Desde la terraza vi cómo se alzaba la columna de humo y me cerraba la vista a los volcanes. Llevaba cuatro días con la tienda cerrada y los crecientes disturbios no parecían sugerir que fuera a reabrirla pronto. Me consolaba que Adriana y los niños hubiesen salido a Guadalajara a visitar a mi suegra, apenas dos días antes de que iniciara el motín de la Ciudadela, ocasión que al principio me pareció extraordinariamente propicia para saciarme de Gabriela, a quien llevaba ya algún tiempo viendo clandestinamente y a la que ahora podría llevar a mi casa todas las noches hasta hartarme de su cuerpo y luego buscar algún pretexto para ya no verla más. No hubo necesidad de buscarlo, el pretexto, porque apenas nos vimos dos noches y no volví a saber de ella; la tercera, ya sin luz eléctrica, tuve que desahogar la ansiedad de su ausencia en el banco que a ella le gustaba utilizar para nuestros encuentros, iluminado apenas por la luz del quinqué y apretando con los dientes el corpiño que le obligué a dejar la última noche. Una muchacha dócil, Gabriela, a la que no tardarán en echarle cerrojo sus padres para evitar más murmuraciones y vergüenzas. Pero de mí no saben nada, estoy seguro.
Al principio nadie se sorprendió. Era sólo cuestión de tiempo para que los hombres más bragados se decidiesen a terminar con ese gobierno pusilánime al que sólo una triste sucesión de circunstancias pudo instalar en Palacio Nacional. Los pueblos se equivocan. Las revoluciones se tuercen. Hombres mediocres acaban instalados en responsabilidades que exceden con mucho a sus capacidades. La tienda había conocido mejores tiempos bajo la dictadura, por supuesto, y aunque la inflación creaba la sensación de que nos volveríamos ricos en poco tiempo, el aumento generalizado de precios nos quitaba por un lado lo que nos daba por el otro. Adriana estaba molesta, claro, es ambiciosa y pese a mis reconvenciones, sobre todo en circunstancias sociales, no se abstenía de opinar sobre política y echar pestes del Chapito (ella se crió en Sonora, parece que así hablan por allá). Yo suelo ser más callado, pero opinaba igual que ella: la anarquía se estaba apoderando del espíritu de los ciudadanos y apenas iniciado lo del motín todo mundo perdió la compostura y se sintió con derecho a incendiar, robar, asesinar y pasar de un bando a otro con entera naturalidad y frescura.
Gabriela sabía lo que iba a ocurrir porque su marido es militar y parece estar entre los sublevados. Tendría que confirmarlo, pero a ella no la he visto y el recuerdo de sus conversaciones se me confunde rápidamente con el de sus pechos tibios. No creo haberle prestado demasiada atención y ahora lo lamento porque al menos sabría dónde ir a buscarla o a qué atenerme con lo de la tienda. He sabido de saqueos horrendos donde la chusma se ha escarcido con los gachupines y los chinos, al menos yo soy connacional y no creo que vengan a forzar la puerta. Sólo han venido las vecinas habituales y se han conformado pacientemente con mis explicaciones. Son las ventajas de ser una persona decente, inspira uno confianza con su sola presencia, los instintos se neutralizan ante nuestra parsimonia, conocen a Adriana -Adrianita para ellas- y van a misa entre semana junto con ella, también a rosarios, paseos de la virgen del barrio y vistas del Santísimo en los sagrarios. Ella no es precisamente devota, pero se aburre en casa porque Nacha se encarga de fregar los pisos y lavar la ropa sin darle suficiente conversación -india renegada, la llama- y entonces busca a las damas de su clase que a cambio de soporíferas y muy hipócritas actividades religiosas le participan de jugosas comidillas sobre la vida privada de la gente del barrio y de no pocos personajes públicos importantes. Así supe, por ejemplo, que el Chapito padece impotencia coeundi, lo que desde luego confirma su falta de descendencia pese a los muchos años de matrimonio con Doña Sarita. La debilidad de carácter va siempre de la mano de la sexual.
Por eso, para evitar que Gabriela me tomara por un romántico y nuestra relación cargada de morbo se volviese una rutina de poco vigor, la empujé paulatinamente a actos cada vez más abyectos y en los que no faltaron el cinturón, las cuerdas, el atril donde Adriana posaba la biblia, las mascadas que alguna vez le dejaron marcas en los ojos y en los pechos, incluso la trampa para presas pequeñas y el gancho del jamón que tuve que descolgar de la viga que cruzaba por encima del mostrador de la tienda. Sé que esto sugiere que nos hemos visto muchas veces. No ha sido así. Pero el prestigio de un amante, incluso en una ciudad de este tamaño, depende tanto de su osadía como de su discreción. Y Gabriela era una amante muy propicia a estos excesos, como pude comprender de su ligero coqueteo con la mariguana y el coñac de su marido, pero también de las frecuentes marcas de palizas que el sargento (¿o era coronel?) le daba un día sí y otro también.
Ahora todo ha terminado, me temo. Son ya varios días de balaceras y de Gabriela ni sus luces. De Adriana llegó un telegrama ayer, pero no me interesaba en lo más mínimo. Ella y los niños estarán bien de cualquier modo y yo tengo derecho a divertirme en su ausencia, aunque lleve ya varios días sin poder hacerlo. El humo que entra ahora por la ventana es claramente el de un crematorio al aire libre. Dice Nacha que hay montones de cadáveres a los que simplemente se les prende fuego, ahí, en la calle, como si fuesen animales, y este debe ser el primero de esos eventos que tiene lugar cerca de aquí. Por si las dudas, he reunido buena parte del dinero en el fondo de un pequeño saco de harina por si tuviese que llevármelo a plena luz del día sin despertar sospechas. He tenido buen cuidado de que Nacha no me vea, pero quizá por un sentimiento de culpa, quizá por garantizar una complicidad que no necesito, he accedido después de la comida a satisfacerla como mujer, pues desde la desaparición de Gabriela y en ausencia de su patrona, empezó a insinuárseme. Olía a cebolla y sólo espero que no me arruinen la siesta los torzones que ahora siento.
Corro a la orilla del canal de la Viga y de un salto ya estoy en una chalupa. Los arbustos de la orilla y los familiares sauces llorones, los ahuehuetes, van siendo reemplazados por una vegetación cada vez más densa que va obstruyendo la luz del cielo hasta obscurecerlo todo como en una caverna. Ya no me doy cuenta de si la barca sigue avanzando o no, pero al final distingo una luz que se acerca. Es la del quinqué de mi casa que lleva en la mano Gabriela, de pie sobre su barca, cruzada de carrilleras y sólo con sus medias negras hasta la mitad de los muslos. 'Acércate', me dice, pero temo caer al agua negra como petróleo. De pronto, cae el quinqué y la barca comienza a incendiarse. '¡Salta!', me grita. '¡Salta!'. La luz ilumina un círculo de árboles en los que brillan cientos de ojos. '¡Salta!' gritan todos. Estalla una ventana invisible y abro los ojos.
Es mi casa la que se incendia y hay un griterío allá abajo que me obliga a levantarme tan pronto como puedo, sudoroso. Gritan con una furia inexplicable, reforzándose entre sí, sin apelación posible: '¡Sal cabrón!', '¡Sal que sabemos que estás ahí!', '¡Sal de una vez y da la cara!'. Si consigo huir no será por la puerta, sino por la azotea. Subo por la escalera de caracol, jadeando. En el trayecto todavía tengo tiempo de pensar en Nacha y en Adriana (en ese orden) y de pegarme con el borde de la puerta que es tan pequeña que ni el Chapito cabría por ella. Por fin cruzo y doy la vuelta hacia casa de los Martínez -la única azotea contigua- pero ya es tarde. Allá arriba me encuentro con hombres armados de machetes y fusiles viejos. '¿Lo fusilamos mi generala?', '¿Nos lo quebramos?', preguntan a una tipa que se abre paso a mi encuentro. Es Gabriela, que sonríe. Intento articular palabra, pero aun no me repongo del agitado ascenso y apenas me da tiempo de gritar "¡No!" cuando ya ella levanta su carabina y me revienta el pecho.
El sol de la tarde no calienta y el frío me invade rápidamente. Nacha no quiere pasar hambre: se ha llevado el saco de harina.
domingo, febrero 17, 2013
martes, enero 29, 2013
La risa
A diferencia de los chavos de provincia, no tuve yo escasez de argumentos ni propensión a más engaños que los que mi propia retórica pudiera garantizar. Abundaba la información en libros y revistas, en bibliotecas y medios audiovisuales, en programas con locutores de excelente dicción y no escasa sesera, por radio, televisión e internet, cable, antena y hasta dvd pirata. Además era siglo veintiuno y tengo para mí que los estirados páneles de discusión con psicólogos de lentes cuadrados y ojos gelatinosos, trabajadoras sociales que apenas contenían las ganas de salir a tragarse una torta de tamal y travestis de diseño con visibles problemas de anorexia, eran cosa del pasado, un tiempo en el que todavía era vendible la discusión por parte de "expertos" del tema de la homosexualidad con el trasfondo de siempre sobre el derecho o no al placer; previsiblemente todos decían que sí, que cabía tal derecho; todavía más esperablemente algún sacerdote o paleto de las juventudes católicas completaba el cuadro diciendo que no todo era permisible y futuros conservadores se lanzaban a completar el guión con argumentos especiosos y uno que otro insulto. Viejos tiempos, ya digo. Retóricos, aburridos hasta la náusea. Quizá sólo de exploración y muy posteriores a los ayatólicos de ostracismo, discreción y torpeza.
Pero toda reiteración ociosa termina por aburrir y aquella, pese a mi homosexualidad de niñato, no era mi discusión. Aun sin cumplir veinte años tenía el rol bien asumido, la indumentaria negligente y la actitud más o menos abierta de quien no confunde orientación sexual con narcisismo. Nunca me sentí superior ni especial ni diferente, aunque comprendía que aun quedaban personas susceptibles en el mundo y alguna vez, admito, cedí a la tentación de burlarme y hacer pasar bochornos a los mojigatos. Pero no fue la intención de causar escándalo lo que me hizo acostarme con Caro Fora, el viajante de comercio que conocí en Plaza de la República y que aun doblándome la edad no tenía empacho en besarme en público y aun meterme en su habitación de hotel para mayor murmuración de los empleados de la recepción y de los varios botones de avanzada edad cuyas miradas recorrieron cada costura de mi pantalón rojo y cada variación del mechón naranja de mi cabello, hasta verme desaparecer en el ascensor. Fue atracción, desde luego, de la muy documentada entre hombres viejos y jóvenes imberbes, una atracción peligrosa para estos tiempos hipócritas que se empeñan en vigilar la voluntad de sus súbditos; pero a esta trivialidad he de añadir el dato de excepción: mi extraña capacidad para adivinar en Caro al adolescente detrás del tono o la mirada, en el fondo de aquel cuerpo sudoroso y bramador, palpitante; su extraña habilidad, también, para borrar nuestras fronteras haciendo horizontal lo que a ojos de todos los que nos vieron en esos escasos días no admitía equiparación alguna. Nos acompañamos, ya lo creo. Cabalmente.
Ya está dicho: en toda clase de medios está consignado el conocimiento sobre el más mínimo aspecto de la vida homosexual, vale, incluyendo todo sobre las implicaciones de meterse a la cama con figuras de autoridad cronológica o formal, con el padre o el tío, con el maestro o el médico, relaciones cuajadas de peso psicológico y aun exageración por su turbadora carga de edad y carnes en decadencia. Sospecho que todo esto es más invento de los adultos que de los adolescentes, uno de esos ejercicios que de pronto hacen los que no pueden con sus culpas y creen poder domesticarlas por medio de su pormenorizada consignación y análisis. Pero yo no necesitaba pretextos ni razones para empapar las sábanas de Caro y salir luego con él a pasear por esta ciudad que él sólo visitaba y que yo recorro ahora como acompañado por su fantasma, una extraña sombra conversacional cuyo hilo no rompen los tianguis improvisados del centro ni los franeleros de las esquinas con sus monas ni el organillo melancólico de la Alameda ni el ruido de platos y vasos de la pulquería. Me acompaña aun, no sólo entre las piernas con ese eco morfológico de la penetración que se retira ni sólo en los labios que no dejaron de besarse como sólo lo hacen los homosexuales que se aman eternamente hasta la noche, sino también con la risa, su risa, que quebraba de golpe su tristeza (yo no la conozco como él) y la seriedad del porvenir (que sólo intuyo).
Caro Fora insistió en que visitáramos este mural que ahora me toca mirar por mi cuenta, solo. Fue la mañana en que nos despedimos y paradójicamente no se ocupó tanto de la obra como de mis labios y mi cuerpo. Me estrechó contra él, con su olor a Rosa Venus de los varios días transcurridos en el cuarto de hotel, me miró contemplar el mural tan absortamente como si yo fuese el objeto, me pasó sus manos por las mías y no dejó de tomarme por la cintura. Los guardias del museo no se atrevieron a molestarnos, pero era claro que censuraban el asumido abuso del que él me hacía objeto. Se lo comenté y se echó a reír a carcajadas. "¡Pero claro que es un abuso, niño!", me dijo, "¡qué novedad!". Y le conté varios de sus dientes blanquísimos.
Yo creo que decía la verdad y aquello era un abuso. Yo creo que no debería proporcionar habitación, así fuese temporal y peor si es placentera, el nómada profesional. Si lo tuviera enfrente, maldito viajante de comercio, le preguntaría: ¿qué es para ti extrañar?
Pero toda reiteración ociosa termina por aburrir y aquella, pese a mi homosexualidad de niñato, no era mi discusión. Aun sin cumplir veinte años tenía el rol bien asumido, la indumentaria negligente y la actitud más o menos abierta de quien no confunde orientación sexual con narcisismo. Nunca me sentí superior ni especial ni diferente, aunque comprendía que aun quedaban personas susceptibles en el mundo y alguna vez, admito, cedí a la tentación de burlarme y hacer pasar bochornos a los mojigatos. Pero no fue la intención de causar escándalo lo que me hizo acostarme con Caro Fora, el viajante de comercio que conocí en Plaza de la República y que aun doblándome la edad no tenía empacho en besarme en público y aun meterme en su habitación de hotel para mayor murmuración de los empleados de la recepción y de los varios botones de avanzada edad cuyas miradas recorrieron cada costura de mi pantalón rojo y cada variación del mechón naranja de mi cabello, hasta verme desaparecer en el ascensor. Fue atracción, desde luego, de la muy documentada entre hombres viejos y jóvenes imberbes, una atracción peligrosa para estos tiempos hipócritas que se empeñan en vigilar la voluntad de sus súbditos; pero a esta trivialidad he de añadir el dato de excepción: mi extraña capacidad para adivinar en Caro al adolescente detrás del tono o la mirada, en el fondo de aquel cuerpo sudoroso y bramador, palpitante; su extraña habilidad, también, para borrar nuestras fronteras haciendo horizontal lo que a ojos de todos los que nos vieron en esos escasos días no admitía equiparación alguna. Nos acompañamos, ya lo creo. Cabalmente.
Ya está dicho: en toda clase de medios está consignado el conocimiento sobre el más mínimo aspecto de la vida homosexual, vale, incluyendo todo sobre las implicaciones de meterse a la cama con figuras de autoridad cronológica o formal, con el padre o el tío, con el maestro o el médico, relaciones cuajadas de peso psicológico y aun exageración por su turbadora carga de edad y carnes en decadencia. Sospecho que todo esto es más invento de los adultos que de los adolescentes, uno de esos ejercicios que de pronto hacen los que no pueden con sus culpas y creen poder domesticarlas por medio de su pormenorizada consignación y análisis. Pero yo no necesitaba pretextos ni razones para empapar las sábanas de Caro y salir luego con él a pasear por esta ciudad que él sólo visitaba y que yo recorro ahora como acompañado por su fantasma, una extraña sombra conversacional cuyo hilo no rompen los tianguis improvisados del centro ni los franeleros de las esquinas con sus monas ni el organillo melancólico de la Alameda ni el ruido de platos y vasos de la pulquería. Me acompaña aun, no sólo entre las piernas con ese eco morfológico de la penetración que se retira ni sólo en los labios que no dejaron de besarse como sólo lo hacen los homosexuales que se aman eternamente hasta la noche, sino también con la risa, su risa, que quebraba de golpe su tristeza (yo no la conozco como él) y la seriedad del porvenir (que sólo intuyo).
Caro Fora insistió en que visitáramos este mural que ahora me toca mirar por mi cuenta, solo. Fue la mañana en que nos despedimos y paradójicamente no se ocupó tanto de la obra como de mis labios y mi cuerpo. Me estrechó contra él, con su olor a Rosa Venus de los varios días transcurridos en el cuarto de hotel, me miró contemplar el mural tan absortamente como si yo fuese el objeto, me pasó sus manos por las mías y no dejó de tomarme por la cintura. Los guardias del museo no se atrevieron a molestarnos, pero era claro que censuraban el asumido abuso del que él me hacía objeto. Se lo comenté y se echó a reír a carcajadas. "¡Pero claro que es un abuso, niño!", me dijo, "¡qué novedad!". Y le conté varios de sus dientes blanquísimos.
