prefiriendo en todo a mi hermano, 'cometes un error al reunirte con ese individuo y más valdría que se fuera pronto de aquí, no tiene nada que hacer en la universidad un hombre así, con la cabeza llena de pájaros, la peor influencia para personas como tú... si tan sólo te ubicaras más en lo que te conviene como hace tu hermano', agregaba mientras limpiaba la herramienta con que volvía de la milpa, un campesino responsable y rígido, mi padre, que si hubiera sabido que el ex-profesor pretendía a uno de los cuatro que iríamos a la expedición o que el restante se había escapado con él al norte presentándose como su hijo ante el pasmo de sus padres, me habría echado de casa cubierto de maldiciones, pero no lo sabía cuando me vio empacar alguna ropa en la mochila y echarme a la espalda el cilindro de la casa de campaña, nosotros éramos de La Esperanza y nadie habría cuestionado que en semana santa nos echáramos a andar por los polvorientos caminos en dirección a Talpa, cubiertos de escapularios y malcomiendo hasta sembrar la ruta de aparecidos y revelaciones, tuvo que enterarse después cuando ella apareció el mismo día de nuestra partida frente a la puerta de la casa preguntando si era cierto que me había ido a Talpa con el ex-profesor, su dizque hijo y su pretendido amante, bien visto aquella combinación no me era favorable, pues prometía dejarme en compañía del hijo la mayor parte del tiempo mientras el ex-profesor se ocupaba de seducir al amante, no es que no fueran todos conocidos míos, pero era con el ex-profesor con quien más intimidad tenía, siempre fui bien recibido por aquellos que, sin parentesco conmigo, me doblaban la edad, ya fuesen maestros o cantineros, así me acostumbré a sostener conversaciones que poco tenían que ver con las bobadas de las que hablaba el hijo o las imbecilidades del dizque amante, un tipo que ni siquiera era físicamente atractivo y con el que el ex-profesor estaba obsesionado patológicamente en aquel momento, 'es un espectáculo indigno, lo sé', me explicaba mientras ascendíamos el cerro del Obispo, 'pero debes saber que en este tipo de infecciones no se puede escoger ni acelerar la prognosis, yo sé bien que mi proceso es vulgar y pasará, de modo que le permito desarrollarse libremente con los padecimientos y excesos que trae aparejado, no hay otra forma de lidiar con asuntos de motivación psicológica que se disfrazan de atracción física, sus orígenes podrían rastrearse en la infancia, pero ¿para qué? eso no va a curarme y quizá es una bendición que él no ceda físicamente, pues la consumación de mis deseos sólo me generaría más culpa; por otra parte (¿por otra?) mi pareja y yo somos cada vez más ideales el uno para el otro mientras más nos alejamos del deseo, es una verdadera tragedia', así explicaba él su situación y alegaba no estar engañando a nadie, enterados como estaban su pareja y el dizque amante de la existencia del otro, pero un individuo tan lógico como él no podía menos que padecer espantosamente estos enamoramientos que agotaban su razón y le obligaban a multiplicarse físicamente, consumiendo todo su tiempo y energías como hacía ahora cargando la mochila del pretendido amante, éste aprovechaba desde luego todos los recursos que el ex-profesor ponía a su disposición: paseos a un sitio y otro, salas de cine y cenas, algunos regalos que yo juzgaba ridículos e inevitables como los que yo hacía a esa mujer voluntariosa que se había quedado atrás, 'siento que no podemos evitar caer en esto, señor', le explicaba yo, 'el amor es en sí una cuestión irracional y vergonzosa, un fardo necesario', él me miró extrañado y pese a la obscuridad que ya nos había alcanzado vi una de sus cejas enarcarse: '¿amor?', dijo, y nos echamos a reír mientras la luna llena iluminaba el descenso hacia la Estanzuela donde comimos frugalmente entre peregrinos borrachos y mujeres rezanderas que cantaban desentonadas y a gritos, lo vi presto a pagar lo que sus presuntos hijo y amante consumían, a esa cartera ágil no podía ganarle la lentitud del primero y la sinvergüenza del segundo, me parecía injusto al principio, pero luego pensé que ese era el destino inevitable de quien establecía relaciones asimétricas, sólo lamentaba que el dizque amante no cediera a las urgencias sexuales del ex-profesor pese a sacarle tanto provecho y apenas contuviera el asco que le daban las canas y las arrugas del maestro, quien pese a todos los esfuerzos por parecer más delgado y joven de lo que era, ya con una ropa adecuada, ya con la prisa por peinarse debidamente al amanecer aunque el agua de la fuente estuviera helada, seguía siendo una persona claramente mayor a nosotros, '¿y qué le voy a hacer?', me dijo cuando marchábamos al borde de la carretera a Mascota, 'este podrá no ceder y si estoy insistiendo es sólo porque la obsesión no da tregua, pero ceden muchos otros, le sorprendería verlo, ceden y dan una enorme satisfacción sexual, anónima y gratuita, por fortuna irrepetible, desprovistos de cargas emocionales o enredos, casi dan ganas de decir que si no tuviera mi pareja estaría mejor viviendo