Yo creo que decía la verdad y aquello era un abuso. Yo creo que no debería proporcionar habitación, así fuese temporal y peor si es placentera, el nómada profesional. Si lo tuviera enfrente, maldito viajante de comercio, le preguntaría: ¿qué es para ti extrañar?
sábado, enero 26, 2013
Morir en Santa Teresa
Ahora que la enfermedad ya pasó, no puedo dormir. Desaparecieron las fiebres y el dolor de huesos, la piel ha dejado de arder al contacto con las sábanas y el apetito vuelve a ser posible sin echar la pota, pero el sueño se me ha estropeado por completo haciéndome las horas largas e insufribles. A la duermevela activa de las noches delirantes le ha sucedido un silencio como de tumba que en no pocas ocasiones me ha hecho preguntarme si estoy vivo o muerto y si de verdad tengo un amor como dicen que tengo y si acaso queda algún amigo por ahí porque tengo la sensación de no haber visto a nadie en mucho tiempo.
Me preocupa la amistad. Antes de caer enfermo recuerdo haber frecuentado algunos personajes y haber hecho algunos sacrificios. No fui bien entendido y aun estoy seguro de haber sido tenido por imbécil en este extraño páramo de Santa Teresa en el que una tarde obscura intenté hacerme de lealtades y acabé en cama, temblando de escalofrío, imaginando que vendrían por mí para llevarme en un catre tirado por mulas de nuevo hasta la casa de mi madre, donde me recuperaría y volvería a ver la luz. No vino nadie y si acaso hubo alguien al lado de mi cama no reconocí su rostro, se sucedieron las noches como si se brincasen los días y no estoy seguro de haber acudido a la oficina ni de haber sido echado de menos en aquel cubículo de expectativas agotadas y ventanas grises.
Debe ser la vejez, que es insomne. Cuando dormía lo hacía confiado en la juventud de los otros que hipócritamente me obsequiaban con aire coloquial, mimando mis necesidades, saludando mis desprendimientos, serruchando con esmero los cuatro pilares de mi casa. Cuando finalmente enfermé la luz llevaba ya tiempo apagada y en la cocina sólo había una torre de trastos sucios que ya no tuve fuerzas para lavar. Había iniciado mi vuelta dolorosa a los brazos del tiempo, un retorno involuntario producto de los falsos afectos que no se sostuvieron y las alegrías planeadas que no se concretaron y los entusiasmos sinceros que la juventud preciosa y encargada tan sólo de sí misma no tuvo dificultad en aplastar como a un mal sapo. Estoy viejo como al principio, ese es el saldo.
Es inútil que quiera morirme, me digo, aunque tanto desee el verdadero silencio y tanto me apetezca el esquema de una desaparición por agotamiento. Demasiado temprano para retiros y bastante tarde para creencias (pero esto ha sido así desde siempre y no cuentan los momentos de alucinación por mucha compañía que tuviera y mucho camelo que fuese el amor: claro). Es inútil que eleve plegarias o quejas porque ya no habrá respuesta (oídos nunca los hubo) y como no tengo pistola ni sabría dónde dar una buena cuchillada, tendré que arreglármelas desde esta obscura inmovilidad sin contar siquiera con la colaboración del amor que me quiere devorar vivo y muy lentamente y no facilitará, por tanto, una buena sobredosis de barbitúricos para inducir un sueño firme, pero irreversible.
Como en la luz, también por la noche de Santa Teresa habrá que caminar solo.
Me preocupa la amistad. Antes de caer enfermo recuerdo haber frecuentado algunos personajes y haber hecho algunos sacrificios. No fui bien entendido y aun estoy seguro de haber sido tenido por imbécil en este extraño páramo de Santa Teresa en el que una tarde obscura intenté hacerme de lealtades y acabé en cama, temblando de escalofrío, imaginando que vendrían por mí para llevarme en un catre tirado por mulas de nuevo hasta la casa de mi madre, donde me recuperaría y volvería a ver la luz. No vino nadie y si acaso hubo alguien al lado de mi cama no reconocí su rostro, se sucedieron las noches como si se brincasen los días y no estoy seguro de haber acudido a la oficina ni de haber sido echado de menos en aquel cubículo de expectativas agotadas y ventanas grises.
Debe ser la vejez, que es insomne. Cuando dormía lo hacía confiado en la juventud de los otros que hipócritamente me obsequiaban con aire coloquial, mimando mis necesidades, saludando mis desprendimientos, serruchando con esmero los cuatro pilares de mi casa. Cuando finalmente enfermé la luz llevaba ya tiempo apagada y en la cocina sólo había una torre de trastos sucios que ya no tuve fuerzas para lavar. Había iniciado mi vuelta dolorosa a los brazos del tiempo, un retorno involuntario producto de los falsos afectos que no se sostuvieron y las alegrías planeadas que no se concretaron y los entusiasmos sinceros que la juventud preciosa y encargada tan sólo de sí misma no tuvo dificultad en aplastar como a un mal sapo. Estoy viejo como al principio, ese es el saldo.
Es inútil que quiera morirme, me digo, aunque tanto desee el verdadero silencio y tanto me apetezca el esquema de una desaparición por agotamiento. Demasiado temprano para retiros y bastante tarde para creencias (pero esto ha sido así desde siempre y no cuentan los momentos de alucinación por mucha compañía que tuviera y mucho camelo que fuese el amor: claro). Es inútil que eleve plegarias o quejas porque ya no habrá respuesta (oídos nunca los hubo) y como no tengo pistola ni sabría dónde dar una buena cuchillada, tendré que arreglármelas desde esta obscura inmovilidad sin contar siquiera con la colaboración del amor que me quiere devorar vivo y muy lentamente y no facilitará, por tanto, una buena sobredosis de barbitúricos para inducir un sueño firme, pero irreversible.
Como en la luz, también por la noche de Santa Teresa habrá que caminar solo.
martes, diciembre 25, 2012
Cuento de Navidad
En el camino hacia aquí los oí conversar en el autobús, bebiendo con torpe discreción sus tibias latas de cerveza a mis espaldas, un par de desaliñados albañiles con acento sudamericano que parecían leer con perfecta claridad la voluntad de Dios en cada accidente de sus vidas y esperar —aun de las más peregrinas e inocuas circunstancias- la redención para los buenos en cuyo bando tan irreflexivamente se contaban.
En unas horas sería Navidad y ni siquiera tenía ánimo para enfadarme con tanta sandez: hace tiempo que conseguí que me resbalaran las palabras de la mayoría de la gente porque es de humanos decir no sólo estupideces sino desdecirse, lo que en tiempos más feminoides que estos me resultaba intolerable y aun decepcionante cuando venía de aquellos a quienes consideraba mis amigos, peor todavía si venía de mis amantes (de mi familia no esperé demasiado más allá de la adolescencia y por eso me puse a buen resguardo de ellos: fueron mi primera indiferencia, mi primera resignación). Supongo que la práctica me hizo confiar más en las acciones que en el discurso de los hombres, sobre todo si ya habían cuajado en forma de hechos. Hechos que podían ser tergiversados, es cierto, pero nunca suprimidos del todo, como si por el sólo hecho de haberse instalado en la realidad tuviesen ya un hueso imposible de roer con palabras. Hasta la retórica tiene un límite.
La conversación a mis espaldas no me apenaba realmente, acaso me aburría, pero su mal efecto fue recordarme —en medio del fervor de compras navideñas, planeación de cenas y espíritu gregario por consigna- la inevitabilidad de la hipocresía sin importar condición social, geográfica o cultural. 'Qué cansancio' —pensé- 'aprender a construir un personaje y no una persona, todo el tiempo condicionado, todo el tiempo de bruces frente a la vida y esperando que nos sean aplaudidos nuestros pronunciamientos y fanfarronadas, nuestra voluntaria emasculación e incapacidad para el silencio o la desnudez. Qué debilidad recurrir a los cómodos atajos que ya nos tendió la época en vez de trazar nuestros caminos. Qué mediocridad'. Mi recrudecido pesimismo no era producto de las palabras de un par de albañiles retrógrados y borrachos, sino del desfile de discursos semejantes a ese —variando la calidad de la sintaxis, pero no el vacío de la semántica- a los que había asistido a lo largo de los años y muy en especial de los que tuvieron la capacidad emocional de arrastrarme a su agujero. Que el amor hubiese mediado es una justificación pobre para haberse prestado a la alienación y la mentira. Que se buscase prolongar aun por medios retóricos el dulce efecto de la droga de una persona a la que se consideraba especial y se diese por bueno lo que no era sino galimatías y espuma, no sirve para atraer la simpatía sino para corroborar la inferioridad espiritual de mi persona. Debilidad y consecuencia. Transigir y pagar a plazos o de contado en el futuro la fe empeñada.
Y aquí estaba el porvenir. Bajé del autobús a unas cuadras del sitio donde suelo trabajar; la noche había caído. La Navidad me sorprendería en la cama de algún solitario que habría pagado no sólo por un favor sexual, sino también por el derecho a que le fuera sostenido un hilo argumental con empatía mínima. Una transacción justa a la que las buenas conciencias, tanto conservadoras como liberales, informadas e ignorantes, considerarán de calidad inferior a las que sostienen en sus disfraces diurnos donde las cosas nunca se llaman por su nombre y todo está envuelto en un halo de impostura que, sin embargo, deja a todos convencidos de su enorme humanidad. Puede ser que la tengan. Puede ser que los clientes de estos días de guardar —a los que ya por las fechas señaladas, ya por su taciturnidad, les sobra un semblante trágico que sospecho es también producto del cine y la televisión- sean también grandes seres humanos. Pero yo siempre preferiré a los clientes más que a los amigos inconstantes o a los amantes: quien anuncia sus intenciones con claridad —y algunos billetes por delante- no puede ser más específico ni más sincero.
Las palabras son debilidad.
En unas horas sería Navidad y ni siquiera tenía ánimo para enfadarme con tanta sandez: hace tiempo que conseguí que me resbalaran las palabras de la mayoría de la gente porque es de humanos decir no sólo estupideces sino desdecirse, lo que en tiempos más feminoides que estos me resultaba intolerable y aun decepcionante cuando venía de aquellos a quienes consideraba mis amigos, peor todavía si venía de mis amantes (de mi familia no esperé demasiado más allá de la adolescencia y por eso me puse a buen resguardo de ellos: fueron mi primera indiferencia, mi primera resignación). Supongo que la práctica me hizo confiar más en las acciones que en el discurso de los hombres, sobre todo si ya habían cuajado en forma de hechos. Hechos que podían ser tergiversados, es cierto, pero nunca suprimidos del todo, como si por el sólo hecho de haberse instalado en la realidad tuviesen ya un hueso imposible de roer con palabras. Hasta la retórica tiene un límite.
La conversación a mis espaldas no me apenaba realmente, acaso me aburría, pero su mal efecto fue recordarme —en medio del fervor de compras navideñas, planeación de cenas y espíritu gregario por consigna- la inevitabilidad de la hipocresía sin importar condición social, geográfica o cultural. 'Qué cansancio' —pensé- 'aprender a construir un personaje y no una persona, todo el tiempo condicionado, todo el tiempo de bruces frente a la vida y esperando que nos sean aplaudidos nuestros pronunciamientos y fanfarronadas, nuestra voluntaria emasculación e incapacidad para el silencio o la desnudez. Qué debilidad recurrir a los cómodos atajos que ya nos tendió la época en vez de trazar nuestros caminos. Qué mediocridad'. Mi recrudecido pesimismo no era producto de las palabras de un par de albañiles retrógrados y borrachos, sino del desfile de discursos semejantes a ese —variando la calidad de la sintaxis, pero no el vacío de la semántica- a los que había asistido a lo largo de los años y muy en especial de los que tuvieron la capacidad emocional de arrastrarme a su agujero. Que el amor hubiese mediado es una justificación pobre para haberse prestado a la alienación y la mentira. Que se buscase prolongar aun por medios retóricos el dulce efecto de la droga de una persona a la que se consideraba especial y se diese por bueno lo que no era sino galimatías y espuma, no sirve para atraer la simpatía sino para corroborar la inferioridad espiritual de mi persona. Debilidad y consecuencia. Transigir y pagar a plazos o de contado en el futuro la fe empeñada.
Y aquí estaba el porvenir. Bajé del autobús a unas cuadras del sitio donde suelo trabajar; la noche había caído. La Navidad me sorprendería en la cama de algún solitario que habría pagado no sólo por un favor sexual, sino también por el derecho a que le fuera sostenido un hilo argumental con empatía mínima. Una transacción justa a la que las buenas conciencias, tanto conservadoras como liberales, informadas e ignorantes, considerarán de calidad inferior a las que sostienen en sus disfraces diurnos donde las cosas nunca se llaman por su nombre y todo está envuelto en un halo de impostura que, sin embargo, deja a todos convencidos de su enorme humanidad. Puede ser que la tengan. Puede ser que los clientes de estos días de guardar —a los que ya por las fechas señaladas, ya por su taciturnidad, les sobra un semblante trágico que sospecho es también producto del cine y la televisión- sean también grandes seres humanos. Pero yo siempre preferiré a los clientes más que a los amigos inconstantes o a los amantes: quien anuncia sus intenciones con claridad —y algunos billetes por delante- no puede ser más específico ni más sincero.
Las palabras son debilidad.
miércoles, diciembre 19, 2012
Gula
El funcionamiento del mundo soy yo, yo soy el mundo. Contenidas están las contradicciones —certidumbres y dudas, todas- en los entrecijos de mi pensamiento. Nada escapa a mis conclusiones porque cabe cualquiera y sólo los ingenuos se empeñan en acusarme de inconsistencia cuando con sólo existir —las palabras que enuncio, los actos que ejecuto, la sangre que alimenta mis tejidos saturados de finas grasas (y me alimento bien y abundantemente, siempre en previsión de cualquier colapso y a costa de presupuestos propios y ajenos)- son prueba bastante de que soy posible y de que el mundo me tolera y abriga como a sí mismo.
Yo soy el mundo. El error verdadero es colocarse contra mí porque es intentar vivir fuera de lo que es y entrar en el vacío, disolverse, arruinarse, no ser nada y casi siempre por las razones más deleznables: la ignorancia de los que han nacido ciegos para ser devorados por la estructura, el idealismo de los convencidos de su verdad y condenados por sus morales estrechas a una versión amputada de la realidad que es una y no es negociable, la mala fortuna de aquellos a los que las circunstancias no proporcionaron el tiempo suficiente para incorporarse al mundo y fueron desechados. A todos ellos los entiendo porque abarco sus razones, pero la inflexible ley que me gobierna —la del mundo- no consiente la piedad y no puede detenerse a valorar excepciones porque es inexorable y no sacia su apetito: debe tenerlo todo.
Los tiempos que corren están a mi favor porque debajo de la creencia boba en una diversidad que es sólo aparente corre la uniformidad más aplastante que haya conocido la historia humana. Son míos los cuerpos desechables, las mentes alineadas, las aspiraciones de folleto y los sueños televisivos, los sentimientos elevados —qué gracia tienen- y los bajunos que escandalizan sólo lo justo, las hipocresías fabricadas en serie y, en fin, todos los canales por los que corren desesperados los hombres en busca de una escapatoria sin advertir que todos conducen al negro agujero de mi boca. Y recorren sus caminos convencidos de su libertad. Y algunos, ya lo creo, pretenden desafiarme.
He escuchado a algunos decir que todo es cuestión de tiempo. Que yo como el mundo reventaré al encontrar mi límite y pretender rebasarlo. Que no puedo tenerlo todo y que las cosas no se plegarán a mis caprichos. Pero no me comprenden. No tengo voluntad, sino ley. No tengo opción, sino fatalidad. Y el destino los incluye a ellos, que son quienes más debiesen prestar atención a mis advertencias para mejor pasar por el ojo de la aguja. ¿Es indebido pretender que la víctima esté preparada para ser el plato principal del banquete? ¿Acaso estoy desafiando la deontología del mundo que soy yo mismo y no debiese dar explicaciones? No soy dios, sólo el mundo, ¿es esto lo que sorprende cuando por fin me veo obligado a devorar a mis hijos?
Que cada quien crea lo suyo, no tengo prisa. Duermo entre comidas. Quizá en medio de una siesta aparezca el valiente que acabe conmigo. Con el mundo. Con él.
Yo soy el mundo. El error verdadero es colocarse contra mí porque es intentar vivir fuera de lo que es y entrar en el vacío, disolverse, arruinarse, no ser nada y casi siempre por las razones más deleznables: la ignorancia de los que han nacido ciegos para ser devorados por la estructura, el idealismo de los convencidos de su verdad y condenados por sus morales estrechas a una versión amputada de la realidad que es una y no es negociable, la mala fortuna de aquellos a los que las circunstancias no proporcionaron el tiempo suficiente para incorporarse al mundo y fueron desechados. A todos ellos los entiendo porque abarco sus razones, pero la inflexible ley que me gobierna —la del mundo- no consiente la piedad y no puede detenerse a valorar excepciones porque es inexorable y no sacia su apetito: debe tenerlo todo.
Los tiempos que corren están a mi favor porque debajo de la creencia boba en una diversidad que es sólo aparente corre la uniformidad más aplastante que haya conocido la historia humana. Son míos los cuerpos desechables, las mentes alineadas, las aspiraciones de folleto y los sueños televisivos, los sentimientos elevados —qué gracia tienen- y los bajunos que escandalizan sólo lo justo, las hipocresías fabricadas en serie y, en fin, todos los canales por los que corren desesperados los hombres en busca de una escapatoria sin advertir que todos conducen al negro agujero de mi boca. Y recorren sus caminos convencidos de su libertad. Y algunos, ya lo creo, pretenden desafiarme.
He escuchado a algunos decir que todo es cuestión de tiempo. Que yo como el mundo reventaré al encontrar mi límite y pretender rebasarlo. Que no puedo tenerlo todo y que las cosas no se plegarán a mis caprichos. Pero no me comprenden. No tengo voluntad, sino ley. No tengo opción, sino fatalidad. Y el destino los incluye a ellos, que son quienes más debiesen prestar atención a mis advertencias para mejor pasar por el ojo de la aguja. ¿Es indebido pretender que la víctima esté preparada para ser el plato principal del banquete? ¿Acaso estoy desafiando la deontología del mundo que soy yo mismo y no debiese dar explicaciones? No soy dios, sólo el mundo, ¿es esto lo que sorprende cuando por fin me veo obligado a devorar a mis hijos?
Que cada quien crea lo suyo, no tengo prisa. Duermo entre comidas. Quizá en medio de una siesta aparezca el valiente que acabe conmigo. Con el mundo. Con él.
domingo, diciembre 02, 2012
El fin del mundo
Entonces todo el mundo se puso a correr
ni niños ni viejos ni enfermos ni sordos ni muertos,
y en la puerta del cielo se formó un tapón
y sólo pudo entrar el ruido del viento...
—Ángel, Mecano
La hora del alba me sorprende entre semana frente al espejo gris de la laguna, e igual que en ciertos domingos solitarios, creo entrever la intención universal de las cosas por recordarme mi condición mortal y la posibilidad, aun fantástica, de que el mundo siga sin mi participación ni conocimiento, máquina ciega de amaneceres y puestas de sol e historias donde todos los desenlaces han sido ya ensayados bajo todas las geografías y variantes.
Luego olvido. Funciono según las convenciones y doy pocas sorpresas. Puedo repetir sin titubeos las razones que me retienen y convencer aun a media docena de obnubilados del sentido y la finalidad, del objeto y la consecuencia. Pero la verdad es que sólo espero una señal para desaparecer. Y esa señal, si cabe el presentimiento, ha de presentarse pronto según demuestran el ruido del viento y la desnudez de este año y este mes —el último- que avanzan casi sin aspavientos ni adornos como una suave corriente de agua hacia el precipicio.
'Es el fin del mundo', me he dicho una de estas mañanas poco antes de que saliera el sol, justo a la hora en que pasaba la pareja —hombre y mujer, casi cincuenta años- que todos los días se pasea con un gran danés gigantesco que escandaliza a los perros del vecindario. Sencillamente y con resignación lo he comprendido: estaba anunciado en la honda y triste mirada del perro que levantó la cabeza para verme y decírmelo: 'estás lejos de todo como preparación para el fin del mundo; todo terminará.' La amarga verdad de la súbita desaparición de mis apegos —cada vez más dolorosos y poco disfrutables, es verdad, cada vez más distantes, pero a pesar de todo míos- me ha sido comunicada desde entonces por los ladridos feroces en la madrugada y las llamadas anónimas que sobresaltan el pronunciado silencio del salón.
No quiero salir. Por fortuna las vacaciones están cerca y habrá manera de encerrarse en el automóvil por semanas enteras para que sea detrás de sus cristales como contemple yo las llamaradas que bajan del cielo y el hundimiento de las ciudades, el arrepentimiento escandaloso de los que sólo desean que se les permita una borrachera más y la reducción a cenizas de los sitios sagrados donde conversé con los que amé. Y amé demasiado, aunque aquellos ya no lo recuerden. He preparado cigarrillos, un termo con café —muy cargado- y una bufanda tunecina por si diciembre trajera sólo frío (pero todavía no ocurre nada de esto y heme aquí siguiendo las rutinas como si nada pasara y nada supiera), pero yo sé que al final tomaré el móvil desesperado por enviarte un mensaje hasta donde estés y como no responderás sabré que el momento ha llegado y que aquel túnel en el cielo en forma de ojo felino o sexo de mujer me tragará para no devolverme jamás.
Qué triste irse sin haber llegado.
domingo, noviembre 04, 2012
Un mundo verdadero
A Arturo...
Es como si nunca hubiera ocurrido, como si estuvieran muertos. Me relaja poder estar aquí, contigo, contándote detalles de personas lejanas que quizá no vayas a conocer jamás y que tal vez me haya inventado para rellenar tiempos pretéritos. Te esperé mucho tiempo e hicimos planes, ¿recuerdas? Esperé, esperamos, tal vez yo con más impaciencia que tú, metido como estuve frecuentemente en intentos no siempre honestos de mirar al fondo de las personas creyendo que una vez instalado ahí no habría más mentira ni simulación ni necesidad de maquillaje. Me equivocaba, lo sé; lo sabía entonces, pero siempre tuviste buen cuidado de dejarme paliar tu ausencia con gente objetivamente inferior: a veces por su poca cabeza, a veces por su mala entraña, otras por su incapacidad para renunciar a poses o por su manifiesta deslealtad. Admiré durante esos años que no necesitaras más compañía que la mía y hubiese querido ser como tú, imitar la repulsión orgánica que te apartaba de farsantes y engañabobos, la tajante separación que hacías entre lo poco que importaba y lo mucho que no, pero no pude; puede decirse que no estaba en mi naturaleza y a la preferencia que me dispensabas respondí con asimetría, no sólo yendo una y otra vez hacia los demás hasta que me prodigaban su abandono o desinterés y la inconstancia segaba cada una de sus promesas, cada uno de sus votos, sino también con una atención inferior a la tuya, una reciprocidad tronchada que merecías completa a pesar de lo claras que eran las reglas entre nosotros (¿y cuándo la claridad ha vuelto virtuoso lo que está enviciado?). Sé que ahora, desde esta terraza y a salvo de nuestro país, extranjeros ambos ya no sólo de nuestros hábitos de cama sino también del lenguaje y las referencias locales, hacer repaso de agravios es ocioso. Nos tenemos cabalmente como cuando íbamos de vacaciones y no había más tiempo que el nuestro y dependíamos uno del otro para salir bien librados del trato con los demás, a veces cortésmente, a veces rozando el peligro, cómplices de mil exploraciones para conseguir volver a la habitación, quedarse en calzoncillos y sentados sobre la cama consumir una cena en medio de risas y televisión, llenando de migajas las sábanas donde nos revolcaríamos más tarde. Un mundo verdadero. Habrás experimentado lo mismo que yo con la inmensa mayoría de la gente que se nos acercaba: su afecto deficitario, su egoísmo a toda prueba, la mirada que sólo puede leer entre líneas porque nunca curó su complejo de inferioridad y el doloroso espectáculo del esnobismo y la impostura como pruebas de sofisticación e inteligencia, que no de inseguridad y vacío. Sabes que amé a muchos enfermos y aun enfermé en no pocas ocasiones, pero nunca contigo, ni siquiera cuando teníamos la coartada de la juventud ni cuando los años nos sugirieron coquetear con el aburrimiento: no lo conocimos. Qué cerca estuvimos de claudicar y encerrarnos en el desierto como quien escoge un final y no un principio. Qué dulce veneno el de las horas y las estaciones de Santa Teresa que se acumularon pacientemente como en un embudo para desembocar en ese buen día en que dejamos todo y nos fuimos a otro país y no nos importó más que tenernos y apostar por esta breve terraza del viejo mundo con sus turistas paseando cerca del puente y su radio a bajo volumen como fondo y las conversaciones animadas de las mesas contiguas y los tejados de zinc y los estanques donde se refrescan patos y cisnes y la estólida indiferencia del tiempo desterrado, a salvo de la incomprensión, la envidia y el desasosiego...
¿Qué hora es?
domingo, octubre 28, 2012
Gebrydguma
Cuando sé de infidelidades sexuales -también cuando veo en las calles putas al pasar en mi coche o en taxi o andando- siempre me acuerdo de [...] la existencia de un [...] sustantivo, tal vez ge-bryd-guma, que sería 'connovio' [o 'coyaciente'].
-Mañana en la batalla piensa en mí, Javier Marías
¿Qué significa superar algo? Los psicólogos indulgentes de estos tiempos babeantes lo tienen todo claro: consiste en que deje de causar problemas, que pierda peso y se asimile –¿o trivialice?- para que pueda así pasarse a lo que sigue sin perder más tiempo: esta prisa contemporánea teme más a esta pérdida que en ninguna otra etapa de la historia humana, y, paradójicamente, nunca se había perdido más el tiempo. O sea que habrá superado sus problemas quien mejor haya podido hacerlos de lado, lo que es –desplazamiento semántico- una manera más de resolverlos, no muy distante de aquella pretensión infantil de cerrar los ojos para que se suprima el peligro y desaparezca el coco.
Es así, en este último sentido, como puedo decir que la tortuosa historia de la primera mitad de mi doctorado ha sido superada, primero por la segunda parte, luego por el tiempo que ha transcurrido desde que abandoné Europa no para volver a México, sino para venir a California: con los ojos cerrados o mirando hacia otro lado, con el poco ejercicio de la memoria, con la paulatina difuminación al que todo pasado se enfrenta, con la superposición de los sucesivos presentes a los que no se les pide explicación alguna de los tiempos que les precedieron para instalarse a sus anchas.
De modo que después de todo quizá esté salvado por estar aprovechando cabalmente los recursos que me ofrecen las instalaciones de la universidad, por estar engordando mi cuenta de ahorros, por ser capaz de levantarme todas las mañanas en este somnoliento caserío del condado de Santa Cruz e incorporarme al freeway a bordo de un auto pequeño para los estándares norteamericanos y enorme para los europeos; salvado por ocupar mi mente en los algoritmos genéticos del día anterior que probaron ser desastrosos en el I-PID del brazo robótico y que quizá encargue revisar a Carlos, el becario, asistente y doctorante a mi cargo; salvado porque ocupo mi tiempo en las diapositivas que exhibiré en el curso de Técnicas de Control Inteligente 14200 y no me detuve en Praga o en Guadalajara para rumiar cuán sinuoso fue el camino que me llevó de un lado a otro hasta llegar a este cubículo impecable en un país cada vez más receloso de los extranjeros.
No parece salvación, sin embargo, este ritmo de trabajo frenético con que silencio la conciencia día con día y que sirve además de escudo contra toda clase de intimidad con mis colegas y estudiantes. No pude ser un científico en forma, de esos que hacen escuela y a quienes es posible exigir resultados brillantes, de modo que hube de limitarme a la academia, al mundo teórico donde las responsabilidades son limitadas y el tiempo libre abundante; tiempo libre que me ha salvado –otra vez la dudosa palabra- de la enajenación técnica a la que he visto sacrificarse innumerables mentes brillantes que no precisan dedicar tanto tiempo a sus ideas para publicar un artículo o ser tomados en cuenta como yo, y me ha condenado –hay que repetirlo- a la especulación retrospectiva sólo con piedad llamada filosófica, a la inmersión impune dentro de la literatura y la historia, a la reflexión ociosa que, si vale la presunción, me ha permitido mantenerme en la ingenuidad de creer que puedo verlo casi todo desde mi atalaya intelectual y con base en esos juicios elevados, gobernar mi vida.
Pero el mundo no es perfecto. Y no ha faltado desgobierno en mi relación con él, habiendo vivido la mayor anarquía cuando más me empeñaba en hacer encajar mi hacer y mi decir, cuando apenas habían pasado unos meses de iniciada la segunda temporada del doctorado en Praga y ahondaba en la asimilación (¿superación?) del hecho de que Fernando y yo estaríamos separados por mucho tiempo, viéndonos cada cierto número de meses por pocas semanas mientras no terminara mi tesis doctoral ni consiguiera la publicación de resultados aceptables; cuando vivía en el departamento monocromático de Barrandov, viendo nevar a través de los enormes ventanales de aquel vecindario de grandes bloques grises, transitando el primer invierno nórdico de mi vida; cuando a la depresión solitaria sumé una variable vestida de remedio: Alí.
La primavera estaba cerca. Aquel día lunes había llegado tarde como de costumbre en esos días invernales, había saludado a Petr, Pavel y Branislav, con quienes compartía la enorme oficina del edificio dieciochesco en aquella esquina de la Plaza de Carlos, había vuelto a perder toda la mañana y parte de la tarde en escribir largos correos electrónicos: a Fernando, a mi madre y a mi hermana, a mi amigo Diego, a mi amiga Genoveva en España, a otro puñado de amigos que probaron ser prescindibles y cuyos nombres apenas recuerdo. Escribía a todas horas y fingía revisar el libro de desigualdades matriciales lineales cuando pasaba Petr junto a mi escritorio, ignorando aun que ese individuo apenas mayor que yo, tenía tan poco interés en lo que yo hacía como en el hecho de que yo fuera su único doctorante.
Ese día, encima, salí temprano, tal y como hacía al menos dos veces a la semana para entrevistarme en bares y cafés o paseando por las calles de Praga, con Jason. Pero esta vez no iba a conversar con el inglés, sino a visitar un parque que prometía encuentros sexuales casuales como aquellos a los que estaba acostumbrado fuera de mi relación con Fernando y a los que veía con una combinación imprecisa de condescendencia, culpa y morbo. Una combinación tramposa porque fingía contrición cuando se solazaba en la turbación hormonal y psicológica de dichos episodios. Una manía no muy anormal para los tiempos que corren, según me decía con frecuencia la propia Genoveva, que entonces seguía mis escaramuzas con asiduidad en largas conferencias telefónicas desde Madrid.
Atravesé todo el centro a pie para llegar al parque, en lugar de tomar tranvías o el metro que recién había sido rehabilitado tras meses de reparaciones con motivo de la gran inundación de 2002. Bajé por la calle Spalená –literalmente calle “Quemada”- y penetré en la ciudad vieja cuando todavía había sol para decir que era de día y el anochecer no había comenzado. No me percataba entonces, pero parece que mi cerebro registraba con fascinación los laberintos de calles y callejones de la Praga vieja para fabricar, años después, la escenografía de sueños más o menos recurrentes, siempre incapaces de alcanzar una plaza o cualquier claro entre la estrecha arquitectura de siglos.
Ya avanzo por el parque con parsimonia, tomando el camino a mi izquierda, cuidando de no pisar las pocas láminas de hielo que todavía se aferran al piso y advierten de la persistencia del invierno; sobre los jardines aun pueden verse restos de nieve. Desde esta colina se contempla buena parte de Praga y es así que comprendo finalmente de dónde han salido tantas fotografías y pinturas, dibujos y grabados de la que, según muchos coinciden, es la ciudad más hermosa de Europa, aunque nunca he estado en París para asegurarme de que los partidarios de la Ciudad Luz son unos exagerados. Desde este parque y a pesar de la luz escasa, la ciudad luce encantadora. Le hacen un buen favor los techos colorados de aquellas casas viejas, aunque los colores sean pálidos, sobre todo para mí, viniendo de un país meridiano y tan dado a los excesos cromáticos, aunque me cueste trabajo reconocer semejante influencia. 'No me quedaría a vivir aquí', pienso sin demasiado esfuerzo como la continuación de un soliloquio caótico del que de vez en cuando asoman frases o pensamientos rotundos.
Doy la vuelta y sigo caminando hacia el fondo del parque, donde se levanta el antiguo palacio Belvéder, al que reconozco inmediatamente por estar dibujado en un pequeño cuadro que cuelga en mi departamento de Barrandov. Entonces comprendo que aquel dibujo antiguo –siglo XVIII, me parece- se hizo más o menos desde este punto luego del cual se encuentra el jardín real de verano, que a esta hora ya está cerrado al público. 'Qué casualidad' –me digo con el pensamiento falsamente sorprendido- 'que en mi propio departamento haya tenido, sin saberlo, un dibujo del lugar que llevaba meses buscando'. Pero no por su arquitectura, desde luego: poco antes de esa entrada hay un grupo de hombres cuyos rostros no distingo aún –veo mal de lejos, una leve miopía que se agudiza en los minutos del ocaso- aunque intuyo que se trata de homosexuales, tal y como Miroslav me contó.