así, ¿no? ¿pero serían inevitables los enamoramientos como el que padezco? ¿sería una vida sexual satisfactoria y variada y sin persona fija suficiente para evitarlos? no lo creo, sinceramente, porque el enamoramiento atiende a una raíz psicológica, no a una descarga endocrina', me dijo fumando un cigarrillo que obligó a los pretendidos hijo y amante a adelantarnos para no respirar el humo que despedía, '¿y si alguna vez cede alguien de quien esté usted enamorado? ¿qué va a pasar con su vida cuando uno de esos niñatos le acepte y, peor aún, quiera ir a fondo? ¿qué va a pasar con su pareja?', pregunté sólo por mostrar interés, pues nada fastidia más que la conversación de un enamorado que vuelve una y otra vez sobre el mismo tema, hubiera preferido hablar con el hijo a quien yo subestimaba hasta antes de ese viaje, acaso porque me parecía alguien todavía demasiado ligado a la infancia y con escasas luces sobre cualquier tema, acaso porque ignoraba la trascendencia que para espabilar tuvo su decisión de acompañar al ex-profesor al norte pese a la oposición de sus padres, no había prestado atención suficiente a la independencia de criterio que esa decisión representó, pero también es verdad que mi manera de ser no era la adecuada para prestar demasiada atención a nada, ni siquiera a la respuesta del ex-profesor: 'siempre he estado dispuesto a cambiar mi vida de manera radical, pero no ha llegado todavía nadie que acepte participar de esta locura, y bueno, así como van las cosas, yo envejeciendo y mis deseos siempre con la misma edad, veo más y más difícil que una cosa así se produzca, quizá ya es imposible', dijo con resignación mientras consumía el cigarro de una profunda bocanada hasta dejar sólo la colilla que luego empujó lejos con un movimiento de los dedos, mi mirada se perdió en los amarillentos horizontes siguiendo la colilla mientras el falso amante y el falso hijo jugaban a derribarse sólo para expresar, con el rostro cubierto de tierra y sudor, el hambre que los consumía y de la que dimos cuenta en Mixtlán, donde nuevamente el ex-profesor pagó la cuenta (que esta vez me incluyó) mientras intentaba coger la mano del dizque amante por debajo de la mesa, entre las sillas, consiguiéndolo a veces y siendo rechazado en otras, todavía le podía a ese ridículo estudiante de arquitectura la vergüenza de ser homosexual, pobre individuo sin asideros que como muchos maricones se había pasado buena parte de la adolescencia criticando a otros uranistas sólo para pretender encabezarlos tiempo después con desplantes de liberalidad e impostado amplio criterio, fue bueno saber al poco de este viaje que el ex-profesor había conseguido poner punto final a aquel estúpido juego al que sólo podíamos asistir sin juzgarlo quienes éramos sus amigos, no que nos pareciera bien, pues eso no ocurrió en ningún momento ni es de amigos negar la realidad, sino porque jamás nos sentimos moralmente por encima de él como con tanta facilidad hace la gente normal, mi padre y la que se dice mi novia, por ejemplo, pero también el dizque amante que a todas luces fue creando una opinión muy elevada de sí mismo conforme pasaron los años y hoy es uno de esos putitos políticamente correctos que están comprometidos con todas las causas imaginables, desde la defensa de los animales hasta la reconstrucción de catedrales góticas incendiadas, con que en eso ha resultado ser el más católico de todos nosotros por cuanto ha interiorizado la hipocresía de manera tan cabal que ya no puede notarla; el hijo, que era más amigo de él, supo que al paso de los años el dizque amante se decía víctima del acoso del ex-profesor, aunque no parecía así mientras le daba su mochila a cargar para subir, de la mano de él, hasta la Cruz de Romero y divisar, desde ahí, nuestro destino, que por distintas razones todos contemplamos con alivio y recogimiento, quizá yo el que menos pues temía los regaños de mi padre al volver ('no quiero ver a ese hombre por aquí ni vas a salir más durante un mes', diría sin creérselo él mismo, pues siempre recibía al ex-profesor con toda amabilidad cuando éste, sin importarle lo que le comentaba aunque cada vez menos por razones geográficas, pasaba a visitarme) y la reanudación de esa relación con mi voluntariosa mujer de la que ya no tendría fuerzas para escapar (¿sería eso lo que le pasaba al ex-profesor con su pareja? ¿una resignación que va acomodándose a las ventajas y luego se resiste a cambiar o a reconocer su caducidad? qué difícil es todo) y así llegamos a Talpa en silencio y nos arrodillamos frente al altar de la virgen sólo para quedarnos a solas con nuestros pensamientos, el templo y las calles hirviendo de gente que las dejaba intransitables de mierda y orín, los restaurantes con los precios elevados y las porciones ridículamente exiguas, yo cedí a pedir que no muriera nadie pronto (no se me concedió) y a pedir perdón por el sufrimiento (pero causé más) y a que se me concediera la merced de volver a la Esperanza donde aún, mucho tiempo después, sigo viviendo. 
Y la mujer de iniciativa también, conmigo.