Paso a su costado y entonces estoy seguro de que no han venido de paseo ni a platicar. Están trabajando, se están prostituyendo sin mucho éxito, como deja ver el hecho de que media hora después sigan ahí, observándome con curiosidad morbosa y riendo con escándalo cada vez que vuelvo a pasar –llevo ya tres vueltas a paso lento, sin ver nada llamativo, salvo un hombre que se masturba detrás de unos matorrales sin que nadie quiera ayudarle- aunque ninguno de ellos se atreva a insinuarme nada; quizá lo consideren inútil al asumir que soy extranjero y difícilmente sabré una palabra de checo. Ya me lo había advertido Miroslav: muchos son prostitutos y no hablan inglés, de modo que no me sorprende, aunque ciertamente son de mucho mejor calidad que aquellos que pululan en la estación principal de tren con los dientes amarillos del tabaco, la ropa sucia y la mirada perdida por alguna droga. Aquí no he visto ni jeringas ni suciedad, por lo pronto. 'Pero es temprano para hacer cualquier juicio', me digo al tomar asiento en una banca.
No he venido a pagar un prostituto. Tengo veintisiete años, luego no ha llegado el momento de obtener carne joven sólo con dinero, nunca lo he hecho (no pueden contar como tales los pequeños préstamos que hice a algunos de mis fugaces amantes en apuros; eso es otra cosa) y esta vez no será la excepción. He venido porque Miroslav, el eslovaco que conocí ayer por accidente, tuvo a bien recomendarme la zona para intercourse, palabra que él pronunció en un inglés brutal, rocoso y germano. De modo que no son estos profesionales el objeto de mi visita, sino tipos como aquel que se masturba detrás de los matorrales, aunque los preferiría con menos prisa y descaro, con menos urgencia y, desde luego, más jóvenes.
La banca estaba helada, pero mi cansancio en aquel momento no consentía otra cosa y poco importaba que el frío empezara a acentuarse tras el ocaso. Un azul marino empezó a inundar el cielo y en él empezaron a tilitar algunas estrellas, si bien donde había una sola yo veía una luz difusa, imprecisa. 'Debí traer mis lentes' –murmuré, aunque no suelo hablar a solas, pero entonces debió ser la aburrición que empezaba a dominarme y a la que trató de atajar mi eterno soliloquio con esa frase rebelde que llegó hasta mi boca en lugar de quedarse en mi mente. Me puse de pie y eché a andar de nuevo hacia el grupo de prostitutos –un grupo de rubios en su mayoría, sin los afeminamientos tan comunes de las tierras tórridas, más bien conservadores en su forma de vestir; sería el frío- y no bien había dado un paso distinguí una silueta que se acercaba velozmente por una entrada al parque que me quedaba a sólo un costado.
Cruzó delante de mí y apenas pude distinguirlo, pero no me hizo variar el camino que ya llevaba trazado y seguí adelante. Pasé a un costado de los prostitutos –se produjo una pausa en su conversación mientras los rebasaba; alguien reprimió una risa- y luego seguí un camino paralelo al de aquel con quien me crucé, mismo que avanzaba rápida y torpemente, con una mochila echada a sus espaldas, me pareció. Nuestros caminos se encontrarían, pero tenía que apretar el paso. Lo hice y lo alcancé. Nos detuvimos.
domingo, septiembre 23, 2012
Hoz y martillo
'Soy una tonta y
no voy a ir al otro lado porque no asemos caso y no me van a alludar en
la tarea porque estoy triste y no salimos afuera y era templano y nos
enojamos'.
Encontré esta nota cuando volvía a casa una noche sofocada al final del verano, cansada del trabajo y presa de la concentración maquinal y vacía que sucede a las pérdidas o los abandonos. No era para mí, desde luego, y el papel en que estaba escrita acusaba varios días yendo y viniendo a merced de los elementos -las incongruentes lluvias torrenciales que despiden la difícil humedad de los desiertos, los vientos de fuego que recorren sus tardes- sólo para terminar al pie de mi puerta como un mensaje inoportuno. Una señal, quizá.
Cuando la levanté del suelo iba a tirarla a la basura, pero luego de leerla me derrumbé en una de las seis sillas vacías del comedor y la puse en el centro de la mesa donde no quedaban ya huellas de comensales ni de viejas reuniones cargadas de espumosos vinos ni de carcajadas auténticas o avances amorosos. Hace ya años que no existía el partido. Y hace semanas que Selbor, el último de sus miembros y amigo sobreviviente, mi amante ocasional y paradójico, se fue para siempre.
Con la soledad extendiéndose como agua derramada sobre mi tiempo, he tenido ocasión de reflexionar obsesivamente sobre lo ocurrido en estos años en que mis entusiasmos e ilusiones siguieron la ruta del despeñadero. Descubro, no sin cierta vergüenza, que a diferencia de mis encendidos colegas yo sí me ocupé de las implicaciones prácticas de ser una socialista. Hice los deberes. Estudié a Marx y a Lenin. Comparé con Kropotkin. Simpaticé con el anarquismo cuando se desmoronaban los regímenes de la esfera soviética. En la facultad de psicología organicé talleres lacanianos como medio para una refundación del socialismo que no nos costara rompimientos traumáticos. Todo era leer y actuar, ocuparse con esa convicción sin dudas que tiene el actuar femenino cuando se ama a alguien y pasar por la criba del escepticismo al resto del mundo.
Amé a Selbor desde el principio aunque me lo censurara el hecho de que él prefiriera a Vera y luego se enredara con Talia; aunque me obligara a inventarle justificaciones el hecho de que su apasionamiento socialista no le dejara tiempo para preparar de comer o lavar la ropa, actividades que generosamente me delegaba (no sin puntualizar que no participaría del acto burgués de hacerse de una lavadora) y agradecía con sexo ocasional que luego explicaba como actos rebeldes contra el establishment (y no como infidelidades hacia sus amantes debidamente desinformadas); aunque yo fuese la responsable de hacer pasar por virtudes sus ejercicios retóricos hechos de vanidad, egocentrismo y no poco veneno.
'Me faltó la fe impostada que le sobró a Selbor o al resto de mis camaradas', pienso delante de aquella nota enterregada. Acaso todo era esnobismo, pero lo cierto es que ahora ellos están bien instalados en países imperialistas o explotando a sus connacionales sobre el propio territorio y en ciudades menos inhóspitas que Santa Teresa. 'Sólo yo me he quedado', murmuro, pero tampoco la mía era convicción sino voluntaria necedad y alienación, ¿acaso es otra cosa el enamoramiento? ¿no fue mi actuar tan censurable como el de los demás? Qué pobre ventaja moral la de encontrarme en el mismo sitio y con cuarenta años encima y ahora sin la presencia de Selbor que se ha ido justamente 'al otro lado' luego de años de vivir del dinero de sus padres. Ser socialista es cosa de ricos.
'Soy una tonta', pienso y leo en la nota, o acaso leo y luego pienso como si me lo dictaran. El tiempo perdido es irrecuperable: los años que siguieron a la facultad en que los amigos y camaradas del partido fueron desapareciendo, los años en que Selbor continuó jugando con las palabras y distanciándose de los hechos, pidiendo dinero prestado, hospedándose en mi casa no pocas veces, dejando trastes sin lavar en el fregadero y a veces algún condón en el retrete, los episodios en que jugamos a rendirnos uno al otro y establecernos... 'Los hombres inteligentes se apasionan' -me digo- 'de las ideas, las personas, los sitios'. Pero ellos sólo creen que aman y no saben hacerlo. Sólo ellos creen que dicen lo mismo que una cuando dicen 'te quiero' o 'cuenta conmigo' o 'el año que viene haremos un viaje' porque usan las mismas palabras, pero los caracteriza la inconstancia, la brillantez intelectual de saltar de un barco que se hunde. Como el partido. Como la utopía socialista. Como mi propio amor (¿o mi amor propio?) en esta noche en que sólo soy una niña asustada y triste deseando que la abracen.
Encontré esta nota cuando volvía a casa una noche sofocada al final del verano, cansada del trabajo y presa de la concentración maquinal y vacía que sucede a las pérdidas o los abandonos. No era para mí, desde luego, y el papel en que estaba escrita acusaba varios días yendo y viniendo a merced de los elementos -las incongruentes lluvias torrenciales que despiden la difícil humedad de los desiertos, los vientos de fuego que recorren sus tardes- sólo para terminar al pie de mi puerta como un mensaje inoportuno. Una señal, quizá.
Cuando la levanté del suelo iba a tirarla a la basura, pero luego de leerla me derrumbé en una de las seis sillas vacías del comedor y la puse en el centro de la mesa donde no quedaban ya huellas de comensales ni de viejas reuniones cargadas de espumosos vinos ni de carcajadas auténticas o avances amorosos. Hace ya años que no existía el partido. Y hace semanas que Selbor, el último de sus miembros y amigo sobreviviente, mi amante ocasional y paradójico, se fue para siempre.
Con la soledad extendiéndose como agua derramada sobre mi tiempo, he tenido ocasión de reflexionar obsesivamente sobre lo ocurrido en estos años en que mis entusiasmos e ilusiones siguieron la ruta del despeñadero. Descubro, no sin cierta vergüenza, que a diferencia de mis encendidos colegas yo sí me ocupé de las implicaciones prácticas de ser una socialista. Hice los deberes. Estudié a Marx y a Lenin. Comparé con Kropotkin. Simpaticé con el anarquismo cuando se desmoronaban los regímenes de la esfera soviética. En la facultad de psicología organicé talleres lacanianos como medio para una refundación del socialismo que no nos costara rompimientos traumáticos. Todo era leer y actuar, ocuparse con esa convicción sin dudas que tiene el actuar femenino cuando se ama a alguien y pasar por la criba del escepticismo al resto del mundo.
Amé a Selbor desde el principio aunque me lo censurara el hecho de que él prefiriera a Vera y luego se enredara con Talia; aunque me obligara a inventarle justificaciones el hecho de que su apasionamiento socialista no le dejara tiempo para preparar de comer o lavar la ropa, actividades que generosamente me delegaba (no sin puntualizar que no participaría del acto burgués de hacerse de una lavadora) y agradecía con sexo ocasional que luego explicaba como actos rebeldes contra el establishment (y no como infidelidades hacia sus amantes debidamente desinformadas); aunque yo fuese la responsable de hacer pasar por virtudes sus ejercicios retóricos hechos de vanidad, egocentrismo y no poco veneno.
'Me faltó la fe impostada que le sobró a Selbor o al resto de mis camaradas', pienso delante de aquella nota enterregada. Acaso todo era esnobismo, pero lo cierto es que ahora ellos están bien instalados en países imperialistas o explotando a sus connacionales sobre el propio territorio y en ciudades menos inhóspitas que Santa Teresa. 'Sólo yo me he quedado', murmuro, pero tampoco la mía era convicción sino voluntaria necedad y alienación, ¿acaso es otra cosa el enamoramiento? ¿no fue mi actuar tan censurable como el de los demás? Qué pobre ventaja moral la de encontrarme en el mismo sitio y con cuarenta años encima y ahora sin la presencia de Selbor que se ha ido justamente 'al otro lado' luego de años de vivir del dinero de sus padres. Ser socialista es cosa de ricos.
'Soy una tonta', pienso y leo en la nota, o acaso leo y luego pienso como si me lo dictaran. El tiempo perdido es irrecuperable: los años que siguieron a la facultad en que los amigos y camaradas del partido fueron desapareciendo, los años en que Selbor continuó jugando con las palabras y distanciándose de los hechos, pidiendo dinero prestado, hospedándose en mi casa no pocas veces, dejando trastes sin lavar en el fregadero y a veces algún condón en el retrete, los episodios en que jugamos a rendirnos uno al otro y establecernos... 'Los hombres inteligentes se apasionan' -me digo- 'de las ideas, las personas, los sitios'. Pero ellos sólo creen que aman y no saben hacerlo. Sólo ellos creen que dicen lo mismo que una cuando dicen 'te quiero' o 'cuenta conmigo' o 'el año que viene haremos un viaje' porque usan las mismas palabras, pero los caracteriza la inconstancia, la brillantez intelectual de saltar de un barco que se hunde. Como el partido. Como la utopía socialista. Como mi propio amor (¿o mi amor propio?) en esta noche en que sólo soy una niña asustada y triste deseando que la abracen.
miércoles, septiembre 12, 2012
Mistakes
Erreurs, je sais que je le porterai toute ma vie. Mes erreurs, comme de celle. Tu sais laquelle. Quand on a coupé mes cordes. Je me suis envolé ailleurs. On a coupé mes cordes. Et je ne redescendais pas...
-Mistakes, Tindersticks
Ahora lo sé tan bien que me produce miedo, aunque procuro no tomarlo en cuenta como se hace con la muerte y otros asuntos desagradables e imprevisibles. Sé bien que no somos nunca del todo conscientes del daño que podemos causar, aunque saberlo no alivia ni reconforta una vez que se causa, no nos hace inocentes apelar a la naturaleza humana gobernada por las debilidades y la atrocidad ni basta la previsión para ahorrar dolor, ni siquiera la inmovilidad; inútil resulta conocerse a fondo o creer que se conoce cuando nuestras peores potencialidades aun no se dan la mano con las circunstancias que las posibilitarán y nos harán abominables.
No hablo, desde luego, de las culpas abstractas que acompañan a cualquiera por el solo hecho de respirar y que sólo los obnubilados o los muy idiotas o histéricos echan en cara a sus semejantes: la explotación que los hábitos de consumo perpetúan y motivan, la injusticia inevitable que le quita a unos para darle a otros, por ejemplo. Para todo ello se encuentran justificaciones, circunloquios, pretextos saludablemente vestidos de razones que nos garantizan una conciencia limpia; no así, sin embargo, para las culpas en las que nuestra participación es directa y muchas veces consciente y aun deliberada, no hay nada que evite mancharnos cuando el daño recae en lo que tenemos más cerca, cuántas veces en los que más queremos y más nos son incondicionalmente leales, como si el mal se empeñara siempre en ir a parar ahí donde nadie lo buscó ni causó y por lo tanto sin que pueda alegarse que es merecido o esperable.
Lo sé bien, como se sabe aquello que se vive cuando se dispone de sentidos para registrar y suficiente memoria, como se conoce lo que se ha repasado una y mil veces, ponderando, rehaciendo, desenmascarando posibles explicaciones fáciles o cómodas, hurgando con la difícil honestidad que preside los juicios contra sí mismo. Yo conocí mi maldad –o debo decir que la atisbé, nunca se sabe- y aun la empleé sin saber que lo hacía, luego sabiéndolo, más tarde escindiéndome en aquel que sabía el nombre de cada cosa y aquel otro que procuraba cambiarlo, protegerse de las consecuencias, hacerse a un lado y decir ‘yo no fui, no era, nunca he sido, yo no soy responsable de estas lágrimas ni de esta sangre’.
Cuántas veces en la vida ni siquiera la entrevemos, la maldad, y hacemos afirmaciones y fijamos ideas sin advertir que detrás de aquellas presuntas certidumbres hay contingencias, imponderables, resquicios por donde nos saluda la ironía y se cuela la contradicción; siempre hay más tiempo delante, tiempo suficiente para poner cada palabra en su lugar justo y arrasar los excesos de las nuestras, las más de las veces al golpe de la realidad que no respeta teorías ni deseos y suele tener un espíritu didáctico exento de amabilidades. ‘Yo no sabía, no podía saberlo, creí que todo estaba en mis manos e ignoraba, no sabía que detrás de las mías hay otras manos y que de entre la niebla de mis palabras puede venir el beso que me envenene o la espada que corta cabezas incluyendo la mía’.
Cuánta ingenuidad suele acompañarnos aun cuando hacemos de conscientes y anticipados, cuando creemos saber de qué se trata y hasta jugamos con las circunstancias que lentamente nos envuelven y nos demuestran quién juega con quién, cuánta simpleza hay en nuestra frágil seguridad que se sustenta más en lo que no ha ocurrido que en lo experimentado, más en sus abstinencias y omisiones que en sus acciones efectivas, decimos ‘Esto sería lo mejor que me podría ocurrir’ o ‘Esto definitivamente no está bien’ porque ni siquiera sospechamos el precio que lo primero trae aparejado ni los irresistibles encantos de lo segundo, ignorantes y soberbios como somos, ciegos poblados de visiones cuando andamos y juzgamos el mundo, y yo el que más, que tantos caminos torcí para que mi hacer y mi decir fueran uno y el mismo, tan peligroso el afán de la consistencia que es más bien cerrada y fanática como la laxitud sin escrúpulos de los despreocupados.
No sé hasta dónde me alcanzará la inmensa sombra de mi tiempo abismal, cuándo podré recuperarme del asombro que me produjo y sigue causando saber que la maldad y el daño que suele acompañarla se ceban en nuestros esfuerzos por esquivar la contradicción entre nuestras palabras y nuestros hechos, ese empeño totalitario, después de todo, de hacerse de una vida sin fisuras ni dobleces; suprema ironía la del contorsionismo grotesco al que las ideas obligan en vida para que no pierdan vigencia ni solidez, todo en vano y aun en contra de las aspiraciones originales porque nuestros edificios de papel terminan por caer consumidos por la realidad que suele tener, sin apelación posible, la última palabra.
viernes, agosto 31, 2012
El examen
Me estacioné a un costado de la carretera que va de Huivulai a Santa Teresa y bajé del coche. Sobre el valle, nubes negras y altas parecían detenidas mientras la luz crepuscular resaltaba cada borde del paisaje en tonos naranjas y ocres. Miré a mi alrededor mesándome las barbas en actitud incrédula, no tanto por hallarme aquí luego de tantos años y ser recibido por el aire denso y caliente de un buen final de agosto, sino por la certeza de que las casas de la ciudad donde tuve vida y amor y conocimiento estaban vacías, desprovistas como era su destino de los amigos que las habitaron y de sus familias ahora desperdigadas o desaparecidas que tantas mañanas se reunieron en torno a apresurados desayunos y llenaron el espacio de palabras y discusiones ahora irrecuperables.
Los autos van y vienen por la carretera y entrecierro los ojos, no sólo para protegerme del polvo levantado o la luz cada vez más inclinada y absorbente, cuanto para ver mejor quién viene al volante y pretender, aunque sólo sea por vía de la memoria, la súbita aparición del vehículo conocido y el amigo de esos días que abrirá la puerta del copiloto con mano diestra sin soltar el volante y me recibirá en la cabina con un saludo y un abrazo, y trazará un plan para viajar al otro extremo de la ciudad donde ya nos espera otra reunión hecha de personajes centrales y accesorios, todos entrañables, cargados de su vocerío y su risa y su intención manifiesta y compartida de detener el tiempo. Todos ellos, me digo mientras abro los ojos y el horizonte parece arder bajo un manto negro, irremediablemente incorporados a la rueda de la vida que los ha hecho abandonar la fiesta y el tiempo y salir de aquí con rumbo desconocido.
El espectacular que estaba aquí ha sido retirado y queda una columna metálica gigantesca como única evidencia de que la memoria y la imaginación continúan respetándose. Bajaría el terraplén, llegaría hasta la puerta y tocaría, pero no tengo fuerzas para decepción parecida ni para suplicarle al tiempo una tregua y que me lleve de vuelta a un sitio seguro. Creo que ya se advinan estrellas y el hilo de luz que aun pinta el poniente a mi izquierda debiera bastarme para subir de nuevo a mi carro, encender la marcha y buscar algún hotel, un cuarto de preferencia alejado de las que de verdad fueron mis habitaciones, un sitio donde dormir y volver a soñar el mismo sueño de aparecerme al borde de la carretera a mirar las luces de la ciudad deshabitada. Fuera del tiempo. Mi sueño. Por toda la eternidad...
Los autos van y vienen por la carretera y entrecierro los ojos, no sólo para protegerme del polvo levantado o la luz cada vez más inclinada y absorbente, cuanto para ver mejor quién viene al volante y pretender, aunque sólo sea por vía de la memoria, la súbita aparición del vehículo conocido y el amigo de esos días que abrirá la puerta del copiloto con mano diestra sin soltar el volante y me recibirá en la cabina con un saludo y un abrazo, y trazará un plan para viajar al otro extremo de la ciudad donde ya nos espera otra reunión hecha de personajes centrales y accesorios, todos entrañables, cargados de su vocerío y su risa y su intención manifiesta y compartida de detener el tiempo. Todos ellos, me digo mientras abro los ojos y el horizonte parece arder bajo un manto negro, irremediablemente incorporados a la rueda de la vida que los ha hecho abandonar la fiesta y el tiempo y salir de aquí con rumbo desconocido.
El espectacular que estaba aquí ha sido retirado y queda una columna metálica gigantesca como única evidencia de que la memoria y la imaginación continúan respetándose. Bajaría el terraplén, llegaría hasta la puerta y tocaría, pero no tengo fuerzas para decepción parecida ni para suplicarle al tiempo una tregua y que me lleve de vuelta a un sitio seguro. Creo que ya se advinan estrellas y el hilo de luz que aun pinta el poniente a mi izquierda debiera bastarme para subir de nuevo a mi carro, encender la marcha y buscar algún hotel, un cuarto de preferencia alejado de las que de verdad fueron mis habitaciones, un sitio donde dormir y volver a soñar el mismo sueño de aparecerme al borde de la carretera a mirar las luces de la ciudad deshabitada. Fuera del tiempo. Mi sueño. Por toda la eternidad...
sábado, agosto 11, 2012
Motel Seis
I'm in love with a dying man...
-Kill Kill, Lana del Rey
-Kill Kill, Lana del Rey
Harry duerme en la cama sin camisa y yo he aprovechado para salir de aquella con sigilo y empacar algunas cosas. No temo despertarlo -siempre ha tenido el sueño espeso- y para mejor acompañar estos minutos y aguantar los nervios me he puesto los audífonos con música de la cantante esa de letras sucias plagadas de sexo, droga y mucho dinero. Letras prácticas, pienso, para quien como yo está a punto de saltar del barco que se hunde: llegó la hora de dejarlo.
No es momento de hacer caso a la memoria, pero es inevitable que entre el shampoo y los zapatos mal acomodados me acuerde del día en que me fui con él llevando esta misma maleta. Sólo nos habíamos visto dos veces: la primera en el bar cuando yo llevaba los tacones altos que ahora voy a dejarle; la segunda cuando me visitó en la habitación de aquel motel que olía a cenicero y me dijo -mejor dicho me ordenó- que a partir de entonces viviría con él. Sólo recordar aquellos momentos me apetece encender un cigarro y ya lo hago porque Harry tiene el sueño espeso y siempre ha dormido en ceniceros, incluso cuando -dice- trabajaba en barcos pesqueros que se hacían a la mar por semanas enteras en el norte. Un cigarrillo no va a despertarlo.
Mientras doy bocanadas y caen cenizas en la percudida alfombra, pienso que quizá ya no lo despierte nada. Lleva meses soñando que aun quedan sitios hacia dónde huir, pero sólo abundan y aumentan aquellos de los que debemos salir corriendo. No siempre fue así, por supuesto. Hubo tiempos de vigilia suya en los que era yo la que dormía. Ganaba mucho dinero y no nos faltaba nunca con qué ponernos a tope y hacer el amor, sustancias refinadas a las que en mi vida previa sólo conocía en versiones de mala calidad y que ahora podía disfrutar con una pureza que quizá no vuelva a probar. Mala suerte.
Porque si bien las sustancias no eran lo mejor, eran indispensables. Era así como conseguía amarlo y convencerme de que nada nos separaría. Era así como podíamos explotar nuestros cuerpos hasta el agotamiento y desayunar tranquilamente al día siguiente con tazas de café sobrecargado, periódicos y los infaltables ceniceros. Entonces teníamos una casa y cada tres o cuatro días yo desayunaba aparte para dejarlo con sus compañeros de negocios que venían a visitarlo: individuos amables con las mujeres, duros como en las películas, tan leales como pudiera pagar el dinero. Cuando ellos llegaban, Harry me despedía poniendo su mano firme sobre mi hombro y mirándome de reojo con media sonrisa. Fuera de esos instantes, sólo sonreía al terminar de hacer el amor, como si en esos actos leyera lealtad.
Y es que la lealtad era una de sus obsesiones malsanas. No hablaba de su trabajo, pero cuando era evidente que había tenido un mal día casi siempre respondía que se había ocupado de un desleal (no recuerdo haberlo escuchado decir traidor: yo hubiera preferido esta palabra) y acto seguido me iba empujando a la cama con una decisión violenta de poseerme. Si me hallaba indispuesta echaba mano de la cajita de estimulantes de mi tocador; si me faltaban sustancias él me las proporcionaba (cargaba siempre algo en su cartera: a veces polvos, a veces comprimidos, incluso ampolletas). No me parecía mal que se abalanzara sobre mí porque despertar deseo ha sido siempre una satisfacción, incluso con el primer amor que fue mi padre. Y ahora que se acaba el cigarrillo reflexiono que, pese a que no volverá a verme, le fui leal porque no me acosté con nadie más mientras anduve con él.
Harry es un misterio, pero yo no tengo interés en develarlo; difícilmente lo tendría cuando encuentro a todas las personas ordinarias, empezando por mí. La cantante en mis oídos me recuerda que todos tenemos un precio y aunque podríamos hablar de amor, a Harry se le acabó el dinero para pagarme. Sé lo que pensaría la gente ordinaria, claro, que hasta en una situación como esta se pondría del lado de él. Pero me basta recordar a las muchas mujeres que vi pasearse por los malls de la ciudad en que vivimos por años para convencerme de que la cantante tiene razón y de que yo no soy ni más mala ni más buena que ellas. 'Aun hay dinero' pienso cuando las veo. Y pese al mucho tiempo que he empleado en estos años viendo películas donde el amor hace milagros sé que no existe la incondicionalidad cuando los amantes o incluso los amigos tratan de sobrevivir.
Por eso no me pesa cerrar la puerta de la habitación por fuera y caminar por horas hasta que un camionero se detenga al lado de la carretera para llevarme a donde sea, quizá a México donde el dinero que tomé de la cartera de Harry me rendirá más. He llevado conmigo una foto de él con esa barba corta como de dos días que solía mantener casi siempre, pero quizá la pierda o un día simplemente la tire. Porque el amor, si lo hubo, no puede ser una foto ni esta cosquilla de saber qué suerte correrá. Porque el amor, si lo hubo, estuvo en la lealtad de nuestros cuerpos intoxicados enganchándose: concretos, inmediatos, sin la mentira del más allá con que se encubren los miedos y egoísmos más repugnantes...
lunes, julio 30, 2012
Monsieur Bernard, entrevistador (fragmento)
A Ruben Robles Ruíz, con y sin acento...
–Ya
debe ser suficientemente difícil escribir desde un país y una ciudad
inciertas, pero agréguese la fatalidad de que si por una vez en tanta
tradición sincrética se encontrase de pronto con una identidad definida y
lo que se antojaba inconsistente y aun imitativo resultase original y
cierto, sería tenido por ingenuo en la opinión de otros tantos inseguros
como él, pero también ignorado por los que sí hemos tenido la fortuna
de nacer y vivir en un sitio con características propias y cultura
asertiva. Que conste que me ocupo del asunto porque me lo ha preguntado y
ha traído un buen vino, monsieur Bernard, sin contar con que ya puedo
decir algunas cosas con holgura gracias a mi retiro. Es una pena que
haya muerto sin conocer la vejez propiamente...
–¿Considera entonces que tenía problemas de identidad?
–Como todo latinoamericano, sí, y casi podría asegurar que como cualquier tercermundista. Dése cuenta de que un individuo culto en esos países lo es siempre en nuestros términos: no puede ni quiere sustraerse a la civilización occidental. Leen nuestros libros, estudian nuestra historia (cuántas veces mucho mejor que nosotros mismos) y no pocos aspiran a abandonar sus países de origen para venir a habitar la que consideran la fuente de sus aspiraciones filosóficas. Pero ignoran –o descubren tarde- que su dicotomía no es un problema geográfico y que no es en los libros donde se mama la civilización: un adolescente que fuma hachís en nuestras calles y visita los MacDonald's de la región con casquette a la cabeza y basquettes en los pies es más francés que cualquiera de los lectores latinoamericanos de Proust y los connaisseurs extranjeros de vinos o museos. Por supuesto que a él no se le escapaban estos razonamientos y aun en contra de sus intereses decidió volver a su país.
–Europa los pilla lejos. ¿Qué tal América?
–Los Estados Unidos o los países europeos, tanto da. Pensemos en el cine o la música. ¿Se imagina Usted la peripecia mental de conciliar cotidianamente las películas de superhéroes con el patente subdesarrollo que les espera apenas salir de la sala de proyecciones? ¿Qué tal ir de la música clásica y el rock anglosajón de sus alucinados audífonos al folclor que tarde o temprano los encuentra en una fiesta o una borrachera en plena calle?
–Pese a esas contradicciones, decide volver a su país. ¿Resignación?
–No exactamente. Verá: esos pobres llegan mucho antes que nosotros a disfrutar de un cinismo disfrazado de suficiencia y aun de sofisticación, como si todas las cosas hubiesen sido ya juzgadas en un tiempo remoto y estuvieran siempre de vuelta con las objeciones precisas y las simplificaciones necesarias para la seguridad de sus solitarios reinos. Se obligan a ello y no bajan la guardia nunca: agrios con los suyos (no vayan a parecer menos enterados) y desconfiados con nosotros (no vayan a exhibir el pecado original de no ser nativos de la civilización occidental), viven en permanente tensión sin recuperarse jamás de la sensación de extranjería, sea aquí, allá o en cualquier otro lado.
–Suena muy desafortunado, pero en sus libros parece ser un miembro de la civilización occidental a carta cabal, ¿no le parece?
–Son las ventajas de moverse en el terreno teórico, monsieur Bernard. Pero no habrá venido hasta aquí para hablar de lo que objetivamente puede desprenderse del viejo debate de los metecos, ¿verdad? Después de todo, la tensión que él padecía no era un simple producto de los complejos de inferioridad: no los tenía. Sus dicotomías, como Usted les llama, eran más de otro orden...
–Así les llamó Usted.
–Oh, es verdad, disculpe (este vino es bueno, ¿eh?). Pero el punto es el mismo: lo de él era un asunto más personal, no un simple producto de su adscripción latinoamericana. Su cinismo, por ejemplo, era sólo la primera de las capas de la cebolla: útil para mantener a raya a los numerosos idiotas que nos rodeaban (y le habrán seguido rodeando) y como mero guiño para con sus verdaderos amigos; pero su idea y motivación no se agotaban en ese ejercicio retórico...
–¿Cuáles eran entonces su motivación y su idea?
–Bueno, monsieur Bernard, comprenderá que lo mío son sólo hipótesis y que en ese sentido debe tomarlas con reserva. Hipótesis bien pensadas si Usted quiere, pero inverificables en todo caso.
–Continúe.
–Era un idealista. Su motivación era realizar el ideal de una identidad universal que se insertara plenamente en el mundo sin abandonar sus orígenes. Puede que haya tenido éxito, aunque en vista de su muerte prematura y violenta a manos de los suyos, lo dudo. Bromeaba cáusticamente sobre sus dificultades para conseguirlo, sobre su despropósito, sobre sí mismo, pero no dejaba de examinar a su alrededor. Tengo la certeza de que descreía, pero estaba atento por si se presentaba el milagro, no sólo en lo literario...
–¿Dónde más?
–En las personas, en la amistad. Si el ideal era inconfesable y aun pasaba por su colmillo cínico, ello no significaba que dejase de abrir bien los ojos por si se presentaba la excepción. Era algo así como "no hay amigos perfectos, pero ¿y si apareciera uno?". Concedía espacio para que el mundo le sorprendiera, casi siempre desagradablemente y en contra de las expectativas, es verdad, pero supongo que algo habrá quedado al final. Estoy casi seguro de que no era un hombre triste y me consta que tuvo varios entusiasmos encendidos, repetidas catarsis, no escasos enamoramientos...
–Esto establece un paralelo con su trabajo literario, ¿correcto?
–Absolutamente. En ambos casos –la amistad y la literatura, la vida real y la contada- buscaba "sin miedos, pero sin esperanzas" lo que los mediocres jamás se atrevieron por hallarse conformes con su cinismo de pacotilla; un cinismo, por cierto, que no correspondía a una fortaleza intelectual (no hay tal) ni a una defensa (sólo apta para idiotas), sino meramente a su cobardía. En ese sentido, aun si sus resultados fueron variopintos, le reconozco originalidad (esa identidad que tanto buscaba) y el don de hacer que algunas personas fuesen capaces de comprenderlo y compartir su vida (la amistad)...
–¿Considera entonces que tenía problemas de identidad?
–Como todo latinoamericano, sí, y casi podría asegurar que como cualquier tercermundista. Dése cuenta de que un individuo culto en esos países lo es siempre en nuestros términos: no puede ni quiere sustraerse a la civilización occidental. Leen nuestros libros, estudian nuestra historia (cuántas veces mucho mejor que nosotros mismos) y no pocos aspiran a abandonar sus países de origen para venir a habitar la que consideran la fuente de sus aspiraciones filosóficas. Pero ignoran –o descubren tarde- que su dicotomía no es un problema geográfico y que no es en los libros donde se mama la civilización: un adolescente que fuma hachís en nuestras calles y visita los MacDonald's de la región con casquette a la cabeza y basquettes en los pies es más francés que cualquiera de los lectores latinoamericanos de Proust y los connaisseurs extranjeros de vinos o museos. Por supuesto que a él no se le escapaban estos razonamientos y aun en contra de sus intereses decidió volver a su país.
–Europa los pilla lejos. ¿Qué tal América?
–Los Estados Unidos o los países europeos, tanto da. Pensemos en el cine o la música. ¿Se imagina Usted la peripecia mental de conciliar cotidianamente las películas de superhéroes con el patente subdesarrollo que les espera apenas salir de la sala de proyecciones? ¿Qué tal ir de la música clásica y el rock anglosajón de sus alucinados audífonos al folclor que tarde o temprano los encuentra en una fiesta o una borrachera en plena calle?
–Pese a esas contradicciones, decide volver a su país. ¿Resignación?
–No exactamente. Verá: esos pobres llegan mucho antes que nosotros a disfrutar de un cinismo disfrazado de suficiencia y aun de sofisticación, como si todas las cosas hubiesen sido ya juzgadas en un tiempo remoto y estuvieran siempre de vuelta con las objeciones precisas y las simplificaciones necesarias para la seguridad de sus solitarios reinos. Se obligan a ello y no bajan la guardia nunca: agrios con los suyos (no vayan a parecer menos enterados) y desconfiados con nosotros (no vayan a exhibir el pecado original de no ser nativos de la civilización occidental), viven en permanente tensión sin recuperarse jamás de la sensación de extranjería, sea aquí, allá o en cualquier otro lado.
–Suena muy desafortunado, pero en sus libros parece ser un miembro de la civilización occidental a carta cabal, ¿no le parece?
–Son las ventajas de moverse en el terreno teórico, monsieur Bernard. Pero no habrá venido hasta aquí para hablar de lo que objetivamente puede desprenderse del viejo debate de los metecos, ¿verdad? Después de todo, la tensión que él padecía no era un simple producto de los complejos de inferioridad: no los tenía. Sus dicotomías, como Usted les llama, eran más de otro orden...
–Así les llamó Usted.
–Oh, es verdad, disculpe (este vino es bueno, ¿eh?). Pero el punto es el mismo: lo de él era un asunto más personal, no un simple producto de su adscripción latinoamericana. Su cinismo, por ejemplo, era sólo la primera de las capas de la cebolla: útil para mantener a raya a los numerosos idiotas que nos rodeaban (y le habrán seguido rodeando) y como mero guiño para con sus verdaderos amigos; pero su idea y motivación no se agotaban en ese ejercicio retórico...
–¿Cuáles eran entonces su motivación y su idea?
–Bueno, monsieur Bernard, comprenderá que lo mío son sólo hipótesis y que en ese sentido debe tomarlas con reserva. Hipótesis bien pensadas si Usted quiere, pero inverificables en todo caso.
–Continúe.
–Era un idealista. Su motivación era realizar el ideal de una identidad universal que se insertara plenamente en el mundo sin abandonar sus orígenes. Puede que haya tenido éxito, aunque en vista de su muerte prematura y violenta a manos de los suyos, lo dudo. Bromeaba cáusticamente sobre sus dificultades para conseguirlo, sobre su despropósito, sobre sí mismo, pero no dejaba de examinar a su alrededor. Tengo la certeza de que descreía, pero estaba atento por si se presentaba el milagro, no sólo en lo literario...
–¿Dónde más?
–En las personas, en la amistad. Si el ideal era inconfesable y aun pasaba por su colmillo cínico, ello no significaba que dejase de abrir bien los ojos por si se presentaba la excepción. Era algo así como "no hay amigos perfectos, pero ¿y si apareciera uno?". Concedía espacio para que el mundo le sorprendiera, casi siempre desagradablemente y en contra de las expectativas, es verdad, pero supongo que algo habrá quedado al final. Estoy casi seguro de que no era un hombre triste y me consta que tuvo varios entusiasmos encendidos, repetidas catarsis, no escasos enamoramientos...
–Esto establece un paralelo con su trabajo literario, ¿correcto?
–Absolutamente. En ambos casos –la amistad y la literatura, la vida real y la contada- buscaba "sin miedos, pero sin esperanzas" lo que los mediocres jamás se atrevieron por hallarse conformes con su cinismo de pacotilla; un cinismo, por cierto, que no correspondía a una fortaleza intelectual (no hay tal) ni a una defensa (sólo apta para idiotas), sino meramente a su cobardía. En ese sentido, aun si sus resultados fueron variopintos, le reconozco originalidad (esa identidad que tanto buscaba) y el don de hacer que algunas personas fuesen capaces de comprenderlo y compartir su vida (la amistad)...
jueves, julio 12, 2012
Rhode
Desde que
pasaron los síntomas de abstinencia y me han permitido salir a dar paseos
cortos por los alrededores –siempre supervisado por los monitores del centro-
me he acordado de sus peroratas en aquellas largas reuniones en la casa verde,
su casa, cuando todo estaba aun bajo control y aquel sitio no se había
vuelto todavía un picadero público:
–Rhode, admítelo. ¿Cuánto dura una canción? ¿tres, seis minutos como mucho? La misión del hombre contemporáneo que no desea ser hombre de negocios ya no es la experiencia vital, sino la presunción de la misma, la construcción de una fachada que en poco o nada se distingue de lo que antes era patrimonio exclusivo de artistas y excéntricos. Ahora todo mundo cree serlo: comparten canciones y videos, greguerías para Facebook (quién lo dijera), fotografías y películas supuestamente imprescindibles para que les admiremos y comprendamos en su innegable mediocridad que ellos toman por genio. No habla esto únicamente de su nula originalidad cuanto de su ansia de atención y visibilidad, su angustia de saberse en el fondo insignificantes y sustituibles, más que en cualquier otra época de la historia humana.
–Pero justamente intentan paliarlo con esos productos que...
–No he terminado, Rhode. ¿Y paliar qué? No me hagas reír. La identificación con un material preexistente no es la creación del material, ya de por sí insufrible en esta época obtusa. Pero volviendo a tu caso, Rhode, tú perteneces a un subconjunto de esta especie dominante, una subclase todavía más peligrosa.
–Ya va otra vez a meterse conmigo, señor...
–Sí, para advertirte contra el peligro de ser de esos que no se bajan nunca de su adicción a las dopaminas. No me mires así, sabes a lo que me refiero. No me han hecho falta demasiados meses para darme cuenta de que vives instalado en la euforia de una conexión que sólo existe en tu cabeza y que tiene una explicación puramente bioquímica. Unos necesitan rezar, otros abusan de las sustancias, otros como tú se procuran lo segundo disfrazando lo primero de intensa comunicación con el mundo a través de la letra de una canción o el cuento de un nuevo amigo. Mucho cuidado, Rhode, que si estos son riesgos puramente sentimentales no hace falta demasiado para convertirlos en adicciones farmacológicas.
–Pero Usted no ve mal la drogadicción, aquí mismo permite que...
–¿Y qué importa lo que yo mire bien o mal? Yo moriré pronto, Rhode, tengo poco qué perder y estoy harto y cansado. Deja de reírte, idiota, que no es un chiste. Vas por la vida como un mal actor: previendo guiones, saboreando bandas sonoras, inventando escenas musicales, este mismo diálogo te parecerá la hostia de trascendente en algún momento futuro, pero despierta Rhode, despierta ahora porque el mundo concreto no necesita disfraces para retorcerse y nuestra ansia de que vuelva dios es la misma que nos hace esperar al conejo bajo el sombrero del mago... ¿qué tal si abres los ojos y miras a alguien de verdad? For a change...
Murió, efectivamente. Y en las neuronas que me quedan por cerebro le escucho aun grave y barbado, pese a todo de buen humor mientras su mundo se hundía lentamente y preveía lo que entonces yo no era capaz de ver.
He abierto los ojos, sí, pero el mundo está desierto y no he visto a nadie.
–Rhode, admítelo. ¿Cuánto dura una canción? ¿tres, seis minutos como mucho? La misión del hombre contemporáneo que no desea ser hombre de negocios ya no es la experiencia vital, sino la presunción de la misma, la construcción de una fachada que en poco o nada se distingue de lo que antes era patrimonio exclusivo de artistas y excéntricos. Ahora todo mundo cree serlo: comparten canciones y videos, greguerías para Facebook (quién lo dijera), fotografías y películas supuestamente imprescindibles para que les admiremos y comprendamos en su innegable mediocridad que ellos toman por genio. No habla esto únicamente de su nula originalidad cuanto de su ansia de atención y visibilidad, su angustia de saberse en el fondo insignificantes y sustituibles, más que en cualquier otra época de la historia humana.
–Pero justamente intentan paliarlo con esos productos que...
–No he terminado, Rhode. ¿Y paliar qué? No me hagas reír. La identificación con un material preexistente no es la creación del material, ya de por sí insufrible en esta época obtusa. Pero volviendo a tu caso, Rhode, tú perteneces a un subconjunto de esta especie dominante, una subclase todavía más peligrosa.
–Ya va otra vez a meterse conmigo, señor...
–Sí, para advertirte contra el peligro de ser de esos que no se bajan nunca de su adicción a las dopaminas. No me mires así, sabes a lo que me refiero. No me han hecho falta demasiados meses para darme cuenta de que vives instalado en la euforia de una conexión que sólo existe en tu cabeza y que tiene una explicación puramente bioquímica. Unos necesitan rezar, otros abusan de las sustancias, otros como tú se procuran lo segundo disfrazando lo primero de intensa comunicación con el mundo a través de la letra de una canción o el cuento de un nuevo amigo. Mucho cuidado, Rhode, que si estos son riesgos puramente sentimentales no hace falta demasiado para convertirlos en adicciones farmacológicas.
–Pero Usted no ve mal la drogadicción, aquí mismo permite que...
–¿Y qué importa lo que yo mire bien o mal? Yo moriré pronto, Rhode, tengo poco qué perder y estoy harto y cansado. Deja de reírte, idiota, que no es un chiste. Vas por la vida como un mal actor: previendo guiones, saboreando bandas sonoras, inventando escenas musicales, este mismo diálogo te parecerá la hostia de trascendente en algún momento futuro, pero despierta Rhode, despierta ahora porque el mundo concreto no necesita disfraces para retorcerse y nuestra ansia de que vuelva dios es la misma que nos hace esperar al conejo bajo el sombrero del mago... ¿qué tal si abres los ojos y miras a alguien de verdad? For a change...
Murió, efectivamente. Y en las neuronas que me quedan por cerebro le escucho aun grave y barbado, pese a todo de buen humor mientras su mundo se hundía lentamente y preveía lo que entonces yo no era capaz de ver.
He abierto los ojos, sí, pero el mundo está desierto y no he visto a nadie.
domingo, julio 08, 2012
Diatriba del Doctor A
Admito que no estoy en la mejor de las posiciones, pero el orden está de mi lado y es cuestión de tiempo para que termine por imponerse, aun por encima de la justicia que cuesta la vida a tantos espíritus ingenuos de cualquier época y lugar. Admitamos que él es mejor: moral, intelectual, espiritualmente incluso, que ya es decir demasiado. ¿Quién está ahí para registrarlo? ¿Quién está realmente de su parte y no simplemente montado en su frenético tren? Yo vivo mis propias presiones aunque superficialmente no lo demuestre; él es todo convulsión y transparencia, una exhibición de la que no nos ahorra detalle, pero para la cuál no está preparado un público estúpido que en cambio sí es capaz de verme y consentirme. Esta es mi tierra y mi gente; él es un advenedizo.
Es verdad que ha conseguido arrastrar a los jóvenes hacia su delirio, ¿pero es esto meritorio? A mí me parece más consecuencia de la inexperiencia y oportunismo juveniles que de la formación de una verdadera escuela. No es un gigante con pies de barro, pero sus acólitos no dejan de alimentar el fango en el que se apoya y terminarán por hundirlo una vez que hayan trepado hasta su cabeza sin siquiera intentar (no podrían) comprenderlo. Yo, en cambio, porque lo conozco y lo he estudiado con interés y no poca envidia a lo largo de muchos años, sí lo comprendo y puedo presentarme como su amigo aunque él me desprecie (él también me conoce y sabe de mi turbiedad y mis cabos sueltos). Y por esta comprensión mía que aun malsana no carece de precisión ni objetividad, sé que su firmeza no es producto de la serenidad sino de una continua batalla contra sus carencias afectivas, huecos que por supuesto no serán llenados por los muchos seres laterales -unos más malintencionados que otros- que se le han colado y le juran una lealtad cuya mero deletreo ignoran.
En el difícil control de sus emociones hay suficiente evidencia para estos argumentos: confunde escuela y familia, subordinados y amigos, colegas y asesinos. Él lo sabe, desde luego, pero como cualquier adicto no puede sino inyectarse la dosis siguiente diciendo que será la última y haciendo planes para un futuro libre de sustancias. Yo he palpado claramente el uso que de sus entusiasmos hacen los críos modernos que son todo, menos inocencia, y a los que el pobre intenta acomodar para mejor ponerse a salvo. Conozco el ciclo: acercamiento, entusiasmo, exclusividad, decepción y recuerdo. Lo mismo intentó en su época con cada uno de nosotros que éramos sus coetáneos y pese a un fugaz periodo de conmiseración (también fuimos jóvenes) terminamos por sacrificarlo a nuestros intereses prácticos que han terminado por ser, como en toda vida adulta, lo único concreto y verdadero.
Algunos habrán sabido de su vida sentimental y querrán depositar ahí la confianza en su último triunfo y superioridad: una pareja leal desde la juventud, una madre inteligente y muy capaz de deshilar el enredo de su vida, tal vez un par de amigos verdaderos. Bien. Pero esto es volver a privilegiar el cerebro sobre el corazón, creer que es con retórica y soluciones prácticas -adultas- como se cura el terror infantil al abandono. Yo conozco su entorno y sé que no son capaces ni siquiera de abrazar cuando es debido (y para él siempre lo es aunque vaya de duro por la vida a fuerza de forjar su personaje), de modo que su vida pública da periódicos traspiés con la privada al pretender -aun a sabiendas del entuerto y consecuente fracaso- paliar la segunda con la primera; su sufrimiento apenas disimulado por la disciplina de un trabajo constante. Todo esto sin contar con la naturaleza de sus amores, tan al margen de la ley y la moral públicas que no pueden menos que dividir a los que lo conocen entre aquellos que lo juzgan víctima de un problema psiquiátrico y los otros que encuentran en la frecuentación del subnormal el pretexto idóneo para ir de modernos por la vida. Razón de más para saberme ganador en esta casual disputa en que nos ha puesto el destino: ¿en qué medida mi visibilidad estará asociada a la tranquilizadora imagen de un hogar compuesto de mi mujer, mis hijos y la bendición religiosa hecha oro sobre mi anular?
Ni siquiera puedo ser culpado del estado de cosas que harán de él un individuo marginal y misántropo. Es cuestión de tiempo para que repare en el derecho que asiste a las mayorías a definir la normalidad y actuar en consecuencia contra los disidentes. Ahora se le aplaude, desde luego, porque todos hemos decidido ignorar lo que nos molesta y sabemos y apenas toleramos porque nos conviene. Pero el avance de las realidades es inexorable sobre el terreno de las fantasías y yo pondré buen cuidado en que le acoten y enseñen. Es por su bien. Del mismo modo en que un grupo de hombres (semejantes) decide la suerte de otro al que encarcelan y privan de su libertad o de su vida por considerarlo peligroso, del mismo modo en que un grupo de hombres (semejantes) aparta de su seno a otro después de establecer que está loco y no es compatible ya con sus conductas; de este modo, pues, mis paisanos hallarán la ocasión de darme la razón y liquidarlo a él: la encarnación de la insania.
Es verdad que ha conseguido arrastrar a los jóvenes hacia su delirio, ¿pero es esto meritorio? A mí me parece más consecuencia de la inexperiencia y oportunismo juveniles que de la formación de una verdadera escuela. No es un gigante con pies de barro, pero sus acólitos no dejan de alimentar el fango en el que se apoya y terminarán por hundirlo una vez que hayan trepado hasta su cabeza sin siquiera intentar (no podrían) comprenderlo. Yo, en cambio, porque lo conozco y lo he estudiado con interés y no poca envidia a lo largo de muchos años, sí lo comprendo y puedo presentarme como su amigo aunque él me desprecie (él también me conoce y sabe de mi turbiedad y mis cabos sueltos). Y por esta comprensión mía que aun malsana no carece de precisión ni objetividad, sé que su firmeza no es producto de la serenidad sino de una continua batalla contra sus carencias afectivas, huecos que por supuesto no serán llenados por los muchos seres laterales -unos más malintencionados que otros- que se le han colado y le juran una lealtad cuya mero deletreo ignoran.
En el difícil control de sus emociones hay suficiente evidencia para estos argumentos: confunde escuela y familia, subordinados y amigos, colegas y asesinos. Él lo sabe, desde luego, pero como cualquier adicto no puede sino inyectarse la dosis siguiente diciendo que será la última y haciendo planes para un futuro libre de sustancias. Yo he palpado claramente el uso que de sus entusiasmos hacen los críos modernos que son todo, menos inocencia, y a los que el pobre intenta acomodar para mejor ponerse a salvo. Conozco el ciclo: acercamiento, entusiasmo, exclusividad, decepción y recuerdo. Lo mismo intentó en su época con cada uno de nosotros que éramos sus coetáneos y pese a un fugaz periodo de conmiseración (también fuimos jóvenes) terminamos por sacrificarlo a nuestros intereses prácticos que han terminado por ser, como en toda vida adulta, lo único concreto y verdadero.
Algunos habrán sabido de su vida sentimental y querrán depositar ahí la confianza en su último triunfo y superioridad: una pareja leal desde la juventud, una madre inteligente y muy capaz de deshilar el enredo de su vida, tal vez un par de amigos verdaderos. Bien. Pero esto es volver a privilegiar el cerebro sobre el corazón, creer que es con retórica y soluciones prácticas -adultas- como se cura el terror infantil al abandono. Yo conozco su entorno y sé que no son capaces ni siquiera de abrazar cuando es debido (y para él siempre lo es aunque vaya de duro por la vida a fuerza de forjar su personaje), de modo que su vida pública da periódicos traspiés con la privada al pretender -aun a sabiendas del entuerto y consecuente fracaso- paliar la segunda con la primera; su sufrimiento apenas disimulado por la disciplina de un trabajo constante. Todo esto sin contar con la naturaleza de sus amores, tan al margen de la ley y la moral públicas que no pueden menos que dividir a los que lo conocen entre aquellos que lo juzgan víctima de un problema psiquiátrico y los otros que encuentran en la frecuentación del subnormal el pretexto idóneo para ir de modernos por la vida. Razón de más para saberme ganador en esta casual disputa en que nos ha puesto el destino: ¿en qué medida mi visibilidad estará asociada a la tranquilizadora imagen de un hogar compuesto de mi mujer, mis hijos y la bendición religiosa hecha oro sobre mi anular?
Ni siquiera puedo ser culpado del estado de cosas que harán de él un individuo marginal y misántropo. Es cuestión de tiempo para que repare en el derecho que asiste a las mayorías a definir la normalidad y actuar en consecuencia contra los disidentes. Ahora se le aplaude, desde luego, porque todos hemos decidido ignorar lo que nos molesta y sabemos y apenas toleramos porque nos conviene. Pero el avance de las realidades es inexorable sobre el terreno de las fantasías y yo pondré buen cuidado en que le acoten y enseñen. Es por su bien. Del mismo modo en que un grupo de hombres (semejantes) decide la suerte de otro al que encarcelan y privan de su libertad o de su vida por considerarlo peligroso, del mismo modo en que un grupo de hombres (semejantes) aparta de su seno a otro después de establecer que está loco y no es compatible ya con sus conductas; de este modo, pues, mis paisanos hallarán la ocasión de darme la razón y liquidarlo a él: la encarnación de la insania.
miércoles, junio 27, 2012
Desfiladeros
Me despertó un mal movimiento del autobús o acaso la convicción de que había pasado ya demasiado tiempo y estábamos fuera de ruta. Llovía a cántaros y la luz no era la del atardecer en que me quedé dormido en aquel hacinamiento, sino la de una mañana de frío acogedor, calada de agua por todas partes y con los cristales del transporte nublados de vaho y condensación. No me cuestioné demasiado el por qué de aquella transición porque –igual que en los sueños- todo me era conocido y asumía con naturalidad cuanta circunstancia se incorporaba al fluir de ese tiempo aparte. Avanzábamos por un camino sinuoso y lleno de lodo, acotado de escarpadas paredes de piedra cubiertas de hierba por un lado y de profundos desfiladeros por el otro. Pesados chorros de agua como salidos de imaginarios desagües de azotea venían a desparramarse contra el techo del autobús resonando casi tan fuerte como los esporádicos truenos con que el cielo acompañaba su voluntad de enjuagar el mundo.
Me pasé los dedos por las comisuras de los labios (creía haber babeado mientras dormía) y traté de incorporarme a la conversación que animadamente sostenían mis compañeros de viaje, algunos sentados, otros de pie, con esas ropas acolchadas y tiernas que se usan en la juventud y las mezclillas deshilachadas de nuestros veinte años. En el apretujamiento de nuestros cuerpos sentía una temperatura precisa contra el suave frío de la mañana, pero también un vacío colmado de afecto que no me apetecía interrumpir por nada del mundo. ‘Podría quedarme así el resto de mi vida’, pensé de forma cursi y sincera mientras respiraba el aroma de variadas fragancias que despedían los cuerpos y las ropas ahumadas por el encierro al que nos obligaba la tempestad: los jabones que lavaron ingles y rostros, los perfumes impregnados en camisas y suéteres, las cremas untadas en manos y cuellos. Los amaba.
Reían a carcajadas celebrando sus propias bromas con palmadas en la espalda y manos que se encontraban en el aire con un chasquido. No faltó quién festejara mi incorporación a la vigilia ni quién aprovechara la ocasión para burlarse de mis ojos dormilones, pero más saboree que aullaran a coro cuando alguien recordó lo enamorado que estaba desde hace meses, no sé bien de quién, tal vez de todos. “¡Ese poeta enamorado!”, gritaban empujándose unos a otros con provecho de la inercia para mejor acercarse. Advertía claramente que me faltaban datos, pero no conocía la angustia ni el temor ni la vergüenza, sólo me quedaba espacio en el alma para una placidez que igual que el agua parecía inundarlo todo con generosidad. ‘Qué más da’, me decía en silencio con una sonrisa, feliz de sentir desde los bolsillos de mi suéter el vientre plano y la ligereza de mi cuerpo flexible, ‘mientras siga lloviendo y este camino se haga infinito, mientras el tiempo no pase salvo para renovar los amaneceres de lluvias torrenciales en audaces desfiladeros’. Y me volvía a abrazar de quien estuviera cerca y a estirar las piernas sobre tantas otras y ya no estaba solo entre desconocidos mientras una radio de AM hacía pensar que en un lugar remoto de la ciudad ahora distante alguien cocinaba canturreando un caldo de pollo bien especiado con el qué combatir el frío que trajo la tormenta. Solté el cuerpo y volví a despertar cuando escampaba.
Descendimos del camión en un valle, ya lejos de las barrancas. El viento ligero y fresco acariciaba los cultivos produciendo un susurro tranquilizador bajo un cielo poblado de nubes blancas que iban tras sus hermanas negras. Anduve hasta el pie de una iglesia incrustada en una colina de roca, de paredes rosa pálido que alguna vez fueron rojizas, con aspecto abandonado e interior intuido. Todos se dispersaban y comprendí que era momento de despedirse. Cuando ya no había nadie a la vista, entregados sin duda a los quehaceres para los que habíamos sido traídos hasta aquí, me resigné a volver. No debía estar lejos Guadalajara: detrás de una verde colina creí entrever una carretera. Ahí pediría que alguien me llevara de vuelta, tal vez, o quizá deseara volver a pie hasta encontrar mi casa en el misterioso fondo de algún desfiladero. Puede ser, pero lo tristemente cierto es que todo retorno debe hacerse solo.
Me pasé los dedos por las comisuras de los labios (creía haber babeado mientras dormía) y traté de incorporarme a la conversación que animadamente sostenían mis compañeros de viaje, algunos sentados, otros de pie, con esas ropas acolchadas y tiernas que se usan en la juventud y las mezclillas deshilachadas de nuestros veinte años. En el apretujamiento de nuestros cuerpos sentía una temperatura precisa contra el suave frío de la mañana, pero también un vacío colmado de afecto que no me apetecía interrumpir por nada del mundo. ‘Podría quedarme así el resto de mi vida’, pensé de forma cursi y sincera mientras respiraba el aroma de variadas fragancias que despedían los cuerpos y las ropas ahumadas por el encierro al que nos obligaba la tempestad: los jabones que lavaron ingles y rostros, los perfumes impregnados en camisas y suéteres, las cremas untadas en manos y cuellos. Los amaba.
Reían a carcajadas celebrando sus propias bromas con palmadas en la espalda y manos que se encontraban en el aire con un chasquido. No faltó quién festejara mi incorporación a la vigilia ni quién aprovechara la ocasión para burlarse de mis ojos dormilones, pero más saboree que aullaran a coro cuando alguien recordó lo enamorado que estaba desde hace meses, no sé bien de quién, tal vez de todos. “¡Ese poeta enamorado!”, gritaban empujándose unos a otros con provecho de la inercia para mejor acercarse. Advertía claramente que me faltaban datos, pero no conocía la angustia ni el temor ni la vergüenza, sólo me quedaba espacio en el alma para una placidez que igual que el agua parecía inundarlo todo con generosidad. ‘Qué más da’, me decía en silencio con una sonrisa, feliz de sentir desde los bolsillos de mi suéter el vientre plano y la ligereza de mi cuerpo flexible, ‘mientras siga lloviendo y este camino se haga infinito, mientras el tiempo no pase salvo para renovar los amaneceres de lluvias torrenciales en audaces desfiladeros’. Y me volvía a abrazar de quien estuviera cerca y a estirar las piernas sobre tantas otras y ya no estaba solo entre desconocidos mientras una radio de AM hacía pensar que en un lugar remoto de la ciudad ahora distante alguien cocinaba canturreando un caldo de pollo bien especiado con el qué combatir el frío que trajo la tormenta. Solté el cuerpo y volví a despertar cuando escampaba.
Descendimos del camión en un valle, ya lejos de las barrancas. El viento ligero y fresco acariciaba los cultivos produciendo un susurro tranquilizador bajo un cielo poblado de nubes blancas que iban tras sus hermanas negras. Anduve hasta el pie de una iglesia incrustada en una colina de roca, de paredes rosa pálido que alguna vez fueron rojizas, con aspecto abandonado e interior intuido. Todos se dispersaban y comprendí que era momento de despedirse. Cuando ya no había nadie a la vista, entregados sin duda a los quehaceres para los que habíamos sido traídos hasta aquí, me resigné a volver. No debía estar lejos Guadalajara: detrás de una verde colina creí entrever una carretera. Ahí pediría que alguien me llevara de vuelta, tal vez, o quizá deseara volver a pie hasta encontrar mi casa en el misterioso fondo de algún desfiladero. Puede ser, pero lo tristemente cierto es que todo retorno debe hacerse solo.
lunes, junio 25, 2012
Teaching statement
Those who know do and those who don't teach.
-Woody Allen, Annie Hall, 1977
-Woody Allen, Annie Hall, 1977
Sobre cuán patético podía ser al momento de creer que las instituciones y las personas apreciarían su sinceridad, el biógrafo de Luis Gala deja el siguiente ejemplo hallado nada menos que en una solicitud de trabajo...
"Tenía quince años cuando participé por primera vez en la Olimpiada Mexicana de Matemáticas. Fue entonces cuando experimenté el placer de explicar algo a un auditorio escéptico y bien capaz de formular preguntas, hacer observaciones y responder a mis argumentos. En otras palabras, ahí comencé mis actividades docentes, si bien habrían de pasar todavía algunos años para que éstas se formalizaran profesionalmente.
Casi he doblado la edad que tenía entonces y me he visto envuelto en numerosos cursos formales e informales, seminarios, conferencias y hasta simples pláticas; para estudiantes de preparatoria, universidad y maestría; hablando mi propio idioma y otros menos familiares. Sin embargo, pocas cosas he agregado a lo que desde hace quince años hacía para darme a entender y que puede resumirse de la siguiente manera:
1. Conocimiento: Que nadie enseña lo que no sabe debería ser una verdad bien conocida. No obstante, no son escasos los maestros que, sin importar el nivel en que se encuentran, desdeñan la preparación de una clase -quizá confiando en sus capacidades- para trazar un camino errático en su exposición, cuando no lleno de francos errores. Personalmente he tratado siempre de comprender yo mismo lo que voy a exponer y, además, prepararlo para su exposición escogiendo cuidadosamente los ejemplos a fin de señalar las frecuentes sutilezas de lo presentado.
2. Seriedad: Como esa era mi postura cuando era estudiante, asumo en principo que el alumno tiene expectativas profesionales que, desde luego, quiere ver cubiertas. Garantizar que ellas sean efectivamente satisfechas con seriedad es mi tarea, sin que dicha seriedad implique una atmósfera adversa a la confianza que todos deben tener para preguntar y hacer observaciones.
3. Motivación: Toda vez que mi experiencia docente se concentra básicamente en mayores de edad, suelo asumir que las personas desean ser tratadas como adultos. Considero que una atmósfera profesional donde el estudiante comprende que cuenta con una persona capaz y con disposición de responder sus preguntas, es suficiente estímulo y motivación para una persona adulta. No es mi estilo, por tanto, empujar, amenazar, coaccionar o reñir a alguien para que realice el trabajo que, voluntariamente, debería realizar, pero desde luego estoy comprometido a hacer todo lo que sea posible para que la persona interesada supere sus dificultades.
4. Lenguaje: Considero imperativo -máxime en el área de ciencias- ser cuidadoso en el uso del lenguaje tanto en términos sintácticos como en los semánticos. No es infrecuente hallar ejemplos de clases o exámenes deficientemente redactados que no hacen sino reflejar la falta de claridad mental de los profesores. El hábito de expresar las ideas de forma clara ayuda no sólo a que una exposición sea lo mejor posible, sino también a disciplinar a los estudiantes en el uso preciso del lenguaje."
Creo leer y aun escuchar las sonoras carcajadas del despiadado biógrafo entre líneas.
miércoles, junio 20, 2012
El futuro presentido
Recibí una carta de Jason esta
mañana, remitida por mi madre desde México porque desde que abandoné Europa
nunca más volví a comunicarme con él ni le hice saber mi nueva dirección, no
porque hubiésemos acabado en malos términos, sino porque entre nosotros la
comunicación era siempre escasa en la distancia y abundante en persona. No
éramos de aquellos capaces de prolongar artificialmente y por carta nuestra, a
pesar de todo, profunda amistad, aunque la misiva que abierta descansa sobre mi
escritorio el día de hoy, plantea una excepción a esta regla.
Dice poco, la carta, si esto sirve
para confirmar la parquedad de las vías escritas entre nosotros; ni siquiera el
correo electrónico y demás formas expeditas de comunicación moderna han podido
hacer más frecuente nuestro trato ni convencer al pintor inglés de la
impracticidad del correo convencional. No comienza su texto como aquellos ejemplos
de cartas de que están saturados los libros de inglés –siempre en tono festivo
y exaltado, abundando en signos de admiración: la puerilidad moderna de la
informalidad como sinónimo de apertura y franqueza- sino más bien con una
serenidad de estereotipo inglés. “Hi, Miguel” ha escrito, para preguntarme
enseguida por mi situación. Es persona educada, lo que nunca obstó para que
nuestras conversaciones se adentraran en nuestras vidas con tanto detalle como
nuestra amistad demandaba, una amistad cómplice, bien formada, que encontró su
lenguaje y referencias particulares con gran prontitud, referencias sólidas que
me permiten reconocerlo en esas pocas líneas que tengo delante.
Su divorcio se ha consumado, me dice. Cuatro años vivió en compañía de Karla, su mujer, sin que papel alguno avalara esa unión. Cuando por fin se casó no transcurrió más de un año para que empezaran los desencuentros entre él y la checa por la que había ido a vivir a Praga. No dice una palabra sobre su estado sentimental, apenas me comenta que ha vuelto a trabajar en los teatros –instalando escenografías, encargándose de la electricidad- donde ha coincidido, dice, con algunos viejos conocidos “cuya prosperidad económica es directamente proporcional a la cortedad de sus expectativas”. Tampoco habla de su trabajo como pintor, aunque supongo que apenas tendrá tiempo para dedicárselo. Me pregunta si iré alguna vez a Manchester o a Londres y me proporciona su número telefónico –ha cambiado- a fin de que, si así lo hago, nos reunamos. Se despide con las mejores consideraciones y enviando saludos a Fernando, referencia disculpable porque nunca supo de su muerte, pero que me ha inundado la cabeza de sombras y una miríada de recuerdos y diálogos que no puedo –y quizá tampoco deseo- dragar.
Abandono el escritorio y me asomo a la ventana mirando por entre las persianas. La jornada apenas comienza y los estudiantes y profesores van y vienen por el campus sin invadir aun los enormes jardines que a mediodía ya estarán poblados de corrillos de bromistas y fumadores con los libros abiertos. Cierro los ojos para que el sol naciente no me encandile. Entonces recuerdo la voz de Fernando apenas distorsionada por la larga distancia telefónica que, sin variación, me remitía a imaginar los canales de fibra óptica cruzando el Atlántico (¿o serían satélites?) a través de los cuales viajaba su voz codificada hasta surgir de este lado del mundo, por el anticuado auricular de mi teléfono. Aun no tenía móvil en Europa. Mi celular en México había pasado a manos de mi hermana.
–Mañana por la mañana enviaré por mensajería los libros que me pediste, corazón. Y con ellos te mando una sorpresa.
–Si el peso excede el precio mínimo, envía sólo el libro de ecuaciones diferenciales; para la materia de topología quizá encargue un libro por Internet, después de todo no tengo mucho que perder si me hicieran algún fraude, ya ves que la tarjeta es de débito y encima tengo un saldo que apenas me servirá para comprar un libro.
–Eres un distraído. ¿No tienes curiosidad por saber qué sorpresa te mando?
–Disculpa, es que no me encuentro muy concentrado esta noche.
–¿Qué te pasa? –Fernando era hombre de una sola pregunta a la vez, un solo enunciado, incapaz de perderse en sus propias retóricas, de esos cada vez más escasos que tienen paciencia para no atropellar el discurso del otro con el propio, y escuchar. Era médico.
–No lo sé, supongo que es la cena que me ha caído mal o lo poco que se me ha ocurrido para hacer investigación en la oficina… quizá sea nada más que te extraño y no logro acostumbrarme a este destierro voluntario.
–Recuerda que fuiste tú quien…
–Lo sé, ya sé lo que vas a decirme y tienes razón: yo elegí hacer esto y puedo abandonarlo cuando quiera, aunque preferiría no hacerlo, sería tanto como faltarme al respeto.
–Todo va a salir bien, corazón, ya lo verás. ¿Qué cenaste?
–Preparé unos chilaquiles con las salsas que milagrosamente encontré en una tienda, pero el resultado no fue tan bueno. Además me acabé todo lo que había preparado, era demasiado.
–Te escucho algo preocupado. No será sólo por la cena, ¿o sí?
–Bueno, no. Ya te dije que me preocupan los resultados en la oficina. Este doctorado no irá a ninguna parte si no consigo un resultado pronto. Supongo que se me nota esa preocupación.
No sé si sea eso. –Encendí un cigarrillo y di una profunda bocanada seguida de un suspiro. Claro que sabía lo que me pasaba, lo que me distraía. Pero no iba a decírselo y, además, no tenía importancia. –Pero mejor cuéntame qué tal te ha ido en el inglés.
–Muy bien, aunque estas dos semanas que llevo en el sexto nivel me han parecido inferiores a las del nivel anterior. La maestra es muy descuidada, aunque pronuncia muy bien, quizá mejor que la otra. Y los compañeros pues son más o menos los mismos. Yo prefiero atenerme al libro y a los discos.
–Deberías quejarte, con todo lo que pagan ahí. ¿Sabes que te quiero, corazón?
Esas torpes confirmaciones de lealtad sentimental seguían siempre a los episodios oscuros de mi vida privada. Quizá Fernando los conocía bien y pretendía hacerlos de lado, no en vano habíamos pasado más de cuatro años juntos antes de irme a Praga, años en que tuvimos que llegar a acuerdos más o menos explícitos sobre lo permisible y lo inadmisible, acuerdos casi siempre conseguidos a la sombra de un desengaño o un affaire ridículo y puramente sexual. Fernando lo comprendía así y por eso toleraba mi comportamiento bajo dos premisas: que él no se enteraría y que yo tomaría todas las precauciones de salud durante mis excursos, mismos que no habrían de rebasar la categoría de un encuentro sexual fortuito.
Lo de aquel domingo había sido eso: un encuentro fortuito, difícilmente calificable de sexual. Por primera vez en meses había podido identificar a un homosexual en el metro y jugar con las miradas como suele hacerse en otros países. El encuentro había tenido lo suyo de extraño o particular, quizá de señalado como concluiría cualquier mente más o menos febril y propensa a explicaciones sobrenaturales, nunca tan abundantes como en estos tiempos de ciencia y técnica: habíamos salido en la misma estación de metro, pero nos perdimos de vista antes de llegar a la superficie de la Plaza de San Wenceslao; luego abandoné toda pretensión de buscarlo, me dirigí a la librería de la Academia y luego de media hora pensé que quizá sí debería buscarlo, bajé a la calle atestada de gente, me moví con celeridad tratando de verlo (era un hombre enorme, más alto que yo), me detuve en algún momento junto a la estación de metro a considerar con falso sentido analítico a dónde pudo haber ido y decidí que estaría en la librería Kanzelsberg, justo a la salida del metro; luego tomé el elevador, subí al cuarto piso y detrás de unos estantes de idiomas, contra todo pronóstico, ahí estaba el acromegálico. Gran coincidencia.
No pareció sorprenderse ante mi presencia y aun se resistió a entablar conversación, moviéndose de salón en salón, de un estante a otro, hasta que finalmente lo abordé y bajamos juntos a la calle luego de presentarnos. Miroslav no me atraía en absoluto y mis urgencias sexuales no eran tales en ese momento, pero como suele ocurrir con los accidentes, llevé adelante el experimento al invitarlo a mi departamento en medio de pláticas tortuosas producto de su muy deficiente pronunciación en inglés.
Miroslav era eslovaco y con gran desfachatez afirmaba lo que muchos checos y europeos orientales, a saber, que su inglés era perfecto, que dicho idioma no ofrecía dificultad alguna para un checo-parlante y que sus habilidades lingüísticas no terminaban en esa esfera bilingüe, sino que dominaba otros tres o cuatro idiomas. Yo hablé poco durante el camino. No tenía interés ni energía para contradecirlo, apenas le hice un gesto para que pasara a mi departamento cuando por fin abrí la puerta. Era un día frío y gris y hubo que colgar los gruesos abrigos en el perchero.
En la sala del departamento encendí una luz que era tenue, no con intenciones románticas, sino porque no había foco en toda Praga que excediera los sesenta vatios de potencia. Le ofrecí mezcal de una vieja botella que el antiguo inquilino, también mexicano, había dejado. Me relajaron los primeros tragos y mi ánimo mejoró, permitiéndome el atrevimiento de preguntarle cómo diablos podía saberse en este país quién era homosexual y quién no, si en todos los lugares públicos no se veía el menor indicio de ellos ni nadie parecía estar interesado en los demás. No pareció comprender de qué le hablaba, se limitó a decirme que podía ir a discotecas gay para “conocer gente”. Entonces me embarqué en la empresa de explicarle cómo en todos los países en que había estado era posible conocer homosexuales en la calle, por un cruce de miradas o un simple gesto, a veces por una insinuación más directa como la de llevarse la mano a la zona genital o por medios más bien ridículos y para mí disuasorios como mostrar la lengua en movimientos presuntamente provocativos.
–Con mucha frecuencia cada ciudad tiene un lugar, quizá un parque, quizá un centro comercial donde este intercambio tiene lugar.
–Ah, intercourse. Quieres saber dónde hacer intercourse –dijo en su inglés taladrante, a cada minuto más insoportable.
–Sí, sí, ¿dónde puedo hallar chicos que sean homosexuales, que no se estén prostituyendo y que estén en un lugar público?
–En Chotkovy Sady y Letná, aunque también hay prostitutos. ¿Tienes un mapa?
Mientras la tarde y un sol presentido detrás de las densas nubes grises caían, Miroslav me señalaba algunos lugares en el mapa, me informaba de su fetichismo hacia los calcetines, me lamía con ahínco los míos, se quitaba la camisa para dejar escapar un fuerte olor a axila y terminar así con mis ya de por sí escasos entusiasmos, se despedía en la puerta de mi departamento mientras yo seguía fumando, tomando a sorbos un mezcal que no me gustaba, tratando de arrancarle excitación a lo que desde el principio me aburría hasta el bostezo. Cuando cerré la puerta de mi departamento y lo oí bajar las escaleras, eché mis calcetines a la ropa sucia.
En la obscuridad de mi habitación pasé largos minutos pensando en ese parque, en esos lugares a los que seguramente iría mañana, escuchando música y fumando con laxitud irresponsable, evocando sexos cada vez más remotos en mi memoria y solazándome en la expectativa de los que vendrían, aunque ya instalado una vez más –ah, la civilización judeocristiana- en una culpa pequeña, previa, acechante, mera cosquilla en los bordes de la conciencia o quizá era ya una advertencia, un mal presentimiento, una indicación de lo que estaba a punto de acontecer y desarrollarse sin freno ni salida, sin apenas respiro o claro entre las nubes. Sonó el teléfono de repente. Abro los ojos.
El de esta oficina lleva ya tiempo sonando.
Su divorcio se ha consumado, me dice. Cuatro años vivió en compañía de Karla, su mujer, sin que papel alguno avalara esa unión. Cuando por fin se casó no transcurrió más de un año para que empezaran los desencuentros entre él y la checa por la que había ido a vivir a Praga. No dice una palabra sobre su estado sentimental, apenas me comenta que ha vuelto a trabajar en los teatros –instalando escenografías, encargándose de la electricidad- donde ha coincidido, dice, con algunos viejos conocidos “cuya prosperidad económica es directamente proporcional a la cortedad de sus expectativas”. Tampoco habla de su trabajo como pintor, aunque supongo que apenas tendrá tiempo para dedicárselo. Me pregunta si iré alguna vez a Manchester o a Londres y me proporciona su número telefónico –ha cambiado- a fin de que, si así lo hago, nos reunamos. Se despide con las mejores consideraciones y enviando saludos a Fernando, referencia disculpable porque nunca supo de su muerte, pero que me ha inundado la cabeza de sombras y una miríada de recuerdos y diálogos que no puedo –y quizá tampoco deseo- dragar.
Abandono el escritorio y me asomo a la ventana mirando por entre las persianas. La jornada apenas comienza y los estudiantes y profesores van y vienen por el campus sin invadir aun los enormes jardines que a mediodía ya estarán poblados de corrillos de bromistas y fumadores con los libros abiertos. Cierro los ojos para que el sol naciente no me encandile. Entonces recuerdo la voz de Fernando apenas distorsionada por la larga distancia telefónica que, sin variación, me remitía a imaginar los canales de fibra óptica cruzando el Atlántico (¿o serían satélites?) a través de los cuales viajaba su voz codificada hasta surgir de este lado del mundo, por el anticuado auricular de mi teléfono. Aun no tenía móvil en Europa. Mi celular en México había pasado a manos de mi hermana.
–Mañana por la mañana enviaré por mensajería los libros que me pediste, corazón. Y con ellos te mando una sorpresa.
–Si el peso excede el precio mínimo, envía sólo el libro de ecuaciones diferenciales; para la materia de topología quizá encargue un libro por Internet, después de todo no tengo mucho que perder si me hicieran algún fraude, ya ves que la tarjeta es de débito y encima tengo un saldo que apenas me servirá para comprar un libro.
–Eres un distraído. ¿No tienes curiosidad por saber qué sorpresa te mando?
–Disculpa, es que no me encuentro muy concentrado esta noche.
–¿Qué te pasa? –Fernando era hombre de una sola pregunta a la vez, un solo enunciado, incapaz de perderse en sus propias retóricas, de esos cada vez más escasos que tienen paciencia para no atropellar el discurso del otro con el propio, y escuchar. Era médico.
–No lo sé, supongo que es la cena que me ha caído mal o lo poco que se me ha ocurrido para hacer investigación en la oficina… quizá sea nada más que te extraño y no logro acostumbrarme a este destierro voluntario.
–Recuerda que fuiste tú quien…
–Lo sé, ya sé lo que vas a decirme y tienes razón: yo elegí hacer esto y puedo abandonarlo cuando quiera, aunque preferiría no hacerlo, sería tanto como faltarme al respeto.
–Todo va a salir bien, corazón, ya lo verás. ¿Qué cenaste?
–Preparé unos chilaquiles con las salsas que milagrosamente encontré en una tienda, pero el resultado no fue tan bueno. Además me acabé todo lo que había preparado, era demasiado.
–Te escucho algo preocupado. No será sólo por la cena, ¿o sí?
–Bueno, no. Ya te dije que me preocupan los resultados en la oficina. Este doctorado no irá a ninguna parte si no consigo un resultado pronto. Supongo que se me nota esa preocupación.
No sé si sea eso. –Encendí un cigarrillo y di una profunda bocanada seguida de un suspiro. Claro que sabía lo que me pasaba, lo que me distraía. Pero no iba a decírselo y, además, no tenía importancia. –Pero mejor cuéntame qué tal te ha ido en el inglés.
–Muy bien, aunque estas dos semanas que llevo en el sexto nivel me han parecido inferiores a las del nivel anterior. La maestra es muy descuidada, aunque pronuncia muy bien, quizá mejor que la otra. Y los compañeros pues son más o menos los mismos. Yo prefiero atenerme al libro y a los discos.
–Deberías quejarte, con todo lo que pagan ahí. ¿Sabes que te quiero, corazón?
Esas torpes confirmaciones de lealtad sentimental seguían siempre a los episodios oscuros de mi vida privada. Quizá Fernando los conocía bien y pretendía hacerlos de lado, no en vano habíamos pasado más de cuatro años juntos antes de irme a Praga, años en que tuvimos que llegar a acuerdos más o menos explícitos sobre lo permisible y lo inadmisible, acuerdos casi siempre conseguidos a la sombra de un desengaño o un affaire ridículo y puramente sexual. Fernando lo comprendía así y por eso toleraba mi comportamiento bajo dos premisas: que él no se enteraría y que yo tomaría todas las precauciones de salud durante mis excursos, mismos que no habrían de rebasar la categoría de un encuentro sexual fortuito.
Lo de aquel domingo había sido eso: un encuentro fortuito, difícilmente calificable de sexual. Por primera vez en meses había podido identificar a un homosexual en el metro y jugar con las miradas como suele hacerse en otros países. El encuentro había tenido lo suyo de extraño o particular, quizá de señalado como concluiría cualquier mente más o menos febril y propensa a explicaciones sobrenaturales, nunca tan abundantes como en estos tiempos de ciencia y técnica: habíamos salido en la misma estación de metro, pero nos perdimos de vista antes de llegar a la superficie de la Plaza de San Wenceslao; luego abandoné toda pretensión de buscarlo, me dirigí a la librería de la Academia y luego de media hora pensé que quizá sí debería buscarlo, bajé a la calle atestada de gente, me moví con celeridad tratando de verlo (era un hombre enorme, más alto que yo), me detuve en algún momento junto a la estación de metro a considerar con falso sentido analítico a dónde pudo haber ido y decidí que estaría en la librería Kanzelsberg, justo a la salida del metro; luego tomé el elevador, subí al cuarto piso y detrás de unos estantes de idiomas, contra todo pronóstico, ahí estaba el acromegálico. Gran coincidencia.
No pareció sorprenderse ante mi presencia y aun se resistió a entablar conversación, moviéndose de salón en salón, de un estante a otro, hasta que finalmente lo abordé y bajamos juntos a la calle luego de presentarnos. Miroslav no me atraía en absoluto y mis urgencias sexuales no eran tales en ese momento, pero como suele ocurrir con los accidentes, llevé adelante el experimento al invitarlo a mi departamento en medio de pláticas tortuosas producto de su muy deficiente pronunciación en inglés.
Miroslav era eslovaco y con gran desfachatez afirmaba lo que muchos checos y europeos orientales, a saber, que su inglés era perfecto, que dicho idioma no ofrecía dificultad alguna para un checo-parlante y que sus habilidades lingüísticas no terminaban en esa esfera bilingüe, sino que dominaba otros tres o cuatro idiomas. Yo hablé poco durante el camino. No tenía interés ni energía para contradecirlo, apenas le hice un gesto para que pasara a mi departamento cuando por fin abrí la puerta. Era un día frío y gris y hubo que colgar los gruesos abrigos en el perchero.
En la sala del departamento encendí una luz que era tenue, no con intenciones románticas, sino porque no había foco en toda Praga que excediera los sesenta vatios de potencia. Le ofrecí mezcal de una vieja botella que el antiguo inquilino, también mexicano, había dejado. Me relajaron los primeros tragos y mi ánimo mejoró, permitiéndome el atrevimiento de preguntarle cómo diablos podía saberse en este país quién era homosexual y quién no, si en todos los lugares públicos no se veía el menor indicio de ellos ni nadie parecía estar interesado en los demás. No pareció comprender de qué le hablaba, se limitó a decirme que podía ir a discotecas gay para “conocer gente”. Entonces me embarqué en la empresa de explicarle cómo en todos los países en que había estado era posible conocer homosexuales en la calle, por un cruce de miradas o un simple gesto, a veces por una insinuación más directa como la de llevarse la mano a la zona genital o por medios más bien ridículos y para mí disuasorios como mostrar la lengua en movimientos presuntamente provocativos.
–Con mucha frecuencia cada ciudad tiene un lugar, quizá un parque, quizá un centro comercial donde este intercambio tiene lugar.
–Ah, intercourse. Quieres saber dónde hacer intercourse –dijo en su inglés taladrante, a cada minuto más insoportable.
–Sí, sí, ¿dónde puedo hallar chicos que sean homosexuales, que no se estén prostituyendo y que estén en un lugar público?
–En Chotkovy Sady y Letná, aunque también hay prostitutos. ¿Tienes un mapa?
Mientras la tarde y un sol presentido detrás de las densas nubes grises caían, Miroslav me señalaba algunos lugares en el mapa, me informaba de su fetichismo hacia los calcetines, me lamía con ahínco los míos, se quitaba la camisa para dejar escapar un fuerte olor a axila y terminar así con mis ya de por sí escasos entusiasmos, se despedía en la puerta de mi departamento mientras yo seguía fumando, tomando a sorbos un mezcal que no me gustaba, tratando de arrancarle excitación a lo que desde el principio me aburría hasta el bostezo. Cuando cerré la puerta de mi departamento y lo oí bajar las escaleras, eché mis calcetines a la ropa sucia.
En la obscuridad de mi habitación pasé largos minutos pensando en ese parque, en esos lugares a los que seguramente iría mañana, escuchando música y fumando con laxitud irresponsable, evocando sexos cada vez más remotos en mi memoria y solazándome en la expectativa de los que vendrían, aunque ya instalado una vez más –ah, la civilización judeocristiana- en una culpa pequeña, previa, acechante, mera cosquilla en los bordes de la conciencia o quizá era ya una advertencia, un mal presentimiento, una indicación de lo que estaba a punto de acontecer y desarrollarse sin freno ni salida, sin apenas respiro o claro entre las nubes. Sonó el teléfono de repente. Abro los ojos.
El de esta oficina lleva ya tiempo sonando.
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